Archive for the 'Historias inventadas' Category

Memoria de un 25 de agosto en La Granja

Enla memoria de aquel cadete, el 25 de agosto en La Granja siempre tendrá una significación muy especial...

En la memoria de aquel cadete, el 25 de agosto en La Granja siempre tendrá una significación muy especial…

1

Despiertas el 25 de agosto y tu sombra sale huyendo a La Granja de San Ildefonso. O un poco más lejos. Se mete en el túnel del tiempo y cuando sale se encuentra en ese mismo, maravilloso lugar, en 1967. Descubres a un tipo con cara de pánfilo que viste uniforme de cadete. El pobre está haciendo la mili en el vecino Campamento de El Robledo. No tiene un gran prestigio entre los universitarios eso de la mili, es una pérdida de tiempo, una prisión de dos veranos, no hacer nada a toda leche, un tributo odioso a los milicos. Él sin embargo es tan ingenuo que aún cree ver algunos ribetes románticos a la amenaza de una guerra, único pretexto teórico que lo encarcela ahí.

-A la patria hay que defenderla –ha leído en alguno de los carteles plantados en el campamento- derramando por ella, si fuera preciso, hasta la última gota de nuestra sangre.

No es la consigna que impresiona más. Hay otra que firmó el propio Generalísimo en sus tiempos de la Academia de Zaragoza que dice así: Disciplina: virtud castrense que alcanza su más alta expresión cuando la razón aconseja hacer lo contrario de lo que ordena el mando.

Manda cojones.

2

O sea, le enseñaban en la universidad que había que pensar y en la mili le avisan de que ojito con esa funesta manía. Y a pesar de todo, decías, el chico llevaba una vida tan anodina, tan sinsustancia, que eso de despertarse en una tienda de campaña en medio de un bosque al toque de diana y de jugar a los soldaditos de verdad aún le sugiere alguna posible emoción. Se acuerda de Adios a las armas, la novela de Hemingway, donde un soldado herido liga con su enfermera, e inconscientemente silba a menudo Lilí Marlén, la más hermosa canción de guerra: un centinela que se enamora de una chica que ve a la luz del farol de su caserna. Historias bonitas. Le dan mucha envidia los cadetes que reciben cartas de sus novias. Y mucha más los que se abrazan con ellas a última hora de la tarde, en la hora de visita. Las novias escriben, besan y llevan tortilla de patata, chorizo y vino para merendar. El día de la jura de bandera lucen más guapas para aplaudir a sus novios. A ellos se les pone duro el mosquetón de la entrepierna, pero eso no desdice de la marcialidad obligada, porque el soldadito español, aparte de valiente, es muy macho.

Te hace el cadete una confesión íntima que roza la ridiculez.

-Yo no tengo novia, pero duermo justo debajo de un ventanuco abierto en la lona de la tienda donde por la noche siempre asoma una estrella. Entonces me imagino que de ella se descuelga una chica guapísima, se cuela en la tienda por el ventanuco, se tiende junto a mí y me duermo encantado entre sus brazos.

No le importa nada el colchón de paja, que no se puede sacudir, porque inundaría de polvo a los Quince bajo la lona. El cadete es tan ingenuamente romántico que un día escribe una encendida carta de amor. A veces hace de negro escribidor para otros compañeros que no saben decir cosas bonitas a su novia, pero esta es distinta, especial. La firma con el nombre de Silvia, que le parece elegante y no muy corriente, la dobla, la mete en un sobre, estampa un sello y escribe con letra femenina su propio nombre y dirección: Compañía de Infantería nº 31, Campamento de El Robledo, La Granja de San Ildefonso, Segovia. Después, se la entrega a su amigo Paco, que es de la Plana Mayor y marcha a Segovia con permiso. Se la da boca abajo, para que no lea el nombre del destinatario.

-Si no te importa la echas al primer buzón que veas-le encarga.

La próxima vez que llegue el cartero a repartir el correo voceará su nombre. Y el cadete pánfilo sacará pecho y recogerá la carta. Luego dirá que Silvia es muy guapa, pero muy tímida, y que no le visita porque no quiere que la tropa les vea cuando se besan.

3

El 25 de agosto, San Luis de Francia, era día de fiesta en La Granja. Las numerosas fuentes y surtidores de los preciosos jardines de palacio, cerrados casi todo el año, corrían generosamente disparando sus juegos y fantasías acuáticas para pasmo y gozo de paisanos y veraneantes allí concentrados. Fue en ese lugar y ese día cuando el aspirante a oficial de complemento conoció a Teresa, una moza bastante más mona que la chica-chica-pum-del calibre ciento ochenta y tres que describe Margarita, la marchilla ramplona esa que se canta desfilando. Al joven, vestido de cadete con su gorra de plato, se le cuadraba enseguida, pero no así a la chica. Así que tras un tanteo inicial, eso de tú que haces en La Granja, eres de aquí, estudias o trabajas, vienes a veranear o haces el servicio social en Villa Braga, etc, ambos pasearon juntos, admirando el paisaje palatino y perdiéndose, ya lejos de las fuentes, por el umbroso bosque en el que se convierten los jardines a medida que ascienden hacia las cumbres de Peñalara. Después salieron los dos del recinto de palacio y fueron a La Hípica, porque La Granja es un sitio muy fino y entonces tenía Hípica, cosa de la que no podían presumir todas las villas de veraneo. Allí se sentaron en una mesa al fresco, pidieron unas bebidas y al cabo de un rato salieron a bailar a la pista.

4

Naturalmente, bailaban agarrado.

