Archivos para 2 julio 2009

La luz de la luciérnaga

CourelFueron sesenta kilómetros como fuera del mundo. Su coche era un sherpa. Eso sí, en la provincia de Lugo, dentro de un parque que según los pocos carteles avistados se llama Ancares-Courel. Vueltas y más vueltas, pasar de un valle a otro, verde sobre verde, el brezo morado tintando los riscos más altos. Nadie. Kilómetros de túneles umbríos formados por las ramas de los árboles más frondosos que uno puede recordar. A menudo, chorreones de agua filtrándose por las laderas de bosques espesos de castaños, arces, abedules, fresnos, robles. De vez en cuando, en alguna aldea perdida –Secedas, Sobredo-alguna vaca. Unos pocos tejados de lanchas de pizarra indican que aún vive alguien por ahí. Pero no se ve a nadie. Tan sólo alguna ardilla.

 -No había visto árboles con cara desde que dejé de mirar las ilustraciones de los cuentos infantiles-pensaba Homper, más perplejo que nunca.

Los árboles de ese lugar son tan añosos que cuentan su historia en el tronco. Y acaban mostrando un rostro expresivo, como los del bosque de Pulgarcito o los de El señor de los anillos. No dan miedo, sí admiración -qué artista es la naturaleza- y respeto.

-Y este castaño ya estaba aquí cuando las Cortes de Cádiz- piensa el viajero-Como para que luego venga un imbécil y fulmine la leyenda con una colilla encendida…

La luz limpia y transparente de un soleado día del verano norteño. 21º. Recuerdos piadosos para todos los familiares y amigos que padecen el sartenazo canicular en la España cálida. Y más rabia al escuchar la nueva sangría del verano. En Burgos, bestial atentado de ETA Y en la sierra de Gredos, más familiar para Homper y, lamentablemente, mucho más seca que la del Parque de Ancares-Courel, otro incendio provocado que arrasa de momento tres mil hectáreas.

Homper no quiere sino evadirse. Pero, en el agua del pozo de sus dudas sistemáticas, ve el reflejo de un anciano barbudo cuya cabeza se recorta sobre un triángulo.

-¡Cáspita!-medita el misterioso personaje mientras se rasca la barba-Y lo crié a mi imagen y semejanza…¿Pero era yo tan imbécil?

Por la noche, a la puerta de la casa de piedra del siglo XVIII donde su amigo Manuel Gasset acoge a Homper, una humilde luciérnaga quiere competir en brillo con la media luna. También hacía muchos años que no veía un bichito así. Entonces recuerda la preocupación del Creador y, parafraseando a Groucho Marx, proclama solemnemente.

 -Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a las luciérnagas.

Desviarse puede ser un acierto

No estaba nevado, como en la foto. Pero hacía 18º, mientras más de media España dormía con más de 30º...

No estaba nevado, como en la foto. Pero hacía 18º, mientras más de media España dormía con más de 30º...

La suerte de que no te espere nadie es que puedes fijarte en las desviaciones del camino e incluso meterte por ellas. Las lagunas del Ruidera, el Valle del Bohi, el Condado de Treviño, la Laguna Negra, el Monasterio de Piedra. Ejemplos de lugares singulares que, llamaron tu atención y que el Duende había dejado trasconejados en sus viajes. Cuando pasaba en el coche el punto de la carretera que los señala, siempre el mismo pensamiento: a ver si algún día tengo tiempo. Vana excusa. Cuando lo tienes, muchas veces debes reconocer que lo que faltaba era interés. Viajar ahora es, sobre todo, llegar cuanto antes. ¿Un error?

El Duende ha iniciado unas vacaciones errabundas. Y ha aprobado otra asignatura pendiente. Se llama Sanabria. El Lago de Sanabria y, sobre todo, la hemosisima villa de La Puebla de Sanabria. En la España interior, cualquier mancha de agua  es un monumento vivo de extraordinario interés. Sobre todo, en un verano tan implacable como este de 2009. Ayer mismo, en la provincia de Segovia, podía pasear por el río Cega sin problema alguno. No por sus riberas, sino por la mitad de su cauce, absolutamente seco. Pobres cangrejos, pobres martines pescadores. Por eso le compensó la visita al Lago de Sanabria, que, desde San Martín de Castañeda luce tan verde, pletórico y coqueto y  como una laguna alpina. El propio termómetro del coche, que al atravesar Castilla había marcado 37º, cayó veinte grados. Burlar el azote del calor asfixiante también es veranear.

Por la noche, el Duende tenía que ponerse jersey para pasear  por Puebla de Sanabria, villa encastillada y señorial, tallada en  piedra  y con casas de muy noble arquitectura cuyos balcones rebosan de petunias. Su núcleo antiguo, homOgéneo y bien preservado, evoca  a otros lugares de parecidas características: Ronda, Santillana del Mar, Cáceres,  Santiago de Compostela, Morella, Alcaraz, Albarracín, Toro, Covarrubias, La Laguna, Mora de Rubielos, Trujillo, Sos del Rey Católico, Fuenterrabía, Sigüenza, qué se yo cuántos más que la memoria perezosa omite ahora. De todos ellos le habían hablado los que se dicen viajeros impenitentes mucho y bien antes de conocerlos él, y en cambio pocas veces le había elogiado este precioso enclave del norte de Zamora. Acaso porque, como le pasaba a él, no eran su punto de destino.

Pero hay que saber salirse del programa. Y descubrir esas perlas desparramadas por el solar nacional que, afortunadamente, aún no engastaron en las rutas del turismo masivo. Una desviación a tiempo puede ser un tesoro. Y cuanto más a trasmano quede el objeto de nuestra visita, mejor será la recompensa. Palabra de duende curioso.

