Archive for the 'Gastronomía' Category

Cerezas en el Paraíso

Es tan agradable pasear a la sombra de los cerezos mientras coges sus frutos y te los llevas a la boca que casi parece pecado...

Es tan agradable pasear a la sombra de los cerezos mientras coges sus frutos y te los llevas a la boca que casi parece pecado…

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Fue una suerte cantar con tu coro del CEU en el encuentro coral de Candeleda el pasado sábado. Al maestro, un músico riguroso que considera fundamental el ensayo de los domingos a las 20 horas, se le movió el corazón, y relajó por un día su disciplina karajaniana para suprimirlo. Demasiado apresurado volver a Madrid para esa hora después de una noche de canto y copas. Demasiado tentador el sol de junio y el paisaje de la zona como para no abandonarse al ocio. Menos mal: llevas tiempo diciéndole que jubilarse para tener que regresar el domingo a Madrid como si fueras un currante en activo no es jubilarse. A la música estás dispuesto a entregarle mucho: uno, tres, diez domingos al año. Pero la primavera es efímera. ¿Cuántos lunes te van a esperar los cerezos con su fruto bonito, pleno de color y reluciente?

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Te levantas y paseas entre los cerezos desayunándote cerezas frescas. Buscas el modo de adjetivar esa manera de ir cogiendo cerezas de uno y otro árbol, con la misma indolencia con la que en las películas de romanos aparecían picoteando frutos en sus banquetes los emperadores. Recuérdenlo, iban Nerón o Calígula, pasaban ante un frutero desbordante de color y de sabor y pellizcaban una uva o una cereza para masticarla después enarcando la ceja con evidente perfidia gestual mientras con la mano libre le tocaban una teta a la favorita de turno y con el pensamiento contaban los cristianos que devorarían sus leones en el circo. Cómo eran de perversos aquellos romanos de película.

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Josep Pla decía que lo fundamental para el escritor es saber adjetivar. Tú lo primero que piensas es en coger cerezas y comértelas a capricho, pero en ese momento te salta a la memoria otro modo adverbial que se le ocurrió al letrista de aquel himno religioso a la Virgen que cantabais en el colegio durante el mes de mayo: Venid y vamos todos/ con flores a porfía/ con flores a María/ que madre nuestra es. Cantabais como loritos: ¿se preguntó alguien alguna vez qué significaba a porfía? Tiras de diccionario y anotas: con emulación o competencia. O sea, que llevabais flores a la Virgen para ser igual o más que el más rico o piadoso de la clase, a ver qué se iban a creer los demás…Las tonterías que se escriben a veces por completar una rima.

Así que tú te das un paseo matinal robando cerezas y no porfías con nadie, te las comes a capricho, que está mejor dicho. Y dando gracias a Dios de que este fruto sea, como los higos, de los pocos que produce tu terruño que salen tan sabrosos y bonitos como los que podrías comprar en el superdel Corte Inglés.

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Por cierto, que hablando de Dios, te imaginas por un momento que si hubieras sido El en el momento de escribir el guion del pecado de Eva, en lugar de encargarle a la serpiente que le invitara a morder la manzana, le hubieras ofrecido cerezas, que son mucho más sensuales.

-Muerde, bonita –le diría el maligno travestido de reptil- que te vas a enterar de lo sabroso que es el pecado.

No está bien enmendar la plana al Creador, pero el cambio es de sentido común. Comerse una manzana siempre da cierta pereza. Sin embargo es imposible sentir las cerezas en los labios y morderlas después, tan rojas, dulces, y mórbidas, sin pensar que estás besando. A porfía, a capricho o a esa chica que te gusta tanto.

 

El gratinado que enamoró a Bécquer

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales...

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales…

Cómo ibas a ser refinado si hasta ahora, confiésalo, no sabías lo que era el gratin dauphinois. Menos mal que para eso tienes amigos como los marqueses de Betanzos, que te invitan a cenar y te sorprenden con un delicioso strogonoff al que se añade como guarnición esta singularidad. La señora marquesa habla de la dauphinoise, porque sabe que la inventó una cocinera del Delfinado francés. Habla de ella con toda familiaridad, como si hubiera sido compañera de Demetria, el aya que la cuidaba de niña en el pazo de Sobredo, donde se crió entre un parque de tilos, castaños, tuyas y frondosos robles. Cuenta la leyenda que en el cenador de hierro fundido de aquel jardín encantador escribía un día en su diario cuando se le apareció el fantasma de Bécquer, tal vez enamorado de su fina estampa romántica.

