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Buñuelos como sonetos

¿Puede un buñuelo de crema compararse con un soneto?...(El poeta Miguel Hernández, según el famoso dibujo que le hizo en la cárcel su compañero de celda Antonio Buero Vallejo)

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Habíamos ido a recitar versos en homenaje a Miguel Hernández. Confieso que a mí me daban cierta vergüenza esos actos públicos donde el pueblo quiere ser más protagonista que el poeta muerto ya hace tantos años….Puf, puf, puf. Sí, cierta vergüenza. Prefería la poesía para la intimidad.

-Qué tontería –se quejó de ella- Miguel Hernández era el poeta del pueblo, y nosotros somos pueblo, ¿no? Además, se recita muy bien.

Ella creía en la transfiguración de la poesía, o más exactamente en  el poder de sugestión de las palabras. Lo demostraba su nombre, Berenice, falso nombre, pues a mi amada le pusieron Isidora en la pila bautismal. Podría haberse quedado con Dora, que no es feo, y sugiere fulgor de metal noble. Pero a los diecisiete años decidió cambiárselo por Berenice, la portadora de la victoria, según su etimología griega. Mi amada era bella, discretamente bella, diría yo, pero se daba ciertas ínfulas, como demostró adoptando ese nombre,  que yo sólo recuerdo de un cuento de Allan Poe , y con su empeño en arrastrarme al homenaje a Miguel Hernández. Estaba convencida de que recitaba tan bien como Berta Singerman. Yo no, yo lo hago regular, porque sólo me gusta recitar los poemas por dentro, mentalmente. Cuando recito en voz alta, siento tanta vergüenza como la que pasé en el homenaje a Miguel Hernández.

-Además-le dije- Nunca me he acabado de creer que Hernández fuera un cabrero. No es que no me gusten sus poemas, pero me parecen artificiosos y poco naturales. No imagino en un hombre de campo un lenguaje tan rebuscado. Llevo al cuello un vendaval sonoro, dice el verso de uno de sus sonetos…¿Te imaginas a un campesino llevando un vendaval sonoro sobre sus hombros?

Berenice  me sonrió. Aunque no se si mi argumento le hacía demasiada gracia.

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Debo aclarar que yo me llamo Alejo. Tampoco me entusiasmaba mi nombre, pero apechugué con él. Yo también hacía mis pinitos de poeta. Creía en ese aire mágico que insufla la poesía al lenguaje. Permite interpretar la crudeza de la vida, y consuela a los sentidos. Yo también chapurreaba poesía, y de hecho creo que Berenice se había fijado en mí por esta peculiar sensibilidad que de vez en cuando plasmaba en el papel para dedicársela junto con unas pastas de te o una rosa blanca.

Adoquín de tus pasos fui esa tarde/ que jugaba la brisa con el viento-fueron los primeros versos que le escribí. Yo me llamo Alejo, pero en lugar de cambiarme el nombre combatí contra su significado, y quise acercar mi inspiración a lo cercano e inmediato. Puse un adoquín en mi poesía y, modestia aparte, me parecía una aportación maravillosa.

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Pero Berenice estaba bajo el poderoso influjo de los grandes poetas a los que el pueblo celebra adoptando sus versos como si fueran eslogans, y recitándolos en voz alta. Qué satisfacción, la poesía como ungüento de nuestras miserias.

Ayer me llamó y me propuso dar un paseo

-¿Has visto qué día de difuntos tan maravilloso?-me dijo- Podíamos pasear por alrededor de los cementerios…

No fue un día de difuntos clásico y tétrico. Fue un día de otoño soleado y nítido, y los parques que rodean los cementerios, entreverados de hojas amarillas, anaranjadas y rojas, eran en sí mismos poemas cromáticos, y perdón por la vulgaridad de la imagen. A Berenice, siempre ansiosa de intensidad poética, no le bastó con pasear extramuros. Su cuota de romanticismo exigía entrar en el cementerio y pasear entre las tumbas, aunque no lleváramos flores, ni pensáramos homenajear a nuestros muertos. Pero claro, con tanto vagar entre panteones y lápidas acabamos dando con la tumba de mi madre.

-Espera –le dije a Berenice.

Me planté ante ella y leí para mí las letras de su lápida Carmen Galea Llopart, 15. 9. 1995.  Sin más epitafio. Guardábamos los dos un  respetuoso silencio, pero llegado un  momento no pude reprimirme. Suspiré profundamente y, desde lo más hondo del alma, exclamé.

-Ay madre, cuánto te quiero. ¡Y cómo echo de menos los maravillosos buñuelos de crema que me hacías por estas fechas!…

A mí casi se me escapó una lágrima de la emoción.  Berenice en cambio retrocedió unos pasos y dibujó un gesto de desagrado.  No comprendía mi rechazo a recitar a Miguel Hernández en voz alta y que al mismo tiempo no se me cayera la cara de vergüenza y me atreviera a evocar ante mi difunta madre sus buñuelos de crema.

Pero ya les he dicho que aunque me llamo Alejo, sólo creo en la poesía cercana. Y  les aseguro que los buñuelos de mi madre eran puros sonetos de amor.

No comas sandwich de berros si vas a cantar a Haendel

Como subraya este cuento, una soprano debe cuidar siempre su sonrisa

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Manolita era una chica soñadora. Se sentó ante aquella luna llena de octubre, y como cualquier heroína romántica, pensó  en voz alta.

-Por qué será tan difícil la felicidad. Por qué el azar es tan caprichoso, y a unas se lo pone fácil cuando a mí, que soy tan mirada para todas mis cosas, me escatima la suerte.

Tan mirada para todas sus cosas…Así resumía ella el pensar en casi todo y concluir que, por mucho cuidado que pongamos, siempre se nos puede negar el éxito por una pequeñez incontrolable. Manolita tendía a ver la botella medio vacía, casi nunca medio llena. Pero la plenitud de la luna de otoño puso esta vez alas a sus sueños. Siempre había buscado en la música un camino para la felicidad. Tenía buen oído, pero carecía de formación musical, y sabía que a su edad era demasiado tarde para aprender a tocar un instrumento, por lo que decidió afrontar un reto contra el apocamiento de su vida modosita y provinciana. Y dio el paso a.delante de apuntarse a un coro de parroquia y  ponerse a cantar con gente quizás menos acomplejada.

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Cuando, a pesar de su timidez precisamente cerval la soprano Manolita se hartó de que el ciervo a la fuente de agua fresca fuera veloz –que, por cierto, no es una letra de beatas, sino de un salmo de Isaías- tomó la decisión de subir un nivel en su pasión de cantatriz. Así pues, abandonó su coral BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) y se apuntó a uno de esos gigantescos “coros participativos” que se habían puesto de moda para que los cantantes aficionados se acerquen a ese momento de gloria que es ser parte de un monumento musical

-Qué miedo-le confesó a su intrépida amiga Teresa, que era la que le animó a integrarse-Cantar ante un director reconocido que estará acostumbrado a dirigir profesionales.

-Tranquila, no pasa nada –le decía su amiga- Somos multitud. Si te equivocas no se va a notar,  no te va a regañar el director, de verdad.

-¿De veras?…Me podría morir de vergüenza.

Alguien le había contado alguna vez que el gran Arturo Toscanini había parado un ensayo general de la Novena Sinfonía de Beethoven para echar a una soprano que tenía un mal día y no llegaba al fa. Según el relator de la historia, el maestro era tan iacundo que la puso en evidencia ante sus compañeros de coro. Manolita pensaba que le podía haber pasado a ella. Recordó que cuando tenía la regla cantaba mucho peor, y que un director puñetero podría revelar ese detalle de su intimidad en tono acusatorio.

-Por favor-se decía-Que  el director no haga por mí, que no me mire, que no me controle…

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Y entretanto se afanaba en estudiar la partitura, en seguir escrupulosamente las indicaciones del maestro de canto y en afinar cada nota cuando éste se lo solicitaba al coro.

Manolita era tímida, pero no fea, sino todo lo contrario. Cuando se llenaba de energía, sacudía levemente su melena rubia, estiraba su cuello de gacela para alcanzar las notas más altas, y abría su boca ofreciéndola a las brillantes coloraturas barrocas del Mesías de Haendel había algún tenor que perdía el compás. Ella sin embargo, tan amante de la música, y estimulada además por el privilegio de poder cantar una gran obra  con una orquesta sinfónica, sólo se concentraba en la música. Y cuanto más se metía en ella, más  seductora parecía. Ya no se sentía una soprano vulgar llamada Manolita, sino una diva como la Callas, o la Tebaldi, o la Simionato.

-El tenor segundo por la izquierda de la tercera fila-apuntó el director en el primer ensayo conjunto- ¿En qué está pensando?…Concéntrese o abandone el coro, pero no se me distraiga.

Manolita bajó los ojos como queriendo desaparecer. No es que fuera consciente de ser la responsable indirecta del reproche del director. Es que se daba cuenta de que éste era tan meticuloso como Toscanini, y en cualquier momento podría fijarse en sus imperfecciones.

Pero sucedió todo lo contrario.

