Archive for the 'Amigos en la red' Category

El gratinado que enamoró a Bécquer

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales...

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales…

Cómo ibas a ser refinado si hasta ahora, confiésalo, no sabías lo que era el gratin dauphinois. Menos mal que para eso tienes amigos como los marqueses de Betanzos, que te invitan a cenar y te sorprenden con un delicioso strogonoff al que se añade como guarnición esta singularidad. La señora marquesa habla de la dauphinoise, porque sabe que la inventó una cocinera del Delfinado francés. Habla de ella con toda familiaridad, como si hubiera sido compañera de Demetria, el aya que la cuidaba de niña en el pazo de Sobredo, donde se crió entre un parque de tilos, castaños, tuyas y frondosos robles. Cuenta la leyenda que en el cenador de hierro fundido de aquel jardín encantador escribía un día en su diario cuando se le apareció el fantasma de Bécquer, tal vez enamorado de su fina estampa romántica.

-Permítame que le recite una de las rimas que he compuesto para usted-le dijo el célebre poeta sevillano.

-Se lo agradezco –respondió la joven sin descomponerse y sin apenas levantar la vista mientras tomaba notas- Pero yo soy más de Alfred de Musset, ¿sabe?…Y además no quiero que me distraigan, porque estoy apuntando una receta. Si, a pesar de lo que lo he dicho, se aparece usted otro día, le daré a probar…

La que con el andar de los años se convertiría en marquesa de Betanzos debió de caer en la cuenta entonces de que los fantasmas no comen.

-¡Qué tontería he dicho!-se corrigió- Bueno, ande, dígame la rima…

Por unos instantes, el fantasma de Bécquer se llevó una mano a bigote y se quedó pensativo mientras retorcía con los dedos sus finas puntas.

-No, por Dios, musa mía…-dijo el fantasma de cabello ensortijado, bigote y perilla- Mi rima prometía ser de las mejores, como usted se merece. Pero pasé tanta hambre en mi vida de digno poeta romántico, que nada me haría tanta ilusión como saciarme de su dauphinoise.

Una semana después el fantasma de Gustavo Adolfo despachó la dauphinoise de su anfitriona como si en lugar de una gloria de nuestra lírica hubiera hubiera sido en vida un cabo de carabineros. En su colección de Rimas y Leyendas no figura la dedicada A la señorita de Sobredo precisamente por esa circunstancia, pues a partir de entonces aquella visita espectral, que en principio a la joven le daba prestancia y hasta le hacía gracia, no se aparecía por compromiso con la poesía, sino únicamente para preguntar cuándo iba a hacer de nuevo aquel exquisito plato.

-Confieso que a veces la poesía/me importa un bledo/ Sólo aparezco/ por repetir la suerte de aquél día/ y probar la dauphinoise que me cocina/-no se si lo merezco-/la delicada rosa de Sobredo

Es posible que la rima perdida fuera más o menos así. Y es más que probable que la futura marquesa, siempre muy suya para todas las cosas, le dijera al fantasma que la rima le parecía lamentable, y que además la reafirmaba en su tesis de que donde esté Musset, que se quite Bécquer. El caso es que, aunque estos versos apócrifos no figuran en la obra capital del gran poeta sevillano, la dauphinoise que los motiva te dio a tí la oportunidad de valorar el alto grado de aprecio que te dispensan los marqueses de Betanzos y, de paso, la de romper el bloqueo mental que te había alejado de tu blog últimamente. En tu caso no se colaba tu espíritu, sino que aparecías tú mismo en carne mortal, como otros distinguidos invitados.

Por cierto, que antes de que las redes sociales y otros pepitos grillos o moscas cojoneras se precipiten a prejuzgar con sorna los presuntos méritos del marquesado de Betanzos para exhibir tal título, debes aclarar que el señor marqués, insigne diplomático y abogado, es el único de tus amigos que todos los domingos tiene aún la costumbre de abandonar el jardín de su residencia –tan hermoso que cualquier día propiciará nuevas apariciones a la marquesa- y encerrarse en su despacho para estudiar fundamentos de derecho, consultar jurisprudencia y elaborar sus certeros y bien retribuidos dictámenes. Como si fuera un pasante meritorio de veintitrés años. El título más que una coña, que lo es, puede considerarse un despiste del todavía rey de España, que aún no ha reparado en el profundo calado de sus méritos para concedérselo de pleno derecho, pues de Betanzos es, y bastante más lustre daría al cuerpo de la nobleza que alguno de sus parásitos. Todos tenemos lapsus, y no vas a ser tan borde para reprochárselo al abdicante en esta hora.

-Lo siento mucho –dijiste tú, hablando de hora, para excusar tu necesidad de abandonar la divertida sobremesa- Pero es que a mí mañana a las ocho me espera la radio.

-No me digas –te dijo el marqués entusiasmado -¿Vuelves a Radio Nacional?

Os reísteis cuando aclaraste el equívoco. No era esa tu radio, sino la otra, la radioterapia, que te debían aplicar en temprana hora. Los miembros de tu club sois como los escolares con las matemáticas, que abrevian. Las mate, la quimio, la radio. Tú llevabas el cáncer con la ligereza de una migraña tonta, pero después de dos años de no pasar por talleres esta nueva convocatoria de la ciencia médica te tenía inquieto, ausente, inane para cumplir con tu blog. Se ha pasado, ya está, esperas volver a tu ritmo habitual cuanto antes. No hay mejor medicina que el cariño de los amigos. Ni nobleza más digna de títulos que la de los que sin ser grandes de España lo son de corazón.

A propósito, el gratin dauphinois es un plato de patatas en capas, cocinadas en leche y nata, con ajo, queso y algún otro aditamento, típico de la región francesa del Delfinado, en los Alpes. Aunque seguro que la versión que la marquesa de Betanzos preparó para Bécquer y para este bloguero llevará algún toque especial no fácil de averiguar.

 

 

Pescando motivos en el Manzanares

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae...

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae…

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Una semana de reformas en tu palomar te han alejado del blog.

No estás mal de salud, incluso la ITV tumoral te ha dado el visto bueno. No te has embarcado en un viaje de placer, como sin duda mereces .Nadie te ha reclamado para tus trabajos de antaño,  contar historias o dar ideas, aunque todavía te quedan dos o tres. La cosa ha sido mucho más ordinaria. Aparte de tus compromisos corales, ir a IKEA, ver, elegir decidir lo que necesitabas, ordenar cosas en casa y contemplar cómo tu toero aplicaba sus artesanías y te relevaba del martillo y el destornillador-únicas herramientas que sabes manejar, y no con demasiada destreza-  han sido tus tareas. Ah, y barrer, pasar el trapo del polvo y el aspirador. Las pulsiones de la gladiadora del hogar que llevas dentro.

Un toero por cierto,es un hombre que hace de lo que necesita una casa que se retoca. A eso se le llamaba antes un chapuzas, pero ahora hay que tener cuidado con cualquier matiz despectivo. Tu toero es un figura: si fuera futbolista sería Iniesta, cuya perfección técnica está en las antípodas de la chapuza, y cuyas maneras educadas y sencillas sorprenden tanto que sólo parece un buen chico de Albacete.

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Tampoco dejaste de pasear. Lo necesitas para contener los indeseables rumbos que toma el cuerpo a tu edad y para pescar temas de los que seguir escribiendo. La ausencia de compromisos te obliga a creártelos a partir de cualquier insignificancia. El más notorio de esta semana nació de lo siguiente. Hace tres o cuatro años compraste un juego de seis platos de cerámica para tu menaje doméstico. Eran originales y pintorescos, y como Doña María sigue latiendo dentro de ti, estabas muy orgulloso de tu compra. Invitaste a cenar entonces a tu amigo Carlos de la M. y a María A., y uno de aquellos platos sirvió para presentar el postre.  Este debió de resultar goloso y abundante, porque a María, guapa, rubia y perfectamente silueteada, le gustó mucho. Tanto que, en la confianza que os une, y por pereza de buscar otro envase adecuado, le dijiste.

-Llévatelo en este mismo plato y ya me lo devolverás.

Las fórmulas del lenguaje social español suelen ser irresponsables con la medida del tiempo. Tenemos que vernos, a ver cuándo quedamos, me llamas y tomamos un café, un día comemos juntos, nos vemos cuando quieras, nos reunimos un día, hasta luego…¿Y cuándo es eso, si las horas galopan y las hojas del calendario no dejan de pasar? Hace un par de meses te reencontraste con Carlos y María en un funeral, que también sirve para eso, para cerrar compromisos importantes.

-Mira –te dijo María- Llámame un día, me lo recuerdas y al día siguiente me traigo el plato a la oficina y te lo doy.

Ni ella ni tu fijasteis de qué año, mes y semana había de ser ese día. Pero el miércoles 5 de marzo, después de las innumerables borrascas invernales que velaron los cielos de Madrid, amaneció luminoso y transparente, delicioso para pasear. Suerte que la semana anterior la habías llamado para convenir que ese era el día adecuado.

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Te echaste la mochila a la espalda, te acercaste a la antigua Estación de Príncipe Pío, donde se ubica ahora la compañía en la que trabaja María, tomasteis el café. Te entregó el plato, lo metiste en la mochila y emprendiste el regreso a casa a paso de marcha, seis kilómetros por hora, que es el que según los médicos se hace notar en el cuerpo.

Hacía el día perfecto para pasear. Y como aúno no has conseguido pensar en nada mientras andas, le dabas vueltas al caletre. Qué glorioso el primer presagio de primavera en Madrid. Qué  acierto, a pesar del endeudamiento, haber adecentado el modestísimo río de la capital.. Qué encanto el de la Ermita de la Virgen del Puerto, ahora tan guapa y bien ajardinada. Qué suerte poder estirar tus piernas con salud. Y, entretanto, un pensamiento pintoresco: ¿y qué carajo hace un tipo como tú invirtiendo su mañana en pasear un plato por las orillas del Manzanares?

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Dos tentaciones te salieron al paso entonces. Una, la de inmortalizar el momento singular con una foto, para lo que necesitabas la mano de otra persona que accionara la cámara de tu teléfono móvil. No es vanidad vana: es para ilustrar este post, pues de repente te ha alarmado saber que dentro de poco no podrás bajarte imágenes de internet sin correr algún riesgo. Para este menester acudiste a una paseante que resultó ser antigua seguidora de Doña María, y que se mostró muy contenta de echarle una mano. Ella se llama Concha Lobo. Le hablaste de tu blog y le prometiste reconocer su amabilidad y su simpatía en este post. Con retraso, pero cumples: gracias, Concha.

La segunda tentación era más pretenciosa. Te dio por lucubrar sobre los estímulos de la inspiración, y  por creer que esa mañana, con ser absolutamente irrelevante para el devenir de la humanidad, ofrecía visiones distintas, y hasta latía en ella su pequeño aliento de poesía. Un poeta o un escritor le sacarían partido. Y te pusiste a ello.

Aunque luego, como de costumbre, te enrollaste tanto que has tenido que dejarlo para el post siguiente. Anímense a leerlo. Este bloguero se ha hecho más anárquico, pero de momento no cesa.

Mar de dudas

Esta es una buena frase, y además es tuya: lo único que tengo claro que es que no tengo nada claro...

Esta es una buena frase, y además es tuya: lo único que tengo claro que es que no tengo nada claro…

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Si la edad permitiera al menos despejar las dudas…Pero resulta que no. Los Reyes Magos dejaron el día 6 de enero en tu casa regalos para tus nietas. Desparramados entre ellos, como relleno colorista de ilusiones, muchos globos. Llegaron las niñas, se lanzaron sobre sus regalos, jugaron un rato con ellos y a los globos ni caso. ¿Es que los globos ya no son lo que eran? Se fueron las niñas, te quedaste tu solo rodeado de globos y durante varios días estuviste dudando qué hacer con ellos. ¿Pincharlos y tirar sus cadáveres a la basura? Demasiado cruel. Además no hubieras dejado de ser un asesino de ilusiones. ¿Desinflarlos y guardarlos hasta los Reyes siguientes? Mucho trabajo. ¿Convivir con ellos hasta su muerte natural?…

Tu asistenta debió de pensar que estabas algo majara cuando veía pasar los días y los globos continuaban paseándose a su antojo del sillón a la mesa, de la mesa al sofá, de la mesa a la librería, y de la librería a la puerta de entrada de tu pequeño palomar.

-Este señor no me dice qué hacer con los globos –se diría- Y una no va a tomar decisiones por él, así que yo a limpiar lo mío y a callar.

