Archive for the 'Amigos en la red' Category

La excelencia o la vida

Eb muchos órdenes de la vida lo mejor es enemigo de lo bueno...

En muchos órdenes de la vida lo mejor es enemigo de lo bueno…

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Solo en el campo. Crees que es uno de los privilegios de la jubilación. Se va la familia, te das un paseíto bajo las estrellas, te encierras en casa y te llenas de descanso. Pones un poco de orden, apagas las luces que se dejaron encendidas, cierras las puertas que a  tus hijos y nietos no les importa mantener siempre abiertas y antes de acomodar tu maltrecha osamenta en la cama –labor delicada en estos momentos- te sientas en el sofá, junto a la chimenea, y respiras.

De repente tu vista se detiene en un detalle sin importancia, pero que siempre te ha desasosegado. Varios de los cuadros sobre los que cae tu mirada están torcidos. Pasa en las mejores familias, y no todas le dan la importancia que acusa tu malestar. ¿Por qué? De la misma manera que los que se lo pueden permitir contratan entrenadores personales o paseadores de perros, debería haber un servicio de vigilantes de cuadros torcidos. A menudo vas a casas de categoría, con muebles buenos y cuadros aún mejores, y observas que algunos de estos basculan hacia un lado. No te puedes reprimir, si puedes te levantas, pides permiso y los equilibras. Tus anfitriones a menudo se quedan pasmados. Allá ellos.

Sin embargo esta noche en tu propia casa no haces nada. Te molestará irte a la cama con este nuevo desarreglo en tu vida, te parece natural. Sufres tantos desperfectos de difícil solución, que por qué te vas a desvivir para maquillar de bonito la envoltura de tu existencia.

No duermes peor por eso.

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Tu amigo el marqués de Betanzos ha hecho una gran carrera como diplomático y abogado guiado por el afán de excelencia en todo lo que hace. Le ha ido muy bien. La norma no se limita a su modus operandi profesional, sino al resto de su vida. Espoleado por su exquisita esposa, que es una fanática controladora del orden, de la calidad y del buen gusto, es difícil sorprender en ninguna de sus casas no ya un cuadro torcido, sino tan sólo un pelo de su perro de confianza en alguno de los almohadones del sofá. Ambos pertenecen al selecto club de los perfeccionistas, del que te hubiera gustado ser socio, y del que te alejas cada día más. Echando la vista a atrás, incluso se puede decir que tu vida entera parece  modelada por la chapuza y el conformismo. No fuiste estudiante destacado. Nunca peleaste por lo mejor. Tu carrera ha sido tan importante que nadie te recordará por ella. Ni siquiera te has exigido un nivel  para hacer el gamberro en la radio o para lanzarte a escribir. Cada vez sabes menos de vinos y de restaurantes, no has probado las delicias criofilizadas de el Bulli, y además no te importan lo más mínimo. Y poner en marcha cualquier tentativa de eso que se llama negocio te ha parecido tan exigente a la hora de decidir y, sobre todo, de esforzarte y hacer esforzarse a los demás, que definitivamente has llegado a la conclusión de que no tienes carácter para ello. La excelencia no es para ti.

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Por eso te ha aliviado mucho ver Whiplash, una película de Damien Chazelle que se sitúa en una escuela de jazz en la que el profesor Terence Fletcher machaca literalmente a sus músicos en aras de una excelencia que se va transformando poco a poco en la antesala del infierno. El rigor y la crueldad del prestigioso maestro que encarna con singular vesania el oscarizado actor J.K. Simmons se centra especialmente en un joven baterista, al que sangra literalmente para obtener de él una velocidad de ejecución y un número imposible de percusiones en la interpretación de la pieza que da nombre a la película.  Sangre, sudor y lágrimas. El chico enloquece, claro. Satisfecho a pesar de todo, y aunque en el camino de su meritorio calvario haya perdido a una novia estupenda.

