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Cómo salir de dudas

A veces ni los sueños son capaces de sacarte de dudas...

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A Homper, que es bastante antiguo, le siguen sorprendiendo los avances de la ciencia. Le deja estupefacto que un cirujano pueda operar desde este lado del  Atlántico el riñón de un paciente de Nueva York, y que el fenómeno de Internet pueda convertir a cualquiera en un pequeño sabio instantáneo. También le pasma que los padres puedan elegir el sexo de los hijos y que ahora algunas cadenas de televisión de pago ofrezcan al cliente la posibilidad de elaborar una programación a la carta.

Sólo echa de menos que no se haya inventado todavía el método para programar los sueños favoritos.

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Cuando su querida prima Teresita era una prometedora adolescente, mantenía que si lanzabas una zapatilla al aire y antes de que cayera al suelo te metías en la cama con los ojos cerrados y un deseo, esa noche soñabas lo que habías deseado. Homper había comprado te en El Corte Inglés, donde le atendió una dependienta encantadora y muy guapa. Pues qué tipo de te quiere usted, el breakfast te, el de toda la vida, no me gustan nada las variedades aromáticas. A esas les llamaría, simplemente, infusiones, no te. ¿Alguna marca determinada? No. Que sepa a te como el que te sirve cualquier hotel de Inglaterra sin dar más explicaciones. Compre usted el de granel, es muy bueno. ¿No es mejor el Twinings? Bueno, usted paga la marca y la lata. Pero si tiene en casa una lata donde guardarlo, llene una bolsita de papel del te de granel y verá cómo le gusta este. Se lo digo yo, que soy una gran aficionada al te. Y ya que es usted tan amable, ¿cómo se llama? Margarita. Me llamo Margarita.

La dependienta era, como recuerda Hom, muy guapa. No muy robusta, menuda, pero de fino talle y cuello largo, aprincesado, rubio cabello y un rostro que recordaba a la Debie Reynolds de Cantando bajo la lluvia (luego ésta se cardó el pelo, se apasteló y se convirtió en un icono yanki algo cursi). La chica valía un sueño. Homper se preguntó si conservaría a sus años la agilidad suficiente como para repetir el ejercicio que recomendaba su prima Teresita, teniendo en cuenta, además, que la altura del  techo de su apartamento no daba para que la zapatilla volase muchos segundos. Se permitió una pequeña trampa: abrió el edredón, se sentó en la cama, cerró los ojos, pensó en Margarita, lanzó una de las zapatillas al aire, y antes de escuchar el ruido de su caída al estrellarse contra el suelo ya estaba tapado y dispuesto a soñar.

Pero el experimento no funcionó. El día –su vida entera, más bien- acumulaba muchas dudas por despejar. Y en lugar de soñar con la encantadora Margarita soñó con Sócrates.

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-Sólo se que nada se –le anunció el filósofo, fiel a sí mismo.

Pues buena la hemos hecho, pensó Homper.

Y el sueño se fue en repasar con el genio de la filosofía la ristra de dudas que le acometían en los últimos días. 1. La reforma laboral, ¿es tan necesaria como dice Rajoy o tan perversa como corean oposición y sindicatos? 2. El 11 M, ¿lo cabal es pasar página o seguir investigando? 3. Manifestarse contra la reforma laboral el día de tan nefasto aniversario: ¿necesidad o agravio? 4. ¿Es imprescindible ajustar el déficit, o es más recomendable seguir primando el gasto social y el que venga detrás que arree? 5. ¿Es tan grave lo que dijo Gallardón sobre el aborto como para tanta trapatiesta? 6. ¿Dónde hay más chorizos, en torno a Gurtel o alrededor de los ERE de la Junta de Andalucía? 7. ¿Qué es peor, pagar la energía a su precio o hacer la vista gorda sobre la amenaza nuclear? 8. ¿A quién favorecen más los árbitros, al Barça o al Madrid? 9. ¿Qué vicepresidenta elige mejor sus cirujanos estéticos, Soraya o María Teresa? 10. ¿Cuándo se irá el anticiclón a hacer puñetas y lloverá de una puñetera vez?

Sócrates le aseguró que estaba en plan colaborador, pero todo lo que hizo fue encogerse de hombros ante cada dilema. En vista de lo cual, y dado que su heroína ni había asomado por el sueño, Homper decidió al despertar que lo mejor era volver al Corte Inglés, comprar un poco más de te, que despabila mucho, y preguntarle a Margarita si tenía libre el próximo sábado para invitarle a remar en las barcas del Retiro.

 

Un crepúsculo divino

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Escucha Homper en una tertulia radiofónica una frase que le da qué pensar. La dice Joaquín Leguina, y no es mala pulla contra los que por huir de las creencias tradicionales acaban comulgando con ruedas de molino.

-Dejamos de creer en Dios y acabamos creyendo en cualquier cosa.

La frase se puede entender de mil maneras. Pero el Hombre Perplejo, poco instruído, la refiere a las dudas propias de su edad y de su condición. El Dios que le contaron se fue diluyendo en él por hacer caso a la razón. Pero emprendió el camino de la razón y, o ésta no era demasiado clara, o él era medio tonto, y no daba para seguir progresando por esa vía. Se pone en almoneda al Dios creador del cielo y de la tierra y unos sabios que dicen entender mucho de astronomía, de física cuántica y de otras materias abstrusas nos lo cambian por el Big-Bang. Ahora lo último es el bosón de Higgs, la llamada partícula de Dios . No está, pero se la espera en ese túnel de 28 kilómetros socavado en la frontera entre Francia y Suiza para que colisionen entre sí los hadrones. Con lo bien que quedaba Dios apareciéndosele a Moisés/Charlton Heston en el monte Sinaí y ahora encarnándose en partícula por un túnel donde otros hadrones viajan a toda leche y se estrellan entre sí como conductores de autopista borrachos. A partir de el momento en que aparezca el famoso bosón –vaya nombre- será como el Gran Houdini, pero en plan cósmico.

-Qué empanada, Señor, qué empanada-suspira Homper- Con lo señorial que quedabas tú con largas barbas en las viñetas de la Historia Sagrada…Tampoco lo entendíamos mucho, pero más creíble que lo de la partícula sí que resultabas.

Ahora a Dios ni siquiera se le pone imagen. ¿Quién es capaz de pintarle barbas a una partícula?

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Imagina Homper que, si es verdad el Creador es omnisciente, debería saber cómo tenemos que entenderle. Y se queda estupefacto –perplejo, como indica su nombre- de que por no complicarse la vida él le haga responsable únicamente de todo lo que le parece bueno, y nunca de los males, horrores e injusticias que se ven por el mundo. A Dios,como al Rey, conviene no comprometerle mucho.

-Además –aclara- Dios tiene muy buen gusto. Lo se porque cuando veo algo bello y me emociono siento como que vuelo. Y dado que los hombres no tenemos alas debe de ser uno de sus milagros.

Homper se las apaña para encontrar al Sumo Hacedor en muchas cosas sin importancia o en pequeños instantes mágicos. Hay un pedazo de Dios en una tortilla de patata, otro en una ventana mudéjar, otro en Audrey Hepburn recién duchada cantando Moon river, otro pedazo en un polvorón, otro en una rosa, otro en un silencio, otro en el aroma del espliego, otro en el roce del pie con la sábana recién mudada, otro en la novela que nunca escribirá, otro en el momento de domirse, otro en un gin-tonic después de haber hecho deporte una tarde de verano, otro en el beso de un nieto a su abuelo,otro en un bolero bailado bien apretado a una mujer en la verbena de pueblo de una noche de verano, otro en el recuerdo infantil de la leche condensada deslizándose por el gaznate, muchos en la música de Bach, y más aún, desparramados por ahí, en multitud de paisajes. En mares, montañas, desiertos. En las cataratas del Iguazú. O en esa bravía playa del Cantábrico por donde pasea una fascinante dama con dos perritos. Esas vivencias hacen de su alma una guitarra, y en ella una mano maestra dibuja misteriosos arpegios que le reconcilian on la idea del mago supremo.

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El último destello de presunta divinidad fue esta semana, en el inicio del invierno, cuando las noches son puñados de diamantes desparramados sobre terciopelo oscuro y los días amanecen glaseados de blanca escarcha. Al atardecer, se veía por el suroeste un cielo nítidamente azul condecorado por el cuerno de la luna creciente y, por debajo, de él una banda de luz crepuscular de color rosado, casi púrpura.

-Mañana hará mucho frío –le decían cuando era niño y el cielo pintaba así.

Confiesa Homper que ahora le daba igual el frío. En ese momento de soledad gozosa, alguien le decía por teléfono que donde estaba, a muchos kilómetros de distancia, veía un cuadro igual y, sin buscarlo, también sentía un momento especial. Ambos convergían sus miradas en ese punto del gigantesco espacio al que los científicos aún no son capaces de encontrar límite. Y Homper no quiso ponerse trascendente o cursilón, y menos aún buscarle cinco pies al gato, pero no se imaginaba que el bosón de Higgs, con todo lo que se espera de él, fuera capaz de inventar un sencillo momento tan delicioso y emocionante como éste.

- Si no es cosa de Dios –concluyó- hay por ahí un poeta genial que ha adoptado ese seudónimo.

Nunca saldrá de dudas, pero al menos cree que pasa ratos maravillosos.

Punset y el meñique dolorido

Eduard Punset es un genio que tiene remedios para casi todo...

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La puñalada trapera que cada día nos tiene reservada la existencia puede sobrevenir de la manera más tonta. Por ejemplo, esta mañana el incauto Homper no se acordó de que andaba descalzo por su habitación, y de que la pata de la cama estaba justo allí, velada por un edredón generoso que llegaba hasta el suelo. Hizo un movimiento inoportuno, metió el pie izquierdo por la zona prohibida y de repente el dedo meñique chocó violentamente contra ese obstáculo criminal y dolorosísimo que sustenta la paz de nuestro sueño.

-La madre que la parió –clamó para sus adentros mientras veía las estrellas.

