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La Copa del Rey y otras que vendrán

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Diez años después de aquella jornada gloriosa en que los diputados nacionalistas incitaran a las puertas del Congreso a que se pitara al Jefe del Estado y al Himno Nacional el día del partido de la final de la Copa del Rey de Fútbol las cosas habían cambiado notablemente. Por ejemplo, en lugar de una, había varias copas. La del Rey, la del Lendakari, la del Molt Honorable President de la Generalitat, y la del Presidente de la Xunta. En lugar de una final, varias finales, en varios estados, con varios himnos que, estos sí, eran escuchados con sumo respeto y celebrados con cerrados aplausos. En los estadios había menos público. En las teles, menos espectadores. Las taquillas eran bastante ridículas. Los patrocinadores, bastante menos rumbosos. Txorizos el Morrosko (para la Copa del Lendakari), Samarretas La Tieta (para la Copa de Catalunya) y Oruxo das Bolas Peludas (para la Copa de Galicia).

En la final de la Copa de Euzkadi el Athtletic Club de Bilbao ganaba por penaltis al Indauchu, en la de Catalunya el Barça goleaba al Santa Coloma de Gramanet y en la de Galicia el Compostela se imponía al Celta de Vigo. Los nacionalistas se pusieron muy contentos, pero los aficionados no estaban tan entusiasmados.

-Esto de hacer nación a pelotazos resulta poco emocionante –decían.

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¿Cómo se había llegado a esa situación?

Después de aquella provocación de los diputados nacionalistas ante el Congreso de la nación a la que representaban, el TEIS (Tribunal Especial para Impertinencias Separatistas) se tomó en serio la afrenta, juzgó los hechos y emitió una sentencia en virtud de la cual conminaba al Congreso de los Diputados a que diera una patada en el trasero a los autores de la afrenta. Y no sólo invitaba a los provocadores a que se considerasen independientes del todo, sino que les obligaba a ello. Al menos en lo que se refería al ámbito de las competiciones deportivas. La frase final de la sentencia, anda y que os vayan dando, habría de sentar jurisprudencia.

En los considerandos pesaron argumentaciones jurídicas de distinto rango y procedencia. De la Declaración Universal de los Derechos Humanos se estimó el reconocimiento de la libertad del ser humano para elegir y decidir, derecho que hay que respetar incluso en el caso de que el pobre ser humano se equivoque.

De la doctrina de la culpa y el dolo del Derecho Penal se destiló el principio de la responsabilidad de los actos, y de la coherencia y la adecuación entre lo que pretende el indepentista impertinente y la respuesta del Estado. Así lo reflejaban los párrafos de la sentencia si estamos a Rolex, estamos a Rolex, pero si estamos a setas, estamos a setas. A lo cual le daba un matiz aún más severo esta expresiva frase que, por su justeza y pulcritud, parecía obra de Papiniano, de Justiniano, o de de Alfonso X el Sabio: si quieres caldo, toma taza y media.

Finalmente de la teoría del Abuso del Derecho se recogió el sentir de los diputados que representaban a los partidos no nacionalistas. Estos consideraban que la Ley Electoral primaba descaradamente a los partidos nacionalistas. Los cuales, abusando de su posición y su privilegio, hacían pedorretas malolientes a los símbolos de la nación española. A la que, en lugar de respetar y servir, como juraron o prometieron, ofendían para escarnio del resto de los españoles y de los simples aficionados al fútbol. Aquí los considerandos partían de citas de clásicos como CicerónQuosque tandem, Nacionalistas, abútere patientiam nostram?- para acabar con una rotundo pensamiento que el derecho moderno, que debe modular sus normas acoplándolas a las necesidades sociales, ha hecho suyo. La idea, piedra angular de esta sentencia que, como decimos, sería considerada ejemplar, es de una claridad meridiana: Estamos hasta los cojones de nacionalismos abusones.

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No estaba muy clara la función del TEIS en la arquitectura institucional del Estado. Pero como el derecho en España es, sobe todo un deseo, un según y como, una realidad evanescente y a menudo sorprendente, pues unas veces se cumple y otras tararí que te vi, la cosa es que la sentencia de marras prendió en el espíritu de la mayoría del pueblo.

Y al contrario de otras muchas leyes y sentencias que jamás se cumplen, ésta se ejecutó haciendo actuar a los organismos competentes. Y se llevó a cabo, compensando así a esa inmensa mayoría del pueblo español que, respetuosa con la Constitución e incluso también con los desproporcionados mimos que la Ley Electoral ha venido concediendo a los partidos nacionalistas, estaba hasta entonces harta de sus descortesías y de sus abusos.

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Y así es como la histórica y muy reputada Copa del Rey de Fútbol se convirtió en una Copa y unas cuantas Copitas que se jugaban en los feudos históricos donde los nacionalistas hacen de las suyas. Y todo fue bien. Relativamente bien.

Porque el caso es que, al cabo de unos cuantos torneos, esas figuras que ganaban millones en los grandes equipos, conducían flamantes Ferraris y se ligaban a estrellas mundiales de la canción, se habían convertido en futbolistas con un sueldo normal, un modesto utilitario y una novia alta o baja, regordeta o flaca, licenciada en filosofía, peluquera o farmacéutica. Como la de cualquier otro español.

-Jodó petaca –dijo el primer ídolo venido a menos que se atrevió a cuestionar la pequeña Copa del pequeño país, o así, donde jugaba al fútbol- No imaginaba yo que el nacionalismo también era esto…

La falta de respeto. La irresponsabilidad. Los polvos. Los lodos.

Una primera comunión original

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La primera comunión de Igor David se puede decir que marcó un hito memorable. Igor David era hijo de Lolinchi y de Silverio, un artesano de forja y chapista imaginativo y rompedor. Lo mismo fabricaba farolillos, alcuzas, lecheras, embudos, candiles y aceiteras que reproducciones de la armadura de Carlos V. Su última aportación a la forja decorativa, que había causado furor entre los guiris que hormigueaban por Toledo los fines de semana era un Cid Campeador a lomos de su Babieca blandiendo no ya la Tizona reglamentaria,  sino la espada que Obi Uan Kenobi puso de moda en La guerra de las galaxias. O sea, una de estas fusiones entre tradición y modernidad que conmueven al mundo.

-He hecho una obra de arte que es la hostia –presumía en el bar vecino de su taller – La he llamado El Cid de las galaxias, y es mitad escultura, mitad lámpara futurista. ¡No veais qué puntazo!…

El Cid galáctico se vendía como churros.

Eso sucedió en los gloriosos tiempos de vacas gordas. Aquellos en los que, como dijo el entonces ministro Solchaga, era fácil hacerse rico en España. Así que Silverio prosperó y se convirtió en millonario de la noche a la mañana.

-Lo que es tener oficio y  pesqui-presumió ante sus distinguidos invitados la noche que inauguró su fabuloso chalet con jardín de fuentes versallescas-He dado un pelotazo de la hostia.

Estaba tan ocupado en su éxito, que el pobre Silverio no tenía tiempo para buscar adjetivos.

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Pese a que la hostia no se le caía de la boca, Silverio no puso especial interés en la educación religiosa de sus hijos. Pero, como es natural en cualquier padre que pretenda lo mejor para los suyos, no quiso privarle a su primogénito de la gran fiesta en que por aquellos años se habían convertido ya las primeras comuniones. Los tiempos del traje de marinerito o de novia para las niñas, la medalla de oro como regalo, y el desayuno familiar de chocolate con churros para los invitados como toda celebración habían quedado muy atrás. Ahora los caprichos se habían multiplicado en todos los capítulos de gastos. Afortunadamente Silverio y Lolinchi se los podían permitir, y, desde luego, estaban dispuestos a montar por su hijo una fiesta muy especial de la que los invitados se acordarían durante décadas.

-Va a ser una primera comunión de la hostia- proclamó Silverio sin saber que, por una vez, hablaba con propiedad.

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En el colegio no aceptaron sus novedosas ideas sobre el extraño vestido de la criatura, porque decían que rompía la uniformidad y no podían admitirse diferencias entre los comulgantes.  Así que Lolinchi decidió celebrar la primera comunión en la parroquia de la urba a cuyo mantenimiento ella, muy piadosa, contribuía con jugosas dádivas. Y todo resultó original y espectacular. Mientras los invitados esperaban a la puerta de la iglesia la llegada del niño, como se espera la llegada de la novia en las bodas, un grupo de raperos escenificaba una versión pop de La primera comunión de  Juanito Valderrama, que unía a su entrañable sentido religioso una coreografía inspirada en Michael Jackson. Cuando el arreglo abordaba el final de la pieza con esos emocionantes versos de Para un padre y una madre/ no hay alegría mayor / que ver hacer a su hijo/ la primera comunión se detuvo ante la iglesia el fabuloso Mercedes de Silverio, se abrieron las puertas del coche y de él descendieron los padres, elegantemente vestidos, y algo del tamaño de un niño envuelto de arriba abajo en una capa forrada de raso carmesí de la que sólo sobresalía  lo que parecía la cabeza de un robot futurista. Ya en el suelo, y cuando, con torpe andar de autómata. aquello enfilaba la puerta de la iglesia, Silverio tiró de la capa  con el ceremonial propio de un presentador de circo y descubrió el traje de primera comunión de Igor David.

-¡Hostia! –dijo un chaval de entre los invitados- ¡Si va vestido de RoboCop!

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Lo que más les costó a Silverio y Lolinchi de esta primera comunión no fue el banquete, pese a que incluía mariscos de Galicia, jamón de Jabugo y caviar de beluga para los adultos y un sinfín de puestos de pizzas, hamburguesas de Mac Donalds y de chuches diversas para la chiquillería. Tampoco la legión de camareros vestidos de tortugas Ninja para la ocasión. Ni los payasos que amenizaron la sobremesa. Ni la orquesta Ni el alquiler de dos autocares para desplazar a los invitados. Ni las cien pulseritas del Parque de Atracciones para que se celebrar el fin de fiesta en los cacharritos. Lo que más les costó fue convencer al cura que inicialmente no se mostró muy partidario de aquel atuendo metálico para el sacramento de la comunión.

-¡Pero es tanta la ilusión de nuestro Igor David!- explicó Lolinchi para convencerle-¡Es que, aparte de Jesús, claro, porque el niño es muy piadoso,  su héroe es RoboCop!- ¡Y es tanto el amor y el trabajo que ha puesto Silverio en llevar a la realidad ese sueño tan bonito!…

-Bueno, lo entiendo –farfulló el sacerdote- Pero entiendan ustedes también que la Iglesia….En fin,  vestirse así, de justiciero de ciencia ficción, para recibir la sagrada forma…¿Creen que es posible una primera comunión así?…

-Oiga, padre –le interrumpió Silverio sacándose la chequera del bolsillo interior de su chaqueta- Que yo, cristiano, como el que más…Pero además soy chapista de nuevas tecnologías, artista y, sobre todo,  profesional. Y le garantizo que cuando  usted se acerque a Igor David con el copón, el casco se abre automáticamente y usted no tiene más que depositar la sagrada forma en la boquita abierta del niño, que ya lo tenemos ensayado y va quedar niquelao.

Silverio le alargó al párroco un cheque. Entonces el bueno del cura comprendió que lo importante de los sacramentos no es tanto la forma como el espíritu de los mismos, y admitió que gracias RoboCop quizás los pobres de su parroquia iban a comer caliente el próximo mes.

