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¿Hijos o cuervos?

 

Hay que tener cuidado con lo que se cría...

 

No me lo podía creer. Me llamaron, entré en la sala y allí estaban todos. Sentados en la mesa rectangular con la tapa de cristal, ante una carpeta con folios, un lápiz de Johann  Sindel, y, cómo no, una botellita de agua mineral cada uno. En todas las empresas modernas se bebe ahora mucha agua mineral. Aunque luego, para aliviarla, tengas que salir a los WC comunales que compartes con los empleados de otras empresas.

Pero a lo que iba, que estaban todos los miembros de mi consejo de administración.. El Duende, la tía Clota, Homper, el bloguero. Me invitaron a sentarme y me entregaron una carta.

-Lo sentimos-me dijeron-pero quedas despedido.

Me quedé helado.

-¿Cómo es posible?-protesté-Yo fui el creador de todo esto…

-Hijo, ¿no has leído la noticia?-dijo la tía Clota mientras me largaba un periódico.

No me lo podía creer. El peluquero Lluis  Llongueras había sido despedido de Llongueras por sus propios hijos.

-Los tiempos cambian- creí escuchar a mis espaldas mientras abandonaba la sala dando un portazo

-Cría cuervos…-refunfuñé.

Y como ya ni hay lógica ni hay principios, llamé a Natalia Gontriakova, una antigua  espía rusa que ahora se dedica a hacer paisajes con hojas secas, y nos fuimos a cenar unos callos con garbanzos.

En el nombre de Matilde

Ha llegado la niña y no se ha quejado nada de que el día anterior bromease con su nombre

No se sabe cuándo y por qué los nombres se posan en el cerebro del escritor.

Llegan de improviso, a veces asoman en una conversación, otras los escucha uno por la calle. Algunos nombres son los de un personaje o personajillo que en un plisplás se ha hecho popular por la tele,  otros corresponden al agente del último call center que se atrevió a quebrar nuestra siesta, especialmente el viernes por la tarde, a primera hora. Maldición, quién habrá decidido que hay que llamar a los consumidores sobre todo el viernes por la tarde. ¿No tienen nada mejor que hacer? Pobres: luego coge el bloguero el teléfono, escucha la abnegada voz anónima y la despide con cajas destempladas. Seguramente estas voces serán inocentes, como casi todo el mundo, porque el culpable de todo es el sistema. Pues eso, maldigamos al sistema que permite a los call center ser tan coñazos vendiendo telefonía, suministros de gas y energía, seguros y televisiones de pago. De vez en cuando, por aquello de despistar, deberían llamar preguntando al consumidor por su salud.

-¿Está usted bien?- podrían decir para que les cogiéramos cariño- Pues nada, Iberdrola sólo llamaba para interesarse por salud.

Pero nada, no llaman así, y así no hay manera de quererles.

El caso es que, de una forma u otra, los nombres aparecen, penetran en nuestro cerebro, buscan un rincón y luego quizá se echan a dormir. Y un día, no se sabe cómo. despiertan y toman presencia en la vida del inventor de cuentos.  Construye uno sus pequeños mundos en forma de historias, casi siempre protagonizadas por gentes. Y hay que darles un nombre.

Pero lo que es  la casualidad, la última fabulilla de este blog era una variación sobre el actualísimo tema de Pepito, el concavenator de Cuenca. Tocaba en el fondo el asunto de los parecidos entre las personas y otras criaturas vivas, y de cómo una persona atractiva puede recordar lejanamente a un monstruo y ser, sin embargo, una criatura adorable. Así que saltó el nombre de Matilde, sin más antecedentes que una amiga de la madre del Duende que se llamaba Matilde Benlliure, sobrina del escultor Mariano Benlliure, gran mujer y persona admirable, esposa que fue del gran arquitecto Luis Feduchi. También tiene el Duende una sobrina de bellísimos ojos que fue la pequeña de su casa y aún es conocida como la pobre Matildita, aunque ahora es una feliz madre de tres hijos y nada pobre, por cierto. Hay otras matildes en la gran historia –la emperatriz Matilde- o en la historia costumbrista de la radio, como Matilde Conesa, Matilde Vilariño y aquel entrañable producto de ambas que fue el serial Matilde, Perico y Periquín (Cadena SER, década de los cincuenta del pasado siglo) de la televisión y de la publicidad (las matildes de Telefónica que popularizó José Luis López Vázquez).

No había, se insiste, más matildes para el abajo firmante. Primero nació la de mentira, la mujer del paleontólogo, y apenas unas horas después Matilde Figuerola-Ferretti y Freyre, un bebé redondito, (quizás una bebá para la ministra Aído), una niña sana que mama y duerme como los ángeles, que llora como un rebuznito lejano de  Platero y que dormida en su cuna es la imagen de la paz perfecta. Caprichosa coincidencia. El refranero dice que no hay quinto malo. La recién nacida es la quinta nieta de este bloguero, por lo que vale complacer a la ministra mentada y decir que tampoco hay quinta mala. Que Dios la guarde. A la niña y, ya que estamos tan sensibles, también a la ministra.

De la esférica dificultad de las albóndigas y otras cuestiones

Lo fácil que le salieron a Dios (o a la física) las esferas y lo difícil que es conseguir la redondez de las albóndigas...

Entretanto, pensamientos.

Olvida uno a menudo que un blog es como el escaparate donde se exhiben las prostitutitas de Ámsterdam: en alguna medida estás expuesto a las miradas del caminante. Interesas si tu punto de vista conecta con el suyo. Y si poca gente va a Bretaña, menos aún coincidirá con el matiz de las observaciones que apuntaste. Quizá convenga guardar el resto de los recuerdos de viaje para más adelante. Quizás.

Y ocuparse a cambio de otros temas de actualidad. Por ejemplo, Stephen Hawking ha descartado la posibilidad de que fuera Dios el creador del mundo. La física puede con todo. Es capaz de haber creado este planeta que, desde las distancias siderales, luce como una perfecta canica azul. Y, con ella, también de explicar las distintas maravillas, fenómenos, disparates y horrores que se registran en ellas. La física, el Big Ban o el evolucionismo son a la postre los responsables de las grandes cadenas montañosas, los vastos desiertos, los mares infatigables. Pero también del Salto del Angel de Venezuela, del asombroso Ayer´s Rock australiano, que uno sólo ha visitado a través del National Geographic Magazine, de las Cataratas Victoria y del Tajo de Ronda. Como cantaba Louis Armstrong, What a wonderful World…

Se asomó a este tajo el viajero una noche de luna llena, desde la balconada del hotel donde se hospedó el poeta Rainer María Rilke en su viaje por España. Qué inspiración la que el vate debió pescar allí. Y qué imaginación la del creador, sea el que propone la Biblia o polifacética física, de potencial hiperbólico como se puede entender. En algunas cosas a los presuntos creadores se les fue la mano: de una parte les nacieron las medusas, los puercos espines y las moscas cojoneras, seres más bien prescindibles. De otra,  el dolor de dedo meñique del pie golpeado contra la pata de la cama, la sensación opresiva del domingo por la noche, los libros de instrucciones en doce idiomas, la depresión, los cuadros que siempre se acaban venciendo de un lado cuando se les cuelga en el salón, las colas en las oficinas de empleo y seres como Kiko Matamoros. Hasta el Dios que niega Hawking y deseamos los cristianos suscribiría lo que dijo Ortega cuando la  segunda República empezó a desvariar: no es esto, no es esto ( a propósito, a uno le enseñaron a acentuar el esto, pero el corrector automático me lo enmienda : ¿es ésto o  es esto?).

