Archive for the 'Historias inventadas' Category

Un esclavo de nuestro tiempo

Habrá un momento en que la conjura entre la obsesión por la seguridad y el progreso tecnológico nos pida claves y contraseñas hasta para desabotonarnos la bragueta...

La conjura entre la obsesión por la seguridad y el progreso tecnológico nos acabrá pidiendo  claves y contraseñas hasta para desabotonarnos la bragueta…

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Diego, sesenta y seis años, un hombre superado por los acontecimientos. Mira que con sus años creía haberlo visto todo, y que estaba convencido de que este mundo de las nuevas tecnologías le desbordaba, y que imploraba de vez en cuando el consabido que lo paren, que me apeo. Pasando de todo. ¿De todo? No era posible. Lo constató cuando después de varios años de haber abandonado su antigua vida de crápula volvió a encontrarse con un romance de los de película, de esos que surgen de la manera más tonta, entre un hombre mayor que lleva dos trajes al tinte y una encantadora dependienta que se llamaba Miren, era de un pueblo de Arkansas y trabajaba allí para ayudarse a pagar sus estudios en España.

-Muy guapo y elegante con trajes limpios –le dijo luciendo una fila de dientes grandes y blanquísimos mientras se los entregaba colgados en sus perchas de alambre y envueltos en sus fundas de plástico.

Al principio se limitó a agradecérselo con una sonrisa. La chica le hacía gracia, qué carambas. Luego la cosa se complicó, quiso pagar con su tarjeta de crédito, y de repente, al solicitar esta su PIN se le evaporó el recuerdo de aquellos cuatro números que de tantas veces como los había tecleado creía ya inolvidables. Eso originó un largo diálogo entre él y Miren, empeñada en solucionarle el problema a toda costa. Afortunadamente no había más gente en la tintorería, lo cual propició que ella ofreciera toda esa retahíla de consejos elementales que se le ocurren a cualquiera, pero que se agradecen especialmente cuando vienen de una joven rubia y de hechuras apretaditas que huele a hierba recién cortada.

-No preocuparse- le decía- Probar otra vez.

Probó varias veces. Tarjeta bloqueada. Tuvo que salir sin sus trajes limpios, buscar una sucursal de su banco, hacer un talón de ventanilla, que sólo le exigía mostrar su DNI y firmar, y llevarse dinero en metálico para pagarle a Miren y retirar sus trajes Tres días después se encontraron en la parada del autobús. Ella salía de su media jornada, iba en la misma dirección que Diego, ambos descendieron en la misma parada. El le invitó a una Coca-Cola, aunque ella acababa de descubrir el Madrid castizo y prefirió un vermú. Era raro que a esas alturas de la vida, a este abogado retirado que ahora dedicaba su tiempo libre ayudando al Colegio de Huérfanos del Ferrocarril volviera a sentir mariposas en el estómago por culpa de una mujer, y menos si esta aparenta al menos cuarenta años menos que él. Pero estas cosas pasan en la películas, y a veces lo que pasa en las películas ocurre en la vida misma.

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Sin embargo lo que no pasa ni en las películas es lo que le sucedió a Diego en su primera noche de amor con la tintorera. Cuando después de las tradicionales maniobras preparatorias el viejo abogado se adentró en las intimidades de Miren y pretendió bajarle las bragas, encontró un inesperado obstáculo en forma de extraño aparatito del tamaño de un mando a distancia de garaje. Se quedó paralizado. Tampoco se inmutó Miren, hermosa en su semidesnudez de esfinge muda. El pobre hombre no veía mucho en la penumbra, pero de repente aquel extraño broche que cerraba el acceso carnal a su amada se iluminó como la pantalla de un teléfono móvil y mostró este mensaje: INTRODUZCA SU CLAVE.

Diego se quedó literalmente aterrado. Cuando pudo reaccionar, cogió sus pantalones y sus zapatos y salió corriendo del hotel como alma que huye del diablo.

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Que paren el mundo, que me apeo – se decía mientras vagaba por la ciudad dormida sin saber a dónde ir. Aquel soplo de aire fresco que supuso en su día el descubrimiento de Miren acababa ahora en una amarga meditación sobre el signo de los tiempos.

-¿Adónde llegará esta obsesión por el control y la seguridad de todo? ¿Habrá límites para la audacia y la impertinencia de la tecnología?…¿Llegaremos a hablar de la gilipollez global a la que nos conducen los excesos del progreso?…

Siguió paseando sin rumbo hasta que amaneció. Pasó ante la iglesia de la Santa Cruz, donde precisamente fue confirmado tras su primera comunión. ¿Cuántos años hacía ya que no se confesaba? Ni se acordaba. Fue hijo de una educación religiosa, casi un integrista, hasta que la vida le convirtió en un escéptico.

-Las cosas cambian, claro-se lamentó recordando el fiasco de Miren- Pero ahora a falta de nadie en quien volcar mi angustia…¿por qué no contárselo a un cura, que al fin y al cabo tiene que escuchar a quien se le acerque? A lo mejor encuentro ahí un amigo, o un piscólogo, que falta me hace.

Se aproximó al confesionario. Y cuando estaba a un paso de arrodillarse ante una de sus celosías laterales, se descorrieron unas cortinillas que ocultaban un monitor en cuya pantalla táctil se podía leer el siguiente aviso:

INTRODUZCA SU TARJETA DE BUEN CRISTIANO Y SU PASSWORD Y SELECCIONE EL IDIOMA EN EL QUE DESEA SU CONFESIÓN

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Lo siguiente fue dirigirse corriendo al Viaducto, trepar con muchas dificultades por las mamparas de metacrilato que disuaden a los suicidas, asomarse al vacío y dejar caer su cuerpo para estrellarse contra el duro asfalto de la calle de Segovia. Entró entonces en ese túnel que conduce a la luz y a la paz absoluta descrita por los que han regresado del más allá. Y cuando, a pesar de su última decisión, Diego sospechaba que Dios había hecho la vista gorda y le iba a recibir en su seno, sobre la misma nebulosa del paraíso se dibujó este mensaje:

BIENVENIDO AL CIELO. PARA DISFUTAR DE LA GLORIA ETERNA, INTRODUZCA SU GRUPO, USUARIO Y CLAVE Y ESPERE

No le dio tiempo a caer en un estado de histeria porque en ese momento despertó de su pesadilla. Y eso explica que al entrar su asistenta para hacer la casa como todas las mañanas, le sorprendiera llorando de la emoción delante de un cepillo de dientes, un cortaúñas, un lapicero, un sacapuntas, y los platos y cubiertos del desayuno, a los que el pobre abogado desnortado agradecía su sencillez y su fidelidad.

-Gracias, gracias por seguir pensando en el ser humano- les decía Diego como si aquellos objetos pudieran entenderlo- Gracias por funcionar sin pins, contraseñas, paswords, claves y otras putaditas que nos impone la esclavitud del progreso.

La asistenta lo miró pasmada.

 

 

 

El crimen de las palomitas en el cine

Forografía de Elda Maganto, tomada a préstamo -sin ánikmo de lucro- del blog eldamaganto.blogspot.com Gracias

Forografía de Elda Maganto, tomada a préstamo -sin ánimo de lucro- del blog eldamaganto.blogspot.com
Gracias

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Te cuenta Homper una historia curiosa. El motivo de su asombro –no olvidemos que se llama así por ser el Hombre Perplejo- es que está convencido de que de vez en cuando se desdobla su personalidad sin darse cuenta de ello. Como en el caso de Jekyll y Hyde, su álter ego le causa de cuando en cuando algún problemilla.

-El otro día fui al cine –explica el hombre mientras tomabais un café en el Comercial- Iba acompañado por Cuca, la manicura de mi madre, que antes de morir me encomendó que la invitara al cine de cuando en cuando. Mi madre me dijo que era muy buena mujer, y que ella era su última clienta. Creía que cuando ella se muriese Cuca no tendría dinero para ir al cine, que era su mayor ilusión. Llévala, sobre todo, si hay una buena película de amor, me pidió encarecidamente. Y así lo hice.

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Estuviste a punto de preguntarle entonces si la manicura era aún una mujer joven y guapa, pero él hizo sólo una pausa para sorber el café y continuó su relato.

-Como no había mucha gente en el cine, nos sentamos dejando una butaca vacía entre nosotros y la espectadora siguiente. La película se titula The invisible woman. La había elegido Cuca porque cuenta la historia de la amante oculta que mantuvo Dickens, y es verdad que es una película sensible y delicada, en la que importan mucho la dicción de los actores ingleses y los largos silencios, sólo matizados de cuando en cuando por una música intimista. Cuca estaba emocionada.

Nuevo sorbo de café. Le ibas a preguntar si hizo manitas con la manicura, pero tampoco te dio ocasión para ello.

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-De repente, en uno de los momentos más tiernos de la película, la espectadora que estaba dos butacas más allá de donde yo me sentaba, sacó de debajo de su asiento un envase de palomitas, metió en él los dedos de su mano y empezó a removerlos, como si buscase en el cucurucho de cartón una piedra preciosa. No puedo entender cómo atrapar una palomital lleva tanto tiempo y resulta tan ruidoso, ni cómo hurgar entre maíces fritos puede distraer la atención de los de alrededor. Pero el caso es que a mí aquello me desconcentró, y empecé a notar que el encanto de la película disminuía a medida que la espectadora afanaba sus chuches, que ya tiene delito.

La película deslizaba sus bucólicas imágenes en silencio, o así lo quería Ralph Fiennes, que además de protagonista es su director. Sin embargo lo que se oía en el cine era el ronroneo de los dedos de aquella mujer moviéndose entre las palomitas y el cartón de su cucurucho, y el crujido de sus mandíbulas triturando los granos de maíz. Entretanto, Cuca la manicura estaba a punto de llorar, no sé si por la carga emocional de la historia o por la rabia de que aquella ciudadana mal educada le estuviera estropeando película…

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-¿Y no le dijiste nada a la señora de las palomitas? –le preguntaste al hombre perplejo

-Nada, y probablemente hice mal en callarme…Lo más asombroso es que no era ninguna jovencita, a la que se le podría perdonar esta falta de delicadeza. Lo peor es que se trataba de una mujer aún mayor que Cuca, y que sabía que la película no iba de Lobeznos, ni de X-Men, ni de Matrix, ni de Bruce WillisO sea, que no era uno de esos bodrios de acción disparatada y de banda sonora estruendosa donde un ruido más no importa. Entonces, por consideración a Cuca y a mi propia autoestima como espectador, noté que empezaba a odiar con todo mi alma a aquella majadera. Si hubiera podido, la habría matado en ese mismo momento.

Te extrañaste al escuchar sus intenciones homicidas. Homper entonces se llevó su taza de café a los labios, apuró el último sorbo, suspiró y se quedó mirando a los espejos del Comercial en silencio. Tú, la verdad, no pudiste reprimir tu curiosidad.

-¿Y?…-le requeriste espoleado por tu espíritu de Poirot- ¿Terminó de comer sus palomitas?…¿Se acabó la película?…¿Qué ocurrió después?

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Homper te contó entonces que quiso salir del cine cuanto antes, para no explotar contra la provocadora y terminar de amargar la tarde a su invitada. Pero que al pasar por delante de ella y pedirle educadamente que se levantara para cederle el paso ella ni se movió.

-Entonces la miré aún más cabreado y advertí que estaba blanca como la cera, con la cabeza caída a un lado, la lengua medio fuera y la baba colgando. Aún tenía entre sus manos el dichoso envase de palomitas vacío ¡Señora, por favor!-insistí- Pero nada, ni un gesto. Entonces Cuca, asustada, se precipitó sobre ella, le tomó el pulso, le levantó un párpado y dejó escapar un grito desgarrador. Está muerta, está muerta, está muerta, gritó repetidamente. Y se echó a llorar. Se echó a llorar como si fuera su madre, o su hermana, y no la estúpida que nos acababa de estropear para siempre el recuerdo de una buena película.