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Igor David tomó su primera comunión en 1989. De entonces acá se dio la paradójica circunstancia de que, mientras en España decrecía el número de practicantes católicos, aumentaban  prodigiosamente los gastos de celebración de las primeras comuniones. En el año 2011, y antes de que la crisis nos dejara en cueros, el gasto medio por familia en estas celebraciones dicen que alcanzó los 2.500 €. Entretanto, el imperio que había creado Silverio a partir de su oficio y su imaginación se había ido al garete. Lolinchi murió prematuramente, al pobre Silverio le acabaron matando la pena y las hipotecas y cuando Igor David  empezó a organizar la primera comunión de su hija Shakira Sofía comprendió que él también estaba arruinado.

-¡Qué putada! –suspiró desesperado la noche en que conoció el mísero estado de las cuentas de la empresa que forjó su padre y que él había heredado.

Miró el retrato de su pequeña Shakira Sofía, que le contemplaba desde su escritorio, se acordó de los fastos de su propia primera comunión y sintió que las lágrimas anegaban sus ojos.

-Pensar  que aquello fue la hostia- clamó entre sollozos mientras se mesaba los cabellos y levantaba su mirada- ¿Y qué le voy a prometer yo a mi niña para celebrar la suya?…

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De repente atronaron los cielos, y por la ventana penetró un haz de luz que inundó el despacho.

-Pues eso –reverberó una voz profunda y solemne que parecía provenir de los espacios infinitos- Prométele justamente la hostia, que es lo importante. Luego lo celebráis con un desayuno de chocolate con churros, y tan ricamente…

Igor David, atónito, no acababa de entender de dónde venía ese mensaje. Pero de repente se sintió libre de penas y de culpa, y poseído por una infinita paz. Y respiró profundamente como si se hubiera quitado un gran peso de encima.

 

 

 

 

 

 

García Lorca, el pudor y la intimidad

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Querido Juanito

Sabes lo mucho que te quiero, y justo por eso puedes imaginar lo que lamento la publicación de la última carta que te escribí. Fue también la última carta de mi vida, y quizás presintiéndolo, intenté plasmar en ella las sensaciones y los recuerdos que vienen a mí cada vez que pensaba en ti. El aroma del jazmín y de la dama de noche, los murmullos del agua de las fuentes de La Alhambra, el ventalle de las hojas de los chopos de la vega de Granada, que te abanicaban por verte sonreir…¡Pues cómo no iba a estar loco por ti!

Yo  llamé a eso el amor oscuro, que iinspiró algunos de mis mejores sonetos. Entonces lo nuestro no se podía ni reconocer en público. Pero aunque hubiera podido hacerlo, si no en la completa oscuridad, lo hubiera protegido en la penumbra.

¿A cuento de qué hay que ser exhibicionista en el amor? Si los derechos de autor se protegen…¿por qué no también nuestro derecho a la intimidad? ¿Qué legitima a los curiosos del futuro para atreverse a violar nuestra correspondencia y a saquear nuestra relación cuando ya no podemos decir nada? ¿Han hablado con un médium para consultarnos al respecto?…

Nada podemos hacer ya ni tú ni yo. Los que ahora aventan  nuestro idilio, que no pudo ser, lo argumentan en nombre de la verdad histórica y de la libertad. Como si eso fuera necesario para agrandar mi talla de poeta o para aclarar el crimen que me llevó a la tumba. Se equivocan. Eso no me devolverá la vida que me quitaron mis asesinos, como tampoco la alegría que me diste tú, chiquillo, ni me vendrá más fama por eso. Escribirán libros, guiones, rodarán películas sobre la carta y lo que en ella cuento. Y nuestro amor dejará de ser oscuro…¿No sientes tú también sensación de impudor?¿Ha de ser la historia tan cotilla para considerarse rigurosa?

Bueno Juanito, disculpa. Son manías de tu gordinflón, que es casi te dobla en edad y que te quiere más que a la luna que bajó a la fragua con su polisón de nardo. No te enfades: como te dije en mi última carta,  es preciso que vuelvas a reír.

Tuyo siempre, como la brisa que besa tu mejilla

Federico

La carta viene con remite del más allá, y va destinada a Juan Ramírez Lucas, sin domicilio conocido, pero también del mismo barrio. La firma, como es fácil imaginar, el poeta español más reconocido del siglo XX.

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Al tiempo que el último de los amores oscuros de Federico García Lorca, y gracias a la publicación de la novela titulada así de Manuel Francisco Reinaaparecía por primera vez  en la prensa con nombre, apellidos y cara, cualquier observador que zapease por la tele podría haber visto un programa de Tele 5 que dirige Jorge Javier Vázquez verdaderamente asombroso. En ese programa una periodista del corazón y una actriz ya talluditas contaban con emocionante sinceridad –valga la ironía- y delante de la hija de la actriz,  cómo, sin ser homosexuales, ambas amigas de juventud se habían encamado juntas varias veces. Unas ocasiones acompañadas por tres hombres –uno de ellos presentador del programa Cine de Barrio- , en lo que cualquiera definiría como una una cama redonda. O más bien, una plaza de toros, por la abundancia de cuernos que concurrían y que quedabanen los corrales. Pero otras, las dos a solas. Cuando algún  tertuliano  deslenguado habló de orgías (para la corrida a cinco) y de bollería fina (para las maniobras a dos) la periodista dio un respingo y le corrigió.

 -¡Oh no! –dijo- Fue  algo distinto…Todo  resultó muy espontáneo, muy bello, muy limpio. Y la verdad, yo no me avergüenzo de nada.

Avergonzarse…¿Pero aún se conjuga ese verbo?

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Da cierto reparo hablar de los amores oscuros de García Lorca o de cualquier otro que haya vivido su pasión dignamente y a continuación mentar el exhibicionismo grosero del que se alimenta la telebasura. Pero lo cierto es  que tanto en todo lo que rodea la vida del poeta, como en ese submundo televisivo que entontece al personal con relatos escabrosos, juega un papel abusivo el morbo de lo sexual. Gracias a la libertad y a la tolerancia hoy se entra o se sale del armario, se cambia de pareja, se repudian amantes, se montan escenas de celos e insultos en directo,  se hace girar el tiovivo de la promiscuidad, se engolfa uno en cualquier experimento con desparpajo, provocación y manifiesta osadía y no pasa nada. Luz y taquígrafos hasta en la mesilla de noche y en el bidé. Todo se dará por bueno si se envuelve en ese celofán engañoso que siguen llamando amor y, además, vende. Todo vale si vende.

Para el autor de Los amores oscuros, como para el propio Ian Gibson , que a fuerza de investigar y escribir sobre el poeta acabará por creerse su papá, desvelar los detalles  de su último romance era algo fundamental que esclarecerá los misterios que aún envuelven su asesinato. Como si el mundo, que ya divinizó su pluma, ignorase los matices sentimentales de Federico. Uno reconoce que también es víctima de la curiosidad morbosa, y acabará leyendo la novela. Pero con cierta sensación de estar allanando la morada sentimental del poeta de Fuentevaqueros.

Pobre gordinflón, como, con ternura infantil, se describía él mismo  en su última carta. A lo mejor pensaba ingenuamente que el amor, claro u oscuro, es pudoroso y tiene derecho a preservar su intimidad. Incluso más allá de la muerte.

El hombre obsesionado con las reformas

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-Si no te importa, podíamos jugar la partida en casa, ¿no? Hace una mañana demasiada fresca, y así te enseño los cambios, que te van a divertir.

Normalmente, Homper y Damián jugaban su partida de ajedrez en el parque. Privilegio de la vejez inteligente.  Pero las mañanas de abril tienen eso, que un día amagan verano y al siguiente refrescan o incluso te riegan con un chaparrón. Así que a Homper no le importó acudir a casa de su viejo amigo Damián, inspector de trabajo jubilado, viudo, sin hijos a su cargo. Damián vivía en la vieja casa que heredó de su madre con un gato y con Leonisa, una sirvienta gallega que le cuidaba desde hacía treinta y dos años.

-Buenos días, señor Homper –le dijo al abrir la puerta- Pase, aunque lo va a encontrar todo muy cambiado- dijo mientras miraba de reojo a Damián, que avanzaba renqueante por el pasillo.

Ver a su viejo amigo visiblemente transformado fue el primer sobresalto del día para el pobre Homper. Damián se había cortado el pelo como un futbolista. Cráneo afeitado con una cresta  de Pájaro Loco y patillas como hachones. Llevaba puestos unos vaqueros rotos y una llamativa camiseta de color rojo con esta leyenda: Ya no se si soy yo ni mi circunstancia. Debajo, la firma del autor de la sublime frase: Ortega Coño. La metamorfosis se completaba con una mosca en la barbilla un piercing en la oreja derecha y otro detalle no menos sorprendente. La gata de angora Mimí, que salió huyendo despavorida nada más ver a la visita, llevaba el pelo teñido de morado, como la cabellera de la en otro tiempo nellísima Lucía Bosé.

-El imperativo categórico del momento –subrayó Damián justificando las novedades como la solemnidad y la prosopopeya de un actor de la vieja escuela- Reformar o morir.

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Del salón con el que Homper estaba familiarizado había desaparecido casi todo. El viejo y deprimente tresillo isabelino, el piano, el escritorio de tío Leonardo, el archivador, la vitrina que exhibía abanicos, bibelots de marfil, huevos de Fabergé, , cajitas de porcelana, pastilleros de plata, relicarios, el guardapelos de la tía Dorita, los bisquits y porcelanas tan cursis que coleccionaba mamá, los viejos quevedos de marco de oro y los anteojos de nácar que usaba la abuela Adela cuando iba al Teatro Real a escuchar a Miguel Fleta. Se veía que Damián había optado por el minimalismo y el vintage, que Homper no sabía exactamente qué es –Damián tampoco-, pero debía de molar mucho. Ahora sólo había  dos sillones extensibles suecos, lo último en relajación corporal, un par de flexos de madera de pie articulado como robados del despacho del doctor Freud, un velador de hierro fundido de los de los bares de toda la vida, sobre la que posaba el tablero del ajedrez con el que iban a jugar, y un primitivo futbolín con los jugadores de hierro pintados con los colores del Madrid y del Atleti. Las espesas cortinas de damasco habían desaparecido, susitituidas por modernos estores que dejaban pasar la luz y redimían al salón de su penumbra de sacristía.

-¿Y la tele? –preguntó Homper visiblemente estupefacto.

-La he mandado al cuarto de baño. Así sólo la veo el tiempo que me dura el aliviarme.

También he instalado allí la librería con la Enciclopedia Británica. He regalado el resto de mis libros. Cuando estoy estreñido, cojo u tomo al azar y leo la vida de Linneo, por ejemplo. Eso no cambia, ¿sabes?…

Homper observó entonces que también habían desaparecido los cuadros. En su lugar, las paredes de las habitaciones y el pasillo que iban recorriendo aparecían empapelados con fotografías a tamaño natural de las mujeres que más le habían gustado a Damián. Desde la Ursula Andrés en bikini del primer James Bond y la Marilyn Monroe con las faldas revueltas sobre el enrejado del metro de La tentación vive arriba, a las modelos desnudas de Newton. Pasando por la B.B. de Y Dios crió a la mujer, la Anita Ekberg de La Dolce Vita, el revolcón playero de Deborah Kerr con Burt Lancaster en De aquí a la eternidad y aquel escote con audaz exhibición del canalillo del entrepecho que mostraba la impar Sofía Loren en Madame sans Gêne.<Reformas, reformas, reformas…-se explicaba Damián- Todo lo que oigo hablar es de reformas para salir de la crisis&…¿Y cómo no iba a estar yo en crisis con lo que veía que en esta casa y en el propio espejo del baño?…Un aburrido inspector de trabajo jubilado, santos de la familia, muebles de almoneda, una copia infame de Herodías llevando en bandeja la  cabeza del Bautista, un paisaje atroz con bandidos de Sierra Morena…Y un retrato que pintó el peor discípulo de Madrazo a la tía Eugenia, que tenía una papada como un pavo, y su marido, que era talmente una lechuza en un cuerpo humano.. Así que lo he reformado todo. Todo.

