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Mejor en lo peor

El carbonero común no quiere saber nada de la encuesta de la EPA...

Afortunadamente, el carbonero común no quiere saber nada de la encuesta de la EPA

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Cuando despiertas aún está la luna llena suspendida en el cielo para recibirte.

-Buenos días.

Buen detalle.

Sin duda se ha percatado del feo vicio que te persigue desde que a Franco le dio por morirse gota a gota y esperabas anhelante el parte del equipo médico habitual, o sea, que la luna te ha sorprendido ya escuchando la radio. Tus padres se engancharon a Marconi durante la Guerra Civil para escuchar el parte, tu generación se hilvanó con el transistor en la transición para quedar definitivamente cosido a él el 23 F. A tenor de lo que escuchas hoy, si no tienes el corazón de piedra pómez, como parece a menudo por la frialdad de muchas de tus reacciones, debes empezar por cuestionar los buenos deseos de la luna.

-Buenos días…¿de qué?

Resulta que la EPA le ha dado a nuestros barandas el enésimo machetazo en sus planes de recuperación. Y que entre las urgencias de la troika europea y las drásticas medidas de nuestro gobierno, la cola del paro, de la miseria y de la desesperanza crecen y crecen sin cesar.

En estas condiciones la luna debe entender que sea casi irresponsable sentirse a gusto y considerar, simplemente, que hoy pueda vivirse un buen día. Así que organizas tu primer soliloquio moral de la jornada en torno a este debate: ¿es legítimo ir a contracorriente y sentirte hoy mejor que antes de la encuesta de la EPA?

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No lo puedes evitar, pero te has retirado al campo a tomarle el pulso a la primavera y ese primer contacto con la naturaleza después de días capitalinos te ha puesto contento. Con perdón. Recuerdas los teatrillos con que jugabas de niño, en los que tras una estructura de cartón gruesa silueteada y decorada como el telón de una bombonera del siglo XIX colgaban una serie de decorados que le daban profundidad al escenario y enriquecían la perspectiva. Primero un bosque, luego una montaña, en otro decorado un verde prado surcado por un río, y en el forillo del fondo, sobre un risco empingorotado en el que se recorta la luna, un castillo iluminado. Y circulando por entre ellos y las figuritas de los personajes, tu propia fantasía, impaciente por aproximar aquella mentirijilla plástica a la realidad soñada.

Algo de esa magia encuentras en la nueva visita a tu observatorio de Gredos. Lo que es en invierno una vista desnuda de los árboles caducifolios rendidos de tristeza es ahora una explosión de vida vegetal en distintos planos por entre los cuales te mueves con la misma emoción con que lo hacían las princesas y los caballeros de capa y espada en el teatrillo de cartón. Será una belleza efímera, como la de todas las primaveras, pero entretanto ayuda a olvidar la cruda realidad.

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¿Es legítimo distraerse así mientras tu país se duele de miseria y de indignación? Te encoges de hombros incapaz de vislumbrar siquiera una sola receta. En estos momentos das gracias a Dios de no ser nadie. No ser Rajoy,  ni ningún otro político, ni el Papa,  ni empresario, ni gurú de la economía, ni banquero, ni hombre de pensamiento, ni periodista, ni tertuliano, ni gente de peso en la sociedad. Estás feliz de ser una anotación al margen. En estos momentos incluso no le tienes ninguna envidia a Dios. Probablemente él también está abrumado por las estruendosas meteduras de pata de su  querido género humano.

-Debería haberle hecho un poco más listo-estará pensando- Ahora todos me señalarán a mí como responsable último de esta carajera.

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Entretanto dos simpáticos carboneros picotean en tu ventana, y suscitan otras dudas más asequibles, aunque tampoco las sabrás contestar. ¿Son pareja? ¿La misma pareja de todos los años, que quiere anidar bajo el mismo hueco de la misma teja?¿Vienen aquí porque les gusta el sitio o para presumir, porque saben que los miras?

Entretanto pones en marcha la primera fabada que piensas tomar desde que los médicos te pusieron en estado de alarma. Estos mismos médicos han decidido que el tumor está tranquilito y contenido, y que tú quedas libre de obligaciones hasta el control de junio y sólo debes responder a lo que te pide el cuerpo. Esta misma semana atendiste a la invitación de Julia y probaste tu salud despachando los huevos encapotados que te prometió en este mismo blog. Deliciosos. Y comoquiera que que el invierno nos quiere dar este fin de semana su último beso, y van a bajar las temperaturas, y tienes las fabes y el compango esperando desde hace meses, y has consultado con tu amigo Pablo Estrada, natural de Grado, los tiempos de cocción y la recomendación de coronar los ingredientes clásicos con una cebolla, un tomate y una zanahoria, que deberán retirarse al final con toda la grasa superflua que absorberán, y además te encanta la fabada y puedes echártela en la andorga con la seguridad de no convertirte en un Vesubio en erupción sobre dos piernas, pues te pierdes en estas debilidades y te olvidas de que la vida es un drama.

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Ma non tanto. El martes, a la vuelta de tu última revisión con indulgencia cuasi plenaria sonó el teléfono, levantaste el auricular y escuchaste una voz fresquita y tierna, perfectamente modulada.

-Abuelo. Estoy muy contenta porque sé que estás…-y aquí la voz más repipi del mundo de tu querida nieta Marina  titubeó prudentemente-… mejor.

Estás mejor, como aventuraba la niña repipi, cuando todo está peor. Y crees que, aunque  suene a afrenta, debes proclamarlo. Porque es cierto que sólo eres uno entre cuarenta millones de españoles, pero en esa infinitésima proporción, gracias a ti España está ligeramente menos peor.

 

Resurrección

Resurrección1

Resulta que una cadena de televisión programa una serie sobre la Biblia y arrasa en audiencia. Es natural, te dices, el libro de los libros está lleno de escenas de lo divino y lo humano. A ti casi te apasionaban más estos pasajes que aquellos. A saber, Caín liquidando a su hermano a golpe de quijada de burro, Sansón derribando las columnas a las que estaba encadenado, Moisés separando las aguas del mar Rojo,  Salomé llevando en bandeja la cabeza del Bautista, Josué y las famosas trompetas de Jericó, el pobre soldado Malco desorejado por San Pedro,  y Jesús resucitando a Lázaro. Donde no había acción había magia.

¿Cómo no iban a aprovechar eso los cineastas norteamericanos? Repasaban las Escrituras por encima y luego hacían esas películas fascinantes que te fijaban en la butaca del cine Colón o del Príncipe Alfonso con un pegamento infalible. Entonces todas las de ese género eran de romanos, aunque cupieran en ella tirios, troyanos, cartagineses, bárbaros y  hasta el sursum corda. Luego vinieron los cultos latiniparlos del séptimo arte y las definieron como peplum. Da igual, con un nombre u otro siempre te apasionaban. Y te reconforta que así siga siendo, pues ese espíritu ingenuo que respiraban te hacen sentir cada vez que las ves el aliento de lo humano y de lo divino.

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Dicen los evangelios que cuando murió el Señor, el día se oscureció hasta confundirse con la noche, se desataron las furias de la naturaleza y se rasgó el velo del templo de Jerusalén.

--Verdaderamente, ahora se que este hombre era el Hijo de Dios- dijo sobrecogido el soldado que acababa de traspasar de un lanzazo el cuerpo de Jesús.

No venía en el Nuevo Testamento, pero tú sabes que aquel soldado era Longinos, porque te lo explicó un cura  del mismo nombre al que de niño le preguntaste por qué se llamaba casi como un reloj de marca. Se sabía bien la historia del santo de su nombre, y te dijo que luego el lancero, arrepentido o literalmente acojonado, pidió la baja en el ejército romano y se convirtió en un eremita para alcanzar la santidad.

Y tú, cosas de chaval, imaginaste que otros soldados de Quo Vadis o de La túnica sagrada se llamarían Certino, Dogmo, Omego, Duwardo o Cauno. O sea, como Longinos, pero derivados de otros relojes que sólo conocías entonces por los anuncios.

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Te has acordado hoy de Longinos porque es domingo de resurrección, y escuchabas la Pasión según san Mateo de tu venerado Bach mientras fuera seguía llorando el cielo. Lloraba aún a  pesar de que este debería de ser un día especialmente gozoso.

Entretanto guisabas a fuego lento unas patatas a la riojana, que es una gloria de nuestra cocina, y luego las despachaste tan a gusto con tu hija y tus nietas. Y aunque hace sólo hace unos días la química de tu tratamiento te hacía las digestiones imposibles, jugaste después una partida de parchís con ellas junto a la chimenea  y te sentiste feliz. Poco a poco la tarde se metió irremisiblemente en agua y y así, gota a gota, se acabó abatiendo  la noche del día más importante para la cristiandad.

Tal vez no sea demasiado respetuoso mezclar en tu meditación lo humano de este plato tan racial con lo divino de la celebración del día. Pero te rondaba por la cabeza Longinos, y concluyes que, después de su fechoría,  peor lo tuvo él para llegar a la santidad, y sin embargo lo logró. Además, probaste tu salud repitiendo de patatas con chorizo, con lo que en cierto modo tenías que celebrar también tu propia resurrección. Aleluya, aleluya.

Del poder estimulante de los huevos encapotados

Si crees que la crisis y el estado de tu país te importa un huevo, tal vez te consuele que sea encampotado...

Si crees que la crisis y el estado de tu país te importa un huevo, tal vez te consuele que sea encapotado…

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No sabes qué plan de estudios regía en 1912, cuando seguramente empezó el colegio tu padre. Ignoras por tanto si había estudiado latín, pero él era un hombre leído y que escribía  mucho. Poesía de corte juanramoniano y prosa barroca de frases largas, con muchas subordinadas, muy distinto a cómo se escribe ahora. Sí le recuerdas en cambio añorando en la lengua de Cicerón.

-O témpora, o mores.

Oh tiempos, oh costumbres.

Venías con ese regusto de cenar con tus hermanos y tu prima Ana María –la hija del capitán Figuerola-Ferretti- en casa de tu hermana Paloma, porque el menú, después de unas alcachofas con gambas y antes de una deliciosa tarta de hojaldre, incluía como plato fuerte huevos encapotados. Nada de nouvelle cuisine, ni de genialidades de Adriá criofilizadas ni de chorradas con sabor a algo: huevos fritos envueltos en bechamel, rebozados en pan rallado y pasados nuevamente por la sartén. Algunos no recordabais haberlos tomado desde que dejasteis la casa paterna, pero a todos os encantaron Recordasteis los tiempos ingenuos en los que un huevo encapotado parecía una cena de lujo, y acabasteis cantando una vieja canción, supones que zarzuelera, que os enseñó la tata Emilia, natural de Tariego, provincia de Palencia, y fallecida a los ciento cuatro años: Pastorcito, pinturero/ vas a ser la pesadilla de las niñas de Madrid/ cuando vayas a la Bombi / los halagos femeninos todos serán para ti…

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Crees que este barniz de ingenuidad te blinda contra los problemas que afligen a España y que te afligen a ti, pero luego resulta que te echas a dormir y sueñas con que tu pulmón espía a tu bazo, y tu bazo colocaba micrófonos ocultos en el hígado para averiguar quién es el auténtico responsable de tu cáncer, cosa que aún no tienes muy clara. Sigue  Morfeo hilvanando absurdos y sueñas con que tus vértebras dorsales han saqueado las arcas de tu salud y han colocado sus fondos en una cuenta secreta de Suiza. Calculas si ha subido tu prima de riesgo, si vas a rebajar el déficit de vitalidad que te impone tu tumor, si están corrompidos tus entresijos y acabas despertándote sobresaltado haciendo al destino una peseta tan poco elegante como el inefable Bárcenas.

