Archivos para 1 febrero 2010

Contra el desasosiego

Imagen prestada del blog www.laetus.over-blog.es

Empieza uno a obsesionarse con lo primero que ven sus ojos al despertar. Ese plafón, esa lámpara, ese artesonado en escayola, esa mancha grisácea de polvo donde no llega todos los días el trapo o el plumero. Recorre con la mirada el entorno inmediato e insinúa una mueca de hartazgo: el picaporte de la puerta, el aparato de radio, el grabado de la paloma de Picasso, la foto de los niños, el tirador del cajón de la mesilla de noche, las lamas de la persiana. Todo igual, en su sitio. Llega a pensar incluso que Serrat sólo era un cínico: Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así… El hombre es un animal de costumbres, alimentadas por la esperanza de que en la rutina encontremos un día, inopinadamente, sorpresas y respuestas. No siempre llegan

-¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Para qué sirve lo que hago? ¿Tienen sentido mis días? –se pregunta.

Un día uno decide poner cara de piedra pómez a todo. Cara de piedra pómez a lo que te cuentan por la radio, a lo que ves por la tele, al espejo mientras te afeitas o te maquillas, a la tele,  a los periódicos, al  gobierno de la nación, a lo que llaman la inteligentsia, a los chamanes del espíritu, a Juan Luis Cebrián y a Pedrojota Ramírez, a Jorge Javier Vázquez y hasta ese vecino tan simpático que a veces te baja la basura a cambio de pedirte, si no lo utilizas, el cupón del periódico para abaratar la batería de cocina que ofrecen a tan buen precio. Puede ser más dramático aún. Quizás uno llegue a enterarse  de que, al borde del pasotismo más dramáticamente existencialista , alguien ha visto la foto de Cristiano Ronaldo en slip y de Penélope Cruz con esa lencería portentosa que luce en Nine y no ha hecho más que encogerse de hombros y mesarse los cabellos.

Y posiblemente llegue a odiar esa finitud garbancera que apresa su imaginación y sus ideales. Quiere decir adiós a su albornoz, a sus zapatillas, a la taza donde toma el  primer café, al grifo de la ducha, al felpudo de IKEA, a las escaleras que le bajan del portal hasta la calle. Quiere  echarse a volar y escaparse antes de que nos arrase la tormenta perfecta que tanto nos anuncian.

Poco a poco: qui va piano va lontano. Antes de la catarsis, antes de aventar las brasas del escepticismo y de inmolarse en la parrilla del desasosiego, uno mira los comentarios,  abre el correo y recibe noticias de dos de los hijos pródigos. Un tal Wallace vuelve a tocar con resignación las cuerdas de su violín.  Mientras que  Lola anuncia que en su jardín, al otro lado de los Pirineos, el mirlo empieza a construir su nido. Las cosas cambian.

Y uno le celebra a su medida. El mismo café de antes, tan cotidiano y tan aburrido, le parece al Duende apasionante después de mojar en él una de las  perrunillas de Santo Tomé del Puerto que le regaló su amigo Manu Chalbaud. Debe de ser que todos, en algún momento,  necesitamos de alguien  para saber que no estamos solos.

¿Donde tocan el piano los sindicalistas?

Imagen prestada del blog www.eleconomistapobre.blogspot.com

No le digas a mi madre que soy publicitario, ella cree que toco el piano en un burdel. Este es, más o menos, el título de un libro que escribió Jacques Seguela, el gurú de la comunicación francés que, dicen, llevó al Elíseo a François Mitterand. Nunca leyó este libro el Duende, siempre crítico con su viejo oficio, aunque sonrió y reconoció el acierto del título cada vez que salía a cuento. Otro comunicador ilustre, Juan Luis Cebrián se sirvió de él en uno de sus ensayos (El pianista en el burdel). Tampoco lo leyó el menda. No es para escandalizar a nadie: Stieg Larsson, Isabel Allende, Harold Robins y Baldomero Falcon, por poner ejemplos de bestsellers masivos, nunca pasaron por sus manos. La lectura es un placer muy particular, y hay que admitir que cada cual se va al sofá, o a la cama, con quien le peta.

No miraba los anuncios el Duende antes de trabajar en publicidad. Y dejó de mirarlos cuando patinó en ese negocio y acabó de vivir de ellos. Siempre le pareció que, por justificar su exagerada remuneración –entonces- los publicitarios alimentaban su ombligo hasta minimizar el que dicen que tienen los argentinos. Por cierto, había muchos publicitarios y argentinos. Era el no va más.

Así y todo, los que en España alcanzaron la categoría de gurús (úes) –Luis Bassat acaso sea el más conocido- siempre se distinguieron por creerse tan esenciales para la civilización como Gutemberg, Edison o Gandhi. No les critiquen: si tienen hijos que se apuntan a esta carrera, hágales creer que ellos también podrán ser el eje del mundo. Este pertenece a los llamados segurolas, y aunque a muchos el fanfarroneo les irrita,  a la mayoría le parece un argumento de autoridad moral, y acaban admirando al que se sabe vender. El publicitario con éxito es un modelo de triunfador tan fatuo que acaba empalagando, lo que al cabo justifica la ironía del título de Seguela: no cuentes a mi madre que soy publicitario, ella cree que estoy en una profesión más seria.

Los tiempos cambian. Ahora el título podría aplicarse a los sindicalistas. Los héroes de antaño, los defensores del proletariado, se han convertido en una casta de privilegiados que creen estar en posesión de la verdad y luchan por mantener su concepto de sindicalismo aún a riesgo de que el gobierno y el empresariado, acoquinados por distintas razones, no creen un solo puesto de trabajo. Todos los países que parecen iniciar la recuperación creen en la reforma laboral. Todos los expertos, conspicuos hombres de izquierda la mayoría –Paul Krugman, Joaquín Almunia y Miguel Angel Fernández Ordóñez, entre otros- sugieren que este es un sacrificio tan necesario como fructífero a largo plazo. Pero ellos, erre que erre, quieren tener la razón y la fuerza, la mula y los mil ducados. Financiación obligada a cargo del presupuesto nacional, nubes de liberados  por la gracia de no se sabe quién, voz y voto en la reordenación del marco laboral y de la seguridad social. Y, a poco que seas un baranda, planes de pensiones particulares, que una cosa es defender el retiro por cuenta del estado y otra creer que, en las condiciones vigentes, la piñata pública va a dar para mucho.