Jugaron la partida de ajedrez. Naturalmente la ganó Damián. Homper no podía concentrarse.

-Lo siento- se excusó- Esas mujeres desnudas que me están mirando…

-¡Qué cuerpos!, ¿verdad?…Menudo ojo tenía el Newton ese…No me las he puesto en mi habitación, por no turbar mi sueño. Por cierto, también he hecho reformas en ella. Déjame que te las enseñe.

Recorrieron hasta el final el largo pasillo de las beldades y entraron en la habitación de Damián, cuyas paredes estaban completamente empapeladas con recortables: de húsares de Pavía, de granaderos del Rey, de soldados de la Guardia Real, de ejércitos de todas las guerras conocidas, de toreros. Recortables, recortables rescatados de los desvanes de su infancia,  recortables que entretenían sus horas muertas, más recortables.

-Estoy obsesionado-se explicó atropelladamente- Ya no pienso más que en lo que escucho. Nos dice la Merkel  que hacen falta más reformas, nos pide el BCE que se sigan profundizando en las reformas, dice un catedrático de economía por la radio que aún queda por reformar la Banca, las Cajas de Ahorro, la Administración, las Autonomías, el Gobierno nos anuncia más recortes…

Se detuvo un armario, resoplando, como si la ansiedad se hubiera apoderado de él y perdiera el control.

-No puedo más, ayúdame –dijo mientras extraía de las baldas del armario una Termomix, un cuadro de una Sagrada Cena en madera sobreplateada, dos bombines antiguos y  una cubertería de plata que compró su madre muy barata gracias a una imposición a plazo fijo que le ofreció el el BBV- ¡Ayúdame en las reformas, por favor Homper!…

Se adelantó Leonisa, que se acercó hacia ellos con un gran capazo de los que venden los chinos insinuando con un dedo sobe su sien que Damián no estaba en su mejor momento.

-Deme, señor Homper –yo le ayudaré a llevarlo hasta el taxi –dijo mientras iba metiendo en el capazo los inopinados regalos.

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Faltaban por descubrir las últimas reformas.

-¡Espera, espera, no te vayas  aún!- terció Damián dirigiéndose a un rincón del gran recibidor en el que, como si fueran obras de arte de ese Cristo que empaqueta los monumentos, había dos bultos tapados con sendas sábanas- ¿Qué te parece si colgamos esto en lugar de la vieja lámpara de bronce holandesa que había en el techo?

Damián tiró de la primera y apareció un caimán de tamaño mediano perfectamente disecado, herencia oculta hasta entonces del tío Genaro, un naturalista que pasó en Guinea lo mejor de su vida.

-Lo voy a pintar de oro y lo colgaremos volando por encima de nuestras cabezas –dijo gestualizando con los brazos lo que presumiblemente sería como una instalación artística de la colección Saatchi.

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-Y aún queda lo mejor –añadió Damián, al que sólo le faltó anunciar con un ta-ta-chán- la última sorpresa- ¿Cómo no iban a llegar las reformas al Sagrado Corazón al que tanto rezaba la pobre mamá?…

Retiró la segunda sábana y al pobre Homper se le quedaron los ojos como cuadros. Doña Angustias, la madre de Damián, había sido muy devota  del Sagrado Corazón de Jesús, y un día compró en un anticuario un cuadro en el que su imagen aparecía en una auténtica ventana cordobesa, con su enrejado, sus macetas de bellos e inmarchitables geranios de plástico y sendos farolillos con velones a los lados. Hasta la muerte de doña Angustias aquella joya colgaba de las paredes de su habitación, pero luego fue al trastero. Damián la había rescatado del olvido para hacer en ella las pertinentes reformas que pedían las circunstancias. Ahora el propio Jesús, entre esos brazos que según la iconografía clásica se abren generosamente ofreciendo el perdón, transportaba a una joven con un traje de baño a rayas fotografiada así en el la playa del Sardinero en 1930. El efecto del montaje era impactante, porque, activando un interruptor oculto bajo una de las macetas, el sagrado corazón que quedaba por encima de las curvas de la joven Doña Angustias se encendía y latía aceleradamente, mientras de los ojos de la heroína salían destellos intermitentes y comenzaba a sonar un cover de la conocida canción de Manolo Escobar que ahora decía así:

Madrecita María Angustias / Hoy te canto está bellá canción…/Y obediente cual si fuera un niiiño/ Yo reformo con todo cariño/ Así a tu Sagrado Corazón…

 

Al conjuro de aquella escena de teatro pánico, la gata Mimí lanzó un maullido espantoso, pasó como una exhalación entre las piernas de Homper y Leonisa, que esperaban el ascensor y se escapó escaleras abajo.

 

Cuando Homper y Leonisa salían por el portal con todos los desechos de las reformas de Damián, la portera les salió al paso asustada.

 

-Y ahora la gata morada se escapa…Les digo yo que  a don Damián  esto de las reformas le ha hecho enloquecer.

Y Homper pensó que, más o menos, como a todos…

El dilema de Nepomuceno de Nicea

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La más misteriosa de las amigas del Duende tiene nombre de poetisa o de árbol, según se mire. Se llama Acacia, como Acacia Uceta o como ese árbol africano con tantos ejemplares plantados por las calles de Madrid. Como no tiene ramas –aunque se va por ellas, especialmente si son cinematográficas (en realidad ella misma es una película)- ni ofrece esa flor blanca y dulce que los niños de la edad de este bloguero llamaban  pan y quesillo y que comían como si fuera un chuche de la misma naturaleza, supone el bloguero que esta Acacia es más bien poetisa, o poeta, como se dicen ahora las que antes llamábamos así. (Por cierto, rara cosa: las feministas quieren ser miembras y cuando resulta que había una palabra precisa para el poeta de sexo femenino, que era poetisa, reniegan de él y revindican ser poetas).

 

Pues ya lo tengo más que meditado.

Como me llamo Duende, yo os prometo

que si soy capaz de hacer dos pareados

en vez de poeta, me diré `poeto

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Poeta o poetisa, la amiga misteriosa vive entre gatos y DVD en blanco y negro de la época dorada de Hollywood, pues considera que de Cary Grant y Humphrey Bogart  a esta parte ya no hay hombres. También colecciona búhos, pero de mentirijillas: de cerámica, de madera, de turquesa, de papier maché. El Duende prácticamente no la ve nunca, pero recibe de ella, de cuando en cuando, asistencia espiritual, que se materializa de la siguiente forma: abre su correo electrónico y lee un mensaje que dice más o menos

A fulanito le gusta un enlace en el que se te ha etiquetado.

El Duende se mira y no se ve etiquetado por ninguna parte de su cuerpo. Pero haciendo un esfuerzo intelectual, y después de un oportuno click en el mensaje de marras, se le abre una puerta a esa especie de arcano que sigue siendo para él FACEBOOK. See enlace, le dice la ventanita. Y ésta le conduce a otro mensaje que le comunica que su buena amiga Acacia ha recomendado a algunos de estos seres evanescentes que pululan  en el proceloso mundo de las llamadas redes sociales que lean el post escrito por este bloguero que a ella, la enigmática amiga, le ha gustado. También encuentra una larga lista de amigas, amigos, amigas de amigas, amigos de amigos, amigos de amigas, amigas de amigos. No sabe qué quieren o que esperan de él. No tiene ni idea de para qué sirven, ni si él puede serles útiles. ¿Quién le guiará al Duende por estas cañadas oscuras?

Gracias, Acacia.

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Hasta ahora eso no ha cambiado la vida del bloguero. Sin embargo cada día más el Duende despistatus constata que el  mundo gira ahora en torno a las redes sociales, y que Twitter, Facebook y todas estas herramientas misteriosas que él desconoce son la savia y el maná que alimenta eso tan importante que es el debate social. Rajoy descubre entusiasmado que aún nos puede recortar el oxígeno que respiramos y lo comunica por Twitter. A Cristiano Ronaldo le ponen las costillas con salsa de barbacoa y difunde la importantísima noticia por el mismo canal. MadonNa decide teñirse el vello púbico de color malva y lo pone en su muro de Facebook. Finalmente, el Rey quiere anunciar que está tomando clases de parchís para vencer su adición a la caza (y a otras cosas) y lo publica en un postito a través de Linked in.

Desengáñate, Duende: fuera de las redes sociales, no hay salvación.

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Así que, consciente de que, le guste o no, y como diría Baroja, el mundo es ansí, el Duende lanza un SOS desesperado a su queridísima amiga y protectora para que le ayude a comprobar que él también puede estar en ese mundo, y contribuir a su enriquecimiento moral e intelectual haciendo que las redes sociales le ayuden a despejar el dilema de Nepomuceno de Nicea que tanto le tortura.

La cuestión no es baladí. Ya se lo planteó este filósofo y moralista en el siglo IV, y esta es la fecha en la que la humanidad, con todo lo que ha progresado, no ha sido capaz de despejarlo. Por favor, Acacia, que la sabiduría de las redes sociales nos libre de esta angustia existencial que nos corroe a los que aún tenemos la funesta manía de pensar.

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Recapitulemos. El buen Nepomuceno se preguntó cuál de estas realidades podría proporcionar más felicidad al alma humana.

a)      Pelar una gamba a la plancha y comérsela sin que nos deje en los dedos el olor a gamba.

b)      Ver la aurora boreal con los pies metidos en un barreño con agua de sifón templada.

c)      Atrapar con la uña del meñique el imposible de ese moco escamoso y seco que se ha escondido en lo más profundo de la caverna nasal.

d)      Que esta noche el Madrid gane al Barça, o viceversa, en el último minuto y de penalti injusto.

Sabe este Duende que Acacia lo conseguirá. Espera que ella lance la pregunta en las redes sociales, y que las múltiples respuestas le hagan sentirse a él importante en la comunidad internauta. Que este alto tribunal invisible de valores universales resuelva al fin el dilema de Nepomuceno de Nicea. Y que la luz de la razón, derramada sobre los ignorantes, redima a este pobre Duende de su estigma de megatorpe electrónico por el que tanto sufre. Amen. 

Los calvarios de Inocencio

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Mi nombre es Inocencio, Ino para los amigos. Yo era muy de la Semana Santa. No es que fuera un católico ejemplar, pero que no me quitaran mi cofradía, mi Virgen, mi procesión, mi paso, mi capirote. Esa banda de música  y esa Señora a la que mecíamos con lágrimas en los ojos eran algo por lo que merecía la pena los sacrificios de todo un año. Además de Ino quizás sea eso, inocente, ingenuo, pero esas cosas me llegan muy dentro, y me emocionan. Los que son de fuera no lo entienden, pero es un sentimiento muy especial, algo que no se pué aguantá. No podría vivir sin mi Semana Santa.

