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Una primera comunión original

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La primera comunión de Igor David se puede decir que marcó un hito memorable. Igor David era hijo de Lolinchi y de Silverio, un artesano de forja y chapista imaginativo y rompedor. Lo mismo fabricaba farolillos, alcuzas, lecheras, embudos, candiles y aceiteras que reproducciones de la armadura de Carlos V. Su última aportación a la forja decorativa, que había causado furor entre los guiris que hormigueaban por Toledo los fines de semana era un Cid Campeador a lomos de su Babieca blandiendo no ya la Tizona reglamentaria,  sino la espada que Obi Uan Kenobi puso de moda en La guerra de las galaxias. O sea, una de estas fusiones entre tradición y modernidad que conmueven al mundo.

-He hecho una obra de arte que es la hostia –presumía en el bar vecino de su taller – La he llamado El Cid de las galaxias, y es mitad escultura, mitad lámpara futurista. ¡No veais qué puntazo!…

El Cid galáctico se vendía como churros.

Eso sucedió en los gloriosos tiempos de vacas gordas. Aquellos en los que, como dijo el entonces ministro Solchaga, era fácil hacerse rico en España. Así que Silverio prosperó y se convirtió en millonario de la noche a la mañana.

-Lo que es tener oficio y  pesqui-presumió ante sus distinguidos invitados la noche que inauguró su fabuloso chalet con jardín de fuentes versallescas-He dado un pelotazo de la hostia.

Estaba tan ocupado en su éxito, que el pobre Silverio no tenía tiempo para buscar adjetivos.

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Pese a que la hostia no se le caía de la boca, Silverio no puso especial interés en la educación religiosa de sus hijos. Pero, como es natural en cualquier padre que pretenda lo mejor para los suyos, no quiso privarle a su primogénito de la gran fiesta en que por aquellos años se habían convertido ya las primeras comuniones. Los tiempos del traje de marinerito o de novia para las niñas, la medalla de oro como regalo, y el desayuno familiar de chocolate con churros para los invitados como toda celebración habían quedado muy atrás. Ahora los caprichos se habían multiplicado en todos los capítulos de gastos. Afortunadamente Silverio y Lolinchi se los podían permitir, y, desde luego, estaban dispuestos a montar por su hijo una fiesta muy especial de la que los invitados se acordarían durante décadas.

-Va a ser una primera comunión de la hostia- proclamó Silverio sin saber que, por una vez, hablaba con propiedad.

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En el colegio no aceptaron sus novedosas ideas sobre el extraño vestido de la criatura, porque decían que rompía la uniformidad y no podían admitirse diferencias entre los comulgantes.  Así que Lolinchi decidió celebrar la primera comunión en la parroquia de la urba a cuyo mantenimiento ella, muy piadosa, contribuía con jugosas dádivas. Y todo resultó original y espectacular. Mientras los invitados esperaban a la puerta de la iglesia la llegada del niño, como se espera la llegada de la novia en las bodas, un grupo de raperos escenificaba una versión pop de La primera comunión de  Juanito Valderrama, que unía a su entrañable sentido religioso una coreografía inspirada en Michael Jackson. Cuando el arreglo abordaba el final de la pieza con esos emocionantes versos de Para un padre y una madre/ no hay alegría mayor / que ver hacer a su hijo/ la primera comunión se detuvo ante la iglesia el fabuloso Mercedes de Silverio, se abrieron las puertas del coche y de él descendieron los padres, elegantemente vestidos, y algo del tamaño de un niño envuelto de arriba abajo en una capa forrada de raso carmesí de la que sólo sobresalía  lo que parecía la cabeza de un robot futurista. Ya en el suelo, y cuando, con torpe andar de autómata. aquello enfilaba la puerta de la iglesia, Silverio tiró de la capa  con el ceremonial propio de un presentador de circo y descubrió el traje de primera comunión de Igor David.

-¡Hostia! –dijo un chaval de entre los invitados- ¡Si va vestido de RoboCop!

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Lo que más les costó a Silverio y Lolinchi de esta primera comunión no fue el banquete, pese a que incluía mariscos de Galicia, jamón de Jabugo y caviar de beluga para los adultos y un sinfín de puestos de pizzas, hamburguesas de Mac Donalds y de chuches diversas para la chiquillería. Tampoco la legión de camareros vestidos de tortugas Ninja para la ocasión. Ni los payasos que amenizaron la sobremesa. Ni la orquesta Ni el alquiler de dos autocares para desplazar a los invitados. Ni las cien pulseritas del Parque de Atracciones para que se celebrar el fin de fiesta en los cacharritos. Lo que más les costó fue convencer al cura que inicialmente no se mostró muy partidario de aquel atuendo metálico para el sacramento de la comunión.

-¡Pero es tanta la ilusión de nuestro Igor David!- explicó Lolinchi para convencerle-¡Es que, aparte de Jesús, claro, porque el niño es muy piadoso,  su héroe es RoboCop!- ¡Y es tanto el amor y el trabajo que ha puesto Silverio en llevar a la realidad ese sueño tan bonito!…

-Bueno, lo entiendo –farfulló el sacerdote- Pero entiendan ustedes también que la Iglesia….En fin,  vestirse así, de justiciero de ciencia ficción, para recibir la sagrada forma…¿Creen que es posible una primera comunión así?…

-Oiga, padre –le interrumpió Silverio sacándose la chequera del bolsillo interior de su chaqueta- Que yo, cristiano, como el que más…Pero además soy chapista de nuevas tecnologías, artista y, sobre todo,  profesional. Y le garantizo que cuando  usted se acerque a Igor David con el copón, el casco se abre automáticamente y usted no tiene más que depositar la sagrada forma en la boquita abierta del niño, que ya lo tenemos ensayado y va quedar niquelao.

Silverio le alargó al párroco un cheque. Entonces el bueno del cura comprendió que lo importante de los sacramentos no es tanto la forma como el espíritu de los mismos, y admitió que gracias RoboCop quizás los pobres de su parroquia iban a comer caliente el próximo mes.

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Igor David tomó su primera comunión en 1989. De entonces acá se dio la paradójica circunstancia de que, mientras en España decrecía el número de practicantes católicos, aumentaban  prodigiosamente los gastos de celebración de las primeras comuniones. En el año 2011, y antes de que la crisis nos dejara en cueros, el gasto medio por familia en estas celebraciones dicen que alcanzó los 2.500 €. Entretanto, el imperio que había creado Silverio a partir de su oficio y su imaginación se había ido al garete. Lolinchi murió prematuramente, al pobre Silverio le acabaron matando la pena y las hipotecas y cuando Igor David  empezó a organizar la primera comunión de su hija Shakira Sofía comprendió que él también estaba arruinado.

-¡Qué putada! –suspiró desesperado la noche en que conoció el mísero estado de las cuentas de la empresa que forjó su padre y que él había heredado.

Miró el retrato de su pequeña Shakira Sofía, que le contemplaba desde su escritorio, se acordó de los fastos de su propia primera comunión y sintió que las lágrimas anegaban sus ojos.

-Pensar  que aquello fue la hostia- clamó entre sollozos mientras se mesaba los cabellos y levantaba su mirada- ¿Y qué le voy a prometer yo a mi niña para celebrar la suya?…

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De repente atronaron los cielos, y por la ventana penetró un haz de luz que inundó el despacho.

-Pues eso –reverberó una voz profunda y solemne que parecía provenir de los espacios infinitos- Prométele justamente la hostia, que es lo importante. Luego lo celebráis con un desayuno de chocolate con churros, y tan ricamente…

Igor David, atónito, no acababa de entender de dónde venía ese mensaje. Pero de repente se sintió libre de penas y de culpa, y poseído por una infinita paz. Y respiró profundamente como si se hubiera quitado un gran peso de encima.

 

 

 

 

 

 

Las lamentaciones del profeta Q´Agonías

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En la primera década del siglo XXI vendrán las vacas flacas, y el mundo entero se rasgará las vestiduras y temblará de miedo. Y los sabios se empeñarán explicar por qué las vacas enflaquecerán, y, día tras día, lanzarán diagnósticos sobre su enfermedad, y formularán esperanzas para que las vacas engorden y el estado del bienestar vuelva a ser beneficiado por el cuerno de la abundancia.

Y, en busca de esa quimera, apuntando a las causas de la ruina y a sus remedios, empezarán hablando de una cosa llamada “hipotecas subprime”. Y luego traerán a colación la quiebra de Lehman Brothers. Y a partir de ahí, como si los asuntos económicos fueran fichas de dominó que van cayendo y derribando a las precedentes para acaparar la atención, el temor y la esperanza de los pobres ignorantes que integran eso que se llama “pueblo”, hablarán de Irlanda, y de Grecia, y de Portugal, y de Italia, y de España. Durante semanas sucesivas, el tema de debate será el déficit público, y la subida de impuestos, y el hundimiento de la construcción, y la quiebra de las empresas, y la morosidad, y los impagos, y el paro, la barbaridad de casi cinco millones de parados. Y luego darán otra vuelta de tuerca a las medidas que exigirá una señora llamada Angela Merkel, y a la consolidación fiscal, y a los recortes “indispensables”. Venga de recortes.

