
Aquel aventurero amaba el desierto porque era limpio...como los polvorones
Lawrence de Arabia explicaba así su fascinación por el desierto: me gusta porque está limpio.
El Duende guarda pocas similitudes con aquel héroe. Ama la aventura, pero sin llegar al arrojo del coronel británico. Su vida, al lado de la que recreó tan excelentemente David Lean, es como uno de aquellos recortables en los que nos entreteníamos los niños antiguos. Casi todo imaginación para siluetearla cuidadosamente con la tijera, ponerla en pie con peanas de papel sobre la mesa del comedor y soñar que se podía ser héroe. El Duende también va en moto, su Vespa no es aquella ruidosa máquina que montaba el coronel cuando se encontró con la muerte, hay diferencias. También lleva gafas, pero espera que las suyas no se queden colgadas de un arbusto, como ocurre en la escena que abre y cierra el filme de Lean: hay películas que hacen mella en la memoria, y pequeños detalles de un plano que son como el pin que las identifica. Las gafas de Lawrence ahorcadas en un matojo, qué pena, el hombre que amaba el desierto porque era y estaba limpio.
El Duende se acuerda de él cada vez que desenvuelve el papel sedoso del polvorón. Porque al encanto de su sabor añade su belleza sencilla y natural. Se desmorona al primer mordisco y presenta la misma textura de una duna. Y es limpio, como el desierto que amaba Lawrence: la harina es la arena. Su capa de azúcar, de almendra molida o de ajonjolí, la superficie, la piel de ese desierto golosina. Y es limpio, limpio. Puedes comértelo en un pispás, para aliviar ese golpe bajo que a veces te propina el hambre a mitad de mañana, y quedar tan elegante y bien compuesto como Peter O´Toole.
Sorprendentemente, ninguna universidad ni centro de estudios de esos que periódicamente ofrecen informes pintorescos han publicado nada interesante sobre el polvorón. El inquieto Duende ahora selecciona en los supermercados los polvorones-polvorones, que afortunadamente se venden a granel, a elección del consumidor, y permiten esquivar la filfa que a veces incluyen los llamados surtidos. Va a lo clásico: el polvorón de almendra, nevadito. O el que llaman mantecado, peinado con granos de sésamo. Y entre su estudio de campo sobre las inmensas ventajas de salir de casa con dos o tres polvorones repartidos en los bolsillos de la chaqueta, ha llegado a la conclusión de que se puede abrir y consumir un polvorón en el transcurso de un viaje de cinco pisos en un ascensor convencional. Eso sí, cuando se abren las puertas en el final de trayecto, aún puede que le pillen a uno relamiéndose.
-Buenos días –dijo llevándose las manos al bolsillo cuando se topó con una bella dama en el portal- Es que tomaba un polvorón mientras bajaba- se excusó- ¿Quiere uno?…
La mujer se quedó pasmada. La segunda conclusión del estudio de campo es que la sociedad aún no está preparada para aceptar golosinas de un extraño a la puerta del ascensor.
Y la tercera es que quizás haga falta subir al Empire Estate para enamorar a una mujer con los argumentos de Lawrence de Arabia y el irresistible encanto de esta joya de nuestra dulcería llamada polvorón.

Si juntamis el anochecer en el desierto, que es de los expectaculos más increibles que he visto, con el recuerdo de unos ojos azules, un deseo de deshacer un polvoron poco a poco , saboreandolo dentro de la boca y a demas ,lo unimos con aquella escena tan romantica, a la que el Duende alude de encontrarse despues de un tiempo sin verse en lo alto del Empire Estate, para retomar un amor, creo que tenemos una peli nueva y llena de romanticismo” LawRENCE tomando porvorones en el desierto, de camino en su moto para llegar a tiempo al Empire Estate donde le esta esperando su amada.
En ese caso debería llevar otro polvorón en el bolsillo. Es fundamental, como pretexto para ligar en un lugar así. Me permite, señorita: ¿le gustan a usted los polvorones? Como queriendo decir…
Desde luego, pienso que ante una mirada y un ofrecimiento así de LAWRENCE, SERIA IMPOSIBLE RESISTIRSE
Me encantan los polvorones, siempre decíamos Pam- plo-na con ellos en la boca y nos moríamos de risa, pero me siguen gustando mucho más los aventureros como Lawrence de Arabia
De niño no me gustaban los polvorones. He aprendido a amarlos con el tiempo, como a tantas otras cosas.
En los ascensores de las torres gemelas no te habría dado tiempo a nada, Duende. Subían en 40 segundos, como una bala, y al abrirse las puertas arriba salía un chorro de aire del hueco del ascensor. En los del Empire da tiempo a todo porque son un laberinto lleno de trampas, transbordos y peajes.
Yo, como Luna, siempre digo Pamplona, o me espero a ese instante de no-retorno (ni palante ni patrás) para ponerme a contar un chiste divertidídimo y completamente ininteligible.
La película la he visto por trozos y a salto de mata muchas veces, pero nunca entera de un tirón. La tengo en DVD y me he prometido verla desde hace unos cinco años. Pero es que creo que dura una semana, o así.
Mi comentario hoy se desvia un poco del tema principal, bueno a lo que iba. Este verano en una concentracion de moteros en Gibrlatar ( Invasion pacifica de la Roca por mas de mil Harleys españolas ) me enseñaron una moto parecida a la de la foto que hoy publicas y que estaba a la venta con la “coletilla” de que era el vehiculo que Franco utilizaba para atravesasr el Campo de Gibraltar durante la guerra.
No veo yo a Franco subido en moto, asi como tampoco veia a Sir Lawrence de Arabia en su vehiculo de dos ruedas … me lo imaginaba a caballo con tunica blanca ondeando al viento.
Duende, me has roto una imagen preciosa que tenía en la cabeza y que es muy paraecida al recuerdo que tengo de los polvorores como dulce maravilloso y ….que tambien se me rompe cada Navidad cuando me como un par de ellos , claro tengo doce meses por delante para volver a idealizarlos y asi hasta el año que viene. Ah que no se pase : feliz Navidad a todos
Hoy por ser el dia que es, dia de ir a poner flores a los nuestros que ya no estan, quiero recomendaroS a todos, que sois la mayoria cinÉfilos, una pelicula japonesa que vi ayer, MARAVILLOSA, “DESPEDIDAS”,donde se recupera la muerte con una dignidad llena de belleza. Eso si, si sois lloronas ó llorones, ir preparados.Buen dia de Todos los Santos.
esta claro que no soy nada cinefila a vuestro lado” pero como me gusta leer pues he entrado a saludaros…..mi prediabetes no me deja degustar muchos dulces” y no soy muy del polvoron..( aqui en alcoy hacen unos dulces de navidad que son de”pasticest de moniato”no se si lo he escrito bien que son un bocadito de cielo esos si me gustannnnnnn……saludos
Querido Pemberton
La película “Lawrence de Arabia” arranca precisamente con el accidente de moto que le costó la vida. Por curiosa coincidencia, hoy hablaba un periódico de la marca de prendas para moteros BELSTAFF -yo ni sabía que existía-, que ya usaba, al parecer, el fanoso coronel.
En cuanto a lo de “romper la imagen maravillosa” del polvorón…Ya sabes, es fácil que se desmorone antes de que llegue a la boca. Lo mejor es compactarlo antes apretándolo con la mano antes de desenvolverlo.
¡Ah!…Y sería perfecto que no despareciera de las confiterías cuando pasan las navidades. Pero con los olvorones debe de pasar lo que con el turrón. Cuando trabajábamos en CLARIN para EL ALMENDRO (Vuelve, a casa vueleeelve…), nos pasaron una investigación según la cual la gente compraría turrón fuera de la Navidad siempre que se le vendiera con otro nombre. Pues para mí, lo mismo con los oolvorones. Que les llamen como quieran, pero que no me los quiten
Pues yo, siendo forofa de los polvorones, no me gustan “fuera de temporada”, como me repele sobremanera que ya estén puestos los adornos de navidad cuando teniamos que estar a lo que hay que estar: difuntos y santos, es decir, a flores, buñuelos y huesos de santo.
En cuanto a Lawrence… ¡que no me lo quiten!
Lo de la temporada es una tontería, pero es así. ¿Os imagináis esta tarde de domingo haciendo unas torrijas? ¡Qué delicia!
Pues no nos apetece.
(Bueno, a mí sí, pero es que yo soy un tragaldabas).
Dios mío Duende, con lo que ensucian los polvorones!!! tendrás las chaquetas llenas de manchas de grasa. Una mancha imposible la del polvorón.
Entre el ayuntamiento, con las luces ya colocadas antes de terminar octubre, los súper e hipermercados, que llevan ya diez días con los dulces navideños en los lineales, el Duende, que ya el pasado día 16 atacaba con el turrón duro y hoy con los polvorones, y esta crisis que parece ser que quiere conseguir el más difícil todavía, o sea, que consumamos pero sin consumir, uno ya no sabe en qué fecha vive ni lo que debe o no comprar.
Creo que lo mejor sería un gran pacto entre las partes compradoras y las vendedoras: poner durante todo el año los productos de todas las temporadas a la venta simultáneamente, pero eso sí, con los envases vacíos (reciclables, claro está), y venderlos a precio de amiguete.
De esta manera, unos saciarían su furor gransuperficial, comprando envases de colonia para el día de la madre, de bañadores, de disfraces de carnaval o halloween, de huesos de santo, de turrón o de tinto de verano, con la ventaja añadida de que el carro de la compra pesaría poquísimo y saldría barato, y los otros satisfarían su ego de lumbreras del marketing y podrían presentar una cuenta de resultados decente, independientemente de la estacionalidad de su producto.
Y todos contentos todo el año, ¿qué más se puede pedir?
La idea es muy brillante, Wallace, y serviría también para que la gente pudiese fardar callejeando con sus bolsas llenas de paquetes vacíos de Luis Bultón, Cuchi o Chenel (no confundir con Antoñete). De todas formas, hay productos que tendrían que estar vedados a este sistema, como la cerveza o la sidra natural
Por cierto, Duende, cómo se te ocurre decir que el desierto está limpio, si está lleno de arena y polvo por todas partes. Si te lee Doña María te va a poner fino.