
Un rey inflamado de patriotismo quiere servir de componedor. Pero no todos le entienden...(Caricatura de ENEKO prestada de su blog en 20 Minutos)
1
Estaba el hombre tan decepcionado por el fracaso de su oferta, que había pedido a su secretaría que le pasaran cualquier llamada solicitando audiencia.
-Tanto poder arbitral, tanto poder arbitral…-suspiraba mosqueado ante el espejo- ¡Con lo bien que lo haría yo y lo que ganaría España!…
El caso es que le pasaron la llamada. Y la pareja desavenida que se había atrevido de marcar el teléfono de palacio se quedó tan sorprendida como esperanzada cuando el mismísimo Rey de España aceptó escucharles para dirimir sus diferencias.
2
Las de Alberto y Elisa no eran nada del otro mundo. Sino más bien las de muchas parejas burguesas que conviven desde décadas. Él, naturalmente, se comunicaba sobre todo con las perdices, la bola de golf y sus compañeros de abono en el fútbol. También era particularmente locuaz con Lupita, de Recursos Humanos, una compañera rubia y torneada a la manera de una potente Anita Ekberg, que presumía de dormir desnuda en unas sábanas estampadas con la imagen de Che Guevara. Sólo un vacile, porque es muy simpática –aclaraba el hombre para ahuyentar cualquier sospecha.
Su mujer a su vez hablaba mucho con amigas. Las tenía de encuadernación, de restauración, de pilates, y del curso de conferencias sobre Carlos Martel, a quien, según alguna de esas amigas poco ilustradas, se debía el invento del papel martelé. Ambos estaban seguros de que se querían. Y por consejo en el que coincidían sorprendentemente tanto sus amigos más progres como el padre Arteta, director espiritual que les guió para sacramentar su unión, seguían practicando asiduamente el sexo. Sin embargo los resultados no eran satisfactorios.
-Yo creo que esto un desastre- se quejaba él- No te veo motivada.
-Tú, que eres un egoísta- protestaba ella- No piensas más que en ti…
3
Con estas credenciales, y vestidos correctamente como marca el protocolo, fueron recibidos por el Rey, que pidió que expresaran con sinceridad los motivos de sus desavenencias para llegar más fácilmente a un arreglo. Así, el Jefe del Estado se enteró de que Laura Alejandra, la hija mayor del matrimonio, había estudiado arte dramático a pesar de que el padre la veía más como TAC. Su madre le comió el coco, Señor-explicaba él-. Ha acabado la carrera hace tres años y sólo ha podido hacer de aldeana de relleno en Fuenteovejuna. Y es que Elisa se pasó, como se pasó seis pueblos en el presupuesto de las cortinas..¡Seis mil euros!…Ella por su parte no le perdonaba que se metiera en la cama con una camiseta de los Lakers de Gasol ni su resistencia a internarse una noche en el hospital para que le diagnosticaran la apnea que, frecuentemente, le despertada a ella sobresaltada de su sueño poscoital.
-Hum- farfulló el Rey- No se qué deciros…Los hijos, las cortinas, la camiseta…A mí me va más el pijama de popelín y el batín de seda, tipo Cary Grant , pero una de nuestras grandezas es la diversidad de los hombres de España. Eso sí, lo de los ronquidos y la apnea deberías de mirártelo, hombre- dijo dirigiéndose Alberto- Claro que…¿cómo decís que os lleváis tan mal si seguís durmiendo juntos?…
4
No hubo más remedio que entrar en detalles. Elisa se quejaba de que Alberto se comportaba como un funcionario del sexo incapaz de esmaltar las noches de amor con una sola palabra romántica. Para suplir esa carencia de sensibilidad y de fantasía -le explicó a Su Majestad- ella había instalado junto a la cabecera de su cama un atril de brazo articulado que terminaba en una placa de metacrilato sobre la que se ponía el libro abierto.
-Está muy bien pensado, Señor-le decía al Rey que la miraba con los ojos muy abiertos-, porque así él va a lo suyo en silencio, como le gusta, mientras yo sigo leyendo la trilogía de Millenium…Es tan apasionante que no se puede dejar uno sólo instante, ¿no, Majestad?
El Rey confesó que no la había leído, que desde que era rey sólo leía informes y cosas pesadísimas, pero que lo que a él le entretenía de verdad eran las novelas de Agatha Christie y las del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía.
-¿Y tú como llevas lo de la novela ésa?- le preguntó a Alberto.
-Bastante bien, Señor…Pero al final ha sobrevenido la crisis…¡Es tan larga!
