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Terapia de evasión con Luis Buñuel al fondo

La atención del bloguero repara a veces en detalles que no todo el mundo considera. Por ejemplo, un Yorkshire terrier que tiene nombre de cineasta...

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Al invitado le sorprendió  el nombre de uno de los perros de la casa, un pequeño Yorkshire al que llamaban Luis.

-No es por ti, no te asustes-le explicaron- En realidad se llama Luis Buñuel.

Al invitado le hizo gracia la precisión.

Sin embargo, a Luis Buñuel II no le hacía tanta la presencia del invitado, que veinte años atrás era el presunto jefe de la anfitriona y propietaria del perrito. El almuerzo, en el coqueto cenador entoldado de un pequeño chalet al este de Madrid, se completaba con la presencia de la madre de la anfitriona, una mujer encantadora, y de Lola, otra compañera de trabajo de tiempos pretéritos. También rondaba por ahí una galga, tan estilizada como la que se adivinaba al trasluz en los papeles de la marca Galgo.

 -Pobrecita-dijo la anfitriona, que se llama Acacia-La rescaté de una perrera donde languidecía de tristeza.

Acacia tiene nombre árbol, un árbol muy madrileño y de flor blanca con sabor dulce que nos comíamos los niños de posguerra cual si fuera maná urbano. Era el pan y quesillo, algo que suena tan arcaico que uno parece un niño callejero de cuadro de Murillo, nada que ver con  la realidad.

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El alma de Acacia, esta mujer tan especial como su propio nombre, se divide entre el amor al fantasma de Cary Grant  y el homenaje animal a Josephine Baker, aquella artista del cabaret que en los años treinta seducía a Europa bailando ritmos tropicales con una faldita de bananas que cubría sus intimidades. Josefine Baker se retiró rica, y a partir de entonces recogía niños de la calle y los adoptaba como hijos suyos. Acacia ha hecho lo mismo con su galga. La galga es buena, pero un rabo de galga alrededor de unvelador con copas de vino no deja de tener su riesgo.

-Pobrecita- decía su dueña mientras la acariciaba.

La galga se portó bien y no derramó una copa, aunque el invitado, la verdad, fue incapaz de hacerle ni un arrumaco. La perra se amansaba al sentir la mano de su benefactora. Quizás barruntaba que su especie en España sólo sirve para alimentar la necia discusión de la fábula –galgos o podencos- y para cazar liebres. Cumplido su servicio, en el campo o en los canódromos, no es infrecuente ver a galgos y galgas ahorcados de la rama de una encina, como si fueran proscritos medievales atrapados in fraganti. El mundo, según dicen, es maravilloso. Pero hay que ver  cuántos desalmados caben en él.

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La madre de la anfitriona se empeñó en pelarle al invitado los langostinos. Detalle maternal que él valoró no sólo por lo delicioso del bocado y por ser huérfano de madre desde hace casi veinte años, sino porque además se había cortado las uñas esa misma mañana, y ya glosó la dificultad e enfrentarse a los crustáceos con los dedos mochos.

-Gracias, muchas gracias –dijo el invitado.

No añadió aquel quijotesco nunca fuera caballero de damas tan bien servido, porque, aparte de pedantería, la frase ahora puede interpretarse mal.

Todo lo demás también fue muy agradable. Incluso Luis Buñuel II, que por su nombre le recordó al pequeño porquero con el que hizo migas cuando iba al campo hace más de medio siglo. Paquito se ocupaba de apacentar a los cerdos, pero acababa de descubrir el cine, y vivía fascinado por el séptimo arte. Como a pesar de ello no sabía quién era Buñuel, porque los niños no piensan en directores, bautizaba los cerdos poniéndoles directamente títulos de películas. Sobe todo de películas de romanos y de capa y espada.

-¿Ves?-le decía señalando a los cochinos- Ese es Ivanhoe…Ese otro, Quo vadis. Y aquél de allá Tierra de faraones.

Al que suscribe le pareció entrañable y surrealista que un zagal desarrapado pudiera llamar a un cerdo Tierra de Faraones. Pero la vida te da sorpresas así. Almuerzos con tres damas en un coqueto velador de jardín, Luis Buñuel II y una galga rondando por allí, el aroma del pan y quesillo y el recuerdo del porquerito más original que se puede imaginar…Terapia de evasión. Todo vale para huir de estos días tan ásperos  y deprimentes que nos está tocando vivir. Va por el que se asome a este post, y le quede humor para interpretarlo. Va por ustedes.

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¿Qué tiene el blog de un político que no tenga éste?

Uno de los defectos de este bloguero es que no sabe cómo agradecer las imágenes prestadas. Aprovecha la ocasión para hacerlo ahora con el autor de este dibujo, cuyo nombe ignora

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Siempre hay un descubrimiento que te puede alegrar la vida, anotó Homper en su diario: “hoy he comprado ensaladilla rusa congelada. Días antes, ni sabía que el progreso nos había dado estas facilidades”.

Porque hay cosas a las que uno no acaba de darle la importancia que tienen. Un día hizo un cálculo curioso: ¿qué le había hecho sentirse más feliz, una buena ración de ensaladilla rusa o la contemplación de un cuadro de Tapies? Después de pensarlo bastante escribió: una ración de ensaladilla rusa.  Sabía que una ración de ensaladilla rusa jamás se subastaría en Sotheby´s, y que en cambio una obra de Tapies sí. Pero de no ser por esa razón tan materialista, no la cambiaría nunca ni por uno, ni por dos ni por tres cuadros de Tapies.

-Soy un hombre definitivamente vulgar-concluyó- Y, por favor, que no se me olvide poner unas tiras de pimiento morrón sobre la mayonesa.

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Siempre hay un comentario que puede servirle a alguien. A alguien que acostumbre a ir al cine, por ejemplo. A Homper le sorprendió no encontrar en la cartelera ninguna película que le apeteciera demasiado. Le sorprendió que, cuando cayó en uno donde ponían Agua para elefantes  sólo hubiera cinco personas en la sala.

-Y ninguna ha comprado palomitas-pensó- ¿De qué viven los cines?

La película, bonita, pero sin chicha –y casi sin limoná- es la historia de un triángulo de circo entre un empresario canalla, su mujer, que es una ecuyére muy coqueta, y un veterinario que es muy guapo y que hace rentable el circo con una elefanta habilidosa a la que domestica y mima. El empresario in escrúpulos, deseoso de  hacer caja cuanto antes, tiene muy poca paciencia con la elefanta, y a menudo la castiga como un sádico. Cuando se entera de que su santa, que es la que monta a la elefanta, se enreda con el guaperas, la emprende a golpes contra ambos delante del mismísimo paquidermo. Pero a estas alturas, Homper ya sabía cómo se iba a resolver la dramática historia.

Recuerden que los elefantes tienen buena memoria.

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Siempre hay una nadería que  no se sabe ni por qué hay que consignarla en ningún post. Por ejemplo, la luna está en creciente. Y después de las lluvias de primavera, da gusto verla faroleando entre los árboles mientras el aroma del azahar embriaga la noche.

-No es nada relevante- admite el Hombre Perplejo. Pero estamos en campaña, y hay muchos políticos blogueros. ¿Es que acaso cuentan ellos algo más interesante que lo que cuento yo?

Siempre hay un motivo para escribir cualquier observación. También para que los políticos, en su propaganda o en sus blogs, omitan obviedades pueriles, promesas fatuas y bravatas irresponsables.  Y quizás muchos más para no escribir de nada. Pero en ese caso Homper moriría irremediablemente.

Y aún tiene esperanzas de hacerlo después de haber dicho algo digno de ser recordado.

Almas sin traductor

Hay momentos en que casi todas las almas necesitan traductor...

