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El sosiego irresponsable

Veía el mundo desde tal distancia y de forma tan irresponsable, que hasta la vida de la Duquesa de Alba le importaba un comino...

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Se acuerda de vez en cuando el bloguero de su compulsiva  manía de escribir en este blog. Sobre lo que fuera. Le vino cuando se le acabó el micrófono y se dio cuenta de que a pesar de las muchas tonterías contadas no había dicho casi nada.

-O te lanzas tú motu propio o te silenciarán para siempre- le advirtió su conciencia

Y raro, muy raro era el día en que no se ponía en el ordenador y plasmaba lo que se le pasaba por la cabeza.

No sabe por qué a medida que se le aproximaba la jubilación sintió que se adueñaba de él  algo de lo que nunca había tenido noticias: el sosiego. Era algo  que desconocía hasta entonces  y que atemperó su furor bloguero. Nunca pasa nada, se titula una novela de Eduardo Mallea que descansaba en los anaqueles de la la librería de su casa paterna. Nunca pasa nada. Leyó la novela en su primerísimo juventud y no recuerda ni personajes ni pellizco alguno de su argumento. Sólo se le grabó la sencillez y verdad de su título. Se parece al no somos nadie con el que se despachaban antes los entierros.

Todos los días pueden ser un gran día, y cualquiera tiene razones para creerse el eje del mundo. Aunque la realidad es que no hay nada más prescindible y que interese menos  que lo se le agita  a uno en la coctelera interior. Cuando uno lo asume definitivamente, llega el sosiego. Amanece, pasa el día, suceden muchas cosas, anochece. Pero tu alma no ha sufrido ni experimentado sobresaltos ni ansiedades, sino que parece barnizada de conformismo amable.

Es el sosiego.

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Naturalmente que se han seguido resgistrando muchos sucesos dignos de blog. No es inmune el bloguero a la agitación del mundo árabe, ni a la visita de la señora Merkel, ni al ennoblecimiento súbito del admirado Vicente del Bosque. Aún más. ¿Cómo no hubiera  escrito hace unos meses un post sobre la tragicomedia  de las gallinas por las que tanto suspiraban sus nietas? Por san Antón, gallinita pon. Y las criaturas iban cumpliendo: dos, tres, hasta cinco o seis huevos por jornada. Pero a un par de ellas les mató su ambición. Por respeto al hermano zorro, que también se tiene que ganar la vida, habitan las ponedoras en un gallinero con un pequeño terreno acotado por un alambre de cuadrícula. Lo suyo es que picoteen en su finquita, pero un par de ellas aspiraron a más, metieron el pescuezo por una de esas cuadrículas para afanarse alguna lombricilla extra y pagaron cara su osadía. Dicen los lugareños que sería un tejón la alimaña que de dos bocados certeros las decapitó. Y tuvo que calmar el bloguero el llanto de las las atónitas niñas contándole que la naturaleza impone sus leyes, y que unos tienen que morir para que otras especies sobrevivan.

Por contraste con ese pequeño drama, se ha vivido en Candeleda este fin de semana un magno acontecimiento que a cualquier pueblo llano que se precie le haría levitar. Algún audaz empresario organizó para el sábado 5 de febrero de 2011 una corrida de toros, y a ella se decía que iba a acudir la Duquesa de Alba. Se aseguraba que había reservado habitaciones en unos coquetones bungalows recientemente inaugurados en las faldas del Almanzor y con una vista imperial sobre el Valle del Tiétar. Estamos viviendo un islote de primavera en el invierno, y con este lujo de temperatura, paisaje y eventos de sociedad la fiebre bloguera obligaba a hacer guardia a la puerta del hotel y revelar en exclusiva para los lectores si la duquesa venía con novio o sin novio, si desayuna café o te, y si llevaba esclava de colorines en el tobillo de sus elegantes piernas, como acostumbra. Pero evidentemente uno ya no es lo que era. Los años, la jubilación y, por ende, el sosiego irresponsable. La insigne Cayetana Fitz James Stuart compartiendo pueblo, vista y durmiendo sólo a cuatrocientos metros del Duende y éste sin ir a la pelu y pasando de todo. Nadie sabe ya ya a dónde vamos a llegar con tanta degeneración.

Las Cajas y las grietas

Si la madre de Homper viviera, se escandalizaría al ver que ni las Cajas de Ahorro son ya lo que eran...

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Homper leía el periódico cuando se quedó perplejo.  Hizo un alto en la lectura  y suspiró.

-A dónde habría ido a parar su fe –pensó acordándose de su difunta y querida madre- ¡Si hasta las cajas de ahorros se tambalean!…

Y recordaba el empeño de mamá  en que cortejara a Pilarín.  Pilarín era mofletuda y caderona, y tenía una nariz acyranada. Hasta que se la operó, y le quedó desternillada y fina como el pico de la aleta de un tiburón. No era pues la más atractiva de la promoción, pero le hicieron madrina del paso del Ecuador, y la rondaron, y le cantaron aquello de asómate, asómate al balcón, carita de azucena. Homper no recordaba exactamente qué carita tenían las azucenas, pero esperaba que en el campo, y mecidas por la brisa, lucieran algo más graciosas que Pilarín.

Pilarín era buena, y en la cuesta de enero invitaba a los amigos aun guateque  sólo para liquidar el resto de los cestones que habían recibido en su casa por Navidad. Pilarín, naturalmente, no era el amor de su vida. Pero era hija del presidente de la Caja de Ahorros de la provincia.

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La sede de la Caja de Ahorros se erigía en uno de esas plazas de la ciudad que ahora se dicen “emblemáticas”. A Homper le sorprendía que ahora se adjetive tanto con esa esdrújula de nuevo cuño. Pero le pasmaba aún más el estilo del edificio, que José Ramón (lector de este blog) y otros arquitectos versados podrían catalogar dentro del racionalismo opulento, la oficialidad funcional o, como diría el ínclito  Jesús Gil y Gil, la fealdad ostentórea. A primera vista  parecía una horterada monumental chapada en mármol rosa, pero el arquitecto que lo firmó ganó un accésit en el concurso del Proyecto para el rediseño de las Cabinas de Baño de la Playa de Santa Lucía de Camagüey, en la isla de Cuba, y además era ahijado de un consejero de la Comunidad Autónoma correspondiente.

-Es que la cajaahorreidad es una manera de entender la vida –decía su amigo Gustavo, que era muy filosófico él-  un pensamiento social. Y, por suerte o por desgracia,  una estética.

Eso, una estética. Se veía en sus edificios, en sus diseños corporativos, en sus logotipos,  en sus calendarios, en sus libros de cheques, en el papel y el sobre de sus cartas. Se adivinaba en ese toque especial que daban a sus obras los artistas que exponían en sus salas. Hasta en el estilo de esos bancos, esos columpios y ese mobiliario urbano que, siempre atentas a sus fines sociales,  habían plantado en tantas ciudades y pueblos de España.

-¿Ves? –le decía su madre a Homper- El padre de Pilarín…¡Ese sí que es un hombe de categoría! ¡Y ayudando a todas las iniciativas!

Homper veía a la Caja de Ahorros por todas partes. Viviendas, polideportivos, centros culturales…Y patrocinando conciertos, exposiciones, pruebas deportivas, iniciativas sociales. Las cajas lo eran todo, aunque para él Pilarín,  pese al empeño de su madre, no significara casi nada.

