Archivos para 1 marzo 2010

“Il pericolo” de Renato Carosone

Hay que reconocer que después de las noticias del domingo, con dos mujeres muertas a manos de sus maridos, escuchar que "il pericolo número uno" es "la dona" canta un poco...

Hablar de la mjujer como "il pericolo número uno" no es lo más políticamente correcto en estos momentos...

Le habían enseñado al Duende que en los guateques debía de  ser educado, y no bailar sólo con las guapas. Pero el Duende de joven era timidito y alicorto, y a las chicas guapas siempre había otro más echado para adelante que las sacaba antes. Así que él no se acercó a Anita por educado, sino porque era la única que quedaba sentada y mirando con ojos de ópalo al centro de la pista  mientras sonreía fingidamente.

-¿Bailas?

-Sí, gracias-dijo ella mostrando sus dos paletos blanquísimos.

En el pikú sonaba ¡Oh torero!, de Renato Carosone

Anita no era fea, pero sí gorda y algo dentona. Y además apenas sabía aquellas nociones básicas de agarrado –dos pasitos para un lado y un paso para el otro, girando de cuando en cuando y arrimando lo que se pueda- con el que los jóvenes de entonces se iniciaban en el baile. El Duende se agarró castamente a  Anita, la movíó con delicadeza y la dirigió como pudo. Uno, dos, uno dos-le susurraba a la oreja, no demasiado cerca, no fuera a creer…Y durante el resto de su vida, Anita , que se había transformado en una chica guapa  de grandes ojos oscuros para luego casarse y tener hijos y nietos, siempre le agradeció los servicios prestados.

-Nunca olvidaré que fuiste tú con el Torero de Carosone el que me enseñaste a bailar-  le ha repetido al Duende cada vez se ha  encontrado a las vueltas de la vida.

Sin embargo Carosone murió hace unos años. Y había desaparecido por completo de la memoria musical hasta que esa máquina de éxito llamado El Corte Inglés ha rescatado una de sus canciones más bobas para recordarnos que Ya es primavera, cosa que no se creen más que los meteorólogos y, por  obligación, la gente de la moda.

Por cierto, piensa el Duende que no estuvieron sus publicitarios muy inspirados, como tampoco muy fino el Observatorio de Igualdad del ministerio del mismo nombre. Porque ver por la tele a unas modelos muy guapas y elegantes mientras suena Il pericolo número uno, la dona, justo el mismo fin de semana en que dos bárbaros habían matado a sus esposas antes de suicidarse ellos mismos, daba mucho que pensar. Aunque no hayan  pensado en ello ni los genios publicitarios del Corte Inglés ni doña Bibiana Aído.

Que il pericolo en tiempos de Carosone fuera la dona, sonaba a broma pícara: el machismo latía en la cultura de la época. Pero en estos tiempos en que ella sólo merece discriminación positiva y en que se sobreentiende que la llamada violencia de género es siempre masculina, la afirmación es, digamos, arriesgada y de dudoso gusto. Il perícolo numero uno es que estos son asuntos que hieren muchas sensibilidades, y que las feministas extremas no se caracterizan precisamente por su sentido del humor. Pudiendo haber tirado de Picolísima serenata, Mambo italiano o del mismísimo Torero con el que Anita aprendió a bailar…¿por qué usaron tan mal a Renato Carosone?

Relativamente importantes

Y uno, hormiguita en la calle, acabadiendo, como mucho, relativamente importante...

Y uno, hormiguita en el asfalto, se da cuenta de que sólo es relativamente importante...

Se sorprende a menudo Homper de lo relativo y elástico que es en sí mismo el término relatividad. Relatividad –más bien relativismo zapateril- en política es la excusa perfecta para jugar con la ley y la costumbre según convenga, como si éstas fueran plastilina normativa. Algo con lo que, por su edad y por su formación, no está nada de acuerdo la tía Clota.

-Desengáñate, sobrino-le decía en una de sus conversaciones transatlánticas la  mujer nacida en Granada y hoy ciudadana estadounidense- Con las cosas de comer no se juega. Lo de quitar importancia a lo que nos enseñaron que era importante descoloca mucho a la gente…

No se ha asilvestrado tanto Homper. Su relativismo  le sirve para achicar, primero, los problemas y putaditas que plantea la vida. Y luego para ponerle bridas al ego. Uno tiene a considerarse el eje del mundo y a sobredimensionarse hasta que deja de verse en el espejo y amplía perspectivas.

-Pero qué poca cosa parecemos desde aquí…

Lo pensaba mientras desayunaba hoy en buena compañía desde un observatorio para él insólito, y que sin embargo debe de ser muy popular, la cafetería del Corte Inglés. Está en la planta 9 del edificio de Callao, y como la terraza que hay en lo alto del Círculo de Bellas Artes, nos enseña vistas muy enriquecedoras de Madrid. La primera es el peinado de la capital, adornado por estatuarias y arquitecturas fascinantes que, a ras de suelo, son difíciles de apreciar. La segunda es lo diminuto, lo casi insignificante que es uno desde la altura.

-No hay que relativizar lo importante, tía –precisa Homper- Pero te aseguro que a vista de pájaro, y confundidos entre el enjambre de la gran ciudad, no significamos casi nada.

E imagina un primer plano de su coronilla, ya ampliamente tonsurada por el tiempo. Y, a partir de ella, un zoom atrás que le muestra paseando por las calles de Madrid, como hace a menudo. Y un Madrid a vista de pájaro, con todos sus fénix, y sus guerreros romanos, y su cuadrigas, y sus ángeles, que coronan los edificios más notables de la capital. Y una España a vista de satélite. Y y una tierra a vista de la luna. Y un sistema solar  a vista de otra galaxia.  Y todas las galaxias a vista de…

Y a pesar de que, como le enseñaron en el cole, Homper sabe que “todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria”, comprime su gigantesco ego en una funda de lentillas y se convence de que, si hay algo relativo,  por insignificante, es lo que al cabo representa uno mismo en la inmensidad del cosmos.

