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Voces para la Paz

Reconoce este bloguero que nunca había sentido tanta alegría cantando como la que sintió ayer sumándose a Voces para la Paz

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Admite este trasunto de duende, chamarilero de sentimientos y recuerdos, que vive momentos de provocadora  satisfacción. Lo nota cuando da con algún amigo o conocido y tiene que responder a la pregunta de ritual.

-¿Y cómo te va?

Se decía en estos casos.

-Qué quieres que te diga….¿Bien, o te lo cuento?

Y no lo dice, porque piensa que sería afectación o mentira. Y además porque, mirando alrededor, cree que es de mal gusto exagerar las sombras que pueden oscurecer nuestro horizonte. Las ve, claro, como cualquier ciudadano. Pero no puede negar que algunas luces acaban barriéndolas, y que hay muchos compañeros de viaje que no gozan de la misma suerte.

-Si comparo –suele contestar- reconozco que  me va maravillosamente.

Y es que el patio da mucha pena, a qué negarlo. Aunque al bloguero la diferencia no se la da el éxito profesional, que ya no va con él, o el dinero, que tanto nos duele y que nunca le supuso mucho. Tampoco es la causa única el amor o el afecto de los amigos, que nunca le han faltado, o la salud, que afortunadamente también le responde. No es eso, no. Lo que le hace más feliz es que es libre para cantar.

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Siempre cantaba  en la ducha, en los guateques. Y villancicos  la noche de Navidad.  Pero por estos caprichos de la vida esta semana él y una legión de entusiastas que comparten su trabajo y su familia con la vida coral han cantado tres tardes en el Auditorio Nacional. Dos de ellas grandes corales de ópera con la Orquesta y Coro Nacional  dirigida por Josep Pons. Verdi, Bizet, Beethoven, Mozart…

-No me lo creo, no me lo creo-se decía mientras se pellizcaba ente pieza y pieza.

Y ayer domingo con los músicos que una vez al año dejan de tocar o de cantar en sus respectivas formaciones profesionales para entregarse con pasión al fabuloso concierto solidario de Voces para la Paz. Para recaudar fondos que permitan el suministro de agua a ocho aldeas de Níger, avisaba el programa. Y era música de cine, desde el mambo que compuso Leonard Bernstein para West Side Story, al Wagner de Apocalipsis Now o a la inenarrable Copla de las divisas  de Ochaita, Valerio y Solano que hizo aún más graciosa a Bienvenido, Mr. Marshall o al preciosísimo Dry your tears, Afrika de John Williams para la película Amistad. Qué río de sentimientos, emociones y recuerdos le corre a uno por dentro cuando a la la gran música se le añade la magia del cine.

Y qué gozada entrar en ese festival de regalo para los sentidos, de invitado, para reforzar con sus compañeros de coro a estos admirables músicos profesionales que capitanea Juan Carlos Arnanz, un genio de la comunicación, por cierto. Lo nuestro fue sólo cantar con ellos la Oda a la alegría  de la    Sinfonía de Beethoven, que sonó en La naranja mecánica y que seguirá sonando cada vez que la humanidad necesite redimirse de sus miserias. Era evidente que estábamos alegres. Alegres por lo que transmitían los músicos solidarios, por cantar con ellos y por creer que, al menos por una vez, nuestra voz servía para algo útil.

Además, a la salida, el cantor feliz se encontró con Carlos Barja y su encantadora esposa. Carlos era asiduo comentarista de este blog con el seudónimo de Wallace, y supongo que podrá certificar que conciertos como éste de verdad merecen la pena. Algo habrán aportado los muchos que, como él, abarrotaban el Auditorio. Para las aldeas sin agua de Níger y para este simple cantor de ducha, que cuando muera, y recordando tardes así, podrá sonreir diciendo: ¡que me quiten lo cantado!.

¿Qué tiene el blog de un político que no tenga éste?

Uno de los defectos de este bloguero es que no sabe cómo agradecer las imágenes prestadas. Aprovecha la ocasión para hacerlo ahora con el autor de este dibujo, cuyo nombe ignora

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Siempre hay un descubrimiento que te puede alegrar la vida, anotó Homper en su diario: “hoy he comprado ensaladilla rusa congelada. Días antes, ni sabía que el progreso nos había dado estas facilidades”.

Porque hay cosas a las que uno no acaba de darle la importancia que tienen. Un día hizo un cálculo curioso: ¿qué le había hecho sentirse más feliz, una buena ración de ensaladilla rusa o la contemplación de un cuadro de Tapies? Después de pensarlo bastante escribió: una ración de ensaladilla rusa.  Sabía que una ración de ensaladilla rusa jamás se subastaría en Sotheby´s, y que en cambio una obra de Tapies sí. Pero de no ser por esa razón tan materialista, no la cambiaría nunca ni por uno, ni por dos ni por tres cuadros de Tapies.

-Soy un hombre definitivamente vulgar-concluyó- Y, por favor, que no se me olvide poner unas tiras de pimiento morrón sobre la mayonesa.

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Siempre hay un comentario que puede servirle a alguien. A alguien que acostumbre a ir al cine, por ejemplo. A Homper le sorprendió no encontrar en la cartelera ninguna película que le apeteciera demasiado. Le sorprendió que, cuando cayó en uno donde ponían Agua para elefantes  sólo hubiera cinco personas en la sala.

-Y ninguna ha comprado palomitas-pensó- ¿De qué viven los cines?

La película, bonita, pero sin chicha –y casi sin limoná- es la historia de un triángulo de circo entre un empresario canalla, su mujer, que es una ecuyére muy coqueta, y un veterinario que es muy guapo y que hace rentable el circo con una elefanta habilidosa a la que domestica y mima. El empresario in escrúpulos, deseoso de  hacer caja cuanto antes, tiene muy poca paciencia con la elefanta, y a menudo la castiga como un sádico. Cuando se entera de que su santa, que es la que monta a la elefanta, se enreda con el guaperas, la emprende a golpes contra ambos delante del mismísimo paquidermo. Pero a estas alturas, Homper ya sabía cómo se iba a resolver la dramática historia.

Recuerden que los elefantes tienen buena memoria.

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Siempre hay una nadería que  no se sabe ni por qué hay que consignarla en ningún post. Por ejemplo, la luna está en creciente. Y después de las lluvias de primavera, da gusto verla faroleando entre los árboles mientras el aroma del azahar embriaga la noche.

-No es nada relevante- admite el Hombre Perplejo. Pero estamos en campaña, y hay muchos políticos blogueros. ¿Es que acaso cuentan ellos algo más interesante que lo que cuento yo?

Siempre hay un motivo para escribir cualquier observación. También para que los políticos, en su propaganda o en sus blogs, omitan obviedades pueriles, promesas fatuas y bravatas irresponsables.  Y quizás muchos más para no escribir de nada. Pero en ese caso Homper moriría irremediablemente.

Y aún tiene esperanzas de hacerlo después de haber dicho algo digno de ser recordado.

Almas sin traductor

Hay momentos en que casi todas las almas necesitan traductor...

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Ayer por la tarde el  bloguero bajó de su entorno serrano a darse un paseo por la dehesa que florece junto al Tiétar. Acababa de caer el enésimo chaparrón, por fin el azul del cielo le ganaba la partida a los densos nubarrones, y el sol quería anticipar tímidamente que hoy es domingo de Resurrección. Con las encinas pujando poderosas entre el pasto verde, las jaras en flor, los tomillos, la retama y el lentiscar eclosionan estos días en  una sinfonía de aromas difíciles de explicar. El suyo es un masaje de salud y fragancia que tonifica el espíritu y ventila hasta lo más profundo del sentimiento. Un soplo de felicidad delicada, un momento que el observador querría atrapar en su cazamariposas sensorial para estudiarlo detenidamente, diseccionarlo y así podérselo contar a sus amigos y compartir el regalo que constantemente nos ofrece la naturaleza.

Pero se encuentra incapaz de expresarlo adecuadamente.

-Necesitaría un buen traductor – piensa.

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Escuchar y verlo todo en su estado original, directamente,  o buscar un experto intermediario que lo entiende mejor para que te lo interprete, ese es el dilema.

