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Un raro cuento de Navidad

El absurdo de estos artistas callejeros que hacían la estatua en la calle Arenal provocó un cuento de Navidad aún más absurdo...

El absurdo de estos artistas callejeros que hacían la estatua en la calle Arenal provocó un cuento de Navidad aún más absurdo…

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A Cristina le gustaba acompañar a su madre cuando iba de compras por el centro de Madrid. Sobre todo en Navidad, salían del Metro en Ópera y desde ahí a la Puerta del Sol iba viendo a multitud de artistas callejeros que hacían de estatuas sin mover un músculo ni tiritar por el frío. Había un torero patinado en oro, un escritor como Cervantes sentado en su escribanía que parecía modelado en bronce, un motorista suspendido en el aire sobre su moto sin caerse jamás al suelo, un Lobezno vestido de negro con los dedos como cuchillas, un faquir, una tortuga Ninja de color verde, un vaquero con su revólver que no mataba a nadie, y unos soldados americanos recubietos de barro clavando una bandera. Todos inmóviles, como si fueran de mármol. Pero esa mañana descubrió un grupo escultórico que no entendió, a cuyos pies un letrero rezaba sólo una palabra: POMPEYA.

-¿Y esos quiénes son? –preguntó a su madre.

-Dos que se quedaron petrificados cuando el volcán Vesubio, que  entró en erupción y sepultó los habitantes de la cercana ciudad de Pompeya.

Como es natural la mamá de Cristinita tuvo que responder a la niña todas las preguntas que suscitó la primera explicación. Qué era entrar en erupción, por qué aquellos hombres se convirtieron en piedra, si había en Madrid algún volcán que pudiera estallar y sepultarlas a ellas y, cambiando de asunto, por qué los pobres artistas soportaban inmóviles  el frío cuando nadie se paraba a depositar un euro en su hucha.

-Son artistas- le dijo su madre intentando zanjar la cuestión- Y los artistas hacen cosas muy raras que no siempre entendemos…

-¿Y qué es lo que hay que hacer para ser artista?

-Tener mucha imaginación –dijo la madre tirando de la mano de Cristina, que no se despegaba de los pobres pompeyanos petrificados.

-¿Y cómo se tiene imaginación?- insistió la niña.

-¡Vamos, niña, que se nos hace tarde!- rezongó la madre visiblemente desesperada por la curiosidad insaciable que mostraba su hija- Imaginación es… pensar cosas originales que no se le ocurren a los demás, ¿entiendes?

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Cristinita abrió sus ojos y a partir de ese momento empezó a fijarse en todo, para ver si se le ocurrían cosas y originales y podía ser artista, que le parecía muy divertido. Mientras su madre tomaba un café y hacía un pis en el VIPS, en la portada de una de esas revistas que la gente hojea gratis vio la foto de dos hermanas siamesas: Unidas para siempre, subrayaba el titular. Cristina no sabía que hubiera hermanos siameses, y la cosa le hizo mucha gracia.

-Mamá –le preguntó a su madre cuando reemprendieron la marcha hacia el inevitable Corte Inglés- ¿Tú sabías que hay hermanos y hermanas siameses?

-Si.

-¿Y conoces algunos?

-No.

-Y ¿cómo se las arreglan cuando tienen que hacer pis?

-Mira, niña…¿Por qué no piensas en la carta a los Reyes Magos?

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Días después los niños y las niñas de su clase tenían que presentar a la profesora un cuento de Navidad escrito por ellas. Cristina se rascó la cabeza un ratito pensando cómo iba a ser su cuento. Al cabo de un rato, empezó a escribir que una niña como ella ponía el nacimiento. Era un nacimiento clásico, con su Misterio, sus Reyes Magos, sus pastorcitos, sus ovejas y cabras pastando sobre el musgo, sus pollinos cargados de leña, sus gallinas, su río con lavanderas y pescadores y su castillo de Herodes con un soldado acorazado vigilando desde la torre. Por el camino que lleva a Belén, adoradores llevando sus regalos al Niño. Y mezcladas entre esas figuritas, dos muy especiales: una de dos hermanas siamesas, la primera de las cuales lleva en sus manos un queso, mientras que la segunda porta un tarro de miel. Uno poco más lejos, tras una paisana con una cesta de huevos, otra figura original: dos hermanos siameses que además son músicos. El primero toca una dulzaina, el segundo una pandereta. De repente, en la casa donde la niña montaba el nacimiento empieza a sonar El tamborilero de Raphael, y de la misma forma que los juguetes del cuento El soldadito de plomo cobran vida al sonar las doce en el reloj de carillón, las figuritas del nacimiento se convierten en personajes de verdad. Todas hacen su papel sin problemas, y sus movimientos tienen la armonía y la serenidad de una auténtica noche de paz. Pero el problema surge porque una de las hermanas siamesas quiere detenerse a hacer pis y la otra no se lo permite, por el temor de llegar tarde al portal. Un poco más atrás los dos hermanos siameses músicos también se pelean, pues uno quiere tocar con la dulzaina Los peces en el río y el de la pandereta prefiere el Ya viene la vieja. Empiezan a sonar las voces de protesta y los insultos. Las demás figuras se enfadan, el camino se alborota, aparecen figuritas ultras y el nacimiento entero se convierte en un caos espantoso. Entonces entra la madre, para la música del Tamborilero que detiene el ensalmo, reprende a la niña por poner esas figuras tan raras, retira a las dos parejas de siameses y la niña, que no es otra que la propia Cristinita, se echa a llorar desconsolada. Además, al final –escribe la auténtica Cristina para concluir el cuento- la figura del Niño Jesús se queda con una cara un poco triste, porque ve el mismo nacimiento de todos los años, donde no hay imaginación. Y colorín y colorado, este cuento de Navidad se ha acabado.