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Ayer por la tarde el  bloguero bajó de su entorno serrano a darse un paseo por la dehesa que florece junto al Tiétar. Acababa de caer el enésimo chaparrón, por fin el azul del cielo le ganaba la partida a los densos nubarrones, y el sol quería anticipar tímidamente que hoy es domingo de Resurrección. Con las encinas pujando poderosas entre el pasto verde, las jaras en flor, los tomillos, la retama y el lentiscar eclosionan estos días en  una sinfonía de aromas difíciles de explicar. El suyo es un masaje de salud y fragancia que tonifica el espíritu y ventila hasta lo más profundo del sentimiento. Un soplo de felicidad delicada, un momento que el observador querría atrapar en su cazamariposas sensorial para estudiarlo detenidamente, diseccionarlo y así podérselo contar a sus amigos y compartir el regalo que constantemente nos ofrece la naturaleza.

Pero se encuentra incapaz de expresarlo adecuadamente.

-Necesitaría un buen traductor – piensa.

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Escuchar y verlo todo en su estado original, directamente,  o buscar un experto intermediario que lo entiende mejor para que te lo interprete, ese es el dilema.

El bloguero recuerda que estos días ha leído en varios periódicos diversas necrológicas sobre un tipo de profesional al que raramente se le presta gran atención, que es el traductor. En Garrucha, Almería, donde residía, ha muerto Miguel Martínez Lage, Premio Nacional de Traducción y, a decir de los muchos, un minucioso orfebre de las palabras que otros como Faulkner, Beckett, Evelyn Waugh, el doctor Samuel Johnson  o el biógrafo de éste, Samuel Boswell, dejaron escritas también para los que no conocemos a la perfección su idioma. Miguel, al parecer se ponía en la piel del autor, de lo que este quiso decir en su época y con las palabras que entonces se usaban. Luego adoptaba una segunda piel, que era la del lector, y trasladando los datos anteriores a su psicología, su lenguaje y su tiempo, que es el nuestro. Digamos que fundía el oro del talento original y lo troquelaba en el molde que el buscador de tesoros literarios necesita para apreciarlo con todo su valor y su brillo.

Todos los críticos dicen que la obra de Miguel no sólo no desmerecía la de sus traducidos, sino que  probablemente la mejoraba.

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Habrá algún traduttore, traditore, cierto. Pero cuando son tan numerosos los matices y los arabescos del lenguaje que se pierden si no se conoce este a la perfección, uno agradece infinito la labor de una figura como la de Miguel.

-Siempre me dará más de lo que encontrarían yo en un libro no escrito en mi idioma-admite el Duende.

Aplica la teoría no sólo a los libros, sino también al cine. Su amiga Rosi desde que vio La mujer del teniente francés y escuchó la voz de Jeremy Irons mantiene que todas las películas deben verse en su idioma original. Seguramente le ganó el espíritu romántico de aquella película, sus playas bravías, sus cielos tormentosos. Quizás –no lo recuerda- aquel fuera un filme en el que hablaran más las imágenes que los personajes. En muchos otros en los que el conocimiento del idioma es fundamental y los personajes hablan como metralletas –Woody Allen  es un buen ejemplo- ni su precario conocimiento del inglés ni la ayuda de los subtítulos le dan lo que un buen doblaje le aporta. No es intelectualmente  correcto confesarlo, aunque así lo sienta.

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Miguel Martínez Lage era, además de un espléndido traductor, sobrino de un buen amigo e hijo del neurólogo José Manuel Martínez Lage. Que el amigo se asome de vez en cuando por este blog –usando siempre seudónimos- no tiene tanto de particular, pues para eso, entre otras cosas, están los amigos. Más le sorprendió al Duende ver que hace algún tiempo, y con ocasión de un post dedicado a Antonio Mercero y a su película ¿Y tú quién eres?, en la que los protagonistas padecen el mal de Alzheimer, le enviara el galeno un comentario propio de quien es un gran especialista en la materia. El bloguero, simplemente, no podía imaginar que una eminencia con tanto trabajo tuviera un minuto para él.

Quisiera trasladarle el sentimiento de dolor que le ha producido la muerte de su hijo. El bloguero,  que sólo conocía  a Miguel por sus libros, sí dispone en cambio de todos los minutos  para glosar su muerte y tratar de consolar a sus padres, a su esposa, a sus hijos y a su tío Santiago. Lo que le ocurre es lo mismo que insinuaba al principio de este post. Hay veces que ante el fenómeno de la muerte los sentimientos nos desbordan, se precipitan en tropel y uno es incapaz de decantarlos ordenadamente y expresarlos como se merecen. Cree saber vagamente qué hay que decir, pero ignora las palabras adecuadas para hacerlo. Será que muchas almas  necesitamos en algún momento un traductor como Miguel.

Feliz lo que queda de año

Feliz lo que queda de año a los que uno no felicitó a tiempo. Como estos buenos amigos que le abrieron las puertas de su pequeño paraíso...

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No le han llegado a este bloguero más christmas que los de un banco y la de la compañía Telefónica. Alarmante: ni siquiera Isidoro Álvarez, que es de los pocos que le felicita por su santo y sabe que el Luis de su nombre no es de Gonzaga (20 de junio), sino de aquel rey de Francia que se celebra el 25 de agosto, le ha enviado su mensaje estas Navidades. Su teléfono móvil también descansó: nada de estrellitas, ni de deseos de cuento, ni de cursiladas de receta. Apenas tres o cuatro felicitaciones no firmadas, de algunos que parecían quererle mucho y que se creían de sobra conocidos por su número de teléfono. Desgraciadamente no les pudo contestar. Lo cual hace aún más indispensable el mensaje elemental: firmen los SMS si desean asegurar su respuesta.

O sea, menos felicitaciones que otros años. ¿La crisis? ¿O una moda que pasó? Quizás una combinación de ambas cosas. 2010 marcará por bastante tiempo el fin del esplendor de lo superfluo. Puede que la gente analice incluso el coste de estos pequeños detalles. Puede que nos hayamos dado cuenta de que la suerte no mejora ni empeora porque te dejen de felicitar. Y lo seguro es que se ha contagiado como un virus instantáneo. Inconscientemente ni hemos felicitado tanto, ni nos han felicitado tanto ni, ¡oh sorpresa!, nos hemos reprochado nada por ello. Se ha encajado el fin de este ritual del excceso como la cosa más natural.

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El 11 de febrero de 2010 Homper se quedó estupefacto porque, al encontrarse con su amigo Alberto, con el que compartió pupitre en el colegio, este le dio un gran abrazo.

-¡Feliz lo que queda de año!-le dijo.

Homper, cómo no, también se sorprendió por esa felicitación tardía. Quedaban casi once meses completos, lo cual, según Alberto, justificaba apelar aún a esa unidad de tiempo que se compone de doce. Él, taxidermista de profesión, estaba disecando una cabra montés el 31 de diciembre. Los animales disecados que llenan su estudio tienen el tiempo embalsado, explicó. Y no parecen dar la menor importancia a la oportunidad de las fechas clave.

-Además-añadió- Ni me di un respiro ni creí tu vida fuera a mejorar demasiado por felicitarte en ese preciso momento, ¿comprendes?. Así que te felicito ahora, porque más vale tarde que nunca…

Homper pensó que su amigo tenía la razón. Y emprendió un poco más feliz que antes del encuentro con su amigo el taxidermista los casi once meses que le quedaban del año.

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Siempre comete uno en estos casos olvidos imperdonables. Suscribe este todo lo que contribuye a simplificar el exceso de las Navidades y el Año Nuevo. Que felicite, celebre y regale el que quiera y pueda, pero sin atormentarse  por no haber sido esos días ni Teresa de Calcuta ni el Corte Inglés, que es para muchos el maná de felicidad facilona de nuestro tiempo.

