Archive for the 'Historias inventadas' Category

Sufriendo como Nertalio

Nertalio1

Lo de Nertalio Masoka fue un prodigio de lucidez y de refinamiento intelectual. No sabiendo cómo complacerse más con el sufrimiento, inventó una especie de cazamariposas mágico capaz de atrapar todos los sonidos y las palabras que habían salido de su boca a lo largo de su larguísima vida y que vagaban por el espacio sin extinguirse. Desde los primeros balbuceos y llantos de bebé hasta el amen con el que había cerrado los rezos de la noche anterior a la prueba de su invento, pues Nertalio, aunque masoquista conspicuo, era creyente riguroso y cristiano piadosísimo.

Cuando tuvo la certeza de haber atrapado todo lo que forjó durante décadas su caudal de voz, se refugió en el monasterio de Meteora y pidió que no le molestaran hasta haberse escuchado de principio a fin. Así permaneció durante catorce meses. Entonces, y después de una semana de no retirar los alimentos que dejaban junto a su celda, los monjes hospitalarios derribaron la puerta de esta y le encontraron desfallecido con muy mala cara, los cabellos largos hasta por debajo de los hombros y las uñas crecidas como las de un santón estilita. En el ambiente, como si la aguja de un misterioso pikú se hubiera topado con un microsurco rayado, se repetían cuatro palabras crípticas.

-¡No me jodas, Cardeñosa! ¡No me jodas, Cardeñosa! ¡No me jodas, Cardeñosa! ¡No me jodas, Cardeñosa!…

Sólo había podido escucharse lo dicho hasta junio de 1978, cuando el futbolista del Betis Balompié Julio Cardeñosa cometió ante la línea de meta de Brasil el fallo más recordado de la historia del fútbol español. El infortunado jugador no metió entonces el gol cantado que nos hubiera clasificado para la fase siguiente de aquel Mundial de Fútbol. Las palabras de Nertalio, como las de casi toda España, fueron elocuentes. Tanto que, cuando muchos años después, y gracias a su invento, volvió a escucharlas, el pobre Masoka no pudo resistirlas y  falleció. La autopsia sólo apuntó a causas naturales, pero seguramente murió de desesperación y de puro aburrimiento, señal inequívoca de que nos pasamos la vida diciendo lo mismo.

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Tú también padeces el síndrome que mató a Masoka. Desde que te dio por cribar de tu blog material para un libro que sea un compendio del Duende no te llevas más que disgustos. El más grande, reconocer que no eres Chejov ni tampoco escribes como la Munro, tan celebrada como autora de relatos cortos. Muchos de los tuyos los sacarías de aquí y los echarías al cubo de la basura. El menos grave, comprobar que te repites como la cebolla. Las mismas obsesiones, los mismos mitos, los mismos asuntos, las mismas evocaciones, las mismas anécdotas. Incluso las mismas palabras, repetidas post tras post… Suele decirse que los escritores escriben un solo libro a lo largo de su vida. A ti te da la sensación de quedarte en un solo párrafo, en una sola frase o incluso en una sola línea.

Además el trabajo ese de cribar te disipa, y te vuelve loco. Tu querida prima y madrina Carolina te lo reprocha.

-¿Por qué no escribes al mismo ritmo que antes? –te pregunta.

-Por eso –le respondes-, por haber cometido el mismo error lotero (por Lot) que Nertalio Masoka: repasar el camino andado e intentar seleccionar sólo los mejores pasos. Diseccionar siete años y medio de blog lleva su tiempo.

Entretanto puede que incluso se te ocurra algo mejor para entretener a los amigos que de cuando en cuando pierden unos minutos de su precioso tiempo para asomarse por aquí.

El preocupante caso de Ça me la refanfinfle

Homper se queda perplejo al ver que un lápiz pueda desatar tragedias. Pero también de que pueda manejarse con la ingenuidad irresponsable de un n iño...