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Sucedió que el director contratado para dirigir ese Mesías gigantesco al que Manolita se entregaba con tanta ilusión era un autraliano joven y guapo que, además de prestigio musical, tenía fama de  buen observador y, como tantos batutas legendarios, de impenitente conquistador.

-La riqueza de la  gran música –explicó en su rudimentario castellano- se basa en los pequeños detalles…¡Hay que cuidarlo todo, hasta lo que se come!…No me descuiden ni una de las indicaciones que les voy diciendo, porque les vigilaré uno a uno y obraré en consecuencia.

Cualquiera a distancia hubiera concluido que, a pesar de su aviso, a quien de verdad observaba con detenimiento era a Manolita.

-No me extraña, hija-le decía su amiga Teresa-Tienes locos a varios tenores y a un par de bajos, y además cantas divinamente.

Y Manolita, que jamás había pensado que era una mujer atractiva, se sobrepuso a su tradicional timidez y empezó a venirse arriba. Por las noches, en casa, ensayaba a conciencia. Y cuando, ebria de entusiasmo y desmelenada, se daba cuenta de que dominaba con su limpia voz todas las articulaciones de la complicadas fugas haendelianas, se plantaba ante el espejo con los brazos en jarras y bromeaba consigo misma.

-¡Brava, Manolita!…Vas a tener que cambiar de nombre y ponerte otro más cantábile para una soprano de fama internacional…¿Ingrid?…¿Selma? ¿Renata?  ¿Iwa?…

Luego se asomaba a la ventana, miraba a la luna coquetona que empezaba a decrecer y soñaba despierta que el joven director le invitaba a una cena íntima y romántica.

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En el descanso de uno de los ensayos le había dicho que su voz tenía un timbre precioso, y que debía marcar más los stacattos. Otra vez le destacó la excelente colocación, y le habló de la magia de Joan Sutherland. Manolita no sabía quién era Joan Sutherland, pero luego, mientras cantaba ya casi de memoria y sin despegar la mirada del maestro, advirtió que éste la seguía vigilando  casi obsesivamente. El día del concierto, por la mañana, se celebró el ensayo general en el auditrio. Al terminar el joven director dio los últimos consejos.

-Coman algo, descansen y una hora y media antes del concierto todos reunidos en la sala para ejercicios de vocalización.

Y cuando el coro se desparramaba se acercó a Manolita, la cogió del brazo y un discreto aparte le susurró.

-Primero: cuando cante the glory, sonríame…You have to realize that you singing the glory of the Lord!…Segundo: marque bien los stacattos. Tercero: no se ponga demasiada sombra en los ojos, y si se pinta los labios, only slightly. Por último: míreme, míreme constantemente…

A Manolita casi le da un desmayo.

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-¿Qué te pido?- le preguntó Teresa- Porque desde que el maestro te mira tanto, estás como ida…

A pesar de que el joven y atractivo director no daba puntada sin hilo, Manolita no recordaba que hubiera dicho nunca qué  deben comer las sopranos hendaelianas antes de un concierto.

-Una Coca-Cola y un sandwich vegetal-dijo pensando que algo tan ligero en nada perjudicaría su voz.

Las sopranos estaban animadísimas, y el sándwich vegetal, que combinaba lechuga con berros, y juliana de rábanos y zanahoria en un aliño de mahonesa, bastante bueno. Pero Manolita, lo fue tomando pausadamente, ensimismada, sin mezclarse en la conversación con sus compañeras de cuerda. Sólo pensaba en su voz, en la música, en su maestro y  en la posibilidad de rozar la gloria si nada interfería en el esplendor de su canto.

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Todos los que tocan un instrumento o cantan delante de un director piensan que ellos van a ser los únicos en los que el maestro pone su atención. Todos se sienten como si fueran los únicos protagonistas de ese momento mágico que es un concierto. Pero Manolita tenía más razones que nadie para creer que, en su caso, no era una obsesión personal, sino un hecho. Fueron veintinueve corales las de aquel glorioso Mesías que significaba su consagración como soprano. Fueron veintinueve entradas que el apuesto director dio con rigurosa exactitud,  pero mirando siempre a su cara, observando la sombra de sus ojos, el tono del lápiz de labios y hasta el color de aquella sonrisa que, como había ordenado, debían exhibir todos en el famoso Aleluya. Al principio, cada mirada del maestro, pensaba Manolita, era como un beso apasionado. Pero a medida que avanzaba el concierto, ella, que tenía un ojo puesto en la partitura  y el otro en el que empezaba a ser el hombre de sus sueños, advirtió que algo no le terminaba de gustarle. Su expresión de gozo triunfal empezó a demudarse  después del Aleluya, precisamente donde todos debían sonreír exultantes. A partir de ahí, y aunque el público, arrollado por la grandiosidad y la belleza de la obra no lo percibía, algo raro en el gesto del maestro denotaba que algo no iba al gusto del maestro.

Manolita consiguió sobreponerse y cantó lo mejor que pudo, quizás con más sentimiento y arte que nunca. Cuando terminó el impresionante Amen que corona la obra y el director, como todos los que quieren saborear el triunfo, bajó los brazos y la cabeza para recibir las aclamaciones habituales, el  coliseo se vino abajo de aplausos, vítores y bravos. Y estos se hicieron aún más estentóreos cuando, sin dejar de lanzar miradas a Manolita –ahora, ciertamente, más severas-levantó al coro para que compartiera con él y con la orquesta los honores del éxito.

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No sabía si eran los nervios del éxito o del fracaso, haber coronado el sueño de su vida de cantar en un gran teatro como una profesional o haberle agriado avinagrado el rostro al hombre del que quizás se había enamorado como una tonta. El caso es que fue volver a los vestuarios, abrazarse a su amiga Teresa y a las demás sopranos de su fila y romper a llorar como una magdalena. Hasta que uno de los ujieres del teatro se le acercó, y le dio una tarjeta mientras le daba un recado al oído.

-El director ha dicho que tiene mucho interés en cenar con usted, y que le espera en una hora en el restaurante de su hotel.

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Hizo todo lo posible por serenarse. Le ayudaron a ello sus compañeras y amigas, que sin duda ignoraban el final de esta apasionante aventura musical. Nuevamente, se sobrepuso. Se despidió de sus colegas, que como suele suceder en estos casos, se iban de cañas, se refugió en el aseo, se retocó ante el espejo y, procurando sentirse más María Callas o Joan Sutherland que Manolita Pérez, soprano aficionada, se presentó en el hotel a la hora indicada. Ahí le esperaba él, alto, delgado, rubio, con esa sonrisa tipo Redford  y esa cabellos largos divididos en dos crenchas que en los tutti bailaban ballet alrededor de la batuta. Vestía una camisa blanca de seda y un pantalón negro.

-My beloved sopran- se presentó tendiendo la mano sonriente- I´am Christian, your conductor…

-I am Manolita- dijo ella ofreciendo su mano mientras bajaba la mirada.

-Bonita voz, bonito timbre, bonita todo- le vaciló el maestro.

Cenaron una ensalada y un pescado, y bebieron vino blanco del Rhin. Bastante. A la altura de la cuarta copa y antes del postre habían hablado de la música, del amor, del amor a la música, del amor por excelencia y de casi todo lo demás. Él había hecho hincapié otra vez en la necesidad de observarlo todo para ser perfecto. Y ella insinuaba que se sentía como una Cenicienta a punto de perder el zapato de cristal.

-Pero…¿por qué me mirabas así?…-se atrevió a preguntarle- Primero tan entusiasmado, y luego, no se, tan raro…

El la miró con intensidad y deseo mal enmascarado.

-¿Qué tomaste antes del concierto? –fiue bsu desconcertante pregunta a modo de respuesta.

-No se…-balbuceó ella-Creo que un sándwich de berros…

- ¿No te diste cuenta?…¿Nadie te lo advirtió?-dijo insinuando una sonrisa- You should  know that I would only look at your mouth .Y una soprano debe tener en cuenta todos los detalles.

El director aproximó su rostro al de la soprano.

-Smile, please-le susurró.

Primero sujetó el bello rostro de Manolita con una mano. Luego pasó el pico de la servilleta de hilo sobre el segundo incisivo de la izquierda, extrajo algo verde   que  había visto durante el concierto en la sonrisa  de la soprano. Y después la besó con misma vehemencia que habían volcado ambos hacía apenas una hora en el concierto..

Cuando separaron sus caras, aún resonaba el Aleluya del Mesías en la cabeza de Manolita al tiempo que dos lágrimas se le deslizaban  por sus mejillas. El director, riguroso como Toscanini, apretó la mano temblorosa de aquella apasionada amante de la música coral .

-My love!…-le dijo como ultimo consejo- If you are singing to Haendel, never eat a salade sándwich.

Cambiando de aires 7/ El viaje alcanzable

En la pequeña ciudad de Quimper el viajero encontró un buen argumento para su teoría del turismo posible...

Quiere creer el viajero que un ciudadano de provincias tiene más posibilidades de ser feliz que el de una gran capital. Muchos provincianos –en el sentido original de la palabra- quizá piensen lo contrario, claro. El caso es que, al menos en España, y especialmente desde el estado de las autonomías, el ciudadano vive cada día mucho más pendiente de su pueblo o de su pequeña ciudad que de lo que llamamos la nación o el país (no confundir con el estado, conjunto de órganos de la administración, concepto que algunos desinformados utilizan incorrectamente para no mentar el nombre de España y reservar para su sueño independentista las etiquetas anteriores).

