Archivos para la Categoría 'Acerca de este blog'



Ser más breve para evitar no ser nada

El Duende tendría que hacerle caso y ser más breve...

El Duende tendría que hacerle caso y ser más breve...

Quizás olvida el Duende lo que aprendió de Gracián en el bachillerato. La Historia de la Literatura de Díaz-Plaja, contaría sin duda mucho más, pero la frase que se le atribuía a don Baltasar era tan fácil de entender y recordar que fue lo único que se le grabó, junto a esta misma estampa de clérigo con bonete. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Así despachaban al conceptismo.

Y quizás se niega a aceptar que el lenguaje de Internet debe ser, sobe todo, conceptismo.

¿Tiene tiempo el lector para recrearse en la forma? ¿Prende la literatura en el lector cuando le llega en este soporte? ¿Se asoma éste a la red para informarse o para pasarlo bien? ¿No será que la clave del éxito de una web y, desde luego, de un blog, es la brevedad? El caso es que tras el sarpullido de la novedad que aportó este invento, los cuadernos de bitácora personales se van apagando.

Ayer se enteraba el Duende de que Maria Amelia Sánchez, la bloguera gallega que consiguió atraer lector por millares contando Mi vida a los 95 años, cerraba su blog definitivamente. Como avisaban antiguamente los letreros del comercio, por defunción. Tuvo éxito por lo insólito: una anciana que se atrevió a manejar una herramienta de comunicación que es, sobre todo, joven. Seguro que su blog le habrá ayudado a morir feliz. Más triste se presenta el cierre del blog de Eduardo Madinaveitia, otro fenómeno de la red que abandona su página, dicen, por las presiones de un grupo de comunicación. El Duende no cree eso. Al aludido grupo, que es PRISA, le sacuden a diario voces y plumas más conocidas y de más largo alcance. Un blog sólo hace cosquillas. ¿O no?

Verán, ha llegado el calor y al Duende le sorprendió con la cama aún vestida de edredón. No ha dormido bien. Inopinadamente, y como consecuencia de una conversación reciente en la que se abordaba el tema de los hombres que cuidan su aspecto personal, soñó que era pianista de hotel, y que aspiraba a ser contratado en el Hotel Carlton de Cannes. El director le hacía una prueba en un piano que estaba en la terraza, al aire libre. Y mientras iba tocando ese continuo de melodías románticas como La vie en rose o Les feuilles mortes que tanto le entusiasman, sentía que el calor y los nervios perlaban su frente con gruesas gotas de sudor. Y que el tinte ala de cuervo con el que disimulaba la nieve de su cabellera se diluía en espesos churretes como los del profesor Von Aschenbach de Muerte en Venecia. Qué vergüenza. Qué humillación. Qué mal rato.

Y qué fiasco. Porque el puesto se lo daban a otro candidato más joven y metrosexual que iba de musculitos de gimnasio depilado, se daba cremas y, para quitarse el cuidado, llevaba el cráneo afeitado como una reluciente bola de billar. Para ser justo, es cierto que también fue más breve, como debía ser este blog. Y en un pispás supo pasar de un nocturno de Chopin a Macarena.

El Duende quiso suicidarse en el mar al modo de Alfonsina Storni, y se ató al cuello el pesadísimo pie de una sombrilla. Pero la playa de la Croisette es mansita y tiene muy poco fondo, y sólo consiguió que las  pequeñas olas terminaran de disolver el negro de su cabellera, como un calamar que suelta su tinta para ocultar su edad.

Reyes magos, pero no ilógicos

¿Cómo se conciben unos Reyes Magos sin camellos?

¿Cómo se conciben unos Reyes Magos sin camellos?

-¿Qué han hecho los años con mi cabeza?-me preguntaba Homper desesperado-Yo, que gané en tiempos mi oposición de secretario de ayuntamiento. Yo, un hombre tan ordenado que sabía donde guardaba hasta las ballenas del cuello de mis camisas. Yo, que metía el recordatorio de la primera comunión de mi prima Adela en un tomo de los Episodios Nacionales y registraba en la memoria si era en la batalla de los Arapiles o en Napoleón en Chamartín. Yo, que me acordaba de la fecha de la Conspiración de la Pólvora y de la batalla de las Navas de Tolosa y recitaba de corrido las alineaciones del Oviedo y el Las Palmas en la temporada de 1961…

Adivinaba el Duende que el lamento obedecía a una nueva fechoría de las neuronas cerebrales. La última perplejidad de Homper, nada halagüeña, por cierto, fe provocada por su buen sentido ciudadano. Quiso deshacerse de una de esas antenas cornadas que se ponían antaño a los viejos televisores, otro trasto más que rondaba por casa, y se dirigió paseando al Punto Limpio más cercano. Al salir de casa llovía mansamente, por lo que llevó el paraguas. A mitad de camino, dejó de llover. Estos enclaves que ha instalado el Ayuntamiento de Madrid serán muy limpios, pero están lejos. Homper no obstante se llegó hasta él y cumplió su objetivo. Mejor dicho, creyó cumplirlo. Se dio cuenta de que no lo hizo del todo bien cuando volvió a chispear. Entonces advirtió perplejo que, mientras en sus manos aún llevaba la antena, había abandonado el paraguas en el punto limpio.

-Despistes tontos -le dije para consolarle- Pequeñas averías de la edad. A todos nos pasa…Según los neurólogos, nada importante…

-No, si a mí no me importaba perder el paraguas -replicó- Pero es que estoy perdiendo el sentido de la lógica…¡Yo, que era puro cartesianismo!…

Había algo en su tono que presagiaba un dolor mayor. Y cuando esperaba que de un momento a otro me contara un drama provocado por sus ausencias mentales, me relató, cómo no, otro cuento de Reyes que empezaba como La divina comedia.

