Archive for the 'Historias inventadas' Category

Un robo ejemplar

Hay que hacer lo imposible para defender la alimentación de nuestros bebés...

Hay que hacer lo imposible para defender la alimentación de nuestros bebés…y la inocencia de las niñas que juegan a ser madres responsables

La niña era buenísima, un criatura candorosa. Tenía casi siete años y seguía jugando con sus muñecos. Los bañaba, los vestía y les daba de comer. Era la pequeña de la casa hasta que vino a nacer su hermano, el primer varón. Por una parte fue una gran alegría: ¡un bebé de verdad! Por otra, en ese momento la niña se dio cuenta de que empezaba a ser un poco persona mayor. Ya no sólo jugaba con sus muñecos, sino que ayudaba a su madre a cambiar los pañales, bañaba al bebé, lo vestía, lo paseaba y le enseñaba a jugar y a reír. Era sobre todo niña, aunque la vida le obligaba a ser también casi como una madrecita de verdad.

Todo fue bien hasta que el bebé de carne y hueso, el hermanito, dejó de tomar el pecho y empezó a alimentarse de leche en polvo. El bebé tenía buen diente, aunque aún no los hubiera echado, y exigía su buena ración diaria. Fue por eso por lo que su madre empezó a notar que alguna mano misteriosa abría el bote de Nestlé, nada barato por cierto, y sustraía diariamente pequeñas cantidades. No hacía falta ser un lince para averiguar quién era el autor de las sustracciones. Un día la madre miró debajo de la cama de la niña y vio a tres muñecos con tres tacitas de miniatura llenas de leche en polvo. La niña la robaba del bote de Nestlé y, como buena madre de sus muñecos, los alimentaba con el producto de su rapiña.

Otra cosa es que como los muñecos, al fin y al cabo, no eran más que muñecos, no se tomaran la leche en polvo. Y que la niña, de natural tragoncilla y laminera, se la echara al coleto por aquello de no desperdiciarla.

Aún se relamía los labios cuando su madre la reprendió, como era natural.

-La leche en polvo es para el hermanito –le dijo-¡Y no se puede robar!

La niña, apesadumbrada, se echó a llorar. Se sentía incomprendida. Por una parte, debía ser mayor y responsable con su hermanito bebé, y por otra no podía dejar de ser niña de la noche a la mañana y, por ende, buena madre de sus muñecos. No tuvo más remedio que reconocer su culpa. Pero enterada tal vez de que Belén Esteban había impresionado a España con su visceral yo por mi hijo MA-TO, enjugó sus lágrimas y le soltó a su madre.

-Yo por mis muñecos…¡ RO-BO!

La presunta delincuente era tu nieta, Duende. Y es verdad que tal y como está el patio hay que decir a los niños que aunque en este país se ha robado lo que no está en los escritos, no es bueno educarse en ello. Pero el delito esta vez destila tanta ternura que ya ha quedado indultado.

La cirugía del estropicio

Quod natura non da, cirugía plástica no siempre prestat...

Quod natura non dat, cirugía plástica no siempre prestat…

1

Sobre la cubierta de un espléndido yate anclado en el Caribe dos hombres de mediana edad conversaban mientras bebían daiquiris. Uno de ellos, corpulento y de edad más que mediana, lucía una guayabera que disfrazaba su curva de la felicidad, y coronaba su cabeza con un sombrero de Panamá. Era el doctor Kropowitzi, psiquiatra de las más deslumbrantes estrellas de Hollywood y de buena parte de la beautiful people neoyorkina. El otro, con torso desnudo modelo metrosexual, era el propietario del yate. Se trataba de Lester Digott, cirujano plástico especializado en transformar el rostro de las beldades del cine a la medida de sus deseos. Sólo cubría su cuerpo con un Rolex de oro en la muñeca derecha, con un taparrabos amarillo de lunares verdes y con la clásica gorra de patrón. Mientras Kropowitzi exponía lo que según él podría considerarse una auténtica explosión de la crisis de identidad de la mujer cuando se asoma a la cuarentena, Digott escuchaba muy interesado y alargaba las copas vacías a una muñequita medio en pelotas a la que abrazaba por su cadera para que las rellenara debidamente y no decayera en ningún momento la conversación.

