
(Foto de Scaamanho)
Se entiende que el fútbol sea, incluso a estas alturas de la película, un saludable opio del pueblo. Una variante del panem et circensis con el que los césares adormecían al pueblo. Se comprende que gane España a Italia, después de ochenta años de conjuras e ignominias y que lo celebremos del Rey abajo casi todos los españoles. Mayormente los gobernantes, que así se libran un par de días de que los gurúes de la opinión les pongan a parir. Estamos en crisis, pero no nos importa, porque entre Casillas y Cesc nos han hecho recuperar el orgullo de ser españoles. El fútbol hace patria.
Si ayer éramos un detritus de sociedad sin héroes, hoy somos los más grandes, y hay que desmelenarse. Moncloa respira aliviada. Los patrocinadores del campeonato se frotan las manos. Los medios, mucho más. Más consumo de TV, más venta de periódicos. La gente sólo compra con pasión los éxitos y el glamour, los perdedores, que en el cine quedan tan bien, son unos desgraciados. Quince millones de espectadores vieron por televisión la serie de penaltis. En Madrid, el consumo de agua en ese momento crítico se redujo en más del 50%: lo que ahorramos en fregoteos y en las cisternas que no vaciamos. Los anunciantes no se rascan la mollera demasiado, y sólo han tardado horas en arrimar el ascua a su sardina. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Viena, TOYOTA insertaba hoy un anuncio de página con una foto del equipo de Luis junto a uno de sus coches y este ambicioso titular: Queremos seguir haciendo historia. Lagarto, lagarto. Hacer historia por haber llegado a las semifinales, caramba. A cualquier cosa llamaban chocolate las patronas, que se decía antiguamente. Pero el sentimiento de patria exige estas proclamas bobaliconas. Tó por España.
Supone el Duende que esa es la única excusa para autorizar la cobertura vergonzante que se da a la figura del hincha, omnipresente estos días en los telediarios y en los papeles. Nada tiene de malo ser aficionado, ni animar al equipo nacional. Es justo, digno y saludable. Pero de ahí a creer que cualquier grupo de gamberros borrachos envueltos en la bandera o vestidos de lagarteranas son tan mediáticos como los Luthier o las chirigotas de Cádiz y merecen que los demás escuchemos sus canciones y sus gritos como si fueran Grammy de oro o genios del humor, va un abismo. El pueblo es más o menos sano, pero en las mejores familias hay un borrico que se convierte en energúmeno en cuanto le dan una oportunidad.
Todo lo que tiene de bonito el fútbol -al Duende le encanta- lo tiene de abominable la vulgaridad del hincha embrutecido. Y por muy modelno que sea el alcalde y muy potente el grupo de comunicación que patrocina eso de ver la Eurocopa en la plaza de Colón, no hay razón para ofrecerles la calle a precio de saldo sabiendo, como se sabe, que los bárbaros acabarán haciendo de las suyas. O sea, cortando el tráfico, asaltando a la pobre Cibeles, zarandeando a los automovilistas que no insultaban a Italia, ocasionando sesenta y cinco intervenciones del SAMUR, vomitando por las esquinas, provocando a la policía y perfumando los aledaños de Colón con ese delicado Eau de Meade que deja cualquier concentración de vándalos y guarros.
Tó por España, como decíamos. Aún con el marrón de soportar que, a fin de cuentas, la necedad y la mala educación siguen siendo tan rentables como políticamente correctas.

Lo avisó el poeta: Hay otros mundos pero están en éste. Había otras soluciones, pero también estaban en Raúl. No el del Madrid, el que da dolores de muelas a Luis Aragonés, según unos divinizado y según otros despreciado. No se trata del cásico por cuyo homenaje tanto se polemiza, sino de otro que sin tantos redobles de tambor va haciendo historia en un club y una selección poco acostumbrados a la gloria. Ay, Raúl Tamudo, qué grande eres. Y cuánto te debemos los que inconscientemente nos dejamos deslumbrar por las estrellas y ser guiados por los grandes predicadores del balón.








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