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El Atlético te hace más que fuerte

Imagen que tomamos prestada de chotysalazarpmmc.blogspot.com Suponemos que estarán tan contentos que no se molestarán porque nos tomemos esa confianza

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Suponemos que estarán tan contentos que no se molestarán porque nos tomemos esa confianza

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-Venga, Peque –le dijo su padre- Bájate los cascos de cerveza y los tiras en el contenedor, que hoy sí que estarás contento.

Como el Peque era un buen muchacho y un bienmandado recogió el bolsón de IKEA donde iban a parar los envases de vidrio e hizo lo que habitualmente en estos casos: acercarse al contenedor verde e imitar a Pau Gasol encestando por el agujerito, uno a uno, los innumerables  cascos de cerveza que había que eliminar después de cualquier partido de fútbol.

-¡Joder, otra vez!- exclamó mientras un goterón de cerveza le recorría la parte inferior del brazo derecho en dirección al sobaco.- Si se criaron con tanta austeridad como dicen…¿por qué no apuran toda la cerveza antes de tirar el casco?

Desde sus jóvenes y un tanto ingenuos catorce años el Peque sacó del bolsillo un pañuelito de papel, se limpió como pudo la pringue cervecera y se dijo que no comprendía a los mayores. Se habían pasado buena parte del partido contraponiendo lo miserable que era la España de su infancia con el despelote de gasto que trajeron los años de falso esplendor y ahorano tenían el detalle de bebérselo todo antes de desechar los botellines.

-Mira que se lo he dicho veces, leche- rezongó entre dientes.

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El Peque era el menor de una familia de cinco hijos. Nació por uno de aquello errores de cálculo distanciado once años del hermano precedente, o sea, que no le sirvió de nada  llamarse Bruce en homenaje al boss, al que tanto admiraban sus padres, porque siempre fue el pequeño, y con Peque se quedó como único nombre. Mimado, sí. Pero para los efectos, el último mono, el chico de los recados. Los padres del Peque hacían de pegamento en una complejo organigrama familiar que incluía una bisabuela en silla de ruedas con la cabeza funcionándole como un Omega, dos abuelos maternos en buena forma, seis tíos con sus respectivas parejas y una ristra de primos y primas que se juntaban en el chalé de su padre en número variable según la categoría del evento deportivo que se transmitiera por la tele.

Y el de esa noche había sido uno de alta expectación.

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-Aún recuerdo lo emocionada que estaba mi madre la primera vez que pudo votar- había comentado entre suspiros la Bisa a lo largo de la noche- cuando alguien habló de lo difícil que es cumplir sueños.

Los mayores son así-pensaba el Peque. Dan el coñazo con el rollo de la austeridad  y con lo que sdespilfarraron las autonomías y Zapatero, pero al tiempo recuerdan sus sueños cumplidos. Eso sí, luego voy yo, les digo que no quiero ni un culín de líquido en las botellas vacías y como quien oye llover.

A lo largo de la velada, entre un ¡ay! por ese entradón a los tobillos un uy por esos balones al poste, un oh por las paradas de Courtoistres explosiones de júbilo por los goles y varios mierdas repartidos entre los numerosos madridistas, muchos de los mayores habían contado algunos de sus sueños cumplidos. Quién la llegada del hombre a la luna, quién las primeras elecciones libres que trajo la democracia, quién la caída del Muro. A la abuela Pilar le emocionó que el papa Juan XXIII le regalara un rosario bendecido de su mano, al abuelo la primera moto Sanglas que se pudo comprar con sus ahorros, a la tía Elena el autógrafo que le firmó Charlton Heston cuando vino a Madrid para rodar El Cid, y al tío Vidal haber aprobado las oposiciones de letrado del Consejo de Estado. Hasta a su hermana Carmen, enamorada de Pelocho desde el primer día que le vio montando a caballo en el Club de Campo confesó que, cuando años más tarde se le declaró, ella recordó lo que acababa de decir José Luis Garci  en su desastroso inglés tras recibir el  Oscar.

O sea, eso tan manido de que sometimes dreams come trooth.

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El Peque seguía cabreado cuando regresaba a casa. Por la falta de delicadeza de los bebedores que no apuran sus botellas y por lo que le costaba apretar el botón de la fuente pública donde se lavaba los churretones de cerveza. Esas fuentes deben de estar hechas para Mazinger Z –pensó. Pero lo cortés no quitaba lo valiente. En el fondo, y a pesar de que el  mundo seguía estando contra él en tantas cosas, se sentía  más feliz que la Bisa, que los abuelos, que la tía Elena, que el tío Vidal, que Carmencita y que el mismísimo Garci cuando tuvo en sus manos la codiciada estatuilla del Oscar. Por fin había encontrado razones aplastantes para contestar con la cabeza bien alta a todos sus compañeros de colegio que le seguían martirizando después de catorce años de derbies entre  Madrid y Aleti.

-Oye, Peque…-le decían invariablemente restregándole por los morros el fiasco de aquellos partidos-¿Por qué coño sigues siendo del Aleti?…

El Peque les iba a contestar que no sólo porque el Aleti había acabado con la maldición guindándoles la cuarta final de Copa que jugaba contra el Madrid en su propia casa. Ni tampoco porque los indios sí habían conseguido su Décima, y no como los vikingos, que habían sido incapaces de conquistar la suya. Sino porque además lo habían hecho con la misma  suerte y las mismas ayuditas del árbitro que tantas veces beneficiaron a los merengues.

-El Aleti te hace fuerte –murmuró el Peque mientras plegaba la bolsa de IKEA vacía y volvía a sonreír- Pero ni santo, ni gilipollas…

 

 

Mejor en lo peor

El carbonero común no quiere saber nada de la encuesta de la EPA...

Afortunadamente, el carbonero común no quiere saber nada de la encuesta de la EPA

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Cuando despiertas aún está la luna llena suspendida en el cielo para recibirte.

-Buenos días.

Buen detalle.

Sin duda se ha percatado del feo vicio que te persigue desde que a Franco le dio por morirse gota a gota y esperabas anhelante el parte del equipo médico habitual, o sea, que la luna te ha sorprendido ya escuchando la radio. Tus padres se engancharon a Marconi durante la Guerra Civil para escuchar el parte, tu generación se hilvanó con el transistor en la transición para quedar definitivamente cosido a él el 23 F. A tenor de lo que escuchas hoy, si no tienes el corazón de piedra pómez, como parece a menudo por la frialdad de muchas de tus reacciones, debes empezar por cuestionar los buenos deseos de la luna.

-Buenos días…¿de qué?

Resulta que la EPA le ha dado a nuestros barandas el enésimo machetazo en sus planes de recuperación. Y que entre las urgencias de la troika europea y las drásticas medidas de nuestro gobierno, la cola del paro, de la miseria y de la desesperanza crecen y crecen sin cesar.

En estas condiciones la luna debe entender que sea casi irresponsable sentirse a gusto y considerar, simplemente, que hoy pueda vivirse un buen día. Así que organizas tu primer soliloquio moral de la jornada en torno a este debate: ¿es legítimo ir a contracorriente y sentirte hoy mejor que antes de la encuesta de la EPA?

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No lo puedes evitar, pero te has retirado al campo a tomarle el pulso a la primavera y ese primer contacto con la naturaleza después de días capitalinos te ha puesto contento. Con perdón. Recuerdas los teatrillos con que jugabas de niño, en los que tras una estructura de cartón gruesa silueteada y decorada como el telón de una bombonera del siglo XIX colgaban una serie de decorados que le daban profundidad al escenario y enriquecían la perspectiva. Primero un bosque, luego una montaña, en otro decorado un verde prado surcado por un río, y en el forillo del fondo, sobre un risco empingorotado en el que se recorta la luna, un castillo iluminado. Y circulando por entre ellos y las figuritas de los personajes, tu propia fantasía, impaciente por aproximar aquella mentirijilla plástica a la realidad soñada.

Algo de esa magia encuentras en la nueva visita a tu observatorio de Gredos. Lo que es en invierno una vista desnuda de los árboles caducifolios rendidos de tristeza es ahora una explosión de vida vegetal en distintos planos por entre los cuales te mueves con la misma emoción con que lo hacían las princesas y los caballeros de capa y espada en el teatrillo de cartón. Será una belleza efímera, como la de todas las primaveras, pero entretanto ayuda a olvidar la cruda realidad.

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¿Es legítimo distraerse así mientras tu país se duele de miseria y de indignación? Te encoges de hombros incapaz de vislumbrar siquiera una sola receta. En estos momentos das gracias a Dios de no ser nadie. No ser Rajoy,  ni ningún otro político, ni el Papa,  ni empresario, ni gurú de la economía, ni banquero, ni hombre de pensamiento, ni periodista, ni tertuliano, ni gente de peso en la sociedad. Estás feliz de ser una anotación al margen. En estos momentos incluso no le tienes ninguna envidia a Dios. Probablemente él también está abrumado por las estruendosas meteduras de pata de su  querido género humano.

-Debería haberle hecho un poco más listo-estará pensando- Ahora todos me señalarán a mí como responsable último de esta carajera.

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Entretanto dos simpáticos carboneros picotean en tu ventana, y suscitan otras dudas más asequibles, aunque tampoco las sabrás contestar. ¿Son pareja? ¿La misma pareja de todos los años, que quiere anidar bajo el mismo hueco de la misma teja?¿Vienen aquí porque les gusta el sitio o para presumir, porque saben que los miras?

Entretanto pones en marcha la primera fabada que piensas tomar desde que los médicos te pusieron en estado de alarma. Estos mismos médicos han decidido que el tumor está tranquilito y contenido, y que tú quedas libre de obligaciones hasta el control de junio y sólo debes responder a lo que te pide el cuerpo. Esta misma semana atendiste a la invitación de Julia y probaste tu salud despachando los huevos encapotados que te prometió en este mismo blog. Deliciosos. Y comoquiera que que el invierno nos quiere dar este fin de semana su último beso, y van a bajar las temperaturas, y tienes las fabes y el compango esperando desde hace meses, y has consultado con tu amigo Pablo Estrada, natural de Grado, los tiempos de cocción y la recomendación de coronar los ingredientes clásicos con una cebolla, un tomate y una zanahoria, que deberán retirarse al final con toda la grasa superflua que absorberán, y además te encanta la fabada y puedes echártela en la andorga con la seguridad de no convertirte en un Vesubio en erupción sobre dos piernas, pues te pierdes en estas debilidades y te olvidas de que la vida es un drama.

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Ma non tanto. El martes, a la vuelta de tu última revisión con indulgencia cuasi plenaria sonó el teléfono, levantaste el auricular y escuchaste una voz fresquita y tierna, perfectamente modulada.

-Abuelo. Estoy muy contenta porque sé que estás…-y aquí la voz más repipi del mundo de tu querida nieta Marina  titubeó prudentemente-… mejor.

Estás mejor, como aventuraba la niña repipi, cuando todo está peor. Y crees que, aunque  suene a afrenta, debes proclamarlo. Porque es cierto que sólo eres uno entre cuarenta millones de españoles, pero en esa infinitésima proporción, gracias a ti España está ligeramente menos peor.

 

Bach por todos nosotros

Bach Atelier 21

Leíste hace poco de algún crítico literario que Hemingway ha sido un escritor sobrevalorado. Qué alivio sentir que algún docto confirmaba tus impresiones, difíciles de defender en público cuando afectan a una vaca sagrada.

Siempre habías mantenido que la vida exuberante de este barbudo con mal genio fue más novelesca que su propia obra, de la que ahora entresacan, como mayor aproximación a lo que se dice una obra maestra, sobre todo, sus cuentos. A ti te fascinaron en su día El viejo y el mar y los amores que mantienen aquel soldado herido en la Gran Guerra con su enfermera, eje central de Adios a las armas, pero leíste más tarde –y se supone con el criterio más cuajado- la más famosa de sus novelas y te aburrió. A Por quién doblan las campanas le ha favorecido su marco de la guerra civil y que en el cine la protagonizara Gary Cooper, no demasiado verosímil en su papel de guerrillero republicano. Pero bien mirada es la única novela que se recuerda más por la cita literaria que le da el título que  por lo que cuenta.