Así y todo, uno es consciente de que dejó sin enviar felicitaciones a personas que de verdad se las habían ganado. Por ejemplo, a aquellos amigos de amigos que, sin conocerle, le abrieron las puertas de su hospitalidad en un lugar donde todo respiraba felicidad. Por ejemplo, a Christian y Priscilla de Bronac, señores de un paraíso de la naturaleza en Plouay, en el corazón del sur de la Bretaña francesa. En la deliciosa longére que la pareja se arregló hace unos años, rodeada de los bosques más frondosos que uno ha conocido, se alojó el bloguero durante cinco días, compartiendo con ellos y sus hijos esos placeres que raramente disfruta el turista: pasear, conversar, cocinar juntos y dejar pasar el tiempo en el silencio sólo roto por el viento que mecía la copa de aquellos inmensos árboles. Cuando el viajero llegó a su propiedad, el joven abuelo montaba un fantástico columpio para sus nietos, tarea que para un manazas como el que suscribe sería un infierno. Todo un símbolo: la felicidad hay que trabajársela en todos los frentes.

Tan importante como desear ésta a quien no la tiene, es desear que la conserve a quien parece disfrutarla ya con largueza, como los amigos de Bronac. Este malqueda está seguro de que en el panorama de Christian, Priscilla y su descendencia no todo será de color de rosa. Pero el resultante que exportan su sonrisa y su actitud es de paz, alegría de vivir y gusto por compartirla con los demás. Que Dios se la conserve y, a ser posible, se la mejore en este 2011. Por ejemplo, haciendo que en agosto llueva al menos lo necesario para que en sus bosques de cuento nazcan a tiempo esos cèpes y cantarelas que este verano no pudimos encontrar. Toda felicidad es mejorable, y a estas alturas de enero aún es tiempo de echarla el lazo.

Por todo eso, y siguiendo el ejemplo del amigo de Homper, para los de Bronac y para todos los que no felicitamos en su día,  feliz lo que queda de año 2011.

Galletas del alma por Navidad

Si no hubiera Navidad, habría que inventarla y darle las gracias por venir...

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Un ejecutivo de empresas que tenía que tomar un avión entretuvo su obligado retraso comprando los periódicos y un paquete de sus galletitas saladas favoritas. Se sentó a leer frente a la puerta de embarque, dejó su bolsa de viaje en el asiento de al lado y mientras hojeaba el repertorio de amarguras que últimamente suministran los papeles, abrió mecánicamente el cartucho de galletas y empezó a comérselas. Al poco, advirtió que otra mano procedente del asiento siguiente al de la bolsa iba haciendo lo mismo que la suya. Esto es, se alargaba hasta las galletas, cogía de cuando en cuando una y se la llevaba a una boca que, por el momento, el viajero ni siquiera había mirado.

Al principio no le dio mayor importancia. Pensó que sería un despiste y continuó comiendo sus galletas mientras seguía leyendo sus periódicos. Pero ante la insistente desfachatez de aquella mano que no cedía turno, no pudo resistirse y torció su cabeza buscando ver la cara al ladrón.

-Me lo temía –se dijo con resignación- Es el signo de los tiempos…

Sus sospechas se confirmaron. La mano furtiva pertenecía a un joven mochilero con barbas y pendiente que, impávido, se aprovechaba de él para aliviar su gazuza o su aburrimiento. Se indignó sobremanera, pero pensó que no valía la pena provocar un incidente por unas galletas saladas. Sólo se tensó cuando ambos llegaron a la última galleta. Entonces el joven la partió por la mitad, tomó la que creía que le pertenecía y, sin decir palabra, se levantó de su asiento y se fue.

El cabreo del ejecutivo contra aquel pícaro de aeropuerto sólo cedió cuanto tuvo que subirse al avión. En ese momento, al abrir su bolsa para sacar la tarjeta de embarque, se dio cuenta de que el cartucho de galletas que había comprado en la tienda permanecía intacto donde lo guardó, y que era él con su despiste quien se había aprovechado de la generosidad de un mochilero al que ni siquiera dio ni las gracias.

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La anécdota se la contaron al Duende hace unos días, y éste se le quedó grabada porque parece un cuento de Navidad de nuestro tiempo. A los cristianos nos enseñaron que esta es una fiesta para compartir. Y se puede compartir de todo con todos. Van pasando las navidades de nuestras vidas y, a falta de tiempo y de recursos para compartir algo con las personas a las que uno quisiera susurrar un cálido feliz Navidad a la oreja – afortunadamente son muchas- uno sueña con  Dickens para dejarles al menos una emoción o una sonrisa.

Dickens, please. Échale una mano a este duende.

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Nada, o quizás algo así, tiene que ver esto con lo que pasó por él durante la última experiencia musical que vivió el domingo en el Monasterio de Yuste, donde, con la Orquesta y el Coro del CEU cantaba El Mesías de Haendel. Leer una partitura te permite, entre otras cosas, entender textos que normalmente, y más cantados en coro, permanecen ininlteligibles para el oyente. La gran música coral gusta y conmueve, pero raramente se entiende. Este bloguero ni sabía que existía la palabra zaragatero (bullicioso, zalamero) hasta que tuvo que cantar la Mazurca de las Sombrillas de Luisa Fernanda. La había oído antes mil veces, pero, sencillamente, no la había escuchado con claridad. Mucho menos El Mesías, cuyo libreto original es en inglés del siglo XVIII.

Y sin embargo, a fuerza de repetirlo en los ensayos y por una triple coincidencia, doce palabras, doce, se le van a quedar  prendidas con imperdibles en el corazón de esta Navidad.

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Por la mañana había recibido en su correo una felicitación de su entrañable Inés Velasco y Vidal-Abarca, que ha sido siempre, el espíritu de la Navidad con faldas. Alegre, positiva, generosa, encantadora. Una joya de mujer. Casualmente, menudo contraste, luego el Duende se topaba en  las páginas de El Mundo con un dramático reportaje sobre la muerte del Jesús Velasco Zuazola, su padre. Los hijos que mordió ETA, pretitulaba el periódico. Inesita sólo tenía doce años cuando los terroristas tirotearon y asesinaron al comandante Velasco tras dejarla  a ella y a sus hermanas en el colegio.

Finalmente por la tarde, después de haber cantado el Aleluya que celebra la resurrección de Cristo, este bloguero seguía emocionado una de las arias más bellas del Mesías, aquélla en la que tenor y contralto se alternan cantando unos versículos de la Epístola a los Corintios: Oh death, where is thy sting? Oh grave, where is thy victory? (Oh, muerte, ¿donde está tu aguijón? Oh, tumba, ¿Dónde está tu victoria?) Estas doce palabras le hicieron meditar. Se acordó de los injustamente arrebatados por el asesinato, como el padre de Inés. Y de su amigo Félix, que se fue tres meses atrás por culpa del cáncer. ¿Murieron realmente, con tanta vida como nos han dejado a su paso?…

Qué suerte ser un cristiano, aunque sea nebuloso, y poder recibir el mensaje vitalista de la Navidad. Y qué emoción compartirlo con tantos, como si fueran esas galletitas saladas que el mochilero ofreció en el aeropuerto sin decir esta boca es mía. Afortunadamente, seguirá habiendo cuentos de Dickens a todas las escalas. For ever ande ver, como se canta en el Aleluya.

Tiempo, desmemoria y sentido del humor

 

Los años...¡La cabeza!....