-Permítame que le recite una de las rimas que he compuesto para usted-le dijo el célebre poeta sevillano.

-Se lo agradezco –respondió la joven sin descomponerse y sin apenas levantar la vista mientras tomaba notas- Pero yo soy más de Alfred de Musset, ¿sabe?…Y además no quiero que me distraigan, porque estoy apuntando una receta. Si, a pesar de lo que lo he dicho, se aparece usted otro día, le daré a probar…

La que con el andar de los años se convertiría en marquesa de Betanzos debió de caer en la cuenta entonces de que los fantasmas no comen.

-¡Qué tontería he dicho!-se corrigió- Bueno, ande, dígame la rima…

Por unos instantes, el fantasma de Bécquer se llevó una mano a bigote y se quedó pensativo mientras retorcía con los dedos sus finas puntas.

-No, por Dios, musa mía…-dijo el fantasma de cabello ensortijado, bigote y perilla- Mi rima prometía ser de las mejores, como usted se merece. Pero pasé tanta hambre en mi vida de digno poeta romántico, que nada me haría tanta ilusión como saciarme de su dauphinoise.

Una semana después el fantasma de Gustavo Adolfo despachó la dauphinoise de su anfitriona como si en lugar de una gloria de nuestra lírica hubiera hubiera sido en vida un cabo de carabineros. En su colección de Rimas y Leyendas no figura la dedicada A la señorita de Sobredo precisamente por esa circunstancia, pues a partir de entonces aquella visita espectral, que en principio a la joven le daba prestancia y hasta le hacía gracia, no se aparecía por compromiso con la poesía, sino únicamente para preguntar cuándo iba a hacer de nuevo aquel exquisito plato.

-Confieso que a veces la poesía/me importa un bledo/ Sólo aparezco/ por repetir la suerte de aquél día/ y probar la dauphinoise que me cocina/-no se si lo merezco-/la delicada rosa de Sobredo

Es posible que la rima perdida fuera más o menos así. Y es más que probable que la futura marquesa, siempre muy suya para todas las cosas, le dijera al fantasma que la rima le parecía lamentable, y que además la reafirmaba en su tesis de que donde esté Musset, que se quite Bécquer. El caso es que, aunque estos versos apócrifos no figuran en la obra capital del gran poeta sevillano, la dauphinoise que los motiva te dio a tí la oportunidad de valorar el alto grado de aprecio que te dispensan los marqueses de Betanzos y, de paso, la de romper el bloqueo mental que te había alejado de tu blog últimamente. En tu caso no se colaba tu espíritu, sino que aparecías tú mismo en carne mortal, como otros distinguidos invitados.

Por cierto, que antes de que las redes sociales y otros pepitos grillos o moscas cojoneras se precipiten a prejuzgar con sorna los presuntos méritos del marquesado de Betanzos para exhibir tal título, debes aclarar que el señor marqués, insigne diplomático y abogado, es el único de tus amigos que todos los domingos tiene aún la costumbre de abandonar el jardín de su residencia –tan hermoso que cualquier día propiciará nuevas apariciones a la marquesa- y encerrarse en su despacho para estudiar fundamentos de derecho, consultar jurisprudencia y elaborar sus certeros y bien retribuidos dictámenes. Como si fuera un pasante meritorio de veintitrés años. El título más que una coña, que lo es, puede considerarse un despiste del todavía rey de España, que aún no ha reparado en el profundo calado de sus méritos para concedérselo de pleno derecho, pues de Betanzos es, y bastante más lustre daría al cuerpo de la nobleza que alguno de sus parásitos. Todos tenemos lapsus, y no vas a ser tan borde para reprochárselo al abdicante en esta hora.

-Lo siento mucho –dijiste tú, hablando de hora, para excusar tu necesidad de abandonar la divertida sobremesa- Pero es que a mí mañana a las ocho me espera la radio.

-No me digas –te dijo el marqués entusiasmado -¿Vuelves a Radio Nacional?

Os reísteis cuando aclaraste el equívoco. No era esa tu radio, sino la otra, la radioterapia, que te debían aplicar en temprana hora. Los miembros de tu club sois como los escolares con las matemáticas, que abrevian. Las mate, la quimio, la radio. Tú llevabas el cáncer con la ligereza de una migraña tonta, pero después de dos años de no pasar por talleres esta nueva convocatoria de la ciencia médica te tenía inquieto, ausente, inane para cumplir con tu blog. Se ha pasado, ya está, esperas volver a tu ritmo habitual cuanto antes. No hay mejor medicina que el cariño de los amigos. Ni nobleza más digna de títulos que la de los que sin ser grandes de España lo son de corazón.

