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Ateos, creyentes e insignificantes

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Después de pensárselo mucho, los ateos se dieron cuenta de que difícilmente podían hacer profesión de fe, pues carecían de ella. Sentían en cambio la necesidad imperiosa de hacer procesión de no fe, que suena parecido, pero no es lo mismo.

-Salgamos en procesión –dijo el baranda- Como los cofrades, las hermandades y esa gente tan rara que manifiestan así sus creencias. Proclamemos el orgullo de ser ateos.

Podían haber elegido cualquiera día del año. Pero escogieron el día de jueves santo, cuando por la ciudad desfilaban los pasos procesionales de la Semana Santa.

-Todo por la sagrada libertad de expresión –apostillaron en su comunicación a la autoridad competente- Pedimos permiso para echarnos a la calle y manifestar nuestro ateísmo, que ya está harto de ser tan discretito.

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A veces la  autoridad competente tiene que hacer filigranas para respetar el estado de derecho sin  molestar a unos cuantos. Esos cuantos, que son numerosos en Madrid, se llaman católicos. A esos pueden sumarse otros más, que no son especialmente creyentes, pero a los que les desagrada la falta de respeto a cualquier sentimiento religioso. El ateísmo no ha hecho culto jamás de sus héroes, ni de sus mártires, ni de sus verdades reveladas. El ateísmo no tiene cruz. Podrían manifestarse: como los ingenieros de minas, o como los amigos de la capa, o los partidarios de la homeopatía, o los enemigos de la caza de la foca. Pero si quieren hacerlo  el día de jueves santo, y por las mismas calles donde tradicionalmente desfilan los pasos de la Pasión, no parece que sea sólo por una necesidad de conciencia.

-Hombre –se lamentaba una amiga monjita de las que pasa su vida atendiendo a los sintecho- En un día tan especial para la comunidad católica…Podían tener más sensibilidad, ¿no?

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Una de las enseñanzas que más sorprendió a Homper cuando estudiaba su carrera fue la teoría del abuso del derecho, según la cual éste se desnaturaliza cuando se ejerce no para bien de su titular, sino especialmente en perjuicio de otros. Según esta teoría, la acción abusadora puede ser legal, pero es injusta si va contra el espíritu de la propia ley. Allá la autoridad competente para interpretar ésta en sus términos justos.

-A ver quién es capaz de ponerle ese cascabel al gato, con lo crecido que está este.

Puede ser un trago para Gallardón, y para la delegada de Gobierno, que tratan de evitara  toda costa un choque de trenes entre ateos arrogantes y católicos ofendidos. Pero piensa Homper que alguien tiene que recordar de vez en cuando que el andamiaje esencial del estado de derecho es el sentido común y la sensibiliad social. Algo que en ocasiones  se echa en falta.

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Hay otra cuestión que le inquieta a Homper en este asunto.

-¿Por qué diablo ahora todo el mundo quiere ser protagonista?- se pregunta estupefacto..

Piensa que lo que antes era civilización y buenas costumbres se ha descosido irremediablemente. Piensa que la sociedad se ha vulgarizado Piensa que la política se ha degradadado, que la cultura se ha prostituido, y que ya no hay una moral colectiva, sino siete mil y pico de millones de morales subjetivas a las que, por convención internacional, el mundo ha decidido respetar. Y está convencido de que la exaltación del individuo y de los llamados derechos humanos ha generado en aquél una desmesurada autoestima.

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-Por cierto, Homper, hablando de autoestima –le recuerda su amigo Ricardo interrumpiendo sus meditaciones- Mañana tenemos la manifestación de la L.I.

También se queda sorprendido al enterarse, porque no contaba con ello. La L.I. es la Liga de los Hombres y Mujeres Insignificantes. Su fundador es Ricardo, un hombre tímido de 1, 60 de estatura que durante cuarenta años tomó café en la misma cafetería sólo por ver a una camarera de la que, al cabo de este tiempo, terminó enamorándose. Nunca le dijo nada, pero un día, ya madurito ambos, se toparon en traje de baño paseando por la playa de Laredo.

-Hola, ¿no me reconoce?-le preguntó él dispuesto a declarar a continuación su amor.

-Pues no la verdad- dijo ella mientras huía de una olita que quería romper contra sus tobillos blancos.

A partir de entonces Ricardo comprendió que era un hombre tan insignificante que se siente un fenómeno extraordinario,  y está orgulloso de proclamar su insignificancia.

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También pertenece a la Liga Pavesa. En realidad se llama Juana, y es una poetisa que escribe una poesía tan ligera, fugaz e insignificante como su pseudónimo. Otro insignificante es Natalio, un arquitecto que sólo hace catedrales al estilo Norman Foster, pero con palillos. A la L.I. también pertenece Jerónimo, el autor del  libro Nada sobe blanco. El día de su presentación –ni un libro sin su presentación- no había nadie para escucharle, pero a él le dio igual. Era un libro en blanco, pese a lo cual le dedicó dos horas de soliloquio. Lo cual, por otra parte, le hizo dudar de su insignificancia intelectual.

-¿A ver si va a resultar que tengo algo que decir?-se preguntó preocupado.

Le consoló Begoña, una pintora minimalista que sólo hace arte con granos de alpiste, alas de mosca, resguardos del tinte y esmalte de uñas incoloro.

-No creas- le razonó-  Hay muchos  que están en los museos a  los que han consagrado como artistas y son tan insignificantes como nosotros.

Otro insignificante notorio, el científico Bártulo Dueñas, dice haber inventado una goma de borrar que recicla sus propias virutas.  El último que ha ingresado en la la Liga de los Insignificantes es un descendiente de Joseph Pujol, aquel marsellés cuya vida contó Cela en su libro El pedómano. Joseph era un virtuoso del esfínter anal y de las ventosidades, armas con las que tanto interpretaba La Marsellesa como apagaba una vela a cinco metros de la retambufa. Así se ganó la vida. Pero su descendiente, llamado Bernard, es tan insignificante que no sólo ventosea poco, sino que además sus pedos llevan aroma de azahar.

-No somos nadie-proclamó sollozando cuando solicitó su ingreso en la Liga de los Insignificantes- ¿A dónde va ir un pedómano con fragancia?…

A donde quiera. Pero tampoco pasa nada si se queda en casa, porque se puede mantener la autoestima sin  vocearla por las calles ni provocar al personal.

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Aguirre, el no tan magnífico, y la lectura rodante

Lo mejor de Jesús Aguirre probablemente sea lo que Manuel Vicent ha escrito sobre él. Un magnífico libro para la lectura rodante...

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El primer compañero de pupitre de este bloguero tenía un hermano que se llamaba Gonzalo. Y éste a su vez era muy amigo de un chico rubiasco y de ojos claros que se llamaba Enrique Ruano. Nunca llegó a tratarle el bloguero, pero coincidían en la casa de los amigos comunes, por los pasillos del cole, en el patio del recreo y haciendo cola ante la pipera  que vendía chuches a la entrada de aquel feo edificio neogótico de la calle Castelló donde domesticaban su infancia.

No volvió a saber de este muchacho hasta la década siguiente. Enrique Ruano, estudiante, como él, en la Facultad de Derecho de Madrid, había sido atrapado por la policía por supuestas actividades subversivas, cuando este eufemismo podía significar algo tan simple como reunirse y planear sueños contra la dictadura del general Franco. Le interrogaron, le amenazaron, le sacudieron de lo lindo. Parece que quiso escapar, y que recibió un tiro. No debió de ser suficiente, porque la causa de su muerte fue una caída desde un sexto piso. La versión oficial fue que se había suicidado.

Al día siguiente, junto al relato del suceso convenientemente maquillado, aparecía su foto en los periódicos. La misma mirada clara e infantil que el Duende recordaba del colegio. Se estremeció. Era una de las primeras tragedias públicas que le pasaban a alguien que conocía, aunque sólo fuera de vista. Y esas cosas en la edad de la inocencia (entonces se tardaba mucho más que ahora en perderla) dejan una profunda muesca en el alma.

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Un par de años después el Duende, que ponía en las clases de derecho el interés justito, descubrió un rostro femenino que llamó su atención. Era una chica de tez muy  blanca y grandes ojos azules y cabello de color castaño, con un tipo de belleza romántica algo triste, como de retrato ovalado firmado por Madrazo. Sólo había entonces en Madrid una facultad de Derecho, pero aún así la promoción juntaba a más de cuatrocientos estudiantes. No era fácil por tanto sentarse en el aula al lado de la alumna que uno escogía. Lo más que pudo aquel tímido duende fue enterarse de su nombre.

-Se llama Loli –le dijeron.

Luego supo también que Loli González Ruiz había sido la novia de Ruano, y pertenecía a uno de esos grupos activistas que agitaban la resistencia universitaria contra el franquismo. De ella arrancó la policía, con esa habilidad interrogatoria que pone los pelos de punta imaginar, el paradero del desdichado Enrique. Aquella compañera estaba marcada por la tragedia. Se casó después con Javier Sauquillo, uno de los abogados asesinados en la matanza de la calle Atocha que hizo trastabillar a los primeros pasos de nuestra vacilante democracia. Loli sobrevivió de milagro a aquella salvajada. La última vez que la  vio este bloguero tenía su cara destrozada por un balazo. Los asesinos no acabaron con su vida. Pero consiguieron desfigurar el romántico retrato de mujer joven  que uno guardaba en el museo de su memoria.

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De un tiempo a esta parte, el público ha descubierto que la literatura enriquece más si ha sido tejida sobre el cañamazo de la historia. De la historia lejana o de la más reciente. Todas esos lectores, fundamentalmente mujeres, que uno puede ver en el metro leyendo novelones históricos se quedan encantados sabiendo que, además de entretenerse leyendo los amores de la Princesa de Éboli o las granujadas de Godoy, o han ampliado sus conocimientos o han refrescado su cultureta. Este mismo año ha habido grandes éxitos editoriales –El tiempo entre costuras y Riña de gatos, sin ir más lejos- por los que uno transita cómodamente al reconocer en ellos algunos personajes, rincones y sucesos que habitan en su memoria cercana.

No es exactamente una novela, pues debería de encuadrarse más bien en el género biográfico. Pero de ese material que combina lo vero con lo ben trovatto está hecho también Aguirre, el magnífico, el último libro que ha escrito Manuel Vicent. Maravillosamente, por cierto. Lo de menos, a juicio de este lector, es que la figura central sea un personaje tan discutible como el último Duque de Alba. Lo verdaderamente meritorio es cómo el autor, de la mano de aquel cura reconvertido en noble merced al sublime braguetazo,  nos pasea por ese cuadro de luces y sombras, de miedos y esperanzas, de hazañas y de méritos y, por contra, de sinvergonzonería y de gilipollez  divinizada que ha sido la modernísima historia de España.

