Archive for the 'Amigos en la red' Category

Otra ilusión pendiente

De repente, un antiguo amigo  reaparece para animarte y para invitarte a Sevilla, y crees que esa ilusión va a ser tu mejor terapia...

De repente, un antiguo amigo reaparece para animarte y para invitarte a Sevilla, y crees que esa ilusión va a ser tu mejor terapia…

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Dicen que cada siete años se renuevan las células del cuerpo humano. ¿Cómo podemos seguir siendo los mismos al cabo de medio siglo? Desde que te enteraste de ello se te han renovado las tuyas no menos de siete veces. Lástima que algunas de las últimas mutaciones no dieran el mejor resultado.

Da igual, algunas cosas no cambian. Hace cincuenta años tú acababas de descubrir a Ramón Gómez de la Serna. Sobre una de las guardas finales de su Automoribundia, un ejemplar encuadernado en cartón amarillo que conservaba tu padre como un tesoro, éste había escrito a mano: es el mejor libro que he leído en mi vida. Tú discrepabas con tu padre en muchos asuntos, pero no en su admiración por Ramón. Leíste su autobiografía, irónicamente titulada a la contra, con apasionamiento y admiración. De aquel tipo original y un punto gamberro, capaz de escribir greguerías tan geniales como la dedicada al seltz, agua con agujeritos que sabe a pie dormido, y de convertir el torreón de la calle Velázquez, donde vivía, en un museo de curiosidades y objetos fascinantes entre los que se encontraba una muñeca de cera de tamaño natural, envidiabas su audacia, su ingenio y su poesía traviesa

-Trueno: –decía otra de sus greguerías- Caída de un baúl por las escaleras del cielo.

A veces la inspiración se disfraza de broma.

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Algo parecido al refugio de Ramón con sus hallazgos del Rastro madrileño encontraste muchos años después en la casa de Pablo Neruda en Isla Negra, repleta de juguetes, cerámicas pintorescas, artes de pesca y mascarones de proa de antiguos navíos que flotaban por los salones como golondrinas varadas. La casa, rodeada de rocas contra las que rompían las olas del Pacífico, era un lugar para pasar unas vacaciones escribiendo o pintando, o para suicidarse en plan teatral. A ti el chileno, elegante poeta, te caía más bien antipático por su sinuoso pasado, y te parecía incluso cargante cuando le escuchabas declamar sus propios poemas con esa voz gangosa de pavo con vegetaciones que quiere enfatizar su lírica arrastrando los versos. En cambio Ramón se te antojaba un tipo simpático, surrealista y nada pretencioso, con sus patillas de hampón un poco paleto, su pipa y su traje de banquero de provincias, tal como aparece en La tertulia del café Pombo. Era un gran amante del circo. Un día impartió una de sus conferencias desde lo alto de un trapecio, y otro encaramado a lomos de un elefante, y él mismo se tituló Cronista del circo, título menor con el que posiblemente quisiera disimular su descomunal talento.

Cuando descubriste a Gómez de la Serna, no eras el mismo que ahora. Afortunadamente, Eras siete generaciones de células más joven, lo que quiere decir más inocente, más sano, más soñador, más juguetón y más impresionable. Pensabas que ser ligeramente ramoniano, aunque sólo fuera un poquito, era una forma de no pasar por la vida como una ameba irrelevante.

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Un día te regalaron dos entradas para una sesión nocturna en el viejo Circo Price. No debieron de mostrar gran interés ninguno de tus hermanos en acompañarte, y tampoco te atreviste a decírselo a la chica que te gustaba.

-¿Ir al circo por la noche? –temiste que te dijera ella -Ya no tenemos edad para esas cosas.

Y acabaste ofreciendo la entrada a un compañero de primero de derecho que conocías poco de las aulas –no las frecuentabas mucho para ser exacto-, pero que te caía bien. Se llamaba José Guillermo Zubía, un vasco de Oñate que, por caprichos del destino, había nacido en Sevilla. Era un tipo simpatiquísimo y listo con voz de ochote (registro bajo) que posiblemente aquella noche no tenía plan. Ignoras si se hubiera considerado muy ramoniano, pero le gustaba el circo. El caso es que conservas en tu memoria ese extraña velada como una greguería graciosa, intrascendente, pero inolvidable. Aquella insólita noche de circo fue el primer eslabón de una amistad apenas pespunteada por diez o doce encuentros a lo largo de casi medio siglo. El se instaló en Vitoria como empresario importante y cuando venía a Madrid, convocaba un encuentro con los viejos compañeros de facultad. Al último no pudiste acudir, porque tu dichosa neoplasia te crujía la espalda.