-O témpora, o mores- susurras- Qué tiempos aquéllos en los que ignorábamos que pudiéramos llegar a ser, además de tan granujas, tan tontos y mal educados.

Te crees un maestro del escapismo, y dices que a ti plim, que para eso eres duende o así. Pero no, en el fondo hasta tus sueños están contaminados de realidad amarga. O sea, que, como decía John Donne, no eres una isla, nadie es una isla, todo lo que concierne a tus compatriotas te concierne a ti, y qué difícil es que no te pringue la mierda nacional. Te pongas como te pongas, si llegan a doblar las campanas por tu viejo y querido país, también doblarán por ti.

Así que más madera, que es la guerra. La guerra contra el desánimo, la guerra contra la depresión. El combate inteligente por estimularse con lo que algunos indocumentados llaman la felicidad de las pequeñas cosas. Si nos hunde la crisis y se nos destartala la madre España,  que al menos sigan respondiendo esas hermanas que invitan a huevos encapotados.

Gracias, ratita

Mientras la humanidad aclara lo que está bien o lo que está mal hacer con los animales, que San Antón bendiga a llas ratitas que ayudan a los enfermos...

Mientras la humanidad aclara lo que está bien o lo que está mal hacer con los animales, que San Antón bendiga a las ratitas que ayudan a los enfermos…

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Te despiertas estupendo y abres el dietario con algo que te suena a gran frase: toda felicidad es  a costa de alguien.

Recuerdas entonces a la cantidad de héroes anónimos a los que debes parte de tu bienestar. ¿Quién fue  el chispa valiente que se encaramó en los años treinta a la torre de Telefónica desafiando el vértigo y el viento como cuchillas del Guadarrama para anclar la antena que iba a unir por teléfono a los españoles? ¿Quién el artista que plantó el Giraldillo en la cúpula de la catedral de Sevilla? ¿Qué santo o santa limpia los retretes públicos donde se alivian diariamente los habitantes de las grandes ciudades? ¿Quién se aventuó a  fijar aquel noray en el rompiente más peligroso de la Costa da Morte para que amarraran los barcos a punto de naufragio?¿Qué ángel de la guarda te espera día y noche en una furgoneta del SAMUR o en la sala de urgencias de un hospital?

Item más, en otro orden de cosas: ¿quién fue el paciente peón anónimo que hace siglos construyó, piedra a piedra, esa preciosa pared cubierta de musgo que cercaba su tierra y que hoy admiras desde la ventanilla del tren más que una escultura de Chillida o un  edificio de Niemayer?

Probablemente toda alegría es también  a costa de alguien.

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Luego miras al calendario y matizas tu pensamiento. Toda felicidad es a costa de alguien o de algo. Porque aunque ya se habla de bioética y las sociedades protectoras de animales trabajan lo suyo, un bichito sigue siendo nadie. Y te acuerdas de los patrocinados por San Antón, que también te acogió a ti y te prestó su nombre para que lo añadieras al tuyo, demasiado corto y esaborío. Luis Antón pinta más. Claro, que ya estás un poco harto de derramar filosofía barata, así que juegas a la ucronía y te imaginas en la cola de feligreses que acuden a su iglesia de Madrid con su animalito preferido para implorar la bendición del santo.

-¿Y cómo trae usted ese animal tan asqueroso?- te dice con gesto de repugnancia una digna dama que trae a su pareja de perritos Black & Withe adornados con lazos rojos.

-Ya ve, señora. Agradecido que es uno- le responde exhibiendo orgulloso a su rata más querida.

Y por qué no iba  uno a buscar la bendición del santo para la hermana rata, con lo agradecido que le te tienes que estar. La de perrerías que habrán hecho con sus parientes para probar la farnacopea que ahora te puede salvar la vida.

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No te consta si B.B. se nacionalizó rusa finalmente como protesta por aquellos elefantitos tuberculosos que un tribunal de Lyon condenó a muerte en aras de la salud pública. Tampoco qué castigo reciben los que matan rinocerontes en furtividad para lucrarse con el supuesto poder  afrodisíaco de su cuerno molido. Te inhibes en el debate toros sí o toros no, y ante el derecho de los pollos a viajar a su matadero con el espacio suficiente como para calmar los escrúpulos de ciertos diputados británicos, que exigen muerte digna hasta para el gallináceo que luego te comes en un cucurucho de Kentucky Fried Chicken. Últimamente te declaras objetor de cochinillo por motivos de conciencia, y estás estudiando rechazar el foie de las ocas del Perigord por el mismo motivo. Pero al cabo no sabes si te mueves por buenismo o por racionalismo. Se empieza a hablar de bioética como una nueva norma de moral social y resulta que esta se apiada de los toros, de los roedores y de aquellas otras especies que más han  facilitado el avance de la medicina y el cabreo de Brigitte Bardot, mientras que pasa olímpicamente del resto de los abusos que el hombre comete sobre el reino animal. Está muy bien evitar que maten las focas a estacazos para salvar su preciosa piel, pero, como decíamos del Kraken: ¿no sufre también e mejillón cuando es arrancado de de su batea? ¿Y qué me dicen de la langosta que es hervida viva mientras el  Lúculo de turno se anuda la servilleta al cuello y entretiene su gazuza con una fuente de jamón de Jabugo? ¿Por qué nos avergüenza llevar un abrigo de piel de nutria y no unos zapatos de boxcalf?…

-Es que esto de la ética y la sensilidá es mu correlativo –te explica Doña María con su ingenua gramática parda.

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Como el eterno debate entre nucleares sí o nucleares no. O el crecimiento del gasto frente a la contención del déficit. O la prioridad de la gestión pública sobre la iniciativa privada. O la pelotera por el derecho de autodeterminación y por reformar la estructura  del estado. O la necesidad de salvar el derecho del nasciturus frente al del  aborto. A estas alturas de la película el llamado homo sapiens debiera detener estas cuestiones más o menos claras, y no jugar a ser Penélope, destejiendo una generación la alfombra moral y legalque sus predecesores creían acabada. Pero no: lo único que ahora podemos tener claro es que no tenemos nada claro.

Así que tú a lo tuyo. Que san Antón bendiga a la asquerosa ratita que quizás te salve del tumor mientras el género humano discute sobre cómo no arreglar el mundo. ¿De qué iban a hablar si no los periódicos de mañana?

 

Crisis y otros misterios de Navidad

Herodes

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Recuerdas al despertar el 25 de diciembre que es el aniversario de Charlot. Murió hace ya bastantes años en su casa de Vevey, Suiza, junto al abeto, que sería elegante, discreto, sin el espumillón y aquellas bolas doradas que adonaban el árbol de Plácido, y de todos lo plácidos que había en España cuando reinaba la ingenuidad. A más lustre y abigarramiento de adornos, más sentimiento de la Navidad, creíamos entonces Te pareció una muerte bonita, simbólica: rodeada de nieve y al calor de la chimenea. No se si al final llamaría al servicio, que según el marqués de Leguineche disfruta tanto cuando los señores mueren con la debida prosopopeya. Tú de pequeño creías que las muertes, para ser dignas, tenían que ser como las que pintaban Pradilla y Casado del Alisal, o sea, con reyes, chambelanes, pajes y alabarderos alrededor, mucha gualdrapa y damasco, representando todos un duelo parecido a  la venganza de don Mendo, pero en luctuoso. Luego resulta que uno se muere de cualquier manera y no pasa nada

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Se te ha quedado grabada la fecha de la muerte de Chaplin por la contradicción entre lo que te reías con él y la pena de que se despidiera en “estas fechas tan señaladas”. Sin duda olvidabas que los espíritus de la Navidad  vuelan por entre las estrellas con un gancho colgando que en cualquier momento te atrapa en el más acá y te deposita en el más allá. No te asusta nada eso.

¿Cuántas Navidades has pasado ya? ¿Cuántos de  los que cenaron contigo y cantaron villancicos en tus nochebuenas siguieron después el camino de Charlot? No están, pero están, y siguen estando: has pasado revista y no se te han olvidado. Ni tus abuelos, ni tus padres, ni tus suegros, ni tu hermano Carlos, ni tus primos y primas,  ni tu amigo Félix, ni tu cuñado Gonzalo, el último decir hasta luego.

Cuando eras niño, y aún joven, estas ausencias te entristecían. Ahora las vas encajando en tu almario como una precisa pieza de marquetería sentimental. Incluso sonríes por ellos, que están en otra fase de la vida. Luego te sale el Sancho Panza femenino que llevas dentro –vulgo Doña María- y valoras que no tengan que esperar a que se vaya nadie para retirarse, ni deben recoger nada, no tienen que hacer orden en la casa, ni que poner el lavaplatos, ni pasar la fregona, ni la escoba. Mejor aún: pueden olvidar la comida del día de Navidad, porque anoche cenaste como un heliogábalo y el cuerpo sólo te pide silencio, depuración y sueño. ¿Y si sólo te alimentaras de recuerdos para celebrar la llegada de Emmanuel?…

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El tuyo es un barrio popular que en estas fechas era asaltado por Papás Noel trepadores que subían por las fachadas supuestamente para dejar en las casas sus regalos. Hasta este año, claro. Entre tanto paro, impuestos, recortes, ERES y otras miserias los Santaclauses han dicho que trepe Rita, que para qué van a hacer el ridículo, allí colgados como ahorcaditos, pasando frío y chupando contaminación, si no tienen nada que dejar.

No hay más que mirar a las luces de las calles comerciales, y al tráfico. A medianoche de un sábado víspera de Nochebuena la calzada central del Paseo de Recoletos de Madrid se movía con fluidez y en la penumbra, y ni siquiera el imponente edificio de la Biblioteca Nacionalmerecía iluminación especial. Tu amiga Pepa se había pasado la mañana en tiendas cool de la Milla de Oro, y comentaba que en todas ellas era la única cliente a la vista. Tú mismo aprovechaste tu obligada espera en el Hospital de Sanchinarro  -análisis a las 9 horas y reunión con la oncóloga a las 12- para escapar al cercano Hipercor y hacer unas compras. Sólo buscabas un pijama de franela, pero cuando entraste en ese inmenso templo del consumo  atestado de productos relucientes y completamente vacío de consumidores sentiste el mismo pánico que inspiraba el siniestro hotel aislado en la nieve de El resplandor. Ya lo habían dicho nuestros políticos, y el polémico Draghi: se acabó la fiesta.

