Archive for the 'Historias inventadas' Category

Una ucronía catalana

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La historia había reservado esta fecha para nosotros –se dijo Magín orgulloso cuando recibió los resultados de la votación. Se sentó en una silla, puso su cartera de pie sobre sus rodillas, inclinó la cabeza sobre ella y se echó a llorar. Un observador insensible hubiera creído que sus lágrimas eran convencionales, agua y sal como las derramadas por cualquier lacrimal, pero él sabían que cada gota se descomponía en diminutas moléculas, que las había de color rojo y amarillo, y que cuando resbalaban por sus mejillas iban trazando sobre su rostro la inconfundible huella de la Senyera. Se sacó el pañuelo del bolsillo de su chaqueta y se las enjugó. El pañuelo, como el algodón, tampoco engañaba: eran lágrimas de emoción, pero inconfundiblemente catalanas Se levantó y buscó el cuarto de baño, levantó la tapa de la taza del retrete y se dispuso a orinar. El chorrito, como si fuera el de la fuente de Montjuich, también se descomponía en estrechas rayitas de líquido rojo y amarillo.
-¡Y no me escuecen!..-gritó jubiloso- No son las hematurias que de vez cuando bien me joden…¡Es que hasta mis riñones depuran catalanidad!…
Se lavó las manos, se refrescó el rostro, se miró en el espejo. No cabía en sí de felicidad. Sacó de su bolsillo el teléfono móvil y marcó el teléfono de la Nuria.
-¡Hemos triunfado, nena!- dijo entre sollozos-¡Ya podremos ser lo que queramos!…Pero no se lo digas al hereu, déjame que sea yo el que le dé la gran noticia.
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El plan había funcionado a la perfección. El comando secreto del FRENCOÑAR (Frente de Encoñados con la Autodeterminación y el Referéndum) había desplegado todos sus efectivos una semana antes en la capital del Reino. Valiéndose de una red de Mataharis y Philbys de nueva generación que actuaron con una meticulosidad, una discreción, una imbatible capacidad de seducción y una inteligencia excepcionales, habían conseguido inocular en los botellines de agua mineral de todos los representantes de los partidos opuestos a su proyecto un compuesto químico que durante veinticuatro horas alteraba sus facultades volitivas, y necesariamente les impelía a votar en contra de sus convicciones. Al fármaco le llamaron coloquialmente Arturina, y no tenía más efecto secundario que el dejar en los diputados la misma sonrisa autocomplaciente, como de soyelreydelmamboysonríoporquemesaledelníspero, que el ausente Molt Honorable President de la Generalitat exhibía en todas sus comparecencias públicas. En el momento de emitir su voto, un par de diputados del partido del gobierno llamaron tía buena a la diputada Pilar Rahola, y tres diputadas de la coalición ITAI (Irredentos y Tocapelotas por la Autodeterminación Imposible) hicieron ojitos a Rajoy y a Rubalcaba mientras les lanzaban besos y les piropeaban con epítetos como cachas y macizos, pero según el Observatorio de la Igualdad y de la Dignidad en los usos parlamentarios dichas actuaciones no restaban validez alguna a la votación. Por la misma razón tampoco se anuló el voto de un diputado en cuyo índice de la mano alzada se distinguía perfectamente un moco verduzco, ni el de otro padre de la patria que aprovechó el mismo gesto para hacer una peineta con incierto destino

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El caso es que, contra todo pronóstico, la propuesta del Parlamento de Cataluña para organizar una consulta secesionista salió triunfante. Y el cerebrín Magín, diseñador y ejecutor de la hábil estrategia de persuasión contra la intransigencia española, pudo al fin vivir su momento de gloria.
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Cerebrín Magín estaba tan ahíto de triunfo que prefirió desmarcarse del resto de su equipo y volver sólo en el AVE. Hasta Zaragoza sólo pudo sestear, soñando el primer desfile que festejaría a la nueva nación que inevitablemente saldría del referéndum. De Zaragoza a Lleida anotó pequeños problemas sin importancia que el nuevo gobierno habría de resolver para demostrar que la independencia tenía sentido. Cómo convencer a Europa de que ganaban un nuevo socio, cómo remendar el agujero de la deuda y el déficit, cómo poner en marcha una sanidad, una educación, una justicia y una defensa propias, cómo relanzar la economía, cómo acabar con el paro, cómo pagar la pensión de la yaya, cómo convencer al Estado de que el Barça debería jugar por el momento la Liga española…
Ah, el Barça…Habían sido sus últimas temporadas deslumbrantes el mejor argumento para que su pequeño Maginet, el hereu, entendiera lo que significaba la Catalunya triomfant que se canta Els Segadors. Y el noy lo entendería, claro que entendería que, pudiendo elegir lo que sus ciudadanos quieren ser, Cataluña sería la soñada por los nacionalistas de toda la vida.
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La capital estelada respiraba euforia. Pero Magín sólo quería llegar cuanto antes a su casa para abrazar a su pequeño y anunciarle la gran noticia por la que tanto había luchado.
-¡Maginet! –clamó el cerebrín abriendo los brazos al nen que le recibía con la samarreta del Barça- ¡Ya podemos celebrar el referéndum!…Ya podremos elegir la patria a la que queremos pertenecer.
El heréu se llevó el dedo a la boca, pensativo.
-¿Qué no lo entiendes, noy?-dijo el gran estratega sacudiendo al niño por los hombros.
El chico entonces se volvió de espaldas y le mostró al padre el nombre  estampado al dorso de su camiseta de su gran ídolo del Barça, el hombre que posiblemente más hecho por la gloria de Cataluña en los últimos años.
-Entonces, pare…-preguntó el hereu sonriendo como un ángel- ¿ja podrem ser de Fuentealbilla como el Iniesta?

La muertoterapia

Dales Señor descanso eterno y ahórrales eseas elegías que casi producen vergüenza ajena y sólo aprovechan a los que quedamos vivos...

Dales Señor descanso eterno,  y ahórrales esas elegías que casi producen vergüenza ajena y sólo aprovechan a los que quedamos vivos…

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-Nunca se ha hablado bastante del efecto catártico que ejercen en la sociedad los muertos gloriosos-pensó Francisco mientras apuraba su café matinal.
El profesor de psicología repasaba los periódicos y, al mismo tiempo, ordenaba sus ideas. Primero, qué es eso de los muertos gloriosos: así llamo a los personajes ilustres que, cuando fallecen, desatan el sentimiento unánime de la masa que redime sus miserias morales exaltando con desmesura los valores y los méritos del que ha fallecido.
Los editoriales y columnas de la prensa escrita, y todos los comentarios de la radio y la la televisión avalaban su tesis. No es que toda España se hubiera pronunciado en el mismo sentido, asegurando que el muerto ilustre era lo mejor de lo mejor, sino que además organizaciones habitualmente poco complacientes como la Diputación de la Bajeza de España, las Reales Maestranzas de Villanía, la Hermandad del Demoníaco Refugio y otras como Bellacus Mundi, Desalmados sin Fronteras, AIR (Amargados Irredentos) y la APHPP (Academia Panamericana de Hijoputas Pase lo que Pase) habían expresado su admiración, rayana en la devoción, por la figura del extinto prócer.
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Segunda idea que subrayo-anotó el profesor-: la sociedad necesita este tipo de muertes gloriosas para lavar su mala conciencia sin correr el riesgo de que el elogiado se ponga gallito. Está claro, el muerto al hoyo, y el vivo al bollo. Si alabo a quien se lo merece en vida, estoy fortaleciendo a la competencia, porque igual se crece y me pisa el terreno, no me jodas. Mejor espero a que sea completamente inútil para canonizarle, que los santos lucen mucho y no incordian nada. Luego habrá himnos, banderas al viento, lágrimas, cerillas encendidas cuando algún cantautor estrene una balada invocando su nombre…Definitivamente, si no hubiera gloriosos así, habría que inventarlos.
Hace unos meses había sido Nelson Mandela, ahora el último era Adolfo Suárez. El país lloraba, pero curiosamente, unido en el dolor que incluso puede que fuera sincero, se sentía más digno, mejor moralmente. Los muertos ilustres subían la autoestima colectiva y, al cabo, reforzaban los cada vez más frágiles lazos que aún unían a la patria.
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Tercera idea con la que concluyo- resumió el psicólogo Francisco. En esta sociedad tan sensible y tan afligida por toda clase de males que fustigan a la psique, habrá que considerar a la muertoterapia y hablar de sus benéficos efectos en la moral individual y colectiva. Dónde caerá el próximo muerto ilustre, que no quiero perderme el velatorio. Dónde me publicarán la emotiva necrológica en la que pienso decir que le admiraba profundamente, y que tuve la suerte de compartir muchas cervezas y raciones de patatas bravas con él. Quién me sacará la foto, visiblemente compungido en su funeral. Y cuándo se va enterar el personal de una puñetera vez de lo importante que es este menda, a quien, aunque no lo confiese en su testamento, el ilustre fallecido conocía y apreciaba de corazón.
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La teoría de la muertoterapia fue recibida con cierta sorpresa por sus alumnos, aunque alguno después de la clase se le acercó para decirle que sí, que tenía razón, que al pueblo los muertos famosos le gustan más que a un tonto un lápiz, y que movilizan casi tanto como las estrellas del fútbol o del rock. No obstante el profesor de psicología quiso ir más lejos. ¿Por qué reservar el ditirambo sólo a los difuntos, y no a quien de verdad los puede apreciar? Entre sus amigos de la beautiful people, donde era muy bien recibido porque era el único que ni procedía de la oligarquía de la banca, o del ladrillo ni era un hijo de la efímera cultura del pelotazo, Dotita Pitruejo, creadora de tendencias donde las hubiera, comentó un día que nada le gustaría más que morirse un ratito para escuchar y ver por el rabillo del ojo su velatorio. Así que, después de avanzarle su nueva teoría, Francisco le propuso que en lugar de convocar a sus amigos más distinguidos a jugar al bridge, al paddle, a celebrar merendolas benéficas o a hacer teatro, ofreciera sesiones de muertoterapia activa.
-Cada sesión se elige un muerto ad hoc –le explicó Francisco- y en torno a su figura se inicia la catarsis mediante la idealización del difunto. Porque todos somos tan maravillosos como nos propongamos serlo.
A Dotita la idea le pareció como colosal, y animados por ella, el ramillete de gente guapa se puso de acuerdo en matar cada semana a uno de la pandi, figuradamente hablando, para colocarlo en un féretro futurista diseñado por Calatrava y vestido por Agata Ruiz de la Prada y durante un par de horas colmar sus oídos y su ego con elogios desmedidos que los demás miembros del selecto club debían improvisar en prosa, en verso o incluso en bellos cánticos, siempre que éstos no sonaran demasiado a guitarreo parroquial, que quedaba muy hortera. Las normas de estilo imponían algo de verosimilitud en los comentarios y elogios, tampoco demasiado. Pero desde luego estos debían provocar un subidón en el ánimo del muerto eventual y, por añadidura, en el resto de los invitados, que se sentirían orgullosos  de haber conocido tan de cerca ese gran personaje por el que lloraban desconsoladamente.
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Las sesiones de muertoterapia de Dotita se hicieron tan famosas y solicitadas como fueron las lentejas de Mona Jiménez durante la Transición, y el ser propuesto como moriturus ad laudatio se empezaba a cotizar como entrar en una lista de ministrables, de futuros candidatos al consejo del BBVA o a los premios Príncipes de Asturias. Pero después de unas cuantas muertoterapias al psicólogo se le empezó a indigestar su ocurrencia. Además de encontrar en el experimento nuevos datos que avalaban la necedad y la frivolidad del género humano, nada desde que comenzó a pergeñar su método iba bien. No era sólo que le hubiera abandonado su mujer y que no se entendiera con sus hijos, ni que hubiera perdido las elecciones al decanato, ni que su antigua profesora auxiliar le acorralase reclamando la paternidad del hijo que esperaba, ni que le acabaran de comunicar que el acta de la Inspección de Hacienda  le reclamaba más de 45.000 €. Ni tampoco que su mejor amigo le hubiera estafado el resto de sus ahorros, ni que la jipija de Dotita, con la que había coqueteado y que sí le gustaba de verdad, le plantara diciendo que vaya chorrada lo de la muertoterapia, cómo voy a enrollarme con un tío tan siniestro. Tampoco era el desprecio que adivinaba en la corte de Dotita, pues quién se creerá ese profesor tan redicho, como si enseñar psicologíca fuera de lo más cool, ¿no te digo? Esas son chorradas. Era, sobre todo, que había perdido la fe en si mismo y el interés por el mundo, y que sentía que se le estaba parando el fuelle de la vida.
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De tal manera que, cuando le llegó el turno, y aunque el numerito le parecía una mascarada propia del personaje de La gran belleza, aceptó su nombramiento de moriturus y descorchó una botella de champán francés para brindar con Dotita y sus amigos antes de despedirse, meterse en el ataúd y hacer como que se moría beatíficamente mientras empezaban a alegrar sus oídos las elegías de rigor.
Jo, daba gusto morirse así- se dijo- Con lo calamitosa y estúpida que ha sido mi vida, con las granujadas que he hecho y lo majadero de mi comportamiento, con lo poco que significo para este hatajo de pijolondrones y aún pueden decir de mi que soy un talento, un genio, un modelo de ciudadanía y de caballerosidad y un espejo de virtudes. Cuánto te echaremos de menos- escuchó- Tócate los cojones, Paco: qué buenos somos todos después de muertos…
Afortunadamente nadie se había percatado de las pastillas que se tomó antes del brindis final. Nadie sabía por tanto que aquel velatorio de mentirijillas con su repertorio de pomposos elogios fúnebres se hacía excepcionalmente por uno que iba a morir de verdad.