-Nel mezzo dil cammin di la nostra vita…-declamó solemne-…Yo tuve que abordar mis primeras navidades en solitario. Siempre ponía nacimiento, pero ahora apenas tenía sitio en casa. Compré el misterio, un pastor con tres ovejas y, para que ocuparan menos sitio, tres reyes magos de a pie, en actitud orante. Así le canté villancicos tres años. Pero al cuarto caí en que unos reyes magos sin camellos son como tres paisanos cualesquiera. Había montado el belén sobre un diminuto velador de cincuenta centímetros de diámetro. Era prácticamente una montaña de papel kraft embadurnada de engrudo sobre el que había sacudido musgo viejo, una Galilea perfecta. En el hueco de la base de la montaña, con una luz zenital, el pesebre. Y por delante de éste, apenas un palmo de terreno cubierto por la mejor arena del desierto, que es el pan rallado, con los magos de infantería y el pastor con su ganado. No puede ser, no puede ser, me decía. Por coherencia con la tradición, necesito unos reyes magos con camello…Pero ¿dónde los meto? Me lancé a la Plaza Mayor y encontré unos diminutos…Y pensé que, encima de la montaña, silueteados sobre una luz crepuscular que podía instalar tras ésta, quedarían sencillamente espléndidos. Y así fue: los compré, los clavé en su sitio y creí que ya había triunfado. Hasta que….

Se hizo un silencio plomizo que, después de unos titubeos, él mismo rompió.

-Hasta que caí en la cuenta de que no podían estar al mismo tiempo cabalgando por el horizonte y postrados a los pies del Niño. Es ilógico. Eran magos, pero seguro que no tanto.

-¿Y qué, y qué?-pregunté angustiado.

-Nada, he tenido que retirar los reyes de a pie hasta el seis de enero, que sustituirán a los nuevos…Y entretanto, a ver donde pongo a los cesantes y cómo relleno el claro que se me ha quedado ante el portal…Un sinvivir, ya te digo…¡Y que a un hombre tan racional como yo se le escapen estos detalles!

No era el único suceso del que podía tratar hoy el blog. Pero entiendo tan bien al pobre Homper…

¿Podremos?

Levantaba el nuevo presidente de los Estados Unidos los brazos agradeciendo su formidable victoria y sobre la tumba de su abuela, muerta unos días antes, se posaba un pajarillo.  ¿Dónde estaba Norman Rokwell para pintarlo?

Se escuchaba en el país el emocionante discurso de Obama y al reverendo Jesse Jackson, que fue el primer candidato negro en intentar su hazaña, se le corrían las lágrimas por las mejillas. Mientras tanto, otro Jesse apellidado Owens, que desbarató  ante Hitler la patraña aria deslumbrando  al mundo con su poderosa zancada, se colgaba otra medalla en el más allá. ¿Dónde estaba Frank Capra para filmarlo?

Salía por la tele esa anciana de 106 años llamada Ann Nixon Cooper, que no pudo votar durante años por ser mujer y además negra, y confirmaba que lo de ese cuatro de noviembre de 2008 había sido un milagro. ¿Dónde estaba William Saroyan para escribirlo?

Homper, el Hombre Perplejo, es de esa generación ingenua educada en el bonito engaño de que los Estados Unidos eran siempre los buenos de la película de la vida. Sus soldados salvaban a Europa de la bota de la Alemania nazi, Gary Cooper y James Stewart eran los delegados de Dios en la tierra. Ël particularmente había canonizado al tío Tom en su cabaña. Pensaba que no había melena rubia más seductora que la de Marilyn Monroe. Y sostenía, convencido, que el browni era el mejor pastel de chocolate inventado. Muy superior, por cierto, a la muy empalagosa tarta Sacher, a la que siempre le sobró la capa de mermelada de frambuesa. En ese país de película, Juan Nadie podía ser presidente. Y ahora un negro, que hasta hace apenas tres generaciones era menos que nadie, es elegido democráticamente  para sentarse en el despacho oval de la Casa Blanca y enderezar los muchos entuertos que afligen al tío Sam y, con él, al mundo entero.

Homper había anotado cuidadosamente lo que un día proclamó Martin Luther King: anoche tuve un sueño…El soñador pagó con la vida su empeño en luchar por lo soñado. Pero ya lo recordaba José Luis Garci en su  pésimo acento inglés, como corresponde a un chico de la calle de Narváez. Lo dijo cuando recogía el primer Oscar de Hollywood que ha ganado un cineasta español: sometimos dreams come trooth. O sea, que a veces los sueños se convierten en realidad.

Y a Homper le sorprende, sí,  pero también le alivia, y hasta casi le emociona que el pueblo estadounidense de vez  en cuando tenga el valor de creer que hay purga de Benito para curar las heridas del sueño americano. Entre otras cosas, porque, querámoslo o no, participamos del mismo.  Todo occidente fue moldeado a esa imagen y semejanza y Homper, aún en pañales, no fue excepción. Quizás ya es demasiado tarde para defenestrar los credos y los iconos de nuestra civilización.

Por eso, al menos mientras no aparezca ese feroz capitalista, ese memo iluminado, ese villano sin escrúpulos, ese Leonel Barrymoore que en las películas de Capra siempre jodía el viejo tinglado de la bella farsa, hay que mantener viva la llama de la esperanza. Pidamos paciencia a Wallace, el Pepito Grillo más contumaz entre los comentaristas de este blog. Don´t worry, be happy. Como insistía el nuevo presidente de los Estados unidos, podemos cambiarlo todo. Bueno, quiere decir Homper que quizás podamos…

Espera a que termine de escribir, Alzheimer

Se acuerda uno del viejo chiste del inevitable Jaimito cuando le explicaban la maestra las costumbres de la hiena. La hiena es un cánido que vive en el centro de Africa, se aparea una vez al año,  come carroña y emite un sonido parecido a la risa de los humanos, decía la profe. Y el indomable impertinente le replicaba: no lo entiendo, señorita. Si vive tan lejos, come carne podrida y folla tan poco…¿de qué se ríe la hiena?

Tan incomprensible como la hiena  para el procaz  Jaimito se siente a veces  el bloguero frente a los internautas a los que no ve.  Solitario, gritador en la noche, buscando las sobras de las noticias diarias para guisar su condumio literario…. ¿Por qué escribe? ¿Le interesa a alguien? ¿Hay tiempo para que los demás se detengan en tu bitácora? ¿No estamos sobrados de periodistas, observadores, críticos, analistas y orfebres de la pluma? ¿Qué hay de necesidad de comunicar algo? ¿Cuánto de narcisismo?

