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La carta final

¿Por qué es tan difícil seguir escribiendo cartas?...

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Querida Elvira

Espero que al recibo de la presente estés bien. Por aquí todo como de costumbre, a Dios gracias. Estoy a la espera del tac ese que me mandó el médico, que está empeñado en que me lo haga, a pesar de que nunca he fumado. Y luego dirán que la sanidad es cara, como decía Joaquín Sorolla en su famoso cuadro de los pescadores.

Otra novedad es que reapareció el ratoncito aquel que acudió a comerse las migajas del roscón el último día que tomamos el te juntos. No se qué hacer para atraparlo. Quiero ponerle una trampa, pero me da pena. Siempre me acuerdo de Tom y Jerry. A veces me gustaría tener un alma tan fría como la de un ministro del interior, pero no lo consigo. Supongo que si Sanidad se entera de que convivo con un ratón me mandaría una brigada raticida, desinfectarían la casa, la precintarían y me recolocarían en una pensión de la calle del Pez, que es la típica operación humanitaria de los ayuntamientos. Qué obsesión por la salud pública. ¿Cómo les explico yo que cuando tú te vas sólo el ratón me hace compañía?

Aprovecho esta carta para decirte que estabas muy guapa la última tarde. Tan elegante como siempre. No se en cuántas cartas más podré piropearte, porque verás, se me habían acabado los sellos, he ido a mi estanco habitual y me han dicho que no les quedaban. ¿Que no les quedan?…¿Te imaginas a una farmacia que agota las tiritas? Raro, ¿no?. No me importó, ya sabes, el médico me dice que debo andar rodos los días al menos tres cuartos de hora. Busqué otro estanco, y me dijo, pásmate, que ya no venden sellos. Ni certificados de penales, ni esos impresos, timbres y esas cosas, que antes suministraban al personal. Se los ha quitado el estado, y claro, los estanqueros están que trinan. ¿Y cómo se compran sellos ahora, le pregunté? Pues en una estafeta de Correos, dijo. Dijo eso, la palabra estafeta, que ya no la dice nadie. Se ha quedado antiguo, como yo, que aún escribo cartas. Como las cartas, que ahora sólo llegan de los bancos, de las compañías de teléfono o de las eléctricas. Si es que a esos impresos horribles se les puede llamar cartas.

Ya sabes el afecto que te tengo, Elvira. Pero esta última carta es, entre otras cosas, para anunciarte que gracias a las medidas tan prácticas que imponen ahora, ya no voy a poder escribirte con la misma frecuencia. Además, con esta obsesión que tenemos por la seguridad es probable que los carteros, al ver una carta manuscrita, como a mí me gustaba hacerlo, crean que, lagarto lagarto, ahí hay un objeto postal no identificado, y lo manden a los Tedax. Y quizás no te llegue nunca. Ya sabes, el progreso.

Tendé que escribirte un SMS o un e-mail, como me recomiendan mis nietos. Perdona la grosería que voy a decir, impropia de un hombre de mi educación y de mi edad. Pero aunque tú seas una mujer maravillosa yo no podré decírtelo más por carta porque el progreso, que es tan útil, a veces se porta como un gilipollas. Y lo de retirar los sellos de los estancos es otra prueba más de ello.

En fin, no te entretengo más, pues supongo que tienes muchas ocupaciones. Deseándote que el año que acaba de empezar te conserve la salud y te traiga muchas buenas noticias para ti y los tuyos, queda de tí devoto y besa tu mano tu viejo amigo.

Homper

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La carta final es una excelente película filmada en 1987 por un director poco conocido, David Hugh Jones. Está basada en la pequeña novela de Helen Hanff titulada 84 Charing Road Cross, que cuenta la entrañable historia de una relación algo más que amistosa forjada a lo largo de tres décadas por la correspondencia entre una americana y un adusto librero inglés. Ann Bancroft y Anthony Hopkins representan admirablemente sus papeles. Pero cuenta Homper que lo que en verdad le emocionó de esta historia es, valga la polisemia, el papel de la carta, el protagonismo de la literatura epistolar, el valor del mensaje escrito a otra persona. Ese depósito de confidencias y sentimientos que se abre con un rasgahojas con la misma emoción que la envoltura del mejor regalo.

Mejor dicho, que se abría.

Tempus fugit –piensa Homper- Y a veces, de la que huye, subraya con un toque humor amargo, tempus jodet.

La luna de Violette

La luna llena siempre enmarca alguna historia romántica...

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Mi nombre es Diego, y no puedo ocultar que soy un sentimental. Y tampoco que la luna ha ejercido una poderosa influencia sobre mí y mis sentimientos. La luna llena siempre ha significado para mí una liberación. Es el positivo de la noche, y con sólo asomar su cara me abre un paraíso y me hace olvidar las miserias que me rodean. Por ejemplo, soy un tipo feo. Y bajito. Tampoco tengo dinero, aunque eso, dicen, es menos importante Tengo buena conversación, pero soy feo, bajito y sin dinero. Bastantes desventajas para triunfar en el amor.

La luna, no obstante, no me mira peor por eso. Es más: aún creo que esa es la causa de su delicadeza conmigo. Siempre que sale, veo en ella a la mujer que amo. Unas veces ella me devuelve la mirada. Otras veces no me hace ni caso. Pero es salir la luna llena por el horizonte y transformarme en un volcán de pasión, como si volviera a nacer y pudiera olvidar los desdenes que, a fuer de sincero, he tenido que sufrir. De repente me siento Romeo, imagino que la silueta de mi Julieta se recorta sobre ese disco de luz que ilumina lo negro del cielo y que ella me lanza una escala por la que trepo dispuesto a cantarle madrigales y a decirle cosas hermosas.

-Oye, qué bonita noche, ¿no?- le digo muy emocionado.

-Sí –me suelen responder incluso las menos expresivas.

-Pues ya ves, que tenía ganas de verte…

Bueno, quizás lo del volcán de pasión sea exagerado. He dicho antes que tengo buena conversación, pero no oculto que las mujeres bellas me cortan mucho.

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Violette era una de esas mujeres que dan categoría a la luna llena. No era una belleza de calendario, pero derrochaba fascinación y elegancia. Además, sugería novela. A mi siempre me han gustado más las chicas con novela dentro que las guapas que no pasan de ser portada. Violette no lo pretende, pero desprende un aura de misterio, un cierto charme que no es de sonrisa facilona ni de vestido de lamé. Digo charme porque es francesa, con todo lo bueno y lo malo que eso significa.

El caso es que se asomó a la luna y enseguida me percaté de que mi naturaleza se revolucionaba. Empecé a notarme extraño, como si de mi personalidad anodina brotara un hombre distinto, más fuerte, más poderoso, más audaz. No acababa de reconocerme en él. Sabía que Violette era de gustos refinados, que detestaba lo cursi y lo hortera. Nadie es capaz de distinguir exactamente qué es lo uno y lo otro, pero como ya he dicho que soy feo y bajito, me puse un traje blanco tipo Elvis Presley y una botas de tacón cubano pensando que así paliaría mis defectos, y le parecería un hombre más atractivo.

Y empecé a escalar hacia la luna.

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Según trepaba por los peldaños de la escala iba experimentando lo que cualquier especialista catalogaría como sucesivos trastornos de personalidad. Por un ratito me sentí una reencarnación de el Fary. Luego me acordé de personajes que me habían impresionado en mi infancia por su poderío, como el primer director que tuve en el colegio y el barquillero que vendía – ¡al rico parisién! era su grito de guerra- barquillos en el Paseo de la Castellana. Ambos lucían muelas de oro, como creía yo entonces que lucían todos los hombres respetables. A continuación me identifiqué con mi amigo Juan Saldaña, que era corto como el rabo de una boina, pero musculado y pecholobo, el clásico guaperas que sin decir palabra me levantaba a las chicas que me gustaban. Ya digo, me sentía raro. Y más cuando, por descansar, me detuve a contemplar la mágica redondez plateada de la luna en la que me esperaba Violette.

-Qué bella estás en la noche-intenté decir ensayando un abordaje inteligente y original que sin duda abatiría sus defensas.

Intenté decirlo, lo juro. Pero qué carajo, lo que sonó fue un aullido espeluznante que rasgó como un bisturí el silencio de la noche.

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Puse un SMS a mi psicóloga. Necesito que me veas con urgencia. Ya. Pese a lo avanzado de la noche, Cristina Fontana me recibió encantadora.

-Raro sí estás –dijo nada más verme- Veamos, túmbate en la chaise-long.

Cuando me tumbé, noté que mis manos se habían cubierto de pelo, y que las uñas me habían crecido hasta convertirse en afiladas garras.

-Nada importante –dijo Cristina intentando dibujar una sonrisa- Bueno, claro, algún pequeño trastorno de personalidad sí que se te ve…Te estás convirtiendo en un hombre-lobo. La luna llena tiene estas cosas:despierta la leyenda, reaparecen los hombres-lobo. Te afloran los deseos, las frustraciones, y quieres comerte el mundo. Como eres más bien pusilánime, no te vendrá mal…

Me recetó tila y que, eso sí, procurara controlar mi agresividad.

-Por lo demás, tranquilo. Lo de la luna llena acaba pasando. Y ya como mujer, te diré que así, con tanto pelo y vestido como Elvis pareces más original…Más atractivo, sí, francamente…¿A ver? Abre la boca.

Le abrí mis fauces, pero me tranquilizó enseguida.

-Eso sí…Te empiezan a crecer los colmillos, pero es normal. Nada, asimila esta sobredosis de bestialidad y de potencia de macho y asiéntala en tu personalidad. ¿Tenías plan esta noche?…

-Bueno, iba a aprovechar la luna llena para jugar a Romeo y Julieta.