Diabólica maleta

mALETAS DIABOLICASLa sacas del armario, la abres, extiendes, a su alrededor lo que tienes que meter en ella y te sientas a pensar esperando que el Espíritu Santo te ilumine. Te acuerdas del sabio Berzgast. Precursor de la teoría del Big Ban, fue además quien oficiosamente le sopló a Higgs el hallago que revolucionaría la física moderna.

-Acabo de descubrir una partícula subatómica que va a hacer furor- le dijo al famoso físico que bautizó al bosón- Como he quedado con Dora para ir al baile y me da pereza acercarme al Registro de Patentes, te regalo el hallazgo.

Modorek Berzgast era así de modesto. Cuando el mundo anunció gozoso que por fin se había solucionado el celebérrimo problema matemático de la Conjetura de Poincaré, su tía Matilde, fallecida en 1958, reveló a través de una médium de Budapest que en una lata de leche en polvo americana que ella guardaba en la alacena de su cocina había un rollo de papeles que su sobrino le contó que eran importantísimos. Localizaron la lata y efectivamente, allí había seis cuartillas enrolladas con el diabólico formulario que había traído locos a los que años más tarde se apuntaron el descubrimiento, y que definitivamente resolvía la dichosa conjetura.

Modorek Berzgast se desayunaba raíces cuadradas y neutrones con mermelada, guardaba en su cerebro los nombres y números de teléfono de todos los habitantes de Zurich, según el censo municipal de 1954, y era capaz incluso de entender las facturas de la luz. Muerto en 1992, su fantasma resucitado fue capaz incluso de montar muebles de IKEA sin error, quitar a mil CD su endemoniada funda de papel plástico y encararse a quinientos abrefáciles de distintos productos con éxito, limitándose a seguir las indicaciones del envase.

La Academia de Suecia  barajó otorgarle el Nobel de todas las ciencias, pero la propuesta no fraguó por no desanimar al resto de los sabios. Morodek Berzgast era un monumento vivo a la inteligencia teórica y práctica. Justo lo que más admiras tú.

-Y sin embargo, oh, paradoja, nunca he sabido hacer una maleta- dejó escrito Berzgast en su dietario el día antes de suicidarse por hipotermia en un frigorífico de pollos congelados.

Te acuerdas de él, mientras te torturas intentando priorizar lo imprescindible para permanecer siete días en Alemania. Santo cielo, qué miedo al error y al olvido. Y cuánto envidias a los que saben hacer maletas. La tensión mental de hoy se debe a que vas Eisenach a cantar con tus compañeros del Bach Estudio la Pasión según san Mateo de J.S. Bach. Nunca has aspirado a la mitad de gloria de Modorek Bertzgast, pero como coincides con él en la única laguna de su sabiduría, muy de mañana, junto a la maleta abierta, dejaste un folio con un aviso rotulado a gruesos trazos:

OJO, NO OLVIDAR LA PARTITURA

Llevas dos horas haciendo la maleta y aún no atreves a cerrarla.

 

El barbero de Rilke

Posiblemente el barbero de Rilke era un tipo como éste...

Posiblemente el barbero de Rilke era un tipo como éste…

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El poeta Rainer María Rilke  se pinchó con la espina de una rosa. Se le infectó la herida y poco después murió. Se hubiera muerto de todas formas, pues padecía una leucemia, en aquellos tiempos seguramente incurable, pero la suya fue una muerte más romántica que ninguna. Te contaron esta historia, y entonces  pensaste que su fama  no era consecuencia de sus versos, sino de su final.

En realidad no habías leído casi nada de Rilke cuando hace muchos años te hospedaste una noche en el Hotel Victoria de Ronda, donde se recuerda que allí había pasado varios días el poeta. Era una noche despejada de luna llena, y el balcón de tu habitación daba a la profunda hondonada del Tajo de Ronda. Te asomaste a ver el panorama y te quedaste sobrecogido por aquel momento de inmensa belleza plateada y de serena quietud, con las casitas de los montes circundantes  brillando a lo lejos como luciérnagas agazapadas. No tenías palabras para expresar tu emoción, luego no eras poeta. La poesía estaba allí, a tus pies, entre el cielo y el lecho del Guadalevín, pero ni uno sólo de tus versos, si los hubieras escrito entonces, hubiera podido seguir el vuelo de lo que te inspiraba el momento. Para eso están los auténticos poetas, como Rilke, que aprovechó su estancia en Ronda para alimentar a su musa y vivir de la poesía hasta que la espina de la rosa maldita se le cruzó en el camino.

El barbero de Rilke se llamaba Antonin Kloveck, y no alcanzó ninguna gloria especial, ni como barbero ni como poeta, aunque también fraguó en leyenda.

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El diario de Antonin Kloveck, encontrado entre los escombros de una casa arrasada  por los bombardeos de Dresde durante la Segunda Guerra Mundial,  refleja la profunda admiración del barbero por su ilustre cliente. Admiración que sin embargo mutó en estupor ante la fría reacción que mostró el poeta el día que Kloveck le contó su particular percepción de la poesía.

Un día mi esposa Benedikta y yo –escribió el barbero Kloveck en su bloc- invitamos a cenar a Carel, nuestro primo, sargento de caballería, y a Blanka, la bella campesina con la que se acababa de casar. Benedikta sirvió la cena en unos platos preciosos de porcelana de Karlovy Vary que había heredado de su madre, y por los que tenía un gran aprecio. A la joven Blanka, que apenas había abierto la boca boca más que para engullir los alimentos, le gustó tanto el postre que rompió su mutismo y se deshizo en elogios. Oh, es la cosa más deliciosa que he probado nunca-dijo refiriéndose al medovnik que había preparado mi mujer. Tanto le gustó que Benedikta le ofreció el resto de la tarta para que se la llevara a su casa. Toma -le dijo- Llévatela en este mismo plato, y ya me lo devolverás cuando la hayas comido. Benedikta era así de generosa.  A pesar de lo mucho que apreciaba su vajilla estaba dispuesta a que la joven  esposa de su primo, una recién llegada al cabo, se fuera con el resto de su medovnik y, sobre todo, con un plato de su vajilla favorita

Y en cuanto a Blanka…Bueno, Blanka era verdaderamente bella, y  su mirada derramaba tanto encanto que al final de la cena yo esta prendado de ella. Se que es temerario hacerlo constar en mi diario, pero creo que me enamoré de mi nueva prima esa misma noche. Ella también me lanzó una última mirada antes de irse con Capel que me supo más dulce que el postre que se llevaba  entre sus manos. Porque uno es barbero, qué demonios, pero tiene corazón romántico.

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A los pocos días-continúa  relatando Kloveck- Benedikta me pidió que fuera a casa de Carel para recuperar el plato. Cuando llegué  él  se había ido al cuartel, y Blanka insistió en ofrecerme una taza de café con unas galletas horneadas en su propia cocina. Nos sentamos junto a la estufa, me sirvió el café y las pastas y empezó a hablar todo lo que había callado la noche que nos conocimos. En la conversación se  interesó por  mí. Me dijo que el barbero de su pueblo era también violinista, porque hacía falta tanta sensibilidad para deslizar la navaja sobre la cara de un cliente como para pasar las cuerdas del arco sobre las del violín. Me lo dijo mientras yo buceaba maravillado en el profundo azul de sus ojos, y la verdad es que me pareció una observación muy aguda. Yo me creía sólo un buen barbero, como mucho un artesano, y resultaba que era sutil y delicado como un violinista.

Nadie me había dicho nunca algo tan hermoso. Benedikta sólo me dijo una vez que lo de afeitar era interesante, porque  desde que el mundo es mundo las barbas no paran de crecer, y si yo hacía bien mi oficio nunca nos faltaría el pan También me preguntó Blanka si había estado alguna vez en Sevilla, donde le habían dicho que había un barbero muy saleroso. Le dije que yo no tenía mucha gracia, que sólo era un barbero competente y un marido que trataba de complacer a su señora, y que por eso venía a recoger el plato de la vajilla de Karlovy Vary.

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También le insinué que había otras cosas importantes en mi vida. En ese momento la miraba a sus ojos, esperando que ella viera en mí lo que yo no era capaz de expresar. Mi taza de café tintineó  entonces al chocar con la cucharilla. Era la vibración de mi mano,  más nerviosa que el día que afeité al primer ministro. Me hubiera gustado tener entonces la pluma de mi cliente el señor Rilke para escribirle un soneto de amor imposible, pero se ve que uno es sólo poeta de buenas intenciones.

El último contacto con Blanka fue el roce de sus finas manos en el momento de entregarme el plato y despedirrme. Yo emprendí el camino de vuelta a casa abrumado, cabizbajo y triste. Pero a medida que me alejaba de ella percibí un fenómeno extraño: el plato se iba calentando. Era un día de otoño y a las orillas del río, por donde caminaba, hacía frío, así que mis dedos al principio agradecieron aquel calor inesperado  Pero a medida que me alejaba de Blanka y me acercaba a casa la temperatura del plato subía más y más, al punto de hacerse insoportable.  Al cruzar el puente, cuando sentí que el plato iba a abrasar mis manos y ya no podía aguantarlo más, me acerqué al pretil y lo lancé al agua. Ahora debe de yacer sepultado en el cieno del fondo del Moldava.

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Lamentablemente tuve que mentirle a Benedikta una y otra vez –prosigue el barbero de Rielke- Primero cuando me vio llegar con las manos vacías. ¿Pero tú estás tonto o qué?, me dijo muy enfadada. ¿Vas a por el plato y me vuelves sin él?  Cada vez que  me volvía a mandar a recogerlo me inventaba un pretexto para excusar el plato perdido. Que Blanka  no estaba en casa, que había regresado al pueblo, que era imposible comunicarse con Carel o con ella. Entonces me llamó cobarde y cínico, destapó sus sospechas de que todo era una estratagema para visitar a su prima la aldeana,  me acusó de estarle engañando con ella, y me amenazó rotundamente: si no veo otra vez juntos los seis platos de porcelana de Karlovy Vary que heredé de mi madre no quiero volverte a ver nunca más. Y además se lo diré a Carel, que ya sabes lo bruto que es.

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Un día cargué los cinco platos de la dichosa vajilla que aún sobrevivían en casa y me dirigí al río. Me paré en el lugar desde donde había arrojado el que faltaba y allí mismo fui lanzando cuatro más, que fueron a parar, como el primero que tiré, al lecho del Moldava. Tal vez los aprovecharía un buzo o un dragador, me dije para justificar mi rapto de locura. Con el quinto me dirigí a la mejor pastelería de Praga. Compré un medovnik como el que hacía Benedikta, dije que me lo presentaran sobre el plato, que me lo envolvieran lujosamente y fui casa de Blanka a llevárselo. En el camino, me tropecé con Carel que, a lomos de su caballo y al frente de su pelotón hacía una ronda de regreso al cuartel. Yo le saludé sin especial entusiasmo, aunque advertí de reojillo en su rostro la sombra de una sospecha. Luego me perdí por las calles estrechas hasta llegar sofocado a su casa, donde me esperaría su joven esposa..

Cuando me abrió la puerta la saludé descubriéndome, le entregué el plato con la tarta, y, olvidando mi timidez, le dije algo así como esto. Querida Blanka, te he amado desde el mismo momento en que te vi. Pero al regresar después de recoger el plato de este mismo juego que estaba en tu poder, este, a medida que me alejaba de ti, se calentó en forma tal  que llegó a quemarme las manos, y tuve que tirarlo al fondo del río. Lo interpreté como un aviso del destino. De ser posible, el nuestro sería un amor incendiario. A partir de entonces, tu recuerdo, entre la pasión y el remordimiento, me ha alterado tanto que raro es el día que mis manos no tiemblan al afeitar y hago un corte a alguno de mis clientes. Pero no quiero molestar a nadie. Ni a ti, ni a Carel ni tampoco a Benedikta, que cree que tú y yo somos amantes sin que hayamos cruzado más que miradas. Por tanto quédate con este plato, prueba evidente de que yo nunca estuve aquí para recogerlo y, mucho menos, para ser infiel a mi esposa. A ella le dire sólo que mis ausencias eran para ir a por tabaco, que creo que es lo que se dice…

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El relato del barbero Antonin Cloveck  concluye con una sorprendente afirmación. Le conté este sucedido –anota en su dietario el barbero- a mi respetado cliente Rainer María Rilke: el encuentro, el descubrimiento de aquellos ojos azules, la cena, el medovnik, la primera visita para recoger el plato, la metáfora del afeitado suave como el violín,  el roce con las manos de Blanka, el plato que se convirtió en brasa ardiente, el espectáculo de tirar platos, en lugar de piedras, como hace la gente normal, al río, el enfado, la declaración, el adiós con dolor, pero también con dignidad y sin lágrimas…Se lo conté esperando que al insigne poeta le inspirase al menos un poema de los suyos, pero no movió ni una ceja, Bien es verdad que yo pido a mis clientes que no hagan ni una mueca mientras paso la navaja, pero al menos un monosílabo sí que podía haber musitado sin peligro. Nada, no sabía si estaba afeitando a una esfinge o a un gran poeta. Así que, cuando después de darle unas friegas de colonia en los cachetes le retiré el mandilón blanco, le pasé el cepillo sobre los hombros,  cobré mi servicio y le señalé respetuosamente la puerta, me atreví a preguntarle.

-Oiga, señor Rilke, usted que entiende…Todo esto que le he contado al menos tendrá su poquito de poesía, ¿no?…

El poeta se quedó con la mirada perdida en los carruajes y los transeúntes que pasaban tras la cristalera de la puerta de la barbería. Por unos momentos, mientras se acariciaba el mentón repasando la rigurosa caricia de mi navaja, su ceño fruncido barruntaba una respuesta compleja y elaborada. Se puso el sombrero y frunció el morro pensativo, como preparando una gran frase. Yo contuve la respiración mientras mi corazón galopaba expectante. Hasta que por fin el inmenso poeta de las Elegías de Duino dejó escapar un suspiro y esta frase para mi biografía.

