Archive for the 'Historias inventadas' Category

El empresario que aspiraba a una necro lógica

Aquél empresario puede que no tuviera muy buen gusto, y que, como casi todos, se fumamara un puro sobre casi todo. Pero era un hombre consecuente...

Aquél empresario puede que no tuviera muy buen gusto, y que se fumamara un puro sobre casi todo. Pero era un hombre consecuente…

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-Es bonito, y a su familia le gustará- pensó mientras repasaba todos los obituarios que la prensa del día dedicaba al gran empresario desaparecido – Pero yo preferiría que mi necrológica fuera más consecuente, más próxima a la realidad, más creíble.

Sobre todo con claros. Pero también con alguna sombra para demostrar que, además de un líder social y un prócer, había sido carne mortal.

El próspero empresario Marcial Antúnez, hijo de un pastor manchego, era un triunfador, un hombre hecho a sí mismo. Sin estudios ni más bagaje que su inteligencia natural, su trabajo y su olfato, se había hecho multimillonario y famoso en las páginas salmón gracias a un producto de parafarmacia que, explotando el efecto placebo y con una audaz campaña de publicidad protagonizada por Anabel Treysler y Carmen Lamana, había revolucionado el mercado. Su producto era la famosa píldora que, disfrazada como complejo vitamínico, prometía a la mujer la juventud y la belleza eternas. Como Marcial era en el fondo un tipo muy básico, la bautizó con su propio nombre. Y como desconfiaba de los divos de la publicidad que le pedían dinerales por cuatro chorradas muy sofisticadas que no se entendían nada, él mismo diseñó su campaña, prescrita de viva voz con un slogan que sorprendía en la boca de tan elegantísimas damas de la beautiful people. En sus spots de televisión, la Treysler y la Lamana explicaban un día cualquiera de su vida. Su desayuno, tan sano, su gimnasia, tan rítmica, su agenda, tan equilibrada, sus compromisos sociales, tan emocionantes, sus momentos de ocio, tan envidiables, sus veladas, tan seductoras. Pero el secreto de la belleza y la felicidad que resplandecía en sus inmarchitables rostros no era sólo su vida de amor y lujo ejemplar, sino que antes de irse a dormir se tomaban cada noche una píldora milagrosa al tiempo que prescribían con una sonrisa.

-Con píldoras Marcial…¡guapa que te cagas y casi inmortal!

Rompedor sí que era el mensaje. Y hubo que pagarles un pastón a las ilustres damas por mancillar sus labios con esa expresión impropia de su edad y de su exquisita educación. Pero -¡oh sorpresa!- esa brutal propuesta cayó en gracia, se convirtió en trending topic, las cajas de Píldoras Marcial se vendieron por millones, y unos años después el empresario Antúnez era tan fundamental para el PIB y el Ibex 35 que se ganó con creces ese corifeo de ditirambos post-mortem con el que despedimos en este país a los héroes empresariales que engrandecen la marca España.

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-Llame a Torralba, nuestro notario –le dijo a su secretaria- Que quiero que levante acta de unas disposiciones personales de las que usted tomará nota mientras se las voy dictando.

El notario Torralba era un profesional abierto, simpático y habituado a dar fe de acontecimientos un tanto singulares, como el de aquel Marianet de un pueblo de Castellón empeñado en presentar al Libro Guinnes su hazaña de comerse ciento treinta caracoles en veintiséis minutos, lo que a todas luces tenía pinta de record mundial absoluto de la especialidad. Así lo hizo constar en acta notarial, para alborozo de la peña Los Caracojonudos, que la envió junto con su petición de reconocimiento de record a la oficina central de Guinness en el Reino Unido. De igual forma haría constar ahora lo que pausadamente, y con la ayuda de la taquigrafía de Chitina, su secretaria de toda la vida, dictó Marcial.

-No se sorprenda, Torralba- le advirtió el empresario antes de encender su puro y de comenzar el discurso de sus voluntades- Sospecho que a mi muerte el tamaño de mi imperio, el volumen de mi herencia y lo muchísimo que he invertido en publicidad a lo largo de mi vida empresarial me van a acabar canonizando, como está ocurriendo con los colegas que me han precedido últimamente. La opinión pública es así: te pueden poner a parir y odiarte en vida, porque probablemente te lo mereces, pero cuando mueres, saca el inciensario y redime su mala conciencia subiéndote a los altares. A mí, francamente, me dan vergüenza ajena los turiferarios. Y como no tengo descendencia a los que reconfortar con mentiras piadosas y a la fundación que me heredará le va a dar lo mismo que me retraten con luces y sombras, sólo pretendo controlar la hagiografía exagerada. Vamos, que si alguien me dedica un obituario o una necrológica, la gente sepa que se ha muerto un empresario, y no un santo.

Fue a continuación la suya una lectura desconcertante de su vida. De forma deshilvanada, interrumpida a menudo por las boqueadas de humo de su puro y por las expresiones de asombro y hasta las risas del notario y de Chitina, Marcial Antúnez fue marcando las pautas que le gustaría que recogiera su memoria pública. Por favor, que no subrayen la tontería esa de que el secreto de todo es el trabajo, entrar en el despacho el primero y salir el último. Hay cantidad de currantes que no venden un clavel. Yo he trabajado como un cabrón, pero si no hubiera sabido tocar las teclas precisas no me hubiera comido un rosco. Cuando hablen de mi intuición y de mi visión privilegiada del negocio, que recuerden también mi instinto para sondear las debilidades humanas, y mi precisión para conocer qué necesitaban en ese momento los que debían firmar el papel que necesitaba. Si alguien se le ocurre ponderar mi aplomo y mi capacidad de asumir riesgos sí me hará gracia que recuerden aquel rentoy que eché en el ministerio: ¡no hay cojones para negarme esa licencia! Eso, eso, que lo digan así, con todas sus letras, que para eso soy un hombre del pueblo…

-¿Lo…Lo hago constar exactamente en el acta? –titubeó Torralba.