-Ah, claro, muy bien. Es que estas noches son muy románticas… Además, ya conoces el el mito de la bella y la bestia…Ya verás, este trastorno de la personalidad le gustará mucho a tu Julieta…Ya me contarás.

Me despidió con un par de besos y con su encantadora sonrisa de siempre. Como si estuviera acostumbrada a tratar a licántropos todos los días.

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No hay mal que por bien no venga. Al llegar a la luna donde me esperaba Violette, ya no me sentía bajo, feo y sin dinero. Ni pusilánime. Me creía un tipo original, fuerte, dominador, seguro. Tan confiado que apenas consideré necesario conversar demasiado.

-Cómo me gusta verte, Violette-aullé apenas llegué a su altura.

Ella supo interpretar el aullido, y se esforzó por sonreirme. Únicamente frunció el ceño cuando echó un vistazo a mi traje blanco de Elvis Preysler, a mi camisa con chorreras y, sobre todo, a los afilados colmillos que al fin se me habían desarrollado con la prestancia que yo soñaba de niño.

-Mon chegui- me dijo- ¿Un hombgue- lobo con los colmillos de ogo?…Ah, non… C´est toujours demasiado hogtega.

No puedo ocultar que soy un sentimental, y que aquella luna de Violette acabó dejando una muesca en mi corazón. Tan reforzado en mi autoestima como me sentía de hombre-lobo. Pero ya se sabe, los caminos de la seducción, como los designios del Señor, son inescrutables.

Líbrame Señor de una muerte grotesca

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Una de las ventajas de ir cumpliendo años es que vas asumiendo con naturalidad que esto se acaba. No es pesimismo, sino un realismo bien entendido, y que hasta suele coincidir con una sensación de fatiga. La fatiga de vivir.

La muerte alivia algunos notables inconvenientes. Y te libra de esos garbanzos en los zapatos que nos calzamos diariamente. Dejas de dormir poco para entrar en el sueño eterno, no hay que madrugar más, ganas la soñada exención de impuestos, no hay reuniones de la comunidad de vecinos en el más allá, no hay que leer el periódico ni castigarse soportando la gilipollez humana, no hay comisiones bancarias que medien en el tránsito, se deja de sufrir la ansiedad de la cultura o la necia dictadura de la moda, no hay que luchar más contra los abrefáciles que te amargan la vida. Tampoco se padecerá por la suerte del desempleo: estos parados no necesitan nada más que ser recordados. Y aunque no lo sean, tampoco se van a dar cuenta de ello.

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No le importa tanto a este bloguero la muerte como las condiciones en que ésta se presente. La muerte digna no depende sólo de la ausencia de dolor, sino del momento y de las circunstancias. Hace años el Duende leyó en los periódicos una noticia casi surrealista que le dejó aterrado. Contaba una sección de sucesos que un campesino había muerto aplastado por una roca en el muy poco honorable trance de copular…¡con una gallina! Qué Némesis tan brutal, qué ridículo tan espantoso. Recientemente todos hemos contemplado, perplejos cual nuestro amigo Homper, cómo el pueblo norcoreano lloraba de forma histriónica la muerte de su líder Kim Jong-il. Al mundo occidental le resulta inexplicable semejante teatralización de la histeria colectiva por la desaparición de un dictador, pero los abducidos norcoreanitos quizás no lloraban por eso, sino porque, según se comentó en Herrera en la onda, la muerte le sobrevino al sátrapa mientras defecaba.

-¡Qué desprestigio! –se debía de lamentar su pueblo plañidero- ¡Pensar que nuestro líder ha muerto dando de cuerpo!…

Muerte, por favor: se más discreta cuando vengas a por el duende que suscribe.

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La señora Olegaria era una mujer abnegada y trabajadora, y había dedicado sus últimos diez años a cuidar de su marido, un impedido que le anticipó a su amantísima esposa al menos cuatro años de purgatorio. Su marido había sido un borracho y un putero, pero eso no era eximente para el cariño de Olegaria, que era una buena cristiana. Se murió el marido, y Olegaria quedó viuda al borde de la indigencia. Días después de haber enterrado a su marido, su cruz y su llanto, murió en la calle de un ataque al corazón. Su cadáver fue levantado a las puertas del Monte de Piedad, y en el bolso de Olegaria se encontró una bolsita de papel que contenía dos alianzas matrimoniales y una dentadura postiza con tres piezas de oro. Tampoco fue la muerte digna que Olegaria se merecía.

La gallina violada, la muerte en el retrete y el triste bolso de Olegaria. Todo se le mezclaba en la cabeza al Duende cuando hacía algo aparentemente tan fácil como instalar unas protecciones de plástico en las esquinas de su plaza de garaje para proteger a su coche de roces y abolladuras de chapa. Qué ingenuidad la suya.

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Doña María hablaba de las múltiples pequeñas cosas de espaldas al pueblo que le complican tontamente la vida al ciudadano. Y, puesto en faena, el Duende advirtió que las protecciones de plástico que la afamada firma Leroy Merlín le había vendido para proteger el cutis de su coche en el garaje pertenecían a ese género de ingenios imperfectos que no se explica cómo se venden. Para empezar –cosa tan obvia que se no se tomó la molestia de comprobar, craso error- uno esperaba que las protecciones formaran un ángulo recto, y se acoplaran a las esquinas como el dedal al dedo. Pero no: formaban un ángulo agudo, no se sabe en qué esquinas pensarían sus fabricantes. Durante la primera media hora de su ejercicio dominical, el Duende trató de abrir, primero manualmente, y luego a pisotones, el ángulo de las protecciones. Desgraciadamente, el grosor de las mismas las hacía demasiado rígidas.

El segundo inconveniente es que las protecciones venían sin adherencia. Y a falta de recomendaciones, uno pensó que un pegamento de contacto contundente las adheriría sin mayores problemas, incluso aunque las bandas de plástico no pegaran con la pared en toda su superficie. Compró un pegamento infalible que le recomendó un ferretero, recorrió con un reguero de pasta blanca los bordes de la protección y procuró encajarlo en su lugar. Al poco, el Duende comprobó que el pegamento de contacto necesitaba presión para hacer efecto, así que durante bastantes minutos presionó con manos, rodillas y pies esperando el éxito. Cuando ya empezaba a aburrirse de su vida, y a convencerse de que no merece la pena dedicar más tiempo a estas majaderías, dio por cumplido el trabajo y se dio la vuelta para subir a casa. Pero antes de llegar a la puerta del ascensor le sorprendió un ruido. Volvió la mirada y la protección de plástico estaba en el suelo.

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Todo tiene su explicación –se dijo el Duende. El pegamento era demasiado denso, y la sección de salida del tubo no lo bastante ancha para que sirviera la cantidad suficiente. Subió a casa, cogió una sierra, bajó, seccionó el canutillo de aplicación por su base, apretó el tubo como si fuera un asesino de pegamentos, y como pudo embadurnó las paredes interiores de la puñetera protección de plástico para encajarla nuevamente y durante casi media hora presionarla para que se adosara definitivamente a la pared.

Entretanto sudaba, se irritaba y notaba que la la ira se iba apoderando de él. Empezó a acordarse de los padres y de las madres de Leroy y de Merlin, y también de las de los fabricantes de defensas, de las de los dependientes que no le advirtieron de que el plástico era rígido, y que de ángulo recto, nada. También invocó a la madre del que inventó ese pegamento de mierda, a la del ferretero que se lo colocó malamente y hasta a la del constructor del garaje, que no se sabe por qué con lo que cobró por venderlo no tomó la precaución de revestir las esquinas con blindaje de goma. Cuando parecía que la protección de plástico, al fin, quedaba fija, ésta empezó a alabearse por la mitad de su altura, y su base y su cabecera iniciaron un lento alejamiento de la pared, mostrando que aquellos hilillos de pasta blanca no servían para nada.

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Entonces, la emprendió a patadas y a puñetazos contra la esquina. No se sabe si como postrer intento para pegar la protección y conseguir su objetivo de proteger el cutis de su coche o cabreado por aquella nueva demostración de que todo conspiraba contra él de espaldas al pueblo. Estaba indignado, enloquecido, poseso de una ira universal contra todo por haberle puesto en esa ridícula situación que le robó media mañana de un soleado domingo de enero. Por un momento pensó que en casos así a algunos les sobreviene un infarto de miocardio, y tienen que cerrar su biografía con una nota tan absurda como “murió tratando de poner, inútilmente, unas defensas en las esquinas de su garaje”. Luego se vio en la misma lista que el presunto follador de gallinas aplastado en el intento, o el dictador cagón, o la desdichada señora Olegaria.

Y se consoló pensando que, por el momento, se había librado de una muerte grotesca como la que, lamentablemente, podría sorprenderle en tantas situaciones peculiares que uno vive cada día.

Un fin de año distinto

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Parece ser que sonaron las doce campanadas que, como cualquier otra noche, da el reloj de la Puerta del Sol. Y Homper se quedó estupefacto con el espectáculo que siguió. No vio a José Mota, ni a Anne Igartiburu, personajes ambos a los que admira por distintos motivos. Sino a Katherine Hepburn, Cary Grant, James Stewart y a George Cukor, brillantes todos ellos en Historias de Filadelfia (1940).

