Archivos para la Categoría 'Gastronomía'

Los huevos rellenos y otros motivos de alegría

Aunque es la nmadre de los maravillosos huevos rellenos, hay que reconocer que  se parece al Franco de los años 40...

Aunque es la nmadre de los maravillosos huevos rellenos, hay que reconocer que se parece al Franco de los años 40...

Punto uno: hay momentos del sueño que oscilan entre la realidad y lo puramente onírico. Punto dos: uno cree que sueña más por la noche, pero el subconsciente sigue trabajando a la hora de la siesta. Punto tres: cada día tiene sus dolores, pero también sus alegrías. Punto cuatro: quién sabe cómo y con qué criterios se mezclan en el alma, y cuál acaba siendo su expresión. ¿Un ceño fruncido y un resoplido desesperanzado o, por el contrario, una sonrisa?

Ayer el Duende tenía motivos para la alegría. Lola advierte que el blog ha cumplido dos años. Si, sumados uno a uno los tropecientos posts colgados en la red éstos ofrecieran coherencia entre sí e irresistible interés para lectores de todas las edades, podríamos estar a novela y media de un fenómeno como el Millenium de Stieg Larsson. Hay  otros mundos, pero no están en éste, que no tiene nada que ver con ningún éxito literario. No por ello deja de ser una alegría.

Otra más. Alfonsina estaba contenta. El Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo le había acabado dando la razón a su padre. Su padre fue en vida magistrado del Tribunal Supremo. Y a ella quizá no le importe, sino todo lo contrario, que el Duende airee los motivos de su satisfacción, expresados en un correo que decía:

Para hacer un poco de memoria, los dos magistrados a los que tocó sucesivamente llamar a declarar a la mesa nacional de Herri Batasuna,  pidieron baja por depresión. Sabían que los batasunos no se presentarían y lo que venía después…

Padre aceptó, y fué cada día al supremo con dos muletas, una sonda y una bolsa. Aguantó amenazas de ETA, aparecer en todas las listas de las detenciones, y no pudo volver a salir sin escolta a la calle. Y aguantó también críticas de los ignorantes que desconocen en qué consiste un Estado de Derecho.

Firmaba, con razón, como una hija orgullosa.

O sea, tenía el Duende, como reconoce, motivos para sonreir. Y sin embargo, en la siesta, se le presentó una gallina. O al menos eso creía él. Nunca  ha tenido cariño especial por las gallinas. No por putas, como dice la metáfora popular para mal comparar. Sólo por bobas y poco simpáticas. Reconoce que le encanta el pollo al curry, a la cerveza, al ajillo y en casi todas sus variedades gastronómicas. Y considera que los huevos rellenos son en verano un plato insuperable. Sin embargo la gallina que le miraba desde los pies de la cama era especial: en realidad no se sabía si era una gallina o Franco en los años cuarenta. Franco, pancita de dictador blandengue, tenía  entonces silueta de gallina. Y con su nariz arqueada, como el pico del ave, y aquel gorrillo cuartelero que lucía en los sellos de su primera época –talmente una crestita ladeada- era exactamente eso: una gallina que quería amargarle la siesta.

-Dices maravillas de mis huevos-le reprochaba-y no protestas porque Gallardón me ha desposeído de todos mis honores madrileños…

Qué horror. Crisis económica,  Kaká y el Madrid como mantra y placebo, el termómetro a 35º, el desánimo inevitable y, como colofón, un Franco gallináceo y que se cebaba con el pobre Duende.

Se levantó sudoroso y obsesionado. Sólo le apetecía invitar a cenar huevos rellenos a Lola, a Alfonsina y a todos los amigos –y mayormente a las amigas- que se asoman por aquí.

Cambiando el modelo de producción

Dejaré la construcción y cambiaré el modelo de producción convirtiéndome en un cocinero que aprovecha hasta la grasa de pollo. Mmm...

Dejaré la construcción y cambiaré el modelo de producción convirtiéndome en un cocinero que aprovecha hasta la grasa de pollo. Mmm...

Mea culpa, me culpa, mea máxima culpa…Probo Gilipóllez se miraba al espejo apesadumbrado. Como es natural, asumía ser uno de los culpables más conspicuos de la maldita crisis económica. Lo había denunciado el gran taumaturgo, y él, tan fiel a la personalidad que conformaban su nombre y su apellido, no le iba a negar la razón. Había que cambiar el modelo económico, había que dar la vuelta al sistema de producción. Crecer en la innovación sostenible, y que salga el sol por Antequera, que está en Andalucía, la región más castigada por la injusticia de la historia.  Sólo así saldríamos del bache.

Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa, repitió Probo dándose golpes de pecho. Eres culpable, se decía, no lo dudes.  Toda la vida trabajando honradamente como ingeniero de caminos, primero  en el antiguo Ministerio de Obras Públicas para  fundar luego una pequeña empresa que se llamaba CUCA, Cubiertas y Canalizaciones. O sea, construcción, lagarto lagarto. Ya lo había avisado el gran reformador: menos cemento y más conocimiento. Hay que ir a la economía sostenible.

No había proyectos. No había créditos. No había pagadores. Y ya no había ni CUCA. Ingenuamente, Probo no había pensado que el nombre de su pyme, a fuer de listillo, encendía las alarmas. Si el constructor era altamente sospechoso, qué decir de un codicioso capitalista que iba de cuco. Eso sí, ahora sin trabajo, sin fortuna y sin derecho a paro. Harto de contemplar su estúpida cara de autónomo otoñal, fue a la cocina. Abrió el frigorífico y en un vistazo comprobó la insoportable levedad de  la profesionalidad honrada. Donde años atrás faltaba sitio para almacenar delicias de gourmet, ahora sólo inventariaba miserias. Entre ellas, acusadoras, un tarro con la salsa que le sobró de asar un pollo, media berenjena, medio pimiento y dos bricks de caldo de carne y de verdura.

Tomó en su mano el tarro de las esencias de pollo, abajo la salsa oscura, arriba, congelada, la grasa amarillenta. Y con la misma gravedad que Hamlet ante la calavera de Yorick, se preguntó en voz alta.

-Ser, o no ser. Echarme a la calle y buscar como un gilipollas irredento un punto limpio donde depositar esta grasa…¿o reutilizarla y cambiar mi modelo de producción?

Aunque, en su ignorancia, recelaba de la grasa del denostado pollo,  su amiga Begoña le contó que su madre la aprovechaba para guisar unas patatas muy socorridas. Probo pochó una cebolla, la media berenjena y el medio pimiento picaditos, peló las patatas, las chascó, para que soltaran el almidón, las rehogó en el sofrito del pollo difunto, añadió poco a poco los caldos, pimienta, algo de guindilla y unas hierbas aromáticas y, a fuego lento, espesando el condumio, consiguió hacer las patatas guisadas más exquisitas de su vida.

Y de la necesidad hizo virtud. Pues gracias al clarividente líder que le gobernaba había cambiado su modelo de producción. Ya no era un pérfido agente del capitalismo salvaje, sino un Adriá en ciernes  al que la nueva cultura quizás elevaría a los altares.

-

El percebe quisiera ser Babe, el cerdito valiente…

A pesar de los apuros que ahora pasa el cerdito babe, el percebe envidia su suerte

A pesar de los apuros que ahora pasa el cerdito Babe, el percebe envidia su suerte

Y de repente, aquella niña tan sensible y candorosa que repasaba el gran libro enciclopédico de los animales, se quedó anclada ante la lámina del percebe.

Lo conocía bien. Papá era un constructor adinerado, y desde muy niños había adoctrinado a sus hijos en los poderes mágicos de esta criatura marina. Crustáceo, decía el libro. Papá invitaba a estos crustáceos cada vez que acudía a un concurso importante. Los invitados se ponían a chupetear esos animalitos tan feos, se quedaban encantados y papá acababa adjudicándose la obra.

Papá se había enterado de que al Rey le volvían locos los percebes, y una vez se empeñó en pedirle audiencia para entregarle un cajón de percebes gallegos recién pescados. No pensaba decirle que quería ofrecer su empresa para todas las obras de reforma que necesitara la familia. Sólo pretendía ponerse un frac, entrar en la sala de audiencias, saludar Juan Carlos I marcando respetuosamente el taconazo y la inclinación de cabeza que recomienda el protocolo y pronunciar alguna frase trascendente.

-Señor-ensayaba el constructor-…Es para este modesto empresario un orgullo y una satisfacción ofrecer a vuestra majestad esta selección de los que, según es rumor popular, son sus mariscos favoritos….

Según lo repetía, papá fue cambiando el sentido del discurso. ¿Por qué iba a decir lo de modesto? Había hecho una próspera carrera, estaba forrado, tenía un chalet y un barco mejor que el del Rey,  era patrono de varias fundaciones benéficas, se había hecho socio del club de golf más caro y exclusivo y, por si fuera poco, había comprado la Enciclopedia Larousse y todos los clásicos de la literatura encuadernados en piel para cubrir la elegante boisserie de nogal de su chalet.

-Señor –repetía- Para este próspero empresario es un orgullo…

Le pareció entonces que tampoco tenía que ser tan considerado. Al fin y al cabo, ¿qué méritos tenía el Rey que no se dieran en él?. Una cosa es que fuera el jefe del estado y otra que, gracias a eso, quisiera comer siempre mariscos por la cara.