Estaba obsesionado este duende con la perfección de las esferas y la redondez del planeta cuando se puso a cocinar uno de sus platos favoritos, las caseras albóndigas de toda la vida. Pero, demonios, qué difícil es  manufacturar una albóndiga. Amigas bien intencionadas a las que recurre en estos casos (hola, amiga, perdona, ¿cómo consigues tú que las albóndigas te salgan redondas?) le hablaron de moldearlas en hueveras de plástico: se espolvorea el hueco con harina, se le rellena de carne picada, se cierra la huevera, se la agita como para mezclar un dry martini y luego, cuando las sacas, las achatas por los polos. Al menda se le ocurrió que a lo mejor tampoco quedaban mal intentándolo con el instrumento para hacer bolas de helado. Pero con tanta sabiduría como hay, y mayormente en Internet, espera lluvia de iniciativas al respecto. El mundo no se sabe si tiene arreglo, pero, volvamos o no a hablar de Bretaña, la esfereidad de las albóndigas no debe ocupar un segundo más de nuestro precioso tiempo.

Cambiando de aires 7/ El viaje alcanzable

En la pequeña ciudad de Quimper el viajero encontró un buen argumento para su teoría del turismo posible...

Quiere creer el viajero que un ciudadano de provincias tiene más posibilidades de ser feliz que el de una gran capital. Muchos provincianos –en el sentido original de la palabra- quizá piensen lo contrario, claro. El caso es que, al menos en España, y especialmente desde el estado de las autonomías, el ciudadano vive cada día mucho más pendiente de su pueblo o de su pequeña ciudad que de lo que llamamos la nación o el país (no confundir con el estado, conjunto de órganos de la administración, concepto que algunos desinformados utilizan incorrectamente para no mentar el nombre de España y reservar para su sueño independentista las etiquetas anteriores).

-Pues yo encontré a Purita en el puente del río de mi pueblo y no tuve  que andar más para ser feliz-podría decir el hombre de provincias.

C´est normal. Se puede imaginar la felicidad como el dominio del cosmos, pero resulta más asequible si sales a comprar el pan y te tropiezas algo que al menos te la acerca. Eso pensaba este cronista cuando se detuvo en Quimper, 64.000 habitantes, capital del departamento bretón de Finisterre, con su catedral de San Corentino –curioso monumento, que dobla el espinazo de la nave central donde cambió su estilo arquitectónico- Museo de Bellas Artes, río, plazas, parque, calles típicas bretonas con nombres de antiguos oficios y todo lo que haga falta Por cierto, otra cosa que se aprende viajando: también para los franceses se acababa la tierra en ese chichón frontal de su particular noroeste: nada nuevo bajo el sol.

Hablando de museos, el Duende recordaba que cuando pasó como un relámpago por el Hermitage de San Petersburgo, la guía contó que para ver durante tan sólo un minuto todas y cada una de los tres millones de piezas acumuladas en su colección el turista debería invertir aproximadamente cinco años y seis meses. Bastante más si, como es normal, durante ese tiempo tenía que comer, dormir e ir al cuarto de baño. Escalofriante. Por eso este viajero adora los pequeños museos como el de esta ciudad bretona. Igual que en tantos, hay cuadros de Rubens, de Fragonard, de Picasso, abundante obra de pintores regionales desconocidos para el turista y un atractivo surtido de impresionistas y surrealistas, fondo que, supone uno,  hay en cualquier buen museo francés. De Quimper era Max Jacob, poeta y pintor de origen judío que no pudo esquivar el holocausto porque el indulto que promovieron sus amigos, Jean Cocteau a la cabeza, llegó pocos días después de su muerte. El museo recoge mucha pequeña obra del infausto héroe local, así como cuadros y dibujos que le dedicaron todos sus múltiples genios contemporáneos. Y, como ese monumento -inevitable en cualquier pueblo o ciudad francesa- a los caídos en las dos grandes guerras-,  el museo inspira con su homenaje al desdichado Jacob el mismo sentimiento de sana envidia en el viajero español. Aquí la Francia de Vichy, o sea, la división y la traición fratricida, se recuerda poco. La grandeur viste más contra el enemigo exterior.

Por lo demás, este es buen lugar para seguir profundizando en la particular teoría del turismo posible, o sea, ver y gozar en las dosis que le permiten a uno las fuerzas, las entendederas y el bolsillo. No más. Si no se puede viajar como un millonario, lo mejor es hacerlo como un peregrino o un estudiante: un picnic a mediodía a cualquier sombra o en cualquier orilla, que para eso hay en Francia sobrada oferta, exquisitas boulangeries y un repertorio de quesos, patés, vinos y cervezas más tentador que cualquier menú-puñalada de la carta turística tradicional. Al caer la noche, rendido por la fatiga, procede rendirse al autohomenaje. Dos platos, postre, vino. Incluso con una vela encendida. Sueño.

Se puede soñar en viajes más lujosos. Pero si te sientas dos veces al día en la mesa de un buen restaurante, lo cierto es que luego la modorra  apenas te deja ver casi nada. Y ahora ya no farda nada aquello de presumir de vinos y de chateaux-relais.

Continuaremos.

Cambiando de aires 2/ Decíamos ayer…

...Así que, con la impagable ayuda de un vecino ejemplar, este menda consiguió abrir la dichosa puerta de las vacaciones

Qué frescas permanecen las enseñanzas del colegio. Quién no se acuerda de aquella frase de Fray Luis de León, tantos años de prisión por una causa injusta. Y de su retorno a la cátedra, como si la última lección se hubiera interrumpido porque le esperaba el dentista y no podía faltar, pues tenía un molar hecho trizas y, para él,  masticar un tasajo era ver las estrellas. Hay que comprenderlo, se puede ser místico y no aguantar el dolor de muelas. Conque  se subió el fraile al estrado, tan pimpante y tan natural, y sin más preámbulo soltó lo que nos contaba el profesor de literatura con una sonrisa de satisfacción en los labios, porque hay que ver lo bueno, lo sabio y lo bien educado que era el fray.

-Decíamos ayer- dijo el poeta.

Y quizás fue la frase célebre  más corta de la historia.

