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El efecto kaleidoscopio

Lo de girar el kaleidoscopio y descubrir una imagen nueva es fantástico, pero a veces tiene sus riesgos...

Lo de girar el kaleidoscopio y descubrir una imagen nueva es fantástico, pero a veces tiene sus riesgos…

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Tiene su encanto. Es como un infatigable ogro feroz, pero  si no has sido víctima de sus grandes desmanes tiene su encanto despertar, mirar por la ventana y saber que el invierno te recibe un día más con lluvia fina empaquetada en una niebla espesa. Es un amanecer espectral, y tú, que tienes algo de gótico o de romántico enfermizo, no puedes negar que disfrutas del cuadro. La luz de la luna llena velada por el manto de nubes se funde con la de un sol acojonadito, que cumple con su deber sin saber que  no podrá filtrar ni un solo de sus rayos en esta enésima jornada de borrasca. Los árboles deshojados se recortan contra el fondo grisaluzado del alba. Por entre ellos sólo echas de menos a Frankestein que avanza hacia tu casa dando tumbos o a un  par de zombis despabilados que te traen porras para desayunar. Qué pena que no esté contigo Tim Burton para aprovechar el decorado.

Toda esta descripción es solamente para decir que el día no puede pintar más lúgubre. En días así, mejor la mirada introspectiva o hacer girar el kaleidoscopio.

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Sostiene Homper que todos estamos en el kaleidoscopio, o que todos somos kaleidoscopio. Que él sólo veía a su vecina del sexto, una rubia bastante atractiva hija de judío polaco y de psicóloga argentina, como profesora de danza del vientre, hasta que ocurrió algo para él sorprendente. Homper no es un simple, sabe que enseñar la danza del vientre no significa ser un pendón, pero aún así se quedó pasmado cuando antes de las vacaciones de verano la danzarina se presentó en su casa para regalarle una orquídea blanca.

-Toma, vecino –le dijo mientras ponía el tiesto en sus manos- No puedo soportar que muera por mi culpa, así que te ruego que te la quedes, porque yo me voy con mi chico a Gambia para operar de los ojos a los niños que lo necesitan. Cuídala,     que yo te quedaré eternamente agradecida.

Su novio era oftalmólogo, y ella, además de bailarina, su abnegada y meritoria auxiliar. Todos somos algo insólito para alguien.

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A veces no hay más que dar un pequeño giro al kaleidoscopio para descubrir una faceta insospechada en las personas de las que tenemos elaborada nuestra ficha. Tu perplejidad  homperiana de esta sema fue descubrir que Darío Villalba, uno de nuestros artistas plásticos más laureados y con obra en los museos de arte contemporáneo de medio mundo fue nuestro único representante en los Juegos Olímpicos de Invierno del año 1956 que se celebraron en Cortina D´Ampezzo en la curiosa especialidad de patinaje artístico. Ahora esta disciplina ha cobrado mucho protagonismo gracias a uno de esos genios del deporte que de vez en cuando fabrica España. Un tal Javier Fernández ha estado a punto de conseguir medalla en Sochi en esta disciplina, y con tal motivo alguien escarbó en el historial de este deporte poco popular en nuestro país para traernos la imagen imprevisible de un Darío Villalba joven, recortadito, ceñido y encorbatado de pajarita en una pose más propia del famoso Toni Sailer que del artista bohemio y de torpe aliño indumentario con el que le conociste. Darío Villalba era hace cincuenta y siete años un guapo mozo, pero hoy luce como un intelectual voluminoso y ceñudo, como corresponde a los tiempos críticos que vivimos. Su obra se encuadra dentro de lo que un ignorante como tú llamaría arte angustioso. Los  cuadros, las esculturas, las fotografías y los famosos Encapsulados que avalan su carrera insinúan desasosiego y rabia, como si el artista tuviera muchas cuentas pendientes con la vida que le ha tocado vivir. No mala, por cierto. Pero pasa que cambiamos con el tiempo, que la procesión va por dentro, que todo hombre tiene varios hombres diferentes dentro de sí.

Y que si giras el kaleidoscopio, siempre descubres una nueva realidad insospechada.

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Ese mismo día algún cocinero famoso de esos que nos enseñan a comer –a nuestros años- alabó las virtudes de la carne del conejo, y tú, que jamás comes conejo, no se sabe por qué asimilaste su conseja culinaria. De tal manera que habiendo entrado en un supermercado para comprar el pan, la mantequilla, mandarinas, suavizante y vinagre de Módena, pasaste ante los cárnicos, viste un envasado donde ponía conejo y allá que lo pusiste en tu carrito de la compra. Impulso instantáneo.

Y fatídico. Otras veces el conejo se vende ya troceado, en bandejitas de poliestileno y envasado al vacío. Es mejor: acabarás cocinando carne, sin pensar mucho en el  mamífero de la que procede. .No se sabe por qué ceguera sobrevenida súbitamente tú no reparaste en que te llevabas en cambio el animal entero, con su cabecita, sus patitas su rabo y hasta su bandullo. Tu Neli, la asistenta, había dicho que lo guisaba muy rico, pero un flash de sensibilidad iluminó de repente tu obnubilado cerebro.

-¿Cómo la voy a obligar a descuartizar este cadáver?…¡Qué espanto!…

Estabas a punto de acostarte. Pero no hubieras podido dormir con ese remordimiento, así que te enmandilaste, buscaste la mejor cuchillería de tu menaje y a la una y media de la madrugada, con nocturnidad y alevosía, comenzaste tu macabra tarea. Entretanto, gruesos lagrimones se asomaban a tus ojos. Los fantasmas del Conejo de la Suerte y de Tambor, el conejito de Bambi, te acusaban desde el recuerdo de tu infancia, donde nunca hubo conejo alguno que mereciera tan cruel destino.

Es lo malo del efecto kaleidoscopio. Te crees un duende bloguero inofensivo, cambias la óptica y acabas descubriendo que llevas dentro a Jack el Destripador o a Sweeny Todd.  Menos mal que hoy domingo amanece en Candeleda  limpio y esplendoroso, y que todo lo verás más bonito.

Jamón, cultura y felicidad

Quién iba a decir que los jamones del hermano cerdo y la hermana cerda acabaran siendo cultura...

Quién iba a decir que los jamones del hermano cerdo y la hermana cerda acabarían siendo cultura…

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En una cuña publicitaria de ONDA CERO un niño habla con alguien que debe de ser su abuelo. Podría soltar alguno de esos mensajes acaramelados que se prodigan por Navidad, pero sólo dice que el jamón que se está comiendo está muy bueno. Se deduce que el presunto abuelo es el patriarca de una estirpe que desde hace generaciones se dedica a salar y secar jamones, y confirma que este les ha salido tan perfecto que sólo le falta ponerle nombre. Y entonces deciden bautizarlo con el patronímico familiar, que es Rodríguez. No tienes nada contra la noble saga de los Rodríguez, pero te preguntas si el jamón gana mucho con esa marca de cuyo arraigo jamonero no tenías la menor noticia. ¿Serán mejores los jamones de Rodríguez que los de Pérez o los de García? Qué zozobra, Señor, afrontar la Navidad con tales dudas.

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Esta temporada, al prestigiado e inefable Josemi Rodríguez Sieiro se le llenaba la boca recomendando los productos de Redondo Iglesias, también otro maestro jamonero. Y el hecho de que este pontífice de las buenas maneras y del mejor vivir en un minuto alabe los jamones de Rodríguez, al siguiente los embutidos Redondo Iglesias, a continuación diga maravillas del capón de Cascajares y finalmente te cuente que va a almorzar con la marquesa de San Eduardo, reaviva el brasero de los arcanos que te torturan. ¿Ofrecerá esta marquesa de aperitivo lonchas de un jamón Rodríguez  o de uno de Redondo Iglesias? ¿Pondrá de segundo plato capón de Cascajares u optará por un lomo de merluza de Ahorramás?…Te encantaría proclamar que tu mente es lúcida, y que  lo tienes claro. Pero no, definitivamente no sabes cómo procesar tantas lecciones de buen vivir como nos regalan los petimetres de los medios.

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Y sin embargo hubo un tiempo en que te prometían un bocadillo de jamón y aquello te parecía un billete a la gloria. En algunas tascas de Madrid se exhibía este manjar con truco: sacaban la mayor parte de la loncha por una punta del bocadillo y el pan sugería que dentro de su buche guardaba mucho más. Era una estampa de lo más típica, como la del pobre lechoncillo muerto exhibiéndose en los escaparates de las carnicerías de postín, sentado y sonriente cual si fuera un muñeco. Pasión por el cerdo, sin distinciones sobre su raza y origen. Cuando algo era excelente se decía que era un jamón. Y bastaba el añadido de serrano para que te sintieras un príncipe degustando con él la mejor de las meriendas posibles. Te sonaba eso de jamón de Teruel, de Montánchez y de Avilés. Aunque no te importase el color de la pata del cerdo, ni si este era ibérico, celta, cartaginés, visigodo o rosado, como los de los Tres Cerditos.

¿Jabugo?…¿Cinco Jotas? ¿Guijuelo? ¿Cumbres Mayores? Como si te hablaban de Vladivostok. La felicidad no exigía tanta información. El hedonismo entonces era tan rudimentario que te sentías feliz con sólo echarle el diente a un simple jamón serrano.

