Archivos para 2 junio 2010

El Mundial del Estatut

La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto, el triunfo de España sobre Portugal...Demasiadas emociones en un solo día

A las  veinte horas del martes 29 de junio de 2010 en la vivienda del piso 7º C de aquel bloque de viviendas Hospitalet de Llobregat se mascaba la tragedia. Mientras la señora Fernández preparaba una merienda cena para que toda la familia pudiera ver tranquilamente el partido de fútbol entre Portugal y España, el señor argumentó encontrarse mal para meterse en el cuarto de baño y echar el pestillo. A las veinte quince se presentaron los hijos, que quisieron encender el televisor. No encontraron el mando a distancia.

A medida que se aproximaba la hora de comienzo del partido cundió el nerviosismo. Nadie sabía dónde estaba el mando a distancia. Los dos hijos y las dos hijas de los Fernández abrieron todos los cajones de los muebles del salón, revisaron los sofás, dieron la vuelta a los almohadones, levantaron la tapa de la sopera de la mesa del comedor y hasta lo buscaron en la cocina. Nadie lo encontró. Por fin a la señora se le ocurrió que tal vez se lo había metido en el bolsillo su marido antes de encerrarse en el  cuarto de baño.

-¿Que no te habrás quedado con el mando de la tele?-preguntó a través de la puerta.

-Sí-se escuchó la voz ahogada –Lo tengo aquí.

-¿Que nos lo darías para poder encender la tele?-volvió a preguntar la señora de Fernández.

-No hace ninguna falta-refunfuñó- Además…¡tengo diarrea!

- ¡Ah, carambas!…¿Que no sabes que juega España y los niños quieren ver el partido?

-Diles que ya no tiene sentido ver a España, porque la nación española no existe. ¿O es que no se han enterado de que el Tribunal Constitucional ha salvado el Estatuto?

Al mismo tiempo, en el piso 11 C del mismo bloque de viviendas, el señor Barguñó, y muy a pesar de su familia, decidió que lo más importante que a esas horas se podía ver en la tele era un documental sobre la vida de los cocodrilos que ofrecían en un canal temático.

-¿Que no crees que sería más interesante ese partido que quieren ver los chicos?- preguntó la señora Barguñó ante la atenta mirada de la chiquillada.

-Non fotis, Remé-farfulló el señor Barguñó arrastrando las palabras- El Piqué, el Pujol, el Capdevilla, el Busquets, el Xavi y el Iniesta y el Villa, que aunque no son catalanes también son del Barça¡Siete jugadores nuestros en el Mundial y el Estatut no nos deja ser nación!…

Por fas o por nefas, ninguno de estos vecinos de Hospitalet de Llobregat vieron ni dejaron ver el Portugal-España en su televisor. Entretanto, sus hijos coincidieron en el pub de abajo, donde vieron el partido, tomaron unas cervezas  y, como tantos otros, celebraron juntos el triunfo de un equipo que todos consideraban suyo.

Ver Madrid con otros ojos

Un poco más a la izquierda, se descubre la cúpula y la esbelta torre neomudéjar de la Iglesia de la Santa Cruz, una estampa en la que probablemente no muchos madrileños han reparado...

Darle una vuelta a lo que ves todos los días, o mirar de otra forma lo que se te pone ante los ojos. Según Homper – el Hombre Perplejo, el que aún es capaz de sorprenderse por cualquier cosa- esa es una buena receta para  no ser machacado por la rutina. Lo proponía a sus compañeros de tertulia  ateneísta, que contaban sus planes de verano. Aunque nunca está demasiado seguro de casi nada, esta vez se sentía en condiciones de dictar sentencia.

-Los que estamos de vuelta de todo despreciamos la visión del turista –dijo- Creemos que el buen viajero es el que vive los sitios que visita como un natural del lugar. Pero tan paleto es viajar coleccionando sólo postales como no descubrir los tesoros de tu ciudad sólo porque están en la agenda obligada de los viajes organizados.

O sea, que de vez en cuando está bien ser turista en tu propia ciudad. Lo descubrió el día en que tuvo que pasear por Madrid a  Nora, la peluquera de la tía Clota. La quiero como si fuera una hija, sobrino- le había advertido ésta– Así que tú, que tienes tiempo y eres  un encanto cuando quieres, serás su guía ideal. Hazme el favor…

Homper refunfuñó. Recordó luego que, siendo nacido y vecino de Madrid desde siempre, no había puesto los pies en el Palacio Real y en ese rincón entrañable que es el vecino Convento de la Encarnación hasta después de cumplir los cuarenta. De manera que en el corto espacio de una semana hizo de tripas corazón y se convirtió en el cicerone de Nora, una americana de Nueva Inglaterra pecosa y pelirroja, de piel blanquísima y elegantes andares, que reunía datos tan contradictorios como ser una enamorada de la literatura española del Siglo de Oro y coleccionar dedales decorados como souvenir de los lugares que visitaba. Se sorprendió de lo agradable que es observar las crestas  monumentales de los edificios del centro desde esos autobuses londinenses descubiertos que ahora hacen el sightseeng tour de la capital, aunque fuera sentado entre una madurita peluquera de Vermont –por cierto, no fea- y una legión de japoneses y japonesas que lo fotografiaban todo compulsivamente.

