Archive for the 'Amigos en la red' Category

Ebolizados

Parece mentira que de un río y una palabra tan bonita como Ébola haya fluido tanta inquietud...

Parece mentira que de un río y una palabra tan bonita como Ébola haya fluido tanta inquietud…

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Querías pasar un fin de semana viendo llover y buscando setas. Sin embargo, en una de las vigilias que programa tu sueño quebradizo, la luna, menguante pero aún atractiva como esas mujeres maduras que hacen hermosas hasta sus patas de gallo, te sorprendió en lo alto y fijó tu mirada tras el cristal de la ventana. No era la suya una aparición diáfana, sino espectral, entreverada de ominosos nubarrones. En lugar de adjetivos, nombres que ilustran mejor el cuadro: Caspar Friedrich, Turner, Tim Burton. Noche, o ya madrugada, rigurosamente romántica, tenebrosa, sobrecogedora. Antes le decíamos de miedo. Ahora se emplea más lo de gótico.

Y a ti, arrebujado entre las sábanas, te gustaba. Hace tiempo que tu vida es ya ir engastando momentos así, como si fueran las cuentas de un collar único. ¿Cuándo volverás a ver justo esa insólita versión de la noche, con esa nube caprichosa que por unos segundos le pone a la luna las barbas de un Papá Noel? Nunca. En un abrir y cerrar de ojos, las guedejas de las barbas se han difuminado, y otro nubarrón sombrío y espeso como el ala de un buitre eclipsa a la reina de la noche. Luego esta reaparece. A continuación se vela con tules gaseosos. Como el mar en el constante batir de sus olas, como el fuego que se devana en llamas imprevisibles, una noche borrascosa con luna al fondo jamás repetirá espectáculo.

Lo disfrutas a conciencia dispuesto a entregarte nuevamente a un último sueño antes de que amanezca. Y en estas, mal de la sobreinformación a la que estamos expuestos, piensas en la enfermera Teresa Romero, que a esas mismas horas en que tú desmigas los secretos de la noche se debate entre la vida y la muerte. Vivimos a impulsos de lo que nos pautan los medios. Ahora estamos ebolizados. Y la valiente auxiliar de enfermería ni siquiera hallará el consuelo de entretenerse contemplando los cambiantes visajes de esta luna de otoño.

2

Siempre has tenido predilección por las palabras esdrújulas, especialmente si estas incluyen la letra L. Rúcula, brújula, pínula, ménsula, pídola, tórculo, fámula, párvulo, sémola. A veces crees que los sonidos de las palabras condicionan sus significados. Por eso te choca que una palabra hermosa como ébola, que quedaría la mar de bien en un soneto de amor, designe a una enfermedad tan mortífera como la que trae de cabeza a España. Luego te enteras de que Ébola es el nombre del río africano, afluente del Congo, en el que por primera vez fue identificado el dichoso virus. Te imaginas el lugar, tan lejos de esta civilización urbanita que de cuando en cuando descubre alarmada las inopinadas gateras por las que se nos fuga el estado del bienestar. No aparecen navegando por el río en piragua la Baronesa Dinesen con su Robert Redford de rigor, sino un grupo de negritos que poco después serán incluidos en su larga lista de víctimas.

Estas dramáticas Memorias de África, no hay mal que por bien no venga, han provocado una de las reflexiones más lúcidas que, pásmese el personal, viene de esa especie en proceso de demonización que es la de los políticos, incluso aunque sean honrados. El diputado Eduardo Madina se escandalizó de que el sacrificio de Excalibur, el perro de Teresa Romero, hubiera levantado un vendaval de reacciones en las redes sociales invitando a echarse a la calle a los animalistas, por aquello de que el fin no justificaba tal medida de precaución. Y no tuvo empacho en recordar en un tweet que estas mismas almas sensibles podrían haberse manifestado antes por las más de cuatro mil muertes que el ébola ha dejado ya en África. Lo de siempre, árboles que no nos dejan ver el bosque. Y, por fortuna, de vez en cuando una ráfaga de ese céfiro extraño llamado sentido común.

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Lo tuyo no es ébola, pero también ha arreciado este otoño, y te ha dejado sentir por primera vez lo muy desagradable que es sentirse mal. Pequeños alifafes, nada totalmente insoportable, servidumbres del cuerpo, por dentro y por fuera. Como si Atlas hubiera descargado sobre tus espaldas todo el peso del mundo y, al mismo tiempo, un volcán en erupción se te hubiera comprimido en largo y proceloso tracto digestivo. Qué suerte poderlo contar, y lamentar que al final sólo estés descolocado, te sientas extraño, y veas pasar los días posteriores a la quimioterapia sin saber qué hacer, y sin fuerzas apenas para contarlo.

Hundido en tu sillón mientras ves pasar las horas exánime, se te ocurre pensar entonces en los que a veces se asoman a tu blog en busca de una sonrisa, cuando no está precisamente el horno para bollos. Y también en los miles y miles de personas que, sin ir más allá de tu ciudad y quizás de tu barrio, luchan también por sentirse a gusto con su cuerpo. Adviertes de que, afectado por la psicosis desmadrada que nos aflige, tú también estás ligeramente “ebolizado”.