-Qué quiere que le diga.

Me dejó algo frío el señor Rainer María. Y es que hay poetas sublimes, poetas épicos, poetas líricos, poetas malditos, poetas en la calle, poetas novísimos, poetas del absurdo. Yo estoy entre los poetas del absurdo y los poetas simplones que además no escriben, pero a pesar de esto y de que nunca he sabido más ni de Benedikta ni de Blanka, sigo afeitando con la suavidad de un violinista, pienso en poesía y gracias a eso me considero razonablemente feliz.

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De Antonin Kloveck, no se supo nunca más que lo que reflejan los escritos encontrados entre los escombros de  Dresde. La historia sin embargo es tan cierta como que se te ocurrió a ti, el bloguero, paseando un plato por el Manzanares. Sólo hay que añadir que cuando   se dio a conocer el diario del barbero de Rilke, algunos supervivientes de la Praga de entonces recordaban a un hombrecillo con mirada errática que a veces se asomaba al pretil del Puente Carlos y lanzaba platos a las aguas del Moldava.

Un arrepentimiento cabal

Imagen ttomada a modo de préstamo sin çanimo de lucro de la we www.descomtivaciones.es Gracias mil

Imagen tomada a modo de préstamo sin ánimo de lucro de  http://www.desmotivaciones.es
Gracias mil

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Patxi no sabe cómo se dice en euskera, pero reconoce que el amor tiene razones que la razón desconoce, y ahora lo está padeciendo en sus propias carnes. Su Zaraitzu  no es una de esas modelos de belleza que copan las revistas femeninas y los suplementos dominicales de los periódicos, todos burgueses y decadentes, por cierto. Pero sí un canon de la estética femenina abertzale. Y  eso le pone, le pone como si de una vez por todas hubiera se hubiera coronado la lucha, borrado las causas del conflicto y conseguido el sueño de la patria vasca. Zaraitzu y la patria vasca, independiente y revolucionaria ,qué más se puede pedir.

-Es la hostia, pues-se repetía mientras preparaba unas cocochas al pil-pil.

Lo segundo, o sea el sueño total, aún estaba en proceso. Bien encaminado, pero en proceso. En cambio lo de Zaraitzu era una felicidad que creía ganada: Zaraitzu, tan  guapa y sexy ella, con sus leguis embutidos en botas de boxeador antiguo, su sudadera reivindicativa un puntito apretada, marcando tripilla, su pendiente en las aletas de la nariz y su cabello de rapado por la nuca y  rematado en la coronilla con una cresta de aguanieves, un auténtico euskopelo que, la peluquera de Mondragón, esculpía con singular encanto.

-Joder, qué mano tienes, hijaputa- le había dicho Zaraitzu a Nekane cuando se vio ante el espejo- Ni que serías Miguel Angel

Pudo haber dicho Oteiza en lugar del Buonarroti. Pero aquel día, el constructivismo geométrico capilar que lucía su cabeza adquiría la categoría de un clásico.

-Está de buena la tía que de la que ligue el pil-pil…-suspiró Patxi cuando la vio entrar en fogones, sensual y provocadora.

Fue un fabuloso polvo aquel, entre aromas de pil pil, a la manera del famoso revolcón sobre mesa de cocina que puso de moda El cartero siempre llama dos veces. La sublimación del amor, la culminación de un sueño el mito erótico de su cuadrilla. Joder, Zaraitzu, la hostia, con lo buena que está. Los efectos del indiscutible encanto de una pasión abertzale.

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El hombre propone y las hormonas disponen. Craso error el de Patxi, creyendo que su pareja era terreno conquistado. La política y la kale borroka, les tomaban mucho tiempo, Patxi era, en efecto un buen morrosko y un auténtico gudari en la cocina y en la cama, pero nadie podía controlar el poderío hechicero de una mujer como Zaraitzu. Cuando empezaron a correr rumores Patxi se hizo el sordo, hasta que las balas de las pécoras y vecindonas le silbaron demasiado cerca. Se decía que Zaraitzu se distraía demasiado con otros hombres, que si con un profesor de ikastola, que si con un médico de Erandio, que si con un pelotari, que si con un francés que hacía surf en la playa de Mundaka.

-No podía creer –le dijo Patxi a su amada el día siguiente en que un amigo le comunicó, sin ánimo de ofender, que había sorprendido  a Zaraitzu desfogándose con otro en los aseos de un bar- ¿Pero no éramos novios, rollito o así?…Joder, Zaraitzu, la hostia eres…Pues anda y que te den.

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No se vieron ni se hablaron durante meses. Patxi cayó en una profunda depresión. Aunque era un tipo fuerte y bregado en la lucha, los encantos de Zaraitzu habían hecho mella en su alma. Notaba que la patria vasca sin ella carecía de sentido. Por eso le dio un vuelco al corazón el día en que ella le llamó para cantar la palinodia, para decirle que le amaba apasionadamente, que a partir de ese momento sería su único hombre y que quería demostrarle su arrepentimiento.

-¿Quedamos pues?

Y quedaron.

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El punto de reencuentro fue el bar de Koldo, donde compareció Zaratzu, tan arrebatadora como siempre, junto con Yosu y Garbiñe, antiguos compañeros de comando y ahora funcionarios del Ayuntamiento.

-¿Y éstos que pintan aquí? –preguntó Patxi.

- Verificadores son. ¿O es que crees que yo no me arrepiento en serio?

Dicho lo cual Zaraitzu abrió un gran bolso del que extrajo un amplio muestrario de lencería erótica,  tres cajas de preservativos y un manual de autoayuda que llevaba por título Cómo ser fiel a tu pareja. Una a una depositó las pruebas sobre la mesa y después, reclamando la atención de los testigos, se abalanzó sobre Patxi y quiso sellar su arrepentimiento con un tornillazo labial de los que hacen época.

-¿Pero qué cojones haces, tía?-dijo  Patxi  indignado  quitándosela de encima de un empujón.

- Pues el mismo numerito que montamos la semana pasada para salvar la causa de nuestra lucha.

El pobre Patxi se rascaba la mollera con cara de bobo de Coria, como si las piezas del puzle no le acabaran de encajar.

-Joder Patxi…¿Serás sinsorgo? –reaccionó la arrepentida visiblemente ofendida por el desprecio- Si entonces pensabas que todo el mundo iba a tragarse la pantomima… ¿por qué ahora no me vas a creer a mí?

 

Actualizaciones

La Ballena Alegre se actualiza, y se convierte en la Ballena Escéptica... (Imagen prestada de la web Plataforma 2003.org. Gracias)

La Ballena Alegre se actualiza, y se convierte en la Ballena Escéptica…
(Imagen prestada de la web Plataforma 2003.org. Gracias)

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La tertulia pudo llamarse la Ballena Alegre, como la que en otros tiempos alimentaron en Madrid Agustín de Foxá, Víctor de la Serna y Sánchez Mazas. Pero al margen de esa carta en la que la ministra del ramo les había comunicado que su pensión se incrementaba en dos o tres euros al mes, la verdad es que aquellos jubiletas tenían muy pocos motivos para la alegría.

-Llamémosla la Ballena Triste. O, como mucho, la Ballena Escéptica –propuso Gerardo- Una carta a ocho millones de pensionistas, con lo barato que saldría decirlo en el Telediario…¿No hubiera sido mejor dividir lo que ha costado ese marketing directo entre los beneficiarios y pagarnos un café en lugar de mandarnos otro papel más que romper?

-Qué despropósito- terció Palinuro- Y ahora quieren ahorrar en el chocolate del loro.

Palinuro se quejaba de que el programa EN  FORMA de la Comunidad de Madrid que invitaba a la tercera edad a sentirse atletas haciendo gimnasia con monitores en los parques de la capital también había sucumbido a la crisis.

-Hacíamos ejercicio, tonteábamos con chicas de nuestra edad y lo pasábamos dabuti. Pero han rebajado de 150.00 € a sólo 18.000 el presupuesto…¿Cómo vamos a mantener así nuestros cuerpos cristianos?

Palinuro se despechugaba entonces y mostraba en su abdomen una tableta que haría empalidecer a Cristiano Ronaldo o, más aún, almismísimo presidente Aznar. Tanto esfuerzo para nada.

Baltasar se quejó a su vez de que a su señora le habían limpiado la Dependencia, y que ahora los dependientes eran él y su cuñada Jovita, que rondaban los ochenta y cinco año y tenían que ocuparse de la pobre impedida. La tertulia, por momentos, derivaba en la Ballena Cabreada.

2

-No sólo de pan vive el hombre –dejó caer Homper sentencioso- Lo peor no es sólo la dictadura de los recortes, sino que la tiranía del progreso también se ceba en nosotros.

Había acudido el Hombre Perplejo a la tertulia con su ordenador, su IPAD y su teléfono móvil. Los puso en marcha ante sus colegas y torció el gesto. Las pantallas de los aparatitos se llenaban de avisos.

-¿Veis?…-dijo mientras los señalaba con el dedo acusador visiblemente alterado- !Actualizaciones!…Me ha costado lo que no está en los escritos aprender a manejar estos cacharos…Mis pobres sobrinos nietos han gastado no se sabe cuántas horas en explicarme programas, aplicaciones, torturas diversas con las que la tecnología nos quiere mejorar la vida. O complicárnosla, según se mire. Y cuando crees al fin dominar estos prodigios, algún canalla en Silicon Valey o donde cojones se decidan  estas cosas decide actualizarlas y te  jode el invento…Lo que no te mata la crisis te lo amargan los listillos…

3

Y Homper contó a este propósito algo extraordinario que le acababa de suceder, y que le tenía conmocionado, porque venía a confirmar que los avances tecnológicos condicionan nuestras vidas mucho más que el famoso Gran Hermano de Orwell.

-No sabéis hasta qué punto nos controlan e influyen en nosotros-subrayó con expresivos gestos.

Dijo que después de años en los que creía extinguida su pasión amorosa, había entablado relaciones con una cajera de su supermercado de una cierta edad, pero con encanto, de una belleza elegante y serena, muy clásica.

-Harto de que me preguntase cuando pagaba eso de ¿tiene tarjeta de puntos o tiket de aparcamiento?, a lo que siempre decía que no, le dije un día: sólo tengo dinero para esta compra y deseos de quedar con usted. Lo pasé fatal, lo reconozco. Nunca había tenido un pronto así. Pero la cosa funcionó, empezamos a salir, nos enamoramos…

Todos los tertulianos de la Ballena Espectante se quedaron en suspenso.

-¿Y?…¿Qué pasó?

4

El pobre Homper se puso muy serio al recordarlo. Fue explicando cómo había sido un largo proceso de seducción . Y cómo día a día fue descubriendo en su cajera favorita a la única mujer que en su edad madura le había hecho vibrar de verdad.

-Pero la nefasta manía del hombre de perfeccionar lo excelente –dijo mientras apagaba y guardaba en sus fundas la tableta y el ordenador- lo echó todo a perder.

Y contó que justo cuando él pensaba proponerle matrimonio, ella acudió un día a su cita completamente distinta a como siempre la había visto. Era un rostro distorsionado en un puzzle de cabeza con las piezas mal encajadas. Nada, ni la boca, ni los ojos, ni el cabello ni la nariz, que hasta entonces le habían parecido los rasgos del rostro de una madonna de Rafael estaban en su sitio ni con las mismas exactas proporciones que había hecho de ella un canon de belleza. Ahora lo que tenía delante  y le dejaba completamente patidifuso era, todo desorden y caos, el vivo y desconcertante retrato de una mujer de Picasso.

-Ya os lo podéis imaginar, amigos –suspiró mientras se enjugaba disimuladamente una lagrimilla y movía la cabeza con inredulidad- ¡A mi amada también  la habían actualizado!

Suicidio frustrado en la noche de los Goya

Hay quien quiere aprovechar la noche de los Goya para suicidarse..

Hay quien quiere aprovechar la noche de los Goya para suicidarse…

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Se empieza poniendo en duda la divinidad, sigues derribando todas aquellas cosas importantes en las que te dijeron que había que creer y acabas sumido en el más profundo y desalentador escepticismo. Eso es lo que le dijeron al bueno de Horacio Valdovines, que siempre se había burlado de las enfermedades psicosomáticas. Lo del escepticismo te traía al fresco: siempre lo había llevado cosido al alma. Peor fue el castigo que por tal causa recibió cuando, después de cumplir los cincuenta y cinco años, un día de primavera amaneció con los pies fríos, y ese frío no se le quitaba. Llegó el verano y a pesar de lo tórrido de las temperaturas seguía sintiendo dos carámbanos en sus extremidades inferiores, de manera que en otoño, alarmado, empezó a buscar remedio en la medicina. Visitó especialistas en el sistema circulatorio, endocrinólogos, internistas, geriatras.

-Debo de ser un viejo prematuro-pensaba- O quizás una premonición de muerto-le dijo al geriatra, que, como todos los demás especialistas, no encontraba razones en el organismo para justificar tal anomalía.

Siempre había tenido Horacio la cabeza fría. En sentido figurado. Ahora eran los pies los que tenía fríos, helados, y desgraciadamente no en tal sentido, sino en el sentido literal, material, físico. Una compañera de trabajo llamada Eloísa a la que alguna vez había mirado de reojillo le aconsejó que visitara a Susana, su echadora de cartas, una anciana argentina de cabello electrizado que oficiaba también como médium y curandera. Susana le recibió una mañana de febrero fría y lluviosa en su consultorio, un sancta sanctorum donde convivía con un par de periquitos, un gato siamés y una escultura hiperrealista de resina sintética que representaba a Cary Grant vestido de Odette en El lago de los cisnes.

-Lo tuyo es falta de amor- le dijo mientras le echaba las cartas tras escuchar de Horacio el largo peregrinar médico al que le habían conducido sus pies helados- Está clarísimo.