-Tuve que pasar por el Corte Inglésconfesó avergonzado a sus tertulianos ateneístas-, que es donde por fin encontramos un dedal de porcelana decorado con una diminuta Puerta de Alcalá. Pero no hay mal que por bien no venga. Subimos a la cafetería y desde la última planta de ese edificio de Callao, que domina el oeste y el norte de la capital, con todos los edificios y parques de su Cornisa Imperial, descubrí otro Madrid que nunca había sospechado. Y ya veis, estaba allí, esperándonos a los que no sabemos lo que tenemos…

Nora le demostró además que todas las ciudades guardan fotos singulares en las que nunca reparan los que allí viven. Una mañana, después de recorrer la Plaza de la Paja, la del Conde de Barajas y la Plaza Mayor, se sentaron en una pequeña terraza de la Plaza de Santa Cruz. Desde su silla metálica, Homper veía la silueta de Nora enmarcada por una de las torres de aguja del Palacio de  Santa Cruz y por la cúpula y la torre neomudéjar de la iglesia vecina que lleva el mismo nombre. Y de repente sintió que estaba en otra ciudad que nada tenía que ver con ese poblachón manchego lleno de subsecretarios, como despectivamente definió Cela a Madrid.  En esa ciudad donde llevaba viviendo toda su vida y que ahora empezaba a conocer gracias a la mirada cómplice de una peluquera norteamericana que, vaya por Dios, cada minuto se iba pareciendo más a una actriz del Hollywood de la época dorada, no lo tenía muy claro: quizás Mauereen O´Hara, quizás Eleanor Parker.

Nora tomó el avión de regreso el domingo 27 de junio de 2010. Por la noche, acodado en el balcón de su palomar, Homper veía la fachada occidental de Madrid a la luz de la luna cuando a las doce en punto, desde tres barrios distantes, fueron lanzados sendos castillos de fuegos artificiales. Casi simultáneamente, al cuadro de fondo se añadieron los rayos y relámpagos de una lejana tormenta de verano. Homper suspiró: le sobrecogía ver que el viejo, el feo y denostado Madrid, fuera capaz de esa estampa de tan  singular belleza. Aunque sospechaba que el recuerdo de la turista de Vermont que coleccionaba dedales y leía a Quevedo no era del todo ajeno al momento.

Susan Sarandon y otras mujeres sin guión

La madurez nos penaliza a todos, pero a las mujeres mucho más...

La conducta del empleado de la gasolinera fue muy expresiva

-Da gusto verla por aquí, señora-dijo mientras le llenaba el depósito del Golf.

Y luego, sin esperar a la propina, le limpió el parabrisas con una esponja.

Sigo siendo una mujer interesante-se dijo-No estoy amortizada. No hay más que ver lo amable que ha sido…Y cómo me miraba.

De vez en cuando Marisa se aplicaba esa terapia. Su marido, como cualquier hombre de empresa, no estaba nunca en casa. El último de sus tres hijos se había marchado hacía un año. Y al síndrome del nido vacío se añadió que un día, treinta años después de su ingreso en la compañía farmacéutica donde fue seleccionada por su espléndido expediente y sus estudios en Boston, fue prejubilada. No sabía estar quieta, lo mismo hacía deporte que ayudaba en una ONG o se apuntaba a cursos de apreciación de música clásica. Pero de cuando en cuando le podía el desánimo. Tan lista en la universidad, tan valorada en la empresa, tan atractiva a decir de muchos. Y sin embargo tan prematuramente desaprovechada.

Aquella mañana se había levantado con el alma en los pies. Si hubiera sido tenido el mar a las puertas de casa se hubiera adentrado en él recitando despedidas en verso,  como Alfonsina Storni. Si hubiera sido Isadora Duncan, se hubiera liado el foulard al cuello y hubiera puesto en marcha el Bugatti. Y si hubiera sido Cleopatra, habría acariciado el espinazo del áspid antes de dedicarle sus últimas y muy sentidas palabras.

-Cumple tu papel, hijo, que yo ya vendí todo el pescado.

Le pasaba a las mejores de su edad. Hasta Susan Sarandon y Kathleen Turner se quejaban de que ya no cuentan para los guionistas de Hollywood. ¿Qué podía esperar ella, una química llamada Marisa que había nacido en Zamora?

Sonó el teléfono.

-Buenos días –escuchó que le decían al otro lado del hilo- ¿Sabe usted quién Pocoyó? ¿Y Caillou? ¿Está a la última de la vida de Bob Esponja? ¿Tiene la lista de los chuches más votados del año? ¿Conoce las últimas andanzas de Hellow Kitty? ¿Sabe donde queda la zona de juegos infantiles del parque que tenga más cerca?…Pues despabile, señora. Usted es muy importante, y España la necesita más que nuca.

Sonrió esperanzada. ¡Alguien creía en ella!

Debía de ser cosa de la edad, pero de repente Marisa se dio cuenta de que había olvidado cosas muy importantes. Una, que pertenecía al ASAP (Cuerpo de Abuelas Salvadoras de la Patria). Otra,  que acababan de dar las vacaciones de verano a sus nietos. Y finalmente, que todos contaban con ella para darle la oportunidad de mostrarse como una solidaria, abnegada y espléndida mujer de nuestro tiempo.

Los huevos de Christian Hernández

Hay muchas clases de valor. Y el torero mejicano Christian Hernández ha demostrado que también lo tiene a su manera...

Qué se hace cuando uno se muere de vergüenza. Qué reacción cabe cuando uno abre su verdadero almario (no armario, conste) y se revela tal cual es, a pesar de que el mundo alrededor exija justo lo contrario. Cómo se puede recuperar la autoestima cuando ocurre algo que justifica ampliamente aquella oprobiosa acusación que tanto temían los escolares de antaño. Cuando eras blandito, cuando no jugabas al pelotón –como decían los curas- o a policías y ladrones, porque no te gustaban los rifirrafes ni los recreos violentos.  O porque no resoplabas cuando el amiguete despabilado hablaba con los ojos como platos de las tetas de Sofía Loren en Madame san Gêne. Por cierto, vaya tetas.

-Nenaza, que eres un nenaza –tenía que aguantar

Y aún peor.

-Cobarde, gallina, capitán de las sardinas.

Cosas que se dicen sin demasiada cabeza. ¿Hay algún estudio científico sobe la pusilanimidad de esta clase de peces?

Pero al torero, como al soldado, el valor se le supone. Y nadie imagina que si fracasa, que si escurre el bulto y protagoniza una espantá que deja en nada las de Juan Belmonte se atreva a la sinceridad. Y más en este tiempo de buenismo generalizado hacia la condición humana. Nuestro amigo Homper –el Hombre Perplejo- se lo había comentado a su anciana y sabia tía Clota. Vio la noticia, abrió el ordenador, puso en marcha el Skype para saber de ella y comentar las noticias de actualidad.

-¿Lo has visto, tía? ¿Han pasado por vuestra tele lo del torero mejicano?

-Ni idea, hijo-respondió la tía-Aquí la pesadilla permanente es el vertido de crudo en el Golfo de Méjico.

Homper le contó a su tía, nacida en un pueblo de Granada, pero nacionalizada ahora en Estados Unidos y avecindada en en el estado de Vermont, la secuencia completa. El torero mejicano Christian Hernández en la plaza. Faena de muleta. Inicia el trasteo, no fija al toro y en éstas que tira la franela, sale de naja, salta la barrera y desde el callejón anuncia que tararí que te vi, que verdes las han segado, y que mate al toro su puñetera madre. Sólo volverá al albero para pedir perdón al respetable y cortarse precipitadamente la coleta.

-Y pásmate tía. Después reconoció ante los micrófonos que él no estaba hecho para el toreo.

-¿Así lo dijo?

-Bueno, ejem –carraspeó Homper- Añadió que para enfrentarse al toro se precisa un par de huevos, y que a él le habían faltado.

Un minuto de silencio.

-Pues qué valor el suyo –concluyó la anciana- Qué valor que en una época donde todo el mundo desplaza su culpa hacia otro lado sea tan decente como para reconocer la verdad.

El denostado torero cobarde no se escudó en lo malo que fue el ganado, ni en los abusos del empresario, ni en los turbios manejos del apoderado, ni en la consabida mala suerte. Tampoco en  la presión psicológica.

-Qué tranquila me deja, sobrino –suspiró la anciana- Por una vez hay un hombre valiente que  nos libra de culpa a la sociedad y apechuga con lo suyo.

Paradójico Christian Hernández. El hombre que fue lo bastante valiente para reconocer que le faltaban un par de huevos.

Encuentro estimulante con Javier Reverte

No todos los grandes escritores tienen interés al margen de su obra. Pero Javier M. Reverte sí.

Un ajuste de cuentas con J.S. Bach, finalmente no del todo asesinado. Un pleito en ciernes con un vecino de aquellos que el vulgo llamaría tocapelotas. Un reencuentro con la pandi de la adolescencia, en la que nos preguntábamos directamente por los nietos sin saber siquiera a ciencia cierta cuántos hijos tenía cada quisque. El fiasco de ver perder a España ante esos tíos tan opacos y aburridos que, según Harry Lime, el villano de El tercer hombre, sólo han aportado a la civilización el queso con agujeritos y el reloj de cuco Una contusión en el tobillo con el esquinazo de la cama por quererla hacer precipitadamente, magna putada de dolor inolvidable. Labores de  abuelo/canguro, inevitables por otra  parte. Los pocos compromisos profesionales que le quedan. Un cocktail en el Ritz al que le invitaron los amigos de Terras Gauda, criadores de un excelente vino del Rosal y otros asuntos personales ocuparon la semana de este bloguero. El caso es que, por fas o por nefas,  apenas salió a pasear con el cazamariposas de asuntos varios, elemental para su afán de duende. Y así le ha lucido el pelo.

También planeaba sobre él ese sol obstinado que a veces abrasa sus ilusiones: no te empeñes, colega, nunca pasa nada, y seguramente ya has dicho y escrito todo lo que tenías que escribir. O sea, el fantasma de la nada existencial, la náusea sartriana, el eco de la pregunta angustiosa que uno se hace cuando abre la gatera de su blog y mira dentro: ¿hay alguien ahí? Lo comentaba con Wallace, un viejo amigo que solía visitar este diván de psicoanalista barato y que se personó en el concierto de marras. Tarde o temprano todos acabamos encogiéndonos de hombros y pasando. Nunca pasa nada.

Y sin embargo pasó. Deambulaba el Duende por el aeropuerto de Bilbao cuando apoyado en un velador y ante una copa de vino blanco vio un rostro que le era vagamente familiar. Aquello de ¿dónde di con  este hombre alguna vez? Lo había visto en las contraportadas de muchos libros y en directo, presentando sus novedades literarias en los estudios de la SER, RNE y, muy recientemente, en la COPE. Y de repente se cayó del guindo. Aquel hombre de cabello cano revuelto, ojos claros y machadiano torpe aliño indumentario que me reconocía era uno de sus ídolos literarios. O más que eso, un maître á penser y, sobre todo, un maître á vivre, que dicen los franceses.

El duende que escribía poesías a su madre por el día de la ídem había querido ser después sucesivamente escritor como Salgari , Julio Verne, Agatha Christie, Charles Dickens. Joseph Conrad o García Márquez. También quedó deslumbrado en su día por Gerald Brenan, más próximo al hombre del aeropuerto. Pero desde su reciente madurez, cosa de ayer mismo, sólo soñaba aunar la escritura de la imaginación con la de la vida misma, viajes y pluma. O sea, lo que hace Javier Martínez Reverte, más conocido como Reverte el bueno. Leyó el bloguero su  muy famosa y vendida Trilogía de África y quedó literalmente fascinado por ese modelo de libros que unen documento y novela, aventura e historia, épica y lírica y subyugan como ninguna otra cosa al lector curioso. Comprendió entonces el Duende que eso era exactamente lo que hubiera querido hacer y escribir.

-No conozcas jamás a un creador en persona-le recomendaron a uno hace tiempo- Porque todo lo mejor de él lo ha volcado ya en su obra, y luego no tienen el menor interés.

Suele ser cierto. Con excepciones. Javier Reverte es  natural y simpático. Tan modesto, que si le dicen a uno que es representante de chuches, se lo cree. Le invitó a una copa, le llevó de Barajas a Madrid en el coche con chófer que su editorial pone a su disposición, y habló más de otros libros que de los suyos. Por ejemplo, del titulado Soldado de poca fortuna que escribió un tal Jesús  Martínez Tessier, casualmente su padre, que después de perder la Guerra Civil como soldado republicano perdió la Segunda Guerra Mundial como soldado de la División Azul.

Además, al contrario que otros revertes de mucho pisto, Javier es humano. Cuando el Duende le tarareó Se ha cortao el pelooooo, ¡la novia de Reverteee!…él continuó la copla dedicada a su homónimo más famoso, el torero sevillano Antonio Reverte, que inventó el quite de la revertina. Tan accesible y básico parece este gran escritor que vive cerca de un Corte Inglés y le gusta el fútbol. Aunque, qué lástima, sea del Real Madrid. Pero es humano al cabo, insisto,  y como buen conocedor de las flaquezas del prójimo no se molestará que el menda le recuerde que quedó en regalarle no un libro suyo, sino el de su padre, ese luchador que vivió del periodismo porque, después de haber perdido dos guerras, estaba claro que no podría ganarse la vida como soldado. Así se lo contó a este escribidor Javier Reverte, o sea, Reverte el bueno. Y así lo hace constar en un post cuyo verdadero sentido se puede resumir parafraseando otra copla: Me debes un libroooo/No te lo perdono….

¿Será asesinado Bach en la Castellana?

Lo del crimen sólo es una hipótesis. Pero lo del concierto es cierto.

Todo era suave, algodonoso, irrelevante, lento. Era la infancia. En su libro de memorias “El tiempo amarillo, Fernando Fernán-Gómez cuenta con mucha gracia la emoción de abandonar la habitación interior con derecho a cocina que habitaba con su madre y con su abuela en la calle Alvarez de Castro de Madrid para ocupar otro piso exterior de la misma casa. Habían mejorado de fortuna, y ahí el niño pelirrojo podía entretenerse mirando cómo pasaba  la gente, el carrito del lechero, el de los portes a domicilio, el tranvía y algún que otro vehículo más. También las nubes, y los vencejos, que gustan de hacer cosquillas a cualquier pedazo de cielo madrileño. Qué apasionante, ver la vida de la ciudad cuando antes tus ojos sólo se entretenían con un calendario de La Unión Española de Explosivo colgado de la pared.

Para el Duende en esa misma edad los días eran iguales a sí mismos. A los cuatro o cinco años, ya te crees que has vivido un siglo. Haces memoria: ¿cuántas mañanas has despertado? ¿Cuántas veces te has quitado las legañas con el agua fría? ¿Cuántos tazones de leche con pan te has desayunado? ¿Cuántas veces has visto desde el balcón al tendero de enfrente desplegando el toldo de su mercería? ¿Cuántos autobuses habrán pasado por tus ojos? Le bajaban al Paseo de la Castellana, por cuya calzada central aún pasaban coches de caballos con turistas. Él jugaba con otros niños y de cuando en cuando se quedaba mirando a unos obreros que soldaban una viga de lo que luego sería el Hotel Fénix. A eso de la una, los obreros dejaban la obra, se instalaban en un banco del paseo, sacaban su tartera de aluminio y su bota de vino, almorzaban el guiso que traían de casa y se echaban la siesta al aire libre. El Duende sentía envidia, y pensaba que de mayor quizás le gustaría ser obrero para comer y dormir en la Castellana.

El otro espectáculo es que a lo largo de la mañana, o de la tarde, pasaban a caballo por la calzada lateral de los números pares  una profesora  de equitación inglesa, pelirroja como Fernán-Gómez, con su gorra negra y una ristra de alumnos que la seguían. Debían de venir del Retiro, pero ¿a dónde iban?  Al dejar atrás las obras del Fénix y antes de superar el ahora novelesco salón de te Embassy, pasaban ante la pequeña iglesia de La Paz. Es un pequeño edificio, un pastiche neorrománico unido por un diminuto claustro a la casa parroquial. El inquilino es sólo un humilde pastor protestante, pero vive a pie de calle en la avenida más señorial de Madrid.

El tiempo no ha pasado para esta sucursal de Martín Lutero, pero sí  pasaba para el Duende. Unos años después, y tras haberse embarcado en las novelas de misterio y crímenes de Agatha Christie, imaginaba que esa iglesia era el escenario ideal para que alguno de sus protagonistas perpetrara un buen asesinato.

Era premonición.

El Duende canta ahora en el Coro de la Sociedad Bach de Madrid, que, oh casualidad, tiene su sede ahí. Esta tarde a las veinte horas se celebra un muy sencillito concierto de verano, integrado básicamente por piezas corales del genio de Leipzig. El crimen imaginado no era por tanto el del pastor, ni el de su señora,–que, por cierto, canta en el coro-, ni el de Lady Elizabeth Montagu, ni el del juez Margrave, ni el del mayor Melcaft ni el del repartidor de Embassy, que se acercaba por ahí a dejar el mandado de sándwiches y tarta de limón. Cantar música barroca con precaria técnica vocal es casi imposible, de modo que el asesinado va a ser probablemente el propio Bach. Y el perpetrador, quien esto firma.

Disfrute del privilegio de asistir a un crimen en directo. Asista al concierto, si lo desea: la entrada es libre. Y brinde después por el asesinato con un cocktail de champán de Embassy, que deja muy buen sabor de boca y está a menos de cien metros.

“La Roja” y los políticos

¿Pan y circo? ¿O arrimarse al sol que más calienta?...

¿Se imaginaba Iker Casillas que podría ser más patriota que  Andrés Torrejón, el legendario alcalde de Móstoles? ¿Y David Villa que  iba a ser un Don Pelayo de nuestro tiempo? ¿Pensaron alguna vez Marchena, Ramos y Navas ser más conquistadores que San Fernando, que se conformó con su Sevilla? ¿Soñaron, en definitiva, los de la roja emular al Cid, o a los Reyes Católicos, o a Carlos V, que, según nos contaron a los niños de mi generación, hicieron grande a nuestra nación?…Ni de coña, claro. Un futbolista es un chaval que juega a la pelota porque le divierte. Que luego ésta se le vaya de las manos -a ellos, mejor de los pies- para convertirse en el epicentro del deporte y, más aún, de las ilusiones de muchísima gente, y, más aún, de la patria misma, es algo que no estaba en su guión.

Pero el hombre propone y Dios dispone. Quizás querían sólo cumplir ese sueño que todos ambicionamos de ganarnos la vida con aquello que más nos gusta. Pero mira por donde se han convertido en hombres ejemplares incluso para aquéllos que, por su oficio, deberían serlo de verdad. O sea, para los políticos. No es que éstos compitan ya por hacerse más fotos con la camiseta roja: están acostumbrados a correr siempre “en auxilio del vencedor”. Es que hasta el presidente del Congreso José Bono –más amante de la hípica, como se sabe, que del fútbol-  pone a la Selección Nacional como paradigma de lo que es o debería ser España: muchachos procedentes de distintas regiones o nacionalidades y distintas sensibilidades que en su casa quizás hablen catalán, vascuence, gallego o castellano, pero que en Sudáfrica hablarán el mismo idioma para conseguir algo que les interesa a todos. Pasmaítos están los padres de la patria: acaban de descubrir que se puede defender a una patria de nacimiento y partirse el pecho por la camiseta que que nos une a todos. A los leones de las  Cortes se les están quedando los ojos cuadrados.

-Oye, tío-comentan entre ellos-¿Y España no sería otra cosa si los de aquí dentro se entendieran igual?…

Pues vale. Pero que no se les suba a nuestros futbolistas el pavo a la cabeza y lo echen todo a perder. Que sigan así, sencillitos, sin atribuirse más importancia que la que ya se han labrado con su propio esfuerzo. Que hagan caso a las llamadas de prudencia y moderación de fray Del Bosque: euforia y tonterías, las justas, que un campeonato del mundo se pierde en cualquier pájara y, como avisaba tan repetidamente Luis Molowny “en fútbol no hay enemigo pequeño”. Ni tonto.

Que hagan en Sudáfrica lo que tan bien han sabido hacer hasta aquí. Lo más asombroso del estado de gracia que atraviesa el deporte español no son sus trofeos. Lo que más valoramos los ciudadanos es que nuestras figuras  no sean  ídolos de barro. A los gasoles, nadales, amenguales, pasabanes, contadores, alonsos, pedrosas, y a los chicos de Del Bosque les sobra el talento. Pero además han demostradosentido común. Y, aunque no se lo hayan propuesto, ejemplaridad para los jóvenes que aún están a tiempo de hacer de España un país mejor. Sabemos que el Ministro de Deportes tenía esa misma intención, pero salvo en este negociado, del que afortunadamente se ha ocupado poco, no ha tenido tanta suerte. A ver si aprende para el resto de su gestión.

Lo decía Amado de la Torre, mi aficionado favorito, que ya se ha enfundado la roja sobre la rojiblanca de nuestro Aleti.

-¡Cago en la! –suspiraba con nostalgia- ¡Si estos políticos fueran tan buenos como la Selección!…

…Y si tuvieran pedales, serían bicicletas.  Así que los de “la Roja” nos hagan campeones del mundo y al menos olvidaremos por un ratito que la política es otra cosa.

El fenómeno de la Feria del Libro

Cualquier parecido entre esta historia y la realidad es pura coincidencia

1

Según dos o tres críticos expertos en causas perdidas, Sergio Onday era el mejor escritor de la última generación. Su novela corta El abrecartas  sin filo les había dejado sin aliento.

Con una prosa sencilla, directa y limpia, la historia narraba la desazón de Mónica Blaz, una tuberculosa internada en el mismo hospital donde se desarrolla La montaña mágica de Thomas Mann. Un día Mónica recibe como regalo para aliviar su aburrimiento una novela titulada Desazón, impresa en cuadernillos que, como en tantos libros entonces, estaban sin abrir. Para ese menester sólo dispone de un abrecartas  sin filo. Mónica quiere rasgar las hojas para leer el libro, pero sus débiles manos son incapaces de accionar ese instrumento frustrado, y su timidez natural le impide solicitar ayuda al personal del hospital. Les estoy pidiendo que curen mis pulmones –escribirá en su diario-¿Cómo voy a distraerles rogándoles que me rasguen las páginas de una novela?

Primero desesperada y luego resignada, Mónica, cambia de pasatiempo. En lugar de emplear sus energías en tratar de rasgar las hojas de Desazón, se distraerá escribiendo. Y poco a poco, a una página por día, va contando en un cuaderno su propia historia, mientras la novela regalada permanece intacta en su mesilla. Hasta que una tarde el médico que le gira visita se apercibe de ello, se  ofrece a rasgar las hojas con una pequeña navaja que saca del bolsillo de su chaleco y le devuelve el libro apto para ser leído. Cuando el médico se despide y Mónica  se encuentra a solas con la novela abierta por su primera página, descubrirá asombrada que está empezando a leer exactamente la misma historia que ella estaba escribiendo.

2

-Mis asesores mantienen que la novela es original-le dijo el director de la editorial al leerla- Y que además tienes todas las cualidades de un buen escritor. Pero para vender hace falta intriga, tensión, sexo, violencia y adobarlo todo con temas de actualidad…Qué se yo, léete a los best-seller, fíjate en sus temas y trabaja un poco en lugar de escribir chorradas de tuberculosos, que eso ya está pasado de moda…

A Sergio Onday le molestó sobremanera el mercantilismo de su editor. Pero más aún le dolió que pusiera en duda sus capacidades. Así que en menos de un año puso en las librerías La sangre de Malco, una historia complejísima en la que un agente del Mosad y una espía de la CIA llamada Alba Gómez –hay que innovar también en los nombres de las espías-, aparte de fornicar dos o tres veces por capítulo y en lugares tan pintorescos como la antorcha de la Estatua de la Libertad o en la cámara que guarda la momia de Lenin, desmontan una conspiración en la que los chiitas y Walt Disney –previamente descongelado, abducido por habitantes malignos de otro planeta y convertido en enemigo del capitalismo- conspiran para acabar con la civilización occidental.

3

La novela, interesantísima, mezcla con esa maestría que sólo alcanzan los magos del best seller intriga, espionaje, política y ciencia ficción, e interconecta problemas y personajes actuales como el narcotráfico, la esteticienne de Berlusconi,  la mafia rusa, una red de obispos ludópatas que se juegan las custodias a las cartas, las relaciones entre Paco el Pocero y el implante capilar de Bono, las profecías de Nostradamus, las bragas de Belén Esteban, el sabotaje a los pozos de petróleo de BP y el idilio secreto, para consternación de la ONU, entre Ahmadineyad y la Duquesa de Alba, que ha dejado a su novio actual por poco marchoso. En el último capítulo Bin Laden avisa de que sus agentes secretos tienen minados el Museo del Prado, el MOMA, el Ermitage y la Basílica de San Pedro, que serán destruidos si no se le entrega en mano la receta secreta de la Coca-Cola y se le deposita en un barco especialmente habilitado para ello en aguas del Índico diez mil jamones de Jabugo indultados por el Corán. La ratificación del acuerdo ha de hacerse entre su hermano gemelo y la reina Isabel de Inglaterra, como jefa de estado más veterana de Occidente, y tendrá lugar en el balcón donde asoma el Papamoscas de la Catedral de Burgos. Pero una maniobra maestra de Alba Gómez y su colega del Mosad –que no podemos adelantar por no destripar el best seller – disfrazados ambos de intrépidos canónigos, da un giro imprevisto al argumento. Las cosas cambian,  se salva el mundo y La sangre de Malco acaba batiendo todos los records de ventas de libros conocidos hasta el momento.

Por cierto, el título hace referencia al incauto que, según el Evangelio de san Juan, desorejó san Pedro cuando las turbas pretendieron asaltar al Maestro en el Huerto de los Olivos. Enhebrar ese pasaje en el relato le costó lo suyo, pero Sergio Onday ya sabía que, aunque estamos en un mundo descreído y más bien laico, cualquier toque bíblico vende mucho, y purifica los réditos del pelotazo editorial.

4

Para ese logro, Sergio tuvo que pasar una última y dolorosísima prueba. Tuvo que aceptar la tortura de ir tres tardes a firmar ejemplares del novelón en la caseta que la editorial había instalado en la Feria del Libro de Madrid. Como en todos los verdaderos éxitos editoriales, el boca a boca tardaba en calar, y la primera tarde fue un bochorno para el autor. Instalado en esa especie de microondas que es una caseta al sol furioso del junio madrileño, Sergio se vio igual que, cuarenta años atrás, había visto él a los animales salvajes de la cercana y ya desaparecida Casa de Fieras. La multitud pasaba ante aquel infeliz cabizbajo y de mirada perdida y le contemplaba extrañada, como si se tratara de uno de aquellos dromedarios o elefantes aburridos que habitaban en el primitivo zoológico del Retiro. Ni un solo lector compró un ejemplar o le pidió una firma.

La segunda tarde no fue mucho más halagadora. A la hora de ostracismo penoso, que él aliviaba siguiendo las evoluciones de un moscardón muy aficionado, al parecer, a las letras, sufrió un golpe de calor del que tuvieron que asistirle los del SAMUR. Una vez repuesto, sólo cuatro personas se le acercaron. La primera le preguntó si sabía donde firmaba Antonio Gala, la segunda si sabía dónde firmaba Alfonso Ussía, la tercera si dónde quedaba la caseta de Arturo Pérez Reverte y la cuarta si no le servía de molestia indicarle dónde quedaba el urinario más próximo.

Pero antes de la tercera y última tarde, ocurrió una de esas extraordinarias conjunciones astrales que le funcionan a todo el mundo, menos a Leire PajínLuis María Ansón le había dedicado a Sergio Onday una de esas encendidas cartas abiertas con las que pontifica desde su periódico amigo, Juan Cruz había elogiado con inusitado entusiasmo la novela en Babelia, el ministro Pepín Blanco, a la sazón, la gran esperanza del mismo color para salvar a su partido, confesó que era su lectura de cabecera para aliviar el stress de poder, Almudena GrandesBoris Yzaguirre no tuvieron inconveniente en reconocer que la novela les ponía, monseñor Rouco amenazado con excomulgar a los lectores de semejante aberración, el director  de la Alianza de Civilizaciones había lamentado en nota de prensa una publicación que podía herir la sensibilidad de los pueblos árabes y, finalmente, un apasionante reportaje televisivo titulado Cuando la Roja no juega revelaba que en las mesillas de noche de XaviCasillas, Fernado Torres y Villa, concentrados ya para el Mundial de Sudáfrica, destacaba un ejemplar de La sangre de Malco.

Se agotó la edición de la novela. Se agotaron también treinta ediciones más. Y antes de que Sergio Onday fuera internado en una clínica por el  agotamiento propio del autor con síndrome de éxito, la editorial le arrancó un compromiso al que él sólo tuvo que añadir unos cuantos ceros.

-Lo que quieras, lo que pidas- le rogó el director-Pero escribe otro libro para volver a firmar con nosotros en la Feria del Libro del año que viene.

-De acuerdo –musitó con voz débil antes de que se lo llevaran los camilleros- Siempre que me dejéis escribir lo que quiera y editarlo a mi gusto.

5

El fenómeno de la Feria del Libro del año siguiente, fue, naturalmente, Sergio Onday, convertido ahora en el Stieg Larsson español. Y para cumplir su compromiso, se presentó en la caseta de su editorial el día previsto, no sin penetrar varias veces una cola inacabable que se enroscaba en torno al perímetro de la feria como una gigantesca rueda de churros. Le esperaban ya miles, decenas de miles de lectores ávidos de su firma.

El libro especialmente editado para la ocasión era un misterio. Se había empezado a propalar la especie de que Onday iba a sorprender con algo excepcional, y eso había aumentado aún más la expectación. Intuitivo para darse cuenta de que su destreza de best seller debía adobarse con guiños dirigidos a la crítica más ilustrada, aprovechó el redescubrimiento de una escritora como Carmen Laforet y de su famosa novela Nada para inspirar el título de su nuevo libro. Este sería, efectivamente, Otra nada.

En la caseta, las columnas de libros que esperaban su firma se amontonaban dejando sólo el hueco preciso para que se sentaran el escritor, su fisioterapeuta y su agente editorial. Sergio Onday fue recibido entre salvas de aplausos. Saludó, se sentó, se arremangó su camisa, tomó  una pluma estilográfica y sin dejar de sonreir abrió el primer ejemplar de Otra nada que le presentaron y comenzó su ardua tarea. Para Natalia –escribió en la dedicatoria- a la que espero sorprender con este nuevo libro que le dedico con tanto cariño…

-Muchas gracias-dijo con lacónica cortesía mientras entregaba el libro a la primera afortunada de la cola.

Nadie de entre sus miles de fans allí congregados se había percatado de que los ejemplares de Otra nada que firmaba Sergio tenían una peculiaridad  característica de las ediciones antiguas. Estaban  impresos en cuadernillos sin abrir plegados en cuarto, como había sido capricho de su autor. Cuadernillos intonsos, como, con más propiedad, dicen los encuadernadores y como contaba él en aquella  su primera novela que no le quisieron publicar.

A pesar de ello, la gran mayoría de los compradores se retiraron encantados de su compra. El libro apenas les interesaba, pero estaban convencidos de que la firma de Onday era en sí mismo un documento de inmenso valor. Los pocos audaces que se aventuraron a abrir los cuadernillos con un abrecartas –esta vez afilado- tampoco se vieron defraudados. Aunque las páginas aparecían en blanco, sin una sola letra impresa, y  aparte del título y de la dedicatoria manuscrita  no había en ellas nada que leer, el libro respondía a lo prometido por su autor. Incapaz de fallar a los que le habían encumbrado, Sergio Onday acababa de añadir otra nada más a la historia de la literatura.

Abuelas que nunca mueren

Ortigosa de Cameros, tan unido al recuerdo de esta abuela insigne, bajo una nevada de las suyas...(Agradezco al autor la cesión temporal de la instantánea)

Según algún sesudo estudio de alguna universidad importante de algún país del mundo –hoy las fuentes de sabiduría manan de cualquier parte- el ser humano necesita abuelas para ser, precisamente, más humano.

Lo presentía uno mientras escuchaba el elogio fúnebre de Ricardo a su abuela. Ricardo, casado con Bea, padre de tres criaturas, gran deportista, fenomenal esquiador y hombre abonado a la sonrisa permanente, aligeraba la pesadumbre del momento con los entrañables aromas del recuerdo. Requiem eterna dona eis, Domine, pero muchas gracias, abuela, por habernos descubierto el mar, el bosque por donde nos llevabas de paseo y el exquisito sabor de las mermeladas caseras. Una abuela que hace mermelada de mora –no hay mejor perfume natural para una casa de campo- siempre será otra cosa.

La heroína de esta sencilla novela se reproduce en millones de familias. Sobre todo en España, país donde el abuelazgo ha tenido siempre una jerarquía  y un peso singular en la formación del individuo. Abuelas que cuentan cuentos, abuelos que se disfrazan de payasos, abuelas de cuchara, abuelos que se entienden con los pájaros y las mariposas, abuelas que tocan el piano, abuelos que hacen juegos de manos, abuelas que siluetean los recortables como nadie, abuelos y abuelas que salen de paveros por el parque y que inician a los nietos en el arte columpiarse con el propio impulso. Y abuelos que saben morirse en el momento oportuno. Todo hay que sabérselo agradecer.

La de Ricardo tenía uno de los nombres más originales en el nomenclátor de las abuelas. Se llamana Jenara, pero en Ortigosa de Cameros la conocían como Jenarita. Antes que abuela había sido esposa enamorada y madre. Todos los aniversarios de boda Jenarita sacaba su traje de novia del baúl de los recuerdos y, como una criatura de García Marquez se lo volvía a poner para la celebración. Cultivó la tradición hasta que el amor de tantos años le reventaba por las costuras. Pero lo que ya no cabía en el traje de novia se negaba a acatar otras dictaduras de la edad. Gran deportista, jugó al tenis hasta cerca de los noventa, y al golf después de pasar este fielato. Nunca dejó de nadar en la playa de Fuenterrabía, como tampoco nunca abandonó esa vida paralela que abre la música a quien, además del cuerpo, sabe cultivar el espíritu. Jenarita tocaba el piano y cantaba en un coro. Murió a falta de dos años para cumplir el siglo, quizás un tiempo demasiado corto para un fuelle tan poderoso. Cuando este duende daba con ella por la calle, ella siempre sonreía, y aprovechaban los dos  para hablar de música.

Viene a cuento su recuerdo porque las abuelas así siembran con efectos multiplicadores. Su pasión por la naturaleza, el deporte y la música se transmitió a través de sus hijos, y gracias a éstos este duende, por ejemplo, apareció por Ortigosa de Cameros, bellísimo pueblo donde el marido de Jenarita tenía una casa de noble trazo y añoso maderamen. En ella se hospedó el que escribe,  por aquellos montes y bosques paseó con la estirpe de la  vieja dama, y no hay duda de que parte de la Rioja que uno lleva dentro –incluido el Contino que habrá trasegado- fue culpa de ella. Los sublimes pucheros de caparrones de Villoslada de Cameros, se deben a un tal Chuchi, que era el dueño del restaurante. Pero…¿hubiera uno parado ahí de no ser guiado por los hijos de Jenarita?…

La muerte de cualquiera nos disminuye a todos, decía el poeta John Donne. Nadie es una isla, somos parte del mundo y, en mayor o menor grado, recibimos la influencia de los que por él pasan. Las campanas que doblan por esta abuela deberían doblar también por todos nosotros. Pero esta vez  tiraban a repicar, porque Jenarita vivió lo suyo  y su espíritu vitalista late en tres generaciones. Tampoco hay que llorar por no volverla a ver. En el paisaje sentimental que todos llevamos dentro, los ausentes que nos enseñaron a vivir siguen sonriendo como si no hubiera pasado nada.

Pelos en el Tajo y respuestas en el viento

El Tajo a su paso por Toledo, guardando las apariencias a pesar de todo...

El informe de la Policía Científica que, gracias a sus contactos y de forma no oficial, recibió Juan Ignacio era sin embargo tan concluyente como demoledor para sus expectativas.

-Me lo temía –dijo mirando al trasluz el contenido apenas visible de una diminuta cápsula de vidrio- El ADN dice que este pelo rubio era  de Esperanza Aguirre.

La experiencia vivida en el Maratón de Nueva York de 1990 fue para él  reveladora. Su recuerdo estuvo presente cuando Juan Ignacio aceptó el nombramiento de Consejero de Medio Ambiente de su comunidad autónoma. La vida de ésta dependía del agua, pero en su comunidad no llovía casi nunca, y el agua debía llegar del trasvase del Tajo, un río que, según estudió de chico, nacía en los montes de Albarracín. Ahora sabía que, aunque ese dato, tan bucólico, fuera cierto, en realidad el gran río moría poco después, al atravesar la Comunidad de Madrid. A partir de la desembocadura del Manzanares y del Jarama, el ochenta por ciento de su caudal era el gigantesco vertido que producen los madrileños. Algo que, ni funcionando perfectamente todas las depuradoras de la tecnología más avanzada, podrá nunca limpiarse en su totalidad.

Para calcular el riesgo que era aceptar su nombramiento, Juan Ignacio había visualizado la magnitud del caudal de mierda que habría que recibir como el maná del desierto y, por añadidura, como un gran éxito de gestión. Y se remitió a su glorioso maratón de Nueva York, el último que corrió antes de darse cuenta de que ya no estaba para esos trotes, sino para hacer política. Recordaba cómo tres horas antes de la salida, les concentraron a los veinticinco mil y pico participantes en una especie de campamento establecido en Staten Island, al sur de Manhattan. La organización estaba obsesionada con la hidratación de los corredores, y había previsto cantidad de puestos de suministro de agua, café y zumos. Tres horas de espera dan para mucha conversación, muchos cafés, muchos zumos. Y mucho pis.

Para las corredoras, pongamos que doce mil quinientas, había en el recinto una serie de cabinas individuales donde se aliviaban después de guardar una larga cola. Para los corredores, pongamos que otros doce mil quinientos, con más facilidad operativa y sin duda menos pudorosos, se había instalado en la zona más retirada, a cielo abierto, una especie de canalillo de zinc de unos treinta centímetros de ancho por donde fluía constantemente hacia el mar un regato amarillo y cálido. Juan Ignacio, que había estudiado Ciencias Económicas, imaginó la siguiente extrapolación de datos.

-Si lo que estos ojos están viendo es el flujo de pis de doce mil quinientos maratonianos en tres horas…¿cómo será el río que mana diariamente de los riñones de seis millones de madrileños, más dos o tres más de las comunidades que son atravesadas por el Tajo, antes de llegar a mi Murcia natal?…

Aún así, y seguro como estaba de que los avances tecnológicos lo solucionan todo, aceptó el cargo. Pero ahora había recibido el último informe del etado del río y se arrepentía de ello. Con la cabeza hundida entre las manos y los codos hincados ante un mapa que reproducía la cuenca del Tajo imaginaba, como si fuera la etiqueta de un producto, la descripción de los componentes del agua que habría de regar su comunidad, y por la que, evidentemente, había que seguir luchando a brazo partido. Esta agua contiene H2o, pero también orines, defecaciones, detritus animales de orígenes diversos, mercurio, plomo, escorrentías procedentes de lavados nucleares, fertilizantes, herbicidas, pesticidas, compuestos químicos imposibles de analizar, vertidos diversos y una cantidad inimaginable de pelos que a veces  se escapan de las depuradoras.

Se echó a llorar.

-Pues tiene usted suerte- le consoló su secretaria mientras le retiraba el expediente de reclamación del trasvase, para que no lo mojaran las lágrimas- El pelo que yo encontré  en una tomatera de mi huerto era mucho más sospechoso. Rizadito y tal, ya sabe, como para pensar lo peor…Lo colé en su envío a la Policía Científica y mire, me han tranquilizado. No procede de cualquier sitio, sino de la cabeza de Ruiz Gallardón...

-Bueno- resopló Juan Ignacio más calmado- Al fin y al cabo son pelos amigos…

Entretanto, muy lejos, en las costas de Luisiana la explosión de una plataforma petrolífera había derramado ya más crudo que el que hubiera cabido en dos buques del tamaño del nefasto Exon-Valdez. Y eso -pensaba Juan Ignacio,  consuelo de  tontos-  ocurría  en el país más poderoso del planeta. Menos mal que Zapatero, en frase inolvidable, dijo que  la tierra sólo es del viento. Y que éste Joan Báez mantenía que éste tiene respuestas para todo.


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