
El padre Lotino no estaba del todo convencido de que aquello fuera un milagro de San Simplicio, pero dio su absolución...
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Al poco de salir del seminario, al padre Benito Berzal ya le llaman el cura BB. No solamente sus iniciales coincidían con las de la Bardot. Es que además había escandalizado a sus compañeros de seminario sosteniendo entonces que el terrible pecado contra la pureza que entrañaba ver Y Dios creó a la mujer, no pasaba para él de ser un venial de menor cuantía.
-Comprenda, padre –le decía el confesando de los años sesenta buscando atenuantes- Es que Brigitte Bardot está…
-Tonterías, hijo. No hay que obsesionarse con el sexto mandamiento. Reza un padrenuestro y a otra cosa.
Se desmarcaba del cliché de la época. No era tan carca. Es más, podía decirse de él que era natural, afable y campechano, un buen tipo. Cuando años después le destinaron a un pueblo perdido entre la montañas, le parecían tan inocentes las confesiones de las mujerucas del lugar que a menudo les dejaba largar y largar y se dormía antes de impartir la absolución. Un día de esos despertó con frío, escuchó unos pasos en la penumbra de la iglesia y distinguió a un vagabundo que estaba saqueando el cepillo para llevarse los cuatro cuartos en él depositados.
-Pobre hombre –pensó- ¿Cómo le voy a decir que debería confesarse?
Al día siguiente dejó en el cepillo un bocadillo de mortadela y un plátano. Tampoco el sueldo de un cura de pueblo daba `para gollerías.
2
Pasaron los años.
No le gustaba admitirlo, pero el padre BB sabía que la sociedad de la información había desplazado poco a poco a las religiones. Con razón o sin ella, la gente creía menos en Dios en la misma medida en que creía saber más. También estaba convencido de que la jerarquía de la Iglesia se había distanciado del pueblo. Cada vez iba menos gente a sus misas, y cuando se sentaba en el confesionario sólo era ya para leer y esperar. Inútilmente. La última semana antes de decidirse a poner el aviso en la puerta de la iglesia – Para confesiones, llamar antes a la Parroquia- se la pasó mirando obsesivamente a la imagen de San Simplicio, que quedaba frente por frente del confesionario y le espiaba con un desagradable gesto de rapaz inquisitivo. El padre BB sentía su reproche. ¿Pero qué diablos estáis haciendo con la fe para que no venga nadie a la iglesia? –parecía espetarle el santo.
-Se hace lo que se puede –le respondía en silencio el cura- Pero no creas, Simplicio, que yo tampoco estoy de acuerdo con la marcha de nuestra Iglesia.
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San Simplicio no sabía que a la crisis de fe se añadía ahora lo que todo el mundo, cristiano o no cristiano, conocía simplemente como la crisis por antonomasia. Y que esa catástrofe económica le traía al pobre cura de cabeza, pues mientras la fe decrecía, la pobreza de los pocos feligreses de la diócesis aumentaba. Ahora ya no era un bocata de mortadela y un plátano lo que tenía que distribuir, ahora era más de la mitad de su modesto sueldo lo que el padre BB dedicaba para ayudar a los indigentes. Había pedido ayuda al Obispado, que le respondió con un discreto silencio, y había intentado ablandar la conciencia del rico del pueblo para que hiciera un importante donativo. Pero el millonario Laureano, industrial choricero, se acababa de casar con una voluptuosa negrona de Santo Domingo que le había convertido a la Secta del Santo Monje Cholipín, camino infalible, según ella, para la salvación si la fe se adobaba con limosnas generosas.
-Cuanta competencia, Señor –suspiraba desalentado el padre BB- Y qué impotencia la de este pobre cura tuyo para ayudar al prójimo.
Dios seguramente comprendería la angustia y la zozobra del cura de pueblo. Pero San Simplicio, ceño implacable de rapaz marmóreo, seguía acosándole con el vinagre que derramaba su mirada.
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Nadie en el pueblo sabía qué pintaba San Simplicio en esa iglesia. El templo guardaba entre otros tesoros una preciosa talla románica de la Virgen del Helecho, patrona del pueblo, y un magnífico retablo atribuído a un discípulo de Juan de Juni. La imagen de mármol de rostro antipático, incrustada en una hornacina en el lateral izquierdo de la nave central, frente al confesionario del padre BB no había despertado jamás la devoción de nadie, y sólo la curiosidad del cura inconformista le había llevado a investigar que San Simplicio, papa del siglo V y generoso protector de los pobres, debía su presencia allí a la simple vanidad de un paisano del siglo XVIII que llevaba ese mismo nombre, se hizo rico y se hartó de que su santo patrón no figurase en la imaginería de iglesia alguna de la comarca. La encargó a un formidable escultor de nombre desconocido que le cobró una fortuna, la donó a la iglesia de su pueblo y probablemente fue el único que le dedicó sus oraciones. Desde entonces la imagen barroca, tan poco graciosa como inadecuada al santoral del lugar, veía pasar los años y los siglos sin añadir una `pizca de gloria al pueblo. La pequeña inscripción en mármol que la acompañana tampoco le daba más lustre. Ofreció esta imagen de San Simplicio a esta iglesia otro Simplicio devoto suyo. Anno MDCCLXXXV.
La ignorancia se hace a veces demasiado irresponsable. Tampoco ni el obispo ni nadie del pueblo sabían que ese triste San Simplicio, con su báculo y su primitiva mitra de finísimo acabado, era una singular pieza del barroco valorada por un especialista en treinta y cinco mil euros. Y que un sospechoso personaje llamado Eric el Holandés había sido visto en la iglesia, donde ya no entraba casi nadie, tomando fotos y midiendo palmo a palmo la altura de la hornacina
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No hace mucho el padre BB recibió con alivio la noticia de que su ilustrísima Xavier Novell, obispo de Solsona se había bajado su sueldo por solidaridad con los que más sufren la crisis. Esperó entonces unos días a que su obispo tomara medidas semejantes y destinara parte de ese ahorro a socorrer a los pobres de su feligresía, únicos fieles que entraban ya en la iglesia. Y no precisamente para orar.
No ocurrió nada semejante. Sin embargo, y como si fuera el milagro de los panes y los peces, un día los auxilios del padre BB se multiplicaron y mejoraron de calidad. Los pobres desasistidos encontraron a partir de entonces en su parrroquia más consuelo y, sobre todo, mejor menú. Cuando el padre Lotino, titular de la parroquia más próxima de la contornada, acudió a a su colega para que le contara cómo conseguía esos sorprendentes logros asistenciales, el padre BB le quitó importancia.
-Es lo que tienen las crisis. Permiten recuperar valores que creíamos definitivamente perdidos…Ya ve usted, Lotino…¡Hasta la fe y las prácticas religiosas parecen reanimarse!
-No me diga…¿De verdad?
-Ya lo creo –dijo el padre BB señalando su confesionario vacío- ¿Ve usted ese confesionario?…Más de dos meses hacía que no lo usaba nadie. Bueno, pues estoy convencido de que, si se sienta usted dentro, seguro que aparece un cristiano que le pide confesión. ¿Quiere hacer la prueba? –dijo abriéndole la puerta amablemente mientras le ponía su estola sobre los hombros.
-Antes de que aparezca nadie –dijo don Lotino observando la imagen de San Simplicio y leyendo con atención la inscripción de mármol- ¿No tiene muy buena cara este santo para ser una imagen de 1.758?
-Bueno –replicó el padre BB mientras miraba de reojo la infame réplica de falso mármol – Él ha hecho el milagro de sacar a nuestros pobres de la crisis…¿Que le iba a costar hacerse la estética?
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Cuando se cerró el confesionario, uno de los pobres que acudían regularmente a llenar la andorga entró sobresaltado en la iglesia gritando a voz en cuello que la Guardia Civil había encontrado a un holandés llamado Eric, al que se daba por desaparecido, encerrado en un molino abandonado. Pero eso no alteró el solemne ritual de la penitencia. Mientras don Lotino atendía a través de la celosía a un pecador que se acusaba de haber robado en la iglesia -pero con buenas intenciones, como Robin Hood- éste se convencía a sí mismo de que San Simplicio necesitaba ese milagro para ganar popularidad. Y, antes de hacer contrición perfecta, como mandan los cánones, escuchó del confesor que a veces, no siempre, el fin de ayudar al prójimo justifica los medios, y que hasta el más justo de los justos peca a lo largo del día más de setenta veces siete.
- Bueno, bueno…Yo te absuelvo de tu pecado, Benito –concluyó don Lotino abriendo la puerta del confesionario y bendiciendo cara a cara al cura BB- Eso sí, no te aficiones demasiado… Y, si puedes -añadió lanzando una última mirada al santo milagrero- cambia ese San Simplicio por otra imagen que cante menos, ¿estamos?

Muy buena historia.
Mi amigo Paco Torres, que en paz descanse, un publicitario exitoso que fue presidente de una importante multinacional del sector y que siempre se consideró un hombre de izquierdas, se separaba del tradicional anticlericalismo de los suyos con esta origanílisima tesis: “Yo no creo en Dios, pero creo en los curas”. Nunca se lo he escuchado a nadie. Me he acordado de él mientras me salía este relato.
De todo hay en la viña del Señor. Pero caramba, después de tantos casos tremendos de pederastia y otras historias siniestras que hemos sabido, el caso del Obispo de Solsona era una buena ocasión para evocar a esas sotanas que, como Don Camilo, el padre Brown o el Padre Pitillo ( de este ya no se acordará nadie) nos hicieron más agradable la vida.
El padre BB o cómo hacer de la necesidad virtud.
Efectivamente, me he acordado del inefable Don Camilo y sus miradas cómplices a San Simplicio al leer este relato.
Duende: Resulta asqueroso que alguien que debe ser ejemplo de virtud y honradez se corrompa, o que quien ha de ayudar y proteger infrinja daño.
Por eso son tan escandalosos y tan horribles los casos de curas pederastas (o de jueces, policías o políticos corruptos), y nunca serán suficientemente denunciados ni castigados.
Pero eso hace que perdamos de vista a una gran cantidad de gente buena, a quien ni les agradecemos ni les valoramos.
Yo fui a colegio “de curas” hasta los dieciséis años, y (uno más gruñón, otro más simpático, etc) no tengo más que buenos recuerdos y gratitud.
(Me encanta la frase de Paco Torres).
Pienso que a los chicos os han influido más los curas que ha nosotras. Teniamos nuestras monjas, que eran otra cosa, y un cura que se encargaba de confesar, al que como nos daba matematicas para que hiciera “un milagro” ibamos a contarle los pecadillos para caerle simpaticas y aprobar. Ese es mi recuerdo de curas , el padre Martin. Me encantaba el pecado, que parecia malisimo e intesante y no era nada, “los malos pensamientos”. Con eso redondeabas siempre la confesion.
En la misa de Nochevieja de 1946/47 cuando hacía un frío tremendo en un invierno durísimo y la gente pasaba hambre y frío porque los aliados se llevaban todo el carbón de las minas alemanas, el cardenal Frings predicó en la iglesia parroquial de San Engelbert de Colonia / Alemania. Y le dijo a sus sorprendidísimos feligreses que la práctica general de robar carbón de los trenes que se llevaban los aliados no era pecado ya que era una cuestión de supervivencia. Desde entonces se acunó un nuevo verbo en Alemania: fringsen que quería decir robar para sobrevivir. Y el cardenal fue protagonista de múltiples anécdotas entrañables y muy querido por su pueblo hasta su muerte en el año 78. Fue defensor de tesis liberalizadoras durante el concilio vaticano II. Hasta tal punto le quería su pueblo que todavía se compara a su sucesor (al que se detesta por su conservadurismo y es objeto de burla general) con él.