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Después de aquel 9 de noviembre

Se esperaba tanto de aquel 9 de noviembre, que el Agustinet incluso creyó que iba a curar la mamitis de sus vacas...

Se esperaba tanto de aquel 9 de noviembre, que el Agustinet incluso creyó que iba a curar la mamitis de sus vacas…

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El 10 N llenó de alegría al pueblo, pero no mejoró nada la mamitis de la vaca de Agustí. Este no esperaba encontrar al día siguiente de la gran efemérides un Servei de Veterinari de la Generalitat de Catalunya levantado milagrosamente de la noche a la mañana junto a su propiedad. Sin embargo le habían vendido tanta ilusión de que su voto, la autodeterminación y a la postre la independencia iban a cambiar su vida, que contaba con que algún signo externo, del cielo o de la tierra, premiarían su comportamiento de buen ciudadano.

-A más a más cuando yo sí que voy a cumplir con la promesa del Avi- se dijo.

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La promesa fue en realidad una deuda contraída por su abuelo, el senyor Esteve que, desgraciadamente, no pudo cumplir en vida. El senyor Esteve había abandonado el pueblo de niño para hacer fortuna en la Ciudad Condal. Después de muchos años en oficios diversos se jubiló como cochero de don Enric Prat de la Riba, insigne político y escritor catalanista. Como entonces ni el fútbol era religión ni el Barça era més que un club, el señor Esteve, con sólo escuchar desde el pescante del coche las eruditas conversaciones que don Enric mantenía con sus amigos y correligionarios, se hizo catalanista furibundo e independentista frustrado.

-Este Franco nos ha fotut- le diría a su nieto cuando muchos años después, siendo ya taxista en Barcelona, volvía al pueblo de vacaciones- Pero llegará el día en que Franco muera y podamos votar y ver una Catalunya independiente.

-¿I aixó será bueno? –preguntaba el Agustinet en su infantil ignorancia.

-¡Y tanto!…Será tan bueno que ese día, para que lo recuerdes siempre, te regalaré una pirindola.

Una pirindola en el año 1943 era un buen regalo para cualquier chaval de pueblo. En las jugueterías de Barcelona las había más lujosas, como una de chapa serigrafiada en colores y dibujos preciosos, con sirena e incluso con música que sonaba al girar sobre su eje. El regalo del senyor Esteve, entendió el Agustinet, habría de ser una señora pirindola de esta categoría.

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Se murió Franco. Se murió el Avi. Se murió el padre del Agustinet, al que la independencia le preocupaba menos que las vacas de las que vivía. Se votaron muchas cosas, pero nunca la autodeterminación. Entonces el Agustinet, soltero y solo en la vida, ya era lo bastante mayor como para que la pirindola no fuera precisamente el primero de sus sueños, pero todos los meses de noviembre se acercaba al cementerio y delante de la tumba de sus mayores le explicaba al senyor Esteve que aún no había llegado el momento del regalo póstumo.

-Pero no te preocupes, Avi- le decía- que el día que votemos la independencia me compro en tu nombre la mejor pirindola y la hago bailar sobre tu lápida, para que, aunque sea desde el más allá, te des el gustazo de cumplir con tu nieto.

La Rosé, que coincidía con él en la tumba de al lado poniéndole flores de plástico a su difunto marido, le mirada con cara de tonta. La Rosé había sido una mujer hermosa, pero había cosas del Agustinet que le ponían cara de tonta.

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La Rosé y Agustinet coincidían en el Hogar del Jubilado por las tardes, donde veían juntos Sálvame y luego jugaban al parchís. La Rosé era viuda sin hijos, y vivía con su gata de su pensión, de sus gallinas, de su huerto y de bordar mantelerías para una señora acaudalada que se las encargaba cuando tenía que hacer regalos de boda. Un día, en las fiestas del pueblo, se bailó en la plaza una gran sardana en la que el Agustinet buscó la mano de la Rosér, que apretó varias veces mandándole señales. Luego, en la sesión para los mayores amenizada por la orquesta del Pep Ferrerons, especializada en boleros, valses y foxtrots, el Agustinet, por primera vez en su vida, se arrancó y sacó a bailar agarrado a la Rosér. Como nunca se habían visto tan juntos, tuvieron que hablar. Apenas hablaban cuando se veían normalmente, pero se miraban mucho. Aquel día Agustinet debió de concluir que ya no les quedaba mucho tiempo para ocultar sus sentimientos.

-Que digo yo – le susurró mientras el Pep cantaba Toda una vida- que si no nos iría mejor juntando meriendas.

La Rosér puso su cara de tonta tradicional y retiró la mirada hacia el saxofón de la orquesta de Ferrerons.

-¿Que no sería una buena cosa que nos casáramos?- insistió el Agustinet.

La Rosér acabó la pieza sin decir palabra. Al final de la fiesta, cuando los viejos del pueblo emprendían la retirada y la banda de rock duro Pebre Catalá tomaba el relevo, el Agustinet le requirió una respuesta concluyente.

-Nena, si us plau…

-Ay, no se, no se –respondió visiblemente ruborizada la Rosér- Ja en parlarem.

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Dos días después de aquel que según los padres de la patria catalana iba a cambiar el destino de ésta, Agustí y Rosér quedaron en el cementerio. El Agustinet no tenía muy claro para qué, pero había votado el 9 de noviembre los dos síes que le pidieron. La Rosér también, y ambos debieron de pensar que era hora de ofrecer sus votos a sus difuntos, que al fin y al cabo celebraban calladamente su mes. Agustinet había ido antes al mejor bazar chino de la comarca para comprar una lujosa pirindola, que le permitiera homenajear al Avi. También compró el periódico, por si la Rosér se retrasaba y La Vanguardia era capaz de explicarle entretanto cómo la nueva Catalunya le iba a solucionar la mamitis de sus vacas, que ya eran cuatro las afectadas.

-Bon día, Rosér –dijo cuando la vio aproximarse a la tumba en la que esperaba sentado tranquilamente mientras leía las noticias- Todo ha cambiado ya…

La Rosér se encogió de hombros mientras avanzaba trastabillando hacia la tumba de su difunto esposo. Mientras en su mano derecha portaba un nuevo jarrón decorado por un san Jorge alanceando al dragón, en la izquierda llevaba una bolsa del bazar chino por la que asomaban claveles rojos y amarillos.

