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Un grabado precioso

En la España de los años cincuenta, sacabas la cámara en la plaza de un pueblo y cuando querías darte cuenta posaba el pueblo entero para la foto. Inútil decir que querías retratar a tu novia o a tus amigos. Se apostaban detrás de ellos y sonreían esperando el pajarito. La gente quería trascender de su momento y  de su pobre  circunstancia de posguerra. Les hacía ilusión  volar con la estampa de su lugar y ser vistos en él quién sabe donde ni por quién. El fotógrafo nunca los identificaría, pero a los figurantes anónimos les daba igual. Escapaban de sí mismos, trascendían, se sentían importantes.

  Es el mismo mecanismo psicológico por el que nos encanta encontrar nuestro paisaje particular recreado por un artista. Uno de los cuadros más famosos de Antonio López García es una perspectiva de la Gran Vía de Madrid que todos los madrileños han visto mil veces. Probablemente, todos nos sentimos parte del cuadro, pues por allí hemos pasado alguna vez. También en las películas nos encanta identificar nuestro paisaje. A veces lo intuimos, o creemos recordar que alguna vez paseábamos por el mismo escenario donde se han besado los protagonistas. El Duende es de los que no deja la sala de cine hasta que los títulos de crédito -por cierto, siempre los últimos- apuntan los emplazamientos del rodaje, por si se confirma que eran los que él creía haber reconocido. En las películas de la tele es inútil: la avaricia publicitara corta la emisión de la película en cuanto aparece la palabra FIN, al punto de que a veces te quedas sin saber el reparto ni, peor aún, el nombre del director. Qué mezquindad.

 A todos nos emociona que lo nuestro converja con la mirada del artista. Digamos que el testimonio de éste confirma nuestro buen gusto y nuestro criterio. El WW Escarabajo o la lata de Coca-Cola de Andy Warhol se ven colgadas en tantas paredes porque son  en pop art las mismas visiones  cotidianas de millones de personas de todo el mundo. La que desde su palomar disfruta el Duende de Madrid  es parecida a la que en su día plasmaron Goya  y Aureliano de Beruete. Demasiado caros para colgarlos en casa, aparte del feo que le haríamos al Museo del Prado. Sin embargo hace unos días el barón de Cap Llentrisca, buen amigo del Duende y asiduo del blog, le ha obsequiado con un grabado titulado Vista panorámica de Madrid (1752) coloreado con acuarela de la época que ofrece una vista de la capital en el siglo XVIII desde el mismo punto de vista desde el que la observa hoy. Algunos ciudadanos pasean placidamente por la ribera sur del Manzanares -tan crecido, por cierto, que hasta se imagina un islote en su centro- mientras  que al otro lado, asomada a la Cornisa Imperial, se extiende una pequeña ciudad en la que destacan muchas torres y cúpulas de iglesias y, en el lugar que  hoy se levanta e Palacio Real, el Alcázar de Madrid.

 A esas fechas el Alcázar había desaparecido, pues ardió por completo la nochebuena de 1.734, pero eso no empaña el encanto de una preciosidad de grabado. Además tiene otro valor añadido. El Duende lo mira como un simple amante del arte y, observado con detenimiento, de pronto ha descubierto  que en ese Madrid regalado también ha quedado grabada la huella de un afecto profundo.

Salsa de tomate y Cyrano de Bergerac

Fue una anécdota, pero invitaba a la meditación. Comía un amigo de Juan en la casa del Duende y le sirvieron algo tan sencillo como unos espaguettis. Le acercaron el queso rallado y la salsa, los roció con ella abudantemente, los envolvió con ambos ingredientes y al poco se relamía con visible satisfacción. Exquisito -subrayó antes de preguntar- ¿De qué es esta salsa? Le sorprendió mucho saber que era tan sólo una vulgar salsa de tomate casera. Hecha, eso sí, con aceite de oliva y abundante cebolla para dulcificarla. Sorprendentemente, en esta sociedad del bienestar en la que casi todo el mundo tiene acceso a casi todo, el muchacho no conocía más salsas de tomate que las envasadas por las firmas comerciales.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a tomar salsa de tomate de la buena..

Por otra parte, se entera hoy el Duende de que Cyrano de Bergerac, un escritor contemporáneo de Moliére más conocido por la vida que le dieron Edmond Rostand, José Ferrer y Gerard Depardieu que por sus obras, escribía cartas de amor por encargo. Hacía felices así a las enamoradas cuyos enamorados, aún manejando el florete, eran torpes con la pluma. Las cartas las acaba de traducir y publicar David Felipe Arranz, aventurando que, de haber vivido en nuestra época Cyrano, serían SMS de amor. Las grandes compañías telefónicas ganarían más, y a lo mejor incluso se crearían nuevos puestos de trabajo, que es algo muy importante en estos tiempos. Pero, con todos los respetos, no es lo mismo.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cartas de amor. El Duende, por cierto, se emplearía de negro como Cyrano, porque las cartas de amor se le daban bastante bien.

Nunca sabe uno cómo se teje la urdimbre de la felicidad, ni si la sensibilidad humana se forja con pequeños detalles como éstos. Pero la verdad es que estas naderías colaboran lo suyo. Lo ha comprobado el Duende tras visitar a su amigo Félix, ya convaleciente en casa. A él no le han faltado jamás ni la salsa de tomate casera ni otras delicias de la buena cocina andaluza en la que se crió. Ahora además ha leído en este blog los muchos mensajes a él dirigidos, y éstos van obrando en su ánimo parecido efecto balsámico que el logrado por las cartas de Cyrano.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cariño. En salsa, en prosa, en verso, con una palabra, un abrazo, una sonrisa o quizás tan sólo una mirada.

