Archivos para la Categoría 'Amigos en la red'

Noche de impudor

(Foto de pablodf)

Oviedo es una ciudad con mucho encanto y trasfondo literario, pero allí pasó el Duende una de las tardes más amargas de su vida. Una amiga de la infancia  que se había erigido en alma mater del Rastrillo local le lió para que colaborase en la justa causa de recaudar fondos para los niños sin hogar. Había que reproducir frente al público las mismas travesuras que entonces sólo ensayaba ante el micrófono. O sea, hacer el bufón  para entretener al personal y poderle endosar más fácilmente unas camisetas o una papeleta para la rifa de un viaje a Disneylandia a precio de cojón de mico.

  Nunca le ha gustado al Duende el vis a vis con el público, pero aquella jornada fue especialmente negra. Casi peor que otra en la que, por exigencia de la editorial de Las poblemáticas de doña María, tuvo que meterse en una de esas casetas de la Feria del Libro y sufrir tres horas de sauna mientras la gente pasaba de largo mirándole como si fuera un mono enjaulado. Tampoco en el Rastrillo de Oviedo sabían demasiado de aquel presunto famoso que, sin duda con buena intención, les habían prometido. No era tan famoso.

 Cristina, que así se llamaba la amiga, incurría en un error muy frecuente en los seguidores  del  Duende, que es confundir la familiaridad de una voz radiofónica con la popularidad prácticamente masiva que  da la televisión. La radio puede ser más intimista, y sus voces incluso más amigas que las que hablan desde aquélla. Pero vivimos en una civilización de imágenes, y la radio no la ve nadie. Un mes de tupé y matraca de Chikilicuatre en la pequeña pantalla  suman cien veces más fervor popular que veinte años de duendadas, por muy divertidas que le parezcan a sus incondicionales.

 Ese miedo al ridículo - qué  penoso le resultaba al Duende  tener que legitimarse como miembro de esa especie que llaman los famosos- asoma en cierta manera cuando uno de sus posts  rebasa su papel de Peepeng Tom  y, en lugar de mirar hacia fuera, mira hacia su interior. Esta noche debería haber reparado en esa Lady Godiva que es la luna, tan seductora siempre. Y tan socorrida, por cierto: cuando no te quede  ni una miasma de lírica, juega con la luna rielando en cualquier charco y parecerás  poeta.

 Pero no estaba la noche para delirios. Un dolor muy profundo que aflige a uno de sus mejores amigos le obliga a mirarse dentro y a contener el llanto. Aunque el Duende aborrece el impudor de airear sentimientos propios, hoy tiene que superar el miedo al ridículo y contar, lisa y llanamente, que no está para  bromas. Ni lo estará  hasta que su amigo Félix, siempre tan entrañable, tan gracioso y tan bien educado, se recupere  y pida perdón a la luna por no haberle contado aún el último de sus incomparables chistes.

 

 

¿Es necesario lo innecesario?

Cementerio trastos

(Foto de basda)

No se cuántos pequeños cementerios tiene el Duende en su casa. Quizás los mismos que muchos de los amigos de su blog guardan en la suya propia.

Cementerios de pequeños receptores de radio que le regalaron en alguna presentación, cementerios de auriculares que guardó del AVE y de los aviones, cementerios de bolígrafos secos, de pilas descargadas, de gomas, clips, de diskettes, de CD rayados, de deuvedés que han perdido su carcasa, de lápices mochos, de calcetines que nadie zurce y que uno conserva porque espera, iluso, que algún día también resuciten los calcetines muertos.

Cementerios de corbatas demodés, de libros que nadie leerá, de blocks con apenas cuatro páginas garabateadas, de agendas de bolsillo, con nombres de amigos que a lo peor ya no viven, y números de teléfono lapidarios que ya ni están de servicio.

Cementerios de fotos sepia, de fotos tontas, de fotos con gente de la que uno ni se acuerda. Cementerios de botones, de imperdibles, de alfileres, de chinchetas, de pins. De dónde carajo habrán venido tantos pins.

Cementerios de bolsas de plástico, que se acumulan prensadas para evitar que vuelen y siembren los campos de desolación. Un amigo le confesó al Duende que imaginaba el fin del mundo como un páramo despoblado donde la única señal de vida era el viento transportando bolsas vacías del Corte Inglés. Pactaron matarse recíprocamente en cuanto aparecieran los ángeles trompeteros que, según dicen, han de anunciar la consumación de los siglos.

Cementerios de folletos turísticos. De rutas maravillosas, de circuitos tentadores, de lugares de ensueño, del ocio imaginado y sin embargo aherrojado e un oscuro cajón. Pobre ocio, él no sabe que en el Duende toda acción es pura teoría.

A veces uno despierta con espíritu regeneracionista. Si no su yo, desea liquidar su circunstancia, y hacer borrón y cuenta nueva. Y entonces quiere engavillar todos sus objetos y tirarlos por la ventana.

Pero, maldita sea, si los tira todos, le multarán. Y si los deja en el portal, no será justo el día de recogida de trastos gratis por parte del Ayuntamiento. Así que sigue conservando sus pequeños cementerios de inutilidades. Y en medio de tanto absurdo, se consuela pensando que, gracias a que muchos acumulamos hasta lo innecesario, alguien tal vez puede llevarse a la boca el mínimo necesario.

Sobre la marcha

 El niño aquél no acababa de entender qué era la fe. La fe, le enseñaban, es creer en Dios. ¿Y cómo es Dios? -preguntaba el chiquillo. No tiene cara ni cuerpo, nadie sabe donde está, aunque está en todas partes -le decían- pero es lo más importante. Es el creador de todo, y  el dueño de nuestros destinos, ¿lo entiendes?. Tienes que creer en El. ¿Y cómo voy a creer, si no le veo? -replicaba el niño, inocente. Tampoco en una lata de melocotones en almíbar ves los melocotones, y sin embargo sabes que están allí. Vale, pensó el niño. En adelante, cuando le preguntaban cómo se imaginaba a Dios, respondía  que como los melocotones en almíbar.

Sospecho que muchos de los que revolotean por este blog están entre el niño de los melocotones y el unamuniano creo en Dios porque lo necesito. O, dicho de otra forma, si no hubiera Dios, habría que inventarlo. De tiempo inmemorial viene la controversia entre la fe y la razón, pero mira por donde la razón matemática ha venido a echar una mano a aquélla, y de paso a llenar las alforjas de Michael Heller, un filósofo y matemático, profesor de la facultad de Teología de Cracovia, que acaba de embolsarse 1.069.000 € en forma de premio otorgado por la Fundación Templeton de Nueva York. Al parecer ha demostrado que con fórmulas matemáticas se puede llegar a concluir que Dios no es ninguna broma.

