Archivos para 2 diciembre 2011

Un crepúsculo divino

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Escucha Homper en una tertulia radiofónica una frase que le da qué pensar. La dice Joaquín Leguina, y no es mala pulla contra los que por huir de las creencias tradicionales acaban comulgando con ruedas de molino.

-Dejamos de creer en Dios y acabamos creyendo en cualquier cosa.

La frase se puede entender de mil maneras. Pero el Hombre Perplejo, poco instruído, la refiere a las dudas propias de su edad y de su condición. El Dios que le contaron se fue diluyendo en él por hacer caso a la razón. Pero emprendió el camino de la razón y, o ésta no era demasiado clara, o él era medio tonto, y no daba para seguir progresando por esa vía. Se pone en almoneda al Dios creador del cielo y de la tierra y unos sabios que dicen entender mucho de astronomía, de física cuántica y de otras materias abstrusas nos lo cambian por el Big-Bang. Ahora lo último es el bosón de Higgs, la llamada partícula de Dios . No está, pero se la espera en ese túnel de 28 kilómetros socavado en la frontera entre Francia y Suiza para que colisionen entre sí los hadrones. Con lo bien que quedaba Dios apareciéndosele a Moisés/Charlton Heston en el monte Sinaí y ahora encarnándose en partícula por un túnel donde otros hadrones viajan a toda leche y se estrellan entre sí como conductores de autopista borrachos. A partir de el momento en que aparezca el famoso bosón –vaya nombre- será como el Gran Houdini, pero en plan cósmico.

-Qué empanada, Señor, qué empanada-suspira Homper- Con lo señorial que quedabas tú con largas barbas en las viñetas de la Historia Sagrada…Tampoco lo entendíamos mucho, pero más creíble que lo de la partícula sí que resultabas.

Ahora a Dios ni siquiera se le pone imagen. ¿Quién es capaz de pintarle barbas a una partícula?

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Imagina Homper que, si es verdad el Creador es omnisciente, debería saber cómo tenemos que entenderle. Y se queda estupefacto –perplejo, como indica su nombre- de que por no complicarse la vida él le haga responsable únicamente de todo lo que le parece bueno, y nunca de los males, horrores e injusticias que se ven por el mundo. A Dios,como al Rey, conviene no comprometerle mucho.

-Además –aclara- Dios tiene muy buen gusto. Lo se porque cuando veo algo bello y me emociono siento como que vuelo. Y dado que los hombres no tenemos alas debe de ser uno de sus milagros.

Homper se las apaña para encontrar al Sumo Hacedor en muchas cosas sin importancia o en pequeños instantes mágicos. Hay un pedazo de Dios en una tortilla de patata, otro en una ventana mudéjar, otro en Audrey Hepburn recién duchada cantando Moon river, otro pedazo en un polvorón, otro en una rosa, otro en un silencio, otro en el aroma del espliego, otro en el roce del pie con la sábana recién mudada, otro en la novela que nunca escribirá, otro en el momento de domirse, otro en un gin-tonic después de haber hecho deporte una tarde de verano, otro en el beso de un nieto a su abuelo,otro en un bolero bailado bien apretado a una mujer en la verbena de pueblo de una noche de verano, otro en el recuerdo infantil de la leche condensada deslizándose por el gaznate, muchos en la música de Bach, y más aún, desparramados por ahí, en multitud de paisajes. En mares, montañas, desiertos. En las cataratas del Iguazú. O en esa bravía playa del Cantábrico por donde pasea una fascinante dama con dos perritos. Esas vivencias hacen de su alma una guitarra, y en ella una mano maestra dibuja misteriosos arpegios que le reconcilian on la idea del mago supremo.

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El último destello de presunta divinidad fue esta semana, en el inicio del invierno, cuando las noches son puñados de diamantes desparramados sobre terciopelo oscuro y los días amanecen glaseados de blanca escarcha. Al atardecer, se veía por el suroeste un cielo nítidamente azul condecorado por el cuerno de la luna creciente y, por debajo, de él una banda de luz crepuscular de color rosado, casi púrpura.

-Mañana hará mucho frío –le decían cuando era niño y el cielo pintaba así.

Confiesa Homper que ahora le daba igual el frío. En ese momento de soledad gozosa, alguien le decía por teléfono que donde estaba, a muchos kilómetros de distancia, veía un cuadro igual y, sin buscarlo, también sentía un momento especial. Ambos convergían sus miradas en ese punto del gigantesco espacio al que los científicos aún no son capaces de encontrar límite. Y Homper no quiso ponerse trascendente o cursilón, y menos aún buscarle cinco pies al gato, pero no se imaginaba que el bosón de Higgs, con todo lo que se espera de él, fuera capaz de inventar un sencillo momento tan delicioso y emocionante como éste.

- Si no es cosa de Dios –concluyó- hay por ahí un poeta genial que ha adoptado ese seudónimo.

Nunca saldrá de dudas, pero al menos cree que pasa ratos maravillosos.

El amor que reivindicó a la coliflor

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Aquel ciudadano corriente escuchó un día por la radio que la cena de nochebuena típica de los gallegos –puede estar equivocado- era coliflor hervida y besugo. El ciudadano corriente agradeció entonces no ser gallego, o al menos no haber sido gallego cuando era niño. Odiaba la col blanca y el acantopterigio, un pez que siempre presenta una cara triste y demasiadas espinas para un chaval.Y no era capaz de imaginar que para la cena más importante del año alguien hubiera consagrado como menú preferente justo los dos últimos platos en su escala de preferencias.

-Además la coliflor es pedorra –le dijo Corraliza, su compañero de pupitre.

La cosa es que aunque no fuese tan ordinaria, la coliflor se hacía odiar en cuanto caía en la olla hirviendo.