Qué absurdo, invocar a la madre que parió a una pata de una cama desalmada. Pero en esos momentos de dolor intenso y súbito, sin saber qué harán los demás, Homper presume que la reacción natural del hombre es desahogarse con algún insulto, algún exabrupto, algún epíteto malsonante. Durante algún tiempo, en ocasiones como esas, Homper prefería una frase tan absurda como me cago en los cojones de Witiza, pero ahora es consciente de que ese desahogo puede no ser respetuoso, ojito con los radicales, que siempre hay un integrista de mal carácter dispuesto a amargarte la vida por una chorrada de este jaez. Así que cargó contra la pobre madre de la pobre pata de la pobre cama, qué culpa tendría ella de estar allí, y se sentó sobre el lecho para apretarse el meñique contusionado mientras trataba de imaginar qué remedio cerebral aplicaría el gran Eduard Punset en este trance.

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Punset no dejó una profunda huella en el recuerdo de los españoles mientras fue ministro. Es cierto que le aureolaba una cierta fama de tipo original y genialoide, y que irradiaba simpatía, pero posiblemente esta no trascendió de la clase política o de los sectores empresariales entre los que se movía. Sin embargo supo alejarse del poder y reciclarse como divulgador científico. No sólo eso: gracias a su personalidad ha caído en gracia  hasta haberse convertido en un icono mediático. Suena un poco gilipollesca la expresión, pero es así.

Homper confiesa que nunca sabe si lo que divulga tiene mucha base, pero está convencido de sin duda tiene mucho encanto, y de que la gente está deseosa de escuchar remedios casi esotéricos como los que él predica. Eduardo Punset, que ahora es Eduard, hace uso de su magnífica voz, de su expresión de niño maravillado , de su limpia sonrisa y de ese cráneo einsteniano que envuelve su indudable talento para vender felicidad a nuestro alcance con el mismo poder de seducción que si fuera un genio bueno de El señor de los anillos. No sabe Homper si ha sanado con  sus charlas y sus libros muchas almas malheridas o si es la  reencarnación de un placebo colectivo, pero algo tendrá su agua cuando tantos la bendicen y hasta Bimbo le convierte en estrella publicitaria para vender más pan de molde. Nunca nadie pudo imaginar que un ex ministro llegara a tanto. Homper recuerda que hace unos años le escuchó a Antonio Gala sorprenderse del enorme impacto popular y emocional que inopinadamente había conseguido con su literatura.

-En muchos sitios donde voy a firmar mis libros –dijo el escritor- me quieren, me aclaman y me pasean como si fuera un santo.

Afortunadamente, piensa nuestro Hombre Perplejo, no sólo de artistas de cine y de futbolistas se alimenta nuestro imaginario.

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La esperanza es que ayer mismo, Homper había leído en un  colorín dominical el consultorio en el que Eduard Punset hace de Señorita Francis, pero más ilustrado, y responde a los seguidores que le cuentan su problema. ¿Qué hacer para superar el desamor? –le planteaba alguien. Y Punset responde: “según los neurocientíficos, volver a enamorarse”. O sea, algo tan viejo como aquello de que una mancha de mora con otra mancha se quita. Pero luego viene lo novedoso, el hallazgo de los sabios del alma y del cerebro. “Para volver a enamorarse, hay que desaprender”.

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Desaprender es la clave. Se podría decir olvidar, que es más sencillo, pero psicólogos y publicitarios se han tomado la molestia de enrevesar lo evidente y ahora no olvidamos, sino que desaprendemos, que queda mucho más científico y mucho más fino.

Y Homper se ha quedado perplejo de la eficacia de tal simpleza, pero la receta de Punset le ha despejado el horizonte. Ahora él sólo tiene que desaprender a moverse descalzo alrededor de las patas de la cama. Y, por qué no pedir más peras al olmo, solicitar a las terminales nerviosas del cerebro que, si no les sirve de molestia, le permitan también desdolerse de ese golpe que le ha machacado el meñique.

De perros, roedores y cambio climático

Entre la película de Polanski y la muerte de un perro llamado Bob, al Duende le dio un ataque de ternura con los animales...

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No son demasiado severas estas últimas noches de noviembre. Más se llama así porque sólo es medio mastina, y siempre duerme al aire libre, pero a estas alturas del otoño solía arregostarse bajo el tejadillo de la entrada de la casa. Esta noche pasada, no. El termómetro marcaba a las ocho de la mañana siete grados, poco frío como para no aguantarlo al raso sobre la hierba.

-Buenos días, Más – la saludó el bloguero mientras le ofrecía dos galletas rancias.

La perra, bien educada, le devolvió la cortesía moviendo el rabo, como es de rigor.

Todo parece indicar que el cambio climático, a pesar de lo que decía el primo de Rajoy, no es una broma. Ayer escuchó este duende que el tráfico marítimo en todo el mundo aumenta desde hace siete meses. Ese dato se toma como una buena noticia económica, pues habla de fletes de mercancías que viajan de aquí para allá. A pesar de que en España el consumo está bajo mínimos, se supone que hay alguien en algún lugar del planeta que está dispuesto a comprarlas. Como la economía es una cadena, uno de los escasos optimistas que pontifican por la radio se aventuró a predecir ayer que eppur si muove y tal. Aunque la prima de riesgo, las bolsas y las desastrosas noticias del empleo sigan diciendo lo contrario.

A pesar de todo la nave va, como diría Fellini, y hasta ahí la buena noticia. La mala es que aunque el tráfico marítimo ha aumentado, por el Mediterráneo cada día navegan menos buques. ¿Por qué? La temperatura de la tierra ha aumentado en casi dos grados desde hace un siglo, el Ártico se deshiela, y los barcos pasan por el mítico Paso del Noroeste,  antes imposible, como Pedro por su casa. Asia y América quedan mucho más cerca por esa ruta que por el mare nostrum, pero los pobres osos polares  cada día cuentan con  menos hielo a su alrededor.

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Por todos los santos, la nieve en los altos, dice el refrán. Y añade: por san Andrés, la nieve en los pies.

En el valle del Tiétar a seiscientos metros de altitud es muy raro ver la nieve en los pies. Quince años ya por estos pagos y el bloguero no la habrá visto más de cinco veces. Otra cosa es que el macizo central de Gredos sí luciera ya un manto blanco. Eso, con las grullas volando en escuadra recortadas sobre un cielo limpio y las montañas nevadas al fondo, sí que es una fotografía típica de estas fechas cuando uno se aproxima desde Oropesa a Candeleda Este otoño no. Ha llovido lo suyo, pero no ha hecho frío, de tal modo que al pico Almanzor  sólo se le ven las cejas blancas. Y gracias. El primo de Rajoy dirá lo que quiera, pero los científicos, la escasa nieve y el termómetro interior de la perra Más mantienen otra tesis que parece más creíble.

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Dar dos galletas revenidas a la fiel perra guardiana de la casa no parece un rasgo de generosidad extrema, pero el Duende lo hacía con cariño, influído sin duda por el recuerdo de Bob de c´as Barber , aquel perro amable y sabio que desde su isla de Mallorca dejaba aquí huellas de su fina sensibilidad mediterránea. Curiosamente ha concitado la noticia de su muerte más comentarios en este blog que si hubiera mentado a Steve Jobs, a Amy Winehouse o a cualquiera de esos otros cadáveres exquisitos que la parca nos ha dejado en los últimos meses. Se acuerda el Duende de un slogan del Citroën Diane que hizo fortuna cuando él trabajaba en publicidad: para gente encantadora. Este blog debe de ser para gente de ese tipo, gente con una cierta ternura para adivinar en ciertas criaturas menores, como un simple perro, valores mayores.

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Hablando de valores mayores y menores, si es que se puede simplificar así la cuestión, proclama este duende su admiración por todos los creadores que saben hacer tragedia o comedia de los pequeños sucesos de la vida. Valen el idealismo de Don Quijote,  la duda de Hamlet o la miseria de El avaro. Impresionan y dan qué pensar. Pero quizás estamos en el siglo de las meditaciones colaterales, o del juego de abordar los temas más profundos con personajes o anécdotas aparentemente insignificantes. Un modelo de esta falsa ligereza es la última película de Polanski, Un dios salvaje, donde un modesto hamster cobra un protagonismo trascendental. A su alrededor, personajes, miserias humanas, paradojas, sarcasmos. Estampas de la vida misma trazadas con pinceladas cinematográficas sueltas, precisas y frescas. Magistrales. Véanla como si no fuera una película importante y les parecerá bastante mejor.

Justo al día siguiente el bloguero paseaba por el Retiro cuando se detuvo a ver a una ardilla juguetona. La ardilla le observó, se aproximó a él. El Duende amagó ofrecerle comida con la mano hueca y el roedor le trepó por la pierna  como si esta fuera un avellano. Hace bastantes años soltaron ardillas en el parque. Hace menos años desparecieron, quizás exterminadas por la incuria ciudadana. Ahora las ardillas saltan, trepan y corretean de nuevo por entre los árboles del Retiro aparentemente sanas y felices. Y, a lo que se ve, más confiadas que nunca. El Duende se acordó del pequeño drama que desata el hamster de la película de Polanski y se alegró de que la ardilla quisiera amistarle. Cambia el clima, pero al menos en algunos detalles parece que vamos tomando aprecio por la naturaleza.

El vaso de Nerón y otras joyas de nuestra cultura

De las extravagancias de Nerón cualquier escritor audaz puede hacer un best seller...

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Una arqueóloga descubre entre las piedras sillares de un viejo molino un pequeño cofre que contiene un vaso de vidrio y en su interior un parche para ojos tuertos. El vaso lleva grabado la letra N, mientras que en la cinta del parche se adivinan las iniciales A.M. C. El extraño hallazgo excita la curiosidad de Genarina, que en realidad buscaba en la zona  restos iberos. Genaranina está obsesionada por la incidencia de los fenómenos paranormales en el curso de la historia, de manera que se pone a a investigar y después de dos décadas tirando del hilo llega a la conclusión de que el vaso, que por la calidad de su vidrio se puede datar en el siglo I de nuestra era, es el que usaba Nerón para guardar sus lágrimas. Desde Quo Vadis, efectivamente, toda la humanidad sabe que el emperador, aunque fuera cruel, también era llorica.