Aún así, sursum corda. La mañana no puede ser más gris y lluviosa, pero anuncian claros para la tarde, y a final verás cómo brilla el sol.

Ebolizados

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Querías pasar un fin de semana viendo llover y buscando setas. Sin embargo, en una de las vigilias que programa tu sueño quebradizo, la luna, menguante pero aún atractiva como esas mujeres maduras que hacen hermosas hasta sus patas de gallo, te sorprendió en lo alto y fijó tu mirada tras el cristal de la ventana. No era la suya una aparición diáfana, sino espectral, entreverada de ominosos nubarrones. En lugar de adjetivos, nombres que ilustran mejor el cuadro: Caspar Friedrich, Turner, Tim Burton. Noche, o ya madrugada, rigurosamente romántica, tenebrosa, sobrecogedora. Antes le decíamos de miedo. Ahora se emplea más lo de gótico.

Y a ti, arrebujado entre las sábanas, te gustaba. Hace tiempo que tu vida es ya ir engastando momentos así, como si fueran las cuentas de un collar único. ¿Cuándo volverás a ver justo esa insólita versión de la noche, con esa nube caprichosa que por unos segundos le pone a la luna las barbas de un Papá Noel? Nunca. En un abrir y cerrar de ojos, las guedejas de las barbas se han difuminado, y otro nubarrón sombrío y espeso como el ala de un buitre eclipsa a la reina de la noche. Luego esta reaparece. A continuación se vela con tules gaseosos. Como el mar en el constante batir de sus olas, como el fuego que se devana en llamas imprevisibles, una noche borrascosa con luna al fondo jamás repetirá espectáculo.

Lo disfrutas a conciencia dispuesto a entregarte nuevamente a un último sueño antes de que amanezca. Y en estas, mal de la sobreinformación a la que estamos expuestos, piensas en la enfermera Teresa Romero, que a esas mismas horas en que tú desmigas los secretos de la noche se debate entre la vida y la muerte. Vivimos a impulsos de lo que nos pautan los medios. Ahora estamos ebolizados. Y la valiente auxiliar de enfermería ni siquiera hallará el consuelo de entretenerse contemplando los cambiantes visajes de esta luna de otoño.

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Siempre has tenido predilección por las palabras esdrújulas, especialmente si estas incluyen la letra L. Rúcula, brújula, pínula, ménsula, pídola, tórculo, fámula, párvulo, sémola. A veces crees que los sonidos de las palabras condicionan sus significados. Por eso te choca que una palabra hermosa como ébola, que quedaría la mar de bien en un soneto de amor, designe a una enfermedad tan mortífera como la que trae de cabeza a España. Luego te enteras de que Ébola es el nombre del río africano, afluente del Congo, en el que por primera vez fue identificado el dichoso virus. Te imaginas el lugar, tan lejos de esta civilización urbanita que de cuando en cuando descubre alarmada las inopinadas gateras por las que se nos fuga el estado del bienestar. No aparecen navegando por el río en piragua la Baronesa Dinesen con su Robert Redford de rigor, sino un grupo de negritos que poco después serán incluidos en su larga lista de víctimas.

Estas dramáticas Memorias de África, no hay mal que por bien no venga, han provocado una de las reflexiones más lúcidas que, pásmese el personal, viene de esa especie en proceso de demonización que es la de los políticos, incluso aunque sean honrados. El diputado Eduardo Madina se escandalizó de que el sacrificio de Excalibur, el perro de Teresa Romero, hubiera levantado un vendaval de reacciones en las redes sociales invitando a echarse a la calle a los animalistas, por aquello de que el fin no justificaba tal medida de precaución. Y no tuvo empacho en recordar en un tweet que estas mismas almas sensibles podrían haberse manifestado antes por las más de cuatro mil muertes que el ébola ha dejado ya en África. Lo de siempre, árboles que no nos dejan ver el bosque. Y, por fortuna, de vez en cuando una ráfaga de ese céfiro extraño llamado sentido común.

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Lo tuyo no es ébola, pero también ha arreciado este otoño, y te ha dejado sentir por primera vez lo muy desagradable que es sentirse mal. Pequeños alifafes, nada totalmente insoportable, servidumbres del cuerpo, por dentro y por fuera. Como si Atlas hubiera descargado sobre tus espaldas todo el peso del mundo y, al mismo tiempo, un volcán en erupción se te hubiera comprimido en largo y proceloso tracto digestivo. Qué suerte poderlo contar, y lamentar que al final sólo estés descolocado, te sientas extraño, y veas pasar los días posteriores a la quimioterapia sin saber qué hacer, y sin fuerzas apenas para contarlo.

Hundido en tu sillón mientras ves pasar las horas exánime, se te ocurre pensar entonces en los que a veces se asoman a tu blog en busca de una sonrisa, cuando no está precisamente el horno para bollos. Y también en los miles y miles de personas que, sin ir más allá de tu ciudad y quizás de tu barrio, luchan también por sentirse a gusto con su cuerpo. Adviertes de que, afectado por la psicosis desmadrada que nos aflige, tú también estás ligeramente “ebolizado”.