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A los treinta y tres años el ciudadano se enamoró perdidamente de una bibliotecaria irresistiblemente guapa. La bibliotecaria amaba tanto su oficio que no lo abandonó a pesar de ser tentada por el cine, porque los productores veían en ella una sucesora de Stella Avery, la gran estrella de Hollywood. Stella Avery fue atacada por un cocodrilo cuando hacía turismo de placer por un río tropical. El cocodrilo, sin duda más selectivo que el que dejó manco al Capitán Garfio se llevó de un bocado sus dos pechos y un par de dedos, en uno de los cuales lucía un sortijón con rubí regalado por un maharajá y valorado en un millón de dólares. A Stella le reconstruyeron el busto con creces ( es decir, le aumentaron la talla, para asimilarla a Anita Ekberg, otra estrella de la época), y le disimularon los dedos perdidos con una delicadísima prótesis articulada qu le permitía seguir seduciendo también con otras sortijas deslumbrantes. Pero el trauma de aquel terrible accidente le hizo perder la confianza en sí misma. Nunca volvió a ser la que era.

Por eso los productores se fijaron en la bibliotecaria, que era tan guapa como Stella y del mismo estilo que la gran diva, aunque de Polán, provincia de Toledo.

-No puedes negarte- le dijeron- Tienes un deber con el séptimo arte. Te quiere la cámara, y el mundo te querrá aún mucho y te cubrirá de oro si dejas que hagamos de ti otra Stella.

Pero la bella bibliotecaria dijo que no. Estaba encantada de ser una chica de Polán, una bibliotecaria ejemplar, una mujer sencilla enamorada del ciudadano corriente que la cortejaba. Y era feliz cuando en su casa se comía coliflor.

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El ciudadano corriente no estaba exento de virtudes, pero era eso, un tipo corriente que no había nacido en Galicia, y no podía soportar el olor de la coliflor hirviendo. El amor hace milagros, y al principio el encanto de la bibliotecaria hacía olvidar aquella atmósfera mefítica que perfumaba la casa de su amada. Pero cuando fue ganando confianza, no se lo pudo callar.

-No querrás que en nuestra casa se cocine la coliflor, ¿no?

-Claro, mi amor. Es mi vida, mi infancia, mi familia. Es, como decía aquel anuncio, el aroma de mi hogar.

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El ciudadano corriente estaba destrozado. Amaba a la bibliotecaria desesperadamente. Tanto como odiaba el olor de la coliflor. Su alma se debatía en una duda: ¿cómo puede una mujer tan bella y tan virtuosa ser insensible a ese pestazo vecinal que durante generaciones se había asimilado a las porterías de las casas del Madrid de Galdós y de Arniches?

Hasta que un día una buena amiga llamada Cuba Calderón le contó el truco.

-Dile que añada al agua de hervir un buen chorretón de leche. La enriquece y neutraliza su olor característico de portería antigua.

Así lo hizo. Y para que aquella saludable familia de la chica de Polán conociera una variante culinaria más de su verdura favorita, le transmitió esta sencillísima receta de crema de coliflor: 1. Se hierve la coliflor con agua y leche. 2. Se retira y se reserva el líquido resultante de la cocción. 3. A la coliflor se le añade un poquito de sal y pimienta, y queso de cabra al gusto del consumidor. 4. Se la bate con una Minipimer añadiéndosele el líquido para conseguir la densidad deseada.

Se casaron. Es más, abrieron con esta crema la primera cena de Navidad que pasaron como marido y mujer y, sin ser gallegos ni tener que tomar de segundo plato toledanas perdices, fueron muy felices.

Feliz como el pavo que indultó Obama

En el campo donde el Duende pasaba las vacaciones de su infancia había ua tropa de pavos. Había que criarlos con mucho mimo: a los pavos pequeños, por ejemplo, no se les alimentaba con cualquier cosa. Se les suministraba leche cuajada con hortigas. Luego, de adultos, los pavos paseaban por el encinar y se ponían morados de bellotas. Pobres, finalmente se les asaba con manzanas, castañas y mucho coñac y estaban buenísimos.

A los pavos les gustaba pasearse en comitiva, con los machos al frente, que se vez en cuando se inflaban orgullosos y lucían su ridícula cascada de moco rojo que les colgaba como un chorro de gelatina por encima del pico. Parecían la corte de los Austria -por lo negro del plumaje- camino de una coronación. Orgullosos. El jefe de la comitiva cacareaba -no recuerda uno que exista palabra específica para el canto del pavo- y los demás le coreaban como unos pelotas. Al Duende le divertía mucho aquel desfile. Entonces imitaba el canto del pavo jefe, y la tropa le respondía como si en la realidad lo fuera.

El Duende es tan mayor que recuerda a los pavos en el mercadillo de la Plaza Mayor. Los madrileños compraban allí su cena de Nochebuena, como si los pavos de verdad fueran figurillas de nacimiento.Luego venía el sainete tgragicómico de la degollina: alguien tenía que ejecutar al pavo en casa. A veces el pavo rebelde se escapaba de las manos del verdugo y salía corriendo por el pasillo con la cabeza colgando y dejando a su paso un reguero de sangre. Todo muy goyesco, muy solanesco, muy de Berlanga. En una de las primeras películas del gran director valenciano se veían estas escenas de la Navidad de entonces.La película era tan tierna y tan ingenua que se titulana Felices Pascuas, ahora que hasta los católicos fetén olvidan el origen religioso de la celebración y felicitan “las fiestas”. ¿De qué fiestas se trata?, pregunta uno. ¿Tanto molesta la Navidad?

