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Condenados a soportar al Hombre-Mierda

(Foto de Steve_Way)

El señor Jenaro Balanzategui había salido a la calle a sacar dinero del cajero automático. Cuando hubo retirado la tarjeta y sus doscientos euros notó a sus espaldas una pestilencia insoportable. Volvió la cabeza y vio un molde con rasgos y movimientos humanos encubriendo un montón de materia orgánica putrefacta.

-Qué asquerosidad-pensó tapándose las narices-Debo de estar en una de esas películas que tanto le gustan a mis nietos.

De Matrix a esta parte don Jenaro comprendía que una de las claves del cine que gusta a los jóvenes de hoy es que no hay que comprender nada. La costura de estas películas es en buena parte el absurdo, de manera que en un mismo filme pasan de la realidad a la ficción y nadie demanda un hilván de lógica. En la última a la que le llevaron mezclaban a La Masa con el Hombre-Arena, y aún creía que aparecían por ahí un Hombre-Fuego, Spiderman y la mitad del elenco de superhombres de Hollywood. Don Jenaro se permitió insinuar alguna vez a sus nietos que, puestos a rizar el rizo, los guionistas de Hollywood podían añadir a la merdée algún héroe de su época, como el Guerrero del Antifaz o Roy Rogers. Pero eran malos tiempos no sólo para la lírica, sino también para la épica. En la era de la provocación, lo que procedía era enriquecer esa merdée lanzando precisamente a la fama al Hombre-Mierda. Y ese era justamente el personaje que se había colado en su guión del día.

Aún no repuesto del susto, se dirigió a la confitería. Al entrar en ella notó que no le llegaba el delicioso aroma de crema pastelera, como era habitual. Y la respuesta se la dio una clienta que abanicaba a Loli, su dependienta favorita, que yacía desmayada en el suelo.

-¡Qué espanto!-le explicaba la señora- Ha venido por aquí el Hombre-Mierda y no ha podido soportarlo.

A lo largo del día corrió la voz de que este personaje había sido visto haciendo lo que muchos otros ciudadanos. A una hora leía el periódico en el Bulevar. Luego tomaba el sol en la playa. Poco después se le veía de poteo en el Barrio Viejo. Jenaro estaba escandalizado, pero después de comentarlo con varios de los conocidos con los que se cruzó en la calle, había llegado a la misma penosa conclusión.

-¿Y qué hacemos, si no contábamos con que la especie humana derivara en tanta mierda?

Con ese desasosiego y la bandeja de pastelillos para su señora regresó a su casa. Se disponía a pulsar el botón del ascensor cuando alguien abrió la puerta y se coló. El hedor que le había perseguido en su paseo mañanero se hizo aún más insoportable.

-Soy el nuevo vecino del tercero -se presentó aquélla hez en forma de hombre-Mi profesión es terrorista excarcelado, y soy responsable de haber matado a veinticinco personas. Así que si me necesita para alguna vileza, fechoría o canallada, ya sabe donde me tiene.

Jenaro Balanzategui recordó entonces que su apellido derivaba del símbolo de la justicia, y que su abuelo había sido magistrado. Errare humanum est -le decía cuando alguien criticaba los errores de los tribunales. Y él lo confirmaba ahora.

Cuando, con mano temblorosa, giró el llavín para entra en su casa, pensaba en voz alta.

-La sentencia que condenó a este vecino estaba mal redactada. Lo suyo es que hubiera dicho: condenamos al reo a veinte años de cárcel. Y otrossí condenamos a sus vecinos y conciudanos a soportar a ese hombre-mierda por el resto de su vida.

¿Cebollas sentimentales?

Después de pagar sus impuestos, ayudar a la anciana del quinto a cambiar la botella de butano, enviar una carta de pésame al frutero de la esquina por la muerte de su hermana y llevar a su perrita al veterinario para que le sacara un espiga que no se sabe cómo se le había alojado en lo más profundo de uno de sus pabellnes auriculares, se sentía libre de toda obligación moral. Como no fuera la de ser  cariñoso consigo mismo.

 Hacía treinta y cinco años que no se había dado el gusto de pasear por los jardines de Aranjuez. Cuarenta años que no comía pipas de girasol en el cine mientras veía una película de la Hammer Films -siempre protagonizadas por Peter Cushing y por Christopher Lee. Sólo se acordaba de haber visto el arco iris una vez en su vida, y casualmente mientras acompañaba a su padre al médico de Mondoñedo para que administrara un Urbason. Mal panorama, cuando un cólico nefrítico te sorprende de viaje. ¿Para qué sirve un arco iris en esos casos? Otros placeres de la vida, cierto, no quedaban tan lejos. Hacía seis años que había escuchado en directo a Dulce Pontes cantando fados, tres años  que le había dado masajes en la espalda una haitiana preciosa que luego resultó ser de Salamanca, dos años y medio que extrajo de su espalda una espinilla del tamaño de un alcaparrón y tan sólo un año que estrenó  calcetines de hilo de Escocia, de los bien largos,  durante dos semanas seguidas. Ese había sido su último exceso reconocible. No por el tacto de los calcetines, que él era austero y poco dado a los regalos corporales, sino porque la mercera que se los vendía era un encanto, y cada día que se los envolvía cerrando el paquete con una etiqueta dorada de Mercería Galíndez- Novedades, le sonreía un poco más pícara, y advertida o inadvertidamente enseñaba más escote.

 La historia de amor del ciudadano sensible no llegó mucho más lejos. Cuando ya había agotado las existencias de calcetines de su número y  le molestaban las ampollaslas  producidas por las  arrugas de los del 43, que le venían sobrados,  ella le comunicó, radiante de alegría, que ese viernes era su último día de mercería. Al día siguiente se casaba con un piloto argentino.

 Así que aquella noche en la que necesitaba homenajear a su autoestima, tras comprobar que la tortilla de patata que le habían dejado para cenar estaba reseca y ver en el telediario los desastres nuestros de cada día, se puso a picar cebolla para una salsa casera que aliviara la desmañada pitanza. Las novedades eran de color cárdeno: hundimiento de la bolsa, ruina del sector inmobiliario, desesperación de millones de ciudadanos atrapados por su hipoteca, guardias de seguridad tiroteados  en un atraco, terroristas libres alojándose en el mismo edificio que sus víctimas, más pateras transportando muertos, más hombres asesinando a sus parejas..Miraba a su entorno inmediato para consolarse. Y se enteraba de que nuevos amigos, del mismo modo que recientemente lo habían hecho famosos como Paul Newman o Eduard Punset, se confesaban también enfrentados al cáncer.

