Archivos para 2 octubre 2010

No comas sandwich de berros si vas a cantar a Haendel

Como subraya este cuento, una soprano debe cuidar siempre su sonrisa

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Manolita era una chica soñadora. Se sentó ante aquella luna llena de octubre, y como cualquier heroína romántica, pensó  en voz alta.

-Por qué será tan difícil la felicidad. Por qué el azar es tan caprichoso, y a unas se lo pone fácil cuando a mí, que soy tan mirada para todas mis cosas, me escatima la suerte.

Tan mirada para todas sus cosas…Así resumía ella el pensar en casi todo y concluir que, por mucho cuidado que pongamos, siempre se nos puede negar el éxito por una pequeñez incontrolable. Manolita tendía a ver la botella medio vacía, casi nunca medio llena. Pero la plenitud de la luna de otoño puso esta vez alas a sus sueños. Siempre había buscado en la música un camino para la felicidad. Tenía buen oído, pero carecía de formación musical, y sabía que a su edad era demasiado tarde para aprender a tocar un instrumento, por lo que decidió afrontar un reto contra el apocamiento de su vida modosita y provinciana. Y dio el paso a.delante de apuntarse a un coro de parroquia y  ponerse a cantar con gente quizás menos acomplejada.

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Cuando, a pesar de su timidez precisamente cerval la soprano Manolita se hartó de que el ciervo a la fuente de agua fresca fuera veloz –que, por cierto, no es una letra de beatas, sino de un salmo de Isaías- tomó la decisión de subir un nivel en su pasión de cantatriz. Así pues, abandonó su coral BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) y se apuntó a uno de esos gigantescos “coros participativos” que se habían puesto de moda para que los cantantes aficionados se acerquen a ese momento de gloria que es ser parte de un monumento musical

-Qué miedo-le confesó a su intrépida amiga Teresa, que era la que le animó a integrarse-Cantar ante un director reconocido que estará acostumbrado a dirigir profesionales.

-Tranquila, no pasa nada –le decía su amiga- Somos multitud. Si te equivocas no se va a notar,  no te va a regañar el director, de verdad.

-¿De veras?…Me podría morir de vergüenza.

Alguien le había contado alguna vez que el gran Arturo Toscanini había parado un ensayo general de la Novena Sinfonía de Beethoven para echar a una soprano que tenía un mal día y no llegaba al fa. Según el relator de la historia, el maestro era tan iacundo que la puso en evidencia ante sus compañeros de coro. Manolita pensaba que le podía haber pasado a ella. Recordó que cuando tenía la regla cantaba mucho peor, y que un director puñetero podría revelar ese detalle de su intimidad en tono acusatorio.

-Por favor-se decía-Que  el director no haga por mí, que no me mire, que no me controle…

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Y entretanto se afanaba en estudiar la partitura, en seguir escrupulosamente las indicaciones del maestro de canto y en afinar cada nota cuando éste se lo solicitaba al coro.

Manolita era tímida, pero no fea, sino todo lo contrario. Cuando se llenaba de energía, sacudía levemente su melena rubia, estiraba su cuello de gacela para alcanzar las notas más altas, y abría su boca ofreciéndola a las brillantes coloraturas barrocas del Mesías de Haendel había algún tenor que perdía el compás. Ella sin embargo, tan amante de la música, y estimulada además por el privilegio de poder cantar una gran obra  con una orquesta sinfónica, sólo se concentraba en la música. Y cuanto más se metía en ella, más  seductora parecía. Ya no se sentía una soprano vulgar llamada Manolita, sino una diva como la Callas, o la Tebaldi, o la Simionato.

-El tenor segundo por la izquierda de la tercera fila-apuntó el director en el primer ensayo conjunto- ¿En qué está pensando?…Concéntrese o abandone el coro, pero no se me distraiga.

Manolita bajó los ojos como queriendo desaparecer. No es que fuera consciente de ser la responsable indirecta del reproche del director. Es que se daba cuenta de que éste era tan meticuloso como Toscanini, y en cualquier momento podría fijarse en sus imperfecciones.

Pero sucedió todo lo contrario.

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Sucedió que el director contratado para dirigir ese Mesías gigantesco al que Manolita se entregaba con tanta ilusión era un autraliano joven y guapo que, además de prestigio musical, tenía fama de  buen observador y, como tantos batutas legendarios, de impenitente conquistador.

-La riqueza de la  gran música –explicó en su rudimentario castellano- se basa en los pequeños detalles…¡Hay que cuidarlo todo, hasta lo que se come!…No me descuiden ni una de las indicaciones que les voy diciendo, porque les vigilaré uno a uno y obraré en consecuencia.

Cualquiera a distancia hubiera concluido que, a pesar de su aviso, a quien de verdad observaba con detenimiento era a Manolita.

-No me extraña, hija-le decía su amiga Teresa-Tienes locos a varios tenores y a un par de bajos, y además cantas divinamente.

Y Manolita, que jamás había pensado que era una mujer atractiva, se sobrepuso a su tradicional timidez y empezó a venirse arriba. Por las noches, en casa, ensayaba a conciencia. Y cuando, ebria de entusiasmo y desmelenada, se daba cuenta de que dominaba con su limpia voz todas las articulaciones de la complicadas fugas haendelianas, se plantaba ante el espejo con los brazos en jarras y bromeaba consigo misma.

-¡Brava, Manolita!…Vas a tener que cambiar de nombre y ponerte otro más cantábile para una soprano de fama internacional…¿Ingrid?…¿Selma? ¿Renata?  ¿Iwa?…

Luego se asomaba a la ventana, miraba a la luna coquetona que empezaba a decrecer y soñaba despierta que el joven director le invitaba a una cena íntima y romántica.

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En el descanso de uno de los ensayos le había dicho que su voz tenía un timbre precioso, y que debía marcar más los stacattos. Otra vez le destacó la excelente colocación, y le habló de la magia de Joan Sutherland. Manolita no sabía quién era Joan Sutherland, pero luego, mientras cantaba ya casi de memoria y sin despegar la mirada del maestro, advirtió que éste la seguía vigilando  casi obsesivamente. El día del concierto, por la mañana, se celebró el ensayo general en el auditrio. Al terminar el joven director dio los últimos consejos.