La película es magnífica, pero Jesús, qué sufrimiento. El protagonista alcanza el cielo de la gloria musical, aunque a tal coste que piensas si verdaderamente merece la pena ser número uno en nada. Sabes que nadie regala el éxito, y que cualquier logro es, ante todo, trabajo. Sabes también que ninguna escuela de negocios para JASP y pequeños nicolases te compraría una propuesta tan poco ambiciosa como la tuya. Pero a estas alturas de la vida, te atreves a sugerir que el afán de ser el mejor no obnubile la razón, ni obligue a nadie a elegir entre la excelencia o el  dulce encanto mediocre de lo que viene siendo vivir.

Dolores, dudas y merluza frita

Sólo tengo claro que no tengo nada claro...

Sólo tengo claro que no tengo nada claro…

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Te llama Homper para interesarse por tu salud cuando, antes de responderle, haces una cosa muy tuya, que es salir por la tangente con otra pregunta de tu cosecha.

-Oye, ¿tú cuando vas a hacer merluza frita qué orden sigues en el rebozo? ¿Primero pasas la pieza de merluza por el huevo batido y luego por la harina o al contrario?

Homper hace honor a su nombre y se convierte una vez más en el Hombre Perplejo. Pero es buen amigo, te conoce, y no te manda a hacer puñetas ni elude la respuesta. Dice que desde que vive solo no fríe pescado, porque el chisporroteo del aceite pone perdida la cocina y atufa hasta el hueco del ascensor, que no se sabe por qué los ascensores tienen ese poder para acumular los efluvios de las ollas vecinales. Y añade que cuando alguna vez su asistenta le fríe merluza se ausenta de casa y sale a pasear el perro de la vecina, que es enfermera y a cambio le pone las inyecciones cuando procede y le trae perrunillas de su pueblo.

-La casa donde vivo es una sociedad de auxilios recíprocos- matiza- Pero estando como estás…¿por qué te preocupa tanto  la fritura de la merluza?

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Le dices que desde que te sacaron la tarjeta amarilla no lo puedes evitar, pero te pasas el día haciendo arqueo de casi todo: de tus haberes, de tus deberes, de tus quereres y de tus saberes. Lo primero te lleva poco tiempo, lo segundo te acaba atormentando la conciencia, y lo tercero y lo cuarto te entretienen bastante, pero a veces te descolocan. Por tu curiosidad natural peinas todos los días los medios y te das cuenta de que, al margen de la fe de horrores nuestros de cada día, la mayor parte de su contenido son noticias del futuro. Por ejemplo, se buscan futuros moradores para Marte. Por ejemplo los coches sin conductor circularán en el Reino Unido a partir de 2015. Por ejemplo, Fujitsu incorpora a sus celulares un sensor de huellas dactilares para saber si los están utilizando sus propietarios o no. Por ejemplo, la ciencia calcula que en 2045 podrá garantizarse la inmortalidad del cuerpo humano. Por ejemplo, si el calentamiento global llegara a derretir el manto de hielo de Groenlandia el nivel el mar subiría siete metros. Nadie sabe qué suerte correrán entonces los pobres osos polares. El horizonte en general es esperanzador por una parte, pero tan apocalíptico por otra que puede que en tres o cuatro décadas la humanidad tenga que asistir espantada a la aparición de las primeas patas de gallo de la Preysler.

Santo cielo! –se le escapa a Homper al otear lo que se nos viene encima.

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-Claro- confirmas- Por lo menos inquietante. Y como yo al menos ya he vendido todo el pescado y no tengo que ir de joven, ni de moderno, ni de estar à la page, me puedo permitir el lujo de caminar sólo sobre lo que se. Me siento más cómodo pisando suelo firme.

No te pones luego demasiado socrático, aquello de solo se que nada se. Algo sabes. Pero a la vejez viruelas, las sorpresas que te da la vida son tantas que muchas de las cosas más sencillas las ignoras, y otras que creías saber a ciencia cierta resulta que no son lo que creías. Sigues sin entender cómo el mar es una marioneta en manos de la luna, que tira de sus cuerdas o las recoge según le peta. Y aunque te lo han explicado mil veces tampoco entiendes por qué nuestro Catalina, que tanto nos complace y nos inspira, se ve más grande en el orto que cuando vuela en busca del zenit. Hace unos meses, en un debate bloguero de gran altura intelectual sobre el modo de administrarse el supositorio, la preclara periodista Begoña Ortúzar, con ese aplomo que le da haber nacido en Bilbao, mantenía que el curioso pequeño obús medicinal no debía introducirse en la retaguardia por su parte afilada, sino por la plana, sembrando en ti dudas que antes no tenías. La lógica y tu querida mamá te enseñaron a empujar por la base para que la puntita penetrase mejor por el mismísimo culito. Qué sinvivir que no haya unidad de doctrina al respecto.