-Pues yo encontré a Purita en el puente del río de mi pueblo y no tuve  que andar más para ser feliz-podría decir el hombre de provincias.

C´est normal. Se puede imaginar la felicidad como el dominio del cosmos, pero resulta más asequible si sales a comprar el pan y te tropiezas algo que al menos te la acerca. Eso pensaba este cronista cuando se detuvo en Quimper, 64.000 habitantes, capital del departamento bretón de Finisterre, con su catedral de San Corentino –curioso monumento, que dobla el espinazo de la nave central donde cambió su estilo arquitectónico- Museo de Bellas Artes, río, plazas, parque, calles típicas bretonas con nombres de antiguos oficios y todo lo que haga falta Por cierto, otra cosa que se aprende viajando: también para los franceses se acababa la tierra en ese chichón frontal de su particular noroeste: nada nuevo bajo el sol.

Hablando de museos, el Duende recordaba que cuando pasó como un relámpago por el Hermitage de San Petersburgo, la guía contó que para ver durante tan sólo un minuto todas y cada una de los tres millones de piezas acumuladas en su colección el turista debería invertir aproximadamente cinco años y seis meses. Bastante más si, como es normal, durante ese tiempo tenía que comer, dormir e ir al cuarto de baño. Escalofriante. Por eso este viajero adora los pequeños museos como el de esta ciudad bretona. Igual que en tantos, hay cuadros de Rubens, de Fragonard, de Picasso, abundante obra de pintores regionales desconocidos para el turista y un atractivo surtido de impresionistas y surrealistas, fondo que, supone uno,  hay en cualquier buen museo francés. De Quimper era Max Jacob, poeta y pintor de origen judío que no pudo esquivar el holocausto porque el indulto que promovieron sus amigos, Jean Cocteau a la cabeza, llegó pocos días después de su muerte. El museo recoge mucha pequeña obra del infausto héroe local, así como cuadros y dibujos que le dedicaron todos sus múltiples genios contemporáneos. Y, como ese monumento -inevitable en cualquier pueblo o ciudad francesa- a los caídos en las dos grandes guerras-,  el museo inspira con su homenaje al desdichado Jacob el mismo sentimiento de sana envidia en el viajero español. Aquí la Francia de Vichy, o sea, la división y la traición fratricida, se recuerda poco. La grandeur viste más contra el enemigo exterior.

Por lo demás, este es buen lugar para seguir profundizando en la particular teoría del turismo posible, o sea, ver y gozar en las dosis que le permiten a uno las fuerzas, las entendederas y el bolsillo. No más. Si no se puede viajar como un millonario, lo mejor es hacerlo como un peregrino o un estudiante: un picnic a mediodía a cualquier sombra o en cualquier orilla, que para eso hay en Francia sobrada oferta, exquisitas boulangeries y un repertorio de quesos, patés, vinos y cervezas más tentador que cualquier menú-puñalada de la carta turística tradicional. Al caer la noche, rendido por la fatiga, procede rendirse al autohomenaje. Dos platos, postre, vino. Incluso con una vela encendida. Sueño.

Se puede soñar en viajes más lujosos. Pero si te sientas dos veces al día en la mesa de un buen restaurante, lo cierto es que luego la modorra  apenas te deja ver casi nada. Y ahora ya no farda nada aquello de presumir de vinos y de chateaux-relais.

Continuaremos.

Cambio de aires 6/Siguiendo a Gauguin

Lo mejor de los pueblos bonitos es que en algún instante de algún día de algún año puedes verlos sin la marabunta de los turistas. ¡La suerte es dar con el momento!...

Escuchaba  este duende hace unos días a Gustavo Torner contando por RNE cómo se gestó y nació el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Fue una experiencia singular nacida del mecenazgo de Fernando Zóbel, del empuje del propio Gustavo y de Gerardo Rueda y del buen sentido de un alcalde que no entendía una palabra de arte, pero que supo valorar la iniciativa y facilitar la compra de las Casas Colgadas para albergar la colección. Entre ellos y los Saura –Antonio con sus cuadros y Carlos con su película Pippermint frappé, que tanto nos epataba a los jóvenes de entonces- descubrieron Cuenca para el mundo. Hoy Cuenca está en la agenda de muchos que buscan dónde perderse un fin de semana mezclando lo trascendente con lo deleitoso. Placer para el cuerpo y oxígeno para el espíritu. Mejor, y más bonita, en otoño. Una ciudad o un pueblo con artistas en su censo deja más huella en el visitante

Pont-Aven es un pueblito de Bretaña con quince famosas casas antiguas y catorce molinos de agua. Un capricho de piedra, río y profusión de flores adornando el paseo entre los molinos y las calles de casitas bretonas, un pequeño puerto fluvial y un paraíso boscoso a su alrededor. El Zóbel de Pont-Aven fue nada menos el fogoso Paul Gauguin, a cuyo reclamo acudieron muchos otros pintores. Hoy el arte allí sólo es una excusa. Las múltiples galerías que salpican el pequeño pueblo exhiben los mismos cuadros prêt á porter que  los artistas callejeros venden en cualquier ciudad del mundo: paisajitos ñoños y relamidos, quizás apreciados por el turista, pero inexplicables en un lugar donde pintó quien quizás fue el más vigoroso de los impresionistas. También en Salzburgo venden unos bombones muy cursis envueltos con la imagen de Mozart. Todo por la pasta. Aunque los artistas así explotados hoy pasaran en su tiempo un hambre canina.

El otro cebo para el consumo de esta villa son  las famosas galettes bretonas, unas pastas deliciosas que reponen en michelines lo que el lugar se lleva en suspiros. A este viajero no le gustan tanto las galettes como las cajas de hojalata retro donde se venden. Se acordaba de su madre, que guardó toda su vida los botones en una cajita de té chino decorada con unos chinos horrorosos. Cuánto le hubiera gustado a ella una caja de Pont-Aven. Para compensar esta frustración retroactiva, el Duende ha descubierto que una de sus nietas, Olivia, tiene cara de niña de caja de galletas antigua. Quizás haya que parafrasear a Forest Gump y decir que la vida es una caja de galletas.

Pero con Gauguin, con los molinos y las galettes, Pont-Aven  en agosto se acaba convirtiendo en una avispero de turistas. Así que el viajero huyó del bullicio para hacer una randonnée de nueve kilómetros hasta Port Manec´h, siguiendo la costa de la ría del Aven hasta el mar. Es más o menos como un paseo por la orilla de  la Costa de los Pinos mallorquina, con sus calas y su contraste entre el verde de la vegetación y el azul de las aguas. Pero la diferencia es que  en Bretaña paseas a veintiun grados, y que el bosque es una frondosa mezcla de robles, hayas y pinos monumentales por el que en cualquier momento te puedes encontrar a un gnomo o al mismísimo Bambi. Qué placer, pasear por un bosque así viendo veleros y sintiendo en el rostro el beso de yodo y sal que venía de la mar.

La jornada acabó en un puertecillo que la guía menciona de refilón, y que, siendo encantador, no merecía la atención de los japoneses. Se llama Doëlan, un pueblín bellísimo dividido en dos barrios por una profunda y estrecha ensenada donde duermen muchos barquitos. Se cenó en un chiringuito frente al faro dorado aún por el  poniente. Cree el viajero que casi todos eran franceses, o sea, que no llega allí la marabunta de turistas. Todavía quedan en cualquier parte perlas por descubrir.

Cambiando de aires 3/Sueño con Sofía Loren

Cómo ibamos a dejar escapar un sueño con Sofía Loren, aunque fuera en medio de un relato de viajes...A las dos semanas de iniciar el cambio de aires –léase, vacaciones de verano itinerantes- entró el bloguero en una duda metafísica de muy largo alcance. De repente sintió el complejo de viajero-plasta. Hay familiares-plasta, vecinos-plasta, viajeros-plasta y plastas diversos sin cualificación específica. Les unifica a todos el afán de castigar al personal haciéndole copartícipes de eventos familiares y sociales, aventuras deportivas y viajes que a los demás no interesan nada.

Algunos nos afanamos en contarlos con prolijidad y alevosía, cosa peligrosísima si se hace de viva voz, porque es difícil esquivarlo sin pecar de mala educación. Otros los escribimos, que es más considerado con los demás: se lo entregas o lo cuelgas en Internet y éstos lo leen o no, a su conveniencia. Pero para los plastas fetén el instrumento de tortura favorito sigue siendo el video.

-Os invito a unas copas en casa, y así vemos el video de la primera comunión de mi Vanessita-dice el plasta primero.

-Bueno- dice el plasta segundo-Siempre que te pueda poner yo el de mi viaje en familia a los fiordos noruegos.

No hay nada como despabilar a tiempo. Entonces va el plasta primero y se lo piensa.

-Bueno, casi lo dejamos, ¿no?…Al fin y al cabo…¡siempre nos quedará el purgatorio!

Moraleja: piensa que es bueno ahorrar a los demás el mismo tormento que ellos te pueden infligir a ti.