La sobrina del poeta Muñoz Rojas

Empezaba a declinar la tarde esplendorosa del domingo 4 de mayo cuando se recibió una llamada en teléfono del Duende, que apuraba el puente en el sitio de Pedrojuan. La voz amiga era la de Soledad, una dama malagueña de porte distinguido y ojos claros cuyo rostro parece un retrato de Manet o, como mínimo, de Rosales o Ramón Casas. Soledad es profesora de inglés, esposa, madre, abuela y conquistadora de espacios de felicidad. Pertenece a una familia malagueña de abolengo, y se crió en un precioso cortijo de la vega de Antequera rodeada de olivares, piedras antiguas, fuentes, y plantas aromáticas. Más que un monumento nacional, aquello es un monumento sensorial. Si naces ahí y no te desbordan los sentidos, es que te parieron equino, que de eso, y de la más pura sangre española, también abunda por esos pagos. Ahora se propone crear otro pequeño paraíso propio a la falda de Gredos, donde el monte se empieza a juntar con la dehesa del valle del Tiétar

Soledad dice que no tiene dinero, como todos, pero por suerte ha ido disfrutando de todo lo que no hay dinero para pagar. Por tener, ni le ha faltado un poeta de cámara, y no precisamente un mindundi, pues es sobrina predilecta del gran José Antonio Muñoz Rojas, auténtica gloria de viva de nuestra poesía y otra más de las debilidades del que suscribe. Muy exquisita la dama amiga, dice que ya no abundan hombres que digan versos. José Antonio se los dice hasta en inglés, pues tradujo los de otros poetas mientras escribía los suyos propios. Por algunos de ellos, recopilados en su delicioso poemario Objetos perdidos, ganó el Premio Nacional de Poesía. El tío José Antonio pasa con largueza de los noventa años, pero su vida no corre peligro. Si es verdad que los viejos rockeros nunca mueren, con lo que gritan, ya me dirán por qué van a morir los viejos poetas como él, con lo sutil y delicado que es su canto. Se abre su libro de Sonetos a Rosa por cualquier página y se escucha como un ruiseñor enamorado inasequible al crepúsculo del tiempo. Hay que engancharse a la poesía para sobrevolar nuestras miserias.

Soledad se presentó en el feudo del Duende y familia cansada de patear su nuevo paraíso y de marcar con estacas lo que será su próximo coto de felicidad. El Duende le ofreció un te con perrunillas, un bocata de chorizo, un refresco. Los recursos habituales. Pero ella lo rechazó todo, y sólo se alimentó del olor de los jazmines, de la vista dorada por el atardecer, del agua de la fuente y de una hora de conversación sin hablar de política ni de la crisis de las hipotecas subprime.

Se bebía los vasos de agua de maniantal con la misma emoción que si fueran los versos de su tío. Como avisó Paul Éluard, sabe que hay otros mundos, pero están en éste. Eso sí, Soledad advirtió al Duende que, aunque lee todos los post de este blog y está muy de acuerdo con ellos, jamás hace comentarios. No tendrá valor…

La “poblemática” del señor barón

 

Hay aristócratas para todo. Cuando Berlanga presentó  en su Escopeta Nacional a aquel marqués de Leguineche que coleccionaba pelos de pubis femeninos, no inventaba nada. Muchos años después cayó en las manos del Duende  un libro presuntamente autobiográfico de un señor llamado Ricardo Soriano. Este caballero, marqués de Ivanrey, un aventurero inquieto, rico y vividor, fue al final de sus días uno de los descubridores e impulsores de Marbella. Y con la misma naturalidad con la que, a través de la pluma de la periodista Ana María Mata relata sus iniciativas turísticas y empresariales, no tiene el menor recato en confesar que él era el creador y propietario de esa pintoresca colección. No se deduce de sus palabras que le pareciera nada excepcional, sino tan normalita como la de un filatélico o un numismático. Hay aristócratas que , efectivamente, parecen de otra pasta que el resto de los mortales.

 No pertenece a esa clase el barón de Cap Llentrisca, amigo del Duende y comentarista eventual de este blog. Quizás `por no poder probar  el origen de su baronía, o por pertenecer a la nobleza del reino de Redonda, como ya apuntamos en su día, el caso es que, conservando algunos rasgos de la más rancia aristocracia europea, sintoniza con el pueblo en la apreciación de algunos problemas que podrían ser denunciados por doña María. Ha seguido las chácharas de esta buena mujer durante años, pues la escuchaba a través de la radio de su Jaguar mientras su mecánico -que no chófer ni conductor- llamado Vidal  le llevaba a su despacho cada mañana. Pues bien: según le confesó a este Duende, el barón estaba estupefacto de que la sagaz crítica  de las pequeñas miserias humanas no hubiera denunciado el problema que refirió a continuación.

 Ocurrió que aquella mañana Vidal libraba, por lo que el señor barón tuvo que ponerse al volante. A mitad de camino, aparcó el coche, sacó su teléfono móvil del bolsillo y marcó un número. Necesitaba hablar por teléfono con Mrs. Gladys Summerbee, subdirectora de la famosa joyería  Tiffany´s, de Nueva York y encargada de confirmarle que el collar de diamantes que pensaba regalar a la baronesa por su aniversario -no digamos cuántos años, no la jodamos- estaba listo y le sería enviado por mensajero a su despacho, previo burofax confirmando la transferencia de su importe.  También ocurrió que, a mitad de conversación, el aparato, un terminal extraplano de última generación, se le resbaló y fue a parar a ese espacio inalcanzable que media entre el asiento del conductor y la caja de cambios. Lo cual ocasionó, primero, que el señor barón se desollara la mano al desafiar la impenetrabilidad de los cuerpos sólidos intentando atrapar con la yema de sus dedos, empeño imposible. Segundo, que la llamada le costara casi tanto como el collar, pues él no podía colgar, y, por otra parte, no quería decirle a Mrs. Summerbee que colgara ella para no parecer un roña o un mal educado. Y tercero, que, de vuelta a casa y recuperado el ingenio con una de esas largas tijeras prensiles que se utilizan en la cocina, le entrara  un ataque de nervios pensando que una gilipollez como el pésimo diseño interior de su coche le hubiera hecho casi perder la mano y, desde luego, tantas horas de su valioso tiempo. ¡No sólo es de espaldas al pueblo -se lamentó airado- sino también de mí!

 Doña María mantiene que el señor barón tiene toda la razón. Y además añade que los nuevos coches ofrecen cantidad de chorradas innecesarias sin haber resuelto cosas muy sencillas. Por ejemplo, distribuir por igual el calor y el frío entre asientos delanteros y traseros y conseguir que los que viajan atrás  no tengan que desgañitarse a voces para que les entiendan el piloto y el copiloto. ¿Un nuevo diseño acústico del techo? ¿Una instalación de micrófonos interiores?…Pues que se estrujan las meninges los del Salón del Automóvil, que aunque doña María ya no es lo que era el barón de Cap Llentrisca está dispuesto a tomarle el relevo.