Más tarde se enteraría el bloguero de que los norteamericanos anticipan este ritual navideño el Día de Acción de Gracias. Los estadounidenses se comen ese día pavos grandes como avestruces, quizás para que quede claro que a pesar de las crisis siguen siendo la primera potencia mundial. Y de esa sacrosanta fiesta que tan magníficamente pintó Norman Rockwell y tantas veces hemos visto en el cine, lo que más le impresiona al Duende es que el presidente abandone por un momento sus altísimos quehaceres y que indulte a un pavo elegido no se sabe cómo entre todos los pavos de los estados de la unión.QUé privilegio.

Bueno, pues todo esto es para decir simplemente que en vísperas de la Navidad de 2011 el Duende se siente como el pavo indultado por Obama. Con la misma cara de pavo que tanto sorprende a los que le conocen, que, no sin razón, le consideran generalmente un tipo frío e inexpresivo. Pero también con la felicidad interior de sentirse librado de los males de nuestro tiempo. Libre de la enfermedad, libre del paro,libre del desánimo,libre de grandes depresiones. Sólo prisionero de afectos o amores de distinto matiz a los que quizás no sabe corrresponder precisamente por ser como un pavo Y, pese a las triquiñuelas de la informática, centro aún de la mirada de algunos amigos blogueros que todavía se aventuran a leerle.

Debería de confesar paladinamente que él si que puede sentir una Feliz Navidad, y que le gustaría que todos los que le felicitan en sus comentarios vivieran al menos algo parecido. Debería decirlo sin timidez, con alegría y firmeza, como anunciaron los ángeles aquéllo de paz a los hombres de buena viluntad Pero ya lo ha recordado varias veces: es tan pavisoso y está tan sorprendido por la serenidad de su estado de ánimo que no es capaz de ser más elocuente que el pavo indultado por el presidente de Estados Unidos

Pues eso: Feliz Navidad les desea un pavo afortunadamente indultado.

Duende cabreatus

Desde hace días la informática le hace putadas. Y no le gusta al Duende hablar mal por hablar.

No sabe si es el ordenador, el servidor, la red. Puede que sea la madre que les parió. Pobres madres, culpables de casi todo. El caso es que el hombre había aprendido la lección de cómo subir un post en un blog y de repente el maestro le ha cambiado la asignatura sin dar explicaciones sobre cómo aprobarla. Nada permanece: todo hay que cambiarlo, aunque sea para volver loco a los que creen que un banco de granito es un buen invento, y que merece estar en el parque para toda la vida. La nefasta manía de innovar. Al Duende cabreatus le da igual lo que piensen los modernos.

Tenía cosas que contar. Ninguna importante, no lo duden. Pero no podá hacerlo hasta que alguien le explique cómo se puede domesticar a este espíritu travieso que se ha colado en el blog.

Por si no lo arreglamos antes, Feliz Navidad a quien tenga la delicadeza de asomarse por este desbarajuste. ¡Gensanta!, que añadiría Forges

La mejor cena de empresa

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La primera vez que Teresa fue a una cena de Navidad de su empresa le temblaban las piernas. Ella, tan tímida, tenía que ir a la peluquería, maquillarse y ponerse guapa por consejo de sus compañeras más veteranas.

-Seguro que alguno te tira los tejos, tonta-le decían- Ellos van a lo que van, y acaban todos borrachos. Pero a veces la cosa resulta divertida, y no te compromete nada. Al lunes siguiente todos te volverán a mirar como la secretaria de siempre, pero que te quiten lo bailado.

Mientras frente al espejo aplicaba polvillo de purpurina en sus mejillas, recordaba el inicio de su película favorita, El apartamento cuando los colegas de Jack Lemmon celebraban una fiesta de Navidad en los mismos despachos de la empresa. Unas copas de champán, una breve batalla de confetis y serpentinas y el jefe más apocado sentaba sobre sus rodillas a su secretaria para besarla, meterle mano y darse un homenaje sin el menor sentido del pudor.

Le temblaban las piernas, porque aunque no tenía una gran consideración de sí misma, la verdad es que esa noche se miraba ante el espejo y se encontraba mona, incluso atractiva. Hasta se había atrevido a descotarse un poco. Sólo para insinuar la primera sombra del canalillo y esperar a que algún hombre interesante descubriera que allí latía un corazón y podía desplegarse un sueño.

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Se sucedieron los años de vacas gordas, y la cena de Navidad de la empresa fue ganando fama y aprecio entre los empleados. En aquel tiempo el más tonto hacía relojes dormido, y cualquier despabilado ponía en marcha una constructora y ataba los perros con longaniza. La cena de la empresa de Teresa llegaba con la paga extra fresca y los bonus rebosando los bolsillos de los jefes, e incluía espectáculo de mago y de humorista que contaba chistes verdes, baile que inevitablemente degeneraba en la conga de Jalisco, barra libre hasta las tres  y sorteo de regalos y de tres cruceros. A Teresa le tocó uno a los fiordos noruegos que aprovechó en verano. Como no tenía pareja, invitó a su compañera Josefa, con la mala suerte de que ésta se mareó en la travesía, lo encadenó con una gastroenteritis y acabó convirtiendo a su anfitriona en abnegada señorita de compañía.

-Mierda de cena de Navidad, mierda de sorteos, mierda de crucero –suspiraba Teresa cuando podía escaparse del camarote y respirar en cubierta  el aire yodado del mar.

