Homper también se quedó perplejo cuando descubrió que sus primas mayores, registradas en su memoria infantil con melenita y curvas de artistas de cine de la época, no iban a permanecer así de por vida. Las primas cumplen años, llegan a ancianitas, y sufren alifafes propios de su edad. Además, a la que no vive postrada en el sofá o en la silla de ruedas se le va la olla de cuando en cuando. Tempus fugit.
Esto último no es grave, también le sucede ya a él mismo, veintidós año más joven que la menos joven de ellas. En el caso de la prima Tere lo es quizás aún menos, pues, profesora de instituto jubilada, fue siempre machacona y repetitiva. Por darle marcha a una de esas visitas que los fines de semana veraniegos se hacen más necesarias, sacó a colación Homper que se había encontrado por la calle a Enrique Maderuela, un sobrino que dejó de ver de bebé y al que reencontró por la calle hace una semana convertido en un elegante ejecutivo de banca. Enrique Maderuela es un hijo de Julita, otra prima lejana con la que, sin embargo, las primas hermanas mantenían mucho trato.
-¿Sabéis algo de la prima Julita? –preguntó a Homper a sus primas las ancianitas.
La prima Mary, acurrucada en el sofá como una gatita delicada, asintió con la cabeza. La prima Tere, más vigorosa y vehemente, abrió su amplia sonrisa y ratificó lo que su hermana, muy débil, no atinaba a decir de viva voz.
-¡Siiii!….Está muy bien.
2
Todos deberíamos estudiar un tratado de conversación con ancianos. O por falta de fuerzas, caso de una prima, o por dificultad para fijar el tema y avanzar en él, caso de la otra, Homper se vio a menudo empantanado en marasmos de silencios o de respuestas absurdas que le acababan generando muy mala conciencia. Imagínense el cuadro, tarde de sábado de verano en la gran ciudad, calles desiertas, mucho calor. Una habitación penumbrosa decorada con algún mueble decimonónico, silloncitos y sofá, cuadros de naturalezas muertas, paisajitos y retratos de antepasados. Sobre la mesa baja, un ABC, una jarra de agua con medidas de volumen marcadas y un vaso al lado. Silencio.
-¡Fíjate! –decía la prima Tere rompiendo el silencio- El médico me ha dicho que tengo que beber cinco vasos al día. Y no se cómo, porque yo bebo muy poco, ¿sabes?
Los cinco vasos de agua dieron para alegrar diez minutos de visita. Homper teorizó sobre lo que esta manía de que bebamos a toda costa ha influido en el aspecto de los transeúntes en general y de los turistas en particular. Ahora el turista no sólo debe llevar mochila y cámara de fotos, sino también una botella de agua en la mano.
-Cinco vasos de agua –insistía la prima Tere ante el silencio resignado y pasota de su hermana Mary- Cinco vasos de agua….
Por delante de las cortinas de la ventana, casi completamente corridas para detener el lamparazo del sol, había una mesita auxiliar con un televisor apagado. A las primas ancianitas no les interesaba nada ni el Tour de Francia ni la etapa contrarreloj de Contador. Antes veían alguna película de esas de media tarde con actrices como Deborah Kerr, Vivien Leigh y Katharine Hepburn, que les gustaban mucho, o con galanes como Gary Cooper, Cary Grant y Clark Gable, que les gustaban aún más. Ahora ni siquiera eso.
De vez en cuando un leve golpe de aire movía las cortinas. No alivió mucho la sensación de espesura de la habitación, pero entretuvo el silencio que envolvía la visita a aquellas primas que Homper conoció jóvenes y que ya no lo son tanto.
3
Las campanas de una iglesia le recordaron a Homper que, como todo es relativo, él era el joven de la reunión, y su deber era esforzarse en la conversación. Pensaba que así al menos las primas ancianas se sentirrían más animadas, y apreciarían la diferencia entre el tiempo de soledad compartida y el tiempo de visita. Para Homper éste empezaba a pesar como una grave responsabilidad. Creía que si no era capaz de que la prima Tere, normalmente muy locuaz, pegara la hebra, es que él no era una visita de recibo.
Pero en ese momento tuvo una inspiración.
-¿Cuántos hijos tiene la prima Julita? –preguntó.
Y la respuesta llenó el resto de la visita. La prima Tere habló de Irene, que se casó con un alemán y vive en Alemania. Además de Irene estaba Enrique, promotor involuntario de la conversación, pero luego -¡ay problema!- estába el pequeño, que se acababa de separar de su mujer. Leve inciso para lamentarse de las muchas separaciones de esta sociedad moderna.
-Porque Irene –recordó Tere- se casó con un alemán, y vive en Alemania. Pero el pequeño se ha separado
Homper era consciente de que la hija de la lejana, aunque muy querida, prima Julia, se llama Irene, se casó con un alemán y vive en Alemania. También era consciente de que había otro hijo separado y Enrique, que es ejecutivo del BBVA.
-Ese está casado y tiene hijos –repitió la prima Tere- Pero el pequeño se ha separado. Y luego está Irene, que es mayor, pero que se casó y vive en Alemania.
Alguien, no se sabe si la prima Mary por señas o el propio Homper, divina inconsciencia, lanzó una nueva hipótesis. Pudiera ser que la prima Julita no tuviera sólo tres, sino cuatro hijos, porque Tere había lanzado el nombre de Curro y el recuerdo de un mocetón que sabíamos que no es Enrique, al que tenemos perfectamente identificado, ni el pequeño. Este hasta ahora siempre había sido llamado “el pequeño”.
-Es una pena que se haya separado-insistió Tere-Porque Enrique no, Enrique está casado y tiene una mujer estupenda y un magnífico trabajo. Lo mismo que Irene, lo que pasa es que Irene se casó con un alemán, y por eso vive en Alemania…
4
El tiempo, que afortunadamente no fue de silencio, se le echó encima a Homper, y llegó el momento de despedirse de sus ancianas primas.
La vuelta a su casa fue un camino de dudas y preguntas. Algunas poético-filosóficas, desde el tempus fugit, aforismo clásico, al verso coplero de Jorge Manrique: cómo se pasa la vida, tan callando. Otras, de moral práctica, le planteaban si el suyo fue un buen comportamiento con sus primas mayores. Volvió a pensar que la asignatura de Educación para la Ciudadanía debería, por ejemplo, enseñar a hacer compañía y a dar conversación a los ancianos. Luego se imaginó a sí mismo en esa edad. ¿Sobreviviría para entonces esta costumbre de las visitas? ¿Tendrá la gente entonces un solo minuto para dedicárselo a los demás?
Y, por encima de esos, otros enigmas menores que no por ello dejaron de preocuparle. ¿Era Curro el hijo pequeño de Julita, aunque fuera un mocetón? ¿O es que los Madderuela tienen un cuarto hermano que no tenemos bien perfilado?. Porque lo que está claro es que Irene se casó con un alemán y vive en Alemania, y que Enrique está muy bien casado, bien colocado y tiene unos hijos estupendos. ..


juventud juventud DIVINO tesoro…..que pena es hacerse mayores….
Eres maravilloso, Duende. Te lo escribo enjugándome unas lágrimas mezcla de risa y tristeza.
No sé si alguien nos visitará en nuestra ancianidad. Pero lo que está claro es que el Duende hizo muy bien en acompañar a sus ancianas primas y rendir visita, acción que está a punto de pasar a la categoría de lo exótico.
!Que dificil enfrantarse a la vejez! y en cambio sabemos que seguramente nos llegara. Creo que hay que pensar que seria estupendo que nos acompanaran pero que hay que prepararse para ello si nuestra cabeza sigue bien. !que diferencia de los mayores que nos trasmiten experiencias y amor a la vida, que amargura ;o pesimismo. Quiero ser de las primeras, y me imagino charlando con amigos, hijos o nietos y siendo alegre y contando y recordando cosas divertidas, si, que quieran venir a visitarme.!que suerte tus primas de tener un duende que las entretenga una tarde! yo tambien quiero un duende para entonces.
Los viejos son un rollo. Los viejos no son rentables. En las casas de los viejos no hay wifi. Con los viejos no se puede hablar nada más que de cosas del pasado y escuchar reflexiones pesimistas. A los viejos les duelen las articulaciones, o lo que sea, y lo dicen. Los viejos no entienden los chistes ni los chismes.
Patada en el culo y a la residencia.
(Y de paso, a heredar sus pisos, que suelen estar muy bien situados).
que buenos sentimientos te guían y que bien te educaron!!!!!!!!!!!!!, realmente cómo deben estar las cosas para valorar tanto estos actos. Además que bien los cuentas!
“En las casas de los viejos no hay wifi”…¡Qué reflexión! Me recuerda a una inolvidable viñeta de Forges que trataré de visualizar con un texto de telegrama. Protagonistas: niños filosofando sobre un horizonte urbano.
Dice un niño: “No es verdad que todo lo que no está en internet no existe. Mis abuelitos existen y no están en internet, sino en una residencia”
Dice el otro: “¿Y cómo lo sabes?”
Contesta el primero: “Porque los domingos se escapan y me dan besos”…
Coincidí en un acto con Forges y le dije que ese chiste me parecía la metáfora más lúcida, genial y a la vez cruel de lo paradójico que es el llamado estado del bienestar.
Lo que sí es seguro es que mientras el Duende siga alimentando este blog, siempre haremos una alto en el camino y nos detendremos a visitarle.
Así como te ves, yo me vi. Asi como me ves, tú te verás. Conviene no olvidar que también nosotros corremos el riesgo de acabar en la residencia, aunque nuestro piso, aunque tendrá wifi, seguramente ya no estará en tan buena zona.
El relato del Duende, hermoso, y José-Ramón tan lúcido (y lucido) como siempre.
Me has quitado las palabras, Zoupon. Pero qué verdad, Duende, qué dura e inexorable verdad. Y ¡qué duro comprobar que el maldito Alzheimer se ha cebado en alguien de tu entorno familiar!