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El cura Aguirre, faro de los católicos progresistas del tardofranquismo  fue el director espiritual de Enrique Ruano. Tardofranquismo: extraño sustantivo inventado por los columnistas de la época para la dictadura decadente. Quizás el franquismo era tardío –más bien anacrónico, se diría- pero no por ello dejaba de ser tenaz en su tiranía. Allí un cura liberal, audaz y algo insolente  brillaba como una luminaria y ejercía de pulmón para muchas conciencias jóvenes atormentadas. Esa es la parte buena de Aguirre, el cura capaz de convertir una homilía en la Capilla de la Ciudad Universitaria de Madrid en un dardo directamente dirigido al Pardo. La menos buena la resumiría el cruel desparpajo del pueblo en tres palabras.

-Era un jeta, un trepa y un gilipollas.

Cuesta mucho creer que un fino intelectual forjado junto al padre Sopeña en la música de Mozart, en la teología de Ratzinger y en la Escuela de Frankfurt cayera en los brazos de Cayetana de Alba, por simpática, jaranera y puede que aún mollar que estuviera la duquesa entonces. Es difícil creer que no hubiera impostura en ese amor, con la cantidad de feligresas maduritas, pero discretas, que habría conocido en sus años de ejercicio sacerdotal. Como llamativo fue el esnobismo de quien quiso erigirse en el más ducal de los duques por disimular su origen. Lo más cruel del libro es lo que cuenta sobre el comportamiento del personaje con su madre y con los que pagaron su educación. Cría cuervos…

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Pero todo queda sublimado por la prosa precisa y hermosísima de Manuel Vicent, un biógrafo/cronista que escribe a punta de diamante. Usa su palabra como un implacable escalpelo capaz de diseccionar el personaje y el momento histórico, y sólo edulcora su mordaz ironía con un ritmo y un repertorio de metáforas que destilan fragancia e invitan a la sonrisa. E incluso a la carcajada. Qué país, Miquelarena, que dicen que dijo Pedro Mourlane. O ¡joder, qué tropa!, que adjudican al Conde de Romanones en un monumental cabreo por ser rechazado en la RAE.

Es el creciente encanto de la literatura sobre la historia cercana. Uno conoce el cuadro sobre el que se arma la trama. Uno le pone cara a los personajes, algunos de los cuales ha llegado a conocer personalmente. Uno se solidariza o discrepa con la tesis del autor, pero con la seguridad de saber de lo que piensa. Y acaba paseando por  la novela cómodo, confiado y feliz, como Pedro por su casa. Lo saben bien María Dueñas, Eduardo Mendoza o Manuel Vicent, tres de los últimos exponentes de este nuevo modo de novelar que ha convertido a los vagones de metro y a los autobuses en salas de lectura rodantes.

Chapeau

Me descubro por seguir encontando motivos para quitarme el sombrero. Aunque no lo tenga...

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Una buena amiga de fina sensibilidad le felicitó la Navidad a este bloguero con una foto de un Madrid singular. Muestra uno de esos rincones que hay que saber captar para reparar en los contrastes. Iglesia de las Calatravas, en la calle de Alcalá, barroco puro recientemente restaurado. Y  a su lado, un pequeño Empire State que antes debió de ser compañía de seguros, y que ahora es hotel. Un modesto rascacielos que tiene clase y su gracia. Al otro lado de la calle (Peligros) el Edificio Vitalicio, otra muestra de arquitectura representativa, con detalles de esa estatuaria mitológica de altura con la que se adornaban los edificios entonces. Tardó en reconocerse, pero la yuxtaposición de estilos de distintas épocas y el abigarramiento tienen su encanto. Ciudades de gran atractivo como Londres o Nueva York se hicieron así. Y al  Duende, verlo tan cerca, en la ciudad donde nació, le sorprende y le admira. Chapeau.

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La edad pasa por el espíritu curioso como el cepillo del carpintero, pero el Duende aún no deja de sorprenderse a menudo. Qué extraña el alma. Unos días le amanece a uno avinagrada, repunante, dicen los asturianos. De mal café y dispuesta a criticarlo todo. De repente otro día te manda lo contrario: observa lo positivo, aprécialo, gózalo. Eso que llaman felicidad es exclusivo de los santos o de los locos. Quédate con las pedreas amables, que están al alcance de casi todo el mundo.

Ayer tarde el bloguero echaba su peonada en el monte, desbrozando y quemando los restos de la poda de los castaños. Arriba el Almanzor, con sus cejas blancas de nieve, mirándole protector. El sol poniéndose por el oeste y la luna creciente  compitiendo en lo alto. Al poco el sol se acuesta, se echa la noche, y sólo iluminan ya la fogata poderosa, que lanza luces de cobre, y el velo de plata pálida que se descuelga del cielo. Contra éste se dibuja la silueta de un viejo castaño. En sus ramas desnudas se posan las estrellas, y uno se siente el dueño de ese espacio y ese momento asombroso. Chapeau.

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Por la mañana, en el pueblo, café con  porra. La porra del bar Tenazas tiene una medida francamente deshonesta, de modo que hay que partirla por dos para manejarla en la taza. ¿Cuántos placeres hay que se puedan comparar al desayuno con porras recién sacadas de la sartén?…Chapeau.

Sube a casa con su bolsa de porras calientes, porque las nietas han descubierto las porras, y dicen nanay a los cereales. Se entusiasman, se llenan la boca de masa frita, se  embadurnan de churretones del Cola Cao que espurrea de ésta. A pesar de que su abuelo se harta de decirles que no se ríe ni se habla con la boca llena, ellas comen y parlotean sin cesar. Qué cuadro de felicidad.  Si Murillo lo viera seguro que lo pintaría: Niñas tomando porras. Es la hermosura del instante de vida cotidiana que van repartiendo los días. Chapeau.

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¿Y cómo se quita uno el sombrero, si no lo tiene? Hace unos años, por el picor del sol en la coronilla durante el verano y el frío de las gotas de lluvia en invierno el bloguero se dio cuenta de que el tiempo había le había tonsurado el cráneo. No lo bastante para que le vean calvo las personas,  pero sí los pájaros. Siempre había envidiado cómo llevaban su sombrero los actores en las películas antiguas, pero los sombreros pasaron de moda. El Duende consideró que a  su edad lo lo que está pasado de moda es seguir la moda, y  decidió comprarse un sombrero para celebrar sus años. No de fieltro rígido, como los de los gangsters o los de los gentlemen. Sino de tweed grueso y flexible, como de profesor de historia o de primo del comisario Maigret. Con una nota de color. Si al Duende le atropellara un coche, el libro de estilo de algunos periódicos podría decir sin faltar a la verdad: anciano atropellado. Es el coste de llegar a los sesenta y cinco años. A cambio, podrá entrar gratis en el Museo del Prado, descubrirse ante lo mucho que respeta y admira y cubrir su sesera sin  pasar frío ni temer el qué dirán.

Chapeau.

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Si las cosas de palacio van despacio, no digamos las decisiones de este bloguero, adicto a la duda sistemática. La de ponerse sombrero tomó cuerpo cuando avisó la tonsura, y después de mirar y buscar en múltiples escaparates sólo hace un año que dio en una pequeña sombrerería de la parte alta del barrio de Salamanca con el modelo apetecido. Desgraciadamente no quedaba un solo ejemplar de su talla.

Fiándose de su memoria visual, no apuntó la dirección ni el número del establecimiento. Craso error. Sólo recordaba una tiendecita pequeña en una calle perpendicular a la de Serrano y cercana ya  a la de Francisco Silvela con las paredes literalmente recubiertas de sombreros en sus preciosas cajas circulares. Su ambiente retro evocaba al de El bazar de las sorpresas, una deliciosa comedia de Lubitsch. Durante un año, cada vez que rondaba la zona, el bloguero perdía unos minutos y la buscaba  para saber si habían recibido su talla. Durante  un año no fue capaz de encontrarla.

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Finalmente, hace unos días se topó con ella Se llama Citysport, y está en Ortega y Gasset, 67.

-¡Señor Figuerola-Ferretti-le saludó la encargada -¡Qué alegría verle por aquí!..:¡Qué pena que se haya agotado su sombrero también este año!…

Añadió que era un modelo belga del que sólo habían recibido nueve ejemplares. Pensó el Duende que estaba de Dios no dar con su sombrero favorito después de tanta espera, y se despidió resignado.

-Por cierto-le preguntó el bloguero – ¿Y cómo conoce usted mi nombre?…

-¡Hombre!…Cuando le vi la primera vez pensé: este hombre me suena…Y apenas se marchó  recordé quién era…¡Con lo que me hacía reír en la radio!…

Chapeau por la memoria de esta encantadora amiga que no consigue venderme un sombrero. La  radio no la ve nadie, pero se recuerda. Y otra enhorabuena al que, a pesar de sus años, conserva la ilusión. Chapeau agradecido a la vida por permitirle seguir deseando algo. Chapeau, aunque sea sin sombrero.

Un buen día para soñar

Aprovechemos lo que Blake Edwards nos ha dejado para ser felices por un ratito...

Frío. A una semana del solsticio de invierno, lo que tarda en amanecer.

Se despierta uno después de haber tenido un sueño feliz. Le costó retirarse el edredón de ternura que le cubría por una noche, pero el bloguero pertenece a esa parte del género humano que no sabe estar en la cama más allá de lo que pide Morfeo. Y eso que respiraba ternura.

Hace tiempo que se ocultó la media luna, y en la oscura noche invernal, las luces de Madrid parecen sólo las de un pueblote grande: un inmenso dinosaurio que duerme. Cómo podrá albergar tanto dolor y tanta locura, con lo pacífico que se deja ver. Pero el bloguero hoy quiere ser positivo, optimista, decía, prolongando el espíritu inocente del sueño que ha quedado atrás. Y lo primero que hace es encender la luz zenital que ilumina al niño de su nacimiento. No es por nada, pero el contraste entre luces y sombras de su portal no lo mejora ni Caravaggio. Está imaginándose un día bonito, que es un adjetivo trasnochado y un poco cursi, pero muy expresivo. Quiere creer que todo lo que pasará este 17 de diciembre será bonito. Qué contradicción, después de procesar la última noticia que escuchó por la radio antes de cerrar los ojos, la muerte de Blake Edwards.

