Archive for the 'Historias inventadas' Category

Otro protocolo inevitable

¿Por qué los supositorios no cumplen su objetivo como  el cohete que llegaba a la luna en la vieja película de George Mèliés?

¿Por qué los supositorios no cumplen su objetivo como el cohete que llegaba a la luna en la vieja película de George Mèliés?

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Según el historiador Troian Daritu, el siniestro Vlad Tepes, que inspiró a Bram Stoker la figura del Conde Drácula, aparte de almorzar sopitas de pan con la sangre de sus víctimas, empalaba a sus más encarnizados enemigos espetándolos por la retambufa en una estaca que se erigía al otro lado del foso de su castillo. Desde la torre almenada, el villano contemplaba el espectáculo con el mismo deleite sádico con el que Nerón veía arder Roma.

-¡Ahoras sabéis de verdad lo que es tomar por el mismísimo!- exclamaba Tepes lanzando estruendosas risotadas.

El ilustre canalla ni siquiera tenía la delicadeza de suavizar la punta con friegas de sebo.

En un orden menor de la escala de suplicios, last but not least, y quizás para reos de menor categoría, el monstruoso torturador reservaba algo que los galenos de su tiempo habían concebido como medicamento. A estos pobres desdichados les condenaba a supositorios.

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Todo esto te lo cuenta entre lamentos Homper después de haber recibido una llamada tuya que no ha podido atender.

-La culpa no ha sido de Vlad Tepes –se excusa- sino de Jaime Zorrilla, que es un médico excelente y un encanto de persona. No obstante lo cual me había prescrito para serenar esa caldera de Pedro Botero que me anida en el bajo vientre un antiespasmódico en forma de supositorio. En ello estaba. Sólo al recordarlo me pongo a temblar…

Y ordenadamente, sin perder la flema de quien pretende guardar la dignidad de su discurso, va desgranando los motivos de su escandalosa perplejidad ante los problemas que le planteó la aplicación del mencionado remedio.

-Yo de niño –explica- imaginaba que los supositorios eran como la nave espacial del Viaje a la luna, aquel ingenuo film de Méliès en el que un cohete lanzado desde la tierra se clava en el ojo de nuestro satélite. Mi madre cambiaba el ojo de la luna por el del culete y muy a mi pesar me introducía por ahí ese odioso invento. Era desagradable, pero entraba sin problemas. Ahora es difícil hasta despojar del supositorio la película de aluminio en la que viene presentado. Al quitarle su envuelta, se suelen desprender varios fragmentos de su cabeza. Y por último, cuando después de las fatigas previsibles, y sólo postrándote de hinojos en plan adoratriz y con el trasero en lo más alto crees que la nave ha alcanzado su objetivo, fuerzas misteriosas procedentes del averno intestinal la proyectan al exterior y te encuentras humillado, ofendido, con el culo aire y el antiespasmódico en el suelo riéndose de ti.

O sea, supositorios de espaldas al pueblo, como diría Doña María. O más propiamente de espaldas al culo, como precisa Homper.

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Cuenta Homper que en esos delicadísimos momentos lo llamó para interesarse por su salud la periodista y gran amiga suya Begoña Ortúzar, madre del doctor Zorrilla y chica bien de Bilbao de toda la vida. Y que aunque normalmente habla con ella de mística, de filosofía, poesía y otros asuntos trascendentes, no pudo evitar comentarle el enojoso incidente del supositorio rebelde.

-Eso es que te lo pones mal –pontificó sin dudar –Debes hacerlo al revés, introduciendo primero la base, más ancha, para que pasado lo más difícil se cierre el esfínter anal y allá no se escape nada.

A Homper le sorprendió esa teoría tanto como si le hubiera dicho que las balas penetraban por la parte achatada, que los obuses vuelan con la cabeza explosiva apuntando al artillero o que los barcos estaban hechos para navegar de popa. Homper creía que los supositorios eran fusiformes precisamente para abrirse camino más fácilmente en su procelosa y oscura trayectoria, y así se lo dijo a Begoña.

-De eso nada –remachó- En Bilbao que sepas que lo hemos hecho así siempre y nos ha ido divinamente.

Homper creyó por un momento que así como los bilbaínos dicen que nacen donde les da la gana, el hecho diferencial les permitía ponerse los supositorios donde y como les peta. Pero con toda humildad defendió que nunca jamás en su vida había escuchado semejante teoría. Es más, no dijo la palabra teoría, sino tontería, a lo que ella contestó con un whatsup en tono indudablemente airado: “Consulta en GOOGLE la forma correcta de ponerse un supositorio. ¡INCULTO!”.

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Homper le hizo caso y, sorprendentemente, nunca te acostarás sin saber una cosa más, también se quedó perplejo al comprobar que en esa fantástico e ilimitado Internet donde cabe todo hay un vivo e interesantísimo debate sobre la forma idónea de conseguir que un supositorio cumpla correctamente su cometido. No sabe si también hay teorías sobre cómo cortarse las uñas, cómo partir la hoja de papel higiénico justo por la línea trepada o cómo hervir la coliflor sin provocar las protestas del vecindario, pero desde luego sobre la aplicación de los supositorios sí hay ya considerable jurisprudencia.

Y sin embargo, el Hombre Perplejo, víctima aún del caos en lo más ominoso de sus interiores, seguía sin saber a qué atenerse. La derivada era obvia: en estos tiempos de confusión y de debate por lo que sea…¿a qué esperamos para que la autoridad competente establezca e una vez por todas un Protocolo Específico sobre el modo de administrarse los Supositorios?

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Una independencia inmadura

Nadie está seguro de si es una diarrea o un atasco, pero el caso es que el independentismo empieza a parecerle a muchos una pesadilla...

