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La vida es llama

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En medio de la confusión de ideas propia de estos tiempos, más en aún en una mujer de carácter tímido y apocado como ella, Silvia tenía claras al menos tres cosas. La primera es que no es fácil coser una relación de amistad o de amor cuando él vive en una ciudad y ella en otra. La segunda es que había dejado escapar muchos trenes en la vida, y no había sido capaz de dar los pasos firmes de su antigua amiga Irene. Y la tercera es que, precisamente por eso, no iba a quedarse de brazos cruzados esperando a que Claudio se plantara en Santander para pedirle que compartiera su vida con él.

-Ya no somos jovencitos –pensó- Jovencitos o jovencitas tontos y tontas, ñoños o ñoñas, como nos educaron ¿A quién le va a importar que sea yo la que tome la iniciativa?

A diferencia de Silvia, Irene se puso el mundo por montera bien pronto, e hizo de su vida una apasionante novela de pasión y aventuras. A los dieciocho años, y pese a la oposición de sus padres, aprovechó su magnífica figura para ganar un buen dinero como modelo de lencería fina. Luego se enamoró de un italiano llamado Aldo y se fue a vivir con él a la isla de Elba durante un par de años. Allí conoció a un holandés que le ofreció otro amor distinto, y durante los años siguientes vivió en Ámsterdam, tuvo un hijo y puso un negocio de sofisticadas antigüedades. Ganó después bastante dinero vendiendo propiedades inmobiliarias en Mallorca. Y mientras tanto, con representaciones de firmas de moda y unas franquicias, forjó un pequeño imperio de negocios que le daban aún más aplomo y seguridad. Los dos hijos siguientes, claro, no fueron del mismo padre, sino de un aguerrido piloto, lejanamente parecido al Robert Redford previo a los desmanes del bisturí, que hacía servicios de urgencias transportando órganos para trasplantes.

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-Ha sido maravilloso ser tan lanzada –le dijo Irene cuando se encontraron en Madrid treinta años después y tomaron un café juntas- Ahora, después de mi estancia en la India, me he abierto mucho a la vida espiritual, ¿sabes?…Así que he mandado a los hombres a la mierda y he puesto una tienda de velas maravillosas en el Barrio de las Letras

La vida parecía haber sido para Irene coser y cantar. Y Silvia no podía dejar de mirarla fascinada, como si su valiente amiga fuera una aparición.

-Ya sabes –decía Irene- todo cambia, y ahora estoy eso, en lo esotérico, lo espiritual, lo que sube, lo que emborracha los sentidos…Lo aprendí en la India, porque me lo explicó un gurú. Me dijo que toda nuestra existencia está en una vela aromática, ¿no te parece genial?… La vida es llama, la vida es aroma, la vida es humo, Silvia, yo lo tengo clarísimo, ¿no?

Y ella tan trabajadora y tan competente, con un cierto complejo de provinciana, funcionaria desde los veintitrés años y con nivel 27, romántica y soñadora, pero siempre demasiado discreta. Así era Silvia Díaz Troncoso, al borde de cumplir el medio siglo y sin un michelín del que avergonzarse. Francamente atractiva a los ojos de su estanquero de Santander, tan diferente en todo de Irene. Con dos amores fracasados, que clavó en la caja del recuerdo como si fueran mariposas disecadas. Pero con las puertas del corazón aún entreabiertas a una esperanza que nunca acababa de llegar.

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Silvia sin embargo se dio cuenta de que la vida se escapa por un signo aparentemente anecdótico. Las tiendas de su barrio o habían desaparecido o se habían transformado. De niña, creía que la cara de una calle jamás mutaba, y que la confitería Mariví o aquella tienda de moda llamada París, debajo de cuyo rótulo se leía en letra inglesa modelada en latón la palabra Novedades, serían eternas. Pero ya en la década de los sesenta desapareció la carbonería, y poco después aquél Avícola Nogales que mostraba a un ejército de pollitos bajo una lámpara de calor fue sustituido por una cafetería. Qué lástima. Aquel de los pollitos era el escaparate que más le gustaba. Aplastaba contra él su naricilla infantil y los rizos dorados de su frente, y allí pasaba las horas muertas.

Lamentablemente los pollitos también acabaron volando. La palabra novedades se borró de los rótulos de las tiendas de moda, como la de ultramarinos y coloniales de las de alimentación, porque no había nada menos nuevo que eso, una palabra decimonónica en letra inglesa. Ni nada más contradictorio que una gran faja de color café con leche o un jamón de Montánchez presentados como novedades o ultramarinos y coloniales, cuando todo el mundo sabía que la faja era una antigualla, y que Extremadura no estaba al otro lado del mar.

Pero la vida pasaba sus páginas inexorablemente, y ya casi nada era lo mismo.

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Para Claudio en cambio, el tiempo tenía otro valor. Desde que Loli le dejó solo tan prematuramente y aquella caída absurda en una escalerilla de la fragata le dañó una vértebra y acabó retirándolo del servicio activo, se había encerrado en sí mismo, y apenas veía a nadie. Le hubiera gustado dedicarse a su hija y a su nieto, pero Cristina tuvo la mala idea de casarse con un suizo, vivir en Zurich y fiar demasiado la educación del niño a un muy particular sentido de la pedagogía. Algún psicólogo le había metido enla cabeza que a su hijo, muy dotado para la música y para las ciencias, no había que distraerle demasiado. Y Claudio, que hubiera invertido la mitad de su retiro por ver crecer a su nieto, se encontró que cuando no era el fas del violonchelo era el nefas de los estudios lo que le alejaba de él.

-No vengas ahora, papá- le decía Cristina casi siempre que el hombre planeaba su viaje a Zurich- Claude está preparando una sonata de Telemann, y tiene un examen de física este mes. Déjalo para más adelante, ¿ok?

A Claudio no le consolaba nada que su nieto llevara su propio nombre. En francés, eso sí, porque no era Claudio, como él, sino Claude. Y mucho menos que su hija edulcorase todas sus negativas con ese estúpido ¿ok? de viejo telefilme norteamericano. Pero comprendió que debía construir su nueva vida sobre otros pilares si no quería caer en la melancolía y, peor aún, en la pereza de vivir. Se apuntó a una ONG, donde colaboraba en labores de administración, fue arrastrado por uno de sus compañeros a un club de viajes culturales baratitos que le paseaba por ahí tres veces al año. En uno de ellos, por cierto, fue donde conoció a Silvia. También leía mucha historia y algo de poesía, y acababa llenando sus largos días de marino varado construyendo pacientemente maquetas de barcos mientras por Radio Clásica escuchaba música como la que algún día interpretaría su nietecillo.

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Silvia y Claudio empezaron a sentirse atraídos paseando por Mahón. Allí Silvia, que había viajado a su lado en el autobús, reparó en que aquel hombre alto, enjuto y de pelo blanco que renqueaba al andar le miraba por el rabillo del ojo mientras hablaba -poco- con nostagia de sus años de marino y despiezaba mentalmente algunos de los barcos atracados en el puerto.

-Ese yate en maqueta tiene novecientas piezas. Ese clipper unas dos mil. –le decía- Sería capaz de hacerlos. Pero todavía no me atrevo a meterme con el Juan Sebastián Elcano…Fue mi barco, ¿sabes?-apuntó con añoranza.

Como tantos hombres, no era muy partidario Claudio de aventar sus sentimientos. Creía que el amor era una cosa de la juventud, y que sus rescoldos se apagaron cuando el cáncer arrebató a su adorada Loli. Sin embargo, aún sin llegar a arrepentirse de su soledad, lo cierto es que Silvia le ganaba sutilmente. Aquella compañera de viajes no era de una belleza deslumbrante, pero le atraía. Le escuchaba, se acomodaba a su paso lento como si fuera su andar natural, le seguía en sus aficiones, aguantaba sus lecturas de poesía en voz alta, que escuchaba con devoción aunque no le interesara nada, y compartía con él como si fuera ambrosía la ensalada de patatas con melva, que era su aperitivo favorito. La realidad es que le hacía la vida más grata. Su problema es que cerraba a cal y canto su corazón cuando volvía a Madrid. Entonces él se replegaba en su mundo, en sus maquetas y en sus libros, y se olvidaba de todo. Al regreso del viaje `por Menorca se encontró además con un largo correo de su hija Cristina. Le decía que en el mes de mayo Claude iba a tocar la sonata de Telemann en un concierto escolar que se iba a celebrar en el Rathaus de Zurich. Con tal motivo le invitaban a pasar una semana con ellos. Podría ver en directo los progresos de su nieto y luego, para culminar el festejo, tomarían un vapor que les llevaría a cenar a un restaurante al otro lado del lago… Tiene gracia-pensó el viejo marino- premiarme ahora con una singladura en barco para turistas por un estanquito suizo.

-Esto de los viajes le ablanda a uno-dejó caer en una ocasión a su fiel Silvia mientras paseaban por el Peine del Viento de San Sebastián- ¿Sabes?…Luego, en casa, las ilusiones se amansan. Y uno se empereza, y acaba olvidándose de ellas. Ya es demasiado tarde para…Bueno, Muy facilito me lo tendrían que poner, sí…

Ese Claudio dubitativo, parsimonioso, pasota y egoísta hacía que a Silvia se la llevaran los demonios.

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Su amiga Irene no se anduvo con rodeos

-Déjate de historias –le reprochó- Mira, nos vemos poco, pero yo se mucho de hombres, y te lo tengo que decir. Tu Claudio será un encanto y estará cojito, vale. Pero por muy especial que te parezca y mucho respeto que le tengas, o es el clásico pichafría o es un cojonazos. Así que pónselo fácil: vente a Madrid unos días, vente a casa. Y llámale, le pones las pilas y le propones un plan clarito, clarito. Que no tenga pretexto para decir que no, ¿comprendes?. Y aprovecha, que ya nos quedan pocas alegrías y con esta crisis dentro de poco no salimos ni a por aceite para el candil. ¿Estamos, cariño?

A Irene se le notaba que era una mujer segura de sí mismo porque soltaba palabrotas y la palabra cariño sin ningún rubor, y eso marca. Silvia la miraba estupefacta.

-¡Si ya lo dice el rótulo de mi tienda! -remachó Irene marcando lentamente cada sílaba- La-vi-da-es-lla-ma. La vida se consume, la vida es la pasión ardiente, la vida se esfuma como el humo…¿No comprendes Silvia? Tienes que tomar la iniciativa.

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Silvia tardó dos meses más en comprender y a atreverse a quedar con Claudio en Madrid. Tenía que acudir a la boda de un sobrino y no era cosa de desperdiciar la ocasión. Pensó que el pretexto para sacarlo de su refugio podría ser que en el restaurante de unos amigos suyos se celebraba una semana de la cocina gaditana, y que Trini la cocinera hacía las papas con melva como nadie. Eso, las papas con melva. Aunque el plan le pareciera una puñalada de pícaro no podría negarse.

-Anda, Claudio. Anímate –insistió- Te va a gustar…

Por el largo silencio que siguió a su propuesta notó que a Claudio le había pillado de sorpresa, y que dudaba.