A Homper le deja perplejo y espantado  que un lápiz pueda desatar tragedias. Pero también  que algunos lo manejen con la ingenuidad e irresponsable de un niño travieso…

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Resulta que Homper era presidente del consejo de redacción de Ça me la refanfinfle, semanario satírico en francañol que cumplía con todos los mandamientos del humor satírico tradicional. A saber: 1. Demostrar que sus creadores están a la que salta. 2. Confirmar que para listos y llenos de razón, ellos, y para borreguitos el resto de los paisanos. 3. Tocar les cataplins á gauche et droite, mayormente a la segunda. 4. Animar el debate nacional, internacional, supranacional y universal sobre cualquier tema, caiga quien caiga. 5. Como corolario de todo ello, reafirmar y fortalecer viñeta a viñeta la (sagrada) libertad de expresión. Aunque la palabra sagrada apareciera entre paréntesis, pues para esos intrépidos paladines del humor cáustico e inteligente no hay nada sagrado.

La mejor prueba de ello es que, a pesar de la indignación que entre los musulmanes había suscitado la última viñeta en la que el propio Mahoma le quitaba hierro a sus caricaturas, la redacción había considerado oportuno que la portada de esta semana presentara nuevamente al profeta diciendo: ¿Cuándo se enterarán los míos de que todos los hombres somos iguales?

-Hombre, no –farfulló Homper mientras insinuaba una mueca de claro disgusto- ¿No podíais haber elegido otra actitud?

La viñeta mostraba a un tipo con barba y turbante de medio perfil haciendo un pis torrencial. El dibujante no había sido todo lo explícito que cabría esperar de su audacia, pero la cara de sátiro del profeta denotaba que lo que se  traía entre manos, oculto por los pliegues de la túnica, era algo verdaderamente asombroso.

-Mais non! –dijo el dibujante ofendido- ¡A ver si tú también vas a resultar un fascista, como el papa Francisco!…¿O es que no entiendes que hacer humor hoy es también hacer política?

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Homper también fue esta vez el hombre perfectamente perplejo. Hasta los gatos quieren zapatos, pensó. No se puede decir, porque es políticamente incorrectísimo, pero lo malo es que hoy cualquiera al que le leen o escuchan en algún medio se cree intelligentsia. Y en razón de ello, gracias a la superioridad moral que recaba para su elite, se siente titulado para pontificar y despreciar la sensibilidad de los demás.

-¿Hacer política?-se preguntó- ¿No es la política el arte de lo posible? Pues que me digan estos pepitosgrillos del comic: a un fanático dispuesto a inmolarse por sus ideas… ¿es posible hacerle razonar provocándole aún más?

Durante un ratito Homper pretendió convencer a su intrépido grupo de talentos que aquello del sostenella y no enmendalla era más oportuno en otros lances, y que la presunta gracia que para unos podía tener la irreverencia no compensaba el riesgo que suponía alimentar más aún la ira irracional del fanatismo. No tuvo éxito. A Ça me la refanfinfle se la refanfinflaba todo con tal de obtener un nuevo aplauso de los ingenuos y de la progresía malgré tout.

Así que no lo pensó ni un minuto más: dejó su sillón y presentó su dimisión irrevocable por discrepancias con su redacción.

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Fiel a la costumbre de los tiempos, se despidió en Twitter con este mensaje: Dejo Ça  me la refanfinfle. Lo siento por Lulú, mi secretaria, tan guapa y bondadosa. Hace una crème deliciosa…Brûlée naturalmente!

Qué ingenuidad la suya. Semejante mensaje en la red, que quizás podría explicarse por una chochera propia de su edad, llamó la atención de los hipersensibilizados servicios de inteligencia occidentales, pendientes de todo cuanto puede amenazar ahora a las revistas satíricas.. ¿Era Lulú un nombre en clave? Los adjetivos guapa y bondadosa, tan ñoños y pasados de moda, ¿encriptaban consignas peligrosas? Esa mención de sus habilidades culinarias, especialmente centrada en los postres…¿aludía a una solución final? Y lo peor de todo: la crème tenía que ser brûlée, es decir, quemada. Definitivamente, la tal Lulú era una yihadista fanática dispuesta a inmolarse en una deflagración a saber dónde, y el que firma el tweet como Homper era el jefe de comando que, cual caballo de Troya, los terroristas habían infiltrado en la revista.

Lamentablemente, Homper fue detenido. Claro que en ese momento se despertó, y se dio cuenta de que todo eso, que ahora puede parecernos verosímil, había sido tan sólo una pesadilla.

 

Volando como Nils

Viste tan cerca a las grullas, que te dieron ganas de subirte a una de ellas e iniciar un viaje como el de Nils Holgersson...

