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Casi todo es tan “deja vu” como los Goya

Si te gusta el cine, seguro que a la misma hora que se entregan los Goya hay alguna cadena que emita una película...

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Sostiene Homper que una de las ventajas de los años es que te permite desmarcarte de lo políticamente correcto sin que la conciencia te torture demasiado.

-Por ejemplo-sostiene mientras se fuma un puro de chocolate- Puedes confesar que la moda te importa un bledo. Que te aburren hasta la saciedad las pasarelas, las

  • Cibeles  o la Fashion Weeks
  • , que ya no se cómo se llaman. Que el noventa por ciento los suplementos dominicales de los periódicos pueden tirarse directamente al cubo de la basura, sección feria de vanidades. Que lo que vale la pena de ARCO cabría en el hall del Prado, sin tener que andar kilómetros y kilómetros para ver boutades de colores y composiciones de aire frito. Y que lo peor del cine no fue el landismo ni las películas de Juan de Orduña, o de Sylvester Stallone, quién las pillara. Sino ese estomagante espectáculo de sonrisas, lágrimas, lentejuelas, gilipolleces y descarado autobombo en que se han convertido las galas cinematográficas.

    Y en su  anatema no hace distingos.

    -Me aburren tanto le ceremonia de los Oscar y Billy Cristal como la de los Goya con el gracioso de turno que imponen las televisiones para vender mejor.

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    Al Hombre Perplejo le dejó muy sorprendido que una mujer de pueblo como Doña María supiera poner al cine en su sitio.

    -¿Sabe usted que cuando Rhett Butler besa a Escarlata en Lo que el viento se llevó al Clark Gable le olía el aliento?

    -No me diga.

    -Pues sí. Se conoce que tenía  una muela mu picada, pero como la Vivien Leigh era mu buena artista  lo disimuló mu requetebién. El cine es mentirijillas. Y eso es lo que me gusta a mí del cine, que pa verdades y dolores ya tenemos la vida misma.

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    Según Homper el argumento de Doña María está lleno de razón: cuando destripas el cine, este pierda su encanto. Los que ella llama artistas, según el lenguaje de su época (ahora son actores o actrices) son muy interesantes cuando no son ellos, sino su personaje. Luego los conoces en un bar o en la cena en casa de un amigo y resulta que están obsesionados porque les han puesto una multa de circulación. Y hasta se atreven a hablarte de su colesterol, como si en lugar de ser inmortales fueran del comercio.

    -Un desastre, doña María, usted da en el clavo. Del artista, lo único que hay que conocer es su arte.

    -¡Ya ve usted!…Cuando una piensa que a George Clooney también `puede que le abandone el desodorante!…

    Esa es la  realidad aplastante. Como otra que aún lo es más, y que comparten Homper y la doña con todos los que ya tienen unos años. Pones la tele, se abre el telediario y ya sólo por la cara del presentador puedes ir recitando la noticia. Vas a una junta de accionistas y presientes las palabras del Botín de turno. Entrevistan a un ministro y te imaginas ce por be lo que va a decir de la crisis. ¿Quién no es capaz de adivinar el discurso del rey? No digamos nada de los niños de San Ildefonso, de la homilía del cura, de la proclama del sindicalista, del elogio al amigo o al pariente que ahora se ha incrustado en las bodas y funerales, de la rueda de prensa del entrenador de fútbol, como si cualquier partido fuera un consejo de ministros. Todo parece ya visto y oído, qué aburrimiento, la noche lela que nos espera: doy las gracias a mi madre, pero este Goya no es mío, sino del equipo, porque detrás de una película hay un puñado de trabajadores (aquí añadirán trabajadoras) que…

     Dejá vu, repiensa Homper. Pero como ya estoy en el desguace,  me importa un comino lo que digan los demás. Así que cogeré el mando de la tele y en lugar de inyectarme empalaguina en vena, buscaré una cadena que ponga una película.

    -En el peor de los casos- concluye- sólo será eso: una película.

     

        

    Un rayo de sentido común

    Rajoy de niño ya tenía cara de empollón. Mejor: si alguien quiere ser presidente de gobierno, que se lea antes los papeles...

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    Homper hacía tiempo que no se quedaba perplejo por un motivo así. Cuando comunicaron los resultados del escrutinio, primero se pellizcó para comprobar que estaba despierto, y luego se rascó la cabeza con gesto de catador de vinos. O sea, pasmo, extrañeza, cierta sensación de que el triunfo de Rajoy tenía más gato encerrado que el deber de enfrentarse al caos. Finalmente Homper ensayó postura de pensador de Rodin  y dijo solemnemente para sí mismo la filosófica frase del día.

    Ergo quedaba sentido común!….

    Como Homper está jubilado y es de esos pelmas que se empeña en hablar de todo con el primero que se encuentra, repitió la frase cuando el tendero del barrio, luego de despacharle el pan, el periódico y la leche, le preguntó su opinión sobre el resultado de las elecciones. Y comprendiendo que el tendero no sería partidario seguramente del triunfador, añadió que lo del sentido común no era tanto porque el pueblo haya elegido la mejor opción como porque, desde luego, ha querido reprochar al PSOE sus dos legislaturas de desafueros.

    -Va a se que sí, señor Homper –le dijo el tendero- Mi madre al principio de escuchar a ZP le parecía muy majo. Pero de la que empezó a romper todo lo que ya teníamos medio arreglado en España dijo: este chico no se ha leído los papeles.

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    Leerse los papeles, pensó Homper. No está mal visto, caramba. Mariano Rajoy no ilusiona, no vende glamour, no dice frases hermosas como aquello de que la tierra sólo es del viento, es visceralmente incapaz de seducir a Ana Belén, a Bosé y a Almodóvar. Pero da la impresión de haberse leído muchos papeles antes de rechazar su plácido futuro de registrador de la propiedad para embarcarse en el arriesgado empeño de presidir un gobierno en España.

    -Y mira que el ZP tenía labia. Pero…¿por qué no se leyó los papeles que hay que leer para saber donde te metes y qué terrenos pisas?

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    No se leyó libros de economía y le estalló la crisis. No hizo las cuentas bien, ni se tomó el trabajo de calcular lo que tenía para gastar. Política energética, Plan Hidrológico, Informes PISA sobre Educación…¿de verdad leyó algo de todo eso?  Tampoco debió de haber leído a fondo la Constitución, pues la reventó él mismo después alentando estatutos imposibles. Pasó de Europa y de toda política exterior que no fuera Castro, Chávez y su fantasmagórica Alianza de Civilizaciones y así nos luce el pelo. Y, oh, sorpresa, en su gobierno y en su partido no hubo nadie con el suficiente peso y el valor necesario para darle un toque de atención y recordarle que hay que leerse bien los papeles antes de tomar decisiones importantes.

    -¿Era lógico que el pueblo confiara en Rubalcaba, el mismo que ha secundado sin chistar todos los disparates de un jefe que se creía como Alicia en el país de las maravillas?

    Faltó en los derrotados preparación y percepción de la realidad. Y faltó valor y autocrítica en el partido que los apoyaban. Homper piensa en cambio que lo que  no ha faltado es sentido común en el electorado, que harto ya de vendedores de crecepelo y utopistas de cristal prefiere ahora a un tipo serio que al menos se leerá los papeles.

     

     

    El vaso de Nerón y otras joyas de nuestra cultura

    De las extravagancias de Nerón cualquier escritor audaz puede hacer un best seller...

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    Una arqueóloga descubre entre las piedras sillares de un viejo molino un pequeño cofre que contiene un vaso de vidrio y en su interior un parche para ojos tuertos. El vaso lleva grabado la letra N, mientras que en la cinta del parche se adivinan las iniciales A.M. C. El extraño hallazgo excita la curiosidad de Genarina, que en realidad buscaba en la zona  restos iberos. Genaranina está obsesionada por la incidencia de los fenómenos paranormales en el curso de la historia, de manera que se pone a a investigar y después de dos décadas tirando del hilo llega a la conclusión de que el vaso, que por la calidad de su vidrio se puede datar en el siglo I de nuestra era, es el que usaba Nerón para guardar sus lágrimas. Desde Quo Vadis, efectivamente, toda la humanidad sabe que el emperador, aunque fuera cruel, también era llorica.

    Por otra parte, el parche de ojo resulta ser el de Ana Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli. La coincidencia  parece un absurdo, pero Genarina sigue estudiando el caso y un día comprende que Nerón, arrepentido de haberse portado tan mal con los cristianos de Roma, fue abducido por las fuerzas del bien residentes en Paramia, una estrella situada a tres millones de años luz, y realizó un viaje astral de quince siglos para entrar en contacto con esta afamada tuerta, a la sazón amante de Antonio Pérez y muy cercana al rey Felipe II. La princesa había ofrecido al rey prudente los servicios de un Nerón reconvertido para hacer una Contrarreforma en toda la regla, con el rigor y la severidad que exigía la herejía luterana. Una labor para la que el desalmado emperador romano, que sólo tendría que cambiar la dirección de su innata vesania, era el baranda indicado. El papa y el católico rey de las Españas se encomendaron a Dios y dieron el visto bueno, porque, como subraya el propio libro, “el fin hay veces que justifica los medios”.

    Pero la CIA, que desde hace diez años ha rehabilitado en secreto la máquina del tiempo de H. G.Wells, media en el asunto. Tiene reservada para la intrépida pareja la misión de infiltrarlos en La Meca  y generar desde allí una célula de activistas que acabará con Al Quaeda. El hombre clave es su agente Brad Trochows, educado a los pechos de la Stasi y más tarde de de Putin  y vendido a los a yankis por un duplex en la Quinta Avenida, un paquete de acciones de Walt Disney Produccions y la colección de bragas de Mae West que ha cedido generosamente para el soborno el rijoso millonario Alistair Sobornes. (A cambio, todo hay que decirlo, éste obtendrá la licencia de explotar una mina de diamantes en la Libia de Gadaffi, a punto de caer). Sin embargo, cuando Brad inicia el conjuro utilizando el vaso de Nerón, un inoportuno estornudo le provoca un movimiento brusco, el vaso cae y la joya arqueológoca queda rota en mil pedazos, dando al traste con la operación.

    La solapa del libro advierte que es “el nuevo fenómeno editorial de la novela de historia-ficción, un original e inteligente recorrido por las zonas más oscuras de la historia de la humanidad trenzada con una apasionante trama de intrigas, espionaje y misteriosos asesinatos ”, y asegura que ahí se desvelan las claves del amor lésbico que se sospecha que mantuvo Cleopatra con la cocinera de Marco Antonio, de la emboscada que acabó con Viriato, del asesinato de Rasputín y de la extraña muerte de Michael Jackson, aparte de apuntar pistas solventes para resolver el viejo problema de la cuadratura del círculo y de la piedra filosofal. Todo por sólo veinticuatro euros.

