
Veía el mundo desde tal distancia y de forma tan irresponsable, que hasta la vida de la Duquesa de Alba le importaba un comino...
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Se acuerda de vez en cuando el bloguero de su compulsiva manía de escribir en este blog. Sobre lo que fuera. Le vino cuando se le acabó el micrófono y se dio cuenta de que a pesar de las muchas tonterías contadas no había dicho casi nada.
-O te lanzas tú motu propio o te silenciarán para siempre- le advirtió su conciencia
Y raro, muy raro era el día en que no se ponía en el ordenador y plasmaba lo que se le pasaba por la cabeza.
No sabe por qué a medida que se le aproximaba la jubilación sintió que se adueñaba de él algo de lo que nunca había tenido noticias: el sosiego. Era algo que desconocía hasta entonces y que atemperó su furor bloguero. Nunca pasa nada, se titula una novela de Eduardo Mallea que descansaba en los anaqueles de la la librería de su casa paterna. Nunca pasa nada. Leyó la novela en su primerísimo juventud y no recuerda ni personajes ni pellizco alguno de su argumento. Sólo se le grabó la sencillez y verdad de su título. Se parece al no somos nadie con el que se despachaban antes los entierros.
Todos los días pueden ser un gran día, y cualquiera tiene razones para creerse el eje del mundo. Aunque la realidad es que no hay nada más prescindible y que interese menos que lo se le agita a uno en la coctelera interior. Cuando uno lo asume definitivamente, llega el sosiego. Amanece, pasa el día, suceden muchas cosas, anochece. Pero tu alma no ha sufrido ni experimentado sobresaltos ni ansiedades, sino que parece barnizada de conformismo amable.
Es el sosiego.
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Naturalmente que se han seguido resgistrando muchos sucesos dignos de blog. No es inmune el bloguero a la agitación del mundo árabe, ni a la visita de la señora Merkel, ni al ennoblecimiento súbito del admirado Vicente del Bosque. Aún más. ¿Cómo no hubiera escrito hace unos meses un post sobre la tragicomedia de las gallinas por las que tanto suspiraban sus nietas? Por san Antón, gallinita pon. Y las criaturas iban cumpliendo: dos, tres, hasta cinco o seis huevos por jornada. Pero a un par de ellas les mató su ambición. Por respeto al hermano zorro, que también se tiene que ganar la vida, habitan las ponedoras en un gallinero con un pequeño terreno acotado por un alambre de cuadrícula. Lo suyo es que picoteen en su finquita, pero un par de ellas aspiraron a más, metieron el pescuezo por una de esas cuadrículas para afanarse alguna lombricilla extra y pagaron cara su osadía. Dicen los lugareños que sería un tejón la alimaña que de dos bocados certeros las decapitó. Y tuvo que calmar el bloguero el llanto de las las atónitas niñas contándole que la naturaleza impone sus leyes, y que unos tienen que morir para que otras especies sobrevivan.
Por contraste con ese pequeño drama, se ha vivido en Candeleda este fin de semana un magno acontecimiento que a cualquier pueblo llano que se precie le haría levitar. Algún audaz empresario organizó para el sábado 5 de febrero de 2011 una corrida de toros, y a ella se decía que iba a acudir la Duquesa de Alba. Se aseguraba que había reservado habitaciones en unos coquetones bungalows recientemente inaugurados en las faldas del Almanzor y con una vista imperial sobre el Valle del Tiétar. Estamos viviendo un islote de primavera en el invierno, y con este lujo de temperatura, paisaje y eventos de sociedad la fiebre bloguera obligaba a hacer guardia a la puerta del hotel y revelar en exclusiva para los lectores si la duquesa venía con novio o sin novio, si desayuna café o te, y si llevaba esclava de colorines en el tobillo de sus elegantes piernas, como acostumbra. Pero evidentemente uno ya no es lo que era. Los años, la jubilación y, por ende, el sosiego irresponsable. La insigne Cayetana Fitz James Stuart compartiendo pueblo, vista y durmiendo sólo a cuatrocientos metros del Duende y éste sin ir a la pelu y pasando de todo. Nadie sabe ya ya a dónde vamos a llegar con tanta degeneración.














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