Amado árbol

Amado árbol. Quería grabar en tu corteza otro corazón con la inicial de la chica que me gusta. Pero lo voy a tener que cambiar por un R.I.P....

Amado árbol. Quería grabar en tu corteza otro corazón con la inicial de la chica que me gusta. Pero lo voy a tener que cambiar por un R.I.P....

-¿Y a ti quien te gusta?-le preguntaba él mientras a punta de navaja iniciaba el contorno de un corazón en la corteza del árbol

A lo lejos, desde el merendero donde las parejas de mayores  bailaban mordiéndose la orejita, sonaba la voz de Domenico Modugno. Volaaareeeee…¡Oh oh!…Cantare, ¡oh-oh-oh-oh!…

-No te lo digo- respondía Teresa- No te lo cuento si no me dices quién le gusta a Fernando.

-Creo que le gusta Pepita.

-Claro –resoplaba la chica decepcionada-¡Con ese dos piezas!…¿Y a ti?…

-¿No lo sabes?- dijo mientras en un extremo de la flecha que traspasaba el corazón trazó una T.

Y la chiquilla se ruborizó.

Otras voces, otros ámbitos. Otros nombres (los niños ya no se llaman así). Otros veranos. Ya no son lo mismo. Una de las causas por las que al Duende le deprime esta tórrida estación  es porque se acuerda del frondoso plátano en cuyas ramas pasaba tantas horas felizmente. No había playa ese verano, pero aquel monumento verde era para las fantasías de un chico tan importante como el árbol de El barón rampante o el de El arpa de hierba. Ya desde que en su lejana infancia leyó el Duende Los robinsones de los mares del sur y vio las películas de Tarzán estaba fascinado por la vida en las alturas. Los árboles, tan cerca de los sueños. Qué pena que millares de ellos mueran cada año por culpa de los incendios forestales. Más rabia aún si se confirma que la mayoría son provocados. No serán tan crueles como los bombardeos, pero sí  quizás tan estúpidos.

A propósito, se podía leer esta mañana en la edición digital de EL MUNDO: EL FUEGO ASUELA MÁS HECTÁREAS DE SIERRA CABRERA. ¿Le enseñaron mal la gramática al Duende, o es que los incendios también están asolando el idioma?

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También Hitler fue niño

¿Cuándo aprenderemos que un niño mal educado puede acabar en un monstruo?...

¿Cuándo aprenderemos que un niño mal educado puede acabar en un monstruo?...

Rousseau el Aduanero es un pintor naïf que consiguió destacar entre la nube de genios impresionistas de su época. Y pintaba ciertamente un mundo ingenuo. Un siglo antes, otro Rousseau, Jean Jacques, el filósofo, había concluído que el hombre nace bueno, y es la sociedad la que lo estropea. Se nos mire por donde se nos mire ahora todos somos roussonianos. Jugamos a la utopía de la señorita Pepis, y nos creemos superguay hasta que nos malean y una noche tonta violamos a una chiquilla o matamos a una amiga. Aunque sólo tengamos catorce años. A esa manera de concebir la sociedad unos le llaman buenismo. Otros, simplemente, estolidez.

-Estupidez, sobrino-remacha la tía Clota a Homper- Ignorar lo que se sabe desde siempre…¿Habrán probado los legisladores el aceite de hígado de bacalao?…

Esta vez el estupor de Homper va a acompañado de visibles arcadas. Puaff, qué asco. Cómo iba a olvidar aquel aceitorro asqueroso que, según los mayores, tenían que tomar los niños de entonces para criarse sanos.

-No había nada peor, tía. Era vomitivo.

-Como casi todas las medicinas de entonces. ¿No te acuerdas de que te diluíamos la aspirina en una cucharadita de azúcar? Pero es que nos enseñaban que, para aprender a vivir, también hay que aprender lo desagradable de la vida.

Parece que fue Jardiel Poncela quien definió a los niños como esos locos pequeñitos que andan por ahí. También podría haber dicho esos canallas pequeñitos. Al propio Homper le tortura en ocasiones una pesadilla que fraguó en su infancia. Un tribunal compuesto por un perro callejero, un mochuelo y un gran sapo le condena a morir quemado como Juana de Arco. No hace falta ser Freud para interpretarlo. Homper recuerda cómo vio a unos golfillos atar una lata al rabo de un perro, echarle gasolina por el culo y reirse mientras el pobre animal salía aullando enloquecido de dolor. Con todo, de ese crimen sólo fue culpable por omisión, mientras que al pobre mochuelo, que no podía volar, lo lapidó él mismo al pie de una encina, y al sapo lo destripó de mala manera  con la punta de un vidrio roto. La rapaz y el batracio se le aparecen a menudo en sueños acusándole. ¿Pero cómo fuiste capaz de hacernos eso?…

-Y seguramente hubiera degenerado en un doctor Petiot si alguien no me hubiera advertido severamente que no hay que maltratar a los animales –reconoce Homper.

Añade la tía Clota que entonces  también se decían otras cosas, como recuerda Serrat en una de sus canciones. Niño, eso no se hace, eso no se dice, eso no se toca. Pero eran otros tiempos, cuando no éramos roussonianos, y los padres y los maestros podían decir NO y BASTA sin crear alarma social en nuestra falsa Arcadia feliz.

-No es que cualquier tiempo pasado fuera mejor –matiza la anciana- Somos nosotros, que no aprendemos del pasado.

Homper lo comparte: qué maravillosos los niños. Sobre todo cuando no somos tan cándidos, y tenemos presente que hasta Adolfito Hitler jugaba a la pirindola y suspiraba por los caramelos de fresa.

¿Y cómo dieron con el camino de la Luna?