Dudas y OFBC (Oportunidades de Felicidad de Bajo Coste)

Además del amanecer y el anochecer, hay muchas otras OFPC a lo largo de días como éstos...

Se pregunta el bloguero qué hacer con esa nube de dudas que a veces, al despertar, encuentra en su pensamiento.

El pensamiento está en la cabeza, supone. Y de repente, en su perpetua confusión, se imagina como un personaje de comic que abre los ojos por la mañana, se sienta al borde de la cama y dedica unos minutos a eso que se llama repasar la agenda, desgraciada o afortunadamente vacía.

Y el grafismo de una interrogación se le clava en la frente, como si ésta fuera un corcho y debieran figurar en él los asuntos pendientes: en un postit, Familia, a saber, llamadas de control para saber qué rumbo toman estas vacaciones hijos, nietas, hermanos. En otro, Amigos, interesarse especialmente por los que están enfermos. En otro, Orden Personal, de cuerpo y alma. Este es el más caótico. En postit aparte Sección Romántica: recuerdos, ensoñaciones, ilusiones, pero también lamento y  flagelo por no amar, amar poco o no saber amar.  ¿Cómo va a afrontar uno un nuevo día sin  peinar esa zona del alma? Más papeles, este dedicado a Deberes Esenciales. El primero, cumplir con el blog, que se queja de que su mantenedor afloja, está disipado, se repite, vacila, aburre, carece de interés. Jo, qué compromiso y qué mérito el de los que saben atrapar la atención de los demás escribiendo. Un último papelito, fundamental: OFBC.  Es decir, Oportunidades de Felicidad  de Bajo Coste.

Se inclina por una de éstas. Se levanta, desayuna, se asoma a la ventana. Inopinadamente –parece que el invierno no se retiraba nunca- ha amanecido un día de primavera como los de entonces. Entonces era el territorio de la infancia. No había felicidad comparable a la de dejar Madrid  para ir al campo. No había placer mayor que bajarse del coche y echar a correr por entre las gallinas y las ovejas, saludar a los caballos que pastaban, acercarse al arroyo y ver si habían subido las bogas a desovar, buscar galápagos, ver parir a la vaca, escuchar el crotoreo de la cigüeña que anidaba, desde tiempo inmemorial, en lo alto del cedro del jardín y tumbarse luego en la hierba verde a ver el vuelo de los vencejos y de los tordos. Añádase a ello el aroma de las mimosas y de los lilos, el sesteo bajo el sol de primavera, y el rumor lejano, al atardecer, de las esquilas y cencerros del ganado volviendo a la majada. Dios, qué música.

Aún hoy, en cualquier afuera de cualquier ciudad y en cualquier campo de cualquier pueblo de España hay oportunidades parecidas al alcance de todos. Ver, respirar hondo, escuchar y, de propina, soñar. Además, en una iglesia de Madrid la Orquesta Barroca de Helsinki y el Coro de la Capilla Real de Madrid ofrecen cantatas de Bach gratis. Como habrá en otros lugares conciertos, actuaciones, exposiciones o, simplemente, paisajes por los que vale la pena salir de casa. Como decía su viejo y sabio amigo Pepe Pérez Gállego cuando bebía agua del manantial, las mejores cosas de la vida  no se pagan con dinero.

Y casi punto final. El bloguero no desterrará al cabo sus dudas ni sus dolores íntimos. Pero tiene muy claro que días como éste no abundan. Así que echa la firma al post y se larga a correr por la Casa de Campo. Feliz semana a quien lea este blog y sepa disfrutar de la OFBC que tenga más a mano.

Una claudicación imperdonable

-Cómo le debilitan a uno los años- se dice Homper, perplejo ante la sombra que le acusa desde el espejo.

Hacía tiempo que se había propuesto no atender una sola llamada de marketing telefónico. Incluso había acuñado una contestación modelo: “perdone, respeto  mucho su trabajo, pero tengo por norma no aceptar que me vendan nada por teléfono, lo siento”.

Y sin embargo le habló una tal Noemí con una voz que él lo sonó como si viniera de  Tarita, aquella indígena que cautivó a Marlon Brando en el rodaje de Rebelión en la Bounty. Tras soltar la frase de rigor, Homper pensaba cortar la conversación. Pero ella no se rindió.

-¿No me a va a dejar que le explique mi oferta?- le dijo.

Y lo dijo tan dulcemente, y con una voz tan seductora, que le desarboló. Y al día siguiente, en su tertulia del Ateneo, lo tuvo que confesar avergonzado.

-Soy un marica, un blandengue. Me había juramentado no ceder y he cedido. Cómo le debilitan a uno los años…

Y ahí se quedó Homper, en su soledad. Perplejo por haber aceptado comprar a plazos la Enciclopedia del Románico, una colección de doce  bocks de cerveza bávaros en su anaquel de madera de cerezo y una cubertería de acero inoxidable para doce personas.

¡Ah!. Y al haber sido uno de los cincuenta primeros en contestar a la oferta, el obsequio adicional  de una estrellita bañada en oro que, sin Tarita a la vista, ya no sabría a quién ofrecer como regalo.

Dioses venidos a menos

Cambiamos al Dios de siempre por el becerro de oro y, cuando nos quisimos dar cuenta, vimos que sólo llevaba un baño del preciado metal...¡Qué estafa!

Como ocurría en el famoso cuento de Augusto Monterroso, http://elduendedelaradio.com/tag/estado-de-bienestar/cuando Jehová despertó de su larga siesta comprobó que a pesar de los años pasados continuaba allí. Pero al poco advirtió que ya no era el único ser supremo, y que le había salido un primo con el que no contaba.