 Gruesos lagrimones se le caían al ciudadano sensible. Quiso creer que no eran reacciones del lacrimal a los gases que desprende la cebolla cuando se la corta, sino simple dolor del alma. Pero no estaba tan seguro de eso: a fuer de desvaríos quizás se le había acorchado el sentimiento. Menos mal que la tortilla, eso sí, quedó de rechupete.

Los derechos del moscardón

moscardon

(Foto de Gustavo)

Hay que ser responsables. Alguien tiene que escribir esta noche de algo que no sea el triunfo de España contra Rusia en fútbol. Enhorabuena, lo han hecho muy bien, fue la cena más agradable que el Duende ha vivido en mucho tiempo (se puede cenar mientras se ve el partido). Pero no podemos soltar también nosotros el botafumeiro. Sobrarán turiferarios, ya verán.

Así las cosas, y por contribuir a la oxigenación del cerebro, llama la atención el Duende sobre los derechos humanos de los simios, que así lo ha visto escrito en algún periódico. Sin entenderlo, claro, pues si son humanos no pueden pertenecer a la especie de los simios, y si son simiescos no podrían ser humanos. Da igual, aquí con tal de mejorar el mundo nominalmente consagramos cualquier absurdo. Desde que Sigourney Weaver nos sensibilizó a todos con la historia de Gorilas en la niebla, los monos tienen derechos humanos. Vale.

Comentaba doña María en la radio esta mañana que entre los precios del mercado y la sensibilización por los animales van a conseguir hacerle vegetariana. Eso no es nada al lado de las poblemáticas de conciencia que se le plantean ante cualquiera de esos bichitos que de vez en cuando aparecen por casa. ¿Se puede matar un ratón de un zapatazo sin ofender a la nueva moral? Si las cucarachas son también criaturas de Dios…¿no merecen también vivir? ¿Tiene un minuto de nuestro sueño más valor ético que el vuelo de un mosquito de trompetilla con el que acabamos de un manotazo? Hasta doña María, que no es precisamente mujer de cultura, sabe que animalitos son todos. Asín que a ver quién marca las normas -resume- pa que una pueda vivir sin sobresaltos y no parecer una asesina.

De momento Oscar Luis, el mayor de sus hijos, que es un ecologista de raza, ha liberado a todos los periquitos, los canarios y los hamsters del Bloque los Arándanos. A última hora de la tarde, aún había varios de los roedores bajando las escaleras. El próximo objetivo es Kentucky Fried Chicken, que para abastecer a su negocio de comida rápida sacrifica a siete millones y medio de pollos (no se sabe cada cuánto tiempo) sin el menor miramiento.

Total, que esta noche María lo pasó fatal. No puede ir contra corriente, y menos contra su propio hijo. Mientras dormía se filtró un moscardón en su habitación y le dio la noche. Porque Manolo, su esposo, como buen sindicalista y sufridor del Atlético de Madrid, dormía profundamente roncando como un motor Perkins, pero ella no pegaba ojo. Podía haberlo pulverizado con el insecticida, o incluso aplastarlo con la zapatilla. Sin embargo la defensa de los derechos de los animales le ha llegado muy dentro.

Y aunque el moscardón es bastante asqueroso, tuvo la paciencia de atraparlo con una toalla, cogerlo con los dedos, abrir la ventana y liberarlo para que continúe el ciclo de la vida donde Dios le dio a entender. Absurdo, pero edificante, ¿no?

Cómo colocar los pies en la cama y soñar con Cyd Charisse

Buenas señales. El doliente amigo Félix dormía habitualmente boca abajo. Para ello deslizaba su cuerpo hasta que los empeines de los pies reposaban en el borde del colchón y bajaba la almohada hasta la altura que reclamaba su cabeza. La cicatriz que le ha quedado de su operación  se lo impide ahora, por lo que ha de hacerlo boca arriba.

Esta postura le ha permitido diagnosticar que, a pesar de los muchos siglos de cultura camera que soporta la civilización occidental, el diseño de las sábanas de arriba, mantas y colchas es manifiestamente mejorable. Su razón es, desde luego, digna de doña María: si en la pastelería, protegen la bandeja de pasteles con unos cartones que abovedan el paquete…¿por qué no inventar algo parecido para los pies de la cama?

Ya digo, si tiene humor para este tipo de disquisiciones es que se siente mejor.

El Duende, tan aficionado a debates de este orden, confiesa que no había caído antes en la cuenta. Apenas se acuerda de dónde y cómo coloca sus pies en el momento de conciliar el sueño. Cree, más bien, que con los talones apoyados en el colchón. Sólo hace años, cuando hacía más frío y la mantas eran de lana pura, le molestaba su peso presionando sobre los dedos y forzando la articulación del empeine en forma antinatural. Luego venía Morfeo y lo arreglaba en un abrir y cerrar de ojos. No los abría, los cerraba y en paz.

Más cuidado que la postura del cuerpo, casi siempre a gusto en cualquier cama, ponía en preparar el sueño. Suponía que , si se le invitaba con astucia,  no podría fallar el más deseado. Esa  es desgraciadamente una de esas asignaturas pendientes que todavía no ha podido solucionar la ciencia Se clonan ovejas, se investiga con células madre, se llega a Marte, se obtiene energía de los frijoles. Pero aún no hay invento para poderse programar a la medida lo que uno quiere vivir en sus sueños. El Duende lo intentaba. Antes de apagar la luz, se concentraba en el objeto del deseo, se sumía en un duermevela y caía dormido. Su gozo en un pozo. Normalmente soñaba que aún le quedaban pendientes asignaturas de la carrera. O, peor aún, días de mili.

Esta noche no reparará en  los pies sino por consideración a Félix. En cambio sí volverá a provocar el sueño más anhelado. De momento, va imaginar que la inolvidable Cyd Charisse estira una de sus maravillosas piernas y sube por ella como si fuera una escalera hasta alcanzar la luna. Allí, con las clases de baile de  Fred Astaire, y tras dejar de lado  a Gene Kelly, baila con la genial bailarina la coreografía de Brigadoon. Dicen hoy los papeles que Cyd Charisse acaba de morir, pero, a diferencia de mi amigo Félix, ella sí sabía cómo poner los pies. Y  sólo con eso ha acabado alcanzando la inmortalidad.

