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Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

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Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

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Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

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Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

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No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

Punset y el meñique dolorido

Eduard Punset es un genio que tiene remedios para casi todo...

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La puñalada trapera que cada día nos tiene reservada la existencia puede sobrevenir de la manera más tonta. Por ejemplo, esta mañana el incauto Homper no se acordó de que andaba descalzo por su habitación, y de que la pata de la cama estaba justo allí, velada por un edredón generoso que llegaba hasta el suelo. Hizo un movimiento inoportuno, metió el pie izquierdo por la zona prohibida y de repente el dedo meñique chocó violentamente contra ese obstáculo criminal y dolorosísimo que sustenta la paz de nuestro sueño.

-La madre que la parió –clamó para sus adentros mientras veía las estrellas.

Qué absurdo, invocar a la madre que parió a una pata de una cama desalmada. Pero en esos momentos de dolor intenso y súbito, sin saber qué harán los demás, Homper presume que la reacción natural del hombre es desahogarse con algún insulto, algún exabrupto, algún epíteto malsonante. Durante algún tiempo, en ocasiones como esas, Homper prefería una frase tan absurda como me cago en los cojones de Witiza, pero ahora es consciente de que ese desahogo puede no ser respetuoso, ojito con los radicales, que siempre hay un integrista de mal carácter dispuesto a amargarte la vida por una chorrada de este jaez. Así que cargó contra la pobre madre de la pobre pata de la pobre cama, qué culpa tendría ella de estar allí, y se sentó sobre el lecho para apretarse el meñique contusionado mientras trataba de imaginar qué remedio cerebral aplicaría el gran Eduard Punset en este trance.

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Punset no dejó una profunda huella en el recuerdo de los españoles mientras fue ministro. Es cierto que le aureolaba una cierta fama de tipo original y genialoide, y que irradiaba simpatía, pero posiblemente esta no trascendió de la clase política o de los sectores empresariales entre los que se movía. Sin embargo supo alejarse del poder y reciclarse como divulgador científico. No sólo eso: gracias a su personalidad ha caído en gracia  hasta haberse convertido en un icono mediático. Suena un poco gilipollesca la expresión, pero es así.

Homper confiesa que nunca sabe si lo que divulga tiene mucha base, pero está convencido de sin duda tiene mucho encanto, y de que la gente está deseosa de escuchar remedios casi esotéricos como los que él predica. Eduardo Punset, que ahora es Eduard, hace uso de su magnífica voz, de su expresión de niño maravillado , de su limpia sonrisa y de ese cráneo einsteniano que envuelve su indudable talento para vender felicidad a nuestro alcance con el mismo poder de seducción que si fuera un genio bueno de El señor de los anillos. No sabe Homper si ha sanado con  sus charlas y sus libros muchas almas malheridas o si es la  reencarnación de un placebo colectivo, pero algo tendrá su agua cuando tantos la bendicen y hasta Bimbo le convierte en estrella publicitaria para vender más pan de molde. Nunca nadie pudo imaginar que un ex ministro llegara a tanto. Homper recuerda que hace unos años le escuchó a Antonio Gala sorprenderse del enorme impacto popular y emocional que inopinadamente había conseguido con su literatura.

-En muchos sitios donde voy a firmar mis libros –dijo el escritor- me quieren, me aclaman y me pasean como si fuera un santo.

Afortunadamente, piensa nuestro Hombre Perplejo, no sólo de artistas de cine y de futbolistas se alimenta nuestro imaginario.

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La esperanza es que ayer mismo, Homper había leído en un  colorín dominical el consultorio en el que Eduard Punset hace de Señorita Francis, pero más ilustrado, y responde a los seguidores que le cuentan su problema. ¿Qué hacer para superar el desamor? –le planteaba alguien. Y Punset responde: “según los neurocientíficos, volver a enamorarse”. O sea, algo tan viejo como aquello de que una mancha de mora con otra mancha se quita. Pero luego viene lo novedoso, el hallazgo de los sabios del alma y del cerebro. “Para volver a enamorarse, hay que desaprender”.

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Desaprender es la clave. Se podría decir olvidar, que es más sencillo, pero psicólogos y publicitarios se han tomado la molestia de enrevesar lo evidente y ahora no olvidamos, sino que desaprendemos, que queda mucho más científico y mucho más fino.

Y Homper se ha quedado perplejo de la eficacia de tal simpleza, pero la receta de Punset le ha despejado el horizonte. Ahora él sólo tiene que desaprender a moverse descalzo alrededor de las patas de la cama. Y, por qué no pedir más peras al olmo, solicitar a las terminales nerviosas del cerebro que, si no les sirve de molestia, le permitan también desdolerse de ese golpe que le ha machacado el meñique.

Espejos rotos

Definitivamente, no eran de fiar esos espejos maravillosos que vendieron al pueblo ingenuo...

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Aquella mañana a Homper le dejó perplejo la imagen que le reflejaba el espejo. Donde antes veía a un hombre mayor pero alto y bien parecido, tipo Clint Eastwood o Harrison Ford, ahora se veía él. Un ciudadano corriente que no guardaba más parecido con las maduras estrellas de Hollywood que el color de su cabellera. Qué decepción.

Llamó a la vecina de arriba, Barbarita.

-Hola buenos días, vecina.

-Por decir algo.

-¿Cómo te ves?

-Fatal. Me estaba mirando al espejo cuando por detrás apareció  un motorista y me entregó la carta de cese.

-No me digas.

-Ya te digo. Y no sólo eso, sino que a continuación me requisó el coche oficial para subastarlo

Barbarita había sido hasta ese momento Consejera de Buen Rollito, un departamento fundamental para vertebrar las políticas sociales de la Comunidad Autónoma. Hasta ese momento había llenado muchos reportajes en revistas y colorines  dominicales con sus audaces propuestas para hacer más moderno y progresista nuestro estado de bienestar. Pero ahora la carta de cese citaba argumentos como la crisis, el déficit y la ejemplaridad para amortizar su puesto y darle la patada.

-Indignante –rezongó entre sollozos- Tan mal me ha sentado que he lanzado contra el espejo el tarro de caviar que abrimos anoche.

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Los espejos parecían haberse vuelto locos, y se rebelaban contra los que en ellos se miraban. En lugar de reflejar la Arcadia feliz, el país de Jauja y el cuerno de la abundancia se empeñaron en devolver la imagen de una cruda realidad que nos remitía a los años de posguerra.

Alarmado por lo que le había contado Barbarita, Homper siguió llamando a sus vecinos, y se fue enterando de otros casos anómalos de espejos insurrectos. Benito Córcoles, que había conseguido una beca oficial  para desarrollar en Nueva Zelanda su tesis doctoral sobre Una muestra de la evolución de las especies de baile en el marco de la globalización: afinidades rítmicas entre la jota aragonesa y la danza de los maoríes vio esa mañana en el espejo algo bien distinto.

-Es la ostia, Homper- dijo. No le bastaba con el acabose, o el colmo, tenía que ser la ostia, que es la palabra/comodín de moda para los que hablan mal- Yo que soñaba en vivir como un príncipe y pasarme un año de puta madre en las antípodas me he visto a mí mismo labrando un campo de cebollas en los alrededores de Parla. Y no creas, con azada. Ni siquiera un tractor ni un motocultor…¿A dónde vamos a llegar?

Finalmente Homper se enteró de que al pequeño Iván, un niño que esperaba pedir a los Reyes un videojuego, una bicicleta y una pulserita para Disneylandia, el espejo también le dio una desagradable sorpresa. Salió el chaval de la ducha, y al limpiar con la toalla el vapor de agua que lo empañaba, distinguió entre las brumas a un tipo barbado con aspecto de Melchor de pacotilla de esos que improvisan en los comercios de medio pelo cuando llega la Navidad. El fantasma traía en sus manos un caballo de cartón.

-Lo siento, Ivancito –le dijo mientras se lo daba al niño- No es lo que esperabas, pero de verdad que no hay para más.

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Todo parecía reflejar una desagradable realidad. Pero aún fue peor lo que pasó a continuación. De repente, el espejo de Homper, el de Barbarita, el de Benito Córcoles, el de Ivancito y todos los demás espejos en los que se miraba la gente estallaron en mil pedazos mientras atronaba desde la bóveda celeste una voz burlona con ecos apocalípticos.

- Todos como Ivancín…¡Sois como niños!–dijo la voz tonante antes de prorrumpir en una siniestra carcajada.

Y en lugar  de aquella utopía engañosa que habían venido reflejando hasta entonces, por la ventana de los espejos rotos asomaron los espectros de todos los irresponsables, políticos, banqueros, especuladores, mercachifles y demás tramposos que habían suministrado al pueblo ese otro opio llamado por algunos estado de bienestar.

El cuento de Rubalcaba y el colador chino

Fui el primer escritor que identificó a Rubalcaba con un colador chino, pero la cultura oficial no supo apreciar mi imaginación...

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Debo decir que soy un aprendiz de escritor. Me apunté a una escuela de Escritura  Creativa, donde una profesora muy atractiva y un argentino calvo me contaron más o menos que escribir puede ser sólo cuestión de estilo, pero que para ser escritor hace falta haber viajado, haber leído muchísimo, conocer algo de algún tema interesante  y, como poco, tener mucha imaginación. Lo primero y lo segundo quedaban fuera de mi alcance,  de lo tercero  sólo se que no se casi nada. Y  no me puedo imaginar cómo se gana la imaginación. Al nacer me encontré con lo puesto, y no se si he sido capaz de desarrollarla. Sólo se que se me ocurren algunas cosas que los demás consideran extravagantes.

Por ejemplo, veo una cara y enseguida  la interpreto de una manera original. Muchas de las caras me llevan a objetos. Algunas otras, a especies animales y, más aún,  a otras ideas inverosímiles.  He visto caras de  de ardilla, de picaporte, de nenúfar, de cumulonimbus  y de signo de interrogación. Otras caras me sugieren procesos químicos o incluso sucesos históricos. La dueña de una papelería de mi barrio tenía cara de electrólisis, y el sastre que  hizo mis primeros pantalones a medida llevaba en su rostro el Compromiso de Caspe. Se que es difícil que en un rostro se pueda ver el Compromiso de Caspe, pero eso es porque no nos lo proponemos. Si a alguien  te dice que hay que ponerle una cara humana a ese  hito histórico, encontrarás a algún Compromiso de Caspe andante en el mismo tramo de la calle  donde vives.

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Lamentablemente, este es tiempo de decepciones. Pensaba que ahora que  con la crisis se recorta todo se iba a primar al menos la imaginación. Eso pensaba  cuando mi escuela de Escritura Creativa  convocó entre sus alumnos un certamen de cuentos imaginativos. Lo de imaginativo ya se que es una redundancia, pero la secretaria de la escuela no lo tuvo en cuenta, y lo incluyó en las bases del concurso. El cuento ha de ser imaginativo.

No pareció muy serio, pero lo di por bueno porque quería ganar el premio como fuera.

Inicialmente se me ocurrió una historia de trasfondo político. La historia era la de un tirano sudamericano que después de haber abusado de todas sus secretarias y de haber violado a varias campesinas previamente aleccionadas por un corrupto funcionario del Catastro, empieza a notar que le gusta uno de los centinelas del cuerpo de guardia del palacio presidencial. Entonces el tirano se da cuenta de que no es que haya salido del armario, sino que desde niño llevaba encapsulado en su cuerpo un organismo de mujer.  Se va a Nueva York  para que le hagan una operación de cambio de sexo, y una vez convertido en señora presidenta se casa con el centinela.

Pero ¡ay!, la feminidad suaviza sus formas y cambia sus sentimientos. En el filo del  bisturí del cirujano debía de haber una semilla de ternura que fructificó dentro de ella. Así que se convierte en una mujer sensible, delicada y volcada en los demás, por lo cual pierde categoría como tirano/a. ¿Dónde voy ahora siendo una tirana de buen corazón? –se pregunta desolado/a ante el espejo al ver que ha perdido su identidad.  Consciente de que su personalidad se ha desleído y de que ya no es nadie, se tira a su amado centinela por última vez, lo estrangula en el momento del orgasmo y continuación se mete en la bañera llena de agua caliente y se abre las venas con el canto de un CD de Armando Manzanero. La tirana descafeinada muere desangrada mientras escucha Esta tarde vi llover.

Lamentablemente, aunque se me ocurrió, no llegué a escribir el cuento. Lo que propició la siguiente decepción.

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En cuento que presenté al concurso, el protagonista es un asesor de imagen de Rubalcaba. Se podría decir que, como yo, es un hombre de ideas desconcertantes. Pero,  a diferencia de mí, él es osado y persuasivo, capaz de venderle hielo a un esquimal. Un día mientras compra unas pilas en un bazar  ve en la sección de menaje del hogar un colador chino y siente que su mente se ilumina. De repente ha descubierto que Rubalcaba tiene cara de colador chino. Hasta el momento le veía un cierto aire de Fu-Manchú de película de serie B, pero ahora comprende que en realidad es un colador chino humanizado.

-Eso será el mensaje que debe transmitir en la campaña. Y así es como debe presentarse en el debate, porque los coladores chinos hacen maravillas.

El asesor convence al jefe de campaña de Rubalcaba para que el candidato corrija los ya conocidos movimientos de sus manos de la siguiente forma: en una de ellas mantendrá el colador chino por el mango, mientras con la otra hará la mímica de coger los problemas que tiene España, meterlos en el colador y depurarlos en éste manejando el émbolo de madera con el que los machaca hasta reducirlos a algo suave y ligero que la crisis sí puede digerir. Rubalcaba es un experto ilusionista, y con su colador chino los males de la patria pasarán fácilmente.

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En el cuento le compraron la idea, y Rubalcaba no sólo ganaba el debate con Rajoy, sino también las elecciones generales. Rajoy, por cierto sólo tenía cara de puño de paraguas antiguo, a la que era difícil sacarle partido. Es comprensible que pierda: sólo llueve de de vez en cuando, y además los puños de paraguas de ahora ya no dicen nada.

Pero el jurado del Premio del Cuento Imaginativo no le prestó la menor atención a mi cuento. Uno de sus miembros me comentó off the record  que era una soplapollez, y que lo del realismo mágico o el surrealismo hiperbólico estaba pasado de moda. El premio se lo acabaron dando a un cuento titulado El transexual de las flechas. Era una historia calcada de la que yo deseché, con la única diferencia de que el protagonista, en lugar de tirano sudamericano, era una falangista de los que tiñeron de sangre nuestra agitada memoria histórica.

-Eso ahora vende mucho más, muchacho.

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Qué  nueva decepción. Tanto fomento de la escritura creativa para acabar en esto.

Y qué falta de perspicacia la mía. Ahora sólo soy un aprendiz de escritor, y la cosa puede pasar. Pero cuando sea un escritor de verdad no volveré a obcecarme con metáforas como la del colador chino, que sólo los tipos raros como yo apreciamos. Únicamente escribiré más  historias truculentas del franquismo, que es el venero más seguro de la literatura actual y, además,  lo que se premia.

Es una pena claudicar así a la moda. Porque si, valga la redundancia,  llego a colar lo del colador chino de Rubalcaba,  quizás los expertos en comunicación se habrían dado cuenta de que hay formas de animar esa cosa tan aburrida y previsible que son los debates electorales.

El hombre que ponía notas en Encanto

Aquella mujer que sacó tan buenas calificaciones a lo largo de su carrera, necesitaba ahora buenas notas en lo que fuera. Aunque sólo fuera en Encanto...

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Sonó el teléfono mientras él desayunaba sus tostadas y por la línea del horizonte aún no había despuntado el sol de otoño.

-Ponme  una buena nota , por lo que más quieras -escuchó que le decía al otro lado de la línea una voz trémula y delicada, casi al borde del sollozo – De verdad que lo necesito.

Javier se quedó helado. No había dado ni los buenos días, y sólo alguien de mucha confianza se atrevería a ser tan directo. Intentó localizar el origen de esa llamada angustiada. ¿Era ella?…¿La más famosa del curso?. Sí, tenía que serlo. La reconocía porque  raro era el día en que esa misma voz no tenía que dar explicaciones a la opinión pública. Ella, tan tímida, tan discreta, aparentemente tan fría.

-¿Elena?-titubeó a- ¿Eres tú?…¿Cómo has dado conmigo?

No podía ser otra. Según ese ranking que de vez en cuando reproducen los colorines dominicales para recordarnos el creciente peso de la mujer en nuestra sociedad, Elena era, después de Ana Patricia Botín, Rosalía Mera y las Koplowitz una de las mujeres más poderosas de España. No le habría costado mucho por tanto localizarle.

-Eso es lo de menos, Javier-dijo ella- No importa saber cómo he dado con tu teléfono. Sólo quiero que abras tu libreta y me repitas la buena nota que me pusiste en marzo de 1969. Y te prometo que no volveré a amargarte el bocadillo de mejillones, como aquel día…

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Es verdad, ella fue tan borde y cortante que le amargó su desayuno favorito, café con leche y bocata de mejillones, siete pesetas de la época en el bar de la Escuela de Ingenieros Industriales. En esa escuela coincidieron los dos, con distintas visiones de la vida, por cierto. Él se apuntó esa carrera por tradición familiar y por inseguridad propia, pues ya había descubierto que lo que le hubiera gustado es ser funcionario del Cuerpo de Señales Marítimas, ganar una plaza de farero y escribir poesía frente al mar. Ella no daba puntada sin hilo: era inteligente, bajo su apariencia frágil ocultaba un temperamento fuerte, y quería reivindicar el papel de la condición femenina y demostrar que  una mujer podía llegar más lejos y mandar mejor que cualquier hombre. No estaba en la Escuela para frivolidades.

Y frivolidad, casi un insulto, le pareció que Javier, que lo aprobaba todo sin aparente esfuerzo, pero que confesaba que la ingeniería le importaba un bledo, se dedicara a observar a las compañeras y a calificarlas semanalmente en una asignatura inventada por él.

-Esta semana te he dado un 9- le dijo aquella mañana de marzo de 1969.

-¿Cómo?-preguntó ella mientras untaba la mermelada en su tostada- ¿Que me has dado un 9?…¿En qué?

El carraspeó y sacó del bolsillo de su chaqueta una libreta de octavo con las cubiertas de hule negro. La puso sobre la mesa y se la alargó mientras  bajaba la mirada.

-En encanto –susurró sin atreverse  a mirarle a los ojos. Y mientras ella ojeaba el insólito libro de calificaciones el siguió explicándose- Yo ponga notas a mis compañeras en una asignatura llamada Encanto. Verás, me fijo en todo…En fin, en su aspecto personal, en su sonrisa, en su actitud, en su misterio para inspirarle a uno…

Javier hubiera querido llegar a insinuar: en su atractivo. Hubiera querido decirle, sin rodeos: pongo la nota más alta a la que me gusta más, y la que me gusta más es una chica de Orense rubia, menuda, de apariencia frágil y de sonrisa limpia que se llama Elena. Y que además es lista, aunque quizás no sea la más simpática del curso…

Hubiera querido decírselo. Pero casi cuarenta y dos años después de aquel desayuno, Javier sólo recordaba que, ante semejante ocurrencia, ella puso cara de señorita Rottenmeyer, le tiró la libreta a la cara y le dejó plantado sin darle siquiera las gracias por el café.

-¡Machista!-fue lo último que le escuchó.

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Lamentablemente el mundo era ahora una confabulación contra la única ingeniera industrial que había llegado a ser vicepresidenta de Asuntos Económicos de un gobierno europeo. Lamentablemente, de un tiempo a esta parte, a Elena Salgado sólo le daban muy malas notas, y cada vez que comparecía ante las cámaras y los micrófonos para justificarlas parecía que su rostro de fina esfinge iba a romper a llorar. Era una desgracia, pero en tres días FITCH, STANDARD & POORS y MOODY´S le habían rebajado la calificación de la deuda soberana de España, por lo mal que esta hacía sus deberes.

-Ponme buena nota, aunque sea en Encanto-suplicaba por el teléfono con la voz entrecortada por el llanto- No aguanto más, Javier. Olvida el pasado y ponme buena nota, aunque sea mentira…

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Al fin y al cabo él era ahora sólo un jubilado, y su vieja libreta de calificaciones se leía tan poco como los libros de poesía que había publicado. O sea, nada. ¿Qué más daba mentir?

-Tranquila, Elena. Te he puesto un diez.

-¿Mejor nota que la que me pusiste entonces?

La voz del teléfono parecía ahora la de una mujer ilusionada.

-Claro –afirmó Javier- Ahora he tenido en cuenta que, además de lista y mona, eres dulce y simpática.

Le faltó añadir que era una chica muy maja. Pero comprendió que tampoco hay que pasarse, que eso le sonaría a piropo antiguo y vulgar, e incluso podía ofenderla. Y que, además,  hasta lo inverosímil tiene sus límites.

Nos ponemos estupendos

Aún nos sacamos los mocos cuando conducimos y tenemos que parar en un semáforo rojo. Pero no hay duda de que nos estamos poniendo estupendos...

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El disco se puso rojo, y Alicia aprovechó la pausa para observar a los demás automovilistas que se habían detenido a su alrededor. En una foto instantánea, a base de imaginación y con la única pista que daba su aspecto y la distinta calidad y cilindrada de sus vehículos, Alicia  había creído reconocer  a un alto ejecutivo, a un jefe de compras de de un supermercado, a un administrativo, a un jubilado, a dos estudiantes, a un carnicero, a un músico de jazz, a una secretaria, a un catedrático y a un musculitos de gimnasio.

No todos guardaban la misma compostura. Dos de los hombres hablaban, se supone que por el teléfono sin manos de su coche, uno se rascaba una ceja, la señora se miró al espejo de cortesía y se pasó el lápiz de labios, y uno de los presuntos estudiantes se manipulaba sus partes sin el menor pudor.

El resto se sacaba mocos con la mirada perdida.

-Con esa cara tan trascendente que ponen podrían aprovechar para filosofar-pensó Alicia- Pero no hay manera. Hasta los de los coches de lujo se entretienen en hacer albondiguillas.

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Alicia era licenciada en derecho y económicas, y hablaba bien el inglés el francés y el italiano. También se desenvolvía en alemán. Sólo había conseguido sin embargo un contrato temporal como ayudante de la subdirección de marketing de una multinacional del automóvil. Viajaba en coche de empresa por la largueza de su director financiero, que le había conseguido un anticipo de tres mil euros para que comprara un utilitario de tercera mano y pudiera desplazarse diariamente a la oficina, a veintitres kilómetros del centro de la capital. El cascajo, coloradito y sin tapacubos, era literalmente un coche de empresa. Al menos hasta que Alicia devolviera el préstamo.

Pero eso no desanimaba a la joven trabajadora. Consciente de que hoy día las fábricas de automóviles compiten en ofrecer en todos sus modelos de lujo extras, muchos de los cuales ni se sabe para qué sirven ni se ponen en funcionamiento jamás, se había atrevido a mandar un memorando al departamento de diseño de la central en Alemania sugiriendo que incorporaran a la consola de mando de los coches un invento revolucionario e indispensable para el automovilista español que se le acababa de ocurrir.

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El invento lo tituló: PROYECTO SNOTER.

Snot en inglés significa moco. Dado que el argot automovilístico está lleno de anglicismos y que además snoter sonaba (y nunca mejor dicho lo de sonar) más elegante que moquero, Alicia creía que un pequeño aspirador de secreciones nasales con terminal adaptada al tamaño de los orificios de la nariz podía evitar el penoso espectáculo de los conductores sacamocos y el deterioro de la imagen de marca de los coches que conducían.

-Bastará con que introduzcan la boquilla del aspirador en el orificio obstruido y aprieten un botón para que las molestias nasales desaparezcan en un instante- explicaba en su memorando- Así, en lugar de sacarse los mocos a dedo limpio (malo) o tocarse los cojones (peor aún), los conductores podrían aprovechar los discos rojos para liberarse de ese engorro nasal con la misma discreción y coquetería con la que, por ejemplo, perfilan sus labios  las señoras que cuidan su aspecto.

-Todo sea por nuestra imagen de marca –concluyó en su informe.

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Un mes después de haber enviado su memorando,  los discos rojos que se interponían entre su casa y su oficina seguían dando diariamente el penoso espectáculo de los conductores sacamocos. En opinión de Alicia, la determinación de éstos era directamente proporcional al lujo de sus automóviles. A mejor marca y modelo de más alta gama, más aplomo y actitud desafiante se observaba en las maniobras digitales.

-Estos son mis mocos, ¿pasa algo?-parecían decir los conductores poderosos con su cochino gesto.

Lamentablemente, Alicia no había recibido de Alemania respuesta alguna a su proyecto. No es que la promocionaran de puesto, ni que le mejorasen un euro su sueldo miserable. Es que su propio jefe le había avisado de que estas iniciativas siempre iban directamente a la papelera de cualquier dirección que se precie.

-Ali, guapa –le dijo- Tú eres una chica lista, y si no me escuchara nadie te diría que estás buenísima. Pero lo del  PROYECTO SNOTER es una gilipollez. ¿Cómo le vamos a insinuar al comprador que es un maleducado y que se saca los mocos en el coche?

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Un disco rojo más allá, y en el informativo que transmitía la radio de su cascajo coloradito, Alicia escuchó tres noticias que le dieron qué pensar. Una noticia hablaba de la gobernanza del consejo regulador de nosequé.

-Antes se decía gobierno, o gobernación. ¿Mola más la palabra gobernanza? ¿Tiene más estilo?

Eso no dejaba de ser una anécdota semántica con tufillo a eufemismo tonto . Pero las dos noticias siguientes eran menos frívolas. A Miguel Carcaño, confeso violador y asesino de Marta del Castillo al que se le debía empezar a juzgar hoy, no se le pudo tomar declaración por las hábiles maniobras dilatorias de sus abogados defensores. Pobre chico, no se vaya a quedar sin garantías. Y entretanto se inauguraba en San Sebastián un consejo de notables en materia de terrorismo para pedir a ETA que deje de matar, y a los gobiernos de España y de Francia que, si no les sirve de molestia, se pongan a hablar con los asesinos de ETA y arreglen los problemas pendientes. Mayormente los de sus presos, que como no tuvieron la suerte de morir, como sus víctimas, ahora se aburren mucho en las prisiones lejanas. Nuestra sociedad, que  de pura exquisitez moral se está poniendo tan estupenda como Max Estrella.

-Jó, qué sensibles somos -suspiró Alicia mientras se acordaba de aquel principio de in dubio pro reo que estudió en Derecho Penal- In dubio pro reo, in dubio pro getas, in dubio pro frescos…¿Como van a escuchar  lo que piense una chica como yo?

In dubio pro idiotas. Pero contentos, sabiéndonos estupendos.

El vaso de Nerón y otras joyas de nuestra cultura

De las extravagancias de Nerón cualquier escritor audaz puede hacer un best seller...

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Una arqueóloga descubre entre las piedras sillares de un viejo molino un pequeño cofre que contiene un vaso de vidrio y en su interior un parche para ojos tuertos. El vaso lleva grabado la letra N, mientras que en la cinta del parche se adivinan las iniciales A.M. C. El extraño hallazgo excita la curiosidad de Genarina, que en realidad buscaba en la zona  restos iberos. Genaranina está obsesionada por la incidencia de los fenómenos paranormales en el curso de la historia, de manera que se pone a a investigar y después de dos décadas tirando del hilo llega a la conclusión de que el vaso, que por la calidad de su vidrio se puede datar en el siglo I de nuestra era, es el que usaba Nerón para guardar sus lágrimas. Desde Quo Vadis, efectivamente, toda la humanidad sabe que el emperador, aunque fuera cruel, también era llorica.

Por otra parte, el parche de ojo resulta ser el de Ana Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli. La coincidencia  parece un absurdo, pero Genarina sigue estudiando el caso y un día comprende que Nerón, arrepentido de haberse portado tan mal con los cristianos de Roma, fue abducido por las fuerzas del bien residentes en Paramia, una estrella situada a tres millones de años luz, y realizó un viaje astral de quince siglos para entrar en contacto con esta afamada tuerta, a la sazón amante de Antonio Pérez y muy cercana al rey Felipe II. La princesa había ofrecido al rey prudente los servicios de un Nerón reconvertido para hacer una Contrarreforma en toda la regla, con el rigor y la severidad que exigía la herejía luterana. Una labor para la que el desalmado emperador romano, que sólo tendría que cambiar la dirección de su innata vesania, era el baranda indicado. El papa y el católico rey de las Españas se encomendaron a Dios y dieron el visto bueno, porque, como subraya el propio libro, “el fin hay veces que justifica los medios”.

Pero la CIA, que desde hace diez años ha rehabilitado en secreto la máquina del tiempo de H. G.Wells, media en el asunto. Tiene reservada para la intrépida pareja la misión de infiltrarlos en La Meca  y generar desde allí una célula de activistas que acabará con Al Quaeda. El hombre clave es su agente Brad Trochows, educado a los pechos de la Stasi y más tarde de de Putin  y vendido a los a yankis por un duplex en la Quinta Avenida, un paquete de acciones de Walt Disney Produccions y la colección de bragas de Mae West que ha cedido generosamente para el soborno el rijoso millonario Alistair Sobornes. (A cambio, todo hay que decirlo, éste obtendrá la licencia de explotar una mina de diamantes en la Libia de Gadaffi, a punto de caer). Sin embargo, cuando Brad inicia el conjuro utilizando el vaso de Nerón, un inoportuno estornudo le provoca un movimiento brusco, el vaso cae y la joya arqueológoca queda rota en mil pedazos, dando al traste con la operación.

La solapa del libro advierte que es “el nuevo fenómeno editorial de la novela de historia-ficción, un original e inteligente recorrido por las zonas más oscuras de la historia de la humanidad trenzada con una apasionante trama de intrigas, espionaje y misteriosos asesinatos ”, y asegura que ahí se desvelan las claves del amor lésbico que se sospecha que mantuvo Cleopatra con la cocinera de Marco Antonio, de la emboscada que acabó con Viriato, del asesinato de Rasputín y de la extraña muerte de Michael Jackson, aparte de apuntar pistas solventes para resolver el viejo problema de la cuadratura del círculo y de la piedra filosofal. Todo por sólo veinticuatro euros.

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El vaso de Nerón, que así se llama la novela, está firmada por Adriana Nevol, pseudónimo de Petra Gómez, periodista muy de izquierdas que pasó diez años de corresponsal en Moscú y veinte años predicando el marxismo-leninismo hasta que comprendió que la cosa ya no vendía un clavel, y que la mayoría de sus coleguis ponían un dedo al azar en el calendario de la historia, elegían un personaje más o menos conocido, investigaban en todo aquello que nadie había investigado nunca y que parecía poco probable que fuera investigado y se ponían a escribir una novela histórica que el público recibía con entusiasmo.

-Porque desengáñate, Petra-le dijo la ejecutiva de su editorial-La literatura pura es como agua que se escurre entre los dedos. Y la gente quiere aprender, aunque sólo sean tonterías.

La editorial apostó fuerte por El vaso de Nerón,  y hasta produjo un spot para la tele en la línea de esos trailers de películas de Hollywood que mezclan mitos, historia, verdad, ficción, churras, merinas, sinfonía de efectos especiales, algún guaperas como Johny Depp y Angélica Jolie y luego arrasan en taquilla.

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Al siempre susceptible Homper también le impresiona la manga ancha  con que ahora se cocina  la cultura que nos invade. Digamos que de este vale todo espiga como positivo el “algo queda”. Del famoso fenómeno El código Da Vinci él no entendió casi nada, y más bien le pareció una patraña o, como dice el castizo, una paja mental. Pero evidentemente sale a la palestra Leonardo y el supuesto misterio de su Última Cena.

-Menos da una piedra-se dice.

Y la transversalidad como método, que tanto vale para la educación como para la divulgación o la creación literaria O sea, empezar hablando del parche del ojo de la Princesa de Éboli y acabar, no se sabe cómo, en la lucha contra el terrorismo islamista. Amplitud de miras, curiosidad, imaginación y audacia sin límites para encontrar un hilo conductor más o menos verosímil y saltar sin barreras de un asunto a otro. El resto debería ser calidad. Pero más probablemente es promoción o pura suerte.

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Preocupado de que su estupefacción permanente acabe arrojando un saldo negativo o pesimista de su visión de las cosas, Homper se permite recomendar dos nombres de escritores que, lejos de la frivolidad voluntarista de Petra Gómez (perdón: de Adriana Nevol) hacen de sus escritos un viaje cultural siempre instructivo y a menudo fascinante.

Uno es Antonio Muñoz Molina, que hasta en sus artículos de crítica literaria –léase La fiesta interrumpida en el suplemento cultural de EL PAÍS de este último sábado- entretiene, deleita y enseña. Otro es Andrés Trapiello, un verdadero superdotado que tanto escribe poesía y gana premios de novela  como es capaz de elaborar en Las armas y las letras un magnífico ensayo histórico sobre nuestra guerra civil. No la cuenta él, la cuentan los periodistas y escritores, muchos de ellos desconocidos para el gran público, cuyos trabajos ha glosado con la curiosidad y el rigor de un auténtico erudito. Cuántos mitos destruye su investigación, y qué sorpresas se lleva uno leyéndolo con detenimiento. Homper ha encontrado con este libro mucho más placer que con muchos best-sellers. Pero tampoco se dejen llevar por sus consejos. Hay que descontar que, además de Hombre Perplejo, es algo rarito…

 

La baba nacional

Se puede mirar con respeto. Pero también con estupor, con ternura, con guasa, con piedad. Y, no se ofenda nadie, con rubor...

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Homper vuelve a quedarse perplejo. Super, super, super, superperplejo, como diría una niña pija. Hace ya tiempo que no hablaba de la tía Clota, la tía andaluza que fue profesora de español en Estados Unidos, casó con un granjero americano de Vermont, enviudó de él y se quedó a vivir para siempre en Nueva Inglaterra. Era la única tía que le quedaba, y hablaba con ella una vez a la semana utilizando el Skype. Pero anteanoche ella se despidió de él.

-Puede que sea para siempre, sobrino- le dijo mientras se tomaba una infusión en un mug decorada con la cara de Leonardo di Caprio- Ya me ha dicho el cirujano que este corazón tiene muy difícil arreglo. Fíjate qué pena si me muero en la mesa de operaciones sin haber visto nada de la boda.

-¿De qué boda, tía?

-De cuál va a ser…De la boda de la Duquesa. La gran fiesta de la baba nacional, ¿no?

No parece que le apenase mucho. La anciana está ya muy debilitada, y hecha a la idea de que su suerte final está al caer.

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Se quedó perplejo, como no podía ser de otra forma. La gran fiesta de la baba nacional…Qué manera de expresarse. Pero pronto comprendió que su tía conservaba su lucidez,  y que desde sus años y desde la distancia no tenía por qué andarse con rodeos.

-Se casa por tercera la Duquesa de Alba, 85 años –rumió Homper en sus pensamientos-  Está en su derecho de hacer lo que le venga en gana, el amor tiene razones que la razón desconoce (Pascal) y el amor no tiene edad, que lo cantaban en la zarzuela Don Manolito. Todo muy comprensible. Incluso plausible.

Y ella, la Duquesa, es una mujer liberada que a pesar de sus años aún cree creer en el amor. Y es simpática. Y generosa, según cuentan las personas han sido beneficiarias de su caridad y que hoy le felicitaban por la radio. Y divertida. Y pintoresca. Y es verdad que empieza a acusar su edad en algunos detalles poco amables para su imagen. Pero Homper está seguro de que lo de la fiesta de la baba nacional no lo decía la tía Clota porque a Cayetana se le pueda caer la baba, cosa que nos podrá pasar a cualquier a su edad. Sino por todas las demás babas que supuran de su boda.

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La mala baba (portada deINTERVIU, mensajes de Twitter poco piadosos con la noble enamorada). La baba de los aduladores profesionales. El baboseo asqueroso de los que se chotean de ella y luego la jalean como heroína del pueblo para vender sus revistas, sus programas de radio y televisión y los libros que se escriben a cuenta del personaje. Y la baba, la simple baba del tonto de baba que somos todos.

-¿Por qué voy a decir que el pueblo siempre es sensible e inteligente, si no soy político?-se dice el Hombre Perplejo.

Últimos detalles del esperpento. Los balcones con vistas al Palacio de Dueñas se llegan a pagar a 8.000 €. Y la eterna chiquilla que cree ser la novia se marca una rumba tambaleante ante la iglesia que  si, por una parte es ternura,  por otra parte resulta patética. Dos flashes iluminan el confuso pensamiento de Homper: el recuerdo de la cara de El bobo de Coria que pintó Velázquez. Y a continuación, la cínica razón con la que el fénix de los ingenios Lope de Vega justificaba su producción de comedias alimenticias en serie: El vulgo es necio y, pues lo paga, justo es hablarle en necio para darle gusto.

 -Tiene razón la tía Clota- concluye Homper- Todos necios, todos formamos parte del tinglado de la nueva farsa. Hasta yo, por entrar al juego y creer que mi punto de vista sobre la boda de la Duquesa puede ser de interés. Qué disparate.

Y al día siguiente de la boda, aún es noticia preferente la gran fiesta de la baba nacional.

Tristeza, balcón y gato

No le busquemos demasiados pies al gato...

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Mientras Obama se mosqueaba con la vieja Europa y la regañaba por no saber cómo combatir la crisis, algunos se entretenían analizando una foto de la ministra Carmen Chacón con la piernas cruzadas.

Presuntamente cruzadas, debe añadir este bloguero. Según algunos observadores maliciosos,EL PAÍS había trucado la foto, jugando con las piernas de la ministra para que parecieran otra cosa que lo que en realidad son. No se sabe si para favorecer su imagen o para fastidiarla y agradar a Pérez Rubalcaba, que le disputó la candidatura del PSOE y ahora es el favorito del periódico.

El Duende, alertado por un confidencial que denunciaba que ahí había busilis,  pasó un buen rato ante  la foto. Se acordaba de una extraña corbata de seda estampada que durante años se exhibió en el escaparate de una tienda de la calle Alcalá, junto al Teatro AlcázarEn el estampado de la corbata, bastante fea por cierto, se veía a una dama mirándose ante un espejo. Y a su lado, un letrero: “No es lo que parece”. El Duende se la quedaba mirando un rato y de repente, por no se sabe qué macabro efecto óptico, la dama ante el espejo se transformaba en una calavera. El Duende en este caso vio las piernas de la ministra algo forzadas por el deseo, tan femenino, de lucir lo mejor posible. Pero no advirtió nada raro en la foto.

Pensó que a veces nos empeñamos en buscar cinco pies al gato a casi todo.

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El día de un hombre jubilado se llena con experiencias variadas. Por ejemplo, con paseos, gestiones en la calle, conversaciones llamadas telefónicas, apretar los tornillos a la butaquita giratoria de IKEA en la que se sienta para escribir, pequeñas compras para la supervivencia, recuerdos que van y vienen y observaciones varias. También con noticias que a veces son buenas y, más frecuentemente, malas. Aparte de la bronca de Obama y de las piernas de la ministra Chacón, el día de ayer le sorprendió al Duende con una noticia tremenda. Unos amigos que habían sufrido la muerte de una nieta hace tan sólo cuatro cuatro meses, perdían en accidente de coche a otro nieto que estaba estrenando la juventud.

-Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa- dijo Woody Allen, probablemente en una ocasión como esta.

Dolor, indignación, confusión, tristeza. Vana curiosidad: ¿quién le explica a uno todos los trágicos porqués que nos va planteando la vida?

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Para momentos así, el Duende tiene un remedio impagable. Es sólo un balcón. Mejor dicho, algo más: es un horizonte panorámico, un paisaje que tiene historia y que probablemente alienta muchas pequeñas historias de los que ahí viven. Oxígeno para el alma aturdida. El horizonte abarca desde  los edificios históricos del viejo Madrid hasta su pequeño palomar, con el Manzanares de por medio, mucho arbolado y un pinar  que se extiende a sus pies.

-¿Y por qué pasan estas cosas?-suspira asomándose al balcón.

Se acodaba ayer en su barandilla y miraba el panorama mientras por dentro seguía hurgando en sus porqués. Creyó que las lágrimas le iban a nublar la vista, pero pudo distinguir entre los pinos a un gato negro  que retozaba con un papel que volaba al soplo del viento. Cuando el minino se cansó, se tumbó a dormitar entre la pinaza y la hierba seca. Cuánta paz ajena a cualquier dolor respiraba el momento. Entonces el Duende se acordó de Morito, el gato negro que ya vivía en la casa de sus padres cuando él nació. Morito ronroneaba junto al fogón de leña, y luego se estiraba y afilaba sus garras en las patas de la mesa de la cocina. Era muy manso, muy bueno, y se dejaba acariciar con el mismo mimo con el que ahora repasa uno sus recuerdos de la infancia.

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Caía la tarde. El gato negro del parque  seguía sesteando en la última mancha de sol mientras cruzaba volando una de esas bandadas de cacatúas verdes que ya se han hecho madrileñas. Y de repente la mirada hacía de ungüento: la vista le consolaba, el gato le distraía, la memoria le sonreía. Y aunque la trágica noticia le pesaba en el alma, sentía un cierto alivio. Quizás haya que aceptar con naturalidad que la carne de la vida se meche de amargura. Y respetando el sufrimiento ajeno, puede que  no haya más remedio que contemplarlo como la foto de la Chacón, sin sacar cinco `pies al gato del destino que nos entretiene.

(*) Hay quien busca “tres pies al gato”. Incluso parece que el propio Quijoteutiliza esta expresión. Pero huroneando en internet constatamos queSebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana mantiene que llo correcto y lógico  es hablar de cinco. Y lo legitima en verso: El normal, cuatro presenta/ Tres, si le falta una sola/ Y cinco si, quien la cuenta,/ toma por pata la cola

Bomberos del alma

A veces el Duende debería llevar un retén de bomberos en el bolsillo del alma...

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“Tengo sesenta y cinco años, una operación de apendicitis, tres de fontanería inferior, un cráneo al que se le ve el cartón y la manía de deslomarme los  fines de semana con la hoz, la azada y la podadera para ordenar la naturaleza que me rodea …Y a veces me pregunto: ¿qué hace un madrileño como yo  en esos afanes impropias de mi edad? No se… Será que pienso que hay que salirse de lo convencional”.

El Duende parafrasea a su modo un anuncio de la tele en el que un anciano que parece solitario y aventurero  se decide a comprar un exótico producto congelado de La Sirena. Al Duende hace ya tiempo que no le interesa nada la publicidad, pero lo cortés no quita lo valiente, y a veces reconoce que algunos anuncios son inteligentes y están bien traídos. El Duende, como el del anuncio, es un hombre que no sabe explicarse la mayoría de los porqués de su vida. Por eso admira a los que tienen respuesta para todos ellos y son positivos, están encantados de haberse conocido, dicen obviedades llenas de verdad, siempre saben lo que tienen que hacer y encima lo  hacen. Son felices, o al menos lo aparentan, y aún podrán serlo más.  De ellos, supone, será el reino de los cielos. Un reino, por cierto, que  él tampoco tiene nada claro.

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Partamos de la base de que airear estas cosas no le gusta al bloguero. ¿Y qué le importa a los demás lo que pasa por su mente? Pero hay días en que ni le tientan las noticias ni le apetece demasiado la ficción pura. Días o momentos, que el alma del Duende es como el filo de una sierra, un sube y baja constante, y a lo largo de las veinticuatro horas pasa del nirvana al infierno sin apenas darse cuenta. Despierta y a menudo se pregunta por el sentido de su vida. Luego juega con sus nietas  y se lo encuentra. Se van todos, se queda solo en el campo mirando la puesta del sol. Y cuando todo es quietud y la noche parece querer llegar en paz, algo se enciende en el valle. Es un incendio.

Lo peor no es este otro infierno de las llamas que devoran en un instante lo que la naturaleza y el hombre tardan tantos años y esfuerzo en crear. Lo peor es que ha sido la obra de un pirómano que este mismo fin de semana ya lo había intentado tres o cuatro veces en el término municipal de Candeleda. Como para terminar de animarle, vaya. Pirómanos. Maltratadores que apuñalan y matan a sus parejas. Terroristas e encubridores de los mismos. Cacos financieros e incompetentes que están arruinando la esperanza de muchos. Cínicos. Majaderos. Y uno, incapaz de sujetar esa marea que nos inunda, siente que está de sobra.

Se acuerda de la lucidez de Groucho Marx, que, como el Duende, no podría ser político.

-Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro.

Y, hastiado de que hay que seguir conviviendo con ella, está a punto de imitar a Dylan pidiendo al mundo que se pare, porque quiere bajarse.

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“Tengo sesenta y cinco años, buena salud, gente a mi alrededor que me aprecia,  como caliente todos los días, también me alimento de letras y de música y, aunque no lo parezca, me río a menudo.  Sólo tengo la funesta manía de pensar de cuando en cuando, y casi me da vergüenza decirlo”.

Sin embargo a veces, como el del anuncio, el Duende descubre cosas nuevas que le animan. Por ejemplo,  anoche soplaba viento del noroeste, y parecía imposible dominar aquel fuego endemoniado sin aviones ni helicópteros. Pero los bomberos forestales, qué merito el suyo, lo habían controlado a la una de la madrugada, y él pudo dormir tranquilo porque también le habían apagado su fuego interior.

-Cuanto más conozco a la especie humana –rectificando, que es gerundio- más hay que amar a los bomberos- pensó.

El lunes amaneció fresco y luminoso. Las rosas del jardín lucían como las mejillas coloreadas de la Blancanieves de Walt Disney. Y el bloguero deseaba sobre todo rematar este `post para salir a cortar las rosas secas,  recoger los huevos del gallinero, barrer las primeras hojas caedizas del otoño que se avecina y ponerse a luchar contra las zarzas. Activo como el viejo del anuncio, que va de surfista,  pero menos sofisticado. Menos mal que  contra la funesta manía de pensar se levanta la dichosa costumbre de vivir.

 

Los miradores de las casas de Cádiz

Miradores en los tejados de las viejas casas de Cádiz, donde se asomaban para ver regresar los barcos...

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Conoció Cádiz este bloguero de la mano de su amigo Félix, que le enseñó orgulloso los territorios felices de su niñez.  Y él le explicó una de las peculiaridades arquitectónicas de las antiguas casas de la Tacita de Plata.

-Mira-le dijo señalando una especie de garita circular que corona los  tejados más vetustos de la ciudad- Ahí se asomaban los gaditanos de antaño para  otear el horizonte y ver si llegaban los barcos que esperaban.

Ha esperado el Duende meses para escribir estas líneas. Y en ese tiempo, en el duermevela que precede al sueño y donde uno se balancea entre la realidad y la ficción, se ha visto varias veces subiendo de dos en dos los escalones que conducían a uno de esos miradores gaditanos para escudriñar el mar.

Normalmente el horizonte está nebuloso, ocultando entre sus brumas sueños y esperanzas. Pero  no lo puede evitar, siempre espera que cuando despeje la niebla aparezca en lontananza una figura que le devuelva la alegría. De pronto se dibuja en la grisura la silueta de un barco. Y poco a poco se puede distinguir una figura menuda que saluda desde el castillo de proa y sonríe. Ha valido la pena. Es Félix, vestido como esos marineritos  que cantaba Alberti  en sus poemas de juventud. Es el amigo, que regresa al puerto que le vio nacer.

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Marinerito. Félix fue siempre un hombre pequeño y enjuto que añoraba discretamente la claridad salada de su infancia gaditana. Andaluz intermitente, según le llevaba el destino del norte al sur,  genio risueño y zumbón, gran corazón constante en el tic-tac de vivir y, sobre todo, dejar vivir.

Tranquilo, pausado, viendo pasar el tiempo antes que anticipándose a él.

-La prisa no va con el señorío-pensaba.- Y el señorío no va con la prisa.

Debió de escuchar aquello de que la vida es un valle de lágrimas que nos contaban en el colegio como quien oye llover. Porque la alegría y la bonhomie le llenaban el alma.

-La guasa que tiene el niño- le jaleaban en Cádiz.

Todo tranquilo, con elegancia natural, sin descomponer la figura. La placidez le llenaba el alma. Quizás pensaba que no vale la pena vivir si la ansiedad te destempla  y arruga tu dignidad.

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Legendaria, para los que le conocimos, era esa anécdota que  de él se contó tantas veces. Si non é vera, é ben trovata.

Tenía Félix mucho apego a las sábanas. O no desmesurado amor al esfuerzo, por decirlo de otra manera. También tenía la suerte de haber nacido en una familia de posibles y, sobre todo, aficionada al buen vivir. Para eso disponían en casa de una servidumbre fiel y abnegada que tenía como principal obsesión la felicidad de los niños de la casa. Y el príncipe heredero de ese amor doméstico era Félix, Felisín para algunos, el señorito Félix en boca de la Tata y Pepa.

Pepa, una guapa moza antaño, era el ama de los fogones y el hada de la sartén. Y la Tata, que era bajita gorda y feúca como una cría de rinoceronte, pero entrañable, se cuidaba del niño tal que si en ello le fuera la vida. Al niño le había salido ya bigote cuando, por aquello del horario de las clases en la universidad, tocaba despertarle en horas para él inusualmente tempranas.

-Señorito, que son las ocho –le anunciaba  la doncella, cumplidora.

Se cuenta que el hombre abría un ojillo, se estiraba perezosamente y después sacaba a pasear un pie para que la Tata, diligentemente preparada al efecto, le enfundara un calcetín. No permitiera Dios que el niño se llevara el sobresalto de tocar con un solo dedo el frío suelo.

-Tata –fue la respuesta de nuestro amigo- Si me llamas a las ocho, no me digas señorito. Y si me dices señorito, no me llames a las ocho.

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No menos fama tenía la generosidad de la familia, que a medida que crecía Félix iba acogiendo en su casa amigos. Este bloguero fue uno de ellos. Se conocieron en la Facultad de Derecho. Ambos admiraban más a  Gila que a Justiniano. Y los dos  pasaron en aquellas aulas más tiempo riendo chistes y parodiando catedráticos que tomando apuntes.

Así se forjó la amistad más confortable y grata que el Duende ha hecho a lo largo de su vida. Un día  el Duende entró en la casa de Félix, donde a partir de entonces siempre hubo un plato y una cama para él. No había otro lugar mejor para dejarse caer sin tener que dar más explicaciones.

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La mar es muy grande, y no pide permiso para rebasar fronteras. El mar de Cádiz se desparrama. Inopinadamente, sin darse cuenta, se convierte en el Cantábrico sin dejar de ser el mismo. Eran los dos amigos ya padres cuando el Duende tentó a Félix para que pasara el verano a su lado. En una casina del monte, cerca de una playa asturiana.

Te fuiste, marinerito/ en una noche lunada/. Tan alegre, tan bonito/ cantando a la mar salada- deecía Rafael Alberti en su Elegía del niño marinero.

La mar de Cádiz es la mar de Asturias. Mientras los hijos de los viejos amigos jugaban juntos con la pala y el cubo y hacían  castillos de arena, la playa de San Pedro de Ribera se llenaba de la sal de Félix. Su desparpajo y su donaire peinaba las olas del bravo mar, que parecían romper más contentas. La mar de Asturias, que era la mar de Cádiz, se devanó aquellos años en las mareas más felices que recuerdan los veraneantes del lugar.

Y un poco más arriba, en el monte, Félix y Begoña se hicieron una casa para ellos, para sus hijos y para sus nietos. Y naturalmente, también para sus amigos.

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En esa casa cerca del mar pasó el Duende los últimos días del último verano de Félix, que aunque ya estaba  herido de muerte trataba de mantener la guasa y el señorío. Y a esa playa ha regresado este verano. Se escuchaba allí el fragor de las olas. Pero por encima  de ellas resonaba en el recuerdo la voz del marinerito de Cádiz.

-¡Quillo, qué gracia tiene el jodío!- le coreaba la brisa.

Como la mar de Cádiz es la de Asturias, el Duende intentó repetir  lo del duermevela: escudriñar el horizonte y ver dibujarse sobre las brumas la silueta del amigo que regresa. Hoy hace justo un año que Félix murió. No es fácil que se embarque de vuelta hoy mismo, pues da la casualidad de que es martes y 13, y Félix, como buen andaluz, hacía de la superstición una religión.

Y sin embargo el Duende tiene la percepción de que Félix no sólo ha regresado, sino que  en realidad no se fue nunca. No lo podía asegurar hasta ahora, porque en las casas de aquí no hay miradores como los de las casas de Cádiz y no le  fue posible otear el horizonte. Pero se ha mirado en propia bodega del alma y ha constatado que su aliento navega con él.

Querido marinerito de Cádiz, amigo inolvidable, viento de vida y de alegría que alimenta nuestras velas. Sigue navegando tranquilo con los tuyos. Que a la Parca le haremos la pedorreta que recomienda Corintios: plantarse en jarras ante ella y decirle en tono chulesco. Oye, Muerte, ¿dónde está tu victoria?

 

Otro 18 de julio

¿Les sigue doliendo tanto a los alemanes la 2ª Guerra Mundial como nos duele aún a los españoles nuestra guerra, que queda más lejana?

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Inflamado de patriotismo, Dalmacio se vistió con su viejo uniforme de sargento de infantería, metió la pernera de los pantalones abombachados por dentro de las botas, se caló el gorro cuartelero con el borlón colgante, ciñó su correaje y sacó de la funda de pistola su Astra reglamentaria.

-Por Dios y por España –murmuró mientras la cargaba de balas – Ya está bien de asistir impávidos a la destrucción de la patria. Se va a enterar ese rojazo de lo que es un soldado de la 2ª Bandera de Castilla.

Se miró al espejo mientras retorcía la punta de sus bigotes, montó el arma y apuntó al frente, como si él mismo fuera el vecino al que tenía que matar.

-¡Viva Franco! –gritó- ¡Arriba España!…Muere, cabrón, por comunista y por masón.

Y simuló con la boca los tiros que pensaba descerrajar al enemigo que esperaba tras la puerta.

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Al otro lado, Miguel repasaba los cargos  contra el faccioso que vivía enfrente. Era monárquico confeso, perteneció a una familia de terratenientes que mangoneaban en la cooperativa de aceite de un pueblo de Jaén, iba a misa, se puso a defender al cura en una de las quemas de iglesias y por si fuera poco se proclamaba simpatizante de la CEDA.

-Es un traidor a laRepública. Así que si no se lo apiola la Brigada del Amanecer haremos justicia nosotros-dijo mientras abría el arcón donde guardaba el equipo con el que se hizo la última foto de campaña. A saber, el mono, el correaje, las alpargatas, la gorra, el mosquetón Mauser con la bayoneta.

-Eso de la bayoneta calada acojona mucho- farfulló- Además le diré que al párroco de mi pueblo le torearon y le estoquearon con un bayonetazo en todo lo alto, porque el volapié con la espada se hace muy difícil con  los curas, carajo.

Sacó un viejo disco de pizarra de su funda de papel  y lo puso en el plato del pikú. El disco empezó a girar.  Con mucho cuidado el miliciano posó el brazo de la aguja sobre  su borde y tras el sonido de unos chisporroteos empezaron a escucharse por el altavoz los acordes de La Internacional. Miguel se anudó al cuello un pañuelo de la CNT, colgó el fusil de uno de sus hombros,  levantó el puño de la mano derecha y al grito de viva la República y muerte a los fascistas abrió la puerta de su casa dispuesto a llevar a cabo la histórica misión de liquidar al vecino de enfrente.

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Los dos ancianos se encontraron en el descansillo y se dieron los buenos días. Dalmacio salía en ese momento del ascensor, y  traía bajo el brazo el ABC y EL PAÍS.

-Tome –dijo ofreciendo este último periódico a su vecino- Hoy se lo regalo yo con mucho gusto.

-¿Por ser el setenta y cinco aniversario del inicio del golpe de estado de los suyos?…

-Del Alzamiento –corrigió Dalmacio con una sonrisa- No, no. Le seré sincero: se lo subo como hago todos los días, porque yo soy madrugador y buen vecino. Pero hoy acabo de darme cuenta de que se me ha olvidado comprar el brick de leche.

-Anda, la leche, tiene gracia.

-Ya sabe –explicó Dalmacio bajando la mirada-  Desde que murió Agustina no me acostumbro a la idea de que he de hacer la compra yo solo, y se me ha olvidado que se me acabó la leche.

-La buena leche, querrá decir-matizó Miguel.

-Ya, comprendo-admitió el viejo soldado conteniendo una risa- El caso es que no me apetece un pimiento salir ahora para  poder desayunar mientras leo el ABC, como acostumbro. Así que, si le sobra,  le cambio un brick de leche por su periódico, que hoy vendrá con mucha memoria histórica de esa que tanto les gusta a ustedes…

-No me joda, Dalmacio, no me joda…-dijo Miguel con sorna mientras reabría la puerta de su casa para dejar su periódico.

Se hizo un silencio y los dos veteranos se miraron frente a frente. Dalmacio estaba delgado como un sarmiento. Mantenía su bigote con las guías en punta, pero estaba completamente calvo y llevaba unas gafas de culo de vaso que a Miguel le recordaron las que llevaba el general Mola. Miguel conservaba en cambio todo el pelo, blanco como el frente de Teruel de aquel endemoniado invierno donde se le congelaron los tres dedos que le faltaban en un pie.

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-¿Sabe lo que le digo?-dijo el viejo miliciano- Que me han mandado unas perrunillas de mi pueblo se me van a enranciar como no las despabile pronto. ¿Me deja que le invite yo a desayunar?

Dalmacio se quedó estupefacto.

-Es café de puchero, naturalmente-precisó Miguel- Como el que hacíamos en el frente.

Dalmacio vaciló. Jamás había traspasado el umbral de la puerta del vecino deln4º A. Ni aún cuando murió Manuela, la compañera de Miguel, que salio de casa para enterrarse en el cementerio civil a finales de los años noventa. Pero ese era un día muy especial, había dormido mal, con pesadillas. Soñó que revivía el glorioso alzamiento, y que él, que era un hombre pacífico, tenía que vestirse de guerrero y matar rojos. Por cojones. Luego se desveló, puso la radio y donde no recreaban como en un serial el 18 de julio de 1936 recordaban el aniversario de lo que él creyó que era una cruzada contra el mal y luego resultó ser una burrada y una carnicería, como todas las guerras.

-Se lo agradezco, Miguel. No sabe la pena que me da desayunar solo- dijo mientras atacaba la primera perrunilla con su dentadura desguarnecida y observaba los carteles de guerra y la reproducción del Guernica que ilustraban el comedor de su vecino.

-No me lo agradezca. Esta noche soñé que me volvía a poner el mono de miliciano para liquidarle a usted, que era el faccioso que me quedaba más cerca. Además, a mí también me da por culo la soledad.

-Vaya, qué coincidencia-dijo Dalmacio-Ahora sólo nos matamos cuando padecemos pesadillas, y no por tener ideas distintas…

5

Se liaron a hablar de esas cosas raras que eran los ideales. Y con los ideales, también de las equivocaciones. Y, de las equivocaciones, las heridas que dejaron estas. Y de las heridas pasaron al  rencor, y luego del rencor, a la amargura. Y de la amargura, el desasosiego permanente de aquella guerra que había empezado hacía setenta y cinco años y que, aunque los que la hicieron la daban por concluida seguía alimentando eso que ahora se llama siempre  el debate político. Político tenía que ser el dichoso debate, como si no hubiera otros problemas que solucionar.

-¿Y si no leemos los periódicos de este 18 de julio?-sugirió Dalmacio.

-¿Y si damos por bien perdidos los dos euros y cuarenta céntimos que me han costado?-dijo Dalmacio mientras tiraba el ABC y EL PAIS a la papelera.

Y los vecinos se comprometieron a no leer más periódicos ni ver o escuchar más informativos del 18 de julio hasta que este día dejara de ser un tormento en su memoria. Y aunque no hay pruebas de que a partir de entonces los que antaño fueran enemigos mortales pasaran a ser amigos forever, parece que luego del desayuno compartieron unos chupitos de aguardiente del pueblo de Dalmacio, y luego a la tarde vieron juntos en el DVD de Miguel La diligencia de John Ford, que era otro monumento al valor y a la hombría,  y Éxtasis, que era una película de esa época ominosa en la que aparecía Hedy Lamarr  bañándose en las aguas completamente desnuda. Pues afortunadamente, y pásmese el lector,  todavía hay algunas cosas en las que  la que los españoles de distintas ideologías  suelen coincidir sin mayores problemas.

-

Homper no entiende nada de nada

No cree que se deba hablar de "la nefasta manía de pensar", pero Homper piensa que deberíamos renunciar a pretender entenderlo todo...

1

Homo sapiens. Homo ignorans. ¿La curiosidad es la madre de la ciencia? ¿De verdad que la razón lo explica todo?…Medita estas cuestiones nuestro amigo Homper mientras afila la punta de su lápiz con un sacapuntas. Cuando termina la operación, acerca el ingenio a sus labios y lo besa.

-No sabes lo que me gusta entenderte.

Le llena de satisfacción que una concavidad acoja la punta del lápiz, y que una cuchilla de acero afilada  afeite la madera alrededor de la mina con sólo girar aquel. Qué bien inventado está esto, piensa. Y qué gratificante entender el funcionamiento del sacapuntas.

2

Porque en estos tiempos e exaltación desmesurada del hombre y de culto a la razón como clave de su superioridad, se pretende que la pobre especie humana lo entienda todo. Llevamos tres años de crisis, y aún a veces, cuando los especialistas recuerdan sus causas, Homper no sabe por  qué las trapacerías de cuatro granujas que hicieron quebrar a Lehman Brothers y de unos buitres que quisieron abusar de los que necesitaban casa en Estados Unidos explican el estado de postración del planeta.

-Un día nos cuentan que la culpa es de la prima de riesgo. Otro, de Grecia. Otro, de Portugal o de Irlanda. Ahora de Italia. Dicen que Bélgica está a caer, y que luego iremos nosotros. Se caen las Cajas de Ahorros. Se descubre ahora que tenemos dieciocho administraciones especialistas en el despilfarro. Resulta que la responsabilidad es de los que nos acostumbramos al estado de bienestar. Y entretanto, con los mismos recursos naturales, la misma fuerza bruta y las mismas capacidades humanas, ni las mejores cabezas saben qué hay que hacer para producir más, crear empleo y devolver la confianza.

Homper volvió a besar el lápiz y el sacapuntas.

3

Pero pretenden que sigamos creyéndonos homo sapiens. En su noble afán de divulgación,ONDA CERO incluye a veces en su programación píldoras científicas, y ese día Homper se sorprende escuchando la enésima explicación del Acelerador de Partículas. Parece ser la madre del cordero de la física cuántica, un invento que, si funciona, resolverá todos los problemas de energía que arrastramos, y además recreará las mismas condiciones físicas en las que surgió el Big Ban. O sea, que puede reproducir el fenómeno de la creación del mundo, como si ya no tuviéramos  bastantes problemas en este. Y consiste en un túnel circular de 29 kilómetros por el que lanzan partículas para que choquen entre sí. Las partículas dan 11.000 vueltas al túnel por segundo, y se supone que deben chocar entre sí con alguna que venga en dirección contraria. Si chocan, se descomponen en otras micropartículas.

-Y parece que, si eso ocurre, se organiza la de Dios -piensa Homper- Y nunca mejor dicho.

¿Y cómo lanzan las partículas? ¿Con catapulta? ¿Con compresores de aire? ¿Con pistolitas de agua? ¿Y por donde se abre el túnel circular para que metan las partículas que han de chocar entre sí? ¿Y qué haremos con ese otro mundo que puede recrear el nuevo Big Ban? ¿Esperaremos a que vengan otra vez  cuatro canallas a hundirlo sin que volvamos a entender nada de nada?…

Homper contempla   con cariño  su lápiz y su sacapuntas, tan sencillos y eficaces ellos, tan fáciles de explicar y entender. Y pone bálsamo a su ignorante perplejidad mirando a la luna llena. Tampoco sabe muy bien cómo se mantiene ahí, pero luce bonita, y además le invita a soñar.

Martita pide perdón

Hay rachas en las que casi hay que pedir perdón por ser afortunado...

1

La pobre Marta no se lo podía creer cuando recibió la llamada.

-Contamos contigo –le dijeron- Preséntate mañana a las doce y pregunta por el señor Santovenia.

El señor Santovenia la recibió amablemente, aunque afectando una actitud algo puntillosa. Mientras rebasaba el expediente, se apretó por dos veces la corbata de pajarita, y se rascó la ceja derecha en cinco ocasiones.

-Ha gustado mucho su currículo –subrayó forzando una sonrisa- Y su buena predisposición- Le pagaremos 1.200 € y un variable del 2% en función de resultados.

Volvió a casa corriendo como una chiquilla, más contenta que unas pascuas.

2

En casa estaba tomando un café el tío Gerardo, que no paraba de lamentarse del dineral que había perdido este año con los pepinos y con la bolsa. En medio de su larga letanía de quejas, anunció que no estaba dispuesto ni a hacerse cargo de la abuela ni a pagar la parte que le correspondía de la residencia de verano de Benidorm, como le había propuesto su hermano.

-No puedo, Fidel, no puedo –se excusaba- Es más, Susana me dice que si no os importa que os dejemos una semana a Arabella. Este verano compartimos la caravana con los Tomares, y Pepa Tomares tiene alergia a los perros. Es lamentable que sea tan egoísta y no piense que los perros también tienen derecho a veranear, pero qué le vamos a hacer.  Así que si no tenéis inconveniente….Además, Arabela le hará compañía a Mamá.No sabes con qué interés sigue los seriales de la tele.

Arabella era la perrita del tio Gerardo y la tía Susana. Fidel, el padre de Marta,  tenía fama de santo, pero, desde que le rebajaron el sueldo y estaba amenazado de despido le había cambiado el carácter. Además aquella mañana le había salido un molesto uñero. No se negó abiertamente a la tutela de la perra, pero algo rezongó entre dientes. La madre de Martita se llamaba Valentina. Aunque no lo había declarado nunca, odiaba a Arabella porque un día la perrita le lamió las uñas del pie derecho recién pintadas, sin que ni siquiera le sentara mal el esmalte. Además estaba de los nervios con la abuela. Hasta el momento había apechugado con ella con resignación y hasta algo de cariño, pero ahora la anciana se quejaba de malos tratos, porque según ella su nuera le complicaba los guiones de los seriales de la tele a propósito para que ella no los entendiera.

-Estoy de vuestra madre hasta el moño-les espetó a los dos hermanos- Ahora voy a ser yo la responsable de Bandolera, ¿no te digo?  Como para hacerme cargo ahora de la puñetera Arabella, vamos, hasta ahí podíamos llegar.

- ¿Puñetera Arabella?…-reaccionó Gerardo indignado- Deberías de mostrar más respeto por tu cuñada. Eso no te lo tolero.

El tío ofendido se levantó de la silla,  se despidió con un gesto que no se sabía bien si era un adios o un corte de mangas y salió dando un portazo. Afortunadamente, se llevó a aArabella entre sus brazos. La abuela se echó a llorar, Fidel se asomó al balcón dando bufidos  y en ese momento, mientras las noticias de la radio confirmaban que la crisis económica se agravaba, ahora por culpa de Italia, y que la Bolsa se daba el enésimo batacazo,  un berrido de  Valentina desde la cocina anunció que, además, se le había cortado la mayonesa.

3

Así  las cosas, Marta no se atrevió a dar la buena noticia. Ella no se había distinguido por ser precisamente una chica precisamente afortunada. Sabía que no era una belleza despampanante, y había tenido que sufrir muchas veces la poca delicadeza de su madre, que la apremiaba para que se echase un novio de porvenir. Cuando por fin hacía un mes que anunció ilusionada su noviazgo con Joaquín, que era empleado deTelefónica, su madre le echó un jarro de agua fría.

-Fú, qué feo es-dijo al ver la foto que Marta le mostró- Se parece a Rubalcaba. Claro, que si eres incapaz de encontrar trabajo…

4

Su novio se había afeitado la barba de chivo. Y es verdad que lucía entradas en la cabeza, pero no era ni de lejos tan calvo como Rubalcaba, ni tenía sus ojos achinados ni su sonrisita de malvado de película de la serie B. Además era un cielo. Y por si fuera poco su madrina, que no tenía hijos, le había regalado un pisito en Las Tablas que estaban equipando con muebles de IKEA. Ya habían hablado de casarse, y ahora, además, a ella le había salido el trabajo por el que llevaba dos años luchando. Pero comprendía que en su casa paterna no estaba  el horno para bollos.

-Tengo que deciros una cosa –musitó durante la comida sin atreverse a levantar la vista del plato de gazpacho.

Fidel se echó las manos a la cabeza, y Valentina quiso ponerse la venda antes de la herida.

-¿No nos irás a decir que te has quedado embarazada sin quererlo?

Marta suspiró profundamente por no llorar.  Cerró los ojos y pensó lo que tenía que decir. Y cuando ya se sintió con fuerzas, habló de esta manera.

-He conseguido trabajo. Y como además Joaquín no se parece a Rubalcaba, y tiene empleo y piso propio, y le quiero, y  a pesar de la que está cayendo nos queremos casar, quiero pediros algo muy especial.

Fidel y Valentina se miraron alarmados.

-Qué quieres, hija- dijeron al unísono- Suéltalo de una vez.

Marta levantó la mirada del gazpacho y sonrió tímidamente.

-Sólo quiero pediros perdón por ser feliz.

Un eclipse muy especial

La luna tenía otro punto de vista del eclipse...

1

Qué son trescientos mil kilómetros para la desesperante infinitud de las distancias siderales. Nada, cuatro pasos, lo que ella necesitaba a veces para dar con sus gafas olvidadas en cualquier rincón del espacio. No necesitó ponérselas. Tenía curiosidad por ver aquella noche tan especial, así que se acodó en su balcón y miró hacia abajo. Distinguió  aquel planeta azul del que tanto le había hablado el Jefe desde que tenía conciencia de ser.

-No me salió tan bien como pensaba –le dijo el Boss cuando se lo nostró- Pero fue siempre mi debilidad, ya sabes.

Afinó la vista y puso su atención en aquella delicada menudencia esférica llamada Tierra

2

Pudo haberse detenido en otros detalles pintorescos que, poniendo atención, se distinguía perfectamente: la Muralla China, la cordillera del Himalaya, las cataratas Victoria, las Torres Petronas. Y, cosa curiosa, el primer posado en biquini de una entusiasta a la que llamabanAna García Obregón. Pero por esos caprichos del azar se entretuvo contemplando a un tipo que le devolvía la mirada dibujando en su rostro el retrato exacto de la perplejidad. También estaba acodado en su balcón, oteando su horizonte y elevando la mirada hacia ella.

-Llámeme Homper, hermosa.

Ya su cabello blanco lo avisaba, pero que la trataran de usted y que le llamaran algo tan pasado de moda como hermosa lo confirmaba.

-¿Eres de ese mundo?-le preguntó.

-No lo tengo nada claro-fue su respuesta.

3

Le dijo el hombre que ahora su único menester era preguntar. Y que aprovechaba las noches de luna para preguntarla con más descaro una ristra de cuestiones que, para bien o para mal, nunca entendíó. Por qué el amor, por qué el dolor, por qué la guerra, por qué la enfermedad,  por qué la intolerancia, por qué la ciencia, por qué las mareas, por qué la sensación de ser más insignificante que un ácaro. Por qué los políticos, por qué la estulticia humana,  por qué el arte, por qué la belleza , por qué el genio creador, por qué el milagro de la música, por qué esa mano femenina que apretaba la suya cuando se embelesaba escuchándola .

-La música –le precisó- Es la escalera más segura que conozco para escapar, subir y desaparecer cuando me deprimo.

Por qué la democracia interesada, por qué la sobrevaloración del yo frente al nosotros, por qué el egoísmo, por qué la violencia y el terrorismo, por qué el hechizo del nacionalismo, por qué la desesperación. Por qué la soledad, por qué el frío, por qué el fuego, por qué la maravilla del agua, por qué los áboles, por qué los pájaros. Por qué las catástrofes naturales, las sequías, las inundaciones, las radiaciones nucleares. Por qué la delicia de unas porras recién salidas de la sartén. Por qué la sensación de desastre que nos arruina, por qué las subprime,  por qué la dictadura de la economía, por qué Grecia, por qué la prima de riesgo. Por qué.

4

Le dijo que miraba hacia fuera en femenino, lo cual al menos le daba un ápice de modernidad.

-Pienso constantemente en el futuro que les espera a seis mujeres pequeñitas, que son mis nietas- le siguió contando-¿Seremos capaces de dejarles un mudo mejor?

Ella no sabía qué decirle.

-Además –continuó- Yo diviso desde mi balcón la fachada occidental de una gran ciudad, que es Madrid. Pero no veo Madrid, veo ahí a la humanidad. Y me pregunto qué será de esos millones de almas que abarca mi mirada, y de todas las almas que tú estarás viendo desde allá arriba. Y me digo que  cómo es posible que vivan todas ellas atascadas en la preocupación y el desánimo por esta especie de conspiración contra la felicidad que trata de aplastar a este planeta.

De repente Homper se dio cuenta de que había perdido su referencia celeste. La buscó con la mirada y no estaba. Sólo veía un cielo oscuro. Sintió una cierta angustia, ya ni siquiera recordaba por qué se había lanzado a contemplar la noche. ¿Qué tenía esa noche de junio de especial?… Hasta que poco a poco, primero un asta de toro, luego una raja de melón y finalmente un as de oros, ella volvió a asomar brillando en lo alto con todo su esplendor.

-Fu, qué mal rato-suspiró Homper- Me había olvidado de que esta noche estaba usted de eclipse.

La luna se echó a reir.

-¿De eclipse yo?…¿No será más bien que sois vosotros los que estáis  eclipsados?

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