 

También se sorprende Homper de las jugarretas que en la edad madura gasta la memoria. Le pasa a él y le pasa a sus amigos, incluso a los más doctos, cultos y refinados, como el eminente abogado y diplomático S.M.L., marqués de Betanzos y Barón de Cap Llentrisca (no olviden que el escritor Javier Marías es rey de la Isla de Redonda, aquí el que no corre vuela). Mantiene Homper que fue este humanista contemporáneo –Betanzos, no Marías- el que se inventó el neologismo cuando hablaban entrambos del declinar de los libros, o al menos de las enciclopedias.

-Todo lo acabamos buscando ahora en Internet –dijo- Y a todos nos podrían llamar ahora eruditos a la Googleta.

Aún habrá quién recuerde a los eruditos a la violeta, como llamó Cadalso a los petimetres que en el siglo XVIII alardeaban de sabiduría con sólo un ligero barniz de enteradillos. O sea, lectores de solapas de libros, o de críticas que te resumen lo que dicen estos. Maestros en el manejo de la espumadera intelectual, que la pasan  donde se fríe esa masa heterogénea que ahora llaman cultura y algún fleco suelto de la fritura atrapan. Con ese equipaje y la ayuda de Google, todos eruditos a la Googleta, y capacitados para cualquier tertulia o mesa redonda, porque vivimos en el imperio de la superficialidad. Así lo contó el abogado y diplomático, marqués y barón por añadidura, al perplejo Homper.

-Todos somos eruditos a la Googleta, en efecto.

El señor marqués/barón es un hablista, y utiliza mucho, también, esta locución adverbial de novela decimonónica, en efecto. En efecto, todos usamos y abusamos de Google, pero también en efecto, el inventor del neologismo fue él, y no Homper.

Es verdad que éste debía animar una sobremesa en agradable encuentro cultural que se llama –o se llamó, que no sabe uno si la crisis se lo llevó por delante- Pretexto Covarrubias (ver, si se desea, el post que le dedicamos en noviembre de 2007). Y que le tocaba presentarse  ante una plantilla de intelectuales que capitaneaba Mario Vargas Llosa. Lo cual que se acordó del palabro y lo soltó para definirse como generalista que parlotea de casi todo sin saber de nada. Pero dijo lo de la Googleta citando las fuentes, y el hoy Premio Nobel de Literatura celebró la ocurrencia  con una de esas risas dentonas suyas que tanto embelesan a las señoras. Al César lo que es del César,  a Varguitas todo honor y toda gloria y al marqués/barón de Betanzos y Cap Llentrisca lo que le pertenece y su mala memoria se empeña en dilapidar.

Cualquier día de estos quedamos a pasear  y representamos en vivo aquel chiste de ancianitos nostálgicos que, con la voz cascada de tertuliano de casino,  tan magistralmente contaba nuestro amigo Félix.

-Oye, Betanzos…¿Te acuerdas de cuando veníamos al Retiro y seguíamos a las chicas?…

-Sí, Homper…Pero lo que no recuerdo es por qué…

Tempus fugit. Si no hay más remedio, que se lleve la memoria, pero que nos deje al menos el sentido del humor.

Cambiando de aires 5/Por la Bretaña de Mr. Hulot

No hace falta tener una villa como ésta para disfrutar de la costa de Bretaña. Te das un largo paseo por la ruta que bordea Dinard y te sientes el rey del mundo...

Dónde viajan los que tienen tiempo y dinero para viajar donde les llega la real gana. Por qué gustan tanto de ir donde van los que son de su condición, no desmarcarse, saber que se encontrarán siempre a los suyos. Por qué no buscan otros destinos menos trillados. Los niños con los niños y las niñas con las niñas, se cantaba antes en los corros infantiles. Y los ricos con los ricos. Dónde va Vicente, donde va la gente. Más bien al Mediterráneo, aguas esmeraldas, puertos acogedores, buenos barcos, navegación tranquila, calas tentadoras,  noches locas llenas de fiesta, cenar un pescadito junto al mar rodeado de magnates y de rubias, luciendo el moreno sobre un blusón blanco y sonriendo a los conocidos que se agolpan en el mismo restaurante de moda.

-Don Leoncio, qué gusto verle otra vez por aquí –le dice sumiso el maître mientras hace cuentas del ojo de la cara y la yema del otro que le cobrará por el crustáceo del día- Le tengo reservada su mesa de siempre…

Le reconocen, le reverencian, le sonríen. Es feliz.

Seguramente don Leoncio también ha viajado donde los demás. Quizás en otros tiempos, cuando era estudiante y más curioso. Pero si ha ido allí, lo comentó poco, porque luce más el veraneo poderoso, y donde llegan los que no pueden pagar 1.000 € por un atraque tal vez  tenga algún interés cultural, pero interesa poco contarlo. Al tal don Leoncio lo que de verdad le pone es saber que él ocupa siempre un coto exclusivo. Por eso no le acompañó al bloguero en su recorrido por Bretaña.

-Lo siento, tío. Ahora sólo disfruto donde los destellos de la Visa Oro deslumbran más que el sol.

(Es exagerado. Leoncio no es tan simple, y en el fondo entiende los viajes de la clase media. De todo tiene que haber).

Sorpresas te da la vida. Y sorpresas que se hubiera llevado el viajero fardón al saber que la  costa norte de Bretaña fue en el período de entreguerras del pasado siglo la costa del glamour y del dinero de los leoncios de entonces. Le leyó en la guía este duende, y lo comprobó haciendo el  inolvidable y bellísimo promenade costero de Dinard, desde el cual se ve Saint Malo como una nariz amurallada del continente anclada en el mar. Hasta el crack del año 29 el casino de Dinard era punto de encuentro de los magnates. Francia  por ahí se desmelena en numerosos  cabos, separados entre sí por rías que multiplican el placer de una mansión con vistas a un horizonte de agua. Así ocurre que  en unos pocos kilómetros cuadrados se arrugan muchísimos kilómetros lineales de costa. Y el viajero puede contar en su paseo tantos chateaux, manoires, palacios y casonas de categoría como los que probablemente se asoman a nuestro Cantábrico desde San Sebastián a Finisterre.

No todo son delirios de grandeza. También se enteró el Duende de que en una de las innumerables y magníficas  playas de Bretaña era donde tomaba sus vacaciones Monsieur Hulot, aquel personaje pintoresco que encarnó en el cine Jacques Tati. La película se llamaba precisamente Las vacaciones de Monsieur Hulot, y fue una de las más divertidas que uno recuerda de aquel tiempo feliz en que uno acudía al cine para gozar, y no para pensar y sufrir, como ahora. No metió el viajero ni un dedo del pie en el agua, sólo cruzó las playas de Bretaña por el gozo de pasear. Pero buscó insistentemente la figura espigada de Tati, con su sombrero y pipa característicos,  y no la encontró. El esplendor de Monsieur Hulot, como el de la propia costa bretona, puede que pasaran, pero su encanto permanece. Aunque Leoncio  insista en que, ahora, todos los que son pasan el verano en otra parte. Modas y modos de entender la vida.

El gozo de hacer un jardín

Como esta dama del cuadro de Monet, la protagonista de esta historia también ha sabe del gozo de pasear por el jardín que has ido haciendo con tanto cariño....

Según Bondovío de Parpignac, filósofo, poeta, y polemista del siglo XVIII –no buscar en las enciclopedias, porque este nombre se acaba de inventar ahora para darle más autoridad al pensamiento que sigue- una de las vías más seguras hacia la felicidad que puede emprender el hombre es construirse un paisaje a su gusto.

Algunos elementos de éste, cierto es, escapan a sus posibilidades. Un mar, una montaña, una sierra, un desierto, un lago, una playa, un acantilado, un lago o un río son caprichos del Gran Arquitecto. Pero la voluntad y la mano humanas pueden acotar un punto de vista de la naturaleza que las rodea y embellecerla. Otros llaman a esto jardinería. O, más pretenciosamente, arquitectura del paisaje.

