Archivos para 30 marzo 2011

De la utopía al posibilismo

...Y cuando curó la "utopitis" que le aquejaba, se convirtió en un posibilista como cualquier otro gobernante

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Qué fatalidad. Decían los observadores que el presidente mejoraba de la utopitis crónica que le aquejaba desde su llegada a la Moncloa. En vez de concebir  una España imposible, era ya tan posibilista que hasta consideraba que no toda la energía nuclear significaba  Hiroshima y Nagasaki.

Y en éstas se enfadó la tierra, desató un terremoto y un tsunami sobrecogedor en Japón y reventó la  central nuclear de Fukushima. El mundo lloró –un poquito- por las más de diez mil víctimas. No lloró más  porque el fantasma de Chernobil aventaba el miedo, y medio mundo tenía elecciones a la vista y una viña que guardar.

-España no es Japón –escribió en su informe el Director General de Argumentarios del gobierno de España.

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Últimamente nada era lo que parecía. Japón no era España. Grecia no era España. Irlanda no era España. Portugal no era España. Ni Libia era Irak. Y el faisán tampoco la cándida paloma de la paz que pretendían.

Pero en el debate nuclear, las cosas cambiaban. Donde antes se cerraba una central, ahora la necesidad obligaba a hacer la vista gorda sobre las demás.

-Digamos digo donde antes decíamos Diego –subrayó el el Director General de Argumentarios- Desde que la gente probó el agua caliente, la calefacción y  el coche, y se ha emborrachado de estado de bienestar, no hay manera de sacar adelante la utopía, jefe.

El presidente se secó una lagrimilla con un pico de la portada de EL PÚBLICO, que usaba habitualmente como pañuelo e, hincando la rodilla, declamó como Tenorio desesperado.

-Clamé el cielo y no me oyó/ y, pues sus puertas me cierra/ de mis pasos en la tierra/ responda el cielo, no yo.

La entrada de su secretaria alivió aquel amargo cáliz.

-Que mientras se flagelaba, ha llamado don Emilio Botín para insistirle: que no decaiga, que no dimita, y que si le fallan los sindicatos, ahí está él para ayudarle, que por algo lleva siempre la corbata roja.

Bendito posibilismo.

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Entretanto, y hastiados ya de encuestas electorales que no trataban sino de socavar la moral del gobierno, empezaron a proliferar las que abundaban en el punto flaco de la energía nuclear. Y Homper, el Hombre Perplejo, se quedó turulato al saber que la mayoría de los encuestados creía que las centrales nucleares que hay en nuestro país son seguras.

-Es asombrosa su sabiduría–pensó- No sólo conocen palmo a palmo la geología de nuestro suelo y la solidez de sus placas tectónicas. No sólo tienen pruebas del alto grado de resistencia del homigón armado. Sino que saben que la fusión parcial de las barras del reactor, aunque produce una radiación de  1.000 milisievert por hora, no nos afecta. Como dijo Leopoldo Calvo Sotelo de la guerra de las Malvinas, el nuestro es un problema “distinto y distante”.

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Entretanto, en el piso de arriba, Emlio y Solita, un matrimonio con ciento ochenta y cinco años a sus espaldas, escuchaban los alarmantes datos de un científico sobre la longevidad del peligro nuclear.

-El cesio radiactivo decae a la mitad a los treinta años –decía la radio- El plutonio que se está escapando ahora en Fukushima tardará veinticuatro mil en perder sus efectos nocivos.

-No llegaremos a eso, ¿verdad?-preguntó temblorosa la anciana mientras acercaba sus manos frías al radiador de calefacción.

-No, Solita-respondió el anciano- Estaremos ya en la vida eterna.

-Pues entonces, ande yo caliente y ríase la gente.

Les faltó añadir que el que venga detrás arree. Que es más o menos lo que acaban aceptando, con amarga resignación, eso sí, los políticos posibilistas.

Sin tetas no hay paraíso

Cualquier observadora mínimamente instruída sabe que la Libertad, como pintó Delacroix, también iba a pecho descubierto...

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Pilu le había cogido el gusto a lo de asaltar capillas universitarias en tetas. Le  parecía, además de divertido y excitante, francamente revolucionario si se sabía explotar el éxito mediático del acontecimiento.

-El futuro no es del pensamiento, sino de la acción –dijo mientras le pasaba el porro a su compañera- Y en un estado laico no se puede consentir esa intromisión de la Iglesia Católica en una institución como la Universidad.

-No se puede, no-asintió Pepa después de ahuecar la boca y lanzar al espacio perfectos anillos de humo- Figúrate que el otro día en Derecho me encontré a una tonta que salía de la capilla. Le pregunté qué  había ido a hacer allí y me dijo que rezar para que le aprobasen el Mercantil II.

-Irritante-dijo Nekane- Qué manipulación de los de la sotana. Qué comida de coco.

-Inadmisible-apostilló Campoamora.

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En realidad Campoamora se llamaba Teresa ( por santa Teresita de Lisieux, de la que su madre había sido devotísima), pero había descubierto en un serial de TV a Clara Campoamor y había adoptado su apellido como nombre de guerra. Le parecía que le daba solvencia reformista.

-Pero centrémonos –añadió-, que luego vienen los periodistas fachas y nos  critican la marrana.

-Querrás decir que nos joden la marrana, ¿no?-ironizó Pilu.

-¿Qué quieres,.que maltrate yo a un pobre animal que además es hembra?…Haciéndole el caldo gordo a los machistas, ¿no?

Pilu se disculpó y el grupo decidió  tomarse la reunión en serio.. Campoamora entonces hizo dos propuestas fundamentales. La primera era la de buscar un nombre de gran impacto para el reconocimiento universal de su movimiento.

-¿Qué os parece E.T.C.D?

Las jóvenes revolucionarias no supieron qué cara poner.

-¡Tontas!…-bromeó Campoamora- Eso sería la firma al pie de los carteles, el logotipo. Las cuatro letras son las siglas de En Tetas Contra Dios.

Todas lo celebraron entusiasmadas.