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Ahora os habeis puesto estupendos. Desde que el comer y el beber se elevaron a la categoría de cultura, esta es la única faceta de la misma en la que todo el mundo es experto. Hay que saber de vinos y de jamones como si de filósofos o científicos se tratara. Tú crees que son muy respetables y necesarias las marcas y denominaciones de origen, que mejoran el nivel de vida, crean riqueza y puestos de trabajo. Pero también piensas que tanta obsesión por el asunto y tanto protagonismo en los medios audiovisuales de cocineros, bodegueros, catadores y sedicentes gourmets revela una cierta decadencia de la civilización. Será esta más refinada, pero también más banal y estúpida.

Y, en tu ignorancia, añoras aquellos tiempos en que un bocata de jamón serrano sin marca alguna era tan sólo una magnífica merienda.

Camisa rústica y castañas asadas

Castañas y nietas1

Sospechas que es algo que le pasa a todo el mundo en esta sociedad de consumo. Un día abres el armario y encuentras algo que no sabes por qué está ahí, qué extraño genio te iluminó cuando lo elegiste, para qué lo comprarías,  en qué estarías pensando. A ti te ha pasado este fin de semana.  Amaneciste en el campo, hacía frío, tiraste del cajón de las camisas reparaste en una de esas de grandes cuadros en algodón grueso que no te pones nunca. Lleva el logotipo ostentoso de Pedro del Hierro, que según dicen es un modisto muy fino, pero en tu imaginario particular este tipo de camisas los leñadores canadienses, los tramperos de Connecticut y esos héroes solitarios de algunas películas del Oeste que se presentan en su pueblecito de Montana y hacen un gran pedido de alambre, púas, martillos y picos para levantar una cerca y proteger sus pastos contra las vacas del malvado Mac Creary, ese antipático ranchero con cuadrilla de matones que además de creer que todo el monte es orégano da por hecho que es de su propiedad.

O sea, estás hablando de una camisa rústica y ligeramente llamativa. Y del por qué demonios la compraste, cuando sabes de sobra que lo tuyo debería ser la sobriedad y la discreción. Lapsus, despistes. Le pasa a casi todo el mundo.

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Un joven de ahora que ha mamado leche de la sociedad de consumo se pondría en tu lugar  una camiseta y le regalaría la camisa de marras al que le repara su Bultaco, que luce un tupé y unos patillones tipo Elvis, pero que los domingos pesca truchas con cucharilla en los ríos de León. O la despiezaría para convertirla en trapos para lustrarse sus botas de tacón cubano. Y a lo hecho, pecho, ni pizca de remordimiento por la mala compra. Lo malo es que tú perteneces a la generación en la que cualquier cosa por la que has pagado dinero debe tener su utilidad, a ser posible la original. Así que, algo a tu pesar, te la pones, te cubres con un chaquetón y te echas al monte.

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Sorprendentemente, como si el hábito hiciese al monje, la camisa a cuadros te ha transmitido energía. Hace un año que no cogías una herramienta de jardín, pero como la mañana fría deja lucir un sol esplendoroso y hay tantas hojas por recoger, y la espalda ya no se te queja, te tienta volver a la acción. Así que te lías a rastrillar, a desbrozar un ratito con la hoz y la horca, y a acumular ramas secas y zarzas para hacer un fuego con ella y quemarlas. Y aunque no aparecen por ahí los Siete novios para siete hermanas para serrar troncos y bailar luego con esas campesinas tan monas de falda vaporosa y pololos, asoman tus nietas, que vienen de recoger castañas en una cestita rosa, todo como muy pastelero y cursi.

Y, cansado ya de tu primera peonada post neoplasiam, te sientas con ellas y asáis castañas sobre las brasas. Salud bien, chicas monas, castañas deliciosas. Hay días que vale la pena hasta ponerse esa camisa horrorosa que no te pondrías  nunca.

Desayunos sin brújula

¿Será posible que con la de veces que has desayunjado a lo largo de tu vida aún no tengas claro cuál es tu desayuno perfecto?...

¿Cómo es posible que después de tantos años desayunando aún no tengas claro cuál es tu desayuno ideal?…

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Desayunas un kiwi, una ciruela, un poco de esos cereales que llaman Muesli con leche y café. Lo del kiwi, que no te gusta mucho, te lo metieron en la cabeza cuando la quimioterapia hacía de las suyas y dificultaba el tránsito intestinal. Que curiosa palabra la de tránsito: tanto se utiliza cuando alguien muere  como cuando necesita laxantes. Supongamos que ese es tu caso. Afortunadamente.

Hoy ha caído ese desayuno, otros días tomas tres galletas Digesta, cuando te da, tostadas con aceite, tortas de ídem, roscón cuando es época o cualquier tipo de bollo o bizcocho. Y si hay porras o churros recientes, eso sobre todo. Viva el colesterol. Tú ya tienes lo tuyo, pero desde que los análisis te dijeron que tenías el índice de colesterol perfecto te das al aceitamen y a la chacina hasta lo que te pide el cuerpo. Tus arterias bien, aunque tu barriga no engaña. Lo notas en los agujeros del cinturón, que siempre te gustó llevarlo apretado hasta el último ojete. Ahora te oprime, para qué te vas a engañar. Pero te importa menos porque ya estás en edad senatorial, y a estas alturas de la película, y con chaqueta, como te gustará volver a llevar cuando el larguísimo y calidísimo verano se retire, la silueta de señor clásico disimula las curvas.

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Especulas con lo variable e indefinible  que es tu desayuno porque vives días de nosequé. Debe de ser un fenómeno típico de estas temporadas bisagra, en las que no se sabe si aún es verano u otoño, si hay que cambiar el fondo de armario o no, si hay que poner en marcha algún buen propósito o desengañarse de él cuanto antes, si es mejor escribir y salir a pasear o pasear y después sentarte a escribir, si hay que estudiar un curso de alemán o apuntarse al gimnasio, si mantienes tu tertulia o solicitas el ingreso en la Sociedad de Amigos de las Micología.

El caso es que a la duda proverbial de la época añades la tuya personal y constante, que manifiestas hasta en los detalles más insignificantes de la vida. Hace poco, revisando papeles, veías escritos tuyos de diferentes momentos y observabas cómo tu letra cambia de un año a otro. Unas veces letra grande, otras pequeña, a ratos recta, luego tumbada. En ocasiones los rasgos son muy marcados. Poco después tu pluma parece que ha derretido las aristas, y dibuja unos trazos largos en los que es difícil adivinar palabras inteligibles. Qué caligrafía tan mutante. Como tus desayunos.

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Como tú mismo. ¿Licenciado en derecho, publicitario, empresario varado, comunicador, rapsoda, humorista, caricato o excéntrico, como te titulaba el epígrafe fiscal en el que te encuadraba el antiguo IAE?… Llevas unos días intentando encontrarte a ti mismo, y pensando en la necesidad de ordenarlo todo: tus prioridades, tus gustos, tu plan de vida, tu forma de presentarte, tus papeles, tu casa. Para que seas capaz al menos de encontrar el cortaúñas cuando lo buscas. Dios, qué caos.

Luego te acaba venciendo la indefinición, y sigues en tu tiovivo, incapaz de detener tu caballito en una opción, y de ser lo que antes se llamaba un hombre de una pieza.

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Y a ti te divierte, crees que incluso te compensa esta forma de ser/no ser. Aunque lo cierto es que la historia acaba perteneciendo a los que lo tienen todo claro, y están convencidos hasta del desayuno que hay que tomar antes de ponerse en marcha  y arreglar el mundo.

Estampa de perro mirando al mar

Perrro en Ibiza1

Te acercas de nuevo al blog mientras preguntas en qué consiste la felicidad, y por qué este verano creías que eras feliz, cuando eso de la felicidad siempre te pareció un cuento, un imposible metafísico, una proclama voluntarista de seguidoras de la Señorita Francis.

Luego te miras el estilo y te dices que cómo vas a escribir de eso sólo tres días después de que a tu pueblo, que es Madrid, le dieran por el COI, no se sabe si porque el COI es la leyenda negra resurrecta o porque en realidad no somos tan estupendos como nos contaban. Por cierto…¿qué sabe el pueblo? Casi nada de todo. Sin embargo le bombardean  con slogans de famosos, datos, informes, estados de opinión y monsergas de los politólogos, y allá que va creyéndose el elegido. Y cuando se cae del guindo se mosquea, llegan los lamentos y se siente el objetivo de la conspiración universal de los enemigos de España. Menos mal que esta vez no ha intervenido la pérfida Albión.

Quizás Madrid 2020 iba a Buenos Aires de sobrado. O de engañado. No es que seas insensible al estupor y a la zozobra colectiva. Sientes el fiasco por los bien intencionados y los ingenuos. Pero recelas  del negocio olímpico, que es como en realidad se deberían llamar a los juegos, igual que de cualquier otro opio del pueblo.

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Así que te fijas en el perro que miraba el mar desde el muro de piedra y decides escribir sobre él. El perro en realidad es una perra llamada  Swing, que al atardecer se sube al murete de piedra y se entretiene mirando el mar del sur de Ibiza. Quizás espera uno de los bellos juegos cromáticos de la puesta de sol, que primero encenderá los acantilados de punta Porroig y luego matizará de un rojo cinabrio los dos cabos que se divisan por detrás de este. Se supone que Swing no tiene sensibilidad para apreciar estos detalles, pero el caso es que la perra parece feliz y se queda embelesada contemplando el paisaje.

Tú la acabas de llamar por su nombre, y la perra ha vuelto la cabeza.