Por otra parte, el parche de ojo resulta ser el de Ana Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli. La coincidencia  parece un absurdo, pero Genarina sigue estudiando el caso y un día comprende que Nerón, arrepentido de haberse portado tan mal con los cristianos de Roma, fue abducido por las fuerzas del bien residentes en Paramia, una estrella situada a tres millones de años luz, y realizó un viaje astral de quince siglos para entrar en contacto con esta afamada tuerta, a la sazón amante de Antonio Pérez y muy cercana al rey Felipe II. La princesa había ofrecido al rey prudente los servicios de un Nerón reconvertido para hacer una Contrarreforma en toda la regla, con el rigor y la severidad que exigía la herejía luterana. Una labor para la que el desalmado emperador romano, que sólo tendría que cambiar la dirección de su innata vesania, era el baranda indicado. El papa y el católico rey de las Españas se encomendaron a Dios y dieron el visto bueno, porque, como subraya el propio libro, “el fin hay veces que justifica los medios”.

Pero la CIA, que desde hace diez años ha rehabilitado en secreto la máquina del tiempo de H. G.Wells, media en el asunto. Tiene reservada para la intrépida pareja la misión de infiltrarlos en La Meca  y generar desde allí una célula de activistas que acabará con Al Quaeda. El hombre clave es su agente Brad Trochows, educado a los pechos de la Stasi y más tarde de de Putin  y vendido a los a yankis por un duplex en la Quinta Avenida, un paquete de acciones de Walt Disney Produccions y la colección de bragas de Mae West que ha cedido generosamente para el soborno el rijoso millonario Alistair Sobornes. (A cambio, todo hay que decirlo, éste obtendrá la licencia de explotar una mina de diamantes en la Libia de Gadaffi, a punto de caer). Sin embargo, cuando Brad inicia el conjuro utilizando el vaso de Nerón, un inoportuno estornudo le provoca un movimiento brusco, el vaso cae y la joya arqueológoca queda rota en mil pedazos, dando al traste con la operación.

La solapa del libro advierte que es “el nuevo fenómeno editorial de la novela de historia-ficción, un original e inteligente recorrido por las zonas más oscuras de la historia de la humanidad trenzada con una apasionante trama de intrigas, espionaje y misteriosos asesinatos ”, y asegura que ahí se desvelan las claves del amor lésbico que se sospecha que mantuvo Cleopatra con la cocinera de Marco Antonio, de la emboscada que acabó con Viriato, del asesinato de Rasputín y de la extraña muerte de Michael Jackson, aparte de apuntar pistas solventes para resolver el viejo problema de la cuadratura del círculo y de la piedra filosofal. Todo por sólo veinticuatro euros.

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El vaso de Nerón, que así se llama la novela, está firmada por Adriana Nevol, pseudónimo de Petra Gómez, periodista muy de izquierdas que pasó diez años de corresponsal en Moscú y veinte años predicando el marxismo-leninismo hasta que comprendió que la cosa ya no vendía un clavel, y que la mayoría de sus coleguis ponían un dedo al azar en el calendario de la historia, elegían un personaje más o menos conocido, investigaban en todo aquello que nadie había investigado nunca y que parecía poco probable que fuera investigado y se ponían a escribir una novela histórica que el público recibía con entusiasmo.

-Porque desengáñate, Petra-le dijo la ejecutiva de su editorial-La literatura pura es como agua que se escurre entre los dedos. Y la gente quiere aprender, aunque sólo sean tonterías.

La editorial apostó fuerte por El vaso de Nerón,  y hasta produjo un spot para la tele en la línea de esos trailers de películas de Hollywood que mezclan mitos, historia, verdad, ficción, churras, merinas, sinfonía de efectos especiales, algún guaperas como Johny Depp y Angélica Jolie y luego arrasan en taquilla.

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Al siempre susceptible Homper también le impresiona la manga ancha  con que ahora se cocina  la cultura que nos invade. Digamos que de este vale todo espiga como positivo el “algo queda”. Del famoso fenómeno El código Da Vinci él no entendió casi nada, y más bien le pareció una patraña o, como dice el castizo, una paja mental. Pero evidentemente sale a la palestra Leonardo y el supuesto misterio de su Última Cena.

-Menos da una piedra-se dice.

Y la transversalidad como método, que tanto vale para la educación como para la divulgación o la creación literaria O sea, empezar hablando del parche del ojo de la Princesa de Éboli y acabar, no se sabe cómo, en la lucha contra el terrorismo islamista. Amplitud de miras, curiosidad, imaginación y audacia sin límites para encontrar un hilo conductor más o menos verosímil y saltar sin barreras de un asunto a otro. El resto debería ser calidad. Pero más probablemente es promoción o pura suerte.

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Preocupado de que su estupefacción permanente acabe arrojando un saldo negativo o pesimista de su visión de las cosas, Homper se permite recomendar dos nombres de escritores que, lejos de la frivolidad voluntarista de Petra Gómez (perdón: de Adriana Nevol) hacen de sus escritos un viaje cultural siempre instructivo y a menudo fascinante.

Uno es Antonio Muñoz Molina, que hasta en sus artículos de crítica literaria –léase La fiesta interrumpida en el suplemento cultural de EL PAÍS de este último sábado- entretiene, deleita y enseña. Otro es Andrés Trapiello, un verdadero superdotado que tanto escribe poesía y gana premios de novela  como es capaz de elaborar en Las armas y las letras un magnífico ensayo histórico sobre nuestra guerra civil. No la cuenta él, la cuentan los periodistas y escritores, muchos de ellos desconocidos para el gran público, cuyos trabajos ha glosado con la curiosidad y el rigor de un auténtico erudito. Cuántos mitos destruye su investigación, y qué sorpresas se lleva uno leyéndolo con detenimiento. Homper ha encontrado con este libro mucho más placer que con muchos best-sellers. Pero tampoco se dejen llevar por sus consejos. Hay que descontar que, además de Hombre Perplejo, es algo rarito…

 

Descubriendo bufones

El Duende confiesa que ni sabía de estos bufones ni suponía que se pudieran llamar así...

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Don Hilarión cantaba que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. No avisaba en cambio de las inquietudes que esto provoca en el alma humana. Estaba ayer la comunidad científica  revolucionada `por el último experimento del CERN cuando el incauto Duende que suscribe se empeñó en entenderlo y en leer lo que los periódicos divulgaban al respecto. Peor para él: más madera, que es la guerra. Cuanto más quiere saber, menos comprende.

-Es muy sencillo- le explicó su amigo Homper, ojiplático de tanto pasmo como nos traen los tiempos modernos- Los fotones  de la luz y los neutrinos, que no se muy bien lo que son, pero que también deben de viajar muy rápidamente, se han echado una carrera de 730 kilómetros por un tunelillo bajo tierra que va desde Ginebra a Gran Sasso, en el este de Italia. Y resulta que los neutrinos han llegado sesenta nanosegundos antes. O sea, la repanocha.

La repanocha. Qué encanto tiene recuperar vocablos de tebeos antiguos.

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Repitiendo lo que dicen los sabios, asegura Homper que con este experimento la Teoría de la Relatividad de Einstein queda en entredicho. Lo cual que, sin entender tampoco por qué carajo de relación de causa a efecto, significa que los viajes por el túnel del tiempo van a ser posibles. Así que, ni cortos ni perezosos, entraron en sus agendas marcha atrás y entrambos se pusieron a arreglar sus vidas y quién sabe si las del mundo.

-Enero de 2008- Voy a invitar a aquella estanquera que me gustaba tanto y a la que no me atrevía a llamar para decirle que si se toma un gin-tonic conmigo.

-Yo pienso más en el bienestar colectivo –le amonesta Homper- Contrataré a una panda de matones para que les rompa las piernas a los jefazos esos de Lehman Brothers . Así no podrán ir a la oficina  y seguir haciendo hipotecas subprime.

-Marzo de 2004. Me voy a quedar en casa con una ampolla de Urbason para  que no me triture el cólico nefrítico aquel que me sorprendió en Las Hurdes.

-Yo sigo pensando en los demás- le  vuelve a corregir Homper- Yo loq ue haré será presentarme ante ZP disfrazado de Azaña, que supongo que sabrá quién era, para aconsejarle que, antes de prometer como presidente de gobierno, se lea los papeles  fundamentales y repase las cuatro reglas.

Metidos en juerga, el Duende quiso regresar al año 1974 para que Schwarzembeck, futbolista del Bayern Munich, no metiera el gol de última hora que le arrebató al Atlético de Madrid la Copa de Europa que prácticamente tenía ya en sus manos. Y más aún, inmtentó colarse en el verano de 1963 y en la habitación de Marylin para convencerla de que, por lo que más quisiera, dejara de tomar pastillas y no se suicidase.

Pero no consiguieron nada. Porque aunque las ciencias adelanten, no avanzan tanto como para que tipos del corte de Homper o del propio Duende las entiendan y sepan valerse de ellas. Así que unos nanosegundos después de estos castillos en el aire, el bloguero ya estaba en otros descubrimientos.

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Por ejemplo, el de los bufones de la costa oriental de Asturias. El Diccionario del Español Actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos dice que bufón es persona cuya intención o propósito es exclusivamente hacer reir. El propio Duende sabía que durante muchos años él mismo ha sido un bufón. Pero nada dice el tal diccionario del fenómeno vio con sus propios ojos en Vidiago, cerca de Llanes, donde el mar embravecido se comprime por unas chimeneas abiertas en la roca  caliza de los acantilados y bufa como la boca de un dragón proyectando al exterior columnas de agua pulverizada. Probablemente deberían de llamarles bufidos, pero los les dicen bufones.

-¿Y cómo no me habían hablado antes de esta maravilla? –se preguntaba el viajero como un Homper cualquiera.

Admite el Duende que puede ser la suya una sensibilidad muy infantil. Comprende que, aunque el fenómeno natural es sorprendente, sobre todo si está enrabietada la mar, resulta aún más vistoso por la espectacularidad de esta costa, con acantilados feroces desgajados a veces en diminutos islotes y perforados por grutas en las que  el agua hace toda clase de  diabluras. Es consciente de que el paisaje que se contempla mirando tierra adentro también influye: la Sierra de Cuera, entre los Picos de Europa y el Cantábrico, bosques de castaños y robles, prados felizmente llenos de vacas, caballos medio asturcones y algún corzo y nobles casonas de piedra que aún mantienen su dignidad frente al inicuo mal gusto del desarrollismo inmobiliario.

Ah, y uno de los campos de golf, el de Llanes por los que merece la pena aficionarse a este deporte que tanto le desesperó al bloguero (al punto de que lo aborreció apenas mandó al lago sus diez primeras bolas. ¿Por qué aprender a mis años algo que evidentemente se me niega?-se dijo).

