Archivos para 2 diciembre 2009

Doce uvas escépticas

Un consejo: si no le apetecen cuando den las doce campanas, no las tome. Con uvas o sin ellas, los años siguen haciendo lo que les da la gana.

Se despierta el Duende el último día del año con mal cuerpo. Al abrir los ojos, el techo le da vueltas, tiene sudores  y  siente espasmos en el estómago. Dios, qué mal se encuentra uno cuando se encuentra mal. Cómo es posible que por unas arcadas  pasen a segundo plano el resto de los problemas. Trata de hacer de tripas corazón, pero sólo puede constatar que no está muy católico. Después de haber cenado sólo fruta y un yogur…¿qué será?

Quizás  el balance de este quinto año triunfal que ayer hizo el presidente de gobierno ante las cámaras de televisión. Lo escuchó el Duende y una vez más, como Homper, se quedó estupefacto. Menos mal que “estamos en el tránsito entre la desaceleración y la recuperación”. Menos mal que la única obsesión de este ilustre taumaturgo es la salud de nuestra economía y la creación de empleo.

Mientras escribe estas líneas, el Duende escucha por la radio a Jesús López Terradas, el guardián del reloj de la Puerta del Sol. Dice que mientras cae la bola, dan los cuartos y suenan las campanadas, no toma las uvas, y que luego tampoco lo hace. El Duende dejó la costumbre hace ya varios años, cuando comprobó que el plus de suerte que pueden dar esas uvas no compensan el plus de asco que es engullirlas como un pavo una hora después de haber cenado. Además, las uvas en esta época son poco sabrosas, y la tradición no tiene ni un siglo. Dicen que fue en 1916 cuando nació, y como consecuencia de los excedentes que había dejado una gran cosecha de la uva de Almería. Desde que Martes y Trece desaparecieron de la tele, y una vez comprobado año tras año el nivel de horterada de la mise en scéne, el Duende ha borrado esta fiesta de su santoral particular.

Jesús López Terradas tiene su relojería en la calle Alberto Bosch de Madrid, y le ha arreglado varios relojes al Duende, a quien seguía por la radio.  Mantiene también el reloj de la Catedral de Toledo, que es otro ingenio de tripas complicadas. Un día le invitó a que le acompañara a la revisión.

-No veas lo bonito que es esa maquinaria –decía para animarle- Y el panorama que se ve desde lo alto de la catedral…

La tontería de no encontrar nunca el hueco adecuado, con lo interesante que debe de ser esa experiencia. Otro año será. Otro año mejor, se supone. Como el que deseamos, pese a todo, a los curiosos que incluso en vacaciones se asoman por este blog. Feliz, o así, 2010. Como dice el profeta, lo peor ya ha pasado…

Cómo ser autor del libro ideal

(Imagen prestada, espeo, por Pablo Bernasconi)

Disimulaba mal en clase sus flatulencias, y tenía el culo notablemente gordo y alto. Pero  era un buen profesor de literatura, y gracias a él, entre otros, el Duende empezó a tomar gusto por la escritura. Eso servía para decirle a Teresita o a Pilarín lo que callaba cuando estaba con ellas: eres como una rosa, tienes ojos de cielo, tu risa es como los rápidos del río, la playa donde van a morir mis suspiros. Qué romanticismo adolescente tan barato. La culpa era de la literatura.

A las chicas iba a parar la que le enseñaba al Duende don Augusto Barinaga. Antes, entre eructo y eructo cortésmente silenciado, aquel profe mandaba muchas redacciones, y  daba a los alumnos la receta: se lee mucho de los mejores escritores, todo lo que se pueda,  se pasa por el colador chino de tu personalidad y a poco que te esmeres escribes algo tuyo. No será maravilloso, pero será tuyo. Tampoco los genios de la literatura hacen filigranas todos los días.

Medio siglo después, de esos polvos vinieron estos lodos. ¿Quién se resiste a escribir? Hoy ha sabido el Duende que hasta Loquillo –un tipo al que, por cierto, cada día respeta más- está acabando su segunda novela. Don Augusto Barinaga citaba mucho la avidez lectora de Menéndez Pelayo, mágnum cognazum, a cuya obra el Ministerio de Educación de la época habían decidido que dedicaran el Duende y sus compañeros su último curso del colegio.

-¡Pensar en morirme cuando aún me queda tanto por leer!-  suspiraba el insigne polígrafo santanderino. (A propósito: ¿por qué se emplea tanto el eufemismo insigne cuando se quiere decir plúmbeo?)

El Duende también se morirá con tanta lectura pendiente que no se atreve a escribir libro alguno, para no quitarse tiempo y además ahorrarle la tarea de leerlo a los amantes de los libros buenos. Falta mucho alimento para procesar por el colador chino. Y sin embargo le tienta la idea. Le gusta imaginarse así, impreso en una bonita letra, en un papel verjurado agradable al tacto, encuadernado en  tela en tamaño cuarto y con el lomo cosido. Aunque no sepa de qué escribir.