Necesitarán, aparte de la protestita de anteayer,  un cambio de imagen.  A Camacho y a Redondo se les entendía mejor. Sin duda hay muchos sindicalistas de buena fe que aún crean en lo que predican sus jefes. Pero muchos otros, cuando dejen de mirarse al ombligo, advertirán que la sociedad empieza a sospechar de su cerrilismo en unos casos y de su sumisión al gobierno en otras batallas.  Y acabarán parafraseando a Seguela: no le digan a mamá que soy sindicalista, ella cree que toco el piano en una casa de putas.

El león que recuperó su autoestima

Hay ciertas bajezas que cualquier león con autoestima no podría soportar...

Cuando se sentaba ante el ordenador, tenía por costumbre encogerse de hombros cerrar los ojos y esperar a la inspiración. Pero ese día en lugar de la inspiración sintió un dolor de cuello espantoso. Un dolor  espontáneo muy punzante,  de esos que se te prenden del cuerpo caprichosamente, como los murciélagos, y no te permiten pensar en nada más. El compromiso es el compromiso, de manera que el Duende no lo dudó y sin pensárselo dos voces llamó a su amigo Fulgencio Dalmer, prestamista de ideas.

-Fulgencio –le dijo- Tengo un dolor de cuello horroroso. Me tiene tan obseso que soy incapaz de que se me asome la musa. Así que si no te sirve de molestia te pediría que me prestes una idea para el post de hoy. Te quedaré muy agradecido.

Fulgencio Dalmer era un escritor compulsivo que escribía un mínimo de veinticinco folios al día. Era tan exuberante en la creación de imágenes y personajes  que dejaba muchas ideas colgando.  Como no sabía qué hacer con ellas, las guardaba en el congelador hasta que se las pedían los que las necesitaban.

-¿Te interesa el caso de Didier de Morentin? Es una idea magnífica.

Y como el Duende no conocía la base de datos, Fulgencio le explicó que Didier de Morentin fue un sacamantecas de la Guyena del siglo XVIII tan cuellicorto que, después de ser condenado a muerte por haber matado a catorce niños de su aldea, no pudo ser guillotinado.

-El verdugo se negó a ejecutarlo –explicó Fulgencio- Argumentaba que no había espacio para que la cuchilla de la guillotina separase limpiamente la cabeza del cuello del criminal, y no estaba dispuesto a que su inmaculada hoja de servicios quedara mancillada por una chapuza.

El Duende ponderó mucho la originalidad de la idea, pero excusó su utilización.

-No sé, Fulgencio…Con este dolor de cuello me da  mal rollo tirar de Morentin…¿No tienes otra?

Fulgencio Dalmés acudió a su archivo y entresacó una ficha.

-Esta también te puede valer-dijo- Habla de un león de la sabana africana que se ha quedado impotente y ha caído en una profunda depresión. Ya sabes, hay que buscarle un nuevo sentido para su vida…¿Te gusta?

El Duende meditó su respuesta.

-¿Y qué se puede hacer con un león impotente?-preguntó antes de mojase.

-Hombre, en un extremo, puedes hacer de él la bestia más feroz y sádica que uno es capaz de imaginar. En el otro extremo, puedes convertirle en un león ONG. Eso ya es asunto de tu incumbencia.

El Duende se quedó con el león impotente y, como no sabía qué hacer con él, se lo llevó de turismo a Venecia. Allí el león paseó por la Plaza de san Marcos, admiró al colega alado que vigila la laguna desde lo alto del obelisco y después se dirigió al palacio Ducal , donde topó con otras fauces que siglos atrás hicieron leyenda.

-Estamos ante la famosa Boca di Leone escuchó decir a una guía de turismo-, un buzón donde cualquier veneciano podía depositar  una denuncia anónima contra la persona que le pareciera.

Una de los turistas que rodeaba a la guía era un tipo calvo, con gafas y un enorme bigotón. Tomaba  nota de todo, y parecía literalmente fascinado por el gran servicio social que prestó en su tiempo aquella Boca delatora. Cuando reparó en que junto ella, y también con la boca abierta,  había un león de verdad que le miraba embobado y que  tenía la pinta de estar a la espera de mejor destino, no lo dudó ni un instante.

-¿Qué le agradaría trabajar en Barcelona?- le preguntó el señor del bigotón.

El león impotente pensó que se trataba de una oferta para trabajar en un circo. No era lo mismo que ser el rey de la sabana, pero quizás le ayudaría a recuperar su autoestima. Sin embargo, cuando llegó a Barcelona le plantaron en un cubículo que sólo daba a la calle por un diminuto ventanuco. Ahí debía permanecer día y noche, con su boca abierta para cumplir su cometido. Igual que se hacía  en la Serenísima República de Venecia, debía recibir en su boca  la denuncia de cualquier catalán contra cualquier otro  que cometiera el terrible delito de rotular su comercio en una lengua que no fuera la vernácula.

Osti, tú, Carod!- esuchó decir una de las autoridades el día que le inauguraron como buzón- ¡Quina gran idea! ¡Aixó si que es una boca!

El león impotente podía convertirse en una pieza más de una máquina estúpida que castigaba  de manera injusta a quien sólo ejercía un derecho constitucional. Pero aunque, como el del Porrompompero, él ni entendía ni sabía de leyes, un día se hartó de su innoble trabajo,  y de un bocado se comió la mano que quería acusar a la dueña de Lencería Marceditas por no haber rotulado su tienda como ordenaba  la Generalitat.

-¡Anticatalán!.-le dijeron cuando le despidieron-¡So facha!…¡Españolista!

Pero aquel mismo día  olfateó a una leona en celo que trabajaba en un circo acampado en los arrabales de la ciudad, y lanzó un poderoso rugido. Ahora ya no era un león impotente, sino  un león libre, feliz y con la autoestima en lo más alto.

A Fulgencio Dalmer, el prestamista de ideas, no le pareció mal final para su historia.

Salir a darlo todo

Seve Ballesteros quiere aprovechar esta segunda oportunidad...