Amadas primas

(Foto de Merkur)

Aquel tipo adoraba a las primas. A ello contribuía la literatura. Había leído todas las novelas propias de la primera juventud. En casi todas aparecían primas guapas, primas seductoras, primas con las que  se viajaba en tren o en barco, o con las que se veraneaba en el Tirol o en una isla griega. También había primas mas cercanas, primas de Albacete, de La Bañeza o de Valladolid, con las que primero se juega a las casitas o a las familias y luego se acaba descubriendo el esplendor en la hierba. Quien tenía una prima maciza y con las mejillas como manzanas, tenía un tesoro.

  Sus amigos, por cierto, también tenían primas. Gustavo, en particular, estaba enamorado de una de ellas, año y medio mayor que él. Se llamaba  Sofía, y justo aquel verano se le había puesto el pecho lleno de tetas. Las novelas y el cine hablaban mucho de episodios así.  Un día de verano cogieron la merienda, se escaparon de casa,  le  robaron el chinchorro al tío Tomás y se lanzaron a pescar en la ría. Ella hizo un movimiento peligroso y cayó al agua. Gustavo no lo dudó y se zambulló tras ella. Recordando  lo que había visto en el Tarzán de Johny Weissmuller, cruzó su brazo derecho por debajo la axila de la chica y nadando a duras penas con el brazo izquierdo le ayudó a ganar la orilla. El chinchorro, a la deriva, fue arrastrado por la corriente hasta perderse en la mar. La chiquilla, presa de un ataque de nervios, se arrebujó en el hombro del muchacho y no paró de llorar hasta que el sol secó sus ropas y ambos se encontraros enredados en besos y abrazos.

  Gustavo nunca olvidaría esa tarde, pero la edad no perdona. Ella completó su desarrollo mientras él seguía buscando desesperadamente en el espejo motivos para afeitarse. Ella se enganchó en la pandilla de los mayores y acabó casándose con un ingeniero de caminos. Gustavo siguió amando a su prima, pero no volvió a verla hasta que, veinte años después se celebró el funeral  por el usurpador, muerto repentinamente mientras se calzaba unas botas de esquí. Gustavo entonces acompañó a la prima Sofía todo lo largo del camino de cipreses que cruzaba el cementerio, y antes de despedirse se le ocurrió emplazarla  para  el verano. Le propuso salir otra vez a pescar en la ría. Pero  no lo harían en el chinchorro del tío Tomás, sino en un pequeño barquito de su propiedad.

 Y aquél verano, salvando las distancias,  se pareció bastante al Verano del 42  que entonces triunfaba en las pantallas.

 Gustavo era amigo del Duende, que no tuvo primas como Sofía. Todas eran mucho mayores que él. Pero alguna de ellas no obstante da para una historia luminosa y tierna que contaremos otro día.

Salsa de tomate y Cyrano de Bergerac

Fue una anécdota, pero invitaba a la meditación. Comía un amigo de Juan en la casa del Duende y le sirvieron algo tan sencillo como unos espaguettis. Le acercaron el queso rallado y la salsa, los roció con ella abudantemente, los envolvió con ambos ingredientes y al poco se relamía con visible satisfacción. Exquisito -subrayó antes de preguntar- ¿De qué es esta salsa? Le sorprendió mucho saber que era tan sólo una vulgar salsa de tomate casera. Hecha, eso sí, con aceite de oliva y abundante cebolla para dulcificarla. Sorprendentemente, en esta sociedad del bienestar en la que casi todo el mundo tiene acceso a casi todo, el muchacho no conocía más salsas de tomate que las envasadas por las firmas comerciales.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a tomar salsa de tomate de la buena..

Por otra parte, se entera hoy el Duende de que Cyrano de Bergerac, un escritor contemporáneo de Moliére más conocido por la vida que le dieron Edmond Rostand, José Ferrer y Gerard Depardieu que por sus obras, escribía cartas de amor por encargo. Hacía felices así a las enamoradas cuyos enamorados, aún manejando el florete, eran torpes con la pluma. Las cartas las acaba de traducir y publicar David Felipe Arranz, aventurando que, de haber vivido en nuestra época Cyrano, serían SMS de amor. Las grandes compañías telefónicas ganarían más, y a lo mejor incluso se crearían nuevos puestos de trabajo, que es algo muy importante en estos tiempos. Pero, con todos los respetos, no es lo mismo.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cartas de amor. El Duende, por cierto, se emplearía de negro como Cyrano, porque las cartas de amor se le daban bastante bien.

Nunca sabe uno cómo se teje la urdimbre de la felicidad, ni si la sensibilidad humana se forja con pequeños detalles como éstos. Pero la verdad es que estas naderías colaboran lo suyo. Lo ha comprobado el Duende tras visitar a su amigo Félix, ya convaleciente en casa. A él no le han faltado jamás ni la salsa de tomate casera ni otras delicias de la buena cocina andaluza en la que se crió. Ahora además ha leído en este blog los muchos mensajes a él dirigidos, y éstos van obrando en su ánimo parecido efecto balsámico que el logrado por las cartas de Cyrano.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cariño. En salsa, en prosa, en verso, con una palabra, un abrazo, una sonrisa o quizás tan sólo una mirada.

Nuevos milagros por san Isidro

(Foto de iesluisvelez)

Por san Isidro, a doña María le gustaba asomarse a ver los labrantíos que aún se divisaban desde el bloque Los Arándanos. A estas fechas, la siembra de primavera en estos pagos verdea de algo más que dos cuartas, y con el vuelo de los tordos, las cogujadas y las abubillas,  hacen una bonita postal que le evocaba al campo de su pueblo. Jura doña María que, recién instalados en el bloque, aún había algún labriego que faenaba en su tierra con una yunta de mulas, cosa difícil de creer si hablamos de los primeros años setenta, que fue cuando pararon por allí. Pero sí nos creeremos sus buenas intenciones.  Abría la ventana, se acodaba en ella, ensanchaba los pulmones, respiraba un aire de poniente que soplaba puro y creía ver entre las nubes mofletudas y azulencas que riegan la primavera madrileña al ángel que venía a echarle una mano a San Isidro.