Aún así, sursum corda. La mañana no puede ser más gris y lluviosa, pero anuncian claros para la tarde, y a final verás cómo brilla el sol.

El gratinado que enamoró a Bécquer

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales...

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales…

Cómo ibas a ser refinado si hasta ahora, confiésalo, no sabías lo que era el gratin dauphinois. Menos mal que para eso tienes amigos como los marqueses de Betanzos, que te invitan a cenar y te sorprenden con un delicioso strogonoff al que se añade como guarnición esta singularidad. La señora marquesa habla de la dauphinoise, porque sabe que la inventó una cocinera del Delfinado francés. Habla de ella con toda familiaridad, como si hubiera sido compañera de Demetria, el aya que la cuidaba de niña en el pazo de Sobredo, donde se crió entre un parque de tilos, castaños, tuyas y frondosos robles. Cuenta la leyenda que en el cenador de hierro fundido de aquel jardín encantador escribía un día en su diario cuando se le apareció el fantasma de Bécquer, tal vez enamorado de su fina estampa romántica.

-Permítame que le recite una de las rimas que he compuesto para usted-le dijo el célebre poeta sevillano.

-Se lo agradezco –respondió la joven sin descomponerse y sin apenas levantar la vista mientras tomaba notas- Pero yo soy más de Alfred de Musset, ¿sabe?…Y además no quiero que me distraigan, porque estoy apuntando una receta. Si, a pesar de lo que lo he dicho, se aparece usted otro día, le daré a probar…

La que con el andar de los años se convertiría en marquesa de Betanzos debió de caer en la cuenta entonces de que los fantasmas no comen.

-¡Qué tontería he dicho!-se corrigió- Bueno, ande, dígame la rima…

Por unos instantes, el fantasma de Bécquer se llevó una mano a bigote y se quedó pensativo mientras retorcía con los dedos sus finas puntas.

-No, por Dios, musa mía…-dijo el fantasma de cabello ensortijado, bigote y perilla- Mi rima prometía ser de las mejores, como usted se merece. Pero pasé tanta hambre en mi vida de digno poeta romántico, que nada me haría tanta ilusión como saciarme de su dauphinoise.

Una semana después el fantasma de Gustavo Adolfo despachó la dauphinoise de su anfitriona como si en lugar de una gloria de nuestra lírica hubiera hubiera sido en vida un cabo de carabineros. En su colección de Rimas y Leyendas no figura la dedicada A la señorita de Sobredo precisamente por esa circunstancia, pues a partir de entonces aquella visita espectral, que en principio a la joven le daba prestancia y hasta le hacía gracia, no se aparecía por compromiso con la poesía, sino únicamente para preguntar cuándo iba a hacer de nuevo aquel exquisito plato.

-Confieso que a veces la poesía/me importa un bledo/ Sólo aparezco/ por repetir la suerte de aquél día/ y probar la dauphinoise que me cocina/-no se si lo merezco-/la delicada rosa de Sobredo

Es posible que la rima perdida fuera más o menos así. Y es más que probable que la futura marquesa, siempre muy suya para todas las cosas, le dijera al fantasma que la rima le parecía lamentable, y que además la reafirmaba en su tesis de que donde esté Musset, que se quite Bécquer. El caso es que, aunque estos versos apócrifos no figuran en la obra capital del gran poeta sevillano, la dauphinoise que los motiva te dio a tí la oportunidad de valorar el alto grado de aprecio que te dispensan los marqueses de Betanzos y, de paso, la de romper el bloqueo mental que te había alejado de tu blog últimamente. En tu caso no se colaba tu espíritu, sino que aparecías tú mismo en carne mortal, como otros distinguidos invitados.

Por cierto, que antes de que las redes sociales y otros pepitos grillos o moscas cojoneras se precipiten a prejuzgar con sorna los presuntos méritos del marquesado de Betanzos para exhibir tal título, debes aclarar que el señor marqués, insigne diplomático y abogado, es el único de tus amigos que todos los domingos tiene aún la costumbre de abandonar el jardín de su residencia –tan hermoso que cualquier día propiciará nuevas apariciones a la marquesa- y encerrarse en su despacho para estudiar fundamentos de derecho, consultar jurisprudencia y elaborar sus certeros y bien retribuidos dictámenes. Como si fuera un pasante meritorio de veintitrés años. El título más que una coña, que lo es, puede considerarse un despiste del todavía rey de España, que aún no ha reparado en el profundo calado de sus méritos para concedérselo de pleno derecho, pues de Betanzos es, y bastante más lustre daría al cuerpo de la nobleza que alguno de sus parásitos. Todos tenemos lapsus, y no vas a ser tan borde para reprochárselo al abdicante en esta hora.

-Lo siento mucho –dijiste tú, hablando de hora, para excusar tu necesidad de abandonar la divertida sobremesa- Pero es que a mí mañana a las ocho me espera la radio.

-No me digas –te dijo el marqués entusiasmado -¿Vuelves a Radio Nacional?