Puede que la frase “hay que salir a darlo todo” la hayan dicho todos los entrenadores de fútbol. Pero uno, que se ha pasado la vida  imitando voces por la radio, se la ponía en boca, sobre todos,  del llorado Luis Molowny, inimitable como futbolista pero muy fácil de parodiar en su dicción y su fraseo. El canario fue cocinero antes que fraile. Como interior -entonces se llamaba así a lo que ahora sería un centrocampista o media punta- fue rápido, habilidoso y cosechó grandes triunfos. Pero aunque como entrenador acaso resultara menos brillante, ganó fama de bombero talismán. Desde el final de la etapa de Miguel Muñoz hasta que pasó a los despachos en 1988, cuando había una crisis de banquillo en el Madrid tiraban de él. Y así, discretamente, aprovechaba sus oportunidades para ganar ligas y algún que otro título. ¿Se acuerdan de cuando el Madrid ganaba Copas de la UEFA y Copas del Rey? Pues comnquistó cuatro con él de entrenador.

El Mangas, como se le llamaba cuando sólo conocíamos la cara de los futbolistas por los cromos, acuñó un discurso   que compendia todos los tópicos del lenguaje futbolístico. Cuando le preguntaban  por un partido, don Luis ponía el disco y muy educadamente, y con su acento isleño tan característico, respondía siempre lo mismo: partido difícil, habrá que sudar la camiseta, en fútbol no hay enemigo pequeño, todos los partidos duran noventa minutos, hasta que no suene el silbato final no hay que dar un solo balón por perdido…Y engastaba en este rosario la piedra filosofal de su ideario futbolístico, lo que en buena medida ha sido siempre la divisa del Real Madrid: “hay que salir a darlo todo”.

Afortunadamente hay muchos grandes del deporte que después de aplicar  esta propuesta en el campo de juego la han convertido en su filosofía de vida. Anteayer el Foro MARCA rindió homenaje a Severiano Ballesteros, uno de esos españoles –madridista, por cierto- que tuvo que dejar pasmado al mundo entero con su “swing” para ser profeta en su tierra. Hasta hace poco tiempo Seve era sólo un campeón. Ahora es además, un triunfador frente al cáncer que está empeñado y particularmente ilusionado por ayudar a que otros ganen esa misma batalla.

Probablemente sólo un británico como Michael Robinson, podría hablar de Seve con la pasión y la ternura que derramó el locuaz comentarista para elogiar a su ídolo. Sevy es aún mucho más para los anglosajones que para nosotros sus paisanos. El pasado año, la BBC le concedió su Lifetime Achievment Award reconociéndole como el deportista  que, a lo largo y a lo ancho de todo el mundo, más ha influído en la evolución de su disciplina. Claro, que más emocionante aún es saber que la madre de Michael tiene un gran poster del golfista cántabro atrapado con un imán en la puerta de su frigorífico. Podría haber puesto la imagen de la madre Teresa de Calcuta, la de Sean Connnery o de la Reina de Inglaterra, que serán referentes muy respetables para muchas madres británicas. Pero es la  de Sevy la que llena su corazón.

Sus triunfos en Augusta, en el Campeonato Británico o en la Ryder Cup parecen ahora una broma. El mayor triunfo de Seve, y del que todos debemos estar orgullosos, ha sido  ganarle la batalla al cáncer. Su casta, como reclamaba Molowny es rebelarse contra la adversidad, luchar y superarse. Es decir,  “salir a darlo todo” para que los que antes sólo disfrutaban de su virtuosismo y su genio se beneficien ahora de la Fundación Severiano Ballesteros y aprendan también, si llega el caso, a luchar contra el cáncer.

“Mens sana in corpore sano”. El golf está de moda, y enloquece a los que lo practican. Pero este golpe maestro de Seve es  un ejemplo más de lo mucho y bueno que, poniendo la bola un poco más lejos,  puede hacer el deporte en una sociedad civilizada.

Rubor ante las cámaras de TV

he ahí una buena solución para salir por la tele sin pasar vergüenza...

Qué inesperado. De repente un día de hace dos semanas al Duende le llama Antxon Urrusolo.

Antxon –espera no haberle escamoteado ninguna x en su nombre- le invita a participar en un programa que arranca con el nombre de ASPALDIKO que va a presentar él en ETB. ETB, ya saben, no es lo que era. Antxon probablemente no cabría en lo que era la TV autonómica vasca. El Duende tampoco tenía cabida en TV alguna. Ni vasca ni de ningún otro lugar..

Pero Antxon insistía. Dice no interesarse por  el Duende como tal. Hace un año le buscó como padre Bonete para invitarle a la presentación de un libro suyo sobre la cocina de los conventos y monasterios, y el Duende, lamentablemente, tuvo que rehusar el apetitoso encargo. Qué fe la de este periodista vasco, cómo puede confiar en los trasgos evanescentes que a veces se filtran por los micrófonos. Esta vez no busca la gamberrada ni el astracán. Inopinadamente, para el viernes que, según él, pinta más distendido que el resto de los días de la semana, quiere una tertulia irrelevante, pero curiosa. Sobre temas  de esos a los que costará aplicarles el término de “debate”. Hoy cualquier cambio de pareceres es debate. A lo que pueden largar el Duende y compañía le llamarán “txorradika” o así.

-Qué nervios-comenta el Duende con su amigo Homper-Salir en la tele vasca, y yo con estos pelos…

Pelos blancos. El Duende se ve como  un Carrascal menos flamígero con el poder y con peor inglés. Según sus cálculos, y salvo que tengas que hacer de abuelito en un spot de la Caixa para planes de pensiones o en otro de pegamento para dentaduras postizas, su estilo no es precisamente el de un icono televisivo. En cabelleras blancas y portes atildados le salía muy bien el marqués de Santo Floro, que lamentablemente ya murió –una perla para imitar- y el propio Carrascal. Pero ahora no se llevan los hombres así. Ahora hay que salir con camisa negra, barba a medio rapar y el pelo cuidadosa, pero desordenadamente engominado. Antxon insiste en que no.

-De verdad te digo: quiero una tertulia alternativa. Bastará que te comportes con naturalidad.

Qué peligro. La última txorradika que le obsesiona al Duende es la desnaturalización de la pana. O qué pronto se despeluchan ahora las rodilleras en un pantalón de pana. Pensar que era la tela de la gente del campo, de los pastores, de los jornaleros, de los mieleros de la Alcarria, y que ahora se ha convertido en un género tan delicado…Ya nada es lo que era. Ni siquiera la tele vasca.