-Aixó mateig- respondió la mujer mientras sacaba brillo con su pañuelo a la boca del jarrón miniada en oro- Por eso he de cambiar las flores a mi Magí…¡Hasta las de plástico se destiñen, noy!…

Lo que siguió fue muy emotivo. La Rosér retiró los adornos descoloridos y plantó en su lugar el jarrón del san Jorge con seis claveles rojos y seis amarillos componiendo en abanico una senyera floral.

-¿Eh que es maco?- dijo la mujer mientras contemplaba su ofrenda con los brazos en jarras y por primera vez sonreía en un cementerio.

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Agustinet derramó entonces una larga mirada sobre las tumbas que les rodeaban y dejó escapar un suspiro.

-¿Sabes que hay una nave espacial que ha volado quinientos diez millones de kilómetros hasta un cometa que se llama Churynosequé sólo para que conozcamos mejor a nuestro sistema solar?–dijo mientras sacaba la pirindola de su caja y la ponía sobre la lápida de sus muertos.

-¿Y de qué cosas se entera la nave esa? –preguntó la Rosé mientras barría con una escobilla las hojas secas que se agolpaban alrededor de la tumba de los suyos.

-Qué se yo…No creo que averigüe nada de nuestro futuro. Ni de la independencia de Cataluña, ni de la mamitis de mis vacas, ni de si quieres que nos casemos, ni…

-Yo Agustinet –interrumpió la Rosér- igual me casaría, te lo aseguro…Pero como que con este lío entre el referéndum, el Mas y el Rajoy, una no sabe si es catalana o española, y, sobre todo, tampoco tiene seguro quién le pagará la pensión, hasta que no lo tenga claro no te puedo dar el sí…

-No fotis, Rosér –farfulló el hombre a punto de sollozar.

-Lo siento, noy-dijo la Rosé- Pero de momento, aixó no pot se.

El Agustí, que había ido dando cuerda a la pirindola mientras escuchaba pacientemente a su amada esquiva, la lanzó con tal ira sobre la lápida del Avi que el juguete, después de girar frenéticamente como un trompo descontrolado, saltó a la tumba de al lado y fue a estrellarse contra el jarrón de la Rosér. Este cayó de su pedestal, se hizo añicos y dejó desparramada sobre la piedra musgosa la bella senyera floral made in China.

-¡La mare de Deu, que absurda es la vida, collons!- clamó desesperado el Agustinet.

Mientras desde el cometa impronunciable la sonda Philae marcaba un hito sin precedentes en la historia de la humanidad, la Rosér arrodillada y tragándose las lágrimas recogía con la escobilla los restos del jarrón, las flores de plástico, y hasta la pirindola abollada. Definitivamente el Agustinet era un buen hombre, le daba pena verle tan preocupado por la mamitis de sus vacas y tan frustrado, y además ella misma estaba harta de vivir a solas con su gata y sus gallinas. Pero creía que las cosas de comer no eran como las de la patria, y que con las cosas de comer no se juega.

-A Dios pongo por testigo –gritó al cielo encendido por el crepúsculo como una Escarlata O´Hara- que, con independencia o sin ella, yo ni vuelvo a votar ni me caso hasta que sepa quién va pagar mi pensión.

Volvieron al pueblo juntos, agarrados del bracete y en silencio. Esperaban tal vez otro 9 de noviembre más claro que les pusiera su alma en paz.

 

Un cuento para la jueza Alaya

El ujier del juzgado pensaba que la Jueza Alaya siempre aparecía con su maleta porque quería escapar...

El ujier del juzgado pensaba que la Jueza Alaya siempre aparecía con su maleta porque quería escapar…

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Uno no se enamora de aquello que ve y le llama la atención. La cara que le deslumbra, la melena que se mece cuando pasa ante él, las curvas de su cuerpo, que se ondulan aún más cuando camina a paso firme hacia la escalinata del Juzgado. Los años de mozo que vivió en el pueblo le ocurría lo mismo. Se enamoró de la Flora al verla pasar todos los días por delante de su casa para lavar la ropa en el pilón de la plaza. Luego la Flora fue su mujer. Perra suerte que después de treinta años de matrimonio y dos hijas ya criadas, la una en Sabadell y la otra casada con un surfista canario, la Flora perdiera la cabeza. Ahora contaba al bueno de Simón las lamas de las persianas de la Residencia. Se las repetía cada día que iba a verla.

-Son 120- decía unas veces. Otras 189, o 536. Siempre con una sonrisa en la boca, convencida no sólo de que sabía contar perfectamente, sino también de que estaba curada.

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Simón no era un hombre ilustrado, pero sabía que el mundo estaba mu revuelto. No había más que ver la cantidad de personal famoso que veía entrar y salir por las puertas del juzgado nº 6 de Sevilla, a donde fue destinado después de muchos años de servicio en otras dependencias judiciales. La ristra de caras conocidas, para lo bueno y para lo malo, que pasaban allí. Políticos, artistas, futbolistas, empresarios, exministros, exalcaldes, folklóricas, directivos de fútbol, sindicalistas. Mu revuelto, sí, el mundo estaba patas arriba, pero él estaba a punto de jubilarse, tenía un sueldo muy modesto y dos hijas desparramadas por España- lo grande que se hace España para el cariño partido- a las que no veía casi nunca. También tenía una pequeña casucha de mal vivir en el barrio de San Bernardo, y eso sí, un cachito de tierra en la Vega de Granada que heredó de sus abuelos y que acaparaba casi toda su ilusión. Su huerta primorosa, sus gallinas, su burro Pascal, su pozo, sus frutales, los chopos y alisos abanicando la orilla del río, su casita blanca y diminuta, con su diminuto patio y las buganvilias y jazmines. Entre tanta fortuna, de la que era consciente, una hartá de soledad. Su abuelo le dijo una vez que su finquita, que casualmente se llamaba Pocacosa fue un capricho que el padre del poeta García Lorca quería haber comprado para Federico, pero a Antonio eso no le decía nada, porque según él no entendía de poesía.