No quedan muchos cineastas de esos a  los que no hay que interpretar, Dichoso cine aquel que se entendía todo, que gustaba, que emocionaba, que te hacía reir o llorar. Uno se va haciendo viejo, y ha perdido el interés por cine de diseño: efectos digitales, personajes sucios, diálogos malsonantes, historias disparatadas, violencia, casquería y regüeldo contra lo que antes llamábamos buen gusto. (Supone el bloguero que el buen gusto es un concepto tan caduco como el adjetivo bonito).   Apareció en los años sesenta del pasado siglo Blake Ewards, rodó un buen número de películas de casi todos los géneros y en todos cumplió con buena nota. Emocionante y dramático en Días de vino y rosas. Desternillante en La pantera rosa y, sobre todo, en El guateque. Entretenido y brillante en comedias como La gran carrera o Darling Lily. Elegante, sensible y seductor en esa perla que es Desayuno con diamantes.

Pero este post sólo pretendía ser un soplo de sentimentalismo sencillo y asequible. Una píldora de ternura en un día helador. Una oportunidad para ese rescoldo de corazón que todos llevamos dentro, y que pide aire cuando se acerca la Navidad. Busquen a aquel ángel con cuello de cisne que se llamó Audrey Hepburn cantando Moon River en Breakfast at Tiffany´s y tengan, gracias también a Blake Edwards,  un día feliz.

Postales y joyas en el caos

Las atmósferas del pintor inglés Turner también aparecieron, de rebote, en este caótico viaje por el puente de de la Constitución...

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Cuando se inició el largo fin de semana del caos el bloguero estaba en el aeropuerto de Fuenterrabía. Al bloguero le gustan los aeropuertos así, que todavía parecen hechos a escala humana. Naturalmente, éste tiene los días contados.

La aproximación a este aeropuerto ofrece postales maravillosas, pues antes de aterrizar en él los aviones suelen sobrevolar Hendaya y la costa vasca para girar y embocar la pequeña bahía junto a la que se extienden las pistas. El aeropuerto es pequeñito, como de un aeroclub antiguo, y entrañable. Recuerda al de la película Casablanca. A menudo te recibe con lluvia, y como el avión te deja a pie de pista, sin finger ni demás parafernalia, piensas que por ahí van a emerger de la niebla Humphrey Bogart con su trinchera y su sombrero acompañado por el pícaro Claude Rains con su quepis de gendarme.

-Este puede ser el principio de una gran amistad –crees que vas a escuchar.

Pero a la hora de despegar no aparecieron los héroes de Casablanca. Y lo que se escuchó por megafonía sonaba completamente distinto.

-Cerrado el espacio aéreo español. Cancelados todos los vuelos…

Fue el principio de un gran cabreo. Aunque, como nunca hay mal que por bien no venga, también de nuevas experiencias alternativas.

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Como muchos españoles colgados por la huelga de controladores, el bloguero canceló el billete de avion  y reservó otro de autobús San Sebastián-Madrid que salía a las nueve de la mañana del sábado. Pernoctar donde no pensabas hacerlo sienta fatal a cualquier viajero, pero puede tener su encanto. Entre otros placeres de los madrugadores, te permite hacer ese paseo  que siempre dejas pendiente cuando te gusta una ciudad y apenas paras en ella.  El bloguero durmió poco, como siempre que tiene que salir de de viaje. Y después de desayunar muy temprano, anduvo hasta la estación de autobuses por esa elegantísima  Avenida de Francia que se extiende a lo largo del río Urumea. Un paseo delicioso que sin duda probablemente nunca habría hecho si todo hubiera ido según lo previsto.

Mientras el bloguero caminaba, amanecía sobre San Sebastián. Sorprendentemente, el sábado 4 de diciembre se presentó despejado y luminoso. Cualquier paisaje, urbano o rural, luce más después de ser lavado por la lluvia. Aquel amanecer sobe la bella Easoqué cursilada de expresión, por cierto. Pinchen el enlace y sabrán por qué a la capital guipuzcoana se le llama también así- le trajo al bloguero destellos de un libro que leyó hace tiempo. Lo recuerda con agrado, entre otras cosas, por las cosas que cuenta de San Sebastián. Se trata de La dulce España, una autobiografía sensible y amena de Jaime de Armiñán, que siendo niño pasó la guerra civil precisamente allí. El título del libro no deja de ser una ironía, pues no pasaba el país un momento justamente dulce.

Amargo era también  ese amanecer del 4 de diciembre de 2010 para España, ahora en estado de alarma. Por más que uno de sus viajeros se aliviara contemplando esa postal de amanecer  junto al Urumea que, inopinadamente, encontró en su camino gracias al desdichado azar.

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El bloguero tampoco había visto nunca los montes de Guipúzcoa cubiertos por la nieve, y contrastando nítidamente con el verdor del valle.

-Qué belleza- pensó.

No pudo poner cara de arrobamiento, porque eso no pega en los viajes colectivos, donde todo el mundo va tan serio, y dibujando más bien algún drama en su cara.

Sin embargo, la luz esplendorosa de aquella mañana otoñal daba al paisaje un relieve especial, y le remitía al viajero a uno de las pocas reglas de filosofía práctica que aprendió en los libros. Procede de Alain, un modesto pensador francés del pasado siglo que escribió Sobre la felicidad. No hablaba en su libro de un viaje en autobús, sino en tren, aunque la moraleja es aplicable a cualquier medio de transporte por el que hayas pagado un billete. Piensa que el paisaje maravilloso que quizás estás viendo por la ventanilla-viene a decir- no estaba incluído en el precio.

A menudo lo olvidamos. Como olvidamos también la cuota de felicidad marginal que puede aportar la puntilla de un huevo fresco bien frito.

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El autobús seguía viaje. Dejaba atrás el País Vasco y se adentraba en Castilla.

Castilla nevada. Ancha,  blanca, limpia y fría. Iglesias, monasterios, murallas, castillos. Se comprende que este solar adusto y riguroso en extremo diera pábulo a tantos guerreros místicos. El ciego sol, la sed y la fatiga/ por la terrible estepa castellana/ al destierro, con doce de los suyos/ polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga –recita para sus adentros el viajero. Siempre ha pensado que esas cabalgadas bajo la celada y la coraza candentes por el sol de agosto debían de ser la mayor prueba de sufrimiento para las bravas mesnadas del Campeador. Pero…¿y el frío?

El frío de la armadura en la Castilla helada. El frío que se adivina en el ya casi extinto pastor que aún apacienta a unas pocas ovejas valientes cubierto en su manteo. Qué merito, salir a buscarse la vida del ganado bajo la nieve.

Y qué grato poderlo ver calentito desde la butaca del autobús mientras este avanza al encuentro de otra postal.

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El puente del caos será también uno de los más borrascosos que se recuerdan. Por la noche, desde el ventanal de su palomar, el bloguero contempla  Madrid al anochecer bajo el temporal. El Palacio Real, la Almudena,  San Francisco el Grande y, más al fondo, los edificios de  Telefónica, el Palacio de la Prensa y Bellas Artes aparecen y desaparecen como pecios que flotan en el horizonte envueltos en la bruma. El espeso celaje rebota las luces de la gran ciudad, dotando a la escena de una iluminación espectral. De vez en cuando la niebla se rasga en cortinas colgantes. En otros momentos, los grandes iconos de la arquitectura madrileña se coronan de penachos evanescentes.

El observador recuerda las atmósferas mágicas que pintó Turner. O las distintas versiones lloronas de la catedral de Rouen que recreó Monet. Pero esta exhibición, estos momentos milagrosos que de vez en cuando  brinda el cielo, se pueden ver sin salir de casa. También gratis, por supuesto.

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Nunca sabemos cuál será la próxima sorpresa. Estaba el bloguero transido por los grandes panoramas de aquel viaje de emergencia cuando de repente se ve poniendo el nacimiento con sus nietas, y advierte que el drama se avecina.

-Abuelo –pregunta Marina muy preocupada- ¿Y cómo vamos a poner esta gallina?…

La gallina, figurita de barro fetén, de las clásicas murcianas de toda la vida, ha perdido la peana donde hundía sus patas de alambre y no se tiene de pie. La niña está desconsolada, porque un nacimiento sin gallina no es lo mismo. Pero al abuelo se le ocurre partir una sección de un corcho de botella, hacer en ella una incisión a punta de navaja, ponerla sobre la mesa y clavar  a la gallina para que luzca erguida su cresta en el belén.

Y la niña sonríe.

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Poco después escucha el discurso de Mario vargas Llosa en la Academia Sueca que difunden todas las cadenas de televisión. Y comprueba estupefacto que este gran hombre  no sólo no parece el divo atrabiliario e impertinente que tanto se estila, sino todo lo contrario.

-Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado-dice el Nobel.

Anota el  bloguero un pensamiento del escritor que guardará como oro en paño: al igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Y le impresiona que se le quiebre la voz al hablar de su mujer, la bella prima de “nariz respingada”, que le critica diciéndole lo que más complace escuchar al novelista: Mario, no sirves más que para escribir…

El bloguero flipa, porque no acaba de creerse que aún se emitan mensajes de este calado.  Además de todo eso, entre cultas veras y finas bromas,  el escritor peruano proclama públicamente su amor y agradecimiento a España. España, casualmente nuestro país y también el suyo, al que tanto maltratamos  con huelgas y políticas disparatadas y del que tanto denigramos los que en ella nacimos…

Qué pasado de moda, pero qué emocionante y qué impactante Mario. ¿Cómo no vamos a acabar mojando con él? Definitivamente, aún en el caos se acaban encontrando postales y joyas preciosas.

No comas sandwich de berros si vas a cantar a Haendel

Como subraya este cuento, una soprano debe cuidar siempre su sonrisa

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Manolita era una chica soñadora. Se sentó ante aquella luna llena de octubre, y como cualquier heroína romántica, pensó  en voz alta.

-Por qué será tan difícil la felicidad. Por qué el azar es tan caprichoso, y a unas se lo pone fácil cuando a mí, que soy tan mirada para todas mis cosas, me escatima la suerte.

Tan mirada para todas sus cosas…Así resumía ella el pensar en casi todo y concluir que, por mucho cuidado que pongamos, siempre se nos puede negar el éxito por una pequeñez incontrolable. Manolita tendía a ver la botella medio vacía, casi nunca medio llena. Pero la plenitud de la luna de otoño puso esta vez alas a sus sueños. Siempre había buscado en la música un camino para la felicidad. Tenía buen oído, pero carecía de formación musical, y sabía que a su edad era demasiado tarde para aprender a tocar un instrumento, por lo que decidió afrontar un reto contra el apocamiento de su vida modosita y provinciana. Y dio el paso a.delante de apuntarse a un coro de parroquia y  ponerse a cantar con gente quizás menos acomplejada.

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Cuando, a pesar de su timidez precisamente cerval la soprano Manolita se hartó de que el ciervo a la fuente de agua fresca fuera veloz –que, por cierto, no es una letra de beatas, sino de un salmo de Isaías- tomó la decisión de subir un nivel en su pasión de cantatriz. Así pues, abandonó su coral BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) y se apuntó a uno de esos gigantescos “coros participativos” que se habían puesto de moda para que los cantantes aficionados se acerquen a ese momento de gloria que es ser parte de un monumento musical

-Qué miedo-le confesó a su intrépida amiga Teresa, que era la que le animó a integrarse-Cantar ante un director reconocido que estará acostumbrado a dirigir profesionales.