El bloguero recuerda que estos días ha leído en varios periódicos diversas necrológicas sobre un tipo de profesional al que raramente se le presta gran atención, que es el traductor. En Garrucha, Almería, donde residía, ha muerto Miguel Martínez Lage, Premio Nacional de Traducción y, a decir de los muchos, un minucioso orfebre de las palabras que otros como Faulkner, Beckett, Evelyn Waugh, el doctor Samuel Johnson  o el biógrafo de éste, Samuel Boswell, dejaron escritas también para los que no conocemos a la perfección su idioma. Miguel, al parecer se ponía en la piel del autor, de lo que este quiso decir en su época y con las palabras que entonces se usaban. Luego adoptaba una segunda piel, que era la del lector, y trasladando los datos anteriores a su psicología, su lenguaje y su tiempo, que es el nuestro. Digamos que fundía el oro del talento original y lo troquelaba en el molde que el buscador de tesoros literarios necesita para apreciarlo con todo su valor y su brillo.

Todos los críticos dicen que la obra de Miguel no sólo no desmerecía la de sus traducidos, sino que  probablemente la mejoraba.

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Habrá algún traduttore, traditore, cierto. Pero cuando son tan numerosos los matices y los arabescos del lenguaje que se pierden si no se conoce este a la perfección, uno agradece infinito la labor de una figura como la de Miguel.

-Siempre me dará más de lo que encontrarían yo en un libro no escrito en mi idioma-admite el Duende.

Aplica la teoría no sólo a los libros, sino también al cine. Su amiga Rosi desde que vio La mujer del teniente francés y escuchó la voz de Jeremy Irons mantiene que todas las películas deben verse en su idioma original. Seguramente le ganó el espíritu romántico de aquella película, sus playas bravías, sus cielos tormentosos. Quizás –no lo recuerda- aquel fuera un filme en el que hablaran más las imágenes que los personajes. En muchos otros en los que el conocimiento del idioma es fundamental y los personajes hablan como metralletas –Woody Allen  es un buen ejemplo- ni su precario conocimiento del inglés ni la ayuda de los subtítulos le dan lo que un buen doblaje le aporta. No es intelectualmente  correcto confesarlo, aunque así lo sienta.

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Miguel Martínez Lage era, además de un espléndido traductor, sobrino de un buen amigo e hijo del neurólogo José Manuel Martínez Lage. Que el amigo se asome de vez en cuando por este blog –usando siempre seudónimos- no tiene tanto de particular, pues para eso, entre otras cosas, están los amigos. Más le sorprendió al Duende ver que hace algún tiempo, y con ocasión de un post dedicado a Antonio Mercero y a su película ¿Y tú quién eres?, en la que los protagonistas padecen el mal de Alzheimer, le enviara el galeno un comentario propio de quien es un gran especialista en la materia. El bloguero, simplemente, no podía imaginar que una eminencia con tanto trabajo tuviera un minuto para él.

Quisiera trasladarle el sentimiento de dolor que le ha producido la muerte de su hijo. El bloguero,  que sólo conocía  a Miguel por sus libros, sí dispone en cambio de todos los minutos  para glosar su muerte y tratar de consolar a sus padres, a su esposa, a sus hijos y a su tío Santiago. Lo que le ocurre es lo mismo que insinuaba al principio de este post. Hay veces que ante el fenómeno de la muerte los sentimientos nos desbordan, se precipitan en tropel y uno es incapaz de decantarlos ordenadamente y expresarlos como se merecen. Cree saber vagamente qué hay que decir, pero ignora las palabras adecuadas para hacerlo. Será que muchas almas  necesitamos en algún momento un traductor como Miguel.

Meditando un lunes santo

Todo son preguntas. Y algunas veces, reacciones inesperadas...

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Despierta Homper el lunes santo ante un bosque de pinos, encina y castaños que vierten hacia el valle, y un horizonte de montañas limpias que se alzan al otro lado del río que discurre por su lecho. Homper tiene un amigo que de vez en cuando se retira a este lugar, donde construyó una gran casa de campo. El amigo es un hombre pausado. De vez en cuando le invita a acompañarle y a no hacer otra cosa que lo propio de un monasterio para ejercicios espirituales laicos. Aquí se juntan los dos en plan Sócrates y Platón o como Tip y Coll, según se lo pide el cuerpo y el tenor más o menos caprichoso de las horas. Conversan mucho, repasan recuerdos de la lejana amistad que nació en la universidad, leen y pasean. Más él que el amigo, poco partidario de castigar al cuerpo con ejercicios exagerados.

El amigo no es madrugador, y Homper se sorprende del lujo que son unos maitines en solitario para escribir una sencilla meditación.

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Él no se tiene por un gran filósofo. Sólo sabe sorprenderse por casi todo, especialmente por lo menos denso y significativo. Le complacen las oportunidades que ofrecen las pequeñeces de la vida. misma. Piensa, porque tampoco la mollera le sirve para cosas más útiles, pero no muy profundamente. Quisiera arreglar entuertos y reformar el mundo. Quisiera hacer cosas más útiles para los demás. Pero su pensamiento más sublime se le derrite como un helado de vainilla, y se va en un pispás sin haber germinado en nada. Luego va al blog y levanta acta de su curiosidad fugaz.

-Queridos lectores incautos-escribe-Hoy voy ahorrarle tiempo y esfuerzo intelectual a la humanidad. Porque tampoco tengo nada importante que deciros.

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Antes de sentarse a escribir, escuchó por  la radio que ocho de cada diez españoles no se moverán de casa para disfrutar de las vacaciones de Semana Santa. La crisis.  Entre ésta y los días feriados, la actualidad se destensa, y, como en Navidad,  cunde la sensación de que hay que serenarse, aparcar las preocupaciones y ventilar el espíritu. Si no se le quiere buscar sentido a la pasión de Cristo, que es la que nos ha dado el asueto, se puede reposar y vaguear en el dolce far niente. A veces, oh sorpresa, en estos estados ya casi milagrosos uno acaba descubriendo recónditos rincones del alma. E incluso encontrándose a sí mismo.

En el monasterio laico del amigo hay  muchos libros, y el lujo un de un soberbio equipo musical que se extiende discretamente en altavoces camuflados por las distintas estancias. Hoy nos trae untema de Henry Purcell que toca a la flauta Alvaro Marías. Sobre este mismo tema Benjamín Britten compuso en el pasado siglo unas variaciones y fuga que tituló como Guía de Orquesta para Jóvenes,  una composición admirable que ilustra los sonidos de los distintos instrumentos integrados en una orquesta sinfónica. Muy recomendable para curiosos de la magia de la música, como era el propio Homper en su primera juventud.

-Gracias, música-reza calladamente en sus maitines-Por venir a aliviarnos a incluso en tiempos de zozobra.

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Lamentablemente un blog acaba degenerando en un diario. Sostiene Homper que las personas de vida gris deberían de guardar recato ante la tentación de escribir sobre sí mismos.

-Eso es para tipos como Hemingway o la Mata Hari, que sí tenían algo interesante que contar.

Pero si la carne es débil, cómo no lo va a ser el ego. Admitida esta premisa, se pone en la piel de los pocos demás que haya por ahí y piensa que quien peine su blog estos días no querrá disquisiciones hegelianas, sino impresiones ligeras. Aunque sean sinceras. Por ejemplo, el periódico cuenta que uno de los etarras excarcelados apodado Gatza es recibido en su pueblo como un héroe. Lo muestra en el balcón de su casa alzando los brazos jubiloso, en ademán de victoria. Qué estimulante: le acompañan los papás, la esposa y la hijita, orgullosos de la criatura. Para ellos el chico es tan meritorio como  Alexander Fleming o Teresa de Calcuta, aunque haya matado o colaborado con los matarifes de personas que, como él, tenían padres, esposas e hijos.

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Quiere parecer conciliador, demócrata y flemático, pero la noticia le revuelve las tripas. El próximo jueves será el día del amor fraterno, y la grandeza del cristiano es poner la otra mejilla, perdonar y olvidar. Pero hoy, incluso en este idílico ambiente, tan propicio a la meditación trascendente, no puede reprimir Homper un odio razonable hacia estos troitiños y compañía que, cumplida su condena, siguen apuñalando la memoria de los muertos que nos dejaron.

Por explicarse lo inexplicable, invoca las palabras de Cristo en la cruz.

-Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen.

Y añade a continuación.

-Y a mí también, por derramar tanta bilis en un lunes santo tan plácido como este.  

Noticias del desasosiego de Gregorio Samsa

¿Cómo decirle al pobre Gregorio Samsa que no todo es desasosiego?...

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Praga 17.3.2011

Querido bloguero

A lo que veo, andas siempre balanceándote entre la realidad y la ficción, como un funámbulo por su cable. Por si te sirve como un nuevo motivo de reflexión, voy a contarte lo que me ha pasado hace bien poco.