-Mire usté –se explicaba- yo veo las mariposas en la flores y me gustan, escucho el ruiseñor y el murmullo del arroyo, y el aroma de azahar de los naranjos y me gustan. Veo al borriquillo pastando feliz mientras espanta las moscas con el rabo y me siento feliz yo mismo. Pero luego me cuentan todas estas cosas enredás en los versos del poeta Federico y me hago un lío. Y yo necesito tener las cosas claras.

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Ahora tenía dos cosas muy claras. Una era que la soledad del hombre solo es muy larga. Más larga que la sombra del más alto de los cipreses. Y otra que cada vez que pasaba por delante de su mesa una determinada jueza le daba un vuelco el corazón. La jueza se llamaba Alaya, que sonaba como a nombre de princesa morisca. Simón se quedó sorprendido al verla por primera vez, porque en su experiencia de ordenanza no había visto jamás una jueza que no tuviera pinta de jueza, o sea, de señora sabia, seria y mayormente aburrida, de tanto estudio, tanto folio, y tanto atar cabos de aquí para allá.

-La jurición, si es femenina, tiene que ser preferentemente fea- le dijo un día su jefe cuando aún no existía lo políticamente correcto- Para que asín se concentre mayormente en su poblemática, que es fundamental pal Estao.

Mira por donde la jueza Alaya distaba tanto de esa imagen que por primera vez en sus años de servicio Simón no veía en ella a la funcionaria, sino a la mujer con la que le gustaría compartir su cachito de tierra en la vega que tanto le gustaba al poeta García Lorca.

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Frente a estas certezas, Simón alimentaba una duda que disparaba su fantasía: ¿por qué la hermosa jueza Alaya aparecía siempre en el juzgado arrastrando un maletín de viaje? Los más de sus compañeros del juzgado mantenían que era la forma más cómoda de transportar el sumario. Lo del sumario no acababa de estar claro para Simón. A su tío Benito lo apiolaron en la guerra por no sublevarse con el ejército de Franco tras un juicio sumarísimo, y en lo que se le alcanzaba, sumario significaba rápido, breve, resumido. ¿Cómo era posible entonces que su jueza favorita tuviera siempre tantos papeles entre manos para tener que cargarlos en un maletín sobre ruedas?

-Esta mujer se quiere escapar, y lleva el maletín preparado para eso –pensaba cuando la veía pasar rumbo a su despacho- Será trabajadora, no digo que no, pero se quiere escapar. Tan guapa como es, y con las ganas que le tienen tantos granujas, no puede ser feliz…

Sabía que esas ganas no tenían nada que ver con las que le inspiraban a él. Y soñaba con que de verdad lo que aquella mujer deseaba era evadirse en busca de la felicidad.

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La Flora murió en la residencia un martes de abril. Simón no lloró casi nada, pues todo lo había llorado ya desde que su mujer empezó a contar las lamas de las persianas. Sus hijas vinieron justo para amortajarla, y para decirle que cada día se les hacía más difícil viajar a Sevilla. No trajeron a los dos nietos que tenía para que los conociera, y ni siquiera se quedaron para trasladar las cenizas de su madre a Pocacosa, como deseaba él, para guardar la memoria de la Flora al amor del pie de una oliva. La jueza Alaya seguía acudiendo día tras día con su maletín. Simón la miraba. El maletín de la jueza cargado de sumarios, las miradas del ujier rebosantes de deseo. La sombra de su soledad se le hizo entonces ya más larga que la del ciprés más alto de Sevilla, de la Vega de Granada y de toda Andalucía.

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El bueno de Simón no se había detenido a averiguar si la jueza guapetona estaba casada o no. Sólo sabía que luchaba por limpiar la pocilga de los ERE, que los responsables del mismo se la tenían jurada, y que, para colmo, en España había estallado un nuevo volcán de corrupción llamado caso Púnica que, por si no lo estaba ya, amenazaba con hundir al personal en el pozo negro de la vergüenza y la desesperación.

-Ojú, qué jartible se está haciendo esto de trabajá pa la justicia-se dijo la mañana del último día de trabajo mientras se ponía el uniforme- ¿Y tó pa qué?…

Aquel día Simón se jubilaba. Antes de ir al juzgado pasó por el taller de su amigo Monchito, que le había dejado su viejo Seat Toledo a punto, lavado y reluciente como los chorros del oro. Habló luego con sus superiores, firmó los papeles pertinentes y se apostó en su mesa esperando la llegada de su admirada jueza Alaya que, cómo no llegaba tirando de su maletín. Salvo saludarla respetuosamente todas las mañanas, Simón jamás había cambiado palabra alguna con ella, pero una de las ruedas del maletín atrapado por una reja del alcantarillado le dieron pie para inclinarse a sus pies.

-¿Permite su señoría que la ayude?- le dijo mientras sus manos desatascaban la rueda.

-Oh, si, gracias –fue todo lo que dijo ella.

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Simón sabía que no iba a tener muchas más oportunidades de verla. Así que después de presentarse, Simón Gómez Jaquetón, para servirla, y de anunciar que aquel mismo día dejaba de ser ujier del juzgado nº 6, se tomó la libertad de decirle que se había enamorado de ella con solo mirarla. Y que aunque sabía que su vida iba por otros derroteros, si quería encontrar la paz interior y un lugar de la Vega de Granada que había encaprichado al mismísimo García Lorca, él le abriría las puertas de Pocacosa.

-Pero no se lo crea –le advirtió- porque es un nombre mu mentiroso. De día se oye cantar al Genil, de noche a los grillos. Más menos como si fuese un poema de Federico, pero que se entiende mejó.

Alaya se limitó a despedirle con una sonrisa. Pero él cuando enfilaba la carretera de Granada en su viejo Seat iba encantado. Primero porque empezaba a ser un hombre verdaderamente libre. Y segundo porque su heroína no había dicho ni si ni no, y a lo mejor resultaba cierto aquel refrán de que quien calla otorga.

 

 

 

 

 

 

Otro protocolo inevitable

¿Por qué los supositorios no cumplen su objetivo como  el cohete que llegaba a la luna en la vieja película de George Mèliés?