A eso se dedica afanosamente desde hace cuarenta años la señora Belén Bardají, que en algún directorio de la nobleza de España figurará como Condesa Viuda de Pinofiel, pero que en su pueblo, que es Arenas de san Pedro, aún es conocida como la Maribel. La Maribel era una moza morena, espigadísima y reidora. Se casó con un primo del Duende en una boda a la que éste acudió de pantalón corto, y hoy es una floreciente abuela mantenedora de uno de los jardines más hermosos y meritorios que uno recuerda. Por eso lo de floreciente, observen la perspicacia.

La señora Belén se ha propuesto ir a contrapelo de la tendencia natural de su pueblo que, como muchos otros de España, ha hundido sus encantos en los horrores de la moderna construcción urbana. ¡Ay si Don Álvaro de Luna, el de su castillo, y el infante Don Luis de Borbón, el de su palacio neoclásico, levantaran la cabeza! Y qué decir de la Triste Condesa. Vamos, que resucita ahora y solicita cambio de nombre.

-Por favor, señores munícipes. Si no les sirve de molestia, llámenme la Desesperada Condesa.

Afortunadamente para la señora Belén –que, aunque es condesa viuda no es nada triste ni desesperada, sino todo lo contrario- Arenas de san Pedro queda a sus pies. En una pequeña tierra que heredó de su padre en los alrededores del pueblo, justo antes de que la carretera caiga en el hoyo donde se erige el casco urbano, se hizo una casa y, a su alrededor, un auténtico paraíso botánico que es el oasis del viajero estival. Por ahí se dejó caer también este observador itinerante, que aún recuerda su momento germinal. Apenas había entonces unos pinos –hoy enormes-, algún membrillo y, cómo no, la fabulosa higuera con tronco en forma de sirena mitológica que hoy es una de las peculiaridades  más asombrosas del jardín.

Lo demás es el milagro de los que saben construirse un paisaje a su medida. No se sabe si será la corriente de agua  que circula bajo tierra o la mano amorosa de su cuidadora. El caso es que desde ahí el paisaje de Arenas de san Pedro consigue eludir las miserias del cemento y el ladrillo para ofrecer una estampa única de la sierra de Gredos festoneada por las flores de color fucsia de los árboles de Júpiter y los verdes variados de las múltiples especies arbóreas; arces, cipreses, melias, tilos, robles de Virginia aclimatados al tórrido verano arenense, acacias. Y arbustos como el rododendro, o el camelio. Y flores, miles de flores.

Lo grande de todo esto es que, según la señora del jardín, un bosque como el que crece ahí puede hacerse en sólo cuarenta años. Es algo más que el plazo que se tomó el Señor para crear el mundo. Pero no hay atajo sin trabajo, y, como diría Bondovío de Parpignac -y si no lo dijo él, lo dice este menda- hace falta la paciencia, voluntad y, sobre todo, el cariño de Belén para emular la obra del Creador. O sea, para  dibujar los pequeños paisajes  hermosos (léase jardines) que Él no tuvo tiempo de hacer.

Viva España y viva el lagarto

España ya es Campeona del Mundo de Fútbol. ¿Pasa algo si me acuerdpo del lagarto?...

Soñó el Duende que Del Bosque estaba en un triángulo. Digámoslo sin tapujos, Del Bosque, tan responsable, tan serio y tan bueno, incapaz de un mal gesto, de una pataleta o de exceso de júbilo que pudiera molestar a nadie, era Dios. Uno y trino, Iniesta, Casillas, Pujol y Villa se alternaban en los otros vértices de su triángulo.

Y el humilde bloguero pensó que no podía escribir nada en un día como éste. Estaba convencido de que, en el resacón patriótico-triunfal del día después, mucho le tendrían que querer los internautas  para asomarse por unas páginas incapaces de añadir una coma más a la obligada verborrea del momento. La España del desánimo ha muerto. ¡Viva España Campeona del Mundo de Fútbol!

Por eso quería comentar otra buena noticia. El mejor castaño de su lugar, el que tanto quería, y de cuya traición no quería hablar por razones obvias, se secó y murió sin decir nada hace un par de años. Por su tronco no corría ya más vida  que una yedra con la que se quería tapar las vergüenzas del gran árbol sin sombra. Pero, poco antes del partido, el Duende vio correr hacia él un enorme lagarto que se coló por un agujero abierto entre sus raíces.

Queridos lagartos, cuánto tiempo sin veros. Tenía razón Del Bosque cuando, minutos después del gran triunfo, respondía al presidente Zapatero valorando la humilde aportación del fútbol al bienestar patrio. “Tranquilo, presidente. Después de la lluvia siempre escampa”. Muera pues el pesimismo, hay vida después de la crisis. Viva la España contradictoria. Y entretanto, bravo por ese lagarto audaz que sabe plantar cara a lo incierto del futuro.

Pegado como una lapa a la manía de contar…

En días así, qué daría uno por ser lapa, agarrarse a la roca y ver como las olas de la vida vienen y van, y uno o una tan fresco o fresca....

1

Hace uno días, y como quien no quiere la cosa, una veterana visitante de este blog recordaba que el Duende había cumplido ya tres años. Uno se imaginaba entonces que tenía muchas cosas que decir. Como cualquier menda, examinaba los deberes cumplidos y los muchos por cumplir. Por ejemplo, cubrir el tópico: sembrar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. Por ejemplo, todo lo demás. Descubrirse entre las dudas, averiguar cómo puede uno apurar mejor su vida. Y hasta ser una mosca tontorrona de esas que misteriosamente se filtran en la habitación y que entretienen con su vuelo el tiempo apresado de quien la observa.

2

Verano rabioso. Hace no tres años, sino casi sesenta, a estas horas el Duende purgaba siesta. La odiaba, pero resultaba  razonable. Imagínense entonces, un estío severo en un pueblo rodeado de pinares donde sólo las chicharras, por millones, podían ser felices. Por las mañanas, y al atardecer, también se lo permitían a los niños. Con suerte, se refrescaban en una alberca de riego o en el río que bajaba de la sierra. Se acercaban a los aserraderos y con las sobras de los cortes se fabricaban espadas de madera que les convertían en mosqueteros del rey. Con algo más de habilidad y una navaja, se hacían barquitos a partir de la roña de los pinos. Por las noches, a veces un vaso de leche merengada.

Una  o dos veces a lo largo del verano, aparecían los titiriteros.

-Venga, niño-le decían- Coge la sillita pequeña y vámonos, que empiezan los títeres.

Un patio, cuatro bombillas, diez banderitas de papel. Un saxofón y un tambor. Dos payasos: el listo de la cada blanca, el tonto de la nariz colorada, los dos polvorientos. Una cabra amaestrada. El fantasma de Berlanga, tal vez de Fellini, rondando por allí. Y arriba, en todo lo alto, las estrellas de verano, que aún se dejaban ver en cualquier pueblo, sentado en aquella sillita enana que había que arrastrar desde casa.

Pero antes, claro, había sido necesario purgar la odiosa siesta. No se sabe por qué a uno se la obligaban cuando no tenían sueño, y encima sobre la cama, y con el cuarto a oscuro. Afortunadamente las contraventanas cerraban mal,  y por ahí se filtraban, refractadas en la pared, las pocas almas vivas que se aventuraban a pasar por la carretera. Se oían los cascos de una caballería. Se le veía pasar su espíritu siguiendo la dirección contraria a la que traían. Se alejaban, la sombra y el ruido de los cascos. Continuaba la siesta, tan oscura, tan aburrida.

Y de cuando en cuando, aparecía la mosca. La mosca, que a lo largo de la vida del Duende, sería la criatura más odiada e inoportuna, pero que entonces, con su zumbido y su intento desesperado de huir de aquel encierro sofocante, llenaba muchos minutos y acababa entreteniendo el tedio de la siesta-cárcel.