Se llamaba como el bloguero, pero lejos de éste el afán de buscar otra similitud con el divino fraile. Su frase aquí es pura picardía, un pretexto literario para empezar a justificar un largo silencio  del que no sabe cómo salir, pues desde hace más de tres años no había callado el Duende durante tanto tiempo. Sin que lo motive más causa de fuerza mayor que haber estado vagando por ahí, si no lejos de la civilización sí lejos de una mesa, un espacio, un par de horas para escribir a diario, como más o menos acostumbra. Y sobre todo, lejos de un punto de conexión a ese auténtico cuerpo místico –no sabe este bloguero si alguien recordará esa doctrina que también nos enseñaban los curas de aquel tiempo-, como cabría rebautizar ahora ese milagro que es Internet. O sea, vagaba este escribidor tan intensamente que no tenía tiempo para escribir ni para buscar un enganche con la red. Al principio creía que no lo toleraría, que su conciencia le fustigaría implacable.

-¡Qué vergüenza! Tres días ya sin haber subido ni un mal papel de fumar-que hubiera podido decirle  su Pepito Grillo en plan mosca cojonera.

Tres días, cuatro, cinco. Así hasta once o doce. Y lo que es más grave, la conciencia ni remordía. Sólo una vez, en un ordenador de un café de nosesabedónde, se asomó el Duende al Duende, y vio que, diablos, hasta Lola, la comentarista que fue pródiga y que permanecía mudita desde hace un año, se preguntaba primero el por qué de este abandono bloguero. Y, sobre todo, cuál fue el final de la última tragicomedia del primer sábado de agosto, pocos amigos en Madrid, cuando su protagonista se vio en la calle desamparado, solo, vestido con un polo, un pantalón corto y unas alpargatas, con un proyecto de viaje colgando y sin poder entrar en casa por haberse dejado la llave de la puerta colgando por dentro. Ni una sola de las ventanas del pequeño bloque de viviendas, seis plantas y doce pisos, aparecía iluminada. Nadie.

Y de repente se encendió una luz. En el sexto B, un ático, se empezaba a obrar el milagro. No se sabe cómo José Andrés, un joven fuerte, sano, divertido y con una de esas motos de 1.200 c/c como para comerse el mundo en el mes de vacaciones, podía estar en su casa de Madrid  un sábado  de agosto a las diez y media de la noche. Si da fe este desventurado/aventurado bloguero de que llegó en ese momento, y  de que atendió a la llamada desesperada que recibió a través del interfono del portero automático.

-Jose, perdona que te moleste, me cago en mis muertos, soy un gilipollas, pero no tengo más remedio que acudir a tí, porque bla-bla-bla…

Otro alma angelical que figuraba en la agenda del móvil –único instrumento de ayuda que el desdichado bloguero llevaba en el bolsillo- y que, casualmente, también estaba en Madrid, ya había acudido con el instrumental de urgencia en estos casos. A saber, radiografías y tarjetas de crédito de las que nos vas a usar jamás (lo aconsejaba Zoupon, siempre tan sabio). Primero lo intentó el bloguero con ambos elementos, naturalmente sin éxito. Luego José Andrés, que tiene un taller de fontanería. Sudaban los dos la gota gorda –vaya sábado de calor- subiendo y bajando radiografías y tarjetas por la rendija que queda entre la puerta y el marco, pero el resbalón del cerrojo, caramba, no cedía. El puñetero resbalón.

Pero funcionó el pesqui, palabra castiza, quizás muy madrileña, que significa ingenio, instinto, intuición o algo así. El caso es que José Andrés se ausentó, dijo que venía en un minuto, y al cabo del rato se presentó con una lámina algo más gruesa que las radiografías, exactamente un trozo del plástico que empaqueta las botellas de Solán de Cabras, que a partir de este momento será el agua mineral favorita del Duende. Funcionó el pesqui y funcionó el plástico. José Andrés, estuvo forcejeando con él resbalón por unos minutos. Y de repente, no se sabe cómo, cuando todas las esperanzas estaban perdidas y sólo pensábamos ya en pillar a un cerrajero despistado que quedara de servicio en el Madrid cocido y deshabitado,  al resbalón le dio por ceder. El buen vecino y mejor amigo, el manitas providencial llamado José Andrés encontró el punto exacto, dio un leve empujón y…

-¡Se ha abierto!…

Decíamos ayer… Estaba tan desesperado como el George Bailey de ¡Qué bello es vivir! que quiere suicidarse lanzándose al río turbulento, cuando, mira por dónde, se le aparece al Duende  otro meritorio de ángel que quiere ganar sus alas, como el de aquella bonita historia. No hay mal que por bien no venga: la vida es también otra película.

Una de las más taquilleras del cine español se titulaba No desearás al vecino del quinto, no precisamente cine poético. Ahora el Duende, rendido de agradecimiento, le ha cambiado el título. Decíamos ayer, y lo mantendrá siempre emocionado, que Sí desearás al vecino del sexto. Sobre todo si es tan simpático, tan amable, tan hábil y tan generoso como ese José Andrés que, tal vez sin proponérselo, fue protagonista de esta película con final feliz.

Viva España y viva el lagarto

España ya es Campeona del Mundo de Fútbol. ¿Pasa algo si me acuerdpo del lagarto?...

Soñó el Duende que Del Bosque estaba en un triángulo. Digámoslo sin tapujos, Del Bosque, tan responsable, tan serio y tan bueno, incapaz de un mal gesto, de una pataleta o de exceso de júbilo que pudiera molestar a nadie, era Dios. Uno y trino, Iniesta, Casillas, Pujol y Villa se alternaban en los otros vértices de su triángulo.

Y el humilde bloguero pensó que no podía escribir nada en un día como éste. Estaba convencido de que, en el resacón patriótico-triunfal del día después, mucho le tendrían que querer los internautas  para asomarse por unas páginas incapaces de añadir una coma más a la obligada verborrea del momento. La España del desánimo ha muerto. ¡Viva España Campeona del Mundo de Fútbol!

Por eso quería comentar otra buena noticia. El mejor castaño de su lugar, el que tanto quería, y de cuya traición no quería hablar por razones obvias, se secó y murió sin decir nada hace un par de años. Por su tronco no corría ya más vida  que una yedra con la que se quería tapar las vergüenzas del gran árbol sin sombra. Pero, poco antes del partido, el Duende vio correr hacia él un enorme lagarto que se coló por un agujero abierto entre sus raíces.

Queridos lagartos, cuánto tiempo sin veros. Tenía razón Del Bosque cuando, minutos después del gran triunfo, respondía al presidente Zapatero valorando la humilde aportación del fútbol al bienestar patrio. “Tranquilo, presidente. Después de la lluvia siempre escampa”. Muera pues el pesimismo, hay vida después de la crisis. Viva la España contradictoria. Y entretanto, bravo por ese lagarto audaz que sabe plantar cara a lo incierto del futuro.

Pegado como una lapa a la manía de contar…

En días así, qué daría uno por ser lapa, agarrarse a la roca y ver como las olas de la vida vienen y van, y uno o una tan fresco o fresca....

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Hace uno días, y como quien no quiere la cosa, una veterana visitante de este blog recordaba que el Duende había cumplido ya tres años. Uno se imaginaba entonces que tenía muchas cosas que decir. Como cualquier menda, examinaba los deberes cumplidos y los muchos por cumplir. Por ejemplo, cubrir el tópico: sembrar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. Por ejemplo, todo lo demás. Descubrirse entre las dudas, averiguar cómo puede uno apurar mejor su vida. Y hasta ser una mosca tontorrona de esas que misteriosamente se filtran en la habitación y que entretienen con su vuelo el tiempo apresado de quien la observa.