Así cavilaba el bloguero cuando terció en su memorial de viajes un sueño singular. Era tan curioso y desopilante que no puede dejar de contarlo. Sin video, claro. Lo cual servirá, además, para volver sobre el manido, pero siempre interesante tema, de cómo y por qué se forman los sueños, esa especie de albóndiga inmaterial donde se mezclan recuerdos, deseos, frustraciones diversas, aspiraciones pendientes y hasta meros reflejos físicos de un dolor o de una experiencia sensorial.

En La interpretación de los sueños el maestro Freud refiere que uno de sus pacientes había soñado que le guillotinaban en la Revolución Francesa. Se vio paseado en un carro por las calles de París rumbo al patíbulo mientras las hordas sedientas de sangre le insultaban por ser un asqueroso realista. Soñó a continuación que el verdugo le colocaba en la guillotina, y que la hoja de ésta le rebanaba limpiamente la cabeza, que cayó en un cesto. A decir del famoso psicoanalista, esta historia macabra podría haberse producido  por un estímulo físico. El paciente recordó que fue despertado por el golpe en el cuello que le dio al desprenderse del dosel de su cama la barra de la que colgaba la cortinilla. Y este golpe desató, en un instantáneo flash back, toda la truculenta secuencia de su ejecución.

La aventura onírica del bloguero fue muy distinta. A tenor de la suavidad y el `perfume de´su sueño, el bloguero, debería de haber tenido al alcance de la punta de los dedos  de sus pies alguna dulce compañía. Pero da fe de que dormía solo. Sin embargo soñó con Sofía Loren. No con la actual, sino con aquella mujer despampanante que en los años sesenta rodó en  España la película Orgullo y pasión. O sea, con el sueño erótico por excelencia de aquella juventud que dividía sus afanes entre Brigitte Bardot y la excelente y exuberante actriz napolitana.

En el sueño ella entraba en la habitación del Duende portando un saquito de arroz. A cambio de su amor, Sofía Loren sólo le pedía que cocinara uno de esos sabrosos arroces caseros de los que él tanto presume. Y entretanto, se divertían en varios juegos amorosos, vaya si se divertían. Todo se perfilaba feliz hasta que apareció en el sueño Enric Sopena y lo fastidió. Enric Sopena, que fue director de RNE y que coincidía con el Duende en el mismo programa –uno de bromista y el otro de tertuliano apocalíptico-, no se comía una rosca en el sueño. Sólo se mosqueaba, y decía que era intolerable que Sofía Loren le diera más importancia a un secundario que a él. Qué mal carácter, diablos. Pero eso no consiguió empañar la categoría del sueño, que desde el mismo momento del despertar entró en el capítulo de los inolvidables.

No pensaba este bloguero en Sofía Loren desde hace muchos años. Sin embargo, ayer hojeó un dominical que abordaba el tema del descubrimiento del LSD, y  en él citaban a Cary Grant como uno de sus consumidores habituales para, entre otras cosas, olvidar que  Sofía Loren, de la que se había enamorado rodando la película antes mencionada, no le hacía caso. Aparecía ésta en el reportaje en una fotografía. Y estaba en el esplendor de su belleza, por cierto, por lo que el bloguero la raptó subconscientemente para su sueño.

Enric Sopena también se había asomado el día anterior en un televisor encendido que vio fugazmente. Alguien mencionó su nombre, y evidentemente quedó registrado como malo de la película. En cuanto al arroz, es absolutamente cierto que no hace ni dos semanas el Duende preparó uno para sus anfitriones en la Bretaña francesa y los franceses, que tienen buen paladar, repitieron por dos veces. Así es como se elaboró el sueño.

Quizás no debería de figurar  en las impresiones de un viaje. Pero los paisajes están ahí, y permanecen, los monumentos serán los mismos mañana, los itinerarios y las postales tampoco cambiarán demasiado si esperan un día más. Y sin embargo era de necesidad urgente contar que el Duende tuvo la suerte de seducir  a la Sofía Loren más bella cocinando arroz. Y que mató dos pájaros de un tiro, cabreando además al mismo tiempo a Enric Sopena. Todo fue gracias a un sueño, y si no lo contara hoy, podría evaporarse en el cajón de los sueños prescindibles, lo que en estos tiempos de crisis, la verdad, hubiera sido una lástima.

Rebelión en la fauna

No sería justo que la rebelión quedara en los toros, no señor...

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Acababa de aprobar el Parlamento de Cataluña la prohibición de las corridas de toros cuando el toro de Orborne cobró vida, se bajó con cuidado de la valla donde estaba estampado, para  para no dejarse enganchados los mismísimos,  y presidió la reunión de urgencia  del Colectivo de Toros de Lidia.

-Hecho, amigos. Victoria…¡No habrá más muertes en el ruedo para divertir a los guiris y a cuatro nostálgicos!.

Un vitorino mugió contrariado. Le habían contado cómo mueren algunos otros rumiantes en África, triturados por un cocodrilo o comidos vivos poco a poco por las hienas, y creía que perdían la oportunidad de una vida de lujo.

-Cinco años gloriosos…Buenas dehesas, pasto, pienso a mansalva, vacas, sexo…-bufó- Es verdad que los quince minutos finales son manifiestamente mejorables….Pero a cambio podemos salir en la tele, y, con suerte, quedará memoria nuestra en el Cossío. ¿De verdad creéis que hemos ganado tanto?…

Le cubrieron de improperios y le callaron.

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La noticia corrió como un reguero de pólvora. El CGPO  (Colectivo de Gallinas Ponedoras Oprimidas) celebró asamblea extraordinaria.

-¡Compañeras!-dijo la secretaria general, de extraño parecido con Cándido Méndez- Se acabaron los soles artificiales durante veinticuatro horas para que pongamos como si fuéramos máquinas. A partir de ahora, nuestra ley es el refrán: ¡Por san Antón, gallinita pon! Y la que no sea creyente, que ponga los huevos cuando y dónde le salga de los ídem…

Clamor gallináceo. Una gallina vieja, experta en fugarse de pepitorias diversas durante la dictadura, refunfuñó.

-No se yo, no se yo…¡Tenían que abolir también aquello de eres más puta que las gallinas!

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Babe, el cerdito valiente se fugó de la película  y corrió a Castilla y León. Estaba llamado a presidir en Segovia la Plataforma contra los Asadores.

-Una semana de vida les dan a nuestros hermanos antes de ser sacrificados para entrar en el horno-dijo sin poder contener las lágrimas- ¿Qué les parecería a ellos si nosotros nos comiéramos a sus bebés?…

Se leyeron testimonios de adhesión de Porky y de Los tres cerditos y  a continuación se manifestaron ante Cándido, Duque y José María. La marea por la vida animal subía imparable por todo el mundo.

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En el Perigord, y a los acordes de Ma mére l´oi de Ravel, la presidenta del Comité de Rebelión contra la Tortura mostraba a sus afiliados una tarrina de foie.

-Nunca más,.nunca más –suspiró conteniendo las lágrimas- Nunca más permitiremos que los sedicentes gourmets nos ceben metiéndonos el pienso con un embudo mientras nos inmovilizan en una caja para provocar el estallido de nuestro hígado.

-¡Jamais! ¡Jamais!-corearon las ocas del Perigord.

-Su placer no debe prevalecer sobre nuestra tortura.

-¡Jamais! ¡Jamais!

-Y no sólo tenemos la adhesión de Brigitte Bardot….¡La primera dama también nos apoya en esta batalla contra el foie!…

Y las ocas más reivindicativas desplegaron una pancarta en la que aparecía una foto de Carla Bruni desnuda con una oca entre sus brazos que velaba parcialmente sus pechos.

A sus pies, arrodillado y también desnudo, el presidente Sarkozy untaba en una rebanada de pan una cosa llamada Nocilla.

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La rebelión de la fauna se extendía por todo el orbe y a todas las especies. Un lubrigante gallego que decía ser el Fraga de los crustáceos había soliviantado los mares con su soflama.

-¿Derramó alguna lágrima la especie humana cuando nuestros antepasados chillaban al ser introducidos en una olla hirviendo para que los humanos disfrutaran del marisco?…¿Donde queda la sensibilidad de ese que se cree un animal superior a nosotros?.

Y al grito de rebeldía se sumaron los hermanos caracoles, y los hermanos conejos, y las hermanas ovejas, y las hermanas truchas, y los hermanos burros, y las hermanas ratas los hermanos monos, tan manipulados y torturados por la investigación científica, y los hermanos percebes, y hasta la hermana lombriz, y el hermano elefante, harto de hacer el bolo por los circos de todo el mundo, y los hermanos perros que tradicionalmente iban  a parar los estómagos de los chinos, y las hermanas vacas, cuyas pieles calzaban y mantenían los pantalones de media humanidad…Y mientras en los cielos san Francisco de Asís se frotaba las manos de satisfacción y en la tierra Mac Donalds y Burguer King se apresuraban a lanzar al mercado las primeras hamburguesas de nabo, avena, concentrado de albahaca y cañamones, el Comité de Derechos Humanos de la ONU se reunía de urgencia en Ginebra para replantearse la definición del hombre como animal racional superior y rey del Cosmos.