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El padre de Pilarín se hacía el nudo de la corbata muy gordo, al estilo Wilson, y gustaba de llevar zapatos de rejilla. El padre de Pilarín lucía un fino bigote de capitán general de la época, y aunque sólo era profesor mercantil había escalado puestos porque tenía muy buena cabeza y un hondo sentido social del trabajo. Además era presidente de una hermandad de penitentes muy importante, y aunque tenía el feo vicio de tocarse sus partes vía bolsillo del pantalón –otra costumbre de los hombres de entonces- pasaba por ser todo un caballero cristiano,  generoso, atento, servicial y de sonrisa fácil.

-Pilarín –decía a su querida hija cuando ésta salía de casa- Que no te falta de nada…¿Le das un beso a papá?…

Papá ofrecía la mejilla, Pilarín se la besaba y el prócer le daba un billete de quinientas pesetas doblado que extraía entre los dedos índice y corazón del bolsillo de su chaleco.

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Un verano  Pilarín se fue a Inglaterra a aprender inglés. Cuando regresó, sus cabellos eran rubios y la topografía de su cuerpo se había redondeado sospechosamente.

-La cajaahorreidad ha mejorado algo su estética- sentenció Gustao.

Ni por esas consiguió Homper enamorarse de ella. Tampoco le hubiera ido mucho mejor, porque pasó por allí un joven registrador de la propiedad que acababa de ganar plaza y que apenas había tenido tiempo hasta entonces para salir con chicas. Pilarín le parecía maravillosa, y a Pilarín él otro tanto. De modo que se casaron, y fue una boda de mucho lustre. La Caja de Ahorros le regaló un juego de te completo de plata.

Pero pasaron los años. El presidente del bigotillo y el nudo Wilson y la madre de Homper ya habían muerto cuando a Pilarín se le cruzaron los cables y se enrolló con un fisioterapeuta más joven y con mejor planta  que el registrador. Dejó a éste, tuvo un hijo con el cachas y se hizo gestora cultural pensando que con su carrera y su pedigree lo tenía resuelto todo. Pero cuando, como asesora del Ayuntamiento, diseñó un Curso de Cuentacuentos y un Taller de Abrazoterapia y fue a la Caja de Ahorros a solicitar patrocinio para financiarlos, se encontró con una sorpresa desagradable.

-No me jodas, Pilarín–le dijo Gustavo, el teórico de la cajaahorreidad ahora al frente  del alicaído  Departamento de Esponsorización- Esto ya no es como en tiempos de tu padre .¿Aún no te has enterado que se ha acabado la fiesta?…

Se lo contó desolada a su antiguo amigo Homper. Y éste suspiró aliviado, pensando que su difunta madre se había evitado otra grave grieta en uno de los pilares fundamentales de su cristianísima fe.

Chapeau

Me descubro por seguir encontando motivos para quitarme el sombrero. Aunque no lo tenga...

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Una buena amiga de fina sensibilidad le felicitó la Navidad a este bloguero con una foto de un Madrid singular. Muestra uno de esos rincones que hay que saber captar para reparar en los contrastes. Iglesia de las Calatravas, en la calle de Alcalá, barroco puro recientemente restaurado. Y  a su lado, un pequeño Empire State que antes debió de ser compañía de seguros, y que ahora es hotel. Un modesto rascacielos que tiene clase y su gracia. Al otro lado de la calle (Peligros) el Edificio Vitalicio, otra muestra de arquitectura representativa, con detalles de esa estatuaria mitológica de altura con la que se adornaban los edificios entonces. Tardó en reconocerse, pero la yuxtaposición de estilos de distintas épocas y el abigarramiento tienen su encanto. Ciudades de gran atractivo como Londres o Nueva York se hicieron así. Y al  Duende, verlo tan cerca, en la ciudad donde nació, le sorprende y le admira. Chapeau.

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La edad pasa por el espíritu curioso como el cepillo del carpintero, pero el Duende aún no deja de sorprenderse a menudo. Qué extraña el alma. Unos días le amanece a uno avinagrada, repunante, dicen los asturianos. De mal café y dispuesta a criticarlo todo. De repente otro día te manda lo contrario: observa lo positivo, aprécialo, gózalo. Eso que llaman felicidad es exclusivo de los santos o de los locos. Quédate con las pedreas amables, que están al alcance de casi todo el mundo.

Ayer tarde el bloguero echaba su peonada en el monte, desbrozando y quemando los restos de la poda de los castaños. Arriba el Almanzor, con sus cejas blancas de nieve, mirándole protector. El sol poniéndose por el oeste y la luna creciente  compitiendo en lo alto. Al poco el sol se acuesta, se echa la noche, y sólo iluminan ya la fogata poderosa, que lanza luces de cobre, y el velo de plata pálida que se descuelga del cielo. Contra éste se dibuja la silueta de un viejo castaño. En sus ramas desnudas se posan las estrellas, y uno se siente el dueño de ese espacio y ese momento asombroso. Chapeau.

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Por la mañana, en el pueblo, café con  porra. La porra del bar Tenazas tiene una medida francamente deshonesta, de modo que hay que partirla por dos para manejarla en la taza. ¿Cuántos placeres hay que se puedan comparar al desayuno con porras recién sacadas de la sartén?…Chapeau.

Sube a casa con su bolsa de porras calientes, porque las nietas han descubierto las porras, y dicen nanay a los cereales. Se entusiasman, se llenan la boca de masa frita, se  embadurnan de churretones del Cola Cao que espurrea de ésta. A pesar de que su abuelo se harta de decirles que no se ríe ni se habla con la boca llena, ellas comen y parlotean sin cesar. Qué cuadro de felicidad.  Si Murillo lo viera seguro que lo pintaría: Niñas tomando porras. Es la hermosura del instante de vida cotidiana que van repartiendo los días. Chapeau.

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¿Y cómo se quita uno el sombrero, si no lo tiene? Hace unos años, por el picor del sol en la coronilla durante el verano y el frío de las gotas de lluvia en invierno el bloguero se dio cuenta de que el tiempo había le había tonsurado el cráneo. No lo bastante para que le vean calvo las personas,  pero sí los pájaros. Siempre había envidiado cómo llevaban su sombrero los actores en las películas antiguas, pero los sombreros pasaron de moda. El Duende consideró que a  su edad lo lo que está pasado de moda es seguir la moda, y  decidió comprarse un sombrero para celebrar sus años. No de fieltro rígido, como los de los gangsters o los de los gentlemen. Sino de tweed grueso y flexible, como de profesor de historia o de primo del comisario Maigret. Con una nota de color. Si al Duende le atropellara un coche, el libro de estilo de algunos periódicos podría decir sin faltar a la verdad: anciano atropellado. Es el coste de llegar a los sesenta y cinco años. A cambio, podrá entrar gratis en el Museo del Prado, descubrirse ante lo mucho que respeta y admira y cubrir su sesera sin  pasar frío ni temer el qué dirán.

Chapeau.

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Si las cosas de palacio van despacio, no digamos las decisiones de este bloguero, adicto a la duda sistemática. La de ponerse sombrero tomó cuerpo cuando avisó la tonsura, y después de mirar y buscar en múltiples escaparates sólo hace un año que dio en una pequeña sombrerería de la parte alta del barrio de Salamanca con el modelo apetecido. Desgraciadamente no quedaba un solo ejemplar de su talla.

Fiándose de su memoria visual, no apuntó la dirección ni el número del establecimiento. Craso error. Sólo recordaba una tiendecita pequeña en una calle perpendicular a la de Serrano y cercana ya  a la de Francisco Silvela con las paredes literalmente recubiertas de sombreros en sus preciosas cajas circulares. Su ambiente retro evocaba al de El bazar de las sorpresas, una deliciosa comedia de Lubitsch. Durante un año, cada vez que rondaba la zona, el bloguero perdía unos minutos y la buscaba  para saber si habían recibido su talla. Durante  un año no fue capaz de encontrarla.