Pero la cosa seguirá sin arreglarse, y, como a falta de resultados, buena es la palabrería,, seguirán engarzando problemas y posibles soluciones que volverán locos perdidos a todos los que padecen la crisis. Y entonces se hablará de los presupuestos restrictivos, y del límite del despilfarro para las autonomías, y de los rescates, y de los bonos europeos, la ruina de las empresas, y la ausencia de crédito, y los recortes de Rajoy, y los ajustes, y del límite del déficit, y de la necesaria reforma de la banca, y del famoso banco malo (como si los hubiera buenos, con los abusos que habrán cometido ya cuando estalle esa crisis).

Y para remate, lo último: Bankia. Para que los sabihondos, los líderes de opinión y hasta el sufrido pueblo llano tenga otra cosa de la que hablar

-¿Qué nos contarán mañana para justificar esta catástrofe de la economía? –se preguntarán sus víctimas.

Y entonces los españoles, hartos de la irresponsabilidad de los políticos, que se cayeron del guindo y se enteraron de la crisis como si esta se hubiera presentado de la noche a la mañana, después de constatar el estado de postración al que les habrá llevado la frivolidad y la la falta de honradez de los gestores de la “res pública”, y tras confirmar la incompetencia de los banqueros y de los economistas, que llevan años mareando la perdiz sin acertar ni por casualidad, saldrán a las puertas de sus casas –si estas no han sido sacrificadas en la dación en pago- y lanzarán al unísono una pedorreta cósmica que resonará por todos los rincones de los espacios siderales.

-¡A LA MIERDAAAA! – será lo único que se escuche…

Y esto será así, por mucho que nos pese. Pues si, como recuerda la sabiduría popular, “la jodienda no tiene enmienda”, no vean ustedes la poca enmienda que tiene la estupidez humana.

(Fragmentos de Las lamentaciones del profeta Q´Agonías)

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Cuando estas profecías llegaron a conocimiento de la periodista Begoña Ortúzar, que tiene muy buena cabeza, esta sintetizó así los lamentos del profeta.

-Tiene razón Q´Agonías. Aquí los que nos mandan piensan que una mancha de mora, con otra mancha se quita. Y lo que hacen es ir encadenando sucesivamente comeduras de coco para narcotizarnos esperando que, entretanto, escampe.

Begoña, viuda desde hace años, sacó adelante a sus hijos trabajando como redactora-jefe de una revista de decoración para Alfred Brown, uno de esos maravillosos empresarios que ganó dinero cuando se ataban los perros con longaniza y no dudó en trampear cuando asomaron las vacas flacas. Primero fue difiriendo las pagas extraordinarias de Begoña y del resto de sus empleados. Luego retrasó el pago de las ordinarias. A continuación redujo éstas. Finalmente despidió a Begoña y al resto del personal. Y cuando Begoña, que siempre fue una ciudadana ejemplar, ya estaba en el paro y, a pesar de todo, se disponía hacer la Declaración de la Renta, solicitó su borrador a la Agencia Tributaria y comprobó atónita que en él figuraban como ingresos pagados por la empresa de mister Brown todo lo que el muy geta les había regateado antes de darles la patada.

Begoña es muy consciente de que su caso es un caso más. Otra tropelía del sistema que no va a inquietar particularmente a nadie. Pero le hace ilusión pensar que, como una mancha de mora, con otra mancha se quita, a lo mejor era más original que, en lugar de hablarse hoy de los problemas y las soluciones que lamenta Q´Agonías, de las que ya estamos todos más que hartos, se conocieran las suyas propias. Pues como las desgracias nunca vienen solas, ayer, además, resbaló en la ducha y se rompió la muñeca de la mano izquierda. Lo cual que, como se la tenían que escayolar, y aún a pesar de que siempre ha sido una mujer de modales exquisitos, se permitió la libertad de hacerle al traumatólogo esta singular sugerencia.

-Si no le sirve de molestia, escayóleme la mano dejando el dedo anular bien estiradito, para que se note que quiero hacerle una peseta al mundo.

Esto no lo había previsto el profeta Q´Agonías.

Homper escribe (*) a una votante de Sarkozy

Ma cherie Violette

Je m´ai enteré de la victoire de François Hollande. Quél pene, penite péne. Quél contrarieté. Vous si charmante, si elegante, si riche propietaire, si seductriz, et voilá, menaçée par la politique du nouvel sauvateur de la France, de l´Europe..¡ et  même de l´Espagne, oú nous dejá ne savons pas quél cogne il faut faire pour sortir de la pugnetére crisis!…

Vous voyez. Nous pensions que monsieu Rajoy etait capable de apreter le  torniquet, cerrer la sangrie du despilfarr et finir avec le monstre du déficit. Mais malgré les recortes –il a recorté tout sauf sa barbe- l´impression general, mal que nos pése, c´est que l´Espagne s´est allant au caraje. Le peuple, ´dont on ne sait pas s´il est savant o gilipoulet, commence á croir que nous sortîmes de Guatemala Soulier pour entrer en Guatepeor Rajoy. Et a la fin du tout, mois personalment pense que aux soufriteurs de la politique –o soit, nous mêmes- cette cataplasme de l´austerité que predique la Merkel et que aplique avec sumission son fidéle Mariano c´est comme le chien de l´hortelain, que ni mange ni laisse manger.

Mois  comprend bien que vous, comme française acaudalé, en plus de charmante et requetebuéne, est que trines avec le propose de Holland de payer hasta le soisante dix par cent de vôtre ingreses en impôts. Quél barbarité. Mais soiyez tranquille. Comme on dit normalmente, les peuple de la France a son coeur a la gauche, mais la cartiére a la drôite, et dejás viendront les elections legislatives pour ajuster la folie progresiste a monsier Holland et le souvenir:

-François, François, mon ami. Moins loups, Caperucitte. Un peut de relajement presupuestaire, bien, mais ne te passes  pas avec les impôts, porque ça nous touche les cataplins de la grandeur, et ça ne mole pas.

Ainsi que ne vous preocupe pas. L´unique conseil savant que je donne a mes amis est de traitre de vivre malgré les politiques. La vie c´est un promenade, et il faût le jouir en oubliant les barandes de turne que toujours s´empeñent en nous marquer le chemin. Et, hereusement, le pire gouvernement de la democracie n´est ce pas unne dictadure como celles de Hitler, de Stalin ou même de Franco. D´une parte, il n´y a pa mal que dure cent ans. D´autre,  si mois fai memoire de les moments de bonneur que j´ai vecu dans ma vie, je jamais sai si ces moments lá apartenaient a un gouvernment de la drôite o de la gauche.

Au grain. Une foi digeré que Sarkozy  c´est fini, et que l´Occident a perdu la belle image de Carla Bruni a l´Elisée…voulez vous profiter cette beau matin de le printemps pour promener avec mois par le Retire?

En attendant vôtre reponse, je vous souhaite un bon jour  el reste vos fidéle admirateur.

Avec l´expressions de mes sentiments les meilleurs

Homper

 (*) En français macarronique, naturelment.

El hombre obsesionado con las reformas

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-Si no te importa, podíamos jugar la partida en casa, ¿no? Hace una mañana demasiada fresca, y así te enseño los cambios, que te van a divertir.

Normalmente, Homper y Damián jugaban su partida de ajedrez en el parque. Privilegio de la vejez inteligente.  Pero las mañanas de abril tienen eso, que un día amagan verano y al siguiente refrescan o incluso te riegan con un chaparrón. Así que a Homper no le importó acudir a casa de su viejo amigo Damián, inspector de trabajo jubilado, viudo, sin hijos a su cargo. Damián vivía en la vieja casa que heredó de su madre con un gato y con Leonisa, una sirvienta gallega que le cuidaba desde hacía treinta y dos años.

-Buenos días, señor Homper –le dijo al abrir la puerta- Pase, aunque lo va a encontrar todo muy cambiado- dijo mientras miraba de reojo a Damián, que avanzaba renqueante por el pasillo.

Ver a su viejo amigo visiblemente transformado fue el primer sobresalto del día para el pobre Homper. Damián se había cortado el pelo como un futbolista. Cráneo afeitado con una cresta  de Pájaro Loco y patillas como hachones. Llevaba puestos unos vaqueros rotos y una llamativa camiseta de color rojo con esta leyenda: Ya no se si soy yo ni mi circunstancia. Debajo, la firma del autor de la sublime frase: Ortega Coño. La metamorfosis se completaba con una mosca en la barbilla un piercing en la oreja derecha y otro detalle no menos sorprendente. La gata de angora Mimí, que salió huyendo despavorida nada más ver a la visita, llevaba el pelo teñido de morado, como la cabellera de la en otro tiempo nellísima Lucía Bosé.

-El imperativo categórico del momento –subrayó Damián justificando las novedades como la solemnidad y la prosopopeya de un actor de la vieja escuela- Reformar o morir.