-Hola, soy Todová- se presentó el intruso tendiéndole la mano.

-¿Y tú que pintas aquí?- preguntó Jehová.

Todová le recordó que mientras que Él, complacido de ver cuanto había creado, se echó a dormir la siesta, el hombre había progresado.

-Al tiempo que progresaba, aprendió a pasar de la divinidad, y entronizaron al Estado del Bienestar.

-¿Y eso qué es? –preguntó Jehová levantando la ceja.

-Bueno, eso soy yo- respondió Todová- Soy como tú pero sin leyenda. O sea, sin Viejo Testamento, ni sentimiento de culpa, ni vida eterna…Soy el Dios protector que ha inventado la humanidad convencida de que ella es lo más importante. Por eso me he impuesto ese sobrenombre: Todová. Porque el Estado del Bienestar lo da todo, y gratis, y encima sin problemas de conciencia para los ciudadanos. Lo siento, primo…

Jehová meditó unos instantes. Por su memoria pasó vieja canción publicitaria del último tercio del siglo XX: Todo va mejor con Coca-Cola, todo marcha mejor…Y aunque comprendía que el mundo había cambiado, y que Dios quizás ya no era lo que fue, pensaba que Todová no alcanzaba la categoría de sucedáneao distinguido. Ahora divinizan a un becerro de oro por cualquier cosa-pensó.

Y mientras Jehová se retiraba prudentemente, Todová  se complacía de saberse el Dios de la contemporaneidad. Y tanto se empalagó de las alabanzas de los hombres que no pudo evitar el dormirse en los laureles.  Y otra vez, como en el cuento de Monterroso, al despertar se sorprendió a sí mismo constatando que seguía allí, aunque ahora al pie de su lecho, había alguien.

-Hola, soy Mejorvá -dijo tendiéndole su mano a Todová- Soy tu primo, y vengo a sustituirte.

-¿A sustituírme?’ –preguntó Todová mientras, incrédulo, se frotaba las legañas de sus ojos.

-Como lo oyes.  La misma humanidad que te divinizó ha descubierto ahora que lo del todo gratis del Estado del Bienestar se ha acabado. Que una cosa es ser un dios generoso y benéfico, y otra es que la gente te tome por tonto y les tengas que arreglar las tetas de valde.

-¿Y tú que haces? –preguntó Todová.

-Lo mismo que tú, pero cobrando un poco. Que lo que no cuesta, no se valora. Además, ya lo decía la canción: Todo va mejor con Coca-Cola…¡Y la Coca-Cola no es gratis!…

-¡Abusón!…-le espetó Todová visiblemente cabreado-¡Neoliberal!… ¡Sacamantecas!…¡Chorizo!…

-¡Tontolhaba!- reaccionó Mejorvá- ¿Pues quién te creías que eras?…¡Que hay que modernizarse, primavera!…

Y mientras ambos se enzarzaban en una gresca de verduleras, Jehová desde su retiro se preguntaba cómo las nuevas divinidades podían haber caído tan bajo.

Recortables degenerados

 

Sonríe el Duende con mal disimulada nostalgia cuando recuerda que la vida le parecía un recortable. Un recortable de soldados, de toreros, de muñecas con sus vestiditos o de casas, catedrales, barcos, aviones…Todo nítido, bonito, y, si atinabas con la tijera adecuada y ponías cuidado, quedaba muy bien recortado sobre el grisáceo telón de fondo de la realidad cotidiana. Otro mundo por una o dos pesetas. Enternece pensar que un simple papel impreso podía ser un regalo de cumpleaños, una ilusión y un alivio para el niño enfermito en cama o  castigado el domingo sin salir.

-Lo siento, pero el cine es demasiado caro, y has sacado malas notas-le decían en casa.

 La alternativa eran los recortables. Silueteabas las figuras, las doblabas por la línea trepada y las plantabas sobre una mesa. Gracias a ellas llenabas muchas tardes lluviosas entretenido y feliz. Eran la raíz cúbica de la play station.

Los recortables son una metáfora de lo simple que interpretabas la vida entonces. Recuerda con particular cariño el Duende el de una granja que le solucionó un domingo. Aquí el granjero con su tractor, allá el caballo percherón, allá las vacas, al lado las ovejas. Su pajar, sus cerdos, sus gallinas, sus ocas. La casita del granjero con su valla de madera. Y la granjera regando las macetas de su ventana. Todo fácil de entender, bonito, simple y sin líneas nebulosas que desdibujaran los contornos. Como la vida, insiste el Duende.

 Aún no había aparecido el filtro de los matices, y las personas, como las cosas, eran buenas o malas. Los americanos eran buenos y los alemanes malos. La marina inglesa era buena y Francis Drake malo. También le enseñaron a uno que los curas, como hombres de Dios, eran buenos, y  se les besaba la mano por las calles. Y no tenía duda de que los artistas de la risa, desde Charlot y el Gordo y el Flaco hasta el último payaso, eran todos buenísimos.

Tristemente, ardió la inocencia de los recortables. El Duende acababa de ver al Barça por la tele el pasado miércoles cuando haciendo zapping pasó por la Sexta. Ahí cayó en un programa en el que el Gran Wyoming y una señorita muy mona repasaban y comentaban, se supone que con sentido del humor, las noticias de actualidad. Con la Iglesia habían dado: madre mía, que chollo los curas pederastas para los iconoclastas. Lo peor no fue ver en horario fronterizo al infantil cómo uno de aquellos depravados era sorprendido por una cámara oculta en uno de sus pecados más inconfesables con un menor. Vomitivas las imágenes, e inexplicable que se muestren. Lo peor es que ese  repugnante crimen de lesa infancia  era tratado como algo para tomárselo a risa por alguien a quien el Duende admiró en un tiempo por su ingenio y su desparpajo. Dónde habrá quedado aquel  showman original y disparatado  que cantaba Tramperos de Conneticut  con Reverendo. Parece en este caso que el fin, si es tan progre como fumigar a la curia en aras del laicismo, justificaba los medios.