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    El vaso de Nerón, que así se llama la novela, está firmada por Adriana Nevol, pseudónimo de Petra Gómez, periodista muy de izquierdas que pasó diez años de corresponsal en Moscú y veinte años predicando el marxismo-leninismo hasta que comprendió que la cosa ya no vendía un clavel, y que la mayoría de sus coleguis ponían un dedo al azar en el calendario de la historia, elegían un personaje más o menos conocido, investigaban en todo aquello que nadie había investigado nunca y que parecía poco probable que fuera investigado y se ponían a escribir una novela histórica que el público recibía con entusiasmo.

    -Porque desengáñate, Petra-le dijo la ejecutiva de su editorial-La literatura pura es como agua que se escurre entre los dedos. Y la gente quiere aprender, aunque sólo sean tonterías.

    La editorial apostó fuerte por El vaso de Nerón,  y hasta produjo un spot para la tele en la línea de esos trailers de películas de Hollywood que mezclan mitos, historia, verdad, ficción, churras, merinas, sinfonía de efectos especiales, algún guaperas como Johny Depp y Angélica Jolie y luego arrasan en taquilla.

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    Al siempre susceptible Homper también le impresiona la manga ancha  con que ahora se cocina  la cultura que nos invade. Digamos que de este vale todo espiga como positivo el “algo queda”. Del famoso fenómeno El código Da Vinci él no entendió casi nada, y más bien le pareció una patraña o, como dice el castizo, una paja mental. Pero evidentemente sale a la palestra Leonardo y el supuesto misterio de su Última Cena.

    -Menos da una piedra-se dice.

    Y la transversalidad como método, que tanto vale para la educación como para la divulgación o la creación literaria O sea, empezar hablando del parche del ojo de la Princesa de Éboli y acabar, no se sabe cómo, en la lucha contra el terrorismo islamista. Amplitud de miras, curiosidad, imaginación y audacia sin límites para encontrar un hilo conductor más o menos verosímil y saltar sin barreras de un asunto a otro. El resto debería ser calidad. Pero más probablemente es promoción o pura suerte.

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    Preocupado de que su estupefacción permanente acabe arrojando un saldo negativo o pesimista de su visión de las cosas, Homper se permite recomendar dos nombres de escritores que, lejos de la frivolidad voluntarista de Petra Gómez (perdón: de Adriana Nevol) hacen de sus escritos un viaje cultural siempre instructivo y a menudo fascinante.

    Uno es Antonio Muñoz Molina, que hasta en sus artículos de crítica literaria –léase La fiesta interrumpida en el suplemento cultural de EL PAÍS de este último sábado- entretiene, deleita y enseña. Otro es Andrés Trapiello, un verdadero superdotado que tanto escribe poesía y gana premios de novela  como es capaz de elaborar en Las armas y las letras un magnífico ensayo histórico sobre nuestra guerra civil. No la cuenta él, la cuentan los periodistas y escritores, muchos de ellos desconocidos para el gran público, cuyos trabajos ha glosado con la curiosidad y el rigor de un auténtico erudito. Cuántos mitos destruye su investigación, y qué sorpresas se lleva uno leyéndolo con detenimiento. Homper ha encontrado con este libro mucho más placer que con muchos best-sellers. Pero tampoco se dejen llevar por sus consejos. Hay que descontar que, además de Hombre Perplejo, es algo rarito…

     

    El Duende de verano (9) Sorpresas en Edimburgo

    Edimburgo ofrece más sorpresas que ver al reverendo Walker patinando sobre el hielo...

    1. ¿Cómo imaginamos el mundo que no conocemos?

    En sus jugosas memorias que tituló El tiempo amarillo, Fernando Fernán-Gómez cuenta cómo imaginaba la ciudad a la que iba a hacer su primer viaje desde el Madrid que le vio nacer. Se trataba de Zaragoza, y entonces es probable que el chico no tuviera a mano ni tan siquiera la postal del Pilar para darle una pista. Así que tiró de la fantasía y del deseo y se hizo a la idea de que Zaragoza era un paisaje idílico con casa como el que etiquetaba la tapa del conocido Queso el Caserío, que tanto le gustaba.

    -Yo creía que todo lo que no era Madrid era así –se lamentaba- Pero cuando mi madre me llevó a Zaragoza me encontré con que Zaragoza era asfalto, calles, casas, tranvías y y coches, como Madrid. Y me llevé una decepción.

    Todos dibujamos mentalmente a priori los lugares que no conocemos. Y uno de los encantos del viaje es superponer el modelo real al boceto que de él traíamos en la cabeza. Es verdad que ahora hay infinidad de herramientas para hacer casi un viaje virtual antes de pisar el lugar elegido. Pero aún así siempre hay variables que acaban sorprendiendo al viajero: la topografía, la atmósfera, las dimensiones, la luz, el diseño y el color humano de la ciudad. Antes de pisar por primera vez Edimburgo el Duende se imaginaba un castillo en un roquedal, mal tiempo, los cien pipers  del whisky patrullando por las calles, señores vestidos como Sherlock Holmes y señoras que levaban al perrito a la peluquería y luego se reunían a tomar el te con las galleas de nata que venden todas las tiendas de souvenirs.

    También barruntaba lóbregos museos decimonónicos. Y en ellos se exhibía el primer motor de vapor de Watts, el gabinete de estudios de Darwin con esqueletos de monos, pitecaontropus y de algún náufrago innominado de la época, y la pata de palo y el loro disecado de John Silver, como legado más elocuente de Robert L. Stevenson y de La Isla del Tesoro. El bloguero, al cabo, era tan primario como Fernando Fernán-Gómez en su tiempo amarillo. Aunque Edimburgo no resultó tan diferente de lo que pensaba como lo es Zaragoza respecto a la etiqueta de quesitos El Caserío.

    2. Cuadros con singular encanto

    El primer dato amable de Edimburgo es su tamaño. Da la sensación de que, a poco que te apliques, puedes ser allí algo más que un simple turista. Si el viajero tiene buenas piernas y le guía un espíritu curioso, tomará las medidas y se hará una idea general del estilo de la ciudad en un sólo día. Todo gusta, nada abruma. Y su tesoro artístico hasta parece diseñado para no aplastar por exceso la capacidad de sorpresa del pobre turista.  La prueba de ello es su National Gallery, un Prado en pequeñito que hace muy productivas las dos horas de atención que un viajero medio puede dedicar al arte si desea algo más que pasar ante los cuadros y contar sólo que los ha visto.

    Siempre pone especial atención este viajero en el arte local que es difícil hallar en otros museos. Pero al margen de los paisajistas románticos  escoceses y de los retratos exquisitos de John Singer Sargent, hay dos cuadros de esta National que le hacen especial gracia al bloguero. Uno es la Vieja friendo huevos de  la primera etapa de Velázquez. Puro costumbrismo con la luz tenebrista de la España de los Austrias. ¿Se imaginaba el maestro cuando lo pintó que ese lienzo –la única pieza velazqueña de la colección- iría a parar a la lejana Escocia? Item más: ¿qué pinta esa ilustre sartén aceitosa en un país donde fríen los huevos con mantequilla? La vida caprichosa de los cuadros. El otro es El reverendo Robert Walker patinando, un insólito retrato de un ministro de la iglesia anglicana que en lugar de aparecer predicando o rezando disfruta deslizándose como Toni Sailer sobre las heladas aguas del lago Duddingston. El cuadro lo pintó sir Henry Raeburn en 1790. La que se hubiera armado en la católica España si en ese mismo año Goya hubiera  pintado al obispo de Cuenca  de tal guisa. Pero es lo que tiene el pueblo británico: aunque su soberbia le haga insoportable, su aprecio por la libertad y  su sentido del humor le hacen envidiable. Además, ¿dónde dicen las escrituras que un ministro de Dios no pueda patinar sobre el hielo?

    3. Un paseo muy recomendable

    Al oeste de Edimburgo, y sobre una montaña rocosa, se alza efectivamente el poderoso castillo que el Duende ya creía conocer sin haberlo visto. Lo que hacer fijarse en todos los cromos. No es agradable sentirse hormiga –algo inevitable en la capital escocesa, y más en el mes de su Festival- pero aún a riesgo de ello es recomendable recorrer la ciudad de oeste a este partiendo del castillo y bajando por la Royal Mile (una especie de calle Fuencarral con encanto), que parte del castillo y llega hasta Hollyrood Park.

    Ahí, amen del Palacio y de un parlamento que es el obligado tributo a la arquitectura contemporánea, el asfalto se convierte en un muestrario de la misma naturaleza escocesa que acababa de disfrutar el bloguero en las Highlands. Además de verde para jugar incontables partidos de fútbol, de cricket o de rugby, y fantásticos caminos para la bicicleta, el parque alberga el lago donde patinaba el reverendo Walker, y una montaña en cuya cresta está Arthur´s Seat, que es como nuestra Silla de Felipe II, pero que en lugar de vistas sobe El Escorial, Madrid y la Sierra de Guadarrama abre un panorama excepcional sobre la capital escocesa y el estuario del río Forth  en el que se ubica.

    Esto lo conocen todos los que han visitado Edimburgo alguna vez. No es tan popular un paseo delicioso que descubrió el Duende al norte de la ciudad, desde Stockbridge hasta el Museo de Arte Moderno. Ahí un severo edificio decimonónico acoge una estupenda colección de pintura que abarca desde el Impresionismo hasta nuestros días. El bloguero echó una mañana en el paseo y en la visita cultural. Pero tuvo la suerte de dar con una ruta boscosa y umbría que sigue el curso del río Lye y muere precisamente en la colina del museo, atravesando puentes por un curso de agua abundante que culebrea caprichosamente y alimenta viejos molinos. Algo asombroso, a veinte minutos a pie desde Princess Street. La colección, insiste el bloguero,  vale la pena. Aunque el placer del camino casi la deja en este caso en un lugar secundario. No es que la naturaleza imite al arte, como subrayaba Oscar Wilde. Es que cuando se muestra tan viva, tan fresca y tan vehemente, y a tres pasos de casa, simplemente lo supera.

    Cerca de la inmortalidad

    Hasta este lugar se acercó su coro para cantar la 9ª de Beethoven. Y no era el Castillo de Wartburg tantomcomo el cielo, pero la verdad es que el hombe se sintió cerca de la inmortalidad...