¿Por qué los supositorios no cumplen su objetivo como el cohete que llegaba a la luna en la vieja película de George Mèliés?

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Según el historiador Troian Daritu, el siniestro Vlad Tepes, que inspiró a Bram Stoker la figura del Conde Drácula, aparte de almorzar sopitas de pan con la sangre de sus víctimas, empalaba a sus más encarnizados enemigos espetándolos por la retambufa en una estaca que se erigía al otro lado del foso de su castillo. Desde la torre almenada, el villano contemplaba el espectáculo con el mismo deleite sádico con el que Nerón veía arder Roma.

-¡Ahoras sabéis de verdad lo que es tomar por el mismísimo!- exclamaba Tepes lanzando estruendosas risotadas.

El ilustre canalla ni siquiera tenía la delicadeza de suavizar la punta con friegas de sebo.

En un orden menor de la escala de suplicios, last but not least, y quizás para reos de menor categoría, el monstruoso torturador reservaba algo que los galenos de su tiempo habían concebido como medicamento. A estos pobres desdichados les condenaba a supositorios.

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Todo esto te lo cuenta entre lamentos Homper después de haber recibido una llamada tuya que no ha podido atender.

-La culpa no ha sido de Vlad Tepes –se excusa- sino de Jaime Zorrilla, que es un médico excelente y un encanto de persona. No obstante lo cual me había prescrito para serenar esa caldera de Pedro Botero que me anida en el bajo vientre un antiespasmódico en forma de supositorio. En ello estaba. Sólo al recordarlo me pongo a temblar…

Y ordenadamente, sin perder la flema de quien pretende guardar la dignidad de su discurso, va desgranando los motivos de su escandalosa perplejidad ante los problemas que le planteó la aplicación del mencionado remedio.

-Yo de niño –explica- imaginaba que los supositorios eran como la nave espacial del Viaje a la luna, aquel ingenuo film de Méliès en el que un cohete lanzado desde la tierra se clava en el ojo de nuestro satélite. Mi madre cambiaba el ojo de la luna por el del culete y muy a mi pesar me introducía por ahí ese odioso invento. Era desagradable, pero entraba sin problemas. Ahora es difícil hasta despojar del supositorio la película de aluminio en la que viene presentado. Al quitarle su envuelta, se suelen desprender varios fragmentos de su cabeza. Y por último, cuando después de las fatigas previsibles, y sólo postrándote de hinojos en plan adoratriz y con el trasero en lo más alto crees que la nave ha alcanzado su objetivo, fuerzas misteriosas procedentes del averno intestinal la proyectan al exterior y te encuentras humillado, ofendido, con el culo aire y el antiespasmódico en el suelo riéndose de ti.

O sea, supositorios de espaldas al pueblo, como diría Doña María. O más propiamente de espaldas al culo, como precisa Homper.

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Cuenta Homper que en esos delicadísimos momentos lo llamó para interesarse por su salud la periodista y gran amiga suya Begoña Ortúzar, madre del doctor Zorrilla y chica bien de Bilbao de toda la vida. Y que aunque normalmente habla con ella de mística, de filosofía, poesía y otros asuntos trascendentes, no pudo evitar comentarle el enojoso incidente del supositorio rebelde.

-Eso es que te lo pones mal –pontificó sin dudar –Debes hacerlo al revés, introduciendo primero la base, más ancha, para que pasado lo más difícil se cierre el esfínter anal y allá no se escape nada.

A Homper le sorprendió esa teoría tanto como si le hubiera dicho que las balas penetraban por la parte achatada, que los obuses vuelan con la cabeza explosiva apuntando al artillero o que los barcos estaban hechos para navegar de popa. Homper creía que los supositorios eran fusiformes precisamente para abrirse camino más fácilmente en su procelosa y oscura trayectoria, y así se lo dijo a Begoña.

-De eso nada –remachó- En Bilbao que sepas que lo hemos hecho así siempre y nos ha ido divinamente.

Homper creyó por un momento que así como los bilbaínos dicen que nacen donde les da la gana, el hecho diferencial les permitía ponerse los supositorios donde y como les peta. Pero con toda humildad defendió que nunca jamás en su vida había escuchado semejante teoría. Es más, no dijo la palabra teoría, sino tontería, a lo que ella contestó con un whatsup en tono indudablemente airado: “Consulta en GOOGLE la forma correcta de ponerse un supositorio. ¡INCULTO!”.

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Homper le hizo caso y, sorprendentemente, nunca te acostarás sin saber una cosa más, también se quedó perplejo al comprobar que en esa fantástico e ilimitado Internet donde cabe todo hay un vivo e interesantísimo debate sobre la forma idónea de conseguir que un supositorio cumpla correctamente su cometido. No sabe si también hay teorías sobre cómo cortarse las uñas, cómo partir la hoja de papel higiénico justo por la línea trepada o cómo hervir la coliflor sin provocar las protestas del vecindario, pero desde luego sobre la aplicación de los supositorios sí hay ya considerable jurisprudencia.

Y sin embargo, el Hombre Perplejo, víctima aún del caos en lo más ominoso de sus interiores, seguía sin saber a qué atenerse. La derivada era obvia: en estos tiempos de confusión y de debate por lo que sea…¿a qué esperamos para que la autoridad competente establezca e una vez por todas un Protocolo Específico sobre el modo de administrarse los Supositorios?

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Una independencia inmadura

Nadie está seguro de si es una diarrea o un atasco, pero el caso es que el independentismo empieza a parecerle a muchos una pesadilla...

Nadie está seguro de si es una diarrea o un atasco, pero el caso es que el independentismo empieza a parecerle a muchos una pesadilla…

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Te llama Homper para contarte otro sueño más que le dejó perplejo. Aturdido sin duda por los vaivenes del dichoso proceso del 9-N que nos lleva comiendo el coco casi un año, esta noche ha sido víctima de una pesadilla independentista de primer orden. Resulta que el presidente de su comunidad de propietarios, Florencio Muñoz Pérez, ha resucitado los genes catalanistas que habitan en su sangre. Un tatarabuelo suyo llamado Diego Lletget i Maixer, que en el siglo dieciocho se estableció en Arenas de San Pedro para acabar casándose con una lugareña, le envió un imperativo categórico al que no se puede resistir.