Al leer la noticia, el Duende saltó de gozo. En parte por ver reforzado el argumentario del padre Bonete. Sin que salga de aquí, diremos que al mosén nunca le dejaron del todo convencido las cinco famosas vías con las que santo Tomás de Aquino pretendía demostrar la existencia de la divinidad. Parece mentira que fuera tan docto y asentara tales simplezas - dicen que llegó a afirmar en una ocasión Pero el júbilo duendal fue pronto ensombrecido por las dudas. Si él fue siempre de letras, y no llegó siquiera a entender ni la ecuación de segundo grado ni la demostración del teorema de Pitágoras, ¿cómo iba a llegar a Dios a través de las matemáticas?

La respuesta, como tantas veces, la hallado en los boleros. Caminemos, tal vez nos veremos después…, cantaban melancólicos los incombustibles Panchos. Pues eso: hagamos la marcha propuesta y, si no nos vemos con Dios sobre la marcha,  al menos nos veremos entre nosotros. Por contrastar, entre otras cosas, si los amigos de este blog responde a la imagen que uno se ha forjado de ellos a través de sus comentarios.

Le cuenta Candil al Duende que muchos esperaban su confirmación para cerrar sus planes. Pues por él, adelante, 19 de abril en primera y única convocatoria. Sólo se atreve a sugerir al guía que el camino sea asequible para una mayoría, o al menos gradual en el esfuerzo, de forma que el que flojee pueda retirarse y esperar o regresar tranquilamente al punto de partida.

Claro que, si llegar a la meta es cuestión de fe, bastará con llevarse una calculadora. Después de haber ascendido a Dios, como ha hecho el profesor Heller, lo de subir a la Pedriza seguro que es pan comido.

Un consejo de Enrique Dans

Enrique DansSe presenta la nueva programación de Mobuzz TV. Mobuzz TV es una televisión en la red. Espera el Duende no meter la pata. No es que no domine las nuevas tecnologías, es que además no sabe usar su lenguaje con propiedad. ¿Sabe todo el mundo que la red por excelencia es internet? Dentro de la programación de esta nueva televisión, que hasta ahora difundía básicamente noticias tecnológicas e información en formatos de cinco minutos, se estrenaba hoy el No Ticiario, un informativo de aquella manera que presentan Javier Capitán y Miriam Reyes. En este informativo surrealista, que dura ocho minutos y subirá a la red a primera hora de la tarde de lunes a viernes, interviene uno que se parece al Duende.
A la fiesta de presentación acuden muchos compañeros de RNE. Al Duende le agradan muy especialmente las presencias de Mónica Saiz y Paloma Arranz, dos de las piezas clave de aquellos tiempos de buena radio que el público conoce poco. Mónica le cuenta que su hijo Sergio, apenas tres años, que asomaba todos los días en el interfaz de su ordenador su cara de peluche bonachón, ha sufrido una dolencia en las vértebras, y tiene que soportar un collarín. Está mejor, pero ella lo ha pasado mal, y cuando Mónica lo pasa mal toda aquélla peña que gravitaba en torno a Olga Viza no lo puede pasar bien. Mónica querida, que la dolencia pase pronto y Sergio vuelva a hacer las travesuras propias de su edad. Besos cariñosos de todos los duendes.

El Duende besa a Mónica y a Paloma todo lo apasionadamente que permiten las circunstancias, pero agradece emocionado la presencia de José María de Juana, a quien no veía desde hace tiempo. José María de Juana se jubiló hace ya más de un año, y está feliz. Bajo su barba casi blanca sigue luciendo unos juveniles coloretes más propios de defensa del Alavés que de un hombre de su edad. Esto es lo que el Duende aprecia hoy muy especialmente: su edad. Por primera vez desde que frecuenta este entorno de alta tecnología, hay alguien que le supera en años. Qué inyección de moral, Josemari. Internet, ay, es rabiosamente joven, y no eres nadie en internet si además de joven no manejas las sofisticadas herramientas virtuales que exige este invento. El Duende ya domina el sacapuntas, el exprimidor y el cortaúñas con soltura. Cualquier año de éstos comprende el E-Mule instalado en su ordenata y se baja Arianne, una de las pocas películas de Audrey Hepburn que nunca vio y que persigue desde su estreno.

En el cocktail también está presente Enrique Dans, autor de uno de los blogs más visitados en la red. Enrique, que es biólogo, se sumergió en este mundo virtual y cayó atrapado en sus encantos. Ahora enseña sus secretos en el Instituto de Empresa de Madrid. Con su labor de difusión, en la red y en las aulas, acumula cada día más y más lectores para su blog. Maestro -le pregunta el Duende- ¿Qué he de hacer para seguir tu ejemplo?. Y el maestro le contesta que no hay recetas apriorísticas. Y que escriba de lo que quiera. Algo muy tuyo, insiste.Mobuzz.tv

A la salida, con un viento del norte que acuchilla la cara, el Duende regresa dando un largo paseo al lugar donde había dejado su Vespa. Delicioso andar nocturno por el Madrid de los Austrias, siguiendo el trazado de lo que en el foro llaman la Cornisa Imperial. Para saber cuánta distancia cubre a pie, el Duende se acerca a los planos de las paradas de los autobuses y busca una medida. Pero desgraciadamente no la encuentra. Los planos de metro y de autobús, reflejan el trazado de las líneas de transporte sobre las calles, pero no hay escala de referencia para que transeúnte sepa lo que anda. O sea, que como diría doña María, también los planos se hacen de espaldas al pueblo.

Una observación muy propia del Duende, como sugería el maestro Enrique Dans. Aunque con la que cae a cuatro día de las elecciones, no sea de las que vayan a precipitar un aluvión de visitas.

El placer de caminar

 Siempre es difícil contestar a la pregunta esa tan tontorrona de qué es lo que más te gustaría hacer en esta vida. Se supone que quien lo plantea quiere codificar en simples respuestas el secreto de la felicidad terrena. Teniendo en cuenta que las células del cuerpo humano se renuevan cada siete años habrán pasado por el cerebro del Duende no menos de ocho modelos de felicidad distintos. Así, sucesivamente, ser bombero, torero, Robinson Crusoe, delantero centro del Atlético de Madrid, casarse con Audrey Hepburn, dirigir a la Filarmónica de Berlín en la  Novena de Beethoven y meterse en el túnel del tiempo para recuperar el mucho perdido. Empeños todos inverosímiles. Sin embargo, uno de los más recurrentes en las últimas décadas lo encontró viajando en tren al levantar la vista del libro que se traía entre manos.