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Homper contó a continuación los detalles de la escandalera que desató el suceso en el cine. Parece que en un abrir y cerrar de ojos se concentraron en torno a la difunta los espectadores curiosos, un médico retirado que se apresuró a confirmar lo dicho por Cuca, los de las palomitas, un vigilante jurado, un señor que dijo ser el dueño del cine, los del SAMUR y dos policías que les advirtieron de que nadie podría salir de la sala hasta que no se personara el juez de guardia. Los comentarios y especulaciones del respetable debieron de ser de lo más jugoso, pero al Hombre Perplejo lo que más le impresionó fue que un señor de su edad que estaba en la fila de delante se abalanzó sobre él y le susurró algo al oído.

-Quizás se pasó usted varios pueblos- le dijo a Homper.

-¿A qué se refiere usted?

-Al crimen…Ví de reojo perfectamente cómo la estranguló sin siquiera levantarse de la butaca de al lado…Alargó sus manos al gañote de la víctima, apretó fuertemente mientras ella engullía las últimas palomitas y en un periquete se la cargó. Fue una ejecución de auténtico experto.

Homper no daba crédito a lo que escuchaba.

-Pero ¿qué está diciendo?…La butaca de al lado estaba vacía. Yo estaba en la siguiente, al lado de mi acompañante.

-No diga tonterías…Usted estaba sentado en la butaca de al lado. Ya había notado cómo a medida que la pelma esa se puso a enredar y a meter ruido con las dichosas palomitas se iba mosqueando. Sus gestos lo decían todo. Quizás le debía haber llamado la atención antes, ya le digo, puede que su reacción fuera exagerada… pero aún así, lo hecho, hecho está.

Entonces el espontáneo tendió su mano a Homper, le saludó visiblemente emocionado y se fundió con él en un estrecho abrazo.

-En fin, amigo…Le acompaño en el sentimiento.

-Gracias –se excusó Homper un tanto sorprendido- Pero la fallecida no es nada mía.

-Disculpe –matizó el señor- No era un pésame lo que le daba. Quería decirle que yo comparto con usted el mismo sentimiento de ira con la gente mal educada que le amarga a uno las películas…Vamos, que yo también la hubiera estrangulado muy a gusto si hubiera estado sentado en la butaca de al lado. Así que no se preocupe: si me interroga la policía diré que no vi nada extraño.

Homper dice que no hubo manera de convencer al buen señor de que él no ocupaba la butaca de al lado ni había estrangulado a la señora. Pero comprendió que a partir de entonces tendría que tener más cuidado con ese particular Mr. Hyde que sin duda le habitaba y que, de vez en cuando, aparecía y le ponía en apreturas.

-Eso –te confesó a ti después de reconocer que, efectivamente, su alter ego se pasó de vehemencia- Le diré que tanto Cuca como yo somos mayorcitos, y que no le necesito de carabina cuando voy al cine con la manicura de mamá.

 

Mitja volta, ¡ar!

Aunque parezca mentira, la defensa de un país es una cosa muy seria...

Aunque parezca mentira, la defensa de un país es una cosa muy seria…

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¿Cómo que una ocurrencia? ¿Cómo que era una improvisación más? ¿Y quién se atrevería a hablar de despilfarro, cuando de lo que se trataba era de aplicar el bon seny, y de optimizar los recursos disponibles en la defensa de la nova Catalunya lliure e independiente? El Consell de Transició no estaba dispuesto a echar carne a la bestia de la caverna. Haciendo gala de un exquisito rigor presupuestario y de un acrisolado sentido del estado, catalán, se entiende, la primera medida fue la transformación de la rojigualda que ondeaba en todos los pabellones y edificios militares en senyeras. ¿Había comportado eso una nueva petición al Fondo de Liquidez Autonómico para abordar el cambio? En absoluto. El proyecto había sido adjudicado al industrial de Sabadell Magín Sunyé y Cardedeu, creador de la Sunyebanderola, una revolucionaria máquina que en un tiempo record cortaba las franjas rojas y amarillas de la bandera del Estado en estrechas tiras que, recosidas nuevamente con las medidas reglamentarias, formaban la bandera oficial de Cataluña. Luego añadía la estela on request, por un par de euros más. Todo muy sensato, muy patriótico y, sobre todo, muy económico.

-Porque el patriotismo y el independentismo- subrayó Bonifasi Raspujol y Ganerit, primer Jemadet de la transició-no ha de hacernos perder la cabeza.

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Hablando de cabeza, el Jemadet sí había considerado necesario en cambio sustituir la gorra de plato de la oficialidad por la barretina, tributo romántico al hecho diferencial que, además, en caso de ataque del enemigo por sorpresa, permitía acoplarse el casco encima sin perder un minuto ni desdibujar la dignidad del uniforme de paseo.

-¿Que el enemigo quiere rendirse?…-explicó el superjefe de las nuevas fuerzas armadas-Pues como en La rendición de Breda, pero como auténticos catalanes. Se quita uno el casco, caballerosamente, para recibir la capitulación del vencido, y que el enemigo vea en la barretina que no es la OTAN ni la Unión Europea ni España ni la madre que les parió, sino el ejército de Cataluña el vencedor. ¿Eh que lo captan?

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Otros elementos aparentemente menores, pero no menos significativos, obligaban a un ejercicio de optimización de recursos, materia en la que el Jemadet estaba incluso aún más impuesto que el mismísimo gobierno de la Generalitat, modelo de austeridad donde los haya. El sargento Cunillé, al que antes del sarpullido independentista todos conocían como sargento Conejero, era hijo de una maestra, y escribía los partes con mucho arte, lo que le valió el encargo de traducir al catalán el himno de la fiel Infantería, que quedó así de bonito: Ardor guerrer/ vibra a les nostres veus/ I d´amor patri ple el cor/ entonem l´himne sacrosant/ del deure, de la patria y de l´honor. La segunda estrofa del glorioso himno planteaba más problemas, pues el original dice De los que amor / y vida te consagran/ escucha España la canción guerrera/ canción que brota de pechos que son tuyos/ de labios que han besado tu bandera. Cambiar España por Cataluña era difícil, por aquello de la sílaba de más que rompía la métrica, aunque se hacía con gusto. Además: todo lo enaltecía luego esa emocionante cançó que brota de pits que son teus/ de llavis que han petonejat la teba senyera, versos que dan particular esplendor a la épica heroica.

Todo por la patria.

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No gustó mucho que la caverna mediática se cachondease de otras iniciativas fundamentales para la defensa de la futura Cataluña independiente. ¿Cómo no se iba a crear una AIECA (Agencia de Inteligencia y Espionaje de Cataluña) si era evidente que en numeras regiones de los países fronterizos habían copiado ya la fórmula del cava y en las montañas del Bergadá habían sido vistos varios practicantes de parapente tomando fotografías en pleno vuelo?…Un irresponsable pensaría que eran simples deportistas de riesgo, pero cualquier agente avezado, enterado de que dos de ellos eran de Jumilla y un tercero de Chinchón, llegaría a conclusiones altamente preocupantes.

-Estado de alarma –fue lo que le recomendaron al Jemadet- Se sospecha que el enemigo prepara el día I.

-Y eso qué es –preguntó el Jemadet- ¿El día de los Idiotas?

-Non foti, meu general. ¡El día de la invasión!…

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Más datos alarmantes: en las playas de Salou habían sido detectados media docena de bañistas del sexo masculino en un provocador taparrabos con el toraco de Osborne estampado sobre el mismo paquetón de sus masculinidades. Intolerable. Mientras que varias explotaciones de pera limonera ilerdense habían sido saqueadas por cuadrillas de sospechosos morenitos que luego huyeron en dirección sur. El Jemadet pidió que le pusieran urgentemente con la Generalitat.

-¿Considera el molt honorable que estamos hablado de un casus belli?-preguntó al presidente Mas.

Hubo un minuto de silencio.

-No se precipite, general. Aún tenemos margen para el dialeg.

El president aún confiaba en sus dotes de persuasión. Le diría al presidente del gobierno de Madrid que amagar no es dar, y que pensar en la creación de un aparato de defensa para la república independiente de Cataluña no significaba hostilidad ni desconfianza hacia España.

-A más a más, – añadió el preclaro Artur- como que no nos interesa que crean que queremos imponer la inmersión lingüística en nuestro ejército a toda costa, le sugiero que, a la hora de la instrucción de la tropa, aunque las órdenes sean impartidas en catalán, se mantenga el castellano en la voz ejecutiva.

-¿Mani, president?-dijo el Jemadet mientras se destocaba de la barretina y se rascaba la mollera.

Está clá, Jemadet!- ¿Que quiere ordenar la media vuelta?…Pues diga: ¡mitja volta, ar!

-Entesos, president- dijo el Jemadet después de pensar por un instante.

Hablaron unos minutos más sobre las fragatas, los submarinos y otras armas de sisuasión, descartando las nucleares. Pero Bonifasi Raspujol y Ganerit, aún consciente de que la política de defensa la marca el presidente del govern, no puedo reprimir un último ramalazo de bon seny auténticamente catalán.

-Y, si le parece oportuno, president- sugirió antes de despedirse-, haga como Gila. Y llame también el enemigo para decirle que, si no les sirve de molestia, no ataquen los domingos hasta que acabe el partido del Barça.

 

El jardín de las sevicias

Cualquiera de los monstruitos de verano que uno se encuentra por el centro de Madrid podría tener cabida en los delirantes paisajes del BOSCO...

Cualquiera de los monstruitos de verano que uno se encuentra por el centro de Madrid podría tener cabida en los delirantes paisajes del BOSCO…

De vez en cuando el Creador enfocaba el catalejo a las playas de Río, de la Costa Azul y de California. También echaba un vistazo a las de los buenos hoteles de Marbella, de la Costa Brava, de las Baleares y de Comillas, donde igualmente abunda la gente guapa. No era picardía, injustificable en su caso. Era para consolarse.

-Quiero recordar que yo no hice el ser humano tan feo como se empeña en mostrarse cuando llega el verano- pensó mientras valoraba los cuerpos esculturales que se paseaban por allí.

El día anterior no había hecho más que disfrazarse de ciudadano perplejo y andar por el centro de Madrid. Santo cielo, qué espectáculo. Sabía que el concepto de belleza no es único ni universal, que las modas van conformando distintos estilos, y que para muchos la libertad y la comodidad del propio cuerpo están por encima de la estética. Pero no podía sospechar que con los calores, la modernidad liberase en tal forma su afición por el despelote y el feísmo. Pantalones piratas, calzones de lycra más y más cortos, chandals, barrigas al aire, camisetas de baloncesto, tatuajes hasta en los sobacos, crestas de puerco espín o penachos como el del casco de Escipión el Africano en las cabezas, gorduras prietas, morbosidades desparramadas, aretes y pendientes, sospechaba, hasta en la punta de la minga y en las simas del monte de Venus, torsos musculados y rostros pintados de arco iris predicando el orgullo Gay. En los pies, o deportivas o sandalias fraileras o chancletas. Mayormente chancletas. Daba igual que te asomaras al hall de un hotel de lujo, al estanque del Retiro, al ábside de San Francisco el Grande, a las salas del Museo del Prado o al Corte Inglés. Por doquier, el desprecio al decoro y también al prójimo, puesto que no a todos los que no son como nosotros les parece bien que el personal se luzca en la calle como si estuviera en el solárium de su casa.