Mientras hacía su diagnosis Susana palpaba la entrepierna de aquel ridículo Cary Grant odettizado. Parecía sugerir que el amor de referencia era el que se adivinaba bajo el tu-tú de aquel viejo galán del cine clásico reconvertido en bailarina. Horacio, que  además de tener los pies fríos siempre había sido un hombre de cabeza fría, se mosqueó. Dijo que él no había venido allí para escuchar chorradas, se levantó de su silla y salió de la casa de aquella vieja loca dando un portazo.

-Has hecho mal –le reprochó Eloísa- Deberías haber esperado a que te diera el remedio.

2

Horacio Valdovines fue a partir de esa visita aún más escéptico que lo había sido nunca. Lo malo, además, es que sus pies seguían estando fríos, y la vida se le antojaba imposible de soportar. Calcetines gruesos, bolsas de agua caliente, mantas eléctricas, nada mitigaba la sensación de viajar continuamente sobre zapatos de hielo. Una noche sin embargo soñó que se le aparecía la estanquera gorda de Amarcord, abría su blusa, se despojaba de las enormes cazoletas de su  sostén y  colocaba los pies del escéptico Horacio Valdovines entre sus orondos pechos.

-Cariño mío –le susurraba mientras masajeaba los pies de Horacio entre aquellas dos opulentas morbideces- Esceptiquín de mi alma…¿Quién te va a quitar a ti el frío de los pies?…

Horacio despertó sobresaltado y avergonzado de su sueño. Pero por primera vez en mucho tiempo tenía sus pies calientes.

3

No se atrevió a consultarlo ni con Eloísa ni mucho menos con la loca de Susana, pero en su fuero interno interpretó que algo tenía que ver la diagnosis de la echadora de cartas con el remedio que, inopinadamente, le había traído aquel original sueño erótico. Desgraciadamente, los efectos de este no duraron mucho. A media tarde el calor de las friegas de la estanquera de Amarcord se había extinguido. Horacio Valdovines cayó en lo más hondo de su ya profundo escepticismo. Sintió entonces que no tenía sentido una vida con los pies eternamente fríos, y pensó aprovechar la noche de las Goyas para suicidarse en la bañera abriéndose las venas mientras veía la ceremonia en el televisor del cuarto de baño y  los del cine se ponían estupendos llamando majaderos y miserables a los que no son cono ellos.

-Me suicido por amor al cine –escribió con un grueso rotulador al reverso de una multa de tráfico- No he encontrado a una mujer como la estanquera de Amarcord para que me caliente los pies con sus pechos, y yo no aguanto más con los pies fríos.

Quizás esperando que alguien encontrara en su muerte un motivo para un buen guion, depositó su mensaje sobre el borde de la bañera llena de agua caliente. Cuando, provisto de un bien afilado cuchillo jamonero se aprestaba a zambullirse en el que habría de ser su lecho mortuorio para abrirse las venas, sonó el teléfono. Horacio pensó entonces que era una pena morir de incógnito cuando la suya iba a ser una muerte tan cinematográfica, y descolgó.

-¿Quién es?..

4

Eloísa no pudo ser más elocuente cuando Horatio le informó de su decisión de suicidarse por no poder resistir la vida con los pies fríos. Lo explicó con tal naturalidad  que, tras unos instantes de estupefacción, reaccionó furiosa.  Primero le insultó, y le dijo que ningún hombre se puede quitar la vida bajo ningún pretexto, y menos por tener los pies fríos. Y luego le reprochó el no haber hecho caso a la echadora de cartas, más aún cuando el sueño con la estanquera de Amarcord venían a darle la razón.

-¿Es amor o no es amor lo que necesitaban tus pies fríos?, so tonto. –le espetó- No seas cobarde, y búscate el remedio, coño, que da vergüenza pensar que te vayas a suicidar por esa tontería.

La conversación acabó ahí. Horacio pensó entonces que nadie le podía asegurar que en la eternidad sus pies recuperasen el calor, y decidió suspender sus planes inmediatos hasta nuevo ataque de escepticismo y depresión final.

 

5

Durante meses Horacio Valdovines hizo lo que nunca había hecho en su vida, que fue buscar amor para sus pies fríos a cambio de dinero. La cosa fue bastante complicada, porque la puta requerida debía ajustarse lo más posible al modelo de la estanquera felliniana, y porque además incluso las mejor dotadas consideraban que aquello de las friegas mamarias debía considerarse servicio especial, y le cobraban el doble.

-Mira Horacio, cari. Una está para lo que está, y eso que tú pides, francamente, es una fantasía que hay que pagar, porque una tiene su dignidad…

Fue Horacio poniendo parches a su problema y dando cuenta de sus progresos a Eloísa hasta que se le acabaron sus ahorros. Cuando ya no le quedaba para vivir más que su modesto sueldo de funcionario le llamó por última vez a su amiga y consejera para despedirse.

-Aprovecho otra noche de los Goyas para no tener que padecer más innecesariamente, querida Eloísa –le anunció mientras empezaba a llenar otra vez la bañera- Te lo digo a ti, que eres la única que te has preocupado por mí. Pero conste que muero escéptico y capicúa.

-¿Capicúa?…¿Qué quiere decir eso?

-Que muero con la cabeza fría, el corazón ardiente y los pies también fríos…¡Como desde aquel malhadado día!…

Se hizo un largo silencio. Eloísa se había quedado demudada.

-Espera un momento antes de que sea demasiado tarde –dijo su fiel compañera de trabajo- Si me das una oportunidad, a lo mejor podemos arreglarlo. No llenes más la bañera, que voy para allá.

Cuando Eloísa llegó a la casa de Horacio aún humeaba bañera. Lo cual  que aprovecharon para hablar en caliente  de los trágicos momentos que se avecinaban y abordar intimidades mientras se daban un baño juntos. Parece que ambos habían esperado  ese momento para conocerse recíprocamente, y convencerse de que la vida les podía dar más de lo que hasta entonceshabían compartido en los despachos contiguos del ministerio. También parece que algo más enredaron, porque, dejando a un lado el cuchillo jamonero y los pies fríos, salieron de la bañera después de retozar como dos focas en celo, se secaron el uno a la otra con mucha picardía, corrieron a la cama de Horacio y allí remedaron el numerito de la estanquera de Fellini. Ocurrió que los pechos de Eloísa no eran cántaros de miel, sino peritas de San Juan, dulces y sabrosas, pero demasiado pequeñas para dar masajes con ellas. Así que se entretuvieron en otras cosas y acabaron haciendo el amor, no en el sentido en el que usaban esta expresión sus ancianos padres –que equivalía a cortejar- sino en el actual, o sea fornicar con cariñito. Como si, a pesar del escepticismo visceral de él y de la improvisada vehemencia  de ella,  Horacio y Eloísa se quisieran de verdad. Aún  suspiraban de emoción potcoital  cuando ella alargó el brazo a su bolso y extrajo de él un llamativo par de calcetines de lana escocesa.

-Toma –dijo Eloísa a mientras lo besaba- Una no es la estanquera de Fellini, pero puede que con esto y con  el amor que te doy no vuelvas a tener los pies fríos.

No importa cómo siguió la gala de los Goya. Apagaron el televisor, se abrazaron y así se durmieron, felices los dos y Horacio, al fin, con los pies calientes.

 

Saulo, ¿por qué me persigues?

Incluso los más virtuosos necesitan alguna vez una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el  camino de la perfección... (La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

Incluso los más virtuosos necesitan  una caída del caballo para darse cuenta de que quizás el suyo no es el camino de la perfección…
(La Conversión de San Pablo según Il Pamiglianino)

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No engañes a nadie que se asome por aquí. Al principio esto podrá parecer uno de esos cuentos tontorrones con los que inicias algunos post, pero debes dejar bien claro que es un alegato. Un alegato en re sostenido mayor por ejemplo, que así sonará como más dulcificado por la música, pero no menos firme y solemne que esas proclamas altisonantes de los indignados. Es un alegato contra la estulticia, la hipocresía y el desprecio por los demás, aunque el protagonista del mismo no sea más que lo que en los relatos clásicos llamaban “un hombrecillo”.

2

Ya has citado el asunto que motiva tu alegato, la música. ¿Y por qué al hombrecillo le atraía tanto la música? Dice que sintió su hechizo cuando vio en Fantasía al legendario Leopoldo Stokowsky dirigiendo un ballet de hipopótamos dibujados por Disney mientras la orquesta tocaba la Danza de las horas. Qué encanto aquello de poder jugar con melodías y ritmos, y revestirlos de imágenes tan divertidas como imaginativas. Qué delicia, esquivar así las miserias de la vida.

Había otro motivo para añorar y desear la música. Llegó el hombrecillo a su primera juventud, y observaba que un colega que rasgueaba una guitarra susurrando suramericanadas de María Dolores Pradera y sus Gemelos mientras le hacía ojitos a una chica mona ligaba bastante más que él. Otro amigo mayor, más serio y preparado, le inició en la música clásica. Fue en verano, cuando los poros de la sensibilidad primeriza se abren y están amorosos. Aquel amigo, que poco después tomaría los hábitos de cartujo, ponía por las noches la Quinta Sinfonía de Beethoven en un primitivo tocadiscos que instalaba bajo una higuera, e invitaba a escucharla mientras el hombrecillo y su pandilla miraban las estrellas. Ahora a los momentos así se les llama iniciáticos, esdrújula que entonces no existía, pero que los que van de intelectuales gastan mucho. El hombrecillo, absorto en ese milagro conjunto que obraban la noche estrellada y el genio de Bonn sólo sabía entonces que no le gustaría morirse sin haber intentado antes ser música.

3

Sin enseñanza alguna, y manifiestamente inepto para engañar siquiera al instrumento más simple, el hombrecillo acabó cantando en un coro. Primero piezas sencillas y populares: que si eres como la nieve, que si tiro el pañuelico al agua, que si río arriba, río abajo, que si la bella Lola, que si se enamoró la paloma, y luego se equivocaba, que si no te vayas de Pamplona, que si los campanilleros y otras sonrojantes letras regionales o populares. Más tarde, en un salto de calidad y de criterio, música sacra a capella. Y de ahí, feliz  como el torero que se doctora en Las Ventas, a cantar con orquesta piezas de clásicos.

Entonces el hombrecillo se vestía de smoking, iba a la iglesia de turno con sus partituras, se incrustaba en la obra que siglos antes habían compuesto Vivaldi, Bach, Mozart o Beethoven y cumplía sus sueños. Aquello de aprender una partitura clásica sin apenas saber leer una nota exigía muchas horas de ensayo, pero el hombrecillo creía que valía la pena. Al fin se sentía por lo menos una parte infinitesimal  del tinglado de la hermosísima farsa. Ya no escuchaba la música, sino que estaba en ella.

Y era feliz, a qué negarlo.

4

Un día, al hombrecillo le contaron que el Coro del CEU San Pablo buscaba voces para conciertos importantes, y allá que se apuntó. Aparte de formar excelentes universitarios, el CEU tiene a gala inculcar en su alumnado el espíritu humanista y cristiano de su santo patrono. También –a Dios rogando y con el mazo dando- ha hecho suyo el ritual de las universidades anglosajonas distinguidas, y gusta de adobar sus actos académicos con coros que realzan su solemnidad, y mitigan en los padres de los graduados el dolor de pagar la pasta gansa que cuestan sus matrículas.

El pacto que le ofrecieron al hombrecillo y a los demás cantantes ajenos a la institución era claro.

-Mira, vas a tener que cantar en varias misas solemnes con obispos y autoridades, y en ocho o diez graduaciones por temporada. Pero a cambio también podrás hacerlo en el gran concierto anual que celebramos el día de la Conversión de san Pablo. Un gran evento cultural y social del que estamos orgullosísimos. Vaya lo uno por lo otro.

Gracias a ese intercambio de prestaciones el hombrecillo empezó a sentirse importante. Es cierto que los actos litúrgicos y académicos le resultaban tan aburridos que en esos momentos se hubiera cambiado por un corista del Teatro Chino de Manolita Chen, pero el fin justificaba los medios.

Así que el hombrecillo se tragaba los denuestos y cumplía como buenamente podía.

5

Esta temporada al coro se le pidió un esfuerzo más. El CEU iba a investir como Doctor Honoris Causa al presidente de la Comisión Europea Van Rompuy, con Rajoy de padrino y presencia de múltiples personalidades. Había que engalanar el acto añadiendo al repertorio habitual  el Himno a la Alegría  de la Novena Sinfonía –por aquello de Europa, a ver si caen- y el Aleluya del Mesías de Haendel, como colofón del acto que a todo el orbe cristiano llenaba de gozo.  Para eso hubo que programar horas extras de ensayo y dedicar prácticamente una mañana entera ad majorem gloriam de la institución. Como si en ello les fuera la vida a los cantantes, y no  a todos los prebostes que, al reclamo de la notoriedad del evento, atestaban el aula magna con sus vistosas mucetas, birretes y demás parafernalia. El hombrecillo y sus compañeros cantaron disciplinadamente. Les gusta cantar, no salir en la foto, y aún esperaban ilusionados el gran concierto del año.

6

Mala suerte fue que la crisis también hiciera mella en el espíritu generoso que alienta en el CEU. Y que considerando que este año no había dinero bastante para montar el Requiem de Mozart,  que era lo previsto, los jefes pidieran que se apañara un concierto de piezas a capella, que resultaba más baratito. Eso sí, había que desplazarse a la Universidad que la institución tiene en Montepríncipe -20 kilómetros desde el centro de Madrid- y con los hombres de smoking y las mujeres de largo, que lo exigía la dignidad del evento y la de los asistentes. Tal cual si en lugar de un coro menesteroso estuviéramos hablando del New Philarmonía, qué carambas.