Recapitulando: no era sólo la impresión de los monstruos marinos que por esas mágicas chimeneas desahogan su mal humor. Era el encanto del lugar.

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Otros datos para la agenda de inolvidables que uno guarda en su memoria. En Buelles, el pote y los tortos de  La Sauceda, el restaurante de un poeta llamado  Ramón Alzola que todos los años organiza un concurso de sonetos. En Llanes, los llamados Cubos de la Memoria de Ibarroladiscutibles- su señorial casino (pocas tertulias ya en el crepúsculo de la última tarde de verano), el espléndido Paseo de San Pedro, un tapiz de hierba al borde mismo del mar, y la senda costera que lo continúa. También la cocina de La Galería, donde una artista de la cuchara llamada Marisol se quedó estupefacta descubriendo la cara de aquella Doña María que conocía de la radio. En Buelna la caprichosa playa de Cobijero, donde bufa el mar de lo lindo En el umbrío y precioso Valle de Ardisana, aquella aldea con olmo en mitad de una diminuta plaza rodeada de hórreos centenarios. Qué lástima que el bloguero no recuerde su nombre. Y en Andrín, un pequeño pueblo en el que han conseguido controlar la horterada inmobiliaria, casas muy guapinas, una playa  tamaño joyero que parece un decorado de bonita que es y los restos del lienzo de una muralla junto a los que se levantaEl Norte, un conjunto de tres casas convertidas en deliciosos apartamentos. Queda por citar a sus dueños, Manolo y Bea, amigos emprendedores que hace más de veinte años decidieron cambiar el foro y la publicidad por la costa asturiana y el oficio de hosteleros refinados que les distingue. No han descuidado un detalle, pero se esmeran sobre todo en el buen gusto y en la cordialidad inteligente. A ella sin embargo  le chirría que le digan que sus apartamentos resultan muy coquetos.

-Pero qué caramba –pensaba el Duende/Doña María- Es que lo son.

Total, que estrellado ante imposibilidad de saber para qué nos sirve el último  expèrimento del CERN, este ha sido el último descubrimiento del bloguero curioso. No pierda el el lector  un solo nanosegundo y, en lugar de esperar a viajar por el túnel del tiempo vayan a esta singular costa de inolvidables bufones. Por cierto que, haciendo honor a su nombre, sus bufidos también parecen reirse de todos los que  han visitado los rincones más exóticos del mundo sin haberse acercado a verles. Ya ven, a cuatro horas de Madrid y el Duende  sin conocerlos hasta la fecha. Pero qué paletos somos a veces con nuestros propios tesoros.

El Duende de verano (9) Sorpresas en Edimburgo

Edimburgo ofrece más sorpresas que ver al reverendo Walker patinando sobre el hielo...

1. ¿Cómo imaginamos el mundo que no conocemos?

En sus jugosas memorias que tituló El tiempo amarillo, Fernando Fernán-Gómez cuenta cómo imaginaba la ciudad a la que iba a hacer su primer viaje desde el Madrid que le vio nacer. Se trataba de Zaragoza, y entonces es probable que el chico no tuviera a mano ni tan siquiera la postal del Pilar para darle una pista. Así que tiró de la fantasía y del deseo y se hizo a la idea de que Zaragoza era un paisaje idílico con casa como el que etiquetaba la tapa del conocido Queso el Caserío, que tanto le gustaba.

-Yo creía que todo lo que no era Madrid era así –se lamentaba- Pero cuando mi madre me llevó a Zaragoza me encontré con que Zaragoza era asfalto, calles, casas, tranvías y y coches, como Madrid. Y me llevé una decepción.

Todos dibujamos mentalmente a priori los lugares que no conocemos. Y uno de los encantos del viaje es superponer el modelo real al boceto que de él traíamos en la cabeza. Es verdad que ahora hay infinidad de herramientas para hacer casi un viaje virtual antes de pisar el lugar elegido. Pero aún así siempre hay variables que acaban sorprendiendo al viajero: la topografía, la atmósfera, las dimensiones, la luz, el diseño y el color humano de la ciudad. Antes de pisar por primera vez Edimburgo el Duende se imaginaba un castillo en un roquedal, mal tiempo, los cien pipers  del whisky patrullando por las calles, señores vestidos como Sherlock Holmes y señoras que levaban al perrito a la peluquería y luego se reunían a tomar el te con las galleas de nata que venden todas las tiendas de souvenirs.

También barruntaba lóbregos museos decimonónicos. Y en ellos se exhibía el primer motor de vapor de Watts, el gabinete de estudios de Darwin con esqueletos de monos, pitecaontropus y de algún náufrago innominado de la época, y la pata de palo y el loro disecado de John Silver, como legado más elocuente de Robert L. Stevenson y de La Isla del Tesoro. El bloguero, al cabo, era tan primario como Fernando Fernán-Gómez en su tiempo amarillo. Aunque Edimburgo no resultó tan diferente de lo que pensaba como lo es Zaragoza respecto a la etiqueta de quesitos El Caserío.

2. Cuadros con singular encanto

El primer dato amable de Edimburgo es su tamaño. Da la sensación de que, a poco que te apliques, puedes ser allí algo más que un simple turista. Si el viajero tiene buenas piernas y le guía un espíritu curioso, tomará las medidas y se hará una idea general del estilo de la ciudad en un sólo día. Todo gusta, nada abruma. Y su tesoro artístico hasta parece diseñado para no aplastar por exceso la capacidad de sorpresa del pobre turista.  La prueba de ello es su National Gallery, un Prado en pequeñito que hace muy productivas las dos horas de atención que un viajero medio puede dedicar al arte si desea algo más que pasar ante los cuadros y contar sólo que los ha visto.

Siempre pone especial atención este viajero en el arte local que es difícil hallar en otros museos. Pero al margen de los paisajistas románticos  escoceses y de los retratos exquisitos de John Singer Sargent, hay dos cuadros de esta National que le hacen especial gracia al bloguero. Uno es la Vieja friendo huevos de  la primera etapa de Velázquez. Puro costumbrismo con la luz tenebrista de la España de los Austrias. ¿Se imaginaba el maestro cuando lo pintó que ese lienzo –la única pieza velazqueña de la colección- iría a parar a la lejana Escocia? Item más: ¿qué pinta esa ilustre sartén aceitosa en un país donde fríen los huevos con mantequilla? La vida caprichosa de los cuadros. El otro es El reverendo Robert Walker patinando, un insólito retrato de un ministro de la iglesia anglicana que en lugar de aparecer predicando o rezando disfruta deslizándose como Toni Sailer sobre las heladas aguas del lago Duddingston. El cuadro lo pintó sir Henry Raeburn en 1790. La que se hubiera armado en la católica España si en ese mismo año Goya hubiera  pintado al obispo de Cuenca  de tal guisa. Pero es lo que tiene el pueblo británico: aunque su soberbia le haga insoportable, su aprecio por la libertad y  su sentido del humor le hacen envidiable. Además, ¿dónde dicen las escrituras que un ministro de Dios no pueda patinar sobre el hielo?

3. Un paseo muy recomendable

Al oeste de Edimburgo, y sobre una montaña rocosa, se alza efectivamente el poderoso castillo que el Duende ya creía conocer sin haberlo visto. Lo que hacer fijarse en todos los cromos. No es agradable sentirse hormiga –algo inevitable en la capital escocesa, y más en el mes de su Festival- pero aún a riesgo de ello es recomendable recorrer la ciudad de oeste a este partiendo del castillo y bajando por la Royal Mile (una especie de calle Fuencarral con encanto), que parte del castillo y llega hasta Hollyrood Park.

Ahí, amen del Palacio y de un parlamento que es el obligado tributo a la arquitectura contemporánea, el asfalto se convierte en un muestrario de la misma naturaleza escocesa que acababa de disfrutar el bloguero en las Highlands. Además de verde para jugar incontables partidos de fútbol, de cricket o de rugby, y fantásticos caminos para la bicicleta, el parque alberga el lago donde patinaba el reverendo Walker, y una montaña en cuya cresta está Arthur´s Seat, que es como nuestra Silla de Felipe II, pero que en lugar de vistas sobe El Escorial, Madrid y la Sierra de Guadarrama abre un panorama excepcional sobre la capital escocesa y el estuario del río Forth  en el que se ubica.

Esto lo conocen todos los que han visitado Edimburgo alguna vez. No es tan popular un paseo delicioso que descubrió el Duende al norte de la ciudad, desde Stockbridge hasta el Museo de Arte Moderno. Ahí un severo edificio decimonónico acoge una estupenda colección de pintura que abarca desde el Impresionismo hasta nuestros días. El bloguero echó una mañana en el paseo y en la visita cultural. Pero tuvo la suerte de dar con una ruta boscosa y umbría que sigue el curso del río Lye y muere precisamente en la colina del museo, atravesando puentes por un curso de agua abundante que culebrea caprichosamente y alimenta viejos molinos. Algo asombroso, a veinte minutos a pie desde Princess Street. La colección, insiste el bloguero,  vale la pena. Aunque el placer del camino casi la deja en este caso en un lugar secundario. No es que la naturaleza imite al arte, como subrayaba Oscar Wilde. Es que cuando se muestra tan viva, tan fresca y tan vehemente, y a tres pasos de casa, simplemente lo supera.

El Duende de verano (7) Este sí es país para árboles

Podría recordarse a Dunkeld por su catedral, pero cualquiera que pasee por el bosque que la rodea se quedará sin duda con el recuerdo de sus árboles gigantescos...

1.Los árboles monumentales

El Duende siempre estuvo muy contento de su tío Augusto. Sólo coincidieron en este mundo cinco meses, por lo que apenas tuvieron tiempo para conversar, pero heredó de él algo de extravagancia y parte de su espíritu curioso y juguetón. También  un legado de libros que le entretenían cuando guardaba largos días de anginas en la cama. Cosas de aquel tiempo sin televisión.

El tío Augusto Gil Lletget se dedicaba a algo tan singular en su tiempo como la ornitología, y mantuvo durante toda su vida la inquietud del intelectual. En su biblioteca, además de los libros propios de un zoólogo, había muchos ejemplares antiguos del National Geographic Magazine, que este bloguero devoraba sin entender ni una palabra de inglés. Correspondían a revistas de los años veinte y treinta, impresas  con una extraordinaria calidad en blanco y negro y en un papel couché  con el tacto del estuco.