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El mensaje que te llegó al móvil entonces se dirigía a Siul, que es como te conocen algunos de la época en que te gustaba hablar al revés. Él era Epep Aíbuz Aeniug y tú Siul Aloreugif-Itterref. Te echamos de menos –decía el bueno de José Guillermo-. Se que no estás pasando buenos momentos, y quería darte un abrazo y decirte (y esto lo dice un vasco siempre en serio) que me tienes a tu disposición para lo que quieras…Me ha dado una ventolera y me he comprado un apartamento bastante amplio en Sevilla. Nada me haría más ilusión que cuando estés en condiciones te vinieras a pasar el tiempo que te apetezca…Ánimo y, como decimos aquí, Aurrerá.

Con el tiempo se renuevan las células de nuestro cuerpo, como recordabas, y con ellas también nuestras ideas, nuestros gustos, nuestras expectativas. Ahora que te balanceas como un funámbulo circense entre el ser y el qué será, te han entrado unos deseos irreprimibles de recuperar todo lo grato y divertido que quizás sin darte cuenta has ido dejando atrás en tu camino. Hay que imaginarse, abril en Sevilla, un vasco de Oñate nacido en Hispalis y un duende más evanescente que nunca que se ríen juntos como aquella noche de circo de otro siglo. No te lo quieres perder. Igual que Ramón, piensas que la vida es demasiado puñetera como para no ponerle ilusión y sentido del humor.

Entre los ángeles

Hay visiones de la naturaleza que le hacen a uno creerse un ángel...

Hay visiones de la naturaleza que le hacen a uno creerse un ángel…

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Sólo unos días antes de esta Navidad despertaste en el campo y miraste al amplio valle del Tiétar. Lo que en otros días claros de anticiclón es panorama de encinares y de una especie de sabana africana que la vista extiende hasta la sierra de Guadalupe, parecía un mar de nubes blancas cuyas olas morían contra las laderas de Gredos. Crees que el fenómeno se da cuando las altas presiones producen lo que los meteorólogos llaman inversión térmica. El caso es que Candeleda y las tierras del valle quedaban bajo una espesa capa de niebla mientras tú desde tu casa disfrutabas de un sol radiante y veías cómo el Almanzor nevado acogía entre sus larguísimos brazos ese mágico mar improvisado por el amanecer. Te pareció un espectáculo natural fascinante. Por un momento imaginaste que sólo los ángeles y tú podíais gozar de tal privilegio.

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Pero…¿existen los ángeles? ¿Y es verdad que no tienen sexo? ¿Será cierto que a todos protege un ángel de la guarda? En esta materia, como en casi todas, sigues apacentando tus dudas. Sin embargo, desde que la enfermedad te obliga a pensar más tienes la sensación de que eres rico en ángeles vigilantes y cariñosos. El que se presentó ayer en tu casa con un bizcocho de limón para felicitarte la Navidad es Inés. Es una excelente fotógrafa, está casada y es madre de tres hijos, pero te sigue llamando jefe, pese a que va hacer casi veinte años que dejasteis de trabajar juntos. Otros ángeles del sexo femenino llevan el nombre de Alicia, Ana, Ángeles –es un ángel plural- Begoña, Beatriz, Carmen, Carolina, Conchita, Francisca, Isabel, Julia, Lola, Lucila, María, Marta, Paloma, Pilar, Rosario, Silvia, Soledad, Teresa…No hay last ni least, porque para apuntalar el alma tanto te vale un jamón de pata negra como una simple llamada telefónica. Como te sirve también la atención de Borja, Carlos, Eduardo, Javier, José Pedro, Manuel, Miguel Ángel, Paco, Pepe, Quico, Rafael, Ramón, Rubén, Víctor y alguno más, que son del sexo masculino y que te han acompañado y ayudado a lo largo de este tiempo de mil maneras distintas. Tienes ángeles amigos que son hoteleros rurales, psicólogas, altos funcionarios, médicos, coralistas, abuelos y abuelas, compañeros de la radio, empresarios, amas de casa, jubilados, artistas. Otros son embajadores, y en la parte insospechada de su curriculum mantienen aficiones tan singulares como la cría de burros.

