Archivos para 1 septiembre 2009



Diaghilev minimizado/ Un cuento surrealista

diaghilev-and-the-ballets-russesPese a si inveterado optimismo, el Presidente hojeó la prensa esa mañana y torció la sonrisa. Salvo los suyos, nadie parecía entender su visión de España, su audaz estrategia para superar la crisis económica,  su forma de gobernar, el alcance de sus medidas y su noble deseo de reformar el mundo y encaminar a la humanidad hacia su modelo de perfección. Cuántas críticas desaprensivas. Qué pobreza en los análisis. Qué superficialidad en los editoriales y en las columnas de los periódicos. De repente, su mirada reparó en una noticia de la sección cultural: un siglo de la creación de los famosos ballets de Diaghilev. Se le iluminó la cara. Pidió por el interfono que le llamaran a la ministra de Cultura.

-Ministra –le preguntó-  He estado leyendo lo del aniversario de Diaghilev…¿Te has dado cuenta de que no hemos aportado nada al ballet? Esto no puede ser. Lo hemos reformado casi todo, así que prepárame un plan para reformar el ballet.

Las ansias de reforma del presidente y su ministra se plasmaron en varios proyectos sucesivos. En aras de la igualdad, se promovió como modelo de ballet ideal aquel en el que las bailarines y bailarinas fueran gordos como botijos. Todos los españoles merecen las mismas oportunidades, y no había razón para que michelines, celulitis y demás indiscreciones adiposas cerraran el camino a nuestros artistas del baile clásico. Se cambiaron los nombres de algunos de los pasos tradicionales: bibianesque, amontillé, plus que burlesque, zapatieré. En El lago de los cisnes Gisela no sería Gisela, sino María Teresa, aunque su cara se pareciera más a un polluelo de buitre que a un elegante cisne. Y se cambiaría la tradicional reverence –de un decadente que te cagas- por un gesto de coleguis más acorde con la modernidad imperante. Algo así  como la palmadita de los del basket entre la prima donna y el galán subrayada por un guiño de complicidad entre ambos.

-No es suficiente –sentenció el gran reformador.

Nuevos proyectos, nuevos rechazos. No es suficiente, no es suficiente, insistía el Presidente. Un día, en el café matinal con su querida vicepresidenta, el Presidente aún fue más explícito.

-¿Sabes una cosa?-le confesó- Esta noche soñaba que yo era Diaghilev. Y la verdad, me sentía muy a gusto…Sólo un poquito ridículo, con esas mallas tan ajustadas y ese paquetillo…¿Es necesario que el papel masculino luzca justamente así?…

Sus sueños eran sus deseos. Y sus deseos eran órdenes que sabrían interpretar adecuadamente las ministras de su máxima confianza. Se habló  con la sastra del Ballet Nacional y se le transmitieron las inquietudes del Presidente. Y el ensayo del proyecto definitivamente elegido fue espectacular: en el porté que marcaba la apoteosis del ballet, eran las ministras en tutú y con plumas de cisne las que, impulsando  al Presidente en un en plié conjunto, lo elevaban a las alturas desde donde irradiaba rayos de esperanza a un mundo redimido gracias a la Alianza de Civilizaciones.

-Me gusta –se decía el gran reformador al contemplar el asombro de las que le aplaudían entusiasmadas. ¡Me gusta!…

Quizás no se había mirado antes al espejo. Pues le interpretaron mal, y, sin tener en cuenta su natural modestia y discreción,  habían encargado a la sastra una malla con coquilla especial que, más que para un nuevo Diaghilev, parecía hecha para cubrir los atributos del caballo de Espartero.

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