Nadie está seguro de si es una diarrea o un atasco, pero el caso es que el independentismo empieza a parecerle a muchos una pesadilla…

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Te llama Homper para contarte otro sueño más que le dejó perplejo. Aturdido sin duda por los vaivenes del dichoso proceso del 9-N que nos lleva comiendo el coco casi un año, esta noche ha sido víctima de una pesadilla independentista de primer orden. Resulta que el presidente de su comunidad de propietarios, Florencio Muñoz Pérez, ha resucitado los genes catalanistas que habitan en su sangre. Un tatarabuelo suyo llamado Diego Lletget i Maixer, que en el siglo dieciocho se estableció en Arenas de San Pedro para acabar casándose con una lugareña, le envió un imperativo categórico al que no se puede resistir.

-Independencia, noi- dice que le ordenó el espíritu de su antepasado- Som i serem gens catalana, tanto si es vol com si no es vol.

El presidente organizó varios referendum para que la Comunidad de Propietarios se independizara de la ciudad, del barrio, de la calle. Argumentaba que no estaba realmente convencido de las ventajas de la independencia, pero el caso es que la gente votase, porque sin voto no hay democracia, y sin democracia no hay salvación. Visto que su propuesta no triunfó, pues casi todas las fechas previstas para el referéndum una cadena de TV televisaba un partido de fútbol, se invitó a colocar urnas en la escalera para que los vecinos se pronunciasen cuando les apeteciera sobre cuestiones fundamentales. ¿Debemos cambiar la araña de cristal del portal por una iluminación más moderna? ¿Es Vd. partidario de mantener el Hilo Musical o prefiere más bien una selección de habaneras y sardanas sonando de continuo? ¿Procede demandar a la brasileña del 6º A, que había convertido su piso en una escuela de samba? ¿Se debe implantar el pañal obligatorio para esos perritos que se mean en el ascensor? ¿Cree que hay que exigir al Ayuntamiento que retrase el paso de los camiones de la basura hasta una hora de la madrugada en la que el demoníaco glópita-glópita de la estruendosa máquina que engulle los desechos orgánicos e inorgánicos deje de interferir en la vida sexual de los habitantes del bloque provocando numerosos y frustrantes coitus interruptus?

La mayoría de los vecinos dijeron al presidente que dejara de dar el coñazo y le mandaron a Florencio a hacer puñetas.

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No obstante lo cual, la pesadilla continuaba. Sin acuerdo alguno, ni del Parlamento ni de la Comunidad de Propietarios, y temiendo quedar como un traidor a la causa, un visionario de pacotilla, un incompetente o simplemente un cantamañanas, el presidente había decretado unilateralmente una independencia. No era lo esperado, pero al menos colmaba algunas expectativas.

-Queda declarada la independencia del cuarto de baño del vecino Homper –proclamó solemnemente Florencio- que, desde este momento, queda segregado del edificio y de la comunidad porque no podía ser de otra forma. El nuevo estado así nacido queda integrado en la Federación Surrealista Esquizofrénica.

Homper está preocupado. Vive en su casa de siempre, pero cuando tiene que hacer uso del cuarto de baño debe trasladarse a un descampado donde le esperan su lavabo, su ducha y los demás sanitarios adecuados al lugar. Es independiente, sí, puede aliviarse a modo sin miedo al escándalo ni al qué dirán, pero resulta muy poco práctico.

Lo peor es que creía que habitaba en una pesadilla, y que se decidió a despertar por huir del sortilegio. Pero cuando puso un pie en la realidad se ha encontrado con que esta no es mucho más sensata.

-Joder –resopla desencantado antes de despedirse- ¡Si hubiéramos sabido que la madurez era esto!…

Las llaves de tu reino

Esta es una de las llaves de un reino que debemos aprovechar antes de que el tiempo y el olvido lo hagan desaparecer...

Esta es una de las llaves de un reino que debemos aprovechar antes de que el tiempo y el olvido lo hagan desaparecer…

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Después de su viaje por la España del siglo XXIII, el escritor y viajero hispanista Aloisius Nooteboom, descendiente de Cees Nooteboom hizo interesantes anotaciones que conviene difundir para lo que el lector entenderá más tarde.

Me han interesado sobre todo los monumentos y los vestigios arquitectónicos del siglo en el que mi antepasado descubrió este país, dice refiriéndose inevitablemente al final del siglo XX y los inicios del XXI. Aunque cueste creerlo. añade, al margen de perder el tiempo, el dinero y buena parte de sus sueños de gloria en debates tan estériles como discutir su identidad y su derecho de autodeterminación sexual, personal, municipal, provincial, regional, autonómico, nacional, supranacional, europeo, mundial e incluso cósmico –algunos dicen que se sienten de Alfa Centauro desde siempre- parece ser que los españoles de entonces mantenían algunas de las constantes que han caracterizado a la historia de la humanidad. Por ejemplo, como en todas las épocas, construían edificios que pretendían ser importantes, representativos y duraderos.

De esta época – continúa reseñando el inquieto viajero- no quedan sin embargo palacios construidos por nobles o por ricos poderosos que pretendieran perpetuar su memoria en piedra, mármol o ladrillo. La opulencia exagerada no debía de estar bien vista por el pueblo. Tampoco he observado muestras de la magnificencia y de la belleza que hasta el siglo XX aportaron a las bellas artes, y en especial a la arquitectura y a la escultura, el culto a la divinidad en sus diversas manifestaciones y la religión, cualquiera que fuera ésta. Definitivamente, el pragmatismo y el escepticismo reinante consideraban ya que era más importante un ambulatorio que un templo de Dios.