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Aunque Swing quizás no lo aprecie, verá un jardín de arbustos y plantas aromáticas que proyectan hacia el cielo un pequeño bosque de verdor. Hace quince años en ese lugar había un pedregal. La perrita también ve  por encima de la mancha verde una casa de puro estilo ibicenco. En su terraza hay un señor y una señora rubia de elegante figura que leen cada uno un libro. También hay otro que mira. Mira a la perra que miraba el mar, mira el panorama, mira el monte de pinos, sabinas, enebros, madroños, brezos, jaras y abundantes lentiscos, hendido en su mitad por una torrentera, que rodea a la casa. Mira, en el fondo del cuadro, el Mediterráneo.

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Ese otro eres tú. Tú querrías explicar que estás ahí invitado por la pareja que lee. Le dirías a Swing que son tus amigos, unos de esos buenísimos amigos que, desde que te diagnosticaron la neoplasia esa que ahora parece dormir, tanto se han ocupado de ti. Tu amigo suele dejar comentarios en este blog firmando como un aristócrata. Se titula duque, marqués, barón…Falso: es un impostor. Oculta que sólo atesora la aristocracia de la inteligencia y el trabajo. Los réditos de esa otra aristocracia le permitieron hace años asentarse en la isla y poner a disposición de su señora una tierra que ella ha acabado de convertir en un paraíso. Ella es una apasionada de Ibiza y de la jardinería, con la que hace maravillas. También prepara una ensalada de garbanzos con confit de pato sublime, amen de otras delicias orientales. Es sensible, delicada y tímida, pero vaya si manda. Tienen hijos y  nietos, todos sanos y sonrientes. También una piragua en una cala cercana, con la que salen cada mañana a remar para conservar la línea. Incluso eso les ha salido bien.

Le dirías a la perrita Swing que hay otras maneras de ser feliz, aunque a ti particularmente esta es de las que más te convencen. Pero tampoco hay que distraerla. Que gire la cabeza y vuelva a componer la bella estampa de perra mirando el mar.

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¡Freude, amigo Simon Rattle!

Por razones evidentes nunca olvidarás esa Novena SInfonía de Beethoven que dirigió SImon Rattle en Madrid...

Por razones evidentes nunca olvidarás esa Novena SInfonía de Beethoven que dirigió Simon Rattle en Madrid…

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¡Alegría, bella chispa divina, hija del Elíseo!…Beethoven fue un genio, un talento de esos que autorizan en el creer en el género humano, por muchas barrabasadas que este haya hecho a lo largo de la historia. Schiller tampoco debió de ser un maula, aunque tú confiesas que lo has leído poco. Su famosa Oda a la Alegría, convertida después por el músico de Bonn en el coral más célebre de la historia de la música, es el grito de júbilo más solemne y universal. Épico, lírico, triunfal. Sublime.

Pero los tiempos cambian. Hace poco, en la celebración de una boda muy modelna, de esas con jueza redicha, poemitas cursis, discursos tópicos y cuestación final por hacerse con un retazo de la liga de la novia, la música que sonaba no era la Novena Sinfonía, sino una curiosa canción de Extremoduro que dice así:

Si me espera/ la muerte traicionera/y antes de repartirme/ del todo, me veo en un cajón,/ que me entierren/ con la picha por fuera/ pa que se la coma un ratón.

Tú, tan antigualla, escuchabas la letra y te quedabas perplejo como Homper. El novio era DJ, o sea, disk jockey, o sea, el que pincha los discos. Lo cual que una de dos: o era sordo como el propio Beethoven, cosa poco probable en su oficio, o tenía un puntito de masoca. Porque presentarse ante la que va a ser tu esposa deseando que te entierren con el carajo al aire para que se lo coma un ratón no es de recibo. Todos sabemos que el matrimonio comporta sacrificios para ambos cónyuges, ma non tanto.

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Eso confirma tu sensación de que casi nadie repara en la letra que a veces lleva la música. ¿Son conscientes los hijos de la muy burguesa República Francesa de que su gloriosa Marsellesa culmina su proclama deseando que una sangre impura empape nuestros surcos? Qué cosa tan macabra, como si todos los franceses llevaran dentro  al siniestro Doctor Petiot. ¿Han pensado los asturianos que a su Principado le da poco lustre que ellos tengan que subir al árbol, tengan que cortar la flor y dársela a su morena que la ponga en el balcón? No se entiende el silencio de las feministas ante el Asturias patria querida convertido en himno. Como tampoco se comprende la resignación de los mozacus. ¿Acaso, para ser rigurosos con  la igualdad de sexos, no debería citarse también  a mi moreno? ¿Es que ellos no tienen derecho a poner la flor en su balcón?.

Claro que esta omisión es una minucia, porque lo chocante es que nadie cayera en la cuenta de que hay muchas formas menos bobas de hacer patria. Bastaría repasar las letras de todos los himnos vigentes para concluir que entre tanta retórica sangrante, reivindicativa, absurda y, desde luego, pasada de moda, es casi una suerte que nuestra Marcha Real sólo pueda ser tarareada. La escuchas, miras al cielo transido, como Sergio Ramos, y a hacer historia con lo que te pongan por delante. Pero sin decir demasiadas tonterías.

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A propósito, era la Filarmónica de Berlín la que la tocaba, y el Coro del teatro Real quien lo cantaba, pero ¿sabía alguno de sus componentes quién es el Elíseo al que apela Schiller? Te imaginas las explicaciones. Eliseo, primera acepción: campo de París por donde paseaban las muchachas en flor. Eliseo, segunda acepción: nacido en el palacio del mismo nombre, residencia oficial del presidente de la República Francesa, donde al parecer se ha fornicado mucho a lo largo de la historia. Eliseo, tercera acepción: profeta del Antiguo Testamento que tuvo como hija a una bella chispa divina, luego cantada  por Beethoven en el cuarto movimiento, coral, de la famosa Novena Sinfonía. Eliseo, cuarta acepción: extremo del Málaga Club de Fútbol. Eliseo, quinta y última acepción, que es una interpretación personal tuya: algo así como la divinidad.

Se podría haber escrito simplemente Dios, pero a los poetas les gusta enredar. Además, al personal  le daba exactamente igual: dirigía Simon Rattle, que, como todos los titulares de la gran orquesta berlinesa,  también es de casta divina. Aunque quizás no tanto como su predecesor, Herbert Von Karajan.

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Tomaba éste café con tres colegas suyos, todos grandes batutas del siglo XX, cuando uno de ellos, Carlo María Giulini, contó que la noche anterior se le había aparecido Dios para confirmarle que era el mejor director del mundo.

-Qué raro –objetó George Solti- Hace nada el mismo Dios me aseguró que, como además de gran director soy un excelente pianista, el mejor indudablemente era yo.

-No me lo creo.. –terció el genial Leonard Bernstein- Porque a mí lo que me aseguró Él es que teniendo en cuenta que soy un fenómeno como director, un virtuoso al piano y un excepcional compositor, está claro que el mejor soy yo.

Y entonces Karajan, sin alterar el gesto, apuró el último sorbo de su café y en uno tono de voz apenas perceptible puso punto final a la polémica.

-Perdón, caballeros. Pero no recuerdo haber dicho nada al respecto.

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Rattle no es Karajan. Afortunadamente, según dicen algunos látigos del que fue el más vanidoso de los divos. Simon Rattle es sin duda una figura de la dirección, su Filarmónica de Berlín es la orquesta perfecta, y la Novena Sinfonía de Beethoven  la pieza más excelsa de la historia de la música clásica.  Pero aunque no fuera así  serían aclamados hasta el delirio allá donde sonaran, porque esta tríada  integra eso que se llama un icono cultural. La gente se rinde ante estos fenómenos indiscutibles consagrados por los gurúes de la inteligentsia. En consecuencia, los VIP y los famosos pagan  fortunas para escucharlos en directo y por ser vistos allí. Y tú, que llevas toda tu vida escuchando música clásica, y presumes de tener no mal oído, te sigues sorprendiendo ingenuamente de que así sea cuando otros conciertos de gran calidad y asequibles para cualquier bolsillo, pero con menos estrellas en el cartel, no llenen ni la mitad del auditorio. Aunque Beethoven siga siendo el mismo.

¿Sobra marketing? ¿O falta criterio?

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Curiosamente la palabra rattle  en inglés significa ruido, sonaja, sonajero, cascabel, traquetreo. Sin embargo la orquesta del maestro inglés tocó como los ángeles, y la Oda a la Alegría final de la Novena Sinfonía  fue la coda idónea para culminar tu semana de buenas noticias. A este esperadísimo concierto te llevó tu buen amigo Manolo Gasset, uno de los que de forma más insistente  se ha preocupado por tu salud, que luego además te invitó a cenar un salmorejo y unos exquisitos dados de atún en Casa Emma, deliciosa tasquita junto al Mercado de San Miguel. Excelente plan: gran concierto, buenos momentos, mejores amigos. Beethoven también entendería que ese día, y aunque fuera por lo bajini,  terminaras cantando  su famoso Freude con más razón y más emoción que  nunca.

Cosas que tirar y otras cosas que guardar

...Hay cosas que se deben guardar por lo que que te recuerdan y lo que te ayudan a ser feliz...