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    Dreams sometimes come trooth, dijo José Luis Garci con su refinado inglés de la calle de Narváez cuando le entregaron el Oscar. A veces es cierto. Ni de coña podía imaginar este duende que iba a cantar la 9ª Sinfonía de Beethoven con una orquesta sinfónica alemana y precisamente en Einsenach, la cuna de Bach. Estas experiencias tienen su visión optimista: cualquier hombre sin educación musical puede, a base de estudio, ser parte de una obra de arte tan sublime como esta joya de la música. Pero también su contrapartida realista, como corresponde a un escéptico de solera: si eso lo consigo yo, que no soy precisamente Caruso, es que la cosa no tiene tanto mérito.

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    Mérito fue el de Carlos Domínguez-Nieto, director musical de la Landeskapelle de Eisenach, capaz de incrustar al Coro de San Jerónimo el Real en su formación sin que el alemán que pronunciamos lo españoles cantase fuera de lo que mandaba la partitura. El idioma alemán es para los españoles un borbotón continuo de consonantes y estornudos guturales o palatales, según le peta a la lengua de Goethe. Pasarlo por las cuerdas vocales de un conjunto aficionado sin que el mensaje de la Oda a la Alegría desmerezca tiene sus bemoles. Y nunca mejor dicho.

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    No merece menos elogios Conchita Nieto, mater amantísima del director, y soprano ella misma en Los Jerónimos. Suya fue la idea de convencer a su hijo para que organizara el concierto, y suyo el enorme de esfuerzo de estimular a sus compañeros de formación para llegar al nivel requerido.  Imagínense interpretar esta pieza esencial en la historia de la música en el marco de un monumento único y, como se dice ahora, emblemático. En el Castillo de Wartburg, erguido en una montaña cubierta de bosques de cuento,  tradujo Martín Lutero al alemán el Nuevo Testamento. Para compensar este agravio a los partidarios de la Contrarreforma, entre sus muros habitó también Santa Isabel de Hungría, santa piadosísima. La base del castillo es románica, pero el remate del complejo actual proviene del siglo XIX, con evidentes homenajes pastiche a la estética medieval que late en los dramas líricos de Wagner. Tal parece que Tanhäuser se hubiera hospedado en alguna de sus estancias, y el turistas tiene impresión de que en cualquiera de ellas puede encontrarse con Isolda depilando sus lindas piernas mientras Tristán afila su espada o prepara su sublime declaración de amor.

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    En un larguísimo Festsaal auf der Wartburg de recargada decoración, con un imponente artesonado de madera en el techo por el que asomaban cabezas de dragones y de rapaces poco amistosos, mucho fresco de colores, pan de oro, escudos medievales, frases en latín escritas en letra gótica, metopas, banderas y otros elementos representativos, este menda y sus  compañeros siguieron las vehementes instrucciones de Carlos Domínguez-Nieto y cantaron una muy digna 9ª de Behetoven que fue celebrada por el público como si todos  los ejecutantes fuéramos profesionales consagrados. Este joven dirigent es un excelente comunicador, y una batuta expresiva que controla orquesta y coro utilizando para ello todos los músculos de su cuerpo. No sólo dirige con las manos y los brazos, sino que comunica sus órdenes hasta con las cejas. De Toscanini a Von Karajan, casi todos los divos de la batuta han tenido fama de déspotas, soberbios e intratables. Carlos Domínguez-Nieto, por el contrario, es un tipo sencillo, accesible, simpático y encantador. Parafraseando otra vez a Garci, sometimes genious are nice. Ojalá pronto podamos escucharle al frente de una orquesta española.

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    La ilusión de vivir se alimenta de pequeños sueños que a veces se cumplen. A este bloguero, que tanto le ha fascinado escuchar, reelaborar los sonidos y las voces y cantarlas por esa boquita, se le escapó en la infancia la oportunidad de una buena educación musical. A él también le hubiera gustado ser un Carlos Domínguez Nieto, o un profesor como su hermana Regina, que igualmente toca la viola una orquesta alemana. Cantar en un coro es suplir en buena parte esa carencia musical que siempre llevó dentro, y que hasta que se sacudió su timidez no ha conseguido llenar. Al regreso de Eisenach, tantos días sin comparecer en su blog, le quedan muchas cosas por contar de la poderosa Alemania. Pero hoy se limitará a recordar a su tío abuelo Joaquim Pena,  ilustre musicólogo y miembro de una familia catalana, wagneriana hasta las cachas,  que era asidua a Bayreuth. Contaba la abuela Mercedes, su hermana, que cuando, a finales del siglo XIX  asistió por primera vez al famoso Festival dedicado a su ídolo y escuchó en la meca del wagnerianismo la Tetralogía, exclamó.

    -¡Ja em puc   morir!

    Uno se conforma con haber cantado la 9ª  Sinfonía de Beethoven en la patria del genio y en la cuna de ese otro dios que es Bach. Tampoco es cosa  por ello de despabilar a la parca para que se precipite en llevarle.  Pero conste que, cuando llegue,  dará con un simple aficionado a la música que, gracias a experiencias como esta,  se siente casi inmortal.

    Rosas como oraciones

    ...Y no teniendo muy claro cómo se reza, decidió que cada rosa cortada era una oración por algo o alguien

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    No fueron estas manos las que plantaron el rosal, pero las rosas le esperaban  allí, luciendo su primavera de perfume y de color. Las rosas: no se sabe cuándo están más guapas, si en la plenitud o cuando se ponen  viscontinianas y el borde de sus pétalos se empieza a abarquillar para  anunciar su crepúsculo.

    -Somos la belleza de lo efímero-parecen decir.

    Las rosas. Qué pronto se forma el capullo, qué rápidamente abren y qué poco tiempo duran. A los pocos días languidecen, y si no aparece presta la mano del jardinero para cortarlas se convierten en momias vegetales. Qué triste es un rosal abandonado. A ves da pena cortar sus flores en la plenitud de su belleza. Ni siquiera  hay una dama a la vista a quién ofrecérselas, ni un florero, ni tiempo para contemplar el florero con las rosas en el alféizar de una ventaba, un Cezanne vivo al alcance de cualquier mortal. A veces duele cortarlas, pero es la metáfora de la vida: la rosa debe dejar paso a nuevos capullos. Se corta por encima de la primera yema y a otra cosa, mariposa.

    -¿Y me vas a segar la vida sin dedicarme una oración?-le dijo la rosa.

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    Y el Duende, que no había sembrado las rosas, pero que no soporta ver a su alrededor rosales que languidecen sin que nadie les haga caso, se acordó de cómo definía el catecismo del padre Ripalda la oración: levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes.

    -¿Y tienen que ser Mercedes? –se preguntaba el niño cristiano literalmente estupefacto.

    Al niño le gustaban más los haigas americanos. Y cuando se hincaba de rodillas y rezaba a Dios por la salvación del mundo, por la Santa Infancia o por salud de su abuela, creía que en cualquier momento el cielo se abriría y de él bajarían en paracaídas Cadillacs, Chevrolets, Buicks y Studebakers, que eran sus coches soñados. Luego le aclararon que la oración no era eso. Pero nunca le explicaron qué debía pasar por el cine interior del alma cuando se reza.

    Y él aprovechaba para visualizar las oraciones como si fueran películas de Cecil B. de Mille.  Padre nuestro que estás en los cielos: y veía a Charlton Heston en un rompimiento de gloria que se abría entre unas espesas nubes por el que se filtraban los rayos de la divinidad. Perdónanos nuestras deudas: y se imaginaba echando mano al bolsillo mientras que Dios levantaba la mano y le decía que alto ahí, que no le debía nada. Y no nos dejes caer en la tentación: y qué lástima. Porque la tentación era Gina Lollobrigida medio en pelota bailando la danza del vientre en la plaza pública, y él tenía que taparse los ojos para no ver sus movimientos peristálticos y rechazar las acometidas del Maligno. Las oraciones también fastidiaban lo suyo.

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    Hasta que, ante la rosa, llegó a la conclusión de que la oración sólo es recordar, desear y pedir. Y cada vez que sus tijeras cortaban una, con el suspiro por la rosa se  iba el recuerdo, el deseo o la petición por algunas de las personas que la merecían.

    La primera rosa fue por su prima Mary, la que dejó escrito un libro de poesía intimista que se titula  A mí me gusta soñar.  La prima Mary ya no sufre su enfermedad, porque nos dejó hace un par de semanas y ahora vive el sueño eterno.

    La segunda rosa fue para darles las gracias a sus amigos Jorge y María Dolores, que le abrieron las puertas de su casa de Sevilla a este duende. Jorge Prádanos, compañero en RNE, es periodista, gastrónomo, compositor y escritor de canciones. María Dolores García Muñiz, su pareja,   es poetisa y novelista. Ahora Jorge está poniéndole música a los poemas de María Dolores. Y entrambos han generado a su alrededor una atmósfera de delicadeza y de refinamiento que hace aún más placentera su hospitalidad.

    La tercera rosa fue por Sevilla. El jardinero aún guardaba fresco el recuerdo de un larguísimo trote matinal por la capital andaluza. Se perdió especialmente a gusto por las múltiples fuentes, glorietas y rincones que alberga el Parque de María Luisa. Y se preguntó, una vez más, cómo no le habla más la gente de esa joya botánica por la que aún pasea, en sus zonas más umbrías, el fantasma romántico de los Montpensier. Para perderse, en casi todos los sentidos.

    Hay muchas emociones más pendientes de contar. Afortunadamente, las rosas florecen sin cesar. Tiempo habrá de seguir haciendo de cada rosa una oración.

    ¿Qué tiene el blog de un político que no tenga éste?

    Uno de los defectos de este bloguero es que no sabe cómo agradecer las imágenes prestadas. Aprovecha la ocasión para hacerlo ahora con el autor de este dibujo, cuyo nombe ignora

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    Siempre hay un descubrimiento que te puede alegrar la vida, anotó Homper en su diario: “hoy he comprado ensaladilla rusa congelada. Días antes, ni sabía que el progreso nos había dado estas facilidades”.

    Porque hay cosas a las que uno no acaba de darle la importancia que tienen. Un día hizo un cálculo curioso: ¿qué le había hecho sentirse más feliz, una buena ración de ensaladilla rusa o la contemplación de un cuadro de Tapies? Después de pensarlo bastante escribió: una ración de ensaladilla rusa.  Sabía que una ración de ensaladilla rusa jamás se subastaría en Sotheby´s, y que en cambio una obra de Tapies sí. Pero de no ser por esa razón tan materialista, no la cambiaría nunca ni por uno, ni por dos ni por tres cuadros de Tapies.

    -Soy un hombre definitivamente vulgar-concluyó- Y, por favor, que no se me olvide poner unas tiras de pimiento morrón sobre la mayonesa.