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Finalmente, hace unos días se topó con ella Se llama Citysport, y está en Ortega y Gasset, 67.

-¡Señor Figuerola-Ferretti-le saludó la encargada -¡Qué alegría verle por aquí!..:¡Qué pena que se haya agotado su sombrero también este año!…

Añadió que era un modelo belga del que sólo habían recibido nueve ejemplares. Pensó el Duende que estaba de Dios no dar con su sombrero favorito después de tanta espera, y se despidió resignado.

-Por cierto-le preguntó el bloguero – ¿Y cómo conoce usted mi nombre?…

-¡Hombre!…Cuando le vi la primera vez pensé: este hombre me suena…Y apenas se marchó  recordé quién era…¡Con lo que me hacía reír en la radio!…

Chapeau por la memoria de esta encantadora amiga que no consigue venderme un sombrero. La  radio no la ve nadie, pero se recuerda. Y otra enhorabuena al que, a pesar de sus años, conserva la ilusión. Chapeau agradecido a la vida por permitirle seguir deseando algo. Chapeau, aunque sea sin sombrero.

Feliz lo que queda de año

Feliz lo que queda de año a los que uno no felicitó a tiempo. Como estos buenos amigos que le abrieron las puertas de su pequeño paraíso...

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No le han llegado a este bloguero más christmas que los de un banco y la de la compañía Telefónica. Alarmante: ni siquiera Isidoro Álvarez, que es de los pocos que le felicita por su santo y sabe que el Luis de su nombre no es de Gonzaga (20 de junio), sino de aquel rey de Francia que se celebra el 25 de agosto, le ha enviado su mensaje estas Navidades. Su teléfono móvil también descansó: nada de estrellitas, ni de deseos de cuento, ni de cursiladas de receta. Apenas tres o cuatro felicitaciones no firmadas, de algunos que parecían quererle mucho y que se creían de sobra conocidos por su número de teléfono. Desgraciadamente no les pudo contestar. Lo cual hace aún más indispensable el mensaje elemental: firmen los SMS si desean asegurar su respuesta.

O sea, menos felicitaciones que otros años. ¿La crisis? ¿O una moda que pasó? Quizás una combinación de ambas cosas. 2010 marcará por bastante tiempo el fin del esplendor de lo superfluo. Puede que la gente analice incluso el coste de estos pequeños detalles. Puede que nos hayamos dado cuenta de que la suerte no mejora ni empeora porque te dejen de felicitar. Y lo seguro es que se ha contagiado como un virus instantáneo. Inconscientemente ni hemos felicitado tanto, ni nos han felicitado tanto ni, ¡oh sorpresa!, nos hemos reprochado nada por ello. Se ha encajado el fin de este ritual del excceso como la cosa más natural.

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El 11 de febrero de 2010 Homper se quedó estupefacto porque, al encontrarse con su amigo Alberto, con el que compartió pupitre en el colegio, este le dio un gran abrazo.

-¡Feliz lo que queda de año!-le dijo.

Homper, cómo no, también se sorprendió por esa felicitación tardía. Quedaban casi once meses completos, lo cual, según Alberto, justificaba apelar aún a esa unidad de tiempo que se compone de doce. Él, taxidermista de profesión, estaba disecando una cabra montés el 31 de diciembre. Los animales disecados que llenan su estudio tienen el tiempo embalsado, explicó. Y no parecen dar la menor importancia a la oportunidad de las fechas clave.

-Además-añadió- Ni me di un respiro ni creí tu vida fuera a mejorar demasiado por felicitarte en ese preciso momento, ¿comprendes?. Así que te felicito ahora, porque más vale tarde que nunca…

Homper pensó que su amigo tenía la razón. Y emprendió un poco más feliz que antes del encuentro con su amigo el taxidermista los casi once meses que le quedaban del año.

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Siempre comete uno en estos casos olvidos imperdonables. Suscribe este todo lo que contribuye a simplificar el exceso de las Navidades y el Año Nuevo. Que felicite, celebre y regale el que quiera y pueda, pero sin atormentarse  por no haber sido esos días ni Teresa de Calcuta ni el Corte Inglés, que es para muchos el maná de felicidad facilona de nuestro tiempo.

Así y todo, uno es consciente de que dejó sin enviar felicitaciones a personas que de verdad se las habían ganado. Por ejemplo, a aquellos amigos de amigos que, sin conocerle, le abrieron las puertas de su hospitalidad en un lugar donde todo respiraba felicidad. Por ejemplo, a Christian y Priscilla de Bronac, señores de un paraíso de la naturaleza en Plouay, en el corazón del sur de la Bretaña francesa. En la deliciosa longére que la pareja se arregló hace unos años, rodeada de los bosques más frondosos que uno ha conocido, se alojó el bloguero durante cinco días, compartiendo con ellos y sus hijos esos placeres que raramente disfruta el turista: pasear, conversar, cocinar juntos y dejar pasar el tiempo en el silencio sólo roto por el viento que mecía la copa de aquellos inmensos árboles. Cuando el viajero llegó a su propiedad, el joven abuelo montaba un fantástico columpio para sus nietos, tarea que para un manazas como el que suscribe sería un infierno. Todo un símbolo: la felicidad hay que trabajársela en todos los frentes.

Tan importante como desear ésta a quien no la tiene, es desear que la conserve a quien parece disfrutarla ya con largueza, como los amigos de Bronac. Este malqueda está seguro de que en el panorama de Christian, Priscilla y su descendencia no todo será de color de rosa. Pero el resultante que exportan su sonrisa y su actitud es de paz, alegría de vivir y gusto por compartirla con los demás. Que Dios se la conserve y, a ser posible, se la mejore en este 2011. Por ejemplo, haciendo que en agosto llueva al menos lo necesario para que en sus bosques de cuento nazcan a tiempo esos cèpes y cantarelas que este verano no pudimos encontrar. Toda felicidad es mejorable, y a estas alturas de enero aún es tiempo de echarla el lazo.

Por todo eso, y siguiendo el ejemplo del amigo de Homper, para los de Bronac y para todos los que no felicitamos en su día,  feliz lo que queda de año 2011.

El sueño del celta y el sueño del prejubileta

Amigo Mario. Bienvenido al sueño del prejubileta esperanzado...

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Algunas veces hasta este duende, tan poco propicio al optimismo, respira. Despierta, hace un balance de los componentes de la felicidad y sonríe.

-Definitivamente, esto no está tan mal-se dice mientras desayuna un café con tostada de mantequilla y mermelada de naranja.

Mira los activos con los que, por ejemplo, no cuentan ni Emilio Botín ni las Koplowitz. El lujo de una salud razonable. El lujo del tiempo. El lujo de la agenda en blanco. El lujo de la soledad. El lujo de una ventana con vistas a la cornisa imperial de la villa. El lujo de la luz otoñal. El placer de Madrid en otoño. Sin pensar en el IBI, ni en la tasas de basuras, ni en los baches, ni en las miserias de la deuda municipal, ni el el fragor del tráfico, ni en la incuria ciudadana. Hay muchas sombras en el mundo, pero uno puede envolverse en su pompa de jabón, echarla a volar y olvidarse de que acechan ahí, a la vuelta de la esquina. Hay otros mundos, pero al contrario de lo que insinuaba el poeta, no están en este.