Una vez escuchó el Duende que Chillida se había hecho escultor porque no manejaba la palabra con la destreza suficiente para expresarse como quería. El Duende se siente cómodo con la palabra escrita, aunque a veces no sepa qué expresar, y halle su razón devanando la primera tontería que se lo ocurre. Léase así: el placer de escribir, la búsqueda de compañía con afinidades electivas, la terapia de abrir el almario y ventilar desde las impresiones más frívolas a las dudas más profundas, la gimnasia intelectual de practicar la lengua. Aunque hasta ahora no supiera que, además, hacía algo muy sano.

Porque un blog es una bitácora personal. Eso que toda la vida llamamos diario. Y ahora han descubierto que escribir el diario es una buena defensa para prevenir el mal de Alzheimer.

Los blogueros no son pues seres tan absurdos como lo era la hiena  para Jaimito. Con sus delirios personales, y aún a costa de dar la brasa para que les visiten, mantienen vivas y despejadas sus neuronas, y con algún orden sus ideas. Aleluya, aleluya: mientras haya Duende, habrá una víctima menos de esa y cruel enfermedad que tanto obsesiona la medicina actual.

Una dama entre hoyancos

Poyales del Hoyo

Poyales del Hoyo

(Foto de Joyanco)

Soledad es una distinguida dama malagueña de ojos azules y porte de heroína de cuento de Chejov. Buscaba su refugio en el campo. Soledad se crió en la vega de Antequera, pero ha ido a dar por lo que al sur de Avila llaman las vegas del Hoyo. El Hoyo es la forma coloquial con la que los paisanos hablan de Poyales del Hoyo, un pueblín tranquilo y guapo aún no masacrado por los desmanes urbanísticos, que queda entre Arenas de San Pedro y Candeleda. Poyales se queja desde tiempo inmemorial de ser un pueblo sin término municipal. Toda la tierra que se extiende a sus haldas se reparte entre Arenas, cabeza de partido, y Candelada. A cambio, sale en algunos escritos de Pío Baroja, que en su novela La dama errante describe minuciosamente un viaje en caballerías por lo que hoy es el trazado de la comarcal Alcorcón-Plasencia. El impío don Pío, como le llamaban los observadores del antiguo Indice de los libros prohibidos, mencionaba las alcantarillas a cielo abierto de Poyales que, como en tantos pueblos con arroyos serranos, corrían por entonces sin el menor complejo contaminante. No se preguntaba en cambio el gentilicio de los lugareños. ¿Poyalenses? ¿Poyaleros? ¿Hoyeros?

-Hoyancos-aclara Soledad al Duende.

Velay, para esto sirve un blog. No te acostarás sin saber una cosa más, que decían las abuelas. Y hasta ayer no sabía el Duende que los nacidos en Poyales del Hoyo eran hoyancos. El patronímico debe pronunciarse con hache aspirada, como se habla en esta tierra, que modela una especie de extremeño-toledano peculiar. Algo así como un castellano levemente glaseado de sonidos lejanamente andaluces. Se escribirá hoyancos, pero se pronuncia joyancos. Lo cual al Duende le remite al pueblo de Julio César Iglesias, zamorano de Fermoselle, quien públicamente confesó en antena que a sus paisanos les llamaban foyacos o follacos, que malsuenan igual. Hay que ver lo que mandan determinados instintos, con lo fermoso que podría resultar el gentilicio de Julio.

Soledad es lectora de este blog, y en la conversación terminológica se le filtra la curiosidad por la aparición de Homper, del que sospecha que es un trasunto del Duende. Le cuenta éste que está entre el uno, su circunstancia y la teoría de las matriuskas literarias: el que escribe va sacando de sí criaturas que, por no dar pistas, alumbran otros hijos que, a su vez, prolongan la descendencia con la esperanza de camuflarse del todo. Homper es, sobre todo, el hombre perplejo. Y ya que va el día de gentilicios, su pregunta es cómo se llamarán los de Jódar, los de La Mamola, los de Guarromán, los de Cabezón de la Sal y los de una aldea asturiana por la que pasó este verano que se llama Las Puercas.

En todo caso el topónimo no condiciona el carácter. Nadie podría imaginar si no que el alma sensible del gran Federico García Lorca también bebió de un pueblo que se llamaba Asquerosa, donde su familia poseía tierras y él pasó muchas temporadas. Hoy Asquerosa se llama Villarrubia o Valderrubia, pero por los pueblos que han cambiado de nombre ya se preguntará otro día nuestro gestor de perplejidades. Y si es alrededor de un café con porras recién hechas, como en la mañana de ayer con Soledad, mejor. Lo recomienda el adagio latino: primum vivere, deinde filosofare.

Maleni abre el camino a Braulio

No le gusta al Duende destacar las torpezas expresivas de nadie. Bastantes sarpullidos habrán ocasionado sus diabluras radiofónicas a lo largo de tantos años. Además, quién no ha metido la pata alguna vez hablando o por escrito. Lo que ocurre es que a un miembro del gobierno presidido por un Scaramouche del verbo florido como Zapatero se le debe exigir que, como poco, se exprese bien.

No es éste el caso de Magdalena Álvarez , cosa rara en una mujer que ganó una oposición muy seria -es inspectora de Hacienda- y habrá apechugado con discursos comprometidos en los múltiples cargos importantes que ha desempeñado. La ahora ministra de Fomento puede ser: competente, trabajadora, lista, e incluso eficaz. Pero aún a riesgo de subir al patíbulo de los acusados por la opinión pública como reo de machismo, este Duende se atreve a decir que lo que es propiamente tino, gracia y finura oratoria, no lo tiene.

Nuestra amiga Alfonsina ha atrapado en el cazamariposas de la red una intervención suya especialmente pintoresca sobre la que pide un comentario en el blog. Como el Duende ha metido tantas patas, al mismo tiempo que se solidariza con ella -con la ministra, a despecho de que se nos mosquee Alfonsina- omite cualquier otro adjetivo descalificador. Más bien al contrario, la felicita efusivamente por ser el suyo un discurso claro y decidido a favor de la igualdad.

¿De qué se ocupa el ministerio de Fomento? Como diría el inefable amigo Braulio, mayormente de las infraestructuras, el transporte y toas las chapuzas que pide el pogreso. ¿Qué es el Acelerador de Partículas que la semana pasada se estrenó? Mayormente pogreso. ¿Quién lo explicó en la tele (Mobuzztv) con claridad, autoridad tecnológica y, sobre todo, precisión y elegancia expresiva sólo comparable a la de Magdalena Álvarez? El propio Braulio. Sin embargo…¿qué cargo ocupa esta buena mujer? Ministra del gobierno. ¿Y Braulio? Ninguno: es un maestro chapuzante free lancer.