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El cuento de Cristina causó mucho revuelo. Reunido el comité de dirección del colegio, el director tomó la determinación de llamar a los padres de la niña para recomendarles que la llevaran urgentemente al psicólogo. La niña fue al psicólogo –psicóloga más bien- sin el menor entusiasmo, porque además no había en el camino a su despacho ni estatuas vivientes ni hermanos siameses. Tampoco entendía Cristina a los profesores y a sus propios padres, a los que les gustaban, por ejemplo, los cuadros de señoras raras y de monigotes de Picasso y de Miró y no aceptaban que ella pensara en un nacimiento con siameses. Para que luego le dijeran que el futuro es de los que tienen imaginación.  

Mindundis versus la Constitución

Lucy se quedó tan extrañada de que su tío el presidente no viniera a celebrar la Constitución que le escribió una carta...

Lucy se quedó tan extrañada de que su tío el presidente no viniera a celebrar la Constitución que le escribió una carta…

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Lucy era lo bastante mayor para como darse cuenta de que aunque su padre era un funcionario cualificado su tío era más importante. Se enteró cuando este fue elegido Presidente de  su comunidad autónoma, y su abuelo, que estaba orgulloso de la trayectoria de su hijo, le explicó lo que significaba eso. Le dijo que era el que más mandaba en su tierra, y que su comunidad era una de las diecisiete partes en las que se dividía España. Lucy sabía que España era grandísima, y que ser el mandamás de una de esas partes era como ser Dios, o el papa, o un emperador, o el Rey. La familia era de clase media pelona. Esto lo había escuchado una vez a la abuela, una mujer buena y protectora de su familia, pero espontánea y descarnada, de las que hablaba sin remilgos. Tener un tío que había llegado a ser presidente de comunidad autónoma era un triunfo, del que hasta entonces todos presumían. Además, cada año que venía a Madrid para celebrar el Día de la Constitución el tío importante le traía regalos. Unos dulces, un juguete, una medalla de oro de la patrona, unos vaqueros del Corte Inglés de allí, un relojito, una pulserita. Además de presidente autonómico, toma ya, el tío era su padrino.

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-Pero este año –clamó el abuelo indignado- se ha portado como un imbécil. Como un mal educado, un perfecto ingrato y un arrogante que no sabe estar a la altura de su cargo. ¿Pero quién se ha creído que es?

La abuela trató de quitar hierro al asunto. Hombre, no te pongas así, el chico habrá tenido algo más importante que hacer. Ya sabes, desde que se ha separado anda como loco, si no ha venido a la fiesta del Congreso será porque había otro asunto más serio que requería su atención.

-¿Pero qué otro asunto puede haber más importante para él que la celebración de la Constitución gracias a la cual un mindundi como él está donde está? ¿Por qué la desprecia así y, de paso, nos desprecia a todos?..

Al decir esto el abuelo soltó un puñetazo en la mesa donde se celebraba la merienda familiar, derramó la cafetera sobre el mantel y la falda de la abuela y ésta rompió a llorar desconsolada.

-Papá –le preguntó Lucy a su padre mientras su madre trataba de limpiar la mesa y poner orden- ¿Por qué el abuelo se enfada tanto? ¿Qué es la Constitución? ¿Qué es un mindundi?

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Debía de estar al borde de la adolescencia despabilada, porque tras la intervención de su padre lo entendió todo. La tarde de aquel accidentado 6 de diciembre de 2014 su padre, el probo funcionario, le contó que el abuelo había sido siempre un demócrata cabal, un hombre de leyes, mientras que su hermano, el tío padrino importante, sólo era un abogado listo y político. También le contó que la Constitución era la ley fundamental que habían jurado y prometido todos los políticos que ahora abusaban de ella y se la saltaban a la torera cuando les convenía. Añadió que a su abuelo a él y a cualquier español de bien les parecía intolerable que a la fiesta de la Constitución, a la que tanto debían todos, hubieran faltado nada menos que once o presidentes además del tío. Y también le explicó que un mindundi sólo era un tipo insignificante, de poca categoría, y que el abuelo llevaba fatal que uno de los suyos acabara siendo un mindundi.

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Como Lucy no era además ninguna pava, también conoció poco después que hay motivos, generalmente con faldas, por los que algunos presidentes de comunidades autónomas no dejan de viajar. Ni a Madrid ni a ningún otro sitio donde haga falta, como bien se sabía por el presidente de Extremadura.  Así que a la semana siguiente de la frustrada celebración del día de la Constitución en la casa de los abuelos de Lucy, la niña tomó papel y bolígrafo y escribió esta carta a su tío el importante.

Madrid 9 de diciembre de 2014

Querido tío padrino

Me ha dado mucha pena que este año no pudieras venir a Madrid. No ha sido porque no me hayas traído un regalo, no, sino porque los abuelos habían preparado merienda buenísima y el abuelo se enfadó mucho. Como sé que no eres un mindundi, espero que no faltes el próximo año.

Sería buenísimo que si vas a echarte otra novia te la eches en Madrid, para que si lo de la Constitución te parece un rollo al menos vengas para verla a ella (a la novia, no a la Constitución) y, de paso, merendar con los abuelos, tus hermanos y tus sobrinos. Aunque ya te digo que mi regalo es lo de menos.

Un beso muy fuerte de tu sobrina y ahijada

Lucy

Antes de echarla al buzón se la dio a leer al abuelo.