-Estaba rematando el castillo de proa del Soleil Royal, el buque insignia de Luis XIV-titubeó- Y no me gustaría…

-Bobadas –interrumpió Silvia con una audacia de la que inmediatamente se arrepintió- Oh, perdona, no quería…Pero…¿qué le puede importar a Luis XIV que remates su barco hoy o mañana?

A Claudio le debió de hacer gracia la salida de Silvia, porque esta escuchó perfectamente su carcajada.

-Bueno, pónmelo fácil –dijo el hombre después de muchas vacilaciones – Dime dónde nos citamos. Un sitio reconocible, que me quede cerca y que no me equivoque. Por una vez, y sin que sirva de precedente, me portaré como un hombre-ironizó.

Podía haber dicho en la puerta del Museo del Prado, o en la de los leones del Congreso, o bajo el reloj de autómatas frente al chaflán del Palace, que todo el mundo conoce. Pero, tonta de ella, Silvia se empeñó en añadir un pellizco de poesía a la cita, un segundo sentido a la propuesta. Y recordando el mensaje de Irene y que, además, su tienda le quedaba más cerca a Claudio, le citó a las ocho y media allí, en la vecina calle Lope de Vega, 26, en el Barrio de las Letras.

-Es la tienda de una amiga mía, ¿sabes?…Se llama La vida-da-es llama –remachó lentamente- Y está a dos pasos del restaurante.

-¿La vida es llama?….¿Eso es una tienda?

-Si,ya sabes cómo son los nombres de las tiendas modernas… Es una tienda de velas aromáticas muy original. No sabes cómo es mi amiga Irene de imaginativa y de apasionada. Por eso se llama así. Así, recuerda: La vida es llama a las ocho y media.

-Bueno –dijo Claudio con un laconismo que afectaba alguna desconfianza- La vida es llama, Lope de Vega 26. Allí estaré… Con puntualidad, ya sabes…Yo soy marino, un militar…

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Mientras Silvia se dirigía en metro hacia Antón Martín y callejeaba después rumbo a la cita largamente esperada se felicitaba a sí misma por lo bien que había hecho las cosas. Esta vez Claudio no le podría fallar. No tendría el menor problema para encontrarse con ella, irían andando después, despacito, al restaurante de Trini, tomarían unas copitas de manzanilla y una ensalada de patatitas con melva. Luego cenarían, saludarían a algunos amigos, beberían más vino, se pondrían contentos, le acompañaría después, sin prisas, al puerto de amparo donde el marino construía sus barquitos y a saber si aquello, como en Casablanca, se convertiría en el principio de algo más que una amistad. El tiempo huye –pensó- el tiempo pasa, pero los sentimientos de verdad no se desvanecen como nubes pasajeras.

Qué lástima que las obras en un colector que afectaba a su línea retrasaran el servicio de trenes quince minutos, y que Silvia llegara a Antón Martín casi sin aliento y a las nueve menos diez de la noche. Qué mala suerte que nadie le esperase delante del número 26 de la calle Lope de Vega, seguramente porque ni la cojera de Claudio ni su propósito de la enmienda podían estirarse mucho más. Y qué gran verdad lo que le dijo su amiga: la vida pasa, la vida se consume, la vida es llama. Así debía rezar el rótulo de aquel prodigio de buen gusto, de espiritualidad, de meditación y de refinamiento que según Irene era su tienda de velas aromáticas importadas de la India. Pero claro, aunque tempus fugit la crisis no, la crisis seguía devorándolo todo. Incluso esos comercios que de niña creía Silvia que iban a estar ahí para siempre.

Este de las velas ya no estaba, no. Y su amiga ni siquiera había tenido el detalle de advertírselo. En el escaparate donde hasta hacía nada se podía leer La vida es llama ni se veía luz alguna ni esperaba ningún amor otoñal apoyado en su bastón. Sólo un gran cartel adhesivo que sellaba la puerta anunciaba Local en Alquiler y daba el número de teléfono de Exclusivas Ganímedes. Silvia comprendió entonces que la llama ardiente de la vida había quemado también su último delirio.

Un SMS comprometido

A veces hay SMS que despisten un poco...

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No acaba de hacerse el Duende con un nuevo teléfono móvil Galaxy nosequé. de esos que utilizan un sistema táctil. El terminal se ilumina o se apaga cuando le parece, y le deja cuando no lo espera la pantalla a oscuras. Gran faena cuando uno necesita llamar de urgencia. Se le resbalan las aplicaciones. Le marca espontáneamente a quien no pensaba llamar. Le muda el sistema  de escribir SMS sin saber por qué. O por los mismos movimientos inadvertidos le presenta de repente un plano de donde está cuando en realidad lo que necesita es llamar al dentista.

Cosas de la las nuevas tecnologías. O de la edad, según se mire. Los jóvenes se ríen de estas peripecias. Así que el bloguero aprovecha los contados encuentros con sus ocupadísimos hijos para solicitar lecciones de supervivencia.

-Por ejemplo…¿cómo carajo se borran los mensajes?

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Y el primero que pasó revista era uno enviado por María Luisa que decía  literalmente así.

Ya sabes que de vez en cuando tenemos que hacer alguna cochinada…Y llámame sieeempre. Un beso!

Los jóvenes de ahora no se extrañan por nada. Pero el Duende no sabía qué cara poner. Estuvo a punto de seguir el ritual tradicional en las escenas comprometidas de las comedias de enredo.

- Ojo. No es lo que parece.

Pero comprendía que la cosa no colaría fácilmente.

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Así es si así os parece, escribió Pirandello. Hay cochinadas de muchas clases, pero estas no tenían nada que ver con lo que sugería el mensaje de María Luisa. María Luisa Nuñez, aparte de una mujer encantadora y una excelente amiga, es una periodista que fue durante años la jefa de producción de los programas de RNE en los que revoloteaba este duende. Una buena jefa de producción es una profesional  capaz de remover cielo y tierra hasta localizar, por ejemplo, al capitán del Costa Concordia para una entrevista mañanera. Ahora María Luisa está en el equipo de Herrera en la Onda, y es una de esas `piezas esenciales para al buen funcionamiento del  programa.

-Localízame a la Merkel para una entrevista a las nueve –dice Herrera- Y al ama de cría de Urdangarín para mañana.

Va María Luisa infatigable y acaba ajustando entrevistas hasta con el lucero del alba. Carlos Herrera parece un apóstol del Greco cuando entrevista a  monseñor Rouco, y con la misma sublime sensibilidad puede emular a continuación un policía grasiento y casposo para vacilar con Torrente. El fino camaleón de las ondas va del cielo a las alcantarillas de la radio sin perder un ápice de su flema y de su compostura. Le sobra labia, retranca e ironía, y siempre parece contar con los datos suficientes para abordar los temas más sublimes, delicados o escabrosos sin que le tiemble la voz. Hasta las diez de la mañana de su programa es un periodista solvente. Después de esa hora a menudo libera el Jaimito que lleva dentro, eructa con toda corrección un culo, teta, caca, `pis, e invita a los oyentes a que, so pretexto de una investigación de alto interés social –periodismo valiente, decía el otro día disimulando su risita-se desinhiban contando las marranadas más asombrosas que uno ha escuchado jamás por las ondas.

El pueblo siempre es respetable. Pero cuando se lanza…

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El 15 de enero de 2012  Herrera en la onda dedicó una histórica hora de radio a recabar las opiniones y anécdotas de los oyentes sobre algo tan singular como los tampones higiénicos para la mujer. Cosas escucharedes, Sancho. Sabedor de que al pueblo se le da la mano y se toma hasta mucho más allá del codo, y de que la desinhibición se ha convertido de la noche a la a la mañana en poco menos que en virtud social, el repertorio de confidencias que empezaron a escucharse al respecto confirma que el pueblo será respetable, pero su mal gusto es a veces más que detestable. Fue entonces cuando este  duende, que compartió años de radio con el magnífico Herrera y con algunos de sus tertulianos y adláteres como Lorenzo Díaz y el simpático José Antonio Naranjo no pudo resistirse y abusando de de la amistad con la Núñez, que le cuela sus llamadas cuando quiere opinar de algo, le escribió este SMS.

-¿El tampón?…Este Carlos ha perdido la cabeza.
Muchas gracias por tu gestión de ayer (le había facilitado entrar en antena el día anterior) y bs.

A lo que María Luisa, que siempre ha sido especialmente cariñosa, respetuosa y delicada con su antiguo compañero, contestó lo de esas cochinadas que, por lo escuchado, venden mucho. Le faltó añadir al tenemos que hacer algo así como en este programa, para redimir al mensaje de toda sospecha. Pero ya se sabe que el lenguaje de los SMS exige economía.

 Además, qué diablos, a lo mejor le prestigia a uno que le consideren un buen discípulo del famoso marqués de Sade.

La carta final

¿Por qué es tan difícil seguir escribiendo cartas?...

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Querida Elvira

Espero que al recibo de la presente estés bien. Por aquí todo como de costumbre, a Dios gracias. Estoy a la espera del tac ese que me mandó el médico, que está empeñado en que me lo haga, a pesar de que nunca he fumado. Y luego dirán que la sanidad es cara, como decía Joaquín Sorolla en su famoso cuadro de los pescadores.

Otra novedad es que reapareció el ratoncito aquel que acudió a comerse las migajas del roscón el último día que tomamos el te juntos. No se qué hacer para atraparlo. Quiero ponerle una trampa, pero me da pena. Siempre me acuerdo de Tom y Jerry. A veces me gustaría tener un alma tan fría como la de un ministro del interior, pero no lo consigo. Supongo que si Sanidad se entera de que convivo con un ratón me mandaría una brigada raticida, desinfectarían la casa, la precintarían y me recolocarían en una pensión de la calle del Pez, que es la típica operación humanitaria de los ayuntamientos. Qué obsesión por la salud pública. ¿Cómo les explico yo que cuando tú te vas sólo el ratón me hace compañía?

Aprovecho esta carta para decirte que estabas muy guapa la última tarde. Tan elegante como siempre. No se en cuántas cartas más podré piropearte, porque verás, se me habían acabado los sellos, he ido a mi estanco habitual y me han dicho que no les quedaban. ¿Que no les quedan?…¿Te imaginas a una farmacia que agota las tiritas? Raro, ¿no?. No me importó, ya sabes, el médico me dice que debo andar rodos los días al menos tres cuartos de hora. Busqué otro estanco, y me dijo, pásmate, que ya no venden sellos. Ni certificados de penales, ni esos impresos, timbres y esas cosas, que antes suministraban al personal. Se los ha quitado el estado, y claro, los estanqueros están que trinan. ¿Y cómo se compran sellos ahora, le pregunté? Pues en una estafeta de Correos, dijo. Dijo eso, la palabra estafeta, que ya no la dice nadie. Se ha quedado antiguo, como yo, que aún escribo cartas. Como las cartas, que ahora sólo llegan de los bancos, de las compañías de teléfono o de las eléctricas. Si es que a esos impresos horribles se les puede llamar cartas.

Ya sabes el afecto que te tengo, Elvira. Pero esta última carta es, entre otras cosas, para anunciarte que gracias a las medidas tan prácticas que imponen ahora, ya no voy a poder escribirte con la misma frecuencia. Además, con esta obsesión que tenemos por la seguridad es probable que los carteros, al ver una carta manuscrita, como a mí me gustaba hacerlo, crean que, lagarto lagarto, ahí hay un objeto postal no identificado, y lo manden a los Tedax. Y quizás no te llegue nunca. Ya sabes, el progreso.

