Archivos para 1 diciembre 2010

Recuerdos bajo la lluvia para despedir el año

1

Nacía el último día del año como empiezan tantas novelas y películas interesantes. Llovía.

La lluvia siempre parece triste. Al fin y al cabo es el cielo el que llora. Pero en invierno, las nubes bajas achican el horizonte difuminando lo que abarca la mirada, y cuando puedes observar esto desde una habitación cálida y tomando el primer café de la mañana, tiene también un efecto balsámico sobre el alna. Suavemente, y de manera imperceptible, te llevan a recordar, a reflexionar y a imaginar. La lluvia te acaricia, te anima, te acompaña y parece esperar respuesta al diálogo que proponen sus gotas tamborileando suavemente sobre el tejado.

-¿Y qué dirías tú del año que se va?

Y qué va a decir uno que pueda escapar del tópico. Cómo huir del desánimo dominante, de la gravedad del tiempo que huye, de las permanentes miserias de la condición humana, de los sueños colgados para siempre en el desván de la memoria. Del recuerdo de los seres queridos que se fueron.

2

Y sin embargo esta lluvia contumaz que entristece el último día del año no impide que un pequeño pinzón, como todos los amaneceres, revolotee al lado de la casa. Quizás nos recuerda que arriba en la sierra nieva, y que el agua que cae anuncia el esplendor de la próxima primavera.

-Piensa en las personas que incluso en este año tan malo te han dejado detalles inolvidables-insiste la lluvia.

3

Hay que recordar los buenos momentos que pasan y que enriquecen la vida. Estimulado por la insistencia de la lluvia, recuerda el bloguero que hace unos días visitó a su prima Belén, tan valiente y erguida como siempre, y jardinera infatigable a pesar de que pronto verá los ochenta años, alma mater de un pequeño paraíso botánico crecido a los pies del Pico de la Mira. (Ya se habló de él en este mismo blog).

Señor maduro visita a prima viuda y amante de los jardines para felicitarle la Navidad y el Año nuevo. Como en las películas y en las novelas de otro tiempo. Qué cosas tan raras hacen algunos.

4

Fue muy agradable la conversación junto a la chimenea. Pero fueron sencillamente insuperables las lonchas de pavo trufado y los marrons glacés con los que se le obsequió al visitante. Según la anfitriona, cocinera y repostera, hacer el exquisito fiambre de pavo le llevó no menos de seis horas, y los marrons glacés por lo menos otro tanto. Por qué será tan efímera la gloria de los bocados delicados, con lo que cuesta elaborarlos.

-¿Valdrán el pavo trufado y los marrons glacés como detalles inolvidables?- se preguntaba el bloguero- ¿Podré cerrar el año recordándolos?

Y la monotonía de lluvia sobre el tejado sugirió que cada cual despide el año como quiere Y que si uno prefiere recordar el pavo y la golosina de castaña de su prima Belén en lugar de recibir el 2011 con frases grandilocuentes y topicazos, está en su derecho de hacerlo.

El día de los laicos inocentes

La matanza de los Santos Inocentes según Daniele da Volterra

1

28 de diciembre. Elvirita, que era una chica soñadora, se preguntaba si quedan inocentes.

Mientras aún de mañana oscura se desayunaba con un café, repasaba  la prensa digital. Y leía en EL MUNDO una noticia tragicómica que podría llevar la firma de Berlanga o a de Almodóvar: el rey Melchor de la Cabalgata de Reyes de Sevilla dimite por la denuncia de abusos sexuales que interpone su propia hija

Y Elvirita confirma que  España no necesita ya de las inocentadas. El esperpento, grotesco o siniestro según se mire, se ha adueñado ya de su realidad diaria.

2

En la casa de Elvirita las inocentadas eran de lo más inocentes. Tal día como hoy llegaba el ABC y titulaba, por ejemplo, que el Real Madrid iba a construir su nuevo estadio en el Parque del Retiro, mientras que una emisora de radio aseguraba que la Rioja cambiaría sus bodegas por plantas para embotellar Coca-Cola. Así, como si tal cosa. Y la víctima de la inocentada, después de sorprenderse, se caía del guindo y sonreía.

Como sonreía su padre, hombre poco dado a bromas, cuando, al regreso de la oficina, se encontraba con un voluminoso regalo envuelto en papel periódico. Ceremoniosamente, se sentaba a desatar el paquete para seguir el paripé. Debajo de una primera hoja encontraba otra, y luego otra, y luego otra, y otra encerrando una última pelota de papel impreso. Y al final, ¡oh sorpresa!, nada.

Momento en que la chiquillada que veía el tinglado de la doméstica farsa por la puerta entreabierta, irrumpía en el salón y coreaba la cantinela del día.

-¡Inocente!, ¡inocente!…

3

A Elvirita el episodio de la matanza de los Santos Inocentes le sobrecogió cuando se lo contaron. La monja desplegaba uno de aquellos lienzos de hule estampados con la Historia Sagrada en viñetas y señalaba con su puntero de goma las fechorías del rey celoso. Jolines, qué malo era Herodes, qué crueles aquellos soldados que degollaban a las criaturitas y qué sufrimiento el de aquellas madres que se arrastraban a los pies de los malvados solicitando clemencia. Ni siquiera se explica ahora Elvirita cómo al odioso infanticida aún se le ponen castillos en los nacimientos.

Tampoco sabe cómo aquella tragedia derivó en la tonta comedia de las bromas. La tradición de los belenes navideños vino de Nápoles con Carlos III, la de los regalos en la fiesta de Reyes data del siglo XIX –y la de las uvas de la suerte, de una cosecha excedentaria en la segunda década del pasado. Pero nadie sabe cómo se inventó la broma a costa de los Santos Inocentes, y además Elvirita piensa que  hoy ésta ha degenerado en  gamberreada. Cacas de cartón piedra, matasuegras, máscaras de monstruos, pica pica-pica y otras chorradas  que venden en los tenderetes de la Plaza Mayor. El engaño ingenioso, la burla inteligente y divertida ha caído en desuso.