Como testimonio curioso de los valores que en nuestro siglo merecieron dejar su huella monumental, Aloisius Noteboom destaca lo que entonces se llamaba edificios emblemáticos, a saber, sedes de grandes bancos o de compañías telefónicas, bodegas, teatros de ópera, aeropuertos sin uso, museos inspirados en la armadura del Mago de Oz, polideportivos y otros alardes a veces absurdos como monolitos o puentes con la forma de gigantescas mantis religiosas firmados por un tal Calatrava. Especial consideración le merecen algunas ruinas de lo que los españoles de entonces llamaban Centros de Interpretación de la Naturaleza, como si dentro de esos centros no informaran o difundieran los valores naturales del entorno, sino que se dedicaran a filosofar sobre éstos. Qué divertido, se los imagina uno: ¿tú cómo interpretas la existencia del grillo?…Para mí que al Creador le divertía que un ortóptero negrito cantara cri-cri y lo creó…¿Y las auroras boreales?…Yo las interpreto como si fuera una especie de rubeola espacial…

Al final, Aloisius Nooteboom cae en la tentación de hacer futurología y de ponerse a especular él mismo sobre el drama que significará la laicización de la humanidad para los que, como él, optaron por recorrer y curiosear por el mundo

Cuando las catedrales, monasterios, santuarios, iglesias y ermitas, cuando las pirámides, los templos budistas, las mezquitas y otros homenajes al teísmo se sepulten definitivamente en el polvo del olvido, el llamado turismo cultural será admirar unos ciclópèos e inexpresivos bloques de hormigón, gigantescos cementerios industriales, tótems de acero y vidrio inexplicables y unas placas de titanio oxidado que dirán más bien poco sobre la presunta grandeza del alma humana. Del siglo XX a esta parte, el progreso y la veneración por las capacidades y los derechos del hombre dicen que han hecho un mundo mejor, pero su legado en términos monumentales será mucho más pobre que lo que nos dejaron los siglos de opresión de los poderosos y del temor a Dios. Es duro reconocerlo, pero yo no soy un moralista ni un sociólogo, sino un simple viajero, y este mundo mejor me está resultando mucho más feo…

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Hasta aquí la ucronía, o la utopía. Se te ocurrió porque esta semana paraste en Buera, provincia de Huesca, donde tu amigo Miguel Angel mantiene la Posada de Lalola, un encantador hotelito rural para dejarse caer allí, descubrir las delicias del Somontano y hacer senderismo por la Sierra de Guara. Lejos, muy lejos del mundanal ruido. Bastante cerca de esos momentos de paraíso asequible que te guían ahora. Fue una visita para festejar con el hostelero y sus amigos locales, en una gran cena al aire libre y con la media luna por testigo, su santo y los dieciocho años de vida del hotelito. No estuviste mucho tiempo, pero sí lo suficiente para pasear al atardecer con Carlos Santos y su novia Ana Mari hasta la ermita de Santa María de Dulcis, así llamada porque al parecer la Virgen vino a aparecerse allí sobre un panal de abejas. ¿Habrá lugar para un milagro tan poético y tan dulce en los siglos futuros?

La ermita, del siglo XVIII, está enclavada en un paraje propicio para la meditación, en un pequeño cerro entre encinas, carrascas, quejigos y junto a un huerto de olivos que crían aceitunas de todas las variedades conocidas. Decorada con elementos mudéjares y del barroco muy originales, pero pobre en imágenes, es un edificio modesto, de una sola nave, que, como tantos otros templos esparcidos por España, resiste a duras penas el paso del tiempo. Allí acudían antaño a pedir curación a la virgen de la miel los enfermos del garrotillo, el simpático nombre con el entonces se conocía a la terrible difteria. Tú no eres un gran creyente, pero aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y el Vero no lejos de allí, sugeriste a la santísima señora que ahora hay otras enfermedades más extendidas también merecedoras de su atención. Y quisiste inmortalizar el momento con la llave que os prestó la santera de Buera para abrir el templo.

Es una llave descomunal, como la que imaginas que recibió san Pedro. La muestras como objeto curioso porque para ti es una de las famosas llaves del reino. De ese reino injusto y lleno de desigualdades que se va extinguiendo. Afortunadamente, no sin habernos legado catedrales, palacios y otras joyas de la arquitectura expresivas de un tiempo en el que los creyentes tenían fe en Dios y los nobles y poderosos no se recataban en querer vivir como Dios.

El empresario que aspiraba a una necro lógica

Aquél empresario puede que no tuviera muy buen gusto, y que, como casi todos, se fumamara un puro sobre casi todo. Pero era un hombre consecuente...

Aquél empresario puede que no tuviera muy buen gusto, y que se fumamara un puro sobre casi todo. Pero era un hombre consecuente…

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-Es bonito, y a su familia le gustará- pensó mientras repasaba todos los obituarios que la prensa del día dedicaba al gran empresario desaparecido – Pero yo preferiría que mi necrológica fuera más consecuente, más próxima a la realidad, más creíble.

Sobre todo con claros. Pero también con alguna sombra para demostrar que, además de un líder social y un prócer, había sido carne mortal.

El próspero empresario Marcial Antúnez, hijo de un pastor manchego, era un triunfador, un hombre hecho a sí mismo. Sin estudios ni más bagaje que su inteligencia natural, su trabajo y su olfato, se había hecho multimillonario y famoso en las páginas salmón gracias a un producto de parafarmacia que, explotando el efecto placebo y con una audaz campaña de publicidad protagonizada por Anabel Treysler y Carmen Lamana, había revolucionado el mercado. Su producto era la famosa píldora que, disfrazada como complejo vitamínico, prometía a la mujer la juventud y la belleza eternas. Como Marcial era en el fondo un tipo muy básico, la bautizó con su propio nombre. Y como desconfiaba de los divos de la publicidad que le pedían dinerales por cuatro chorradas muy sofisticadas que no se entendían nada, él mismo diseñó su campaña, prescrita de viva voz con un slogan que sorprendía en la boca de tan elegantísimas damas de la beautiful people. En sus spots de televisión, la Treysler y la Lamana explicaban un día cualquiera de su vida. Su desayuno, tan sano, su gimnasia, tan rítmica, su agenda, tan equilibrada, sus compromisos sociales, tan emocionantes, sus momentos de ocio, tan envidiables, sus veladas, tan seductoras. Pero el secreto de la belleza y la felicidad que resplandecía en sus inmarchitables rostros no era sólo su vida de amor y lujo ejemplar, sino que antes de irse a dormir se tomaban cada noche una píldora milagrosa al tiempo que prescribían con una sonrisa.