La Luna¿Dónde estaba y qué hacía usted el día que el hombre pisó la luna? Ante esta pregunta, repetida hoy en casi todos los medios de comunicación, recordaba Homper que andaba por la costa de Almería, en una casa sin televisión. Y que, consciente de que el alunizaje de Armstrong, Aldrin y Collins era algo irrepetible, se lanzó a la carretera buscando un bar o un restaurante donde verlo. Inútil. O no tenían televisor, o pasaban del acontecimiento histórico.  Fue una noche de búsqueda infructuosa.

Al cabo de los años no acusa ninguna carencia especial  por no haber sido testigo a distancia del milagro. Muchos entonces,  y aún ahora, no se lo creían, y otros apuntan que las imágenes que nos ofrecieron fueron un maquillaje. Pero los astronautas supieron llegar, y, por cierto, muy lejos. Algo que hace más irritante su perplejidad de hoy.

-¿Por qué me cuesta tanto  leer un mapa de carreteras?-se pregunta Homper.

Circula por ahí un libro que lleva el larguísimo título de Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas. Pero Homper, que reconoce no ser buen escuchador, tampoco es mujer y sin embargo no entiende los mapas. O al menos la cartografía al uso. Tiene su Guía CAMPSA de hojas desplegables, pero encuentra demoníaco casar una hoja con la siguiente, y la siguiente con la de la carretera que queda interrumpida, y ésta con la número 26, que está unas hojas más allá, y la 26  con la que limita con ella por el norte, y ésta con otra que, coño, gastada su pliegue, fue arrancada por el uso.

Acude a menudo como sustitutivo del mapa y del copiloto/a -lo único que permite viajar por carretera sin el temor de perderse- a los itinerarios de la Guía Campsa o la Guía Michelin. Pero los encuentra exageradamente prolijos.  Uno  se acaba volviendo loco entre tanto número de carretera o autovía, autopista, glorieta,   cambio de red, indicación de direcciones que deben evitarse, peajes, datos de consumo del automóvil. Además de que las tropecientas hojas que se imprimen, y que hay que ordenar cuidadosamente, acaban echando a volar cuando uno abre la ventanilla. Qué tensión para el conductor solitario.

-Santo cielo-dice fustigándose el meñique sobre la mesa  con el canto de la guía- Si yo sólo quería ir de Madrid a Laiosa, provincia de Lugo. De la Laiosa a El Rosal, provincia de Pontevedra. De El Rosal  a Sanjenjo, de Sanjenjo a La Toja, y de la Toja a San Martín de Luiña, en el principado de  Asturias. Eso sí: no por el trazado más corto ni más rápido, sino por el más bonito.

Ha empezado a preparar el viaje, pero ha abandonado el intento.  Si es riguroso, tomará más tiempo en elaborar el itinerario que en gozarlo. Le recomiendan el GPS, pero probó con él y lo encontró insolente y hasta un poco gilipollas, porque se empeñaba en meterle por direcciones prohibidas, lo que no va con su carácter pacífico y poco aventurero. Y sueña con un mapa parecido al llamado libro electrónico. Una pequeña pantalla donde uno focalice la zona de su viaje, con una lupa y un zoom que se manejen sencillamente y que le guíen a uno sin sufrimiento.

Pero no. Hace cuarenta años que llegamos a la luna y ahora, en el esplendor de la era de las comunicaciones, él se pierde andando por casa. Paradojas (o parajodas) del progreso.

El Donut, la cartera y el niño

Desgraciadamente, hay olvidos dulces y olvidos que matan

Desgraciadamente, hay olvidos dulces y olvidos que matan

Escrutaba Homper el espejo y buscaba en él respuesta a su perplejidad del día.

-Cuando se descubra que Jack el Destripador era yo…¿me salvarán las estructuras?

Las estructuras . O el super ego, o la sociedad, llamémoslo como queramos. Qué tranquilidad poder acudir a ella para desplazar culpas. Menudo chollo antropológico. Nadie sabe por qué la sensibilidad popular sólo acepta la responsabilidad individual de los poderosos, ya sean  ricos, políticos, o  famosos. Si estás fuera de ese grupo de elite, tranquilo. A todos nos da terror pensar que en el fondo el culpable puede ser gente sana, normal,  como sin demasiado acierto enunció una vez Rajoy refiriéndose a los que son de nuestro grupo.

-Gente tan maja como yo mismo-y sonreía Homper autoexculpándose de sus abominables crímenes imaginarios.

Todos somos gente maja, por utilizar una expresión coloquial. Pero la gente maja también comete errores. Uno frecuentísimo, por ejemplo, es conducir con unas copas de más. Si no se te cruza un Rayan crecidito que persigue su pelota, puede que no pase nada. Otra cosa es que Rayan sea un bebé y, sobrio o ebrio, confundas una sonda con otra. Como confundes a veces la llave de tu casa con la del coche y te encuentras luego en la calle con coche, pero sin poder volver a casa. Homper evocaba esa escena, repetida en tantos thriller y películas de acción, en la que el bueno llega a la sofisticada bomba que está a punto de explotar y, entre las tripas electrónicas del ingenio, debe dar con el cable que la desactiva y cortarla con unos alicates. ¿Tienen siempre tan claro cuál es el cable clave?

Todos somos gente maja. Aunque, si metemos la pata, desplacemos la culpa dándole una patada hacia arriba. Ayer, a una madre de Lejona se le olvidó el hijo en el coche. El muchachito pasó cinco horas al sol y las altas temperaturas acabaron con su vida. Recuerda el Duende el caso de un niño que se mató hace muchos años jugando con una pistola que creía de juguete. La cargó el diablo, se disparó y le mató. Llegó eso que llaman el debate social y, a la postre, la sentencia de la opinión pública: la culpa era de la tele que incitaba a la violencia y de la publicidad de los juguetes, tan ambiciosa como poco escrupulosa.