-España ya no está para inocentadas –se dice mientras llega a la cola de la oficina del INEM.

4

Sin embargo Elvirita se pregunta cómo es posible que los políticos profesionales vayan de inocentes. El lunes 27 escucha en la SER una voz vieja y cavernosa que le resulta familiar. Es la de Santiago Carrillo, que critica a Zapatero por haber ganado las elecciones prometiendo una política de izquierdas para acabar  poniendo una práctica unas reformas de derechas. Elvirita se lo comenta a su madre

-Sorprendente, ¿no?… Los viejos rockeros de la izquierda se resisten a aceptar que el mundo avanza sobre las ruedas del capitalismo. Qué ingenuidad… Que lo creyera Zapatero, que no sabía de la misa la media cuando llegó a presidente, lo podría entender, pero que Carrillo aún siga creyendo en la utopía socialista…

-Yo también creía, no vayas a pensar-dice la madre-Pero ahora que gobierna la utopía y ya ti también te toca el paro, tú verás.

-Ya ves madre –sonríe Elvirita para desdramatizar-  Son los nuevos Santos Inocentes.

-De santos, nada –corta la anciana- Querrás decir laicos inocentes, que es lo que se lleva.

Silencio.

-Aunque quizás la inocencia- matiza a continuación- no sea lo que más le cuadre al personaje, qué quieres que te diga…

Emoción y respeto del invierno

El invierno puede ser frío y hasta cruel, pero tiene su belleza y da mucho que pensar

1

A veces no sabe uno a quién necesita para que le describa sus sentimientos. ¿Hay zahoríes, fontaneros, químicos, ingenieros forestales, jardineros del alma? ¿Hay quien pueda aislar las fuentes del estado de ánimo, y saber por donde fluyen los pensamientos y los deseos, y de qué sustancia se componen, y como arraigan en el corazón y le acaban preocupando, o alegrando, o incluso ilusionando, a lo largo del día?

-Nunca entenderé por qué siento lo que siento-se dice el Duende mientras ve en en espejo esa cara de penca de acelga cocida y fría que se le queda a uno el día después de la Navidad- Nunca seré capaz de describirlo.

2

Podría sugerir que el despertar fue emocionante. Eran las siete, brillaba aún la última luna menguante del año en lo alto, y por poniente veía desde su cama el lomo de Gredos que se extiende hacia Extremadura cubierto de un velo blanco. Con el último temporal regresó la nieve a las cumbres. Y con el anticiclón, las escarchas al extenso valle que uno contempla a sus pies, la sierra Guadalupe al fondo y la primera luz dorada del amanecer acariciando a los campos ateridos que median entre una sierra y otra. El termómetro aquí, a setecientos metros de altitud, sólo marca tres bajo cero. En las zonas de la dehesa abierta, más bajas, seguro que serán cuatro o cinco grados menos, porque ahí el clima continental extremado carece de templanza, y no bromea.

Un café para terminar de despertarse. Una ducha caliente. Y luego, aún con la sombra del jinete de la noche alejándose por el horizonte, un paseo breve por el invierno que acaba de presentarse. Silencio. Sólo los tímidos trinos de unos cuantos pájaros –carboneros, mirlos, rabilargos- y el crujir de los propios pasos sobre la sábana de escarcha  que cubre la tierra lo rompen. Qué tesoro, el silencio de un despertar invernal en el campo.

3

Y mientras pasea, quebrando con un palo el hielo de algún charco –no se puede dejar de ser niño en esas ocasiones- el observador siente que siente muchas cosas, y no sabe cómo interpretarlas ni mucho menos contarlas. La severidad de la naturaleza. La discreción de la fauna, que hay que ve lo que sufrirá en estas noches implacables, y que jamás protesta. La intuición de que, a pesar de todo, el invierno pasará, y ese escenario helado explotará en primavera  en un nuevo ciclo del milagro de la vida. Y, trenzadas con esas observaciones que, pese a sus años, aún le siguen sorprendiendo, las cuentas que, como en un collar, el tiempo va engarzando en su alma. Alegrías y esperanzas aleteando aquí y allá, como los pájaros de rama en rama. Gratitudes diversas. Preguntas sin respuesta sobe el sentido de la propia existencia. Inquietudes y dudas. Suspiros por los que ya no le acompañan más que en el recuerdo. Y, como extraña conclusión de todo eso, quizás por el cogito ergo sum, que le enseñó don Prudencio en quinto de bachillerato, la percepción agridulce de que la felicidad no va mucho más lejos.

El silencio, la paz, la belleza, la emoción de un día que amanece con sol radiante y nos reconforta. Podría ser más preciosista y sensiblero, pero, al final, lo que le inspira al Duende esta mañana de invierno es un respeto imponente.

Otro cuento más de Navidad*

Hasta su Ministerio de Deportes se le había torcido últimamente. Menos mal que aún podría hacerse realidad otro cuento de Navidad...

Aquel hombre no creía demasiado en la Navidad. Había leído a Dickens, y sabía que a que al avaro Mr. Scrooge se le apareció el futuro que le esperaba si no cambiaba su  manera de ser y despertó del sueño siendo otro: un tipo encantador, sonriente, amable con los niños y, sobre todo, generoso. Como pedía la tradición de esa fiesta no laica que, a pesar de todo, se sigue llamando precisamente Navidad. Pero aquel hombre había sido más generoso que nadie. Es verdad que tiraba con pólvora del Rey, porque no gastaba de su bolsillo, sino del de todos. Pero también lo era que a base de repartir y repartir, y con la ayuda de los codiciosos especuladores, había dejado a su país más pobre, tembloroso y triste que lo que estaba el pobre tiny Tim en el famoso cuento del tal Charles Dickens.