-Con píldoras Marcial…¡guapa que te cagas y casi inmortal!

Rompedor sí que era el mensaje. Y hubo que pagarles un pastón a las ilustres damas por mancillar sus labios con esa expresión impropia de su edad y de su exquisita educación. Pero -¡oh sorpresa!- esa brutal propuesta cayó en gracia, se convirtió en trending topic, las cajas de Píldoras Marcial se vendieron por millones, y unos años después el empresario Antúnez era tan fundamental para el PIB y el Ibex 35 que se ganó con creces ese corifeo de ditirambos post-mortem con el que despedimos en este país a los héroes empresariales que engrandecen la marca España.

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-Llame a Torralba, nuestro notario –le dijo a su secretaria- Que quiero que levante acta de unas disposiciones personales de las que usted tomará nota mientras se las voy dictando.

El notario Torralba era un profesional abierto, simpático y habituado a dar fe de acontecimientos un tanto singulares, como el de aquel Marianet de un pueblo de Castellón empeñado en presentar al Libro Guinnes su hazaña de comerse ciento treinta caracoles en veintiséis minutos, lo que a todas luces tenía pinta de record mundial absoluto de la especialidad. Así lo hizo constar en acta notarial, para alborozo de la peña Los Caracojonudos, que la envió junto con su petición de reconocimiento de record a la oficina central de Guinness en el Reino Unido. De igual forma haría constar ahora lo que pausadamente, y con la ayuda de la taquigrafía de Chitina, su secretaria de toda la vida, dictó Marcial.

-No se sorprenda, Torralba- le advirtió el empresario antes de encender su puro y de comenzar el discurso de sus voluntades- Sospecho que a mi muerte el tamaño de mi imperio, el volumen de mi herencia y lo muchísimo que he invertido en publicidad a lo largo de mi vida empresarial me van a acabar canonizando, como está ocurriendo con los colegas que me han precedido últimamente. La opinión pública es así: te pueden poner a parir y odiarte en vida, porque probablemente te lo mereces, pero cuando mueres, saca el inciensario y redime su mala conciencia subiéndote a los altares. A mí, francamente, me dan vergüenza ajena los turiferarios. Y como no tengo descendencia a los que reconfortar con mentiras piadosas y a la fundación que me heredará le va a dar lo mismo que me retraten con luces y sombras, sólo pretendo controlar la hagiografía exagerada. Vamos, que si alguien me dedica un obituario o una necrológica, la gente sepa que se ha muerto un empresario, y no un santo.

Fue a continuación la suya una lectura desconcertante de su vida. De forma deshilvanada, interrumpida a menudo por las boqueadas de humo de su puro y por las expresiones de asombro y hasta las risas del notario y de Chitina, Marcial Antúnez fue marcando las pautas que le gustaría que recogiera su memoria pública. Por favor, que no subrayen la tontería esa de que el secreto de todo es el trabajo, entrar en el despacho el primero y salir el último. Hay cantidad de currantes que no venden un clavel. Yo he trabajado como un cabrón, pero si no hubiera sabido tocar las teclas precisas no me hubiera comido un rosco. Cuando hablen de mi intuición y de mi visión privilegiada del negocio, que recuerden también mi instinto para sondear las debilidades humanas, y mi precisión para conocer qué necesitaban en ese momento los que debían firmar el papel que necesitaba. Si alguien se le ocurre ponderar mi aplomo y mi capacidad de asumir riesgos sí me hará gracia que recuerden aquel rentoy que eché en el ministerio: ¡no hay cojones para negarme esa licencia! Eso, eso, que lo digan así, con todas sus letras, que para eso soy un hombre del pueblo…

-¿Lo…Lo hago constar exactamente en el acta? –titubeó Torralba.

-Naturalmente –confirmó Antúnez- Hombre, que sean quizás un poco menos rotundos cuando aborden mis conflictos con el fisco y con la judicatura: sorteó de aquella manera los problemas que tuvo….sería una buena fórmula, sin entrar en detalles…Luego hablarán de mi generosidad, del mecenazgo…Está bien, me he gastado una pasta ayudando a comunidades de monjitas, ONG y esas cosas, y he tenido que hacer caso a mis asesores comprando unos mamotretos horrorosos que se exhiben en el vestíbulo de nuestra sede y que dicen que son arte contemporáneo, qué se le va a hacer…Que pongan eso: no sabía por qué, pero ayudó a algunos de esos artistas que molaban porque no supo decir NO a tiempo. Buen amigo de todos, sí: del gobierno, de la competencia, de los periodistas…Ahora, como lo cortés no quita lo valiente, que recuerden también lo que aprendí de mi amigo Castiñeiras cuando le quise comprar para mis primeros repartos su vieja furgoneta DKW por cuatro perras, un precio de amigo. Castiñeiras era gallego, y me soltó lo que aquel paisano que quería vender su vaca a un amigo: amigos, muy amigos, pero la vaquiña por lo que vale, ¿eh? Pueden resumirlo así…Y en cuanto a su afán por crear puestos de trabajo y su preocupación por sus empleados…Bueno, no es del todo incierto…Han trabajado para mi imperio miles de ciudadanos, pero les he estrujado lo suyo. Chitina misma, que entonces era un pibón, le podrá contar que yo mismo le prometí promocionarla a la dirección comercial si…

-¡Señor Antúnez, por favor!- interrumpió la secretaria a la que súbitamente se le subieron los colores.