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Algo parecido te ha pasado con el rebozo de la merluza. Tú jurarías que cuando entrabas en la cocina para jugar con Morito, el gato negro de la vieja casa de Serrano, y veías a Catalina -que por cierto, se llamaba como la luna- friendo pescado, el orden del rebozo era primero el huevo batido y después la harina. Has vivido toda tu vida en esa convicción. Y ahora que cuidan de ti tantos amigos marmitones y amigas cocineras te vienen a decir que no, que es justo al contrario, y que en tu casa comíais el pescado mal frito.

-Imagínate el disgusto- te lamentas a Homper- Ya no puede uno estar seguro de nada…

-Te comprendo- dice Homper con un gesto de resignación- Pero en fin, consuélate, no hay mal que por bien no venga. Si tu problema de hoy es que el rebozo de la merluza te está quitando el sueño, quizás eso quiere decir que no es tan mal como dices.

A lo mejor. A lo mejor. Pero por favor, si alguno de tus lectores de verdad te aprecia, que te confirme al menos que las cortinas de la ducha tienen que caer por dentro del borde de la bañera, y no por fuera. No vaya a ser que también en eso estés equivocado.

Otra ilusión pendiente

De repente, un antiguo amigo  reaparece para animarte y para invitarte a Sevilla, y crees que esa ilusión va a ser tu mejor terapia...

De repente, un antiguo amigo reaparece para animarte y para invitarte a Sevilla, y crees que esa ilusión va a ser tu mejor terapia…

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Dicen que cada siete años se renuevan las células del cuerpo humano. ¿Cómo podemos seguir siendo los mismos al cabo de medio siglo? Desde que te enteraste de ello se te han renovado las tuyas no menos de siete veces. Lástima que algunas de las últimas mutaciones no dieran el mejor resultado.

Da igual, algunas cosas no cambian. Hace cincuenta años tú acababas de descubrir a Ramón Gómez de la Serna. Sobre una de las guardas finales de su Automoribundia, un ejemplar encuadernado en cartón amarillo que conservaba tu padre como un tesoro, éste había escrito a mano: es el mejor libro que he leído en mi vida. Tú discrepabas con tu padre en muchos asuntos, pero no en su admiración por Ramón. Leíste su autobiografía, irónicamente titulada a la contra, con apasionamiento y admiración. De aquel tipo original y un punto gamberro, capaz de escribir greguerías tan geniales como la dedicada al seltz, agua con agujeritos que sabe a pie dormido, y de convertir el torreón de la calle Velázquez, donde vivía, en un museo de curiosidades y objetos fascinantes entre los que se encontraba una muñeca de cera de tamaño natural, envidiabas su audacia, su ingenio y su poesía traviesa

-Trueno: –decía otra de sus greguerías- Caída de un baúl por las escaleras del cielo.

A veces la inspiración se disfraza de broma.

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Algo parecido al refugio de Ramón con sus hallazgos del Rastro madrileño encontraste muchos años después en la casa de Pablo Neruda en Isla Negra, repleta de juguetes, cerámicas pintorescas, artes de pesca y mascarones de proa de antiguos navíos que flotaban por los salones como golondrinas varadas. La casa, rodeada de rocas contra las que rompían las olas del Pacífico, era un lugar para pasar unas vacaciones escribiendo o pintando, o para suicidarse en plan teatral. A ti el chileno, elegante poeta, te caía más bien antipático por su sinuoso pasado, y te parecía incluso cargante cuando le escuchabas declamar sus propios poemas con esa voz gangosa de pavo con vegetaciones que quiere enfatizar su lírica arrastrando los versos. En cambio Ramón se te antojaba un tipo simpático, surrealista y nada pretencioso, con sus patillas de hampón un poco paleto, su pipa y su traje de banquero de provincias, tal como aparece en La tertulia del café Pombo. Era un gran amante del circo. Un día impartió una de sus conferencias desde lo alto de un trapecio, y otro encaramado a lomos de un elefante, y él mismo se tituló Cronista del circo, título menor con el que posiblemente quisiera disimular su descomunal talento.

