Archivos para 3 agosto 2009

Hay gente pa tó

Hay oyentes de radio que se quedaron algo trasnochados...

Hay oyentes de radio que se quedaron algo trasnochados...

Lo bueno de tomar un  micrófono y hablarle a los que escuchan la radio  es que siempre le gustas a alguien. Lo malo, si no te ajustas al tópico –es para mí un placer dirigirme a este público maravilloso, etc, etc- es que inevitablemente también disgustas a otros tantos.

Creía el Duende, como solemos creer todos, que hay valores sobreentendidos, mentirijillas aceptadas por la generalidad de los ciudadanos, sentido común y sentido del humor más o menos repartidos por todas las zonas de la sociedad.  Hablamos y sentimos como nuestra familia o nuestra pandilla, y creemos erróneamente que el mundo es como refleja nuestro espejo. La cosa es que el Duende no era él, sino su alter ego doña María, que se presentó en su nueva emisora  de punta en blanco. Imagínensela, recién pasada por la pelu y coquetamente maquillada, las uñas de manos y pies pintadas de carmesí, abanico español, dos aretes en las orejas, y un elegante vestido indio de algodón que le había regalado su amiga Jocelyn para la ocasión. Y no es que estuviera particularmente dicharachera ni chocarrera. La presentaron, hizo dos o tres comentarios de su familia y aquí paz y después gloria.

Pero hay gente pa tó, que sentenció el famoso torero cuando dicen que le presentaron como filósofo y pensador a un señor que se llamaba Ortega y Gasset. Hay bibliotecarios y sexadores de pollos, funcionarios y okupas,  bailarinas de la danza del vientre y habilitados de clases pasivas, afinadores de pianos y pendolistas, criadores de caracoles y trapenses. Y muchos más, cada uno de su padre y de su madre. En tantos mundos tan diversos, cada cual puede entender el mensaje a su manera.

El caso es que Ely del Valle y Enrique Campo, que son los conductores del programa  donde interviene la gran dama del Bloque los Arándanos habían invitado a los oyentes de la COPE a que mandaran sus comentarios por correo electrónico. Los más eran amables, algunos evocaban con nostalgia a Jiménez Losantos y a César Vidal. La radio es, sobre todo, una costumbre,  y los que no mueven jamás el dial son por lo general refractarios a los cambios de voces. En ese listado de mensajes hubo uno, sin embargo que le dejó descolocá a nuestra heroína. María es el nombre de la madre del Señor –decía el email- y no parece el más adecuado para tomárselo a broma.

-¡Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo!- exclamó la doña sin poder ocultar su contrariedad.

Hubo que consolarla a la pobre mujer recordándole que en todas partes hay gente pa tó.

Seré breve

A partir de ahora, el Duende va a tener que volver a medir su tiempo...

A partir de ahora, el Duende va a tener que volver a medir su tiempo...

Envidia el Duende a esos columnistas que pueden permitirse el lujo de publicar apenas diez o doce líneas. Su nombre y su crédito bastan. Se leen como si fuera un sorbo del primer café de la mañana. Para algunos son un tónico, una costumbre, una referencia, un oráculo. Y tienen peso: Alvite, Antonio Gala, Erasmus. Recuerda en especial alguno tan cabalístico que no se le entendía, como le pasaba a Julio Cerón, que quizás por eso daba más prestigio al periódico que le hospedaba.

Lo de jugar al despiste es siempre muy rentable para el intelectual. El otro día el Duende, que sólo es un aprendiz, puso en el DVD una película de David Lynch que se titula Inland Empire. Tenía interés en conocer algo más de este cineasta que desde El hombre elefante –excelente película- a esta parte ha derivado en eso que la crítica llama “un realizador muy personal”. Y aguantó estoicamente ante el televisor dos horas y tres cuartos de absurdo cinematográfico. O sea, de una sofisticada  empanada mental con una estética y, sobre todo, una banda de sonido extremadamente inquietantes. Tampoco se entiende del todo Mullholand Drive, otra película suya muy conocida, pero al lado del delirio de la anterior resulta tan primaria como Nobleza baturra. Y, sobre todo, es más breve. Unos se expresan en formato corto y otros, como David Lynch o Richard Wagner en sus óperas, se sienten más cómodos  dando la paliza.

Porque pueden. Son intelectuales consagrados.

Al Duende le gustaría poder. Lleva el fin de semana inquieto y preocupado. Parte de la culpa es el calor africano que nos está ofreciendo esta maravillosa estación llamada verano. Piadoso recuerdo solidario para los veraneantes que están regresando a su casa en estos momentos, y más si viajan con niños y abuelitos. No lo quiere ni pensar: el atasco, el subir el equipaje, abrir la casa, deshacer las maletas, poner lavadoras (…¡Y encima la familia querrá cenar!). La otra parte  es saber que mañana tendrá que presentarse en su nueva radio. No empieza hasta el martes, pero no sabe si en este tiempo alejado de los micrófonos se le habrá olvidado el oficio de duende.

Y, sobre todo, piensa en este blog, que tal vez se resienta de estos cambios.  ¿Y si ahora no tiene tiempo para enmarañarse en esas historias suyas tan disparatadas que son las que más le divierten? ¿Y si tiene que aligerar sus posts? Mejor eso que echar el cierre.

Así que seguirá escribiendo, pero será breve. Como si ya fuera firma reconocida…

Cómo mejorar muchas cosas por diez euros al mes

Rafael Selas es un JASP que ha entendido lo que son las prioridades...

Rafael Selas es un JASP que ha entendido lo que son las prioridades...

Regresaron de sus vacaciones la tía Clota y sus amigas, como había regresado antes el perplejo permanente llamado Homper. Nunca pasa nada, o ya vuelven los clásicos por do solían. Aunque siempre creamos que cada pausa veraniega da paso a un movimiento germinal.

De niño, Homper estaba convencido de que el año se dividía en dos mitades: el invierno frío, gris, monótono y, peor aún, colegial,  de su Madrid natal, y la otra mitad alegre y al aire libre, que transcurría en su lugar de veraneo. Sol, ríos o mar donde bañarse, juegos, aquellas chiquillas a las que de repente les apuntaban dos cerezas por debajo de su blusita, noches estrelladas, bailongos por las fiestas de finales de agosto, helados de mantecado más o menos gruesos,  desde los diez céntimos a la peseta, algún titiritero ambulante y, un caballito de cartón o un motorista de hojalata en la feria y sobre todo, nada de colegio. Al regreso a la mitad horrible del año –qué suerte, creer que el año se dividía en colegio y vacaciones- tenía la esperanza de que la vida en Madrid renacería distinta. Pero nunca cambiaba. Todo seguía igual.

-Nunca pasa nada, sobrino-remachó la tía Clota en el primer diálogo posveraniego que acaba de mantener Homper con ella- Y, si pasa, es para peor…¿También te vas a quedar pasmado porque te recuerde eso?

Le chafó el pesimismo anticipado de su tía, porque esta vez le iba a leer a distancia algo que a él, oh, sorpresa le había asombrado muy positivamente. En un suplemento del ABC de este mes de agosto había leído una entrevista con Rafael Selas, un madrileño que marchó a Estados Unidos con diecinueve años, hizo una prometedora carrera de productor y realizador  televisión y de discos y de repente sintió la llamada de lo que él llama “los niños rotos de África”. Con algunos de ellos aparecía  en la foto del ABC, barbado y sonriente, un rostro que recuerda vagamente al del Ché Guevara.

-Y es que este chico también es un revolucionario-le aclaró a la tía Clota-Ya ves, podría haberse convertido en un yuppy de los negocios, un empresario rico en España, y lo ha dejado todo  por echar una mano a los niños de Lamu…Para que luego digas que los jóvenes  sólo piensan en divertirse.

Rafael Selas se instaló en Lamu, una isla al norte de Kenia. Desde su ONG llamada ANIDAN ya ha a creado un orfanato donde viven doscientos cincuenta niños, y se ocupa de que otros cien sean atendidos diariamente en el hospital pediátrico. Rafael es muy crítico con las ONG de grandes presupuestos y poco operativas, y prefiere optimizar sus recursos trabajando sobre el terreno para defender de la malaria y otras enfermedades a unos cuantos de sus niños rotos. Estudió en un colegio heredero del Instituto Escuela, y no recibió una gran  formación religiosa. Pero allí había un padre Ramiro con las ideas muy claras. Si no eres capaz de arreglar el mundo –decía el cura-  procura ayudar al menos al que tienes más cerca. Lamu está muy cerca, porque Rafael está allí.

-Caramba –musitó la tía Clota después de conocer la historia de Rafael Selas- ¿Y dices que es joven?…

Rafael Selas debe de estar en la treintena, y es otra clase de JASP (Jóvenes Aunque Suficientemente Preparados). Su caso dejó perplejo no sólo a Homper, sino también a la tía Clota, que, arrepentida de sus prejuicios, se ha dado de alta como socia de ANIDAM, con una cuota de sólo diez euros al mes.

-No es cierto que las cosas siempre cambien a peor, tía-concluyó Homper. Tú misma has mejorado mucho desde que conoces esta historia…

Sin agua, pero con radio

¿A tí tambien te ha pillado en la ducha el corte de agua?...

¿A tí tambien te ha pillado en la ducha el corte de agua?...

Lo malo es que estaba doña María a mitad de ducha, enjabonada ella como un merengue, y se cortó el agua que fluía por la alcachofa. Ya la están viendo, mal tapada en una toalla que mengua poco a poco –o será que ella está cada mes un poco más “gruesa de los nervios”- y a duras penas vela sus encantos, chorreando y dejando huellas de espuma blanca sobre ese parquet del piso del Bloque los Arándanos que tantas veces ha lustrado con sus zapayetas (las utilísimas zapatillas-bayeta: ni un paso sin dejar de sacar brillo al parquet).

Lo malo, aclaramos, es que la infatigable piqueta de Gallardón pinchó en el lugar inadecuado, rompió las conducciones  de agua por el barrio de nuestra amiga y, cumpliendo con la Ley de Murphy, le pilló en pelota a Doña  María.

Lo peor es que sin esperar a secarse salió al descansillo de la escalera a consultar con el vecindario.

-Jocelyn…-le voceaba a la vecina que es su amiga más íntima- ¿Tú también te has quedao sin agua?…

En éstas que una corriente cerró la puerta y atrapó un pico de la toalla cuando ella se precipitaba a subir a casa de Jocelyn. Y fue muy fuerte: la pobre mujer desnuda y a medio lavar corriendo desesperada escaleras arriba a esconderse y preguntando, mientras tapaba sus vergüenzas, cómo se gestiona ahora la poblemática de quedarse sin agua un día de verano.

Pero no hay mal que por bien no venga. El mismo día de esta tragicomedia doméstica, a la buena de nuestra gladiadora del hogar le comunicaban que esta temporada vuelve a la radio. Y que desde la semana que viene, tendrá voz en la COPE de martes a viernes entre once y doce de la mañana para contar, por ejemplo, la poblemática de los cortes de agua de espaldas al pueblo.

Alguien le preguntó con cierta malicia que si iría de la mano del padre Bonete. Pero según una sobrina de éste,  el anciano cura padece demencia senil, mantiene que Zapatero es el  Anticristo y dice que los curas ya no creen en Dios.

-No vayan a pensar otras cosa –explica doña María con cierto retintín.

Qué cosas.

El caso de los meteorólogos asesinados

Un enamorado`frustrado es capaz de todo...

Un enamorado`frustrado es capaz de todo...

1

El informe de la policía era tan escueto como elocuente. En el curso de veinticuatro horas habían sido asesinados tres meteorólogos y dos meteorólogas. Todos ellos prestaban sus servicios en otras tantas emisoras de televisión. Ellos habían sido muertos con un cuchillo jamonero, ellas estranguladas. Algún conspicuo Poirot avanzó la primera tesis: estábamos ante el típico caso de un asesino en serie.

2

Ulises Mann había conocido a Alfonsina en un viaje, y se enamoró de ella apenas la vio perfilada contra la superficie del Lago de Como. Era una mujer muy guapa. Por entonces Ulises se llamaba Avelino García, y era un empleado de Telefónica sin demasiadas aspiraciones ni refinamientos. Pero el amor es lo que tiene. Al poco de regresar, él se atrevió a llamarla para salir. Alfonsina se reveló como una mujer culta y exigente, incapaz de enamorarse de cualquiera. Para atraerla,  Avelino estudió y leyó todo lo que no había estudiado y leído en su juventud, e incluso tomó clases de buenas maneras. La muerte sin hijos de la única  hermana de su madre le deparó una sustanciosa herencia que facilitó su puesta a punto final. Contrató un entrenador personal, eliminó algunas lorzas en el gimnasio, depuró su silueta y renovó su fondo de armario. También se compró un Morgan con el que en la primavera se iban a las terrazas de los pueblos de la sierra a ver anochecer. Ella era tan clásica que tomaba una granadina y él, por no ser menos, un vermut. Pronto se distinguieron como una pareja  singular con un cierto halo de romanticismo decadente.

3

Desde que Alfonsina confesó que Homero y Thomas Mann eran sus autores favoritos, Avelino no paró hasta que consiguió mudar por completo su identidad. Un día le reveló a Alfonsina que en realidad se llamaba Ulises Mann, y que había tenido que adoptar el nombre falso de Avelino García porque durante una etapa de su vida fue agente del CESID, y su patronímico era demasiado sofisticado para pasar inadvertido. Entretanto, y puesto que se daba cuenta de que, aunque evidentemente le caía bien a Alfonsina ella no parecía estar del todo enamorada, fue urdiendo un golpe de efecto que necesariamente le abriría los ojos y le permitiría descubrir al hombre de su vida. A Alfonsina, además de la literatura,  le fascinaba el mar, las flores la música clásica, y de ella en particular el piano de Beethoven, y más concretamente la sonata Claro de Luna. Avelino tomó nota.

4

Alfonsina fue invitada a un viaje sorpresa con final feliz. La tarjeta especificaba que se trataba de un destino con mar, un largo espigón y un faro, que siempre queda muy romántico. Ella esperaba VeneciaAlejandría, Rodas o algún pueblecito de Cornualles, que pega mucho en estas aventuras románticas. Pero el destino le hizo volar a Alicante, , donde le esperaba un chófer con librea que la llevó hasta Denia. Allí Alfonsina, vestida para la ocasión con una preciosa pamela y un traje de tules vaporosos, vio en el espigón donde fue depositada un puntito blanco al pie del faro, y entre el puntito y ella, a un cuarteto de cuerda que tocaba  la conocida canción popular francesa Au clair de la lune, mon ami Pierrot . El puntito blanco era un hombre elegantemente vestido de tal color y con sombrero de Panamá, que avanzaba hacia ella con un ramo de rosas rojas en las manos y una sonrisa seráfica –toda arreglada por el más caro especialista maxilofacial-en los labios.

5

Avelino García/Ulises Mann había oído campanas, pero no sabía exactamente donde. Confundió a Thomas Mann con Thomas Wolf, y se había vestido como el famoso escritor norteamericano. Y tan identificado estaba con Ulises, que había escuchado cantos de sirena y también le habían despistado. Cuando en la casa Hazen se negaron a llevar un Steinway de cola al espigón del faro de Denia para que lo tocara Daniel Baremböhm, como, en su ignorancia, él pretendía, se dirigió al primer grupo musical que encontró por la calle y les contrató para que se apostaran en el espigón y, a la aparición de una bella dama, interpretaran el famoso tema del Claro de Luna. No sería lo mismo sin el piano, pero menos daría una piedra. Los músicos, a la sazón ucranianos, entendieron  regular el mensaje, y pidieron que se lo silbara. A Avelino/Ulises la primera luna musical que le vino a la memoria fue la del famoso tema de Au clair de la lune. Así lo silbó y así lo hizo suyo el bien intencionado cuarteto de cuerda. Y en realidad todo habría quedado muy bien, y probablemente, habría conseguido su objetivo de no ser por un pequeño detalle que arruinó los planes del animoso enamorado.

6

En aquel verano de 2009 se estaban dando unas temperaturas  altísimas mantenidas semana tras semana. Los hombres y las mujeres del tiempo de las distintas televisiones, no obstante, siempre prometían que dentro de dos días se produciría un alivio térmico. Concretamente en la semana del 15 al 22 de agosto, y según sus pronósticos, deberían haber bajado los termómetros el martes y el jueves. Pero no sólo no bajaron, sino que subieron, lo cual perjudicó gravemente los planes de Avelino/Ulises. Pues a medida que  Alfonsina avanzaba hacia el hombre vestido como Tom Wolf y veía el ramo de rosas prematuramente rojas  a los inexplicables acordes de Au clair de la lune -disparates que, hasta cierto punto, le hacían gracia y le hacían sentirse protagonista de una comedia  surrealista- descubrió un pequeño detalle que desinfló sus románticas buenas intenciones. Un churretón de sudor de color ala de cuervo se había deslizado por la patilla del hombre que la amaba, y, sin que él se diera cuenta, maculaba su impecable camisa blanca y la solapa de su elegante americana.

7

A pesar de todo, ella hizo un esfuerzo y le besó en la mejilla como una amiga. Pero no fue capaz de ser tan excelente actriz como probablemente requería aquella puesta en escena.

-Me da igual que seas Avelino que Ulises, espía o empleado de Telefónica, culto o inculto- le dijo a su pretendiente en un arranque de sinceridad- Pero nunca podría enamorarme de un hombre que disfrace sus canas…

Se acordaba Alfonsina del patético profesor Von Aschembach destiñéndose ante el bello muchacho Taszio en Muerte en Venecia. Y pensaba que el  sombrero de Panamá del bueno de Ulises Mann cubría sobre todo una notable empanada mental.

8

Al cabo, el culpable del desastre  había sido el calor. Avelino, ya otra vez definitivamente Avelino, se vengó de manera implacable de los meteorólogos que habían arruinado su proyecto. Fue localizando uno a uno a los meteorólogos de las cinco emisoras que le habían engañado con sadismo, premeditación y alevosía –eso declaró ante el juez instructor- y ejecutándoles sin piedad. Y consiguió que su defensa se apuntalara con la misma tesis que un crimen pasional: alguien indignado que reacciona violentamente ante la certeza de que ha sido engañado.

9

Desde la cárcel, escribió muchas cartas a Alfonsina. Mejor cada vez, porque aprovechó la condena para leer muchos y buenos autores, y  conseguir así estar a la altura de su amada. También  le prometió que si en el entretanto  no encontraba al hombre de su vida, la próxima vez que  se vieran quedarían en el estanque del Retiro,  un mar en pequeño que no exigía desplazamiento alguno y le daba cierto encanto naïf a la cita. Él iría con una simple camisa, unos chinos y la Sonata Claro de Luna en el MP3.  También luciría .el cabello natural que le quedara por entonces.

El cuento de una noche de verano

Si no tienes con quien dialogar, habla con las estrellas...

Si no tienes con quien dialogar, habla con las estrellas...

Parece ser que la tía Clota cerró por vacaciones. Como si fueran las Chicas de Oro, ella, Edwina y Thelma decidieron invertir sus ahorros en un viaje por Europa. Hubo que convencer a Thelma, que pensaba gastar los suyos en una casa de muñecas para sus nietas. La casa era carísima, porque reproducía, habitación por habitación, una de las mansiones de  Michael Jackson, y todas sus ocupantes eran muñequitas y muñequitos de rasgos negroides, aunque con la piel de biscuit cuidadosamente blanqueada. Un juguete muy auténtico.

-Es una bobada-le dijo la tía Clota para convencerla- No lo entenderán, y si lo entienden no te lo agradecerán. Me han dicho que han lanzado una Barbie con tres tallas de pechugas de recambio y  entrenador personal. Cómpraselo, que es mucho más barato y te quedará para venirte de viaje con nosotras.

Querían ir a Viena para seguirle la pista a Sissi. Pero entretanto a Edwina se le había ocurrido ir a una vidente que le había dicho algo maravilloso. Veía en su próximo viaje un idilio otoñal con un  descendiente bastardo del duque de Spoletto, que aunque no ocupó el trono, fue nombrado rey de Croacia en 1941. Edwina había jurado y perjurado que nunca un hombre más en su vida, pero una cosa era un agente de seguros de Montana retirado como el que le había pretendido una vez y otra un noble del viejo Imperio Austro Húngaro. A la tía Clota no le parecía una razón suficiente.

-Si hubo alguna vez un príncipe en Croacia –bromeó con su inveterado escepticismo-se habrá convertido en rana, como procede en un país que se llama así…

Sin embargo luego se documentó en una agencia de viajes y descubrió que Croacia era precioso, de manera que cerraron el viaje y se embarcaron en su romántica aventura europea. Sólo se ha sabido de ellas a través de Algondosina, que dio con las tres ancianas  de Vermont en las espectaculares Cascadas de Plitvice, donde se juntan los ríos Kapela y Plisevitza. Algodonsina, asidua de este blog, ha vuelto entusiasmada de Croacia, pero duda de que Edwina consiga hacer bueno el vaticinio de la vidente. Aunque iba  maquillada como una vedette –de hecho, se le corría la sombra de los ojos por el calor- y con zapatos de tacón para enaltecer su silueta, allí no quedaba ni rastro del glamour que se le supone a un descendiente de un duque.

Sin interlocutora con la que dialogar sus perplejidades veraniegas, Homper aceptó la invitación de su amiga Anita para pasar tres días en su casa de campo. Anita está  restaurando  el techo de la capilla de la casa que heredó de una tía abuela. El fresco de la cúpula reproducía  a la Virgen con San Roque, pues Roque se llamaba el bisabuelo de Anita, que fue quien construyó la casa. Desgraciadamente, las humedades habían deteriorado la parte trasera de la figura del famoso perro de san Roque, y a la hora de reinterpretar el original Anita tenía sus dudas.

-¿Lo pinto con rabo, o sin rabo?

Homper, estupefacto, no había sabido qué decirle. Tampoco sabía por qué los tubitos del riego gota a gota se habían obturado y no habían regado el huerto de plantas aromáticas del que tanto presumía Anita.

-Ven –le había prometido- te mostraré mis lavandas y mis hierbaluisas, y cenaremos bajo el emparrado escuchando el chorrito de agua de mi fuente, que no se seca nunca..

Se habían medio secado casi todas las plantas aromáticas. Sin embargo el goteo de la fuente era tan eficaz que a lo largo de la cena –gazpacho y tortilla de patata-  y la tertulia bajo el emparrado, Anita se excusó cuatro veces para ir al cuarto de baño. Con todo, la cena hubiera sido deliciosa sino fuera porque la perrita Paca, una teckle inasequible al desaliento, se pasó toda la noche ladrando al emparrado, por donde había sido vista una rata haciendo equilibrismo. Anita se mostraba orgullosa del pedigree de su perrita, sin percatarse de que una perra ladrando a lo largo de una cena es un coñazo, ya sea de pura raza o simple chucha. Homper sugirió poner matarratas en los palos del emparrado, pero Anita le dejó bien claro que no era partidaria de fertilizantes, pesticidas y otros compuestos químicos que alteran los designios de la naturaleza.

-¿Por qué no salimos fuera y miramos las estrellas? –sugirió Anita.

Fue una gran idea. Asombrosamente, en ese lugar del centro de esta España africanizada por un verano implacable, y aún con la espesa calima que provocan durante el día las altísimas temperaturas, resplandecían las estrellas. Y como el ruidito de la fuente no cesaba, y las ganas de hacer pipí de Anita tampoco,  Homper aprovechó los ratos en soledad para plantear al cielo las preguntas de la jornada que no le podría preguntar a la ausente tía Clota. Cómo es posible que la contaminación y el cambio climático no hayan conseguido velarnos el milagro de una noche estrellada. Por qué ya no hay príncipes ni batracios convertibles en Croacia. Con qué criterio hay que restaurar  las imágenes del perro de San Roque, si con rabo o sin rabo. Quién era ese Ramón Ramírez que se lo cortó. Por qué siempre se acaban obturando los tubitos del goteo, y justo en la planta o el arbolito que más nos interesa. De qué materia tan sensible estaban hechos los riñones de Anita. Cómo librarse de las ratas de un emparrado sin dañar a la naturaleza. Cómo callarle la boca una perrita competente que no hace sino cumplir su deber.

Demasiadas interrogantes para el firmamento. Y mira que había estrellas  para contestar.

Anita se excusó y se retiró. Y después de media hora más de contemplar las estrellas, Homper hizo lo mismo y durmió estupendamente gracias a que la perrita Paca, que seguía al pie del emparrado, se había quedado afónica.

Por otros territorios de la soledad

El Valle de las Luiñas visto desde el Viaducto de san Pedro

El Valle de las Luiñas visto desde el Viaducto de san Pedro

La carretera/autovía Gijón-Ribadeo cruza el que levanta del suelo unos cincuenta metros, a vista de señor bajito. Salva así en menos de un kilómetro de funambulismo hormigonado un tramo que evita al viajero pasar `por San Martín de Luiña y Soto de Luiña. Como efecto colateral, a los que tenían su casita en las laderas del monte les ha cambiado el panorama. Ya no ven un valle verde y bucólico que cerraba en una uve abierta sobre el fondo azul del mar. Por la barra líquida del  horizonte lejano sólo pasaba, muy de cuando en cuando, un buque. Ahora, aunque se sigue viendo el Cantábrico al fondo, alguien  ha cerrado la parte superior de la uve con una raya blanca por la que a menudo pasa un trailer, una moto, muchas caravanas, más turismos y algún camión distribuidor de leche. También es bonito, pero distinto.

Todo es opinable. En general, la irrupción del llamado progreso en la naturaleza le produce al Duende rechinar de dientes. El mismo que debió de producir a los habitantes del París decimonónico cuando vieron sobresalir de su perfil urbano esa monstruosa torre que diseñó Eiffel. Esta novedad en la postalita del occidente asturiano aporta sin embargo un matiz curioso. En una primera mirada superficial es un paisaje alterado por la insolente mano del hombre. Pero si aplicas otra óptica, admiras ese encanto inquietante que se adivina en los cuadros de Edward Hopper: la soledad del individuo en la amplitud de los grandes paisajes abiertos a los que, con toda naturalidad, se incorpora el contorno de una fábrica, un inmenso depósito de gas o un tren supersónico. Un cuadro actual, en definitiva.

La polémica del conservacionismo a ultranza versus progreso no es lo que más le preocupa a Toya, que vio crecer a los hijos del Duende, y a los de WaterI y a los de Félix Bragado cuando éstos recalaron en unas casas cercanas a la suya a finales de los años setenta para pasar las vacaciones de verano. Toya es vecina de San Cosme, una aldea muy guapina agazapada en el monte a tan sólo un kilómetro y medio de San Martín de Luiña. Regenta un pequeño comercio donde desde macarrones a cordones para los zapatos puedes encontrar casi de todo. Fue siempre la proveedora de chuches de los niños de la zona. También se reúnen en su tienda paisanines que  si antes hablaban de les vaques ahora hablan del regreso del Sporting a primera, porque ya no queda ni una vaca. Cuando el Duende apareció por ese lugar tan idílico el cartero venía a caballo, y sus hijos se iban a segar con un vecino y regresaban montados en un carro de hierba. Ahora apenas se ven tres o cuatro caballos en la contornada, nadie necesita hacer heno, no hay quien siegue los prados y, para colmo, si encuentras alguien que lo haga, no sabes qué hacer con la hierba, porque tampoco se puede esperar a que se seque y quemarla. A Hopper le querríamos ver pintando este problema. Con todo, a Toya lo que más le entristece no es el progreso, sino el final del verano.

-¡Se queda tan sólo el valle cuando se van los veraneantes!…-suspira melancólica.

Todo es relativo. La última parada de la tournée del Duende por el norte fue en un recóndito lugar llamado Tresmonte, entre el Sueve y los Picos de Europa. Ahí, en la ladera de un valle inaccesible en invierno cuando nieva, al fondo del cual, al salir el sol entre las paredes verticales de piedra  y las nieblas, parece que va a asomar el ojo de Dios, han pasado medio mes Guillermo, Sofía  y su hija Olivia. Olivia es la más pequeña de las nietas del Duende, pero ya podrá presumir de haber visto esa especie en vías de extinción que son las vacas asturianas en su ambiente. Todo gracias a Boni, único paisano que se aventura a apacentarlas por ahí. La vida de Boni transcurre entre su mujer enferma en el hospital y sus vacas pastando en el prau que queda por bajo de la casa de Guillermo y Sofía. Estos días estaba feliz, porque tenía vecinos.

-Si notas que te falta presión en la ducha, aguanta un poquito-le advirtieron éstos al Duende- Es que Boni está dando de beber a las vacas.

Guillermo, Sofía y Olivia llevan muy bien esta pequeña pega. Y se quedaron muy impresionados cuando Boni se les echó a llorar el día que le anunciaron su  próxima marcha.

-¡Ye tan largísimo el invierno, aquí solo, con mis vaques!…-dicen que dijo entre sollozos.

Levantaría Bécquer la cabeza, miraría a Toya y a Boni, y seguro que cambiaría su famosa rima: Dios mío…¡Qué solos se quedan los campos!

Homper visto por un artista

El Hompre Perplejo ante la infatigable inmensidad del mar, según versión del artista WaterI

El Hompre Perplejo ante la infatigable inmensidad del mar, según versión del artista WaterI

Hay personas que no pueden llamarse sino como se llaman. Será que el nombre condiciona sus rasgos, pero a todo el mundo le ha pasado que va por la calle y se cruza con un tipo con una cara de llamarse Nemesio que no se puede negar. Luego se lo presentan y de verdad se llama Nemesio. O una señorita a la que le cuadra llamarse Silvia, y no Úrsula ni Pepa, y acaba llamándose Silvia.

¿Determinismo onomástico? Eso es lo que le pasa a Homper. Su nombre es el apócope de dos palabras, hombre y perplejo. Y su estampa es la de un hombre ya madurito que cree saberse lo bastante ignorante como para asombrarse aún por muchas cosas. No tiene otra cara que la de llamarse Homper.

Por ejemplo, este verano se echó a la carretera para viajar a su aire. Y se quedó estupefacto de descubrir muchos paisajes y monumentos po los que había pasado de largo sin prestarles quizás demasiada atención. La Puebla de Sanabria, el Lago de Sanabria, el Monasterio de Oseira en Orense, la pequeña iglesia románica de San Miguel de Eiré en la misma provincia, el castillo de Castro Caldelas, el parque de la Sierra del Courel, la Ribeira Sacra, el  Cañón del Sil, la desembocadura del Miño. Y, ya en Asturias, la imponente majestad de los Picos de Europa, y el placer de andar por la cuerda de la Sierra del Sueve viendo a su derecha el mar y a la izquierda el pico Pienzo. Aquella noche había dormido en una casita de Tresmonte, en un valle donde no se veía por la noche una sola bombilla encendida. Y regresó a Madrid por el Puerto del Pontón, paisaje romántico de  un dramatismo sobrecogedor donde los haya, culebreando por un Desfiladero  de los  Beyos que debería de ser patrimonio de la humanidad, de la UNESCO y de cualquier ser con algo de sensibilidad.

Entretanto, Homper había tenido tiempo de elaborar la teoría de las mondas, muy aconsejable para viajeros curiosos. Según ella, España está llena de pueblos y ciudades a las que hay que pelar mentalmente ese tal vez necesario, pero horroroso, cinturón de progreso que las rodeas. A saber, te aproximas a ellas y la primera imagen dista mucho de la clásica postal de un lugar bonito. Ves sobre todo edificios industriales, hospitales de la Seguridad Social, silos, fábricas, polígonos, polideportivos, estaciones de autobuses, aparcamientos para trailers… Hay que saberlas ver sin ese premio tan antiestético que supone el bienestar: en su corazoncito, todo pueblo o ciudad siempre ofrece algo bonito.

Homper mondó mentalmente la ciudad de Orense, superó su envoltura y se quedó perplejo al descubrir en su centro una ciudad hermosa, con una catedral sencilla, pero bellísima, unos edificios de noble arquitectura y un pasear muy agradable. El mismo Homper, que había pasado de largo por Avilés cientos de veces, se paró esta vez a separarle su cáscara industrial y conocer su centro urbano, inesperable cuando lo primero que impresiona al viajero es el penacho de humos oscuros que aún lanzan las chimeneas de la vieja ENSIDESA. ¿Quién puede sospechar que en su interior guarda una joya verde como el Parque Ferrera? Créanlo, aunque resulte un slogan audaz, Avilés tiene encanto.

Y Homper, naturalmente, se quedaba perplejo mirando las olas del mar barriendo sus pies. Se puede pasar horas contemplando ese sencillo espectáculo que se renueva infatigable a cada instante, y que nunca deja de sorprender. Es la metáfora perfecta de los grandes misterios: la relatividad del tiempo, la eternidad, la intuición de Dios o de sus sucedáneos, la pequeñez del hombre, la maravilla de la libertad…Los pies sobre la arena, las olas acariciando sus piernas y el golpe de brisa marina en la cara. No necesita más.

En esas estaba cuando pasó por ahí WaterI, que es un artista , y le captó en su penúltima meditación. Iba ésta sobre la suerte que es tener tantos amigos. Y el beneficio añadido de que algunos de  éstos, además, sean tan rápidos y finos observadores como este arquitecto que disfraza su identidad en su enigmático nombre.

Lo que no podrá contar Josemi de La Toja

Desde esta pacífica islita, recrearon José y su primo el Duende la suerte de aquellos marinos que surcaban el Atlántico en un velero...

Desde esta pacífica islita, recrearon José y su primo el Duende la suerte de aquellos marinos que surcaban el Atlántico en un velero...

Cuando el Duende era arrebatado por las grandes novelas de aventuras, buscaba en su propia familia referentes próximos a sus héroes. Como guerrero, contaba con el capitán Figuerola-Ferretti, caído en el campo de batalla,   una foto de color sepia y un sable de recuerdo que normalmente descansaba en el paragüero. Pero para emular al capitán Akab o a Lord Jim tenía que recurrir a un tío más lejano que era marino y se llamaba Pepito Pena.

Pepito era ya entonces un hombre con la cabeza plateada por los años, pero mientras vivió la abuela Mercedes Pena, que era su tía carnal y su gran agente propagandista, nadie le apeó el diminutivo. Los Pena fueron una familia catalana que en los comienzos del siglo pasado, y a pesar de su patronímico, no daban ninguna ídem. Mientras los abuelos cuentan batallitas, las abuelas gustan de evocar el esplendor de los tiempos mejores. Mejores para ellos, claro. La abuela Mercedes no presumía de dinero, pero sí de que viajaba con sus hermanos, incluído el padre de Pepito Pena, a Bayreuth para ver y escuchar a Wagner en el teatro que él mismo creó. El famoso festival quizás no fuera un lujo tan privativo como lo es ahora, pero tampoco sería una ganga. El caso es que los Pena escuchaban a Tristan e Isolda, a Lohengrin, Tanhäuser y Parsifal sin saber que presagiaban el canto del cisne. Poco después, uno de esos jamacucos financieros que de vez en cuando sacuden a las familias arruinó  a la de estos wagnerianos catalanes, y a partir de entonces ya fueron Pena con algo más de razón.

José María Pena emigró a Argentina en busca de fortuna. Allí echaron raíces todos sus descendientes salvo Pepito. Este se hizo marino y navegó por medio mundo. Primero en barcos de vapor, y cuando la Gran Guerra requisó el carbón para usos militares, en uno de esos cliper como los de los grandes relatos de aventuras que el Duende había leído. Pepito Pena, que era un hombre menudo, gran conversador y muy simpático, resultó más despabilado que el tenaz capitán Akab. En lugar de perseguir a la ballena blanca puso sus ojos en una sueca con la que se casó, sacó provecho a sus múltiples travesías y, ya pie a tierra en España, timoneó una extensa familia y varios negocios que devolvieron con creces la alegría a los Pena. A los noventa años, y ya viudo,  aún viajaba en autobús a su casa de Biarritz para reunirse con jóvenes y jovencitas de su edad que disfrutaban jugando a las cartas y con bailes de salón. A quien tuvo que capear tantos temporales en alta mar, la vejez  le debía de parecer una marejadilla de broma.

El José María Pena actual descubrió un día que el primo de su generación que le quedaba más a mano era el Duende, que sólo es primo segundo. Todos su primos hermanos vivían en Argentina, y a algunos ni siquiera les conocía. Al Duende le conoció en la Facultad de Derecho, carrera a la que él dio bastante más lustre que éste. Gran custodio de los valores de la familia, ahora que ya ha vencido algún contratiempo de salud –estado transitorio del cuerpo que, como es sabido, no presagia nada bueno- y que es un feliz abuelo, le ha abierto a su primo las puertas de su casa de La Toja. Casi todo en la vida le ha sonreído, pero le faltaba un primo Pena (tercer apellido del Duende) en la tripulación. El también es un experto navegante. Tiene un barquito amarrado en La Toja para salir a pescar, y un buque de línea imaginario en el que viajamos los que recoge ese aspirador de cariño que José maneja con tanta elegancia.

Qué va a decir uno de La Toja, después de tener esta islita el singular privilegio de ser visitada por Josemi Rodríguez Sieiro. Se queda el Duende con el recuerdo de un paseo matinal en bicicleta con Nuria, prima consorte, que le llevó al mercado del Grove a elegir berberechos, mejillones y percebes entre un brillante muestrario de joyas de la mar. Y con la ruta por La Lanzada y los pueblines de los alrededores para contemplar, con su primo de cicerone, el panorama de la ría de Arosa y del Atlántico por el que navegaba en cliper su padre. A veces, lo mejor de los viajes es mirar hacia dentro, y descubrir otras cosas que no vienen en las guías turísticas. Por ejemplo, un marinero en tierra que sabe lo que es echar un cabo en todos los sentidos. Se trata de José, hijo de aquel viejo marino mercante al que –¡oh paradoja!-aún llamábamos Pepito cuando zarpó definitivamente.

El gran conversador de Sanjenjo

sanxenxo

Aquí veranea un amigo del Duende del que habría que hablar largo, largo y tendido...

Cada maestrillo tiene su librillo. O sea,  su propia receta para ser feliz. Hay quien hace catedrales Burgos con mondadientes, otros que convierten su mesa de trabajo en un astillero y reproducen en maqueta el buque Juan Sebastián Elcano y muchos otros que se evaden de las miserias humanas dándole al naipe. En el pazo de Lugo donde pasó el Duende sus primeros días de vacaciones Teresa se ponía un poncho y salía al fresco de la galería con su ordenador,  porque ese era el único rincón de la casa donde llegaba Internet. Sólo quería el acceso de la red para jugar al bridge con un chino, un estadounidense de San Francisco y un italiano.En O Rosal, provincia de Pontevedra, Angeles, además de pescar, entretenía el resto de sus tiempos libres en otra timba multinacional del mismo juego. Y Katy, la anfitriona del Duende en la siguiente parada, que fue Sanjenjo, no sólo jugaba al bridge, sino que da clases a quien lo quiere aprender.

En este pueblo  además de la pesca, la navegación y la playa, las otras grandes pasiones del veraneante son  el bridge,  y el mus, juego de naipes que uno, desgraciadamente, ni entiende ni sabe practicar. Rara avis este duende: sabe hablar y cantar al revés y no es capaz de entender el mus, que lo gozan desde los chispas y paletas hasta los catedráticos y los ministros. Ca cuá es ca cuá. De repente se sentía un huésped raro y ligeramente incómodo. Nada pescador, navegante sólo de papel (con Conrad, Melville, Stevenson y otros patrones), poco amigo de la playa y tontito para las cartas…¿cómo iba a ser bien acogido en Sanjenjo?

El Sanjenjo actual debe mucho a los ávidos constructores, pésimos urbanistas  y peores políticos que debieron de meterle mano. No sabe uno si el responsable de su afrenta arquitectónica es munícipe, autonómico o de la administración central, pero, sea lo que sea, es de esperar que pase un largo purgatorio junto con el inventor de los calzoncillos sin bragueta y el de los grifos redondos, que no hay manera de manipular cuando se tienen las manos enjabonadas, (cosa, por otra parte, normal en la ducha). Para imaginar el Sanjenjo ideal no hay más que contemplarlo desde el monte, asomado a la ría en un enclave natural verdaderamente excepcional. Pero es preciso además borrar con una goma imaginaria los llamativos desmanes que, seguramente en nombre del desarrollo, se han ido cometiendo en su solar. De los salvapatrias y ganapastas compulsivoss, liberanos Dómine. Menos mal que el cemento no puede taparlo todo.

Por ejemplo, no ha tapiado del todo el mar, ni algunos monumentos entrañables –como la Iglesia de San Xes- milagrosamente salvados en el propio casco urbano, ni la brisa, ni la luz del sol respladeciendo en sus verdes montes, ni el espíritu  de algunos de los veraneantes de Sanjenjo. No puede tampoco  sellar la boca de Javier Rodríguez-Gimeno, alias Rodri, conversador infatigable y navegante sentimental que pesca a la cacea amigos que naufragan en el desánimo. Rodri es un compañero del colegio que ni siquiera era de la clase del Duende. Jamás fueron al cine, jugaron a las chapas o espiaron a las chicas del Loreto juntos. Rodri fue, además,  un figura del equipo de jockey sobre patines y un buen futbolista, con ese puntito de orgullo peleón que le hace antipático al que tiene que competir contra él, como era el caso de uno. Además es del Madrid, y se sospecha que raulista: cuántos puntos negros en la biografía de un gran hombre. Sin embargo, reapareció en la vida del Duende en dos momentos de apuros con una inusitada generosidad y una sonrisa abierta y generosa. La gente a la que le contaba su invitación –tú vienes a pasar unos días este verano a nuestra casa en Sanjenjo, seamos amigos desde la infancia o desde antes de ayer- no entendía que el Duende no vacilara en aceptarla. También fue al Rousillon a intimar con Lola y Fred, dos amigos forjados en este blog. Afortunadamente, las sirenas de Ulises no paran a cantar aquí.

Fueron un par de días de largas, inacabables conversaciones que anudaban un tema con el siguiente, un recuerdo con otro aún más amable, una sonrisa con alguna pincelada de filosofía práctica para vivir, dejar vivir y, aún así, ser moderadamente felices en estos tiempos convulsos. Al final, muchas carcajadas, cenas con amigos del amigo, paseos, tintos de verano, y la única frustración de ser invitado inútil para el bridge y, peor aún, para el mus. La casa de piedra de Rodri, Katy y su hijo Antonio, un modelo de la arquitectura tradicional que  nunca debería haber abandonado Sanjenjo,  se alza junto a un sencillo cruceiro que él, hombre de fe, divisa desde su habitación.

-Debes volver –le dijo al Duende cuando se despedían con un caluroso abrazo al pie del Cristo de granito.

Seguramente quiso añadir que él, como le enseñó el Maestro, siempre está dispuesto a esperar a cualquier amigo con los brazos abiertos.

La pescadora y otros encantos de O Rosal

En la desembocadura del Miño, la pescadora echa su caña y tpodo indica que así es plenamente feliz...

En la desembocadura del Miño, la pescadora echa su caña y tpodo indica que así es plenamente feliz...

Las cosas cambian, y los estereotipos también. Cuando pintores como Sorolla o cualquiera de los impresionistas franceses pintaban una playa o un río a lo lejos, y en él erguida una caña, uno creía que si se metía en el paisaje y pasaba al lado del personaje siempre encontraría un pescador. Ahora no. Ahora podría encontrar a Angeles Alén. Y me consta que no es por la meritoria labor de esa paladina de la igualdad que es Bibiana Aído.

-Me enseñó mi madre, que era pescadora- dice Ángeles luciendo su guapa sonrisa blanca-. Y es lo que siempre me ha hecho más feliz.

No es muy frecuente encontrar mujeres que agarren la caña y la cesta y se vayan a pescar en solitario.  En el río o en el mar, truchas o barbos, sollas o róbalos. Ángeles pesca de todo, salvo cuando le largan gusanos coreanos. Ángeles es una abuela con mucha personalidad, y en cuanto se lo permiten sus nietos  o algún invitado moscón, como pudiera ser el caso, carga con sus trastos de faena y se apuesta a cualquier orilla. Para mayor desafío a las costumbres tradicionales, Ángeles fuma. Ni pensar quiere uno en lo que le podría pasar si topara con un ecologista radical. La condenaría por el doble delito de ser pezicida y airicida.

-Pero es que eso es lo que me gusta más-insiste ella repitiendo sonrisa.

En O Rosal, que es donde se levanta su casa de verano –una magnífica casa de indiano, con sus palmeras, su araucaria y paredes cubiertas de trepadoras- puede elegir entre la pesca de agua dulce y de agua salada. Pero tanto los peces  del Miño, que desemboca un poco más allá, como los de  la mordiente del Atlántico son muy puñeteros, y distinguen entre la lombriz autóctona –miñoca, le dicen-  y la de importación, que también venden los bazares chinos. Cuando el Duende era pequeño no podía imaginar un pueblo sin su iglesia. Ahora no hay villa de categoría sin su bazar de chinos. En O Rosal, o si no, en el pueblo vecino de La Guardia –que, por cierto, en unos letreros figura como A Guardia, en otros A Garda y en otros simplemente Garda, vaya lío- hay iglesia, bazar de chinos y mujeres con personalidad que quieren ser felices malgré lo políticamente correcto. En La Guardia también hay un pequeño puerto pesquero que podría ser muy mono si no fuera por la descabellada geometría de la construcción gallega, y porque muchas de sus fachadas parecen un muestrario de cerámicas para cuartos de baño. Las cosas cambian, como decíamos al principio. No siempre para bien.

Ángeles es feliz, además, porque tiene a su lado a Antonio, el hombre de la paz imperturbable. Se sabe que ha sufrido algún alifafe serio. Se le supone algún contratiempo a lo largo de su vida, como le pasa a cada quisque. Pero nada malo ha conseguido hacer mella en su carácter sereno, bonancible y siempre amable. Fue un abogado de éxito en el bufete más renombrado del país, donde destacó por la calidad literaria de sus informes. Y ahora alimenta su felicidad entre la bibliofilia, el senderismo, sus seis nietos y la viticultura, que ejerce en Sardón de Duero y en este bello feudo de los albariños que rodean su casona.

Antonio es amigo del Duende desde que se encontraron corriendo la primera Maratón de Madrid, experiencia que les hilvanó con el sufrimiento del corredor de fondo y algunas otras afinidades electivas. Lo bueno de ese título en un tipo como Antonio es que te da pie para invitarte a pasar un par de días en un lugar tan singular como su casona de San Miguel de Tabagón. Lo peligroso es que hay amigos a lo que se les da la mano y se toman el codo. ¿Pues no ha tenido la osadía de avisar el Duende de que volverá?…Para tomar nota. Es el riesgo de ser tan naturales como la pescadora de O Rosal  y el bueno de su marido.

Aprendiendo a no hacer nada

El "Dolce far niente" según el pintor prerrafaelista John Williams Waterhouse

El "Dolce far niente" según el pintor prerrafaelista John Williams Waterhouse

Mea culpa, padre, mea maxima culpa…Vicios adquiridos. O el dichoso complejo de culpa judeo-cristiano, que decían los filosofillos modernos leídos cuando Salgari y Verne se le quedaron pequeños al Duende y había que empezar a disfrazarse de mayor. La cosa es que por fas o por nefas, por carecer de cobertura en Internet o por pereza, el Duende abandonó hace días este blog. Como dejar la  mesa sin recoger, o la cama sin hacer, Jesús, qué mala conciencia.

Nadie le obligaba a ello, ni nadie se lo reprochará, pero qué mal rollo interior. Y entretanto, tampoco un solo trabajo manual: ni podar, ni segar, ni desbrozar, ni montar un mueble de IKEA, ni limpiar el polvo a los libros, ni colgar un cuadro, ni sacar brillo a los zapatos, ni arreglar un pinchazo a la bici, ni hacerse una tortilla francesa, ni ordenar la pobre discoteca, ni llevar los trastos inútiles a eso que llaman un punto limpio. Sólo recorrer kilómetros en coche, grabar paisajes en la memoria, pasear,  hacer algo de deporte,  encontrarse con amigos que la vida ha ido engastando en el collar de los afectos, hablar con ellos largo y tendido, leer, sestear, darse algún homenaje gastronómico, quedarse como un tonto mirando la luna o el espumoso inconformismo del mar. Eso que  en este mundo tan competitivo, donde el trabajo además de modus vivendi es un signo de distinción, se considera no hacer nada. Mea culpa, mea máxima culpa.

Siempre ha envidiado el Duende a los doctores en dolce far niente. A los que saben no hacer otra cosa que dejar correr el tiempo, apechugar sólo con lo que les pide el cuerpo y dormir por la noche tan contentos. Dicen que eso es descansar. Aunque uno lo vea como una debilidad imperdonable, y tenga que romper su vagancia sobrevenida para anunciar propósito de la enmienda.

Y ahora, a desayunar, que otra mano amiga se está ocupando de ese menester, y ya le llega a uno el irresistible aviso aromático del pan tostado.

Santo Estevo y la gallina con sus pollitos

Buena combinación para el turismo excitante: descubrir un lugar como éste y encontrarse después a una gallina con sus polluelos...

Buena combinación para el turismo excitante: descubrir un lugar como éste y encontrarse después a una gallina con sus polluelos...

Santo Estevo de Ribas de Sil . Un monasterio gran parte del cual es hoy un flamante parador. A su lado, el templo, dieciochesco, de ese barroco gallego tan elegante que ha universalizado el Obradoiro de la Catedral de Santiago. El monasterio, como el parador, asomado al Cañón del Sil, y rodeado de más bosques a los que sólo les falta el gnomo. Un gnomo, esas frondas mágicas necesitan al menos un gnomo.

Santo Estevo de Ribas de Sil Y cómo es posible que la gente que dice que viaja le hubiera hurtado este nombre al Duende. Otra manera de plantear la cuestión: ¿para qué viajan los que pueden viajar si dejan de lado a un sitio como éste? Hay dos teorías sobre el placer de viajar. Ver todo lo que ven los demás y que luego te han contado, aunque no te quedes con nada, y ver sólo lo que puedes disfrutar y recordar sin sufrir por lo que dejaste a un lado. El mundo es muy grande, nunca lo conoceremos  por completo. Pero Santo Estevo está ahí, en un rincón de nuestro país. Santo Estevo de Ribas de  Sil. Llegas, respiras, entierras el síndrome de Stendhal, te relajas.

Y eres feliz.

Dos notas más. En Luíntra, una aldea muy coqueta que está a solo seis kilómetros del monasterio, el Duende hace un alto. En un bar pide un vino del país, y le ofrecen como tapa un cuadrado de exquisita empanada.

-¿Y cuánto es?

-Sesenta céntimos.

Hasta aquí debió de llegarse Zapatero para poder asegurar que el precio de un café era ochenta céntimos. En Luintra probablemente por ese precio incluyen la magdalena.

Al regreso, y antes de entrar en la añeja casa de Belesar el Duende se cruza con una gallina y sus polluelos. El encuentro le inspira cierta ternura. ¿Será que empieza a ser también una estampa de otro tiempo?…Lo que anticipaba, verano de grandes emociones: reaparece la gallina con pollos, aunque sigue faltando el gnomo.


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