-Independencia, noi- dice que le ordenó el espíritu de su antepasado- Som i serem gens catalana, tanto si es vol com si no es vol.

El presidente organizó varios referendum para que la Comunidad de Propietarios se independizara de la ciudad, del barrio, de la calle. Argumentaba que no estaba realmente convencido de las ventajas de la independencia, pero el caso es que la gente votase, porque sin voto no hay democracia, y sin democracia no hay salvación. Visto que su propuesta no triunfó, pues casi todas las fechas previstas para el referéndum una cadena de TV televisaba un partido de fútbol, se invitó a colocar urnas en la escalera para que los vecinos se pronunciasen cuando les apeteciera sobre cuestiones fundamentales. ¿Debemos cambiar la araña de cristal del portal por una iluminación más moderna? ¿Es Vd. partidario de mantener el Hilo Musical o prefiere más bien una selección de habaneras y sardanas sonando de continuo? ¿Procede demandar a la brasileña del 6º A, que había convertido su piso en una escuela de samba? ¿Se debe implantar el pañal obligatorio para esos perritos que se mean en el ascensor? ¿Cree que hay que exigir al Ayuntamiento que retrase el paso de los camiones de la basura hasta una hora de la madrugada en la que el demoníaco glópita-glópita de la estruendosa máquina que engulle los desechos orgánicos e inorgánicos deje de interferir en la vida sexual de los habitantes del bloque provocando numerosos y frustrantes coitus interruptus?

La mayoría de los vecinos dijeron al presidente que dejara de dar el coñazo y le mandaron a Florencio a hacer puñetas.

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No obstante lo cual, la pesadilla continuaba. Sin acuerdo alguno, ni del Parlamento ni de la Comunidad de Propietarios, y temiendo quedar como un traidor a la causa, un visionario de pacotilla, un incompetente o simplemente un cantamañanas, el presidente había decretado unilateralmente una independencia. No era lo esperado, pero al menos colmaba algunas expectativas.

-Queda declarada la independencia del cuarto de baño del vecino Homper –proclamó solemnemente Florencio- que, desde este momento, queda segregado del edificio y de la comunidad porque no podía ser de otra forma. El nuevo estado así nacido queda integrado en la Federación Surrealista Esquizofrénica.

Homper está preocupado. Vive en su casa de siempre, pero cuando tiene que hacer uso del cuarto de baño debe trasladarse a un descampado donde le esperan su lavabo, su ducha y los demás sanitarios adecuados al lugar. Es independiente, sí, puede aliviarse a modo sin miedo al escándalo ni al qué dirán, pero resulta muy poco práctico.

Lo peor es que creía que habitaba en una pesadilla, y que se decidió a despertar por huir del sortilegio. Pero cuando puso un pie en la realidad se ha encontrado con que esta no es mucho más sensata.

-Joder –resopla desencantado antes de despedirse- ¡Si hubiéramos sabido que la madurez era esto!…

Las llaves de tu reino

Esta es una de las llaves de un reino que debemos aprovechar antes de que el tiempo y el olvido lo hagan desaparecer...

Esta es una de las llaves de un reino que debemos aprovechar antes de que el tiempo y el olvido lo hagan desaparecer…

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Después de su viaje por la España del siglo XXIII, el escritor y viajero hispanista Aloisius Nooteboom, descendiente de Cees Nooteboom hizo interesantes anotaciones que conviene difundir para lo que el lector entenderá más tarde.

Me han interesado sobre todo los monumentos y los vestigios arquitectónicos del siglo en el que mi antepasado descubrió este país, dice refiriéndose inevitablemente al final del siglo XX y los inicios del XXI. Aunque cueste creerlo. añade, al margen de perder el tiempo, el dinero y buena parte de sus sueños de gloria en debates tan estériles como discutir su identidad y su derecho de autodeterminación sexual, personal, municipal, provincial, regional, autonómico, nacional, supranacional, europeo, mundial e incluso cósmico –algunos dicen que se sienten de Alfa Centauro desde siempre- parece ser que los españoles de entonces mantenían algunas de las constantes que han caracterizado a la historia de la humanidad. Por ejemplo, como en todas las épocas, construían edificios que pretendían ser importantes, representativos y duraderos.

De esta época – continúa reseñando el inquieto viajero- no quedan sin embargo palacios construidos por nobles o por ricos poderosos que pretendieran perpetuar su memoria en piedra, mármol o ladrillo. La opulencia exagerada no debía de estar bien vista por el pueblo. Tampoco he observado muestras de la magnificencia y de la belleza que hasta el siglo XX aportaron a las bellas artes, y en especial a la arquitectura y a la escultura, el culto a la divinidad en sus diversas manifestaciones y la religión, cualquiera que fuera ésta. Definitivamente, el pragmatismo y el escepticismo reinante consideraban ya que era más importante un ambulatorio que un templo de Dios.

Como testimonio curioso de los valores que en nuestro siglo merecieron dejar su huella monumental, Aloisius Noteboom destaca lo que entonces se llamaba edificios emblemáticos, a saber, sedes de grandes bancos o de compañías telefónicas, bodegas, teatros de ópera, aeropuertos sin uso, museos inspirados en la armadura del Mago de Oz, polideportivos y otros alardes a veces absurdos como monolitos o puentes con la forma de gigantescas mantis religiosas firmados por un tal Calatrava. Especial consideración le merecen algunas ruinas de lo que los españoles de entonces llamaban Centros de Interpretación de la Naturaleza, como si dentro de esos centros no informaran o difundieran los valores naturales del entorno, sino que se dedicaran a filosofar sobre éstos. Qué divertido, se los imagina uno: ¿tú cómo interpretas la existencia del grillo?…Para mí que al Creador le divertía que un ortóptero negrito cantara cri-cri y lo creó…¿Y las auroras boreales?…Yo las interpreto como si fuera una especie de rubeola espacial…

Al final, Aloisius Nooteboom cae en la tentación de hacer futurología y de ponerse a especular él mismo sobre el drama que significará la laicización de la humanidad para los que, como él, optaron por recorrer y curiosear por el mundo