Parece el inicio de una película de Jean Perre Jeunet (Amelie). Pero era la película que se hacía la pobre María, tan llena de ilusión como de sentido común, dos valores que se neutralizan. En realidad, la buena mujer soñaba que si hay justicia en el cielo, el ángel currante no vendría ahora a ayudar a los pocos isidros que quedan en esta contornada, sino a las numerosas gladiadoras del hogar como ella que llevan generaciones y generaciones trabajando como esclavas sin sueldo, seguridad social ni merced alguna de las que hasta las elecciones prodigó Zapatero.

 Ya conocen la leyenda: encargado el patrón de Madrid de labrar  las tierras de don Iván de Vargas, recibió la visita de un  ángel agricultor que se hizo cargo de los trabajos mientras el santo, se supone, sesteaba a la sombra de una encina. El sueño de san Isidro es, en rigor, el sueño de cualquier trabajador. Puesto que el campo se abandona a ojos vista, cada vez hay menos agricultores y el campesino es especie en extinción, bueno será que los ángeles de ahora cumplan su benéfica función echando una mano  a María y sus colegas.

 Claro que, como María sólo es creyente correlativamente, y es más bien escéptica ante milagro tan gordo, tiene pensado formular esta oración sustitutoria. San Isidro, bonito, si no mandas a un ángel que me resuelva toda la faena casera, haz que mis rodillas doblen al contrario,  como las de las cigüeñas. A  ver si al menos así llegan mis manos a remeter como Dios manda las sábanas del otro lado de la cama, que siempre me quedan fatal.

 Sabia conformidad con su condición, eso de pedirle un milagro menor. Pues por mucho que se haya transformado España, siempre habrá pastores y señores, añade la doña. Y cualquier manita de Dios o de san Isidro en favor de los más humildes, será bien recibido por esta su segura servidora y gladiadora del hogar. Amén.    

Dos hamburguesas para William Lynd

Era el Duende tan ingenuo que creía que toda América es orégano. O, más bien, que esos Estados Unidos que inconscientemente identificamos como la América por antonomasia, eran los que se imaginó a partir de tres visiones maravillosas de su primera juventud.

 La primera se la ofreció una novela de un escritor hoy casi olvidado, llamado William Saroyan. Nunca sabe uno si el encanto de una obra literaria está más en el talento del autor o en talante y el momento de quien lo lee. A los diecisiete años el Duende era hijo espiritual de Peter Pan y de Alicia en el país de las maravillas, o sea, que estaba dispuesto a idealizarlo todo. De modo que sorbió las páginas entrañables de La comedia humana -el mismo título que el novelón de Balzac para un relato mucho más ligero- y creyó ingenuamente que si la felicidad tenía patria, estaba situada en el país de Homero Macaulay, su protagonista.

 Esta América de bombonería -presagio de  Forest Gump- conectaba directamente con las películas de Frank Capra, que empezaba a conquistar los corazones ilusos de la generación duendera  proyectando su célebre ¡Qué bello es vivir! por la tele todas las navidades. El Duende la ha visto tantas veces que incluso está investigando por qué Búfalo no puede dormir (un guiño a los lectores cinéfilos).

 La tercera versión risueña del gran país americano -parece uno José María Carrascal- es la que nos dejó Norman Rockwell, un fantástico ilustrador del Saturday Evening Post que con su estética luminosa y ternurista ha ejercido una influencia decisiva en la dirección de arte, la publicidad, el cine y la fotografía de nuestro tiempo. Quizás muchos no conocieran su nombre, pero sin duda reconocerán sus obras. Tienen el marchamo de esos genios costumbristas que, por haberse forjado como artesanos, tardan en ser considerados artistas. Rockwell sufrió por ello, pero las últimas cotizaciones de sus obras, astronómicas, le han vengado con largueza.

 Tras la admiración de Europa por el papel de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y el Plan Marshall subsiguiente, y cuando ya nos había deslumbrado el american way of life, se oscureció la estrella del imperio americano. Qué les va a contar el Duende que ustedes no sepan. Hace uno una ensalada ideológica con recortes de Hiroshima, Vietnam, My Lai, Guantánamo, Irak, Afganistán, Bush, Schwarzenegger y el integrismo de la América profunda, lo baña con salsa Ketchup y como que se le revuelve el estómago.

 Igual que ante una noticia de esta semana, apenas reseñable entre el cúmulo de desgracias que nos afligen. Parecía apetitosa: una bandeja con un plato que contiene dos hamburguesas, pimiento y cebolla fritos, dos patatas asadas con crema y un gran batido de fresa. Podía ser la comida de Homero Macauley, o un primer plano de Capra, o una ilustración de Rockwell. Pero si uno abre el zoom  se entera de que esa ha sido la última cena de William Lynd. Rechazadas todas las apelaciones, y después de la moratoria de más de siete meses en la aplicación de la pena de muerte,  este americano fue ejecutado anteayer en Georgia por haber matado a su novia hace veinte años. El sueño americano desvirtuado: aunque el cocinero de la penitenciaría se esmeró, la salsa de las hamburguesas sabía a amargo sarcasmo.

¿Por qué matamos lo cursi?

(Foto de Leopoldo 2006)

Apareció en el estudio Juan Adriaenssens con una bolsa cargada de regalos de Navidad, sacó un diminuto paquete y se lo entregó al Duende. Esto no es para ti -advirtió- sino para doña  María. Dentro había un diminuto reloj de mesilla de noche  incrustado en un  caballito balancín paticorto  hecho de acero, y con las crines, la cola, y los bastidores sobredorados. A doña María le emocionó, y el Duende lo mira todas las mañanas al despertar. En otro tiempo, lo hubiera adjetivado como una preciosidad, ahora quizás no llegue tanto, porque le daría vergüenza.

  Juan es un polemista vehemente, culto, refinado y borde o encantador, según le peta. Puede pasar del lirismo más delicado a la furia Zeus tonante en segundos. En sus gustos estéticos no es menos hiperbólico. Levita ante un Cristo de Berruguete a pesar de ser ateo convicto, y a continuación  eleva a la categoría de novena maravilla del mundo a La Cúpula, un centro comercial al norte de Madrid con columnas de lapislázuli y arabescoss que, según los que lo conocen, parece la orgía arquitectónica de un maharajá enloquecido. La apoteosis del kitsch. Pero para Juan hay tanta belleza en la austeridad del románico o en el minimalismo posmoderno como en el manierismo de lo que se conoce como lo cursi.