 

 

Nuestra adorable Jocelyn

Entre los recientes comentaristas del blog ha descubierto el Duende a Joce. Joce  es el apócope de Jocelyn, la íntima amiga de doña María, cuya novelesca historia es todo un ejemplo de superación. Los curiosos podrán conocer sus peripecias -no siempre ejemplares- en el capítulo 8 de Las poblemáticas de doña María, pero quizás aún haya quien la recuerde de sus intervenciones en Hoy por hoy. Jocelyn entraba de cuando en cuando por teléfono,  y era el pasmo de Iñaki Gabilondo. ¿Quién es? -le preguntaba al Duende- ¿De dónde has sacado a esta chica tan graciosa?. Por cierto, viéndole ahora como severo observador de la realidad en la 4, nadie diría que este hombre  se reía a mandíbula batiente escuchando a las dos vecindonas de Los Arándanos. Qué pena que Aznar le cambiara el metabolismo.

 Jocelyn era un ejemplo puro de radio  natural, tan fresca y espontánea como la persona que le daba vida. No se trataba de una actriz ni de una periodista, sino de una pipiola recién graduada en Ciencias de la Información  que buscaba trabajo como creativa en la agencia del Duende, donde pronto se integró y se entendió  las mil maravillas con todos. El guión era tan  sencillo como llegar a la oficina a las nueve, echar un vistazo a los periódicos, y decirle a Joce: doña María cuenta contigo para hablar de la poblemática  de las carreras de las medias. No hacía falta más, porque a la chica le sobraba desparpajo. El Duende se subía a la Vespa y diez minutos después estaba en la SER tan pancho. Ya le sacarían las castañas del fuego María y la simpar Jocelyn

 La verdadera identidad de las voces de la radio es siempre un reto para el oyente. Nadie escuchando a aquella criatura tan simpática y divertida podría imaginar el drama que había vivido de niña. Inés -que así se llamaba en realidad- era la hija del comandante Jesús Velasco, asesinado por ETA en 1980. También lo es de Ana Vidal-Abarca, una auténtica heroína civil que, al menos para el Duende, está en el apartado de mujeres admirables sólo un poco por detrás de Santa Teresa, Agustina de Aragón o Manuela Malasaña. Y aún no sabe uno si es peor haber luchado contra el miedo y la insensibilidad que provocaba el terrorismo entonces que contra el gabacho invasor. Porque en 1808 se levantó el pueblo en armas, pero cuando esos canallas que algunos llaman gudaris mataron al padre de Inés, había que contemporizar. Han tenido que pasar veintiocho años para que un tribunal prohíba que un parque infantil lleve el nombre del asesino. Hay que ser  santo para resistir con dignidad tanto dolor e incomprensión.

 Fuera la mano de esa madre estupenda, o de ese Dios que dicen que tuerce los renglones para escribir recto, el caso es que Inés ha resultado ser una de las mujeres más alegres y felices que uno conoce. Aún en la agencia, ocultaba discretamente su llanto cada vez que la ETA reabría su herida infantil con un nuevo atentado. Pero su carácter -de casta le viene al galgo- podía con todo. Después de haberse casado con un tipo cabal y de haber criado tres recentales que parecen la defensa del Alavés, hoy es creativa free lance a tiempo parcial, y amiga generosa y entusiasta  mañana, tarde y noche. Su alegría y su contagioso deseo de disfrutar la vida son un bálsamo para los pusilánimes, y un fracaso para los terroristas que mataron a Chus Velasco.

 Muerte, ¿dónde está tu aguijón?…Infierno…¿dónde tu victoria?  Esta cita   de Corintios  se incluye en el Réquiem Alemán de Brahms  que el Duende canta este fin de semana. Y al ensayarlo con sus compañeros de coro, se acordaba de  la invencible sonrisa de Inés. Ese sol de  chiquilla que para doña María, más de Manolo Escobar que de  Brahms, siempre será la adorable Jocelyn.      

…Y, para desengrasar, chocolate

Tableta de chocolate

(Foto de pablokdc)

No sabe el Duende por qué le gusta tanto el chocolate. Quizás porque fuera la golosina por excelencia en la España de posguerra, sobre todo si se hacía con azúcar refinada y no dejaba en los molares la desagradable sensación de que masticabas tierra. Cierto que en otro post se trató del tema, pero si dicen que todos los escritores  reescriben siempre su único libro, qué no va a hacer un chatarrero de observaciones. Pues eso: volver hoy sobre uno de esos placeres que la Iglesia de Roma nunca catalogó como pecado, por más que  le de a uno tantas satisfacciones como algunos de los que prohíbe el sexto mandamiento.

  Chocolate, chocolate, qué delicia. En las noches de orgía, el aprendiz de Duende, en lugar de soñar que perdía en la topografía rubia y exuberante del cuerpo de Anita Ekberg  o de Sofía Loren, que eran las tentaciones de la época, imaginaba que se podía despachar a solas una tableta de chocolate y almendra de Elgorriaga. Desgraciadamente, la ración de la merienda -pan con mantequilla y chocolate, era la oficial de su casa- era una onza, medida que, además de al chocolate, sólo ha visto aplicarse al oro. Y es que, en la escala de valores de entonces, el chocolate servía para calibrar la riqueza y, por ende, la felicidad. Uno lo asociaba al oro de Moscú, creía que  el tío Gilito acumulaba, sobre todo, chocolate y que algunas de las habitaciones del suntuoso palacio de los March en la calle de Lista estaba literalmente llena de chocolatinas, bombones y tabletas. Por cierto, este fin de semana un reportaje de EL MUNDO que firma Esteban Urreiztieta atribuía a un sicario del magnate mallorquín el asesinato del presunto amante de su esposa,  un joven apellidado Garau, que murió de dieciséis puñaladas en 1916. Y el Duende inocente, pensando que el mayor delito del financiero mallorquín sería acumular chocolate sin repartirlo con los chiquillos del barrio.  Además, una prima suya -del Duende, no de March ni del asesinado- llamada Pili, fue durante una breve etapa dependienta de una bombonería. Y desde entonces, la miró siempre de otra manera, como a una santa que hubiera estado en contacto con Dios, aunque la esencia de Dios fuera sólo cacao y azúcar. La imaginación infantil.