-Tranquila, no pasa nada –le decía su amiga- Somos multitud. Si te equivocas no se va a notar,  no te va a regañar el director, de verdad.

-¿De veras?…Me podría morir de vergüenza.

Alguien le había contado alguna vez que el gran Arturo Toscanini había parado un ensayo general de la Novena Sinfonía de Beethoven para echar a una soprano que tenía un mal día y no llegaba al fa. Según el relator de la historia, el maestro era tan iacundo que la puso en evidencia ante sus compañeros de coro. Manolita pensaba que le podía haber pasado a ella. Recordó que cuando tenía la regla cantaba mucho peor, y que un director puñetero podría revelar ese detalle de su intimidad en tono acusatorio.

-Por favor-se decía-Que  el director no haga por mí, que no me mire, que no me controle…

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Y entretanto se afanaba en estudiar la partitura, en seguir escrupulosamente las indicaciones del maestro de canto y en afinar cada nota cuando éste se lo solicitaba al coro.

Manolita era tímida, pero no fea, sino todo lo contrario. Cuando se llenaba de energía, sacudía levemente su melena rubia, estiraba su cuello de gacela para alcanzar las notas más altas, y abría su boca ofreciéndola a las brillantes coloraturas barrocas del Mesías de Haendel había algún tenor que perdía el compás. Ella sin embargo, tan amante de la música, y estimulada además por el privilegio de poder cantar una gran obra  con una orquesta sinfónica, sólo se concentraba en la música. Y cuanto más se metía en ella, más  seductora parecía. Ya no se sentía una soprano vulgar llamada Manolita, sino una diva como la Callas, o la Tebaldi, o la Simionato.

-El tenor segundo por la izquierda de la tercera fila-apuntó el director en el primer ensayo conjunto- ¿En qué está pensando?…Concéntrese o abandone el coro, pero no se me distraiga.

Manolita bajó los ojos como queriendo desaparecer. No es que fuera consciente de ser la responsable indirecta del reproche del director. Es que se daba cuenta de que éste era tan meticuloso como Toscanini, y en cualquier momento podría fijarse en sus imperfecciones.

Pero sucedió todo lo contrario.

4

Sucedió que el director contratado para dirigir ese Mesías gigantesco al que Manolita se entregaba con tanta ilusión era un autraliano joven y guapo que, además de prestigio musical, tenía fama de  buen observador y, como tantos batutas legendarios, de impenitente conquistador.

-La riqueza de la  gran música –explicó en su rudimentario castellano- se basa en los pequeños detalles…¡Hay que cuidarlo todo, hasta lo que se come!…No me descuiden ni una de las indicaciones que les voy diciendo, porque les vigilaré uno a uno y obraré en consecuencia.

Cualquiera a distancia hubiera concluido que, a pesar de su aviso, a quien de verdad observaba con detenimiento era a Manolita.

-No me extraña, hija-le decía su amiga Teresa-Tienes locos a varios tenores y a un par de bajos, y además cantas divinamente.

Y Manolita, que jamás había pensado que era una mujer atractiva, se sobrepuso a su tradicional timidez y empezó a venirse arriba. Por las noches, en casa, ensayaba a conciencia. Y cuando, ebria de entusiasmo y desmelenada, se daba cuenta de que dominaba con su limpia voz todas las articulaciones de la complicadas fugas haendelianas, se plantaba ante el espejo con los brazos en jarras y bromeaba consigo misma.

-¡Brava, Manolita!…Vas a tener que cambiar de nombre y ponerte otro más cantábile para una soprano de fama internacional…¿Ingrid?…¿Selma? ¿Renata?  ¿Iwa?…

Luego se asomaba a la ventana, miraba a la luna coquetona que empezaba a decrecer y soñaba despierta que el joven director le invitaba a una cena íntima y romántica.

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En el descanso de uno de los ensayos le había dicho que su voz tenía un timbre precioso, y que debía marcar más los stacattos. Otra vez le destacó la excelente colocación, y le habló de la magia de Joan Sutherland. Manolita no sabía quién era Joan Sutherland, pero luego, mientras cantaba ya casi de memoria y sin despegar la mirada del maestro, advirtió que éste la seguía vigilando  casi obsesivamente. El día del concierto, por la mañana, se celebró el ensayo general en el auditrio. Al terminar el joven director dio los últimos consejos.

-Coman algo, descansen y una hora y media antes del concierto todos reunidos en la sala para ejercicios de vocalización.

Y cuando el coro se desparramaba se acercó a Manolita, la cogió del brazo y un discreto aparte le susurró.

-Primero: cuando cante the glory, sonríame…You have to realize that you singing the glory of the Lord!…Segundo: marque bien los stacattos. Tercero: no se ponga demasiada sombra en los ojos, y si se pinta los labios, only slightly. Por último: míreme, míreme constantemente…

A Manolita casi le da un desmayo.

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-¿Qué te pido?- le preguntó Teresa- Porque desde que el maestro te mira tanto, estás como ida…

A pesar de que el joven y atractivo director no daba puntada sin hilo, Manolita no recordaba que hubiera dicho nunca qué  deben comer las sopranos hendaelianas antes de un concierto.

-Una Coca-Cola y un sandwich vegetal-dijo pensando que algo tan ligero en nada perjudicaría su voz.

Las sopranos estaban animadísimas, y el sándwich vegetal, que combinaba lechuga con berros, y juliana de rábanos y zanahoria en un aliño de mahonesa, bastante bueno. Pero Manolita, lo fue tomando pausadamente, ensimismada, sin mezclarse en la conversación con sus compañeras de cuerda. Sólo pensaba en su voz, en la música, en su maestro y  en la posibilidad de rozar la gloria si nada interfería en el esplendor de su canto.

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Todos los que tocan un instrumento o cantan delante de un director piensan que ellos van a ser los únicos en los que el maestro pone su atención. Todos se sienten como si fueran los únicos protagonistas de ese momento mágico que es un concierto. Pero Manolita tenía más razones que nadie para creer que, en su caso, no era una obsesión personal, sino un hecho. Fueron veintinueve corales las de aquel glorioso Mesías que significaba su consagración como soprano. Fueron veintinueve entradas que el apuesto director dio con rigurosa exactitud,  pero mirando siempre a su cara, observando la sombra de sus ojos, el tono del lápiz de labios y hasta el color de aquella sonrisa que, como había ordenado, debían exhibir todos en el famoso Aleluya. Al principio, cada mirada del maestro, pensaba Manolita, era como un beso apasionado. Pero a medida que avanzaba el concierto, ella, que tenía un ojo puesto en la partitura  y el otro en el que empezaba a ser el hombre de sus sueños, advirtió que algo no le terminaba de gustarle. Su expresión de gozo triunfal empezó a demudarse  después del Aleluya, precisamente donde todos debían sonreír exultantes. A partir de ahí, y aunque el público, arrollado por la grandiosidad y la belleza de la obra no lo percibía, algo raro en el gesto del maestro denotaba que algo no iba al gusto del maestro.

Manolita consiguió sobreponerse y cantó lo mejor que pudo, quizás con más sentimiento y arte que nunca. Cuando terminó el impresionante Amen que corona la obra y el director, como todos los que quieren saborear el triunfo, bajó los brazos y la cabeza para recibir las aclamaciones habituales, el  coliseo se vino abajo de aplausos, vítores y bravos. Y estos se hicieron aún más estentóreos cuando, sin dejar de lanzar miradas a Manolita –ahora, ciertamente, más severas-levantó al coro para que compartiera con él y con la orquesta los honores del éxito.

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No sabía si eran los nervios del éxito o del fracaso, haber coronado el sueño de su vida de cantar en un gran teatro como una profesional o haberle agriado avinagrado el rostro al hombre del que quizás se había enamorado como una tonta. El caso es que fue volver a los vestuarios, abrazarse a su amiga Teresa y a las demás sopranos de su fila y romper a llorar como una magdalena. Hasta que uno de los ujieres del teatro se le acercó, y le dio una tarjeta mientras le daba un recado al oído.

-El director ha dicho que tiene mucho interés en cenar con usted, y que le espera en una hora en el restaurante de su hotel.

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Hizo todo lo posible por serenarse. Le ayudaron a ello sus compañeras y amigas, que sin duda ignoraban el final de esta apasionante aventura musical. Nuevamente, se sobrepuso. Se despidió de sus colegas, que como suele suceder en estos casos, se iban de cañas, se refugió en el aseo, se retocó ante el espejo y, procurando sentirse más María Callas o Joan Sutherland que Manolita Pérez, soprano aficionada, se presentó en el hotel a la hora indicada. Ahí le esperaba él, alto, delgado, rubio, con esa sonrisa tipo Redford  y esa cabellos largos divididos en dos crenchas que en los tutti bailaban ballet alrededor de la batuta. Vestía una camisa blanca de seda y un pantalón negro.

-My beloved sopran- se presentó tendiendo la mano sonriente- I´am Christian, your conductor…

-I am Manolita- dijo ella ofreciendo su mano mientras bajaba la mirada.

-Bonita voz, bonito timbre, bonita todo- le vaciló el maestro.

Cenaron una ensalada y un pescado, y bebieron vino blanco del Rhin. Bastante. A la altura de la cuarta copa y antes del postre habían hablado de la música, del amor, del amor a la música, del amor por excelencia y de casi todo lo demás. Él había hecho hincapié otra vez en la necesidad de observarlo todo para ser perfecto. Y ella insinuaba que se sentía como una Cenicienta a punto de perder el zapato de cristal.

-Pero…¿por qué me mirabas así?…-se atrevió a preguntarle- Primero tan entusiasmado, y luego, no se, tan raro…

El la miró con intensidad y deseo mal enmascarado.

-¿Qué tomaste antes del concierto? –fiue bsu desconcertante pregunta a modo de respuesta.

-No se…-balbuceó ella-Creo que un sándwich de berros…

- ¿No te diste cuenta?…¿Nadie te lo advirtió?-dijo insinuando una sonrisa- You should  know that I would only look at your mouth .Y una soprano debe tener en cuenta todos los detalles.

El director aproximó su rostro al de la soprano.

-Smile, please-le susurró.

Primero sujetó el bello rostro de Manolita con una mano. Luego pasó el pico de la servilleta de hilo sobre el segundo incisivo de la izquierda, extrajo algo verde   que  había visto durante el concierto en la sonrisa  de la soprano. Y después la besó con misma vehemencia que habían volcado ambos hacía apenas una hora en el concierto..