Todos los de mi cofradía pensaban más o menos como yo. Nos poníamos el capirote, olíamos el incienso, escuchábamos las marchas procesionales, veíamos a nuestra Señora a hombros de los costaleros y no había nada para nosotros más importante que la madrugá, al cielo con ella, el alma, la salvación, el llanto de las saetas, el fervor, la devoción, todos los rollos esos de la religión. No los digo por orden, porque no lo tengo muy claro. Pero todo era muy auténtico, muy sentío, aunque luego cada cual  pues eso,   ca cuá e ca cuá. La mayoría éramos creyentes, no de misa ni de sacramentos, eso no, pero sí de corazón, auténticos, buenas personas.

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Eso sí, había alguno en la cofradía que tenía sus cosillas. Por ejemplo Vicente, que llevaba años pegándosela a su mujer con la mujer del hermano mayor.

-No lo puedo evitar, Ino –me decía- Pero ¿te has fijado en lo requetebuena que está?

También otro que era empresario tramposillo, de esos que contrataba a  empleados de aquella manera, para esquivar a la Seguridad Social. Y algún otro desahogao que, a pesar de que su hermanos trinaban,  tenía secuestrada a su madre para que le mejorase en la herencia y le dejara cuatrocientas hectáreas de olivas que según él le pertenecían por deseo de su abuela, que además de abuela fue su madrina. Ese era el Chufo, buena gente. Como Tomás, que era concejal de Izquierda Unida en su pueblo, y ateo por la gracias de Dios, pero mu comprometío con las tradiciones del pueblo. Ya me gustaba menos lo de Paco Celos, que le llamábamos porque no podía aguantar que su mujer su pusiera medio guapa para salir a la calle, y de vez en cuando nos contaba que tenía que calentarle la cara. No está bien eso, no nos gustaba, pero eran pecados humanos, casi tradicionales, y al fin al cabo para eso éramos penitentes: capirote, cirio, cadenas si hacía falta, sufrimiento y ganas de redimirnos de las miserias de esta vida. Todos más o menos teníamos es buen fondo, buenas intenciones. Pero es que veces, oiga, la la vía es una puta mierda, ya me entenderán, y como decía Cristo el que esté libre del pecado que tire la primera piedra.

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Pero velay las cosas, Ino viene de inocente, y yo debía de ser muy inocente, de veras. Porque a los veintisiete años, un chaval, ya currante en una empresa, que entonces aún parecía que iba a ser un trabajo para siempre, vino mi Reyes, me conquistó y nos casamos. Y hasta Chenchín, que es nuestro segundo hijo, pude seguir siendo un cofrade como mandan los cánones y respetar lo que yo entiendo que es una Semana Santa. Pero luego vinieron las gemelas y se acabó lo de escaquearse al pueblo, teníamos que ir a la casa de su madre, que es de la montaña de Palencia donde no vean lo bajo que vuela el grajo incluso en abril. Reyes es hija única, y me planteó: ¿qué es más importante, mi madre o tus tradiciones?…

Y tuve que olvidarme de mi Semana Santa, me cago en la hos…Perdón, que se me iba a escapar la blasfemia, y uno es muy católico para todas sus cosas. Así que tragué, todo por la familia, y cambié lo más grande que se pué viví, por otra semana santa que no me decía nada, ni las procesiones se parecían a las nuestras ni corría el sentimientos por las calles, como en mi pueblo. Y aquí el Ino, que antes vivía estos días con una mística y una intensidá que no se puede aguantá, no sentía por dentro más que el ruido de la carcoma de las vigas de madera de la casa de su suegra, que está que se cae de vieja.

Y menos mal, porque al menos la carcoma le recordaba aquello que decía el cura cuando el Miércoles de Ceniza le hacía la cruz en la frente: Recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás. Que eso es uno de los mensajes de la Semana Santa grande, la que me va a mí, que es penitencia y expiación, mucho sentimiento, pero con arte, con gracia, con duende. Para no olvidarla jamás.

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Ino no la olvidará nunca, pero a la fuerza ahorcan.

-Ahora ha cambiado mi Vía crucis –dice para sus adentros- Primera estación: cargar el coche con los cuatro niños, el equipamiento habitual y el hamster.. Segunda estación: recoger a la suegra y comprimirla, con su máquina de coser incluída, el monoespacio coreano, que es bueno, pero no elástico. Tercera estación, atasco en la A-1. Cuarta estación, cambio de pañales a las gemelas en un área de servicio donde hay que guardar cola  de media hora en el cuarto de baño. Quinta estación: me saquean por un Cola-Cao para los niños y unos pinchos de tortilla que parecen fraguados con cemento. Sexta estación: me flagelan con los peajes. Qué pasta gansa. Séptima estación: lleno el depósito de gasolina y revivo en mis carnes la corona de espinas. Octava estación: parada obligada en la abadía de San isidro de Dueñas, donde mi suegra necesita recibir la bendición de su primo Onofre, monje trapense. Novena estación: Chenchín vomita en el presbiterio cuando el tío Onofre nos enseñaba la abadía. Tierra, trágame. Décima estación: empieza a diluviar y el limpiaparabrisas no funcionan. Hora y media  hasta que viene una asistencia técnica mientras las gemelas tiritan de frío, la abuela sigue las procesiones que transmite la radio del coche a todo volumen y Reyes me pone a parir, como las turbas que insultaban a Cristo, por no haber sido previsor. Undécima estación: primera caída en mi calvario particular. Llegamos al pueblo de mi suegra y descargamos. No funciona la caldera de la calefacción. Duodécima estación: hay que poner la primera lavadora, calentar biberones y cabiar dodotis al tiempo que la abuela, empeñada en hacernos unas sopas castellanas, exige que le pele los ajos, porque ella no ve, se corta y además le molesta el olor que le dejan en los dedos. Decimotercera estación:  oficios con la suegra y familia y por la noche hay que invitar a los primos palentinos en el asador del pueblo. Lanzazo como el que le dieron a Cristo, pero en la cartera. Decimocuarta estación: crucifixión. El tiempo sigue tan malo que volvemos a Madrid para al menos librarnos del atasco. A mi suegra le  da una lipotimia y tenemos que parar en Urgencias de Palencia y hacer noche en un hotel. Tiembla, Inocencio. Decimoquinta estación: emprendemos camino a Madrid y, zaca,  el temible atasco.

 Y yo, recordando mis antiguas semanas santas y las de ahora, me pregunto dónde había más Calvario. Si en las de antaño, tan hipócritas, pero aparentemente tan cristianas, o en estas de ahora, que, aún sin ponerme el capirote, sufro como Cristo, y me invitan a morir levantando la mirada al cielo y repitiendo la más famosa de las siete palabras. Padre, ¿por qué me has abandonado?…   

Gracias, luna

Es fantástico pensar que hay una luna panacea para cada uno de los que la miran embelesados...

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Hacía fresco, no exactamente frío. Y la luna iba a despuntar por el pequeño  monte que guardaba la casa por levante. Antes de iluminar del todo el amplio valle, la sierra que quedaba a espaldas de la casa y todos los escondrijos de la noche, debía desenmarañar una masa de rocas y robles, pues se trataba de un monte tupido y caprichoso, el monte donde si la muchacha fuera sólo una niña tendría su cabaña, su osito durmiendo el invierno en el tronco vacío del árbol más viejo, un sapo hibernando, tan bueno y simpático que luego despertaba y se convertía en príncipe, su bruja. Sus sueños.

Veinte minutos antes de asomar, la luna ya había fumigado el cielo con esos polvitos mágicos que usa Hollywood para pintar las noches de las películas de Tim Burton: un sutil velo de plata traslúcida, una  niebla delicada de misterio, una pátina  de poesía cósmica que anunciaba su definitiva salida.

-Yo no me muevo de aquí hasta que asome del todo –dijo la muchacha mientras se echaba encima su plumas- A ver si la luna lo cura todo.

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La muchacha estaba en esa edad curiosa en la que se pregunta casi todo, y vivía en una familia  que facilitaba los porqués.

-¿Por qué todo el mundo habla de eso que llaman crisis? ¿Por qué papá está tan angustiado y  se enfada con todos? ¿Por qué llora mamá cuando viene de la compra? ¿Por qué el tío Blas dice que está en el paro? ¿Por qué a la tía Petra le ha salido un cáncer? ¿Por qué internaron al primo Roberto en una clínica, si se ponía él solo las inyecciones? ¿Por qué dice la abuela que Dios le está fallando?…

Se arrebujaba en el calor mullido de su plumas mientras se lo preguntaba, cara a cara, a la luna, que ya lucía completa sobre el cielo estrellado. Primero había lanzado las preguntas más sombrías. Pero luego su corazón le planteó sus legítimas  demandas.

-¿Y por qué Jaime, que es el chico que me gusta, no me escribe, o por lo menos no me llama, y me invita a merendar tortitas con nata? ¿Por qué no puedo ser feliz, como en los cuentos?

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La muchacha había escuchado por la radio que la luna llena sería el broche del Día de la Mujer. Cuando su padre llegó a casa por la noche estaba descompuesto. Dijo que habían despedido a cuatro de su departamento, y que el próximo podría ser él. También protestó por la cena: qué miseria de cena. Y se lo decía a su madre como si su madre, que debería celebrar el dichoso Día de la Mujer con una sonrisa, fuera culpable de todo: de los despidos de la empresa, del recorte del sueldo de su padre, de los precios de la cesta de la compra, del cáncer de la tía Petra, del paro del tío Blas, de las sospechosas inyecciones del primo Roberto y hasta de la chochera de la pobre abuela, que estaba destrozando con su silla de ruedas todas las esquinas de la casa.

Fue entonces cuando su madre se encaró con su padre y le dijo.

-Lo siento, Pedro. Pero yo no puedo ser la panacea de todos los males.

La muchacha tuvo que esperar a que su madre sofocara el llanto para hacerle una última pregunta.

-Mamá, ¿qué es una panacea?

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Su madre se calmó, se secó las lágrimas, sacó el diccionario de la estantería del salón y se lo dejó abierto a la muchacha en la página donde venía panacea. Medicamento al que se atribuye eficacia para curar diversas enfermedades / Remedio o solución general para cualquier mal.

Y ahora, viendo la luna en su esplendor, lo entendía todo. La luna era solución mágica que todos estaban esperando. Por eso tenía forma de pastilla, y por eso era tan bonita y no había nadie que no la mirase con fascinación, porque hacía olvidar los males, iluminaba todos los sueños que quedaban por cumplir y alimentaba todas las esperanzas.

Y lo que más le gustaba a la muchacha era que este medicamento se suministraba sin recortes para nadie. Porque había más de siete mil millones de personas sobre la tierra. Pero,  a pesar de todos los infortunios, también había una luna panacea, una pastilla milagrosa para cada una de ellas.

 Así que, como además arreciaba el relente, la muchacha se despidió.

 -Gracias, luna- dijo lanzándole un beso.

 Y se fue a la cama a soñar feliz.    

 

Cabecitas perdidas

Hasta el hombre más tranquilo y optimista se siente obligado a compartir el desasosiego de la crisis...