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    Siempre hay un comentario que puede servirle a alguien. A alguien que acostumbre a ir al cine, por ejemplo. A Homper le sorprendió no encontrar en la cartelera ninguna película que le apeteciera demasiado. Le sorprendió que, cuando cayó en uno donde ponían Agua para elefantes  sólo hubiera cinco personas en la sala.

    -Y ninguna ha comprado palomitas-pensó- ¿De qué viven los cines?

    La película, bonita, pero sin chicha –y casi sin limoná- es la historia de un triángulo de circo entre un empresario canalla, su mujer, que es una ecuyére muy coqueta, y un veterinario que es muy guapo y que hace rentable el circo con una elefanta habilidosa a la que domestica y mima. El empresario in escrúpulos, deseoso de  hacer caja cuanto antes, tiene muy poca paciencia con la elefanta, y a menudo la castiga como un sádico. Cuando se entera de que su santa, que es la que monta a la elefanta, se enreda con el guaperas, la emprende a golpes contra ambos delante del mismísimo paquidermo. Pero a estas alturas, Homper ya sabía cómo se iba a resolver la dramática historia.

    Recuerden que los elefantes tienen buena memoria.

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    Siempre hay una nadería que  no se sabe ni por qué hay que consignarla en ningún post. Por ejemplo, la luna está en creciente. Y después de las lluvias de primavera, da gusto verla faroleando entre los árboles mientras el aroma del azahar embriaga la noche.

    -No es nada relevante- admite el Hombre Perplejo. Pero estamos en campaña, y hay muchos políticos blogueros. ¿Es que acaso cuentan ellos algo más interesante que lo que cuento yo?

    Siempre hay un motivo para escribir cualquier observación. También para que los políticos, en su propaganda o en sus blogs, omitan obviedades pueriles, promesas fatuas y bravatas irresponsables.  Y quizás muchos más para no escribir de nada. Pero en ese caso Homper moriría irremediablemente.

    Y aún tiene esperanzas de hacerlo después de haber dicho algo digno de ser recordado.

    Ecos de una Novena de Beethoven

    Según algunos estudiosos del alma humana, resulta más fácil morirse si se ha cantado la Novena Sinfonía de Beethoven

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    En algún momento, Homper  creyó que su alma estaba en una sauna, abría sus poros a toda clase de sensaciones profundas y así se limpiaba sus impurezas. Notó que esa sobredosis emocional le abrumaba, le atornillaba al poder mágico que tiene la música.

    -Gracias, Dios, por haber dado tanto talento a quien supo aprovecharlo.

    Instantes después, en el segundo movimiento, se sentía volar. De repente su conciencia era un canguro que, dando saltos atrás a ritmo de marcha, recorría las vivencias más placenteras de su vida. ¿Cómo un arte sin soporte visual puede sugerir tal variedad de imágenes?

    Llegaba el tercer tiempo de la sinfonía, el más íntimo y lírico. Y cuando después de un lento desarrollo del primer tema las violas enunciaban el segundo, el hombre concluyó que ese fraseo genial de Beethoven, repetido luego por la madera en otra tonalidad,  resumía en apenas medio minuto el sentido de su vida: la pregunta constante, la ansiedad de la belleza y de la armonía,  el amor siempre latente que, como las nubes, viene, va, se concentra, se disipa, reaparece. Se hace invisible y al cabo de unos días vuelve a dibujarse en el cielo. Y la certeza de no saber ni cómo interpretarlo ni qué pinta él en medio de tanto misterio que rodea al ser humano y que lleva también dentro de sí.

    -Demasiado para el body, querido Ludwig.

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    Hasta que llegó el cuarto tiempo y Homper se puso de pie, porque era uno de los muchos voluntarios que tenía que cantar la celebérrima Oda a la alegría. Allí, parte del coro en el Auditorio Nacional, con una gran orquesta sinfónica y un director sensible y meticuloso llamado Janos Kovács que es titular de la Ópera de Budapest. Estaba obsesionado por no perder el compás, el resuello y una dicción en alemán medianamente decorosa. Pero aún así le quedó lucidez para agarrarse a las barbas del Creador y ver desde su ojo privilegiado lo pequeñito que con aquella música quedaba el mundo en la inmensidad del espacio. Tan azul, tan indefenso, tan contradictorio, tan injusto.

    Y, sin embargo, precisamente en ese momento, y desde su insignificante punto de vista, tan grandioso, tan hermoso y tan capaz de seguir emitiendo destellos de inmensa felicidad.

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    Dos días, después, cuando aún no se habían apagado los ecos de esta Novena Sinfonía de Beethoven, la humanidad celebraba alborozada la desaparición de Bin Laden, y buena parte de España, también el frenazo inicial que el Tribunal Supremo ha puesto a las aspiraciones electorales de los amigos de ETA.

    Sin embargo,  sigue la trifulca en todos los niveles.

    Unos empiezan a decir que el difunto líder de Al Qaeda también hubiera merecido un juicio justo. Otros, que hay que pasar la bayeta definitivamente por los crímenes etarras para que el independentismo deje de ser el coñazo nacional. Homper, como es natural, sigue confuso y perplejo ante estos espinosos asuntos. Pero, aún a riesgo de parecer egoísta e irresponsable, confiesa que después de haber vivido la gran música dentro de ella,  le parecen temas menores. Chocante hablar de Beethoven para acabar en Julio Iglesias, pero, evidentemente, la vida sigue igual.

    Ateos, creyentes e insignificantes

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    Después de pensárselo mucho, los ateos se dieron cuenta de que difícilmente podían hacer profesión de fe, pues carecían de ella. Sentían en cambio la necesidad imperiosa de hacer procesión de no fe, que suena parecido, pero no es lo mismo.

    -Salgamos en procesión –dijo el baranda- Como los cofrades, las hermandades y esa gente tan rara que manifiestan así sus creencias. Proclamemos el orgullo de ser ateos.

    Podían haber elegido cualquiera día del año. Pero escogieron el día de jueves santo, cuando por la ciudad desfilaban los pasos procesionales de la Semana Santa.

    -Todo por la sagrada libertad de expresión –apostillaron en su comunicación a la autoridad competente- Pedimos permiso para echarnos a la calle y manifestar nuestro ateísmo, que ya está harto de ser tan discretito.

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    A veces la  autoridad competente tiene que hacer filigranas para respetar el estado de derecho sin  molestar a unos cuantos. Esos cuantos, que son numerosos en Madrid, se llaman católicos. A esos pueden sumarse otros más, que no son especialmente creyentes, pero a los que les desagrada la falta de respeto a cualquier sentimiento religioso. El ateísmo no ha hecho culto jamás de sus héroes, ni de sus mártires, ni de sus verdades reveladas. El ateísmo no tiene cruz. Podrían manifestarse: como los ingenieros de minas, o como los amigos de la capa, o los partidarios de la homeopatía, o los enemigos de la caza de la foca. Pero si quieren hacerlo  el día de jueves santo, y por las mismas calles donde tradicionalmente desfilan los pasos de la Pasión, no parece que sea sólo por una necesidad de conciencia.

    -Hombre –se lamentaba una amiga monjita de las que pasa su vida atendiendo a los sintecho- En un día tan especial para la comunidad católica…Podían tener más sensibilidad, ¿no?

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    Una de las enseñanzas que más sorprendió a Homper cuando estudiaba su carrera fue la teoría del abuso del derecho, según la cual éste se desnaturaliza cuando se ejerce no para bien de su titular, sino especialmente en perjuicio de otros. Según esta teoría, la acción abusadora puede ser legal, pero es injusta si va contra el espíritu de la propia ley. Allá la autoridad competente para interpretar ésta en sus términos justos.

    -A ver quién es capaz de ponerle ese cascabel al gato, con lo crecido que está este.

    Puede ser un trago para Gallardón, y para la delegada de Gobierno, que tratan de evitara  toda costa un choque de trenes entre ateos arrogantes y católicos ofendidos. Pero piensa Homper que alguien tiene que recordar de vez en cuando que el andamiaje esencial del estado de derecho es el sentido común y la sensibiliad social. Algo que en ocasiones  se echa en falta.

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    Hay otra cuestión que le inquieta a Homper en este asunto.

    -¿Por qué diablo ahora todo el mundo quiere ser protagonista?- se pregunta estupefacto..

    Piensa que lo que antes era civilización y buenas costumbres se ha descosido irremediablemente. Piensa que la sociedad se ha vulgarizado Piensa que la política se ha degradadado, que la cultura se ha prostituido, y que ya no hay una moral colectiva, sino siete mil y pico de millones de morales subjetivas a las que, por convención internacional, el mundo ha decidido respetar. Y está convencido de que la exaltación del individuo y de los llamados derechos humanos ha generado en aquél una desmesurada autoestima.

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    -Por cierto, Homper, hablando de autoestima –le recuerda su amigo Ricardo interrumpiendo sus meditaciones- Mañana tenemos la manifestación de la L.I.

    También se queda sorprendido al enterarse, porque no contaba con ello. La L.I. es la Liga de los Hombres y Mujeres Insignificantes. Su fundador es Ricardo, un hombre tímido de 1, 60 de estatura que durante cuarenta años tomó café en la misma cafetería sólo por ver a una camarera de la que, al cabo de este tiempo, terminó enamorándose. Nunca le dijo nada, pero un día, ya madurito ambos, se toparon en traje de baño paseando por la playa de Laredo.

    -Hola, ¿no me reconoce?-le preguntó él dispuesto a declarar a continuación su amor.

    -Pues no la verdad- dijo ella mientras huía de una olita que quería romper contra sus tobillos blancos.

    A partir de entonces Ricardo comprendió que era un hombre tan insignificante que se siente un fenómeno extraordinario,  y está orgulloso de proclamar su insignificancia.

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    También pertenece a la Liga Pavesa. En realidad se llama Juana, y es una poetisa que escribe una poesía tan ligera, fugaz e insignificante como su pseudónimo. Otro insignificante es Natalio, un arquitecto que sólo hace catedrales al estilo Norman Foster, pero con palillos. A la L.I. también pertenece Jerónimo, el autor del  libro Nada sobe blanco. El día de su presentación –ni un libro sin su presentación- no había nadie para escucharle, pero a él le dio igual. Era un libro en blanco, pese a lo cual le dedicó dos horas de soliloquio. Lo cual, por otra parte, le hizo dudar de su insignificancia intelectual.

    -¿A ver si va a resultar que tengo algo que decir?-se preguntó preocupado.

    Le consoló Begoña, una pintora minimalista que sólo hace arte con granos de alpiste, alas de mosca, resguardos del tinte y esmalte de uñas incoloro.

    -No creas- le razonó-  Hay muchos  que están en los museos a  los que han consagrado como artistas y son tan insignificantes como nosotros.