-Demonios –dijo Dios llevándose las manos a la cabeza- ¿Y qué reservan ahora para la intimidad?…

Eran los encantos del verano, ya anticipadas por el Bosco en algunos de sus cuadros más famosos. Cualquiera de los guiris y paseantes que atiborran el centro de Madrid estos días de verano con el atuendo que imponen los tiempos podrían figurar perfectamente entre la chusma burlesca, los trasgos imaginarios y otros monstruos que aparecen camuflados en ese paisaje apocalíptico que es, por ejemplo, El jardín de las delicias.

-Eso sí –precisó el Creador visiblemente escandalizado- Teniendo en cuenta que esa carnavalada demuestra demasiada crueldad con la estética ciudadana, habría que llamar a este cuadro El jardín de las sevicias.

Lo ve el bloguero y de verdad que añora el bendito invierno. Tan frío, es verdad, pero tan digno tapándolo casi todo.

Mirando a los fuegos artificiales

Fuegos articiciales junio 20141

Te pasan cosas raras que supones que también le pueden ocurrir a más personas. Hoy por ejemplo amaneces tortuga recién salida del huevo y algo despistada. Lo has visto muchas veces en los documentales de naturaleza de la tele a la hora de la siesta, que unas veces te enternecen y otras –vida salvaje- te sobrecogen. Emerge la cría de tortuga bajo la arena de la playa, asoma su cabeza y, aunque el instinto la lleva al mar, esta vez no sabe qué dirección tomar. ¿Por dónde tirar?…La pobre no tiene claro dónde queda el verdadero mar que debe ganar antes de que las aves depredadoras se lancen sobre ella para comérsela. Sólo tiene ante ella un mar de dudas.

Te falta la gimnasia del cerebro disciplinado, algo que echas de menos cuando pasan muchas cosas a tu alrededor y desde el interior tu organismo emite señales a las que no te acabas de acostumbrar.

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Fue una suerte que anoche, cuando abrías tu balcón para recibir el aire fresco de la noche antes de irte a dormir, te sorprendiera el castillo de fuegos artificiales que lanzaban desde San Antonio de la Florida. El palomar donde vives es modesto, pero rico en horizontes. Desde él puedes ver casi todos los fuegos artificiales que celebran en verano las fiestas barriales de Madrid. Unos quedan más cerca, y te llegan casi con su estampido. Otros lucen como bengalas fantasmales, amortiguado su sonido por la distancia. Todos te sirven sin embargo para practicar el escapismo y la meditación paralela: ves pasar la vida como una sucesión de descubrimientos, noticias, ilusiones, sobresaltos, emociones, y otras sensaciones difícilmente descriptibles que son tan llamativas pero, afortunadamente, también tan efímeras como los fuegos artificiales. Te gustan, te distraen, te consuelan. Se esfuman.

Cuando se apagan del todo, aún luce en lo alto mucha luna de junio. Y unas pocas horas después empezará a clarear el sol. Te despertarás entonces, y aunque no te lo propongas y quisieras seguir vagando por los sueños, te encontrarás otra vez fruncido a la rutina de la vida.

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Entre todos los motivos de este día eliges el decaimiento del espejo retrovisor del lado derecho del manillar de tu Vespa. No es algo grave, pero sí una preocupación más en la que seguir pensando. Después de miles de kilómetros de vibraciones, los tornillos y las tuercas se aflojan, el retrovisor se vuelve loco y declina como junco vencido o gira como una veleta loca. En principio eso lo arregla cualquier llave inglesa, pero a los megatorpes como tú hasta eso les produce una sobredosis de ansiedad que acaba degenerando en frustración, más desánimo y desplome moral.

En su Dietario de una Vespa el escritor apócrifo Adacio Moffo cuenta que subiendo un día por la Cuesta de San Vicente una de esas intrépidas motoristas guay que abundan en las calles de Madrid le adelantó por la derecha ciñéndose en demasía a su ya veterana scooter. Adacio contaba entonces casi sesenta años, y aunque había sido un hombre feliz se empezaba a sentir un fracasado. Después de haber diseñado un silenciador de retrete que eliminaba ese indiscreto ruido del vecino chorro de pis o de ventosidad salvaje que a menudo traspasa las puertas y los muros de los cuartos de baño incluso en las mejores casas y hoteles –parece mentira, pero así es- un descuido en el gestor de la oficina de patentes había desprotegido su invento, impidiendo la venta de éste y cerrando el paso a los millones con los que alimentar su fundación Tortuguitas Indefensas. Adacio cayó en un episodio de profunda depresión, lo que explicaba que, a pesar de su destreza mecánica, ni siquiera se hubiera preocupado en ajustar el espejo. Esto le impidió ver a la chica guay que le intentaba ganar por la derecha, y que no pudo esquivar el giro imprevisto en el mismo sentido de la moto de Adacio, provocando así un incidente verbal un tanto desagradable.

-¡Gilipollas! -tuvo que escuchar Adacio mientras le amazona mecánica le desbordaba con una maniobra de auténtica campeona- ¿Para qué tienes el retrovisor?

Sin embargo, no hay mal que por bien no venga. Adacio, lejos de enfadarse, logró alcanzarla en el primer semáforo rojo, presentó sus disculpas y le rogó que le permitiera invitarle a una cerveza para compensar su error. La chica guay aceptó, el hombre se explicó, le contó sus problemas. Quiso el destino que, a pesar de los años que les separaban, ella también coincidiera con él en lo inexplicable que es la ausencia de silenciadores en los retretes, en el respeto que merece la suerte de las tortuguitas y en lo bien que viene disipar angustias de vez en cuando mirando los fuegos artificiales, que es lo que acabaron haciendo aquella noche.

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Adacio concluye contando que el episodio fraguó en un romance que duró dos años, en el curso de los cuales nunca se preguntaron si es España es una nación o una nación de naciones, si es mejor la monarquía o la república, si el independentismo sacia el ego de los ciudadanos y agiganta la calidad de sus orgasmos o si hay que reformar la Constitución cada lustro para que cada generación tenga cuatro o cinco oportunidades de sentirse protagonista de la historia. Afortunadamente la vida no deja de repartir sorpresas.

Algo de lo que todos debemos aprender. Y a lo que dabas vueltas anoche, mientras se te cerraban los párpados al humo de los fuegos artificiales de San Antonio de la Florida.

 

El gratinado que enamoró a Bécquer

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales...

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales…

Cómo ibas a ser refinado si hasta ahora, confiésalo, no sabías lo que era el gratin dauphinois. Menos mal que para eso tienes amigos como los marqueses de Betanzos, que te invitan a cenar y te sorprenden con un delicioso strogonoff al que se añade como guarnición esta singularidad. La señora marquesa habla de la dauphinoise, porque sabe que la inventó una cocinera del Delfinado francés. Habla de ella con toda familiaridad, como si hubiera sido compañera de Demetria, el aya que la cuidaba de niña en el pazo de Sobredo, donde se crió entre un parque de tilos, castaños, tuyas y frondosos robles. Cuenta la leyenda que en el cenador de hierro fundido de aquel jardín encantador escribía un día en su diario cuando se le apareció el fantasma de Bécquer, tal vez enamorado de su fina estampa romántica.

-Permítame que le recite una de las rimas que he compuesto para usted-le dijo el célebre poeta sevillano.

-Se lo agradezco –respondió la joven sin descomponerse y sin apenas levantar la vista mientras tomaba notas- Pero yo soy más de Alfred de Musset, ¿sabe?…Y además no quiero que me distraigan, porque estoy apuntando una receta. Si, a pesar de lo que lo he dicho, se aparece usted otro día, le daré a probar…

La que con el andar de los años se convertiría en marquesa de Betanzos debió de caer en la cuenta entonces de que los fantasmas no comen.

-¡Qué tontería he dicho!-se corrigió- Bueno, ande, dígame la rima…

Por unos instantes, el fantasma de Bécquer se llevó una mano a bigote y se quedó pensativo mientras retorcía con los dedos sus finas puntas.

-No, por Dios, musa mía…-dijo el fantasma de cabello ensortijado, bigote y perilla- Mi rima prometía ser de las mejores, como usted se merece. Pero pasé tanta hambre en mi vida de digno poeta romántico, que nada me haría tanta ilusión como saciarme de su dauphinoise.

Una semana después el fantasma de Gustavo Adolfo despachó la dauphinoise de su anfitriona como si en lugar de una gloria de nuestra lírica hubiera hubiera sido en vida un cabo de carabineros. En su colección de Rimas y Leyendas no figura la dedicada A la señorita de Sobredo precisamente por esa circunstancia, pues a partir de entonces aquella visita espectral, que en principio a la joven le daba prestancia y hasta le hacía gracia, no se aparecía por compromiso con la poesía, sino únicamente para preguntar cuándo iba a hacer de nuevo aquel exquisito plato.

-Confieso que a veces la poesía/me importa un bledo/ Sólo aparezco/ por repetir la suerte de aquél día/ y probar la dauphinoise que me cocina/-no se si lo merezco-/la delicada rosa de Sobredo

Es posible que la rima perdida fuera más o menos así. Y es más que probable que la futura marquesa, siempre muy suya para todas las cosas, le dijera al fantasma que la rima le parecía lamentable, y que además la reafirmaba en su tesis de que donde esté Musset, que se quite Bécquer. El caso es que, aunque estos versos apócrifos no figuran en la obra capital del gran poeta sevillano, la dauphinoise que los motiva te dio a tí la oportunidad de valorar el alto grado de aprecio que te dispensan los marqueses de Betanzos y, de paso, la de romper el bloqueo mental que te había alejado de tu blog últimamente. En tu caso no se colaba tu espíritu, sino que aparecías tú mismo en carne mortal, como otros distinguidos invitados.

Por cierto, que antes de que las redes sociales y otros pepitos grillos o moscas cojoneras se precipiten a prejuzgar con sorna los presuntos méritos del marquesado de Betanzos para exhibir tal título, debes aclarar que el señor marqués, insigne diplomático y abogado, es el único de tus amigos que todos los domingos tiene aún la costumbre de abandonar el jardín de su residencia –tan hermoso que cualquier día propiciará nuevas apariciones a la marquesa- y encerrarse en su despacho para estudiar fundamentos de derecho, consultar jurisprudencia y elaborar sus certeros y bien retribuidos dictámenes. Como si fuera un pasante meritorio de veintitrés años. El título más que una coña, que lo es, puede considerarse un despiste del todavía rey de España, que aún no ha reparado en el profundo calado de sus méritos para concedérselo de pleno derecho, pues de Betanzos es, y bastante más lustre daría al cuerpo de la nobleza que alguno de sus parásitos. Todos tenemos lapsus, y no vas a ser tan borde para reprochárselo al abdicante en esta hora.

-Lo siento mucho –dijiste tú, hablando de hora, para excusar tu necesidad de abandonar la divertida sobremesa- Pero es que a mí mañana a las ocho me espera la radio.

-No me digas –te dijo el marqués entusiasmado -¿Vuelves a Radio Nacional?

Os reísteis cuando aclaraste el equívoco. No era esa tu radio, sino la otra, la radioterapia, que te debían aplicar en temprana hora. Los miembros de tu club sois como los escolares con las matemáticas, que abrevian. Las mate, la quimio, la radio. Tú llevabas el cáncer con la ligereza de una migraña tonta, pero después de dos años de no pasar por talleres esta nueva convocatoria de la ciencia médica te tenía inquieto, ausente, inane para cumplir con tu blog. Se ha pasado, ya está, esperas volver a tu ritmo habitual cuanto antes. No hay mejor medicina que el cariño de los amigos. Ni nobleza más digna de títulos que la de los que sin ser grandes de España lo son de corazón.

A propósito, el gratin dauphinois es un plato de patatas en capas, cocinadas en leche y nata, con ajo, queso y algún otro aditamento, típico de la región francesa del Delfinado, en los Alpes. Aunque seguro que la versión que la marquesa de Betanzos preparó para Bécquer y para este bloguero llevará algún toque especial no fácil de averiguar.

