Archivos para la Categoría 'Amigos en la red'

Sueños de un editor frustrado

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

La cosa es que la prima, que había sido siempre una mujer tímida y calladita, toda una vida dedicada a trabajar por los demás, con el mal dormir que dan los años se levantaba por la noche y se ponía a escribir. Nada pretencioso: reflexiones, pequeños poemas, pinceladas sueltas de su imaginación, cuentos mínimos y aleluyas piadosas al estilo de Las florecillas de San Francisco. Porque la prima, ya les digo, que de joven pintaba como para ennoviarse con ella, a fuerza de discreta plegó su alma sobre sí misma, se hizo asistente social y casi dio en la santidad.

El Duende, veinte años más joven, convivió con ella en la finca familiar que comprara el bisabuelo. Y comoquiera que aún siendo el más pequeño de su generación, era el único que escribía por afición,  fue el depositario de los escritos de la prima.

-A ver que te parecen –le dijo al entregárselos reflejando en su gesto la  esperanza en ser autora.

Los escritos de la prima eran justamente lo esperable de una prima de aquel tiempo. Respiraban ilusión y destilaban –oh sorpresa-el espíritu sensible de una mujer, que, contra todo lo que parecía, también se había enamorado alguna vez. El Duende convenció al resto de sus primos y a sus numerosos sobrinos de que aquellas páginas merecían un libro que, sin duda, a ella le encantaría recibir como regalo inesperado.

-Es muy fácil-se aventuró-Ahora en Internet hay webs como www.bubok.com que te permiten hacer tú mismo ediciones digitales cortitas y por cuatro perras.

Nunca lo dijera. Qué maldición, el hágaselo usted mismo, como el IKEA de las editoriales. Con María, que era la sobrina favorita, el Duende trabajó en la selección y corrección de los textos. E incluso escribió un prólogo en el que, cómo no, aparecía Audrey Hepburn y algunas otras de sus obsesiones recurrentes. Esta es la prueba:

Cuando yo era un niño, mi prima era una moza menuda, pero con una sonrisa coqueta y un par de esos encantos femeninos que a ningún chaval le pasan inadvertidos. Nunca entendí que Gregory Peck, por ejemplo, no apareciera un día por El Rincón a llevársela de paseo en la Vespa de Vacaciones en Roma. Sin embargo ella era demasiado tímida para estas aventuras. Y además, seguramente hubiera sido incapaz de quitarle el novio a Audrey Hepburn. Gracias a estas páginas que siguen uno sabe que, además de ser una magnífica persona, Mary pastoreaba las mismas ilusiones que cualquier jovencita de su tiempo. Entre que a Gregory seguramente se le averió la Vespa, y que ella pronto desvió su mirada hacia las necesidades de los demás, nos hemos perdido el gran sueño de la prima Mary.

Una tarde, María y el Duende se embarcaron en esa tarea tan fácil que es la autoedición en Internet. Ja. Claves, contraseñas, correo de vuelta, menúes que dicen que se abren y no se abren, pestañas abstrusas, infinitos campos por rellenar, lenguaje de  informáticos, mensajes ininteligibles para neuronas cerebrales talluditas, como ya son las suyas. Desesperación.  Fueron varias horas de este cálido verano para acabar rendidos como patatas al vapor. Y, constantemente, volver a releer el texto que se quiso, y no se pudo, subir a aquella web para que fuera convertido en libro.

Naturalmente, no se consiguió. El único logro del Duende fue advertir que, para el mucho cariño que tenía a la prima Mary, quizás el prólogo se había quedado cortito en el elogio. Así, pensó que además de a Gregory Peck en su Vespa, debía de haber incluído en la lista de pretendientes a Gary Cooper en su caballo de sheriff, a Charlton Heston en su cuadriga de Ben-Hur, a Steve Mac Queen en su moto de La gran evasión y a Robert Redford en su avioneta de Memorias de Africa.

Puede que aún lo haga. Sobre todo si algún alma alma caritativa o alguna mano joven despabilada se ofrece para ayudarle en esta tarea tan fácil que, según dicen, es la autoedición en Internet.

Los huevos rellenos y otros motivos de alegría

Aunque es la nmadre de los maravillosos huevos rellenos, hay que reconocer que  se parece al Franco de los años 40...

Aunque es la nmadre de los maravillosos huevos rellenos, hay que reconocer que se parece al Franco de los años 40...

Punto uno: hay momentos del sueño que oscilan entre la realidad y lo puramente onírico. Punto dos: uno cree que sueña más por la noche, pero el subconsciente sigue trabajando a la hora de la siesta. Punto tres: cada día tiene sus dolores, pero también sus alegrías. Punto cuatro: quién sabe cómo y con qué criterios se mezclan en el alma, y cuál acaba siendo su expresión. ¿Un ceño fruncido y un resoplido desesperanzado o, por el contrario, una sonrisa?

Ayer el Duende tenía motivos para la alegría. Lola advierte que el blog ha cumplido dos años. Si, sumados uno a uno los tropecientos posts colgados en la red éstos ofrecieran coherencia entre sí e irresistible interés para lectores de todas las edades, podríamos estar a novela y media de un fenómeno como el Millenium de Stieg Larsson. Hay  otros mundos, pero no están en éste, que no tiene nada que ver con ningún éxito literario. No por ello deja de ser una alegría.

Otra más. Alfonsina estaba contenta. El Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo le había acabado dando la razón a su padre. Su padre fue en vida magistrado del Tribunal Supremo. Y a ella quizá no le importe, sino todo lo contrario, que el Duende airee los motivos de su satisfacción, expresados en un correo que decía:

Para hacer un poco de memoria, los dos magistrados a los que tocó sucesivamente llamar a declarar a la mesa nacional de Herri Batasuna,  pidieron baja por depresión. Sabían que los batasunos no se presentarían y lo que venía después…

Padre aceptó, y fué cada día al supremo con dos muletas, una sonda y una bolsa. Aguantó amenazas de ETA, aparecer en todas las listas de las detenciones, y no pudo volver a salir sin escolta a la calle. Y aguantó también críticas de los ignorantes que desconocen en qué consiste un Estado de Derecho.

Firmaba, con razón, como una hija orgullosa.