Sin embargo, el hombre generoso que no creía demasiado en la Navidad tenía la suerte de ser, además, ministro del Deporte. Y, como tal, responsable  de todos los títulos, medallas, trofeos y galardones que su país había ganado durante su mandato. Un palmarés que causaba asombro. Nunca antes había pasado nada igual, al punto de que los éxitos deportivos, por aquello del “pan y toros”, le habían hecho olvidar al pueblo sus miserias, que desgraciadamente ya no eran pocas.

Mas…¡qué amarga ironía del destino!: hasta esa panacea parecía perder su poder balsámico. En el último año, y a pesar de los oros olímpicos, los tours de Francia, los masters y grandes slams, los ochomiles, los grandes campeonatos, premios y torneos y demás fabulosos triunfos conseguidos,  y aún contando con  que otro héroe llamado Andrés Iniesta había conquistado para su país lo que sin duda era la mayor gloria deportiva de todos los tiempos, la fortuna le había empezado a torpedear también su exitosa gestión como ministro. Intereses oscuros le habían arrebatado la organización de los Juegos Olímpicos. Intereses claros, pero nada románticos, le habían guindado los dos próximos Mundiales de Fútbol.

-A este paso-suspiró el ministro-,  y como los barandas de la FIFA sigan siendo tan peculiares, acabarán dándoselos a Islas Feröe antes que a España.

La cosa fue peor aún. Ya dice una de las leyes de Murphy que cualquier situación mala  es susceptible de empeorar. Cuando el deporte español se creía el rey del mambo, la mamá de Tarzán, el Señor de los Anillos, el cuerno de la abundancia y Alicia en el país de las maravillas, además de las pedorretas que arrojaron sobre nuestra dignidad, había estallado el fantasma de la droga para terminar de estropearlo todo.  Ahora su querido país, además de más tieso que una vela, empezaba a vivir bajo la sombra de la sospecha.

Pero para eso llega precisamente ese acontecimiento milagroso de la Navidad. En su sueño de esta noche, al ministro de deportes, como al señor Scrooge, se le aparecerá un futuro alentador que disipará cualquier temor y nos devolverá la alegría. No sólo es que las autoridades mundiales del deporte reconocerán  nuestros méritos. Ni que  Alberto Contador, Marta Domínguez y demás sospechosos resultarán libres de todo cargo. Ni que todos nuestros deportistas lo ganarán todo. Ni que el Barça seguirá batiendo records. Sino que además ningún equipo de fútbol bajará a segunda, todos los futbolistas cobrarán a tiempo, no habrá más calendarios de empelotados para llamar la atención sobre nada, los árbitros verán, los lesionados se curarán, los directivos inoportunos callarán, Ramos, Pepe y Reyes no harán más tonterías,  y -¡oh maravilla!- hasta Mourinho parecerá humilde y Guardiola la alegría de la huerta

Claro que esto no es más que otro cuento de Navidad. Que la tenga muy feliz el que lo lea.

(*) Publicado en MARCA el 24.12.010

Galletas del alma por Navidad

Si no hubiera Navidad, habría que inventarla y darle las gracias por venir...

1

Un ejecutivo de empresas que tenía que tomar un avión entretuvo su obligado retraso comprando los periódicos y un paquete de sus galletitas saladas favoritas. Se sentó a leer frente a la puerta de embarque, dejó su bolsa de viaje en el asiento de al lado y mientras hojeaba el repertorio de amarguras que últimamente suministran los papeles, abrió mecánicamente el cartucho de galletas y empezó a comérselas. Al poco, advirtió que otra mano procedente del asiento siguiente al de la bolsa iba haciendo lo mismo que la suya. Esto es, se alargaba hasta las galletas, cogía de cuando en cuando una y se la llevaba a una boca que, por el momento, el viajero ni siquiera había mirado.

Al principio no le dio mayor importancia. Pensó que sería un despiste y continuó comiendo sus galletas mientras seguía leyendo sus periódicos. Pero ante la insistente desfachatez de aquella mano que no cedía turno, no pudo resistirse y torció su cabeza buscando ver la cara al ladrón.

-Me lo temía –se dijo con resignación- Es el signo de los tiempos…

Sus sospechas se confirmaron. La mano furtiva pertenecía a un joven mochilero con barbas y pendiente que, impávido, se aprovechaba de él para aliviar su gazuza o su aburrimiento. Se indignó sobremanera, pero pensó que no valía la pena provocar un incidente por unas galletas saladas. Sólo se tensó cuando ambos llegaron a la última galleta. Entonces el joven la partió por la mitad, tomó la que creía que le pertenecía y, sin decir palabra, se levantó de su asiento y se fue.

El cabreo del ejecutivo contra aquel pícaro de aeropuerto sólo cedió cuanto tuvo que subirse al avión. En ese momento, al abrir su bolsa para sacar la tarjeta de embarque, se dio cuenta de que el cartucho de galletas que había comprado en la tienda permanecía intacto donde lo guardó, y que era él con su despiste quien se había aprovechado de la generosidad de un mochilero al que ni siquiera dio ni las gracias.

2

La anécdota se la contaron al Duende hace unos días, y éste se le quedó grabada porque parece un cuento de Navidad de nuestro tiempo. A los cristianos nos enseñaron que esta es una fiesta para compartir. Y se puede compartir de todo con todos. Van pasando las navidades de nuestras vidas y, a falta de tiempo y de recursos para compartir algo con las personas a las que uno quisiera susurrar un cálido feliz Navidad a la oreja – afortunadamente son muchas- uno sueña con  Dickens para dejarles al menos una emoción o una sonrisa.

Dickens, please. Échale una mano a este duende.