-Señor-ensayó de nuevo- Aunque no se si se lo merece, es para mí un gustazo ofrecerle estos frescos y carísimos percebes que, a la par que harán las delicias de su noble paladar, vendrán a demostrar  el poderío de este su amigo que lo es…

No siguió ensayando, porque llegó una carta de la Secretaría del Rey en la que agradecían la iniciativa, pero no concedían la audiencia ni aceptaban el regalo de los percebes por contravenir el protocolo  de la Casa Real.

-¡Mierda de percebes! –exclamó el rico constructor al ver a su hijita ante la lámina del percebe y recordar la ofensa de su rechazo.

Y la pobre niñita, tan sensible, lloró pensando en la suerte de este pobre animalito, tan feo que ni siquiera tenía cuento como el del sapo-príncipe, o muñeco de peluche, y que si lo tuviera no sabría una por dónde abrazarlo ni besarlo. Y tan desafortunado que sólo lo quería la gente para comérselo. Sin que, ni siquiera por esas, le hubiera servido a Papá para hacerse amigo del Rey.

Así que se olvidó de las enseñanzas de su profesora, que dice que hay que amar por igual a todos los animales. Y cerró el libro del percebe, y se puso a ver por la tele la historia de Babe, el cerdito valiente, que ahora, con la gripe porcina, merece más cariño que nunca.

-

El panga y la buena educación

pangaHabíamos definido hace tiempo a Homper como el Hombre Perplejo. Él creía serlo, en efecto, por los absurdos y contradicciones de lo que veía a su alrededor. Pero de cuando en cuando miraba a su interior y tampoco salía de su estupefacción.

Aquel día, por ejemplo, recordó que hacía bastante tiempo que no tomaba pescado. Desde que vivía solo, había aprendido a cocinar algunos de conocida trayectoria. Pero últimamente, cuando asomaba por la pescadería, lo que más proliferaba era el panga. Al igual que el fletán, la perca o el halibut, el panga era una especie desconocida para Homper.  Con tal nombre, no tenía conciencia de haberlo tomado nunca, y sólo conocía a una amiga que le constaba que lo compraba y lo cocinaba.

-La llamaré y la saludaré- pensó- Hola, ¿todo bien?…Y a continuación le preguntaré  que cómo prepara el panga.

De repente cayó en la cuenta Homper de que, después de varios meses sin haber sabido de él, quizás ella extrañaría su pregunta. Y como no deseaba que le creyera interesado, mal educado o, simplemente chiflado, modificó su estrategia.

-Empezaré preguntando por la familia- imaginó-Y como se que su hija ha tenido un accidente de motocicleta y se ha roto una clavícula me interesaré primero por ella. Hola, Pepa, ¿estás bien?…Oye, ¿cómo va la clavícula de tu hija?..Me alegro…Por cierto, ¿cómo preparas el panga?…¿Lo haces frito, al horno, a la plancha?…

Un rayo de luz le iluminó entonces lo suficiente como para que Homper se quedara perplejo de su propia insensibilidad. Había dado por hecho que la clavícula de la hija de su amiga evolucionaba bien. Pero…¿y si había tenido que operarse? ¿Y si la operación había salido mal? Además Homper se temía que ella, como la mayoría de los mortales, aprovechara cualquier ocasión para desahogar sus penas. ¿Y si el del seguro no se hacía cargo del accidente? ¿Y si, a ese percance, le añadía la crisis que había arruinado sus fondos de inversión? ¿Y si daba la casualidad de que se le había obstruido el bote sifónico del retrete y el fontanero no aparecía? ¿Y si además su suegra le reprochaba el nuevo tinte que le aplicaban en la pelu? ¿Y si, después de tantos meses, el perro había muerto atropellado por un Mercedes?

Confundido en sus propias dudas, Homper se tomó una pausa para repensar su estrategia, y entretanto entró en Internet y se documentó sobre la vida del desconocido panga. Se enteró de que se trata de un pez de agua dulce con aspecto de pequeño tiburón proveniente de Vietnam y criado en cautividad. Algunos científicos despabilados descubrieron que inyectando a la hembra del panga hormonas procedentes de los orines de una mujer embarazada (sic), aquélla -no ésta-aumenta su productividad. Homper volvió a quedarse estupefacto. Pero no tanto como Pepa cuando sonó su teléfono y, al descolgarlo, escuchó una extraña llamada.

-Hola, Pepa, soy Homper. Me encantará saber que estás bien, y que lo de la clavícula de tu hija no tiene importancia. Pero te llamo para decirte que voy a cenar huevos fritos con patatas fritas.