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¿Por quién doblan las campanas?, se pregunta el poeta John Donne. Y luego de recordarnos que nada humano nos es ajeno, que nadie es una isla y que la muerte de cualquiera nos disminuye en alguna medida, pues dependemos los unos de los otros, nos advierte: no te preguntes por quién doblan las campanas, porque doblan por ti.

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¿Y por qué cuando repican no van a hacerlo también por ti?…Desde un punto de vista humanitario tan plausible es solidarizarse en el dolor de los demás como llamarse a la parte en su alegría. Así que te agarras a este argumento en este caso para  perder  la vergüenza y pedir una colaboración. No en tu propio interés, sino por compartir el gozo ilimitado que nos legó a todos Juan Sebastián Bach.

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Resulta que cuando la tontería esta del cáncer te apretaba te invitaron a sumarte al BACH ATELIER.

-Si la música amansa las fieras, la música de Bach –pensaste- dominará incluso los tumores, ¿no?…

Y en ese proyecto de cantar sobre todo al genio de Eisenach te enrolaste como mejor terapia sin caer en la cuenta de que el puñado de románticos que impulsaba a la nueva agrupación coral se juntaba con muy buena voz y muchos sueños de gloria, pero con una mano delante y la otra detrás. Así que a un mes de su concierto de presentación te encontraste con el repertorio perfectamente ensayado y la moral por las nubes, pero ni un solo euro para pagar a los instrumentistas, los programas y hasta la impresión de las entradas.

Menos mal que en el nuevo coro hay gente joven, con ingenio y con conocimientos de las oportunidades que ofrece en estos casos Internet. Ellos son los que en la web www.latahonacultural. com han ideado un  plan de financiación por el que vale la pena pelear. Se solicita dinero a los amantes de la música para poder celebrar el concierto. Si éstos se comprometen y se cubre lo presupuestado, se les entregarán las entradas correspondientes a su aportación. Pero si no, se les reembolsará lo que  pensaban aportar, y aquí no ha pasado nada.

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Recuerdas apesadumbrado lo mal que te dio siempre pedir, y la vergüenza que sentiste cuando a los trece años los padres marianistas abrieron el chinito de cerámica con el que teóricamente habías recaudado dinero para el  Domund y de él sólo escurrieron trece míseras pesetas.

-Perdóname, Señor-te dijiste golpeándote el pecho- Pero es que soy demasiado tímido para avasallar a la gente por la calle y llenar la hucha. Aunque sea `para los misioneros de tu fe.

Por no volver a pasar semejante mal rato, y más cuando hay tanto recaudador de impuestos y tantísimas ONG  exprimiendo la generosidad del personal, se te ocurre apelar a los beneficios  sociales que se conseguirán si se celebra este concierto. Unos cuantos músicos profesionales pillarán trabajo, al menos por un día, el directos del concierto enriquecerá su currículo, los locos románticos que forman el coro cumplirán su ilusión y librarán a la sanidad pública de un nuevo gasto por los ataques de ansiedad que así se evitan. Y, sobre todo, el público de Madrid se beneficiará escuchando música coral de Bach y comprobando que  aunque la crisis acose, algunos sueños aún son posibles.

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Así que le das la vuelta al Por quién doblan las campanas y te atreves a parafrasear a John Donne arrimando descaradamente –el fin justifica los medios- el ascua a tu sardina: ningún hombre es una isla, la alegría de cualquiera que consigue cumplir una ilusión y crear belleza nos enriquece a a todos. Así que no te preguntes por quién suena la música de Bach. Va por todos los que tienen sensibilidad. Bach por todos nosotros.

Chapeau

Te gustaría poder llevar sombrero toda tu vida para poder descubrirte ante lo que vale la pena...

Te gustaría  llevar sombrero toda tu vida para poder descubrirte ante lo que vale la pena…

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No sabes si ha sido la fibra óptica o Imagenio quien te ha llevado a casa mucho cine añejo del que de verdad te gusta. Thrillers, cine negro y western satinados de  noches americanas y de peleas a puñetazos que jamás dejaban sangre, hematomas ni dientes rotos. Un día te enteraste de que los cristales de las ventanas por las que salían arrojados del salón los  malos del Oeste en realidad estaban hechos de caramelo, y te sonreíste inocentemente por las trampas del cine. Antes ya te habías hecho muchas preguntas. ¿Por qué los vaqueros nunca se echaban azúcar en sus cafés? ¿Por qué jamás se veía comer a sus caballos, con lo que galopaban en cada película? ¿Por qué a las mujeres guapas les decían bonitas? ¿Por qué siempre que se abría una puerta y aparecía un hombre con pelo blanco secándose las manos con una toalla había nacido un bebé? ¿Por qué se presentaban todos con el apellido, que luego repetían después de haber dicho el nombre? (Earp, Wyatt Earp era la fórmula clásica, como luego diría igualmente  Bond,  James Bond)

Y sobre todo: ¿por qué los sombreros de Humphrey Bogart, James Cagney, Kirk Douglas, John Wayne,  Fred Mac Murray, Clark Gable y Dana Andrews, sólo unos ejemplos, no dejaban marca en su pelambrera? Lo dices porque tú te hiciste mayor. Primero no necesitabas sombrero, luego la edad te despejó la coronilla, que se te escarchaba en invierno y  te picaba en verano por el sol. Y cuando te pusiste uno como el de tus héroes de la pantalla te lo quitabas luego y te encontrabas la cabellera moldeada cual  flan de arroz.

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Afortunadamente tomaste nota de lo que suelen aconsejar los optimistas: cada problema que te pone la vida es una oportunidad que se te ofrece. Te llegó el tumor, se te cayó el pelo, sentiste frío en la cresta y solicitaste un sombrero no para componer la figura, sino para protegerte. Y así, de inmediato, te regalaron hasta cuatro que cumplían con creces su función. Te los ponías, te sentabas en un banco a mirar el horizonte, extendías el brazo sobre el respaldo y si te veían de espaldas parecías un Pessoa o un Gerardo Diego de bronce de esos que plantan ahora en las calles, o un personaje escapado de un cuadro de colores firmado por Eduardo Úrculo.

-Eso es tener buena suerte- te dijo tu amigo Homper sorprendido - Para acumular cuatro sombreros en el viejo Oeste tenías que gastar no menos de cuatro balas.

Además, cuando te lo quitabas tu cabeza era la que era, sin formas extrañas que alterasen tu perfil. Por fin podías usar sombrero sin afectación y sin temor alguno.

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Te hacía gracia aquel anuncio de posguerra que se atrevió a poner en los periódicos la sombrerería RAVE: Los rojos no usaban sombrero. No era del todo cierto. Azaña siempre aparecía en las fotos con él. Y don Niceto Alcalá-Zamora –por cierto, el único Niceto del que has tenido noticia nunca- no digamos. Y te preocupaba en cierto modo los nuevos ritos sociales que deberías adoptar si lo llevabas. Viste a la generación de tu abuelo y de tu padre destocarse ante las señoras, cuando saludaban a un amigo, cuando pasaba un entierro, al despedir al tren y hasta al cruzar ante la puerta de una iglesia. Y pensabas que tú, más bien conservador, aunque quizás no tan tajante como el sombrerero RAVE, tendrías que hacer tuyos modales parecidos.

-Son manías de viejos- te subrayaba tu amigo Homper sin sorprenderse esta vez- Y ahora nos empiezan a parecer naturales porque, querámoslo o no, y por mucho que presumamos de espíritu joven, nos vamos haciendo viejos.

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Sí se queda perplejo Homper en cambio al observar la acumulación de muertos  famosos últimamente. Sin ir más lejos, en una semana, Margaret Thatcher, Sara Montiel, Jesús Franco, Bigas Luna y José Luis Sampedro.

-¿Te has fijado que se mueren incluso los de toda la vida?

-Pues claro-le dices-Es que nos vamos haciendo mayorcitos, y cada día quedan menos por delante de nosotros para ir desfilando. Cuando éramos jóvenes llegabas a las esquelas o a los obituarios de los periódicos y no conocías más que a Churchill o a Marañón. Eran muchos menos los  famosos que caían cada año. Pero ahora…

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De todos ellos sólo conociste personalmente a José Luis Sampedro, con quien coincidiste en el Hoy por hoy cuando él trataba de humanizar la economía con sus teorías y tú sólo eras pura caricatura radiofónica. No puedes hablar de su talla como economista, porque no sabes nada del asunto. Tampoco alcanzas a entender cómo se lograría la utopía que el volcánico apóstol de los insumisos reclamaba en sus últimos años. Sí tienes en cambio pruebas de su sensibilidad y de su calidad humana. Un día, recién enviudado de su primera esposa, confesaba en una entrevista cómo pese a la extrema crueldad de su última enfermedad él miraba enamorado y desesperado – fueron palabras suyas- “aquel cuerpo que era un despojo  y que tanto significaba para mí”. En otra ocasión te atreviste a pedirle un favor y no sólo te recibió en su casa amablemente y lo cumplió con largueza, sino que por satisfacer tu curiosidad te explicó cómo escribía sus libros.

-Este es mi ordenador-dijo enseñándote un pequeño bloc- Aquí apunto mis notas y voy abocetando mis ideas. Y luego desarrollo  éstas escribiendo a mano en folios. Los del manuscrito de Octubre, octubre, puestos en el suelo uno sobre otro –se reía de su  exagerada fecundidad- me llegaban por encima de la cintura.

Y el maestro era alto.

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Vas quemando etapas de tu enfermedad con el sombrero puesto. Y mientras te lo  tienes que levantar jubiloso porque tu oncóloga te dice que no necesitarás más sesiones de quimioterapia y para saludar en este día soleado a la auténtica primavera, te congratulas también de poder despedir con respeto a los que quieres y admiras  que, por pura lógica de la vida, se van despidiendo de ella.

Supones   de sentido común ir encajando las piezas de este puzzle que es la existencia con la mayor naturalidad. Y aunque no sabes si cuando recuperes la cabellera perdida el sombrero volverá a dejarte marca, te propones seguir usándolo para descubrirte ante todo lo que merece la pena. Por ese hombre admirable, por ese amigo que se va, por esa angustia superada, por esa alegría que apunta la primavera, por respeto a la vida y a la muerte, por la esperanza de que de verdad escampe el panorama… chapeau.

Cabezas a pájaros

Canarios amarillos1

Te invitan a cenar a su casa tus amigos Carlos y María Luisa, y la cena te resulta sumamente agradable. Carlos es de Pontedeume, y María Luisa, que con sus bellísimos ojos recuerda mucho a Yvonne  de Carlo –una estrella deslumbrante del Hollywood  de los años cincuenta- de Écija, pero en el menú manda más Galicia que Andalucía. Tú no le pones ninguna pega, naturalmente, estás enseñado a comer de todo, y aunque no debes cometer excesos, los cometes, porque es el cumpleaños de Carlos y hay mucho que festejar. La carne es débil. Cuando piensas aquello de a vivir, que son tres días, y además a la debilidad la tuya se le tienta con  delicias del mar recién llegadas del Cantábrico, más.

A vivir, y si son sólo tres días que al menos queden llenos de  recuerdos gratos.

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A la cena asisten también Chencho Arias, más conocido por su socarronería y su facundia televisiva que por sus libros, siendo así que estos también suelen ser divertidos y esclarecedores. Al último, titulado Los presidentes y la diplomacia lo subtituló con la frase Me acosté con Suárez y me desperté con Zapatero. A ti te gustan especialmente los libros que aprovechan su tema para refrescar cualquier tramo de la historia, como es el caso de este. Y eres consciente de que a los amigos hay que comprarles, leerles y elogiarles los que publican. En este caso por suerte no has tenido que fingir. El de Chencho es un ensayo detallado y ameno sobre lo que ha sido la política exterior de España  desde que el autor  empezó a prestar sus servicios como diplomático a los distintos gobiernos de la democracia. Se lee con interés y con sonrisas, porque él sabe poner la sal y pimienta incluso a los temas más áridos para el profano. Pero entiendes que tampoco hay que hacerle la ola por el hecho de que sea amigo, y te tomas la libertad de trasladarle una pequeña crítica.