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Escuchas la radio y el noventa por ciento de las tertulias abundan en qué va a cocinar usted para los grandes ágapes de Navidad y Año Nuevo. Cualquier ocasión festiva es buena para llenar la andorga, pero excesos, los justos. Y sin embargo reconoces que a ti, aunque te duela la crisis, te gusta este efecto simplificador colateral. Es más: se diría que te encanta que la Navidad vuelva a ser una fiesta a media luz. Tu mujer aporta su consomé y su pavo trufado, tu cuñada Belén unos caracoles guisados con cierto toque cuartelero que hacen templar al Misterio y lo que bautizó como “cocktail de los sixties”, es decir aquel salpicón de gambas, merluza ensalada y mayonesa que estaba de moda en los sesenta, buenísimo y tan fácil de engullir. Tu otra cuñada Carmen una pularda rellena exquisita. No hay que pelear abriendo ostras, ni luchar contra la armadura de las langostas, ni chupetear percebes. Cocina con cariño, buen vino y basta.

Tú deberías ser  prudente. Acabas de salir de la quimioterapia y en teoría estás desganado y con el estómago revuelto. Pero pruebas el primer bocado, se te asienta el cuerpo y el impulso de la Cortisona hace el resto. Comes desaforadamente, hasta que el corsé aprieta y echas el freno. Luego cantas villancicos con las niñas, y acabas recordando que estás pachucho para retirarte a una hora discreta.

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Mas no sólo de pan vive el hombre…De la misma manera que se han replegado los Papá Noel trepadores, se ven más colgantes en los balcones con ese Niño Jesús de herbolario anunciando que Dios ha nacido. Parafraseando a La Codorniz, se podría decir  que donde no hay sobreabundancia y publicidad, resplandece la verdad  En medio de tanto fasto gastronómico, la tele hace un paseo por los mejores nacimientos de Madrid, y una nieta observadora repara en un personaje evangélico que le tiene a mal traer: Herodes. La niña se enteró de la matanza de los Santos Inocentes y desde entonces, con toda la razón,  no entiende nada y le lanza continuas  preguntas a su abuelo.

-Pero bueno, si los Reyes Magos eran tan buenos…¿por qué no le dijeron  a Herodes donde nació Jesús?…¿No se hubieran salvado así los niños esos inocentes?…

Pues sí, quizás se pasaron los Magos. Tampoco lo entiendes tú, ni sabes qué decirle a la niña, salvo que la Navidad, con crisis o sin ella, está llena de misterios difíciles de resolver.

 

 

Totus Tuus, Tito

No eres ninguna figura del fútbol, pero estás en el mismo club que Tito, y te sientes tan protegido como él...

No eres ninguna figura del fútbol, pero estás en el mismo club que Tito, y te sientes tan protegido como él…

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El jueves 20 de diciembre sales de tu penúltima sesión de radioterapia  a vas la otra radio, la que aún se alimenta de voces y de música. Acudes a RNE por cumplir un acuerdo y dar fe de vida. Ya no tienes que molestarte en parecer ingeniosillo ante el micrófono, ni en hacer risas, ni mucho menos en  arreglar el mundo con un pensamiento preclaro o una frase genial. Apenas se te pide un detalle de de lo que eras, como a esos toreros que un día fueron figuras y acaban sus días de peones de brega. Un quite, un poner en suerte el toro para que se luzca el maestro, unas banderillas  graciosas a lo sumo.

Y estás encantado de tu papel de secundario.

Lo importante ese día no te concierne a ti, aunque a la postre te afecte. Y mucho. La noticia del jueves es que a Tito Vilanova, el entrenador del Barcelona ha recaído en su cáncer de parótida. Tú recordabas que hace un año pasó por un grave problema de salud, pero no creías haber leído en su caso ni la palabra cáncer ni la palabra tumor. Quizás aún imperaba el eufemismo como protección contra el severo mal. Ahora recae en su enfermedad y el cáncer sale del armario sin el menor recato. Ya no da mal agüero a terceros, ni yuyu, ni resulta tan extraño y odioso para la mayoría de la gente. Mejor es un gordo de la Lotería, claro, pero el que no tenga un tumor, o un pariente, o un amigo, o un conocido con él, que levante la mano.

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Sorprendentemente, la enfermedad maldita está dejando de ser tabú y se convierte por obra y gracia de los famosos que la padecen en un buen motivo para la solidaridad y, en cierto modo, la admiración. Es un banderín de enganche al que se apunta hasta el último de la fila. En el mundo del fútbol hay conmoción. Tito Vilanova no es una estrella, más bien se comporta como un tipo discreto y refractario al protagonismo. Pero lo valiente no quita lo cortés, o la rivalidad no mata lo humanitario. En estos casos tó er mundo es güeno. Y desde el  Madrid hasta el Iliturgi,  acaba recibiendo de todos los equipos un vendaval de adhesiones que casi comprometen a los más fieros enemigos del Barça.

-Totus tuus, Tito-parecen decir parafraseando el lema de Juan Pablo II.

Tú te quedas pasmado. Raro, ¿no? ¿Pues no dicen que la envidia   forma parte del patrimonio nacional?… Contrario sensu esta desgracia de un gran triunfador debería provocar millones de alegrías. Si bien en el fondo estás encantado de que no sea así, porque aunque Tito sea del Barça y tu equipo sea el Aleti, ahora ambos estáis en el mismo club.

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Pertenecías al club Escépticos sin Fronteras, al Círculo de Escritores sin Escritos, al de Sufridores del Atlético de Madrid (en pleno proceso de reconstitución), a la Federación de Amantes de los Juguetes de Hojalata, al ateneo de Náufragos del Pensamiento Cierto, al parnasillo de Poetas Varados, a la Cámara de Adictos a los Polvorones,  a la Liga de Adoradores del Mago Tamariz, a la de Amiradores de Bach, a la Asociación de Discípulos de Groucho Marx y-admítelo, aunque ahora vayas de bueno-  a la gran Cofradía de Odiadores del Dale a tu cuerpo alegría Macarena. Aunque todas estas organizaciones te parezcan irrelevantes en este momento.

Ahora tu vida ha cambiado, y pones tu vista en otros puntos del horizonte. Ahora, cuando sólo eres uno más entre miles de afectados por tu enfermedad en los que antes ni reparabas, la gente se interesa por tu salud,  te cuidan, te miman y hasta te jalean por pertenecer al mismo club que Tito Vilanova. Y eso que tú no vas a hacer campeón de Liga a nadie.

Y el efecto es fantástico. El Totus Tuus que iba para el entrenador del mejor equipo de fútbol del mundo resulta que también es Totus Tui. No es que todos tus familiares, amigos y conocidos se afanen en agradarte. Es que este mundo,  que de puro absurdo y rompepelotas estaba dispuesto a acabarse el viernes, empieza a desplegar ante tu mirada las miles de pequeñas razones por las que, como recuerda siempre Frank Capra por estas fechas, ¡Qué bello es vivir!

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El viernes  aún llevas en la boca el regüeldo de la quimioterapia, que no es justamente el bouquet más agradable para empezar el día. Sin embargo, después de acabar con tu radioterapia, un café con tostadas en grata compañía femenina se convierte en Desayuno con diamantes.

 Luego ves a una niña rubia con coletas vestida de pastorcita dando saltos en el Auto de Navidad del Colegio Estudio al compás de las dulzainas y rabeles y casi se te saltan las lágrimas de la emoción, porque la obra tiene su encanto naïf, y estás convencido de que tu nieta será una Scarlet Johanson deslumbrante.

A continuación te llevan al campo. Y cuando llegas a tu casa de piedra en el monte apenas un lucecita y el tenue resplandor de la luna ya muy menguada que se cuela entre el espeso celaje de nubarrones plomizos te transporta a una atmósfera mágica, muy de cuadro de Caspar Fredrich  o de película de Tim Burton.

Luego cenarás una espinacas a la crema y gracias a la Cortisona, que potencia tu apetito hasta para comerte a un fraile por los pies, te parecerán como firmadas por Paul Bocusse.

Finalmente la paz del bosque de castaños y robles, el silencio de la noche sólo roto por el murmullo del chorrito de la fuente y el apacible manto del primer amago del invierno más bondadosos que se recuerda amparan tu sueño.

-¿Será esto para tanto como dicen? –te preguntas sorprendido de tu propio bienestar antes de dormirte.

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El Cyanopica  Cyanus, vulgo rabilargo, no deja de ser un córvido estiloso vestido por Armani. Picoteando las aceitunas de los olivos aún entre dos luces puede parecer un pájaro ligeramente siniestro, porque el sábado amanece gris y encelado. Es la primera estampa de vida animal que ves  al asomarte por la ventana en la mañana inaugural del invierno. Da igual, el avechucho te parecerá  tan precioso como un tucán o un guacamayo Jacinto. No sabes por qué, pero ahora has pasado de ver la botella medio vacía a verla del todo llena, como si antes tuvieras trastocada tu escala de valores.

Mientras desayunas dos tostadas de pan de hogaza con aceite y un café con leche, ya sin ningún regusto químico, ves también dos petirrojos jugueteando sobre la hierba al calor del primer rayo de sol del domingo. Sales al aire libre, doce grados de invierno de mentirijillas, paseas por el jardín estirando lo brazos entre las bolas rojas del acebo y los cotoneaster, todo muy navideño, y aunque tu fe es de la categoría porsi por si es vedad  lo que nos contaban los curas en la escuela, que decía Doña María- te pones estupendo.

-Gracias, Señor, por enseñarme a tiempo lo que vale un peine- te atreves a decir por lo bajini.

Y te acuerdas de todos los que no han tenido la suerte de caer en el club del Totus Tuus, Tito. Es osado aventurarlo, pero quizás  no sepan lo que se están perdiendo.

Jóvenes admirables


Esta fotografía ha sido tomada del blog manuelmadriddelgadoblogspot.com
Dicho sea con el respeto que merecen sus derechos de autor y en la confianza de que nuestra admiración por la calidad de la imagen compense el abuso de confianza. Gracias, Manuel.

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Le da al escribidor por debatir consigo mismo si está el día para ser moderadamente feliz. Qué riesgo. El País Vasco, cada día más cerca de ser otro país. Nuestra Constitución, de la que tan orgullosos nos creíamos, cayendo como un castillo de naipes. ¿Qué pasará si Cataluña y las antiguas provincias vascongadas se ponen chulas y consuman su suprema pedorreta a la ley de leyes? ¿Servirá la Unión Europea de barrera de contención a a su independencia, o hará la misma vista gorda que hicieron cuando eran Alemania y Francia las que incumplían con el déficit? ¿Resucitamos a Narváez, a Serrano, al implacable Weyler, a Martínez Campos, a O’Donnell y a cualquiera de esos espadones que no se la cogían con papel de fumar para restablecer el orden?

¿O contemporizamos, y admitimos que esto del imperio de ley es una filfa, y que no hay más ley que la que dictan los que saben que esta no se atreverá contra ellos?