El mal ojo de Paul Krugman

Si Krugman hubiera tenido ojo, habría dado al menos una receta contra la crisis como la de la tía Clota...

Si Krugman hubiera tenido ojo, habría dado al menos una receta contra la crisis como la de la tía Clota...

Va Johny Guitar, que no tenía el menor aspecto de ser Gustavo Adolfo Bécquer y le dice a Viena una de las frases más célebre de la historia del cine: Miénteme…Dime algo bonito…Dime que me quieres y que me has estado esperando todo estos años. Pero esta vez no era el pistolero retirado suplicando a su antiguo amor, por cierto, una mujer con cara de pérfida. Joan Crawford no valía para papeles de chica inocente, tenía cara de espía implacable, de madrastra despechada o de ama de llaves capaz de degollar por la noche con el cuchillo jamonero a un huésped ingrato para su señor.

-Miénteme -dice la tía Clota que decían los ojos de ZP cuando el Nobel Paul Krugman le revelaba su diagnosis sobre el estado de la economía en España- Pero el sabio éste le salió rana, y no estuvo nada fino. Es que no tiene ojo.

Discutieron tía y sobrino sobre qué desagrada más a la conciencia, si decir en estos casos una verdad irrelevante  u otra incómoda. Y ella dejó claro que aunque detesta no responder exactamente a lo que le preguntan, más le duele mentir como la pistolera de caderas seductoras que encarnó la Crawford.

-Hijo, toma nota para estos casos-le recordó al siempre estupefacto Homper- Es la receta de Beatrix, una de mis mejores amigas. En un bol mezclas caldo de pollo, ketchup, mostaza, una gran cucharada de miel. Puedes añadirle las hierbas aromáticas que desees, acaso salsa de soja, y tampoco le viene mal un vasito de jerez.   Sumerges en esa salsa las alitas de pollo, y las dejas macerando durante unas horas. Y luego las metes en el horno a alta temperatura hasta que queden churruscadas. Queda un poco absurdo, ¿no?, te preguntan una cosa y sales por peteneras, ¿dónde vas?, manzanas traigo. Pero te aseguro que Johny, Viena, y ZP el se hubieran chupado los dedos, y que con estas alitas de pollo a la maniére de la tía Clota el sabio ni hubiera mentido ni hubiera desairado a su anfitrión…

A todas éstas el Duende recibe un correo de Ana Macías. Hace mucho que no escribes, Duende. Y el Duende, conciencia atormentada por unos días de engorroso silencio, madruga antes de echarse a la calle para cumplir sus deberes. Y certifica en su blog que la amiga de la tía Clota y la tía de Homper están cargadas de razón. A diferencia del Nobel de Economía y del presidente del Gobierno ellas tienen una receta ‘para quedar bien en tiempos de crisis. Qué mal ojo tienen algunos…

Un amor sin reservas

menu-del-dia-en-pizarraDesde que la sensibilidad social y el gobierno habían hecho posible su matrimonio, Manolito e Isaac eran relativamente felices. Isaac era un hombre sencillo, y hubiera podido acercarse a la felicidad absoluta. Manolito en cambio no podría llegar a más, pues como catedrático de filosofía, era consciente de  que la sabiduría era patrimonio del hombre, y coincidía con el marxismo (de Groucho) en que cuanto más se conoce al género humano más hay que amar al perro.

-¿Y por qué no podemos tener perro? -le preguntaba a Isaac con la misma angustia con que Schopenhauer se planteaba la naturaleza del ser-Lo necesito para medir mi capacidad de amar.

-Me tienes a mí, Manolito -respondió Isaac- Además, un perro sería incompatible con Titín, y no es nada sano para mis pinitos de restaurador.

Titín era el mochuelo disecado que recibía a los visitantes desde la consola del hall del pisito donde vivían. No era la compañía más grata para una pareja enamorada, pero para Isaac era la encarnación del padre, coronel de artillería  y gran aficionado a la taxidermia. El coronel nunca le perdonó su condición  de homosexual, y en consecuencia él hizo caso a Freud y mataba al padre, aunque sólo fuera en sentido figurado. Titín era el sucedáneo de un parricidio vengativo perpetrado cada vez que desahogaba su resentimiento al entrar en casa.

-Titín, hijoputa -le vomitaba al mochuelo disecado apenas abría la puerta- ¡Bien muerto estás!

A Manolito, que era más trágico en el fondo de su ser, pero mucho más pastueño en sus modales, le irritaban sobremanera los raptos de ira de su pareja. Pero a  Manolito se le ganaba por su hedonismo facilón. Cuando Isaac se definía como restaurador no quería decir que restaurase edificios, cuadros o muebles, sino que daba lustre a su pasión por la cocina. Al salir del armario, Isaac rompió a cocinar. Y con tan buena mano que no sólo terminó de conquistar a un Manolito que, como buen pensador- estaba indeciso, sino que decidió abrir un restaurante.

