Archivos en la Categoría 'Consumo'

Casi todo es tan “deja vu” como los Goya

Si te gusta el cine, seguro que a la misma hora que se entregan los Goya hay alguna cadena que emita una película...

1

Sostiene Homper que una de las ventajas de los años es que te permite desmarcarte de lo políticamente correcto sin que la conciencia te torture demasiado.

-Por ejemplo-sostiene mientras se fuma un puro de chocolate- Puedes confesar que la moda te importa un bledo. Que te aburren hasta la saciedad las pasarelas, las

  • Cibeles  o la Fashion Weeks
  • , que ya no se cómo se llaman. Que el noventa por ciento los suplementos dominicales de los periódicos pueden tirarse directamente al cubo de la basura, sección feria de vanidades. Que lo que vale la pena de ARCO cabría en el hall del Prado, sin tener que andar kilómetros y kilómetros para ver boutades de colores y composiciones de aire frito. Y que lo peor del cine no fue el landismo ni las películas de Juan de Orduña, o de Sylvester Stallone, quién las pillara. Sino ese estomagante espectáculo de sonrisas, lágrimas, lentejuelas, gilipolleces y descarado autobombo en que se han convertido las galas cinematográficas.

    Y en su  anatema no hace distingos.

    -Me aburren tanto le ceremonia de los Oscar y Billy Cristal como la de los Goya con el gracioso de turno que imponen las televisiones para vender mejor.

    2

    Al Hombre Perplejo le dejó muy sorprendido que una mujer de pueblo como Doña María supiera poner al cine en su sitio.

    -¿Sabe usted que cuando Rhett Butler besa a Escarlata en Lo que el viento se llevó al Clark Gable le olía el aliento?

    -No me diga.

    -Pues sí. Se conoce que tenía  una muela mu picada, pero como la Vivien Leigh era mu buena artista  lo disimuló mu requetebién. El cine es mentirijillas. Y eso es lo que me gusta a mí del cine, que pa verdades y dolores ya tenemos la vida misma.

    3

    Según Homper el argumento de Doña María está lleno de razón: cuando destripas el cine, este pierda su encanto. Los que ella llama artistas, según el lenguaje de su época (ahora son actores o actrices) son muy interesantes cuando no son ellos, sino su personaje. Luego los conoces en un bar o en la cena en casa de un amigo y resulta que están obsesionados porque les han puesto una multa de circulación. Y hasta se atreven a hablarte de su colesterol, como si en lugar de ser inmortales fueran del comercio.

    -Un desastre, doña María, usted da en el clavo. Del artista, lo único que hay que conocer es su arte.

    -¡Ya ve usted!…Cuando una piensa que a George Clooney también `puede que le abandone el desodorante!…

    Esa es la  realidad aplastante. Como otra que aún lo es más, y que comparten Homper y la doña con todos los que ya tienen unos años. Pones la tele, se abre el telediario y ya sólo por la cara del presentador puedes ir recitando la noticia. Vas a una junta de accionistas y presientes las palabras del Botín de turno. Entrevistan a un ministro y te imaginas ce por be lo que va a decir de la crisis. ¿Quién no es capaz de adivinar el discurso del rey? No digamos nada de los niños de San Ildefonso, de la homilía del cura, de la proclama del sindicalista, del elogio al amigo o al pariente que ahora se ha incrustado en las bodas y funerales, de la rueda de prensa del entrenador de fútbol, como si cualquier partido fuera un consejo de ministros. Todo parece ya visto y oído, qué aburrimiento, la noche lela que nos espera: doy las gracias a mi madre, pero este Goya no es mío, sino del equipo, porque detrás de una película hay un puñado de trabajadores (aquí añadirán trabajadoras) que…

     Dejá vu, repiensa Homper. Pero como ya estoy en el desguace,  me importa un comino lo que digan los demás. Así que cogeré el mando de la tele y en lugar de inyectarme empalaguina en vena, buscaré una cadena que ponga una película.

    -En el peor de los casos- concluye- sólo será eso: una película.

     

        

    Un SMS comprometido

    A veces hay SMS que despisten un poco...

    1
    No acaba de hacerse el Duende con un nuevo teléfono móvil Galaxy nosequé. de esos que utilizan un sistema táctil. El terminal se ilumina o se apaga cuando le parece, y le deja cuando no lo espera la pantalla a oscuras. Gran faena cuando uno necesita llamar de urgencia. Se le resbalan las aplicaciones. Le marca espontáneamente a quien no pensaba llamar. Le muda el sistema  de escribir SMS sin saber por qué. O por los mismos movimientos inadvertidos le presenta de repente un plano de donde está cuando en realidad lo que necesita es llamar al dentista.

    Cosas de la las nuevas tecnologías. O de la edad, según se mire. Los jóvenes se ríen de estas peripecias. Así que el bloguero aprovecha los contados encuentros con sus ocupadísimos hijos para solicitar lecciones de supervivencia.

    -Por ejemplo…¿cómo carajo se borran los mensajes?

    2
    Y el primero que pasó revista era uno enviado por María Luisa que decía  literalmente así.

    Ya sabes que de vez en cuando tenemos que hacer alguna cochinada…Y llámame sieeempre. Un beso!

    Los jóvenes de ahora no se extrañan por nada. Pero el Duende no sabía qué cara poner. Estuvo a punto de seguir el ritual tradicional en las escenas comprometidas de las comedias de enredo.

    - Ojo. No es lo que parece.

    Pero comprendía que la cosa no colaría fácilmente.

    3
    Así es si así os parece, escribió Pirandello. Hay cochinadas de muchas clases, pero estas no tenían nada que ver con lo que sugería el mensaje de María Luisa. María Luisa Nuñez, aparte de una mujer encantadora y una excelente amiga, es una periodista que fue durante años la jefa de producción de los programas de RNE en los que revoloteaba este duende. Una buena jefa de producción es una profesional  capaz de remover cielo y tierra hasta localizar, por ejemplo, al capitán del Costa Concordia para una entrevista mañanera. Ahora María Luisa está en el equipo de Herrera en la Onda, y es una de esas `piezas esenciales para al buen funcionamiento del  programa.

    -Localízame a la Merkel para una entrevista a las nueve –dice Herrera- Y al ama de cría de Urdangarín para mañana.

    Va María Luisa infatigable y acaba ajustando entrevistas hasta con el lucero del alba. Carlos Herrera parece un apóstol del Greco cuando entrevista a  monseñor Rouco, y con la misma sublime sensibilidad puede emular a continuación un policía grasiento y casposo para vacilar con Torrente. El fino camaleón de las ondas va del cielo a las alcantarillas de la radio sin perder un ápice de su flema y de su compostura. Le sobra labia, retranca e ironía, y siempre parece contar con los datos suficientes para abordar los temas más sublimes, delicados o escabrosos sin que le tiemble la voz. Hasta las diez de la mañana de su programa es un periodista solvente. Después de esa hora a menudo libera el Jaimito que lleva dentro, eructa con toda corrección un culo, teta, caca, `pis, e invita a los oyentes a que, so pretexto de una investigación de alto interés social –periodismo valiente, decía el otro día disimulando su risita-se desinhiban contando las marranadas más asombrosas que uno ha escuchado jamás por las ondas.

    El pueblo siempre es respetable. Pero cuando se lanza…

    4
    El 15 de enero de 2012  Herrera en la onda dedicó una histórica hora de radio a recabar las opiniones y anécdotas de los oyentes sobre algo tan singular como los tampones higiénicos para la mujer. Cosas escucharedes, Sancho. Sabedor de que al pueblo se le da la mano y se toma hasta mucho más allá del codo, y de que la desinhibición se ha convertido de la noche a la a la mañana en poco menos que en virtud social, el repertorio de confidencias que empezaron a escucharse al respecto confirma que el pueblo será respetable, pero su mal gusto es a veces más que detestable. Fue entonces cuando este  duende, que compartió años de radio con el magnífico Herrera y con algunos de sus tertulianos y adláteres como Lorenzo Díaz y el simpático José Antonio Naranjo no pudo resistirse y abusando de de la amistad con la Núñez, que le cuela sus llamadas cuando quiere opinar de algo, le escribió este SMS.

    -¿El tampón?…Este Carlos ha perdido la cabeza.
    Muchas gracias por tu gestión de ayer (le había facilitado entrar en antena el día anterior) y bs.

    A lo que María Luisa, que siempre ha sido especialmente cariñosa, respetuosa y delicada con su antiguo compañero, contestó lo de esas cochinadas que, por lo escuchado, venden mucho. Le faltó añadir al tenemos que hacer algo así como en este programa, para redimir al mensaje de toda sospecha. Pero ya se sabe que el lenguaje de los SMS exige economía.

     Además, qué diablos, a lo mejor le prestigia a uno que le consideren un buen discípulo del famoso marqués de Sade.

    La carta final

    ¿Por qué es tan difícil seguir escribiendo cartas?...

    1

    Querida Elvira

    Espero que al recibo de la presente estés bien. Por aquí todo como de costumbre, a Dios gracias. Estoy a la espera del tac ese que me mandó el médico, que está empeñado en que me lo haga, a pesar de que nunca he fumado. Y luego dirán que la sanidad es cara, como decía Joaquín Sorolla en su famoso cuadro de los pescadores.