Y peor suerte aún fue que, tras comprobar que su sueño quedaba en el alero, y cabreado por el trágala de un programa de emergencia, el coro se encontrase el día del concierto con el aforo del gran aula magna ocupado por diez personas. Había reservadas cuatro filas para las autoridades, pero sólo una de las que levitaron aplaudiendo a Van Rompuy y Rajoy consideró que merecía la pena escuchar al coro ese día. No había cámaras de televisión, no había dignidades europeas, no había políticos de relumbrón. Sólo se ofrecía música coral. Por tanto, ni era necesario molestarse en buscar figurantes para cubrir el expediente. ¿Cabe mayor desprecio que no hacer aprecio?

El  hombrecillo asegura que nunca se había sentido tan humillado.

7

Como pacta sunt servanda, y al día siguiente tocaba misa del santo patrón, las huestes corales volvieron a la capilla de la Universidad a cumplir su compromiso. Todos los barandas que el día interior faltaron al concierto deben de ser buenísimos cristianos, porque al acto religioso no faltaron. Haciendo de tripas corazón, el maltratado coro cantó lo mejor que pudo, aguantando estoicamente una plúmbea homilía en la que el oficiante recabó la necesidad de que el espíritu de San Pablo se encarnara en todos los presentes. El hombrecillo entretanto tragaba bilis, y se preguntaba cómo era posible que con tan eximio patrón  sus pupilos ignorasen aquello de los sepulcros blanqueados, y mostraran con los pobres cantantes que ellos mismos habían solicitado tan poquísima delicadeza. Ofuscado en su humillación aún caliente, el hombrecillo se notaba poseído por una ira nada cristiana. Y aunque comprendía que el santo de Tarso no tenía la culpa, sentía la necesidad de expresar ante sus homónimos del CEU un lamento parecido al que sonara en el camino de Damasco.

-Saulo, Saulo…-dijo el hombrecillo- Si no querías que cante…¿por qué me persigues para que adorne tus festejos? Y si de verdad quieres un coro… -añadió para no callarse nada- ¿por qué nos das el coñazo y nos machacas con tu desprecio?

Requiem por Abbado y otras personas amigas

También el silencio es música...

También el silencio es música…

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Debidamente abrigado con toda la ropa disponible, envuelto en mantas, con las manos ateridas a pesar de estar protegidas por mitones y junto a la estufa de porcelana que apuraba un fuego mortecino, Wolfgang Amadeus llenaba de notas y signos su papel pautado mientras, de cuando en cuando, levantaba la mirada para ver nevar por la ventana.

-Si llego a saber que sigue haciendo este frío no resucito –pensó mientras se arrimaba al pábilo de la vela para comprobar que su escritura no fallaba.

El destino no deja nada al azar. Oscurecía ya sobre Viena cuando tres aldabonazos en la puerta frenaron de súbito su inspiración. Dejó la pluma sobre su mesa de trabajo, bajó las escaleras, abrió la puerta y se encontró con un personaje con sombrero de tricornio calado hasta las cejas y una esclavina que ocultaba su rostro dejando al descubierto sólo sus ojos.

-Vengo a encargarle una misa de Requiem- dijo el misterioso personaje en un alemán que no disimulaba su acento italiano.

-Ya –musitó W.A. mientras arrugaba los morros y frotaba sus dedos para hacerlos entrar en calor –La historia me suena…¿Es tal vez para un conde, un elector palatino, un arzobispo, un margrave?…

-No…Es para mí.

-Lo comprendo…-dijo el compositor dibujando una sonrisa de complicidad- No es por nada, pero me salen unos réquiem gloriosos. ¿Le ponemos tres o cuatro fugas?…Hago unas fugas que se funde el Misterio, se lo aseguro. Si empezamos con un introito de esos que ponen la carne de gallina y lo adobamos con un Lacrimosa donde llora hasta el de la tuba y un Amen lo que se dice celestial…

-No siga –cortó el personaje depositando en la bandeja de la mesa del zaguán un fajo de billetes- No necesito alardes. Sólo quiero silencio. Un silencio sublime, como todo lo que usted compone.

Visiblemente complacido no tanto por el elogio como por el pronto pago, Wolfgang Amadeus recogió los billetes de la bandeja. Cuando levantó la vista, la figura del personaje misterioso se difuminaba entre el negro de la noche y la espesura jaspeada de blanco de los copos que caían.

-¡Oiga! –gritó el genio- ¿Y a nombre de quién pongo el encargo?…

-De Claudio –se escuchó en la distancia su voz amortiguada por la nieve- Llámeme solo Claudio.

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Dicen que a Abbado le molestaba el pelotilleo que suele rodear al tratamiento de maestro, y que pedía a sus músicos que le llamaran por su nombre. Nadie dice por contra que se encargara un requiem, pues no encaja con la sencillez tradicional del personaje. Sí sería previsible que de ser, ya que no vero, ben trovato el cuento, el gran director italiano hubiera solicitado un requiem de silencio. El silencio también es música. Y el silencio respetuoso, o el elogio contenido, ennoblece mucho más la memoria de una persona que el empalagoso ditirambo que suele provocar la muerte de las celebridades.

3

Te lo subrayaba Homper, el hombre que se queda perplejo ante muchas cosas que a los demás os pasan inadvertidas.

-Observa la curiosa estructura de las necrológicas de los famosos. Primera parte: se enmarca la personalidad del difunto en su tiempo, se enumeran sus logros y méritos y sus aportaciones a la sociedad y se reclaman para él honores y reconocimientos. Segunda parte: aparentando modestia, el autor de la necrológica recuerda al respetable su relación personal con el difunto, utilizando fórmulas como “yo tuve la suerte, la oportunidad, el privilegio, el singularísimo honor de…ser su amigo (pariente, discípulo, compañero de armas, conmilitón, compañero de academia, claustro, hermandad, maestranza o cofradía, etc)”. Conclusión del obituario: como demostración del refrán el muerto al hoyo, y el vivo al bollo, el elegíaco texto resume que si el fallecido era importante, el autor de la loa no lo es menos. Pues al fin y al cabo conocía al famoso, así se escribe la historia, y él tiene que seguir viviendo con el renombre que le prestó el finado.

Recuerdas esta reflexión de Homper después de leer en los periódicos el aluvión de retórica de carril que ha suscitado la muerte de Abbado. Incluso las impresiones de otros genios como tu admirado Baremboim te suenan a cortapega. Y también llegas a la conclusión de que un requiem de silencio cuando el muerto está sobrado de elogios es mucho más hermoso que la fanfarria lacrimógena de sus turiferarios.

4

Jamás escuchaste a Claudio Abbado en directo. Le has seguido a él, como a tantas figuras vivas o extintas de la música clásica, en sus discos, en Radio Clásica y en las grabaciones que emite Unitel Classica, una cadena de televisión ideal para asistir a las mejores óperas y conciertos gratis y sin moverte de casa. Con él, como con todas las grandes batutas, te ocurre que, disfrutando de su música, no sabes qué le debes agradecer a la obra interpretada, qué a los ejecutantes y qué parte a la maestría del director. Al igual que en otros campos de la cultura, también aquí el star system necesita encarnar al héroe en una persona de carne y hueso, y ese glorioso papel le corresponde o a un solista o al director. A falta de Amadeus, de Bach, de Beethoven  o de Wagner, que no resucitan todos los días, ese papel lo encarnaba hasta unos días el excelente director milanés.

Su hoja de servicios es deslumbrante. Otros como Toscanini o Leonard Bernstein, de los que sólo conociste sus grabaciones históricas y lo que leíste de ellos, puede que despertaran en ti aún más admiración. Pero la sensibilidad de Abbado y ese afán suyo por despojarse del Mito del Maestro –muy recomendable el libro que con este título escribió Norman Lebrecht- justifican tu debilidad por él.

Además, qué diablos, sé sincero: salvando las debidas distancias erais compañeros de fatigas. Abbado te sacaba doce años, pero desde hace unos cuantos pertenecíais al mismo club de melómanos tocados. No es esta precisamente electiva, pero afinidad sí determina esa circunstancia. Desde que entraste en ese club, lamentablemente tan nutrido, todo lo que le les afecta a sus miembros también te afecta a ti.

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Hace menos de una semana tu amiga y vecina de Candeleda  María P. de S. murió después de veinte años de elegante lucha contra la enfermedad. Acudiste al tanatorio para despedirte de ella y para dar un abrazo a Álvaro, su marido, y te sorprendió la gran cantidad de familiares y amigos congregados allí. Aquello era un clamor contenido de tristeza y de cariño. Ocurre que casualmente ensayas estos días con tu coro del CEU el celebérrimo Requiem de Mozartel que según la leyenda empezó a componer en las mismas circunstancias que relataba el cuento inicial. Algunos  pasajes de esta obra son de gran intensidad emocional, y a ti mismo se te ahogado la voz cuando los has cantado  en el funeral de una persona conocida.

Sin embargo, su oportunidad en estos momentos te sugiere lo mismo que las necrológicas de marras: oiga, esto es pompa, circunstancia y lágrimas para reconfortarnos a los que quedamos aquí, porque los muertos son ya como Claudio Abbado y María, y posiblemente preferirían el silencio. ¿No sería más lógico que hubiéramos volcado todo el respeto, la sensibilidad y el amor que exhala esta obra  cuando quien la mereció aún podía apreciarla en vida? Delicadeza y afecto para nuestros queridos enfermos de alrededor, que el Requiem suena divinamente en las salas de conciertos.

 

La de Inés y otras webs pendientes

Inés hace fotos como ésta, que podría simbolizar el respeto y el cariño que guardas por ella

Inés hace fotos como ésta, que podría simbolizar el respeto y el cariño que guardas por ella

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Es él, es él- piensas mientras algo dentro de ti se te encabrita- Su foto en esa revista que refleja y da lustre a la espuma de la vida no engaña. Es un hombre cargado de títulos nobiliarios y con un historial de amores y desamores que incluye a algunas de las mujeres más perseguidas por los paparazzi. Es propietario de grandes tierras y, como empieza a ser moda entre los emprendedores de sangre azul, ha bautizado con alguno de sus títulos a su vino más famoso. Es él –confirmas mientras lo ves con su catavinos entre las manos, mirando al horizonte con ese gesto de suficiencia y orgullo con el que probablemente contemplaba Felipe II aquel imperio sobre el que nunca llegaba a ponerse el sol-.

2

Tampoco se pone el sol sobre este tipo de personajes. Le siguen cayendo honores, consejos, patronazgos y, sobre todo, portadas y reportajes en el papel couché y los tabloides que sacian la curiosidad del pueblo. Pues ahora, además de su buen porte y su prosapia, es empresario vitivinícola. O sea, que seguramente creará algún puesto de trabajo y difundirá cultura. Neocultura, más bien, que quiere decir: a mí Pericles, Kant y toda esa panda me la refanfinflan, yo de lo que de verdad entiendo es de buena vida, del Gotha, de chataux-relais, de guapas con glamour, de restaurantes con muchas estrellas y de vinos como los míos. Échale al pueblo cotilleos de vecindona, mézclalo con estos contenidos y olvídate del rollo clásico, que ahora  lo que de verdad vende es la cultura (o incultura) de lo que entra por los agujeros  del body.

Pragmatismo inapelable el del señor marqués, hoy casi un héroe social por convertirse en productor de placer para el paladar. A tI eso no te parece mal. Lo que te rebela las tripas es lo que hace tiempo conociste por confesión directa de uno de los servidores de su tía. Acababa ésta de fallecer, dejando a él y a su hermano una considerable fortuna. No lo suficiente, al parecer, para que pudieran cumplir todas sus obligaciones.

-Es que desde que los señores recibieron la firma de su señora tía hace seis meses –te reveló compungido- a mi mujer y a mí que somos la que la hemos cuidado, no nos han pagado…

3

El día amanece tan oscuro y borrascoso que imaginas que va a aparecer por el camino ese coche de caballos de Drácula. Bajo un sombrero y un capote empapados de lluvia el pobre postillón fustiga a las bestias que galopan enfurecidas hacia el castillo propiedad del siniestro personaje. Dentro viaja el vampiro, el conde desalmado, el príncipe del mal que debe llegar a su guarida almenada para encerrarse en su ataúd antes de que termine de clarear. Entre nobles anda el juego. Relacionas a este con el susodicho marqués, y tú también te sientes vampirizado por el mal. Normalmente vas de bueno por la vida, crees que esa es la imagen que proyectas al exterior. Pero el recuerdo de estos personajes te ha inoculado el deseo de ser tú también malo, malísimo, perverso de solemnidad. Un malvado de nuestro tiempo, obsesionado, eso sí, con desenmascarar a todos los VIP a los que los medios jalean por el sólo hecho de ser guapos, lustrosos, postineros y capaces, por tanto, de vender lo que sea: vinos como el marqués o taparrabos como Cristiano Ronaldo.

-Ya está –decides- Lanzaré una web que sirva de guía de granujas ilustres. Superjetaspuntocom. Puntosfilipinospuntocom. Hipócritaspuntocom. Detestablespunto com. Chorizosperfumadospuntocom. Desconfíadeellospuntocom…

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Tu brain storming particular termina ahí. De repente el viento cesa, las nubes se van evaporando y la mañana de ese 2014 recién estrenado se despeja en los aledaños de Gredos y se convierte en un espectáculo natural apacible, hermosísimo, limpio y esplendoroso. Sales al aire libre, te estiras, respiras profundamente el olor de tierra mojada y comprendes que en esas circunstancias es difícil convertirte en inquisidor. De repente, la veleta ha girado, y apunta en dirección contraria. Como si aún fueras personaje de un cuento de esa Navidad que se extingue, sientes ahora un irrefrenable deseo de ventear el nombre y los hechos de las personas buenas y positivas que te hacen la vida feliz, y cuyo ejemplo minimiza a los miserables. Y te propones destacarlo como guía para recordar que, aunque no todo el monte sea orégano moral, también hay mucha gente no famosa que  no sale en los papeles y es maravillosa.