-Toma, niño-le decían cuando se los llevaban a la cama donde apacentaba a la fiebre- Mira los santos.

Entonces, ver las imágenes de los libros era mirar los santos. Como si no se pudiera imaginar que hubiera oro tipo de ilustraciones.

De aquellos maravillosos NGM  el Duende admiraba hasta los anuncios, generalmente de lujosos automóviles Cadillac descapotables  o Ford con ahítepudras en los que viajaban parejas vestidas como Ronald Colman y Greta Garbo. Todo lo que ofrecían aquellas publicaciones parecía lujo, exotismo y aventura. Y en una de ellas vio el sobrino del ornitólogo una foto que se le quedó grabada para siempre. Correspondía a una gigantesca sequoia de uno de los grandes parques norteamericanos (¿Yosemite? ¿Yellowstone?) a través de cuyo tronco se había horadado un túnel por el que pasaba un automóvil de la época.

Al Duende ya le parecían grandes los árboles del Retiro, así que aquella visión le dejó con los ojos como platos. Y desde entonces se emociona cuando ve árboles monumentales en lo que podrían anidar todos los pájaros que estudió su tío Augusto. Definitivamente, hay por el mundo árboles que parecen universos. Su espeso ramaje invita ser ardilla para ver desde lo más alto las puestas de sol y dialogar de cerca con las primeras estrellas. Y muchos de estos árboles crecen en la contornada de un delicioso pueblecito de Pertshire llamado Dunkeld.

2. El paisaje que eligen los cuentos y las películas

El camino que hizo el viajero desde Killin a Dunkeld permanecerá como uno de los recorridos más bellos y agradables que recuerda. Fue una plácida inmersión en esa naturaleza verde, frondosa y tranquila que los paisajistas escoceses del siglo XIX reflejaban tan precisamente en sus cuadros. La preciosa carretera bordea lagos y atraviesa puentes sobre ríos que el español mesetario no puede menos que  envidiar sanamente. Prados con vacas y caballos pastando plácidamente, ovejas de esas que parecen llevar leotardos negros. Algún corzo. Bosques espesos. Árboles aislados abriendo sus ramas como ángeles protectores de las laderas de hierba.  Y las casas esas siempre tan clásicas y acopladas al paisaje que las niñas llaman casitas. De nuevo el misterio: ¿dónde ponen y cómo camuflan los escoceses los talleres, las fábricas y esos horribles almacenes agrícolas o industriales que uno encuentra a la entrada de cualquier pueblo español que se precie? En esos lugares de Escocia el paisaje es postal, cuento o película. Aún se adivina por ahí el espíritu de una heroína de Jane Austen paseando en coche de caballos.

3. El duque que también amaba a los árboles

Tal `parece también el diminuto pueblo deDunkeld,  feudo que fue de los duques  de Atholl, unos nobles que a tenor de su legado arquitectónico y ambiental  de verdad que imprimieron carácter.

Dunkeld es un coqueto caserío trazado en el siglo XVIII junto al espléndido río Tay. Alberga además una catedral que hunde sus raíces en la edad media, unos bonitos parques, una fuente muy historiada y repleta de símbolos masónicos que regaló el duque de turno en el siglo XIX para llevar agua potable al pueblo, tres o cuatro hoteles –uno de ellos, el Hilton, en un emplazamiento de ensueño- y un asombroso bosque con hayas, sequoias, pinsapos, abetos, robles y fresnos como para albergar a todas las leyendas misteriosas que a uno le han contado a lo largo de su vida.

Claro es que un paraíso así no se improvisa: un cartel primorosamente enmarcado en madera del bosque advierte al turista de que en el siglo XVIII el duque de Atholl del momento sembró en la comarca nada menos que diez  millones de larches, que es como inglés se llama a los alerces. Tres siglos después muchos sobreviven como cíclopes del bosque, frente a los que el observador se convierte en poco menos que un liliputiense. Bajo uno de ellos tocaba Niel Gow, el mejo violinista escocés de la época. Una senda botánica cuidadosamente marcada así lo recuerda: Paseo del Violinista, dice el cartel. No es lo más impresionante que se puede ver por el mundo, pero, definitivamente, qué placer tan especial siente el duende viajero cuando transita por  estos insignificantes recovecos de la historia.

Homper no entiende nada de nada

No cree que se deba hablar de "la nefasta manía de pensar", pero Homper piensa que deberíamos renunciar a pretender entenderlo todo...

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Homo sapiens. Homo ignorans. ¿La curiosidad es la madre de la ciencia? ¿De verdad que la razón lo explica todo?…Medita estas cuestiones nuestro amigo Homper mientras afila la punta de su lápiz con un sacapuntas. Cuando termina la operación, acerca el ingenio a sus labios y lo besa.

-No sabes lo que me gusta entenderte.

Le llena de satisfacción que una concavidad acoja la punta del lápiz, y que una cuchilla de acero afilada  afeite la madera alrededor de la mina con sólo girar aquel. Qué bien inventado está esto, piensa. Y qué gratificante entender el funcionamiento del sacapuntas.

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Porque en estos tiempos e exaltación desmesurada del hombre y de culto a la razón como clave de su superioridad, se pretende que la pobre especie humana lo entienda todo. Llevamos tres años de crisis, y aún a veces, cuando los especialistas recuerdan sus causas, Homper no sabe por  qué las trapacerías de cuatro granujas que hicieron quebrar a Lehman Brothers y de unos buitres que quisieron abusar de los que necesitaban casa en Estados Unidos explican el estado de postración del planeta.

-Un día nos cuentan que la culpa es de la prima de riesgo. Otro, de Grecia. Otro, de Portugal o de Irlanda. Ahora de Italia. Dicen que Bélgica está a caer, y que luego iremos nosotros. Se caen las Cajas de Ahorros. Se descubre ahora que tenemos dieciocho administraciones especialistas en el despilfarro. Resulta que la responsabilidad es de los que nos acostumbramos al estado de bienestar. Y entretanto, con los mismos recursos naturales, la misma fuerza bruta y las mismas capacidades humanas, ni las mejores cabezas saben qué hay que hacer para producir más, crear empleo y devolver la confianza.

Homper volvió a besar el lápiz y el sacapuntas.

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Pero pretenden que sigamos creyéndonos homo sapiens. En su noble afán de divulgación,ONDA CERO incluye a veces en su programación píldoras científicas, y ese día Homper se sorprende escuchando la enésima explicación del Acelerador de Partículas. Parece ser la madre del cordero de la física cuántica, un invento que, si funciona, resolverá todos los problemas de energía que arrastramos, y además recreará las mismas condiciones físicas en las que surgió el Big Ban. O sea, que puede reproducir el fenómeno de la creación del mundo, como si ya no tuviéramos  bastantes problemas en este. Y consiste en un túnel circular de 29 kilómetros por el que lanzan partículas para que choquen entre sí. Las partículas dan 11.000 vueltas al túnel por segundo, y se supone que deben chocar entre sí con alguna que venga en dirección contraria. Si chocan, se descomponen en otras micropartículas.

-Y parece que, si eso ocurre, se organiza la de Dios -piensa Homper- Y nunca mejor dicho.

¿Y cómo lanzan las partículas? ¿Con catapulta? ¿Con compresores de aire? ¿Con pistolitas de agua? ¿Y por donde se abre el túnel circular para que metan las partículas que han de chocar entre sí? ¿Y qué haremos con ese otro mundo que puede recrear el nuevo Big Ban? ¿Esperaremos a que vengan otra vez  cuatro canallas a hundirlo sin que volvamos a entender nada de nada?…

Homper contempla   con cariño  su lápiz y su sacapuntas, tan sencillos y eficaces ellos, tan fáciles de explicar y entender. Y pone bálsamo a su ignorante perplejidad mirando a la luna llena. Tampoco sabe muy bien cómo se mantiene ahí, pero luce bonita, y además le invita a soñar.

Almas sin traductor

Hay momentos en que casi todas las almas necesitan traductor...

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Ayer por la tarde el  bloguero bajó de su entorno serrano a darse un paseo por la dehesa que florece junto al Tiétar. Acababa de caer el enésimo chaparrón, por fin el azul del cielo le ganaba la partida a los densos nubarrones, y el sol quería anticipar tímidamente que hoy es domingo de Resurrección. Con las encinas pujando poderosas entre el pasto verde, las jaras en flor, los tomillos, la retama y el lentiscar eclosionan estos días en  una sinfonía de aromas difíciles de explicar. El suyo es un masaje de salud y fragancia que tonifica el espíritu y ventila hasta lo más profundo del sentimiento. Un soplo de felicidad delicada, un momento que el observador querría atrapar en su cazamariposas sensorial para estudiarlo detenidamente, diseccionarlo y así podérselo contar a sus amigos y compartir el regalo que constantemente nos ofrece la naturaleza.

Pero se encuentra incapaz de expresarlo adecuadamente.

-Necesitaría un buen traductor – piensa.

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Escuchar y verlo todo en su estado original, directamente,  o buscar un experto intermediario que lo entiende mejor para que te lo interprete, ese es el dilema.

El bloguero recuerda que estos días ha leído en varios periódicos diversas necrológicas sobre un tipo de profesional al que raramente se le presta gran atención, que es el traductor. En Garrucha, Almería, donde residía, ha muerto Miguel Martínez Lage, Premio Nacional de Traducción y, a decir de los muchos, un minucioso orfebre de las palabras que otros como Faulkner, Beckett, Evelyn Waugh, el doctor Samuel Johnson  o el biógrafo de éste, Samuel Boswell, dejaron escritas también para los que no conocemos a la perfección su idioma. Miguel, al parecer se ponía en la piel del autor, de lo que este quiso decir en su época y con las palabras que entonces se usaban. Luego adoptaba una segunda piel, que era la del lector, y trasladando los datos anteriores a su psicología, su lenguaje y su tiempo, que es el nuestro. Digamos que fundía el oro del talento original y lo troquelaba en el molde que el buscador de tesoros literarios necesita para apreciarlo con todo su valor y su brillo.

Todos los críticos dicen que la obra de Miguel no sólo no desmerecía la de sus traducidos, sino que  probablemente la mejoraba.