Cuando separaron sus caras, aún resonaba el Aleluya del Mesías en la cabeza de Manolita al tiempo que dos lágrimas se le deslizaban  por sus mejillas. El director, riguroso como Toscanini, apretó la mano temblorosa de aquella apasionada amante de la música coral .

-My love!…-le dijo como ultimo consejo- If you are singing to Haendel, never eat a salade sándwich.

Las infidelidades de Homper

 

Como demuestra este "Venus y el organista" de Tiziano, los amantes de la música a veces se distraen y acaban mirando donde no deben...

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Lo bueno y lo malo de la pasión amorosa, pensaba Homper, es que nos iguala a todos los humanos. Creemos siempre que el nuestro es un amor único, distinto, absorbente y de tal fuerza que no cabe resistirse a él. En consecuencia, justificaremos en su nombre cualquier tipo de locuras.

Homper despreciaba las frivolidades en este terreno. Estuvo enamorado en su día de Liz Taylor, pero le reprochaba íntimamente su versatilidad sentimental y su catálogo de maridos. Nunca aspiró  a  ser uno más de la lista. No menos decepciones en este terreno le había proporcionado uno de sus mâitres á penser, Bertrand Russell. Cuando leyó su Autobiografía él era aún un joven idealista, y a pesar de que descubrió a un filósofo, un matemático y un escritor admirable se le cayeron los palos del sombrajo al saber de su conducta personal. Bertie, como le llamaban sus amigos, era un modelo de pensamiento claro y de ética social, quizás el cerebro más preclaro del sigloXX..  Pero se la pegó a su esposa con lady Ottoline Morrell.

-Tan infiel como la mayoría de los hombres –apuntó en su diario íntimo.

Y añadió a continuación que cuando llegara su verdadero amor él nunca sería así.

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No le gustaba reconocerlo, pues quería considerarse un hombre independiente e inmune, por tanto, a los deliquios que suele traer el amor. Pero era hombre al fin y al cabo, y todo cambió cuando bien metido en la edad madura conoció a Ana Krusa. Entonces  perdió el seso.

-Aunque puede que encontrara el sexo –le reconoció a su confesor.

No se ha encontrado en sus escritos más referencia a Ana Krusa que estas breves notas. “Nunca nadie me enajenado así. Es un trémolo constante que altera mi corazón, pero sin el que no puedo vivir. Me hace feliz cuando la siento, la amo sobre todas las cosas, porque es la música de mi vida”.También escribió que con este amor, el único y verdadero, no cabía la infidelidad.

Se equivocó.

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Cayó arrebatado por Ana Krusa, que a pesar de su nombre de princesa polaca o de espía rusa con melena tipo Marlene Dietrich con la que pasarse secretos en las sombras de la noche bajo la Puerta de Brandemburgo, no resultó ser sino la música misma. Está claro que en ese epígrafe se incluye todo, desde Chikilicuatre y el Koala a los grandes compositores de siempre, pasando por funerales cadenciosos como el gran Leonard Cohen, melaza de almíbar como Armando Manzanero o desgarro sufridor como Camarón. Pero Homper, tan antiguo, se volcó en la música clásica. Como casi todo el mundo hubiera querido ser director de orquesta, pianista, o divo del bel canto, pero al fin no pudo llegar más que a corpúsculo  de ese chopped musical que es un coro.

-Y soy bastante feliz, amándote –le decía a su amada Ana Krusa- Pero voy a acabar siendo tan infiel como la mayoría de los hombres.

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Pues ocurrió que, cantando Sociedad Coral Bach de una iglesia protestante, fue tentado para sumarse al de un monumental Mesías de Haendel que prometía ser apasionante. Y que, ya comprometido con éste, fue seducido por otro coro que iba a cantar el último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven en el Auditorio Nacional. Y que repartiendo ya sus amores entre Ana Krusa, Bach, Haendel y Beethoven, fue seducido por un Requiem de Verdi que se preparaba para la primavera. Y entretanto, otro coro que también ensayaba un Mesías para Navidad, le invitó a que aprovechara que ya se lo sabía para disfrutarlo en un singular concierto que se celebrará en el monasterio de Yuste…

Le ha jurado a Ana Krusa que ella es la única música de su vida. Pero que, como cualquier músico, debe tocar más que ningún otro amante, aunque sólo sea con su voz de relleno de chopped. Y, como todos los amantes dispersos, niega que le haya sido infiel.

-No es lo que parece –le dijo cuando ella le pilló poniéndole los cuernos con el Freude, freude de Beethoven.

Y era verdad. Pues, al cabo, la única infidelidad de Homper es fallarle a los que de cuando en cuando merodean por este blog y se dan cuenta de que  está ausente y vive sin vivir en él. Como todos los enamorados, está loco por la música…

El buen cristiano que deseó el mal ajeno a un banquero

...Y el buen cristiano se hizo malo y la tomó también contra los mercaderes del templo

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Aquel anciano intentaba ser buen cristiano, como le enseñaron. Se encontraba sin embargo con algunas dificultades. Por ejemplo, la de rezar como dicen que Dios manda. Necesitaba visualizar lo que las oraciones decían, y para eso, mientras sus labios modulaban el padrenuestro o el avemaría, repasaba mentalmente las imágenes religiosas de Juan de Juni o de Salzillo, los lienzos de Fra Angélico, de Murillo, de Ribera y demás los pintores clásicos o las grandes películas bíblicas de Cecil B. de Mille, que decoraban divinamente cualquier rezo.

-Perdóname, Señor, si eso te parece poco piadoso. Pero como la oración es siempre la misma, necesito ilustrarla de una manera diferente. Pienso que si no lo hago te aburrirás…

Y él, tan mayor y tan asiduo a las prácticas religiosas, no podía ir la iglesia  para aburrirse él y aburrir a Dios.

-No es plan, Señor, no es plan.

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Sin embargo, aunque había perdido vista, sí vio que el feligrés del banco de delante, vestido con un traje de buen paño y excelente corte,  lucía unos llamativos tomates en el talón de sus calcetines. Lo había advertido cuando se arrodilló en la consagración. Y entonces, en lugar de ilustrar ésta con las diversas versiones de la Ultima Cena que tenía en la memoria, imaginó que el traidor Judas, no sólo no mojaba el pan en la salsa, sino que abandonaba  el cuadro y con hilo y aguja zurcía los calcetines del hermano que estaba mostrando sus miserias.

-Señor –oraba el anciano- Perdona que cambie los papeles que nos cuenta el Evangelio. Pero me parecía que era una manera de redimir al desgraciado de Judas y, al mismo tiempo, taparle las vergüenzas al hermano que tengo delante. Porque…¿hay algo más indigno que un hombre honorable mostrando tomates en los calcetines?

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Como andaba muy lentamente y no quería ralentizar la fila de comulgantes, siempre comulgaba el último. Y entretanto, observaba  a los que volvían a su banco después de tomar la sagrada comunión. Fue entonces cuando descubrió que el feligrés elegante y distinguido con tomates en los calcetines era –oh paradoja- un banquero ilustre. El mismo banquero que había negado la hipoteca a su nieto más querido.

-Perdónale, Señor –suspiró recordando el disgusto de su nieto- porque este canalla no sabe lo que hace…

Y ese día, por primer domingo desde hacía muchos años, él no se levantó a comulgar Después de su piadosa súplica por el banquero lo pensó mejor y se quedó sentado deseándole lo peor.

-Perdóname, Señor-dijo para sus adentros-Porque yo sí se lo que hago.

Y se concentró en pedir a Dios que perpetuara en los codiciosos el terrible castigo de llevar tomates en los calcetines hasta la consumación de los siglos.

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Cambiando de aires 7/ El viaje alcanzable

En la pequeña ciudad de Quimper el viajero encontró un buen argumento para su teoría del turismo posible...

Quiere creer el viajero que un ciudadano de provincias tiene más posibilidades de ser feliz que el de una gran capital. Muchos provincianos –en el sentido original de la palabra- quizá piensen lo contrario, claro. El caso es que, al menos en España, y especialmente desde el estado de las autonomías, el ciudadano vive cada día mucho más pendiente de su pueblo o de su pequeña ciudad que de lo que llamamos la nación o el país (no confundir con el estado, conjunto de órganos de la administración, concepto que algunos desinformados utilizan incorrectamente para no mentar el nombre de España y reservar para su sueño independentista las etiquetas anteriores).

-Pues yo encontré a Purita en el puente del río de mi pueblo y no tuve  que andar más para ser feliz-podría decir el hombre de provincias.

C´est normal. Se puede imaginar la felicidad como el dominio del cosmos, pero resulta más asequible si sales a comprar el pan y te tropiezas algo que al menos te la acerca. Eso pensaba este cronista cuando se detuvo en Quimper, 64.000 habitantes, capital del departamento bretón de Finisterre, con su catedral de San Corentino –curioso monumento, que dobla el espinazo de la nave central donde cambió su estilo arquitectónico- Museo de Bellas Artes, río, plazas, parque, calles típicas bretonas con nombres de antiguos oficios y todo lo que haga falta Por cierto, otra cosa que se aprende viajando: también para los franceses se acababa la tierra en ese chichón frontal de su particular noroeste: nada nuevo bajo el sol.

Hablando de museos, el Duende recordaba que cuando pasó como un relámpago por el Hermitage de San Petersburgo, la guía contó que para ver durante tan sólo un minuto todas y cada una de los tres millones de piezas acumuladas en su colección el turista debería invertir aproximadamente cinco años y seis meses. Bastante más si, como es normal, durante ese tiempo tenía que comer, dormir e ir al cuarto de baño. Escalofriante. Por eso este viajero adora los pequeños museos como el de esta ciudad bretona. Igual que en tantos, hay cuadros de Rubens, de Fragonard, de Picasso, abundante obra de pintores regionales desconocidos para el turista y un atractivo surtido de impresionistas y surrealistas, fondo que, supone uno,  hay en cualquier buen museo francés. De Quimper era Max Jacob, poeta y pintor de origen judío que no pudo esquivar el holocausto porque el indulto que promovieron sus amigos, Jean Cocteau a la cabeza, llegó pocos días después de su muerte. El museo recoge mucha pequeña obra del infausto héroe local, así como cuadros y dibujos que le dedicaron todos sus múltiples genios contemporáneos. Y, como ese monumento -inevitable en cualquier pueblo o ciudad francesa- a los caídos en las dos grandes guerras-,  el museo inspira con su homenaje al desdichado Jacob el mismo sentimiento de sana envidia en el viajero español. Aquí la Francia de Vichy, o sea, la división y la traición fratricida, se recuerda poco. La grandeur viste más contra el enemigo exterior.