-No falla –afirmaba Kropowitzi- A partir de una cierta edad ellas sobre todo empiezan a aburrirse de su cara y a detestarse. Yo trato de ayudarlas, hago todos los esfuerzos para que valoren  su personalidad y confíen en su expresión, pero no hay remedio, mis pacientes, hombres o mujeres, quieren cambiar de cara y ser otros.

Lester Digott retiró la copa vacía y puso en las manos del psiquiatra el quinto daiquiri de la tarde.

-Deje que lo sean –barboteó entre regüeldos al cohólicos al tiempo que chocaba la copa de Kropowitzi con la suya propia-Y ahora hablemos de negocios.

2

Entre los vapores de su borrachera, el doctor Kropowitzi recordaba sus años en el Actor´s Studio de Nueva York, cuando soñaba que algún día se ganaría la vida como actor y estudiaba el Método Strasberg. Su trabajo en los últimos tiempos consistía en  profundizar en los más escondidos registros de la psicología del paciente para encontrarle una nueva identidad que le permitiera a Digott moldear el nuevo rostro adecuado a  la misma.  En eso y en poner la mano. Los resultados demostraron que aunque como psiquiatra Kropowitzi pudiera ser discutible, como actor resultaba muy convincente. Después de un intenso tratamiento en su diván, aquellas señoras estupendas que empezaban a cansarse de su cara asumían que eran libres como un ave, sensibles y delicadas como una crisálida, felinas para seducir o refrescantes como las frutas de un retrato de Arcimboldo.

-Quiero huir de mí y ser otra- acababan confesando.

Tras lo cual, una buena suma de dólares, el bisturí del mago Digott hacía el resto. Una serie de blefaroplastias, cantopexias y otros estiramientos musculares asombrosos conseguían dar a las inconformistas una nueva cara de rapaz, de mariposa, de tigresa de Bengala o de cereza californiana, según los gustos. Milagros estéticos de nuestro tiempo que estaban sorprendiendo al mundo. A la cara de René Zelweger, que antes de dar el paso irradiaba simpatía y gracia, y a la otrora excitante Uma Thurman, aquella psicosis de cambio las estropeó para siempre. Pero en cambio a una mujer de Picasso que huyó de su lienzo para arreglarse, le implantaron una nueva nariz en la frente y otra teta más en la barbilla y quedó mucho más abstracta. También a Lupe Sinsorgo, una de las protagonistas de La noche de los muertos vivientes le desgarraron  los músculos faciales, le sacaron un ojo que le quedó colgando sobre la mejilla, le tiñeron la piel de color cárdeno y le mordieron tres cuartos de oreja. Un éxito de operación, porque  la criatura acaba de ser elegida Miss Zombi 2015.

Tenía razón don Hilarión: hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. Y el  negocio de la cirugía plástica, lo que más. Una barbaridad, una bestialidad, una brutalidad.

¿Tampoco la pana es lo que era?

Nadie diría ahora que la dura vida del campesino español vestía  de pana...

Nadie diría ahora que la dura vida del campesino español vestía de pana…

1

En tu importantísimo Estudio de los componentes de la felicidad que no estudia nadie, obra tan ambiciosa y profunda que difícilmente será publicada nunca, citas a menudo la eximia figura del Profesor Franz de Copenhague, al que tu generación reconoce el mérito de ser el padre de los inventos del TBO. Algunos de ellos, como los melones cuadrados, el dispositivo anti-cabello en la sopa, el aparato limpia-narices o el procedimiento para descargar mercancías con jirafa fueron publicados en aquellas deliciosas historietas que alegraron infancias como la tuya. Otros, naturalmente, no alcanzaron esa gloria.