Igual reaparece ahora ese socorrido argumento. Pobre madre, bastante tiene con lo que tiene, a saber qué problemas de paro, desarraigo, malos tratos familiares u otros psicológicos procesaba su cerebro cuando se bajó del coche. Cómo vamos a imaginarla responsable de esa muerte, con lo desagradable que es culpar al individuo. Homper, estupefacto,  ya anticipaba los considerandos de la sentencia.

-Considerando que según aquella célebre campaña de publicidad un niño que empieza olvidándose de los Donuts puede acabar olvidándose de la cartera, salta a la vista que es la sociedad de consumo la responsable del delito que se juzga. Por lo que debemos condenar y condenamos a esa sociedad y  absolver a la madre que en lugar del Donut o  de la cartera se olvidó del niño…

Evidente. Al pobre ciudadano, que además vota, ni regañarle.

Risto y los límites de la estupefacción

Así se quedó Homper cuando se planteó qué le podía dejar más estupefacto...

Así se quedó Homper cuando se planteó qué le podía dejar más estupefacto...

La cuestión filosófica que Homper se planteó ese día se podía formular así. ¿Qué es más grande? ¿La capacidad de endeudamiento del erario público o, simplemente, la capacidad de estupefacción del contribuyente?

En su ignorancia, y a tenor de lo que veía en sus gobernantes, la primera era una noción infinita. De repente, imaginaba que Zapatero y Elenita protagonizaban un spot navideño de un nuevo juguete que hacía estragos. Se trataba de una especie de Cheminova para futuros economistas audaces donde metías en una probeta el gasto social y en un matraz la financiación e las autonomías y te sentabas a esperar a la puerta de la granja. No se sabe cómo, empezaban a salir gallinas que ponían huevos de oro, y vacas tan ubérrimas que llenaban con su leche todos los ríos de España, normalmente bajos de caudal por estas fechas.

Inasequibles al desaliento, Zapatero y Elenita, que aún confiaban en que las cucarachas produjeran miel y que en Los Monegros se descubriera una bolsa de petróleo como para  hacer palidecer de envidia a Obiang, repitieron su consigna.

-El pesimismo no crea puestos de trabajo.

-Eso, eso –aplaudió un secretario de estado-¡Y el que venga detrás que arree!…

El secretario de estado fue discretamente cesado, por desafecto y por tocapelotas. Y entretanto el astrofísico Tegumoll Doper, de alguna universidad muy fiable de esas que todas las semanas publican algun estudio de algo, formuló la nueva Teoría de los Cuántos, que más o menos se podría enunciar así. Cuánta flexibilidad hace falta hoy día en un presupuesto público, cuánta credibilidad en los administrados, cuánta fe en todo lo demás y cuánto durará todo esto.

Difícil tenía Homper superar esos interrogantes que, supuestamente, ayudarían a determinar los límites del déficit público. Pero al día siguiente abrió las ediciones digitales de los periódicos en todos ellos encontró una noticia que aún le dejaba más estupefacto. Pásmense: Risto Meijide había sido cesado `por Tele 5 como jurado de Operación Triunfo.

Y él preocupándose por tonterías.

En busca de las playas perdidas

Desde el Rincón del Náufrago seguramente se ve el lugar  donde el Duende descubrió que el mar y la playa eran, sobe todo, libertad...

Desde el Rincón del Náufrago seguramente se ve el lugar donde el Duende descubrió que el mar y la playa eran, sobe todo, libertad...

Jugaba  aquel niño en la playa con su cubo y su pala cuando de repente vino un agente municipal uniformado y le confiscó sus juguetes.

-Artículo 24 de la última ordenanza –le amonestó el guardia con gesto crispado- Todo bañista que meta arena en su cubito será considerado autor de un delito de apropiación indebida de suelo público, y de falta de respeto a los demás bañistas. Y…¡ojo! Le dices a papá que se ande con cuidado, porque ha sido visto haciendo gimnasia en la orilla y en algunas de sus flexiones desborda el área preasignada.

Qué sueño macabro. Dos días antes había escuchado que un ayuntamiento costero ha regulado tan restrictivamente el uso de la playa que prácticamente sólo permite meterse en el agua. Nada de sombrillas ni de toallas extendidas acotando quien sabe si un metro cuadrado de la preciada arena dorada. Ni de jugar a la pelota, ni a las palas, ni de pasear al perro. Supongo que tampoco se podrá correr, por el peligro de atropellar a algún niño al que, en buena lógica, se le prohibirá que sea niño, con lo molesto que es eso para los demás. Se acuerda uno de la canción Aquí no hay playa. ¿Dónde está el gozo de una playa que sólo ofrece chapuzones en un ambiente como el   del Ganges purificador?…

Dice la tía Clota que lo malo del verano en España es que a todo el mundo se le ocurre lo mismo en los mismos días. Y se queda perplejo Homper de la pasión que aún suscita en el ciudadano la palabra playa cuando la recompensa mayor que ofrece ahora es una torradera para asarle como un gambón. Y eso si no te cobran por la plancha –léase hamaca- del hotel.