Por lo demás, este es buen lugar para seguir profundizando en la particular teoría del turismo posible, o sea, ver y gozar en las dosis que le permiten a uno las fuerzas, las entendederas y el bolsillo. No más. Si no se puede viajar como un millonario, lo mejor es hacerlo como un peregrino o un estudiante: un picnic a mediodía a cualquier sombra o en cualquier orilla, que para eso hay en Francia sobrada oferta, exquisitas boulangeries y un repertorio de quesos, patés, vinos y cervezas más tentador que cualquier menú-puñalada de la carta turística tradicional. Al caer la noche, rendido por la fatiga, procede rendirse al autohomenaje. Dos platos, postre, vino. Incluso con una vela encendida. Sueño.

Se puede soñar en viajes más lujosos. Pero si te sientas dos veces al día en la mesa de un buen restaurante, lo cierto es que luego la modorra  apenas te deja ver casi nada. Y ahora ya no farda nada aquello de presumir de vinos y de chateaux-relais.

Continuaremos.

Cambio de aires 6/Siguiendo a Gauguin

Lo mejor de los pueblos bonitos es que en algún instante de algún día de algún año puedes verlos sin la marabunta de los turistas. ¡La suerte es dar con el momento!...

Escuchaba  este duende hace unos días a Gustavo Torner contando por RNE cómo se gestó y nació el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Fue una experiencia singular nacida del mecenazgo de Fernando Zóbel, del empuje del propio Gustavo y de Gerardo Rueda y del buen sentido de un alcalde que no entendía una palabra de arte, pero que supo valorar la iniciativa y facilitar la compra de las Casas Colgadas para albergar la colección. Entre ellos y los Saura –Antonio con sus cuadros y Carlos con su película Pippermint frappé, que tanto nos epataba a los jóvenes de entonces- descubrieron Cuenca para el mundo. Hoy Cuenca está en la agenda de muchos que buscan dónde perderse un fin de semana mezclando lo trascendente con lo deleitoso. Placer para el cuerpo y oxígeno para el espíritu. Mejor, y más bonita, en otoño. Una ciudad o un pueblo con artistas en su censo deja más huella en el visitante

Pont-Aven es un pueblito de Bretaña con quince famosas casas antiguas y catorce molinos de agua. Un capricho de piedra, río y profusión de flores adornando el paseo entre los molinos y las calles de casitas bretonas, un pequeño puerto fluvial y un paraíso boscoso a su alrededor. El Zóbel de Pont-Aven fue nada menos el fogoso Paul Gauguin, a cuyo reclamo acudieron muchos otros pintores. Hoy el arte allí sólo es una excusa. Las múltiples galerías que salpican el pequeño pueblo exhiben los mismos cuadros prêt á porter que  los artistas callejeros venden en cualquier ciudad del mundo: paisajitos ñoños y relamidos, quizás apreciados por el turista, pero inexplicables en un lugar donde pintó quien quizás fue el más vigoroso de los impresionistas. También en Salzburgo venden unos bombones muy cursis envueltos con la imagen de Mozart. Todo por la pasta. Aunque los artistas así explotados hoy pasaran en su tiempo un hambre canina.

El otro cebo para el consumo de esta villa son  las famosas galettes bretonas, unas pastas deliciosas que reponen en michelines lo que el lugar se lleva en suspiros. A este viajero no le gustan tanto las galettes como las cajas de hojalata retro donde se venden. Se acordaba de su madre, que guardó toda su vida los botones en una cajita de té chino decorada con unos chinos horrorosos. Cuánto le hubiera gustado a ella una caja de Pont-Aven. Para compensar esta frustración retroactiva, el Duende ha descubierto que una de sus nietas, Olivia, tiene cara de niña de caja de galletas antigua. Quizás haya que parafrasear a Forest Gump y decir que la vida es una caja de galletas.

Pero con Gauguin, con los molinos y las galettes, Pont-Aven  en agosto se acaba convirtiendo en una avispero de turistas. Así que el viajero huyó del bullicio para hacer una randonnée de nueve kilómetros hasta Port Manec´h, siguiendo la costa de la ría del Aven hasta el mar. Es más o menos como un paseo por la orilla de  la Costa de los Pinos mallorquina, con sus calas y su contraste entre el verde de la vegetación y el azul de las aguas. Pero la diferencia es que  en Bretaña paseas a veintiun grados, y que el bosque es una frondosa mezcla de robles, hayas y pinos monumentales por el que en cualquier momento te puedes encontrar a un gnomo o al mismísimo Bambi. Qué placer, pasear por un bosque así viendo veleros y sintiendo en el rostro el beso de yodo y sal que venía de la mar.

La jornada acabó en un puertecillo que la guía menciona de refilón, y que, siendo encantador, no merecía la atención de los japoneses. Se llama Doëlan, un pueblín bellísimo dividido en dos barrios por una profunda y estrecha ensenada donde duermen muchos barquitos. Se cenó en un chiringuito frente al faro dorado aún por el  poniente. Cree el viajero que casi todos eran franceses, o sea, que no llega allí la marabunta de turistas. Todavía quedan en cualquier parte perlas por descubrir.

La venerable camiseta de David Villa

Este cuento trata de responder a una cuestión peliaguda. ¿Cómo se debe conservar la camiseta de un ídolo deportivo?...

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-Papá –dijo la chiquilla- No sabes cuánto me gustaría tener la camiseta de Villa.

Y el padre la miró con ternura no exenta de preocupación.

Como tantas adolescentes la chica tenía sus ídolos favoritos. Y en ese momento el más venerado era David Villa, el delantero centro de la Selección nacional de Fútbol que se había convertido en una de las estrellas del Mundial de Sudáfrica. Pero el padre no era un cualquiera, sino el mejor ejemplo de ciudadanía y de respeto a los derechos de los demás, especialmente si éstos eran menores o personas desfavorecidas.  Debía de evitar por tanto cualquier concesión que, no por bien intencionada, pudiera perjudicar a la intimidad y la dignidad de una menor.

-¿Sabes bien lo que eso significa?-preguntó parpadeando como un bambi ingenuo.

-Si, papá –respondió la chiquilla sin vacilar un instante- Sería como la navaja de barbero que manejaba Johny Dep en Sweeney Todd o como la pajarita del abuelo de la familia Monster. Una cosa que a cualquiera le gustaría tener. Al fin y al cabo la camiseta es roja, como la sangre que le gusta a Drácula…

El padre bajó la mirada y apuntó algo en su agenda de mesa..

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Quizás habría preferido que su hija hubiera sidoniña precoz,  aficionada a la historia, santa laica o directamente libertaria. Pero el hombre propone y el destino, que no Dios, dispone. Ahora ella era una gótica feliz, y no sería él, apóstol de todas las libertades y defensor a ultranza de cualquier minoría, el que por culto a la moda o a los gustos de las mayorías  pudiera hacer algo que atentara a las creencias de la niña.

Llamó por el interfono a su jefe de gabinete.

-Necesito dos informes urgentes- dijo- El primero, de la máxima autoridad gótica en España. Qué se yo, el presidente del Consejo Superior de Góticos, o el del la Academia Gótica, algo así habrá, que hoy hay organismos para todo. Necesito saber si va contra sus principios, tan respetables como los de cualquier otra minoría, que un buen gótico sea aficionado al fútbol.

-Correcto-apuntó el jefe de gabinete- ¿Y el segundo informe?

-Este es más aún más importante. Pídaselo al Consejo de Estado. Sospecho que seis años de talante han despojado a España de cualquier connotación sospechosa, pero necesito tener la certeza de que la camiseta de la Selección Nacional de Fútbol representa a la España constitucional, libre y progresista que encarnamos nosotros. Y no a la España reaccionaria y negra, la España de Torquemada que añoran ellos…

-¡Jodó, petaca!- profirió el jefe de gabinete con una espontaneidad impropia de su cargo.

-¿Decía?-preguntó el presidente con el gesto visiblemente crispado.

-Nada, presidente. Pensaba en voz alta que Torquemada, la Inquisisición y esas cosas sí que las asocia uno a la España negra, y que eso resulta muy gótico, ¿no?…

-No me de lecciones de historia, por favor. Y solicite los informes.

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Los informes solicitados avalaron, como era de esperar, la escrupulosa opinión del presidente y tranquilizaron su conciencia. Benito Mojarra, decano de la AGEPANE (Asociación de Góticos Españoles Pata Negra) aseguró que no figuraba en sus estatutos ninguna incompatibilidad entre la afición al fútbol y la condición de gótico o gótica de sus afiliados. Es más, se aseguraba que Bram Stoker había practicado el fútbol en su juventud, y que en el opúsculo apócrifo Las otras pasiones secretas de Drácula se reconocía que el famoso conde-vampiro había sido socio fundacional del Valaquia F.C, extremo que definitivamente alejaba toda sospecha de incompatibilidad entre el deporte del balón redondo y la  pasión gótica.

-Los góticos-proclamó Mojarra en la carta que acompañaba al informe-somos góticos, pero también tenemos nuestras debilidades- A mí, por ejemplo me encanta la ensaladilla rusa, y a mi señora se le saltan las lágrimas cuando ve por la tele El amor en tiempos revueltos.

El presidente respiró tranquilo.

También satisfecho, aunque más molesto por el tono que adoptaba en alguna de sus conclusiones, se quedó después de leer el informe del Consejo de Estado. En su primer punto el alto organismo se preguntaba cómo era posible que semejante cuestión requiriese su intervención. En el segundo punto declaraba que España es la que define la Constitución Española, y que su concepto no tiene por qué identificarse  con ninguna sombra del pasado. En el tercer punto se hablaba de la camiseta de la Selección Nacional de Fútbol como símbolo de los valores permanentes de la nación, fundamentalmente de los deportivos. En el cuarto punto reconocía que su color rojo con ribetes y rayas amarillas eran lógicos si se tiene en cuenta que la bandera constitucional es precisamente roja y gualda. Y finalmente, en el quinto punto, aprovechaba que el Pisuerga pasaba por Valladolid para decir que eso era un dictamen conciso y rápido, y no lo que hacen otros altos tribunales del estado,  que se toman cuatro años para elaborar una sentencia  y luego ésta no resuelve casi nada.

Qué impertinentes son algunos-pensó el presidente- Y cuánto abusan del talante de uno…Pero da igual, me están dando la razón y tengo vía libre.

Luego pidió que le pusieran con  el Secretario de Estado para el Deporte.

-No condiciones la libertad de nuestro admirado David Villa-le dijo-Pero, si llega el caso, le dices que a la hija del presidente de gobierno le haría una grandísima ilusión  recibir su camiseta como recuerdo de su gran Mundial…Sí, sí, díselo así, que quedará muy bien.

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Entretanto, la esposa del presidente ensayaba a conciencia su próximo concierto, en el que el coro del que formaba parte debía de interpretar uno de los muchos glorias que dejó para la posteridad el  compositor veneciano Antonio Vivaldi. No queriendo incurrir en el machismo tradicional imperante en la España que ambos querían enterrar definitivamente, el presidente le consultó qué le parecía que hubiera pedido para su hija pequeña la camiseta de Villa.

-No se qué decirte –dijo ella-Lo encuentro como muy vulgar, típico de la masa, ¿no? Pensaba que nosotros estábamos por encima de esas cosas.

-Somos pueblo, Sonsoles- replicó él- Y, sobre todo, debemos respetar la voluntad de la niña.

-Sí, pero si ella quiere ser gótica no me explico para qué quiere una camiseta roja, cuando todo lo que lleva siempre es negro. No me pega nada.

-No te preocupes. He solicitado informes al respecto y eso no atenta para nada a las principios de una chiquilla gótica. Nadie nos podrá acusar de forzar la voluntad de nuestra hija.

Mientras Sonsoles continuó con sus gorgoritos –ella decía coloraturas- por las estancias de palacio, le avisaron al presidente de que, después de pasar los controles reglamentarios, había llegado un paquete de la  Secretaría de Estado para el Deporte. Una vez abierto, y dentro de un gran sobre amarillo protegido por papel de embalaje, estaba la preciada camiseta primorosamente doblada. Adosado al paquete había un sobre blanco dirigido al presidente que éste se apresuró a abrir para leer su contenido. Querido Presidente. Tal y como te prometí, aquí está la camiseta que lució Villa el día en que España ganó a Chile y nos clasificamos para cuartos de final de la Copa del Mundo. Espero que sea del agrado de tu hija, y que la guarde como un preciado tesoro. Siempre a tu disposición, te envío un fuerte abrazo. Jaime.

-Abra la bolsa, por favor-le dijo el presidente a su secretaria.

Esta entreabrió el gran sobre amarillo y, apenas asomó un pliegue de la roja, se tapó la nariz.

-Fu, presidente. Esta camiseta  está sin lavar.

5

El presidente habló con la Ministra de Cultura, la cual movilizó a todas las autoridades expertas para conseguir en tiempo record un dictamen sin el cual él no se hubiera atrevido a dar la camiseta a su hija. Según el los directores del Museo Arqueológico del Museo de Antropología, a los cuales se agregaban los testimonios de experto en medicina forense y legal, la camiseta de Villa perdería buena parte de su valor como objeto de culto si se desvanecía la huella de quien la había llevado.

-Entiéndalo, presidente-le subrayó por teléfono el Director General del Patrimonio- Para los conservadores eso sería, salvando las distancias, como lavar la Sábana Santa que envolvió el cuerpo de Jesucristo.

El rostro del presidente dibujó entonces una mueca de desagrado. No era, sin embargo, un escrúpulo más de su profundo y bien arraigado agnosticismo. Sino el pensamiento de que su hija  tal vez podría acabar inhalando las esencias mefíticas de un ídolo equivocado. Las dudas le reconcomían. ¿Era David Villa un luchador por el pueblo, un líder espiritual que ennoblecía a la condición humana  o un artista sublime de cuyo ejemplo se iba enriquecer la juventud? ¿O, por el contrario, un producto del mercantilismo exacerbado que se estaba adueñando del deporte?

Lo quiso debatir con Sonsoles, como cualquier asunto propio de unos padres modernos y responsables. Pero la esposa del presidente cantaba a Vivaldi entre los macizos de hortensias del jardín de Moncloa.

Ordenó a su secretaria que le pusiera en contacto con su jefe de gabinete.

-Necesito un dictamen del catedrático Juan Antonio Sagardoy.

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El ilustre catedrático de Derecho del Trabajo Juan Antonio Sagardoy se quedó estupefacto cuando el presidente le explicó el tenor de las dudas que justificaban su consulta. Pero, sin entrar a enjuiciar la validez de la camiseta como prueba, cosa que competía a los expertos en medicina legal, lo que a su criterio quedaba fuera de duda es que el sudor de Villa no era, en modo alguno, el de un capitalista que se lleva a la buchaca doce millones de euros al año, sino el de un trabajador por cuenta ajena que en ese momento de esfuerzo y de gloria tenía como patrón al estado.

-Se puede decir, por tanto, que el sudor de la camiseta de Villa es noble sudor obrero, ¿no?

-Hombre, presidente-respondió el catedrático en tono amable- ¡Si lo quieres decir así!…Sí, claro…Villa es sin duda un trabajador por cuenta ajena.

El presidente suspiró satisfecho.

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Se trataba de un regalo muy especial, y merecía la pena que su presentación estuviera a la altura de las circunstancias. Se le pidió a Miquel Barceló que diseñara una caja-vitrina en la que el rojo vivo de la camiseta  destacaba sobre un firmamento azul cuajado de chafarrinones de óleo a modo de estrellas.

-Y sellaremos el cierre de la caja con silicona –le explicó el presidente a su esposa- Así, las esencias de Villa permanecerán intactas, y nuestra hija podrá tener la camiseta en su habitación sin aspirar un olor que, no por digno, deja de ser desagradable.

-¿Y cómo se lo entregaremos?

-En un acto sencillo, como nos corresponde. Será un bonito regalo de cumpleaños.

-Me haría ilusión cantar con mis compañeros de coro el Gloria de Vivaldi cuando se lo entreguemos. Para ella significa tanto…

El presidente no dijo nada, pero torció el gesto.

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Al final Sonsoles comprendió que, aunque fuera un ensayo muy útil para su concierto, la música sacra de Vivaldi  podía herir la sensibilidad laicista de la chiquilla.

Pero no se iba a quedar con las ganas de cantar. Villa era nieto de un minero asturiano, como Víctor Manuel. De modo que el presidente se puso en contacto con el cantautor y con Pedro Halfter y ambos improvisaron un arreglo para coro de cámara de la conocida pieza El abuelo , mucho más  apropiado para la mocasión, que Sonsoles y seis de sus compañeros coreutas entonaron en el momento trascendente en el que la hija del presidente recibía, presentada en la caja-urna de Barceló, la camiseta del delantero centro de la Selección nacional de Fútbol.

-¡Qué guay!-dijo la chiquilla mientras su madre guiaba aquel coro angélico y el padre la miraba embobado.

Nadie supo sin embargo que cuando la chica se quedó a solas con el regalo en su habitación, levantó con un destornillador el sello de silicona, abrió la obra maestra de Barceló y al recibir el golpe de olor del sudor del héroe, llevó directamente la camiseta a la lavadora. Tampoco se enteró papá de que, a la noche siguiente, su hija se enfundó la camiseta de Villa para acudir a un botellón con el que los góticos de su pandi celebraban que España se había proclamado finalista del Campeonato Mundial de Fútbol.

El visitante de la Venus de Tiziano

Todas las obras maestras del Prado pueden ocultar historias más o menos parecidas a la que aquí se cuenta...

Como tantas otras voluntarias, Irma carecía de una formación específica de celadora de museos. Tampoco era una experta en psicología, pero después de observar la presencia frecuente del mismo personaje ante el mismo cuadro, empezó a hacer sus cábalas. Se trataba de un hombre muy mayor que entraba en la sala sigilosamente, se apostaba ante el cuadro Venus y la Música de Tiziano y se quedaba absorto mirándolo.

Al principio, sus visitas eran más o menos mensuales. Luego se hicieron más frecuentes y largas. Cuando entraba en la sala, se dirigía inmediatamente a la banqueta tapizada que se ubicaba frente al cuadro y se sentaba en ella. Apoyaba sus codos en las rodillas, su barbilla en las manos y observaba. Irma advirtió que a medida que el anciano escudriñaba más el cuadro, aumentaba su emoción. No parecía agotar nunca los encantos de un lienzo que probablemente, ningún especialista consideraría la obra maestra del pintor favorito del Emperador. Sin el embargo el anciano se pasmaba ante aquella Venus gordita, como mandaban los cánones de la época, sólo vestida por una gargantilla y unas pulseras, que acariciaba indolentemente a un perrillo mientras el organista que tocaba a espaldas de su diván volvía la cabeza y dirigía la mirada a ese triángulo de la desnudez femenina que los clásicos solían velar pudorosamente.

El fondo del cuadro reproduce un jardín renacentista en el que destaca una fuente monumental sobre la figura labrada en piedra de un sátiro. Pero a juicio de Balbino, un compañero con más experiencia que Irma, no era ese el centro de su atención.

-Ese tío es más rijoso que un macaco, te lo digo yo –le susurraba al oído a Irma- Hay muchos de esos a los que una de estas desnudas con firma les excita más que una película porno.

-¿Tú crees?

-Lo que yo te diga –subrayó con suficiencia.

Irma comenzó a mirar al misterioso visitante aún con más atención. Y no tardó en hacerse una opinión  completamente distinta. El cuadro evidentemente tenía un significado muy especial para el anciano, y le provocaba una emoción quizás exagerada para aquella mezcla de pintura cortesana y mitología. Miraba, suspiraba profundamente, seguía estudiando todos y cada uno de sus detalles, volvía a suspirar. Algo extraordinario debía de ver el anciano en ella. Un día, después de los quince minutos habituales que solía durar su contemplación  en silencio, Irma descubrió que por las mejillas del anciano se deslizaban dos lágrimas. Segundos después el anciano no pudo contener unos sollozos y hundió el rostro en sus manos mientras se ponía a llorar como un niño.

-¿Le ocurre algo, señor?- le dijo Irma acercándose a él.

En anciano sacó de su bolsillo un pañuelo, secó sus lágrimas y esperó a serenarse antes de tomar la palabra.

-Usted es muy joven señorita –comenzó a decir entre los últimos hipidos- Pero no sabe el milagro que es ver todas estas maravillosas pinturas y lo que ésta en particular representa para mí…

Y le contó la epopeya que durante la Guerra Civil Española fue salvar el tesoro artístico del Museo del Prado. Cómo se trasladaron desde Madrid a Valencia, y de Valencia al norte de Cataluña, y desde allí, hasta Ginebra las mil ochocientas sesenta y ocho cajas  específicamente fabricadas para embalar las piezas más valiosas  de la colección. Le contó que el presidente Azaña había declarado que era mucho más importante salvar ese patrimonio que la República, porque España podrá tener otras repúblicas, pero nada podría reemplazar a estas joyas de la pintura. Y culminó su relato explicando que, en su huida desesperada por escapar del avance de las tropas de Franco, una noche de marzo de 1939 algunos de los camiones del convoy artístico quedaron inservibles. Y que el propio Azaña y el ministro de Estado junto con unos oficiales del ejército tuvieron que detener y requisar otros tantos vehículos que transportaban población civil, armamento y heridos `para  alojar en ellos las cajas españolas, como se conocieron después a esos embalajes de incalculable valor.