A propósito, el gratin dauphinois es un plato de patatas en capas, cocinadas en leche y nata, con ajo, queso y algún otro aditamento, típico de la región francesa del Delfinado, en los Alpes. Aunque seguro que la versión que la marquesa de Betanzos preparó para Bécquer y para este bloguero llevará algún toque especial no fácil de averiguar.

 

 

Un pis maravilloso

Hay mecanismos para activar la memoria olfativa que nunca fallan...

Hay mecanismos para activar la memoria olfativa que nunca fallan…

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Ubaldo había conseguido en la Escuela de Policia Científica las mejores calificaciones. No sólo dejó allí pruebas de su responsabilidad y competencia, sino también de su fino olfato y de su inteligencia deductiva. Ubaldo Pérez Angoy acabó siendo para su promoción Deducator. Procesaba los datos e hilvanaba los indicios como ningún otro. Naturalmente, acabados sus estudios, su permanencia en el cuerpo no fue muy larga. No hacía falta ser ningún lince para percatarse de que ningún funcionario como él medianamente honrado dejaba de ser, como mucho, un puto policía. De modo que un día fue requerido por un importante hombre de negocios de esos con pasaporte panameño y varias sociedades cuyo objeto social no viene a cuento, domiciliadas todas ellas en las islas y paraísos más exóticos del mundo, y no tuvo más remedio que cambiar de vida.
-Creo que voy a tener que comprarme una trinchera –le dijo a Flora, su mujer un día al volver a casa- De esas más propias de otro tiempo- añadió mientras encendía su cigarrillo y sonreía a lo Bogart- Y un sombrero, para terminar de componer el tipo.
-¿Y eso?-inquirió ella después de besarle en los labios- A mí me gustaba más Robert Mitchum.
Ubaldo puso cara de interesante, ahuecó su boca y fletó dos o tres anillos de humo que se disiparon al estrellarse contra la cara de Flora.
-Se acabó la miseria- dijo insinuando una levísima sonrisa- A partir de ahora en lugar de un puto policía tu marido será un puto detective, pero bien pagado.
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Habían transcurrido cuarenta y dos años desde que unos huevos escalfados con espárragos trigueros sellaron su amor en una casa rural de La Alcarria donde unos amigos le habían invitado a pasar el fin de semana. Deducator había barajado muchos otros factores que podrían haberle llevado a la conclusión de que Flora, también invitada, iba a ser la mujer de su vida. Quizás su perfil tan bien dibujado, su cabello castaño cortado como entonces se decía a lo garçon, su tipito menudo, pero con las curvas precisas y perfectamente macizadas, su conversación, espontánea y fresca, el generoso candor con el que se ofrecía para hacer esas pequeñas tareas del hogar que tanto aburren a los demás, su voz… Cómo cantó con la guitarra al calor de la chimenea aquel bolero de Lo dudo, lo dudo, lo dudo mientras le miraba a los ojos. Él pasaba por ser un poli de buena planta y había salido con muchas chicas frente a las que blindaba sus sentimientos. Sin embargo ella le acabó conquistando aquel fin de semana.
Se dio cuenta en el almuerzo del domingo. Flora había preparado unos huevos escalfados con un manojo de espárragos trigueros que habían cogido esa misma mañana mientras paseaban por el campo. Los sirvió directamente desde la sartén. Primero a los dueños de la casa y a otra pareja de amigos, luego en su propio plato, en el que depósito el huevo menos lustroso y apenas tres puntas verdes. Y finalmente los dos mejor presentados con abundante guarnición de trigueros, en el plato de Ubaldo, que era el nuevo de la pandilla.
-Toma, a ver si te gusta- le dijo mientras le servía mirándole con una intensidad que a él se le antojaba irresistible- Que esto tiene muchas vitaminas, y a ti te harán falta para tus investigaciones…
No fue un hallazgo intelectual de los que habían justificado su apodo de Deducator. Pero desde luego aquel día dedujo que él le gustaba a Flora, que Flora le gustaba a él y que, al margen de sus encantos de mujer, buena parte del porqué era algo tan poco romántico como unos huevos escalfados con trigueros. La vida ofrece a veces este tipo de sorpresas. Una pequeñez puede condicionar tu futuro. No una batalla, ni un gordo de la Primitiva, ni salir vivo de un accidente de aviación, ni encontrarte a los treinta años con que tu orientación sexual no es la que te pide el cuerpo y sales del armario. Esta vez fue un plato de huevos escalfados con espárragos lo que cambió el rumbo en la vida de Ubaldo Pérez Angoy.