Tendé que escribirte un SMS o un e-mail, como me recomiendan mis nietos. Perdona la grosería que voy a decir, impropia de un hombre de mi educación y de mi edad. Pero aunque tú seas una mujer maravillosa yo no podré decírtelo más por carta porque el progreso, que es tan útil, a veces se porta como un gilipollas. Y lo de retirar los sellos de los estancos es otra prueba más de ello.

En fin, no te entretengo más, pues supongo que tienes muchas ocupaciones. Deseándote que el año que acaba de empezar te conserve la salud y te traiga muchas buenas noticias para ti y los tuyos, queda de tí devoto y besa tu mano tu viejo amigo.

Homper

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La carta final es una excelente película filmada en 1987 por un director poco conocido, David Hugh Jones. Está basada en la pequeña novela de Helen Hanff titulada 84 Charing Road Cross, que cuenta la entrañable historia de una relación algo más que amistosa forjada a lo largo de tres décadas por la correspondencia entre una americana y un adusto librero inglés. Ann Bancroft y Anthony Hopkins representan admirablemente sus papeles. Pero cuenta Homper que lo que en verdad le emocionó de esta historia es, valga la polisemia, el papel de la carta, el protagonismo de la literatura epistolar, el valor del mensaje escrito a otra persona. Ese depósito de confidencias y sentimientos que se abre con un rasgahojas con la misma emoción que la envoltura del mejor regalo.

Mejor dicho, que se abría.

Tempus fugit –piensa Homper- Y a veces, de la que huye, subraya con un toque humor amargo, tempus jodet.

La luna de Violette

La luna llena siempre enmarca alguna historia romántica...

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Mi nombre es Diego, y no puedo ocultar que soy un sentimental. Y tampoco que la luna ha ejercido una poderosa influencia sobre mí y mis sentimientos. La luna llena siempre ha significado para mí una liberación. Es el positivo de la noche, y con sólo asomar su cara me abre un paraíso y me hace olvidar las miserias que me rodean. Por ejemplo, soy un tipo feo. Y bajito. Tampoco tengo dinero, aunque eso, dicen, es menos importante Tengo buena conversación, pero soy feo, bajito y sin dinero. Bastantes desventajas para triunfar en el amor.

La luna, no obstante, no me mira peor por eso. Es más: aún creo que esa es la causa de su delicadeza conmigo. Siempre que sale, veo en ella a la mujer que amo. Unas veces ella me devuelve la mirada. Otras veces no me hace ni caso. Pero es salir la luna llena por el horizonte y transformarme en un volcán de pasión, como si volviera a nacer y pudiera olvidar los desdenes que, a fuer de sincero, he tenido que sufrir. De repente me siento Romeo, imagino que la silueta de mi Julieta se recorta sobre ese disco de luz que ilumina lo negro del cielo y que ella me lanza una escala por la que trepo dispuesto a cantarle madrigales y a decirle cosas hermosas.

-Oye, qué bonita noche, ¿no?- le digo muy emocionado.

-Sí –me suelen responder incluso las menos expresivas.

-Pues ya ves, que tenía ganas de verte…

Bueno, quizás lo del volcán de pasión sea exagerado. He dicho antes que tengo buena conversación, pero no oculto que las mujeres bellas me cortan mucho.

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Violette era una de esas mujeres que dan categoría a la luna llena. No era una belleza de calendario, pero derrochaba fascinación y elegancia. Además, sugería novela. A mi siempre me han gustado más las chicas con novela dentro que las guapas que no pasan de ser portada. Violette no lo pretende, pero desprende un aura de misterio, un cierto charme que no es de sonrisa facilona ni de vestido de lamé. Digo charme porque es francesa, con todo lo bueno y lo malo que eso significa.

El caso es que se asomó a la luna y enseguida me percaté de que mi naturaleza se revolucionaba. Empecé a notarme extraño, como si de mi personalidad anodina brotara un hombre distinto, más fuerte, más poderoso, más audaz. No acababa de reconocerme en él. Sabía que Violette era de gustos refinados, que detestaba lo cursi y lo hortera. Nadie es capaz de distinguir exactamente qué es lo uno y lo otro, pero como ya he dicho que soy feo y bajito, me puse un traje blanco tipo Elvis Presley y una botas de tacón cubano pensando que así paliaría mis defectos, y le parecería un hombre más atractivo.

Y empecé a escalar hacia la luna.

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Según trepaba por los peldaños de la escala iba experimentando lo que cualquier especialista catalogaría como sucesivos trastornos de personalidad. Por un ratito me sentí una reencarnación de el Fary. Luego me acordé de personajes que me habían impresionado en mi infancia por su poderío, como el primer director que tuve en el colegio y el barquillero que vendía – ¡al rico parisién! era su grito de guerra- barquillos en el Paseo de la Castellana. Ambos lucían muelas de oro, como creía yo entonces que lucían todos los hombres respetables. A continuación me identifiqué con mi amigo Juan Saldaña, que era corto como el rabo de una boina, pero musculado y pecholobo, el clásico guaperas que sin decir palabra me levantaba a las chicas que me gustaban. Ya digo, me sentía raro. Y más cuando, por descansar, me detuve a contemplar la mágica redondez plateada de la luna en la que me esperaba Violette.

-Qué bella estás en la noche-intenté decir ensayando un abordaje inteligente y original que sin duda abatiría sus defensas.

Intenté decirlo, lo juro. Pero qué carajo, lo que sonó fue un aullido espeluznante que rasgó como un bisturí el silencio de la noche.

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Puse un SMS a mi psicóloga. Necesito que me veas con urgencia. Ya. Pese a lo avanzado de la noche, Cristina Fontana me recibió encantadora.

-Raro sí estás –dijo nada más verme- Veamos, túmbate en la chaise-long.

Cuando me tumbé, noté que mis manos se habían cubierto de pelo, y que las uñas me habían crecido hasta convertirse en afiladas garras.

-Nada importante –dijo Cristina intentando dibujar una sonrisa- Bueno, claro, algún pequeño trastorno de personalidad sí que se te ve…Te estás convirtiendo en un hombre-lobo. La luna llena tiene estas cosas:despierta la leyenda, reaparecen los hombres-lobo. Te afloran los deseos, las frustraciones, y quieres comerte el mundo. Como eres más bien pusilánime, no te vendrá mal…

Me recetó tila y que, eso sí, procurara controlar mi agresividad.

-Por lo demás, tranquilo. Lo de la luna llena acaba pasando. Y ya como mujer, te diré que así, con tanto pelo y vestido como Elvis pareces más original…Más atractivo, sí, francamente…¿A ver? Abre la boca.

Le abrí mis fauces, pero me tranquilizó enseguida.

-Eso sí…Te empiezan a crecer los colmillos, pero es normal. Nada, asimila esta sobredosis de bestialidad y de potencia de macho y asiéntala en tu personalidad. ¿Tenías plan esta noche?…

-Bueno, iba a aprovechar la luna llena para jugar a Romeo y Julieta.

-Ah, claro, muy bien. Es que estas noches son muy románticas… Además, ya conoces el el mito de la bella y la bestia…Ya verás, este trastorno de la personalidad le gustará mucho a tu Julieta…Ya me contarás.

Me despidió con un par de besos y con su encantadora sonrisa de siempre. Como si estuviera acostumbrada a tratar a licántropos todos los días.

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No hay mal que por bien no venga. Al llegar a la luna donde me esperaba Violette, ya no me sentía bajo, feo y sin dinero. Ni pusilánime. Me creía un tipo original, fuerte, dominador, seguro. Tan confiado que apenas consideré necesario conversar demasiado.

-Cómo me gusta verte, Violette-aullé apenas llegué a su altura.

Ella supo interpretar el aullido, y se esforzó por sonreirme. Únicamente frunció el ceño cuando echó un vistazo a mi traje blanco de Elvis Preysler, a mi camisa con chorreras y, sobre todo, a los afilados colmillos que al fin se me habían desarrollado con la prestancia que yo soñaba de niño.

-Mon chegui- me dijo- ¿Un hombgue- lobo con los colmillos de ogo?…Ah, non… C´est toujours demasiado hogtega.

No puedo ocultar que soy un sentimental, y que aquella luna de Violette acabó dejando una muesca en mi corazón. Tan reforzado en mi autoestima como me sentía de hombre-lobo. Pero ya se sabe, los caminos de la seducción, como los designios del Señor, son inescrutables.

Un fin de año distinto

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Parece ser que sonaron las doce campanadas que, como cualquier otra noche, da el reloj de la Puerta del Sol. Y Homper se quedó estupefacto con el espectáculo que siguió. No vio a José Mota, ni a Anne Igartiburu, personajes ambos a los que admira por distintos motivos. Sino a Katherine Hepburn, Cary Grant, James Stewart y a George Cukor, brillantes todos ellos en Historias de Filadelfia (1940).

Peligroso que una comedia con setenta y un años a sus espaldas le tentara al Hombre Perplejo más que la recepción del futuro que nos queda más a mano, que es este temido 2012. Pero es explicable: por una parte el nuevo año asoma la oreja con más miserias, recortes y subidas de impuestos. Consolémonos con el buen humor, la gracia y la finura que rebosa esta película. Por otra, acababa de leer un artículo de Javier Marías que él titula como Superculpables, donde critica al que él llama intelectual cronológico, es decir, al que, “con sentido acrítico abraza siempre lo último, boquiabierto y babeante, al que aplaude invariablemente lo que hay y se lleva, tan sólo porque es nuevo y existe”. A juicio de Marías tan estúpido es considerar que cualquiera tiempo pasado fue mejor como esperar que lo vaya a ser el futuro sólo porque es nuevo. El futuro, añade Homper de su cosecha, sólo es, con seguridad, inevitable.

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Así que Homper se ahorró las uvas. Hace ya años que dejó de tomarlas, y no ha notado que la vida le haya tratado peor por ello.

Es más: aunque, como se ha advertido ya en este blog, el Hombre Perplejo guarda afinidades con el pavo, le parecía estúpido engullir doce uvas como las engulliría este, que no pasa por ser precisamente uno de los animales más lúcidos. Item más: él las tomaría incluso con gusto si las uvas del tiempo fueran las moscatel, que son deliciosas, pero no las uvas tontas e insípidas que nos colocan en estas fechas los mismos productores que en el año 1909 tuvieron la feliz idea de inventar y difundir este ritual. Ya les vale con lo que han conseguido. En plena era del descreimiento y del relativismo y confiando todavía en que doce uvas nos cambien la suerte. Casi más fiable Doña Manolita.

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En el último paseo del año 2011 por un Madrid semidesierto y con la mayoría de las tiendas cerradas Homper compró juguetes, un roscón en Carrefour – la de Reyes en cambio si es tradición de su gusto- y dos libros para regalo. Los libros eran Los enamoramientos, del propio y celeberado Javier Marías, y Lo que me queda por vivir, de Elvira Lindo, una escritora que le cae extraordinariamente bien. La primera ha sido especialmente una novela muy jaleada por la crítica, pero cuando Homper pensó por qué había comprado precisamente estos dos libros y no otros dentro del variadísimo repertorio de novedades editoriales que invaden las librerías, tuvo que admitir que había algo de determinismo en sus títulos. Se venderá e interesará mucho más Inside Job, claro, pero Homper también es de los superculpables que miran con recelo el obligado progresismo oficial. A veces cae en la debilidad de creer que vale más la literatura.