2

Verano rabioso. Hace no tres años, sino casi sesenta, a estas horas el Duende purgaba siesta. La odiaba, pero resultaba  razonable. Imagínense entonces, un estío severo en un pueblo rodeado de pinares donde sólo las chicharras, por millones, podían ser felices. Por las mañanas, y al atardecer, también se lo permitían a los niños. Con suerte, se refrescaban en una alberca de riego o en el río que bajaba de la sierra. Se acercaban a los aserraderos y con las sobras de los cortes se fabricaban espadas de madera que les convertían en mosqueteros del rey. Con algo más de habilidad y una navaja, se hacían barquitos a partir de la roña de los pinos. Por las noches, a veces un vaso de leche merengada.

Una  o dos veces a lo largo del verano, aparecían los titiriteros.

-Venga, niño-le decían- Coge la sillita pequeña y vámonos, que empiezan los títeres.

Un patio, cuatro bombillas, diez banderitas de papel. Un saxofón y un tambor. Dos payasos: el listo de la cada blanca, el tonto de la nariz colorada, los dos polvorientos. Una cabra amaestrada. El fantasma de Berlanga, tal vez de Fellini, rondando por allí. Y arriba, en todo lo alto, las estrellas de verano, que aún se dejaban ver en cualquier pueblo, sentado en aquella sillita enana que había que arrastrar desde casa.

Pero antes, claro, había sido necesario purgar la odiosa siesta. No se sabe por qué a uno se la obligaban cuando no tenían sueño, y encima sobre la cama, y con el cuarto a oscuro. Afortunadamente las contraventanas cerraban mal,  y por ahí se filtraban, refractadas en la pared, las pocas almas vivas que se aventuraban a pasar por la carretera. Se oían los cascos de una caballería. Se le veía pasar su espíritu siguiendo la dirección contraria a la que traían. Se alejaban, la sombra y el ruido de los cascos. Continuaba la siesta, tan oscura, tan aburrida.

Y de cuando en cuando, aparecía la mosca. La mosca, que a lo largo de la vida del Duende, sería la criatura más odiada e inoportuna, pero que entonces, con su zumbido y su intento desesperado de huir de aquel encierro sofocante, llenaba muchos minutos y acababa entreteniendo el tedio de la siesta-cárcel.

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Sombra huidiza y mosca que entretiene. Se pueden buscar otras metáforas más estimulantes para la función de un duende en este territorio tan grande y desconcertante que es Internet. Pero hay días que la luz del sol aplana las perspectivas, y su calor africano mata las ilusiones.

Supone el bloguero que Lola no lo tomará a mal, celebrar tres años de blog de esta forma, tan bajo de tono. No pasa nada. Sospecha uno que a estas alturas de la canícula sus contemporáneos están refugiados en su cueva, al fresco, dormitando calladitos, tan lejos de esta manía de contarlo todo que nos deparó Internet, contarlo todo aunque no interese nada. Sombra huidiza o mosca desesperada. O tal vez lapa a la que todo se lo trae al fresco.

Pues sí. El propio bloguero, aplatanado y obtuso, cabreado por este primer sartenazo de julio, quisiera dejar de ser duende y convertirse hoy en una lapa del Cantábrico, batida por la incansable musculatura espumada de la mar. Pegada a la roca, ola va, ola viene, observando la existencia, que va pasando así mucho más fresquita. Unos asuntos se acercan, otras preocupaciones se alejan mar adentro, y no hay que pensarlas más. Entre ola y ola, mil gracias Lola, por tu recuerdo.  Sobreviviremos.

Encuentro estimulante con Javier Reverte

No todos los grandes escritores tienen interés al margen de su obra. Pero Javier M. Reverte sí.

Un ajuste de cuentas con J.S. Bach, finalmente no del todo asesinado. Un pleito en ciernes con un vecino de aquellos que el vulgo llamaría tocapelotas. Un reencuentro con la pandi de la adolescencia, en la que nos preguntábamos directamente por los nietos sin saber siquiera a ciencia cierta cuántos hijos tenía cada quisque. El fiasco de ver perder a España ante esos tíos tan opacos y aburridos que, según Harry Lime, el villano de El tercer hombre, sólo han aportado a la civilización el queso con agujeritos y el reloj de cuco Una contusión en el tobillo con el esquinazo de la cama por quererla hacer precipitadamente, magna putada de dolor inolvidable. Labores de  abuelo/canguro, inevitables por otra  parte. Los pocos compromisos profesionales que le quedan. Un cocktail en el Ritz al que le invitaron los amigos de Terras Gauda, criadores de un excelente vino del Rosal y otros asuntos personales ocuparon la semana de este bloguero. El caso es que, por fas o por nefas,  apenas salió a pasear con el cazamariposas de asuntos varios, elemental para su afán de duende. Y así le ha lucido el pelo.

También planeaba sobre él ese sol obstinado que a veces abrasa sus ilusiones: no te empeñes, colega, nunca pasa nada, y seguramente ya has dicho y escrito todo lo que tenías que escribir. O sea, el fantasma de la nada existencial, la náusea sartriana, el eco de la pregunta angustiosa que uno se hace cuando abre la gatera de su blog y mira dentro: ¿hay alguien ahí? Lo comentaba con Wallace, un viejo amigo que solía visitar este diván de psicoanalista barato y que se personó en el concierto de marras. Tarde o temprano todos acabamos encogiéndonos de hombros y pasando. Nunca pasa nada.

Y sin embargo pasó. Deambulaba el Duende por el aeropuerto de Bilbao cuando apoyado en un velador y ante una copa de vino blanco vio un rostro que le era vagamente familiar. Aquello de ¿dónde di con  este hombre alguna vez? Lo había visto en las contraportadas de muchos libros y en directo, presentando sus novedades literarias en los estudios de la SER, RNE y, muy recientemente, en la COPE. Y de repente se cayó del guindo. Aquel hombre de cabello cano revuelto, ojos claros y machadiano torpe aliño indumentario que me reconocía era uno de sus ídolos literarios. O más que eso, un maître á penser y, sobre todo, un maître á vivre, que dicen los franceses.

El duende que escribía poesías a su madre por el día de la ídem había querido ser después sucesivamente escritor como Salgari , Julio Verne, Agatha Christie, Charles Dickens. Joseph Conrad o García Márquez. También quedó deslumbrado en su día por Gerald Brenan, más próximo al hombre del aeropuerto. Pero desde su reciente madurez, cosa de ayer mismo, sólo soñaba aunar la escritura de la imaginación con la de la vida misma, viajes y pluma. O sea, lo que hace Javier Martínez Reverte, más conocido como Reverte el bueno. Leyó el bloguero su  muy famosa y vendida Trilogía de África y quedó literalmente fascinado por ese modelo de libros que unen documento y novela, aventura e historia, épica y lírica y subyugan como ninguna otra cosa al lector curioso. Comprendió entonces el Duende que eso era exactamente lo que hubiera querido hacer y escribir.