Cuando descubriste a Gómez de la Serna, no eras el mismo que ahora. Afortunadamente, Eras siete generaciones de células más joven, lo que quiere decir más inocente, más sano, más soñador, más juguetón y más impresionable. Pensabas que ser ligeramente ramoniano, aunque sólo fuera un poquito, era una forma de no pasar por la vida como una ameba irrelevante.

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Un día te regalaron dos entradas para una sesión nocturna en el viejo Circo Price. No debieron de mostrar gran interés ninguno de tus hermanos en acompañarte, y tampoco te atreviste a decírselo a la chica que te gustaba.

-¿Ir al circo por la noche? –temiste que te dijera ella -Ya no tenemos edad para esas cosas.

Y acabaste ofreciendo la entrada a un compañero de primero de derecho que conocías poco de las aulas –no las frecuentabas mucho para ser exacto-, pero que te caía bien. Se llamaba José Guillermo Zubía, un vasco de Oñate que, por caprichos del destino, había nacido en Sevilla. Era un tipo simpatiquísimo y listo con voz de ochote (registro bajo) que posiblemente aquella noche no tenía plan. Ignoras si se hubiera considerado muy ramoniano, pero le gustaba el circo. El caso es que conservas en tu memoria ese extraña velada como una greguería graciosa, intrascendente, pero inolvidable. Aquella insólita noche de circo fue el primer eslabón de una amistad apenas pespunteada por diez o doce encuentros a lo largo de casi medio siglo. El se instaló en Vitoria como empresario importante y cuando venía a Madrid, convocaba un encuentro con los viejos compañeros de facultad. Al último no pudiste acudir, porque tu dichosa neoplasia te crujía la espalda.

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El mensaje que te llegó al móvil entonces se dirigía a Siul, que es como te conocen algunos de la época en que te gustaba hablar al revés. Él era Epep Aíbuz Aeniug y tú Siul Aloreugif-Itterref. Te echamos de menos –decía el bueno de José Guillermo-. Se que no estás pasando buenos momentos, y quería darte un abrazo y decirte (y esto lo dice un vasco siempre en serio) que me tienes a tu disposición para lo que quieras…Me ha dado una ventolera y me he comprado un apartamento bastante amplio en Sevilla. Nada me haría más ilusión que cuando estés en condiciones te vinieras a pasar el tiempo que te apetezca…Ánimo y, como decimos aquí, Aurrerá.

Con el tiempo se renuevan las células de nuestro cuerpo, como recordabas, y con ellas también nuestras ideas, nuestros gustos, nuestras expectativas. Ahora que te balanceas como un funámbulo circense entre el ser y el qué será, te han entrado unos deseos irreprimibles de recuperar todo lo grato y divertido que quizás sin darte cuenta has ido dejando atrás en tu camino. Hay que imaginarse, abril en Sevilla, un vasco de Oñate nacido en Hispalis y un duende más evanescente que nunca que se ríen juntos como aquella noche de circo de otro siglo. No te lo quieres perder. Igual que Ramón, piensas que la vida es demasiado puñetera como para no ponerle ilusión y sentido del humor.

Entre los ángeles

Hay visiones de la naturaleza que le hacen a uno creerse un ángel...

Hay visiones de la naturaleza que le hacen a uno creerse un ángel…

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Sólo unos días antes de esta Navidad despertaste en el campo y miraste al amplio valle del Tiétar. Lo que en otros días claros de anticiclón es panorama de encinares y de una especie de sabana africana que la vista extiende hasta la sierra de Guadalupe, parecía un mar de nubes blancas cuyas olas morían contra las laderas de Gredos. Crees que el fenómeno se da cuando las altas presiones producen lo que los meteorólogos llaman inversión térmica. El caso es que Candeleda y las tierras del valle quedaban bajo una espesa capa de niebla mientras tú desde tu casa disfrutabas de un sol radiante y veías cómo el Almanzor nevado acogía entre sus larguísimos brazos ese mágico mar improvisado por el amanecer. Te pareció un espectáculo natural fascinante. Por un momento imaginaste que sólo los ángeles y tú podíais gozar de tal privilegio.