-Me he pasado muchos años investigando, porque el tema me obsesionaba –terminó contando con palabras entrecortadas y voz casi inaudible- Y este es el único cuadro que me consta que viajaba en  el camión de donde evacuaron a mi madre, que estaba herida y embarazada. Lo sospechaba desde hace tiempo pero ahora me lo acaban de confirmar. Ella murió en el parto, pero el tesoro del Prado y yo nos salvamos…¿No es maravilloso?

El anciano sonreía mientras secaba las últimas lágrimas con su pañuelo y lo guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Irma entonces se inclinó, le besó en la mejilla y le ofreció su  brazo para levantarse.

-Echa un vistazo a mi sala, Balbino -dijo al pasar ante su compañero- que he me echado un novio y le voy a acompañar a la puerta…¡No  todos los hombres sois iguales!…

Fue lo último que escuchó el celador antes de ver cómo la Irma, que estaba tan buena,  se perdía  del bracete del anciano buscando la salida del museo.

Wyndham Lewis y los olvidados

¿Y quiénes son ellos?, podríamos preguntarnos reinterpretando a José Luis Perales.

¿Quiénes los elegidos por el destino, doctores, o sabihondos, que deciden esto sí, esto no, esto nos debe gustar, esto no merece pasar a la posteridad, a este le ponemos el marchamo de cultura, a este otro le condenamos al olvido?

Gran pregunta. A estas alturas de la película de la historia de la humanidad, ya creemos que se ha descubierto todo. No es cierto. Los científicos, por ejemplo,  nunca echan el cierre, y hacen bien. Apenas unos días atrás, este Duende vio en un periódico digital que en lo más profundo de un país asiático –cree que era en las selvas de Malasia- había aparecido una nueva especie de gran mamífero desconocida hasta entonces. Era una rareza, una especie de mezcla entre un oso y un canguro, pero con la peculiaridad de carecer de pelo. Sólo vio la noticia y una foto que bien pudiera ser una broma del infatigable fotoshop. No ha vuelto a saber nada de él, pudiera tratarse de uno de tantos bulos que circulan por la red. Pero descubrirse nuevas especies, se descubren. Peces abisales, protozoos con forma de verruga de jubilado de RENFE, ranitas de colores exóticos, libélulas bisexuales, y cosas así.

Pero aunque la ciencia te da sorpresas –anda, que la del volcán de Islandia…- los libros cerrados de la cultura de otro tiempo raramente se revisan. Raramente. En un lugar tan poco relacionado con su vida como Madrid, en una galería que nada tiene que ver con la Inglaterra donde se hizo como artista y escritor y en un entorno cultural tan lejano de la Tate Gallery, que es donde expuso por última vez antes de morir en 1957, ha aparecido un tal Wyndham Lewis. La etiqueta que le sigue es: creador del Vorticismo, un movimiento pictórico que se inspira y transforma el expresionismo y el cubismo. Pintor  maravilloso retratista, ensayista, novelista, polemista…Por lo que se puede ver en la exposición de la Fundación March, un tipo tan original y fascinante que dan ganas de abofetear a los que escriben la historia de la cultura. Porque no es que no se le conociera en España. Es que el Duende ha preguntado por su existencia a ingleses de esos que, como vulgarmente se dicen, están en todas las pomadas, y no tenían ni puñetera idea de quién era el fenómeno. Se le había escapado al registrador.

Si pueden, no se pierdan la exposición. A este bloguero le dejó la impagable sensación de haber descubierto algo nuevo y sorprendente, como el oso-canguro ese que vivía escondido en la selva de la cultura no oficial. Debe de ser que aún quedan muchas cosas por descubrir. Por ejemplo, esta misma mañana el Duende se ha despertado antes del amanecer. Y al ver el horizonte primeo violáceo, y luego encendido de rojos incomparables que lanzaba el sol al despuntar tras el viejo Madrid –eso era más hermoso que ningún cuadro al óleo del mejor pintor- se ha sentido un artista integral. Ya saben, ahora el arte no está sólo en quien lo hace, sino también en el que sabe mirarlo.

A ver si tiene suerte y le censan en ese pretencioso y estúpido libro de la cultura oficial.

El faro que fascina

Cualquier faro siempre ha ejercido sobre el bloguero una extraña fascinación...(Oleo de JORDI SABAT 50 X 50)

Por qué la imaginación vuela, y se despega de la realidad, y es caprichosa, y para donde le peta. Por qué tal idea, imagen, palabra o recuerdo aparece como una libélula en la ventanita de cada día y se apodera de ti. Da igual que la actualidad se llame Viernes Santo, Chechenia, el Gran Premio de Malasia, el presunto delincuente Matas, la muerte de la televisión analógica o la receta de las torrijas (importante tema éste, por cierto: hoy día si no hablas de cocina no eres nadie). La imaginación manda, y en la del Duende, velay, brillaba la luz de un faro.

-¿Te has parado a pensar por qué en el último cuadro que compraste había un faro? –le pregunta su Pepito Grillo particular.

Verdad. Es un óleo sencillo, de 50 X 50, firmado por un pintor catalán llamado Jordi Sábat . En él se ve una playa que acaba en un largo espoigón sobre el que (se yergue un faro. En el centro hay un hombre acuclillado vestido a lo Humphrey Bogart, con trinchera y sombrero. Está leyendo la huella de las olas, que no es esta vez la clásica puntilla de espuma blanca, sino una cenefa de letras que desordenadamente el mar ha ido depositando en la arena. La mar, el faro, las letras y la estética de un personaje de leyende que, con la curiosidad de un detective, intenta encontrar el sentido de esas palabras descompuestas como las piezas de un puzzle. Demasiado como para resistirse. Sobre todo si el artista es asequible.

 -¿Y por qué esa fascinación por el faro?-se pregunta a continuación el Duende.

Vuelve a hacer memoria. Recuerda el faro de la Isla de Mouro, que miraba de niño desde la playa de Las Quebrantas en Somo. Soñaba entonces que de mayor sería farero, y que viviría en un faro aislado como aquel, rodeado de olas, de gaviotas y de todos los libros de Julio Verne, de Salgari y  de las numerosas y variadas aventuras de Guillermo Brown que escribió Richmal Crompton. Durante años, todos los jueves,  desembarcaría en la isla una chica muy guapa llamada Dorita, que era la que le suministraba provisiones, pan y leche para toda la semana. A los treinta años de verla, él creía que se había enamorado de ella. Y un día, consciente de que ya no le quedaban números para contar las olas del mar que se habían estrellado contra el acantilado donde se alzaba su faro, y sin libros ya por leer, le dice a Dorita que si le deja subirse a su barquito para volver a tierra y casarse con ella.

-¿Has tardado treinta años en darte cuenta de que me quieres? –le pregunta Dorita.

-Bueno, sí…Pensaba que en estas cosas no hay que precipitarse.

Calla el muy canalla que, tanto o más que el cariño, le guía la curiosidad. Pues después de tanto tiempo en el faro, aún no tiene claro si es más bello por dentro o por fuera. O sea, lo que se ve desde su linterna o su silueta blanca y estilizada recortada en el paisaje fascinante y misterioso  lo rodea.

Buscando nuestro violín de Ingres

El admirable Manuel Alcorlo nunca quiso ser menos que Ingres...

El pintor Ingreshay que pronunciarlo en castellano, pues si no los españoles no lo identificaríamos- hacía unos cuadros preciosos, y además tocaba el violín.

Conocerán el mito, esa referencia obligada para recordar que  un especialista en algo puede cultivar muy bien otra afición. Este es también el caso de Manuel Alcorlo, un  fantático pintor que además, por su estatura, su barba y su cojera, parece una réplica de Toulouse Lautrec. Manuel Alcorlo es un genio modesto, un Bosco travieso de nuestro tiempo que se resiste a abandonar  la estética personal del artista finisecular (aún parece raro aplicar este adjetivo a otro siglo que no sea el XIX). O sea, aquel  que recalaba en París, pasaba hambre, conocía a los grandes del Impresionismo y acababa alimentándose de gloria. Alcorlo tiene su estudio en una  buhardilla  de la calle Hortaleza desde donde  se veía el techo del Madrid tradicional,  una marejadilla de tejas con gatos y retorcidas chimeneas de hierro oxidado rematadas con una especie de capirucho o pequeño sombrero chino. Quizás no fuera el más bello panorama, pero sí es una estampa muy literaria. El Madrid de Carrere, de Ramón Gómez de la Serna, de Gutiérrez Solana o de Eduardo de Vicente se respiraba a través de un enorme ventanal que el Duende no sabe si vio en sueños o acompañando a su padre un día en que éste visitó al pintor. Alcorlo pintaba o dibujaba fábulas, academicismos o retratos a plumilla  tipo Durero, según le daba. Todo lo hacía entre bien y maravillosamente. Seguramente lo sigue haciendo. Y además, cuando se aburría, agarraba su violín y  se regalaba a sí mismo una partita de Juan Sebastián Bach. Para qué más gusto.

Una cosa es el marketing y otra la excelencia. Alcorlo estará siempre más cerca de la segunda. Aunque era citado alguna vez en aquel spleen de Madrid de Francisco Umbral nunca ha sido un fenómeno como el de Barceló o un record de subastas de setenta y cuatro millones de dólares como el caminante hipertiróidico de Giacometti. Pobre Giacometti, por cierto, de qué le habrá servido tanta especulación con esa valuta sofisticada en que se ha convertido su arte. De qué le habrá servido.

Es más satisfactorio ser algo más que lo que a uno le ha tocado ser. El hombre multidisciplinar, como se diría en  esos masters de sabiduría práctica que se imparten ahora. ¿No se ha planteado el lector qué daría de sí en otra opción de vida, otra profesión, otro oficio u otra artesanía? El Duende es más feliz desde que quiere imitar en alguna medida a Dios. No por ser tan bueno ni tan poderoso, sino por querer estar en todas partes y hacer  muchas, muchas cosas. Esta semana, sin ir más lejos ha hecho las primeras albóndigas de su vida. Cuando las probó, elevó sus ojos al cielo: gracias, Señor, por permitirme dejar de hacer chorradas y cocinar  estas albóndigas que, a pesar de la trabajera que me han dado, están de cine.

¿Por qué no imitar a Ingres o a Manuel Alcorlo? Con el violín o con la cuchara, juguemos a ser un poco dioses de lo que no somos. Mientras daba forma a las albóndigas se preguntaba el Duende cómo se las apañaría el Creador para hacer el sistema solar con sus planetas tan redonditos, con lo difícil que es, a pesar de su blandura,  calibrar y esferificar la carne picada. Difícil es la respuesta, pero tampoco hay que acomplejarse. Los espíritus inquietos  que quieren imitarle sospechan que Él juega con ventaja.

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