 Se ignora cómo era el chocolate de la casita que sedujo a  Hansel y Gretel, pero el canon chocolatero del Duende habla de un chocolate negro, con un máximo del 80% de cacao. Por encima de  ese porcentaje uno siente la boca como si hubiera engullido alquitrán. Le gusta tanto el chocolate que le sobran sus maridajes, aunque los soporta bien, y los agradece incluso, cuando son con frutos secos  y trufa oscura o praliné de café. No comparte en cambio el entusiasmo por el famoso After Eight, porque le sabe a relleno de pasta de dientes, y cree que la mayoría de las fórmulas sofisticadas que ha probado en las bombonerías de última generación no hacen sino estropear una delicatesse que estaba muy bien inventada.

 Forest Gump decía, no sin razón, que la vida es una caja de bombones, y a saber qué  depara el que tú eliges. El Duende se levanta todos los días implorando que no le toque el de licor, que es, a su juicio la mayor perversión  y la más desagradable sorpresa que puede ocultar una delicia.  Woody Allen metió en su infierno particular al inventor de los muebles de metacrilato, y el Duende añadiría al sádico que  profanó el chocolate  mezclándolo con marraskino, anisette o licor de café. Puaff, puaff…

 Pero no quiere extenderse en más atrocidades, porque llevaba muchos post en plan cursi o de pretendida trascendencia bucólico-sentimental. Y hoy, pásmense, traía a colación el chocolate, más que nada, para desengrasar…¿Lo entienden? 

El Duende y Superman, la ilusión y el paquete

(Foto de jarel22)

Cercedilla, 52 litros de precipitación por metro cuadrado. Eso dice el parte meteorológico refiriéndose al día 19 de abril de 2008. Por esa contornada de la sierra de Madrid iba a discurrir la primera Caminata convocada por el Duende desde este blog. Amaneció un día de temporal de otoño, borrasca profunda, chuzos de punta y  nieblas meonas que se agarran a la montaña desde sus partes bajas, con perdón, a la cresta. Como para tumbarse en el sofá, mirar machadianamente la monotonía de lluvia tras los cristales y esperar el sueño con un novelón de Tolstoi entre las manos.  Pero algunos entusiastas ya habían desafiado al infortunio.  Al llegar al punto de concentración, el Duende estaba este  tan abrumado por la culpa que se le olvidó parafrasear al Rey Prudente cuando lloraba por el fracaso de la Armada Invencible: no mandé mis ilusiones a luchar contra los elementos.

 Se sabía aquello de en abril aguas mil, pero estábamos en que  el tiempo ya no es lo que era, y que nunca llueve ni al sur de California ni sobre la España irredenta que pelea por los ríos. Lo han recordado estos días los periódicos: en los años sesenta, para acabar con una de las incontables sequías que afligen a Murcia quisieron sacar a la virgen de la Fuensanta a procesionar implorando lluvias. Dicen que el señor obispo, que probablemente conciliaba la fe con algo de razón, miró al cielo y advirtió a la feligresía: como queráis, pero de llover no está. Es prudente no fiarlo todo a la fe. Sin embargo, una vez en la Barranca y después de comprobar  que la esponja de las nubes nunca terminaban de desaguar, alguien debió tener la valentía de avisar: haced lo que os salga de las narices, pero de caminar tampoco está..

 Bueno, pues aún así, el Duende y sus amigos caminaron.  Bajo una lluvia persistente que, por otra parte, a casi todos les parecía agua bendita, caminaron al menos un par de kilómetros. Con paraguas, chubasqueros, capotes y sombreros. Subiendo hacia el pico de la Maliciosa por un camino forestal que, con sol, debe de ofrecer un paseo maravilloso, conversando unos con otros. Varios nombres conocidos en este blog,  como Wallace y Gervasio, Begoña y Camiseta, Palinuro y Palinurova. Y algunos con el mérito añadido de haber venido desde lejos: Adela, Julián, Ángelus Pompaelonensis, Candil…Y el espíritu de esa criatura tan especial que es Bob de Ca´s Barber. Los más sólo se conocían por esas migajas del alma que, como discretos Pulgarcitos, van dejando en sus comentarios los habitantes del bosque virtual. Se  mojaron, claro, pero no hay mal que por bien no venga. Se vieron las caras. Y aún `pudieron contemplar algo tan extraordinario como un Manzanares recién nacido triscando torrencialmente por entre praderas y pinos centenarios como si de un río pirenaico se tratara. Si no lo veo, no lo creo: en un paraje no lejano del Escorial se juntan de vez en cuando para ver apariciones de la Virgen, pero este espectáculo es casi más milagroso.

 Al regreso, con los huesos aún entumecidos por la humedad, el Duende ve en los papeles que se cumplen setenta años del día en que Joe Shuster y Jerry Siegel alumbraron a Superman, otro antropoide que viste malla. El Duende compara su silueta con la del superhéroe, tan macizo de bíceps y pectorales, y en principio se acompleja. Luego lo piensa detenidamente y acaba sacando pecho. No tendrá sus superpoderes ni sus lectores. Pero tampoco es moco de pavo haber congregado a tanta gente  bajo la lluvia. Además, la ilusión del Duende luce distinto paquete que la de Superman. ¡Esos calzoncillos, marcando, por encima de la malla!…

    

El fantasma del frigorífico y otras desazones

 Sorpresa en el frigo

(Foto de Daveybot)

Una lectora del Duende le manda un mensaje que es un dardo a su conciencia aburguesada. Dice que le preocupa que no cumpla con la costumbre de subir un post diario. Y saca la conclusión de que algo pasa por el almario de mi alter ego. Da a elegir entre un bache en el camino o un simple ataque de galbana. Un primer diagnóstico superficial se inclinaría más bien por la segunda tesis. Pero es una sorpresa grata: al menos hay alguien que espera estas obleas de pensamiento como si fueran  las porras mañaneras o un placebo para la serotonina. Estimulante.

 Son varias las concausas. De una parte, ayer se le detuvo el motor del frigorífico. O más exactamente,  una fuerza misteriosa accionó el pequeño botón del panel de control y el aparato dejó de enfriar. Cuando se dio cuenta de ello, el  Duende se limitó a pulsar con la yema del índice el diminuto botón del tamaño de una lenteja, se encendió un piloto verde de ON y el trasto volvió a trabajar.