Aunque por mucho que diga el bueno de Antxon, no se si se va a mantener con aportaciones intelectuales de este calibre.

Homper se encuentra en una novela

Después de mucho buscarse en otros héroes literarios más famosos, Homper dice haberse encontrado en un tipo inmaduro...

Asombroso. Una persona que conoce bien a Homper le envía una novela escrita por Luis Landero.

-Léela, te gustará.

La lee con gusto por varias razones. En primer lugar no supera las doscientas treinta y seis páginas. El crítico Manuel Rodríguez Rivero, uno de esos ratones de biblioteca que de tanto como lee no se sabe cómo le da tiempo a escribir, señalaba que la crisis ha llevado a algunas editoriales a publicar novelones que pedían dos tomos en uno sólo. Y que, para ahorrar costes, en algunos como La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina, las páginas no van cosidas, sino pegadas. Con el consiguiente peligro de que cualquier día, por forzar demasiado la apertura del libro, éste se descuajeringue y la noche se desparrame. Algo que no le pasará a la novela de Landero.

En segundo lugar, la novela de Landero está publicada en un formato que le cabe a Homper en el bolsillo del abrigo de la gabardina y aún de algún chaquetón. Algo esencial para convertir el vagón del metro o el autobús en un salón de lectura. Los libros demasiado gordos se manejan mal en los medios de transporte, le pesan a uno en el sofá y se  le caen a uno de las manos en la cama. Como diría doña María, están editados de espaldas al pueblo.

En tercer lugar su escritura es limpia y sabrosa, la trama es sencilla, entretenida y curiosa y rebosa humor. Y además acumula numerosas notas de un observador de lo cotidiano que a uno le da rabia ser incapaz de novelar como hace el autor.

Y finalmente describe a un protagonista muy peculiar. Se le podría  definir  como el antihéroe moderno.  O sea, el hombre al que no se le ve venir, el que duda sistemáticamente de casi todo, que no es de una pieza, que muta constantemente, que sólo tiene claro que no tiene nada claro y que no termina de  encontrar su identidad. Es algo así como el hombre poliédrico que curiosea en todo y no progresa en nada, el hombre croqueta  que se reboza cada día en una harina distinta, el hombre río que fluye sin detenerse, el hombre ligero e inconsistente como una pompa de jabón. Un día estalla y desaparece. Y no pasa nada. O sea, todo lo contrario de esos personajes sólidos y de peso que necesita la sociedad como referentes.

-Nada de lo que te gustaría a ti, tía –le confesaba a su anciana tía Clota a través del Skype- Y lo peor es que se parece mucho a mí.

-Bueno, hijo- le consuela ella sin levantar la vista del punto- Que hayas cumplido los  sesenta y no hayas encontrado tu razón de ser ni a la dueña de tu vida, no quiere decir nada…¿Y cómo dices que se titula la novela?

-Retrato de un hombre inmaduro, tía.

La tía Clota interrumpe el punto, levanta la vista y le mira a los ojos mientras mordisquea la bola de una de las agujas.

-Ya…-dice la tía- Bueno, tú sabrás por qué te la ha mandado esa que consideras una persona amiga.

La tía se despide y ambos cierran la sesión de Skype. Y Homper se queda a solas con su enésima perplejidad.

El Rey de las buenas intenciones

Un rey inflamado de patriotismo quiere servir de componedor. Pero no todos le entienden...(Caricatura de ENEKO prestada de su blog en 20 Minutos)

1

Estaba el hombre tan decepcionado por el fracaso de su oferta, que había pedido a su secretaría que le pasaran cualquier llamada solicitando audiencia.

-Tanto poder arbitral, tanto poder arbitral…-suspiraba mosqueado ante el espejo- ¡Con lo bien que lo haría yo y lo que ganaría España!…

El caso es que le pasaron la llamada. Y la pareja desavenida que se había atrevido de marcar el teléfono de palacio se quedó tan sorprendida como esperanzada cuando el mismísimo Rey de España aceptó escucharles para dirimir sus diferencias.

2

Las de Alberto y Elisa no eran nada del otro mundo. Sino más bien las  de muchas parejas burguesas que conviven desde décadas. Él, naturalmente, se comunicaba sobre todo con las perdices, la bola de golf y sus compañeros de abono en el fútbol. También era particularmente locuaz con Lupita, de Recursos Humanos,  una compañera rubia y torneada a la manera de una potente Anita Ekberg, que presumía de dormir desnuda en unas sábanas estampadas con la imagen de Che Guevara.  Sólo un vacile, porque es muy simpática –aclaraba el hombre para ahuyentar cualquier sospecha.

Su mujer a su vez hablaba mucho con amigas. Las tenía de encuadernación, de restauración, de pilates, y del curso de conferencias sobre Carlos Martel, a quien, según alguna de esas amigas poco ilustradas, se debía el invento del papel martelé. Ambos estaban seguros de que se querían. Y por consejo en el que coincidían sorprendentemente tanto sus amigos más progres como el padre Arteta, director espiritual que les guió para sacramentar su unión, seguían practicando asiduamente el sexo. Sin embargo los resultados no eran satisfactorios.

-Yo creo que esto un desastre- se quejaba él- No te veo motivada.

-Tú, que eres un egoísta- protestaba ella- No piensas más que en ti…

3

Con estas credenciales, y vestidos correctamente como marca el protocolo, fueron recibidos por el Rey, que pidió que expresaran con sinceridad los motivos de sus desavenencias para llegar más fácilmente a un arreglo. Así, el Jefe del Estado se enteró de que Laura Alejandra, la hija mayor del matrimonio, había estudiado arte dramático a pesar de que el padre la veía más como TAC. Su madre le comió el coco, Señor-explicaba él-. Ha acabado la carrera hace tres años y sólo ha podido hacer de aldeana de relleno en Fuenteovejuna. Y es que Elisa se pasó, como se pasó seis pueblos en el presupuesto de las cortinas..¡Seis mil euros!…Ella por su parte no le perdonaba que se metiera en la cama con una camiseta de los Lakers de Gasol ni su resistencia a internarse una noche en el hospital para que le diagnosticaran la apnea que, frecuentemente, le despertada a ella sobresaltada de su sueño poscoital.