    Otra novedad es que reapareció el ratoncito aquel que acudió a comerse las migajas del roscón el último día que tomamos el te juntos. No se qué hacer para atraparlo. Quiero ponerle una trampa, pero me da pena. Siempre me acuerdo de Tom y Jerry. A veces me gustaría tener un alma tan fría como la de un ministro del interior, pero no lo consigo. Supongo que si Sanidad se entera de que convivo con un ratón me mandaría una brigada raticida, desinfectarían la casa, la precintarían y me recolocarían en una pensión de la calle del Pez, que es la típica operación humanitaria de los ayuntamientos. Qué obsesión por la salud pública. ¿Cómo les explico yo que cuando tú te vas sólo el ratón me hace compañía?

    Aprovecho esta carta para decirte que estabas muy guapa la última tarde. Tan elegante como siempre. No se en cuántas cartas más podré piropearte, porque verás, se me habían acabado los sellos, he ido a mi estanco habitual y me han dicho que no les quedaban. ¿Que no les quedan?…¿Te imaginas a una farmacia que agota las tiritas? Raro, ¿no?. No me importó, ya sabes, el médico me dice que debo andar rodos los días al menos tres cuartos de hora. Busqué otro estanco, y me dijo, pásmate, que ya no venden sellos. Ni certificados de penales, ni esos impresos, timbres y esas cosas, que antes suministraban al personal. Se los ha quitado el estado, y claro, los estanqueros están que trinan. ¿Y cómo se compran sellos ahora, le pregunté? Pues en una estafeta de Correos, dijo. Dijo eso, la palabra estafeta, que ya no la dice nadie. Se ha quedado antiguo, como yo, que aún escribo cartas. Como las cartas, que ahora sólo llegan de los bancos, de las compañías de teléfono o de las eléctricas. Si es que a esos impresos horribles se les puede llamar cartas.

    Ya sabes el afecto que te tengo, Elvira. Pero esta última carta es, entre otras cosas, para anunciarte que gracias a las medidas tan prácticas que imponen ahora, ya no voy a poder escribirte con la misma frecuencia. Además, con esta obsesión que tenemos por la seguridad es probable que los carteros, al ver una carta manuscrita, como a mí me gustaba hacerlo, crean que, lagarto lagarto, ahí hay un objeto postal no identificado, y lo manden a los Tedax. Y quizás no te llegue nunca. Ya sabes, el progreso.

    Tendé que escribirte un SMS o un e-mail, como me recomiendan mis nietos. Perdona la grosería que voy a decir, impropia de un hombre de mi educación y de mi edad. Pero aunque tú seas una mujer maravillosa yo no podré decírtelo más por carta porque el progreso, que es tan útil, a veces se porta como un gilipollas. Y lo de retirar los sellos de los estancos es otra prueba más de ello.

    En fin, no te entretengo más, pues supongo que tienes muchas ocupaciones. Deseándote que el año que acaba de empezar te conserve la salud y te traiga muchas buenas noticias para ti y los tuyos, queda de tí devoto y besa tu mano tu viejo amigo.

    Homper

    2
    La carta final es una excelente película filmada en 1987 por un director poco conocido, David Hugh Jones. Está basada en la pequeña novela de Helen Hanff titulada 84 Charing Road Cross, que cuenta la entrañable historia de una relación algo más que amistosa forjada a lo largo de tres décadas por la correspondencia entre una americana y un adusto librero inglés. Ann Bancroft y Anthony Hopkins representan admirablemente sus papeles. Pero cuenta Homper que lo que en verdad le emocionó de esta historia es, valga la polisemia, el papel de la carta, el protagonismo de la literatura epistolar, el valor del mensaje escrito a otra persona. Ese depósito de confidencias y sentimientos que se abre con un rasgahojas con la misma emoción que la envoltura del mejor regalo.

    Mejor dicho, que se abría.

    Tempus fugit –piensa Homper- Y a veces, de la que huye, subraya con un toque humor amargo, tempus jodet.

    Líbrame Señor de una muerte grotesca

    />1
    Una de las ventajas de ir cumpliendo años es que vas asumiendo con naturalidad que esto se acaba. No es pesimismo, sino un realismo bien entendido, y que hasta suele coincidir con una sensación de fatiga. La fatiga de vivir.

    La muerte alivia algunos notables inconvenientes. Y te libra de esos garbanzos en los zapatos que nos calzamos diariamente. Dejas de dormir poco para entrar en el sueño eterno, no hay que madrugar más, ganas la soñada exención de impuestos, no hay reuniones de la comunidad de vecinos en el más allá, no hay que leer el periódico ni castigarse soportando la gilipollez humana, no hay comisiones bancarias que medien en el tránsito, se deja de sufrir la ansiedad de la cultura o la necia dictadura de la moda, no hay que luchar más contra los abrefáciles que te amargan la vida. Tampoco se padecerá por la suerte del desempleo: estos parados no necesitan nada más que ser recordados. Y aunque no lo sean, tampoco se van a dar cuenta de ello.

    2
    No le importa tanto a este bloguero la muerte como las condiciones en que ésta se presente. La muerte digna no depende sólo de la ausencia de dolor, sino del momento y de las circunstancias. Hace años el Duende leyó en los periódicos una noticia casi surrealista que le dejó aterrado. Contaba una sección de sucesos que un campesino había muerto aplastado por una roca en el muy poco honorable trance de copular…¡con una gallina! Qué Némesis tan brutal, qué ridículo tan espantoso. Recientemente todos hemos contemplado, perplejos cual nuestro amigo Homper, cómo el pueblo norcoreano lloraba de forma histriónica la muerte de su líder Kim Jong-il. Al mundo occidental le resulta inexplicable semejante teatralización de la histeria colectiva por la desaparición de un dictador, pero los abducidos norcoreanitos quizás no lloraban por eso, sino porque, según se comentó en Herrera en la onda, la muerte le sobrevino al sátrapa mientras defecaba.

    -¡Qué desprestigio! –se debía de lamentar su pueblo plañidero- ¡Pensar que nuestro líder ha muerto dando de cuerpo!…

    Muerte, por favor: se más discreta cuando vengas a por el duende que suscribe.

    3
    La señora Olegaria era una mujer abnegada y trabajadora, y había dedicado sus últimos diez años a cuidar de su marido, un impedido que le anticipó a su amantísima esposa al menos cuatro años de purgatorio. Su marido había sido un borracho y un putero, pero eso no era eximente para el cariño de Olegaria, que era una buena cristiana. Se murió el marido, y Olegaria quedó viuda al borde de la indigencia. Días después de haber enterrado a su marido, su cruz y su llanto, murió en la calle de un ataque al corazón. Su cadáver fue levantado a las puertas del Monte de Piedad, y en el bolso de Olegaria se encontró una bolsita de papel que contenía dos alianzas matrimoniales y una dentadura postiza con tres piezas de oro. Tampoco fue la muerte digna que Olegaria se merecía.

    La gallina violada, la muerte en el retrete y el triste bolso de Olegaria. Todo se le mezclaba en la cabeza al Duende cuando hacía algo aparentemente tan fácil como instalar unas protecciones de plástico en las esquinas de su plaza de garaje para proteger a su coche de roces y abolladuras de chapa. Qué ingenuidad la suya.

    4
    Doña María hablaba de las múltiples pequeñas cosas de espaldas al pueblo que le complican tontamente la vida al ciudadano. Y, puesto en faena, el Duende advirtió que las protecciones de plástico que la afamada firma Leroy Merlín le había vendido para proteger el cutis de su coche en el garaje pertenecían a ese género de ingenios imperfectos que no se explica cómo se venden. Para empezar –cosa tan obvia que se no se tomó la molestia de comprobar, craso error- uno esperaba que las protecciones formaran un ángulo recto, y se acoplaran a las esquinas como el dedal al dedo. Pero no: formaban un ángulo agudo, no se sabe en qué esquinas pensarían sus fabricantes. Durante la primera media hora de su ejercicio dominical, el Duende trató de abrir, primero manualmente, y luego a pisotones, el ángulo de las protecciones. Desgraciadamente, el grosor de las mismas las hacía demasiado rígidas.

    El segundo inconveniente es que las protecciones venían sin adherencia. Y a falta de recomendaciones, uno pensó que un pegamento de contacto contundente las adheriría sin mayores problemas, incluso aunque las bandas de plástico no pegaran con la pared en toda su superficie. Compró un pegamento infalible que le recomendó un ferretero, recorrió con un reguero de pasta blanca los bordes de la protección y procuró encajarlo en su lugar. Al poco, el Duende comprobó que el pegamento de contacto necesitaba presión para hacer efecto, así que durante bastantes minutos presionó con manos, rodillas y pies esperando el éxito. Cuando ya empezaba a aburrirse de su vida, y a convencerse de que no merece la pena dedicar más tiempo a estas majaderías, dio por cumplido el trabajo y se dio la vuelta para subir a casa. Pero antes de llegar a la puerta del ascensor le sorprendió un ruido. Volvió la mirada y la protección de plástico estaba en el suelo.

    5
    Todo tiene su explicación –se dijo el Duende. El pegamento era demasiado denso, y la sección de salida del tubo no lo bastante ancha para que sirviera la cantidad suficiente. Subió a casa, cogió una sierra, bajó, seccionó el canutillo de aplicación por su base, apretó el tubo como si fuera un asesino de pegamentos, y como pudo embadurnó las paredes interiores de la puñetera protección de plástico para encajarla nuevamente y durante casi media hora presionarla para que se adosara definitivamente a la pared.