La relación de aportaciones del citado profesor al bienestar de la humanidad te llevó a investigar la biografía de este curioso personaje, cuyo perfil se desdibuja a finales del pasado siglo, cuando la revista desaparece. Según los expertos –esta fuente es tan socorrida que no se puede obviar nunca- en sus últimos años el profesor, aburrido de que sus inquietudes se estrellaran contra un mundo demasiado torturado por los grandes problemas que le afligían, cerró su centro de estudios y, al igual que tantos ciudadanos del norte de Europa se instaló en Mallorca, donde había pasado largos períodos de vacaciones desde 1956. Como a la vejez viruelas, aquel genio que había pasado su vida entre probetas, matraces, circuitos eléctricos, campos magnéticos, serpentines, trinquetes y sucedáneos del famoso Enigma con los que inútilmente intentó descifrar cuáles serían los catorce resultados de la quiniela y los años que tenían Zsa Zsa Gabor y Celia Gámez, se enamoró de una churrera de Felanitx. De entonces data su proyecto del conservador de las propiedades del churro y la porra, para que a las dos horas de salidos de la sartén no se convirtieran en una masa frita gomosa de dudoso gusto, su vigorizante de erecciones del pene a partir de la cascarilla de arroz y de la harina de huesos nde ballena  y su contador de la duración de los bastones que forman los canalillos de los pantalones de pana. Según el eminente sabio, la calidads de este tejido que durante décadas había servido para el traje de faena del campesino español había degenerado de tal forma que se hacía irreconocible. Una pena.

2

O tu memoria es muy mala o estás de acuerdo con el profesor, porque tú también piensas que alguien del sector textil te está estafando. Hace ya tiempo que, especialmente en el campo, prolongas el uso de los pantalones de pana aunque sus rodilleras empiecen a desgastarse. ¿Por qué? Porque los bastones verticales que forman su característico dibujo se desgastan en nada. A la vista de la pana actual, resulta difícil creer que hubo en tiempo en que la pana era la tela recia y peleona que uniformaba por igual a los campesinos y los colegiales.

-Sáqueme un corte de pana para para los pantalones de los chicos –decía tu madre mientras se sentaba en una silla y el pobre dependiente de Galerías Preciados se preparaba a manejar el metro de madera con cara de tierra, trágame.

Y luego añadía.

-En tonos sufridos, por favor.

Eso significaba en marrón oscuro, que era el tono más sufrido de todos. Como además la pantalonera los hacía en tamaño porsi (por si creces), con la cintura cerca de las tetillas y el bajo casi ocultando las rodillas, el que sufrías aquellos pantalones cortos-aún no se estilaban los largos para los niños- tan horribles eras tú. Te parecían eternos y, como todo lo que se convierte en monotonía, insoportables. Una tarde parda y fría/ de invierno, los colegiales/ estudian monotonía/ de lluvia tras los cristales. Siempre que recuerdas estos versos de Machado, tan expresivos de la grisura de la vida colegial de posguerra, te ves con aquellos sufridos pantalones porsi hincando codos en el pupitre.

Quién te iba a decir entonces que algún día echarías de menos algo de aquéllo que tanto duraba.

3

Puede ser que un año en la vida de un niño equivalga a quince en tu edad provecta, y que lo que entonces te parecía perpetuo ahora lo veas efímero. Puede que la edad deforme la perspectiva de tu mirada, y que tiendas a idealizar el pasado por simple nostalgia. O puede que el imperativo de la obsolescencia prematura, que ya tienen en cuenta los fabricantes de las máquinas e inventos que utilizamos a diario, se haya impuesto hasta en los pantalones de pana. La ley implacable de la sociedad de consumo. El caso es que aún en 1982 los jóvenes que representaban a un partido obrero que quería cambiar España, con Felipe González y Alfonso Guerra a la cabeza, vestían traje de pana, como queriendo decir que acababan de dejar la azada, la hoz y el martillo antes de dar la rueda de prensa. Y que hoy, por el contrario, sólo ves pantalones de pana impolutos en aquellos amigos de buen vivir que, llegado el fin de semana, se visten casual y se suben a su todo terreno de lujo para ir al golf, de montería o enfilar carretera rumbo a una estación de esquí.