Primero guardando unos centímetros de distancia entre cuerpo y cuerpo, pues el caballero aspirante era más parado que el caballo de un fotógrafo. Luego menos. Cuando por los altavoces sonó el Michelle de los Beatles él susurraba las frases en francés que contiene la letra, que eran las que se sabía, rozando con sus labios la oreja de Teresa. Es decir, bailaban apretado haciendo caritas. Fue la gran emoción de aquel campamento, un momento inolvidable. Pero también un amor evanescente, flor de una tarde. De repente a la chica le entraron las prisas, porque tenía que volverse a Madrid con unos primos suyos que la esperaban, y, en la emoción del adiós, el aprendiz de oficial ni siquiera se atrevió a pedirle su número de teléfono. Con su uniforme de bonito y su gorra de plato él se veía como Robert Taylor despidiéndose de Vivien Leigh en El puente de Waterloo. Mucha imaginación cinematográfica y todo ese rollo, pero al final se quedó compuesto y sin novia.

Desde ese día hasta el que abandonó el campamento como alférez de complemento, siempre durmió esperanzado junto a su ausencia. Todas las noches, mirando la estrella que enmarcaba el ventanuco rasgado en la lona de la tienda, soñaba que ella se descolgaba del cielo y se abrazaba a él hasta que despertaban al toque de diana.

5

Cuarenta y siete años después de aquél San Luis en el que corrieron las fuentes de los jardines de La Granja, tu sombra, como el cadete pardillo, busca en la noche otra estrella. La mili quedó muy atrás, tu guerra ahora es otra. El enemigo ataca de nuevo, y hay que plantarle cara. Tu amigo Pedro S.E, que lleva en campaña cuatro años, dice que si el tumor principal, que es como el Estado Mayor, está controlado, las guerrillas de esa metástasis que huronea por tus vértebras acabarán desapareciendo. La muy puñetera ha minado esta vez el terreno a la chita callando, sin dolor adicional que la cantase, y por eso tú te has quedado estupefacto al enterarte de la noticia. La procesión iba por dentro. Te dejó tan helado que pensaste en varar este blog y abandonarlo por un largo tiempo.

Pero tienes descontados los duelos y quebrantos desde que te sacaron tarjeta amarilla. No te asusta volver a talleres, ni las pequeñas náuseas, ni los trastornos digestivos, ni volver a quedarte calvo y con las orejas de soplillo al aire, como Nosferatu. ¿Sentido del humor, sentido del thumor?…

Instinto de conservación, sentido de la vida. Ahora mismo, mientras escribes estas líneas, disfrutas levantando la mirada y contemplando una increíble puesta de sol sobre Madrid. En unos minutos sólo tendrás que buscar en el firmamento las estrellas. Las hay por miles, y tan llenas de ilusión y de esperanza como la que coronaba el sueño de aquel cadete de los lejanos tiempos de la mili.

Un esclavo de nuestro tiempo

Habrá un momento en que la conjura entre la obsesión por la seguridad y el progreso tecnológico nos pida claves y contraseñas hasta para desabotonarnos la bragueta...

La conjura entre la obsesión por la seguridad y el progreso tecnológico nos acabrá pidiendo  claves y contraseñas hasta para desabotonarnos la bragueta…

1

Diego, sesenta y seis años, un hombre superado por los acontecimientos. Mira que con sus años creía haberlo visto todo, y que estaba convencido de que este mundo de las nuevas tecnologías le desbordaba, y que imploraba de vez en cuando el consabido que lo paren, que me apeo. Pasando de todo. ¿De todo? No era posible. Lo constató cuando después de varios años de haber abandonado su antigua vida de crápula volvió a encontrarse con un romance de los de película, de esos que surgen de la manera más tonta, entre un hombre mayor que lleva dos trajes al tinte y una encantadora dependienta que se llamaba Miren, era de un pueblo de Arkansas y trabajaba allí para ayudarse a pagar sus estudios en España.

-Muy guapo y elegante con trajes limpios –le dijo luciendo una fila de dientes grandes y blanquísimos mientras se los entregaba colgados en sus perchas de alambre y envueltos en sus fundas de plástico.

Al principio se limitó a agradecérselo con una sonrisa. La chica le hacía gracia, qué carambas. Luego la cosa se complicó, quiso pagar con su tarjeta de crédito, y de repente, al solicitar esta su PIN se le evaporó el recuerdo de aquellos cuatro números que de tantas veces como los había tecleado creía ya inolvidables. Eso originó un largo diálogo entre él y Miren, empeñada en solucionarle el problema a toda costa. Afortunadamente no había más gente en la tintorería, lo cual propició que ella ofreciera toda esa retahíla de consejos elementales que se le ocurren a cualquiera, pero que se agradecen especialmente cuando vienen de una joven rubia y de hechuras apretaditas que huele a hierba recién cortada.

-No preocuparse- le decía- Probar otra vez.

Probó varias veces. Tarjeta bloqueada. Tuvo que salir sin sus trajes limpios, buscar una sucursal de su banco, hacer un talón de ventanilla, que sólo le exigía mostrar su DNI y firmar, y llevarse dinero en metálico para pagarle a Miren y retirar sus trajes Tres días después se encontraron en la parada del autobús. Ella salía de su media jornada, iba en la misma dirección que Diego, ambos descendieron en la misma parada. El le invitó a una Coca-Cola, aunque ella acababa de descubrir el Madrid castizo y prefirió un vermú. Era raro que a esas alturas de la vida, a este abogado retirado que ahora dedicaba su tiempo libre ayudando al Colegio de Huérfanos del Ferrocarril volviera a sentir mariposas en el estómago por culpa de una mujer, y menos si esta aparenta al menos cuarenta años menos que él. Pero estas cosas pasan en la películas, y a veces lo que pasa en las películas ocurre en la vida misma.