-Coman algo, descansen y una hora y media antes del concierto todos reunidos en la sala para ejercicios de vocalización.

Y cuando el coro se desparramaba se acercó a Manolita, la cogió del brazo y un discreto aparte le susurró.

-Primero: cuando cante the glory, sonríame…You have to realize that you singing the glory of the Lord!…Segundo: marque bien los stacattos. Tercero: no se ponga demasiada sombra en los ojos, y si se pinta los labios, only slightly. Por último: míreme, míreme constantemente…

A Manolita casi le da un desmayo.

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-¿Qué te pido?- le preguntó Teresa- Porque desde que el maestro te mira tanto, estás como ida…

A pesar de que el joven y atractivo director no daba puntada sin hilo, Manolita no recordaba que hubiera dicho nunca qué  deben comer las sopranos hendaelianas antes de un concierto.

-Una Coca-Cola y un sandwich vegetal-dijo pensando que algo tan ligero en nada perjudicaría su voz.

Las sopranos estaban animadísimas, y el sándwich vegetal, que combinaba lechuga con berros, y juliana de rábanos y zanahoria en un aliño de mahonesa, bastante bueno. Pero Manolita, lo fue tomando pausadamente, ensimismada, sin mezclarse en la conversación con sus compañeras de cuerda. Sólo pensaba en su voz, en la música, en su maestro y  en la posibilidad de rozar la gloria si nada interfería en el esplendor de su canto.

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Todos los que tocan un instrumento o cantan delante de un director piensan que ellos van a ser los únicos en los que el maestro pone su atención. Todos se sienten como si fueran los únicos protagonistas de ese momento mágico que es un concierto. Pero Manolita tenía más razones que nadie para creer que, en su caso, no era una obsesión personal, sino un hecho. Fueron veintinueve corales las de aquel glorioso Mesías que significaba su consagración como soprano. Fueron veintinueve entradas que el apuesto director dio con rigurosa exactitud,  pero mirando siempre a su cara, observando la sombra de sus ojos, el tono del lápiz de labios y hasta el color de aquella sonrisa que, como había ordenado, debían exhibir todos en el famoso Aleluya. Al principio, cada mirada del maestro, pensaba Manolita, era como un beso apasionado. Pero a medida que avanzaba el concierto, ella, que tenía un ojo puesto en la partitura  y el otro en el que empezaba a ser el hombre de sus sueños, advirtió que algo no le terminaba de gustarle. Su expresión de gozo triunfal empezó a demudarse  después del Aleluya, precisamente donde todos debían sonreír exultantes. A partir de ahí, y aunque el público, arrollado por la grandiosidad y la belleza de la obra no lo percibía, algo raro en el gesto del maestro denotaba que algo no iba al gusto del maestro.

Manolita consiguió sobreponerse y cantó lo mejor que pudo, quizás con más sentimiento y arte que nunca. Cuando terminó el impresionante Amen que corona la obra y el director, como todos los que quieren saborear el triunfo, bajó los brazos y la cabeza para recibir las aclamaciones habituales, el  coliseo se vino abajo de aplausos, vítores y bravos. Y estos se hicieron aún más estentóreos cuando, sin dejar de lanzar miradas a Manolita –ahora, ciertamente, más severas-levantó al coro para que compartiera con él y con la orquesta los honores del éxito.

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No sabía si eran los nervios del éxito o del fracaso, haber coronado el sueño de su vida de cantar en un gran teatro como una profesional o haberle agriado avinagrado el rostro al hombre del que quizás se había enamorado como una tonta. El caso es que fue volver a los vestuarios, abrazarse a su amiga Teresa y a las demás sopranos de su fila y romper a llorar como una magdalena. Hasta que uno de los ujieres del teatro se le acercó, y le dio una tarjeta mientras le daba un recado al oído.

-El director ha dicho que tiene mucho interés en cenar con usted, y que le espera en una hora en el restaurante de su hotel.

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Hizo todo lo posible por serenarse. Le ayudaron a ello sus compañeras y amigas, que sin duda ignoraban el final de esta apasionante aventura musical. Nuevamente, se sobrepuso. Se despidió de sus colegas, que como suele suceder en estos casos, se iban de cañas, se refugió en el aseo, se retocó ante el espejo y, procurando sentirse más María Callas o Joan Sutherland que Manolita Pérez, soprano aficionada, se presentó en el hotel a la hora indicada. Ahí le esperaba él, alto, delgado, rubio, con esa sonrisa tipo Redford  y esa cabellos largos divididos en dos crenchas que en los tutti bailaban ballet alrededor de la batuta. Vestía una camisa blanca de seda y un pantalón negro.

-My beloved sopran- se presentó tendiendo la mano sonriente- I´am Christian, your conductor…

-I am Manolita- dijo ella ofreciendo su mano mientras bajaba la mirada.

-Bonita voz, bonito timbre, bonita todo- le vaciló el maestro.

Cenaron una ensalada y un pescado, y bebieron vino blanco del Rhin. Bastante. A la altura de la cuarta copa y antes del postre habían hablado de la música, del amor, del amor a la música, del amor por excelencia y de casi todo lo demás. Él había hecho hincapié otra vez en la necesidad de observarlo todo para ser perfecto. Y ella insinuaba que se sentía como una Cenicienta a punto de perder el zapato de cristal.

-Pero…¿por qué me mirabas así?…-se atrevió a preguntarle- Primero tan entusiasmado, y luego, no se, tan raro…

El la miró con intensidad y deseo mal enmascarado.

-¿Qué tomaste antes del concierto? –fiue bsu desconcertante pregunta a modo de respuesta.

-No se…-balbuceó ella-Creo que un sándwich de berros…

- ¿No te diste cuenta?…¿Nadie te lo advirtió?-dijo insinuando una sonrisa- You should  know that I would only look at your mouth .Y una soprano debe tener en cuenta todos los detalles.

El director aproximó su rostro al de la soprano.

-Smile, please-le susurró.

Primero sujetó el bello rostro de Manolita con una mano. Luego pasó el pico de la servilleta de hilo sobre el segundo incisivo de la izquierda, extrajo algo verde   que  había visto durante el concierto en la sonrisa  de la soprano. Y después la besó con misma vehemencia que habían volcado ambos hacía apenas una hora en el concierto..