Afortunadamente, de todo hay en tu viña. No es como la del Señor, pero tampoco te puedes quejar.

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Creías que esa legión podría rondar por allí, y compartir contigo esa percepción de poderío sobre la belleza que te ponía en bandeja el día. Aún esperas y deseas que les llegue. Ojalá puedan ver el mundo, la vida y la Navidad como si de verdad volaran entre los ángeles.

La felicidad, manda castañas

Nadie sabe la cuota de felicidad que cabe en una castaña bien asada...

Nadie sabe la cuota de felicidad que cabe en una castaña bien asada…

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La luna había sido esta noche generosa y guapa, como siempre es de esperar en ella. Sin embargo tú has caído del sueño entre su esplendor que se iba y el del día otoñal que ya despertaba. Lo cual que, envuelto en la soledad y el silencio del campo, entre el barboteo de la primera cafetera y ese cri-cri de un par de carcomas que roen algunas vigas de la casa y ya forman parte de la familia –qué remedio: no hay quien las eche-, te ha generado una cierta sensación de amanecer incierto, dividido entre dos luces. De una parte, lo que como adulto debes vivir por fuera y, de otra, lo que, con el egoísmo de un niño que aún mantiene alguna ilusión, sientes por dentro. Lo primero es una fuerza centrípeta, que viene del exterior, y te convierte en una especie de esponja obligada a absorber todo lo que proyecta sobre tu vida el infinito y agitado mundo. Hablando en plata: quisieras que no fuera así, pero te afectan y te amargan el día las noticias: la incertidumbre del momento político y económico, la miseria moral que aflora por doquier, la pérdida de referentes ejemplares y la cada vez más profunda duda sobre la capacidad de aprender de la historia que sigue demostrando el necio género humano.

-Cuanto más lo conozco–anotas en tu dietario sin citar ejemplos de aberraciones, granujadas y abundantes estulticias de plena actualidad- más tendría que amar a mi perro. Bueno, a mi perro y a todas las criaturas irracionales…

No te queda más remedio que blindarte para sobrevivir. Eso sí, agradeces  una vez más no ser político, columnista, tertuliano, polemista, sociólogo, moralista, psicólogo social o vulgar chisgarabís radiofónico. No sabrías qué carajo decir ahora para ganarte el sueldo sin caer en una de esas obviedades machaconas que ya tienen aburrido al personal.

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Lo segundo es una fuerza centrífuga, que parte de ti y que desearías hacer estallar como un castillo de fuegos artificiales, por si puede expandir algo de optimismo.

Ocurre que esta semana vas dejando atrás tu segunda gran batalla contra el cáncer. No sin heridas de guerra, conste. Tu estado es manifiestamente mejorable. Andas vacilante como un zombi que sale a pinchar plan el sábado noche o como la duquesa de Alba cuando se arranca por rumbas. Pero estás convencido de que, superadas las indignas e inconfesables secuelas de la dichosa quimioterapia, volverás a darte friegas con esos pequeños placeres que te enganchan al gusto por la vida.

De la quietud convaleciente has sacado partido de momento embarcándote en El hombre que amaba a los perros, una excelente novela del cubano Leonardo Padura que a pesar de la ternura de su título se centra en el asesinato de Trotski. El libro te lo recomendó tu amiga Aldara, que aparte de ser muy mona tiene un excelente criterio. Te ha servido para refrescar la historia del convulso siglo XX, para rearmarte contra los horrores del sectarismo y de la intolerancia y para embarcarte una vez más en el placer de leer junto a la chimenea mientras la lluvia del otoño tamborileaba el ventanal.

Además –no sólo de letras vive el hombre- anoche diste un paso decisivo en tu vida. Por primera vez en tu breve biografía de cocinilla compraste y cocinaste unas acelgas que, debidamente limpiadas, hervidas al dente y rehogadas con un poquito de ajo y una mezcla de pasas y piñones te han sabido exquisitas. Hay experiencias que marcan.

Te queda para cuando caiga la tarde dar un breve paseo bajo los castaños y coger unas pocas castañas. Asarlas, calentarte las manos con ellas. Sentir su aroma y evocar aquella fase de tu vida en la que no veías problema alguno, ni por dentro ni por fuera. Volver a cuando creías que el summum de la felicidad era un domingo de noviembre, una película de vaqueros en el cine Colón y comprarte a la salida un cucurucho de castañas asadas.

