Archivos para 1 noviembre 2009

El otoño, el árbol y el tiempo

(Foto prestada del blog IBISTÓNER)

Gonzalo del Castillo era  un compañero de colegio del Duende con muy buena cabeza y mofletes colorados. Eso no debe de imprimir carácter, pero deja huella. A  otros amigos de entonces les borró la goma del tiempo, pero Gonzalo –del que el Duende nunca más volvió a saber nada- se quedó alojado astutamente en un rincón de su  memoria. Era godito,  listo y  tenía un gran sentido del humor. Pero destacaba sobre todo por sus mofletes. Para los que hayan leído los libros de Richmal Crompton que publicaba la Editorial Molino, lo más descriptivo sería decirles que Gonzalo parecía uno de esos niños antiguos que ilustraban  las aventuras de Guillermo Brown. Tanto con Gonzalo como con el inolvidable Guillermo –hoy en la almoneda de los héroes literarios infantiles- el Duende lo pasaba muy bien.

Gonzalo vivía no lejos de la Biblioteca Nacional. Y todos los años, no recuerda el Duende si el día de Reyes o el de su cumpleaños, su padre le llevaba a la escalinata del imponente edificio y le hacía una foto al pie de una de las estatuas que la adornan. Al Duende le pareció una gran idea tomarse como referencia del ritmo que sigue el del tiempo. Y pensó que, en la Biblioteca nacional o en cualquier otro punto reconocible,  haría lo mismo si algún día tuviera hijos. No lo hizo, y  ahora se arrepiente de ello.

Decimos habitualmente que la vida se nos pasa en un soplo. Es verdad que el tiempo se escurre como el agua entre los dedos. Pero aunque eso nos recuerde la brevedad de nuestra existencia, su fluir ejerce una atracción irresistible. Visualizarlo, con una foto anual o de cualquier otra forma, nos hechiza tanto como seguir las evoluciones de las llamas en la hoguera o el movimiento continuo de las olas del mar.

Una de las grandes suertes del Duende es que desde su ventana puede ver árboles. Los hay de hoja perenne y de hoja caduca. Quien tiene a la vista uno de éstos tiene un tesoro, pues no hay nada tan fascinante como seguir en él, día a día, la cromática cadencia del otoño. Se puede interpretar como un simple proceso de la naturaleza, o ver en el árbol un cuadro impresionista que además está vivo y es propiedad exclusiva del observador. Pero a poco que se mire es fácil, además, presentir en sus ramas la poesía, y convertirlo en ese fotógrafo que atrapaba el tiempo para el amigo Gonzalo. Cada hoja que se le cae es una viruta de nuestra vida que se va, pero un recuerdo más que nos enriquece. Como cada yema que se abrirá en primavera es una esperanza que se renueva.

El tiempo pasa rápido, porque es inquieto y siempre busca algo mejor- dijo el fílósofo Evelius Kögnestein mientras observaba cómo se desnudaba un árbol en un gris día de otoño. Por cierto, no busquen este nombre en las enciclopedias: no existe. Aunque venga muy bien para dar a este post más peso que el de una hoja muerta barrida por el viento.

Lo que ha cambiado el cuento

Hasta los más inocentes cuentos se van maliciando con el tiempo...

1. Es un  guarda forestal de un  pequeño pueblo de Huesca, pero se confiesa autor de la muerte del alcalde para liberar a sus vecinos de toda sospecha. Luego resulta que dice que no lo mató. Y entretanto desvela una oratoria más propia de un político con estudios que de un campesino. El crimen no es de los nuestros. Más que recordar Fago este hombre y este caso  remiten a Fargo.

2. Es el representante del Estado en Cataluña. No sabe cómo sería su Cataluña independiente. Sí sabe que, si lo hubiera sido cuando su familia se asentó allí, él jamás hubiera llegado a ser presidente de la Generalitat. Se supone que suscribe la Constitución. Pero no tiene inconveniente en recomendar que se haga la vista gorda si el Tribunal que la interpreta y la aplica decide algo que no le gusta. Versión vernácula de la Ley del Embudo: lo ancho para mí, lo estrecho para ti. En su pueblo y en otros pueblos de España lo dirían más a lo bestia: quiere tener el sueldo del geneal y la verga del teniente.

3. Son las luces de Navidad de Barcelona. Entre ellas, las clásicas felicitaciones. Primero, en catalán: Bon Nadal. Y luego en muchas otras lenguas. Menos el castellano. Carod Rovira insiste en que Cataluña no se siente a gusto en España. Todo lo contrario que el resto de los españoles, realmente sorprendidos por lo encantador y bien educado que es el alcalde de la Ciudad Condal.

4. Es la Comunidad Autónoma de Extremadura. Una pedagoga ejemplar consigue que se apruebe un presupuesto para que los adolescentes aprendan a masturbarse. La AOA (Asociación de Onanistas Autodidactas, a la que pertenece toda la generación del que susccribe) pedirá que le compensen por todo lo que hemos ahorrado a la Hacienda Pública siendo tan listos.

5. Es el Parlamento de Cataluña que contrata a un traductor de catalán para que traduzca su discurso a unos visitantes nicaragüenses. Podría haber hablado en castellano, lengua que usan y entienden ambos. Pero en ese caso hubiera ahorrado unos miles de euros al contribuyente, premisa que ningún político con futuro debe tener en cuenta.

6. Es el fantasma de Cneo Escipión, guerrero romano que conquistó Hispania. Aprovechando que un diputado del PSOE granadino ha presentado una proposición para que España indemnice a los descendientes de los moriscos expulsados hace cuatro siglos, se ha plantado ante ZP y le ha dicho: AVE, ZAPATERUS…¡AFLOJAT MOSCAM! Se calcula que, al grito de maricón el último, no tardarán en presentarse también los fenicios, los iberos, los godos, los árabes y hasta las tropas napoleónicas, todos ellos barridos sucesivamente del suelo patrio. Se les pagará a todos, con cargo al déficit. El talante es el talante, dice ZP. Además… ¿qué es una raya más para un tigre?

7. Por último, el Concurso de Tortilla Española que ha ganado un bar de Bilbao. Francesa, la tortilla de huevos. Española, la tortilla de huevos con patatas. Siempre fue así. Pero la ortodoxia nacionalista no puede mentar la bicha. El ganador no quiere que se diga que la suya es la mejor tortilla bilbaína,  ni vizcaína, ni vasca, porque ha concursado con cocineros de todas las autonomías. ¿Solución? La que dicen los carteles: Este bar ha ganado el Concurso de la Mejor Tortilla Estatal. Con dos huevos.

A menudo el Duende mira a su alrededor y se siente extraño. Piensa que para qué le educaron, si el sentido común parece tener cada día menos sentido. Se siente como el lobo del viejo y grosero chiste de Caperucita. ¿Dónde vas, Caperucita? –pregunta el Lobo.  Al arroyo, a lavarme el chichi- contesta Caperucita airada. ¡Jo! –piensa el Lobo- ¡Lo que ha cambiado el cuento!

Contra moscas y ciruelas

Una mosca pelma y unas ciruelas imposibles. ¿Quién controla la obsesión nuestra de cada día?...

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La estupefacción del día no tiene por qué meterse en honduras. Puede uno preguntarse por los misterios de la vida o por dudas de menor cuantía. Nadie se programa para ser trascendente o frívolo. El hombre se debate entre  toda suerte de cuestiones de orden espiritual, filosófico, material, práctico o anecdótico,  y no sabe por qué una de estas se pone por delante de las demás y, sin una razón particular,  le quita el sueño.

En el día de ayer, los problemas que comentaban Homper y la tía Clota distaban mucho de los dilemas existenciales.

-Primera cuestión, tía. ¿Tú has sentido alguna vez que una mosca juguetona se interpone en tu mirada? Segunda cuestión, tía. ¿Cuánto tardan en madurar las ciruelas en Estados Unidos?

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La mosca. Apareció mientras Homper leía el periódico. Revoloteaba en el área de visión de su ojo derecho, y se movía entre el eje central de la mirada para acabar fugándose por el lado. Durante muchos minutos, mientras  trataba inútilmente de espantarla, debió de parecer un imbécil. Pronto observó que la mosca seguía los movimientos de su pupila. Buscaba ésta la línea del periódico y allá que iba la mosca.

No le sorprendió a Homper que la tía Clota le dijera que era otra gotera de la edad,  algo bastante frecuente, y que debía visitar a un oftalmólogo. Le dejó estupefacto constatar que nadie se lo había comentado antes. ¿Cómo se puede convivir con una mosca tan puñetera sin hacer de ella un tema de conversación?

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¿De qué están hechas esas ciruelas de color granate oscuro que,  tan bien empaquetadas al vacío en un envase de plástico de ocho unidades, se vende ahora en los supermercados? ¿Qué tierras, qué invernaderos, qué fertilizantes, qué milagros transgénicos o qué coños convierte a una fruta tan aparente en un imposible? ¿Por qué no maduran nunca? Con mucha suerte, van de una dureza de bala de cañón a la de una pelota de jokey.

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Homper compró las ciruelas y las dejó en el frutero, esperando que tarde o temprano madurasen. A las tres semanas, se enfrentó a una de ellas con cuchillo de sierra y tenedor. Consiguió probarla. No sabía a nada. ¿Qué se puede hacer con unas ciruelas así?

La respuesta se la dieron Adolfo y Zita, una pareja de artistas cubanos que se instalaron en el piso 4º A.

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Zita era una cantante gorda y pertinaz como pocas. Durante un mes, y acompañada por Adolfo al piano,  torturó a Homper y a los demás vecinos ensayando sin cesar Siboney…Yo te quiero, yo te adoro, Siboney…Y cómo desafinaba. Un día, no pudiendo resistir más, Homper le lanzó a un  ciruelazo que penetró por la ventana abierta y fue a impactar contra su ojo derecho.

Se la llevaron a urgencias.

Y aunque Homper se quedó preocupado por la utilización de la ciruela como arma disuasoria, se consoló de inmediato. Pensó que no sólo había encontrado utilidad a aquella fruta marmórea, sino que durante una buena temporada le había ahorrado a la cantatriz el problema de la mosca traviesa que a él tanto le obsesionaba.

Pellizcos de Zamora

Al Duende también le gustaría haber nacido en Zamora, y en una casa asomada al Duero...

Grande, bella, variada, siempre apasionante España. Zamora parece quedar a trasmano de muchas rutas. Pero cuando se la ve gran señora del Duero, tan discreta y tan hermosa en su adustez castellana, capaz de decirte ven, quédate,  pasea, estudia, piensa, escribe sobre mí, búscate una Urraquita amorosa –aunque seguramente ya no habrá zamoranas llamadas así- , pásale el brazo sobre sus hombros y acércala a ti mientras juntos veis correr el río desde las murallas recitando romances y evocando la historia, Zamora se desborda y te empapa el alma. Además  de otros muchos atractivos, Zamora tiene la mejor postal sobre río de España. A su paso por la vieja ciudad castellana, el Duero fluye tan ancho que casi alcanza la opulencia de un río francés.  Señor, por qué tardamos tanto en caer por Zamora.

Al Duende le hechizan las ciudades y pueblos donde nunca podría encontrarse a Belén Esteban, a Ernesto de Hannover o a los Albertos. Y eso que esta vez el Duende ya no vio por Zamora lo que tanto le impresionó la primera vez: curas con sotana paseando por las calles. Zaras, Mangos, Springfields, Häagen Dazs, están muy bien. No son lo de uno, pero animan, dan modernidad, crean puestos de trabajo. Pero que no nos quiten ese sello de identidad de la España eterna que es una ciudad con las calles empedradas, una vieja lencería donde aún reza Novedades en su rótulo de metal con letra inglesa, una vetusta fábrica de paraguas –cuando está claro que ya no llueve nunca- que además vende el Calendario Zaragozano y algún cura con sotana o monja con hábito engalanando el paisaje urbano. Santos, reyes y guerreros de leyenda, pero también el espíritu de Galdós,  de Delibes, de Buñuel y de Berlanga flotando en el aire. Es otro pálpito de la diferencia.

Caía el Duende por Zamora el finde –vamos a modernizanos algo- cuando llamó a su viejo amigo Julio César Iglesias, hijo predilecto de la ciudad. Julio dice que de niño aún buscaba por el Portillo de la Traición el venablo con el que Bellido Dolfos mató al rey don Sancho. La leyenda sugiere que, además de traidor, el tal Dolfos, hijo de Dolfos Bellido, fue inoportuno, pues sorprendió al rey en un momento especialmente delicado, y agachado por añadidura. Julio César dice que su padre mantenía que en las paredes de la iglesia de Santiago del Burgo había una inscripción que decía: Malditos los zamoranos/  nacidos y por nacer/ que mataron al Rey Sancho/ haciendo su menester. Lo quiso comprobar el Duende, pero la susodicha iglesia estaba cerrada, e introducidos los versos romanceados en el buscador de Google, éste no los halló. Julio inventa la historia con mucha gracia, pues hay que reconocer que, una vez más, si non é vero e ben trobato.

El menester del Duende cuando viaja es otro.  Toma las medidas al lugar corriendo. Un chándal, calzado deportivo y a huronear por donde los guías turísticos no llegan a asomar. Esta vez, mañana luminosa y clara después de una noche de cuatro gotas, cosió la muralla de Zamora, saliendo y entrando por diversos portillos hasta dar junto al río, extramuros, con la iglesia de San Claudio de Olivares, y ciento y picos de metros más allá, con el templo de Santiago de los Caballeros o Santiago el Viejo, donde la tradición dice que armaron caballero al Cid. Es tan diminuto que mal cabría la Tizona. No para el Duende en estos monumentos románicos para acumular datos históricos o arquitectónicos que pronto ya borrará su frágil memoria. Sino por recordar lo poco que es uno para la historia, por tratar de comprender nuestras raíces, por darle otra vuelta a eso que llaman fe y por  ese pellizco de emoción que deja en el alma el pasmo del tiempo detenido y la música del silencio.

Fuera, flanqueado por chopos y fresnos que amarillean de otoño, seguía pasando mansamente el Duero. Cuántos lugares hay en España para perderse. Casi tantos como para quedarse en ellos.

Una broma de Berlanga

Aunque no lo escuche, le diremos lo que pensamos de él antes de que sea demasiado tarde...

-Que no se me muera nadie sin haberle dicho lo que le tenía que decir-dice la anciana tía Clota a su sobrino Homper.

Estupefacción, una vez más. ¿Por qué se desayunaba hoy con una reflexión así?

La tía Clota se lamenta de que una vez, cuando aún vivía en España, se cruzó con José Luis López Vázquez por la calle. Acababa de verle en aquellas comedias que hacía con Alberto Closas y Analía Gadé. Pensó pararle, decirle qué simpático es usted y darle un beso. No se atrevió…Y ahora piensa: qué tontería, nos hubiera hecho ilusión a los dos…

-¿Por qué hay que ser pudorosos con los sentimientos?-pregunta la anciana.

-¿Por qué?-repite Homper. Y se contesta calladamente, para sí mismo. Porque equivocadamente, uno cree que la gente es tanto más fuerte cuanto más embrida el corazón.

Extracto de la conversación entre estos dos habituales del Duende un 19 de noviembre, víspera del trigésimo cuarto aniversario de la muerte de Franco. Ya es casual que coincida con una anécdota de otro grande del cine del que hace tiempo no se tiene noticia. Justo hace unos minutos el Duende ha recibido un enlace de You Tube con grabaciones de varios Francos de coña, más o menos logrados. En la última bufonada aparece su propia voz en una recreación de Franco haciendo de Pepe Isbert.

-Expañolz todos…-dice el prenda con aquel ceceo suyo tan característico-Como caudillo vueztro que zoy, oz debo una explicación…Y eza explicación oz la voy a dar como caudillo vueztro que zoy…

Es la misma bobada de la película. Aquella frase circular repetida una y otra vez por el alcalde de Bienvenido míster Marshall. Hace unos años, cuando se celebraba el medio siglo de su rodaje, el travieso Luis García Berlanga quiso añadir dos guindas más a la tarta: el sueño erótico de la maestra (suprimido por la censura en su estreno) y esta broma chaplinesca con el pequeño dictador.

-Luis –le dijo al Duende- Me han dicho que tú haces muy bien la voz del Caudillo.

-Sólo la voz, maestro.

Grabaron un discurso surrealista. Cómo disfrutaba  el ya viejo y señorial Berlanga con la broma que, por cierto, nunca hasta hoy llegó a ver el Duende. Al gran cineasta, a pesar de su retranca gamberra el más fino y elegante que uno ha conocido en este gremio, lo vio una vez más, en una larga entrevista que le hizo Olga Viza. Ya dejaba las frases inacabadas.

-Ésta es la peor censura que he sufrido nunca- dijo sin perder la sonrisa.

No ha aparecido ni en las exequias de López Vázquez porque debe de estar muy mal. Y no le conocía mucho el Duende, apenas tres encuentros en su vida. Pero, al igual que tía Clota, no quiere dejar para cuando sea inútil su tributo de admiración por él. Amigo Luis, gracias por tus películas, gracias por tu humor, gracias por hacer de la vida un astracán. Gracias por convertir a este tu tocayo en efímera estrella de You Tube.

Piratas de antaño y piratas de ogaño

Desgraciadamente, ahora los piratas no son héroes de película...

Piratas de Somalia…Tan lejos de los de las películas y del Pirata Garrapata, que el Duende no leyó porque cuando nació ya se le había pasado la edad de la fantasía, pero que le hacía mucha gracia tan sólo con escuchar su nombre. En el duermevela del Telediario, y a cuento del fin del secuestro del Alakrana, se imaginaba en la piel del hijo pequeño de uno de sus tripulantes.

-Qué bien que hayas vuelto, papá. Porque esos piratas no se parecen al prota de Piratas del Caribe, ¿no?…

Y el pescador le abrazaba. Los  piratas ya no son lo que eran, y los pescadores tampoco son como el capitán Akab o el entrañable portugués pelirrojo que interpretaba Spencer Tracy en Capitanes intrépidos. Pescar era una profesión de hombres duros y ahora, en determinadas aguas donde el derecho parece que mira a otro lado y se pone a silbar, es más que un riesgo. Casi una heroicidad. Así pasó que los mismos canallas  que consiguieron convertir la navegación aérea en un infierno, ahora se valen de ellos para hacer chantajismo en el mar. Aunque al final casi debamos darles las gracias porque el hijo del pescador haya vuelto a ver a su padre.

-No entiendo cómo se puede dudar de la necesidad de pagar en estos casos –decía la esposa de una de los rescatados.

Sólo unos pocos lo dudan. Quizás de lo que dudan muchos es de la utilidad del estado de derecho cuando se empeña en abrir casi siempre una vía de escape a los que se ciscan en él. Y cuanto más canallas sean, más respeto y más consideración. Cuidadín cuidadín, al criminal regañarle lo justito para que no se nos cabree más, no sea que salgamos de Guatemala para entrar en Guatepeor.

-Enésima contradicción de la vida moderna –anota Homper en su  Moleskine de perplejidades y estupefacciones- El poder es exigente, intolerante e incluso arrogante con el pillo, pero exageradamente comprensivo con gran delincuente. Y el celo del estado de derecho suele ser inversamente proporcional a la gravedad moral de la acción de su enemigo.

Pero, con todo lo que refunfuña su alter ego,  está alegre el Duende. Y eso que nunca navegó más que en las barcas del Retiro, en un chinchorro por la ría de Cubas y en los veleros de un par de amigos que le invitaron a ver las Baleares desde el mar. El resto fueron sólo singladuras y travesías de Salgari, Verne, Twain, Stevenson, Conrad, Kipling y hasta Agatha Christie, que nos mandaba de crucero por el Nilo y nos preparaba asesinatos de mentira por sólo cinco pesetas que valían sus novelas. Está contento, piensa en el chaval, en su madre, en las familias de todos los que han padecido este horroroso secuestro. Serena, resignadamente contento.

Y entretanto el mar seguirá eternamente batido, toujours recommencé, -como decía el único poema de Paul Valery que uno recuerda. Qué sabio es, siempre en movimiento para que no se registre en su superficie huella alguna de las múltiples  fechorías que en él se han perpetrado a lo largo de la historia. Qué prudente, borrar todo rastro de los piratas de ogaño.

¿Dónde acaba la familia?

...Y aunque estas jovencitas no pudieron ir a la fiesta, también descienden del mismo tronco y pertenecen a la gran familia

Se preguntó siempre el Duende a lo largo de su vida dónde empieza y dónde termina la familia. Sospecha que sólo en los países  latinos se estira el concepto tanto como para amparar  a tíos, primos, tíos abuelos, sobrinos, sobrino segundos… En España desde luego es difícil saber su límite. El Duende ya casi no conocía a su familia materna, porque gran parte de sus ramas se han desparramado. Pero acudió a ella y la familia respondió con creces.

Una de las pocas razones por las que  al Duende le hubiera gustado ser millonario sería para recomprar el Monte el Rincón, una hermosa finca  recortada por los ríos Tiétar y Arbillas, en el límite sur de la provincia de Ávila, que fue el territorio de su infancia compartido con esta familia. Casi todos los descendientes de su bisabuelo Augusto Lletget, que fue quien lo compró en 1871, se reunieron el pasado sábado para la presentación del libro de la prima/tía/tía abuela Mary. En el acto, al Duende se le olvidó parafrasear,  a propósito de la autora, lo que  Unamuno decía de Dios: si no hubiera prima Mary, habría que inventarla. Aunque sólo fuera para comprobar el juego que dio su abuela Rosa, tronco común de donde procedían la mayoría de los asistentes.

Por la noche, el Duende soñó que el Monte el Rincón era ahora suyo. Lo que en realidad acabó siendo un caserío destartalado era en el sueño como Brideshead o Manderley, esas propiedades que aparecen en la literatura y en el cine ingleses con una enorme mansión perfectamente mantenida por una nube de sirvientes. En ella coinciden multitud de familiares de distintas generaciones y todos son ricos, guapos, y elegantes. Unos juegan al billar, otras al crocket, otros se van a pescar, el más exótico, como el tío Augusto Gil Lletget, que era ornitólogo, prepara la taxidermia de un martín pescador, aquel monta el telescopio para mirar las estrellas por la noche, algunos escuchan tangos de Gardel en la vieja gramola manual con aguja de La voz de su amo, cuya caja de hojalata es hoy una preciosa reliquia, las tías montan a caballo a lo amazona y con sombrerito, otros más cazan pluma, un grupo pasea por el bosque  mientras la pareja de primitos más despabilada se  cita con Cupido en el pajar para estudiar   anatomía de sus cuerpos y, de paso, eliminar toxinas. La vida misma.

La vida de mentira, claro, donde luego te sientas a la mesa y unas doncellas con guante blanco te sirven faisán relleno con ciruelas y malvavisco. Nada parecido a la realidad. El Monte el Rincón que el Duende conoció era ya decadencia. Como mucho, carillas, patatas revolconas o macarrones con chorizo en una vajilla desportillada. Eso sí, la vajilla  de cerámica talaverana, y con el nombre de la finca en cada plato. Poco importaba. Era sobre todo el descubrimiento de la naturaleza, el poder correr a tu albedrío por el campo, ver parir a las vacas y a las ovejas, chapotear en los arroyos, comer el pan y quesillo de las acacias y trepar por los madroños del jardín mirando  desde allí al Almanzor,  buscar galápagos , observar a las grullas y compartir un cacho de pan y queso con tu amigo el pastor al amor de una fogata. Y todo eso, con muchos primos y tíos alrededor. Nada parecido a las películas de aristócratas ingleses o a Los cuatro robles de Escarlata O´Hara, pero sí algo bello y muy entrañable para ir llenando el macuto de la memoria sentimental.

Decía el señor de Bearn en la muy recomendable novela del mismo nombre que no hay mas paraísos que los perdidos. Añade el Duende: o los que están por llegar. Paraíso es al cabo, lo que el cerebro almacena y el corazón ilusionado procesa como perfume de la vida.  La finca cambió de manos. Era un préstamo que la fortuna había hecho a la familia sin más mérito aparente que la de tener un antepasado boyante. El Monte el Rincón se diluyó en la lejanía, pero no pasó nada, porque quedó el recuerdo de aquel tiempo y nacieron a cambio otros muchos pequeños paraísos. Uno de los sobrinos que corrían por allí es hoy el traumatólogo Fernando Baró, que después de no verse con el Duende durante casi medio siglo le va a arreglar ahora un hueso. Otro es catedrático y decano de la Facultad de Derecho de Santander.  Aquella es bióloga, este arquitecto, el de mas allá ingeniero de caminos…Entre estos sobrinos nietos lejanos hay  una profesora de colegio llamada Inés por la que dan ganas meterse en el túnel del tiempo y volver a matricularse en primaria. Tempus fugit, y entretanto la familia, como mandó el Señor, creció y se multiplicó.

Por cierto,  el Señor no tuvo en cuenta que en España el personal se apunta a un bombardeo, y olvidó recordarnos en qué grado se acaba la familia. Y así pasa lo que pasa, que presenta un libro una novel madurita y acude casi tanta gente como si fuera un Nobel de los de Estocolmo.

El libro más importante de una vida

Juan Gris

Todos podemos tener un libro como el de la prima Mary...(En la ilustración "Pipe et verre", cuadro de Juan Gris

…Y aquel hombre que hasta entonces se había creído nadie, leyó su libro y cerró definitivamente sus ojos convencido de que entraba en la inmortalidad.

Parece un cuento del celebrado Augusto Monterroso, pero no es más que el pensamiento de un cualquiera que quizás muera con su libro pendiente. Porque quiere. Tener un hijo, escribir un libro, plantar un árbol, nos decían. Y ya éramos hombres (o mujeres, que han abolido el genérico). Escribir un libro era difícil, editarlo, más aún, venderlo supongo que casi imposible. Pero ahora hay webs en Internet que permiten editar lo que quieres, te lo envasan en forma de ese objeto que para los de mi generación tenía un carácter casi mítico y te lo pone en el anaquel de tu biblioteca. Y por poco dinero. Qué oportunidad.

Y qué peligro. Nada menos que más de cincuenta y siete mil libros se editan anualmente en España. Muchos de ellos se ven junto al contenedor de basura ese día del mes  en el que el ayuntamiento recoge los trastos viejos gratis. Libros de autobombo institucional, libros de autobombo político, libros para embellecer el ego, libros de autoayuda, libros de recetas, libros programáticos, catálogos, libros de texto, estudios científicos, jurídicos, literatura…Todo cuenta como publicación. Y, de cuando en cuando, el libro de una persona que sólo quería dejar una leve, casi insignificante huella en el recuerdo de los que la conocieron. No ha encontrado una editorial, ni siquiera la buscó. Eran hebras sueltas de una vida que, como muchas, llegó a la edad de los insomnios con el deseo de plasmar por escrito lo que normalmente uno no se atreve a contar.

A este grupo pertenece A mí me gusta soñar,  el libro de Mary Pazos, una muchachita de Valladolid de otro siglo a la que se le echó el tiempo encima sin ocuparse de ella misma. Como la de MarséLa oscura historia de la prima Montse- Mary también es prima (del Duende), y también se ha dedicado a visitar presos. No hay en cambio nada oscuro en su vida. Simplemente, era sensibilidad callada. Como aconseja el Evangelio,  del que ha sido fiel cumplidora, nada sabía su mano izquierda de lo que hacía la derecha.

Algo se sabrá a partir de hoy entre los familiares y amigos que impulsaron la iniciativa de recoger en un pequeño librito el zumo de sus insomnios. El Duende viene de actuar de actuar esta semana en una convención de empresas. Tres días en auditorios llenos de gente. Las pasó canutas, lo suyo es la radio, que no la ve nadie. Debería  estar por tanto relajado y tranquilo, sólo se trata de presentar un opúsculo ante su querida prima y sus partidarios. Juega en casa, pero  a pesar de ello está tan nervioso que, como la heroína del día, tampoco durmió bien.  Se comprende. Piensa en el momento en que la novel octogenaria se vea en su libro, y compruebe que su vida tenía más trascendencia de lo que ella creía. Elemental, querida Mary: no hay libro más importante  que ese libro de poca importancia que se escribe con la tinta del alma y que ahora, afortunadamente, cualquiera se puede editar.

El hombre de plastilina

El_monstruo_Gehena_en_plastilina

Al mirarse al espejo, Homper notó que tanto relativismo moral le estaba cambiando la fisonomía...

Se afeitaba Homper y veía en el espejo su cara de bobo más estupefacta que nunca. Estaba escuchando las noticias de la radio. Y se acordó de una de las frases más geniales de su admirado pensador Groucho Marx. Estos son mis principios –dijo éste- Claro que, si no le gusta, tengo otros. A eso ahora le llaman relativismo, o sensibilidad social

El siniestro secuestro del Alakrana. Se ha gangrenado entre el gobierno y la judicatura y ahora no hay genio de la política capaz de resolverlo. La vida de los secuestrados frente la firmeza del estado derecho. A ver quien ata esa mosca por el rabo.

No se intervino por la fuerza porque aunque al gobierno le amparase el derecho internacional se lo hubieran impedido sus escrúpulos: el diálogo balsámico, panacea universal de todos los males, el buenismo naif, el pacifismo a ultranza, la Alianza de Civilizaciones. In dubio, semper pro criminale. Y si  éste chantajea, ni un cachetito de niño malo: un poco más de déficit y que siga resplandeciendo la aureola del Obama descafeinado de Occidente. Este es mi estado de derecho- parece querer decirnos ahora. Pero si molesta a alguien, ya lo modificaré, siempre que no se comente demasiado.

-Es el estado de derecho de plastilina- le comentó a Homper un viejo compañero de la Facultad de Derecho mientras tomaban un café- Cuando la violencia es legítima, no la utilizo, porque no queda bien. Cuando la fiscalía me conviene, le pongo cachonda para que actúe. Pero si me mete en un lío, ya buscaré la manera de de burlar su celo. Al fin y al cabo, también nos enseñaron  que la política es el arte de lo posible. Menos mal que al personal el imperio de la ley le importa un comino. Mientras funcione el estado de bienestar, Belén Esteban y Jorge Javier Vázquez nos canten las uvas y haya fútbol gratis por la tele, adelante con los faroles.

Escucha Homper a la familia de los secuestrados mientras se da el alter shave. Y, como a cada quisque, se le desgarra el alma. También se le rompe pensando que poco a poco, a base de rebajar las aristas de las leyes,  nos van cambiando la arquitectura del alma. Hoy se mira ante el espejo como un ciudadano de nuestro tiempo y, sin llegarse a ver tan feo como el retrato de Dorian Gray, se siente extraño. Sin darse cuenta, se ha convertido también él en un hombre de plastilina.

Cuando el viento sopla…de espaldas al pueblo

Viento sobre los arboles

A pesar de sus desmanes, el viento también tiene su aquél...

El Marcelino está aventao- decían en el pueblo de doña María cuando alguno estaba chifleta. El viento, dicen, vuelve loca a la gente. Se entiende perfectamente cuando ésta vive permanentemente batida por la furia de Eolo. Y sin embargo es otro fenómeno de la naturaleza que le pone al Duende contra la mayoría. Algo le gusta.

Se identificó con   Luis Buñuel cuando  en  Mi último suspiro, sus memorias,  reconocía que le gustaban el frío y la lluvia. (Por cierto, ¿por qué no emigró entonces a Inglaterra en lugar de establecerse en Méjico?). Demos por descontado que también le emocionara la nieve, sueño blanco que perseguimos todos los nacidos de Burgos para abajo. Pero lo de disfrutar cuando el cielo se pone arisco es un poco “snob” y antisistemático.

Si al Duende le seduce el mal tiempo es precisamente porque la gente huye  de él. Calles vacías, parques desiertos, campos solitarios. No totalmente. Por una calle, por una alameda, por un sendero de cualquier monte, dos caminando  abrazados bajo un paraguas. Así es más bonito. Quizás sin viento como el de este fin de semana. Para no ser ráfagas huracanadas de película, de novelón como La posada de Jamaica -¡qué gozo cuando uno, casi imberbe, pillaba unas anginas con un libro como éste!- o de paisaje romántico, hay que reconocer que se puso algo pelma.

Dijo una vez por la radio que le gustaba el viento y su amiga doña María se le quejó.

-Se ve que no vives en un piso como el mío- protestaba airada.

Y le contó las poblemáticas del viento en el piso trece del bloque Los Arándanos. Penetraba tanto  por las cajas de los tambores de las persianas, que la doña desmontaba la tapa y aprovechaba para guardar dentro la chacina de la matanza y los quesos de oveja que se traía del pueblo.

-Algo tapan –le dijo-Y tanto los chorizos y los quesos se curan estupendamente. Eso sí, no podemos  subir la persiana. Y deja un perfume no mu delicao pa un dormitorio. Por eso sólo utilizamos de fresquera el de las nenas, que como ya se han marchado a vivir con sus parejas…

Qué talento para hacer de la necesidad virtud. A lo que no ha encontrado solución es al frío que entra por la rejilla de ventilación del gas de la cocina en días como estos.

-Están hechas de espaldas al pueblo- se queja con cierta razón- Porque si las tapas con un cartón te puedes morir intoxicá, pero si no, te pués quedar arrecía.

Y sugiere que antes de proyectar estos sistemas de aireación de espaldas al pueblo, los arquitectos, constructores, gasistas y munícipes responsables del invento se pongan a cocinar en su piso del Bloque los Arándanos un día de viento del más frío invierno. Aventá, parece que está también ella. Cualquier día exigirá también que se pueda abrir un brick de leche sin derramar ni una gota, o un CD de El Fary al primer intento. Como si el progreso fuera siempre para facilitarnos la vida…

Carta a Jorge Manrique

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A pesar de todo, no estoy de acuerdo en que cualquier tiempo pasado fue mejor...

Querido maestro

Antes que nada debo decirte que fuiste uno de los primeros escritores que admiré. Las Coplas a la muerte de tu padre se nos grababan a casi todos los escolares de mi época. Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte…Las recitábamos de memoria.

En cierta manera, se me pegó el espíritu que derramaban sus versos. Quizás recuerdo demasiado. He caído en la tentación del exhibicionismo que proporciona ese invento llamado Internet: ya sabes, es como el diván del psicólogo. Tengo amigas como Cristina y Bibi que se dedican a escuchar a la gente y a ayudarla así, pero según sus normas, la terapia no funciona cuando el que se tumba en el diván es conocido. Por eso creo que he acabado en el rollo este de la red. Un lío. Me hubiera sido mucho más agradable una psicología entre gente conocida.

Recuerda mi alma dormida…Demasiado, a lo que se ve por los que aún se asoman por aquí. Recuerdo, sí. Y me critican por ello, puede que con razón.  El pasado suele tener mala prensa. Es de gente medrosa y por lo general triste.  Sin embargo es el único pavimento que uno conoce, y por el que transita con cierta seguridad. El presente no llega a ser: pasa bajo nuestros pies como una alfombra en cinta transportadora. ¿El futuro? ¡Oh!…Hubo un tiempo que soñaba con él, pero me ha hecho tantas pedorretas y está tan desgastado por la verborrea de los políticos, del lenguaje empresarial, de la publicidad y de las escuela de negocios que no me merece demasiada consideración. Además, ahora que valoramos tanto el espíritu democrático…¿Has visto algo más tiránico que futuro? ¿Ha consultado alguna vez algo  a alguien? Se presenta cuando quiere y hace lo que le sale de las narices. Lo de mitificarlo y levitar cuando se le menciona me parece recurso de cantautor con guitarra de cuerdas rotas y seso vacío. Yo soporto el futuro porque no me queda más remedio. A pesar de eso, procuro no llevarme mal con él.

Eso tampoco quiere decir que esté de acuerdo con el más famoso de los versos de tus coplas. Cómo, a nuestro parecer/ cualquiera tiempo pasado fue mejor…Si somos serios, hay que reconocer todo lo contrario. Que a pesar de todas las miserias, los peligros y los desafueros del mundo actual, cualquier tiempo pasado fue muchísimo peor. Eso sí, si nacías en una familia donde comías caliente, si tenías  cerca un parque para jugar a las chapas con tus amigos, si te sobraban cinco pesetas para ir al cine y, además no te enterabas de lo que pasaba por ahí, eras feliz. Había mucha mierda. Pero quizás ni la veíamos ni nos llegaba su hedor.

Dos notas de esta semana para demostrarte que no soy tan pesimista. El jueves actué en la convención de una empresa japonesa que celebraba veinte años de su llegada a España. Fíjate qué contradicción, yo aquí tan coñazo y aún hay quien me contrata para alegrar esos actos. Una parte importante de las ponencias fue para mostrar los programas sociales de la firma. Entre ellos, quizás el más impactante, su obsesión por la integración de los discapacitados. Un chaval llamado Pablo –también un chico Down, como el asombroso Pablo Pineda de la película Yo también- aplaudía a rabiar cuando dos compañeros de trabajo con enfermedades degenerativas que les mantienen en sillas de ruedas eran premiados por los proyectos que han desarrollado para aplicar la tecnología de la casa a  facilitar la vida de muchos impedidos. Yo me acordaba de las voces del niño del segundo de la casa donde nací, que se escuchaban por el patio. Las oí durante muchos años. Era un muchachito con una cabeza monstruosa, sin ojos, lo que entonces se llamaba, sin mucha delicadeza, un subnormal. Las escuché hasta que murió. Pensé lo terrible que ha sido la vida de los discapacitados y de sus familias hasta que la  sensibilidad social al menos les ha mirado. No, Jorge Manrique, no tienes razón. No siempre cualquier tiempo pasado fue mejor.

La otra –si no, no sería yo escribiendo- es una nadería importante: el descubrimiento de las rosquillas más deliciosas que he tomado en mi vida. Las sirven en una cafetería de la calle Alfonso XI de Madrid, frente a la COPE. Maravillosas. Y, al contrario que las porras y los churros, mantienen su sabor y su textura incólumes para ser, a lo largo de la mañana, un desayuno  perfecto para golosos. Un amigo mío suele decir que la mayor felicidad de este mundo está en lo que rodea a un agujero. Debe de referirse a estas rosquillas. ¿O no?…

Nuestra vida son los ríos que van a dar a la mar…Yo ahora, de momento,  me conformo con ir a correr a la Casa de Campo, que está vestida de otoño. Cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando…Y uno en el centro de esa rosquilla, que es la existencia, buscando dónde morder para endulzarse los días y hacerle guiños al pelmazo del futuro.

En fin, querido maestro. Espero que no te mosqueen mis observaciones a tu obra más señera. Es mi oficio, al cabo uno no es más que un espíritu travieso que te respeta y te admira.

Tuyo afectísimo

El Duende de la radio

Contra Halloween, luna de noviembre

Hay noches en las que sólo apetece vagar mirando a la luna...Errare humanum est…¿Lo diría Séneca mirando a la luna?

Durante casi dos días el Duende no escribía. Aunque el proverbio latino habla de errare como equivocarse, él miraba  esta luna de otoño, tan limpia y luminosa, y  erraba de otra manera. Errar: vagar de una parte a otra.

Miraba la luna, no es excusa, y por su oblea de luz desfilaba todo lo que a lo largo de su vida se ha enganchado a sus sentimientos. Presentes, ausentes, vivos, muertos, amores, afectos, amigos, recuerdos, deseos, sueños. El día de difuntos en lugar de mirar la lápida cubierta de líquenes donde reposan sus padres, esperó a que saliera la luna y les vio pasear sobre ella, tan ricamente. Todo lo que ha sido algo para el corazón cabe en una luna llena.  Hasta Alfa y Lulo. Alfa era una fox-terrier, Lulo un pequeño, buenísimo teckle. Murieron discretamente, la una de viejita, el otro en acto de servicio. Quien ha tenido alguna vez un perro sabe que su cariño podría ser un modelo del amor humano entre la pareja: sólo quiero estar contigo, no importe ni cómo ni donde. Sólo quiero que me lleves contigo.

Como la luna. Se irá dentro de unos días, pero volverá. Sólo quiere venirse con nosotros, y que veamos en su plenitud todo lo que aquí abajo deja tanto que desear. Qué humano es errar, vagar así. Bebiendo luna con la mirada, y cosiendo al alma todo lo que ella inspira y que probablemente sólo puede vivirse así.

Soñando con la mano perdida de Paul Wittgenstein

Paul Wittgenstein

El asombroso caso de Paul Wittgenstein no sólo inspiró sueños, sino que escribió este cuento...

Al despertar, Homper vio  en el espejo otra vez su imagen un hombre estupefacto. Qué había hecho él para merecer eso. Por qué  acababa de soñar lo que soñó.

Uno de los ingredientes del sueño, sin duda, era lo que había leído y escuchado a lo largo del día, y muy especialmente La familia Wittgenstein, una interesante biografía firmada por Alexander Waughnieto del autor de Retorno a Brideshead. Este libro además de recrear la torturada vida de esta familia y de su hijo más preclaro, Ludwig, ofrece un magnífico fresco social de un fracaso humano, del hundimiento del Imperio Austro Húngaro y de los espantos de la Gran Guerra, en la que combatieron el filósofo y sus dos hermanos varones.

La anécdota a veces se apodera de la categoría. O un drama individual puede impactar más que el catálogo de horrores que describe el autor sobre la primera Guerra Mundial. El caso es que a Homper le impresionó, sobre todo, la suerte de Paul Wittgenstein, pianista prometedor que pierde el brazo derecho en combate y que, con un espíritu admirable, consigue superar este mazazo del destino. Llegará a adquirir tal virtuosismo con la mano izquierda que hasta Ravel compuso su famoso Concierto para la mano izquierda pensando en él.

Las diabluras de la mano fantasma. Como todos los que han perdido un miembro, el pianista manco tiene que convivir por mucho tiempo con las sensaciones que le transmite la mano que ya no  tiene. Y así fue que, obsesionado por este martirio añadido  del pobre Paul, y quizás también por las noticias del día, fraguó la pesadilla del propio Homper. También él había soñado tiempo atrás en ser un gran pianista. En su pesadilla, no sólo lo era, sino que, como Paul Wittgenstein, pierde el brazo derecho  y sufre  los engaños de sus terminaciones nerviosas. Sus sensaciones táctiles son que la mano perdida sigue viva, y que además de tocar el piano como los ángeles, trinca dinero sucio como si fuera un político corrupto de los que persigue Garzón.

Naturalmente, el pobre Homper despertó a mitad de noche angustiado.

-No fastidies, Morfeo- se quejó ante el espejo del cuarto de baño como si su rostro descompuesto fuera el del dios de los sueños- ¿Por qué este dolor y el recochineo de la vergüenza?… ¡Arréglamelo, por favor!

Regresó a la cama, cerró los párpados. A su edad no es nada fácil reemprender el sueño interrumpido, pero lo consiguió. Y  la mano fantasma del pianista mutilado que creía ser le transmitió esta vez sensaciones distintas.

-Muchas gracias, amigo-le dijo al espejo antes de cumplir con el ritual mañanero de lavarse los dientes.

El Morfeo del espejo le sonrió. En la segunda parte del sueño, Homper no sólo había tocado  un milagroso arreglo para la mano izquierda de las Variaciones Goldberg. Sino que, entretanto,  el fantasma de la derecha recibía las caricias de aquel amor de juventud con el que hacía manitas en el cine,  y que nunca, nunca, podría olvidar.


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