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Pero…¿existen los ángeles? ¿Y es verdad que no tienen sexo? ¿Será cierto que a todos protege un ángel de la guarda? En esta materia, como en casi todas, sigues apacentando tus dudas. Sin embargo, desde que la enfermedad te obliga a pensar más tienes la sensación de que eres rico en ángeles vigilantes y cariñosos. El que se presentó ayer en tu casa con un bizcocho de limón para felicitarte la Navidad es Inés. Es una excelente fotógrafa, está casada y es madre de tres hijos, pero te sigue llamando jefe, pese a que va hacer casi veinte años que dejasteis de trabajar juntos. Otros ángeles del sexo femenino llevan el nombre de Alicia, Ana, Ángeles –es un ángel plural- Begoña, Beatriz, Carmen, Carolina, Conchita, Francisca, Isabel, Julia, Lola, Lucila, María, Marta, Paloma, Pilar, Rosario, Silvia, Soledad, Teresa…No hay last ni least, porque para apuntalar el alma tanto te vale un jamón de pata negra como una simple llamada telefónica. Como te sirve también la atención de Borja, Carlos, Eduardo, Javier, José Pedro, Manuel, Miguel Ángel, Paco, Pepe, Quico, Rafael, Ramón, Rubén, Víctor y alguno más, que son del sexo masculino y que te han acompañado y ayudado a lo largo de este tiempo de mil maneras distintas. Tienes ángeles amigos que son hoteleros rurales, psicólogas, altos funcionarios, médicos, coralistas, abuelos y abuelas, compañeros de la radio, empresarios, amas de casa, jubilados, artistas. Otros son embajadores, y en la parte insospechada de su curriculum mantienen aficiones tan singulares como la cría de burros.

Afortunadamente, de todo hay en tu viña. No es como la del Señor, pero tampoco te puedes quejar.

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Creías que esa legión podría rondar por allí, y compartir contigo esa percepción de poderío sobre la belleza que te ponía en bandeja el día. Aún esperas y deseas que les llegue. Ojalá puedan ver el mundo, la vida y la Navidad como si de verdad volaran entre los ángeles.

La felicidad, manda castañas

Nadie sabe la cuota de felicidad que cabe en una castaña bien asada...

Nadie sabe la cuota de felicidad que cabe en una castaña bien asada…

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La luna había sido esta noche generosa y guapa, como siempre es de esperar en ella. Sin embargo tú has caído del sueño entre su esplendor que se iba y el del día otoñal que ya despertaba. Lo cual que, envuelto en la soledad y el silencio del campo, entre el barboteo de la primera cafetera y ese cri-cri de un par de carcomas que roen algunas vigas de la casa y ya forman parte de la familia –qué remedio: no hay quien las eche-, te ha generado una cierta sensación de amanecer incierto, dividido entre dos luces. De una parte, lo que como adulto debes vivir por fuera y, de otra, lo que, con el egoísmo de un niño que aún mantiene alguna ilusión, sientes por dentro. Lo primero es una fuerza centrípeta, que viene del exterior, y te convierte en una especie de esponja obligada a absorber todo lo que proyecta sobre tu vida el infinito y agitado mundo. Hablando en plata: quisieras que no fuera así, pero te afectan y te amargan el día las noticias: la incertidumbre del momento político y económico, la miseria moral que aflora por doquier, la pérdida de referentes ejemplares y la cada vez más profunda duda sobre la capacidad de aprender de la historia que sigue demostrando el necio género humano.

-Cuanto más lo conozco–anotas en tu dietario sin citar ejemplos de aberraciones, granujadas y abundantes estulticias de plena actualidad- más tendría que amar a mi perro. Bueno, a mi perro y a todas las criaturas irracionales…

No te queda más remedio que blindarte para sobrevivir. Eso sí, agradeces  una vez más no ser político, columnista, tertuliano, polemista, sociólogo, moralista, psicólogo social o vulgar chisgarabís radiofónico. No sabrías qué carajo decir ahora para ganarte el sueldo sin caer en una de esas obviedades machaconas que ya tienen aburrido al personal.

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Lo segundo es una fuerza centrífuga, que parte de ti y que desearías hacer estallar como un castillo de fuegos artificiales, por si puede expandir algo de optimismo.

Ocurre que esta semana vas dejando atrás tu segunda gran batalla contra el cáncer. No sin heridas de guerra, conste. Tu estado es manifiestamente mejorable. Andas vacilante como un zombi que sale a pinchar plan el sábado noche o como la duquesa de Alba cuando se arranca por rumbas. Pero estás convencido de que, superadas las indignas e inconfesables secuelas de la dichosa quimioterapia, volverás a darte friegas con esos pequeños placeres que te enganchan al gusto por la vida.

De la quietud convaleciente has sacado partido de momento embarcándote en El hombre que amaba a los perros, una excelente novela del cubano Leonardo Padura que a pesar de la ternura de su título se centra en el asesinato de Trotski. El libro te lo recomendó tu amiga Aldara, que aparte de ser muy mona tiene un excelente criterio. Te ha servido para refrescar la historia del convulso siglo XX, para rearmarte contra los horrores del sectarismo y de la intolerancia y para embarcarte una vez más en el placer de leer junto a la chimenea mientras la lluvia del otoño tamborileaba el ventanal.

Además –no sólo de letras vive el hombre- anoche diste un paso decisivo en tu vida. Por primera vez en tu breve biografía de cocinilla compraste y cocinaste unas acelgas que, debidamente limpiadas, hervidas al dente y rehogadas con un poquito de ajo y una mezcla de pasas y piñones te han sabido exquisitas. Hay experiencias que marcan.

Te queda para cuando caiga la tarde dar un breve paseo bajo los castaños y coger unas pocas castañas. Asarlas, calentarte las manos con ellas. Sentir su aroma y evocar aquella fase de tu vida en la que no veías problema alguno, ni por dentro ni por fuera. Volver a cuando creías que el summum de la felicidad era un domingo de noviembre, una película de vaqueros en el cine Colón y comprarte a la salida un cucurucho de castañas asadas.

Ebolizados

Parece mentira que de un río y una palabra tan bonita como Ébola haya fluido tanta inquietud...

Parece mentira que de un río y una palabra tan bonita como Ébola haya fluido tanta inquietud…

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Querías pasar un fin de semana viendo llover y buscando setas. Sin embargo, en una de las vigilias que programa tu sueño quebradizo, la luna, menguante pero aún atractiva como esas mujeres maduras que hacen hermosas hasta sus patas de gallo, te sorprendió en lo alto y fijó tu mirada tras el cristal de la ventana. No era la suya una aparición diáfana, sino espectral, entreverada de ominosos nubarrones. En lugar de adjetivos, nombres que ilustran mejor el cuadro: Caspar Friedrich, Turner, Tim Burton. Noche, o ya madrugada, rigurosamente romántica, tenebrosa, sobrecogedora. Antes le decíamos de miedo. Ahora se emplea más lo de gótico.

Y a ti, arrebujado entre las sábanas, te gustaba. Hace tiempo que tu vida es ya ir engastando momentos así, como si fueran las cuentas de un collar único. ¿Cuándo volverás a ver justo esa insólita versión de la noche, con esa nube caprichosa que por unos segundos le pone a la luna las barbas de un Papá Noel? Nunca. En un abrir y cerrar de ojos, las guedejas de las barbas se han difuminado, y otro nubarrón sombrío y espeso como el ala de un buitre eclipsa a la reina de la noche. Luego esta reaparece. A continuación se vela con tules gaseosos. Como el mar en el constante batir de sus olas, como el fuego que se devana en llamas imprevisibles, una noche borrascosa con luna al fondo jamás repetirá espectáculo.

Lo disfrutas a conciencia dispuesto a entregarte nuevamente a un último sueño antes de que amanezca. Y en estas, mal de la sobreinformación a la que estamos expuestos, piensas en la enfermera Teresa Romero, que a esas mismas horas en que tú desmigas los secretos de la noche se debate entre la vida y la muerte. Vivimos a impulsos de lo que nos pautan los medios. Ahora estamos ebolizados. Y la valiente auxiliar de enfermería ni siquiera hallará el consuelo de entretenerse contemplando los cambiantes visajes de esta luna de otoño.

2

Siempre has tenido predilección por las palabras esdrújulas, especialmente si estas incluyen la letra L. Rúcula, brújula, pínula, ménsula, pídola, tórculo, fámula, párvulo, sémola. A veces crees que los sonidos de las palabras condicionan sus significados. Por eso te choca que una palabra hermosa como ébola, que quedaría la mar de bien en un soneto de amor, designe a una enfermedad tan mortífera como la que trae de cabeza a España. Luego te enteras de que Ébola es el nombre del río africano, afluente del Congo, en el que por primera vez fue identificado el dichoso virus. Te imaginas el lugar, tan lejos de esta civilización urbanita que de cuando en cuando descubre alarmada las inopinadas gateras por las que se nos fuga el estado del bienestar. No aparecen navegando por el río en piragua la Baronesa Dinesen con su Robert Redford de rigor, sino un grupo de negritos que poco después serán incluidos en su larga lista de víctimas.

Estas dramáticas Memorias de África, no hay mal que por bien no venga, han provocado una de las reflexiones más lúcidas que, pásmese el personal, viene de esa especie en proceso de demonización que es la de los políticos, incluso aunque sean honrados. El diputado Eduardo Madina se escandalizó de que el sacrificio de Excalibur, el perro de Teresa Romero, hubiera levantado un vendaval de reacciones en las redes sociales invitando a echarse a la calle a los animalistas, por aquello de que el fin no justificaba tal medida de precaución. Y no tuvo empacho en recordar en un tweet que estas mismas almas sensibles podrían haberse manifestado antes por las más de cuatro mil muertes que el ébola ha dejado ya en África. Lo de siempre, árboles que no nos dejan ver el bosque. Y, por fortuna, de vez en cuando una ráfaga de ese céfiro extraño llamado sentido común.

3

Lo tuyo no es ébola, pero también ha arreciado este otoño, y te ha dejado sentir por primera vez lo muy desagradable que es sentirse mal. Pequeños alifafes, nada totalmente insoportable, servidumbres del cuerpo, por dentro y por fuera. Como si Atlas hubiera descargado sobre tus espaldas todo el peso del mundo y, al mismo tiempo, un volcán en erupción se te hubiera comprimido en largo y proceloso tracto digestivo. Qué suerte poderlo contar, y lamentar que al final sólo estés descolocado, te sientas extraño, y veas pasar los días posteriores a la quimioterapia sin saber qué hacer, y sin fuerzas apenas para contarlo.

Hundido en tu sillón mientras ves pasar las horas exánime, se te ocurre pensar entonces en los que a veces se asoman a tu blog en busca de una sonrisa, cuando no está precisamente el horno para bollos. Y también en los miles y miles de personas que, sin ir más allá de tu ciudad y quizás de tu barrio, luchan también por sentirse a gusto con su cuerpo. Adviertes de que, afectado por la psicosis desmadrada que nos aflige, tú también estás ligeramente “ebolizado”.

Aún así, sursum corda. La mañana no puede ser más gris y lluviosa, pero anuncian claros para la tarde, y a final verás cómo brilla el sol.

Ebolizados

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Querías pasar un fin de semana viendo llover y buscando setas. Sin embargo, en una de las vigilias que programa tu sueño quebradizo, la luna, menguante pero aún atractiva como esas mujeres maduras que hacen hermosas hasta sus patas de gallo, te sorprendió en lo alto y fijó tu mirada tras el cristal de la ventana. No era la suya una aparición diáfana, sino espectral, entreverada de ominosos nubarrones. En lugar de adjetivos, nombres que ilustran mejor el cuadro: Caspar Friedrich, Turner, Tim Burton. Noche, o ya madrugada, rigurosamente romántica, tenebrosa, sobrecogedora. Antes le decíamos de miedo. Ahora se emplea más lo de gótico.

Y a ti, arrebujado entre las sábanas, te gustaba. Hace tiempo que tu vida es ya ir engastando momentos así, como si fueran las cuentas de un collar único. ¿Cuándo volverás a ver justo esa insólita versión de la noche, con esa nube caprichosa que por unos segundos le pone a la luna las barbas de un Papá Noel? Nunca. En un abrir y cerrar de ojos, las guedejas de las barbas se han difuminado, y otro nubarrón sombrío y espeso como el ala de un buitre eclipsa a la reina de la noche. Luego esta reaparece. A continuación se vela con tules gaseosos. Como el mar en el constante batir de sus olas, como el fuego que se devana en llamas imprevisibles, una noche borrascosa con luna al fondo jamás repetirá espectáculo.

Lo disfrutas a conciencia dispuesto a entregarte nuevamente a un último sueño antes de que amanezca. Y en estas, mal de la sobreinformación a la que estamos expuestos, piensas en la enfermera Teresa Romero, que a esas mismas horas en que tú desmigas los secretos de la noche se debate entre la vida y la muerte. Vivimos a impulsos de lo que nos pautan los medios. Ahora estamos ebolizados. Y la valiente auxiliar de enfermería ni siquiera hallará el consuelo de entretenerse contemplando los cambiantes visajes de esta luna de otoño.

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Siempre has tenido predilección por las palabras esdrújulas, especialmente si estas incluyen la letra L. Rúcula, brújula, pínula, ménsula, pídola, tórculo, fámula, párvulo, sémola. A veces crees que los sonidos de las palabras condicionan sus significados. Por eso te choca que una palabra hermosa como ébola, que quedaría la mar de bien en un soneto de amor, designe a una enfermedad tan mortífera como la que trae de cabeza a España. Luego te enteras de que Ébola es el nombre del río africano, afluente del Congo, en el que por primera vez fue identificado el dichoso virus. Te imaginas el lugar, tan lejos de esta civilización urbanita que de cuando en cuando descubre alarmada las inopinadas gateras por las que se nos fuga el estado del bienestar. No aparecen navegando por el río en piragua la Baronesa Dinesen con su Robert Redford de rigor, sino un grupo de negritos que poco después serán incluidos en su larga lista de víctimas.

Estas dramáticas Memorias de África, no hay mal que por bien no venga, han provocado una de las reflexiones más lúcidas que, pásmese el personal, viene de esa especie en proceso de demonización que es la de los políticos, incluso aunque sean honrados. El diputado Eduardo Madina se escandalizó de que el sacrificio de Excalibur, el perro de Teresa Romero, hubiera levantado un vendaval de reacciones en las redes sociales invitando a echarse a la calle a los animalistas, por aquello de que el fin no justificaba tal medida de precaución. Y no tuvo empacho en recordar en un tweet que estas mismas almas sensibles podrían haberse manifestado antes por las más de cuatro mil muertes que el ébola ha dejado ya en África. Lo de siempre, árboles que no nos dejan ver el bosque. Y, por fortuna, de vez en cuando una ráfaga de ese céfiro extraño llamado sentido común.

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Lo tuyo no es ébola, pero también ha arreciado este otoño, y te ha dejado sentir por primera vez lo muy desagradable que es sentirse mal. Pequeños alifafes, nada totalmente insoportable, servidumbres del cuerpo, por dentro y por fuera. Como si Atlas hubiera descargado sobre tus espaldas todo el peso del mundo y, al mismo tiempo, un volcán en erupción se te hubiera comprimido en largo y proceloso tracto digestivo. Qué suerte poderlo contar, y lamentar que al final sólo estés descolocado, te sientas extraño, y veas pasar los días posteriores a la quimioterapia sin saber qué hacer, y sin fuerzas apenas para contarlo.

Hundido en tu sillón mientras ves pasar las horas exánime, se te ocurre pensar entonces en los que a veces se asoman a tu blog en busca de una sonrisa, cuando no está precisamente el horno para bollos. Y también en los miles y miles de personas que, sin ir más allá de tu ciudad y quizás de tu barrio, luchan también por sentirse a gusto con su cuerpo. Adviertes de que, afectado por la psicosis desmadrada que nos aflige, tú también estás ligeramente “ebolizado”.

Aún así, sursum corda. La mañana no puede ser más gris y lluviosa, pero anuncian claros para la tarde, y a final verás cómo brilla el sol.


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