 Juan Adriaenssens regalaba a doña María, pero en realidad mataba dos pájaros de un tiro. Pues aunque el Duende ha depurado sus gustos, suele perderse a menudo en los bazares chinos y extasiarse  en su galería de lindezas inenarrables. Aquí, encerrada en una urna de cristal, una virgen iridiscente en una gruta de la que manan chorritos de agua que, traspasados por un haz de luz, componen una cortina celestial. Allá, lo que parece un canario disecado sobre un pedestal que, con sólo apretar un botón, cobra vida y embriaga con sus trinos. En el estante de al lado, una carroza de porcelana que en realidad es una sopera palaciega. Todo aviva el rescoldo de lo que, a primera vista, nos parecía bonito y de buen gusto. Luego vino la educación y nos lo borró del código de valores. Aunque hasta Jacinto Benavente escribió de lo cursi, esto quedó desde hace tiempo para horteras y gente inculta.

 Y en eso estábamos cuando despertó el Duende y vio a Dorothy Malone besándose a tornillo con Kirk Douglas en El último atardecer, un western maravilloso de los muchos que pasan en la sobremesa de Telemadrid.  Excelente programación para esas horas, lástima que le quieran robarle la siesta a uno. La Malone, con sus espléndidos  ajos azulísimos, era, con excepción de Kim Novak, quizás la más cursi de las rubias de la época dorada de Hollywood. Sólo verla se  adivinaba a su alrededor la fragancia empalagosa de un pachulí que embelesaba y hacía aún más irresistible su encanto ligeramente perverso. Siempre  estuvo impecable en sus papeles, especialmente en esta película y en Escrito sobre el viento, de Douglas Sirk, uno de esos melodramas que los cinéfilos consideran de culto.

 Aún frotándose los ojos, el Duende quedó estupefacto contemplando el beso de Dorothy Malone, odió a Kirk Douglas y se preguntó por qué la moda ha orillado tan estúpidamente el innato gusto por lo cursi que todos llevamos dentro. Con lo bonitas que son las cosas bonitas…

 

…Y, para desengrasar, chocolate

Tableta de chocolate

(Foto de pablokdc)

No sabe el Duende por qué le gusta tanto el chocolate. Quizás porque fuera la golosina por excelencia en la España de posguerra, sobre todo si se hacía con azúcar refinada y no dejaba en los molares la desagradable sensación de que masticabas tierra. Cierto que en otro post se trató del tema, pero si dicen que todos los escritores  reescriben siempre su único libro, qué no va a hacer un chatarrero de observaciones. Pues eso: volver hoy sobre uno de esos placeres que la Iglesia de Roma nunca catalogó como pecado, por más que  le de a uno tantas satisfacciones como algunos de los que prohíbe el sexto mandamiento.

  Chocolate, chocolate, qué delicia. En las noches de orgía, el aprendiz de Duende, en lugar de soñar que perdía en la topografía rubia y exuberante del cuerpo de Anita Ekberg  o de Sofía Loren, que eran las tentaciones de la época, imaginaba que se podía despachar a solas una tableta de chocolate y almendra de Elgorriaga. Desgraciadamente, la ración de la merienda -pan con mantequilla y chocolate, era la oficial de su casa- era una onza, medida que, además de al chocolate, sólo ha visto aplicarse al oro. Y es que, en la escala de valores de entonces, el chocolate servía para calibrar la riqueza y, por ende, la felicidad. Uno lo asociaba al oro de Moscú, creía que  el tío Gilito acumulaba, sobre todo, chocolate y que algunas de las habitaciones del suntuoso palacio de los March en la calle de Lista estaba literalmente llena de chocolatinas, bombones y tabletas. Por cierto, este fin de semana un reportaje de EL MUNDO que firma Esteban Urreiztieta atribuía a un sicario del magnate mallorquín el asesinato del presunto amante de su esposa,  un joven apellidado Garau, que murió de dieciséis puñaladas en 1916. Y el Duende inocente, pensando que el mayor delito del financiero mallorquín sería acumular chocolate sin repartirlo con los chiquillos del barrio.  Además, una prima suya -del Duende, no de March ni del asesinado- llamada Pili, fue durante una breve etapa dependienta de una bombonería. Y desde entonces, la miró siempre de otra manera, como a una santa que hubiera estado en contacto con Dios, aunque la esencia de Dios fuera sólo cacao y azúcar. La imaginación infantil.

 Se ignora cómo era el chocolate de la casita que sedujo a  Hansel y Gretel, pero el canon chocolatero del Duende habla de un chocolate negro, con un máximo del 80% de cacao. Por encima de  ese porcentaje uno siente la boca como si hubiera engullido alquitrán. Le gusta tanto el chocolate que le sobran sus maridajes, aunque los soporta bien, y los agradece incluso, cuando son con frutos secos  y trufa oscura o praliné de café. No comparte en cambio el entusiasmo por el famoso After Eight, porque le sabe a relleno de pasta de dientes, y cree que la mayoría de las fórmulas sofisticadas que ha probado en las bombonerías de última generación no hacen sino estropear una delicatesse que estaba muy bien inventada.

 Forest Gump decía, no sin razón, que la vida es una caja de bombones, y a saber qué  depara el que tú eliges. El Duende se levanta todos los días implorando que no le toque el de licor, que es, a su juicio la mayor perversión  y la más desagradable sorpresa que puede ocultar una delicia.  Woody Allen metió en su infierno particular al inventor de los muebles de metacrilato, y el Duende añadiría al sádico que  profanó el chocolate  mezclándolo con marraskino, anisette o licor de café. Puaff, puaff…

 Pero no quiere extenderse en más atrocidades, porque llevaba muchos post en plan cursi o de pretendida trascendencia bucólico-sentimental. Y hoy, pásmense, traía a colación el chocolate, más que nada, para desengrasar…¿Lo entienden? 

