Archivos para 31 enero 2012

Mucha mierda para Paulus

Se puso a soñar que los carruajes de los aficionados a la música clásica iban a agolparse ante el teatro donde cantaba su coro y al final no pudo pegar ojo...

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Quería soñar en el final de la crisis, o en un viaje en el Bugatti de Isadora Duncan para recogerle el “foulard” antes de que éste se enrollara en el eje de las ruedas y la estrangulara de forma tan estúpida como la que le causó la muerte.  Pero al final su particular obsesión convirtió el sueño en un teatro.. Un teatro en una plaza. En la plaza, muchos coches  de caballos. Y sobre el pavimento, boñigas, muchas boñigas, una cantidad ingente de boñigas equinas perfumando el ambiente.

-Mucha mierda- le deseó una bella soprano al acabar el último ensayo.

Ya se sabe, lo de mucha mierda en el argot teatral es un deseo de mucho éxito. Viene de cuando los espectadores iban al teatro en carruaje: si la representación tenía éxito, acudían más y más carruajes, y al final el estercolero reflejaba el favor del público.

Lástima que ya no haya coches de caballos, y que incluso aunque los hubiera fuera bastante poco probable que se acercaran hasta el Teatro Buero Vallejo de Alcorcón. Lástima que lo efímero de la representación –sólo un día- no diera para tanta mierda.

 Lástima también que la soprano no fuera tan hermosa como en el sueño.

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El caso es que este duende vive sin vivir en él por culpa del estreno. Estreno y única representación. No es una obra de teatro, es un concierto. Un gran concierto, eso sí,  el oratorio Paulus de Mendelssöhn. Una orquesta de casi cien ejecutantes. Un coro de cincuenta cantores ilusionados. Cuatro meses trabajando lo indecible para cantar en un alemán más que decente cómo Saulo, en el camino de Damasco, se cae del caballo, reflexiona, arregla su vida, sigue a Cristo en lugar de perseguirle y se dedica a escribir epístolas para ayudar a los náufragos de la vida.

Como ésta, más o menos. Epístola de San Pablo ad coreutas comprometidos. En verdad, en verdad os digo que para cantar afinado y en alemán fetén, debeis empezar por estar descansados, bien dormidos, bien alimentados y con la voz clara.

Y una mierda. Le pasa a uno como cuando se examinaba en la facultad. Tiene que descansar y el alma intranquila, tiene que dormir y los ojos como ascuas, tiene que olvidarse del compromiso y sueña carruajes, caballos, boñigas. Y por si fuera poco la soprano, que  es que no sea guapa, sino que es feísima.

Mierda, mierda, mierda. Y encima el smoking que se le ha quedado estrecho al duende barítono, y que puede reventar por la pechera en cuanto ponga demasiado énfasis en los forte...Mierda, mierda, mucha mierda.

El bucle de The Artist

De cómo una película muda puede decir lo más importante...

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En la penumbra de la sala de proyección, el bloguero creyó distinguir a tres personas conocidas. Dos de ellas eran claramente pareja. Ella, que era una señorita menuda, mantenía sobre su regazo el bolso y un coqueto sombrero. Él escrutaba la pantalla con la mirada ligeramente torturada de un intelectual, intentando encontrar en aquello que empezaban a llamar el séptimo arte concomitancias con las artes plásticas, que tanto le atraían. Como la película era de Murnau, de Von Strohein o de Fritz Lang, imaginaba que el director de fotografía era Caravaggio. Pero entretanto se las daba de teórico, y después de comprobar que la tercera persona se quedaba traspuesta en una butaca de la fila de atrás, alargaba disimuladamente su mano izquierda y buscaba la mano derecha de la joven. Mientras el pianista al pie de la pantalla subrayaba con un nocturno de Chopin el romanticismo de la escena de amor de la película, el sombrerito y el bolso de la chica disimulaba discretamente la audacia de los amantes del cine.

Qué escándalo. Aprovechando que la carabina dormía, estaban haciendo manitas.

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El bloguero se pellizcó. Por un momento creyó haber dado marcha atrás en el túnel del tiempo y regresar al siglo pasado. Aquellos dos arcos de escayola patinada en oro que enmarcaban la pantalla le recordaron las tardes de cine, dos películas en sesión continua, que eran el paraíso de su infancia. Estaba otra vez en el desaparecido Príncipe Alfonso, pero quince o veinte años antes de haber nacido. Y sin apercibirse de ello espiaba a sus propios padres, que no podían ir al cine juntos sin la supervisión de Pura, la antigua ama de cría de su madre.

-Una señorita tiene que comportarse decentemente-decretó la Yaya- Así que, si quereis ir al cine, que vaya Pura de carabina.

Pura, para hacer honor a su nombre. En la pantalla, una película muda en blanco y negro de la que sólo se escuchaban las ilustraciones musicales del pianista. El padre se quejó siempre de tener que pagar tres entradas para poder llevar a su novia al cine. Otros tiempos, otras costumbres, otro cine. Como el de The Artist.

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Lo que más le ha gustado al bloguero de esta película es que en ella está la esencia del cine y de la vida. Es comedia y es drama. Aparte de la inteligencia y el refinamiento de un director con nombre difícil como Hazanavicius  hay en ella sonrisas, lágrimas y un perrito mucho más tierno que Milu, que Lassie o que Rintintin. La guinda de su ilusión se macera con la tensión entre el paso del tiempo y el alma del que no sabe caminar por él. Y deja al principio un egusto ligeramente agridulce. El bloguero se identificaba con George: le costó enterarse de lo que iba la vida y cuando ya creía andar seguro viene el futuro, le tira de la alfombra  y le derriba. Una historia triste que se convierte en una película maravillosa.

Porque, naturalmente, luego viene el amor y rescata al artista malherido. La moraleja eterna: queremos huir de la nostalgia y sin darnos cuenta volvemos a caer en ella. Qué bien nos viene esta pirueta del cine para redimir el pasado y, de paso, humanizar la modernidad y hacer un poco más risueño el futuro. Es un bucle caprichoso, y parece pura magia, pero hay que tener en cuenta que hablamos de The Artist.     

Un Mini para evadirse

Cómo no se va a aprovechar la posibilidad de evadirse en ese coche maravilloso en el que ni un contorsionista era capaz de hacer el amor...

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De repente, al despertar, notó lo mismo que aquellas mañanas de invierno en el campo, cuando el peso de las cuatro o cinco mantas de lana gruesa  le oprimía las puntas de los pies.y le costaba doblar las rodillas. Dios, qué frío entonces. La radio despertador entretanto le ponía al día: el Fondo Monetario Internacional, nos lo pintaba aún más negro. Ya no podríamos cumplir nuestros objetivos de déficit, y el número de parados rebasaría los cinco millones. Ahmadineyad amenazaba a Occidente, y especialmente a las economías menos autosuficientes. España se dividía nuevamente por el proceso a un juez. Qué oportuno, desenterrar a Montesquieu, ponerle en la mesa de autopsias y despiezarle para ver qué parte de él nos interesa y qué hay que arrojar definitivamente al crematorio.

Ah, y continuaba la pertinaz sequía. Qué divertido,  Éramos pocos y parió la abuela: en cuanto nos quejamos un poco de la lluvia, porque nos ensucia el coche recién lavado, aparece el anticiclón y nos recuerda que estamos más cerca del norte de África que de la verde Europa.

Se podía vivir al margen de eso. Incluso de la suerte de ese amigo herido por la enfermedad, o de ese otro angustiado por la incierta suerte de su familia. Pero aunque el invierno era de pacotilla, y el edredón tan caliente como ligero, su conciencia le anunciaba la insoportable gravedad del día. Era el efecto de no sentirse un ajeno, de querer ser solidario con el inconsciente colectivo. Era, como le enseñaron desde pequeño, el peso de la responsabilidad social.

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El ciudadano responsable se puso el abrigo, cogió su cartera, metió su MP3 en el bolsillo, le conectó sus auriculares y se echó a la calle. No podía quedar al margen de la realidad, porque al fin y al cabo era estadístico, y milagrosamente aún conservaba su puesto de trabajo y éste le permitía sobrevivir. Pero ser responsable no significaba ser masoquista. Aún no clareaba el día, y no era cosa de profundizar en la noche oscura de su alma. Así que se detuvo ante un paso de peatones con el disco en rojo, pulsó a la búsqueda de su pequeño aparato y abandonó las noticias para aliviarse con una radio fórmula.

Se puso el disco en verde. Algo todavía funcionaba. Se detuvieron los coches para que cruzara la calle el ciudadano responsable. Y en ese momento, qué respiro, se produjo una triple coincidencia. Primero el hombre atormentado pasó delante de un Mini Cooper conducido por una niña pija muy mona. A continuación pasó por delante de un Mini Cooper antiguo primorosamente conservado. Lo conducía un tipo canoso y bien trajeado que se había encogido lo bastante como para caber en aquella joyita automovilística de época que, junto al modelo actual, parecía un coche de pedales.

-Todo cambia…¿a mejor? –pensó comparando los dos modelos- Pero…¿por qué se empeñan también los fabricantes de coches en desnaturalizar lo que estaba tan bien inventado?

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Y en ese momento por la emisora de radio fórmula, empezó a sonar aquella vieja canción tan gamberra como ingeniosa que decía Qué difícil es hacer el amor en un SIMCA 1.000. Y velay, la triple coincidencia de Mini antiguo, Mini actual y canción evocadora fue mano de santo, y le aligeró el plúmbeo manto de responsabilidad social que le oprimía

Pues su alma de estadístico le llevó a extrapolar la canción de su contexto. Y el ciudadano responsable hizo el resto del camino a su oficina especulando sobre qué porcentaje de privilegiados conductores del Mini Cooper original habrían conseguido la difícilísima hazaña de echar un polvo en este diminuto coche.

-Vete a saber –pensó mientras el día se iluminaba del todo- A lo mejor es por eso por lo que ha pasado a la historia del automovilismo.

No te mueras nunca, Audrey

Cada vez que queremos huir de la nostalgia, regresa Audrey Hepburn y vuelve a atraparnos...

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La nostalgia será un error, cierto. Y sólo mirar adelante tiene sentido. Pero el caso es que despierta uno este domingo dispuesto a la catarsis necesaria y  lo primero que escucha es la voz de Audrey Hepburn recién salida de la ducha cantando Moon River.

 Ya lo ha señalado este bloguero en otras ocasiones, es una de las escenas de más ternura que recuerda en la otra vida que era el celuloide. Ella allí, en albornoz, sentada en la escalerilla de incendios de un bloque de Manhattan, abrazada a una guitarra mentras encandilaba al universo con su cara de ángel, si es que los ángeles tuvieran sexo. Ella allí y el Duende joven aquí, tan lejos de cualquier paraíso, en el insignificante Madrid de la época, casi imberbe, estudiando ese coñazo inmisericorde que se llamaba Derecho Procesal mientras perseguía la sombra huidiza de las muchachas en flor. Qué injusticia. Para qué carajo quería uno el derecho procesal cuando lo que necesitaba era salir con ella.

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La inmortal Audrey anunciaba que EL PAÍS regalará durante los domingos que haga falta las mejores películas de nuestra época, las indispensables, las que, entre otras cosas, nos hacen pensar en los momentos de debilidad que no todo cualquier tiempo pasado fue peor. Hepburn, Peppard, Blake Edwards, Henry Mancini, Desayuno con diamantes. El desayuno del bloguero no llega a tanto. Un café, unas tostadas y unas cuantas ilusiones.

Entre ellas, la de desembarazarse definitivamente de cualquier compromiso sentimental con el pasado. Tirar por la borda todo lo que ya no puede ser. Pero va la SER y para arreglarlo lanza a Plácido Domingo cantando Maitechu mía, una de las grabaciones contenidas en el doble CD de melodías eternas que no debemos dejar de comprar.

Joder con la modernidad. No las tiene todas consigo, y al cabo casi recela tanto como este bloguero de lo que está por llegar. Tanta apología del futuro para acabar sujetándonos con los lazos de siempre. ¿No será otra milonga?…

Por si acaso, please, Audrey, no te mueras nunca.

Un SMS comprometido

A veces hay SMS que despisten un poco...

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No acaba de hacerse el Duende con un nuevo teléfono móvil Galaxy nosequé. de esos que utilizan un sistema táctil. El terminal se ilumina o se apaga cuando le parece, y le deja cuando no lo espera la pantalla a oscuras. Gran faena cuando uno necesita llamar de urgencia. Se le resbalan las aplicaciones. Le marca espontáneamente a quien no pensaba llamar. Le muda el sistema  de escribir SMS sin saber por qué. O por los mismos movimientos inadvertidos le presenta de repente un plano de donde está cuando en realidad lo que necesita es llamar al dentista.

Cosas de la las nuevas tecnologías. O de la edad, según se mire. Los jóvenes se ríen de estas peripecias. Así que el bloguero aprovecha los contados encuentros con sus ocupadísimos hijos para solicitar lecciones de supervivencia.

-Por ejemplo…¿cómo carajo se borran los mensajes?

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Y el primero que pasó revista era uno enviado por María Luisa que decía  literalmente así.

Ya sabes que de vez en cuando tenemos que hacer alguna cochinada…Y llámame sieeempre. Un beso!

Los jóvenes de ahora no se extrañan por nada. Pero el Duende no sabía qué cara poner. Estuvo a punto de seguir el ritual tradicional en las escenas comprometidas de las comedias de enredo.

- Ojo. No es lo que parece.

Pero comprendía que la cosa no colaría fácilmente.

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Así es si así os parece, escribió Pirandello. Hay cochinadas de muchas clases, pero estas no tenían nada que ver con lo que sugería el mensaje de María Luisa. María Luisa Nuñez, aparte de una mujer encantadora y una excelente amiga, es una periodista que fue durante años la jefa de producción de los programas de RNE en los que revoloteaba este duende. Una buena jefa de producción es una profesional  capaz de remover cielo y tierra hasta localizar, por ejemplo, al capitán del Costa Concordia para una entrevista mañanera. Ahora María Luisa está en el equipo de Herrera en la Onda, y es una de esas `piezas esenciales para al buen funcionamiento del  programa.

-Localízame a la Merkel para una entrevista a las nueve –dice Herrera- Y al ama de cría de Urdangarín para mañana.

Va María Luisa infatigable y acaba ajustando entrevistas hasta con el lucero del alba. Carlos Herrera parece un apóstol del Greco cuando entrevista a  monseñor Rouco, y con la misma sublime sensibilidad puede emular a continuación un policía grasiento y casposo para vacilar con Torrente. El fino camaleón de las ondas va del cielo a las alcantarillas de la radio sin perder un ápice de su flema y de su compostura. Le sobra labia, retranca e ironía, y siempre parece contar con los datos suficientes para abordar los temas más sublimes, delicados o escabrosos sin que le tiemble la voz. Hasta las diez de la mañana de su programa es un periodista solvente. Después de esa hora a menudo libera el Jaimito que lleva dentro, eructa con toda corrección un culo, teta, caca, `pis, e invita a los oyentes a que, so pretexto de una investigación de alto interés social –periodismo valiente, decía el otro día disimulando su risita-se desinhiban contando las marranadas más asombrosas que uno ha escuchado jamás por las ondas.

El pueblo siempre es respetable. Pero cuando se lanza…

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El 15 de enero de 2012  Herrera en la onda dedicó una histórica hora de radio a recabar las opiniones y anécdotas de los oyentes sobre algo tan singular como los tampones higiénicos para la mujer. Cosas escucharedes, Sancho. Sabedor de que al pueblo se le da la mano y se toma hasta mucho más allá del codo, y de que la desinhibición se ha convertido de la noche a la a la mañana en poco menos que en virtud social, el repertorio de confidencias que empezaron a escucharse al respecto confirma que el pueblo será respetable, pero su mal gusto es a veces más que detestable. Fue entonces cuando este  duende, que compartió años de radio con el magnífico Herrera y con algunos de sus tertulianos y adláteres como Lorenzo Díaz y el simpático José Antonio Naranjo no pudo resistirse y abusando de de la amistad con la Núñez, que le cuela sus llamadas cuando quiere opinar de algo, le escribió este SMS.

-¿El tampón?…Este Carlos ha perdido la cabeza.
Muchas gracias por tu gestión de ayer (le había facilitado entrar en antena el día anterior) y bs.

A lo que María Luisa, que siempre ha sido especialmente cariñosa, respetuosa y delicada con su antiguo compañero, contestó lo de esas cochinadas que, por lo escuchado, venden mucho. Le faltó añadir al tenemos que hacer algo así como en este programa, para redimir al mensaje de toda sospecha. Pero ya se sabe que el lenguaje de los SMS exige economía.

 Además, qué diablos, a lo mejor le prestigia a uno que le consideren un buen discípulo del famoso marqués de Sade.

La carta final

¿Por qué es tan difícil seguir escribiendo cartas?...

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Querida Elvira

Espero que al recibo de la presente estés bien. Por aquí todo como de costumbre, a Dios gracias. Estoy a la espera del tac ese que me mandó el médico, que está empeñado en que me lo haga, a pesar de que nunca he fumado. Y luego dirán que la sanidad es cara, como decía Joaquín Sorolla en su famoso cuadro de los pescadores.

Otra novedad es que reapareció el ratoncito aquel que acudió a comerse las migajas del roscón el último día que tomamos el te juntos. No se qué hacer para atraparlo. Quiero ponerle una trampa, pero me da pena. Siempre me acuerdo de Tom y Jerry. A veces me gustaría tener un alma tan fría como la de un ministro del interior, pero no lo consigo. Supongo que si Sanidad se entera de que convivo con un ratón me mandaría una brigada raticida, desinfectarían la casa, la precintarían y me recolocarían en una pensión de la calle del Pez, que es la típica operación humanitaria de los ayuntamientos. Qué obsesión por la salud pública. ¿Cómo les explico yo que cuando tú te vas sólo el ratón me hace compañía?

Aprovecho esta carta para decirte que estabas muy guapa la última tarde. Tan elegante como siempre. No se en cuántas cartas más podré piropearte, porque verás, se me habían acabado los sellos, he ido a mi estanco habitual y me han dicho que no les quedaban. ¿Que no les quedan?…¿Te imaginas a una farmacia que agota las tiritas? Raro, ¿no?. No me importó, ya sabes, el médico me dice que debo andar rodos los días al menos tres cuartos de hora. Busqué otro estanco, y me dijo, pásmate, que ya no venden sellos. Ni certificados de penales, ni esos impresos, timbres y esas cosas, que antes suministraban al personal. Se los ha quitado el estado, y claro, los estanqueros están que trinan. ¿Y cómo se compran sellos ahora, le pregunté? Pues en una estafeta de Correos, dijo. Dijo eso, la palabra estafeta, que ya no la dice nadie. Se ha quedado antiguo, como yo, que aún escribo cartas. Como las cartas, que ahora sólo llegan de los bancos, de las compañías de teléfono o de las eléctricas. Si es que a esos impresos horribles se les puede llamar cartas.

Ya sabes el afecto que te tengo, Elvira. Pero esta última carta es, entre otras cosas, para anunciarte que gracias a las medidas tan prácticas que imponen ahora, ya no voy a poder escribirte con la misma frecuencia. Además, con esta obsesión que tenemos por la seguridad es probable que los carteros, al ver una carta manuscrita, como a mí me gustaba hacerlo, crean que, lagarto lagarto, ahí hay un objeto postal no identificado, y lo manden a los Tedax. Y quizás no te llegue nunca. Ya sabes, el progreso.

Tendé que escribirte un SMS o un e-mail, como me recomiendan mis nietos. Perdona la grosería que voy a decir, impropia de un hombre de mi educación y de mi edad. Pero aunque tú seas una mujer maravillosa yo no podré decírtelo más por carta porque el progreso, que es tan útil, a veces se porta como un gilipollas. Y lo de retirar los sellos de los estancos es otra prueba más de ello.

En fin, no te entretengo más, pues supongo que tienes muchas ocupaciones. Deseándote que el año que acaba de empezar te conserve la salud y te traiga muchas buenas noticias para ti y los tuyos, queda de tí devoto y besa tu mano tu viejo amigo.

Homper

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La carta final es una excelente película filmada en 1987 por un director poco conocido, David Hugh Jones. Está basada en la pequeña novela de Helen Hanff titulada 84 Charing Road Cross, que cuenta la entrañable historia de una relación algo más que amistosa forjada a lo largo de tres décadas por la correspondencia entre una americana y un adusto librero inglés. Ann Bancroft y Anthony Hopkins representan admirablemente sus papeles. Pero cuenta Homper que lo que en verdad le emocionó de esta historia es, valga la polisemia, el papel de la carta, el protagonismo de la literatura epistolar, el valor del mensaje escrito a otra persona. Ese depósito de confidencias y sentimientos que se abre con un rasgahojas con la misma emoción que la envoltura del mejor regalo.

Mejor dicho, que se abría.

Tempus fugit –piensa Homper- Y a veces, de la que huye, subraya con un toque humor amargo, tempus jodet.

La luna de Violette

La luna llena siempre enmarca alguna historia romántica...

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Mi nombre es Diego, y no puedo ocultar que soy un sentimental. Y tampoco que la luna ha ejercido una poderosa influencia sobre mí y mis sentimientos. La luna llena siempre ha significado para mí una liberación. Es el positivo de la noche, y con sólo asomar su cara me abre un paraíso y me hace olvidar las miserias que me rodean. Por ejemplo, soy un tipo feo. Y bajito. Tampoco tengo dinero, aunque eso, dicen, es menos importante Tengo buena conversación, pero soy feo, bajito y sin dinero. Bastantes desventajas para triunfar en el amor.

La luna, no obstante, no me mira peor por eso. Es más: aún creo que esa es la causa de su delicadeza conmigo. Siempre que sale, veo en ella a la mujer que amo. Unas veces ella me devuelve la mirada. Otras veces no me hace ni caso. Pero es salir la luna llena por el horizonte y transformarme en un volcán de pasión, como si volviera a nacer y pudiera olvidar los desdenes que, a fuer de sincero, he tenido que sufrir. De repente me siento Romeo, imagino que la silueta de mi Julieta se recorta sobre ese disco de luz que ilumina lo negro del cielo y que ella me lanza una escala por la que trepo dispuesto a cantarle madrigales y a decirle cosas hermosas.

-Oye, qué bonita noche, ¿no?- le digo muy emocionado.

-Sí –me suelen responder incluso las menos expresivas.

-Pues ya ves, que tenía ganas de verte…

Bueno, quizás lo del volcán de pasión sea exagerado. He dicho antes que tengo buena conversación, pero no oculto que las mujeres bellas me cortan mucho.

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Violette era una de esas mujeres que dan categoría a la luna llena. No era una belleza de calendario, pero derrochaba fascinación y elegancia. Además, sugería novela. A mi siempre me han gustado más las chicas con novela dentro que las guapas que no pasan de ser portada. Violette no lo pretende, pero desprende un aura de misterio, un cierto charme que no es de sonrisa facilona ni de vestido de lamé. Digo charme porque es francesa, con todo lo bueno y lo malo que eso significa.

El caso es que se asomó a la luna y enseguida me percaté de que mi naturaleza se revolucionaba. Empecé a notarme extraño, como si de mi personalidad anodina brotara un hombre distinto, más fuerte, más poderoso, más audaz. No acababa de reconocerme en él. Sabía que Violette era de gustos refinados, que detestaba lo cursi y lo hortera. Nadie es capaz de distinguir exactamente qué es lo uno y lo otro, pero como ya he dicho que soy feo y bajito, me puse un traje blanco tipo Elvis Presley y una botas de tacón cubano pensando que así paliaría mis defectos, y le parecería un hombre más atractivo.

Y empecé a escalar hacia la luna.

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Según trepaba por los peldaños de la escala iba experimentando lo que cualquier especialista catalogaría como sucesivos trastornos de personalidad. Por un ratito me sentí una reencarnación de el Fary. Luego me acordé de personajes que me habían impresionado en mi infancia por su poderío, como el primer director que tuve en el colegio y el barquillero que vendía – ¡al rico parisién! era su grito de guerra- barquillos en el Paseo de la Castellana. Ambos lucían muelas de oro, como creía yo entonces que lucían todos los hombres respetables. A continuación me identifiqué con mi amigo Juan Saldaña, que era corto como el rabo de una boina, pero musculado y pecholobo, el clásico guaperas que sin decir palabra me levantaba a las chicas que me gustaban. Ya digo, me sentía raro. Y más cuando, por descansar, me detuve a contemplar la mágica redondez plateada de la luna en la que me esperaba Violette.

-Qué bella estás en la noche-intenté decir ensayando un abordaje inteligente y original que sin duda abatiría sus defensas.

Intenté decirlo, lo juro. Pero qué carajo, lo que sonó fue un aullido espeluznante que rasgó como un bisturí el silencio de la noche.

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Puse un SMS a mi psicóloga. Necesito que me veas con urgencia. Ya. Pese a lo avanzado de la noche, Cristina Fontana me recibió encantadora.

-Raro sí estás –dijo nada más verme- Veamos, túmbate en la chaise-long.

Cuando me tumbé, noté que mis manos se habían cubierto de pelo, y que las uñas me habían crecido hasta convertirse en afiladas garras.

-Nada importante –dijo Cristina intentando dibujar una sonrisa- Bueno, claro, algún pequeño trastorno de personalidad sí que se te ve…Te estás convirtiendo en un hombre-lobo. La luna llena tiene estas cosas:despierta la leyenda, reaparecen los hombres-lobo. Te afloran los deseos, las frustraciones, y quieres comerte el mundo. Como eres más bien pusilánime, no te vendrá mal…

Me recetó tila y que, eso sí, procurara controlar mi agresividad.

-Por lo demás, tranquilo. Lo de la luna llena acaba pasando. Y ya como mujer, te diré que así, con tanto pelo y vestido como Elvis pareces más original…Más atractivo, sí, francamente…¿A ver? Abre la boca.

Le abrí mis fauces, pero me tranquilizó enseguida.

-Eso sí…Te empiezan a crecer los colmillos, pero es normal. Nada, asimila esta sobredosis de bestialidad y de potencia de macho y asiéntala en tu personalidad. ¿Tenías plan esta noche?…

-Bueno, iba a aprovechar la luna llena para jugar a Romeo y Julieta.

-Ah, claro, muy bien. Es que estas noches son muy románticas… Además, ya conoces el el mito de la bella y la bestia…Ya verás, este trastorno de la personalidad le gustará mucho a tu Julieta…Ya me contarás.

Me despidió con un par de besos y con su encantadora sonrisa de siempre. Como si estuviera acostumbrada a tratar a licántropos todos los días.

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No hay mal que por bien no venga. Al llegar a la luna donde me esperaba Violette, ya no me sentía bajo, feo y sin dinero. Ni pusilánime. Me creía un tipo original, fuerte, dominador, seguro. Tan confiado que apenas consideré necesario conversar demasiado.

-Cómo me gusta verte, Violette-aullé apenas llegué a su altura.

Ella supo interpretar el aullido, y se esforzó por sonreirme. Únicamente frunció el ceño cuando echó un vistazo a mi traje blanco de Elvis Preysler, a mi camisa con chorreras y, sobre todo, a los afilados colmillos que al fin se me habían desarrollado con la prestancia que yo soñaba de niño.

-Mon chegui- me dijo- ¿Un hombgue- lobo con los colmillos de ogo?…Ah, non… C´est toujours demasiado hogtega.

No puedo ocultar que soy un sentimental, y que aquella luna de Violette acabó dejando una muesca en mi corazón. Tan reforzado en mi autoestima como me sentía de hombre-lobo. Pero ya se sabe, los caminos de la seducción, como los designios del Señor, son inescrutables.

Líbrame Señor de una muerte grotesca

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Una de las ventajas de ir cumpliendo años es que vas asumiendo con naturalidad que esto se acaba. No es pesimismo, sino un realismo bien entendido, y que hasta suele coincidir con una sensación de fatiga. La fatiga de vivir.

La muerte alivia algunos notables inconvenientes. Y te libra de esos garbanzos en los zapatos que nos calzamos diariamente. Dejas de dormir poco para entrar en el sueño eterno, no hay que madrugar más, ganas la soñada exención de impuestos, no hay reuniones de la comunidad de vecinos en el más allá, no hay que leer el periódico ni castigarse soportando la gilipollez humana, no hay comisiones bancarias que medien en el tránsito, se deja de sufrir la ansiedad de la cultura o la necia dictadura de la moda, no hay que luchar más contra los abrefáciles que te amargan la vida. Tampoco se padecerá por la suerte del desempleo: estos parados no necesitan nada más que ser recordados. Y aunque no lo sean, tampoco se van a dar cuenta de ello.

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No le importa tanto a este bloguero la muerte como las condiciones en que ésta se presente. La muerte digna no depende sólo de la ausencia de dolor, sino del momento y de las circunstancias. Hace años el Duende leyó en los periódicos una noticia casi surrealista que le dejó aterrado. Contaba una sección de sucesos que un campesino había muerto aplastado por una roca en el muy poco honorable trance de copular…¡con una gallina! Qué Némesis tan brutal, qué ridículo tan espantoso. Recientemente todos hemos contemplado, perplejos cual nuestro amigo Homper, cómo el pueblo norcoreano lloraba de forma histriónica la muerte de su líder Kim Jong-il. Al mundo occidental le resulta inexplicable semejante teatralización de la histeria colectiva por la desaparición de un dictador, pero los abducidos norcoreanitos quizás no lloraban por eso, sino porque, según se comentó en Herrera en la onda, la muerte le sobrevino al sátrapa mientras defecaba.

-¡Qué desprestigio! –se debía de lamentar su pueblo plañidero- ¡Pensar que nuestro líder ha muerto dando de cuerpo!…

Muerte, por favor: se más discreta cuando vengas a por el duende que suscribe.

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La señora Olegaria era una mujer abnegada y trabajadora, y había dedicado sus últimos diez años a cuidar de su marido, un impedido que le anticipó a su amantísima esposa al menos cuatro años de purgatorio. Su marido había sido un borracho y un putero, pero eso no era eximente para el cariño de Olegaria, que era una buena cristiana. Se murió el marido, y Olegaria quedó viuda al borde de la indigencia. Días después de haber enterrado a su marido, su cruz y su llanto, murió en la calle de un ataque al corazón. Su cadáver fue levantado a las puertas del Monte de Piedad, y en el bolso de Olegaria se encontró una bolsita de papel que contenía dos alianzas matrimoniales y una dentadura postiza con tres piezas de oro. Tampoco fue la muerte digna que Olegaria se merecía.

La gallina violada, la muerte en el retrete y el triste bolso de Olegaria. Todo se le mezclaba en la cabeza al Duende cuando hacía algo aparentemente tan fácil como instalar unas protecciones de plástico en las esquinas de su plaza de garaje para proteger a su coche de roces y abolladuras de chapa. Qué ingenuidad la suya.

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Doña María hablaba de las múltiples pequeñas cosas de espaldas al pueblo que le complican tontamente la vida al ciudadano. Y, puesto en faena, el Duende advirtió que las protecciones de plástico que la afamada firma Leroy Merlín le había vendido para proteger el cutis de su coche en el garaje pertenecían a ese género de ingenios imperfectos que no se explica cómo se venden. Para empezar –cosa tan obvia que se no se tomó la molestia de comprobar, craso error- uno esperaba que las protecciones formaran un ángulo recto, y se acoplaran a las esquinas como el dedal al dedo. Pero no: formaban un ángulo agudo, no se sabe en qué esquinas pensarían sus fabricantes. Durante la primera media hora de su ejercicio dominical, el Duende trató de abrir, primero manualmente, y luego a pisotones, el ángulo de las protecciones. Desgraciadamente, el grosor de las mismas las hacía demasiado rígidas.

El segundo inconveniente es que las protecciones venían sin adherencia. Y a falta de recomendaciones, uno pensó que un pegamento de contacto contundente las adheriría sin mayores problemas, incluso aunque las bandas de plástico no pegaran con la pared en toda su superficie. Compró un pegamento infalible que le recomendó un ferretero, recorrió con un reguero de pasta blanca los bordes de la protección y procuró encajarlo en su lugar. Al poco, el Duende comprobó que el pegamento de contacto necesitaba presión para hacer efecto, así que durante bastantes minutos presionó con manos, rodillas y pies esperando el éxito. Cuando ya empezaba a aburrirse de su vida, y a convencerse de que no merece la pena dedicar más tiempo a estas majaderías, dio por cumplido el trabajo y se dio la vuelta para subir a casa. Pero antes de llegar a la puerta del ascensor le sorprendió un ruido. Volvió la mirada y la protección de plástico estaba en el suelo.

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Todo tiene su explicación –se dijo el Duende. El pegamento era demasiado denso, y la sección de salida del tubo no lo bastante ancha para que sirviera la cantidad suficiente. Subió a casa, cogió una sierra, bajó, seccionó el canutillo de aplicación por su base, apretó el tubo como si fuera un asesino de pegamentos, y como pudo embadurnó las paredes interiores de la puñetera protección de plástico para encajarla nuevamente y durante casi media hora presionarla para que se adosara definitivamente a la pared.

Entretanto sudaba, se irritaba y notaba que la la ira se iba apoderando de él. Empezó a acordarse de los padres y de las madres de Leroy y de Merlin, y también de las de los fabricantes de defensas, de las de los dependientes que no le advirtieron de que el plástico era rígido, y que de ángulo recto, nada. También invocó a la madre del que inventó ese pegamento de mierda, a la del ferretero que se lo colocó malamente y hasta a la del constructor del garaje, que no se sabe por qué con lo que cobró por venderlo no tomó la precaución de revestir las esquinas con blindaje de goma. Cuando parecía que la protección de plástico, al fin, quedaba fija, ésta empezó a alabearse por la mitad de su altura, y su base y su cabecera iniciaron un lento alejamiento de la pared, mostrando que aquellos hilillos de pasta blanca no servían para nada.

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Entonces, la emprendió a patadas y a puñetazos contra la esquina. No se sabe si como postrer intento para pegar la protección y conseguir su objetivo de proteger el cutis de su coche o cabreado por aquella nueva demostración de que todo conspiraba contra él de espaldas al pueblo. Estaba indignado, enloquecido, poseso de una ira universal contra todo por haberle puesto en esa ridícula situación que le robó media mañana de un soleado domingo de enero. Por un momento pensó que en casos así a algunos les sobreviene un infarto de miocardio, y tienen que cerrar su biografía con una nota tan absurda como “murió tratando de poner, inútilmente, unas defensas en las esquinas de su garaje”. Luego se vio en la misma lista que el presunto follador de gallinas aplastado en el intento, o el dictador cagón, o la desdichada señora Olegaria.

Y se consoló pensando que, por el momento, se había librado de una muerte grotesca como la que, lamentablemente, podría sorprenderle en tantas situaciones peculiares que uno vive cada día.

Rajoy es la sorpresa del roscón

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La sorpresa, piensa el Duende al despertar y escuchar las primeras noticias del día, no es que Mariano Rajoy nos suba los impuestos. Sabemos que estamos de vacas flacas. La sorpresa es que un tipo tan prudente como él y que ha tenido ocho años para estudiar los vicios de los gobernantes y los penosos efectos de sus compromisos incumplidos no se mojara un poquito menos en lo que ahora se vuelve en su contra..

-Yo os aseguro -podría haber remarcado con el silbido característico de sus eses deshilachadas- que si los números que nos cuenta este gobierno del PSOE son reales y el déficit público es el publicado oficialmente, no subiremos los impuestos.

Así de claro. La mayoría estaba tan convencida de que Zapatero era, sobe todo, un confitero de utopías, que no le hubieran regateado su voto. Y él no tendría que tragarse su primer marrón.

Pero es impepinable, hay piedras en el camino de los políticos en las que ninguno deja de tropezar.

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Así que, por no amargarse el día, el bloguero decide desayunarse con algo que según el libro de Antonio San José, podría traerle una miajita de alegría. El libro se llama La felicidad de las pequeñas cosas, y en él hay un capítulo titulado: Comer churros. No es el mismo producto, pero sí parecido placer. Ahora, que se va a acabando la Navidad, aún nos queda esa otra gran pequeña cosa que es el roscón de Reyes. Sin relleno de nata, ni de crema pastelera, ni de marrón glasé.. El auténtico, el de siempre: el que hay que mojar en chocolate o en café con leche con la esperanza de que no se le vayan los churretones, barbilla abajo, a la pechera de la camisa. Y con la suerte añadida de que el buda de cristal que figura como sorpresa no le haga saltar alguno de sus empastes.

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Los políticos siempre acaban sorprendiendo con sus bravatas, sus mentiras o sus donde dije digo, digo Diego. Las sorpresas de los roscones son más inocentes.

La del primer roscón de este año no era un hada Campanilla, ni un pez, ni un conejo, ni un rey mago, ni un caballito de mar, ni una mariposa, ni un caracol, figuritas exóticas que los reposteros van recogiendo en los bazares chinos para alimentar la fantasía de su roscón. La sorpresa es una ovejita de resina sintética sentada en la misma postura que poníamos en el cole cuando teminaba la etapa de las chapas o los cromos y llegaba la de las bolas. Puesto que estamos en época de vacas flacas, debe de ser una oveja flaca, como queriendo decir.

En aquel juego colegial el que tenía una bola de cristal vistosa, muy cotizada, la plantaba en el suelo y marcaba con pasos la distancia a la que había que golpearla con otra bola de piedra para poder ganarla. Si tenía suerte el lanzador, cascaba la bola de cristal con una de de las suyas y se la llevaba. Pero entretanto, el apostante iba acumulando proyectiles para poder salir luego a cazar otras bolas de cristal más preciadas.

El apostante de bolas se sentaba exactamente como la ovejita sorpresa del roscón. O sea, despatarrado en el suelo detrás de la bola en juego. Sus piernas abiertas recogían las bolas erradas que se estrellaban contra ellas. Una vez a Gómez, que llevaba pantalón corto, se le coló por la pernera una pedrada redonda lanzada por García, que era un poco bestiajo, y en lugar de cascar la bola de cristal le cascaron un huevo. Y eso dolía, qué caramba.

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Pese a lo tonta que era la sorpresa del roscón, al Duende le ha ha hecho más gracia que la desagradable sorpresa que nos acaba de dar Rajoy. Este ha despatarrado innecesariamente a la oveja flaca demasiado pronto y muy descaradamente, exponiéndose a perder crédito por no haber sido un poco más perspicaz. Parece mentira, con lo matriculín que era en el cole, y lo brillantemente que ganó sus oposiciones a registrador de la propiedad. Pero la política es otra cosa. Los hay muy listos para los libros que luego fallan en los recados.

Paciencia. Y a ver si el próximo recado le sale mejor al presidente.

Un fin de año distinto

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Parece ser que sonaron las doce campanadas que, como cualquier otra noche, da el reloj de la Puerta del Sol. Y Homper se quedó estupefacto con el espectáculo que siguió. No vio a José Mota, ni a Anne Igartiburu, personajes ambos a los que admira por distintos motivos. Sino a Katherine Hepburn, Cary Grant, James Stewart y a George Cukor, brillantes todos ellos en Historias de Filadelfia (1940).

Peligroso que una comedia con setenta y un años a sus espaldas le tentara al Hombre Perplejo más que la recepción del futuro que nos queda más a mano, que es este temido 2012. Pero es explicable: por una parte el nuevo año asoma la oreja con más miserias, recortes y subidas de impuestos. Consolémonos con el buen humor, la gracia y la finura que rebosa esta película. Por otra, acababa de leer un artículo de Javier Marías que él titula como Superculpables, donde critica al que él llama intelectual cronológico, es decir, al que, “con sentido acrítico abraza siempre lo último, boquiabierto y babeante, al que aplaude invariablemente lo que hay y se lleva, tan sólo porque es nuevo y existe”. A juicio de Marías tan estúpido es considerar que cualquiera tiempo pasado fue mejor como esperar que lo vaya a ser el futuro sólo porque es nuevo. El futuro, añade Homper de su cosecha, sólo es, con seguridad, inevitable.

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Así que Homper se ahorró las uvas. Hace ya años que dejó de tomarlas, y no ha notado que la vida le haya tratado peor por ello.

Es más: aunque, como se ha advertido ya en este blog, el Hombre Perplejo guarda afinidades con el pavo, le parecía estúpido engullir doce uvas como las engulliría este, que no pasa por ser precisamente uno de los animales más lúcidos. Item más: él las tomaría incluso con gusto si las uvas del tiempo fueran las moscatel, que son deliciosas, pero no las uvas tontas e insípidas que nos colocan en estas fechas los mismos productores que en el año 1909 tuvieron la feliz idea de inventar y difundir este ritual. Ya les vale con lo que han conseguido. En plena era del descreimiento y del relativismo y confiando todavía en que doce uvas nos cambien la suerte. Casi más fiable Doña Manolita.

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En el último paseo del año 2011 por un Madrid semidesierto y con la mayoría de las tiendas cerradas Homper compró juguetes, un roscón en Carrefour – la de Reyes en cambio si es tradición de su gusto- y dos libros para regalo. Los libros eran Los enamoramientos, del propio y celeberado Javier Marías, y Lo que me queda por vivir, de Elvira Lindo, una escritora que le cae extraordinariamente bien. La primera ha sido especialmente una novela muy jaleada por la crítica, pero cuando Homper pensó por qué había comprado precisamente estos dos libros y no otros dentro del variadísimo repertorio de novedades editoriales que invaden las librerías, tuvo que admitir que había algo de determinismo en sus títulos. Se venderá e interesará mucho más Inside Job, claro, pero Homper también es de los superculpables que miran con recelo el obligado progresismo oficial. A veces cae en la debilidad de creer que vale más la literatura.

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Qué contradicción, dudar del poder mágico de las uvas de la suerte y caer en el embrujo de los títulos de los libros aún sin haberlos leído. Interesarse por los enamoramientos cuando uno especula ya con lo que le queda por vivir. ¿Curiosidad o morbo?

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El último encuentro del año lo mantuvo Homper con su sobrina Margarita, que había ido a la Casa del Libro en busca de un modelo de agenda Moleskine del que lamentablemente no quedaban existencias. Margarita era hace nada una niña adorable de espléndidos ojos azules y de arrebatadora sonrisa. Una de esas niñas que queda inmortalizada en una caja de galletas para convencer al personal de que quien las come tiene asegurada la felicidad. Ahora Margarita es una mujer hecha y derecha, y su hija Paula, no menos encantadora, ya va a guateques. Tempus fugit. Homper advirtió entonces que se había pasado casi una vida y no había regalado casi nada a Margarita, a pesar de que los humanos queremos a los tíos muchas veces por los regalos que nos han ido haciendo de niños.

-Déjame que te regale un libro –le dijo- Que no se si con lo que me queda por vivir vas a encontrar otra ocasión mejor para aprovechar a tu tío.

No hubo manera, ella es tan considerada que se negaba a aceptar un regalo Entonces Homper cayó en la cuenta de que llevaba en sus manos un roscón de Reyes de tamaño mediano que claramente le quedaba grande. Sobre el roscón de Reyes, como sobre los turrones, hay en Madrid mucho mito. Parece que sólo son buenos los de dos o tres obradores y reposterías tradicionales. Pero Homper se tiene por experto en la cata de roscones, y da fe de que en Carrefour le dieron a probar uno que no era nada malo, sino todo lo contrario, y por eso lo compró.

-Pues te quedas con este roscón –le dijo poniéndoselo en las manos a su querida sobrina Margarita.

6
Así que Margarita, Javier Marías, Elvira Lindo, Katherine Hepbun, Cary Grant, James Stewart , George Cukor y el roscón de Carrefour fueron las últimas cuentas que Homper engastó en el collar del año que se iba. Los fines de año sirven, sobre todo, para eso: `para fijar en la memoria personas y situaciones que ilustran lo imprevisible de la vida de forma tan aleatoria como una combinación de la Primitiva.

Como imprevisible fue también lo que Homper vio, más perplejo que nunca, desde su palomar cuando en su reloj sin campanadas pasaban ya de las doce. Pues sobre la línea del cielo de la capital empezaron a dibujarse desde todos los barrios multitud de castillos de fuegos artificiales, cohetes aislados, tracas, petardos y otros efectos pirotécnicos que se mantuvieron por más de una hora. Como si la pólvora fuera gratis, y viviéramos en el reino de Jauja, y tuviéramos por seguro que 2012 iba a vaciar sobre nuestras cabezas el cuerno de la abundancia. Ni crisis, ni recortes, ni paro, ni puentes hundidos, ni subidas de impuestos, ni estrecheces, ni pesimismo. Madrid sonaba como supone Homper que debió de sonar cuando las tropas de Franco la asediaban en 1936. No recordaba haber escuchado nunca tantas explosiones. Esta vez, al parecer, eran de júbilo.

Él también gozó del suyo. Lo sentía bajo el edredón, mientras empezaba a ser ganado por el sueño para despertar esta mañana y comprobar que, después de tanta fanfarria, la vida no ha cambiado demasiado. Feliz Año 2012 tenga el lector , si es capaz de atar esa mosca por el rabo.


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