5

Piensas en todos los que te han llamado, te han escrito, te han invitado y, de una forma o de otra, te han mimado porque les caes bien y para que sigas creyendo en la especie humana. Por ejemplo, en Ángeles, que ahora que casi nadie felicita por correo postal te ha mandado su christmas nada menos que desde Australia. O por poner otro ejemplo, en esa mujer casada y con cuatro hijos que trabajó contigo hace quince años y que aún te llama “jefe”. Tiene en su haber bastantes otros méritos morales, como el de haber soportado que los asesinos de ETA mataran a su padre cuando la llevaba al colegio y ser, pese a ello, treinta y tres años después, un tiovivo de sonrisas y una exportadora de felicidad. Pero además, desde que caíste malito, las mañanas de Navidad se presenta en tu casa para darte un par de besos y felicitarte con un regalo. Este 25 de diciembre te trajo un par de botellas de botellas de un magnífico reserva de Rioja –no el del marqués, ojo- y un bizcocho de chocolate.

Cuando se fue, te ocurrió algo insólito. Te hiciste un café, quitaste al bizcocho su envuelta de celofán para peobarlo y tuviste que recordar el verso de Becquer: ya ves, yo soy un hombre y también lloro. Tus lágrimas no serían tan románticas como las del poeta, pero el hecho es que a ti también se te saltaron. Qué espectáculo, llorando como un niño ante un bizcocho de chocolate, tiene guasa la cosa.

Y pensaste que tendrías que implementar, como se dice ahora, muchas webs dedicadas a esos afectos que te apuntalan la vida. Graciasinéseresmidibilidadpuntocom para empezar la serie. Aunque no sabes si te quedará tiempo para cumplir con todas las webs pendientes.

Invierno con mirlo y Montoro asomando las garras

También el honrado invierno tiene su encanto, a veces en forma de pájaro...

También el honrado invierno tiene su encanto, a veces en forma de pájaro…

1

Te has retirado al campo, donde por primera vez te recibe el señor invierno. Supones que arriba, en las crestas del Almanzor, habrá nevado, pero en tu cota de los setecientos lo que ha caído es una manta de agua que se ha llevado por delante las hojas que aún se resistían en las ramas de los árboles. Adios, otoño, adiós. Llueve incesante, pero mansamente.

Agua bendita, al contrario de lo que ha caído en otras partes de España, que era agua cabreada, iracunda, como queriendo decir: ya que, a lo que se ve desde arriba, tenéis tan poca estima por lo que es vuestro país, o nación, o patria, llamadlo como queráis, allá va un temporal para ponerlo un poco más patas arriba. Los temporales no tienen ideología, pero a veces, son el quinto o sexto jinetillo del Apocalipsis. Afortunadamente en tu contornada se han portado. En lugar de estacazo y tentetieso el plomo del cielo se ha desleído en eso, en una suave, pero espesa y persistente manta de agua de las que calan la tierra y alimentan los acuíferos.

-Nieblas meonas –escuchaste hoy en el pueblo- Estas son las buenas.

2

Porque al parecer el día de Nochebuena se pasaron de meonas.  En Madrigal de la Vera, en Candeleda y en Arenas cayeron por más doscientos litros por metro cuadrado, tres cuartas partes de lo que puede llover en Lorca en todo un año. Te duele que el temporal haya sido una pesadilla para los que perdieron su casa, su coche o alguna cabeza de ganado lejos de tu aquí, pero esta salutación mojada del invierno te encanta. Mientras escribes estas líneas junto al fuego tomas una taza de té y, siguiendo  el ritual de todas tus Navidades, escuchas el Mesías de Haendel y al fondo, el tamborileo de los goterones que resbalan del tejado. Estas esperando la llegada de tu familia, pero entretanto disfrutas tanto del momento que te empieza a preocupar. Piensas que de un momento a otro descenderá por el tubo de la chimenea Montoro disfrazado de Papá Noel, y querrá cobrarte el IMOFEI.

-¿Y eso qué es lo que es? –le preguntarás ingenuamente.

-¡Pardillo!- te dirá  frotándose las manos con cara de Mr. Scrooge y relamiéndose de gusto como si aún le quedaran en la barbilla restos de la sopa de almendra de la cena de Navidad- El novísimo Impuesto sobre Momentos Felices Imprevistos. ¿O es que crees que yo me toco los cojones?…

3

El invierno muestra la honradez del campo, desnudo como queda de todas las hojas de los caducifolios y con el pasto agrisado por las heladas. La frialdad. Todas las otras estaciones son más gratas con él, pero así y todo aguanta el tipo sin engañar a nadie (la primavera y el otoño disfrazan incluso a la tierra más feúcha, que acaba dando el pego gracias a su maquillaje). Aún pintan de distintos verdes los pinos, los olivos, las encinas y, sobre todo, los madroños y los cítricos. Por cierto, te preguntas por qué no convertimos al naranjo y al madroño, tan coquetos en esta época gracias a sus  frutos de color vivo, en el árbol de Navidad autóctono, ahora que tanto se lucha por la marca España.

4

Un día  como hoy hay bien poco que hacer en el campo, sobre todo a tu edad, demasiado avanzada para calzarte las katiuskas y patear los charcos. Travesuras inocentes de otros tiempos. Sólo escribes, escuchas música y  de vez en cuando te asomas a la ventana para ver a un mirlo picoteando las aceitunas.

Velay otra muestra de la honradez del invierno: sin ramas tras las que camuflarse, se ve nítidamente el plumaje negro brillante de este pájaro tan vulgar rematado por el llamativo contraste de su pico amarillo vivo, y te parece casi un ave aristocrática. En la sobriedad, la adustez y, a la postre, la honradez del paisaje invernal de un día frío y lluvioso, cualquier pequeño detalle de vida  animal se te antoja un prodigio de la naturaleza que merece ser guardado en el album de tus cromos favoritos. No se lo cuenten a Montoro, vaya a ser que se saque otro impuesto por observar al mirlo o deleitarse con el vuelo en escuadra de las grullas.  Otro regalo  por cierto, para no despericiar, que nos hace por estos pagos el honradísimo invierno.

 

Drácula regenerado

Dracula noviembre 13

Como se ve en este relato, no todos los vampiros muerden el cuello de las rubias para mal…

1

Ves amanecer en azul y te acuerdas de lo que impactaban en tu infancia las chicas que tenían los ojos azules. Había una que te marcó especialmente. No era de carne y hueso, como te hubiera gustado, sino sólo una foto de portada de uno de los libros de la Editorial PPC con los que en el colegio querían inocularte la virtud y, de paso, iniciarte en la literatura. Todas eran historias ejemplares y edificantes, pero a ti de aquella novelilla piadosa no te quedó ninguna enseñanza moral.  Únicamente se te grabó la imagen guapísima y limpia de la chica de ojos azules.

Parecía un imposible, pero cuando, más por despiste que por cualquier atisbo de vocación, te apuntaste en la Facultad de Derecho de la Complutense, comprobaste que la chica de los ojos azules de la portada existía, y estaba allí. Fue una compañera de curso sobresaliente en casi todo, rubia,  guapa, simpática y muy aplicada. Para más morbo, de vez en cuando aparecía en las aulas vestida de enfermera, pues seguramente hacía ya compatible su vida con la acción social.

Qué mezcla tan turbadora, santo cielo.

2

Además, su nombre tenía canción. Ese era otro chollo para las chicas de entonces, llevar un nombre con canción. Cuánto me gusta tu nombre Soledad, María Dolores  te canto un bolero, ¡Ay Maricarmen!, dijeron todos, Adelita en la voz de Nat King Cole, Tell Laura I love her, suplicaba Elvis Presley, Isabel, que cantaba Aznavour, Ramona, versión Paul Anka, Ana María se fue buscando el sol en la playa, Michelle, ma belle... Cualquier chica con nombre en un microsurco tenía más fácil lo de ligar, pues si el chaval que la rondaba era parco de palabras no tenía más que entonar la canción que la cuadraba y mirarla embobado.  Al nombre de esta chica de los ojos azules le consagró un aria nada menos que Leonard Bernstein en West Side Story, aunque a ti te gustaba más un hit romanticote que cantaba por entonces Pino Donaggio: Si chiama María.

Porque sí, se llamaba y se llama María.

3

Nunca saliste con ella. Lo vuestro fue una amistad intermitente y duradera engarzada por amigos comunes, por algunos encuentros de compañeros de promoción y por algunas afinidades electivas que os diferenciaban. Entre ellas, last but not least, la fidelidad al Aleti de Madrid. Hace unos meses la chica de los ojos azules, que ya es abuela, pero que sigue ejerciendo como profesora en la Universidad y que pasa sus vacaciones en misiones humanitarias lejos de España, se enteró de tu arrechucho neoplásico. Entonces, se interesó  por tu suerte, te regaló una orquídea blanca y unos libros muy especiales y, supones que para halagarte, dice que decidió leer todas las entradas de este blog desde su estreno. Que Dios le conserve la paciencia y las buenas intenciones.

Y la salud. Porque hace unos días, ella también pasó un mal rato por un quítame allá ese tumor.

4

Hay cirugías que prestigian a quien las sufre. Te acuerdas en este punto de tu amigo Félix, al que quitaron unos quistes cerca de la parótida y le dejaron una discretísima cicatriz de banderillero valiente, que no otra cosa quiere decir el noble apellido de Bragado. María también estaba con el alma en vilo, porque lo suyo se le había descubierto en la misma zona, y le advirtieron de que la operación podría afectarle a algunos músculos faciales. Afortunadamente no fue así, como te contó un personaje singular que te salió al paso cuando fuiste a visitarla a la clínica.

-No entres –te dijo el tipo, un caballero de refinado aspecto- La he dejado impecable.

Creías que era el cirujano. Sin embargo, él mismo se encargó de decirte que no, que su nombre era Javier García del Plasma, sexto o séptimo Conde de Drácula, descendiente directo del famoso personaje de Stoker. Te dijo que, harto ya del pesado deber de mantener  la tradición familiar, y enterado de que la chica de los ojos azules, cuyo atractivo traspasaba fronteras, necesitaba una intervención por la zona del cuello, había decidido colarse en el hospital y actuar por su cuenta.

-Se lo he quitado todo –precisó- es cierto que no he tenido más remedio que chuparle algo de sangre, qué le va a hacer uno, pero va a quedar sanísima y tan guapa como en la portada del libro aquél…

5

Te confesó que además de haber sido una chica que estaba muy buena debía de ser, efectivamente, una buena mujer. Pues después de haber cumplido con ella como un auténtico Drácula, sentía imperiosos deseos de divorciarse del mal y de regenerarse de la mala fama a la que le obligaba su estirpe.

-No te lo creerás, pero  algo esencial ha cambiado en mí –suspiró mientras abría los brazos al espléndido día de otoño que bañaba Madrid- Ya no le temo al sol. Me apetece vivir como un hombre cualquiera, no dormir más en el ataúd y disfrutar los días. Aún más: la sangre de tu amiga María  me ha ha inoculado tanta sensibilidad por los demás que he fundado el VARBO.

-¿Y eso qué es? –le preguntaste.

-Las siglas de la ONG que voy a difundir entre los de mi especie –dijo con gran solemnidad- Vampiros Arrepentidos y Reconvertidos para Buenas Obras…Mañana mismo vuelo a Africa para volver a empezar. ¿No es maravilloso descubrirse a uno mismo en esta edad tardía?

Y entretanto, la chica de los ojos azules recuperándose del susto. Cosas veredes, Duende, que farán fablar las piedras

 

 

Claudia claro de luna

Ilustración prestada de la web www.fotolog.com

Ilustración prestada de la web http://www.fotolog.com

La Justicia se hace imposible de entender para el ciudadano normalito. Mientras en España se pedían siete años de cárcel para una pianista por molestar a sus vecinos teníamos que ver cómo asesinos y violadores múltiples salían de la cárcel antes de tiempo por  un quítame allá no esas pajas, sino la doctrina Parot. La paradoja le fue advertida a este duende por su admirada amiga, la también bloguera  Aldara Fernández de Córdoba, a quien por eso le dedica este cuento.

Lo malo es que, quizás por afán de esmerarse, la historia se le ha ido de las manos, ha olvidado el imperativo de la brevedad y se ha convertido en el post más largo de la historia de este blog. Así que advertido queda el lector. Si tiene prisa, gracias por leer hasta aquí y que pase de largo. Y si necesita garantías de calidad literaria para embarcarse en un cuento de ocho páginas, que acuda a Chejov, a Medardo Fraile o a Alice Munro, que seguro que no le fallarán.

1

Cuando veo el eco que ha conseguido en los medios el caso de la pianista de Puigcerdá recuerdo que yo  también tuve una vecina pianista. Mi nombre es Sergio Rosales, y soy un tipo de lo más corriente, un ciudadano de provincias  con buen expediente y un par de idiomas que hace años recaló en Madrid y tuvo la suerte de pillar trabajo  como abogado en una multinacional. Procuro abstraerme de lo que pasa en el mundo para hacer mi vida sin demasiados traumas, pero la historia de esta mujer me toca muy de cerca. Tanto que siento la necesidad de contarla.

Claudia Abendi era una chica bien que vivía en el mismo edificio en el que yo compré una vivienda cuando mi estatus en la multinacional mejoró notablemente. Las torres de más de once pisos tienen la ventaja de que te permiten hacer amigos en el ascensor. Yo empecé a fijarme en ella porque, aparte de ser mucho más atractiva que el conjunto de funcionarios profesionales, licenciados, rentistas acomodados y algún industrial de la ferretería que teníamos como vecinos, me llamaba la atención su actitud, invariablemente seria y circunspecta. Claudia entraba en el ascensor, suspiraba, apretaba el botón del piso 11, abrazaba una partitura con la que parecía proteger sus senos y, mientras duraba la ascensión, iba tamborileando con sus dedos las notas que en ella acababa de aprender al tiempo que tarareaba con la boca cerrada la melodía que supuestamente interpretaría al piano. Doce pisos dan para enunciar los mejores temas de la historia de la música. El más famoso, que es la Oda a la Alegría de la Novena sinfonía de Beethoven, por ejemplo, no dura en su exposición más allá de treinta segundos, así que los cuarenta que tardábamos en llegar al piso 11 le permitían a Claudia tararear por lo bajini todas las piezas que preparaba. Yo la observaba detalladamente.  Al principio permanecía callado, y más cuando coincidíamos con algún otro vecino. Pero poco a poco, a medida que me iba pareciendo más atractiva y más intrigante su vida, fui perdiendo la timidez.