    Otro insignificante notorio, el científico Bártulo Dueñas, dice haber inventado una goma de borrar que recicla sus propias virutas.  El último que ha ingresado en la la Liga de los Insignificantes es un descendiente de Joseph Pujol, aquel marsellés cuya vida contó Cela en su libro El pedómano. Joseph era un virtuoso del esfínter anal y de las ventosidades, armas con las que tanto interpretaba La Marsellesa como apagaba una vela a cinco metros de la retambufa. Así se ganó la vida. Pero su descendiente, llamado Bernard, es tan insignificante que no sólo ventosea poco, sino que además sus pedos llevan aroma de azahar.

    -No somos nadie-proclamó sollozando cuando solicitó su ingreso en la Liga de los Insignificantes- ¿A dónde va ir un pedómano con fragancia?…

    A donde quiera. Pero tampoco pasa nada si se queda en casa, porque se puede mantener la autoestima sin  vocearla por las calles ni provocar al personal.

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    Aguirre, el no tan magnífico, y la lectura rodante

    Lo mejor de Jesús Aguirre probablemente sea lo que Manuel Vicent ha escrito sobre él. Un magnífico libro para la lectura rodante...

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    El primer compañero de pupitre de este bloguero tenía un hermano que se llamaba Gonzalo. Y éste a su vez era muy amigo de un chico rubiasco y de ojos claros que se llamaba Enrique Ruano. Nunca llegó a tratarle el bloguero, pero coincidían en la casa de los amigos comunes, por los pasillos del cole, en el patio del recreo y haciendo cola ante la pipera  que vendía chuches a la entrada de aquel feo edificio neogótico de la calle Castelló donde domesticaban su infancia.

    No volvió a saber de este muchacho hasta la década siguiente. Enrique Ruano, estudiante, como él, en la Facultad de Derecho de Madrid, había sido atrapado por la policía por supuestas actividades subversivas, cuando este eufemismo podía significar algo tan simple como reunirse y planear sueños contra la dictadura del general Franco. Le interrogaron, le amenazaron, le sacudieron de lo lindo. Parece que quiso escapar, y que recibió un tiro. No debió de ser suficiente, porque la causa de su muerte fue una caída desde un sexto piso. La versión oficial fue que se había suicidado.

    Al día siguiente, junto al relato del suceso convenientemente maquillado, aparecía su foto en los periódicos. La misma mirada clara e infantil que el Duende recordaba del colegio. Se estremeció. Era una de las primeras tragedias públicas que le pasaban a alguien que conocía, aunque sólo fuera de vista. Y esas cosas en la edad de la inocencia (entonces se tardaba mucho más que ahora en perderla) dejan una profunda muesca en el alma.

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    Un par de años después el Duende, que ponía en las clases de derecho el interés justito, descubrió un rostro femenino que llamó su atención. Era una chica de tez muy  blanca y grandes ojos azules y cabello de color castaño, con un tipo de belleza romántica algo triste, como de retrato ovalado firmado por Madrazo. Sólo había entonces en Madrid una facultad de Derecho, pero aún así la promoción juntaba a más de cuatrocientos estudiantes. No era fácil por tanto sentarse en el aula al lado de la alumna que uno escogía. Lo más que pudo aquel tímido duende fue enterarse de su nombre.

    -Se llama Loli –le dijeron.

    Luego supo también que Loli González Ruiz había sido la novia de Ruano, y pertenecía a uno de esos grupos activistas que agitaban la resistencia universitaria contra el franquismo. De ella arrancó la policía, con esa habilidad interrogatoria que pone los pelos de punta imaginar, el paradero del desdichado Enrique. Aquella compañera estaba marcada por la tragedia. Se casó después con Javier Sauquillo, uno de los abogados asesinados en la matanza de la calle Atocha que hizo trastabillar a los primeros pasos de nuestra vacilante democracia. Loli sobrevivió de milagro a aquella salvajada. La última vez que la  vio este bloguero tenía su cara destrozada por un balazo. Los asesinos no acabaron con su vida. Pero consiguieron desfigurar el romántico retrato de mujer joven  que uno guardaba en el museo de su memoria.

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    De un tiempo a esta parte, el público ha descubierto que la literatura enriquece más si ha sido tejida sobre el cañamazo de la historia. De la historia lejana o de la más reciente. Todas esos lectores, fundamentalmente mujeres, que uno puede ver en el metro leyendo novelones históricos se quedan encantados sabiendo que, además de entretenerse leyendo los amores de la Princesa de Éboli o las granujadas de Godoy, o han ampliado sus conocimientos o han refrescado su cultureta. Este mismo año ha habido grandes éxitos editoriales –El tiempo entre costuras y Riña de gatos, sin ir más lejos- por los que uno transita cómodamente al reconocer en ellos algunos personajes, rincones y sucesos que habitan en su memoria cercana.

    No es exactamente una novela, pues debería de encuadrarse más bien en el género biográfico. Pero de ese material que combina lo vero con lo ben trovatto está hecho también Aguirre, el magnífico, el último libro que ha escrito Manuel Vicent. Maravillosamente, por cierto. Lo de menos, a juicio de este lector, es que la figura central sea un personaje tan discutible como el último Duque de Alba. Lo verdaderamente meritorio es cómo el autor, de la mano de aquel cura reconvertido en noble merced al sublime braguetazo,  nos pasea por ese cuadro de luces y sombras, de miedos y esperanzas, de hazañas y de méritos y, por contra, de sinvergonzonería y de gilipollez  divinizada que ha sido la modernísima historia de España.

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    El cura Aguirre, faro de los católicos progresistas del tardofranquismo  fue el director espiritual de Enrique Ruano. Tardofranquismo: extraño sustantivo inventado por los columnistas de la época para la dictadura decadente. Quizás el franquismo era tardío –más bien anacrónico, se diría- pero no por ello dejaba de ser tenaz en su tiranía. Allí un cura liberal, audaz y algo insolente  brillaba como una luminaria y ejercía de pulmón para muchas conciencias jóvenes atormentadas. Esa es la parte buena de Aguirre, el cura capaz de convertir una homilía en la Capilla de la Ciudad Universitaria de Madrid en un dardo directamente dirigido al Pardo. La menos buena la resumiría el cruel desparpajo del pueblo en tres palabras.

    -Era un jeta, un trepa y un gilipollas.

    Cuesta mucho creer que un fino intelectual forjado junto al padre Sopeña en la música de Mozart, en la teología de Ratzinger y en la Escuela de Frankfurt cayera en los brazos de Cayetana de Alba, por simpática, jaranera y puede que aún mollar que estuviera la duquesa entonces. Es difícil creer que no hubiera impostura en ese amor, con la cantidad de feligresas maduritas, pero discretas, que habría conocido en sus años de ejercicio sacerdotal. Como llamativo fue el esnobismo de quien quiso erigirse en el más ducal de los duques por disimular su origen. Lo más cruel del libro es lo que cuenta sobre el comportamiento del personaje con su madre y con los que pagaron su educación. Cría cuervos…

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    Pero todo queda sublimado por la prosa precisa y hermosísima de Manuel Vicent, un biógrafo/cronista que escribe a punta de diamante. Usa su palabra como un implacable escalpelo capaz de diseccionar el personaje y el momento histórico, y sólo edulcora su mordaz ironía con un ritmo y un repertorio de metáforas que destilan fragancia e invitan a la sonrisa. E incluso a la carcajada. Qué país, Miquelarena, que dicen que dijo Pedro Mourlane. O ¡joder, qué tropa!, que adjudican al Conde de Romanones en un monumental cabreo por ser rechazado en la RAE.

    Es el creciente encanto de la literatura sobre la historia cercana. Uno conoce el cuadro sobre el que se arma la trama. Uno le pone cara a los personajes, algunos de los cuales ha llegado a conocer personalmente. Uno se solidariza o discrepa con la tesis del autor, pero con la seguridad de saber de lo que piensa. Y acaba paseando por  la novela cómodo, confiado y feliz, como Pedro por su casa. Lo saben bien María Dueñas, Eduardo Mendoza o Manuel Vicent, tres de los últimos exponentes de este nuevo modo de novelar que ha convertido a los vagones de metro y a los autobuses en salas de lectura rodantes.

    Chapeau

    Me descubro por seguir encontando motivos para quitarme el sombrero. Aunque no lo tenga...

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    Una buena amiga de fina sensibilidad le felicitó la Navidad a este bloguero con una foto de un Madrid singular. Muestra uno de esos rincones que hay que saber captar para reparar en los contrastes. Iglesia de las Calatravas, en la calle de Alcalá, barroco puro recientemente restaurado. Y  a su lado, un pequeño Empire State que antes debió de ser compañía de seguros, y que ahora es hotel. Un modesto rascacielos que tiene clase y su gracia. Al otro lado de la calle (Peligros) el Edificio Vitalicio, otra muestra de arquitectura representativa, con detalles de esa estatuaria mitológica de altura con la que se adornaban los edificios entonces. Tardó en reconocerse, pero la yuxtaposición de estilos de distintas épocas y el abigarramiento tienen su encanto. Ciudades de gran atractivo como Londres o Nueva York se hicieron así. Y al  Duende, verlo tan cerca, en la ciudad donde nació, le sorprende y le admira. Chapeau.

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    La edad pasa por el espíritu curioso como el cepillo del carpintero, pero el Duende aún no deja de sorprenderse a menudo. Qué extraña el alma. Unos días le amanece a uno avinagrada, repunante, dicen los asturianos. De mal café y dispuesta a criticarlo todo. De repente otro día te manda lo contrario: observa lo positivo, aprécialo, gózalo. Eso que llaman felicidad es exclusivo de los santos o de los locos. Quédate con las pedreas amables, que están al alcance de casi todo el mundo.

    Ayer tarde el bloguero echaba su peonada en el monte, desbrozando y quemando los restos de la poda de los castaños. Arriba el Almanzor, con sus cejas blancas de nieve, mirándole protector. El sol poniéndose por el oeste y la luna creciente  compitiendo en lo alto. Al poco el sol se acuesta, se echa la noche, y sólo iluminan ya la fogata poderosa, que lanza luces de cobre, y el velo de plata pálida que se descuelga del cielo. Contra éste se dibuja la silueta de un viejo castaño. En sus ramas desnudas se posan las estrellas, y uno se siente el dueño de ese espacio y ese momento asombroso. Chapeau.

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    Por la mañana, en el pueblo, café con  porra. La porra del bar Tenazas tiene una medida francamente deshonesta, de modo que hay que partirla por dos para manejarla en la taza. ¿Cuántos placeres hay que se puedan comparar al desayuno con porras recién sacadas de la sartén?…Chapeau.