-No pasa nada. Chitina -la tranquilizó el jefe- Usted se portó decentísimamente, y eso la honra, y yo me arrepentí inmediatamente de mi oferta. Además, recordé aquello de donde tengas la olla…Pero cómo voy a negar que uno, que es de pueblo, en esa soledad del poder y del dinero, también tuvo sus debilidades…¿No es más fácil de entender eso que ese espejismo de virtudes personales, cívicas y empresariales con que se pretende inmortalizar ahora a los creadores de riqueza?…

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El notario Torralba tuvo que hacer un alarde de síntesis expresiva para recoger rigurosamente lo que de forma tan anárquica había contado el fogoso creador de las Píldoras Marcial y había transcrito su fiel secretaria Chitina. De la escritura, protocolizada como ACTA DE ULTIMAS VOLUNTADES DE DON MARCIAL ANTÚNEZ Y SANZOL RELATIVAS A SUS POSIBLES OBITUARIOS, se sacaron numerosas copias simples que fueron enviadas a los directores de los principales periódicos, emisoras de radio y cadenas de televisión junto con una breve carta firmada por el empresario que decía así.

Muy Sr. Mío

Desde hace tiempo he observado que los medios como el que Vd. dirige dan una enorme importancia a los obituarios de empresarios que han conseguido una gran notoriedad económica y social. A mi juicio, el impacto de estas tristes noticias desvirtúa un tanto el enfoque de dichos obituarios que, si se me permite decirlo, pecan de caer en un elogio tan exagerado que los hace poco creíbles.

Para evitar esos excesos, y suponiendo que el fallecimiento de este modesto empresario que suscribe merezca en su día algún recordatorio en su medio, le adjunto unas notas recogidas en acta notarial sobre mi trayectoria empresarial. Espero que si alguien glosa mi necrológica, esta sea precisamente lo que no viene siendo hasta ahora: lógica.

Atentamente

Marcial Antúnez Sanzol

Presidente de LABORATORIOS MARCIAL

Cuando falleció el creador de Píldoras Marcial, guapa que te cagas y casi inmortal, su muerte apenas tuvo eco en los medios. ¿Qué interés público podía ofrecer un magnate que, en el fondo,  sólo era un hombre corriente?

 

Amores de árbol caído

En Madrid se están cayendo muchos árboles. Sospechoso. Pero algunos de ellos, soprendentemente, sirven para recomponer amores ...

En Madrid se están cayendo muchos árboles. Sospechoso. Pero algunos de ellos, soprendentemente, sirven para recomponer amores…

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Si una hubiera estado segura de que el primer amor iba a ser el mejor amor… A Patricia la llamó por teléfono una amiga para darle la noticia. Sonaba increíble, la confirmación de que las maldiciones bíblicas existen, y fustigan a las ciudades que, como Madrid, acumulan pecados inconfesables.

-Prepárate, Patricia- le avisó la amiga- Pero el árbol donde fuimos felices también es noticia luctuosa.

-No me digas.

-Lo siento. Pero he visto cómo caía partido por su tronco el árbol donde Javier y tú os hicisteis novios. No se si será putrefacción encubierta, descompensación hídrica o todas esas historias que nos cuenta el Ayuntamiento para explicar esta plaga. Pero el caso es que yo misma vi cómo sin ráfaga de viento alguno, sin venir a cuento, el árbol soltó un quejido desgarrador y su copa se vino abajo.

A Patricia ni siquiera le dio tiempo para controlar su cursilería. De repente sintió que los ojos se le inundaban de lágrimas, y que la afligía una inmensa tristeza, un dolor verdadero, como si ese accidente hubiera hecho carne en alguno de sus hijos.

Cogió el bolso y, sin dar explicaciones en casa, salió precipitadamente.

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Si entonces un árbol frondoso no hubiera sido una aventura fascinante para cualquier chaval…Primero se encaramó a lo más alto por alcanzar un nido y ver sus pajaritos a medio pelechar. Luego por arrancar sus bolas de pica-pica y guardarlas como munición de guerra. Más tarde resultó que las niñas también subían a los árboles. Y que a Patricia, con sus doce años y siempre guapa como una Mariquita Pérez, se le puso el pechito lleno de tetas. Además: se reía tanto cuando él contaba chistes o imitaba a Stan Laurel…

Entonces nadie tenía conciencia ecologista, y nadie sufría por la piel del árbol. Así que un día que los dos eran tan felices tonteando como monos en la copa de aquel inmenso plátano de la glorieta, Javier sacó una navajita suiza que le había regalado su madrina –cortaplumas se le llamaba entonces- y empezó a dibujar  con su punta un corazón sobre la corteza del árbol. El clásico corazón atravesado por la flecha de Cupido.

Después fue ella la que le pidió la navajita para escribir sus iniciales.

-¿Me dejas que lo acabe yo?- le suplicó con una sonrisa a lo Shirley Temple.

A un lado del corazón la chiquilla grabó la P de Patricia. Al otro, la J de Javier. Y debajo, la fecha: 14-V-1960.

Finalmente se besaron como se besaban en las películas entonces. En los labios, pero sin lengua.

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Si la vida no fuera tan caprichosa como es. Si el marido de Patricia no se hubiera alejado de su lado una noche lluviosa que salió a por tabaco sin regresar jamás. Si Javier no hubiera perdido a su mujer en un accidente del coche que él conducía y del que nunca había dejado de sentirse responsable. Si no hubieran pasado tantos años sin verse, desde que él dejó el barrio y sus biografías corrieron en direcciones tan distintas. Y si a lo mejor tuviera razón la letra de Volver, cuando Gardel canta aunque no quiera el regreso, siempre se vuelve al primer amor…

El caso es que cuando Patricia llegó al árbol roto, que en realidad era su paraíso caído, se encontró a su primer noviete allí, mirando el siniestro con la misma inexpresividad tristona de un poste de telégrafos. Era el clásico jubilado sin corbata de paseo diario por prescripción facultativa, ni gordo ni flaco, ni guapo ni feo, barba descuidada y el desengaño impreso en las arrugas de la frente.