2

Sin embargo lo que no pasa ni en las películas es lo que le sucedió a Diego en su primera noche de amor con la tintorera. Cuando después de las tradicionales maniobras preparatorias el viejo abogado se adentró en las intimidades de Miren y pretendió bajarle las bragas, encontró un inesperado obstáculo en forma de extraño aparatito del tamaño de un mando a distancia de garaje. Se quedó paralizado. Tampoco se inmutó Miren, hermosa en su semidesnudez de esfinge muda. El pobre hombre no veía mucho en la penumbra, pero de repente aquel extraño broche que cerraba el acceso carnal a su amada se iluminó como la pantalla de un teléfono móvil y mostró este mensaje: INTRODUZCA SU CLAVE.

Diego se quedó literalmente aterrado. Cuando pudo reaccionar, cogió sus pantalones y sus zapatos y salió corriendo del hotel como alma que huye del diablo.

3

Que paren el mundo, que me apeo – se decía mientras vagaba por la ciudad dormida sin saber a dónde ir. Aquel soplo de aire fresco que supuso en su día el descubrimiento de Miren acababa ahora en una amarga meditación sobre el signo de los tiempos.

-¿Adónde llegará esta obsesión por el control y la seguridad de todo? ¿Habrá límites para la audacia y la impertinencia de la tecnología?…¿Llegaremos a hablar de la gilipollez global a la que nos conducen los excesos del progreso?…

Siguió paseando sin rumbo hasta que amaneció. Pasó ante la iglesia de la Santa Cruz, donde precisamente fue confirmado tras su primera comunión. ¿Cuántos años hacía ya que no se confesaba? Ni se acordaba. Fue hijo de una educación religiosa, casi un integrista, hasta que la vida le convirtió en un escéptico.

-Las cosas cambian, claro-se lamentó recordando el fiasco de Miren- Pero ahora a falta de nadie en quien volcar mi angustia…¿por qué no contárselo a un cura, que al fin y al cabo tiene que escuchar a quien se le acerque? A lo mejor encuentro ahí un amigo, o un piscólogo, que falta me hace.

Se aproximó al confesionario. Y cuando estaba a un paso de arrodillarse ante una de sus celosías laterales, se descorrieron unas cortinillas que ocultaban un monitor en cuya pantalla táctil se podía leer el siguiente aviso:

INTRODUZCA SU TARJETA DE BUEN CRISTIANO Y SU PASSWORD Y SELECCIONE EL IDIOMA EN EL QUE DESEA SU CONFESIÓN

4

Lo siguiente fue dirigirse corriendo al Viaducto, trepar con muchas dificultades por las mamparas de metacrilato que disuaden a los suicidas, asomarse al vacío y dejar caer su cuerpo para estrellarse contra el duro asfalto de la calle de Segovia. Entró entonces en ese túnel que conduce a la luz y a la paz absoluta descrita por los que han regresado del más allá. Y cuando, a pesar de su última decisión, Diego sospechaba que Dios había hecho la vista gorda y le iba a recibir en su seno, sobre la misma nebulosa del paraíso se dibujó este mensaje:

BIENVENIDO AL CIELO. PARA DISFUTAR DE LA GLORIA ETERNA, INTRODUZCA SU GRUPO, USUARIO Y CLAVE Y ESPERE

No le dio tiempo a caer en un estado de histeria porque en ese momento despertó de su pesadilla. Y eso explica que al entrar su asistenta para hacer la casa como todas las mañanas, le sorprendiera llorando de la emoción delante de un cepillo de dientes, un cortaúñas, un lapicero, un sacapuntas, y los platos y cubiertos del desayuno, a los que el pobre abogado desnortado agradecía su sencillez y su fidelidad.

-Gracias, gracias por seguir pensando en el ser humano- les decía Diego como si aquellos objetos pudieran entenderlo- Gracias por funcionar sin pins, contraseñas, paswords, claves y otras putaditas que nos impone la esclavitud del progreso.

La asistenta lo miró pasmada.

 

 

 

El crimen de las palomitas en el cine

Forografía de Elda Maganto, tomada a préstamo -sin ánikmo de lucro- del blog eldamaganto.blogspot.com Gracias

Forografía de Elda Maganto, tomada a préstamo -sin ánimo de lucro- del blog eldamaganto.blogspot.com
Gracias

1

Te cuenta Homper una historia curiosa. El motivo de su asombro –no olvidemos que se llama así por ser el Hombre Perplejo- es que está convencido de que de vez en cuando se desdobla su personalidad sin darse cuenta de ello. Como en el caso de Jekyll y Hyde, su álter ego le causa de cuando en cuando algún problemilla.

-El otro día fui al cine –explica el hombre mientras tomabais un café en el Comercial- Iba acompañado por Cuca, la manicura de mi madre, que antes de morir me encomendó que la invitara al cine de cuando en cuando. Mi madre me dijo que era muy buena mujer, y que ella era su última clienta. Creía que cuando ella se muriese Cuca no tendría dinero para ir al cine, que era su mayor ilusión. Llévala, sobre todo, si hay una buena película de amor, me pidió encarecidamente. Y así lo hice.

2

Estuviste a punto de preguntarle entonces si la manicura era aún una mujer joven y guapa, pero él hizo sólo una pausa para sorber el café y continuó su relato.