Ebolizados

Parece mentira que de un río y una palabra tan bonita como Ébola haya fluido tanta inquietud...

Parece mentira que de un río y una palabra tan bonita como Ébola haya fluido tanta inquietud…

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Querías pasar un fin de semana viendo llover y buscando setas. Sin embargo, en una de las vigilias que programa tu sueño quebradizo, la luna, menguante pero aún atractiva como esas mujeres maduras que hacen hermosas hasta sus patas de gallo, te sorprendió en lo alto y fijó tu mirada tras el cristal de la ventana. No era la suya una aparición diáfana, sino espectral, entreverada de ominosos nubarrones. En lugar de adjetivos, nombres que ilustran mejor el cuadro: Caspar Friedrich, Turner, Tim Burton. Noche, o ya madrugada, rigurosamente romántica, tenebrosa, sobrecogedora. Antes le decíamos de miedo. Ahora se emplea más lo de gótico.

Y a ti, arrebujado entre las sábanas, te gustaba. Hace tiempo que tu vida es ya ir engastando momentos así, como si fueran las cuentas de un collar único. ¿Cuándo volverás a ver justo esa insólita versión de la noche, con esa nube caprichosa que por unos segundos le pone a la luna las barbas de un Papá Noel? Nunca. En un abrir y cerrar de ojos, las guedejas de las barbas se han difuminado, y otro nubarrón sombrío y espeso como el ala de un buitre eclipsa a la reina de la noche. Luego esta reaparece. A continuación se vela con tules gaseosos. Como el mar en el constante batir de sus olas, como el fuego que se devana en llamas imprevisibles, una noche borrascosa con luna al fondo jamás repetirá espectáculo.

Lo disfrutas a conciencia dispuesto a entregarte nuevamente a un último sueño antes de que amanezca. Y en estas, mal de la sobreinformación a la que estamos expuestos, piensas en la enfermera Teresa Romero, que a esas mismas horas en que tú desmigas los secretos de la noche se debate entre la vida y la muerte. Vivimos a impulsos de lo que nos pautan los medios. Ahora estamos ebolizados. Y la valiente auxiliar de enfermería ni siquiera hallará el consuelo de entretenerse contemplando los cambiantes visajes de esta luna de otoño.

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Siempre has tenido predilección por las palabras esdrújulas, especialmente si estas incluyen la letra L. Rúcula, brújula, pínula, ménsula, pídola, tórculo, fámula, párvulo, sémola. A veces crees que los sonidos de las palabras condicionan sus significados. Por eso te choca que una palabra hermosa como ébola, que quedaría la mar de bien en un soneto de amor, designe a una enfermedad tan mortífera como la que trae de cabeza a España. Luego te enteras de que Ébola es el nombre del río africano, afluente del Congo, en el que por primera vez fue identificado el dichoso virus. Te imaginas el lugar, tan lejos de esta civilización urbanita que de cuando en cuando descubre alarmada las inopinadas gateras por las que se nos fuga el estado del bienestar. No aparecen navegando por el río en piragua la Baronesa Dinesen con su Robert Redford de rigor, sino un grupo de negritos que poco después serán incluidos en su larga lista de víctimas.

Estas dramáticas Memorias de África, no hay mal que por bien no venga, han provocado una de las reflexiones más lúcidas que, pásmese el personal, viene de esa especie en proceso de demonización que es la de los políticos, incluso aunque sean honrados. El diputado Eduardo Madina se escandalizó de que el sacrificio de Excalibur, el perro de Teresa Romero, hubiera levantado un vendaval de reacciones en las redes sociales invitando a echarse a la calle a los animalistas, por aquello de que el fin no justificaba tal medida de precaución. Y no tuvo empacho en recordar en un tweet que estas mismas almas sensibles podrían haberse manifestado antes por las más de cuatro mil muertes que el ébola ha dejado ya en África. Lo de siempre, árboles que no nos dejan ver el bosque. Y, por fortuna, de vez en cuando una ráfaga de ese céfiro extraño llamado sentido común.