Viste tan cerca a las grullas, que te dieron ganas de subirte a una de ellas e iniciar un viaje como el de Nils Holgersson…

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Era cuando Javier Capitán y tú estabais en el candelero, y os reclamaban para animar cualquier ceremonia de esas en las que inevitablemente hay que aguantar discursos. El evento en cuestión era una especie de premios naranja y limón que las Sudacas Unidas entregaba a las personalidades que ese año habían sido amables y comprensivos o, por el contrario, antipáticos y esquivos con sus reivindicaciones. Javier y tú ibais llamando a los galardonados, para bien o para mal, y estos, haciendo gala de un notable fair play y de sentido del humor, recogían su diploma y su trofeo. Os alternabais en ese protocolo mil veces repetido a partir de que se universalizó la entrega de los Oscar de Holllywood. Llamabais al personaje, le recibíais con una cuchufleta de vuestro repertorio, le dabais el engendro de rigor –una metopa, un cenicero, una bandejita, una estatuilla indescriptible, el catálogo de horrores conmemorativos es extensísimo- el galardonado agradecía la atención y a otra cosa, mariposa.

No todo era tirar de vuestras imitaciones, que también las dejasteis caer. Había que hacer de presentadores y animadores al uso, es decir, simpáticos, no histriónicos. Y tú perdiste los papeles. Parece que Fraga aquel año había sido sorprendentemente amable con las sedicentes sudacas, y se merecía el premio naranja. A ti te traicionó el subconsciente y ante el pasmo de la organización, de Capitán y del propio galardonado le otorgaste el limón. No pasó nada. Metida la patita, la sacaste, arreglaste el entuerto con una faena de aliño y la gente se rió más que si lo hubieras hecho bien. ¿Sentido del humor o simple sentido común?

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Invocas este recuerdo porque el Director de Emisiones y Continuidad de Canal Sur ha tenido que dimitir. ¿Su delito?: un fallo humano en la retransmisión de las campanadas de fin de año sustituyó siete de estas por dos spots publicitarios que se colaron de rondón en el tradicional protocolo. Parece que las siete uvas sustraídas eran fundamentales para la suerte colectiva de Andalucía. Primera uva eliminada: se va acabá el paro, quillo. Segunda uva: nos va a tocá er Gordo, pishita. Tercera uva: vas a triunfá en el amor, tío, de lo juro por mis muertos. Cuarta uva: vamo a tené una Feria y un Rocío que no se va a podé a aguantá. Quinta uva: la cosesha va a sé demasiado. Sexta uva: se va acabá con la corrución, digo. Séptima uva: se eliminan los impuestos, por la gloria de mi madre. Parece que lo que se les guindó a los andaluces que se quedaron compuestos y sin campanadas era el paraíso. Años atrás TVE mandó al ostracismo a Marisa Naranjo por cometer una fechoría parecida: ¡haber confundido las campanadas de los cuartos con los de las cuatro primeras horas del año nuevo!

Hay cosas que sencillamente no se pueden tolerar, ¿no?

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La ilusión, cuando no la superstición, es la droga más barata para amansar al pueblo. Lo piensas cuando cruzas andando la Puerta del Sol y ves las colas que aguantan impávidos los devotos de Doña Manolita, como si esta tuviera el monopolio del Gordo de la Lotería. Creemos que la sociedad de la información lo está desmitificando todo, pero hay zonas a donde jamás llegarán la razón ni la lógica. Lo ratificas viendo la rapidez con que ruedan cabezas responsables por un asunto, como de estas desdichadas uvas de la suerte, que no pasa de ser una torpeza convertida en anécdota.

¿O es que realmente creen los andaluces soliviantados que las uvas escatimadas iban a cambiar sus vidas?

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Tú hace tiempo que pasas de las uvas, y que sólo alimentas ilusiones pequeñitas, que se pueden cumplir y están al alcance de cualquiera, o ilusiones tan imposibles que son pura fantasía. Cuando viste el amanecer este último 1 de enero entre encinas, en medio de la escarcha que alfombraba el posío, tu ilusión era echarte a pasear al sol de la mañana y escuchar el crunch crunch del dibujo de la suela de tus zapatos al romper la virginidad del pasto helado.

