El amor que reivindicó a la coliflor

1
Aquel ciudadano corriente escuchó un día por la radio que la cena de nochebuena típica de los gallegos –puede estar equivocado- era coliflor hervida y besugo. El ciudadano corriente agradeció entonces no ser gallego, o al menos no haber sido gallego cuando era niño. Odiaba la col blanca y el acantopterigio, un pez que siempre presenta una cara triste y demasiadas espinas para un chaval.Y no era capaz de imaginar que para la cena más importante del año alguien hubiera consagrado como menú preferente justo los dos últimos platos en su escala de preferencias.

-Además la coliflor es pedorra –le dijo Corraliza, su compañero de pupitre.

La cosa es que aunque no fuese tan ordinaria, la coliflor se hacía odiar en cuanto caía en la olla hirviendo.

2
A los treinta y tres años el ciudadano se enamoró perdidamente de una bibliotecaria irresistiblemente guapa. La bibliotecaria amaba tanto su oficio que no lo abandonó a pesar de ser tentada por el cine, porque los productores veían en ella una sucesora de Stella Avery, la gran estrella de Hollywood. Stella Avery fue atacada por un cocodrilo cuando hacía turismo de placer por un río tropical. El cocodrilo, sin duda más selectivo que el que dejó manco al Capitán Garfio se llevó de un bocado sus dos pechos y un par de dedos, en uno de los cuales lucía un sortijón con rubí regalado por un maharajá y valorado en un millón de dólares. A Stella le reconstruyeron el busto con creces ( es decir, le aumentaron la talla, para asimilarla a Anita Ekberg, otra estrella de la época), y le disimularon los dedos perdidos con una delicadísima prótesis articulada qu le permitía seguir seduciendo también con otras sortijas deslumbrantes. Pero el trauma de aquel terrible accidente le hizo perder la confianza en sí misma. Nunca volvió a ser la que era.

Por eso los productores se fijaron en la bibliotecaria, que era tan guapa como Stella y del mismo estilo que la gran diva, aunque de Polán, provincia de Toledo.

-No puedes negarte- le dijeron- Tienes un deber con el séptimo arte. Te quiere la cámara, y el mundo te querrá aún mucho y te cubrirá de oro si dejas que hagamos de ti otra Stella.

Pero la bella bibliotecaria dijo que no. Estaba encantada de ser una chica de Polán, una bibliotecaria ejemplar, una mujer sencilla enamorada del ciudadano corriente que la cortejaba. Y era feliz cuando en su casa se comía coliflor.

3
El ciudadano corriente no estaba exento de virtudes, pero era eso, un tipo corriente que no había nacido en Galicia, y no podía soportar el olor de la coliflor hirviendo. El amor hace milagros, y al principio el encanto de la bibliotecaria hacía olvidar aquella atmósfera mefítica que perfumaba la casa de su amada. Pero cuando fue ganando confianza, no se lo pudo callar.

-No querrás que en nuestra casa se cocine la coliflor, ¿no?

-Claro, mi amor. Es mi vida, mi infancia, mi familia. Es, como decía aquel anuncio, el aroma de mi hogar.

4
El ciudadano corriente estaba destrozado. Amaba a la bibliotecaria desesperadamente. Tanto como odiaba el olor de la coliflor. Su alma se debatía en una duda: ¿cómo puede una mujer tan bella y tan virtuosa ser insensible a ese pestazo vecinal que durante generaciones se había asimilado a las porterías de las casas del Madrid de Galdós y de Arniches?

Hasta que un día una buena amiga llamada Cuba Calderón le contó el truco.

-Dile que añada al agua de hervir un buen chorretón de leche. La enriquece y neutraliza su olor característico de portería antigua.

Así lo hizo. Y para que aquella saludable familia de la chica de Polán conociera una variante culinaria más de su verdura favorita, le transmitió esta sencillísima receta de crema de coliflor: 1. Se hierve la coliflor con agua y leche. 2. Se retira y se reserva el líquido resultante de la cocción. 3. A la coliflor se le añade un poquito de sal y pimienta, y queso de cabra al gusto del consumidor. 4. Se la bate con una Minipimer añadiéndosele el líquido para conseguir la densidad deseada.

Se casaron. Es más, abrieron con esta crema la primera cena de Navidad que pasaron como marido y mujer y, sin ser gallegos ni tener que tomar de segundo plato toledanas perdices, fueron muy felices.

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6 Respuestas a “El amor que reivindicó a la coliflor”


  1. 1 Ángela diciembre 27, 2011 a las 7:30 pm

    Ni con esas. Sigo detestando la coliflor y cada vez que la veo en las fruterías me acuerdo de lo duro que era regresar a casas del colegio, muerta de frío y hambrienta como buena adolescente y tocaba un plato de coliflor con bechamel. Buaggggggggg. Durísimo.

  2. 2 José Ramón diciembre 28, 2011 a las 12:50 am

    Pues a mí, sin embargo, la coliflor me gusta (cocida, y con un chorro de aceite, un poco de sal y pimentón). Pero lo que no soporto es el queso de cabra.

  3. 3 franciska diciembre 28, 2011 a las 8:20 am

    En casa, solo a mi de mis hermanos me gustaba, y la verdad es que todas sus formas me encantan. La ultima que he probado ha sido la crema en casa de un amigo y me ha parecido excelente. Ademas, resulta que no engorda nada, puedes comer toda la que quiereas. Cosa de agradecer.

  4. 4 lola diciembre 28, 2011 a las 9:42 am

    Otra manera de evitar el olor de la coliflor al cocer es colocar encima de la tapadera de la cacerola la piel de una manzana. A mí también me gusta como cualquier verdura, eso sí, nada de hervirla, cocida al vapor o sin agua.

  5. 5 Charivari diciembre 28, 2011 a las 3:24 pm

    ¿Habéis probado la “romanescu”, una especie de pagoda tailandesa, color verde que resulta más fina que la coliflor y menos pesada y resulta de lo más decorativa en la fuente, Probadla, la recomiendo.

  6. 6 Palinurova diciembre 28, 2011 a las 4:37 pm

    La coliflor no está mal pero indigesta. Probaremos la receta de Cuba.
    Y a Cuba le deseamos de corazón que se cure cuanto antes y que la veamos en verano en la playa con sus nietos.


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