-Hum- farfulló el Rey- No se qué deciros…Los hijos, las cortinas, la camiseta…A mí me va más el pijama de popelín y el batín de seda, tipo Cary Grant , pero una de nuestras grandezas es la diversidad de los hombres de España. Eso sí, lo de los ronquidos y la apnea deberías de mirártelo, hombre- dijo dirigiéndose Alberto- Claro que…¿cómo decís que os lleváis tan mal si seguís durmiendo juntos?…

4

No hubo más remedio que entrar en detalles. Elisa se quejaba de que Alberto se comportaba como un funcionario del sexo incapaz de esmaltar las noches de amor con una sola palabra romántica. Para suplir esa carencia de sensibilidad y de fantasía -le explicó a Su Majestad- ella había instalado junto a la cabecera de su cama un atril de brazo articulado que terminaba en una placa de metacrilato sobre la que se ponía el libro abierto.

-Está muy bien pensado, Señor-le decía al Rey que la miraba con los ojos muy abiertos-, porque así él va a lo suyo en silencio, como le gusta,  mientras yo sigo leyendo la trilogía de MilleniumEs tan apasionante que no se puede dejar uno sólo instante, ¿no, Majestad?

El Rey confesó que no la había leído, que desde que era rey sólo leía informes y cosas pesadísimas, pero que lo que a él le entretenía de verdad eran las novelas de Agatha Christie y las del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía.

-¿Y tú como llevas lo de la novela ésa?- le preguntó a Alberto.

-Bastante bien, Señor…Pero al final ha sobrevenido la crisis…¡Es tan larga!

5

El Rey se iba quedando tan turulato que ambos se afanaron en explicarle la extrema dificultad de pasar páginas en plena coyunda. Es casi más difícil que hacer el amor en un Simca 1000bromeó Elisa para quitarle hierro al asunto. Al principio, y puesto que el metacrilato sobre el que posaba el libro abierto quedaba  aproximadamente detrás del hombro derecho de Alberto, era éste el que, a instancia de Elisa, hacía un alto en los vaivenes del amor  para levantar el libro, pasarle la página y ponérselo cómodo a la lectora.

-Pero hubo un momento en que Alberto se negó- explicaba Elisa visiblemente contrariada.

-Demasiado humillante, Señor, ¿no le parece?-protestó el aludido- Aguanté el primer tomo, pero cuando llegamos a la chica del bidón de gasolina…

-¡Jo, qjué resistencia!- se limitó a decir el monarca mientras movía la mano expresivamente.

-No importa, Majestad -terció Elisa- No soy una mujer orgullosa, y para mí el amor lo es todo. Así que decidí pasarlas yo. Era más incómodo, pues tenía que estirar los brazos y actuar con él encima, y mire vuestra majestad cómo está de gordo…Pero lo intenté. Lo que pasa es que, con los nervios, el borde de las páginas me resbalaba en las yemas de los dedos…

-Ya entiendo –aclaró Su Majestad- Yo debo hacer un esfuerzo por entender los problemas de todos los españoles.

-Pero no se si entenderá lo mío, Señor –intervino Alberto-Porque ella, para arreglarlo, se puso en dedil de goma…Un dedil como el que llevaban los antiguos cobradores del autobús para agarrar aquellos minibilletes impresos en papel Biblia. ¿Se acuerda, Señor?…

-Bueno- se excusó el Rey- Es que yo en España no he viajado mucho en autobús urbano…

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-Pero lo entenderá, Señor –continuó Alberto, crecido por el interés que parecía mostrar el Rey- Entenderá lo que me pasa…Resulta que el dedil me trajo la memoria del cobrador del 27, que era el autobús que tomaba yo para ir a la universidad…Era un tipo sucio y grasiento, con una nariz punteada de espinillas y una dentadura, muela de oro incluída, en la que se incrustaba siempre un palillo casi verde por el uso y el abuso…Te subías, abría la cartera de chapa, atrapaba un billete del taco que sujetaba una goma, lo sacaba, cerraba la cartera con estrépito y voceaba al conductor con voz aguardentosa: ¡Agita la mercancía, Marcelino, que vamos pa Arguelles!…

-Ya…-dejó caer el Rey  mientras sus dedos tamborileaban sobre el brazo de su sillón y su expresión daba pistas de que su paciencia se acababa- El pueblo llano, que es muy ocurrente… ¿Y qué?…

-Pues que me estoy viniendo abajo, Señor- confesó Alberto bajando la cabeza avergonzado- Debe de ser el rollo de Freud, o algo así. Pero el caso  es que el dichoso dedil de goma me inhibe la líbido…

-Mariconadas, majestad –interrumpió Elisa visiblemente irritada- ¡Si es que ya no quedan hombres en España!…

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El Rey la calmó como pudo proclamando que, según sus noticias, y a pesar de la crisis, el ratio de hombría nacional seguía recibiendo excelente calificación. Luego animó a Alberto a que superase su problema. Y finalmente  agradeció a ambos su esfuerzo por mantener la unidad familiar y `la confianza  depositada en su poder arbitral. Les prometió estudiar el problema y dijo que les llamaría para darles sus conclusiones. Lo cual fue una especie de bálsamo para calmar momentáneamente la crispación latente en la pareja. Esta se despidió muy agradecida y, a pesar de enzarzarse a continuación en una pelotera sobre el dedil y el turno de pasapáginas de esa noche, se quedó encantada del comportamiento del monarca.

Apenas hacía un minuto que se habían  marchado Elisa y Alberto, cuando entró  en la sala el secretario y depositó en las manos del Rey un nuevo dossier.

-Señor –dijo el funcionario- Le recuerdo que a continuación recibe a la  Asociación de Amigos de la Capa. Ya sabe, parece que no se ponen de acuerdo en la reforma de sus estatutos…

El Rey dibujó un gesto de fatiga y suspiró. Pero pronto sonrió  esperanzado.  Inflamado de patriotismo, se consolaba pensando que, al menos  en temas de capa y espada, España sí apreciaría su competencia y sus buenas intenciones.

El mundo está loco de Avatar

Lo mejor de esta película es Sigourney Weaver

El Duende se siente viejo.  Teme que ya no entiende nada de casi todo. Y, al contrario de lo que dice la máxima ignaciana, casi todo de lo humano le es ajeno. El Duende no quiere ser viejo ni cascarrabias, pero de vez en cuando –y aunque no lo confiese casi nunca- `piensa que esta sociedad moderna está enferma de gilipollez. No lo cuenten por ahí, que eso mina mucho el prestigio personal.