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Durante casi cuarenta años, las deducciones -no del todo inocuas- del antiguo policía convertido en detective le rindieron pingües beneficios. Unas veces su investigación le llevaba a deducir que a este o aquel concejal de un pueblo de la costa le urgía cambiar de coche, porque iba a ser padre de trillizos. Otras, que al diputado Zutanito, famoso por ser un padre ejemplar de numerosísima familia y coleccionista de vírgenes románicas, le encantaba reunirse en el jacuzzi de un apartamento de lujo con tres mulatitas para hablar de sus cosas. En ocasiones deducía que la esposa del que concurría con su jefe en la misma licitación de obra pública se la pegaba a su marido con el garajista. Flora no estaba enterada al detalle de los trabajos de su marido, ni tampoco ponía demasiado interés en ello. Al fin y al cabo todo revertía en beneficio de la familia, que desde que Deducator dejó el cuerpo de la Policía había conseguido mejorar de casa, dar buenas carreras a sus hijos y gozar de una posición económica y social relevante.
-Te quiero, Ubaldo- le decía aún a sus sesenta y tres años mientras cenaban a la luz de la luna en la terraza de su apartamento de Pollensa.
Deducator se dejaba besar en los labios, quizás para no olvidar que era un detective seductor como los que hacían Bogart o Robert Mitchum. Luego, embelesados los dos por la brisa y el sonido de las olas rompiendo contra el malecón del puerto, cenaban lo que amorosamente había preparado ella. Ahora ya no había en la mesa huevos escalfados con espárragos, sino caldereta de langosta y una cubeta de hielo en el que se enfriaba una botella de Domaine Chaillon de Briailles, un blanco que, al decir de un colega del boyante detective, tenía bouquet, retrogusto, aromas almendrados y esas gilipolleces que tanto preocupan a los ricos sobrevenidos.
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Sólo un poco después el panorama de Ubaldo, de Flora y de su familia feliz se nubló. El antaño lúcido detective fue perdiendo facultades. Despistes, olvidos supitaños, frases interrumpidas. De repente largos silencios buscando angustiosamente esa palabra fácil que no aparecía. Segundos tragando saliva que se le hacían largos. Frases inconexas…
Deducator dejó su trabajo. Flora le puso en manos de los médicos. En esos momentos confusos en los que la ciencia aún no sabía si su mal era una primera fase de la demencia senil o de un Alzheimer, el propio Ubaldo se defendía poniendo en juego mecanismos sencillos para ejercitar su memoria. Se concentraba en el número 28 y en la percepción del color verde botella, que era que pintaba el portal de su casa. Se concentraba en la enorme vaca de fibra de vidrio con ruedas que asomaba por la puerta de la tienda de moda. No le interesaba nada ésta, pero sabía que al lado quedaba el estanco, donde entraba siempre disparando con las manos como si fuera un vaquero, para no olvidarse de que el tabaco que venía a comprar era Marlboro. Y, por Dios, en el único paseo cotidiano que aún le dejaban hacer solo, detenerse en la floristería, mirar a las rosas, a las caléndulas, a las orquídeas o a las ponsetias y después cerrar los ojos y tratar de agarrar con sus palabras lo más importante de su vida.
-Flora, Flora, Flora…
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Sin embargo la enfermedad siguió su curso, y llegó a ese momento terrible en el que él no sólo no podía salir solo de casa, sino que ni siquiera era capaz de recordar los nombres de los suyos. Deducator acabó sepultándose en un sepulcro de silencio. Estos trances acaban a veces matando a una familia, pero a menudo, en su marcha destructora, descubren también almas heroicas que neutralizan sus efectos. Flora resultó ser una de ellas. El dolor de la enfermedad de Ubaldo no sólo no melló su ánimo, sino que lo fortaleció. Cuanto menos Ubaldo parecía él, más ternura, encanto y sonrisas derramaba ella.
-Hoy te voy a hacer uno de tus platos favoritos que hace mucho tiempo que no tomamos- le decía ella acariciando su mano mientras le ayudaba a hacer el rompecabezas de cada día.
Se lo comió el viejo detective tan a gusto como de costumbre. Por supuesto, sin decir una palabra. ¿Cuánto hacía que no la decía?…Pero todo cambió cuando a media tarde fue al cuarto de baño, levantó la tapa del retrete y se puso a hacer pis. Algo de anzuelo debe de tener la memoria olfativa para pescar recuerdos en el olvido, y desatar a partir de ellos procesos de recuperación de la mente. Algo especial igualmente deben de ser el ácido asparagúsico y el metanetiol para añadir un olor inconfundible al pis que se hace después de haber comido espárragos. Y también algo aún quedaba de lógica en la confusa mente del pobre Deducator. Pues el hecho es que, después de rematar la faena y lavarse las manos, como está mandado, salió del cuarto de baño, cerró la puerta y buscó por el pasillo a esa mujer extraña que le acompañaba en casa.
-Tú…-titubeó Ubaldo mientras extendía sus brazos hacia Flora y trataba de despertar a su lengua dormida-Tú…Tú…¿eres la que me hacías huevos escalfados con espárragos?
Ella asintió, avanzó unos pasos, lo acogió entre sus brazos y lo estrechó contra sí. No se daba cuenta de ello, pero sonreía emocionada. Y con los ojos cerrados, se ilusionaba pensando que a lo mejor cualquier día volvía a llamarle Flora.