 

 

Mauricia Gormín, defensora de sueños baratos

Sueño barato nº 346: Observar aves en un lugar pintoresco  mientras meriendas un bocata de anchoas de Santoña  con pimiento morrón...Y sueños así, la tira.

Sueño barato nº 346: Observar aves en un lugar pintoresco mientras meriendas un bocata de anchoas de Santoña con pimiento morrón…Y sueños así, la tira.

Jerjes Díaz, investigador privado, abrió el sobre con la uña-abrecartas de guitarrista que cuidaba con tanto esmero y extrajo la carta que su secretaria le presentaba.

Muy Señor mío- leyó en su encabezamiento- Le ruego que lea detenidamente el encargo profesional que deseo cumpla escrupulosamente y de la manera más eficaz. Va en ello mi salud emocional, de modo que debe tomarse el asunto muy en serio. Gozo de una posición económica desahogada, por lo que le ruego que no repare en medios, aunque preferiría recibir un presupuesto de honorarios antes de ponerse a trabajar,

Vamos al grano. Desde hace meses me atormenta una voz que escucho por la radio y creo que en algún mensaje de televisión. Es la voz de un tipo joven, desdeñoso, sofisticado, de esos que parece que te perdonan la vida cuando habla. Se pone a contar cuadros y situaciones que sólo viven los multimillonarios, como si él fuera uno de ellos. Describe detalles del lujo, de la exquisitez y del elitismo que sólo los muy privilegiados pueden permitirse: tener un avión propio, islas en el Caribe, colecciones de arte con grandes firmas, coches de esos que se compran las estrellas del fútbol…El final de su mensaje es esta frase: NO TENEMOS SUEÑOS BARATOS. Es entonces cuando mi marido, que lamentablemente lleva cuatro años ya en una silla de ruedas, sale de su postración y grita enfurecido.

-¡Que se calle ese gilipollas!

Perdone usted, don Jerjes, por la salida de tono que le describo. Pero la verdad es que escuchar estos mensajes nos altera y nos saca de nuestras casillas, sobre todo a él. Mi marido ha sido hasta hace unos años un empresario hecho a sí mismo, que gracias a su trabajo y a su buena cabeza consiguió un cierto nivel de bienestar para toda la familia. Un ictus inoportuno cambió su vida, y ahora, como puede imaginar, esos sueños de los que hablan los anuncios le parecen una cruel ironía. Para colmo, la campaña la firma LOTERÍAS Y APUESTAS DEL ESTADO, que a nuestro juicio, no debería vender castillos en el aire, como son las posibilidades escasísimas de que toque un premio gordo que te cambie la vida, sino, por ejemplo, la posibilidad de cumplir una ilusión (por ejemplo, un viaje a París, pagarle una a carrera a un hijo, un coche no muy lujoso, aunque normalmente tampoco toca) y la seguridad de que, si no te cae un euro, estás ayudando a obras sociales, que también alegraría saberlo al que gastó su dinero en décimos o en apuestas.

Eso sería lo sensato, lo que no ofendería al personal cuando sonaran los anuncios. Pero se ve que hasta el estado piensa ya sólo como un nuevo rico. Cree que todos somos adoradores del becerro de oro, y que nuestro único sueño es imitar a los Albertos, a los Florentinos, a los Amancios, a las Koplowitz, al señor de Mercadona, a Messi, o a los futbolistas del Madrid que viven en La Finca. Todos a por sueños caros, todos a la felicidad por el consumo desaforado, todos ostentosos le must de Cartier, pata negra o etiqueta del mismo color. Y mire usted, perdone que le hable así, pero yo además de esposa de Fulgencio Mazo, pequeño fabricante de componentes electrónicos que ganaba su buen dinerito y en el que le ayudaba como secretaria, relaciones públicas y directora del departamento de comunicación, he procurado ser una buena ciudadana y una buena cristiana dedicando   muchas horas a visitar enfermos hospitalizados y residencias de ancianos a los que hay que hacer y servir la cena. No vea usted la cara que ponen cuando alguno de ellos escucha y entiende esa tontería de NO TENEMOS SUEÑOS BARATOS. Para ellos un sueño sería escaparse al estanque del Retiro y tomar el sol echando pan a los patos. Es baratísimo, pero no pueden conseguirlo. Y mientras tanto el majadero del anuncio esnobeándolos con un mensaje que, en el fondo, es un desprecio.

Señor Jerjes, perdone que me haya enrollado. Mi marido y yo deseamos que usted investigue el nombre de los autores de esa campaña de la Primitiva y el de los responsable de Loterías y Apuestas del Estado que la han aprobado. Deseamos ponernos en contacto con ellos para expresarles nuestro enérgico rechazo a la campaña y nuestra propuesta de que se cambie para no ofender a los muchos que tenemos sueños baratos o incluso gratuitos. Hoy mismo llevaré a mi marido, que es un gran aficionado a la ornitología a las Hoces del Duratón donde, mientras observamos las rapaces que anidan en esos riscos y escuchamos el fluir del río y el canto de las aves, merendaremos sendos bocadillos de anchoas de Santoña con pimientos morrones. Créame que este es un sueño bellísimo y sin embargo bastante asequible: contando media botella de Ribera del Duero, la gasolina el pan, las anchoas y los pimientos, no creo que llegue a los quince euros.

Además, y a pesar de que puede que este segundo encargo quede fuera de su ámbito de acción, le suplico que, si está en su mano, me facilite el nombre de algún sicario de su confianza por si debemos recurrir a él para quitar de en medio a estos manipuladores de la conciencia colectiva. Sabemos que esta solución no es la más deseable, pero a veces, entre sueños baratos e inocuos, también padecemos sueños exterminadores que nos hacen perder la cabeza. No se preocupe: si llegara a registrarse algún crimen, le garantizo que su nombre no aparecería por ningún lado.

A la espera de su conformidad y de una reunión para para acordar sus honorarios, le saluda muy atentamente

Mauricia Solano de Gormín, defensora de los sueños baratos

El arte que no cabe en casa

Hay obras de arte que aunque sean una joya y alcancen cotizaciones millonarias, no apetece tenerlas en casa...

Hay obras de arte -como esta de Goya- que,  aunque sean una joya y alcancen cotizaciones millonarias, no apetece tenerlas en casa…

1
Los ricos también cagan- pensó Gisela- Y además, ya no quedan más paredes en esta mansión para colgar tanto cuadro.
Y después se dirigió a los operarios que esperaban sus órdenes.
-Cuélguenlo en esta pared- dijo señalando a la pared norte del inmenso y lujoso cuarto de baño- Es donde queda mejor, y además así lo podrá disfrutar a conciencia.
El cuadro representaba a una siniestra Herodías con la cabeza del Bautista intercambiando una mirada lasciva y un tanto vesánica con el verdugo de espadón sangriento que se la ofrecía. La ficha que le dio la secretaria del jefe añadía: Escuela de Caravaggio, circa 1609. Óleo sobre lienzo. Medidas: 2 X 1, 20. Marco madera estofada con pan de oro.
Dos semanas después el jefe la llamó a su despacho.
-¿Y cómo se le ocurrió a usted colgar ese cuadro enfrente del…?
El acaudalado Toribio Pérez, que pese a sus humildísimos orígenes acababa de ser incluido en la lista de los trescientos más ricos del país, no era capaz de decir la palabra retrete. No le salía. Y ese era precisamente el problema. Desde que tenía que aliviar el vientre frente a aquella dramática pintura su tracto intestinal no era el mismo.
-Descuélguelo y póngame otro cuadro más amable.
Gisela agachó la cabeza, sacó su agenda y apuntó el mandado.
-Los ricos también cagan –farfulló entre dientes tratando de disimular su gesto de contrariedad- Pero se lían a comprar obras de arte y a veces olvidan que no es fácil convivir con ellas.
2
Visitabas ayer la muestra de la Colección Masaveu en el Palacio de Cibeles –el Correos de toda la vida, para entendernos-, una exhibición de arte fundamentalmente religioso o bíblico desde el medievo hasta el barroco, y anotas varias conclusiones.
Primera, qué suerte que haya ricos, mecenas y coleccionistas que de vez en cuando cedan sus colecciones para que el ciudadano curioso disfrute de su patrimonio.
Segunda, qué responsabilidad la del que hereda de sus antepasados, pongamos, un Saturno devorando sus hijos, un tremendista Ecce Homo o una Degollación de los Santos Inocentes, temas recurrentes en la historia de la mejor pintura y, por no disponer de palacios o mansiones tan grandes como las de Toribio Pérez, las tiene que colgar en su habitación o en el comedor y desayunar con ellas cada mañana. Qué responsabilidad y qué angustia, caramba.
Tercera: qué privilegio conformarte con ver en tus paredes un paisaje costumbrista anónimo de carreta con burro sobre camino flanqueado de chopos, o una chapa publicitaria del Nitrato de Chile, o el lienzo con chafarrinones tipo Jackson Pollock que te regaló el vecino y podría figurar en cualquier museo de arte contemporáneo y no tener que preocuparte ni de que te lo roben ni de que te lo envidien.
Cuarta: si no te sobra el dinero, cosa bastante corriente, compra sólo el arte (o así) que cotice sólo en el índice de tu satisfacción personal. Y silba feliz.

Para ver obras maestras, o a casa de los afortunados como Toribio o a los museos, y así sales de casa.