    Sube a casa con su bolsa de porras calientes, porque las nietas han descubierto las porras, y dicen nanay a los cereales. Se entusiasman, se llenan la boca de masa frita, se  embadurnan de churretones del Cola Cao que espurrea de ésta. A pesar de que su abuelo se harta de decirles que no se ríe ni se habla con la boca llena, ellas comen y parlotean sin cesar. Qué cuadro de felicidad.  Si Murillo lo viera seguro que lo pintaría: Niñas tomando porras. Es la hermosura del instante de vida cotidiana que van repartiendo los días. Chapeau.

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    ¿Y cómo se quita uno el sombrero, si no lo tiene? Hace unos años, por el picor del sol en la coronilla durante el verano y el frío de las gotas de lluvia en invierno el bloguero se dio cuenta de que el tiempo había le había tonsurado el cráneo. No lo bastante para que le vean calvo las personas,  pero sí los pájaros. Siempre había envidiado cómo llevaban su sombrero los actores en las películas antiguas, pero los sombreros pasaron de moda. El Duende consideró que a  su edad lo lo que está pasado de moda es seguir la moda, y  decidió comprarse un sombrero para celebrar sus años. No de fieltro rígido, como los de los gangsters o los de los gentlemen. Sino de tweed grueso y flexible, como de profesor de historia o de primo del comisario Maigret. Con una nota de color. Si al Duende le atropellara un coche, el libro de estilo de algunos periódicos podría decir sin faltar a la verdad: anciano atropellado. Es el coste de llegar a los sesenta y cinco años. A cambio, podrá entrar gratis en el Museo del Prado, descubrirse ante lo mucho que respeta y admira y cubrir su sesera sin  pasar frío ni temer el qué dirán.

    Chapeau.

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    Si las cosas de palacio van despacio, no digamos las decisiones de este bloguero, adicto a la duda sistemática. La de ponerse sombrero tomó cuerpo cuando avisó la tonsura, y después de mirar y buscar en múltiples escaparates sólo hace un año que dio en una pequeña sombrerería de la parte alta del barrio de Salamanca con el modelo apetecido. Desgraciadamente no quedaba un solo ejemplar de su talla.

    Fiándose de su memoria visual, no apuntó la dirección ni el número del establecimiento. Craso error. Sólo recordaba una tiendecita pequeña en una calle perpendicular a la de Serrano y cercana ya  a la de Francisco Silvela con las paredes literalmente recubiertas de sombreros en sus preciosas cajas circulares. Su ambiente retro evocaba al de El bazar de las sorpresas, una deliciosa comedia de Lubitsch. Durante un año, cada vez que rondaba la zona, el bloguero perdía unos minutos y la buscaba  para saber si habían recibido su talla. Durante  un año no fue capaz de encontrarla.

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    Finalmente, hace unos días se topó con ella Se llama Citysport, y está en Ortega y Gasset, 67.

    -¡Señor Figuerola-Ferretti-le saludó la encargada -¡Qué alegría verle por aquí!..:¡Qué pena que se haya agotado su sombrero también este año!…

    Añadió que era un modelo belga del que sólo habían recibido nueve ejemplares. Pensó el Duende que estaba de Dios no dar con su sombrero favorito después de tanta espera, y se despidió resignado.

    -Por cierto-le preguntó el bloguero – ¿Y cómo conoce usted mi nombre?…

    -¡Hombre!…Cuando le vi la primera vez pensé: este hombre me suena…Y apenas se marchó  recordé quién era…¡Con lo que me hacía reír en la radio!…

    Chapeau por la memoria de esta encantadora amiga que no consigue venderme un sombrero. La  radio no la ve nadie, pero se recuerda. Y otra enhorabuena al que, a pesar de sus años, conserva la ilusión. Chapeau agradecido a la vida por permitirle seguir deseando algo. Chapeau, aunque sea sin sombrero.

    Un buen día para soñar

    Aprovechemos lo que Blake Edwards nos ha dejado para ser felices por un ratito...

    Frío. A una semana del solsticio de invierno, lo que tarda en amanecer.

    Se despierta uno después de haber tenido un sueño feliz. Le costó retirarse el edredón de ternura que le cubría por una noche, pero el bloguero pertenece a esa parte del género humano que no sabe estar en la cama más allá de lo que pide Morfeo. Y eso que respiraba ternura.

    Hace tiempo que se ocultó la media luna, y en la oscura noche invernal, las luces de Madrid parecen sólo las de un pueblote grande: un inmenso dinosaurio que duerme. Cómo podrá albergar tanto dolor y tanta locura, con lo pacífico que se deja ver. Pero el bloguero hoy quiere ser positivo, optimista, decía, prolongando el espíritu inocente del sueño que ha quedado atrás. Y lo primero que hace es encender la luz zenital que ilumina al niño de su nacimiento. No es por nada, pero el contraste entre luces y sombras de su portal no lo mejora ni Caravaggio. Está imaginándose un día bonito, que es un adjetivo trasnochado y un poco cursi, pero muy expresivo. Quiere creer que todo lo que pasará este 17 de diciembre será bonito. Qué contradicción, después de procesar la última noticia que escuchó por la radio antes de cerrar los ojos, la muerte de Blake Edwards.

    No quedan muchos cineastas de esos a  los que no hay que interpretar, Dichoso cine aquel que se entendía todo, que gustaba, que emocionaba, que te hacía reir o llorar. Uno se va haciendo viejo, y ha perdido el interés por cine de diseño: efectos digitales, personajes sucios, diálogos malsonantes, historias disparatadas, violencia, casquería y regüeldo contra lo que antes llamábamos buen gusto. (Supone el bloguero que el buen gusto es un concepto tan caduco como el adjetivo bonito).   Apareció en los años sesenta del pasado siglo Blake Ewards, rodó un buen número de películas de casi todos los géneros y en todos cumplió con buena nota. Emocionante y dramático en Días de vino y rosas. Desternillante en La pantera rosa y, sobre todo, en El guateque. Entretenido y brillante en comedias como La gran carrera o Darling Lily. Elegante, sensible y seductor en esa perla que es Desayuno con diamantes.

    Pero este post sólo pretendía ser un soplo de sentimentalismo sencillo y asequible. Una píldora de ternura en un día helador. Una oportunidad para ese rescoldo de corazón que todos llevamos dentro, y que pide aire cuando se acerca la Navidad. Busquen a aquel ángel con cuello de cisne que se llamó Audrey Hepburn cantando Moon River en Breakfast at Tiffany´s y tengan, gracias también a Blake Edwards,  un día feliz.

    Postales y joyas en el caos

    Las atmósferas del pintor inglés Turner también aparecieron, de rebote, en este caótico viaje por el puente de de la Constitución...

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    Cuando se inició el largo fin de semana del caos el bloguero estaba en el aeropuerto de Fuenterrabía. Al bloguero le gustan los aeropuertos así, que todavía parecen hechos a escala humana. Naturalmente, éste tiene los días contados.

    La aproximación a este aeropuerto ofrece postales maravillosas, pues antes de aterrizar en él los aviones suelen sobrevolar Hendaya y la costa vasca para girar y embocar la pequeña bahía junto a la que se extienden las pistas. El aeropuerto es pequeñito, como de un aeroclub antiguo, y entrañable. Recuerda al de la película Casablanca. A menudo te recibe con lluvia, y como el avión te deja a pie de pista, sin finger ni demás parafernalia, piensas que por ahí van a emerger de la niebla Humphrey Bogart con su trinchera y su sombrero acompañado por el pícaro Claude Rains con su quepis de gendarme.

    -Este puede ser el principio de una gran amistad –crees que vas a escuchar.

    Pero a la hora de despegar no aparecieron los héroes de Casablanca. Y lo que se escuchó por megafonía sonaba completamente distinto.

    -Cerrado el espacio aéreo español. Cancelados todos los vuelos…

    Fue el principio de un gran cabreo. Aunque, como nunca hay mal que por bien no venga, también de nuevas experiencias alternativas.

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    Como muchos españoles colgados por la huelga de controladores, el bloguero canceló el billete de avion  y reservó otro de autobús San Sebastián-Madrid que salía a las nueve de la mañana del sábado. Pernoctar donde no pensabas hacerlo sienta fatal a cualquier viajero, pero puede tener su encanto. Entre otros placeres de los madrugadores, te permite hacer ese paseo  que siempre dejas pendiente cuando te gusta una ciudad y apenas paras en ella.  El bloguero durmió poco, como siempre que tiene que salir de de viaje. Y después de desayunar muy temprano, anduvo hasta la estación de autobuses por esa elegantísima  Avenida de Francia que se extiende a lo largo del río Urumea. Un paseo delicioso que sin duda probablemente nunca habría hecho si todo hubiera ido según lo previsto.

    Mientras el bloguero caminaba, amanecía sobre San Sebastián. Sorprendentemente, el sábado 4 de diciembre se presentó despejado y luminoso. Cualquier paisaje, urbano o rural, luce más después de ser lavado por la lluvia. Aquel amanecer sobe la bella Easoqué cursilada de expresión, por cierto. Pinchen el enlace y sabrán por qué a la capital guipuzcoana se le llama también así- le trajo al bloguero destellos de un libro que leyó hace tiempo. Lo recuerda con agrado, entre otras cosas, por las cosas que cuenta de San Sebastián. Se trata de La dulce España, una autobiografía sensible y amena de Jaime de Armiñán, que siendo niño pasó la guerra civil precisamente allí. El título del libro no deja de ser una ironía, pues no pasaba el país un momento justamente dulce.

    Amargo era también  ese amanecer del 4 de diciembre de 2010 para España, ahora en estado de alarma. Por más que uno de sus viajeros se aliviara contemplando esa postal de amanecer  junto al Urumea que, inopinadamente, encontró en su camino gracias al desdichado azar.

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    El bloguero tampoco había visto nunca los montes de Guipúzcoa cubiertos por la nieve, y contrastando nítidamente con el verdor del valle.

    -Qué belleza- pensó.

    No pudo poner cara de arrobamiento, porque eso no pega en los viajes colectivos, donde todo el mundo va tan serio, y dibujando más bien algún drama en su cara.

    Sin embargo, la luz esplendorosa de aquella mañana otoñal daba al paisaje un relieve especial, y le remitía al viajero a uno de las pocas reglas de filosofía práctica que aprendió en los libros. Procede de Alain, un modesto pensador francés del pasado siglo que escribió Sobre la felicidad. No hablaba en su libro de un viaje en autobús, sino en tren, aunque la moraleja es aplicable a cualquier medio de transporte por el que hayas pagado un billete. Piensa que el paisaje maravilloso que quizás estás viendo por la ventanilla-viene a decir- no estaba incluído en el precio.