-Mándala, niñita- le dijo el anciano mientras la abrazaba- Ahora ya estamos tan acostumbrados al desprecio de las cosas importantes que la mayoría se calla, pero estas cosas hay que decirlas.

Pereza de la Navidad

Pereza de la NavidaD1

5 de diciembre –anotó en su diario- Ya he leído los periódicos. Al margen del catálogo de desgracias y tropelías con que habitualmente nos obsequian los medios, veo que avanza imparable la Navidad. La Lotería, los langostinos congelados, el Corte Inglés como paraíso, las mil y una iniciativas benéficas y humanitarias, los Papá Noel de peluche trepando por los balcones. Dentro de poco, me temo, algún villancico de Raphael derramando copos de almíbar en la tele, el turrón que vuelve a casa, las muñecas que se dirigen al portal, burbujas doradas y macizas como la chica de Goldfinger, famosos de esos con el pelo teñido y famosas estucadas levantando la copa de cava brindando por mi felicidad…No puedo decir que me dé náuseas, porque a mí me gustaba la Navidad. Sí me da mucha vergüenza ajena. Menudo mantra, como se dice ahora, para desatar las ganas de hacer negocio, la cursilería y la horterada al por mayor.

Ahora, de verdad, de verdad, lo que sí me produce este fenómeno es vértigo. ¿Otra vez la Navidad, tan pronto?… Flori, mi vecina de arriba, dice que le da tanta pereza meter y sacar cosas y ordenar los armarios que entre los adornos del árbol ya cuelga el bikini. Dice que queda muy bien entre las bolas, los muñecos de nieve, los lazos y las luces, y así lo tiene más a mano, porque se acabarán las navidades y el verano ya está al llegar. No es que la Navidad sea breve, aunque cada vez se adelante más, es que me voy haciendo vieja, y el tiempo, qué putada, se me escurre como el agua entre los dedos.

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El marido en los cielos, su hija Adela trabajando de enfermera en Coventry, su hijo Alfonso de cooperante en Sudán, sus tres hermanas un poco menos lejos, en Canarias, en Vigo y en Tarragona. Lucía pensaba que por tradición y, aún un poquito, por convicción, tenía que vestir su casa de Navidad. Pero sentía como si alguien la hubiera atado de los pies a la cabeza a la chaise-long y no pudiera levantarse, abrir los armarios y sacar las figuras y el dichoso abeto de plastiquillo vegetal. Ataduras invisibles, pero bien fuertes. ¿Para qué se iba a tomar la molestia? ¿Para quién?

Salió a la compra. Lo justo para comer y cenar. Y allí, mientras esperaba su vez en la pescadería, se encontró con Flori, que llamaba desesperadamente a su suegra para pedirle que recogiera a los niños por la tarde en la parada del autobús del cole y los llevara a casa.

-Es que me han llamado del Centro de Salud para decirme que hay un hueco para la mamografía, y cómo lo voy a desaprovechar-explicaba.

Pero la suegra de Flori no podía, porque tenía cistitis, qué faena, y Flori estaba tan desesperada que no se daba cuenta de que el pescadero entretanto le cortaba la pescadilla en rodajas, y no en filetes, como había pedido.

-¡Coño, y encima esto!- soltó cuando se apercibió de ello.

-No te preocupes- terció Lucía- Ya iré yo por ellos.

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Antes de volver casa, Lucía compró polvorones, y en un bazar chino, unas chuches, unos cuentos y unas pinturas. Luego, por la tarde, antes de bajar a por los niños de Lucía, calentó el horno para poner en él un cuarto de pollo con pasas, cebollitas y unas rodajas de manzana rociados de jerez oloroso. Recogió a los críos, los subió a casa, les dio de merendar, les ofreció las chuches y los regalitos, puso un CD de villancicos y así pudo abrir el armario y rescatar del altillo el árbol, los adornos y las figuritas del nacimiento. Por un momento temió que el Niño Jesús hubiera sufrido los abusos de un pederasta, que a san José le hubiese decapitado un yihadista y que los Reyes Magos hubieran estafado a toda la cristiandad llevándose los camellos cargados de regalos a un paraíso fiscal. Pero afortunadamente los males de este mundo no habían llegado hasta ahí.

Con el aroma de buen asado que invadía la casa, los villancicos, los polvorones, y las voces de los niños Lucía, pudo hacer de tripas corazón y cumplir con el viejo ritual que le habían transmitido sus padres y que, cada año más, le pesaba como una losa. Le fastidiaba dar la razón a los anuncios, pero tenía que admitir que la Navidad era para compartirla.

El Día de Acción de Gracias

A veces nos cuesta encontrar motivos para agradecer nada, pero buscando, buscando...

A veces nos cuesta encontrar motivos para agradecer nada, pero buscando, buscando…

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Fue algo grande que mi padre decidiera poner calefacción. Durante años decía que no podíamos permitirnos ese lujo, porque no había dinero. La casa se calentaba con el fuego de la cocinona y con dos estufas de butano que rodaban de habitación en habitación, un ratito en esta, luego una hora en la otra, luego más tiempo en la de la abuela, porque los viejos tienen más frío que nadie, y así. Pero ese calor no llegaba a la galería, el gran mirador donde prácticamente pasábamos el verano.