3

Nada, o quizás algo así, tiene que ver esto con lo que pasó por él durante la última experiencia musical que vivió el domingo en el Monasterio de Yuste, donde, con la Orquesta y el Coro del CEU cantaba El Mesías de Haendel. Leer una partitura te permite, entre otras cosas, entender textos que normalmente, y más cantados en coro, permanecen ininlteligibles para el oyente. La gran música coral gusta y conmueve, pero raramente se entiende. Este bloguero ni sabía que existía la palabra zaragatero (bullicioso, zalamero) hasta que tuvo que cantar la Mazurca de las Sombrillas de Luisa Fernanda. La había oído antes mil veces, pero, sencillamente, no la había escuchado con claridad. Mucho menos El Mesías, cuyo libreto original es en inglés del siglo XVIII.

Y sin embargo, a fuerza de repetirlo en los ensayos y por una triple coincidencia, doce palabras, doce, se le van a quedar  prendidas con imperdibles en el corazón de esta Navidad.

4

Por la mañana había recibido en su correo una felicitación de su entrañable Inés Velasco y Vidal-Abarca, que ha sido siempre, el espíritu de la Navidad con faldas. Alegre, positiva, generosa, encantadora. Una joya de mujer. Casualmente, menudo contraste, luego el Duende se topaba en  las páginas de El Mundo con un dramático reportaje sobre la muerte del Jesús Velasco Zuazola, su padre. Los hijos que mordió ETA, pretitulaba el periódico. Inesita sólo tenía doce años cuando los terroristas tirotearon y asesinaron al comandante Velasco tras dejarla  a ella y a sus hermanas en el colegio.

Finalmente por la tarde, después de haber cantado el Aleluya que celebra la resurrección de Cristo, este bloguero seguía emocionado una de las arias más bellas del Mesías, aquélla en la que tenor y contralto se alternan cantando unos versículos de la Epístola a los Corintios: Oh death, where is thy sting? Oh grave, where is thy victory? (Oh, muerte, ¿donde está tu aguijón? Oh, tumba, ¿Dónde está tu victoria?) Estas doce palabras le hicieron meditar. Se acordó de los injustamente arrebatados por el asesinato, como el padre de Inés. Y de su amigo Félix, que se fue tres meses atrás por culpa del cáncer. ¿Murieron realmente, con tanta vida como nos han dejado a su paso?…

Qué suerte ser un cristiano, aunque sea nebuloso, y poder recibir el mensaje vitalista de la Navidad. Y qué emoción compartirlo con tantos, como si fueran esas galletitas saladas que el mochilero ofreció en el aeropuerto sin decir esta boca es mía. Afortunadamente, seguirá habiendo cuentos de Dickens a todas las escalas. For ever ande ver, como se canta en el Aleluya.

Un buen día para soñar

Aprovechemos lo que Blake Edwards nos ha dejado para ser felices por un ratito...

Frío. A una semana del solsticio de invierno, lo que tarda en amanecer.

Se despierta uno después de haber tenido un sueño feliz. Le costó retirarse el edredón de ternura que le cubría por una noche, pero el bloguero pertenece a esa parte del género humano que no sabe estar en la cama más allá de lo que pide Morfeo. Y eso que respiraba ternura.

Hace tiempo que se ocultó la media luna, y en la oscura noche invernal, las luces de Madrid parecen sólo las de un pueblote grande: un inmenso dinosaurio que duerme. Cómo podrá albergar tanto dolor y tanta locura, con lo pacífico que se deja ver. Pero el bloguero hoy quiere ser positivo, optimista, decía, prolongando el espíritu inocente del sueño que ha quedado atrás. Y lo primero que hace es encender la luz zenital que ilumina al niño de su nacimiento. No es por nada, pero el contraste entre luces y sombras de su portal no lo mejora ni Caravaggio. Está imaginándose un día bonito, que es un adjetivo trasnochado y un poco cursi, pero muy expresivo. Quiere creer que todo lo que pasará este 17 de diciembre será bonito. Qué contradicción, después de procesar la última noticia que escuchó por la radio antes de cerrar los ojos, la muerte de Blake Edwards.

No quedan muchos cineastas de esos a  los que no hay que interpretar, Dichoso cine aquel que se entendía todo, que gustaba, que emocionaba, que te hacía reir o llorar. Uno se va haciendo viejo, y ha perdido el interés por cine de diseño: efectos digitales, personajes sucios, diálogos malsonantes, historias disparatadas, violencia, casquería y regüeldo contra lo que antes llamábamos buen gusto. (Supone el bloguero que el buen gusto es un concepto tan caduco como el adjetivo bonito).   Apareció en los años sesenta del pasado siglo Blake Ewards, rodó un buen número de películas de casi todos los géneros y en todos cumplió con buena nota. Emocionante y dramático en Días de vino y rosas. Desternillante en La pantera rosa y, sobre todo, en El guateque. Entretenido y brillante en comedias como La gran carrera o Darling Lily. Elegante, sensible y seductor en esa perla que es Desayuno con diamantes.

Pero este post sólo pretendía ser un soplo de sentimentalismo sencillo y asequible. Una píldora de ternura en un día helador. Una oportunidad para ese rescoldo de corazón que todos llevamos dentro, y que pide aire cuando se acerca la Navidad. Busquen a aquel ángel con cuello de cisne que se llamó Audrey Hepburn cantando Moon River en Breakfast at Tiffany´s y tengan, gracias también a Blake Edwards,  un día feliz.

Las ovejas descarriadas de El Mesías

Doctor, me preocupan más las ovejas que se pierden en El Mesías que otras cosas más importantes...¿Es grave?

La gran paradoja de este duende tan atípico es que se preocupa, sobre todo, por las cuestiones menores que no deberían de impedirle dormir tranquilo.

No es músico, no es cantante, sólo es un simple aficionado que, como tantos ahora, se atreve a participar en ese coto de la música clásica que hasta hace bien poco era sólo para los profesionales o para los superdotados. El caso es que hoy se ha despertado a las cinco de la mañana y ya no ha podido reconciliar el sueño. Recordaba una cita bíblica: Todos, como ovejas, nos hemos descarriado y hemos seguido nuestro propio camino. Y el Señor ha cargado sobre Él todas nuestras culpas. (Isaías, LIII, 6) Lo dice el profeta, y lo incluye Haendel en uno de los más bellos coros de su gran oratorio El Mesías.

