
(Foto de Wino 2007)
Señor pollo de granja: ante la necesidad de someter su destino a la mayor gloria de la especie humana, que para eso es superior, ésta le da la posibilidad de elegir entre una vida canalla y desgraciada como la que sus semejantes han vivido tradicionalmente, o una vidorra en la que va a darle gusto al cuerpo cuanto quiera a cambio de un cuarto de hora final francamente doloroso. En este caso, y como compensación moral si con su muerte contribuye al arte, su nombre será recordado por el público, y su cabeza, disecada por un taxidermista y con una chapita donde figuran su nombre y los datos de su martirio, figurará a modo de trofeo o adorno en algún bar de los muchos que acogen a los llamados aficionados.
Se imagina uno al ministro Fernández Bermejo, notario mayor del reino de este gobierno humanista y del talante universal, ofreciendo alternativas como ésta a las otras especies animales. Es decir a todas las que, habitualmente olvidadas por los antitaurinos, no merecen, al cabo mucho mejor suerte que los toros de lidia que canonizaron el pasado jueves a José Tomás.
Toros sí, toros no, eterna polémica. La dignidad de la vida en cualquiera de sus expresiones frente a la belleza de eso que llamamos arte. El planeta taurino levitando por el fenómeno del diestro de Galapagar mientras plumas tan lúcidas y bien consideradas como la de Manuel Vicent no deben de atreverse a soltar sus habituales andanadas antitaurinas. Ahora, que hasta Europa parece reconocer nuestra fiesta nacional…
Es experto el Duende en sumergirse en las polémicas nadando mientras guarda la ropa. No lo hace por estrategia de supervivencia, sino porque es primo hermano de Hamlet. En este caso dudaría si elegir ser un Victorino Martín, una ternera de Ávila un cordero pascual, una oca del Perigord, o una de esas centollas o langostas que, por cierto, aún chillan mientras son hervidas vivas. Nunca fue un entusiasta del cochinillo, pero lo aceptaba hasta que en una visita a Segovia, el maestro José María nos explicó a los chicos de la radio que para tal manjar la víctima debía ser inmolada a la semana de vida. Desde entonces, cada vez que en el escaparate de Botín o de esas carnicerías a la antigua ve expuesta una de estas criaturitas, retira la mirada avergonzado.
Tampoco es una gran aficionado a los toros. Lo fue en su juventud, cuando leía las críticas de Antonio Díaz-Cañabate, un excelente autor costumbrista, y hasta que el aburrimiento le acabó echando de las plazas. Ahora sólo le divierte la atmósfera de la fiesta: la plástica del espectáculo, la hermosura de la bestia, el argot taurino, el topicazo del lenguaje de los aficionados, la inutilidad de las polémicas que genera, el fenómeno de la ira o del éxtasis colectivo…Detalles para observar y de los que tomar nota.
Pero lo cortés no quita lo valiente. Y para muestra de sus contradicciones ante el asunto, dos botones del Duende. Uno, la lidia del toro le parece una barbaridad. Dos, lo que hizo José Tomás el jueves es tan obra de arte como un ballet de Nijinsky y, desde su punto de vista, mucho más bello y meritorio.
Tal vez la clave está en olvidar la superioridad de la especie humana. Y en no aceptar que este privilegio que nos da la razón se convierte automáticamente en una despiadada crueldad para con las demás.














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