El efecto kaleidoscopio

Lo de girar el kaleidoscopio y descubrir una imagen nueva es fantástico, pero a veces tiene sus riesgos...

Lo de girar el kaleidoscopio y descubrir una imagen nueva es fantástico, pero a veces tiene sus riesgos…

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Tiene su encanto. Es como un infatigable ogro feroz, pero  si no has sido víctima de sus grandes desmanes tiene su encanto despertar, mirar por la ventana y saber que el invierno te recibe un día más con lluvia fina empaquetada en una niebla espesa. Es un amanecer espectral, y tú, que tienes algo de gótico o de romántico enfermizo, no puedes negar que disfrutas del cuadro. La luz de la luna llena velada por el manto de nubes se funde con la de un sol acojonadito, que cumple con su deber sin saber que  no podrá filtrar ni un solo de sus rayos en esta enésima jornada de borrasca. Los árboles deshojados se recortan contra el fondo grisaluzado del alba. Por entre ellos sólo echas de menos a Frankestein que avanza hacia tu casa dando tumbos o a un  par de zombis despabilados que te traen porras para desayunar. Qué pena que no esté contigo Tim Burton para aprovechar el decorado.

Toda esta descripción es solamente para decir que el día no puede pintar más lúgubre. En días así, mejor la mirada introspectiva o hacer girar el kaleidoscopio.

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Sostiene Homper que todos estamos en el kaleidoscopio, o que todos somos kaleidoscopio. Que él sólo veía a su vecina del sexto, una rubia bastante atractiva hija de judío polaco y de psicóloga argentina, como profesora de danza del vientre, hasta que ocurrió algo para él sorprendente. Homper no es un simple, sabe que enseñar la danza del vientre no significa ser un pendón, pero aún así se quedó pasmado cuando antes de las vacaciones de verano la danzarina se presentó en su casa para regalarle una orquídea blanca.

-Toma, vecino –le dijo mientras ponía el tiesto en sus manos- No puedo soportar que muera por mi culpa, así que te ruego que te la quedes, porque yo me voy con mi chico a Gambia para operar de los ojos a los niños que lo necesitan. Cuídala,     que yo te quedaré eternamente agradecida.

Su novio era oftalmólogo, y ella, además de bailarina, su abnegada y meritoria auxiliar. Todos somos algo insólito para alguien.

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A veces no hay más que dar un pequeño giro al kaleidoscopio para descubrir una faceta insospechada en las personas de las que tenemos elaborada nuestra ficha. Tu perplejidad  homperiana de esta sema fue descubrir que Darío Villalba, uno de nuestros artistas plásticos más laureados y con obra en los museos de arte contemporáneo de medio mundo fue nuestro único representante en los Juegos Olímpicos de Invierno del año 1956 que se celebraron en Cortina D´Ampezzo en la curiosa especialidad de patinaje artístico. Ahora esta disciplina ha cobrado mucho protagonismo gracias a uno de esos genios del deporte que de vez en cuando fabrica España. Un tal Javier Fernández ha estado a punto de conseguir medalla en Sochi en esta disciplina, y con tal motivo alguien escarbó en el historial de este deporte poco popular en nuestro país para traernos la imagen imprevisible de un Darío Villalba joven, recortadito, ceñido y encorbatado de pajarita en una pose más propia del famoso Toni Sailer que del artista bohemio y de torpe aliño indumentario con el que le conociste. Darío Villalba era hace cincuenta y siete años un guapo mozo, pero hoy luce como un intelectual voluminoso y ceñudo, como corresponde a los tiempos críticos que vivimos. Su obra se encuadra dentro de lo que un ignorante como tú llamaría arte angustioso. Los  cuadros, las esculturas, las fotografías y los famosos Encapsulados que avalan su carrera insinúan desasosiego y rabia, como si el artista tuviera muchas cuentas pendientes con la vida que le ha tocado vivir. No mala, por cierto. Pero pasa que cambiamos con el tiempo, que la procesión va por dentro, que todo hombre tiene varios hombres diferentes dentro de sí.