El cuento de la mala pipa

No volvía el Duende a comprar una bolsa de pipas desde  la mili. Craso error,  seguramente. Si la gran felicidad no existe, y se apuesta por los pequeños placeres como terapia sustitutoria, no se explica cómo puede haber dejado de lado a este que es tan diminuto como sabroso. La pipa en sazón bien tostada y salada tiene un sabor característico delicioso. Las pipas de girasol, como quien no quiere la cosa, distraen las hambres con mucho ingenio. Ramón Garrigues, un arquitecto que es además experto en chuches,  mantiene que sirven además para no dormirse cuando se conduce por la noche. Hace décadas las pipas no tenían ni denominación de origen ni siquiera marca, hasta que vino Facundo y consagró su nombre como si fuera un Davidoff de esta popular oleaginosa. Inolvidable y digno de conservarse en el Museo de los Hallazgo Publicitarios si lo hubiere es su mensaje más famoso, en el que con una imagen de cómic primitiva y una grafía un tanto rústica  se ve a un pobre toro estoqueado agonizando con este  lamento en su boca: ¡Y pensar que dejo el mundo/ sin probar Pipas Facundo!…

 Ya extraña que aún no se haya destapado algún estudio de la universidad de Osaka, de Maguncia, o de Glasgow  que nos amargue la vida anunciando sus preocupantes conclusiones. Por ejemplo: que más de cien pipas de girasol a la semana son terribles para el colesterol, amariconan a los espermatozoides o precipitan la osteoporosis precoz. También tememos que el Gran Hermano nos recuerde de un momento a otro que esa es la dieta que necesita una tórtola turca para sobrevivir, con lo cual nos hará cómplices de la posible extinción de la especie si seguimos abonados a la nefasta costumbre. Finalmente vendrá la Organización Mundial de la Energía para advertir que, además, la afición a las pipas encarece el girasol y, por ende, el bioetanol. Con lo que ciegan el camino a las energías alternativas que han de redimir a la humanidad. Ni un día sin flagelarnos: incluso nuestra respiración acabará siendo irresponsable e insolidaria.

 Entretanto, y hasta a que nazca el CROPCOPI (Comité Regulador de la Producción y el Consumo de Pipas) se preguntaba el Duende  a las puertas del cine donde las compró cómo consumirlas sin dejar de ser buen ciudadano. ¿Cómo abrir ese paquete sin tener que luchar contra ese odioso termosellado que se niega a despegarse? ¿Dónde depositar sus cáscaras para no ensuciar la vía pública? ¿Molestan tanto  en el cine como el olor a cotufas? ¿Ante qué organismo hay que protestar por el exceso de pipas vanas en el paquete?…

 Esas dudas atormentaban al Duende mientras veía Todos estamos invitados, la nueva película de Manuel Gutiérrez Aragón.  Va de ETA, de sus métodos y de esos buenos vascos que hacen la del avestruz y ni ven ni escuchan nada anómalo que amargue la vida -hasta quitársela-a los discrepantes. Así que no está seguro de que el mal sabor de boca  con el que salió del cine se deba a las buenas pipas de girasol de toda la vida. Sino a este otro cuento de la mala pipa que, lamentablemente, tampoco acaba nunca. 

 

El ocaso de Charlton Heston

Charloton Heston

Teresita era una prima del Duende bastante más que adorable. En la pandilla había varios que habían llegado a esta misma conclusión. Su risa blanca y compacta como la del cuarzo, y el puntito de gracia en el habla que aún le quedaba de su Jerez natal alegraban lo mejor del verano. El resto lo ponían la fiebre de la primera juventud, el Dúo Dinámico, Adamo, Pat Boone y Ricky Nelson sonando en el pikú, algo de sangría, un cuerno de la luna arrastrando el telón de la noche y la emoción sin igual del estar de vacaciones y de que, agotados los vinilos, aún quedaba el canto de los grillos y de los alacranes cebolleros. Si Teresa rondaba cerca, no había mayor felicidad que tumbarse en el pasto seco -en los veraneos de la España interior de entonces apenas había césped- y esperar a las estrellas fugaces para desear aún más cercanía. Las debilidades humanas. Una pena que aquella criatura llena de encantos tuviera un defecto: estar enamorada de Charlton Heston.

Los años no fueron generosos con este galán desaparecido que arrasó en España. En la década de los sesenta. Charlton parecía hecho a placas, como el Guggenheim o como las esculturas de Amadeo Gabino, y fue magnífico mientras la edad respetó su cuerpo de atleta. En realidad no se sabía si era un hombre, el caballo de Troya en acero, o uno de esos monumentos al trabajo que entonces erigían los países del este. A las niñas les impresionaban sus ojos y su sonrisa limpísima, a los chicos nos acomplejaban sus pectorales, sus bíceps y su mandíbula, que en cualquier momento podría triturar incluso la Sierra de Guadarrama. Había otros galanes más elegantes, como Gary Cooper, Gregory Peck o incluso Paul Newman, que ya empezaba a provocar desmayos. Pero a diferencia de aquellos, que no rodaron en España, Charlton Heston había sido sorprendido paseando por los alrededores del Hotel Castellana Hilton de Madrid cuando vino hacer El Cid. O sea, que era carne mortal, lo cual excitaba más a las fans. Quizás por ello la prima Teresa lo proclamó patrimonio de la humanidad, aunque la humanidad fueran sólo las chiquillas que veraneaban en Arenas de san Pedro. Luego pasó lo que pasó: la misma noche que Charlton Heston acababa de morir, ardieron muchas hectáreas de pinar en la noble villa abulense. Una plaga tan bíblica como los grandes éxitos del ídolo definitivamente caído.

La última vez que lo vio el Duende en el cine fue en Bowling for Columbine, de Michael Moore, un muy premiado documental sobre la paranoia de las armas en Estados Unidos. Su secuencia más celebrada era una entrevista con el viejo héroe, convertido ahora en el estandarte de los que defienden el derecho a tener armas para la defensa personal. Al Duende la postura Heston le pareció tan disparatada como cruel el acoso de Michael Moore. El audaz director ya no se enfrentaba a un héroe enloquecido, sino a un anciano con claros síntomas de Alzheimer. Qué falta de respeto con Moisés, con Ben Hur, con el Cid y con la prima Teresa. El Duende le hubiera pedido disculpas.

