Archivos para la Categoría 'Cultura'

Sobre la suerte del pollo, del toro y de José Tomás

(Foto de Wino 2007)

Señor pollo de granja: ante la necesidad de someter su destino a la mayor gloria de la especie humana, que para eso es superior, ésta le da la posibilidad de elegir entre una vida canalla y desgraciada como la que sus semejantes han vivido tradicionalmente, o una vidorra en la que va a darle gusto al cuerpo cuanto quiera a cambio de un cuarto de hora final francamente doloroso. En este caso, y como compensación moral si con su muerte contribuye al arte, su nombre será recordado por el público, y  su cabeza, disecada por un taxidermista y con una chapita donde figuran su nombre y los datos de su martirio, figurará a modo de trofeo o adorno en algún bar de los muchos que acogen a los llamados aficionados.

 Se imagina uno al ministro Fernández Bermejo, notario mayor del reino de este gobierno humanista y del talante universal, ofreciendo alternativas como ésta a las otras especies animales. Es decir a todas las que, habitualmente olvidadas por los antitaurinos, no merecen, al cabo mucho mejor suerte  que los toros de lidia que canonizaron el pasado jueves a José Tomás.

 Toros sí, toros no, eterna polémica. La dignidad de la vida en cualquiera de sus expresiones frente a la belleza de eso que llamamos arte. El planeta taurino levitando por el fenómeno del diestro de Galapagar mientras plumas tan lúcidas y bien consideradas como la de Manuel Vicent no deben de atreverse a soltar sus habituales andanadas antitaurinas. Ahora, que hasta Europa parece reconocer nuestra fiesta nacional…

 Es experto el Duende en sumergirse en las polémicas nadando mientras guarda la ropa. No lo hace por estrategia de supervivencia, sino porque es primo hermano de Hamlet. En este caso dudaría si elegir ser un Victorino Martín, una ternera de Ávila un cordero pascual, una oca del Perigord, o una de esas centollas o langostas que, por cierto, aún chillan mientras son hervidas vivas. Nunca fue un entusiasta del cochinillo, pero lo aceptaba hasta que en una visita a Segovia, el maestro José María nos explicó a los chicos de la radio que para tal manjar la víctima debía ser inmolada a la semana de vida. Desde entonces, cada vez que en el escaparate de Botín o de esas carnicerías a la antigua ve  expuesta una de estas criaturitas, retira la mirada avergonzado.

 Tampoco es una gran aficionado a los toros. Lo fue en su juventud, cuando leía las críticas de Antonio Díaz-Cañabate,  un excelente autor costumbrista, y hasta que el aburrimiento le acabó echando de las plazas. Ahora sólo le divierte la atmósfera de la fiesta: la plástica del espectáculo, la hermosura de la bestia, el argot taurino, el topicazo del lenguaje de los aficionados, la inutilidad de las polémicas que genera, el fenómeno de la ira o del éxtasis colectivo…Detalles para observar y de los que tomar nota.

 Pero lo cortés no quita lo valiente. Y para muestra de sus contradicciones ante el asunto, dos botones del Duende. Uno, la lidia del toro le parece una barbaridad. Dos, lo que hizo José Tomás el jueves es tan obra de arte como un ballet de Nijinsky y, desde su punto de vista, mucho más bello y meritorio.

 Tal vez la clave está en olvidar la superioridad de la especie humana. Y en no aceptar que este privilegio que nos da la razón se convierte automáticamente en una despiadada crueldad para con las demás.

 

Un grabado precioso

En la España de los años cincuenta, sacabas la cámara en la plaza de un pueblo y cuando querías darte cuenta posaba el pueblo entero para la foto. Inútil decir que querías retratar a tu novia o a tus amigos. Se apostaban detrás de ellos y sonreían esperando el pajarito. La gente quería trascender de su momento y  de su pobre  circunstancia de posguerra. Les hacía ilusión  volar con la estampa de su lugar y ser vistos en él quién sabe donde ni por quién. El fotógrafo nunca los identificaría, pero a los figurantes anónimos les daba igual. Escapaban de sí mismos, trascendían, se sentían importantes.

  Es el mismo mecanismo psicológico por el que nos encanta encontrar nuestro paisaje particular recreado por un artista. Uno de los cuadros más famosos de Antonio López García es una perspectiva de la Gran Vía de Madrid que todos los madrileños han visto mil veces. Probablemente, todos nos sentimos parte del cuadro, pues por allí hemos pasado alguna vez. También en las películas nos encanta identificar nuestro paisaje. A veces lo intuimos, o creemos recordar que alguna vez paseábamos por el mismo escenario donde se han besado los protagonistas. El Duende es de los que no deja la sala de cine hasta que los títulos de crédito -por cierto, siempre los últimos- apuntan los emplazamientos del rodaje, por si se confirma que eran los que él creía haber reconocido. En las películas de la tele es inútil: la avaricia publicitara corta la emisión de la película en cuanto aparece la palabra FIN, al punto de que a veces te quedas sin saber el reparto ni, peor aún, el nombre del director. Qué mezquindad.

 A todos nos emociona que lo nuestro converja con la mirada del artista. Digamos que el testimonio de éste confirma nuestro buen gusto y nuestro criterio. El WW Escarabajo o la lata de Coca-Cola de Andy Warhol se ven colgadas en tantas paredes porque son  en pop art las mismas visiones  cotidianas de millones de personas de todo el mundo. La que desde su palomar disfruta el Duende de Madrid  es parecida a la que en su día plasmaron Goya  y Aureliano de Beruete. Demasiado caros para colgarlos en casa, aparte del feo que le haríamos al Museo del Prado. Sin embargo hace unos días el barón de Cap Llentrisca, buen amigo del Duende y asiduo del blog, le ha obsequiado con un grabado titulado Vista panorámica de Madrid (1752) coloreado con acuarela de la época que ofrece una vista de la capital en el siglo XVIII desde el mismo punto de vista desde el que la observa hoy. Algunos ciudadanos pasean placidamente por la ribera sur del Manzanares -tan crecido, por cierto, que hasta se imagina un islote en su centro- mientras  que al otro lado, asomada a la Cornisa Imperial, se extiende una pequeña ciudad en la que destacan muchas torres y cúpulas de iglesias y, en el lugar que  hoy se levanta e Palacio Real, el Alcázar de Madrid.