Conclusión: lo de Maleni es una proclama decisiva a favor de la igualdad por la que tanto se desvive el gobierno. Si gobernar hoy es, sobre todo, saber comunicar, Braulio se explica al menos tan bien como la ministra de Fomento. ¿Para cuándo su entrada en el gabinete?

Un grabado precioso

En la España de los años cincuenta, sacabas la cámara en la plaza de un pueblo y cuando querías darte cuenta posaba el pueblo entero para la foto. Inútil decir que querías retratar a tu novia o a tus amigos. Se apostaban detrás de ellos y sonreían esperando el pajarito. La gente quería trascender de su momento y  de su pobre  circunstancia de posguerra. Les hacía ilusión  volar con la estampa de su lugar y ser vistos en él quién sabe donde ni por quién. El fotógrafo nunca los identificaría, pero a los figurantes anónimos les daba igual. Escapaban de sí mismos, trascendían, se sentían importantes.

  Es el mismo mecanismo psicológico por el que nos encanta encontrar nuestro paisaje particular recreado por un artista. Uno de los cuadros más famosos de Antonio López García es una perspectiva de la Gran Vía de Madrid que todos los madrileños han visto mil veces. Probablemente, todos nos sentimos parte del cuadro, pues por allí hemos pasado alguna vez. También en las películas nos encanta identificar nuestro paisaje. A veces lo intuimos, o creemos recordar que alguna vez paseábamos por el mismo escenario donde se han besado los protagonistas. El Duende es de los que no deja la sala de cine hasta que los títulos de crédito -por cierto, siempre los últimos- apuntan los emplazamientos del rodaje, por si se confirma que eran los que él creía haber reconocido. En las películas de la tele es inútil: la avaricia publicitara corta la emisión de la película en cuanto aparece la palabra FIN, al punto de que a veces te quedas sin saber el reparto ni, peor aún, el nombre del director. Qué mezquindad.

 A todos nos emociona que lo nuestro converja con la mirada del artista. Digamos que el testimonio de éste confirma nuestro buen gusto y nuestro criterio. El WW Escarabajo o la lata de Coca-Cola de Andy Warhol se ven colgadas en tantas paredes porque son  en pop art las mismas visiones  cotidianas de millones de personas de todo el mundo. La que desde su palomar disfruta el Duende de Madrid  es parecida a la que en su día plasmaron Goya  y Aureliano de Beruete. Demasiado caros para colgarlos en casa, aparte del feo que le haríamos al Museo del Prado. Sin embargo hace unos días el barón de Cap Llentrisca, buen amigo del Duende y asiduo del blog, le ha obsequiado con un grabado titulado Vista panorámica de Madrid (1752) coloreado con acuarela de la época que ofrece una vista de la capital en el siglo XVIII desde el mismo punto de vista desde el que la observa hoy. Algunos ciudadanos pasean placidamente por la ribera sur del Manzanares -tan crecido, por cierto, que hasta se imagina un islote en su centro- mientras  que al otro lado, asomada a la Cornisa Imperial, se extiende una pequeña ciudad en la que destacan muchas torres y cúpulas de iglesias y, en el lugar que  hoy se levanta e Palacio Real, el Alcázar de Madrid.

 A esas fechas el Alcázar había desaparecido, pues ardió por completo la nochebuena de 1.734, pero eso no empaña el encanto de una preciosidad de grabado. Además tiene otro valor añadido. El Duende lo mira como un simple amante del arte y, observado con detenimiento, de pronto ha descubierto  que en ese Madrid regalado también ha quedado grabada la huella de un afecto profundo.

Salsa de tomate y Cyrano de Bergerac

Fue una anécdota, pero invitaba a la meditación. Comía un amigo de Juan en la casa del Duende y le sirvieron algo tan sencillo como unos espaguettis. Le acercaron el queso rallado y la salsa, los roció con ella abudantemente, los envolvió con ambos ingredientes y al poco se relamía con visible satisfacción. Exquisito -subrayó antes de preguntar- ¿De qué es esta salsa? Le sorprendió mucho saber que era tan sólo una vulgar salsa de tomate casera. Hecha, eso sí, con aceite de oliva y abundante cebolla para dulcificarla. Sorprendentemente, en esta sociedad del bienestar en la que casi todo el mundo tiene acceso a casi todo, el muchacho no conocía más salsas de tomate que las envasadas por las firmas comerciales.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a tomar salsa de tomate de la buena..

Por otra parte, se entera hoy el Duende de que Cyrano de Bergerac, un escritor contemporáneo de Moliére más conocido por la vida que le dieron Edmond Rostand, José Ferrer y Gerard Depardieu que por sus obras, escribía cartas de amor por encargo. Hacía felices así a las enamoradas cuyos enamorados, aún manejando el florete, eran torpes con la pluma. Las cartas las acaba de traducir y publicar David Felipe Arranz, aventurando que, de haber vivido en nuestra época Cyrano, serían SMS de amor. Las grandes compañías telefónicas ganarían más, y a lo mejor incluso se crearían nuevos puestos de trabajo, que es algo muy importante en estos tiempos. Pero, con todos los respetos, no es lo mismo.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cartas de amor. El Duende, por cierto, se emplearía de negro como Cyrano, porque las cartas de amor se le daban bastante bien.

Nunca sabe uno cómo se teje la urdimbre de la felicidad, ni si la sensibilidad humana se forja con pequeños detalles como éstos. Pero la verdad es que estas naderías colaboran lo suyo. Lo ha comprobado el Duende tras visitar a su amigo Félix, ya convaleciente en casa. A él no le han faltado jamás ni la salsa de tomate casera ni otras delicias de la buena cocina andaluza en la que se crió. Ahora además ha leído en este blog los muchos mensajes a él dirigidos, y éstos van obrando en su ánimo parecido efecto balsámico que el logrado por las cartas de Cyrano.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cariño. En salsa, en prosa, en verso, con una palabra, un abrazo, una sonrisa o quizás tan sólo una mirada.