El orden del día

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-Qué tiranías las del poder legítimamente constituido -pensaba Silvia mientras esperaba el metro repasando en su tableta la prensa del día- Así que el presidente Zapatero cesó a su ministro de cultura Molina por ser demasiado austero y porque necesitaba una ministra joven y más glamourosa. Manda narices, manda castañas, manda ovarios…
Y sin embargo estaba lo suficientemente bien educada como para seguir sobreviviendo a base de aguantoformo. Bien educada en casa y en las aulas: ingeniero industrial, masters diversos, cuatro idiomas y el inmenso privilegio de haber opositado al empleo público y conseguido plaza de secretaria en Presidencia de Gobierno. ¿Cómo se iba a quejar, cuando la mayoría de sus compañeros de promoción aún estaban en el paro?
Su primera tarea aquel día no podía ser más estimulante. Tenía que redactar el orden del día del próximo Consejo de Ministros cuyo borrador le presentó Agustín, el hombre que mejor le caía del staff presidencial.
-Y a pesar de todo, tus ojos de zafiro siguen inundando de poesía el túnel de mis días –le recitó cadencioso al oído el secretario del subsecretario de Presidencia mientras le entregó la carpeta y puso sobre su mesa un irresistible café capuccino de máquina, la pócima matinal menos dañina para ella- Te podría decir que son de Pessoa, pero son versos de propia Minerva
Silvia le lanzó un besito, sonrió agradecida y aproximó cautelosamente sus labios al borde del vaso de plástico.
-Bébelo sin miedo, darling, que ha hecho cien metros de pasillo conmigo y debe de estar medio templado…Y recuerda que, por horrible que te sepa el café de máquina y digan lo que digan los barandas que nos gobiernan, yo te seguiré queriendo desesperadamente.
2
Los que el secretario del subsecretario llamaba barandas llevaban a la aprobación del Consejo de Ministros el siguiente minutado que Silvia empezó a teclear en su ordenador.
1. Reunión de Luis Enrique con Zubizarreta para la presunta contratación del primero como futuro entrenador del Barcelona. Petición al Consejo de Estado de informe sobre la posible incidencia de tal reunión en el tramo final del Campeonato de la Liga.
2. Informe del Instituto Nacional de Estadística sobre las posibilidades reales de los clubs Atlético de Madrid, Real Madrid y Barcelona de ganar el Campeonato de la Liga, a fin de evitar pérdida de horas de trabajo en la especulación de estos datos que tanto inquietan a la opinión pública.
3. Cierre de canales de TDT. Análisis de la conveniencia de compensar dicho cierre con la oferta de nuevos canales dedicados exclusivamente al fútbol. La cultura debe ser siempre prioritaria en este gobierno.
4. Racismo en el fútbol. Petición de informe a la RAE para que desmienta que el HU-HU-HU dirigido por algunos asistentes a los campos de fútbol a jugadores de raza negra pueda ser considerado como onomatopeya del sonido que emiten los primates, y por tanto, ofensiva para estos jugadores. Petición de informe al Consejo Regulador del Plátano Canario sobre los beneficios en ventas del lanzamiento de plátanos a jugadores de fútbol, sean de la raza que sean. Medidas complementarias para demostrar que en el fútbol no hay racismo, sino ignorancia de unos pobres aficionados despistadillos y, a lo sumo, modales manifiestamente mejorables.
5. Petición a Patrimonio Nacional y al Ayuntamiento de Madrid para que se sustituyan algunas de las estatuas de la Plaza de Oriente, de reyes hoy casi inidentificables, por efigies de la misma estética erigidas en honor de Cristiano Ronaldo, Messi, Simeone, Diego Costa y Florentino Pérez, como reconocimiento de su bien ganado prestigio público y de sus servicios decisivos para el estado de bienestar. El rostro de la estatua de Diego Costa irá levemente patinado de oscuro, para que se confirme públicamente que en un país no racista se respeta también a los mulatos. La efigie de Florentino Pérez será dos cuartas más alta que el modelo original, para realzar el señorío tradicional del Real Madrid del que él es dignísimo portaestandarte.
6. Ministerio de Trabajo. Recomendación a este departamento para que solicite de las empresas y demás centro de trabajo máxima flexibilidad horaria a fin de que sus empleados puedan cumplir el sagrado deber de cumplir con sus compromisos futbolísticos.
7. Ministerio de Educación y Cultura. Recomendaciones al personal docente para que presenten el fútbol como el octavo arte, después el séptimo sólo en el ordinal de las bellas artes que ennoblecen a la condición humana.
8. Asuntos Exteriores. Se recuerda al ministro del departamento la necesidad de dar la mayor difusión en la Unión Europea al importante y certero mensaje del Presidente de Gobierno sobre la final de la Champions League en Lisboa: “El 24 de mayo será un triunfo del fútbol español”. Se sugiere que este slogan tenga un gran protagonismo en las próximas Elecciones Europeas, y se invita a todos los partidos políticos de aquí o de allá a que lo utilicen gratuitamente. Se propone proponer al Presidente de Gobierno como candidato al Premio Nobel de la Originalidad Intelectual.
9. Economía y Hacienda. Se autoriza al ministro del departamento para que piense en nuevos impuestos sobre el fútbol. Tanto a los partidarios de este deporte, por lo mucho que disfrutan, como a los que no lo son, por oponerse al sentir colectivo del patriotismo del balón.
10. Ruegos y preguntas. Siempre que sean de fútbol, y no de otras menudencias como el paro o los recortes.

3
El opio del pueblo, el pan y el circo, Lope de Vega justificando sus comedias alimenticias con aquellos versos tan cínicos:
El vulgo es necio
y, pues lo paga, es justo
hablarle en necio
para darle gusto
Esto y no hay más cera que la que arde, el que manda manda, las lentejas, que si quieres las comes, y si no las dejas. El culto al becerro de oro. El pesebrismo infinito que genera el deporte rey. Cuánto agradecía Silvia no ser política y no tener que decir que al pueblo y al fútbol, ni regañarles.
Todo le bailaba en la cabeza mientras la impresora vomitaba las copias que habría de entregar a su fiel Agustín.
-Lo primero es lo primero- le dijo al entregarle las dieciséis copias del orden del día- ¿habrá vida más allá del fútbol?…
-Podría ser…¿Te apetece que cenemos juntos el 24 de mayo?…A mí me divierte el fútbol, y soy del Atleti. Pero si tus ojos de zafiro están dispuestos a iluminar el túnel de mis días, me pierdo la final y tan feliz.
Groucho Marx decía: cuanto más conozco al género humano, más amo a mi perro. Silvia suspiró y sonrió al recordarlo. Evidentemente, no conocía a un solo perro que se llamara Agustín, pero el 24 de mayo también podría ser para ella un día inolvidable.

 

 

Demasiados huevos

Un entrenador tan excepcional como SImeone no necesita ser tan vehemente en su lenguaje, qué caramba...

Un entrenador tan excepcional como Simeone no necesita ser tan vehemente en su lenguaje

1
La niña ya no era tan niña. De modo que cuando escuchó por la radio que la vicepresidente Sáenz de Santamaría respondía a las acusaciones que le hacía la oposición diciendo que ella no había cobrado un sobre bajo cuerda en su puta vida, se quedó un poco pasmada.
-Mamá –le preguntó a su madre- Eso de su puta vida no es bonito, ¿no?
-No. Bonito no es, pero hay que comprenderlo. A veces incluso la gente educada se enfada y habla así de mal cuando le dicen cosas impertinentes.
-Porque Soraya es de derechas, ¿no? Y tú siempre dices que lo de hablar mal es cosa de los de izquierdas, que son peor educados.
-Bueno…
-Podría haber dicho sólo en mi vida, o en toda mi vida, o en mi puñetera vida, ¿no? Eso lo he oído muchas veces. Tú también lo dices alguna vez: en mi puñetera vida he dejado de hacer una cama, en mi puñetera vida he visto a tu padre recoger la mesa, en mi puñetera vida he visto a un tipo tan cursi como Zapatero
-Alguna vez, sí. Todos hablamos mal alguna vez.
-Es raro –insistió la niña tras un largo silencio para encontrar las palabras oportunas- Putas son esas mujeres que cobran por el amor, o por el sexo, que ya se lo que significa eso, y que siempre me decís que mejor no ser como ellas. ¿Quiere decir que Soraya, a pesar de tener cara de pececito de Walt Disney, ha llevado una vida de puta?…
La niña ya no era tan niña.
2
Papá, además de ser también de derechas, era lingüista, había colaborado en la edición del último diccionario de la RAE y estaba feliz de que el Atlético de Madrid le hubiera ganado al Chelsea y se plantara en la final de la Champions para disputársela nada menos que al Real Madrid. Pero la niña observó en su rostro una mueca de disgusto cuando el entrenador Simeone acabó su rueda de prensa ante las cámaras.
-Por último –dijo el Cholo después de repasar las razones del triunfo- felicito a las mamás de mis jugadores por haber criado unos hijos con los huevos tan grandes.
-Lamentable –farfulló Papá- en los medios se ha abierto la veda de la corrección y el buen gusto.
-¿Y eso qué significa? –preguntó la niña.
– Significa que donde antes decían que estaban fastidiados, contrariados o disgustados, ahora dicen que están jodidos. Y que donde antes empleaban la palabra valor, decisión, coraje, arrojo, gallardía, bravura, intrepidez, agallas, arrestos o redaños, ahora sueltan huevos o, peor aún, cojones, y encima les ríen las gracias. Y ni libro de estilo ni respeto por las buenas palabras, caramba.
La niña que no era tan niña se quedó pensativa.
-Porque los huevos esos que dice Simeone –preguntó mientras se rascaba la cabecita como intentando encontrar la razón- ¿no son esos que ponen las gallinas y que tomamos fritos, verdad?…
Papá reconoció que ser un purista del lenguaje no le obligaba a criar a una niña tonta. Así que rescató de su arsenal de palabras las más apropiadas al caso y le explicó a su hija lo que había querido decir el entrenador del Atlético de Madrid.
3
Al poco llegó a casa la tía Felisa, hermana menor de Mamá, que venía de la manifestación del 1 de mayo. La niña que no era tan niña sabía que la tía Felisa no era como Mamá. Era de izquierdas, y feminista. De vez en cuando Mamá y la tía Felisa se enzarzaban en discusiones, pero en este caso la tía sólo venía para saludar, descansar la sofoquina, hacer pis, tomarse una cerveza y criticar al gobierno lo habitual.
-Tía –le abordó la niña- hoy me enterado de lo que son los huevos de los futbolistas –le dijo con una sonrisa ingenua la niña que ya no lo era tanto.
La tía Felisa se echó a reír.
-Las mujeres no tenemos huevos, ¿verdad? –continuó la niña.
Las dos mujeres se miraron. Antes de insinuar respuesta alguna la niña dejó caer otra pregunta.
-¿Eso significa que no tenemos valor?
Papá y Mamá y la tía le dijeron que no, naturalmente, que las mujeres tenían tanto o más valor que los hombres. Felisa entonces cayó en la cuenta de que, pese a lo radical que era su ideología con el machismo en el lenguaje, jamás había protestado ante los medios de comunicación por el creciente abuso de huevos en el menú.
-Gracias, nenita –le dijo la tía al despedirse con un beso- Te debo un regalo
La niña era niña, pero no tonta.

 

Un pis maravilloso

Hay mecanismos para activar la memoria olfativa que nunca fallan...