Así que en el duermevela de la siesta, el Duende soñó que ella –ella es ella- entraba en una librería y en uno de los anaqueles, entre Madame Bovary y Cien años de soledad , daba con un libro del Duende titulado Fantasma. No traicionaba su título, pues el contenido era tan espectral que no había dejado ni el rastro de una sola letra sobre las páginas del libro. Ella no tardó ni un minuto en leerlo de principio a fin, lo depositó después en el mismo lugar de donde lo había cogido y salió de la librería con una sonrisa compartida por el Duende, que la observaba en la distancia. Este sentía al fin  el deber cumplido. El libro decía tan poco como muchos otros, pero la lectora estaba encantada de que llevara su firma, mientras que a él le llenaba de satisfacción figurar entre Flaubert y García Márquez sin haberle hecho perder a nadie ni un euro ni un minuto más de eso tan precioso llamado tiempo.

Un delicioso paseo navideño

Por este cuadro de Hendrick Avercamp se adentró el Duende para felicitar la Navidad...

Al despertar el día de Navidad, el Duende se encontró en un paisaje mágico que parecía transportado del sueño. Todo indicaba que por fin se había cumplido uno de sus deseos. Había roto las ataduras con la realidad y estaba dentro de uno de esos cuadros que algún maestro del pasado dejó pintados para el deleite de los curiosos. ¿Cómo vivían, cómo vestían, cuál era el entorno que veían sus ojos, cómo se divertían y jugaban esos seres humanos pequeñitos que tantas veces refleja la pintura costumbrista de otras épocas?

La respuesta estaba en aquel lienzo de Hendrick Avercamp en el que milagrosamente se había filtrado el Duende. Allí, rodeado por una multitud de patinadores y de paseantes holandeses del siglo XVII, sobre una superficie helada cuyo blanco se fundía en el horizonte  con un  cielo de igual color, se veía en lo alto de un trineo tirado por un caballo percherón. De cuyos arreos colgaban muchos cascabeles que marcaban el trote del equino con un sonido inequívocamente navideño, según la tradición que Santa Claus y otros gnomos parecidos nos han ido contando generación tras generación.

El trineo iba en su parte posterior cargado de regalos cuidadosamente empaquetados con esos papeles, cordones y adornos que ahora convierten cualquier nadería en algo irresistible. Mientras curioseaba y tomaba nota de todo lo que hacían los personajes del cuadro al Duende, por cierto,  le bullían en el alma todos los tópicos sentimentales que sazonan esta fiesta cristiana. Desde lo de procurar ser más bueno y saber amar mejor, hasta acordarse de los ausentes y de esos muchos que están ahí y te quieren y a los que a veces uno olvida incluso saludar, qué falta de educación. Ahí estaban, pensamientos flotantes en el aire, como los copos de nieve que empezaban caer mansamente mientras el trineo, poco a poco, iba dejando atrás el gentío, desbordaba las últimas preciosas casitas del paisaje holandés y se adentraba en un infinito blanco de paz y silencio encantadores. Sólo sonaban los cascabeles y el deslizarse de los patines del trineo, acompañando aquella huida blanca a no sabía qué fronteras de la ilusión que pudieran detener su viaje.

Se preguntó entonces para quiénes eran todos esos regalos que cargaba el trineo. Y recordó a continuación su propia vida, una vida de esas que ahora llaman virtual, ser algo evanescente cuatro veces a la semana y no ser nadie ni nada el resto, aparecer aquí y allá hablando de todo y no diciendo casi nada. Se acordó de su blog: espejo vanitas vanitatis, placebo, terapia, ejercicio de escritura, cuaderno de notas, masaje en su autoestima, vertedero de ocurrencias, lloradero, vomitorio de nostalgias y lamentos, tobogán de chorradicas. Fogata de virutas. No se sabe por qué, estas virutas del alma que uno afeita cuando le parece han merecido desde hace algo más de dos años la mirada y a veces el comentario de tantos pacientes buenos amigos. Se llaman Lola y Fred, Darabuc, Candil, Julián 29, Bob y Adela, Gervasio, Zoupon, Joselepapos, Julio, Angela, Ursux, Charivari, Begoñas diversas, Camiseta, Pedrito, Dolorosa, Wallace, Marina, Higorca,  Ana,  Wateri, Angelus Pompaelonensis, Paloma, Franziska, Pemberton, Aldara, Palinuro y Palinurova, Alfonsina…Nadie es last nor least. Nadie, incluso los que también escribieron y el Duende no es capaz de citar ahora. Ni los que tampoco lo hicieron nunca, pero lo leen.

A todos se los encontró el Duende a lo largo de su paseo navideño, que empezó en el cuadro de Hendrick Avercamp y continuó hacia el blanco vaporoso en el que se fundían la Navidad, la impagable sensación de paz interior  y el calor humano de un beso cariñoso. A todos les dio su regalo que, como cualquier ilusión, mejor es no romper abriéndolo. No lo abran, dentro no hay nada. El Duende no tiene nada interesante que dar, y sólo mucho que agradecer. Feliz Navidad, amigos del alma.

