Archive for the 'Amigos en la red' Category

El gratinado que enamoró a Bécquer

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales...

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales…

Cómo ibas a ser refinado si hasta ahora, confiésalo, no sabías lo que era el gratin dauphinois. Menos mal que para eso tienes amigos como los marqueses de Betanzos, que te invitan a cenar y te sorprenden con un delicioso strogonoff al que se añade como guarnición esta singularidad. La señora marquesa habla de la dauphinoise, porque sabe que la inventó una cocinera del Delfinado francés. Habla de ella con toda familiaridad, como si hubiera sido compañera de Demetria, el aya que la cuidaba de niña en el pazo de Sobredo, donde se crió entre un parque de tilos, castaños, tuyas y frondosos robles. Cuenta la leyenda que en el cenador de hierro fundido de aquel jardín encantador escribía un día en su diario cuando se le apareció el fantasma de Bécquer, tal vez enamorado de su fina estampa romántica.

-Permítame que le recite una de las rimas que he compuesto para usted-le dijo el célebre poeta sevillano.

-Se lo agradezco –respondió la joven sin descomponerse y sin apenas levantar la vista mientras tomaba notas- Pero yo soy más de Alfred de Musset, ¿sabe?…Y además no quiero que me distraigan, porque estoy apuntando una receta. Si, a pesar de lo que lo he dicho, se aparece usted otro día, le daré a probar…

La que con el andar de los años se convertiría en marquesa de Betanzos debió de caer en la cuenta entonces de que los fantasmas no comen.

-¡Qué tontería he dicho!-se corrigió- Bueno, ande, dígame la rima…

Por unos instantes, el fantasma de Bécquer se llevó una mano a bigote y se quedó pensativo mientras retorcía con los dedos sus finas puntas.

-No, por Dios, musa mía…-dijo el fantasma de cabello ensortijado, bigote y perilla- Mi rima prometía ser de las mejores, como usted se merece. Pero pasé tanta hambre en mi vida de digno poeta romántico, que nada me haría tanta ilusión como saciarme de su dauphinoise.

Una semana después el fantasma de Gustavo Adolfo despachó la dauphinoise de su anfitriona como si en lugar de una gloria de nuestra lírica hubiera hubiera sido en vida un cabo de carabineros. En su colección de Rimas y Leyendas no figura la dedicada A la señorita de Sobredo precisamente por esa circunstancia, pues a partir de entonces aquella visita espectral, que en principio a la joven le daba prestancia y hasta le hacía gracia, no se aparecía por compromiso con la poesía, sino únicamente para preguntar cuándo iba a hacer de nuevo aquel exquisito plato.

-Confieso que a veces la poesía/me importa un bledo/ Sólo aparezco/ por repetir la suerte de aquél día/ y probar la dauphinoise que me cocina/-no se si lo merezco-/la delicada rosa de Sobredo

Es posible que la rima perdida fuera más o menos así. Y es más que probable que la futura marquesa, siempre muy suya para todas las cosas, le dijera al fantasma que la rima le parecía lamentable, y que además la reafirmaba en su tesis de que donde esté Musset, que se quite Bécquer. El caso es que, aunque estos versos apócrifos no figuran en la obra capital del gran poeta sevillano, la dauphinoise que los motiva te dio a tí la oportunidad de valorar el alto grado de aprecio que te dispensan los marqueses de Betanzos y, de paso, la de romper el bloqueo mental que te había alejado de tu blog últimamente. En tu caso no se colaba tu espíritu, sino que aparecías tú mismo en carne mortal, como otros distinguidos invitados.

Por cierto, que antes de que las redes sociales y otros pepitos grillos o moscas cojoneras se precipiten a prejuzgar con sorna los presuntos méritos del marquesado de Betanzos para exhibir tal título, debes aclarar que el señor marqués, insigne diplomático y abogado, es el único de tus amigos que todos los domingos tiene aún la costumbre de abandonar el jardín de su residencia –tan hermoso que cualquier día propiciará nuevas apariciones a la marquesa- y encerrarse en su despacho para estudiar fundamentos de derecho, consultar jurisprudencia y elaborar sus certeros y bien retribuidos dictámenes. Como si fuera un pasante meritorio de veintitrés años. El título más que una coña, que lo es, puede considerarse un despiste del todavía rey de España, que aún no ha reparado en el profundo calado de sus méritos para concedérselo de pleno derecho, pues de Betanzos es, y bastante más lustre daría al cuerpo de la nobleza que alguno de sus parásitos. Todos tenemos lapsus, y no vas a ser tan borde para reprochárselo al abdicante en esta hora.

-Lo siento mucho –dijiste tú, hablando de hora, para excusar tu necesidad de abandonar la divertida sobremesa- Pero es que a mí mañana a las ocho me espera la radio.

-No me digas –te dijo el marqués entusiasmado -¿Vuelves a Radio Nacional?

Os reísteis cuando aclaraste el equívoco. No era esa tu radio, sino la otra, la radioterapia, que te debían aplicar en temprana hora. Los miembros de tu club sois como los escolares con las matemáticas, que abrevian. Las mate, la quimio, la radio. Tú llevabas el cáncer con la ligereza de una migraña tonta, pero después de dos años de no pasar por talleres esta nueva convocatoria de la ciencia médica te tenía inquieto, ausente, inane para cumplir con tu blog. Se ha pasado, ya está, esperas volver a tu ritmo habitual cuanto antes. No hay mejor medicina que el cariño de los amigos. Ni nobleza más digna de títulos que la de los que sin ser grandes de España lo son de corazón.

A propósito, el gratin dauphinois es un plato de patatas en capas, cocinadas en leche y nata, con ajo, queso y algún otro aditamento, típico de la región francesa del Delfinado, en los Alpes. Aunque seguro que la versión que la marquesa de Betanzos preparó para Bécquer y para este bloguero llevará algún toque especial no fácil de averiguar.

 

 

Pescando motivos en el Manzanares

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae...

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae…

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Una semana de reformas en tu palomar te han alejado del blog.

No estás mal de salud, incluso la ITV tumoral te ha dado el visto bueno. No te has embarcado en un viaje de placer, como sin duda mereces .Nadie te ha reclamado para tus trabajos de antaño,  contar historias o dar ideas, aunque todavía te quedan dos o tres. La cosa ha sido mucho más ordinaria. Aparte de tus compromisos corales, ir a IKEA, ver, elegir decidir lo que necesitabas, ordenar cosas en casa y contemplar cómo tu toero aplicaba sus artesanías y te relevaba del martillo y el destornillador-únicas herramientas que sabes manejar, y no con demasiada destreza-  han sido tus tareas. Ah, y barrer, pasar el trapo del polvo y el aspirador. Las pulsiones de la gladiadora del hogar que llevas dentro.

Un toero por cierto,es un hombre que hace de lo que necesita una casa que se retoca. A eso se le llamaba antes un chapuzas, pero ahora hay que tener cuidado con cualquier matiz despectivo. Tu toero es un figura: si fuera futbolista sería Iniesta, cuya perfección técnica está en las antípodas de la chapuza, y cuyas maneras educadas y sencillas sorprenden tanto que sólo parece un buen chico de Albacete.

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Tampoco dejaste de pasear. Lo necesitas para contener los indeseables rumbos que toma el cuerpo a tu edad y para pescar temas de los que seguir escribiendo. La ausencia de compromisos te obliga a creártelos a partir de cualquier insignificancia. El más notorio de esta semana nació de lo siguiente. Hace tres o cuatro años compraste un juego de seis platos de cerámica para tu menaje doméstico. Eran originales y pintorescos, y como Doña María sigue latiendo dentro de ti, estabas muy orgulloso de tu compra. Invitaste a cenar entonces a tu amigo Carlos de la M. y a María A., y uno de aquellos platos sirvió para presentar el postre.  Este debió de resultar goloso y abundante, porque a María, guapa, rubia y perfectamente silueteada, le gustó mucho. Tanto que, en la confianza que os une, y por pereza de buscar otro envase adecuado, le dijiste.