-Y ahora, la primera acción  de repercusión internacional –añadió Campoamora poniéndose muy seria- ¿Y si  animamos a los chicos, nos vamos a Nueva York, nos  empelotamos todos y todas con un integral de escándalo y asaltamos la capilla de Naciones Unidas?

-¡Uy, Nueva York, cómo mola!-exclamó Nekane entusiasmada-¡Otro viaje de paso del Ecuador!…¡Y con lo barato que vuelve a estar el dólar!

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Tuvo que ser Pepa la que introdujera en el debate un dato que sentó como una jarro de agua fría sobre aquella fogata revolucionaria.

-La idea es de puta madre…-fue su preámbulo.

-¡Cuida el lenguaje, tía!-le corrigió Campoamora- ¿No puedes decir que la idea es de cabroncísimo padre, que lo entenderíamos igual sin caer en el sexismo?

-Quiero decir que desde el punto de vista estratégico es un acierto, Campoamora. Pero…¿habéis caído en que la capilla de Naciones Unidas no es católica?…Ahí no hay vírgenes ni cristos ni obispos a los que insultar, y cada cual se entiende con el dios que quiere. ¡Imagínate que se nos enfadan los musulmanes o los budistas!…

-Vaya, qué putada –farfulló Campoamora visiblemente contrariada.

-Cabronada, guapa –soltó Pepa sin abandonar la sonrisa- A ver si matizamos…

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Pilu recordó entonces su proclama inicial: el futuro no es del pensamiento, sino de la acción. Se lo había inculcado su abuela con un refrán de esos que repetía a dos por tres: obras son amores, y no buenas razones. Motivo por el cual creyó que debía plantear una propuesta seria y coherente para que la opinión pública tomara conciencia de que no eran unas golfas ni unas frívolas antisistema, sino unas conciencias limpias y coherentes que querían reformar este mundo tan injusto.

-Pues yo creo que deberíamos hacer algo más serio-dejó caer con el aplomo-Debemos dar otro golpe decisivo para demostrar que la Iglesia Católica sobra no ya en la Universidad, sino en el estado laico. Algo original, espectacular y elocuente…

-¿Por ejemplo? –preguntaron las demás expectantes.

-Asaltemos una residencia de ancianos y enfermos de esos que atienden las Hermanitas de la CaridadQuitémosles las tocas a las monjas, ocupemos su puesto y demostremos que somos capaces de lavar las heridas, limpiar culos y dar la sopita a ancianos y ancianas  sin que medie el Dios católico para nada. ¡Fraternidad laica!…¡Justicia social agnóstica!…Ese es el paraíso revolucionario al que debemos aspirar las que hasta ahora nos limitábamos a asaltar capillas universitarias en tetas.

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Al escuchar semejante propuesta, Pepa y Nekane arrugaron en el gesto.

-Qué pereza…-rezongó Pepa- Y casi como que nos da un poco de asco, ¿no?

-¡Fu, imagínate!…Y encima desnudas y un poquito colocadas, como nos gusta-añadió la otra- No lo veo tan fácil…

Campoamora, tan influída por los seriales de la tele, fue mucho más concluyente

-Estás loca, Pilu- sentenció la ideóloga mientras apagaba lo que quedaba del porro- Tendríamos que ponenos las tocas, y encima trabajar sin provocar. No, no lo veo. Y desengáñate:  sin tetas, no hay paraíso.

Pilu se quedó algo chafada. El caso es que levantaron la sesión, y aprovechando que hacía un buen día de primavera, se fueron a manifestar en bolas para exigir que el Cerro de los Santos se llame ya, de una puñetera vez, el Cerro de los Laicos.

El nefasto día en que murió Liz Taylor

A Homper le gustaba sobre todo aquella Elizabeth Taylor anterior a Cleopatra. Parecía más cercana y asequible que la gran estrella en que se convirtió luego...

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De repente, a su edad, Homper había descubierto las tertulias. No tenía demasiada experiencia en tertulias. Siempre había sido un hombre inquieto, culo de mal asiento, ir de aquí para allá, hocicando en terrenos distintos, entreteniéndose en ver cómo la vida se trenza o se desfleca. Muchas labores y aficiones diferentes, aunque todas propias de su sexo y condición.

-Nada humano me es ajeno –dijo el primer día de tertulia en plan solemne, así como para marcar estilo.

Sus amigos le miraron tan estupefactos como solía quedarse Homper por casi todo. No se le esperaba sentencia semejante. Homper se apercibió  de ello y se avergonzó profundamente de haber sido tan poco original.

-Hoy voy a pedir Calisaydijo en la tertulia de ayer. Y sus amigos le volvieron a mirar con los ojos como platos.

-¿Por qué se te ocurre semejante cosa?-le preguntó Dionisio- ¿Conoces a alguien que conozca a alguien que conozca a alguien que tome Calisay?

-Lo tomé una vez hace cuarenta años y me pareció el licor más detestable que he probado nunca-Homper se puso muy serio- Y quiero estar verdaderamente triste para brindar en memoria de Elizabeth Taylor.

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En las tertulias se dicen muchos lugares comunes, pero hay que enunciarlos con clase y buena dicción. Dionisio, por ejemplo, estuvo muy afinado cuando después del primer sorbo de su café dejó caer algo verdaderamente original y trascendente.

-Hollywood ya no es lo que era.

Pedro, otro tertuliano que había sido un destacado financiero y tenía muy buena cabeza, lo ratificó. Recordó que hacía tan sólo dos o tres semanas había muerto Jane Russell, una de sus debilidades eróticas más turbadoras.

-Una apoteosis de curvas –matizó- ¿Sabéis lo que dijo Bob Hope a propósito de sus encantos? Pues dijo que la inteligencia de un hombre se notaba cuando era capaz de hablar de Jane Russell sin mover las manos. Eso es lo que dijo.

Gerardo terció recordando que la que estaba verdaderamente buena de Los caballeros las prefieren rubias no era Jane Russell, sino Marily Monroe, a lo que Arturo, otro tertuliano, apostilló otra frase para la historia.

-Lo cortés no quita lo valiente, Gerardo. Es verdad que Marilyn estaba buena, pero Jane Russell estaba buenísima.