Recuerda el Duende El Puntal y la playa de Las Quebrantas en Somo, donde descubrió el mar a los siete años. Era de aguas frías y resacas traicioneras, pero larguísima  y con ese encanto añadido que dejan las mareas del norte al replegarse. Podías correr, jugar al fútbol, a las palas,  a voleybol, lanzar la cometa, montar a caballo o en bicicleta: sólo te detenía el cansancio. Los aldeanos bajaban las caballerías de los prados y las lavaban en el mar. Oteabas el horizonte y únicamente veías, de ciento en viento, algunas sombrillas que, como en un cuadro impresionista, punteaban de color el paisaje. Recuerda los paseos por la orilla, que siempre tenían algo de aventura arqueológica: kilómetros lisos y suaves en los que encontrabas caracolas, fósiles de erizos, bolas de cristal  que se desprendían de las redes de pesca y otros pequeños tesoros que aquella mar bravía  depositaba a sus pies. Olor a yodo y a algas.  Qué sensación de libertad.

También tenía su peligro. A unos cien metros de la orilla, entre la playa y el faro del islote de Mouro, que guía a los que buscan puerto en Santander, se erguía, fantasmal, el pecio de un barco hundido. Un día de su santo, que estrenaba pelota de regalo, se la lanzaron al Duende por encima de las olas, demasiado lejos, y no se lo pensó. Nadó por ella hasta que comprendió que la resaca le metía mar adentro y le alejaba de la playa. Ya casi  sin fuerzas, se puso a rezar. Aunque comprendió que no se moría porque había dicho el padre Manuel que antes del tránsito final uno repasa mentalmente en un pispás lo que ha sido su vida, y él sólo pensaba en recuperar su pelota. Le salvaron el padre de su amigo Nicolás Salazar -¿qué habrá sido de él?- un aldeano llamado Juanito y algunos más que no recuerda, a los que debía este tardío agradecimiento.

Hubiera sido un naufragio personal prematuro. Por cierto, hablando del tema, reconoce el Duende sentirse muy honrado por la atención de un amigo bloguero que se llama Julio y escribe en El Rincón del Náufrago, que es como se llama su blog. Lo hace desde Santander, y probablemente vea al otro lado de la bahía Las Quebrantas. Afinidades electivas: desde que leyó Robinson Crusoe y Las aventuras de Arturo Gordon Pym, al Duende siempre le han encantado las historias de náufragos. Ahora le llena de satisfacción que este colega le eche un cabo, perdido como uno se siente en ese mar infinito que es Internet. Hoy por ejemplo, quería hablar de las playas que ya no volverán y las olas le han llevado a él. Parafraseando a John Ford, Dos naufragan juntos.

El cuadro torcido (cuento moral y psicológico)

Juan de ArellanoLos designios del Señor son inescrutables. La vida amorosa de Ignocio Cabrestal se había truncado varias veces por las causas más diversas, pero nunca por algo tan trivial como lo que sucedió cuando se enamoró de Eugenia, la rica heredera de los Marqueses de la Garza de la Aceña. Su relación había avanzado tanto y tan intensamente, que la enamorada había sugerido a sus padres la conveniencia de invitarle a comer algún día para que le conocieran mejor.

-La gente bien no comemos-le advirtió la marquesa-Almorzamos.

-Bueno, pues le invitamos a almorzar –dijo la joven- Pero, a ser posible, que papá no se vaya a dormir en cuanto sirvan el café.

-La gente bien no dormimos-le corrigió nuevamente la señora marquesa- Descansamos.

Eugenia aceptó que descansando, el señor marqués no quedaría tan mal como echándose la siesta. Y estaba tan ilusionada de que las únicas pegas de mamá fueran de carácter terminológico, y que no se refirieran a la fortuna de su pretendiente, que no puso una sola condición más.

Hay que advertir que Ignocio era un hombre especial. Algo mayor para andar flirteando con mujercitas, su personalidad se definía con una sola palabra: rigor. Tan consecuente era con ese principio, que había cambiado su nombre de Ignacio por el de Ignocio. Así no ocultaría a nadie su única sabiduría, que era, como la Sócrates, saber sólo que nada sabía. Era Ignocio porque se consideraba fundamentalmente ignorante. Aunque, a cambio, tuviera nítidamente claro que las cortinas de baño deben ir siempre por dentro del borde de la bañera, que los calcetines de lana escocesa sin desengrasar no son para el verano cordobés,  y que hay que desconfiar del amigo que te apuñala por la espalda.

-Ignocio es maravilloso –le decía Eugenia a su madre la marquesa- Le amo, sobre todo, porque es el único hombre que reconoce su ignorancia. Y aún así, es de una lucidez maravillosa.

Otra de las obsesiones de Ignocio era la geometría perfecta. Había abandonado sus estudios de arquitectura  al comprobar que hasta en las mejores construcciones de hoy es difícil encontrar paredes y escuadras canónicas, como si los niveles, las plomadas y los rayos laser no sirvieran para nada. Y ese exceso de rigor le iba a jugar otra mala pasada.

Porque el día del esperado almuerzo  en casa de los marqueses , le sentaron a la derecha de la marquesa, pero -¡ay dolor!- frente a la pared donde colgaba un magnífico florero de Arellano levemente torcido. Lo había estado observando mientras despachaba el consomé de entrada y a lo largo de las excelentes alcachofas rellenas de foie de del primer plato. Pero no lo pudo resistir más, y  a mitad de la lubina en papillote carraspeó, pidió perdón, se levantó de su silla, rodeó la mesa y se dirigió al cuadro objeto de su atención. Ante el pasmo de los comensales, incluída Eugenia, extrajo del bolsillo de su chaqueta un pequeño nivel, lo posó sobre el borde superior del marco y movió levemente el cuadro hasta que la burbuja de aire quedó perfectamente acotada entre las dos rayitas verticales.

-¿Ven?-dijo orgulloso-Ahora está como debe estar.