-Yo quiero ser yo -le dijo Isaac a Manolito mirándole a los ojos- Y no sólo tu circunstancia.

La cocina no iba a ser un camino de rosas para aquella pareja. A medida que Isaac se metía en harina, se sofisticaban sus recetas. Y cuanto más se adentraba en la nouvelle cuisine, más pequeña se le quedaba la encimera de la cocina. El plato más sencillo de Adriá, de Subijana o de Sergi Arola, necesitaba reservar una reducción de hígado de pato, un sofrito de pelusa de col, una emulsión  de almendra con tinta de calamar, un fumet de calabaza al estragón, una compota de mollejas de avestruz con cilantro, una mahonesa de huevos de oropéndola con aceite palma y una gelatina de caldo de cocido, amen de un metro cuadrado más para las salseras y las guarniciones. Reserva a reserva, Isaac había desbordado la cocina para ir invadiendo el pequeño pasillo que conducía a la  zona de estar. Manolito tuvo que desmontar, primero, la bicicleta estática con la que trataba de limar sus michelines. Después la librería donde dormían su sabiduría todos los números de la Revista de Occidente. Luego retiró la colección de Clásicos de la Filosofía. Hasta que un día se armó de valor y se plantó ante Isaac con los brazos en jarras.

-Está feo que lo diga, amor mío -le espetó- ¡Pero ya está bien de mariconadas!…Yo te amo sin reservas…Por ti me he privado de tener un perro, por ti he aguantado al mochuelo disecado, por ti he dejado la bicicleta estática y he retirado a mis maestros…Pero tus reservas no pueden acabar conmigo. ¡Seríamos tanto o más felices si cocinaras lo de siempre!…Un asado, un estofado, un buen plato de cuchara…

Se acercó a él y le abrazó.

-Además de pensar en ti y en tu carrera  -suplicó sin poder contener las lágrimas-…¿No podrías pensar más en mí y evitar que la cocina invada nuestra existencia?

Meses después, en una de las calles más acogedoras de la zona vieja de la ciudad, se inauguró un figón de aspecto muy agradable y acogedor. Con una grafía tradicional, el rótulo decía así: Por un amor sin reservas – EL FIGÓN DE ISAAC-  Cocina sin reservas

Dicen que fueron felices. Y, naturalmente, comieron perdices.

Beethoven con polvorones

La crisis empezaba a hacer mella a su alrededor. Algunos amigos ya sabían lo que es madrugar para hacer cola en las listas del paro. Y aunque él procuraba seguir la máxima de necesitar pocas cosas -y las necesarias, necesitarlas muy poco- no conseguía sustraerse al ambiente de decaimiento general.

De repente se confiaba en que el Mesías, más que nacer para redimir nuestros pecados, redimiera este año las cuenta de resultados. Y aunque milagrosamente aún no era Navidad en el Corte Inglés, los supermercados ya se habían llenado de productos típicamente navideños.

-No todo van a ser malas noticias-se dijo Homper mientras llenaba la cesta de la compra- Ahora, puedes prescindir de esa filfa que se vendía como Surtido navideño.

Homper se sorprendía de que el Defensor del Pueblo no recibiera cada año miles de quejas por los variados horrores confiteros que se perpetran en nombre de la Navidad. Con lo ricos que son los turrones y los polvorones de siempre. Pero ni eso se libra del perpetuo afán del hombre por innovarlo todo. Bill Gates se empeñó en dar otra vuelta de tuerca al negocio y para sustituir al Windows XP impuso el Vista, que más que facilitarnos la la vida a los megatorpes nos la quiere hacer imposible. Los obradores de polvorones quisieron mejorar el tradicional estepeño, harina, manteca, almendra y ajonjolí, y lo han estropeado agregando sabores y vistiéndolos como si fueran vedettes del Folies Bergére. Pasen y vean, mantecados y polvorones de limón, de chocolate, de coco. Envueltos en fucsia, en plata, en oro y en lamé. Pues no señor, Homper es miembro de la SAPOTOV (Sociedad de Amantes de los Polvorones de Toda la Vida). Y a mucha honra: los experimentos, como recomendaba Eugenio D´Ors, con gaseosa.

Pero ahora, en los supermercados, puedes elegirlos uno a uno, y hacer tu propio surtido al gusto. De tal manera que Homper salió de la compra encantado de evitar los rellenos, las delicias, las marquesitas y otras golosinas intrusas que horterizan la Navidad. Dio la casualidad, además de que de repente llegaran a sus oídos los acordes de la Sonata a Kreutzer de Beethoven. Venían de una ventana de la casa vecina. Ya lo había notado otras veces, debía de vivir en ella un pianista-o una pianista:hay oídos que detectan el sexo del ejecutante por la calidad de las pulsaciones. Qué maravilla, se decía, algún día me quedaré a escuchar la pieza completa.