Cuando separaron sus caras, aún resonaba el Aleluya del Mesías en la cabeza de Manolita al tiempo que dos lágrimas se le deslizaban  por sus mejillas. El director, riguroso como Toscanini, apretó la mano temblorosa de aquella apasionada amante de la música coral .

-My love!…-le dijo como ultimo consejo- If you are singing to Haendel, never eat a salade sándwich.

De los morritos de Leyre al plumero de Rajoy

Irse de la lengua y hablar mal...¡Cuándo cambieremos, coño!...

Paseaba Homper por el parque viendo amanecer en Madrid. Aunque ya no es duende de ninguna radio –habría que cambiar el nombre a este blog- escuchaba ésta, por deformación, en su MP3, que hasta ahí llega su modernidad. Sonaba la inevitable voz de los políticos. Si hace unos días  un alcalde poco fino bromeaba sin gracia sobre los morritos de Leire Pajín, ahora el vicepresidente Blanco contrarresta aquella ordinariez impresentable insinuando que Rajoy tiene pluma.

-Tal para cual –piensa-No aprenden a callarse…

Recuerda la afición del gobierno a crear esas entelequias administrativas llamadas “observatorios”. Hay observatorios de la laicidad: mire, señor autoridad, estoy observando que en la puerta de mi vecina hay un azulejo que dice “Dios bendiga cada rincón de esta casa”, ¿es grave? Hay observatorios de la violencia de género: sólo debería haber vigilantes, que bien pudiéramos ser todos ( aunque al profesor Neira la experiencia le haya costado cara). Nadie ha tenido presente sin embargo que el idioma evoluciona, que la sociedad quiere ponerse seria, educada y tiquismiquis, y que la vulgaridad que antes se toleraba e incluso complacía ahora no cabe en la boca de un político.

Es duro proclamarlo, pero la verdad es que el idioma ofende. El odioso señorito de Los santos inocentes de Delibes se quejaba de que el pobre Paco, cojo por una mala caída, no pudiera acompañarle a poner el cimbel a las palomas.

-Paco, maricón –le decía-¿Me vas a hacer esa cabronada?…

El señorito, encima, pretendía hacerse el simpático con esas palabras.  De la misma manera que los curristas apasionados no regateaban exabruptos  cuando Curro Romero destapaba el tarro de las esencias y revolucionaba el tendido con una tanda de naturales.

-¡Qué arte tiene el hihoputa!…-clamaban para elevarle a los altares. Por lo visto y escuchado, se diría que ser hijo de puta en algunas regiones es un privilegio

También le viene a la cabeza a Homper que cuando estudiaba derecho, nuestro Código Penal aún consideraba la eximente para el marido en el homicidio por adulterio flagrante. Qué bárbaras nuestras leyes y qué feroz nuestra lengua.

Las leyes se cambian, y punto. Pero ¿quién limpia y corrige lo mal que hablamos para que el idioma irresponsable deje de ofender? Ni mentar lo del Observatorio del buen uso del idioma, no le demos más ideas pintorescas al gobierno. Pidamos simplemente sentido común. Aún no hace muchos años la RAE borraba de su diccionario la palabra judiada, por no faltar a los hijos de la tribu de David. Las cosas cambian, y las expresiones que en algún momento fueron hallazgos felices también pueden degenerar. Al pueblo se nos perdonará todo, porque la cazurrería sólo se cura en varias generaciones.

-Pero al digno representante de la res pública que a menudo cobra sin matarse a trabajar-concluye Homper notablemente irritado- lo menos que hay que exigirle es que guarde las formas y no nos encabrone hablando mal, cojones.

No ir a Oviedo y pasarse seis pueblos

Si son tan inteligentes y rigurosos...¿cómo no entienden que sus internacionales tendrían que haber estado allí?

El pueblo es soberano, pero muy inocentón. Cree que la entrega de los  premios Príncipe de Asturias es una ceremonia muy larga y aburrida llena de formalismos. Se imagina que en este acto tan jaleado por los políticos y los intelectuales sólo hay celebridades y autoridades de traje oscuro, discursos que aburren a las ovejas,  señoras con perfume caro y bostezos entre los asistentes. Hablando en plata, el vulgo piensa que es un coñazo, y que lo más colorista del protocolo es la recepción de Sus Altezas Reales por un grupo de paisanos vestidos de trajes típicos y la interpretación del Asturias, patria querida a cargo de los gaiteros, que ya tiene mérito.

Pero qué ignorancia la suya. Los grandes entrenadores de fútbol no piensan lo mismo. Ellos, conocedores del alma humana, profundos psicólogos que han cimentado su fama sobre el esfuerzo y la disciplina, saben que  la carne es débil, y que el futbolista más templado puede sucumbir  a los peligros que entraña un acto de esas características. Vade retro, Satanás, fue lo primero que se les ocurrió decir cuando invitaron a los campeones del mundo de fútbol para recibir el premio Príncipe de Asturias al Deporte que les correspondía. Es lógico: hay que ser de piedra para resistirse a ciertas tentaciones. La cabra tira al monte, y hasta un buen chico con aire de seminarista como Iniesta perdería los papeles en un ambiente de tanta disipación. Vade retro, Príncipe de Asturias del Deporte, que el sábado tenemos partido y no quiero que la plantilla se me distraiga.

¿Es ese acto tan peligroso como esas discotecas que trastornan a las estrellas del fútbol? ¿Será Oviedo hoy una bacanal? ¿Corre la hierba y la coca en los corrillos previos a la ceremonia? ¿Se emborrachan de sidra los asistentes? ¿Se inflan luego a comer fabada y arroz con leche para acabar bailando la conga por el vestíbulo del Teatro Campoamor? ¿Hay constancia de que algún laureado haya vuelto a casa con resacón por recibir el premio?…Más bien parece que no. Si además se considera el prestigio del premio, es lógico que a los organizadores y al aficionado le ilusione ver a los héroes de Sudáfrica recibiéndolo en persona.