La sobrina del poeta Muñoz Rojas

Empezaba a declinar la tarde esplendorosa del domingo 4 de mayo cuando se recibió una llamada en teléfono del Duende, que apuraba el puente en el sitio de Pedrojuan. La voz amiga era la de Soledad, una dama malagueña de porte distinguido y ojos claros cuyo rostro parece un retrato de Manet o, como mínimo, de Rosales o Ramón Casas. Soledad es profesora de inglés, esposa, madre, abuela y conquistadora de espacios de felicidad. Pertenece a una familia malagueña de abolengo, y se crió en un precioso cortijo de la vega de Antequera rodeada de olivares, piedras antiguas, fuentes, y plantas aromáticas. Más que un monumento nacional, aquello es un monumento sensorial. Si naces ahí y no te desbordan los sentidos, es que te parieron equino, que de eso, y de la más pura sangre española, también abunda por esos pagos. Ahora se propone crear otro pequeño paraíso propio a la falda de Gredos, donde el monte se empieza a juntar con la dehesa del valle del Tiétar

Soledad dice que no tiene dinero, como todos, pero por suerte ha ido disfrutando de todo lo que no hay dinero para pagar. Por tener, ni le ha faltado un poeta de cámara, y no precisamente un mindundi, pues es sobrina predilecta del gran José Antonio Muñoz Rojas, auténtica gloria de viva de nuestra poesía y otra más de las debilidades del que suscribe. Muy exquisita la dama amiga, dice que ya no abundan hombres que digan versos. José Antonio se los dice hasta en inglés, pues tradujo los de otros poetas mientras escribía los suyos propios. Por algunos de ellos, recopilados en su delicioso poemario Objetos perdidos, ganó el Premio Nacional de Poesía. El tío José Antonio pasa con largueza de los noventa años, pero su vida no corre peligro. Si es verdad que los viejos rockeros nunca mueren, con lo que gritan, ya me dirán por qué van a morir los viejos poetas como él, con lo sutil y delicado que es su canto. Se abre su libro de Sonetos a Rosa por cualquier página y se escucha como un ruiseñor enamorado inasequible al crepúsculo del tiempo. Hay que engancharse a la poesía para sobrevolar nuestras miserias.

Soledad se presentó en el feudo del Duende y familia cansada de patear su nuevo paraíso y de marcar con estacas lo que será su próximo coto de felicidad. El Duende le ofreció un te con perrunillas, un bocata de chorizo, un refresco. Los recursos habituales. Pero ella lo rechazó todo, y sólo se alimentó del olor de los jazmines, de la vista dorada por el atardecer, del agua de la fuente y de una hora de conversación sin hablar de política ni de la crisis de las hipotecas subprime.

Se bebía los vasos de agua de maniantal con la misma emoción que si fueran los versos de su tío. Como avisó Paul Éluard, sabe que hay otros mundos, pero están en éste. Eso sí, Soledad advirtió al Duende que, aunque lee todos los post de este blog y está muy de acuerdo con ellos, jamás hace comentarios. No tendrá valor…

La “poblemática” del señor barón

 

Hay aristócratas para todo. Cuando Berlanga presentó  en su Escopeta Nacional a aquel marqués de Leguineche que coleccionaba pelos de pubis femeninos, no inventaba nada. Muchos años después cayó en las manos del Duende  un libro presuntamente autobiográfico de un señor llamado Ricardo Soriano. Este caballero, marqués de Ivanrey, un aventurero inquieto, rico y vividor, fue al final de sus días uno de los descubridores e impulsores de Marbella. Y con la misma naturalidad con la que, a través de la pluma de la periodista Ana María Mata relata sus iniciativas turísticas y empresariales, no tiene el menor recato en confesar que él era el creador y propietario de esa pintoresca colección. No se deduce de sus palabras que le pareciera nada excepcional, sino tan normalita como la de un filatélico o un numismático. Hay aristócratas que , efectivamente, parecen de otra pasta que el resto de los mortales.

 No pertenece a esa clase el barón de Cap Llentrisca, amigo del Duende y comentarista eventual de este blog. Quizás `por no poder probar  el origen de su baronía, o por pertenecer a la nobleza del reino de Redonda, como ya apuntamos en su día, el caso es que, conservando algunos rasgos de la más rancia aristocracia europea, sintoniza con el pueblo en la apreciación de algunos problemas que podrían ser denunciados por doña María. Ha seguido las chácharas de esta buena mujer durante años, pues la escuchaba a través de la radio de su Jaguar mientras su mecánico -que no chófer ni conductor- llamado Vidal  le llevaba a su despacho cada mañana. Pues bien: según le confesó a este Duende, el barón estaba estupefacto de que la sagaz crítica  de las pequeñas miserias humanas no hubiera denunciado el problema que refirió a continuación.

 Ocurrió que aquella mañana Vidal libraba, por lo que el señor barón tuvo que ponerse al volante. A mitad de camino, aparcó el coche, sacó su teléfono móvil del bolsillo y marcó un número. Necesitaba hablar por teléfono con Mrs. Gladys Summerbee, subdirectora de la famosa joyería  Tiffany´s, de Nueva York y encargada de confirmarle que el collar de diamantes que pensaba regalar a la baronesa por su aniversario -no digamos cuántos años, no la jodamos- estaba listo y le sería enviado por mensajero a su despacho, previo burofax confirmando la transferencia de su importe.  También ocurrió que, a mitad de conversación, el aparato, un terminal extraplano de última generación, se le resbaló y fue a parar a ese espacio inalcanzable que media entre el asiento del conductor y la caja de cambios. Lo cual ocasionó, primero, que el señor barón se desollara la mano al desafiar la impenetrabilidad de los cuerpos sólidos intentando atrapar con la yema de sus dedos, empeño imposible. Segundo, que la llamada le costara casi tanto como el collar, pues él no podía colgar, y, por otra parte, no quería decirle a Mrs. Summerbee que colgara ella para no parecer un roña o un mal educado. Y tercero, que, de vuelta a casa y recuperado el ingenio con una de esas largas tijeras prensiles que se utilizan en la cocina, le entrara  un ataque de nervios pensando que una gilipollez como el pésimo diseño interior de su coche le hubiera hecho casi perder la mano y, desde luego, tantas horas de su valioso tiempo. ¡No sólo es de espaldas al pueblo -se lamentó airado- sino también de mí!