-Como no había mucha gente en el cine, nos sentamos dejando una butaca vacía entre nosotros y la espectadora siguiente. La película se titula The invisible woman. La había elegido Cuca porque cuenta la historia de la amante oculta que mantuvo Dickens, y es verdad que es una película sensible y delicada, en la que importan mucho la dicción de los actores ingleses y los largos silencios, sólo matizados de cuando en cuando por una música intimista. Cuca estaba emocionada.

Nuevo sorbo de café. Le ibas a preguntar si hizo manitas con la manicura, pero tampoco te dio ocasión para ello.

3

-De repente, en uno de los momentos más tiernos de la película, la espectadora que estaba dos butacas más allá de donde yo me sentaba, sacó de debajo de su asiento un envase de palomitas, metió en él los dedos de su mano y empezó a removerlos, como si buscase en el cucurucho de cartón una piedra preciosa. No puedo entender cómo atrapar una palomital lleva tanto tiempo y resulta tan ruidoso, ni cómo hurgar entre maíces fritos puede distraer la atención de los de alrededor. Pero el caso es que a mí aquello me desconcentró, y empecé a notar que el encanto de la película disminuía a medida que la espectadora afanaba sus chuches, que ya tiene delito.

La película deslizaba sus bucólicas imágenes en silencio, o así lo quería Ralph Fiennes, que además de protagonista es su director. Sin embargo lo que se oía en el cine era el ronroneo de los dedos de aquella mujer moviéndose entre las palomitas y el cartón de su cucurucho, y el crujido de sus mandíbulas triturando los granos de maíz. Entretanto, Cuca la manicura estaba a punto de llorar, no sé si por la carga emocional de la historia o por la rabia de que aquella ciudadana mal educada le estuviera estropeando película…

4

-¿Y no le dijiste nada a la señora de las palomitas? –le preguntaste al hombre perplejo

-Nada, y probablemente hice mal en callarme…Lo más asombroso es que no era ninguna jovencita, a la que se le podría perdonar esta falta de delicadeza. Lo peor es que se trataba de una mujer aún mayor que Cuca, y que sabía que la película no iba de Lobeznos, ni de X-Men, ni de Matrix, ni de Bruce WillisO sea, que no era uno de esos bodrios de acción disparatada y de banda sonora estruendosa donde un ruido más no importa. Entonces, por consideración a Cuca y a mi propia autoestima como espectador, noté que empezaba a odiar con todo mi alma a aquella majadera. Si hubiera podido, la habría matado en ese mismo momento.

Te extrañaste al escuchar sus intenciones homicidas. Homper entonces se llevó su taza de café a los labios, apuró el último sorbo, suspiró y se quedó mirando a los espejos del Comercial en silencio. Tú, la verdad, no pudiste reprimir tu curiosidad.

-¿Y?…-le requeriste espoleado por tu espíritu de Poirot- ¿Terminó de comer sus palomitas?…¿Se acabó la película?…¿Qué ocurrió después?

5

Homper te contó entonces que quiso salir del cine cuanto antes, para no explotar contra la provocadora y terminar de amargar la tarde a su invitada. Pero que al pasar por delante de ella y pedirle educadamente que se levantara para cederle el paso ella ni se movió.

-Entonces la miré aún más cabreado y advertí que estaba blanca como la cera, con la cabeza caída a un lado, la lengua medio fuera y la baba colgando. Aún tenía entre sus manos el dichoso envase de palomitas vacío ¡Señora, por favor!-insistí- Pero nada, ni un gesto. Entonces Cuca, asustada, se precipitó sobre ella, le tomó el pulso, le levantó un párpado y dejó escapar un grito desgarrador. Está muerta, está muerta, está muerta, gritó repetidamente. Y se echó a llorar. Se echó a llorar como si fuera su madre, o su hermana, y no la estúpida que nos acababa de estropear para siempre el recuerdo de una buena película.

6

Homper contó a continuación los detalles de la escandalera que desató el suceso en el cine. Parece que en un abrir y cerrar de ojos se concentraron en torno a la difunta los espectadores curiosos, un médico retirado que se apresuró a confirmar lo dicho por Cuca, los de las palomitas, un vigilante jurado, un señor que dijo ser el dueño del cine, los del SAMUR y dos policías que les advirtieron de que nadie podría salir de la sala hasta que no se personara el juez de guardia. Los comentarios y especulaciones del respetable debieron de ser de lo más jugoso, pero al Hombre Perplejo lo que más le impresionó fue que un señor de su edad que estaba en la fila de delante se abalanzó sobre él y le susurró algo al oído.

-Quizás se pasó usted varios pueblos- le dijo a Homper.

-¿A qué se refiere usted?

-Al crimen…Ví de reojo perfectamente cómo la estranguló sin siquiera levantarse de la butaca de al lado…Alargó sus manos al gañote de la víctima, apretó fuertemente mientras ella engullía las últimas palomitas y en un periquete se la cargó. Fue una ejecución de auténtico experto.

Homper no daba crédito a lo que escuchaba.

-Pero ¿qué está diciendo?…La butaca de al lado estaba vacía. Yo estaba en la siguiente, al lado de mi acompañante.

-No diga tonterías…Usted estaba sentado en la butaca de al lado. Ya había notado cómo a medida que la pelma esa se puso a enredar y a meter ruido con las dichosas palomitas se iba mosqueando. Sus gestos lo decían todo. Quizás le debía haber llamado la atención antes, ya le digo, puede que su reacción fuera exagerada… pero aún así, lo hecho, hecho está.

Entonces el espontáneo tendió su mano a Homper, le saludó visiblemente emocionado y se fundió con él en un estrecho abrazo.