Hay mecanismos para activar la memoria olfativa que nunca fallan…

1
Ubaldo había conseguido en la Escuela de Policia Científica las mejores calificaciones. No sólo dejó allí pruebas de su responsabilidad y competencia, sino también de su fino olfato y de su inteligencia deductiva. Ubaldo Pérez Angoy acabó siendo para su promoción Deducator. Procesaba los datos e hilvanaba los indicios como ningún otro. Naturalmente, acabados sus estudios, su permanencia en el cuerpo no fue muy larga. No hacía falta ser ningún lince para percatarse de que ningún funcionario como él medianamente honrado dejaba de ser, como mucho, un puto policía. De modo que un día fue requerido por un importante hombre de negocios de esos con pasaporte panameño y varias sociedades cuyo objeto social no viene a cuento, domiciliadas todas ellas en las islas y paraísos más exóticos del mundo, y no tuvo más remedio que cambiar de vida.
-Creo que voy a tener que comprarme una trinchera –le dijo a Flora, su mujer un día al volver a casa- De esas más propias de otro tiempo- añadió mientras encendía su cigarrillo y sonreía a lo Bogart- Y un sombrero, para terminar de componer el tipo.
-¿Y eso?-inquirió ella después de besarle en los labios- A mí me gustaba más Robert Mitchum.
Ubaldo puso cara de interesante, ahuecó su boca y fletó dos o tres anillos de humo que se disiparon al estrellarse contra la cara de Flora.
-Se acabó la miseria- dijo insinuando una levísima sonrisa- A partir de ahora en lugar de un puto policía tu marido será un puto detective, pero bien pagado.
2
Habían transcurrido cuarenta y dos años desde que unos huevos escalfados con espárragos trigueros sellaron su amor en una casa rural de La Alcarria donde unos amigos le habían invitado a pasar el fin de semana. Deducator había barajado muchos otros factores que podrían haberle llevado a la conclusión de que Flora, también invitada, iba a ser la mujer de su vida. Quizás su perfil tan bien dibujado, su cabello castaño cortado como entonces se decía a lo garçon, su tipito menudo, pero con las curvas precisas y perfectamente macizadas, su conversación, espontánea y fresca, el generoso candor con el que se ofrecía para hacer esas pequeñas tareas del hogar que tanto aburren a los demás, su voz… Cómo cantó con la guitarra al calor de la chimenea aquel bolero de Lo dudo, lo dudo, lo dudo mientras le miraba a los ojos. Él pasaba por ser un poli de buena planta y había salido con muchas chicas frente a las que blindaba sus sentimientos. Sin embargo ella le acabó conquistando aquel fin de semana.
Se dio cuenta en el almuerzo del domingo. Flora había preparado unos huevos escalfados con un manojo de espárragos trigueros que habían cogido esa misma mañana mientras paseaban por el campo. Los sirvió directamente desde la sartén. Primero a los dueños de la casa y a otra pareja de amigos, luego en su propio plato, en el que depósito el huevo menos lustroso y apenas tres puntas verdes. Y finalmente los dos mejor presentados con abundante guarnición de trigueros, en el plato de Ubaldo, que era el nuevo de la pandilla.
-Toma, a ver si te gusta- le dijo mientras le servía mirándole con una intensidad que a él se le antojaba irresistible- Que esto tiene muchas vitaminas, y a ti te harán falta para tus investigaciones…
No fue un hallazgo intelectual de los que habían justificado su apodo de Deducator. Pero desde luego aquel día dedujo que él le gustaba a Flora, que Flora le gustaba a él y que, al margen de sus encantos de mujer, buena parte del porqué era algo tan poco romántico como unos huevos escalfados con trigueros. La vida ofrece a veces este tipo de sorpresas. Una pequeñez puede condicionar tu futuro. No una batalla, ni un gordo de la Primitiva, ni salir vivo de un accidente de aviación, ni encontrarte a los treinta años con que tu orientación sexual no es la que te pide el cuerpo y sales del armario. Esta vez fue un plato de huevos escalfados con espárragos lo que cambió el rumbo en la vida de Ubaldo Pérez Angoy.
3
Durante casi cuarenta años, las deducciones -no del todo inocuas- del antiguo policía convertido en detective le rindieron pingües beneficios. Unas veces su investigación le llevaba a deducir que a este o aquel concejal de un pueblo de la costa le urgía cambiar de coche, porque iba a ser padre de trillizos. Otras, que al diputado Zutanito, famoso por ser un padre ejemplar de numerosísima familia y coleccionista de vírgenes románicas, le encantaba reunirse en el jacuzzi de un apartamento de lujo con tres mulatitas para hablar de sus cosas. En ocasiones deducía que la esposa del que concurría con su jefe en la misma licitación de obra pública se la pegaba a su marido con el garajista. Flora no estaba enterada al detalle de los trabajos de su marido, ni tampoco ponía demasiado interés en ello. Al fin y al cabo todo revertía en beneficio de la familia, que desde que Deducator dejó el cuerpo de la Policía había conseguido mejorar de casa, dar buenas carreras a sus hijos y gozar de una posición económica y social relevante.
-Te quiero, Ubaldo- le decía aún a sus sesenta y tres años mientras cenaban a la luz de la luna en la terraza de su apartamento de Pollensa.
Deducator se dejaba besar en los labios, quizás para no olvidar que era un detective seductor como los que hacían Bogart o Robert Mitchum. Luego, embelesados los dos por la brisa y el sonido de las olas rompiendo contra el malecón del puerto, cenaban lo que amorosamente había preparado ella. Ahora ya no había en la mesa huevos escalfados con espárragos, sino caldereta de langosta y una cubeta de hielo en el que se enfriaba una botella de Domaine Chaillon de Briailles, un blanco que, al decir de un colega del boyante detective, tenía bouquet, retrogusto, aromas almendrados y esas gilipolleces que tanto preocupan a los ricos sobrevenidos.
4
Sólo un poco después el panorama de Ubaldo, de Flora y de su familia feliz se nubló. El antaño lúcido detective fue perdiendo facultades. Despistes, olvidos supitaños, frases interrumpidas. De repente largos silencios buscando angustiosamente esa palabra fácil que no aparecía. Segundos tragando saliva que se le hacían largos. Frases inconexas…
Deducator dejó su trabajo. Flora le puso en manos de los médicos. En esos momentos confusos en los que la ciencia aún no sabía si su mal era una primera fase de la demencia senil o de un Alzheimer, el propio Ubaldo se defendía poniendo en juego mecanismos sencillos para ejercitar su memoria. Se concentraba en el número 28 y en la percepción del color verde botella, que era que pintaba el portal de su casa. Se concentraba en la enorme vaca de fibra de vidrio con ruedas que asomaba por la puerta de la tienda de moda. No le interesaba nada ésta, pero sabía que al lado quedaba el estanco, donde entraba siempre disparando con las manos como si fuera un vaquero, para no olvidarse de que el tabaco que venía a comprar era Marlboro. Y, por Dios, en el único paseo cotidiano que aún le dejaban hacer solo, detenerse en la floristería, mirar a las rosas, a las caléndulas, a las orquídeas o a las ponsetias y después cerrar los ojos y tratar de agarrar con sus palabras lo más importante de su vida.
-Flora, Flora, Flora…
5
Sin embargo la enfermedad siguió su curso, y llegó a ese momento terrible en el que él no sólo no podía salir solo de casa, sino que ni siquiera era capaz de recordar los nombres de los suyos. Deducator acabó sepultándose en un sepulcro de silencio. Estos trances acaban a veces matando a una familia, pero a menudo, en su marcha destructora, descubren también almas heroicas que neutralizan sus efectos. Flora resultó ser una de ellas. El dolor de la enfermedad de Ubaldo no sólo no melló su ánimo, sino que lo fortaleció. Cuanto menos Ubaldo parecía él, más ternura, encanto y sonrisas derramaba ella.
-Hoy te voy a hacer uno de tus platos favoritos que hace mucho tiempo que no tomamos- le decía ella acariciando su mano mientras le ayudaba a hacer el rompecabezas de cada día.
Se lo comió el viejo detective tan a gusto como de costumbre. Por supuesto, sin decir una palabra. ¿Cuánto hacía que no la decía?…Pero todo cambió cuando a media tarde fue al cuarto de baño, levantó la tapa del retrete y se puso a hacer pis. Algo de anzuelo debe de tener la memoria olfativa para pescar recuerdos en el olvido, y desatar a partir de ellos procesos de recuperación de la mente. Algo especial igualmente deben de ser el ácido asparagúsico y el metanetiol para añadir un olor inconfundible al pis que se hace después de haber comido espárragos. Y también algo aún quedaba de lógica en la confusa mente del pobre Deducator. Pues el hecho es que, después de rematar la faena y lavarse las manos, como está mandado, salió del cuarto de baño, cerró la puerta y buscó por el pasillo a esa mujer extraña que le acompañaba en casa.
-Tú…-titubeó Ubaldo mientras extendía sus brazos hacia Flora y trataba de despertar a su lengua dormida-Tú…Tú…¿eres la que me hacías huevos escalfados con espárragos?
Ella asintió, avanzó unos pasos, lo acogió entre sus brazos y lo estrechó contra sí. No se daba cuenta de ello, pero sonreía emocionada. Y con los ojos cerrados, se ilusionaba pensando que a lo mejor cualquier día volvía a llamarle Flora.

Una ucronía catalana

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La historia había reservado esta fecha para nosotros –se dijo Magín orgulloso cuando recibió los resultados de la votación. Se sentó en una silla, puso su cartera de pie sobre sus rodillas, inclinó la cabeza sobre ella y se echó a llorar. Un observador insensible hubiera creído que sus lágrimas eran convencionales, agua y sal como las derramadas por cualquier lacrimal, pero él sabían que cada gota se descomponía en diminutas moléculas, que las había de color rojo y amarillo, y que cuando resbalaban por sus mejillas iban trazando sobre su rostro la inconfundible huella de la Senyera. Se sacó el pañuelo del bolsillo de su chaqueta y se las enjugó. El pañuelo, como el algodón, tampoco engañaba: eran lágrimas de emoción, pero inconfundiblemente catalanas Se levantó y buscó el cuarto de baño, levantó la tapa de la taza del retrete y se dispuso a orinar. El chorrito, como si fuera el de la fuente de Montjuich, también se descomponía en estrechas rayitas de líquido rojo y amarillo.
-¡Y no me escuecen!..-gritó jubiloso- No son las hematurias que de vez cuando bien me joden…¡Es que hasta mis riñones depuran catalanidad!…
Se lavó las manos, se refrescó el rostro, se miró en el espejo. No cabía en sí de felicidad. Sacó de su bolsillo el teléfono móvil y marcó el teléfono de la Nuria.
-¡Hemos triunfado, nena!- dijo entre sollozos-¡Ya podremos ser lo que queramos!…Pero no se lo digas al hereu, déjame que sea yo el que le dé la gran noticia.
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El plan había funcionado a la perfección. El comando secreto del FRENCOÑAR (Frente de Encoñados con la Autodeterminación y el Referéndum) había desplegado todos sus efectivos una semana antes en la capital del Reino. Valiéndose de una red de Mataharis y Philbys de nueva generación que actuaron con una meticulosidad, una discreción, una imbatible capacidad de seducción y una inteligencia excepcionales, habían conseguido inocular en los botellines de agua mineral de todos los representantes de los partidos opuestos a su proyecto un compuesto químico que durante veinticuatro horas alteraba sus facultades volitivas, y necesariamente les impelía a votar en contra de sus convicciones. Al fármaco le llamaron coloquialmente Arturina, y no tenía más efecto secundario que el dejar en los diputados la misma sonrisa autocomplaciente, como de soyelreydelmamboysonríoporquemesaledelníspero, que el ausente Molt Honorable President de la Generalitat exhibía en todas sus comparecencias públicas. En el momento de emitir su voto, un par de diputados del partido del gobierno llamaron tía buena a la diputada Pilar Rahola, y tres diputadas de la coalición ITAI (Irredentos y Tocapelotas por la Autodeterminación Imposible) hicieron ojitos a Rajoy y a Rubalcaba mientras les lanzaban besos y les piropeaban con epítetos como cachas y macizos, pero según el Observatorio de la Igualdad y de la Dignidad en los usos parlamentarios dichas actuaciones no restaban validez alguna a la votación. Por la misma razón tampoco se anuló el voto de un diputado en cuyo índice de la mano alzada se distinguía perfectamente un moco verduzco, ni el de otro padre de la patria que aprovechó el mismo gesto para hacer una peineta con incierto destino

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El caso es que, contra todo pronóstico, la propuesta del Parlamento de Cataluña para organizar una consulta secesionista salió triunfante. Y el cerebrín Magín, diseñador y ejecutor de la hábil estrategia de persuasión contra la intransigencia española, pudo al fin vivir su momento de gloria.
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Cerebrín Magín estaba tan ahíto de triunfo que prefirió desmarcarse del resto de su equipo y volver sólo en el AVE. Hasta Zaragoza sólo pudo sestear, soñando el primer desfile que festejaría a la nueva nación que inevitablemente saldría del referéndum. De Zaragoza a Lleida anotó pequeños problemas sin importancia que el nuevo gobierno habría de resolver para demostrar que la independencia tenía sentido. Cómo convencer a Europa de que ganaban un nuevo socio, cómo remendar el agujero de la deuda y el déficit, cómo poner en marcha una sanidad, una educación, una justicia y una defensa propias, cómo relanzar la economía, cómo acabar con el paro, cómo pagar la pensión de la yaya, cómo convencer al Estado de que el Barça debería jugar por el momento la Liga española…
Ah, el Barça…Habían sido sus últimas temporadas deslumbrantes el mejor argumento para que su pequeño Maginet, el hereu, entendiera lo que significaba la Catalunya triomfant que se canta Els Segadors. Y el noy lo entendería, claro que entendería que, pudiendo elegir lo que sus ciudadanos quieren ser, Cataluña sería la soñada por los nacionalistas de toda la vida.
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La capital estelada respiraba euforia. Pero Magín sólo quería llegar cuanto antes a su casa para abrazar a su pequeño y anunciarle la gran noticia por la que tanto había luchado.
-¡Maginet! –clamó el cerebrín abriendo los brazos al nen que le recibía con la samarreta del Barça- ¡Ya podemos celebrar el referéndum!…Ya podremos elegir la patria a la que queremos pertenecer.
El heréu se llevó el dedo a la boca, pensativo.
-¿Qué no lo entiendes, noy?-dijo el gran estratega sacudiendo al niño por los hombros.
El chico entonces se volvió de espaldas y le mostró al padre el nombre  estampado al dorso de su camiseta de su gran ídolo del Barça, el hombre que posiblemente más hecho por la gloria de Cataluña en los últimos años.
-Entonces, pare…-preguntó el hereu sonriendo como un ángel- ¿ja podrem ser de Fuentealbilla como el Iniesta?