-Llévatelo en este mismo plato y ya me lo devolverás.

Las fórmulas del lenguaje social español suelen ser irresponsables con la medida del tiempo. Tenemos que vernos, a ver cuándo quedamos, me llamas y tomamos un café, un día comemos juntos, nos vemos cuando quieras, nos reunimos un día, hasta luego…¿Y cuándo es eso, si las horas galopan y las hojas del calendario no dejan de pasar? Hace un par de meses te reencontraste con Carlos y María en un funeral, que también sirve para eso, para cerrar compromisos importantes.

-Mira –te dijo María- Llámame un día, me lo recuerdas y al día siguiente me traigo el plato a la oficina y te lo doy.

Ni ella ni tu fijasteis de qué año, mes y semana había de ser ese día. Pero el miércoles 5 de marzo, después de las innumerables borrascas invernales que velaron los cielos de Madrid, amaneció luminoso y transparente, delicioso para pasear. Suerte que la semana anterior la habías llamado para convenir que ese era el día adecuado.

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Te echaste la mochila a la espalda, te acercaste a la antigua Estación de Príncipe Pío, donde se ubica ahora la compañía en la que trabaja María, tomasteis el café. Te entregó el plato, lo metiste en la mochila y emprendiste el regreso a casa a paso de marcha, seis kilómetros por hora, que es el que según los médicos se hace notar en el cuerpo.

Hacía el día perfecto para pasear. Y como aúno no has conseguido pensar en nada mientras andas, le dabas vueltas al caletre. Qué glorioso el primer presagio de primavera en Madrid. Qué  acierto, a pesar del endeudamiento, haber adecentado el modestísimo río de la capital.. Qué encanto el de la Ermita de la Virgen del Puerto, ahora tan guapa y bien ajardinada. Qué suerte poder estirar tus piernas con salud. Y, entretanto, un pensamiento pintoresco: ¿y qué carajo hace un tipo como tú invirtiendo su mañana en pasear un plato por las orillas del Manzanares?

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Dos tentaciones te salieron al paso entonces. Una, la de inmortalizar el momento singular con una foto, para lo que necesitabas la mano de otra persona que accionara la cámara de tu teléfono móvil. No es vanidad vana: es para ilustrar este post, pues de repente te ha alarmado saber que dentro de poco no podrás bajarte imágenes de internet sin correr algún riesgo. Para este menester acudiste a una paseante que resultó ser antigua seguidora de Doña María, y que se mostró muy contenta de echarle una mano. Ella se llama Concha Lobo. Le hablaste de tu blog y le prometiste reconocer su amabilidad y su simpatía en este post. Con retraso, pero cumples: gracias, Concha.

La segunda tentación era más pretenciosa. Te dio por lucubrar sobre los estímulos de la inspiración, y  por creer que esa mañana, con ser absolutamente irrelevante para el devenir de la humanidad, ofrecía visiones distintas, y hasta latía en ella su pequeño aliento de poesía. Un poeta o un escritor le sacarían partido. Y te pusiste a ello.

Aunque luego, como de costumbre, te enrollaste tanto que has tenido que dejarlo para el post siguiente. Anímense a leerlo. Este bloguero se ha hecho más anárquico, pero de momento no cesa.

Mar de dudas

Esta es una buena frase, y además es tuya: lo único que tengo claro que es que no tengo nada claro...

Esta es una buena frase, y además es tuya: lo único que tengo claro que es que no tengo nada claro…

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Si la edad permitiera al menos despejar las dudas…Pero resulta que no. Los Reyes Magos dejaron el día 6 de enero en tu casa regalos para tus nietas. Desparramados entre ellos, como relleno colorista de ilusiones, muchos globos. Llegaron las niñas, se lanzaron sobre sus regalos, jugaron un rato con ellos y a los globos ni caso. ¿Es que los globos ya no son lo que eran? Se fueron las niñas, te quedaste tu solo rodeado de globos y durante varios días estuviste dudando qué hacer con ellos. ¿Pincharlos y tirar sus cadáveres a la basura? Demasiado cruel. Además no hubieras dejado de ser un asesino de ilusiones. ¿Desinflarlos y guardarlos hasta los Reyes siguientes? Mucho trabajo. ¿Convivir con ellos hasta su muerte natural?…

Tu asistenta debió de pensar que estabas algo majara cuando veía pasar los días y los globos continuaban paseándose a su antojo del sillón a la mesa, de la mesa al sofá, de la mesa a la librería, y de la librería a la puerta de entrada de tu pequeño palomar.

-Este señor no me dice qué hacer con los globos –se diría- Y una no va a tomar decisiones por él, así que yo a limpiar lo mío y a callar.

Esperabas que se los llevara, o que se deshiciera de los globos sin más complicaciones. Pero se aproximaba el día en que ibas a cumplir tus sesenta y ocho años y los globos seguían compartiendo casa contigo. Por fin, después de darle muchas vueltas al asunto, una noche abriste el ventanal y los liberaste de dos en dos cada veinte minutos. Te pareció lo más lógico y responsable: puede que muchos de ellos se pincharan en las agujas de los pinos cercanos, pero alguno tal vez llegara  volando a manos de un niño. Y como los Reyes no vienen todos los días hasta puede que lo considerase un regalo estupendo.

Aún a riesgo de que un Peeping Tom nocturnal te hubiera estado espiando.

-Y quién será ese jodío loco de los globos- se preguntaría mirando a la ventana indiscreta.

Pues que siga dudando él también, caramba.

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Más dudas por despejar. A las 8 a.m. del 17 de enero de 2014 por el valle del Manzanares que separa tu casa del Madrid de los Austrias sobrevolaban en dirección norte-sur cantidad de aves. Durante una media hora fue un desfile aéreo triunfal, siempre siguiendo el mismo rumbo. Muchas de ellas eran grandes y volaban en escuadra, como si fueran anátidas o zancudas. ¿Gansos, cigüeñas, grullas?…Algunas te parecieron palomas, aunque tus pequeños prismáticos no eran capaces de afinar tanto. ¿Era una migración que repiten a diario en este tiempo o las sorprendiste justo el día que decidieron cambiar de aires? Dedicaste bastantes minutos a especular sobre el asunto. El nuevo paso que ha dado tu edad te trae al menos esta buena noticia: sigue incólume tu curiosidad por las mismas chorradas de siempre.

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Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma, y perdón por la comparación. Vives fuera de las redes sociales, eres su apátrida convicto y confeso. Pero no sabes por qué te llegan mensajes de Facebook y de Twitter. Y de vez en cuando sucumbes a la tentación y quieres huronear por ahí. Te cuesta un horror recordar tu clave, y en uno de esos procesos de identificación que tú sufres como si fuera la Stasi la que te registra te dicen: Asegurándonos de que eres humano. Escribe las palabras que ves a continuación. Vamos que vamos. Un fantasma cibernético del estilo del Gran Hermano orwelliano se quiere asegurar de que…¡tú eres humano! ¿No debería ser lo contrario? ¿No deberíamos asegurarnos los incautos cibernautas de que hay algo humano detrás de estos compactos de inteligencia artificial?