Verán.  Al Duende le  gusta  ir al cine. De hecho, va mucho a los de la zona de la calle Fuencarral de Madrid, que prácticamente concentran todas las películas de la cartelera. Primero se toma un bocata de calamares o de tortilla francesa en El Brillante, y luego  se mete en una sala  y ve una película que, a ser posible, no sea ni demasiado trascendente ni demasiado estúpida. Piensa que el cine  es una la mejor ventana para ver lo que es la sociedad de nuestro tiempo. Pero muchas de las películas que ve no le gustan. Muchas de las que no le gustan no las entiende. Muchas de las que no entiende le parecen tonterías. Y aquí viene lo preocupante: la mayoría de las que no le gustan, no las entiende y probablemente son tonterías suelen ser aclamadas por el público e incluso por la crítica.

-¿Cómo, se va usted? –le preguntó el encargado del cine Palafox estupefacto al verle abandonar la sala- ¡Es la primera persona que se sale de esta película!…

La película es Avatar. Inútil criticarla. Es ya la película más taquillera de todos los tiempos. Y la primera que ve en en 3-D, y con esas gafitas desterradas desde que hace más medio siglo se estrenó Los crímenes del museo de cera. Muy bueno el sistema ese que permite ver las imágenes en relieve (ni si quiera sabe cómo se dice técnicamente). Excelentes los efectos especiales (lástima que el abuso de ellos en casi todas las películas que se estrenan le empiecen a producir ya arcadas). Pero le pareció larga, aburrida, pretenciosa. Aunque resulte arriesgado decirlo, su guión es una mierda, con perdón, y la estética de diatomeas luminiscentes de buena parte de sus secuencias le sitúan al espectador en uno de sus bazares chinos llenos de cursilerías. Además, los personajes azules con rabo son horribles, no inspiran la menor emoción ni, mucho menos, erotismo.

Finalmente,  al Duende  no le dio tiempo a pasar por El brillante a tomar el bocata.

Eso sí, James Cameron es un genio. Más que nada, por haber conseguido convencer a las productoras para que le financien sus trampas digitales y el derroche presupuestario que al parecer exigía una historia tan boba.

Le preocupa al Duende que a lo mejor se ha notado que Avatar no es la película de su vida. No le hagan caso: está viejo, y chochea tanto que  hasta piensa que el cine debía de tener su lógica.

Buscando nuestro violín de Ingres

El admirable Manuel Alcorlo nunca quiso ser menos que Ingres...

El pintor Ingreshay que pronunciarlo en castellano, pues si no los españoles no lo identificaríamos- hacía unos cuadros preciosos, y además tocaba el violín.

Conocerán el mito, esa referencia obligada para recordar que  un especialista en algo puede cultivar muy bien otra afición. Este es también el caso de Manuel Alcorlo, un  fantático pintor que además, por su estatura, su barba y su cojera, parece una réplica de Toulouse Lautrec. Manuel Alcorlo es un genio modesto, un Bosco travieso de nuestro tiempo que se resiste a abandonar  la estética personal del artista finisecular (aún parece raro aplicar este adjetivo a otro siglo que no sea el XIX). O sea, aquel  que recalaba en París, pasaba hambre, conocía a los grandes del Impresionismo y acababa alimentándose de gloria. Alcorlo tiene su estudio en una  buhardilla  de la calle Hortaleza desde donde  se veía el techo del Madrid tradicional,  una marejadilla de tejas con gatos y retorcidas chimeneas de hierro oxidado rematadas con una especie de capirucho o pequeño sombrero chino. Quizás no fuera el más bello panorama, pero sí es una estampa muy literaria. El Madrid de Carrere, de Ramón Gómez de la Serna, de Gutiérrez Solana o de Eduardo de Vicente se respiraba a través de un enorme ventanal que el Duende no sabe si vio en sueños o acompañando a su padre un día en que éste visitó al pintor. Alcorlo pintaba o dibujaba fábulas, academicismos o retratos a plumilla  tipo Durero, según le daba. Todo lo hacía entre bien y maravillosamente. Seguramente lo sigue haciendo. Y además, cuando se aburría, agarraba su violín y  se regalaba a sí mismo una partita de Juan Sebastián Bach. Para qué más gusto.

Una cosa es el marketing y otra la excelencia. Alcorlo estará siempre más cerca de la segunda. Aunque era citado alguna vez en aquel spleen de Madrid de Francisco Umbral nunca ha sido un fenómeno como el de Barceló o un record de subastas de setenta y cuatro millones de dólares como el caminante hipertiróidico de Giacometti. Pobre Giacometti, por cierto, de qué le habrá servido tanta especulación con esa valuta sofisticada en que se ha convertido su arte. De qué le habrá servido.

Es más satisfactorio ser algo más que lo que a uno le ha tocado ser. El hombre multidisciplinar, como se diría en  esos masters de sabiduría práctica que se imparten ahora. ¿No se ha planteado el lector qué daría de sí en otra opción de vida, otra profesión, otro oficio u otra artesanía? El Duende es más feliz desde que quiere imitar en alguna medida a Dios. No por ser tan bueno ni tan poderoso, sino por querer estar en todas partes y hacer  muchas, muchas cosas. Esta semana, sin ir más lejos ha hecho las primeras albóndigas de su vida. Cuando las probó, elevó sus ojos al cielo: gracias, Señor, por permitirme dejar de hacer chorradas y cocinar  estas albóndigas que, a pesar de la trabajera que me han dado, están de cine.

¿Por qué no imitar a Ingres o a Manuel Alcorlo? Con el violín o con la cuchara, juguemos a ser un poco dioses de lo que no somos. Mientras daba forma a las albóndigas se preguntaba el Duende cómo se las apañaría el Creador para hacer el sistema solar con sus planetas tan redonditos, con lo difícil que es, a pesar de su blandura,  calibrar y esferificar la carne picada. Difícil es la respuesta, pero tampoco hay que acomplejarse. Los espíritus inquietos  que quieren imitarle sospechan que Él juega con ventaja.

El zumo de un lunes triste

El siete de febrero, al caer la tarde, el Duende se acercó a los naranjos y cogió del suelo unas cuantas naranjas. Hay naranjos que dan naranjas listas, y otros que las dan tontas. El lunes ocho de febrero despertó a las siete menos cinco. Aún era de noche. A otros les deprime levantarse de noche, y más en el campo. A él le gusta: piensa que exprimirá mejor el día.

