(Foto de Steve_Way)
El señor Jenaro Balanzategui había salido a la calle a sacar dinero del cajero automático. Cuando hubo retirado la tarjeta y sus doscientos euros notó a sus espaldas una pestilencia insoportable. Volvió la cabeza y vio un molde con rasgos y movimientos humanos encubriendo un montón de materia orgánica putrefacta.
-Qué asquerosidad-pensó tapándose las narices-Debo de estar en una de esas películas que tanto le gustan a mis nietos.
De Matrix a esta parte don Jenaro comprendía que una de las claves del cine que gusta a los jóvenes de hoy es que no hay que comprender nada. La costura de estas películas es en buena parte el absurdo, de manera que en un mismo filme pasan de la realidad a la ficción y nadie demanda un hilván de lógica. En la última a la que le llevaron mezclaban a La Masa con el Hombre-Arena, y aún creía que aparecían por ahí un Hombre-Fuego, Spiderman y la mitad del elenco de superhombres de Hollywood. Don Jenaro se permitió insinuar alguna vez a sus nietos que, puestos a rizar el rizo, los guionistas de Hollywood podían añadir a la merdée algún héroe de su época, como el Guerrero del Antifaz o Roy Rogers. Pero eran malos tiempos no sólo para la lírica, sino también para la épica. En la era de la provocación, lo que procedía era enriquecer esa merdée lanzando precisamente a la fama al Hombre-Mierda. Y ese era justamente el personaje que se había colado en su guión del día.
Aún no repuesto del susto, se dirigió a la confitería. Al entrar en ella notó que no le llegaba el delicioso aroma de crema pastelera, como era habitual. Y la respuesta se la dio una clienta que abanicaba a Loli, su dependienta favorita, que yacía desmayada en el suelo.
-¡Qué espanto!-le explicaba la señora- Ha venido por aquí el Hombre-Mierda y no ha podido soportarlo.
A lo largo del día corrió la voz de que este personaje había sido visto haciendo lo que muchos otros ciudadanos. A una hora leía el periódico en el Bulevar. Luego tomaba el sol en la playa. Poco después se le veía de poteo en el Barrio Viejo. Jenaro estaba escandalizado, pero después de comentarlo con varios de los conocidos con los que se cruzó en la calle, había llegado a la misma penosa conclusión.
-¿Y qué hacemos, si no contábamos con que la especie humana derivara en tanta mierda?
Con ese desasosiego y la bandeja de pastelillos para su señora regresó a su casa. Se disponía a pulsar el botón del ascensor cuando alguien abrió la puerta y se coló. El hedor que le había perseguido en su paseo mañanero se hizo aún más insoportable.
-Soy el nuevo vecino del tercero -se presentó aquélla hez en forma de hombre-Mi profesión es terrorista excarcelado, y soy responsable de haber matado a veinticinco personas. Así que si me necesita para alguna vileza, fechoría o canallada, ya sabe donde me tiene.
Jenaro Balanzategui recordó entonces que su apellido derivaba del símbolo de la justicia, y que su abuelo había sido magistrado. Errare humanum est -le decía cuando alguien criticaba los errores de los tribunales. Y él lo confirmaba ahora.
Cuando, con mano temblorosa, giró el llavín para entra en su casa, pensaba en voz alta.
-La sentencia que condenó a este vecino estaba mal redactada. Lo suyo es que hubiera dicho: condenamos al reo a veinte años de cárcel. Y otrossí condenamos a sus vecinos y conciudanos a soportar a ese hombre-mierda por el resto de su vida.














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