Hay cosas que se deben guardar por lo que que te recuerdan y lo que te ayudan a ser feliz…

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Deambulas por tu pequeño palomar, como cualquier día que amanece, y después de mirar el despuntar del sol mientras tomas el café pones tu mirada en uno de esos objetos conmemorativos con pedestal de mármol  que algún día te entregaron con las mejores intenciones. No lees el mensaje grabado en la plaquita correspondiente, por no ofender los buenos sentimientos de quienes te querían homenajear. Te imaginas entonces que eres Kant, que el objeto es una piedra cualquiera, y que la placa en realidad dice: Al maestro Emmanuel Kant, para que no busque más la piedra filosofal. Congreso de Königsberg 1802. Piensas que la piedra del ilustre pensador también acabaría cubriéndose de polvo, y que un día cualquiera, después de mucho balanceo entre el empirismo y el racionalismo, detendría sus ojos en ella y se preguntaría.

-¿Para qué carajo quiero esto en mi biblioteca, si sólo sirve para recordarme lo que recuerdo perfectamente y encima me ocupa unos centímetros cuadrados en la biblioteca?

Imaginas también que por las calles tranquilas de la ciudad prusiana donde nació y de la que nunca se movió pasa el afilador. Das por supuesto que este afila bien los cuchillos, pero que desafina notoriamente cuando canta el afiladoooor, como supones que harían en su tiempo los afiladores prusianos. Y comprendes perfectamente que, por puro ejercicio de la razón pura, el gran filósofo cogiera la piedra filosofal de su anaquel de sabiduría y se lo arrojara por la ventana al mal Caruso.

-Perdone, pero es puro pragmatismo –le diría- De una parte, me libro de una inutilidad por la que también hay que pasar el plumero. Y de otra, espero corregir así su mal oído, que va en detrimento de su noble profesión.

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Te salen las ínfulas de tirano que todos llevamos dentro y piensas que si fueras rey absoluto mandarías al destierro a todos los que idean, promueven, fabrican o entregan los objetos conmemorativos o trofeos inútiles y generalmente horrorosos. Ya sean estatuillas, monolitos, metopas, placas o cualquier otro elemento de tortura visual y de castigo para el trapo del polvo.

Recuerdas en cambio que una vez que fuiste a Albacete con tus compañeros de la radio para hacer un programa allí la alcaldesa te regaló una navaja cabritera  con tu nombre grabado en las cachas. Recreaste por un momento lo bien que se cortaría el chorizo con dicho y instrumento y llegaste a la conclusión de que aquella alcaldesa era la más lúcida de España.

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Te preguntas por qué a nadie se le ocurre lo de la alcaldesa de Albacete- lástima no recordar su nombre- con otras variantes. Por que no se homenajea con sacapuntas, pelapatatas, linternas, abrechapas, sacacorchos, pastilleros, destornilladores, rizapestañas, cepillos de dientes, cortaúñas conmemorativos. Algo que quepa en cualquier cajoncito, que sea útil y que no tengas que acabar arrojando por la ventana al jefe de la Tuna  implacable que tortura con su serenata o depositándolo vergonzantemente en un contenedor de basura.

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Estabas esta mañana con el alma fofa, errática, tibia, ni contenta ni triste. De esas veces que te da por indagar en el sentido de la vida, vano empeño, o examinar tu entorno inmediato y preguntarte por su razón de ser. Qué propósito tiene conservar un logotipo comercial de presunta plata convertido en objeto decorativo, un recuerdo de Blois, un Manneken Pis que ni siquiera tiene la pilila en espiral para servir de sacacorchos , un espanto de reproducción de un fragmento de la antigua muralla de Zaragoza, un Quijote de cerámica con cara esmirriada de mariquita de urinario o una geometría que aparenta una formación de cristal y que cuando la tocas resulta ser de metacrilato. Te ríes entonces, recordando aquel condenado que entraba en el infierno de una película de Woody Allen.

-Yo fui el inventor de los muebles de metacrilato- decía el desdichado visiblemente arrepentido de su horrible pecado.

Tú encajas el aviso divino, inicias tu propósito de la enmienda y arramblas con todo lo que no se puede aguantar ni un minuto más. A continuación lo metes todo en un saco de basura de los grandes y sales a la calle buscando inútilmente el contenedor de tonterías y vanidades, que aún está por homologar.

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Pero no hay mal que por bien no venga. En tu deseo de hacer algo de orden y de separar la mucha ganga de la poca mena recuperas un libro de tu amigo y compañero que fue en RNE Jorge Prádanos. Se titula Recetas de andar por radio, y es una pequeña joya de la cocina más sabrosa y sencilla. Te lo dedicó el 15 de mayo de 2011, cuando te invitó a su casa de Sevilla, recordando que muchas de ellas habían sido comentadas al alimón con el padre Bonete en el programa que hacías con la troupe de Julio César Iglesias. Jorge era un espíritu inquieto de registros exquisitos, sensible y entrañable. Tanto se volcaba en la cocina como en la poesía o en la música, aportando a la radio de entonces una originalidad, un humor, una categoría y un refinamiento que hoy se echa en falta. Jorge murió hace unos meses, a ti te llamó su mujer Yoyi, que es también poetisa

-Encontré tu número de teléfono entre algunos de sus últimos papeles- te dijo entre lágrimas.

Te quedaste con la boca abierta, no supiste qué decirle.

Unos meses después no es el panegírico que se merecía su marido, pero piensas que sí es al menos el reconocimiento de que su libro y su recuerdo te han salvado el día tonto. Le has limpiado el polvo, lo has repasado, lo has recolocado entre tus tesoros favoritos y, gracias a él, vas a almorzar unas carrilleras de ibérico según la versión de de un humanista de la gastronomía. Siempre  recordarás a Jorge por su sonrisa, por su cariñoso trato,  por su buen gusto y por los muchos de sus estupendos platos que aún piensas disfrutar antes de reunirte con él a seguir riendo de casi todo. Mil gracias, amigo, y descansa feliz.

El pollo de Carpanta

La esperanza  de hoy no es el pollo de Carpanta, pero va en la misma línea...

La esperanza de hoy no es el pollo de Carpanta, pero va en la misma línea…

1

Qué buena suerte tuvo tu hermana Paloma.  Le operaron de apendicitis y no sólo le regalaron bombones, sino que al final de su convalecencia en la Clínica del Rosario le sirvieron de comida pollo asado.

Ahora cualquier niño se reiría, vaya, pues qué tiene de  extraordinario el pollo asado, pero entonces un pollo asado era un pollo asado. Tu abuela Mercedes Pena, que perteneció a una familia de posibles hasta que entre viajes a Bayreuth y una malhadada quiebra se quedó a dos velas, sólo alimentaba dos sueños. Uno, volver a escuchar a Wagner en su salsa, cosa que no te explicabas, porque la pobre tenía un oído desastroso. Otro, comerse un capón asado. Capón la abuela, que al menos había conocido de joven el esplendor y la opulencia, pero sus nietos erais más clase de tropa, y soñabais sobre todo con el pollo asado que aparecía en los tebeos como un maná para redimir a los españoles del hambre de posguerra. El pollo de Carpanta.

2

Era un pollo macizo y doradito, perfectamente colocado en una fuente con las patas apuntando a las alturas, como esperando la bendición del cielo. Y simbolizaba la obsesión de Carpanta, un pobre muy digno, con el aspecto desaseado y semibarbado de todo vagabundo, pero con cuello duro y sombrero. A Escobar, el dibujante que lo creó, le llamaron la atención desde las alturas.

-Oiga, joven. Que en la España de Franco no se pasa  hambre.

Y a partir de  entonces Carpanta en sus historietas  sólo pudo tener “apetito”, que es menos hiriente que el tener hambre. Bueno, pues tú debías de tener  mucho “apetito” cuando fuiste a ver a tu hermana Paloma y entró la enfermera con el plato de pollo asado, porque lo cierto es que a partir de entonces deseaste que a ti también te operaran para poder consumar en tus propias carnes –algo magras por entonces- el gran sueño de Carpanta.

3

Tenías once años cuando después de unos días de vómitos, borborigmos y dolores en la tripa el tío Federico decretó que había que operarte a ti también. Ingresaste en la Clínica de la Fuensanta, te operaron de apedicitis, recuerdas el olor del cloroformo, el lento y angustioso despertar  de la anestesia, un agudo dolor en el vientre, el reencuentro con la realidad y el asirte a la esperanza.

-Mamá –le preguntaste a tu madre, que te cogía de la mano- ¿Cuándo me van a dar el pollo asado?

Fue la primera  lección de que en esta vida no se `puede anhelar en demasía. Porque te tuvieron un día a en ayunas, un par de días más a dieta líquida, los dos siguientes a dieta blanda, uno más a tortillas francesa y jamón de York y cuando te dieron el alta no había asomado por la habitación blanca el famoso pollo de Carpanta.

Menos mal que por una vez fuiste reivindicativo, y, una vez en casa denunciaste el agravio comparativo con Paloma y reclamaste tus derechos adquiridos. Hasta que un día tu madre sue fue al mercado de la Paz, compró un cuarto de pollo, lo asó como te gustaba, bien churruscado, y te lo sirvió a ti solo en un plato especial mientras tus cinco hermanos miraban y esperaban a otra operación para calmar al carpantita que todos los españolitos de entonces llevábais dentro.