Es más, cualquiera sabe también que Casillas y compañía pueden afeitarse y vestirse guapos, tomar un avión a la capital del Principado, recibir el diploma, posar para las fotos, regresar a casa y dormir tranquilamente para acudir al día siguiente al entrenamiento habitual. Pero para algunos entrenadores que quieren ser más estoicos que Séneca y más ascetas que San Juan de la Cruz tal cosa no es posible. Caparrós y Garrido han comprendido que la ocasión bien merecía un permiso para sus jugadores internacionales, pero los dos entrenadores más deslumbrantes de nuestra liga se plantaron con la seriedad del burro y dijeron que al día siguiente se jugaba un partido y que nada de frivolidades. Mourinho tuvo que transigir a las sugerencias de su presidente, y al menos ha autorizado al capitán para que asista a la ceremonia, pero el otro sólo ha permitido el viaje de Xavi, que está lesionado y no jugará el sábado. Guardiola no meará colonia, como sostienen algunos malvados, pero destila un afán de superioridad moral que al aficionado de a pie a veces le resulta cargante y que en este caso huele a desaire nacional.

-Se ha pasado seis pueblos –comentó mi amigo Amado, siempre tan buen intérprete del  sentir general.

Se han pasado ambos. Aunque haya que entenderles. Oviedo hoy no será Sodoma y Gomorra,  como imaginan Mou y Pep, y sólo se trataba de que los jugadores de la Selección Nacional acudieran a recibir su premio. Pero los divos son como son, y lo peor de todo es que les va bien.

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Contra la recalcitrante estolidez de algunos poíticos

Pero qué borricos son algunos, caramba...

Sorpréndese Homper de la necedad recurrente del ser humano. Una vez más. Espeja ésta, cómo no, en un político, para abundar en esa creencia común –que sin embargo no comparte- de que no nos merecemos esta clase política. Homper está más bien convencido de que los políticos son así porque los votantes somos así,  y no cabe esperar otra cosa.

-¿De verdad lo dices? –se preguntaba estupefacta la tía Clota, que aunque aparezca poco por aquí sigue vivita y coleando.

-De verdad, tía. La matemática electoral, como el algodón del anuncio, no engaña.

Sostiene Homper que el fenómeno Obama, que ahora parece fogata de viruta, era el reflejo de una necesidad del pueblo norteamericano. Querían  oxigenarse e ilusionarse después de aquel fenómeno de torpeza que se llamó George Bush.

-Volverá el tío Sam donde solía –pronostica la anciana nacida en Granada y hoy ciudadana de los Estados Unidos.

-Como vuelve aquí el PP a meter la pata cuando lo tienen más fácil…Porque tú no sabrás quién es León de la Riva, pero….

Y le cuenta que este caballero, alcalde de Valladolid ha querido criticar a la nueva ministra Leire Pajín y en lugar de expresar sus dudas con corrección se ha pasado: de grosero y de machista.

-Y casi más de lo primero, tía, porque si te cuento lo que dijo…

Le ahorra a su anciana tía las bobadas de este munícipe deslenguado, pero no le oculta que a veces se imagina él mismo irrumpiendo como un Cicerón de nuestro tiempo en el foro de políticos pasmados -con Rajoy al frente de ellos- y repartiendo catilinarias en forma de consejos elementales que entendería hasta el que asó la manteca.

-Escucha, tía…Consejo 1.Piénsate lo que vas a decir antes de decirlo. Consejo 2.Considera que el lenguaje cuartelero y el humor chabacano son contraproducentes. Consejo 3. Ten en cuenta que aunque puedas tener razón en el fondo, puedes estropearlo toDo si, por querer ser gracioso, te pasas de listo…

-Resumiendo, sobrino-corta la tía Clota- Si quieres ser político, no seas gilipollas, ¿no?

Y Homper se queda perplejo al comprobar que, con la edad, su anciana tía ha perdido modosidad, pero no clarividencia.

El cuento del Zapatero tacaño

...Y aquellos niños que creían que el mago ZP era muy generoso, se durmieron pensando que se había quedado corto...

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El  presidente llamó a don Probo Buenafé, su profesor de Ética y teoría del talante aplicado. Quería consultarle qué le parecían sus últimas maniobras para la aprobación de los dichosos presupuestos.

-Hermoso, hijo, hermoso –ratificó el anciano docente con la voz medio quebrada por la emoción- El alumno mejora al profesor. Pero no olvides presentarlo en el parlamento con una gran frase. Por ejemplo, pedid y se os dará.

-Profesor –carraspeó el presidente- Eso me suena a evangélico, y ya sabe que nuestra laicidad…

-Comprendo, hijo, comprendo. ¿Qué te parece ésta? Poco teme a su enemigo/ quien le vence y vuelve a armar/ que en el noble es premio el dar/ y el recibir es castigo…Es de Tirso de Molina.

-Pero don Probo…Recuerde que Tirso fue sacerdote…Además, los nacionalistas no son enemigos, sino caros amigos…-rectificó sobre la marcha-Quiero decir amigos muy queridos…No quiero vencerles, sino convencer a todos de que es el bien común lo único que me importa…

Se hizo un silencio.

-Bueno, José Luis-dijo don Probo-Tú eres un hombre brillante…¡Di algo de tu propia Minerva!…

Se despidieron, colgaron ambos el teléfono y el presidente se quedó a solas con su cuaderno de pensamientos geniales. Estuvo escribiendo un rato, con intervalos en los que su mirada se perdía en las hojas de los árboles del jardín, ya nimbadas de otoño. De repente volvió sobre algo de lo escrito y lo subrayó con lápiz rojo. La frase decía así: la cesión de competencias no  es sino el glaseado necesario de  la justicia distributiva.

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Decían que los nacionalistas del norte y los del sur estaban dando saltos de alegría. Pero no era del todo cierto. Puestos a mirar bien los tejemanejes que se había traído con los que apoyaban sus presupuestos, hasta resultaba rácano.

En el norte, la pequeña Edurne estaba desconsolada. Ella esperaba los tres Reyes Magos hubieran reforzado al Olentzero para que las navidades de Euzkadi fueran mucho más felices, y  que el gobierno de España hubiera plantado la Torre del Oro al borde de la ría de Bilbao. Y llena de oro hasta los topes, claro. Pero de eso, nada.

Entretanto más de dos mil kilómetros al sur, Pedrito miraba el anochecer sobre una playa canaria con cierto desencanto. No entendía que su padre no hubiera apretado un poco más en las negociaciones.

-¿Ves, papá? –dijo apuntando a la luna- Sale como siempre.

-Claro, hijo…¡Pero las aguas del mar son ahora nuestras!

-¿Y qué les hubiera costado cambiar también la luna para que  saliera con forma de plátano?

Las infidelidades de Homper

 

Como demuestra este "Venus y el organista" de Tiziano, los amantes de la música a veces se distraen y acaban mirando donde no deben...

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Lo bueno y lo malo de la pasión amorosa, pensaba Homper, es que nos iguala a todos los humanos. Creemos siempre que el nuestro es un amor único, distinto, absorbente y de tal fuerza que no cabe resistirse a él. En consecuencia, justificaremos en su nombre cualquier tipo de locuras.

Homper despreciaba las frivolidades en este terreno. Estuvo enamorado en su día de Liz Taylor, pero le reprochaba íntimamente su versatilidad sentimental y su catálogo de maridos. Nunca aspiró  a  ser uno más de la lista. No menos decepciones en este terreno le había proporcionado uno de sus mâitres á penser, Bertrand Russell. Cuando leyó su Autobiografía él era aún un joven idealista, y a pesar de que descubrió a un filósofo, un matemático y un escritor admirable se le cayeron los palos del sombrajo al saber de su conducta personal. Bertie, como le llamaban sus amigos, era un modelo de pensamiento claro y de ética social, quizás el cerebro más preclaro del sigloXX..  Pero se la pegó a su esposa con lady Ottoline Morrell.

-Tan infiel como la mayoría de los hombres –apuntó en su diario íntimo.

Y añadió a continuación que cuando llegara su verdadero amor él nunca sería así.

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No le gustaba reconocerlo, pues quería considerarse un hombre independiente e inmune, por tanto, a los deliquios que suele traer el amor. Pero era hombre al fin y al cabo, y todo cambió cuando bien metido en la edad madura conoció a Ana Krusa. Entonces  perdió el seso.

-Aunque puede que encontrara el sexo –le reconoció a su confesor.

No se ha encontrado en sus escritos más referencia a Ana Krusa que estas breves notas. “Nunca nadie me enajenado así. Es un trémolo constante que altera mi corazón, pero sin el que no puedo vivir. Me hace feliz cuando la siento, la amo sobre todas las cosas, porque es la música de mi vida”.También escribió que con este amor, el único y verdadero, no cabía la infidelidad.

Se equivocó.

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Cayó arrebatado por Ana Krusa, que a pesar de su nombre de princesa polaca o de espía rusa con melena tipo Marlene Dietrich con la que pasarse secretos en las sombras de la noche bajo la Puerta de Brandemburgo, no resultó ser sino la música misma. Está claro que en ese epígrafe se incluye todo, desde Chikilicuatre y el Koala a los grandes compositores de siempre, pasando por funerales cadenciosos como el gran Leonard Cohen, melaza de almíbar como Armando Manzanero o desgarro sufridor como Camarón. Pero Homper, tan antiguo, se volcó en la música clásica. Como casi todo el mundo hubiera querido ser director de orquesta, pianista, o divo del bel canto, pero al fin no pudo llegar más que a corpúsculo  de ese chopped musical que es un coro.

-Y soy bastante feliz, amándote –le decía a su amada Ana Krusa- Pero voy a acabar siendo tan infiel como la mayoría de los hombres.

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Pues ocurrió que, cantando Sociedad Coral Bach de una iglesia protestante, fue tentado para sumarse al de un monumental Mesías de Haendel que prometía ser apasionante. Y que, ya comprometido con éste, fue seducido por otro coro que iba a cantar el último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven en el Auditorio Nacional. Y que repartiendo ya sus amores entre Ana Krusa, Bach, Haendel y Beethoven, fue seducido por un Requiem de Verdi que se preparaba para la primavera. Y entretanto, otro coro que también ensayaba un Mesías para Navidad, le invitó a que aprovechara que ya se lo sabía para disfrutarlo en un singular concierto que se celebrará en el monasterio de Yuste…

Le ha jurado a Ana Krusa que ella es la única música de su vida. Pero que, como cualquier músico, debe tocar más que ningún otro amante, aunque sólo sea con su voz de relleno de chopped. Y, como todos los amantes dispersos, niega que le haya sido infiel.

-No es lo que parece –le dijo cuando ella le pilló poniéndole los cuernos con el Freude, freude de Beethoven.

Y era verdad. Pues, al cabo, la única infidelidad de Homper es fallarle a los que de cuando en cuando merodean por este blog y se dan cuenta de que  está ausente y vive sin vivir en él. Como todos los enamorados, está loco por la música…

Carta de un español desengañado

Los de ahora no son soldaditos recortables. Son manejables, matables, homenajeables y, paradójicamente, humillables por los que defienden España de una manera un tanto exytraña...13. 10.2010

Querida Mamasita

Muchas gracias por haber asistido al desfile y a la ofrenda a los caídos. Lloraste mucho, pero estabas muy guapa, y yo desde aquí te vi, me emocioné y también lloré.

A pesar de que muchos de mis compañeros se enojaron mucho por ver al Rey, el Presidente la Ministra y las otras autoridades en plan figurones, a mí me consoló verles.  Hace un año yo era no más un soldado en Afganistán,  un desgraciado. Pero ahora, gracias a su presencia, al izado de bandera, a La muerte no es el final y a caritas de pena como la tuya,   me estoy dando cuenta de que soy un héroe. A mí no me arregló nada la medalla aquella que me prendieron de la bandera que me cubría cuando nos despedimos, pero espero que al menos eso de que me consideren héroe  te consuele y te llene de orgullo a ti también.

Ahora, mamasita, lo uno no quita la otro. He sido soldado porque necesitaba trabajo,  porque me parecía bonito arriesgar la vida por un mundo un poquito mejor y por servir a este país que nos ha acogido. Pero ahora no estoy tan seguro de que haya merecido la pena mi sacrificio, porque los primeros que no parecen amar a su país son los propios españoles. Tú me dirás si no: ¿qué clase de fiesta nacional es esa en que ni los que tanto aman a España son capaces de respetar  el homenaje a sus soldados muertos? ¿Es que no hay otro momento para silbar al Presidente? ¿Es que la libertad de expresión ha matado en sentimiento de las personas? ¿Es que para cargarse al gobernante que no les gusta nos tienen que ofender de esta manera?…

Ay, mamasita, me dijo un oficial de broma un día que el Código Civil antiguo decía: es español, primero, el que no puede ser otra cosa…Y España será muy grande, y muy noble, y muy histórica y todos esos rollos que se dicen. Pero para lo que nos ha servido a ti y a mí ser españoles, y recordando nuestro pueblecito allá en América, la verdad, si lo se no vengo. A mí, sinceramente, esta patria no me ha gustado un pelo. Antes no podía decírtelo, pero ahora me da igual, y después de ver cómo sufriste ayer no me voy a callar. Ya que esta España no sabe amar ni respetar nada importante, que celebren la próxima Fiesta Nacional a garrotazos entre ellos y nos dejen  en paz, y así no llorarás más.

Te juro mamasita que te sigo queriendo igual desde aquí, y te mando el beso más fuerte y lleno de amor que puedas imaginarte.

Tu hijo querido, caído por la democracia y por España y maltratado por ellas.

Newton José

Tiempo, desmemoria y sentido del humor

 

Los años...¡La cabeza!....

 

También se sorprende Homper de las jugarretas que en la edad madura gasta la memoria. Le pasa a él y le pasa a sus amigos, incluso a los más doctos, cultos y refinados, como el eminente abogado y diplomático S.M.L., marqués de Betanzos y Barón de Cap Llentrisca (no olviden que el escritor Javier Marías es rey de la Isla de Redonda, aquí el que no corre vuela). Mantiene Homper que fue este humanista contemporáneo –Betanzos, no Marías- el que se inventó el neologismo cuando hablaban entrambos del declinar de los libros, o al menos de las enciclopedias.

-Todo lo acabamos buscando ahora en Internet –dijo- Y a todos nos podrían llamar ahora eruditos a la Googleta.

Aún habrá quién recuerde a los eruditos a la violeta, como llamó Cadalso a los petimetres que en el siglo XVIII alardeaban de sabiduría con sólo un ligero barniz de enteradillos. O sea, lectores de solapas de libros, o de críticas que te resumen lo que dicen estos. Maestros en el manejo de la espumadera intelectual, que la pasan  donde se fríe esa masa heterogénea que ahora llaman cultura y algún fleco suelto de la fritura atrapan. Con ese equipaje y la ayuda de Google, todos eruditos a la Googleta, y capacitados para cualquier tertulia o mesa redonda, porque vivimos en el imperio de la superficialidad. Así lo contó el abogado y diplomático, marqués y barón por añadidura, al perplejo Homper.

-Todos somos eruditos a la Googleta, en efecto.

El señor marqués/barón es un hablista, y utiliza mucho, también, esta locución adverbial de novela decimonónica, en efecto. En efecto, todos usamos y abusamos de Google, pero también en efecto, el inventor del neologismo fue él, y no Homper.

Es verdad que éste debía animar una sobremesa en agradable encuentro cultural que se llama –o se llamó, que no sabe uno si la crisis se lo llevó por delante- Pretexto Covarrubias (ver, si se desea, el post que le dedicamos en noviembre de 2007). Y que le tocaba presentarse  ante una plantilla de intelectuales que capitaneaba Mario Vargas Llosa. Lo cual que se acordó del palabro y lo soltó para definirse como generalista que parlotea de casi todo sin saber de nada. Pero dijo lo de la Googleta citando las fuentes, y el hoy Premio Nobel de Literatura celebró la ocurrencia  con una de esas risas dentonas suyas que tanto embelesan a las señoras. Al César lo que es del César,  a Varguitas todo honor y toda gloria y al marqués/barón de Betanzos y Cap Llentrisca lo que le pertenece y su mala memoria se empeña en dilapidar.

Cualquier día de estos quedamos a pasear  y representamos en vivo aquel chiste de ancianitos nostálgicos que, con la voz cascada de tertuliano de casino,  tan magistralmente contaba nuestro amigo Félix.

-Oye, Betanzos…¿Te acuerdas de cuando veníamos al Retiro y seguíamos a las chicas?…

-Sí, Homper…Pero lo que no recuerdo es por qué…

Tempus fugit. Si no hay más remedio, que se lleve la memoria, pero que nos deje al menos el sentido del humor.

¿Se encenderá el genio de Varguitas con una cerilla?

 

Cómo le gustaría a uno tener el talento de Vargas Llosa para seguir novelando sobre la condición humana. Por ejemplo, sobre la necedad esa de fabricar cajas de cerillas con un rascador inútil...

 

Reflexión NÚMERO 1.674 sobre el progreso mal entendido. Primer fin de semana auténticamente otoñal. Homper, cómo no, estaba agradablemente perplejo. Esta vez cumplía el tiempo con el calendario: ni un solo claro, sólo lluvia. Esta vez, oh maravilla, el premio Nobel de Literatura no había jugado a enfant terrible, ni a progresista de probeta, ni a snob. Todo lo admira el Hombre Perplejo de Mario Vargas Llosa, pero siente especial predilección por una novela  que no es considerada por la crítica erudita como la mejor de sus obras.

-No me extraña que la tía Julia se acabara casando con él-pensó cuando terminó de leer La tía Julia y el escribidor- Porque alguien capaz de imaginar este enredo tan genial y divertido es imposible que te aburra.

Y el día estaba, en efecto, para encender la chimenea y celebrar al elegante escritor peruano leyéndolo al amor de la lumbre. Estaba la leña preparada. Sólo hacía falta una cerilla y encenderla. Nada más…y nada menos.

Homper lo intentó con varias cerillas. Y con los rascadores de varias cajas distintas. Inútilmente. Se trata de unas cajas de cerillas marca Tres Estrellas, suecas, para más inri, en las que han sustituído el rascador de toda la vida por una tira levemente rugosa que las acaricia sin encenderlas. Qué gran idea.

-Por cambiarlo todo –refunfuñó-  acaban convirtiendo el progreso en el más necio de los retrocesos.

Sonrió pensando lo que en este caso diría Doña María: cerillas de espaldas al pueblo. E hizo memoria de otros grandes inventos recientes que empeoran la vida: los calzoncillos sin bragueta, para facilitar la tarea a los que hacen pis por las narices,  los pantalones sin bolsillo  pequeño para las monedas o los grifos redondos, para que te escaldes si se te ocurre intentar cerrar el agua caliente con las manos enjabonadas.

Y naturalmente, se quedó sin encender la chimenea. Reconfortado, eso sí, al pensar  que  Varguitas quizá se lance a novelar aún  más sobre esta humanidad gilipollas que se complica la vida  buscando problemas a las soluciones.

¿Hijos o cuervos?

 

Hay que tener cuidado con lo que se cría...

 

No me lo podía creer. Me llamaron, entré en la sala y allí estaban todos. Sentados en la mesa rectangular con la tapa de cristal, ante una carpeta con folios, un lápiz de Johann  Sindel, y, cómo no, una botellita de agua mineral cada uno. En todas las empresas modernas se bebe ahora mucha agua mineral. Aunque luego, para aliviarla, tengas que salir a los WC comunales que compartes con los empleados de otras empresas.

Pero a lo que iba, que estaban todos los miembros de mi consejo de administración.. El Duende, la tía Clota, Homper, el bloguero. Me invitaron a sentarme y me entregaron una carta.

-Lo sentimos-me dijeron-pero quedas despedido.

Me quedé helado.

-¿Cómo es posible?-protesté-Yo fui el creador de todo esto…

-Hijo, ¿no has leído la noticia?-dijo la tía Clota mientras me largaba un periódico.

No me lo podía creer. El peluquero Lluis  Llongueras había sido despedido de Llongueras por sus propios hijos.

-Los tiempos cambian- creí escuchar a mis espaldas mientras abandonaba la sala dando un portazo

-Cría cuervos…-refunfuñé.

Y como ya ni hay lógica ni hay principios, llamé a Natalia Gontriakova, una antigua  espía rusa que ahora se dedica a hacer paisajes con hojas secas, y nos fuimos a cenar unos callos con garbanzos.

El buen cristiano que deseó el mal ajeno a un banquero

...Y el buen cristiano se hizo malo y la tomó también contra los mercaderes del templo

1

Aquel anciano intentaba ser buen cristiano, como le enseñaron. Se encontraba sin embargo con algunas dificultades. Por ejemplo, la de rezar como dicen que Dios manda. Necesitaba visualizar lo que las oraciones decían, y para eso, mientras sus labios modulaban el padrenuestro o el avemaría, repasaba mentalmente las imágenes religiosas de Juan de Juni o de Salzillo, los lienzos de Fra Angélico, de Murillo, de Ribera y demás los pintores clásicos o las grandes películas bíblicas de Cecil B. de Mille, que decoraban divinamente cualquier rezo.

-Perdóname, Señor, si eso te parece poco piadoso. Pero como la oración es siempre la misma, necesito ilustrarla de una manera diferente. Pienso que si no lo hago te aburrirás…

Y él, tan mayor y tan asiduo a las prácticas religiosas, no podía ir la iglesia  para aburrirse él y aburrir a Dios.

-No es plan, Señor, no es plan.

2

Sin embargo, aunque había perdido vista, sí vio que el feligrés del banco de delante, vestido con un traje de buen paño y excelente corte,  lucía unos llamativos tomates en el talón de sus calcetines. Lo había advertido cuando se arrodilló en la consagración. Y entonces, en lugar de ilustrar ésta con las diversas versiones de la Ultima Cena que tenía en la memoria, imaginó que el traidor Judas, no sólo no mojaba el pan en la salsa, sino que abandonaba  el cuadro y con hilo y aguja zurcía los calcetines del hermano que estaba mostrando sus miserias.

-Señor –oraba el anciano- Perdona que cambie los papeles que nos cuenta el Evangelio. Pero me parecía que era una manera de redimir al desgraciado de Judas y, al mismo tiempo, taparle las vergüenzas al hermano que tengo delante. Porque…¿hay algo más indigno que un hombre honorable mostrando tomates en los calcetines?

3

Como andaba muy lentamente y no quería ralentizar la fila de comulgantes, siempre comulgaba el último. Y entretanto, observaba  a los que volvían a su banco después de tomar la sagrada comunión. Fue entonces cuando descubrió que el feligrés elegante y distinguido con tomates en los calcetines era –oh paradoja- un banquero ilustre. El mismo banquero que había negado la hipoteca a su nieto más querido.

-Perdónale, Señor –suspiró recordando el disgusto de su nieto- porque este canalla no sabe lo que hace…

Y ese día, por primer domingo desde hacía muchos años, él no se levantó a comulgar Después de su piadosa súplica por el banquero lo pensó mejor y se quedó sentado deseándole lo peor.

-Perdóname, Señor-dijo para sus adentros-Porque yo sí se lo que hago.

Y se concentró en pedir a Dios que perpetuara en los codiciosos el terrible castigo de llevar tomates en los calcetines hasta la consumación de los siglos.

Continuar leyendo ‘El buen cristiano que deseó el mal ajeno a un banquero’

Cantares y leyenda

Todos los ciclistas, incluso los buenos, bajo sospecha.¡Qué pena! Cada día cuesta más mantener un ídolo...

Cuando, en la película del mismo nombre, Amelie encuentra una caja de hojalata bajo las losas del cuarto de baño y  la abre, ve en su interior  un ciclista de plástico. Pertenecía a un niño que en 1957 ocultó en tan insólito escondite un pequeño tesoro. Aquel año fue el primer Tour de Francia de los cinco que ganó Anquetil. Qué curioso  que, de la película de Jean Pierre Jeunet, tan sorprendente por su gracia y por la originalidad de su guión, fue este mínimo detalle  lo que se le grabó a uno. Caprichos  de la memoria selectiva

El pequeño ciclista, como la magdalena de Proust, arrastraba un sinfín de  recuerdos y evocaciones. Por entonces en España  sólo el ciclismo podía igualar en pasión al fútbol. Cuando llegaba la temporada, se veía a los chavales emular las grandes pruebas en el suelo arenoso del parque o en el pasillo de casa. Lo que impulsábamos con los dedos por aquellas carreteras “de mentirijillas” eran  chapas de refrescos con las caras de los ídolos que previamente habíamos recortado de los cromos. Pero luego, donde llegaban las chapas, colocábamos para señalar su posición un pequeño ciclista como el de Amelie. Confiesa uno que había perdido de vista este paisaje desde que acabó su infancia. Y que recuperarlo en aquella película le hizo una gran ilusión. La ilusión que levantaba el apasionante y colorista deporte del ciclismo.

De aquella épica vivían los titanes de la ruta y la ilusión que despertaba el ciclismo. Pero de ilusión también se moría: diez años después el británico Tom Simpson cayó fulminado en Mont Ventoux por  un combinado de anfetas, alcohol y calor infernal. No seríala primera tropelía de los estimulantes prohibidos, pero sí el primer gran aldabonazo sobre las conciencias. Tras aquel suceso los ciclistas, que a uno le parecían tan inocentes como la figurita de plástico de juguete, empezaron a ser héroes bajo sospecha. Tampoco la sociedad entonces era estricta  como lo es ahora. Los estudiantes de derecho aprobábamos el Civil a base de Centramina y, aunque  sufriéramos una pájara en el examen, nadie nos tenía por delincuentes.

Sin embargo la sospecha de dopaje duele especialmente al recaer hoy en  Alberto Contador. Le veíamos defenderse ayer de la acusación de haber consumido una dosis ridícula de clembuterol y se nos encogía el corazón. Un hombre que tras superar un cavernoma cerebral ha dado tanta gloria a nuestro ciclismo ni necesita ayudas extra ni merece en el maleficio de la  duda. Pero ya sabe Alberto que no sólo se corre contra los kilómetros, contra reloj y contra la montaña, sino también contra los bastardos intereses ocultos que escapan al simple aficionado.

El día venía rarito,  porque además del disgusto de Contador nos trajo la noticia de la muerte de Manchón, un extremo izquierdo del Barça de cuando las delanteras de cinco hombres se recitaban con ritmo. Manchón no sólo ganó un carro  de copas, ligas y otros títulos que hoy suenan extraños, como la Copa Eva Perón, sino que, sobre todo, mereció el honor de ser cantado, junto a Basora, Kubala, César y Moreno por Joan Manuel Serrat en Temps era temps. Y esas cosas alimentan el mito. A Isácio Calleja sólo le tenía uno por vieja gloria de su Aleti y por buen amigo, hasta que fue cantado por Sabina en esa joya de himno que es Motivos de un sentimiento. Y así entró en la leyenda.

Como entraron Manchón y, volviendo al ciclismo y, por méritos propios, Alberto Contador. Ahora a éste, mala suerte, le quieren cantar no una gran canción como las de Serrat y Sabina, sino las cuarenta. Pero que esté tranquilo. Aunque los  motivos de su sentimiento sean de preocupación, le canten lo que le canten no saldrá de la leyenda.

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Viaje al futuro en el Buick de 1949

...O cómo viajar sobre el pasado mirando hacia lo único que importa, que es el futuro

Primera duda del día: ¿qué es más necesario en el desayuno de hoy, un café o una encuesta? Encuestas para todo, ja, ja. Se han tomado muchas veces con poco respeto, casi de coña se diría, en este blog. Como la aluminosis en los veranos de hace unos años: cuando la política tomaba el sol y los posados en bikini de Ana García Obregón no bastaban para llenar los periódicos adelgazados,  afloraba la noticia de que la mitad de nuestros edificios padecían aluminosis, y presuntamente un día se desmoronarán como castillitos de arena cuando sube la marea. Pues qué bien, otro problema. Luego terminaba el verano, volvía el curso político y la aluminosis se escondía por los ojos del Guadiana de la actualidad. Desaparecía la amenaza de la aluminosis.

Ahora el sucedáneo de la aluminosis son las encuestas. Por ejemplo, un equipo investigador de la universidad de Upsala –estas cosas raramente se investigan en la Complutense, que nos queda más cerca- ha concluido que el consumo de txangurro a la luz de la luna  en días nones aumenta la duración de las erecciones del varón. Lamentablemente, la encuesta del día es menos divertida: según un psicólogo llamado Antoni Bolinches el cincuenta por ciento de los hombres padecemos el síndrome de Peter Pan. O sea, no queremos crecer.

-Es verdad-me reconoció Homper-El otro día pasé por una juguetería donde liquidaban coches de metal clásicos, modelos de la época dorada del automóvil, y no pude la resistir la tentación de comprar unos cuantos.

-Lo entiendo-le reconoció el bloguero.

-Cada vez que miro el Buick de 1949, un precioso descapotable de color rojo metalizado al que se le abren las puertas, el maletero y el capó,  me imagino que lo conduzco, con Debie Reynolds al lado, por  las carreteras de California.

-Lo comprendo-repitió el Duende-la Debie de Cantando bajo la lluvia era una chiquilla preciosa.

-No te lo puedes imaginar. De vez en cuando paro el descapotable y nos besamos…¿Por qué habrán eliminado los asiento corridos?

Pícaro Homper.

No está uno sin embargo tan seguro de que lo que dice Bolinches responda a la verdad. Ayer este ciudadano corría por un parque solitario cuando vio sentado en un banco a un hombre de su edad dando el biberón  a un bebé que tenía entre sus brazos. No es que la madre o el padre se hubieran alejado a comprar tabaco. El hombre estaba solo, con el carrito del niño al lado. Era su plan matinal.

-Es un santo-le explicó al Duende cuando entró en conversación con él- Mi hijo no podía sacarle, porque está en el trabajo, y aún no pueden dejarlo en la guardería. Mire, mire cómo chupa la criatura…

Hoy uno de los temas del día es el aplazamiento de la jubilación a los 67 años. Ya no le pillará esta medida al bloguero, al que sólo le queden meses para dejar de ser autónomo y pasar a la categoría de niñero disponible. Le dice a Homper que a él también le gustaba Debie Reynolds, y que adoraba el Buick de 1949. Pero ciertos acontecimientos recientes le aconsejan  sellar definitivamente el pasado, porque no tiene sentido seguir alimentando la nostalgia. Carpe diem. No es que no quiera crecer, es que cada vez acumulamos más dolores que es imprescindible olvidar.


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