Y, de paso, le hubiera preguntado si á él también se le rozaban los cuellos de las camisas con la misma facilidad que al menda. Que uno puede no ser ni la mitad de macho que lo era el difunto Charlton. Pero, aún sin  ese cogote  de coloso que envidiaba el pérfido Mesala  en su cuadriga tuneada para derrotar a Ben Hur, de verdad que no es normal la cantidad de camisas que desecha por culpa de unos cuellos que se deshilachan a las primeras de cambio. Un engaño, otra cosa más de espaldas alpueblo. Como el delirio armamentista que, a la vejez viruelas, emborronó la gloria del héroe de la prima Teresa.

El agua que nos duele

Grifo y agua

(Foto de Guadiramone)

Al Duende le colocaron en la Junta directiva de WWW/ADENA. El pretexto era que algo podría ayudar en la divulgación de esta ONG. Apenas le necesitaban, pues la defensa de la naturaleza es un asunto siempre bien acogido y fácil de difundir. Se convocaba una rueda de prensa y los periódicos hablaban de ella gratis. El Duende entonces se limitó prácticamente a escuchar lo que se debatía en las juntas. Tomaba nota y, de vez en cuando, hacía alguna sugerencia.

El presidente de esta ONG era Francisco Díaz Pineda, catedrático de Ecología. En la junta también estaba Borja Cardelús, compañero de colegio y de carrera del Duende, naturalista y productor de series televisivas como La España salvaje, y autor de más de una docena de libros sobre la materia. A menudo se hablaba del agua, pues acababa de lanzar el gobierno de Aznar el llamado Plan Hidrológico. Ninguno de los dos era partidario de los trasvases.

Con igual peso intelectual han hablado otras voces en sentido contrario. Argumentos archisabidos, a veces contrapuestos: solidaridad interterritorial, equilibrio regional, derecho igualitario al desarrollo, respeto por la ecología, uso adecuado de los recursos naturales, propiedad pública de los cursos de agua. A veces el simple criterio económico, pues según algunos expertos es menos desastroso trasvasar que desalar el agua de mar y transportarla después. O al contrario, claro..

Se trata de agua, pero el Duende confiesa que ya no la ve tan clara. Vaya marrón para este o cualquier gobierno que se atreva a ponerle el cascabel al gato. Al menos mientras el cambio climático no se arrepienta y envíe las lluvias necesarias a la España seca, que cada vez es más grande. Entre tanta polémica, interesada o mezquina, dos afirmaciones que, como poco, sorprenden al indocumentado. La primera, del presidente Zapatero: a Cataluña no le faltará agua, porque la recibirá en barco desde las plantas desaladoras de Almería. La derivada es preguntarse por qué no se hicieron desaladoras en Sitges, por ejemplo, que queda algo más cerca. La segunda, del presidente de la Junta de Aragón: el Ebro no se puede trasvasar porque lo impide el Estatuto. ¿Qué pasará entonces el día que otro estatuto desaforado declare que la atmósfera es de su comunidad autónoma? Hay otra afirmación llamativa, pero ésta entra más bien en el terreno del sarcasmo. Un capitoste del llamado gobierno tripartito de Cataluña reclama sin tapujos transvases desde el Segre porque Catalunya también es España. Se acuerdan de santa Bárbara cuando sólo atruena el eco lastimero de los pantanos vacíos.

A Unamuno le dolía España. A la España autonómica seca, y dividida por las cuencas, sólo le duele el agua que a unos les falta y que otros no quieren repartir. Si al menos se llegara a saber quién tiene razón… Casualmente el Duende ha visto estos días en uno de esos kioscos-bazar que venden periódicos y casi de todo, una oferta de películas que vienen al caso. Se trata de los DVD de La colina del agua y La venganza de Manon, dos excelentes filmes de Claude Berri, basados en sendas novelas de Marcel Pagnol que componen un apasionante drama rural interpretado por Yves Montand, Gerard Depardieu y Daniel Autheil. Aunque el auténtico protagonista de fondo sea otra disputa por el agua. Véanlas si pueden, disfruten y no comparen. Porque en España el auténtico drama no es la sequía, con la que siempre hay que contar. Sino la insolidaridad sobrevenida, la catetería de los nacionalismos, el cinismo de los que encubren intereses inconfesables y, por añadidura, la incompetencia de los que planifican el desarrollo sin mirar antes a las reservas.

Y a esperar que llueva.

De discos rojos, pendones y putones

Peatones por Madrid 

(Foto de CesarAstudillo

Me dice el Duende que desde que se mueve por Madrid en Vespa se siente mejor ciudadano. Sus razones son varias: contamina menos y ocupa menos espacio en las calzadas que lo haría con el coche, disminuye el riesgo de sufrir atascos y, por ende, el de un stress que castigue sus coronarias. Quizás por estar más cerca de peatón, procura ser más delicado con él, respetando en lo posible los pasos de cebra. Esto entraña sus riesgos, pues al automóvil que marcha detrás le suele sorprender tanta consideración. Esperemos que no lleguen a arrollarle por exceso de cortesía.

Al margen de estos y otros peligros, la moto permite además optimizar  el tiempo, y obtener mejor provecho a los discos rojos. Con los guantes puestos, el motorista más avezado no será capaz ni de hacer albondiguillas ni usar el teléfono móvil, dos de los deportes favoritos de los automovilistas cuando detienen su coche. Así las cosas, se dedica normalmente a observar. Observa las esquinas, las casas, los balcones, las tiendas. En un disco hay que levantar la vista y alzarla a los penachos de los edificios, pues si voláramos descubriríamos en el paisaje urbano de Madrid gran parte de la interesante arquitectura y la monumentalidad a los que el el cineasta Alex de la Iglesia ha sabido sacar tanto partido en sus películas El día de la bestia y La comunidad. Madrid, sin llegar a ciudades como París, Bruselas o Barcelona, aún conserva muestras de arquitectura civil de otro tiempo interesantes, y, a menudo, en calles de poca importancia uno descubre casas singulares, con gracia o encanto especial que no figuran en ningún libro.