Aún era rosado el tono de la nieve que corona Gredos, pero ya hacía horas que las grullas picoteaban por el amplio Valle del Tiétar, en busca de bellotas. Una de ellas se dejó aproximar tanto que te acordaste del maravilloso viaje de Nils Holgersson a bordo de un ganso y quisiste emularlo. Imaginaste entonces que, al igual que el protagonista del cuento de Selma Lagerlöff, te subías a lomos del ave y la grulla te llevaba volando a ver el mundo. Buena experiencia para comprobar lo poco que somos a vista de pájaro y lo conveniente que es hilvanar las ilusiones con lo que realmente queda a nuestro alcance. Volar y hacer volar a la imaginación, pero sin perder la perspectiva.

Un raro cuento de Navidad

El absurdo de estos artistas callejeros que hacían la estatua en la calle Arenal provocó un cuento de Navidad aún más absurdo...

El absurdo de estos artistas callejeros que hacían la estatua en la calle Arenal provocó un cuento de Navidad aún más absurdo…

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A Cristina le gustaba acompañar a su madre cuando iba de compras por el centro de Madrid. Sobre todo en Navidad, salían del Metro en Ópera y desde ahí a la Puerta del Sol iba viendo a multitud de artistas callejeros que hacían de estatuas sin mover un músculo ni tiritar por el frío. Había un torero patinado en oro, un escritor como Cervantes sentado en su escribanía que parecía modelado en bronce, un motorista suspendido en el aire sobre su moto sin caerse jamás al suelo, un Lobezno vestido de negro con los dedos como cuchillas, un faquir, una tortuga Ninja de color verde, un vaquero con su revólver que no mataba a nadie, y unos soldados americanos recubietos de barro clavando una bandera. Todos inmóviles, como si fueran de mármol. Pero esa mañana descubrió un grupo escultórico que no entendió, a cuyos pies un letrero rezaba sólo una palabra: POMPEYA.

-¿Y esos quiénes son? –preguntó a su madre.

-Dos que se quedaron petrificados cuando el volcán Vesubio, que  entró en erupción y sepultó los habitantes de la cercana ciudad de Pompeya.

Como es natural la mamá de Cristinita tuvo que responder a la niña todas las preguntas que suscitó la primera explicación. Qué era entrar en erupción, por qué aquellos hombres se convirtieron en piedra, si había en Madrid algún volcán que pudiera estallar y sepultarlas a ellas y, cambiando de asunto, por qué los pobres artistas soportaban inmóviles  el frío cuando nadie se paraba a depositar un euro en su hucha.

-Son artistas- le dijo su madre intentando zanjar la cuestión- Y los artistas hacen cosas muy raras que no siempre entendemos…

-¿Y qué es lo que hay que hacer para ser artista?

-Tener mucha imaginación –dijo la madre tirando de la mano de Cristina, que no se despegaba de los pobres pompeyanos petrificados.

-¿Y cómo se tiene imaginación?- insistió la niña.

-¡Vamos, niña, que se nos hace tarde!- rezongó la madre visiblemente desesperada por la curiosidad insaciable que mostraba su hija- Imaginación es… pensar cosas originales que no se le ocurren a los demás, ¿entiendes?

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Cristinita abrió sus ojos y a partir de ese momento empezó a fijarse en todo, para ver si se le ocurrían cosas y originales y podía ser artista, que le parecía muy divertido. Mientras su madre tomaba un café y hacía un pis en el VIPS, en la portada de una de esas revistas que la gente hojea gratis vio la foto de dos hermanas siamesas: Unidas para siempre, subrayaba el titular. Cristina no sabía que hubiera hermanos siameses, y la cosa le hizo mucha gracia.

-Mamá –le preguntó a su madre cuando reemprendieron la marcha hacia el inevitable Corte Inglés- ¿Tú sabías que hay hermanos y hermanas siameses?

-Si.

-¿Y conoces algunos?

-No.

-Y ¿cómo se las arreglan cuando tienen que hacer pis?

-Mira, niña…¿Por qué no piensas en la carta a los Reyes Magos?