 Doña María mantiene que el señor barón tiene toda la razón. Y además añade que los nuevos coches ofrecen cantidad de chorradas innecesarias sin haber resuelto cosas muy sencillas. Por ejemplo, distribuir por igual el calor y el frío entre asientos delanteros y traseros y conseguir que los que viajan atrás  no tengan que desgañitarse a voces para que les entiendan el piloto y el copiloto. ¿Un nuevo diseño acústico del techo? ¿Una instalación de micrófonos interiores?…Pues que se estrujan las meninges los del Salón del Automóvil, que aunque doña María ya no es lo que era el barón de Cap Llentrisca está dispuesto a tomarle el relevo.

 

 

Nuestra adorable Jocelyn

Entre los recientes comentaristas del blog ha descubierto el Duende a Joce. Joce  es el apócope de Jocelyn, la íntima amiga de doña María, cuya novelesca historia es todo un ejemplo de superación. Los curiosos podrán conocer sus peripecias -no siempre ejemplares- en el capítulo 8 de Las poblemáticas de doña María, pero quizás aún haya quien la recuerde de sus intervenciones en Hoy por hoy. Jocelyn entraba de cuando en cuando por teléfono,  y era el pasmo de Iñaki Gabilondo. ¿Quién es? -le preguntaba al Duende- ¿De dónde has sacado a esta chica tan graciosa?. Por cierto, viéndole ahora como severo observador de la realidad en la 4, nadie diría que este hombre  se reía a mandíbula batiente escuchando a las dos vecindonas de Los Arándanos. Qué pena que Aznar le cambiara el metabolismo.

 Jocelyn era un ejemplo puro de radio  natural, tan fresca y espontánea como la persona que le daba vida. No se trataba de una actriz ni de una periodista, sino de una pipiola recién graduada en Ciencias de la Información  que buscaba trabajo como creativa en la agencia del Duende, donde pronto se integró y se entendió  las mil maravillas con todos. El guión era tan  sencillo como llegar a la oficina a las nueve, echar un vistazo a los periódicos, y decirle a Joce: doña María cuenta contigo para hablar de la poblemática  de las carreras de las medias. No hacía falta más, porque a la chica le sobraba desparpajo. El Duende se subía a la Vespa y diez minutos después estaba en la SER tan pancho. Ya le sacarían las castañas del fuego María y la simpar Jocelyn

 La verdadera identidad de las voces de la radio es siempre un reto para el oyente. Nadie escuchando a aquella criatura tan simpática y divertida podría imaginar el drama que había vivido de niña. Inés -que así se llamaba en realidad- era la hija del comandante Jesús Velasco, asesinado por ETA en 1980. También lo es de Ana Vidal-Abarca, una auténtica heroína civil que, al menos para el Duende, está en el apartado de mujeres admirables sólo un poco por detrás de Santa Teresa, Agustina de Aragón o Manuela Malasaña. Y aún no sabe uno si es peor haber luchado contra el miedo y la insensibilidad que provocaba el terrorismo entonces que contra el gabacho invasor. Porque en 1808 se levantó el pueblo en armas, pero cuando esos canallas que algunos llaman gudaris mataron al padre de Inés, había que contemporizar. Han tenido que pasar veintiocho años para que un tribunal prohíba que un parque infantil lleve el nombre del asesino. Hay que ser  santo para resistir con dignidad tanto dolor e incomprensión.

 Fuera la mano de esa madre estupenda, o de ese Dios que dicen que tuerce los renglones para escribir recto, el caso es que Inés ha resultado ser una de las mujeres más alegres y felices que uno conoce. Aún en la agencia, ocultaba discretamente su llanto cada vez que la ETA reabría su herida infantil con un nuevo atentado. Pero su carácter -de casta le viene al galgo- podía con todo. Después de haberse casado con un tipo cabal y de haber criado tres recentales que parecen la defensa del Alavés, hoy es creativa free lance a tiempo parcial, y amiga generosa y entusiasta  mañana, tarde y noche. Su alegría y su contagioso deseo de disfrutar la vida son un bálsamo para los pusilánimes, y un fracaso para los terroristas que mataron a Chus Velasco.

 Muerte, ¿dónde está tu aguijón?…Infierno…¿dónde tu victoria?  Esta cita   de Corintios  se incluye en el Réquiem Alemán de Brahms  que el Duende canta este fin de semana. Y al ensayarlo con sus compañeros de coro, se acordaba de  la invencible sonrisa de Inés. Ese sol de  chiquilla que para doña María, más de Manolo Escobar que de  Brahms, siempre será la adorable Jocelyn.      

…Y, para desengrasar, chocolate

Tableta de chocolate

(Foto de pablokdc)

No sabe el Duende por qué le gusta tanto el chocolate. Quizás porque fuera la golosina por excelencia en la España de posguerra, sobre todo si se hacía con azúcar refinada y no dejaba en los molares la desagradable sensación de que masticabas tierra. Cierto que en otro post se trató del tema, pero si dicen que todos los escritores  reescriben siempre su único libro, qué no va a hacer un chatarrero de observaciones. Pues eso: volver hoy sobre uno de esos placeres que la Iglesia de Roma nunca catalogó como pecado, por más que  le de a uno tantas satisfacciones como algunos de los que prohíbe el sexto mandamiento.

  Chocolate, chocolate, qué delicia. En las noches de orgía, el aprendiz de Duende, en lugar de soñar que perdía en la topografía rubia y exuberante del cuerpo de Anita Ekberg  o de Sofía Loren, que eran las tentaciones de la época, imaginaba que se podía despachar a solas una tableta de chocolate y almendra de Elgorriaga. Desgraciadamente, la ración de la merienda -pan con mantequilla y chocolate, era la oficial de su casa- era una onza, medida que, además de al chocolate, sólo ha visto aplicarse al oro. Y es que, en la escala de valores de entonces, el chocolate servía para calibrar la riqueza y, por ende, la felicidad. Uno lo asociaba al oro de Moscú, creía que  el tío Gilito acumulaba, sobre todo, chocolate y que algunas de las habitaciones del suntuoso palacio de los March en la calle de Lista estaba literalmente llena de chocolatinas, bombones y tabletas. Por cierto, este fin de semana un reportaje de EL MUNDO que firma Esteban Urreiztieta atribuía a un sicario del magnate mallorquín el asesinato del presunto amante de su esposa,  un joven apellidado Garau, que murió de dieciséis puñaladas en 1916. Y el Duende inocente, pensando que el mayor delito del financiero mallorquín sería acumular chocolate sin repartirlo con los chiquillos del barrio.  Además, una prima suya -del Duende, no de March ni del asesinado- llamada Pili, fue durante una breve etapa dependienta de una bombonería. Y desde entonces, la miró siempre de otra manera, como a una santa que hubiera estado en contacto con Dios, aunque la esencia de Dios fuera sólo cacao y azúcar. La imaginación infantil.