Como no podía ser de otra forma, en aquel momento desvió su atención de las letras  al paisaje. Apoyó la frente en la ventanilla -ya no es que sea peligroso asomarse al exterior, como advertía antes el letrero del tren, es que es imposible- y se entretuvo en imaginar, uno por uno, a dónde van a parar esos miles de caminos que se ven en cualquier recorrido. Como en el poema de Machado, blanquean, levemente serpean, se enturbian y desaparecen. ¿A dónde el camino irá?, se preguntaba don Antonio. Probablemente van a la felicidad. Nunca nos constará, porque no podremos recorrerlos todos. Y tal vez jamás  daremos con aquélla, pero no será porque no nos espere, sino porque seguramente nos detenemos antes de tiempo.

Desde entonces, como don Alonso de Quijano, comparte el Duende la tesis de que es preferible el camino a la posada. Y sin que azucen las coronarias, ni el colesterol ni la la amenaza de la tripilla cervecera, se enamora de cualquier camino. Sobre el terreno o sobre el papel. Tanto se pierde en el monte como en los libros de viajes o en los mapas y planos que almacena cual si, iluso de él, pudiera recorrerlos a peón. Este fin de semana anduvo el sábado por tierras de Segovia, machadeando un camino entre encinas y sabinares que une Requijada con Arahuetes, dos aldeas tan pequeñas que ni tienen bar.  A la espalda del caminante, la cordillera Carpetovetónica por su vertiente norte. A lo lejos, en un cerro, la muy noble villa de Pedraza. Por aquí se ha asentado una amiga de este blog. No quiere que se sepa, así que difundan la especie de que donde se ha hecho la casa Begoña es en Torrevieja, que es menos literario pero mucho más popular que estas aldeas de pan llevar.

A propósito. Ha llegado a la conclusión el Duende que hay entre los lectores del blog otros inquietos buscadores de felicidad. A pedal o pinrel. Le suena que José Ramón, Julián 29, Wallace, Gervasio, quizás Zoupon, no se si Ángelus, la infatigable Lola, puede que Macu, o muchos otros que olvido…son de los que no se están quietos, y comparten la pasión de caminar. Y pensó que, ahora que asoma la primavera, quizás sería divertido convocar una caminata sabatina por alguna cañada real o algún sendero de la zona centro. Quedar, presentarse con una credencial de imperdible, como en los congresos, con el nombre habitual del comentarista. Y sin más que un bocata, una cantimplora y buen ánimo, echarse a andar. Puede ser un plan.

Más que nada, por si es verdad que la felicidad nos espera a la vuelta de la primera curva. Se admiten sugerencias…

Días tontos en Los Arándanos

Agatha Christie

Confiesa el Duende que de todas sus lecturas ningunas le atraparon como las novelas de Ágatha Christie. Era entonces un adolescente, y empezaba a descubrir los encantos de la literatura. Algunos de esos best sellers -aún no se había extendido ese término- como Diez negritos o Tres ratones ciegos los sorbió de un tirón antes de cerrar los ojos al alba Aquellas novelas siempre bien urdidas fueron, junto a las aventuras de Guillermo Brown de Richmal Crompton -pseudónimo bajo el que se ocultaba otra mujer- su primer peldaño en las letras después de desasnarse con los tebeos. En algún tiempo se hizo publicidad de éstos diciendo justamente eso: donde hay un tebeo luego habrá un libro. O no es verdad, o es que desde hace varias generaciones tampoco se leen tebeos. Quizás debiera reformarse el slogan: donde hay una videoconsola luego habrá un internauta. Y, con suerte, un blogger algo más despabilado que el que suscribe.

Uno de los detalles que más facilitaba el disfrutar de aquellas novelas es que Ágata Christie presentaba a todos sus personajes antes de iniciar la novela. En un listado por orden alfabético, resumía en tres pinceladas su perfil. Abergold, John: cuarto conde de Macfriars. Casado con Pryscilla de Wild, vive en su castillo de Devonshire dedicado a la cría de caballos pura sangre. Anyone Dupré: ama de llaves del juez Malone, que entró al servicio de éste por una recomendación del general Troellope. Ashley, Brigitte: amante de Sullivan, el administrador del mayor Brady. Y así. Estas guías deberían de ser obligatorias en toda novela con más de cuatro o cinco personajes. Facilitan el control de la situación narrada al lector de frágil memoria que, conociendo mejor el who is who, así puede concentrarse en componer el tipo de los personajes. El Duende no podía avanzar en la novela sin antes ponerle cara a cada personaje. Y el catálogo de éstos le servía de guía perfectamente. Lástima que el ejemplo de Ágatha no cundiese. Como muchos otros inventos útiles, cayó en desuso y hoy casi ningún novelista se molesta en avanzar el elenco de actores de su relato. Dar facilidades al personal debe de ser síntoma de poca fe en el talento propio.

Al Duende le gustaría tener un fichero así de todos los que comentan habitualmente este blog. Le cuesta mucho elaborar un perfil de cada quisque. Agradeció mucho las sucintas biografías que le mandaron, pero se le enredan los datos, pone a José Ramón en Galicia, y a Zoupon en Mallorca, y a Lola en la sierra de Guara. A Ángelus donde Wallace, y a Gervasio le hace arquitecto…o así. Exagera, claro. Con Bob no le pasa eso, porque es inconfundible. Pero no responde más ceñido a los comentarios de los demás porque cree que, con los muchos que ya ha recibido, un Maigret no muy avezado ya hubiera elaborado una ficha exacta de cada personaje. Lo que no es el caso.

Así que disculpen que no responda a las muchas cuestiones que se le plantean. Entre otras, una actualización del diario de esa gladiadora de hogar que es doña María, la dama del bloque Los Arándanos.. Se la demandan bastantes lectores. Pero ella, como el Duende, también es algo ciclotímica. Y hay días como hoy que, a falta de guías, nomenclator o vademécum como los que se trabajaba Ágata Christie, no sabe por donde se anda.