-En fin, amigo…Le acompaño en el sentimiento.

-Gracias –se excusó Homper un tanto sorprendido- Pero la fallecida no es nada mía.

-Disculpe –matizó el señor- No era un pésame lo que le daba. Quería decirle que yo comparto con usted el mismo sentimiento de ira con la gente mal educada que le amarga a uno las películas…Vamos, que yo también la hubiera estrangulado muy a gusto si hubiera estado sentado en la butaca de al lado. Así que no se preocupe: si me interroga la policía diré que no vi nada extraño.

Homper dice que no hubo manera de convencer al buen señor de que él no ocupaba la butaca de al lado ni había estrangulado a la señora. Pero comprendió que a partir de entonces tendría que tener más cuidado con ese particular Mr. Hyde que sin duda le habitaba y que, de vez en cuando, aparecía y le ponía en apreturas.

-Eso –te confesó a ti después de reconocer que, efectivamente, su alter ego se pasó de vehemencia- Le diré que tanto Cuca como yo somos mayorcitos, y que no le necesito de carabina cuando voy al cine con la manicura de mamá.

 

Mitja volta, ¡ar!

Aunque parezca mentira, la defensa de un país es una cosa muy seria...

Aunque parezca mentira, la defensa de un país es una cosa muy seria…

1

¿Cómo que una ocurrencia? ¿Cómo que era una improvisación más? ¿Y quién se atrevería a hablar de despilfarro, cuando de lo que se trataba era de aplicar el bon seny, y de optimizar los recursos disponibles en la defensa de la nova Catalunya lliure e independiente? El Consell de Transició no estaba dispuesto a echar carne a la bestia de la caverna. Haciendo gala de un exquisito rigor presupuestario y de un acrisolado sentido del estado, catalán, se entiende, la primera medida fue la transformación de la rojigualda que ondeaba en todos los pabellones y edificios militares en senyeras. ¿Había comportado eso una nueva petición al Fondo de Liquidez Autonómico para abordar el cambio? En absoluto. El proyecto había sido adjudicado al industrial de Sabadell Magín Sunyé y Cardedeu, creador de la Sunyebanderola, una revolucionaria máquina que en un tiempo record cortaba las franjas rojas y amarillas de la bandera del Estado en estrechas tiras que, recosidas nuevamente con las medidas reglamentarias, formaban la bandera oficial de Cataluña. Luego añadía la estela on request, por un par de euros más. Todo muy sensato, muy patriótico y, sobre todo, muy económico.

-Porque el patriotismo y el independentismo- subrayó Bonifasi Raspujol y Ganerit, primer Jemadet de la transició-no ha de hacernos perder la cabeza.

2

Hablando de cabeza, el Jemadet sí había considerado necesario en cambio sustituir la gorra de plato de la oficialidad por la barretina, tributo romántico al hecho diferencial que, además, en caso de ataque del enemigo por sorpresa, permitía acoplarse el casco encima sin perder un minuto ni desdibujar la dignidad del uniforme de paseo.

-¿Que el enemigo quiere rendirse?…-explicó el superjefe de las nuevas fuerzas armadas-Pues como en La rendición de Breda, pero como auténticos catalanes. Se quita uno el casco, caballerosamente, para recibir la capitulación del vencido, y que el enemigo vea en la barretina que no es la OTAN ni la Unión Europea ni España ni la madre que les parió, sino el ejército de Cataluña el vencedor. ¿Eh que lo captan?

3

Otros elementos aparentemente menores, pero no menos significativos, obligaban a un ejercicio de optimización de recursos, materia en la que el Jemadet estaba incluso aún más impuesto que el mismísimo gobierno de la Generalitat, modelo de austeridad donde los haya. El sargento Cunillé, al que antes del sarpullido independentista todos conocían como sargento Conejero, era hijo de una maestra, y escribía los partes con mucho arte, lo que le valió el encargo de traducir al catalán el himno de la fiel Infantería, que quedó así de bonito: Ardor guerrer/ vibra a les nostres veus/ I d´amor patri ple el cor/ entonem l´himne sacrosant/ del deure, de la patria y de l´honor. La segunda estrofa del glorioso himno planteaba más problemas, pues el original dice De los que amor / y vida te consagran/ escucha España la canción guerrera/ canción que brota de pechos que son tuyos/ de labios que han besado tu bandera. Cambiar España por Cataluña era difícil, por aquello de la sílaba de más que rompía la métrica, aunque se hacía con gusto. Además: todo lo enaltecía luego esa emocionante cançó que brota de pits que son teus/ de llavis que han petonejat la teba senyera, versos que dan particular esplendor a la épica heroica.

Todo por la patria.

4

No gustó mucho que la caverna mediática se cachondease de otras iniciativas fundamentales para la defensa de la futura Cataluña independiente. ¿Cómo no se iba a crear una AIECA (Agencia de Inteligencia y Espionaje de Cataluña) si era evidente que en numeras regiones de los países fronterizos habían copiado ya la fórmula del cava y en las montañas del Bergadá habían sido vistos varios practicantes de parapente tomando fotografías en pleno vuelo?…Un irresponsable pensaría que eran simples deportistas de riesgo, pero cualquier agente avezado, enterado de que dos de ellos eran de Jumilla y un tercero de Chinchón, llegaría a conclusiones altamente preocupantes.

-Estado de alarma –fue lo que le recomendaron al Jemadet- Se sospecha que el enemigo prepara el día I.

-Y eso qué es –preguntó el Jemadet- ¿El día de los Idiotas?