Y que si giras el kaleidoscopio, siempre descubres una nueva realidad insospechada.

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Ese mismo día algún cocinero famoso de esos que nos enseñan a comer –a nuestros años- alabó las virtudes de la carne del conejo, y tú, que jamás comes conejo, no se sabe por qué asimilaste su conseja culinaria. De tal manera que habiendo entrado en un supermercado para comprar el pan, la mantequilla, mandarinas, suavizante y vinagre de Módena, pasaste ante los cárnicos, viste un envasado donde ponía conejo y allá que lo pusiste en tu carrito de la compra. Impulso instantáneo.

Y fatídico. Otras veces el conejo se vende ya troceado, en bandejitas de poliestileno y envasado al vacío. Es mejor: acabarás cocinando carne, sin pensar mucho en el  mamífero de la que procede. .No se sabe por qué ceguera sobrevenida súbitamente tú no reparaste en que te llevabas en cambio el animal entero, con su cabecita, sus patitas su rabo y hasta su bandullo. Tu Neli, la asistenta, había dicho que lo guisaba muy rico, pero un flash de sensibilidad iluminó de repente tu obnubilado cerebro.

-¿Cómo la voy a obligar a descuartizar este cadáver?…¡Qué espanto!…

Estabas a punto de acostarte. Pero no hubieras podido dormir con ese remordimiento, así que te enmandilaste, buscaste la mejor cuchillería de tu menaje y a la una y media de la madrugada, con nocturnidad y alevosía, comenzaste tu macabra tarea. Entretanto, gruesos lagrimones se asomaban a tus ojos. Los fantasmas del Conejo de la Suerte y de Tambor, el conejito de Bambi, te acusaban desde el recuerdo de tu infancia, donde nunca hubo conejo alguno que mereciera tan cruel destino.

Es lo malo del efecto kaleidoscopio. Te crees un duende bloguero inofensivo, cambias la óptica y acabas descubriendo que llevas dentro a Jack el Destripador o a Sweeny Todd.  Menos mal que hoy domingo amanece en Candeleda  limpio y esplendoroso, y que todo lo verás más bonito.

Jamón, cultura y felicidad

Quién iba a decir que los jamones del hermano cerdo y la hermana cerda acabaran siendo cultura...

Quién iba a decir que los jamones del hermano cerdo y la hermana cerda acabarían siendo cultura…

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En una cuña publicitaria de ONDA CERO un niño habla con alguien que debe de ser su abuelo. Podría soltar alguno de esos mensajes acaramelados que se prodigan por Navidad, pero sólo dice que el jamón que se está comiendo está muy bueno. Se deduce que el presunto abuelo es el patriarca de una estirpe que desde hace generaciones se dedica a salar y secar jamones, y confirma que este les ha salido tan perfecto que sólo le falta ponerle nombre. Y entonces deciden bautizarlo con el patronímico familiar, que es Rodríguez. No tienes nada contra la noble saga de los Rodríguez, pero te preguntas si el jamón gana mucho con esa marca de cuyo arraigo jamonero no tenías la menor noticia. ¿Serán mejores los jamones de Rodríguez que los de Pérez o los de García? Qué zozobra, Señor, afrontar la Navidad con tales dudas.

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Esta temporada, al prestigiado e inefable Josemi Rodríguez Sieiro se le llenaba la boca recomendando los productos de Redondo Iglesias, también otro maestro jamonero. Y el hecho de que este pontífice de las buenas maneras y del mejor vivir en un minuto alabe los jamones de Rodríguez, al siguiente los embutidos Redondo Iglesias, a continuación diga maravillas del capón de Cascajares y finalmente te cuente que va a almorzar con la marquesa de San Eduardo, reaviva el brasero de los arcanos que te torturan. ¿Ofrecerá esta marquesa de aperitivo lonchas de un jamón Rodríguez  o de uno de Redondo Iglesias? ¿Pondrá de segundo plato capón de Cascajares u optará por un lomo de merluza de Ahorramás?…Te encantaría proclamar que tu mente es lúcida, y que  lo tienes claro. Pero no, definitivamente no sabes cómo procesar tantas lecciones de buen vivir como nos regalan los petimetres de los medios.