O sea, no estaba el día para caramelizar el ánimo. Pero velay las ventajas de ser superficial: había cogido el bloguero unos boletus del campo, cocinó un risotto con ellos y se le puso buen cuerpo. Además: en un buzón había una carta. Para más milagro, era una carta manuscrita. Y ya al borde de éxtasis, descubrió que la firmaba una mujer joven.

Más aún: estaba escrita en inglés, y encima se entendía.

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Catherine Hood es la novia de Jack Spearman, un sobrino inglés de los varios que coinciden en la familia política de este duende. Catherine y Jack pasaron un fin de semana en Candeleda, y , como es natural, se hospedaron en casa de sus tíos. Ese fin de semana el Duende estaba pero no estaba, pues tenía que presentar en Arenas de san Pedro el Festival Boccherini. El Duende sospechaba que Boccherini no es un Justine Bieber, ni Shakira, ni siquiera Bisbal, que probablemente les entretendrían más, pero como sabía que no podría pasar mucho tiempo con sus sobrinos les invitó a que se acercaran a Arenas con su hija Isabel y escucharan esa delicada música de los tiempos de la peluca, la polvera y el rapé. La joven inglesa, a la que apenas conocía de dos encuentros anteriores, no sólo le gustó el concierto, sino que tuvo el emocionantísimo detalle de expresar su agradecimiento por escrito. Como en el siglo pasado. Le puede tanto la vanidad a este duende que no resiste la tentación de saltarse a la torera la inviolabilidad de la correspondencia y airear las últimas líneas de la carta:

Pedrojuan (es el pintoresco nombre de la finquita) is an incredibly beautiful house, and the garden too, and it was so nice to walk in the countryside around with Jack, hearing the bells of the goats ringing.

Muchas gracias (en castellano). Best wishes.

Catherine

O sea, de la Ritirita de Boccherini al bucólico tintineo de las esquilas del ganado. El detalle de una carta en estos tiempos, la educación, la sensibilidad. Juventud, divino tesoro cuando sabe balancear la delicadeza con la justa indignación. que correrá por sus venas. Motivos, seguro, no le faltarán.

3
Esa misma noche escucha el Duende con estupor y preocupación que está entre los pocos españoles cuya economía no ha empeorado. Es verdad: por ahora, la Caja de la Seguridad Social cumple con los pensionistas. Toca madera.

Así las cosas, se distraen los jóvenes con la tristeza de Cristiano Ronaldo, los pases de moda Xabi Alonso y de Piqué, el bebé que espera Messi o con cantantes de moda, Seguras y otros frikis museables. Se ríen y abrazan al botellón por no llorar. Tantos MBA de lujo y tanto JASP para acabar mendigando un puesto de trabajo en Alemania o en Shanghai. Qué poca envidia no ser joven, aunque sea con dolor de espalda. Le duele decirlo, pero lo siente así. Lo de la España invertebrada de Ortega empieza a parecernos paraíso.

Tanto más dolor porque hay muchos jóvenes valiosos que no sólo se van de España por sobrevivir, sino que nos dejan para siempre. Hay uno en particular que le obsesiona desde que hace un mes supo de su muerte. Se llamaba, o se llamará siempre, Nacho de la Mata Gutiérrez. Le impresionó tanto conocer su vida, tan corta como fructífera, que empezó a escribirle un post y lo dejó en agraz, suspendido temporalmente, por temor a que no quedara a la altura de las circunstancias. Lo tiene que rematar.

Por homenaje a su figura y quizás a la de tantos jóvenes ejemplares de los que este duende, ignorante enciclopédico y obsesionado en sus propios alifafes físicos o mentales, suele pasar.

Verano 13. En Caravia, con un viejo amigo que es un hombre nuevo

Desde lo alto del Pico Pienzo se ve Caravia y su entorno, pero luego, con sus amigos de Caravia el viajero vio otras cosas que no aparecen normalmente en las postales…

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Dice el tópico que nunca hay que volver donde se ha sido feliz. ¿Y cómo íbamos a saber que el pasado nos iban a parecer ahora un paraíso? Ya que el Duende iba a volver por territorios felices de antaño –el destino final era Somo, donde debía reunirse con un amigo al que dejó de ver a los once años- también tocó Caravia Alta, una muy elegante villa entre La Isla y Ribadesella. Allí, en una preciosa finca de espesos castañares y prados que miran al mar, en la falda del Sueve y a los pies del Picu Pienzu, pasan el verano Etel y Pedro. Pedro, como su hermano Mariano, es amigo del Duende desde el colegio. Con ellos jugaba al fútbol en el patio del Pilar, con ellos iba al fútbol de verdad en el Bernabéu o en el Metropolitano y con ellos practicaba en su casa ese fútbol de mesa que se montaba con veintidós chapas, veintidós caras de cromos futbolistas incrustados en el interior y un garbanzo como balón. Qué apasionantes partidos, y qué tardes tan baratas. Mariano quizás fuera más bullicioso y de más clase, pero a Pedro ya se le adivinaba su orgullo, su autoridad y su espíritu ganador: no soportaba perder ni en el fútbol de las chapas.

Sin pretenderlo entonces, al Duende, que era sólo pundonoroso –mal adjetivo cuando se aplica a futbolistas y toreros- esta amistad de la infancia le vino de perlas. Veinte años después Pedro se había convertido en uno de esos hombres clave a los que las agencias de publicidad doran toda clase de píldoras para ganar su cuenta, a la sazón un superbanco, mientras que el Duende era un publicitario sin más argumentos que sus ocurrencias y una pequeña agencia con muchos deseos de agradar. A pesar de lo cómodo que es siempre ponerse en manos de grandes firmas reconocidas, el Pedro ganalotodo se la jugó y ofreció una oportunidad a su compañero de colegio. Sin olvidar quién era cada quién, y a quién servía, aquella relación de trabajo reavivó una amistad que se consumía con los años. Casi nadie sabe ahora lo que es una badila, ni el cisco, pero los contemporáneos del bloguero sí entenderán que aquel reencuentro fue como levantar las faldas la camilla y echar una firma en el brasero del tiempo. Eso confirma una de las teorías del Duende, y es que las amistades que cuajan en los primeros años de la vida, cuando las afinidades electivas pueden más que los intereses, se mantienen constantes, y pueden reanudarse en cualquier momento. A largo plazo, la inocencia de la infancia suele cosechar estos premios.

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Pedro hizo ICADE y luego una brillante carrera profesional. Se sentó en grandes despachos y en las mesas de consejos y de comisiones ejecutivas, y era experto en algo que a este escribiente le ha retorcido las tripas toda su vida, que es tomar decisiones. Pedro tomaba decisiones como si la que al final elegía fuera la única posible y, por supuesto, la mejor. Naturalmente, las revestía con un ritual que alimentaba la ansiedad a su alrededor: largo silencio, ceño fruncido, los dedos tamborileando y rictus final de sus labios para subrayar su escueto sí o su tajante no. El Duende suponía que la apuesta por perros en lugar de ponies para tirar de sus trineos, que le dio el triunfo a Amundsen en la carrera por conquistar el Polo Sur, o la de las playas de Normandía como escenario del día D siguieron protocolo parecido. Siempre hay que cuidar las formas. Y la imagen.

Veinte años después el amigo se había convertido en un hombre alto, de buena percha y sonrisa dentifrical. Pedro administraba ésta con largueza cuando no le tocaba ser duro, que era quizás lo más importante de su papel. Tenía cierto aire de galán convencido de los años cincuenta. Por eso, cuando le contó al Duende que su mujer se llama Ethel, éste pensó que sería como Ethel Barrymoore, o si no como Ethel Brown, la hermana de Guillermo, que a pesar de ser sólo un dibujo en los libros de aventuras del inolvidable proscrito era una atractiva chica charleston de falda corta, pierna larga, tacón alto y pelo cortado al estilo de los locos años veinte. O sea, una chica sofisticada. Luego resultó que no era Ethel con h intercalada, sino Etel de Etelvina, nombre femenino muy asturiano. Qué sorpresa.

Etel no tiene menos encanto que las Ethel de referencia, pero este se manifiesta en una sonrisa cercana más asequible para el personal. Etel es el umbral del otro Pedro, el hombre que ya no tiene que ser líder, ni jefe, ni terror de proveedores, sino hombre de la calle con propensión a la felicidad rasante. Pedro es pariente lejano de Hércules Cortés, antiguo campeón del mundo de lucha libre, dato que viene de perillas para ilustrar su perfil más curioso, tan distante de los ámbitos de poder económico en los que coronó su carrera profesional. En lugar de seguir el modelo de la beautiful del dinero, Pedro tiene gustos de señor de provincias del siglo pasado. Fiel a sus orígenes manchegos –su hermano Mariano ha acabado siendo alcalde de Santa Cruz de Mudela, la tierra de sus antepasados.- es amante de los toros, de las tertulias, del fútbol, del teatro, de la novela española del siglo XX, de las exposiciones, aficionado a la caza de la patirroja, abonado a todos los ciclos musicales y operísticos habidos y por haber, empedernido jugador de dominó y abuelo con matrícula de honor, de los que lleva al colegio a sus nietos todos los días. También juega al golf, como casi todos los amigos del Duende en esta edad y, lamentablemente –otro rasgo de los poderosos- es socio y seguidor del Real Madrid. Semejante baldón no empaña la amistad que mantiene con este bloguero. Ambos comprenden sus respectivas flaquezas, y admiten que nadie es perfecto.

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Asturias, paraíso natural según la publicidad oficial –debieron de quebrarse la cabeza para dar con slogan tan original e impactante, carajo- la sierra del Sueve y Caravia en particular tienen sin duda muchos atractivos. Pero en estos circuitos veraniegos el bloguero comprende que tanto como el paisaje le atrae el paisanaje. Sencillamente, disfruta casi más comentando con amigos del lugar qué bello horizonte, que casas tan señoriales, qué buenas estas fabes con centollo, que admirando a solas panoramas o monumentos de cuatro estrellas en las guías de viaje. El no es un Herodoto, ni George Borrow, ni el Capitán Burton. En realidad es una especie de diablo cojuelo que no puede resistir la tentación de levantar el tejado de las casas y espiar el coto permitido de la intimidad de los demás. Quería solicitar su ingreso en el CCIFA (Cuerpo de Curiosos Inspectores de Felicidades Ajenas), pero aún no se ha creado, y con la crisis tampoco habrá presupuesto para ponerlo en marcha. Lástima.

El almuerzo con Pedro y Etel, a los que les han florecido muchas promesas en forma de hijos y nietos, fue un repaso amable del tiempo pasado y una confirmación de que las canas se llevan muy bien cuando admitimos que lo importante siempre está por llegar. Incluso aunque no lo pillemos. Lo de más no eran las fabes con centollo, deliciosas por cierto. Sino la constatación de que se puede volver a los territorios o a los amigos de antaño sin caer en la nostalgia. Y, mejor todavía, con la sensación de que estás descubriendo otros aspectos del paisaje y de los personajes, algo nuevo.