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Habrá algún traduttore, traditore, cierto. Pero cuando son tan numerosos los matices y los arabescos del lenguaje que se pierden si no se conoce este a la perfección, uno agradece infinito la labor de una figura como la de Miguel.

-Siempre me dará más de lo que encontrarían yo en un libro no escrito en mi idioma-admite el Duende.

Aplica la teoría no sólo a los libros, sino también al cine. Su amiga Rosi desde que vio La mujer del teniente francés y escuchó la voz de Jeremy Irons mantiene que todas las películas deben verse en su idioma original. Seguramente le ganó el espíritu romántico de aquella película, sus playas bravías, sus cielos tormentosos. Quizás –no lo recuerda- aquel fuera un filme en el que hablaran más las imágenes que los personajes. En muchos otros en los que el conocimiento del idioma es fundamental y los personajes hablan como metralletas –Woody Allen  es un buen ejemplo- ni su precario conocimiento del inglés ni la ayuda de los subtítulos le dan lo que un buen doblaje le aporta. No es intelectualmente  correcto confesarlo, aunque así lo sienta.

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Miguel Martínez Lage era, además de un espléndido traductor, sobrino de un buen amigo e hijo del neurólogo José Manuel Martínez Lage. Que el amigo se asome de vez en cuando por este blog –usando siempre seudónimos- no tiene tanto de particular, pues para eso, entre otras cosas, están los amigos. Más le sorprendió al Duende ver que hace algún tiempo, y con ocasión de un post dedicado a Antonio Mercero y a su película ¿Y tú quién eres?, en la que los protagonistas padecen el mal de Alzheimer, le enviara el galeno un comentario propio de quien es un gran especialista en la materia. El bloguero, simplemente, no podía imaginar que una eminencia con tanto trabajo tuviera un minuto para él.

Quisiera trasladarle el sentimiento de dolor que le ha producido la muerte de su hijo. El bloguero,  que sólo conocía  a Miguel por sus libros, sí dispone en cambio de todos los minutos  para glosar su muerte y tratar de consolar a sus padres, a su esposa, a sus hijos y a su tío Santiago. Lo que le ocurre es lo mismo que insinuaba al principio de este post. Hay veces que ante el fenómeno de la muerte los sentimientos nos desbordan, se precipitan en tropel y uno es incapaz de decantarlos ordenadamente y expresarlos como se merecen. Cree saber vagamente qué hay que decir, pero ignora las palabras adecuadas para hacerlo. Será que muchas almas  necesitamos en algún momento un traductor como Miguel.

Meditando un lunes santo

Todo son preguntas. Y algunas veces, reacciones inesperadas...

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Despierta Homper el lunes santo ante un bosque de pinos, encina y castaños que vierten hacia el valle, y un horizonte de montañas limpias que se alzan al otro lado del río que discurre por su lecho. Homper tiene un amigo que de vez en cuando se retira a este lugar, donde construyó una gran casa de campo. El amigo es un hombre pausado. De vez en cuando le invita a acompañarle y a no hacer otra cosa que lo propio de un monasterio para ejercicios espirituales laicos. Aquí se juntan los dos en plan Sócrates y Platón o como Tip y Coll, según se lo pide el cuerpo y el tenor más o menos caprichoso de las horas. Conversan mucho, repasan recuerdos de la lejana amistad que nació en la universidad, leen y pasean. Más él que el amigo, poco partidario de castigar al cuerpo con ejercicios exagerados.

El amigo no es madrugador, y Homper se sorprende del lujo que son unos maitines en solitario para escribir una sencilla meditación.

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Él no se tiene por un gran filósofo. Sólo sabe sorprenderse por casi todo, especialmente por lo menos denso y significativo. Le complacen las oportunidades que ofrecen las pequeñeces de la vida. misma. Piensa, porque tampoco la mollera le sirve para cosas más útiles, pero no muy profundamente. Quisiera arreglar entuertos y reformar el mundo. Quisiera hacer cosas más útiles para los demás. Pero su pensamiento más sublime se le derrite como un helado de vainilla, y se va en un pispás sin haber germinado en nada. Luego va al blog y levanta acta de su curiosidad fugaz.

-Queridos lectores incautos-escribe-Hoy voy ahorrarle tiempo y esfuerzo intelectual a la humanidad. Porque tampoco tengo nada importante que deciros.

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Antes de sentarse a escribir, escuchó por  la radio que ocho de cada diez españoles no se moverán de casa para disfrutar de las vacaciones de Semana Santa. La crisis.  Entre ésta y los días feriados, la actualidad se destensa, y, como en Navidad,  cunde la sensación de que hay que serenarse, aparcar las preocupaciones y ventilar el espíritu. Si no se le quiere buscar sentido a la pasión de Cristo, que es la que nos ha dado el asueto, se puede reposar y vaguear en el dolce far niente. A veces, oh sorpresa, en estos estados ya casi milagrosos uno acaba descubriendo recónditos rincones del alma. E incluso encontrándose a sí mismo.

En el monasterio laico del amigo hay  muchos libros, y el lujo un de un soberbio equipo musical que se extiende discretamente en altavoces camuflados por las distintas estancias. Hoy nos trae untema de Henry Purcell que toca a la flauta Alvaro Marías. Sobre este mismo tema Benjamín Britten compuso en el pasado siglo unas variaciones y fuga que tituló como Guía de Orquesta para Jóvenes,  una composición admirable que ilustra los sonidos de los distintos instrumentos integrados en una orquesta sinfónica. Muy recomendable para curiosos de la magia de la música, como era el propio Homper en su primera juventud.

-Gracias, música-reza calladamente en sus maitines-Por venir a aliviarnos a incluso en tiempos de zozobra.

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Lamentablemente un blog acaba degenerando en un diario. Sostiene Homper que las personas de vida gris deberían de guardar recato ante la tentación de escribir sobre sí mismos.

-Eso es para tipos como Hemingway o la Mata Hari, que sí tenían algo interesante que contar.

Pero si la carne es débil, cómo no lo va a ser el ego. Admitida esta premisa, se pone en la piel de los pocos demás que haya por ahí y piensa que quien peine su blog estos días no querrá disquisiciones hegelianas, sino impresiones ligeras. Aunque sean sinceras. Por ejemplo, el periódico cuenta que uno de los etarras excarcelados apodado Gatza es recibido en su pueblo como un héroe. Lo muestra en el balcón de su casa alzando los brazos jubiloso, en ademán de victoria. Qué estimulante: le acompañan los papás, la esposa y la hijita, orgullosos de la criatura. Para ellos el chico es tan meritorio como  Alexander Fleming o Teresa de Calcuta, aunque haya matado o colaborado con los matarifes de personas que, como él, tenían padres, esposas e hijos.

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Quiere parecer conciliador, demócrata y flemático, pero la noticia le revuelve las tripas. El próximo jueves será el día del amor fraterno, y la grandeza del cristiano es poner la otra mejilla, perdonar y olvidar. Pero hoy, incluso en este idílico ambiente, tan propicio a la meditación trascendente, no puede reprimir Homper un odio razonable hacia estos troitiños y compañía que, cumplida su condena, siguen apuñalando la memoria de los muertos que nos dejaron.

Por explicarse lo inexplicable, invoca las palabras de Cristo en la cruz.

-Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen.

Y añade a continuación.

-Y a mí también, por derramar tanta bilis en un lunes santo tan plácido como este.  

De la utopía al posibilismo

...Y cuando curó la "utopitis" que le aquejaba, se convirtió en un posibilista como cualquier otro gobernante

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Qué fatalidad. Decían los observadores que el presidente mejoraba de la utopitis crónica que le aquejaba desde su llegada a la Moncloa. En vez de concebir  una España imposible, era ya tan posibilista que hasta consideraba que no toda la energía nuclear significaba  Hiroshima y Nagasaki.

Y en éstas se enfadó la tierra, desató un terremoto y un tsunami sobrecogedor en Japón y reventó la  central nuclear de Fukushima. El mundo lloró –un poquito- por las más de diez mil víctimas. No lloró más  porque el fantasma de Chernobil aventaba el miedo, y medio mundo tenía elecciones a la vista y una viña que guardar.

-España no es Japón –escribió en su informe el Director General de Argumentarios del gobierno de España.

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Últimamente nada era lo que parecía. Japón no era España. Grecia no era España. Irlanda no era España. Portugal no era España. Ni Libia era Irak. Y el faisán tampoco la cándida paloma de la paz que pretendían.

Pero en el debate nuclear, las cosas cambiaban. Donde antes se cerraba una central, ahora la necesidad obligaba a hacer la vista gorda sobre las demás.

-Digamos digo donde antes decíamos Diego –subrayó el el Director General de Argumentarios- Desde que la gente probó el agua caliente, la calefacción y  el coche, y se ha emborrachado de estado de bienestar, no hay manera de sacar adelante la utopía, jefe.

El presidente se secó una lagrimilla con un pico de la portada de EL PÚBLICO, que usaba habitualmente como pañuelo e, hincando la rodilla, declamó como Tenorio desesperado.

-Clamé el cielo y no me oyó/ y, pues sus puertas me cierra/ de mis pasos en la tierra/ responda el cielo, no yo.

La entrada de su secretaria alivió aquel amargo cáliz.

-Que mientras se flagelaba, ha llamado don Emilio Botín para insistirle: que no decaiga, que no dimita, y que si le fallan los sindicatos, ahí está él para ayudarle, que por algo lleva siempre la corbata roja.

Bendito posibilismo.

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Entretanto, y hastiados ya de encuestas electorales que no trataban sino de socavar la moral del gobierno, empezaron a proliferar las que abundaban en el punto flaco de la energía nuclear. Y Homper, el Hombre Perplejo, se quedó turulato al saber que la mayoría de los encuestados creía que las centrales nucleares que hay en nuestro país son seguras.

-Es asombrosa su sabiduría–pensó- No sólo conocen palmo a palmo la geología de nuestro suelo y la solidez de sus placas tectónicas. No sólo tienen pruebas del alto grado de resistencia del homigón armado. Sino que saben que la fusión parcial de las barras del reactor, aunque produce una radiación de  1.000 milisievert por hora, no nos afecta. Como dijo Leopoldo Calvo Sotelo de la guerra de las Malvinas, el nuestro es un problema “distinto y distante”.