Qué pena. Y qué asco. Tratando de hacer humor por la radio, uno habrá molestado alguna vez a alguien y habrá herido sensibilidades, seguro.  Pero sentido común y sin ponerse previamente  de acuerdo, ni Javier Capitán ni el Duende bromearon nunca conscientemente con asuntos que revuelven las tripas del alma.

Quizás pensaban que los cómicos deben ser inocuos, como los recortables. Sin caer  en la cuenta de que ya hasta las fantasías de papel habrán degenerado en canallas para estar a la altura de las circunstancias.

Antonio Muñoz Molina, sin pelos en la lengua

Lúcido, valiente y, a juicio de un simple aficionado, magnífico escritor...

Acaso por su formación de filóloga, por ser  también andaluza de nacencia y por vivir, como Antonio Muñoz Molina, en Estados Unidos, la anciana tía Clota se hizo asidua lectora de sus novelas. Ahora sigue apasionadamente La noche de los tiempos, que, como muchas de las últimas novelas inteligentes, trenza  a la perfección ficción e historia. La mujer elige esta literatura porque dice que, a diferencia de sus amigas las viudas de Tinmouth, su pueblín de Vermont, además de deleitarse leyendo,  aprende algo nuevo o refresca conocimientos.

-Este chico vale mucho- dice a su sobrino Homper en su encuentro a distancia a través de Skype- Pero me temo que el mundo de la cultura va a empezar a mirarle con recelo…

-¿El mundo de la cultura?-comenta Homper con retintín- ¡Hummm!….Qué simplificación

El Hombre Perplejo está convencido de que este ectoplasma conceptual aparece normalmente cuando los investidos por la gracia de la verdad y la virtud cívica consideran que los demás vivimos aborregados. Ellos, además de ser cómicos, artistas, plumistas o filósofos, quieren ser el Pepito Grillo nacional. Y lo mismo que Moisés habló desde el Sinaí con las Tablas de la Ley en la mano, “el mundo de la cultura” plasma de vez en cuando  en un manifiesto la verdad revelada.

-Qué pena que ignoren a los  que de verdad tienen las ideas claras, tía.

-Como este chico…¿Has leído su artículo del pasado sábado?…

Homper tampoco lo había leído. Lo busca en Internet y lo lee. Se titula La costumbre de la infamia. Es valiente, implacable, esclarecedor. No vale la pena destriparlo aquí. Uno, como la tía Clota, debe aspirar a que todo el mundo optimice el tiempo que dedica a la lectura. Y no tiene sentido que reproduzca lo que con tanto tino y conocimiento de la historia ha dejado para la reflexión ese magnífico escritor. Para eso está el invento de los enlaces. Un solo click y pasas de lo que dice un bloguero cualquiera a lo que piensa y escribe Antonio Muñoz Molina.

Él también pertenece  al “mundo de la cultura”,  es de izquierdas y firma manifiestos. Pero, a diferencia de otros, ni se traga ruedas de molino ni tiene pelos en la lengua.

La moto Guzzi y otras debilidades del padre Bonete

¿Quién soy yo? no es pregunta fácil de responder. Aún le ocurre al Duende que va con alguien por la calle y se cruza con otra persona  que se le acerca y le da un abrazo mientras grita: ¡Echegoyen!…Y el compañero de paseo se sorprende y, después del encuentro, le pregunta la razón de que le llamen así. Y el Duende explica que casi nunca ha sido el que es, y que en la adolescencia colegial, y por aquello de que lo vasco estaba de moda y caía la mar de bien gracias en parte al Athletic de Bilbao (entonces, por cierto, Atlético, que había que cuidar la lengua del Imperio, tan bobo Franco entonces como ahora la Generalitat de Cataluña) deseó tener un apellido vasco.

El suyo es catalán. En el reduccionismo paleto de la época, la imagen del catalán era la de un señor roñoso que salía en las comedias, en las zarzuelas  y en los chistes como vendedor de medias  o industrial interesadillo. Véase el pintoresco viajante de comercio de Katiuska o muchos años después el fabricante de porteros automáticos de La escopeta nacional. Y el Duende pensó que mejor llamarse como un deportista vasco. Por no plagiar a los del Athletic, tiró de gacetillas del frontón Jai-Alai y vio que se anunciaba un partido Salsamendi-Echegoyen. Le pareció  más serio el segundo apellido, y partir de entonces, y hasta el final de la etapa escolar, sus compañeros y amigos tanto le conocieron por su verdadero patronímico como por el seudónimo con el que se camufló.

Pero para los que le conocieron más tarde, el Duende puede ser otra mentira. Por ejemplo para Antxon Urrusolo es, sobre todo, el padre Bonete, la caricatura radiofónica que le llevó a invitarle a Aspaldiko. Al padre Bonete siempre le imaginó el Duende igual que ese curilla con sotana y paraguas abierto tallado en madera que venden en Santiago de Compostela como souvenir turístico con la leyenda Chove en Santiago. Para completar su arcaica imagen, a tono con la moral que predica, el Duende le montó en una motocicleta Guzzi Hispania roja, de grandes ruedas y motor de inconfundible ronquido que era un icono en las calles de los años cincuenta del pasado siglo. El padre Bonete iba  a su servicios religiosos en Guzzi y con su manteo al viento. Paradójicamente, si se le comparaba con la del Zorro de Douglas Fairbanks (ahora Antonio Banderas), su estampa de jinete mecánico era pura modernidad.

