Aprendiendo a no hacer nada

El "Dolce far niente" según el pintor prerrafaelista John Williams Waterhouse

El "Dolce far niente" según el pintor prerrafaelista John Williams Waterhouse

Mea culpa, padre, mea maxima culpa…Vicios adquiridos. O el dichoso complejo de culpa judeo-cristiano, que decían los filosofillos modernos leídos cuando Salgari y Verne se le quedaron pequeños al Duende y había que empezar a disfrazarse de mayor. La cosa es que por fas o por nefas, por carecer de cobertura en Internet o por pereza, el Duende abandonó hace días este blog. Como dejar la  mesa sin recoger, o la cama sin hacer, Jesús, qué mala conciencia.

Nadie le obligaba a ello, ni nadie se lo reprochará, pero qué mal rollo interior. Y entretanto, tampoco un solo trabajo manual: ni podar, ni segar, ni desbrozar, ni montar un mueble de IKEA, ni limpiar el polvo a los libros, ni colgar un cuadro, ni sacar brillo a los zapatos, ni arreglar un pinchazo a la bici, ni hacerse una tortilla francesa, ni ordenar la pobre discoteca, ni llevar los trastos inútiles a eso que llaman un punto limpio. Sólo recorrer kilómetros en coche, grabar paisajes en la memoria, pasear,  hacer algo de deporte,  encontrarse con amigos que la vida ha ido engastando en el collar de los afectos, hablar con ellos largo y tendido, leer, sestear, darse algún homenaje gastronómico, quedarse como un tonto mirando la luna o el espumoso inconformismo del mar. Eso que  en este mundo tan competitivo, donde el trabajo además de modus vivendi es un signo de distinción, se considera no hacer nada. Mea culpa, mea máxima culpa.

Siempre ha envidiado el Duende a los doctores en dolce far niente. A los que saben no hacer otra cosa que dejar correr el tiempo, apechugar sólo con lo que les pide el cuerpo y dormir por la noche tan contentos. Dicen que eso es descansar. Aunque uno lo vea como una debilidad imperdonable, y tenga que romper su vagancia sobrevenida para anunciar propósito de la enmienda.

Y ahora, a desayunar, que otra mano amiga se está ocupando de ese menester, y ya le llega a uno el irresistible aviso aromático del pan tostado.

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3 Respuestas a “Aprendiendo a no hacer nada”


  1. 1 joselepapos agosto 8, 2009 a las 10:45 am

    ¡Ah, el dolce far niente! No te mortifiques duende. Por edad ya te toca, disfrútalo. Dolce far niente, que palabras tan dulces.
    No hay nada comparable a poder hacerlas realidad.

    Todo esto dicho desde el respeto y la solidadridad con toda la gente que está sin trabajo.

  2. 2 lola agosto 8, 2009 a las 2:13 pm

    Me lo contó la luna,
    en silencio, sin palabras,
    que el Duende admira su belleza.

    Me murmuró bajito
    que una pena le atormenta,
    aunque feliz se siente
    porque le mima mucha gente.

    Me susurró al oído
    que tiene su blog en el olvido,
    porque recorre caminos
    donde la red no alcanza
    a retener sus palabras.

    Aprendiz, continúa en el esfuerzo y llegarás a ser maestro.
    Sigue disfrutando.

  3. 3 Ángela agosto 11, 2009 a las 9:05 am

    Mucho cuidado Duende, que uno se acostumbra prontísimo a ese delicioso placer que es no hacer NADA DE NADA. Manda al carajo tu conciencia. Beso fuerte. Esperando a José Tomás en Asturias. Sol. Radiante.


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