Peligroso que una comedia con setenta y un años a sus espaldas le tentara al Hombre Perplejo más que la recepción del futuro que nos queda más a mano, que es este temido 2012. Pero es explicable: por una parte el nuevo año asoma la oreja con más miserias, recortes y subidas de impuestos. Consolémonos con el buen humor, la gracia y la finura que rebosa esta película. Por otra, acababa de leer un artículo de Javier Marías que él titula como Superculpables, donde critica al que él llama intelectual cronológico, es decir, al que, “con sentido acrítico abraza siempre lo último, boquiabierto y babeante, al que aplaude invariablemente lo que hay y se lleva, tan sólo porque es nuevo y existe”. A juicio de Marías tan estúpido es considerar que cualquiera tiempo pasado fue mejor como esperar que lo vaya a ser el futuro sólo porque es nuevo. El futuro, añade Homper de su cosecha, sólo es, con seguridad, inevitable.

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Así que Homper se ahorró las uvas. Hace ya años que dejó de tomarlas, y no ha notado que la vida le haya tratado peor por ello.

Es más: aunque, como se ha advertido ya en este blog, el Hombre Perplejo guarda afinidades con el pavo, le parecía estúpido engullir doce uvas como las engulliría este, que no pasa por ser precisamente uno de los animales más lúcidos. Item más: él las tomaría incluso con gusto si las uvas del tiempo fueran las moscatel, que son deliciosas, pero no las uvas tontas e insípidas que nos colocan en estas fechas los mismos productores que en el año 1909 tuvieron la feliz idea de inventar y difundir este ritual. Ya les vale con lo que han conseguido. En plena era del descreimiento y del relativismo y confiando todavía en que doce uvas nos cambien la suerte. Casi más fiable Doña Manolita.

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En el último paseo del año 2011 por un Madrid semidesierto y con la mayoría de las tiendas cerradas Homper compró juguetes, un roscón en Carrefour – la de Reyes en cambio si es tradición de su gusto- y dos libros para regalo. Los libros eran Los enamoramientos, del propio y celeberado Javier Marías, y Lo que me queda por vivir, de Elvira Lindo, una escritora que le cae extraordinariamente bien. La primera ha sido especialmente una novela muy jaleada por la crítica, pero cuando Homper pensó por qué había comprado precisamente estos dos libros y no otros dentro del variadísimo repertorio de novedades editoriales que invaden las librerías, tuvo que admitir que había algo de determinismo en sus títulos. Se venderá e interesará mucho más Inside Job, claro, pero Homper también es de los superculpables que miran con recelo el obligado progresismo oficial. A veces cae en la debilidad de creer que vale más la literatura.

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Qué contradicción, dudar del poder mágico de las uvas de la suerte y caer en el embrujo de los títulos de los libros aún sin haberlos leído. Interesarse por los enamoramientos cuando uno especula ya con lo que le queda por vivir. ¿Curiosidad o morbo?

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El último encuentro del año lo mantuvo Homper con su sobrina Margarita, que había ido a la Casa del Libro en busca de un modelo de agenda Moleskine del que lamentablemente no quedaban existencias. Margarita era hace nada una niña adorable de espléndidos ojos azules y de arrebatadora sonrisa. Una de esas niñas que queda inmortalizada en una caja de galletas para convencer al personal de que quien las come tiene asegurada la felicidad. Ahora Margarita es una mujer hecha y derecha, y su hija Paula, no menos encantadora, ya va a guateques. Tempus fugit. Homper advirtió entonces que se había pasado casi una vida y no había regalado casi nada a Margarita, a pesar de que los humanos queremos a los tíos muchas veces por los regalos que nos han ido haciendo de niños.

-Déjame que te regale un libro –le dijo- Que no se si con lo que me queda por vivir vas a encontrar otra ocasión mejor para aprovechar a tu tío.

No hubo manera, ella es tan considerada que se negaba a aceptar un regalo Entonces Homper cayó en la cuenta de que llevaba en sus manos un roscón de Reyes de tamaño mediano que claramente le quedaba grande. Sobre el roscón de Reyes, como sobre los turrones, hay en Madrid mucho mito. Parece que sólo son buenos los de dos o tres obradores y reposterías tradicionales. Pero Homper se tiene por experto en la cata de roscones, y da fe de que en Carrefour le dieron a probar uno que no era nada malo, sino todo lo contrario, y por eso lo compró.

-Pues te quedas con este roscón –le dijo poniéndoselo en las manos a su querida sobrina Margarita.

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Así que Margarita, Javier Marías, Elvira Lindo, Katherine Hepbun, Cary Grant, James Stewart , George Cukor y el roscón de Carrefour fueron las últimas cuentas que Homper engastó en el collar del año que se iba. Los fines de año sirven, sobre todo, para eso: `para fijar en la memoria personas y situaciones que ilustran lo imprevisible de la vida de forma tan aleatoria como una combinación de la Primitiva.

Como imprevisible fue también lo que Homper vio, más perplejo que nunca, desde su palomar cuando en su reloj sin campanadas pasaban ya de las doce. Pues sobre la línea del cielo de la capital empezaron a dibujarse desde todos los barrios multitud de castillos de fuegos artificiales, cohetes aislados, tracas, petardos y otros efectos pirotécnicos que se mantuvieron por más de una hora. Como si la pólvora fuera gratis, y viviéramos en el reino de Jauja, y tuviéramos por seguro que 2012 iba a vaciar sobre nuestras cabezas el cuerno de la abundancia. Ni crisis, ni recortes, ni paro, ni puentes hundidos, ni subidas de impuestos, ni estrecheces, ni pesimismo. Madrid sonaba como supone Homper que debió de sonar cuando las tropas de Franco la asediaban en 1936. No recordaba haber escuchado nunca tantas explosiones. Esta vez, al parecer, eran de júbilo.

Él también gozó del suyo. Lo sentía bajo el edredón, mientras empezaba a ser ganado por el sueño para despertar esta mañana y comprobar que, después de tanta fanfarria, la vida no ha cambiado demasiado. Feliz Año 2012 tenga el lector , si es capaz de atar esa mosca por el rabo.

Un crepúsculo divino

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Escucha Homper en una tertulia radiofónica una frase que le da qué pensar. La dice Joaquín Leguina, y no es mala pulla contra los que por huir de las creencias tradicionales acaban comulgando con ruedas de molino.

-Dejamos de creer en Dios y acabamos creyendo en cualquier cosa.

La frase se puede entender de mil maneras. Pero el Hombre Perplejo, poco instruído, la refiere a las dudas propias de su edad y de su condición. El Dios que le contaron se fue diluyendo en él por hacer caso a la razón. Pero emprendió el camino de la razón y, o ésta no era demasiado clara, o él era medio tonto, y no daba para seguir progresando por esa vía. Se pone en almoneda al Dios creador del cielo y de la tierra y unos sabios que dicen entender mucho de astronomía, de física cuántica y de otras materias abstrusas nos lo cambian por el Big-Bang. Ahora lo último es el bosón de Higgs, la llamada partícula de Dios . No está, pero se la espera en ese túnel de 28 kilómetros socavado en la frontera entre Francia y Suiza para que colisionen entre sí los hadrones. Con lo bien que quedaba Dios apareciéndosele a Moisés/Charlton Heston en el monte Sinaí y ahora encarnándose en partícula por un túnel donde otros hadrones viajan a toda leche y se estrellan entre sí como conductores de autopista borrachos. A partir de el momento en que aparezca el famoso bosón –vaya nombre- será como el Gran Houdini, pero en plan cósmico.

-Qué empanada, Señor, qué empanada-suspira Homper- Con lo señorial que quedabas tú con largas barbas en las viñetas de la Historia Sagrada…Tampoco lo entendíamos mucho, pero más creíble que lo de la partícula sí que resultabas.

Ahora a Dios ni siquiera se le pone imagen. ¿Quién es capaz de pintarle barbas a una partícula?

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Imagina Homper que, si es verdad el Creador es omnisciente, debería saber cómo tenemos que entenderle. Y se queda estupefacto –perplejo, como indica su nombre- de que por no complicarse la vida él le haga responsable únicamente de todo lo que le parece bueno, y nunca de los males, horrores e injusticias que se ven por el mundo. A Dios,como al Rey, conviene no comprometerle mucho.

-Además –aclara- Dios tiene muy buen gusto. Lo se porque cuando veo algo bello y me emociono siento como que vuelo. Y dado que los hombres no tenemos alas debe de ser uno de sus milagros.

Homper se las apaña para encontrar al Sumo Hacedor en muchas cosas sin importancia o en pequeños instantes mágicos. Hay un pedazo de Dios en una tortilla de patata, otro en una ventana mudéjar, otro en Audrey Hepburn recién duchada cantando Moon river, otro pedazo en un polvorón, otro en una rosa, otro en un silencio, otro en el aroma del espliego, otro en el roce del pie con la sábana recién mudada, otro en la novela que nunca escribirá, otro en el momento de domirse, otro en un gin-tonic después de haber hecho deporte una tarde de verano, otro en el beso de un nieto a su abuelo,otro en un bolero bailado bien apretado a una mujer en la verbena de pueblo de una noche de verano, otro en el recuerdo infantil de la leche condensada deslizándose por el gaznate, muchos en la música de Bach, y más aún, desparramados por ahí, en multitud de paisajes. En mares, montañas, desiertos. En las cataratas del Iguazú. O en esa bravía playa del Cantábrico por donde pasea una fascinante dama con dos perritos. Esas vivencias hacen de su alma una guitarra, y en ella una mano maestra dibuja misteriosos arpegios que le reconcilian on la idea del mago supremo.

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El último destello de presunta divinidad fue esta semana, en el inicio del invierno, cuando las noches son puñados de diamantes desparramados sobre terciopelo oscuro y los días amanecen glaseados de blanca escarcha. Al atardecer, se veía por el suroeste un cielo nítidamente azul condecorado por el cuerno de la luna creciente y, por debajo, de él una banda de luz crepuscular de color rosado, casi púrpura.