O sea, tenía el Duende, como reconoce, motivos para sonreir. Y sin embargo, en la siesta, se le presentó una gallina. O al menos eso creía él. Nunca  ha tenido cariño especial por las gallinas. No por putas, como dice la metáfora popular para mal comparar. Sólo por bobas y poco simpáticas. Reconoce que le encanta el pollo al curry, a la cerveza, al ajillo y en casi todas sus variedades gastronómicas. Y considera que los huevos rellenos son en verano un plato insuperable. Sin embargo la gallina que le miraba desde los pies de la cama era especial: en realidad no se sabía si era una gallina o Franco en los años cuarenta. Franco, pancita de dictador blandengue, tenía  entonces silueta de gallina. Y con su nariz arqueada, como el pico del ave, y aquel gorrillo cuartelero que lucía en los sellos de su primera época –talmente una crestita ladeada- era exactamente eso: una gallina que quería amargarle la siesta.

-Dices maravillas de mis huevos-le reprochaba-y no protestas porque Gallardón me ha desposeído de todos mis honores madrileños…

Qué horror. Crisis económica,  Kaká y el Madrid como mantra y placebo, el termómetro a 35º, el desánimo inevitable y, como colofón, un Franco gallináceo y que se cebaba con el pobre Duende.

Se levantó sudoroso y obsesionado. Sólo le apetecía invitar a cenar huevos rellenos a Lola, a Alfonsina y a todos los amigos –y mayormente a las amigas- que se asoman por aquí.

Farrah Fawcet y Michael Jackson: “sic transit”…

Desde aquí, dice la tía Clota que se percibe menos lo efímero de la gloria terrenal...(foto de FREDERIC ALVAREZ)

Desde aquí, dice la tía Clota que se percibe menos lo efímero de la gloria terrenal...(foto de FREDERIC ALVAREZ)

Dice la tía Clota que Jerome, el hijo de Thelma, se ha negado a abrir la tienda de la gasolinera  de Tinmouth, Rutland County, Vermont (USA). Trabaja, o trabajaba ahí, No es otra consecuencia más de la virulenta crisis económica. Según interpreta Homper, el cartel que ha colgado en la puerta equivale a ese cerrado por defunción que antiguamente se colocaba en los pequeños comercios.

-Ha sido demasiado, sobrino-le aclaraba –En una misma semana mueren Farrah Fawcett y Michael Jackson. Y no sabes lo que eso puede significar para este pobre chico.

La tía Clota dice que Jerome no es precisamente un chico normal. Un chico, para la tía Clota, puede ser un hombre que no es de su edad. Y Jerome, que ya ha cumplido los cincuenta y pesa ciento veinte kilos, se ha distinguido siempre por esa vehemencia inocente que a veces distingue a los hijos del tío Sam. Quiso ser, sucesivamente, globetrotter, pastor evangelista, angel del infierno, pintor en Marruecos y novelista. La única novela que presentó a las editoriales se llamaba El guardián entre la cebada, que era exactamente igual que El guardián entre el centeno salvo el cambio de cereal, que a su juicio dotaba a su obra de una intención crítica muy digna de elogio. Los editores, tan cortos de miras, se la tiraron a la cabeza. En vista de lo cual Jerome se encerró en el garaje de la casa de sus padres y se pasó dos años tratando de inventar el sándwich del siglo, que era un sándwich de una pasta que fundía el sabor del hot dog con el de la Coca-Cola, y que debía ser servido envuelta en una servilleta con las barras y estrellas. Tampoco se encontró a sí mismo en este intento y abandonó sus experimentos. Luego se casó con una negra de Missouri, que le abandonó aduciendo que le engañaba: Jerome se iba a pescar y jamás traía ningún salmón. De nada sirvió que alegase en el tribunal que siempre iba a pescar fuera de temporada. La esposa de color de ébano le despidió de mala manera, porque estaba probado que le engañaba. De repente se vio solo, desesperado, y se hizo fetichista. Por las noches de verano, cuando ya había cerrado la tienda de la gasolinera, último puerto donde ancló su alma errática, miraba las estrellas y después de contar las cincuenta primeras, que reservaba para la bandera de su patria, sólo veía las caras de esas estrellas que redimen a los mortales de sus miserias.

-Pobrecillo-comentaba la tía Clota- Aún está en esa edad en la que crees que los ídolos populares te hacen mejor…Y claro, perder en una misma semana a una belleza como Farrah y a un artista como Michael Jackson…

A Homper le sorprendió la crudeza del análisis de la tía Clota. Recordó que a él también se le abrió el mundo bajo sus pies cuando murieron Pier Angeli y Audrey Hepburn.

-¿Sabes?-desvió la conversación-Me fui de viaje a ver unos amigos que viven en un pueblecito del sur de Francia …Me llamó la atención lo entrañable que era la plaza de su pueblo, y el interés con el que observaban a una pareja de mirlos que han anidado a sólo tres metros de su ventana…

-Eso es otra cosa –subrayó la tía Clota- Ver pasar la vida no es lo mismo que lamentar que sic transit gloria mundi.

Y se despidió porque, según dijo, el brownie que tenía en el horno se le estaba pasando.

Los amigos de Henry Miller y los míos

Henry Miller ligó mucho más, pero no tendría mejores amigos que los que tiene uno...

Henry Miller ligó mucho más, pero no tendría mejores amigos que los que tiene uno...

Hace años, después de haber descubierto la literatura más desinhibida de Henry Miller este Duende vio en una librería  un volumen del mismo autor que llevaba por título algo tan inocuo como Mis amigos. Lo compró y lo leyó con la misma fruición con la que su cándida mirada había perdido antes, gracias a aquel sátiro de la escritura,  su virginidad lectora. Por cierto, mucho menos enojoso este trámite que el de la pérdida de la otra.

Todos tendemos a generalizar a partir de una muestra. Quien haya leído los famosos Trópicos de Miller, sus Sexus y Plexus creerá que en su musa no todo el monte es orégano, sino el monte de Venus. Pero además de las escabrosas novelas que le dieron tanta fama, Miller dejó al menos dos obras que no tienen nada de turbulentas. Uno es un delicioso libro de viajes que se titula El coloso de Marusi. El otro es el que mencionaba al principio, una mirada aliñada de ternura, ironía  y contenida mala leche sobre sus amigos, espejo de esos americanos mitad cow boys mitad Tom Sawyer -la gorra, el café largo en el snack de carretera, el baseball, la mecedora en el porche de la casa de madera, la barbacoa, la pesca de la trucha, el pavo del Día de Acción de Gracias- con los que uno se ha familiarizado a través del cine y la literatura costumbrista.