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Días después los niños y las niñas de su clase tenían que presentar a la profesora un cuento de Navidad escrito por ellas. Cristina se rascó la cabeza un ratito pensando cómo iba a ser su cuento. Al cabo de un rato, empezó a escribir que una niña como ella ponía el nacimiento. Era un nacimiento clásico, con su Misterio, sus Reyes Magos, sus pastorcitos, sus ovejas y cabras pastando sobre el musgo, sus pollinos cargados de leña, sus gallinas, su río con lavanderas y pescadores y su castillo de Herodes con un soldado acorazado vigilando desde la torre. Por el camino que lleva a Belén, adoradores llevando sus regalos al Niño. Y mezcladas entre esas figuritas, dos muy especiales: una de dos hermanas siamesas, la primera de las cuales lleva en sus manos un queso, mientras que la segunda porta un tarro de miel. Uno poco más lejos, tras una paisana con una cesta de huevos, otra figura original: dos hermanos siameses que además son músicos. El primero toca una dulzaina, el segundo una pandereta. De repente, en la casa donde la niña montaba el nacimiento empieza a sonar El tamborilero de Raphael, y de la misma forma que los juguetes del cuento El soldadito de plomo cobran vida al sonar las doce en el reloj de carillón, las figuritas del nacimiento se convierten en personajes de verdad. Todas hacen su papel sin problemas, y sus movimientos tienen la armonía y la serenidad de una auténtica noche de paz. Pero el problema surge porque una de las hermanas siamesas quiere detenerse a hacer pis y la otra no se lo permite, por el temor de llegar tarde al portal. Un poco más atrás los dos hermanos siameses músicos también se pelean, pues uno quiere tocar con la dulzaina Los peces en el río y el de la pandereta prefiere el Ya viene la vieja. Empiezan a sonar las voces de protesta y los insultos. Las demás figuras se enfadan, el camino se alborota, aparecen figuritas ultras y el nacimiento entero se convierte en un caos espantoso. Entonces entra la madre, para la música del Tamborilero que detiene el ensalmo, reprende a la niña por poner esas figuras tan raras, retira a las dos parejas de siameses y la niña, que no es otra que la propia Cristinita, se echa a llorar desconsolada. Además, al final –escribe la auténtica Cristina para concluir el cuento- la figura del Niño Jesús se queda con una cara un poco triste, porque ve el mismo nacimiento de todos los años, donde no hay imaginación. Y colorín y colorado, este cuento de Navidad se ha acabado.

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El cuento de Cristina causó mucho revuelo. Reunido el comité de dirección del colegio, el director tomó la determinación de llamar a los padres de la niña para recomendarles que la llevaran urgentemente al psicólogo. La niña fue al psicólogo –psicóloga más bien- sin el menor entusiasmo, porque además no había en el camino a su despacho ni estatuas vivientes ni hermanos siameses. Tampoco entendía Cristina a los profesores y a sus propios padres, a los que les gustaban, por ejemplo, los cuadros de señoras raras y de monigotes de Picasso y de Miró y no aceptaban que ella pensara en un nacimiento con siameses. Para que luego le dijeran que el futuro es de los que tienen imaginación.  

Mindundis versus la Constitución

Lucy se quedó tan extrañada de que su tío el presidente no viniera a celebrar la Constitución que le escribió una carta...

Lucy se quedó tan extrañada de que su tío el presidente no viniera a celebrar la Constitución que le escribió una carta…

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Lucy era lo bastante mayor para como darse cuenta de que aunque su padre era un funcionario cualificado su tío era más importante. Se enteró cuando este fue elegido Presidente de  su comunidad autónoma, y su abuelo, que estaba orgulloso de la trayectoria de su hijo, le explicó lo que significaba eso. Le dijo que era el que más mandaba en su tierra, y que su comunidad era una de las diecisiete partes en las que se dividía España. Lucy sabía que España era grandísima, y que ser el mandamás de una de esas partes era como ser Dios, o el papa, o un emperador, o el Rey. La familia era de clase media pelona. Esto lo había escuchado una vez a la abuela, una mujer buena y protectora de su familia, pero espontánea y descarnada, de las que hablaba sin remilgos. Tener un tío que había llegado a ser presidente de comunidad autónoma era un triunfo, del que hasta entonces todos presumían. Además, cada año que venía a Madrid para celebrar el Día de la Constitución el tío importante le traía regalos. Unos dulces, un juguete, una medalla de oro de la patrona, unos vaqueros del Corte Inglés de allí, un relojito, una pulserita. Además de presidente autonómico, toma ya, el tío era su padrino.