Y aquel día que tenía tiempo y que estaba tan contento por su elección se sentó en un banco al sol, posó su bolsa de la compra,  y se detuvo a escuchar el piano mágico de Beethoven interpretado por el pianista sin nombre mientras lentamente degustaba el primer polvorón de la temporada. Ni el fragor del tráfico urbano enturbiaba ese insólito, pero delicioso momento de solaz.

Quiso la casualidad que cuando el finale presto de la delicadísima sonata destila sus últimas notas, el bacalao congelado que junto con otros productos básicos acompañaba a los polvorones empezara a gotear. Lo cual sirvió de despertador a la conciencia de Homper. Mal que le pesara, estaba perplejo esta vez de haber caído en el insolidario pecado de vivir un rato de felicidad cuando tantos, en tantos sitios, lo están pasando tan mal.

¿Podremos?

Levantaba el nuevo presidente de los Estados Unidos los brazos agradeciendo su formidable victoria y sobre la tumba de su abuela, muerta unos días antes, se posaba un pajarillo.  ¿Dónde estaba Norman Rokwell para pintarlo?

Se escuchaba en el país el emocionante discurso de Obama y al reverendo Jesse Jackson, que fue el primer candidato negro en intentar su hazaña, se le corrían las lágrimas por las mejillas. Mientras tanto, otro Jesse apellidado Owens, que desbarató  ante Hitler la patraña aria deslumbrando  al mundo con su poderosa zancada, se colgaba otra medalla en el más allá. ¿Dónde estaba Frank Capra para filmarlo?

Salía por la tele esa anciana de 106 años llamada Ann Nixon Cooper, que no pudo votar durante años por ser mujer y además negra, y confirmaba que lo de ese cuatro de noviembre de 2008 había sido un milagro. ¿Dónde estaba William Saroyan para escribirlo?

Homper, el Hombre Perplejo, es de esa generación ingenua educada en el bonito engaño de que los Estados Unidos eran siempre los buenos de la película de la vida. Sus soldados salvaban a Europa de la bota de la Alemania nazi, Gary Cooper y James Stewart eran los delegados de Dios en la tierra. Ël particularmente había canonizado al tío Tom en su cabaña. Pensaba que no había melena rubia más seductora que la de Marilyn Monroe. Y sostenía, convencido, que el browni era el mejor pastel de chocolate inventado. Muy superior, por cierto, a la muy empalagosa tarta Sacher, a la que siempre le sobró la capa de mermelada de frambuesa. En ese país de película, Juan Nadie podía ser presidente. Y ahora un negro, que hasta hace apenas tres generaciones era menos que nadie, es elegido democráticamente  para sentarse en el despacho oval de la Casa Blanca y enderezar los muchos entuertos que afligen al tío Sam y, con él, al mundo entero.

Homper había anotado cuidadosamente lo que un día proclamó Martin Luther King: anoche tuve un sueño…El soñador pagó con la vida su empeño en luchar por lo soñado. Pero ya lo recordaba José Luis Garci en su  pésimo acento inglés, como corresponde a un chico de la calle de Narváez. Lo dijo cuando recogía el primer Oscar de Hollywood que ha ganado un cineasta español: sometimos dreams come trooth. O sea, que a veces los sueños se convierten en realidad.

Y a Homper le sorprende, sí,  pero también le alivia, y hasta casi le emociona que el pueblo estadounidense de vez  en cuando tenga el valor de creer que hay purga de Benito para curar las heridas del sueño americano. Entre otras cosas, porque, querámoslo o no, participamos del mismo.  Todo occidente fue moldeado a esa imagen y semejanza y Homper, aún en pañales, no fue excepción. Quizás ya es demasiado tarde para defenestrar los credos y los iconos de nuestra civilización.

