
Algunas tentaciones vienen tan protegidas que cuesta mucho trabajo llegar a verlas así...
Se la encontró en el supermercado y no supo esquivar su atractivo.
Angelín era un hombre educado en la austeridad y el sacrificio, y no cedía fácilmente a la tentación. Cuando era niño, estaba tan convencido de que el placer fácil equivalía a pecado, que ni miraba los libros de mujeres desnudas que se empeñaba en enseñarle su amigo Pin Caporte ni se detenía en la pastelería de Elvirita.
-Eres tonto –le decía Pin- Si las mujeres desnudas fueran pecado, ¿qué le hubiera costado a Dios vestir a Eva? Y sin embargo en todos los paraísos terrenales de los cuadros, ya la ves: en pelota.
Elvirita era casi una jamona, y aunque no iba tan ligera de ropa como Eva, no tenía el menor reparo en despachar mostrando un osado escote con canalillo incluído. Pero más aún que sus carnes, resultaban irresistibles sus wambas rellenas de crema. Como el catecismo del padre Ripalda no decía nada de que soñar fuera pecado, Angelín dibujó en un papel una wamba de crema, la silueta de una mujer desnuda y el nombre de Elvirita, y todas las noches lo metía doblado bajo su almohada esperando que le provocase su sueño favorito.
En su sueño favorito, él miraba una película del oeste por la tele –aún en blanco y negro- mientras a su lado Elvirita, desnuda, le ofrecía en una bandeja un inagotable surtido de wambas de crema. Entonces Angelín desviaba la mirada de Tom Mix a Elvirita, y se inflaba de wambas mientras escudriñaba con la mirada el cuerpo de la pastelera. En realidad el sueño nunca apareció. Cuando en el papel, arrugado de puro viejo, se habían desdibujado la wamba, la silueta de la mujer desnuda y el nombre de Elvirita, Angelín hizo un burruño, lo tiró a la papelera y se juró a sí mismo que no cedería jamás a la tentación.
Pero ahora ya era un tipo maduro y solitario, y había algunas delicias que le seguían engolosinando. Esta, por ejemplo, le solicitaba desde que se vieron en el supermercado. Ya se adivinaba la Navidad, los comercios se abastecían de tentaciones y su corazón se mullía de sensibilidad. Acércate –sintió que le decían- Ya te has resistido bastante, y bien mereces una recompensa. Llévame a tu casa y disfrútame a placer…Carpe diem, pringao.
No se pudo resistir. Se la llevó a casa dominando apenas su ansiedad. Pero cuando llegaron y se vieron a solas, dio rienda suelta a sus instintos más bajos y se precipitó sobre ella para arrancarla violentamente, como en las películas, el traje que velaba su cuerpo. Angelín forcejeó inútilmente. No había manera. Primero un vestido que se sabía cómo desabotonar, luego una especie de camisa de fuerza imposible, más abajo una lencería impenetrable… Fuera de sí, se dirigió a la cocina, cogió el cuchillo jamonero y la emprendió a cuchilladas con esas defensas que velaban el objeto de su deseo. Hasta que, al fin, pudo verla desnuda y tendida ante él. Cómeme toda, si es ese tu deseo-parecía susurrarle débilmente…
Y a fe que lo hubiera hecho con mucho gusto si, a esas alturas del sueño, la escandalera no hubiera alertado a la Brigada de Actuación Urgente ante la Violencia de Género. La cual derribó la puerta y se topó, estupefacta, con un hombre desesperado que sólo había intentado abrir y probar una barra de turrón de Jijona. Con sus almendritas, su miel y su huevo perfectamente mezclados, sí, con su sabor de rey de los turrones, sí, con esa melosidad que distingue a los placeres más exquisitos, sí. Pero envasada con un blindaje que no podría deshacer ni el mismísimo Fredy Krüger después de haber afilado sus garras en una fina acería albaceteña.

Jolín, con Angelín, vaya orgías que se montaba con Elvirita y sus wambas cremosas.¡Qué cosas hacía el Padre Ripalda! No me extraña que el Tim Carpote, le llamara tonto de capirote, mientras él se daba otros lotes.
En cuanto a lo de la Jijona, no es de extrañar que a Angelín le pusiera de los nervios. Tanta tela, tanto vestido, tanta camisa de fuerza, tanta lencería impenetrable, era para desatar los más bajos instintos del Angelón hambriento. Todo por unos turrones, ¡manda…!
Y es que no hay derecho, que para comerse un turrón haga falta montar ese follón.
bueno bueno querido Duende ya se acerca la navidad y se nota que ya te apetecen esos deliciosos y casi prohibitivos dulces…
Habría que inventar un blog, “yovomitoporusted.com”, para poder canalicar y posteriormente denunciar todos los excesos del packaging moderno y demás inventos creados “de espaldas al pueblo”. Hoy mismo he tratado de abrir una botella de aguafuerte, con su precinto de seguridad, y me ha resultado imposible. Deberían, por lo menos, tener en el super dos secciones, una para padres de familia y otra para los que no tenemos niños alrededor y tampoco tenemos alma suicida. Porque, qué me contáis de los nuevos paquetes de café, esos que vienen con una arandela, que según tiras de ella a esas horas de la mañana, no sólo desperdicias parte del producto, sino que además dejas guapa la cocina. Y lo peor de todo, es que te lo venden como “mejora”. Con mucha frecuencia y fuera de fecha, me apetece un trocito de turrón, pero desisto, sólo de pensar en tener que abrir un paquete. Sencillamente asqueroso.
Duende, podías ser muy buen portavoz del “yovomitoporusted.com”. Ánimo.
Me he reído mucho con tu historia, no sabía que te gustaban tanto los turrones…
No sé si viene muy a cuento lo que voy a decir, pero yo estoy seguro de que todo el pirateo musical y peliculero que tanto preocupa a la SGAE se debe a que no hay quien pele los CDs y los DVDs, y por eso se los acaba uno bajando del emule.
Hay que reconocer que los envases actuales son maravillosos para todo el recorrido de la distribución, almacenaje, transporte, exhibición en el punto de venta, manipulación en la compra y viaje a casa y tal, pero ¡ay al abrirlos, qué razón tienes Duende!
Soy muy de marcas fijas, para no perder tiempo en la compra, pero si me cambian un envasado que ya domino por otro más “innovador” le puedo ser infiel incluso a mi marca de toda la vida.
Hace poco alguien en casa compró unas lentejas. No eran de mi marca, y cuando las fui a abrir, al tirar de la parte superior para despegar la pestaña, ¡zas!, era un plástico de esos reciclados que cuando rasgan por un punto se abren en canal hasta el lado opuesto. No veas lo que cundieron las lentejas por la encimera y por el suelo.
Cómo me he reído ¡GENIAL! Nunca me hubiera imaginado que la violencia de genero se empleara con el turrón de Gijona, pero me alegro de que así sea por lo pringoso que resulta.
Jo, no sabía que hubiera alpargatas de crema por otros pagos… Y de marca y todo. Por aquí las hubo, excelentíssssimas, sublimes, cerca del pueblo de Julián, en la ilustre ciudad de Tafalla, tilín talán… Pero el relevo generacional en el negocio pastelero las hizo desaparecer. He intentado recordar su sabor merendándome una coronilla de franquicia local con solera. Pero ¡ay!, nada que ver.