Acabará estallando, como cualquier pompa de jabón, pero mientras dure…

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Pasos de prejubileta animoso le llevan a cruzar el Manzanares, subir por el Parque de Atenas y la Cuesta de la Vega y entrar en el Palacio Real, donde se exhibe la exposición Pintura de los Reinos: una visión, a través de la pintura,  de las relaciones de Europa con los virreinatos americanos de los siglos XVI y XVII. Ahora las exposiciones temáticas no se limitan a mostrar obras de arte. Ahora buscan un hilván  en los cuadros, esculturas o grabados expuestos y al tiempo que entretienen el ojo te refrescan la historia.

-Qué suerte, los escolares de ahora-piensa mientras sigue el itinerario de la exposición por las lujosas estancias palaciegas- A mí nunca me sacaron de las aulas para aprender nada. Ahora los niños van a los museos, a las exposiciones, a los parques, y aprenden.

¿Aprenden?…El debate de la escuela puede desviarse hacia la crisis de autoridad de los maestros, la inhibición de la educación familiar o la discutible preparación de los docentes. Pero no culparán del fracaso a la falta de oportunidades para que los niños de ahora vean lo que nosotros a nosotros nunca nos enseñaban.

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A esta manera de divulgar cree el bloguero que le llaman transversalidad. No es mala cosa, deleitarse y aprender al mismo tiempo. El otro gran venero de la cultura, que es el libro y la literatura creativa están cada día más preñadas de historia. Hoy gran parte de las novelas o pertenecen claramente al género histórico, o enmarcan la ficción en lugares y acontecimientos que sucedieron realmente.

-La inspiración verosímil debe de vender mejor-piensa.

Al pasar por una librería mira el duende con cierta avidez malsana las dos últimas novedades apetitosas que lucen en los escaparates. Una es El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa. Otra, Riña de gatos, del siempre admirable, inteligente y divertido Eduardo Mendoza, uno de los pocos premios Planeta que piensa comprar. Por las críticas que ha leído de ellas, ambas novelas se entreveran de historia. Ambas seguro que ilustran a la par que entretienen.

O sea, la transversalidad bien entendida y mejor presentada. Otro lujo más para leer en el tranquilo y silencioso otoño del prejubileta esperanzado.

De los morritos de Leyre al plumero de Rajoy

Irse de la lengua y hablar mal...¡Cuándo cambieremos, coño!...

Paseaba Homper por el parque viendo amanecer en Madrid. Aunque ya no es duende de ninguna radio –habría que cambiar el nombre a este blog- escuchaba ésta, por deformación, en su MP3, que hasta ahí llega su modernidad. Sonaba la inevitable voz de los políticos. Si hace unos días  un alcalde poco fino bromeaba sin gracia sobre los morritos de Leire Pajín, ahora el vicepresidente Blanco contrarresta aquella ordinariez impresentable insinuando que Rajoy tiene pluma.

-Tal para cual –piensa-No aprenden a callarse…

Recuerda la afición del gobierno a crear esas entelequias administrativas llamadas “observatorios”. Hay observatorios de la laicidad: mire, señor autoridad, estoy observando que en la puerta de mi vecina hay un azulejo que dice “Dios bendiga cada rincón de esta casa”, ¿es grave? Hay observatorios de la violencia de género: sólo debería haber vigilantes, que bien pudiéramos ser todos ( aunque al profesor Neira la experiencia le haya costado cara). Nadie ha tenido presente sin embargo que el idioma evoluciona, que la sociedad quiere ponerse seria, educada y tiquismiquis, y que la vulgaridad que antes se toleraba e incluso complacía ahora no cabe en la boca de un político.

Es duro proclamarlo, pero la verdad es que el idioma ofende. El odioso señorito de Los santos inocentes de Delibes se quejaba de que el pobre Paco, cojo por una mala caída, no pudiera acompañarle a poner el cimbel a las palomas.

-Paco, maricón –le decía-¿Me vas a hacer esa cabronada?…

El señorito, encima, pretendía hacerse el simpático con esas palabras.  De la misma manera que los curristas apasionados no regateaban exabruptos  cuando Curro Romero destapaba el tarro de las esencias y revolucionaba el tendido con una tanda de naturales.

-¡Qué arte tiene el hihoputa!…-clamaban para elevarle a los altares. Por lo visto y escuchado, se diría que ser hijo de puta en algunas regiones es un privilegio

También le viene a la cabeza a Homper que cuando estudiaba derecho, nuestro Código Penal aún consideraba la eximente para el marido en el homicidio por adulterio flagrante. Qué bárbaras nuestras leyes y qué feroz nuestra lengua.

Las leyes se cambian, y punto. Pero ¿quién limpia y corrige lo mal que hablamos para que el idioma irresponsable deje de ofender? Ni mentar lo del Observatorio del buen uso del idioma, no le demos más ideas pintorescas al gobierno. Pidamos simplemente sentido común. Aún no hace muchos años la RAE borraba de su diccionario la palabra judiada, por no faltar a los hijos de la tribu de David. Las cosas cambian, y las expresiones que en algún momento fueron hallazgos felices también pueden degenerar. Al pueblo se nos perdonará todo, porque la cazurrería sólo se cura en varias generaciones.

-Pero al digno representante de la res pública que a menudo cobra sin matarse a trabajar-concluye Homper notablemente irritado- lo menos que hay que exigirle es que guarde las formas y no nos encabrone hablando mal, cojones.

Las infidelidades de Homper

 

Como demuestra este "Venus y el organista" de Tiziano, los amantes de la música a veces se distraen y acaban mirando donde no deben...

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Lo bueno y lo malo de la pasión amorosa, pensaba Homper, es que nos iguala a todos los humanos. Creemos siempre que el nuestro es un amor único, distinto, absorbente y de tal fuerza que no cabe resistirse a él. En consecuencia, justificaremos en su nombre cualquier tipo de locuras.

Homper despreciaba las frivolidades en este terreno. Estuvo enamorado en su día de Liz Taylor, pero le reprochaba íntimamente su versatilidad sentimental y su catálogo de maridos. Nunca aspiró  a  ser uno más de la lista. No menos decepciones en este terreno le había proporcionado uno de sus mâitres á penser, Bertrand Russell. Cuando leyó su Autobiografía él era aún un joven idealista, y a pesar de que descubrió a un filósofo, un matemático y un escritor admirable se le cayeron los palos del sombrajo al saber de su conducta personal. Bertie, como le llamaban sus amigos, era un modelo de pensamiento claro y de ética social, quizás el cerebro más preclaro del sigloXX..  Pero se la pegó a su esposa con lady Ottoline Morrell.

-Tan infiel como la mayoría de los hombres –apuntó en su diario íntimo.

Y añadió a continuación que cuando llegara su verdadero amor él nunca sería así.

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No le gustaba reconocerlo, pues quería considerarse un hombre independiente e inmune, por tanto, a los deliquios que suele traer el amor. Pero era hombre al fin y al cabo, y todo cambió cuando bien metido en la edad madura conoció a Ana Krusa. Entonces  perdió el seso.

-Aunque puede que encontrara el sexo –le reconoció a su confesor.

No se ha encontrado en sus escritos más referencia a Ana Krusa que estas breves notas. “Nunca nadie me enajenado así. Es un trémolo constante que altera mi corazón, pero sin el que no puedo vivir. Me hace feliz cuando la siento, la amo sobre todas las cosas, porque es la música de mi vida”.También escribió que con este amor, el único y verdadero, no cabía la infidelidad.

Se equivocó.