Por eso, al menos mientras no aparezca ese feroz capitalista, ese memo iluminado, ese villano sin escrúpulos, ese Leonel Barrymoore que en las películas de Capra siempre jodía el viejo tinglado de la bella farsa, hay que mantener viva la llama de la esperanza. Pidamos paciencia a Wallace, el Pepito Grillo más contumaz entre los comentaristas de este blog. Don´t worry, be happy. Como insistía el nuevo presidente de los Estados unidos, podemos cambiarlo todo. Bueno, quiere decir Homper que quizás podamos…

Croquetas frente a la crisis

El presidente Zapatero está reunido con sus dos vicepresidentes (vicepresidente y vicepresidenta). Y, como es lógico después del fiasco del plan Bush para salvar la economía, dan vueltas a cómo vadear la crisis. En esto tercian las croquetas de Puri, que el Tesoro Público ha sacado a colación en una campaña de publicidad y que tanto ha mosqueado a la ministra de Igualdad. Qué error, qué inmenso error: abundan en la imagen de la mujer que ella trata erradicar. ¿Una mujer que hace croquetas? ¿De qué estamos hablando? Puri se dedica a la física cuántica, a la investigación de células madre o, como poco, a hacer desmontes con la pala excavadora. El presidente da la razón a Bibiana Aído, pero, como gran prestidigitador dialéctico, da la vuelta a la croqueta y ve en ella una buena idea -¡al fin!-para aliviar la situación que nos aflige. Recordemos el valor de la croqueta -le dice a Solbes- Difundamos el mensaje de que la desaceleración -nunca crisis- es más llevadera si las familias (y los familios) aprovechan a fondo el hueso del jamón, el pescuezo del pollo y las raspas del pescado para dar más sabor a este espléndido plato de la cocina tradicional. Contra el muermo de los pusilánimes y el catastrofismo de los antipatriotas, croquetas, croquetas para el bienestar.

Esto es un delirio, o una parida de las que Javier Capitán y el Duende aún se guisan a diario. Pero tiene su sustancia. Mientras que Forest Gump decía que la vida es como una caja de bombones, el Duende piensa que cada día es como una croqueta. El rebozo pinta más o menos parecido, pero luego le metes el diente y la cremosidad y el sabor de la bechamel marcan las diferencias.

Curiosamente en croquetas los grades pontífices como Adriá, Arzac o Subijana tienen mucho menos cartel que la Puri del spot o nuestra madre, pues de la misma manera que todos los españoles creen jugar al mus mejor que nadie, las croquetas que hacían sus mamás son siempre las mejores del mundo. Sólo tenían un inconveniente, al menos en los tiempos de austeridad que marcaron aquellas infancias de posguerra: eran demasiado pocas. En las cenas de familias numerosas, raramente sobraban, con lo que eliminaban el placer de la tornacroqueta, esa croqueta trasnochada que, a mitad de la mañana siguiente y con un vaso de vino, hace un tentempié insuperable. La croqueta, como el frito de merluza, es de los pocos manjares que dejá vue, gusta tanto o más que la primera vez.

En su simpleza, la croqueta -o cocreta, o cocleta, que de todas formas se dice- nos acabará dando una lección de filosofía práctica. Y es que no hace falta gastar mucho para ser feliz en la mesa. Al menos los diez minutos que puede durar un plato de ese manjar del que, como santa Bárbara, sólo nos acordamos cuando truena la economía.

Reivindicación del higo

(Foto de JCuerva)

Homper hubiera querido ser de pueblo. El que nacía en un pueblo en la España de la posguerra quizás tuviera menos oportunidades de hacer carrera que el urbanita, pero al menos tenía muy claras sus referencias. Aquí el ayuntamiento, allá la torre de la iglesia, más allá el prado de la tía Tomasa, en el pilón de la plaza el burro del tío Culomelón abrevando. Arriba el cielo, con el sol y las estrellas, abajo el camino, el río, la siembra, el huerto. Si trabajabas, sobrevivías.¿Y en la ciudad? Si la aventura salía mal, vuelta al pueblo. Era mejor y más entrañable ser de pueblo.

Además, los pamplonicas o los de Salamanca estaban orgullosos de su ciudad, pero a los madrileños les parecía que ser de la capital era como no ser de ningún sitio. Tan grande, tan embarullada, tan desparramada. Luego se puso de moda y alguien sentenció que Madrid me mataba, no se sabe si de un colocón, de quedarse sin respiración al ver el precio de la vida o de un ataque de nervios en cualquier atasco. A Homper sin embargo le seguía molando más pensar que tras guardar el tractor y lavarse para vestirse de bonito, en el pueblo quedaba la alameda. Por ella se podía pasear abrazando a la moza mientras se escuchaba el murmullo del río y del viento en las hojas de los álamos.

Pero en último lugar, como argumento definitivo, estaba el hecho de que en Madrid no era posible encontrar una higuera cuellodama y coger de sus ramas un higo en sazón para comérselo allí mismo. Sin pelarlo siquiera, que es más saludable para el tráfico intestinal.

Homper se lo recomienda vivamente. Un higo maduro robado directamente a su higuera madre es uno de los bocados más deliciosos del paraíso, y un argumento de peso que abona el buen tino de su inventor. Es el fruto perfecto: sabroso, nutritivo, fácil de comer y no demasiado caro. Pese a ello, en su pueblo de adopción, que es Candeleda, donde hay higueras por millares, no hay manera de que lo sirvan de postre en los restaurantes. Parece que mola más la tarta al whisky de Comtessa. Qué ninguneo al exquisito higo.