Como recordarás, desde que Franz Kafka se ocupó de mí (véase La metamorfosis) yo me desperté una mañana convertido en cucaracha. No es lo que más  me podía gustar, pero es inútil protestarle al creador. Él hace lo que le viene en gana, y no te consulta para nada. Acabé aceptando mi condición y acostumbrándome a mi cambio de imagen. Llegué a convencerme de que hasta en las cucarachas hay clases. No es lo mismo lucir unos hélitros pulcros y planchados como si fueran el frac de David Niven que ser una criatura de cloaca, como a menudo se ve a mis congéneres.

Cuando ya estaba razonablemente contento con mi suerte, me desperté una mañana y me llevé la misma desagradable sorpresa que el día de mi primera metamorfosis. Me miré al espejo y vi que mi fisonomía había sufrido tres nuevas mutaciones. En primer lugar, mi cabeza era una la de un humanoide. No tenía antenas, pero iba peinada con una cresta de gallo como la que llevan ahora los modernos. Qué espanto. En segundo lugar, en vez de seis patas, las reglamentarias,  sólo tenía dos, pero éstas calzaban zapatos de rejilla, que siempre he odiado. Además, no me los podía quitar: eran parte de mi cuerpo. Finalmente, en cada uno de mis hélitros, de inmaculada negrura como te explicaba, había estampados  a modo de tatuaje en tinta blanca dos rostros. En una de mis alas se podía ver la cara de Enric Sopena. En la otra, la de Angela Merkel. Imagínate el cuadro.

¡Ay, Señor qué confusión! En fin, no te pido que hagas de señorita Francis y me des tu consejo para calmar mi zozobra. Pero… ¿entiendes algo? Si es así, escríbeme contándomelo  y te quedaré muy agradecido.

Un saludo afectuoso de tu amigo y lector

Gregorio Samsa

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Madrid 22.3.011

Querido Gregorio

Gracias por tu consideración, pero me temo que poco te puedo ayudar. Cuando amaneciste convertido en cucaracha la cosa parecía chocante, un suceso extraordinario. Pero hoy  casi nada sorprende. El mundo parece es una pella de plastilina, un kaleidoscopio que cambia el panorama a cada nuevo giro, una canica explosiva, un planeta descerebrado.

Fíjate. La guerra…¿Es buena o mala? Depende. Ahora hasta los pacifistas se hacen los suecos. Gadafi: hace tres años le dábamos la llave de oro de Madrid y ahora le mandamos F-18 por ser un malvado oficial. Japón: ha visto morir  a casi doce mil de los suyos arrasados por un terremoto y un tsunami y aquí nos asustamos por el impacto de la fuga nuclear de Fukushima. Las dudas derivadas: ¿es bueno o es malo el desarrollo? ¿Es el estado del bienestar una necesidad o un lujo inalcanzable? ¿Vale todo con el pretexto de la libertad? ¿Hay que arriesgarse con la energía nuclear, o rescatar el frío que pasé en mi infancia como algo sano y natural?

Y eso sin tener en cuenta que el clima también ha perdido el oremus.  Hay veranos que se incrustan en el invierno e inviernos que de repente se disfrazan de verano. Dicen que las aves y los insectos se vuelven locos, ya no saben ni cuando emigrar ni cuando aparearse o dedicarse a hacer miel. A los osos polares se les derrite su habitat por el cambio climático. A muchos observadores se nos derrite también el sentido común. En una tele  hay un hombre enloquecido que exporta entre sollozos las desgracias de su matrimonio. Es un famosillo que se llama Víctor Sandoval, y no clama contra su mujer, sino contra su marido. Las noticias dan cuenta de que otro bárbaro acaba de matar a su señora en un pueblo de Granada con un cuchillo y un martillo. Y van…ni te cuento.  Eso sí, hace dos días era el Día mundial de la Poesía, y hoy es el del agua, que es tan buena y tan poética.

No te puedo ayudar, Gregorio. La crisis va mucho más allá de la economía: todo es crisis.  Se  desvanecen mis referencias, y cuanto más observo y estudio, más dudo. Sólo la última luna llena me ha aportado algo de claridad. Decían los astrónomos que era la más hermosa que veríamos en muchos años, y salí a admirarla  por un Madrid dormido tras un glorioso domingo de primavera. Afortunadamente,  la noche era ideal para pasear, y el Parque del Oeste, el  Palacio de Oriente y hasta San Francisco el Grande parecían ajenos a este desasosiego general que padecemos.

-También la luna sigue ahí –pensé- Qué tranquilidad, ¿no?

Por lo demás, me solidarizo con tu malestar. El kiki no me va, nunca he podido soportar los zapatos de rejilla  y hay tatuajes matadores. Pero ya lo dijo el poeta: vivimos en la punta de una aguja. Quizás mañana tus cambios también encajen en esta normalidad tan absurda.

Un abrazo afectuoso de tu amigo y admirador

El ex Duende de la Radio.

Periodismo y publicidad. Todo es relativo…

Habrá que enunciar la nueva teoría de la relatividad en la información...

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Sonó el teléfono y el Duende se precipitó a cogerlo. La gente ahora llama menos. Unas veces piensa que hasta en eso se nota la crisis: en todo se puede ahorrar. Otras veces le da por creer que es cosa de su edad y de su retiro. Ya no es necesario para casi nada, y está fuera de la pomada, y tampoco está enfermo, y además ya sentó las reglas para esquivar a los únicos que aún siguen, erre que erre,  al aparato.

-¿Es usted el que deseo que sea?-quieren decir- ¿El responsable del contrato de…?.

-Lo siento, mire –suele excusarse- Ya no se con quién tengo contratada la luz, ni el gas, me han hecho ustedes un lío Se me ha olvidado ya el número de llamadas sobre este asunto que he tenido que atender, aunque no creo que ni IBERDROLA, ni ENDESA, ni UNION FENOSA ni GAS NATURAL me salven la vida. Pero ya  no acepto llamadas comerciales, gracias.

A veces piensa que detrás de esa voz generalmente suramericanita que le suplica atención, hay un puesto de trabajo que necesita acreditar tantas llamadas para no tambalearse.

-Usted es un encanto –acostumbra a añadir para edulcorar la píldora amarga- y hace  muy bien su trabajo. Pero su compañía es una pelmaza, lo siento.

Cuando es un robot el que llama, se ahorra estas palabras.

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Sin embargo aquella era una llamada distinta. Venía de Iñaki Gabilondo, que no llamó a este infeliz ni una sola vez durante los casi diez años que coincidieron en la cadena SER.

-Verás- le dijo- Te llamo porque me ha dicho Fernando Onega que pase la bola. A él le llamó Juan Luis Cebrián, al cual había llamado Luis María Ansón, que a su vez había recibido una llamada de  Paloma Gómez Borrero. Esta fue avisada por José María Carrascal, que recibió la noticia de Carlos Herrera, el cual seguía la cadena que le comunicó Luis del Olmo. ¿Sabes?…A Luis le dio el queo Pedro J. Ramírez, advertido por MaríaTeresa Campos y por Pilar Cernuda, que a pesar de sus discrepancia ideológicas había creído lo que le dijo Enric Sopena, entre otras cosas porque el que se lo había dicho a éste era Miguel Angel Aguilar, al cual habían llamado anteriormente Julia Otero y Angels Barceló. Angels parece que se enteró del asunto a través de Ernesto Saenz de Buruaga, puntualmente informado por Matías Prats, con el que se habían comunicado Pedro Piqueras y Olga Viza. Pero te mentiría si te ocultara que nombres como los de Susana Griso, Pablo Sebastián, Ana Rosa Quintana, Paco González, Carlos Carnicero, Raúl del Pozo, Ignacio Camacho, y Gistau suscriben el mensaje. Y, cómo no, el infalible Jaime Peñafiel y el pontífice de la corrección en todo, que es Josemi Rodíguez Sieiro…La cosa es que…

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En ese momento le sonó el móvil, descolgó de una forma mecánica y tuvo que escuchar la voz de su amigo Homper, tradicionalmente impresionable por casi todo lo que pasa en el mundo.

-¿Sabes?…-dijo el Hombre Perplejo- He hablado con la tía Clota, que vive en Vermont. ¡Y me dice que le ha llamado nada menos que Oprah Winfrey, por recomendación de Larry King!…

-Un momento, Homper- le cortó el Duende- Es que hablaba con Iñaki Gabilondo…

Lo cierto es que el Duende esperaba que la llamada del gran periodista español le despejara alguna de las dudas del día. ¿Se recuperará Japón de este terremoto? ¿Se reabrirá el debate nuclear? ¿Acabará Gadafi barriendo a los rebeldes y desafiando a Occidente? ¿Dirá Zapatero si se presenta a la reelección? ¿Irá a la manicura Belén Esteban?