-Perdona –titubeó Patricia tímidamente- ¿Eres Javier?…

-¿Y tú eres Patricia?…

Se echaron a reír mientras se abrazaban. Ella le contó que fue avisada por Rosi, otra de las amigas de la pandilla de entonces. Él dijo que pasaba por allí, qué casualidad. Cómo iba a confesar un hombre que en realidad era un arrebato, un presentimiento, una pulsión del deseo oculto lo que le había guiado hasta el lugar del suceso. Luego apartaron las ramas más cuajadas de hojas buscando las huellas de su primera declaración de amor. El tiempo no había conseguido suturarlas del todo. Aún se adivinaba en una de las ramas más gruesas la silueta del corazón herido a medio cicatrizar y la P de Patricia.

-¿Y qué podemos hacer ahora?…-preguntó Javier levantando sus brazos abiertos, como pidiendo explicaciones al cielo.

Mientras los empleados municipales arrancaban la motosierra para trocear su infancia arbolada, se alejaron juntos buscando ese café panacea con el que casi siempre queremos resolverlo todo. Incluso la recuperación del tiempo perdido. Hablaron, recordaron, pasaron el peine sobre sus vidas, se rieron. Quedaron para una semana después en el Parque del Oeste.

La tarde de la cita, con nubes en el cielo que ya presagiaban el otoño, pasearon un rato y se sentaron en un banco bajo un centenario cedro del Himalaya, confiados en que la simple estadística les librase de morir por el nuevo impacto de una rama desprendida. En determinado momento entrelazaron sus manos. Y acabaron besándose, esta vez con lengua, como en las películas de ahora. Dentro de todo, fue un alivio para la ciudad saber que algunos árboles caídos de sopetón servían al menos para recomponer amores que había roto la vida.

Memoria de un 25 de agosto en La Granja

Enla memoria de aquel cadete, el 25 de agosto en La Granja siempre tendrá una significación muy especial...

En la memoria de aquel cadete, el 25 de agosto en La Granja siempre tendrá una significación muy especial…

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Despiertas el 25 de agosto y tu sombra sale huyendo a La Granja de San Ildefonso. O un poco más lejos. Se mete en el túnel del tiempo y cuando sale se encuentra en ese mismo, maravilloso lugar, en 1967. Descubres a un tipo con cara de pánfilo que viste uniforme de cadete. El pobre está haciendo la mili en el vecino Campamento de El Robledo. No tiene un gran prestigio entre los universitarios eso de la mili, es una pérdida de tiempo, una prisión de dos veranos, no hacer nada a toda leche, un tributo odioso a los milicos. Él sin embargo es tan ingenuo que aún cree ver algunos ribetes románticos a la amenaza de una guerra, único pretexto teórico que lo encarcela ahí.

-A la patria hay que defenderla –ha leído en alguno de los carteles plantados en el campamento- derramando por ella, si fuera preciso, hasta la última gota de nuestra sangre.

No es la consigna que impresiona más. Hay otra que firmó el propio Generalísimo en sus tiempos de la Academia de Zaragoza que dice así: Disciplina: virtud castrense que alcanza su más alta expresión cuando la razón aconseja hacer lo contrario de lo que ordena el mando.

Manda cojones.

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O sea, le enseñaban en la universidad que había que pensar y en la mili le avisan de que ojito con esa funesta manía. Y a pesar de todo, decías, el chico llevaba una vida tan anodina, tan sinsustancia, que eso de despertarse en una tienda de campaña en medio de un bosque al toque de diana y de jugar a los soldaditos de verdad aún le sugiere alguna posible emoción. Se acuerda de Adios a las armas, la novela de Hemingway, donde un soldado herido liga con su enfermera, e inconscientemente silba a menudo Lilí Marlén, la más hermosa canción de guerra: un centinela que se enamora de una chica que ve a la luz del farol de su caserna. Historias bonitas. Le dan mucha envidia los cadetes que reciben cartas de sus novias. Y mucha más los que se abrazan con ellas a última hora de la tarde, en la hora de visita. Las novias escriben, besan y llevan tortilla de patata, chorizo y vino para merendar. El día de la jura de bandera lucen más guapas para aplaudir a sus novios. A ellos se les pone duro el mosquetón de la entrepierna, pero eso no desdice de la marcialidad obligada, porque el soldadito español, aparte de valiente, es muy macho.

Te hace el cadete una confesión íntima que roza la ridiculez.

-Yo no tengo novia, pero duermo justo debajo de un ventanuco abierto en la lona de la tienda donde por la noche siempre asoma una estrella. Entonces me imagino que de ella se descuelga una chica guapísima, se cuela en la tienda por el ventanuco, se tiende junto a mí y me duermo encantado entre sus brazos.

No le importa nada el colchón de paja, que no se puede sacudir, porque inundaría de polvo a los Quince bajo la lona. El cadete es tan ingenuamente romántico que un día escribe una encendida carta de amor. A veces hace de negro escribidor para otros compañeros que no saben decir cosas bonitas a su novia, pero esta es distinta, especial. La firma con el nombre de Silvia, que le parece elegante y no muy corriente, la dobla, la mete en un sobre, estampa un sello y escribe con letra femenina su propio nombre y dirección: Compañía de Infantería nº 31, Campamento de El Robledo, La Granja de San Ildefonso, Segovia. Después, se la entrega a su amigo Paco, que es de la Plana Mayor y marcha a Segovia con permiso. Se la da boca abajo, para que no lea el nombre del destinatario.