A Federico le sobra la Memoria Histórica

Aunque Federico escribiera que "también se muere el mar", él, con Memoria Histórica o sin ella, sigue vivo...

Motivo de perplejidad nº 1.875 secundum Homper. La tierra, por lo visto, sólo es del viento, como se dice últimamente. Pero ¡oh paradoja!,  la esencia de Federico García Lorca está por decreto, necesariamente reside, es consustancial a lo que puedan quedar de unos huesos enterrados no se sabe dónde durante setenta y tres años.

Tampoco se sabe por qué la Memoria Histórica, que se supone que es cosa del espíritu, necesita relicarios de la osamenta de uno de los poetas más conocidos, leídos citados y recitados nunca. Si la tierra sólo es del viento, Lorca es del viento, del sol,  del mar, de la montaña, de las espigas, de los nardos, de la fragua, de la luna, de los gitanos, del cante jondo, de Nueva York, de la calle Elvira, de la Huerta de San Vicente, de la Residencia de Estudiantes y de millones de almas que celebran diariamente en todo el mundo la enjundia de sus sueños y la belleza de su palabra. Ya quisieran todos los asesinados vilmente gozar del recuerdo, el respeto y la admiración del poeta granadino.

Y Homper, instintivamente, recita el Soneto de la dulce queja de Federico que lleva dentro. No le importaba que perteneciera a los Sonetos del amor oscuro. El, solterón impenitente, se lo recitaba a Gloria, un amor que tuvo en uno de los pueblos donde sirvió como secretario de ayuntamiento. También tenía que ser el suyo un amor oscuro, de otro tipo de oscuridad. Ella, manda castañas, estaba casada con el comandante del puesto de la Guardia Civil. Todo muy lorquiano. Aún se le humedecen la mirada cuando lo declama:

Tengo miedo a perder la maravilla

de tus ojos de estatua, y el acento

que de noche me pone en la mejilla

la solitaria rosa de tu aliento


Tengo pena de ser, en esta orilla,

tronco sin ramas. Y lo que más siento

es no  tener la flor, pulpa o arcilla

para el gusano de mi sufrimiento


Si tú eres el tesoro oculto mío,

si eres mi cruz y mi dolor mojado,

si soy el perro de tu señorío


no me dejes perder lo que he ganado,

y decora las aguas de  tu río

con hojas de mi Otoño enajenado

Troncos sin ramas, como dice el soneto que Homper se sabe de memoria, podríamos serlo todos. Pero con huesos o sin huesos sacramentados por el ADN y el forense, la savia de Federico retoña diariamente nuevas hojas en cualquier espíritu sensible. Lo ha dicho un sobrino suyo: lo que hay que hacer es leerle y no olvidar lo que pasó. No hacen falta sus huesos para saber que lo mataron unos generales asesinos.

Por eso Homper no tiene miedo a perder la maravilla del legado de Lorca. Ni el recuerdo de los amores que vivió a la luz de su prosa y de su verso.

Zapatero se supera

Bienaventuado sea el que, rizando el rizo, pone nivel tan alto que casi nos impie parecer cursis...

Qué peligro. Anuncia el día frío inusual por estos pagos. A la Navidad no consiguen callarle del todo la voz ni barrerle sus iconos. Los toros, sí, porque apestan a España, hay que fastidiarse con el toro de Osborne, cómo se puede soportar tanto machismo.  Pero el niño Jesús es universal, le quieren incluso la izquierda radical de raíz católica y algunos nacionalistas que no confunden el culo con las témporas. Aún no es tiempo de orillarle del todo. Es más. De repente, junto a los papás Noel trepadores que cuelgan de algunos balcones y ventanas –este año parece que en menor cuantía- se ven algunos estandartes reivindicativos con un Mesías igualito que el que exponen en las iglesias a la devoción de los fieles. Jesús ha nacido, reza el estandarte con sobre un fondo morado. A los niños Jesús así, sonrientes, con las dos manitas semiabiertas y una pierna más arriba que otra, los fabricaron en serie, como si fueran Barbis. Y no hay iglesia que se precie que no lo ponga sobre su lecho de pajas o sobre un paño blanco con puntilla y lo ofrezca a los fieles para que estos le veneren besando sus pies. Luego el cura pasaba un pañuelo sobre los pies del Niño y  aquí paz y después gloria.

¿Después gloria?…¡Ay como se entere Trinidad Jiménez de que en los pies  de Jesusito de mi vida se pueden quedar los gérmenes de algún cristiano desaprensivo!