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Del salón con el que Homper estaba familiarizado había desaparecido casi todo. El viejo y deprimente tresillo isabelino, el piano, el escritorio de tío Leonardo, el archivador, la vitrina que exhibía abanicos, bibelots de marfil, huevos de Fabergé, , cajitas de porcelana, pastilleros de plata, relicarios, el guardapelos de la tía Dorita, los bisquits y porcelanas tan cursis que coleccionaba mamá, los viejos quevedos de marco de oro y los anteojos de nácar que usaba la abuela Adela cuando iba al Teatro Real a escuchar a Miguel Fleta. Se veía que Damián había optado por el minimalismo y el vintage, que Homper no sabía exactamente qué es –Damián tampoco-, pero debía de molar mucho. Ahora sólo había  dos sillones extensibles suecos, lo último en relajación corporal, un par de flexos de madera de pie articulado como robados del despacho del doctor Freud, un velador de hierro fundido de los de los bares de toda la vida, sobre la que posaba el tablero del ajedrez con el que iban a jugar, y un primitivo futbolín con los jugadores de hierro pintados con los colores del Madrid y del Atleti. Las espesas cortinas de damasco habían desaparecido, susitituidas por modernos estores que dejaban pasar la luz y redimían al salón de su penumbra de sacristía.

-¿Y la tele? –preguntó Homper visiblemente estupefacto.

-La he mandado al cuarto de baño. Así sólo la veo el tiempo que me dura el aliviarme.

También he instalado allí la librería con la Enciclopedia Británica. He regalado el resto de mis libros. Cuando estoy estreñido, cojo u tomo al azar y leo la vida de Linneo, por ejemplo. Eso no cambia, ¿sabes?…

Homper observó entonces que también habían desaparecido los cuadros. En su lugar, las paredes de las habitaciones y el pasillo que iban recorriendo aparecían empapelados con fotografías a tamaño natural de las mujeres que más le habían gustado a Damián. Desde la Ursula Andrés en bikini del primer James Bond y la Marilyn Monroe con las faldas revueltas sobre el enrejado del metro de La tentación vive arriba, a las modelos desnudas de Newton. Pasando por la B.B. de Y Dios crió a la mujer, la Anita Ekberg de La Dolce Vita, el revolcón playero de Deborah Kerr con Burt Lancaster en De aquí a la eternidad y aquel escote con audaz exhibición del canalillo del entrepecho que mostraba la impar Sofía Loren en Madame sans Gêne.<Reformas, reformas, reformas…-se explicaba Damián- Todo lo que oigo hablar es de reformas para salir de la crisis&…¿Y cómo no iba a estar yo en crisis con lo que veía que en esta casa y en el propio espejo del baño?…Un aburrido inspector de trabajo jubilado, santos de la familia, muebles de almoneda, una copia infame de Herodías llevando en bandeja la  cabeza del Bautista, un paisaje atroz con bandidos de Sierra Morena…Y un retrato que pintó el peor discípulo de Madrazo a la tía Eugenia, que tenía una papada como un pavo, y su marido, que era talmente una lechuza en un cuerpo humano.. Así que lo he reformado todo. Todo.

Jugaron la partida de ajedrez. Naturalmente la ganó Damián. Homper no podía concentrarse.

-Lo siento- se excusó- Esas mujeres desnudas que me están mirando…

-¡Qué cuerpos!, ¿verdad?…Menudo ojo tenía el Newton ese…No me las he puesto en mi habitación, por no turbar mi sueño. Por cierto, también he hecho reformas en ella. Déjame que te las enseñe.

Recorrieron hasta el final el largo pasillo de las beldades y entraron en la habitación de Damián, cuyas paredes estaban completamente empapeladas con recortables: de húsares de Pavía, de granaderos del Rey, de soldados de la Guardia Real, de ejércitos de todas las guerras conocidas, de toreros. Recortables, recortables rescatados de los desvanes de su infancia,  recortables que entretenían sus horas muertas, más recortables.

-Estoy obsesionado-se explicó atropelladamente- Ya no pienso más que en lo que escucho. Nos dice la Merkel  que hacen falta más reformas, nos pide el BCE que se sigan profundizando en las reformas, dice un catedrático de economía por la radio que aún queda por reformar la Banca, las Cajas de Ahorro, la Administración, las Autonomías, el Gobierno nos anuncia más recortes…

Se detuvo un armario, resoplando, como si la ansiedad se hubiera apoderado de él y perdiera el control.

-No puedo más, ayúdame –dijo mientras extraía de las baldas del armario una Termomix, un cuadro de una Sagrada Cena en madera sobreplateada, dos bombines antiguos y  una cubertería de plata que compró su madre muy barata gracias a una imposición a plazo fijo que le ofreció el el BBV- ¡Ayúdame en las reformas, por favor Homper!…

Se adelantó Leonisa, que se acercó hacia ellos con un gran capazo de los que venden los chinos insinuando con un dedo sobe su sien que Damián no estaba en su mejor momento.

-Deme, señor Homper –yo le ayudaré a llevarlo hasta el taxi –dijo mientras iba metiendo en el capazo los inopinados regalos.

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Faltaban por descubrir las últimas reformas.

-¡Espera, espera, no te vayas  aún!- terció Damián dirigiéndose a un rincón del gran recibidor en el que, como si fueran obras de arte de ese Cristo que empaqueta los monumentos, había dos bultos tapados con sendas sábanas- ¿Qué te parece si colgamos esto en lugar de la vieja lámpara de bronce holandesa que había en el techo?

Damián tiró de la primera y apareció un caimán de tamaño mediano perfectamente disecado, herencia oculta hasta entonces del tío Genaro, un naturalista que pasó en Guinea lo mejor de su vida.

-Lo voy a pintar de oro y lo colgaremos volando por encima de nuestras cabezas –dijo gestualizando con los brazos lo que presumiblemente sería como una instalación artística de la colección Saatchi.

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-Y aún queda lo mejor –añadió Damián, al que sólo le faltó anunciar con un ta-ta-chán- la última sorpresa- ¿Cómo no iban a llegar las reformas al Sagrado Corazón al que tanto rezaba la pobre mamá?…

Retiró la segunda sábana y al pobre Homper se le quedaron los ojos como cuadros. Doña Angustias, la madre de Damián, había sido muy devota  del Sagrado Corazón de Jesús, y un día compró en un anticuario un cuadro en el que su imagen aparecía en una auténtica ventana cordobesa, con su enrejado, sus macetas de bellos e inmarchitables geranios de plástico y sendos farolillos con velones a los lados. Hasta la muerte de doña Angustias aquella joya colgaba de las paredes de su habitación, pero luego fue al trastero. Damián la había rescatado del olvido para hacer en ella las pertinentes reformas que pedían las circunstancias. Ahora el propio Jesús, entre esos brazos que según la iconografía clásica se abren generosamente ofreciendo el perdón, transportaba a una joven con un traje de baño a rayas fotografiada así en el la playa del Sardinero en 1930. El efecto del montaje era impactante, porque, activando un interruptor oculto bajo una de las macetas, el sagrado corazón que quedaba por encima de las curvas de la joven Doña Angustias se encendía y latía aceleradamente, mientras de los ojos de la heroína salían destellos intermitentes y comenzaba a sonar un cover de la conocida canción de Manolo Escobar que ahora decía así:

Madrecita María Angustias / Hoy te canto está bellá canción…/Y obediente cual si fuera un niiiño/ Yo reformo con todo cariño/ Así a tu Sagrado Corazón…

 

Al conjuro de aquella escena de teatro pánico, la gata Mimí lanzó un maullido espantoso, pasó como una exhalación entre las piernas de Homper y Leonisa, que esperaban el ascensor y se escapó escaleras abajo.

 

Cuando Homper y Leonisa salían por el portal con todos los desechos de las reformas de Damián, la portera les salió al paso asustada.

 

-Y ahora la gata morada se escapa…Les digo yo que  a don Damián  esto de las reformas le ha hecho enloquecer.

Y Homper pensó que, más o menos, como a todos…

Siempre nos quedará Beethoven

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Eran sólo las 9´30 de la mañana cuando sonó el teléfono. Por el auricular se escuchaba la inconfundible voz amiga de Bibí Herrero.

-¿Qué te debo? –preguntó el Duende.

-No –respondió ella conteniendo la risa- Sólo te llamo por si esta tarde no tienes plan y querías ir a  un concierto con un argentino.

Apenas unos minutos antes el Duende había escuchado por la radio que la presidenta Kirchner había decidido expropiar a REPSOL el cincuenta y uno por ciento de sus acciones. Bibi también es argentina, psicoanalista, para más señas,  y está casada con un compatriota que no es precisamente el mejor amigo de la veleidosa mandataria peronista. Él es el profesor Carlos Rodríguez Brown, que a veces españoliza su segundo apellido y lo escribe Braun.

El profesor es un conspicuo y exigente liberal, famoso por sus azotes doctrinales a las políticas económicas de la izquierda y por sus vaciles radiofónicos con Carlos Herrera.  Estos, aparte del consabido saludo –¿Cómo estás, Herrera, a pesar del gobierno?- incluyen adivinanzas económicas, adivinanzas musicales, canciones a dos voces manifiestamente mejorables y todo un ritual que los oyentes de Herrera en la onda esperan como esperaba la infancia de hace treinta años el ¿Cómo están ustedes? de los payasos de la Tele. Somos como niños, y la economía pura y dura es un bodrio. Por la tarde, en La brújula de Carlos Alsina, el profesor Rodríguez Brown también recita  a veces a Rubén Darío.

Los datos adicionales es que el programa de Juventudes Musicales incluía dos conciertos de piano –uno de ellos el del Emperador- y dos oberturas de Beethoven. El solista era nada menos que Lang  Lang “el artista más de moda en el planeta de la música clásica”, según rezaba el programa de mano. Un virtuoso, un genio del teclado. El Duende no se lo dijo a Bibí, pero hubiera asistido entusiasmado a ese concierto con un argentino, con un turco o con la momia de la hija del doctor Velasco en la butaca de al lado. No están las cosas como para desperdiciar invitaciones así.