-No conozcas jamás a un creador en persona-le recomendaron a uno hace tiempo- Porque todo lo mejor de él lo ha volcado ya en su obra, y luego no tienen el menor interés.

Suele ser cierto. Con excepciones. Javier Reverte es  natural y simpático. Tan modesto, que si le dicen a uno que es representante de chuches, se lo cree. Le invitó a una copa, le llevó de Barajas a Madrid en el coche con chófer que su editorial pone a su disposición, y habló más de otros libros que de los suyos. Por ejemplo, del titulado Soldado de poca fortuna que escribió un tal Jesús  Martínez Tessier, casualmente su padre, que después de perder la Guerra Civil como soldado republicano perdió la Segunda Guerra Mundial como soldado de la División Azul.

Además, al contrario que otros revertes de mucho pisto, Javier es humano. Cuando el Duende le tarareó Se ha cortao el pelooooo, ¡la novia de Reverteee!…él continuó la copla dedicada a su homónimo más famoso, el torero sevillano Antonio Reverte, que inventó el quite de la revertina. Tan accesible y básico parece este gran escritor que vive cerca de un Corte Inglés y le gusta el fútbol. Aunque, qué lástima, sea del Real Madrid. Pero es humano al cabo, insisto,  y como buen conocedor de las flaquezas del prójimo no se molestará que el menda le recuerde que quedó en regalarle no un libro suyo, sino el de su padre, ese luchador que vivió del periodismo porque, después de haber perdido dos guerras, estaba claro que no podría ganarse la vida como soldado. Así se lo contó a este escribidor Javier Reverte, o sea, Reverte el bueno. Y así lo hace constar en un post cuyo verdadero sentido se puede resumir parafraseando otra copla: Me debes un libroooo/No te lo perdono….

Talese, José Luis Sampedro y las memorias de un vago

Siempre acaba encontrando uno un maestro que le enseña el camino. Aunque sea faltando...

Los blogueros son demasiado vagos, pero siempre hará falta un buen periodista que salga a la calle a escuchar a la gente.

No lo dice este Duende, lo dice uno que, según cuenta el suplemento cultural de EL PAÍS, es el padre del nuevo periodismo junto a Tom Wolfe. Se llama Gay Talese, ni puñetera idea de quién era. Aparece en las fotos del reportaje tan dandy retro como el propio autor de La hoguera de las vanidades, aunque menos refinado que éste, que siempre luce en las fotos vestido como si fuera un hermano del gran Gatsby. Del tal Talese, repite humildemente este vago, ni noticia hasta el domingo pasado. Un dato más de su incultura enciclopédica, y de ese prurito de los suplementos culturales en hacer monumentos a héroes desconocidos por la mayoría. Si escribieran de lo que le es familiar al resto de los mortales, perderían el discreto encanto de la progresía. Todos estos suplementos, como sus propios periódicos, cojean de algún pie. Y éste no es menos sesgado que otros. Pero uno cree haberle tomado la medida, y lo utiliza como referencia para triangular en el mapa ideológico y cartografiar la realidad. Más o menos.

Sin embargo, qué diablos, le ha molestado al Duende que un dandy con sombrero y traje de chaleco, chaleco de solapas, le llame vago. Vago y ciego, y sordo. Según él los periodistas investigan y curiosean, mientras que los blogueros vienen a ser algo así como periodistas de salón, sirenas varadas, jinetes estáticos, centinelas de nada. La verdad está en la calle, pero sólo para que tipos tan listos como Talese la observen, la atrapen con su fino instinto y nos la cuenten.

Ya lo sospechaba el Duende. Vaguea, eso es evidente. En el medio del camino de nuestra vida, que decía Dante, uno cree que ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Vamos a suponer que estamos en esa mitad de la vida de escritor de pildoritas, que esto será una moda que pase, que uno se fatigará y un día imprimirá todos los posts sólo para consolarse pensando que ha escrito tanto como un escritor.

-Hasta aquí –le dijo un día José Luis Sampedro abriendo la palma de su mano a la altura de su cadera- me llegaban los folios de Octubre, octubre cuando los puse en el suelo uno encima de otro.

El Duende le miraba asombrado. Coincidía con él en la SER, donde no callaba sus discrepancias con el sistema, y donde amistaba con las denuncias de espaldas al pueblo que hacía doña María.  Aquel hombre vitalista, rebelde y simpatiquísimo, entonces herido por la muerte reciente de su primera mujer, vivía solo, en un piso alto de la calle Andrés Mellado esquina a Cea Bermúdez, y escribía a mano. Desde su ventana se veían las cumbres nevadas de Guadarrama. Una o dos veces por semana tomaba un Llorente para ir a comer con su hija, que vivía en Pozuelo. Era la vida de un escritor que amaba su segundo oficio más que la economía, de la que tanto sabe y a la que nunca se cansó de lanzar reproches. Sanpedro, qué gran tipo. A él nunca le podrán llamar vago, como le llaman ahora al que entonces le visitaba con indisimulada admiración.

Más ironía, le acusan el mismo día que sube andando a la Bola del Mundo, una de las cimas de aquella sierra que el viejo maestro aún verá desde su casa. Camino de la Barranca, camino Ortiz, Camino de la Tubería…Le acompañan Belén Agosti y Begoña Ortúzar dos aguerridas mujeres que ni resoplan cuando los senderistas pierden el camino y coronan cumbre pisando piornos y manchones de nieve. Espléndido día, grandiosas vistas, preciosa marcha.  Es la ruta completa que, dos años atrás, tantearon bajo una lluvia implacable los lectores convocados por el Duende para conocerse y, tal vez, destruir el tinglado de su farsa. A todos se les recuerda en el camino: a Adela, Bob de Ca´s Barber, Wallace, Angelus Pompaelonensis, el Candil de la Sierra, Camiseta, Julián 29, Palinuro y señora…Todos caminaron también por este blog hasta que se dieron cuenta de que el abajo firmante es un vago. Y de que, a pesar de lo apasionante de la actualidad y de la vida misma, no sabe casi nunca de qué escribir.

A los que quieren que seamos amigos no se donde…

Quieren ser amigos suyos en Facebook, pero no saben que el Duende no sabe cómo llegar allí...

Se imagina el Duende una plaza solitaria y tranquila. En el centro, quizás, un estatua de prohombre o de general decimonónico, porque los de este siglo y el pasado no están bien vistos.  También hay un olmo,  o uno de esos magnolios enormes como los de los Jardines de Murillo de Sevilla o la Explanada de Alicante, ¿Que son gomeros? No sabe uno, hay árboles que se parecen mucho. Seguramente un lado de la plaza lo cierra una iglesia, o el edificio del Ayuntamiento, o el de la Audiencia Territorial, con su reloj, como señalaba el poema de Machado. Tampoco importa que haya un templete para la banda de música, que le da mucho encanto a estos remansos urbanos. De repente aparece un hombre. Se sienta en el banco a esperar. Se mira el reloj de pulsera, confronta la posición de sus manecillas con las del de la torre. Se levanta, cruza la plaza, vuelve a mirar el reloj. Se sube  las solapas de su gabardina, se cala el  sombrero. Se sienta en un banco a esperar.