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Entretanto, en el piso de arriba, Emlio y Solita, un matrimonio con ciento ochenta y cinco años a sus espaldas, escuchaban los alarmantes datos de un científico sobre la longevidad del peligro nuclear.

-El cesio radiactivo decae a la mitad a los treinta años –decía la radio- El plutonio que se está escapando ahora en Fukushima tardará veinticuatro mil en perder sus efectos nocivos.

-No llegaremos a eso, ¿verdad?-preguntó temblorosa la anciana mientras acercaba sus manos frías al radiador de calefacción.

-No, Solita-respondió el anciano- Estaremos ya en la vida eterna.

-Pues entonces, ande yo caliente y ríase la gente.

Les faltó añadir que el que venga detrás arree. Que es más o menos lo que acaban aceptando, con amarga resignación, eso sí, los políticos posibilistas.

Amando a pesar del vampiro

Todos los que usamos una impresora creemos que en ella se oculta un vampiro insaciable...

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Aunque el joven  Elías Adante se creía ya un hombre maduro, era evidente que le faltaba un hervor para entrar en sazón. Así, no acababa de entender que los cursos con los que entretenía su situación de puto parado le ponían en la privilegiada situación de ser un trabajador en activo, según la doctrina social más avanzada que acababa de exponer, con su brillantez formal habitual, el presidente de gobierno. La cabriola argumental del gran reformador sin embargo pinchaba esta vez en hueso. Elías creía de que no necesitaba cursos, porque llevaba dentro el gen de un gran escritor, y estaba convencido de que se podría ganar la vida con su talento y con su pluma.

-A la mierda los cursos-dijo mientras se sentaba en la mesa con la pluma y el papel en blanco- Eso no es para un espíritu creador como el mío…

La seguridad de su autodiagnosis no ocultaba tampoco otros síntomas de su inmadurez. Influído por la leyenda de que hay que vivir como el estereotipo de un escritor para llegar a serlo, se había obsesionado con la figura de James Joyce. Y se empeñó en empezar la casa por el tejado haciendo suya en primer lugar la desmesurada afición del escritor irlandés por la absenta.

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Se podía haber conformado con con los Dry Martíni que, según se cuenta, se suministraba Hemingway en el Harry´s de Venecia. O con el Calvados del comisario Maigret, que también resultaba muy literario. O con cualquier whisky de malta, armagnac o vino amontillado, aromas y sabores todos que invitan a la ensoñación y al exceso, buenas espuelas para la inspiración. Pero le dio por la absenta,  como a Verlaine, y al autor del inextricable Ulises, y tuvo que hablar con los barman de los baretos del barrio para enterarse, primero, de qué diablos era aquel espirituoso tan demodé y conseguir el suministro adecuado. Luego probó el Absinta Mousse de Lehman, después se dio al famoso Pernod, y al cabo de dos meses llegó a la conclusión de que el Anís del Mono, si no tan literario, era no menos eficaz para colocarse y, desde luego, más barato.

-Además, qué tontería, sale en un cuadro cubista muy famoso –se decía- ¿Cómo no me va a inspirar?

Primero se inspiraba y  luego se ponía a escribir. Siempre con su copita del Mono cerca, al que sin embargo seguía llamando absenta.

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Elías Adante conoció a la bella Elisa en un punto limpio. Este era un lugar nada o muy literario, según se mirase. Él había acudido allí para deshacerse de un viejo televisor en blanco y negro, mientras que ella, más original, combinaba dos tarros de aceite frito con una muleta, radiografías diversas y una serie de láminas de goletas, bergantines y clipers enmarcadas en madera de roble que unos laboratorios médicos le habían regalado a su marido y de los que se deshacía estrellándolos con violencia contra el fondo del contenedor..

-¿No le gustan los barcos?-ironizó Elías.

Ella torció el gesto.

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La audacia, que a veces derivaba  en falta del sentido de la oportunidad, no era la única de las virtudes de Elías.  Pronto su simpatía había hecho posible que tras unas disculpas suyas, procedentes por otra parte,  Elisa bajara sus defensas, y le confesara abiertamente que su marido, pediatra de profesión, se había fugado con la enfermera la semana anterior.

-Disculpa, no podía imaginar….

Pero mientras se excusaba, anotaba mentalmente las pautas de lo que podría ser la novela de este siglo: chico parado que quiere ser escritor encuentra a abandonada en un punto limpio y nace el amor.

Por la noche, borracho de absenta o de Anís del Mono, Elías se plantó ante el papel y comenzó a escribir su obra maestra con la dedicatoria:

A Elisa, a la que encontré cuando me deshacía del pasado para emprender un nuevo camino.

Sostiene Elías saber que la dedicatoria se suele poner después de haber escrito el libro, y que escribió aquella noche bastante más. Casi medio capítulo de una novela que, modestia aparte, prometía ser magistral. Pero a la mañana siguiente todo lo escrito había desaparecido misteriosamente.

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-Cuando bebo absenta- se decía- es mi sangre la que escribe.

Y los glóbulos competían entre sí por querer decirlo todo y de la manera más vibrante. El amor, el ansia de vivir, el miedo a la muerte, el afán de descubrir el mundo más allá de las frontera de esa cárcel que es nuestra propia personalidad, el pánico a la soledad, el desasosiego, la relatividad del arte, la ambigüedad del alma humana, las dudas sobre si hay vida después de la muerte… Elías Adante quería ser, como Joyce, un escritor que rastrillara en todas las capas de la sensibilidad y en todos los momentos que vive un espíritu humano a lo largo del día para hilvanar en medios de aquel caos alborotado una sencilla pasión. No era hombre de método –a ningún escritor que lo fuera se le escribiría poner la dedicatoria antes de haber concluído el libro- pero tenía gran fe en sus capacidades.

-Soy una esponja –pensaba-Y gracias al extraordinario poder de instropección que me da la absenta lo absorbo todo.

Aupaba su ego de creador  a base de muchas tonterías. Pero escribir, escribía mucho todas las noches. Aunque luego, a la mañana siguiente, siempre volvía encontrar su manuscrito en blanco.

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Debía de ser el milagro de la absenta lo que permitía reconstruir en cada sesión todo lo que había escrito y de manera inexplicable había desaparecido después. El entusiasmo que le provocaba su droga no le desanimó al principio, pero al enésimo día de encontrar  que alguien o algo borraba las líneas de su novela empezó a preocuparse. Después de una noche de trabajo infernal, un día se despertó sobresaltado, saltó de la cama y se dirigió a su escritorio como poseído. Todavía no había amanecido cuando, al traspasar el umbral del se asustó al ver en la penumbra una figura extraña. Sentado en la silla giratoria ante el escritorio, dando la cara a la puerta,  había un hombre alto y enjuto de tez lívida y porte aristocrático vestido con frac y capa que fumaba tranquilamente un cigarrillo mientras sonreía mostrando dos grandes colmillos superiores sanguinolentos.

-El…¿El conde Drácula, supongo? –titubeó temblando de miedo el inocente Elías Adante.

-¿Qué otra cosa podías esperar?- contestó el vampiro- ¿No decías que cuando bebes absenta es tu sangre la que escribe?… Escrita queda…¿Y cómo iba a dejar yo que se desperdiciase? Sangre del día, y sin tener que tomarme la molestia de morder  a nadie…

-Bueno –se excusó Elías- Cuando uno se emborracha con absenta…

-O con Anís del Mono –interrumpió el vampiro- ¡Que hay que ver como abaratáis el mito los plumillas de ahora!…

-Si claro –prosiguió el aprendiz de escritor con su torpe hablar de lengua estropajosa- El…el caso es que cuando uno bebe, dice muchas tonterías…

-Y las hace-confirmó el conde- ¡Mira que confiar lo que crees que dicta tu talento a una impresora!…

7

No entendió del todo lo que dijo el vampiro, pues estaba convencido de que, al igual que  Verlaine, Rimbaud y todos los genios consumidores de absenta, él escribía a mano y sólo dejaba sobre el papel rasgos de tinta. Sin embargo, convencido de que su amor por Elisa se resentía  al no avanzar la novela, Elías le tuvo que contar a ésta la verdad. Le contó que para escribir se había hecho un adicto a la absenta, que la absenta le hacía escribir con sangre, lo que garantizaba una obra de gran calidad literaria. Pero que al interrumpir su escritura para acostarse  bien entrada la noche, al olor de la sangre fresca acudía un vampiro y se bebía  diariamente el producto de su inspiación.

-Estoy desesperado, Elisa –le confesó conteniendo a duras penas sus sollozos.

-No te preocupes, mi amor –le consoló Elisa- Te ayudaré a vencer este problema y a seguir adelante.

8

El especialista que, por consejo de Elisa, le trató no fue precisamente el más delicado y sutil del Colegio de Psiquiatría. Después de conocer la obsesión de Elías, su enfermiza idolatría por  los románticos, su adicción  a la absenta y su paranpoica fantasía creadora le vino a decir que era un pusilánime, un imbécil y un mentiroso que sólo inventaba para encubrir su mediocridad.

-Lo siento, señor Adante-Pero usted no es consciente de lo que miente. Cree escribir como los escritores a los que tanto admira. Cree que es un vampiro el que le roba su obra. Y no es consciente de que está alcoholizado,  y de que, cuando escribe en ordenador, como casi todo el mundo hoy,  es ya víctima del delirium tremens y alucina.

9

Le suministraron Diazepan y Haloperidol, sustituyó la absenta por una bebida isotónica y, convencido de que debía cambiar de hábitos para su completa curación,  Elías  reinició su novela escribiendo en el ordenador.  Todo transcurrió con normalidad, y fraguaba perfectamente hasta que, acabado el tercer capítulo, creyó oportuno imprimir el texto para hacer una lectura sobre papel y corregir a mano.

-Es lo que hacía Joyce –se consoló mientras apretaba el botón de la impresora.

Pero en ese momento, como el genio de la lámpara de Aladino, salió de aquel siniestro aparato el mismo vampiro que se le apareció en las infernales noches de absenta que creía haber superado.

-¡Bah!…¡Alucinaciones! –dijo con desprecio mientras esperaba a que apareciera el papel impreso.