Es la suerte de tener una casona vieja en Asturias. Desde aquella galería acristalada veíamos los tejados de la aldea, la torre de la iglesia, los prados con sus vaques, el Feve y al fondo del todo, el mar. A la abuela y a mí nos encantaba ver pasar los trenes, que salían del túnel, salvaban un altísimo viaducto y atravesaban el bosque de castaños como una lagartija mecánica hasta perderse de vista. Nos gustaba mucho eso, pero la abuela se emocionaba más cuando pasaba un barco, porque el abuelo había sido maquinista en muchos barcos, y ya se había muerto. El abuelo se tiraba pedos sin darle importancia, no se si por haber sido marino o porque los maquinistas tienen licencia para pedos, o porque era viejo, pues ya me he dado cuenta de que los ancianos se pedorrean como sabiendo que se les va a perdonar. A mí no me perdonan ni uno, pero no me quejo, porque soy un chaval, y aún me queda mucha vida para disfrutar de otra forma.

Pero ya digo, en esa galería que era la alegría de la casa no podíamos estar más que en verano, porque en invierno te pelabas de frío, y teníamos que pasarlo en el resto de la casa, que era más bien oscura. Mi madre, mis hermanas, mi abuela y yo siempre decíamos lo mismo: ¡ay, si tuviéramos una buena calefacción! ¡Ay, si pudiéramos usar la galería también en invierno!…

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Las cosas cambian. Hoy, a mis catorce años, me doy cuenta de lo maravilloso que es poder tener una buena calefacción. Llueve, hace un día típicamente otoñal, las nubes se han agarrado al valle y nos tapan el mar y hasta la vista del tren. Incluso con este mal tiempo la galería, calentita, me parece el cielo. Con el calor de casa, todas las cristaleras se han empañado, y por primera vez me he dedicado a dibujar sobre ellas con el dedo mientras la abuela, a mi lado, hace punto en la mecedora y escucha la radio. Yo dibujo lo que se me ocurre, cosas que me salen de dentro o de las que hablan las noticias, qué se yo, no lo pienso mucho. En esta cristalera un barco, en la otra el tren, luego una vaca y un caballo, en la siguiente una niña que quiero que se parezca a Ramonina, la compañera del cole que más me gusta, con sus tetitas y todo, pero me queda regular. Da igual, me divierto así.

Entretanto, la abuela sigue haciendo punto y escucha la radio. En esta hablan del Día de Acción de Gracias de los americanos, que es muy importante para ellos, y aprovecho la última cristalera para dibujar al pavo indultado con la frase Happy Thanksgiving Day. En el colegio nos enseñan inglés bastante bien, la profesora nos ha contado que los americanos dan gracias a Dios por ser como son, y comen pavo. Aquí no somos tan agradecidos, pienso yo.

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El abuelo Pantaleón aparte de tirarse pedos decía que la vida era una cabronada. La abuela se enfadaba mucho, le decía que no fuera tan negativo. Yo estoy un poco con el abuelo, y otro poco con la abuela. Ahora no sólo tenemos calefacción en la galería, sino que mi padre ha comprado una furgo de lujo con entrada especial para mí. Porque, hablando de cabronadas, se me ha olvidado contar que yo tengo que moverme en silla de ruedas porque un borracho nos atropelló la primera noche que nos colamos en la discoteca, cuando volvíamos andando por la carretera y el muy cabronazo conducía después de haberse inflado a cubatas. Mató a dos chicas de la pandilla, bien que lloramos en el funeral, así que yo tuve bastante suerte. Con la pasta que ya nos ha pagado el seguro mi padre compró la furgoneta especial y, sobre todo, instaló una calefacción buenísima por toda la casa para que podamos disfrutar de la galería. Estoy orgulloso de que sea gracias a mí.

Por cierto, la radio también hablaba hoy de pasada del pequeño Nicolás. Mira, me dijo la abuela, ese pájaro se llama como tú. Yo no soy pequeño, le dije como protestando por la comparación. Y entonces aproveché el último hueco que aún quedaba en la cristalera empañada para poner mi firma de artista debajo del Happy Thanksgiving Day. Escribí Nicolás el Grande, y me quedó chulísimo.

Una duquesa para la eternidad

Milagrosamente, aquella mujer que ya había dejado muy atrás sus mejores años, seguían encandilando al pueblo en tal manera que este quería inmortalizarla a goda costa...

Milagrosamente, aquella mujer que  había dejado muy atrás sus mejores años, seguían encandilando al pueblo en tal manera que este quería inmortalizarla como fuera…

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Marga daba gracias de vez en cuando a la memoria de sus abuelos, que le contaban cuentos. Los niños con abuelos reciben la suerte extra de tener más padres. Si además de eso, los abuelos son de los que cuentan cuentos, más padres con premio gordo. Los primeros cuentos que recordaba Marga eran los de la abuela, que se nutrían del acervo clásico. Pero a eso de los siete u ocho años le empezaron a gustarle más las historias del abuelo, que dejaban de presentar la vida en amables colorines infantiles y se llenaban de emociones, intrigas y sufrimientos entre nieblas, sombras y hasta noches siniestras. Le gustaban especialmente los cuentos de miedo, que despiertan un morbo especial cuando se aproxima la adolescencia. El abuelo lo mismo le hablaba a Marga de un tal Ulises y Polifemo que del Conde de Montecristo, de Maese Pérez el Organista o del avaro Mister Scrooge. Sin embargo la que más la impactó, por lo cerca que quedaba el mito, fue la historia de la hija del Doctor Velasco.

-¿No sabeis? –les contaba luego a sus compañeras de colegio- El doctor Velasco tenía una hija de catorce años a la que adoraba. Un día se puso enferma, su padre se equivocó en las medicinas que tenía que darle y la pobrecita se murió. Y el médico se volvió tan loco de dolor, que disecó el cuerpo de su hija y siguió viviendo con ella en casa. La niña creo que le quedó guapísima.