 Se ignora cómo era el chocolate de la casita que sedujo a  Hansel y Gretel, pero el canon chocolatero del Duende habla de un chocolate negro, con un máximo del 80% de cacao. Por encima de  ese porcentaje uno siente la boca como si hubiera engullido alquitrán. Le gusta tanto el chocolate que le sobran sus maridajes, aunque los soporta bien, y los agradece incluso, cuando son con frutos secos  y trufa oscura o praliné de café. No comparte en cambio el entusiasmo por el famoso After Eight, porque le sabe a relleno de pasta de dientes, y cree que la mayoría de las fórmulas sofisticadas que ha probado en las bombonerías de última generación no hacen sino estropear una delicatesse que estaba muy bien inventada.

 Forest Gump decía, no sin razón, que la vida es una caja de bombones, y a saber qué  depara el que tú eliges. El Duende se levanta todos los días implorando que no le toque el de licor, que es, a su juicio la mayor perversión  y la más desagradable sorpresa que puede ocultar una delicia.  Woody Allen metió en su infierno particular al inventor de los muebles de metacrilato, y el Duende añadiría al sádico que  profanó el chocolate  mezclándolo con marraskino, anisette o licor de café. Puaff, puaff…

 Pero no quiere extenderse en más atrocidades, porque llevaba muchos post en plan cursi o de pretendida trascendencia bucólico-sentimental. Y hoy, pásmense, traía a colación el chocolate, más que nada, para desengrasar…¿Lo entienden? 

El Duende y Superman, la ilusión y el paquete

(Foto de jarel22)

Cercedilla, 52 litros de precipitación por metro cuadrado. Eso dice el parte meteorológico refiriéndose al día 19 de abril de 2008. Por esa contornada de la sierra de Madrid iba a discurrir la primera Caminata convocada por el Duende desde este blog. Amaneció un día de temporal de otoño, borrasca profunda, chuzos de punta y  nieblas meonas que se agarran a la montaña desde sus partes bajas, con perdón, a la cresta. Como para tumbarse en el sofá, mirar machadianamente la monotonía de lluvia tras los cristales y esperar el sueño con un novelón de Tolstoi entre las manos.  Pero algunos entusiastas ya habían desafiado al infortunio.  Al llegar al punto de concentración, el Duende estaba este  tan abrumado por la culpa que se le olvidó parafrasear al Rey Prudente cuando lloraba por el fracaso de la Armada Invencible: no mandé mis ilusiones a luchar contra los elementos.

 Se sabía aquello de en abril aguas mil, pero estábamos en que  el tiempo ya no es lo que era, y que nunca llueve ni al sur de California ni sobre la España irredenta que pelea por los ríos. Lo han recordado estos días los periódicos: en los años sesenta, para acabar con una de las incontables sequías que afligen a Murcia quisieron sacar a la virgen de la Fuensanta a procesionar implorando lluvias. Dicen que el señor obispo, que probablemente conciliaba la fe con algo de razón, miró al cielo y advirtió a la feligresía: como queráis, pero de llover no está. Es prudente no fiarlo todo a la fe. Sin embargo, una vez en la Barranca y después de comprobar  que la esponja de las nubes nunca terminaban de desaguar, alguien debió tener la valentía de avisar: haced lo que os salga de las narices, pero de caminar tampoco está..

 Bueno, pues aún así, el Duende y sus amigos caminaron.  Bajo una lluvia persistente que, por otra parte, a casi todos les parecía agua bendita, caminaron al menos un par de kilómetros. Con paraguas, chubasqueros, capotes y sombreros. Subiendo hacia el pico de la Maliciosa por un camino forestal que, con sol, debe de ofrecer un paseo maravilloso, conversando unos con otros. Varios nombres conocidos en este blog,  como Wallace y Gervasio, Begoña y Camiseta, Palinuro y Palinurova. Y algunos con el mérito añadido de haber venido desde lejos: Adela, Julián, Ángelus Pompaelonensis, Candil…Y el espíritu de esa criatura tan especial que es Bob de Ca´s Barber. Los más sólo se conocían por esas migajas del alma que, como discretos Pulgarcitos, van dejando en sus comentarios los habitantes del bosque virtual. Se  mojaron, claro, pero no hay mal que por bien no venga. Se vieron las caras. Y aún `pudieron contemplar algo tan extraordinario como un Manzanares recién nacido triscando torrencialmente por entre praderas y pinos centenarios como si de un río pirenaico se tratara. Si no lo veo, no lo creo: en un paraje no lejano del Escorial se juntan de vez en cuando para ver apariciones de la Virgen, pero este espectáculo es casi más milagroso.

 Al regreso, con los huesos aún entumecidos por la humedad, el Duende ve en los papeles que se cumplen setenta años del día en que Joe Shuster y Jerry Siegel alumbraron a Superman, otro antropoide que viste malla. El Duende compara su silueta con la del superhéroe, tan macizo de bíceps y pectorales, y en principio se acompleja. Luego lo piensa detenidamente y acaba sacando pecho. No tendrá sus superpoderes ni sus lectores. Pero tampoco es moco de pavo haber congregado a tanta gente  bajo la lluvia. Además, la ilusión del Duende luce distinto paquete que la de Superman. ¡Esos calzoncillos, marcando, por encima de la malla!…

    

El fantasma del frigorífico y otras desazones

 Sorpresa en el frigo

(Foto de Daveybot)

Una lectora del Duende le manda un mensaje que es un dardo a su conciencia aburguesada. Dice que le preocupa que no cumpla con la costumbre de subir un post diario. Y saca la conclusión de que algo pasa por el almario de mi alter ego. Da a elegir entre un bache en el camino o un simple ataque de galbana. Un primer diagnóstico superficial se inclinaría más bien por la segunda tesis. Pero es una sorpresa grata: al menos hay alguien que espera estas obleas de pensamiento como si fueran  las porras mañaneras o un placebo para la serotonina. Estimulante.