-Naturalmente –confirmó Antúnez- Hombre, que sean quizás un poco menos rotundos cuando aborden mis conflictos con el fisco y con la judicatura: sorteó de aquella manera los problemas que tuvo….sería una buena fórmula, sin entrar en detalles…Luego hablarán de mi generosidad, del mecenazgo…Está bien, me he gastado una pasta ayudando a comunidades de monjitas, ONG y esas cosas, y he tenido que hacer caso a mis asesores comprando unos mamotretos horrorosos que se exhiben en el vestíbulo de nuestra sede y que dicen que son arte contemporáneo, qué se le va a hacer…Que pongan eso: no sabía por qué, pero ayudó a algunos de esos artistas que molaban porque no supo decir NO a tiempo. Buen amigo de todos, sí: del gobierno, de la competencia, de los periodistas…Ahora, como lo cortés no quita lo valiente, que recuerden también lo que aprendí de mi amigo Castiñeiras cuando le quise comprar para mis primeros repartos su vieja furgoneta DKW por cuatro perras, un precio de amigo. Castiñeiras era gallego, y me soltó lo que aquel paisano que quería vender su vaca a un amigo: amigos, muy amigos, pero la vaquiña por lo que vale, ¿eh? Pueden resumirlo así…Y en cuanto a su afán por crear puestos de trabajo y su preocupación por sus empleados…Bueno, no es del todo incierto…Han trabajado para mi imperio miles de ciudadanos, pero les he estrujado lo suyo. Chitina misma, que entonces era un pibón, le podrá contar que yo mismo le prometí promocionarla a la dirección comercial si…

-¡Señor Antúnez, por favor!- interrumpió la secretaria a la que súbitamente se le subieron los colores.

-No pasa nada. Chitina -la tranquilizó el jefe- Usted se portó decentísimamente, y eso la honra, y yo me arrepentí inmediatamente de mi oferta. Además, recordé aquello de donde tengas la olla…Pero cómo voy a negar que uno, que es de pueblo, en esa soledad del poder y del dinero, también tuvo sus debilidades…¿No es más fácil de entender eso que ese espejismo de virtudes personales, cívicas y empresariales con que se pretende inmortalizar ahora a los creadores de riqueza?…

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El notario Torralba tuvo que hacer un alarde de síntesis expresiva para recoger rigurosamente lo que de forma tan anárquica había contado el fogoso creador de las Píldoras Marcial y había transcrito su fiel secretaria Chitina. De la escritura, protocolizada como ACTA DE ULTIMAS VOLUNTADES DE DON MARCIAL ANTÚNEZ Y SANZOL RELATIVAS A SUS POSIBLES OBITUARIOS, se sacaron numerosas copias simples que fueron enviadas a los directores de los principales periódicos, emisoras de radio y cadenas de televisión junto con una breve carta firmada por el empresario que decía así.

Muy Sr. Mío

Desde hace tiempo he observado que los medios como el que Vd. dirige dan una enorme importancia a los obituarios de empresarios que han conseguido una gran notoriedad económica y social. A mi juicio, el impacto de estas tristes noticias desvirtúa un tanto el enfoque de dichos obituarios que, si se me permite decirlo, pecan de caer en un elogio tan exagerado que los hace poco creíbles.

Para evitar esos excesos, y suponiendo que el fallecimiento de este modesto empresario que suscribe merezca en su día algún recordatorio en su medio, le adjunto unas notas recogidas en acta notarial sobre mi trayectoria empresarial. Espero que si alguien glosa mi necrológica, esta sea precisamente lo que no viene siendo hasta ahora: lógica.

Atentamente

Marcial Antúnez Sanzol

Presidente de LABORATORIOS MARCIAL

Cuando falleció el creador de Píldoras Marcial, guapa que te cagas y casi inmortal, su muerte apenas tuvo eco en los medios. ¿Qué interés público podía ofrecer un magnate que, en el fondo,  sólo era un hombre corriente?

 

Amores de árbol caído

En Madrid se están cayendo muchos árboles. Sospechoso. Pero algunos de ellos, soprendentemente, sirven para recomponer amores ...

En Madrid se están cayendo muchos árboles. Sospechoso. Pero algunos de ellos, soprendentemente, sirven para recomponer amores…

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Si una hubiera estado segura de que el primer amor iba a ser el mejor amor… A Patricia la llamó por teléfono una amiga para darle la noticia. Sonaba increíble, la confirmación de que las maldiciones bíblicas existen, y fustigan a las ciudades que, como Madrid, acumulan pecados inconfesables.

-Prepárate, Patricia- le avisó la amiga- Pero el árbol donde fuimos felices también es noticia luctuosa.

-No me digas.

-Lo siento. Pero he visto cómo caía partido por su tronco el árbol donde Javier y tú os hicisteis novios. No se si será putrefacción encubierta, descompensación hídrica o todas esas historias que nos cuenta el Ayuntamiento para explicar esta plaga. Pero el caso es que yo misma vi cómo sin ráfaga de viento alguno, sin venir a cuento, el árbol soltó un quejido desgarrador y su copa se vino abajo.

A Patricia ni siquiera le dio tiempo para controlar su cursilería. De repente sintió que los ojos se le inundaban de lágrimas, y que la afligía una inmensa tristeza, un dolor verdadero, como si ese accidente hubiera hecho carne en alguno de sus hijos.

Cogió el bolso y, sin dar explicaciones en casa, salió precipitadamente.

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Si entonces un árbol frondoso no hubiera sido una aventura fascinante para cualquier chaval…Primero se encaramó a lo más alto por alcanzar un nido y ver sus pajaritos a medio pelechar. Luego por arrancar sus bolas de pica-pica y guardarlas como munición de guerra. Más tarde resultó que las niñas también subían a los árboles. Y que a Patricia, con sus doce años y siempre guapa como una Mariquita Pérez, se le puso el pechito lleno de tetas. Además: se reía tanto cuando él contaba chistes o imitaba a Stan Laurel…

Entonces nadie tenía conciencia ecologista, y nadie sufría por la piel del árbol. Así que un día que los dos eran tan felices tonteando como monos en la copa de aquel inmenso plátano de la glorieta, Javier sacó una navajita suiza que le había regalado su madrina –cortaplumas se le llamaba entonces- y empezó a dibujar  con su punta un corazón sobre la corteza del árbol. El clásico corazón atravesado por la flecha de Cupido.