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Y sin embargo hubo un tiempo en que te prometían un bocadillo de jamón y aquello te parecía un billete a la gloria. En algunas tascas de Madrid se exhibía este manjar con truco: sacaban la mayor parte de la loncha por una punta del bocadillo y el pan sugería que dentro de su buche guardaba mucho más. Era una estampa de lo más típica, como la del pobre lechoncillo muerto exhibiéndose en los escaparates de las carnicerías de postín, sentado y sonriente cual si fuera un muñeco. Pasión por el cerdo, sin distinciones sobre su raza y origen. Cuando algo era excelente se decía que era un jamón. Y bastaba el añadido de serrano para que te sintieras un príncipe degustando con él la mejor de las meriendas posibles. Te sonaba eso de jamón de Teruel, de Montánchez y de Avilés. Aunque no te importase el color de la pata del cerdo, ni si este era ibérico, celta, cartaginés, visigodo o rosado, como los de los Tres Cerditos.

¿Jabugo?…¿Cinco Jotas? ¿Guijuelo? ¿Cumbres Mayores? Como si te hablaban de Vladivostok. La felicidad no exigía tanta información. El hedonismo entonces era tan rudimentario que te sentías feliz con sólo echarle el diente a un simple jamón serrano.

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Ahora os habeis puesto estupendos. Desde que el comer y el beber se elevaron a la categoría de cultura, esta es la única faceta de la misma en la que todo el mundo es experto. Hay que saber de vinos y de jamones como si de filósofos o científicos se tratara. Tú crees que son muy respetables y necesarias las marcas y denominaciones de origen, que mejoran el nivel de vida, crean riqueza y puestos de trabajo. Pero también piensas que tanta obsesión por el asunto y tanto protagonismo en los medios audiovisuales de cocineros, bodegueros, catadores y sedicentes gourmets revela una cierta decadencia de la civilización. Será esta más refinada, pero también más banal y estúpida.

Y, en tu ignorancia, añoras aquellos tiempos en que un bocata de jamón serrano sin marca alguna era tan sólo una magnífica merienda.

Camisa rústica y castañas asadas

Castañas y nietas1

Sospechas que es algo que le pasa a todo el mundo en esta sociedad de consumo. Un día abres el armario y encuentras algo que no sabes por qué está ahí, qué extraño genio te iluminó cuando lo elegiste, para qué lo comprarías,  en qué estarías pensando. A ti te ha pasado este fin de semana.  Amaneciste en el campo, hacía frío, tiraste del cajón de las camisas reparaste en una de esas de grandes cuadros en algodón grueso que no te pones nunca. Lleva el logotipo ostentoso de Pedro del Hierro, que según dicen es un modisto muy fino, pero en tu imaginario particular este tipo de camisas los leñadores canadienses, los tramperos de Connecticut y esos héroes solitarios de algunas películas del Oeste que se presentan en su pueblecito de Montana y hacen un gran pedido de alambre, púas, martillos y picos para levantar una cerca y proteger sus pastos contra las vacas del malvado Mac Creary, ese antipático ranchero con cuadrilla de matones que además de creer que todo el monte es orégano da por hecho que es de su propiedad.

O sea, estás hablando de una camisa rústica y ligeramente llamativa. Y del por qué demonios la compraste, cuando sabes de sobra que lo tuyo debería ser la sobriedad y la discreción. Lapsus, despistes. Le pasa a casi todo el mundo.

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Un joven de ahora que ha mamado leche de la sociedad de consumo se pondría en tu lugar  una camiseta y le regalaría la camisa de marras al que le repara su Bultaco, que luce un tupé y unos patillones tipo Elvis, pero que los domingos pesca truchas con cucharilla en los ríos de León. O la despiezaría para convertirla en trapos para lustrarse sus botas de tacón cubano. Y a lo hecho, pecho, ni pizca de remordimiento por la mala compra. Lo malo es que tú perteneces a la generación en la que cualquier cosa por la que has pagado dinero debe tener su utilidad, a ser posible la original. Así que, algo a tu pesar, te la pones, te cubres con un chaquetón y te echas al monte.