Un día decidí romper el hielo. Cuando las puertas del ascensor se abrían en su planta y Claudia se aprestaba a salir me incliné ante ella y le dije haciéndome el enteradillo.

-Rachmaninoff

-No- respondió ella como si mi farol no le hubiera hecho demasiada gracia- Albéniz.

Ese día estuvo particularmente seca.  Y mantuvo la misma pose hasta que dos meses después empezó darse cuenta de que le vacilaba. Yo no era un melómano cultísimo, pero mi tía Guillermina, con la que había pasado muchos veranos de mi  infancia, había sido profesora de piano, y después de cenar  gustaba de interpretar a la ligera los temas clásicos más conocidos  que luego yo silbaba por los pasillos. Algunas de las piezas que Claudia tarareaba de memoria cuando volvía del conservatorio  no me sonaban de nada, pero bastantes de ellos me eran familiares. Sin embargo, aunque las identificase, siempre me equivocaba a propósito para provocarla.

-Schuman –le anticipé un día con la seguridad de una apuesta infalible.

-No te hagas el tonto- me soltó apuntado la primera sonrisa de complicidad de nuestra relación- Hasta un niño habría adivinado la Marcha Turca de Mozart.

Todo cambió a partir de entonces entre nosotros.

2

Un vecino que toca un instrumento te puede parecer un ángel o un torturador, según los casos. De entrada admitiré que me parecen legítimas las quejas de los que soportan a través de los muros y forjados de una casa de pisos sus ejercicios y hasta sus interpretaciones.  Pero no quiero parecer un hombre de mármol, un tipo sin sensibilidad para la música y con pocos escrúpulos para sus artistas. Por eso procuré ser delicado cuando me atreví a dar a Claudia el primer toque de atención. Un día que subíamos solos en el ascensor le sugerí que quizás un buen aislamiento acústico para su piano y tocarlo sólo a determinadas horas sería la mejor forma de evitar problemas con el resto de los vecinos.

-¡Ah!, ¿crees eso?…-me dijo sorprendida como si no concibiera que a alguien le pudiera molestar su piano- Sube a casa y te responderé.

Subimos juntos, me ofreció la única butaca que amueblaba su estudio y sin decir una sola palabra se sentó al piano y empezó a hilvanar sin interrupción el momento musical de Schubert,  nocturnos de Chopin y sonatinas de Mozart con temas de bandas de película y hasta boleros, coplas  y valses de esos esparcen como confettis los pianistas de los hoteles. Yo me quedé fulminado por el encanto de aquel recital. No sabría decir si el virtuosismo de Claudia quedaba más cerca de Lang Lang que de la tía Guillermina, pero ver recorrer sus dedos por el teclado y su rostro habitualmente hierático  suspirando mientras movía la cabeza  y cerraba los ojos, como si entrara en éxtasis, me cautivó. Sumando su calidad como ejecutante a su atractivo personal pensé que me había caído en suerte un ángel.

Seré aún más claro. Lo que hasta entonces era una fría relación con Claudia se convirtió en una rendida admiración por ella, que pronto trenzó entre nosotros  una estrecha amistad. Yo aprovechaba todos los ratos libres que me permitía mi trabajo para hacerme presente en su vida, como si lo más importante que tuviera que hacer fuera prestarle todos esos servicios que acreditan a un buen vecino. Gracias a mi fortaleza física y a mis habilidades de manitas,  tanto le ayudaba a subir la compra como le desatascaba la lavadora, le purgaba los radiadores de la calefacción, le instalaba el nuevo equipo de sonido,  le acompañaba a IKEA si podía, le montaba luego esos muebles imposibles, le colgaba los cuadros, le instalaba las cortinas y hasta le bajaba las bolsas de basura cuando me lo pedía. La recompensa solía ser una copa nocturna fumando un cigarrillo –ella decía que sólo a mí me lo permitía- mientras a despecho de lo que sintiera el resto del vecindario nos cruzábamos miradas encendidas y yo me sentía en el séptimo cielo.

A todo esto, insisto en que Claudia Abendi era muy guapa, espigada, larga  melena rubia,  ojos grises, boca grande y bien dentada, y  nariz levemente aguileña que le daba un cierto aire de mujer mala, lo que a mis ojos aún le hacía más atractiva. Yo tampoco era un tirillas, qué diablos. O sea, que aquellos conciertos nocturnos derivaron naturalmente en cariñosas celebraciones sobre el mullido sofá del salón contiguo. Nos enamoramos. O al menos me enamoré yo. Una noche, después de un revolcón apoteósico, le pedí que se volviera a sentar al piano y que interpretara para mí algo que no le había escuchado nunca.

-Por favor –le dije- toca tema del Claro de luna de Beethoven.

Ya habrán adivinado que no soy un tipo demasiado original ni sofisticado. La verdad es que cuando se lo escuché por primera vez a la tía Guillermina flipé, me pareció el no va más del romanticismo, y pensé que no habría mayor felicidad en el mundo que compartir esa música con la mujer mi vida. Estaba convencido que esa era Claudia, mi bella pianista del 11 B. Pero ella no lo tenía tan claro.

-A mí me pasa lo mismo que a ti- me dijo- Cada vez que lo toco siento que necesito tener cerca al amor de mi vida.

Dejó en suspenso la frase. Y tanto me inquietó que la invité a continuar la explicación con esa pregunta que había escuchado cientos de veces en el cine y en el teatro y que jamás en la vida habría empleado yo.

-¿Y bien?…

-Pues que no estoy segura de que tú seas por ahora el hombre de mi vida.

3

Fue un jarro de agua fría, pero no me desanimé. Es la ventaja de ser un alma simple, como creo que es la mía. Todo lo contrario: recordé que había dicho “por ahora”, y pensé que con el tiempo Claudia cambiaría de opinión, y se daría cuenta de que yo merecía sobradamente ese Claro de Luna que me escatimó esa noche.

Al poco tiempo de aquello Claudia heredó de su padrino una buena cantidad de dinero. Lo primero que hizo con él fue sustituir su piano vertical  por un imponente Yamaha de cola. Y a continuación  decidió acometer unas obras en la casa para unir dos habitaciones y convertirlas  en un estudio aislado como yo le había  propuesto. Me pidió entonces que le ayudara a proyectar y a comparar presupuestos. Muy oportunamente, por cierto, pues  desde el  piso octavo hasta el mío, que era el último, todo eran malas caras en el ascensor por su culpa.  Claudia estaba dispuesta a pagar el aislamiento que le recomendaron en el Conservatorio, pero contaba con que yo negociara el precio final y me ocupara de supervisar la instalación.

-Ya sabes –me decía muy tiernamente mientras me mordisqueaba la oreja- Las artistas no servimos para eso…

Y estaba dispuesto a ello. Por amor, uno es así de claro. Sin embargo, y muy a mi pesar, no pude hacerlo. La compañía para la que trabajaba estaba ultimando la compra de una planta de fabricación de sepiolita en Marruecos. Las negociaciones se adivinaban difíciles, y me indicaron que debía desplazarme allí con otro abogado y un auditor para ultimar los términos de la operación y empezar el tira y afloja hasta redactar el contrato final. Dos meses lejos de Claudia. Dos largos mes más esperando escuchar su sonata Claro de Luna.

4

A la vuelto me encontré con el presidente de la comunidad  y me contó algo que me dejó estupefacto. Hartos de las molestias producidas por el piano de Claudia sin que esta reaccionara a sus quejas, un buen número de comuneros  habían decidido demandarla por quebrantar su derecho al descanso. Dijo que  cuando Claudia recibió la demanda por exceso de decibelios  su reacción fue furibunda.

-Vaya carácter el suyo –subrayó resoplando su indignación-  Se presentó en la junta que celebrábamos hecha un basilisco, gritando que éramos unos incultos, y usted  en particular un facha celoso…Sí, eso dijo –recalcó con indisimulada mala leche- Facha y celoso.

Yo ni sabía nada del asunto ni, por supuesto, me hubiera sumado a esa demanda de la que ni tenía noticia. Sí empecé a sospechar algo raro en Marrakech cuando traté de hablar con ella a través del SKYPE sin lograrlo, y cuando tras diez correos que le mandé sólo me respondió a uno con extrema frialdad y evasivas, como si aquel triángulo amoroso entre Claudia, el piano y yo sólo hubiera sido un sueño. La realidad es que en mi ausencia, mientras los vecinos se rebelaban contra ella,  Claudia se complicó la vida por culpa del nuevo piano y no llevó a cabo las reformas previstas. Peor aún para mí, porque la causa de todo ella era un afinador que se presentó en su vida como un Superman que hubiera penetrado por la ventana del salón y se hubiera sentado sobre el piano para seducirla.

-Sergio, son las cosas de la vida- me diría después- Me sentó fatal tu marcha, y encima el piano venía con problemas… Y en pleno bajón de ánimo apareció él y….Tuvo que reponer algunos fieltros de los mazos, y limar las piezas…Vino varias veces y no sé, no me lo puedo explicar…

Cuento. Mucho cuento me parecía a mí cuando al fin cantó la palinodia.

Y tanto. El escándalo que escuché nada más salir del ascensor la noche de mi regreso me dio la pista definitiva. El 11 B no sonaba como la digna casa de una pianista, sino como un puticlub. Me alarmé sobremanera. Esa no es mi Claudia, pensé, que me la han cambiado. En lugar de su pulso sereno interpretando delicadamente un nocturno de Chopin o una fuga de Bach, como sonaba cuando me tuve que marchar a Marruecos, lo que salía de allí  eran palmas y risotadas coreando los berridos de un borrracho que cantaba con ella al piano lo que más odio en este mundo: Dale a tu cuerpo alegría Macarena/ que tu cuerpo es pa darle alegría y cosas buenas…

Fue el acabose. Sin llegar siquiera a entrar en casa,  me metí de nuevo en el ascensor, bajé a la calle y salí huyendo despavorido de aquel infierno.

5

Esa Claudia Abendi no me interesaba nada. Aquella misma noche llamé a mi mejor amigo, le dije que tenía problemas y le pedí que me acogiera en su casa. Permanecí en ella dos meses, hasta que ya me dio vergüenza parecer un okupa y alquilé un modestísimo apartamento junto a mi oficina.

Allí se puede decir que inicié una nueva vida, volcado desesperadamente en mi trabajo y cerrado a cualquier noticia de mi antigua vecina. Apenas ponía la tele ni la radio, y dejé de leer periódicos. No quería saber nada de ella, sólo deseaba borrarla de mi memoria. Y un año después creía haber suturado aquella vieja herida  cuando , yendo en un taxi,  escuché por la radio un comentario acerca del lamentable caso de Claudia Abendi la pianista encarcelada. ¿Claudia encarcelada?- pensé- ¡No me lo puedo creer! Debí de sentir eso que llaman un vuelco del corazón. Volví a mi apartamento, encendí  el ordenador y por primera vez escribí en el buscador de Google el nombre de mi antigua vecina.  No fue agradable ponerme al día de su desdichada suerte.

Al día siguiente, convencido de que ya no la vería más, dejé el apartamento y volví al piso que  hasta hacía casi dos años fue mi casa.

6

Al poco de instalarme de nuevo en el 12 B de  empecé a sentirme incómodo. Las noches sin el piano de Claudia se me hacían insoportables. Me acordaba de aquella película de Visconti en la que un anciano que interpretaba Burt Lancaster vive amargado por las orgías de sus vecinos del piso de abajo y cuando estos se van de la casa descubre que la soledad y el silencio le atormentan aún más, y acaba echando de menos sus pasos y sus voces.  Yo no soy tan sofisticado como aquel personaje, ya lo he dicho, pero sufrí algo parecido. Lo intenté olvidar trabajando como nunca lo había hecho, buscando diversión y entretenimiento con otras chicas y con los amigos y haciendo algún viaje. Esquivando siempre, por supuesto, cualquier noticia  de Claudia que pudiera escocer aún más  mi herida. Seguí sin apenas leer periódicos ni ver telediarios ni poner la radio, y no entraba en más páginas de internet que las que necesitaba para mi trabajo. Sólo una noche en la que el insomnio ya me desesperaba encendí la luz, busqué desesperadamente el botón del ON de mi aparato de radio y conecté con Radio Clásica. También fue mala suerte. Justo en ese momento anunciaban la Sonata Claro de Luna de Beethoven en una interpretación que, para más inri, era del pianista Claudio Arrau.

7

Fue demasié pal body. Aquella misma noche salté de la cama, encendí el ordenador y le puse un correo electrónico a Claudia diciéndole que después de tanto tiempo simplemente quería saber algo de ella. Pretendía ser lacónico y distante, pero enseguida me di cuenta de mis palabras traslucían algo más que curiosidad y simple cortesía social. Empecé por decir que me sentía muy dolido de que ella creyese yo me sumara a la acusación particular para llevarla a prisión. Luego le recordé cómo cuando fuimos vecinos había tratado de hacerle la vida más fácil, y de ayudarla en todo lo que pude. Y le confesé que quizás me había equivocado al pensar que aquello pudiera derivar en algo más que una simple amistad.