La cosa es que los más de cuatrocientos coreutas que, junto con la Orquesta Europa Galante, el Coro Accentus, cuatro solistas, y todos bajo la dirección de Fabio Biondi no se descarriaron, como las ovejas del profeta, en este coro (All we like sheep, en el inglés de la época). Sino en el maravilloso Amen que cierra la obra. El director lo lleva, como toda su versión del monumental oratorio, muy deprisa. Y con sólo esa palabra, amen, que se repite una y otra vez a lo largo de unos cuatro o cinco minutos, las ovejas aficionadas  se hicieron un lío. Y, como dice el profeta, el Señor cargó sobre este  Mesías todas nuestras culpas.

El Duende cantaba en la segunda fila de las sillas de coro, justo el mismo eje central del Auditorio Nacional y a pocos metros de Biondi. Y mientras intentaba encontrar al pastor, se sentía el único culpable del despiste colectivo.

-Te he visto entre los que cantaban El Mesías. Maravilloso, me ha emocionado- leyó en un SMS que le llegó a su teléfono después del concierto.

Da igual, no le consoló bastante comprobar que estas imperfecciones pasan inadvertidas a la mayoría del público. La grandeza de Haendel y de su obra y la calidad de los ejecutantes profesionales salvaba el mal trago, pero el Duende no estaba conforme con ser oveja perdida y despertó a las cinco de la mañana decidido a enmendarlo en el concierto que se repite hoy.

Qué paradoja de hombre. Tan chapucero para todas sus cosas y ahora buscando la excelencia en las anécdotas de su vida. ¿Será que sólo importa de verdad lo que no le importa a casi nadie?

Lo que aún no ha contado Wikileaks

Los líderes políticos se preguntan, con cierta razón, si la libertad de expresión y la libertad de filtración no se estarán pasando...

1

Qué triste vivir atormentado por la sombra de una sospecha, por el remordimiento, por el sentimiento de culpabilidad. Qué insufrible salir a la calle y tener la sensación de que todo el mundo está leyendo en el fondo de tu alma y conoce los secretos que más quieres ocultar. Qué tortura ver en cualquier  ciudadano con el que te cruzas a un juez togado que te mira fríamente mientras frunce el ceño y con cara  de calamar impasible lee su sentencia.

-Culpable. Se le condena a…

Nadie, ni los gatos de la calle, tan discretos y respetuosos, parece observar el principio de presunción de inocencia. Qué dura la vida de quien tiene que hacer doble vida.

2

Un agudo acotador de la actualidad disfrazado en plan Mortadelo como castaño de Indias lo hubiera constatado aquella mañana. Al igual que cualquier otro día, se podía ver a oficinistas diligentes vestidos de oficinistas diligentes que atravesaban el parque para dirigirse a su trabajo.  También a algunos buscones discretos que esperaban en lo más umbrío del jardín su encuentro con el amor oscuro. Y, cómo no, a los practicantes de “jogging”. Corrían en todas las direcciones.

Pero al ojo crítico no le pasaron inadvertidas dos figuras que avanzaban en dirección contraria. Ella era una chica  rubia que  vestía un chándal verde y corría como una gacela. Él, como tantos diplomáticos, era de los de trote cochinero: el chándal de Armani, eso sí. Pero sólo para mantener la forma sin aburrirse tanto como los colegas que pagan un gimnasio carísimo y hacen kilómetros  sobre una monótona cinta rodante.

Ambos se iban a cruzar, pero cuando se encontraron sus miradas, ralentizaron el paso. Y, sin  conseguir disimular el por qué, cambiaron su rumbo y tomaron direcciones opuestas.

3

Fue el oprobioso complejo de culpa. Si, a tenor de los últimos acontecimientos, impregnaba éste a toda la sociedad, que veía caer a otro mito -la única flor y nata que le quedaba ya a aquel país tan venido a menos- cómo no iba  a pesar sobre ellos, que al fin y al cabo eran atletas.

Ella, además, al igual que la otra gran protagonista de la Operación Galgo, también se llamaba Marta. Y aún no había tenido tiempo de pasar por la peluquería y cambiar el tinte de su cabello por otro menos llamativo. Recordó horrorizada el final de la noche en que conoció a aquel apuesto diplomático norteamericano. No es que se gustaran al primer golpe de vista. Es que se emborracharon juntos, se olvidaron de sus respectivas vidas, se acostaron en la misma cama  y ya al amanecer, antes del último envite  de la pasión, esnifaron una rayita de coca.

-¡Qué espanto!-pensó Marta- Se sabrá todo…Y acabarán desposeyéndome de la medalla que gané en la Carrera por el Corazón Sano que organizamos en la urba…

4

Pero más graves aún eran los motivos que angustiaban a Edgar Templeton, diplomático, y espía. Vivía sin vivir en él desde que saltó Wikileaks porque,  aunque había arrancado secretos de alto valor estratégico sobre los narcos colombianos, los nuevos ricos del petróleo rusos, las mafias chinas y el preocupante nuclear de Irán y de Corea del Norte, lo que más le inquietaba aún no había visto la luz.

-Con todas mis informadoras tuve la precaución de acostarme a oscuras-pensó.

Pero el encuentro con aquella dichosa Marta fue distinto. Con las demás  sólo servía al Departamento de Estado y al placer carnal. Con Marta había sentido además algo parecido al amor, y se había desinhibido sin tomar las debidas precauciones.