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Qué contradicción, dudar del poder mágico de las uvas de la suerte y caer en el embrujo de los títulos de los libros aún sin haberlos leído. Interesarse por los enamoramientos cuando uno especula ya con lo que le queda por vivir. ¿Curiosidad o morbo?

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El último encuentro del año lo mantuvo Homper con su sobrina Margarita, que había ido a la Casa del Libro en busca de un modelo de agenda Moleskine del que lamentablemente no quedaban existencias. Margarita era hace nada una niña adorable de espléndidos ojos azules y de arrebatadora sonrisa. Una de esas niñas que queda inmortalizada en una caja de galletas para convencer al personal de que quien las come tiene asegurada la felicidad. Ahora Margarita es una mujer hecha y derecha, y su hija Paula, no menos encantadora, ya va a guateques. Tempus fugit. Homper advirtió entonces que se había pasado casi una vida y no había regalado casi nada a Margarita, a pesar de que los humanos queremos a los tíos muchas veces por los regalos que nos han ido haciendo de niños.

-Déjame que te regale un libro –le dijo- Que no se si con lo que me queda por vivir vas a encontrar otra ocasión mejor para aprovechar a tu tío.

No hubo manera, ella es tan considerada que se negaba a aceptar un regalo Entonces Homper cayó en la cuenta de que llevaba en sus manos un roscón de Reyes de tamaño mediano que claramente le quedaba grande. Sobre el roscón de Reyes, como sobre los turrones, hay en Madrid mucho mito. Parece que sólo son buenos los de dos o tres obradores y reposterías tradicionales. Pero Homper se tiene por experto en la cata de roscones, y da fe de que en Carrefour le dieron a probar uno que no era nada malo, sino todo lo contrario, y por eso lo compró.

-Pues te quedas con este roscón –le dijo poniéndoselo en las manos a su querida sobrina Margarita.

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Así que Margarita, Javier Marías, Elvira Lindo, Katherine Hepbun, Cary Grant, James Stewart , George Cukor y el roscón de Carrefour fueron las últimas cuentas que Homper engastó en el collar del año que se iba. Los fines de año sirven, sobre todo, para eso: `para fijar en la memoria personas y situaciones que ilustran lo imprevisible de la vida de forma tan aleatoria como una combinación de la Primitiva.

Como imprevisible fue también lo que Homper vio, más perplejo que nunca, desde su palomar cuando en su reloj sin campanadas pasaban ya de las doce. Pues sobre la línea del cielo de la capital empezaron a dibujarse desde todos los barrios multitud de castillos de fuegos artificiales, cohetes aislados, tracas, petardos y otros efectos pirotécnicos que se mantuvieron por más de una hora. Como si la pólvora fuera gratis, y viviéramos en el reino de Jauja, y tuviéramos por seguro que 2012 iba a vaciar sobre nuestras cabezas el cuerno de la abundancia. Ni crisis, ni recortes, ni paro, ni puentes hundidos, ni subidas de impuestos, ni estrecheces, ni pesimismo. Madrid sonaba como supone Homper que debió de sonar cuando las tropas de Franco la asediaban en 1936. No recordaba haber escuchado nunca tantas explosiones. Esta vez, al parecer, eran de júbilo.

Él también gozó del suyo. Lo sentía bajo el edredón, mientras empezaba a ser ganado por el sueño para despertar esta mañana y comprobar que, después de tanta fanfarria, la vida no ha cambiado demasiado. Feliz Año 2012 tenga el lector , si es capaz de atar esa mosca por el rabo.

Un crepúsculo divino

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Escucha Homper en una tertulia radiofónica una frase que le da qué pensar. La dice Joaquín Leguina, y no es mala pulla contra los que por huir de las creencias tradicionales acaban comulgando con ruedas de molino.

-Dejamos de creer en Dios y acabamos creyendo en cualquier cosa.

La frase se puede entender de mil maneras. Pero el Hombre Perplejo, poco instruído, la refiere a las dudas propias de su edad y de su condición. El Dios que le contaron se fue diluyendo en él por hacer caso a la razón. Pero emprendió el camino de la razón y, o ésta no era demasiado clara, o él era medio tonto, y no daba para seguir progresando por esa vía. Se pone en almoneda al Dios creador del cielo y de la tierra y unos sabios que dicen entender mucho de astronomía, de física cuántica y de otras materias abstrusas nos lo cambian por el Big-Bang. Ahora lo último es el bosón de Higgs, la llamada partícula de Dios . No está, pero se la espera en ese túnel de 28 kilómetros socavado en la frontera entre Francia y Suiza para que colisionen entre sí los hadrones. Con lo bien que quedaba Dios apareciéndosele a Moisés/Charlton Heston en el monte Sinaí y ahora encarnándose en partícula por un túnel donde otros hadrones viajan a toda leche y se estrellan entre sí como conductores de autopista borrachos. A partir de el momento en que aparezca el famoso bosón –vaya nombre- será como el Gran Houdini, pero en plan cósmico.

-Qué empanada, Señor, qué empanada-suspira Homper- Con lo señorial que quedabas tú con largas barbas en las viñetas de la Historia Sagrada…Tampoco lo entendíamos mucho, pero más creíble que lo de la partícula sí que resultabas.

Ahora a Dios ni siquiera se le pone imagen. ¿Quién es capaz de pintarle barbas a una partícula?

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Imagina Homper que, si es verdad el Creador es omnisciente, debería saber cómo tenemos que entenderle. Y se queda estupefacto –perplejo, como indica su nombre- de que por no complicarse la vida él le haga responsable únicamente de todo lo que le parece bueno, y nunca de los males, horrores e injusticias que se ven por el mundo. A Dios,como al Rey, conviene no comprometerle mucho.

-Además –aclara- Dios tiene muy buen gusto. Lo se porque cuando veo algo bello y me emociono siento como que vuelo. Y dado que los hombres no tenemos alas debe de ser uno de sus milagros.

Homper se las apaña para encontrar al Sumo Hacedor en muchas cosas sin importancia o en pequeños instantes mágicos. Hay un pedazo de Dios en una tortilla de patata, otro en una ventana mudéjar, otro en Audrey Hepburn recién duchada cantando Moon river, otro pedazo en un polvorón, otro en una rosa, otro en un silencio, otro en el aroma del espliego, otro en el roce del pie con la sábana recién mudada, otro en la novela que nunca escribirá, otro en el momento de domirse, otro en un gin-tonic después de haber hecho deporte una tarde de verano, otro en el beso de un nieto a su abuelo,otro en un bolero bailado bien apretado a una mujer en la verbena de pueblo de una noche de verano, otro en el recuerdo infantil de la leche condensada deslizándose por el gaznate, muchos en la música de Bach, y más aún, desparramados por ahí, en multitud de paisajes. En mares, montañas, desiertos. En las cataratas del Iguazú. O en esa bravía playa del Cantábrico por donde pasea una fascinante dama con dos perritos. Esas vivencias hacen de su alma una guitarra, y en ella una mano maestra dibuja misteriosos arpegios que le reconcilian on la idea del mago supremo.

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El último destello de presunta divinidad fue esta semana, en el inicio del invierno, cuando las noches son puñados de diamantes desparramados sobre terciopelo oscuro y los días amanecen glaseados de blanca escarcha. Al atardecer, se veía por el suroeste un cielo nítidamente azul condecorado por el cuerno de la luna creciente y, por debajo, de él una banda de luz crepuscular de color rosado, casi púrpura.

-Mañana hará mucho frío –le decían cuando era niño y el cielo pintaba así.

Confiesa Homper que ahora le daba igual el frío. En ese momento de soledad gozosa, alguien le decía por teléfono que donde estaba, a muchos kilómetros de distancia, veía un cuadro igual y, sin buscarlo, también sentía un momento especial. Ambos convergían sus miradas en ese punto del gigantesco espacio al que los científicos aún no son capaces de encontrar límite. Y Homper no quiso ponerse trascendente o cursilón, y menos aún buscarle cinco pies al gato, pero no se imaginaba que el bosón de Higgs, con todo lo que se espera de él, fuera capaz de inventar un sencillo momento tan delicioso y emocionante como éste.

- Si no es cosa de Dios –concluyó- hay por ahí un poeta genial que ha adoptado ese seudónimo.

Nunca saldrá de dudas, pero al menos cree que pasa ratos maravillosos.

El amor que reivindicó a la coliflor

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Aquel ciudadano corriente escuchó un día por la radio que la cena de nochebuena típica de los gallegos –puede estar equivocado- era coliflor hervida y besugo. El ciudadano corriente agradeció entonces no ser gallego, o al menos no haber sido gallego cuando era niño. Odiaba la col blanca y el acantopterigio, un pez que siempre presenta una cara triste y demasiadas espinas para un chaval.Y no era capaz de imaginar que para la cena más importante del año alguien hubiera consagrado como menú preferente justo los dos últimos platos en su escala de preferencias.

-Además la coliflor es pedorra –le dijo Corraliza, su compañero de pupitre.

La cosa es que aunque no fuese tan ordinaria, la coliflor se hacía odiar en cuanto caía en la olla hirviendo.

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A los treinta y tres años el ciudadano se enamoró perdidamente de una bibliotecaria irresistiblemente guapa. La bibliotecaria amaba tanto su oficio que no lo abandonó a pesar de ser tentada por el cine, porque los productores veían en ella una sucesora de Stella Avery, la gran estrella de Hollywood. Stella Avery fue atacada por un cocodrilo cuando hacía turismo de placer por un río tropical. El cocodrilo, sin duda más selectivo que el que dejó manco al Capitán Garfio se llevó de un bocado sus dos pechos y un par de dedos, en uno de los cuales lucía un sortijón con rubí regalado por un maharajá y valorado en un millón de dólares. A Stella le reconstruyeron el busto con creces ( es decir, le aumentaron la talla, para asimilarla a Anita Ekberg, otra estrella de la época), y le disimularon los dedos perdidos con una delicadísima prótesis articulada qu le permitía seguir seduciendo también con otras sortijas deslumbrantes. Pero el trauma de aquel terrible accidente le hizo perder la confianza en sí misma. Nunca volvió a ser la que era.

Por eso los productores se fijaron en la bibliotecaria, que era tan guapa como Stella y del mismo estilo que la gran diva, aunque de Polán, provincia de Toledo.

-No puedes negarte- le dijeron- Tienes un deber con el séptimo arte. Te quiere la cámara, y el mundo te querrá aún mucho y te cubrirá de oro si dejas que hagamos de ti otra Stella.

Pero la bella bibliotecaria dijo que no. Estaba encantada de ser una chica de Polán, una bibliotecaria ejemplar, una mujer sencilla enamorada del ciudadano corriente que la cortejaba. Y era feliz cuando en su casa se comía coliflor.