    Entretanto sudaba, se irritaba y notaba que la la ira se iba apoderando de él. Empezó a acordarse de los padres y de las madres de Leroy y de Merlin, y también de las de los fabricantes de defensas, de las de los dependientes que no le advirtieron de que el plástico era rígido, y que de ángulo recto, nada. También invocó a la madre del que inventó ese pegamento de mierda, a la del ferretero que se lo colocó malamente y hasta a la del constructor del garaje, que no se sabe por qué con lo que cobró por venderlo no tomó la precaución de revestir las esquinas con blindaje de goma. Cuando parecía que la protección de plástico, al fin, quedaba fija, ésta empezó a alabearse por la mitad de su altura, y su base y su cabecera iniciaron un lento alejamiento de la pared, mostrando que aquellos hilillos de pasta blanca no servían para nada.

    6
    Entonces, la emprendió a patadas y a puñetazos contra la esquina. No se sabe si como postrer intento para pegar la protección y conseguir su objetivo de proteger el cutis de su coche o cabreado por aquella nueva demostración de que todo conspiraba contra él de espaldas al pueblo. Estaba indignado, enloquecido, poseso de una ira universal contra todo por haberle puesto en esa ridícula situación que le robó media mañana de un soleado domingo de enero. Por un momento pensó que en casos así a algunos les sobreviene un infarto de miocardio, y tienen que cerrar su biografía con una nota tan absurda como “murió tratando de poner, inútilmente, unas defensas en las esquinas de su garaje”. Luego se vio en la misma lista que el presunto follador de gallinas aplastado en el intento, o el dictador cagón, o la desdichada señora Olegaria.

    Y se consoló pensando que, por el momento, se había librado de una muerte grotesca como la que, lamentablemente, podría sorprenderle en tantas situaciones peculiares que uno vive cada día.

    Rajoy es la sorpresa del roscón

    1
    La sorpresa, piensa el Duende al despertar y escuchar las primeras noticias del día, no es que Mariano Rajoy nos suba los impuestos. Sabemos que estamos de vacas flacas. La sorpresa es que un tipo tan prudente como él y que ha tenido ocho años para estudiar los vicios de los gobernantes y los penosos efectos de sus compromisos incumplidos no se mojara un poquito menos en lo que ahora se vuelve en su contra..

    -Yo os aseguro -podría haber remarcado con el silbido característico de sus eses deshilachadas- que si los números que nos cuenta este gobierno del PSOE son reales y el déficit público es el publicado oficialmente, no subiremos los impuestos.

    Así de claro. La mayoría estaba tan convencida de que Zapatero era, sobe todo, un confitero de utopías, que no le hubieran regateado su voto. Y él no tendría que tragarse su primer marrón.

    Pero es impepinable, hay piedras en el camino de los políticos en las que ninguno deja de tropezar.

    2
    Así que, por no amargarse el día, el bloguero decide desayunarse con algo que según el libro de Antonio San José, podría traerle una miajita de alegría. El libro se llama La felicidad de las pequeñas cosas, y en él hay un capítulo titulado: Comer churros. No es el mismo producto, pero sí parecido placer. Ahora, que se va a acabando la Navidad, aún nos queda esa otra gran pequeña cosa que es el roscón de Reyes. Sin relleno de nata, ni de crema pastelera, ni de marrón glasé.. El auténtico, el de siempre: el que hay que mojar en chocolate o en café con leche con la esperanza de que no se le vayan los churretones, barbilla abajo, a la pechera de la camisa. Y con la suerte añadida de que el buda de cristal que figura como sorpresa no le haga saltar alguno de sus empastes.

    3
    Los políticos siempre acaban sorprendiendo con sus bravatas, sus mentiras o sus donde dije digo, digo Diego. Las sorpresas de los roscones son más inocentes.

    La del primer roscón de este año no era un hada Campanilla, ni un pez, ni un conejo, ni un rey mago, ni un caballito de mar, ni una mariposa, ni un caracol, figuritas exóticas que los reposteros van recogiendo en los bazares chinos para alimentar la fantasía de su roscón. La sorpresa es una ovejita de resina sintética sentada en la misma postura que poníamos en el cole cuando teminaba la etapa de las chapas o los cromos y llegaba la de las bolas. Puesto que estamos en época de vacas flacas, debe de ser una oveja flaca, como queriendo decir.

    En aquel juego colegial el que tenía una bola de cristal vistosa, muy cotizada, la plantaba en el suelo y marcaba con pasos la distancia a la que había que golpearla con otra bola de piedra para poder ganarla. Si tenía suerte el lanzador, cascaba la bola de cristal con una de de las suyas y se la llevaba. Pero entretanto, el apostante iba acumulando proyectiles para poder salir luego a cazar otras bolas de cristal más preciadas.

    El apostante de bolas se sentaba exactamente como la ovejita sorpresa del roscón. O sea, despatarrado en el suelo detrás de la bola en juego. Sus piernas abiertas recogían las bolas erradas que se estrellaban contra ellas. Una vez a Gómez, que llevaba pantalón corto, se le coló por la pernera una pedrada redonda lanzada por García, que era un poco bestiajo, y en lugar de cascar la bola de cristal le cascaron un huevo. Y eso dolía, qué caramba.

    3
    Pese a lo tonta que era la sorpresa del roscón, al Duende le ha ha hecho más gracia que la desagradable sorpresa que nos acaba de dar Rajoy. Este ha despatarrado innecesariamente a la oveja flaca demasiado pronto y muy descaradamente, exponiéndose a perder crédito por no haber sido un poco más perspicaz. Parece mentira, con lo matriculín que era en el cole, y lo brillantemente que ganó sus oposiciones a registrador de la propiedad. Pero la política es otra cosa. Los hay muy listos para los libros que luego fallan en los recados.

    Paciencia. Y a ver si el próximo recado le sale mejor al presidente.

    Un fin de año distinto

    1
    Parece ser que sonaron las doce campanadas que, como cualquier otra noche, da el reloj de la Puerta del Sol. Y Homper se quedó estupefacto con el espectáculo que siguió. No vio a José Mota, ni a Anne Igartiburu, personajes ambos a los que admira por distintos motivos. Sino a Katherine Hepburn, Cary Grant, James Stewart y a George Cukor, brillantes todos ellos en Historias de Filadelfia (1940).

    Peligroso que una comedia con setenta y un años a sus espaldas le tentara al Hombre Perplejo más que la recepción del futuro que nos queda más a mano, que es este temido 2012. Pero es explicable: por una parte el nuevo año asoma la oreja con más miserias, recortes y subidas de impuestos. Consolémonos con el buen humor, la gracia y la finura que rebosa esta película. Por otra, acababa de leer un artículo de Javier Marías que él titula como Superculpables, donde critica al que él llama intelectual cronológico, es decir, al que, “con sentido acrítico abraza siempre lo último, boquiabierto y babeante, al que aplaude invariablemente lo que hay y se lleva, tan sólo porque es nuevo y existe”. A juicio de Marías tan estúpido es considerar que cualquiera tiempo pasado fue mejor como esperar que lo vaya a ser el futuro sólo porque es nuevo. El futuro, añade Homper de su cosecha, sólo es, con seguridad, inevitable.

    2
    Así que Homper se ahorró las uvas. Hace ya años que dejó de tomarlas, y no ha notado que la vida le haya tratado peor por ello.

    Es más: aunque, como se ha advertido ya en este blog, el Hombre Perplejo guarda afinidades con el pavo, le parecía estúpido engullir doce uvas como las engulliría este, que no pasa por ser precisamente uno de los animales más lúcidos. Item más: él las tomaría incluso con gusto si las uvas del tiempo fueran las moscatel, que son deliciosas, pero no las uvas tontas e insípidas que nos colocan en estas fechas los mismos productores que en el año 1909 tuvieron la feliz idea de inventar y difundir este ritual. Ya les vale con lo que han conseguido. En plena era del descreimiento y del relativismo y confiando todavía en que doce uvas nos cambien la suerte. Casi más fiable Doña Manolita.

    3
    En el último paseo del año 2011 por un Madrid semidesierto y con la mayoría de las tiendas cerradas Homper compró juguetes, un roscón en Carrefour – la de Reyes en cambio si es tradición de su gusto- y dos libros para regalo. Los libros eran Los enamoramientos, del propio y celeberado Javier Marías, y Lo que me queda por vivir, de Elvira Lindo, una escritora que le cae extraordinariamente bien. La primera ha sido especialmente una novela muy jaleada por la crítica, pero cuando Homper pensó por qué había comprado precisamente estos dos libros y no otros dentro del variadísimo repertorio de novedades editoriales que invaden las librerías, tuvo que admitir que había algo de determinismo en sus títulos. Se venderá e interesará mucho más Inside Job, claro, pero Homper también es de los superculpables que miran con recelo el obligado progresismo oficial. A veces cae en la debilidad de creer que vale más la literatura.

    4
    Qué contradicción, dudar del poder mágico de las uvas de la suerte y caer en el embrujo de los títulos de los libros aún sin haberlos leído. Interesarse por los enamoramientos cuando uno especula ya con lo que le queda por vivir. ¿Curiosidad o morbo?