Ahora una Guzzi Hispania es algo tan estético y  tan representativo de una época que sirve para decorar escaparates. Y en uno de éstos la vió Jorge Prádanos, ex compañero del Duende en RNE afincado en Sevilla, periodista, gastrónomo, cocinero refinado, compositor y cantante, alma de bohemia, pecador contumaz y, quizás por ello, también nostálgico del padre Bonete. Sabedor de que éste sólo perdonaría sus deliquios de la carne después de una penitencia que habría de incluir, cómo no, una invitación a degustar alguna de sus exquisitas recetas, Jorge Prádanos vio una Guzzi Hispania en el escaparate de una tienda de trajes de sevillana que ya presenta sus nuevos modelos para la Feria de Abril. La fotografió, y mandó las fotos al padre Bonete con una larga y cariñosa carta en la que recordaba sus años juntos en la radio, le mostraba su afecto y le pedía perdón por sus pecados. Ego te  absolvo a pecatos tuos…

¿Y quién soy yo?-se preguntaba el Duende. Pues un hombre sin identidad clara, pero hoy sólo un amigo agradecido. Que, como muestra de su afecto a Jorge Prádanos, se atreve a reproducir aquí una receta de éste que le encanta al padre Bonete y con la que cualquiera puede cosechar elogios sin meterse en grandes gastos. Tomen nota, que para algo tenía que servir alguna vez este blog.

Pechugas rellenas á la maniére de Jorge Prádanos

-Se compran las pechugas de pollo abiertas en librillo. Cuanto más finas sean las tapas del librillo, mejor. Se rellenan con una loncha de jamón. Se salan (muy poco) y  se les pone algo de pimienta molida. Se rebozan en harina, se doran en un poco de aceite y se retiran.

-En  la misma cazuela donde se doraron las pechugas, se pocha gran cantidad de cebolla. Cuando la cebolla esté transparente, se vuelven a meter en la cazuela las pechugas. Y se las cubre con zumo de naranja.

-Se les pone a fuego medio durante 25-30 minutos (dependiendo de la cocina y de la cantidad), añadiendo vino de Jerez (seco u oloroso, mejor que dulce), una hoja de canela y pimentón de la Vera picante, al gusto.

- El resultado es un segundo plato delicioso y muy lucido, que todo hay que considerarlo.

Pues hale, a disfrutarlo.

Un recuerdo Deliberado

Recuerda el Duende una búsqueda de palabras en la que hubiera perdido todas las horas.

Las necesitaba para expresar la belleza de unas manos de pastor cortando limpiamente con el filo de una navaja una tajada de pan de hogaza. Presionando con un dedo de la mano izquierda contra aquel iceberg de corteza dorada y miga bien prieta, mantenía el hombre un trozo de chorizo. Era la porción de chacina manifiestamente más pequeña que la del pan, pero su mano derecha manejaba la navaja con tal destreza y precisión,  que conseguía administrar el almuerzo logrando el milagro de la proporción absoluta. A cada rebanadilla  de pan, correspondía matemáticamente su rodaja de chorizo.  De modo que, antes de cerrar la hoja  plateada, ya adelgazada por tanto uso, y de guardar la navaja en su zurrón, el pastor había engullido un último bocado en el que coincidían, como en un matrimonio perfecto, un buen taco de pan de trigo y un pellizco diminuto, pero suficiente, del valioso chorizo.

El pastor echaba un trago de vino áspero de la bota, se limpiaba con la bocamanga las pocas miguillas que se le habían quedado en el morro, se restregaba las manos y las ponía a calentar en la hoguera. Entretanto,  tragaba el último bocado y cerraba luego los labios para repasar discretamente con su lengua la dentadura y devolver la blancura a su sonrisa. Y aquí paz y después gloria.

Pongamos que eran las diez de la mañana de  un día de invierno como hoy. Y que sobre el posío verde de la dehesa aún blanqueaba el manto de escarcha que había tendido la noche. Sólo unas avefrías  que empezaban a buscarse el sustento hurgando en el pasto alteraban la paz y el silencio de aquel momento.

Siempre hubiera querido el Duende ser “un hombre sencillo que escribe sencillamente” –como el propio Miguel Delibes se definía- para contar con precisión y algo de emoción esta estampa diminuta que se le quedó grabada de su infancia en el campo. Le llamó la atención su insignificante belleza, que tanto brilla en las observaciones sobre la vida al aire libre que recogen los libros del maestro. Y hubiera perdido todas las horas que ha ido malgastando tontamente para poder contarlas como él.

Por cierto, ya se encargarán los que más saben de recordar los indispensables. Pero se permite el Duende recomendar uno de sus libros menos conocidos que se titula precisamente Mi vida al aire libre. Habla, cómo no, de su contacto con el campo y sus meditaciones sobre el mismo, de sus gentes, de la patirroja, de la pesca de la trucha, de su casa de Sedano y de sus paseos en bicicleta por las carreteras de Castilla con su adorada Angeles. Guarda muchas pequeñas joyas intimistas y sencillas.

Como las que hubiera querido engastar el Duende entre este pan y chorizo que se desayunaba el pastor.

Viajando por Euzkadi con una bolsa de higos secos…

San Juan de Gaztelugache, sobre un peñón que se adentra en el mar CantábricoNo era el consciente ni el subconsciente. Era el inconsciente, si es que existe, el que  le llamaba la atención.

-¿Pero tú estás chiflado?-le reprochaba- ¿Tú crees  que esa es manera de presentarse en la Casa de Juntas de Guernica?.

Hasta al inconsciente, que debe de ser por esencia un insensato, podría tener razón en este caso, frente al cual el Duende se encogía de hombros sin saber qué responder. Él mismo se acaba de clasificar como un absurdo andante cuando el sábado 5 de octubre de 2010, a eso de las cuatro de la tarde caminaba por las calles de Guernica comiendo deliciosos higos secos del Jerte que extraía de una bolsa de celofán transparente. Figues Séches, Getrocknete Feigen, decía el rótulo impreso en la bolsa. Nada  de cómo se dice higos secos ni en inglés ni en vascuence.

Resultaba difícil de explicar: ¿qué pinta uno comiendo higos secos por las calles solitarias de Guernica un sábado de febrero a las cuatro de la tarde? ¿Y cómo se atreve a visitar luego la Casa de Juntas, el sancta sanctorum del nacionalismo vasco, con un bultito entre las manos que, como mínimo, haría recelar al vigilante de la entrada?

La respuesta empieza en San Juan de Gaztelugache, un reto para los muslos y una meditación para el espíritu. No hace falta conocer todos los detalles que emparentan  a esta ermita con el monasterio de San Juan de la Peña en Huesca. Ni su papel en la historia del señorío de Vizcaya, explicada en los paneles turísticos que jalonan la ruta desde la carretera costera hasta lo alto del peñón donde se yergue el monumento. Ni las numerosas leyendas, macabras muchas de ellas, que dan fama a este lugar.  Desde hace unos años, y consciente de que es imposible recordar diez minutos después de haberla leído la historia de todas las piedras ilustres que el curioso ve a lo largo de su vida, el Duende mira, lee y olvida. Y luego recrea con la imaginación, medita y se pregunta. ¿Qué llevaba a los hombres a levantar esos templos en esos lugares tan bellos como inhóspitos? ¿De qué metal precioso era aquella fe que les movía? ¿Cómo aguantaban el esfuerzo de levantar piedra a piedra sus paredes para luego vivir  la soledad, el aislamiento y las privaciones que allí encontrarían?

El frío, sobre todo el frío…Se veía el Duende monje guardián de la ermita, en una oscura noche de invierno de la Edad Media…¿Cómo aguantarían, sobre todo, Señor, tanto frío?…

Para llegar a San Juan de Gaztelugache, en la costa entre Baquio y Bermeo, hace falta primero bajar al nivel del mar. Y luego ascender casi doscientos cincuenta escalones por una senda que zigzaguea hasta la cumbre del peñón. Una vez allí, y en un día luminoso y transparente como insospechadamente encontró el Duende, se desafía al viento del nordeste, se respira hondo, se mira el horizonte infinito, se escucha el rugir del Cantábrico que muerde los pies de aquel roquedal maravilloso, se tocan  trece  campanadas para que se cumpla algún deseo –por ejemplo, que no le falten a uno las ganas de seguir curioseando- y, después de todo ello se confirma lo sospechado: gracias a los que afirmaron su fe con piedras como esas uno puede seguir buscando la suya sin desesperar. Siempre se encuentra algo en el camino. Aunque a veces éste, como avisa Don Quijote, es mejor casi que la posada..

Así fue que después de tanta dosis de espiritualidad la carne pedía su vez. Y el Duende rindió culto a los pinchos de Bermeo y, sobre todo de Mundaca, en la boca de la ría donde la ola de la izquierda hace la gloria de los surfistas. Y se asomó a esa reserva de Urdaibai que anhelaba conocer. Y paró en Guernica, tan vacía y silenciosa a esa hora del sábado que aún parecía esconderse del fantasma de la Legión Cóndor. No encontró el viajero ni una cafetería ni una confitería abierta para llevarse a la boca un toque de dulce a modo de postre. Sólo un diminuto supermercado donde dio, por suerte, con una bolsa de higos secos del Jerte. Unas auténticas delicatesse de finísimo sabor y de probados resultados para algo tan importante cuando se viaja, como es regular el tracto intestinal. Desgraciadamente, y por no poner en circulación otra bolsa de plástico más que se lleve el viento, el Duende renunció a la que le ofrecía la cajera y  salió con la de higos en las manos. Mientras paseaba por el casco urbano de la histórica ciudad la abrió y comía de ellos. Cuando se topó con la Casa de Juntas, y quiso traspasar su umbral, se dio cuenta de su error. ¿Cómo se interpretaría la insólita carga que llevaba en sus manos? ¿No era una insolencia, una falta de respeto, una provocación?…

-¿Puedo?- preguntó el Duende muerto de vergüenza al celador de la entrada.

-Naturalmente –respondió éste con una sonrisa mientras le alargaba un folleto para guiar la visita.

Hay a la entrada de la Casa de Juntas una fila con las banderas reglamentarias. Y entre ellas, naturalmente, la de España. No se puede universalizar como signo de normalización, pero desde luego el Duende pasó con una bolsa de higos secos y vio el mítico roble viejo y el nuevo árbol mientras liquidaba su postre itinerante. Y no pasó nada.

Treinta y cinco años tampoco son nada

En algunos casos, te miras en las nubes que pasaron hace tanto tiempo y te sigues reconociendo en ellas...

Reencuentra  en Bilbao el Duende a uno de esos primos-amigos que van cosidos a su biografía con un hilo irrompible.

Incontables experiencias juntos. Memorias de asfalto y de campo. El mismo colegio en Madrid, el mismo paraíso entre los pinos de Arenas de san Pedro o en los encinares del Monte el Rincón. Recuerdos  de pan con chocolate, de pescar juntos, de perseguir lagartos antes de que fueran especie protegida,  de ir al cine, de colarse en alguna exposición con cocktail  que servía José Luis –entonces un canapé era un tesoro- de su primera motocicleta, de subir al  pico de la Mira y  compartir la tortilla de patata en el Prado de las Pozas, de leer al calor de la chimenea las viejísimas ediciones de las novelas de Julio Verne o los tomos de la maravillosa revista Alrededor del mundo encuadernadas en piel y ya casi desvencijadas por el uso, del Charco Verde, de alguna niña que ya apuntaba tetitas. (De esto, menos. Él era aún más piadoso y paradete que el Duende)

Pero aunque guardaban un cierto parecido físico, ambos rubiascos y cruditos, había entre elllos diferencias.  El primo-amigo Manuel tocaba a la guitarra el Romance Anónimo de Juegos prohibidos y estaba dotado de muy buena cabeza. Era lo que se dice un matriculín, y además con dieciseis año su padre le mandó a estudiar un verano en Inglaterra. Él firmaba la primera postal que el Duende recibió de esas tierras, que entonces se le antojaban tan lejanas y misteriosas como la Antártida. El Duende sabía que iba a tardar muchos años en viajar tan lejos,  de modo que guardó aquella postal tal que si fuera la pluma del gorro de Robin Hood.

El primo Manuel no era hombre de muchas palabras, pero todas las aplicó bien. Se hizo arquitecto y se casó con María, matrícula de Bilbao, como la película de  Wajda. Y se instaló a orillas de la Ría. Allí tuvo que apretar los dientes y aguantar  lo suyo, que fue lo fácilmente imaginable y algún tumor desaprensivo que aún le tuvo más amenazado. Pero  nunca se recibieron noticias de que desmayara. Entretanto, los dos viejos primos-amigos  apenas se vieron. Habían creado sendas vidas nuevas. Carreras por completo distintas, hijos que les  crecieron a cada uno sin que el otro apenas se apercibiera de ello, nietos de los que poco saben uno del otro.

-¿Te has fijado que apenas hemos nos hemos comunicado durante  más de treinta y cinco años? – comentó el Duende.

Y sin embargo ahí estaba, invitado en  la bonita casa del primo-amigo Manuel, tan fresco.  Manuel ya cumplió casi todos sus deberes, e  inicia ahora  con María  y con su barquito una plácida jubilación.

Hablaron entre ellos como si se hubieran visto la semana pasada, con una naturalidad que no dejaba de chocar después de tanto tiempo sin compartir aventuras.  Se acordó el Duende de la  letra del tango, y pensó que a veces  las fcanciones se quedan cortas.  Para unos buenos compañeros de infancia -esa edad prodigiosa donde el alma es aún se está horneando como un pan- veinte años  años no son nada. Pero treinta y cinco tampoco son demasiados.

Tiempo de Braulios, tiempo de costuras…

Carlos Herrera ironizaba en Onda Cero sobre el alcance de la última medida propuesta por el gobierno para animar la economía. Según él, no es fácil crear trescientos cincuenta mil puestos de trabajo reformando la casa. O sea, llamar al Braulio de turno, encargarle un trabajito y pensar que así vamos a salir de la crisis…Y el Duende lamentaba lo de la crisis, por España, más que nada. Pero no dejaba de sentir un cierto orgullo de paternidad por Braulio, su entrañable chapuzas, en tiempos compañero de micrófono del mismo perspicaz periodista que ahora le eleva a la antonomasia. Quíén te ha visto y quién te ve, amigo Braulio.

No es la primera vez que le recuerdan sus camaradas de antaño. También le invoca alguna vez José Ramón de la Morena, que habla de deportes en El larguero con una jerga cheli muy del gusto del mago el tornillo rosca-chapa. La radio no la ve nadie, y las palabras sin imagen duran menos en la memoria que las migas que dejaba Pulgarcito en el camino para no perderse por el bosque. Pero sorprendentemente, algunos rasgos de las caricaturas que pasaron aún permanecen. Hace unas noches decía  José Ramón que los kilos de más que ha echado Ronaldinho en Italia son porque está grueso de los nervios, como Doña María

Escuchándolo a solas en casa,  el Duende taciturno se sonreía por lo bajini.

Vanitas vanitatis de un lado, la cosa tiene su enjundia para la reflexión. Tanto demonizar el ladrillo y ahora volvemos a descubrir que da igual éste que el hormigón, el panderete, la mampostería, el encofrado, el talochado, el acuchillado, el gotelé o reponer el fuminaya –precioso nombre de significado nebuloso-de la cisterna del inodoro. Tanto dan, que nos dan lo mismo. Eso sí, con tal de que se mueva el dinero y algo quede en las exhaustas arcas de nuestro estado de bienestar. Es tiempo de Braulios.

Hemos pasado de ser los reyes del mambo de la economía a ajustar, remendar y dar la vuelta a los abrigos de nuestro devaluado becerro de oro. Quizás no sea casual que la novela del momento se llama El tiempo entre costuras, de María Dueñas. No la ha leído el Duende, pero se la recomiendan por todas partes, y quizás venga bien para probar las puntadas que se pueden  hacer para vestir a esta España en pelotas. De momento, ya anda uno buscando por el barrio a un Braulio que venga a su casa para la delicada chapucilla de colgarle un soporte para la bici y un armario metálico en la pared de garaje. No es mucho curro, cierto, ni hace falta más que unos brazos robustos y un taladrador con una broca capaz de agujerear el hormigón. Pero de momento, cuando lo comenta en el bar de al lado, repleto de braulios en paro, éstos le miran como si estuviera chiflado.

Y no sabe qué cara pondrían si además dijera que necesita una factura con IVA.

¿Y si lo arreglamos con vacas gordas?

Para que nos vayamos mentalizando...

Se queda perplejo Homper cuando piensa que siempre estuvo al margen de casi todos los vaivenes de  su época. Resuenan en su memoria grandes enunciados que parecía que iban a marcar el devenir de España. El Plan de Estabilización, los Planes de Desarrollo del franquismo. Los Pactos de la Moncloa, el desarrollismo y la modernización que marcaron los Juegos Olímpicos y la Expo del 92, el esplendor del I+D -aunque  nunca supo exactamente en qué consistía- el ladrillazo, el boom de la construcción, la consolidación del estado de bienestar, la Tierra de Promisión de Zapatero, el nuevo modelo económico.