Y para probar tu condición de humano te mandan reproducir exactamente dos palabras que aparecen retorcidas, como si las acabaran de sacar de la lavadora y nadie las hubiera planchado para que las letras, una detrás de otra y en el mismo plano, se puedan leer normalmente. Las dos palabras clave para la prueba son casi ilegibles, pero se supone que, como tú eres humano –y no virtual – las sabrás leer y escribir. Manda cojones. Manda mil pares de cojones. ¿Por qué no reproducen entonces palabras normales, y no jeroglíficos? Muchos de los que lean tu queja se estarán partiendo de risa por tu desproporcionado cabreo. Pero es que ya tienes sesenta y ocho años, y te toca las narices perder el tiempo intentando twitear o entrar en Facebook para que al final te den con una puerta en las narices, porque no consigues acertar con el protocolo de entrada.

-Lo sentimos, inténtelo otra vez.

Te dicen eso, o algo parecido, y tú apagas el ordenador desesperado. Y dudas una vez más de que, por muy viejo que llegues a ser, aprendas a someterte a la tiranía de las nuevas tecnologías.

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Y sin embargo, aunque las odias, de vez en cuando te dejan fascinado. Precisamente gracias a uno de estos eslabones sueltos de la gran red ayer volviste a saber de María Cortés, la hija del sargento Quintín Cortés, de quien ya hablaste en este mismo blog hace unos meses. A esta mujer, hoy médico de familia, le llaman en su casa Petra Mari, el nombre con el que tú bautizaste a una de las hijas imaginarias de tu imaginada radiofónica Doña María. La Petra Mari real seguía por la radio las andanzas de una niña que se llamaba como ella sin saber que era precisamente ella el origen de la criatura. Ahora Petra Mari mantiene un blog llamado Bitácora cardiosaludable. Su última entrada está dedicada a ti, porque la hija del sargento Quintín, además de dar consejos para una alimentación sana, vuelca en él “las emociones cardiosaludables que me provocan algunos viajes, algunas situaciones y algunas personas”. Lo de ser “emoción cardiosaludable” de produce instantáneamente un subidón en la autoestima que compensa con creces lo gilipollas que te hace sentir a menudo la informática, la cibernética y la madre que parió a todos estos inventos.

Además, y de carambola, gracias a que el homenaje de Petramari también llega a Twitter, te reencuentras con Chema García-Lastra y Antonio Nuño, dos antiguos compañeros de la SER. A García-Lastra le conoces poco, pero como es un experto en nuevas tecnologías de la información puede salvarte de tu frecuente naufragio en ese menester. De Antonio en particular, un tipo tan sensible y culto como eficaz, discreto y machadianamente bueno, guardas un gratísimo recuerdo que la brujería del twiteo te refresca. No hay mal que por bien no venga. Sigues navegando en un mar de dudas, pero también continúas conectando con la mar de amigos.

Una ardilla en el pensamiento

El pensamiento no para, aunque al final del d´çia lo que a mejor se te queda grabado es algo tan intrascendente y juguetón como una ardilla...

El pensamiento no para, aunque al final del día lo que a mejor se te queda grabado es algo tan intrascendente y juguetón como una ardilla…

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A sólo unos días de entrar en el año sexagésimo octavo de tu vida se te ocurre preguntarte cuántos periódicos habrás leído en todo ese tiempo. No tienes nada en contra de la profesión periodística, más bien al contrario. Te hubiera espantado ser cronista de los tribunales, o tener que asistir todos los días a una rueda de prensa para preguntar si Messi está curado o si lo de Di María fue un reacomodo de los genitales y no un tocamiento intencionado. Bajo el título de periodistas hay linces, arpías, majaderos, inquisidores, egos superlativos y hasta mafiosos, pero también gente sesuda y preparada, finos observadores e incluso genios literarios en pequeñas dosis. A ti te hubiera gustado entrar aunque fuera en la cola de este último sector. O sea,  ser columnista de un diario de provincias, de esos que escribían con cierta intención literaria en un café, fumaban en pipa  y no tenían que abordar lo que pasaba, sino más bien fabular sobre lo que no ocurre nunca. Un modelador de realidades paralelas y más bien inverosímiles, pero bien considerado y seguido por un puñado de lectores selectos. Como para conseguir una gloria pequeñita, pero entrañable.

Lo dices porque por primera vez en tu vida sientes fatiga como lector de periódicos. Ningún medio dice todos los días exactamente lo mismo que el anterior, pero las constantes humanas se repiten: la guerra de turno, el rifirrafe parlamentario de rigor, el escándalo del día, del mes o del año, las exhibiciones de maldad, de cinismo, de desvergüenza, de falta de ética consustanciales al ser humano. Las memeces del mundo del corazón. La matraca del fútbol, que por su peso económico, político y social es lo que más importa al personal. Necrológicas ilustres. Esquelas, anuncios. Nada es igual, pero viene a ser lo mismo. Todo te produce la impresión de deja vu. Por eso pasas sobre las páginas de los rotativos como las ardillas, saltando de titular en titular.

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Supones que un psicólogo enteradillo te haría un diagnóstico delicado.

-Lo siento, chico, pero esa pérdida de curiosidad puede ser el primer síntoma claro de la vejez.

Le dirías que lo tuyo no es exactamente pérdida de curiosidad, sino desplazamiento de la misma hacia otras cosas. Parece que, convencido de que los grandes asuntos no pueden transformar ya el mundo que conoces, cambiaras la dirección de tu mirada hacia otros más cercanos y de menos pretensiones. Hace unos días te llamó el Hombre Perplejo para hacerte una curiosa consideración al respecto.

-Estoy muy preocupado –te dijo Homper- Ayer me propuse contar el número de pensamientos que me podían sorprender a lo largo del día, y me fue imposible. Eran tantos que perdí la cuenta. ¿Cuánto dura un pensamiento? ¿Cuándo puedes considerar que termina ese pensamiento y empieza el siguiente?

Fuiste incapaz de decirle nada al respecto. Más bien te identificaste con él.

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Rastrillas el terreno por el que ha volado tu pensamiento a lo largo del día y casi caes en un ataque de pánico. Primero te das cuenta de que no te pusiste la noche anterior la gota prescrita en el último ojo operado: te habías venido al campo y dejaste el colirio en Madrid. Lo grave no será que tengas que gastar otros veintitrés euros por tercera vez, pues son varios los olvidos que ya llevas. Lo peor es que por la noche constatas que no sabes donde dejaste el recién comprado, y hoy tendrás que comprar otro nuevo Nevanac. Eso sí que debe de ser la chochez.  A pesar de que saltas sobre los titulares del periódico te hace gracia leer que Felipe González abandona el consejo de Gas Natural por aburrimiento. Y tu pensamiento se pone chulo.

-Es lo que tiene, Felipe- le dices al expresidente- Yo tampoco he querido ser consejero del  Santander y de Inditex porque tanto Botín como Amancio Ortega me aburren a muerte.

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Luego dudas de  si tres higos secos pueden ser tan eficaces para el tracto intestinal como el zumo de naranja, que siempre te da una pereza infinita hacer incluso con el mejor exprimidor. El próximo pensamiento te surge al ver una foto de una chiquilla llamada Miley Cirus tocándose con ostentación y manifiesta desfachatez lo mismo que Di María, pero en mujer. Miley es la cantante que ha destronado a Lady Gaga como superventas. A qué cosas obliga la necesidad de la fama. Entretanto ves al gato durmiendo encima del lomo de la perra Mas, bautizada así, por cierto, antes de que el ínclito don Artur fuera molt honorable president de la Generalitat. La imagen del gato durmiendo encima de la perra te produce cierta ternura, y el la reflexión incidental de por qué se dice “que se llevan como el perro y el gato” cuando se habla de personas que se tiran los trastos a la cabeza. Te enteras de que el presidente Hollande, que no destaca precisamente por su apostura, ha enamorado a una chica que es lo que se dice un pibón. La consideración derivada es evidente: ¿se hubiera enamorado ella si en lugar de Presidente de la República él fuera salchichero?

