
El Duende tendría que hacerle caso y ser más breve...
Quizás olvida el Duende lo que aprendió de Gracián en el bachillerato. La Historia de la Literatura de Díaz-Plaja, contaría sin duda mucho más, pero la frase que se le atribuía a don Baltasar era tan fácil de entender y recordar que fue lo único que se le grabó, junto a esta misma estampa de clérigo con bonete. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Así despachaban al conceptismo.
Y quizás se niega a aceptar que el lenguaje de Internet debe ser, sobe todo, conceptismo.
¿Tiene tiempo el lector para recrearse en la forma? ¿Prende la literatura en el lector cuando le llega en este soporte? ¿Se asoma éste a la red para informarse o para pasarlo bien? ¿No será que la clave del éxito de una web y, desde luego, de un blog, es la brevedad? El caso es que tras el sarpullido de la novedad que aportó este invento, los cuadernos de bitácora personales se van apagando.
Ayer se enteraba el Duende de que Maria Amelia Sánchez, la bloguera gallega que consiguió atraer lector por millares contando Mi vida a los 95 años, cerraba su blog definitivamente. Como avisaban antiguamente los letreros del comercio, por defunción. Tuvo éxito por lo insólito: una anciana que se atrevió a manejar una herramienta de comunicación que es, sobre todo, joven. Seguro que su blog le habrá ayudado a morir feliz. Más triste se presenta el cierre del blog de Eduardo Madinaveitia, otro fenómeno de la red que abandona su página, dicen, por las presiones de un grupo de comunicación. El Duende no cree eso. Al aludido grupo, que es PRISA, le sacuden a diario voces y plumas más conocidas y de más largo alcance. Un blog sólo hace cosquillas. ¿O no?
Verán, ha llegado el calor y al Duende le sorprendió con la cama aún vestida de edredón. No ha dormido bien. Inopinadamente, y como consecuencia de una conversación reciente en la que se abordaba el tema de los hombres que cuidan su aspecto personal, soñó que era pianista de hotel, y que aspiraba a ser contratado en el Hotel Carlton de Cannes. El director le hacía una prueba en un piano que estaba en la terraza, al aire libre. Y mientras iba tocando ese continuo de melodías románticas como La vie en rose o Les feuilles mortes que tanto le entusiasman, sentía que el calor y los nervios perlaban su frente con gruesas gotas de sudor. Y que el tinte ala de cuervo con el que disimulaba la nieve de su cabellera se diluía en espesos churretes como los del profesor Von Aschenbach de Muerte en Venecia. Qué vergüenza. Qué humillación. Qué mal rato.
Y qué fiasco. Porque el puesto se lo daban a otro candidato más joven y metrosexual que iba de musculitos de gimnasio depilado, se daba cremas y, para quitarse el cuidado, llevaba el cráneo afeitado como una reluciente bola de billar. Para ser justo, es cierto que también fue más breve, como debía ser este blog. Y en un pispás supo pasar de un nocturno de Chopin a Macarena.
El Duende quiso suicidarse en el mar al modo de Alfonsina Storni, y se ató al cuello el pesadísimo pie de una sombrilla. Pero la playa de la Croisette es mansita y tiene muy poco fondo, y sólo consiguió que las pequeñas olas terminaran de disolver el negro de su cabellera, como un calamar que suelta su tinta para ocultar su edad.












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