¿Tampoco la pana es lo que era?…Vives sin vivir en ti esperando que el contador del profesor Franz de Copenhague aclare si definitivamente eres un viejo quisquilloso o, si por el contrario, los listos de la confección te están tomando el pelo con esos pantalones de pana de pacotilla que al mes de uso ya apuntan claros en sus rodillas.

Sufriendo como Nertalio

Nertalio1

Lo de Nertalio Masoka fue un prodigio de lucidez y de refinamiento intelectual. No sabiendo cómo complacerse más con el sufrimiento, inventó una especie de cazamariposas mágico capaz de atrapar todos los sonidos y las palabras que habían salido de su boca a lo largo de su larguísima vida y que vagaban por el espacio sin extinguirse. Desde los primeros balbuceos y llantos de bebé hasta el amen con el que había cerrado los rezos de la noche anterior a la prueba de su invento, pues Nertalio, aunque masoquista conspicuo, era creyente riguroso y cristiano piadosísimo.

Cuando tuvo la certeza de haber atrapado todo lo que forjó durante décadas su caudal de voz, se refugió en el monasterio de Meteora y pidió que no le molestaran hasta haberse escuchado de principio a fin. Así permaneció durante catorce meses. Entonces, y después de una semana de no retirar los alimentos que dejaban junto a su celda, los monjes hospitalarios derribaron la puerta de esta y le encontraron desfallecido con muy mala cara, los cabellos largos hasta por debajo de los hombros y las uñas crecidas como las de un santón estilita. En el ambiente, como si la aguja de un misterioso pikú se hubiera topado con un microsurco rayado, se repetían cuatro palabras crípticas.

-¡No me jodas, Cardeñosa! ¡No me jodas, Cardeñosa! ¡No me jodas, Cardeñosa! ¡No me jodas, Cardeñosa!…

Sólo había podido escucharse lo dicho hasta junio de 1978, cuando el futbolista del Betis Balompié Julio Cardeñosa cometió ante la línea de meta de Brasil el fallo más recordado de la historia del fútbol español. El infortunado jugador no metió entonces el gol cantado que nos hubiera clasificado para la fase siguiente de aquel Mundial de Fútbol. Las palabras de Nertalio, como las de casi toda España, fueron elocuentes. Tanto que, cuando muchos años después, y gracias a su invento, volvió a escucharlas, el pobre Masoka no pudo resistirlas y  falleció. La autopsia sólo apuntó a causas naturales, pero seguramente murió de desesperación y de puro aburrimiento, señal inequívoca de que nos pasamos la vida diciendo lo mismo.

2

Tú también padeces el síndrome que mató a Masoka. Desde que te dio por cribar de tu blog material para un libro que sea un compendio del Duende no te llevas más que disgustos. El más grande, reconocer que no eres Chejov ni tampoco escribes como la Munro, tan celebrada como autora de relatos cortos. Muchos de los tuyos los sacarías de aquí y los echarías al cubo de la basura. El menos grave, comprobar que te repites como la cebolla. Las mismas obsesiones, los mismos mitos, los mismos asuntos, las mismas evocaciones, las mismas anécdotas. Incluso las mismas palabras, repetidas post tras post… Suele decirse que los escritores escriben un solo libro a lo largo de su vida. A ti te da la sensación de quedarte en un solo párrafo, en una sola frase o incluso en una sola línea.

Además el trabajo ese de cribar te disipa, y te vuelve loco. Tu querida prima y madrina Carolina te lo reprocha.

-¿Por qué no escribes al mismo ritmo que antes? –te pregunta.

-Por eso –le respondes-, por haber cometido el mismo error lotero (por Lot) que Nertalio Masoka: repasar el camino andado e intentar seleccionar sólo los mejores pasos. Diseccionar siete años y medio de blog lleva su tiempo.

Entretanto puede que incluso se te ocurra algo mejor para entretener a los amigos que de cuando en cuando pierden unos minutos de su precioso tiempo para asomarse por aquí.

El preocupante caso de Ça me la refanfinfle

Homper se queda perplejo al ver que un lápiz pueda desatar tragedias. Pero también de que pueda manejarse con la ingenuidad irresponsable de un n iño...