    5
    El último encuentro del año lo mantuvo Homper con su sobrina Margarita, que había ido a la Casa del Libro en busca de un modelo de agenda Moleskine del que lamentablemente no quedaban existencias. Margarita era hace nada una niña adorable de espléndidos ojos azules y de arrebatadora sonrisa. Una de esas niñas que queda inmortalizada en una caja de galletas para convencer al personal de que quien las come tiene asegurada la felicidad. Ahora Margarita es una mujer hecha y derecha, y su hija Paula, no menos encantadora, ya va a guateques. Tempus fugit. Homper advirtió entonces que se había pasado casi una vida y no había regalado casi nada a Margarita, a pesar de que los humanos queremos a los tíos muchas veces por los regalos que nos han ido haciendo de niños.

    -Déjame que te regale un libro –le dijo- Que no se si con lo que me queda por vivir vas a encontrar otra ocasión mejor para aprovechar a tu tío.

    No hubo manera, ella es tan considerada que se negaba a aceptar un regalo Entonces Homper cayó en la cuenta de que llevaba en sus manos un roscón de Reyes de tamaño mediano que claramente le quedaba grande. Sobre el roscón de Reyes, como sobre los turrones, hay en Madrid mucho mito. Parece que sólo son buenos los de dos o tres obradores y reposterías tradicionales. Pero Homper se tiene por experto en la cata de roscones, y da fe de que en Carrefour le dieron a probar uno que no era nada malo, sino todo lo contrario, y por eso lo compró.

    -Pues te quedas con este roscón –le dijo poniéndoselo en las manos a su querida sobrina Margarita.

    6
    Así que Margarita, Javier Marías, Elvira Lindo, Katherine Hepbun, Cary Grant, James Stewart , George Cukor y el roscón de Carrefour fueron las últimas cuentas que Homper engastó en el collar del año que se iba. Los fines de año sirven, sobre todo, para eso: `para fijar en la memoria personas y situaciones que ilustran lo imprevisible de la vida de forma tan aleatoria como una combinación de la Primitiva.

    Como imprevisible fue también lo que Homper vio, más perplejo que nunca, desde su palomar cuando en su reloj sin campanadas pasaban ya de las doce. Pues sobre la línea del cielo de la capital empezaron a dibujarse desde todos los barrios multitud de castillos de fuegos artificiales, cohetes aislados, tracas, petardos y otros efectos pirotécnicos que se mantuvieron por más de una hora. Como si la pólvora fuera gratis, y viviéramos en el reino de Jauja, y tuviéramos por seguro que 2012 iba a vaciar sobre nuestras cabezas el cuerno de la abundancia. Ni crisis, ni recortes, ni paro, ni puentes hundidos, ni subidas de impuestos, ni estrecheces, ni pesimismo. Madrid sonaba como supone Homper que debió de sonar cuando las tropas de Franco la asediaban en 1936. No recordaba haber escuchado nunca tantas explosiones. Esta vez, al parecer, eran de júbilo.

    Él también gozó del suyo. Lo sentía bajo el edredón, mientras empezaba a ser ganado por el sueño para despertar esta mañana y comprobar que, después de tanta fanfarria, la vida no ha cambiado demasiado. Feliz Año 2012 tenga el lector , si es capaz de atar esa mosca por el rabo.

    El amor que reivindicó a la coliflor

    1
    Aquel ciudadano corriente escuchó un día por la radio que la cena de nochebuena típica de los gallegos –puede estar equivocado- era coliflor hervida y besugo. El ciudadano corriente agradeció entonces no ser gallego, o al menos no haber sido gallego cuando era niño. Odiaba la col blanca y el acantopterigio, un pez que siempre presenta una cara triste y demasiadas espinas para un chaval.Y no era capaz de imaginar que para la cena más importante del año alguien hubiera consagrado como menú preferente justo los dos últimos platos en su escala de preferencias.

    -Además la coliflor es pedorra –le dijo Corraliza, su compañero de pupitre.

    La cosa es que aunque no fuese tan ordinaria, la coliflor se hacía odiar en cuanto caía en la olla hirviendo.

    2
    A los treinta y tres años el ciudadano se enamoró perdidamente de una bibliotecaria irresistiblemente guapa. La bibliotecaria amaba tanto su oficio que no lo abandonó a pesar de ser tentada por el cine, porque los productores veían en ella una sucesora de Stella Avery, la gran estrella de Hollywood. Stella Avery fue atacada por un cocodrilo cuando hacía turismo de placer por un río tropical. El cocodrilo, sin duda más selectivo que el que dejó manco al Capitán Garfio se llevó de un bocado sus dos pechos y un par de dedos, en uno de los cuales lucía un sortijón con rubí regalado por un maharajá y valorado en un millón de dólares. A Stella le reconstruyeron el busto con creces ( es decir, le aumentaron la talla, para asimilarla a Anita Ekberg, otra estrella de la época), y le disimularon los dedos perdidos con una delicadísima prótesis articulada qu le permitía seguir seduciendo también con otras sortijas deslumbrantes. Pero el trauma de aquel terrible accidente le hizo perder la confianza en sí misma. Nunca volvió a ser la que era.

    Por eso los productores se fijaron en la bibliotecaria, que era tan guapa como Stella y del mismo estilo que la gran diva, aunque de Polán, provincia de Toledo.

    -No puedes negarte- le dijeron- Tienes un deber con el séptimo arte. Te quiere la cámara, y el mundo te querrá aún mucho y te cubrirá de oro si dejas que hagamos de ti otra Stella.

    Pero la bella bibliotecaria dijo que no. Estaba encantada de ser una chica de Polán, una bibliotecaria ejemplar, una mujer sencilla enamorada del ciudadano corriente que la cortejaba. Y era feliz cuando en su casa se comía coliflor.

    3
    El ciudadano corriente no estaba exento de virtudes, pero era eso, un tipo corriente que no había nacido en Galicia, y no podía soportar el olor de la coliflor hirviendo. El amor hace milagros, y al principio el encanto de la bibliotecaria hacía olvidar aquella atmósfera mefítica que perfumaba la casa de su amada. Pero cuando fue ganando confianza, no se lo pudo callar.

    -No querrás que en nuestra casa se cocine la coliflor, ¿no?

    -Claro, mi amor. Es mi vida, mi infancia, mi familia. Es, como decía aquel anuncio, el aroma de mi hogar.

    4
    El ciudadano corriente estaba destrozado. Amaba a la bibliotecaria desesperadamente. Tanto como odiaba el olor de la coliflor. Su alma se debatía en una duda: ¿cómo puede una mujer tan bella y tan virtuosa ser insensible a ese pestazo vecinal que durante generaciones se había asimilado a las porterías de las casas del Madrid de Galdós y de Arniches?

    Hasta que un día una buena amiga llamada Cuba Calderón le contó el truco.

    -Dile que añada al agua de hervir un buen chorretón de leche. La enriquece y neutraliza su olor característico de portería antigua.

    Así lo hizo. Y para que aquella saludable familia de la chica de Polán conociera una variante culinaria más de su verdura favorita, le transmitió esta sencillísima receta de crema de coliflor: 1. Se hierve la coliflor con agua y leche. 2. Se retira y se reserva el líquido resultante de la cocción. 3. A la coliflor se le añade un poquito de sal y pimienta, y queso de cabra al gusto del consumidor. 4. Se la bate con una Minipimer añadiéndosele el líquido para conseguir la densidad deseada.

    Se casaron. Es más, abrieron con esta crema la primera cena de Navidad que pasaron como marido y mujer y, sin ser gallegos ni tener que tomar de segundo plato toledanas perdices, fueron muy felices.

    Feliz como el pavo que indultó Obama

    En el campo donde el Duende pasaba las vacaciones de su infancia había ua tropa de pavos. Había que criarlos con mucho mimo: a los pavos pequeños, por ejemplo, no se les alimentaba con cualquier cosa. Se les suministraba leche cuajada con hortigas. Luego, de adultos, los pavos paseaban por el encinar y se ponían morados de bellotas. Pobres, finalmente se les asaba con manzanas, castañas y mucho coñac y estaban buenísimos.

    A los pavos les gustaba pasearse en comitiva, con los machos al frente, que se vez en cuando se inflaban orgullosos y lucían su ridícula cascada de moco rojo que les colgaba como un chorro de gelatina por encima del pico. Parecían la corte de los Austria -por lo negro del plumaje- camino de una coronación. Orgullosos. El jefe de la comitiva cacareaba -no recuerda uno que exista palabra específica para el canto del pavo- y los demás le coreaban como unos pelotas. Al Duende le divertía mucho aquel desfile. Entonces imitaba el canto del pavo jefe, y la tropa le respondía como si en la realidad lo fuera.

    El Duende es tan mayor que recuerda a los pavos en el mercadillo de la Plaza Mayor. Los madrileños compraban allí su cena de Nochebuena, como si los pavos de verdad fueran figurillas de nacimiento.Luego venía el sainete tgragicómico de la degollina: alguien tenía que ejecutar al pavo en casa. A veces el pavo rebelde se escapaba de las manos del verdugo y salía corriendo por el pasillo con la cabeza colgando y dejando a su paso un reguero de sangre. Todo muy goyesco, muy solanesco, muy de Berlanga. En una de las primeras películas del gran director valenciano se veían estas escenas de la Navidad de entonces.La película era tan tierna y tan ingenua que se titulana Felices Pascuas, ahora que hasta los católicos fetén olvidan el origen religioso de la celebración y felicitan “las fiestas”. ¿De qué fiestas se trata?, pregunta uno. ¿Tanto molesta la Navidad?