Por otro lado aparece una dama de buena figura, melena y largas piernas. Puestos a ponerle cara, le apetece al bloguero elegir la de Greta Garbo. Se detiene. También mira el reloj. Da uno pasitos hacia el pequeño jardín circular que rodea la estatua. Inspecciona con curiosidad las flores. Levanta la cabeza: el reloj de la torre ha dejado caer sus campanadas. Echa un vistazo al suyo propio, y después, más por hacer tiempo que por coquetería, abre el bolso, saca la polvera, se mira en el diminuto espejo circular, lo cierra. Se coloca el bolso en bandolera y después, con los ojos fijos en el suelo, anda veinte metros poniendo un pie tras otro, como cuando, de niña, echaba a pies para elegir sus compañeras de equipo de balontiro.

Por la esquina oeste de la plaza asoma otro. Este viene preparado para esperar. Primero da unos pasitos, pocos, se rasca la barbilla, resopla, se desatasca el oído con un pulgar, saca un pañuelo del bolsillo, limpia sus gafas. Se dirige a otro banco, se sienta en él, abre el periódico que traía bajo el brazo y se pone a leerlo. Lo mismo puede estar informándose de que la Wermacht ha ocupado Polonia que del trasplante de cara que se acaba de hacer en el hospital Vall de Hebrón. La plaza es un lugar en cierta manera soñado, intemporal y evanescente.

Entretanto ha ido cayendo la tarde, y la plaza se ha llenado de gente. Todos parecen esperar a alguien que no llega nunca. Muchos fuman cigarrillos, y nadie les mira mal. Sí, definitivamente es una estampa del pasado. Lo advierte el Duende porque tampoco nadie ha sacado de su bolsillo un teléfono móvil, que es lo primero que hace ahora la gente cuando acude a una cita y el otro no ha llegado. De repente, la cigüeña  que anida en la espadaña de la iglesia se ha puesto a crotorar. Todos levantan la vista. Y alguno se atreve a romper el silencio y, después de comentar lo curioso que es el crotoreo de la zancuda, pregunta.

-¿Y a quién esperamos?

Nadie responde. Sólo el Duende sabe que le esperan a él. Clavada en uno de los muros de la esquina de la plaza, hay una chapa  que reza: Facebook. Todos los allí reunidos han mandado mensajes al Duende  diciendo que quieren ser amigos de él precisamente ahí. Pero el Duende no sabe cómo se llega, y se pregunta por qué hay que ejercer la amistad precisamente ahí, con la cantidad de lugares que hay para encontrarse.

Y quería decírselo en este blog, para que no crean que no aprecia su amistad, o que es un tipo mal educado. Es simplemente antiguo y poco dado a aventurarse por lo desconocido.

Dudas y OFBC (Oportunidades de Felicidad de Bajo Coste)

Además del amanecer y el anochecer, hay muchas otras OFPC a lo largo de días como éstos...

Se pregunta el bloguero qué hacer con esa nube de dudas que a veces, al despertar, encuentra en su pensamiento.

El pensamiento está en la cabeza, supone. Y de repente, en su perpetua confusión, se imagina como un personaje de comic que abre los ojos por la mañana, se sienta al borde de la cama y dedica unos minutos a eso que se llama repasar la agenda, desgraciada o afortunadamente vacía.

Y el grafismo de una interrogación se le clava en la frente, como si ésta fuera un corcho y debieran figurar en él los asuntos pendientes: en un postit, Familia, a saber, llamadas de control para saber qué rumbo toman estas vacaciones hijos, nietas, hermanos. En otro, Amigos, interesarse especialmente por los que están enfermos. En otro, Orden Personal, de cuerpo y alma. Este es el más caótico. En postit aparte Sección Romántica: recuerdos, ensoñaciones, ilusiones, pero también lamento y  flagelo por no amar, amar poco o no saber amar.  ¿Cómo va a afrontar uno un nuevo día sin  peinar esa zona del alma? Más papeles, este dedicado a Deberes Esenciales. El primero, cumplir con el blog, que se queja de que su mantenedor afloja, está disipado, se repite, vacila, aburre, carece de interés. Jo, qué compromiso y qué mérito el de los que saben atrapar la atención de los demás escribiendo. Un último papelito, fundamental: OFBC.  Es decir, Oportunidades de Felicidad  de Bajo Coste.

Se inclina por una de éstas. Se levanta, desayuna, se asoma a la ventana. Inopinadamente –parece que el invierno no se retiraba nunca- ha amanecido un día de primavera como los de entonces. Entonces era el territorio de la infancia. No había felicidad comparable a la de dejar Madrid  para ir al campo. No había placer mayor que bajarse del coche y echar a correr por entre las gallinas y las ovejas, saludar a los caballos que pastaban, acercarse al arroyo y ver si habían subido las bogas a desovar, buscar galápagos, ver parir a la vaca, escuchar el crotoreo de la cigüeña que anidaba, desde tiempo inmemorial, en lo alto del cedro del jardín y tumbarse luego en la hierba verde a ver el vuelo de los vencejos y de los tordos. Añádase a ello el aroma de las mimosas y de los lilos, el sesteo bajo el sol de primavera, y el rumor lejano, al atardecer, de las esquilas y cencerros del ganado volviendo a la majada. Dios, qué música.

Aún hoy, en cualquier afuera de cualquier ciudad y en cualquier campo de cualquier pueblo de España hay oportunidades parecidas al alcance de todos. Ver, respirar hondo, escuchar y, de propina, soñar. Además, en una iglesia de Madrid la Orquesta Barroca de Helsinki y el Coro de la Capilla Real de Madrid ofrecen cantatas de Bach gratis. Como habrá en otros lugares conciertos, actuaciones, exposiciones o, simplemente, paisajes por los que vale la pena salir de casa. Como decía su viejo y sabio amigo Pepe Pérez Gállego cuando bebía agua del manantial, las mejores cosas de la vida  no se pagan con dinero.

Y casi punto final. El bloguero no desterrará al cabo sus dudas ni sus dolores íntimos. Pero tiene muy claro que días como éste no abundan. Así que echa la firma al post y se larga a correr por la Casa de Campo. Feliz semana a quien lea este blog y sepa disfrutar de la OFBC que tenga más a mano.

La caprichosa estructura del placer

¿Imaginan que este personaje de Friedrich, además de admirar este paisaje, hubiera estado haciendo uno de esos pises que tanto placer dan al cuerpo?...

Sueltas un pececillo de colores en el blog, se abre el debate, aparece el elenco de comentaristas habituales, lanzas la caña y sacas una merluza maravillosa. De la anécdota a la categoría en un pispás. Todo depende de la parroquia.