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El hombre inasequible a la depresión recibió una llamada de su amigo Celestino. No sabía de él desde hacía bastante tiempo. Y como es lógico le preguntó por su familia. La familia de Celestino estaba bien, a Dios gracias. Sus tres hijos conservaban sus puestos de trabajo, criaban unos nietos muy sanos, y Adela había superado sus neuralgias, por lo que tenía motivos de queja. Además, él había vendido su pequeña empresa de calderas de calefacción y podía afrontar tranquilamente una jubilación acomodada.

-Eso sí –precisó Celestino- ¿Te acuerdas del Opel Kapitán del año 59 en el que íbamos de excursión con las chicas que nos gustaban?…El otro día subiendo el Puerto de Navacerrada se le gripó el motor.

-Caramba –ironizó el hombre inasequible al desaliento- Eso sí que es grave.

-Claro, hombre….No vayas a creer que todo el monte es orégano… Pero a lo que iba, que es el motivo de mi llamada. ¿Sabes que se murió don Leoncio?

-No me digas…¿Don Leoncio Apolín, nuestro profesor de latín? Grave pérdida para la cultura.

A Celestino le molestó la coletilla.

-Chico, parece como si te tomaras a pitorreo las desgracias ajenas. Yo creía que conservabas tus sentimientos religiosos, y un buen cristiano…

-Hombre, lo del Opel lo comprendo –interrumpió el hombre de la conciencia tranquila- Pero lo de don Leoncio….¿Cuántos años tendría? ¿Noventa y nueve quizás?

-Ciento cuatro….Pero eso no quita. Me da la sensación de que no te tomas en serio las desgracias  ajenas. Cuando precisamente ahora que estamos en lo más profundo de la crisis, hay que ser solidarios y sentir todo dolor del mundo como si fuera propio. ¿O es que crees que está medio bien ser feliz a todas horas?

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El hombre inasequible al desaliento encajó mal el reproche y le colgó el teléfono a Celestino. Recibir lecciones morales a su edad, hasta ahí podíamos aguantar. Luego, más sereno, hizo examen de conciencia y pensó que tal vez su antiguo amigo tenía razón, que en los momentos actuales era claramente insolidario no sentir un gusano interior que le reconcomiera a uno la conciencia. Amar al prójimo –pensó- era también sufrir por sus vacas flacas.

Fue entonces cuando cruzó las piernas y al posar la derecha por encima de la rodilla izquierda sintió como una piedrecilla alojada en la vuelta del pantalón. Introdujo los dedos pulgar e índice de su mano derecha para extraer el chinarro, lo sacó y cuando lo pudo ver de cerca  se llevó una sorpresa mayúscula.

-¡Santo cielo! –y nunca mejor dicho- ¿Qué hace esto aquí?

Su memoria de ex niño cristiano no le podía fallar. No era un chinarro, ni una lenteja, ni una cuenta de collar, pequeñas cosas todas que no resultarían chocantes encontradas en la vuelta de una pernera de pantalón. El extraño corpúsculo era la cabecita de un Niño Jesús de diminuto tamaño.

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Y el hombre con la conciencia tranquila  recordó que la última Navidad, mientras montaba el nacimiento, su nieta María, que le ayudaba,  se empeñó en ser ella misma la que colocara al Niño Jesús en el pesebre. Lamentablemente la figurita se le escurrió de entre los dedos, y el divino Niño fue a estrellarse contra el suelo, rompiéndose en pedazos. Entre estos, oh misterio, nunca fue encontrada la cabeza. Nadie advirtió entonces que había ido a parar a la vuelta de la pernera derecha del un pantalón que llevaba aquel día, y que se había vuelto a poner dos meses después.

Desde entonces, el hombre despreocupado no ha tenido valor de desprenderse de la cabeza de marras. Todas las noches la deja sobre la repisa de su galán de noche con la seguridad de que al día siguiente será capaz de tirarla en cualquier papelera o contenedor de basura. Pero llegado el momento de la verdad le pueden los restos de su fe. No es ningún meapilas, pero en parte por sus creencias y en parte por superstición, piensa que, si hay Dios, no le perdonaría semejante falta de respeto con la imagen de su Hijo.

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La realidad es que actualmente  esta menudencia se ha convertido para él en una obsesión. Todos los días tiene que salir a la calle con ella  en alguno de sus bolsillos, y está convencido de que si alguna vez la olvida en casa se le desprenderá una cornisa encima o morirá atropellado por un autobús de la EMT  No sabe cuál será el destino final de la reliquia, pero ya no se le podrá llamar más el hombre tranquilo, sino el hombre torturado por su sensibilidad. Lo cual, aunque no le garantiza la salvación eterna, al menos le da argumentos para cuando Celestino le vuelva a reprochar su desprecio por las desgracias ajenas.

-¿Qué no es capaz uno de  sufrir como los demás? –se pregunta el hombre responsable-….Que me diga si conoce a alguien con este sinvivir.

Y es verdad. Ni de la Merkel, ni de Rajoy, ni de Rubalcaba, ni de lo sindicatos, ni de la CEOE, ni de los de la ceja, ni de los poderes mediáticos, ni de la opinión pública ni del mismo cardenal Rouco, que tanto pían, se ha conocido nunca la menor preocupación por esas divinas cabecitas rotas que seguramente se pierden a diario en cualquier rincón del mundo.

La honradez de la mirada

Tímida y asustadiza, la flor del almendro no podía imaginarse que, si no llueve pronto, la primavera también entrará en crisis...

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Cuando uno se siente romo de ingenio y no tiene nada importante que decir, abre el cajón de las frases célebres que han ido pespunteando miles de columnas o artículos y juega con ellas. Si uno quiere abundar ante lo confuso de la postración nacional puede tirar de Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible (atribuída al torero El Guerra).  Qué país, Miquelarena (Pedro Mourlane).  Joder, qué tropa (Romanones, a propósito de los académicos que, habiéndole prometido su voto para la RAE, le dejaron con al trasero al aire). No es esto, no es esto (Unamuno, ante los excesos a los que se entregó la República en manos del Frente Popular). El nacionalismo se cura viajando (Baroja). O a los consabidos avisos en verso de Antonio Machado: Españolito que vienes/ al mundo, te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón.

Si pica más alto y quiere elevar la categoría de sus dudas, hay otro repertorio: Sólo se que nada se (Sócrates, al que este bloguero complementa diciendo Lo único que tengo claro es que no tengo nada claro). Pienso, luego existo (Descartes). El corazón tiene razones que la razón desconoce (Pascal). Yo soy yo y mi circunstancia (Ortega). Y otras más que no por venir de gente presuntamente divertida dejan de serde lo más serio que jamás se ha dicho: Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro (Groucho Marx) o Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa (Woody Allen).

No dejan de ser sólo frases.

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El dibujo es la honradez de la pintura. Un no es tan erudito como para presumir de haber hallado esta frase leyendo a Eugenio D´Ors. Leía a Umbral y en uno de sus numerosos libros entreverados de memorias o ensayos éste  citaba al que fue llamado Xenius, hoy perfectamente olvidado. Sin embargo, caramba, qué frase tan sutil, tan expresiva. Mire usted, soy lo que soy, no pierda el tiempo en interpretarme -parece decir el dibujo en la desnudez de su trazo-yo  no pretendo engañar al que me mira con artificio alguno.

Le vino a la mente esta frase al bloguero porque se escapó de la ciudad y se vino al campo. Donde uno cree que está más cerca de lo que en realidad es la vida, y a donde cree que hay asomarse de vez en cuando para poner en su sitio a ese entramado de cemento, de pompas y vanidades, de ambiciones y frustraciones que habitan en la ciudad. Y así, en plan filósofo tipo Xenius, le dio por parafrasear.

-El campo es la honradez de la mirada.

Explicaciones: se contempla y, para empezar, distingues el cielo de la tierra, las caras de las distintas estaciones, la llanura de la montaña, el bosque del prado, el regadío del secano, el mar dorado de los trigales de la mar  salada y azul, toujour recommencé, que cantaba Valery (no se asusten, Le cimetier marin es el único poema suyo que recuerda el Duende, y se lo aprendió en sexto de bachillerato). Distingues las aves que vuelan del ganado que motea el paisaje. Y si te miras hacia dentro diferencias también en el alma las churras de las merinas. Qué buenos son los horizontes abiertos para meditar sobre qué eres, a quién de verdad quieres, qué es lo bello y lo feo, cómo la hermosura se pasea a nuestro lado y tantas veces pasa inadvertida, cuáles son los problemas reales de la vida, qué pintamos aquí, qué pensará Dios en este momento,  cuántas cosas superfluas sobrevaloramos, cómo nos olvidamos de otros detalles realmente importantes. Qué  relativo es todo. Y cuánto misterio. Y todo  se intuye  en el campo, donde el alma  toma distancias, suelta amarras y entre la quietud y el silencio derrama la honradez de su mirada.

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La honradez obligaba hoy a al campo a ser solidario con el estado de postración nacional. Se lo contó un pajarito a este duende.

-Han brotado las flores del almendo y se se han asustado..¿Pero qué país es este?, dijeron.

Y así están los emisarios de la primavera. Así pintan las flores del almendro y los botones amarillos de la mimosa, tímidos y asustadizos. Natural. Tanta crisis, tanta miseria, tanto abatimiento se respira en el ambiente, que hasta la naturaleza se ha contagiado y nos ha traído el invierno más extremo y seco que se recuerda en medio siglo. Otros años por estas fechas al menos al menos el pasto permanecía húmedo, y algo de verde alfombraba el suelo. Ahora lo que no está helado está frito por la sequía.

-Me llegaron a decir las flores –continuó el pajarito- que si lo llegan a saber, no nacen.

Lo cual que al Duende se le ocurrió que a lo mejor habría que decorar el escenario, y, para alegrar el ambiente, traerse esas Meninas corpóreas diseñadas por Manolo Valdés que se ven en algunas tiendas muy finas de decoración. Qué majas esas meninas, tan atentas y delicadas en su actitud, como cuidando con atención al personaje que tenían al lado en el cuadro y que ahora les falta. Habría que traerlas e instalarlas junto al almendro acojonado.

-No se asuste, por favor –le dirían – aguante usted con sus flores. Vamos a hacer todo lo posible por traer una primavera algo más decente que la que impone la crisis.

El campo, eternamente sacrificado, la honradez de su mirada. Menos mal que al final siempre acaba lloviendo.

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La vida es llama

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En medio de la confusión de ideas propia de estos tiempos, más en aún en una mujer de carácter tímido y apocado como ella, Silvia tenía claras al menos tres cosas. La primera es que no es fácil coser una relación de amistad o de amor cuando él vive en una ciudad y ella en otra. La segunda es que había dejado escapar muchos trenes en la vida, y no había sido capaz de dar los pasos firmes de su antigua amiga Irene. Y la tercera es que, precisamente por eso, no iba a quedarse de brazos cruzados esperando a que Claudio se plantara en Santander para pedirle que compartiera su vida con él.

-Ya no somos jovencitos –pensó- Jovencitos o jovencitas tontos y tontas, ñoños o ñoñas, como nos educaron ¿A quién le va a importar que sea yo la que tome la iniciativa?