Todos los tertulianos rieron. Pero a Homper le resultó imposible, porque acababa de degustar el Calisay y el paladar le exigió cara de naúsea.

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La tesis de Homper es que otras guapas, como Maureen O´Hara, podían haber sido camareras de esas que sirven corderos asados en un mesón castellano. Gene Tierney, belleza incomparable, era su farmacéutica favorita. Eleanor Parker, Grace Kelly o Deborah Kerr pedían ser princesas imperiales o hadas. Según él, Sandra Dee, Debie Reynolds y Leslie Caron nacieron criaturas de cajita de música: se abría la tapa, sonaba el Danubio Azul y giraban pizpiretas luciendo sus maravillosas caderas enfundadas en tutú. Cyd Charisse marcó el canon de las piernas perfectas. Ava Gardner, el esplendor de la carnalidad. Rita Hayworth le disputaba a la O´Hara el reinado de la pelirrojía, pero añadía el plus de lo pecaminoso del que Maureen carecía. Virginia Mayo, Lana Turner y hasta Kim Novak simbolizaban el erotismo cursi.

-Pero luego estaban las que uno quería que fueran sus primas o sus vecinas de arriba: Vivian Leigh, Pier Angeli, Natalie Wood, Jean Simmons. Y la primera Elizabeth Taylor.

Por encima de todas reinaba para Homper  la imponderable Audrey Hepburn. Pero no podía olvidar los ojos (¿de verdad violeta?)de aquella chica judía de Ivanhoe que le enamoró cuando era un párvulo inocente.

-Luego, a medida que engordó y cuajó en gran diva, también se hizo más cursi- dijo mientras apuraba el castigo de la copa de Calisay- Pero es lamentable: ya no quedan estrellas de la época dorada de Hollywood.

Los compañeros de tertulia coincidieron en un suspiro de nostalgia.

-Bueno –precisó Dionisio- Para ser justos, queda el viejo Kirk Douglas, pero no es lo mismo.

-No es lo mismo, no-subrayaron  a media voz los tertulianos.

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La nostalgia, más que un error, es una desgracia. Y las desgracias nunca vienen solas. Rafael puso sobre el velador un ejemplar de EL MUNDO y apuntó a la última noticia de su portada.

-Practicar sexo o deporte de modo esporádico eleva el riesgo de infarto-leyó en voz alta.

Silencio y gestos de preocupación.

-Lo que nos faltaba para mirar al futuro con optimismo- concluyó Homper mientras se levantaba de la mesa y se ponía la gabardina.

Hay días que deberían haberse borrado del calendario antes del amanecer.

Noticias del desasosiego de Gregorio Samsa

¿Cómo decirle al pobre Gregorio Samsa que no todo es desasosiego?...

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Praga 17.3.2011

Querido bloguero

A lo que veo, andas siempre balanceándote entre la realidad y la ficción, como un funámbulo por su cable. Por si te sirve como un nuevo motivo de reflexión, voy a contarte lo que me ha pasado hace bien poco.

Como recordarás, desde que Franz Kafka se ocupó de mí (véase La metamorfosis) yo me desperté una mañana convertido en cucaracha. No es lo que más  me podía gustar, pero es inútil protestarle al creador. Él hace lo que le viene en gana, y no te consulta para nada. Acabé aceptando mi condición y acostumbrándome a mi cambio de imagen. Llegué a convencerme de que hasta en las cucarachas hay clases. No es lo mismo lucir unos hélitros pulcros y planchados como si fueran el frac de David Niven que ser una criatura de cloaca, como a menudo se ve a mis congéneres.

Cuando ya estaba razonablemente contento con mi suerte, me desperté una mañana y me llevé la misma desagradable sorpresa que el día de mi primera metamorfosis. Me miré al espejo y vi que mi fisonomía había sufrido tres nuevas mutaciones. En primer lugar, mi cabeza era una la de un humanoide. No tenía antenas, pero iba peinada con una cresta de gallo como la que llevan ahora los modernos. Qué espanto. En segundo lugar, en vez de seis patas, las reglamentarias,  sólo tenía dos, pero éstas calzaban zapatos de rejilla, que siempre he odiado. Además, no me los podía quitar: eran parte de mi cuerpo. Finalmente, en cada uno de mis hélitros, de inmaculada negrura como te explicaba, había estampados  a modo de tatuaje en tinta blanca dos rostros. En una de mis alas se podía ver la cara de Enric Sopena. En la otra, la de Angela Merkel. Imagínate el cuadro.

¡Ay, Señor qué confusión! En fin, no te pido que hagas de señorita Francis y me des tu consejo para calmar mi zozobra. Pero… ¿entiendes algo? Si es así, escríbeme contándomelo  y te quedaré muy agradecido.

Un saludo afectuoso de tu amigo y lector

Gregorio Samsa

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Madrid 22.3.011

Querido Gregorio

Gracias por tu consideración, pero me temo que poco te puedo ayudar. Cuando amaneciste convertido en cucaracha la cosa parecía chocante, un suceso extraordinario. Pero hoy  casi nada sorprende. El mundo parece es una pella de plastilina, un kaleidoscopio que cambia el panorama a cada nuevo giro, una canica explosiva, un planeta descerebrado.

Fíjate. La guerra…¿Es buena o mala? Depende. Ahora hasta los pacifistas se hacen los suecos. Gadafi: hace tres años le dábamos la llave de oro de Madrid y ahora le mandamos F-18 por ser un malvado oficial. Japón: ha visto morir  a casi doce mil de los suyos arrasados por un terremoto y un tsunami y aquí nos asustamos por el impacto de la fuga nuclear de Fukushima. Las dudas derivadas: ¿es bueno o es malo el desarrollo? ¿Es el estado del bienestar una necesidad o un lujo inalcanzable? ¿Vale todo con el pretexto de la libertad? ¿Hay que arriesgarse con la energía nuclear, o rescatar el frío que pasé en mi infancia como algo sano y natural?

Y eso sin tener en cuenta que el clima también ha perdido el oremus.  Hay veranos que se incrustan en el invierno e inviernos que de repente se disfrazan de verano. Dicen que las aves y los insectos se vuelven locos, ya no saben ni cuando emigrar ni cuando aparearse o dedicarse a hacer miel. A los osos polares se les derrite su habitat por el cambio climático. A muchos observadores se nos derrite también el sentido común. En una tele  hay un hombre enloquecido que exporta entre sollozos las desgracias de su matrimonio. Es un famosillo que se llama Víctor Sandoval, y no clama contra su mujer, sino contra su marido. Las noticias dan cuenta de que otro bárbaro acaba de matar a su señora en un pueblo de Granada con un cuchillo y un martillo. Y van…ni te cuento.  Eso sí, hace dos días era el Día mundial de la Poesía, y hoy es el del agua, que es tan buena y tan poética.

No te puedo ayudar, Gregorio. La crisis va mucho más allá de la economía: todo es crisis.  Se  desvanecen mis referencias, y cuanto más observo y estudio, más dudo. Sólo la última luna llena me ha aportado algo de claridad. Decían los astrónomos que era la más hermosa que veríamos en muchos años, y salí a admirarla  por un Madrid dormido tras un glorioso domingo de primavera. Afortunadamente,  la noche era ideal para pasear, y el Parque del Oeste, el  Palacio de Oriente y hasta San Francisco el Grande parecían ajenos a este desasosiego general que padecemos.

-También la luna sigue ahí –pensé- Qué tranquilidad, ¿no?

Por lo demás, me solidarizo con tu malestar. El kiki no me va, nunca he podido soportar los zapatos de rejilla  y hay tatuajes matadores. Pero ya lo dijo el poeta: vivimos en la punta de una aguja. Quizás mañana tus cambios también encajen en esta normalidad tan absurda.

Un abrazo afectuoso de tu amigo y admirador

El ex Duende de la Radio.

Japón y la divina inconsciencia

¿Y qué cuento leeremos a los niños japoneses para que puedan dormir tranquilos?...

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Cuando no es Indonesia, es Haití. Se deja atrás aquel terremoto  y nos duele Libia, un poco porque Gadafi reacciona a sangre y fuego y otro poco –quizás más- porque nuestra energía en buena parte depende de él, y jamás pedimos carnet de democracia al que nos vende bienestar. Y para salir de esta Guatemala, Japón hace las veces de Guatepeor. Quedan luego las tachuelas  constantes, las que le meten a uno en el zapato las pequeñas miserias del día a día, las que ha de pisar, quiéralo o no, si quiere seguir su camino. Otra muerte cercana de alguien que era demasiado joven para morir, otro cáncer  en un amigo, otro sobrino en paro, otro dato macroeconómico que nos echa las manos a la cabeza, otra esperanza laboral rota, otro caído en la búsqueda de los paraísos artificiales. Otra catástrofe social. Y otro boquete –uno más-en la faltriquera doméstica.

Más pérdida de esperanza. Debe de ser el envés de la  globalización, el efecto colateral de vivir hiperinformados. Miras al horizonte y ves cómo las tijeras del destino van recortando tus sueños y tus expectativas. Antes, cuando el tsunami no entraba en tu salón-comedor y arramblaba con el plato de sopa, estabas mejor blindado. Lo recuerda mi amigo Homper con una anécdota que hoy suena a cruel hipocresía.

-Mamá nunca me dijo que dejase de tomar su taza de chocolate cuando bombardearon Hiroshima.

Había otros Apocalipsis, pero no tocaban  tanto a nuestras vidas.

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Sostiene este bloguero –pásmense- que en la cola del cine había gente que no quería ver la película de Torrente. El películón de Santiago Segura copaba cuatro o cinco salas, pero en los martes de cine para mayores, a 1 € la entrada, hay ancianos raritos a los que unos calzoncillos con palominos, por moderno que resulte el gag, no les parecen precisamente una muestra de talento en la comedia.

-A nosotras no nos va ese cine –le dijeron un par de doñamarías gorditas e ilustradas- ¿Sabe de alguna otra que sea bonita?

Les recomendó El discurso del Rey y Valor de ley, de los Coen. Pero, naturalmente, ya las habían visto.

-Es que nosotras los martes no fallamos…-decían sonrientes- Fíjese qué programa tenemos: por las mañanas, clase de pintura. Y por la tarde pilates y luego al cine.

Probablemente les faltaba para redondear tanta dicha la merienda de café con leche y curasán plancha.

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Uno no puede emocionarse viendo cómo estalla la flor de los almendros e ignorar la nube de dolor e incertidumbre que amenaza a buena parte del planeta. Uno pretende ser el moralista universal. Uno cree que tiene que emular a Dios, y sentirse corresponsable de todo lo que le pasa a la humanidad.

Pero la naturaleza humana es muy frívola, y se entretiene con cualquier cosa. Ayer mismo, mientras las guerras, la crisis económica, las catástrofes y la alarma nuclear noqueaban al mundo, este bloguero había encontrado en su camino así como flores de colores para disipar su angustia. Había recibido su primera clase de alemán con la ilusión de un imberbe. Había encontrado en Madrid un Hospital del  Juguete donde van a reponer la cola perdida a un caballito de carreras de su muy querida colección de antiguos juguetes de hojalata. Había sido invitado por sus hermanos a un excelente arroz negro. Había visto El esplendor del Románico en la sede de la Fundación MAPFRE y una película, regulín regulán, en buena compañía.

Y, entretanto, había comprado un libro de Cuentos para dormir, maravillosamente ilustrado, para su nieta Marina, que hoy cumple seis años y está empezando a leer. Los cuentos empiezan con unas rimas facilotas, y el primero,  que se lo leerá junto a la almohada declamando como un viejo actor, empieza así:

Esta es la historia de un gato/ que dormía en una caja de zapatos.

Parafraseando al poeta –a Paul Éluard, no al del gato- hay otros mundos, pero no están en este. Perdónanos, Señor, por ser tan inconscientes como para sonreír a pesar de todo.

Periodismo y publicidad. Todo es relativo…

Habrá que enunciar la nueva teoría de la relatividad en la información...

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Sonó el teléfono y el Duende se precipitó a cogerlo. La gente ahora llama menos. Unas veces piensa que hasta en eso se nota la crisis: en todo se puede ahorrar. Otras veces le da por creer que es cosa de su edad y de su retiro. Ya no es necesario para casi nada, y está fuera de la pomada, y tampoco está enfermo, y además ya sentó las reglas para esquivar a los únicos que aún siguen, erre que erre,  al aparato.

-¿Es usted el que deseo que sea?-quieren decir- ¿El responsable del contrato de…?.

-Lo siento, mire –suele excusarse- Ya no se con quién tengo contratada la luz, ni el gas, me han hecho ustedes un lío Se me ha olvidado ya el número de llamadas sobre este asunto que he tenido que atender, aunque no creo que ni IBERDROLA, ni ENDESA, ni UNION FENOSA ni GAS NATURAL me salven la vida. Pero ya  no acepto llamadas comerciales, gracias.

A veces piensa que detrás de esa voz generalmente suramericanita que le suplica atención, hay un puesto de trabajo que necesita acreditar tantas llamadas para no tambalearse.

-Usted es un encanto –acostumbra a añadir para edulcorar la píldora amarga- y hace  muy bien su trabajo. Pero su compañía es una pelmaza, lo siento.

Cuando es un robot el que llama, se ahorra estas palabras.

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Sin embargo aquella era una llamada distinta. Venía de Iñaki Gabilondo, que no llamó a este infeliz ni una sola vez durante los casi diez años que coincidieron en la cadena SER.

-Verás- le dijo- Te llamo porque me ha dicho Fernando Onega que pase la bola. A él le llamó Juan Luis Cebrián, al cual había llamado Luis María Ansón, que a su vez había recibido una llamada de  Paloma Gómez Borrero. Esta fue avisada por José María Carrascal, que recibió la noticia de Carlos Herrera, el cual seguía la cadena que le comunicó Luis del Olmo. ¿Sabes?…A Luis le dio el queo Pedro J. Ramírez, advertido por MaríaTeresa Campos y por Pilar Cernuda, que a pesar de sus discrepancia ideológicas había creído lo que le dijo Enric Sopena, entre otras cosas porque el que se lo había dicho a éste era Miguel Angel Aguilar, al cual habían llamado anteriormente Julia Otero y Angels Barceló. Angels parece que se enteró del asunto a través de Ernesto Saenz de Buruaga, puntualmente informado por Matías Prats, con el que se habían comunicado Pedro Piqueras y Olga Viza. Pero te mentiría si te ocultara que nombres como los de Susana Griso, Pablo Sebastián, Ana Rosa Quintana, Paco González, Carlos Carnicero, Raúl del Pozo, Ignacio Camacho, y Gistau suscriben el mensaje. Y, cómo no, el infalible Jaime Peñafiel y el pontífice de la corrección en todo, que es Josemi Rodíguez Sieiro…La cosa es que…

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En ese momento le sonó el móvil, descolgó de una forma mecánica y tuvo que escuchar la voz de su amigo Homper, tradicionalmente impresionable por casi todo lo que pasa en el mundo.

-¿Sabes?…-dijo el Hombre Perplejo- He hablado con la tía Clota, que vive en Vermont. ¡Y me dice que le ha llamado nada menos que Oprah Winfrey, por recomendación de Larry King!…

-Un momento, Homper- le cortó el Duende- Es que hablaba con Iñaki Gabilondo…

Lo cierto es que el Duende esperaba que la llamada del gran periodista español le despejara alguna de las dudas del día. ¿Se recuperará Japón de este terremoto? ¿Se reabrirá el debate nuclear? ¿Acabará Gadafi barriendo a los rebeldes y desafiando a Occidente? ¿Dirá Zapatero si se presenta a la reelección? ¿Irá a la manicura Belén Esteban?

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Pero las cosas ya no son lo que eran, pensó cuando le colgó a su maestro radiofónico.

-¿Qué te ha dicho Iñaki? –preguntó Homper impaciente.

-Que la vida es otra cuando lo tomas, y que  me una a la cadena ACTIMEL.

-¡Coño!-exclamó el Hombre Perplejo- Eso es lo que me ha dicho la tía Clota que le dijo Opra Winfrey: esto no ha hecho más que empezar.

Al Duende le vino a la cabeza aquella máxima de Álvaro de la Iglesia que presidía la cabecera de La Codorniz: donde no hay publicidad, resplandece la verdad. Recordó que se había pasado su vida entre los publicitarios y los periodistas. Los publicitarios decían una verdad interesada, pero no ocultaban que cobraban por ello. Los periodistas eran otra cosa.

-Ya nada ni nadie es lo que era-sentenció Homper- ¿Será verdad la verdad?

La verdad es que este relato fue un sueño. Pero ahora que están despiertos, tanto el Duende como Homper admiten que no tienen muy clara la respuesta.

País de ingenuos, país de tramposos

¿QUOUSQUE TANDEM, RUIZ MATEOS?...

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Creced y multiplicaos. Dad y se os dará. Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda. Amaos los unos a los otros –ya sean banqueros, empleados o inversores-como yo os amé. El que cree en mí se salvará.

Zoilo José María Ruiz Mateos XXIV, aparte de descendiente de José María Zoilo Ruiz Mateos XXIII, era hijo de la Biblia. Del Antiguo y del Nuevo testamento, que de todo hay que chapar el alma cuando se pretende perpetuar el ideal cristiano de vida que era tradición secular en la familia. Gracias a su fe en Dios el más famoso de sus antepasados no se había suicidado en una de las incontables crisis empresariales que engrandecieron la casta de la familia.

-Vino Dios –constaba en su diario secreto de 2011, descubierto por Jesús Cacho XXV en una de sus audaces investigaciones periodísticas- y me dijo que lo de estafar a la Seguridad  Social y a Hacienda unos cuantos milloncejos, bien bien no estaba. Pero que lo que estaba fatal y no me perdonaría nunca era lo de pegarme un tiro.

Es lo que tiene ser tan creyente –pensó Zoilo José María Ruiz Mateos XXIV- Uno tiene que ser consecuente y respetuoso con esos valores transmitidos de generación en generación.

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La saga continuaba.

Un par de veces por generación, Novísima Rumasa Renovada resurgía de la conspiración  política, financiera y mediática que sistemáticamente trataba de estrangular la misión histórica de la familia y en España volvía a amanecer. Los hijos de los hijos y los nietos de aquellos, y los hijos de estos nietos y sus sucesores seguían criando legiones de jóvenes ejecutivos formados en escuelas de negocios extranjeras que compraban empresas, creaban puestos de trabajo, ganaban dinero, seguían comprando empresas, lanzaban emisiones de pagarés con unos intereses fantásticos para obtener más recursos y, de paso, alegraban la vida de los ahorradores decepcionados por la falta de horizontes para sus dineros.

-No sea boba, pobre viuda –decían, con otras palabras más suaves,  su libro de estilo- En lugar de esa basura de Letras del Tesoro o las IPF con la que le quieren engañar los bancos, nosotros le ofrecemos por el dinero que acaba de sacar usted de la venta de su finquita  el 10% de interés y la recompensa moral de haber contribuído a engrandecer a España.

La pobre viuda a lo mejor no aspiraba a tanto. Sólo  a una rentita que le permitiera redondear su raquítica pensión  y quizá a un viaje a Canarias o a una  Thermomix.

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Algún consiglieri de la familia se atrevió a advertir de que quizá sería bueno cambiar la filosofía del grupo.

-Según mis estudios .-dijo-la estupidez del ser humano es infinita. Y casi todo el mundo se cree tan listo como para comprar euros a peseta. Pero tanto va el cántaro a la fuente que en una generación de éstas  igual se dan cuenta de que….

-¿De qué? –preguntó Zoilo José María Ruiz Mateos XXIV mientras le alargaba al consiglieri un periódico del día.

El consiglieri leyó la noticia que el presidente había destacado con un rotulador y se rascó la cabeza. Puso cara de incredulidad. Este país no tiene remedio, pensó. La cosa es que corría el 15 de abril el año 2.095, y en las inmediaciones de la Estación de Atocha de Madrid habían detenido a un par de individuos que acababan de perpetrar, a esas altura de la película, otro  timo de la estampita.

-Si usted fuera creyente, como nosotros- subrayó el presidente mientras sonreía haciendo con los dedos el signo de la victoria-sabría lo que es la virtud de la esperanza.

De nada, señora Chacón

Inaudito:la actual ministra de Defensa nos da las gracias a todos los que hicimos esa cosa tan arcaica que llamábamos mili...

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Disciplina: virtud castrense que alcanza su máxima expresión cuando la razón aconseja lo contrario de lo que ordena el mando. Francisco Franco.

Menos mal que aquel mensaje tenía autor egregio. Al menos así se le consideraba entonces entre los militares. Aquel apotegma figuraba en uno de los múltiples rótulos que jalonaban los paseos del campamento de El Robledo, en La Granja de San Ildefonso, donde el titular de este blog cumplía su mili. La mili de los universitarios de entonces se llamaba IPS (Instrucción Premilitar Superior), y era una mili tan huera y aburrida como la otra, pero más señorita. Formaba, es un decir, oficiales y suboficiales de unos universitarios que sólo habían tratado con soldaditos de goma o recortables.

Por la tarde, el jardín del campamento se llenaba de novias bastante guapas. La mayoría traía merienda para su amor, y con la tortilla, los sandwiches y el termo de gazpacho pasaban de guapas a  irresistibles.

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-¡Margarita se llama mi amor!-cantaban (cantábamos) los caballero cadetes marcando el paso.

Una mili con novia es otra cosa. Y no sólo por la merienda, sino por sus cartas, que hacían del cartero el personaje más importante de la compañía. Pero entonces el amor del bloguero no se llamaba Margarita, ni Pilar, ni Mari Carmen. No había chica,  de manera que no recibía ni cartas ni merienda ni consuelo cuando con el fin de semana llegaba el reposo del guerrero. En realidad la mili le parecía un destierro, una cárcel, una mierda. Estalló entonces la Guerra de los seis días, que el ejército de Moshe Dayán ganó como si fuera una partida de tabas, y el duende recluta sospechó que con la preparación del Robledo no llegaba más que a la guerra de Gila.

-Al que me pierda un casquillo-decía el capitán en las prácticas de tiro-le capo.

Tiraban los miembros de la 31 Compañía de Infantería algo así como diez o doce balas de mosquetón a lo largo del verano. Y no se podía perder un casquillo, porque aquello desequilibraba el presupuesto del Ministerio del Ejército (lo de Defensa vino con la democracia). Recibían lecciones de armamento, y de táctica. Muy interesantes. Un compañero de la tienda también aprendió a hacer pis fuera sin salir de la tienda. Sacaba el cerrojo del mosquetón, introducía la punta de la minga por el cañón y por un pequeño agujero en el murete de cemento circular que sustentaba la lona asomaba la mira del arma al exterior y le cambiaba el agua al canario. La milicia aguza el ingenio.

3

-La mili es no hacer nada a toda leche-definió otro compañero que estudiaba filosofía.

Y sin embargo, decían los teóricos, formaba patriotas. El mayor consuelo de tan épico empeño es que el no hacer nada a toda leche te deslomaba,  y por la noche caías rendido sobre el polvoriento saco de paja que hacía las veces de colchón. Antes de dormirse, el bloguero miraba por el ventanuco que había en el techo de la lona una estrella que titilaba. Se imaginaba que era una novia como Audrey Hepburn que estaba al caer.

No cayó. Aquella mili sólo le sirvió ser para sargento en un carro de combate durante cuatro meses, y para hacer una guerra de mentirijillas como figurante en la película Patton. Por eso se ha quedado pasmado de que hoy la ministra Chacón, celebrando los diez años del final de la mili, le haya agradecido a él y a todos los que la hicieron su contribución a la formación de este ejército profesional  tan competente y tan majo que tenemos.

-De nada, ministra. Lo hicimos sin querer.