A Homper le deja perplejo y espantado  que un lápiz pueda desatar tragedias. Pero también  que algunos lo manejen con la ingenuidad e irresponsable de un niño travieso…

1

Resulta que Homper era presidente del consejo de redacción de Ça me la refanfinfle, semanario satírico en francañol que cumplía con todos los mandamientos del humor satírico tradicional. A saber: 1. Demostrar que sus creadores están a la que salta. 2. Confirmar que para listos y llenos de razón, ellos, y para borreguitos el resto de los paisanos. 3. Tocar les cataplins á gauche et droite, mayormente a la segunda. 4. Animar el debate nacional, internacional, supranacional y universal sobre cualquier tema, caiga quien caiga. 5. Como corolario de todo ello, reafirmar y fortalecer viñeta a viñeta la (sagrada) libertad de expresión. Aunque la palabra sagrada apareciera entre paréntesis, pues para esos intrépidos paladines del humor cáustico e inteligente no hay nada sagrado.

La mejor prueba de ello es que, a pesar de la indignación que entre los musulmanes había suscitado la última viñeta en la que el propio Mahoma le quitaba hierro a sus caricaturas, la redacción había considerado oportuno que la portada de esta semana presentara nuevamente al profeta diciendo: ¿Cuándo se enterarán los míos de que todos los hombres somos iguales?

-Hombre, no –farfulló Homper mientras insinuaba una mueca de claro disgusto- ¿No podíais haber elegido otra actitud?

La viñeta mostraba a un tipo con barba y turbante de medio perfil haciendo un pis torrencial. El dibujante no había sido todo lo explícito que cabría esperar de su audacia, pero la cara de sátiro del profeta denotaba que lo que se  traía entre manos, oculto por los pliegues de la túnica, era algo verdaderamente asombroso.

-Mais non! –dijo el dibujante ofendido- ¡A ver si tú también vas a resultar un fascista, como el papa Francisco!…¿O es que no entiendes que hacer humor hoy es también hacer política?

2

Homper también fue esta vez el hombre perfectamente perplejo. Hasta los gatos quieren zapatos, pensó. No se puede decir, porque es políticamente incorrectísimo, pero lo malo es que hoy cualquiera al que le leen o escuchan en algún medio se cree intelligentsia. Y en razón de ello, gracias a la superioridad moral que recaba para su elite, se siente titulado para pontificar y despreciar la sensibilidad de los demás.

-¿Hacer política?-se preguntó- ¿No es la política el arte de lo posible? Pues que me digan estos pepitosgrillos del comic: a un fanático dispuesto a inmolarse por sus ideas… ¿es posible hacerle razonar provocándole aún más?

Durante un ratito Homper pretendió convencer a su intrépido grupo de talentos que aquello del sostenella y no enmendalla era más oportuno en otros lances, y que la presunta gracia que para unos podía tener la irreverencia no compensaba el riesgo que suponía alimentar más aún la ira irracional del fanatismo. No tuvo éxito. A Ça me la refanfinfle se la refanfinflaba todo con tal de obtener un nuevo aplauso de los ingenuos y de la progresía malgré tout.

Así que no lo pensó ni un minuto más: dejó su sillón y presentó su dimisión irrevocable por discrepancias con su redacción.

3

Fiel a la costumbre de los tiempos, se despidió en Twitter con este mensaje: Dejo Ça  me la refanfinfle. Lo siento por Lulú, mi secretaria, tan guapa y bondadosa. Hace una crème deliciosa…Brûlée naturalmente!

Qué ingenuidad la suya. Semejante mensaje en la red, que quizás podría explicarse por una chochera propia de su edad, llamó la atención de los hipersensibilizados servicios de inteligencia occidentales, pendientes de todo cuanto puede amenazar ahora a las revistas satíricas.. ¿Era Lulú un nombre en clave? Los adjetivos guapa y bondadosa, tan ñoños y pasados de moda, ¿encriptaban consignas peligrosas? Esa mención de sus habilidades culinarias, especialmente centrada en los postres…¿aludía a una solución final? Y lo peor de todo: la crème tenía que ser brûlée, es decir, quemada. Definitivamente, la tal Lulú era una yihadista fanática dispuesta a inmolarse en una deflagración a saber dónde, y el que firma el tweet como Homper era el jefe de comando que, cual caballo de Troya, los terroristas habían infiltrado en la revista.