Esperabas que se los llevara, o que se deshiciera de los globos sin más complicaciones. Pero se aproximaba el día en que ibas a cumplir tus sesenta y ocho años y los globos seguían compartiendo casa contigo. Por fin, después de darle muchas vueltas al asunto, una noche abriste el ventanal y los liberaste de dos en dos cada veinte minutos. Te pareció lo más lógico y responsable: puede que muchos de ellos se pincharan en las agujas de los pinos cercanos, pero alguno tal vez llegara  volando a manos de un niño. Y como los Reyes no vienen todos los días hasta puede que lo considerase un regalo estupendo.

Aún a riesgo de que un Peeping Tom nocturnal te hubiera estado espiando.

-Y quién será ese jodío loco de los globos- se preguntaría mirando a la ventana indiscreta.

Pues que siga dudando él también, caramba.

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Más dudas por despejar. A las 8 a.m. del 17 de enero de 2014 por el valle del Manzanares que separa tu casa del Madrid de los Austrias sobrevolaban en dirección norte-sur cantidad de aves. Durante una media hora fue un desfile aéreo triunfal, siempre siguiendo el mismo rumbo. Muchas de ellas eran grandes y volaban en escuadra, como si fueran anátidas o zancudas. ¿Gansos, cigüeñas, grullas?…Algunas te parecieron palomas, aunque tus pequeños prismáticos no eran capaces de afinar tanto. ¿Era una migración que repiten a diario en este tiempo o las sorprendiste justo el día que decidieron cambiar de aires? Dedicaste bastantes minutos a especular sobre el asunto. El nuevo paso que ha dado tu edad te trae al menos esta buena noticia: sigue incólume tu curiosidad por las mismas chorradas de siempre.

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Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma, y perdón por la comparación. Vives fuera de las redes sociales, eres su apátrida convicto y confeso. Pero no sabes por qué te llegan mensajes de Facebook y de Twitter. Y de vez en cuando sucumbes a la tentación y quieres huronear por ahí. Te cuesta un horror recordar tu clave, y en uno de esos procesos de identificación que tú sufres como si fuera la Stasi la que te registra te dicen: Asegurándonos de que eres humano. Escribe las palabras que ves a continuación. Vamos que vamos. Un fantasma cibernético del estilo del Gran Hermano orwelliano se quiere asegurar de que…¡tú eres humano! ¿No debería ser lo contrario? ¿No deberíamos asegurarnos los incautos cibernautas de que hay algo humano detrás de estos compactos de inteligencia artificial?

Y para probar tu condición de humano te mandan reproducir exactamente dos palabras que aparecen retorcidas, como si las acabaran de sacar de la lavadora y nadie las hubiera planchado para que las letras, una detrás de otra y en el mismo plano, se puedan leer normalmente. Las dos palabras clave para la prueba son casi ilegibles, pero se supone que, como tú eres humano –y no virtual – las sabrás leer y escribir. Manda cojones. Manda mil pares de cojones. ¿Por qué no reproducen entonces palabras normales, y no jeroglíficos? Muchos de los que lean tu queja se estarán partiendo de risa por tu desproporcionado cabreo. Pero es que ya tienes sesenta y ocho años, y te toca las narices perder el tiempo intentando twitear o entrar en Facebook para que al final te den con una puerta en las narices, porque no consigues acertar con el protocolo de entrada.

-Lo sentimos, inténtelo otra vez.

Te dicen eso, o algo parecido, y tú apagas el ordenador desesperado. Y dudas una vez más de que, por muy viejo que llegues a ser, aprendas a someterte a la tiranía de las nuevas tecnologías.

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Y sin embargo, aunque las odias, de vez en cuando te dejan fascinado. Precisamente gracias a uno de estos eslabones sueltos de la gran red ayer volviste a saber de María Cortés, la hija del sargento Quintín Cortés, de quien ya hablaste en este mismo blog hace unos meses. A esta mujer, hoy médico de familia, le llaman en su casa Petra Mari, el nombre con el que tú bautizaste a una de las hijas imaginarias de tu imaginada radiofónica Doña María. La Petra Mari real seguía por la radio las andanzas de una niña que se llamaba como ella sin saber que era precisamente ella el origen de la criatura. Ahora Petra Mari mantiene un blog llamado Bitácora cardiosaludable. Su última entrada está dedicada a ti, porque la hija del sargento Quintín, además de dar consejos para una alimentación sana, vuelca en él “las emociones cardiosaludables que me provocan algunos viajes, algunas situaciones y algunas personas”. Lo de ser “emoción cardiosaludable” de produce instantáneamente un subidón en la autoestima que compensa con creces lo gilipollas que te hace sentir a menudo la informática, la cibernética y la madre que parió a todos estos inventos.

Además, y de carambola, gracias a que el homenaje de Petramari también llega a Twitter, te reencuentras con Chema García-Lastra y Antonio Nuño, dos antiguos compañeros de la SER. A García-Lastra le conoces poco, pero como es un experto en nuevas tecnologías de la información puede salvarte de tu frecuente naufragio en ese menester. De Antonio en particular, un tipo tan sensible y culto como eficaz, discreto y machadianamente bueno, guardas un gratísimo recuerdo que la brujería del twiteo te refresca. No hay mal que por bien no venga. Sigues navegando en un mar de dudas, pero también continúas conectando con la mar de amigos.

Una ardilla en el pensamiento

El pensamiento no para, aunque al final del d´çia lo que a mejor se te queda grabado es algo tan intrascendente y juguetón como una ardilla...

El pensamiento no para, aunque al final del día lo que a mejor se te queda grabado es algo tan intrascendente y juguetón como una ardilla…

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A sólo unos días de entrar en el año sexagésimo octavo de tu vida se te ocurre preguntarte cuántos periódicos habrás leído en todo ese tiempo. No tienes nada en contra de la profesión periodística, más bien al contrario. Te hubiera espantado ser cronista de los tribunales, o tener que asistir todos los días a una rueda de prensa para preguntar si Messi está curado o si lo de Di María fue un reacomodo de los genitales y no un tocamiento intencionado. Bajo el título de periodistas hay linces, arpías, majaderos, inquisidores, egos superlativos y hasta mafiosos, pero también gente sesuda y preparada, finos observadores e incluso genios literarios en pequeñas dosis. A ti te hubiera gustado entrar aunque fuera en la cola de este último sector. O sea,  ser columnista de un diario de provincias, de esos que escribían con cierta intención literaria en un café, fumaban en pipa  y no tenían que abordar lo que pasaba, sino más bien fabular sobre lo que no ocurre nunca. Un modelador de realidades paralelas y más bien inverosímiles, pero bien considerado y seguido por un puñado de lectores selectos. Como para conseguir una gloria pequeñita, pero entrañable.

Lo dices porque por primera vez en tu vida sientes fatiga como lector de periódicos. Ningún medio dice todos los días exactamente lo mismo que el anterior, pero las constantes humanas se repiten: la guerra de turno, el rifirrafe parlamentario de rigor, el escándalo del día, del mes o del año, las exhibiciones de maldad, de cinismo, de desvergüenza, de falta de ética consustanciales al ser humano. Las memeces del mundo del corazón. La matraca del fútbol, que por su peso económico, político y social es lo que más importa al personal. Necrológicas ilustres. Esquelas, anuncios. Nada es igual, pero viene a ser lo mismo. Todo te produce la impresión de deja vu. Por eso pasas sobre las páginas de los rotativos como las ardillas, saltando de titular en titular.

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Supones que un psicólogo enteradillo te haría un diagnóstico delicado.

-Lo siento, chico, pero esa pérdida de curiosidad puede ser el primer síntoma claro de la vejez.

Le dirías que lo tuyo no es exactamente pérdida de curiosidad, sino desplazamiento de la misma hacia otras cosas. Parece que, convencido de que los grandes asuntos no pueden transformar ya el mundo que conoces, cambiaras la dirección de tu mirada hacia otros más cercanos y de menos pretensiones. Hace unos días te llamó el Hombre Perplejo para hacerte una curiosa consideración al respecto.

-Estoy muy preocupado –te dijo Homper- Ayer me propuse contar el número de pensamientos que me podían sorprender a lo largo del día, y me fue imposible. Eran tantos que perdí la cuenta. ¿Cuánto dura un pensamiento? ¿Cuándo puedes considerar que termina ese pensamiento y empieza el siguiente?

Fuiste incapaz de decirle nada al respecto. Más bien te identificaste con él.

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Rastrillas el terreno por el que ha volado tu pensamiento a lo largo del día y casi caes en un ataque de pánico. Primero te das cuenta de que no te pusiste la noche anterior la gota prescrita en el último ojo operado: te habías venido al campo y dejaste el colirio en Madrid. Lo grave no será que tengas que gastar otros veintitrés euros por tercera vez, pues son varios los olvidos que ya llevas. Lo peor es que por la noche constatas que no sabes donde dejaste el recién comprado, y hoy tendrás que comprar otro nuevo Nevanac. Eso sí que debe de ser la chochez.  A pesar de que saltas sobre los titulares del periódico te hace gracia leer que Felipe González abandona el consejo de Gas Natural por aburrimiento. Y tu pensamiento se pone chulo.

-Es lo que tiene, Felipe- le dices al expresidente- Yo tampoco he querido ser consejero del  Santander y de Inditex porque tanto Botín como Amancio Ortega me aburren a muerte.

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Luego dudas de  si tres higos secos pueden ser tan eficaces para el tracto intestinal como el zumo de naranja, que siempre te da una pereza infinita hacer incluso con el mejor exprimidor. El próximo pensamiento te surge al ver una foto de una chiquilla llamada Miley Cirus tocándose con ostentación y manifiesta desfachatez lo mismo que Di María, pero en mujer. Miley es la cantante que ha destronado a Lady Gaga como superventas. A qué cosas obliga la necesidad de la fama. Entretanto ves al gato durmiendo encima del lomo de la perra Mas, bautizada así, por cierto, antes de que el ínclito don Artur fuera molt honorable president de la Generalitat. La imagen del gato durmiendo encima de la perra te produce cierta ternura, y el la reflexión incidental de por qué se dice “que se llevan como el perro y el gato” cuando se habla de personas que se tiran los trastos a la cabeza. Te enteras de que el presidente Hollande, que no destaca precisamente por su apostura, ha enamorado a una chica que es lo que se dice un pibón. La consideración derivada es evidente: ¿se hubiera enamorado ella si en lugar de Presidente de la República él fuera salchichero?

Así vas. Un minuto, o sólo treinta segundos, o menos, y tu mente ya está en otra cosa. Imposible contar los pensamientos.

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Te preguntas si airear estas cosas le puede beneficiar a alguien. Y aunque no te gusta entrar en intimidades ajenas, piensas que sí. Crees que a tu buenísimo amigo Víctor L.B., uno de los que con su constante atención más ha contribuido a que mires con optimismo tu tumor, le gustará saber que él se colaba a dos por tres en este rosario de pensamientos del día. Ahora es él el que necesita tu suerte y tu cariño. Le puedes garantizar lo segundo. Ánimo Vitín.

Por lo demás, tu pensamiento continuo es tan ligero y volátil como  tú. La imagen del día es una simpática ardilla que se te ha cruzado en el camino. Tal cual  la  imaginabas al leer los periódicos. No es fácil verla por aquí, debe de estar aprovechando las últimas bellotas y castañas quehan sobevivido al paso de las cabras y los jabalíes. Pero es una estampa de vida simpática y vivaz que, al igual que tu mente, progresa  de salto en salto, sin pararse demasiado en nada. Tampoco es mal símbolo del modo en que hay que tomarse la vida.        

La de Inés y otras webs pendientes

Inés hace fotos como ésta, que podría simbolizar el respeto y el cariño que guardas por ella

Inés hace fotos como ésta, que podría simbolizar el respeto y el cariño que guardas por ella

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Es él, es él- piensas mientras algo dentro de ti se te encabrita- Su foto en esa revista que refleja y da lustre a la espuma de la vida no engaña. Es un hombre cargado de títulos nobiliarios y con un historial de amores y desamores que incluye a algunas de las mujeres más perseguidas por los paparazzi. Es propietario de grandes tierras y, como empieza a ser moda entre los emprendedores de sangre azul, ha bautizado con alguno de sus títulos a su vino más famoso. Es él –confirmas mientras lo ves con su catavinos entre las manos, mirando al horizonte con ese gesto de suficiencia y orgullo con el que probablemente contemplaba Felipe II aquel imperio sobre el que nunca llegaba a ponerse el sol-.