Desde entonces siempre quiso el Duende escribir otro libro sobre sus amigos. Uno de los problemas por los que no lo hizo ya es la  elasticidad del vocablo amigo/amiga y amistad. En un país donde cualquiera te para por la calle para decirte amigo, ¿me das un cigarro?, y un menda al que sólo conociste en un viaje a Costa Rica te llama dos meses después para pedirte un favor claramente abusivo con el consabido ¿somos amigos, no?, no es fácil la diagnosis certera del amigo. Digamos que hay amigos de la infancia, del colegio, de la universidad,  de toda la vida, del trabajo, de la familia,  del alma, del blog. Amigos por afinidades electivas  -golf, caza, pesca, viajes, fútbol, teatro, cine,  toros, cofradías, aficiones, el veraneo. Amigos ocasionales. Y, muy importante, amigos de nosesabeporqué.

En cualquiera de estos epígrafes cabe una categoría de amistad que el Duende aprecia sobremanera, que es la del amigo al que jamás hay que darle explicaciones. Puedes no verle en meses, incluso en años. Puedes haber olvidado un pésame, un regalo, una felicitación, o una visita hospitalaria que sin duda merecía. Pero cuando te lo encuentras te abraza, te sonríe, comparte contigo los recuerdos que hilvanaron la amistad y se despide sin reproches por tus ausencias, sin pedirte nada y sin haberte dado la paliza.

A este grupo pertenecen mis amigos de hoy. Félix Bragado es el gracejo andaluz que mejor cuenta los chistes. Luis Felipe Castresana, jurista eminente, el discurso de la vehemencia crítica. Carlos Romero, más conocido como Oblato, que fue internacional de rugby -el más elegante, sin duda, siempre en su moto BMW con techo y luciendo un sombrero de Panamá- aporta su socarronería y su bonhomie. Luis Jiménez Guitard, su caudal de humanidad, que es grande y rebosante de coña marinera. Hay también el consabido Bradomín (le llamaré sólo Antoñito, para no ser indiscreto) que nos entretiene mucho contando cómo se puede seguir seduciendo a los sesenta y tres años. Ji, ji, menos lobos Caperucita. Un brillante empresario y expolítico llamado Eduardo dice lo que no podía decir en la poltrona, y entretiene mucho. También viene uno de los hombres más felices, que más calla, más ríe y mejor vive,  Juan Labaig. Y aparece de vez en cuando Santiago Pelayo, el más misterioso. Siendo el único soltero del grupo, y además funcionario, todos comprendemos que está demasiado ocupado…

Todos estamos convocados hoy a compartir un cocido. Lo cual, la verdad, le hace bastante feliz al Duende. Con tal motivo, siendo así que por ahora no ha cumplido como Henry Miller, y aunque el tema no sea de  interés general, sí quería dedicar a sus amigos una entrada en este blog.  Pues  vale, ¿no?

Obama le guiña un ojo a Alfonsina

Tranquila, Alfonsina. Todo irá mejor a partir de ahora...

Tranquila, Alfonsina. Todo irá mejor a partir de ahora...

Una vez al año disfrutaba viendo en directo el Concierto de Año Nuevo. Los valses de Strauss le encantaban. Y además los profesores de la Filarmónica de Viena, que por lo que dicen son habitualmente serios, juegan ese día a ser un poco como los payasos de la tele, y los espectadores, como niños. No hay nada más bonito que empezar el año viendo a una nube de turistas japoneses y americanos palmeando a ritmo de tres por cuatro. Da igual lo que esté pasando entretanto en Gaza o en Darfour, porque, como dice a menudo Homper bastante tiene uno con lo que tiene.

-Tranquila, mujer-le dice a su querida amiga Alfonsina-Esta tarde nos ponemos una meriendita de chocolate y vemos la toma de posesión de Obama, que es como lo de Viena, pero cada cuatro años. Y nos olvidamos de todo.

Homper, como es sabido,  se queda perplejo de que esas exaltaciones del furor colectivo sigan entusiasmando a la masa. Pero reconoce que al gran teatrillo del mundo y de la llamada civilización lo mantienen los que son ingenuos como niños. O sea, los que creen en la bondad intrínseca del género humano, los que respetan las leyes, los  que votan con fe, los que creen en la nobleza de los políticos y los que luego, por si las cosas fallan, se encomiendan a la poesía.

-De acuerdo -le dice Alfonsina sujetando el móvil con una mano mientras con la otra mete en el horno un plum-cake para la merienda- Obama es de los que no pueden decepcionar.

Según Alfonsina Obama se parece a un oficial americano uniformado que ilustraba una caja de galletas enorme que vendían en Germán Navas, Ultramarinos y Coloniales. Era un hombre alto, guapo y sonriente. Por sus piernas abiertas, larguísimas, trepaban niños y niñas que querían arrebatarle la caja de galletas que el apuesto galán mantenía en sus manos. No recuerda la marca, sólo la imagen, quizás impregnada del mismo espíritu iluso de Bienvenido Mister Marshall. Poco antes de que Afonsina entrara en el cole, por las escuelas aún se repartían botellines de leche. La ayuda americana a la España de Franco. Pero ahora es otra cosa, Obama es negro, como el tío Tom, como Martín Luther King como el rey Baltasar y como los angelitos del bolero de Machín. Y lo que el mundo espera de él es mucho más que lo que se le pediría a un blanco. Sustento para la moral colectiva y un milagro para la economía. Lo demás será una decepción.

-Porque ésto tiene arreglo, ¿verdad?-le dirá a Homper mientras desfilan los marines por la Avenida Pensilvania o mientras la diva de turno canta solemnemente ese América, América que emociona incluso  al puntillero de Las Ventas.

Quedará para más adelante la entrega de los Oscar de Hollyood, otro ritual obligado para el escapismo, y eso que este año ni Javier ni Pe van a vender una escoba. Pero entretanto Alfonsina tiene que seguir alimentando su esperanza. Es una mujer inteligente, con título universitario, habla tres o cuatro idiomas y además es guapa. Y encima, sin ser especialmente devota de Zapatero hasta hace caso al Merlín de la Moncloa. Ayer le ha escuchado sus sabios consejos económicos y, como él quiere, se ha lanzado a consumir lo normal: un par de huevos, harina, algo de levadura y los watios necesarios para hornear el plum-cake. Más no puede, porque, como tantos españoles, está en el paro.

Pero mañana, después de que Barak Obama se siente en el despacho oval de la Casa Blanca, será otro día.