Cuando las catedrales, monasterios, santuarios, iglesias y ermitas, cuando las pirámides, los templos budistas, las mezquitas y otros homenajes al teísmo se sepulten definitivamente en el polvo del olvido, el llamado turismo cultural será admirar unos ciclópèos e inexpresivos bloques de hormigón, gigantescos cementerios industriales, tótems de acero y vidrio inexplicables y unas placas de titanio oxidado que dirán más bien poco sobre la presunta grandeza del alma humana. Del siglo XX a esta parte, el progreso y la veneración por las capacidades y los derechos del hombre dicen que han hecho un mundo mejor, pero su legado en términos monumentales será mucho más pobre que lo que nos dejaron los siglos de opresión de los poderosos y del temor a Dios. Es duro reconocerlo, pero yo no soy un moralista ni un sociólogo, sino un simple viajero, y este mundo mejor me está resultando mucho más feo…

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Hasta aquí la ucronía, o la utopía. Se te ocurrió porque esta semana paraste en Buera, provincia de Huesca, donde tu amigo Miguel Angel mantiene la Posada de Lalola, un encantador hotelito rural para dejarse caer allí, descubrir las delicias del Somontano y hacer senderismo por la Sierra de Guara. Lejos, muy lejos del mundanal ruido. Bastante cerca de esos momentos de paraíso asequible que te guían ahora. Fue una visita para festejar con el hostelero y sus amigos locales, en una gran cena al aire libre y con la media luna por testigo, su santo y los dieciocho años de vida del hotelito. No estuviste mucho tiempo, pero sí lo suficiente para pasear al atardecer con Carlos Santos y su novia Ana Mari hasta la ermita de Santa María de Dulcis, así llamada porque al parecer la Virgen vino a aparecerse allí sobre un panal de abejas. ¿Habrá lugar para un milagro tan poético y tan dulce en los siglos futuros?

La ermita, del siglo XVIII, está enclavada en un paraje propicio para la meditación, en un pequeño cerro entre encinas, carrascas, quejigos y junto a un huerto de olivos que crían aceitunas de todas las variedades conocidas. Decorada con elementos mudéjares y del barroco muy originales, pero pobre en imágenes, es un edificio modesto, de una sola nave, que, como tantos otros templos esparcidos por España, resiste a duras penas el paso del tiempo. Allí acudían antaño a pedir curación a la virgen de la miel los enfermos del garrotillo, el simpático nombre con el entonces se conocía a la terrible difteria. Tú no eres un gran creyente, pero aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y el Vero no lejos de allí, sugeriste a la santísima señora que ahora hay otras enfermedades más extendidas también merecedoras de su atención. Y quisiste inmortalizar el momento con la llave que os prestó la santera de Buera para abrir el templo.

Es una llave descomunal, como la que imaginas que recibió san Pedro. La muestras como objeto curioso porque para ti es una de las famosas llaves del reino. De ese reino injusto y lleno de desigualdades que se va extinguiendo. Afortunadamente, no sin habernos legado catedrales, palacios y otras joyas de la arquitectura expresivas de un tiempo en el que los creyentes tenían fe en Dios y los nobles y poderosos no se recataban en querer vivir como Dios.

El empresario que aspiraba a una necro lógica

Aquél empresario puede que no tuviera muy buen gusto, y que, como casi todos, se fumamara un puro sobre casi todo. Pero era un hombre consecuente...

Aquél empresario puede que no tuviera muy buen gusto, y que se fumamara un puro sobre casi todo. Pero era un hombre consecuente…

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-Es bonito, y a su familia le gustará- pensó mientras repasaba todos los obituarios que la prensa del día dedicaba al gran empresario desaparecido – Pero yo preferiría que mi necrológica fuera más consecuente, más próxima a la realidad, más creíble.

Sobre todo con claros. Pero también con alguna sombra para demostrar que, además de un líder social y un prócer, había sido carne mortal.

El próspero empresario Marcial Antúnez, hijo de un pastor manchego, era un triunfador, un hombre hecho a sí mismo. Sin estudios ni más bagaje que su inteligencia natural, su trabajo y su olfato, se había hecho multimillonario y famoso en las páginas salmón gracias a un producto de parafarmacia que, explotando el efecto placebo y con una audaz campaña de publicidad protagonizada por Anabel Treysler y Carmen Lamana, había revolucionado el mercado. Su producto era la famosa píldora que, disfrazada como complejo vitamínico, prometía a la mujer la juventud y la belleza eternas. Como Marcial era en el fondo un tipo muy básico, la bautizó con su propio nombre. Y como desconfiaba de los divos de la publicidad que le pedían dinerales por cuatro chorradas muy sofisticadas que no se entendían nada, él mismo diseñó su campaña, prescrita de viva voz con un slogan que sorprendía en la boca de tan elegantísimas damas de la beautiful people. En sus spots de televisión, la Treysler y la Lamana explicaban un día cualquiera de su vida. Su desayuno, tan sano, su gimnasia, tan rítmica, su agenda, tan equilibrada, sus compromisos sociales, tan emocionantes, sus momentos de ocio, tan envidiables, sus veladas, tan seductoras. Pero el secreto de la belleza y la felicidad que resplandecía en sus inmarchitables rostros no era sólo su vida de amor y lujo ejemplar, sino que antes de irse a dormir se tomaban cada noche una píldora milagrosa al tiempo que prescribían con una sonrisa.

-Con píldoras Marcial…¡guapa que te cagas y casi inmortal!

Rompedor sí que era el mensaje. Y hubo que pagarles un pastón a las ilustres damas por mancillar sus labios con esa expresión impropia de su edad y de su exquisita educación. Pero -¡oh sorpresa!- esa brutal propuesta cayó en gracia, se convirtió en trending topic, las cajas de Píldoras Marcial se vendieron por millones, y unos años después el empresario Antúnez era tan fundamental para el PIB y el Ibex 35 que se ganó con creces ese corifeo de ditirambos post-mortem con el que despedimos en este país a los héroes empresariales que engrandecen la marca España.

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-Llame a Torralba, nuestro notario –le dijo a su secretaria- Que quiero que levante acta de unas disposiciones personales de las que usted tomará nota mientras se las voy dictando.