3

Sombra huidiza y mosca que entretiene. Se pueden buscar otras metáforas más estimulantes para la función de un duende en este territorio tan grande y desconcertante que es Internet. Pero hay días que la luz del sol aplana las perspectivas, y su calor africano mata las ilusiones.

Supone el bloguero que Lola no lo tomará a mal, celebrar tres años de blog de esta forma, tan bajo de tono. No pasa nada. Sospecha uno que a estas alturas de la canícula sus contemporáneos están refugiados en su cueva, al fresco, dormitando calladitos, tan lejos de esta manía de contarlo todo que nos deparó Internet, contarlo todo aunque no interese nada. Sombra huidiza o mosca desesperada. O tal vez lapa a la que todo se lo trae al fresco.

Pues sí. El propio bloguero, aplatanado y obtuso, cabreado por este primer sartenazo de julio, quisiera dejar de ser duende y convertirse hoy en una lapa del Cantábrico, batida por la incansable musculatura espumada de la mar. Pegada a la roca, ola va, ola viene, observando la existencia, que va pasando así mucho más fresquita. Unos asuntos se acercan, otras preocupaciones se alejan mar adentro, y no hay que pensarlas más. Entre ola y ola, mil gracias Lola, por tu recuerdo.  Sobreviviremos.

Encuentro estimulante con Javier Reverte

No todos los grandes escritores tienen interés al margen de su obra. Pero Javier M. Reverte sí.

Un ajuste de cuentas con J.S. Bach, finalmente no del todo asesinado. Un pleito en ciernes con un vecino de aquellos que el vulgo llamaría tocapelotas. Un reencuentro con la pandi de la adolescencia, en la que nos preguntábamos directamente por los nietos sin saber siquiera a ciencia cierta cuántos hijos tenía cada quisque. El fiasco de ver perder a España ante esos tíos tan opacos y aburridos que, según Harry Lime, el villano de El tercer hombre, sólo han aportado a la civilización el queso con agujeritos y el reloj de cuco Una contusión en el tobillo con el esquinazo de la cama por quererla hacer precipitadamente, magna putada de dolor inolvidable. Labores de  abuelo/canguro, inevitables por otra  parte. Los pocos compromisos profesionales que le quedan. Un cocktail en el Ritz al que le invitaron los amigos de Terras Gauda, criadores de un excelente vino del Rosal y otros asuntos personales ocuparon la semana de este bloguero. El caso es que, por fas o por nefas,  apenas salió a pasear con el cazamariposas de asuntos varios, elemental para su afán de duende. Y así le ha lucido el pelo.

También planeaba sobre él ese sol obstinado que a veces abrasa sus ilusiones: no te empeñes, colega, nunca pasa nada, y seguramente ya has dicho y escrito todo lo que tenías que escribir. O sea, el fantasma de la nada existencial, la náusea sartriana, el eco de la pregunta angustiosa que uno se hace cuando abre la gatera de su blog y mira dentro: ¿hay alguien ahí? Lo comentaba con Wallace, un viejo amigo que solía visitar este diván de psicoanalista barato y que se personó en el concierto de marras. Tarde o temprano todos acabamos encogiéndonos de hombros y pasando. Nunca pasa nada.

Y sin embargo pasó. Deambulaba el Duende por el aeropuerto de Bilbao cuando apoyado en un velador y ante una copa de vino blanco vio un rostro que le era vagamente familiar. Aquello de ¿dónde di con  este hombre alguna vez? Lo había visto en las contraportadas de muchos libros y en directo, presentando sus novedades literarias en los estudios de la SER, RNE y, muy recientemente, en la COPE. Y de repente se cayó del guindo. Aquel hombre de cabello cano revuelto, ojos claros y machadiano torpe aliño indumentario que me reconocía era uno de sus ídolos literarios. O más que eso, un maître á penser y, sobre todo, un maître á vivre, que dicen los franceses.

El duende que escribía poesías a su madre por el día de la ídem había querido ser después sucesivamente escritor como Salgari , Julio Verne, Agatha Christie, Charles Dickens. Joseph Conrad o García Márquez. También quedó deslumbrado en su día por Gerald Brenan, más próximo al hombre del aeropuerto. Pero desde su reciente madurez, cosa de ayer mismo, sólo soñaba aunar la escritura de la imaginación con la de la vida misma, viajes y pluma. O sea, lo que hace Javier Martínez Reverte, más conocido como Reverte el bueno. Leyó el bloguero su  muy famosa y vendida Trilogía de África y quedó literalmente fascinado por ese modelo de libros que unen documento y novela, aventura e historia, épica y lírica y subyugan como ninguna otra cosa al lector curioso. Comprendió entonces el Duende que eso era exactamente lo que hubiera querido hacer y escribir.

-No conozcas jamás a un creador en persona-le recomendaron a uno hace tiempo- Porque todo lo mejor de él lo ha volcado ya en su obra, y luego no tienen el menor interés.

Suele ser cierto. Con excepciones. Javier Reverte es  natural y simpático. Tan modesto, que si le dicen a uno que es representante de chuches, se lo cree. Le invitó a una copa, le llevó de Barajas a Madrid en el coche con chófer que su editorial pone a su disposición, y habló más de otros libros que de los suyos. Por ejemplo, del titulado Soldado de poca fortuna que escribió un tal Jesús  Martínez Tessier, casualmente su padre, que después de perder la Guerra Civil como soldado republicano perdió la Segunda Guerra Mundial como soldado de la División Azul.

Además, al contrario que otros revertes de mucho pisto, Javier es humano. Cuando el Duende le tarareó Se ha cortao el pelooooo, ¡la novia de Reverteee!…él continuó la copla dedicada a su homónimo más famoso, el torero sevillano Antonio Reverte, que inventó el quite de la revertina. Tan accesible y básico parece este gran escritor que vive cerca de un Corte Inglés y le gusta el fútbol. Aunque, qué lástima, sea del Real Madrid. Pero es humano al cabo, insisto,  y como buen conocedor de las flaquezas del prójimo no se molestará que el menda le recuerde que quedó en regalarle no un libro suyo, sino el de su padre, ese luchador que vivió del periodismo porque, después de haber perdido dos guerras, estaba claro que no podría ganarse la vida como soldado. Así se lo contó a este escribidor Javier Reverte, o sea, Reverte el bueno. Y así lo hace constar en un post cuyo verdadero sentido se puede resumir parafraseando otra copla: Me debes un libroooo/No te lo perdono….

Talese, José Luis Sampedro y las memorias de un vago

Siempre acaba encontrando uno un maestro que le enseña el camino. Aunque sea faltando...

Los blogueros son demasiado vagos, pero siempre hará falta un buen periodista que salga a la calle a escuchar a la gente.

No lo dice este Duende, lo dice uno que, según cuenta el suplemento cultural de EL PAÍS, es el padre del nuevo periodismo junto a Tom Wolfe. Se llama Gay Talese, ni puñetera idea de quién era. Aparece en las fotos del reportaje tan dandy retro como el propio autor de La hoguera de las vanidades, aunque menos refinado que éste, que siempre luce en las fotos vestido como si fuera un hermano del gran Gatsby. Del tal Talese, repite humildemente este vago, ni noticia hasta el domingo pasado. Un dato más de su incultura enciclopédica, y de ese prurito de los suplementos culturales en hacer monumentos a héroes desconocidos por la mayoría. Si escribieran de lo que le es familiar al resto de los mortales, perderían el discreto encanto de la progresía. Todos estos suplementos, como sus propios periódicos, cojean de algún pie. Y éste no es menos sesgado que otros. Pero uno cree haberle tomado la medida, y lo utiliza como referencia para triangular en el mapa ideológico y cartografiar la realidad. Más o menos.