-Mañana hará mucho frío –le decían cuando era niño y el cielo pintaba así.

Confiesa Homper que ahora le daba igual el frío. En ese momento de soledad gozosa, alguien le decía por teléfono que donde estaba, a muchos kilómetros de distancia, veía un cuadro igual y, sin buscarlo, también sentía un momento especial. Ambos convergían sus miradas en ese punto del gigantesco espacio al que los científicos aún no son capaces de encontrar límite. Y Homper no quiso ponerse trascendente o cursilón, y menos aún buscarle cinco pies al gato, pero no se imaginaba que el bosón de Higgs, con todo lo que se espera de él, fuera capaz de inventar un sencillo momento tan delicioso y emocionante como éste.

- Si no es cosa de Dios –concluyó- hay por ahí un poeta genial que ha adoptado ese seudónimo.

Nunca saldrá de dudas, pero al menos cree que pasa ratos maravillosos.

El amor que reivindicó a la coliflor

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Aquel ciudadano corriente escuchó un día por la radio que la cena de nochebuena típica de los gallegos –puede estar equivocado- era coliflor hervida y besugo. El ciudadano corriente agradeció entonces no ser gallego, o al menos no haber sido gallego cuando era niño. Odiaba la col blanca y el acantopterigio, un pez que siempre presenta una cara triste y demasiadas espinas para un chaval.Y no era capaz de imaginar que para la cena más importante del año alguien hubiera consagrado como menú preferente justo los dos últimos platos en su escala de preferencias.

-Además la coliflor es pedorra –le dijo Corraliza, su compañero de pupitre.

La cosa es que aunque no fuese tan ordinaria, la coliflor se hacía odiar en cuanto caía en la olla hirviendo.

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A los treinta y tres años el ciudadano se enamoró perdidamente de una bibliotecaria irresistiblemente guapa. La bibliotecaria amaba tanto su oficio que no lo abandonó a pesar de ser tentada por el cine, porque los productores veían en ella una sucesora de Stella Avery, la gran estrella de Hollywood. Stella Avery fue atacada por un cocodrilo cuando hacía turismo de placer por un río tropical. El cocodrilo, sin duda más selectivo que el que dejó manco al Capitán Garfio se llevó de un bocado sus dos pechos y un par de dedos, en uno de los cuales lucía un sortijón con rubí regalado por un maharajá y valorado en un millón de dólares. A Stella le reconstruyeron el busto con creces ( es decir, le aumentaron la talla, para asimilarla a Anita Ekberg, otra estrella de la época), y le disimularon los dedos perdidos con una delicadísima prótesis articulada qu le permitía seguir seduciendo también con otras sortijas deslumbrantes. Pero el trauma de aquel terrible accidente le hizo perder la confianza en sí misma. Nunca volvió a ser la que era.

Por eso los productores se fijaron en la bibliotecaria, que era tan guapa como Stella y del mismo estilo que la gran diva, aunque de Polán, provincia de Toledo.

-No puedes negarte- le dijeron- Tienes un deber con el séptimo arte. Te quiere la cámara, y el mundo te querrá aún mucho y te cubrirá de oro si dejas que hagamos de ti otra Stella.

Pero la bella bibliotecaria dijo que no. Estaba encantada de ser una chica de Polán, una bibliotecaria ejemplar, una mujer sencilla enamorada del ciudadano corriente que la cortejaba. Y era feliz cuando en su casa se comía coliflor.

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El ciudadano corriente no estaba exento de virtudes, pero era eso, un tipo corriente que no había nacido en Galicia, y no podía soportar el olor de la coliflor hirviendo. El amor hace milagros, y al principio el encanto de la bibliotecaria hacía olvidar aquella atmósfera mefítica que perfumaba la casa de su amada. Pero cuando fue ganando confianza, no se lo pudo callar.

-No querrás que en nuestra casa se cocine la coliflor, ¿no?

-Claro, mi amor. Es mi vida, mi infancia, mi familia. Es, como decía aquel anuncio, el aroma de mi hogar.

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El ciudadano corriente estaba destrozado. Amaba a la bibliotecaria desesperadamente. Tanto como odiaba el olor de la coliflor. Su alma se debatía en una duda: ¿cómo puede una mujer tan bella y tan virtuosa ser insensible a ese pestazo vecinal que durante generaciones se había asimilado a las porterías de las casas del Madrid de Galdós y de Arniches?

Hasta que un día una buena amiga llamada Cuba Calderón le contó el truco.

-Dile que añada al agua de hervir un buen chorretón de leche. La enriquece y neutraliza su olor característico de portería antigua.

Así lo hizo. Y para que aquella saludable familia de la chica de Polán conociera una variante culinaria más de su verdura favorita, le transmitió esta sencillísima receta de crema de coliflor: 1. Se hierve la coliflor con agua y leche. 2. Se retira y se reserva el líquido resultante de la cocción. 3. A la coliflor se le añade un poquito de sal y pimienta, y queso de cabra al gusto del consumidor. 4. Se la bate con una Minipimer añadiéndosele el líquido para conseguir la densidad deseada.

Se casaron. Es más, abrieron con esta crema la primera cena de Navidad que pasaron como marido y mujer y, sin ser gallegos ni tener que tomar de segundo plato toledanas perdices, fueron muy felices.

Feliz como el pavo que indultó Obama

En el campo donde el Duende pasaba las vacaciones de su infancia había ua tropa de pavos. Había que criarlos con mucho mimo: a los pavos pequeños, por ejemplo, no se les alimentaba con cualquier cosa. Se les suministraba leche cuajada con hortigas. Luego, de adultos, los pavos paseaban por el encinar y se ponían morados de bellotas. Pobres, finalmente se les asaba con manzanas, castañas y mucho coñac y estaban buenísimos.

A los pavos les gustaba pasearse en comitiva, con los machos al frente, que se vez en cuando se inflaban orgullosos y lucían su ridícula cascada de moco rojo que les colgaba como un chorro de gelatina por encima del pico. Parecían la corte de los Austria -por lo negro del plumaje- camino de una coronación. Orgullosos. El jefe de la comitiva cacareaba -no recuerda uno que exista palabra específica para el canto del pavo- y los demás le coreaban como unos pelotas. Al Duende le divertía mucho aquel desfile. Entonces imitaba el canto del pavo jefe, y la tropa le respondía como si en la realidad lo fuera.

El Duende es tan mayor que recuerda a los pavos en el mercadillo de la Plaza Mayor. Los madrileños compraban allí su cena de Nochebuena, como si los pavos de verdad fueran figurillas de nacimiento.Luego venía el sainete tgragicómico de la degollina: alguien tenía que ejecutar al pavo en casa. A veces el pavo rebelde se escapaba de las manos del verdugo y salía corriendo por el pasillo con la cabeza colgando y dejando a su paso un reguero de sangre. Todo muy goyesco, muy solanesco, muy de Berlanga. En una de las primeras películas del gran director valenciano se veían estas escenas de la Navidad de entonces.La película era tan tierna y tan ingenua que se titulana Felices Pascuas, ahora que hasta los católicos fetén olvidan el origen religioso de la celebración y felicitan “las fiestas”. ¿De qué fiestas se trata?, pregunta uno. ¿Tanto molesta la Navidad?

Más tarde se enteraría el bloguero de que los norteamericanos anticipan este ritual navideño el Día de Acción de Gracias. Los estadounidenses se comen ese día pavos grandes como avestruces, quizás para que quede claro que a pesar de las crisis siguen siendo la primera potencia mundial. Y de esa sacrosanta fiesta que tan magníficamente pintó Norman Rockwell y tantas veces hemos visto en el cine, lo que más le impresiona al Duende es que el presidente abandone por un momento sus altísimos quehaceres y que indulte a un pavo elegido no se sabe cómo entre todos los pavos de los estados de la unión.QUé privilegio.

Bueno, pues todo esto es para decir simplemente que en vísperas de la Navidad de 2011 el Duende se siente como el pavo indultado por Obama. Con la misma cara de pavo que tanto sorprende a los que le conocen, que, no sin razón, le consideran generalmente un tipo frío e inexpresivo. Pero también con la felicidad interior de sentirse librado de los males de nuestro tiempo. Libre de la enfermedad, libre del paro,libre del desánimo,libre de grandes depresiones. Sólo prisionero de afectos o amores de distinto matiz a los que quizás no sabe corrresponder precisamente por ser como un pavo Y, pese a las triquiñuelas de la informática, centro aún de la mirada de algunos amigos blogueros que todavía se aventuran a leerle.

Debería de confesar paladinamente que él si que puede sentir una Feliz Navidad, y que le gustaría que todos los que le felicitan en sus comentarios vivieran al menos algo parecido. Debería decirlo sin timidez, con alegría y firmeza, como anunciaron los ángeles aquéllo de paz a los hombres de buena viluntad Pero ya lo ha recordado varias veces: es tan pavisoso y está tan sorprendido por la serenidad de su estado de ánimo que no es capaz de ser más elocuente que el pavo indultado por el presidente de Estados Unidos

Pues eso: Feliz Navidad les desea un pavo afortunadamente indultado.

La mejor cena de empresa

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La primera vez que Teresa fue a una cena de Navidad de su empresa le temblaban las piernas. Ella, tan tímida, tenía que ir a la peluquería, maquillarse y ponerse guapa por consejo de sus compañeras más veteranas.

-Seguro que alguno te tira los tejos, tonta-le decían- Ellos van a lo que van, y acaban todos borrachos. Pero a veces la cosa resulta divertida, y no te compromete nada. Al lunes siguiente todos te volverán a mirar como la secretaria de siempre, pero que te quiten lo bailado.

Mientras frente al espejo aplicaba polvillo de purpurina en sus mejillas, recordaba el inicio de su película favorita, El apartamento cuando los colegas de Jack Lemmon celebraban una fiesta de Navidad en los mismos despachos de la empresa. Unas copas de champán, una breve batalla de confetis y serpentinas y el jefe más apocado sentaba sobre sus rodillas a su secretaria para besarla, meterle mano y darse un homenaje sin el menor sentido del pudor.

Le temblaban las piernas, porque aunque no tenía una gran consideración de sí misma, la verdad es que esa noche se miraba ante el espejo y se encontraba mona, incluso atractiva. Hasta se había atrevido a descotarse un poco. Sólo para insinuar la primera sombra del canalillo y esperar a que algún hombre interesante descubriera que allí latía un corazón y podía desplegarse un sueño.

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Se sucedieron los años de vacas gordas, y la cena de Navidad de la empresa fue ganando fama y aprecio entre los empleados. En aquel tiempo el más tonto hacía relojes dormido, y cualquier despabilado ponía en marcha una constructora y ataba los perros con longaniza. La cena de la empresa de Teresa llegaba con la paga extra fresca y los bonus rebosando los bolsillos de los jefes, e incluía espectáculo de mago y de humorista que contaba chistes verdes, baile que inevitablemente degeneraba en la conga de Jalisco, barra libre hasta las tres  y sorteo de regalos y de tres cruceros. A Teresa le tocó uno a los fiordos noruegos que aprovechó en verano. Como no tenía pareja, invitó a su compañera Josefa, con la mala suerte de que ésta se mareó en la travesía, lo encadenó con una gastroenteritis y acabó convirtiendo a su anfitriona en abnegada señorita de compañía.

-Mierda de cena de Navidad, mierda de sorteos, mierda de crucero –suspiraba Teresa cuando podía escaparse del camarote y respirar en cubierta  el aire yodado del mar.

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En los años de esplendor media empresa aprovechaba aquel despelote de cena para tratar de ligar con la otra media. Pero cuando el director empezaba a soplar el matasuegras y Roselia, su secretaria, se subía las faldas y mostraba al respetable sus navideñas bragas con la cara de un Santaclaus sobre el mismo monte de Venus provocando el rugido de los machos bravíos, Teresa se acercaba al guardarropa, pedía su abrigo y se iba. Solía coincidir en la salida con Damián, el. único hombre de la empresa que, sin ser un George Cloney, le atraía. Damián, era el director financiero a su pesar, porque escribía poesía y soñaba con retirarse a su casita en el Valle del Pas. Sin hijos y con poca esperanza ya de tenerlos, sólo trabajaba para poder mantener los cuidados que necesitaba su mujer. Su mujer se llamaba Lucila y padecía una artrosis degenerativa  que estaba minando cruelmente su belleza.

-No puedo evitarlo- le dijo mientras le ayudaba a ponerse el abrigo- Pero quiero volver pronto a casa porque,  cuanto más se acerca el final, más tiempo necesito pasar con ella..

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La crisis puso a la construcción en su sitio, y a la empresa donde trabajaba Teresa fuera de su sitio. Pronto, la plantilla  tuvo que soportar las desagradables boñigas de las vacas flacas. Primero desaparecieron los  bonus, luego se congelaron los sueldos, se requisaron las tarjetas de crédito de empresa, siguieron los despidos,  se eliminaron las cestas de Navidad y los regalos de Reyes para los hijos de los empleados. Al año siguiente la cena de Navidad fue un modesto menú  sin mariscos y, por supuesto, sin baile, atracciones, regalos ni sorteos. Finalmente, en  2008 llegó lo que parecía imposible: se acabó con la ilusión de la noche de desmadre y ligoteo y se fulminó lo que ya parecía un derecho sagrado para el personal, porque la empresa comunicó que, lamentándolo mucho, no habría cena oficial. Invitaba  a los empleados a que confraternizaran celebrando la Navidad juntos. Aunque, eso sí, pagando cada cual la cena de su bolsillo.

A partir de ese momento, cada año acudían menos empleados a la cena, pero ni Teresa ni Damián faltaron nunca. Él aprovechaba  aquella noche para sentarse junto a ella, charlar lo que le dejaba la espantosa música de discoteca y aliviar así el dolor que le provocaba el lento declive de su mujer. Ella le escuchaba y le consolaba con una delicadeza emocionante. Damián no era ni alto ni guapo, pero a pesar  de su sufrimiento, sus ojos claros proyectaban esperanza, y eso le añadía un punto de ternura. Ambos sentían que aunque sus vidas no eran cuentos de hadas, la Navidad resultaba más amable después de hablar de sus cosas cenando en torno a una vela roja adornada con acebo.

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2011 fue tan letal para la empresa como para Damián. En aquella siguieron sucediéndose los despidos, mientras que Lucila murió en junio. Nadie estaba con ánimos de celebrar la Navidad.

El 16 de diciembre los únicos que asistieron a la cena fueron Teresa y el director financiero recién viudo. Compartieron una ensalada de ventresca, tomaron luego picantones rellenos y un helado de castaña con salsa de chocolate. No hubo ni cava, solo vino tinto, un crianza de Rioja. Tampoco llovieron confetis  ni serpentinas, ni se tuvo que soportar música ensordecedora, ni mago, ni animador, ni regalos y sorteos de viaje. No más conga de Jalisco de borrachos, ni directivos con narices de payaso y gorritos de Papá Noel, ni exhibición de escotes y de bragas rojas y blancas con santaclauses indecentes.

-¿Te apetece que paseemos un ratito?-le propuso Damián.

Teresa asintió con una sonrisa. Mientras sus pasos en la noche resonaban sobre el empedrado de la Plaza de Oriente volvió a recordar la historia de El Apartamento. Ni ella era la ascensorista que perseguía Fred Mac Murray, ni Damián era el ejecutivo que cedía  su apartamento para picadero de los jefes. Sólo eran dos compañeros de soledades, dos vidas desencuadernadas que, por esa concurrencia de cariño y nostalgia que a veces se da en algunas cenas de Navidad, quizás podrían recogerse juntos. La ocasión pedía un final feliz, y ella también añoraba esa atmósfera de ternura que desprendían Shirley Mac Laine y Jack Lemmon en su película favorita.

Cuando atravesaron la Plaza Mayor los tenderetes de los nacimientos estaban cerrados. Él tendió su brazo sobre los hombros de Teresa y la atrajo hacia si.

-Así sentirás menos el frío, ¿no?-fue su pretexto.

Tampoco supo qué decirle, aunque agradeció que la oscuridad de las calles y el cuello levantado de su abrigo impidieran ver su rubor. Siguieron caminando en silencio, muy juntos los dos, hasta perderse en el fondo de la noche. Ella sólo pensó que por fin había disfrutado de una cena de Navidad de la empresa que de verdad mereciera la pena

Un conocido llamado Jesús Posada

Señor Presidente del Congreso: que Dios le conserve la salud para domeñar a esas fieras que van a por usted...

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Creía el Duende de niño que los presidentes del Congreso, como los ministros de Fomento o de Instrucción Pública, debían lucir bigote y gruesas patillas, cuello duro y levita. Pensaba que sólo vivían en medallones o en fotografías de los libros de Historia, acaso modelados en piedra, el en rincón de un parque o al lado de una fuente. Pero lo mismo que ahora el Rey se accidenta como cualquier humano y tiene que salir a la calle disfrazado de vendedor de cupones de la ONCE, el presidente del Congreso actual parece un señor de lo más normal, aunque con abrigo bueno de piel de camello. Así se lo encontró por la calle la última vez, en los aledaños del Retiro.  Es deSoria, aunque si se le mira bien tiene cara de primer ministro egipcio.

El Duende da fe de que fue joven. Fueron jóvenes los dos: Jesús Posada y él, aunque ninguno de los dos parezca que lo fueran, porque hay gente que abrochamos directamente la infancia con la madurez otoñal, y pasamos por la etapa de la rebeldía como el sol por el cristal. En su memoria se ve compartiendo con  taxi con él una madrugada de la década de los 60,  con alguien más, para abaratar el viaje. Regresaban de algún guateque en casa de algún amigo o amiga común. No es que fueran en taxi por haber libado en demasía, sino porque entonces casi nadie tenía coche. Hasta entonces  no se conocían de nada, aunque tuvieran la sensación de conocerse de algo. Luego se lo reencontró en la radio, cuando Posada ya era presidente de Castilla y León o ministro aznariano y el Duende sólo un peón de brega en la cuadrilla de Gabilondo, en la de Julio César Iglesias, en la de Antonio Jiménezel hombre  que no conoce las canas- o en la de Olga Viza.

Tanto le falla la memoria al Duende que no sabe si quizás el superpadre de la patria fuera invitado alguna vez  a la añorada Verbena de la Moncloa. Pero el caso es que aquel día de marras se cruzaron por la calle de Alfonso XII, se sonrieron, se detuvieron y se saludaron.

-No se si te acordarás de mí, Jesús- dijo el Duende presentándose con su nombre.

-Oh, sí, claro- respondió el político- Cómo no me voy a acordar.