Al Duende a veces le acompleja el calado de las reflexiones que precipitan sus comentaristas. Quisiera ser filósofo de profundidad, y formular de vez en cuando una reflexión de peso para estar a su altura. Pero está la mañana resplandeciente, y aunque las noticias siguen siendo pesimistas, se le va a la cabeza a pájaros (ya verán por qué). Sólo, y por refutar levemente a uno de nuestros más conspicuos agitadores – con nombre de escritor de novelas de misterio-, diría algo que pretende explicar la debacle del estado de bienestar que se anticipa. Allá va: en este mundo donde la economía de lo superfluo se ha convertido en esencial, todos debemos engañar un poco a todos para sobrevivir. A ver cómo atan esa mosca por el rabo.

Ayer el Duende se entretenía estudiando la estructura del placer. De momento, ha llegado a la conclusión de que hay placeres simples y placeres compuestos. Pero nunca ha tenido claro si un torrezno recién frito o una de las Variaciones Goldberg de J.S. Bach –placeres simples- son menos gratificantes para los sentidos que una ensaladilla rusa o la muerte de Tristán, modelos de creación donde varios elementos se coordinan para obtener resultados asombrosos. A veces el placer sublime es una yuxtaposición de circunstancias que concurren en un instante mágico. Naderías bonitas, y muy oportunas, que si se atrapan al vuelo dan otra idea de lo que es calidad de vida.

Verán. Pasó el Duende el fin de semana en Asturias con sus amigos Félix y Begoña, en las verdes laderas de San Martín de Luiña En uno de los pocos ratitos que dejó de llover escapó corriendo a la playa de San Pedro de la Ribera. Había marejadilla. Cuando las olas rompen con violencia, la mar parece más sincera, el olor del yodo y de las algas se hace más penetrante y la marina se le antoja a uno más limpia. La barra iba del azul plomizo del agua aborregada  al violeta algodonoso de un cielo de temporal. Por el horizonte parecía que iba a asomar la proa del buque fantasma. El Duende recorrió la playa por el suelo de arena endurecida que le alisaba la marea baja, y se llegó hasta la desembocadura del río Esqueiro, en el extremo opuesto al camino de llegada. Allí se plantó frente a aquel cuadro digno del mejor Caspar Friedrich y se puso a escuchar la incomparable música de la mar agitada.

No fue bastante. Embelesado estaba cuando escuchó a sus espaldas otra musiquilla singular. Volvió la cabeza y se llevó la alegría de comprobar que venía de una bandada de jilgueros que picoteaban y revoloteaban por la orilla del río. Cuánto tiempo hacía que no los veía ni escuchaba su canto, les creía huídos del desarrollo, pero allí estaban, frente al mar, dando su pintoresca fe de vida.

Y aún hubo más. Un vaso de agua al despertar, un café, un zumo, otro café. A veces el Duende se echa a la naturaleza y se olvida de que los riñones siguen trabajando. Pero qué diablos, quién iba a haber por ahí espiando, con ese día, qué otro loco iba a estar enhebrar la marina bravía,  el buque fantasma, las atmósferas mágicas de Friedrich, y los huidizos jilgueros. Estaba solo, era completamente libre, y sólo sentía, por añadidura, unos deseos irreprimibles de hacer un inocente, pero largo, larguísimo  placentero pis inexplicablemente contenido hasta ese momento tan especial.

Y, totalmente desinhibido, descubrió  otro componente eventual de  la singular estructura del placer compuesto.

Otra manera de felicitar el Año Nuevo

Hay felicitaciones de Año Nuevo verdaderamente impagables. Aunque sean tardías, como las de Homper...

Le ha sorprendido a Homper  enterarse de que este mes de diciembre hubiera dos lunas llenas. Pafraseando a Newton, la ignorancia de los espacios infinitos le espanta. Lo suyo en astronomía es un no saber  enciclopédico.  Estaba convencido de que  así como la mujer sólo tiene dos tetas y los coches cuatro ruedas,  sólo tocábamos a una luna llena por mes. Ahora resulta que ese fenómeno de las dos lunas llenas, tan sorprendente inicialmente, no alcanza el rango de la conjunción planetaria Obama/Zapatero, que en verdad sí es algo raro y broche, sin duda, de una era excepcional. Sino un capricho astronómico que se da cada dos años y medio.

Se pregunta Homper cómo es posible que una ciencia que habla de años luz como si fueran calderilla del tiempo pueda siquiera  reparar en eso como algo extraordinario. Para el astrónomo dos años y medio tienen que ser una insignificancia. Para él en cambio cualquier luna llena es un acontecimiento. Siempre le rinde culto, dialoga con ella, y la utiliza como pantalla del cine de sus sueños. Se queda mirándola un ratito y ve pasar sobre su oblea luminosa y mágica las sombras chinescas que rondan su alma: aspiraciones, deseos, oraciones, afectos,  tal vez viejos amores. Les saluda, y si ellas son guapas y verdaderamente inolvidables, hasta les lanza besos. Lo hace en el campo, lejos de las luces del pueblo, allí donde la luna luce más. Afortunadamente no le deben de ver más que las lechuzas.

Entretanto, claro, le llegaban mensajes SMS para felicitarle el año nuevo. Algunos originales, otros de receta, algunos especialmente apreciables por venir de amigos que quedaron refugiados en un rincón del tiempo, otros inesperados. Y muchos indescifrables: un número sin firma, hablándole a uno como si su poseedor fuera un íntimo. Sin firma. ¿Qué milagro cabe esperar de una memoria que va desfalleciendo con los años? A Homper le da apuro responder a estas muestras de afecto puntualmente con cortesía mecánica. También feliz para ti, gracias. Igualmente. Gracias por acordarte. Yo también te deseo lo mejor. Suerte para todos en 2010….No se trata de salir del paso.

Preferirá responder pausadamente en los próximos días o meses, quizás rebanando tiempo al año nuevo, pero intentando a cambio personalizar algo más sus mensajes. Homper aún se sorprende –también- de que la gente se sorprenda cuando a veces, sin venir a cuento, recibe una llamada o un mensaje espontáneo suyos. Leí este libro y me recordó a ti. Vi esta película y pensé que te gustaría. Me dolía la cabeza, como a ti tantas veces, y, mira por donde, dije, voy a llamarle… He estado en tu pueblo y me he acordado de todo lo que nos contabas de él. Escuché tu concierto favorito, y te me apareciste. Soñé contigo. Ya sabes lo imprevisibles que son los sueños, pero el caso es que estabas ahí…Podríamos llamarlos postit sentimentales. O recuerdos sin demasiado pretesto. A él le gusta repartirlos a lo largo del año. Y aunque no consigue que todo él sea feliz, algo imposible, se consuela pensando que a lo mejor ha ofrecido un momento amable para sus amigos del alma.

No obstante Homper también quiere cumplir con el amante de lo convencional. Por si el lector está en ese caso, Feliz lo que queda de Año 2010, amigo.

Un delicioso paseo navideño

Por este cuadro de Hendrick Avercamp se adentró el Duende para felicitar la Navidad...

Al despertar el día de Navidad, el Duende se encontró en un paisaje mágico que parecía transportado del sueño. Todo indicaba que por fin se había cumplido uno de sus deseos. Había roto las ataduras con la realidad y estaba dentro de uno de esos cuadros que algún maestro del pasado dejó pintados para el deleite de los curiosos. ¿Cómo vivían, cómo vestían, cuál era el entorno que veían sus ojos, cómo se divertían y jugaban esos seres humanos pequeñitos que tantas veces refleja la pintura costumbrista de otras épocas?