 A esas fechas el Alcázar había desaparecido, pues ardió por completo la nochebuena de 1.734, pero eso no empaña el encanto de una preciosidad de grabado. Además tiene otro valor añadido. El Duende lo mira como un simple amante del arte y, observado con detenimiento, de pronto ha descubierto  que en ese Madrid regalado también ha quedado grabada la huella de un afecto profundo.

Salsa de tomate y Cyrano de Bergerac

Fue una anécdota, pero invitaba a la meditación. Comía un amigo de Juan en la casa del Duende y le sirvieron algo tan sencillo como unos espaguettis. Le acercaron el queso rallado y la salsa, los roció con ella abudantemente, los envolvió con ambos ingredientes y al poco se relamía con visible satisfacción. Exquisito -subrayó antes de preguntar- ¿De qué es esta salsa? Le sorprendió mucho saber que era tan sólo una vulgar salsa de tomate casera. Hecha, eso sí, con aceite de oliva y abundante cebolla para dulcificarla. Sorprendentemente, en esta sociedad del bienestar en la que casi todo el mundo tiene acceso a casi todo, el muchacho no conocía más salsas de tomate que las envasadas por las firmas comerciales.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a tomar salsa de tomate de la buena..

Por otra parte, se entera hoy el Duende de que Cyrano de Bergerac, un escritor contemporáneo de Moliére más conocido por la vida que le dieron Edmond Rostand, José Ferrer y Gerard Depardieu que por sus obras, escribía cartas de amor por encargo. Hacía felices así a las enamoradas cuyos enamorados, aún manejando el florete, eran torpes con la pluma. Las cartas las acaba de traducir y publicar David Felipe Arranz, aventurando que, de haber vivido en nuestra época Cyrano, serían SMS de amor. Las grandes compañías telefónicas ganarían más, y a lo mejor incluso se crearían nuevos puestos de trabajo, que es algo muy importante en estos tiempos. Pero, con todos los respetos, no es lo mismo.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cartas de amor. El Duende, por cierto, se emplearía de negro como Cyrano, porque las cartas de amor se le daban bastante bien.

Nunca sabe uno cómo se teje la urdimbre de la felicidad, ni si la sensibilidad humana se forja con pequeños detalles como éstos. Pero la verdad es que estas naderías colaboran lo suyo. Lo ha comprobado el Duende tras visitar a su amigo Félix, ya convaleciente en casa. A él no le han faltado jamás ni la salsa de tomate casera ni otras delicias de la buena cocina andaluza en la que se crió. Ahora además ha leído en este blog los muchos mensajes a él dirigidos, y éstos van obrando en su ánimo parecido efecto balsámico que el logrado por las cartas de Cyrano.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cariño. En salsa, en prosa, en verso, con una palabra, un abrazo, una sonrisa o quizás tan sólo una mirada.

Verde que te quiero. Verde

(Foto de Tomás Jorquera)

Verde que te quiero, verde/ Verde viento. Verdes ramas/ El viento sobre la mar/ y el caballo en la montaña…Qué sencilla, qué bonita y musical le parecía al Duende la lírica de Federico García Lorca cuando tímidamente se asomó a ella en su adolescencia. Dormían estos y otros muchos versos en un tomo encuadernado en tela verde de sus obras completas, recopiladas por Guillermo de Torre y publicada por la Editorial Losada en Buenos Aires. Siguen respirando sueños ahora en un anaquel de la casa del Duende. Verde, que te quiero verde…

 Años antes de esta edición fechada en 1944, Luis Figuerola-Ferretti Pena, poeta en sus ratos libres, se había presentado en la casa donde vivía el poeta en la calle de Alcalá, casi esquina a Goya. Justo en su plantaba baja, no podía ser de otra forma, hay ahora una tienda de La casa del libro. Llevaba el joven poeta  en sus manos un ejemplar del Romancero Gitano, que el genio granadino le dedicó e ilustró con uno de sus característicos dibujos algo ingenuos. Madrid era así de pequeño y confiado: tú escribías algo, ibas por el Café Gijón o el Ateneo, y podías conectar con  figuras como la de Federico, que además, dicen, era lo que se dice una persona simpática, ocurrente y encantadora. Desgraciadamente, aquel libro ungido por su talento siguió la suerte de tantos otros objetos curiosos que se distraen en préstamos o mudanzas, y el padre del Duende se pasó el resto de su vida lamentando su pérdida. Sólo se quedó con el aroma de sus versos.

 Los recuerda hoy el Duende porque  casi vencida la mitad de mayo, se asoma al pequeño parque que se extiende a los pies de su palomar y el pasto aún está verde. Otros años, por san Isidro, ya amarillean las espigas en los herbazales, pero rompió a llover cuando más falta hacía y gracias a eso se prolonga la primavera. No lo entiendo -se decía recitando los versos de Lorca-  dice que el viento, que no tiene color, está verde y no menciona la hierba, que es lo que realmente verdea. La lógica infantil, segura de que el ratón Pérez levantaba la almohada para dejar un billete de una peseta e incapaz de  ver el viento verde.

 Viento verde, campo verde. En un mes cambió la cara adusta y reseca del campo. En ese tiempo, las reservas de agua de Madrid han subido quince puntos. El látigo implacable del verano, que nunca falla, espera su turno. Pero entretanto, el verde de los versos de Federico  se adueña de este sábado, 24 de mayo.

 Por cierto, no es sólo el gozo del paisaje lo que anima el corazón del Duende. El verde es  el color de la esperanza,  y ésta pinta hoy en el horizonte  aún más vistosa que las amapolas.

La sobrina del poeta Muñoz Rojas

Empezaba a declinar la tarde esplendorosa del domingo 4 de mayo cuando se recibió una llamada en teléfono del Duende, que apuraba el puente en el sitio de Pedrojuan. La voz amiga era la de Soledad, una dama malagueña de porte distinguido y ojos claros cuyo rostro parece un retrato de Manet o, como mínimo, de Rosales o Ramón Casas. Soledad es profesora de inglés, esposa, madre, abuela y conquistadora de espacios de felicidad. Pertenece a una familia malagueña de abolengo, y se crió en un precioso cortijo de la vega de Antequera rodeada de olivares, piedras antiguas, fuentes, y plantas aromáticas. Más que un monumento nacional, aquello es un monumento sensorial. Si naces ahí y no te desbordan los sentidos, es que te parieron equino, que de eso, y de la más pura sangre española, también abunda por esos pagos. Ahora se propone crear otro pequeño paraíso propio a la falda de Gredos, donde el monte se empieza a juntar con la dehesa del valle del Tiétar

Soledad dice que no tiene dinero, como todos, pero por suerte ha ido disfrutando de todo lo que no hay dinero para pagar. Por tener, ni le ha faltado un poeta de cámara, y no precisamente un mindundi, pues es sobrina predilecta del gran José Antonio Muñoz Rojas, auténtica gloria de viva de nuestra poesía y otra más de las debilidades del que suscribe. Muy exquisita la dama amiga, dice que ya no abundan hombres que digan versos. José Antonio se los dice hasta en inglés, pues tradujo los de otros poetas mientras escribía los suyos propios. Por algunos de ellos, recopilados en su delicioso poemario Objetos perdidos, ganó el Premio Nacional de Poesía. El tío José Antonio pasa con largueza de los noventa años, pero su vida no corre peligro. Si es verdad que los viejos rockeros nunca mueren, con lo que gritan, ya me dirán por qué van a morir los viejos poetas como él, con lo sutil y delicado que es su canto. Se abre su libro de Sonetos a Rosa por cualquier página y se escucha como un ruiseñor enamorado inasequible al crepúsculo del tiempo. Hay que engancharse a la poesía para sobrevolar nuestras miserias.

Soledad se presentó en el feudo del Duende y familia cansada de patear su nuevo paraíso y de marcar con estacas lo que será su próximo coto de felicidad. El Duende le ofreció un te con perrunillas, un bocata de chorizo, un refresco. Los recursos habituales. Pero ella lo rechazó todo, y sólo se alimentó del olor de los jazmines, de la vista dorada por el atardecer, del agua de la fuente y de una hora de conversación sin hablar de política ni de la crisis de las hipotecas subprime.

Se bebía los vasos de agua de maniantal con la misma emoción que si fueran los versos de su tío. Como avisó Paul Éluard, sabe que hay otros mundos, pero están en éste. Eso sí, Soledad advirtió al Duende que, aunque lee todos los post de este blog y está muy de acuerdo con ellos, jamás hace comentarios. No tendrá valor…

Sin Calvo-Sotelo, menos Duende

Todos los que han seguido al Duende desde su paso por la SER saben los motivos por los que le debía estar tan agradecido a Leopoldo Calvo-Sotelo (así, con guión, que no se sabe por qué se tiende a suprimir ahora en los apellidos compuestos). El caso es que aquel presidente de gobierno que después de la labia de Felipe González y el gracejo malvado de Alfonso Guerra, tan fácilmente imitables, aparecía como la dignidad marmórea inasequible a la caricatura, propició algunos de los chispazos más hilarantes de la larga colaboración entre Javier Capitán y el Duende. Primero haciendo un dúo de expresidentes con Adolfo Suárez, luego con un pintoresco representante que promocionaba al aparentemente severo Calvo-Sotelo como humorista. Qué buenos ratos pasamos con el Poldo Mix.

Está muy feo echarle de menos sólo por la punta que le sacamos en la radio. Sin embargo lo bueno de la caricatura es que te obliga a fijarte en el personaje y garrarte a sus flecos amables. Dejando a un lado sus rasgos más fácilmente parodiables, uno estudia su biografía y los breves contactos que tuvo con él no puede evitar el respeto y hasta el afecto. El Duende le escribió dos o tres ocasiones. Siempre respondía con un tarjetón escrito a mano, y con detalles que individualizaban el mensaje. Es decir, que se tomaba la molestia de recordar a quién se estaba dirigiendo para no hablar con simple cortesía formularia.

En una de mis misivas le pedía disculpas por un exceso que no se si fue de los imitadores o de Julio César Iglesias, tan amigo de poner en riesgo el temple de su entrevistado con una humorada no siempre oportuna. Acababa de salir Leopoldo bis en una de las viñetas matinales que hacíamos hace unos años. Y a continuación había preparada una entrevista con Calvo-Sotelo, el de verdad. Evidentemente, éste había escuchado la parodia y, ni corto ni perezoso, Julio, para abrir boca, le preguntó qué le parecía. Como toda caricatura -contestó el ex presidente con su sorna habitual- evidentemente exageradaPero si tiene usted tan buena imitación, no se para qué quiere el original. No fue nuestro mejor día en la radio. Pese a la buena educación y a la tolerancia para la ironía de don Leopoldo, el hielo se cortaba. Julio, como su tocayo Aparicio, tuvo que hacer faena de aliño.

Pero el almario del Duende es a veces muy escrupuloso. Y, no pudiendo acallar su mala conciencia le escribió disculpándose por el rato incómodo que le habían hecho pasar. Utilizó para ello una frase un poco afectada, algo así como me encocora que a usted le pueda haber sentado mal la imitación. A lo que él contestó: me encocora que te encocore, y que no encocore a quien debería encocorar.

Hoy el Duende siente muy suyas las famosas palabras de John Donne: nadie es una isla, lo que le pasa a otro también te afecta a ti, la muerte de todo hombre te disminuye. Don Leopoldo, tan maltratado en su día por la suerte política y por un pueblo que no repara en los matices, se va quizás sin el afecto que España le debía. Y se lleva una de las cuerdas del violín que más le gustaba tocar a uno. Lo que decía el poeta, que al final las campanas acaban doblando por todos, y que al mosaico de las ilusiones radiofónicas del Duende se le van cayendo teselas irreemplazables.

¿Por qué matamos lo cursi?

(Foto de Leopoldo 2006)

Apareció en el estudio Juan Adriaenssens con una bolsa cargada de regalos de Navidad, sacó un diminuto paquete y se lo entregó al Duende. Esto no es para ti -advirtió- sino para doña  María. Dentro había un diminuto reloj de mesilla de noche  incrustado en un  caballito balancín paticorto  hecho de acero, y con las crines, la cola, y los bastidores sobredorados. A doña María le emocionó, y el Duende lo mira todas las mañanas al despertar. En otro tiempo, lo hubiera adjetivado como una preciosidad, ahora quizás no llegue tanto, porque le daría vergüenza.

  Juan es un polemista vehemente, culto, refinado y borde o encantador, según le peta. Puede pasar del lirismo más delicado a la furia Zeus tonante en segundos. En sus gustos estéticos no es menos hiperbólico. Levita ante un Cristo de Berruguete a pesar de ser ateo convicto, y a continuación  eleva a la categoría de novena maravilla del mundo a La Cúpula, un centro comercial al norte de Madrid con columnas de lapislázuli y arabescoss que, según los que lo conocen, parece la orgía arquitectónica de un maharajá enloquecido. La apoteosis del kitsch. Pero para Juan hay tanta belleza en la austeridad del románico o en el minimalismo posmoderno como en el manierismo de lo que se conoce como lo cursi.

 Juan Adriaenssens regalaba a doña María, pero en realidad mataba dos pájaros de un tiro. Pues aunque el Duende ha depurado sus gustos, suele perderse a menudo en los bazares chinos y extasiarse  en su galería de lindezas inenarrables. Aquí, encerrada en una urna de cristal, una virgen iridiscente en una gruta de la que manan chorritos de agua que, traspasados por un haz de luz, componen una cortina celestial. Allá, lo que parece un canario disecado sobre un pedestal que, con sólo apretar un botón, cobra vida y embriaga con sus trinos. En el estante de al lado, una carroza de porcelana que en realidad es una sopera palaciega. Todo aviva el rescoldo de lo que, a primera vista, nos parecía bonito y de buen gusto. Luego vino la educación y nos lo borró del código de valores. Aunque hasta Jacinto Benavente escribió de lo cursi, esto quedó desde hace tiempo para horteras y gente inculta.

 Y en eso estábamos cuando despertó el Duende y vio a Dorothy Malone besándose a tornillo con Kirk Douglas en El último atardecer, un western maravilloso de los muchos que pasan en la sobremesa de Telemadrid.  Excelente programación para esas horas, lástima que le quieran robarle la siesta a uno. La Malone, con sus espléndidos  ajos azulísimos, era, con excepción de Kim Novak, quizás la más cursi de las rubias de la época dorada de Hollywood. Sólo verla se  adivinaba a su alrededor la fragancia empalagosa de un pachulí que embelesaba y hacía aún más irresistible su encanto ligeramente perverso. Siempre  estuvo impecable en sus papeles, especialmente en esta película y en Escrito sobre el viento, de Douglas Sirk, uno de esos melodramas que los cinéfilos consideran de culto.

 Aún frotándose los ojos, el Duende quedó estupefacto contemplando el beso de Dorothy Malone, odió a Kirk Douglas y se preguntó por qué la moda ha orillado tan estúpidamente el innato gusto por lo cursi que todos llevamos dentro. Con lo bonitas que son las cosas bonitas…

 

Tengo dos preguntas para Luis Aragonés

Luis Aragonés

Mientras nuestros gobernantes trabajan lo indecible para entronizarnos en la Utopía real -el intrépido Zapatero no descansará hasta conseguir la cuadratura del círculo- algunos remeros del sistema silban y miran para otro lado. Qué falta de sensibilidad, mecachis.

Habíamos extirpado de la tele pública elementos perniciosos que desdecían del talante. Se acabaron las presentadoras morbosas que buscaban sangre y sexo, las guarrillas vendiendo polvos con famosos, los travelos ostentóreos, y los chistes machistas de Arévalo o Barragán. Ahora queda la estolidez. Hay programas excelentes, de acuerdo, pero permanece intacto el espíritu del pan y toros, la bobada, el seguidismo de los ídolos consagrados por los propios medios, el borreguismo. No todo es estupidez, claro, pero anda que no queda basura por barrer.

Tengo una pregunta para usted logró una notable acogida cuando se estrenó con el presidente de gobierno y el líder de la oposición. Pasaron por este programa después algunos otros políticos que no consiguieron igual share, pero al menos nos desvelaron aspectos inéditos del entrañable Carod Rovira. Pero se necesitaba reventar los índices de audiencias. Y no se sabe a qué talento de TVE se le ha ocurrido buscar el más difícil todavía en Luis Aragonés, todo un símbolo de la alegría, del ingenio, de la chispa, de la elegancia retórica y de la capacidad para emocionar. Al sabio de Hortaleza le ceden una hora y medio de eso que se conoce como prime time para dar un último estucado a la cultura y el buen gusto de esta sociedad tan moderna y tan culta que nos predican. Jopé, Bartolito, tanto sacudirle la caspa a España para acabar en ésto.

La fina intuición que caracteriza a este blog nos permite pronosticar que más de una de las preguntas que le hará el público será por qué no llama a Raúl para la selección. Arcano tan difícil de saber como por qué Isabel la Católica prometió no lavar su ropa íntima hasta el regreso de Colón desde las Indias. Pero en realidad las preguntas que le haría el Duende a Luis son dos.

Primera, ¿cómo ha conseguido que le consideren sabio?

Segunda, ¿qué hemos hecho nosotros para merecer esta tele?

Por la dignidad de la memoria histórica…¡Reivindiquemos el regreso de Hostal Manzanares y de las películas de Paco Martínez Soria!

La otra dama del perro

Torre de Valencia Madrid

(Foto de Alvy)

Durante un tiempo salía a correr el Duende casi todas las mañanas por el Retiro de Madrid. Nueve minutos de su casa a la Puerta de Alcalá, veinte minutos un paseo perimetral al parque, y nueve minutos más de regreso por las calles de la ciudad que despertaba. De vez en cuando cambiaba el itinerario: zigzags por los numerosos paseos, parterres, plazas, fuentes  y estanques que encierra ese paraíso ajardinado. El Retiro es un lujo de Madrid. Originalmente se extendía por el oeste hasta el Paseo del Prado, albergando el Palacio del Buen Retiro, que decoró Velázquez y donde se alojó el llamado rey Planeta, Felipe IV. Se erguía en el área donde hoy se alzan el Casón y el Museo del Ejército, ya aplicado a una nueva ampliación del Museo del Prado. Los Austrias `puede que fueran débiles en la defensa del imperio, pero sabían vivir divinamente. Lástima que el fuego, sin ser especialmente republicano, le diera a este edificio el mismo fin que al Alcázar construído donde hoy está el Palacio Real.