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-Pero este año –clamó el abuelo indignado- se ha portado como un imbécil. Como un mal educado, un perfecto ingrato y un arrogante que no sabe estar a la altura de su cargo. ¿Pero quién se ha creído que es?

La abuela trató de quitar hierro al asunto. Hombre, no te pongas así, el chico habrá tenido algo más importante que hacer. Ya sabes, desde que se ha separado anda como loco, si no ha venido a la fiesta del Congreso será porque había otro asunto más serio que requería su atención.

-¿Pero qué otro asunto puede haber más importante para él que la celebración de la Constitución gracias a la cual un mindundi como él está donde está? ¿Por qué la desprecia así y, de paso, nos desprecia a todos?..

Al decir esto el abuelo soltó un puñetazo en la mesa donde se celebraba la merienda familiar, derramó la cafetera sobre el mantel y la falda de la abuela y ésta rompió a llorar desconsolada.

-Papá –le preguntó Lucy a su padre mientras su madre trataba de limpiar la mesa y poner orden- ¿Por qué el abuelo se enfada tanto? ¿Qué es la Constitución? ¿Qué es un mindundi?

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Debía de estar al borde de la adolescencia despabilada, porque tras la intervención de su padre lo entendió todo. La tarde de aquel accidentado 6 de diciembre de 2014 su padre, el probo funcionario, le contó que el abuelo había sido siempre un demócrata cabal, un hombre de leyes, mientras que su hermano, el tío padrino importante, sólo era un abogado listo y político. También le contó que la Constitución era la ley fundamental que habían jurado y prometido todos los políticos que ahora abusaban de ella y se la saltaban a la torera cuando les convenía. Añadió que a su abuelo a él y a cualquier español de bien les parecía intolerable que a la fiesta de la Constitución, a la que tanto debían todos, hubieran faltado nada menos que once o presidentes además del tío. Y también le explicó que un mindundi sólo era un tipo insignificante, de poca categoría, y que el abuelo llevaba fatal que uno de los suyos acabara siendo un mindundi.

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Como Lucy no era además ninguna pava, también conoció poco después que hay motivos, generalmente con faldas, por los que algunos presidentes de comunidades autónomas no dejan de viajar. Ni a Madrid ni a ningún otro sitio donde haga falta, como bien se sabía por el presidente de Extremadura.  Así que a la semana siguiente de la frustrada celebración del día de la Constitución en la casa de los abuelos de Lucy, la niña tomó papel y bolígrafo y escribió esta carta a su tío el importante.

Madrid 9 de diciembre de 2014

Querido tío padrino

Me ha dado mucha pena que este año no pudieras venir a Madrid. No ha sido porque no me hayas traído un regalo, no, sino porque los abuelos habían preparado merienda buenísima y el abuelo se enfadó mucho. Como sé que no eres un mindundi, espero que no faltes el próximo año.

Sería buenísimo que si vas a echarte otra novia te la eches en Madrid, para que si lo de la Constitución te parece un rollo al menos vengas para verla a ella (a la novia, no a la Constitución) y, de paso, merendar con los abuelos, tus hermanos y tus sobrinos. Aunque ya te digo que mi regalo es lo de menos.

Un beso muy fuerte de tu sobrina y ahijada

Lucy

Antes de echarla al buzón se la dio a leer al abuelo.

-Mándala, niñita- le dijo el anciano mientras la abrazaba- Ahora ya estamos tan acostumbrados al desprecio de las cosas importantes que la mayoría se calla, pero estas cosas hay que decirlas.

Pereza de la Navidad

Pereza de la NavidaD1

5 de diciembre –anotó en su diario- Ya he leído los periódicos. Al margen del catálogo de desgracias y tropelías con que habitualmente nos obsequian los medios, veo que avanza imparable la Navidad. La Lotería, los langostinos congelados, el Corte Inglés como paraíso, las mil y una iniciativas benéficas y humanitarias, los Papá Noel de peluche trepando por los balcones. Dentro de poco, me temo, algún villancico de Raphael derramando copos de almíbar en la tele, el turrón que vuelve a casa, las muñecas que se dirigen al portal, burbujas doradas y macizas como la chica de Goldfinger, famosos de esos con el pelo teñido y famosas estucadas levantando la copa de cava brindando por mi felicidad…No puedo decir que me dé náuseas, porque a mí me gustaba la Navidad. Sí me da mucha vergüenza ajena. Menudo mantra, como se dice ahora, para desatar las ganas de hacer negocio, la cursilería y la horterada al por mayor.

Ahora, de verdad, de verdad, lo que sí me produce este fenómeno es vértigo. ¿Otra vez la Navidad, tan pronto?… Flori, mi vecina de arriba, dice que le da tanta pereza meter y sacar cosas y ordenar los armarios que entre los adornos del árbol ya cuelga el bikini. Dice que queda muy bien entre las bolas, los muñecos de nieve, los lazos y las luces, y así lo tiene más a mano, porque se acabarán las navidades y el verano ya está al llegar. No es que la Navidad sea breve, aunque cada vez se adelante más, es que me voy haciendo vieja, y el tiempo, qué putada, se me escurre como el agua entre los dedos.

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El marido en los cielos, su hija Adela trabajando de enfermera en Coventry, su hijo Alfonso de cooperante en Sudán, sus tres hermanas un poco menos lejos, en Canarias, en Vigo y en Tarragona. Lucía pensaba que por tradición y, aún un poquito, por convicción, tenía que vestir su casa de Navidad. Pero sentía como si alguien la hubiera atado de los pies a la cabeza a la chaise-long y no pudiera levantarse, abrir los armarios y sacar las figuras y el dichoso abeto de plastiquillo vegetal. Ataduras invisibles, pero bien fuertes. ¿Para qué se iba a tomar la molestia? ¿Para quién?

Salió a la compra. Lo justo para comer y cenar. Y allí, mientras esperaba su vez en la pescadería, se encontró con Flori, que llamaba desesperadamente a su suegra para pedirle que recogiera a los niños por la tarde en la parada del autobús del cole y los llevara a casa.

-Es que me han llamado del Centro de Salud para decirme que hay un hueco para la mamografía, y cómo lo voy a desaprovechar-explicaba.

Pero la suegra de Flori no podía, porque tenía cistitis, qué faena, y Flori estaba tan desesperada que no se daba cuenta de que el pescadero entretanto le cortaba la pescadilla en rodajas, y no en filetes, como había pedido.

-¡Coño, y encima esto!- soltó cuando se apercibió de ello.

-No te preocupes- terció Lucía- Ya iré yo por ellos.

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Antes de volver casa, Lucía compró polvorones, y en un bazar chino, unas chuches, unos cuentos y unas pinturas. Luego, por la tarde, antes de bajar a por los niños de Lucía, calentó el horno para poner en él un cuarto de pollo con pasas, cebollitas y unas rodajas de manzana rociados de jerez oloroso. Recogió a los críos, los subió a casa, les dio de merendar, les ofreció las chuches y los regalitos, puso un CD de villancicos y así pudo abrir el armario y rescatar del altillo el árbol, los adornos y las figuritas del nacimiento. Por un momento temió que el Niño Jesús hubiera sufrido los abusos de un pederasta, que a san José le hubiese decapitado un yihadista y que los Reyes Magos hubieran estafado a toda la cristiandad llevándose los camellos cargados de regalos a un paraíso fiscal. Pero afortunadamente los males de este mundo no habían llegado hasta ahí.

Con el aroma de buen asado que invadía la casa, los villancicos, los polvorones, y las voces de los niños Lucía, pudo hacer de tripas corazón y cumplir con el viejo ritual que le habían transmitido sus padres y que, cada año más, le pesaba como una losa. Le fastidiaba dar la razón a los anuncios, pero tenía que admitir que la Navidad era para compartirla.

El Día de Acción de Gracias

A veces nos cuesta encontrar motivos para agradecer nada, pero buscando, buscando...

A veces nos cuesta encontrar motivos para agradecer nada, pero buscando, buscando…

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Fue algo grande que mi padre decidiera poner calefacción. Durante años decía que no podíamos permitirnos ese lujo, porque no había dinero. La casa se calentaba con el fuego de la cocinona y con dos estufas de butano que rodaban de habitación en habitación, un ratito en esta, luego una hora en la otra, luego más tiempo en la de la abuela, porque los viejos tienen más frío que nadie, y así. Pero ese calor no llegaba a la galería, el gran mirador donde prácticamente pasábamos el verano.