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Cayó arrebatado por Ana Krusa, que a pesar de su nombre de princesa polaca o de espía rusa con melena tipo Marlene Dietrich con la que pasarse secretos en las sombras de la noche bajo la Puerta de Brandemburgo, no resultó ser sino la música misma. Está claro que en ese epígrafe se incluye todo, desde Chikilicuatre y el Koala a los grandes compositores de siempre, pasando por funerales cadenciosos como el gran Leonard Cohen, melaza de almíbar como Armando Manzanero o desgarro sufridor como Camarón. Pero Homper, tan antiguo, se volcó en la música clásica. Como casi todo el mundo hubiera querido ser director de orquesta, pianista, o divo del bel canto, pero al fin no pudo llegar más que a corpúsculo  de ese chopped musical que es un coro.

-Y soy bastante feliz, amándote –le decía a su amada Ana Krusa- Pero voy a acabar siendo tan infiel como la mayoría de los hombres.

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Pues ocurrió que, cantando Sociedad Coral Bach de una iglesia protestante, fue tentado para sumarse al de un monumental Mesías de Haendel que prometía ser apasionante. Y que, ya comprometido con éste, fue seducido por otro coro que iba a cantar el último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven en el Auditorio Nacional. Y que repartiendo ya sus amores entre Ana Krusa, Bach, Haendel y Beethoven, fue seducido por un Requiem de Verdi que se preparaba para la primavera. Y entretanto, otro coro que también ensayaba un Mesías para Navidad, le invitó a que aprovechara que ya se lo sabía para disfrutarlo en un singular concierto que se celebrará en el monasterio de Yuste…

Le ha jurado a Ana Krusa que ella es la única música de su vida. Pero que, como cualquier músico, debe tocar más que ningún otro amante, aunque sólo sea con su voz de relleno de chopped. Y, como todos los amantes dispersos, niega que le haya sido infiel.

-No es lo que parece –le dijo cuando ella le pilló poniéndole los cuernos con el Freude, freude de Beethoven.

Y era verdad. Pues, al cabo, la única infidelidad de Homper es fallarle a los que de cuando en cuando merodean por este blog y se dan cuenta de que  está ausente y vive sin vivir en él. Como todos los enamorados, está loco por la música…

Tiempo, desmemoria y sentido del humor

 

Los años...¡La cabeza!....

 

También se sorprende Homper de las jugarretas que en la edad madura gasta la memoria. Le pasa a él y le pasa a sus amigos, incluso a los más doctos, cultos y refinados, como el eminente abogado y diplomático S.M.L., marqués de Betanzos y Barón de Cap Llentrisca (no olviden que el escritor Javier Marías es rey de la Isla de Redonda, aquí el que no corre vuela). Mantiene Homper que fue este humanista contemporáneo –Betanzos, no Marías- el que se inventó el neologismo cuando hablaban entrambos del declinar de los libros, o al menos de las enciclopedias.

-Todo lo acabamos buscando ahora en Internet –dijo- Y a todos nos podrían llamar ahora eruditos a la Googleta.

Aún habrá quién recuerde a los eruditos a la violeta, como llamó Cadalso a los petimetres que en el siglo XVIII alardeaban de sabiduría con sólo un ligero barniz de enteradillos. O sea, lectores de solapas de libros, o de críticas que te resumen lo que dicen estos. Maestros en el manejo de la espumadera intelectual, que la pasan  donde se fríe esa masa heterogénea que ahora llaman cultura y algún fleco suelto de la fritura atrapan. Con ese equipaje y la ayuda de Google, todos eruditos a la Googleta, y capacitados para cualquier tertulia o mesa redonda, porque vivimos en el imperio de la superficialidad. Así lo contó el abogado y diplomático, marqués y barón por añadidura, al perplejo Homper.

-Todos somos eruditos a la Googleta, en efecto.

El señor marqués/barón es un hablista, y utiliza mucho, también, esta locución adverbial de novela decimonónica, en efecto. En efecto, todos usamos y abusamos de Google, pero también en efecto, el inventor del neologismo fue él, y no Homper.

Es verdad que éste debía animar una sobremesa en agradable encuentro cultural que se llama –o se llamó, que no sabe uno si la crisis se lo llevó por delante- Pretexto Covarrubias (ver, si se desea, el post que le dedicamos en noviembre de 2007). Y que le tocaba presentarse  ante una plantilla de intelectuales que capitaneaba Mario Vargas Llosa. Lo cual que se acordó del palabro y lo soltó para definirse como generalista que parlotea de casi todo sin saber de nada. Pero dijo lo de la Googleta citando las fuentes, y el hoy Premio Nobel de Literatura celebró la ocurrencia  con una de esas risas dentonas suyas que tanto embelesan a las señoras. Al César lo que es del César,  a Varguitas todo honor y toda gloria y al marqués/barón de Betanzos y Cap Llentrisca lo que le pertenece y su mala memoria se empeña en dilapidar.

Cualquier día de estos quedamos a pasear  y representamos en vivo aquel chiste de ancianitos nostálgicos que, con la voz cascada de tertuliano de casino,  tan magistralmente contaba nuestro amigo Félix.

-Oye, Betanzos…¿Te acuerdas de cuando veníamos al Retiro y seguíamos a las chicas?…

-Sí, Homper…Pero lo que no recuerdo es por qué…

Tempus fugit. Si no hay más remedio, que se lleve la memoria, pero que nos deje al menos el sentido del humor.

¿Hijos o cuervos?

 

Hay que tener cuidado con lo que se cría...

 

No me lo podía creer. Me llamaron, entré en la sala y allí estaban todos. Sentados en la mesa rectangular con la tapa de cristal, ante una carpeta con folios, un lápiz de Johann  Sindel, y, cómo no, una botellita de agua mineral cada uno. En todas las empresas modernas se bebe ahora mucha agua mineral. Aunque luego, para aliviarla, tengas que salir a los WC comunales que compartes con los empleados de otras empresas.

Pero a lo que iba, que estaban todos los miembros de mi consejo de administración.. El Duende, la tía Clota, Homper, el bloguero. Me invitaron a sentarme y me entregaron una carta.

-Lo sentimos-me dijeron-pero quedas despedido.

Me quedé helado.

-¿Cómo es posible?-protesté-Yo fui el creador de todo esto…

-Hijo, ¿no has leído la noticia?-dijo la tía Clota mientras me largaba un periódico.

No me lo podía creer. El peluquero Lluis  Llongueras había sido despedido de Llongueras por sus propios hijos.

-Los tiempos cambian- creí escuchar a mis espaldas mientras abandonaba la sala dando un portazo

-Cría cuervos…-refunfuñé.

Y como ya ni hay lógica ni hay principios, llamé a Natalia Gontriakova, una antigua  espía rusa que ahora se dedica a hacer paisajes con hojas secas, y nos fuimos a cenar unos callos con garbanzos.

En el nombre de Matilde

Ha llegado la niña y no se ha quejado nada de que el día anterior bromease con su nombre

No se sabe cuándo y por qué los nombres se posan en el cerebro del escritor.

Llegan de improviso, a veces asoman en una conversación, otras los escucha uno por la calle. Algunos nombres son los de un personaje o personajillo que en un plisplás se ha hecho popular por la tele,  otros corresponden al agente del último call center que se atrevió a quebrar nuestra siesta, especialmente el viernes por la tarde, a primera hora. Maldición, quién habrá decidido que hay que llamar a los consumidores sobre todo el viernes por la tarde. ¿No tienen nada mejor que hacer? Pobres: luego coge el bloguero el teléfono, escucha la abnegada voz anónima y la despide con cajas destempladas. Seguramente estas voces serán inocentes, como casi todo el mundo, porque el culpable de todo es el sistema. Pues eso, maldigamos al sistema que permite a los call center ser tan coñazos vendiendo telefonía, suministros de gas y energía, seguros y televisiones de pago. De vez en cuando, por aquello de despistar, deberían llamar preguntando al consumidor por su salud.