Después de desayunarse un café con leche y dos perrunillas, partió unas cuantas naranjas y lo que  se exprimió fue  uno de los zumos más generosos que recuerda. Desayunar con zumo le sigue pareciendo un lujo, porque en su infancia eso no se estilaba. Hasta que en las las comedias de amor y lujo del cine el galán y la heroína, además de café con tostadas, mantequilla y mermelada y huevos con bacon, tomaban zumo de naranja. El Duende gozaba de su lunes de asueto, y desayunaba solo. Es decir, sin Doris Day –la que le correspondería por generación- o Julia Roberts –la que le gustaría. Daba igual: estaba contento, porque su zumo no era de categoría inferior al de un protagonista de película.

Un zumo así parece algo sencillo, pero para conseguirlo hay que tener suerte: las naranjas listas no se diferencian aparentemente en nada de las tontas. Sin embargo hay que promediarlas para que la inocencia de éstas se compense con la acidez de aquellas. Un zumo de tontas es como un refresco de naranjas sin burbujas. La lógica dice que debería de haber salido a coger naranjas con dos cestas, una para llenarla con las naranjas del naranjo listo y el segundo para las tontas. Pero si ya es ridículo ver a un Duende de pelo blanco con un cesto, como Caperucita, no vean lo que es verlo con dos. Aparte de la comodidad de tener una mano libre para coger las naranjas y la otra sólo para asir la cesta única. El pensamiento inmediato fue dedicado al que tuvo la ocurrencia de inventar la semilla del naranjo tonto. Se supone que moriría tan abochornado como el inventor del chocolate blanco.

Cualquiera que fuera la responsabilidad moral de este sujeto, el hecho obligaba a tomar ciertas medidas para que el zumo fuera un éxito. Así, para equilibrar el sabor ingenuo de las tontas con la ácida perfidia de las listas, el Duende fue probando con la punta de la lengua cada naranja partida.  Fue una buena idea entretenerse así, porque mientras tanto las noticias de la radio –uno no se libera de esa dependencia ni aún en la soledad del campo- no hacían sino esparcir malas noticias. A fuer de sincero, el Duende se preguntaba si no era inmoral embriagarse con el zumo perfecto cuando la crisis está amargando la vida de tanta gente.

¿Cuántos de los que me leen –se preguntaba el Duende- habrán tenido que cerrar su pequeño negocio? ¿Cuántos no habrán sentido en carne propia la dentellada del paro? ¿Cuántos conservan el humor bastante para hacer papiroflexia mental a cuento del zumo de tontas y listas?

No me niegues, oh Dios, el derecho a pensar que ya vendrán tiempos mejores ( Versículos 12-14  del Capítulo III de la Lectura de algún profeta inexistente). Además de la que cae, también llueve, y en unos minutos la niebla le ha envuelto al Duende en un horizonte incierto. No cabría pensar en otro día más gris. Sin embargo el zumo estaba delicioso, y además ha vuelto a ver al carbonero que todos los años anida cerca de su ventana. Debe de ser instinto de supervivencia, o un ramalazo del irresponsable  carpe diem del clásico. Inconscientemente, el Duende eleva sus ojos al cielo plomizo: Señor, perdóname, porque no se lo que hago cuando sonrío…

Esos micrófonos abiertos…

Es inexplicable que los políticos aún no sepan que siempre hay algún micrófono inoportunamente abierto para amargarte la vida...

La hoja de servicios  al partido de Pochoto Morón era sencillamente impecable.

Tenía fama de corrupto, prevaricador, manipulador de votos, conseguidor de licencias de construcción ilegales,  borrachuzo, esnifador de pimienta con almendra molida y acosador de secretarias. Y malas lenguas decían que había sido sorprendido en un local donde una tigresa ataviada con lencería gótica le flagelaba  mientras él, desnudo y con un collar de perro al cuello, se comía un hígado de cerdo crudo y luego leía, de rodillas y en voz alta, las obras completas de Karmele Merchante.

-Ah, ahhhhh….-gritaba al borde del orgasmo..

Con sus casi dos metros de altura y sus ciento treinta kilos de peso, las orgías de Pochoto dejaban en nada las de Tiberio y el Marqués de Sade. Era lo que una castiza llamaría un prenda. Pero ningún juez le había podido hincar el diente jamás. Y además ganaba elecciones.

-Es un perfecto canalla-reconocían en el Comité Central del partido- Lo malo es que todos los partidos necesitamos alguien así para que haga el trabajo sucio.

El trabajo sucio le obligaba a ser  además arrogante, chulo y mal educado en el parlamento o en las comparecencias públicas. Y cuanto más sarcásticas y corrosivas eran sus pullas a los adversarios políticos y más ordinarias sus palabras, más votos ganaba.

-¡Dales caña!-le gritaban- Pochoto, Morón, ¡el gobierno es un cabrón!

Pero todo el mundo comete un error. Un día, más difícil todavía, largó una de las soflamas más apocalípticas y demagógicas de su carrera. Henchido de rabia, vomitó su mejor repertorio de denuestos e insultos a los que criticaban a su partido y convocó una cacerolada contra el gobierno. La atronadora división de opiniones convirtió el hemiciclo  en una escandalera. Pochoto, emocionado al aquel espectáculo,  se tapó la cara con las manos y, mientras se enjugaba el sudor de la frente con un pañuelo, pareció decir algo a un compañero de partido a micrófono cerrado.

¿Cerrado?…Eso creía él. Una mano invisible lo había activado de nuevo.

-No se cómo he podido hacer este discurso –se escuchó decir al bellaco ganavotos- Ayer vi otra vez Bambi con mis hijitas y aún no he podido superar la secuencia en que los cazadores matan a mamá cierva…

Qué vergüenza, qué oprobio para el partido. Aquellas palabras impresentables provocaron el rechazo radical de sus votantes. Y fueron, al cabo,  la tumba política de Pochoto Morón.

“Invictus”, pero flojitus

En esta película que ahora los cineastas llaman "biopic", Clint Eastwood parece por primera vez un cineasta blandito...