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Pero las cosas ya no son lo que eran, pensó cuando le colgó a su maestro radiofónico.

-¿Qué te ha dicho Iñaki? –preguntó Homper impaciente.

-Que la vida es otra cuando lo tomas, y que  me una a la cadena ACTIMEL.

-¡Coño!-exclamó el Hombre Perplejo- Eso es lo que me ha dicho la tía Clota que le dijo Opra Winfrey: esto no ha hecho más que empezar.

Al Duende le vino a la cabeza aquella máxima de Álvaro de la Iglesia que presidía la cabecera de La Codorniz: donde no hay publicidad, resplandece la verdad. Recordó que se había pasado su vida entre los publicitarios y los periodistas. Los publicitarios decían una verdad interesada, pero no ocultaban que cobraban por ello. Los periodistas eran otra cosa.

-Ya nada ni nadie es lo que era-sentenció Homper- ¿Será verdad la verdad?

La verdad es que este relato fue un sueño. Pero ahora que están despiertos, tanto el Duende como Homper admiten que no tienen muy clara la respuesta.

Injubilables felices

...Como Angelillo, que no es este, pero podría serlo, aunque él sea más de montaña que de mar.

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Botín tiene 76 años, pero es feliz levantándose a las 6´30 de la mañana y reuniendo a directivos de altos bonus cuando aún no les ha dado tiempo de quitarse las legañas. A Tomás Fuertes, presidente de El Pozo, lo que más le apasiona es estar al pie del cañón. ¿Querrá decir que se pondrá el mono y los guantes y bajará a la fábrica a embuchar charcutería, que es lo suyo? Amancio Ortega, 76 años, dice que seguirá trabajando hasta el final. Nadie sabe cuánto vale su minuto de actividad. Teresa Rivero, 75 años, es presidenta del Rayo Vallecano, equipo de fútbol cuya plantilla lleva varios meses sin cobrar por la mala cabeza de la familia Ruiz Mateos. Reconoce que está mayorcita, no que su familia es incorregible, pero afirma estar encantada con sus ocupaciones. Plácido Domingo, 70 años, ya avisó desde el palco del Real que seguiría cantando mientras le quedaran fuerzas. Mejor que cante, porque hablando se pone un poquito cursi. “Podría vivir sin trabajar”- dice Francisco Ibáñez, el creador de Mortadela y Filemón- “pero la vida sería demasiado aburrida”.

En el último dominical del periódico El Mundo se han juntado cien injubilables felices y nos cuentan su porqué. También los hay sin cara conocida: Celso González, un ganadero que prefiere cuidar sus animales que pagar a alguien por ello, Mª del Carmen Rodríguez, dueña de una zapatería, Juana López, carnicera, Lourdes Soriano, monja. Podría interpretarse como un reportaje pagado por el gobierno para ir acostumbrarnos a la idea de que jubilarnos más tarde es prolongar ese estado de felicidad que parece dar el trabajo. No subraya lo fundamental, lo que de verdad explica por qué no quieren retirarse. Y es que todos trabajan o en su empresa mercantil o en su empresa vital, que otros llamarán su ego. Qué curioso: los albañiles y jornaleros por cuenta ajena no aparecen en la lista, ¿por qué será?

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Tampoco aparece Ángel Serratosa,  80 años cumplidos justamente ayer, natural de Ronda, casado felizmente con la prima Carolina, más conocida como Chita, y residente en Barcelona. Padre feliz  de siete hijos, abuelo y bisabuelo de incontables criaturas, se jubiló después de una larga carrera en la empresa Tassada y Beltrán, y desde entonce es  activista puntual en Intermón. Como tantos jubilados que no salen en los papeles sigue en activo, aunque un proyectito de agua potable en un país subdesarrollado de la ONG en la que colabora sea menos vistoso que los dividendos de Botín o las tiendas que abre a diario el dueño del imperio ZARA.

Angel hace honor a su nombre, y no lleva alas porque las alas se planchan mal, no hay quien les marque la raya, y él es extremadamente pulcro y presumido. A su padre le fusilaron en Ronda cuando la memoria histórica se empezaba a escribir con sangre. Pasa de puntillas por esa cruel espina que se clavó en su niñez, y no se le conoce una expresión de odio ni tampoco una secuela que haya sesgado su natural bonhomie. A veces llega a irritar, porque no critica nunca  a nadie. En sus ratos libres  pasea,  pinta, lee y va a exposiciones. Un experto en felicidad diría que su biografía es un éxito, pero ni siquiera él está libre de imperfecciones. Lleva más de medio siglo en Barcelona, y es tan políticamente correcto que hace lo posible por hablar el catalán.

-Ziz plau –le dice al kiosquero con su lengua rondeña un poquito zopaz- ¿E que me donaría La Vanguardia?

Es su máximo logro en la lengua de Espríu. Bienaventurados los que tienen buenas intenciones.

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Una de las grandes satisfacciones de Angelillo, como se le conoce en familia, es haber rehabilitado la massía que heredó su mujer en la Pobla de Lillet. Por ahí aparece de vez en cuando este bloguero y pasa unos días inolvidables con sus primos y con parte de su numerosísima tribu, porque en la casona de piedra no cabemos todos.  Ahí tiene su fuente el Llobregat, desde ahí se ve el impresionante peñasco de Pedraforca y se avistan al norte las lejanas crestas de los Pirineos. Cerros, valles, aire puro, montañas nevadas al fondo. Uno se acuerda de  cuando se quedaba embobado mirando la ilustración de la caja de lápices de colores Alpino, con aquel cervatillo triscando por paisajes como el de la Pobla. Angelillo y la prima Chita han repartido mucho oxígeno entre el personal que los conoce.

Un día paseaba con ellos por el monte y Angelillo se plantó ante un enorme pino negro.

-Mira qué ejemplar- dijo con evidente orgullo- Es el mejor de este monte.

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Quiso este duende entonces escribirle un poema de esos pretenciosos que hablan de la realidad y el símbolo, la aguja impasible que, en el frío del invierno o bajo el sol abrasador de agosto, sigue cosiendo el cielo y la tierra, la realidad y el sueño, el ser y el deber ser, la materialidad y la inmortalidad del alma. El gran  pino negro de la Pobla, directo desde las raíces de la tierra hasta hacerle cosquillas con las ramas de su punta al mismísimo Dios. Un trasunto arbóreo del Angelillo.

Quiso escribirlo y dedicárselo a este buen hombre que, aún no saliendo entre los injubilables de la lista de El Mundo, tampoco quiere dejar de trabajar. Aunque sólo sea  en el noble afán de hacer la vida más amable a los demás. Así que hoy lo escribe este bloguero no en verso, sino en prosa deshilvanada, con el simple deseo de felicitarle por ser un ochentón aún tieso, sonriente y positivo, bien planchado  y exportador de felicidad.

El sosiego irresponsable

Veía el mundo desde tal distancia y de forma tan irresponsable, que hasta la vida de la Duquesa de Alba le importaba un comino...

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Se acuerda de vez en cuando el bloguero de su compulsiva  manía de escribir en este blog. Sobre lo que fuera. Le vino cuando se le acabó el micrófono y se dio cuenta de que a pesar de las muchas tonterías contadas no había dicho casi nada.

-O te lanzas tú motu propio o te silenciarán para siempre- le advirtió su conciencia

Y raro, muy raro era el día en que no se ponía en el ordenador y plasmaba lo que se le pasaba por la cabeza.

No sabe por qué a medida que se le aproximaba la jubilación sintió que se adueñaba de él  algo de lo que nunca había tenido noticias: el sosiego. Era algo  que desconocía hasta entonces  y que atemperó su furor bloguero. Nunca pasa nada, se titula una novela de Eduardo Mallea que descansaba en los anaqueles de la la librería de su casa paterna. Nunca pasa nada. Leyó la novela en su primerísimo juventud y no recuerda ni personajes ni pellizco alguno de su argumento. Sólo se le grabó la sencillez y verdad de su título. Se parece al no somos nadie con el que se despachaban antes los entierros.

Todos los días pueden ser un gran día, y cualquiera tiene razones para creerse el eje del mundo. Aunque la realidad es que no hay nada más prescindible y que interese menos  que lo se le agita  a uno en la coctelera interior. Cuando uno lo asume definitivamente, llega el sosiego. Amanece, pasa el día, suceden muchas cosas, anochece. Pero tu alma no ha sufrido ni experimentado sobresaltos ni ansiedades, sino que parece barnizada de conformismo amable.

Es el sosiego.

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Naturalmente que se han seguido resgistrando muchos sucesos dignos de blog. No es inmune el bloguero a la agitación del mundo árabe, ni a la visita de la señora Merkel, ni al ennoblecimiento súbito del admirado Vicente del Bosque. Aún más. ¿Cómo no hubiera  escrito hace unos meses un post sobre la tragicomedia  de las gallinas por las que tanto suspiraban sus nietas? Por san Antón, gallinita pon. Y las criaturas iban cumpliendo: dos, tres, hasta cinco o seis huevos por jornada. Pero a un par de ellas les mató su ambición. Por respeto al hermano zorro, que también se tiene que ganar la vida, habitan las ponedoras en un gallinero con un pequeño terreno acotado por un alambre de cuadrícula. Lo suyo es que picoteen en su finquita, pero un par de ellas aspiraron a más, metieron el pescuezo por una de esas cuadrículas para afanarse alguna lombricilla extra y pagaron cara su osadía. Dicen los lugareños que sería un tejón la alimaña que de dos bocados certeros las decapitó. Y tuvo que calmar el bloguero el llanto de las las atónitas niñas contándole que la naturaleza impone sus leyes, y que unos tienen que morir para que otras especies sobrevivan.

Por contraste con ese pequeño drama, se ha vivido en Candeleda este fin de semana un magno acontecimiento que a cualquier pueblo llano que se precie le haría levitar. Algún audaz empresario organizó para el sábado 5 de febrero de 2011 una corrida de toros, y a ella se decía que iba a acudir la Duquesa de Alba. Se aseguraba que había reservado habitaciones en unos coquetones bungalows recientemente inaugurados en las faldas del Almanzor y con una vista imperial sobre el Valle del Tiétar. Estamos viviendo un islote de primavera en el invierno, y con este lujo de temperatura, paisaje y eventos de sociedad la fiebre bloguera obligaba a hacer guardia a la puerta del hotel y revelar en exclusiva para los lectores si la duquesa venía con novio o sin novio, si desayuna café o te, y si llevaba esclava de colorines en el tobillo de sus elegantes piernas, como acostumbra. Pero evidentemente uno ya no es lo que era. Los años, la jubilación y, por ende, el sosiego irresponsable. La insigne Cayetana Fitz James Stuart compartiendo pueblo, vista y durmiendo sólo a cuatrocientos metros del Duende y éste sin ir a la pelu y pasando de todo. Nadie sabe ya ya a dónde vamos a llegar con tanta degeneración.

Las Cajas y las grietas

Si la madre de Homper viviera, se escandalizaría al ver que ni las Cajas de Ahorro son ya lo que eran...

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Homper leía el periódico cuando se quedó perplejo.  Hizo un alto en la lectura  y suspiró.

-A dónde habría ido a parar su fe –pensó acordándose de su difunta y querida madre- ¡Si hasta las cajas de ahorros se tambalean!…

Y recordaba el empeño de mamá  en que cortejara a Pilarín.  Pilarín era mofletuda y caderona, y tenía una nariz acyranada. Hasta que se la operó, y le quedó desternillada y fina como el pico de la aleta de un tiburón. No era pues la más atractiva de la promoción, pero le hicieron madrina del paso del Ecuador, y la rondaron, y le cantaron aquello de asómate, asómate al balcón, carita de azucena. Homper no recordaba exactamente qué carita tenían las azucenas, pero esperaba que en el campo, y mecidas por la brisa, lucieran algo más graciosas que Pilarín.

Pilarín era buena, y en la cuesta de enero invitaba a los amigos aun guateque  sólo para liquidar el resto de los cestones que habían recibido en su casa por Navidad. Pilarín, naturalmente, no era el amor de su vida. Pero era hija del presidente de la Caja de Ahorros de la provincia.

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La sede de la Caja de Ahorros se erigía en uno de esas plazas de la ciudad que ahora se dicen “emblemáticas”. A Homper le sorprendía que ahora se adjetive tanto con esa esdrújula de nuevo cuño. Pero le pasmaba aún más el estilo del edificio, que José Ramón (lector de este blog) y otros arquitectos versados podrían catalogar dentro del racionalismo opulento, la oficialidad funcional o, como diría el ínclito  Jesús Gil y Gil, la fealdad ostentórea. A primera vista  parecía una horterada monumental chapada en mármol rosa, pero el arquitecto que lo firmó ganó un accésit en el concurso del Proyecto para el rediseño de las Cabinas de Baño de la Playa de Santa Lucía de Camagüey, en la isla de Cuba, y además era ahijado de un consejero de la Comunidad Autónoma correspondiente.

-Es que la cajaahorreidad es una manera de entender la vida –decía su amigo Gustavo, que era muy filosófico él-  un pensamiento social. Y, por suerte o por desgracia,  una estética.

Eso, una estética. Se veía en sus edificios, en sus diseños corporativos, en sus logotipos,  en sus calendarios, en sus libros de cheques, en el papel y el sobre de sus cartas. Se adivinaba en ese toque especial que daban a sus obras los artistas que exponían en sus salas. Hasta en el estilo de esos bancos, esos columpios y ese mobiliario urbano que, siempre atentas a sus fines sociales,  habían plantado en tantas ciudades y pueblos de España.

-¿Ves? –le decía su madre a Homper- El padre de Pilarín…¡Ese sí que es un hombe de categoría! ¡Y ayudando a todas las iniciativas!

Homper veía a la Caja de Ahorros por todas partes. Viviendas, polideportivos, centros culturales…Y patrocinando conciertos, exposiciones, pruebas deportivas, iniciativas sociales. Las cajas lo eran todo, aunque para él Pilarín,  pese al empeño de su madre, no significara casi nada.

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El padre de Pilarín se hacía el nudo de la corbata muy gordo, al estilo Wilson, y gustaba de llevar zapatos de rejilla. El padre de Pilarín lucía un fino bigote de capitán general de la época, y aunque sólo era profesor mercantil había escalado puestos porque tenía muy buena cabeza y un hondo sentido social del trabajo. Además era presidente de una hermandad de penitentes muy importante, y aunque tenía el feo vicio de tocarse sus partes vía bolsillo del pantalón –otra costumbre de los hombres de entonces- pasaba por ser todo un caballero cristiano,  generoso, atento, servicial y de sonrisa fácil.

-Pilarín –decía a su querida hija cuando ésta salía de casa- Que no te falta de nada…¿Le das un beso a papá?…

Papá ofrecía la mejilla, Pilarín se la besaba y el prócer le daba un billete de quinientas pesetas doblado que extraía entre los dedos índice y corazón del bolsillo de su chaleco.

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Un verano  Pilarín se fue a Inglaterra a aprender inglés. Cuando regresó, sus cabellos eran rubios y la topografía de su cuerpo se había redondeado sospechosamente.

-La cajaahorreidad ha mejorado algo su estética- sentenció Gustao.

Ni por esas consiguió Homper enamorarse de ella. Tampoco le hubiera ido mucho mejor, porque pasó por allí un joven registrador de la propiedad que acababa de ganar plaza y que apenas había tenido tiempo hasta entonces para salir con chicas. Pilarín le parecía maravillosa, y a Pilarín él otro tanto. De modo que se casaron, y fue una boda de mucho lustre. La Caja de Ahorros le regaló un juego de te completo de plata.

Pero pasaron los años. El presidente del bigotillo y el nudo Wilson y la madre de Homper ya habían muerto cuando a Pilarín se le cruzaron los cables y se enrolló con un fisioterapeuta más joven y con mejor planta  que el registrador. Dejó a éste, tuvo un hijo con el cachas y se hizo gestora cultural pensando que con su carrera y su pedigree lo tenía resuelto todo. Pero cuando, como asesora del Ayuntamiento, diseñó un Curso de Cuentacuentos y un Taller de Abrazoterapia y fue a la Caja de Ahorros a solicitar patrocinio para financiarlos, se encontró con una sorpresa desagradable.

-No me jodas, Pilarín–le dijo Gustavo, el teórico de la cajaahorreidad ahora al frente  del alicaído  Departamento de Esponsorización- Esto ya no es como en tiempos de tu padre .¿Aún no te has enterado que se ha acabado la fiesta?…

Se lo contó desolada a su antiguo amigo Homper. Y éste suspiró aliviado, pensando que su difunta madre se había evitado otra grave grieta en uno de los pilares fundamentales de su cristianísima fe.

Chapeau

Me descubro por seguir encontando motivos para quitarme el sombrero. Aunque no lo tenga...

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Una buena amiga de fina sensibilidad le felicitó la Navidad a este bloguero con una foto de un Madrid singular. Muestra uno de esos rincones que hay que saber captar para reparar en los contrastes. Iglesia de las Calatravas, en la calle de Alcalá, barroco puro recientemente restaurado. Y  a su lado, un pequeño Empire State que antes debió de ser compañía de seguros, y que ahora es hotel. Un modesto rascacielos que tiene clase y su gracia. Al otro lado de la calle (Peligros) el Edificio Vitalicio, otra muestra de arquitectura representativa, con detalles de esa estatuaria mitológica de altura con la que se adornaban los edificios entonces. Tardó en reconocerse, pero la yuxtaposición de estilos de distintas épocas y el abigarramiento tienen su encanto. Ciudades de gran atractivo como Londres o Nueva York se hicieron así. Y al  Duende, verlo tan cerca, en la ciudad donde nació, le sorprende y le admira. Chapeau.

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La edad pasa por el espíritu curioso como el cepillo del carpintero, pero el Duende aún no deja de sorprenderse a menudo. Qué extraña el alma. Unos días le amanece a uno avinagrada, repunante, dicen los asturianos. De mal café y dispuesta a criticarlo todo. De repente otro día te manda lo contrario: observa lo positivo, aprécialo, gózalo. Eso que llaman felicidad es exclusivo de los santos o de los locos. Quédate con las pedreas amables, que están al alcance de casi todo el mundo.

Ayer tarde el bloguero echaba su peonada en el monte, desbrozando y quemando los restos de la poda de los castaños. Arriba el Almanzor, con sus cejas blancas de nieve, mirándole protector. El sol poniéndose por el oeste y la luna creciente  compitiendo en lo alto. Al poco el sol se acuesta, se echa la noche, y sólo iluminan ya la fogata poderosa, que lanza luces de cobre, y el velo de plata pálida que se descuelga del cielo. Contra éste se dibuja la silueta de un viejo castaño. En sus ramas desnudas se posan las estrellas, y uno se siente el dueño de ese espacio y ese momento asombroso. Chapeau.

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Por la mañana, en el pueblo, café con  porra. La porra del bar Tenazas tiene una medida francamente deshonesta, de modo que hay que partirla por dos para manejarla en la taza. ¿Cuántos placeres hay que se puedan comparar al desayuno con porras recién sacadas de la sartén?…Chapeau.

Sube a casa con su bolsa de porras calientes, porque las nietas han descubierto las porras, y dicen nanay a los cereales. Se entusiasman, se llenan la boca de masa frita, se  embadurnan de churretones del Cola Cao que espurrea de ésta. A pesar de que su abuelo se harta de decirles que no se ríe ni se habla con la boca llena, ellas comen y parlotean sin cesar. Qué cuadro de felicidad.  Si Murillo lo viera seguro que lo pintaría: Niñas tomando porras. Es la hermosura del instante de vida cotidiana que van repartiendo los días. Chapeau.

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¿Y cómo se quita uno el sombrero, si no lo tiene? Hace unos años, por el picor del sol en la coronilla durante el verano y el frío de las gotas de lluvia en invierno el bloguero se dio cuenta de que el tiempo había le había tonsurado el cráneo. No lo bastante para que le vean calvo las personas,  pero sí los pájaros. Siempre había envidiado cómo llevaban su sombrero los actores en las películas antiguas, pero los sombreros pasaron de moda. El Duende consideró que a  su edad lo lo que está pasado de moda es seguir la moda, y  decidió comprarse un sombrero para celebrar sus años. No de fieltro rígido, como los de los gangsters o los de los gentlemen. Sino de tweed grueso y flexible, como de profesor de historia o de primo del comisario Maigret. Con una nota de color. Si al Duende le atropellara un coche, el libro de estilo de algunos periódicos podría decir sin faltar a la verdad: anciano atropellado. Es el coste de llegar a los sesenta y cinco años. A cambio, podrá entrar gratis en el Museo del Prado, descubrirse ante lo mucho que respeta y admira y cubrir su sesera sin  pasar frío ni temer el qué dirán.

Chapeau.

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Si las cosas de palacio van despacio, no digamos las decisiones de este bloguero, adicto a la duda sistemática. La de ponerse sombrero tomó cuerpo cuando avisó la tonsura, y después de mirar y buscar en múltiples escaparates sólo hace un año que dio en una pequeña sombrerería de la parte alta del barrio de Salamanca con el modelo apetecido. Desgraciadamente no quedaba un solo ejemplar de su talla.

Fiándose de su memoria visual, no apuntó la dirección ni el número del establecimiento. Craso error. Sólo recordaba una tiendecita pequeña en una calle perpendicular a la de Serrano y cercana ya  a la de Francisco Silvela con las paredes literalmente recubiertas de sombreros en sus preciosas cajas circulares. Su ambiente retro evocaba al de El bazar de las sorpresas, una deliciosa comedia de Lubitsch. Durante un año, cada vez que rondaba la zona, el bloguero perdía unos minutos y la buscaba  para saber si habían recibido su talla. Durante  un año no fue capaz de encontrarla.

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Finalmente, hace unos días se topó con ella Se llama Citysport, y está en Ortega y Gasset, 67.

-¡Señor Figuerola-Ferretti-le saludó la encargada -¡Qué alegría verle por aquí!..:¡Qué pena que se haya agotado su sombrero también este año!…

Añadió que era un modelo belga del que sólo habían recibido nueve ejemplares. Pensó el Duende que estaba de Dios no dar con su sombrero favorito después de tanta espera, y se despidió resignado.

-Por cierto-le preguntó el bloguero – ¿Y cómo conoce usted mi nombre?…

-¡Hombre!…Cuando le vi la primera vez pensé: este hombre me suena…Y apenas se marchó  recordé quién era…¡Con lo que me hacía reír en la radio!…

Chapeau por la memoria de esta encantadora amiga que no consigue venderme un sombrero. La  radio no la ve nadie, pero se recuerda. Y otra enhorabuena al que, a pesar de sus años, conserva la ilusión. Chapeau agradecido a la vida por permitirle seguir deseando algo. Chapeau, aunque sea sin sombrero.

Feliz lo que queda de año

Feliz lo que queda de año a los que uno no felicitó a tiempo. Como estos buenos amigos que le abrieron las puertas de su pequeño paraíso...

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No le han llegado a este bloguero más christmas que los de un banco y la de la compañía Telefónica. Alarmante: ni siquiera Isidoro Álvarez, que es de los pocos que le felicita por su santo y sabe que el Luis de su nombre no es de Gonzaga (20 de junio), sino de aquel rey de Francia que se celebra el 25 de agosto, le ha enviado su mensaje estas Navidades. Su teléfono móvil también descansó: nada de estrellitas, ni de deseos de cuento, ni de cursiladas de receta. Apenas tres o cuatro felicitaciones no firmadas, de algunos que parecían quererle mucho y que se creían de sobra conocidos por su número de teléfono. Desgraciadamente no les pudo contestar. Lo cual hace aún más indispensable el mensaje elemental: firmen los SMS si desean asegurar su respuesta.

O sea, menos felicitaciones que otros años. ¿La crisis? ¿O una moda que pasó? Quizás una combinación de ambas cosas. 2010 marcará por bastante tiempo el fin del esplendor de lo superfluo. Puede que la gente analice incluso el coste de estos pequeños detalles. Puede que nos hayamos dado cuenta de que la suerte no mejora ni empeora porque te dejen de felicitar. Y lo seguro es que se ha contagiado como un virus instantáneo. Inconscientemente ni hemos felicitado tanto, ni nos han felicitado tanto ni, ¡oh sorpresa!, nos hemos reprochado nada por ello. Se ha encajado el fin de este ritual del excceso como la cosa más natural.

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El 11 de febrero de 2010 Homper se quedó estupefacto porque, al encontrarse con su amigo Alberto, con el que compartió pupitre en el colegio, este le dio un gran abrazo.

-¡Feliz lo que queda de año!-le dijo.

Homper, cómo no, también se sorprendió por esa felicitación tardía. Quedaban casi once meses completos, lo cual, según Alberto, justificaba apelar aún a esa unidad de tiempo que se compone de doce. Él, taxidermista de profesión, estaba disecando una cabra montés el 31 de diciembre. Los animales disecados que llenan su estudio tienen el tiempo embalsado, explicó. Y no parecen dar la menor importancia a la oportunidad de las fechas clave.

-Además-añadió- Ni me di un respiro ni creí tu vida fuera a mejorar demasiado por felicitarte en ese preciso momento, ¿comprendes?. Así que te felicito ahora, porque más vale tarde que nunca…

Homper pensó que su amigo tenía la razón. Y emprendió un poco más feliz que antes del encuentro con su amigo el taxidermista los casi once meses que le quedaban del año.

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Siempre comete uno en estos casos olvidos imperdonables. Suscribe este todo lo que contribuye a simplificar el exceso de las Navidades y el Año Nuevo. Que felicite, celebre y regale el que quiera y pueda, pero sin atormentarse  por no haber sido esos días ni Teresa de Calcuta ni el Corte Inglés, que es para muchos el maná de felicidad facilona de nuestro tiempo.

Así y todo, uno es consciente de que dejó sin enviar felicitaciones a personas que de verdad se las habían ganado. Por ejemplo, a aquellos amigos de amigos que, sin conocerle, le abrieron las puertas de su hospitalidad en un lugar donde todo respiraba felicidad. Por ejemplo, a Christian y Priscilla de Bronac, señores de un paraíso de la naturaleza en Plouay, en el corazón del sur de la Bretaña francesa. En la deliciosa longére que la pareja se arregló hace unos años, rodeada de los bosques más frondosos que uno ha conocido, se alojó el bloguero durante cinco días, compartiendo con ellos y sus hijos esos placeres que raramente disfruta el turista: pasear, conversar, cocinar juntos y dejar pasar el tiempo en el silencio sólo roto por el viento que mecía la copa de aquellos inmensos árboles. Cuando el viajero llegó a su propiedad, el joven abuelo montaba un fantástico columpio para sus nietos, tarea que para un manazas como el que suscribe sería un infierno. Todo un símbolo: la felicidad hay que trabajársela en todos los frentes.

Tan importante como desear ésta a quien no la tiene, es desear que la conserve a quien parece disfrutarla ya con largueza, como los amigos de Bronac. Este malqueda está seguro de que en el panorama de Christian, Priscilla y su descendencia no todo será de color de rosa. Pero el resultante que exportan su sonrisa y su actitud es de paz, alegría de vivir y gusto por compartirla con los demás. Que Dios se la conserve y, a ser posible, se la mejore en este 2011. Por ejemplo, haciendo que en agosto llueva al menos lo necesario para que en sus bosques de cuento nazcan a tiempo esos cèpes y cantarelas que este verano no pudimos encontrar. Toda felicidad es mejorable, y a estas alturas de enero aún es tiempo de echarla el lazo.

Por todo eso, y siguiendo el ejemplo del amigo de Homper, para los de Bronac y para todos los que no felicitamos en su día,  feliz lo que queda de año 2011.

El sueño del celta y el sueño del prejubileta

Amigo Mario. Bienvenido al sueño del prejubileta esperanzado...

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Algunas veces hasta este duende, tan poco propicio al optimismo, respira. Despierta, hace un balance de los componentes de la felicidad y sonríe.

-Definitivamente, esto no está tan mal-se dice mientras desayuna un café con tostada de mantequilla y mermelada de naranja.

Mira los activos con los que, por ejemplo, no cuentan ni Emilio Botín ni las Koplowitz. El lujo de una salud razonable. El lujo del tiempo. El lujo de la agenda en blanco. El lujo de la soledad. El lujo de una ventana con vistas a la cornisa imperial de la villa. El lujo de la luz otoñal. El placer de Madrid en otoño. Sin pensar en el IBI, ni en la tasas de basuras, ni en los baches, ni en las miserias de la deuda municipal, ni el el fragor del tráfico, ni en la incuria ciudadana. Hay muchas sombras en el mundo, pero uno puede envolverse en su pompa de jabón, echarla a volar y olvidarse de que acechan ahí, a la vuelta de la esquina. Hay otros mundos, pero al contrario de lo que insinuaba el poeta, no están en este.

Acabará estallando, como cualquier pompa de jabón, pero mientras dure…

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Pasos de prejubileta animoso le llevan a cruzar el Manzanares, subir por el Parque de Atenas y la Cuesta de la Vega y entrar en el Palacio Real, donde se exhibe la exposición Pintura de los Reinos: una visión, a través de la pintura,  de las relaciones de Europa con los virreinatos americanos de los siglos XVI y XVII. Ahora las exposiciones temáticas no se limitan a mostrar obras de arte. Ahora buscan un hilván  en los cuadros, esculturas o grabados expuestos y al tiempo que entretienen el ojo te refrescan la historia.

-Qué suerte, los escolares de ahora-piensa mientras sigue el itinerario de la exposición por las lujosas estancias palaciegas- A mí nunca me sacaron de las aulas para aprender nada. Ahora los niños van a los museos, a las exposiciones, a los parques, y aprenden.

¿Aprenden?…El debate de la escuela puede desviarse hacia la crisis de autoridad de los maestros, la inhibición de la educación familiar o la discutible preparación de los docentes. Pero no culparán del fracaso a la falta de oportunidades para que los niños de ahora vean lo que nosotros a nosotros nunca nos enseñaban.

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A esta manera de divulgar cree el bloguero que le llaman transversalidad. No es mala cosa, deleitarse y aprender al mismo tiempo. El otro gran venero de la cultura, que es el libro y la literatura creativa están cada día más preñadas de historia. Hoy gran parte de las novelas o pertenecen claramente al género histórico, o enmarcan la ficción en lugares y acontecimientos que sucedieron realmente.

-La inspiración verosímil debe de vender mejor-piensa.

Al pasar por una librería mira el duende con cierta avidez malsana las dos últimas novedades apetitosas que lucen en los escaparates. Una es El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa. Otra, Riña de gatos, del siempre admirable, inteligente y divertido Eduardo Mendoza, uno de los pocos premios Planeta que piensa comprar. Por las críticas que ha leído de ellas, ambas novelas se entreveran de historia. Ambas seguro que ilustran a la par que entretienen.

O sea, la transversalidad bien entendida y mejor presentada. Otro lujo más para leer en el tranquilo y silencioso otoño del prejubileta esperanzado.

De los morritos de Leyre al plumero de Rajoy

Irse de la lengua y hablar mal...¡Cuándo cambieremos, coño!...

Paseaba Homper por el parque viendo amanecer en Madrid. Aunque ya no es duende de ninguna radio –habría que cambiar el nombre a este blog- escuchaba ésta, por deformación, en su MP3, que hasta ahí llega su modernidad. Sonaba la inevitable voz de los políticos. Si hace unos días  un alcalde poco fino bromeaba sin gracia sobre los morritos de Leire Pajín, ahora el vicepresidente Blanco contrarresta aquella ordinariez impresentable insinuando que Rajoy tiene pluma.

-Tal para cual –piensa-No aprenden a callarse…

Recuerda la afición del gobierno a crear esas entelequias administrativas llamadas “observatorios”. Hay observatorios de la laicidad: mire, señor autoridad, estoy observando que en la puerta de mi vecina hay un azulejo que dice “Dios bendiga cada rincón de esta casa”, ¿es grave? Hay observatorios de la violencia de género: sólo debería haber vigilantes, que bien pudiéramos ser todos ( aunque al profesor Neira la experiencia le haya costado cara). Nadie ha tenido presente sin embargo que el idioma evoluciona, que la sociedad quiere ponerse seria, educada y tiquismiquis, y que la vulgaridad que antes se toleraba e incluso complacía ahora no cabe en la boca de un político.

Es duro proclamarlo, pero la verdad es que el idioma ofende. El odioso señorito de Los santos inocentes de Delibes se quejaba de que el pobre Paco, cojo por una mala caída, no pudiera acompañarle a poner el cimbel a las palomas.

-Paco, maricón –le decía-¿Me vas a hacer esa cabronada?…

El señorito, encima, pretendía hacerse el simpático con esas palabras.  De la misma manera que los curristas apasionados no regateaban exabruptos  cuando Curro Romero destapaba el tarro de las esencias y revolucionaba el tendido con una tanda de naturales.

-¡Qué arte tiene el hihoputa!…-clamaban para elevarle a los altares. Por lo visto y escuchado, se diría que ser hijo de puta en algunas regiones es un privilegio

También le viene a la cabeza a Homper que cuando estudiaba derecho, nuestro Código Penal aún consideraba la eximente para el marido en el homicidio por adulterio flagrante. Qué bárbaras nuestras leyes y qué feroz nuestra lengua.