-Para mí que el subtítulo le perjudica al libro-  le dices- porque induce a pensar que va a  ser una boutade, cuando luego resulta que es muy riguroso.

Y piensas que a Chencho, con fama observador ingenioso y desprejuiciado, también le puede pasar lo que a ti, que te da un cierto pudor desdecir tu fama de humorista caricato o excéntrico y te sientes inseguro cuando tienes que ser serio.

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Sin embargo afirmas algo muy en serio: esta cena te será especialmente provechosa, pues tu anfitriona te señala un camino esperanzador. Ella sufrió hace años otro cáncer, y sin embargo, cautivo y desarmado el enemigo, luce hoy rozagante como una rosa de primavera. Además, sabe de ti porque te lee.

-¿Y cómo te da por escribir esas historias y bromear con estas cosas?-te pregunta con una sonrisa.

Y tú te encoges de hombros sin saber qué responder. Piensas que debe de ser porque tienes la cabeza a pájaros.

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Recuerdas que tu casa natal había dos saleros que eran un par de gorriones de plata. No eran los más apropiados para echar sal en el huevo frito, pues con la humedad los granos blancos solían quedarse atrancados en el orificio del pico y no circulaban, pero tu madre tenía debilidad por ellos. Años después, le regalaste otro par de pajarillos de cristal de Murano que compraste en tu primer viaje a Venecia. Eran cursilísimos, no obstante lo cual a ella le gustaron mucho, y los depositó sobre la cómoda de la sala donde se recibía a las visitas. De las paredes de ésta colgaban dos medallones decimonónicos de sus abuelos niños con dos jilgueros posados en los dedos de sus pequeñas manos. Además su hermano, Augusto Gil Lletget, fue un eminente ornitólogo. Tenía este una novia eterna que se llamaba Pepita, compañera en el Museo de Ciencias Naturales, donde ambos trabajaban, pero le sorprendió la muerte, ya sesentón, sin que le hubiera dado tiempo a pedirle la mano, porque se pasaba el día observando aves, tomándoles las medidas o diseccionándolas.

-Un día en el campo nos asustamos porque no apareció a la hora de la comida -te contaba tu madre- Y cuando regresó por la noche  se excusó diciendo que había estado observando a un martín-pescador en el río Arbillas, y que no era cosa de interrumpir esa maravilla de la naturaleza.

Se puede decir por tanto que eres de casta pajarera.

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A los pobres pajarillos que cantaba san Francisco de Asís le hicieron mucho daño la película de Hitchcock, las palomas urbanitas y la invasión de cacatúas chillonas que ahora colonizan los jardines de Madrid. De repente eso de tener un pajarito, que era una aspiración de tu niñez, se convirtió en algo siniestro, o una invitación al mal fario. Tu propia esposa declaraba su poca simpatía por todo bicho que volara, hasta que, a la vejez viruelas, impulsada por no se sabe qué mandato de ternura, ha comprado a sus nietas una pareja de canarios que ahora animan con sus trinos a la familia.

-Ánimo –te parece que dicen en su gorjeo- Ya has visto a María Luisa…¡Tú también puedes!

Creías hasta ahora que ya habías adormecido el gen del tío Augusto, y hasta frunciste el ceño cuando recibiste a los canarios  como nuevos inquilinos de la casa de Candeleda. Pero después de que a Maduro se le apareciera el ínclito comandante Chávez en forma de volátil para animarle a que cumpla su misión histórica,  por qué no va a ser verdad que tu tío el ornitólogo también  te está diciendo desde el más allá que le eches un par de cojones y venzas al cáncer.

Lo de los cojones no es muy de tu familia, que siempre fue bien hablada. Aunque vaya usted a saber, con tanta cabeza a pájaros…

La chica del Austin

...Y de un Austin del año 1950 como este salio la chiquilla que muchos años después le mandó al bloguero un bonsai

…Y de un Austin del año 1950 como este salio la chiquilla que muchos años después le mandó al bloguero un bonsai lleno de buenos deseos

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Tú no controlas. Es imposible que sigas el devenir de toda la gente que has ido conociendo a lo largo de tu vida, de aquellos amigos de la infancia con los que jugaste, tus compañeros de colegio, tus colegas en la mili, en la Universidad, en el trabajo, de las chicas a las que admiraste o con las que saliste Digamos que a todos los has ido filtrando por el colador chino de la memoria. Unos se escurrieron sin dejar rastro y otros se quedaron agazapados en el cedazo de tus recuerdos, y se convirtieron en materia de tu inconsciente. Porque resulta que tú no crees ser más que tú, una isla, pero nadie es una isla absoluta, y todos mantenemos, aún sin saberlo, un punto de contacto con alguien.

A veces ese alguien reaparece inesperadamente.

-¿Don Luis Figuerola-Ferretti?-preguntan por el telefonillo-Traemos un envío para usted.

Hace falta ser un auténtico sabueso del Madrid arrabalero para descubrir tu palomar en ese barrio dédalo donde vives. Pero el mensaje debe de estar guiado por el radar del cariño, y aunque a esas horas tardías de un viernes de Dolores nunca se espera ya reparto alguno, te han dejado en casa un bonsái bien guapo con un mensaje lleno de buenos deseos para tu curación. Lo firma una chiquilla –ya no tanto- a la que en cincuenta años no habrás visto más de dos o tres horas, una en Madrid, otra en un Rastrillo de Oviedo, ciudad en la que reside y desde la que se ha movilizado por ese imperativo categórico  de  nostalgia amable que impone la recherche du temp perdu.

-Riégalo, recórtale las puntas y cuídalo con cariño. Te ayudará a curarte- dice el tarjetón.

Añade un beso y la firma de Cristina Palau.

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No era precisamente un hotel sofisticado del Club Mediterranée, sino más bien una colonia de veraneo popular en medio de un pinar a los pies de Gredos, en  Arenas de san Pedro. Las pequeñas casas se alineaban en forma de U formando una especie de patio de cortijo, en medio del cual crecían seis enormes plátanos que sombreaban los juegos de la chavalería, y que permitía a ésta, cuando ya picaba la pubertad, trepar a las ramas y tallar en su corteza a punta de navaja los amores del verano. Juan y Teresa, decía una inscripción con un corazón atravesado por una flecha. Alvarito y Carmen, decía otra. Mariví y Chiqui, indicaba otra. Y otra, y otra, y otra. Los viejos árboles, tan frondosos, no sabían si llorar las cicatrices por el dolor que les marcaba la piel o por la ilusión que albergaban en su ramaje.

-Juventud, divino tesoro-silbaba el viento entre las ramas de los plátanos poblados de púberes rampantes.

Veraneaban en aquella colonia varias familias  fijas desde hacía años. Entre otras, la tuya propia. Pero crees que fue en julio de 1960 cuando apareció por primera vez por allí un Austin verde del año 1950 cargado de novedades

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El Austin era de Antonio Palau, un inquieto leonés de La Bañeza que había inventado un método fotosilábico para iniciar a los niños en la lectura, un genio de la pedagogía. Antonio estaba casado con Loli, y tenía cinco hijos: Toñín, Mariví, Cristina. Montse y Mónica. Salvo Toñín, que jugaba al fútbol en los partidos de por las tardes, y Mariví, melena rubia de muchacha en flor, los hijos del maestro Palau te quedaban muy pequeños, incluida Cristina, que era de la edad de tu hermana la menor.

Pero los años igualan. Me dio siglo después la amiga de tu hermana, es la señora que te envía el bonsái para que te repongas pronto. Ella también tiene lo suyo: desde hace tiempo sufre demasiado por la vida, sin más razones que la propia sinrazón que es muchas veces la existencia.

-Yo tampoco estoy bien -te dice- Pero me ha impresionado saber que estás como estás, porque en aquellos veranos de Arenas yo ya admiraba tus imitaciones. Y quería animarte.

No sabes qué partido le podría sacar una niña de entonces a una caricatura de Franco, que no era precisamente gracioso como los payasos de la Tele. Tampoco tienes claro en qué medida, do ut des, puedes ayudarle ahora a que queme los demonios que le rondan y se anime, y se libere finalmente de su depresión. Así que sólo te has atrevido a decirle que muchas gracias, que el bonsái te ha emocionado por lo que significa. Y que por un momento, al verlo tan verde, has creído que volvía el Austin modelo 1950 en el que la conociste, que también era verde.

Le dijiste que escribirías de esto en tu blog, y no le vas a fallar. Así que el viejo Austin, que ya entonces era casi una antigüedad y por eso te gustaba tanto, llega, se detiene, se abren sus puertas y de él se baja Cristina. Tras ella, un inmenso cargamento de ternura que cambia tu desazón por esperanza. Qué suerte que vuelvan también las amiguitas de la infancia.

Interpretaciones y lucubraciones

Imagen prestada (eso espero) de la webwww.destellodesugloria.org

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http://www.destellodesugloria.org

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A Dios pones por testigo de que querías hoy escribir un post de cierto nivel. A veces parece que estás enclencle para subir un escrito vigoroso, pero no lo estás tanto como cree la buena gente que te llama después de tu chute de quimioterapia.

-Estarás muy cansado, ¿no?

-Bueno…No particularmente. Estoy, como diría mi amigo Félix, interpretao.

Tu amigo Félix, que era de poco comer, decía eso cuando se metía cuatro cucharadas de porra antequerana o un platín de fabes, que le gustaban mucho, y sentía como si se hubiera tragado un botafumeiro. Nunca le preguntaste si eso de quedarse interpretao era un giro gaditano. Lo decía con tanta gracia  y te divertía tanto su interpretación que se te olvidó. Uno siempre se arrepiente de no haber preguntado lo necesario a los amigos que se van antes de tiempo, sobre todo si son de Cádiz y tan graciosos como él. Su muerte te dejó muy triste, y con bastantes dudas, aunque alguna, como ésta te haga sonreír al recordarla.

2

O sea, que aunque no estás cansado estás  interpretao, situación del organismo que bloquea tus buenos propósitos. Tú tratas de solucionarlo dejándote caer en tu sillón para buscar la siesta mientras, a tu lado, tu adorable hija Isabel, que te ha traído del hospital y se ha quedado a comer contigo, prepara sus clases en la Carlos III. Admiras calladamente a tu hija, que tiene madera de luchadora y de heroína, más tipo Juana de Arco (por aquello de que la encarnaron  en el cine Ingrid Bergman y Jean Seberg ) que de Agustina de Aragón, que para los de tu generación fue más bien Aurora Bautista, más racial y goyesca que lo que es tu niña

Hablas de Isabel como ejemplo y te acuerdas de otros conocidos afectados por enfermedades como la tuya. Te preguntas cómo apechugarán con ellas los que andan cortos de apoyo familiar. Porque piensas que la brigada del cariño, que encabeza tu familia y se nutre de una legión de amigos de múltiples procedencias te alivia tanto o más que la química milagrosa que va programando la oncología. Además, otra ventaja: esta terapia no te deja interpretao.

3

También te consuela sentarte en el sillón, ver cómo el atardecer va patinando de dorado las fachadas de la Cornisa Imperial de Madrid, y adormecerte pensando en muchas cosas y en nada en particular. De repente cruza el horizonte una nube en la que viaja una escena de tu infancia, o una cara conocida, o un  verso suelto, o una preocupación, o un sueño, o un anhelo, o un suspiro por el tiempo ido. Dolce far niente. El cogollo del viejo Madrid te queda casi a tiro de piedra -con catapulta, eso sí- de tu palomar, pero paradójicamente los dolores el mundo casi no te llegan. Te escudas en tu malestar ocasional para blindarte  esta tarde el con el privilegio del egoísmo. Has leído en los periódicos  la palabra Chipre como nueva razón para que nos tiemblen las piernas, y resulta que tú juegas con lo primero que este nombre te sugirió cuando tu profesor  apuntaba con un puntero el mapa de geografía de la vieja Europa que colgaba en tu clase de Parvulitos.