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En los años de esplendor media empresa aprovechaba aquel despelote de cena para tratar de ligar con la otra media. Pero cuando el director empezaba a soplar el matasuegras y Roselia, su secretaria, se subía las faldas y mostraba al respetable sus navideñas bragas con la cara de un Santaclaus sobre el mismo monte de Venus provocando el rugido de los machos bravíos, Teresa se acercaba al guardarropa, pedía su abrigo y se iba. Solía coincidir en la salida con Damián, el. único hombre de la empresa que, sin ser un George Cloney, le atraía. Damián, era el director financiero a su pesar, porque escribía poesía y soñaba con retirarse a su casita en el Valle del Pas. Sin hijos y con poca esperanza ya de tenerlos, sólo trabajaba para poder mantener los cuidados que necesitaba su mujer. Su mujer se llamaba Lucila y padecía una artrosis degenerativa  que estaba minando cruelmente su belleza.

-No puedo evitarlo- le dijo mientras le ayudaba a ponerse el abrigo- Pero quiero volver pronto a casa porque,  cuanto más se acerca el final, más tiempo necesito pasar con ella..

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La crisis puso a la construcción en su sitio, y a la empresa donde trabajaba Teresa fuera de su sitio. Pronto, la plantilla  tuvo que soportar las desagradables boñigas de las vacas flacas. Primero desaparecieron los  bonus, luego se congelaron los sueldos, se requisaron las tarjetas de crédito de empresa, siguieron los despidos,  se eliminaron las cestas de Navidad y los regalos de Reyes para los hijos de los empleados. Al año siguiente la cena de Navidad fue un modesto menú  sin mariscos y, por supuesto, sin baile, atracciones, regalos ni sorteos. Finalmente, en  2008 llegó lo que parecía imposible: se acabó con la ilusión de la noche de desmadre y ligoteo y se fulminó lo que ya parecía un derecho sagrado para el personal, porque la empresa comunicó que, lamentándolo mucho, no habría cena oficial. Invitaba  a los empleados a que confraternizaran celebrando la Navidad juntos. Aunque, eso sí, pagando cada cual la cena de su bolsillo.

A partir de ese momento, cada año acudían menos empleados a la cena, pero ni Teresa ni Damián faltaron nunca. Él aprovechaba  aquella noche para sentarse junto a ella, charlar lo que le dejaba la espantosa música de discoteca y aliviar así el dolor que le provocaba el lento declive de su mujer. Ella le escuchaba y le consolaba con una delicadeza emocionante. Damián no era ni alto ni guapo, pero a pesar  de su sufrimiento, sus ojos claros proyectaban esperanza, y eso le añadía un punto de ternura. Ambos sentían que aunque sus vidas no eran cuentos de hadas, la Navidad resultaba más amable después de hablar de sus cosas cenando en torno a una vela roja adornada con acebo.

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2011 fue tan letal para la empresa como para Damián. En aquella siguieron sucediéndose los despidos, mientras que Lucila murió en junio. Nadie estaba con ánimos de celebrar la Navidad.

El 16 de diciembre los únicos que asistieron a la cena fueron Teresa y el director financiero recién viudo. Compartieron una ensalada de ventresca, tomaron luego picantones rellenos y un helado de castaña con salsa de chocolate. No hubo ni cava, solo vino tinto, un crianza de Rioja. Tampoco llovieron confetis  ni serpentinas, ni se tuvo que soportar música ensordecedora, ni mago, ni animador, ni regalos y sorteos de viaje. No más conga de Jalisco de borrachos, ni directivos con narices de payaso y gorritos de Papá Noel, ni exhibición de escotes y de bragas rojas y blancas con santaclauses indecentes.

-¿Te apetece que paseemos un ratito?-le propuso Damián.

Teresa asintió con una sonrisa. Mientras sus pasos en la noche resonaban sobre el empedrado de la Plaza de Oriente volvió a recordar la historia de El Apartamento. Ni ella era la ascensorista que perseguía Fred Mac Murray, ni Damián era el ejecutivo que cedía  su apartamento para picadero de los jefes. Sólo eran dos compañeros de soledades, dos vidas desencuadernadas que, por esa concurrencia de cariño y nostalgia que a veces se da en algunas cenas de Navidad, quizás podrían recogerse juntos. La ocasión pedía un final feliz, y ella también añoraba esa atmósfera de ternura que desprendían Shirley Mac Laine y Jack Lemmon en su película favorita.

Cuando atravesaron la Plaza Mayor los tenderetes de los nacimientos estaban cerrados. Él tendió su brazo sobre los hombros de Teresa y la atrajo hacia si.

-Así sentirás menos el frío, ¿no?-fue su pretexto.

Tampoco supo qué decirle, aunque agradeció que la oscuridad de las calles y el cuello levantado de su abrigo impidieran ver su rubor. Siguieron caminando en silencio, muy juntos los dos, hasta perderse en el fondo de la noche. Ella sólo pensó que por fin había disfrutado de una cena de Navidad de la empresa que de verdad mereciera la pena

Un conocido llamado Jesús Posada

Señor Presidente del Congreso: que Dios le conserve la salud para domeñar a esas fieras que van a por usted...

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Creía el Duende de niño que los presidentes del Congreso, como los ministros de Fomento o de Instrucción Pública, debían lucir bigote y gruesas patillas, cuello duro y levita. Pensaba que sólo vivían en medallones o en fotografías de los libros de Historia, acaso modelados en piedra, el en rincón de un parque o al lado de una fuente. Pero lo mismo que ahora el Rey se accidenta como cualquier humano y tiene que salir a la calle disfrazado de vendedor de cupones de la ONCE, el presidente del Congreso actual parece un señor de lo más normal, aunque con abrigo bueno de piel de camello. Así se lo encontró por la calle la última vez, en los aledaños del Retiro.  Es deSoria, aunque si se le mira bien tiene cara de primer ministro egipcio.

El Duende da fe de que fue joven. Fueron jóvenes los dos: Jesús Posada y él, aunque ninguno de los dos parezca que lo fueran, porque hay gente que abrochamos directamente la infancia con la madurez otoñal, y pasamos por la etapa de la rebeldía como el sol por el cristal. En su memoria se ve compartiendo con  taxi con él una madrugada de la década de los 60,  con alguien más, para abaratar el viaje. Regresaban de algún guateque en casa de algún amigo o amiga común. No es que fueran en taxi por haber libado en demasía, sino porque entonces casi nadie tenía coche. Hasta entonces  no se conocían de nada, aunque tuvieran la sensación de conocerse de algo. Luego se lo reencontró en la radio, cuando Posada ya era presidente de Castilla y León o ministro aznariano y el Duende sólo un peón de brega en la cuadrilla de Gabilondo, en la de Julio César Iglesias, en la de Antonio Jiménezel hombre  que no conoce las canas- o en la de Olga Viza.

Tanto le falla la memoria al Duende que no sabe si quizás el superpadre de la patria fuera invitado alguna vez  a la añorada Verbena de la Moncloa. Pero el caso es que aquel día de marras se cruzaron por la calle de Alfonso XII, se sonrieron, se detuvieron y se saludaron.

-No se si te acordarás de mí, Jesús- dijo el Duende presentándose con su nombre.

-Oh, sí, claro- respondió el político- Cómo no me voy a acordar.

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No hacía falta ser un lince para darse cuenta de que no tenía ni puñetera idea de quién era el ciudadano que le saludaba. Pero el hombre estuvo afable, soportó la historia del taxi, llegamos a la conclusión de que no podíamos haber coincidido en Soria, ni en Zurich, donde este menda no ha estado nunca, ni en el mismo pupitre del colegio, porque esas cosas no se olvidan nunca. Y el Duende recordó las veces que a él mismo le habían saludado oyentes de la radio adictos –ahora en RNE les llaman escuchantes, eufemismo que le resulta de insoportable cursilería- sin ser él capaz de fingir que les conocía como si fueran imprescindibles para su vida. Es la servidumbre de los que alguna vez se han subido a un estrado, o han hablado en público, o han salido en la tele, o han sido conocidos, famosuelos, chisgarabises de distinto nivel, personajillos. Tienen la necesidad de seguir cayendo bien, porque se deben al llamado respetable. Gulp.

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Luego el Duende, a solas consigo mismo, se preguntaba: ¿a cuántas personas llamamos conocidas, aunque no conozcamos de ellas más que su nombre, o a veces ni siquiera eso? ¿Obliga eso a  saludarlas por la calle, a felicitarlas por Navidad? ¿Hay que alegrarse de sus éxitos y llorar sus fracasos? ¿Deberemos ir a su funeral si mueren antes que nosotros? Y se ponía la mano en el corazón para responder al siguiente dilema moral: qué preferirías, que te tocara la lotería…¿o que a este conocido que no lo es tanto le atropellara un repartidor de pizzas y le partiera una pierna?…El final lamentable de la truculenta hipótesis es que el actual Presidente del Congreso debía apoyar una de sus muletas en el pupitre de la Biblia, porque tenía que jurar su cargo con la pierna escayolada. Qué inconfesable miseria moral la del Duende.

Por cierto, casi mejor que no le haya pasado nada. Mejor que esté sano y con fuerzas para no permitir que los diputados de Amaiur, qué buenos amigos, le retuerzan esos  honorable cataplines que nos representan a todos. Bastará con que el nuevo Presidente del Congreso aplique el reglamento. Por imperativo legal,  valga la redundancia.

El bosón y el progreso me acabarán matando

Anulado por las coImagensas que se inventan y por el bosón de Higgs.

 

Esa podría ser la diagnosis de este Duende. Tan encantado que estaba de haber aprendido a subir sus post, y va el servidor y cambia el método.

 

Como lo del bosón de Higgs, que hace unos años eran completamente desconocido y ahora está todos los días en los papeles. ¿Qué es un bosón? ¿Quién es Higgs? Peter Ware Higgs es un físico que nació en Newcastle en 1929, pero… ¿no les sirve a los científicos otro bosón? No bien había empezado a comprender lo que es la prima de riesgo cuando de repente irrumpe en su vida el bosón. Ya no puede vivir sin tener claro qué es un bosón.  Virgen santa qué vida tan complicada.

 

Podría plantear como tema de debate algo así: qué haría haría usted con Higgs  si este se presentara en su casa con su bosón en el bosillo. Pero da igual, es una memez, no sirve de nada. Además, ya les digo que aunque averigüe algo tampoco estoy seguro de poderlo convertir en un post como los de antes. Qué fatiga de progreso. Tan aburrido está que el Duende se siente incapaz de escribir una tontería más.

Carta al Niño Jesús perdido

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Querido Jesús

No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tiene prometido…Perdona, Señor, que empiece así, tan trascendente y con versos que no son míos. Pero es verdad. ¿El cielo?…Sólo sabe uno de versiones terrenales, y ni esas terminan de convencerle. Me mueve tu idea, y siempre me ha movido especialmente esa historia tan bella que nos contaron primero Mateo y luego, de otra forma, Cecil B. de Mille.

Como era niño me gustaba más la segunda, entiéndelo. Espero que no te moleste.

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Estoy hablando de la Navidad, claro. Ese misterio: el ángel de la anunciación, el Espíritu Santo en el oficio de papá, el niño que es hijo de Dios pero que no nace ni en una mala posada. O sea, algo difícil de entender, pero que nos contaban y nos creíamos y que luego recreábamos en casa poniendo nacimientos y cantando villancicos que lo celebraban.