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No hacía falta ser un lince para darse cuenta de que no tenía ni puñetera idea de quién era el ciudadano que le saludaba. Pero el hombre estuvo afable, soportó la historia del taxi, llegamos a la conclusión de que no podíamos haber coincidido en Soria, ni en Zurich, donde este menda no ha estado nunca, ni en el mismo pupitre del colegio, porque esas cosas no se olvidan nunca. Y el Duende recordó las veces que a él mismo le habían saludado oyentes de la radio adictos –ahora en RNE les llaman escuchantes, eufemismo que le resulta de insoportable cursilería- sin ser él capaz de fingir que les conocía como si fueran imprescindibles para su vida. Es la servidumbre de los que alguna vez se han subido a un estrado, o han hablado en público, o han salido en la tele, o han sido conocidos, famosuelos, chisgarabises de distinto nivel, personajillos. Tienen la necesidad de seguir cayendo bien, porque se deben al llamado respetable. Gulp.

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Luego el Duende, a solas consigo mismo, se preguntaba: ¿a cuántas personas llamamos conocidas, aunque no conozcamos de ellas más que su nombre, o a veces ni siquiera eso? ¿Obliga eso a  saludarlas por la calle, a felicitarlas por Navidad? ¿Hay que alegrarse de sus éxitos y llorar sus fracasos? ¿Deberemos ir a su funeral si mueren antes que nosotros? Y se ponía la mano en el corazón para responder al siguiente dilema moral: qué preferirías, que te tocara la lotería…¿o que a este conocido que no lo es tanto le atropellara un repartidor de pizzas y le partiera una pierna?…El final lamentable de la truculenta hipótesis es que el actual Presidente del Congreso debía apoyar una de sus muletas en el pupitre de la Biblia, porque tenía que jurar su cargo con la pierna escayolada. Qué inconfesable miseria moral la del Duende.

Por cierto, casi mejor que no le haya pasado nada. Mejor que esté sano y con fuerzas para no permitir que los diputados de Amaiur, qué buenos amigos, le retuerzan esos  honorable cataplines que nos representan a todos. Bastará con que el nuevo Presidente del Congreso aplique el reglamento. Por imperativo legal,  valga la redundancia.

Carta al Niño Jesús perdido

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Querido Jesús

No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tiene prometido…Perdona, Señor, que empiece así, tan trascendente y con versos que no son míos. Pero es verdad. ¿El cielo?…Sólo sabe uno de versiones terrenales, y ni esas terminan de convencerle. Me mueve tu idea, y siempre me ha movido especialmente esa historia tan bella que nos contaron primero Mateo y luego, de otra forma, Cecil B. de Mille.

Como era niño me gustaba más la segunda, entiéndelo. Espero que no te moleste.

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Estoy hablando de la Navidad, claro. Ese misterio: el ángel de la anunciación, el Espíritu Santo en el oficio de papá, el niño que es hijo de Dios pero que no nace ni en una mala posada. O sea, algo difícil de entender, pero que nos contaban y nos creíamos y que luego recreábamos en casa poniendo nacimientos y cantando villancicos que lo celebraban.

Venían después las cenas con los mayores, el turrón, que me encantaba y me sigue encantando, los regalos de los Reyes, un paréntesis de ilusiones en la aburrida vida de colegial que tan bien retrataba Antonio Machado: Una tarde parda y fría / de invierno, los colegiales/ estudian monotonía / de lluvia tras los cristales. Se rompía la monotonía, ibas a nacer Tú. Mi madre bajaba unas cajas de los altillos de los armarios, desenvolvía cuidadosamente unas figuritas de barro envueltas en trozos de periódico y con unos papeles azules que simulaban el cielo, una estrella de purpurina, montañas de corcho, papel de plata de las envolturas de chocolate y musgo representábamos la increíble historia de tu llegada al mundo.

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Y ya te decía al principio, que más que el cielo que me tienes prometido me han movido siempre estos momentos felices de mi infancia, acaso los cromos mas bonitos que conservo de ella. Imagínate, tantos recuerdos, mi madre racionándonos el turrón amorosamente mientras adornábamos la casa, para no desabastecer la despensa antes de tiempo, y mi padre indagando si habíamos escrito la carta de Reyes. Momentos Capra, el director de cine que más nos ha hecho llorar a los que sentimos la Navidad como algo especial. Tanto los aprecio que ahora, más de ,medio siglo después de abandonar la infancia, procuro recrearlos fielmente para que mis pequeñas nietas vivan la misma emoción. Y, si hay suerte, se enganchen a tu causa, cosa que ahora no es nada fácil.

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Ni me mueve el cielo prometido/ para dejar por ello de ofenderte, sigue el famoso. Que no, Señor. Uno es como es, y está lleno de debilidades. Pero ésta de los belenes te juro que es de las inocuas, casi de las positivas, pues de paso repasamos no tanto tu vida, que ya es una referencia, sino tu mensaje, que vale aunque caiga en vacío, como ocurre incluso en la órbita de lo que antes llamábamos cristiandad. Entonces todos más o menos nacíamos con Dios, o sea, con tu divino Padre, pero la vida se encargaba de apartarnos de Él, dita sea.

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Y digo lo de ofenderte porque fue abrir la caja donde guardo yo también, como mi madre, las figuritas del nacimiento ante la atenta mirada de mis nietas, y te ofendí. Recordé entonces que por pereza no había dirigido el último desmontaje del nacimiento. Pues divino Niño, tanta ilusión como produce preparar tu venida es pereza cuando se trata de desmantelar la Navidad, y a veces me escaqueo. Así pasa lo que pasa: mea culpa, a culpa.

Así que abrimos la caja y en el primer parte de irregularidades registramos: 1. Lavandera mutilada del brazo derecho, con el brazo rondando por una de las esquinas. Una pena, pero asumible. 2. Peana de grupo compuesto por pastor con corderito a hombros y dos ovejas andando hacia Belén, partida por su mitad. Lamentable, pero se puede arreglar. 3. Cuerno izquierdo del buey del Misterio desprendido, por no decir que vilmente afeitado, por impacto con otro miembro del belén. A última hora el cuerno ha sido localizado, y estamos en pegarlo, con el problema de que es tan diminuto y tan eficaz el pegamento de contacto que corro el peligro de que el cuerno se me quede unido a la yema el dedo. Por lo que más quieras, Jesús, evítalo y recupera la dignidad de tu buey calefactor. 4. Finalmente lo más grave, lo más preocupante, lo que en verdad rebeló mis malos humores y me hizo perder los estribos: Niño Jesús perdido y no hallado en ningún templo. Fue el mismo drama de hace un año, así que no me pude dominar y ante mis seis nietecitas atónitas grité como un poseso.

-¡Coño, otra vez el Niño Jesús perdido, no!…

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Muéveme, Señor, verte nacido/ para mis nietas, con ternura, en tal manera/ que aunque no hubiera cielo te quisiera/ y aunque no hubiera infierno te temiera, podría maquillar el famoso soneto de marras en este momento crucial para acabar mi queja y rematar mi súplica.

Podría hacerlo, divino Niño, pero para eso necesito recuperarte tal como venías en el misterio que compré en la Plaza Mayor. La cuna, hecha con diminutos palitos, se fue a hacer puñetas hace varios nacimientos, pero eso lo sustituía con un pequeño cartón rectangular al que pegaba pajitas, mucho más realista. Pero me quedabas tú, diminuto como una alubia blanca, aún en una postura fetal, con esa carita de Niño Jesús de pueblo que tanto nos reconforta a los urbanitas. Y ese es el problema, ya no recuerdo si es más pequeña tu figurita que la memoria que me queda, y velay los efectos. Puede que, por temor a perderte, lo guardara en una caja de gemelos, en otra de alfileres, en una cápsula de azafrán en rama o en una funda de gafas. Puede que te quisiera tanto y pretendiera guardarte con tanto cuido, que ya ni sepa dónde carajo te puse. La puñetera edad, la mierda de la memoria. No se, Jesús, pero la cosa me tiene desesperado.

Y perdona otra vez si te ha ofendido lo de carajo.

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Así que envíame una señal y aparece, por tu Padre. Que este jesusito no se vende solo, y tendría que comprar otro misterio, con lo tiesos que nos tiene la crisis, o ir voceando por las calles cambio Niño Jesús de tres centímetros por novelas leídas, mueble de IKEA imposible de montar o San Pancracio en buen uso. Lo se, qué mal efecto te iba a hacer a Ti, que luego expulsaste del templo a los cambistas y mercaderes.

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Entretanto, y por si no obras el milagro, te he suplido con otro niñojesús de un nacimiento popular que compré en Guatemala hace años. El niño tiene cara muy sana, pero no da el tipo de palestino, y además tiene el tamaño de medio buey. Se que sugiere globalización, Alianza de Civilizaciones y otros mantras de nuestra época, pero yo te prefiero a Ti en tu imagen clásica. Uno es muy ortodoxo, muy sentimental, y no quisiera transmitir a sus nietas que en este misterio que es tu nacimiento, tu vida y tu mensaje cabe todo.

Así que aparece, por favor. Y permite que aún siga creyendo en una de las pocas cosas por las que creo que merece la pena creer.

Tuyo devoto, pero miajita escéptico

El DUENDE DE ESTE BLOG

Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

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Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

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Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

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Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

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No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

El Duende sí tiene quien le escriba

En este cenobio lleba cincuenta y dos años Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, un monje que escuchaba la radio...

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De mi consideración y respeto D. Luis y a la vez muy querido amigo, admirado como persona y artista y lo que es más, mucho más, carísimo hermano en Nuestro Señor Jesucristo.

Ya es noticia que uno le escriban. No que reciba envíos de bancos, compañías telefónicas, eléctricas, gasísticas, supermercados, pizzerías, restaurantes chinos y tarjetas de cerrajero, sino una carta escrita  probablemente en una Hispano Olivetti de los años cuarenta. Con una cruz en el encabezamiento, y el membrete de la Abadía Cisterciense de San Isidro de Dueñas (Palencia). Tres caras de folio a un espacio: esa es la segunda sorpresa. En esta época en que ya nadie manda cartas, el Duende sí tiene quien le escriba.