Qué peligro. Volveremos a ver ¡Qué bello es vivir! y Mujercitas. Quizás también Capitanes intrépidos y aquella carcundia de Las campanas de Santa María. Volveremos a escuchar villancicos. (Menos: estos se van marchando de la programación de las radios, y en los grandes almacenes los populares cada día son más fagocitados por las versiones anglosajonas, que suenan todos a comedia romántica con Jude Law y Kate Winslet). Y los olores: el del corcho y del musgo, incluso el del musgo seco que se guarda de un año para otro. Y el aroma  del pavo asado y, si hay chimenea, el del leño crepitando para calentar el hogar. Imagínense si además nieva. Qué delicia, en el sopor de la siesta tras una buena comida, recostarse en el sofá, junto al fuego-mejor si a éste le echamos flores secas de tomillo o de lavanda- y mirar con los ojos entornados cómo caen los copos mientras nos arrulla el cadencioso y melancólico canto de Navidades Blancas: I dream in other white Christmas…

Qué peligro. Volveremos a pensar en los seres queridos. En los que tenemos cerca y en los que se nos fueron. En los amigos a los que aún podemos sorprender con una llamada inesperada. En aquellos que lo están pasando mal, y a los que nuestro recuerdo les hará sonreir. Qué peligro. Inevitablemente nos ganará la ternura, nos invadirá la nostalgia, y nos pondremos cursis, blanditos, empalagosos. Qué espanto.

Pero qué tranquilidad saber que, por mucho que nos esmeremos,  siempre quedaremos en sobrios conceptistas al lado de nuestro presidente de gobierno.

-Anda, que tiene cojones irse a la cumbre de Copenhague para arreglar el mundo, y soltar la chorrada esa de que la tierra sólo es del viento…

Lo dice Daniel, el tendero de la esquina, que aunque canta zarzuela no tiene por qué entender de poesía sublime. Pero el Duende, que estos días ya está borracho de pachulí sentimental, le está muy agradecido al presidente. Gracias a su privilegiada sensibilidad, nuestros excesos de cursilería pueden pasar inadvertidos.

Viaje a la felicidad sin salir de casa

Navegando en Internet, el Duende pasó tres horas inolvidables...

Dios escucha a los entusiastas, debe de decir algún salmo de esos que los cristianos nunca nos sabemos del todo y que los judío dicen de carrerilla. Pongamos que es una cita de Luisaías 5: 14, profeta quizás poco conocido, pero muy prolífico. El caso es que venía el Duende del post anterior cuando otro amigo ingeniero, José Manuel Martínez del Valle, también melómano y cantante en la ducha y en diversas corales, voz grave de esas que pastoreaba la cuerda de los bajos en Los Jerónimos y ahora pica más alto, le pone un correo electrónico con un enlace.

-Si quieres seguir el Mesías que cantamos esta tarde en el Auditorio, pínchalo.

Nunca ha seguido el Duende una retransmisión por Internet. Él no es ni la mitad de ducho que Homper y la tía Clota, que utilizan programas raros para mantener largas conversaciones con el Atlántico de por medio Él sólo navega por esta galaxia tecnológica para curiosear y para implementar este blog.

(Sua culpa, sí. Sabe que es horroroso lo de implementar, a saber, poner en ejecución. Aborrece este verbo, colado quizás por la gatera de los americanismos o de ese agravio al idioma perpetrado por los manuales de instrucciones. Pedro Chicharro, un amigo del cole del Duende que no se atreve a tirarle de las orejas en el blog, y le corrige la sintaxis o la ortografía en su correo particular, le llamará la atención. ¿Implementar?…A lo mejor no lo reconce la RAE, pero sí viene al menos recogido en Diccionario del Español Actual de Seco, Andrés y Ramos).

Pero a lo que iba. Que sólo utilizaba Internet para lo más elemental cuando esta tarde, en plan  audaz hizo caso al consejo del amigo, cogió su partitura de El Mesías, pinchó el enlace, se puso unos auriculares  y disfrutó este monumento musical como nunca antes, ni en directo, lo había hecho. Era lo que llaman un Mesías participativo patrocinado por La Caixa, en el que una legión de cantantes aficionados se suma a una orquesta y un coro de magníficos profesionales. Impecable transmisión, asombroso sonido para salir de un simple ordenador. Plano a plano, siguiendo a los solistas. Pentagrama a pentagrama, cantando todos los números (ventajas de vivir solo). Ha sido contralto, soprano, tenor, bajo y coro. También manejó la batuta (dirigía sin ella el elegante Harry Christophers) Y, por primera vez, ha dicho en inglés antiguo todos los textos de los profetas y los evangelistas como si fuera un  luterano. Y los ha entendido, conste.

Qué apasionante. Le dan ganas de localizar todas las grandes obras corales, oratorios, zarzuelas y operetas se transmitan por Internet, comprar su partitura correspondiente y cantarlas para uno mismo sin que la celosa SGAE le cobre por ello. Lo que decíamos, la suerte de poder asomarte a lo que antes eran los territorios prohibidos de la cultura –por no saber ni leer música, por no saber de nada- y sentirte protagonista de ello. Esto es divertirse aprendiendo.