Año nuevo junto al alcornoque más viejo

Qué pequeño se ve uno junto a ese coloso que es el tiempo...

Qué pequeño se ve uno junto a ese coloso que es el tiempo...

Fíjate -le decían a aquel pobre niño el día de Nochevieja- Hoy verás por la calle a un hombre con trescientos sesenta y cinco narices, trescientos sesenta y cinco bocas, trescientas sesenta y cinco ojos…

Y así de todo. Trescientos sesenta y cinco manos, pies, brazos, cabezas…Y el chico era tan ingenuo que se lo creía. El Año Viejo era un anciano monstruoso y multiorgánico que salía a la calle para despedirse. Pero qué casualidad, cuando los hermanos mayores señalaban a una esquina y gritaban mírale, ahí está, y él volvía la cabeza para echarle un ojo, el monstruo se había escondido. No había manera de verle, imposible…Tampoco al Año Nuevo, que era un bebé tierno y sonrosado. Ni al Ratoncito Pérez. Puaff, puaff…Uno empezaba a sospechar que en la mitología de los niños había gato encerrado.

Y, lamentablemente, la había.

Desapareció el monstruo y uno entendió rápidamente que el día 1 de enero es exactamente igual que el 31 de diciembre anterior, pero con más resaca, más legañas y más deseos de dormir la mona. No había cambiado nada alrededor, y nuestras vidas eran las mismas, porque aunque corren los años casi nunca pasa nada, y lo que sucede en el transcurso de doce campanadas es un pasar discreto que no llama la atención. Años más tarde, en su primer viaje a Londres, el Duende se llegó a la colina por donde alguien marcó en el suelo la línea del meridiano de Greenwich, y creyendo que iba a hacer historia plantó un pie en el este y otro en el oeste. Ni un sístole arrebatado en el corazón ni una cosquillita especial en la entrepierna. Como cuando en la frontera de Tuy pisó al mismo tiempo Portugal y España. Nos marcamos artificialmente cortes mágicos en la realidad, como si fuera posible pasar de sapo a príncipe en un pispás o vernos listos, altos y ricos por un viaje astral a otro lugar del mundo donde todo lo soñado es posible. Y luego resulta que no. Ya lo advertía Segismundo encadenado: la vida es sueño, pero los sueños, sueños son.

Todo eso le rondaba al Duende momentos antes de las doce campanadas de Nochevieja. No era producto del desencanto, sino de la maceración de conocimientos y de pensamientos que es privilegio de la edad. Por eso, lejos de los petardos y los fuegos de artificio, saltó de un año a otro con los que quizás podrían considerarse sus amigos más tranquilos, Ramón y Ana de Miguel y José Pedro y Teresa Sebastián de Erice. Les habían acogido los primeros en su casa de campo extremeña, en medio de un encinar cuyo silencio sólo se rompe en estas fechas por el lejano grito de las grullas que hibernan en la contornada. Tanto Ramón como Jose Pedro son diplomáticos, y los cuatro se han pasado media vida viajando. Y tienen claro lo que Paul Éluard consagró en uno de los versos más citados: hay otros mundos, pero están en éste. A una edad, uno lleva ya para siempre su propio mundo en la mochila del alma.

Al día siguiente dieron un paseo y se retrataron junto al que según algunos es el alcornoque más grande de España, justo en la raya de Castilla la Mancha con Extremadura. Ahí, al pie de un majadal, mutilado por los años y por el abandono de todos, se yergue este coloso varias veces centenario. Él nos volvió a recordar que el tiempo es relativo, y que, aunque sigamos acariciando la quimera, tampoco es seguro que 2009 traiga la felicidad absoluta. Así y todo, feliz lo que sea al que nos lea.

Otros gordos de Navidad

Hay otros gordos que, felizmente, tocan...

Hay otros gordos que, felizmente, tocan...

Fue un día de la Lotería de Navidad, o sea un día espléndido de hace no menos de veinte años. El brandy de tal nombre patrocinaba el sorteo en la SER, que, como todas las emisoras, considera que la cantinela de los Niños de san Ildefonso es esencial. Todas las radios cultivan esta costumbre, que en la opinión del que suscribe, completa las tres horas más aburridas del año. Sólo hay otro momento más absurdo, igualmente retransmitido por todas las emisoras, que es la retransmisión de los encierros de San Fermín. Pero las audiencias mandan.

Alguien de la agencia de publicidad de Espléndido conocía al Duende, que entonces no era ni duende ni ná de ná. Le sentaron al lado de Iñaki Gabilondo para que, entre tabla y tabla, y en los contados minutos en los que el presentador calla, dejara caer sus comentarios. Pellizcos, bocadillos, chascarrillos, chorradicas. Tópico tras tópico. A pesar de todo, al ya famoso presentador le debieron de convencer, porque luego le ofreció al Duende su primer contrato radiofónico. Al final de la jornada todos decíamos lo de siempre: la mejor lotería es el trabajo. Quién nos iba a decir que en 2008 eso está más cerca de la verdad que de la frase hecha.

Como es sabido el Duende tiene una prima lotera, a la que desea que reparta el Gordo. Y, aunque jamás cató uno, comprende y justifica la alegría de los premios. Pero no puede resistir lo que los medios de información han hecho de este día. Año tras año los mismos lugares comunes. La administración que lo repartió, la peña que lo compró, el inevitable bar donde corren ríos de cava, la señora que ayudará a sus hijos, la pareja que pagará su hipoteca, los novios que se casarán a lo grande. Y la cantinela de los Niños de San Ildefonso al fondo. Casi prefiere aguantar al completo una ronda de la tuna.

Es probable que no le toque el Gordo. Y lógico: si nunca le cayó una desgracia…¿por qué iba esperar tanta gracia? Aparte de que el premio ya le fue comunicado dos días antes. Su amigo, el gran Félix, pasará las vacaciones en los Pirineos con su mujer, sus hijos y el nieto incluído. Y hasta se pondrá los eskíes. Los médicos le han dicho que ha vencido a la enfermedad. Velay por qué tiene tan poca importancia que el Gordo se olvide de uno.

Reyes magos, pero no ilógicos

¿Cómo se conciben unos Reyes Magos sin camellos?

¿Cómo se conciben unos Reyes Magos sin camellos?