Así vas. Un minuto, o sólo treinta segundos, o menos, y tu mente ya está en otra cosa. Imposible contar los pensamientos.

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Te preguntas si airear estas cosas le puede beneficiar a alguien. Y aunque no te gusta entrar en intimidades ajenas, piensas que sí. Crees que a tu buenísimo amigo Víctor L.B., uno de los que con su constante atención más ha contribuido a que mires con optimismo tu tumor, le gustará saber que él se colaba a dos por tres en este rosario de pensamientos del día. Ahora es él el que necesita tu suerte y tu cariño. Le puedes garantizar lo segundo. Ánimo Vitín.

Por lo demás, tu pensamiento continuo es tan ligero y volátil como  tú. La imagen del día es una simpática ardilla que se te ha cruzado en el camino. Tal cual  la  imaginabas al leer los periódicos. No es fácil verla por aquí, debe de estar aprovechando las últimas bellotas y castañas quehan sobevivido al paso de las cabras y los jabalíes. Pero es una estampa de vida simpática y vivaz que, al igual que tu mente, progresa  de salto en salto, sin pararse demasiado en nada. Tampoco es mal símbolo del modo en que hay que tomarse la vida.        

La de Inés y otras webs pendientes

Inés hace fotos como ésta, que podría simbolizar el respeto y el cariño que guardas por ella

Inés hace fotos como ésta, que podría simbolizar el respeto y el cariño que guardas por ella

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Es él, es él- piensas mientras algo dentro de ti se te encabrita- Su foto en esa revista que refleja y da lustre a la espuma de la vida no engaña. Es un hombre cargado de títulos nobiliarios y con un historial de amores y desamores que incluye a algunas de las mujeres más perseguidas por los paparazzi. Es propietario de grandes tierras y, como empieza a ser moda entre los emprendedores de sangre azul, ha bautizado con alguno de sus títulos a su vino más famoso. Es él –confirmas mientras lo ves con su catavinos entre las manos, mirando al horizonte con ese gesto de suficiencia y orgullo con el que probablemente contemplaba Felipe II aquel imperio sobre el que nunca llegaba a ponerse el sol-.

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Tampoco se pone el sol sobre este tipo de personajes. Le siguen cayendo honores, consejos, patronazgos y, sobre todo, portadas y reportajes en el papel couché y los tabloides que sacian la curiosidad del pueblo. Pues ahora, además de su buen porte y su prosapia, es empresario vitivinícola. O sea, que seguramente creará algún puesto de trabajo y difundirá cultura. Neocultura, más bien, que quiere decir: a mí Pericles, Kant y toda esa panda me la refanfinflan, yo de lo que de verdad entiendo es de buena vida, del Gotha, de chataux-relais, de guapas con glamour, de restaurantes con muchas estrellas y de vinos como los míos. Échale al pueblo cotilleos de vecindona, mézclalo con estos contenidos y olvídate del rollo clásico, que ahora  lo que de verdad vende es la cultura (o incultura) de lo que entra por los agujeros  del body.

Pragmatismo inapelable el del señor marqués, hoy casi un héroe social por convertirse en productor de placer para el paladar. A tI eso no te parece mal. Lo que te rebela las tripas es lo que hace tiempo conociste por confesión directa de uno de los servidores de su tía. Acababa ésta de fallecer, dejando a él y a su hermano una considerable fortuna. No lo suficiente, al parecer, para que pudieran cumplir todas sus obligaciones.

-Es que desde que los señores recibieron la firma de su señora tía hace seis meses –te reveló compungido- a mi mujer y a mí que somos la que la hemos cuidado, no nos han pagado…

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El día amanece tan oscuro y borrascoso que imaginas que va a aparecer por el camino ese coche de caballos de Drácula. Bajo un sombrero y un capote empapados de lluvia el pobre postillón fustiga a las bestias que galopan enfurecidas hacia el castillo propiedad del siniestro personaje. Dentro viaja el vampiro, el conde desalmado, el príncipe del mal que debe llegar a su guarida almenada para encerrarse en su ataúd antes de que termine de clarear. Entre nobles anda el juego. Relacionas a este con el susodicho marqués, y tú también te sientes vampirizado por el mal. Normalmente vas de bueno por la vida, crees que esa es la imagen que proyectas al exterior. Pero el recuerdo de estos personajes te ha inoculado el deseo de ser tú también malo, malísimo, perverso de solemnidad. Un malvado de nuestro tiempo, obsesionado, eso sí, con desenmascarar a todos los VIP a los que los medios jalean por el sólo hecho de ser guapos, lustrosos, postineros y capaces, por tanto, de vender lo que sea: vinos como el marqués o taparrabos como Cristiano Ronaldo.

-Ya está –decides- Lanzaré una web que sirva de guía de granujas ilustres. Superjetaspuntocom. Puntosfilipinospuntocom. Hipócritaspuntocom. Detestablespunto com. Chorizosperfumadospuntocom. Desconfíadeellospuntocom…

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Tu brain storming particular termina ahí. De repente el viento cesa, las nubes se van evaporando y la mañana de ese 2014 recién estrenado se despeja en los aledaños de Gredos y se convierte en un espectáculo natural apacible, hermosísimo, limpio y esplendoroso. Sales al aire libre, te estiras, respiras profundamente el olor de tierra mojada y comprendes que en esas circunstancias es difícil convertirte en inquisidor. De repente, la veleta ha girado, y apunta en dirección contraria. Como si aún fueras personaje de un cuento de esa Navidad que se extingue, sientes ahora un irrefrenable deseo de ventear el nombre y los hechos de las personas buenas y positivas que te hacen la vida feliz, y cuyo ejemplo minimiza a los miserables. Y te propones destacarlo como guía para recordar que, aunque no todo el monte sea orégano moral, también hay mucha gente no famosa que  no sale en los papeles y es maravillosa.

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Piensas en todos los que te han llamado, te han escrito, te han invitado y, de una forma o de otra, te han mimado porque les caes bien y para que sigas creyendo en la especie humana. Por ejemplo, en Ángeles, que ahora que casi nadie felicita por correo postal te ha mandado su christmas nada menos que desde Australia. O por poner otro ejemplo, en esa mujer casada y con cuatro hijos que trabajó contigo hace quince años y que aún te llama “jefe”. Tiene en su haber bastantes otros méritos morales, como el de haber soportado que los asesinos de ETA mataran a su padre cuando la llevaba al colegio y ser, pese a ello, treinta y tres años después, un tiovivo de sonrisas y una exportadora de felicidad. Pero además, desde que caíste malito, las mañanas de Navidad se presenta en tu casa para darte un par de besos y felicitarte con un regalo. Este 25 de diciembre te trajo un par de botellas de botellas de un magnífico reserva de Rioja –no el del marqués, ojo- y un bizcocho de chocolate.

Cuando se fue, te ocurrió algo insólito. Te hiciste un café, quitaste al bizcocho su envuelta de celofán para peobarlo y tuviste que recordar el verso de Becquer: ya ves, yo soy un hombre y también lloro. Tus lágrimas no serían tan románticas como las del poeta, pero el hecho es que a ti también se te saltaron. Qué espectáculo, llorando como un niño ante un bizcocho de chocolate, tiene guasa la cosa.

Y pensaste que tendrías que implementar, como se dice ahora, muchas webs dedicadas a esos afectos que te apuntalan la vida. Graciasinéseresmidibilidadpuntocom para empezar la serie. Aunque no sabes si te quedará tiempo para cumplir con todas las webs pendientes.

Cómo repartirse en Navidad

A todos los que de verdad quieres te gustaría regalarles un cuadro como este y unas palabras de cariño. En Navidad, o en cualquier otro momento al que podamos trasladar la Navidad...