Qué descubrimiento, está el Duende como loco. Sólo le queda que Internet bucee en el túnel del tiempo y le permita asistir a ese día en el que Velázquez estaba sin inspiración y entraron en su estudio unas meninas del Rey corriendo detrás de un perro…

El Ponton de la Oliva y otras maneras de ser feliz

Una vista del paseo, captada por el ingeniero feliz...

No le gusta al Duende su mirada pesimista de la vida. Le aburre, le desespera, le cabrea comparecer ante los demás con la careta del lamento o de la nostalgia. A vivir, que son dos días. Y más ahora, que va a ser Navidad, y que seguramente saldrá la Vicepresidenta Fernández de la Vega, tan salerosa ella, a felicitarnos las fiestas. Qué subidón.

Por eso de vez en cuando rebobina, lo piensa con detenimiento y se siente en el deber de refutar a Jorge Manrique recordando por qué cualquiera tiempo pasado no sólo no fue mejor, sino que fue notablemente peor.

Argumento nº 376. Si se ve con perspectiva, una de las grandes ventajas del presente es que te permite ser al mismo tiempo lo que eres y algo de lo que te hubiera  gustado ser. Eso no pasaba en la España donde apareció el Duende, tan previsible como el destino que nos habían reservado. Aquella aburrida burguesía en la que se crió, lo más exótico y pintoresco que hacía era  coleccionar sellos,  apostar en las carreras del hipódromo y, si era muy aventurera, subir a esquiar a La Bola del Mundo los domingos. Ahora ya apenas hay burguesía, y aunque los privilegiados de verdad siguen siendo los mismos, todo el mundo puede glasear su cruda realidad con almíbar de algún sueño y hacer su camino más feliz.

Ese es el caso de José Miguel García Ponte, un pedazo de ingeniero industrial de 1´90 de estatura que, ya en la edad madura, descubrió la música de Juan Sebastián Bach. Antes de ese feliz hallazgo, José Angel ya era pescador de paisajes, que capturaba compulsivamente con su cámara de fotos. Hace tiempo que descubrió que perderse por cualquiera de las infinitas patas de gallo de la piel de España es un placer  que, no por asequible, resulta menos gratificante. Ahora se ha decidido a recorrer también las trochas y vericuetos de la música clásica. El Duende le conoció en el concierto del pasado sábado de la Orquesta y Coro de la Capilla Real que, como todos los meses desde hace años, regala al pueblo de Madrid las Cantatas y Motetes de Bach en unas versiones de tanta calidad que podrían escucharse en Leipzig. Y gratis, por cierto,  como muchas de las mejores cosas de la vida. Al ingeniero humanista, el Viejo Peluca –asi le apodaba a Bach  Fernando Argenta- le sedujo tanto que repitió el domingo.

José Miguel levitó escuchando  a Bach. Acabado el concierto y una vez en tierra, le contó al Duende que a la mañana siguiente  iría de excursión al Pontón de la Oliva, uno de esos enclaves bucólicos protegidos de la voracidad del ladrillo que aún atesora la provincia de Madrid. Le invitó al Duende  y a otros melómanos a sumarse a la marcha. Y por allí, mientras caminaban a lo largo del curso del río Lozoya, se empaparon de naturaleza y disfrutaron caminando. Hasta tuvieron la suerte de ver corzos.

Qué maravilloso es asomarse, al menos, a  otras vidas como la de los músicos, los naturalistas o los exploradores. Fabiola, la mujer de Jose Miguel, también escribe cuentos por el placer de sentirse escritora, cosa muy explicable si se recuerda que tiene nombre de novela y de reina. Y habrá muchos más que son felices jugando a ser atra cosa que lo que son. Pese a lo que escribiera Jorge Manrique,  uno se queda parafraseando a Paul Éluard: hay otros mundos, pero están en lo que tú quieras imaginar que eres.

Dolce far niente

Más o menos en el mismo lugar donde Antonio Joli pintó Madrid, el Duende practicaba el "dolce far niente"...

No se lo explica el Duende. No sabe si lo suyo puede ser incluso un caso de irresponsabilidad social. Se siente como una especie de Simeón el Estilita, viendo pasar el  tiempo y la vida desde su palomar sin demasiados cargos de conciencia.

Sale por las mañanas a cumplir sus deberes, y tras comer y dormitar, quizás huyendo inconscientemente de las malas noticias que habitualmente sirven los telediarios, se pone a esperar la tarde. Otros tienen la suerte de ver el mar. El Duende sólo aquel viejo poblachón manchego lleno de subsecretarios, que decía Cela. Pero por su fachada occidental, que probablemente es la más bella. La acaba de ver, tal como era en el siglo XVIII, pintada por Antonio Joli, en un hermoso paisaje que presenta la exposición Los Borbones entre Nápoles y Madrid, en la Academia de Bellas Artes de san Fernando. Casi tres siglos después, el lienzo de Joli se ha transmutado en un cuadro de Antonio López García. Con encanto, a pesar de las servidumbres del desarrollo y la modernidad. Al menos el Palacio Real y el Campo del Moro, entonces sin ajardinar, permanecen.