La respuesta estaba en aquel lienzo de Hendrick Avercamp en el que milagrosamente se había filtrado el Duende. Allí, rodeado por una multitud de patinadores y de paseantes holandeses del siglo XVII, sobre una superficie helada cuyo blanco se fundía en el horizonte  con un  cielo de igual color, se veía en lo alto de un trineo tirado por un caballo percherón. De cuyos arreos colgaban muchos cascabeles que marcaban el trote del equino con un sonido inequívocamente navideño, según la tradición que Santa Claus y otros gnomos parecidos nos han ido contando generación tras generación.

El trineo iba en su parte posterior cargado de regalos cuidadosamente empaquetados con esos papeles, cordones y adornos que ahora convierten cualquier nadería en algo irresistible. Mientras curioseaba y tomaba nota de todo lo que hacían los personajes del cuadro al Duende, por cierto,  le bullían en el alma todos los tópicos sentimentales que sazonan esta fiesta cristiana. Desde lo de procurar ser más bueno y saber amar mejor, hasta acordarse de los ausentes y de esos muchos que están ahí y te quieren y a los que a veces uno olvida incluso saludar, qué falta de educación. Ahí estaban, pensamientos flotantes en el aire, como los copos de nieve que empezaban caer mansamente mientras el trineo, poco a poco, iba dejando atrás el gentío, desbordaba las últimas preciosas casitas del paisaje holandés y se adentraba en un infinito blanco de paz y silencio encantadores. Sólo sonaban los cascabeles y el deslizarse de los patines del trineo, acompañando aquella huida blanca a no sabía qué fronteras de la ilusión que pudieran detener su viaje.

Se preguntó entonces para quiénes eran todos esos regalos que cargaba el trineo. Y recordó a continuación su propia vida, una vida de esas que ahora llaman virtual, ser algo evanescente cuatro veces a la semana y no ser nadie ni nada el resto, aparecer aquí y allá hablando de todo y no diciendo casi nada. Se acordó de su blog: espejo vanitas vanitatis, placebo, terapia, ejercicio de escritura, cuaderno de notas, masaje en su autoestima, vertedero de ocurrencias, lloradero, vomitorio de nostalgias y lamentos, tobogán de chorradicas. Fogata de virutas. No se sabe por qué, estas virutas del alma que uno afeita cuando le parece han merecido desde hace algo más de dos años la mirada y a veces el comentario de tantos pacientes buenos amigos. Se llaman Lola y Fred, Darabuc, Candil, Julián 29, Bob y Adela, Gervasio, Zoupon, Joselepapos, Julio, Angela, Ursux, Charivari, Begoñas diversas, Camiseta, Pedrito, Dolorosa, Wallace, Marina, Higorca,  Ana,  Wateri, Angelus Pompaelonensis, Paloma, Franziska, Pemberton, Aldara, Palinuro y Palinurova, Alfonsina…Nadie es last nor least. Nadie, incluso los que también escribieron y el Duende no es capaz de citar ahora. Ni los que tampoco lo hicieron nunca, pero lo leen.

A todos se los encontró el Duende a lo largo de su paseo navideño, que empezó en el cuadro de Hendrick Avercamp y continuó hacia el blanco vaporoso en el que se fundían la Navidad, la impagable sensación de paz interior  y el calor humano de un beso cariñoso. A todos les dio su regalo que, como cualquier ilusión, mejor es no romper abriéndolo. No lo abran, dentro no hay nada. El Duende no tiene nada interesante que dar, y sólo mucho que agradecer. Feliz Navidad, amigos del alma.

Viaje a la felicidad sin salir de casa

Navegando en Internet, el Duende pasó tres horas inolvidables...

Dios escucha a los entusiastas, debe de decir algún salmo de esos que los cristianos nunca nos sabemos del todo y que los judío dicen de carrerilla. Pongamos que es una cita de Luisaías 5: 14, profeta quizás poco conocido, pero muy prolífico. El caso es que venía el Duende del post anterior cuando otro amigo ingeniero, José Manuel Martínez del Valle, también melómano y cantante en la ducha y en diversas corales, voz grave de esas que pastoreaba la cuerda de los bajos en Los Jerónimos y ahora pica más alto, le pone un correo electrónico con un enlace.

-Si quieres seguir el Mesías que cantamos esta tarde en el Auditorio, pínchalo.

Nunca ha seguido el Duende una retransmisión por Internet. Él no es ni la mitad de ducho que Homper y la tía Clota, que utilizan programas raros para mantener largas conversaciones con el Atlántico de por medio Él sólo navega por esta galaxia tecnológica para curiosear y para implementar este blog.

(Sua culpa, sí. Sabe que es horroroso lo de implementar, a saber, poner en ejecución. Aborrece este verbo, colado quizás por la gatera de los americanismos o de ese agravio al idioma perpetrado por los manuales de instrucciones. Pedro Chicharro, un amigo del cole del Duende que no se atreve a tirarle de las orejas en el blog, y le corrige la sintaxis o la ortografía en su correo particular, le llamará la atención. ¿Implementar?…A lo mejor no lo reconce la RAE, pero sí viene al menos recogido en Diccionario del Español Actual de Seco, Andrés y Ramos).

Pero a lo que iba. Que sólo utilizaba Internet para lo más elemental cuando esta tarde, en plan  audaz hizo caso al consejo del amigo, cogió su partitura de El Mesías, pinchó el enlace, se puso unos auriculares  y disfrutó este monumento musical como nunca antes, ni en directo, lo había hecho. Era lo que llaman un Mesías participativo patrocinado por La Caixa, en el que una legión de cantantes aficionados se suma a una orquesta y un coro de magníficos profesionales. Impecable transmisión, asombroso sonido para salir de un simple ordenador. Plano a plano, siguiendo a los solistas. Pentagrama a pentagrama, cantando todos los números (ventajas de vivir solo). Ha sido contralto, soprano, tenor, bajo y coro. También manejó la batuta (dirigía sin ella el elegante Harry Christophers) Y, por primera vez, ha dicho en inglés antiguo todos los textos de los profetas y los evangelistas como si fuera un  luterano. Y los ha entendido, conste.

Qué apasionante. Le dan ganas de localizar todas las grandes obras corales, oratorios, zarzuelas y operetas se transmitan por Internet, comprar su partitura correspondiente y cantarlas para uno mismo sin que la celosa SGAE le cobre por ello. Lo que decíamos, la suerte de poder asomarte a lo que antes eran los territorios prohibidos de la cultura –por no saber ni leer música, por no saber de nada- y sentirte protagonista de ello. Esto es divertirse aprendiendo.

Qué descubrimiento, está el Duende como loco. Sólo le queda que Internet bucee en el túnel del tiempo y le permita asistir a ese día en el que Velázquez estaba sin inspiración y entraron en su estudio unas meninas del Rey corriendo detrás de un perro…

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