 Son varias las concausas. De una parte, ayer se le detuvo el motor del frigorífico. O más exactamente,  una fuerza misteriosa accionó el pequeño botón del panel de control y el aparato dejó de enfriar. Cuando se dio cuenta de ello, el  Duende se limitó a pulsar con la yema del índice el diminuto botón del tamaño de una lenteja, se encendió un piloto verde de ON y el trasto volvió a trabajar.

  El incidente es una chorrada,  pero con él, han asomado una serie de fantasmas que al Duende  le  tienen en vilo. ¿Quién desactivó el frigorífico, si no había nadie en casa? Si el aparato lo hizo sólo…¿es que está ocupado por algún espíritu que quiere contribuir a aliviar el calentamiento climático aún a costa de que se pudra la merluza congelada al Duende? ¿No será un fenómeno de poltergeist? Si definitivamente el frigorífico tiene alma propia, y puede saltar cuando hay una sobrecarga o, simplemente, cuando le peta, ¿por qué no lo avisa el libro de instrucciones, en lugar de dar tantos consejos bobos en portugués, en polaco o en griego?. Qué desasosiego. La famosa náusea de Sartre seguramente  sobrevenía en casos así.

 Aún hay algo peor. Puede ser que la mano alevosa fuera la del propio Duende, y que su memoria no lo haya registrado. En tal caso estaríamos hablando de un primer síntoma de demencia senil. Pero tampoco encaja: si uno está tan demenciado que maltrata a su nevera, ¿por qué le habría de preocupar el post nuestro de cada día?

 En realidad el ánimo del Duende describe continuamente un movimiento pendular, y tan pronto rebosa optimismo como se cuelga de una farola a la luz de la nada. Hoy padeció una alferecía responsable, y le dio por recordar lo poco que se recuerda la patética suerte de Ingrid Betancourt, tan torturada por las FARC y tan olvidada de todos. Incluso de uno, que diluye la angustia de vivir en frívolos confettis. Vergüenza la da al Duende de cuando en cuando bromear por casi todo.

 Claro que la aparente lasitud puede obedecer también a un simple ataque de cuernos. La nueva ministra de Igualdad, Bibiana Aído, arrasa internet. Al Duende no le da envidia que sea ministra, ni siquiera que sólo tenga treinta y un años, sino que consiga 37.000 entradas en su blog. Criaturita. Pues ya que lo suyo es la igualdad, que predique con el ejemplo y tenga la bondad de desviar la mitad de sus visitantes al Duende. Ya verá nuestra amiga qué pronto recupera la autoestima.

 

 

Los eruditos “a la googleta”

Aristocratas

(Foto de MarySoliday)

Estaba el Duende de bolos en el llamado Pretexto Covarrubias -véase el post correspondiente- cuando, ante un auditorio tan letrado como el que encabezaban Mario Vargas Llosa y Humberto López Morales, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, formuló la teoría de que hoy cualquier internauta puede ser un erudito a la googleta.

A tenor de las risas de los presentes, se percató el orador de que el neologismo hacía fortuna. Se trataba, en efecto, de la nueva versión de lo que el poeta José Cadalso satirizó como eruditos a la violeta, frívolos latiniparlos que pasaban la espumadera por las ciencias, las artes y las letras y afectaban un saber y una cultura de los que sin duda carecían. Vamos, unos farfollas, para qué engañarse.

Pero una cosa es un erudito a la googleta, que es a lo que aspira el Duende, y otra cosa es ser un caradura. El Duende comprendió allí mismo que no se podía colgar medallas que no le corresponden, y nobleza obliga, citó al autor del hallazgo semántico: el muy ilustre barón de Cap Llentrisca, un prócer de origen gallego que además de bibliófilo es diplomático, jurisconsulto, polígrafo, polemista y ahora también poeta. También es cónsul honorario de una nación caribeña que por discreción oculto, aunque por ahí puede venir su título. Pues investigado que fue el Who is who de la nobleza española, no se encontró tal título, a lo que, tirando de Google en plan Hércules Poirot el Duende llegó a la conclusión que el otorgamiento podía provenir del rey de Redonda, dependencia de Barbuda y de Antigua que, por concesión de la reina Victoria, es una monarquía absoluta. Su testa coronada es hoy la del novelista español Javier Marías.

Todo esto parece una parida, puede que incluso una paja mental. Pero, entre bromas y veras, lo cuenta muy bien el propio Marías en su novela Negra espalda del tiempo. Ahora, las novelas de moda no son sólo creación pura: mezclan churras con merinas, o ficción e historia, y con teselas de una y otra componen un mosaico que a uno le dejan con esa duda borgiana de no saber si es que es tonto o el autor le está tomando el pelo. Es una buena novela, insisto, pero si no están por comprarla, buceen en en la Wilkipedia. Háganse también eruditos a la googleta.

El barón, que en notoriedad y prestigio supera incluso a su cuantiosa hacienda, distingue desde hace tiempo al Duende con una sincera y afectuosa amistad. Tan es así que, saltándose los usos y costumbres de la aristocracia rancia que pasa sus horas en la Diputación de la Grandeza de España, cortando cupones en la Bolsa, administrando sus latifundios o criticando al gobierno en las tertulias del Nuevo Club o de la Gran Peña -también chismorrean de las curvas de la del guardarropa, no crean- entra a menudo en este blog, y formula sus comentarios con el pseudónimo Bête en sauce. Si el lector tiene conocimientos de francés y lee estas tres palabras -literalmente bestia en salsa- de corrido, podrá tener una pista de la noble villa donde el barón tuvo su cuna. Él no lo dirá nunca, pero así reivindica el marquesado de esta plaza coruñesa al que por contribución a la sociedad cree tener derecho.

Pues ánimo, señor barón. Y si no encuentra monarca que le de el marquesado, apuramos el Google y que nos busque otro rey que se avenga a razones. Que para algo vamos siendo ya eruditos a la googleta.

« Página anteriorPágina siguiente »


Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

La Mañana de la Cope

Colaboraciones del Duende

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 539,954 hits