Venían después las cenas con los mayores, el turrón, que me encantaba y me sigue encantando, los regalos de los Reyes, un paréntesis de ilusiones en la aburrida vida de colegial que tan bien retrataba Antonio Machado: Una tarde parda y fría / de invierno, los colegiales/ estudian monotonía / de lluvia tras los cristales. Se rompía la monotonía, ibas a nacer Tú. Mi madre bajaba unas cajas de los altillos de los armarios, desenvolvía cuidadosamente unas figuritas de barro envueltas en trozos de periódico y con unos papeles azules que simulaban el cielo, una estrella de purpurina, montañas de corcho, papel de plata de las envolturas de chocolate y musgo representábamos la increíble historia de tu llegada al mundo.

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Y ya te decía al principio, que más que el cielo que me tienes prometido me han movido siempre estos momentos felices de mi infancia, acaso los cromos mas bonitos que conservo de ella. Imagínate, tantos recuerdos, mi madre racionándonos el turrón amorosamente mientras adornábamos la casa, para no desabastecer la despensa antes de tiempo, y mi padre indagando si habíamos escrito la carta de Reyes. Momentos Capra, el director de cine que más nos ha hecho llorar a los que sentimos la Navidad como algo especial. Tanto los aprecio que ahora, más de ,medio siglo después de abandonar la infancia, procuro recrearlos fielmente para que mis pequeñas nietas vivan la misma emoción. Y, si hay suerte, se enganchen a tu causa, cosa que ahora no es nada fácil.

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Ni me mueve el cielo prometido/ para dejar por ello de ofenderte, sigue el famoso. Que no, Señor. Uno es como es, y está lleno de debilidades. Pero ésta de los belenes te juro que es de las inocuas, casi de las positivas, pues de paso repasamos no tanto tu vida, que ya es una referencia, sino tu mensaje, que vale aunque caiga en vacío, como ocurre incluso en la órbita de lo que antes llamábamos cristiandad. Entonces todos más o menos nacíamos con Dios, o sea, con tu divino Padre, pero la vida se encargaba de apartarnos de Él, dita sea.

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Y digo lo de ofenderte porque fue abrir la caja donde guardo yo también, como mi madre, las figuritas del nacimiento ante la atenta mirada de mis nietas, y te ofendí. Recordé entonces que por pereza no había dirigido el último desmontaje del nacimiento. Pues divino Niño, tanta ilusión como produce preparar tu venida es pereza cuando se trata de desmantelar la Navidad, y a veces me escaqueo. Así pasa lo que pasa: mea culpa, a culpa.

Así que abrimos la caja y en el primer parte de irregularidades registramos: 1. Lavandera mutilada del brazo derecho, con el brazo rondando por una de las esquinas. Una pena, pero asumible. 2. Peana de grupo compuesto por pastor con corderito a hombros y dos ovejas andando hacia Belén, partida por su mitad. Lamentable, pero se puede arreglar. 3. Cuerno izquierdo del buey del Misterio desprendido, por no decir que vilmente afeitado, por impacto con otro miembro del belén. A última hora el cuerno ha sido localizado, y estamos en pegarlo, con el problema de que es tan diminuto y tan eficaz el pegamento de contacto que corro el peligro de que el cuerno se me quede unido a la yema el dedo. Por lo que más quieras, Jesús, evítalo y recupera la dignidad de tu buey calefactor. 4. Finalmente lo más grave, lo más preocupante, lo que en verdad rebeló mis malos humores y me hizo perder los estribos: Niño Jesús perdido y no hallado en ningún templo. Fue el mismo drama de hace un año, así que no me pude dominar y ante mis seis nietecitas atónitas grité como un poseso.

-¡Coño, otra vez el Niño Jesús perdido, no!…

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Muéveme, Señor, verte nacido/ para mis nietas, con ternura, en tal manera/ que aunque no hubiera cielo te quisiera/ y aunque no hubiera infierno te temiera, podría maquillar el famoso soneto de marras en este momento crucial para acabar mi queja y rematar mi súplica.

Podría hacerlo, divino Niño, pero para eso necesito recuperarte tal como venías en el misterio que compré en la Plaza Mayor. La cuna, hecha con diminutos palitos, se fue a hacer puñetas hace varios nacimientos, pero eso lo sustituía con un pequeño cartón rectangular al que pegaba pajitas, mucho más realista. Pero me quedabas tú, diminuto como una alubia blanca, aún en una postura fetal, con esa carita de Niño Jesús de pueblo que tanto nos reconforta a los urbanitas. Y ese es el problema, ya no recuerdo si es más pequeña tu figurita que la memoria que me queda, y velay los efectos. Puede que, por temor a perderte, lo guardara en una caja de gemelos, en otra de alfileres, en una cápsula de azafrán en rama o en una funda de gafas. Puede que te quisiera tanto y pretendiera guardarte con tanto cuido, que ya ni sepa dónde carajo te puse. La puñetera edad, la mierda de la memoria. No se, Jesús, pero la cosa me tiene desesperado.

Y perdona otra vez si te ha ofendido lo de carajo.

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Así que envíame una señal y aparece, por tu Padre. Que este jesusito no se vende solo, y tendría que comprar otro misterio, con lo tiesos que nos tiene la crisis, o ir voceando por las calles cambio Niño Jesús de tres centímetros por novelas leídas, mueble de IKEA imposible de montar o San Pancracio en buen uso. Lo se, qué mal efecto te iba a hacer a Ti, que luego expulsaste del templo a los cambistas y mercaderes.

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Entretanto, y por si no obras el milagro, te he suplido con otro niñojesús de un nacimiento popular que compré en Guatemala hace años. El niño tiene cara muy sana, pero no da el tipo de palestino, y además tiene el tamaño de medio buey. Se que sugiere globalización, Alianza de Civilizaciones y otros mantras de nuestra época, pero yo te prefiero a Ti en tu imagen clásica. Uno es muy ortodoxo, muy sentimental, y no quisiera transmitir a sus nietas que en este misterio que es tu nacimiento, tu vida y tu mensaje cabe todo.

Así que aparece, por favor. Y permite que aún siga creyendo en una de las pocas cosas por las que creo que merece la pena creer.

Tuyo devoto, pero miajita escéptico

El DUENDE DE ESTE BLOG

Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

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Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

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Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

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Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

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No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

El Duende sí tiene quien le escriba

En este cenobio lleba cincuenta y dos años Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, un monje que escuchaba la radio...

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De mi consideración y respeto D. Luis y a la vez muy querido amigo, admirado como persona y artista y lo que es más, mucho más, carísimo hermano en Nuestro Señor Jesucristo.

Ya es noticia que uno le escriban. No que reciba envíos de bancos, compañías telefónicas, eléctricas, gasísticas, supermercados, pizzerías, restaurantes chinos y tarjetas de cerrajero, sino una carta escrita  probablemente en una Hispano Olivetti de los años cuarenta. Con una cruz en el encabezamiento, y el membrete de la Abadía Cisterciense de San Isidro de Dueñas (Palencia). Tres caras de folio a un espacio: esa es la segunda sorpresa. En esta época en que ya nadie manda cartas, el Duende sí tiene quien le escriba.

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Cuando nació el Duende –ya piensa que lo de la radio le sobra al pseudónimo- pensaba que todas sus ocurrencias hertzianas lanzadas al espacio durante casi un cuarto de siglo eran juguetes a los que dio cuerda y escaparon de su voz sin saber a dónde llegarían.

Nadie emite un mensaje universal que sea interpretado de igual forma por quienes lo reciben. La misma boutade que a este le puede hacer reir, a aquél puede que le haga llorar. Unos la considerarán inteligente, otros zafia e inoportuna. Para determinadas personas, puede ser humor. A otras quizás les parezca más dañino que un tumor. El bloguero cree que en algunos momentos habrá resultado, como poco, irreverente. Pero, sorprendentemente, para Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, que ingresó hace cincuenta y dos años en la Trapa, ni las impostaciones de Juan Pablo II y de Benedicto XVI son pecados de lesa religión. Más aún, hasta la burda caricatura de la clase de tropa eclesial le merece consideración. Su papel de P.Bonete me encantaba –escribe el monje- y me reía mucho, son dos grandísimos artistas los Sres. Javier Capitány Ud.

Al artista jubilado sólo se le ocurre apostillar: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mateo, V, 3-10)

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Un día, Julián García Candau, un veterano columnista deportivo de los no muchos que saben escribir con gusto, le dijo al Duende que había un paisano suyo que le seguía en la radio, y que suspiraba por unas fotografías suyas dedicadas. No era un paisano cualquiera: era un monje.

- Mi ilusión desde muy niño era casarme –dice en su carta el cenobita- tener una digna esposa y unos hijos, poseer una familia , un hogar, no en vano tuve una novia desde los 21, y luego reñí y tuve otra, desde los 21 a los 24, edad en la que me metí en la Trapa con una fuerte vocación, pues cuánto me costó dejar la novia y cuánto me lloró día tras día para que no me fuese, es lo que más me costó dejar…

El Duende le escribió, le mandó las fotos, y pidió su oración para que Dios le perdonara  las travesuras radiofónicas que pudieran  ofenderle. Fray Mª Vicente no sólo rezó por esas intenciones, sino que aquella Navidad envíó a la casa del Duende unos bricks de leche de las vacas abaciales y una caja de bombones de la Trapa.

Nunca imaginó aquel bromista radiofónico que su semilla pudiera caer en tierra tan fértil.

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Fray Mª Vicente es un fraile muy terrenal. Confiesa que aparte de las novias el fútbol es la única afición que yo he tenido en mi vida. Aunque luego matiza: también el circo, (por sus payasos).

 Pero todo lo dejó por el amor a Cristo, pues créame que sin Cristo en mi vida ya no sabría vivir, El lo es todo para mí, aunque me gustaba antes muchísimo oir la radio o transistor que me regalaron del cual gozaba mucho oyendo a Ud. y a D. Javier Capitán “El gran carnaval”, donde me moría de risa en mi celda y luego también me gustaba mucho oirles a los dos a las 8 de la mañana antes de empezar el parte, lo maravillosamente bien que imitaban a todos los personajes, recuerdo que Ud. imitaba al Caudillo Franco, que vamos, era el Caudillo mismo.

Muy terrenal, como les decía. En aquel cruce de cartas de la década pasada, aunque es natural del mismo pueblo castellonense de García Candáu, se declaraba hincha del Athletic de Bilbao. El bloguero le recordaba entonces su triste suerte de simpatizante del Atlético de Madrid, a lo que el buen monje le recordó que todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria.  O sea que hasta los del Aleti, que tanto pecan de ira y de escepticismo en este valle de lágrimas, podrán sentarse a la diestra del Jefe.

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Cincuenta y dos años levantándose a las cuatro de la madrugada, rezando, trabajando en la huerta, haciendo chocolate, encuadernando, cantando laudes, vísperas, salves, angelus… Aislado del mundo, pero escuchando la radio. Ni una palabra en su carta de palabras como crisis, Europa, prima de riesgo, paro, depresión, pesimismo. Les deseo con todo mi corazón y con todo mi cariño tanto a Ud. como a toda su querida familia unas felices, alegres y santas Pascuas de Navidad y que el Niño Dios nos conceda un venturoso y fecundo Año Nuevo 2012 y nos mande sus dones y gracias santificadoras para que redunde en nuestra santidad.

La carta es un dechado de caótica ternura. Como de otro tiempo, como de otro mundo. Y confiesa Fray Vicente que espera contestación, porque de verdad, D. Luis, que me han encantado sus cartas, sobre todo la más larga, no me canso de leerla, porque yo también aprecio y valoro en usted…Ojos que no ven, corazón que exagera.

Pero bienvenido Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, para recordarle al Duende que hay vida más allá de la crisis y Navidad más acá de El Corte Inglés, quizás donde nos recuerden que no sólo de pan debería vivir el hombre. Y más aún en estos tiempos en que cuesta tanto ganarlo.

 

Entre Doña Manolita y Natalie Wood

Homper se dio cuenta de que es más fácil encontrar un sueño en la calle que en la ventanilla de Doña Manolita...

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Cuando contaba casi como seguro que le iba a tocar el gordo de la lotería de Navidad para acabar definitivamente con sus miserias, vino su amigo Daniel López y le recordó que no hay mejor que lotería que un trabajo. Como demuestra de cuando en cuando la siniestra EPA que tanto nos aflige a los españoles. Pero Homper era entonces joven, lo que quiere decir ingenuo, y creía en la ilusión.

-Le ha tocado a veces incluso a quien no lo necesita- se rebelaba- Incluso a ministros… ¿Por qué no me va a tocar a mí?

Y entonces Daniel López, hijo de un comerciante de ultramarinos de Aranjuez que, a base de esfuerzo y tesón se había hecho hombre de provecho y ejecutivo de publicidad, le volvió a planchar con la pesada máquina de la lógica.

-¿Comprarías décimos del 00.000?

-Ni de coña.

-Pues recuerda que ese número también entra en el bombo.

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Nació entonces La Primitiva, y Homper pensó que acertar seis números entre cuarenta y tres estaba al alcance de cualquiera. Homper soñaba entonces en un crucero alrededor del mundo. Por completar la ucronía, en el buque de línea viajaría Natalie Wood en mala compañía. Iba a ser arrojada por la borda por uno de sus acompañantes drogatas, pero en ese momento aparecía en cubierta el intrépido Hombre Perplejo, se deshacía de ellos a puñetazos, como en las películas, e iniciaba a continuación un idilio con la deliciosa chica de Esplendor en la hierba Ilusión, ilusión, ilusión. Pero volvíó a aparecer su amigo Daniel para pinchar las pompas de jabón irisadas que flotaban en el aire de sus sueños.

-Mira, Hom –le explicó el amigo realista- Imagínate una ruleta que en lugar de treinta y uno tiene cuarenta y tres números. E imagínate que en vez de un pleno, tienes que conseguir seis plenos seguidos. O sea, un pleno por cada uno de los seis números que hay que acertar en la Primitiva…¿En qué vuelta al mundo te vas a embarcar tú?

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Paseaba por la Gran Vía de Madrid cuando de repente Homper se quedó perplejo. Una gran cola de gente se agolpaba delante del Palacio de la Música. Homper la siguió por saber qué acontecimiento acumulaba tal gentío, y vio que la cola llegaba a la plaza de Callao, seguía por la calle del Carmen, atravesaba la de Rompelanzas y terminaba en la ventanilla de la nueva administración de loterías de Doña Manolita. Aquello parecía una cuerda de presos, pero en esa cara de aburrimiento resignado que distingue a los víctimas de todas las colas, brillaba un punto de la misma ilusión que alentaba en él cuando era joven. Todos estaban seguros de que comprando su lotería ahí, y no precisamente en otro lugar, serían millonarios y cumplirían sus sueños. El fin justificaba sobradamente los medios.

A la estupefacción le sucedió un momento de piedad.

-¡Ilusos!

Entonces se incorporó a la cola una dama que era exactamente,  treinta años después de su muerte, la viva reencarnación de Natalie Wood. Venía preparada, eso sí: sacó de su mochila el tomo tercero de En busca del tiempo perdido y se puso a leer el libro con la vaga esperanza de llegar a la ventanilla antes que al punto final. Fue verla y a Homper le dio un vuelco al corazón. Cambió sus planes.

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-¿Es usted la última? –preguntó a la heroína antes de sumarse también él a la cola.

No perdieron el tiempo. Homper se enrolló con Natalie Wood contándole la vida y pensamiento de un hombre lógico como Daniel López. Habló de la ignorancia, de la superstición y de lo absurdo de echar un día esperando que el número de doña Manolita fuera justamente el gordo, cuando estaba demostrado que tenía exactamente las mismas posibilidades de premio ese  que el 00.000, que nadie compraría ni borracho. Natalie parecía decidida a seguir leyendo a Proust. Otro moscón, pensaría de Homper. Pero al cabo de unos minutos levantó la mirada y observó a ese predicador improvisado que, por otra parte, cuanto más argumentaba, más cabreaba a la legión de pacientes ilusos que escuchaban a su alrededor. Frunció el ceño, pensativa. Y de repente cerró el libro, lo guardó en su mochila y escapó de la cola.

Homper la persiguió hasta alcanzarla.

-Doña Manolita no era la única panacea para la felicidad-le dijo cuando estuvo a su altura- ¿Me permite que le invite a un café?…

Así que primero se metieron en una cafetería a desayunar un café con porras, suerte bastante asequible. Y luego buscaron juntos otra administración sin aglomeraciones donde compraron  décimos con las mismas posibilidades que los manolitos y  todos los demás números  del bombo.

Y aquello, como decían al final de Casablanca, fue el comienzo de una hermosa amistad más gratificante que todos los castillos en el aire de la Lotería de Navidad.  


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