Es la suerte de tener una casona vieja en Asturias. Desde aquella galería acristalada veíamos los tejados de la aldea, la torre de la iglesia, los prados con sus vaques, el Feve y al fondo del todo, el mar. A la abuela y a mí nos encantaba ver pasar los trenes, que salían del túnel, salvaban un altísimo viaducto y atravesaban el bosque de castaños como una lagartija mecánica hasta perderse de vista. Nos gustaba mucho eso, pero la abuela se emocionaba más cuando pasaba un barco, porque el abuelo había sido maquinista en muchos barcos, y ya se había muerto. El abuelo se tiraba pedos sin darle importancia, no se si por haber sido marino o porque los maquinistas tienen licencia para pedos, o porque era viejo, pues ya me he dado cuenta de que los ancianos se pedorrean como sabiendo que se les va a perdonar. A mí no me perdonan ni uno, pero no me quejo, porque soy un chaval, y aún me queda mucha vida para disfrutar de otra forma.

Pero ya digo, en esa galería que era la alegría de la casa no podíamos estar más que en verano, porque en invierno te pelabas de frío, y teníamos que pasarlo en el resto de la casa, que era más bien oscura. Mi madre, mis hermanas, mi abuela y yo siempre decíamos lo mismo: ¡ay, si tuviéramos una buena calefacción! ¡Ay, si pudiéramos usar la galería también en invierno!…

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Las cosas cambian. Hoy, a mis catorce años, me doy cuenta de lo maravilloso que es poder tener una buena calefacción. Llueve, hace un día típicamente otoñal, las nubes se han agarrado al valle y nos tapan el mar y hasta la vista del tren. Incluso con este mal tiempo la galería, calentita, me parece el cielo. Con el calor de casa, todas las cristaleras se han empañado, y por primera vez me he dedicado a dibujar sobre ellas con el dedo mientras la abuela, a mi lado, hace punto en la mecedora y escucha la radio. Yo dibujo lo que se me ocurre, cosas que me salen de dentro o de las que hablan las noticias, qué se yo, no lo pienso mucho. En esta cristalera un barco, en la otra el tren, luego una vaca y un caballo, en la siguiente una niña que quiero que se parezca a Ramonina, la compañera del cole que más me gusta, con sus tetitas y todo, pero me queda regular. Da igual, me divierto así.

Entretanto, la abuela sigue haciendo punto y escucha la radio. En esta hablan del Día de Acción de Gracias de los americanos, que es muy importante para ellos, y aprovecho la última cristalera para dibujar al pavo indultado con la frase Happy Thanksgiving Day. En el colegio nos enseñan inglés bastante bien, la profesora nos ha contado que los americanos dan gracias a Dios por ser como son, y comen pavo. Aquí no somos tan agradecidos, pienso yo.

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El abuelo Pantaleón aparte de tirarse pedos decía que la vida era una cabronada. La abuela se enfadaba mucho, le decía que no fuera tan negativo. Yo estoy un poco con el abuelo, y otro poco con la abuela. Ahora no sólo tenemos calefacción en la galería, sino que mi padre ha comprado una furgo de lujo con entrada especial para mí. Porque, hablando de cabronadas, se me ha olvidado contar que yo tengo que moverme en silla de ruedas porque un borracho nos atropelló la primera noche que nos colamos en la discoteca, cuando volvíamos andando por la carretera y el muy cabronazo conducía después de haberse inflado a cubatas. Mató a dos chicas de la pandilla, bien que lloramos en el funeral, así que yo tuve bastante suerte. Con la pasta que ya nos ha pagado el seguro mi padre compró la furgoneta especial y, sobre todo, instaló una calefacción buenísima por toda la casa para que podamos disfrutar de la galería. Estoy orgulloso de que sea gracias a mí.

Por cierto, la radio también hablaba hoy de pasada del pequeño Nicolás. Mira, me dijo la abuela, ese pájaro se llama como tú. Yo no soy pequeño, le dije como protestando por la comparación. Y entonces aproveché el último hueco que aún quedaba en la cristalera empañada para poner mi firma de artista debajo del Happy Thanksgiving Day. Escribí Nicolás el Grande, y me quedó chulísimo.


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PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

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