Caminando por la Costa Vasca

San Sebastián visto desde el inicio de la senda que lleva por lo alto del monte Ulía a Pasajes

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La respuesta de este Duende a la conocida pregunta de qué es lo que más le gustaría hacer en esta vida si pudiera fue muy cuca. Dijo que andar hasta el final todos los caminos que uno se encuentra por la vida.

-Es otra forma de complacer a la curiosidad –añadió- ¿Te imaginas ir descubriendo todo lo que podrás ver tras la próxima curva, al otro lado de ese monte, más allá de la montaña o traspasando la línea del horizonte en el mar?…Aún así, siempre quedaría algo por descubrir

Desde entonces tiene claro que no hay que estar, sino moverse. Caminar, navegar, volar. Sin preocuparse de dejar huellas o estela alguna.

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…Y si es con el mar a la vista, recibiendo la caricia de una brisa que no se sabe si es atlántica o cantábrica, pero fresca y vivificante, tanto mejor. Se para en San Sebastián y el recuerdo que apuntará el turista no será demasiado original. Qué postal tan bonita, qué mesa tan exquisita, qué pinchos…De corrido, los nuevos dioses de la cultura que proliferan como setas por esos pagos: Arzac, Subijana, Berasategui. Solo uno de cada cincuenta hablará de los murales de Sert en San Telmo. Los coronarios o los escapistas románticos, se estirarán paseando desde el Peine del Viento al fondo de la Zurriola, por el Paseo Nuevo y cruzando el Urumea por el vistoso Puente del Kursal…

Pero nadie le había hablado a este bloguero de que lo más hermoso que reserva esta ciudad  es salir de ella por el monte Ulía y caminar por entre un espeso bosque donde crecen espontáneamente macizos de hortensias para llegar a Pasajes casi como si uno fuera un barco, pues acabará entrando en él por la bocana de su precioso puerto. Dos faros jalonan la ruta, los dos al final de la misma y en la orilla izquierda de la ría. El primero, a unos cien metros sobre el nivel del mar, el Faro de la Plata, encaramado en un risco casi comido por la maleza. El segundo, el faro de Senokozulua, al que se baja por una larguísima escalinata, al pie mismo del agua.

El senderista costeño puede ver en la orilla opuesta  de la ría las viejas casas de Pasajes de san Juan mientras camina desde Senokozulua hacia el pequeño Pasajes de san Pedro, donde tomará una chalupa para cruzar la ría y pasear por lo que queda del viejo pueblo marinero. En una de sus casonas del siglo XVII, hoy convertida en oficina de turismo, vivió el escritor Víctor Hugo. Vuelve el Duende a uno de sus pensamientos tradicionales: hay lugares, paisajes y panoramas donde es fácil convertirse en artista o escritor. Pasajes de san Pedro y Pasajes de san Juan, frente a frente, en un puertecito delicioso que parece un decorado cinematográfico, es uno de ellos.

Varado en la orilla de san Pedro, el caminante se tropezará con el Jaizkibel, un barco que oxida su vieja gloria como el peine de Chillida, unos kilómetros de costa más al sur, oxida la suya. En su ignorancia, y comparando ambas piezas, el senderista ve el cadáver del viejo navío derrotado como una escultura más bella que la del artista guipuzcoano. Un barco siempre será un barco, y que digan lo que quieran los entusiastas del arte contemporáneo.

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Por qué, cuando se pasea, cualquier detalle evoca un recuerdo.

Costa vascofrancesa, paseo por  la Corniche, de Hendaya hasta Sokoa, fácil y grata de andar. A la izquierda, el Atlántico (los folletos franceses no hablan del Cantábrico). A la derecha, bosques, prados, casonas, castillos. El Duende recuerda la primera vez que escuchó en directo un concierto de piano de Ravel ejecutado por la pianista chilena Marta Argerich. El primer tiempo comienza con un aire de danza vasca, donde una fanfarria da paso al impresionismo melancólico que bien pueden inspirar esos paisajes. El Duende sabía que Maurice Ravel era de por allí. Se lo contó su tío político, el catedrático Joaquín Garrigues, que le conoció en sus veraneos de San Juan de Luz.

-Mira –le dijo mostrando orgulloso un viejo disco de pizarra  que exhibía en un atril de su salón- ¿Ves lo que escribió en su funda?…Me lo dedicó a mí, porque éramos amigos.

El viejo don Joaquín Garrigues sabía lo suyo de derecho mercantil, pero también presumía de melómano.

Apenas sobrepasado Sokoa ven los paseantes en un rótulo el nombre de Ciboure. Y el Duende recuerda que un amigo suyo llamado Darío le dijo una vez que tenía su guarida en esa localidad, y que si alguna vez caía por allí no dejara de llamarle. Ya habían hecho su picnic los senderistas, sólo se trataba de saludarle, así que ni corto ni perezoso, especialista en dejarse caer por casas amigas como un murciélago por la chimenea, le llamó por teléfono. Qué alegría, no quiero molestarte, qué tontería, sólo un café, pues claro, os espero, es un apartamento sobre la ría que nos separa de San Juan de Luz , estaré asomado al balcón…

Fue una noble casa de estilo holandés del siglo XVIII donde vivió por seis meses el cardenal Mazarino, que se instaló allí para bendecir la boda de Luis XIV con la infanta María Teresa, hija de nuestro Felipe IV, celebrada en la iglesia de San Juan de Luz. No es que su eminencia viviera como un cura, es que vivía como un cardenal. Dividida hoy por pisos, en uno de ellos, desde el que se ven los barquitos del puerto y al fondo, San Juan de Luz, pasa sus asuetos leyendo, escribiendo y pensando el periodista y escritor Darío Valcárcel.


La casa natal de Ravel es la primera por la izquierda

La planta baja de la casa acoge a la Oficina de Turismo de Ciboure. Y en la fachada, una lápida en piedra recuerda que en ese lugar nació en el año 1875 el compositor Maurice Ravel. Ya lo sospechaba el bloguero: hay lugares que invitan a cultivar el espíritu y a dejar volar a la imaginación. Lo grande es que a todos ellos se puede llegar caminando, y que aún nos queda salud para seguir recorriendo los  muchos  que faltan  por conocer.

La moto Guzzi y otras debilidades del padre Bonete

¿Quién soy yo? no es pregunta fácil de responder. Aún le ocurre al Duende que va con alguien por la calle y se cruza con otra persona  que se le acerca y le da un abrazo mientras grita: ¡Echegoyen!…Y el compañero de paseo se sorprende y, después del encuentro, le pregunta la razón de que le llamen así. Y el Duende explica que casi nunca ha sido el que es, y que en la adolescencia colegial, y por aquello de que lo vasco estaba de moda y caía la mar de bien gracias en parte al Athletic de Bilbao (entonces, por cierto, Atlético, que había que cuidar la lengua del Imperio, tan bobo Franco entonces como ahora la Generalitat de Cataluña) deseó tener un apellido vasco.

El suyo es catalán. En el reduccionismo paleto de la época, la imagen del catalán era la de un señor roñoso que salía en las comedias, en las zarzuelas  y en los chistes como vendedor de medias  o industrial interesadillo. Véase el pintoresco viajante de comercio de Katiuska o muchos años después el fabricante de porteros automáticos de La escopeta nacional. Y el Duende pensó que mejor llamarse como un deportista vasco. Por no plagiar a los del Athletic, tiró de gacetillas del frontón Jai-Alai y vio que se anunciaba un partido Salsamendi-Echegoyen. Le pareció  más serio el segundo apellido, y partir de entonces, y hasta el final de la etapa escolar, sus compañeros y amigos tanto le conocieron por su verdadero patronímico como por el seudónimo con el que se camufló.

Pero para los que le conocieron más tarde, el Duende puede ser otra mentira. Por ejemplo para Antxon Urrusolo es, sobre todo, el padre Bonete, la caricatura radiofónica que le llevó a invitarle a Aspaldiko. Al padre Bonete siempre le imaginó el Duende igual que ese curilla con sotana y paraguas abierto tallado en madera que venden en Santiago de Compostela como souvenir turístico con la leyenda Chove en Santiago. Para completar su arcaica imagen, a tono con la moral que predica, el Duende le montó en una motocicleta Guzzi Hispania roja, de grandes ruedas y motor de inconfundible ronquido que era un icono en las calles de los años cincuenta del pasado siglo. El padre Bonete iba  a su servicios religiosos en Guzzi y con su manteo al viento. Paradójicamente, si se le comparaba con la del Zorro de Douglas Fairbanks (ahora Antonio Banderas), su estampa de jinete mecánico era pura modernidad.