Y la crisis.

-Nunca supe verlos, nunca me enteré cuando los estaba viviendo, nunca podré decir que vislumbro su final. Siempre me he visto como un juguete del destino.

Y sin embargo quisiera enredar en ellos. En medio de su escepticismo visceral late un corazón cándido. De vez en cuando piensa convencido que hay que ver el panorama con un punto de ingenuidad. Más aún: aunque pueda parecer irresponsable,  se ha convencido de que hay que creer en los políticos. Siempre fueron criticados éstos, en la dictadura y en la democracia. Y sin embargo, gracias a pesar de ellos, nadie sabe por qué las vacas flacas empiezan a mejorar y de repente el mundo habla del milagro español.

-Entre todos podemos arreglarlo –se dice para alimentar así su endeble fe del carbonero.

Eso sí, no tiene la menor idea de cómo. Se acaba de enterar de que este mes de febrero sólo hemos sumado ciento dos mil y pico de parados más. Qué desgracia y qué desastre que aceptamos resignadamente como si fuera una borrasca más de este invierno tan rabioso. Mira Homper las colas de parados ante las agencias de empleo. Se imagina en ellas, junto con sus hijos, su yerno, sus nueras, sus hermanos, sus amigos.

Se queda estupefacto de que, en este estado de postración colectiva,  aún haya gente que sonría por la calle. Y sigue dando vueltas a la cabeza. Lo podemos arreglar, lo podemos arreglar. Cualquier día de éstos el gobierno lanza otra Cow parade a escala nacional y siembra el solar patrio de simpáticas y coloristas vacas gordas. ¿No lo sabían? La economía es un estado de ánimo…

Esperando a Javier Bardem

Paz es una cajera de supermercado tan soñadora que cree que entre todos podemos arreglarlo casi todo...

A pesar de ser lunes, Paz despertó llena de buenos deseos. Por ejemplo, quería que alguien le explicara qué era eso de www.estosololoarreglamosentretodos.org, para ponerse ella misma a arreglar.

Arreglar lo que fuera. Una licenciada en Filología Inglesa podía ser algo más que cajera de supermercado. Eso creía ella, que era más bien modesta y no se hacía castillos en el aire. Quería aportar algo y no sabía cómo. Quería hacer amigos, el bien,  trabajar por la patria, levantar el país, ayudar a los demás,  volcarse en el activismo social. Tan buena y generosa era que no parecía de este tiempo Por eso no se quejaba mucho de su condición,  al contrario de lo que era el clamor de su madre

-No sirvió de mucho que te pusiéramos Paz, que era tan bonito y tan evocador. Ya ves cómo está este mundo de violencia. Una mierda. Y menos aún que hiciéramos el esfuerzo de pagarte la Universidad…

Paz se preguntaba, en efecto, cómo en la España de Franco que vivieron sus padres proliferaban las paces y las marypaces mientras que en la suya se había postergado este bonito nombre en beneficio de extranjerismos, nombres de princesas y de protagonistas de culebrones. Ella no conocía más Paz que la Vega, que pertenecía a la galaxia de las estrellas de cine, y a ella misma. Y estaba encantada de llamarse así, aunque a veces se veía demasiado pequeña para ir pregonando en su nombre algo tan importante.

-Madre, es que a lo mejor soy muy poquita cosa-se atrevió a contestar.

Su madre le dio un bofetón y salió de la habitación dando un portazo.

No le importó demasiado, ya sabía que su madre era muy rebelde y tenía muy mal carácter. Ella había conseguido combatir la monotonía de su trabajo novelando sobre lo que haría cada uno de los clientes con su compra. A partir de ahí veía familias, diseñaba casas, imaginaba otras vidas que, aunque no fueran fascinantes, serían con toda seguridad, diferentes de la suya. Su compañera Sonia aseguraba que un día pagó en su caja el mismísimo Carlos Larrañaga, que justo en ese momento acababa de licenciar a su última compañera sentimental. No le dijo nada, pero cuando pasó el código de barras de un Netol por el lector de precios, pensó que sin duda sería para limpiar los botones dorados de su flamante blazer. Qué emoción -pensó Paz –Yo nunca he tenido la suerte de ver de cerca a un galán…

Pero al despertar el primer lunes de marzo, el mes que traerá la primavera, recordar en sentido de su nombre y, por qué sería, por qué, el entretodospodemosarreglarlo, comprendió que estaba cercano el día en que no sólo podría ver a su actor favorito, sino incluso tocarlo, si la manifestación se apretaba y tenía la suerte de colarse entre las primeras pancartas. No podía hacer otra cosa, ella se llamaba Paz, y sus padres, tan radicales cuando la parieron, le habían educado en los valores tradicionales de la democracia por la que tanto lucharon. Sobre todo en el amor por la libertad y en el desprecio por las dictaduras.

-Me llamarán- se decía- Me llamarán para que me manifiesta con ellos y al fin podré verle, e incluso tocarle…

Muerto el disidente cubano Orlando Zapata, Paz esperaba que de un momento a otro Javier Bardem y sus amigos los pacifistas a ultranza  lanzaran la convocatoria  para manifestarse en la calle contra la dictadura castrista. Y ella estaría con él, naturalmente.

-Entre todos podemos arreglarlo, claro – pensaba para sí mientras hacía sus funciones de cajera autómata- También esto.

Y aunque justo en ese momento pasaba por el lector de códigos de barra  algo tan poco romántico como un paquete de compresas y una bolsa de callos congelados, Paz sonreía.


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