Verano 7. Por el norte de Portugal, a bolsillo casi parado

Desde el Monte Santa Lucía dicen que se divisa “una de las mejores vistas del mundo”….

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Se pasará su vida y el Duende no habrá conseguido interpretar sobre el terreno aquel mapa con perfil femenino que presidía las aulas de los colegios y escuelas y se llamaba indubitablemente España.

No era España, que era en realidad la Península Ibérica. Quizás desde niños nos inculcaban que Portugal, a pesar de Aljubarrota, era el extranjero, pero menos. De hecho uno no termina creerse extranjero ahí. Entiende algo el idioma, conecta fácilmente con la gente, se siente en el mismo el clima que en su país, según el paralelo. Y ya en algunas regiones, y con la sola excepción de unos precios y unos salarios más bajos, no se aprecia tanto que el nuestro –y menos ahora- sea mucho más reluciente que el luso.

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Se paseó el bloguero por el norte. Por Valença do Minho, por Viana do Castelo y por Caminha. La primera vez que pisó suelo portugués, hará treinta años, al viajero le pareció que aquella era una patria desportillada y ligeramente deprimente. Y eso que siempre fue admirador de decadencias. Ahora quizás se asomó a una zona más bonita y especialmente aseada, pero la encontró mejor. Aunque una noche que se sentó a cenar en una terraza de la plaza más guapa de Caminha, en la que había montado un escenario para la clásica actuación verbenera, no había una sola mesa ocupada.

-¿Pero no son las fiestas del pueblo? –le preguntó a la camarera extrañado.

- Si señor –contestó en perfecto español- Ahora cuando empiece la música vendrán algunos. Pero es la crisis. Una ruina, señor.

La camarera era una gallega de Tomiño, un pueblo del lado español del Miño. Y español era todo su menú de picoteo, bien ajustadito por cierto. Ración de pulpo a feira, 8 €. Ración de pimientos de Padrón, 3 €. No necesitó mucho más el viajero. Hacía fresquito –sí, en este verano aciago en un punto de la península ibérica se echaba de menos el jersey- y el pueblo estaba vacío. Los pimientos, bien fritos, el polvo (pulpo en gallego) bien aceitado y empimentonado. Todo al gusto del viajero.

Antes, en Viana do Castelo, villa de arquitectura elegante (quizás sea el manuelino la clave) y muy bien mantenida, había paseado buscando la sombra de los nobles alerones de sus calles, porque hacía calor de verdad. Subió al monte de Santa Lucía, desde donde, a decir de un reportero del National Geographic del que han rescatado la frase para ilustrar mucho carteles turísticos, se divisa “una de las más bellas vistas del mundo”, con la ciudad a los pies asomada al río Limia que se ensancha en un delta buscando el Atlántico. Almorzó luego en una taberna sardinas asadas, arroz, queso con membrillo y dos finos, que es como allí llaman a nuestra caña de cerveza. Y aquella pitanza, a la que se añadió un café, importó la astronómica cantidad de 7 €. Viajando en soledad, el Duende es aún más austero de lo habitual, tratando de hacer realidad lo que su amigo Félix Bragado diagnosticó con su gracejo gaditano cuando, dos añas atrás, incluyó su casa asturiana en el periplo estival.

-Macho, eso es lo que se dice veranear a bolsillo parao.

A bolsillo parao, si señor. No del todo, pero bastante parao. Como mandan los tiempos. El espíritu y las piernas inquietos y ágiles, pero el bolsillo sin sobresaltos.

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Desde su modesto hotel Sao Pedro a la espléndida playa de arena blanca y fina que mira al Atlántico había no menos de cuatro kilómetros. Cuatro kilómetros gratos, que corren al borde de la orilla portuguesa del estuario del Miño y luego junto al mar. El Duende los hizo trotando, pues aún recuerda de cuando que fue maratoniano. Desde la playa, girando la mirada al norte en la orilla opuesta contempló La Guardia, que ya no podrá optar a estar en el ranking de los pueblos más bonitos del mundo, bajo el monte de Santa Tecla, al que otras veces había subido precisamente para avistar Portugal. No compró sábanas, ni toallas, ni manteles, ni cristalerías, ni gallos de colores. No tiene sitio en casa, ni demasiado interés en acumular casi nada. Ya sólo compra impresiones y colecciona recuerdos.

Hablando de impresiones: el carillón del reloj de la torre de la iglesia de Caminha reproducía una melodía que le resultó familiar y le retrotrajo a su infancia, cuando los escolares españoles veneraban una imagen fosforescente de la virgen de Fátima que iluminaba sus vidas. El trece de mayo/ la virgen María/ bajó de los cielos/ a Cova de Iría. Muchas veces ha pensado uno en lo que deben soportar los vecinos de tantas iglesias que vocean las horas a golpe de campana, pero por otra parte qué ternura, despertarse así en un pueblecito costero del norte de Portugal. Impresión anotada, a la mochila de los recuerdos. El Duende se levantó, se aseó, desayunó, metió en el coche en un ferry que le cruzó el Miño por una tarifa ridícula y continuó su veraneo a bolsillo, si no del todo parao, al menos casi parado.

El indescriptible placer de un tinto de verano

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Yo era un chico sencillo, y la vida me sofisticó. A otros les deja como eran, como les salía del alma. No cambian, no aprenden, no se van refinando. Pero mí me enseñaron que uno no puede mantener por siempre el niño en el que se conoció. Me gustaba el sabor del flanín, el de polvos, tan inocente, tan rico. Le llamaban Flan Chino Mandarín, aunque yo recuerdo también otro anuncio de de la radio que era simplemente un suspiro, mitad deseo, mitad nostalgia.

-¡Ay, cómo me gusta el Flan Tocy!- decía una voz femenina.

Nunca vi un sobre de este flan , al del mandarín sí que lo estoy viendo, al Tocy no le recuerdo su imagen. Pero existir existía, y aunque no se si el de casa era chino o Tocy yo lo degustaba y flipaba. Creía que la felicidad era eso, tomar de postre flanín y tener una novia rubia vestida con tutú, como una bailarina de ballet, tipo Debbie Reynolds O Sandra Dee. De esas que cuando giran sobre sí mismas en el climax del Lago de los cisnes dejan en el aire una estela de polvo de oro o de diminutos corazones. Ambas cosas las debí de ver en alguna película, y las dos me parecieron preciosas. Así debe de ser el amor, pensé.

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Un día vi vestida para una fiesta, con un traje de esos que llaman de nido de abeja a Piluca, una vecinita con la que jugaba en la calle. El tul el tutú se parece al nido de abeja, así que la imaginación hizo el resto. Piluca era morenita y con una cara fea como un puño de paraguas antiguo, pero me había dicho que tomaba clases de ballet, y ese mismo día me regaló una pastilla de café con leche, que era otra delicia muy infantil, nada sofisticada. Le quité la envoltura de papel de plata, en la que iba estampada la efigie de la Dama de Elche, me la metí en la boca, la degusté…Y, Dios mío, era tan deliciosa como el flanín. Y a tanto llegó el engaño del amor que, siendo como era mi pequeña vecina, no sólo me pareció guapa y rubia sino que también derramaba en sus movimientos oro en polvo y pequeños corazones.

-¿Quieres ser mi novia? –le pregunté entonces.

Ella me dijo que sí. Eso fue todo. Luego se cambió de casa, y creo que de mayor acabó siendo jefa de servicios en el Ministerio de Agricultura. No se casó nunca.

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A las chicas como Debie Reynolds o Sandra Dee, o a las artistas como Lana Turner o Virginia Mayo, que también me deslumbraron años después, cuando ya no era tan niño y se me ponía nerviosa la pirindola, las mayores las llamaban cursis. Cursis, qué tontería, con aquellas melenas y aquellas tetas tan hermosas. ¿Qué era una cosa cursi?…Una cosa que te emocionaba por bonita, por muy bonita, con mucho jeribeque y color de rosa, llena de fantasía y recargada de adornos que a los mayores les molestaba. Entonces decidían que no era la nuestro. Que los niños no podíamos ser cursis, y que la educación consistía en acostumbrarse a lo que luego dirán que es es bello o bueno, aunque no guste al prime contacto.

A mí me encantaba el orange, que era como entonces se llamaba la gaseosa de naranja. Y me tuve que acostumbrar al sabor antinatural del vino, porque era lo que pedía la civilización. Y me deslumbraba Walt Disney: creía que no podía haber mejor dibujante que el que había diseñado con su mano a Mickey Mouse y al Pato Donald y también la carroza de Cenicienta, que, cómo no, era pura cursilería. Luego un día mi padre me llevó al Museo del Prado, me enseñó Las Meninas, y me dijo, fíjate, Velázquez ha logrado pintar el aire. Después me llevó ante unos cuadros de un tal Alberto Durero, y añadió.

-Fue el mejor dibujante de la historia.

Me querían educar. Aunque a veces pensaba que lo que pretendían era hacerme un desgraciado.

4
Un día, ya era yo un jovencito, una mujer guapa me dijo que dejó de salir con un admirador porque no le gustaban sus piropos.

-Imagínate…¡Me llamaba tocina!…

Ya está. Era guapa, pero la educación la había refinado, maleado, y se había sofisticado. El admirador seguro que era un chico de pueblo, y en los pueblos el tocino era buenísimo. A mí mismo me parecía que el tocino, en sabor salado, era como el flanín en dulce. Una delicia. Pero ella ya no quería ser Sandra Dee, ni Debie Reynolds, ni siquiera mujer fatal tipo lana Turner o Virginia Mayo. Se había complicado la vida.

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Yo también me compliqué la vida. Pero de un tiempo a esta parte trato de seguir el proceso contrario. La filtro por un colador de aquellos por los que antes se pasaba el café y me la descomplico. No es tarea fácil: pesa la educación y pesa aún más el imperio de la cultura dominante. Y sin embargo, cuando uno se libera es tan feliz…

Les haré una confidencia. Vivo en el campo, en la ladera de una montaña, a seis kilómetros del pueblo. Ayer hacía una hermosa mañana de verano, ideal para pasear cuesta abajo. Tenía que hacer unas pequeñas compras, así que me eché la mochila al hombro, cogí un bastón y me puse a andar pensando que a la vuelta, tomando la carretera, alguien me evitaría la cuesta arriba con el sol en toda la cresta. Otras veces lo hacen. Amigos, vecinos que pasan y que se paran espontáneamente par ofrecerme sitio en su coche. Ayer eran las dos y media de la tarde y no pasaba nadie.

Así que cargué con las compras y llegué a casa sudando la gota gorda. Quise beber algo fresco. Y entonces me acordé de que tenía guardada en el frigorífico un botellón de tinto de verano con limón de la acreditada marca Castillo de Velasco ( o sea, ni siquiera La Casera) con cuyo contenido llené un vaso del tamaño de los que se usan para batir la sidra…Le añadí algo de malicia exprimiendo además medio limón y cinco pedruscos de hielo.