Ahora una Guzzi Hispania es algo tan estético y  tan representativo de una época que sirve para decorar escaparates. Y en uno de éstos la vió Jorge Prádanos, ex compañero del Duende en RNE afincado en Sevilla, periodista, gastrónomo, cocinero refinado, compositor y cantante, alma de bohemia, pecador contumaz y, quizás por ello, también nostálgico del padre Bonete. Sabedor de que éste sólo perdonaría sus deliquios de la carne después de una penitencia que habría de incluir, cómo no, una invitación a degustar alguna de sus exquisitas recetas, Jorge Prádanos vio una Guzzi Hispania en el escaparate de una tienda de trajes de sevillana que ya presenta sus nuevos modelos para la Feria de Abril. La fotografió, y mandó las fotos al padre Bonete con una larga y cariñosa carta en la que recordaba sus años juntos en la radio, le mostraba su afecto y le pedía perdón por sus pecados. Ego te  absolvo a pecatos tuos…

¿Y quién soy yo?-se preguntaba el Duende. Pues un hombre sin identidad clara, pero hoy sólo un amigo agradecido. Que, como muestra de su afecto a Jorge Prádanos, se atreve a reproducir aquí una receta de éste que le encanta al padre Bonete y con la que cualquiera puede cosechar elogios sin meterse en grandes gastos. Tomen nota, que para algo tenía que servir alguna vez este blog.

Pechugas rellenas á la maniére de Jorge Prádanos

-Se compran las pechugas de pollo abiertas en librillo. Cuanto más finas sean las tapas del librillo, mejor. Se rellenan con una loncha de jamón. Se salan (muy poco) y  se les pone algo de pimienta molida. Se rebozan en harina, se doran en un poco de aceite y se retiran.

-En  la misma cazuela donde se doraron las pechugas, se pocha gran cantidad de cebolla. Cuando la cebolla esté transparente, se vuelven a meter en la cazuela las pechugas. Y se las cubre con zumo de naranja.

-Se les pone a fuego medio durante 25-30 minutos (dependiendo de la cocina y de la cantidad), añadiendo vino de Jerez (seco u oloroso, mejor que dulce), una hoja de canela y pimentón de la Vera picante, al gusto.

- El resultado es un segundo plato delicioso y muy lucido, que todo hay que considerarlo.

Pues hale, a disfrutarlo.

Buscando nuestro violín de Ingres

El admirable Manuel Alcorlo nunca quiso ser menos que Ingres...

El pintor Ingreshay que pronunciarlo en castellano, pues si no los españoles no lo identificaríamos- hacía unos cuadros preciosos, y además tocaba el violín.

Conocerán el mito, esa referencia obligada para recordar que  un especialista en algo puede cultivar muy bien otra afición. Este es también el caso de Manuel Alcorlo, un  fantático pintor que además, por su estatura, su barba y su cojera, parece una réplica de Toulouse Lautrec. Manuel Alcorlo es un genio modesto, un Bosco travieso de nuestro tiempo que se resiste a abandonar  la estética personal del artista finisecular (aún parece raro aplicar este adjetivo a otro siglo que no sea el XIX). O sea, aquel  que recalaba en París, pasaba hambre, conocía a los grandes del Impresionismo y acababa alimentándose de gloria. Alcorlo tiene su estudio en una  buhardilla  de la calle Hortaleza desde donde  se veía el techo del Madrid tradicional,  una marejadilla de tejas con gatos y retorcidas chimeneas de hierro oxidado rematadas con una especie de capirucho o pequeño sombrero chino. Quizás no fuera el más bello panorama, pero sí es una estampa muy literaria. El Madrid de Carrere, de Ramón Gómez de la Serna, de Gutiérrez Solana o de Eduardo de Vicente se respiraba a través de un enorme ventanal que el Duende no sabe si vio en sueños o acompañando a su padre un día en que éste visitó al pintor. Alcorlo pintaba o dibujaba fábulas, academicismos o retratos a plumilla  tipo Durero, según le daba. Todo lo hacía entre bien y maravillosamente. Seguramente lo sigue haciendo. Y además, cuando se aburría, agarraba su violín y  se regalaba a sí mismo una partita de Juan Sebastián Bach. Para qué más gusto.

Una cosa es el marketing y otra la excelencia. Alcorlo estará siempre más cerca de la segunda. Aunque era citado alguna vez en aquel spleen de Madrid de Francisco Umbral nunca ha sido un fenómeno como el de Barceló o un record de subastas de setenta y cuatro millones de dólares como el caminante hipertiróidico de Giacometti. Pobre Giacometti, por cierto, de qué le habrá servido tanta especulación con esa valuta sofisticada en que se ha convertido su arte. De qué le habrá servido.

Es más satisfactorio ser algo más que lo que a uno le ha tocado ser. El hombre multidisciplinar, como se diría en  esos masters de sabiduría práctica que se imparten ahora. ¿No se ha planteado el lector qué daría de sí en otra opción de vida, otra profesión, otro oficio u otra artesanía? El Duende es más feliz desde que quiere imitar en alguna medida a Dios. No por ser tan bueno ni tan poderoso, sino por querer estar en todas partes y hacer  muchas, muchas cosas. Esta semana, sin ir más lejos ha hecho las primeras albóndigas de su vida. Cuando las probó, elevó sus ojos al cielo: gracias, Señor, por permitirme dejar de hacer chorradas y cocinar  estas albóndigas que, a pesar de la trabajera que me han dado, están de cine.

¿Por qué no imitar a Ingres o a Manuel Alcorlo? Con el violín o con la cuchara, juguemos a ser un poco dioses de lo que no somos. Mientras daba forma a las albóndigas se preguntaba el Duende cómo se las apañaría el Creador para hacer el sistema solar con sus planetas tan redonditos, con lo difícil que es, a pesar de su blandura,  calibrar y esferificar la carne picada. Difícil es la respuesta, pero tampoco hay que acomplejarse. Los espíritus inquietos  que quieren imitarle sospechan que Él juega con ventaja.

Ferrán Adriá en el país de Alicia…

Lloramos porque cierra el Bulli y bramamos porque soñamos con la felicidad sin costes...¿Por qué no entienden que sólo queremos el país de Alicia?...

Dice Doña María que la reacción de su Bloque los Arándanos, mayormente obrero, no se ha hecho esperar. En muchas ventanas aparece una sábana blanca con un crespón. ¿La causa? Ya la podemos imaginar: cierra El Bulli.

-Vamos que vamossuspira en una pausa de la fregona- No se dónde vamos a llegar…

Desde que la crisis asomó su fea jeta habrán cerrado cientos de miles de empresas, cantidad de pequeños negocios, multitud de fábricas y talleres. Estamos casi en los cuatro millones de parados. Pero el dato que airean los periódicos y los informativos y elevan hoy a la categoría de portada es que  el fenomenal artista de lo efímero, el pontífice del hedonismo, uno de los diez españoles más famosos del mundo, Ferrán Adriá, se lo ha pensado mejor y cierra la Meca de los gourmets. Él dice que para viajar, recargar baterías y seguir evolucionando en el birlibirloque de la gastronomía. Otros subrayan sotto voce que los beneficios del negocio habían caído a la mitad.

-Vamos que vamos –insiste doña María- ¡Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo!…

Consternación es la palabra. En un país tan ideal como España nadie puede superar que este refinado templo de la cultura más exquisita cierre sus puertas. Incluso al Duende le tiemblan los dedos ante el teclado del ordenador, mientras escucha por la radio que los barandas de Cataluña y de Castilla la Mancha dicen que nones a los cementerios nucleares. Calentitos y con luz eléctrica, sí. Pero basuras peligrosas, ni de coña.

-Vamos que vamos- comenta doña María mientras comparte el café de media mañana con su vecina Jocelyn- ¿Pero no nos han enseñado a  tener la mula y los mil ducados?…

Quería decir el sueldo del general y la verga del teniente, pero ella, aunque de campo, es fina de espíritu. Como nuestros políticos, que venden lo imposible cuando están de elecciones y luego te tratan de sodomizar con el amargo, y tal vez único, posible. Quizás la doña no atina a ver que España, naturalmente, es un gran país. Y, por ende, un gran, enorme paraíso de la ingenuidad. Así nos lo vendieron: España, el país donde la gastronomía  es más arte que ningún otro y donde la energía quiere ser sólo beneficio, y nunca problema. El país de  Alicia en el país de la maravillas.

Aunque ahora, velay, ya no mole tanto.

Contra moscas y ciruelas

Una mosca pelma y unas ciruelas imposibles. ¿Quién controla la obsesión nuestra de cada día?...

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La estupefacción del día no tiene por qué meterse en honduras. Puede uno preguntarse por los misterios de la vida o por dudas de menor cuantía. Nadie se programa para ser trascendente o frívolo. El hombre se debate entre  toda suerte de cuestiones de orden espiritual, filosófico, material, práctico o anecdótico,  y no sabe por qué una de estas se pone por delante de las demás y, sin una razón particular,  le quita el sueño.

En el día de ayer, los problemas que comentaban Homper y la tía Clota distaban mucho de los dilemas existenciales.

-Primera cuestión, tía. ¿Tú has sentido alguna vez que una mosca juguetona se interpone en tu mirada? Segunda cuestión, tía. ¿Cuánto tardan en madurar las ciruelas en Estados Unidos?

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La mosca. Apareció mientras Homper leía el periódico. Revoloteaba en el área de visión de su ojo derecho, y se movía entre el eje central de la mirada para acabar fugándose por el lado. Durante muchos minutos, mientras  trataba inútilmente de espantarla, debió de parecer un imbécil. Pronto observó que la mosca seguía los movimientos de su pupila. Buscaba ésta la línea del periódico y allá que iba la mosca.