Después fue ella la que le pidió la navajita para escribir sus iniciales.

-¿Me dejas que lo acabe yo?- le suplicó con una sonrisa a lo Shirley Temple.

A un lado del corazón la chiquilla grabó la P de Patricia. Al otro, la J de Javier. Y debajo, la fecha: 14-V-1960.

Finalmente se besaron como se besaban en las películas entonces. En los labios, pero sin lengua.

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Si la vida no fuera tan caprichosa como es. Si el marido de Patricia no se hubiera alejado de su lado una noche lluviosa que salió a por tabaco sin regresar jamás. Si Javier no hubiera perdido a su mujer en un accidente del coche que él conducía y del que nunca había dejado de sentirse responsable. Si no hubieran pasado tantos años sin verse, desde que él dejó el barrio y sus biografías corrieron en direcciones tan distintas. Y si a lo mejor tuviera razón la letra de Volver, cuando Gardel canta aunque no quiera el regreso, siempre se vuelve al primer amor…

El caso es que cuando Patricia llegó al árbol roto, que en realidad era su paraíso caído, se encontró a su primer noviete allí, mirando el siniestro con la misma inexpresividad tristona de un poste de telégrafos. Era el clásico jubilado sin corbata de paseo diario por prescripción facultativa, ni gordo ni flaco, ni guapo ni feo, barba descuidada y el desengaño impreso en las arrugas de la frente.

-Perdona –titubeó Patricia tímidamente- ¿Eres Javier?…

-¿Y tú eres Patricia?…

Se echaron a reír mientras se abrazaban. Ella le contó que fue avisada por Rosi, otra de las amigas de la pandilla de entonces. Él dijo que pasaba por allí, qué casualidad. Cómo iba a confesar un hombre que en realidad era un arrebato, un presentimiento, una pulsión del deseo oculto lo que le había guiado hasta el lugar del suceso. Luego apartaron las ramas más cuajadas de hojas buscando las huellas de su primera declaración de amor. El tiempo no había conseguido suturarlas del todo. Aún se adivinaba en una de las ramas más gruesas la silueta del corazón herido a medio cicatrizar y la P de Patricia.

-¿Y qué podemos hacer ahora?…-preguntó Javier levantando sus brazos abiertos, como pidiendo explicaciones al cielo.

Mientras los empleados municipales arrancaban la motosierra para trocear su infancia arbolada, se alejaron juntos buscando ese café panacea con el que casi siempre queremos resolverlo todo. Incluso la recuperación del tiempo perdido. Hablaron, recordaron, pasaron el peine sobre sus vidas, se rieron. Quedaron para una semana después en el Parque del Oeste.

La tarde de la cita, con nubes en el cielo que ya presagiaban el otoño, pasearon un rato y se sentaron en un banco bajo un centenario cedro del Himalaya, confiados en que la simple estadística les librase de morir por el nuevo impacto de una rama desprendida. En determinado momento entrelazaron sus manos. Y acabaron besándose, esta vez con lengua, como en las películas de ahora. Dentro de todo, fue un alivio para la ciudad saber que algunos árboles caídos de sopetón servían al menos para recomponer amores que había roto la vida.

Memoria de un 25 de agosto en La Granja

Enla memoria de aquel cadete, el 25 de agosto en La Granja siempre tendrá una significación muy especial...

En la memoria de aquel cadete, el 25 de agosto en La Granja siempre tendrá una significación muy especial…

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Despiertas el 25 de agosto y tu sombra sale huyendo a La Granja de San Ildefonso. O un poco más lejos. Se mete en el túnel del tiempo y cuando sale se encuentra en ese mismo, maravilloso lugar, en 1967. Descubres a un tipo con cara de pánfilo que viste uniforme de cadete. El pobre está haciendo la mili en el vecino Campamento de El Robledo. No tiene un gran prestigio entre los universitarios eso de la mili, es una pérdida de tiempo, una prisión de dos veranos, no hacer nada a toda leche, un tributo odioso a los milicos. Él sin embargo es tan ingenuo que aún cree ver algunos ribetes románticos a la amenaza de una guerra, único pretexto teórico que lo encarcela ahí.

-A la patria hay que defenderla –ha leído en alguno de los carteles plantados en el campamento- derramando por ella, si fuera preciso, hasta la última gota de nuestra sangre.

No es la consigna que impresiona más. Hay otra que firmó el propio Generalísimo en sus tiempos de la Academia de Zaragoza que dice así: Disciplina: virtud castrense que alcanza su más alta expresión cuando la razón aconseja hacer lo contrario de lo que ordena el mando.

Manda cojones.

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O sea, le enseñaban en la universidad que había que pensar y en la mili le avisan de que ojito con esa funesta manía. Y a pesar de todo, decías, el chico llevaba una vida tan anodina, tan sinsustancia, que eso de despertarse en una tienda de campaña en medio de un bosque al toque de diana y de jugar a los soldaditos de verdad aún le sugiere alguna posible emoción. Se acuerda de Adios a las armas, la novela de Hemingway, donde un soldado herido liga con su enfermera, e inconscientemente silba a menudo Lilí Marlén, la más hermosa canción de guerra: un centinela que se enamora de una chica que ve a la luz del farol de su caserna. Historias bonitas. Le dan mucha envidia los cadetes que reciben cartas de sus novias. Y mucha más los que se abrazan con ellas a última hora de la tarde, en la hora de visita. Las novias escriben, besan y llevan tortilla de patata, chorizo y vino para merendar. El día de la jura de bandera lucen más guapas para aplaudir a sus novios. A ellos se les pone duro el mosquetón de la entrepierna, pero eso no desdice de la marcialidad obligada, porque el soldadito español, aparte de valiente, es muy macho.

Te hace el cadete una confesión íntima que roza la ridiculez.