Sin embargo, qué diablos, le ha molestado al Duende que un dandy con sombrero y traje de chaleco, chaleco de solapas, le llame vago. Vago y ciego, y sordo. Según él los periodistas investigan y curiosean, mientras que los blogueros vienen a ser algo así como periodistas de salón, sirenas varadas, jinetes estáticos, centinelas de nada. La verdad está en la calle, pero sólo para que tipos tan listos como Talese la observen, la atrapen con su fino instinto y nos la cuenten.

Ya lo sospechaba el Duende. Vaguea, eso es evidente. En el medio del camino de nuestra vida, que decía Dante, uno cree que ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Vamos a suponer que estamos en esa mitad de la vida de escritor de pildoritas, que esto será una moda que pase, que uno se fatigará y un día imprimirá todos los posts sólo para consolarse pensando que ha escrito tanto como un escritor.

-Hasta aquí –le dijo un día José Luis Sampedro abriendo la palma de su mano a la altura de su cadera- me llegaban los folios de Octubre, octubre cuando los puse en el suelo uno encima de otro.

El Duende le miraba asombrado. Coincidía con él en la SER, donde no callaba sus discrepancias con el sistema, y donde amistaba con las denuncias de espaldas al pueblo que hacía doña María.  Aquel hombre vitalista, rebelde y simpatiquísimo, entonces herido por la muerte reciente de su primera mujer, vivía solo, en un piso alto de la calle Andrés Mellado esquina a Cea Bermúdez, y escribía a mano. Desde su ventana se veían las cumbres nevadas de Guadarrama. Una o dos veces por semana tomaba un Llorente para ir a comer con su hija, que vivía en Pozuelo. Era la vida de un escritor que amaba su segundo oficio más que la economía, de la que tanto sabe y a la que nunca se cansó de lanzar reproches. Sanpedro, qué gran tipo. A él nunca le podrán llamar vago, como le llaman ahora al que entonces le visitaba con indisimulada admiración.

Más ironía, le acusan el mismo día que sube andando a la Bola del Mundo, una de las cimas de aquella sierra que el viejo maestro aún verá desde su casa. Camino de la Barranca, camino Ortiz, Camino de la Tubería…Le acompañan Belén Agosti y Begoña Ortúzar dos aguerridas mujeres que ni resoplan cuando los senderistas pierden el camino y coronan cumbre pisando piornos y manchones de nieve. Espléndido día, grandiosas vistas, preciosa marcha.  Es la ruta completa que, dos años atrás, tantearon bajo una lluvia implacable los lectores convocados por el Duende para conocerse y, tal vez, destruir el tinglado de su farsa. A todos se les recuerda en el camino: a Adela, Bob de Ca´s Barber, Wallace, Angelus Pompaelonensis, el Candil de la Sierra, Camiseta, Julián 29, Palinuro y señora…Todos caminaron también por este blog hasta que se dieron cuenta de que el abajo firmante es un vago. Y de que, a pesar de lo apasionante de la actualidad y de la vida misma, no sabe casi nunca de qué escribir.

A los que quieren que seamos amigos no se donde…

Quieren ser amigos suyos en Facebook, pero no saben que el Duende no sabe cómo llegar allí...

Se imagina el Duende una plaza solitaria y tranquila. En el centro, quizás, un estatua de prohombre o de general decimonónico, porque los de este siglo y el pasado no están bien vistos.  También hay un olmo,  o uno de esos magnolios enormes como los de los Jardines de Murillo de Sevilla o la Explanada de Alicante, ¿Que son gomeros? No sabe uno, hay árboles que se parecen mucho. Seguramente un lado de la plaza lo cierra una iglesia, o el edificio del Ayuntamiento, o el de la Audiencia Territorial, con su reloj, como señalaba el poema de Machado. Tampoco importa que haya un templete para la banda de música, que le da mucho encanto a estos remansos urbanos. De repente aparece un hombre. Se sienta en el banco a esperar. Se mira el reloj de pulsera, confronta la posición de sus manecillas con las del de la torre. Se levanta, cruza la plaza, vuelve a mirar el reloj. Se sube  las solapas de su gabardina, se cala el  sombrero. Se sienta en un banco a esperar.

Por otro lado aparece una dama de buena figura, melena y largas piernas. Puestos a ponerle cara, le apetece al bloguero elegir la de Greta Garbo. Se detiene. También mira el reloj. Da uno pasitos hacia el pequeño jardín circular que rodea la estatua. Inspecciona con curiosidad las flores. Levanta la cabeza: el reloj de la torre ha dejado caer sus campanadas. Echa un vistazo al suyo propio, y después, más por hacer tiempo que por coquetería, abre el bolso, saca la polvera, se mira en el diminuto espejo circular, lo cierra. Se coloca el bolso en bandolera y después, con los ojos fijos en el suelo, anda veinte metros poniendo un pie tras otro, como cuando, de niña, echaba a pies para elegir sus compañeras de equipo de balontiro.

Por la esquina oeste de la plaza asoma otro. Este viene preparado para esperar. Primero da unos pasitos, pocos, se rasca la barbilla, resopla, se desatasca el oído con un pulgar, saca un pañuelo del bolsillo, limpia sus gafas. Se dirige a otro banco, se sienta en él, abre el periódico que traía bajo el brazo y se pone a leerlo. Lo mismo puede estar informándose de que la Wermacht ha ocupado Polonia que del trasplante de cara que se acaba de hacer en el hospital Vall de Hebrón. La plaza es un lugar en cierta manera soñado, intemporal y evanescente.

Entretanto ha ido cayendo la tarde, y la plaza se ha llenado de gente. Todos parecen esperar a alguien que no llega nunca. Muchos fuman cigarrillos, y nadie les mira mal. Sí, definitivamente es una estampa del pasado. Lo advierte el Duende porque tampoco nadie ha sacado de su bolsillo un teléfono móvil, que es lo primero que hace ahora la gente cuando acude a una cita y el otro no ha llegado. De repente, la cigüeña  que anida en la espadaña de la iglesia se ha puesto a crotorar. Todos levantan la vista. Y alguno se atreve a romper el silencio y, después de comentar lo curioso que es el crotoreo de la zancuda, pregunta.

-¿Y a quién esperamos?

Nadie responde. Sólo el Duende sabe que le esperan a él. Clavada en uno de los muros de la esquina de la plaza, hay una chapa  que reza: Facebook. Todos los allí reunidos han mandado mensajes al Duende  diciendo que quieren ser amigos de él precisamente ahí. Pero el Duende no sabe cómo se llega, y se pregunta por qué hay que ejercer la amistad precisamente ahí, con la cantidad de lugares que hay para encontrarse.

Y quería decírselo en este blog, para que no crean que no aprecia su amistad, o que es un tipo mal educado. Es simplemente antiguo y poco dado a aventurarse por lo desconocido.

La moto Guzzi y otras debilidades del padre Bonete

¿Quién soy yo? no es pregunta fácil de responder. Aún le ocurre al Duende que va con alguien por la calle y se cruza con otra persona  que se le acerca y le da un abrazo mientras grita: ¡Echegoyen!…Y el compañero de paseo se sorprende y, después del encuentro, le pregunta la razón de que le llamen así. Y el Duende explica que casi nunca ha sido el que es, y que en la adolescencia colegial, y por aquello de que lo vasco estaba de moda y caía la mar de bien gracias en parte al Athletic de Bilbao (entonces, por cierto, Atlético, que había que cuidar la lengua del Imperio, tan bobo Franco entonces como ahora la Generalitat de Cataluña) deseó tener un apellido vasco.

El suyo es catalán. En el reduccionismo paleto de la época, la imagen del catalán era la de un señor roñoso que salía en las comedias, en las zarzuelas  y en los chistes como vendedor de medias  o industrial interesadillo. Véase el pintoresco viajante de comercio de Katiuska o muchos años después el fabricante de porteros automáticos de La escopeta nacional. Y el Duende pensó que mejor llamarse como un deportista vasco. Por no plagiar a los del Athletic, tiró de gacetillas del frontón Jai-Alai y vio que se anunciaba un partido Salsamendi-Echegoyen. Le pareció  más serio el segundo apellido, y partir de entonces, y hasta el final de la etapa escolar, sus compañeros y amigos tanto le conocieron por su verdadero patronímico como por el seudónimo con el que se camufló.

Pero para los que le conocieron más tarde, el Duende puede ser otra mentira. Por ejemplo para Antxon Urrusolo es, sobre todo, el padre Bonete, la caricatura radiofónica que le llevó a invitarle a Aspaldiko. Al padre Bonete siempre le imaginó el Duende igual que ese curilla con sotana y paraguas abierto tallado en madera que venden en Santiago de Compostela como souvenir turístico con la leyenda Chove en Santiago. Para completar su arcaica imagen, a tono con la moral que predica, el Duende le montó en una motocicleta Guzzi Hispania roja, de grandes ruedas y motor de inconfundible ronquido que era un icono en las calles de los años cincuenta del pasado siglo. El padre Bonete iba  a su servicios religiosos en Guzzi y con su manteo al viento. Paradójicamente, si se le comparaba con la del Zorro de Douglas Fairbanks (ahora Antonio Banderas), su estampa de jinete mecánico era pura modernidad.

Ahora una Guzzi Hispania es algo tan estético y  tan representativo de una época que sirve para decorar escaparates. Y en uno de éstos la vió Jorge Prádanos, ex compañero del Duende en RNE afincado en Sevilla, periodista, gastrónomo, cocinero refinado, compositor y cantante, alma de bohemia, pecador contumaz y, quizás por ello, también nostálgico del padre Bonete. Sabedor de que éste sólo perdonaría sus deliquios de la carne después de una penitencia que habría de incluir, cómo no, una invitación a degustar alguna de sus exquisitas recetas, Jorge Prádanos vio una Guzzi Hispania en el escaparate de una tienda de trajes de sevillana que ya presenta sus nuevos modelos para la Feria de Abril. La fotografió, y mandó las fotos al padre Bonete con una larga y cariñosa carta en la que recordaba sus años juntos en la radio, le mostraba su afecto y le pedía perdón por sus pecados. Ego te  absolvo a pecatos tuos…

¿Y quién soy yo?-se preguntaba el Duende. Pues un hombre sin identidad clara, pero hoy sólo un amigo agradecido. Que, como muestra de su afecto a Jorge Prádanos, se atreve a reproducir aquí una receta de éste que le encanta al padre Bonete y con la que cualquiera puede cosechar elogios sin meterse en grandes gastos. Tomen nota, que para algo tenía que servir alguna vez este blog.

Pechugas rellenas á la maniére de Jorge Prádanos

-Se compran las pechugas de pollo abiertas en librillo. Cuanto más finas sean las tapas del librillo, mejor. Se rellenan con una loncha de jamón. Se salan (muy poco) y  se les pone algo de pimienta molida. Se rebozan en harina, se doran en un poco de aceite y se retiran.

-En  la misma cazuela donde se doraron las pechugas, se pocha gran cantidad de cebolla. Cuando la cebolla esté transparente, se vuelven a meter en la cazuela las pechugas. Y se las cubre con zumo de naranja.

-Se les pone a fuego medio durante 25-30 minutos (dependiendo de la cocina y de la cantidad), añadiendo vino de Jerez (seco u oloroso, mejor que dulce), una hoja de canela y pimentón de la Vera picante, al gusto.

- El resultado es un segundo plato delicioso y muy lucido, que todo hay que considerarlo.

Pues hale, a disfrutarlo.

La caprichosa estructura del placer

¿Imaginan que este personaje de Friedrich, además de admirar este paisaje, hubiera estado haciendo uno de esos pises que tanto placer dan al cuerpo?...

Sueltas un pececillo de colores en el blog, se abre el debate, aparece el elenco de comentaristas habituales, lanzas la caña y sacas una merluza maravillosa. De la anécdota a la categoría en un pispás. Todo depende de la parroquia.

Al Duende a veces le acompleja el calado de las reflexiones que precipitan sus comentaristas. Quisiera ser filósofo de profundidad, y formular de vez en cuando una reflexión de peso para estar a su altura. Pero está la mañana resplandeciente, y aunque las noticias siguen siendo pesimistas, se le va a la cabeza a pájaros (ya verán por qué). Sólo, y por refutar levemente a uno de nuestros más conspicuos agitadores – con nombre de escritor de novelas de misterio-, diría algo que pretende explicar la debacle del estado de bienestar que se anticipa. Allá va: en este mundo donde la economía de lo superfluo se ha convertido en esencial, todos debemos engañar un poco a todos para sobrevivir. A ver cómo atan esa mosca por el rabo.

Ayer el Duende se entretenía estudiando la estructura del placer. De momento, ha llegado a la conclusión de que hay placeres simples y placeres compuestos. Pero nunca ha tenido claro si un torrezno recién frito o una de las Variaciones Goldberg de J.S. Bach –placeres simples- son menos gratificantes para los sentidos que una ensaladilla rusa o la muerte de Tristán, modelos de creación donde varios elementos se coordinan para obtener resultados asombrosos. A veces el placer sublime es una yuxtaposición de circunstancias que concurren en un instante mágico. Naderías bonitas, y muy oportunas, que si se atrapan al vuelo dan otra idea de lo que es calidad de vida.

Verán. Pasó el Duende el fin de semana en Asturias con sus amigos Félix y Begoña, en las verdes laderas de San Martín de Luiña En uno de los pocos ratitos que dejó de llover escapó corriendo a la playa de San Pedro de la Ribera. Había marejadilla. Cuando las olas rompen con violencia, la mar parece más sincera, el olor del yodo y de las algas se hace más penetrante y la marina se le antoja a uno más limpia. La barra iba del azul plomizo del agua aborregada  al violeta algodonoso de un cielo de temporal. Por el horizonte parecía que iba a asomar la proa del buque fantasma. El Duende recorrió la playa por el suelo de arena endurecida que le alisaba la marea baja, y se llegó hasta la desembocadura del río Esqueiro, en el extremo opuesto al camino de llegada. Allí se plantó frente a aquel cuadro digno del mejor Caspar Friedrich y se puso a escuchar la incomparable música de la mar agitada.

No fue bastante. Embelesado estaba cuando escuchó a sus espaldas otra musiquilla singular. Volvió la cabeza y se llevó la alegría de comprobar que venía de una bandada de jilgueros que picoteaban y revoloteaban por la orilla del río. Cuánto tiempo hacía que no los veía ni escuchaba su canto, les creía huídos del desarrollo, pero allí estaban, frente al mar, dando su pintoresca fe de vida.

Y aún hubo más. Un vaso de agua al despertar, un café, un zumo, otro café. A veces el Duende se echa a la naturaleza y se olvida de que los riñones siguen trabajando. Pero qué diablos, quién iba a haber por ahí espiando, con ese día, qué otro loco iba a estar enhebrar la marina bravía,  el buque fantasma, las atmósferas mágicas de Friedrich, y los huidizos jilgueros. Estaba solo, era completamente libre, y sólo sentía, por añadidura, unos deseos irreprimibles de hacer un inocente, pero largo, larguísimo  placentero pis inexplicablemente contenido hasta ese momento tan especial.

Y, totalmente desinhibido, descubrió  otro componente eventual de  la singular estructura del placer compuesto.

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