…Y aquel sabor tan inocente que me recordaba el flanín, Sandra Dee, Debie Reynolds, Piluca, y otras cursiladas antañonas, me pareció elixir de los dioses. En esos instantes que dura vaso y medio de tinto de verano había encontrado tanto o más placer que los que a lo largo de mi vida complicada me han proporcionado otras muchas sofisticadas sensaciones adultas. Así que les animo a que se liberen. Y a que si este verano llegan con auténtica sed a su club náutico, o al yate de su amigo poderoso, o a cualquier sitio de ringorrango donde sólo se trasiegan bebidas que dan categoría, rescaten la ingenuidad que aún llevan dentro y pidan un tinto de verano con limón. Eso sí, on the rocks, que queda más gilipollas (perdón: quería decir fino).

Rajoy es la sorpresa del roscón

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La sorpresa, piensa el Duende al despertar y escuchar las primeras noticias del día, no es que Mariano Rajoy nos suba los impuestos. Sabemos que estamos de vacas flacas. La sorpresa es que un tipo tan prudente como él y que ha tenido ocho años para estudiar los vicios de los gobernantes y los penosos efectos de sus compromisos incumplidos no se mojara un poquito menos en lo que ahora se vuelve en su contra..

-Yo os aseguro -podría haber remarcado con el silbido característico de sus eses deshilachadas- que si los números que nos cuenta este gobierno del PSOE son reales y el déficit público es el publicado oficialmente, no subiremos los impuestos.

Así de claro. La mayoría estaba tan convencida de que Zapatero era, sobe todo, un confitero de utopías, que no le hubieran regateado su voto. Y él no tendría que tragarse su primer marrón.

Pero es impepinable, hay piedras en el camino de los políticos en las que ninguno deja de tropezar.

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Así que, por no amargarse el día, el bloguero decide desayunarse con algo que según el libro de Antonio San José, podría traerle una miajita de alegría. El libro se llama La felicidad de las pequeñas cosas, y en él hay un capítulo titulado: Comer churros. No es el mismo producto, pero sí parecido placer. Ahora, que se va a acabando la Navidad, aún nos queda esa otra gran pequeña cosa que es el roscón de Reyes. Sin relleno de nata, ni de crema pastelera, ni de marrón glasé.. El auténtico, el de siempre: el que hay que mojar en chocolate o en café con leche con la esperanza de que no se le vayan los churretones, barbilla abajo, a la pechera de la camisa. Y con la suerte añadida de que el buda de cristal que figura como sorpresa no le haga saltar alguno de sus empastes.

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Los políticos siempre acaban sorprendiendo con sus bravatas, sus mentiras o sus donde dije digo, digo Diego. Las sorpresas de los roscones son más inocentes.

La del primer roscón de este año no era un hada Campanilla, ni un pez, ni un conejo, ni un rey mago, ni un caballito de mar, ni una mariposa, ni un caracol, figuritas exóticas que los reposteros van recogiendo en los bazares chinos para alimentar la fantasía de su roscón. La sorpresa es una ovejita de resina sintética sentada en la misma postura que poníamos en el cole cuando teminaba la etapa de las chapas o los cromos y llegaba la de las bolas. Puesto que estamos en época de vacas flacas, debe de ser una oveja flaca, como queriendo decir.

En aquel juego colegial el que tenía una bola de cristal vistosa, muy cotizada, la plantaba en el suelo y marcaba con pasos la distancia a la que había que golpearla con otra bola de piedra para poder ganarla. Si tenía suerte el lanzador, cascaba la bola de cristal con una de de las suyas y se la llevaba. Pero entretanto, el apostante iba acumulando proyectiles para poder salir luego a cazar otras bolas de cristal más preciadas.

El apostante de bolas se sentaba exactamente como la ovejita sorpresa del roscón. O sea, despatarrado en el suelo detrás de la bola en juego. Sus piernas abiertas recogían las bolas erradas que se estrellaban contra ellas. Una vez a Gómez, que llevaba pantalón corto, se le coló por la pernera una pedrada redonda lanzada por García, que era un poco bestiajo, y en lugar de cascar la bola de cristal le cascaron un huevo. Y eso dolía, qué caramba.

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Pese a lo tonta que era la sorpresa del roscón, al Duende le ha ha hecho más gracia que la desagradable sorpresa que nos acaba de dar Rajoy. Este ha despatarrado innecesariamente a la oveja flaca demasiado pronto y muy descaradamente, exponiéndose a perder crédito por no haber sido un poco más perspicaz. Parece mentira, con lo matriculín que era en el cole, y lo brillantemente que ganó sus oposiciones a registrador de la propiedad. Pero la política es otra cosa. Los hay muy listos para los libros que luego fallan en los recados.

Paciencia. Y a ver si el próximo recado le sale mejor al presidente.

El amor que reivindicó a la coliflor

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Aquel ciudadano corriente escuchó un día por la radio que la cena de nochebuena típica de los gallegos –puede estar equivocado- era coliflor hervida y besugo. El ciudadano corriente agradeció entonces no ser gallego, o al menos no haber sido gallego cuando era niño. Odiaba la col blanca y el acantopterigio, un pez que siempre presenta una cara triste y demasiadas espinas para un chaval.Y no era capaz de imaginar que para la cena más importante del año alguien hubiera consagrado como menú preferente justo los dos últimos platos en su escala de preferencias.

-Además la coliflor es pedorra –le dijo Corraliza, su compañero de pupitre.

La cosa es que aunque no fuese tan ordinaria, la coliflor se hacía odiar en cuanto caía en la olla hirviendo.

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A los treinta y tres años el ciudadano se enamoró perdidamente de una bibliotecaria irresistiblemente guapa. La bibliotecaria amaba tanto su oficio que no lo abandonó a pesar de ser tentada por el cine, porque los productores veían en ella una sucesora de Stella Avery, la gran estrella de Hollywood. Stella Avery fue atacada por un cocodrilo cuando hacía turismo de placer por un río tropical. El cocodrilo, sin duda más selectivo que el que dejó manco al Capitán Garfio se llevó de un bocado sus dos pechos y un par de dedos, en uno de los cuales lucía un sortijón con rubí regalado por un maharajá y valorado en un millón de dólares. A Stella le reconstruyeron el busto con creces ( es decir, le aumentaron la talla, para asimilarla a Anita Ekberg, otra estrella de la época), y le disimularon los dedos perdidos con una delicadísima prótesis articulada qu le permitía seguir seduciendo también con otras sortijas deslumbrantes. Pero el trauma de aquel terrible accidente le hizo perder la confianza en sí misma. Nunca volvió a ser la que era.

Por eso los productores se fijaron en la bibliotecaria, que era tan guapa como Stella y del mismo estilo que la gran diva, aunque de Polán, provincia de Toledo.

-No puedes negarte- le dijeron- Tienes un deber con el séptimo arte. Te quiere la cámara, y el mundo te querrá aún mucho y te cubrirá de oro si dejas que hagamos de ti otra Stella.

Pero la bella bibliotecaria dijo que no. Estaba encantada de ser una chica de Polán, una bibliotecaria ejemplar, una mujer sencilla enamorada del ciudadano corriente que la cortejaba. Y era feliz cuando en su casa se comía coliflor.

3
El ciudadano corriente no estaba exento de virtudes, pero era eso, un tipo corriente que no había nacido en Galicia, y no podía soportar el olor de la coliflor hirviendo. El amor hace milagros, y al principio el encanto de la bibliotecaria hacía olvidar aquella atmósfera mefítica que perfumaba la casa de su amada. Pero cuando fue ganando confianza, no se lo pudo callar.

-No querrás que en nuestra casa se cocine la coliflor, ¿no?

-Claro, mi amor. Es mi vida, mi infancia, mi familia. Es, como decía aquel anuncio, el aroma de mi hogar.

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El ciudadano corriente estaba destrozado. Amaba a la bibliotecaria desesperadamente. Tanto como odiaba el olor de la coliflor. Su alma se debatía en una duda: ¿cómo puede una mujer tan bella y tan virtuosa ser insensible a ese pestazo vecinal que durante generaciones se había asimilado a las porterías de las casas del Madrid de Galdós y de Arniches?

Hasta que un día una buena amiga llamada Cuba Calderón le contó el truco.

-Dile que añada al agua de hervir un buen chorretón de leche. La enriquece y neutraliza su olor característico de portería antigua.

Así lo hizo. Y para que aquella saludable familia de la chica de Polán conociera una variante culinaria más de su verdura favorita, le transmitió esta sencillísima receta de crema de coliflor: 1. Se hierve la coliflor con agua y leche. 2. Se retira y se reserva el líquido resultante de la cocción. 3. A la coliflor se le añade un poquito de sal y pimienta, y queso de cabra al gusto del consumidor. 4. Se la bate con una Minipimer añadiéndosele el líquido para conseguir la densidad deseada.

Se casaron. Es más, abrieron con esta crema la primera cena de Navidad que pasaron como marido y mujer y, sin ser gallegos ni tener que tomar de segundo plato toledanas perdices, fueron muy felices.

Descubriendo bufones

El Duende confiesa que ni sabía de estos bufones ni suponía que se pudieran llamar así...

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Don Hilarión cantaba que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. No avisaba en cambio de las inquietudes que esto provoca en el alma humana. Estaba ayer la comunidad científica  revolucionada `por el último experimento del CERN cuando el incauto Duende que suscribe se empeñó en entenderlo y en leer lo que los periódicos divulgaban al respecto. Peor para él: más madera, que es la guerra. Cuanto más quiere saber, menos comprende.

-Es muy sencillo- le explicó su amigo Homper, ojiplático de tanto pasmo como nos traen los tiempos modernos- Los fotones  de la luz y los neutrinos, que no se muy bien lo que son, pero que también deben de viajar muy rápidamente, se han echado una carrera de 730 kilómetros por un tunelillo bajo tierra que va desde Ginebra a Gran Sasso, en el este de Italia. Y resulta que los neutrinos han llegado sesenta nanosegundos antes. O sea, la repanocha.

La repanocha. Qué encanto tiene recuperar vocablos de tebeos antiguos.

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Repitiendo lo que dicen los sabios, asegura Homper que con este experimento la Teoría de la Relatividad de Einstein queda en entredicho. Lo cual que, sin entender tampoco por qué carajo de relación de causa a efecto, significa que los viajes por el túnel del tiempo van a ser posibles. Así que, ni cortos ni perezosos, entraron en sus agendas marcha atrás y entrambos se pusieron a arreglar sus vidas y quién sabe si las del mundo.

-Enero de 2008- Voy a invitar a aquella estanquera que me gustaba tanto y a la que no me atrevía a llamar para decirle que si se toma un gin-tonic conmigo.

-Yo pienso más en el bienestar colectivo –le amonesta Homper- Contrataré a una panda de matones para que les rompa las piernas a los jefazos esos de Lehman Brothers . Así no podrán ir a la oficina  y seguir haciendo hipotecas subprime.

-Marzo de 2004. Me voy a quedar en casa con una ampolla de Urbason para  que no me triture el cólico nefrítico aquel que me sorprendió en Las Hurdes.

-Yo sigo pensando en los demás- le  vuelve a corregir Homper- Yo loq ue haré será presentarme ante ZP disfrazado de Azaña, que supongo que sabrá quién era, para aconsejarle que, antes de prometer como presidente de gobierno, se lea los papeles  fundamentales y repase las cuatro reglas.

Metidos en juerga, el Duende quiso regresar al año 1974 para que Schwarzembeck, futbolista del Bayern Munich, no metiera el gol de última hora que le arrebató al Atlético de Madrid la Copa de Europa que prácticamente tenía ya en sus manos. Y más aún, inmtentó colarse en el verano de 1963 y en la habitación de Marylin para convencerla de que, por lo que más quisiera, dejara de tomar pastillas y no se suicidase.

Pero no consiguieron nada. Porque aunque las ciencias adelanten, no avanzan tanto como para que tipos del corte de Homper o del propio Duende las entiendan y sepan valerse de ellas. Así que unos nanosegundos después de estos castillos en el aire, el bloguero ya estaba en otros descubrimientos.

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Por ejemplo, el de los bufones de la costa oriental de Asturias. El Diccionario del Español Actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos dice que bufón es persona cuya intención o propósito es exclusivamente hacer reir. El propio Duende sabía que durante muchos años él mismo ha sido un bufón. Pero nada dice el tal diccionario del fenómeno vio con sus propios ojos en Vidiago, cerca de Llanes, donde el mar embravecido se comprime por unas chimeneas abiertas en la roca  caliza de los acantilados y bufa como la boca de un dragón proyectando al exterior columnas de agua pulverizada. Probablemente deberían de llamarles bufidos, pero los les dicen bufones.

-¿Y cómo no me habían hablado antes de esta maravilla? –se preguntaba el viajero como un Homper cualquiera.

Admite el Duende que puede ser la suya una sensibilidad muy infantil. Comprende que, aunque el fenómeno natural es sorprendente, sobre todo si está enrabietada la mar, resulta aún más vistoso por la espectacularidad de esta costa, con acantilados feroces desgajados a veces en diminutos islotes y perforados por grutas en las que  el agua hace toda clase de  diabluras. Es consciente de que el paisaje que se contempla mirando tierra adentro también influye: la Sierra de Cuera, entre los Picos de Europa y el Cantábrico, bosques de castaños y robles, prados felizmente llenos de vacas, caballos medio asturcones y algún corzo y nobles casonas de piedra que aún mantienen su dignidad frente al inicuo mal gusto del desarrollismo inmobiliario.

Ah, y uno de los campos de golf, el de Llanes por los que merece la pena aficionarse a este deporte que tanto le desesperó al bloguero (al punto de que lo aborreció apenas mandó al lago sus diez primeras bolas. ¿Por qué aprender a mis años algo que evidentemente se me niega?-se dijo).

Recapitulando: no era sólo la impresión de los monstruos marinos que por esas mágicas chimeneas desahogan su mal humor. Era el encanto del lugar.

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Otros datos para la agenda de inolvidables que uno guarda en su memoria. En Buelles, el pote y los tortos de  La Sauceda, el restaurante de un poeta llamado  Ramón Alzola que todos los años organiza un concurso de sonetos. En Llanes, los llamados Cubos de la Memoria de Ibarroladiscutibles- su señorial casino (pocas tertulias ya en el crepúsculo de la última tarde de verano), el espléndido Paseo de San Pedro, un tapiz de hierba al borde mismo del mar, y la senda costera que lo continúa. También la cocina de La Galería, donde una artista de la cuchara llamada Marisol se quedó estupefacta descubriendo la cara de aquella Doña María que conocía de la radio. En Buelna la caprichosa playa de Cobijero, donde bufa el mar de lo lindo En el umbrío y precioso Valle de Ardisana, aquella aldea con olmo en mitad de una diminuta plaza rodeada de hórreos centenarios. Qué lástima que el bloguero no recuerde su nombre. Y en Andrín, un pequeño pueblo en el que han conseguido controlar la horterada inmobiliaria, casas muy guapinas, una playa  tamaño joyero que parece un decorado de bonita que es y los restos del lienzo de una muralla junto a los que se levantaEl Norte, un conjunto de tres casas convertidas en deliciosos apartamentos. Queda por citar a sus dueños, Manolo y Bea, amigos emprendedores que hace más de veinte años decidieron cambiar el foro y la publicidad por la costa asturiana y el oficio de hosteleros refinados que les distingue. No han descuidado un detalle, pero se esmeran sobre todo en el buen gusto y en la cordialidad inteligente. A ella sin embargo  le chirría que le digan que sus apartamentos resultan muy coquetos.

-Pero qué caramba –pensaba el Duende/Doña María- Es que lo son.

Total, que estrellado ante imposibilidad de saber para qué nos sirve el último  expèrimento del CERN, este ha sido el último descubrimiento del bloguero curioso. No pierda el el lector  un solo nanosegundo y, en lugar de esperar a viajar por el túnel del tiempo vayan a esta singular costa de inolvidables bufones. Por cierto que, haciendo honor a su nombre, sus bufidos también parecen reirse de todos los que  han visitado los rincones más exóticos del mundo sin haberse acercado a verles. Ya ven, a cuatro horas de Madrid y el Duende  sin conocerlos hasta la fecha. Pero qué paletos somos a veces con nuestros propios tesoros.

El Duende de verano (8) Una boda en Escocia

Hasta esta iglesia de Pertshire se llegó el bloguero por asistir a la boda de una sobrina muy querida

1. Los hijo de la globalización

Manda uno a sus hijos a estudiar en el extranjero y sigue pretendiendo que se casen con gente de su barrio. No cae en que los ligues de esta generación ya no se llaman Piluca o Josete, como antaño, sino Wolfgang o Silvie, o Lang, o Christopher, o Yannis, o  Kathe, o Solomon, o Brigitte, o Johannes. Son los posibles novios o novias de la globalización, y así pasa lo que pasa. La nieta mayor de este bloguero, es un ejemplo, tiene un apellido griego, un padrino escocés y una madrina alemana. Su padrino es el profesor MacCrorie, con el que anduvo por las Tierras Altas sin entender muy claramente lo que decía en su cerrado inglés scotch.

-¿Sabes que está Sabina en Saint Adrews?-le dijo apenas se encontraron en el aeropuerto de Edimburgo. Saint Andrews es la ciudad en cuya universidad  imparte sus enseñanzas el profesor Mac Crorie, famosa también por ser la cuna del golf.

-Buen músico –le respondió el Duende un tanto sorprendido porque el profesor siguiera a nuestro cantautor y su presencia allí le llamara la atención

- ¿Pero conoces sus canciones?

Daba igual la pregunta.  Rod MacCrorie tampoco le entendía nada, aunque , como él, trataba de disimular lo que a menudo era un diálogo de besugos. Su respuesta siempre era un ¡oh! de sorpresa y una sonrisa. -No tenía ni idea de que Sabina jugara al golf –aclaró entonces el Duende- Es más, en España nadie se lo imaginaría. Como va de ácrata, jamás se podría esperar que viniera a un sitio tan especial como Saint Andrews a practicar el deporte favorito de Esperanza Aguirre, que seguramente será una de sus bestias negras. Rod volvió a sonreir. -¡Oh!, ¿yes?… Ha venido con su novio – farfulló en su peculiar inglés de Glasgow. ¿Con su novio?…El Duende no le daba crédito. Ahora resultaba que, además de ser adicto al golf  Sabina tenía no novia, como siempre se le ha de presumir, sino novio. Eso sí que era el notición del verano: Joaquín Sabina se  había llegado hasta el norte de Escocia  para salir del armario. Y le habían dado las dos, y las tres, y las cuatro y las cinco y las seis, y desnudos al amanecer les sorprendió la luna a él y a un jayán con aspecto de cabo gastador, que era su amor hasta entonces inconfeso. Claro, no podía fugarse con él a Valderrama  o a Pedreña porque ahí le cazaría un paparazzi y echaría por tierra su leyenda canalla de golfo, libertino y mujeriego. Tenía que escapar a Saint Andrews, donde el profesor MacCrorie, acostumbrado a otras referencias como Elton John,  consideraba de lo más normal que una estrella de la música “pop” jugase al golf con su pareja del mismo sexo. Qué poca vergüenza.

Y así de  confundido estaba el Duende cuando un rayo de lucidez iluminó su mente. Y recordó entonces que estamos en un mundo globalizado. Y que que además de un apellido griego y un padrino escocés, su nieta Marina tiene una madrina alemana, casualmente llamada Sabine, que en boca del profesor MacCrorie tanto podía ser la guapa moza tedesca de la que su hija se hizo amiga cuando ambas coincidieron en la London School of Economics, donde también estudió su actual marido, como nuestro egregio cantautor de cuya virilidad resulta casi ofensivo dudar.

Jesús, qué alivio. No es que esté uno contra la internacionalización de la familia ni mucho menos contra los mestizajes. Es que nos educaron así de paletos y pequeñoburgueses. Y por tradición conservadora, piensa uno que lo suyo es que sus hijos se acaben emparejando o nombrando padrinos y madrinas entre gente cercana. Y si no, entre  los Martínez o los Echeveste, que eran de su barrio, de su colegio o feligreses de su misma parroquia. Más vale mal conocido que bueno por conocer. ¿O no?

2. Lo que duran las bodas de ahora

Las primeras bodas a las que asistió el Duende, entre la ceremonia y la fiesta,  duraban tres o cuatro horas.  Ahora pone uno el contador cuando empieza a acicalarse en casa y lo detiene cuando se quita el traje para meterse en la cama y no han pasado menos de diez. Desplazamiento al lugar del casorio, ceremonia, traslado al lugar de celebración, primeras copas, aperitivo. Generalmente larguísimo.

Aquí el Duende ya daría por terminada la boda, al fin y al cabo no se casaban los hijos del jede del estado, ni de una familia real, ni tan siquiera los archiduques de Pomerania, y tampoco hay que epatar a nadie. Pero no, ahora la categoría de las bodas parece medirse en horas, y para qué aliviar cuando podemos alargar la cosa para que la gente se de cuenta de que aquí no se escatima nada. Así que después de dos horas de pie, sentamos a los invitados, y les ofrecemos una cena, no menos de dos horas. Y luego discursos, muchos discursos. En las bodas de antes hablaba mayormente  San Pablo a través de su famosa Epístola a los Corintios. Y, como mucho, el cura. Ahora hablan los corintios, el cura, el concejal por lo civil, el padre, el padrino, los amigos de ella, los amigos del novio, las amigas de la novia , los del equipo rugby de él, y unos Pitufos vestidos de principitos y princesitas que son los sobrinos de ella. Afortunadamente no en todas las bodas aparece la Tuna para darle más realce a la celebración.

Y Homper, el Hombre Perplejo,  ha enunciado así esta otra paradoja de nuestro tiempo: cuanto más  se alargan las bodas, porque mucha gente vive de ellas, más se abrevian los matrimonios, porque los cónyuges aguantan mucho menos. A ver quién ata esa mosca por el rabo.