-Yo no tengo novia, pero duermo justo debajo de un ventanuco abierto en la lona de la tienda donde por la noche siempre asoma una estrella. Entonces me imagino que de ella se descuelga una chica guapísima, se cuela en la tienda por el ventanuco, se tiende junto a mí y me duermo encantado entre sus brazos.

No le importa nada el colchón de paja, que no se puede sacudir, porque inundaría de polvo a los Quince bajo la lona. El cadete es tan ingenuamente romántico que un día escribe una encendida carta de amor. A veces hace de negro escribidor para otros compañeros que no saben decir cosas bonitas a su novia, pero esta es distinta, especial. La firma con el nombre de Silvia, que le parece elegante y no muy corriente, la dobla, la mete en un sobre, estampa un sello y escribe con letra femenina su propio nombre y dirección: Compañía de Infantería nº 31, Campamento de El Robledo, La Granja de San Ildefonso, Segovia. Después, se la entrega a su amigo Paco, que es de la Plana Mayor y marcha a Segovia con permiso. Se la da boca abajo, para que no lea el nombre del destinatario.

-Si no te importa la echas al primer buzón que veas-le encarga.

La próxima vez que llegue el cartero a repartir el correo voceará su nombre. Y el cadete pánfilo sacará pecho y recogerá la carta. Luego dirá que Silvia es muy guapa, pero muy tímida, y que no le visita porque no quiere que la tropa les vea cuando se besan.

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El 25 de agosto, San Luis de Francia, era día de fiesta en La Granja. Las numerosas fuentes y surtidores de los preciosos jardines de palacio, cerrados casi todo el año, corrían generosamente disparando sus juegos y fantasías acuáticas para pasmo y gozo de paisanos y veraneantes allí concentrados. Fue en ese lugar y ese día cuando el aspirante a oficial de complemento conoció a Teresa, una moza bastante más mona que la chica-chica-pum-del calibre ciento ochenta y tres que describe Margarita, la marchilla ramplona esa que se canta desfilando. Al joven, vestido de cadete con su gorra de plato, se le cuadraba enseguida, pero no así a la chica. Así que tras un tanteo inicial, eso de tú que haces en La Granja, eres de aquí, estudias o trabajas, vienes a veranear o haces el servicio social en Villa Braga, etc, ambos pasearon juntos, admirando el paisaje palatino y perdiéndose, ya lejos de las fuentes, por el umbroso bosque en el que se convierten los jardines a medida que ascienden hacia las cumbres de Peñalara. Después salieron los dos del recinto de palacio y fueron a La Hípica, porque La Granja es un sitio muy fino y entonces tenía Hípica, cosa de la que no podían presumir todas las villas de veraneo. Allí se sentaron en una mesa al fresco, pidieron unas bebidas y al cabo de un rato salieron a bailar a la pista.

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Naturalmente, bailaban agarrado.

Primero guardando unos centímetros de distancia entre cuerpo y cuerpo, pues el caballero aspirante era más parado que el caballo de un fotógrafo. Luego menos. Cuando por los altavoces sonó el Michelle de los Beatles él susurraba las frases en francés que contiene la letra, que eran las que se sabía, rozando con sus labios la oreja de Teresa. Es decir, bailaban apretado haciendo caritas. Fue la gran emoción de aquel campamento, un momento inolvidable. Pero también un amor evanescente, flor de una tarde. De repente a la chica le entraron las prisas, porque tenía que volverse a Madrid con unos primos suyos que la esperaban, y, en la emoción del adiós, el aprendiz de oficial ni siquiera se atrevió a pedirle su número de teléfono. Con su uniforme de bonito y su gorra de plato él se veía como Robert Taylor despidiéndose de Vivien Leigh en El puente de Waterloo. Mucha imaginación cinematográfica y todo ese rollo, pero al final se quedó compuesto y sin novia.

Desde ese día hasta el que abandonó el campamento como alférez de complemento, siempre durmió esperanzado junto a su ausencia. Todas las noches, mirando la estrella que enmarcaba el ventanuco rasgado en la lona de la tienda, soñaba que ella se descolgaba del cielo y se abrazaba a él hasta que despertaban al toque de diana.

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Cuarenta y siete años después de aquél San Luis en el que corrieron las fuentes de los jardines de La Granja, tu sombra, como el cadete pardillo, busca en la noche otra estrella. La mili quedó muy atrás, tu guerra ahora es otra. El enemigo ataca de nuevo, y hay que plantarle cara. Tu amigo Pedro S.E, que lleva en campaña cuatro años, dice que si el tumor principal, que es como el Estado Mayor, está controlado, las guerrillas de esa metástasis que huronea por tus vértebras acabarán desapareciendo. La muy puñetera ha minado esta vez el terreno a la chita callando, sin dolor adicional que la cantase, y por eso tú te has quedado estupefacto al enterarte de la noticia. La procesión iba por dentro. Te dejó tan helado que pensaste en varar este blog y abandonarlo por un largo tiempo.

Pero tienes descontados los duelos y quebrantos desde que te sacaron tarjeta amarilla. No te asusta volver a talleres, ni las pequeñas náuseas, ni los trastornos digestivos, ni volver a quedarte calvo y con las orejas de soplillo al aire, como Nosferatu. ¿Sentido del humor, sentido del thumor?…

Instinto de conservación, sentido de la vida. Ahora mismo, mientras escribes estas líneas, disfrutas levantando la mirada y contemplando una increíble puesta de sol sobre Madrid. En unos minutos sólo tendrás que buscar en el firmamento las estrellas. Las hay por miles, y tan llenas de ilusión y de esperanza como la que coronaba el sueño de aquel cadete de los lejanos tiempos de la mili.

Un esclavo de nuestro tiempo

Habrá un momento en que la conjura entre la obsesión por la seguridad y el progreso tecnológico nos pida claves y contraseñas hasta para desabotonarnos la bragueta...