-Qué disparate-pensó mientras se abría la bragueta y se acercaba a la taza del retrete- Lo hicimos a plena luz, y ella lo vio. Me moriré de vergüenza…

Escudriñó todos los rincones de aquel cuarto de baño, buscando cámaras ocultas. Se temía que la bomba podía estallar de forma inminente. Pensaba que cualquier día de éstos, la filtración llegaría a EL PAÍS, y todo el mundo acabaría sabiendo que Edgard Templeton además de espía era agente doble.

Aún más: también se sabría que aquel hombre tan serio y competente, aquel diplomático ejemplar que tanto había arriesgado por la seguridad de Occidente, se había tatuado en el miembro viril la imagen de Hello Kitty.

Postales y joyas en el caos

Las atmósferas del pintor inglés Turner también aparecieron, de rebote, en este caótico viaje por el puente de de la Constitución...

1

Cuando se inició el largo fin de semana del caos el bloguero estaba en el aeropuerto de Fuenterrabía. Al bloguero le gustan los aeropuertos así, que todavía parecen hechos a escala humana. Naturalmente, éste tiene los días contados.

La aproximación a este aeropuerto ofrece postales maravillosas, pues antes de aterrizar en él los aviones suelen sobrevolar Hendaya y la costa vasca para girar y embocar la pequeña bahía junto a la que se extienden las pistas. El aeropuerto es pequeñito, como de un aeroclub antiguo, y entrañable. Recuerda al de la película Casablanca. A menudo te recibe con lluvia, y como el avión te deja a pie de pista, sin finger ni demás parafernalia, piensas que por ahí van a emerger de la niebla Humphrey Bogart con su trinchera y su sombrero acompañado por el pícaro Claude Rains con su quepis de gendarme.

-Este puede ser el principio de una gran amistad –crees que vas a escuchar.

Pero a la hora de despegar no aparecieron los héroes de Casablanca. Y lo que se escuchó por megafonía sonaba completamente distinto.

-Cerrado el espacio aéreo español. Cancelados todos los vuelos…

Fue el principio de un gran cabreo. Aunque, como nunca hay mal que por bien no venga, también de nuevas experiencias alternativas.

2

Como muchos españoles colgados por la huelga de controladores, el bloguero canceló el billete de avion  y reservó otro de autobús San Sebastián-Madrid que salía a las nueve de la mañana del sábado. Pernoctar donde no pensabas hacerlo sienta fatal a cualquier viajero, pero puede tener su encanto. Entre otros placeres de los madrugadores, te permite hacer ese paseo  que siempre dejas pendiente cuando te gusta una ciudad y apenas paras en ella.  El bloguero durmió poco, como siempre que tiene que salir de de viaje. Y después de desayunar muy temprano, anduvo hasta la estación de autobuses por esa elegantísima  Avenida de Francia que se extiende a lo largo del río Urumea. Un paseo delicioso que sin duda probablemente nunca habría hecho si todo hubiera ido según lo previsto.

Mientras el bloguero caminaba, amanecía sobre San Sebastián. Sorprendentemente, el sábado 4 de diciembre se presentó despejado y luminoso. Cualquier paisaje, urbano o rural, luce más después de ser lavado por la lluvia. Aquel amanecer sobe la bella Easoqué cursilada de expresión, por cierto. Pinchen el enlace y sabrán por qué a la capital guipuzcoana se le llama también así- le trajo al bloguero destellos de un libro que leyó hace tiempo. Lo recuerda con agrado, entre otras cosas, por las cosas que cuenta de San Sebastián. Se trata de La dulce España, una autobiografía sensible y amena de Jaime de Armiñán, que siendo niño pasó la guerra civil precisamente allí. El título del libro no deja de ser una ironía, pues no pasaba el país un momento justamente dulce.

Amargo era también  ese amanecer del 4 de diciembre de 2010 para España, ahora en estado de alarma. Por más que uno de sus viajeros se aliviara contemplando esa postal de amanecer  junto al Urumea que, inopinadamente, encontró en su camino gracias al desdichado azar.

3

El bloguero tampoco había visto nunca los montes de Guipúzcoa cubiertos por la nieve, y contrastando nítidamente con el verdor del valle.

-Qué belleza- pensó.

No pudo poner cara de arrobamiento, porque eso no pega en los viajes colectivos, donde todo el mundo va tan serio, y dibujando más bien algún drama en su cara.

Sin embargo, la luz esplendorosa de aquella mañana otoñal daba al paisaje un relieve especial, y le remitía al viajero a uno de las pocas reglas de filosofía práctica que aprendió en los libros. Procede de Alain, un modesto pensador francés del pasado siglo que escribió Sobre la felicidad. No hablaba en su libro de un viaje en autobús, sino en tren, aunque la moraleja es aplicable a cualquier medio de transporte por el que hayas pagado un billete. Piensa que el paisaje maravilloso que quizás estás viendo por la ventanilla-viene a decir- no estaba incluído en el precio.

A menudo lo olvidamos. Como olvidamos también la cuota de felicidad marginal que puede aportar la puntilla de un huevo fresco bien frito.

4

El autobús seguía viaje. Dejaba atrás el País Vasco y se adentraba en Castilla.

Castilla nevada. Ancha,  blanca, limpia y fría. Iglesias, monasterios, murallas, castillos. Se comprende que este solar adusto y riguroso en extremo diera pábulo a tantos guerreros místicos. El ciego sol, la sed y la fatiga/ por la terrible estepa castellana/ al destierro, con doce de los suyos/ polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga –recita para sus adentros el viajero. Siempre ha pensado que esas cabalgadas bajo la celada y la coraza candentes por el sol de agosto debían de ser la mayor prueba de sufrimiento para las bravas mesnadas del Campeador. Pero…¿y el frío?

El frío de la armadura en la Castilla helada. El frío que se adivina en el ya casi extinto pastor que aún apacienta a unas pocas ovejas valientes cubierto en su manteo. Qué merito, salir a buscarse la vida del ganado bajo la nieve.

Y qué grato poderlo ver calentito desde la butaca del autobús mientras este avanza al encuentro de otra postal.