No le gusta a Homper ir al cine solo, pero pasó por delante de una sala de esas de palomitas y Coca-Cola en hora tonta y se tropezó con Invictus. Sospechando que pronto sería esta película parte del equipaje intelectual de cualquier tertulia o sobremesa medianamente ilustrada, y dándose la circunstancia de que el calcetín de su pie derecho era sistemáticamente engullido por el zapato y le estaba amargando el paso, pagó su entrada y entró  a sentarse en la pequeña fábrica de sueños.

Qué aburrida estaba la pobre taquillera.

Seis personas, seis. Afortunadamente ni siquiera las suficientes como para que la sala oliera a cotufas. En la misma semana, Homper revisó por la tele El intercambio para ver tres días después la última, y bien promocionada película, de ese mineral cinematográfico pulido en diamante llamado Clint Eastwood, uno de los ancianos portentosos que todos querríamos ser. Es difícil que ninguna cinta  suya sea mala. Invictus, que será mucho más jaleada que aquella, por ejemplo, resulta a su juicio bastante decepcionante. Pero  habla de Mandela y el fin del Apartheid, incluye dos buenas interpretaciones de Morgan Freeman y  Matt Damon y está trufada de frases y pensamientos tan nobles como forzados en un guión de dos horas. Del gran Clint se podía esperar una hermosura con alguna astilla  que le pinchara a uno en el fondo del alma, pero aquí todo es suave, amable y perfumado. No hay violencia alguna, y apenas tensión.

-¿Qué le ha parecido? –le preguntó la amable taquillera a la salida.

-Vaya-le respondió Homper con elocuente laconismo.

Comentó luego la película con la tía Clota, y esta fue mucho más expresiva. Dijo que ella había querido ser la Meriel Streep de Los puentes de Madison, una de sus películas favoritas. La mejor película de amor y desgarro de las últimas décadas. También adoraba al Clint de Million dollar baby y, sobre todo, de Gran Torino. Pero Invictus le había dejado fría, y no compartía el entusiasmo de la crítica por ella.

-Entiéndelo, tía-Mandela, Clint Eastwood, unir el deporte con la victoria de la democracia sobre el Apartheid…Es materia sensible.

-Tonterías, sobrino-le cortó la anciana- Es una demostración más de que más vale caer en gracia que ser gracioso. ¿No te parece que los diálogos podrían estar escritos por Leire Pajín?…

-¡Santo cielo!-dijo Homper llevándose las manos a la cabeza.

Se entiende su alarma. El Campeonato del Mundo de Fútbol de este año también se celebra en Sudáfrica. Pinchado el globito de Obama, la tentación Mandela puede ser la próxima  luz del taumaturgo de la Moncloa.

La caprichosa estructura del placer

¿Imaginan que este personaje de Friedrich, además de admirar este paisaje, hubiera estado haciendo uno de esos pises que tanto placer dan al cuerpo?...

Sueltas un pececillo de colores en el blog, se abre el debate, aparece el elenco de comentaristas habituales, lanzas la caña y sacas una merluza maravillosa. De la anécdota a la categoría en un pispás. Todo depende de la parroquia.

Al Duende a veces le acompleja el calado de las reflexiones que precipitan sus comentaristas. Quisiera ser filósofo de profundidad, y formular de vez en cuando una reflexión de peso para estar a su altura. Pero está la mañana resplandeciente, y aunque las noticias siguen siendo pesimistas, se le va a la cabeza a pájaros (ya verán por qué). Sólo, y por refutar levemente a uno de nuestros más conspicuos agitadores – con nombre de escritor de novelas de misterio-, diría algo que pretende explicar la debacle del estado de bienestar que se anticipa. Allá va: en este mundo donde la economía de lo superfluo se ha convertido en esencial, todos debemos engañar un poco a todos para sobrevivir. A ver cómo atan esa mosca por el rabo.

Ayer el Duende se entretenía estudiando la estructura del placer. De momento, ha llegado a la conclusión de que hay placeres simples y placeres compuestos. Pero nunca ha tenido claro si un torrezno recién frito o una de las Variaciones Goldberg de J.S. Bach –placeres simples- son menos gratificantes para los sentidos que una ensaladilla rusa o la muerte de Tristán, modelos de creación donde varios elementos se coordinan para obtener resultados asombrosos. A veces el placer sublime es una yuxtaposición de circunstancias que concurren en un instante mágico. Naderías bonitas, y muy oportunas, que si se atrapan al vuelo dan otra idea de lo que es calidad de vida.

Verán. Pasó el Duende el fin de semana en Asturias con sus amigos Félix y Begoña, en las verdes laderas de San Martín de Luiña En uno de los pocos ratitos que dejó de llover escapó corriendo a la playa de San Pedro de la Ribera. Había marejadilla. Cuando las olas rompen con violencia, la mar parece más sincera, el olor del yodo y de las algas se hace más penetrante y la marina se le antoja a uno más limpia. La barra iba del azul plomizo del agua aborregada  al violeta algodonoso de un cielo de temporal. Por el horizonte parecía que iba a asomar la proa del buque fantasma. El Duende recorrió la playa por el suelo de arena endurecida que le alisaba la marea baja, y se llegó hasta la desembocadura del río Esqueiro, en el extremo opuesto al camino de llegada. Allí se plantó frente a aquel cuadro digno del mejor Caspar Friedrich y se puso a escuchar la incomparable música de la mar agitada.

No fue bastante. Embelesado estaba cuando escuchó a sus espaldas otra musiquilla singular. Volvió la cabeza y se llevó la alegría de comprobar que venía de una bandada de jilgueros que picoteaban y revoloteaban por la orilla del río. Cuánto tiempo hacía que no los veía ni escuchaba su canto, les creía huídos del desarrollo, pero allí estaban, frente al mar, dando su pintoresca fe de vida.

Y aún hubo más. Un vaso de agua al despertar, un café, un zumo, otro café. A veces el Duende se echa a la naturaleza y se olvida de que los riñones siguen trabajando. Pero qué diablos, quién iba a haber por ahí espiando, con ese día, qué otro loco iba a estar enhebrar la marina bravía,  el buque fantasma, las atmósferas mágicas de Friedrich, y los huidizos jilgueros. Estaba solo, era completamente libre, y sólo sentía, por añadidura, unos deseos irreprimibles de hacer un inocente, pero largo, larguísimo  placentero pis inexplicablemente contenido hasta ese momento tan especial.

Y, totalmente desinhibido, descubrió  otro componente eventual de  la singular estructura del placer compuesto.


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