  El incidente es una chorrada,  pero con él, han asomado una serie de fantasmas que al Duende  le  tienen en vilo. ¿Quién desactivó el frigorífico, si no había nadie en casa? Si el aparato lo hizo sólo…¿es que está ocupado por algún espíritu que quiere contribuir a aliviar el calentamiento climático aún a costa de que se pudra la merluza congelada al Duende? ¿No será un fenómeno de poltergeist? Si definitivamente el frigorífico tiene alma propia, y puede saltar cuando hay una sobrecarga o, simplemente, cuando le peta, ¿por qué no lo avisa el libro de instrucciones, en lugar de dar tantos consejos bobos en portugués, en polaco o en griego?. Qué desasosiego. La famosa náusea de Sartre seguramente  sobrevenía en casos así.

 Aún hay algo peor. Puede ser que la mano alevosa fuera la del propio Duende, y que su memoria no lo haya registrado. En tal caso estaríamos hablando de un primer síntoma de demencia senil. Pero tampoco encaja: si uno está tan demenciado que maltrata a su nevera, ¿por qué le habría de preocupar el post nuestro de cada día?

 En realidad el ánimo del Duende describe continuamente un movimiento pendular, y tan pronto rebosa optimismo como se cuelga de una farola a la luz de la nada. Hoy padeció una alferecía responsable, y le dio por recordar lo poco que se recuerda la patética suerte de Ingrid Betancourt, tan torturada por las FARC y tan olvidada de todos. Incluso de uno, que diluye la angustia de vivir en frívolos confettis. Vergüenza la da al Duende de cuando en cuando bromear por casi todo.

 Claro que la aparente lasitud puede obedecer también a un simple ataque de cuernos. La nueva ministra de Igualdad, Bibiana Aído, arrasa internet. Al Duende no le da envidia que sea ministra, ni siquiera que sólo tenga treinta y un años, sino que consiga 37.000 entradas en su blog. Criaturita. Pues ya que lo suyo es la igualdad, que predique con el ejemplo y tenga la bondad de desviar la mitad de sus visitantes al Duende. Ya verá nuestra amiga qué pronto recupera la autoestima.

 

 

Los eruditos “a la googleta”

Aristocratas

(Foto de MarySoliday)

Estaba el Duende de bolos en el llamado Pretexto Covarrubias -véase el post correspondiente- cuando, ante un auditorio tan letrado como el que encabezaban Mario Vargas Llosa y Humberto López Morales, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, formuló la teoría de que hoy cualquier internauta puede ser un erudito a la googleta.

A tenor de las risas de los presentes, se percató el orador de que el neologismo hacía fortuna. Se trataba, en efecto, de la nueva versión de lo que el poeta José Cadalso satirizó como eruditos a la violeta, frívolos latiniparlos que pasaban la espumadera por las ciencias, las artes y las letras y afectaban un saber y una cultura de los que sin duda carecían. Vamos, unos farfollas, para qué engañarse.

Pero una cosa es un erudito a la googleta, que es a lo que aspira el Duende, y otra cosa es ser un caradura. El Duende comprendió allí mismo que no se podía colgar medallas que no le corresponden, y nobleza obliga, citó al autor del hallazgo semántico: el muy ilustre barón de Cap Llentrisca, un prócer de origen gallego que además de bibliófilo es diplomático, jurisconsulto, polígrafo, polemista y ahora también poeta. También es cónsul honorario de una nación caribeña que por discreción oculto, aunque por ahí puede venir su título. Pues investigado que fue el Who is who de la nobleza española, no se encontró tal título, a lo que, tirando de Google en plan Hércules Poirot el Duende llegó a la conclusión que el otorgamiento podía provenir del rey de Redonda, dependencia de Barbuda y de Antigua que, por concesión de la reina Victoria, es una monarquía absoluta. Su testa coronada es hoy la del novelista español Javier Marías.

Todo esto parece una parida, puede que incluso una paja mental. Pero, entre bromas y veras, lo cuenta muy bien el propio Marías en su novela Negra espalda del tiempo. Ahora, las novelas de moda no son sólo creación pura: mezclan churras con merinas, o ficción e historia, y con teselas de una y otra componen un mosaico que a uno le dejan con esa duda borgiana de no saber si es que es tonto o el autor le está tomando el pelo. Es una buena novela, insisto, pero si no están por comprarla, buceen en en la Wilkipedia. Háganse también eruditos a la googleta.

El barón, que en notoriedad y prestigio supera incluso a su cuantiosa hacienda, distingue desde hace tiempo al Duende con una sincera y afectuosa amistad. Tan es así que, saltándose los usos y costumbres de la aristocracia rancia que pasa sus horas en la Diputación de la Grandeza de España, cortando cupones en la Bolsa, administrando sus latifundios o criticando al gobierno en las tertulias del Nuevo Club o de la Gran Peña -también chismorrean de las curvas de la del guardarropa, no crean- entra a menudo en este blog, y formula sus comentarios con el pseudónimo Bête en sauce. Si el lector tiene conocimientos de francés y lee estas tres palabras -literalmente bestia en salsa- de corrido, podrá tener una pista de la noble villa donde el barón tuvo su cuna. Él no lo dirá nunca, pero así reivindica el marquesado de esta plaza coruñesa al que por contribución a la sociedad cree tener derecho.

Pues ánimo, señor barón. Y si no encuentra monarca que le de el marquesado, apuramos el Google y que nos busque otro rey que se avenga a razones. Que para algo vamos siendo ya eruditos a la googleta.

Sobre la marcha

 El niño aquél no acababa de entender qué era la fe. La fe, le enseñaban, es creer en Dios. ¿Y cómo es Dios? -preguntaba el chiquillo. No tiene cara ni cuerpo, nadie sabe donde está, aunque está en todas partes -le decían- pero es lo más importante. Es el creador de todo, y  el dueño de nuestros destinos, ¿lo entiendes?. Tienes que creer en El. ¿Y cómo voy a creer, si no le veo? -replicaba el niño, inocente. Tampoco en una lata de melocotones en almíbar ves los melocotones, y sin embargo sabes que están allí. Vale, pensó el niño. En adelante, cuando le preguntaban cómo se imaginaba a Dios, respondía  que como los melocotones en almíbar.