-Chipre, pequeña isla del sur del Mediterráneo…

Y Chipre te sonaba a chicle, a chiripa, como su gentilicio de chipriota te llevaba a la gaditanísima chirigota. Para que luego se dude del significo oculto que, según los casos, nos evocan los nombres. La pequeña isla, por esas chiripas –aunque no se sepa a quién beneficia la casualidad esta vez-  que depara este circo de la economía global se estira como un chicle para estrangular con sus trampas y sus miserias a la antes opulenta Unión Europea.

De chirigota, ¿no?

4

Antes de retirarte picoteas por tu correo y en tu blog, y descubres que uno de sus visitantes habituales, que firma como Jose Ramón, del que lo único que sabías es que es arquitecto y seguidor del Real Madrid, alimenta el suyo propio en la web www.arquitectamoslocos.blogspot.com.es Como decía Terele, una prima tuya jerezana, cada perzona é un alcaucil, o sea, una alcachofa a la que hay que quitar muchas hojas para llegar a conocerla. Quién te iba a decir a ti que este curioso tan inquieto por su profesión, por el jazz y por otras cuestiones de interés iba a tener tiempo para documentar un blog tan bien armado y encima dejar amables comentarios en el tuyo. La vida te da sorpresas –a quién se lo vas a decir tú. Incluso muchas de ellas agradables.

Domingo de desahogo

Empiezas recordando los tres milímetros, te recreas en los ocho kilómetros y cuando quieres darte cuenta  te estás desahogando en el más allá...

Empiezas recordando los tres milímetros, te recreas en los ocho kilómetros y cuando quieres darte cuenta te estás desahogando en el más allá…

1

Te quedaste dormido en los tres milímetros, y no has escrito más desde entonces. Te columpiabas entre dudas, como te pasa a menudo. No sabías si celebrar la  noticia o disimularla. para no pecar de triunfalismo, que es algo que te espanta. Te acordaste quizás de aquel gobierno que derrochaba optimismo para luego, digámoslo claro, tener que envainársela y decir digo donde antes dijo Diego. Tan fresco, que de lo dicho nada, que estábamos a puntos de entrar en la Champions League de la economía pero ahora resulta que estamos arruinados. El bocerismo imperante.

Mejor ser prudente, ¿no? Así que has administrado los tres milímetros con cautela, intentando desencallar de tu cuarto ciclo de quimioterapia y probar que puedes seguir incorporándote a la normalidad.

2

Entretanto el gallo del  invierno parece haberse despojado de sus espolones, y ha llegado un fin de semana plácido que invitaba a pasear. Una buena amiga te anima a ello, tú no sabes lo que aguantarás con esta especie de caparazón de tortuga Ninja que te encorseta y que después de proteger tus dorsales y ajustarse a tus lumbares cae en una especie de viserilla respingona  como la de algunos quelonios. A veces se te engancha esta en el borde de un mueble o, si pasas muy cerca, acaba barriendo el paquete de arroz de una góndola de supermercado. Dios, qué bochorno, qué mal rato- piensas entonces. Pero te arriesgas.

-Es que estoy muy animado por lo de los tres milímetros-le dirás al personal que repare en tu ortopédica minusvalía.

Y seguirás andando por Madrid Río, y te adentrarás en la Casa de Campo, por donde en esa hora temprana sólo pasean y rondan en bicileta los que les quitan las legañas a la mañana, y rodearás el Lago, y luego harás un alto en una castiza cafetería vecina de una churrería y probarás estómago con una mediana café de café con leche y una porra de tamaño francamente deshonesto recién frita. La cafetería es de un gallego que se parece a Saza con veinte kilos de más, y te ofrece gratuitamente a una escena de un sainete de Arniches. Mientras una clienta madurita moja un churro lamentándose de que los árbitros perdonaran ayer al Madrid un penalti de libro y otro cliente responde llamándole  antimadridista,  el barman que se parece a Saza anima a un tercer  personaje que por lo visto no tiene  novia a que vaya a un baile para singles que se organiza todas las tardes en un local de la Plaza de la Ópera.

-No veas lo guapas que se ponen ellas –cuenta- ¡Y sólo suenan piezas pa bailar agarro, y no esas gilipolleces de música discoteca!  Yo estaba harto de  mi mujer y ahora estoy casao con ésta- añade mientras señala con la cabeza a una joven mulata que friega los vasos y sonríe al sentirse aludida. A esta no le importa que no le llamen por su nombre. También le podía haberle llamado aquí, que es otro giro muy castizo y sainetero.

3

Te das una ducha de costumbrismo madrileño a esas horas de la mañana, te has enjaretado un segundo desayuno no precisamente ligero, y luego volverás a casa, y revisarás el programa Endomondo de tu teléfono móvil que mide tus paseos. Y descubrirás que, entre unas cosas y otras, has recorrido con tu corsé ocho kilómetros. De tres milímetros pasas a ocho kilómetros, y sin apenas acusar el esfuerzo. Y has disfrutado: el paseo, el aire tibio y el sol discreto,  los patos del Manzanares, la Casa de Campo, el sainete del café. Sin que además las intemperancias de tu tubo digestivo pasen factura. Estás a punto de proclamarte M.F.P.M. O sea, algo que parece un sueño en estos tiempos de desánimo: Moderadamente Feliz Por unos Momentos.

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Pero al cruzar de vuelta a casa el Puente de Segovia das un salto atrás en el tiempo y vuelves a aquel día de la mitad de tu vida en que lo cruzaste desde el sur de Madrid hasta el centro de la capital con tres o cuatro mil madrileños más que corrían la primera Maratón Popular de Madrid.  Fue en abril de de 1980, si la memoria no te falla. Madrid tenía entonces un alcalde de izquierdas, un alcalde peculiar, bueno según sus corifeos y malísimo según sus compañeros de partido, siempre de mirada gacha y huidiza, siempre vestido de traje cruzado de color gris. Le llamaban el viejo profesor, porque profesor era de Filosofía del Derecho y maestro en la simulación política. Tanto despachaba bandos en latín como le bizqueaba el rijo cuando le entregaba un premio a Susana Estrada y esta aprovechaba el evento para sacarse una teta en público. Tiempos de apertura, de movida, en los que Madrid empezaba a organizar estas fiestas deportivas populares. Tú no habías hecho deporte en serio en tu vida, porque eras malísimo para el fútbol, que era lo que más te gustaba, y lo demás no te interesaba. Sin embargo te habías propuesto acabar la carrera para demostrarte  tenacidad y capacidad de sufrimiento, y subir así varios peldaños en tu autoestima. Te entrenaste a conciencia, y te  juntaste con un grupo de amigos,  te acomodaste  desde la  salida  a un  cómodo trote cochinero y así coronaste los 42 Kilómetros y 195 metros que cubrió el soldado Filípides desde la llanura de Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria de Atenas sobre Esparta.

-Nenikamen –dicen que dijo el soldado griego antes de expirar como un héroe.

4

Nenikamen, o sea, vencimos.

Te acuerdas  de tus jóvenes treinta y tres años, y del amigo que te acompañó buena `parte de la prueba y  que luego, por la noche, te invitaría a cenar a su casa para celebrar la hazaña con otros vencedores. Era de Valladolid, pelirrojo y de carácter apacible y generoso, hombre de letras y finísimo abogado, con ese don privilegiado que es la imperturbabilidad en la sonrisa, como si se supiera elegido de los dioses para disfrutar de los amables sorbos que también sirve la vida y apañárselas para ser feliz y reflejar al exterior la imagen de un alma en plenitud. Te acuerdas de él con mucho cariño y, al mismo tiempo, con mucha pena, `porque entonces quedasteis más o menos igualados, pero él se te ha adelantado ahora en llegar a la última meta y te ha dejado derrotado y triste.

Se llamaba Antonio Alonso-Lasheras, un caballero, un amigo, un compañero siempre grato para andar por la vida. Recuerdas cuando hace apenas un mes le fuiste a ver al hospital, tú con puñalito en el pulmón y él con el suyo donde se lo clavó el destino. Nunca imaginaste que la próxima carrera juntos la haríais ya más allá de las nubes. Recuerdas las palabras de Corintios: muerte, ¿dónde está tu victoria?…Y las de Felipides: hemos vencido. Pues se vence en el maratón de la vida cuando dejas a tu paso, como Antonio, sonrisas, lágrimas y una profunda huella que exhala ternura y bohnomía.

5

-Cómo te lías, hermano- te dices a tí mismo- Empiezas en los tres milímetros, te recreas en los ocho kilómetros y llegas a la eternidad.

Para qué negarlo. Te lías, de acuerdo, te pierdes en vericuetos sentimentales y nunca se sabe po dónde vas a salir de tus andanzas. Pero  cómo te desahogas.

Como Nosferatu, pero con mejor cara

Harto de buscar tus propios cabellos pra averiguar quien era el responsable el delito, pasaste por la peluquería y quedaste como Nosferatu. Eso, sí, no con tan mala cara...

Harto de buscar tus propios cabellos pra averiguar quien era el responsable  del delito, pasaste por la peluquería y quedaste como Nosferatu. Eso, sí, no con tan mala cara…

1

Como no estás en el campo, ni en la nieve, ni de viaje en un lugar nuevo, y crees conocer todo lo que tarde o temprano acabará despejando el horizonte, te quedas ensimismado (entimismado, debería permitir la RAE) ante la nube lechosa que inunda el pequeño valle del Manzanares. La niebla espesa apenas deja distinguir los pinos más cercanos. A más de ochenta metros, los plátanos y cipreses ya son fantasmas. Perfecto. Además es fiesta, y sólo un autobús y una furgoneta se han atrevido a romper esa sensación de aislamiento mágico que traen los amaneceres brumosos del invierno. Perfecto.

Las películas inglesas de intriga y misterio de los años 50, con Sherlock Holmes o Jack el Destripador al fondo, siempre empezaban así. Luego emergía de la noche la fachada de una elegante casa georgiana. Se escuchaba la contera de un bastón golpeando el adoquinado, se insinuaba un sombrero de copa a la luz de una farola, brillaba por un instante la fina hoja de un cuchillo, un grito rasgaba la niebla y un bobby hacía sonar su silbato. Finalmente el ruido de unos pasos que huían se iba perdiendo, y el bigotudo policía londinense anotaba en su block.

-Otra prostituta asesinada.

Probablemente era una película de la Hammer, de bajo presupuesto, pero te mantenía en vilo, apasionado hasta el The end. Era perfecta, en sus modestas pretensiones. Como esta mañana de niebla del 7 de enero de 2013. La niebla cuando estás perdido es el peor de los peligros. Pero vista desde tu casa, calentito, te engaña haciéndote creer que todo lo que verás cuando se disipe será mejor. Por eso en el cine el pórtico del cielo siempre aparece tapizado de niebla.

2

Recuerdas  a Sherlock Holmes y no caes en la cuenta de que su cita no es casual.

Cuando despiertas, la primera operación del día es sacudir la almohada  sobre el lavabo y ver cuántos cabellos han sucumbido en la noche. Te ha entrado el síndrome del famoso detective inglés, multiplicado por cada víctima de la alopecia sobrevenida, o sea, por el número de pelos caídos. Quieres investigar quién es autor del crimen, y estás dispuesto a estudiar con microscopio el ADN de cada cabello blanco para averiguar quién es más culpable de su caída: si el tumor, la quimioterapia, la radioterapia o la presión psicológica que crees sufrir.

Qué desagradable caerte del guindo y recordar  que todos  los cabellos te pertenecían, y que sus adeenes confirman una única culpabilidad. La tuya.

Los miembros del club consultados te han dicho que no pasa nada, que la calvicie no es un delito, que el pelo cae y luego vuelve a brotar. Tu amiga Luli ha bromeado incluso con tu obsesión capilar, muy del género masculino, como si Marañón no hubiera destruido hace años el mito de Don Juan/Sansón. Te da igual, haces oídos sordos. Una cosa es la virilidad, que en estos momentos está como está, y otra el decoro. Mientras el día de la niebla termina de desperezar, tú vas de ratita presumida y pasas la escoba y hasta el aspirador sobre el suelo de tu palomar para que desaparezcan las pruebas del crimen. No te molesta ser un calvo en puertas. Te espanta parecer un espectro descuidado y desaseado.

3

A un sabio se le pueden tolerar lamparones en la chaqueta. A  un poeta como Machado se le consentiría incluso caspa sobre sus hombreras y algún pelo cayendo sobre la yema del huevo frito que, entre verso y verso, tal vez se desayunaba con la voracidad de un guardia civil. A muchos genios incluso se les perdona que reciban un gran premio vestidos de lagarteranas o hechos unos guarros. Eso va con su imagen, que así gana leyenda sin desdoro alguno.

Tú en cambio eres uno más entre 200.000, que según los cálculos de Joselepapos, padecen de tu mismo mal en España. Piensas en el médico o en la enfermera que te debe observar de cerca y tal vez  incluso tocarte. Y prefieres, por delicadeza, que te encuentren en perfecto estado de revista, manteniendo dignamente la prestancia que hasta ahora no te importaba tanto. Cuanto más se desmitifican las formas, más te convences de que muchas de ellas son el fondo de la cuestión. Así que tú, como el general Custer de Raoul Walsh: si vienen a por tu cabellera, que al menos te pillen con el uniforme limpio. Y si caes, que sea con las botas puestas.

4

No habías puesto botas, ni siquiera zapatos en el balcón. Sin embargo el día antes de Reyes se sucedieron sus emisarios portando regalos. Rubén Vidal, el joven pintor de Alcañiz residente en Berlín, al que tanto le impresionaron tus críticas sobre los horribles cuadros que decoran tu hospital, se presentó con una tabla neoimpresionista que recrea una fuente del Tiergarten, el parque berlinés.

-Ojalá no sea así –te explica- Pero si te vuelven a ingresar, te le lo llevas debajo del brazo y lo plantas por delante del  cuadrus horribilis que te toque. Algo mejoraremos el paisaje, y además así recordarás a tus amigos a distancia.

Rubén Vidal es un mocetón que da muy bien el tipo de artista de la bohemia romántica. Alto, de ojos claros y pelo rebelde, no se conforma con pintar, sino que canta a Bach, incluso como solista, y toca no sabes si el violín o alguna madera. Se acaba de casar con Vera, que es ingeniera, o biotecnóloga, o algo muy científico e inabordable para ti. Vera, las cosas de la vida, es sobrina de Jay Riaño, un compañero que conociste  estudiando periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información. Al poco, Jay enfermó de un cáncer y murió, muy joven no sólo para amar, como dice la canción, sino para casi todo. Menos mal que la vida está llena de guadianas, y algo de los que fuiste dejando en el recuerdo reaparece vivo y fresco muchos años después. Como esta sobrina que juntó su saber a la inspiración del fino artista de Alcañiz. Humanismo y racionalismo en el mismo lote. Y buscando fortuna lejos de España, como tantos jóvenes ahora. En eso el héroe romántico es de lo más actual.

5

También se personaron en el palomar tu hermano Pablo  y tu sobrino Daniel, portadores de un roscón  que hace maravillosamente en la Thermomix tu cuñada Marliesse. Pablo es la visita ideal, porque aparte de ser bondadoso y muy educado vive en un limbo distinto al del resto de los mortales, feliz en su pequeño mundo, como por encima del bien y del mal, y se sorprende por casi todo lo que le cuentas. Así que no te exige el esfuerzo de otras visitas  Como jubilado perfecto que es, se dedica a leer, a hacer ejercicio físico en los parques de Madrid, a hacer teatro con grupos amateur y a cantar en coros con su señora. Aunque hizo la carrera de ingeniero agrónomo, que suele producir ingenios prácticos, le cuentes lo que le cuentes siempre sonríe como si con la edad en lugar de perder, ganara capacidad de asombro.

-He descubierto Spotify y estoy encantadole dices.

-¡Ah!, ¿si?…-pregunta abriendo sus ojos azules- ¿Y qué es Spotify?

Se lo explicas y la cara se le ilumina como si acabara de entender la conjetura de Poincaré, de la que, por supuesto, tú tampoco tienes puñetera idea.

A ti te supone un gran refuerzo moral, porque aunque eres de letras e ignorante enciclopédico en nuevas tecnologías, a su lado, que está cerca de la mítica Arcadia feliz, casi te sientes Von Braun. Pablo es maestro en sobrevolar las miserias humanas, y experto en construir su felicidad con los mimbres justos. Además, el roscón estaba buenísimo.

6

Pilar Lladó te regaló botellas de vino blanco de su finca de La Mancha, y dos pulseras placebo que, según las instrucciones en portugués, quitan los mareos y el malestar de estómago a las embarazadas. A tu edad piensas que es casi mejor lo tuyo que quedarte embarazado. Es más, estás convencido de que  tu sensación de náusea constante, como un albondigón de esparto que sube y baja por el esófago sin desaparecer del todo, ni es porque vayas a ser madre tardía, ni se quita con placebos. Pero por si acaso te pones en cada muñeca dos pulseras hechas como con un con un pedazo de liguero antiguo al que han cosido un misterioso botón blanco que ha de estar situado en la parte inferior de la muñeca, porque si no, no funciona. También podrías clavar alfileres a un muñeco con cara de tumor y hacerle el vudú, pero no has encontrado el género adecuado en el chino de la esquina.

-Tú sigue luchando, no pierdas la esperanza, querer es poder-te siguen recomendando

Otros amigos/amigas/ parientes/ simpatizantes de la radio te van recomendando sucesivamente áloe vera,  batidos, pomelos  -qué ardor, Dios mío- oraciones a san Judas Tadeo, acupuntura, tratamientos de homeopatía. Quién te cocina caldos, quién cremas vegetales, quién te trae fiambres, que son de los alimentos que mejor te entran, quién trufas de chocolate. Se te acumulan los masajistas morales, los mensajistas animadores, los rezadores y rezadoras. Casi necesitarías dos o tres vidas más y un rosario de enfermedades sucesivas para aprovechar el filón de cariño que te ha traído la dichosa neoplasia.

Te deja tan entimismado como la niebla de anteayer.

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Pero decides que no puedes seguir mirándote al ombligo, y necesitas echar un vistazo alrededor para constatar que te sigue interesando el mundo. Así ves que el nuevo ruso Gerard Depardieu aplaude la concesión del cuarto Balón de Oro a Messi, aunque no te explicas qué pintaba en esa fiesta. También te llama la atención que Brigitte Bardot quiera seguir su ejemplo, pretextando esta vez que un tribunal de Lyon haya ordenado sacrificar a dos elefantitos tuberculosos por razones de salud pública. La entiendes perfectamente, porque los sacrificios que le imputan a Putin son de otro rango moral: periodistas curiosas, opositores inoportunos, chechenos diversos, etc, y un elefantito tuberculoso inspira sin duda mucha más piedad. Como la que sin duda merecían el pobre señor Pallerols, el siempre dignísimo Durán y Lleida y todos los políticos y banqueros corruptos para los que la ley hará siempre las filigranas y jeribeques necesarios con tal de salvarles el culo. Santo cielo, qué farsa, qué inmensa farsa.

Así que, por no desentonar con este grotesco tinglado en el que nos ha tocado vivir, vas a la peluquería y decides sacudirte el síndrome de Sherlock Holmes, dejar de perseguir los pelos caídos y raparte al uno. Ya estás preparado para hacer de malo en una película de Santiago Segura. Ya puedes reírte del mundo calvo y con las orejas de punta. Como Nosferatu, pero con mejor cara.

 

Totus Tuus, Tito

No eres ninguna figura del fútbol, pero estás en el mismo club que Tito, y te sientes tan protegido como él...

No eres ninguna figura del fútbol, pero estás en el mismo club que Tito, y te sientes tan protegido como él…

1

El jueves 20 de diciembre sales de tu penúltima sesión de radioterapia  a vas la otra radio, la que aún se alimenta de voces y de música. Acudes a RNE por cumplir un acuerdo y dar fe de vida. Ya no tienes que molestarte en parecer ingeniosillo ante el micrófono, ni en hacer risas, ni mucho menos en  arreglar el mundo con un pensamiento preclaro o una frase genial. Apenas se te pide un detalle de de lo que eras, como a esos toreros que un día fueron figuras y acaban sus días de peones de brega. Un quite, un poner en suerte el toro para que se luzca el maestro, unas banderillas  graciosas a lo sumo.

Y estás encantado de tu papel de secundario.

Lo importante ese día no te concierne a ti, aunque a la postre te afecte. Y mucho. La noticia del jueves es que a Tito Vilanova, el entrenador del Barcelona ha recaído en su cáncer de parótida. Tú recordabas que hace un año pasó por un grave problema de salud, pero no creías haber leído en su caso ni la palabra cáncer ni la palabra tumor. Quizás aún imperaba el eufemismo como protección contra el severo mal. Ahora recae en su enfermedad y el cáncer sale del armario sin el menor recato. Ya no da mal agüero a terceros, ni yuyu, ni resulta tan extraño y odioso para la mayoría de la gente. Mejor es un gordo de la Lotería, claro, pero el que no tenga un tumor, o un pariente, o un amigo, o un conocido con él, que levante la mano.

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Sorprendentemente, la enfermedad maldita está dejando de ser tabú y se convierte por obra y gracia de los famosos que la padecen en un buen motivo para la solidaridad y, en cierto modo, la admiración. Es un banderín de enganche al que se apunta hasta el último de la fila. En el mundo del fútbol hay conmoción. Tito Vilanova no es una estrella, más bien se comporta como un tipo discreto y refractario al protagonismo. Pero lo valiente no quita lo cortés, o la rivalidad no mata lo humanitario. En estos casos tó er mundo es güeno. Y desde el  Madrid hasta el Iliturgi,  acaba recibiendo de todos los equipos un vendaval de adhesiones que casi comprometen a los más fieros enemigos del Barça.

-Totus tuus, Tito-parecen decir parafraseando el lema de Juan Pablo II.

Tú te quedas pasmado. Raro, ¿no? ¿Pues no dicen que la envidia   forma parte del patrimonio nacional?… Contrario sensu esta desgracia de un gran triunfador debería provocar millones de alegrías. Si bien en el fondo estás encantado de que no sea así, porque aunque Tito sea del Barça y tu equipo sea el Aleti, ahora ambos estáis en el mismo club.

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Pertenecías al club Escépticos sin Fronteras, al Círculo de Escritores sin Escritos, al de Sufridores del Atlético de Madrid (en pleno proceso de reconstitución), a la Federación de Amantes de los Juguetes de Hojalata, al ateneo de Náufragos del Pensamiento Cierto, al parnasillo de Poetas Varados, a la Cámara de Adictos a los Polvorones,  a la Liga de Adoradores del Mago Tamariz, a la de Amiradores de Bach, a la Asociación de Discípulos de Groucho Marx y-admítelo, aunque ahora vayas de bueno-  a la gran Cofradía de Odiadores del Dale a tu cuerpo alegría Macarena. Aunque todas estas organizaciones te parezcan irrelevantes en este momento.

Ahora tu vida ha cambiado, y pones tu vista en otros puntos del horizonte. Ahora, cuando sólo eres uno más entre miles de afectados por tu enfermedad en los que antes ni reparabas, la gente se interesa por tu salud,  te cuidan, te miman y hasta te jalean por pertenecer al mismo club que Tito Vilanova. Y eso que tú no vas a hacer campeón de Liga a nadie.

Y el efecto es fantástico. El Totus Tuus que iba para el entrenador del mejor equipo de fútbol del mundo resulta que también es Totus Tui. No es que todos tus familiares, amigos y conocidos se afanen en agradarte. Es que este mundo,  que de puro absurdo y rompepelotas estaba dispuesto a acabarse el viernes, empieza a desplegar ante tu mirada las miles de pequeñas razones por las que, como recuerda siempre Frank Capra por estas fechas, ¡Qué bello es vivir!

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El viernes  aún llevas en la boca el regüeldo de la quimioterapia, que no es justamente el bouquet más agradable para empezar el día. Sin embargo, después de acabar con tu radioterapia, un café con tostadas en grata compañía femenina se convierte en Desayuno con diamantes.

 Luego ves a una niña rubia con coletas vestida de pastorcita dando saltos en el Auto de Navidad del Colegio Estudio al compás de las dulzainas y rabeles y casi se te saltan las lágrimas de la emoción, porque la obra tiene su encanto naïf, y estás convencido de que tu nieta será una Scarlet Johanson deslumbrante.

A continuación te llevan al campo. Y cuando llegas a tu casa de piedra en el monte apenas un lucecita y el tenue resplandor de la luna ya muy menguada que se cuela entre el espeso celaje de nubarrones plomizos te transporta a una atmósfera mágica, muy de cuadro de Caspar Fredrich  o de película de Tim Burton.

Luego cenarás una espinacas a la crema y gracias a la Cortisona, que potencia tu apetito hasta para comerte a un fraile por los pies, te parecerán como firmadas por Paul Bocusse.

Finalmente la paz del bosque de castaños y robles, el silencio de la noche sólo roto por el murmullo del chorrito de la fuente y el apacible manto del primer amago del invierno más bondadosos que se recuerda amparan tu sueño.

-¿Será esto para tanto como dicen? –te preguntas sorprendido de tu propio bienestar antes de dormirte.

5

El Cyanopica  Cyanus, vulgo rabilargo, no deja de ser un córvido estiloso vestido por Armani. Picoteando las aceitunas de los olivos aún entre dos luces puede parecer un pájaro ligeramente siniestro, porque el sábado amanece gris y encelado. Es la primera estampa de vida animal que ves  al asomarte por la ventana en la mañana inaugural del invierno. Da igual, el avechucho te parecerá  tan precioso como un tucán o un guacamayo Jacinto. No sabes por qué, pero ahora has pasado de ver la botella medio vacía a verla del todo llena, como si antes tuvieras trastocada tu escala de valores.

Mientras desayunas dos tostadas de pan de hogaza con aceite y un café con leche, ya sin ningún regusto químico, ves también dos petirrojos jugueteando sobre la hierba al calor del primer rayo de sol del domingo. Sales al aire libre, doce grados de invierno de mentirijillas, paseas por el jardín estirando lo brazos entre las bolas rojas del acebo y los cotoneaster, todo muy navideño, y aunque tu fe es de la categoría porsi por si es vedad  lo que nos contaban los curas en la escuela, que decía Doña María- te pones estupendo.

-Gracias, Señor, por enseñarme a tiempo lo que vale un peine- te atreves a decir por lo bajini.

Y te acuerdas de todos los que no han tenido la suerte de caer en el club del Totus Tuus, Tito. Es osado aventurarlo, pero quizás  no sepan lo que se están perdiendo.

Feliz Navidad, Belén

Mi Belén es mejor que la foto, pero está lleno de buenas intenciones

Mi Belén es mejor que la foto, pero está lleno de buenas intenciones

1

¿Te estarás obsesionando por el nuevo sesgo que ha tomado tu salud?

Sabes que es un tópico infumable, pero ya han pasado días desde que entraste en este nuevo club tan peculiar de tocados sin fronteras y te has refugiado en eso tan socorrido de que la vida sigue. Crees que el aviso te ha oreado la sesera, que razonas algo más, y que exprimes de cualquier nadería un zumo que antes eras incapaz de sacarle a las cosas. Dios, ese amanecer, qué maravilla, cómo no te habrías fijado antes, las cúpulas de San Francisco el Grande dibujándose  entre la niebla aún dorada por el relumbrón de las farolas de la noche, si es un Turner sólo pintado para ti. Santo cielo, qué placer ese vino con un par de amigas mientras paseabais por los alrededores del Mercado de San Miguel, y qué delicia el hojaldre de morcilla con pimientos que le acompañaba. Qué paz sentarte a leer luego con la espalda bien protegida por tu corsé y el respaldo de tu mullido sillón  viendo caer la noche sobre el Madrid donde naciste y que no empezaste a apreciar hasta que cortaste tu cordón umbilical con tu pasado. Vas engastando en tu collar de vivencias pequeñas piedrecillas que coges al paso y que ahora te parecen diamantes.

 

Qué ilusión haber visto  en el parque que tu nieta ya monta en bicicleta.

Hasta esta última frase te parece por sí sola una `poesía

2

La vida sigue.

Entre tanto sobresalto apenas has caído en la cuenta de que se ha presentado la Navidad.Te lo ha avisado Bing Crosby, al que por cierto, también le das gracias por haberla cantado con esa clase de crooner de terciopelo. Aunque sigas esperando inútilmente que alguna de las tuyas también sean Navidades Blancas, y puedas sentir el deslizarse de tu trineo sobre la nieve. Y lo recuerda luego  Harry Belafonte con otro de tus villancicos favoritos que te descubrió hace años aquel  gran Angel Álvarez en la SER.Dedicaba este la tarde de la Nochebuena a repasar los villancicos clásicos, y entre ellos el  del cantante negro, que te encandiló porque decía tan bien el inglés que lo entendías y todo. Qué bonito te parece ahora haber sido tan simple como para que te emocionasen esas cosas. Qué agradable sentirse tan libre que ni te asusta parecer un cursi..

3

Y recuerdas que tienes que poner el belén. El nacimiento, como decían en la casa de tus padres, y luego en la tuya y la de tu familia. Ahora sólo cuentas como base con un velador redondo, apenas cuarenta centímetros de diámetro. Has descabalgado a los Reyes porque no te caben los camellos, has prescindido de lavanderas, labradores, pescadores, aguadores, castañeras, hilanderas, de Herodes y su soldado, de pandereteros y tañedores de zambomba, adoradores diversos, burros, vacas, cerdos, gallinas, pavos y  de todos los figurantes tradicionales de los nacimientos populares. Pero haces caso omiso del Papa y, pese al minimalismo obligado,  ni licencias a la mula y el buey ni colocas a los Magos viniendo de Andalucía, sino de Oriente, como te contaron de chico. 

 

Por cierto, ¿le habrá dado a Benedicto XVI  un ataque de zapateritis? Con la de reformas que necesitaría la doctrina de  la Iglesia y ahora se entretiene en retocar lo irrelevante. Quizás para descolocar a los que no sabéis si tenéis fe, pero sí al menos ilusión por la Navidad.

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Y tú reconoces que eres de esos. Llegaban estas fechas, sonaban los villancicos, te contaban historias hermosas de ángeles que anunciaban, pastores pasmados al rescoldo de la buena nueva, Mesías empañolado entre pajas, estrella viajeras, Magos  de oriente y la larga coletilla de cuentos de Dickens o de cerilleras de Andersen que seguían al rebufo de la mágica fecha y creías empezar a entender que era parte de tu otro yo, que había otra vida además de tu casa, tu familia,  cama, tu pupitre, tu sacapuntas, tu pelota de goma y tu cara de niño de posguerra peinado con brillantina. La Navidad era el primer gran misterio de eso que no entendías y llamaban espiritual, el Dios que se hace hombre, la redención. La esperanza

-¿Será de verdad todo eso? -te preguntas aún.

Da igual, diciembre se pone húmedo, mimoso y evocador. Así que vuelves a escuchar música de Navidad y sacas del altillo del armario la caja donde duerme tu espíritu navideño el resto del año para montar tu nacimiento.

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Ahora es tan pequeño, tan humilde, que se queda exactamente en un belén. La expresión un belén tomó  una deriva festiva y populachera, pero el nombre de Belén es uno de los más hermosos que puede llevar una mujer. Lo dices y sugiere paz, elegancia, serenidad, dignidad y dulzura envuelta en un sonido que es un poema de sólo dos sílabas: Be lén.

Curiosamente, no has conocido nunca una Belén vulgar, y todas ellas han dejado alguna huella en ti. Pero hoy tu recuerdo va por aquella chiquilla de dieciocho años menuda morenita, tímida, ojos oscuros, labios grueso de mulatita y un encanto especial en sus movimientos. Fue una de las `primeras chicas con la que saliste, y con los años acabaría siendo tu cuñada: la más sensible, la más fina e intuitiva, la más graciosa sin pretender serlo y la que más abnegada y generosamente ha demostrado lo que es el amor humano.

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Por eso hoy tu belén, el que miras arrobado, es también tu Belén. Acabas coincidir con ella en el mismo hospital donde tú empezabas a luchar contra tu cáncer mientras dos habitaciones más allá su marido Gonzalo, que peleó lo que pudo, cayó abatido porel suyo. Y te llega el dolor de Belén, su entereza y su sonrisa aún en la adversidad, tal que un mensaje transido de lo que nos debería dejar a todos la Navidad, que es la capacidad de renacer en la esperanza.

-Feliz Navidad, cuñadita-le dices a pesar de todo.

Pusiste en tu belén una pequeña luz zenital que ilumina al Niño. Y así, mirado de cerca, la ilusión produce su efecto. A su alrededor, por entre los bufidos de la mula y el buey y las pajas del pesebre, sientes que el misterio funciona. Gonzalo permanece vivo en el recuerdo de todos porque, entre otras cosas, le mantiene vivo el amor y la delicadeza Belén, que es el nombre de un portal para la eternidad.

El joven Nacho de la Mata, un inmortal que supo estar ahí

1
Pongamos que me llamo Habib. No les voy a aburrir contando por qué estoy aquí. Todo lo de mi país es mucha miseria, mucha hambre, mucha pena. Por eso vinimos a España en una patera. No todos: muchos de mi familia no llegaron vivos.

Este era otro mundo, donde a los niños decían que se nos iban a solucionar la vida.. Es lo que dicen, y la gente se lo cree, o al menos se lo creía. Aquí todos decían que iban a ser muy buenos con los menores como yo, al menos al principio A mí casi se me había olvidado lo que sufrimos en mi país, porque me daban comida y ropa, me enseñaban, y me dejaban jugar con otros niños, y estaba contento. Pero un día escuché que se acababa lo bueno, que estorbábamos, y que nos iban a repatriar. Repatriar decían, sí, que en realidad quiere decir vuelta a la miseria, al hambre. A la mierda. Y entonces, como en las películas, me escapé del centro.

2
También como en las películas, me cazó la policía. Que si no tenía edad, ni padres, ni papeles, ni perrito que me ladre. Un señor serio con corbata y cartera me enseñó un papel y me dijo me iban a repatriar, aunque uno de los policías que le acompañaba aclaraba que me mandaban a tomar por saco. Yo les dije que no quería, claro, ni lo uno ni lo otro, pero ni caso. Me subieron a un avión y no lo pude evitar, pero las piernas me empezaron a temblar y me eché a llorar.

Ya iban a cerrar las puertas para el despegue cuando entró otro señor con un papel, habló con el comandante del vuelo, este me señaló, me quitaron el cinturón de seguridad y me dijeron que me bajara del avión. Fu, qué alegría. A nuestro Alá aquí le llaman Dios, y de él dicen que escribe recto, pero con renglones torcidos. Muchos y muy torcidos, jo, a veces demasiado para creer que es tan bueno como lo creemos. En realidad no se si Dios o Alá son lo que dicen que son. Pero de lo que estoy seguro es que hay personas encargadas de enderezar los renglones para que Dios, o Alá, escriban bonito.

Una de esas es la que consiguió que me bajaran del avión. Se llama Nacho.

3
Pongamos que soy Nacho. Soy abogado. Como mi padre es abogado del estado y mi abuelo también lo fue, intenté seguir su camino. No lo conseguí, pero tampoco lo lamenté. Saqué un Bachelor en Business Administration en Inglaterra, trabajé en dos despachos de campanillas en Londres y en Madrid, pero acabé encontrando mi razón de ser en el derecho desde que empecé a colaborar como voluntario en la Fundación Raíces, dedicada a la lucha contra la drogadicción. Conocí a Lourdes, psicóloga, muy volcada también en la acción social. Nos casamos. Y ambos orientamos nuestras respectivas profesiones a ayudar a los que más lo necesitan. Poco a poco nos centramos en menores inmigrantes.

En 2003 supimos que muchos de ellos escapaban de los centros de acogida por miedo a ser repatriados. Acogimos a algunos de ellos en nuestra propia casa para que no se quedaran en la calle y tomamos contacto con el problema. Un día, a las cinco de la mañana, recibí una llamada diciendo que se estaban llevando a Habib a Marruecos. Colgué el teléfono, salí corriendo a los juzgados, conseguí un habeas corpus en el de lo penal, y a continuación en el de lo contencioso interpuse una medida cauteladísima contra la orden de repatriación. Tuve suerte: el juez adoptó la medida y ordenó que bajaran a Habib del avión. También me salió bien la lucha por Alma, aquella niña de quince meses a la que separaron de su madre de la residencia donde estaban acogidas porque aún era lactante y el juez de guardia así lo consideró oportuno. Peleé con el juez, y al final logramos que el IMMF rectificara y Alma volviera con su madre. Tuve suerte de saberme bien los entresijos de la justicia: si alguien viera mi expediente de Derecho, descubriría que fui un estudiante normal, pero que precisamente obtuve mi única matrícula en Derecho Procesal.

Claro, suerte fue igualmente que entonces nuestra hija pequeña también fuera lactante, y que Lourdes me insistiera en la importancia de no separarla de su madre. Y tuve más suerte que nadie con Lourdes, caramba, la horma de mi zapato. Pertenece a una familia que le podía haber dado una vida más que acomodada y fue la primera en asomar la cabeza fuera, al mundo de los necesitados, y comprometerse ella, como psicóloga, y a mí, como abogado en hacer lo posible por ayudarles. Costará creerlo a quien llegue al final de este cuento, pero he sido un hombre de una inmensa suerte.

4
Pongamos que no conocía a Nacho de la Mata Gutiérrez personalmente. Soy amigo de su tío Carlos, también abogado del estado, y, a través de él, quizás fuera uno de esos personajes que en su familia seguían en el orden de afectos a los parientes. O sea, detrás de estos estaban los amigos íntimos, los amigos, los vecinos y, finalmente, los conocidos. Pues bien: soy un conocido que guarda particulares simpatías por la familia de la Mata. Entre otras cosas, porque hace medio siglo siempre nos ponían como ejemplo a familias así: padre de buena carrera, madre atenta y gobernadora, gente con principios, prole numerosa bien educada y con un gran sentido de responsabilidad ante la vida. De esa casta salieron: arquitectos, registradores –uno de ellos ministro de Sanidad, que luego fue presidente de la Cruz Roja, Enrique de la Mata Gorostizaga-,abogados del estado y Lourdes, la pequeña, que no se qué carrera hizo, pero que en determinados momentos me llamó más la atención que Carlos, mi amigo. Por razones obvias a los veinte años.

Con Carlos, con Ramón, y hasta con Enrique y con Nacho, el padre del protagonista de este post, jugaba yo al fútbol los domingos en el prado de una finca de Villalba que llamaban Suertes Nuevas, hoy convertida en una urbanización de apartamentos. También jugaban otros amigos como Eduardo Serra, Víctor López Barrantes, Carlos Navarro y los gemelos Menéndez. Todos veraneaban ahí cuando en este pueblo pastaban las vacas y aún se abastecían de su aire los pulmones de Madrid. Yo era muy malo, pero entusiasta, al contrario que mi amigo Carlos de la Mata, que se creía Beckembauer, y sacaba el balón jugado desde atrás muy seriamente, Antes de ser abogado del estado ya tenía gesto de mariscal de campo.

Uno vuelve la vista atrás de vez en cuando para constatar que no veinte, sino más de cuarenta años, son más nada aún de lo que canta el famoso tango. De repente deja uno de verse con la mayoría de amigos y cuando se los reencuentra no somos capaces de dar una patada a un bote, pero para compensar a lo mejor hemos tenido un hijo excepcional. Tempus fugit. No siempre para mal. Ahora los abuelos somos muy críticos con la juventud actual, pero gran parte de ella nos mejora.

5
Pongamos que soy Lourdes, y que me enamoré de aquel joven abogado, y que nos casamos. Y que en el viaje de novios recibimos el primer aviso serio de lo que luego iba a ser nuestro tormento, y a la postre, por paradójico que pueda parecer, nuestra gloria. A Nacho le detectan un tumor en el cerebro, y, como si eso potenciara su afán de no vivir inútilmente, además de tener tres hijas conmigo, Nacho se vuelca de tal forma en su defensa de los menores inmigrantes desprotegidos que, además de convertir nuestro hogar en un refugio para muchos de ellos consigue que el Consejo General de la Abogacía Española le conceda el Premio Especial Derechos de la Infancia 2009.

Todo un orgullo y un ejemplo para un abogado joven que pudiéndose dedicar a asuntos más lucrativos empleó sus años de trabajo y de de lucha contra la enfermedad en defender un nuevo estatuto jurídico para el menor desprotegido. Una labor constante y sacrificada que ha sido asumida por los tribunales ordinarios y por el mismo Tribunal Constitucional. Con lo esclerótica que a veces parece la justicia en España. ¿Verdad que lo suyo parece una hazaña?

Pongamos que estoy tan orgullosa y tan enamorada de él, que aunque sufro su muerte, tan temprana, tan injusta, ni siquiera he hecho caso de aquella leyenda de que los dioses los eligen jóvenes para llevárselos al Olimpo. Quizás me pasé de melodramática en su funeral, pero tuve los arrestos de leer ante todos un escrito a Nacho que en realidad era una carta de agradecimiento, de esperanza y de amor, porque soy creyente, y se que ni los dioses del Olimpo ni mi Dios se lo han llevado. No es que crea en la reencarnación, es que las almas tan nobles y tan batalladoras como la suya están ahí, nos sobreviven a todos, jamás desaparecen.

6
Pongamos que soy un hombre corriente. Un simple bloguero, y un tipo que tiene gran simpatía por su padre, el primer Juan Ignacio (Nacho para todos), y por Roselia, su madre. A Nacho padre, tan vinculado a organizaciones como UNICEF, le veía de cuando en cuando, en esas contadas ocasiones en los que a uno le llaman para animar un acto de presentación, o un sorteo benéfico, como si le quedara gracia para enderezar algo uno de esos renglones descuidados de Dios. Yo no tenía ni idea de que tuviera un hijo tan singular, ni de su terrible enfermedad, ni de su temprana muerte. Sólo supe después que había sido compañero de colegio de mi hija Isabel, y que según mi amigo Eduardo, testigo de su incineración, allí había chicos y chicas inmigrantes y jóvenes de distintas edades y colores que lloraban desconsoladamente como si el muerto hubiera sido un auténtico ídolo de masas. Y pude ver y escuchar en su funeral, en la impresionante iglesia de los Dominicos de Fisac, más llantos y gimoteos de gente de toda edad y condición que los que he sentido nunca en ninguna exequia fúnebre. Creo que ningun otro acto de este tipo me ha servido tanto para descubrir y admirar a un personaje al que no conociera directamente. Yo estaba allí para acompañar a su familia, para abrazar a sus padres y a mi amigo Carlos, y para arrimar el rescoldo de mi débil fe a una oración que el alma del joven Nacho, tan sobrada de méritos, quizás ni necesite.

Había tal gentío, y en el fondo, me sentía tan irrelevante ahí, que al final preferí ausentarme sin cumplir con el ritual del pésame. Luego no pude dejar de llamar al padre, y decirle cuánto me había impresionado la muerte de su hijo y su emocionante funeral. Todos los padres sospechamos que no hay nada más cruel que sobrevivir a un hijo. Pero hay sufrimientos que incorporan su consuelo. A Nacho y a Roselia, y valga la paradoja, les dejaron huérfanos de este gran hijo, a cambio de convertirles en forjadores de un ejemplo, autores de de una leyenda o, como mínimo, padres de de un héroe social de nuestro tiempo. Puede resultar casi una provocación decirlo ahora, pero en cierto modo son unos privilegiados.

7
-Me gustaría rendirle un homenaje en mi blog- le dije a Nacho padre cuando le llamé- Si me ilustras algo más sobre lo que fue su vida no escribiré a humo de pajas…

Nacho no tardó en mandarme un jugoso “dossier”. Sin embargo, por razones que no vienen al caso, he tardado más de un mes en cumplir mi propósito. Cómo escribir un obituario con cariño, sin deslizarse por el exceso y sin caer en el tópico. Ahora, entre la documentación, contemplo una foto de mirada firme y sonrisa despejada que el entonces jovencísimo Juan Ignacio de la Mata Gutiérrez incorporaba a su currículum vitae. La foto transmite optimismo,salud, ganas de vivir y de cambiar el mundo. No mentía la foto, no.

Por casualidad, subiré este post justo después de lo que la Iglesia llama el día de los fieles difuntos. Qué ironía. A uno le da que él, esté donde esté, seguirá siendo fiel a su ideal, y por ahí, todo correcto. Pero que nadie le considere difunto, porque el tránsito de Nacho sólo ha sido una emocionante explosión de vida y de esperanza para los que creemos que esta humanidad aún puede tener remedio. Sobre todo si cunde su admirable ejemplo.

Otro video histórico para Internet

Quién sabe lo que acabarán viendo los bebés de hoy gracias a ese talento y a ese desparpajo que se muestra en You Tube

-¿Y por qué no?-se preguntó el protagonista pulsando el sensor de la videocámara de su Smartphone.

Se había vestido con frac y en sus solapas lucía sus mejores condecoraciones. En el bolsillo de chaleco, enganchado con leontina, había guardado el espléndido Vacheron Constantin de oro que le heredó su abuelo. Eso formaba parte esencial del acting.

-¿No es una muestra más de que vivimos en una sociedad libre?–dijo mientras abría la tapa de oro y miraba las manecillas que marcaban las doce de la noche- Pues eso: no va a ser uno menos que una concejala cachonda o que un par de policías de Cerdañola que van de artistas de la pornografía.

Cerró la tapa del reloj, guardó este en el bolsillo, se miró la mano derecha y lustró sus uñas frotándolas contra la seda de las solapas. Se las miró orgulloso.

-Ya va siendo hora de que uno haga algo de que pueda presumir en You Tube- proclamó con gran prosopopeya. Lo dijo alguien que incluso era plebeyo: todos tenemos derecho a nuestro minuto de gloria y, por vulgar que pueda parecer ésta, no seré yo quien renuncie a ella.

Entonces cerró el puño, estiró el dedo índice y, ceremoniosamente, sinnel menor recato o disimlulo, introdujo este en sus orificios nasales y hurgó en ellos meticulosamente para acumular material sonrante y proceder a una profunda limpieza de su aristocrática napia.Fue apelotonando los mocos uno a uno. Y cuando hubo formado con ellos un albondigón, el mismo dedo índice de aquel distinguido miembro de la Diputación de la Grandeza de España que tanto había trabajado aquella noche lo pegó en el objetivo del Smartphone y la imagen, naturalmente, fundió a negro.

Fue una marranada más. Una de las muchas marranadas estúpidas que la humanidad cuelga diariamente en Internet.

Verano 15. No perdamos la Esperanza

1
Le quedan a este bloguero dos trancos para repasar lo que fue su circuito veraniego, un paseillo por Cantabria y punto final. A partir de entonces desea esquivar su realidad, que no es de interés universal, y disfrazarla con la ficción. Peinar esas historias basadas en los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa. O sea, inspirados en lo que pasa en la calle, o al menos en su calle. Cuando el Duende no peca de mordaz, y a fe que pretende no molestar demasiado, a los amigos y conocidos no les importa asomar por aquí. Para ellos escribe.