    Más tarde se enteraría el bloguero de que los norteamericanos anticipan este ritual navideño el Día de Acción de Gracias. Los estadounidenses se comen ese día pavos grandes como avestruces, quizás para que quede claro que a pesar de las crisis siguen siendo la primera potencia mundial. Y de esa sacrosanta fiesta que tan magníficamente pintó Norman Rockwell y tantas veces hemos visto en el cine, lo que más le impresiona al Duende es que el presidente abandone por un momento sus altísimos quehaceres y que indulte a un pavo elegido no se sabe cómo entre todos los pavos de los estados de la unión.QUé privilegio.

    Bueno, pues todo esto es para decir simplemente que en vísperas de la Navidad de 2011 el Duende se siente como el pavo indultado por Obama. Con la misma cara de pavo que tanto sorprende a los que le conocen, que, no sin razón, le consideran generalmente un tipo frío e inexpresivo. Pero también con la felicidad interior de sentirse librado de los males de nuestro tiempo. Libre de la enfermedad, libre del paro,libre del desánimo,libre de grandes depresiones. Sólo prisionero de afectos o amores de distinto matiz a los que quizás no sabe corrresponder precisamente por ser como un pavo Y, pese a las triquiñuelas de la informática, centro aún de la mirada de algunos amigos blogueros que todavía se aventuran a leerle.

    Debería de confesar paladinamente que él si que puede sentir una Feliz Navidad, y que le gustaría que todos los que le felicitan en sus comentarios vivieran al menos algo parecido. Debería decirlo sin timidez, con alegría y firmeza, como anunciaron los ángeles aquéllo de paz a los hombres de buena viluntad Pero ya lo ha recordado varias veces: es tan pavisoso y está tan sorprendido por la serenidad de su estado de ánimo que no es capaz de ser más elocuente que el pavo indultado por el presidente de Estados Unidos

    Pues eso: Feliz Navidad les desea un pavo afortunadamente indultado.

    La mejor cena de empresa

    1

    La primera vez que Teresa fue a una cena de Navidad de su empresa le temblaban las piernas. Ella, tan tímida, tenía que ir a la peluquería, maquillarse y ponerse guapa por consejo de sus compañeras más veteranas.

    -Seguro que alguno te tira los tejos, tonta-le decían- Ellos van a lo que van, y acaban todos borrachos. Pero a veces la cosa resulta divertida, y no te compromete nada. Al lunes siguiente todos te volverán a mirar como la secretaria de siempre, pero que te quiten lo bailado.

    Mientras frente al espejo aplicaba polvillo de purpurina en sus mejillas, recordaba el inicio de su película favorita, El apartamento cuando los colegas de Jack Lemmon celebraban una fiesta de Navidad en los mismos despachos de la empresa. Unas copas de champán, una breve batalla de confetis y serpentinas y el jefe más apocado sentaba sobre sus rodillas a su secretaria para besarla, meterle mano y darse un homenaje sin el menor sentido del pudor.

    Le temblaban las piernas, porque aunque no tenía una gran consideración de sí misma, la verdad es que esa noche se miraba ante el espejo y se encontraba mona, incluso atractiva. Hasta se había atrevido a descotarse un poco. Sólo para insinuar la primera sombra del canalillo y esperar a que algún hombre interesante descubriera que allí latía un corazón y podía desplegarse un sueño.

    2

    Se sucedieron los años de vacas gordas, y la cena de Navidad de la empresa fue ganando fama y aprecio entre los empleados. En aquel tiempo el más tonto hacía relojes dormido, y cualquier despabilado ponía en marcha una constructora y ataba los perros con longaniza. La cena de la empresa de Teresa llegaba con la paga extra fresca y los bonus rebosando los bolsillos de los jefes, e incluía espectáculo de mago y de humorista que contaba chistes verdes, baile que inevitablemente degeneraba en la conga de Jalisco, barra libre hasta las tres  y sorteo de regalos y de tres cruceros. A Teresa le tocó uno a los fiordos noruegos que aprovechó en verano. Como no tenía pareja, invitó a su compañera Josefa, con la mala suerte de que ésta se mareó en la travesía, lo encadenó con una gastroenteritis y acabó convirtiendo a su anfitriona en abnegada señorita de compañía.

    -Mierda de cena de Navidad, mierda de sorteos, mierda de crucero –suspiraba Teresa cuando podía escaparse del camarote y respirar en cubierta  el aire yodado del mar.

    3

    En los años de esplendor media empresa aprovechaba aquel despelote de cena para tratar de ligar con la otra media. Pero cuando el director empezaba a soplar el matasuegras y Roselia, su secretaria, se subía las faldas y mostraba al respetable sus navideñas bragas con la cara de un Santaclaus sobre el mismo monte de Venus provocando el rugido de los machos bravíos, Teresa se acercaba al guardarropa, pedía su abrigo y se iba. Solía coincidir en la salida con Damián, el. único hombre de la empresa que, sin ser un George Cloney, le atraía. Damián, era el director financiero a su pesar, porque escribía poesía y soñaba con retirarse a su casita en el Valle del Pas. Sin hijos y con poca esperanza ya de tenerlos, sólo trabajaba para poder mantener los cuidados que necesitaba su mujer. Su mujer se llamaba Lucila y padecía una artrosis degenerativa  que estaba minando cruelmente su belleza.

    -No puedo evitarlo- le dijo mientras le ayudaba a ponerse el abrigo- Pero quiero volver pronto a casa porque,  cuanto más se acerca el final, más tiempo necesito pasar con ella..

    4

    La crisis puso a la construcción en su sitio, y a la empresa donde trabajaba Teresa fuera de su sitio. Pronto, la plantilla  tuvo que soportar las desagradables boñigas de las vacas flacas. Primero desaparecieron los  bonus, luego se congelaron los sueldos, se requisaron las tarjetas de crédito de empresa, siguieron los despidos,  se eliminaron las cestas de Navidad y los regalos de Reyes para los hijos de los empleados. Al año siguiente la cena de Navidad fue un modesto menú  sin mariscos y, por supuesto, sin baile, atracciones, regalos ni sorteos. Finalmente, en  2008 llegó lo que parecía imposible: se acabó con la ilusión de la noche de desmadre y ligoteo y se fulminó lo que ya parecía un derecho sagrado para el personal, porque la empresa comunicó que, lamentándolo mucho, no habría cena oficial. Invitaba  a los empleados a que confraternizaran celebrando la Navidad juntos. Aunque, eso sí, pagando cada cual la cena de su bolsillo.

    A partir de ese momento, cada año acudían menos empleados a la cena, pero ni Teresa ni Damián faltaron nunca. Él aprovechaba  aquella noche para sentarse junto a ella, charlar lo que le dejaba la espantosa música de discoteca y aliviar así el dolor que le provocaba el lento declive de su mujer. Ella le escuchaba y le consolaba con una delicadeza emocionante. Damián no era ni alto ni guapo, pero a pesar  de su sufrimiento, sus ojos claros proyectaban esperanza, y eso le añadía un punto de ternura. Ambos sentían que aunque sus vidas no eran cuentos de hadas, la Navidad resultaba más amable después de hablar de sus cosas cenando en torno a una vela roja adornada con acebo.

    5

    2011 fue tan letal para la empresa como para Damián. En aquella siguieron sucediéndose los despidos, mientras que Lucila murió en junio. Nadie estaba con ánimos de celebrar la Navidad.

    El 16 de diciembre los únicos que asistieron a la cena fueron Teresa y el director financiero recién viudo. Compartieron una ensalada de ventresca, tomaron luego picantones rellenos y un helado de castaña con salsa de chocolate. No hubo ni cava, solo vino tinto, un crianza de Rioja. Tampoco llovieron confetis  ni serpentinas, ni se tuvo que soportar música ensordecedora, ni mago, ni animador, ni regalos y sorteos de viaje. No más conga de Jalisco de borrachos, ni directivos con narices de payaso y gorritos de Papá Noel, ni exhibición de escotes y de bragas rojas y blancas con santaclauses indecentes.

    -¿Te apetece que paseemos un ratito?-le propuso Damián.

    Teresa asintió con una sonrisa. Mientras sus pasos en la noche resonaban sobre el empedrado de la Plaza de Oriente volvió a recordar la historia de El Apartamento. Ni ella era la ascensorista que perseguía Fred Mac Murray, ni Damián era el ejecutivo que cedía  su apartamento para picadero de los jefes. Sólo eran dos compañeros de soledades, dos vidas desencuadernadas que, por esa concurrencia de cariño y nostalgia que a veces se da en algunas cenas de Navidad, quizás podrían recogerse juntos. La ocasión pedía un final feliz, y ella también añoraba esa atmósfera de ternura que desprendían Shirley Mac Laine y Jack Lemmon en su película favorita.

    Cuando atravesaron la Plaza Mayor los tenderetes de los nacimientos estaban cerrados. Él tendió su brazo sobre los hombros de Teresa y la atrajo hacia si.

    -Así sentirás menos el frío, ¿no?-fue su pretexto.