No le sorprendió a Homper que la tía Clota le dijera que era otra gotera de la edad,  algo bastante frecuente, y que debía visitar a un oftalmólogo. Le dejó estupefacto constatar que nadie se lo había comentado antes. ¿Cómo se puede convivir con una mosca tan puñetera sin hacer de ella un tema de conversación?

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¿De qué están hechas esas ciruelas de color granate oscuro que,  tan bien empaquetadas al vacío en un envase de plástico de ocho unidades, se vende ahora en los supermercados? ¿Qué tierras, qué invernaderos, qué fertilizantes, qué milagros transgénicos o qué coños convierte a una fruta tan aparente en un imposible? ¿Por qué no maduran nunca? Con mucha suerte, van de una dureza de bala de cañón a la de una pelota de jokey.

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Homper compró las ciruelas y las dejó en el frutero, esperando que tarde o temprano madurasen. A las tres semanas, se enfrentó a una de ellas con cuchillo de sierra y tenedor. Consiguió probarla. No sabía a nada. ¿Qué se puede hacer con unas ciruelas así?

La respuesta se la dieron Adolfo y Zita, una pareja de artistas cubanos que se instalaron en el piso 4º A.

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Zita era una cantante gorda y pertinaz como pocas. Durante un mes, y acompañada por Adolfo al piano,  torturó a Homper y a los demás vecinos ensayando sin cesar Siboney…Yo te quiero, yo te adoro, Siboney…Y cómo desafinaba. Un día, no pudiendo resistir más, Homper le lanzó a un  ciruelazo que penetró por la ventana abierta y fue a impactar contra su ojo derecho.

Se la llevaron a urgencias.

Y aunque Homper se quedó preocupado por la utilización de la ciruela como arma disuasoria, se consoló de inmediato. Pensó que no sólo había encontrado utilidad a aquella fruta marmórea, sino que durante una buena temporada le había ahorrado a la cantatriz el problema de la mosca traviesa que a él tanto le obsesionaba.

Carta a Jorge Manrique

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A pesar de todo, no estoy de acuerdo en que cualquier tiempo pasado fue mejor...

Querido maestro

Antes que nada debo decirte que fuiste uno de los primeros escritores que admiré. Las Coplas a la muerte de tu padre se nos grababan a casi todos los escolares de mi época. Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte…Las recitábamos de memoria.

En cierta manera, se me pegó el espíritu que derramaban sus versos. Quizás recuerdo demasiado. He caído en la tentación del exhibicionismo que proporciona ese invento llamado Internet: ya sabes, es como el diván del psicólogo. Tengo amigas como Cristina y Bibi que se dedican a escuchar a la gente y a ayudarla así, pero según sus normas, la terapia no funciona cuando el que se tumba en el diván es conocido. Por eso creo que he acabado en el rollo este de la red. Un lío. Me hubiera sido mucho más agradable una psicología entre gente conocida.

Recuerda mi alma dormida…Demasiado, a lo que se ve por los que aún se asoman por aquí. Recuerdo, sí. Y me critican por ello, puede que con razón.  El pasado suele tener mala prensa. Es de gente medrosa y por lo general triste.  Sin embargo es el único pavimento que uno conoce, y por el que transita con cierta seguridad. El presente no llega a ser: pasa bajo nuestros pies como una alfombra en cinta transportadora. ¿El futuro? ¡Oh!…Hubo un tiempo que soñaba con él, pero me ha hecho tantas pedorretas y está tan desgastado por la verborrea de los políticos, del lenguaje empresarial, de la publicidad y de las escuela de negocios que no me merece demasiada consideración. Además, ahora que valoramos tanto el espíritu democrático…¿Has visto algo más tiránico que futuro? ¿Ha consultado alguna vez algo  a alguien? Se presenta cuando quiere y hace lo que le sale de las narices. Lo de mitificarlo y levitar cuando se le menciona me parece recurso de cantautor con guitarra de cuerdas rotas y seso vacío. Yo soporto el futuro porque no me queda más remedio. A pesar de eso, procuro no llevarme mal con él.

Eso tampoco quiere decir que esté de acuerdo con el más famoso de los versos de tus coplas. Cómo, a nuestro parecer/ cualquiera tiempo pasado fue mejor…Si somos serios, hay que reconocer todo lo contrario. Que a pesar de todas las miserias, los peligros y los desafueros del mundo actual, cualquier tiempo pasado fue muchísimo peor. Eso sí, si nacías en una familia donde comías caliente, si tenías  cerca un parque para jugar a las chapas con tus amigos, si te sobraban cinco pesetas para ir al cine y, además no te enterabas de lo que pasaba por ahí, eras feliz. Había mucha mierda. Pero quizás ni la veíamos ni nos llegaba su hedor.

Dos notas de esta semana para demostrarte que no soy tan pesimista. El jueves actué en la convención de una empresa japonesa que celebraba veinte años de su llegada a España. Fíjate qué contradicción, yo aquí tan coñazo y aún hay quien me contrata para alegrar esos actos. Una parte importante de las ponencias fue para mostrar los programas sociales de la firma. Entre ellos, quizás el más impactante, su obsesión por la integración de los discapacitados. Un chaval llamado Pablo –también un chico Down, como el asombroso Pablo Pineda de la película Yo también- aplaudía a rabiar cuando dos compañeros de trabajo con enfermedades degenerativas que les mantienen en sillas de ruedas eran premiados por los proyectos que han desarrollado para aplicar la tecnología de la casa a  facilitar la vida de muchos impedidos. Yo me acordaba de las voces del niño del segundo de la casa donde nací, que se escuchaban por el patio. Las oí durante muchos años. Era un muchachito con una cabeza monstruosa, sin ojos, lo que entonces se llamaba, sin mucha delicadeza, un subnormal. Las escuché hasta que murió. Pensé lo terrible que ha sido la vida de los discapacitados y de sus familias hasta que la  sensibilidad social al menos les ha mirado. No, Jorge Manrique, no tienes razón. No siempre cualquier tiempo pasado fue mejor.

La otra –si no, no sería yo escribiendo- es una nadería importante: el descubrimiento de las rosquillas más deliciosas que he tomado en mi vida. Las sirven en una cafetería de la calle Alfonso XI de Madrid, frente a la COPE. Maravillosas. Y, al contrario que las porras y los churros, mantienen su sabor y su textura incólumes para ser, a lo largo de la mañana, un desayuno  perfecto para golosos. Un amigo mío suele decir que la mayor felicidad de este mundo está en lo que rodea a un agujero. Debe de referirse a estas rosquillas. ¿O no?…

Nuestra vida son los ríos que van a dar a la mar…Yo ahora, de momento,  me conformo con ir a correr a la Casa de Campo, que está vestida de otoño. Cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando…Y uno en el centro de esa rosquilla, que es la existencia, buscando dónde morder para endulzarse los días y hacerle guiños al pelmazo del futuro.

En fin, querido maestro. Espero que no te mosqueen mis observaciones a tu obra más señera. Es mi oficio, al cabo uno no es más que un espíritu travieso que te respeta y te admira.

Tuyo afectísimo

El Duende de la radio

Los polvorones evocan a Lawrence de Arabia

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Aquel aventurero amaba el desierto porque era limpio...como los polvorones

Lawrence de Arabia explicaba así su fascinación  por el desierto: me gusta porque está limpio.

El Duende guarda pocas similitudes con aquel héroe. Ama la aventura, pero sin llegar al arrojo del coronel británico. Su vida, al lado de la que recreó  tan excelentemente David Lean, es como uno de aquellos recortables en los que nos entreteníamos los niños antiguos. Casi todo imaginación para siluetearla cuidadosamente con la tijera, ponerla en pie con peanas de papel sobre la mesa del comedor y soñar que se podía ser héroe. El Duende también va en moto, su Vespa no es aquella ruidosa máquina que montaba el coronel cuando se encontró con la muerte, hay diferencias. También lleva gafas, pero espera que las suyas no se queden colgadas de un arbusto, como ocurre en la escena que abre y cierra el filme de Lean: hay películas que hacen mella en la memoria, y pequeños detalles de un plano que son como el pin que las identifica. Las gafas de Lawrence ahorcadas en un matojo, qué pena, el hombre que amaba el desierto porque era y estaba limpio.

El Duende se acuerda de él cada vez que desenvuelve el papel sedoso del polvorón. Porque al encanto de su sabor añade su belleza sencilla y natural. Se desmorona al primer mordisco y presenta la misma textura de una duna. Y es limpio, como el desierto que amaba Lawrence: la harina es la arena. Su capa de azúcar, de almendra molida o de ajonjolí, la superficie, la piel de ese desierto golosina. Y es limpio, limpio. Puedes comértelo en un pispás, para aliviar ese golpe bajo que a veces te propina el hambre a mitad de mañana, y quedar tan elegante y bien compuesto como Peter O´Toole.

