El profesor quería explicar las bondades del estado de derecho. Y quería hacerlo con rigor, exponiendo el asunto con claridad y en un tono contundente.
Sobre todo eso. La oratoria y al retórica han de ser impactantes para captar la atención del alumnado. El profesor no olvidaba la espontaneidad de uno de sus maestros e la infancia, el padre Luis Perea, que no reparaba en palabros para que sus admoniciones dejaran huella. Recordaba cómo una mañana aquel santo varón abrió las puertas de la clase e irrumpió hecho un basilisco. Alto, enteco y con una cara afilada y pálida como de entierro del Conde de Orgaz , se plantó en dos zancadas en el estrado y lanzó su flamígero mensaje .
-¡Marica, cabrón, hijoputa!- dijo a los alumnos gesticulando como Júpiter Tonante.
Los pobres niños le miraron atónitos. Y, cambiando de tono, sonriendo ahora, puso sus manos entrelazadas sobre el pecho y con lento y dulce fraseo, completó el mensaje.
-¡Pero eeeso no se debe pintar en las paredes de los lavabos, hijos miooos!…
Claridad y concisión, Sancho. Y énfasis, mucho énfasis. A veces una expresión popular modulada con vehemencia y convicción enseña más y mejor que toda una lección magistral. Ya no clamaban tanto las iras populares contra un alto tribunal en exceso riguroso, pero otra decisión judicial venía a confirmar que el estado de derecho parece a veces perder el juicio: un filoterrorista en prisión había sido liberado para atender a su madre por una interpretación generosa de la llamada Ley de Dependencia
De manera que el profesor que tenía que explicar aquel día las bondades, y aparentes contradicciones, del estado de derecho, no lo dudó. Entró en el aula con la misma determinación de su maestro y con voz firme y gestualidad precisa dio -lo bueno, si breve, dos veces bueno- la clase del día.
-¡La madre que parió a Díez Usabiaga!…-fue todo lo que dijo.
Y salió del aula convencido de que había sido mejor lección de su vida.














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