5
El Rey se iba quedando tan turulato que ambos se afanaron en explicarle la extrema dificultad de pasar páginas en plena coyunda. Es casi más difícil que hacer el amor en un Simca 1000 –bromeó Elisa para quitarle hierro al asunto. Al principio, y puesto que el metacrilato sobre el que posaba el libro abierto quedaba aproximadamente detrás del hombro derecho de Alberto, era éste el que, a instancia de Elisa, hacía un alto en los vaivenes del amor para levantar el libro, pasarle la página y ponérselo cómodo a la lectora.
-Pero hubo un momento en que Alberto se negó- explicaba Elisa visiblemente contrariada.
-Demasiado humillante, Señor, ¿no le parece?-protestó el aludido- Aguanté el primer tomo, pero cuando llegamos a la chica del bidón de gasolina…
-¡Jo, qjué resistencia!- se limitó a decir el monarca mientras movía la mano expresivamente.
-No importa, Majestad -terció Elisa- No soy una mujer orgullosa, y para mí el amor lo es todo. Así que decidí pasarlas yo. Era más incómodo, pues tenía que estirar los brazos y actuar con él encima, y mire vuestra majestad cómo está de gordo…Pero lo intenté. Lo que pasa es que, con los nervios, el borde de las páginas me resbalaba en las yemas de los dedos…
-Ya entiendo –aclaró Su Majestad- Yo debo hacer un esfuerzo por entender los problemas de todos los españoles.
-Pero no se si entenderá lo mío, Señor –intervino Alberto-Porque ella, para arreglarlo, se puso en dedil de goma…Un dedil como el que llevaban los antiguos cobradores del autobús para agarrar aquellos minibilletes impresos en papel Biblia. ¿Se acuerda, Señor?…
-Bueno- se excusó el Rey- Es que yo en España no he viajado mucho en autobús urbano…
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-Pero lo entenderá, Señor –continuó Alberto, crecido por el interés que parecía mostrar el Rey- Entenderá lo que me pasa…Resulta que el dedil me trajo la memoria del cobrador del 27, que era el autobús que tomaba yo para ir a la universidad…Era un tipo sucio y grasiento, con una nariz punteada de espinillas y una dentadura, muela de oro incluída, en la que se incrustaba siempre un palillo casi verde por el uso y el abuso…Te subías, abría la cartera de chapa, atrapaba un billete del taco que sujetaba una goma, lo sacaba, cerraba la cartera con estrépito y voceaba al conductor con voz aguardentosa: ¡Agita la mercancía, Marcelino, que vamos pa Arguelles!…
-Ya…-dejó caer el Rey mientras sus dedos tamborileaban sobre el brazo de su sillón y su expresión daba pistas de que su paciencia se acababa- El pueblo llano, que es muy ocurrente… ¿Y qué?…
-Pues que me estoy viniendo abajo, Señor- confesó Alberto bajando la cabeza avergonzado- Debe de ser el rollo de Freud, o algo así. Pero el caso es que el dichoso dedil de goma me inhibe la líbido…
-Mariconadas, majestad –interrumpió Elisa visiblemente irritada- ¡Si es que ya no quedan hombres en España!…
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El Rey la calmó como pudo proclamando que, según sus noticias, y a pesar de la crisis, el ratio de hombría nacional seguía recibiendo excelente calificación. Luego animó a Alberto a que superase su problema. Y finalmente agradeció a ambos su esfuerzo por mantener la unidad familiar y `la confianza depositada en su poder arbitral. Les prometió estudiar el problema y dijo que les llamaría para darles sus conclusiones. Lo cual fue una especie de bálsamo para calmar momentáneamente la crispación latente en la pareja. Esta se despidió muy agradecida y, a pesar de enzarzarse a continuación en una pelotera sobre el dedil y el turno de pasapáginas de esa noche, se quedó encantada del comportamiento del monarca.
Apenas hacía un minuto que se habían marchado Elisa y Alberto, cuando entró en la sala el secretario y depositó en las manos del Rey un nuevo dossier.
-Señor –dijo el funcionario- Le recuerdo que a continuación recibe a la Asociación de Amigos de la Capa. Ya sabe, parece que no se ponen de acuerdo en la reforma de sus estatutos…
El Rey dibujó un gesto de fatiga y suspiró. Pero pronto sonrió esperanzado. Inflamado de patriotismo, se consolaba pensando que, al menos en temas de capa y espada, España sí apreciaría su competencia y sus buenas intenciones.
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