-¿Está usted bien?- podrían decir para que les cogiéramos cariño- Pues nada, Iberdrola sólo llamaba para interesarse por salud.

Pero nada, no llaman así, y así no hay manera de quererles.

El caso es que, de una forma u otra, los nombres aparecen, penetran en nuestro cerebro, buscan un rincón y luego quizá se echan a dormir. Y un día, no se sabe cómo. despiertan y toman presencia en la vida del inventor de cuentos.  Construye uno sus pequeños mundos en forma de historias, casi siempre protagonizadas por gentes. Y hay que darles un nombre.

Pero lo que es  la casualidad, la última fabulilla de este blog era una variación sobre el actualísimo tema de Pepito, el concavenator de Cuenca. Tocaba en el fondo el asunto de los parecidos entre las personas y otras criaturas vivas, y de cómo una persona atractiva puede recordar lejanamente a un monstruo y ser, sin embargo, una criatura adorable. Así que saltó el nombre de Matilde, sin más antecedentes que una amiga de la madre del Duende que se llamaba Matilde Benlliure, sobrina del escultor Mariano Benlliure, gran mujer y persona admirable, esposa que fue del gran arquitecto Luis Feduchi. También tiene el Duende una sobrina de bellísimos ojos que fue la pequeña de su casa y aún es conocida como la pobre Matildita, aunque ahora es una feliz madre de tres hijos y nada pobre, por cierto. Hay otras matildes en la gran historia –la emperatriz Matilde- o en la historia costumbrista de la radio, como Matilde Conesa, Matilde Vilariño y aquel entrañable producto de ambas que fue el serial Matilde, Perico y Periquín (Cadena SER, década de los cincuenta del pasado siglo) de la televisión y de la publicidad (las matildes de Telefónica que popularizó José Luis López Vázquez).

No había, se insiste, más matildes para el abajo firmante. Primero nació la de mentira, la mujer del paleontólogo, y apenas unas horas después Matilde Figuerola-Ferretti y Freyre, un bebé redondito, (quizás una bebá para la ministra Aído), una niña sana que mama y duerme como los ángeles, que llora como un rebuznito lejano de  Platero y que dormida en su cuna es la imagen de la paz perfecta. Caprichosa coincidencia. El refranero dice que no hay quinto malo. La recién nacida es la quinta nieta de este bloguero, por lo que vale complacer a la ministra mentada y decir que tampoco hay quinta mala. Que Dios la guarde. A la niña y, ya que estamos tan sensibles, también a la ministra.

De la esférica dificultad de las albóndigas y otras cuestiones

Lo fácil que le salieron a Dios (o a la física) las esferas y lo difícil que es conseguir la redondez de las albóndigas...

Entretanto, pensamientos.

Olvida uno a menudo que un blog es como el escaparate donde se exhiben las prostitutitas de Ámsterdam: en alguna medida estás expuesto a las miradas del caminante. Interesas si tu punto de vista conecta con el suyo. Y si poca gente va a Bretaña, menos aún coincidirá con el matiz de las observaciones que apuntaste. Quizá convenga guardar el resto de los recuerdos de viaje para más adelante. Quizás.

Y ocuparse a cambio de otros temas de actualidad. Por ejemplo, Stephen Hawking ha descartado la posibilidad de que fuera Dios el creador del mundo. La física puede con todo. Es capaz de haber creado este planeta que, desde las distancias siderales, luce como una perfecta canica azul. Y, con ella, también de explicar las distintas maravillas, fenómenos, disparates y horrores que se registran en ellas. La física, el Big Ban o el evolucionismo son a la postre los responsables de las grandes cadenas montañosas, los vastos desiertos, los mares infatigables. Pero también del Salto del Angel de Venezuela, del asombroso Ayer´s Rock australiano, que uno sólo ha visitado a través del National Geographic Magazine, de las Cataratas Victoria y del Tajo de Ronda. Como cantaba Louis Armstrong, What a wonderful World…

Se asomó a este tajo el viajero una noche de luna llena, desde la balconada del hotel donde se hospedó el poeta Rainer María Rilke en su viaje por España. Qué inspiración la que el vate debió pescar allí. Y qué imaginación la del creador, sea el que propone la Biblia o polifacética física, de potencial hiperbólico como se puede entender. En algunas cosas a los presuntos creadores se les fue la mano: de una parte les nacieron las medusas, los puercos espines y las moscas cojoneras, seres más bien prescindibles. De otra,  el dolor de dedo meñique del pie golpeado contra la pata de la cama, la sensación opresiva del domingo por la noche, los libros de instrucciones en doce idiomas, la depresión, los cuadros que siempre se acaban venciendo de un lado cuando se les cuelga en el salón, las colas en las oficinas de empleo y seres como Kiko Matamoros. Hasta el Dios que niega Hawking y deseamos los cristianos suscribiría lo que dijo Ortega cuando la  segunda República empezó a desvariar: no es esto, no es esto ( a propósito, a uno le enseñaron a acentuar el esto, pero el corrector automático me lo enmienda : ¿es ésto o  es esto?).

Estaba obsesionado este duende con la perfección de las esferas y la redondez del planeta cuando se puso a cocinar uno de sus platos favoritos, las caseras albóndigas de toda la vida. Pero, demonios, qué difícil es  manufacturar una albóndiga. Amigas bien intencionadas a las que recurre en estos casos (hola, amiga, perdona, ¿cómo consigues tú que las albóndigas te salgan redondas?) le hablaron de moldearlas en hueveras de plástico: se espolvorea el hueco con harina, se le rellena de carne picada, se cierra la huevera, se la agita como para mezclar un dry martini y luego, cuando las sacas, las achatas por los polos. Al menda se le ocurrió que a lo mejor tampoco quedaban mal intentándolo con el instrumento para hacer bolas de helado. Pero con tanta sabiduría como hay, y mayormente en Internet, espera lluvia de iniciativas al respecto. El mundo no se sabe si tiene arreglo, pero, volvamos o no a hablar de Bretaña, la esfereidad de las albóndigas no debe ocupar un segundo más de nuestro precioso tiempo.

Cambiando de aires 7/ El viaje alcanzable

En la pequeña ciudad de Quimper el viajero encontró un buen argumento para su teoría del turismo posible...

Quiere creer el viajero que un ciudadano de provincias tiene más posibilidades de ser feliz que el de una gran capital. Muchos provincianos –en el sentido original de la palabra- quizá piensen lo contrario, claro. El caso es que, al menos en España, y especialmente desde el estado de las autonomías, el ciudadano vive cada día mucho más pendiente de su pueblo o de su pequeña ciudad que de lo que llamamos la nación o el país (no confundir con el estado, conjunto de órganos de la administración, concepto que algunos desinformados utilizan incorrectamente para no mentar el nombre de España y reservar para su sueño independentista las etiquetas anteriores).

-Pues yo encontré a Purita en el puente del río de mi pueblo y no tuve  que andar más para ser feliz-podría decir el hombre de provincias.

