El taumaturgo feliz estaba últimamente algo molesto con la vida. Sin saber exactamente por qué, ésta ya no le sonreía como lo había venido haciendo en los últimos años. Daba igual. Seguramente habría en su agenda algún acto, y tendría que aparecer en ella sonriente y radiante de optimismo, como era habitual en él.
Al abrir la ventana para respirar la primera bocana de aire puro que venía de la sierra, observó que una mancha gris oleaginosa se desplazaba lentamente por el alféizar y empezaba a trepar por el marco, como si pretendiera entrar en su habitación. Frunció el ceño, sorprendido, y cerró la ventana.
Como todos los días, se dirigió después al cuarto de baño para lavarse los dientes y preparar su siempre cautivadora sonrisa. Al destapar el dentífrico observó que, en lugar de la pasta de color salía por la boca del tubo una masa gris poco de fiar.
Mientras se duchaba, ocurrió algo parecido con gel. En el envase transparente, éste era de color blanco, pero cuando apretó el expendedor se transformó en una crema gris tirando a grafito. Aunque el gesto de repugnancia apenas tenía cabida en el repertorio de su rostro, dejó a un lado el envase y decidió lavarse sólo con agua y lo justito, como los gatos.
Fue luego a desayunar. Y al abrir el tarro de mermelada para untarla sobe las tostadas, observó que su contenido había mudado el precioso color de la confitura de naranja por el mismo gris que parecía querer amargarle el día. Asustado, dio un respingo en su silla y llamó a su secretario personal.
-Dígame, presidente.
-Algo raro está pasando. He encontrado en el tubo de la pasta de dientes, en el envase de gel y en el de la mermelada una sustancia asquerosa que me da mucho asco…Por favor, que la analicen y que me hagan un informe de cómo ha podido llegar a mí.
El asistente tomó muestras en tres frascos distintos y se retiró dejando solo al presidente en su despacho. Cuando aún no había terminado de leer las noticias que los periódicos traían aquel 1 de mayo, llamaron a la puerta.
-Adelante –dijo el Presidente.
Entraron el asistente y un hombre con bata blanca y una bandeja sobre la que descansaban un potente microscopio y tres cristalitos con otras tantas muestras del misterioso líquido. El hombre con bata blanca pidió permiso para ponerla encima de la mesa del presidente, ajustar el microscopio, poner las muestras bajo el su foco, y echar una última mirada antes de ofrecérselo al Presidente.
-¿Quiere verlo usted mismo?…
El taumaturgo feliz se inclinó sobre la mesa y puso su ojo sobre el visor.
-¡Coño, si son parados! –dijo asustado.
Se veía perfectamente: aquella masa grisácea y anónima, vista al microscopio, era una inabarcable mancha de parados. Exactamente de cuatro millones seiscientos doce mil setecientos parados que, con sus pancartas reivindicativas y sus caras de dolor y de cabreo, habían decidido abandonar el anonimato de la EPA recordar aquel 1 de mayo al taumaturgo feliz que, aunque eran microscópicos, existían.


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