A todos los que de verdad quieres te gustaría regalarles un cuadro como este y unas palabras de cariño. En Navidad, o en cualquier otro momento al que podamos trasladar la Navidad…

Dedicado especialmente a Inés, Angeles A., Zoupon, José Ramón, Acacia, Adela, Atticus, Capotegui, Ignacio, Catali, Alejandro S. Pablo de la T., Belén C.T., Bachí, Monti, Maribel, Lola y Frederic, Silvia, Pemberton, Quico, Cocoliso, Eduardo S., Eduardo G.A., Julio S., Charo, Cristina V., Joselepapos, Franciska, Aldara, Ana María F-F, Betanzos, Alicia M.P., Araceli, Forges, Rosi, Lola du Puit, Begoña O., Begoña Y.,  Javier S-M., José P.R., Belén A., Palinuro y Palinurova, Josepedro, Lucila, Manolo, Camiseta, Paloma, Lucila M.G., Candil, Angela, Nefausto de la Alcarria, Espiga, Pilar V., Julia, Pedro Azorín, Ramón de M., María B., Cristina P., Dolo, Mariquilla , Ata y Toñi Argenta, Nacho y Roselia, Nicolás S., Mariuca, Fernando B., Marta C., Isabel T., Cristina G.O., Nillo,Vitín y María José, Javier y Marta, etc, etc…

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No lo puedes evitar en Navidad. De la misma manera que sigues deteniéndote ante cualquier escaparate que haya puesto su nacimiento –Peter Pan no muere nunca- te fluye la larga ristra de nombres a los que quisieras felicitar. Esta es una costumbre que, a fuerza de repetirse como mera fórmula de cortesía y de comercializarse después va cayendo en desuso. ¿Dónde quedaron aquellos christmas manuscritos que traía el cartero? Fueron barridos por los EMAILS y los SMS, pero después de saturar las líneas telefónicas hasta estos enmudecen.

-Tempus fugit- piensas en voz alta.

Y vuela a tal velocidad que, cuando alguien eche en falta tu llamada o tu mensaje cariñoso ya se habrá echado encima la primavera. Acaso será entonces demasiado tarde para que nadie te lo tenga en cuenta, aunque eso tampoco te consuele ahora.

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Los nombres de tus familiares, con la extensión inacabable que ese término puede abarcar. Los de tus amigos, los de tus lectores, los de quienes te han ayudado durante este año agridulce (más dulce que agrio, en el balance final). Los conocidos con peor suerte que la tuya, que agradecerán cualquier interés por su persona. Se ha espolvoreado tanta azúcar escarchada sobre el sentido humano de la Navidad que hasta puede empalagar una pizca más, pero tú eres hijo de tu tiempo, y quieres vivir tu cuento de Dickens y tu película de Capra.

Se dice ahora que la Navidad en España se alarga demasiado. Que la intensidad de las reuniones familiares deriva a menudo en bronca con los hermanos o los cuñados. Que cada año son más los inconoclastas que abominan estas fiestas y sus celebraciones. Hay quien no puede superar la alegría por decreto, el estress de cumplir todos los compromisos sociales y, sobre todo, el factor melancolía. Lo entiendes: a ti también te ataca. Sin embargo no lo bastante para enterrar definitivamente esa ilusión que olía a musgo del nacimiento, al fuego de la chimenea  y al pavo que se asaba en el horno mientras por la radio sonaban villancicos y tú garrapateabas la caligrafía más importante del año.

-Queridos Reyes Magos…-empezaba diciendo tu carta.

No sabes por qué este subidón de ternura te tiene que dar precisamente ahora, si el año tiene trescientos sesenta y cinco días para que aparezca y alegre lo que normalmente es aburrimiento y rutina. Por qué concentrarlo todo en un par de semanas de luces y confetis. Sin embargo tú también sucumbes a la tradición. Porque se acerca la noche mágica y te dan ganas  de cargar tu mochila de buenas intenciones y de visitar a todos tus seres queridos para ofrecerles tu particular turrón.

Regalarles al menos un momento de palabras cálidas.Turrón de afecto por Navidad.

3

O sea, preparas tus mensajes. Oye, tú, que va a ser Navidad, y quería decirte que no olvidaré nunca lo que te has preocupado por mí. Oye, tía, que se que estás llorando por dentro, pero arriba ese corazón, que te queremos. Oye, pedazo de agnóstico, canta conmigo, que si la historia del niño de Belén no e vero, al menos  e ben trovato. Oye, amigo, que a mí lo de entrar en intimidades me da una vergüenza que te cagas, pero que quiero agradecerte tus llamadas, tu mano, tu compañía. Oid todos: los que me apreciáis y me soportáis, los que me dais todo lo que yo no sé dar, los que me animáis, los que me leéis, los que me hacéis creer más de lo que soy. Los que os vais a alegrar al saber que la oncóloga ha dado por buena mi ITV tumoral, y a vivir que son dos días…

Cuántos pedazos de turrón sentimental por repartir a tiempo.

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Reconoces que te encantaría tener don de la ubicuidad. Mientras te balanceas con un pie en la realidad y el otro ya en el sueño se te presenta  inopinadamente  una especie de elfo, te arrebata el teléfono y comienza a manipularlo.

-¿No conoces la nueva aplicación?- te dice mientras desliza su dedo por uno de esos comandos imposibles para ti.

Tú ni siquiera tienes claro lo que es una aplicación. Forma parte tus arcanos contemporáneos: aplicaciones, drones, configuraciones, programas, redes sociales, cyberbullying, trending topics, fu, fu, lagarto, lagarto. Le preguntas al elfo quién es y para qué sirve la nueva aplicación.

-Pon que soy el Duende de la Navidad –dice para tranquilizarte- La aplicación se llama Chrisor, acrónimo de Christmas on Request. Sí, ya se que te indigna que no se diga en castellano –añade al comprobar que frunces el ceño- pero no vamos a cometer la paletada de que lo entienda cualquiera, y, naturalmente, lo decimos en inglés…La cosa funciona así, primero abres el calendario, y fijas la echa y la hora. Luego introduces el nombre de la persona a la que quieres tu momento cursi y tal, una chorrada propia de la gente de tu generación…Y finalmente, si eliges la versión VIP hasta puedes elegir el escenario de tu conversación….Entonces das al comando de Chrisor el 12 de junio, por ejemplo, y en un pispás haces un viaje astral al lugar elegido y te encuentras con la persona querida en torno a un café con polvorones, o un vino con gambas, o una copa de cava con turrón, según lo que hayas pedido al camarero virtual…

Le pediste entonces una prueba con Audrey Hepburn, una de tus debilidades eternas, y en un seis de agosto, que ni ella ni tú tendréis nada mejor que hacer, seguro. Propusiste un café junto al estanque del Retiro, que lo tienes tan a mano. Y, efectivamente, el duende de la aplicación actuó y allí apareció ella en su esplendor. Te dejó tan cortado que sólo supiste sonreír y decirle feliz Navidad, aunque fuera agosto. No hacían falta más palabras, porque la emoción iba por dentro.

5

A propósito, por fuera el milagro sí que había tomado el cariz de cuento de Navidad, pues aunque era verano los árboles estaban desnudos, y había muchos patinadores deslizándose sobre la superficie helada del estanque, como si aquello fuera un cuadro de Brueghel. Por allí aparecían también Bing Crosby y Danni Kaye cantando Navidades Blancas sobre un trineo tirado por renos, y el pavero que veías de pequeño en la Plaza Mayor conduciendo su tropa de pavos negros con su moco rojo, tal que un ramito de bolas de acebo colgándoles por encima del pico, y los Reyes Magos, y los Niños Cantores de Viena entonando el Noche de Paz, y la Niña dela Puebla cantando Los campanilleros, y Bach dirigiendo su Cantata de Navidad en el rincón del embarcadero, y  un Misterio en otra esquina en el que la mula y el buey se ayudaban de una estufa para calentar al Mesías. Mas otros personajes que ya no están, pero que en realidad no se mueren nunca, como tu amigo Félix, o tu hermano Carlos, o Antonio A.L., o Cuba, o Fernando Argenta. Y así más y más pinceladas entrañables de Navidad.