Sospecho que muchos de los que revolotean por este blog están entre el niño de los melocotones y el unamuniano creo en Dios porque lo necesito. O, dicho de otra forma, si no hubiera Dios, habría que inventarlo. De tiempo inmemorial viene la controversia entre la fe y la razón, pero mira por donde la razón matemática ha venido a echar una mano a aquélla, y de paso a llenar las alforjas de Michael Heller, un filósofo y matemático, profesor de la facultad de Teología de Cracovia, que acaba de embolsarse 1.069.000 € en forma de premio otorgado por la Fundación Templeton de Nueva York. Al parecer ha demostrado que con fórmulas matemáticas se puede llegar a concluir que Dios no es ninguna broma.

Al leer la noticia, el Duende saltó de gozo. En parte por ver reforzado el argumentario del padre Bonete. Sin que salga de aquí, diremos que al mosén nunca le dejaron del todo convencido las cinco famosas vías con las que santo Tomás de Aquino pretendía demostrar la existencia de la divinidad. Parece mentira que fuera tan docto y asentara tales simplezas - dicen que llegó a afirmar en una ocasión Pero el júbilo duendal fue pronto ensombrecido por las dudas. Si él fue siempre de letras, y no llegó siquiera a entender ni la ecuación de segundo grado ni la demostración del teorema de Pitágoras, ¿cómo iba a llegar a Dios a través de las matemáticas?

La respuesta, como tantas veces, la hallado en los boleros. Caminemos, tal vez nos veremos después…, cantaban melancólicos los incombustibles Panchos. Pues eso: hagamos la marcha propuesta y, si no nos vemos con Dios sobre la marcha,  al menos nos veremos entre nosotros. Por contrastar, entre otras cosas, si los amigos de este blog responde a la imagen que uno se ha forjado de ellos a través de sus comentarios.

Le cuenta Candil al Duende que muchos esperaban su confirmación para cerrar sus planes. Pues por él, adelante, 19 de abril en primera y única convocatoria. Sólo se atreve a sugerir al guía que el camino sea asequible para una mayoría, o al menos gradual en el esfuerzo, de forma que el que flojee pueda retirarse y esperar o regresar tranquilamente al punto de partida.

Claro que, si llegar a la meta es cuestión de fe, bastará con llevarse una calculadora. Después de haber ascendido a Dios, como ha hecho el profesor Heller, lo de subir a la Pedriza seguro que es pan comido.

Un mensaje curioso

SMS Mensaje

(Foto de mariajose

Texto de SMS llegado al teléfono móvil del Duende hace tres semanas. Te agradecería que trasladases a doña María este problema. He estrenado unos zapatos nuevos, pero al andar me comen los calcetines y me tengo que parar a estirarlos constantemente, con el consiguiente engorro y pérdida de compostura. La veterana gladiadora del hogar, tan curtida en denunciar y combatir estas pejigueras diagnosticó de inmediato: poblemática  de forro interior de zapato agarrón hecho de espaldas al pueblo.

Está  probado que si el forro, especialmente del talón, es de piel vuelta y ciñe muy estrechamente esta parte del pie, es muy probable que retenga algo al calcetín cada vez que aquél se levanta para iniciar un nuevo paso. El efecto agarrón se incrementará si el calcetín aprisionado, en lugar de ser de un tejido artificial como la lycra, es de lana o de algodón, pues en este caso a la naturaleza antideslizante del material A (forro del zapato) se suma la rugosidad del material B (calcetín). Elemental, querido Watson. Esto lo sabe hasta una vecina del bloque Los Arándanos que no ha leído una sola novela de Sherlock Holmes.

 Pero, como señala ella misma, es sorprendente lo que tarda en aprender el género humano las evidencias de la física. Está también más que científicamente demostrado que no hay manera de escanciar el líquido sin derramar algo sobre el mantel, si el pitorro o la hendidura del borde superior del recipiente contenedor no describe la curvatura adecuada. A doña María le sorprende ver cómo se siguen diseñando y vendiendo cantidad de jarras, teteras, cafeteras y otras vasijas con vertiente diseñada en línea recta, y no curva primero ascendente y luego levemente descendente, que es lo fetén. O sea, con lo que ella llama picos o  pitorros derramones. Lo fantástico del caso es que semejante engendro del menaje precisamente abunda en el sector hostelero, y muy especialmente en esas tascas y mesones donde en verano se sirven tantas sangrías. Los lectores del blog podrían hacer una buena aportación a la historia del pensamiento económico y ecológico si hacen el cálculo del gasto en energía y detergente y de contaminación por vertidos que la humanidad ocasiona por esta gilipollez mantenida tercamente de generación  en generación. Y las cumbres sobre el medio ambiente sin meterle mano a esta poblemática.

No eran sin embargo estos pequeños entuertos  el objeto primordial de esta entrada en el blog. Sino el recordar que los mensajes SMS deben firmarse. Durante muchos días estuvo el Duende dando vueltas al caletre por encontrar de quién entre sus amigos/as y conocidos/as podía partir tan interesante observación. No estaba entre los nominados en su agenda, pues de lo contrario hubiera aparecido su nombre. ¿Sería hombre o mujer? ¿Joven o de su edad? ¿De ciencias o de letras? ¿Funcionario, empleado,  profesional liberal, militar con o sin graduación, eclesiástico, sus labores?

Pueden jugar a los detectives, porque la respuesta recuerda una vez más que la vida te da sorpresas. Y que hasta los personajes que tienen grandes problemas en los que pensar olvidan de vez en cuando su cara adusta y hacen un ingenioso guiño al sentido del humor.

Cracias al amigo que se acordó de doña María mientras caminaba. Y que no se preocupe, pues si la intriga de los lectores  es tan insoportable que debe revelar su nombre, su ya notable personalidad saldrá ganando, sin duda.