-Non foti, meu general. ¡El día de la invasión!…

5

Más datos alarmantes: en las playas de Salou habían sido detectados media docena de bañistas del sexo masculino en un provocador taparrabos con el toraco de Osborne estampado sobre el mismo paquetón de sus masculinidades. Intolerable. Mientras que varias explotaciones de pera limonera ilerdense habían sido saqueadas por cuadrillas de sospechosos morenitos que luego huyeron en dirección sur. El Jemadet pidió que le pusieran urgentemente con la Generalitat.

-¿Considera el molt honorable que estamos hablado de un casus belli?-preguntó al presidente Mas.

Hubo un minuto de silencio.

-No se precipite, general. Aún tenemos margen para el dialeg.

El president aún confiaba en sus dotes de persuasión. Le diría al presidente del gobierno de Madrid que amagar no es dar, y que pensar en la creación de un aparato de defensa para la república independiente de Cataluña no significaba hostilidad ni desconfianza hacia España.

-A más a más, – añadió el preclaro Artur- como que no nos interesa que crean que queremos imponer la inmersión lingüística en nuestro ejército a toda costa, le sugiero que, a la hora de la instrucción de la tropa, aunque las órdenes sean impartidas en catalán, se mantenga el castellano en la voz ejecutiva.

-¿Mani, president?-dijo el Jemadet mientras se destocaba de la barretina y se rascaba la mollera.

Está clá, Jemadet!- ¿Que quiere ordenar la media vuelta?…Pues diga: ¡mitja volta, ar!

-Entesos, president- dijo el Jemadet después de pensar por un instante.

Hablaron unos minutos más sobre las fragatas, los submarinos y otras armas de sisuasión, descartando las nucleares. Pero Bonifasi Raspujol y Ganerit, aún consciente de que la política de defensa la marca el presidente del govern, no puedo reprimir un último ramalazo de bon seny auténticamente catalán.

-Y, si le parece oportuno, president- sugirió antes de despedirse-, haga como Gila. Y llame también el enemigo para decirle que, si no les sirve de molestia, no ataquen los domingos hasta que acabe el partido del Barça.

 

El jardín de las sevicias

Cualquiera de los monstruitos de verano que uno se encuentra por el centro de Madrid podría tener cabida en los delirantes paisajes del BOSCO...

Cualquiera de los monstruitos de verano que uno se encuentra por el centro de Madrid podría tener cabida en los delirantes paisajes del BOSCO…

De vez en cuando el Creador enfocaba el catalejo a las playas de Río, de la Costa Azul y de California. También echaba un vistazo a las de los buenos hoteles de Marbella, de la Costa Brava, de las Baleares y de Comillas, donde igualmente abunda la gente guapa. No era picardía, injustificable en su caso. Era para consolarse.

-Quiero recordar que yo no hice el ser humano tan feo como se empeña en mostrarse cuando llega el verano- pensó mientras valoraba los cuerpos esculturales que se paseaban por allí.

El día anterior no había hecho más que disfrazarse de ciudadano perplejo y andar por el centro de Madrid. Santo cielo, qué espectáculo. Sabía que el concepto de belleza no es único ni universal, que las modas van conformando distintos estilos, y que para muchos la libertad y la comodidad del propio cuerpo están por encima de la estética. Pero no podía sospechar que con los calores, la modernidad liberase en tal forma su afición por el despelote y el feísmo. Pantalones piratas, calzones de lycra más y más cortos, chandals, barrigas al aire, camisetas de baloncesto, tatuajes hasta en los sobacos, crestas de puerco espín o penachos como el del casco de Escipión el Africano en las cabezas, gorduras prietas, morbosidades desparramadas, aretes y pendientes, sospechaba, hasta en la punta de la minga y en las simas del monte de Venus, torsos musculados y rostros pintados de arco iris predicando el orgullo Gay. En los pies, o deportivas o sandalias fraileras o chancletas. Mayormente chancletas. Daba igual que te asomaras al hall de un hotel de lujo, al estanque del Retiro, al ábside de San Francisco el Grande, a las salas del Museo del Prado o al Corte Inglés. Por doquier, el desprecio al decoro y también al prójimo, puesto que no a todos los que no son como nosotros les parece bien que el personal se luzca en la calle como si estuviera en el solárium de su casa.

-Demonios –dijo Dios llevándose las manos a la cabeza- ¿Y qué reservan ahora para la intimidad?…

Eran los encantos del verano, ya anticipadas por el Bosco en algunos de sus cuadros más famosos. Cualquiera de los guiris y paseantes que atiborran el centro de Madrid estos días de verano con el atuendo que imponen los tiempos podrían figurar perfectamente entre la chusma burlesca, los trasgos imaginarios y otros monstruos que aparecen camuflados en ese paisaje apocalíptico que es, por ejemplo, El jardín de las delicias.

-Eso sí –precisó el Creador visiblemente escandalizado- Teniendo en cuenta que esa carnavalada demuestra demasiada crueldad con la estética ciudadana, habría que llamar a este cuadro El jardín de las sevicias.

Lo ve el bloguero y de verdad que añora el bendito invierno. Tan frío, es verdad, pero tan digno tapándolo casi todo.

Mirando a los fuegos artificiales

Fuegos articiciales junio 20141

Te pasan cosas raras que supones que también le pueden ocurrir a más personas. Hoy por ejemplo amaneces tortuga recién salida del huevo y algo despistada. Lo has visto muchas veces en los documentales de naturaleza de la tele a la hora de la siesta, que unas veces te enternecen y otras –vida salvaje- te sobrecogen. Emerge la cría de tortuga bajo la arena de la playa, asoma su cabeza y, aunque el instinto la lleva al mar, esta vez no sabe qué dirección tomar. ¿Por dónde tirar?…La pobre no tiene claro dónde queda el verdadero mar que debe ganar antes de que las aves depredadoras se lancen sobre ella para comérsela. Sólo tiene ante ella un mar de dudas.