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El profesor Rodríguez Brown debe de ser el mejor economista del mundo. Al menos con su tiempo. Este no sólo le da para leerlo todo sobre su materia y enseñarlo en su cátedra de la Universidad Autónoma de Madrid, sino para pasar diariamente varias horas en Onda Cero, asistir a tertulias televisivas, a numerosos actos culturales y sociales y cultivar una lista de amistades entre las que cabe hasta este bloguero jubilado, que escribe algo pero ya no pinta nada. El y su encantadora esposa son además cinéfilos y melómanos, al punto de que tienen una perrita a la que llaman Brunilda, como si en lugar de una teckle fuera una valkiria de Wagner.  También tienen hijos con nombres de evangelistas, Lucas y Juan. Y nietos. No hay argentino que pueda abandonar su acento, pero los Rodríguez Brown, que hablan como argentinos, han puesto un océano de por medio para poder juzgar al gobierno de la señora Kirchner con cierta perspectiva. Al igual que el cura vasco de aquel chiste que se posicionaba frente al pecado claramente, el profesor tampoco es partidario de su presidenta.

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La música clásica sigue atrayendo a las clases ilustradas. Pero cuando sus ejecutantes son auténticas estrellas, mucho más. Los aficionados entonces  van a escuchar, a ver a los que van y a dejarse ver. Hoy hay tanta oferta musical en Madrid que en muchos conciertos no es infrecuente ver claros en las butacas del Auditorio Nacional. Pero cuando dirigen Mutti, Dudamel o Metha o actúan divos de la categoría de Lang Lang, Cecilia Bartoldy o Ann Sophie Mutter no cabe un alfiler. Anteayer ir con el profesor era como ir con una de esas estrellas. Muchos abonados le miraban con curiosidad morbosa, pues su cara es conocida por aparecer en algunas tertulias de televisión, y los amigos le saludaban con retintín, como si su sangre argentina le hiciera corresponsable del saqueo a REPSOL. El Duende tuvo que justificar su presencia en la localidad que normalmente ocupa Bibi.

-Es que vengo de escolta –decía.

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Pero vaya de lo que vaya, el Duende agradece mucho cualquier invitación a un concierto. Uno ve a unos músicos que hilvanan con precisión sonidos mágicos, y escucha maravillado lo que compusieron hace siglos los elegidos de los dioses. Pero entre tanto…¿qué visualiza nuestro cerebro? Del concierto del Emperador de Beethoven que interpretó Lang Lang veía surgir el bloguero el recuerdo del primer tocadiscos que entró en casa de sus padres, al que se le recibió con la misma devoción con la que un día apareció el ESPASA. O sea, como un gran acontecimiento. Uno de los primeros vinilos que giró en su plato fue precisamente el Concierto del Emperador. El Duende soñaba entonces con ser Toscanini, y, a falta de batuta, dirigía a su orquesta imaginaria con un macarrón robado de la despensa. Cuando Lang Lang atacó con indescriptible delicadeza el segundo tiempo del concierto, el Duende evocó la primera vez que en el Teatro Real escuchó al gran Vladimir Ashkenazy interpetando esa misma pieza con la ONE, que entonces se hospedaba en lo que hoy es el templo de la ópera nacional. Ese adagio profundo es de lo más lírico e intenso del genio de Bonn, y se debe recomendar a cualquier alma sensible que crea en el poder balsámico de la música. El Duende recordaba que en aquella ocasión cada pulso del ejecutante era el metrónomo de las dudas provocadas por la muchachita de la butaca de al lado, a la que había invitado porque es probable que le hiciera tilín.

-¿Le acaricio la mano o no? –se preguntaba mientras iban cayendo, como copos de nieve, las prodigiosas notas beethovenianas..

El piano de Beethoven como panacea. Ahora sonaba otra vez gracias a  Lang Lang el mismo día en el que el país, consternado, vivía otro día de miserias y disgustos por un quítame allá una compañía petrolífera. Qué inmensa suerte, poder refugiarse en la música. A la pareja de Casablanca les aliviaba pensar que siempre les quedaría París. Al bloguero, abrumado por tanto desbarajuste, le consuela que siempre le queden Beethoven, Lang Lang…y amigos como los Rodríguez Brown que le inviten a escucharlos. Por muchos años.

 

  

 

Yo soy dos tontos

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Yo era madrileño, y lo que he visto me ha hecho doblemente madrileño –piensa Homper mientras se afeita ante el espejo-Nacido en Madrid y hecho mayorcito en la comunidad autónoma de Madrid.

No sabía muy bien para qué había que ser de la autonomía de Madrid. A los de Madrid casi nos daba igual ser de Madrid que de Albacete. Aparte de los castizos de salón, pocos alardean de la condición de nacidos en el foro. Las más de las veces se nace en Madrid  porque hay que nacer en algún sitio, y aquí dejan nacer a cualquiera. Luego se vive, se pasea en primavera o en otoño por el Retiro o por los jardines de Aranjuez y hasta se le coge gusto a la ciudad y a la provincia.

Pero vino la fiebre autonomista, aquello de culo veo, culo quiero, y mariquita el último y hale, a inventarse una comunidad autónoma, una nueva bandera roja con estrellitas blancas, un himno que no conoce nadie y a sacar pecho. Además del Madrid de Carlos III, de Mesonero Romanos, de Chueca, de Arniches y de Gómez de la Serna, ahora teníamos el membrete de madrileños autonómicos. Jó qué gustirrinín, ¿no?

Aunque luego hablé con amigos que además de murcianos eran murcianos, otros que además de asturianos pasaban a ser ciudadanos del principado de Asturias, canarios duplicados por su autonomía y logroñeses que se sentían a gusto como tales, aunque ahora fueran riojanos, y me dijeron que no era para tanto.

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Ya se sospechaba que un gobierno central más diecisiete gobiernos autonómicos más diputaciones y ayuntamientos eran mucho mantel para tan poca merienda. No era cosa de hacer arqueología con el espíritu de Isabel y Fernando, ni nostalgia imperial del haz y las flechas, pero algunos se preguntaban si por aquello de las economías de escala no hubiera resultado más práctico seguir administrando los servicios esenciales de la comunidad nacional desde el estado central.

Ahora viene Esperanza Aguirre y reconoce una verdad palmaria: el estado de las autonomías se inventó para reconducir a los nacionalismos históricos e intentar mantener a Cataluña, País Vasco y Galicia en buena armonía dentro del estado español. No ha servido para eso. Item más: alguien decidió que café para todos y ahora, además de cornudos,  los gobiernos autonómicos nos han dejado arruinados.

-Se veía de venir- dice Homper emulando al pueblo soberano- Como lo de una Unión Europea alegre y confiada, que derrama el cuerno de la abundancia sobre los pigs y no marcó desde el principio las normas de control sobre la economía de sus  miembros. Como el despelote de la banca, como la dictadura de los mercados…¿Pero no están para esas cosas los que dicen saber? ¿No se preparan para eso los  políticos? ¿O es que no se leen los papeles antes de ser elegidos por los que no sabemos de esas cosas?

Y recapitula el Hombre Perplejo: yo era español y ahora soy europeo, español, madrileño, doblemente madrileño y engañado.  O, como escribió Alberti en uno de sus poemas gamberros, Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos.

 

Naderías curiosas (1)

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Uno nunca tiene claro cuál es la misión de un blog. La misión de su propio cuaderno de bitácora. A veces cree que ventilar intimidades en él es grosero, poco elegante, facilón. Otras veces piensa que eso humaniza su escritura. Cuando el bloguero no cree que su doctrina sea capaz de convencer, se refugia en el relativismo de su pensamiento. Malos tiempos para dudar. La escapatoria  que tiene más a mano es en ese caso contar su experiencia de funámbulo, de transformista, de camaleón. El bloguero entonces acaba comprendiendo lo que fue su vida: se dio a conocer como Lon Chaney de la radio porque en realidad no sabía con qué cara quedarse. Quería quedarse con todas y con ninguna al mismo tiempo.

El caso es que como no sabe pontificar sobre los grandes problemas de la patria y, más aún, del alma, se refugia en las naderías. Nadería es una palabra percha llena de encanto. Un helado es una nadería. Una sonrisa amable de una guardia municipal a la que uno le pregunta por una calle y que sabe responder amablemente es otra nadería Un árbol florecido de primavera, como se ven ahora tantos es los parques de Madrid es una nadería. Un pellizquito en el alma es otra nadería. Pero a veces no pasa tan rápido, no deja de ser un pellizco, y tampoco de sentirse en el alma.

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Les hablaré de una nadería curiosa que le pasó esta semana al bloguero. Como tantos de se edad, él se echa a andar y se va encontrando muchas cosas o personas de las que toma nota. Amigos jubilados, amigas que amortizan lorzas y michelines a paso ligero, parejas pasadas de colesterol, amigos coronarios, amigos lamentosos que quisieran estar en activo y no aguantan en casa, andadores o corredores anónimos, turistas, empleados de la limpieza municipal – qué mérito el suyo- manifestaciones, indignados, indigentes, chicas en flor, árboles en flor, arbustos en flor, meones en la vía pública, encuestadoras, jóvenes mamás con sus bebés al sol, policías municipales montados en unos caballos imponentes, paseantes de perros, perros, cagadas de perros, artistas callejeros, funcionarios que salen a tomar su legítimo café con churros, croissant o pulguita a media mañana.