C´est normal. Se puede imaginar la felicidad como el dominio del cosmos, pero resulta más asequible si sales a comprar el pan y te tropiezas algo que al menos te la acerca. Eso pensaba este cronista cuando se detuvo en Quimper, 64.000 habitantes, capital del departamento bretón de Finisterre, con su catedral de San Corentino –curioso monumento, que dobla el espinazo de la nave central donde cambió su estilo arquitectónico- Museo de Bellas Artes, río, plazas, parque, calles típicas bretonas con nombres de antiguos oficios y todo lo que haga falta Por cierto, otra cosa que se aprende viajando: también para los franceses se acababa la tierra en ese chichón frontal de su particular noroeste: nada nuevo bajo el sol.

Hablando de museos, el Duende recordaba que cuando pasó como un relámpago por el Hermitage de San Petersburgo, la guía contó que para ver durante tan sólo un minuto todas y cada una de los tres millones de piezas acumuladas en su colección el turista debería invertir aproximadamente cinco años y seis meses. Bastante más si, como es normal, durante ese tiempo tenía que comer, dormir e ir al cuarto de baño. Escalofriante. Por eso este viajero adora los pequeños museos como el de esta ciudad bretona. Igual que en tantos, hay cuadros de Rubens, de Fragonard, de Picasso, abundante obra de pintores regionales desconocidos para el turista y un atractivo surtido de impresionistas y surrealistas, fondo que, supone uno,  hay en cualquier buen museo francés. De Quimper era Max Jacob, poeta y pintor de origen judío que no pudo esquivar el holocausto porque el indulto que promovieron sus amigos, Jean Cocteau a la cabeza, llegó pocos días después de su muerte. El museo recoge mucha pequeña obra del infausto héroe local, así como cuadros y dibujos que le dedicaron todos sus múltiples genios contemporáneos. Y, como ese monumento -inevitable en cualquier pueblo o ciudad francesa- a los caídos en las dos grandes guerras-,  el museo inspira con su homenaje al desdichado Jacob el mismo sentimiento de sana envidia en el viajero español. Aquí la Francia de Vichy, o sea, la división y la traición fratricida, se recuerda poco. La grandeur viste más contra el enemigo exterior.

Por lo demás, este es buen lugar para seguir profundizando en la particular teoría del turismo posible, o sea, ver y gozar en las dosis que le permiten a uno las fuerzas, las entendederas y el bolsillo. No más. Si no se puede viajar como un millonario, lo mejor es hacerlo como un peregrino o un estudiante: un picnic a mediodía a cualquier sombra o en cualquier orilla, que para eso hay en Francia sobrada oferta, exquisitas boulangeries y un repertorio de quesos, patés, vinos y cervezas más tentador que cualquier menú-puñalada de la carta turística tradicional. Al caer la noche, rendido por la fatiga, procede rendirse al autohomenaje. Dos platos, postre, vino. Incluso con una vela encendida. Sueño.

Se puede soñar en viajes más lujosos. Pero si te sientas dos veces al día en la mesa de un buen restaurante, lo cierto es que luego la modorra  apenas te deja ver casi nada. Y ahora ya no farda nada aquello de presumir de vinos y de chateaux-relais.

Continuaremos.

Cambiando de aires 2/ Decíamos ayer…

...Así que, con la impagable ayuda de un vecino ejemplar, este menda consiguió abrir la dichosa puerta de las vacaciones

Qué frescas permanecen las enseñanzas del colegio. Quién no se acuerda de aquella frase de Fray Luis de León, tantos años de prisión por una causa injusta. Y de su retorno a la cátedra, como si la última lección se hubiera interrumpido porque le esperaba el dentista y no podía faltar, pues tenía un molar hecho trizas y, para él,  masticar un tasajo era ver las estrellas. Hay que comprenderlo, se puede ser místico y no aguantar el dolor de muelas. Conque  se subió el fraile al estrado, tan pimpante y tan natural, y sin más preámbulo soltó lo que nos contaba el profesor de literatura con una sonrisa de satisfacción en los labios, porque hay que ver lo bueno, lo sabio y lo bien educado que era el fray.

-Decíamos ayer- dijo el poeta.

Y quizás fue la frase célebre  más corta de la historia.

Se llamaba como el bloguero, pero lejos de éste el afán de buscar otra similitud con el divino fraile. Su frase aquí es pura picardía, un pretexto literario para empezar a justificar un largo silencio  del que no sabe cómo salir, pues desde hace más de tres años no había callado el Duende durante tanto tiempo. Sin que lo motive más causa de fuerza mayor que haber estado vagando por ahí, si no lejos de la civilización sí lejos de una mesa, un espacio, un par de horas para escribir a diario, como más o menos acostumbra. Y sobre todo, lejos de un punto de conexión a ese auténtico cuerpo místico –no sabe este bloguero si alguien recordará esa doctrina que también nos enseñaban los curas de aquel tiempo-, como cabría rebautizar ahora ese milagro que es Internet. O sea, vagaba este escribidor tan intensamente que no tenía tiempo para escribir ni para buscar un enganche con la red. Al principio creía que no lo toleraría, que su conciencia le fustigaría implacable.

-¡Qué vergüenza! Tres días ya sin haber subido ni un mal papel de fumar-que hubiera podido decirle  su Pepito Grillo en plan mosca cojonera.

Tres días, cuatro, cinco. Así hasta once o doce. Y lo que es más grave, la conciencia ni remordía. Sólo una vez, en un ordenador de un café de nosesabedónde, se asomó el Duende al Duende, y vio que, diablos, hasta Lola, la comentarista que fue pródiga y que permanecía mudita desde hace un año, se preguntaba primero el por qué de este abandono bloguero. Y, sobre todo, cuál fue el final de la última tragicomedia del primer sábado de agosto, pocos amigos en Madrid, cuando su protagonista se vio en la calle desamparado, solo, vestido con un polo, un pantalón corto y unas alpargatas, con un proyecto de viaje colgando y sin poder entrar en casa por haberse dejado la llave de la puerta colgando por dentro. Ni una sola de las ventanas del pequeño bloque de viviendas, seis plantas y doce pisos, aparecía iluminada. Nadie.

Y de repente se encendió una luz. En el sexto B, un ático, se empezaba a obrar el milagro. No se sabe cómo José Andrés, un joven fuerte, sano, divertido y con una de esas motos de 1.200 c/c como para comerse el mundo en el mes de vacaciones, podía estar en su casa de Madrid  un sábado  de agosto a las diez y media de la noche. Si da fe este desventurado/aventurado bloguero de que llegó en ese momento, y  de que atendió a la llamada desesperada que recibió a través del interfono del portero automático.

-Jose, perdona que te moleste, me cago en mis muertos, soy un gilipollas, pero no tengo más remedio que acudir a tí, porque bla-bla-bla…

Otro alma angelical que figuraba en la agenda del móvil –único instrumento de ayuda que el desdichado bloguero llevaba en el bolsillo- y que, casualmente, también estaba en Madrid, ya había acudido con el instrumental de urgencia en estos casos. A saber, radiografías y tarjetas de crédito de las que nos vas a usar jamás (lo aconsejaba Zoupon, siempre tan sabio). Primero lo intentó el bloguero con ambos elementos, naturalmente sin éxito. Luego José Andrés, que tiene un taller de fontanería. Sudaban los dos la gota gorda –vaya sábado de calor- subiendo y bajando radiografías y tarjetas por la rendija que queda entre la puerta y el marco, pero el resbalón del cerrojo, caramba, no cedía. El puñetero resbalón.

Pero funcionó el pesqui, palabra castiza, quizás muy madrileña, que significa ingenio, instinto, intuición o algo así. El caso es que José Andrés se ausentó, dijo que venía en un minuto, y al cabo del rato se presentó con una lámina algo más gruesa que las radiografías, exactamente un trozo del plástico que empaqueta las botellas de Solán de Cabras, que a partir de este momento será el agua mineral favorita del Duende. Funcionó el pesqui y funcionó el plástico. José Andrés, estuvo forcejeando con él resbalón por unos minutos. Y de repente, no se sabe cómo, cuando todas las esperanzas estaban perdidas y sólo pensábamos ya en pillar a un cerrajero despistado que quedara de servicio en el Madrid cocido y deshabitado,  al resbalón le dio por ceder. El buen vecino y mejor amigo, el manitas providencial llamado José Andrés encontró el punto exacto, dio un leve empujón y…

-¡Se ha abierto!…

Decíamos ayer… Estaba tan desesperado como el George Bailey de ¡Qué bello es vivir! que quiere suicidarse lanzándose al río turbulento, cuando, mira por dónde, se le aparece al Duende  otro meritorio de ángel que quiere ganar sus alas, como el de aquella bonita historia. No hay mal que por bien no venga: la vida es también otra película.

Una de las más taquilleras del cine español se titulaba No desearás al vecino del quinto, no precisamente cine poético. Ahora el Duende, rendido de agradecimiento, le ha cambiado el título. Decíamos ayer, y lo mantendrá siempre emocionado, que Sí desearás al vecino del sexto. Sobre todo si es tan simpático, tan amable, tan hábil y tan generoso como ese José Andrés que, tal vez sin proponérselo, fue protagonista de esta película con final feliz.

Viva España y viva el lagarto

España ya es Campeona del Mundo de Fútbol. ¿Pasa algo si me acuerdpo del lagarto?...

Soñó el Duende que Del Bosque estaba en un triángulo. Digámoslo sin tapujos, Del Bosque, tan responsable, tan serio y tan bueno, incapaz de un mal gesto, de una pataleta o de exceso de júbilo que pudiera molestar a nadie, era Dios. Uno y trino, Iniesta, Casillas, Pujol y Villa se alternaban en los otros vértices de su triángulo.

Y el humilde bloguero pensó que no podía escribir nada en un día como éste. Estaba convencido de que, en el resacón patriótico-triunfal del día después, mucho le tendrían que querer los internautas  para asomarse por unas páginas incapaces de añadir una coma más a la obligada verborrea del momento. La España del desánimo ha muerto. ¡Viva España Campeona del Mundo de Fútbol!

Por eso quería comentar otra buena noticia. El mejor castaño de su lugar, el que tanto quería, y de cuya traición no quería hablar por razones obvias, se secó y murió sin decir nada hace un par de años. Por su tronco no corría ya más vida  que una yedra con la que se quería tapar las vergüenzas del gran árbol sin sombra. Pero, poco antes del partido, el Duende vio correr hacia él un enorme lagarto que se coló por un agujero abierto entre sus raíces.

Queridos lagartos, cuánto tiempo sin veros. Tenía razón Del Bosque cuando, minutos después del gran triunfo, respondía al presidente Zapatero valorando la humilde aportación del fútbol al bienestar patrio. “Tranquilo, presidente. Después de la lluvia siempre escampa”. Muera pues el pesimismo, hay vida después de la crisis. Viva la España contradictoria. Y entretanto, bravo por ese lagarto audaz que sabe plantar cara a lo incierto del futuro.

Pegado como una lapa a la manía de contar…

En días así, qué daría uno por ser lapa, agarrarse a la roca y ver como las olas de la vida vienen y van, y uno o una tan fresco o fresca....

1

Hace uno días, y como quien no quiere la cosa, una veterana visitante de este blog recordaba que el Duende había cumplido ya tres años. Uno se imaginaba entonces que tenía muchas cosas que decir. Como cualquier menda, examinaba los deberes cumplidos y los muchos por cumplir. Por ejemplo, cubrir el tópico: sembrar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. Por ejemplo, todo lo demás. Descubrirse entre las dudas, averiguar cómo puede uno apurar mejor su vida. Y hasta ser una mosca tontorrona de esas que misteriosamente se filtran en la habitación y que entretienen con su vuelo el tiempo apresado de quien la observa.

2

Verano rabioso. Hace no tres años, sino casi sesenta, a estas horas el Duende purgaba siesta. La odiaba, pero resultaba  razonable. Imagínense entonces, un estío severo en un pueblo rodeado de pinares donde sólo las chicharras, por millones, podían ser felices. Por las mañanas, y al atardecer, también se lo permitían a los niños. Con suerte, se refrescaban en una alberca de riego o en el río que bajaba de la sierra. Se acercaban a los aserraderos y con las sobras de los cortes se fabricaban espadas de madera que les convertían en mosqueteros del rey. Con algo más de habilidad y una navaja, se hacían barquitos a partir de la roña de los pinos. Por las noches, a veces un vaso de leche merengada.

Una  o dos veces a lo largo del verano, aparecían los titiriteros.

-Venga, niño-le decían- Coge la sillita pequeña y vámonos, que empiezan los títeres.

Un patio, cuatro bombillas, diez banderitas de papel. Un saxofón y un tambor. Dos payasos: el listo de la cada blanca, el tonto de la nariz colorada, los dos polvorientos. Una cabra amaestrada. El fantasma de Berlanga, tal vez de Fellini, rondando por allí. Y arriba, en todo lo alto, las estrellas de verano, que aún se dejaban ver en cualquier pueblo, sentado en aquella sillita enana que había que arrastrar desde casa.

Pero antes, claro, había sido necesario purgar la odiosa siesta. No se sabe por qué a uno se la obligaban cuando no tenían sueño, y encima sobre la cama, y con el cuarto a oscuro. Afortunadamente las contraventanas cerraban mal,  y por ahí se filtraban, refractadas en la pared, las pocas almas vivas que se aventuraban a pasar por la carretera. Se oían los cascos de una caballería. Se le veía pasar su espíritu siguiendo la dirección contraria a la que traían. Se alejaban, la sombra y el ruido de los cascos. Continuaba la siesta, tan oscura, tan aburrida.

Y de cuando en cuando, aparecía la mosca. La mosca, que a lo largo de la vida del Duende, sería la criatura más odiada e inoportuna, pero que entonces, con su zumbido y su intento desesperado de huir de aquel encierro sofocante, llenaba muchos minutos y acababa entreteniendo el tedio de la siesta-cárcel.

3

Sombra huidiza y mosca que entretiene. Se pueden buscar otras metáforas más estimulantes para la función de un duende en este territorio tan grande y desconcertante que es Internet. Pero hay días que la luz del sol aplana las perspectivas, y su calor africano mata las ilusiones.

Supone el bloguero que Lola no lo tomará a mal, celebrar tres años de blog de esta forma, tan bajo de tono. No pasa nada. Sospecha uno que a estas alturas de la canícula sus contemporáneos están refugiados en su cueva, al fresco, dormitando calladitos, tan lejos de esta manía de contarlo todo que nos deparó Internet, contarlo todo aunque no interese nada. Sombra huidiza o mosca desesperada. O tal vez lapa a la que todo se lo trae al fresco.

Pues sí. El propio bloguero, aplatanado y obtuso, cabreado por este primer sartenazo de julio, quisiera dejar de ser duende y convertirse hoy en una lapa del Cantábrico, batida por la incansable musculatura espumada de la mar. Pegada a la roca, ola va, ola viene, observando la existencia, que va pasando así mucho más fresquita. Unos asuntos se acercan, otras preocupaciones se alejan mar adentro, y no hay que pensarlas más. Entre ola y ola, mil gracias Lola, por tu recuerdo.  Sobreviviremos.

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