    Tampoco supo qué decirle, aunque agradeció que la oscuridad de las calles y el cuello levantado de su abrigo impidieran ver su rubor. Siguieron caminando en silencio, muy juntos los dos, hasta perderse en el fondo de la noche. Ella sólo pensó que por fin había disfrutado de una cena de Navidad de la empresa que de verdad mereciera la pena

    Carta al Niño Jesús perdido

    /

    1
    Querido Jesús

    No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tiene prometido…Perdona, Señor, que empiece así, tan trascendente y con versos que no son míos. Pero es verdad. ¿El cielo?…Sólo sabe uno de versiones terrenales, y ni esas terminan de convencerle. Me mueve tu idea, y siempre me ha movido especialmente esa historia tan bella que nos contaron primero Mateo y luego, de otra forma, Cecil B. de Mille.

    Como era niño me gustaba más la segunda, entiéndelo. Espero que no te moleste.

    2
    Estoy hablando de la Navidad, claro. Ese misterio: el ángel de la anunciación, el Espíritu Santo en el oficio de papá, el niño que es hijo de Dios pero que no nace ni en una mala posada. O sea, algo difícil de entender, pero que nos contaban y nos creíamos y que luego recreábamos en casa poniendo nacimientos y cantando villancicos que lo celebraban.

    Venían después las cenas con los mayores, el turrón, que me encantaba y me sigue encantando, los regalos de los Reyes, un paréntesis de ilusiones en la aburrida vida de colegial que tan bien retrataba Antonio Machado: Una tarde parda y fría / de invierno, los colegiales/ estudian monotonía / de lluvia tras los cristales. Se rompía la monotonía, ibas a nacer Tú. Mi madre bajaba unas cajas de los altillos de los armarios, desenvolvía cuidadosamente unas figuritas de barro envueltas en trozos de periódico y con unos papeles azules que simulaban el cielo, una estrella de purpurina, montañas de corcho, papel de plata de las envolturas de chocolate y musgo representábamos la increíble historia de tu llegada al mundo.

    3
    Y ya te decía al principio, que más que el cielo que me tienes prometido me han movido siempre estos momentos felices de mi infancia, acaso los cromos mas bonitos que conservo de ella. Imagínate, tantos recuerdos, mi madre racionándonos el turrón amorosamente mientras adornábamos la casa, para no desabastecer la despensa antes de tiempo, y mi padre indagando si habíamos escrito la carta de Reyes. Momentos Capra, el director de cine que más nos ha hecho llorar a los que sentimos la Navidad como algo especial. Tanto los aprecio que ahora, más de ,medio siglo después de abandonar la infancia, procuro recrearlos fielmente para que mis pequeñas nietas vivan la misma emoción. Y, si hay suerte, se enganchen a tu causa, cosa que ahora no es nada fácil.

    4
    Ni me mueve el cielo prometido/ para dejar por ello de ofenderte, sigue el famoso. Que no, Señor. Uno es como es, y está lleno de debilidades. Pero ésta de los belenes te juro que es de las inocuas, casi de las positivas, pues de paso repasamos no tanto tu vida, que ya es una referencia, sino tu mensaje, que vale aunque caiga en vacío, como ocurre incluso en la órbita de lo que antes llamábamos cristiandad. Entonces todos más o menos nacíamos con Dios, o sea, con tu divino Padre, pero la vida se encargaba de apartarnos de Él, dita sea.

    5
    Y digo lo de ofenderte porque fue abrir la caja donde guardo yo también, como mi madre, las figuritas del nacimiento ante la atenta mirada de mis nietas, y te ofendí. Recordé entonces que por pereza no había dirigido el último desmontaje del nacimiento. Pues divino Niño, tanta ilusión como produce preparar tu venida es pereza cuando se trata de desmantelar la Navidad, y a veces me escaqueo. Así pasa lo que pasa: mea culpa, a culpa.

    Así que abrimos la caja y en el primer parte de irregularidades registramos: 1. Lavandera mutilada del brazo derecho, con el brazo rondando por una de las esquinas. Una pena, pero asumible. 2. Peana de grupo compuesto por pastor con corderito a hombros y dos ovejas andando hacia Belén, partida por su mitad. Lamentable, pero se puede arreglar. 3. Cuerno izquierdo del buey del Misterio desprendido, por no decir que vilmente afeitado, por impacto con otro miembro del belén. A última hora el cuerno ha sido localizado, y estamos en pegarlo, con el problema de que es tan diminuto y tan eficaz el pegamento de contacto que corro el peligro de que el cuerno se me quede unido a la yema el dedo. Por lo que más quieras, Jesús, evítalo y recupera la dignidad de tu buey calefactor. 4. Finalmente lo más grave, lo más preocupante, lo que en verdad rebeló mis malos humores y me hizo perder los estribos: Niño Jesús perdido y no hallado en ningún templo. Fue el mismo drama de hace un año, así que no me pude dominar y ante mis seis nietecitas atónitas grité como un poseso.

    -¡Coño, otra vez el Niño Jesús perdido, no!…

    6
    Muéveme, Señor, verte nacido/ para mis nietas, con ternura, en tal manera/ que aunque no hubiera cielo te quisiera/ y aunque no hubiera infierno te temiera, podría maquillar el famoso soneto de marras en este momento crucial para acabar mi queja y rematar mi súplica.

    Podría hacerlo, divino Niño, pero para eso necesito recuperarte tal como venías en el misterio que compré en la Plaza Mayor. La cuna, hecha con diminutos palitos, se fue a hacer puñetas hace varios nacimientos, pero eso lo sustituía con un pequeño cartón rectangular al que pegaba pajitas, mucho más realista. Pero me quedabas tú, diminuto como una alubia blanca, aún en una postura fetal, con esa carita de Niño Jesús de pueblo que tanto nos reconforta a los urbanitas. Y ese es el problema, ya no recuerdo si es más pequeña tu figurita que la memoria que me queda, y velay los efectos. Puede que, por temor a perderte, lo guardara en una caja de gemelos, en otra de alfileres, en una cápsula de azafrán en rama o en una funda de gafas. Puede que te quisiera tanto y pretendiera guardarte con tanto cuido, que ya ni sepa dónde carajo te puse. La puñetera edad, la mierda de la memoria. No se, Jesús, pero la cosa me tiene desesperado.

    Y perdona otra vez si te ha ofendido lo de carajo.

    7
    Así que envíame una señal y aparece, por tu Padre. Que este jesusito no se vende solo, y tendría que comprar otro misterio, con lo tiesos que nos tiene la crisis, o ir voceando por las calles cambio Niño Jesús de tres centímetros por novelas leídas, mueble de IKEA imposible de montar o San Pancracio en buen uso. Lo se, qué mal efecto te iba a hacer a Ti, que luego expulsaste del templo a los cambistas y mercaderes.

    8
    Entretanto, y por si no obras el milagro, te he suplido con otro niñojesús de un nacimiento popular que compré en Guatemala hace años. El niño tiene cara muy sana, pero no da el tipo de palestino, y además tiene el tamaño de medio buey. Se que sugiere globalización, Alianza de Civilizaciones y otros mantras de nuestra época, pero yo te prefiero a Ti en tu imagen clásica. Uno es muy ortodoxo, muy sentimental, y no quisiera transmitir a sus nietas que en este misterio que es tu nacimiento, tu vida y tu mensaje cabe todo.

    Así que aparece, por favor. Y permite que aún siga creyendo en una de las pocas cosas por las que creo que merece la pena creer.

    Tuyo devoto, pero miajita escéptico

    El DUENDE DE ESTE BLOG

    Una cagada en la niebla

    De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

    1

    Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

    El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

    Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

    2

    Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

    Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

    Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

    3

    Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

    -¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

    4

    No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

    Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

     

     

     

    Entre Doña Manolita y Natalie Wood

    Homper se dio cuenta de que es más fácil encontrar un sueño en la calle que en la ventanilla de Doña Manolita...

    1

    Cuando contaba casi como seguro que le iba a tocar el gordo de la lotería de Navidad para acabar definitivamente con sus miserias, vino su amigo Daniel López y le recordó que no hay mejor que lotería que un trabajo. Como demuestra de cuando en cuando la siniestra EPA que tanto nos aflige a los españoles. Pero Homper era entonces joven, lo que quiere decir ingenuo, y creía en la ilusión.

    -Le ha tocado a veces incluso a quien no lo necesita- se rebelaba- Incluso a ministros… ¿Por qué no me va a tocar a mí?

    Y entonces Daniel López, hijo de un comerciante de ultramarinos de Aranjuez que, a base de esfuerzo y tesón se había hecho hombre de provecho y ejecutivo de publicidad, le volvió a planchar con la pesada máquina de la lógica.

    -¿Comprarías décimos del 00.000?

    -Ni de coña.

    -Pues recuerda que ese número también entra en el bombo.

    2

    Nació entonces La Primitiva, y Homper pensó que acertar seis números entre cuarenta y tres estaba al alcance de cualquiera. Homper soñaba entonces en un crucero alrededor del mundo. Por completar la ucronía, en el buque de línea viajaría Natalie Wood en mala compañía. Iba a ser arrojada por la borda por uno de sus acompañantes drogatas, pero en ese momento aparecía en cubierta el intrépido Hombre Perplejo, se deshacía de ellos a puñetazos, como en las películas, e iniciaba a continuación un idilio con la deliciosa chica de Esplendor en la hierba Ilusión, ilusión, ilusión. Pero volvíó a aparecer su amigo Daniel para pinchar las pompas de jabón irisadas que flotaban en el aire de sus sueños.