Te falta la gimnasia del cerebro disciplinado, algo que echas de menos cuando pasan muchas cosas a tu alrededor y desde el interior tu organismo emite señales a las que no te acabas de acostumbrar.

2

Fue una suerte que anoche, cuando abrías tu balcón para recibir el aire fresco de la noche antes de irte a dormir, te sorprendiera el castillo de fuegos artificiales que lanzaban desde San Antonio de la Florida. El palomar donde vives es modesto, pero rico en horizontes. Desde él puedes ver casi todos los fuegos artificiales que celebran en verano las fiestas barriales de Madrid. Unos quedan más cerca, y te llegan casi con su estampido. Otros lucen como bengalas fantasmales, amortiguado su sonido por la distancia. Todos te sirven sin embargo para practicar el escapismo y la meditación paralela: ves pasar la vida como una sucesión de descubrimientos, noticias, ilusiones, sobresaltos, emociones, y otras sensaciones difícilmente descriptibles que son tan llamativas pero, afortunadamente, también tan efímeras como los fuegos artificiales. Te gustan, te distraen, te consuelan. Se esfuman.

Cuando se apagan del todo, aún luce en lo alto mucha luna de junio. Y unas pocas horas después empezará a clarear el sol. Te despertarás entonces, y aunque no te lo propongas y quisieras seguir vagando por los sueños, te encontrarás otra vez fruncido a la rutina de la vida.

3

Entre todos los motivos de este día eliges el decaimiento del espejo retrovisor del lado derecho del manillar de tu Vespa. No es algo grave, pero sí una preocupación más en la que seguir pensando. Después de miles de kilómetros de vibraciones, los tornillos y las tuercas se aflojan, el retrovisor se vuelve loco y declina como junco vencido o gira como una veleta loca. En principio eso lo arregla cualquier llave inglesa, pero a los megatorpes como tú hasta eso les produce una sobredosis de ansiedad que acaba degenerando en frustración, más desánimo y desplome moral.

En su Dietario de una Vespa el escritor apócrifo Adacio Moffo cuenta que subiendo un día por la Cuesta de San Vicente una de esas intrépidas motoristas guay que abundan en las calles de Madrid le adelantó por la derecha ciñéndose en demasía a su ya veterana scooter. Adacio contaba entonces casi sesenta años, y aunque había sido un hombre feliz se empezaba a sentir un fracasado. Después de haber diseñado un silenciador de retrete que eliminaba ese indiscreto ruido del vecino chorro de pis o de ventosidad salvaje que a menudo traspasa las puertas y los muros de los cuartos de baño incluso en las mejores casas y hoteles –parece mentira, pero así es- un descuido en el gestor de la oficina de patentes había desprotegido su invento, impidiendo la venta de éste y cerrando el paso a los millones con los que alimentar su fundación Tortuguitas Indefensas. Adacio cayó en un episodio de profunda depresión, lo que explicaba que, a pesar de su destreza mecánica, ni siquiera se hubiera preocupado en ajustar el espejo. Esto le impidió ver a la chica guay que le intentaba ganar por la derecha, y que no pudo esquivar el giro imprevisto en el mismo sentido de la moto de Adacio, provocando así un incidente verbal un tanto desagradable.

-¡Gilipollas! -tuvo que escuchar Adacio mientras le amazona mecánica le desbordaba con una maniobra de auténtica campeona- ¿Para qué tienes el retrovisor?

Sin embargo, no hay mal que por bien no venga. Adacio, lejos de enfadarse, logró alcanzarla en el primer semáforo rojo, presentó sus disculpas y le rogó que le permitiera invitarle a una cerveza para compensar su error. La chica guay aceptó, el hombre se explicó, le contó sus problemas. Quiso el destino que, a pesar de los años que les separaban, ella también coincidiera con él en lo inexplicable que es la ausencia de silenciadores en los retretes, en el respeto que merece la suerte de las tortuguitas y en lo bien que viene disipar angustias de vez en cuando mirando los fuegos artificiales, que es lo que acabaron haciendo aquella noche.

4

Adacio concluye contando que el episodio fraguó en un romance que duró dos años, en el curso de los cuales nunca se preguntaron si es España es una nación o una nación de naciones, si es mejor la monarquía o la república, si el independentismo sacia el ego de los ciudadanos y agiganta la calidad de sus orgasmos o si hay que reformar la Constitución cada lustro para que cada generación tenga cuatro o cinco oportunidades de sentirse protagonista de la historia. Afortunadamente la vida no deja de repartir sorpresas.

Algo de lo que todos debemos aprender. Y a lo que dabas vueltas anoche, mientras se te cerraban los párpados al humo de los fuegos artificiales de San Antonio de la Florida.

 

El gratinado que enamoró a Bécquer

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales...