El cuadro de Arellano lució desde entonces en la horizontalidad perfecta. Pero paradójicamente aquel rigor geométrico torció el noviazgo. Al marqués de la Garza de la Aceña le pareció intolerable que alguien le viniera a decir cómo tenía que colgar sus cuadros. La marquesa añadió que además Ignocio había sorbido levemente en una de las cucharadas del consomé –aún admitiendo que estaba demasiado caliente, eso sí. Y finalmente Eugenia cedió a sus presiones y encontró a otro novio menos riguroso, pero forrado de dinero y dispuesto a invitarle a pasar una noche de amor en lo más lujoso de Marina D´Or, que era su sueño inconfesable.

-Sabía que quizás aquel pronto les iba a descolocar-le contaba a su amigo Homper mientras, sin alterar su flema, encendía un puro en la tertulia del Ateneo- Pero no hubiera podido ser feliz con alguien que se resigna a ver los cuadros torcidos.

Y esta vez Homper, que por algo permanecía soltero, no se quedó estupefacto.

Sueños de un editor frustrado

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

La cosa es que la prima, que había sido siempre una mujer tímida y calladita, toda una vida dedicada a trabajar por los demás, con el mal dormir que dan los años se levantaba por la noche y se ponía a escribir. Nada pretencioso: reflexiones, pequeños poemas, pinceladas sueltas de su imaginación, cuentos mínimos y aleluyas piadosas al estilo de Las florecillas de San Francisco. Porque la prima, ya les digo, que de joven pintaba como para ennoviarse con ella, a fuerza de discreta plegó su alma sobre sí misma, se hizo asistente social y casi dio en la santidad.

El Duende, veinte años más joven, convivió con ella en la finca familiar que comprara el bisabuelo. Y comoquiera que aún siendo el más pequeño de su generación, era el único que escribía por afición,  fue el depositario de los escritos de la prima.

-A ver que te parecen –le dijo al entregárselos reflejando en su gesto la  esperanza en ser autora.

Los escritos de la prima eran justamente lo esperable de una prima de aquel tiempo. Respiraban ilusión y destilaban –oh sorpresa-el espíritu sensible de una mujer, que, contra todo lo que parecía, también se había enamorado alguna vez. El Duende convenció al resto de sus primos y a sus numerosos sobrinos de que aquellas páginas merecían un libro que, sin duda, a ella le encantaría recibir como regalo inesperado.

-Es muy fácil-se aventuró-Ahora en Internet hay webs como www.bubok.com que te permiten hacer tú mismo ediciones digitales cortitas y por cuatro perras.

Nunca lo dijera. Qué maldición, el hágaselo usted mismo, como el IKEA de las editoriales. Con María, que era la sobrina favorita, el Duende trabajó en la selección y corrección de los textos. E incluso escribió un prólogo en el que, cómo no, aparecía Audrey Hepburn y algunas otras de sus obsesiones recurrentes. Esta es la prueba:

Cuando yo era un niño, mi prima era una moza menuda, pero con una sonrisa coqueta y un par de esos encantos femeninos que a ningún chaval le pasan inadvertidos. Nunca entendí que Gregory Peck, por ejemplo, no apareciera un día por El Rincón a llevársela de paseo en la Vespa de Vacaciones en Roma. Sin embargo ella era demasiado tímida para estas aventuras. Y además, seguramente hubiera sido incapaz de quitarle el novio a Audrey Hepburn. Gracias a estas páginas que siguen uno sabe que, además de ser una magnífica persona, Mary pastoreaba las mismas ilusiones que cualquier jovencita de su tiempo. Entre que a Gregory seguramente se le averió la Vespa, y que ella pronto desvió su mirada hacia las necesidades de los demás, nos hemos perdido el gran sueño de la prima Mary.

Una tarde, María y el Duende se embarcaron en esa tarea tan fácil que es la autoedición en Internet. Ja. Claves, contraseñas, correo de vuelta, menúes que dicen que se abren y no se abren, pestañas abstrusas, infinitos campos por rellenar, lenguaje de  informáticos, mensajes ininteligibles para neuronas cerebrales talluditas, como ya son las suyas. Desesperación.  Fueron varias horas de este cálido verano para acabar rendidos como patatas al vapor. Y, constantemente, volver a releer el texto que se quiso, y no se pudo, subir a aquella web para que fuera convertido en libro.

Naturalmente, no se consiguió. El único logro del Duende fue advertir que, para el mucho cariño que tenía a la prima Mary, quizás el prólogo se había quedado cortito en el elogio. Así, pensó que además de a Gregory Peck en su Vespa, debía de haber incluído en la lista de pretendientes a Gary Cooper en su caballo de sheriff, a Charlton Heston en su cuadriga de Ben-Hur, a Steve Mac Queen en su moto de La gran evasión y a Robert Redford en su avioneta de Memorias de Africa.

Puede que aún lo haga. Sobre todo si algún alma alma caritativa o alguna mano joven despabilada se ofrece para ayudarle en esta tarea tan fácil que, según dicen, es la autoedición en Internet.

A Dios muerto, diosecillos puestos

Por creer en algo, hasta creemos  que Jacko, Cristiano Ronaldo y José Tomás pueden sustituir a Dios

Por creer en algo, hasta creemos que Jacko, Cristiano Ronaldo y José Tomás pueden sustituir a Dios

Resulta que en estos días la tía Clota lo recordaba. Recordaba que Manuel Azaña, en 1931, había proclamado que España había dejado de ser católica. Y cómo ahora el estado español es laico y no confesional. Ella confiesa que siempre ha albergado sus dudas de fe, pero se queda pasmada del agnosticismo creciente que reflejan las encuestas en su país natal: no  le encaja con ese estallido de fervor popular que aún provocan ciertas manifestaciones religiosas. La Semana Santa en Sevilla, el salto de la reja en la ermita de la Virgen de Almonte, los penitentes que se cargan a un amigo a coscoletas y pisan las brasas en San Pedro de Manrique, por ejemplo.

-Qué distintos somos los españoles-puntualiza ante su siempre perplejo sobrino Homper-Aquí a las primeras de cambio cualquier político invoca el God bless America, pero la mayoría no haría esas cosas…

-No creas, tía. ¿Te suenan numeritos como los del Ku-Kux-Klan?…¿Y el éxito de los predicadores y de las iglesias alternativas?

-Hummm-rezonga la anciana.

Como todos los mayores, siempre quiere tener razón. En este caso se ha salido por la tangente y ha barajado a continuación  cuatro fenómenos de masas recientes que vio por la tele y que le dejaron literalmente estupefacta. 1, la Gran Vía de Madrid atestada de gente jaleando el Orgullo Gay. 2, concentración en la Plaza de Colón de fans de Michael Jackson para expresar su dolor -¡también en Madrid!- por la muerte del Rey del Pop. 3, el Estadio Bernabéu repleto de madrileños en éxtasis por la presentación de Cristiano Ronaldo: no jugó, sólo sonrió, tocó el balón y gritó ¡hala Madrid! 4, a tres mil euros en reventa las entradas para ver torear a José Tomás en Barcelona.

-O sea, sobrino-sentencia tía Clota-Que por una parte queremos matar a Dios. Pero por otra, hasta el más zafio se busca asideros para la trascendencia. Causas hermosas, personajes arrebatadores… Y a Dios muerto, diosecillos puestos.

Entonces recuerda Homper un ensayo de Bertrand Russel que leyó en su juventud: Por qué yo no soy cristiano. Aquel hombre tan lúcido le inoculó sus primeras dosis de escepticismo. Pero luego se unamunizó, y advirtió que él mismo también necesitaba pretextos de fe para encontrar respuestas a lo que no las tiene.

-Es pura comodidad, tía –se justifica Homper- Entre el Dios del Génesis y el “big ban”, casi me parece más lógico lo primero…Y además, así me evito creer en sucedáneos y el olor de multitudes que provocan cuando aparecen y desaparecen

Se ríe tía Clota por lo bajini. Y, antes de cerrar la conexión, lanza su última pulla.

-Oye, y a ese futbolista tan guapo y tan milagrero…¿no sería más políticamente correcto llamarle Agnóstico Ronaldo?

¿Quién será esa que me saluda en la playa?

Nada tan obsesionante cómo tratar de averiguar quién es ese o esa que nos saluda en la playa y que seguramente conocemos de alguna otra parte...

Nada tan obsesionante cómo tratar de averiguar quién es ese o esa que nos saluda en la playa y que seguramente conocemos de alguna otra parte...

Quería aprovechar sus vacaciones de verano para pensar. Sólo para pensar y darle vueltas al sentido de su vida.

Nunca lo confesaría. Diría lo que la mayoría de los mortales: que su deseo era descansar, estar con la familia, leer mucho y pasear. Pero en realidad mentía. Sólo quería reflexionar: ¿tiene sentido lo que hago? ¿Afronto cada día como debía hacerlo? ¿Me porto bien con la humanidad? ¿Debo cambiar? Mientras no resolvía estas cuestiones fundamentales, caminaba kilómetros y kilómetros.

Como la playa era larga y milagrosamente aún virgen de hormigón y de bañistas con transistor o juego de palas, de vez en cuando se detenía y hablaba en alto. Tomaba una caracola en sus manos, la miraba fijamente y, como si fuera la calavera del bufón Yorick, ensayaba las pautas básicas de su tragedia personal.

-Ser…o no ser –declamaba creyéndose Lawrence Olivier-¿Reconciliarme con mi condición de criatura del Corte Inglés o, por el contrario, desmenuzar mi alma en el rallador de zanahorias hasta encontrar la razón de mi existencia?

En esas estaba cuando se cruzó por la orilla de la playa con alguien que le saludaba. Era una mujer de mediana edad, hermosa melena al viento y esbelta silueta que le sonreía como si le conociera mucho. Él respondió tímidamente, y cuando le sobrepasó, la siguió con la mirada esperando dar con su nombre. Pero ella caminaba decididamente, seguramente para endurecer sus bonitos muslos, y ya casi se confundía con el rizo blanco de las olas al romper. Se fundió en la lejanía.

-¿Quién es? –le preguntaba al mar desesperado-¿Por qué me saluda?…¿De qué me resulta familiar ese rostro?

Y aunque de verdad se había propuesto reflexionar sobre la razón de su vida, se pasó el resto de sus vacaciones lucubrando sobre la identidad de aquella sirena que le saludaba todos los días en su paseo al amor de la brisa marina. Qué dilema, qué arcano, qué tortura. Eso sí que era la angustia misma. No sospechaba siquiera que todos somos otros fuera de nuestro entorno habitual. Y que aquella mujer encantadora era la misma que, con una bata blanca y un instrumental de última generación, se había citado con él una vez al mes durante un año para, a cambio de unos cuantos miles de euros, habilitarle una sonrisa de galán.

La misma sonrisa que ahora, al ponerse el personal  playero y confundirse con esa subespecie sin identidad que es el bañista, ya no sabía a quién dedicaba.

Orgullo y exceso gay

Si todos los colectivos orgullosos exigen siete días de fiesta callejera...¿cuántas semanas necesitamos que tenga el año?

Si todos los colectivos orgullosos exigen siete días de fiesta callejera...¿cuántas semanas necesitamos que tenga el año?

Un pueblo andaluz y finales de los años cincuenta.. En aquella pequeña comunidad, tan cerrada como la de cualquier población española, no fue Clotilde, alias tía Clota, la única extravagancia. Ella se empeñó en hacer carrera, estudió filología, emigró a Estados Unidos y se ganó la vida  allí como profesora de literatura española. Eusebio ganó plaza de policía municipal, tocaba  el clarinete en la banda, criaba jilgueros y un día dejó a su novia Trini mal plantada para trabajar en Madrid como camarero. Años después  se supo el porqué de tan extraña reacción. Eusebio habia roto en mona.

Esta expresión se la ha escuchado el Duende a su amigo Félix, que es gaditano. No la conocía antes, ni sabe si está muy extendida en el hablar del pueblo. El caso es que Eusebio no se encontraba a gusto en el rol que le había asignado su sexo, rompió en mona, o salió del armario, que es la expresión más vulgar. Y probablemente hizo bien. Como hizo bien, cuando ya había ahorrado un dinerillo, en buscar el barrio adecuado para vivir con su pareja.

-Estaba encantado en Chueca- comenta la tía Clota- Pero dice que una cosa son las fiestas del Orgullo Gay y otra la matraca, el insomnio y el asco de los orines y los vómitos en la calle, ya lo produzcan los gay o los demás.

-Cuidado, tía-le advirtió Homper-Por esas expresiones os pueden colgar el cartelillo de homófonos.

-A mí plim-respingó la anciana como si le hubiera molestado el comentario de su sobrino- Tú veras, viviendo en Vermont y con más años que un palmar…En cuanto a Eusebio, él dice que una cosa es ser homosexual y algo mayor para juergas y otra masoquista…

-Es lo malo de la edad, tía.

-No digas tonterías, Hom. Es lo malo de la falta de educación.

Eusebio también  le había comentado a su paisana que una semana de orgullo tal  vez era demasiado. Y que ni las organizaciones de homosexuales deberían de ser tan exigentes con hacer de sus fiestas Una carnavalada de obligado sometimiento para los vecinos, ni el Ayuntamiento de Madrid tan complaciente al plegarse a sus deseos.

-Tiene razón Eusebín-sentenció la anciana para cerrar el debate- Puede que rompiera en mona, pero desde luego no rompió en memo.

Los huevos rellenos y otros motivos de alegría

Aunque es la nmadre de los maravillosos huevos rellenos, hay que reconocer que  se parece al Franco de los años 40...

Aunque es la nmadre de los maravillosos huevos rellenos, hay que reconocer que se parece al Franco de los años 40...

Punto uno: hay momentos del sueño que oscilan entre la realidad y lo puramente onírico. Punto dos: uno cree que sueña más por la noche, pero el subconsciente sigue trabajando a la hora de la siesta. Punto tres: cada día tiene sus dolores, pero también sus alegrías. Punto cuatro: quién sabe cómo y con qué criterios se mezclan en el alma, y cuál acaba siendo su expresión. ¿Un ceño fruncido y un resoplido desesperanzado o, por el contrario, una sonrisa?

Ayer el Duende tenía motivos para la alegría. Lola advierte que el blog ha cumplido dos años. Si, sumados uno a uno los tropecientos posts colgados en la red éstos ofrecieran coherencia entre sí e irresistible interés para lectores de todas las edades, podríamos estar a novela y media de un fenómeno como el Millenium de Stieg Larsson. Hay  otros mundos, pero no están en éste, que no tiene nada que ver con ningún éxito literario. No por ello deja de ser una alegría.

Otra más. Alfonsina estaba contenta. El Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo le había acabado dando la razón a su padre. Su padre fue en vida magistrado del Tribunal Supremo. Y a ella quizá no le importe, sino todo lo contrario, que el Duende airee los motivos de su satisfacción, expresados en un correo que decía:

Para hacer un poco de memoria, los dos magistrados a los que tocó sucesivamente llamar a declarar a la mesa nacional de Herri Batasuna,  pidieron baja por depresión. Sabían que los batasunos no se presentarían y lo que venía después…

Padre aceptó, y fué cada día al supremo con dos muletas, una sonda y una bolsa. Aguantó amenazas de ETA, aparecer en todas las listas de las detenciones, y no pudo volver a salir sin escolta a la calle. Y aguantó también críticas de los ignorantes que desconocen en qué consiste un Estado de Derecho.

Firmaba, con razón, como una hija orgullosa.

O sea, tenía el Duende, como reconoce, motivos para sonreir. Y sin embargo, en la siesta, se le presentó una gallina. O al menos eso creía él. Nunca  ha tenido cariño especial por las gallinas. No por putas, como dice la metáfora popular para mal comparar. Sólo por bobas y poco simpáticas. Reconoce que le encanta el pollo al curry, a la cerveza, al ajillo y en casi todas sus variedades gastronómicas. Y considera que los huevos rellenos son en verano un plato insuperable. Sin embargo la gallina que le miraba desde los pies de la cama era especial: en realidad no se sabía si era una gallina o Franco en los años cuarenta. Franco, pancita de dictador blandengue, tenía  entonces silueta de gallina. Y con su nariz arqueada, como el pico del ave, y aquel gorrillo cuartelero que lucía en los sellos de su primera época –talmente una crestita ladeada- era exactamente eso: una gallina que quería amargarle la siesta.

-Dices maravillas de mis huevos-le reprochaba-y no protestas porque Gallardón me ha desposeído de todos mis honores madrileños…

Qué horror. Crisis económica,  Kaká y el Madrid como mantra y placebo, el termómetro a 35º, el desánimo inevitable y, como colofón, un Franco gallináceo y que se cebaba con el pobre Duende.

Se levantó sudoroso y obsesionado. Sólo le apetecía invitar a cenar huevos rellenos a Lola, a Alfonsina y a todos los amigos –y mayormente a las amigas- que se asoman por aquí.


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