    -Mira, Hom –le explicó el amigo realista- Imagínate una ruleta que en lugar de treinta y uno tiene cuarenta y tres números. E imagínate que en vez de un pleno, tienes que conseguir seis plenos seguidos. O sea, un pleno por cada uno de los seis números que hay que acertar en la Primitiva…¿En qué vuelta al mundo te vas a embarcar tú?

    3

    Paseaba por la Gran Vía de Madrid cuando de repente Homper se quedó perplejo. Una gran cola de gente se agolpaba delante del Palacio de la Música. Homper la siguió por saber qué acontecimiento acumulaba tal gentío, y vio que la cola llegaba a la plaza de Callao, seguía por la calle del Carmen, atravesaba la de Rompelanzas y terminaba en la ventanilla de la nueva administración de loterías de Doña Manolita. Aquello parecía una cuerda de presos, pero en esa cara de aburrimiento resignado que distingue a los víctimas de todas las colas, brillaba un punto de la misma ilusión que alentaba en él cuando era joven. Todos estaban seguros de que comprando su lotería ahí, y no precisamente en otro lugar, serían millonarios y cumplirían sus sueños. El fin justificaba sobradamente los medios.

    A la estupefacción le sucedió un momento de piedad.

    -¡Ilusos!

    Entonces se incorporó a la cola una dama que era exactamente,  treinta años después de su muerte, la viva reencarnación de Natalie Wood. Venía preparada, eso sí: sacó de su mochila el tomo tercero de En busca del tiempo perdido y se puso a leer el libro con la vaga esperanza de llegar a la ventanilla antes que al punto final. Fue verla y a Homper le dio un vuelco al corazón. Cambió sus planes.

    4

    -¿Es usted la última? –preguntó a la heroína antes de sumarse también él a la cola.

    No perdieron el tiempo. Homper se enrolló con Natalie Wood contándole la vida y pensamiento de un hombre lógico como Daniel López. Habló de la ignorancia, de la superstición y de lo absurdo de echar un día esperando que el número de doña Manolita fuera justamente el gordo, cuando estaba demostrado que tenía exactamente las mismas posibilidades de premio ese  que el 00.000, que nadie compraría ni borracho. Natalie parecía decidida a seguir leyendo a Proust. Otro moscón, pensaría de Homper. Pero al cabo de unos minutos levantó la mirada y observó a ese predicador improvisado que, por otra parte, cuanto más argumentaba, más cabreaba a la legión de pacientes ilusos que escuchaban a su alrededor. Frunció el ceño, pensativa. Y de repente cerró el libro, lo guardó en su mochila y escapó de la cola.

    Homper la persiguió hasta alcanzarla.

    -Doña Manolita no era la única panacea para la felicidad-le dijo cuando estuvo a su altura- ¿Me permite que le invite a un café?…

    Así que primero se metieron en una cafetería a desayunar un café con porras, suerte bastante asequible. Y luego buscaron juntos otra administración sin aglomeraciones donde compraron  décimos con las mismas posibilidades que los manolitos y  todos los demás números  del bombo.

    Y aquello, como decían al final de Casablanca, fue el comienzo de una hermosa amistad más gratificante que todos los castillos en el aire de la Lotería de Navidad.  

    Cristiano y Cerezo se mosquean

    ¿Crisis? ¿Cambio climático? ¿Reforma laboral?...Lo que de verdad nos importa es el fútbol

    1

    Reconoce el Duende que lo de que su Atleti le gane al Madrid le parece ya un imposible metafísico. Resignación y mirar a otra parte: tampoco hay quien redima a la especie humana de su cuota de estulticia congénita, y la cosa se acaba soportando.

    Si hay una subespecie del hombre que el bloguero odie sin remisión es precisamente la del llamado hincha de fútbol ultra, que suele reunir en sus comportamientos necedad, mala educación, pésimo gusto y a veces (como cuando se burlan a coro de jugadores del equipo contrario muertos) auténtica crueldad. El Duende dejó de ir a los estadios por no sufrirlos.  Pero toda regla tiene su excepción. Borricos son los ultra del Madrid, como todos los de cualquier otro equipo. Pero sin embargo el pasado sábado tiraron de ironía y de sentido del humor y, sorprendentemente, desplegaron una pancarta que tenía su gracia. Su mensaje era: SE BUSCA RIVAL DIGNO PARA DERBY DECENTE.

    2

    Derby es una ciudad inglesa donde se corría una carrera de caballos que debió de ser muy importante. Sin duda por el interés que esa prueba despertaba, de allí extrapolaron los comentaristas deportivos el nombre de Derby, que, por enfatizar, aplicaron a los partidos de fútbol entre los grandes equipos de la misma ciudad. Para los ajenos al fútbol: en el argot futbolero, un Madrid-Atlético es un derby, mientras que un Madrid-Barça es un clásico. Y el drama del Atlético de Madrid es que hace ya doce años que no le gana un solo derby a su rival, el poderoso epulón de la calle Concha Espina. En muchos ellos perdió merecidamente, pues ante los blancos solían borrarse de miedo o por simple desinterés, cosa muy de este giliclub de ciclotimias exasperantes. En el último partido sin embargo presentaron mejor pinta, hasta que los imponderables le dejaron donde solía. Qué manera de perder, que canta Sabina.

    El caso es que por unas cosas y otras perdía, como de costumbre. Y en estas que en el fondo donde se alojan los ultras merengones  exhibieron la pancarta de marras. Sin duda, lo mejor que podía esperarse de esta fauna, pero lo  más humillante para  los ultras rojiblancos que carezcan de sentido del humor.

    3

    Lo que sigue se puede contar así. Dos días después se encuentran en un acto Cristiano Ronaldo, delantero del Madrid, y Enrique Cerezo, presidente del Atlético, hombre encantador y educado que se distingue sobre todo por no comprometerse casi nunca diciendo nada notable. Cristiano está dolido porque fue objeto de una tarascada de Perea, un defensa rojiblanco de los que siempre se adjetivan como “bravos”, y no se muerde la lengua.

    -Quedan réditos de las patadas que me dieron –le dice al presidente quizás mostrándole el tobillo hinchado.

    -Vosotros también pegáis- replicó el siempre sonriente Cerezo- Y a la pancarta sólo le faltó añadir: el árbitro lo ponemos nosotros.

    O sea, que se enfadaron.

     

    4

    Un enfado no es noticia. Alfonso Guerra  y Bono se han enfadado estos días con la ministra Chacón. Granados se ha enfadado con Esperanza Aguirre por destituirle. Los autores se han enfadado con Tedy Bautista porque este no había repartido la modesta cantidad de 145 millones de euros  acumulados por la SGAE que probablemente les corresponden. Y en Madrid los comerciantes chinos se enfadan con el Ayuntamiento porque no les da licencia para vender bebidas alcohólicas, un filón ahora que la juventud está más desesperada que  nunca.

    La noticia es que este rifirrafe futbolístico, que hoy reproduce MARCA en su edición digital, había  provocado a esta hora la  cantidad de …¡3.166 comentarios!

    5

    El Duende estaba orgulloso comprobando que su post de hace unos días titulado Espejos rotos había recibido nada menos que 18 comentarios, gracias, sobre todo, a la oleada emocional que provocó la muerte de un perro surrealista llamado Bob de C´as Barber. Qué ternura la de aquel colaborador con el que contaba el Duende. Lo mismo hablaba del sol, del mar, de los higos dulsesitos, de la primavera o del sinvivir de los días, destilando en su lenguaje esencias de poeta. Pero se ve que, con ser importante su mensaje y triste la noticia de su muerte, aquí lo que de verdad interesa no es ni la crisis, ni el déficit ni el cambio climático. Y menos aún la poesía.

    Fútbol, fútbol, fútbol, panem et futbolenses para el presunto homo sapiens. Lo demás y los demás somos mucho, o creemos serlo. Pero para qué engañarnos, al lado de Cristiano Ronaldo y demás pobrecitos del orbe futbolero,  no somos nadie.

    Espejos rotos

    Definitivamente, no eran de fiar esos espejos maravillosos que vendieron al pueblo ingenuo...

    1

    Aquella mañana a Homper le dejó perplejo la imagen que le reflejaba el espejo. Donde antes veía a un hombre mayor pero alto y bien parecido, tipo Clint Eastwood o Harrison Ford, ahora se veía él. Un ciudadano corriente que no guardaba más parecido con las maduras estrellas de Hollywood que el color de su cabellera. Qué decepción.

    Llamó a la vecina de arriba, Barbarita.

    -Hola buenos días, vecina.

    -Por decir algo.

    -¿Cómo te ves?

    -Fatal. Me estaba mirando al espejo cuando por detrás apareció  un motorista y me entregó la carta de cese.

    -No me digas.

    -Ya te digo. Y no sólo eso, sino que a continuación me requisó el coche oficial para subastarlo

    Barbarita había sido hasta ese momento Consejera de Buen Rollito, un departamento fundamental para vertebrar las políticas sociales de la Comunidad Autónoma. Hasta ese momento había llenado muchos reportajes en revistas y colorines  dominicales con sus audaces propuestas para hacer más moderno y progresista nuestro estado de bienestar. Pero ahora la carta de cese citaba argumentos como la crisis, el déficit y la ejemplaridad para amortizar su puesto y darle la patada.