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El ciudadano corriente no estaba exento de virtudes, pero era eso, un tipo corriente que no había nacido en Galicia, y no podía soportar el olor de la coliflor hirviendo. El amor hace milagros, y al principio el encanto de la bibliotecaria hacía olvidar aquella atmósfera mefítica que perfumaba la casa de su amada. Pero cuando fue ganando confianza, no se lo pudo callar.

-No querrás que en nuestra casa se cocine la coliflor, ¿no?

-Claro, mi amor. Es mi vida, mi infancia, mi familia. Es, como decía aquel anuncio, el aroma de mi hogar.

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El ciudadano corriente estaba destrozado. Amaba a la bibliotecaria desesperadamente. Tanto como odiaba el olor de la coliflor. Su alma se debatía en una duda: ¿cómo puede una mujer tan bella y tan virtuosa ser insensible a ese pestazo vecinal que durante generaciones se había asimilado a las porterías de las casas del Madrid de Galdós y de Arniches?

Hasta que un día una buena amiga llamada Cuba Calderón le contó el truco.

-Dile que añada al agua de hervir un buen chorretón de leche. La enriquece y neutraliza su olor característico de portería antigua.

Así lo hizo. Y para que aquella saludable familia de la chica de Polán conociera una variante culinaria más de su verdura favorita, le transmitió esta sencillísima receta de crema de coliflor: 1. Se hierve la coliflor con agua y leche. 2. Se retira y se reserva el líquido resultante de la cocción. 3. A la coliflor se le añade un poquito de sal y pimienta, y queso de cabra al gusto del consumidor. 4. Se la bate con una Minipimer añadiéndosele el líquido para conseguir la densidad deseada.

Se casaron. Es más, abrieron con esta crema la primera cena de Navidad que pasaron como marido y mujer y, sin ser gallegos ni tener que tomar de segundo plato toledanas perdices, fueron muy felices.

Feliz como el pavo que indultó Obama

En el campo donde el Duende pasaba las vacaciones de su infancia había ua tropa de pavos. Había que criarlos con mucho mimo: a los pavos pequeños, por ejemplo, no se les alimentaba con cualquier cosa. Se les suministraba leche cuajada con hortigas. Luego, de adultos, los pavos paseaban por el encinar y se ponían morados de bellotas. Pobres, finalmente se les asaba con manzanas, castañas y mucho coñac y estaban buenísimos.

A los pavos les gustaba pasearse en comitiva, con los machos al frente, que se vez en cuando se inflaban orgullosos y lucían su ridícula cascada de moco rojo que les colgaba como un chorro de gelatina por encima del pico. Parecían la corte de los Austria -por lo negro del plumaje- camino de una coronación. Orgullosos. El jefe de la comitiva cacareaba -no recuerda uno que exista palabra específica para el canto del pavo- y los demás le coreaban como unos pelotas. Al Duende le divertía mucho aquel desfile. Entonces imitaba el canto del pavo jefe, y la tropa le respondía como si en la realidad lo fuera.

El Duende es tan mayor que recuerda a los pavos en el mercadillo de la Plaza Mayor. Los madrileños compraban allí su cena de Nochebuena, como si los pavos de verdad fueran figurillas de nacimiento.Luego venía el sainete tgragicómico de la degollina: alguien tenía que ejecutar al pavo en casa. A veces el pavo rebelde se escapaba de las manos del verdugo y salía corriendo por el pasillo con la cabeza colgando y dejando a su paso un reguero de sangre. Todo muy goyesco, muy solanesco, muy de Berlanga. En una de las primeras películas del gran director valenciano se veían estas escenas de la Navidad de entonces.La película era tan tierna y tan ingenua que se titulana Felices Pascuas, ahora que hasta los católicos fetén olvidan el origen religioso de la celebración y felicitan “las fiestas”. ¿De qué fiestas se trata?, pregunta uno. ¿Tanto molesta la Navidad?

Más tarde se enteraría el bloguero de que los norteamericanos anticipan este ritual navideño el Día de Acción de Gracias. Los estadounidenses se comen ese día pavos grandes como avestruces, quizás para que quede claro que a pesar de las crisis siguen siendo la primera potencia mundial. Y de esa sacrosanta fiesta que tan magníficamente pintó Norman Rockwell y tantas veces hemos visto en el cine, lo que más le impresiona al Duende es que el presidente abandone por un momento sus altísimos quehaceres y que indulte a un pavo elegido no se sabe cómo entre todos los pavos de los estados de la unión.QUé privilegio.

Bueno, pues todo esto es para decir simplemente que en vísperas de la Navidad de 2011 el Duende se siente como el pavo indultado por Obama. Con la misma cara de pavo que tanto sorprende a los que le conocen, que, no sin razón, le consideran generalmente un tipo frío e inexpresivo. Pero también con la felicidad interior de sentirse librado de los males de nuestro tiempo. Libre de la enfermedad, libre del paro,libre del desánimo,libre de grandes depresiones. Sólo prisionero de afectos o amores de distinto matiz a los que quizás no sabe corrresponder precisamente por ser como un pavo Y, pese a las triquiñuelas de la informática, centro aún de la mirada de algunos amigos blogueros que todavía se aventuran a leerle.

Debería de confesar paladinamente que él si que puede sentir una Feliz Navidad, y que le gustaría que todos los que le felicitan en sus comentarios vivieran al menos algo parecido. Debería decirlo sin timidez, con alegría y firmeza, como anunciaron los ángeles aquéllo de paz a los hombres de buena viluntad Pero ya lo ha recordado varias veces: es tan pavisoso y está tan sorprendido por la serenidad de su estado de ánimo que no es capaz de ser más elocuente que el pavo indultado por el presidente de Estados Unidos

Pues eso: Feliz Navidad les desea un pavo afortunadamente indultado.

La mejor cena de empresa

1

La primera vez que Teresa fue a una cena de Navidad de su empresa le temblaban las piernas. Ella, tan tímida, tenía que ir a la peluquería, maquillarse y ponerse guapa por consejo de sus compañeras más veteranas.

-Seguro que alguno te tira los tejos, tonta-le decían- Ellos van a lo que van, y acaban todos borrachos. Pero a veces la cosa resulta divertida, y no te compromete nada. Al lunes siguiente todos te volverán a mirar como la secretaria de siempre, pero que te quiten lo bailado.

Mientras frente al espejo aplicaba polvillo de purpurina en sus mejillas, recordaba el inicio de su película favorita, El apartamento cuando los colegas de Jack Lemmon celebraban una fiesta de Navidad en los mismos despachos de la empresa. Unas copas de champán, una breve batalla de confetis y serpentinas y el jefe más apocado sentaba sobre sus rodillas a su secretaria para besarla, meterle mano y darse un homenaje sin el menor sentido del pudor.

Le temblaban las piernas, porque aunque no tenía una gran consideración de sí misma, la verdad es que esa noche se miraba ante el espejo y se encontraba mona, incluso atractiva. Hasta se había atrevido a descotarse un poco. Sólo para insinuar la primera sombra del canalillo y esperar a que algún hombre interesante descubriera que allí latía un corazón y podía desplegarse un sueño.

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Se sucedieron los años de vacas gordas, y la cena de Navidad de la empresa fue ganando fama y aprecio entre los empleados. En aquel tiempo el más tonto hacía relojes dormido, y cualquier despabilado ponía en marcha una constructora y ataba los perros con longaniza. La cena de la empresa de Teresa llegaba con la paga extra fresca y los bonus rebosando los bolsillos de los jefes, e incluía espectáculo de mago y de humorista que contaba chistes verdes, baile que inevitablemente degeneraba en la conga de Jalisco, barra libre hasta las tres  y sorteo de regalos y de tres cruceros. A Teresa le tocó uno a los fiordos noruegos que aprovechó en verano. Como no tenía pareja, invitó a su compañera Josefa, con la mala suerte de que ésta se mareó en la travesía, lo encadenó con una gastroenteritis y acabó convirtiendo a su anfitriona en abnegada señorita de compañía.

-Mierda de cena de Navidad, mierda de sorteos, mierda de crucero –suspiraba Teresa cuando podía escaparse del camarote y respirar en cubierta  el aire yodado del mar.

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En los años de esplendor media empresa aprovechaba aquel despelote de cena para tratar de ligar con la otra media. Pero cuando el director empezaba a soplar el matasuegras y Roselia, su secretaria, se subía las faldas y mostraba al respetable sus navideñas bragas con la cara de un Santaclaus sobre el mismo monte de Venus provocando el rugido de los machos bravíos, Teresa se acercaba al guardarropa, pedía su abrigo y se iba. Solía coincidir en la salida con Damián, el. único hombre de la empresa que, sin ser un George Cloney, le atraía. Damián, era el director financiero a su pesar, porque escribía poesía y soñaba con retirarse a su casita en el Valle del Pas. Sin hijos y con poca esperanza ya de tenerlos, sólo trabajaba para poder mantener los cuidados que necesitaba su mujer. Su mujer se llamaba Lucila y padecía una artrosis degenerativa  que estaba minando cruelmente su belleza.

-No puedo evitarlo- le dijo mientras le ayudaba a ponerse el abrigo- Pero quiero volver pronto a casa porque,  cuanto más se acerca el final, más tiempo necesito pasar con ella..

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La crisis puso a la construcción en su sitio, y a la empresa donde trabajaba Teresa fuera de su sitio. Pronto, la plantilla  tuvo que soportar las desagradables boñigas de las vacas flacas. Primero desaparecieron los  bonus, luego se congelaron los sueldos, se requisaron las tarjetas de crédito de empresa, siguieron los despidos,  se eliminaron las cestas de Navidad y los regalos de Reyes para los hijos de los empleados. Al año siguiente la cena de Navidad fue un modesto menú  sin mariscos y, por supuesto, sin baile, atracciones, regalos ni sorteos. Finalmente, en  2008 llegó lo que parecía imposible: se acabó con la ilusión de la noche de desmadre y ligoteo y se fulminó lo que ya parecía un derecho sagrado para el personal, porque la empresa comunicó que, lamentándolo mucho, no habría cena oficial. Invitaba  a los empleados a que confraternizaran celebrando la Navidad juntos. Aunque, eso sí, pagando cada cual la cena de su bolsillo.

A partir de ese momento, cada año acudían menos empleados a la cena, pero ni Teresa ni Damián faltaron nunca. Él aprovechaba  aquella noche para sentarse junto a ella, charlar lo que le dejaba la espantosa música de discoteca y aliviar así el dolor que le provocaba el lento declive de su mujer. Ella le escuchaba y le consolaba con una delicadeza emocionante. Damián no era ni alto ni guapo, pero a pesar  de su sufrimiento, sus ojos claros proyectaban esperanza, y eso le añadía un punto de ternura. Ambos sentían que aunque sus vidas no eran cuentos de hadas, la Navidad resultaba más amable después de hablar de sus cosas cenando en torno a una vela roja adornada con acebo.

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2011 fue tan letal para la empresa como para Damián. En aquella siguieron sucediéndose los despidos, mientras que Lucila murió en junio. Nadie estaba con ánimos de celebrar la Navidad.