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Lo tuyo no es ébola, pero también ha arreciado este otoño, y te ha dejado sentir por primera vez lo muy desagradable que es sentirse mal. Pequeños alifafes, nada totalmente insoportable, servidumbres del cuerpo, por dentro y por fuera. Como si Atlas hubiera descargado sobre tus espaldas todo el peso del mundo y, al mismo tiempo, un volcán en erupción se te hubiera comprimido en largo y proceloso tracto digestivo. Qué suerte poderlo contar, y lamentar que al final sólo estés descolocado, te sientas extraño, y veas pasar los días posteriores a la quimioterapia sin saber qué hacer, y sin fuerzas apenas para contarlo.

Hundido en tu sillón mientras ves pasar las horas exánime, se te ocurre pensar entonces en los que a veces se asoman a tu blog en busca de una sonrisa, cuando no está precisamente el horno para bollos. Y también en los miles y miles de personas que, sin ir más allá de tu ciudad y quizás de tu barrio, luchan también por sentirse a gusto con su cuerpo. Adviertes de que, afectado por la psicosis desmadrada que nos aflige, tú también estás ligeramente “ebolizado”.

Aún así, sursum corda. La mañana no puede ser más gris y lluviosa, pero anuncian claros para la tarde, y a final verás cómo brilla el sol.

Ebolizados

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Querías pasar un fin de semana viendo llover y buscando setas. Sin embargo, en una de las vigilias que programa tu sueño quebradizo, la luna, menguante pero aún atractiva como esas mujeres maduras que hacen hermosas hasta sus patas de gallo, te sorprendió en lo alto y fijó tu mirada tras el cristal de la ventana. No era la suya una aparición diáfana, sino espectral, entreverada de ominosos nubarrones. En lugar de adjetivos, nombres que ilustran mejor el cuadro: Caspar Friedrich, Turner, Tim Burton. Noche, o ya madrugada, rigurosamente romántica, tenebrosa, sobrecogedora. Antes le decíamos de miedo. Ahora se emplea más lo de gótico.

Y a ti, arrebujado entre las sábanas, te gustaba. Hace tiempo que tu vida es ya ir engastando momentos así, como si fueran las cuentas de un collar único. ¿Cuándo volverás a ver justo esa insólita versión de la noche, con esa nube caprichosa que por unos segundos le pone a la luna las barbas de un Papá Noel? Nunca. En un abrir y cerrar de ojos, las guedejas de las barbas se han difuminado, y otro nubarrón sombrío y espeso como el ala de un buitre eclipsa a la reina de la noche. Luego esta reaparece. A continuación se vela con tules gaseosos. Como el mar en el constante batir de sus olas, como el fuego que se devana en llamas imprevisibles, una noche borrascosa con luna al fondo jamás repetirá espectáculo.

Lo disfrutas a conciencia dispuesto a entregarte nuevamente a un último sueño antes de que amanezca. Y en estas, mal de la sobreinformación a la que estamos expuestos, piensas en la enfermera Teresa Romero, que a esas mismas horas en que tú desmigas los secretos de la noche se debate entre la vida y la muerte. Vivimos a impulsos de lo que nos pautan los medios. Ahora estamos ebolizados. Y la valiente auxiliar de enfermería ni siquiera hallará el consuelo de entretenerse contemplando los cambiantes visajes de esta luna de otoño.

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Siempre has tenido predilección por las palabras esdrújulas, especialmente si estas incluyen la letra L. Rúcula, brújula, pínula, ménsula, pídola, tórculo, fámula, párvulo, sémola. A veces crees que los sonidos de las palabras condicionan sus significados. Por eso te choca que una palabra hermosa como ébola, que quedaría la mar de bien en un soneto de amor, designe a una enfermedad tan mortífera como la que trae de cabeza a España. Luego te enteras de que Ébola es el nombre del río africano, afluente del Congo, en el que por primera vez fue identificado el dichoso virus. Te imaginas el lugar, tan lejos de esta civilización urbanita que de cuando en cuando descubre alarmada las inopinadas gateras por las que se nos fuga el estado del bienestar. No aparecen navegando por el río en piragua la Baronesa Dinesen con su Robert Redford de rigor, sino un grupo de negritos que poco después serán incluidos en su larga lista de víctimas.

Estas dramáticas Memorias de África, no hay mal que por bien no venga, han provocado una de las reflexiones más lúcidas que, pásmese el personal, viene de esa especie en proceso de demonización que es la de los políticos, incluso aunque sean honrados. El diputado Eduardo Madina se escandalizó de que el sacrificio de Excalibur, el perro de Teresa Romero, hubiera levantado un vendaval de reacciones en las redes sociales invitando a echarse a la calle a los animalistas, por aquello de que el fin no justificaba tal medida de precaución. Y no tuvo empacho en recordar en un tweet que estas mismas almas sensibles podrían haberse manifestado antes por las más de cuatro mil muertes que el ébola ha dejado ya en África. Lo de siempre, árboles que no nos dejan ver el bosque. Y, por fortuna, de vez en cuando una ráfaga de ese céfiro extraño llamado sentido común.

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Lo tuyo no es ébola, pero también ha arreciado este otoño, y te ha dejado sentir por primera vez lo muy desagradable que es sentirse mal. Pequeños alifafes, nada totalmente insoportable, servidumbres del cuerpo, por dentro y por fuera. Como si Atlas hubiera descargado sobre tus espaldas todo el peso del mundo y, al mismo tiempo, un volcán en erupción se te hubiera comprimido en largo y proceloso tracto digestivo. Qué suerte poderlo contar, y lamentar que al final sólo estés descolocado, te sientas extraño, y veas pasar los días posteriores a la quimioterapia sin saber qué hacer, y sin fuerzas apenas para contarlo.

Hundido en tu sillón mientras ves pasar las horas exánime, se te ocurre pensar entonces en los que a veces se asoman a tu blog en busca de una sonrisa, cuando no está precisamente el horno para bollos. Y también en los miles y miles de personas que, sin ir más allá de tu ciudad y quizás de tu barrio, luchan también por sentirse a gusto con su cuerpo. Adviertes de que, afectado por la psicosis desmadrada que nos aflige, tú también estás ligeramente “ebolizado”.

Aún así, sursum corda. La mañana no puede ser más gris y lluviosa, pero anuncian claros para la tarde, y a final verás cómo brilla el sol.

El gratinado que enamoró a Bécquer

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales...

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales…

Cómo ibas a ser refinado si hasta ahora, confiésalo, no sabías lo que era el gratin dauphinois. Menos mal que para eso tienes amigos como los marqueses de Betanzos, que te invitan a cenar y te sorprenden con un delicioso strogonoff al que se añade como guarnición esta singularidad. La señora marquesa habla de la dauphinoise, porque sabe que la inventó una cocinera del Delfinado francés. Habla de ella con toda familiaridad, como si hubiera sido compañera de Demetria, el aya que la cuidaba de niña en el pazo de Sobredo, donde se crió entre un parque de tilos, castaños, tuyas y frondosos robles. Cuenta la leyenda que en el cenador de hierro fundido de aquel jardín encantador escribía un día en su diario cuando se le apareció el fantasma de Bécquer, tal vez enamorado de su fina estampa romántica.

-Permítame que le recite una de las rimas que he compuesto para usted-le dijo el célebre poeta sevillano.

-Se lo agradezco –respondió la joven sin descomponerse y sin apenas levantar la vista mientras tomaba notas- Pero yo soy más de Alfred de Musset, ¿sabe?…Y además no quiero que me distraigan, porque estoy apuntando una receta. Si, a pesar de lo que lo he dicho, se aparece usted otro día, le daré a probar…

La que con el andar de los años se convertiría en marquesa de Betanzos debió de caer en la cuenta entonces de que los fantasmas no comen.

-¡Qué tontería he dicho!-se corrigió- Bueno, ande, dígame la rima…

Por unos instantes, el fantasma de Bécquer se llevó una mano a bigote y se quedó pensativo mientras retorcía con los dedos sus finas puntas.

-No, por Dios, musa mía…-dijo el fantasma de cabello ensortijado, bigote y perilla- Mi rima prometía ser de las mejores, como usted se merece. Pero pasé tanta hambre en mi vida de digno poeta romántico, que nada me haría tanta ilusión como saciarme de su dauphinoise.

Una semana después el fantasma de Gustavo Adolfo despachó la dauphinoise de su anfitriona como si en lugar de una gloria de nuestra lírica hubiera hubiera sido en vida un cabo de carabineros. En su colección de Rimas y Leyendas no figura la dedicada A la señorita de Sobredo precisamente por esa circunstancia, pues a partir de entonces aquella visita espectral, que en principio a la joven le daba prestancia y hasta le hacía gracia, no se aparecía por compromiso con la poesía, sino únicamente para preguntar cuándo iba a hacer de nuevo aquel exquisito plato.

-Confieso que a veces la poesía/me importa un bledo/ Sólo aparezco/ por repetir la suerte de aquél día/ y probar la dauphinoise que me cocina/-no se si lo merezco-/la delicada rosa de Sobredo

Es posible que la rima perdida fuera más o menos así. Y es más que probable que la futura marquesa, siempre muy suya para todas las cosas, le dijera al fantasma que la rima le parecía lamentable, y que además la reafirmaba en su tesis de que donde esté Musset, que se quite Bécquer. El caso es que, aunque estos versos apócrifos no figuran en la obra capital del gran poeta sevillano, la dauphinoise que los motiva te dio a tí la oportunidad de valorar el alto grado de aprecio que te dispensan los marqueses de Betanzos y, de paso, la de romper el bloqueo mental que te había alejado de tu blog últimamente. En tu caso no se colaba tu espíritu, sino que aparecías tú mismo en carne mortal, como otros distinguidos invitados.

Por cierto, que antes de que las redes sociales y otros pepitos grillos o moscas cojoneras se precipiten a prejuzgar con sorna los presuntos méritos del marquesado de Betanzos para exhibir tal título, debes aclarar que el señor marqués, insigne diplomático y abogado, es el único de tus amigos que todos los domingos tiene aún la costumbre de abandonar el jardín de su residencia –tan hermoso que cualquier día propiciará nuevas apariciones a la marquesa- y encerrarse en su despacho para estudiar fundamentos de derecho, consultar jurisprudencia y elaborar sus certeros y bien retribuidos dictámenes. Como si fuera un pasante meritorio de veintitrés años. El título más que una coña, que lo es, puede considerarse un despiste del todavía rey de España, que aún no ha reparado en el profundo calado de sus méritos para concedérselo de pleno derecho, pues de Betanzos es, y bastante más lustre daría al cuerpo de la nobleza que alguno de sus parásitos. Todos tenemos lapsus, y no vas a ser tan borde para reprochárselo al abdicante en esta hora.

-Lo siento mucho –dijiste tú, hablando de hora, para excusar tu necesidad de abandonar la divertida sobremesa- Pero es que a mí mañana a las ocho me espera la radio.

-No me digas –te dijo el marqués entusiasmado -¿Vuelves a Radio Nacional?

Os reísteis cuando aclaraste el equívoco. No era esa tu radio, sino la otra, la radioterapia, que te debían aplicar en temprana hora. Los miembros de tu club sois como los escolares con las matemáticas, que abrevian. Las mate, la quimio, la radio. Tú llevabas el cáncer con la ligereza de una migraña tonta, pero después de dos años de no pasar por talleres esta nueva convocatoria de la ciencia médica te tenía inquieto, ausente, inane para cumplir con tu blog. Se ha pasado, ya está, esperas volver a tu ritmo habitual cuanto antes. No hay mejor medicina que el cariño de los amigos. Ni nobleza más digna de títulos que la de los que sin ser grandes de España lo son de corazón.

A propósito, el gratin dauphinois es un plato de patatas en capas, cocinadas en leche y nata, con ajo, queso y algún otro aditamento, típico de la región francesa del Delfinado, en los Alpes. Aunque seguro que la versión que la marquesa de Betanzos preparó para Bécquer y para este bloguero llevará algún toque especial no fácil de averiguar.

 

 

Pescando motivos en el Manzanares

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae...

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae…

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Una semana de reformas en tu palomar te han alejado del blog.

No estás mal de salud, incluso la ITV tumoral te ha dado el visto bueno. No te has embarcado en un viaje de placer, como sin duda mereces .Nadie te ha reclamado para tus trabajos de antaño,  contar historias o dar ideas, aunque todavía te quedan dos o tres. La cosa ha sido mucho más ordinaria. Aparte de tus compromisos corales, ir a IKEA, ver, elegir decidir lo que necesitabas, ordenar cosas en casa y contemplar cómo tu toero aplicaba sus artesanías y te relevaba del martillo y el destornillador-únicas herramientas que sabes manejar, y no con demasiada destreza-  han sido tus tareas. Ah, y barrer, pasar el trapo del polvo y el aspirador. Las pulsiones de la gladiadora del hogar que llevas dentro.

Un toero por cierto,es un hombre que hace de lo que necesita una casa que se retoca. A eso se le llamaba antes un chapuzas, pero ahora hay que tener cuidado con cualquier matiz despectivo. Tu toero es un figura: si fuera futbolista sería Iniesta, cuya perfección técnica está en las antípodas de la chapuza, y cuyas maneras educadas y sencillas sorprenden tanto que sólo parece un buen chico de Albacete.

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Tampoco dejaste de pasear. Lo necesitas para contener los indeseables rumbos que toma el cuerpo a tu edad y para pescar temas de los que seguir escribiendo. La ausencia de compromisos te obliga a creártelos a partir de cualquier insignificancia. El más notorio de esta semana nació de lo siguiente. Hace tres o cuatro años compraste un juego de seis platos de cerámica para tu menaje doméstico. Eran originales y pintorescos, y como Doña María sigue latiendo dentro de ti, estabas muy orgulloso de tu compra. Invitaste a cenar entonces a tu amigo Carlos de la M. y a María A., y uno de aquellos platos sirvió para presentar el postre.  Este debió de resultar goloso y abundante, porque a María, guapa, rubia y perfectamente silueteada, le gustó mucho. Tanto que, en la confianza que os une, y por pereza de buscar otro envase adecuado, le dijiste.

-Llévatelo en este mismo plato y ya me lo devolverás.

Las fórmulas del lenguaje social español suelen ser irresponsables con la medida del tiempo. Tenemos que vernos, a ver cuándo quedamos, me llamas y tomamos un café, un día comemos juntos, nos vemos cuando quieras, nos reunimos un día, hasta luego…¿Y cuándo es eso, si las horas galopan y las hojas del calendario no dejan de pasar? Hace un par de meses te reencontraste con Carlos y María en un funeral, que también sirve para eso, para cerrar compromisos importantes.

-Mira –te dijo María- Llámame un día, me lo recuerdas y al día siguiente me traigo el plato a la oficina y te lo doy.

Ni ella ni tu fijasteis de qué año, mes y semana había de ser ese día. Pero el miércoles 5 de marzo, después de las innumerables borrascas invernales que velaron los cielos de Madrid, amaneció luminoso y transparente, delicioso para pasear. Suerte que la semana anterior la habías llamado para convenir que ese era el día adecuado.

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Te echaste la mochila a la espalda, te acercaste a la antigua Estación de Príncipe Pío, donde se ubica ahora la compañía en la que trabaja María, tomasteis el café. Te entregó el plato, lo metiste en la mochila y emprendiste el regreso a casa a paso de marcha, seis kilómetros por hora, que es el que según los médicos se hace notar en el cuerpo.

Hacía el día perfecto para pasear. Y como aúno no has conseguido pensar en nada mientras andas, le dabas vueltas al caletre. Qué glorioso el primer presagio de primavera en Madrid. Qué  acierto, a pesar del endeudamiento, haber adecentado el modestísimo río de la capital.. Qué encanto el de la Ermita de la Virgen del Puerto, ahora tan guapa y bien ajardinada. Qué suerte poder estirar tus piernas con salud. Y, entretanto, un pensamiento pintoresco: ¿y qué carajo hace un tipo como tú invirtiendo su mañana en pasear un plato por las orillas del Manzanares?

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Dos tentaciones te salieron al paso entonces. Una, la de inmortalizar el momento singular con una foto, para lo que necesitabas la mano de otra persona que accionara la cámara de tu teléfono móvil. No es vanidad vana: es para ilustrar este post, pues de repente te ha alarmado saber que dentro de poco no podrás bajarte imágenes de internet sin correr algún riesgo. Para este menester acudiste a una paseante que resultó ser antigua seguidora de Doña María, y que se mostró muy contenta de echarle una mano. Ella se llama Concha Lobo. Le hablaste de tu blog y le prometiste reconocer su amabilidad y su simpatía en este post. Con retraso, pero cumples: gracias, Concha.

La segunda tentación era más pretenciosa. Te dio por lucubrar sobre los estímulos de la inspiración, y  por creer que esa mañana, con ser absolutamente irrelevante para el devenir de la humanidad, ofrecía visiones distintas, y hasta latía en ella su pequeño aliento de poesía. Un poeta o un escritor le sacarían partido. Y te pusiste a ello.

Aunque luego, como de costumbre, te enrollaste tanto que has tenido que dejarlo para el post siguiente. Anímense a leerlo. Este bloguero se ha hecho más anárquico, pero de momento no cesa.


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