-Si no te importa la echas al primer buzón que veas-le encarga.

La próxima vez que llegue el cartero a repartir el correo voceará su nombre. Y el cadete pánfilo sacará pecho y recogerá la carta. Luego dirá que Silvia es muy guapa, pero muy tímida, y que no le visita porque no quiere que la tropa les vea cuando se besan.

3

El 25 de agosto, San Luis de Francia, era día de fiesta en La Granja. Las numerosas fuentes y surtidores de los preciosos jardines de palacio, cerrados casi todo el año, corrían generosamente disparando sus juegos y fantasías acuáticas para pasmo y gozo de paisanos y veraneantes allí concentrados. Fue en ese lugar y ese día cuando el aspirante a oficial de complemento conoció a Teresa, una moza bastante más mona que la chica-chica-pum-del calibre ciento ochenta y tres que describe Margarita, la marchilla ramplona esa que se canta desfilando. Al joven, vestido de cadete con su gorra de plato, se le cuadraba enseguida, pero no así a la chica. Así que tras un tanteo inicial, eso de tú que haces en La Granja, eres de aquí, estudias o trabajas, vienes a veranear o haces el servicio social en Villa Braga, etc, ambos pasearon juntos, admirando el paisaje palatino y perdiéndose, ya lejos de las fuentes, por el umbroso bosque en el que se convierten los jardines a medida que ascienden hacia las cumbres de Peñalara. Después salieron los dos del recinto de palacio y fueron a La Hípica, porque La Granja es un sitio muy fino y entonces tenía Hípica, cosa de la que no podían presumir todas las villas de veraneo. Allí se sentaron en una mesa al fresco, pidieron unas bebidas y al cabo de un rato salieron a bailar a la pista.

4

Naturalmente, bailaban agarrado.

Primero guardando unos centímetros de distancia entre cuerpo y cuerpo, pues el caballero aspirante era más parado que el caballo de un fotógrafo. Luego menos. Cuando por los altavoces sonó el Michelle de los Beatles él susurraba las frases en francés que contiene la letra, que eran las que se sabía, rozando con sus labios la oreja de Teresa. Es decir, bailaban apretado haciendo caritas. Fue la gran emoción de aquel campamento, un momento inolvidable. Pero también un amor evanescente, flor de una tarde. De repente a la chica le entraron las prisas, porque tenía que volverse a Madrid con unos primos suyos que la esperaban, y, en la emoción del adiós, el aprendiz de oficial ni siquiera se atrevió a pedirle su número de teléfono. Con su uniforme de bonito y su gorra de plato él se veía como Robert Taylor despidiéndose de Vivien Leigh en El puente de Waterloo. Mucha imaginación cinematográfica y todo ese rollo, pero al final se quedó compuesto y sin novia.

Desde ese día hasta el que abandonó el campamento como alférez de complemento, siempre durmió esperanzado junto a su ausencia. Todas las noches, mirando la estrella que enmarcaba el ventanuco rasgado en la lona de la tienda, soñaba que ella se descolgaba del cielo y se abrazaba a él hasta que despertaban al toque de diana.

5

Cuarenta y siete años después de aquél San Luis en el que corrieron las fuentes de los jardines de La Granja, tu sombra, como el cadete pardillo, busca en la noche otra estrella. La mili quedó muy atrás, tu guerra ahora es otra. El enemigo ataca de nuevo, y hay que plantarle cara. Tu amigo Pedro S.E, que lleva en campaña cuatro años, dice que si el tumor principal, que es como el Estado Mayor, está controlado, las guerrillas de esa metástasis que huronea por tus vértebras acabarán desapareciendo. La muy puñetera ha minado esta vez el terreno a la chita callando, sin dolor adicional que la cantase, y por eso tú te has quedado estupefacto al enterarte de la noticia. La procesión iba por dentro. Te dejó tan helado que pensaste en varar este blog y abandonarlo por un largo tiempo.

Pero tienes descontados los duelos y quebrantos desde que te sacaron tarjeta amarilla. No te asusta volver a talleres, ni las pequeñas náuseas, ni los trastornos digestivos, ni volver a quedarte calvo y con las orejas de soplillo al aire, como Nosferatu. ¿Sentido del humor, sentido del thumor?…

Instinto de conservación, sentido de la vida. Ahora mismo, mientras escribes estas líneas, disfrutas levantando la mirada y contemplando una increíble puesta de sol sobre Madrid. En unos minutos sólo tendrás que buscar en el firmamento las estrellas. Las hay por miles, y tan llenas de ilusión y de esperanza como la que coronaba el sueño de aquel cadete de los lejanos tiempos de la mili.

Un esclavo de nuestro tiempo

Habrá un momento en que la conjura entre la obsesión por la seguridad y el progreso tecnológico nos pida claves y contraseñas hasta para desabotonarnos la bragueta...

La conjura entre la obsesión por la seguridad y el progreso tecnológico nos acabrá pidiendo  claves y contraseñas hasta para desabotonarnos la bragueta…

1

Diego, sesenta y seis años, un hombre superado por los acontecimientos. Mira que con sus años creía haberlo visto todo, y que estaba convencido de que este mundo de las nuevas tecnologías le desbordaba, y que imploraba de vez en cuando el consabido que lo paren, que me apeo. Pasando de todo. ¿De todo? No era posible. Lo constató cuando después de varios años de haber abandonado su antigua vida de crápula volvió a encontrarse con un romance de los de película, de esos que surgen de la manera más tonta, entre un hombre mayor que lleva dos trajes al tinte y una encantadora dependienta que se llamaba Miren, era de un pueblo de Arkansas y trabajaba allí para ayudarse a pagar sus estudios en España.