El 16 de diciembre los únicos que asistieron a la cena fueron Teresa y el director financiero recién viudo. Compartieron una ensalada de ventresca, tomaron luego picantones rellenos y un helado de castaña con salsa de chocolate. No hubo ni cava, solo vino tinto, un crianza de Rioja. Tampoco llovieron confetis  ni serpentinas, ni se tuvo que soportar música ensordecedora, ni mago, ni animador, ni regalos y sorteos de viaje. No más conga de Jalisco de borrachos, ni directivos con narices de payaso y gorritos de Papá Noel, ni exhibición de escotes y de bragas rojas y blancas con santaclauses indecentes.

-¿Te apetece que paseemos un ratito?-le propuso Damián.

Teresa asintió con una sonrisa. Mientras sus pasos en la noche resonaban sobre el empedrado de la Plaza de Oriente volvió a recordar la historia de El Apartamento. Ni ella era la ascensorista que perseguía Fred Mac Murray, ni Damián era el ejecutivo que cedía  su apartamento para picadero de los jefes. Sólo eran dos compañeros de soledades, dos vidas desencuadernadas que, por esa concurrencia de cariño y nostalgia que a veces se da en algunas cenas de Navidad, quizás podrían recogerse juntos. La ocasión pedía un final feliz, y ella también añoraba esa atmósfera de ternura que desprendían Shirley Mac Laine y Jack Lemmon en su película favorita.

Cuando atravesaron la Plaza Mayor los tenderetes de los nacimientos estaban cerrados. Él tendió su brazo sobre los hombros de Teresa y la atrajo hacia si.

-Así sentirás menos el frío, ¿no?-fue su pretexto.

Tampoco supo qué decirle, aunque agradeció que la oscuridad de las calles y el cuello levantado de su abrigo impidieran ver su rubor. Siguieron caminando en silencio, muy juntos los dos, hasta perderse en el fondo de la noche. Ella sólo pensó que por fin había disfrutado de una cena de Navidad de la empresa que de verdad mereciera la pena

Carta al Niño Jesús perdido

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Querido Jesús

No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tiene prometido…Perdona, Señor, que empiece así, tan trascendente y con versos que no son míos. Pero es verdad. ¿El cielo?…Sólo sabe uno de versiones terrenales, y ni esas terminan de convencerle. Me mueve tu idea, y siempre me ha movido especialmente esa historia tan bella que nos contaron primero Mateo y luego, de otra forma, Cecil B. de Mille.

Como era niño me gustaba más la segunda, entiéndelo. Espero que no te moleste.

2
Estoy hablando de la Navidad, claro. Ese misterio: el ángel de la anunciación, el Espíritu Santo en el oficio de papá, el niño que es hijo de Dios pero que no nace ni en una mala posada. O sea, algo difícil de entender, pero que nos contaban y nos creíamos y que luego recreábamos en casa poniendo nacimientos y cantando villancicos que lo celebraban.

Venían después las cenas con los mayores, el turrón, que me encantaba y me sigue encantando, los regalos de los Reyes, un paréntesis de ilusiones en la aburrida vida de colegial que tan bien retrataba Antonio Machado: Una tarde parda y fría / de invierno, los colegiales/ estudian monotonía / de lluvia tras los cristales. Se rompía la monotonía, ibas a nacer Tú. Mi madre bajaba unas cajas de los altillos de los armarios, desenvolvía cuidadosamente unas figuritas de barro envueltas en trozos de periódico y con unos papeles azules que simulaban el cielo, una estrella de purpurina, montañas de corcho, papel de plata de las envolturas de chocolate y musgo representábamos la increíble historia de tu llegada al mundo.

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Y ya te decía al principio, que más que el cielo que me tienes prometido me han movido siempre estos momentos felices de mi infancia, acaso los cromos mas bonitos que conservo de ella. Imagínate, tantos recuerdos, mi madre racionándonos el turrón amorosamente mientras adornábamos la casa, para no desabastecer la despensa antes de tiempo, y mi padre indagando si habíamos escrito la carta de Reyes. Momentos Capra, el director de cine que más nos ha hecho llorar a los que sentimos la Navidad como algo especial. Tanto los aprecio que ahora, más de ,medio siglo después de abandonar la infancia, procuro recrearlos fielmente para que mis pequeñas nietas vivan la misma emoción. Y, si hay suerte, se enganchen a tu causa, cosa que ahora no es nada fácil.

4
Ni me mueve el cielo prometido/ para dejar por ello de ofenderte, sigue el famoso. Que no, Señor. Uno es como es, y está lleno de debilidades. Pero ésta de los belenes te juro que es de las inocuas, casi de las positivas, pues de paso repasamos no tanto tu vida, que ya es una referencia, sino tu mensaje, que vale aunque caiga en vacío, como ocurre incluso en la órbita de lo que antes llamábamos cristiandad. Entonces todos más o menos nacíamos con Dios, o sea, con tu divino Padre, pero la vida se encargaba de apartarnos de Él, dita sea.

5
Y digo lo de ofenderte porque fue abrir la caja donde guardo yo también, como mi madre, las figuritas del nacimiento ante la atenta mirada de mis nietas, y te ofendí. Recordé entonces que por pereza no había dirigido el último desmontaje del nacimiento. Pues divino Niño, tanta ilusión como produce preparar tu venida es pereza cuando se trata de desmantelar la Navidad, y a veces me escaqueo. Así pasa lo que pasa: mea culpa, a culpa.

Así que abrimos la caja y en el primer parte de irregularidades registramos: 1. Lavandera mutilada del brazo derecho, con el brazo rondando por una de las esquinas. Una pena, pero asumible. 2. Peana de grupo compuesto por pastor con corderito a hombros y dos ovejas andando hacia Belén, partida por su mitad. Lamentable, pero se puede arreglar. 3. Cuerno izquierdo del buey del Misterio desprendido, por no decir que vilmente afeitado, por impacto con otro miembro del belén. A última hora el cuerno ha sido localizado, y estamos en pegarlo, con el problema de que es tan diminuto y tan eficaz el pegamento de contacto que corro el peligro de que el cuerno se me quede unido a la yema el dedo. Por lo que más quieras, Jesús, evítalo y recupera la dignidad de tu buey calefactor. 4. Finalmente lo más grave, lo más preocupante, lo que en verdad rebeló mis malos humores y me hizo perder los estribos: Niño Jesús perdido y no hallado en ningún templo. Fue el mismo drama de hace un año, así que no me pude dominar y ante mis seis nietecitas atónitas grité como un poseso.

-¡Coño, otra vez el Niño Jesús perdido, no!…

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Muéveme, Señor, verte nacido/ para mis nietas, con ternura, en tal manera/ que aunque no hubiera cielo te quisiera/ y aunque no hubiera infierno te temiera, podría maquillar el famoso soneto de marras en este momento crucial para acabar mi queja y rematar mi súplica.

Podría hacerlo, divino Niño, pero para eso necesito recuperarte tal como venías en el misterio que compré en la Plaza Mayor. La cuna, hecha con diminutos palitos, se fue a hacer puñetas hace varios nacimientos, pero eso lo sustituía con un pequeño cartón rectangular al que pegaba pajitas, mucho más realista. Pero me quedabas tú, diminuto como una alubia blanca, aún en una postura fetal, con esa carita de Niño Jesús de pueblo que tanto nos reconforta a los urbanitas. Y ese es el problema, ya no recuerdo si es más pequeña tu figurita que la memoria que me queda, y velay los efectos. Puede que, por temor a perderte, lo guardara en una caja de gemelos, en otra de alfileres, en una cápsula de azafrán en rama o en una funda de gafas. Puede que te quisiera tanto y pretendiera guardarte con tanto cuido, que ya ni sepa dónde carajo te puse. La puñetera edad, la mierda de la memoria. No se, Jesús, pero la cosa me tiene desesperado.

Y perdona otra vez si te ha ofendido lo de carajo.

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Así que envíame una señal y aparece, por tu Padre. Que este jesusito no se vende solo, y tendría que comprar otro misterio, con lo tiesos que nos tiene la crisis, o ir voceando por las calles cambio Niño Jesús de tres centímetros por novelas leídas, mueble de IKEA imposible de montar o San Pancracio en buen uso. Lo se, qué mal efecto te iba a hacer a Ti, que luego expulsaste del templo a los cambistas y mercaderes.

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Entretanto, y por si no obras el milagro, te he suplido con otro niñojesús de un nacimiento popular que compré en Guatemala hace años. El niño tiene cara muy sana, pero no da el tipo de palestino, y además tiene el tamaño de medio buey. Se que sugiere globalización, Alianza de Civilizaciones y otros mantras de nuestra época, pero yo te prefiero a Ti en tu imagen clásica. Uno es muy ortodoxo, muy sentimental, y no quisiera transmitir a sus nietas que en este misterio que es tu nacimiento, tu vida y tu mensaje cabe todo.

Así que aparece, por favor. Y permite que aún siga creyendo en una de las pocas cosas por las que creo que merece la pena creer.

Tuyo devoto, pero miajita escéptico

El DUENDE DE ESTE BLOG

Entre Doña Manolita y Natalie Wood

Homper se dio cuenta de que es más fácil encontrar un sueño en la calle que en la ventanilla de Doña Manolita...

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Cuando contaba casi como seguro que le iba a tocar el gordo de la lotería de Navidad para acabar definitivamente con sus miserias, vino su amigo Daniel López y le recordó que no hay mejor que lotería que un trabajo. Como demuestra de cuando en cuando la siniestra EPA que tanto nos aflige a los españoles. Pero Homper era entonces joven, lo que quiere decir ingenuo, y creía en la ilusión.

-Le ha tocado a veces incluso a quien no lo necesita- se rebelaba- Incluso a ministros… ¿Por qué no me va a tocar a mí?

Y entonces Daniel López, hijo de un comerciante de ultramarinos de Aranjuez que, a base de esfuerzo y tesón se había hecho hombre de provecho y ejecutivo de publicidad, le volvió a planchar con la pesada máquina de la lógica.

-¿Comprarías décimos del 00.000?

-Ni de coña.

-Pues recuerda que ese número también entra en el bombo.

2

Nació entonces La Primitiva, y Homper pensó que acertar seis números entre cuarenta y tres estaba al alcance de cualquiera. Homper soñaba entonces en un crucero alrededor del mundo. Por completar la ucronía, en el buque de línea viajaría Natalie Wood en mala compañía. Iba a ser arrojada por la borda por uno de sus acompañantes drogatas, pero en ese momento aparecía en cubierta el intrépido Hombre Perplejo, se deshacía de ellos a puñetazos, como en las películas, e iniciaba a continuación un idilio con la deliciosa chica de Esplendor en la hierba Ilusión, ilusión, ilusión. Pero volvíó a aparecer su amigo Daniel para pinchar las pompas de jabón irisadas que flotaban en el aire de sus sueños.

-Mira, Hom –le explicó el amigo realista- Imagínate una ruleta que en lugar de treinta y uno tiene cuarenta y tres números. E imagínate que en vez de un pleno, tienes que conseguir seis plenos seguidos. O sea, un pleno por cada uno de los seis números que hay que acertar en la Primitiva…¿En qué vuelta al mundo te vas a embarcar tú?