-¿Qué han hecho los años con mi cabeza?-me preguntaba Homper desesperado-Yo, que gané en tiempos mi oposición de secretario de ayuntamiento. Yo, un hombre tan ordenado que sabía donde guardaba hasta las ballenas del cuello de mis camisas. Yo, que metía el recordatorio de la primera comunión de mi prima Adela en un tomo de los Episodios Nacionales y registraba en la memoria si era en la batalla de los Arapiles o en Napoleón en Chamartín. Yo, que me acordaba de la fecha de la Conspiración de la Pólvora y de la batalla de las Navas de Tolosa y recitaba de corrido las alineaciones del Oviedo y el Las Palmas en la temporada de 1961…

Adivinaba el Duende que el lamento obedecía a una nueva fechoría de las neuronas cerebrales. La última perplejidad de Homper, nada halagüeña, por cierto, fe provocada por su buen sentido ciudadano. Quiso deshacerse de una de esas antenas cornadas que se ponían antaño a los viejos televisores, otro trasto más que rondaba por casa, y se dirigió paseando al Punto Limpio más cercano. Al salir de casa llovía mansamente, por lo que llevó el paraguas. A mitad de camino, dejó de llover. Estos enclaves que ha instalado el Ayuntamiento de Madrid serán muy limpios, pero están lejos. Homper no obstante se llegó hasta él y cumplió su objetivo. Mejor dicho, creyó cumplirlo. Se dio cuenta de que no lo hizo del todo bien cuando volvió a chispear. Entonces advirtió perplejo que, mientras en sus manos aún llevaba la antena, había abandonado el paraguas en el punto limpio.

-Despistes tontos -le dije para consolarle- Pequeñas averías de la edad. A todos nos pasa…Según los neurólogos, nada importante…

-No, si a mí no me importaba perder el paraguas -replicó- Pero es que estoy perdiendo el sentido de la lógica…¡Yo, que era puro cartesianismo!…

Había algo en su tono que presagiaba un dolor mayor. Y cuando esperaba que de un momento a otro me contara un drama provocado por sus ausencias mentales, me relató, cómo no, otro cuento de Reyes que empezaba como La divina comedia.

-Nel mezzo dil cammin di la nostra vita…-declamó solemne-…Yo tuve que abordar mis primeras navidades en solitario. Siempre ponía nacimiento, pero ahora apenas tenía sitio en casa. Compré el misterio, un pastor con tres ovejas y, para que ocuparan menos sitio, tres reyes magos de a pie, en actitud orante. Así le canté villancicos tres años. Pero al cuarto caí en que unos reyes magos sin camellos son como tres paisanos cualesquiera. Había montado el belén sobre un diminuto velador de cincuenta centímetros de diámetro. Era prácticamente una montaña de papel kraft embadurnada de engrudo sobre el que había sacudido musgo viejo, una Galilea perfecta. En el hueco de la base de la montaña, con una luz zenital, el pesebre. Y por delante de éste, apenas un palmo de terreno cubierto por la mejor arena del desierto, que es el pan rallado, con los magos de infantería y el pastor con su ganado. No puede ser, no puede ser, me decía. Por coherencia con la tradición, necesito unos reyes magos con camello…Pero ¿dónde los meto? Me lancé a la Plaza Mayor y encontré unos diminutos…Y pensé que, encima de la montaña, silueteados sobre una luz crepuscular que podía instalar tras ésta, quedarían sencillamente espléndidos. Y así fue: los compré, los clavé en su sitio y creí que ya había triunfado. Hasta que….

Se hizo un silencio plomizo que, después de unos titubeos, él mismo rompió.

-Hasta que caí en la cuenta de que no podían estar al mismo tiempo cabalgando por el horizonte y postrados a los pies del Niño. Es ilógico. Eran magos, pero seguro que no tanto.

-¿Y qué, y qué?-pregunté angustiado.

-Nada, he tenido que retirar los reyes de a pie hasta el seis de enero, que sustituirán a los nuevos…Y entretanto, a ver donde pongo a los cesantes y cómo relleno el claro que se me ha quedado ante el portal…Un sinvivir, ya te digo…¡Y que a un hombre tan racional como yo se le escapen estos detalles!

No era el único suceso del que podía tratar hoy el blog. Pero entiendo tan bien al pobre Homper…

25 razones para sonreir en Navidad

sonreir-en-navidad

No sabe si es por el obsesivo imperio de la razón o por su tufo cristiano. Pero de un tiempo a esta parte, se ha puesto tan de moda denigrar la Navidad que ha creído oportuno iniciar un alegato en su defensa. Estas son las primeras veinticinco razones por las que el Duende la va a recibir tan contento.

Porque en este tiempo las noches son más largas y así se ven más luces.

Porque hace frío, y apetece arrebujarse en la cama, dormir y soñar.

Porque le cae bien el Mesías, y si no fuera cierta su historia estaría bien traída.

Porque alguien volverá a recordar a Dickens y a su Mister Scroodge.

Porque darán por la tele ¡Qué bello es vivir!

Porque se encienden las chimeneas, y las volutas de humo dibujan ángeles en el cielo.

Porque vuelve a olfatear el corcho y el musgo.

Porque se acuerda de una lavandera que era la figura más guapa de su nacimiento.

Porque damos importancia a los pastores, que se pasan la vida apacentando soledades.

Porque mira los escaparates y de cada uno de ellos fabrica un sueño.

Porque se junta con sus hermanos, y las cenas de Navidad siempre acaban pareciendo   películas de Woody Allen.

Porque pasan los años y aún se le humedecen los ojos cuando escucha el villancico de Los campanilleros.

Porque se han vuelto a poner de moda los polvorones.

Porque si el niño Jesús tiene fiebre, está el nieto de  sus amigos Félix y Begoña para la suplencia.

Porque las mujeres se ponen muy guapas para las fiestas.

Porque a alguien le va a caer el Gordo.

Porque le encanta el aroma de pavo asado con oporto que inunda la casa la tarde de nochebuena.

Porque, aunque se le fueron hace años, los padres y el hermano Carlos  siempre vuelven a casa por Navidad.

Porque ha nevado.

Porque Bing Crosby cantará Navidades blancas sin que  este año sea un cuento chino.

Porque, aunque cueste creerlo, en Navidad resplandece mucha buena gente.

Porque sigue buscando con ilusión la estrella de Oriente.

Porque tiene tres reyes magos y cuatro nietas mágicas.