-¿Y la llevaba al colegio? –preguntaron sus compañeras.

-No, pero al teatro sí. Dicen que le encargó un traje de novia, se lo puso, la subía a un coche de caballos y se iba con ella al palco de la ópera.

Lo que más le impresionaba a Marga, como también a sus amigas, es que esa historia no había pasado en la brumosa Inglaterra de otros cuentos o en los Balcanes. Sino en Madrid, y precisamente en el mismo lugar que la clase había visitado en una de las visitas culturales extraordinarias que programaba el colegio. La hija del doctor Velasco, en vida y ya muerta, habitó con sus padres en lo que hoy es el Museo Antropológico del que el famoso médico fue director.

-Jo, qué fuerte- decían las niñas.

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Los cuentos o leyendas suelen ser fantasía, pero dan ideas. Marga ya era mayorcita, y como tantas mujeres en la edad mediana, padecía en sus propias carnes el mal momento que tocaba vivir. Había estudiado filología inglesa y periodismo para acabar ganándose la vida como vendedora de perfumería hasta que llegó la crisis, cuando un ERE sólo le dejó unos pocos euros y la calle para correr. Marga a pesar de todo tenía buena cabeza, y creía que el sentimiento colectivo de la población agravaba sus miserias por el sistemático martilleo al que el Gran Hermano le sometía a diario.

-Nos manipulan –se quejaba mientras tomaba café con las mismas amigas que compartían sus cuentos- ¿Quién decide lo que debe decir el Gran Hermano para acojonar al personal?…¿Por qué un escándalo o un agravio se tapa con otro?…¿Cuándo conviene destapar éste? ¿Es más rentable para el poder que vivamos asustados que tranquilos?…

Y repasaba el memorial de desastres que venía flagelando al personal en los últimos tiempos. Empezábamos a levantar cabeza después de la ruina y las amenazas de rescate cuando se inició la comedura de coco del secesionismo catalán. Vino después el mea culpa de Pujol, afloró el escándalo de las tarjetas de BANKIA y Más y sus secuaces dejaron las portadas y las cabeceras del telediario. Vivíamos seriamente preocupados por el referéndum de Escocia cuando saltó la amenaza del Ébola y durante unas semanas nos cambiaron el chip de la angustia. El Ébola cedió protagonismo al caso Púnica. Púnica le pasa el relevo al sondeo del CIS y este a Podemos. Y entretanto, un pequeño Nicolás que no sabemos si es granuja o caradura, famosos encarcelados, fábricas de embutidos que arden…Una mancha de mora, dice el refrán, con otra mancha se quita.

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Se durmió, pese a todo, ante el televisor con su ración de angustia diaria, y al despertar de la siesta comprobó, oh maravilla, que una serie de tertulianos se deshacían en elogios y hablaban de un mundo feliz. El objeto de sus consideraciones era la Duquesa de Alba. No era el asunto que más le interesaba a Marga en sus circunstancias, así que buscó con el mando del televisor otro canal, pero en éste también otros periodistas y comunicadores contaban maravillas de la Duquesa de Alba. Siguió zapeando y los Peñafiel y demás pontífices del llamado periodismo social seguían poniendo por las nubes a la duquesa Cayetana. En esa hora parecía que nada importaba más al país que la duquesa del pueblo, como la titulaban para subrayar su llaneza y su espontaneidad. La televisión y la radio dedicaban la tarde a quien, aunque sólo fuera por lo bien que enterramos en España, ya daba por muerta Marga.

-No hay mal que por bien no venga- pensó al confirmarse la noticia al día siguiente- Por unos días no nos darán la vara recordando nuestras miserias y dedicaremos nuestra atención a esta mujer irrepetible.

Se acordó entonces de la leyenda de la hija del Doctor Velasco. E imaginó que el sufrido pueblo, tan necesitado de iconos que pusieran ungüento en sus llagas, pedía a voces una Cayetana embalsamada para que su estampa inmortal siguiera acompañando, genio y figura, al incierto devenir de la historia de España.

 

Después de aquel 9 de noviembre

Se esperaba tanto de aquel 9 de noviembre, que el Agustinet incluso creyó que iba a curar la mamitis de sus vacas...

Se esperaba tanto de aquel 9 de noviembre, que el Agustinet incluso creyó que iba a curar la mamitis de sus vacas…

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El 10 N llenó de alegría al pueblo, pero no mejoró nada la mamitis de la vaca de Agustí. Este no esperaba encontrar al día siguiente de la gran efemérides un Servei de Veterinari de la Generalitat de Catalunya levantado milagrosamente de la noche a la mañana junto a su propiedad. Sin embargo le habían vendido tanta ilusión de que su voto, la autodeterminación y a la postre la independencia iban a cambiar su vida, que contaba con que algún signo externo, del cielo o de la tierra, premiarían su comportamiento de buen ciudadano.

-A más a más cuando yo sí que voy a cumplir con la promesa del Avi- se dijo.

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La promesa fue en realidad una deuda contraída por su abuelo, el senyor Esteve que, desgraciadamente, no pudo cumplir en vida. El senyor Esteve había abandonado el pueblo de niño para hacer fortuna en la Ciudad Condal. Después de muchos años en oficios diversos se jubiló como cochero de don Enric Prat de la Riba, insigne político y escritor catalanista. Como entonces ni el fútbol era religión ni el Barça era més que un club, el señor Esteve, con sólo escuchar desde el pescante del coche las eruditas conversaciones que don Enric mantenía con sus amigos y correligionarios, se hizo catalanista furibundo e independentista frustrado.