Las tardes de otoño, tan breves y, por eso mismo, tan preciosas ennoblecen a la ciudad con su luz tornadiza. La estampa va cambiando: del oro, al oro viejo, que luego evoluciona a cobrizo. Aparece la señora vestida de malva. El sol se ha ido, y de repente, en un pispás, se ha hecho la noche temprana. No se lo explica el Duende, y cuando lo piensa, casi se siente apesadumbrado. Ha perdido el tiempo, con lo que le cuesta admitir ese lujo. No se lo explica, y le parece reprochable. Y delicioso.

No todo fue dolce far niente. Mientras se iba la tarde y llegaba el crepúsculo, se puso a montar el nacimiento. Un  pequeño nacimiento en un diminuto velador de apenas cincuenta centímetros de diámetro se llevó todo aquel tiempo sagrado. El Duende entretanto completaba el rito escuchando El Mesías, y lo cantaba por lo bajini. Cada cual  prepara la Navidad a su manera. La luz del portal de Belén también ilumina las tinieblas interiores.

Y así pasó una de las últimas tardes de este otoño. Con lo revuelto que está el mundo, y el Duende en ese éxtasis de pensar algo y no hacer nada. Aunque, por no caer en la debilidad de compararse con Simeón el Estilita,  se permitiera la licencia de merendar un te con polvorón. No sabe uno adónde vamos a llegar…

Julieta es una lagartona de cuidado

Hay que decirle a ZP que la política es una Julieta un poco lagartona...

Aún siente España la anciana tía Clota. En el condado de Mountmouth, Vermont, ya se ha echado el invierno. Serán Navidades blancas, como de costumbre. Así que la veterana  profesora de español, viuda de un agricultor de fortuna de Nueva Inglaterra, pasa casi todo el tiempo en casa viendo caer la nieve sobre el bosque que la rodea. Todavía hace punto para los bebés de un orfanato: los hijos que nunca tuvo. Todavía lee. Y el resto del tiempo, si no se junta con sus amigas Edwina y Thelma, juega al bridge por Internet, hace solitarios, ve por la tele satélite las noticias y, un par de veces a la semana, conversa  a través del programa Skype con el único pariente cercano que le queda en su patria de origen. Es su sobrino Homper.

La tía Clota es tan crítica como le permite la insolencia. Mantiene que los viejos ya no tienen pelos en la lengua.

-Ya ves, sobrino. Pensaba que vuestro presidente era incapaz por falto de seso. Pero ahora, con la que tiene encima, sólo pienso que es incapaz por bueno. ¿Habrá leído El Príncipe de Maquiavelo? Yo lo veo como un Romeo equivocado que trata de conquistar a la política  como si ésta fuera una Julieta cualquiera. ¿Lo estás viendo?…Tan guapo, tan limpio, tan fino, tan romántico, con su jubón, sus calzas, su corrito de pluma y su capa, y un laúd entre las manos, cantándole  en el balcón endechas llenas de talante, diálogo, y alianzas con esas civilizaciones imposibles…

A Homper, el Hombre  Perplejo, no le sorprende el fondo del pensamiento, sino la imagen cinematográfica con la que lo describe.

-Al principio, la Julieta le pone buena cara –sigue la anciana- Parece embelesada por el verbo del noble juglar español. Parece conquistada…Pero de repente echa una risotada, se rasca la entrepierna y rompe en carcajadas estentóreas.

Homper comprende que la tía Clota, por discreción, no ha dicho la frase que le cuadra  a Julieta en ese cuadro tragicómico. Vamos no me jodas, Pepeluí…¿Con quién te crees que estás hablando?

Y le repasa algo de la historia a su sobrino.

-Todos los políticos tienen que ser canallas alguna vez –dice la tía Clota mientras le echa azúcar a su taza de te-  Ser implacables con algunos para defender sus intereses, ¿no?  A saber qué tropelías no habrán hecho Alejandro el Magno, Octavio Augusto, Pedro el Grande, Carlos V y los grandes prohombres de la historia……¿Y los bombardeos aliados sobre ciudades alemanas que suscribió Churchill para ganar la guerra?..¿Y las bombas atómicas  sobre Hiroshima y Nagasaki que lanzó Truman para acabarla? ¡Y eso que ahora parecen los buenos de la película!…

Se enredan en la actualidad tía y sobrino. Hablan de ETA, los piratas, el terrorismo, Al Qaeda, la tradicional amistad de los pueblos árabes –menos mal que son amigos- el dontancredismo de la ONU,  Castros, Cháveces, Evos, Gibraltar y de Moratinos, que no es Ministro de Asuntos Exteriores, sino de Asuntos Imposibles. Y la tía Clota, candorosa, da un consejo final.