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Sorprendentemente, como si el hábito hiciese al monje, la camisa a cuadros te ha transmitido energía. Hace un año que no cogías una herramienta de jardín, pero como la mañana fría deja lucir un sol esplendoroso y hay tantas hojas por recoger, y la espalda ya no se te queja, te tienta volver a la acción. Así que te lías a rastrillar, a desbrozar un ratito con la hoz y la horca, y a acumular ramas secas y zarzas para hacer un fuego con ella y quemarlas. Y aunque no aparecen por ahí los Siete novios para siete hermanas para serrar troncos y bailar luego con esas campesinas tan monas de falda vaporosa y pololos, asoman tus nietas, que vienen de recoger castañas en una cestita rosa, todo como muy pastelero y cursi.

Y, cansado ya de tu primera peonada post neoplasiam, te sientas con ellas y asáis castañas sobre las brasas. Salud bien, chicas monas, castañas deliciosas. Hay días que vale la pena hasta ponerse esa camisa horrorosa que no te pondrías  nunca.

Desayunos sin brújula

¿Será posible que con la de veces que has desayunjado a lo largo de tu vida aún no tengas claro cuál es tu desayuno perfecto?...

¿Cómo es posible que después de tantos años desayunando aún no tengas claro cuál es tu desayuno ideal?…

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Desayunas un kiwi, una ciruela, un poco de esos cereales que llaman Muesli con leche y café. Lo del kiwi, que no te gusta mucho, te lo metieron en la cabeza cuando la quimioterapia hacía de las suyas y dificultaba el tránsito intestinal. Que curiosa palabra la de tránsito: tanto se utiliza cuando alguien muere  como cuando necesita laxantes. Supongamos que ese es tu caso. Afortunadamente.

Hoy ha caído ese desayuno, otros días tomas tres galletas Digesta, cuando te da, tostadas con aceite, tortas de ídem, roscón cuando es época o cualquier tipo de bollo o bizcocho. Y si hay porras o churros recientes, eso sobre todo. Viva el colesterol. Tú ya tienes lo tuyo, pero desde que los análisis te dijeron que tenías el índice de colesterol perfecto te das al aceitamen y a la chacina hasta lo que te pide el cuerpo. Tus arterias bien, aunque tu barriga no engaña. Lo notas en los agujeros del cinturón, que siempre te gustó llevarlo apretado hasta el último ojete. Ahora te oprime, para qué te vas a engañar. Pero te importa menos porque ya estás en edad senatorial, y a estas alturas de la película, y con chaqueta, como te gustará volver a llevar cuando el larguísimo y calidísimo verano se retire, la silueta de señor clásico disimula las curvas.

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Especulas con lo variable e indefinible  que es tu desayuno porque vives días de nosequé. Debe de ser un fenómeno típico de estas temporadas bisagra, en las que no se sabe si aún es verano u otoño, si hay que cambiar el fondo de armario o no, si hay que poner en marcha algún buen propósito o desengañarse de él cuanto antes, si es mejor escribir y salir a pasear o pasear y después sentarte a escribir, si hay que estudiar un curso de alemán o apuntarse al gimnasio, si mantienes tu tertulia o solicitas el ingreso en la Sociedad de Amigos de las Micología.

El caso es que a la duda proverbial de la época añades la tuya personal y constante, que manifiestas hasta en los detalles más insignificantes de la vida. Hace poco, revisando papeles, veías escritos tuyos de diferentes momentos y observabas cómo tu letra cambia de un año a otro. Unas veces letra grande, otras pequeña, a ratos recta, luego tumbada. En ocasiones los rasgos son muy marcados. Poco después tu pluma parece que ha derretido las aristas, y dibuja unos trazos largos en los que es difícil adivinar palabras inteligibles. Qué caligrafía tan mutante. Como tus desayunos.

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Como tú mismo. ¿Licenciado en derecho, publicitario, empresario varado, comunicador, rapsoda, humorista, caricato o excéntrico, como te titulaba el epígrafe fiscal en el que te encuadraba el antiguo IAE?… Llevas unos días intentando encontrarte a ti mismo, y pensando en la necesidad de ordenarlo todo: tus prioridades, tus gustos, tu plan de vida, tu forma de presentarte, tus papeles, tu casa. Para que seas capaz al menos de encontrar el cortaúñas cuando lo buscas. Dios, qué caos.

Luego te acaba venciendo la indefinición, y sigues en tu tiovivo, incapaz de detener tu caballito en una opción, y de ser lo que antes se llamaba un hombre de una pieza.

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Y a ti te divierte, crees que incluso te compensa esta forma de ser/no ser. Aunque lo cierto es que la historia acaba perteneciendo a los que lo tienen todo claro, y están convencidos hasta del desayuno que hay que tomar antes de ponerse en marcha  y arreglar el mundo.


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