5

El puente del caos será también uno de los más borrascosos que se recuerdan. Por la noche, desde el ventanal de su palomar, el bloguero contempla  Madrid al anochecer bajo el temporal. El Palacio Real, la Almudena,  San Francisco el Grande y, más al fondo, los edificios de  Telefónica, el Palacio de la Prensa y Bellas Artes aparecen y desaparecen como pecios que flotan en el horizonte envueltos en la bruma. El espeso celaje rebota las luces de la gran ciudad, dotando a la escena de una iluminación espectral. De vez en cuando la niebla se rasga en cortinas colgantes. En otros momentos, los grandes iconos de la arquitectura madrileña se coronan de penachos evanescentes.

El observador recuerda las atmósferas mágicas que pintó Turner. O las distintas versiones lloronas de la catedral de Rouen que recreó Monet. Pero esta exhibición, estos momentos milagrosos que de vez en cuando  brinda el cielo, se pueden ver sin salir de casa. También gratis, por supuesto.

6

Nunca sabemos cuál será la próxima sorpresa. Estaba el bloguero transido por los grandes panoramas de aquel viaje de emergencia cuando de repente se ve poniendo el nacimiento con sus nietas, y advierte que el drama se avecina.

-Abuelo –pregunta Marina muy preocupada- ¿Y cómo vamos a poner esta gallina?…

La gallina, figurita de barro fetén, de las clásicas murcianas de toda la vida, ha perdido la peana donde hundía sus patas de alambre y no se tiene de pie. La niña está desconsolada, porque un nacimiento sin gallina no es lo mismo. Pero al abuelo se le ocurre partir una sección de un corcho de botella, hacer en ella una incisión a punta de navaja, ponerla sobre la mesa y clavar  a la gallina para que luzca erguida su cresta en el belén.

Y la niña sonríe.

7

Poco después escucha el discurso de Mario vargas Llosa en la Academia Sueca que difunden todas las cadenas de televisión. Y comprueba estupefacto que este gran hombre  no sólo no parece el divo atrabiliario e impertinente que tanto se estila, sino todo lo contrario.

-Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado-dice el Nobel.

Anota el  bloguero un pensamiento del escritor que guardará como oro en paño: al igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Y le impresiona que se le quiebre la voz al hablar de su mujer, la bella prima de “nariz respingada”, que le critica diciéndole lo que más complace escuchar al novelista: Mario, no sirves más que para escribir…

El bloguero flipa, porque no acaba de creerse que aún se emitan mensajes de este calado.  Además de todo eso, entre cultas veras y finas bromas,  el escritor peruano proclama públicamente su amor y agradecimiento a España. España, casualmente nuestro país y también el suyo, al que tanto maltratamos  con huelgas y políticas disparatadas y del que tanto denigramos los que en ella nacimos…

Qué pasado de moda, pero qué emocionante y qué impactante Mario. ¿Cómo no vamos a acabar mojando con él? Definitivamente, aún en el caos se acaban encontrando postales y joyas preciosas.

De los controladores y otros “tounchingballs” de la res pública

Cualquier gobierno vive bajo la psicosis de que algún "touchingballs" puede amargarle la vida en el momento menos oportuno...

1

Bermudo García de Ocáriz, Catedrático de Derecho Político. Así soñaba su tarjeta de visita aquel joven empollón que afrontaba el paso previo de su doctorado y aún buscaba el tema de su tesis doctoral.

-Ay qué bonito-le decía Lupita, su compañera desde primero de derecho y novia inmutable desde tercero- Yo haré oposiciones al Cuerpo de Archivos y Bibliotecas, y tú, que eres como más profundote, catedrático de eso, que está muy bien. Con ese nombre…¿cómo ibas a ser otra cosa?

-Claro, Lupita…Pero debería tener claro ya cómo afrontar el doctorado…¡Es tan difícil encontrar un tema sugerente para la tesis!

Y se iban a pasear `por el Parque del Oeste agarrados de la mano a ver si, entre arrumaco y arrumaco, daban con el  asunto. Hasta que el día 4 de diciembre de 2010 Bermudo pudo gritar.

-¡Eureka!, ya lo tengo.

2

-De la defensa contra los “touchingballs” en la gestión de la res pública- enfatizó Bermudo- ¿Qué te parece el título?

Lupita se quedó algo pensativa. Sabía lo que era “la gestión de la res pública”. También comprendía que lo de la defensa era el uso de las armas que ofrece el derecho a los gobernantes. Pero le sorprendía el concepto de touchingballs en el título de un trabajo jurídico tan serio como el que cabía suponer en  una personalidad como la de Bermuda.

-¿Y qué es eso de los “touchingballs”?

-Lupita, tía- se explicó- Date cuenta de que los estudios jurídicos brillantes como el que sin duda será mi tesis se publican en revistas extranjeras…Y sus lectores seguro que entienden lo de touchingballs.

-¡Ah!-fue todo lo que dijo Lupita.

Siguieron paseando. Después de aquella revelación Bemudo estaba entusiasmado. Tanto, que, como cualquier enamorados en cualquier parque, dejó de conformarse con los cromatismos otoñales del arbolado y entró en los arrumacos. Y en esos estaba la pareja cuando Lupita escapó de sus besos y preguntó.

-Por ejemplo, ¿quiénes son los touchingballs de nuestro gobierno?

-Joé, Lupita, qué pesada eres-se revolvió Bermudo visiblemente molesto-¿Pues quiénes van a ser?…Los que les tocan las pelotas…¿Un ejemplo? Los controladores aéreos…¿Otro? Marruecos...¿Otro? La libertad de prensa, auténtico dípterus collonensis que a veces enreda en el lado oscuro de los gobiernos, como se ha visto ahora en el caso Wikileaks.