La otra gran distracción es observar el paisanaje que cruza la calle. El Duende, si puede, los fija a todos y, sobre la marcha, les dota de una biografía imaginada. Este tiene cara de venir de registrar en la oficina de patentes un modelo de rompehuevos pasados por agua que  no desperdicia nada. Esta es una empleada en una peletería, seguro. Este es un guiri de la parte de Alemania. Este es un jubilado de Agromán que va a la peluquería. Aquel que cruza en sentido contrario es cura, aunque no lleve clergyman ni sotana. Uno de cada diez peatones tiene cara de perro, y tres de cada diez damas rubias bien parecidas se han pasado de Botox. No todo es malo: en su censo de transeúntes particular el Duende ha anotado que decrece el número de peatones varones que se toca sus vegüenzas sin vergüenza alguna, como si una invisible señorita Rottermeyer les susurrara al oído que no es fino. Eso hace unos años era un espectáculo callejero relativamente corriente. Como lo del gargajo del escupidor impenitente, afortunadamente en retroceso.

Hace un par de tardes, cruzando el anchísimo paso de cebra que separa la Estación de Atocha del Museo Antropológico, el Duende se fijó en una hembra digamos que cuarentona llamativamente maquillada, escote que presentaba en el escaparate un busto generoso, melenón ensortijado, grandes pendientes, chupa de cuero, vaqueros más ceñidos que la propia piel y zapatos de tacón de finísima aguja. Cualquiera hubiera dicho que se trataba de una cualificada chica de vida alegre, pero era tan estridente su palmito que al Duende le asaltaron dos expresiones sustitutivas de enigmático significado. Aquella viandante podría ser una santa, pero parecía un pendón desorejado o un putón verbenero.

Y en eso que el disco se puso verde. Y el Duende siguió viaje dando vueltas en la cabeza a esas travesuras de nuestra idioma. Y aún esta hora de la noche le cuesta conciliar el sueño pensando quién habrá desorejado un pendon alguna vez y por qué ir de verbena emputece aún más a la servidora del amor. Misterios que espero me aclaren los muy doctos lectores del blog para así poder descansar con la seguridad de que este post ha ensanchado aún más nuestra inagotable curiosidad.

Borau, un mito entrañable

   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar.

Por ejemplo, al Duende eso de las instituciones y las personalidades famosas le impresionaban mucho. Creía que un académico de la lengua siempre vestía de frac, como Daja Tarto, un mago al que vio de niño comerse bombillas rotas. Estaba convencido de que los académicos también eran sabios y magos, y  que  cuando ventilaban los despachos del edificio de la Academia de la Lengua, se abrían los diccionarios y se escapaban las palabras por la ventana para que aterrizaran en el saber del pueblo. No era verdad.

Pasaba por delante del Museo del Prado y estaba seguro de que, por las noches, los borrachos de Velázquez salían de su cuadro y jugaban a los dados con unos cuantos soldados de la rendición de Breda. Mientras que los niños comiendo melón de Murillo dejaban a un lado la  dulce cucurbitácea y se largaban a tocarle las tetas a las tres gracias de Rubens. Tampoco era cierto.

Veía a los ídolos de su Atleti en  el viejo Metropolitano y se imaginaba que, de cerca, eran como los dioses. Mira que es difícil imaginarse a Luis Aragonés de Dios, pero entonces Zapatones recorría el campo en diez zancadas se plantaba en el área contraria y metía goles de todas las formas. Luis, cabrón, tienes los pies rizaos -le espetó una vez uno de esos poetas que se sientan en la grada- pero qué bueno eres  Ya tenía la aureola de jugador importante. Sin embargo, en un bar cercano a su primer trabajo, el Duende veía a Luis Aragonés tomándose un pincho de tortilla. Y cuanto más le observaba de cerca, menos Dios le parecía. No digamos ahora, otra desmitificación.

Con los inquilinos del Prado o con los del Metropolitano nunca tuvo el Duende más contacto. Pero hoy se ha enterado de que fue discípulo y amigo de un personaje entrañable que con los años, velay las cosas, también iba a cuajar en institutición. Antes de ser cineasta, José Luis Borau fue licenciado en derecho, como él, y redactor publicitario, como él, y empleado de Clarín Publicidad, como él, donde en lugar de escribir guiones de cine escribía anuncios y guiones de los primeros spots que se hacían para la tele. Entretanto estudiaba en la entonces Escuela de Cine, y ejercía de corresponsal de El heraldo de Aragón en Madrid. A veces, le sorprendía la llamada del periódico jugando al póker con los amigos, y sin dejar la partida abría el ABC, le daba la vuelta a las pocas noticias que se podían decir entonces y dictaba la crónica sobre la marcha.

Luego se marchó, y fundó EL IMAN, que antes de producir películas señeras como Mi querida señorita, o Furtivos produjo muchos spots insignificantes en los que intervenía  el Duende. De muñecas, de Juguetes Rico, de Coca-Cola. En uno de ellos, en el que, no se por qué, aparecía la bebida en una mesa con mucho queso, el Duende cumplió uno de los sueños de su vida, que era hartarse de ese  Emmental del tamaño de una rueda de coche que en la España pobretona de la posguerra exhibían las mantequerías buenas. Lo miraba en el escaparate, soñaba con ser ratón, colarse en él e inflarse con lo que entonces era artículo de lujo. Y fue un lujo, después de rodar, afanarse ese delicioso material de atrezzo en el estudio de José Luis, que ya empezaba ser mago.

Tenía José Luis en su despacho un viejo autobús de hojalata de Payá, que era la envidia del Duende, y una aureola de despistado entrañable. En el campamento donde cumplíó sus milicias universitarias, estaba un día de imaginaria, sonó por los altavoces uno de los toques reglamentarios y olvidó cantarlo, como era obligado en ese servicio. Mala suerte que pasara por ahí el mando, que le preguntó cabreado: cadete, ¿qué han tocado? El desgarbado recluta Borau se cuadró y proclamó solemne: la corneta, mi coronel.

 Vivía en un bloque de pisos que hay entre el Manzanares y la Casa de Campo con una vieja tata que le cuidaba - germen quizás de Tata mía, otra de sus películas-, y era tan bueno y generoso que se lo acabó regalando. Luego desparramó su talento en sus películas, como profesor de guiones, en sus cuentos deliciosos y en el permanente magisterio de bonhomie e ingenio que disfrutamos todos los que hemos tenido alguna relación con él. Será siempre lobo solitario, algo bohemio, soñador, marginal de culto  en el cine ideal que nunca acabará de reformar a su gusto. Ahora, además, es académico de la Lengua.

 No se lo puede imaginar uno en ámbito tan solemne, pero ya decía antes que todos los mitos pierden su apresto. Aunque en este caso sea para colmarse de ternura y de humanidad.

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