3

Paseaba por la Gran Vía de Madrid cuando de repente Homper se quedó perplejo. Una gran cola de gente se agolpaba delante del Palacio de la Música. Homper la siguió por saber qué acontecimiento acumulaba tal gentío, y vio que la cola llegaba a la plaza de Callao, seguía por la calle del Carmen, atravesaba la de Rompelanzas y terminaba en la ventanilla de la nueva administración de loterías de Doña Manolita. Aquello parecía una cuerda de presos, pero en esa cara de aburrimiento resignado que distingue a los víctimas de todas las colas, brillaba un punto de la misma ilusión que alentaba en él cuando era joven. Todos estaban seguros de que comprando su lotería ahí, y no precisamente en otro lugar, serían millonarios y cumplirían sus sueños. El fin justificaba sobradamente los medios.

A la estupefacción le sucedió un momento de piedad.

-¡Ilusos!

Entonces se incorporó a la cola una dama que era exactamente,  treinta años después de su muerte, la viva reencarnación de Natalie Wood. Venía preparada, eso sí: sacó de su mochila el tomo tercero de En busca del tiempo perdido y se puso a leer el libro con la vaga esperanza de llegar a la ventanilla antes que al punto final. Fue verla y a Homper le dio un vuelco al corazón. Cambió sus planes.

4

-¿Es usted la última? –preguntó a la heroína antes de sumarse también él a la cola.

No perdieron el tiempo. Homper se enrolló con Natalie Wood contándole la vida y pensamiento de un hombre lógico como Daniel López. Habló de la ignorancia, de la superstición y de lo absurdo de echar un día esperando que el número de doña Manolita fuera justamente el gordo, cuando estaba demostrado que tenía exactamente las mismas posibilidades de premio ese  que el 00.000, que nadie compraría ni borracho. Natalie parecía decidida a seguir leyendo a Proust. Otro moscón, pensaría de Homper. Pero al cabo de unos minutos levantó la mirada y observó a ese predicador improvisado que, por otra parte, cuanto más argumentaba, más cabreaba a la legión de pacientes ilusos que escuchaban a su alrededor. Frunció el ceño, pensativa. Y de repente cerró el libro, lo guardó en su mochila y escapó de la cola.

Homper la persiguió hasta alcanzarla.

-Doña Manolita no era la única panacea para la felicidad-le dijo cuando estuvo a su altura- ¿Me permite que le invite a un café?…

Así que primero se metieron en una cafetería a desayunar un café con porras, suerte bastante asequible. Y luego buscaron juntos otra administración sin aglomeraciones donde compraron  décimos con las mismas posibilidades que los manolitos y  todos los demás números  del bombo.

Y aquello, como decían al final de Casablanca, fue el comienzo de una hermosa amistad más gratificante que todos los castillos en el aire de la Lotería de Navidad.  

De perros, roedores y cambio climático

Entre la película de Polanski y la muerte de un perro llamado Bob, al Duende le dio un ataque de ternura con los animales...

1

No son demasiado severas estas últimas noches de noviembre. Más se llama así porque sólo es medio mastina, y siempre duerme al aire libre, pero a estas alturas del otoño solía arregostarse bajo el tejadillo de la entrada de la casa. Esta noche pasada, no. El termómetro marcaba a las ocho de la mañana siete grados, poco frío como para no aguantarlo al raso sobre la hierba.

-Buenos días, Más – la saludó el bloguero mientras le ofrecía dos galletas rancias.

La perra, bien educada, le devolvió la cortesía moviendo el rabo, como es de rigor.

Todo parece indicar que el cambio climático, a pesar de lo que decía el primo de Rajoy, no es una broma. Ayer escuchó este duende que el tráfico marítimo en todo el mundo aumenta desde hace siete meses. Ese dato se toma como una buena noticia económica, pues habla de fletes de mercancías que viajan de aquí para allá. A pesar de que en España el consumo está bajo mínimos, se supone que hay alguien en algún lugar del planeta que está dispuesto a comprarlas. Como la economía es una cadena, uno de los escasos optimistas que pontifican por la radio se aventuró a predecir ayer que eppur si muove y tal. Aunque la prima de riesgo, las bolsas y las desastrosas noticias del empleo sigan diciendo lo contrario.

A pesar de todo la nave va, como diría Fellini, y hasta ahí la buena noticia. La mala es que aunque el tráfico marítimo ha aumentado, por el Mediterráneo cada día navegan menos buques. ¿Por qué? La temperatura de la tierra ha aumentado en casi dos grados desde hace un siglo, el Ártico se deshiela, y los barcos pasan por el mítico Paso del Noroeste,  antes imposible, como Pedro por su casa. Asia y América quedan mucho más cerca por esa ruta que por el mare nostrum, pero los pobres osos polares  cada día cuentan con  menos hielo a su alrededor.

2

Por todos los santos, la nieve en los altos, dice el refrán. Y añade: por san Andrés, la nieve en los pies.

En el valle del Tiétar a seiscientos metros de altitud es muy raro ver la nieve en los pies. Quince años ya por estos pagos y el bloguero no la habrá visto más de cinco veces. Otra cosa es que el macizo central de Gredos sí luciera ya un manto blanco. Eso, con las grullas volando en escuadra recortadas sobre un cielo limpio y las montañas nevadas al fondo, sí que es una fotografía típica de estas fechas cuando uno se aproxima desde Oropesa a Candeleda Este otoño no. Ha llovido lo suyo, pero no ha hecho frío, de tal modo que al pico Almanzor  sólo se le ven las cejas blancas. Y gracias. El primo de Rajoy dirá lo que quiera, pero los científicos, la escasa nieve y el termómetro interior de la perra Más mantienen otra tesis que parece más creíble.

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Dar dos galletas revenidas a la fiel perra guardiana de la casa no parece un rasgo de generosidad extrema, pero el Duende lo hacía con cariño, influído sin duda por el recuerdo de Bob de c´as Barber , aquel perro amable y sabio que desde su isla de Mallorca dejaba aquí huellas de su fina sensibilidad mediterránea. Curiosamente ha concitado la noticia de su muerte más comentarios en este blog que si hubiera mentado a Steve Jobs, a Amy Winehouse o a cualquiera de esos otros cadáveres exquisitos que la parca nos ha dejado en los últimos meses. Se acuerda el Duende de un slogan del Citroën Diane que hizo fortuna cuando él trabajaba en publicidad: para gente encantadora. Este blog debe de ser para gente de ese tipo, gente con una cierta ternura para adivinar en ciertas criaturas menores, como un simple perro, valores mayores.

4

Hablando de valores mayores y menores, si es que se puede simplificar así la cuestión, proclama este duende su admiración por todos los creadores que saben hacer tragedia o comedia de los pequeños sucesos de la vida. Valen el idealismo de Don Quijote,  la duda de Hamlet o la miseria de El avaro. Impresionan y dan qué pensar. Pero quizás estamos en el siglo de las meditaciones colaterales, o del juego de abordar los temas más profundos con personajes o anécdotas aparentemente insignificantes. Un modelo de esta falsa ligereza es la última película de Polanski, Un dios salvaje, donde un modesto hamster cobra un protagonismo trascendental. A su alrededor, personajes, miserias humanas, paradojas, sarcasmos. Estampas de la vida misma trazadas con pinceladas cinematográficas sueltas, precisas y frescas. Magistrales. Véanla como si no fuera una película importante y les parecerá bastante mejor.

Justo al día siguiente el bloguero paseaba por el Retiro cuando se detuvo a ver a una ardilla juguetona. La ardilla le observó, se aproximó a él. El Duende amagó ofrecerle comida con la mano hueca y el roedor le trepó por la pierna  como si esta fuera un avellano. Hace bastantes años soltaron ardillas en el parque. Hace menos años desparecieron, quizás exterminadas por la incuria ciudadana. Ahora las ardillas saltan, trepan y corretean de nuevo por entre los árboles del Retiro aparentemente sanas y felices. Y, a lo que se ve, más confiadas que nunca. El Duende se acordó del pequeño drama que desata el hamster de la película de Polanski y se alegró de que la ardilla quisiera amistarle. Cambia el clima, pero al menos en algunos detalles parece que vamos tomando aprecio por la naturaleza.

Espejos rotos

Definitivamente, no eran de fiar esos espejos maravillosos que vendieron al pueblo ingenuo...

1

Aquella mañana a Homper le dejó perplejo la imagen que le reflejaba el espejo. Donde antes veía a un hombre mayor pero alto y bien parecido, tipo Clint Eastwood o Harrison Ford, ahora se veía él. Un ciudadano corriente que no guardaba más parecido con las maduras estrellas de Hollywood que el color de su cabellera. Qué decepción.

Llamó a la vecina de arriba, Barbarita.

-Hola buenos días, vecina.

-Por decir algo.

-¿Cómo te ves?

-Fatal. Me estaba mirando al espejo cuando por detrás apareció  un motorista y me entregó la carta de cese.

-No me digas.

-Ya te digo. Y no sólo eso, sino que a continuación me requisó el coche oficial para subastarlo

Barbarita había sido hasta ese momento Consejera de Buen Rollito, un departamento fundamental para vertebrar las políticas sociales de la Comunidad Autónoma. Hasta ese momento había llenado muchos reportajes en revistas y colorines  dominicales con sus audaces propuestas para hacer más moderno y progresista nuestro estado de bienestar. Pero ahora la carta de cese citaba argumentos como la crisis, el déficit y la ejemplaridad para amortizar su puesto y darle la patada.

-Indignante –rezongó entre sollozos- Tan mal me ha sentado que he lanzado contra el espejo el tarro de caviar que abrimos anoche.

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Los espejos parecían haberse vuelto locos, y se rebelaban contra los que en ellos se miraban. En lugar de reflejar la Arcadia feliz, el país de Jauja y el cuerno de la abundancia se empeñaron en devolver la imagen de una cruda realidad que nos remitía a los años de posguerra.

Alarmado por lo que le había contado Barbarita, Homper siguió llamando a sus vecinos, y se fue enterando de otros casos anómalos de espejos insurrectos. Benito Córcoles, que había conseguido una beca oficial  para desarrollar en Nueva Zelanda su tesis doctoral sobre Una muestra de la evolución de las especies de baile en el marco de la globalización: afinidades rítmicas entre la jota aragonesa y la danza de los maoríes vio esa mañana en el espejo algo bien distinto.

-Es la ostia, Homper- dijo. No le bastaba con el acabose, o el colmo, tenía que ser la ostia, que es la palabra/comodín de moda para los que hablan mal- Yo que soñaba en vivir como un príncipe y pasarme un año de puta madre en las antípodas me he visto a mí mismo labrando un campo de cebollas en los alrededores de Parla. Y no creas, con azada. Ni siquiera un tractor ni un motocultor…¿A dónde vamos a llegar?

Finalmente Homper se enteró de que al pequeño Iván, un niño que esperaba pedir a los Reyes un videojuego, una bicicleta y una pulserita para Disneylandia, el espejo también le dio una desagradable sorpresa. Salió el chaval de la ducha, y al limpiar con la toalla el vapor de agua que lo empañaba, distinguió entre las brumas a un tipo barbado con aspecto de Melchor de pacotilla de esos que improvisan en los comercios de medio pelo cuando llega la Navidad. El fantasma traía en sus manos un caballo de cartón.

-Lo siento, Ivancito –le dijo mientras se lo daba al niño- No es lo que esperabas, pero de verdad que no hay para más.