4

Te sonríes con ternura recordando a Carpanta mientras esperas que te recoja tu hija para llevarte al hospital donde van a reparar tu vértebra chafada. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, y no harán más que inyectarte un cemento resinoso, recomponer la pieza que aguanta enhiesta tu figura y, de paso, erradicar los dolores que son al cabo la única secuela verdaderamente molesta de tu tumor. Para la operación de apendicitis del año 1957 te hicieron una raja en el vientre de unos diez centímetros, y te mantuvieron en el hospital no menos de una semana de convalecencia. Para esta que llaman cifoplastia ingresarás esta tarde y te darán el alta mañana. Hoy las ciencias adelantan que es una bestialidad, y tampoco las esperanzas son idénticas, aunque vayan en la misma línea de ingenuidad y de aprecio por los valores elementales.

-Mamá, ¿cuándo me van a dar el pollo asado?- no dirás cuando despiertes de la anestesia.

Son otros tiempos y otras circunstancias. Ya no aspiras a comerte el pollo de Carpanta. Sólo a pasear,  tal vez volver a trotar algún día como un viejo maratoniano y, desde luego, a disfrutar de la vida que llevas redescubriendo desde que te sacaron la tarjeta amarilla.

Mejor en lo peor

El carbonero común no quiere saber nada de la encuesta de la EPA...

Afortunadamente, el carbonero común no quiere saber nada de la encuesta de la EPA

1

Cuando despiertas aún está la luna llena suspendida en el cielo para recibirte.

-Buenos días.

Buen detalle.

Sin duda se ha percatado del feo vicio que te persigue desde que a Franco le dio por morirse gota a gota y esperabas anhelante el parte del equipo médico habitual, o sea, que la luna te ha sorprendido ya escuchando la radio. Tus padres se engancharon a Marconi durante la Guerra Civil para escuchar el parte, tu generación se hilvanó con el transistor en la transición para quedar definitivamente cosido a él el 23 F. A tenor de lo que escuchas hoy, si no tienes el corazón de piedra pómez, como parece a menudo por la frialdad de muchas de tus reacciones, debes empezar por cuestionar los buenos deseos de la luna.

-Buenos días…¿de qué?

Resulta que la EPA le ha dado a nuestros barandas el enésimo machetazo en sus planes de recuperación. Y que entre las urgencias de la troika europea y las drásticas medidas de nuestro gobierno, la cola del paro, de la miseria y de la desesperanza crecen y crecen sin cesar.

En estas condiciones la luna debe entender que sea casi irresponsable sentirse a gusto y considerar, simplemente, que hoy pueda vivirse un buen día. Así que organizas tu primer soliloquio moral de la jornada en torno a este debate: ¿es legítimo ir a contracorriente y sentirte hoy mejor que antes de la encuesta de la EPA?

2

No lo puedes evitar, pero te has retirado al campo a tomarle el pulso a la primavera y ese primer contacto con la naturaleza después de días capitalinos te ha puesto contento. Con perdón. Recuerdas los teatrillos con que jugabas de niño, en los que tras una estructura de cartón gruesa silueteada y decorada como el telón de una bombonera del siglo XIX colgaban una serie de decorados que le daban profundidad al escenario y enriquecían la perspectiva. Primero un bosque, luego una montaña, en otro decorado un verde prado surcado por un río, y en el forillo del fondo, sobre un risco empingorotado en el que se recorta la luna, un castillo iluminado. Y circulando por entre ellos y las figuritas de los personajes, tu propia fantasía, impaciente por aproximar aquella mentirijilla plástica a la realidad soñada.

Algo de esa magia encuentras en la nueva visita a tu observatorio de Gredos. Lo que es en invierno una vista desnuda de los árboles caducifolios rendidos de tristeza es ahora una explosión de vida vegetal en distintos planos por entre los cuales te mueves con la misma emoción con que lo hacían las princesas y los caballeros de capa y espada en el teatrillo de cartón. Será una belleza efímera, como la de todas las primaveras, pero entretanto ayuda a olvidar la cruda realidad.

3

¿Es legítimo distraerse así mientras tu país se duele de miseria y de indignación? Te encoges de hombros incapaz de vislumbrar siquiera una sola receta. En estos momentos das gracias a Dios de no ser nadie. No ser Rajoy,  ni ningún otro político, ni el Papa,  ni empresario, ni gurú de la economía, ni banquero, ni hombre de pensamiento, ni periodista, ni tertuliano, ni gente de peso en la sociedad. Estás feliz de ser una anotación al margen. En estos momentos incluso no le tienes ninguna envidia a Dios. Probablemente él también está abrumado por las estruendosas meteduras de pata de su  querido género humano.

-Debería haberle hecho un poco más listo-estará pensando- Ahora todos me señalarán a mí como responsable último de esta carajera.

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Entretanto dos simpáticos carboneros picotean en tu ventana, y suscitan otras dudas más asequibles, aunque tampoco las sabrás contestar. ¿Son pareja? ¿La misma pareja de todos los años, que quiere anidar bajo el mismo hueco de la misma teja?¿Vienen aquí porque les gusta el sitio o para presumir, porque saben que los miras?

Entretanto pones en marcha la primera fabada que piensas tomar desde que los médicos te pusieron en estado de alarma. Estos mismos médicos han decidido que el tumor está tranquilito y contenido, y que tú quedas libre de obligaciones hasta el control de junio y sólo debes responder a lo que te pide el cuerpo. Esta misma semana atendiste a la invitación de Julia y probaste tu salud despachando los huevos encapotados que te prometió en este mismo blog. Deliciosos. Y comoquiera que que el invierno nos quiere dar este fin de semana su último beso, y van a bajar las temperaturas, y tienes las fabes y el compango esperando desde hace meses, y has consultado con tu amigo Pablo Estrada, natural de Grado, los tiempos de cocción y la recomendación de coronar los ingredientes clásicos con una cebolla, un tomate y una zanahoria, que deberán retirarse al final con toda la grasa superflua que absorberán, y además te encanta la fabada y puedes echártela en la andorga con la seguridad de no convertirte en un Vesubio en erupción sobre dos piernas, pues te pierdes en estas debilidades y te olvidas de que la vida es un drama.

5

Ma non tanto. El martes, a la vuelta de tu última revisión con indulgencia cuasi plenaria sonó el teléfono, levantaste el auricular y escuchaste una voz fresquita y tierna, perfectamente modulada.

-Abuelo. Estoy muy contenta porque sé que estás…-y aquí la voz más repipi del mundo de tu querida nieta Marina  titubeó prudentemente-… mejor.

Estás mejor, como aventuraba la niña repipi, cuando todo está peor. Y crees que, aunque  suene a afrenta, debes proclamarlo. Porque es cierto que sólo eres uno entre cuarenta millones de españoles, pero en esa infinitésima proporción, gracias a ti España está ligeramente menos peor.

 

Resurrección

Resurrección1

Resulta que una cadena de televisión programa una serie sobre la Biblia y arrasa en audiencia. Es natural, te dices, el libro de los libros está lleno de escenas de lo divino y lo humano. A ti casi te apasionaban más estos pasajes que aquellos. A saber, Caín liquidando a su hermano a golpe de quijada de burro, Sansón derribando las columnas a las que estaba encadenado, Moisés separando las aguas del mar Rojo,  Salomé llevando en bandeja la cabeza del Bautista, Josué y las famosas trompetas de Jericó, el pobre soldado Malco desorejado por San Pedro,  y Jesús resucitando a Lázaro. Donde no había acción había magia.

¿Cómo no iban a aprovechar eso los cineastas norteamericanos? Repasaban las Escrituras por encima y luego hacían esas películas fascinantes que te fijaban en la butaca del cine Colón o del Príncipe Alfonso con un pegamento infalible. Entonces todas las de ese género eran de romanos, aunque cupieran en ella tirios, troyanos, cartagineses, bárbaros y  hasta el sursum corda. Luego vinieron los cultos latiniparlos del séptimo arte y las definieron como peplum. Da igual, con un nombre u otro siempre te apasionaban. Y te reconforta que así siga siendo, pues ese espíritu ingenuo que respiraban te hacen sentir cada vez que las ves el aliento de lo humano y de lo divino.

2

Dicen los evangelios que cuando murió el Señor, el día se oscureció hasta confundirse con la noche, se desataron las furias de la naturaleza y se rasgó el velo del templo de Jerusalén.

--Verdaderamente, ahora se que este hombre era el Hijo de Dios- dijo sobrecogido el soldado que acababa de traspasar de un lanzazo el cuerpo de Jesús.

No venía en el Nuevo Testamento, pero tú sabes que aquel soldado era Longinos, porque te lo explicó un cura  del mismo nombre al que de niño le preguntaste por qué se llamaba casi como un reloj de marca. Se sabía bien la historia del santo de su nombre, y te dijo que luego el lancero, arrepentido o literalmente acojonado, pidió la baja en el ejército romano y se convirtió en un eremita para alcanzar la santidad.

Y tú, cosas de chaval, imaginaste que otros soldados de Quo Vadis o de La túnica sagrada se llamarían Certino, Dogmo, Omego, Duwardo o Cauno. O sea, como Longinos, pero derivados de otros relojes que sólo conocías entonces por los anuncios.

3

Te has acordado hoy de Longinos porque es domingo de resurrección, y escuchabas la Pasión según san Mateo de tu venerado Bach mientras fuera seguía llorando el cielo. Lloraba aún a  pesar de que este debería de ser un día especialmente gozoso.