Lamentablemente, Homper fue detenido. Claro que en ese momento se despertó, y se dio cuenta de que todo eso, que ahora puede parecernos verosímil, había sido tan sólo una pesadilla.

 

Volando como Nils

Viste tan cerca a las grullas, que te dieron ganas de subirte a una de ellas e iniciar un viaje como el de Nils Holgersson...

Viste tan cerca a las grullas, que te dieron ganas de subirte a una de ellas e iniciar un viaje como el de Nils Holgersson…

1

Era cuando Javier Capitán y tú estabais en el candelero, y os reclamaban para animar cualquier ceremonia de esas en las que inevitablemente hay que aguantar discursos. El evento en cuestión era una especie de premios naranja y limón que las Sudacas Unidas entregaba a las personalidades que ese año habían sido amables y comprensivos o, por el contrario, antipáticos y esquivos con sus reivindicaciones. Javier y tú ibais llamando a los galardonados, para bien o para mal, y estos, haciendo gala de un notable fair play y de sentido del humor, recogían su diploma y su trofeo. Os alternabais en ese protocolo mil veces repetido a partir de que se universalizó la entrega de los Oscar de Holllywood. Llamabais al personaje, le recibíais con una cuchufleta de vuestro repertorio, le dabais el engendro de rigor –una metopa, un cenicero, una bandejita, una estatuilla indescriptible, el catálogo de horrores conmemorativos es extensísimo- el galardonado agradecía la atención y a otra cosa, mariposa.

No todo era tirar de vuestras imitaciones, que también las dejasteis caer. Había que hacer de presentadores y animadores al uso, es decir, simpáticos, no histriónicos. Y tú perdiste los papeles. Parece que Fraga aquel año había sido sorprendentemente amable con las sedicentes sudacas, y se merecía el premio naranja. A ti te traicionó el subconsciente y ante el pasmo de la organización, de Capitán y del propio galardonado le otorgaste el limón. No pasó nada. Metida la patita, la sacaste, arreglaste el entuerto con una faena de aliño y la gente se rió más que si lo hubieras hecho bien. ¿Sentido del humor o simple sentido común?

2

Invocas este recuerdo porque el Director de Emisiones y Continuidad de Canal Sur ha tenido que dimitir. ¿Su delito?: un fallo humano en la retransmisión de las campanadas de fin de año sustituyó siete de estas por dos spots publicitarios que se colaron de rondón en el tradicional protocolo. Parece que las siete uvas sustraídas eran fundamentales para la suerte colectiva de Andalucía. Primera uva eliminada: se va acabá el paro, quillo. Segunda uva: nos va a tocá er Gordo, pishita. Tercera uva: vas a triunfá en el amor, tío, de lo juro por mis muertos. Cuarta uva: vamo a tené una Feria y un Rocío que no se va a podé a aguantá. Quinta uva: la cosesha va a sé demasiado. Sexta uva: se va acabá con la corrución, digo. Séptima uva: se eliminan los impuestos, por la gloria de mi madre. Parece que lo que se les guindó a los andaluces que se quedaron compuestos y sin campanadas era el paraíso. Años atrás TVE mandó al ostracismo a Marisa Naranjo por cometer una fechoría parecida: ¡haber confundido las campanadas de los cuartos con los de las cuatro primeras horas del año nuevo!

Hay cosas que sencillamente no se pueden tolerar, ¿no?

3

La ilusión, cuando no la superstición, es la droga más barata para amansar al pueblo. Lo piensas cuando cruzas andando la Puerta del Sol y ves las colas que aguantan impávidos los devotos de Doña Manolita, como si esta tuviera el monopolio del Gordo de la Lotería. Creemos que la sociedad de la información lo está desmitificando todo, pero hay zonas a donde jamás llegarán la razón ni la lógica. Lo ratificas viendo la rapidez con que ruedan cabezas responsables por un asunto, como de estas desdichadas uvas de la suerte, que no pasa de ser una torpeza convertida en anécdota.