-Este Franco nos ha fotut- le diría a su nieto cuando muchos años después, siendo ya taxista en Barcelona, volvía al pueblo de vacaciones- Pero llegará el día en que Franco muera y podamos votar y ver una Catalunya independiente.

-¿I aixó será bueno? –preguntaba el Agustinet en su infantil ignorancia.

-¡Y tanto!…Será tan bueno que ese día, para que lo recuerdes siempre, te regalaré una pirindola.

Una pirindola en el año 1943 era un buen regalo para cualquier chaval de pueblo. En las jugueterías de Barcelona las había más lujosas, como una de chapa serigrafiada en colores y dibujos preciosos, con sirena e incluso con música que sonaba al girar sobre su eje. El regalo del senyor Esteve, entendió el Agustinet, habría de ser una señora pirindola de esta categoría.

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Se murió Franco. Se murió el Avi. Se murió el padre del Agustinet, al que la independencia le preocupaba menos que las vacas de las que vivía. Se votaron muchas cosas, pero nunca la autodeterminación. Entonces el Agustinet, soltero y solo en la vida, ya era lo bastante mayor como para que la pirindola no fuera precisamente el primero de sus sueños, pero todos los meses de noviembre se acercaba al cementerio y delante de la tumba de sus mayores le explicaba al senyor Esteve que aún no había llegado el momento del regalo póstumo.

-Pero no te preocupes, Avi- le decía- que el día que votemos la independencia me compro en tu nombre la mejor pirindola y la hago bailar sobre tu lápida, para que, aunque sea desde el más allá, te des el gustazo de cumplir con tu nieto.

La Rosé, que coincidía con él en la tumba de al lado poniéndole flores de plástico a su difunto marido, le mirada con cara de tonta. La Rosé había sido una mujer hermosa, pero había cosas del Agustinet que le ponían cara de tonta.

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La Rosé y Agustinet coincidían en el Hogar del Jubilado por las tardes, donde veían juntos Sálvame y luego jugaban al parchís. La Rosé era viuda sin hijos, y vivía con su gata de su pensión, de sus gallinas, de su huerto y de bordar mantelerías para una señora acaudalada que se las encargaba cuando tenía que hacer regalos de boda. Un día, en las fiestas del pueblo, se bailó en la plaza una gran sardana en la que el Agustinet buscó la mano de la Rosér, que apretó varias veces mandándole señales. Luego, en la sesión para los mayores amenizada por la orquesta del Pep Ferrerons, especializada en boleros, valses y foxtrots, el Agustinet, por primera vez en su vida, se arrancó y sacó a bailar agarrado a la Rosér. Como nunca se habían visto tan juntos, tuvieron que hablar. Apenas hablaban cuando se veían normalmente, pero se miraban mucho. Aquel día Agustinet debió de concluir que ya no les quedaba mucho tiempo para ocultar sus sentimientos.

-Que digo yo – le susurró mientras el Pep cantaba Toda una vida- que si no nos iría mejor juntando meriendas.

La Rosér puso su cara de tonta tradicional y retiró la mirada hacia el saxofón de la orquesta de Ferrerons.

-¿Que no sería una buena cosa que nos casáramos?- insistió el Agustinet.

La Rosér acabó la pieza sin decir palabra. Al final de la fiesta, cuando los viejos del pueblo emprendían la retirada y la banda de rock duro Pebre Catalá tomaba el relevo, el Agustinet le requirió una respuesta concluyente.

-Nena, si us plau…

-Ay, no se, no se –respondió visiblemente ruborizada la Rosér- Ja en parlarem.

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Dos días después de aquel que según los padres de la patria catalana iba a cambiar el destino de ésta, Agustí y Rosér quedaron en el cementerio. El Agustinet no tenía muy claro para qué, pero había votado el 9 de noviembre los dos síes que le pidieron. La Rosér también, y ambos debieron de pensar que era hora de ofrecer sus votos a sus difuntos, que al fin y al cabo celebraban calladamente su mes. Agustinet había ido antes al mejor bazar chino de la comarca para comprar una lujosa pirindola, que le permitiera homenajear al Avi. También compró el periódico, por si la Rosér se retrasaba y La Vanguardia era capaz de explicarle entretanto cómo la nueva Catalunya le iba a solucionar la mamitis de sus vacas, que ya eran cuatro las afectadas.

-Bon día, Rosér –dijo cuando la vio aproximarse a la tumba en la que esperaba sentado tranquilamente mientras leía las noticias- Todo ha cambiado ya…

La Rosér se encogió de hombros mientras avanzaba trastabillando hacia la tumba de su difunto esposo. Mientras en su mano derecha portaba un nuevo jarrón decorado por un san Jorge alanceando al dragón, en la izquierda llevaba una bolsa del bazar chino por la que asomaban claveles rojos y amarillos.

-Aixó mateig- respondió la mujer mientras sacaba brillo con su pañuelo a la boca del jarrón miniada en oro- Por eso he de cambiar las flores a mi Magí…¡Hasta las de plástico se destiñen, noy!…

Lo que siguió fue muy emotivo. La Rosér retiró los adornos descoloridos y plantó en su lugar el jarrón del san Jorge con seis claveles rojos y seis amarillos componiendo en abanico una senyera floral.

-¿Eh que es maco?- dijo la mujer mientras contemplaba su ofrenda con los brazos en jarras y por primera vez sonreía en un cementerio.

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Agustinet derramó entonces una larga mirada sobre las tumbas que les rodeaban y dejó escapar un suspiro.