La conjura entre la obsesión por la seguridad y el progreso tecnológico nos acabrá pidiendo  claves y contraseñas hasta para desabotonarnos la bragueta…

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Diego, sesenta y seis años, un hombre superado por los acontecimientos. Mira que con sus años creía haberlo visto todo, y que estaba convencido de que este mundo de las nuevas tecnologías le desbordaba, y que imploraba de vez en cuando el consabido que lo paren, que me apeo. Pasando de todo. ¿De todo? No era posible. Lo constató cuando después de varios años de haber abandonado su antigua vida de crápula volvió a encontrarse con un romance de los de película, de esos que surgen de la manera más tonta, entre un hombre mayor que lleva dos trajes al tinte y una encantadora dependienta que se llamaba Miren, era de un pueblo de Arkansas y trabajaba allí para ayudarse a pagar sus estudios en España.

-Muy guapo y elegante con trajes limpios –le dijo luciendo una fila de dientes grandes y blanquísimos mientras se los entregaba colgados en sus perchas de alambre y envueltos en sus fundas de plástico.

Al principio se limitó a agradecérselo con una sonrisa. La chica le hacía gracia, qué carambas. Luego la cosa se complicó, quiso pagar con su tarjeta de crédito, y de repente, al solicitar esta su PIN se le evaporó el recuerdo de aquellos cuatro números que de tantas veces como los había tecleado creía ya inolvidables. Eso originó un largo diálogo entre él y Miren, empeñada en solucionarle el problema a toda costa. Afortunadamente no había más gente en la tintorería, lo cual propició que ella ofreciera toda esa retahíla de consejos elementales que se le ocurren a cualquiera, pero que se agradecen especialmente cuando vienen de una joven rubia y de hechuras apretaditas que huele a hierba recién cortada.

-No preocuparse- le decía- Probar otra vez.

Probó varias veces. Tarjeta bloqueada. Tuvo que salir sin sus trajes limpios, buscar una sucursal de su banco, hacer un talón de ventanilla, que sólo le exigía mostrar su DNI y firmar, y llevarse dinero en metálico para pagarle a Miren y retirar sus trajes Tres días después se encontraron en la parada del autobús. Ella salía de su media jornada, iba en la misma dirección que Diego, ambos descendieron en la misma parada. El le invitó a una Coca-Cola, aunque ella acababa de descubrir el Madrid castizo y prefirió un vermú. Era raro que a esas alturas de la vida, a este abogado retirado que ahora dedicaba su tiempo libre ayudando al Colegio de Huérfanos del Ferrocarril volviera a sentir mariposas en el estómago por culpa de una mujer, y menos si esta aparenta al menos cuarenta años menos que él. Pero estas cosas pasan en la películas, y a veces lo que pasa en las películas ocurre en la vida misma.

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Sin embargo lo que no pasa ni en las películas es lo que le sucedió a Diego en su primera noche de amor con la tintorera. Cuando después de las tradicionales maniobras preparatorias el viejo abogado se adentró en las intimidades de Miren y pretendió bajarle las bragas, encontró un inesperado obstáculo en forma de extraño aparatito del tamaño de un mando a distancia de garaje. Se quedó paralizado. Tampoco se inmutó Miren, hermosa en su semidesnudez de esfinge muda. El pobre hombre no veía mucho en la penumbra, pero de repente aquel extraño broche que cerraba el acceso carnal a su amada se iluminó como la pantalla de un teléfono móvil y mostró este mensaje: INTRODUZCA SU CLAVE.

Diego se quedó literalmente aterrado. Cuando pudo reaccionar, cogió sus pantalones y sus zapatos y salió corriendo del hotel como alma que huye del diablo.

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Que paren el mundo, que me apeo – se decía mientras vagaba por la ciudad dormida sin saber a dónde ir. Aquel soplo de aire fresco que supuso en su día el descubrimiento de Miren acababa ahora en una amarga meditación sobre el signo de los tiempos.

-¿Adónde llegará esta obsesión por el control y la seguridad de todo? ¿Habrá límites para la audacia y la impertinencia de la tecnología?…¿Llegaremos a hablar de la gilipollez global a la que nos conducen los excesos del progreso?…

Siguió paseando sin rumbo hasta que amaneció. Pasó ante la iglesia de la Santa Cruz, donde precisamente fue confirmado tras su primera comunión. ¿Cuántos años hacía ya que no se confesaba? Ni se acordaba. Fue hijo de una educación religiosa, casi un integrista, hasta que la vida le convirtió en un escéptico.

-Las cosas cambian, claro-se lamentó recordando el fiasco de Miren- Pero ahora a falta de nadie en quien volcar mi angustia…¿por qué no contárselo a un cura, que al fin y al cabo tiene que escuchar a quien se le acerque? A lo mejor encuentro ahí un amigo, o un piscólogo, que falta me hace.

Se aproximó al confesionario. Y cuando estaba a un paso de arrodillarse ante una de sus celosías laterales, se descorrieron unas cortinillas que ocultaban un monitor en cuya pantalla táctil se podía leer el siguiente aviso:

INTRODUZCA SU TARJETA DE BUEN CRISTIANO Y SU PASSWORD Y SELECCIONE EL IDIOMA EN EL QUE DESEA SU CONFESIÓN

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Lo siguiente fue dirigirse corriendo al Viaducto, trepar con muchas dificultades por las mamparas de metacrilato que disuaden a los suicidas, asomarse al vacío y dejar caer su cuerpo para estrellarse contra el duro asfalto de la calle de Segovia. Entró entonces en ese túnel que conduce a la luz y a la paz absoluta descrita por los que han regresado del más allá. Y cuando, a pesar de su última decisión, Diego sospechaba que Dios había hecho la vista gorda y le iba a recibir en su seno, sobre la misma nebulosa del paraíso se dibujó este mensaje:

BIENVENIDO AL CIELO. PARA DISFUTAR DE LA GLORIA ETERNA, INTRODUZCA SU GRUPO, USUARIO Y CLAVE Y ESPERE

No le dio tiempo a caer en un estado de histeria porque en ese momento despertó de su pesadilla. Y eso explica que al entrar su asistenta para hacer la casa como todas las mañanas, le sorprendiera llorando de la emoción delante de un cepillo de dientes, un cortaúñas, un lapicero, un sacapuntas, y los platos y cubiertos del desayuno, a los que el pobre abogado desnortado agradecía su sencillez y su fidelidad.

-Gracias, gracias por seguir pensando en el ser humano- les decía Diego como si aquellos objetos pudieran entenderlo- Gracias por funcionar sin pins, contraseñas, paswords, claves y otras putaditas que nos impone la esclavitud del progreso.

La asistenta lo miró pasmada.

 

 

 

El crimen de las palomitas en el cine

Forografía de Elda Maganto, tomada a préstamo -sin ánikmo de lucro- del blog eldamaganto.blogspot.com Gracias

Forografía de Elda Maganto, tomada a préstamo -sin ánimo de lucro- del blog eldamaganto.blogspot.com
Gracias

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Te cuenta Homper una historia curiosa. El motivo de su asombro –no olvidemos que se llama así por ser el Hombre Perplejo- es que está convencido de que de vez en cuando se desdobla su personalidad sin darse cuenta de ello. Como en el caso de Jekyll y Hyde, su álter ego le causa de cuando en cuando algún problemilla.

-El otro día fui al cine –explica el hombre mientras tomabais un café en el Comercial- Iba acompañado por Cuca, la manicura de mi madre, que antes de morir me encomendó que la invitara al cine de cuando en cuando. Mi madre me dijo que era muy buena mujer, y que ella era su última clienta. Creía que cuando ella se muriese Cuca no tendría dinero para ir al cine, que era su mayor ilusión. Llévala, sobre todo, si hay una buena película de amor, me pidió encarecidamente. Y así lo hice.

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Estuviste a punto de preguntarle entonces si la manicura era aún una mujer joven y guapa, pero él hizo sólo una pausa para sorber el café y continuó su relato.

-Como no había mucha gente en el cine, nos sentamos dejando una butaca vacía entre nosotros y la espectadora siguiente. La película se titula The invisible woman. La había elegido Cuca porque cuenta la historia de la amante oculta que mantuvo Dickens, y es verdad que es una película sensible y delicada, en la que importan mucho la dicción de los actores ingleses y los largos silencios, sólo matizados de cuando en cuando por una música intimista. Cuca estaba emocionada.

Nuevo sorbo de café. Le ibas a preguntar si hizo manitas con la manicura, pero tampoco te dio ocasión para ello.

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-De repente, en uno de los momentos más tiernos de la película, la espectadora que estaba dos butacas más allá de donde yo me sentaba, sacó de debajo de su asiento un envase de palomitas, metió en él los dedos de su mano y empezó a removerlos, como si buscase en el cucurucho de cartón una piedra preciosa. No puedo entender cómo atrapar una palomital lleva tanto tiempo y resulta tan ruidoso, ni cómo hurgar entre maíces fritos puede distraer la atención de los de alrededor. Pero el caso es que a mí aquello me desconcentró, y empecé a notar que el encanto de la película disminuía a medida que la espectadora afanaba sus chuches, que ya tiene delito.

La película deslizaba sus bucólicas imágenes en silencio, o así lo quería Ralph Fiennes, que además de protagonista es su director. Sin embargo lo que se oía en el cine era el ronroneo de los dedos de aquella mujer moviéndose entre las palomitas y el cartón de su cucurucho, y el crujido de sus mandíbulas triturando los granos de maíz. Entretanto, Cuca la manicura estaba a punto de llorar, no sé si por la carga emocional de la historia o por la rabia de que aquella ciudadana mal educada le estuviera estropeando película…

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-¿Y no le dijiste nada a la señora de las palomitas? –le preguntaste al hombre perplejo

-Nada, y probablemente hice mal en callarme…Lo más asombroso es que no era ninguna jovencita, a la que se le podría perdonar esta falta de delicadeza. Lo peor es que se trataba de una mujer aún mayor que Cuca, y que sabía que la película no iba de Lobeznos, ni de X-Men, ni de Matrix, ni de Bruce WillisO sea, que no era uno de esos bodrios de acción disparatada y de banda sonora estruendosa donde un ruido más no importa. Entonces, por consideración a Cuca y a mi propia autoestima como espectador, noté que empezaba a odiar con todo mi alma a aquella majadera. Si hubiera podido, la habría matado en ese mismo momento.

Te extrañaste al escuchar sus intenciones homicidas. Homper entonces se llevó su taza de café a los labios, apuró el último sorbo, suspiró y se quedó mirando a los espejos del Comercial en silencio. Tú, la verdad, no pudiste reprimir tu curiosidad.

-¿Y?…-le requeriste espoleado por tu espíritu de Poirot- ¿Terminó de comer sus palomitas?…¿Se acabó la película?…¿Qué ocurrió después?

5

Homper te contó entonces que quiso salir del cine cuanto antes, para no explotar contra la provocadora y terminar de amargar la tarde a su invitada. Pero que al pasar por delante de ella y pedirle educadamente que se levantara para cederle el paso ella ni se movió.

-Entonces la miré aún más cabreado y advertí que estaba blanca como la cera, con la cabeza caída a un lado, la lengua medio fuera y la baba colgando. Aún tenía entre sus manos el dichoso envase de palomitas vacío ¡Señora, por favor!-insistí- Pero nada, ni un gesto. Entonces Cuca, asustada, se precipitó sobre ella, le tomó el pulso, le levantó un párpado y dejó escapar un grito desgarrador. Está muerta, está muerta, está muerta, gritó repetidamente. Y se echó a llorar. Se echó a llorar como si fuera su madre, o su hermana, y no la estúpida que nos acababa de estropear para siempre el recuerdo de una buena película.

6

Homper contó a continuación los detalles de la escandalera que desató el suceso en el cine. Parece que en un abrir y cerrar de ojos se concentraron en torno a la difunta los espectadores curiosos, un médico retirado que se apresuró a confirmar lo dicho por Cuca, los de las palomitas, un vigilante jurado, un señor que dijo ser el dueño del cine, los del SAMUR y dos policías que les advirtieron de que nadie podría salir de la sala hasta que no se personara el juez de guardia. Los comentarios y especulaciones del respetable debieron de ser de lo más jugoso, pero al Hombre Perplejo lo que más le impresionó fue que un señor de su edad que estaba en la fila de delante se abalanzó sobre él y le susurró algo al oído.

-Quizás se pasó usted varios pueblos- le dijo a Homper.

-¿A qué se refiere usted?

-Al crimen…Ví de reojo perfectamente cómo la estranguló sin siquiera levantarse de la butaca de al lado…Alargó sus manos al gañote de la víctima, apretó fuertemente mientras ella engullía las últimas palomitas y en un periquete se la cargó. Fue una ejecución de auténtico experto.

Homper no daba crédito a lo que escuchaba.

-Pero ¿qué está diciendo?…La butaca de al lado estaba vacía. Yo estaba en la siguiente, al lado de mi acompañante.

-No diga tonterías…Usted estaba sentado en la butaca de al lado. Ya había notado cómo a medida que la pelma esa se puso a enredar y a meter ruido con las dichosas palomitas se iba mosqueando. Sus gestos lo decían todo. Quizás le debía haber llamado la atención antes, ya le digo, puede que su reacción fuera exagerada… pero aún así, lo hecho, hecho está.

Entonces el espontáneo tendió su mano a Homper, le saludó visiblemente emocionado y se fundió con él en un estrecho abrazo.

-En fin, amigo…Le acompaño en el sentimiento.

-Gracias –se excusó Homper un tanto sorprendido- Pero la fallecida no es nada mía.

-Disculpe –matizó el señor- No era un pésame lo que le daba. Quería decirle que yo comparto con usted el mismo sentimiento de ira con la gente mal educada que le amarga a uno las películas…Vamos, que yo también la hubiera estrangulado muy a gusto si hubiera estado sentado en la butaca de al lado. Así que no se preocupe: si me interroga la policía diré que no vi nada extraño.

Homper dice que no hubo manera de convencer al buen señor de que él no ocupaba la butaca de al lado ni había estrangulado a la señora. Pero comprendió que a partir de entonces tendría que tener más cuidado con ese particular Mr. Hyde que sin duda le habitaba y que, de vez en cuando, aparecía y le ponía en apreturas.

-Eso –te confesó a ti después de reconocer que, efectivamente, su alter ego se pasó de vehemencia- Le diré que tanto Cuca como yo somos mayorcitos, y que no le necesito de carabina cuando voy al cine con la manicura de mamá.

 

Mitja volta, ¡ar!

Aunque parezca mentira, la defensa de un país es una cosa muy seria...

Aunque parezca mentira, la defensa de un país es una cosa muy seria…

1

¿Cómo que una ocurrencia? ¿Cómo que era una improvisación más? ¿Y quién se atrevería a hablar de despilfarro, cuando de lo que se trataba era de aplicar el bon seny, y de optimizar los recursos disponibles en la defensa de la nova Catalunya lliure e independiente? El Consell de Transició no estaba dispuesto a echar carne a la bestia de la caverna. Haciendo gala de un exquisito rigor presupuestario y de un acrisolado sentido del estado, catalán, se entiende, la primera medida fue la transformación de la rojigualda que ondeaba en todos los pabellones y edificios militares en senyeras. ¿Había comportado eso una nueva petición al Fondo de Liquidez Autonómico para abordar el cambio? En absoluto. El proyecto había sido adjudicado al industrial de Sabadell Magín Sunyé y Cardedeu, creador de la Sunyebanderola, una revolucionaria máquina que en un tiempo record cortaba las franjas rojas y amarillas de la bandera del Estado en estrechas tiras que, recosidas nuevamente con las medidas reglamentarias, formaban la bandera oficial de Cataluña. Luego añadía la estela on request, por un par de euros más. Todo muy sensato, muy patriótico y, sobre todo, muy económico.

-Porque el patriotismo y el independentismo- subrayó Bonifasi Raspujol y Ganerit, primer Jemadet de la transició-no ha de hacernos perder la cabeza.

2

Hablando de cabeza, el Jemadet sí había considerado necesario en cambio sustituir la gorra de plato de la oficialidad por la barretina, tributo romántico al hecho diferencial que, además, en caso de ataque del enemigo por sorpresa, permitía acoplarse el casco encima sin perder un minuto ni desdibujar la dignidad del uniforme de paseo.

-¿Que el enemigo quiere rendirse?…-explicó el superjefe de las nuevas fuerzas armadas-Pues como en La rendición de Breda, pero como auténticos catalanes. Se quita uno el casco, caballerosamente, para recibir la capitulación del vencido, y que el enemigo vea en la barretina que no es la OTAN ni la Unión Europea ni España ni la madre que les parió, sino el ejército de Cataluña el vencedor. ¿Eh que lo captan?

3

Otros elementos aparentemente menores, pero no menos significativos, obligaban a un ejercicio de optimización de recursos, materia en la que el Jemadet estaba incluso aún más impuesto que el mismísimo gobierno de la Generalitat, modelo de austeridad donde los haya. El sargento Cunillé, al que antes del sarpullido independentista todos conocían como sargento Conejero, era hijo de una maestra, y escribía los partes con mucho arte, lo que le valió el encargo de traducir al catalán el himno de la fiel Infantería, que quedó así de bonito: Ardor guerrer/ vibra a les nostres veus/ I d´amor patri ple el cor/ entonem l´himne sacrosant/ del deure, de la patria y de l´honor. La segunda estrofa del glorioso himno planteaba más problemas, pues el original dice De los que amor / y vida te consagran/ escucha España la canción guerrera/ canción que brota de pechos que son tuyos/ de labios que han besado tu bandera. Cambiar España por Cataluña era difícil, por aquello de la sílaba de más que rompía la métrica, aunque se hacía con gusto. Además: todo lo enaltecía luego esa emocionante cançó que brota de pits que son teus/ de llavis que han petonejat la teba senyera, versos que dan particular esplendor a la épica heroica.

Todo por la patria.

4

No gustó mucho que la caverna mediática se cachondease de otras iniciativas fundamentales para la defensa de la futura Cataluña independiente. ¿Cómo no se iba a crear una AIECA (Agencia de Inteligencia y Espionaje de Cataluña) si era evidente que en numeras regiones de los países fronterizos habían copiado ya la fórmula del cava y en las montañas del Bergadá habían sido vistos varios practicantes de parapente tomando fotografías en pleno vuelo?…Un irresponsable pensaría que eran simples deportistas de riesgo, pero cualquier agente avezado, enterado de que dos de ellos eran de Jumilla y un tercero de Chinchón, llegaría a conclusiones altamente preocupantes.

-Estado de alarma –fue lo que le recomendaron al Jemadet- Se sospecha que el enemigo prepara el día I.

-Y eso qué es –preguntó el Jemadet- ¿El día de los Idiotas?

-Non foti, meu general. ¡El día de la invasión!…

5

Más datos alarmantes: en las playas de Salou habían sido detectados media docena de bañistas del sexo masculino en un provocador taparrabos con el toraco de Osborne estampado sobre el mismo paquetón de sus masculinidades. Intolerable. Mientras que varias explotaciones de pera limonera ilerdense habían sido saqueadas por cuadrillas de sospechosos morenitos que luego huyeron en dirección sur. El Jemadet pidió que le pusieran urgentemente con la Generalitat.

-¿Considera el molt honorable que estamos hablado de un casus belli?-preguntó al presidente Mas.

Hubo un minuto de silencio.

-No se precipite, general. Aún tenemos margen para el dialeg.

El president aún confiaba en sus dotes de persuasión. Le diría al presidente del gobierno de Madrid que amagar no es dar, y que pensar en la creación de un aparato de defensa para la república independiente de Cataluña no significaba hostilidad ni desconfianza hacia España.

-A más a más, – añadió el preclaro Artur- como que no nos interesa que crean que queremos imponer la inmersión lingüística en nuestro ejército a toda costa, le sugiero que, a la hora de la instrucción de la tropa, aunque las órdenes sean impartidas en catalán, se mantenga el castellano en la voz ejecutiva.

-¿Mani, president?-dijo el Jemadet mientras se destocaba de la barretina y se rascaba la mollera.

Está clá, Jemadet!- ¿Que quiere ordenar la media vuelta?…Pues diga: ¡mitja volta, ar!

-Entesos, president- dijo el Jemadet después de pensar por un instante.

Hablaron unos minutos más sobre las fragatas, los submarinos y otras armas de sisuasión, descartando las nucleares. Pero Bonifasi Raspujol y Ganerit, aún consciente de que la política de defensa la marca el presidente del govern, no puedo reprimir un último ramalazo de bon seny auténticamente catalán.

-Y, si le parece oportuno, president- sugirió antes de despedirse-, haga como Gila. Y llame también el enemigo para decirle que, si no les sirve de molestia, no ataquen los domingos hasta que acabe el partido del Barça.

 

El jardín de las sevicias

Cualquiera de los monstruitos de verano que uno se encuentra por el centro de Madrid podría tener cabida en los delirantes paisajes del BOSCO...

Cualquiera de los monstruitos de verano que uno se encuentra por el centro de Madrid podría tener cabida en los delirantes paisajes del BOSCO…

De vez en cuando el Creador enfocaba el catalejo a las playas de Río, de la Costa Azul y de California. También echaba un vistazo a las de los buenos hoteles de Marbella, de la Costa Brava, de las Baleares y de Comillas, donde igualmente abunda la gente guapa. No era picardía, injustificable en su caso. Era para consolarse.

-Quiero recordar que yo no hice el ser humano tan feo como se empeña en mostrarse cuando llega el verano- pensó mientras valoraba los cuerpos esculturales que se paseaban por allí.

El día anterior no había hecho más que disfrazarse de ciudadano perplejo y andar por el centro de Madrid. Santo cielo, qué espectáculo. Sabía que el concepto de belleza no es único ni universal, que las modas van conformando distintos estilos, y que para muchos la libertad y la comodidad del propio cuerpo están por encima de la estética. Pero no podía sospechar que con los calores, la modernidad liberase en tal forma su afición por el despelote y el feísmo. Pantalones piratas, calzones de lycra más y más cortos, chandals, barrigas al aire, camisetas de baloncesto, tatuajes hasta en los sobacos, crestas de puerco espín o penachos como el del casco de Escipión el Africano en las cabezas, gorduras prietas, morbosidades desparramadas, aretes y pendientes, sospechaba, hasta en la punta de la minga y en las simas del monte de Venus, torsos musculados y rostros pintados de arco iris predicando el orgullo Gay. En los pies, o deportivas o sandalias fraileras o chancletas. Mayormente chancletas. Daba igual que te asomaras al hall de un hotel de lujo, al estanque del Retiro, al ábside de San Francisco el Grande, a las salas del Museo del Prado o al Corte Inglés. Por doquier, el desprecio al decoro y también al prójimo, puesto que no a todos los que no son como nosotros les parece bien que el personal se luzca en la calle como si estuviera en el solárium de su casa.

-Demonios –dijo Dios llevándose las manos a la cabeza- ¿Y qué reservan ahora para la intimidad?…

Eran los encantos del verano, ya anticipadas por el Bosco en algunos de sus cuadros más famosos. Cualquiera de los guiris y paseantes que atiborran el centro de Madrid estos días de verano con el atuendo que imponen los tiempos podrían figurar perfectamente entre la chusma burlesca, los trasgos imaginarios y otros monstruos que aparecen camuflados en ese paisaje apocalíptico que es, por ejemplo, El jardín de las delicias.

-Eso sí –precisó el Creador visiblemente escandalizado- Teniendo en cuenta que esa carnavalada demuestra demasiada crueldad con la estética ciudadana, habría que llamar a este cuadro El jardín de las sevicias.

Lo ve el bloguero y de verdad que añora el bendito invierno. Tan frío, es verdad, pero tan digno tapándolo casi todo.


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