Compartiendo camino

Paisaje

(Foto de b3co)

Christopher Mac Candell se había graduado en la universidad brillantemente, y tenía ante sí un prometedor futuro. Pero alentaba en él otra obsesión: dejar atrás el aburguesado horizonte que le brindaban sus padres, alejarse de este mundo de pompas y vanidades y ganar la libertad en la naturaleza. Compró por unos pocos dólares un coche viejo, llenó su mochila con lo indispensable y se recorrió Estados Unidos con la obsesión de encontrar en Alaska el paraíso que H.D.Thoreau describe en su libro Walden para vivir en solitario la plenitud de la naturaleza.

Esta es la historia real de la que se alimenta Hacia rutas salvajes, una película del género ya clásico de las road movies que ha escrito y dirigido Sean Penn. Está excesivamente alargada, y abusa quizás de postalitas inesperables de la acidez inconformista que ha hecho famoso a este actor polivalente. Pero en ella se respira el mismo espíritu que guiaba al protagonista. Uno se acaba enamorando del mosaico de paisajes que va hilvanando la cámara, y, en alguna medida, también de la historia, que siendo básicamente de espacios abiertos muestra pinceladas de delicado intimismo. No es sin embargo un canto al buen salvaje ni al paraíso de la soledad en el que Christopher busca su propio final. Y deja una moraleja agridulce que el viajero incansable y solitario acaba escribiendo en su propio diario: no hay felicidad si no se puede compartir.

Miraba el Duende la película y veía en ella la metáfora de su propio blog, que nació precisamente como una ruptura con el pasado y un entrar en el mundo desconocido de internet. Le fascinaba administrar la soledad a su capricho, escribiendo de lo que le pidiera el cuerpo, sin rendir cuentas a nadie ni someterse a más lógica que la que pide el primer flash de cada día. Y de repente en ese camino por el que creía que no transitaba nadie empezó a encontrar a muchos amigos. No era desconocido para muchos de ellos: le seguían en la radio. Pero él no conoce a la mayoría. Y lo malo es que tanto y tan impúdicamente como ha hablado de sí mismo, cuando lo piensa, se siente como lady Godiva expuesta al ojo indiscreto de Peeping Tom.

Christopher Mac Candell apura su conclusión cuando sólo tenía veintitrés años, el Duende lo confirma con casi cuarenta años más. No se puede llamar felicidad a lo que no se puede compartir. El Duende sospecha que comparte mucho con sus lectores, pero quisiera saber más de ellos por averiguar cuánta convergencia amable les queda por explorar juntos. Por eso les va a pedir hoy un favor. Por una vez y sin que sirva de precedente, si al comentarista le apetece, que avance en su comentario datos de su propia biografía.

Y sigamos caminando. El Duende no los ve, pero con nuevos datos en su poder, suscribirá lo que concluía otro famoso bolero: caminemos, tal vez nos veremos… después.

Más pequeños paraísos

Olivetti Roja

 (Foto de The Tourist)

No está tan seguro el Duende de que les guíe a los políticos solamente el afán de poder. O se lo va a creer ingenuamente, al menos por esta noche, porque bastante caña les estamos dando últimamente. Algunos lo explican fatal, pero la parte sana del animal político es que se siente capaz de transformar la realidad a su alrededor. Muchos la empeoran, desgraciadamente, pero las buenas intenciones, como el valor al soldado, se le supone. Los demás tenemos un hijo, plantamos un árbol o escribimos un libro. Cuando se acuñó esta  trilogía aún no había nacido internet ni existían los blogs. Ahora, un comentario como los que los lectores ofrecen al Duende también sirve de pequeño libro. Augusto Monterroso escribía cuentos mucho más breves

Dos de los amigos recientes del Duende que no se conforman con cualquier cosa son Paco Gil y Jesús Solís. A uno le conoció hará un año, y al segundo lo encontró a finales de enero en el feliz cumpleaños del Candil de la Sierra. No se conocen entre sí, pero son vidas paralelas, de esas que envidia el Duende por concretarse en resultados. Ambos son de edad parecida, esa que Ágatha Christie en sus novelas definía como la mediana edad. Paco, del que ya hablamos en una ocasión es de Candeleda, provincia de Ávila, y Jesús de Peñafiel, en Valladolid. Paco es hijo de un maestro, se hizo matemático, fundó un colegio en Madrid, y es un apasionado divulgador de las bellezas de su región, alimentando con ellas varias páginas web y poniendo en marcha algunas iniciativas turísticas y culturales muy interesantes. Jesús nació de una familia muy modesta, y sólo pudo estudiar el bachillerato elemental. Se puso a trabajar a los catorce años, se trasladó a Barcelona y a base de tesón e ingenio, y después de haber creado veinte empresas se ha retirado en su pueblo, donde guarda como un tesoro una impresionante colección de libros, incunables y manuscritos antiguos. También tiene una bodega muy singular de la Ribera del Duero, pero su pasión es la bibliofilia, en la que ha encontrado largamente el saber que tanto echaba de menos. En realidad ya ha transformado tanto su realidad que ahora se puede permitir el lujo de dedicarse a leer, a pasear con su perro por los pinares de Peñafiel y a cocinar, por cierto, con mano maestra. Se basta con el rabillo del ojo para vigilar esa bodega que es, además, otro hobby.

El Duende siempre ha admirado a la gente con iniciativa y que sabe crear cosas. Cosas que se ven, que se tocan, que funcionan y que, a su vez, generan vida a su alrededor. Él es de estirpe contemplativa, divagadora, funámbula siempre en el cable de la duda, pelín apocada. Un desperdicio para el PIB. Cuando tenía veinticinco años lo único notable que había hecho es una pequeña colección de juguetes de hojalata, y un librillo de cuentos inspirados por ellos e ilustrados de su propia mano. Los tecleó en una vieja Olivetti. Su mérito es que lo hizo en su totalidad en horas de trabajo, y nadie a su alrededor se percató de ello.

Ahora Paco Gil ha tenido la humorada de teclear otra vez los cuentos en su ordenador, escanear las ilustraciones -es un ejemplar único- y subirlos a este blog por si alguien quiere conocer otros pájaros de la cabeza del Duende que aún no habían revoloteado por aquí. El libro se tituló Paraíso de hojalata, aunque el auténtico paraíso es haber encontrado a estas alturas de la vida tantos amigos que hacen de su espíritu inquieto y creador un excelente argumento para relacionarse con los demás.

Y otro  día hablará el Duende de Wallace 97 y de Julián 29. Han leído estas historias y les han gustado. Es lo malo, cualquier día el Duende se siente como Max Estrella y se nos pone estupendo. 

(Podéis ver el Paraíso de hojalata pinchando en la imagen de la moto de hojalata, en la esquina superior derecha de este blog)

La vara del fraile y la luz del Candil

  Hace muchos años, cuando la Orquesta Nacional tocaba en el Palacio de la Música de Madrid, se estrenaba una obra compuesta por un fraile. Él mismo la dirigía, y cuando con su barba y su vestidura talar subió al podium, y tras saludar se hizo el silencio y estiró la batuta para dar entrada a los primeros compases, una voz desde la platea gritó: ¡buen tiempo! Pasaron unos minutos hasta que se acallaron las risas y pudo empezar la música.

La voz del guasón evocaba el viejo barómetro de cartón en el que un fraile con un brazo móvil señala con un puntero una columna. En ésta,  de arriba abajo, figuran ocho pronósticos del tiempo atmosférico. Lluvia, Nuboso, Variable, Despejado… Siempre le hizo al Duende mucha gracia este primitivo barómetro del fraile que aún se puede encontrar en algunas ópticas o tiendas de aparatos de medición. Así que lo compró, lo maquilló levemente y se lo regaló a su amigo Miguel Ángel Fernández, alias el Candil de la sierra de nuestro blog, un  vitalista barcelonés que tras ser futbolista del Español,  próspero ejecutivo de una empresa de telefonía, y bastantes cosas más sufrió un infarto y fue intervenido en su corazón.

 Algo además de las válvulas pertinentes le implantaron entonces: Miguel Angel pensó que aquel jamacuco era un aviso del destino, y decidió cambiar radicalmente de vida abandonando la gran ciudad y buscando la tranquilidad del campo. Por entonces ya era el hombre afable y cariñoso, pero le debieron añadir caballos a su motor, pues desde aquel suceso se ha convertido en un obsesivo acumulador de afecto y de amistades. El maquillaje del barómetro aludía  precisamente a esto. El fraile, en lugar de pronosticar las variaciones de la atmósfera, auguraba  Amigos de siempre, Amigos del colegio, Amigos de Barcelona, Amigos de la radio, Amigos de Zarauz, Amigos diversos, Amigos recientes, Más amigos…Miguel Ángel cumplía cincuenta y cuatro años, y haga sol, frío, llueva o nieve, en su horizonte vital siempre habrá amigos.

Muchos de ellos fuimos convocados en su Posada de la Lola de Buera, provincia de Huesca, para un encuentro de esos que tanto se aprecian en España. Cocinar, comer,  beber, cantar, bailar y reírse fueron las ocupaciones básicas del fin de semana. Algunos de los llamados no se conocían de nada, pero la cordialidad del anfitrión hacía de mágico hilván para unirlos a todos en el deseo de corresponder a este exuberante exportador de humanidad que tanto disfruta con los amigos. El Duende, siempre escurridizo para ver paisajes nuevos, se escaqueó del programa y emprendió una larga carrera-caminata-marcha que le llevó por esos maravillosos parajes en los que se divisa al norte la sierra de Guara y, al fondo, algunas crestas del Pirineo nevado. Día glorioso de sol para disfrutar la intensa, paradisíaca soledad de estos campos de pan llevar: barrancos y laderas donde crecen almendros, olivos, encinas… Sus pasos le llevaron al santuario de santa María de Dulcis, una virgen que desde el siglo XVI cura tan enfermedades tan curiosas como el garrotín, viejo nombre de la difteria. Y finalmente a Colungo, otro pequeño pueblo encaramado en un cerro donde menos de cien habitantes tratan de mantener en pie las viejas nobles casonas que ya nadie habita. El desierto demográfico de nuestro campo, tan obsesivo para el Duende.

Antes, en el huerto de olivos que rodea al santuario, el Duende apuntó por curiosidad los nombres de las variedades de olivas que se dan por estos pagos. Royal, Negral, Alía, Alquezara, Gordal, Cerruda, Alquezrana, Neral, Piga, Arbequina, Blancal, Panseñera, Verdeña y Empeltre. Cuántos nombres que embellecen la jerga del campo. Casi tantos como los amigos de este Candil, al que Dios dé candela muchos años más.  

El extraño dolor de las siete menos cuarto

Dolor de pies en hospital 

(Foto de Angelant)

Se encuentra el Duende, y perdón por lo pretencioso de la comparación, como Jesús entre los doctores. O, más precisamente, como Sócrates: sólo se que nada se. Por lo menos, de lo que parece saber todo el mundo, que es de las matemáticas como soporte de cualquier relación lógica. Pensaba que, fuera de una apreciación cinematográfica,  el asunto del post de ayer iba a resultar de lo más espinoso y difícil de digerir. Y resulta que, sin que el Duende lo sospechara,  media nómina de lectores del blog lleva un Rey Pastor liofilizado en el bolsillo. Ha bastado que les ofreciera un caldo de cultivo y lo han soltado en él para que se desarrolle. Vaya chasco. Va a resultar que éste no es un blog para frivolidades y para la evasión. Esto es una academia de ciencias exactas.

¿Saben igual de todo? Porque el Duende quisiera consultar un fenómeno singular que lleva registrando en su pie izquierdo desde hace algún tiempo. Y como por lógica sólo cree en la causalidad, no duerme buscando su razón. Probemos si el blog también sirve de sociedad de socorros mutuos. Please, help the Duende.

Verán, muy a menudo, se despierta a las 6′45 a.m. con un agudo dolor en los dedos anular y corazón del pie izquierdo. Por cierto: ¿se nombran así a los dedos de la extremidades inferiores? ¿Incluso aunque no nos pongamos jamás un anillo, como en el correspondiente de la mano? Vayamos al grano: a esa temprana hora de la mañana un dolor intenso e inexplicable flagela esos concretos miembros de su añoso cuerpo. El Duende se despierta dolorido, se inquieta. Enciende la luz y no percibe a simple vista hinchazón alguna. Aprieta los dedos culpables entre sus manos y no percibe que aumente por ello la intensidad  del dolor. Éste es recurrente desde hace años. Aparece y desaparece como las caras de Bélmez, cuando le peta. Según Félix Bragado Mayol, gran amigo del Duende experto en bien vivir y doctor en mariscos, pudiera ser gota. Como la de Felipe II, o como la del abuelo Cebolleta, que aparecía siempre con el pie vendado. A él le ataca de vez en cuando en los dedos gordos de los pies, y dice que en tal caso hasta el peso de la sábana  le lacera aún más. Pero el Duende aguanta perfectamente el edredón, y no sufre más por eso. Además, no tiene problemas de ácido úrico, y apenas levantado de la cama el dolor desaparece. Sólo le deja la desazón de su  sinrazón.

Por lo que sufre el Duende es por no saber el origen de ese dolor fantasmal, y por qué para en él. ¿Es un alivio del cielo para ahorrarle el mal trago de asustarse con el despertador? ¿Es otro efecto del cambio climático? Hace unos días el Duende  vio una de las últimas fotos de la Duquesa de Alba, y pensó qué mala vejez la de la niña de El exorcista: ¿es un conjuro del  cirujano plástico de Cayetana por tan perversa asociación de ideas? ¿Es el símbolo de que, como a Unamuno, al Duende también le duele España, aunque sea sólo en dos dedos? ¿Es un estigma provocado por alguien que le malquiere y le hace vudú en la distancia? ¿Es una señal de que el gobierno cojea de su pie izquierdo, y por eso se ha decidido a ilegalizar a los amigos del ETA?

Señor, Señor…Haz que los sabios lectores del Duende iluminen su camino con su sabiduría. Acabará el Duende, si no, enmendando a su manera el celebérrimo soneto:

No me  mueve mi Dios nara quererte

el cielo que me tienes prometido.

Ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por ello de ofenderte.

Muéveme, Señor,  que me despierten

dos dedos del pie izquierdo doloridos,

un tormento, un absurdo, un sinsentido

sin saber por qué sufro yo esa suerte…

Feliz cumpleaños

Tarta cumpleanos

(Foto de Starfire)

Suena el teléfono del Duende. ¿Qué tal? -dice una vocecita limpia y precisa- Se hace un silencio, y la vocecita insiste, ¿qué tal?  Una voz adulta, al fondo, hace las veces de apuntador. Dile al abuelo que feliz cumpleaños, se escucha. Pero la niña insiste: ¿qué tal? ¿Qué tal? Es lo que ha aprendido. También le cuenta al Duende que  tiene mocos, y que su hermanita está durmiendo. Le soplan que diga felicidades, pero esa cortesía aún no está en su repertorio. La de Marina, apenas dos años y diez meses de inocencia, es la primera felicitación que recibe el Duende el día  de su cumpleaños número sesenta y dos.

Suena el teléfono y se escucha otra voz femenina. Es la de Mónica Sainz, una de esas mujeres sin las que la radio que hacíamos en RNE no sería posible. Mónica es una productora incansable. Si ha nacido el inventor de la cuadratura del círculo, ella ya lo estará buscando para una entrevista. Mónica es de Getafe, y presume de ello, está casada con Raúl y es madre de Sergio, un chavalín sano y robusto como un roble que nos miraba a todos desde el interface del ordenador. Mónica, además, es alta y muy guapa, sensible, generosa, pelín gamberra, y, cuando se concede un respiro en el trabajo, encantadora. No tiene tiempo para casi nada, porque es una máquina de trabajar, pero ha sacado unos minutos de la nada y ha felicitado al Duende, que ya no es más que un recuerdo. El  Duende ha escuchado su voz cantarina  y, como en el viejo juego de los barcos, ha quedado tocado.

Entra el Duende en el blog y le llueven más felicitaciones. ¿Quién ha dado el queo? En ONDA MADRID el realizador Juanjo Ceballos ha dejado caer el inevitable Happy birthday, pero esa emisora no es RNE, y la mayoría de los comentaristas del blog, creo, quedan fuera del área de escucha. Me recuerdan la efemérides, y algunas de las felices coincidencias. En ese día nacieron también Casius Clay, con el que el Duende no guarda afinidad alguna, pero también Antonio Mingote y Forges,  genios del lápiz y amigos siempre gratos, que son parte de su educación sentimental. Porque el humor supongo que también tiene su corazoncito. Desde Alemania, el duende del Duende me aturde a llamadas, que van directamente al contestador. Como las de Olga Viza, Miguel Angel Domínguez, Sandra Redondo, Paloma Arranz y María Luisa Núñez. Me felicitan cariñosas. Son adorables. Las tres últimas eran, con Mónica, las cuatro mosqueteras que arropaban a Olga en sus mañanas. Sandra y Paloma siguen, la  primera con Juan Ramón de Lucas, la segunda con Javier Segade. El Duende, siempre algo pez cuando las miraba en los estudios, las ve ahora como las más listas, las más cariñosas y las más guapas del mundo. Tanto cariño telefónico pasa factura: en la mañana del 18 de enero el móvil del Duende aparece muerto por colapso emocional.

Más felicitaciones de comentaristas del blog. Del par de Begoñas, de Camiseta, coautora del regalo de la lámpara -tranquilos,  ya luce, fue otra poblemática de espaldas al pueblo que explicaremos-, de Palinurova. Ángelus, Zoupon, Wallace, Lola, Bob, Macu, José Ramón, Julio, Candil, Gervasio….¿Me dejo aguno? Perdón, son ya tantos… Esposa, hijos, sobrinos, hermanos, cuñados. El Duende no es celebrón, suele pasar sus cumpleaños sin dar tres cuartos al pregonero. Por la tarde lo único festivo de su agenda es un magnífico cocktail con visita al Museo Thyssen que ofrece el despacho HOWREY MARTÍNEZ LAGE, experto en Derecho de la Competencia. Santiago Martínez Lage  ha casado  su bufete con un bufetón americano, y lo celebran por todo lo alto.  Santiago   es es un amigo de la universidad, diplomático de profesión y abogado brillante de codos infatigables y finísimo instinto. También le sonríe la vida, ya lo creo. Tal vez quisiera ser un poco más alto, pero ya no necesitará llegar más arriba.

Como el Duende, que el 17 de enero siempre se acuerda de su padre. Hombre de pocas palabras -como casi todos los hombres, sólo en casa- siempre evocaba que el día en que nació el quinto de sus hijos Madrid amaneció cubierto por una impresionante nevada. Desde entonces, el día 17 de enero, lo primero que el Duende mira por la ventana es si ha nevado. Y en sesenta y dos años nunca ocurrió tal cosa.

Hoy al fin ha aparecido la nieve: la ha encontrado mirándose al espejo, y reposa en su cabellera y en la marquesina de sus cejas. Debe de ser una suerte  ir sumando años con tanto calor humano alrededor. No le queda al Duende más remedio que ser feliz. ¡Ay, si encima el Atleti ganara al Madrid el domingo!… 

…¡Y paz a los hombres recojones del hogar!

Vino doña María  a Madrid a principios de los años sesenta del pasado siglo. Y entonces aún era, como tantas chicas jóvenes una mujer de ir a misa todos los domingos. Se acercaba el día de Navidad y el cura sermoneó sobre el significado profundamente cristiano de este día: es fiesta para recogerse en casa y disfrutar de la familia, apuntó el sacerdote. Y años después, cuando había cambiado su condición de empleada de hogar por la de reina de la casa -es un decir- conoció el lado oscuro del recogimiento. Se cena opíparamente, se bebe a esgalla, se intercambiar regalos. Mesa mejor equipada que nunca, exhibición de opulencia gastronómica, la mejor vajilla de la casa, cacharrería, cristal y platos finos, de los que regalan los periódicos o los bancos -eso se cree ella, ingenua- decenas de botellas, bolsas, papeles, cajas…

Pero, ¡ay!, después de la euforia llega el bajón.  Después de cenar, y  apagado el eco de los villancicos, los mayores se trasponen en el sofá mientras que  los jóvenes han descubierto que la Nochebuena-antes noche   de paz sólo rota por la zambomba y el pandero- estalla en juerga a partir de las doce de la noche. Aquéllos se despiden amablemente para irse a la cama y éstos se largan a la discoteca. Y ahí queda, sola ante el peligro, la sufrida esposa y madre, la inquebrantable ama de casa. Tiene ante sí una ingente tarea: ahora, además de ser la  gladiadora del hogar, debe abordar esa odiosa tarea de recoger la mesa, fregar los cacharros, meter en la alacena paveras y perolas, guardar las sobras aprovechables en el frigorífico,  disponer la basura en su saquito correspondiente, poner las mesas y las sillas en su sitio, agavillar papeles,  cajas, lazos, floripondios…En fin, recogerlo todo, porque también es la recojona del hogar.

Doña María pide disculpas, no es mujer que abuse de los regüeldos del lenguaje. Con su habla del campo adobada por el slam urbanita  no deja de ser una culta latiniparla. O al menos pretende hablar bien. Pero me temo que su neologismo,  recojona, que suena a exabrupto, tiene propósitos reivindicativos. Vamos, que está cabreada como una mona porque, una vez más, la tradición se pone de espaldas a la mujer. Preparar la fiesta  es estimulante, vas a dar felicidad, te van a sonreir, a besar,  e incluso recibirás las gracias. Sin embargo ella cambiaría el más delicado manjar  por el placer de que el ángel de la Navidad se encargara de recogerlo todo.Lástima que lo que tardas horas en cocinar se consuma en minutos, y que tras los dulces y las luces queden las sombras y la patética responsabilidad de devolver el orden a la casa. Y justo cuando más te apetece decir hasta luego Lucas y zambullirte entre las sábanas.

La pregunta de doña María es ésta: ¿por qué, Señor, en la gozosa fecha de tu nacimiento, no arriman el hombro todos? ¿No se podía cambiar el mensaje evangélico para que, después  del gloria a Dios en las alturas, añadieran y paz a los hombres recojones del hogar?

Pero tranquilos, que al alba del gran día vuelve a resplandecer en el alma de esta mujer su bondad natural, tan generosa y desinteresada . Recoja quien recoja -y su deseo es que se reparta la tarea- doña María desea que tengan  todos ustedes una muy feliz Navidad

De Vicky y otros entrañables cuentos de Navidad

 Miraba entre dos luces la silueta de Madrid amaneciendo al primer día de invierno, y distinguió el Duende en el alba brumosa a una especie de hada encantadora. Peinaba plácidamente, como es lo propio en ángeles y otros seres etéreos, las cúpulas y los tejados de la ciudad. Era la mañana de la lotería. Dicen que eso marca el inicio de la Navidad. Luego es de esperar que, a falta de ese puñetero gordo que nunca nos toca,  envíen algún heraldo  encantador para anunciar las buenas nuevas como mandan los cánones. Ese debía de ser.

Oteó el horizonte el Duende con los prismáticos y advirtió que aquella figura juguetona que dibujaba cabriolas y loopings  en el aire era la de Vicky. Vicky  es una chica rubia y de ojos azules que tiene una cara sólo comparable en hermosura a lo que debe de haber dentro de su corazón. El Duende tiene muchas referencias del coraje, entrega y  generosidad de esta criatura. Hace no mucho tiempo había conocido a uno de los hombres más afortunados del mundo, porque le declaró rendido que estaba enamorado de ella, y ella a su vez le dijo que sentía lo mismo por él. A Vicky le iba a recompensar el amor una vida exportando cariño, pero se cruzó el destino en motocicleta y él murió. Uno, con sus años, no sabe qué decirle a una mujer en esos casos. No hizo falta: cuando se vieron por primera vez después del día fatídico, ella se le anticipó con un beso, tal parecía que fuera el Duende quien necesitara consuelo. El Duende se quedó desarbolado: qué entereza la de algunos espíritus privilegiados.

Recientemente se encontró el Duende a José  y a María José, un matrimonio amigo que sufríó también en sus carnes el mismo hachazo del destino. Su único hijo, Iván, un arquitecto de sólo veintitrés años con un prometedor futuro, encontró la muerte  con su novia en otro accidente de moto. Lloraron lo infinito, le dedicaron un libro, jamás llenaron su hueco. Pero consiguen mantener el tipo. De vez en cuando, dicen, hasta son requeridos para charlas en las que deben animar a padres que han padecido la misma desgracia.

De igual forma murió uno de los tres hijos de Sara y Juan Uña, otro matrimonio admirable que marca el zénit del infortunio. Vieron  cómo morían sucesivamente por distintas causas sus tres hijos, y aún tenían fuerzas para sonreírte cuando te saludaban. Sara y Juan formaban una pareja de belleza, elegancia y simpatía casi cinematográficas. En verano, iban con sus nietos a las playas de Vera, en Almería, y era emocionante ver pasear su espigada figura sin que la ignominia que el destino hizo con ellos viciara la firmeza de su paso ni la nobleza de su mirada. El Duende les dedicó un soneto agradeciéndoles su ejemplo. Eran -Sara lo es todavía- una referencia tan hermosa, tan serena y fiable como la línea azul del mar en el horizonte que recortaba su perfil.