¿O es que realmente creen los andaluces soliviantados que las uvas escatimadas iban a cambiar sus vidas?

4

Tú hace tiempo que pasas de las uvas, y que sólo alimentas ilusiones pequeñitas, que se pueden cumplir y están al alcance de cualquiera, o ilusiones tan imposibles que son pura fantasía. Cuando viste el amanecer este último 1 de enero entre encinas, en medio de la escarcha que alfombraba el posío, tu ilusión era echarte a pasear al sol de la mañana y escuchar el crunch crunch del dibujo de la suela de tus zapatos al romper la virginidad del pasto helado.

Aún era rosado el tono de la nieve que corona Gredos, pero ya hacía horas que las grullas picoteaban por el amplio Valle del Tiétar, en busca de bellotas. Una de ellas se dejó aproximar tanto que te acordaste del maravilloso viaje de Nils Holgersson a bordo de un ganso y quisiste emularlo. Imaginaste entonces que, al igual que el protagonista del cuento de Selma Lagerlöff, te subías a lomos del ave y la grulla te llevaba volando a ver el mundo. Buena experiencia para comprobar lo poco que somos a vista de pájaro y lo conveniente que es hilvanar las ilusiones con lo que realmente queda a nuestro alcance. Volar y hacer volar a la imaginación, pero sin perder la perspectiva.

Un raro cuento de Navidad

El absurdo de estos artistas callejeros que hacían la estatua en la calle Arenal provocó un cuento de Navidad aún más absurdo...

El absurdo de estos artistas callejeros que hacían la estatua en la calle Arenal provocó un cuento de Navidad aún más absurdo…

1

A Cristina le gustaba acompañar a su madre cuando iba de compras por el centro de Madrid. Sobre todo en Navidad, salían del Metro en Ópera y desde ahí a la Puerta del Sol iba viendo a multitud de artistas callejeros que hacían de estatuas sin mover un músculo ni tiritar por el frío. Había un torero patinado en oro, un escritor como Cervantes sentado en su escribanía que parecía modelado en bronce, un motorista suspendido en el aire sobre su moto sin caerse jamás al suelo, un Lobezno vestido de negro con los dedos como cuchillas, un faquir, una tortuga Ninja de color verde, un vaquero con su revólver que no mataba a nadie, y unos soldados americanos recubietos de barro clavando una bandera. Todos inmóviles, como si fueran de mármol. Pero esa mañana descubrió un grupo escultórico que no entendió, a cuyos pies un letrero rezaba sólo una palabra: POMPEYA.

-¿Y esos quiénes son? –preguntó a su madre.

-Dos que se quedaron petrificados cuando el volcán Vesubio, que  entró en erupción y sepultó los habitantes de la cercana ciudad de Pompeya.

Como es natural la mamá de Cristinita tuvo que responder a la niña todas las preguntas que suscitó la primera explicación. Qué era entrar en erupción, por qué aquellos hombres se convirtieron en piedra, si había en Madrid algún volcán que pudiera estallar y sepultarlas a ellas y, cambiando de asunto, por qué los pobres artistas soportaban inmóviles  el frío cuando nadie se paraba a depositar un euro en su hucha.

-Son artistas- le dijo su madre intentando zanjar la cuestión- Y los artistas hacen cosas muy raras que no siempre entendemos…

-¿Y qué es lo que hay que hacer para ser artista?

-Tener mucha imaginación –dijo la madre tirando de la mano de Cristina, que no se despegaba de los pobres pompeyanos petrificados.

-¿Y cómo se tiene imaginación?- insistió la niña.

-¡Vamos, niña, que se nos hace tarde!- rezongó la madre visiblemente desesperada por la curiosidad insaciable que mostraba su hija- Imaginación es… pensar cosas originales que no se le ocurren a los demás, ¿entiendes?