Las leyes se cambian, y punto. Pero ¿quién limpia y corrige lo mal que hablamos para que el idioma irresponsable deje de ofender? Ni mentar lo del Observatorio del buen uso del idioma, no le demos más ideas pintorescas al gobierno. Pidamos simplemente sentido común. Aún no hace muchos años la RAE borraba de su diccionario la palabra judiada, por no faltar a los hijos de la tribu de David. Las cosas cambian, y las expresiones que en algún momento fueron hallazgos felices también pueden degenerar. Al pueblo se nos perdonará todo, porque la cazurrería sólo se cura en varias generaciones.

-Pero al digno representante de la res pública que a menudo cobra sin matarse a trabajar-concluye Homper notablemente irritado- lo menos que hay que exigirle es que guarde las formas y no nos encabrone hablando mal, cojones.

Las infidelidades de Homper

 

Como demuestra este "Venus y el organista" de Tiziano, los amantes de la música a veces se distraen y acaban mirando donde no deben...

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Lo bueno y lo malo de la pasión amorosa, pensaba Homper, es que nos iguala a todos los humanos. Creemos siempre que el nuestro es un amor único, distinto, absorbente y de tal fuerza que no cabe resistirse a él. En consecuencia, justificaremos en su nombre cualquier tipo de locuras.

Homper despreciaba las frivolidades en este terreno. Estuvo enamorado en su día de Liz Taylor, pero le reprochaba íntimamente su versatilidad sentimental y su catálogo de maridos. Nunca aspiró  a  ser uno más de la lista. No menos decepciones en este terreno le había proporcionado uno de sus mâitres á penser, Bertrand Russell. Cuando leyó su Autobiografía él era aún un joven idealista, y a pesar de que descubrió a un filósofo, un matemático y un escritor admirable se le cayeron los palos del sombrajo al saber de su conducta personal. Bertie, como le llamaban sus amigos, era un modelo de pensamiento claro y de ética social, quizás el cerebro más preclaro del sigloXX..  Pero se la pegó a su esposa con lady Ottoline Morrell.

-Tan infiel como la mayoría de los hombres –apuntó en su diario íntimo.

Y añadió a continuación que cuando llegara su verdadero amor él nunca sería así.

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No le gustaba reconocerlo, pues quería considerarse un hombre independiente e inmune, por tanto, a los deliquios que suele traer el amor. Pero era hombre al fin y al cabo, y todo cambió cuando bien metido en la edad madura conoció a Ana Krusa. Entonces  perdió el seso.

-Aunque puede que encontrara el sexo –le reconoció a su confesor.

No se ha encontrado en sus escritos más referencia a Ana Krusa que estas breves notas. “Nunca nadie me enajenado así. Es un trémolo constante que altera mi corazón, pero sin el que no puedo vivir. Me hace feliz cuando la siento, la amo sobre todas las cosas, porque es la música de mi vida”.También escribió que con este amor, el único y verdadero, no cabía la infidelidad.

Se equivocó.

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Cayó arrebatado por Ana Krusa, que a pesar de su nombre de princesa polaca o de espía rusa con melena tipo Marlene Dietrich con la que pasarse secretos en las sombras de la noche bajo la Puerta de Brandemburgo, no resultó ser sino la música misma. Está claro que en ese epígrafe se incluye todo, desde Chikilicuatre y el Koala a los grandes compositores de siempre, pasando por funerales cadenciosos como el gran Leonard Cohen, melaza de almíbar como Armando Manzanero o desgarro sufridor como Camarón. Pero Homper, tan antiguo, se volcó en la música clásica. Como casi todo el mundo hubiera querido ser director de orquesta, pianista, o divo del bel canto, pero al fin no pudo llegar más que a corpúsculo  de ese chopped musical que es un coro.

-Y soy bastante feliz, amándote –le decía a su amada Ana Krusa- Pero voy a acabar siendo tan infiel como la mayoría de los hombres.

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Pues ocurrió que, cantando Sociedad Coral Bach de una iglesia protestante, fue tentado para sumarse al de un monumental Mesías de Haendel que prometía ser apasionante. Y que, ya comprometido con éste, fue seducido por otro coro que iba a cantar el último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven en el Auditorio Nacional. Y que repartiendo ya sus amores entre Ana Krusa, Bach, Haendel y Beethoven, fue seducido por un Requiem de Verdi que se preparaba para la primavera. Y entretanto, otro coro que también ensayaba un Mesías para Navidad, le invitó a que aprovechara que ya se lo sabía para disfrutarlo en un singular concierto que se celebrará en el monasterio de Yuste…

Le ha jurado a Ana Krusa que ella es la única música de su vida. Pero que, como cualquier músico, debe tocar más que ningún otro amante, aunque sólo sea con su voz de relleno de chopped. Y, como todos los amantes dispersos, niega que le haya sido infiel.

-No es lo que parece –le dijo cuando ella le pilló poniéndole los cuernos con el Freude, freude de Beethoven.

Y era verdad. Pues, al cabo, la única infidelidad de Homper es fallarle a los que de cuando en cuando merodean por este blog y se dan cuenta de que  está ausente y vive sin vivir en él. Como todos los enamorados, está loco por la música…

Tiempo, desmemoria y sentido del humor

 

Los años...¡La cabeza!....

 

También se sorprende Homper de las jugarretas que en la edad madura gasta la memoria. Le pasa a él y le pasa a sus amigos, incluso a los más doctos, cultos y refinados, como el eminente abogado y diplomático S.M.L., marqués de Betanzos y Barón de Cap Llentrisca (no olviden que el escritor Javier Marías es rey de la Isla de Redonda, aquí el que no corre vuela). Mantiene Homper que fue este humanista contemporáneo –Betanzos, no Marías- el que se inventó el neologismo cuando hablaban entrambos del declinar de los libros, o al menos de las enciclopedias.

-Todo lo acabamos buscando ahora en Internet –dijo- Y a todos nos podrían llamar ahora eruditos a la Googleta.

Aún habrá quién recuerde a los eruditos a la violeta, como llamó Cadalso a los petimetres que en el siglo XVIII alardeaban de sabiduría con sólo un ligero barniz de enteradillos. O sea, lectores de solapas de libros, o de críticas que te resumen lo que dicen estos. Maestros en el manejo de la espumadera intelectual, que la pasan  donde se fríe esa masa heterogénea que ahora llaman cultura y algún fleco suelto de la fritura atrapan. Con ese equipaje y la ayuda de Google, todos eruditos a la Googleta, y capacitados para cualquier tertulia o mesa redonda, porque vivimos en el imperio de la superficialidad. Así lo contó el abogado y diplomático, marqués y barón por añadidura, al perplejo Homper.

-Todos somos eruditos a la Googleta, en efecto.

El señor marqués/barón es un hablista, y utiliza mucho, también, esta locución adverbial de novela decimonónica, en efecto. En efecto, todos usamos y abusamos de Google, pero también en efecto, el inventor del neologismo fue él, y no Homper.

Es verdad que éste debía animar una sobremesa en agradable encuentro cultural que se llama –o se llamó, que no sabe uno si la crisis se lo llevó por delante- Pretexto Covarrubias (ver, si se desea, el post que le dedicamos en noviembre de 2007). Y que le tocaba presentarse  ante una plantilla de intelectuales que capitaneaba Mario Vargas Llosa. Lo cual que se acordó del palabro y lo soltó para definirse como generalista que parlotea de casi todo sin saber de nada. Pero dijo lo de la Googleta citando las fuentes, y el hoy Premio Nobel de Literatura celebró la ocurrencia  con una de esas risas dentonas suyas que tanto embelesan a las señoras. Al César lo que es del César,  a Varguitas todo honor y toda gloria y al marqués/barón de Betanzos y Cap Llentrisca lo que le pertenece y su mala memoria se empeña en dilapidar.

Cualquier día de estos quedamos a pasear  y representamos en vivo aquel chiste de ancianitos nostálgicos que, con la voz cascada de tertuliano de casino,  tan magistralmente contaba nuestro amigo Félix.

-Oye, Betanzos…¿Te acuerdas de cuando veníamos al Retiro y seguíamos a las chicas?…

-Sí, Homper…Pero lo que no recuerdo es por qué…

Tempus fugit. Si no hay más remedio, que se lleve la memoria, pero que nos deje al menos el sentido del humor.

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