Entretanto guisabas a fuego lento unas patatas a la riojana, que es una gloria de nuestra cocina, y luego las despachaste tan a gusto con tu hija y tus nietas. Y aunque hace sólo hace unos días la química de tu tratamiento te hacía las digestiones imposibles, jugaste después una partida de parchís con ellas junto a la chimenea  y te sentiste feliz. Poco a poco la tarde se metió irremisiblemente en agua y y así, gota a gota, se acabó abatiendo  la noche del día más importante para la cristiandad.

Tal vez no sea demasiado respetuoso mezclar en tu meditación lo humano de este plato tan racial con lo divino de la celebración del día. Pero te rondaba por la cabeza Longinos, y concluyes que, después de su fechoría,  peor lo tuvo él para llegar a la santidad, y sin embargo lo logró. Además, probaste tu salud repitiendo de patatas con chorizo, con lo que en cierto modo tenías que celebrar también tu propia resurrección. Aleluya, aleluya.

Del poder estimulante de los huevos encapotados

Si crees que la crisis y el estado de tu país te importa un huevo, tal vez te consuele que sea encampotado...

Si crees que la crisis y el estado de tu país te importa un huevo, tal vez te consuele que sea encapotado…

1

No sabes qué plan de estudios regía en 1912, cuando seguramente empezó el colegio tu padre. Ignoras por tanto si había estudiado latín, pero él era un hombre leído y que escribía  mucho. Poesía de corte juanramoniano y prosa barroca de frases largas, con muchas subordinadas, muy distinto a cómo se escribe ahora. Sí le recuerdas en cambio añorando en la lengua de Cicerón.

-O témpora, o mores.

Oh tiempos, oh costumbres.

Venías con ese regusto de cenar con tus hermanos y tu prima Ana María –la hija del capitán Figuerola-Ferretti- en casa de tu hermana Paloma, porque el menú, después de unas alcachofas con gambas y antes de una deliciosa tarta de hojaldre, incluía como plato fuerte huevos encapotados. Nada de nouvelle cuisine, ni de genialidades de Adriá criofilizadas ni de chorradas con sabor a algo: huevos fritos envueltos en bechamel, rebozados en pan rallado y pasados nuevamente por la sartén. Algunos no recordabais haberlos tomado desde que dejasteis la casa paterna, pero a todos os encantaron Recordasteis los tiempos ingenuos en los que un huevo encapotado parecía una cena de lujo, y acabasteis cantando una vieja canción, supones que zarzuelera, que os enseñó la tata Emilia, natural de Tariego, provincia de Palencia, y fallecida a los ciento cuatro años: Pastorcito, pinturero/ vas a ser la pesadilla de las niñas de Madrid/ cuando vayas a la Bombi / los halagos femeninos todos serán para ti…

2

Crees que este barniz de ingenuidad te blinda contra los problemas que afligen a España y que te afligen a ti, pero luego resulta que te echas a dormir y sueñas con que tu pulmón espía a tu bazo, y tu bazo colocaba micrófonos ocultos en el hígado para averiguar quién es el auténtico responsable de tu cáncer, cosa que aún no tienes muy clara. Sigue  Morfeo hilvanando absurdos y sueñas con que tus vértebras dorsales han saqueado las arcas de tu salud y han colocado sus fondos en una cuenta secreta de Suiza. Calculas si ha subido tu prima de riesgo, si vas a rebajar el déficit de vitalidad que te impone tu tumor, si están corrompidos tus entresijos y acabas despertándote sobresaltado haciendo al destino una peseta tan poco elegante como el inefable Bárcenas.

-O témpora, o mores- susurras- Qué tiempos aquéllos en los que ignorábamos que pudiéramos llegar a ser, además de tan granujas, tan tontos y mal educados.

Te crees un maestro del escapismo, y dices que a ti plim, que para eso eres duende o así. Pero no, en el fondo hasta tus sueños están contaminados de realidad amarga. O sea, que, como decía John Donne, no eres una isla, nadie es una isla, todo lo que concierne a tus compatriotas te concierne a ti, y qué difícil es que no te pringue la mierda nacional. Te pongas como te pongas, si llegan a doblar las campanas por tu viejo y querido país, también doblarán por ti.

Así que más madera, que es la guerra. La guerra contra el desánimo, la guerra contra la depresión. El combate inteligente por estimularse con lo que algunos indocumentados llaman la felicidad de las pequeñas cosas. Si nos hunde la crisis y se nos destartala la madre España,  que al menos sigan respondiendo esas hermanas que invitan a huevos encapotados.

Gracias, ratita

Mientras la humanidad aclara lo que está bien o lo que está mal hacer con los animales, que San Antón bendiga a llas ratitas que ayudan a los enfermos...

Mientras la humanidad aclara lo que está bien o lo que está mal hacer con los animales, que San Antón bendiga a las ratitas que ayudan a los enfermos…

1

Te despiertas estupendo y abres el dietario con algo que te suena a gran frase: toda felicidad es  a costa de alguien.

Recuerdas entonces a la cantidad de héroes anónimos a los que debes parte de tu bienestar. ¿Quién fue  el chispa valiente que se encaramó en los años treinta a la torre de Telefónica desafiando el vértigo y el viento como cuchillas del Guadarrama para anclar la antena que iba a unir por teléfono a los españoles? ¿Quién el artista que plantó el Giraldillo en la cúpula de la catedral de Sevilla? ¿Qué santo o santa limpia los retretes públicos donde se alivian diariamente los habitantes de las grandes ciudades? ¿Quién se aventuó a  fijar aquel noray en el rompiente más peligroso de la Costa da Morte para que amarraran los barcos a punto de naufragio?¿Qué ángel de la guarda te espera día y noche en una furgoneta del SAMUR o en la sala de urgencias de un hospital?

Item más, en otro orden de cosas: ¿quién fue el paciente peón anónimo que hace siglos construyó, piedra a piedra, esa preciosa pared cubierta de musgo que cercaba su tierra y que hoy admiras desde la ventanilla del tren más que una escultura de Chillida o un  edificio de Niemayer?

Probablemente toda alegría es también  a costa de alguien.

2

Luego miras al calendario y matizas tu pensamiento. Toda felicidad es a costa de alguien o de algo. Porque aunque ya se habla de bioética y las sociedades protectoras de animales trabajan lo suyo, un bichito sigue siendo nadie. Y te acuerdas de los patrocinados por San Antón, que también te acogió a ti y te prestó su nombre para que lo añadieras al tuyo, demasiado corto y esaborío. Luis Antón pinta más. Claro, que ya estás un poco harto de derramar filosofía barata, así que juegas a la ucronía y te imaginas en la cola de feligreses que acuden a su iglesia de Madrid con su animalito preferido para implorar la bendición del santo.

-¿Y cómo trae usted ese animal tan asqueroso?- te dice con gesto de repugnancia una digna dama que trae a su pareja de perritos Black & Withe adornados con lazos rojos.

-Ya ve, señora. Agradecido que es uno- le responde exhibiendo orgulloso a su rata más querida.

Y por qué no iba  uno a buscar la bendición del santo para la hermana rata, con lo agradecido que le te tienes que estar. La de perrerías que habrán hecho con sus parientes para probar la farnacopea que ahora te puede salvar la vida.

3

No te consta si B.B. se nacionalizó rusa finalmente como protesta por aquellos elefantitos tuberculosos que un tribunal de Lyon condenó a muerte en aras de la salud pública. Tampoco qué castigo reciben los que matan rinocerontes en furtividad para lucrarse con el supuesto poder  afrodisíaco de su cuerno molido. Te inhibes en el debate toros sí o toros no, y ante el derecho de los pollos a viajar a su matadero con el espacio suficiente como para calmar los escrúpulos de ciertos diputados británicos, que exigen muerte digna hasta para el gallináceo que luego te comes en un cucurucho de Kentucky Fried Chicken. Últimamente te declaras objetor de cochinillo por motivos de conciencia, y estás estudiando rechazar el foie de las ocas del Perigord por el mismo motivo. Pero al cabo no sabes si te mueves por buenismo o por racionalismo. Se empieza a hablar de bioética como una nueva norma de moral social y resulta que esta se apiada de los toros, de los roedores y de aquellas otras especies que más han  facilitado el avance de la medicina y el cabreo de Brigitte Bardot, mientras que pasa olímpicamente del resto de los abusos que el hombre comete sobre el reino animal. Está muy bien evitar que maten las focas a estacazos para salvar su preciosa piel, pero, como decíamos del Kraken: ¿no sufre también e mejillón cuando es arrancado de de su batea? ¿Y qué me dicen de la langosta que es hervida viva mientras el  Lúculo de turno se anuda la servilleta al cuello y entretiene su gazuza con una fuente de jamón de Jabugo? ¿Por qué nos avergüenza llevar un abrigo de piel de nutria y no unos zapatos de boxcalf?…

-Es que esto de la ética y la sensilidá es mu correlativo –te explica Doña María con su ingenua gramática parda.

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Como el eterno debate entre nucleares sí o nucleares no. O el crecimiento del gasto frente a la contención del déficit. O la prioridad de la gestión pública sobre la iniciativa privada. O la pelotera por el derecho de autodeterminación y por reformar la estructura  del estado. O la necesidad de salvar el derecho del nasciturus frente al del  aborto. A estas alturas de la película el llamado homo sapiens debiera detener estas cuestiones más o menos claras, y no jugar a ser Penélope, destejiendo una generación la alfombra moral y legalque sus predecesores creían acabada. Pero no: lo único que ahora podemos tener claro es que no tenemos nada claro.