La muertoterapia

Dales Señor descanso eterno y ahórrales eseas elegías que casi producen vergüenza ajena y sólo aprovechan a los que quedamos vivos...

Dales Señor descanso eterno,  y ahórrales esas elegías que casi producen vergüenza ajena y sólo aprovechan a los que quedamos vivos…

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-Nunca se ha hablado bastante del efecto catártico que ejercen en la sociedad los muertos gloriosos-pensó Francisco mientras apuraba su café matinal.
El profesor de psicología repasaba los periódicos y, al mismo tiempo, ordenaba sus ideas. Primero, qué es eso de los muertos gloriosos: así llamo a los personajes ilustres que, cuando fallecen, desatan el sentimiento unánime de la masa que redime sus miserias morales exaltando con desmesura los valores y los méritos del que ha fallecido.
Los editoriales y columnas de la prensa escrita, y todos los comentarios de la radio y la la televisión avalaban su tesis. No es que toda España se hubiera pronunciado en el mismo sentido, asegurando que el muerto ilustre era lo mejor de lo mejor, sino que además organizaciones habitualmente poco complacientes como la Diputación de la Bajeza de España, las Reales Maestranzas de Villanía, la Hermandad del Demoníaco Refugio y otras como Bellacus Mundi, Desalmados sin Fronteras, AIR (Amargados Irredentos) y la APHPP (Academia Panamericana de Hijoputas Pase lo que Pase) habían expresado su admiración, rayana en la devoción, por la figura del extinto prócer.
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Segunda idea que subrayo-anotó el profesor-: la sociedad necesita este tipo de muertes gloriosas para lavar su mala conciencia sin correr el riesgo de que el elogiado se ponga gallito. Está claro, el muerto al hoyo, y el vivo al bollo. Si alabo a quien se lo merece en vida, estoy fortaleciendo a la competencia, porque igual se crece y me pisa el terreno, no me jodas. Mejor espero a que sea completamente inútil para canonizarle, que los santos lucen mucho y no incordian nada. Luego habrá himnos, banderas al viento, lágrimas, cerillas encendidas cuando algún cantautor estrene una balada invocando su nombre…Definitivamente, si no hubiera gloriosos así, habría que inventarlos.
Hace unos meses había sido Nelson Mandela, ahora el último era Adolfo Suárez. El país lloraba, pero curiosamente, unido en el dolor que incluso puede que fuera sincero, se sentía más digno, mejor moralmente. Los muertos ilustres subían la autoestima colectiva y, al cabo, reforzaban los cada vez más frágiles lazos que aún unían a la patria.
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Tercera idea con la que concluyo- resumió el psicólogo Francisco. En esta sociedad tan sensible y tan afligida por toda clase de males que fustigan a la psique, habrá que considerar a la muertoterapia y hablar de sus benéficos efectos en la moral individual y colectiva. Dónde caerá el próximo muerto ilustre, que no quiero perderme el velatorio. Dónde me publicarán la emotiva necrológica en la que pienso decir que le admiraba profundamente, y que tuve la suerte de compartir muchas cervezas y raciones de patatas bravas con él. Quién me sacará la foto, visiblemente compungido en su funeral. Y cuándo se va enterar el personal de una puñetera vez de lo importante que es este menda, a quien, aunque no lo confiese en su testamento, el ilustre fallecido conocía y apreciaba de corazón.
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La teoría de la muertoterapia fue recibida con cierta sorpresa por sus alumnos, aunque alguno después de la clase se le acercó para decirle que sí, que tenía razón, que al pueblo los muertos famosos le gustan más que a un tonto un lápiz, y que movilizan casi tanto como las estrellas del fútbol o del rock. No obstante el profesor de psicología quiso ir más lejos. ¿Por qué reservar el ditirambo sólo a los difuntos, y no a quien de verdad los puede apreciar? Entre sus amigos de la beautiful people, donde era muy bien recibido porque era el único que ni procedía de la oligarquía de la banca, o del ladrillo ni era un hijo de la efímera cultura del pelotazo, Dotita Pitruejo, creadora de tendencias donde las hubiera, comentó un día que nada le gustaría más que morirse un ratito para escuchar y ver por el rabillo del ojo su velatorio. Así que, después de avanzarle su nueva teoría, Francisco le propuso que en lugar de convocar a sus amigos más distinguidos a jugar al bridge, al paddle, a celebrar merendolas benéficas o a hacer teatro, ofreciera sesiones de muertoterapia activa.
-Cada sesión se elige un muerto ad hoc –le explicó Francisco- y en torno a su figura se inicia la catarsis mediante la idealización del difunto. Porque todos somos tan maravillosos como nos propongamos serlo.
A Dotita la idea le pareció como colosal, y animados por ella, el ramillete de gente guapa se puso de acuerdo en matar cada semana a uno de la pandi, figuradamente hablando, para colocarlo en un féretro futurista diseñado por Calatrava y vestido por Agata Ruiz de la Prada y durante un par de horas colmar sus oídos y su ego con elogios desmedidos que los demás miembros del selecto club debían improvisar en prosa, en verso o incluso en bellos cánticos, siempre que éstos no sonaran demasiado a guitarreo parroquial, que quedaba muy hortera. Las normas de estilo imponían algo de verosimilitud en los comentarios y elogios, tampoco demasiado. Pero desde luego estos debían provocar un subidón en el ánimo del muerto eventual y, por añadidura, en el resto de los invitados, que se sentirían orgullosos  de haber conocido tan de cerca ese gran personaje por el que lloraban desconsoladamente.
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Las sesiones de muertoterapia de Dotita se hicieron tan famosas y solicitadas como fueron las lentejas de Mona Jiménez durante la Transición, y el ser propuesto como moriturus ad laudatio se empezaba a cotizar como entrar en una lista de ministrables, de futuros candidatos al consejo del BBVA o a los premios Príncipes de Asturias. Pero después de unas cuantas muertoterapias al psicólogo se le empezó a indigestar su ocurrencia. Además de encontrar en el experimento nuevos datos que avalaban la necedad y la frivolidad del género humano, nada desde que comenzó a pergeñar su método iba bien. No era sólo que le hubiera abandonado su mujer y que no se entendiera con sus hijos, ni que hubiera perdido las elecciones al decanato, ni que su antigua profesora auxiliar le acorralase reclamando la paternidad del hijo que esperaba, ni que le acabaran de comunicar que el acta de la Inspección de Hacienda  le reclamaba más de 45.000 €. Ni tampoco que su mejor amigo le hubiera estafado el resto de sus ahorros, ni que la jipija de Dotita, con la que había coqueteado y que sí le gustaba de verdad, le plantara diciendo que vaya chorrada lo de la muertoterapia, cómo voy a enrollarme con un tío tan siniestro. Tampoco era el desprecio que adivinaba en la corte de Dotita, pues quién se creerá ese profesor tan redicho, como si enseñar psicologíca fuera de lo más cool, ¿no te digo? Esas son chorradas. Era, sobre todo, que había perdido la fe en si mismo y el interés por el mundo, y que sentía que se le estaba parando el fuelle de la vida.
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De tal manera que, cuando le llegó el turno, y aunque el numerito le parecía una mascarada propia del personaje de La gran belleza, aceptó su nombramiento de moriturus y descorchó una botella de champán francés para brindar con Dotita y sus amigos antes de despedirse, meterse en el ataúd y hacer como que se moría beatíficamente mientras empezaban a alegrar sus oídos las elegías de rigor.
Jo, daba gusto morirse así- se dijo- Con lo calamitosa y estúpida que ha sido mi vida, con las granujadas que he hecho y lo majadero de mi comportamiento, con lo poco que significo para este hatajo de pijolondrones y aún pueden decir de mi que soy un talento, un genio, un modelo de ciudadanía y de caballerosidad y un espejo de virtudes. Cuánto te echaremos de menos- escuchó- Tócate los cojones, Paco: qué buenos somos todos después de muertos…
Afortunadamente nadie se había percatado de las pastillas que se tomó antes del brindis final. Nadie sabía por tanto que aquel velatorio de mentirijillas con su repertorio de pomposos elogios fúnebres se hacía excepcionalmente por uno que iba a morir de verdad.

Diabólica maleta

mALETAS DIABOLICASLa sacas del armario, la abres, extiendes, a su alrededor lo que tienes que meter en ella y te sientas a pensar esperando que el Espíritu Santo te ilumine. Te acuerdas del sabio Berzgast. Precursor de la teoría del Big Ban, fue además quien oficiosamente le sopló a Higgs el hallago que revolucionaría la física moderna.

-Acabo de descubrir una partícula subatómica que va a hacer furor- le dijo al famoso físico que bautizó al bosón- Como he quedado con Dora para ir al baile y me da pereza acercarme al Registro de Patentes, te regalo el hallazgo.

Modorek Berzgast era así de modesto. Cuando el mundo anunció gozoso que por fin se había solucionado el celebérrimo problema matemático de la Conjetura de Poincaré, su tía Matilde, fallecida en 1958, reveló a través de una médium de Budapest que en una lata de leche en polvo americana que ella guardaba en la alacena de su cocina había un rollo de papeles que su sobrino le contó que eran importantísimos. Localizaron la lata y efectivamente, allí había seis cuartillas enrolladas con el diabólico formulario que había traído locos a los que años más tarde se apuntaron el descubrimiento, y que definitivamente resolvía la dichosa conjetura.

Modorek Berzgast se desayunaba raíces cuadradas y neutrones con mermelada, guardaba en su cerebro los nombres y números de teléfono de todos los habitantes de Zurich, según el censo municipal de 1954, y era capaz incluso de entender las facturas de la luz. Muerto en 1992, su fantasma resucitado fue capaz incluso de montar muebles de IKEA sin error, quitar a mil CD su endemoniada funda de papel plástico y encararse a quinientos abrefáciles de distintos productos con éxito, limitándose a seguir las indicaciones del envase.

La Academia de Suecia  barajó otorgarle el Nobel de todas las ciencias, pero la propuesta no fraguó por no desanimar al resto de los sabios. Morodek Berzgast era un monumento vivo a la inteligencia teórica y práctica. Justo lo que más admiras tú.

-Y sin embargo, oh, paradoja, nunca he sabido hacer una maleta- dejó escrito Berzgast en su dietario el día antes de suicidarse por hipotermia en un frigorífico de pollos congelados.

Te acuerdas de él, mientras te torturas intentando priorizar lo imprescindible para permanecer siete días en Alemania. Santo cielo, qué miedo al error y al olvido. Y cuánto envidias a los que saben hacer maletas. La tensión mental de hoy se debe a que vas Eisenach a cantar con tus compañeros del Bach Estudio la Pasión según san Mateo de J.S. Bach. Nunca has aspirado a la mitad de gloria de Modorek Bertzgast, pero como coincides con él en la única laguna de su sabiduría, muy de mañana, junto a la maleta abierta, dejaste un folio con un aviso rotulado a gruesos trazos:

OJO, NO OLVIDAR LA PARTITURA

Llevas dos horas haciendo la maleta y aún no atreves a cerrarla.

 

El barbero de Rilke

Posiblemente el barbero de Rilke era un tipo como éste...

Posiblemente el barbero de Rilke era un tipo como éste…

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El poeta Rainer María Rilke  se pinchó con la espina de una rosa. Se le infectó la herida y poco después murió. Se hubiera muerto de todas formas, pues padecía una leucemia, en aquellos tiempos seguramente incurable, pero la suya fue una muerte más romántica que ninguna. Te contaron esta historia, y entonces  pensaste que su fama  no era consecuencia de sus versos, sino de su final.