A diferencia de Silvia, Irene se puso el mundo por montera bien pronto, e hizo de su vida una apasionante novela de pasión y aventuras. A los dieciocho años, y pese a la oposición de sus padres, aprovechó su magnífica figura para ganar un buen dinero como modelo de lencería fina. Luego se enamoró de un italiano llamado Aldo y se fue a vivir con él a la isla de Elba durante un par de años. Allí conoció a un holandés que le ofreció otro amor distinto, y durante los años siguientes vivió en Ámsterdam, tuvo un hijo y puso un negocio de sofisticadas antigüedades. Ganó después bastante dinero vendiendo propiedades inmobiliarias en Mallorca. Y mientras tanto, con representaciones de firmas de moda y unas franquicias, forjó un pequeño imperio de negocios que le daban aún más aplomo y seguridad. Los dos hijos siguientes, claro, no fueron del mismo padre, sino de un aguerrido piloto, lejanamente parecido al Robert Redford previo a los desmanes del bisturí, que hacía servicios de urgencias transportando órganos para trasplantes.

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-Ha sido maravilloso ser tan lanzada –le dijo Irene cuando se encontraron en Madrid treinta años después y tomaron un café juntas- Ahora, después de mi estancia en la India, me he abierto mucho a la vida espiritual, ¿sabes?…Así que he mandado a los hombres a la mierda y he puesto una tienda de velas maravillosas en el Barrio de las Letras

La vida parecía haber sido para Irene coser y cantar. Y Silvia no podía dejar de mirarla fascinada, como si su valiente amiga fuera una aparición.

-Ya sabes –decía Irene- todo cambia, y ahora estoy eso, en lo esotérico, lo espiritual, lo que sube, lo que emborracha los sentidos…Lo aprendí en la India, porque me lo explicó un gurú. Me dijo que toda nuestra existencia está en una vela aromática, ¿no te parece genial?… La vida es llama, la vida es aroma, la vida es humo, Silvia, yo lo tengo clarísimo, ¿no?

Y ella tan trabajadora y tan competente, con un cierto complejo de provinciana, funcionaria desde los veintitrés años y con nivel 27, romántica y soñadora, pero siempre demasiado discreta. Así era Silvia Díaz Troncoso, al borde de cumplir el medio siglo y sin un michelín del que avergonzarse. Francamente atractiva a los ojos de su estanquero de Santander, tan diferente en todo de Irene. Con dos amores fracasados, que clavó en la caja del recuerdo como si fueran mariposas disecadas. Pero con las puertas del corazón aún entreabiertas a una esperanza que nunca acababa de llegar.

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Silvia sin embargo se dio cuenta de que la vida se escapa por un signo aparentemente anecdótico. Las tiendas de su barrio o habían desaparecido o se habían transformado. De niña, creía que la cara de una calle jamás mutaba, y que la confitería Mariví o aquella tienda de moda llamada París, debajo de cuyo rótulo se leía en letra inglesa modelada en latón la palabra Novedades, serían eternas. Pero ya en la década de los sesenta desapareció la carbonería, y poco después aquél Avícola Nogales que mostraba a un ejército de pollitos bajo una lámpara de calor fue sustituido por una cafetería. Qué lástima. Aquel de los pollitos era el escaparate que más le gustaba. Aplastaba contra él su naricilla infantil y los rizos dorados de su frente, y allí pasaba las horas muertas.

Lamentablemente los pollitos también acabaron volando. La palabra novedades se borró de los rótulos de las tiendas de moda, como la de ultramarinos y coloniales de las de alimentación, porque no había nada menos nuevo que eso, una palabra decimonónica en letra inglesa. Ni nada más contradictorio que una gran faja de color café con leche o un jamón de Montánchez presentados como novedades o ultramarinos y coloniales, cuando todo el mundo sabía que la faja era una antigualla, y que Extremadura no estaba al otro lado del mar.

Pero la vida pasaba sus páginas inexorablemente, y ya casi nada era lo mismo.

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Para Claudio en cambio, el tiempo tenía otro valor. Desde que Loli le dejó solo tan prematuramente y aquella caída absurda en una escalerilla de la fragata le dañó una vértebra y acabó retirándolo del servicio activo, se había encerrado en sí mismo, y apenas veía a nadie. Le hubiera gustado dedicarse a su hija y a su nieto, pero Cristina tuvo la mala idea de casarse con un suizo, vivir en Zurich y fiar demasiado la educación del niño a un muy particular sentido de la pedagogía. Algún psicólogo le había metido enla cabeza que a su hijo, muy dotado para la música y para las ciencias, no había que distraerle demasiado. Y Claudio, que hubiera invertido la mitad de su retiro por ver crecer a su nieto, se encontró que cuando no era el fas del violonchelo era el nefas de los estudios lo que le alejaba de él.

-No vengas ahora, papá- le decía Cristina casi siempre que el hombre planeaba su viaje a Zurich- Claude está preparando una sonata de Telemann, y tiene un examen de física este mes. Déjalo para más adelante, ¿ok?

A Claudio no le consolaba nada que su nieto llevara su propio nombre. En francés, eso sí, porque no era Claudio, como él, sino Claude. Y mucho menos que su hija edulcorase todas sus negativas con ese estúpido ¿ok? de viejo telefilme norteamericano. Pero comprendió que debía construir su nueva vida sobre otros pilares si no quería caer en la melancolía y, peor aún, en la pereza de vivir. Se apuntó a una ONG, donde colaboraba en labores de administración, fue arrastrado por uno de sus compañeros a un club de viajes culturales baratitos que le paseaba por ahí tres veces al año. En uno de ellos, por cierto, fue donde conoció a Silvia. También leía mucha historia y algo de poesía, y acababa llenando sus largos días de marino varado construyendo pacientemente maquetas de barcos mientras por Radio Clásica escuchaba música como la que algún día interpretaría su nietecillo.

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Silvia y Claudio empezaron a sentirse atraídos paseando por Mahón. Allí Silvia, que había viajado a su lado en el autobús, reparó en que aquel hombre alto, enjuto y de pelo blanco que renqueaba al andar le miraba por el rabillo del ojo mientras hablaba -poco- con nostagia de sus años de marino y despiezaba mentalmente algunos de los barcos atracados en el puerto.

-Ese yate en maqueta tiene novecientas piezas. Ese clipper unas dos mil. –le decía- Sería capaz de hacerlos. Pero todavía no me atrevo a meterme con el Juan Sebastián Elcano…Fue mi barco, ¿sabes?-apuntó con añoranza.

Como tantos hombres, no era muy partidario Claudio de aventar sus sentimientos. Creía que el amor era una cosa de la juventud, y que sus rescoldos se apagaron cuando el cáncer arrebató a su adorada Loli. Sin embargo, aún sin llegar a arrepentirse de su soledad, lo cierto es que Silvia le ganaba sutilmente. Aquella compañera de viajes no era de una belleza deslumbrante, pero le atraía. Le escuchaba, se acomodaba a su paso lento como si fuera su andar natural, le seguía en sus aficiones, aguantaba sus lecturas de poesía en voz alta, que escuchaba con devoción aunque no le interesara nada, y compartía con él como si fuera ambrosía la ensalada de patatas con melva, que era su aperitivo favorito. La realidad es que le hacía la vida más grata. Su problema es que cerraba a cal y canto su corazón cuando volvía a Madrid. Entonces él se replegaba en su mundo, en sus maquetas y en sus libros, y se olvidaba de todo. Al regreso del viaje `por Menorca se encontró además con un largo correo de su hija Cristina. Le decía que en el mes de mayo Claude iba a tocar la sonata de Telemann en un concierto escolar que se iba a celebrar en el Rathaus de Zurich. Con tal motivo le invitaban a pasar una semana con ellos. Podría ver en directo los progresos de su nieto y luego, para culminar el festejo, tomarían un vapor que les llevaría a cenar a un restaurante al otro lado del lago… Tiene gracia-pensó el viejo marino- premiarme ahora con una singladura en barco para turistas por un estanquito suizo.

-Esto de los viajes le ablanda a uno-dejó caer en una ocasión a su fiel Silvia mientras paseaban por el Peine del Viento de San Sebastián- ¿Sabes?…Luego, en casa, las ilusiones se amansan. Y uno se empereza, y acaba olvidándose de ellas. Ya es demasiado tarde para…Bueno, Muy facilito me lo tendrían que poner, sí…

Ese Claudio dubitativo, parsimonioso, pasota y egoísta hacía que a Silvia se la llevaran los demonios.

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Su amiga Irene no se anduvo con rodeos

-Déjate de historias –le reprochó- Mira, nos vemos poco, pero yo se mucho de hombres, y te lo tengo que decir. Tu Claudio será un encanto y estará cojito, vale. Pero por muy especial que te parezca y mucho respeto que le tengas, o es el clásico pichafría o es un cojonazos. Así que pónselo fácil: vente a Madrid unos días, vente a casa. Y llámale, le pones las pilas y le propones un plan clarito, clarito. Que no tenga pretexto para decir que no, ¿comprendes?. Y aprovecha, que ya nos quedan pocas alegrías y con esta crisis dentro de poco no salimos ni a por aceite para el candil. ¿Estamos, cariño?

A Irene se le notaba que era una mujer segura de sí mismo porque soltaba palabrotas y la palabra cariño sin ningún rubor, y eso marca. Silvia la miraba estupefacta.

-¡Si ya lo dice el rótulo de mi tienda! -remachó Irene marcando lentamente cada sílaba- La-vi-da-es-lla-ma. La vida se consume, la vida es la pasión ardiente, la vida se esfuma como el humo…¿No comprendes Silvia? Tienes que tomar la iniciativa.

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Silvia tardó dos meses más en comprender y a atreverse a quedar con Claudio en Madrid. Tenía que acudir a la boda de un sobrino y no era cosa de desperdiciar la ocasión. Pensó que el pretexto para sacarlo de su refugio podría ser que en el restaurante de unos amigos suyos se celebraba una semana de la cocina gaditana, y que Trini la cocinera hacía las papas con melva como nadie. Eso, las papas con melva. Aunque el plan le pareciera una puñalada de pícaro no podría negarse.

-Anda, Claudio. Anímate –insistió- Te va a gustar…

Por el largo silencio que siguió a su propuesta notó que a Claudio le había pillado de sorpresa, y que dudaba.

-Estaba rematando el castillo de proa del Soleil Royal, el buque insignia de Luis XIV-titubeó- Y no me gustaría…

-Bobadas –interrumpió Silvia con una audacia de la que inmediatamente se arrepintió- Oh, perdona, no quería…Pero…¿qué le puede importar a Luis XIV que remates su barco hoy o mañana?

A Claudio le debió de hacer gracia la salida de Silvia, porque esta escuchó perfectamente su carcajada.

-Bueno, pónmelo fácil –dijo el hombre después de muchas vacilaciones – Dime dónde nos citamos. Un sitio reconocible, que me quede cerca y que no me equivoque. Por una vez, y sin que sirva de precedente, me portaré como un hombre-ironizó.

Podía haber dicho en la puerta del Museo del Prado, o en la de los leones del Congreso, o bajo el reloj de autómatas frente al chaflán del Palace, que todo el mundo conoce. Pero, tonta de ella, Silvia se empeñó en añadir un pellizco de poesía a la cita, un segundo sentido a la propuesta. Y recordando el mensaje de Irene y que, además, su tienda le quedaba más cerca a Claudio, le citó a las ocho y media allí, en la vecina calle Lope de Vega, 26, en el Barrio de las Letras.

-Es la tienda de una amiga mía, ¿sabes?…Se llama La vida-da-es llama –remachó lentamente- Y está a dos pasos del restaurante.

-¿La vida es llama?….¿Eso es una tienda?

-Si,ya sabes cómo son los nombres de las tiendas modernas… Es una tienda de velas aromáticas muy original. No sabes cómo es mi amiga Irene de imaginativa y de apasionada. Por eso se llama así. Así, recuerda: La vida es llama a las ocho y media.

-Bueno –dijo Claudio con un laconismo que afectaba alguna desconfianza- La vida es llama, Lope de Vega 26. Allí estaré… Con puntualidad, ya sabes…Yo soy marino, un militar…

8
Mientras Silvia se dirigía en metro hacia Antón Martín y callejeaba después rumbo a la cita largamente esperada se felicitaba a sí misma por lo bien que había hecho las cosas. Esta vez Claudio no le podría fallar. No tendría el menor problema para encontrarse con ella, irían andando después, despacito, al restaurante de Trini, tomarían unas copitas de manzanilla y una ensalada de patatitas con melva. Luego cenarían, saludarían a algunos amigos, beberían más vino, se pondrían contentos, le acompañaría después, sin prisas, al puerto de amparo donde el marino construía sus barquitos y a saber si aquello, como en Casablanca, se convertiría en el principio de algo más que una amistad. El tiempo huye –pensó- el tiempo pasa, pero los sentimientos de verdad no se desvanecen como nubes pasajeras.

Qué lástima que las obras en un colector que afectaba a su línea retrasaran el servicio de trenes quince minutos, y que Silvia llegara a Antón Martín casi sin aliento y a las nueve menos diez de la noche. Qué mala suerte que nadie le esperase delante del número 26 de la calle Lope de Vega, seguramente porque ni la cojera de Claudio ni su propósito de la enmienda podían estirarse mucho más. Y qué gran verdad lo que le dijo su amiga: la vida pasa, la vida se consume, la vida es llama. Así debía rezar el rótulo de aquel prodigio de buen gusto, de espiritualidad, de meditación y de refinamiento que según Irene era su tienda de velas aromáticas importadas de la India. Pero claro, aunque tempus fugit la crisis no, la crisis seguía devorándolo todo. Incluso esos comercios que de niña creía Silvia que iban a estar ahí para siempre.

Este de las velas ya no estaba, no. Y su amiga ni siquiera había tenido el detalle de advertírselo. En el escaparate donde hasta hacía nada se podía leer La vida es llama ni se veía luz alguna ni esperaba ningún amor otoñal apoyado en su bastón. Sólo un gran cartel adhesivo que sellaba la puerta anunciaba Local en Alquiler y daba el número de teléfono de Exclusivas Ganímedes. Silvia comprendió entonces que la llama ardiente de la vida había quemado también su último delirio.

La carta final

¿Por qué es tan difícil seguir escribiendo cartas?...

1

Querida Elvira

Espero que al recibo de la presente estés bien. Por aquí todo como de costumbre, a Dios gracias. Estoy a la espera del tac ese que me mandó el médico, que está empeñado en que me lo haga, a pesar de que nunca he fumado. Y luego dirán que la sanidad es cara, como decía Joaquín Sorolla en su famoso cuadro de los pescadores.

Otra novedad es que reapareció el ratoncito aquel que acudió a comerse las migajas del roscón el último día que tomamos el te juntos. No se qué hacer para atraparlo. Quiero ponerle una trampa, pero me da pena. Siempre me acuerdo de Tom y Jerry. A veces me gustaría tener un alma tan fría como la de un ministro del interior, pero no lo consigo. Supongo que si Sanidad se entera de que convivo con un ratón me mandaría una brigada raticida, desinfectarían la casa, la precintarían y me recolocarían en una pensión de la calle del Pez, que es la típica operación humanitaria de los ayuntamientos. Qué obsesión por la salud pública. ¿Cómo les explico yo que cuando tú te vas sólo el ratón me hace compañía?

Aprovecho esta carta para decirte que estabas muy guapa la última tarde. Tan elegante como siempre. No se en cuántas cartas más podré piropearte, porque verás, se me habían acabado los sellos, he ido a mi estanco habitual y me han dicho que no les quedaban. ¿Que no les quedan?…¿Te imaginas a una farmacia que agota las tiritas? Raro, ¿no?. No me importó, ya sabes, el médico me dice que debo andar rodos los días al menos tres cuartos de hora. Busqué otro estanco, y me dijo, pásmate, que ya no venden sellos. Ni certificados de penales, ni esos impresos, timbres y esas cosas, que antes suministraban al personal. Se los ha quitado el estado, y claro, los estanqueros están que trinan. ¿Y cómo se compran sellos ahora, le pregunté? Pues en una estafeta de Correos, dijo. Dijo eso, la palabra estafeta, que ya no la dice nadie. Se ha quedado antiguo, como yo, que aún escribo cartas. Como las cartas, que ahora sólo llegan de los bancos, de las compañías de teléfono o de las eléctricas. Si es que a esos impresos horribles se les puede llamar cartas.

Ya sabes el afecto que te tengo, Elvira. Pero esta última carta es, entre otras cosas, para anunciarte que gracias a las medidas tan prácticas que imponen ahora, ya no voy a poder escribirte con la misma frecuencia. Además, con esta obsesión que tenemos por la seguridad es probable que los carteros, al ver una carta manuscrita, como a mí me gustaba hacerlo, crean que, lagarto lagarto, ahí hay un objeto postal no identificado, y lo manden a los Tedax. Y quizás no te llegue nunca. Ya sabes, el progreso.

Tendé que escribirte un SMS o un e-mail, como me recomiendan mis nietos. Perdona la grosería que voy a decir, impropia de un hombre de mi educación y de mi edad. Pero aunque tú seas una mujer maravillosa yo no podré decírtelo más por carta porque el progreso, que es tan útil, a veces se porta como un gilipollas. Y lo de retirar los sellos de los estancos es otra prueba más de ello.

En fin, no te entretengo más, pues supongo que tienes muchas ocupaciones. Deseándote que el año que acaba de empezar te conserve la salud y te traiga muchas buenas noticias para ti y los tuyos, queda de tí devoto y besa tu mano tu viejo amigo.

Homper

2
La carta final
es una excelente película filmada en 1987 por un director poco conocido, David Hugh Jones. Está basada en la pequeña novela de Helen Hanff titulada 84 Charing Road Cross, que cuenta la entrañable historia de una relación algo más que amistosa forjada a lo largo de tres décadas por la correspondencia entre una americana y un adusto librero inglés. Ann Bancroft y Anthony Hopkins representan admirablemente sus papeles. Pero cuenta Homper que lo que en verdad le emocionó de esta historia es, valga la polisemia, el papel de la carta, el protagonismo de la literatura epistolar, el valor del mensaje escrito a otra persona. Ese depósito de confidencias y sentimientos que se abre con un rasgahojas con la misma emoción que la envoltura del mejor regalo.

Mejor dicho, que se abría.

Tempus fugit –piensa Homper- Y a veces, de la que huye, subraya con un toque humor amargo, tempus jodet.

La luna de Violette

La luna llena siempre enmarca alguna historia romántica...

1
Mi nombre es Diego, y no puedo ocultar que soy un sentimental. Y tampoco que la luna ha ejercido una poderosa influencia sobre mí y mis sentimientos. La luna llena siempre ha significado para mí una liberación. Es el positivo de la noche, y con sólo asomar su cara me abre un paraíso y me hace olvidar las miserias que me rodean. Por ejemplo, soy un tipo feo. Y bajito. Tampoco tengo dinero, aunque eso, dicen, es menos importante Tengo buena conversación, pero soy feo, bajito y sin dinero. Bastantes desventajas para triunfar en el amor.

La luna, no obstante, no me mira peor por eso. Es más: aún creo que esa es la causa de su delicadeza conmigo. Siempre que sale, veo en ella a la mujer que amo. Unas veces ella me devuelve la mirada. Otras veces no me hace ni caso. Pero es salir la luna llena por el horizonte y transformarme en un volcán de pasión, como si volviera a nacer y pudiera olvidar los desdenes que, a fuer de sincero, he tenido que sufrir. De repente me siento Romeo, imagino que la silueta de mi Julieta se recorta sobre ese disco de luz que ilumina lo negro del cielo y que ella me lanza una escala por la que trepo dispuesto a cantarle madrigales y a decirle cosas hermosas.

-Oye, qué bonita noche, ¿no?- le digo muy emocionado.

-Sí –me suelen responder incluso las menos expresivas.

-Pues ya ves, que tenía ganas de verte…

Bueno, quizás lo del volcán de pasión sea exagerado. He dicho antes que tengo buena conversación, pero no oculto que las mujeres bellas me cortan mucho.

2
Violette era una de esas mujeres que dan categoría a la luna llena. No era una belleza de calendario, pero derrochaba fascinación y elegancia. Además, sugería novela. A mi siempre me han gustado más las chicas con novela dentro que las guapas que no pasan de ser portada. Violette no lo pretende, pero desprende un aura de misterio, un cierto charme que no es de sonrisa facilona ni de vestido de lamé. Digo charme porque es francesa, con todo lo bueno y lo malo que eso significa.

El caso es que se asomó a la luna y enseguida me percaté de que mi naturaleza se revolucionaba. Empecé a notarme extraño, como si de mi personalidad anodina brotara un hombre distinto, más fuerte, más poderoso, más audaz. No acababa de reconocerme en él. Sabía que Violette era de gustos refinados, que detestaba lo cursi y lo hortera. Nadie es capaz de distinguir exactamente qué es lo uno y lo otro, pero como ya he dicho que soy feo y bajito, me puse un traje blanco tipo Elvis Presley y una botas de tacón cubano pensando que así paliaría mis defectos, y le parecería un hombre más atractivo.

Y empecé a escalar hacia la luna.

3
Según trepaba por los peldaños de la escala iba experimentando lo que cualquier especialista catalogaría como sucesivos trastornos de personalidad. Por un ratito me sentí una reencarnación de el Fary. Luego me acordé de personajes que me habían impresionado en mi infancia por su poderío, como el primer director que tuve en el colegio y el barquillero que vendía – ¡al rico parisién! era su grito de guerra- barquillos en el Paseo de la Castellana. Ambos lucían muelas de oro, como creía yo entonces que lucían todos los hombres respetables. A continuación me identifiqué con mi amigo Juan Saldaña, que era corto como el rabo de una boina, pero musculado y pecholobo, el clásico guaperas que sin decir palabra me levantaba a las chicas que me gustaban. Ya digo, me sentía raro. Y más cuando, por descansar, me detuve a contemplar la mágica redondez plateada de la luna en la que me esperaba Violette.

-Qué bella estás en la noche-intenté decir ensayando un abordaje inteligente y original que sin duda abatiría sus defensas.

Intenté decirlo, lo juro. Pero qué carajo, lo que sonó fue un aullido espeluznante que rasgó como un bisturí el silencio de la noche.

4
Puse un SMS a mi psicóloga. Necesito que me veas con urgencia. Ya. Pese a lo avanzado de la noche, Cristina Fontana me recibió encantadora.

-Raro sí estás –dijo nada más verme- Veamos, túmbate en la chaise-long.

Cuando me tumbé, noté que mis manos se habían cubierto de pelo, y que las uñas me habían crecido hasta convertirse en afiladas garras.

-Nada importante –dijo Cristina intentando dibujar una sonrisa- Bueno, claro, algún pequeño trastorno de personalidad sí que se te ve…Te estás convirtiendo en un hombre-lobo. La luna llena tiene estas cosas:despierta la leyenda, reaparecen los hombres-lobo. Te afloran los deseos, las frustraciones, y quieres comerte el mundo. Como eres más bien pusilánime, no te vendrá mal…

Me recetó tila y que, eso sí, procurara controlar mi agresividad.

