El visitante de la Venus de Tiziano

Todas las obras maestras del Prado pueden ocultar historias más o menos parecidas a la que aquí se cuenta...

Como tantas otras voluntarias, Irma carecía de una formación específica de celadora de museos. Tampoco era una experta en psicología, pero después de observar la presencia frecuente del mismo personaje ante el mismo cuadro, empezó a hacer sus cábalas. Se trataba de un hombre muy mayor que entraba en la sala sigilosamente, se apostaba ante el cuadro Venus y la Música de Tiziano y se quedaba absorto mirándolo.

Al principio, sus visitas eran más o menos mensuales. Luego se hicieron más frecuentes y largas. Cuando entraba en la sala, se dirigía inmediatamente a la banqueta tapizada que se ubicaba frente al cuadro y se sentaba en ella. Apoyaba sus codos en las rodillas, su barbilla en las manos y observaba. Irma advirtió que a medida que el anciano escudriñaba más el cuadro, aumentaba su emoción. No parecía agotar nunca los encantos de un lienzo que probablemente, ningún especialista consideraría la obra maestra del pintor favorito del Emperador. Sin el embargo el anciano se pasmaba ante aquella Venus gordita, como mandaban los cánones de la época, sólo vestida por una gargantilla y unas pulseras, que acariciaba indolentemente a un perrillo mientras el organista que tocaba a espaldas de su diván volvía la cabeza y dirigía la mirada a ese triángulo de la desnudez femenina que los clásicos solían velar pudorosamente.

El fondo del cuadro reproduce un jardín renacentista en el que destaca una fuente monumental sobre la figura labrada en piedra de un sátiro. Pero a juicio de Balbino, un compañero con más experiencia que Irma, no era ese el centro de su atención.

-Ese tío es más rijoso que un macaco, te lo digo yo –le susurraba al oído a Irma- Hay muchos de esos a los que una de estas desnudas con firma les excita más que una película porno.

-¿Tú crees?

-Lo que yo te diga –subrayó con suficiencia.

Irma comenzó a mirar al misterioso visitante aún con más atención. Y no tardó en hacerse una opinión  completamente distinta. El cuadro evidentemente tenía un significado muy especial para el anciano, y le provocaba una emoción quizás exagerada para aquella mezcla de pintura cortesana y mitología. Miraba, suspiraba profundamente, seguía estudiando todos y cada uno de sus detalles, volvía a suspirar. Algo extraordinario debía de ver el anciano en ella. Un día, después de los quince minutos habituales que solía durar su contemplación  en silencio, Irma descubrió que por las mejillas del anciano se deslizaban dos lágrimas. Segundos después el anciano no pudo contener unos sollozos y hundió el rostro en sus manos mientras se ponía a llorar como un niño.

-¿Le ocurre algo, señor?- le dijo Irma acercándose a él.

En anciano sacó de su bolsillo un pañuelo, secó sus lágrimas y esperó a serenarse antes de tomar la palabra.

-Usted es muy joven señorita –comenzó a decir entre los últimos hipidos- Pero no sabe el milagro que es ver todas estas maravillosas pinturas y lo que ésta en particular representa para mí…

Y le contó la epopeya que durante la Guerra Civil Española fue salvar el tesoro artístico del Museo del Prado. Cómo se trasladaron desde Madrid a Valencia, y de Valencia al norte de Cataluña, y desde allí, hasta Ginebra las mil ochocientas sesenta y ocho cajas  específicamente fabricadas para embalar las piezas más valiosas  de la colección. Le contó que el presidente Azaña había declarado que era mucho más importante salvar ese patrimonio que la República, porque España podrá tener otras repúblicas, pero nada podría reemplazar a estas joyas de la pintura. Y culminó su relato explicando que, en su huida desesperada por escapar del avance de las tropas de Franco, una noche de marzo de 1939 algunos de los camiones del convoy artístico quedaron inservibles. Y que el propio Azaña y el ministro de Estado junto con unos oficiales del ejército tuvieron que detener y requisar otros tantos vehículos que transportaban población civil, armamento y heridos `para  alojar en ellos las cajas españolas, como se conocieron después a esos embalajes de incalculable valor.

-Me he pasado muchos años investigando, porque el tema me obsesionaba –terminó contando con palabras entrecortadas y voz casi inaudible- Y este es el único cuadro que me consta que viajaba en  el camión de donde evacuaron a mi madre, que estaba herida y embarazada. Lo sospechaba desde hace tiempo pero ahora me lo acaban de confirmar. Ella murió en el parto, pero el tesoro del Prado y yo nos salvamos…¿No es maravilloso?

El anciano sonreía mientras secaba las últimas lágrimas con su pañuelo y lo guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Irma entonces se inclinó, le besó en la mejilla y le ofreció su  brazo para levantarse.

-Echa un vistazo a mi sala, Balbino -dijo al pasar ante su compañero- que he me echado un novio y le voy a acompañar a la puerta…¡No  todos los hombres sois iguales!…

Fue lo último que escuchó el celador antes de ver cómo la Irma, que estaba tan buena,  se perdía  del bracete del anciano buscando la salida del museo.

11 Respuestas a “El visitante de la Venus de Tiziano”


  1. 1 El Duende de la Radio mayo 31, 2010 a las 12:48 pm

    Esta historia es la consecuencia de la clásica siesta ante el televisor.

    Al despertar de ella el pasado sábado, el abajo firmante se encontró con que en la 2 de Televisión Española estaban pasando el documental “Las cajas españolas”, de Alberto Porlán. Apasionante y apasionante: no se lo pierdan.

    Se le ponen a uno los de punta cuando se conocen los peligros que el tesoro de nuestro primer museo corrió en la infausta Guerra Civil. Y admira que, en medio de la ceguera de aquella España convulsa, el gobierno republicano acertara a llevar a cabo una operación tan delicada como la que refleja el filme. Cuando el concepto de “memoria histórica” se ha asociado tanto a lo peor de los españoles, es justo reivindicar esta otra parte de la memoria que, en verdad, engrandece nuestra historia, y a la que tanto tenemos que agradecer.

    Y no sigo porque me pongo estupendo y pedanteo de mala manera. Además, con lo que llevo escrito hoy…

  2. 2 bachi mayo 31, 2010 a las 1:34 pm

    La historia es conmovedora,como lo es también su trasfondo.Nada que ver con nuestra situación actual.Azaña vivió y luchó para crear un concepto de España con “cultura,justicia y libertad encaminadas al bien común”.

    Dónde está el bien común ahora?.No sabemos ni qué es España ni donde está.La cultura lo demostró Azaña no es de “derechas” ni de “izquierdas” sino un Patrimonio que debemos salvaguardar pase lo que pase para poder profundizar en nuestras raíces.

    Un bonito relato Duende dónde sigues demostrando tu sensibilidad para asociar un hombre agradecido con un importante hecho de nuestra historia.

  3. 3 Julio mayo 31, 2010 a las 6:49 pm

    No viene mal, o sea, que sienta muy bien, que en tiempos tormentosos o atormentados, conozcamos historias como ésta. Hasta nos devuelve un poco de humanidad y sensibilidad que creíamos ya perdida.

  4. 4 José Ramón mayo 31, 2010 a las 9:34 pm

    Hay una historia muy bonita (pero yo no me la sé) de uno de los vigilantes del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, que salvó buena parte de la colección numismática durante la guerra civil.
    En aquel descontrol de museo despatarrado en el que entraba y salía quien quería, este hombre tomó las mejores monedas (entre ellas el quaternion de Augusto, moneda de oro que vale cuatro áureos, pieza única en el mundo) y se las llevó a su casa. Dicen que hasta las metió en la tierra de las macetas de su casa (bien protegidas).
    Acabada la guerra (y supongo que perdida para este hombre), se presentó con las monedas en el museo y las devolvió.
    Imaginad la cara de pasmo del nuevo director.
    Imaginad lo bien que le habría venido malvenderlas. Seguro que estaba pasándolas canutas.

    Se conoce el nombre de esta persona, y muchos datos de su vida, pero yo no lo recuerdo.

  5. 5 José Ramón mayo 31, 2010 a las 9:35 pm

    Ah; se me olvidaba. El cuento es muy bueno.

  6. 6 MARIBEL junio 1, 2010 a las 7:06 am

    que historia mas bonita me alegro que esas siestas te sienten tan bien…saludos

  7. 7 Zoupon junio 1, 2010 a las 9:55 am

    Amén de los horribles crímenes que se produjeron en la Guerra Civil, también fueron muy numerosos los actos de grandeza como los que exponéis. Un pariente lejano ya fallecido, que era el falangista jefe de su pueblo, tuvo escondidos en su propia casa a los “rojos” locales durante muchos meses, y con toda probabilidad les salvó la vida. Por el día permanecían ocultos y a la noche los sacaban a estirar las piernas y echar un cigarrilo. Es la condición humana, entre la cizaña más espesa siempre puede espigar algo de trigo.

  8. 8 Palinuro junio 1, 2010 a las 1:11 pm

    Duende, Zoupon, llegan al corazón vuestros relatos. Devuelven la esperanza sobre la parte noble de la condición humana.

  9. 9 DOLOROSA junio 1, 2010 a las 1:26 pm

    Qué maravillosa historia y qué bien contada. Al leerla, se siente
    un viento de esperanza ante los momentos que vivimos en este mundo que parece haberse vuelto loco y donde las noticias nos amargan los días. Aunque quiero creer que en medio del caos, también ahora, surgirán historias que tal vez, dentro de unos años, alguien recordará y sentirá, como yo he sentido hoy, que la vida es bella a pesar de todo.

  10. 10 Ángela junio 1, 2010 a las 6:39 pm

    Delicioso el cuento y deliciosa también la pintura. No hay nada como una buena siesta!!.


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