Como telón de fondo, las preocupaciones. El clima, el meteorológico, tan deprimente, y el político, social y económico, más sombrío todavía. La manera de ser de este pueblo, que es el suyo, sobrado de vehemencia, tan poco consecuente a veces. Recuerda el bloguero que España anhelaba la democracia, la abrazó con entusiasmo, eligió con fe ciega a sus representantes, a su gobierno y, a través de ellos, sus leyes y su modo de vida. Se pregunta ahora para qué los elegirá tan convencido, si cuando gobiernan a su disgusto le quiere parar los pies sin esperar a las próximas elecciones. Democracia sin paciencia, democracia según y como. Quizás necesitemos un parlamento en nuestra mesilla de noche, para que, mientras dormimos, legisle lo que nos gustaría encontrar al día siguiente. Y sin amenazar nuestro sueño, por supuesto,

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Menos mal que el bloguero, el Homper eternamente perplejo, tenía otras cosas en las que ocuparse. Van surgiendo a su paso obligaciones y trances que jamás pensó que le daría la vida. Como, por ejemplo, presentar el libro de anécdotas de la mar que ha escrito con mucho cariño un almirante de nuestra Armada, un amigo ya jubilado: Luis Carrero-Blanco Pichot. Y qué iba a decir el pobre Homper, que no sabe de la mar sino lo que aprendió en los libros de Salgari, en los de VerneKipling y Conrad viendo Capitanes intrépidos, El hidalgo de los mares, El temible burlón, El pirata Barbarroja, Duelo en el Atlántico, Rebelión en la Bounty, Master and comander, Titanic y otras películas de barcos, marinos, piratas y naufragio que han engrandecido al cine..

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Las presentaciones de libros son una de las ceremonias sociales más peligrosas para el asistente a las mismas, pues en ellas es normal que el autor quiera demostrar por qué era necesario su libro, mientras que los que se sientan a su lado se empeñen en recordarnos que lo necesario no es el libro, sino escuchar su opinión. Competición de vanidades, egos revueltos.

 

En este caso, afortunadamente, el autor y el primer interviniente fueron la mejor expresión del laconismo castrense. El autor se mostró tan lacónico que sólo dijo gracias, y al final. Mientras que el presidente de la mesa, director del Museo Naval, donde se celebró el acto, se limitó a extraer una cuartilla y leer lo que había escrito en ella por una cara y la mitad de la otra, cediendo los trastos a Homper. Homper habló, nunca mejor dicho, de la mar y los peces de colores, pero entre estos dejó caer un verso de Paul Valery – la mer, toujours recomencé-, para recordar que la fascinación de la mar radica en ese continuo movimiento de las olas que, en definitiva, es la mejor metáfora plástica de la eternidad e Dios. Experto en mezcla churras con merinas, luego se metamorfoséo en <strongFranc>o, que reconocía que en el Azor había atunes de madera que lanzaba por la popa de su yate para que los de verdad los siguieran y acabaran picando. Franco luego precisaba que los atunes con los que posaba en el NODO no eran de pega, sino auténticos, y aún coleaban cuando fueron filmados. Como la anécdota la cuenta el propio autor en su libro –aunque la explicación de Franco fuera inventada- y Homper venía de citar a Dios y a Paul Valery, la chanza  sobre el difunto patrón del Azor no les pareció de mal gusto, sino divertida. Si a eso se añade que en menos de treinta y cinco minutos se dio por terminada la presentación y se pasó a la copa de cava con almendritas, porque la crisis no da para más, la sensación general es que aquel ratito quizás fuera otra nadería más de la vida, pero al menos había sido tan ligero como la brisa que sopla en cubierta un día de primavera.

(Continuará)

 

Cabecitas perdidas

Hasta el hombre más tranquilo y optimista se siente obligado a compartir el desasosiego de la crisis...

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El hombre inasequible a la depresión recibió una llamada de su amigo Celestino. No sabía de él desde hacía bastante tiempo. Y como es lógico le preguntó por su familia. La familia de Celestino estaba bien, a Dios gracias. Sus tres hijos conservaban sus puestos de trabajo, criaban unos nietos muy sanos, y Adela había superado sus neuralgias, por lo que tenía motivos de queja. Además, él había vendido su pequeña empresa de calderas de calefacción y podía afrontar tranquilamente una jubilación acomodada.

-Eso sí –precisó Celestino- ¿Te acuerdas del Opel Kapitán del año 59 en el que íbamos de excursión con las chicas que nos gustaban?…El otro día subiendo el Puerto de Navacerrada se le gripó el motor.

-Caramba –ironizó el hombre inasequible al desaliento- Eso sí que es grave.

-Claro, hombre….No vayas a creer que todo el monte es orégano… Pero a lo que iba, que es el motivo de mi llamada. ¿Sabes que se murió don Leoncio?

-No me digas…¿Don Leoncio Apolín, nuestro profesor de latín? Grave pérdida para la cultura.

A Celestino le molestó la coletilla.

-Chico, parece como si te tomaras a pitorreo las desgracias ajenas. Yo creía que conservabas tus sentimientos religiosos, y un buen cristiano…

-Hombre, lo del Opel lo comprendo –interrumpió el hombre de la conciencia tranquila- Pero lo de don Leoncio….¿Cuántos años tendría? ¿Noventa y nueve quizás?

-Ciento cuatro….Pero eso no quita. Me da la sensación de que no te tomas en serio las desgracias  ajenas. Cuando precisamente ahora que estamos en lo más profundo de la crisis, hay que ser solidarios y sentir todo dolor del mundo como si fuera propio. ¿O es que crees que está medio bien ser feliz a todas horas?

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El hombre inasequible al desaliento encajó mal el reproche y le colgó el teléfono a Celestino. Recibir lecciones morales a su edad, hasta ahí podíamos aguantar. Luego, más sereno, hizo examen de conciencia y pensó que tal vez su antiguo amigo tenía razón, que en los momentos actuales era claramente insolidario no sentir un gusano interior que le reconcomiera a uno la conciencia. Amar al prójimo –pensó- era también sufrir por sus vacas flacas.

Fue entonces cuando cruzó las piernas y al posar la derecha por encima de la rodilla izquierda sintió como una piedrecilla alojada en la vuelta del pantalón. Introdujo los dedos pulgar e índice de su mano derecha para extraer el chinarro, lo sacó y cuando lo pudo ver de cerca  se llevó una sorpresa mayúscula.

-¡Santo cielo! –y nunca mejor dicho- ¿Qué hace esto aquí?

Su memoria de ex niño cristiano no le podía fallar. No era un chinarro, ni una lenteja, ni una cuenta de collar, pequeñas cosas todas que no resultarían chocantes encontradas en la vuelta de una pernera de pantalón. El extraño corpúsculo era la cabecita de un Niño Jesús de diminuto tamaño.

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Y el hombre con la conciencia tranquila  recordó que la última Navidad, mientras montaba el nacimiento, su nieta María, que le ayudaba,  se empeñó en ser ella misma la que colocara al Niño Jesús en el pesebre. Lamentablemente la figurita se le escurrió de entre los dedos, y el divino Niño fue a estrellarse contra el suelo, rompiéndose en pedazos. Entre estos, oh misterio, nunca fue encontrada la cabeza. Nadie advirtió entonces que había ido a parar a la vuelta de la pernera derecha del un pantalón que llevaba aquel día, y que se había vuelto a poner dos meses después.

Desde entonces, el hombre despreocupado no ha tenido valor de desprenderse de la cabeza de marras. Todas las noches la deja sobre la repisa de su galán de noche con la seguridad de que al día siguiente será capaz de tirarla en cualquier papelera o contenedor de basura. Pero llegado el momento de la verdad le pueden los restos de su fe. No es ningún meapilas, pero en parte por sus creencias y en parte por superstición, piensa que, si hay Dios, no le perdonaría semejante falta de respeto con la imagen de su Hijo.

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La realidad es que actualmente  esta menudencia se ha convertido para él en una obsesión. Todos los días tiene que salir a la calle con ella  en alguno de sus bolsillos, y está convencido de que si alguna vez la olvida en casa se le desprenderá una cornisa encima o morirá atropellado por un autobús de la EMT  No sabe cuál será el destino final de la reliquia, pero ya no se le podrá llamar más el hombre tranquilo, sino el hombre torturado por su sensibilidad. Lo cual, aunque no le garantiza la salvación eterna, al menos le da argumentos para cuando Celestino le vuelva a reprochar su desprecio por las desgracias ajenas.

-¿Qué no es capaz uno de  sufrir como los demás? –se pregunta el hombre responsable-….Que me diga si conoce a alguien con este sinvivir.

Y es verdad. Ni de la Merkel, ni de Rajoy, ni de Rubalcaba, ni de lo sindicatos, ni de la CEOE, ni de los de la ceja, ni de los poderes mediáticos, ni de la opinión pública ni del mismo cardenal Rouco, que tanto pían, se ha conocido nunca la menor preocupación por esas divinas cabecitas rotas que seguramente se pierden a diario en cualquier rincón del mundo.

