
(Foto de pablodf)
Oviedo es una ciudad con mucho encanto y trasfondo literario, pero allí pasó el Duende una de las tardes más amargas de su vida. Una amiga de la infancia que se había erigido en alma mater del Rastrillo local le lió para que colaborase en la justa causa de recaudar fondos para los niños sin hogar. Había que reproducir frente al público las mismas travesuras que entonces sólo ensayaba ante el micrófono. O sea, hacer el bufón para entretener al personal y poderle endosar más fácilmente unas camisetas o una papeleta para la rifa de un viaje a Disneylandia a precio de cojón de mico.
Nunca le ha gustado al Duende el vis a vis con el público, pero aquella jornada fue especialmente negra. Casi peor que otra en la que, por exigencia de la editorial de Las poblemáticas de doña María, tuvo que meterse en una de esas casetas de la Feria del Libro y sufrir tres horas de sauna mientras la gente pasaba de largo mirándole como si fuera un mono enjaulado. Tampoco en el Rastrillo de Oviedo sabían demasiado de aquel presunto famoso que, sin duda con buena intención, les habían prometido. No era tan famoso.
Cristina, que así se llamaba la amiga, incurría en un error muy frecuente en los seguidores del Duende, que es confundir la familiaridad de una voz radiofónica con la popularidad prácticamente masiva que da la televisión. La radio puede ser más intimista, y sus voces incluso más amigas que las que hablan desde aquélla. Pero vivimos en una civilización de imágenes, y la radio no la ve nadie. Un mes de tupé y matraca de Chikilicuatre en la pequeña pantalla suman cien veces más fervor popular que veinte años de duendadas, por muy divertidas que le parezcan a sus incondicionales.
Ese miedo al ridículo - qué penoso le resultaba al Duende tener que legitimarse como miembro de esa especie que llaman los famosos- asoma en cierta manera cuando uno de sus posts rebasa su papel de Peepeng Tom y, en lugar de mirar hacia fuera, mira hacia su interior. Esta noche debería haber reparado en esa Lady Godiva que es la luna, tan seductora siempre. Y tan socorrida, por cierto: cuando no te quede ni una miasma de lírica, juega con la luna rielando en cualquier charco y parecerás poeta.
Pero no estaba la noche para delirios. Un dolor muy profundo que aflige a uno de sus mejores amigos le obliga a mirarse dentro y a contener el llanto. Aunque el Duende aborrece el impudor de airear sentimientos propios, hoy tiene que superar el miedo al ridículo y contar, lisa y llanamente, que no está para bromas. Ni lo estará hasta que su amigo Félix, siempre tan entrañable, tan gracioso y tan bien educado, se recupere y pida perdón a la luna por no haberle contado aún el último de sus incomparables chistes.











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