Un consejo de Enrique Dans

Enrique DansSe presenta la nueva programación de Mobuzz TV. Mobuzz TV es una televisión en la red. Espera el Duende no meter la pata. No es que no domine las nuevas tecnologías, es que además no sabe usar su lenguaje con propiedad. ¿Sabe todo el mundo que la red por excelencia es internet? Dentro de la programación de esta nueva televisión, que hasta ahora difundía básicamente noticias tecnológicas e información en formatos de cinco minutos, se estrenaba hoy el No Ticiario, un informativo de aquella manera que presentan Javier Capitán y Miriam Reyes. En este informativo surrealista, que dura ocho minutos y subirá a la red a primera hora de la tarde de lunes a viernes, interviene uno que se parece al Duende.
A la fiesta de presentación acuden muchos compañeros de RNE. Al Duende le agradan muy especialmente las presencias de Mónica Saiz y Paloma Arranz, dos de las piezas clave de aquellos tiempos de buena radio que el público conoce poco. Mónica le cuenta que su hijo Sergio, apenas tres años, que asomaba todos los días en el interfaz de su ordenador su cara de peluche bonachón, ha sufrido una dolencia en las vértebras, y tiene que soportar un collarín. Está mejor, pero ella lo ha pasado mal, y cuando Mónica lo pasa mal toda aquélla peña que gravitaba en torno a Olga Viza no lo puede pasar bien. Mónica querida, que la dolencia pase pronto y Sergio vuelva a hacer las travesuras propias de su edad. Besos cariñosos de todos los duendes.

El Duende besa a Mónica y a Paloma todo lo apasionadamente que permiten las circunstancias, pero agradece emocionado la presencia de José María de Juana, a quien no veía desde hace tiempo. José María de Juana se jubiló hace ya más de un año, y está feliz. Bajo su barba casi blanca sigue luciendo unos juveniles coloretes más propios de defensa del Alavés que de un hombre de su edad. Esto es lo que el Duende aprecia hoy muy especialmente: su edad. Por primera vez desde que frecuenta este entorno de alta tecnología, hay alguien que le supera en años. Qué inyección de moral, Josemari. Internet, ay, es rabiosamente joven, y no eres nadie en internet si además de joven no manejas las sofisticadas herramientas virtuales que exige este invento. El Duende ya domina el sacapuntas, el exprimidor y el cortaúñas con soltura. Cualquier año de éstos comprende el E-Mule instalado en su ordenata y se baja Arianne, una de las pocas películas de Audrey Hepburn que nunca vio y que persigue desde su estreno.

En el cocktail también está presente Enrique Dans, autor de uno de los blogs más visitados en la red. Enrique, que es biólogo, se sumergió en este mundo virtual y cayó atrapado en sus encantos. Ahora enseña sus secretos en el Instituto de Empresa de Madrid. Con su labor de difusión, en la red y en las aulas, acumula cada día más y más lectores para su blog. Maestro -le pregunta el Duende- ¿Qué he de hacer para seguir tu ejemplo?. Y el maestro le contesta que no hay recetas apriorísticas. Y que escriba de lo que quiera. Algo muy tuyo, insiste.Mobuzz.tv

A la salida, con un viento del norte que acuchilla la cara, el Duende regresa dando un largo paseo al lugar donde había dejado su Vespa. Delicioso andar nocturno por el Madrid de los Austrias, siguiendo el trazado de lo que en el foro llaman la Cornisa Imperial. Para saber cuánta distancia cubre a pie, el Duende se acerca a los planos de las paradas de los autobuses y busca una medida. Pero desgraciadamente no la encuentra. Los planos de metro y de autobús, reflejan el trazado de las líneas de transporte sobre las calles, pero no hay escala de referencia para que transeúnte sepa lo que anda. O sea, que como diría doña María, también los planos se hacen de espaldas al pueblo.

Una observación muy propia del Duende, como sugería el maestro Enrique Dans. Aunque con la que cae a cuatro día de las elecciones, no sea de las que vayan a precipitar un aluvión de visitas.

El placer de caminar

 Siempre es difícil contestar a la pregunta esa tan tontorrona de qué es lo que más te gustaría hacer en esta vida. Se supone que quien lo plantea quiere codificar en simples respuestas el secreto de la felicidad terrena. Teniendo en cuenta que las células del cuerpo humano se renuevan cada siete años habrán pasado por el cerebro del Duende no menos de ocho modelos de felicidad distintos. Así, sucesivamente, ser bombero, torero, Robinson Crusoe, delantero centro del Atlético de Madrid, casarse con Audrey Hepburn, dirigir a la Filarmónica de Berlín en la  Novena de Beethoven y meterse en el túnel del tiempo para recuperar el mucho perdido. Empeños todos inverosímiles. Sin embargo, uno de los más recurrentes en las últimas décadas lo encontró viajando en tren al levantar la vista del libro que se traía entre manos.

Como no podía ser de otra forma, en aquel momento desvió su atención de las letras  al paisaje. Apoyó la frente en la ventanilla -ya no es que sea peligroso asomarse al exterior, como advertía antes el letrero del tren, es que es imposible- y se entretuvo en imaginar, uno por uno, a dónde van a parar esos miles de caminos que se ven en cualquier recorrido. Como en el poema de Machado, blanquean, levemente serpean, se enturbian y desaparecen. ¿A dónde el camino irá?, se preguntaba don Antonio. Probablemente van a la felicidad. Nunca nos constará, porque no podremos recorrerlos todos. Y tal vez jamás  daremos con aquélla, pero no será porque no nos espere, sino porque seguramente nos detenemos antes de tiempo.

Desde entonces, como don Alonso de Quijano, comparte el Duende la tesis de que es preferible el camino a la posada. Y sin que azucen las coronarias, ni el colesterol ni la la amenaza de la tripilla cervecera, se enamora de cualquier camino. Sobre el terreno o sobre el papel. Tanto se pierde en el monte como en los libros de viajes o en los mapas y planos que almacena cual si, iluso de él, pudiera recorrerlos a peón. Este fin de semana anduvo el sábado por tierras de Segovia, machadeando un camino entre encinas y sabinares que une Requijada con Arahuetes, dos aldeas tan pequeñas que ni tienen bar.  A la espalda del caminante, la cordillera Carpetovetónica por su vertiente norte. A lo lejos, en un cerro, la muy noble villa de Pedraza. Por aquí se ha asentado una amiga de este blog. No quiere que se sepa, así que difundan la especie de que donde se ha hecho la casa Begoña es en Torrevieja, que es menos literario pero mucho más popular que estas aldeas de pan llevar.