Porque, si tiembla el Misterio, es de la emoción…

(Puenden continuarlo ad libitum los lectores)

Los paraguas son como la falsa moneda

(Foto de wheat in your hair)

-¿Ves? -le dijo al Duende su abuela Mercedes mientras le mostraba un lapicero con su capucha de metal- Me lo regaló el tío Augusto.

Lo único notable de esa observación es que el tío Augusto había muerto veinte años antes. Y que ese lápiz no era un portaminas, entonces objeto de escritorio realmente apreciable. Sino un Joan Sindel de esos cuyo olor impregnaba las papelerías antiguas. Entonces las cosas se hacían para durar. Aunque quizás no tanto como el lápiz, ya menguado por los años, que guardaba la abuela Mercedes como una reliquia.

La economía era antaño de tan buen conformar que no necesitaba fagocitar algo en uso para sustituirlo por un nuevo artículo. Entonces no se hablaba de la milonga esa que los vendedores llaman obsolescencia. Un reloj, una estilográfica y una máquina de coser eran para toda una vida.

Esas fidelidades marcaron a varias generaciones. Algunas de ellas hemos tolerado mal la cultura del usar y tirar, y hemos mantenido una larga relación con objetos como nuestro reloj de pulsera, nuestro transistor, nuestra maquinilla de afeitar eléctrica o aquella linterna de petaca que usaban los acomodadores de cine de la época y que alguien nos regaló el día de nuestra primera comunión. Pero aún con esa educación austera, pocos habrán mantenido consigo el mismo paraguas por muchos años.

El problema filosófico es saber quién es más infiel, si el paraguas que despista a su dueño o éste que lo olvida en cualquier paragüero. Aunque el resultado es siempre el mismo: todo el mundo, por cuidadoso que sea, pierde paraguas. Y a menudo usa como suyo uno que apareció en su casa, nunca fue reclamado por nadie y acaba siendo como esos amores que entran y salen en la vida de cada quisque sin avisar.

Tal vez, por no luchar contra los designios del destino y no quebrantar el derecho a la propiedad de nadie, debíamos de aceptar que cuando compramos un paraguas nuevo estamos haciendo una aportación a la comunidad. Un objeto que pasará de mano en mano, como el famoso regalo de boda del cuento de Chejov, y que tal vez, con el tiempo, acabe regresando a la de su legítimo propietario. Los alpinistas antiguos clavaban en su bastón unas chapitas con los nombres de los picos coronados con su ayuda. Algo parecido debíamos debíamos hacer con los paraguas. Por ejemplo, grabar nuestro nombre y la fecha en que lo abrimos por primera vez. Así, el siguiente propietario nunca pasearía solo bajo la lluvia.

Por cierto, el arquitecto Aguayo, que con otro nombre deja comentarios frecuentes en este blog, dice que se dejó el otro día un paraguas en la casa del Duende. Qué pena que sea el puño de aluminio, y no haya grabado en él su nombre para identificarlo. Pero tranquilo, que el paraguas es como la falsa moneda: de mano en mano va, y ninguno se lo queda. Quién sabe si en unos años, y después de muchos chaparrones, acaba volviendo a casa.

¿Saben que Moratinos también tiene blog?

Miguel Angel Moratinos no se limita a ser ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación. Se ha dado cuenta de que Internet es un escenario ideal para proyectar su lado humano, y ha estrenado un blog. Otro que le va a robar lectores al Duende. Del ministro sus críticos no cuentan precisamente lindezas diplomáticas, pero todos los que le conocen dicen sin embargo que es un hombre bondadoso, muy trabajador  y bien intencionado. También es famoso por su fino paladar y por su afición a los vinos de Burdeos. Lo proclamó en una entrevista con una inocencia impropia de su cargo y los bodegueros españoles se molestaron mucho. Cuánta susceptibilidad, Señor.

Al ministro Moratinos se le suponen muy firmes creencias, y una considerable dosis de voluntarismo humanista. Por ejemplo, está convencido  de que nuestra política exterior es la que más le conviene a España en función de su propia historia y de su posición geoestratégica. También cree en el Atlético de Madrid, algo quizás más sólido y trascendente que lo anterior.  El Duende  le aprecia casi más como forofo rojiblanco que como versión actualizada de Metternich.. Le tenía una gran simpatía cuando se batió el cobre como representante de la Unión Europea para el proceso de paz en Oriente Medio, pero recién nombrado ministro se atrevió a imitarle en su presencia en un acto público -es verdad que sin malas intenciones- y parece que la broma no le gustó demasiado. Al Duende también le molesta molestar, así que desde entonces cada vez que ve por televisión su  mofletudo rostro de cumulonimbo, se siente señalado por el dedo acusador del ministro ofendido. Es natural, pero él debe saber que los duendes no tienen por qué ser diplomáticos.

Ha huroneado el Duende en el blog del señor ministro y se ha quedado muy agradablemente sorprendido. No sólo con su diagramación, sino por lo muy variado de sus contenidos. Don Curro no sólo sube posts breves, pero muy claros, sobre aspectos de su labor al frente del ministerio. Sino que habla de sus viajes, de su música preferida, de sus libros favoritos y hasta da algunas recetas de cocina. Con el ministro le pasa a uno lo que con César Vidal, ese hombre orquesta con gafas de empollón  que, mientras flagela al gobierno desde la COPE, escribe libros a dos manos, publica novelas históricas cada diez minutos, acumula premios literarios y hasta tiene tiempo de hacer en la radio una muy sesuda crítica de música pop. ¿De dónde sacan el tiempo para todo lo que hacen o todo lo que dicen que hacen?

El caso es que hoy se asomó al Duende al blog de Moratinos y le extrañó no encontrar ningún post tratando de convencer Bush de que no sea tan borde y tenga la amabilidad de invitar a España a la cumbre económica del 19 de noviembre en Washington. Y es una pena, porque con lo simple que dicen que es el yankee, seguro que las justas palabras del ministro le convencían. El Duende, que es tan ignorante o más que Bush, no ha levitado ante la Alianza de Civilizaciones, cierto. Pero sin embargo ha leído la receta de tartar  de atún rojo de almadraba que propone don Miguel Angel y mañana se acercará a la pescadería y comprará cuarto y mitad de delicias de Moratinos. Para que luego digan que nuestro ministro no tiene crédito.