-Por lo demás, tranquilo. Lo de la luna llena acaba pasando. Y ya como mujer, te diré que así, con tanto pelo y vestido como Elvis pareces más original…Más atractivo, sí, francamente…¿A ver? Abre la boca.

Le abrí mis fauces, pero me tranquilizó enseguida.

-Eso sí…Te empiezan a crecer los colmillos, pero es normal. Nada, asimila esta sobredosis de bestialidad y de potencia de macho y asiéntala en tu personalidad. ¿Tenías plan esta noche?…

-Bueno, iba a aprovechar la luna llena para jugar a Romeo y Julieta.

-Ah, claro, muy bien. Es que estas noches son muy románticas… Además, ya conoces el el mito de la bella y la bestia…Ya verás, este trastorno de la personalidad le gustará mucho a tu Julieta…Ya me contarás.

Me despidió con un par de besos y con su encantadora sonrisa de siempre. Como si estuviera acostumbrada a tratar a licántropos todos los días.

5
No hay mal que por bien no venga. Al llegar a la luna donde me esperaba Violette, ya no me sentía bajo, feo y sin dinero. Ni pusilánime. Me creía un tipo original, fuerte, dominador, seguro. Tan confiado que apenas consideré necesario conversar demasiado.

-Cómo me gusta verte, Violette-aullé apenas llegué a su altura.

Ella supo interpretar el aullido, y se esforzó por sonreirme. Únicamente frunció el ceño cuando echó un vistazo a mi traje blanco de Elvis Preysler, a mi camisa con chorreras y, sobre todo, a los afilados colmillos que al fin se me habían desarrollado con la prestancia que yo soñaba de niño.

-Mon chegui- me dijo- ¿Un hombgue- lobo con los colmillos de ogo?…Ah, non… C´est toujours demasiado hogtega.

No puedo ocultar que soy un sentimental, y que aquella luna de Violette acabó dejando una muesca en mi corazón. Tan reforzado en mi autoestima como me sentía de hombre-lobo. Pero ya se sabe, los caminos de la seducción, como los designios del Señor, son inescrutables.

Un crepúsculo divino

1
Escucha Homper en una tertulia radiofónica una frase que le da qué pensar. La dice Joaquín Leguina, y no es mala pulla contra los que por huir de las creencias tradicionales acaban comulgando con ruedas de molino.

-Dejamos de creer en Dios y acabamos creyendo en cualquier cosa.

La frase se puede entender de mil maneras. Pero el Hombre Perplejo, poco instruído, la refiere a las dudas propias de su edad y de su condición. El Dios que le contaron se fue diluyendo en él por hacer caso a la razón. Pero emprendió el camino de la razón y, o ésta no era demasiado clara, o él era medio tonto, y no daba para seguir progresando por esa vía. Se pone en almoneda al Dios creador del cielo y de la tierra y unos sabios que dicen entender mucho de astronomía, de física cuántica y de otras materias abstrusas nos lo cambian por el Big-Bang. Ahora lo último es el bosón de Higgs, la llamada partícula de Dios . No está, pero se la espera en ese túnel de 28 kilómetros socavado en la frontera entre Francia y Suiza para que colisionen entre sí los hadrones. Con lo bien que quedaba Dios apareciéndosele a Moisés/Charlton Heston en el monte Sinaí y ahora encarnándose en partícula por un túnel donde otros hadrones viajan a toda leche y se estrellan entre sí como conductores de autopista borrachos. A partir de el momento en que aparezca el famoso bosón –vaya nombre- será como el Gran Houdini, pero en plan cósmico.

-Qué empanada, Señor, qué empanada-suspira Homper- Con lo señorial que quedabas tú con largas barbas en las viñetas de la Historia Sagrada…Tampoco lo entendíamos mucho, pero más creíble que lo de la partícula sí que resultabas.

Ahora a Dios ni siquiera se le pone imagen. ¿Quién es capaz de pintarle barbas a una partícula?

2
Imagina Homper que, si es verdad el Creador es omnisciente, debería saber cómo tenemos que entenderle. Y se queda estupefacto –perplejo, como indica su nombre- de que por no complicarse la vida él le haga responsable únicamente de todo lo que le parece bueno, y nunca de los males, horrores e injusticias que se ven por el mundo. A Dios,como al Rey, conviene no comprometerle mucho.

-Además –aclara- Dios tiene muy buen gusto. Lo se porque cuando veo algo bello y me emociono siento como que vuelo. Y dado que los hombres no tenemos alas debe de ser uno de sus milagros.

Homper se las apaña para encontrar al Sumo Hacedor en muchas cosas sin importancia o en pequeños instantes mágicos. Hay un pedazo de Dios en una tortilla de patata, otro en una ventana mudéjar, otro en Audrey Hepburn recién duchada cantando Moon river, otro pedazo en un polvorón, otro en una rosa, otro en un silencio, otro en el aroma del espliego, otro en el roce del pie con la sábana recién mudada, otro en la novela que nunca escribirá, otro en el momento de domirse, otro en un gin-tonic después de haber hecho deporte una tarde de verano, otro en el beso de un nieto a su abuelo,otro en un bolero bailado bien apretado a una mujer en la verbena de pueblo de una noche de verano, otro en el recuerdo infantil de la leche condensada deslizándose por el gaznate, muchos en la música de Bach, y más aún, desparramados por ahí, en multitud de paisajes. En mares, montañas, desiertos. En las cataratas del Iguazú. O en esa bravía playa del Cantábrico por donde pasea una fascinante dama con dos perritos. Esas vivencias hacen de su alma una guitarra, y en ella una mano maestra dibuja misteriosos arpegios que le reconcilian on la idea del mago supremo.

3
El último destello de presunta divinidad fue esta semana, en el inicio del invierno, cuando las noches son puñados de diamantes desparramados sobre terciopelo oscuro y los días amanecen glaseados de blanca escarcha. Al atardecer, se veía por el suroeste un cielo nítidamente azul condecorado por el cuerno de la luna creciente y, por debajo, de él una banda de luz crepuscular de color rosado, casi púrpura.

-Mañana hará mucho frío –le decían cuando era niño y el cielo pintaba así.

Confiesa Homper que ahora le daba igual el frío. En ese momento de soledad gozosa, alguien le decía por teléfono que donde estaba, a muchos kilómetros de distancia, veía un cuadro igual y, sin buscarlo, también sentía un momento especial. Ambos convergían sus miradas en ese punto del gigantesco espacio al que los científicos aún no son capaces de encontrar límite. Y Homper no quiso ponerse trascendente o cursilón, y menos aún buscarle cinco pies al gato, pero no se imaginaba que el bosón de Higgs, con todo lo que se espera de él, fuera capaz de inventar un sencillo momento tan delicioso y emocionante como éste.

- Si no es cosa de Dios –concluyó- hay por ahí un poeta genial que ha adoptado ese seudónimo.

Nunca saldrá de dudas, pero al menos cree que pasa ratos maravillosos.

El amor que reivindicó a la coliflor

1
Aquel ciudadano corriente escuchó un día por la radio que la cena de nochebuena típica de los gallegos –puede estar equivocado- era coliflor hervida y besugo. El ciudadano corriente agradeció entonces no ser gallego, o al menos no haber sido gallego cuando era niño. Odiaba la col blanca y el acantopterigio, un pez que siempre presenta una cara triste y demasiadas espinas para un chaval.Y no era capaz de imaginar que para la cena más importante del año alguien hubiera consagrado como menú preferente justo los dos últimos platos en su escala de preferencias.

-Además la coliflor es pedorra –le dijo Corraliza, su compañero de pupitre.

La cosa es que aunque no fuese tan ordinaria, la coliflor se hacía odiar en cuanto caía en la olla hirviendo.

2
A los treinta y tres años el ciudadano se enamoró perdidamente de una bibliotecaria irresistiblemente guapa. La bibliotecaria amaba tanto su oficio que no lo abandonó a pesar de ser tentada por el cine, porque los productores veían en ella una sucesora de Stella Avery, la gran estrella de Hollywood. Stella Avery fue atacada por un cocodrilo cuando hacía turismo de placer por un río tropical. El cocodrilo, sin duda más selectivo que el que dejó manco al Capitán Garfio se llevó de un bocado sus dos pechos y un par de dedos, en uno de los cuales lucía un sortijón con rubí regalado por un maharajá y valorado en un millón de dólares. A Stella le reconstruyeron el busto con creces ( es decir, le aumentaron la talla, para asimilarla a Anita Ekberg, otra estrella de la época), y le disimularon los dedos perdidos con una delicadísima prótesis articulada qu le permitía seguir seduciendo también con otras sortijas deslumbrantes. Pero el trauma de aquel terrible accidente le hizo perder la confianza en sí misma. Nunca volvió a ser la que era.

Por eso los productores se fijaron en la bibliotecaria, que era tan guapa como Stella y del mismo estilo que la gran diva, aunque de Polán, provincia de Toledo.

-No puedes negarte- le dijeron- Tienes un deber con el séptimo arte. Te quiere la cámara, y el mundo te querrá aún mucho y te cubrirá de oro si dejas que hagamos de ti otra Stella.

Pero la bella bibliotecaria dijo que no. Estaba encantada de ser una chica de Polán, una bibliotecaria ejemplar, una mujer sencilla enamorada del ciudadano corriente que la cortejaba. Y era feliz cuando en su casa se comía coliflor.

3
El ciudadano corriente no estaba exento de virtudes, pero era eso, un tipo corriente que no había nacido en Galicia, y no podía soportar el olor de la coliflor hirviendo. El amor hace milagros, y al principio el encanto de la bibliotecaria hacía olvidar aquella atmósfera mefítica que perfumaba la casa de su amada. Pero cuando fue ganando confianza, no se lo pudo callar.

-No querrás que en nuestra casa se cocine la coliflor, ¿no?

-Claro, mi amor. Es mi vida, mi infancia, mi familia. Es, como decía aquel anuncio, el aroma de mi hogar.

4
El ciudadano corriente estaba destrozado. Amaba a la bibliotecaria desesperadamente. Tanto como odiaba el olor de la coliflor. Su alma se debatía en una duda: ¿cómo puede una mujer tan bella y tan virtuosa ser insensible a ese pestazo vecinal que durante generaciones se había asimilado a las porterías de las casas del Madrid de Galdós y de Arniches?

Hasta que un día una buena amiga llamada Cuba Calderón le contó el truco.

-Dile que añada al agua de hervir un buen chorretón de leche. La enriquece y neutraliza su olor característico de portería antigua.

Así lo hizo. Y para que aquella saludable familia de la chica de Polán conociera una variante culinaria más de su verdura favorita, le transmitió esta sencillísima receta de crema de coliflor: 1. Se hierve la coliflor con agua y leche. 2. Se retira y se reserva el líquido resultante de la cocción. 3. A la coliflor se le añade un poquito de sal y pimienta, y queso de cabra al gusto del consumidor. 4. Se la bate con una Minipimer añadiéndosele el líquido para conseguir la densidad deseada.

Se casaron. Es más, abrieron con esta crema la primera cena de Navidad que pasaron como marido y mujer y, sin ser gallegos ni tener que tomar de segundo plato toledanas perdices, fueron muy felices.

Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

1

Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

2

Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

3

Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

4

No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

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