Os reísteis cuando aclaraste el equívoco. No era esa tu radio, sino la otra, la radioterapia, que te debían aplicar en temprana hora. Los miembros de tu club sois como los escolares con las matemáticas, que abrevian. Las mate, la quimio, la radio. Tú llevabas el cáncer con la ligereza de una migraña tonta, pero después de dos años de no pasar por talleres esta nueva convocatoria de la ciencia médica te tenía inquieto, ausente, inane para cumplir con tu blog. Se ha pasado, ya está, esperas volver a tu ritmo habitual cuanto antes. No hay mejor medicina que el cariño de los amigos. Ni nobleza más digna de títulos que la de los que sin ser grandes de España lo son de corazón.

A propósito, el gratin dauphinois es un plato de patatas en capas, cocinadas en leche y nata, con ajo, queso y algún otro aditamento, típico de la región francesa del Delfinado, en los Alpes. Aunque seguro que la versión que la marquesa de Betanzos preparó para Bécquer y para este bloguero llevará algún toque especial no fácil de averiguar.

 

 

Pescando motivos en el Manzanares

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae...

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae…

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Una semana de reformas en tu palomar te han alejado del blog.

No estás mal de salud, incluso la ITV tumoral te ha dado el visto bueno. No te has embarcado en un viaje de placer, como sin duda mereces .Nadie te ha reclamado para tus trabajos de antaño,  contar historias o dar ideas, aunque todavía te quedan dos o tres. La cosa ha sido mucho más ordinaria. Aparte de tus compromisos corales, ir a IKEA, ver, elegir decidir lo que necesitabas, ordenar cosas en casa y contemplar cómo tu toero aplicaba sus artesanías y te relevaba del martillo y el destornillador-únicas herramientas que sabes manejar, y no con demasiada destreza-  han sido tus tareas. Ah, y barrer, pasar el trapo del polvo y el aspirador. Las pulsiones de la gladiadora del hogar que llevas dentro.

Un toero por cierto,es un hombre que hace de lo que necesita una casa que se retoca. A eso se le llamaba antes un chapuzas, pero ahora hay que tener cuidado con cualquier matiz despectivo. Tu toero es un figura: si fuera futbolista sería Iniesta, cuya perfección técnica está en las antípodas de la chapuza, y cuyas maneras educadas y sencillas sorprenden tanto que sólo parece un buen chico de Albacete.

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Tampoco dejaste de pasear. Lo necesitas para contener los indeseables rumbos que toma el cuerpo a tu edad y para pescar temas de los que seguir escribiendo. La ausencia de compromisos te obliga a creártelos a partir de cualquier insignificancia. El más notorio de esta semana nació de lo siguiente. Hace tres o cuatro años compraste un juego de seis platos de cerámica para tu menaje doméstico. Eran originales y pintorescos, y como Doña María sigue latiendo dentro de ti, estabas muy orgulloso de tu compra. Invitaste a cenar entonces a tu amigo Carlos de la M. y a María A., y uno de aquellos platos sirvió para presentar el postre.  Este debió de resultar goloso y abundante, porque a María, guapa, rubia y perfectamente silueteada, le gustó mucho. Tanto que, en la confianza que os une, y por pereza de buscar otro envase adecuado, le dijiste.

-Llévatelo en este mismo plato y ya me lo devolverás.

Las fórmulas del lenguaje social español suelen ser irresponsables con la medida del tiempo. Tenemos que vernos, a ver cuándo quedamos, me llamas y tomamos un café, un día comemos juntos, nos vemos cuando quieras, nos reunimos un día, hasta luego…¿Y cuándo es eso, si las horas galopan y las hojas del calendario no dejan de pasar? Hace un par de meses te reencontraste con Carlos y María en un funeral, que también sirve para eso, para cerrar compromisos importantes.

-Mira –te dijo María- Llámame un día, me lo recuerdas y al día siguiente me traigo el plato a la oficina y te lo doy.

Ni ella ni tu fijasteis de qué año, mes y semana había de ser ese día. Pero el miércoles 5 de marzo, después de las innumerables borrascas invernales que velaron los cielos de Madrid, amaneció luminoso y transparente, delicioso para pasear. Suerte que la semana anterior la habías llamado para convenir que ese era el día adecuado.

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Te echaste la mochila a la espalda, te acercaste a la antigua Estación de Príncipe Pío, donde se ubica ahora la compañía en la que trabaja María, tomasteis el café. Te entregó el plato, lo metiste en la mochila y emprendiste el regreso a casa a paso de marcha, seis kilómetros por hora, que es el que según los médicos se hace notar en el cuerpo.

Hacía el día perfecto para pasear. Y como aúno no has conseguido pensar en nada mientras andas, le dabas vueltas al caletre. Qué glorioso el primer presagio de primavera en Madrid. Qué  acierto, a pesar del endeudamiento, haber adecentado el modestísimo río de la capital.. Qué encanto el de la Ermita de la Virgen del Puerto, ahora tan guapa y bien ajardinada. Qué suerte poder estirar tus piernas con salud. Y, entretanto, un pensamiento pintoresco: ¿y qué carajo hace un tipo como tú invirtiendo su mañana en pasear un plato por las orillas del Manzanares?

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Dos tentaciones te salieron al paso entonces. Una, la de inmortalizar el momento singular con una foto, para lo que necesitabas la mano de otra persona que accionara la cámara de tu teléfono móvil. No es vanidad vana: es para ilustrar este post, pues de repente te ha alarmado saber que dentro de poco no podrás bajarte imágenes de internet sin correr algún riesgo. Para este menester acudiste a una paseante que resultó ser antigua seguidora de Doña María, y que se mostró muy contenta de echarle una mano. Ella se llama Concha Lobo. Le hablaste de tu blog y le prometiste reconocer su amabilidad y su simpatía en este post. Con retraso, pero cumples: gracias, Concha.

La segunda tentación era más pretenciosa. Te dio por lucubrar sobre los estímulos de la inspiración, y  por creer que esa mañana, con ser absolutamente irrelevante para el devenir de la humanidad, ofrecía visiones distintas, y hasta latía en ella su pequeño aliento de poesía. Un poeta o un escritor le sacarían partido. Y te pusiste a ello.

Aunque luego, como de costumbre, te enrollaste tanto que has tenido que dejarlo para el post siguiente. Anímense a leerlo. Este bloguero se ha hecho más anárquico, pero de momento no cesa.

Mar de dudas

Esta es una buena frase, y además es tuya: lo único que tengo claro que es que no tengo nada claro...

Esta es una buena frase, y además es tuya: lo único que tengo claro que es que no tengo nada claro…

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Si la edad permitiera al menos despejar las dudas…Pero resulta que no. Los Reyes Magos dejaron el día 6 de enero en tu casa regalos para tus nietas. Desparramados entre ellos, como relleno colorista de ilusiones, muchos globos. Llegaron las niñas, se lanzaron sobre sus regalos, jugaron un rato con ellos y a los globos ni caso. ¿Es que los globos ya no son lo que eran? Se fueron las niñas, te quedaste tu solo rodeado de globos y durante varios días estuviste dudando qué hacer con ellos. ¿Pincharlos y tirar sus cadáveres a la basura? Demasiado cruel. Además no hubieras dejado de ser un asesino de ilusiones. ¿Desinflarlos y guardarlos hasta los Reyes siguientes? Mucho trabajo. ¿Convivir con ellos hasta su muerte natural?…

Tu asistenta debió de pensar que estabas algo majara cuando veía pasar los días y los globos continuaban paseándose a su antojo del sillón a la mesa, de la mesa al sofá, de la mesa a la librería, y de la librería a la puerta de entrada de tu pequeño palomar.

-Este señor no me dice qué hacer con los globos –se diría- Y una no va a tomar decisiones por él, así que yo a limpiar lo mío y a callar.

Esperabas que se los llevara, o que se deshiciera de los globos sin más complicaciones. Pero se aproximaba el día en que ibas a cumplir tus sesenta y ocho años y los globos seguían compartiendo casa contigo. Por fin, después de darle muchas vueltas al asunto, una noche abriste el ventanal y los liberaste de dos en dos cada veinte minutos. Te pareció lo más lógico y responsable: puede que muchos de ellos se pincharan en las agujas de los pinos cercanos, pero alguno tal vez llegara  volando a manos de un niño. Y como los Reyes no vienen todos los días hasta puede que lo considerase un regalo estupendo.

Aún a riesgo de que un Peeping Tom nocturnal te hubiera estado espiando.

-Y quién será ese jodío loco de los globos- se preguntaría mirando a la ventana indiscreta.

Pues que siga dudando él también, caramba.

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Más dudas por despejar. A las 8 a.m. del 17 de enero de 2014 por el valle del Manzanares que separa tu casa del Madrid de los Austrias sobrevolaban en dirección norte-sur cantidad de aves. Durante una media hora fue un desfile aéreo triunfal, siempre siguiendo el mismo rumbo. Muchas de ellas eran grandes y volaban en escuadra, como si fueran anátidas o zancudas. ¿Gansos, cigüeñas, grullas?…Algunas te parecieron palomas, aunque tus pequeños prismáticos no eran capaces de afinar tanto. ¿Era una migración que repiten a diario en este tiempo o las sorprendiste justo el día que decidieron cambiar de aires? Dedicaste bastantes minutos a especular sobre el asunto. El nuevo paso que ha dado tu edad te trae al menos esta buena noticia: sigue incólume tu curiosidad por las mismas chorradas de siempre.

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Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma, y perdón por la comparación. Vives fuera de las redes sociales, eres su apátrida convicto y confeso. Pero no sabes por qué te llegan mensajes de Facebook y de Twitter. Y de vez en cuando sucumbes a la tentación y quieres huronear por ahí. Te cuesta un horror recordar tu clave, y en uno de esos procesos de identificación que tú sufres como si fuera la Stasi la que te registra te dicen: Asegurándonos de que eres humano. Escribe las palabras que ves a continuación. Vamos que vamos. Un fantasma cibernético del estilo del Gran Hermano orwelliano se quiere asegurar de que…¡tú eres humano! ¿No debería ser lo contrario? ¿No deberíamos asegurarnos los incautos cibernautas de que hay algo humano detrás de estos compactos de inteligencia artificial?

Y para probar tu condición de humano te mandan reproducir exactamente dos palabras que aparecen retorcidas, como si las acabaran de sacar de la lavadora y nadie las hubiera planchado para que las letras, una detrás de otra y en el mismo plano, se puedan leer normalmente. Las dos palabras clave para la prueba son casi ilegibles, pero se supone que, como tú eres humano –y no virtual – las sabrás leer y escribir. Manda cojones. Manda mil pares de cojones. ¿Por qué no reproducen entonces palabras normales, y no jeroglíficos? Muchos de los que lean tu queja se estarán partiendo de risa por tu desproporcionado cabreo. Pero es que ya tienes sesenta y ocho años, y te toca las narices perder el tiempo intentando twitear o entrar en Facebook para que al final te den con una puerta en las narices, porque no consigues acertar con el protocolo de entrada.

-Lo sentimos, inténtelo otra vez.

Te dicen eso, o algo parecido, y tú apagas el ordenador desesperado. Y dudas una vez más de que, por muy viejo que llegues a ser, aprendas a someterte a la tiranía de las nuevas tecnologías.

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Y sin embargo, aunque las odias, de vez en cuando te dejan fascinado. Precisamente gracias a uno de estos eslabones sueltos de la gran red ayer volviste a saber de María Cortés, la hija del sargento Quintín Cortés, de quien ya hablaste en este mismo blog hace unos meses. A esta mujer, hoy médico de familia, le llaman en su casa Petra Mari, el nombre con el que tú bautizaste a una de las hijas imaginarias de tu imaginada radiofónica Doña María. La Petra Mari real seguía por la radio las andanzas de una niña que se llamaba como ella sin saber que era precisamente ella el origen de la criatura. Ahora Petra Mari mantiene un blog llamado Bitácora cardiosaludable. Su última entrada está dedicada a ti, porque la hija del sargento Quintín, además de dar consejos para una alimentación sana, vuelca en él “las emociones cardiosaludables que me provocan algunos viajes, algunas situaciones y algunas personas”. Lo de ser “emoción cardiosaludable” de produce instantáneamente un subidón en la autoestima que compensa con creces lo gilipollas que te hace sentir a menudo la informática, la cibernética y la madre que parió a todos estos inventos.

Además, y de carambola, gracias a que el homenaje de Petramari también llega a Twitter, te reencuentras con Chema García-Lastra y Antonio Nuño, dos antiguos compañeros de la SER. A García-Lastra le conoces poco, pero como es un experto en nuevas tecnologías de la información puede salvarte de tu frecuente naufragio en ese menester. De Antonio en particular, un tipo tan sensible y culto como eficaz, discreto y machadianamente bueno, guardas un gratísimo recuerdo que la brujería del twiteo te refresca. No hay mal que por bien no venga. Sigues navegando en un mar de dudas, pero también continúas conectando con la mar de amigos.

Una ardilla en el pensamiento

El pensamiento no para, aunque al final del d´çia lo que a mejor se te queda grabado es algo tan intrascendente y juguetón como una ardilla...

El pensamiento no para, aunque al final del día lo que a mejor se te queda grabado es algo tan intrascendente y juguetón como una ardilla…

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A sólo unos días de entrar en el año sexagésimo octavo de tu vida se te ocurre preguntarte cuántos periódicos habrás leído en todo ese tiempo. No tienes nada en contra de la profesión periodística, más bien al contrario. Te hubiera espantado ser cronista de los tribunales, o tener que asistir todos los días a una rueda de prensa para preguntar si Messi está curado o si lo de Di María fue un reacomodo de los genitales y no un tocamiento intencionado. Bajo el título de periodistas hay linces, arpías, majaderos, inquisidores, egos superlativos y hasta mafiosos, pero también gente sesuda y preparada, finos observadores e incluso genios literarios en pequeñas dosis. A ti te hubiera gustado entrar aunque fuera en la cola de este último sector. O sea,  ser columnista de un diario de provincias, de esos que escribían con cierta intención literaria en un café, fumaban en pipa  y no tenían que abordar lo que pasaba, sino más bien fabular sobre lo que no ocurre nunca. Un modelador de realidades paralelas y más bien inverosímiles, pero bien considerado y seguido por un puñado de lectores selectos. Como para conseguir una gloria pequeñita, pero entrañable.

Lo dices porque por primera vez en tu vida sientes fatiga como lector de periódicos. Ningún medio dice todos los días exactamente lo mismo que el anterior, pero las constantes humanas se repiten: la guerra de turno, el rifirrafe parlamentario de rigor, el escándalo del día, del mes o del año, las exhibiciones de maldad, de cinismo, de desvergüenza, de falta de ética consustanciales al ser humano. Las memeces del mundo del corazón. La matraca del fútbol, que por su peso económico, político y social es lo que más importa al personal. Necrológicas ilustres. Esquelas, anuncios. Nada es igual, pero viene a ser lo mismo. Todo te produce la impresión de deja vu. Por eso pasas sobre las páginas de los rotativos como las ardillas, saltando de titular en titular.

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Supones que un psicólogo enteradillo te haría un diagnóstico delicado.

-Lo siento, chico, pero esa pérdida de curiosidad puede ser el primer síntoma claro de la vejez.

Le dirías que lo tuyo no es exactamente pérdida de curiosidad, sino desplazamiento de la misma hacia otras cosas. Parece que, convencido de que los grandes asuntos no pueden transformar ya el mundo que conoces, cambiaras la dirección de tu mirada hacia otros más cercanos y de menos pretensiones. Hace unos días te llamó el Hombre Perplejo para hacerte una curiosa consideración al respecto.

-Estoy muy preocupado –te dijo Homper- Ayer me propuse contar el número de pensamientos que me podían sorprender a lo largo del día, y me fue imposible. Eran tantos que perdí la cuenta. ¿Cuánto dura un pensamiento? ¿Cuándo puedes considerar que termina ese pensamiento y empieza el siguiente?

Fuiste incapaz de decirle nada al respecto. Más bien te identificaste con él.

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Rastrillas el terreno por el que ha volado tu pensamiento a lo largo del día y casi caes en un ataque de pánico. Primero te das cuenta de que no te pusiste la noche anterior la gota prescrita en el último ojo operado: te habías venido al campo y dejaste el colirio en Madrid. Lo grave no será que tengas que gastar otros veintitrés euros por tercera vez, pues son varios los olvidos que ya llevas. Lo peor es que por la noche constatas que no sabes donde dejaste el recién comprado, y hoy tendrás que comprar otro nuevo Nevanac. Eso sí que debe de ser la chochez.  A pesar de que saltas sobre los titulares del periódico te hace gracia leer que Felipe González abandona el consejo de Gas Natural por aburrimiento. Y tu pensamiento se pone chulo.

-Es lo que tiene, Felipe- le dices al expresidente- Yo tampoco he querido ser consejero del  Santander y de Inditex porque tanto Botín como Amancio Ortega me aburren a muerte.

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Luego dudas de  si tres higos secos pueden ser tan eficaces para el tracto intestinal como el zumo de naranja, que siempre te da una pereza infinita hacer incluso con el mejor exprimidor. El próximo pensamiento te surge al ver una foto de una chiquilla llamada Miley Cirus tocándose con ostentación y manifiesta desfachatez lo mismo que Di María, pero en mujer. Miley es la cantante que ha destronado a Lady Gaga como superventas. A qué cosas obliga la necesidad de la fama. Entretanto ves al gato durmiendo encima del lomo de la perra Mas, bautizada así, por cierto, antes de que el ínclito don Artur fuera molt honorable president de la Generalitat. La imagen del gato durmiendo encima de la perra te produce cierta ternura, y el la reflexión incidental de por qué se dice “que se llevan como el perro y el gato” cuando se habla de personas que se tiran los trastos a la cabeza. Te enteras de que el presidente Hollande, que no destaca precisamente por su apostura, ha enamorado a una chica que es lo que se dice un pibón. La consideración derivada es evidente: ¿se hubiera enamorado ella si en lugar de Presidente de la República él fuera salchichero?

Así vas. Un minuto, o sólo treinta segundos, o menos, y tu mente ya está en otra cosa. Imposible contar los pensamientos.

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Te preguntas si airear estas cosas le puede beneficiar a alguien. Y aunque no te gusta entrar en intimidades ajenas, piensas que sí. Crees que a tu buenísimo amigo Víctor L.B., uno de los que con su constante atención más ha contribuido a que mires con optimismo tu tumor, le gustará saber que él se colaba a dos por tres en este rosario de pensamientos del día. Ahora es él el que necesita tu suerte y tu cariño. Le puedes garantizar lo segundo. Ánimo Vitín.

Por lo demás, tu pensamiento continuo es tan ligero y volátil como  tú. La imagen del día es una simpática ardilla que se te ha cruzado en el camino. Tal cual  la  imaginabas al leer los periódicos. No es fácil verla por aquí, debe de estar aprovechando las últimas bellotas y castañas quehan sobevivido al paso de las cabras y los jabalíes. Pero es una estampa de vida simpática y vivaz que, al igual que tu mente, progresa  de salto en salto, sin pararse demasiado en nada. Tampoco es mal símbolo del modo en que hay que tomarse la vida.        

La de Inés y otras webs pendientes

Inés hace fotos como ésta, que podría simbolizar el respeto y el cariño que guardas por ella

Inés hace fotos como ésta, que podría simbolizar el respeto y el cariño que guardas por ella

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Es él, es él- piensas mientras algo dentro de ti se te encabrita- Su foto en esa revista que refleja y da lustre a la espuma de la vida no engaña. Es un hombre cargado de títulos nobiliarios y con un historial de amores y desamores que incluye a algunas de las mujeres más perseguidas por los paparazzi. Es propietario de grandes tierras y, como empieza a ser moda entre los emprendedores de sangre azul, ha bautizado con alguno de sus títulos a su vino más famoso. Es él –confirmas mientras lo ves con su catavinos entre las manos, mirando al horizonte con ese gesto de suficiencia y orgullo con el que probablemente contemplaba Felipe II aquel imperio sobre el que nunca llegaba a ponerse el sol-.

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Tampoco se pone el sol sobre este tipo de personajes. Le siguen cayendo honores, consejos, patronazgos y, sobre todo, portadas y reportajes en el papel couché y los tabloides que sacian la curiosidad del pueblo. Pues ahora, además de su buen porte y su prosapia, es empresario vitivinícola. O sea, que seguramente creará algún puesto de trabajo y difundirá cultura. Neocultura, más bien, que quiere decir: a mí Pericles, Kant y toda esa panda me la refanfinflan, yo de lo que de verdad entiendo es de buena vida, del Gotha, de chataux-relais, de guapas con glamour, de restaurantes con muchas estrellas y de vinos como los míos. Échale al pueblo cotilleos de vecindona, mézclalo con estos contenidos y olvídate del rollo clásico, que ahora  lo que de verdad vende es la cultura (o incultura) de lo que entra por los agujeros  del body.

Pragmatismo inapelable el del señor marqués, hoy casi un héroe social por convertirse en productor de placer para el paladar. A tI eso no te parece mal. Lo que te rebela las tripas es lo que hace tiempo conociste por confesión directa de uno de los servidores de su tía. Acababa ésta de fallecer, dejando a él y a su hermano una considerable fortuna. No lo suficiente, al parecer, para que pudieran cumplir todas sus obligaciones.

-Es que desde que los señores recibieron la firma de su señora tía hace seis meses –te reveló compungido- a mi mujer y a mí que somos la que la hemos cuidado, no nos han pagado…

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El día amanece tan oscuro y borrascoso que imaginas que va a aparecer por el camino ese coche de caballos de Drácula. Bajo un sombrero y un capote empapados de lluvia el pobre postillón fustiga a las bestias que galopan enfurecidas hacia el castillo propiedad del siniestro personaje. Dentro viaja el vampiro, el conde desalmado, el príncipe del mal que debe llegar a su guarida almenada para encerrarse en su ataúd antes de que termine de clarear. Entre nobles anda el juego. Relacionas a este con el susodicho marqués, y tú también te sientes vampirizado por el mal. Normalmente vas de bueno por la vida, crees que esa es la imagen que proyectas al exterior. Pero el recuerdo de estos personajes te ha inoculado el deseo de ser tú también malo, malísimo, perverso de solemnidad. Un malvado de nuestro tiempo, obsesionado, eso sí, con desenmascarar a todos los VIP a los que los medios jalean por el sólo hecho de ser guapos, lustrosos, postineros y capaces, por tanto, de vender lo que sea: vinos como el marqués o taparrabos como Cristiano Ronaldo.

-Ya está –decides- Lanzaré una web que sirva de guía de granujas ilustres. Superjetaspuntocom. Puntosfilipinospuntocom. Hipócritaspuntocom. Detestablespunto com. Chorizosperfumadospuntocom. Desconfíadeellospuntocom…

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Tu brain storming particular termina ahí. De repente el viento cesa, las nubes se van evaporando y la mañana de ese 2014 recién estrenado se despeja en los aledaños de Gredos y se convierte en un espectáculo natural apacible, hermosísimo, limpio y esplendoroso. Sales al aire libre, te estiras, respiras profundamente el olor de tierra mojada y comprendes que en esas circunstancias es difícil convertirte en inquisidor. De repente, la veleta ha girado, y apunta en dirección contraria. Como si aún fueras personaje de un cuento de esa Navidad que se extingue, sientes ahora un irrefrenable deseo de ventear el nombre y los hechos de las personas buenas y positivas que te hacen la vida feliz, y cuyo ejemplo minimiza a los miserables. Y te propones destacarlo como guía para recordar que, aunque no todo el monte sea orégano moral, también hay mucha gente no famosa que  no sale en los papeles y es maravillosa.

5

Piensas en todos los que te han llamado, te han escrito, te han invitado y, de una forma o de otra, te han mimado porque les caes bien y para que sigas creyendo en la especie humana. Por ejemplo, en Ángeles, que ahora que casi nadie felicita por correo postal te ha mandado su christmas nada menos que desde Australia. O por poner otro ejemplo, en esa mujer casada y con cuatro hijos que trabajó contigo hace quince años y que aún te llama “jefe”. Tiene en su haber bastantes otros méritos morales, como el de haber soportado que los asesinos de ETA mataran a su padre cuando la llevaba al colegio y ser, pese a ello, treinta y tres años después, un tiovivo de sonrisas y una exportadora de felicidad. Pero además, desde que caíste malito, las mañanas de Navidad se presenta en tu casa para darte un par de besos y felicitarte con un regalo. Este 25 de diciembre te trajo un par de botellas de botellas de un magnífico reserva de Rioja –no el del marqués, ojo- y un bizcocho de chocolate.

Cuando se fue, te ocurrió algo insólito. Te hiciste un café, quitaste al bizcocho su envuelta de celofán para peobarlo y tuviste que recordar el verso de Becquer: ya ves, yo soy un hombre y también lloro. Tus lágrimas no serían tan románticas como las del poeta, pero el hecho es que a ti también se te saltaron. Qué espectáculo, llorando como un niño ante un bizcocho de chocolate, tiene guasa la cosa.

Y pensaste que tendrías que implementar, como se dice ahora, muchas webs dedicadas a esos afectos que te apuntalan la vida. Graciasinéseresmidibilidadpuntocom para empezar la serie. Aunque no sabes si te quedará tiempo para cumplir con todas las webs pendientes.


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