El notario Torralba era un profesional abierto, simpático y habituado a dar fe de acontecimientos un tanto singulares, como el de aquel Marianet de un pueblo de Castellón empeñado en presentar al Libro Guinnes su hazaña de comerse ciento treinta caracoles en veintiséis minutos, lo que a todas luces tenía pinta de record mundial absoluto de la especialidad. Así lo hizo constar en acta notarial, para alborozo de la peña Los Caracojonudos, que la envió junto con su petición de reconocimiento de record a la oficina central de Guinness en el Reino Unido. De igual forma haría constar ahora lo que pausadamente, y con la ayuda de la taquigrafía de Chitina, su secretaria de toda la vida, dictó Marcial.

-No se sorprenda, Torralba- le advirtió el empresario antes de encender su puro y de comenzar el discurso de sus voluntades- Sospecho que a mi muerte el tamaño de mi imperio, el volumen de mi herencia y lo muchísimo que he invertido en publicidad a lo largo de mi vida empresarial me van a acabar canonizando, como está ocurriendo con los colegas que me han precedido últimamente. La opinión pública es así: te pueden poner a parir y odiarte en vida, porque probablemente te lo mereces, pero cuando mueres, saca el inciensario y redime su mala conciencia subiéndote a los altares. A mí, francamente, me dan vergüenza ajena los turiferarios. Y como no tengo descendencia a los que reconfortar con mentiras piadosas y a la fundación que me heredará le va a dar lo mismo que me retraten con luces y sombras, sólo pretendo controlar la hagiografía exagerada. Vamos, que si alguien me dedica un obituario o una necrológica, la gente sepa que se ha muerto un empresario, y no un santo.

Fue a continuación la suya una lectura desconcertante de su vida. De forma deshilvanada, interrumpida a menudo por las boqueadas de humo de su puro y por las expresiones de asombro y hasta las risas del notario y de Chitina, Marcial Antúnez fue marcando las pautas que le gustaría que recogiera su memoria pública. Por favor, que no subrayen la tontería esa de que el secreto de todo es el trabajo, entrar en el despacho el primero y salir el último. Hay cantidad de currantes que no venden un clavel. Yo he trabajado como un cabrón, pero si no hubiera sabido tocar las teclas precisas no me hubiera comido un rosco. Cuando hablen de mi intuición y de mi visión privilegiada del negocio, que recuerden también mi instinto para sondear las debilidades humanas, y mi precisión para conocer qué necesitaban en ese momento los que debían firmar el papel que necesitaba. Si alguien se le ocurre ponderar mi aplomo y mi capacidad de asumir riesgos sí me hará gracia que recuerden aquel rentoy que eché en el ministerio: ¡no hay cojones para negarme esa licencia! Eso, eso, que lo digan así, con todas sus letras, que para eso soy un hombre del pueblo…

-¿Lo…Lo hago constar exactamente en el acta? –titubeó Torralba.

-Naturalmente –confirmó Antúnez- Hombre, que sean quizás un poco menos rotundos cuando aborden mis conflictos con el fisco y con la judicatura: sorteó de aquella manera los problemas que tuvo….sería una buena fórmula, sin entrar en detalles…Luego hablarán de mi generosidad, del mecenazgo…Está bien, me he gastado una pasta ayudando a comunidades de monjitas, ONG y esas cosas, y he tenido que hacer caso a mis asesores comprando unos mamotretos horrorosos que se exhiben en el vestíbulo de nuestra sede y que dicen que son arte contemporáneo, qué se le va a hacer…Que pongan eso: no sabía por qué, pero ayudó a algunos de esos artistas que molaban porque no supo decir NO a tiempo. Buen amigo de todos, sí: del gobierno, de la competencia, de los periodistas…Ahora, como lo cortés no quita lo valiente, que recuerden también lo que aprendí de mi amigo Castiñeiras cuando le quise comprar para mis primeros repartos su vieja furgoneta DKW por cuatro perras, un precio de amigo. Castiñeiras era gallego, y me soltó lo que aquel paisano que quería vender su vaca a un amigo: amigos, muy amigos, pero la vaquiña por lo que vale, ¿eh? Pueden resumirlo así…Y en cuanto a su afán por crear puestos de trabajo y su preocupación por sus empleados…Bueno, no es del todo incierto…Han trabajado para mi imperio miles de ciudadanos, pero les he estrujado lo suyo. Chitina misma, que entonces era un pibón, le podrá contar que yo mismo le prometí promocionarla a la dirección comercial si…

-¡Señor Antúnez, por favor!- interrumpió la secretaria a la que súbitamente se le subieron los colores.

-No pasa nada. Chitina -la tranquilizó el jefe- Usted se portó decentísimamente, y eso la honra, y yo me arrepentí inmediatamente de mi oferta. Además, recordé aquello de donde tengas la olla…Pero cómo voy a negar que uno, que es de pueblo, en esa soledad del poder y del dinero, también tuvo sus debilidades…¿No es más fácil de entender eso que ese espejismo de virtudes personales, cívicas y empresariales con que se pretende inmortalizar ahora a los creadores de riqueza?…

3

El notario Torralba tuvo que hacer un alarde de síntesis expresiva para recoger rigurosamente lo que de forma tan anárquica había contado el fogoso creador de las Píldoras Marcial y había transcrito su fiel secretaria Chitina. De la escritura, protocolizada como ACTA DE ULTIMAS VOLUNTADES DE DON MARCIAL ANTÚNEZ Y SANZOL RELATIVAS A SUS POSIBLES OBITUARIOS, se sacaron numerosas copias simples que fueron enviadas a los directores de los principales periódicos, emisoras de radio y cadenas de televisión junto con una breve carta firmada por el empresario que decía así.

Muy Sr. Mío

Desde hace tiempo he observado que los medios como el que Vd. dirige dan una enorme importancia a los obituarios de empresarios que han conseguido una gran notoriedad económica y social. A mi juicio, el impacto de estas tristes noticias desvirtúa un tanto el enfoque de dichos obituarios que, si se me permite decirlo, pecan de caer en un elogio tan exagerado que los hace poco creíbles.

Para evitar esos excesos, y suponiendo que el fallecimiento de este modesto empresario que suscribe merezca en su día algún recordatorio en su medio, le adjunto unas notas recogidas en acta notarial sobre mi trayectoria empresarial. Espero que si alguien glosa mi necrológica, esta sea precisamente lo que no viene siendo hasta ahora: lógica.

Atentamente

Marcial Antúnez Sanzol

Presidente de LABORATORIOS MARCIAL

Cuando falleció el creador de Píldoras Marcial, guapa que te cagas y casi inmortal, su muerte apenas tuvo eco en los medios. ¿Qué interés público podía ofrecer un magnate que, en el fondo,  sólo era un hombre corriente?

 

Amores de árbol caído

En Madrid se están cayendo muchos árboles. Sospechoso. Pero algunos de ellos, soprendentemente, sirven para recomponer amores ...

En Madrid se están cayendo muchos árboles. Sospechoso. Pero algunos de ellos, soprendentemente, sirven para recomponer amores…

1

Si una hubiera estado segura de que el primer amor iba a ser el mejor amor… A Patricia la llamó por teléfono una amiga para darle la noticia. Sonaba increíble, la confirmación de que las maldiciones bíblicas existen, y fustigan a las ciudades que, como Madrid, acumulan pecados inconfesables.

-Prepárate, Patricia- le avisó la amiga- Pero el árbol donde fuimos felices también es noticia luctuosa.

-No me digas.

-Lo siento. Pero he visto cómo caía partido por su tronco el árbol donde Javier y tú os hicisteis novios. No se si será putrefacción encubierta, descompensación hídrica o todas esas historias que nos cuenta el Ayuntamiento para explicar esta plaga. Pero el caso es que yo misma vi cómo sin ráfaga de viento alguno, sin venir a cuento, el árbol soltó un quejido desgarrador y su copa se vino abajo.

A Patricia ni siquiera le dio tiempo para controlar su cursilería. De repente sintió que los ojos se le inundaban de lágrimas, y que la afligía una inmensa tristeza, un dolor verdadero, como si ese accidente hubiera hecho carne en alguno de sus hijos.

Cogió el bolso y, sin dar explicaciones en casa, salió precipitadamente.

2

Si entonces un árbol frondoso no hubiera sido una aventura fascinante para cualquier chaval…Primero se encaramó a lo más alto por alcanzar un nido y ver sus pajaritos a medio pelechar. Luego por arrancar sus bolas de pica-pica y guardarlas como munición de guerra. Más tarde resultó que las niñas también subían a los árboles. Y que a Patricia, con sus doce años y siempre guapa como una Mariquita Pérez, se le puso el pechito lleno de tetas. Además: se reía tanto cuando él contaba chistes o imitaba a Stan Laurel…

Entonces nadie tenía conciencia ecologista, y nadie sufría por la piel del árbol. Así que un día que los dos eran tan felices tonteando como monos en la copa de aquel inmenso plátano de la glorieta, Javier sacó una navajita suiza que le había regalado su madrina –cortaplumas se le llamaba entonces- y empezó a dibujar  con su punta un corazón sobre la corteza del árbol. El clásico corazón atravesado por la flecha de Cupido.

Después fue ella la que le pidió la navajita para escribir sus iniciales.

-¿Me dejas que lo acabe yo?- le suplicó con una sonrisa a lo Shirley Temple.

A un lado del corazón la chiquilla grabó la P de Patricia. Al otro, la J de Javier. Y debajo, la fecha: 14-V-1960.

Finalmente se besaron como se besaban en las películas entonces. En los labios, pero sin lengua.

3

Si la vida no fuera tan caprichosa como es. Si el marido de Patricia no se hubiera alejado de su lado una noche lluviosa que salió a por tabaco sin regresar jamás. Si Javier no hubiera perdido a su mujer en un accidente del coche que él conducía y del que nunca había dejado de sentirse responsable. Si no hubieran pasado tantos años sin verse, desde que él dejó el barrio y sus biografías corrieron en direcciones tan distintas. Y si a lo mejor tuviera razón la letra de Volver, cuando Gardel canta aunque no quiera el regreso, siempre se vuelve al primer amor…

El caso es que cuando Patricia llegó al árbol roto, que en realidad era su paraíso caído, se encontró a su primer noviete allí, mirando el siniestro con la misma inexpresividad tristona de un poste de telégrafos. Era el clásico jubilado sin corbata de paseo diario por prescripción facultativa, ni gordo ni flaco, ni guapo ni feo, barba descuidada y el desengaño impreso en las arrugas de la frente.

-Perdona –titubeó Patricia tímidamente- ¿Eres Javier?…

-¿Y tú eres Patricia?…

Se echaron a reír mientras se abrazaban. Ella le contó que fue avisada por Rosi, otra de las amigas de la pandilla de entonces. Él dijo que pasaba por allí, qué casualidad. Cómo iba a confesar un hombre que en realidad era un arrebato, un presentimiento, una pulsión del deseo oculto lo que le había guiado hasta el lugar del suceso. Luego apartaron las ramas más cuajadas de hojas buscando las huellas de su primera declaración de amor. El tiempo no había conseguido suturarlas del todo. Aún se adivinaba en una de las ramas más gruesas la silueta del corazón herido a medio cicatrizar y la P de Patricia.

-¿Y qué podemos hacer ahora?…-preguntó Javier levantando sus brazos abiertos, como pidiendo explicaciones al cielo.

Mientras los empleados municipales arrancaban la motosierra para trocear su infancia arbolada, se alejaron juntos buscando ese café panacea con el que casi siempre queremos resolverlo todo. Incluso la recuperación del tiempo perdido. Hablaron, recordaron, pasaron el peine sobre sus vidas, se rieron. Quedaron para una semana después en el Parque del Oeste.

La tarde de la cita, con nubes en el cielo que ya presagiaban el otoño, pasearon un rato y se sentaron en un banco bajo un centenario cedro del Himalaya, confiados en que la simple estadística les librase de morir por el nuevo impacto de una rama desprendida. En determinado momento entrelazaron sus manos. Y acabaron besándose, esta vez con lengua, como en las películas de ahora. Dentro de todo, fue un alivio para la ciudad saber que algunos árboles caídos de sopetón servían al menos para recomponer amores que había roto la vida.


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