Maleni abre el camino a Braulio

No le gusta al Duende destacar las torpezas expresivas de nadie. Bastantes sarpullidos habrán ocasionado sus diabluras radiofónicas a lo largo de tantos años. Además, quién no ha metido la pata alguna vez hablando o por escrito. Lo que ocurre es que a un miembro del gobierno presidido por un Scaramouche del verbo florido como Zapatero se le debe exigir que, como poco, se exprese bien.

No es éste el caso de Magdalena Álvarez , cosa rara en una mujer que ganó una oposición muy seria -es inspectora de Hacienda- y habrá apechugado con discursos comprometidos en los múltiples cargos importantes que ha desempeñado. La ahora ministra de Fomento puede ser: competente, trabajadora, lista, e incluso eficaz. Pero aún a riesgo de subir al patíbulo de los acusados por la opinión pública como reo de machismo, este Duende se atreve a decir que lo que es propiamente tino, gracia y finura oratoria, no lo tiene.

Nuestra amiga Alfonsina ha atrapado en el cazamariposas de la red una intervención suya especialmente pintoresca sobre la que pide un comentario en el blog. Como el Duende ha metido tantas patas, al mismo tiempo que se solidariza con ella -con la ministra, a despecho de que se nos mosquee Alfonsina- omite cualquier otro adjetivo descalificador. Más bien al contrario, la felicita efusivamente por ser el suyo un discurso claro y decidido a favor de la igualdad.

¿De qué se ocupa el ministerio de Fomento? Como diría el inefable amigo Braulio, mayormente de las infraestructuras, el transporte y toas las chapuzas que pide el pogreso. ¿Qué es el Acelerador de Partículas que la semana pasada se estrenó? Mayormente pogreso. ¿Quién lo explicó en la tele (Mobuzztv) con claridad, autoridad tecnológica y, sobre todo, precisión y elegancia expresiva sólo comparable a la de Magdalena Álvarez? El propio Braulio. Sin embargo…¿qué cargo ocupa esta buena mujer? Ministra del gobierno. ¿Y Braulio? Ninguno: es un maestro chapuzante free lancer.

Conclusión: lo de Maleni es una proclama decisiva a favor de la igualdad por la que tanto se desvive el gobierno. Si gobernar hoy es, sobre todo, saber comunicar, Braulio se explica al menos tan bien como la ministra de Fomento. ¿Para cuándo su entrada en el gabinete?

Más diseños “de espaldas al pueblo”

(Foto de marceljanus)

La queja del muy honorable marqués de Betanzos demostraba que la sangre azul no exime de las servidumbres que padecemos el resto de los mortales.

-Dígalo en su blog, apreciado Duende-el señor marqués siempre se expresa con los modales propios de la nobleza- O los fabricantes de teléfonos móviles son necios, o los que diseñan los automóviles modernos son unos ignorantes.

El señor marqués acercó su mano derecha a la cara del Duende. Terribles desolladuras afeaban la mano que  otrora, con mimo no exento de coquetería, cuidaba Dori, la manicura.

-Y esto es lo de menos-se quejaba- No es que a uno le importe el dinero, quiá. Pero estaba hablando con mi socio en Australia sobre la posibilidad de poner una granja de avestruces en mis propiedades del Barco de Valdeorras, y hasta que un prestidigitador con una ganzúa robotizada no pudo enganchar el terminal, el contador corrió implacable.

Los autos -y nunca mejor dicho- se desarrollaron así. Sonó el teléfono. El señor marqués, conductor responsable, detuvo el coche en el primer hueco que encontró en la calle, y sólo atendió la llamada para decir  que no podía hablar. En ese momento se deslizó el aparato de su mano, quedando medio atrapado entre la caja de cambios y el costado del asiento. En un primer momento cantó victoria: estuvo a punto de sujetarlo con las yemas. Pero se le escurrió nuevamente y aunque luchó lo indecible por  salvarlo del descenso a los infiernos, fracasó en su intento. No había cristano que sacara aquéllo.

Salió del coche, se quitó la chaqueta del traje oscuro de raya diplomática con el que se dirigía al cocktail que la embajada de Suecia celebraba su fiesta nacional, abrió la puerta de atrás, apoyó su barriga sobre la banqueta del asiento trasero, buceó en los bajos del asiento del conductor, alargó la mano para tratar de llegar al objeto perdido. Inútil. Entre el teléfono móvil y su mano, tan desesperada como la de los náufragos del Medusa, se interponían el regulador de inclinación del respaldo, la palanca que sube y baja la banqueta, una funda de gafas de aluminio perdida desde hacía meses en la misma sima, dos estuches de pastillas de eucaliptus y un cartucho donde la señora marquesa guardaba las agujas con las que hacía ganchillo en los viajes a Galicia.

Lo peor, con todo, no fue eso. Unas marujas escucharon los gritos desesperados -en correcto inglés, eso sí- del señor marqués implorando a su socio que colgara para no arruinarle. Y mientras veían su noble trasero en postura tan inadecuada para la vía pública, sacaron sus propias conclusiones.

-Pobrecillo…Y parece que es gente muy principal.

-Ya ves tú-dijo la otra- Igual es el endocrinólogo de María Teresa Campos, que se ha vuelto loco del todo.

Y todo por chorradas de espaldas al pueblo. Teléfonos móviles sin garfios de sujeción para caídas  inoportunas y huecos inaccesibles para desesperación del automovilista. En qué estarán pensando los genios del diseño.

Qumram y la interpretación de la historia

La historia es una novela sujeta a la interpretación de algunos signos dudosamente fiables. En el último tercio del  pasado siglo el conde de Pinofiel rehabilitó un ala de su castillo roído por tiempo. El castillo se levantaba en la zona más suroeste de lo que entonces era Castilla la Vieja. Antes de colocar la primera piedra de la torre del homenaje encerró herméticamente en una caja de plomo algunos objetos curiosos: treinta monedas turcas con la efigie de Ataturk envueltas en una página de Camino, el libro de san Josemaría Escrivá de Balaguer, una liga de encaje negro anudando un sobre del Banco Vitalicio que contenía un mechón de cabello rubio, una reproducción de la famosa foto de calendario de Marilyn Monroe desnuda sobre una tela roja y una receta en sueco del pastel de zanahoria y nueces. Además introdujo una flor de edelwais seca y el fósil de un erizo de mar. Debidamente sellada y lacrada emparedó la caja en un hueco del muro mientras desafiaba al futuro. Me descojonaré desde el más allá-  dijo solemnemente antes de aplicar él mismo una paletada de mortero- el día que los arqueólogos y los historiadores interpreten este hallazgo. Y soltó una sonora carcajada para rubricar su travesura.

Se dató la época del año en que murió Tutankamón  por los restos de unas semillas que se colaron en su sarcófago. Ahora por unas muelas halladas en Newcastle  concluyen unos científicos que el hombre de Neandterhal no era tan bruto como lo pintábamos. Y el Duende, como el citado conde, se frota las manos imaginando los delirios historicistas que provocará el sorprendente contenido de la caja de plomo.

Uno supone que el deber del filósofo es buscar el por qué de todo. Pero la historia probablemente tiene muchas más razones que la razón también desconoce. Un ejemplo es un  amigo del Duende con ideas originales. Se trata de un castellano de nuestro tiempo, de origen humilde y sin estudios, que consiguió abrirse camino en la vida a base de trabajo y fino instinto de creador de empresas. A los cincuenta y tres años, después de haber vendido algunas ellas, había acumulado la fortuna suficiente como para retirarse en su pueblo natal. En todo ese tiempo había aprendido  de los libros como autodidacta lo que no le enseñó la escuela. Y entre esos saberes, precisamente, el propio conocimiento del libro y el deleite del bibliófilo. Su casa en la plaza de Peñafiel tiene tres pisos. Uno de ellos es para su despacho, otro para él, su perro y su gato. Y el tercero, acaso el más grande, para su formidable colección de libros. Jesús Solís posee además un pinar por el que pasea todos los días con sus animalitos de compañía, y una bodega de Ribera del Duero que produce un tinto que por la hondura y la calidad de su recio bouquet merecería aparecer en un bodegón de Velázquez.

 La gracia de esta historia es que el tinto de Jesús  se embotella con el enigmático nombre de Qumram.  Así se llama la aldea de Judea, a orillas del mar Muerto, donde en 1947 se descubrieron los novecientos rollos que contienen los documentos más antiguos que se conocen del Antiguo Testamento. En una descabellada hipótesis de futuro podemos imaginar a los sabios del siglo cuarenta y cinco de nuestra era interpretando el hallazgo de una de estas botellas en los sedimentos de un antiguo río desecado en el corazón de la Península Ibérica. ¿Fue Valladolid una provincia de Israel? ¿Pasaba el Jordán por donde hoy fluye el Duero?  ¿Fueron Isaías, Ismael, Samuel y Melquisedech finos sommeliers antes de convertirse en profetas? ¿Se escribieron algunos versículos bajo el influjo de Baco?

 Los que estamos en el secreto contemplaremos el despelote interpretativo con la misma guasa del travieso conde de Pinofiel. Ningún investigador podrá imaginar entonces que Qumram -la meca de los bibliófilos- encarna el sueño de un hombre que logró lo que todos soñamos y casi nadie consigue: retirarse a tiempo para disfrutar lo mejor de  la vida. Algo sorprendente en hombre sin cultura que, a la postre,  ha acabado siendo el más sabios de todos los sabios que uno ha conocido.

¿Cebollas sentimentales?

Después de pagar sus impuestos, ayudar a la anciana del quinto a cambiar la botella de butano, enviar una carta de pésame al frutero de la esquina por la muerte de su hermana y llevar a su perrita al veterinario para que le sacara un espiga que no se sabe cómo se le había alojado en lo más profundo de uno de sus pabellnes auriculares, se sentía libre de toda obligación moral. Como no fuera la de ser  cariñoso consigo mismo.

 Hacía treinta y cinco años que no se había dado el gusto de pasear por los jardines de Aranjuez. Cuarenta años que no comía pipas de girasol en el cine mientras veía una película de la Hammer Films -siempre protagonizadas por Peter Cushing y por Christopher Lee. Sólo se acordaba de haber visto el arco iris una vez en su vida, y casualmente mientras acompañaba a su padre al médico de Mondoñedo para que administrara un Urbason. Mal panorama, cuando un cólico nefrítico te sorprende de viaje. ¿Para qué sirve un arco iris en esos casos? Otros placeres de la vida, cierto, no quedaban tan lejos. Hacía seis años que había escuchado en directo a Dulce Pontes cantando fados, tres años  que le había dado masajes en la espalda una haitiana preciosa que luego resultó ser de Salamanca, dos años y medio que extrajo de su espalda una espinilla del tamaño de un alcaparrón y tan sólo un año que estrenó  calcetines de hilo de Escocia, de los bien largos,  durante dos semanas seguidas. Ese había sido su último exceso reconocible. No por el tacto de los calcetines, que él era austero y poco dado a los regalos corporales, sino porque la mercera que se los vendía era un encanto, y cada día que se los envolvía cerrando el paquete con una etiqueta dorada de Mercería Galíndez- Novedades, le sonreía un poco más pícara, y advertida o inadvertidamente enseñaba más escote.

 La historia de amor del ciudadano sensible no llegó mucho más lejos. Cuando ya había agotado las existencias de calcetines de su número y  le molestaban las ampollaslas  producidas por las  arrugas de los del 43, que le venían sobrados,  ella le comunicó, radiante de alegría, que ese viernes era su último día de mercería. Al día siguiente se casaba con un piloto argentino.

 Así que aquella noche en la que necesitaba homenajear a su autoestima, tras comprobar que la tortilla de patata que le habían dejado para cenar estaba reseca y ver en el telediario los desastres nuestros de cada día, se puso a picar cebolla para una salsa casera que aliviara la desmañada pitanza. Las novedades eran de color cárdeno: hundimiento de la bolsa, ruina del sector inmobiliario, desesperación de millones de ciudadanos atrapados por su hipoteca, guardias de seguridad tiroteados  en un atraco, terroristas libres alojándose en el mismo edificio que sus víctimas, más pateras transportando muertos, más hombres asesinando a sus parejas..Miraba a su entorno inmediato para consolarse. Y se enteraba de que nuevos amigos, del mismo modo que recientemente lo habían hecho famosos como Paul Newman o Eduard Punset, se confesaban también enfrentados al cáncer.

 Gruesos lagrimones se le caían al ciudadano sensible. Quiso creer que no eran reacciones del lacrimal a los gases que desprende la cebolla cuando se la corta, sino simple dolor del alma. Pero no estaba tan seguro de eso: a fuer de desvaríos quizás se le había acorchado el sentimiento. Menos mal que la tortilla, eso sí, quedó de rechupete.

Entradas siguientes »


Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Podcast:

Escucha La Carcajoda, con Capitán

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 446,173 hits