    A menudo lo olvidamos. Como olvidamos también la cuota de felicidad marginal que puede aportar la puntilla de un huevo fresco bien frito.

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    El autobús seguía viaje. Dejaba atrás el País Vasco y se adentraba en Castilla.

    Castilla nevada. Ancha,  blanca, limpia y fría. Iglesias, monasterios, murallas, castillos. Se comprende que este solar adusto y riguroso en extremo diera pábulo a tantos guerreros místicos. El ciego sol, la sed y la fatiga/ por la terrible estepa castellana/ al destierro, con doce de los suyos/ polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga –recita para sus adentros el viajero. Siempre ha pensado que esas cabalgadas bajo la celada y la coraza candentes por el sol de agosto debían de ser la mayor prueba de sufrimiento para las bravas mesnadas del Campeador. Pero…¿y el frío?

    El frío de la armadura en la Castilla helada. El frío que se adivina en el ya casi extinto pastor que aún apacienta a unas pocas ovejas valientes cubierto en su manteo. Qué merito, salir a buscarse la vida del ganado bajo la nieve.

    Y qué grato poderlo ver calentito desde la butaca del autobús mientras este avanza al encuentro de otra postal.

    5

    El puente del caos será también uno de los más borrascosos que se recuerdan. Por la noche, desde el ventanal de su palomar, el bloguero contempla  Madrid al anochecer bajo el temporal. El Palacio Real, la Almudena,  San Francisco el Grande y, más al fondo, los edificios de  Telefónica, el Palacio de la Prensa y Bellas Artes aparecen y desaparecen como pecios que flotan en el horizonte envueltos en la bruma. El espeso celaje rebota las luces de la gran ciudad, dotando a la escena de una iluminación espectral. De vez en cuando la niebla se rasga en cortinas colgantes. En otros momentos, los grandes iconos de la arquitectura madrileña se coronan de penachos evanescentes.

    El observador recuerda las atmósferas mágicas que pintó Turner. O las distintas versiones lloronas de la catedral de Rouen que recreó Monet. Pero esta exhibición, estos momentos milagrosos que de vez en cuando  brinda el cielo, se pueden ver sin salir de casa. También gratis, por supuesto.

    6

    Nunca sabemos cuál será la próxima sorpresa. Estaba el bloguero transido por los grandes panoramas de aquel viaje de emergencia cuando de repente se ve poniendo el nacimiento con sus nietas, y advierte que el drama se avecina.

    -Abuelo –pregunta Marina muy preocupada- ¿Y cómo vamos a poner esta gallina?…

    La gallina, figurita de barro fetén, de las clásicas murcianas de toda la vida, ha perdido la peana donde hundía sus patas de alambre y no se tiene de pie. La niña está desconsolada, porque un nacimiento sin gallina no es lo mismo. Pero al abuelo se le ocurre partir una sección de un corcho de botella, hacer en ella una incisión a punta de navaja, ponerla sobre la mesa y clavar  a la gallina para que luzca erguida su cresta en el belén.

    Y la niña sonríe.

    7

    Poco después escucha el discurso de Mario vargas Llosa en la Academia Sueca que difunden todas las cadenas de televisión. Y comprueba estupefacto que este gran hombre  no sólo no parece el divo atrabiliario e impertinente que tanto se estila, sino todo lo contrario.

    -Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado-dice el Nobel.

    Anota el  bloguero un pensamiento del escritor que guardará como oro en paño: al igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Y le impresiona que se le quiebre la voz al hablar de su mujer, la bella prima de “nariz respingada”, que le critica diciéndole lo que más complace escuchar al novelista: Mario, no sirves más que para escribir…

    El bloguero flipa, porque no acaba de creerse que aún se emitan mensajes de este calado.  Además de todo eso, entre cultas veras y finas bromas,  el escritor peruano proclama públicamente su amor y agradecimiento a España. España, casualmente nuestro país y también el suyo, al que tanto maltratamos  con huelgas y políticas disparatadas y del que tanto denigramos los que en ella nacimos…

    Qué pasado de moda, pero qué emocionante y qué impactante Mario. ¿Cómo no vamos a acabar mojando con él? Definitivamente, aún en el caos se acaban encontrando postales y joyas preciosas.

    No comas sandwich de berros si vas a cantar a Haendel

    Como subraya este cuento, una soprano debe cuidar siempre su sonrisa

    1

    Manolita era una chica soñadora. Se sentó ante aquella luna llena de octubre, y como cualquier heroína romántica, pensó  en voz alta.

    -Por qué será tan difícil la felicidad. Por qué el azar es tan caprichoso, y a unas se lo pone fácil cuando a mí, que soy tan mirada para todas mis cosas, me escatima la suerte.

    Tan mirada para todas sus cosas…Así resumía ella el pensar en casi todo y concluir que, por mucho cuidado que pongamos, siempre se nos puede negar el éxito por una pequeñez incontrolable. Manolita tendía a ver la botella medio vacía, casi nunca medio llena. Pero la plenitud de la luna de otoño puso esta vez alas a sus sueños. Siempre había buscado en la música un camino para la felicidad. Tenía buen oído, pero carecía de formación musical, y sabía que a su edad era demasiado tarde para aprender a tocar un instrumento, por lo que decidió afrontar un reto contra el apocamiento de su vida modosita y provinciana. Y dio el paso a.delante de apuntarse a un coro de parroquia y  ponerse a cantar con gente quizás menos acomplejada.

    2

    Cuando, a pesar de su timidez precisamente cerval la soprano Manolita se hartó de que el ciervo a la fuente de agua fresca fuera veloz –que, por cierto, no es una letra de beatas, sino de un salmo de Isaías- tomó la decisión de subir un nivel en su pasión de cantatriz. Así pues, abandonó su coral BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) y se apuntó a uno de esos gigantescos “coros participativos” que se habían puesto de moda para que los cantantes aficionados se acerquen a ese momento de gloria que es ser parte de un monumento musical

    -Qué miedo-le confesó a su intrépida amiga Teresa, que era la que le animó a integrarse-Cantar ante un director reconocido que estará acostumbrado a dirigir profesionales.

    -Tranquila, no pasa nada –le decía su amiga- Somos multitud. Si te equivocas no se va a notar,  no te va a regañar el director, de verdad.

    -¿De veras?…Me podría morir de vergüenza.

    Alguien le había contado alguna vez que el gran Arturo Toscanini había parado un ensayo general de la Novena Sinfonía de Beethoven para echar a una soprano que tenía un mal día y no llegaba al fa. Según el relator de la historia, el maestro era tan iacundo que la puso en evidencia ante sus compañeros de coro. Manolita pensaba que le podía haber pasado a ella. Recordó que cuando tenía la regla cantaba mucho peor, y que un director puñetero podría revelar ese detalle de su intimidad en tono acusatorio.

    -Por favor-se decía-Que  el director no haga por mí, que no me mire, que no me controle…

    3

    Y entretanto se afanaba en estudiar la partitura, en seguir escrupulosamente las indicaciones del maestro de canto y en afinar cada nota cuando éste se lo solicitaba al coro.

    Manolita era tímida, pero no fea, sino todo lo contrario. Cuando se llenaba de energía, sacudía levemente su melena rubia, estiraba su cuello de gacela para alcanzar las notas más altas, y abría su boca ofreciéndola a las brillantes coloraturas barrocas del Mesías de Haendel había algún tenor que perdía el compás. Ella sin embargo, tan amante de la música, y estimulada además por el privilegio de poder cantar una gran obra  con una orquesta sinfónica, sólo se concentraba en la música. Y cuanto más se metía en ella, más  seductora parecía. Ya no se sentía una soprano vulgar llamada Manolita, sino una diva como la Callas, o la Tebaldi, o la Simionato.

    -El tenor segundo por la izquierda de la tercera fila-apuntó el director en el primer ensayo conjunto- ¿En qué está pensando?…Concéntrese o abandone el coro, pero no se me distraiga.

    Manolita bajó los ojos como queriendo desaparecer. No es que fuera consciente de ser la responsable indirecta del reproche del director. Es que se daba cuenta de que éste era tan meticuloso como Toscanini, y en cualquier momento podría fijarse en sus imperfecciones.

    Pero sucedió todo lo contrario.

    4

    Sucedió que el director contratado para dirigir ese Mesías gigantesco al que Manolita se entregaba con tanta ilusión era un autraliano joven y guapo que, además de prestigio musical, tenía fama de  buen observador y, como tantos batutas legendarios, de impenitente conquistador.

    -La riqueza de la  gran música –explicó en su rudimentario castellano- se basa en los pequeños detalles…¡Hay que cuidarlo todo, hasta lo que se come!…No me descuiden ni una de las indicaciones que les voy diciendo, porque les vigilaré uno a uno y obraré en consecuencia.

    Cualquiera a distancia hubiera concluido que, a pesar de su aviso, a quien de verdad observaba con detenimiento era a Manolita.

    -No me extraña, hija-le decía su amiga Teresa-Tienes locos a varios tenores y a un par de bajos, y además cantas divinamente.

    Y Manolita, que jamás había pensado que era una mujer atractiva, se sobrepuso a su tradicional timidez y empezó a venirse arriba. Por las noches, en casa, ensayaba a conciencia. Y cuando, ebria de entusiasmo y desmelenada, se daba cuenta de que dominaba con su limpia voz todas las articulaciones de la complicadas fugas haendelianas, se plantaba ante el espejo con los brazos en jarras y bromeaba consigo misma.

    -¡Brava, Manolita!…Vas a tener que cambiar de nombre y ponerte otro más cantábile para una soprano de fama internacional…¿Ingrid?…¿Selma? ¿Renata?  ¿Iwa?…

    Luego se asomaba a la ventana, miraba a la luna coquetona que empezaba a decrecer y soñaba despierta que el joven director le invitaba a una cena íntima y romántica.

    5

    En el descanso de uno de los ensayos le había dicho que su voz tenía un timbre precioso, y que debía marcar más los stacattos. Otra vez le destacó la excelente colocación, y le habló de la magia de Joan Sutherland. Manolita no sabía quién era Joan Sutherland, pero luego, mientras cantaba ya casi de memoria y sin despegar la mirada del maestro, advirtió que éste la seguía vigilando  casi obsesivamente. El día del concierto, por la mañana, se celebró el ensayo general en el auditrio. Al terminar el joven director dio los últimos consejos.

    -Coman algo, descansen y una hora y media antes del concierto todos reunidos en la sala para ejercicios de vocalización.

    Y cuando el coro se desparramaba se acercó a Manolita, la cogió del brazo y un discreto aparte le susurró.