2
Le quedaban dos capítulos, como decía, pero va Esperanza Aguirre y se le ocurre dimitir. La vida del Duende en la radio fue como el rodar de una croqueta sobre el pan rallado. Sin darse cuenta, al cabo de veintiséis años se había rebozado de muchos conocimientos que en este país tan propicio a exagerar los afectos unos dirían amistad, y otros amistad íntima, amistad entrañable, uña y carne, como hermanos. Pero eran sólo conocimientos, insiste el bloguero, pues un político o un artista o un o un famoso- por utilizar el palabro para quien sólo lo es por salir en la tele- que viene al programa donde uno hace voces y bromas y cuenta su rollito, difícilmente tiene tiempo y menos interés en ser zapador y construir rápidamente un puente para la amistad. Da igual, así es si así os parece: al despedirse los entrevistados/as te daban un par de besos (sobre todo los de la farándula, a la francesa, muá y muá, algo que la pudibunda educación del bloguero siempre ha recibido mal cuando viene de los tíos), te apuntan en el carnet de amigos y a otra cosa, mariposa. La vida del Duende de la radio fue la suerte de la croqueta, pero en ese rebozado ligero se le pegó bastante más que la mayoría Espe.

Quizás porque ella veía en él a una doñamaría de esas que la aclamaban cuando iba a la Pradera de San Isidro con un clavel en el pelo. El caso es que fue el único personaje público de los muchos conocidos que cuando este duende hizo mutis por el foro y desapareció del escenario le hizo una pregunta que a él le pareció casi una caricia.

-Y ahora…¿qué vas a hacer?

3
Se va Espe y al día siguiente se muere Carrillo. La dimisión de la presidenta se comentaba como gran noticia en el hospital público donde al bloguero le tratan de ablandar el mármol en que se ha convertido su espalda. Qué tortura, las dichosas contracturas. Parecía contento el personal de bata blanca, cada cual cuenta la feria como le va en ella.

Todo personaje público acaba arrojando luces y sombras. Lo pasmoso es que la presidenta dimitida atizase en ciertos sectores presuntamente ilustrados mucha más irritación y afán de vendetta –muérete Esperanza, le gritaron hace nada en la universidad- que el viejo líder comunista y, a decir de los entendidos, gran artífice de la transición. Como si ella fuera una arpía y la hoja de servicios de don Santiago pintara como la del padre Damián de Molokai. Apreciado –y también temido-por los suyos, reconocido por sus adversarios porque es de sabios rectificar y pactar, y exaltado prematuramente a los altares de la democracia porque, entre otras cosas, los muertos son muy bien educados y callan, Carrillo muere casi en olor de santidad. Era listo y socarrón. Este Duende le imitaba bastante bien, en más de una ocasión lo hizo a su cara, y el viejo político sonreía por compromiso sin creerse su caricatura mientras lanzaba bocanadas del humo de su cigarrillo, porque entonces aún no era pecado fumar en los estudios de radio. Hubiera querido imitar también su cuajo, su desparpajo, su suerte al cabo, por hacernos olvidar lo menos honorable de su biografía y salir de rositas por la puerta de la historia. Más vale caer en gracia, sobre todo a los palmeros, que ser gracioso.

4
Al final todos dejamos división de opiniones. A la periodista Begoña Ortúzar, una profesional de gran valía machacada por la crisis y a la espera de mejor destino, los argumentos que ha esgrimido Esperanza Aguirre para dimitir le parecen infumables, porque no se puede amparar en los nietos para bajarse del barco cuando este amenaza naufragio. En cambio su cuñado Angel Arias, que según los criterios de la propia ex presidenta sería un rojo, le llamó a este bloguero nada más ver la noticia en el Telediario para expresar su consternación.

-Oye –le dijo al Duende- Ya que eres amigo de Esperanza dile que tu cuñado el rojo se ha emocionado escuchándola. Y que además, aunque yo no la vote, es una tía cojonuda.

No es tan amigo el bloguero como para llamarla por teléfono. Y tampoco tiene tanta confianza con ella como para reproducirle el elogio con todas sus letras. Pero como ahora ella va a estar más libre, quién sabe si entre nieto y nieto, hoyo y hoyo o viaje y viaje –parece que va a trabajar para Turespaña- tiene tiempo para echar un vistazo a este blog y masajear aún más su autoestima.

Sobre Carrillo no ha habido tiempo para que se le manifieste nadie. Da igual, él ya descansa en paz, y además todos los muertos acaban pareciéndonos buenísimos. Otro motivo más para no perder la esperanza.

Verano 9. De la dura realidad a un par de amigos de verdad

<br Puentedeume fue en este viaje un puente hacia territorios maravillosos…

1
Siria clama al cielo. España está que arde, y que lástima que no hablemos sólo en sentido figurado, pero qué animales somos. El Armstrong bueno (Neil) sube al cielo definitivamente, mientras su homónimo presuntamente malo (Lance) desciende a los infiernos. Los declarantes en el caso de los Ere de la Junta de Andalucía tienen más morro que un oso hormiguero. El parecido más razonable del Ecce Homo de Borja es Paquirrín, con lo que en rigor podría hablarse de una restauración milagrosa. Y esto último es precisamente lo que el Duende quería haber plasmado en un twit una vez que su sobrino Iñigo, muy impuesto en nuevas tecnologías, le animó para que se desvirgase en el uso de esa herramienta que hoy parece indispensable para estar en la pomada. No se arrepiente de no haberlo hecho, pues hubiera sido otra mofa más a cuenta de la sufrida restauradora, a la que el eco de su tierna chapucilla –con la de horrores que se hacen incluso en nombre de la cultura oficial- le tiene deprimida. Anímese señora, que no habiendo otras serpientes ni canciones de verano ni posados de minibikini de Anita Obregón ni apenas singladuras del Rey en el Fortuna, por aquello de la austeridad y la obligada discreción, a usted le ha tocado este verano el papel de friki oficial cum summa laude, qué se le va a hacer.

Eso, lo del twit a punto de salir, sí que habría sido una gran noticia en la vida del Duende. Pero al final casi celebra no haberlo lanzado, pues a tenor de la de excusas que luego tienen que pedir los que han vertido en la red comentarios ingeniosillos que derivan en polémicos, Twitter sirve básicamente para meter patas. Véase la última de ese senador del PP que ha tenido la ocurrencia de comentar que con 5.800 € de sueldo mensual “las pasa canutas”. No hagamos música si no somos capaces de mejorar el silencio.

2
Estas parrafadas son descargo de conciencia. De vez en cuando uno mira sus notas de viaje desde fuera y piensa si tanto regodeo en los recorridos del ego no le alejarán de los que picoteen el blog. ¿Y a mí que me importa dónde vaya usted? Respuesta: ¿y qué le iba a usted en lo que hacía Madame Bovary con su cuerpo serrano, y perdón por la comparación? Objetivar es la clave. Uno puede estar ya demasiado visto, pero su camino y los personajes que en él encuentra ahí están, a disposición y en provecho de quien se aventure por ellos.

Betanzos y Pontedeume le atraían al Duende desde siempre, porque hay lugares que empiezan a cazarte con su nombre, de la misma manera que hay nombres que gustan de pronunciarse por su rotundidad (Betanzos) o por su romántica musicalidad (Pontedeume). De estos dos pueblos proceden dos vástagos del tronco de los M., galenos ilustres que después de estudiar en el Madrid de la primera mitad del pasado siglo decidieron ejercer donde nacieron. Al hijo del odontólogo o estomatólogo de Betanzos (entonces se le llamaba dentista sin ningún desdoro para nadie) le conoció este bloguero en la Facultad de Derecho de la Complutense. Era un chico cordial y aplicado en las estudios, con gafas de montura redonda, y tan atildado y correcto en sus modales que más que un estudiante de provincias parecía el hijo de un gentleman farmer al que mandaban a la capital para que hiciera la carrera de leyes y, a ser posible, casara con un rica heredera.

De los varios caladeros de amistades que ha trabajado este bloguero este betanceiro pertenece claramente al sector que podríamos clasificar como ilustrado de refino. Al punto que de que en razón de sus méritos como diplomático, jurista eminente, hombre culto, charlista y polemista y hasta como poeta aficionado, el Duende pidió permiso a S.M. para otorgarle de su cosecha el título de Marqués de Betanzos. La heredera con la que casó, quizás no tan rica como elegante y selectiva en sus gustos, no le dejó sin embargo asentarse en su Galicia natal, sino en Ibiza, que es lo que le seducía a ella. Motivo por el cual, y para paliar el exceso de morriña que supuraba su marquesado él mismo solicitó y obtuvo, aprovechando que el monarca estaba cazando gambusinos, el título adicional de Barón de Cap Llentrisca, nombre de la cala ibicenca donde la marquesa luce su tipazo de modelo de Helmut Newton para bañarse en las aguas del Mediterráneo. Como decía Hegel, hay argumentos de mujer que tiran más que dos carretas.

A pesar de que Santiago M.L., marqués de Betanzos y barón de Cap Llentrisca, es un hombre inteligente, serio, riguroso y un trabajador tenaz, y de que el Duende es un funambulista más propenso a vagar entre las nubes que a pisar tierra firme, ambos se conceden afecto, admiración y respeto mutuos. El gallego de vez en cuando rescata de su interior un súcubo folklórico y cachondo que le apea de su jerarquía, mientras que a su amigo, transformista profesional, no le cuesta nada disfrazarse de académico, de señorito o de aristócata de guardarropía para encontrarse los dos en ese terreno de juego común que marcan la curiosidad, las afinidades electivas y el sentido del humor. Cuando los amigos conversan y te dan que pensar, pero también que reír, es más fácil que se conviertan en amistades para siempre.

3
Sin embargo el destino de esta etapa no era Betanzos, sino Pontedeume. Y concretamente la casa del mayor de los varones hijos de aquel que fuera médico del pueblo en las décadas centrales pasado siglo.

A Carlos M. le conoció el Duende en casa de Santiago.y enseguida le ganó por su educación, por su simpatía y por su exuberante generosidad, virtudes que ya conocía de su primo y que debieron de ser parte del ADN del tronco familiar. Carlos es lo que tradicionalmente se define como un hombre hecho a sí mismo. Al igual que la mayoría de los emprendedores, tiende a explicar sus logros como fruto exclusivo del esfuerzo, pero todos conocemos a cantidad de currantes que se han escornado a trabajar y apenas van tirando. A Carlos sin duda le ha ayudado algo más. Y ese algo más que le ha convertido en un próspero empresario, en un infatigable padre y abuelo de familia y en un coleccionista de amigos, debe de ser mucho, muchísimo más. Lo sabemos los que siendo habilidosillos para ciertas artes menores, somos tontos en los recados fundamentales que pide la vida. Él esos recados los ha hecho a la perfección.

El Duende tiene un cierto complejo de gorrón por su estrategia de veranear a bolsillo parao, pero jura que en este caso sólo respondió a la invitación que, año tras año, le repetían él y María Luisa, su mujer, para pasar unos días en su casa de Puentedeume.

-Luis, ven cuando quieras, con quien quieras y los días que quieras –le dijo textualmente a este duende- Ya sabes que María Luisa y yo somos muy presumidos, y nos gusta presumir de tu amistad.

No está este bloguero acostumbrado a tanta amabilidad y a tan abrumadora hospitalidad. En un paseo solitario por el maravilloso jardín que rodea a la casa de Andrade, pensaba que no envidiaba tanto el éxito de su amigo Carlos M. como, sobre todo, el afán por compartir sus resultados con quienes a él se acercan. En cierto modo, sólo es fiel a sus raíces. Nacido en Puentedeume, se ha empeñado en ser él mismo otro puente hacia territorios de afecto, placer y buena vida por el que pasamos tantos amigos para quedar después encantados y eternamente agradecidos.

Por cierto, que el post ha acabado siendo una viaje de la realidad a la amistad. En el próximo volveremos al dietario de verano.


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