3. La boda de Natalie y Johannes

Cuando la boda a la que uno tiene que asistir es en Escocia, es verdad que al invitado le toma mucho más tiempo que las ocho o diez horas de una boda convencional. Pero no hay mal que por bien no venga. Para un señor de edad, como empieza a ser el bloguero, una boda normal puede ser magnus cognazus. Pero una boda en Escocia es la oportunidad ideal para montarse este agradable viaje sobre el que ha girado su verano. El día de la boda de Natalie, inglesa hija de madre española, con Johannes, novio alemán, fue además un día limpio, fresco y, sobre todo, soleado, primer detalle de lujo en esas húmedas latitudes. La iglesia, el monasterio de St Mary´s de Kinnoull era un monumento. Los novios llegaron en carruaje. La novia, y buena parte de las invitadas, estaban muy guapas. Había varios invitados escoceses luciendo su kilt. Y casi todos los invitados ingleses vestían chaqué, como es costumbre allí. A partir de Cuatro bodas y un funeral todos sabemos, además, que lo verdaderamente chic es conciliar la severidad de este atuendo, siempre negro en España y gris en el Reino Unido, con una corbata o un chaleco de colores chillones. Había cuatro pequeñas maiden bride (¿se dice así?) que llevaban la cola a la novia. Suele ser muy cursi, pero en este caso no se puede criticar, porque tres de ellas eran nietas del bloguero.

En la iglesia al Duende no le sorprendió que aparecieran sobre los bancos de los invitados los textos de las lecturas y las letras de los himnos y salmos que incluía la ceremonia. Le sorprendió que todos, británicos y alemanes, los cantaban vehementemente, sin esa vergüenza con que los españoles, aún los más creyentes, arrastran la voz con la boca chica en las celebraciones religiosas. Luego hubo cocktail en la casa de la novia. Sobre el césped había una carpa, bajo la que un grupo de jazz tocaba  jazz y música de Cole Porter. Los niños y las maien bride correteaban por la hierba, daban volteretas y jugaban al croket mientras los invitados departían entre sí en inglés, en alemán o en español. Mucha gasa en los sombreros y los tocados de las señoras y las chicas jóvenes, algunas de ellas francamente atractivas y sabiamente escotadas. Antes de la cena, en otra carpa, pasaron unas bandejas de jamón ibérico y de Rioja Contino.

Al Duende le sentaron luego entre una dama británica y otra alemana. Ambas le sacaban una cuarta de estatura, pero sentados los tres se notaba menos. Consiguió conversar con ellas a ratos en francés a ratos en inglés, y de vez en cuando hasta se tiraba el pegote de chapurrear palabros en alemán. La  dama alemana también canta en un coro, y eso une mucho. A los postres, discursos, muchos discursos: en alemán y en inglés. Primer baile de los esposos sin guardar el protocolo del vals ni nada que pueda recordar la ineptitud de los jóvenes de ahora para el baile agarrado. Tres o cuatro piezas nostálgicas para complacer a los más añejos y luego, como en todos las bodas, atronadores decibelios discotequeros , marcha y barra libre hasta el alba.

El exceso se ha universalizado, aunque el Duende, que ya se lo conoce, se retirase en cuanto el personal empezó a desmelenarse. Lo que se apuntaba antes, que no hay mal que por bien no venga. Bodas así pueden parecer largas, fatigosas y hasta un poco caras. Pero si tienes en cuenta que te sirven para viajar, hacer turismo y aprender idiomas, hay que reconocer que la de Natalie y Johannes fue una suerte. Pues que vivan los novios, ea.

El Duende de verano (5) Lugares para aburrirse felizmente

Hay que buscar el encanto de lo británico en esos pequeños pueblos donde no caben multitudes...

1.En busca del encanto de lo británico

Mientras el Duende rumiaba las notas de su pequeño viaje por Escocia para volcarlas en el blog, en las principales ciudades de la vieja Inglaterra se registraban las más graves revueltas populares de este siglo. A causa de la crisis y de los recortes sociales del primer ministro Cameron, indignados, marginales o delincuentes, a saber, habían puesto a Londres y a Scotland Yard patas arriba. Where have the british flema go?, que cantaría Joan Báez . Nadie lo sabe. Ya nada ni nadie es lo que era.

Con tal motivo, en Herrera en la onda  los tertulianos y oyentes contaban sus recuerdos y vivencias de la que antaño fue llamada la capital del mundo y hoy es un hervidero. Y había coincidencia general en que, por su tamaño desmesurado, por los atascos de tráfico, por el exceso de turismo, por sus altísimos precios y por la aparente fagocitación de su población autóctona a cargo de los que antaño fueron colonizados y, ahora más aún, por estos desagradables sucesos,  buena parte del encanto de Londres se ha diluído. Londres es un mundo, pero aunque algunos de sus bobbis aún son pelirrojos,   ya no parece una ciudad británica. Hace falta alejarse de su centro para sentirse en algo parecido a  lo que la literatura, el cine y hasta los comics de la primera mitad del siglo pasado nos mostraban que era la capital del Reino Unido.

Puedes consolarte mirando el Big Ben, la imponente cúpula de la Catedral de San pablo,  o la estatua de Nelson de Trafalgar Square. Pero a poco que bajes la vista  te sentirás un corpúsculo más de esa sopa global en la que se mezclan ciudadanos de todas las razas que, no se sabe por qué, hicieron de Londres su destino preferido e invaden sus calles. Londres ahora resulta excesiva, fatigosa y abrumadora. Las últimas veces que este bloguero, que en otra época se declaraba anglófilo y reconocido admirador de Londres, estuvo allí, ya no quería ser una hormiguita consumidora más. Rescató su espíritu andarín y se refugió en esos espacios, parques o calles menos conocidos que aún quedan a salvo de la marabunta universal. La Courtauld Gallery, por ejemplo, el Sir John Soane´s Museum, o, desplazándote hacia el norte, el espléndido Hampsted Heath. Y, cómo no, alguna recoleta tienda de antiques especializada en juguetes antiguos o un discreto salón de te donde aún se puede escuchar a un par de viejecitas con sombrero hablando de sus gatos o ver a un caballero con aspecto de escribiente de Dickens leyendo la crónica de un apasionante partido de cricket. Si el cogollito de Londres, con todos sus gloriosos museos y parques, va a acabar siendo como nuestra calle Fuencarral, pero con más hijos la Torre de Babel de todos los colores posibles, a este viajero de papel le va a dejar de interesar.  Y se marchará, como ha hecho este verano, a buscar el tradicional encanto de lo británico a otra parte.

2.Un tranquilo pueblo escocés donde pasar la corta noche

Las tardes de verano en Escocia parece que no van a acabar nunca, pero eso no evita que a las 9 p.m no haya manera de cenar otra cosa que no sea una pinta de cerveza. Mala cosa que los británicos no necesiten empaparla. Más de una noche le sorprendió al duende  sin más alimento sólido que las galletitas que le dejaban en la habitación del hotel junto a la kettle del te.

Tampoco es bueno vagar sin reserva de habitación y esperar que en cualquier momento puedas dar con un pueblo encantador donde, a buen seguro, te recibirán con una sonrisa aunque sean las diez de la noche (que no es noche). Uno tiende a fiarse demasiado de las películas, y aspira a que aquella fina comedia de Stanley Donen, Audrey Hepburn y Albert Finney llamada Dos en la carretera se repita fácilmente. Pero  a estas alturas del viaje el profesor Mc Crorie había vuelto a sus aulas, y los viajeros ya no eran dos, sino uno. El coche tampoco era un Morgan, como el de la película, sino un Vauxhall Corsa. Y  el objetivo, lástima,  no era conquistar a la Audrey, que no existía, sino  caer en un sitio que en algo se asemejara a la imagen amable, cuidada y acogedora que tenemos como estereotipo de los pueblos británicos.

Hay que decir que en estos casos al bloguero nunca le asiste la suerte, y que, al menos en España, la improvisación suele acabar situándolo en un horrible hostal de camioneros con un puticlub paredaño de esos que inundan de luces de neón la noche. Por una vez sin embargo tuvo suerte.

3. Cosas de otro tiempo que los británicos saben conservar

Después de muchas millas embelesado en un jugoso paisaje de bosques, prados y lagos, aunque preso de la ansiedad por no saber qué sería de su suerte en esa noche sin reserva, vio a su izquierda unas preciosas cataratas, más bien rápidos muy accidentados, que precipitaban un furioso caudal de agua hacia el lochTay. Se anunciaban como The falls of Dochart, río que desemboca en el lago unos centeneras de metros más adelante. Tras una curva a la izquierda, y después de salvar aquella maravilla líquida por un largo puente de piedra, el viajero entró en Killin, un pueblecito británico refugio de pescadores y senderistas digno de la mejor postal. Ahí sí se debía de vivir todavía como los personajes del modelo tradicional que el viajero tenía la cabeza. Aún lucía el sol, pero ya no se veía a nadie en sus calles, de una arquitectura popular milagrosamente anclada en el tiempo, como si el pueblo no necesitase almacenes ni edificios industriales para su supervivencia. Ahí, junto a un remanso del lago, y rodeado de una espesa arboleda,  se alza un hotel decimonónico de tejado de pizarra y gruesos muros de piedra. Su interior, fácilmente imaginable, se adornaba con profusión de fotografías de la difunta Reina Madre saludando al personal del hotel, en el que fue ilustre huésped en el ya lejano año de 1953. La madre de la reina Isabel II ya tenía entonces más aspecto de cocinera que de personaje de la realeza. Quizás por eso, por haber permanecido en Londres con su marido el rey tartamudo bajo las bombas de Hitler y por su humanísima afición al Beefeater fue tan querida de su pueblo.

La uniformidad del personal del Hotel Killin ha cambiado desde entonces. Ya ningún camarero lleva frac. Pero las cortinas, alfombras y edredones y la decoración en general tienen todo el aspecto de ser los mismos de aquella época. Al Duende le dio igual. Incluso lo agradeció: en la cabecera de las camas, por ejemplo no había esas odiosas lámparas de moderno diseño que sólo arrojan luz a la pared, y que no iluminan el libro que tratas de leer. (Cuánto decorador actual debía de ir a la cárcel por ello, caramba). Tuvo la suerte de sentarse en el bar del hotel justo cinco minutos antes de que cerraran la cocina. Los sillones y las sillas, naturalmente, estaban tapizados de tartan. Pidió una cerveza y una hamburguesa de venison (venado) que, sorprendentemente, le pareció un manjar exquisito. No sabe si fue el hambre o el deseo de haber acertado con su elección.

Y a continuación, después de un paseo solitario entre dos luces por aquel pueblo encantador donde las ancianitas con gatos y los coroneles retirados ya dormían, se metió en la cama y él también durmió como un príncipe. Definitivamente, estaba satisfecho de haber dado con un lugar como el que buscaba. Killin  resultó ser, efectivamente, ese pueblo tranquilo, de paisaje bellísimo y edificios de carácter, sin tiendas de moda, establecimientos de comida rápida  ni discotecas, donde cualquier ser educado en el amor a lo británico aún podrá aburrirse  felizmente hasta el final de sus días.


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