-¿Sabes que hay una nave espacial que ha volado quinientos diez millones de kilómetros hasta un cometa que se llama Churynosequé sólo para que conozcamos mejor a nuestro sistema solar?–dijo mientras sacaba la pirindola de su caja y la ponía sobre la lápida de sus muertos.

-¿Y de qué cosas se entera la nave esa? –preguntó la Rosé mientras barría con una escobilla las hojas secas que se agolpaban alrededor de la tumba de los suyos.

-Qué se yo…No creo que averigüe nada de nuestro futuro. Ni de la independencia de Cataluña, ni de la mamitis de mis vacas, ni de si quieres que nos casemos, ni…

-Yo Agustinet –interrumpió la Rosér- igual me casaría, te lo aseguro…Pero como que con este lío entre el referéndum, el Mas y el Rajoy, una no sabe si es catalana o española, y, sobre todo, tampoco tiene seguro quién le pagará la pensión, hasta que no lo tenga claro no te puedo dar el sí…

-No fotis, Rosér –farfulló el hombre a punto de sollozar.

-Lo siento, noy-dijo la Rosé- Pero de momento, aixó no pot se.

El Agustí, que había ido dando cuerda a la pirindola mientras escuchaba pacientemente a su amada esquiva, la lanzó con tal ira sobre la lápida del Avi que el juguete, después de girar frenéticamente como un trompo descontrolado, saltó a la tumba de al lado y fue a estrellarse contra el jarrón de la Rosér. Este cayó de su pedestal, se hizo añicos y dejó desparramada sobre la piedra musgosa la bella senyera floral made in China.

-¡La mare de Deu, que absurda es la vida, collons!- clamó desesperado el Agustinet.

Mientras desde el cometa impronunciable la sonda Philae marcaba un hito sin precedentes en la historia de la humanidad, la Rosér arrodillada y tragándose las lágrimas recogía con la escobilla los restos del jarrón, las flores de plástico, y hasta la pirindola abollada. Definitivamente el Agustinet era un buen hombre, le daba pena verle tan preocupado por la mamitis de sus vacas y tan frustrado, y además ella misma estaba harta de vivir a solas con su gata y sus gallinas. Pero creía que las cosas de comer no eran como las de la patria, y que con las cosas de comer no se juega.

-A Dios pongo por testigo –gritó al cielo encendido por el crepúsculo como una Escarlata O´Hara- que, con independencia o sin ella, yo ni vuelvo a votar ni me caso hasta que sepa quién va pagar mi pensión.

Volvieron al pueblo juntos, agarrados del bracete y en silencio. Esperaban tal vez otro 9 de noviembre más claro que les pusiera su alma en paz.

 

Un cuento para la jueza Alaya

El ujier del juzgado pensaba que la Jueza Alaya siempre aparecía con su maleta porque quería escapar...

El ujier del juzgado pensaba que la Jueza Alaya siempre aparecía con su maleta porque quería escapar…

1

Uno no se enamora de aquello que ve y le llama la atención. La cara que le deslumbra, la melena que se mece cuando pasa ante él, las curvas de su cuerpo, que se ondulan aún más cuando camina a paso firme hacia la escalinata del Juzgado. Los años de mozo que vivió en el pueblo le ocurría lo mismo. Se enamoró de la Flora al verla pasar todos los días por delante de su casa para lavar la ropa en el pilón de la plaza. Luego la Flora fue su mujer. Perra suerte que después de treinta años de matrimonio y dos hijas ya criadas, la una en Sabadell y la otra casada con un surfista canario, la Flora perdiera la cabeza. Ahora contaba al bueno de Simón las lamas de las persianas de la Residencia. Se las repetía cada día que iba a verla.

-Son 120- decía unas veces. Otras 189, o 536. Siempre con una sonrisa en la boca, convencida no sólo de que sabía contar perfectamente, sino también de que estaba curada.

2

Simón no era un hombre ilustrado, pero sabía que el mundo estaba mu revuelto. No había más que ver la cantidad de personal famoso que veía entrar y salir por las puertas del juzgado nº 6 de Sevilla, a donde fue destinado después de muchos años de servicio en otras dependencias judiciales. La ristra de caras conocidas, para lo bueno y para lo malo, que pasaban allí. Políticos, artistas, futbolistas, empresarios, exministros, exalcaldes, folklóricas, directivos de fútbol, sindicalistas. Mu revuelto, sí, el mundo estaba patas arriba, pero él estaba a punto de jubilarse, tenía un sueldo muy modesto y dos hijas desparramadas por España- lo grande que se hace España para el cariño partido- a las que no veía casi nunca. También tenía una pequeña casucha de mal vivir en el barrio de San Bernardo, y eso sí, un cachito de tierra en la Vega de Granada que heredó de sus abuelos y que acaparaba casi toda su ilusión. Su huerta primorosa, sus gallinas, su burro Pascal, su pozo, sus frutales, los chopos y alisos abanicando la orilla del río, su casita blanca y diminuta, con su diminuto patio y las buganvilias y jazmines. Entre tanta fortuna, de la que era consciente, una hartá de soledad. Su abuelo le dijo una vez que su finquita, que casualmente se llamaba Pocacosa fue un capricho que el padre del poeta García Lorca quería haber comprado para Federico, pero a Antonio eso no le decía nada, porque según él no entendía de poesía.

-Mire usté –se explicaba- yo veo las mariposas en la flores y me gustan, escucho el ruiseñor y el murmullo del arroyo, y el aroma de azahar de los naranjos y me gustan. Veo al borriquillo pastando feliz mientras espanta las moscas con el rabo y me siento feliz yo mismo. Pero luego me cuentan todas estas cosas enredás en los versos del poeta Federico y me hago un lío. Y yo necesito tener las cosas claras.