La exquisita sensibilidad de Bécquer no pudo resistirse a ciertos encantos terrenales…

Cómo ibas a ser refinado si hasta ahora, confiésalo, no sabías lo que era el gratin dauphinois. Menos mal que para eso tienes amigos como los marqueses de Betanzos, que te invitan a cenar y te sorprenden con un delicioso strogonoff al que se añade como guarnición esta singularidad. La señora marquesa habla de la dauphinoise, porque sabe que la inventó una cocinera del Delfinado francés. Habla de ella con toda familiaridad, como si hubiera sido compañera de Demetria, el aya que la cuidaba de niña en el pazo de Sobredo, donde se crió entre un parque de tilos, castaños, tuyas y frondosos robles. Cuenta la leyenda que en el cenador de hierro fundido de aquel jardín encantador escribía un día en su diario cuando se le apareció el fantasma de Bécquer, tal vez enamorado de su fina estampa romántica.

-Permítame que le recite una de las rimas que he compuesto para usted-le dijo el célebre poeta sevillano.

-Se lo agradezco –respondió la joven sin descomponerse y sin apenas levantar la vista mientras tomaba notas- Pero yo soy más de Alfred de Musset, ¿sabe?…Y además no quiero que me distraigan, porque estoy apuntando una receta. Si, a pesar de lo que lo he dicho, se aparece usted otro día, le daré a probar…

La que con el andar de los años se convertiría en marquesa de Betanzos debió de caer en la cuenta entonces de que los fantasmas no comen.

-¡Qué tontería he dicho!-se corrigió- Bueno, ande, dígame la rima…

Por unos instantes, el fantasma de Bécquer se llevó una mano a bigote y se quedó pensativo mientras retorcía con los dedos sus finas puntas.

-No, por Dios, musa mía…-dijo el fantasma de cabello ensortijado, bigote y perilla- Mi rima prometía ser de las mejores, como usted se merece. Pero pasé tanta hambre en mi vida de digno poeta romántico, que nada me haría tanta ilusión como saciarme de su dauphinoise.

Una semana después el fantasma de Gustavo Adolfo despachó la dauphinoise de su anfitriona como si en lugar de una gloria de nuestra lírica hubiera hubiera sido en vida un cabo de carabineros. En su colección de Rimas y Leyendas no figura la dedicada A la señorita de Sobredo precisamente por esa circunstancia, pues a partir de entonces aquella visita espectral, que en principio a la joven le daba prestancia y hasta le hacía gracia, no se aparecía por compromiso con la poesía, sino únicamente para preguntar cuándo iba a hacer de nuevo aquel exquisito plato.

-Confieso que a veces la poesía/me importa un bledo/ Sólo aparezco/ por repetir la suerte de aquél día/ y probar la dauphinoise que me cocina/-no se si lo merezco-/la delicada rosa de Sobredo

Es posible que la rima perdida fuera más o menos así. Y es más que probable que la futura marquesa, siempre muy suya para todas las cosas, le dijera al fantasma que la rima le parecía lamentable, y que además la reafirmaba en su tesis de que donde esté Musset, que se quite Bécquer. El caso es que, aunque estos versos apócrifos no figuran en la obra capital del gran poeta sevillano, la dauphinoise que los motiva te dio a tí la oportunidad de valorar el alto grado de aprecio que te dispensan los marqueses de Betanzos y, de paso, la de romper el bloqueo mental que te había alejado de tu blog últimamente. En tu caso no se colaba tu espíritu, sino que aparecías tú mismo en carne mortal, como otros distinguidos invitados.

Por cierto, que antes de que las redes sociales y otros pepitos grillos o moscas cojoneras se precipiten a prejuzgar con sorna los presuntos méritos del marquesado de Betanzos para exhibir tal título, debes aclarar que el señor marqués, insigne diplomático y abogado, es el único de tus amigos que todos los domingos tiene aún la costumbre de abandonar el jardín de su residencia –tan hermoso que cualquier día propiciará nuevas apariciones a la marquesa- y encerrarse en su despacho para estudiar fundamentos de derecho, consultar jurisprudencia y elaborar sus certeros y bien retribuidos dictámenes. Como si fuera un pasante meritorio de veintitrés años. El título más que una coña, que lo es, puede considerarse un despiste del todavía rey de España, que aún no ha reparado en el profundo calado de sus méritos para concedérselo de pleno derecho, pues de Betanzos es, y bastante más lustre daría al cuerpo de la nobleza que alguno de sus parásitos. Todos tenemos lapsus, y no vas a ser tan borde para reprochárselo al abdicante en esta hora.

-Lo siento mucho –dijiste tú, hablando de hora, para excusar tu necesidad de abandonar la divertida sobremesa- Pero es que a mí mañana a las ocho me espera la radio.

-No me digas –te dijo el marqués entusiasmado -¿Vuelves a Radio Nacional?

Os reísteis cuando aclaraste el equívoco. No era esa tu radio, sino la otra, la radioterapia, que te debían aplicar en temprana hora. Los miembros de tu club sois como los escolares con las matemáticas, que abrevian. Las mate, la quimio, la radio. Tú llevabas el cáncer con la ligereza de una migraña tonta, pero después de dos años de no pasar por talleres esta nueva convocatoria de la ciencia médica te tenía inquieto, ausente, inane para cumplir con tu blog. Se ha pasado, ya está, esperas volver a tu ritmo habitual cuanto antes. No hay mejor medicina que el cariño de los amigos. Ni nobleza más digna de títulos que la de los que sin ser grandes de España lo son de corazón.

A propósito, el gratin dauphinois es un plato de patatas en capas, cocinadas en leche y nata, con ajo, queso y algún otro aditamento, típico de la región francesa del Delfinado, en los Alpes. Aunque seguro que la versión que la marquesa de Betanzos preparó para Bécquer y para este bloguero llevará algún toque especial no fácil de averiguar.

 

 


Siluetas de RNE

Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 1,183,018 hits

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 166 seguidores

%d personas les gusta esto: