Grande, bella, variada, siempre apasionante España. Zamora parece quedar a trasmano de muchas rutas. Pero cuando se la ve gran señora del Duero, tan discreta y tan hermosa en su adustez castellana, capaz de decirte ven, quédate, pasea, estudia, piensa, escribe sobre mí, búscate una Urraquita amorosa –aunque seguramente ya no habrá zamoranas llamadas así- , pásale el brazo sobre sus hombros y acércala a ti mientras juntos veis correr el río desde las murallas recitando romances y evocando la historia, Zamora se desborda y te empapa el alma. Además de otros muchos atractivos, Zamora tiene la mejor postal sobre río de España. A su paso por la vieja ciudad castellana, el Duero fluye tan ancho que casi alcanza la opulencia de un río francés. Señor, por qué tardamos tanto en caer por Zamora.
Al Duende le hechizan las ciudades y pueblos donde nunca podría encontrarse a Belén Esteban, a Ernesto de Hannover o a los Albertos. Y eso que esta vez el Duende ya no vio por Zamora lo que tanto le impresionó la primera vez: curas con sotana paseando por las calles. Zaras, Mangos, Springfields, Häagen Dazs, están muy bien. No son lo de uno, pero animan, dan modernidad, crean puestos de trabajo. Pero que no nos quiten ese sello de identidad de la España eterna que es una ciudad con las calles empedradas, una vieja lencería donde aún reza Novedades en su rótulo de metal con letra inglesa, una vetusta fábrica de paraguas –cuando está claro que ya no llueve nunca- que además vende el Calendario Zaragozano y algún cura con sotana o monja con hábito engalanando el paisaje urbano. Santos, reyes y guerreros de leyenda, pero también el espíritu de Galdós, de Delibes, de Buñuel y de Berlanga flotando en el aire. Es otro pálpito de la diferencia.
Caía el Duende por Zamora el finde –vamos a modernizanos algo- cuando llamó a su viejo amigo Julio César Iglesias, hijo predilecto de la ciudad. Julio dice que de niño aún buscaba por el Portillo de la Traición el venablo con el que Bellido Dolfos mató al rey don Sancho. La leyenda sugiere que, además de traidor, el tal Dolfos, hijo de Dolfos Bellido, fue inoportuno, pues sorprendió al rey en un momento especialmente delicado, y agachado por añadidura. Julio César dice que su padre mantenía que en las paredes de la iglesia de Santiago del Burgo había una inscripción que decía: Malditos los zamoranos/ nacidos y por nacer/ que mataron al Rey Sancho/ haciendo su menester. Lo quiso comprobar el Duende, pero la susodicha iglesia estaba cerrada, e introducidos los versos romanceados en el buscador de Google, éste no los halló. Julio inventa la historia con mucha gracia, pues hay que reconocer que, una vez más, si non é vero e ben trobato.
El menester del Duende cuando viaja es otro. Toma las medidas al lugar corriendo. Un chándal, calzado deportivo y a huronear por donde los guías turísticos no llegan a asomar. Esta vez, mañana luminosa y clara después de una noche de cuatro gotas, cosió la muralla de Zamora, saliendo y entrando por diversos portillos hasta dar junto al río, extramuros, con la iglesia de San Claudio de Olivares, y ciento y picos de metros más allá, con el templo de Santiago de los Caballeros o Santiago el Viejo, donde la tradición dice que armaron caballero al Cid. Es tan diminuto que mal cabría la Tizona. No para el Duende en estos monumentos románicos para acumular datos históricos o arquitectónicos que pronto ya borrará su frágil memoria. Sino por recordar lo poco que es uno para la historia, por tratar de comprender nuestras raíces, por darle otra vuelta a eso que llaman fe y por ese pellizco de emoción que deja en el alma el pasmo del tiempo detenido y la música del silencio.
Fuera, flanqueado por chopos y fresnos que amarillean de otoño, seguía pasando mansamente el Duero. Cuántos lugares hay en España para perderse. Casi tantos como para quedarse en ellos.


No tan espectacular como Salamanca, no tan fría como Soria, no tan cosmopolita como Valladolid, no tan grande como Burgos, no tan llana como Palencia, no tan, no tan…¿Notan que es una ciudad maravillosa?. Porque lo es, y la provincia no tiene desperdicio.
Zoupon, de nuevo genial. ¿Por que tardamos tanto en dejarnos caer por Zamora??. Tomamos nota, Duende para la próxima excursión.
Me acabo de dar cuenta de que nunca he entrado en Zamora, solo recuerdo los carteles en la carretera.Es la única ciudad de madrid hacia arriba que no conozco, claro que con esta descripcion llena de historia y de poesia me la he imaginado estupendamente.Espero ir algun dia y acordarme de todo lo que ha dicho el DUENDE.
De verdad Duende que con esa narrativa tan tuya nos dan unas ganas de coger el coche y subir para Zamora…que no veas …a la proxima le das recuerdos a tu gran amigo JULIO CESAR IGLESIA” te acuerdas de el padre “BONETE” que tiempos …..saludos
Duende: ¡¡¡queremos la Guía de los lugares para perderse, YA!!!.
Luego Zamora… ¡EXISTE! Y yo, mea culpa, todavía sin saberlo.