Reividiquemos su gloria: coman higos. No está muy claro de si se los debemos a Dios o al big bang, pero en tanto aclaramos las dudas, disfrutemos del placer de esta fruta maravillosa que, a pesar del deleite que produce, no es pecado mortal.

Qumram y la interpretación de la historia

La historia es una novela sujeta a la interpretación de algunos signos dudosamente fiables. En el último tercio del  pasado siglo el conde de Pinofiel rehabilitó un ala de su castillo roído por tiempo. El castillo se levantaba en la zona más suroeste de lo que entonces era Castilla la Vieja. Antes de colocar la primera piedra de la torre del homenaje encerró herméticamente en una caja de plomo algunos objetos curiosos: treinta monedas turcas con la efigie de Ataturk envueltas en una página de Camino, el libro de san Josemaría Escrivá de Balaguer, una liga de encaje negro anudando un sobre del Banco Vitalicio que contenía un mechón de cabello rubio, una reproducción de la famosa foto de calendario de Marilyn Monroe desnuda sobre una tela roja y una receta en sueco del pastel de zanahoria y nueces. Además introdujo una flor de edelwais seca y el fósil de un erizo de mar. Debidamente sellada y lacrada emparedó la caja en un hueco del muro mientras desafiaba al futuro. Me descojonaré desde el más allá-  dijo solemnemente antes de aplicar él mismo una paletada de mortero- el día que los arqueólogos y los historiadores interpreten este hallazgo. Y soltó una sonora carcajada para rubricar su travesura.

Se dató la época del año en que murió Tutankamón  por los restos de unas semillas que se colaron en su sarcófago. Ahora por unas muelas halladas en Newcastle  concluyen unos científicos que el hombre de Neandterhal no era tan bruto como lo pintábamos. Y el Duende, como el citado conde, se frota las manos imaginando los delirios historicistas que provocará el sorprendente contenido de la caja de plomo.

Uno supone que el deber del filósofo es buscar el por qué de todo. Pero la historia probablemente tiene muchas más razones que la razón también desconoce. Un ejemplo es un  amigo del Duende con ideas originales. Se trata de un castellano de nuestro tiempo, de origen humilde y sin estudios, que consiguió abrirse camino en la vida a base de trabajo y fino instinto de creador de empresas. A los cincuenta y tres años, después de haber vendido algunas ellas, había acumulado la fortuna suficiente como para retirarse en su pueblo natal. En todo ese tiempo había aprendido  de los libros como autodidacta lo que no le enseñó la escuela. Y entre esos saberes, precisamente, el propio conocimiento del libro y el deleite del bibliófilo. Su casa en la plaza de Peñafiel tiene tres pisos. Uno de ellos es para su despacho, otro para él, su perro y su gato. Y el tercero, acaso el más grande, para su formidable colección de libros. Jesús Solís posee además un pinar por el que pasea todos los días con sus animalitos de compañía, y una bodega de Ribera del Duero que produce un tinto que por la hondura y la calidad de su recio bouquet merecería aparecer en un bodegón de Velázquez.

 La gracia de esta historia es que el tinto de Jesús  se embotella con el enigmático nombre de Qumram.  Así se llama la aldea de Judea, a orillas del mar Muerto, donde en 1947 se descubrieron los novecientos rollos que contienen los documentos más antiguos que se conocen del Antiguo Testamento. En una descabellada hipótesis de futuro podemos imaginar a los sabios del siglo cuarenta y cinco de nuestra era interpretando el hallazgo de una de estas botellas en los sedimentos de un antiguo río desecado en el corazón de la Península Ibérica. ¿Fue Valladolid una provincia de Israel? ¿Pasaba el Jordán por donde hoy fluye el Duero?  ¿Fueron Isaías, Ismael, Samuel y Melquisedech finos sommeliers antes de convertirse en profetas? ¿Se escribieron algunos versículos bajo el influjo de Baco?

 Los que estamos en el secreto contemplaremos el despelote interpretativo con la misma guasa del travieso conde de Pinofiel. Ningún investigador podrá imaginar entonces que Qumram -la meca de los bibliófilos- encarna el sueño de un hombre que logró lo que todos soñamos y casi nadie consigue: retirarse a tiempo para disfrutar lo mejor de  la vida. Algo sorprendente en hombre sin cultura que, a la postre,  ha acabado siendo el más sabios de todos los sabios que uno ha conocido.


Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Podcast:

Escucha La Carcajoda, con Capitán

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 446,242 hits