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Tampoco se pone el sol sobre este tipo de personajes. Le siguen cayendo honores, consejos, patronazgos y, sobre todo, portadas y reportajes en el papel couché y los tabloides que sacian la curiosidad del pueblo. Pues ahora, además de su buen porte y su prosapia, es empresario vitivinícola. O sea, que seguramente creará algún puesto de trabajo y difundirá cultura. Neocultura, más bien, que quiere decir: a mí Pericles, Kant y toda esa panda me la refanfinflan, yo de lo que de verdad entiendo es de buena vida, del Gotha, de chataux-relais, de guapas con glamour, de restaurantes con muchas estrellas y de vinos como los míos. Échale al pueblo cotilleos de vecindona, mézclalo con estos contenidos y olvídate del rollo clásico, que ahora  lo que de verdad vende es la cultura (o incultura) de lo que entra por los agujeros  del body.

Pragmatismo inapelable el del señor marqués, hoy casi un héroe social por convertirse en productor de placer para el paladar. A tI eso no te parece mal. Lo que te rebela las tripas es lo que hace tiempo conociste por confesión directa de uno de los servidores de su tía. Acababa ésta de fallecer, dejando a él y a su hermano una considerable fortuna. No lo suficiente, al parecer, para que pudieran cumplir todas sus obligaciones.

-Es que desde que los señores recibieron la firma de su señora tía hace seis meses –te reveló compungido- a mi mujer y a mí que somos la que la hemos cuidado, no nos han pagado…

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El día amanece tan oscuro y borrascoso que imaginas que va a aparecer por el camino ese coche de caballos de Drácula. Bajo un sombrero y un capote empapados de lluvia el pobre postillón fustiga a las bestias que galopan enfurecidas hacia el castillo propiedad del siniestro personaje. Dentro viaja el vampiro, el conde desalmado, el príncipe del mal que debe llegar a su guarida almenada para encerrarse en su ataúd antes de que termine de clarear. Entre nobles anda el juego. Relacionas a este con el susodicho marqués, y tú también te sientes vampirizado por el mal. Normalmente vas de bueno por la vida, crees que esa es la imagen que proyectas al exterior. Pero el recuerdo de estos personajes te ha inoculado el deseo de ser tú también malo, malísimo, perverso de solemnidad. Un malvado de nuestro tiempo, obsesionado, eso sí, con desenmascarar a todos los VIP a los que los medios jalean por el sólo hecho de ser guapos, lustrosos, postineros y capaces, por tanto, de vender lo que sea: vinos como el marqués o taparrabos como Cristiano Ronaldo.

-Ya está –decides- Lanzaré una web que sirva de guía de granujas ilustres. Superjetaspuntocom. Puntosfilipinospuntocom. Hipócritaspuntocom. Detestablespunto com. Chorizosperfumadospuntocom. Desconfíadeellospuntocom…

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Tu brain storming particular termina ahí. De repente el viento cesa, las nubes se van evaporando y la mañana de ese 2014 recién estrenado se despeja en los aledaños de Gredos y se convierte en un espectáculo natural apacible, hermosísimo, limpio y esplendoroso. Sales al aire libre, te estiras, respiras profundamente el olor de tierra mojada y comprendes que en esas circunstancias es difícil convertirte en inquisidor. De repente, la veleta ha girado, y apunta en dirección contraria. Como si aún fueras personaje de un cuento de esa Navidad que se extingue, sientes ahora un irrefrenable deseo de ventear el nombre y los hechos de las personas buenas y positivas que te hacen la vida feliz, y cuyo ejemplo minimiza a los miserables. Y te propones destacarlo como guía para recordar que, aunque no todo el monte sea orégano moral, también hay mucha gente no famosa que  no sale en los papeles y es maravillosa.

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Piensas en todos los que te han llamado, te han escrito, te han invitado y, de una forma o de otra, te han mimado porque les caes bien y para que sigas creyendo en la especie humana. Por ejemplo, en Ángeles, que ahora que casi nadie felicita por correo postal te ha mandado su christmas nada menos que desde Australia. O por poner otro ejemplo, en esa mujer casada y con cuatro hijos que trabajó contigo hace quince años y que aún te llama “jefe”. Tiene en su haber bastantes otros méritos morales, como el de haber soportado que los asesinos de ETA mataran a su padre cuando la llevaba al colegio y ser, pese a ello, treinta y tres años después, un tiovivo de sonrisas y una exportadora de felicidad. Pero además, desde que caíste malito, las mañanas de Navidad se presenta en tu casa para darte un par de besos y felicitarte con un regalo. Este 25 de diciembre te trajo un par de botellas de botellas de un magnífico reserva de Rioja –no el del marqués, ojo- y un bizcocho de chocolate.

Cuando se fue, te ocurrió algo insólito. Te hiciste un café, quitaste al bizcocho su envuelta de celofán para peobarlo y tuviste que recordar el verso de Becquer: ya ves, yo soy un hombre y también lloro. Tus lágrimas no serían tan románticas como las del poeta, pero el hecho es que a ti también se te saltaron. Qué espectáculo, llorando como un niño ante un bizcocho de chocolate, tiene guasa la cosa.

Y pensaste que tendrías que implementar, como se dice ahora, muchas webs dedicadas a esos afectos que te apuntalan la vida. Graciasinéseresmidibilidadpuntocom para empezar la serie. Aunque no sabes si te quedará tiempo para cumplir con todas las webs pendientes.

Cómo repartirse en Navidad

A todos los que de verdad quieres te gustaría regalarles un cuadro como este y unas palabras de cariño. En Navidad, o en cualquier otro momento al que podamos trasladar la Navidad...

A todos los que de verdad quieres te gustaría regalarles un cuadro como este y unas palabras de cariño. En Navidad, o en cualquier otro momento al que podamos trasladar la Navidad…

Dedicado especialmente a Inés, Angeles A., Zoupon, José Ramón, Acacia, Adela, Atticus, Capotegui, Ignacio, Catali, Alejandro S. Pablo de la T., Belén C.T., Bachí, Monti, Maribel, Lola y Frederic, Silvia, Pemberton, Quico, Cocoliso, Eduardo S., Eduardo G.A., Julio S., Charo, Cristina V., Joselepapos, Franciska, Aldara, Ana María F-F, Betanzos, Alicia M.P., Araceli, Forges, Rosi, Lola du Puit, Begoña O., Begoña Y.,  Javier S-M., José P.R., Belén A., Palinuro y Palinurova, Josepedro, Lucila, Manolo, Camiseta, Paloma, Lucila M.G., Candil, Angela, Nefausto de la Alcarria, Espiga, Pilar V., Julia, Pedro Azorín, Ramón de M., María B., Cristina P., Dolo, Mariquilla , Ata y Toñi Argenta, Nacho y Roselia, Nicolás S., Mariuca, Fernando B., Marta C., Isabel T., Cristina G.O., Nillo,Vitín y María José, Javier y Marta, etc, etc…

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No lo puedes evitar en Navidad. De la misma manera que sigues deteniéndote ante cualquier escaparate que haya puesto su nacimiento –Peter Pan no muere nunca- te fluye la larga ristra de nombres a los que quisieras felicitar. Esta es una costumbre que, a fuerza de repetirse como mera fórmula de cortesía y de comercializarse después va cayendo en desuso. ¿Dónde quedaron aquellos christmas manuscritos que traía el cartero? Fueron barridos por los EMAILS y los SMS, pero después de saturar las líneas telefónicas hasta estos enmudecen.

-Tempus fugit- piensas en voz alta.

Y vuela a tal velocidad que, cuando alguien eche en falta tu llamada o tu mensaje cariñoso ya se habrá echado encima la primavera. Acaso será entonces demasiado tarde para que nadie te lo tenga en cuenta, aunque eso tampoco te consuele ahora.

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Los nombres de tus familiares, con la extensión inacabable que ese término puede abarcar. Los de tus amigos, los de tus lectores, los de quienes te han ayudado durante este año agridulce (más dulce que agrio, en el balance final). Los conocidos con peor suerte que la tuya, que agradecerán cualquier interés por su persona. Se ha espolvoreado tanta azúcar escarchada sobre el sentido humano de la Navidad que hasta puede empalagar una pizca más, pero tú eres hijo de tu tiempo, y quieres vivir tu cuento de Dickens y tu película de Capra.

Se dice ahora que la Navidad en España se alarga demasiado. Que la intensidad de las reuniones familiares deriva a menudo en bronca con los hermanos o los cuñados. Que cada año son más los inconoclastas que abominan estas fiestas y sus celebraciones. Hay quien no puede superar la alegría por decreto, el estress de cumplir todos los compromisos sociales y, sobre todo, el factor melancolía. Lo entiendes: a ti también te ataca. Sin embargo no lo bastante para enterrar definitivamente esa ilusión que olía a musgo del nacimiento, al fuego de la chimenea  y al pavo que se asaba en el horno mientras por la radio sonaban villancicos y tú garrapateabas la caligrafía más importante del año.

-Queridos Reyes Magos…-empezaba diciendo tu carta.

No sabes por qué este subidón de ternura te tiene que dar precisamente ahora, si el año tiene trescientos sesenta y cinco días para que aparezca y alegre lo que normalmente es aburrimiento y rutina. Por qué concentrarlo todo en un par de semanas de luces y confetis. Sin embargo tú también sucumbes a la tradición. Porque se acerca la noche mágica y te dan ganas  de cargar tu mochila de buenas intenciones y de visitar a todos tus seres queridos para ofrecerles tu particular turrón.

Regalarles al menos un momento de palabras cálidas.Turrón de afecto por Navidad.

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O sea, preparas tus mensajes. Oye, tú, que va a ser Navidad, y quería decirte que no olvidaré nunca lo que te has preocupado por mí. Oye, tía, que se que estás llorando por dentro, pero arriba ese corazón, que te queremos. Oye, pedazo de agnóstico, canta conmigo, que si la historia del niño de Belén no e vero, al menos  e ben trovato. Oye, amigo, que a mí lo de entrar en intimidades me da una vergüenza que te cagas, pero que quiero agradecerte tus llamadas, tu mano, tu compañía. Oid todos: los que me apreciáis y me soportáis, los que me dais todo lo que yo no sé dar, los que me animáis, los que me leéis, los que me hacéis creer más de lo que soy. Los que os vais a alegrar al saber que la oncóloga ha dado por buena mi ITV tumoral, y a vivir que son dos días…

Cuántos pedazos de turrón sentimental por repartir a tiempo.

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Reconoces que te encantaría tener don de la ubicuidad. Mientras te balanceas con un pie en la realidad y el otro ya en el sueño se te presenta  inopinadamente  una especie de elfo, te arrebata el teléfono y comienza a manipularlo.

-¿No conoces la nueva aplicación?- te dice mientras desliza su dedo por uno de esos comandos imposibles para ti.

Tú ni siquiera tienes claro lo que es una aplicación. Forma parte tus arcanos contemporáneos: aplicaciones, drones, configuraciones, programas, redes sociales, cyberbullying, trending topics, fu, fu, lagarto, lagarto. Le preguntas al elfo quién es y para qué sirve la nueva aplicación.

-Pon que soy el Duende de la Navidad –dice para tranquilizarte- La aplicación se llama Chrisor, acrónimo de Christmas on Request. Sí, ya se que te indigna que no se diga en castellano –añade al comprobar que frunces el ceño- pero no vamos a cometer la paletada de que lo entienda cualquiera, y, naturalmente, lo decimos en inglés…La cosa funciona así, primero abres el calendario, y fijas la echa y la hora. Luego introduces el nombre de la persona a la que quieres tu momento cursi y tal, una chorrada propia de la gente de tu generación…Y finalmente, si eliges la versión VIP hasta puedes elegir el escenario de tu conversación….Entonces das al comando de Chrisor el 12 de junio, por ejemplo, y en un pispás haces un viaje astral al lugar elegido y te encuentras con la persona querida en torno a un café con polvorones, o un vino con gambas, o una copa de cava con turrón, según lo que hayas pedido al camarero virtual…

Le pediste entonces una prueba con Audrey Hepburn, una de tus debilidades eternas, y en un seis de agosto, que ni ella ni tú tendréis nada mejor que hacer, seguro. Propusiste un café junto al estanque del Retiro, que lo tienes tan a mano. Y, efectivamente, el duende de la aplicación actuó y allí apareció ella en su esplendor. Te dejó tan cortado que sólo supiste sonreír y decirle feliz Navidad, aunque fuera agosto. No hacían falta más palabras, porque la emoción iba por dentro.