Todo no podía ser tan maravilloso. A la estampa se sumaron de repente Raphael, la Caballé y los demás perpetradores del spot de la Lotería cantando su cursilada de villancico. No pueden dejar de dar la murga. Pero entonces el hielo se resquebrajó bajo sus pies, y todos se hundieron.

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Sabes que no pegan las maldades en Navidad, pero tú te excusas, es una trastada tuya y del elfo éste que se ha empeñado en mostrarte la aplicación Chrisor. Entre duendes anda el juego. La cosa es que así, con esta virguería de la tecnología, vas a poderle dar a cada quisque querido su pedazo de turrón sentimental. El próximo, empezando por orden alfabético invertido, a Zoupon, a quien estás deseando conocer para expresarle la misma gratitud que hoy ofreces al que se asome a este blog.

Felices Pascuas a todos. Prometes hacer lo posible para que la aplicación Chrisor, Cristmas On Request, sea algo más que un cuento de Navidad.

Claudia claro de luna

Ilustración prestada de la web www.fotolog.com

Ilustración prestada de la web http://www.fotolog.com

La Justicia se hace imposible de entender para el ciudadano normalito. Mientras en España se pedían siete años de cárcel para una pianista por molestar a sus vecinos teníamos que ver cómo asesinos y violadores múltiples salían de la cárcel antes de tiempo por  un quítame allá no esas pajas, sino la doctrina Parot. La paradoja le fue advertida a este duende por su admirada amiga, la también bloguera  Aldara Fernández de Córdoba, a quien por eso le dedica este cuento.

Lo malo es que, quizás por afán de esmerarse, la historia se le ha ido de las manos, ha olvidado el imperativo de la brevedad y se ha convertido en el post más largo de la historia de este blog. Así que advertido queda el lector. Si tiene prisa, gracias por leer hasta aquí y que pase de largo. Y si necesita garantías de calidad literaria para embarcarse en un cuento de ocho páginas, que acuda a Chejov, a Medardo Fraile o a Alice Munro, que seguro que no le fallarán.

1

Cuando veo el eco que ha conseguido en los medios el caso de la pianista de Puigcerdá recuerdo que yo  también tuve una vecina pianista. Mi nombre es Sergio Rosales, y soy un tipo de lo más corriente, un ciudadano de provincias  con buen expediente y un par de idiomas que hace años recaló en Madrid y tuvo la suerte de pillar trabajo  como abogado en una multinacional. Procuro abstraerme de lo que pasa en el mundo para hacer mi vida sin demasiados traumas, pero la historia de esta mujer me toca muy de cerca. Tanto que siento la necesidad de contarla.

Claudia Abendi era una chica bien que vivía en el mismo edificio en el que yo compré una vivienda cuando mi estatus en la multinacional mejoró notablemente. Las torres de más de once pisos tienen la ventaja de que te permiten hacer amigos en el ascensor. Yo empecé a fijarme en ella porque, aparte de ser mucho más atractiva que el conjunto de funcionarios profesionales, licenciados, rentistas acomodados y algún industrial de la ferretería que teníamos como vecinos, me llamaba la atención su actitud, invariablemente seria y circunspecta. Claudia entraba en el ascensor, suspiraba, apretaba el botón del piso 11, abrazaba una partitura con la que parecía proteger sus senos y, mientras duraba la ascensión, iba tamborileando con sus dedos las notas que en ella acababa de aprender al tiempo que tarareaba con la boca cerrada la melodía que supuestamente interpretaría al piano. Doce pisos dan para enunciar los mejores temas de la historia de la música. El más famoso, que es la Oda a la Alegría de la Novena sinfonía de Beethoven, por ejemplo, no dura en su exposición más allá de treinta segundos, así que los cuarenta que tardábamos en llegar al piso 11 le permitían a Claudia tararear por lo bajini todas las piezas que preparaba. Yo la observaba detalladamente.  Al principio permanecía callado, y más cuando coincidíamos con algún otro vecino. Pero poco a poco, a medida que me iba pareciendo más atractiva y más intrigante su vida, fui perdiendo la timidez.

Un día decidí romper el hielo. Cuando las puertas del ascensor se abrían en su planta y Claudia se aprestaba a salir me incliné ante ella y le dije haciéndome el enteradillo.

-Rachmaninoff

-No- respondió ella como si mi farol no le hubiera hecho demasiada gracia- Albéniz.

Ese día estuvo particularmente seca.  Y mantuvo la misma pose hasta que dos meses después empezó darse cuenta de que le vacilaba. Yo no era un melómano cultísimo, pero mi tía Guillermina, con la que había pasado muchos veranos de mi  infancia, había sido profesora de piano, y después de cenar  gustaba de interpretar a la ligera los temas clásicos más conocidos  que luego yo silbaba por los pasillos. Algunas de las piezas que Claudia tarareaba de memoria cuando volvía del conservatorio  no me sonaban de nada, pero bastantes de ellos me eran familiares. Sin embargo, aunque las identificase, siempre me equivocaba a propósito para provocarla.

-Schuman –le anticipé un día con la seguridad de una apuesta infalible.

-No te hagas el tonto- me soltó apuntado la primera sonrisa de complicidad de nuestra relación- Hasta un niño habría adivinado la Marcha Turca de Mozart.

Todo cambió a partir de entonces entre nosotros.

2

Un vecino que toca un instrumento te puede parecer un ángel o un torturador, según los casos. De entrada admitiré que me parecen legítimas las quejas de los que soportan a través de los muros y forjados de una casa de pisos sus ejercicios y hasta sus interpretaciones.  Pero no quiero parecer un hombre de mármol, un tipo sin sensibilidad para la música y con pocos escrúpulos para sus artistas. Por eso procuré ser delicado cuando me atreví a dar a Claudia el primer toque de atención. Un día que subíamos solos en el ascensor le sugerí que quizás un buen aislamiento acústico para su piano y tocarlo sólo a determinadas horas sería la mejor forma de evitar problemas con el resto de los vecinos.

-¡Ah!, ¿crees eso?…-me dijo sorprendida como si no concibiera que a alguien le pudiera molestar su piano- Sube a casa y te responderé.

Subimos juntos, me ofreció la única butaca que amueblaba su estudio y sin decir una sola palabra se sentó al piano y empezó a hilvanar sin interrupción el momento musical de Schubert,  nocturnos de Chopin y sonatinas de Mozart con temas de bandas de película y hasta boleros, coplas  y valses de esos esparcen como confettis los pianistas de los hoteles. Yo me quedé fulminado por el encanto de aquel recital. No sabría decir si el virtuosismo de Claudia quedaba más cerca de Lang Lang que de la tía Guillermina, pero ver recorrer sus dedos por el teclado y su rostro habitualmente hierático  suspirando mientras movía la cabeza  y cerraba los ojos, como si entrara en éxtasis, me cautivó. Sumando su calidad como ejecutante a su atractivo personal pensé que me había caído en suerte un ángel.

Seré aún más claro. Lo que hasta entonces era una fría relación con Claudia se convirtió en una rendida admiración por ella, que pronto trenzó entre nosotros  una estrecha amistad. Yo aprovechaba todos los ratos libres que me permitía mi trabajo para hacerme presente en su vida, como si lo más importante que tuviera que hacer fuera prestarle todos esos servicios que acreditan a un buen vecino. Gracias a mi fortaleza física y a mis habilidades de manitas,  tanto le ayudaba a subir la compra como le desatascaba la lavadora, le purgaba los radiadores de la calefacción, le instalaba el nuevo equipo de sonido,  le acompañaba a IKEA si podía, le montaba luego esos muebles imposibles, le colgaba los cuadros, le instalaba las cortinas y hasta le bajaba las bolsas de basura cuando me lo pedía. La recompensa solía ser una copa nocturna fumando un cigarrillo –ella decía que sólo a mí me lo permitía- mientras a despecho de lo que sintiera el resto del vecindario nos cruzábamos miradas encendidas y yo me sentía en el séptimo cielo.

A todo esto, insisto en que Claudia Abendi era muy guapa, espigada, larga  melena rubia,  ojos grises, boca grande y bien dentada, y  nariz levemente aguileña que le daba un cierto aire de mujer mala, lo que a mis ojos aún le hacía más atractiva. Yo tampoco era un tirillas, qué diablos. O sea, que aquellos conciertos nocturnos derivaron naturalmente en cariñosas celebraciones sobre el mullido sofá del salón contiguo. Nos enamoramos. O al menos me enamoré yo. Una noche, después de un revolcón apoteósico, le pedí que se volviera a sentar al piano y que interpretara para mí algo que no le había escuchado nunca.

-Por favor –le dije- toca tema del Claro de luna de Beethoven.

Ya habrán adivinado que no soy un tipo demasiado original ni sofisticado. La verdad es que cuando se lo escuché por primera vez a la tía Guillermina flipé, me pareció el no va más del romanticismo, y pensé que no habría mayor felicidad en el mundo que compartir esa música con la mujer mi vida. Estaba convencido que esa era Claudia, mi bella pianista del 11 B. Pero ella no lo tenía tan claro.

-A mí me pasa lo mismo que a ti- me dijo- Cada vez que lo toco siento que necesito tener cerca al amor de mi vida.

Dejó en suspenso la frase. Y tanto me inquietó que la invité a continuar la explicación con esa pregunta que había escuchado cientos de veces en el cine y en el teatro y que jamás en la vida habría empleado yo.

-¿Y bien?…

-Pues que no estoy segura de que tú seas por ahora el hombre de mi vida.

3

Fue un jarro de agua fría, pero no me desanimé. Es la ventaja de ser un alma simple, como creo que es la mía. Todo lo contrario: recordé que había dicho “por ahora”, y pensé que con el tiempo Claudia cambiaría de opinión, y se daría cuenta de que yo merecía sobradamente ese Claro de Luna que me escatimó esa noche.

Al poco tiempo de aquello Claudia heredó de su padrino una buena cantidad de dinero. Lo primero que hizo con él fue sustituir su piano vertical  por un imponente Yamaha de cola. Y a continuación  decidió acometer unas obras en la casa para unir dos habitaciones y convertirlas  en un estudio aislado como yo le había  propuesto. Me pidió entonces que le ayudara a proyectar y a comparar presupuestos. Muy oportunamente, por cierto, pues  desde el  piso octavo hasta el mío, que era el último, todo eran malas caras en el ascensor por su culpa.  Claudia estaba dispuesta a pagar el aislamiento que le recomendaron en el Conservatorio, pero contaba con que yo negociara el precio final y me ocupara de supervisar la instalación.

-Ya sabes –me decía muy tiernamente mientras me mordisqueaba la oreja- Las artistas no servimos para eso…

Y estaba dispuesto a ello. Por amor, uno es así de claro. Sin embargo, y muy a mi pesar, no pude hacerlo. La compañía para la que trabajaba estaba ultimando la compra de una planta de fabricación de sepiolita en Marruecos. Las negociaciones se adivinaban difíciles, y me indicaron que debía desplazarme allí con otro abogado y un auditor para ultimar los términos de la operación y empezar el tira y afloja hasta redactar el contrato final. Dos meses lejos de Claudia. Dos largos mes más esperando escuchar su sonata Claro de Luna.

4

A la vuelto me encontré con el presidente de la comunidad  y me contó algo que me dejó estupefacto. Hartos de las molestias producidas por el piano de Claudia sin que esta reaccionara a sus quejas, un buen número de comuneros  habían decidido demandarla por quebrantar su derecho al descanso. Dijo que  cuando Claudia recibió la demanda por exceso de decibelios  su reacción fue furibunda.

-Vaya carácter el suyo –subrayó resoplando su indignación-  Se presentó en la junta que celebrábamos hecha un basilisco, gritando que éramos unos incultos, y usted  en particular un facha celoso…Sí, eso dijo –recalcó con indisimulada mala leche- Facha y celoso.

Yo ni sabía nada del asunto ni, por supuesto, me hubiera sumado a esa demanda de la que ni tenía noticia. Sí empecé a sospechar algo raro en Marrakech cuando traté de hablar con ella a través del SKYPE sin lograrlo, y cuando tras diez correos que le mandé sólo me respondió a uno con extrema frialdad y evasivas, como si aquel triángulo amoroso entre Claudia, el piano y yo sólo hubiera sido un sueño. La realidad es que en mi ausencia, mientras los vecinos se rebelaban contra ella,  Claudia se complicó la vida por culpa del nuevo piano y no llevó a cabo las reformas previstas. Peor aún para mí, porque la causa de todo ella era un afinador que se presentó en su vida como un Superman que hubiera penetrado por la ventana del salón y se hubiera sentado sobre el piano para seducirla.

-Sergio, son las cosas de la vida- me diría después- Me sentó fatal tu marcha, y encima el piano venía con problemas… Y en pleno bajón de ánimo apareció él y….Tuvo que reponer algunos fieltros de los mazos, y limar las piezas…Vino varias veces y no sé, no me lo puedo explicar…

Cuento. Mucho cuento me parecía a mí cuando al fin cantó la palinodia.

Y tanto. El escándalo que escuché nada más salir del ascensor la noche de mi regreso me dio la pista definitiva. El 11 B no sonaba como la digna casa de una pianista, sino como un puticlub. Me alarmé sobremanera. Esa no es mi Claudia, pensé, que me la han cambiado. En lugar de su pulso sereno interpretando delicadamente un nocturno de Chopin o una fuga de Bach, como sonaba cuando me tuve que marchar a Marruecos, lo que salía de allí  eran palmas y risotadas coreando los berridos de un borrracho que cantaba con ella al piano lo que más odio en este mundo: Dale a tu cuerpo alegría Macarena/ que tu cuerpo es pa darle alegría y cosas buenas…

Fue el acabose. Sin llegar siquiera a entrar en casa,  me metí de nuevo en el ascensor, bajé a la calle y salí huyendo despavorido de aquel infierno.

5

Esa Claudia Abendi no me interesaba nada. Aquella misma noche llamé a mi mejor amigo, le dije que tenía problemas y le pedí que me acogiera en su casa. Permanecí en ella dos meses, hasta que ya me dio vergüenza parecer un okupa y alquilé un modestísimo apartamento junto a mi oficina.

Allí se puede decir que inicié una nueva vida, volcado desesperadamente en mi trabajo y cerrado a cualquier noticia de mi antigua vecina. Apenas ponía la tele ni la radio, y dejé de leer periódicos. No quería saber nada de ella, sólo deseaba borrarla de mi memoria. Y un año después creía haber suturado aquella vieja herida  cuando , yendo en un taxi,  escuché por la radio un comentario acerca del lamentable caso de Claudia Abendi la pianista encarcelada. ¿Claudia encarcelada?- pensé- ¡No me lo puedo creer! Debí de sentir eso que llaman un vuelco del corazón. Volví a mi apartamento, encendí  el ordenador y por primera vez escribí en el buscador de Google el nombre de mi antigua vecina.  No fue agradable ponerme al día de su desdichada suerte.

Al día siguiente, convencido de que ya no la vería más, dejé el apartamento y volví al piso que  hasta hacía casi dos años fue mi casa.

6

Al poco de instalarme de nuevo en el 12 B de  empecé a sentirme incómodo. Las noches sin el piano de Claudia se me hacían insoportables. Me acordaba de aquella película de Visconti en la que un anciano que interpretaba Burt Lancaster vive amargado por las orgías de sus vecinos del piso de abajo y cuando estos se van de la casa descubre que la soledad y el silencio le atormentan aún más, y acaba echando de menos sus pasos y sus voces.  Yo no soy tan sofisticado como aquel personaje, ya lo he dicho, pero sufrí algo parecido. Lo intenté olvidar trabajando como nunca lo había hecho, buscando diversión y entretenimiento con otras chicas y con los amigos y haciendo algún viaje. Esquivando siempre, por supuesto, cualquier noticia  de Claudia que pudiera escocer aún más  mi herida. Seguí sin apenas leer periódicos ni ver telediarios ni poner la radio, y no entraba en más páginas de internet que las que necesitaba para mi trabajo. Sólo una noche en la que el insomnio ya me desesperaba encendí la luz, busqué desesperadamente el botón del ON de mi aparato de radio y conecté con Radio Clásica. También fue mala suerte. Justo en ese momento anunciaban la Sonata Claro de Luna de Beethoven en una interpretación que, para más inri, era del pianista Claudio Arrau.

7

Fue demasié pal body. Aquella misma noche salté de la cama, encendí el ordenador y le puse un correo electrónico a Claudia diciéndole que después de tanto tiempo simplemente quería saber algo de ella. Pretendía ser lacónico y distante, pero enseguida me di cuenta de mis palabras traslucían algo más que curiosidad y simple cortesía social. Empecé por decir que me sentía muy dolido de que ella creyese yo me sumara a la acusación particular para llevarla a prisión. Luego le recordé cómo cuando fuimos vecinos había tratado de hacerle la vida más fácil, y de ayudarla en todo lo que pude. Y le confesé que quizás me había equivocado al pensar que aquello pudiera derivar en algo más que una simple amistad.

Eso ya no era un correo, era una carta en toda la regla. Pero bueno, hecho estaba: necesitaba descargar mi conciencia y aliviar mi zozobra.  Y aunque no lo hice, me dieron ganas de añadir como remate lo que cantaba la Piquer en aquella famosísima copla que también tocaba al piano la tía Guillermina: No debía yo quererte, no debía yo quererte…/¡Y sin embargo te quiero!

Debió de intuirlo. Porque su respuesta fue extremadamente cariñosa. Y pronto nuestra comunicación a través de los e-mails y del SKYPE fue tan fluida y cálida como si nada ni nadie nos hubiera separado nunca.

8

Punto uno: reconocía que se equivocó conmigo, y que pensó que yo, despechado, había sido el gran agitador de lo que ella consideraba un linchamiento contra la música. Estaba encantada de ver que no había sido así, y  de que a pesar de todo lo pasado, yo siguiera acordándome de ella.

Punto dos: que la conquistó mi cariño y mi afán de ayudarla. Lamentando en este punto haberse abandonado tras mi marcha  a Marruecos y no acometer las obras que habíamos planeado.

-Fue un desastre –reconoció-Y no me extraña que los vecinos se acabaran hartando de mí y de mi piano.

Punto tres: reconoció también que había sido demasiado rigurosa consigo misma, exigiendo a su corazón más pruebas de amor que las que le había ofrecido hasta entonces.

Lloró cuando admitió que  lo estaba pasando fatal en prisión, y que sólo el permiso para tocar en un viejo piano vertical que había en la sala multiusos, y que ella utilizaba mientras las demás reclusas hacían gimnasia, le consolaba.

Seguía llorando cuando recordó que  se le fue la olla con el afinador, un tipo guapo y seductor que se extralimitó en sus funciones, le animó a beber más de la cuenta y a incurrir en el pecado de lesa sensibilidad de aporrear al piano la Macarena a las doce de la noche. Comprendía también que, después de negarme el Claro de Luna de Beethoven, renegara de ella tras semejante sacrilegio.

Y se sorprendió de que yo ignorase el verdadero motivo y el alcance de su condena.

-Se ve que no ha seguido mi caso –me dijo- ¿De verdad crees que me han enchironado por un delito de contaminación acústica?…No fue así. Eso se hubiera saldado con una multa. Lo que me condenó fue no sucumbir a sus malas artes de seductor … Precisamente por negarme a ellas, una noche que estaba borracho perdido y que pretendió abusar de mí yo le frené en seco y le quise echar de casa. El se revolvió, se negó a largarse, redobló su ataque, quiso forzarme  y, como no consiguió someterme, porque apenas se tenía en pie, cogió el busto de Mozart que tenía sobre la chimenea y lo estrelló con toda su furia contra el teclado de mi precioso piano…

Mi cara a través de lo que dejaba ver el programa SKYPE debió de ser un poema. Estaba literalmente estupefacto.

-Y entonces la que me cegué de ira fui yo. ¡Mi piano!… Cogí un hierro de la chimenea, lo levanté con mis dos brazos y lo descargué hasta seis veces sobre él con todas mis fuerzas…Y aquí me tienes: cinco años de reclusión por tentativa de homicidio, y no por pianista pelmaza…

8

Ya no me sentía tan solo en el 12 A. Contaba cada día los que faltaban para que Claudia cumpliera su condena. Nos escribíamos mails a diario, una vez a la semana nos hablábamos a través de SKYPE, y una vez al mes acudía a la prisión a visitarla. Un día recibí por correo postal una invitación. La Dirección del Centro Penitenciario para Mujeres tiene el gusto de invitar a Don  Sergio Rosales al recital de piano a cargo de la pianista Claudia Abendi que que se celebrará el próximo 12 en el Salón Multiusos. SRC

Fui muy ilusionado. Junto con la directora y los mandos de la prisión, era el único de entre el público que no tenía la condición  de reclusa ni de familiar de reclusa. El programa era variado: desde las piezas populares que tocaba al piano García Lorca y el Asturias de Albéniz hasta la danza húngara nº 5 de Brahms, la Campanella de Paganini , dos temas del Carnaval de Schuman y varias versiones de canciones regionales y bandas de sonido del cine. Al final del recital el público estaba entusiasmado, y Claudia tuvo que dar propinas. Primero una polonesa de Chopin, y a continuación el Imagine de John Lennon. Cuando ya todos daban por acabado el recital, Claudia se levantó de la banqueta y tomó la palabra.

-Gracias, muchas gracias –dijo con la voz entrecortada por la emoción- este es un día muy especial para mí…Y quiero acabar este recital con una pieza que no he interpretado nunca ante nadie, y que dedico especialmente a una persona muy querida que me apoyó mucho antes de entrar en este centro y me sigue ayudando ahora.

Se sentó de nuevo ante el piano, puso las manos en su regazo y cerró los ojos como esperando que le bajara del cielo un rayo luminoso. Despertó, levantó sus manos para posarlas sobre el teclado y lenta, profunda y amorosamente fue desgranando las notas del primer tiempo de la Sonata para piano nº 14, popularmente conocida como Claro de Luna de Beethoven.

Sólo al final de su ejecución se cruzó una mirada fugaz conmigo. Pero para entonces yo, que, como decía,  soy un tipo muy básico, secaba  con el dorso de mis manos un par de lágrimas indiscretas que se escurrían por mis mejillas. Mientras tanto, soñaba que la misma Justicia  que con tanta generosidad  acaba de liberar a un puñado de criminales me devolvería pronto a la mujer que sólo cometió el delito de amar  a la música y que ahora, al fin, también me amaba a mí.

 


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