-Anda, sobrino, acércate a Moncloa y recuérdale al pobre Zapatero lo que no le debe haber dicho nadie. Dile que su Julieta, por muy zalamera que parezca, es una lagartona de cuidado…

Querida Constitución

Con el permiso de Mafalda y de Quino...Y gracias por su préstamoCuenta doña María que Orencio Porrero, un anciano ferroviario muy rojeras que vivía en el Bloque los Arándanos –quizás ya ha muerto- tuvo dos hijas con una libertaria antes de que ésta le abandonase para combatir con Durruti. Otra España. Quiso ponerles el nombre de República y Constitución. Como en el franquismo no lo tenía fácil, les antepuso María. La mayor sería María República y la segunda María Constitución, y así empezaron a llamarles a la muerte del dictador. “A la mayor en el bloque le acabaron llamando Mari Re, que es raro, pero suena bien. Sinencambio a la otra le tocó Mari Cons, que según se dice de corrido no queda tan bonito. La Mari re se hizo bailaora, se casó con un guitarrista de flamenco y acabó abriendo un tablao en la parte del Japón. La Mari Cons, sinencambio, se metió a monja, y ahora ya no le sirve de ná to aquel cambalache de los nombres, porque se llama Sor Clemencia del Sagrado Corazón de Jesús. Tanta infancia ilbertaria y tanto miedo pa luego acabar en eso”.

Debe de ser el sino de la Constitución. Los que hicieron de ella un instrumento para apurar a fondo un fuero especial de por sí discutible, ahora la desprecian, y ni la felicitan el día de su cumpleaños. Qué caraduras. La Constitución les dio la mano y se quieren tomar hasta mucho más allá del codo. Los que la añoraban porque sólo conocían una dictadura, se han aburrido de ella. Y los que dicen sentirse a gusto con la carta magna y la cumplen, se mosquean porque ya muy pocos la respetan. Los mismos que hicieron la ley –y aveces entre ellos el propio gobierno- se amparan ahora en la trampa para decir Diego donde antes decían digo.

Como a la hija del vecino de doña María, habría que cambiarle el nombre. Quizás Sorpormuchosaños. De repente la gente se olvida de lo hubo y del logro que fue salir de aquello en paz y quiere vivir en el país de Jauja, a ser posible a cargo de los demás. Contra el abuso de los nacionalismos históricos, Constitución. Contra la insolidaridad, Constitución. Contra la irresponsabilidad, Constitución. Lo de regresar al franquismo y recordar cómo mirábamos y admirábamos a los pueblos democráticos que la tenían entonces es afortunadamente imposible.

Aunque doña María o las hijas del señor Orencio dicen que algunos se lo  merecerían…

González Sinde y otros excesos del poder

(Imagen prestada del blog 13Utterfish)

Doctrina común que se impone: la norma y los tribunales son respetables mientras nos den la razón (Tribunal Constitucional). Y las autoridades académicas o morales más o menos igual. Es el imperio del estado de derecho de plastilina y del relativismo. Viva la ley que me gusta, y la Ley del Embudo –lo ancho para mí, lo estrecho para ti- cuando no me acaba de convencer. Para qué vamos a complicarnos la vida.

Como este blog no quería ser menos, también debe sumarse al clamor generalizado contra la inexplicable ocurrencia de la ministra González Sinde. O sea, que viene un mandado de Presidencia de Gobierno al que no le mola el Duende o sus comentaristas y nos quedamos sin bitácora. ¿Cómo le han colado ese disparate a esa patena de la pureza democrática que es el santo Zapatero?

Será por lo que siempre denunciaron los filósofos y moralistas. El poder absoluto, corrompe, pero el poder que, sin ser absoluto, es excesivo, anula la crítica, y por tanto fomenta la ceguera del que lo ejerce.  Al punto de que  llega un momento en que al baranda, convencido de que el mundo es como lo ve él, porque nadie le dice lo contrario, le parece normal cualquier exceso de su agrado. Alarma: las pajines y los pelotas le están segando la hierba bajos los pies al gran líder orbital.

Como dice el poeta, nos queda la palabra. Los académicos de la Lengua siempre han sido blanco  de muchas críticas. Pero desde que uno es un modesto espadachín del lenguaje ha cobrado aprecio por ellos. En la batalla entre lo que se debe hablar y escribir  según los inmortales o el coñazo del lenguaje políticamente correcto, siempre procurará estar el Duende con lo primero. Aunque quizás no tanto como para tener siempre presente las 3.800 páginas, 40.000 ejemplos, 3.700 obras y 307 cabeceras de periódicos y revistas utilizadas para las citas de la Nueva Gramática de la Lengua Española.

Es un alivio saber que García de la Concha, director de la docta casa de la RAE, dice que la fórmula feminista que pretende hacer visible la figura de la mujer en cualquier expresión –ciudadanos y ciudadanas, por ejemplo- “confunde el sexo con el género, forzando algo que contradice una ley básica: la economía de la lengua, decir con la menor cantidad de palabras posible la mayor cantidad posible de ideas”. ¿Será que hay que inflar la nada como si fuera una palomita de maíz?