-¿Alucinaciones dices?- repitió  el vampiro con voz cavernosa sin poder  contener una risa sardónica que sacó a elucir sus colmillos manchados de sangre- ¿Olvidas que los vampiros modernos estamos patrocinados?…

El vampiro abrió entonces su capa y el  aprendiz de escritor se quedó estupefacto, no sabiendo dónde fijar su atención. Pues mientras  la impresora advertía en su pantalla que no podía imprimir por falta de tinta, el vampiro se burlaba de él mostrando sobre el forro de raso rojo la marca Brother para la que ahora chupaba en horario continuo.

-¡Pobre imbécil!…-dijo el vampiro antes de prorrumpir en una diabólica carcajada.

Elías corrió a por una cabeza de ajos y un crucifijo, y el vampiro, como era de esperar, salió de naja despavorido. Luego llamó a Elisa.

-¿Me acompañas al punto limpio donde nos conocimos?

Juntos arrojaron con estrépito al fondo del contenedor la impresora, que se rompió en mil pedazos Y cuando fueron conscientes de que  se habían liberado de aquel siniestro vampiro tecnológico, se besaron y sintieron que la novela de su vida  empezaba otra vez.

La emocionante historia de la dinosauria Matilde

Interesante observación. Esta historia demuestra que un hombre puede enemaorarse de una mujer que guarde un parecido con algo tan lejano como un dinosaurio...

1

No lo he dicho en mi cátedra, porque hubiera parecido una observación boba y, desde luego, poco académica –se podía leer en una de las últimas anotaciones de su diario-, pero es evidente que la sorprendente similitud de algunas personas con la morfología de algunos animales reales o con criaturas de ficción popularizadas por el cine no implica ninguna identificación con la especie de referencia, como tampoco ninguna descalificación moral de dicha persona. Se puede ser bello y ser un bellaco, y, por el contrario, ser un Quasimodo y tener un gran corazón. Y a continuación Diógenes Causín, paleontólogo y catedrático de Paleontología, citaba una ristra de ejemplos de personas de distinto perfil perfectamente identificables, a su juicio, con animales o extraños andróginos que justificaban su teoría. Las políticas Isabel Tocino y Soraya Saenz de Santamaría parecen dibujos de Walt Disney: la primera se parece a Flor, la mofeta de Bambi. La segunda un pez (hembra) coqueto salido de la pluma de alguno de los dibujantes del estudio. La vicepresidenta Fernández de la Vega, con su peculiar peinado en forma de casco, se asemeja extraordinariamente a esos pollitos de buitres, con su pedazo de cáscara de huevo aún en la cabeza, que pintan los tebeos infantiles. El expresidente Pujol ha sido reconocido como inspirador del Yeoda de La Guerra de las Galaxias, de la misma manera que el sindicalista Méndez guarda un razonable parecido con unos guerreros- osos melenudos, muy feroces, que intervienen también en dicha película. El futbolista Ronaldinho tiene la misma dentadura que una piraña, el expresidente Fraga está emparentado con el rinoceronte, el ministro de Fomento Blanco recuerda a las ardillas, castores y otros mustélidos, y cualquier observador de la historia que tenga en la memoria al general Franco con gorrillo cuartelero, panza enfajada y botas altas, recibiendo a Hitler en la estación de Hendaya, vería en su perfil y en sus movimientos los rasgos de una gallina.

2

En la penúltima entrada de su diario,  el paleontólogo Diógenes Causín se deshacía en elogios hacia su esposa Matilde, fallecida tan sólo un año antes que él. Fue una mujer delicada, sensible, que supo amarme a pesar de que un científico ama más la investigación y la ciencia que ninguna otra cosa, y es incapaz de responder al encanto de una mujer si en ese momento le está tentando el microscopio. Debo  ponderar, además de sus virtudes, su hermosura,  pues siendo una mujer alta, delgada y angulosa, de mirada de áspid y andares de de bailarina de ballet, atesoraba un singular atractivo.  Ella, tan fantasiosa, lo idealizaba al máximo. Se definía a sí misma, con cierta gracia, como un cruce entre Audrey Hepburn y Cruella de Vil. Todos debemos de tener un referente de nuestro aspecto físico en alguien o en algo, pero yo jamás me atreví a destruir la imagen de sí misma que se había construído, aunque sabía a ciencia cierta que había otro ejemplo real mucho más próximo a su figura.

3

La última anotación de Causín se alejaba de consideraciones frívolas, y hacía una llamada urgente a sus colaboradores para que descubrieran un hallazgo que iba a revolucionar la paleontología. Yo no lo hubiera podido hacer en vida de Matilde, sin borrar la evidencia, y ella jamás me lo habría perdonado si no lo hubiera hecho. Por eso encargo a mis colaboradores y a cualquier amante de la paleontología lector de este diario que excaven con sumo cuidado en este lugar exacto, vean, se asombren y saquen nuevas conclusiones sobre las derivas que puede tomar a veces la teoría del evolucionismo. A continuación reproducía unas coordenadas, y adjuntaba un recorte de un mapa de la serranía de Teruel y una serie de referencias topográficas exactas para que el equipo de excavación diera con lo que sin duda era el hallazgo más asombroso de la historia de la paleontología moderna.

4

El tesoro que había descubierto el profesor Diógenes Causín dejaba en nada al Concavenatur corcovatus Pepito que meses antes habían desenterrado en la serranía de Cuenca. El fósil del Concavenator coquetus Matilde era una dinosauria perfectamente conservada, al punto de que en su estructura se podían adivinar no sólo alguno rasgos sospechosamente andróginos, sino la gracilidad de unos movimientos que, la ciencia lo adivina todo, podían parecerse a los de una bailarina de ballet.

Con todo, lo más sorprendente de aquel legado que el abnegado profesor había ocultado venía en una caja de acero, perfectamente aislada de la humedad, que apareció junto al fósil. Cuando, con gran pompa y circunstancia, las autoridades científicas procedieron a abrir la caja, sólo encontraron en su interior una nota firmada por el privilegiado paleontólogo que primero dio con el descubrimiento para luego volverlo a ocultar bajo tierra.

La nota decía: He amado mucho a la ciencia, pero, aunque ella no lo viera así, amé mucho más a mi esposa Matilde. Por eso no le pude confesar que, aunque se creyera una mezcla de Audrey Hepburn y  Cruella de Vil, en realidad se parecía mucho más a esta maravillosa dinosauria que me he apresurado a bautizar con su nombre. Su coquetería femenina no hubiera entendido la similitud. No me importó: preferí esperar a la muerte de ambos para que el mundo conozca mi hallazgo.  El poeta Artur Rimbaud escribió: “par delicatesse, j´ai perdu ma vie”. Yo podría decir igualmente que por delicadeza he perdido, tal vez, un  premio Nobel, pero no la perdí a ella, que siguió amándome hasta el final. Lo cual me permite morir tranquilo y con la sensación de haber cumplido todos mis deberes como científico y, sobre todo, como persona.

De la esférica dificultad de las albóndigas y otras cuestiones

Lo fácil que le salieron a Dios (o a la física) las esferas y lo difícil que es conseguir la redondez de las albóndigas...

Entretanto, pensamientos.

Olvida uno a menudo que un blog es como el escaparate donde se exhiben las prostitutitas de Ámsterdam: en alguna medida estás expuesto a las miradas del caminante. Interesas si tu punto de vista conecta con el suyo. Y si poca gente va a Bretaña, menos aún coincidirá con el matiz de las observaciones que apuntaste. Quizá convenga guardar el resto de los recuerdos de viaje para más adelante. Quizás.

Y ocuparse a cambio de otros temas de actualidad. Por ejemplo, Stephen Hawking ha descartado la posibilidad de que fuera Dios el creador del mundo. La física puede con todo. Es capaz de haber creado este planeta que, desde las distancias siderales, luce como una perfecta canica azul. Y, con ella, también de explicar las distintas maravillas, fenómenos, disparates y horrores que se registran en ellas. La física, el Big Ban o el evolucionismo son a la postre los responsables de las grandes cadenas montañosas, los vastos desiertos, los mares infatigables. Pero también del Salto del Angel de Venezuela, del asombroso Ayer´s Rock australiano, que uno sólo ha visitado a través del National Geographic Magazine, de las Cataratas Victoria y del Tajo de Ronda. Como cantaba Louis Armstrong, What a wonderful World…

Se asomó a este tajo el viajero una noche de luna llena, desde la balconada del hotel donde se hospedó el poeta Rainer María Rilke en su viaje por España. Qué inspiración la que el vate debió pescar allí. Y qué imaginación la del creador, sea el que propone la Biblia o polifacética física, de potencial hiperbólico como se puede entender. En algunas cosas a los presuntos creadores se les fue la mano: de una parte les nacieron las medusas, los puercos espines y las moscas cojoneras, seres más bien prescindibles. De otra,  el dolor de dedo meñique del pie golpeado contra la pata de la cama, la sensación opresiva del domingo por la noche, los libros de instrucciones en doce idiomas, la depresión, los cuadros que siempre se acaban venciendo de un lado cuando se les cuelga en el salón, las colas en las oficinas de empleo y seres como Kiko Matamoros. Hasta el Dios que niega Hawking y deseamos los cristianos suscribiría lo que dijo Ortega cuando la  segunda República empezó a desvariar: no es esto, no es esto ( a propósito, a uno le enseñaron a acentuar el esto, pero el corrector automático me lo enmienda : ¿es ésto o  es esto?).

Estaba obsesionado este duende con la perfección de las esferas y la redondez del planeta cuando se puso a cocinar uno de sus platos favoritos, las caseras albóndigas de toda la vida. Pero, demonios, qué difícil es  manufacturar una albóndiga. Amigas bien intencionadas a las que recurre en estos casos (hola, amiga, perdona, ¿cómo consigues tú que las albóndigas te salgan redondas?) le hablaron de moldearlas en hueveras de plástico: se espolvorea el hueco con harina, se le rellena de carne picada, se cierra la huevera, se la agita como para mezclar un dry martini y luego, cuando las sacas, las achatas por los polos. Al menda se le ocurrió que a lo mejor tampoco quedaban mal intentándolo con el instrumento para hacer bolas de helado. Pero con tanta sabiduría como hay, y mayormente en Internet, espera lluvia de iniciativas al respecto. El mundo no se sabe si tiene arreglo, pero, volvamos o no a hablar de Bretaña, la esfereidad de las albóndigas no debe ocupar un segundo más de nuestro precioso tiempo.

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