Rajoy es la sorpresa del roscón

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La sorpresa, piensa el Duende al despertar y escuchar las primeras noticias del día, no es que Mariano Rajoy nos suba los impuestos. Sabemos que estamos de vacas flacas. La sorpresa es que un tipo tan prudente como él y que ha tenido ocho años para estudiar los vicios de los gobernantes y los penosos efectos de sus compromisos incumplidos no se mojara un poquito menos en lo que ahora se vuelve en su contra..

-Yo os aseguro -podría haber remarcado con el silbido característico de sus eses deshilachadas- que si los números que nos cuenta este gobierno del PSOE son reales y el déficit público es el publicado oficialmente, no subiremos los impuestos.

Así de claro. La mayoría estaba tan convencida de que Zapatero era, sobe todo, un confitero de utopías, que no le hubieran regateado su voto. Y él no tendría que tragarse su primer marrón.

Pero es impepinable, hay piedras en el camino de los políticos en las que ninguno deja de tropezar.

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Así que, por no amargarse el día, el bloguero decide desayunarse con algo que según el libro de Antonio San José, podría traerle una miajita de alegría. El libro se llama La felicidad de las pequeñas cosas, y en él hay un capítulo titulado: Comer churros. No es el mismo producto, pero sí parecido placer. Ahora, que se va a acabando la Navidad, aún nos queda esa otra gran pequeña cosa que es el roscón de Reyes. Sin relleno de nata, ni de crema pastelera, ni de marrón glasé.. El auténtico, el de siempre: el que hay que mojar en chocolate o en café con leche con la esperanza de que no se le vayan los churretones, barbilla abajo, a la pechera de la camisa. Y con la suerte añadida de que el buda de cristal que figura como sorpresa no le haga saltar alguno de sus empastes.

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Los políticos siempre acaban sorprendiendo con sus bravatas, sus mentiras o sus donde dije digo, digo Diego. Las sorpresas de los roscones son más inocentes.

La del primer roscón de este año no era un hada Campanilla, ni un pez, ni un conejo, ni un rey mago, ni un caballito de mar, ni una mariposa, ni un caracol, figuritas exóticas que los reposteros van recogiendo en los bazares chinos para alimentar la fantasía de su roscón. La sorpresa es una ovejita de resina sintética sentada en la misma postura que poníamos en el cole cuando teminaba la etapa de las chapas o los cromos y llegaba la de las bolas. Puesto que estamos en época de vacas flacas, debe de ser una oveja flaca, como queriendo decir.

En aquel juego colegial el que tenía una bola de cristal vistosa, muy cotizada, la plantaba en el suelo y marcaba con pasos la distancia a la que había que golpearla con otra bola de piedra para poder ganarla. Si tenía suerte el lanzador, cascaba la bola de cristal con una de de las suyas y se la llevaba. Pero entretanto, el apostante iba acumulando proyectiles para poder salir luego a cazar otras bolas de cristal más preciadas.

El apostante de bolas se sentaba exactamente como la ovejita sorpresa del roscón. O sea, despatarrado en el suelo detrás de la bola en juego. Sus piernas abiertas recogían las bolas erradas que se estrellaban contra ellas. Una vez a Gómez, que llevaba pantalón corto, se le coló por la pernera una pedrada redonda lanzada por García, que era un poco bestiajo, y en lugar de cascar la bola de cristal le cascaron un huevo. Y eso dolía, qué caramba.

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Pese a lo tonta que era la sorpresa del roscón, al Duende le ha ha hecho más gracia que la desagradable sorpresa que nos acaba de dar Rajoy. Este ha despatarrado innecesariamente a la oveja flaca demasiado pronto y muy descaradamente, exponiéndose a perder crédito por no haber sido un poco más perspicaz. Parece mentira, con lo matriculín que era en el cole, y lo brillantemente que ganó sus oposiciones a registrador de la propiedad. Pero la política es otra cosa. Los hay muy listos para los libros que luego fallan en los recados.

Paciencia. Y a ver si el próximo recado le sale mejor al presidente.

Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

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Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

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Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

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Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

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No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

Entre Doña Manolita y Natalie Wood

Homper se dio cuenta de que es más fácil encontrar un sueño en la calle que en la ventanilla de Doña Manolita...

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Cuando contaba casi como seguro que le iba a tocar el gordo de la lotería de Navidad para acabar definitivamente con sus miserias, vino su amigo Daniel López y le recordó que no hay mejor que lotería que un trabajo. Como demuestra de cuando en cuando la siniestra EPA que tanto nos aflige a los españoles. Pero Homper era entonces joven, lo que quiere decir ingenuo, y creía en la ilusión.

-Le ha tocado a veces incluso a quien no lo necesita- se rebelaba- Incluso a ministros… ¿Por qué no me va a tocar a mí?

Y entonces Daniel López, hijo de un comerciante de ultramarinos de Aranjuez que, a base de esfuerzo y tesón se había hecho hombre de provecho y ejecutivo de publicidad, le volvió a planchar con la pesada máquina de la lógica.

-¿Comprarías décimos del 00.000?

-Ni de coña.

-Pues recuerda que ese número también entra en el bombo.

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Nació entonces La Primitiva, y Homper pensó que acertar seis números entre cuarenta y tres estaba al alcance de cualquiera. Homper soñaba entonces en un crucero alrededor del mundo. Por completar la ucronía, en el buque de línea viajaría Natalie Wood en mala compañía. Iba a ser arrojada por la borda por uno de sus acompañantes drogatas, pero en ese momento aparecía en cubierta el intrépido Hombre Perplejo, se deshacía de ellos a puñetazos, como en las películas, e iniciaba a continuación un idilio con la deliciosa chica de Esplendor en la hierba Ilusión, ilusión, ilusión. Pero volvíó a aparecer su amigo Daniel para pinchar las pompas de jabón irisadas que flotaban en el aire de sus sueños.

-Mira, Hom –le explicó el amigo realista- Imagínate una ruleta que en lugar de treinta y uno tiene cuarenta y tres números. E imagínate que en vez de un pleno, tienes que conseguir seis plenos seguidos. O sea, un pleno por cada uno de los seis números que hay que acertar en la Primitiva…¿En qué vuelta al mundo te vas a embarcar tú?

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Paseaba por la Gran Vía de Madrid cuando de repente Homper se quedó perplejo. Una gran cola de gente se agolpaba delante del Palacio de la Música. Homper la siguió por saber qué acontecimiento acumulaba tal gentío, y vio que la cola llegaba a la plaza de Callao, seguía por la calle del Carmen, atravesaba la de Rompelanzas y terminaba en la ventanilla de la nueva administración de loterías de Doña Manolita. Aquello parecía una cuerda de presos, pero en esa cara de aburrimiento resignado que distingue a los víctimas de todas las colas, brillaba un punto de la misma ilusión que alentaba en él cuando era joven. Todos estaban seguros de que comprando su lotería ahí, y no precisamente en otro lugar, serían millonarios y cumplirían sus sueños. El fin justificaba sobradamente los medios.

A la estupefacción le sucedió un momento de piedad.

-¡Ilusos!

Entonces se incorporó a la cola una dama que era exactamente,  treinta años después de su muerte, la viva reencarnación de Natalie Wood. Venía preparada, eso sí: sacó de su mochila el tomo tercero de En busca del tiempo perdido y se puso a leer el libro con la vaga esperanza de llegar a la ventanilla antes que al punto final. Fue verla y a Homper le dio un vuelco al corazón. Cambió sus planes.

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-¿Es usted la última? –preguntó a la heroína antes de sumarse también él a la cola.

No perdieron el tiempo. Homper se enrolló con Natalie Wood contándole la vida y pensamiento de un hombre lógico como Daniel López. Habló de la ignorancia, de la superstición y de lo absurdo de echar un día esperando que el número de doña Manolita fuera justamente el gordo, cuando estaba demostrado que tenía exactamente las mismas posibilidades de premio ese  que el 00.000, que nadie compraría ni borracho. Natalie parecía decidida a seguir leyendo a Proust. Otro moscón, pensaría de Homper. Pero al cabo de unos minutos levantó la mirada y observó a ese predicador improvisado que, por otra parte, cuanto más argumentaba, más cabreaba a la legión de pacientes ilusos que escuchaban a su alrededor. Frunció el ceño, pensativa. Y de repente cerró el libro, lo guardó en su mochila y escapó de la cola.

Homper la persiguió hasta alcanzarla.

-Doña Manolita no era la única panacea para la felicidad-le dijo cuando estuvo a su altura- ¿Me permite que le invite a un café?…

Así que primero se metieron en una cafetería a desayunar un café con porras, suerte bastante asequible. Y luego buscaron juntos otra administración sin aglomeraciones donde compraron  décimos con las mismas posibilidades que los manolitos y  todos los demás números  del bombo.

Y aquello, como decían al final de Casablanca, fue el comienzo de una hermosa amistad más gratificante que todos los castillos en el aire de la Lotería de Navidad.  

De perros, roedores y cambio climático

Entre la película de Polanski y la muerte de un perro llamado Bob, al Duende le dio un ataque de ternura con los animales...