Así que tú a lo tuyo. Que san Antón bendiga a la asquerosa ratita que quizás te salve del tumor mientras el género humano discute sobre cómo no arreglar el mundo. ¿De qué iban a hablar si no los periódicos de mañana?

 

Crisis y otros misterios de Navidad

Herodes

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Recuerdas al despertar el 25 de diciembre que es el aniversario de Charlot. Murió hace ya bastantes años en su casa de Vevey, Suiza, junto al abeto, que sería elegante, discreto, sin el espumillón y aquellas bolas doradas que adonaban el árbol de Plácido, y de todos lo plácidos que había en España cuando reinaba la ingenuidad. A más lustre y abigarramiento de adornos, más sentimiento de la Navidad, creíamos entonces Te pareció una muerte bonita, simbólica: rodeada de nieve y al calor de la chimenea. No se si al final llamaría al servicio, que según el marqués de Leguineche disfruta tanto cuando los señores mueren con la debida prosopopeya. Tú de pequeño creías que las muertes, para ser dignas, tenían que ser como las que pintaban Pradilla y Casado del Alisal, o sea, con reyes, chambelanes, pajes y alabarderos alrededor, mucha gualdrapa y damasco, representando todos un duelo parecido a  la venganza de don Mendo, pero en luctuoso. Luego resulta que uno se muere de cualquier manera y no pasa nada

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Se te ha quedado grabada la fecha de la muerte de Chaplin por la contradicción entre lo que te reías con él y la pena de que se despidiera en “estas fechas tan señaladas”. Sin duda olvidabas que los espíritus de la Navidad  vuelan por entre las estrellas con un gancho colgando que en cualquier momento te atrapa en el más acá y te deposita en el más allá. No te asusta nada eso.

¿Cuántas Navidades has pasado ya? ¿Cuántos de  los que cenaron contigo y cantaron villancicos en tus nochebuenas siguieron después el camino de Charlot? No están, pero están, y siguen estando: has pasado revista y no se te han olvidado. Ni tus abuelos, ni tus padres, ni tus suegros, ni tu hermano Carlos, ni tus primos y primas,  ni tu amigo Félix, ni tu cuñado Gonzalo, el último decir hasta luego.

Cuando eras niño, y aún joven, estas ausencias te entristecían. Ahora las vas encajando en tu almario como una precisa pieza de marquetería sentimental. Incluso sonríes por ellos, que están en otra fase de la vida. Luego te sale el Sancho Panza femenino que llevas dentro –vulgo Doña María- y valoras que no tengan que esperar a que se vaya nadie para retirarse, ni deben recoger nada, no tienen que hacer orden en la casa, ni que poner el lavaplatos, ni pasar la fregona, ni la escoba. Mejor aún: pueden olvidar la comida del día de Navidad, porque anoche cenaste como un heliogábalo y el cuerpo sólo te pide silencio, depuración y sueño. ¿Y si sólo te alimentaras de recuerdos para celebrar la llegada de Emmanuel?…

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El tuyo es un barrio popular que en estas fechas era asaltado por Papás Noel trepadores que subían por las fachadas supuestamente para dejar en las casas sus regalos. Hasta este año, claro. Entre tanto paro, impuestos, recortes, ERES y otras miserias los Santaclauses han dicho que trepe Rita, que para qué van a hacer el ridículo, allí colgados como ahorcaditos, pasando frío y chupando contaminación, si no tienen nada que dejar.

No hay más que mirar a las luces de las calles comerciales, y al tráfico. A medianoche de un sábado víspera de Nochebuena la calzada central del Paseo de Recoletos de Madrid se movía con fluidez y en la penumbra, y ni siquiera el imponente edificio de la Biblioteca Nacionalmerecía iluminación especial. Tu amiga Pepa se había pasado la mañana en tiendas cool de la Milla de Oro, y comentaba que en todas ellas era la única cliente a la vista. Tú mismo aprovechaste tu obligada espera en el Hospital de Sanchinarro  -análisis a las 9 horas y reunión con la oncóloga a las 12- para escapar al cercano Hipercor y hacer unas compras. Sólo buscabas un pijama de franela, pero cuando entraste en ese inmenso templo del consumo  atestado de productos relucientes y completamente vacío de consumidores sentiste el mismo pánico que inspiraba el siniestro hotel aislado en la nieve de El resplandor. Ya lo habían dicho nuestros políticos, y el polémico Draghi: se acabó la fiesta.

4

Escuchas la radio y el noventa por ciento de las tertulias abundan en qué va a cocinar usted para los grandes ágapes de Navidad y Año Nuevo. Cualquier ocasión festiva es buena para llenar la andorga, pero excesos, los justos. Y sin embargo reconoces que a ti, aunque te duela la crisis, te gusta este efecto simplificador colateral. Es más: se diría que te encanta que la Navidad vuelva a ser una fiesta a media luz. Tu mujer aporta su consomé y su pavo trufado, tu cuñada Belén unos caracoles guisados con cierto toque cuartelero que hacen templar al Misterio y lo que bautizó como “cocktail de los sixties”, es decir aquel salpicón de gambas, merluza ensalada y mayonesa que estaba de moda en los sesenta, buenísimo y tan fácil de engullir. Tu otra cuñada Carmen una pularda rellena exquisita. No hay que pelear abriendo ostras, ni luchar contra la armadura de las langostas, ni chupetear percebes. Cocina con cariño, buen vino y basta.

Tú deberías ser  prudente. Acabas de salir de la quimioterapia y en teoría estás desganado y con el estómago revuelto. Pero pruebas el primer bocado, se te asienta el cuerpo y el impulso de la Cortisona hace el resto. Comes desaforadamente, hasta que el corsé aprieta y echas el freno. Luego cantas villancicos con las niñas, y acabas recordando que estás pachucho para retirarte a una hora discreta.

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Mas no sólo de pan vive el hombre…De la misma manera que se han replegado los Papá Noel trepadores, se ven más colgantes en los balcones con ese Niño Jesús de herbolario anunciando que Dios ha nacido. Parafraseando a La Codorniz, se podría decir  que donde no hay sobreabundancia y publicidad, resplandece la verdad  En medio de tanto fasto gastronómico, la tele hace un paseo por los mejores nacimientos de Madrid, y una nieta observadora repara en un personaje evangélico que le tiene a mal traer: Herodes. La niña se enteró de la matanza de los Santos Inocentes y desde entonces, con toda la razón,  no entiende nada y le lanza continuas  preguntas a su abuelo.

-Pero bueno, si los Reyes Magos eran tan buenos…¿por qué no le dijeron  a Herodes donde nació Jesús?…¿No se hubieran salvado así los niños esos inocentes?…

Pues sí, quizás se pasaron los Magos. Tampoco lo entiendes tú, ni sabes qué decirle a la niña, salvo que la Navidad, con crisis o sin ella, está llena de misterios difíciles de resolver.

 

 

Totus Tuus, Tito

No eres ninguna figura del fútbol, pero estás en el mismo club que Tito, y te sientes tan protegido como él...

No eres ninguna figura del fútbol, pero estás en el mismo club que Tito, y te sientes tan protegido como él…

1

El jueves 20 de diciembre sales de tu penúltima sesión de radioterapia  a vas la otra radio, la que aún se alimenta de voces y de música. Acudes a RNE por cumplir un acuerdo y dar fe de vida. Ya no tienes que molestarte en parecer ingeniosillo ante el micrófono, ni en hacer risas, ni mucho menos en  arreglar el mundo con un pensamiento preclaro o una frase genial. Apenas se te pide un detalle de de lo que eras, como a esos toreros que un día fueron figuras y acaban sus días de peones de brega. Un quite, un poner en suerte el toro para que se luzca el maestro, unas banderillas  graciosas a lo sumo.

Y estás encantado de tu papel de secundario.

Lo importante ese día no te concierne a ti, aunque a la postre te afecte. Y mucho. La noticia del jueves es que a Tito Vilanova, el entrenador del Barcelona ha recaído en su cáncer de parótida. Tú recordabas que hace un año pasó por un grave problema de salud, pero no creías haber leído en su caso ni la palabra cáncer ni la palabra tumor. Quizás aún imperaba el eufemismo como protección contra el severo mal. Ahora recae en su enfermedad y el cáncer sale del armario sin el menor recato. Ya no da mal agüero a terceros, ni yuyu, ni resulta tan extraño y odioso para la mayoría de la gente. Mejor es un gordo de la Lotería, claro, pero el que no tenga un tumor, o un pariente, o un amigo, o un conocido con él, que levante la mano.

2

Sorprendentemente, la enfermedad maldita está dejando de ser tabú y se convierte por obra y gracia de los famosos que la padecen en un buen motivo para la solidaridad y, en cierto modo, la admiración. Es un banderín de enganche al que se apunta hasta el último de la fila. En el mundo del fútbol hay conmoción. Tito Vilanova no es una estrella, más bien se comporta como un tipo discreto y refractario al protagonismo. Pero lo valiente no quita lo cortés, o la rivalidad no mata lo humanitario. En estos casos tó er mundo es güeno. Y desde el  Madrid hasta el Iliturgi,  acaba recibiendo de todos los equipos un vendaval de adhesiones que casi comprometen a los más fieros enemigos del Barça.

-Totus tuus, Tito-parecen decir parafraseando el lema de Juan Pablo II.

Tú te quedas pasmado. Raro, ¿no? ¿Pues no dicen que la envidia   forma parte del patrimonio nacional?… Contrario sensu esta desgracia de un gran triunfador debería provocar millones de alegrías. Si bien en el fondo estás encantado de que no sea así, porque aunque Tito sea del Barça y tu equipo sea el Aleti, ahora ambos estáis en el mismo club.