    -Indignante –rezongó entre sollozos- Tan mal me ha sentado que he lanzado contra el espejo el tarro de caviar que abrimos anoche.

    2

    Los espejos parecían haberse vuelto locos, y se rebelaban contra los que en ellos se miraban. En lugar de reflejar la Arcadia feliz, el país de Jauja y el cuerno de la abundancia se empeñaron en devolver la imagen de una cruda realidad que nos remitía a los años de posguerra.

    Alarmado por lo que le había contado Barbarita, Homper siguió llamando a sus vecinos, y se fue enterando de otros casos anómalos de espejos insurrectos. Benito Córcoles, que había conseguido una beca oficial  para desarrollar en Nueva Zelanda su tesis doctoral sobre Una muestra de la evolución de las especies de baile en el marco de la globalización: afinidades rítmicas entre la jota aragonesa y la danza de los maoríes vio esa mañana en el espejo algo bien distinto.

    -Es la ostia, Homper- dijo. No le bastaba con el acabose, o el colmo, tenía que ser la ostia, que es la palabra/comodín de moda para los que hablan mal- Yo que soñaba en vivir como un príncipe y pasarme un año de puta madre en las antípodas me he visto a mí mismo labrando un campo de cebollas en los alrededores de Parla. Y no creas, con azada. Ni siquiera un tractor ni un motocultor…¿A dónde vamos a llegar?

    Finalmente Homper se enteró de que al pequeño Iván, un niño que esperaba pedir a los Reyes un videojuego, una bicicleta y una pulserita para Disneylandia, el espejo también le dio una desagradable sorpresa. Salió el chaval de la ducha, y al limpiar con la toalla el vapor de agua que lo empañaba, distinguió entre las brumas a un tipo barbado con aspecto de Melchor de pacotilla de esos que improvisan en los comercios de medio pelo cuando llega la Navidad. El fantasma traía en sus manos un caballo de cartón.

    -Lo siento, Ivancito –le dijo mientras se lo daba al niño- No es lo que esperabas, pero de verdad que no hay para más.

    3

    Todo parecía reflejar una desagradable realidad. Pero aún fue peor lo que pasó a continuación. De repente, el espejo de Homper, el de Barbarita, el de Benito Córcoles, el de Ivancito y todos los demás espejos en los que se miraba la gente estallaron en mil pedazos mientras atronaba desde la bóveda celeste una voz burlona con ecos apocalípticos.

    - Todos como Ivancín…¡Sois como niños!–dijo la voz tonante antes de prorrumpir en una siniestra carcajada.

    Y en lugar  de aquella utopía engañosa que habían venido reflejando hasta entonces, por la ventana de los espejos rotos asomaron los espectros de todos los irresponsables, políticos, banqueros, especuladores, mercachifles y demás tramposos que habían suministrado al pueblo ese otro opio llamado por algunos estado de bienestar.

    Primas de riesgo y nietas de alivio

    El Duende espera que sus nietas también consideren algún día que lo más importante de su vida fue aprender a leer...

    1

    Oye hablar uno ahora de la prima de riesgo y se echa a temblar. Pero qué distinta era la cosa entonces, cuando una prima de riesgo sólo podía ser una chica maciza y repintada, con melena larga, un jersey de punto bien ajustado y una de esas minifaldas con las que Mary Quant perturbaba a la juventud de la década de los sesenta del pasado siglo. Mini pool y mini falda, o sea, mucha pechera y generoso muslamen. Cuanto más se reducía la ropa de ellas más se agrandaba la tentación. Qué peligro.

    -Es una prima segunda a la que yo no conocía- dijo su amigo Luis- Pero está buenísima.

    Luis.G.G., hoy un honorable abogado en ejercicio, era entonces una manada de búfalos concentrado el cuerpo de un fornido jugador de rugby. Como a Terencio, tampoco nada humano le era ajeno, pero lo menos ajeno de todo le era justamente aquello, que a poco que se desmandara se convertía en estampida. Recibió a la prima segunda con una alegría inusitada, como si se hubieran esperado el uno al otro toda una vida. Ella venía a Madrid a estudiar, como hacía  entonces las chicas bien de provincias. Algo estudiaría, pero los fines de semana se refugiaban en las oscuridades de lo que entonces se llamaban bôites y él le aplicaba el saber del pulpo para recuperar en una noche todo el tiempo perdido durante tantos años de no conocerse.

    -Se va a dejar las gafas en el escote –avisó una amiga de la prima, que era la que hacía pareja con el Duende aquella tarde.

    La pasión, que le cegaba al primo.

    La amiga de la prima era otra cosa, y por eso iba de pareja del Duende, que no sabía qué hacer cuando se veía en un antro de aquellos y no le gustaba lo suficiente la chica como para bailar con ella. Además, se sentía carabina. Mientras los primos, inmisericordes, se metían mano, y hasta las gafas, la amiga, que era hija de un coronel, le contaba cómo era su vida en Lérida, bastante aburrida por cierto. La prima de León tenía riesgo, entonces alguna también se quedaba embarazada. Pero a la amiga el único riesgo que uno le veía era el aburrimiento. Como además no se parecían en nada a Audrey Hepburn, el Duende sólo quería escapar de ella y de aquella cueva oscura para ventearse en el aire fresco y libre de la noche.

    2

    Se sorprende a menudo el Duende repasando la mutación de las palabras por el abuso de las mismas. Nadie que no fuera economista  sabía  hasta hace poco qué era una prima de riesgo. Pero ahora el Duende se despierta a las siete de la mañana y lo primero que escucha son noticias de la prima de riesgo. La prima de riesgo nos persigue.

    Podían contar que ha posado en Interviú como Terelu Campos, que se ha inyectado mármol en polvo para quedarse con cara de biscuit como  Nicole Kidman o que estrenará un tanguita con sabor a cereza la noche de San Silvestre. Pero todo lo que podía ser una fantasía más o menos sugerente se convierte en una puñalada a la moral patria. Esta prima y este riesgo nada tienen que ver con las del refrán (ya se sabe: a la prima, se le arrima). La crisis que nadie entiende pero de la que todos hablan, ha hecho que la prima de riesgo de España se salga de madre, que todos seamos más pobres y que el futuro nos espere con la guadaña más afilada que nunca. El Duende se ha olvidado las primas con curvas provocadoras y ya le ha puesto  a esta cara de malvada. Ahora la prima de riesgo es como Judith Anderson, aquella pérfida con nariz de rapaz, verruga y moño que hacía de señora Danvers enRebeca.

    -Jesús, qué prima más insoportable –se dice mientras ventila la habitación antes de hacerse la cama.

    Nunca mejor dicho.

    3

    ¿Habrá también nietas de riesgo? –se pregunta el Duende mientras se sienta al lado de su querida Marina. Si se va a generalizar la costumbre de acompañar a la palabra que designa a un familiar una característica o un adjetivo, esta niña es ahora más que nunca una nieta no de riesgo, sino de ilusión o así.

    -Abuelo, ya se leer –le anunció el otro día con la voz trémula y febril. La niña era prisionera de unas feroces anginas.

    No ha sido nada precoz, porque va a un colegio de esos que considera que cada cosa a su tiempo, y que no hay que precipitarse. Modernidades. El abuelo de Marina aprendió a leer a los cuatro años. A esta misma edad su nieta, como cualquier niño de hoy, sabía manejar el mando de la tele, del DVD, el I Pad, o como se escriba, y, cómo no, el móvil. Pero ha tenido que esperar a los seis para sentir la emoción de decir las palabras escritas. También cambia la pedagogía.

    4

    La criatura no estaba para celebraciones. En realidad era su abuelo el que lo estaba, pues se acordaba de las anginas que padeció en su infancia, y de lo mucho que leyó a cuenta de ellas en la cama, y le emocionaba pensar que ahora su nieta iba a entrar en el maravilloso mundo de Andersen, de los hermanos Grimm o de Perrault con sólo seguir el camino que dejan las letras.

    -Ya verás qué bonito cuando leas los cuentos-le dijo mientras acariciaba sus mejillas calientes,

    Tampoco estaba Marina para historias, porque la modorra le cerraba los párpados. Pero como quería mostrar sus habilidades, hizo un esfuerzo y, conteniendo el moqueo, consiguió leer los primeros versos de su vida que alguien le había escrito en su cuaderno:

    LA NIÑA MARINA / HOY TIENE ANGINAS/QUE SE VA A CURAR/ CON MEDICINAS

    Los leyó lenta, muy lentamente, y con los previsibles titubeos. Pero al acabar sonrió.

    El autor no era precisamente García Lorca, sino un tipo feliz de ver que la niña manejaba ya la llave mágica de las palabras. Menos mal, porque puede que tengamos que seguir soportando a esas  primas de riesgo que nos tienen el alma en vilo. Mas para compensar tanta zozobra, tambien aparecerán cada día nietas   de alivio,  niños  y niñas que acaban   de descubrir el encanto  de la lectura y que a partir de ese momento podrán emocionarse como nosotros con el ensueño de la literatura.

     

    Página siguiente »


    Duendes suscritos:

    Suscripción

    Suscripción por email

    Mis servicios:

    El mejor regalo a un ser querido

    Publicaciones:

    PARAÍSO DE HOJALATA
    Una Infancia de Hojalata

    Ir directamente a

    Blog Stats

    • 807,408 hits

    Seguir

    Get every new post delivered to your Inbox.