Sorprendentemente, ninguna universidad ni centro de estudios de esos que periódicamente ofrecen informes pintorescos han publicado nada interesante sobre el polvorón. El inquieto Duende ahora selecciona en los supermercados los polvorones-polvorones, que afortunadamente se venden a granel, a elección del consumidor, y permiten  esquivar la filfa que a veces incluyen los llamados surtidos. Va a lo clásico: el polvorón de almendra, nevadito. O el que llaman mantecado, peinado con granos de sésamo. Y entre su estudio de campo sobre las inmensas ventajas de salir de casa con dos o tres polvorones repartidos en los bolsillos de la chaqueta, ha llegado a la conclusión de que se puede abrir y consumir un polvorón en el transcurso de un viaje de cinco pisos en un  ascensor convencional. Eso sí, cuando se abren las puertas en el final de trayecto, aún puede que le pillen a uno relamiéndose.

-Buenos días –dijo llevándose las manos al bolsillo cuando se topó con una bella dama en el portal- Es que tomaba un polvorón mientras bajaba- se excusó- ¿Quiere uno?…

La mujer se quedó pasmada. La segunda conclusión del estudio de campo es que la sociedad aún no está preparada para aceptar golosinas de un extraño a la puerta del ascensor.

Y la tercera es que quizás haga falta subir al Empire Estate para enamorar a una mujer con los argumentos de Lawrence de Arabia y el irresistible encanto de esta joya de nuestra dulcería llamada polvorón.

El circo del PP y otros desvaríos

mariano, Espe, Gallardón...¡Más difícil todavía!...¡Hale hooop!No es tan primaria como la mayoría, que advertimos día a día en desastre de la oposición al gobierno de España. Pero incluso desde Estados Unidos, la tía Clota también percibe que el PP es un circo.

-Pero no es porque le crezcan los enanos, como dicen casi todos los cronistas-precisa- Sino porque  aspira constantemente al ¡más difícil todavía! ¡Anda que armar la que arman por disputarse el presidente de un banco después de haberse comido el marrón del Gürtel ese!…

Y evoca Trapecio, una película de circo, un producto típico made in Hollywood que impactó mucho en su juventud. En la escena cumbre, un hercúleo Burt Lancaster en su apogeo de icono viril, recibe a una espléndida Gina Lollobrígida que vuela a sus manos tras el triple salto mortal. Bocabajo y todo, y desafiando a la ley de la gravedad, el héroe trapecista sube a pulso a la heroína y la besa en los labios.

-¿Sobrino, no te imaginas el número?…-le cuenta a Homper entre risas- En un trampolín, Rajoy y Gallardón, los dos con taparrabos de lamé. En el opuesto, en plan Pinito del Oro, Esperanza luciendo tipo con su malla tan sexy rebosante de lentejuelas. Primero salta Rajoy al trapecio, y se cuelga bocabajo. Luego salta Gallardón y se prende de él. Y finalmente, Espe. Todos los del PP llenan el circo haciendo el oficio de niños….¡Que se besen, que se besen!…Y entonces Gallardón y la Espe repiten el numerito de Burt Lancasyter y la Lollo, suena el cha-ta-tachán  y los niños estallan en aplausos…

Tía y sobrino  se ven riendo a través de la cámara de su ordenador.

-Lo del PP, tía, es un numerito que traspasa el Atlántico- subraya Homper.

Y piensa que la imagen que describe su tía podría ser un sueño pintoresco si no estuviera tan cerca de la realidad.

Sin embargo los sueños se nutren de materiales imprevisibles que se mezclan a lo loco. Lo decía Freud: pueden aparecer en un sueño una vieja amistad, un antiguo amor, un escenario de cuento, una noticia de ayer, una frustración permamente, el deseo de ligar con la pastelera, un famoso como Cayetano Ordóñez, el practicante con el que te cruzaste en la escalera antes de entrar en casa y hasta el estímulo físico que te produce.una sábana de seda. Los sueños son una ensaladilla rusa, o un castillo de fuegos artificiales que el pirotécnico no ha sabido ordenar.

-Por cierto, tía-comenta Homper cambiando el registro a serio-¿Sabes qué soñé esta noche?…Veía una masa informe, un montón de materia viva, horrorosa, que se agitaba nerviosa…Y en éstas que de esa masa gelatinosa asoma una pata de batracio, y luego una cabeza de reptil con ojos saltones…Y me doy cuenta de que es un montón de sapos copulando…

-¡Qué perversión, sobrino!….

-Que no, tía, que Morfeo es un guasón y un caprichoso…Fíjate que anoche vi una película de Nicole Kidman, que me encanta…Y podría haber soñado con ella…Pero también ayer supe que muchos sapos de la Comunidad de Madrid mueren atropellados porque el bordillo de un carril-bici les impide juntarse con sus hembras para copular…¡Los pobres sapos muriendo por amor!…

Otro cuento, otro sueño. Homper espera que el de esta noche sea más agradable. Ya venden en la pastelería buñuelos de santo, que, en su versión clásica, rellenos de crema pastelera, le trastornan. Y, sin dejar de desear mejor suerte al circo del PP y a los mártires batracios, aspira a una bacanal con la pastelera, tan seductora. Ella y él solos, a media luz los dos, música de Astor Piazzola al fondo y  tan sólo separados por una tentadora bandeja de buñuelos de santo que media entre sus labios…

Triunfo y tragedia de la ensaladilla rusa

A pesar de lo que digan los puristas, incluso con mayonesa de bote está buenísima la ensaladilla rusa...

A pesar de lo que digan los puristas, incluso con mayonesa de bote está buenísima la ensaladilla rusa...

Según el reputado gastrónomo Jean Anthelme Brillat-Savarin la ensaladilla rusa es un plato si magnifique que même dans le plus pauvre de ser versions il resulte vraiement exquisite. En realidad no está muy claro si Brillat-Savarin probó la ensaladilla rusa –es más, casi seguro que la cita es una invención-,  ni siquiera estamos seguros de que en Francia la ensaladilla rusa se llame así,  pues este plato muda su nombre con suma facilidad. En el Campamento del Robledo de La Granja, por ejemplo, donde el Duende cumplió sus deberes militares con la patria y todo lo ruso estaba muy mal visto, se llamaba ensaladilla nacional. Es cierto sin embargo que, se llame como se llame,  casi todas las ensaladillas rusas, a nada que reúnan los ingredientes mínimos, están entre aceptables, y buenísimas. Y que a la una  de la tarde, y salvo picor sospechoso por las calores, incluso la del bar menos imaginativo de España se convierte en una tapa excelente.

Lo cual que habiendo tenido el Duende que rescatar a doña María del baúl los recuerdos precisamente para charletas de cocina, y siendo, además, devoto de tal plato, comprendió que no podía dejar pasar ni un solo día más de su vida sin hacerla en casa. Sencillamente, no era de recibo que doña María  no hubiera firmado jamás una ensaladilla rusa. Así que, después de contrastar en diversas fuentes el número y la variedad de los elementos que acompañan a la patata, el Duende se puso manos a la obra.

La primera parte no ocasionó el menor problema. Las sombras aparecieron con la mahonesa. Sólo hacía una semana que una ensaladilla rusa degustada  en familia, y que estaba buenísima, resultó estar envuelta por una mahonesa de bote. Y a ella pensaba acudir el Duende. Pero -¡ay!-siempre siempre surgen amables consejeras que enarbolan la bandera de la autenticidad a ultranza.

-¡Qué tontería! -le disuadieron- ¡Si es mucho mejor con la mahonesa casera!…Ya verás qué fácil,  huevo, aceite, sal y limón y en cinco minutos…

El caso es que siguió escrupulosamente los pasos de la receta. Pero aunque doña María  hace ya muchos años que no tiene la regla y el Duende no la tuvo nunca, la mahonesa  no espesó, es decir, se cortó.

-Es muy fácil recuperarla –le calmaron cuando llamó desconsolado a dar parte del entuerto – Lavas la batidora, bates otro huevo en un bol nuevo y cuando éste empiece a espesar le vas añadiendo poquito a poco la mahonesa cortada.

Así lo hizo. Uno, dos y a hasta tres huevos batidos -y nunca espesados- en sus correspondientes boles a los que, sucesivamente, había añadido un poco de la mahonesa frustrada anterior, iban ocupando la escasa encimera de la cocina del Duende. Aquello parecía el laboratorio del Doctor Jekyll.

En estas el Duende miró el reloj y advirtió que se le estaba yendo el tiempo que otros domingos dedica a trotar por el parque sin complicarse la vida con la mahonesa. Es lo más fácil de la cocina, sí, pero también queda dentro del ámbito de la Ley de Murphy y si puede cortarse, se cortará. Así que lo dejó todo y se fue a correr al ritmo de la Novena Sinfonía de Beethoven que guarda en su MP3 como vigorizante en situaciones de desánimo.

Y mientras eliminaba toxinas y frustraciones al tempo marchoso de la Oda a la alegría, magnífico para correr, se preguntaba si el genio de Bonn también hubiera estrellado su talento contra la fácil, pero difícil labor de ligar una mahonesa cortada.

- No todo el mundo vale para todo, Ludwig –creyó escuchar en  el coral que cierra la monumental sinfonía.

Doña María se quedó muy chafada. Pero el Duende se acabó entregando a la mahonesa Ibarra, se zampó una ensaladilla rusa estupenda y durmió la siesta convencido de que, si no los ves muy claros,  es aconsejable desoir los buenos consejos.

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