-Muy guapo y elegante con trajes limpios –le dijo luciendo una fila de dientes grandes y blanquísimos mientras se los entregaba colgados en sus perchas de alambre y envueltos en sus fundas de plástico.

Al principio se limitó a agradecérselo con una sonrisa. La chica le hacía gracia, qué carambas. Luego la cosa se complicó, quiso pagar con su tarjeta de crédito, y de repente, al solicitar esta su PIN se le evaporó el recuerdo de aquellos cuatro números que de tantas veces como los había tecleado creía ya inolvidables. Eso originó un largo diálogo entre él y Miren, empeñada en solucionarle el problema a toda costa. Afortunadamente no había más gente en la tintorería, lo cual propició que ella ofreciera toda esa retahíla de consejos elementales que se le ocurren a cualquiera, pero que se agradecen especialmente cuando vienen de una joven rubia y de hechuras apretaditas que huele a hierba recién cortada.

-No preocuparse- le decía- Probar otra vez.

Probó varias veces. Tarjeta bloqueada. Tuvo que salir sin sus trajes limpios, buscar una sucursal de su banco, hacer un talón de ventanilla, que sólo le exigía mostrar su DNI y firmar, y llevarse dinero en metálico para pagarle a Miren y retirar sus trajes Tres días después se encontraron en la parada del autobús. Ella salía de su media jornada, iba en la misma dirección que Diego, ambos descendieron en la misma parada. El le invitó a una Coca-Cola, aunque ella acababa de descubrir el Madrid castizo y prefirió un vermú. Era raro que a esas alturas de la vida, a este abogado retirado que ahora dedicaba su tiempo libre ayudando al Colegio de Huérfanos del Ferrocarril volviera a sentir mariposas en el estómago por culpa de una mujer, y menos si esta aparenta al menos cuarenta años menos que él. Pero estas cosas pasan en la películas, y a veces lo que pasa en las películas ocurre en la vida misma.

2

Sin embargo lo que no pasa ni en las películas es lo que le sucedió a Diego en su primera noche de amor con la tintorera. Cuando después de las tradicionales maniobras preparatorias el viejo abogado se adentró en las intimidades de Miren y pretendió bajarle las bragas, encontró un inesperado obstáculo en forma de extraño aparatito del tamaño de un mando a distancia de garaje. Se quedó paralizado. Tampoco se inmutó Miren, hermosa en su semidesnudez de esfinge muda. El pobre hombre no veía mucho en la penumbra, pero de repente aquel extraño broche que cerraba el acceso carnal a su amada se iluminó como la pantalla de un teléfono móvil y mostró este mensaje: INTRODUZCA SU CLAVE.

Diego se quedó literalmente aterrado. Cuando pudo reaccionar, cogió sus pantalones y sus zapatos y salió corriendo del hotel como alma que huye del diablo.

3

Que paren el mundo, que me apeo – se decía mientras vagaba por la ciudad dormida sin saber a dónde ir. Aquel soplo de aire fresco que supuso en su día el descubrimiento de Miren acababa ahora en una amarga meditación sobre el signo de los tiempos.

-¿Adónde llegará esta obsesión por el control y la seguridad de todo? ¿Habrá límites para la audacia y la impertinencia de la tecnología?…¿Llegaremos a hablar de la gilipollez global a la que nos conducen los excesos del progreso?…

Siguió paseando sin rumbo hasta que amaneció. Pasó ante la iglesia de la Santa Cruz, donde precisamente fue confirmado tras su primera comunión. ¿Cuántos años hacía ya que no se confesaba? Ni se acordaba. Fue hijo de una educación religiosa, casi un integrista, hasta que la vida le convirtió en un escéptico.

-Las cosas cambian, claro-se lamentó recordando el fiasco de Miren- Pero ahora a falta de nadie en quien volcar mi angustia…¿por qué no contárselo a un cura, que al fin y al cabo tiene que escuchar a quien se le acerque? A lo mejor encuentro ahí un amigo, o un piscólogo, que falta me hace.

Se aproximó al confesionario. Y cuando estaba a un paso de arrodillarse ante una de sus celosías laterales, se descorrieron unas cortinillas que ocultaban un monitor en cuya pantalla táctil se podía leer el siguiente aviso:

INTRODUZCA SU TARJETA DE BUEN CRISTIANO Y SU PASSWORD Y SELECCIONE EL IDIOMA EN EL QUE DESEA SU CONFESIÓN

4

Lo siguiente fue dirigirse corriendo al Viaducto, trepar con muchas dificultades por las mamparas de metacrilato que disuaden a los suicidas, asomarse al vacío y dejar caer su cuerpo para estrellarse contra el duro asfalto de la calle de Segovia. Entró entonces en ese túnel que conduce a la luz y a la paz absoluta descrita por los que han regresado del más allá. Y cuando, a pesar de su última decisión, Diego sospechaba que Dios había hecho la vista gorda y le iba a recibir en su seno, sobre la misma nebulosa del paraíso se dibujó este mensaje:

BIENVENIDO AL CIELO. PARA DISFUTAR DE LA GLORIA ETERNA, INTRODUZCA SU GRUPO, USUARIO Y CLAVE Y ESPERE

No le dio tiempo a caer en un estado de histeria porque en ese momento despertó de su pesadilla. Y eso explica que al entrar su asistenta para hacer la casa como todas las mañanas, le sorprendiera llorando de la emoción delante de un cepillo de dientes, un cortaúñas, un lapicero, un sacapuntas, y los platos y cubiertos del desayuno, a los que el pobre abogado desnortado agradecía su sencillez y su fidelidad.

-Gracias, gracias por seguir pensando en el ser humano- les decía Diego como si aquellos objetos pudieran entenderlo- Gracias por funcionar sin pins, contraseñas, paswords, claves y otras putaditas que nos impone la esclavitud del progreso.

La asistenta lo miró pasmada.

 

 

 


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