A propósito. Ha llegado a la conclusión el Duende que hay entre los lectores del blog otros inquietos buscadores de felicidad. A pedal o pinrel. Le suena que José Ramón, Julián 29, Wallace, Gervasio, quizás Zoupon, no se si Ángelus, la infatigable Lola, puede que Macu, o muchos otros que olvido…son de los que no se están quietos, y comparten la pasión de caminar. Y pensó que, ahora que asoma la primavera, quizás sería divertido convocar una caminata sabatina por alguna cañada real o algún sendero de la zona centro. Quedar, presentarse con una credencial de imperdible, como en los congresos, con el nombre habitual del comentarista. Y sin más que un bocata, una cantimplora y buen ánimo, echarse a andar. Puede ser un plan.

Más que nada, por si es verdad que la felicidad nos espera a la vuelta de la primera curva. Se admiten sugerencias…

Días tontos en Los Arándanos

Agatha Christie

Confiesa el Duende que de todas sus lecturas ningunas le atraparon como las novelas de Ágatha Christie. Era entonces un adolescente, y empezaba a descubrir los encantos de la literatura. Algunos de esos best sellers -aún no se había extendido ese término- como Diez negritos o Tres ratones ciegos los sorbió de un tirón antes de cerrar los ojos al alba Aquellas novelas siempre bien urdidas fueron, junto a las aventuras de Guillermo Brown de Richmal Crompton -pseudónimo bajo el que se ocultaba otra mujer- su primer peldaño en las letras después de desasnarse con los tebeos. En algún tiempo se hizo publicidad de éstos diciendo justamente eso: donde hay un tebeo luego habrá un libro. O no es verdad, o es que desde hace varias generaciones tampoco se leen tebeos. Quizás debiera reformarse el slogan: donde hay una videoconsola luego habrá un internauta. Y, con suerte, un blogger algo más despabilado que el que suscribe.

Uno de los detalles que más facilitaba el disfrutar de aquellas novelas es que Ágata Christie presentaba a todos sus personajes antes de iniciar la novela. En un listado por orden alfabético, resumía en tres pinceladas su perfil. Abergold, John: cuarto conde de Macfriars. Casado con Pryscilla de Wild, vive en su castillo de Devonshire dedicado a la cría de caballos pura sangre. Anyone Dupré: ama de llaves del juez Malone, que entró al servicio de éste por una recomendación del general Troellope. Ashley, Brigitte: amante de Sullivan, el administrador del mayor Brady. Y así. Estas guías deberían de ser obligatorias en toda novela con más de cuatro o cinco personajes. Facilitan el control de la situación narrada al lector de frágil memoria que, conociendo mejor el who is who, así puede concentrarse en componer el tipo de los personajes. El Duende no podía avanzar en la novela sin antes ponerle cara a cada personaje. Y el catálogo de éstos le servía de guía perfectamente. Lástima que el ejemplo de Ágatha no cundiese. Como muchos otros inventos útiles, cayó en desuso y hoy casi ningún novelista se molesta en avanzar el elenco de actores de su relato. Dar facilidades al personal debe de ser síntoma de poca fe en el talento propio.

Al Duende le gustaría tener un fichero así de todos los que comentan habitualmente este blog. Le cuesta mucho elaborar un perfil de cada quisque. Agradeció mucho las sucintas biografías que le mandaron, pero se le enredan los datos, pone a José Ramón en Galicia, y a Zoupon en Mallorca, y a Lola en la sierra de Guara. A Ángelus donde Wallace, y a Gervasio le hace arquitecto…o así. Exagera, claro. Con Bob no le pasa eso, porque es inconfundible. Pero no responde más ceñido a los comentarios de los demás porque cree que, con los muchos que ya ha recibido, un Maigret no muy avezado ya hubiera elaborado una ficha exacta de cada personaje. Lo que no es el caso.

Así que disculpen que no responda a las muchas cuestiones que se le plantean. Entre otras, una actualización del diario de esa gladiadora de hogar que es doña María, la dama del bloque Los Arándanos.. Se la demandan bastantes lectores. Pero ella, como el Duende, también es algo ciclotímica. Y hay días como hoy que, a falta de guías, nomenclator o vademécum como los que se trabajaba Ágata Christie, no sabe por donde se anda.

Cine y betún

Qué mal rollo, acostarse y no haber intentado al menos subir un postito nuevo.

 Y qué mala idea sucumbir a la tentación  de ver una película en TVE. Se alargaba, se alargaba, descanso publicitario, más película. Cuando ya ahíto de tanto bloque de anuncios el Duende consultó la cartelera del periódico por ver la duración de la película, comprobó que La milla verde dura ciento ochenta minutos. No está mal, se le había escapado en el momento del estreno, y cuantas veces se había pasado antes por la tele. No está mal, pero le sobraba metraje y, naturalmente, cortes publicitarios.

Menos mal que aprovechó la película también para limpiar zapatos. Algo para lo que nunca encuentra el tiempo oportuno (le pasa lo mismo con el cortarse las uñas: nunca sabe dónde ni cuándo hacerlo).  Abrió un periódico viejo sobre la mesita baja del salón, a modo de mantel protector.  Se trajo seis pares de zapatos y la caja de limpiabotas y los lustró hasta dejarlos como soles. Con rigor: primero cepillo para espantar el polvo, luego esponja húmeda para llevarse el barrillo seco de los bordes de la suela, poco betún, pero bien esparcido, cepillado con mucho aire y frote final con gamuza. Quedan impecables, como si fueran de Arturo Fernández. Manías personales. Es tan incapaz de perder el tiempo viendo televisión como de llevar los zapatos mal lustrados. Problema que no heredarán sus hijos y que, supongo, no comparte casi ningún lector del blog. Buena parte del éxito del calzado deportivo que cada día se ve más para andar por la calle es que no necesita limpiabotas.

Por cierto, sabe el Duende que tiene asuntos pendientes con sus lectores. Ya caerán. Esta noche se dejó llevar por el cine en televisión, pero, como ven, optimizando el ocio. Para Guillermo Cabrera Infante era una alternativa: Cine o sardina, se llama su gran libro de ensayos sobre el séptimo arte. El Duende es mucho menos filosófico, pero más práctico y acumulativo. Su sesión de hoy, ya lo saben, se titulaba Cine y betún. Si se les ocurre otra manera de aprovechar la peli, se lo cuentan en los comentarios.

Y buenas noches.  

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