En realidad no habías leído casi nada de Rilke cuando hace muchos años te hospedaste una noche en el Hotel Victoria de Ronda, donde se recuerda que allí había pasado varios días el poeta. Era una noche despejada de luna llena, y el balcón de tu habitación daba a la profunda hondonada del Tajo de Ronda. Te asomaste a ver el panorama y te quedaste sobrecogido por aquel momento de inmensa belleza plateada y de serena quietud, con las casitas de los montes circundantes  brillando a lo lejos como luciérnagas agazapadas. No tenías palabras para expresar tu emoción, luego no eras poeta. La poesía estaba allí, a tus pies, entre el cielo y el lecho del Guadalevín, pero ni uno sólo de tus versos, si los hubieras escrito entonces, hubiera podido seguir el vuelo de lo que te inspiraba el momento. Para eso están los auténticos poetas, como Rilke, que aprovechó su estancia en Ronda para alimentar a su musa y vivir de la poesía hasta que la espina de la rosa maldita se le cruzó en el camino.

El barbero de Rilke se llamaba Antonin Kloveck, y no alcanzó ninguna gloria especial, ni como barbero ni como poeta, aunque también fraguó en leyenda.

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El diario de Antonin Kloveck, encontrado entre los escombros de una casa arrasada  por los bombardeos de Dresde durante la Segunda Guerra Mundial,  refleja la profunda admiración del barbero por su ilustre cliente. Admiración que sin embargo mutó en estupor ante la fría reacción que mostró el poeta el día que Kloveck le contó su particular percepción de la poesía.

Un día mi esposa Benedikta y yo –escribió el barbero Kloveck en su bloc- invitamos a cenar a Carel, nuestro primo, sargento de caballería, y a Blanka, la bella campesina con la que se acababa de casar. Benedikta sirvió la cena en unos platos preciosos de porcelana de Karlovy Vary que había heredado de su madre, y por los que tenía un gran aprecio. A la joven Blanka, que apenas había abierto la boca boca más que para engullir los alimentos, le gustó tanto el postre que rompió su mutismo y se deshizo en elogios. Oh, es la cosa más deliciosa que he probado nunca-dijo refiriéndose al medovnik que había preparado mi mujer. Tanto le gustó que Benedikta le ofreció el resto de la tarta para que se la llevara a su casa. Toma -le dijo- Llévatela en este mismo plato, y ya me lo devolverás cuando la hayas comido. Benedikta era así de generosa.  A pesar de lo mucho que apreciaba su vajilla estaba dispuesta a que la joven  esposa de su primo, una recién llegada al cabo, se fuera con el resto de su medovnik y, sobre todo, con un plato de su vajilla favorita

Y en cuanto a Blanka…Bueno, Blanka era verdaderamente bella, y  su mirada derramaba tanto encanto que al final de la cena yo esta prendado de ella. Se que es temerario hacerlo constar en mi diario, pero creo que me enamoré de mi nueva prima esa misma noche. Ella también me lanzó una última mirada antes de irse con Capel que me supo más dulce que el postre que se llevaba  entre sus manos. Porque uno es barbero, qué demonios, pero tiene corazón romántico.

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A los pocos días-continúa  relatando Kloveck- Benedikta me pidió que fuera a casa de Carel para recuperar el plato. Cuando llegué  él  se había ido al cuartel, y Blanka insistió en ofrecerme una taza de café con unas galletas horneadas en su propia cocina. Nos sentamos junto a la estufa, me sirvió el café y las pastas y empezó a hablar todo lo que había callado la noche que nos conocimos. En la conversación se  interesó por  mí. Me dijo que el barbero de su pueblo era también violinista, porque hacía falta tanta sensibilidad para deslizar la navaja sobre la cara de un cliente como para pasar las cuerdas del arco sobre las del violín. Me lo dijo mientras yo buceaba maravillado en el profundo azul de sus ojos, y la verdad es que me pareció una observación muy aguda. Yo me creía sólo un buen barbero, como mucho un artesano, y resultaba que era sutil y delicado como un violinista.

Nadie me había dicho nunca algo tan hermoso. Benedikta sólo me dijo una vez que lo de afeitar era interesante, porque  desde que el mundo es mundo las barbas no paran de crecer, y si yo hacía bien mi oficio nunca nos faltaría el pan También me preguntó Blanka si había estado alguna vez en Sevilla, donde le habían dicho que había un barbero muy saleroso. Le dije que yo no tenía mucha gracia, que sólo era un barbero competente y un marido que trataba de complacer a su señora, y que por eso venía a recoger el plato de la vajilla de Karlovy Vary.

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También le insinué que había otras cosas importantes en mi vida. En ese momento la miraba a sus ojos, esperando que ella viera en mí lo que yo no era capaz de expresar. Mi taza de café tintineó  entonces al chocar con la cucharilla. Era la vibración de mi mano,  más nerviosa que el día que afeité al primer ministro. Me hubiera gustado tener entonces la pluma de mi cliente el señor Rilke para escribirle un soneto de amor imposible, pero se ve que uno es sólo poeta de buenas intenciones.

El último contacto con Blanka fue el roce de sus finas manos en el momento de entregarme el plato y despedirrme. Yo emprendí el camino de vuelta a casa abrumado, cabizbajo y triste. Pero a medida que me alejaba de ella percibí un fenómeno extraño: el plato se iba calentando. Era un día de otoño y a las orillas del río, por donde caminaba, hacía frío, así que mis dedos al principio agradecieron aquel calor inesperado  Pero a medida que me alejaba de Blanka y me acercaba a casa la temperatura del plato subía más y más, al punto de hacerse insoportable.  Al cruzar el puente, cuando sentí que el plato iba a abrasar mis manos y ya no podía aguantarlo más, me acerqué al pretil y lo lancé al agua. Ahora debe de yacer sepultado en el cieno del fondo del Moldava.

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Lamentablemente tuve que mentirle a Benedikta una y otra vez –prosigue el barbero de Rielke- Primero cuando me vio llegar con las manos vacías. ¿Pero tú estás tonto o qué?, me dijo muy enfadada. ¿Vas a por el plato y me vuelves sin él?  Cada vez que  me volvía a mandar a recogerlo me inventaba un pretexto para excusar el plato perdido. Que Blanka  no estaba en casa, que había regresado al pueblo, que era imposible comunicarse con Carel o con ella. Entonces me llamó cobarde y cínico, destapó sus sospechas de que todo era una estratagema para visitar a su prima la aldeana,  me acusó de estarle engañando con ella, y me amenazó rotundamente: si no veo otra vez juntos los seis platos de porcelana de Karlovy Vary que heredé de mi madre no quiero volverte a ver nunca más. Y además se lo diré a Carel, que ya sabes lo bruto que es.

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Un día cargué los cinco platos de la dichosa vajilla que aún sobrevivían en casa y me dirigí al río. Me paré en el lugar desde donde había arrojado el que faltaba y allí mismo fui lanzando cuatro más, que fueron a parar, como el primero que tiré, al lecho del Moldava. Tal vez los aprovecharía un buzo o un dragador, me dije para justificar mi rapto de locura. Con el quinto me dirigí a la mejor pastelería de Praga. Compré un medovnik como el que hacía Benedikta, dije que me lo presentaran sobre el plato, que me lo envolvieran lujosamente y fui casa de Blanka a llevárselo. En el camino, me tropecé con Carel que, a lomos de su caballo y al frente de su pelotón hacía una ronda de regreso al cuartel. Yo le saludé sin especial entusiasmo, aunque advertí de reojillo en su rostro la sombra de una sospecha. Luego me perdí por las calles estrechas hasta llegar sofocado a su casa, donde me esperaría su joven esposa..

Cuando me abrió la puerta la saludé descubriéndome, le entregué el plato con la tarta, y, olvidando mi timidez, le dije algo así como esto. Querida Blanka, te he amado desde el mismo momento en que te vi. Pero al regresar después de recoger el plato de este mismo juego que estaba en tu poder, este, a medida que me alejaba de ti, se calentó en forma tal  que llegó a quemarme las manos, y tuve que tirarlo al fondo del río. Lo interpreté como un aviso del destino. De ser posible, el nuestro sería un amor incendiario. A partir de entonces, tu recuerdo, entre la pasión y el remordimiento, me ha alterado tanto que raro es el día que mis manos no tiemblan al afeitar y hago un corte a alguno de mis clientes. Pero no quiero molestar a nadie. Ni a ti, ni a Carel ni tampoco a Benedikta, que cree que tú y yo somos amantes sin que hayamos cruzado más que miradas. Por tanto quédate con este plato, prueba evidente de que yo nunca estuve aquí para recogerlo y, mucho menos, para ser infiel a mi esposa. A ella le dire sólo que mis ausencias eran para ir a por tabaco, que creo que es lo que se dice…

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El relato del barbero Antonin Cloveck  concluye con una sorprendente afirmación. Le conté este sucedido –anota en su dietario el barbero- a mi respetado cliente Rainer María Rilke: el encuentro, el descubrimiento de aquellos ojos azules, la cena, el medovnik, la primera visita para recoger el plato, la metáfora del afeitado suave como el violín,  el roce con las manos de Blanka, el plato que se convirtió en brasa ardiente, el espectáculo de tirar platos, en lugar de piedras, como hace la gente normal, al río, el enfado, la declaración, el adiós con dolor, pero también con dignidad y sin lágrimas…Se lo conté esperando que al insigne poeta le inspirase al menos un poema de los suyos, pero no movió ni una ceja, Bien es verdad que yo pido a mis clientes que no hagan ni una mueca mientras paso la navaja, pero al menos un monosílabo sí que podía haber musitado sin peligro. Nada, no sabía si estaba afeitando a una esfinge o a un gran poeta. Así que, cuando después de darle unas friegas de colonia en los cachetes le retiré el mandilón blanco, le pasé el cepillo sobre los hombros,  cobré mi servicio y le señalé respetuosamente la puerta, me atreví a preguntarle.

-Oiga, señor Rilke, usted que entiende…Todo esto que le he contado al menos tendrá su poquito de poesía, ¿no?…

El poeta se quedó con la mirada perdida en los carruajes y los transeúntes que pasaban tras la cristalera de la puerta de la barbería. Por unos momentos, mientras se acariciaba el mentón repasando la rigurosa caricia de mi navaja, su ceño fruncido barruntaba una respuesta compleja y elaborada. Se puso el sombrero y frunció el morro pensativo, como preparando una gran frase. Yo contuve la respiración mientras mi corazón galopaba expectante. Hasta que por fin el inmenso poeta de las Elegías de Duino dejó escapar un suspiro y esta frase para mi biografía.

-Qué quiere que le diga.

Me dejó algo frío el señor Rainer María. Y es que hay poetas sublimes, poetas épicos, poetas líricos, poetas malditos, poetas en la calle, poetas novísimos, poetas del absurdo. Yo estoy entre los poetas del absurdo y los poetas simplones que además no escriben, pero a pesar de esto y de que nunca he sabido más ni de Benedikta ni de Blanka, sigo afeitando con la suavidad de un violinista, pienso en poesía y gracias a eso me considero razonablemente feliz.

7

De Antonin Kloveck, no se supo nunca más que lo que reflejan los escritos encontrados entre los escombros de  Dresde. La historia sin embargo es tan cierta como que se te ocurrió a ti, el bloguero, paseando un plato por el Manzanares. Sólo hay que añadir que cuando   se dio a conocer el diario del barbero de Rilke, algunos supervivientes de la Praga de entonces recordaban a un hombrecillo con mirada errática que a veces se asomaba al pretil del Puente Carlos y lanzaba platos a las aguas del Moldava.


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