2

Ahora tenía dos cosas muy claras. Una era que la soledad del hombre solo es muy larga. Más larga que la sombra del más alto de los cipreses. Y otra que cada vez que pasaba por delante de su mesa una determinada jueza le daba un vuelco el corazón. La jueza se llamaba Alaya, que sonaba como a nombre de princesa morisca. Simón se quedó sorprendido al verla por primera vez, porque en su experiencia de ordenanza no había visto jamás una jueza que no tuviera pinta de jueza, o sea, de señora sabia, seria y mayormente aburrida, de tanto estudio, tanto folio, y tanto atar cabos de aquí para allá.

-La jurición, si es femenina, tiene que ser preferentemente fea- le dijo un día su jefe cuando aún no existía lo políticamente correcto- Para que asín se concentre mayormente en su poblemática, que es fundamental pal Estao.

Mira por donde la jueza Alaya distaba tanto de esa imagen que por primera vez en sus años de servicio Simón no veía en ella a la funcionaria, sino a la mujer con la que le gustaría compartir su cachito de tierra en la vega que tanto le gustaba al poeta García Lorca.

3

Frente a estas certezas, Simón alimentaba una duda que disparaba su fantasía: ¿por qué la hermosa jueza Alaya aparecía siempre en el juzgado arrastrando un maletín de viaje? Los más de sus compañeros del juzgado mantenían que era la forma más cómoda de transportar el sumario. Lo del sumario no acababa de estar claro para Simón. A su tío Benito lo apiolaron en la guerra por no sublevarse con el ejército de Franco tras un juicio sumarísimo, y en lo que se le alcanzaba, sumario significaba rápido, breve, resumido. ¿Cómo era posible entonces que su jueza favorita tuviera siempre tantos papeles entre manos para tener que cargarlos en un maletín sobre ruedas?

-Esta mujer se quiere escapar, y lleva el maletín preparado para eso –pensaba cuando la veía pasar rumbo a su despacho- Será trabajadora, no digo que no, pero se quiere escapar. Tan guapa como es, y con las ganas que le tienen tantos granujas, no puede ser feliz…

Sabía que esas ganas no tenían nada que ver con las que le inspiraban a él. Y soñaba con que de verdad lo que aquella mujer deseaba era evadirse en busca de la felicidad.

4

La Flora murió en la residencia un martes de abril. Simón no lloró casi nada, pues todo lo había llorado ya desde que su mujer empezó a contar las lamas de las persianas. Sus hijas vinieron justo para amortajarla, y para decirle que cada día se les hacía más difícil viajar a Sevilla. No trajeron a los dos nietos que tenía para que los conociera, y ni siquiera se quedaron para trasladar las cenizas de su madre a Pocacosa, como deseaba él, para guardar la memoria de la Flora al amor del pie de una oliva. La jueza Alaya seguía acudiendo día tras día con su maletín. Simón la miraba. El maletín de la jueza cargado de sumarios, las miradas del ujier rebosantes de deseo. La sombra de su soledad se le hizo entonces ya más larga que la del ciprés más alto de Sevilla, de la Vega de Granada y de toda Andalucía.

5

El bueno de Simón no se había detenido a averiguar si la jueza guapetona estaba casada o no. Sólo sabía que luchaba por limpiar la pocilga de los ERE, que los responsables del mismo se la tenían jurada, y que, para colmo, en España había estallado un nuevo volcán de corrupción llamado caso Púnica que, por si no lo estaba ya, amenazaba con hundir al personal en el pozo negro de la vergüenza y la desesperación.

-Ojú, qué jartible se está haciendo esto de trabajá pa la justicia-se dijo la mañana del último día de trabajo mientras se ponía el uniforme- ¿Y tó pa qué?…

Aquel día Simón se jubilaba. Antes de ir al juzgado pasó por el taller de su amigo Monchito, que le había dejado su viejo Seat Toledo a punto, lavado y reluciente como los chorros del oro. Habló luego con sus superiores, firmó los papeles pertinentes y se apostó en su mesa esperando la llegada de su admirada jueza Alaya que, cómo no llegaba tirando de su maletín. Salvo saludarla respetuosamente todas las mañanas, Simón jamás había cambiado palabra alguna con ella, pero una de las ruedas del maletín atrapado por una reja del alcantarillado le dieron pie para inclinarse a sus pies.

-¿Permite su señoría que la ayude?- le dijo mientras sus manos desatascaban la rueda.

-Oh, si, gracias –fue todo lo que dijo ella.

6

Simón sabía que no iba a tener muchas más oportunidades de verla. Así que después de presentarse, Simón Gómez Jaquetón, para servirla, y de anunciar que aquel mismo día dejaba de ser ujier del juzgado nº 6, se tomó la libertad de decirle que se había enamorado de ella con solo mirarla. Y que aunque sabía que su vida iba por otros derroteros, si quería encontrar la paz interior y un lugar de la Vega de Granada que había encaprichado al mismísimo García Lorca, él le abriría las puertas de Pocacosa.

-Pero no se lo crea –le advirtió- porque es un nombre mu mentiroso. De día se oye cantar al Genil, de noche a los grillos. Más menos como si fuese un poema de Federico, pero que se entiende mejó.

Alaya se limitó a despedirle con una sonrisa. Pero él cuando enfilaba la carretera de Granada en su viejo Seat iba encantado. Primero porque empezaba a ser un hombre verdaderamente libre. Y segundo porque su heroína no había dicho ni si ni no, y a lo mejor resultaba cierto aquel refrán de que quien calla otorga.

 

 

 

 

 

 


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