
Un enamorado`frustrado es capaz de todo...
1
El informe de la policía era tan escueto como elocuente. En el curso de veinticuatro horas habían sido asesinados tres meteorólogos y dos meteorólogas. Todos ellos prestaban sus servicios en otras tantas emisoras de televisión. Ellos habían sido muertos con un cuchillo jamonero, ellas estranguladas. Algún conspicuo Poirot avanzó la primera tesis: estábamos ante el típico caso de un asesino en serie.
2
Ulises Mann había conocido a Alfonsina en un viaje, y se enamoró de ella apenas la vio perfilada contra la superficie del Lago de Como. Era una mujer muy guapa. Por entonces Ulises se llamaba Avelino García, y era un empleado de Telefónica sin demasiadas aspiraciones ni refinamientos. Pero el amor es lo que tiene. Al poco de regresar, él se atrevió a llamarla para salir. Alfonsina se reveló como una mujer culta y exigente, incapaz de enamorarse de cualquiera. Para atraerla, Avelino estudió y leyó todo lo que no había estudiado y leído en su juventud, e incluso tomó clases de buenas maneras. La muerte sin hijos de la única hermana de su madre le deparó una sustanciosa herencia que facilitó su puesta a punto final. Contrató un entrenador personal, eliminó algunas lorzas en el gimnasio, depuró su silueta y renovó su fondo de armario. También se compró un Morgan con el que en la primavera se iban a las terrazas de los pueblos de la sierra a ver anochecer. Ella era tan clásica que tomaba una granadina y él, por no ser menos, un vermut. Pronto se distinguieron como una pareja singular con un cierto halo de romanticismo decadente.
3
Desde que Alfonsina confesó que Homero y Thomas Mann eran sus autores favoritos, Avelino no paró hasta que consiguió mudar por completo su identidad. Un día le reveló a Alfonsina que en realidad se llamaba Ulises Mann, y que había tenido que adoptar el nombre falso de Avelino García porque durante una etapa de su vida fue agente del CESID, y su patronímico era demasiado sofisticado para pasar inadvertido. Entretanto, y puesto que se daba cuenta de que, aunque evidentemente le caía bien a Alfonsina ella no parecía estar del todo enamorada, fue urdiendo un golpe de efecto que necesariamente le abriría los ojos y le permitiría descubrir al hombre de su vida. A Alfonsina, además de la literatura, le fascinaba el mar, las flores la música clásica, y de ella en particular el piano de Beethoven, y más concretamente la sonata Claro de Luna. Avelino tomó nota.
4
Alfonsina fue invitada a un viaje sorpresa con final feliz. La tarjeta especificaba que se trataba de un destino con mar, un largo espigón y un faro, que siempre queda muy romántico. Ella esperaba Venecia, Alejandría, Rodas o algún pueblecito de Cornualles, que pega mucho en estas aventuras románticas. Pero el destino le hizo volar a Alicante, , donde le esperaba un chófer con librea que la llevó hasta Denia. Allí Alfonsina, vestida para la ocasión con una preciosa pamela y un traje de tules vaporosos, vio en el espigón donde fue depositada un puntito blanco al pie del faro, y entre el puntito y ella, a un cuarteto de cuerda que tocaba la conocida canción popular francesa Au clair de la lune, mon ami Pierrot . El puntito blanco era un hombre elegantemente vestido de tal color y con sombrero de Panamá, que avanzaba hacia ella con un ramo de rosas rojas en las manos y una sonrisa seráfica –toda arreglada por el más caro especialista maxilofacial-en los labios.
5
Avelino García/Ulises Mann había oído campanas, pero no sabía exactamente donde. Confundió a Thomas Mann con Thomas Wolf, y se había vestido como el famoso escritor norteamericano. Y tan identificado estaba con Ulises, que había escuchado cantos de sirena y también le habían despistado. Cuando en la casa Hazen se negaron a llevar un Steinway de cola al espigón del faro de Denia para que lo tocara Daniel Baremböhm, como, en su ignorancia, él pretendía, se dirigió al primer grupo musical que encontró por la calle y les contrató para que se apostaran en el espigón y, a la aparición de una bella dama, interpretaran el famoso tema del Claro de Luna. No sería lo mismo sin el piano, pero menos daría una piedra. Los músicos, a la sazón ucranianos, entendieron regular el mensaje, y pidieron que se lo silbara. A Avelino/Ulises la primera luna musical que le vino a la memoria fue la del famoso tema de Au clair de la lune. Así lo silbó y así lo hizo suyo el bien intencionado cuarteto de cuerda. Y en realidad todo habría quedado muy bien, y probablemente, habría conseguido su objetivo de no ser por un pequeño detalle que arruinó los planes del animoso enamorado.
6
En aquel verano de 2009 se estaban dando unas temperaturas altísimas mantenidas semana tras semana. Los hombres y las mujeres del tiempo de las distintas televisiones, no obstante, siempre prometían que dentro de dos días se produciría un alivio térmico. Concretamente en la semana del 15 al 22 de agosto, y según sus pronósticos, deberían haber bajado los termómetros el martes y el jueves. Pero no sólo no bajaron, sino que subieron, lo cual perjudicó gravemente los planes de Avelino/Ulises. Pues a medida que Alfonsina avanzaba hacia el hombre vestido como Tom Wolf y veía el ramo de rosas prematuramente rojas a los inexplicables acordes de Au clair de la lune -disparates que, hasta cierto punto, le hacían gracia y le hacían sentirse protagonista de una comedia surrealista- descubrió un pequeño detalle que desinfló sus románticas buenas intenciones. Un churretón de sudor de color ala de cuervo se había deslizado por la patilla del hombre que la amaba, y, sin que él se diera cuenta, maculaba su impecable camisa blanca y la solapa de su elegante americana.
7
A pesar de todo, ella hizo un esfuerzo y le besó en la mejilla como una amiga. Pero no fue capaz de ser tan excelente actriz como probablemente requería aquella puesta en escena.
-Me da igual que seas Avelino que Ulises, espía o empleado de Telefónica, culto o inculto- le dijo a su pretendiente en un arranque de sinceridad- Pero nunca podría enamorarme de un hombre que disfrace sus canas…
Se acordaba Alfonsina del patético profesor Von Aschembach destiñéndose ante el bello muchacho Taszio en Muerte en Venecia. Y pensaba que el sombrero de Panamá del bueno de Ulises Mann cubría sobre todo una notable empanada mental.
8
Al cabo, el culpable del desastre había sido el calor. Avelino, ya otra vez definitivamente Avelino, se vengó de manera implacable de los meteorólogos que habían arruinado su proyecto. Fue localizando uno a uno a los meteorólogos de las cinco emisoras que le habían engañado con sadismo, premeditación y alevosía –eso declaró ante el juez instructor- y ejecutándoles sin piedad. Y consiguió que su defensa se apuntalara con la misma tesis que un crimen pasional: alguien indignado que reacciona violentamente ante la certeza de que ha sido engañado.
9
Desde la cárcel, escribió muchas cartas a Alfonsina. Mejor cada vez, porque aprovechó la condena para leer muchos y buenos autores, y conseguir así estar a la altura de su amada. También le prometió que si en el entretanto no encontraba al hombre de su vida, la próxima vez que se vieran quedarían en el estanque del Retiro, un mar en pequeño que no exigía desplazamiento alguno y le daba cierto encanto naïf a la cita. Él iría con una simple camisa, unos chinos y la Sonata Claro de Luna en el MP3. También luciría .el cabello natural que le quedara por entonces.
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