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Cuando nació el Duende –ya piensa que lo de la radio le sobra al pseudónimo- pensaba que todas sus ocurrencias hertzianas lanzadas al espacio durante casi un cuarto de siglo eran juguetes a los que dio cuerda y escaparon de su voz sin saber a dónde llegarían.

Nadie emite un mensaje universal que sea interpretado de igual forma por quienes lo reciben. La misma boutade que a este le puede hacer reir, a aquél puede que le haga llorar. Unos la considerarán inteligente, otros zafia e inoportuna. Para determinadas personas, puede ser humor. A otras quizás les parezca más dañino que un tumor. El bloguero cree que en algunos momentos habrá resultado, como poco, irreverente. Pero, sorprendentemente, para Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, que ingresó hace cincuenta y dos años en la Trapa, ni las impostaciones de Juan Pablo II y de Benedicto XVI son pecados de lesa religión. Más aún, hasta la burda caricatura de la clase de tropa eclesial le merece consideración. Su papel de P.Bonete me encantaba –escribe el monje- y me reía mucho, son dos grandísimos artistas los Sres. Javier Capitány Ud.

Al artista jubilado sólo se le ocurre apostillar: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mateo, V, 3-10)

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Un día, Julián García Candau, un veterano columnista deportivo de los no muchos que saben escribir con gusto, le dijo al Duende que había un paisano suyo que le seguía en la radio, y que suspiraba por unas fotografías suyas dedicadas. No era un paisano cualquiera: era un monje.

- Mi ilusión desde muy niño era casarme –dice en su carta el cenobita- tener una digna esposa y unos hijos, poseer una familia , un hogar, no en vano tuve una novia desde los 21, y luego reñí y tuve otra, desde los 21 a los 24, edad en la que me metí en la Trapa con una fuerte vocación, pues cuánto me costó dejar la novia y cuánto me lloró día tras día para que no me fuese, es lo que más me costó dejar…

El Duende le escribió, le mandó las fotos, y pidió su oración para que Dios le perdonara  las travesuras radiofónicas que pudieran  ofenderle. Fray Mª Vicente no sólo rezó por esas intenciones, sino que aquella Navidad envíó a la casa del Duende unos bricks de leche de las vacas abaciales y una caja de bombones de la Trapa.

Nunca imaginó aquel bromista radiofónico que su semilla pudiera caer en tierra tan fértil.

4

Fray Mª Vicente es un fraile muy terrenal. Confiesa que aparte de las novias el fútbol es la única afición que yo he tenido en mi vida. Aunque luego matiza: también el circo, (por sus payasos).

 Pero todo lo dejó por el amor a Cristo, pues créame que sin Cristo en mi vida ya no sabría vivir, El lo es todo para mí, aunque me gustaba antes muchísimo oir la radio o transistor que me regalaron del cual gozaba mucho oyendo a Ud. y a D. Javier Capitán “El gran carnaval”, donde me moría de risa en mi celda y luego también me gustaba mucho oirles a los dos a las 8 de la mañana antes de empezar el parte, lo maravillosamente bien que imitaban a todos los personajes, recuerdo que Ud. imitaba al Caudillo Franco, que vamos, era el Caudillo mismo.

Muy terrenal, como les decía. En aquel cruce de cartas de la década pasada, aunque es natural del mismo pueblo castellonense de García Candáu, se declaraba hincha del Athletic de Bilbao. El bloguero le recordaba entonces su triste suerte de simpatizante del Atlético de Madrid, a lo que el buen monje le recordó que todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria.  O sea que hasta los del Aleti, que tanto pecan de ira y de escepticismo en este valle de lágrimas, podrán sentarse a la diestra del Jefe.

5

Cincuenta y dos años levantándose a las cuatro de la madrugada, rezando, trabajando en la huerta, haciendo chocolate, encuadernando, cantando laudes, vísperas, salves, angelus… Aislado del mundo, pero escuchando la radio. Ni una palabra en su carta de palabras como crisis, Europa, prima de riesgo, paro, depresión, pesimismo. Les deseo con todo mi corazón y con todo mi cariño tanto a Ud. como a toda su querida familia unas felices, alegres y santas Pascuas de Navidad y que el Niño Dios nos conceda un venturoso y fecundo Año Nuevo 2012 y nos mande sus dones y gracias santificadoras para que redunde en nuestra santidad.

La carta es un dechado de caótica ternura. Como de otro tiempo, como de otro mundo. Y confiesa Fray Vicente que espera contestación, porque de verdad, D. Luis, que me han encantado sus cartas, sobre todo la más larga, no me canso de leerla, porque yo también aprecio y valoro en usted…Ojos que no ven, corazón que exagera.

Pero bienvenido Fray Mª Vicente Ferrer de Alayrach, para recordarle al Duende que hay vida más allá de la crisis y Navidad más acá de El Corte Inglés, quizás donde nos recuerden que no sólo de pan debería vivir el hombre. Y más aún en estos tiempos en que cuesta tanto ganarlo.

 

Entre Doña Manolita y Natalie Wood

Homper se dio cuenta de que es más fácil encontrar un sueño en la calle que en la ventanilla de Doña Manolita...

1

Cuando contaba casi como seguro que le iba a tocar el gordo de la lotería de Navidad para acabar definitivamente con sus miserias, vino su amigo Daniel López y le recordó que no hay mejor que lotería que un trabajo. Como demuestra de cuando en cuando la siniestra EPA que tanto nos aflige a los españoles. Pero Homper era entonces joven, lo que quiere decir ingenuo, y creía en la ilusión.

-Le ha tocado a veces incluso a quien no lo necesita- se rebelaba- Incluso a ministros… ¿Por qué no me va a tocar a mí?

Y entonces Daniel López, hijo de un comerciante de ultramarinos de Aranjuez que, a base de esfuerzo y tesón se había hecho hombre de provecho y ejecutivo de publicidad, le volvió a planchar con la pesada máquina de la lógica.

-¿Comprarías décimos del 00.000?

-Ni de coña.

-Pues recuerda que ese número también entra en el bombo.

2

Nació entonces La Primitiva, y Homper pensó que acertar seis números entre cuarenta y tres estaba al alcance de cualquiera. Homper soñaba entonces en un crucero alrededor del mundo. Por completar la ucronía, en el buque de línea viajaría Natalie Wood en mala compañía. Iba a ser arrojada por la borda por uno de sus acompañantes drogatas, pero en ese momento aparecía en cubierta el intrépido Hombre Perplejo, se deshacía de ellos a puñetazos, como en las películas, e iniciaba a continuación un idilio con la deliciosa chica de Esplendor en la hierba Ilusión, ilusión, ilusión. Pero volvíó a aparecer su amigo Daniel para pinchar las pompas de jabón irisadas que flotaban en el aire de sus sueños.

-Mira, Hom –le explicó el amigo realista- Imagínate una ruleta que en lugar de treinta y uno tiene cuarenta y tres números. E imagínate que en vez de un pleno, tienes que conseguir seis plenos seguidos. O sea, un pleno por cada uno de los seis números que hay que acertar en la Primitiva…¿En qué vuelta al mundo te vas a embarcar tú?

3

Paseaba por la Gran Vía de Madrid cuando de repente Homper se quedó perplejo. Una gran cola de gente se agolpaba delante del Palacio de la Música. Homper la siguió por saber qué acontecimiento acumulaba tal gentío, y vio que la cola llegaba a la plaza de Callao, seguía por la calle del Carmen, atravesaba la de Rompelanzas y terminaba en la ventanilla de la nueva administración de loterías de Doña Manolita. Aquello parecía una cuerda de presos, pero en esa cara de aburrimiento resignado que distingue a los víctimas de todas las colas, brillaba un punto de la misma ilusión que alentaba en él cuando era joven. Todos estaban seguros de que comprando su lotería ahí, y no precisamente en otro lugar, serían millonarios y cumplirían sus sueños. El fin justificaba sobradamente los medios.

A la estupefacción le sucedió un momento de piedad.

-¡Ilusos!

Entonces se incorporó a la cola una dama que era exactamente,  treinta años después de su muerte, la viva reencarnación de Natalie Wood. Venía preparada, eso sí: sacó de su mochila el tomo tercero de En busca del tiempo perdido y se puso a leer el libro con la vaga esperanza de llegar a la ventanilla antes que al punto final. Fue verla y a Homper le dio un vuelco al corazón. Cambió sus planes.

4

-¿Es usted la última? –preguntó a la heroína antes de sumarse también él a la cola.

No perdieron el tiempo. Homper se enrolló con Natalie Wood contándole la vida y pensamiento de un hombre lógico como Daniel López. Habló de la ignorancia, de la superstición y de lo absurdo de echar un día esperando que el número de doña Manolita fuera justamente el gordo, cuando estaba demostrado que tenía exactamente las mismas posibilidades de premio ese  que el 00.000, que nadie compraría ni borracho. Natalie parecía decidida a seguir leyendo a Proust. Otro moscón, pensaría de Homper. Pero al cabo de unos minutos levantó la mirada y observó a ese predicador improvisado que, por otra parte, cuanto más argumentaba, más cabreaba a la legión de pacientes ilusos que escuchaban a su alrededor. Frunció el ceño, pensativa. Y de repente cerró el libro, lo guardó en su mochila y escapó de la cola.

Homper la persiguió hasta alcanzarla.

-Doña Manolita no era la única panacea para la felicidad-le dijo cuando estuvo a su altura- ¿Me permite que le invite a un café?…

Así que primero se metieron en una cafetería a desayunar un café con porras, suerte bastante asequible. Y luego buscaron juntos otra administración sin aglomeraciones donde compraron  décimos con las mismas posibilidades que los manolitos y  todos los demás números  del bombo.

Y aquello, como decían al final de Casablanca, fue el comienzo de una hermosa amistad más gratificante que todos los castillos en el aire de la Lotería de Navidad.  

Cristiano y Cerezo se mosquean

¿Crisis? ¿Cambio climático? ¿Reforma laboral?...Lo que de verdad nos importa es el fútbol

1

Reconoce el Duende que lo de que su Atleti le gane al Madrid le parece ya un imposible metafísico. Resignación y mirar a otra parte: tampoco hay quien redima a la especie humana de su cuota de estulticia congénita, y la cosa se acaba soportando.

Si hay una subespecie del hombre que el bloguero odie sin remisión es precisamente la del llamado hincha de fútbol ultra, que suele reunir en sus comportamientos necedad, mala educación, pésimo gusto y a veces (como cuando se burlan a coro de jugadores del equipo contrario muertos) auténtica crueldad. El Duende dejó de ir a los estadios por no sufrirlos.  Pero toda regla tiene su excepción. Borricos son los ultra del Madrid, como todos los de cualquier otro equipo. Pero sin embargo el pasado sábado tiraron de ironía y de sentido del humor y, sorprendentemente, desplegaron una pancarta que tenía su gracia. Su mensaje era: SE BUSCA RIVAL DIGNO PARA DERBY DECENTE.

2

Derby es una ciudad inglesa donde se corría una carrera de caballos que debió de ser muy importante. Sin duda por el interés que esa prueba despertaba, de allí extrapolaron los comentaristas deportivos el nombre de Derby, que, por enfatizar, aplicaron a los partidos de fútbol entre los grandes equipos de la misma ciudad. Para los ajenos al fútbol: en el argot futbolero, un Madrid-Atlético es un derby, mientras que un Madrid-Barça es un clásico. Y el drama del Atlético de Madrid es que hace ya doce años que no le gana un solo derby a su rival, el poderoso epulón de la calle Concha Espina. En muchos ellos perdió merecidamente, pues ante los blancos solían borrarse de miedo o por simple desinterés, cosa muy de este giliclub de ciclotimias exasperantes. En el último partido sin embargo presentaron mejor pinta, hasta que los imponderables le dejaron donde solía. Qué manera de perder, que canta Sabina.

El caso es que por unas cosas y otras perdía, como de costumbre. Y en estas que en el fondo donde se alojan los ultras merengones  exhibieron la pancarta de marras. Sin duda, lo mejor que podía esperarse de esta fauna, pero lo  más humillante para  los ultras rojiblancos que carezcan de sentido del humor.

3

Lo que sigue se puede contar así. Dos días después se encuentran en un acto Cristiano Ronaldo, delantero del Madrid, y Enrique Cerezo, presidente del Atlético, hombre encantador y educado que se distingue sobre todo por no comprometerse casi nunca diciendo nada notable. Cristiano está dolido porque fue objeto de una tarascada de Perea, un defensa rojiblanco de los que siempre se adjetivan como “bravos”, y no se muerde la lengua.

-Quedan réditos de las patadas que me dieron –le dice al presidente quizás mostrándole el tobillo hinchado.

-Vosotros también pegáis- replicó el siempre sonriente Cerezo- Y a la pancarta sólo le faltó añadir: el árbitro lo ponemos nosotros.

O sea, que se enfadaron.

 

4

Un enfado no es noticia. Alfonso Guerra  y Bono se han enfadado estos días con la ministra Chacón. Granados se ha enfadado con Esperanza Aguirre por destituirle. Los autores se han enfadado con Tedy Bautista porque este no había repartido la modesta cantidad de 145 millones de euros  acumulados por la SGAE que probablemente les corresponden. Y en Madrid los comerciantes chinos se enfadan con el Ayuntamiento porque no les da licencia para vender bebidas alcohólicas, un filón ahora que la juventud está más desesperada que  nunca.

La noticia es que este rifirrafe futbolístico, que hoy reproduce MARCA en su edición digital, había  provocado a esta hora la  cantidad de …¡3.166 comentarios!

5

El Duende estaba orgulloso comprobando que su post de hace unos días titulado Espejos rotos había recibido nada menos que 18 comentarios, gracias, sobre todo, a la oleada emocional que provocó la muerte de un perro surrealista llamado Bob de C´as Barber. Qué ternura la de aquel colaborador con el que contaba el Duende. Lo mismo hablaba del sol, del mar, de los higos dulsesitos, de la primavera o del sinvivir de los días, destilando en su lenguaje esencias de poeta. Pero se ve que, con ser importante su mensaje y triste la noticia de su muerte, aquí lo que de verdad interesa no es ni la crisis, ni el déficit ni el cambio climático. Y menos aún la poesía.

Fútbol, fútbol, fútbol, panem et futbolenses para el presunto homo sapiens. Lo demás y los demás somos mucho, o creemos serlo. Pero para qué engañarnos, al lado de Cristiano Ronaldo y demás pobrecitos del orbe futbolero,  no somos nadie.

Punset y el meñique dolorido

Eduard Punset es un genio que tiene remedios para casi todo...

1

La puñalada trapera que cada día nos tiene reservada la existencia puede sobrevenir de la manera más tonta. Por ejemplo, esta mañana el incauto Homper no se acordó de que andaba descalzo por su habitación, y de que la pata de la cama estaba justo allí, velada por un edredón generoso que llegaba hasta el suelo. Hizo un movimiento inoportuno, metió el pie izquierdo por la zona prohibida y de repente el dedo meñique chocó violentamente contra ese obstáculo criminal y dolorosísimo que sustenta la paz de nuestro sueño.

-La madre que la parió –clamó para sus adentros mientras veía las estrellas.

Qué absurdo, invocar a la madre que parió a una pata de una cama desalmada. Pero en esos momentos de dolor intenso y súbito, sin saber qué harán los demás, Homper presume que la reacción natural del hombre es desahogarse con algún insulto, algún exabrupto, algún epíteto malsonante. Durante algún tiempo, en ocasiones como esas, Homper prefería una frase tan absurda como me cago en los cojones de Witiza, pero ahora es consciente de que ese desahogo puede no ser respetuoso, ojito con los radicales, que siempre hay un integrista de mal carácter dispuesto a amargarte la vida por una chorrada de este jaez. Así que cargó contra la pobre madre de la pobre pata de la pobre cama, qué culpa tendría ella de estar allí, y se sentó sobre el lecho para apretarse el meñique contusionado mientras trataba de imaginar qué remedio cerebral aplicaría el gran Eduard Punset en este trance.

2

Punset no dejó una profunda huella en el recuerdo de los españoles mientras fue ministro. Es cierto que le aureolaba una cierta fama de tipo original y genialoide, y que irradiaba simpatía, pero posiblemente esta no trascendió de la clase política o de los sectores empresariales entre los que se movía. Sin embargo supo alejarse del poder y reciclarse como divulgador científico. No sólo eso: gracias a su personalidad ha caído en gracia  hasta haberse convertido en un icono mediático. Suena un poco gilipollesca la expresión, pero es así.

Homper confiesa que nunca sabe si lo que divulga tiene mucha base, pero está convencido de sin duda tiene mucho encanto, y de que la gente está deseosa de escuchar remedios casi esotéricos como los que él predica. Eduardo Punset, que ahora es Eduard, hace uso de su magnífica voz, de su expresión de niño maravillado , de su limpia sonrisa y de ese cráneo einsteniano que envuelve su indudable talento para vender felicidad a nuestro alcance con el mismo poder de seducción que si fuera un genio bueno de El señor de los anillos. No sabe Homper si ha sanado con  sus charlas y sus libros muchas almas malheridas o si es la  reencarnación de un placebo colectivo, pero algo tendrá su agua cuando tantos la bendicen y hasta Bimbo le convierte en estrella publicitaria para vender más pan de molde. Nunca nadie pudo imaginar que un ex ministro llegara a tanto. Homper recuerda que hace unos años le escuchó a Antonio Gala sorprenderse del enorme impacto popular y emocional que inopinadamente había conseguido con su literatura.

-En muchos sitios donde voy a firmar mis libros –dijo el escritor- me quieren, me aclaman y me pasean como si fuera un santo.

Afortunadamente, piensa nuestro Hombre Perplejo, no sólo de artistas de cine y de futbolistas se alimenta nuestro imaginario.

3

La esperanza es que ayer mismo, Homper había leído en un  colorín dominical el consultorio en el que Eduard Punset hace de Señorita Francis, pero más ilustrado, y responde a los seguidores que le cuentan su problema. ¿Qué hacer para superar el desamor? –le planteaba alguien. Y Punset responde: “según los neurocientíficos, volver a enamorarse”. O sea, algo tan viejo como aquello de que una mancha de mora con otra mancha se quita. Pero luego viene lo novedoso, el hallazgo de los sabios del alma y del cerebro. “Para volver a enamorarse, hay que desaprender”.

4

Desaprender es la clave. Se podría decir olvidar, que es más sencillo, pero psicólogos y publicitarios se han tomado la molestia de enrevesar lo evidente y ahora no olvidamos, sino que desaprendemos, que queda mucho más científico y mucho más fino.

Y Homper se ha quedado perplejo de la eficacia de tal simpleza, pero la receta de Punset le ha despejado el horizonte. Ahora él sólo tiene que desaprender a moverse descalzo alrededor de las patas de la cama. Y, por qué no pedir más peras al olmo, solicitar a las terminales nerviosas del cerebro que, si no les sirve de molestia, le permitan también desdolerse de ese golpe que le ha machacado el meñique.

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