Al Madrid de Mayalde y de Arias Navarro lo criticábamos mucho por sus arboricidios y su desprecio a las zonas verdes. Frente a la esquina nordeste del Retiro había un parque de bomberos municipal hasta los años sesenta. Se supone que el Ayuntamiento no está para especular, pero a los munícipes de entonces el entorno del Retiro les importó un bledo: se lo vendieron a unos constructores y allí se levantó la llamada Torre de Valencia, un edificio del arquitecto Javier Carvajal en el que viven unos cuantos privilegiados con la mejor vista de Madrid. A un especulador que había levantado un rascacielos horrendo junto al Mediterráneo, le escuchó el Duende que los que dicen que esto es un atentado al paisaje es porque no han visto el mar desde el último piso. Los inquilinos de la Torre de Valencia deben de pensar que, cambiando el azul del mar por el verde de los árboles, aquí pasa lo mismo. En realidad fue una chorizada indecente que además rompía la estética decimonónica aún visible desde la Plaza de la Independencia.

Los estragos urbanísticos suelen contar con la indulgencia del tiempo. Los famosos edificios del Hotel Plaza o de los Apartamentos Dakota que rodean al Central Park de Nueva York o los hoteles que acechan en el perímetro del Hyde Park londinense probablemente provocaron igual berrinche cuando se construyeron. Luego se integran en eso que ahora se dice paisaje urbano, formarán parte del patrimonio arquitectónico de la ciudad, y encima habrá que protegerlos. Al Duende le hubiera gustado que su Retiro fuera como el de su infancia, con la entrañable Casa de Fieras incluída, pero le sigue  enamorando. Sobre todo en las primeras horas del día, o cuando hace frío y llueve, y se queda casi desierto.

No del todo. Siempre hay algún corredor infatigable, o un andador machadiano, o una dama hermosa. Una de las ventajas de correr es que no necesitas concentrarte: miras, observas y piensas sin dejar por ello de mover mecánicamente las piernas. El Duende acabó fichando a los que paseaban por el Retiro a sus mismas horas. Y un día reconoció entre ellos a una conocida de años atrás. Paseaba un perro cocker y, con él, su galanura. La etiquetó con el nombre de un bonito cuento de Chejov: La señora del perro.

Han pasado más años, y a pesar de que el perro tiene muy mala salud, ella aún lo lleva al Retiro. Cuando se cruza con el Duende, le da el parte como si en lugar de un animal de compañía hablara de un hijo. Y aunque el perro envejece a ojos vista, ella le cuida amorosa  mientras mantiene inmarchitable su encanto femenino. Lo acabarán reconociendo los fabricantes de cosméticos: al final, lo mejor para el cutis es un corazón sensible.

Mon ami Scott de Martinville

 Aún recuerda el Duende la primera vez que supo de Edison. Quizás en el cole, tal vez en unos tebeos de la época que inoculaban saberes del Readers Digest en viñetas ilustradas. Los había catolicones que miraban a lo trascendente -Vidas ejemplares, fundamentalmente las de los santos- o las que se centraban en la ciencia y la cultura, que se titulaban Vidas ilustres. En una de ésta aparecía la figura de Thomas Alva Edison: lo recuerda con el pelo blanco, su corbata de la época, acodado en una mesa en la que destacaba el altavoz de su célebre fonógrafo. El otro altavoz célebre de las infancias de color sepia era el de La voz de su amo, pero ahí en lugar de un inventor señero aparecía un perrito sentado seducido por la música. El Duende aún conserva, como una preciada joya, una cajita de hojalata en la que se vendían las agujas que necesitaban los pikúes para reproducir las grabaciones.

Le contaron una vez al Duende que todas las ondas sonoras emitidas sobreviven en el espacio. Imagínense la ensaladilla rusa de sonidos, el caos, el desmadre de voces y ruidos en los oídos de la divina Providencia. Los discursos de Cicerón, de Diógenes, de Hitler, las explosiones de Guy Fawkes en el parlamento inglés y los reventones del Vesubio que sepultaron Pompeya, el estruendo gozoso de las cataratas Victoria sorprendiendo al capitán Richard Burton, la jura de santa Gadea, la primera sonatina improvisada al piano por el pequeño Amadeus,  Federico García Lorca  recitando alguno de sus Sonetos del amor oscuro, el La-la-la de Massiel, los clarines que anunciaron el último tercio del toro Islero que apuñaló a Manolete, los mamporros de Manolo el del bombo, el ¡se sienten, coño!, los meteorismos de Napoleón -y de las vacas, que por lo visto son peligrosamente pedorras- y hasta los delirios de La verbena de la Moncloa, todos juntos y revueltos violando de forma inmisericorde el silencio astral. Qué espanto, menos mal que tenemos una capacidad auditiva limitada. 

Todo eso, claro, era teoría. En realidad las vibraciones sonoras se escapaban hasta que en 1878 vino Edison con su cazamariposas mágico y pudo registrarlas para el futuro.  Claro, que unos llevan la fama y otros cardan la lana. En esta obsesiva sociedad del conocimiento todo se investiga, y, a ser posible, se revisa. Acabaremos enmendando la plana a todo lo que nos contaron como historia, porque siempre hay algún curioso que huronea y no para hasta que le da una vuelta a la verdad oficial. Qué sinvivir. Ahora la Lawrence Berkeley National Laboratory, de California, le ha quitado a Thomas Edison su más preciada medalla.  Ha descubierto que no fue él, sino un tal Eduard-León Scott de Martinville  que ya en 1860 logró grabar por primera vez un sonido. Lo escuchó el Duende el viernes por la tarde en la radio.  Scott de Martinville fue un personaje inquieto, tipógrafo, investigador, escritor y ensayista, y dio con un aparato que llamó fonoautógrafo capaz de registrar el que, al menos por el momento, es el primer sonido grabado de la historia. Entre una maraña de chisporroteos se adivina a una voz femenina que susurra la conocida canción Au clair de la luna, mon ami Pierrot.

 Qué sorpresón para los sabios. Qué ternura, que un testimonio así cante al claro de luna y a la amistad. Pero, al mismo tiempo, qué falta de seriedad. ¿Se imaginan que de un humanista, pensador y escritor con la densidad del Duende sólo quedara Las muñecas de Famosa/ se dirigen al portal…? Bueno, pues no se engañen: así será, y eso si hay mucha suerte. Lo dice doña María, todo es mu correlativo. Sobre todo la historia, que,  además de mudadiza y tramposa, tiene predilección por la frivolidad.

Borau, un mito entrañable

   Otra de las ventajas de la edad es que aprendes a desmitificar.

Por ejemplo, al Duende eso de las instituciones y las personalidades famosas le impresionaban mucho. Creía que un académico de la lengua siempre vestía de frac, como Daja Tarto, un mago al que vio de niño comerse bombillas rotas. Estaba convencido de que los académicos también eran sabios y magos, y  que  cuando ventilaban los despachos del edificio de la Academia de la Lengua, se abrían los diccionarios y se escapaban las palabras por la ventana para que aterrizaran en el saber del pueblo. No era verdad.

Pasaba por delante del Museo del Prado y estaba seguro de que, por las noches, los borrachos de Velázquez salían de su cuadro y jugaban a los dados con unos cuantos soldados de la rendición de Breda. Mientras que los niños comiendo melón de Murillo dejaban a un lado la  dulce cucurbitácea y se largaban a tocarle las tetas a las tres gracias de Rubens. Tampoco era cierto.

Veía a los ídolos de su Atleti en  el viejo Metropolitano y se imaginaba que, de cerca, eran como los dioses. Mira que es difícil imaginarse a Luis Aragonés de Dios, pero entonces Zapatones recorría el campo en diez zancadas se plantaba en el área contraria y metía goles de todas las formas. Luis, cabrón, tienes los pies rizaos -le espetó una vez uno de esos poetas que se sientan en la grada- pero qué bueno eres  Ya tenía la aureola de jugador importante. Sin embargo, en un bar cercano a su primer trabajo, el Duende veía a Luis Aragonés tomándose un pincho de tortilla. Y cuanto más le observaba de cerca, menos Dios le parecía. No digamos ahora, otra desmitificación.

Con los inquilinos del Prado o con los del Metropolitano nunca tuvo el Duende más contacto. Pero hoy se ha enterado de que fue discípulo y amigo de un personaje entrañable que con los años, velay las cosas, también iba a cuajar en institutición. Antes de ser cineasta, José Luis Borau fue licenciado en derecho, como él, y redactor publicitario, como él, y empleado de Clarín Publicidad, como él, donde en lugar de escribir guiones de cine escribía anuncios y guiones de los primeros spots que se hacían para la tele. Entretanto estudiaba en la entonces Escuela de Cine, y ejercía de corresponsal de El heraldo de Aragón en Madrid. A veces, le sorprendía la llamada del periódico jugando al póker con los amigos, y sin dejar la partida abría el ABC, le daba la vuelta a las pocas noticias que se podían decir entonces y dictaba la crónica sobre la marcha.

Luego se marchó, y fundó EL IMAN, que antes de producir películas señeras como Mi querida señorita, o Furtivos produjo muchos spots insignificantes en los que intervenía  el Duende. De muñecas, de Juguetes Rico, de Coca-Cola. En uno de ellos, en el que, no se por qué, aparecía la bebida en una mesa con mucho queso, el Duende cumplió uno de los sueños de su vida, que era hartarse de ese  Emmental del tamaño de una rueda de coche que en la España pobretona de la posguerra exhibían las mantequerías buenas. Lo miraba en el escaparate, soñaba con ser ratón, colarse en él e inflarse con lo que entonces era artículo de lujo. Y fue un lujo, después de rodar, afanarse ese delicioso material de atrezzo en el estudio de José Luis, que ya empezaba ser mago.

Tenía José Luis en su despacho un viejo autobús de hojalata de Payá, que era la envidia del Duende, y una aureola de despistado entrañable. En el campamento donde cumplíó sus milicias universitarias, estaba un día de imaginaria, sonó por los altavoces uno de los toques reglamentarios y olvidó cantarlo, como era obligado en ese servicio. Mala suerte que pasara por ahí el mando, que le preguntó cabreado: cadete, ¿qué han tocado? El desgarbado recluta Borau se cuadró y proclamó solemne: la corneta, mi coronel.

 Vivía en un bloque de pisos que hay entre el Manzanares y la Casa de Campo con una vieja tata que le cuidaba - germen quizás de Tata mía, otra de sus películas-, y era tan bueno y generoso que se lo acabó regalando. Luego desparramó su talento en sus películas, como profesor de guiones, en sus cuentos deliciosos y en el permanente magisterio de bonhomie e ingenio que disfrutamos todos los que hemos tenido alguna relación con él. Será siempre lobo solitario, algo bohemio, soñador, marginal de culto  en el cine ideal que nunca acabará de reformar a su gusto. Ahora, además, es académico de la Lengua.

 No se lo puede imaginar uno en ámbito tan solemne, pero ya decía antes que todos los mitos pierden su apresto. Aunque en este caso sea para colmarse de ternura y de humanidad.

Los eruditos “a la googleta”

Aristocratas

(Foto de MarySoliday)

Estaba el Duende de bolos en el llamado Pretexto Covarrubias -véase el post correspondiente- cuando, ante un auditorio tan letrado como el que encabezaban Mario Vargas Llosa y Humberto López Morales, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, formuló la teoría de que hoy cualquier internauta puede ser un erudito a la googleta.

A tenor de las risas de los presentes, se percató el orador de que el neologismo hacía fortuna. Se trataba, en efecto, de la nueva versión de lo que el poeta José Cadalso satirizó como eruditos a la violeta, frívolos latiniparlos que pasaban la espumadera por las ciencias, las artes y las letras y afectaban un saber y una cultura de los que sin duda carecían. Vamos, unos farfollas, para qué engañarse.

Pero una cosa es un erudito a la googleta, que es a lo que aspira el Duende, y otra cosa es ser un caradura. El Duende comprendió allí mismo que no se podía colgar medallas que no le corresponden, y nobleza obliga, citó al autor del hallazgo semántico: el muy ilustre barón de Cap Llentrisca, un prócer de origen gallego que además de bibliófilo es diplomático, jurisconsulto, polígrafo, polemista y ahora también poeta. También es cónsul honorario de una nación caribeña que por discreción oculto, aunque por ahí puede venir su título. Pues investigado que fue el Who is who de la nobleza española, no se encontró tal título, a lo que, tirando de Google en plan Hércules Poirot el Duende llegó a la conclusión que el otorgamiento podía provenir del rey de Redonda, dependencia de Barbuda y de Antigua que, por concesión de la reina Victoria, es una monarquía absoluta. Su testa coronada es hoy la del novelista español Javier Marías.

Todo esto parece una parida, puede que incluso una paja mental. Pero, entre bromas y veras, lo cuenta muy bien el propio Marías en su novela Negra espalda del tiempo. Ahora, las novelas de moda no son sólo creación pura: mezclan churras con merinas, o ficción e historia, y con teselas de una y otra componen un mosaico que a uno le dejan con esa duda borgiana de no saber si es que es tonto o el autor le está tomando el pelo. Es una buena novela, insisto, pero si no están por comprarla, buceen en en la Wilkipedia. Háganse también eruditos a la googleta.

El barón, que en notoriedad y prestigio supera incluso a su cuantiosa hacienda, distingue desde hace tiempo al Duende con una sincera y afectuosa amistad. Tan es así que, saltándose los usos y costumbres de la aristocracia rancia que pasa sus horas en la Diputación de la Grandeza de España, cortando cupones en la Bolsa, administrando sus latifundios o criticando al gobierno en las tertulias del Nuevo Club o de la Gran Peña -también chismorrean de las curvas de la del guardarropa, no crean- entra a menudo en este blog, y formula sus comentarios con el pseudónimo Bête en sauce. Si el lector tiene conocimientos de francés y lee estas tres palabras -literalmente bestia en salsa- de corrido, podrá tener una pista de la noble villa donde el barón tuvo su cuna. Él no lo dirá nunca, pero así reivindica el marquesado de esta plaza coruñesa al que por contribución a la sociedad cree tener derecho.

Pues ánimo, señor barón. Y si no encuentra monarca que le de el marquesado, apuramos el Google y que nos busque otro rey que se avenga a razones. Que para algo vamos siendo ya eruditos a la googleta.

Cómo ser feliz a pesar del gobierno

Buscando la Felicidad

(Buscando la Felicidad, Foto de Davichi)

Aquella tarde radiaban desde el Congreso de los Diputados el asalto del teniente coronel Tejero. Entretanto, tirados en el suelo, dos hombretones extraían de una enorme caja de madera llena de virutas de madera pequeños objetos envueltos en papel. Los cogían con mucha delicadeza, les quitaban su envoltura, los admiraban, los ponían en el suelo y jugaban con ellos. Habían escuchado los tiros, el abajo todo el mundo, el se sienten, coño, y la advertencia del guardia civil con bigotes de que se esperaba a una autoridad, militar, por supuesto. En realidad se sobresaltaron. El corazón les dio un vuelco. Mala suerte que la intentona golpista hubiera coincidido con el día que tanto esperaban. Lo primero es siempre lo primero: el regreso de los espadones y el fantasma de la vuelta a la caverna no les iba a impedir disfrutar la gran ilusión. Los dos niños grandes eran el Duende y su amigo Lorenzo, y lo que contenía aquella caja era el lote de juguetes de hojalata antiguos que habían comprado a un coleccionista y que debían repartirse aquella fausta/nefasta tarde del 23 de febrero.

El Duende recordaba haber escuchado estupefacto de su madre que, en plena guerra, salían a la calle y hasta iban al cine. Los cines en Madrid fueron incautados, y programaban sólo películas de propaganda o El acorazado Potemkin. Pero iban al cine, y se supone que no para ser adoctrinados, sino porque les divertía. Muchos años después también escuchó a Chumy Chumez evocar su infancia en la guerra, donde disfrutaba paseando con sus amigos entre vehículos destrozados, ruinas y embudos provocados por las bombas. La última que se ha atrevido a aislar la felicidad interior del mundo que nos rodea es la editora Esther Tusquets, autora de un libro que lleva por título Habíamos ganado la guerra. Mujer de izquierdas, confiesa sin ningún pudor que, gracias a que su familia era de derechas y gozaba de una holgada posición económica, ella, como Chumy, también fue feliz en la guerra.

Son anécdotas quizás demasiado frívolas. Pero ahora que acaban de celebrarse las esperadas elecciones generales, cuando unos eufóricos cantan victoria mientras que los otros se rasgan las vestiduras por la derrota, el Duende hace balance en sus memoria personal y declara que es incapaz de saber si le fue mejor con UCD, con el PSOE de Felipe González, con el PP de Aznar o bajo la égida de Zapatero. En alguna fase pagaría más impuestos, en otra haría más colas en el ambulatorio, en otras se mosquearía por la subida de la gasolina, en otras le afligiría la salud… Pero cree que la auténtica felicidad, que es estar más o menos contento con uno mismo, no depende del resultado de las urnas.

La política resuelve muchos problemas, especialmente para los que menos tienen. Pero uno de los signos de madurez es convencerse de que no lo arregla todo. Dede luego, no lo más importante. Búsquense ilusiones que no dependan del BOE. Y si alguna vez recibe la noticia de que no han ganado los suyos con la misma naturalidad con la que se entera que al fin se desmorona el anticiclón de las Azores, es que se va acercando a esa quimera llamada felicidad.

Ars camelandi

Arco 2007 Arte Contemporaneo

(Foto de croqueta titirimundi

 Lo primero que se le ocurrió a Cornelia Parker es hacerse con sesenta instrumentos de viento: tubas, trompas, trompetas, saxofones, trombones de varas, flautas. Todo metal brillantísimo, que para el efecto resulta más vistoso. Después los alineó en el suelo, uno detrás de otro, contrató una apisonadora y los aplastó hasta convertirlos en una imagen plana y muda. Después los suspendió del techo de un espacio circular dejándolos a la altura de la vista del espectador. Y luego dispuso una iluminación oportuna para que el espectador pudiera ver todos los componentes de ese inmóvil tiovivo  musical -más bien tiomuerto- y su sombra proyectada en la pared. Luego buscó un título ntrigante: Canon Perpetuo 2004. Y finalmente lo apuntaló con el argumento, la leyenda, lo que el espectador vulgarcito agradece para saber si está ante una boutade o una obra de arte. Y en el letrerito adjunto Cornelia nos cuenta algo así como una metáfora en la que el potencial artístico es silenciado, y el aire, en lugar de ser exhalado, es inhalado, proyectando su vida, como un canon musical que se repite en forma circular eternamente. Vale.

Dentro del experimentalismo que impone el ser un artista guay, esta obra, expuesta en el nuevo Caixa Forum de Madrid, es de lo que desde el punto de vista plástico más le ha llamado la atención al Duende. Una verdadera lástima que no le quepa en el salón. Eso sí, comparado con la Mierda de artista de Piero Manzoni -que enlató noventa muestras de treinta gramos de sus propios excrementos y consiguió que la Tate Gallery pagase 35.000 € por incorporar una de ellas  a su colección, este Canon de Cornelia le parecerá al crítico vanguardia tan arcaico y despreciable como le pueda parecer el de Polícleto.

Decimos que el drama de la política de nuestro tiempo es que en ella todo vale. ¿Y en el arte? Vale, quizás, el talento. Pero hoy sobre todo vale la persuasión, la capacidad de convencer a las instituciones para que te financien un disparate original, la gracia para camelarte a la crítica y generar opinión, la desfachatez para cagarte en el arte, y el cuajo para persuadir a los demás de que eso es una expresión del genio humano. O sea, la cuádruple coincidencia: una idea, un rico seducido que, antes o después de que se fabrique la obra, paga el invento, un pícaro gilipollas con autoridad intelectual que le da carta de naturaleza y una muchedumbre de mansuetos sin criterio que no cuestionamos a los que parten el bacalao cultural. En nada es tan socrático el Duende como en esta materia: sólo sabe que nada sabe. Aunque sospecha que por debajo de este tinglado de la nueva farsa hay mucho memo y mucho más papanatas.

Madrid es estos días arte en ebullición. ARCO que, en buena parte, es también la feria de las vanidades, dejaba acercarse al Olimpo de los dioses por la modesta cantidad de 30 € la entrada. O sea, arte para el pueblo. Entretanto, se inauguraba Caixa Forum, una asombrosa rehabilitación de una subestación eléctrica al pie mismo del Paseo del Prado. Véanlo si pueden. Contemplar cómo Herzog & De Meuron, dos arquitectos suizos, han hecho levitar el viejo edificio apoyándolo únicamente sobre tres pilastras da quizás más medida del talento humano que ese Hombre en el lavabo de Bacon que en ARCO vendían a treinta y dos millones de euros.

Además, no se engañen, el único arte está en espectador. Si sabe verlo, lo encontrará en cualquier cosa y en cualquier esquina.   

El acerolo, el almendro y la mimosa

Sequa en el ro Tinto
(Foto de R. Durán)

La primavera ha venido, nadie sabe como ha sido, escribió Machado. Lo decía tal vez desde Soria, que es bastante más tardía que Córdoba o que mi pueblo de asueto, Candeleda, que está en la llamada Andalucía de Ávila. (Entre paréntesis, se pasó la moda de las pegatinas con slogans turísticos en la trasera de los coches, pero, entre la ironía cazurra, la cursilería y lo pretencioso, los había inolvidables: Sepúlveda, la costa del cordero. Santiago de Compostela, donde la lluvia es arte. Torrevieja, blanca de sal  morena de soles… ¡Cuánto Gustavo Adolfo Bécquer suelto!.Casi prefería aquél tan lírico de No me toques el pito, que me irrito).

El invierno no se ha ido, pero la primavera asoma, coqueta, casi desde que se traspuso el nuevo año. A lo mejor es otro capricho más del cambio climático. La lucha contra el cambio climático ya se ha convertido en bandera del ciudadano responsable. Sin embargo aún no le  ha colgado nadie al adversario político ni la preocupante mutación atmosférica ni la sequía. Nadie es culpable de ésta, al menos directamente. Y como no sirve de arma arrojadiza, no sale en los papeles todo lo que debiera. Pertenece a ese género de peligros subyacentes que, como la aluminosis de los edificios, sólo despunta cuando es causa de catátrofe o cuando no hay nada con qué llenar un minuto de telediario. Al pueblecito, asustarle lo justo, mandan los manuales de campaña electoral.

Al contrario que el buen político, cuyo deber patriótico es el optimismo, el Duende piensa que cualquier alarmismo en este punto es bueno, pues la gente sólo consume menos agua cuando le ve las orejas al lobo. En 1992 Madrid vivió una gran sequía. La agencia de publicidad del Duende recibió el encargo de comunicar una campaña de ahorro. No asustó, simplemente informó. Y con sólo recordar el gasto descomunal y las reservas reales se consiguió rebajar el consumo en un  diez por ciento. Mientras no llueva, esto es lo que hay -cerraba un slogan sobre la imagen casi dramática del embalse de Pedrezuela  a un tercio de su nivel habitual. A alto staff del Canal de Isabel II le costó ser tan realista, pero quizás no sea casualidad que, a partir de entonces, los periódicos y muchos informativos de TV dan cuenta diaria en unos pequeños gráficos de nuestras reservas de agua. Si se comunica el estado de la tesorería de la Seguridad Social, ¿por qué no la despensa del agua, que es aún más necesaria?

Con agua o sin ella, el milagro de la primavera corre a presentar sus primicias cual si fuera un diseñador de la Pasarela Cibeles. El Duende, que es un voyeur verde -interprétenlo en el sentido ecologista del término- ya ha avistado la flor del almendro, la de la mimosa y, este año, las hojas de un acerolo que alguien le regaló y que plantó en el monte con la esperanza de que fuera valiente, medrase y recuperase en su fruto un viejo sabor de infancia. El Duende no lo cata desde 1955. Pero no lo olvida, porque la memoria de los gustos y los olores es la más fiel. Ya ha estallado el aroma y el vistoso amarillo de la flor de la mimosa, capaz de transformar a un árbol áspero y feo en una especie de jaula de oro para criaturas de un cuento de Andersen. El otro día, en el restaurante de la Posada de la Lola, leyó el Duende un jocoso grafitti  enmarcado junto al triángulo más famoso de nuestros logotipos comerciales. Decía así: La primavera dice que está hasta las pelotas del Corte Inglés. Está en su derecho, porque abusan de ella. Pero que no nos falle a los demás. Que, pese al cambio de clima, podamos decir que ha venido, aunque nadie sepa como ha sido.

Entradas siguientes »


Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Podcast:

Escucha La Carcajoda, con Capitán

TV en internet:

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Blog Stats

  • 227,351 hits