No entiende nada, pero al menos está contento de que ni le pidan nuevos impuestos, ni le prohíban nada nuevo ni le exijan volver al campamento a terminar la mili. Pesadilla que, cuarenta y seis años después de licenciado, aún le ronda por las noches.

Vuelva a amar a 110 kilómetros/hora

Una limitación de velocidad puede ser una magnífica oportunidad1

Guapo, rico y distinguido, Polín (nacido Policarpo) no concebía otra cosa que vivir a toda velocidad. Así que una vez cumplidos los años reglamentarios para sacarse el carnet de conducir, apuró al máximo el par motor de todos y cada uno de los coches que papá ponía a  su disposición y lo pasó pipa.

-¿Te vienes a merendar al Escorial?-le decía a Pilu (nacida Pilar, de ahí Piluca y de ahí Pilu) a la salida de la Facultad.

Y Pilu no sabía decir que no. Polín erea alto, de cabello castaño y de ojos verdes. Se daba un aire con James Dean y lucía gafas Ray Ban. Además, en los guateques sacaba la guitarra y cantaba cosas de los Brother Four, de Gilbert Becaud y de Domenico Modugno. Pilu no sabía resistirse.

Aunque una vez en el coche, Polín pisaba a fondo el acelerador, cambiaba de velocidad diez veces por minuto aproximadamente, ponía la vista en la carretera y no decía palabra hasta que llegaba al Escorial, a La Granja o incluso, a un asador de Tordesillas donde hacían un cordero estupendo y siempre le recibían como tanto le gustaba.

-Don Polín, qué alegría volver a verle. ¿Su mesa de siempre?

2

Por las manos de Polín pasó un 600 preparado que era de lo más. Y luego un Renault Daphine Gordini al que pronto llamaron el coche de las viudas, por lo potente que era su motor y lo juguetona que era su estabilidad. Y luego un Mini Cooper, y un SEAT 124, que a mediados de los sesenta arrasó entre los chicos bien con posibles. Hasta que, visto que Polín cumplía como retoño de oro, había acabado su carrera, obtenido un master en Inglaterra y se `perfilaba como digno sucesor de Papá en la poltrona presidencial de La Espléndida, Compañía de Seguros,  éste le regaló el descapotable que marcaba el top del pijerío: un Morgan de color verde inglés.

-Eso sí, hijo-precisó don Policarpo padre por justificar el detallito-Que la velocidad no te haga perder los papeles. No olvides que eres un hombre responsable.

A partir de entonces a Pilu, le sucedió Bego. Y a Bego le sucedió Eva. Y a Eva, Bea. Y a Bea, Greta, y a Greta, Ivette, que era francesa. Y a Ivette, Yolanda, y a Yolanda Chipi, y a Chipi, Nora, que era una modelo norteamericana. Y a Nora, Belinda, colombiana y heredera de un imperio cafetero. Y a Belinda, Beluca, que era de muy buena familia de Santander. Toda prestaron su palmito para componer una postal cinematográfico donde lo más romántico era el momento en el que Polín paraba su Morgan, se bajaba, recibía a su chica con un beso y le abría la portezuela quitándose su gorra de tweed irlandés.

-Señora-decía con una sonrisa de galán ofreciéndole  el asiento tapizado en cuero- Póngase cómoda.

Era todo lo que decía. Una vez al volante, Polín recordaba que la velocidad es una expresión de poderío social. No van despacio más que los viajantes de comercio y los taxistas –decía su amigo y compañero de cacerías Josito. Algunas de sus acompañantes, que habían visto la película de Stanley Donen Dos en la carretera, esperaban aventuras fascinantes y divertidas como las de Albert Finney y Audrey Hepburn. Pero para Polín la única emoción de la vida era huir en coche hacia no se sabe dónde para no hacer nada. Pero, eso sí, con una mujer guapa a su lado y a toda velocidad.

3

Polín creía que había sido feliz hasta que a los cincuenta años, después de miles de kilómetros tumbando la aguja, dos matrimonios fracasados y de que La Espléndida hubiera sido comprada por una multinacional norteamericana, cambió de opinión.

-Te sigo viendo estupendo –le dijo entre risas Veronique,  uno de sus antiguos ligues que reencontró en un cocktail- ¿Te acuerdas de cuando fuimos a Ávila?.

-¡Ah sí!-sonrió forzadamente-Gracias a ti que te pusiste pesadísima y me hiciste mirar a los lados me di cuenta de que hay unas muralla bastante antiguas, ¿no?

En la misma fiesta Polín se pasó de copas y se sinceró con ella.

-Creía que molaba eso de ir deprisa, como Pancho López. Creía que era guapo, rico, distinguido y feliz. Pero ya ves,´no acerté en el amor. Y además murió papá, vendimos La espléndida y los americanos me han puesto de patitas en la calle. Creía que era feliz, pero en realidad soy un gilipollas.

Afortunadamente aquella noche volvió a casa en taxi.

4

Harto de la velocidad y del cambio de marchas, y de aburrirse no teniendo poltrona presidencial, sino sólo millones, aparcó para siempre sus deportivos y se compró un coche con cambio automático. Poco a poco, y a medida que conducía cada vez más despacio, observó que le dejaban de llover las multas. Y que se fijaba en el paisaje. Es más: hasta hablaba en los viajes.

-¿Verdad que este puente podría ser un escenario de Dos en la carretera?-le comentó a Veronique- Va la pareja, saca la cesta de picnic y se tumban junto al río a merendar mientras ven pasar al agua bajo el puente…

Ella se echó a reír.

-C´est pas la même chose que autrefois!- pensó.

No le contó que durante años, al acabar su clase de restauración, y después de quitarse barnices y pinturas de las manos, salía a fumarse un cigarrillo al balcón y al escuchar a lo lejos el rugido del motor del Morgan agitaba los brazos para llamar su atención. Aunque el taller estaba en un primero, y ella era una chica más que atractiva, y chillaba a todo pulmón Polín, Polín (en realidad sonaba Polén, Polén) el piloto de la gorra de tweed jamás levantó la mirada de la carretera.

5

El día en el que el gobierno de la nación, en su loable afán de ahorrar energía y, de paso, seguir protegiendo nuestra seguridad, rebajó el límite de velocidad máxima en las carreteras a 110 kilómetros por hora, Polín tuvo que hacer el paripé ante sus amigos del club de golf.

-Otra cabronada más-dijo solemnemente mientras pateaba la primera bola-No se a dónde vamos a llegar.

Pero en el fondo, estaba encantado. Ahora emprendía una nueva vida mucho más sosegada. Y empezaba a apreciar todo lo que la urgencia, la velocidad y el afán de emulación le habían negado hasta ahora.

-¿Vamos a Cuenca?- le propuso a Veronique una mañana dulce y soleada del mes de marzo.

A ciento diez por hora, y con el cambio automático, Polín creyó que era el momento de extender el brazo a su derecha. Quería saber si a la reaparecida Veronique le gustaba el paisaje que veían, o hablar del amor y de otras cosas, mientras hacían manitas como los novios antiguos.

Así lo hizo, y la cosa funcionó, puesto que ahora Polén y Veronique se consideran bastante felices.

Y lo seguirán siendo hasta que el gobierno considere que, aparte de un residuo de ñoñería romántica impropia de un estado progresista, lo de hacer manitas con el coche en marcha, incluso a menos de 110 km/h,  atenta gravemente contra la seguridad vial.

-

Emociones, gripes y pálpitos

A veces, emociones y pálpitos se encadenan entre la realidad y el sueño sin solución de continuidad

1

Se acostó Homper aquella noche bajo el poderoso influjo del piano de Bach. Uno hará recuento al final de sus días de los momentos emocionales más singulares de su existencia. Y entre los de Homper, el hombre eternamente perplejo, siempre quedará ese ratito en que un joven chino llamado Lang Lang salió al escenario del Auditorio de Madrid se sentó ante un Steinway y desgranó las notas de la Partita nº 1 del genio de Eisenach.

-Bach es la Summa Teológica de la música- escuchó  en una ocasión.

A tal señor, tal honor. Lang Lang es otro prodigio de la música. Tocó en el concierto inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín y le escucharon miles de millones de personas. Gracias su proyección mundial ha conseguido que cuarenta y cinco millones de niños chinos se pongan a estudiar piano y solfeo. Buen negocio para Yamaha y para Steinway. Después de escuchar a Bach interpretado por Lang Lang  el alma  del pobre Homper estaba tan sanamente exhausta y limpia como si saliera de la sauna. Aunque las almas jamás vayan a ninguna sauna.

2

Los pretextos para la emoción salen cada mañana a pasear y van encontrando a quien les haga caso para germinar espontáneamente. Hay explosiones emocionales previsibles, como las que surgen en los cumpleaños, las bodas, los funerales, las despedidas y los homenajes. Un paisaje, una obra de arte o una música maravillosa también provocan emociones digamos razonables.  Pero de cuando en cuando saltan chispazos  inesperados de sucesos insignificantes. Hace muchos años Homper se encontró a un viejecito recién llegado del pueblo vendiendo ramilletes de manzanilla serrana delante del edificio del Banco de España. A su alrededor pasaba mucho ejecutivo con cartera, ciudadanos apresurados que sin duda tenían gestiones que hacer, guiris que se fotografiaban sobre el fondo de la Cibeles y andadores coronarios. Nadie le hacía caso. El viejo abría sus ojos azules y voceaba tenuemente en medio del fragor del tráfico.

-¡Manzanilla de la sierra a cinco duros el ramillete!

Qué monumento vivo a la ingenuidad humana. Homper se acercó a él, le  pagó las 25 pesetas y se alejó rumbo a Recoletos con su compra. Cualquiera que se le hubiera cruzado y le hubiera visto con un ramillete de manzanilla mientras, disimuladamente, se secaba unas lágrimas, hubiera pensado: qué gilipollez. Los pensamientos son libres. Pero mucho más las emociones, que a menudo barajan motivos caprichosos e irrelevantes para dar señales de vida.

3

Por la noche, el sueño de la emoción de Bach se desordenó y degeneró en pesadilla. Tenía fiebre. La mejor ilustración de un sueño en estado febril es el Jardín de las Delicias del Bosco superpuesto sobre un cuadro de Dalí de esos que mezclan relojes derretidos, caracolas y pedazos de carne sanguinolenta en un horizonte infinito. Su música –porque también los sueños tienen sonido- lejos del Bach mágico es el dodecafonismo torturador.

Aunque lo de ponerse malo también tiene su puntito.  A sus años, Homper redescubrió que, si bien no hay nada peor que encontrarse mal, tampoco lo hay mejor que saber que tienes a mano una cama mullida y caliente para hundirte en ella y dormir la modorra después de una buena ingesta de antipiréticos.

4

En las primeras caricias de la almohada, el subconsciente el Homper rebobinó al modo de Proust los duermevelas enfermizos de su infancia.  Recordaba las gripes, o  las anginas, o las escarlatinas, o aquellas tripoteras que eructaban con sabor a huevo duro y si no te vaciaban por la retambufa.

Pero recordaba también que se libraba del cole. Y que le trasladaban a dormir a la alcoba de sus padres. Y que pasaba los largos días leyendo cuentos de la Condesa de Segur o novelas de Salgari , y que por la tarde le ponían la radio para escuchar a Matilde, Perico y Periquín o a Pañolín Rompenubes. Anhelaba el momento de recuperar el apetito, porque entonces tenía derecho a  arroz blanco y a jamón de York, que era lujo total, y al delicioso yogur en tarrito de cristal con tapa de papel de estraza ceñido por una goma. Era tan mágico que entonces se despachaba en farmacias. Como mágica era  esa atmósfera inquietante y tenebrosa, pero también dulce acogedora que sellaba cada noche el dorso de la mano materna posándose sobre su frente.

-Buenas noches- decía su madre mientras le palpaba la última fiebre, le daba un beso en la mejilla y apagaba la luz.

Qué curioso. Homper asegura que ese pálpito misterioso y sobrecogedor latía también en la partita de Bach que Lang Lang tocó aquellla tarde.


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