3

Y aún a costa de desaprovechar el turno de arrumacos, Bermudo se extendió en lo que había sido  la noticia del día, y `para los constitucionalistas, quizás de nuestra democracia, pues al fin el gobierno había apurado uno de esos artículos de la carta magna que jamás se usan para acabar con la huelga salvaje de los controladores aéreos.

-¿Ves?….Se han pasado, han abusado de su poder en contra del pueblo y, por ende, del gobierno…Son unos auténticos touchingballs para la res pública. Pero el gobierno, amparándose en la Constitución, decreta el estado de alarma y les pone en su sitio…Y hé ahí el eje de mi tesis: cómo no sólo es posible, sino necesario y oportuno, ser firmes y rigurosos en la gobernación de la cosa pública…

-Ya-dijo Lupita.

4

A Bermudo García de Ocáriz, futuro doctor en derecho y catedrático de derecho político, no le gustó el laconismo de su novia. Le parecía como si sus palabras no le hubieran acabado de convencer, y eso le mosqueaba.

-¿Eso es todo lo que tienes que decir de mis argumentos?…

-No-se excusó Lupita- No es eso…Es que…pensaba en el por qué unas veces se actúa con firmeza y rapidez  y otras no tanto… Pensaba en los problemas con Marruecos, en las revelaciones de Wikileaks…Pensaba que además de firme, el gobierno debe ser prudente, y tener en cuenta que un fin de semana como éste no era el mejor para apretarles  los tornillos  a los controladores, con tanto tiempo como llevan haciendo de las suyas…Y pensaba que tal vez abandone lo de opositar a Archivos y Bibliotecas y decida doctorarme yo también.

-¿Ah sí? –dijo Bermudo con evidente retintín- ¿Y ya tienes claro el tema de tu tesis?

-Más o menos –sentenció Lupita- ¿Qué te parece éste?: De la distinta consideración jurídica de los “touchingballs” según interese a la res pública.

Y Bermudo se mosqueó aún más. Pues se estaba dando cuenta de que Lupita, que hasta entonces parecía tan tontita, podría quitarle el puesto  si luego decidía opositar a la cátedra de Derecho Político.

Jockey tiembla: por favor, gallinita, pon

Hay otras alternativas a las delicias de Jockey que pueden resultar más asequibles...

1

Recuerda el Duende que lo primero que le llamó la atención cuando tuvo oportunidad de comer en el afamado restaurante Jockey no fue la calidad de su cocina, sino lo juntas que estaban las mesas. Más que juntas, estaban literalmente pegadas unas con otras. Naturalmente, era una de esas comidas que se dicen de negocios.

-Aquí cada metro cuadrado de mantel –le avisó uno de sus jefes- vale una bandeja de diamantes. Y la gente lo que más aprecia no es que se coma excelentemente, sino verse entre los pocos que se pueden permitir el lujo de pagar la nota. Por eso no importa estar codo con codo con el de al lado: sabes que es de los tuyos, ya entiendes…

Como ocurre a menudo cuando pruebas un restaurante mítico, aquel joven publicitario encontró francamente gustosos los huevos Jockey, uno de sus platos más típicos y, ejem, ejem, asequibles.   Pero pronto le salió la vena moralista y austera e imaginó lo que diría Groucho Marx cuando le presentaran la dolorosa.

-¿Treinta euros por eso?…¡Nunca volvería  a comer en un restaurante  que me cobra sus huevos como si fueran los míos!

2

La pléyade de gourmets, académicos de la buena mesa, sibaritas Visa oro, sommeliers de salón y hedonistas de gañote que hoy distingue a nuestra clase beautiful hicieron grandes a Jockey y otros templos del buen comer porque disparaban con pólvora no del rey, sino del fisco. Para darle más prestigio aún al noble oficio de la restauración, pronto se extendió la especie de que era más importante saber quién es Ferrán Adriá y otros santones de la gastronomía que tener noticias de Platón. Miel sobre hojuelas.

-Era lo bueno de los almuerzos de negocios –se quejaba un nostálgico de las vacas gordas- Comías bien, lo desgravabas como gasto y hacías cultura, porque de eso es de lo que hay que saber hoy en día para ser un hombre ilustrado. ¡Y si encima pillabas un contrato!…

Pero vino la crisis. Se redujeron los gastos de representación de muchas empresas y ejecutivos. Volaron las tarjetas de crédito. Y hasta los intocables galardonados por la Guía Michelín se lamentaron del fin de su reinado de Jauja.

3

Ya se ha escuchado a alguna voz autorizada que pronostica lo evidente: nada será igual después de esta crisis. ¿Volverá a deslumbrar el lujo igual que antes de ella? A este duende en particular le duele saber que muchos de esos restaurantes antaño opulentos como Jockey está pasando apuros. Pero no puede dejar de pensar que se pasaron en sus precios sólo porque siempre había farfollas dispuestos a demostrar que ellos si podían pagarlos.

-Lo que gusta no es tanto la exquisitez –le dijo aquel jefe experto en el buen vivir-como la exclusividad. Saber que estás entre esos pocos…

4

Y paradójicamente, en el campo, el Duende se sintió entre otros pocos que, por algo menos de dinero, también  tocan el paraíso con el paladar. Pues ocurrió que sus nietas, que descubren felices que los animalitos no son sólo dibujos animados , se han salido con la suya y han adoptado gallinas. Y ocurrió que la primera puesta de huevos  de éstas coincidió con una cesta  que  el abuelo había llenado  con níscalos, senderuelas y lepiotas. Limpió las setas y las  rehogó primorosamente con esos mínimos sustanciosos que distinguen a la cocina española más básica.

Y cuando a la hora de la cena las vio en su plato junto a  un par de huevos fritos y las probó, cerró los ojos se olvidó de las miserias humanas, deseó mejor suerte a los restauradores en crisis y sólo pudo implorar emocionado.

-No esperes a san Antón y, por favor, gallinita, pon..


Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 791,468 hits

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.