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Pertenecías al club Escépticos sin Fronteras, al Círculo de Escritores sin Escritos, al de Sufridores del Atlético de Madrid (en pleno proceso de reconstitución), a la Federación de Amantes de los Juguetes de Hojalata, al ateneo de Náufragos del Pensamiento Cierto, al parnasillo de Poetas Varados, a la Cámara de Adictos a los Polvorones,  a la Liga de Adoradores del Mago Tamariz, a la de Amiradores de Bach, a la Asociación de Discípulos de Groucho Marx y-admítelo, aunque ahora vayas de bueno-  a la gran Cofradía de Odiadores del Dale a tu cuerpo alegría Macarena. Aunque todas estas organizaciones te parezcan irrelevantes en este momento.

Ahora tu vida ha cambiado, y pones tu vista en otros puntos del horizonte. Ahora, cuando sólo eres uno más entre miles de afectados por tu enfermedad en los que antes ni reparabas, la gente se interesa por tu salud,  te cuidan, te miman y hasta te jalean por pertenecer al mismo club que Tito Vilanova. Y eso que tú no vas a hacer campeón de Liga a nadie.

Y el efecto es fantástico. El Totus Tuus que iba para el entrenador del mejor equipo de fútbol del mundo resulta que también es Totus Tui. No es que todos tus familiares, amigos y conocidos se afanen en agradarte. Es que este mundo,  que de puro absurdo y rompepelotas estaba dispuesto a acabarse el viernes, empieza a desplegar ante tu mirada las miles de pequeñas razones por las que, como recuerda siempre Frank Capra por estas fechas, ¡Qué bello es vivir!

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El viernes  aún llevas en la boca el regüeldo de la quimioterapia, que no es justamente el bouquet más agradable para empezar el día. Sin embargo, después de acabar con tu radioterapia, un café con tostadas en grata compañía femenina se convierte en Desayuno con diamantes.

 Luego ves a una niña rubia con coletas vestida de pastorcita dando saltos en el Auto de Navidad del Colegio Estudio al compás de las dulzainas y rabeles y casi se te saltan las lágrimas de la emoción, porque la obra tiene su encanto naïf, y estás convencido de que tu nieta será una Scarlet Johanson deslumbrante.

A continuación te llevan al campo. Y cuando llegas a tu casa de piedra en el monte apenas un lucecita y el tenue resplandor de la luna ya muy menguada que se cuela entre el espeso celaje de nubarrones plomizos te transporta a una atmósfera mágica, muy de cuadro de Caspar Fredrich  o de película de Tim Burton.

Luego cenarás una espinacas a la crema y gracias a la Cortisona, que potencia tu apetito hasta para comerte a un fraile por los pies, te parecerán como firmadas por Paul Bocusse.

Finalmente la paz del bosque de castaños y robles, el silencio de la noche sólo roto por el murmullo del chorrito de la fuente y el apacible manto del primer amago del invierno más bondadosos que se recuerda amparan tu sueño.

-¿Será esto para tanto como dicen? –te preguntas sorprendido de tu propio bienestar antes de dormirte.

5

El Cyanopica  Cyanus, vulgo rabilargo, no deja de ser un córvido estiloso vestido por Armani. Picoteando las aceitunas de los olivos aún entre dos luces puede parecer un pájaro ligeramente siniestro, porque el sábado amanece gris y encelado. Es la primera estampa de vida animal que ves  al asomarte por la ventana en la mañana inaugural del invierno. Da igual, el avechucho te parecerá  tan precioso como un tucán o un guacamayo Jacinto. No sabes por qué, pero ahora has pasado de ver la botella medio vacía a verla del todo llena, como si antes tuvieras trastocada tu escala de valores.

Mientras desayunas dos tostadas de pan de hogaza con aceite y un café con leche, ya sin ningún regusto químico, ves también dos petirrojos jugueteando sobre la hierba al calor del primer rayo de sol del domingo. Sales al aire libre, doce grados de invierno de mentirijillas, paseas por el jardín estirando lo brazos entre las bolas rojas del acebo y los cotoneaster, todo muy navideño, y aunque tu fe es de la categoría porsi por si es vedad  lo que nos contaban los curas en la escuela, que decía Doña María- te pones estupendo.

-Gracias, Señor, por enseñarme a tiempo lo que vale un peine- te atreves a decir por lo bajini.

Y te acuerdas de todos los que no han tenido la suerte de caer en el club del Totus Tuus, Tito. Es osado aventurarlo, pero quizás  no sepan lo que se están perdiendo.

Jóvenes admirables


Esta fotografía ha sido tomada del blog manuelmadriddelgadoblogspot.com
Dicho sea con el respeto que merecen sus derechos de autor y en la confianza de que nuestra admiración por la calidad de la imagen compense el abuso de confianza. Gracias, Manuel.

1
Le da al escribidor por debatir consigo mismo si está el día para ser moderadamente feliz. Qué riesgo. El País Vasco, cada día más cerca de ser otro país. Nuestra Constitución, de la que tan orgullosos nos creíamos, cayendo como un castillo de naipes. ¿Qué pasará si Cataluña y las antiguas provincias vascongadas se ponen chulas y consuman su suprema pedorreta a la ley de leyes? ¿Servirá la Unión Europea de barrera de contención a a su independencia, o hará la misma vista gorda que hicieron cuando eran Alemania y Francia las que incumplían con el déficit? ¿Resucitamos a Narváez, a Serrano, al implacable Weyler, a Martínez Campos, a O’Donnell y a cualquiera de esos espadones que no se la cogían con papel de fumar para restablecer el orden?

¿O contemporizamos, y admitimos que esto del imperio de ley es una filfa, y que no hay más ley que la que dictan los que saben que esta no se atreverá contra ellos?

O sea, no estaba el día para caramelizar el ánimo. Pero velay las ventajas de ser superficial: había cogido el bloguero unos boletus del campo, cocinó un risotto con ellos y se le puso buen cuerpo. Además: en un buzón había una carta. Para más milagro, era una carta manuscrita. Y ya al borde de éxtasis, descubrió que la firmaba una mujer joven.

Más aún: estaba escrita en inglés, y encima se entendía.

2
Catherine Hood es la novia de Jack Spearman, un sobrino inglés de los varios que coinciden en la familia política de este duende. Catherine y Jack pasaron un fin de semana en Candeleda, y , como es natural, se hospedaron en casa de sus tíos. Ese fin de semana el Duende estaba pero no estaba, pues tenía que presentar en Arenas de san Pedro el Festival Boccherini. El Duende sospechaba que Boccherini no es un Justine Bieber, ni Shakira, ni siquiera Bisbal, que probablemente les entretendrían más, pero como sabía que no podría pasar mucho tiempo con sus sobrinos les invitó a que se acercaran a Arenas con su hija Isabel y escucharan esa delicada música de los tiempos de la peluca, la polvera y el rapé. La joven inglesa, a la que apenas conocía de dos encuentros anteriores, no sólo le gustó el concierto, sino que tuvo el emocionantísimo detalle de expresar su agradecimiento por escrito. Como en el siglo pasado. Le puede tanto la vanidad a este duende que no resiste la tentación de saltarse a la torera la inviolabilidad de la correspondencia y airear las últimas líneas de la carta:

Pedrojuan (es el pintoresco nombre de la finquita) is an incredibly beautiful house, and the garden too, and it was so nice to walk in the countryside around with Jack, hearing the bells of the goats ringing.

Muchas gracias (en castellano). Best wishes.

Catherine

O sea, de la Ritirita de Boccherini al bucólico tintineo de las esquilas del ganado. El detalle de una carta en estos tiempos, la educación, la sensibilidad. Juventud, divino tesoro cuando sabe balancear la delicadeza con la justa indignación. que correrá por sus venas. Motivos, seguro, no le faltarán.

3
Esa misma noche escucha el Duende con estupor y preocupación que está entre los pocos españoles cuya economía no ha empeorado. Es verdad: por ahora, la Caja de la Seguridad Social cumple con los pensionistas. Toca madera.

Así las cosas, se distraen los jóvenes con la tristeza de Cristiano Ronaldo, los pases de moda Xabi Alonso y de Piqué, el bebé que espera Messi o con cantantes de moda, Seguras y otros frikis museables. Se ríen y abrazan al botellón por no llorar. Tantos MBA de lujo y tanto JASP para acabar mendigando un puesto de trabajo en Alemania o en Shanghai. Qué poca envidia no ser joven, aunque sea con dolor de espalda. Le duele decirlo, pero lo siente así. Lo de la España invertebrada de Ortega empieza a parecernos paraíso.

Tanto más dolor porque hay muchos jóvenes valiosos que no sólo se van de España por sobrevivir, sino que nos dejan para siempre. Hay uno en particular que le obsesiona desde que hace un mes supo de su muerte. Se llamaba, o se llamará siempre, Nacho de la Mata Gutiérrez. Le impresionó tanto conocer su vida, tan corta como fructífera, que empezó a escribirle un post y lo dejó en agraz, suspendido temporalmente, por temor a que no quedara a la altura de las circunstancias. Lo tiene que rematar.

Por homenaje a su figura y quizás a la de tantos jóvenes ejemplares de los que este duende, ignorante enciclopédico y obsesionado en sus propios alifafes físicos o mentales, suele pasar.


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