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A propósito, por fuera el milagro sí que había tomado el cariz de cuento de Navidad, pues aunque era verano los árboles estaban desnudos, y había muchos patinadores deslizándose sobre la superficie helada del estanque, como si aquello fuera un cuadro de Brueghel. Por allí aparecían también Bing Crosby y Danni Kaye cantando Navidades Blancas sobre un trineo tirado por renos, y el pavero que veías de pequeño en la Plaza Mayor conduciendo su tropa de pavos negros con su moco rojo, tal que un ramito de bolas de acebo colgándoles por encima del pico, y los Reyes Magos, y los Niños Cantores de Viena entonando el Noche de Paz, y la Niña dela Puebla cantando Los campanilleros, y Bach dirigiendo su Cantata de Navidad en el rincón del embarcadero, y  un Misterio en otra esquina en el que la mula y el buey se ayudaban de una estufa para calentar al Mesías. Mas otros personajes que ya no están, pero que en realidad no se mueren nunca, como tu amigo Félix, o tu hermano Carlos, o Antonio A.L., o Cuba, o Fernando Argenta. Y así más y más pinceladas entrañables de Navidad.

Todo no podía ser tan maravilloso. A la estampa se sumaron de repente Raphael, la Caballé y los demás perpetradores del spot de la Lotería cantando su cursilada de villancico. No pueden dejar de dar la murga. Pero entonces el hielo se resquebrajó bajo sus pies, y todos se hundieron.

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Sabes que no pegan las maldades en Navidad, pero tú te excusas, es una trastada tuya y del elfo éste que se ha empeñado en mostrarte la aplicación Chrisor. Entre duendes anda el juego. La cosa es que así, con esta virguería de la tecnología, vas a poderle dar a cada quisque querido su pedazo de turrón sentimental. El próximo, empezando por orden alfabético invertido, a Zoupon, a quien estás deseando conocer para expresarle la misma gratitud que hoy ofreces al que se asome a este blog.

Felices Pascuas a todos. Prometes hacer lo posible para que la aplicación Chrisor, Cristmas On Request, sea algo más que un cuento de Navidad.

Claudia claro de luna

Ilustración prestada de la web www.fotolog.com

Ilustración prestada de la web http://www.fotolog.com

La Justicia se hace imposible de entender para el ciudadano normalito. Mientras en España se pedían siete años de cárcel para una pianista por molestar a sus vecinos teníamos que ver cómo asesinos y violadores múltiples salían de la cárcel antes de tiempo por  un quítame allá no esas pajas, sino la doctrina Parot. La paradoja le fue advertida a este duende por su admirada amiga, la también bloguera  Aldara Fernández de Córdoba, a quien por eso le dedica este cuento.

Lo malo es que, quizás por afán de esmerarse, la historia se le ha ido de las manos, ha olvidado el imperativo de la brevedad y se ha convertido en el post más largo de la historia de este blog. Así que advertido queda el lector. Si tiene prisa, gracias por leer hasta aquí y que pase de largo. Y si necesita garantías de calidad literaria para embarcarse en un cuento de ocho páginas, que acuda a Chejov, a Medardo Fraile o a Alice Munro, que seguro que no le fallarán.

1

Cuando veo el eco que ha conseguido en los medios el caso de la pianista de Puigcerdá recuerdo que yo  también tuve una vecina pianista. Mi nombre es Sergio Rosales, y soy un tipo de lo más corriente, un ciudadano de provincias  con buen expediente y un par de idiomas que hace años recaló en Madrid y tuvo la suerte de pillar trabajo  como abogado en una multinacional. Procuro abstraerme de lo que pasa en el mundo para hacer mi vida sin demasiados traumas, pero la historia de esta mujer me toca muy de cerca. Tanto que siento la necesidad de contarla.

Claudia Abendi era una chica bien que vivía en el mismo edificio en el que yo compré una vivienda cuando mi estatus en la multinacional mejoró notablemente. Las torres de más de once pisos tienen la ventaja de que te permiten hacer amigos en el ascensor. Yo empecé a fijarme en ella porque, aparte de ser mucho más atractiva que el conjunto de funcionarios profesionales, licenciados, rentistas acomodados y algún industrial de la ferretería que teníamos como vecinos, me llamaba la atención su actitud, invariablemente seria y circunspecta. Claudia entraba en el ascensor, suspiraba, apretaba el botón del piso 11, abrazaba una partitura con la que parecía proteger sus senos y, mientras duraba la ascensión, iba tamborileando con sus dedos las notas que en ella acababa de aprender al tiempo que tarareaba con la boca cerrada la melodía que supuestamente interpretaría al piano. Doce pisos dan para enunciar los mejores temas de la historia de la música. El más famoso, que es la Oda a la Alegría de la Novena sinfonía de Beethoven, por ejemplo, no dura en su exposición más allá de treinta segundos, así que los cuarenta que tardábamos en llegar al piso 11 le permitían a Claudia tararear por lo bajini todas las piezas que preparaba. Yo la observaba detalladamente.  Al principio permanecía callado, y más cuando coincidíamos con algún otro vecino. Pero poco a poco, a medida que me iba pareciendo más atractiva y más intrigante su vida, fui perdiendo la timidez.

Un día decidí romper el hielo. Cuando las puertas del ascensor se abrían en su planta y Claudia se aprestaba a salir me incliné ante ella y le dije haciéndome el enteradillo.

-Rachmaninoff

-No- respondió ella como si mi farol no le hubiera hecho demasiada gracia- Albéniz.

Ese día estuvo particularmente seca.  Y mantuvo la misma pose hasta que dos meses después empezó darse cuenta de que le vacilaba. Yo no era un melómano cultísimo, pero mi tía Guillermina, con la que había pasado muchos veranos de mi  infancia, había sido profesora de piano, y después de cenar  gustaba de interpretar a la ligera los temas clásicos más conocidos  que luego yo silbaba por los pasillos. Algunas de las piezas que Claudia tarareaba de memoria cuando volvía del conservatorio  no me sonaban de nada, pero bastantes de ellos me eran familiares. Sin embargo, aunque las identificase, siempre me equivocaba a propósito para provocarla.

-Schuman –le anticipé un día con la seguridad de una apuesta infalible.

-No te hagas el tonto- me soltó apuntado la primera sonrisa de complicidad de nuestra relación- Hasta un niño habría adivinado la Marcha Turca de Mozart.

Todo cambió a partir de entonces entre nosotros.

2

Un vecino que toca un instrumento te puede parecer un ángel o un torturador, según los casos. De entrada admitiré que me parecen legítimas las quejas de los que soportan a través de los muros y forjados de una casa de pisos sus ejercicios y hasta sus interpretaciones.  Pero no quiero parecer un hombre de mármol, un tipo sin sensibilidad para la música y con pocos escrúpulos para sus artistas. Por eso procuré ser delicado cuando me atreví a dar a Claudia el primer toque de atención. Un día que subíamos solos en el ascensor le sugerí que quizás un buen aislamiento acústico para su piano y tocarlo sólo a determinadas horas sería la mejor forma de evitar problemas con el resto de los vecinos.

-¡Ah!, ¿crees eso?…-me dijo sorprendida como si no concibiera que a alguien le pudiera molestar su piano- Sube a casa y te responderé.

Subimos juntos, me ofreció la única butaca que amueblaba su estudio y sin decir una sola palabra se sentó al piano y empezó a hilvanar sin interrupción el momento musical de Schubert,  nocturnos de Chopin y sonatinas de Mozart con temas de bandas de película y hasta boleros, coplas  y valses de esos esparcen como confettis los pianistas de los hoteles. Yo me quedé fulminado por el encanto de aquel recital. No sabría decir si el virtuosismo de Claudia quedaba más cerca de Lang Lang que de la tía Guillermina, pero ver recorrer sus dedos por el teclado y su rostro habitualmente hierático  suspirando mientras movía la cabeza  y cerraba los ojos, como si entrara en éxtasis, me cautivó. Sumando su calidad como ejecutante a su atractivo personal pensé que me había caído en suerte un ángel.

Seré aún más claro. Lo que hasta entonces era una fría relación con Claudia se convirtió en una rendida admiración por ella, que pronto trenzó entre nosotros  una estrecha amistad. Yo aprovechaba todos los ratos libres que me permitía mi trabajo para hacerme presente en su vida, como si lo más importante que tuviera que hacer fuera prestarle todos esos servicios que acreditan a un buen vecino. Gracias a mi fortaleza física y a mis habilidades de manitas,  tanto le ayudaba a subir la compra como le desatascaba la lavadora, le purgaba los radiadores de la calefacción, le instalaba el nuevo equipo de sonido,  le acompañaba a IKEA si podía, le montaba luego esos muebles imposibles, le colgaba los cuadros, le instalaba las cortinas y hasta le bajaba las bolsas de basura cuando me lo pedía. La recompensa solía ser una copa nocturna fumando un cigarrillo –ella decía que sólo a mí me lo permitía- mientras a despecho de lo que sintiera el resto del vecindario nos cruzábamos miradas encendidas y yo me sentía en el séptimo cielo.

A todo esto, insisto en que Claudia Abendi era muy guapa, espigada, larga  melena rubia,  ojos grises, boca grande y bien dentada, y  nariz levemente aguileña que le daba un cierto aire de mujer mala, lo que a mis ojos aún le hacía más atractiva. Yo tampoco era un tirillas, qué diablos. O sea, que aquellos conciertos nocturnos derivaron naturalmente en cariñosas celebraciones sobre el mullido sofá del salón contiguo. Nos enamoramos. O al menos me enamoré yo. Una noche, después de un revolcón apoteósico, le pedí que se volviera a sentar al piano y que interpretara para mí algo que no le había escuchado nunca.

-Por favor –le dije- toca tema del Claro de luna de Beethoven.

Ya habrán adivinado que no soy un tipo demasiado original ni sofisticado. La verdad es que cuando se lo escuché por primera vez a la tía Guillermina flipé, me pareció el no va más del romanticismo, y pensé que no habría mayor felicidad en el mundo que compartir esa música con la mujer mi vida. Estaba convencido que esa era Claudia, mi bella pianista del 11 B. Pero ella no lo tenía tan claro.

-A mí me pasa lo mismo que a ti- me dijo- Cada vez que lo toco siento que necesito tener cerca al amor de mi vida.

Dejó en suspenso la frase. Y tanto me inquietó que la invité a continuar la explicación con esa pregunta que había escuchado cientos de veces en el cine y en el teatro y que jamás en la vida habría empleado yo.

-¿Y bien?…

-Pues que no estoy segura de que tú seas por ahora el hombre de mi vida.

3

Fue un jarro de agua fría, pero no me desanimé. Es la ventaja de ser un alma simple, como creo que es la mía. Todo lo contrario: recordé que había dicho “por ahora”, y pensé que con el tiempo Claudia cambiaría de opinión, y se daría cuenta de que yo merecía sobradamente ese Claro de Luna que me escatimó esa noche.

Al poco tiempo de aquello Claudia heredó de su padrino una buena cantidad de dinero. Lo primero que hizo con él fue sustituir su piano vertical  por un imponente Yamaha de cola. Y a continuación  decidió acometer unas obras en la casa para unir dos habitaciones y convertirlas  en un estudio aislado como yo le había  propuesto. Me pidió entonces que le ayudara a proyectar y a comparar presupuestos. Muy oportunamente, por cierto, pues  desde el  piso octavo hasta el mío, que era el último, todo eran malas caras en el ascensor por su culpa.  Claudia estaba dispuesta a pagar el aislamiento que le recomendaron en el Conservatorio, pero contaba con que yo negociara el precio final y me ocupara de supervisar la instalación.

-Ya sabes –me decía muy tiernamente mientras me mordisqueaba la oreja- Las artistas no servimos para eso…

Y estaba dispuesto a ello. Por amor, uno es así de claro. Sin embargo, y muy a mi pesar, no pude hacerlo. La compañía para la que trabajaba estaba ultimando la compra de una planta de fabricación de sepiolita en Marruecos. Las negociaciones se adivinaban difíciles, y me indicaron que debía desplazarme allí con otro abogado y un auditor para ultimar los términos de la operación y empezar el tira y afloja hasta redactar el contrato final. Dos meses lejos de Claudia. Dos largos mes más esperando escuchar su sonata Claro de Luna.

4

A la vuelto me encontré con el presidente de la comunidad  y me contó algo que me dejó estupefacto. Hartos de las molestias producidas por el piano de Claudia sin que esta reaccionara a sus quejas, un buen número de comuneros  habían decidido demandarla por quebrantar su derecho al descanso. Dijo que  cuando Claudia recibió la demanda por exceso de decibelios  su reacción fue furibunda.

-Vaya carácter el suyo –subrayó resoplando su indignación-  Se presentó en la junta que celebrábamos hecha un basilisco, gritando que éramos unos incultos, y usted  en particular un facha celoso…Sí, eso dijo –recalcó con indisimulada mala leche- Facha y celoso.

Yo ni sabía nada del asunto ni, por supuesto, me hubiera sumado a esa demanda de la que ni tenía noticia. Sí empecé a sospechar algo raro en Marrakech cuando traté de hablar con ella a través del SKYPE sin lograrlo, y cuando tras diez correos que le mandé sólo me respondió a uno con extrema frialdad y evasivas, como si aquel triángulo amoroso entre Claudia, el piano y yo sólo hubiera sido un sueño. La realidad es que en mi ausencia, mientras los vecinos se rebelaban contra ella,  Claudia se complicó la vida por culpa del nuevo piano y no llevó a cabo las reformas previstas. Peor aún para mí, porque la causa de todo ella era un afinador que se presentó en su vida como un Superman que hubiera penetrado por la ventana del salón y se hubiera sentado sobre el piano para seducirla.

-Sergio, son las cosas de la vida- me diría después- Me sentó fatal tu marcha, y encima el piano venía con problemas… Y en pleno bajón de ánimo apareció él y….Tuvo que reponer algunos fieltros de los mazos, y limar las piezas…Vino varias veces y no sé, no me lo puedo explicar…

Cuento. Mucho cuento me parecía a mí cuando al fin cantó la palinodia.

Y tanto. El escándalo que escuché nada más salir del ascensor la noche de mi regreso me dio la pista definitiva. El 11 B no sonaba como la digna casa de una pianista, sino como un puticlub. Me alarmé sobremanera. Esa no es mi Claudia, pensé, que me la han cambiado. En lugar de su pulso sereno interpretando delicadamente un nocturno de Chopin o una fuga de Bach, como sonaba cuando me tuve que marchar a Marruecos, lo que salía de allí  eran palmas y risotadas coreando los berridos de un borrracho que cantaba con ella al piano lo que más odio en este mundo: Dale a tu cuerpo alegría Macarena/ que tu cuerpo es pa darle alegría y cosas buenas…

Fue el acabose. Sin llegar siquiera a entrar en casa,  me metí de nuevo en el ascensor, bajé a la calle y salí huyendo despavorido de aquel infierno.

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Esa Claudia Abendi no me interesaba nada. Aquella misma noche llamé a mi mejor amigo, le dije que tenía problemas y le pedí que me acogiera en su casa. Permanecí en ella dos meses, hasta que ya me dio vergüenza parecer un okupa y alquilé un modestísimo apartamento junto a mi oficina.

Allí se puede decir que inicié una nueva vida, volcado desesperadamente en mi trabajo y cerrado a cualquier noticia de mi antigua vecina. Apenas ponía la tele ni la radio, y dejé de leer periódicos. No quería saber nada de ella, sólo deseaba borrarla de mi memoria. Y un año después creía haber suturado aquella vieja herida  cuando , yendo en un taxi,  escuché por la radio un comentario acerca del lamentable caso de Claudia Abendi la pianista encarcelada. ¿Claudia encarcelada?- pensé- ¡No me lo puedo creer! Debí de sentir eso que llaman un vuelco del corazón. Volví a mi apartamento, encendí  el ordenador y por primera vez escribí en el buscador de Google el nombre de mi antigua vecina.  No fue agradable ponerme al día de su desdichada suerte.

Al día siguiente, convencido de que ya no la vería más, dejé el apartamento y volví al piso que  hasta hacía casi dos años fue mi casa.

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Al poco de instalarme de nuevo en el 12 B de  empecé a sentirme incómodo. Las noches sin el piano de Claudia se me hacían insoportables. Me acordaba de aquella película de Visconti en la que un anciano que interpretaba Burt Lancaster vive amargado por las orgías de sus vecinos del piso de abajo y cuando estos se van de la casa descubre que la soledad y el silencio le atormentan aún más, y acaba echando de menos sus pasos y sus voces.  Yo no soy tan sofisticado como aquel personaje, ya lo he dicho, pero sufrí algo parecido. Lo intenté olvidar trabajando como nunca lo había hecho, buscando diversión y entretenimiento con otras chicas y con los amigos y haciendo algún viaje. Esquivando siempre, por supuesto, cualquier noticia  de Claudia que pudiera escocer aún más  mi herida. Seguí sin apenas leer periódicos ni ver telediarios ni poner la radio, y no entraba en más páginas de internet que las que necesitaba para mi trabajo. Sólo una noche en la que el insomnio ya me desesperaba encendí la luz, busqué desesperadamente el botón del ON de mi aparato de radio y conecté con Radio Clásica. También fue mala suerte. Justo en ese momento anunciaban la Sonata Claro de Luna de Beethoven en una interpretación que, para más inri, era del pianista Claudio Arrau.

7

Fue demasié pal body. Aquella misma noche salté de la cama, encendí el ordenador y le puse un correo electrónico a Claudia diciéndole que después de tanto tiempo simplemente quería saber algo de ella. Pretendía ser lacónico y distante, pero enseguida me di cuenta de mis palabras traslucían algo más que curiosidad y simple cortesía social. Empecé por decir que me sentía muy dolido de que ella creyese yo me sumara a la acusación particular para llevarla a prisión. Luego le recordé cómo cuando fuimos vecinos había tratado de hacerle la vida más fácil, y de ayudarla en todo lo que pude. Y le confesé que quizás me había equivocado al pensar que aquello pudiera derivar en algo más que una simple amistad.

Eso ya no era un correo, era una carta en toda la regla. Pero bueno, hecho estaba: necesitaba descargar mi conciencia y aliviar mi zozobra.  Y aunque no lo hice, me dieron ganas de añadir como remate lo que cantaba la Piquer en aquella famosísima copla que también tocaba al piano la tía Guillermina: No debía yo quererte, no debía yo quererte…/¡Y sin embargo te quiero!

Debió de intuirlo. Porque su respuesta fue extremadamente cariñosa. Y pronto nuestra comunicación a través de los e-mails y del SKYPE fue tan fluida y cálida como si nada ni nadie nos hubiera separado nunca.

8

Punto uno: reconocía que se equivocó conmigo, y que pensó que yo, despechado, había sido el gran agitador de lo que ella consideraba un linchamiento contra la música. Estaba encantada de ver que no había sido así, y  de que a pesar de todo lo pasado, yo siguiera acordándome de ella.

Punto dos: que la conquistó mi cariño y mi afán de ayudarla. Lamentando en este punto haberse abandonado tras mi marcha  a Marruecos y no acometer las obras que habíamos planeado.

-Fue un desastre –reconoció-Y no me extraña que los vecinos se acabaran hartando de mí y de mi piano.

Punto tres: reconoció también que había sido demasiado rigurosa consigo misma, exigiendo a su corazón más pruebas de amor que las que le había ofrecido hasta entonces.

Lloró cuando admitió que  lo estaba pasando fatal en prisión, y que sólo el permiso para tocar en un viejo piano vertical que había en la sala multiusos, y que ella utilizaba mientras las demás reclusas hacían gimnasia, le consolaba.

Seguía llorando cuando recordó que  se le fue la olla con el afinador, un tipo guapo y seductor que se extralimitó en sus funciones, le animó a beber más de la cuenta y a incurrir en el pecado de lesa sensibilidad de aporrear al piano la Macarena a las doce de la noche. Comprendía también que, después de negarme el Claro de Luna de Beethoven, renegara de ella tras semejante sacrilegio.

Y se sorprendió de que yo ignorase el verdadero motivo y el alcance de su condena.

-Se ve que no ha seguido mi caso –me dijo- ¿De verdad crees que me han enchironado por un delito de contaminación acústica?…No fue así. Eso se hubiera saldado con una multa. Lo que me condenó fue no sucumbir a sus malas artes de seductor … Precisamente por negarme a ellas, una noche que estaba borracho perdido y que pretendió abusar de mí yo le frené en seco y le quise echar de casa. El se revolvió, se negó a largarse, redobló su ataque, quiso forzarme  y, como no consiguió someterme, porque apenas se tenía en pie, cogió el busto de Mozart que tenía sobre la chimenea y lo estrelló con toda su furia contra el teclado de mi precioso piano…

Mi cara a través de lo que dejaba ver el programa SKYPE debió de ser un poema. Estaba literalmente estupefacto.

-Y entonces la que me cegué de ira fui yo. ¡Mi piano!… Cogí un hierro de la chimenea, lo levanté con mis dos brazos y lo descargué hasta seis veces sobre él con todas mis fuerzas…Y aquí me tienes: cinco años de reclusión por tentativa de homicidio, y no por pianista pelmaza…

8

Ya no me sentía tan solo en el 12 A. Contaba cada día los que faltaban para que Claudia cumpliera su condena. Nos escribíamos mails a diario, una vez a la semana nos hablábamos a través de SKYPE, y una vez al mes acudía a la prisión a visitarla. Un día recibí por correo postal una invitación. La Dirección del Centro Penitenciario para Mujeres tiene el gusto de invitar a Don  Sergio Rosales al recital de piano a cargo de la pianista Claudia Abendi que que se celebrará el próximo 12 en el Salón Multiusos. SRC

Fui muy ilusionado. Junto con la directora y los mandos de la prisión, era el único de entre el público que no tenía la condición  de reclusa ni de familiar de reclusa. El programa era variado: desde las piezas populares que tocaba al piano García Lorca y el Asturias de Albéniz hasta la danza húngara nº 5 de Brahms, la Campanella de Paganini , dos temas del Carnaval de Schuman y varias versiones de canciones regionales y bandas de sonido del cine. Al final del recital el público estaba entusiasmado, y Claudia tuvo que dar propinas. Primero una polonesa de Chopin, y a continuación el Imagine de John Lennon. Cuando ya todos daban por acabado el recital, Claudia se levantó de la banqueta y tomó la palabra.

-Gracias, muchas gracias –dijo con la voz entrecortada por la emoción- este es un día muy especial para mí…Y quiero acabar este recital con una pieza que no he interpretado nunca ante nadie, y que dedico especialmente a una persona muy querida que me apoyó mucho antes de entrar en este centro y me sigue ayudando ahora.

Se sentó de nuevo ante el piano, puso las manos en su regazo y cerró los ojos como esperando que le bajara del cielo un rayo luminoso. Despertó, levantó sus manos para posarlas sobre el teclado y lenta, profunda y amorosamente fue desgranando las notas del primer tiempo de la Sonata para piano nº 14, popularmente conocida como Claro de Luna de Beethoven.

Sólo al final de su ejecución se cruzó una mirada fugaz conmigo. Pero para entonces yo, que, como decía,  soy un tipo muy básico, secaba  con el dorso de mis manos un par de lágrimas indiscretas que se escurrían por mis mejillas. Mientras tanto, soñaba que la misma Justicia  que con tanta generosidad  acaba de liberar a un puñado de criminales me devolvería pronto a la mujer que sólo cometió el delito de amar  a la música y que ahora, al fin, también me amaba a mí.

 

Espérame en el cielo, Manolo

Escobar1

Sigue el desfile. Estás en una edad en que se te mueren hasta los inmortales, y lo peor de todo es que ni siquiera te afecta como crees que te debería afectar. Procesas con naturalidad el instinto de supervivencia: si hay otra vida, seguramente pasará menos tiempo para que te encuentres con el difunto en el más allá que el que pasaría aquí hasta que volvieras a saludarlo.  Así que el muerto al hoyo y el vivo al bollo, o aquí paz y después gloria. Debe de ser que, aunque no lo quieras, se te acorchan los sentimientos. Lo que otros llaman simplemente ley de vida, que como apostillaban los romanos es dura lex, sed lex. Se muere Manolo Escobar y su España sigue a lo suyo. De imprescindibles está lleno el reino de los cielos.

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A ti, reconócelo, la muerte de los famosos te suela afectar poco. Incluso la de aquellos a los que, sin ser amigos tuyos, has conocido de algo. Pero no todos los famosos han sido iguales, incluso en la breve y superficial relación que mantuviste con ellos. Cuando desapareció sigilosamente Tola te dio verdadera pena, porque te parecía un verdadero talento televisivo, una auténtica revolución como presentador incisivo y mordaz, y además fue de los que indirectamente más te ayudó en tu carrera radiofónica. Te entristecía ver que, lejos ya su magnífico Si yo fuera presidente, la gente apenas se acordaba de él. Murió Juan Luis Galiardo y de verdad que lo sentiste, pues después  de haber soportado una bronca suya –por un asunto un tanto divertido- y de haber vacilado con él un par de veces en la radio te parecía un tipo simpático, ingenioso y de gran honestidad intelectual, capaz de convertir su pasado de seductor en una caricatura de la insoportable levedad del ser. No sabes si antes o después también voló Antonio Mingote, que a base de ver sus chistes tantos años era como de la familia, y como otra muerte de buenazos puedes catalogar la de José Luis Borau, personaje que te despertaba infinita ternura y al que recordabas de cuando rodaba para tu agencia spots publicitarios en su casa antes de lanzarse a ser figura del cine.

En ese mismo orden preferente colocas a Manolo Escobar.

2

Ni una sola de sus canciones estaría en la lista de tus 500 favoritas. El Ejido, Badalona, Benidorm, su famoso tupé, una troupe de hermanos como palmeros y guitarristas, todo el argumentario de tópicos españolistas en unas letras sin el perfume de Quintero, León y Quiroga…Nada de lo que le ha subido al pedestal de la gloria popular te emociona particularmente, incluso caería en el caleidoscopio del sinete folklórico que hacía en la radio una tal Esmeralda Clamores nacida de tu repertorio. Y sin embargo le admirabas. Admirabas la sinceridad de su vida y de su cante, deseoso siempre de dejar en el aire una fragancia amable y positiva. Admirabas al hombre machadianamente bueno que habitaba en esa alma que respiraba honradez y una casi conmovedora ingenuidad.

3

Cuando se le pide a un personaje famoso su participación en una campaña de publicidad es muy normal que éste exija un cojón de mico primero y luego, con la boca chica, cumpla sin dar demasiadas facilidades. Vanitas vanitatis Tú viviste esa misma experiencia con otros personajes públicos, que decían veinte segundos de mensaje para un banco sin cambiar su cara de marmolillo y en una hora de rodaje se llevaban lo que cobraba Curro Romero por una corrida de entonces. Ninguno te había dado las gracias porque te acordaras de él para proponerlo como prescriptor, y, de paso ganarse una pasta. Ya creías que eso era lo normal entre las celebridades. Por eso te sorprendió que unos meses después de acabada una campaña para anunciar los PAC de la Unión Europea a través del Banco Santander en la que aparecía Manolo Escobar cantando desde lo alto de un tractor Billetes, billetes verdes/ pero qué bonitos son, recibieras una llamada de teléfono en tu agencia.

-Hola –te dijeron al otro lado del teléfono- Soy XX, sobrino de Manolo Escobar y su representante. Que mi tío dice que le gustaría ir a hacerte una visita.

Se presentaron tío y sobrino en tu despacho. Y, como si el ilustre cantante fuera un debutante feliz por haber ganado sus primeras pesetas gracias a ti, te abrazó sonriente y ceremonioso.

-Toma-dijo entregándote  un bonito cuadro a pastel- Y muchas gracias por haberte acordado de mí.

Manolo Escobar era un buen coleccionista de arte moderno. No sabes, ni te importa, qué cotización tiene la firma de aquel pastel. Cuando lo miras, sólo piensas en lo que valía el hombre que lo regaló, un ídolo de masas que nunca perdió la perspectiva de la normalidad. Un buen tipo que sabía estar a la altura de su fama.

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En el campo, un poco triste, pero contento de otra parte. No sabes si es por la muerte de Manolo Escobar , pero qué manera de llorar el cielo. Desafías al temporal y sales a pasear bajo la lluvia removiendo los erizos de las castañas por si descubres un boletus. En estas te llama por teléfono tu amigo M.G.

-Qué alegría me da escucharte –te dice- Y menudo el susto que me he llevado…¿Creerás que me han llamado para decirme que habían escuchado por la radio que te habías muerto?…

Desde que va hacer un año pensaste que te podías morir en breve plazo, a ti estos despistes no te dan ningún yuyo. Por lo que te cuentan, hoy Javier Capitán evocaba en su programa de RNE la colaboración que mantuvisteis él y tú con el fallecido Manolo en un programa bastante horribilis de Tele 5. No sabes cómo se expresó Capitán, que no suele hacerse líos, pero alguien lo escuchó a medias, se precipitó en sus conclusiones y creyó que el difunto eras tú, hasta el punto de llamar a tu amigo ya citado para darle el pésame. Que la noticia no sea cierta te da una doble alegría. De una parte, ya te consta que los pocos que recibieron la mala nueva lo sintieron de verdad. De otra, sigues vivo. Y con ánimo para cantarle a tu admirado Manolo Escobar  el bolero aquel de Espérame en el cielo…

Un encuentro con Forges

Muchas de las observaciones de Forges te recuerdan a las que hacía tu doña María en la radio...

Muchas de las observaciones de Forges te recuerdan a las que hacía tu doña María en la radio…

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A veces tiras del hilo de un día cualquiera y acabas encontrando un poco de  literatura. Todo empezó cuando las noticias dieron cuenta de que el el bloqueo de la administración de los Estados Unidos podría provocar un batacazo económico treinta y dos veces superior en su cuantía al que supuso la quiebra de Lehman Brothers.  Las gracias de la economía global.  No es justo –pensaste- ¿Por qué  los grandes pelotazos de los ricos sólo tienen repercusión en sus bolsillos y sus ruinas nos arrastran a todos?

Vana pregunta, porque las cosas son como son, y tú qué pito vas a tocar en esto. Así que a vivir, que son dos días.

Advertiste que este en particular era día de macarrones con tomate, chorizo y queso. No sabes qué sienten los demás, pero tú tienes claro que tu cuerpo hay  días de que desea imperiosamente macarrones con tomate, o días de lentejas, o de filetes de gallo rebozados, y momentos de morder desesperadamente un bloque de jamón de York o una tajada de esas grandes  ruedas de queso Emmental  que exhibían las mantequerías antiguas.  En días así,  son esos bocados tu necesidad inmediata, y colmarla,  tu felicidad posible. Bueno, pues el día del miedo al enésimo soponcio económico tu hambre exigía ese plato tan sencillo, pero tan gratificante.

Y te pusiste  a ello.

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Todo fue bien hasta que tuviste que abrir un sobre de queso rallado para esparcirlo  sobre la fuente de  macarrones. Hubo un tiempo en el que abrir cualquier sobre o paquete era algo al alcance de cualquiera, pero desde que el sector alimentario inventó el termosellado de los envoltorios y  esa fuente de cabreos y frustraciones sin límite que llaman abrefácil , ese momento constituye uno de los más delicados y difíciles para la autoestima.

-¿Seré capaz de hacerlo –te preguntaste- o este puto queso rallado me volverá a recordar que soy incapaz también para esto?

Obviamente, el abrefácil se salió con la suya, y no cedió a tus ímprobos esfuerzos. No pudiste liberar el queso rallado hasta que recurriste a las tijeras de cocina, que junto con el cuchillo jamonero tantos cortes te han producido en esa labor sencilla como debería ser sacar un alimento de su envoltorio. El nuevo fracaso te planteaba el dilema de no saber si eras realmente un imbécil o los fabricantes de abrefáciles son lo más siniestro y vesánico de la especie humana.  En ese momento, además,  sentiste dentro de ti a doña María, aquella criatura radiofónica que para casos como éste siempre decía la misma sentencia.

-Esto está hecho de espaldas al pueblo.

 

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La vida es a veces una cadena de casualidades. El día anterior te había llamado la atención el chiste de Forges  sobre abrefáciles que reproduces aquí. Eso coincidió con la llamada una amiga para avisarte de que en el programa de RNE No es un día cualquiera que presenta Pepa Fernández, ella, el propio Forges y ese trasgo genial de finísimo humor llamado Juan Carlos Ortega habían evocado tus años de radio junto con Javier Capitán y Julio César Iglesias, rindiendo un particular y cariñoso homenaje a tus títeres de cabecera como fueron Braulio, Esmeralda Clamores, el padre Bonete y la ya citada gladiadora del hogar.

[Escuchar el programa pinchando aquí, minunto 45 aprox.]

 

–¿Estaré muerto? –pensaste al escuchar sus palabras a través del podcast de RNE a la carta- Porque normalmente sólo se habla de la gente así de bien cuando ya no puede escucharlo…

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También debe de ser casualidad  que el maestro Mingote, y Forges  nacierais el mismo día 17 de enero con algunos años de diferencia. Y casualidad fue que hace dos o tres semanas te lo  encontraras paseando por el centro de Madrid, y que anduvierais juntos un ratito contando vuestros respectivos arrechuchos, a Dios gracias si no vencidos al menos amansados, y hablando de la radio, de las cosas de la vida y de esta costumbre que tenemos los jubiletas –él aún no del todo- de echar a andar cada día para recuperar la ilusión de la salud y aventar los recuerdos.

Te sorprendió la frase con la que te despidió antes de entrar a hacer unas compras en el nuevo Mercado de San Antón.

-Pues me alegro mucho de verte así de bien –dijo mientras te daba un apretón de manos y te sonreía- Y te doy las gracias por existir, porque sin gente como tú, te lo digo en serio,  esto sería mucho menos soportable.

Pasmado te quedaste, viniendo aquello de un agudo observador y fabricante  sonrisas inteligentes al que de verdad admiras. No le dijiste que lo tuyo no fue ningún esfuerzo especial por resistir a la enfermedad.

Tampoco le pudiste decir entonces que a pesar de la amenaza del cataclismo económico que nos persigue, y de lo gilipollas que uno se siente por culpa de los abrefáciles, aún te entusiasma pasear por la vida y seguir descubriendo amigos.

 

Desayunos sin brújula

¿Será posible que con la de veces que has desayunjado a lo largo de tu vida aún no tengas claro cuál es tu desayuno perfecto?...

¿Cómo es posible que después de tantos años desayunando aún no tengas claro cuál es tu desayuno ideal?…

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Desayunas un kiwi, una ciruela, un poco de esos cereales que llaman Muesli con leche y café. Lo del kiwi, que no te gusta mucho, te lo metieron en la cabeza cuando la quimioterapia hacía de las suyas y dificultaba el tránsito intestinal. Que curiosa palabra la de tránsito: tanto se utiliza cuando alguien muere  como cuando necesita laxantes. Supongamos que ese es tu caso. Afortunadamente.

Hoy ha caído ese desayuno, otros días tomas tres galletas Digesta, cuando te da, tostadas con aceite, tortas de ídem, roscón cuando es época o cualquier tipo de bollo o bizcocho. Y si hay porras o churros recientes, eso sobre todo. Viva el colesterol. Tú ya tienes lo tuyo, pero desde que los análisis te dijeron que tenías el índice de colesterol perfecto te das al aceitamen y a la chacina hasta lo que te pide el cuerpo. Tus arterias bien, aunque tu barriga no engaña. Lo notas en los agujeros del cinturón, que siempre te gustó llevarlo apretado hasta el último ojete. Ahora te oprime, para qué te vas a engañar. Pero te importa menos porque ya estás en edad senatorial, y a estas alturas de la película, y con chaqueta, como te gustará volver a llevar cuando el larguísimo y calidísimo verano se retire, la silueta de señor clásico disimula las curvas.

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Especulas con lo variable e indefinible  que es tu desayuno porque vives días de nosequé. Debe de ser un fenómeno típico de estas temporadas bisagra, en las que no se sabe si aún es verano u otoño, si hay que cambiar el fondo de armario o no, si hay que poner en marcha algún buen propósito o desengañarse de él cuanto antes, si es mejor escribir y salir a pasear o pasear y después sentarte a escribir, si hay que estudiar un curso de alemán o apuntarse al gimnasio, si mantienes tu tertulia o solicitas el ingreso en la Sociedad de Amigos de las Micología.

El caso es que a la duda proverbial de la época añades la tuya personal y constante, que manifiestas hasta en los detalles más insignificantes de la vida. Hace poco, revisando papeles, veías escritos tuyos de diferentes momentos y observabas cómo tu letra cambia de un año a otro. Unas veces letra grande, otras pequeña, a ratos recta, luego tumbada. En ocasiones los rasgos son muy marcados. Poco después tu pluma parece que ha derretido las aristas, y dibuja unos trazos largos en los que es difícil adivinar palabras inteligibles. Qué caligrafía tan mutante. Como tus desayunos.

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Como tú mismo. ¿Licenciado en derecho, publicitario, empresario varado, comunicador, rapsoda, humorista, caricato o excéntrico, como te titulaba el epígrafe fiscal en el que te encuadraba el antiguo IAE?… Llevas unos días intentando encontrarte a ti mismo, y pensando en la necesidad de ordenarlo todo: tus prioridades, tus gustos, tu plan de vida, tu forma de presentarte, tus papeles, tu casa. Para que seas capaz al menos de encontrar el cortaúñas cuando lo buscas. Dios, qué caos.

Luego te acaba venciendo la indefinición, y sigues en tu tiovivo, incapaz de detener tu caballito en una opción, y de ser lo que antes se llamaba un hombre de una pieza.

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Y a ti te divierte, crees que incluso te compensa esta forma de ser/no ser. Aunque lo cierto es que la historia acaba perteneciendo a los que lo tienen todo claro, y están convencidos hasta del desayuno que hay que tomar antes de ponerse en marcha  y arreglar el mundo.

Estampa de perro mirando al mar

Perrro en Ibiza1

Te acercas de nuevo al blog mientras preguntas en qué consiste la felicidad, y por qué este verano creías que eras feliz, cuando eso de la felicidad siempre te pareció un cuento, un imposible metafísico, una proclama voluntarista de seguidoras de la Señorita Francis.

Luego te miras el estilo y te dices que cómo vas a escribir de eso sólo tres días después de que a tu pueblo, que es Madrid, le dieran por el COI, no se sabe si porque el COI es la leyenda negra resurrecta o porque en realidad no somos tan estupendos como nos contaban. Por cierto…¿qué sabe el pueblo? Casi nada de todo. Sin embargo le bombardean  con slogans de famosos, datos, informes, estados de opinión y monsergas de los politólogos, y allá que va creyéndose el elegido. Y cuando se cae del guindo se mosquea, llegan los lamentos y se siente el objetivo de la conspiración universal de los enemigos de España. Menos mal que esta vez no ha intervenido la pérfida Albión.

Quizás Madrid 2020 iba a Buenos Aires de sobrado. O de engañado. No es que seas insensible al estupor y a la zozobra colectiva. Sientes el fiasco por los bien intencionados y los ingenuos. Pero recelas  del negocio olímpico, que es como en realidad se deberían llamar a los juegos, igual que de cualquier otro opio del pueblo.

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Así que te fijas en el perro que miraba el mar desde el muro de piedra y decides escribir sobre él. El perro en realidad es una perra llamada  Swing, que al atardecer se sube al murete de piedra y se entretiene mirando el mar del sur de Ibiza. Quizás espera uno de los bellos juegos cromáticos de la puesta de sol, que primero encenderá los acantilados de punta Porroig y luego matizará de un rojo cinabrio los dos cabos que se divisan por detrás de este. Se supone que Swing no tiene sensibilidad para apreciar estos detalles, pero el caso es que la perra parece feliz y se queda embelesada contemplando el paisaje.

Tú la acabas de llamar por su nombre, y la perra ha vuelto la cabeza.

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Aunque Swing quizás no lo aprecie, verá un jardín de arbustos y plantas aromáticas que proyectan hacia el cielo un pequeño bosque de verdor. Hace quince años en ese lugar había un pedregal. La perrita también ve  por encima de la mancha verde una casa de puro estilo ibicenco. En su terraza hay un señor y una señora rubia de elegante figura que leen cada uno un libro. También hay otro que mira. Mira a la perra que miraba el mar, mira el panorama, mira el monte de pinos, sabinas, enebros, madroños, brezos, jaras y abundantes lentiscos, hendido en su mitad por una torrentera, que rodea a la casa. Mira, en el fondo del cuadro, el Mediterráneo.

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Ese otro eres tú. Tú querrías explicar que estás ahí invitado por la pareja que lee. Le dirías a Swing que son tus amigos, unos de esos buenísimos amigos que, desde que te diagnosticaron la neoplasia esa que ahora parece dormir, tanto se han ocupado de ti. Tu amigo suele dejar comentarios en este blog firmando como un aristócrata. Se titula duque, marqués, barón…Falso: es un impostor. Oculta que sólo atesora la aristocracia de la inteligencia y el trabajo. Los réditos de esa otra aristocracia le permitieron hace años asentarse en la isla y poner a disposición de su señora una tierra que ella ha acabado de convertir en un paraíso. Ella es una apasionada de Ibiza y de la jardinería, con la que hace maravillas. También prepara una ensalada de garbanzos con confit de pato sublime, amen de otras delicias orientales. Es sensible, delicada y tímida, pero vaya si manda. Tienen hijos y  nietos, todos sanos y sonrientes. También una piragua en una cala cercana, con la que salen cada mañana a remar para conservar la línea. Incluso eso les ha salido bien.

Le dirías a la perrita Swing que hay otras maneras de ser feliz, aunque a ti particularmente esta es de las que más te convencen. Pero tampoco hay que distraerla. Que gire la cabeza y vuelva a componer la bella estampa de perra mirando el mar.

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Millonario en la Posada de Lalola

Y aprovechas la quietud que te ofrece la Posada de Lalola para avanzar que te quedan muchas cosas por contar de tu tournée veraniega...

Y aprovechas la quietud de la Posada de Lalola para  recordar que el blog sólo está dormido, no muerto, y avanzar que te quedan muchas cosas por contar de tu tournée veraniega…

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En el día de gracia del Señor del 19 de agosto de 2013 adviertes que tu cabellera se asemeja ya a la de un senador romano de los que salían en Espartaco y otros péplum de la época, y tú mismo reconoces que empiezas a estar pelín ridículo.

Nunca mejor dicho lo de pelín. Parece ser que  las quimioterapias se vuelven juguetonas con el pelo, rizando caprichosamente lo que antes era lacio. Tú, que antes de quedarte calvo como Nosferatu  peinabas tus crenchas lisas al modo clásico, te alarmas pensando que si sigues dejándolas crecer a su antojo pronto acabarás con la testa repolluda, como la de la duquesa de Alba. Ella se lo puede permitir, tú no tanto.

De modo que  aprovechas tu paso por Barbastro, capital del Somontano, para cortarte el pelo.

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No es lo más importante que se puede contar de un viaje de verano, pero es bastante original. Te preguntas cuántos de los escritores de viajes y blogueros del momento harán constar en su dietario que tal día como hoy se han cortado el pelo en la cuna de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Te respondes a ti mismo, esperanzado, que ninguno. Supones que la mayoría habrán descrito paisajes maravillosos y vivencias excitantes, lo mismo que tratas de hacer tú habitualmente. Sólo que hoy has reparado en la imprevisibilidad de la vida, y en el encanto de lo imprevisible. La peluquera es una chica con larga melena, esbelta y muy mona, y vive con su novio en Colungo, un pueblecín de la sierra de Guara cercano a Buera, donde has parado tú para rendir visita a tu amigo Miguel Angel, señor de la Posada de Lalola, del que ya hablaste hace tiempo en este blog.

-¿Han trabajado mucho en agosto?- le preguntas a la peluquera por hacerte el simpático.

-Huy, sí. Aquí gracias a los amigos del Opus que vienen a Torreciudad tenemos mucha clientela de verano.

Luego te cuenta que a ella se le está haciendo muy largo el estío, porque aún no ha tomado vacaciones, y no ve el momento de largarse con su cari a las playas de Rota.

-No se preocupe –te dice cuando tú le adviertes de los peligros de hacer tanta carretera-Nosotros viajamos en AVE, y luego alquilamos un coche allí.

Te alegras. Te alegras de haberte cortado el pelo en Barbastro, te alegras de que cualquier vida ajena te interese. Y, de un modo homperiano, no sólo te alegras, sino que te sorprendes de que en lo más profundo de la crisis una joven peluquera de provincias viaje con su novio a las playas de Cádiz en AVE y en coche alquilado. Un augur de la economía podría interpretar el dato como un indicio del final de la crisis. Una novelista de las que ahora copan las librerías quizás lo aproveche como comienzo su próximo libro: El verano de la peluquera del Somontano. Compuesto el título así, en dos líneas, y con una portada de ninfa joven sobre las arenas de una playa atlántica ya apunta a best-seller. Hay que ver lo que se descubre viajando.

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Este largo paréntesis ilustra perfectamente tu anarquía bloguera. Has acumulado muchas experiencias gozosas de senderista pirenaico.  Primero en les Valles D´Aneu, luego por dos días en Benasque.  Sigues siendo un nómada en busca de tranquilidad –estos día todo se te ha ido en ver y en asombrarte- para escribir,  y de wi-fi para subir algún nuevo post y  lavar así tu mala conciencia de vago. Crees que tienes muchas cosas que contar.

La primera de todo, y considerando tu condición de convaleciente, la inmensa suerte  de haber recorrido tanta hermosura sin que proteste tu salud.

Pero ayer pusiste rumbo al sur, siguiendo el  curso del maravilloso río Ésera, pasaste por Olvena y por un paraje  de belleza sobrecogedora que se llama el Ventanillo del Congosto y finalmente te detuviste en este hotelito rural donde el posadero, que se hizo amigo tuyo hace años a través del milagro y de la guasa de la radio, te recibe como si fueras un príncipe.

Durante estos días has dormido bien, incluso muy bien. Algunas veces, cierto, has tenido sueños extraños. Hace sólo un par de noches soñaste que habías descubierto en tu herencia familiar dos lienzos de Velázquez, uno de ellos tan grande que permanecía enrollado a la espera de que viniera el de Sotheby´s y tasara el importe de salida de vuestra fortuna.

Esta vez, sin embargo, despertar no fue regresar a la dura realidad, sino todo lo contrario. Continuaste el viaje, seguiste explotando el paisaje de tu país, y el tesoro que es tener amigos con el corazón de Miguel, el ángel del Somontano. ¿Para qué necesitas soñar en ser rico rico, si te sobra con ser afortunado?

 

¡Freude, amigo Simon Rattle!

Por razones evidentes nunca olvidarás esa Novena SInfonía de Beethoven que dirigió SImon Rattle en Madrid...

Por razones evidentes nunca olvidarás esa Novena SInfonía de Beethoven que dirigió Simon Rattle en Madrid…

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¡Alegría, bella chispa divina, hija del Elíseo!…Beethoven fue un genio, un talento de esos que autorizan en el creer en el género humano, por muchas barrabasadas que este haya hecho a lo largo de la historia. Schiller tampoco debió de ser un maula, aunque tú confiesas que lo has leído poco. Su famosa Oda a la Alegría, convertida después por el músico de Bonn en el coral más célebre de la historia de la música, es el grito de júbilo más solemne y universal. Épico, lírico, triunfal. Sublime.

Pero los tiempos cambian. Hace poco, en la celebración de una boda muy modelna, de esas con jueza redicha, poemitas cursis, discursos tópicos y cuestación final por hacerse con un retazo de la liga de la novia, la música que sonaba no era la Novena Sinfonía, sino una curiosa canción de Extremoduro que dice así:

Si me espera/ la muerte traicionera/y antes de repartirme/ del todo, me veo en un cajón,/ que me entierren/ con la picha por fuera/ pa que se la coma un ratón.

Tú, tan antigualla, escuchabas la letra y te quedabas perplejo como Homper. El novio era DJ, o sea, disk jockey, o sea, el que pincha los discos. Lo cual que una de dos: o era sordo como el propio Beethoven, cosa poco probable en su oficio, o tenía un puntito de masoca. Porque presentarse ante la que va a ser tu esposa deseando que te entierren con el carajo al aire para que se lo coma un ratón no es de recibo. Todos sabemos que el matrimonio comporta sacrificios para ambos cónyuges, ma non tanto.

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Eso confirma tu sensación de que casi nadie repara en la letra que a veces lleva la música. ¿Son conscientes los hijos de la muy burguesa República Francesa de que su gloriosa Marsellesa culmina su proclama deseando que una sangre impura empape nuestros surcos? Qué cosa tan macabra, como si todos los franceses llevaran dentro  al siniestro Doctor Petiot. ¿Han pensado los asturianos que a su Principado le da poco lustre que ellos tengan que subir al árbol, tengan que cortar la flor y dársela a su morena que la ponga en el balcón? No se entiende el silencio de las feministas ante el Asturias patria querida convertido en himno. Como tampoco se comprende la resignación de los mozacus. ¿Acaso, para ser rigurosos con  la igualdad de sexos, no debería citarse también  a mi moreno? ¿Es que ellos no tienen derecho a poner la flor en su balcón?.

Claro que esta omisión es una minucia, porque lo chocante es que nadie cayera en la cuenta de que hay muchas formas menos bobas de hacer patria. Bastaría repasar las letras de todos los himnos vigentes para concluir que entre tanta retórica sangrante, reivindicativa, absurda y, desde luego, pasada de moda, es casi una suerte que nuestra Marcha Real sólo pueda ser tarareada. La escuchas, miras al cielo transido, como Sergio Ramos, y a hacer historia con lo que te pongan por delante. Pero sin decir demasiadas tonterías.

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A propósito, era la Filarmónica de Berlín la que la tocaba, y el Coro del teatro Real quien lo cantaba, pero ¿sabía alguno de sus componentes quién es el Elíseo al que apela Schiller? Te imaginas las explicaciones. Eliseo, primera acepción: campo de París por donde paseaban las muchachas en flor. Eliseo, segunda acepción: nacido en el palacio del mismo nombre, residencia oficial del presidente de la República Francesa, donde al parecer se ha fornicado mucho a lo largo de la historia. Eliseo, tercera acepción: profeta del Antiguo Testamento que tuvo como hija a una bella chispa divina, luego cantada  por Beethoven en el cuarto movimiento, coral, de la famosa Novena Sinfonía. Eliseo, cuarta acepción: extremo del Málaga Club de Fútbol. Eliseo, quinta y última acepción, que es una interpretación personal tuya: algo así como la divinidad.

Se podría haber escrito simplemente Dios, pero a los poetas les gusta enredar. Además, al personal  le daba exactamente igual: dirigía Simon Rattle, que, como todos los titulares de la gran orquesta berlinesa,  también es de casta divina. Aunque quizás no tanto como su predecesor, Herbert Von Karajan.

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Tomaba éste café con tres colegas suyos, todos grandes batutas del siglo XX, cuando uno de ellos, Carlo María Giulini, contó que la noche anterior se le había aparecido Dios para confirmarle que era el mejor director del mundo.

-Qué raro –objetó George Solti- Hace nada el mismo Dios me aseguró que, como además de gran director soy un excelente pianista, el mejor indudablemente era yo.

-No me lo creo.. –terció el genial Leonard Bernstein- Porque a mí lo que me aseguró Él es que teniendo en cuenta que soy un fenómeno como director, un virtuoso al piano y un excepcional compositor, está claro que el mejor soy yo.

Y entonces Karajan, sin alterar el gesto, apuró el último sorbo de su café y en uno tono de voz apenas perceptible puso punto final a la polémica.

-Perdón, caballeros. Pero no recuerdo haber dicho nada al respecto.

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Rattle no es Karajan. Afortunadamente, según dicen algunos látigos del que fue el más vanidoso de los divos. Simon Rattle es sin duda una figura de la dirección, su Filarmónica de Berlín es la orquesta perfecta, y la Novena Sinfonía de Beethoven  la pieza más excelsa de la historia de la música clásica.  Pero aunque no fuera así  serían aclamados hasta el delirio allá donde sonaran, porque esta tríada  integra eso que se llama un icono cultural. La gente se rinde ante estos fenómenos indiscutibles consagrados por los gurúes de la inteligentsia. En consecuencia, los VIP y los famosos pagan  fortunas para escucharlos en directo y por ser vistos allí. Y tú, que llevas toda tu vida escuchando música clásica, y presumes de tener no mal oído, te sigues sorprendiendo ingenuamente de que así sea cuando otros conciertos de gran calidad y asequibles para cualquier bolsillo, pero con menos estrellas en el cartel, no llenen ni la mitad del auditorio. Aunque Beethoven siga siendo el mismo.

¿Sobra marketing? ¿O falta criterio?

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Curiosamente la palabra rattle  en inglés significa ruido, sonaja, sonajero, cascabel, traquetreo. Sin embargo la orquesta del maestro inglés tocó como los ángeles, y la Oda a la Alegría final de la Novena Sinfonía  fue la coda idónea para culminar tu semana de buenas noticias. A este esperadísimo concierto te llevó tu buen amigo Manolo Gasset, uno de los que de forma más insistente  se ha preocupado por tu salud, que luego además te invitó a cenar un salmorejo y unos exquisitos dados de atún en Casa Emma, deliciosa tasquita junto al Mercado de San Miguel. Excelente plan: gran concierto, buenos momentos, mejores amigos. Beethoven también entendería que ese día, y aunque fuera por lo bajini,  terminaras cantando  su famoso Freude con más razón y más emoción que  nunca.

El abuelo sigue disponible

Tú, como este otro abuelo... (Imagen prestada de www.porlosabuelosfelices.blogspot.com

Tú, como este otro abuelo…
(Imagen prestada de http://www.porlosabuelosfelices.blogspot.com)

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En realidad hoy te apetecía mucho más centrarte en la historia de Pilarín. Aunque ni siquiera sabes si acabarás llamándole así, ese nombre tan antiguo. Promete ser una historia apasionante, un cuento que viene muy a cuento para  meditar sobre uno de esos problemas –otro más- que son corolario de la dichosa crisis. Gensanta, que diría Forges. La crisis…

Pero reconoces que ayer no fue un día normal para ti. Y que aunque no crees que tu experiencia se pueda traducir automáticamente en ayuda para los que fueron como tú tocados por el cáncer, debías responder al menos a la multitud de familiares, amigos, conocidos y lectores de este blog que se han interesado por la evolución de tu enfermedad. El caso es que ayer la joven oncóloga que gobierna tus destinos examinó los análisis y el informe del último TAC  y fue concluyente.

-Esto está muy bien, Luis. Vete de vacaciones tranquilo, y a partir de septiembre sólo nos veremos cada seis meses para hacerte un control.

Y te fuiste tan contento, aunque a ti la exteriorización de este tipo de alegrías te de una miajita de vergüenza.

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La realidad es que tu cáncer sigue ahí, medio adormilado en tres o cuatro rinconcitos de tu cuerpo, pero, como dicen los taurófilos de las reses mansas, no parece hacer por ti. No le interesa hacer sangre, así que como todos los detalles de los análisis dan unos datos muy positivos te dan una especie de alta provisional.

Te imaginas al tumor como esos militares que llegan a una edad de jubilación, y les mandan a la reserva o en situación de disponible. Ahí estará el bichito, con su uniforme de coronel –siempre pensaste que no tenía el rango de general-, jugando al dominó en el casino con otros cancerillos en la misma situación, y esperando que el destino  les reclame por si conviene ponerte las cosas difíciles.

-Que hay que seguir dando guerra, amigo. A la carga…

Nada es descartable. Pero si no te dio ningún miedo cuando pintaban bastos, no te va a dar ahora que la bestia parece aletargada.

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Lo más curioso de esta experiencia es que por lo visto se puede sufrir el cáncer y tener buena cara. Esto te intriga, porque tú nunca tuviste buena cara, pero bastó que entraras en talleres para que la gente te dijera que tenías buen color, y que con ese aspecto y el buen apetito que nunca te faltó la cosa no podía ser muy grave. Tampoco has sufrido dolores, salvo los que en la espalda te provocó la metástasis. Ni diarreas, ni vómitos. Ni te has sentido cansado. Ni has dejado de dormir. Ni te ha decaído el ánimo. Pequeñas molestias sólo fueron las que te ocasionaron la radioterapia y la quimioterapia.

Pero eran gajes del oficio, como quien dice.

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Tan sano te ven los tuyos que ya te ha llamado tu nieta Marina para que la recojas a ella y a las otras  nietas con vacaciones y las lleves al Retiro. Gajes del otro oficio, el de abuelo, que no puede permitirse el lujo de pasar a la reserva en estos días en que cierran los colegios y aún no se abrieron las puertas de las vacaciones.

Así que cierras este post apresuradamente para cumplir tus deberes dando las gracias a todos los que se han preocupado por tu salud, y animando a los colegas del tumor para que esperen también sus buenas noticias. Ojalá vengan pronto.

Y en el próximo post, la historia de Pilarín, que seguro tendrá más gracia.

El post número 1000

Mil1

Recuerdas el tiempo en el que mil era mucho. Mil pesetas, aquel billete verde que te permitía soñar. Mil quinientas, tu primer sueldo en octubre de 1963 en una agencia de publicidad  a la que sólo ibas por las tardes para escribir anuncios mientras por las mañanas tratabas de aprender derecho. Seguramente te marcó también la potencia que se infiere de la palabra mil. Mahler dejó escrita una Sinfonía de los Mil. Alguien llevó al cine la vida de la desdichada Ana Bolena y tituló la película Ana de los mil días. George Duby  dejó escrito El año mil, que se cernía como una amenaza bíblica sobre la Edad Media y acabaría siendo un año como los demás. Recuerdas el gol número mil de Pelé, y un anuncio que hacía grandes a muchas compañías de teatro: Mañana, mil representaciones de La Muralla, de Los intereses creados, de La ratonera, de Se infiel y no mires con quién…

No sabes `por qué mil tiene que hacer más ruido que 999, que ya es bastante, o que 1001, que suena como a menos que mil, quizás porque parece un poco desgraciadito, pero que es más. El caso es que la naturaleza humana es simplona, y necesita broches, clips mentales, marbetes, etiquetas, cerrar fechas y consagrar acontecimientos con cualquier pretexto redondo, como la cifra mil, que tiene tres ceros, y que puede ser mucho o no tanto, pero que sigue haciéndonos creer que después de ella la vida ya no será igual.

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Para ti llegar al post número mil de este blog sólo significa algo de la fuerza de voluntad que te ha faltado en casi todo lo demás. Perseverar en la idea de escribir si no todos los días al menos todas las semanas, aunque nunca tuvieras claro el sentido y la dirección de tu escritura. Nunca habías sido capaz de mantenerte tan firme en nada, porque los buenos propósitos se te iban en pompas de jabón. Te hubiera gustado que las mil entradas, engastadas una detrás de otra en el collar de un relato único, vinieran a decir algo, pero te sirven al menos como muescas singulares en el revólver con el que vas disparando la  munición de tu vida.

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Para certificar que no hay nada nuevo bajo este milenio, transmites telegráficamente lo que te pasa. Escribes en un amanecer de cielo cubierto y oscuro, delante de la jaula de los canarios, que ya han empezado a cantar. A ti te  encanta que parezca un día de otoño en primavera.  Por la ventana ves el jardín apabullante de verde y rosas. Los árboles están en su esplendor: parece que entre ellos puede aparecer un gnomo, o un hada, o la niña de la primera película de Frankestein buscando florecillas alrededor del regato por el que cascabelea el agua que baja del monte.

Se te han quedado muy grabados en la memoria los dos nidos de oropéndolas que Jose te mostró ayer: recordabas la emoción  que era descubrir un nido cuando eras niño. Uno de ellos, perfectamente anclado en una higuera,  tenía tres huevos pintones. En el otro, construído en las ramas de un roble, ya había peletorros, o sea, pajaritos de pelo. No es nada fácil ser Peeping Tom de oropéndolas, porque además de  vistosas son rápidas y huidizas, así que el descubrimiento te agregó un plus de felicidad extra, como cuando rocías de azúcar las porras recién hechas, las mojas en el café con leche y te las metes en la boca. Cuántas delicias, con mil o sin mil posts.

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También estabas contento por haber ido a la peluquería después de tres o cuatro meses de lucir una cabeza de quimioterápico. No es que ya seas Sansón, pero ocurre que la pelusilla que en el diminuto cuerpo de los peletorros tiene su gracia, en tu pescuezo sugiere descuido e incluso falta de aseo. Así que vas al peluquero y le dices que te quite los tolanos. Tolanos, sí señor, que según el diccionario son los pelillos del cogote. Llegabas a los mil posts y también celebrabas que conocías una palabra más, regalada el día anterior por tu prima Belén, que fue quien te la avisó.

Mil posts y no se sabe cuántos tolanos en tu haber. Chico, qué rico eres.

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Zoupon, al que debes otorgar el premio de mejor comentarista entre los muchos que te han distinguido con sus comentarios, sugería que para celebrar la efeméride  tú escribieras el inicio de un cuento y los que quisieran fueran agregándole breves capítulos, a ver qué salía. Agradeces mucho su intención, y estás dispuesto a secundarla  si alguien por ahí tiene la claridad necesaria para organizar la original iniciativa y te la cuenta. Hace dos años iniciaste una aventura similar con tu amiga Aldara y un tercer personaje al que  no llegaste a conocer. Durante tres o cuatro capítulos resultó un disparate divertido, pero llegó un momento en que nadie sabía cómo atar cabos.

Claro, que  tú tampoco dejas nunca un cabo bien atado.

6

Por lo demás tu cáncer sigue tranquilo, supones que adormilado  ahí dentro, sin molestar demasiado. Cumpliendo su función de darle un poco más de sentido a esta tu manía de escribir bitácora de rumbo variable. Tampoco sabes si te va a acabar funcionando la cirugía reparadora que te aplicaron en la espalda. Te sigue doliendo a ratos, y tienes tus dudas. No dudas en cambio de que lo más notable del día de los mil es que, escrito este post, te pondrás al volante y regresarás a Madrid para cantar esta tarde con tus compañeros del Bach Atelier dos cantatas y un motete del vicedios Juan Sebastián Bach. Hubo un tiempo en que tampoco creías que logros de esta categoría fueran posibles. Para bien o para mal, la vida te sigue dando sorpresas.

 


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