Eso ya no era un correo, era una carta en toda la regla. Pero bueno, hecho estaba: necesitaba descargar mi conciencia y aliviar mi zozobra.  Y aunque no lo hice, me dieron ganas de añadir como remate lo que cantaba la Piquer en aquella famosísima copla que también tocaba al piano la tía Guillermina: No debía yo quererte, no debía yo quererte…/¡Y sin embargo te quiero!

Debió de intuirlo. Porque su respuesta fue extremadamente cariñosa. Y pronto nuestra comunicación a través de los e-mails y del SKYPE fue tan fluida y cálida como si nada ni nadie nos hubiera separado nunca.

8

Punto uno: reconocía que se equivocó conmigo, y que pensó que yo, despechado, había sido el gran agitador de lo que ella consideraba un linchamiento contra la música. Estaba encantada de ver que no había sido así, y  de que a pesar de todo lo pasado, yo siguiera acordándome de ella.

Punto dos: que la conquistó mi cariño y mi afán de ayudarla. Lamentando en este punto haberse abandonado tras mi marcha  a Marruecos y no acometer las obras que habíamos planeado.

-Fue un desastre –reconoció-Y no me extraña que los vecinos se acabaran hartando de mí y de mi piano.

Punto tres: reconoció también que había sido demasiado rigurosa consigo misma, exigiendo a su corazón más pruebas de amor que las que le había ofrecido hasta entonces.

Lloró cuando admitió que  lo estaba pasando fatal en prisión, y que sólo el permiso para tocar en un viejo piano vertical que había en la sala multiusos, y que ella utilizaba mientras las demás reclusas hacían gimnasia, le consolaba.

Seguía llorando cuando recordó que  se le fue la olla con el afinador, un tipo guapo y seductor que se extralimitó en sus funciones, le animó a beber más de la cuenta y a incurrir en el pecado de lesa sensibilidad de aporrear al piano la Macarena a las doce de la noche. Comprendía también que, después de negarme el Claro de Luna de Beethoven, renegara de ella tras semejante sacrilegio.

Y se sorprendió de que yo ignorase el verdadero motivo y el alcance de su condena.

-Se ve que no ha seguido mi caso –me dijo- ¿De verdad crees que me han enchironado por un delito de contaminación acústica?…No fue así. Eso se hubiera saldado con una multa. Lo que me condenó fue no sucumbir a sus malas artes de seductor … Precisamente por negarme a ellas, una noche que estaba borracho perdido y que pretendió abusar de mí yo le frené en seco y le quise echar de casa. El se revolvió, se negó a largarse, redobló su ataque, quiso forzarme  y, como no consiguió someterme, porque apenas se tenía en pie, cogió el busto de Mozart que tenía sobre la chimenea y lo estrelló con toda su furia contra el teclado de mi precioso piano…

Mi cara a través de lo que dejaba ver el programa SKYPE debió de ser un poema. Estaba literalmente estupefacto.

-Y entonces la que me cegué de ira fui yo. ¡Mi piano!… Cogí un hierro de la chimenea, lo levanté con mis dos brazos y lo descargué hasta seis veces sobre él con todas mis fuerzas…Y aquí me tienes: cinco años de reclusión por tentativa de homicidio, y no por pianista pelmaza…

8

Ya no me sentía tan solo en el 12 A. Contaba cada día los que faltaban para que Claudia cumpliera su condena. Nos escribíamos mails a diario, una vez a la semana nos hablábamos a través de SKYPE, y una vez al mes acudía a la prisión a visitarla. Un día recibí por correo postal una invitación. La Dirección del Centro Penitenciario para Mujeres tiene el gusto de invitar a Don  Sergio Rosales al recital de piano a cargo de la pianista Claudia Abendi que que se celebrará el próximo 12 en el Salón Multiusos. SRC

Fui muy ilusionado. Junto con la directora y los mandos de la prisión, era el único de entre el público que no tenía la condición  de reclusa ni de familiar de reclusa. El programa era variado: desde las piezas populares que tocaba al piano García Lorca y el Asturias de Albéniz hasta la danza húngara nº 5 de Brahms, la Campanella de Paganini , dos temas del Carnaval de Schuman y varias versiones de canciones regionales y bandas de sonido del cine. Al final del recital el público estaba entusiasmado, y Claudia tuvo que dar propinas. Primero una polonesa de Chopin, y a continuación el Imagine de John Lennon. Cuando ya todos daban por acabado el recital, Claudia se levantó de la banqueta y tomó la palabra.

-Gracias, muchas gracias –dijo con la voz entrecortada por la emoción- este es un día muy especial para mí…Y quiero acabar este recital con una pieza que no he interpretado nunca ante nadie, y que dedico especialmente a una persona muy querida que me apoyó mucho antes de entrar en este centro y me sigue ayudando ahora.

Se sentó de nuevo ante el piano, puso las manos en su regazo y cerró los ojos como esperando que le bajara del cielo un rayo luminoso. Despertó, levantó sus manos para posarlas sobre el teclado y lenta, profunda y amorosamente fue desgranando las notas del primer tiempo de la Sonata para piano nº 14, popularmente conocida como Claro de Luna de Beethoven.

Sólo al final de su ejecución se cruzó una mirada fugaz conmigo. Pero para entonces yo, que, como decía,  soy un tipo muy básico, secaba  con el dorso de mis manos un par de lágrimas indiscretas que se escurrían por mis mejillas. Mientras tanto, soñaba que la misma Justicia  que con tanta generosidad  acaba de liberar a un puñado de criminales me devolvería pronto a la mujer que sólo cometió el delito de amar  a la música y que ahora, al fin, también me amaba a mí.

 

El tiempo entre basuras

rata92Empezaré por agradecer a la especie humana su generosidad. Estuvo la mar de acertada cuando elaboró lista aquella de Derechos Humanos, y cuando declaró que la libertad por encima de todo. Luego aún se puso más estupenda, y se inventó  para sus individuos (e individuas, que una debe ser políticamente correcta ante todo) aquello del derecho de huelga. O sea, que no estás conforme con tus condiciones de trabajo, pues no trabajas y el empresario que se fastidie. Estuvo lo que se dice iluminada.

A veces se fastidia bastante más gente que los empresarios. Por ejemplo, en la huelga de la limpieza de las calles de Madrid los madrileños dicen que están hasta las narices de la huelga, y que no hay derecho a que los empresarios y los obreros se peguen patadas en su culo. Pero nosotras no. Nosotras encantadas.

Encantadas de que la alcaldesa Botella se tome una relaxing cup of camomyle o de lo que sea mientras que unos y otros se tiran de los pelos y se pasan por el forro de los caprichos su contratos de limpieza. Más encantadas aún estamos con esos amables sindicatos que tanto se empeñan en informar a los desinformados a través de los piquetes, verdadero prodigio de competencia y de sentido cívico. Y qué decir de los vandalitos y de los pirómanos que van derramando papeleras, incendiando contenedores y de paso algún que otro vehículo que quede cerca. Es que no podemos estar más contentas con ese despiporren de mondas, restos de comidas, latas, envases, cartones, compresas usadas, bolsas de plástico, papeles y cartones que inunda la capital. Qué mierda de ciudad. ¿Cabe mayor felicidad para nosotras?…

Es verdad que el hombre (y la mujer) nos debía una ocasión como ésta, quizás la más alta que vieron los siglos desde la famosa peste de París que cuenta El perfume. Bien que se han cebado con nuestra especie para sus experimentos en laboratorios, que joden bastante más que una huelga. Por cierto, que hablando de perfume casi nos gusta más a mí y a mis coleguis el que empieza a adueñarse de Madrid. La señora alcaldesa dice que eso no quiere que sea peligroso para la salud de los ciudadanos (y ciudadanas, que no se me escape), pero todo se andará. Ya nos encargaremos nosotras de que la cosa empeore, y de que acaben asustándose hasta esos soletes de sindicalistas a los que tan agradecidas estamos.

De momento, a ver lo que pasa. Unas amigas del barrio de Lavapiés encontraron ayer un montón de basura tan alto que treparon por él y llegaron hasta una ventana por donde se veía a una familia mirando a la tele como atontada. Seguían un serial que dicen que es muy bonito y entretiene mucho. Se titula El tiempo entre costuras. Pero no tienen ni idea: para mí, que al fin soy  una rata en ese momento de gloria al que todas las criaturas tenemos derecho, el serial que está dabuti  es El tiempo entre basuras, coproducido por el Ayuntamiento, las empresas de limpieza, los sindicatos y los delincuentes sin fronteras. Una delicia.

Sólo me preocupa que con tanta tentación por las calles me eche a perder y acabe siendo una rata puta, en lugar de una puta rata  como me decían hasta ahora. Y es que nunca puede ser completa la felicidad. Eso sí, mientras dure, campando por  la capital como si fuera la chulapa aquella de los nardos, caballero, que ya habrá tiempo de volver a las alcantarillas.

Flores robadas

Lloraban por sus maridos, y lloraban también porque robaban las flores que depositaban sobre sus tumbas...

Lloraban por sus maridos, y lloraban también porque alguien robaba las flores que depositaban sobre sus tumbas…

1

Yo iba todos los días primero de noviembre al cementerio a poner flores en la tumba de mi Alfredo. Venían conmigo mis amigas Inés y Gertrudis, que también tenían enterrados a sus maridos  sólo unas tumbas más allá de donde descansaba el mío. Cada una llevaba un ramo de flores que depositaba sobre la lápida correspondiente. Rezábamos un poquito, cada cual a su manera. Yo dialogaba por lo bajini con mi Alfredo.

-Ya ves –le decía- Otro año más…No te podrás quejar. Por aquí todo igual…

Luego entraba ya en materia más seria.

-Espero que estés con Dios, y que Este te haya dado un buen trato. Los chicos bien, pero muy atareados. No tienen tiempo para venir, y además creen más bien poco en estas cosas…

Y siempre le dedicaba muy particularmente las flores.

-Fíjate qué bonitas…Si, ya se que tú, tan poco romántico como casi todos los hombres, decías que no te gustaban las flores, y que no las necesitarías muerto. Pero a mí me dicen mucho. Mientras permanecen frescas, siento que nuestro amor sigue vivo, aunque tú ya no estés…

A estas alturas de mi meditación solían aparecer mis amigas.

-Bueno-me decían- Nosotras ya hemos rezado bastante. ¿Nos vamos a merendar?

Y después de haber llorado  a nuestros maridos rematábamos el día de difuntos merendando chocolate con churros. Es verdad que nos encantaba la merienda, pero que nadie dude de que de verdad lo que nos citaba allí era el deseo rezar por ellos.

2

El año en que empezó la crisis el guardián del cementerio nos lo advirtió.

-Me da mucha pena decírselo, pero lo más seguro es que les roben las flores que dejan a sus difuntos. La gente está tan canina…

Decidimos mis amigas y yo volver al día siguiente para asegurarnos de que las flores seguían donde debían estar y lo que comprobamos es que el guardián tenía razón. Las flores habían desaparecido. Inés dijo que había identificado su ramo en una tumba de apellido muy honorable, qué vergüenza, y Gertrudis propuso que hiciéramos nosotras lo mismo que los ladrones o las ladronas de flores habían hecho con nosotras.

-No podemos –les dije yo- No podemos ser como las ladronas de flores. Debemos demostrar que somos unas buenas viudas, Educadas, elegantes y, sobre todo, muy señoras.

Un año después repetimos la doble visita al cementerio. El Día de todos los Santos llevábamos las flores, y al siguiente, que antiguamente se conocía como el día de Difuntos, volvíamos para comprobar cuánta gente miserable hay en el mundo. Porque seguían robando las flores que que llevábamos a nuestros maridos para ponerlas a saber sobre qué tumba que, desde luego, no era de nuestros muertos.

3

Esta triste circunstancia no sólo nos hacía más dolorosas las visitas a nuestros maridos, sino que además nos amargaba las meriendas de consolación, que tanto nos gustaban. Así que en los dos años posteriores decidimos pasar a la ofensiva. Íbamos al cementerio con flores, sí, pero también con pancartas reivindicativas. NO ESTA BIEN ROBAR LAS FLORES DE LAS TUMBAS, decía la mía, QUIEN ROBA FLORES PARA SU DIFUNTO OFENDE A DIOS, decía la de Inés. A Gertrudis le preocupaba sobre todo marcar distancias con las ladronas, convencida como estaba de que los robos eran llevados a cabo por viudas como nosotras, pero con menos clase. Así que se trajo una pancarta que decía: NOSOTRAS PAGAMOS LAS FLORES DE NUESTROS DIFUNTOS, Y NO  LAS ROBAMOS. Las paseábamos arrogantes, y algunos de los visitantes retiraban su mirada, sin duda sintiéndose aludidos.

Pero de nada sirvió nuestra iniciativa. La crisis y el deterioro moral que vive esta sociedad arruinaron las buenas intencionesb de  nuestra protesta.

4

Este año fui al cementerio el último día de octubre. Me senté sobre la lápida de mi Alfredo y me puse a hablarle, como si de verdad estuviera escuchándome dentro de la tumba. Le conté que tanto yo como Gertrudis e Inés estábamos hartas de que nos robaran las flores que traíamos para nuestros maridos difuntos, y que tal vez tenía razón él cuando me decía que no quería ninguna sobre su tumba. Pero le dije también que le quería mucho, y que no me quedaría contenta si no fuera a rendirle mi homenaje el Día de todos los Santos.

Así que ayer volvimos al cementerio Inés, Gertrudis y yo. En lugar de tres hermosos ramos de flores que seguramente robarían los desaprensivos en cuanto abandonáramos el cementerio, depositamos una rosa de plástico en cada tumba. Como símbolo cumplen como si fueran flores frescas, y a nosotras nos importa un pito que las roben, porque estamos convencidas de que nuestros maridos descansan en la misma paz con unas que con otras.

Eso sí, después de la visita nos fuimos a merendar. Dios en su infinita misericordia tiene que comprender que, por mucho que los echemos en falta,  el muerto al hoyo, y el vivo al bollo.


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