En Navidad se recuerda muy especialmente a los seres queridos que ya no están con nosotros. Hoy quería recordar el Duende a algunos de los que, a pesar de que no podrían vivir sin ellos, siguen su camino. Hay mucha literatura y mucho cine al respecto, pero quizás son la encarnación más cercana de aquel héroe  fabricado por Frank Capra y  James Stewart, y que, como señalaba un lector de este blog, es la película por excelencia de las Navidad. Gracias, entre otros, a Viky, a José, a María José y a  Sara, aún podemos poemos proclamar con cierta emoción ¡Qué bello es vivir!

Feliz Navidad a todos. La vida sigue, y el capón relleno que está en el horno está diciendo que no me ponga tan sentimental.

Nuestra cena de empresa

 No podíamos resistirlo más. Nuestra autoestima no estaba preparada para tan severo castigo. Doscientas mil cenas de empresa el último fin de semana en Madrid, leímos en los periódicos, y nosotros sin salir de casa. A lo sumo una  tortilla francesa y una ensalada. Uno se consuela pensando que es el precio de la independencia, el coste de la libertad,  de haber elegido otra alternativa, del no tener ni amo ni reina. Pero es demasiado. Incluso desde el palomar observamos, a lo lejos, la imagen totémica de estos tiempos: un centro comercial de El Corte Inglés.

Como a los israelitas el becerro de oro, su resplandor nos deslumbró. Y quisimos ser mortales como los demás. Corrientes y molientes, pero con nuestra cena de empresa.

 Así que el Duende y yo nos hemos preparado una espléndida cena compuesta por un exquisito puré de coliflor con queso griego, rabo de toro con patatas fritas y pastel ruso con fresas del bosque. El Duende no había frito un huevo hasta bien talludito, pero rompió a cocinar y presume de pasar de Parabere y, pese a ello, dar muy buena medida en carnes guisadas, arroces caseros de verduras y pescados en salsa. Vino reserva de Rioja del 2000. No es nada aristocrático en sus gustos: prefiere la cuchara a la vianda fina y ligera. Nunca podrá invitar a cenar a princesas, pues ya se sabe que los de sangre azul evitan los guisos por no caer en el riesgo de los regüeldos. En vista de lo cual, y por aquello de parecer algo más que una minipyme (el Duende y yo), invitamos a mis sobrino Ramón y su mujer. El Duende y yo tenemos dos sobrinos ramones, ambos casados.  Si uno se come un fraile por los pies, el otro lo acompañaría con patatas. Vino el más desganado, que está casado con una chica llamada Bea, rubia y de ojos azules. Se comportó dignamente, aunque había almorzado unas carrilleras de ibérico. Es lo que tiene no acordarse del colesterol.

Cenamos divinamente, nos reímos, contemplamos el pequeño nacimiento del Duende.  En lugar de la estrella de oriente, luce al fondo de éste el Palacio de Oriente iluminado. Nos intercambiamos regalos. Y acabamos tarde. Y uno con los deberes sin hacer.

A lo que sólo se me ocurrió contar que nosotros, para no ser menos que nadie,  también celebramos nuestra humilde cena de empresa. Se que no es nada estimulante, y que hoy en poco podrá sorprender el Duende. Bueno, no desesperen. Si alguien quiere sacar algo positivo, estamos dispuestos a contar la receta.

Buenas noches   

El Duende se desmelena y felicita la Navidad

Lo deben saber, hay que avisarlo antes de que pasen y vean. El Duende lamenta entrar tan a menudo en el coto de su intimidad.  Admira a las personas que evitan contar su vida, y se quedan en la filosofía pura, en el terreno de lo objetivo, o en la opinión sobre materias y hechos que puedan interesar a todo el mundo. Cáscaras, pero para eso hay que ser más profundo, algo así como un intelectual. Y ya ven, encima el Duende emplea esta interjección demodé, cáscaras. ¿Quién queda que hable así? Un tipo inclasificable y escurridizo como una anguila, un transformista, un escapista. Eso, un Duende.

Nadie que le conozca fuera de su versión radiofónica le habrá visto jamás como un juerguista. Más bien lo contrario: ni trasnochador, ni bebedor, ni crápula. Quisiera guardar el horario de las gallinas, retirarse al acostarse el sol y levantarse con el alba. No es exactamente así, aborrece salir de noche, pero acaba apagando la luz entre la una y las dos, entretenido entre el blog, la radio, la lectura y un peinado de televisión para convencerse de que no pasa nada si no se le hace demasiado caso. Excepcionalmente, alguna película, si es tan buena que resiste el sopor que suele seguir a la cena, normalmente no demasiado copiosa. Amigo de la Navidad sentimental, lo es cada vez menos de su parafernalia: las cenas opulentas y las copas interminables, las borracheras, el consumo desenfrenado, los regalos tontos, el  estruendo, las discotecas, las fiestas abusivas, las resacas y el sueño imposible.

Con los años, va aprendiendo técnicas de autodefensa. Apenas juega a la lotería de Navidad. No toma las doce uvas de la suerte desde hace más de una década. Simplemente  porque  a esas horas no se le apetecen, en esta época del año son muy poco sabrosas, y porque no ha notado que le vaya peor por ignorarlas. La nochevieja pasada culminó un prolongado anhelo, que es recibir al nuevo año entre las sábanas. Nada le gusta más que salir a correr por Madrid la mañana de Navidad o del Año Nuevo, cuando toda la ciudad es para uno. Adora la música clásica, pero las polkas y valses de la familia Strauss le parecen lo más cursi y tontorrón  de la belle epoque vienesa.Y la marcha Radezky jaleada por una legión de turistas japoneses, algo así como cuando Gaby, Fofó y Miliki  cantaban con los niños ¡Había una vez …un circo!
Y a pesar de eso  sus amigos saben que le gusta celebrar la Navidad.

Uno de ellos, en este caso amiga, le ha fabricado esta broma de felicitación. Se la debe a una de las Begoñas, habituales comentaristas de este blog, y a la magia que añaden internet y la informática, con esos programas juguetones que al Duende se le resisten. Pinchen el enlace adjunto (o sobre la foto). Pinchen y vean cómo después de despotricar de Papá Noel el uno es capaz de metamorfosearse en un duende que se le parece . Nunca sería tan frívolo, ni haría semejantes cabriolas y piruetas, jamás perdería la compostura como si fuera un joven empleado después de la cena de empresa. Pero, ya se sabe que, desde Mr. Scroodge a esta parte, a todos nos gusta sorprender por estas fechas. Muchas gracias, Begoña. Y a todos vosotros, feliz Navidad.

Se aprecia mejor con altavoces.

Duende Navidad

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