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No son demasiado severas estas últimas noches de noviembre. Más se llama así porque sólo es medio mastina, y siempre duerme al aire libre, pero a estas alturas del otoño solía arregostarse bajo el tejadillo de la entrada de la casa. Esta noche pasada, no. El termómetro marcaba a las ocho de la mañana siete grados, poco frío como para no aguantarlo al raso sobre la hierba.

-Buenos días, Más – la saludó el bloguero mientras le ofrecía dos galletas rancias.

La perra, bien educada, le devolvió la cortesía moviendo el rabo, como es de rigor.

Todo parece indicar que el cambio climático, a pesar de lo que decía el primo de Rajoy, no es una broma. Ayer escuchó este duende que el tráfico marítimo en todo el mundo aumenta desde hace siete meses. Ese dato se toma como una buena noticia económica, pues habla de fletes de mercancías que viajan de aquí para allá. A pesar de que en España el consumo está bajo mínimos, se supone que hay alguien en algún lugar del planeta que está dispuesto a comprarlas. Como la economía es una cadena, uno de los escasos optimistas que pontifican por la radio se aventuró a predecir ayer que eppur si muove y tal. Aunque la prima de riesgo, las bolsas y las desastrosas noticias del empleo sigan diciendo lo contrario.

A pesar de todo la nave va, como diría Fellini, y hasta ahí la buena noticia. La mala es que aunque el tráfico marítimo ha aumentado, por el Mediterráneo cada día navegan menos buques. ¿Por qué? La temperatura de la tierra ha aumentado en casi dos grados desde hace un siglo, el Ártico se deshiela, y los barcos pasan por el mítico Paso del Noroeste,  antes imposible, como Pedro por su casa. Asia y América quedan mucho más cerca por esa ruta que por el mare nostrum, pero los pobres osos polares  cada día cuentan con  menos hielo a su alrededor.

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Por todos los santos, la nieve en los altos, dice el refrán. Y añade: por san Andrés, la nieve en los pies.

En el valle del Tiétar a seiscientos metros de altitud es muy raro ver la nieve en los pies. Quince años ya por estos pagos y el bloguero no la habrá visto más de cinco veces. Otra cosa es que el macizo central de Gredos sí luciera ya un manto blanco. Eso, con las grullas volando en escuadra recortadas sobre un cielo limpio y las montañas nevadas al fondo, sí que es una fotografía típica de estas fechas cuando uno se aproxima desde Oropesa a Candeleda Este otoño no. Ha llovido lo suyo, pero no ha hecho frío, de tal modo que al pico Almanzor  sólo se le ven las cejas blancas. Y gracias. El primo de Rajoy dirá lo que quiera, pero los científicos, la escasa nieve y el termómetro interior de la perra Más mantienen otra tesis que parece más creíble.

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Dar dos galletas revenidas a la fiel perra guardiana de la casa no parece un rasgo de generosidad extrema, pero el Duende lo hacía con cariño, influído sin duda por el recuerdo de Bob de c´as Barber , aquel perro amable y sabio que desde su isla de Mallorca dejaba aquí huellas de su fina sensibilidad mediterránea. Curiosamente ha concitado la noticia de su muerte más comentarios en este blog que si hubiera mentado a Steve Jobs, a Amy Winehouse o a cualquiera de esos otros cadáveres exquisitos que la parca nos ha dejado en los últimos meses. Se acuerda el Duende de un slogan del Citroën Diane que hizo fortuna cuando él trabajaba en publicidad: para gente encantadora. Este blog debe de ser para gente de ese tipo, gente con una cierta ternura para adivinar en ciertas criaturas menores, como un simple perro, valores mayores.

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Hablando de valores mayores y menores, si es que se puede simplificar así la cuestión, proclama este duende su admiración por todos los creadores que saben hacer tragedia o comedia de los pequeños sucesos de la vida. Valen el idealismo de Don Quijote,  la duda de Hamlet o la miseria de El avaro. Impresionan y dan qué pensar. Pero quizás estamos en el siglo de las meditaciones colaterales, o del juego de abordar los temas más profundos con personajes o anécdotas aparentemente insignificantes. Un modelo de esta falsa ligereza es la última película de Polanski, Un dios salvaje, donde un modesto hamster cobra un protagonismo trascendental. A su alrededor, personajes, miserias humanas, paradojas, sarcasmos. Estampas de la vida misma trazadas con pinceladas cinematográficas sueltas, precisas y frescas. Magistrales. Véanla como si no fuera una película importante y les parecerá bastante mejor.

Justo al día siguiente el bloguero paseaba por el Retiro cuando se detuvo a ver a una ardilla juguetona. La ardilla le observó, se aproximó a él. El Duende amagó ofrecerle comida con la mano hueca y el roedor le trepó por la pierna  como si esta fuera un avellano. Hace bastantes años soltaron ardillas en el parque. Hace menos años desparecieron, quizás exterminadas por la incuria ciudadana. Ahora las ardillas saltan, trepan y corretean de nuevo por entre los árboles del Retiro aparentemente sanas y felices. Y, a lo que se ve, más confiadas que nunca. El Duende se acordó del pequeño drama que desata el hamster de la película de Polanski y se alegró de que la ardilla quisiera amistarle. Cambia el clima, pero al menos en algunos detalles parece que vamos tomando aprecio por la naturaleza.

Espejos rotos

Definitivamente, no eran de fiar esos espejos maravillosos que vendieron al pueblo ingenuo...

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Aquella mañana a Homper le dejó perplejo la imagen que le reflejaba el espejo. Donde antes veía a un hombre mayor pero alto y bien parecido, tipo Clint Eastwood o Harrison Ford, ahora se veía él. Un ciudadano corriente que no guardaba más parecido con las maduras estrellas de Hollywood que el color de su cabellera. Qué decepción.

Llamó a la vecina de arriba, Barbarita.

-Hola buenos días, vecina.

-Por decir algo.

-¿Cómo te ves?

-Fatal. Me estaba mirando al espejo cuando por detrás apareció  un motorista y me entregó la carta de cese.

-No me digas.

-Ya te digo. Y no sólo eso, sino que a continuación me requisó el coche oficial para subastarlo

Barbarita había sido hasta ese momento Consejera de Buen Rollito, un departamento fundamental para vertebrar las políticas sociales de la Comunidad Autónoma. Hasta ese momento había llenado muchos reportajes en revistas y colorines  dominicales con sus audaces propuestas para hacer más moderno y progresista nuestro estado de bienestar. Pero ahora la carta de cese citaba argumentos como la crisis, el déficit y la ejemplaridad para amortizar su puesto y darle la patada.

-Indignante –rezongó entre sollozos- Tan mal me ha sentado que he lanzado contra el espejo el tarro de caviar que abrimos anoche.

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Los espejos parecían haberse vuelto locos, y se rebelaban contra los que en ellos se miraban. En lugar de reflejar la Arcadia feliz, el país de Jauja y el cuerno de la abundancia se empeñaron en devolver la imagen de una cruda realidad que nos remitía a los años de posguerra.

Alarmado por lo que le había contado Barbarita, Homper siguió llamando a sus vecinos, y se fue enterando de otros casos anómalos de espejos insurrectos. Benito Córcoles, que había conseguido una beca oficial  para desarrollar en Nueva Zelanda su tesis doctoral sobre Una muestra de la evolución de las especies de baile en el marco de la globalización: afinidades rítmicas entre la jota aragonesa y la danza de los maoríes vio esa mañana en el espejo algo bien distinto.

-Es la ostia, Homper- dijo. No le bastaba con el acabose, o el colmo, tenía que ser la ostia, que es la palabra/comodín de moda para los que hablan mal- Yo que soñaba en vivir como un príncipe y pasarme un año de puta madre en las antípodas me he visto a mí mismo labrando un campo de cebollas en los alrededores de Parla. Y no creas, con azada. Ni siquiera un tractor ni un motocultor…¿A dónde vamos a llegar?

Finalmente Homper se enteró de que al pequeño Iván, un niño que esperaba pedir a los Reyes un videojuego, una bicicleta y una pulserita para Disneylandia, el espejo también le dio una desagradable sorpresa. Salió el chaval de la ducha, y al limpiar con la toalla el vapor de agua que lo empañaba, distinguió entre las brumas a un tipo barbado con aspecto de Melchor de pacotilla de esos que improvisan en los comercios de medio pelo cuando llega la Navidad. El fantasma traía en sus manos un caballo de cartón.

-Lo siento, Ivancito –le dijo mientras se lo daba al niño- No es lo que esperabas, pero de verdad que no hay para más.

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Todo parecía reflejar una desagradable realidad. Pero aún fue peor lo que pasó a continuación. De repente, el espejo de Homper, el de Barbarita, el de Benito Córcoles, el de Ivancito y todos los demás espejos en los que se miraba la gente estallaron en mil pedazos mientras atronaba desde la bóveda celeste una voz burlona con ecos apocalípticos.

- Todos como Ivancín…¡Sois como niños!–dijo la voz tonante antes de prorrumpir en una siniestra carcajada.

Y en lugar  de aquella utopía engañosa que habían venido reflejando hasta entonces, por la ventana de los espejos rotos asomaron los espectros de todos los irresponsables, políticos, banqueros, especuladores, mercachifles y demás tramposos que habían suministrado al pueblo ese otro opio llamado por algunos estado de bienestar.

Un rayo de sentido común

Rajoy de niño ya tenía cara de empollón. Mejor: si alguien quiere ser presidente de gobierno, que se lea antes los papeles...

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Homper hacía tiempo que no se quedaba perplejo por un motivo así. Cuando comunicaron los resultados del escrutinio, primero se pellizcó para comprobar que estaba despierto, y luego se rascó la cabeza con gesto de catador de vinos. O sea, pasmo, extrañeza, cierta sensación de que el triunfo de Rajoy tenía más gato encerrado que el deber de enfrentarse al caos. Finalmente Homper ensayó postura de pensador de Rodin  y dijo solemnemente para sí mismo la filosófica frase del día.

Ergo quedaba sentido común!….

Como Homper está jubilado y es de esos pelmas que se empeña en hablar de todo con el primero que se encuentra, repitió la frase cuando el tendero del barrio, luego de despacharle el pan, el periódico y la leche, le preguntó su opinión sobre el resultado de las elecciones. Y comprendiendo que el tendero no sería partidario seguramente del triunfador, añadió que lo del sentido común no era tanto porque el pueblo haya elegido la mejor opción como porque, desde luego, ha querido reprochar al PSOE sus dos legislaturas de desafueros.

-Va a se que sí, señor Homper –le dijo el tendero- Mi madre al principio de escuchar a ZP le parecía muy majo. Pero de la que empezó a romper todo lo que ya teníamos medio arreglado en España dijo: este chico no se ha leído los papeles.

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Leerse los papeles, pensó Homper. No está mal visto, caramba. Mariano Rajoy no ilusiona, no vende glamour, no dice frases hermosas como aquello de que la tierra sólo es del viento, es visceralmente incapaz de seducir a Ana Belén, a Bosé y a Almodóvar. Pero da la impresión de haberse leído muchos papeles antes de rechazar su plácido futuro de registrador de la propiedad para embarcarse en el arriesgado empeño de presidir un gobierno en España.

-Y mira que el ZP tenía labia. Pero…¿por qué no se leyó los papeles que hay que leer para saber donde te metes y qué terrenos pisas?

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No se leyó libros de economía y le estalló la crisis. No hizo las cuentas bien, ni se tomó el trabajo de calcular lo que tenía para gastar. Política energética, Plan Hidrológico, Informes PISA sobre Educación…¿de verdad leyó algo de todo eso?  Tampoco debió de haber leído a fondo la Constitución, pues la reventó él mismo después alentando estatutos imposibles. Pasó de Europa y de toda política exterior que no fuera Castro, Chávez y su fantasmagórica Alianza de Civilizaciones y así nos luce el pelo. Y, oh, sorpresa, en su gobierno y en su partido no hubo nadie con el suficiente peso y el valor necesario para darle un toque de atención y recordarle que hay que leerse bien los papeles antes de tomar decisiones importantes.

-¿Era lógico que el pueblo confiara en Rubalcaba, el mismo que ha secundado sin chistar todos los disparates de un jefe que se creía como Alicia en el país de las maravillas?

Faltó en los derrotados preparación y percepción de la realidad. Y faltó valor y autocrítica en el partido que los apoyaban. Homper piensa en cambio que lo que  no ha faltado es sentido común en el electorado, que harto ya de vendedores de crecepelo y utopistas de cristal prefiere ahora a un tipo serio que al menos se leerá los papeles.

 

 

Primas de riesgo y nietas de alivio

El Duende espera que sus nietas también consideren algún día que lo más importante de su vida fue aprender a leer...

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Oye hablar uno ahora de la prima de riesgo y se echa a temblar. Pero qué distinta era la cosa entonces, cuando una prima de riesgo sólo podía ser una chica maciza y repintada, con melena larga, un jersey de punto bien ajustado y una de esas minifaldas con las que Mary Quant perturbaba a la juventud de la década de los sesenta del pasado siglo. Mini pool y mini falda, o sea, mucha pechera y generoso muslamen. Cuanto más se reducía la ropa de ellas más se agrandaba la tentación. Qué peligro.

-Es una prima segunda a la que yo no conocía- dijo su amigo Luis- Pero está buenísima.

Luis.G.G., hoy un honorable abogado en ejercicio, era entonces una manada de búfalos concentrado el cuerpo de un fornido jugador de rugby. Como a Terencio, tampoco nada humano le era ajeno, pero lo menos ajeno de todo le era justamente aquello, que a poco que se desmandara se convertía en estampida. Recibió a la prima segunda con una alegría inusitada, como si se hubieran esperado el uno al otro toda una vida. Ella venía a Madrid a estudiar, como hacía  entonces las chicas bien de provincias. Algo estudiaría, pero los fines de semana se refugiaban en las oscuridades de lo que entonces se llamaban bôites y él le aplicaba el saber del pulpo para recuperar en una noche todo el tiempo perdido durante tantos años de no conocerse.

-Se va a dejar las gafas en el escote –avisó una amiga de la prima, que era la que hacía pareja con el Duende aquella tarde.

La pasión, que le cegaba al primo.

La amiga de la prima era otra cosa, y por eso iba de pareja del Duende, que no sabía qué hacer cuando se veía en un antro de aquellos y no le gustaba lo suficiente la chica como para bailar con ella. Además, se sentía carabina. Mientras los primos, inmisericordes, se metían mano, y hasta las gafas, la amiga, que era hija de un coronel, le contaba cómo era su vida en Lérida, bastante aburrida por cierto. La prima de León tenía riesgo, entonces alguna también se quedaba embarazada. Pero a la amiga el único riesgo que uno le veía era el aburrimiento. Como además no se parecían en nada a Audrey Hepburn, el Duende sólo quería escapar de ella y de aquella cueva oscura para ventearse en el aire fresco y libre de la noche.

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Se sorprende a menudo el Duende repasando la mutación de las palabras por el abuso de las mismas. Nadie que no fuera economista  sabía  hasta hace poco qué era una prima de riesgo. Pero ahora el Duende se despierta a las siete de la mañana y lo primero que escucha son noticias de la prima de riesgo. La prima de riesgo nos persigue.

Podían contar que ha posado en Interviú como Terelu Campos, que se ha inyectado mármol en polvo para quedarse con cara de biscuit como  Nicole Kidman o que estrenará un tanguita con sabor a cereza la noche de San Silvestre. Pero todo lo que podía ser una fantasía más o menos sugerente se convierte en una puñalada a la moral patria. Esta prima y este riesgo nada tienen que ver con las del refrán (ya se sabe: a la prima, se le arrima). La crisis que nadie entiende pero de la que todos hablan, ha hecho que la prima de riesgo de España se salga de madre, que todos seamos más pobres y que el futuro nos espere con la guadaña más afilada que nunca. El Duende se ha olvidado las primas con curvas provocadoras y ya le ha puesto  a esta cara de malvada. Ahora la prima de riesgo es como Judith Anderson, aquella pérfida con nariz de rapaz, verruga y moño que hacía de señora Danvers enRebeca.

-Jesús, qué prima más insoportable –se dice mientras ventila la habitación antes de hacerse la cama.

Nunca mejor dicho.

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¿Habrá también nietas de riesgo? –se pregunta el Duende mientras se sienta al lado de su querida Marina. Si se va a generalizar la costumbre de acompañar a la palabra que designa a un familiar una característica o un adjetivo, esta niña es ahora más que nunca una nieta no de riesgo, sino de ilusión o así.

-Abuelo, ya se leer –le anunció el otro día con la voz trémula y febril. La niña era prisionera de unas feroces anginas.

No ha sido nada precoz, porque va a un colegio de esos que considera que cada cosa a su tiempo, y que no hay que precipitarse. Modernidades. El abuelo de Marina aprendió a leer a los cuatro años. A esta misma edad su nieta, como cualquier niño de hoy, sabía manejar el mando de la tele, del DVD, el I Pad, o como se escriba, y, cómo no, el móvil. Pero ha tenido que esperar a los seis para sentir la emoción de decir las palabras escritas. También cambia la pedagogía.

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La criatura no estaba para celebraciones. En realidad era su abuelo el que lo estaba, pues se acordaba de las anginas que padeció en su infancia, y de lo mucho que leyó a cuenta de ellas en la cama, y le emocionaba pensar que ahora su nieta iba a entrar en el maravilloso mundo de Andersen, de los hermanos Grimm o de Perrault con sólo seguir el camino que dejan las letras.

-Ya verás qué bonito cuando leas los cuentos-le dijo mientras acariciaba sus mejillas calientes,

Tampoco estaba Marina para historias, porque la modorra le cerraba los párpados. Pero como quería mostrar sus habilidades, hizo un esfuerzo y, conteniendo el moqueo, consiguió leer los primeros versos de su vida que alguien le había escrito en su cuaderno:

LA NIÑA MARINA / HOY TIENE ANGINAS/QUE SE VA A CURAR/ CON MEDICINAS

Los leyó lenta, muy lentamente, y con los previsibles titubeos. Pero al acabar sonrió.

El autor no era precisamente García Lorca, sino un tipo feliz de ver que la niña manejaba ya la llave mágica de las palabras. Menos mal, porque puede que tengamos que seguir soportando a esas  primas de riesgo que nos tienen el alma en vilo. Mas para compensar tanta zozobra, tambien aparecerán cada día nietas   de alivio,  niños  y niñas que acaban   de descubrir el encanto  de la lectura y que a partir de ese momento podrán emocionarse como nosotros con el ensueño de la literatura.

 

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