3

Todo parecía reflejar una desagradable realidad. Pero aún fue peor lo que pasó a continuación. De repente, el espejo de Homper, el de Barbarita, el de Benito Córcoles, el de Ivancito y todos los demás espejos en los que se miraba la gente estallaron en mil pedazos mientras atronaba desde la bóveda celeste una voz burlona con ecos apocalípticos.

- Todos como Ivancín…¡Sois como niños!–dijo la voz tonante antes de prorrumpir en una siniestra carcajada.

Y en lugar  de aquella utopía engañosa que habían venido reflejando hasta entonces, por la ventana de los espejos rotos asomaron los espectros de todos los irresponsables, políticos, banqueros, especuladores, mercachifles y demás tramposos que habían suministrado al pueblo ese otro opio llamado por algunos estado de bienestar.

Primas de riesgo y nietas de alivio

El Duende espera que sus nietas también consideren algún día que lo más importante de su vida fue aprender a leer...

1

Oye hablar uno ahora de la prima de riesgo y se echa a temblar. Pero qué distinta era la cosa entonces, cuando una prima de riesgo sólo podía ser una chica maciza y repintada, con melena larga, un jersey de punto bien ajustado y una de esas minifaldas con las que Mary Quant perturbaba a la juventud de la década de los sesenta del pasado siglo. Mini pool y mini falda, o sea, mucha pechera y generoso muslamen. Cuanto más se reducía la ropa de ellas más se agrandaba la tentación. Qué peligro.

-Es una prima segunda a la que yo no conocía- dijo su amigo Luis- Pero está buenísima.

Luis.G.G., hoy un honorable abogado en ejercicio, era entonces una manada de búfalos concentrado el cuerpo de un fornido jugador de rugby. Como a Terencio, tampoco nada humano le era ajeno, pero lo menos ajeno de todo le era justamente aquello, que a poco que se desmandara se convertía en estampida. Recibió a la prima segunda con una alegría inusitada, como si se hubieran esperado el uno al otro toda una vida. Ella venía a Madrid a estudiar, como hacía  entonces las chicas bien de provincias. Algo estudiaría, pero los fines de semana se refugiaban en las oscuridades de lo que entonces se llamaban bôites y él le aplicaba el saber del pulpo para recuperar en una noche todo el tiempo perdido durante tantos años de no conocerse.

-Se va a dejar las gafas en el escote –avisó una amiga de la prima, que era la que hacía pareja con el Duende aquella tarde.

La pasión, que le cegaba al primo.

La amiga de la prima era otra cosa, y por eso iba de pareja del Duende, que no sabía qué hacer cuando se veía en un antro de aquellos y no le gustaba lo suficiente la chica como para bailar con ella. Además, se sentía carabina. Mientras los primos, inmisericordes, se metían mano, y hasta las gafas, la amiga, que era hija de un coronel, le contaba cómo era su vida en Lérida, bastante aburrida por cierto. La prima de León tenía riesgo, entonces alguna también se quedaba embarazada. Pero a la amiga el único riesgo que uno le veía era el aburrimiento. Como además no se parecían en nada a Audrey Hepburn, el Duende sólo quería escapar de ella y de aquella cueva oscura para ventearse en el aire fresco y libre de la noche.

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Se sorprende a menudo el Duende repasando la mutación de las palabras por el abuso de las mismas. Nadie que no fuera economista  sabía  hasta hace poco qué era una prima de riesgo. Pero ahora el Duende se despierta a las siete de la mañana y lo primero que escucha son noticias de la prima de riesgo. La prima de riesgo nos persigue.

Podían contar que ha posado en Interviú como Terelu Campos, que se ha inyectado mármol en polvo para quedarse con cara de biscuit como  Nicole Kidman o que estrenará un tanguita con sabor a cereza la noche de San Silvestre. Pero todo lo que podía ser una fantasía más o menos sugerente se convierte en una puñalada a la moral patria. Esta prima y este riesgo nada tienen que ver con las del refrán (ya se sabe: a la prima, se le arrima). La crisis que nadie entiende pero de la que todos hablan, ha hecho que la prima de riesgo de España se salga de madre, que todos seamos más pobres y que el futuro nos espere con la guadaña más afilada que nunca. El Duende se ha olvidado las primas con curvas provocadoras y ya le ha puesto  a esta cara de malvada. Ahora la prima de riesgo es como Judith Anderson, aquella pérfida con nariz de rapaz, verruga y moño que hacía de señora Danvers enRebeca.

-Jesús, qué prima más insoportable –se dice mientras ventila la habitación antes de hacerse la cama.

Nunca mejor dicho.

3

¿Habrá también nietas de riesgo? –se pregunta el Duende mientras se sienta al lado de su querida Marina. Si se va a generalizar la costumbre de acompañar a la palabra que designa a un familiar una característica o un adjetivo, esta niña es ahora más que nunca una nieta no de riesgo, sino de ilusión o así.

-Abuelo, ya se leer –le anunció el otro día con la voz trémula y febril. La niña era prisionera de unas feroces anginas.

No ha sido nada precoz, porque va a un colegio de esos que considera que cada cosa a su tiempo, y que no hay que precipitarse. Modernidades. El abuelo de Marina aprendió a leer a los cuatro años. A esta misma edad su nieta, como cualquier niño de hoy, sabía manejar el mando de la tele, del DVD, el I Pad, o como se escriba, y, cómo no, el móvil. Pero ha tenido que esperar a los seis para sentir la emoción de decir las palabras escritas. También cambia la pedagogía.

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La criatura no estaba para celebraciones. En realidad era su abuelo el que lo estaba, pues se acordaba de las anginas que padeció en su infancia, y de lo mucho que leyó a cuenta de ellas en la cama, y le emocionaba pensar que ahora su nieta iba a entrar en el maravilloso mundo de Andersen, de los hermanos Grimm o de Perrault con sólo seguir el camino que dejan las letras.

-Ya verás qué bonito cuando leas los cuentos-le dijo mientras acariciaba sus mejillas calientes,

Tampoco estaba Marina para historias, porque la modorra le cerraba los párpados. Pero como quería mostrar sus habilidades, hizo un esfuerzo y, conteniendo el moqueo, consiguió leer los primeros versos de su vida que alguien le había escrito en su cuaderno:

LA NIÑA MARINA / HOY TIENE ANGINAS/QUE SE VA A CURAR/ CON MEDICINAS

Los leyó lenta, muy lentamente, y con los previsibles titubeos. Pero al acabar sonrió.

El autor no era precisamente García Lorca, sino un tipo feliz de ver que la niña manejaba ya la llave mágica de las palabras. Menos mal, porque puede que tengamos que seguir soportando a esas  primas de riesgo que nos tienen el alma en vilo. Mas para compensar tanta zozobra, tambien aparecerán cada día nietas   de alivio,  niños  y niñas que acaban   de descubrir el encanto  de la lectura y que a partir de ese momento podrán emocionarse como nosotros con el ensueño de la literatura.

 

Películas pequeñas

Para hacer una crítica de una película, pequeña o grande, no hace falta hacer un alarde de erudición1

De vez en cuando los críticos de cine descubren una película pequeña. No se trata de un cortometraje, ni de cine para niños. Tampoco de un filme necesariamente de producción barata, por más que en la mayoría de los casos así sea. Llaman así a las películas sin pretensiones, amables, fáciles de ver y de entender. De las que no buscan hacer filosofía ni revoluciones, arreglar el mundo o contribuir a la náusea universal fustigando nuestras conciencias. A lo sumo, fina ironía y sátira que se queda en cosquillas.

No suelen firmarlas cineastas de renombre, y raramente actúan en ellas actores oscarizables. Nos cuentan la vida de un guardagujas, los amores de una peluquera o la vida en un aburrido pueblo de Gales o en un cuartelillo de la Guardia Civil.. Salen actores gordos, ancianos que cultivan sus flores y hortalizas con verdadero mimo, señoras cocinando salchichas, trenes de cercanías,  niños que tiran piedras al río, conflictos de portería y demás cuadros costumbristas que, por puro contraste con el mundo que podemos ver diariamente a través de los medios, provocan la sonrisa y despiertan la ternura. Tras muchas de esas películas pequeñas  hay talentos notables, y generalmente bastante más sensibilidad que la que necesitan Oliver Stone  o James Cameron para arrasar con sus superproducciones.

Es bueno interpretar igual nuestros días. Cada despertar viene a ser una película, y últimamente al bloguero no le alivian más que las películas pequeñas.

2

Ayer se encontró en el supermercado a Homper, que metía en su carrito dos cartuchos de Filipinos.

-Nunca imaginé que una simple rosquillita de galleta bañada en chocolate me pudiera suponer tanto- se excusa como si aún fuera un niño.

El Hombre Perplejo es un alter ego disciplinado. Sostiene que lo que ve y escucha cada día del mundo alrededor  la hace sentirse en el epicentro de un cataclismo,  y que sólo busca sus particulares películas pequeñas para seguir manteniendo la afición a la supervivencia.

-A Dios me lo escondieron entre brumas. A la patria me la borraron. La política y la economía, a las que adorábamos como si fueran el becerro de oro, se derrumban tal que un castillo de naipes. Al amor me lo ha bastardeado el egoísmo de este ser humano que se cree el rey del mambo. Ya sabes, tantos derechos le han hecho perder el oremus. Y ahora, con lo de Grecia, hasta la democracia parece haberse vuelto gilipollas.

El día le ha deparado, amen de otras malas noticias, un insulto a la dignidad llamado Txapote y el referéndum de Papandreu, una buena solución para que el pueblo griego pegue patadas a la desvergüenza  de sus políticos en el culo del resto de Europa.

-Ya ves –concluye a la manera de Groucho Marx- Cuanto más conozco a la especie humana, más necesito la droga de mis Filipinos.

3

El bloguero agradece tanto las películas pequeñas como las críticas pequeñas. Sobre la función de la crítica se han escrito muchos libros,  pero ahora que se redimensiona todo, bueno sería que los plumillas que se ocupan de este menester  recordaran que una de sus funciones es guiar al ignorante.

El bloguero reconoce que una de sus  contadas claudicaciones al sadomasoquismo es leer las críticas de cine en EL PAÍS. A excepción del valiente Carlos Boyero no hay ni uno solo de su equipo de críticos que desperdicie la película más tonta para dejar un poso de su sabiduría en un ensayo que se adentra en muchos laberintos sin aclarar al final si la película es buena o mala, divertida o aburrida, para frívolos o para torturados, para verla en compañía de de niños o mejor con  gerentes de pompas fúnebres. Desesperantes. El marqués de Betanzos, que fue quien inventó el neologismo de eruditos a la Googleta, les diría  ahora a estos cátedros eruditos a la claqueta.

Afortunadamente hay en la red otros críticos sin pretensiones que hacen de la síntesis y la claridad su norma. Busquen la web de El cine según Atticus y descubrirán con Pepe García Berdoy muchas películas, grandes o pequeñas, comentadas con sensibilidad y con criterio. Another year y Criadas y señoras han sido dos de sus últimas recomendaciones más que atinadas. En tiempos de zozobra, nada como zambullirse en la fábrica de sueños sabiendo que el sueño va a ser de nuestro gusto. Fuera, en la vida de verdad, hace demasiado frío.

 

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