Tenía que presentar el Duende un acto para la Fundación Aprocor y vivía sin vivir en él. Es ésta una ONG que se dedica a los discapacitados psíquicos –personas con discapacidad intelectual, le dijeron que sería mas correcto. Y en el acto había autoridades y autoridadas, colaboradores y colaboradoras y amigos y amigas. Aparte de trabajadores y trabajadoras, coordinadores y coordinadoras, psicólogos y psicólogas y, como en toda celebración con coktail, canaperos y canaperas. Jesús, qué sinvivir. Estaba tan pendiente de la corrección que se puso nervioso, se saltó el protocolo deseable  y acabó hablando como se entiende la gente. Disculpen ustedes, pero ya estoy mayor y se me va la olla…Salvó el compromiso.

Luego, en la copa, comentaba esta nueva neurosis del lenguaje con Iñigo Muguiro, y apuntában la paradoja de que,  cuanta más corrección política se le pide, menos corrección gramatical se le exige. No ya en la sintaxis o en la morfología, sino también en la ortografía. Por ejemplo: a él cada día hay más gente que  le registra como Mugiro, y al Duende -¡ay!- como  Figerola. Ya lo denunciaba nuestro amigo Zoupon con la lucidez y la zumba que le caracteriza: España es el mayor parque temático de la majadería. Claro que donde él dice majadería, el pueblo quizás escribiría  guilipollez.

Los músicos olvidados de “La Gaitilla”

Eran como estos músicos (Orquesta el Rayo: por cierto, gracias por prestarme su imagen). Peo uno los recuerda con boina ...

Agapito tocaba la trompeta  en la gaitilla de Arenas de san Pedro. Era un músico  de boina que se juntaba con otros colegas más: un saxo, un clarinete, un batería y quizás un trombón. No había gaita, pero sin embargo a aquella orquestina de película de Fellini (o de Bardem y Berlanga primera época) se le llamaba así: la gaitilla, con una elle mitad elle y mitad che, según pronunciación muy extendida en Madrid, Castilla la Mancha y ese rincón del sur de Ávila.   El nombre no parecía querer darle importancia, pero aquellos músicos la tenían, vaya si la tenían. Tocaban a la luz de unas bombillas que colgaban por encima del ruedo de un rústico tablao adornadas con banderitas de papel. Pasodobles, tangos, fox-trots para los amantes del agarrao. La Raspa para brincar  separados y dar vueltas enganchados del brazo, como en tantas danzas populares. Eran las fiestas del pueblo.

La feria era feria. Incluso se podía comprar y vender burros, expuestos en la explanada ante el Castillo de la Triste Condesa. Por la noche, en la plaza,  la música era música de verdad y la chica estaba maciza. Era la hija de un torero retirado que fue figura, Morenito de Talavera. Y, fiel a su casta,  lucía su encanto juvenil morena y agitanada como la guapa de una lata de aceite de tres litros La suya se antojaba una belleza perturbadora para cualquier legión de espermatozoides alborotados. Cosas de la edad y del verano. Sólo bailó con ella el Duende una noche de agosto. Pero la chica debía de llevar una colonia de perfume muy marcado, porque  cuando él llegó a casa y se quitó la camisa, aún se percibía en la tela  el aroma de la que le había enamorado. Colgó la camisa en una percha y no la echó a lavar hasta que la huella del perfume se evaporó. Antes de acostarse, la olfateaba para recordar otra vez su cara y tratar de encontrarla en sueños. No apareció nunca, de modo que la camisa, ya sin restos de su presencia embriagadora, perdió su interés como reliquia y fue a parar al lavadero.

Lamentablemente, la gaitilla también perdió su interés.

-Este año no nos quieren –se lamentó Agapito el verano siguiente- Ahora vienen melenudos con guitarras eléctricas y tocan con los altavoces a todo volumen.

Luego la industria discográfica y los ídolos que fabricaba ésta terminaron de barrer  a Agapito y a otros muchos músicos populares que se ganaban la vida tocando por los pueblos.La música es cultura, la música crea puestos de trabajo –lloran los músicos actuales para defenderse de las descargas de Internet. Y el pobre Agapito, retirado de la música por las modas y las nuevas tecnologías, criando malvas.

Pero ocurre que es luna llena, y que además acaba de morir Paul Naschy, trece veces el Hombre Lobo en un cine de terror primario como la añorada gaitilla, tan amigo de las noches de  monstruos y fantasmas. Qué pena. Le hubiera interesado saber que, como por ensalmo,  al oir las quejas de los nuevos músicos, el alma enloquecida de Agapito ha escapado del camposanto para sumarse a la marea reivindicativa de los artistas. Dicen que se dirige al Ministerio de Cultura con su clarinete para mover el esqueleto ante la ministra, asustarla y pillar cacho del sindicato de la ceja.

-Y los de la gaitilla –reclamará a la González Sinde con no muy buen tono-…¿No éramos cultura?…¿No creábamos también puestos de trabajo?…


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