    -Primero: cuando cante the glory, sonríame…You have to realize that you singing the glory of the Lord!…Segundo: marque bien los stacattos. Tercero: no se ponga demasiada sombra en los ojos, y si se pinta los labios, only slightly. Por último: míreme, míreme constantemente…

    A Manolita casi le da un desmayo.

    6

    -¿Qué te pido?- le preguntó Teresa- Porque desde que el maestro te mira tanto, estás como ida…

    A pesar de que el joven y atractivo director no daba puntada sin hilo, Manolita no recordaba que hubiera dicho nunca qué  deben comer las sopranos hendaelianas antes de un concierto.

    -Una Coca-Cola y un sandwich vegetal-dijo pensando que algo tan ligero en nada perjudicaría su voz.

    Las sopranos estaban animadísimas, y el sándwich vegetal, que combinaba lechuga con berros, y juliana de rábanos y zanahoria en un aliño de mahonesa, bastante bueno. Pero Manolita, lo fue tomando pausadamente, ensimismada, sin mezclarse en la conversación con sus compañeras de cuerda. Sólo pensaba en su voz, en la música, en su maestro y  en la posibilidad de rozar la gloria si nada interfería en el esplendor de su canto.

    7

    Todos los que tocan un instrumento o cantan delante de un director piensan que ellos van a ser los únicos en los que el maestro pone su atención. Todos se sienten como si fueran los únicos protagonistas de ese momento mágico que es un concierto. Pero Manolita tenía más razones que nadie para creer que, en su caso, no era una obsesión personal, sino un hecho. Fueron veintinueve corales las de aquel glorioso Mesías que significaba su consagración como soprano. Fueron veintinueve entradas que el apuesto director dio con rigurosa exactitud,  pero mirando siempre a su cara, observando la sombra de sus ojos, el tono del lápiz de labios y hasta el color de aquella sonrisa que, como había ordenado, debían exhibir todos en el famoso Aleluya. Al principio, cada mirada del maestro, pensaba Manolita, era como un beso apasionado. Pero a medida que avanzaba el concierto, ella, que tenía un ojo puesto en la partitura  y el otro en el que empezaba a ser el hombre de sus sueños, advirtió que algo no le terminaba de gustarle. Su expresión de gozo triunfal empezó a demudarse  después del Aleluya, precisamente donde todos debían sonreír exultantes. A partir de ahí, y aunque el público, arrollado por la grandiosidad y la belleza de la obra no lo percibía, algo raro en el gesto del maestro denotaba que algo no iba al gusto del maestro.

    Manolita consiguió sobreponerse y cantó lo mejor que pudo, quizás con más sentimiento y arte que nunca. Cuando terminó el impresionante Amen que corona la obra y el director, como todos los que quieren saborear el triunfo, bajó los brazos y la cabeza para recibir las aclamaciones habituales, el  coliseo se vino abajo de aplausos, vítores y bravos. Y estos se hicieron aún más estentóreos cuando, sin dejar de lanzar miradas a Manolita –ahora, ciertamente, más severas-levantó al coro para que compartiera con él y con la orquesta los honores del éxito.

    8

    No sabía si eran los nervios del éxito o del fracaso, haber coronado el sueño de su vida de cantar en un gran teatro como una profesional o haberle agriado avinagrado el rostro al hombre del que quizás se había enamorado como una tonta. El caso es que fue volver a los vestuarios, abrazarse a su amiga Teresa y a las demás sopranos de su fila y romper a llorar como una magdalena. Hasta que uno de los ujieres del teatro se le acercó, y le dio una tarjeta mientras le daba un recado al oído.

    -El director ha dicho que tiene mucho interés en cenar con usted, y que le espera en una hora en el restaurante de su hotel.

    9

    Hizo todo lo posible por serenarse. Le ayudaron a ello sus compañeras y amigas, que sin duda ignoraban el final de esta apasionante aventura musical. Nuevamente, se sobrepuso. Se despidió de sus colegas, que como suele suceder en estos casos, se iban de cañas, se refugió en el aseo, se retocó ante el espejo y, procurando sentirse más María Callas o Joan Sutherland que Manolita Pérez, soprano aficionada, se presentó en el hotel a la hora indicada. Ahí le esperaba él, alto, delgado, rubio, con esa sonrisa tipo Redford  y esa cabellos largos divididos en dos crenchas que en los tutti bailaban ballet alrededor de la batuta. Vestía una camisa blanca de seda y un pantalón negro.

    -My beloved sopran- se presentó tendiendo la mano sonriente- I´am Christian, your conductor…

    -I am Manolita- dijo ella ofreciendo su mano mientras bajaba la mirada.

    -Bonita voz, bonito timbre, bonita todo- le vaciló el maestro.

    Cenaron una ensalada y un pescado, y bebieron vino blanco del Rhin. Bastante. A la altura de la cuarta copa y antes del postre habían hablado de la música, del amor, del amor a la música, del amor por excelencia y de casi todo lo demás. Él había hecho hincapié otra vez en la necesidad de observarlo todo para ser perfecto. Y ella insinuaba que se sentía como una Cenicienta a punto de perder el zapato de cristal.

    -Pero…¿por qué me mirabas así?…-se atrevió a preguntarle- Primero tan entusiasmado, y luego, no se, tan raro…

    El la miró con intensidad y deseo mal enmascarado.

    -¿Qué tomaste antes del concierto? –fiue bsu desconcertante pregunta a modo de respuesta.

    -No se…-balbuceó ella-Creo que un sándwich de berros…

    - ¿No te diste cuenta?…¿Nadie te lo advirtió?-dijo insinuando una sonrisa- You should  know that I would only look at your mouth .Y una soprano debe tener en cuenta todos los detalles.

    El director aproximó su rostro al de la soprano.

    -Smile, please-le susurró.

    Primero sujetó el bello rostro de Manolita con una mano. Luego pasó el pico de la servilleta de hilo sobre el segundo incisivo de la izquierda, extrajo algo verde   que  había visto durante el concierto en la sonrisa  de la soprano. Y después la besó con misma vehemencia que habían volcado ambos hacía apenas una hora en el concierto..

    Cuando separaron sus caras, aún resonaba el Aleluya del Mesías en la cabeza de Manolita al tiempo que dos lágrimas se le deslizaban  por sus mejillas. El director, riguroso como Toscanini, apretó la mano temblorosa de aquella apasionada amante de la música coral .

    -My love!…-le dijo como ultimo consejo- If you are singing to Haendel, never eat a salade sándwich.

    Las infidelidades de Homper

     

    Como demuestra este "Venus y el organista" de Tiziano, los amantes de la música a veces se distraen y acaban mirando donde no deben...

    1

    Lo bueno y lo malo de la pasión amorosa, pensaba Homper, es que nos iguala a todos los humanos. Creemos siempre que el nuestro es un amor único, distinto, absorbente y de tal fuerza que no cabe resistirse a él. En consecuencia, justificaremos en su nombre cualquier tipo de locuras.

    Homper despreciaba las frivolidades en este terreno. Estuvo enamorado en su día de Liz Taylor, pero le reprochaba íntimamente su versatilidad sentimental y su catálogo de maridos. Nunca aspiró  a  ser uno más de la lista. No menos decepciones en este terreno le había proporcionado uno de sus mâitres á penser, Bertrand Russell. Cuando leyó su Autobiografía él era aún un joven idealista, y a pesar de que descubrió a un filósofo, un matemático y un escritor admirable se le cayeron los palos del sombrajo al saber de su conducta personal. Bertie, como le llamaban sus amigos, era un modelo de pensamiento claro y de ética social, quizás el cerebro más preclaro del sigloXX..  Pero se la pegó a su esposa con lady Ottoline Morrell.

    -Tan infiel como la mayoría de los hombres –apuntó en su diario íntimo.

    Y añadió a continuación que cuando llegara su verdadero amor él nunca sería así.

    2

    No le gustaba reconocerlo, pues quería considerarse un hombre independiente e inmune, por tanto, a los deliquios que suele traer el amor. Pero era hombre al fin y al cabo, y todo cambió cuando bien metido en la edad madura conoció a Ana Krusa. Entonces  perdió el seso.

    -Aunque puede que encontrara el sexo –le reconoció a su confesor.

    No se ha encontrado en sus escritos más referencia a Ana Krusa que estas breves notas. “Nunca nadie me enajenado así. Es un trémolo constante que altera mi corazón, pero sin el que no puedo vivir. Me hace feliz cuando la siento, la amo sobre todas las cosas, porque es la música de mi vida”.También escribió que con este amor, el único y verdadero, no cabía la infidelidad.

    Se equivocó.

    3

    Cayó arrebatado por Ana Krusa, que a pesar de su nombre de princesa polaca o de espía rusa con melena tipo Marlene Dietrich con la que pasarse secretos en las sombras de la noche bajo la Puerta de Brandemburgo, no resultó ser sino la música misma. Está claro que en ese epígrafe se incluye todo, desde Chikilicuatre y el Koala a los grandes compositores de siempre, pasando por funerales cadenciosos como el gran Leonard Cohen, melaza de almíbar como Armando Manzanero o desgarro sufridor como Camarón. Pero Homper, tan antiguo, se volcó en la música clásica. Como casi todo el mundo hubiera querido ser director de orquesta, pianista, o divo del bel canto, pero al fin no pudo llegar más que a corpúsculo  de ese chopped musical que es un coro.

    -Y soy bastante feliz, amándote –le decía a su amada Ana Krusa- Pero voy a acabar siendo tan infiel como la mayoría de los hombres.

    4

    Pues ocurrió que, cantando Sociedad Coral Bach de una iglesia protestante, fue tentado para sumarse al de un monumental Mesías de Haendel que prometía ser apasionante. Y que, ya comprometido con éste, fue seducido por otro coro que iba a cantar el último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven en el Auditorio Nacional. Y que repartiendo ya sus amores entre Ana Krusa, Bach, Haendel y Beethoven, fue seducido por un Requiem de Verdi que se preparaba para la primavera. Y entretanto, otro coro que también ensayaba un Mesías para Navidad, le invitó a que aprovechara que ya se lo sabía para disfrutarlo en un singular concierto que se celebrará en el monasterio de Yuste…

    Le ha jurado a Ana Krusa que ella es la única música de su vida. Pero que, como cualquier músico, debe tocar más que ningún otro amante, aunque sólo sea con su voz de relleno de chopped. Y, como todos los amantes dispersos, niega que le haya sido infiel.

    -No es lo que parece –le dijo cuando ella le pilló poniéndole los cuernos con el Freude, freude de Beethoven.

    Y era verdad. Pues, al cabo, la única infidelidad de Homper es fallarle a los que de cuando en cuando merodean por este blog y se dan cuenta de que  está ausente y vive sin vivir en él. Como todos los enamorados, está loco por la música…

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