2

Cristinita abrió sus ojos y a partir de ese momento empezó a fijarse en todo, para ver si se le ocurrían cosas y originales y podía ser artista, que le parecía muy divertido. Mientras su madre tomaba un café y hacía un pis en el VIPS, en la portada de una de esas revistas que la gente hojea gratis vio la foto de dos hermanas siamesas: Unidas para siempre, subrayaba el titular. Cristina no sabía que hubiera hermanos siameses, y la cosa le hizo mucha gracia.

-Mamá –le preguntó a su madre cuando reemprendieron la marcha hacia el inevitable Corte Inglés- ¿Tú sabías que hay hermanos y hermanas siameses?

-Si.

-¿Y conoces algunos?

-No.

-Y ¿cómo se las arreglan cuando tienen que hacer pis?

-Mira, niña…¿Por qué no piensas en la carta a los Reyes Magos?

3

Días después los niños y las niñas de su clase tenían que presentar a la profesora un cuento de Navidad escrito por ellas. Cristina se rascó la cabeza un ratito pensando cómo iba a ser su cuento. Al cabo de un rato, empezó a escribir que una niña como ella ponía el nacimiento. Era un nacimiento clásico, con su Misterio, sus Reyes Magos, sus pastorcitos, sus ovejas y cabras pastando sobre el musgo, sus pollinos cargados de leña, sus gallinas, su río con lavanderas y pescadores y su castillo de Herodes con un soldado acorazado vigilando desde la torre. Por el camino que lleva a Belén, adoradores llevando sus regalos al Niño. Y mezcladas entre esas figuritas, dos muy especiales: una de dos hermanas siamesas, la primera de las cuales lleva en sus manos un queso, mientras que la segunda porta un tarro de miel. Uno poco más lejos, tras una paisana con una cesta de huevos, otra figura original: dos hermanos siameses que además son músicos. El primero toca una dulzaina, el segundo una pandereta. De repente, en la casa donde la niña montaba el nacimiento empieza a sonar El tamborilero de Raphael, y de la misma forma que los juguetes del cuento El soldadito de plomo cobran vida al sonar las doce en el reloj de carillón, las figuritas del nacimiento se convierten en personajes de verdad. Todas hacen su papel sin problemas, y sus movimientos tienen la armonía y la serenidad de una auténtica noche de paz. Pero el problema surge porque una de las hermanas siamesas quiere detenerse a hacer pis y la otra no se lo permite, por el temor de llegar tarde al portal. Un poco más atrás los dos hermanos siameses músicos también se pelean, pues uno quiere tocar con la dulzaina Los peces en el río y el de la pandereta prefiere el Ya viene la vieja. Empiezan a sonar las voces de protesta y los insultos. Las demás figuras se enfadan, el camino se alborota, aparecen figuritas ultras y el nacimiento entero se convierte en un caos espantoso. Entonces entra la madre, para la música del Tamborilero que detiene el ensalmo, reprende a la niña por poner esas figuras tan raras, retira a las dos parejas de siameses y la niña, que no es otra que la propia Cristinita, se echa a llorar desconsolada. Además, al final –escribe la auténtica Cristina para concluir el cuento- la figura del Niño Jesús se queda con una cara un poco triste, porque ve el mismo nacimiento de todos los años, donde no hay imaginación. Y colorín y colorado, este cuento de Navidad se ha acabado.

4

El cuento de Cristina causó mucho revuelo. Reunido el comité de dirección del colegio, el director tomó la determinación de llamar a los padres de la niña para recomendarles que la llevaran urgentemente al psicólogo. La niña fue al psicólogo –psicóloga más bien- sin el menor entusiasmo, porque además no había en el camino a su despacho ni estatuas vivientes ni hermanos siameses. Tampoco entendía Cristina a los profesores y a sus propios padres, a los que les gustaban, por ejemplo, los cuadros de señoras raras y de monigotes de Picasso y de Miró y no aceptaban que ella pensara en un nacimiento con siameses. Para que luego le dijeran que el futuro es de los que tienen imaginación.  


Siluetas de RNE

Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 1,224,169 hits

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 220 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: