Archivos en la Categoría 'Homper y sus divagaciones'

El fútbol y el Jaimito que llevamos dentro

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Homper lee los periódicos del día y medita sobre el narcisismo. El falso espejo que nos fabrican para que no dudemos de que somos la especie superior, los reyes de la creación, los guays del Paraguay, como nos decían los políticos antes de que llamarnos abusones y manirrotos. El hombre tiene derecho….Además de las utopías que agavilla la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a esta se le olvidó añadir: derecho a a ser un poco bárbaro, bastante grosero, extraordinariamente mal educado.

Resumiendo: derecho a comportarse como un ultra en los campos de fútbol.

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Ya le sorprendió al Hombre Perplejo la primera vez que le llevaron de niño al Estadio Santiago Bernabéu, que entonces aún era Estadio de Chamartín. Subía por unas escaleras hacia las gradas cuando vio un cartel sospechoso que decía: VOMITORIO,

-Qué asco –pensó recordando ese olor agrio y nauseabundo de sus vomitonas infantiles.

Luego miraría en el diccionario que tal palabra, en los estadios o en los anfiteatros romanos, definía a la abertura que facilita el acceso a las localidades. El vomitorio vomitaría gente, hacia dentro o hacia fuera. Aunque, visto lo visto, ahora Homper piensa que no, que pusieron vomitorio para que el público pasara por allí para desahogarse, para echar regüeldos, eructos, insultos, frustraciones malsonantes. O sea, para vomitar lo peor de la naturaleza humana.

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Pero no se atreven a decir nada a los vomitones Al pueblo se le exprime y se le cruje, se le exige sacrificios y a menudo se le ignora. Pero…¡ah, la educación!…¿Quién se va a detener a educarle, con lo pesado que es eso? ¿Y a regañarle?…¿Cómo se le va a pedir que, encima, guarde las formas?

-Nada, hombre…Usted vaya al fútbol y saque la bestia que lleva dentro, que no va a pasar nada.

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Así que al final se quedan cortos los vomitorios. Y además de este, habrá que poner en los estadios Cagatorios, Meatorios y hasta Tocatorios de Cojones. El fútbol es u deporte que le gusta a mucha gente, entre otros al propio Homper, que no se pierde u partido interesante. Pero además se ha convertido en el opio no del pueblo, sino de todos, hasta de los que gobiernan, de los que hacen las leyes y de los que las interpretan. El fútbol es la suprema razón de estado, que tiene que contemplar impávido como este deporte, tan bonito y apasionante, sea la rendija por la que permitimos que salga el impresentable que llevamos dentro.

-Es sólo un deporte –han dicho las autoridades ante el jaleo que, por fas o por nefas, iba a traer la final de la Copa del Rey- Y debe ser una fiesta.

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Homper se pasma de que, si es por el fútbol, se pueda insultar, blasfemar, ofender, y aparcar delante de los garajes. Qué le pasa a uno cuando le da un infarto en su casa a la hora del partido y no puede sacar su coche para ir al hospital. ¿Le mandan una ambulancia volando?. Por el fútbol se cierran calles y plazas, y se permite al personal invadir los espacios públicos, ensuciar la ciudad, emborracharse, orinar y defecar en las calles, vomitar, romper cascos de vidrio contra las aceras, mutilar estatuas y, en definitiva, comportarse como un salvaje con toda impunidad. Qué cinismo oficial. Y como el negocio es el negocio, todos, desde el pueblo desahogado, a políticos y líderes de comunicación, haciendo la vista gorda.

Quién se atreverá a proclamar que lo inevitable no es lo deseable. O a modificar las Declaración de los Derechos Humanos para consagrar el derecho de cada quisque a liberar al Jaimito mal educado y un poquito bestia que nos habita. El fútbol, razón de estado.

El hombre obsesionado con las reformas

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-Si no te importa, podíamos jugar la partida en casa, ¿no? Hace una mañana demasiada fresca, y así te enseño los cambios, que te van a divertir.

Normalmente, Homper y Damián jugaban su partida de ajedrez en el parque. Privilegio de la vejez inteligente.  Pero las mañanas de abril tienen eso, que un día amagan verano y al siguiente refrescan o incluso te riegan con un chaparrón. Así que a Homper no le importó acudir a casa de su viejo amigo Damián, inspector de trabajo jubilado, viudo, sin hijos a su cargo. Damián vivía en la vieja casa que heredó de su madre con un gato y con Leonisa, una sirvienta gallega que le cuidaba desde hacía treinta y dos años.

-Buenos días, señor Homper –le dijo al abrir la puerta- Pase, aunque lo va a encontrar todo muy cambiado- dijo mientras miraba de reojo a Damián, que avanzaba renqueante por el pasillo.

Ver a su viejo amigo visiblemente transformado fue el primer sobresalto del día para el pobre Homper. Damián se había cortado el pelo como un futbolista. Cráneo afeitado con una cresta  de Pájaro Loco y patillas como hachones. Llevaba puestos unos vaqueros rotos y una llamativa camiseta de color rojo con esta leyenda: Ya no se si soy yo ni mi circunstancia. Debajo, la firma del autor de la sublime frase: Ortega Coño. La metamorfosis se completaba con una mosca en la barbilla un piercing en la oreja derecha y otro detalle no menos sorprendente. La gata de angora Mimí, que salió huyendo despavorida nada más ver a la visita, llevaba el pelo teñido de morado, como la cabellera de la en otro tiempo nellísima Lucía Bosé.

-El imperativo categórico del momento –subrayó Damián justificando las novedades como la solemnidad y la prosopopeya de un actor de la vieja escuela- Reformar o morir.

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Del salón con el que Homper estaba familiarizado había desaparecido casi todo. El viejo y deprimente tresillo isabelino, el piano, el escritorio de tío Leonardo, el archivador, la vitrina que exhibía abanicos, bibelots de marfil, huevos de Fabergé, , cajitas de porcelana, pastilleros de plata, relicarios, el guardapelos de la tía Dorita, los bisquits y porcelanas tan cursis que coleccionaba mamá, los viejos quevedos de marco de oro y los anteojos de nácar que usaba la abuela Adela cuando iba al Teatro Real a escuchar a Miguel Fleta. Se veía que Damián había optado por el minimalismo y el vintage, que Homper no sabía exactamente qué es –Damián tampoco-, pero debía de molar mucho. Ahora sólo había  dos sillones extensibles suecos, lo último en relajación corporal, un par de flexos de madera de pie articulado como robados del despacho del doctor Freud, un velador de hierro fundido de los de los bares de toda la vida, sobre la que posaba el tablero del ajedrez con el que iban a jugar, y un primitivo futbolín con los jugadores de hierro pintados con los colores del Madrid y del Atleti. Las espesas cortinas de damasco habían desaparecido, susitituidas por modernos estores que dejaban pasar la luz y redimían al salón de su penumbra de sacristía.

-¿Y la tele? –preguntó Homper visiblemente estupefacto.

-La he mandado al cuarto de baño. Así sólo la veo el tiempo que me dura el aliviarme.

También he instalado allí la librería con la Enciclopedia Británica. He regalado el resto de mis libros. Cuando estoy estreñido, cojo u tomo al azar y leo la vida de Linneo, por ejemplo. Eso no cambia, ¿sabes?…

Homper observó entonces que también habían desaparecido los cuadros. En su lugar, las paredes de las habitaciones y el pasillo que iban recorriendo aparecían empapelados con fotografías a tamaño natural de las mujeres que más le habían gustado a Damián. Desde la Ursula Andrés en bikini del primer James Bond y la Marilyn Monroe con las faldas revueltas sobre el enrejado del metro de La tentación vive arriba, a las modelos desnudas de Newton. Pasando por la B.B. de Y Dios crió a la mujer, la Anita Ekberg de La Dolce Vita, el revolcón playero de Deborah Kerr con Burt Lancaster en De aquí a la eternidad y aquel escote con audaz exhibición del canalillo del entrepecho que mostraba la impar Sofía Loren en Madame sans Gêne.<Reformas, reformas, reformas…-se explicaba Damián- Todo lo que oigo hablar es de reformas para salir de la crisis&…¿Y cómo no iba a estar yo en crisis con lo que veía que en esta casa y en el propio espejo del baño?…Un aburrido inspector de trabajo jubilado, santos de la familia, muebles de almoneda, una copia infame de Herodías llevando en bandeja la  cabeza del Bautista, un paisaje atroz con bandidos de Sierra Morena…Y un retrato que pintó el peor discípulo de Madrazo a la tía Eugenia, que tenía una papada como un pavo, y su marido, que era talmente una lechuza en un cuerpo humano.. Así que lo he reformado todo. Todo.

Jugaron la partida de ajedrez. Naturalmente la ganó Damián. Homper no podía concentrarse.

-Lo siento- se excusó- Esas mujeres desnudas que me están mirando…

-¡Qué cuerpos!, ¿verdad?…Menudo ojo tenía el Newton ese…No me las he puesto en mi habitación, por no turbar mi sueño. Por cierto, también he hecho reformas en ella. Déjame que te las enseñe.

Recorrieron hasta el final el largo pasillo de las beldades y entraron en la habitación de Damián, cuyas paredes estaban completamente empapeladas con recortables: de húsares de Pavía, de granaderos del Rey, de soldados de la Guardia Real, de ejércitos de todas las guerras conocidas, de toreros. Recortables, recortables rescatados de los desvanes de su infancia,  recortables que entretenían sus horas muertas, más recortables.

-Estoy obsesionado-se explicó atropelladamente- Ya no pienso más que en lo que escucho. Nos dice la Merkel  que hacen falta más reformas, nos pide el BCE que se sigan profundizando en las reformas, dice un catedrático de economía por la radio que aún queda por reformar la Banca, las Cajas de Ahorro, la Administración, las Autonomías, el Gobierno nos anuncia más recortes…

Se detuvo un armario, resoplando, como si la ansiedad se hubiera apoderado de él y perdiera el control.

-No puedo más, ayúdame –dijo mientras extraía de las baldas del armario una Termomix, un cuadro de una Sagrada Cena en madera sobreplateada, dos bombines antiguos y  una cubertería de plata que compró su madre muy barata gracias a una imposición a plazo fijo que le ofreció el el BBV- ¡Ayúdame en las reformas, por favor Homper!…

Se adelantó Leonisa, que se acercó hacia ellos con un gran capazo de los que venden los chinos insinuando con un dedo sobe su sien que Damián no estaba en su mejor momento.

-Deme, señor Homper –yo le ayudaré a llevarlo hasta el taxi –dijo mientras iba metiendo en el capazo los inopinados regalos.

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Faltaban por descubrir las últimas reformas.

-¡Espera, espera, no te vayas  aún!- terció Damián dirigiéndose a un rincón del gran recibidor en el que, como si fueran obras de arte de ese Cristo que empaqueta los monumentos, había dos bultos tapados con sendas sábanas- ¿Qué te parece si colgamos esto en lugar de la vieja lámpara de bronce holandesa que había en el techo?

Damián tiró de la primera y apareció un caimán de tamaño mediano perfectamente disecado, herencia oculta hasta entonces del tío Genaro, un naturalista que pasó en Guinea lo mejor de su vida.

-Lo voy a pintar de oro y lo colgaremos volando por encima de nuestras cabezas –dijo gestualizando con los brazos lo que presumiblemente sería como una instalación artística de la colección Saatchi.

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-Y aún queda lo mejor –añadió Damián, al que sólo le faltó anunciar con un ta-ta-chán- la última sorpresa- ¿Cómo no iban a llegar las reformas al Sagrado Corazón al que tanto rezaba la pobre mamá?…

Retiró la segunda sábana y al pobre Homper se le quedaron los ojos como cuadros. Doña Angustias, la madre de Damián, había sido muy devota  del Sagrado Corazón de Jesús, y un día compró en un anticuario un cuadro en el que su imagen aparecía en una auténtica ventana cordobesa, con su enrejado, sus macetas de bellos e inmarchitables geranios de plástico y sendos farolillos con velones a los lados. Hasta la muerte de doña Angustias aquella joya colgaba de las paredes de su habitación, pero luego fue al trastero. Damián la había rescatado del olvido para hacer en ella las pertinentes reformas que pedían las circunstancias. Ahora el propio Jesús, entre esos brazos que según la iconografía clásica se abren generosamente ofreciendo el perdón, transportaba a una joven con un traje de baño a rayas fotografiada así en el la playa del Sardinero en 1930. El efecto del montaje era impactante, porque, activando un interruptor oculto bajo una de las macetas, el sagrado corazón que quedaba por encima de las curvas de la joven Doña Angustias se encendía y latía aceleradamente, mientras de los ojos de la heroína salían destellos intermitentes y comenzaba a sonar un cover de la conocida canción de Manolo Escobar que ahora decía así:

Madrecita María Angustias / Hoy te canto está bellá canción…/Y obediente cual si fuera un niiiño/ Yo reformo con todo cariño/ Así a tu Sagrado Corazón…

 

Al conjuro de aquella escena de teatro pánico, la gata Mimí lanzó un maullido espantoso, pasó como una exhalación entre las piernas de Homper y Leonisa, que esperaban el ascensor y se escapó escaleras abajo.

 

Cuando Homper y Leonisa salían por el portal con todos los desechos de las reformas de Damián, la portera les salió al paso asustada.

 

-Y ahora la gata morada se escapa…Les digo yo que  a don Damián  esto de las reformas le ha hecho enloquecer.

Y Homper pensó que, más o menos, como a todos…

El elefante

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Apenas se despierta Homper comprueba algo que le impone la estupefacción nuestra de cada día. Ahora resulta que, a su edad es un inmaduro, un frívolo y  un aprovechategui. Según algunos líderes de opinión de los que parlotean por la radio, el pueblo no debe  confundir las churras con las merinas, y cometer la ligereza de utilizar la cadera real rota para socavar a las instituciones, o sea, la Corona. Homper se considera parte del pueblo, y la presunción casi le ofende.

Así que una vez peinadas las greñas del bien dormir y tapadas las arrugas de su pijama con un batín que parece heredado de David Niven, o sea, una vez presentable, se pone firme ante el espejo, inclina respetuosamente la cabeza y reafirma su acatamiento al orden establecido.

-Dios salve al Rey –proclama- Y, a ser posible, le aficione al ajedrez.

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¿Han asesinado a Dumbo? ¿Han resucitado a la República setenta y cinco años después de su nacimiento? ¿Hemos descubierto los españoles al Robespierre que latía dentro de nuestros corazones?

Otra cuestión: ¿son las redes sociales y los periódicos digitales la voz más autorizada que hay que tener en cuenta?

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Dicho lo cual, considera Homper que lo cortés no debe quitar lo valiente. Y que admirando al Rey Juan Carlos porque parecía muy torpe y resultó bastante listo en el momento más decisivo de nuestra vida política, y creyendo firmemente que ha sido, quizás es, y aún podría ser el jefe de Estado más útil y menos costoso que nos inventemos, se atreve a decir que con la edad el monarca, como quizás nos pase a todos,  está hasta los mismísimos de casi todo: de la crisis, de su familia, de sus aburridísimas –por muy bien pagadas que sean- obligaciones, de los políticos, de la prensa, de sus inacabables alifafes y de la coña marinera en que últimamente se ha convertido su casa.

Y de vez en cuando, hastiado y pasota, pierde hasta los papeles más importantes.

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Alguien tendrá que recordarle, como si fuera un niño, Señor, eso no se hace, eso no se dice, eso no se toca. Alguien podría sugerirle que hay otras formas de divertirse menos comprometidas que liquidar al representante del reino animal más querido, y que hay otras vidas incluso más apasionantes que las de los ricos. Si el Rey pierde a veces los papeles, alguien de responsabilidad tiene que recogérselos y ponérselos en orden. Porque la Monarquía tiene que ser una solución, no otro problema más.

El pueblo es –somos-  muy simple. Y de la misma manera que no entenderá los recortes hasta que éstos empiecen a dar frutos, tampoco entiende que matar un elefante sea lo mejor que se puede hacer en este momento para aliviar los males de la patria.

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Por lo demás, Homper prefiere recordar a Dumbo, a la vieja elefanta de la Casa de Fieras del Retiro, al venerable artista de tantos circos, al elefante de aquel papel higiénico que parecía papel Kraft, qué valor limpiarse el culete con esa lija disimulada, o al estupendo Coronel de El libro de la selva. Fueron los elefantes de su vida. Lo siente mucho por ese otro abatido en Botswana, como por todos los que caen víctimas de la vanidad superlativa de los cazadores de elite, pero no quería ser vecindona murmuradora y cruel y contribuir con sus críticas a la demagogia.

Es más, Homper intentará hacer caso de los gurúes de la meditación trascendente y, mientras no capee el temporal, no volverá a pensar más en elefantes.

Yo soy dos tontos

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Yo era madrileño, y lo que he visto me ha hecho doblemente madrileño –piensa Homper mientras se afeita ante el espejo-Nacido en Madrid y hecho mayorcito en la comunidad autónoma de Madrid.

No sabía muy bien para qué había que ser de la autonomía de Madrid. A los de Madrid casi nos daba igual ser de Madrid que de Albacete. Aparte de los castizos de salón, pocos alardean de la condición de nacidos en el foro. Las más de las veces se nace en Madrid  porque hay que nacer en algún sitio, y aquí dejan nacer a cualquiera. Luego se vive, se pasea en primavera o en otoño por el Retiro o por los jardines de Aranjuez y hasta se le coge gusto a la ciudad y a la provincia.

Pero vino la fiebre autonomista, aquello de culo veo, culo quiero, y mariquita el último y hale, a inventarse una comunidad autónoma, una nueva bandera roja con estrellitas blancas, un himno que no conoce nadie y a sacar pecho. Además del Madrid de Carlos III, de Mesonero Romanos, de Chueca, de Arniches y de Gómez de la Serna, ahora teníamos el membrete de madrileños autonómicos. Jó qué gustirrinín, ¿no?

Aunque luego hablé con amigos que además de murcianos eran murcianos, otros que además de asturianos pasaban a ser ciudadanos del principado de Asturias, canarios duplicados por su autonomía y logroñeses que se sentían a gusto como tales, aunque ahora fueran riojanos, y me dijeron que no era para tanto.

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Ya se sospechaba que un gobierno central más diecisiete gobiernos autonómicos más diputaciones y ayuntamientos eran mucho mantel para tan poca merienda. No era cosa de hacer arqueología con el espíritu de Isabel y Fernando, ni nostalgia imperial del haz y las flechas, pero algunos se preguntaban si por aquello de las economías de escala no hubiera resultado más práctico seguir administrando los servicios esenciales de la comunidad nacional desde el estado central.

Ahora viene Esperanza Aguirre y reconoce una verdad palmaria: el estado de las autonomías se inventó para reconducir a los nacionalismos históricos e intentar mantener a Cataluña, País Vasco y Galicia en buena armonía dentro del estado español. No ha servido para eso. Item más: alguien decidió que café para todos y ahora, además de cornudos,  los gobiernos autonómicos nos han dejado arruinados.

-Se veía de venir- dice Homper emulando al pueblo soberano- Como lo de una Unión Europea alegre y confiada, que derrama el cuerno de la abundancia sobre los pigs y no marcó desde el principio las normas de control sobre la economía de sus  miembros. Como el despelote de la banca, como la dictadura de los mercados…¿Pero no están para esas cosas los que dicen saber? ¿No se preparan para eso los  políticos? ¿O es que no se leen los papeles antes de ser elegidos por los que no sabemos de esas cosas?

Y recapitula el Hombre Perplejo: yo era español y ahora soy europeo, español, madrileño, doblemente madrileño y engañado.  O, como escribió Alberti en uno de sus poemas gamberros, Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos.

 

Cómo salir de dudas

A veces ni los sueños son capaces de sacarte de dudas...

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A Homper, que es bastante antiguo, le siguen sorprendiendo los avances de la ciencia. Le deja estupefacto que un cirujano pueda operar desde este lado del  Atlántico el riñón de un paciente de Nueva York, y que el fenómeno de Internet pueda convertir a cualquiera en un pequeño sabio instantáneo. También le pasma que los padres puedan elegir el sexo de los hijos y que ahora algunas cadenas de televisión de pago ofrezcan al cliente la posibilidad de elaborar una programación a la carta.

Sólo echa de menos que no se haya inventado todavía el método para programar los sueños favoritos.

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Cuando su querida prima Teresita era una prometedora adolescente, mantenía que si lanzabas una zapatilla al aire y antes de que cayera al suelo te metías en la cama con los ojos cerrados y un deseo, esa noche soñabas lo que habías deseado. Homper había comprado te en El Corte Inglés, donde le atendió una dependienta encantadora y muy guapa. Pues qué tipo de te quiere usted, el breakfast te, el de toda la vida, no me gustan nada las variedades aromáticas. A esas les llamaría, simplemente, infusiones, no te. ¿Alguna marca determinada? No. Que sepa a te como el que te sirve cualquier hotel de Inglaterra sin dar más explicaciones. Compre usted el de granel, es muy bueno. ¿No es mejor el Twinings? Bueno, usted paga la marca y la lata. Pero si tiene en casa una lata donde guardarlo, llene una bolsita de papel del te de granel y verá cómo le gusta este. Se lo digo yo, que soy una gran aficionada al te. Y ya que es usted tan amable, ¿cómo se llama? Margarita. Me llamo Margarita.

La dependienta era, como recuerda Hom, muy guapa. No muy robusta, menuda, pero de fino talle y cuello largo, aprincesado, rubio cabello y un rostro que recordaba a la Debie Reynolds de Cantando bajo la lluvia (luego ésta se cardó el pelo, se apasteló y se convirtió en un icono yanki algo cursi). La chica valía un sueño. Homper se preguntó si conservaría a sus años la agilidad suficiente como para repetir el ejercicio que recomendaba su prima Teresita, teniendo en cuenta, además, que la altura del  techo de su apartamento no daba para que la zapatilla volase muchos segundos. Se permitió una pequeña trampa: abrió el edredón, se sentó en la cama, cerró los ojos, pensó en Margarita, lanzó una de las zapatillas al aire, y antes de escuchar el ruido de su caída al estrellarse contra el suelo ya estaba tapado y dispuesto a soñar.

Pero el experimento no funcionó. El día –su vida entera, más bien- acumulaba muchas dudas por despejar. Y en lugar de soñar con la encantadora Margarita soñó con Sócrates.

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-Sólo se que nada se –le anunció el filósofo, fiel a sí mismo.

Pues buena la hemos hecho, pensó Homper.

Y el sueño se fue en repasar con el genio de la filosofía la ristra de dudas que le acometían en los últimos días. 1. La reforma laboral, ¿es tan necesaria como dice Rajoy o tan perversa como corean oposición y sindicatos? 2. El 11 M, ¿lo cabal es pasar página o seguir investigando? 3. Manifestarse contra la reforma laboral el día de tan nefasto aniversario: ¿necesidad o agravio? 4. ¿Es imprescindible ajustar el déficit, o es más recomendable seguir primando el gasto social y el que venga detrás que arree? 5. ¿Es tan grave lo que dijo Gallardón sobre el aborto como para tanta trapatiesta? 6. ¿Dónde hay más chorizos, en torno a Gurtel o alrededor de los ERE de la Junta de Andalucía? 7. ¿Qué es peor, pagar la energía a su precio o hacer la vista gorda sobre la amenaza nuclear? 8. ¿A quién favorecen más los árbitros, al Barça o al Madrid? 9. ¿Qué vicepresidenta elige mejor sus cirujanos estéticos, Soraya o María Teresa? 10. ¿Cuándo se irá el anticiclón a hacer puñetas y lloverá de una puñetera vez?

Sócrates le aseguró que estaba en plan colaborador, pero todo lo que hizo fue encogerse de hombros ante cada dilema. En vista de lo cual, y dado que su heroína ni había asomado por el sueño, Homper decidió al despertar que lo mejor era volver al Corte Inglés, comprar un poco más de te, que despabila mucho, y preguntarle a Margarita si tenía libre el próximo sábado para invitarle a remar en las barcas del Retiro.

 

La política no tiene alma

A los ciudadanos nos cuesta admitir algo que Homper tiene claro, y es que la política no puede andarse con remilgos de conciencia...

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-Qué escándalo –dice la tía Clota sin ocultar que sus muchos años no le han matado la ironía- Yo creía que esas cosas no pasaban en España

-¿A qué te refieres, tía? –pregunta su sobrino Homper.

-Dos políticos que se han atrevido a criticar a su partido…¿Pero cuando se había visto semejante cosa?

Desde su casita en Vermont la ancianísima profesora jubilada sigue escuchando la radio española por Internet. Y luego comenta las noticias con su sobrino. Homper no tiene particular añoranza de España. La vive, la soporta, la disfruta. No siente por tanto nada que añorar. Pero desde que la realidad se ha tornado tan áspera lee menos periódicos y escucha menos informativos que nunca. Se ha convencido ya de que hay otras alternativas para alimentar el espíritu. Como tantas otras cosas, la noticia de tía Clota le ha hecho caer del guindo, y entrar una vez más en ese estado de perplejidad permanente que da lugar a su nombre.

-Nunca, tía. Decían que el que se movía no salía en la foto. Pero los partidos tampoco son lo que eran.

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Resulta que a Josep Borrell, ex ministro y ex candidato del PSOE se le ocurrió declarar en público que algunas medidas que ha tomado el gobierno del PP las tenía que haber tomado antes su partido. Por ejemplo,  poner cortapisas a los sueldazos de aquellos banqueros cuyos desafueros pagamos todos o facilitar la dación en pago para que los hipotecados insolventes se libren así de la insaciable sanguijuela de la sacrosanta banca. Resulta que casi el mismo día Esperanza Aguirre, que no se caracteriza precisamente por su templanza verbal, ha criticado al gobierno de su partido por las maneras un tanto abruptas con las que las autoridades pretendieron ejecutar un deahucio. Como si los gobiernos del PP, por muy legales que sean, no puedan tener eso que la gente llama consideración.

-Tenga usted consideración, agente. Déjeme que vista al niño y no nos desahucie en pijama, que está la mañana fría.

No fueron tan comprensivos los agentes y la presidenta del PP madrileño tuvo el atrevimiento de criticar a Interior.

-Qué escándalo, tía. Tienes razón. ¿Cuándo se dará cuenta el personal de que la política no puede tener alma?

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Mayorías. Estrategias. La imagen: unidad de doctrina, prietas las filas en torno al líder.Y pavor al qué dirán, aunque se supone que los electores, cuando votan, ya son lo bastante mayorcitos como para saber que donde los suyos dicen digo luego dirán Diego y se quedarán tan frescos. Tanto la tía Clota como su sobrino el Hombre Perplejo saben que el gobierno del PSOE debería de haber tomado muchas de las medidas que ahora está tomando el del PP. Como están de acuerdo en que este metió la gamba, por exceso de rigor en el asunto que provocó la ira de la señora Aguirre. Pero la política es la política, y los partidos son los partidos.

-Debe de ser así de simple, tía –concluye Homper- O somos, o no somos. ¿Qué pintamos los que tenemos dudas y comprendemos las medias tintas?

Casi todo es tan “deja vu” como los Goya

Si te gusta el cine, seguro que a la misma hora que se entregan los Goya hay alguna cadena que emita una película...

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Sostiene Homper que una de las ventajas de los años es que te permite desmarcarte de lo políticamente correcto sin que la conciencia te torture demasiado.

-Por ejemplo-sostiene mientras se fuma un puro de chocolate- Puedes confesar que la moda te importa un bledo. Que te aburren hasta la saciedad las pasarelas, las

  • Cibeles  o la Fashion Weeks
  • , que ya no se cómo se llaman. Que el noventa por ciento los suplementos dominicales de los periódicos pueden tirarse directamente al cubo de la basura, sección feria de vanidades. Que lo que vale la pena de ARCO cabría en el hall del Prado, sin tener que andar kilómetros y kilómetros para ver boutades de colores y composiciones de aire frito. Y que lo peor del cine no fue el landismo ni las películas de Juan de Orduña, o de Sylvester Stallone, quién las pillara. Sino ese estomagante espectáculo de sonrisas, lágrimas, lentejuelas, gilipolleces y descarado autobombo en que se han convertido las galas cinematográficas.

    Y en su  anatema no hace distingos.

    -Me aburren tanto le ceremonia de los Oscar y Billy Cristal como la de los Goya con el gracioso de turno que imponen las televisiones para vender mejor.

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    Al Hombre Perplejo le dejó muy sorprendido que una mujer de pueblo como Doña María supiera poner al cine en su sitio.

    -¿Sabe usted que cuando Rhett Butler besa a Escarlata en Lo que el viento se llevó al Clark Gable le olía el aliento?

    -No me diga.

    -Pues sí. Se conoce que tenía  una muela mu picada, pero como la Vivien Leigh era mu buena artista  lo disimuló mu requetebién. El cine es mentirijillas. Y eso es lo que me gusta a mí del cine, que pa verdades y dolores ya tenemos la vida misma.

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    Según Homper el argumento de Doña María está lleno de razón: cuando destripas el cine, este pierda su encanto. Los que ella llama artistas, según el lenguaje de su época (ahora son actores o actrices) son muy interesantes cuando no son ellos, sino su personaje. Luego los conoces en un bar o en la cena en casa de un amigo y resulta que están obsesionados porque les han puesto una multa de circulación. Y hasta se atreven a hablarte de su colesterol, como si en lugar de ser inmortales fueran del comercio.

    -Un desastre, doña María, usted da en el clavo. Del artista, lo único que hay que conocer es su arte.

    -¡Ya ve usted!…Cuando una piensa que a George Clooney también `puede que le abandone el desodorante!…

    Esa es la  realidad aplastante. Como otra que aún lo es más, y que comparten Homper y la doña con todos los que ya tienen unos años. Pones la tele, se abre el telediario y ya sólo por la cara del presentador puedes ir recitando la noticia. Vas a una junta de accionistas y presientes las palabras del Botín de turno. Entrevistan a un ministro y te imaginas ce por be lo que va a decir de la crisis. ¿Quién no es capaz de adivinar el discurso del rey? No digamos nada de los niños de San Ildefonso, de la homilía del cura, de la proclama del sindicalista, del elogio al amigo o al pariente que ahora se ha incrustado en las bodas y funerales, de la rueda de prensa del entrenador de fútbol, como si cualquier partido fuera un consejo de ministros. Todo parece ya visto y oído, qué aburrimiento, la noche lela que nos espera: doy las gracias a mi madre, pero este Goya no es mío, sino del equipo, porque detrás de una película hay un puñado de trabajadores (aquí añadirán trabajadoras) que…

     Dejá vu, repiensa Homper. Pero como ya estoy en el desguace,  me importa un comino lo que digan los demás. Así que cogeré el mando de la tele y en lugar de inyectarme empalaguina en vena, buscaré una cadena que ponga una película.

    -En el peor de los casos- concluye- sólo será eso: una película.

     

        

    La carta final

    ¿Por qué es tan difícil seguir escribiendo cartas?...

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    Querida Elvira

    Espero que al recibo de la presente estés bien. Por aquí todo como de costumbre, a Dios gracias. Estoy a la espera del tac ese que me mandó el médico, que está empeñado en que me lo haga, a pesar de que nunca he fumado. Y luego dirán que la sanidad es cara, como decía Joaquín Sorolla en su famoso cuadro de los pescadores.

    Otra novedad es que reapareció el ratoncito aquel que acudió a comerse las migajas del roscón el último día que tomamos el te juntos. No se qué hacer para atraparlo. Quiero ponerle una trampa, pero me da pena. Siempre me acuerdo de Tom y Jerry. A veces me gustaría tener un alma tan fría como la de un ministro del interior, pero no lo consigo. Supongo que si Sanidad se entera de que convivo con un ratón me mandaría una brigada raticida, desinfectarían la casa, la precintarían y me recolocarían en una pensión de la calle del Pez, que es la típica operación humanitaria de los ayuntamientos. Qué obsesión por la salud pública. ¿Cómo les explico yo que cuando tú te vas sólo el ratón me hace compañía?

    Aprovecho esta carta para decirte que estabas muy guapa la última tarde. Tan elegante como siempre. No se en cuántas cartas más podré piropearte, porque verás, se me habían acabado los sellos, he ido a mi estanco habitual y me han dicho que no les quedaban. ¿Que no les quedan?…¿Te imaginas a una farmacia que agota las tiritas? Raro, ¿no?. No me importó, ya sabes, el médico me dice que debo andar rodos los días al menos tres cuartos de hora. Busqué otro estanco, y me dijo, pásmate, que ya no venden sellos. Ni certificados de penales, ni esos impresos, timbres y esas cosas, que antes suministraban al personal. Se los ha quitado el estado, y claro, los estanqueros están que trinan. ¿Y cómo se compran sellos ahora, le pregunté? Pues en una estafeta de Correos, dijo. Dijo eso, la palabra estafeta, que ya no la dice nadie. Se ha quedado antiguo, como yo, que aún escribo cartas. Como las cartas, que ahora sólo llegan de los bancos, de las compañías de teléfono o de las eléctricas. Si es que a esos impresos horribles se les puede llamar cartas.

    Ya sabes el afecto que te tengo, Elvira. Pero esta última carta es, entre otras cosas, para anunciarte que gracias a las medidas tan prácticas que imponen ahora, ya no voy a poder escribirte con la misma frecuencia. Además, con esta obsesión que tenemos por la seguridad es probable que los carteros, al ver una carta manuscrita, como a mí me gustaba hacerlo, crean que, lagarto lagarto, ahí hay un objeto postal no identificado, y lo manden a los Tedax. Y quizás no te llegue nunca. Ya sabes, el progreso.

    Tendé que escribirte un SMS o un e-mail, como me recomiendan mis nietos. Perdona la grosería que voy a decir, impropia de un hombre de mi educación y de mi edad. Pero aunque tú seas una mujer maravillosa yo no podré decírtelo más por carta porque el progreso, que es tan útil, a veces se porta como un gilipollas. Y lo de retirar los sellos de los estancos es otra prueba más de ello.

    En fin, no te entretengo más, pues supongo que tienes muchas ocupaciones. Deseándote que el año que acaba de empezar te conserve la salud y te traiga muchas buenas noticias para ti y los tuyos, queda de tí devoto y besa tu mano tu viejo amigo.

    Homper

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    La carta final
    es una excelente película filmada en 1987 por un director poco conocido, David Hugh Jones. Está basada en la pequeña novela de Helen Hanff titulada 84 Charing Road Cross, que cuenta la entrañable historia de una relación algo más que amistosa forjada a lo largo de tres décadas por la correspondencia entre una americana y un adusto librero inglés. Ann Bancroft y Anthony Hopkins representan admirablemente sus papeles. Pero cuenta Homper que lo que en verdad le emocionó de esta historia es, valga la polisemia, el papel de la carta, el protagonismo de la literatura epistolar, el valor del mensaje escrito a otra persona. Ese depósito de confidencias y sentimientos que se abre con un rasgahojas con la misma emoción que la envoltura del mejor regalo.

    Mejor dicho, que se abría.

    Tempus fugit –piensa Homper- Y a veces, de la que huye, subraya con un toque humor amargo, tempus jodet.

    Líbrame Señor de una muerte grotesca

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    Una de las ventajas de ir cumpliendo años es que vas asumiendo con naturalidad que esto se acaba. No es pesimismo, sino un realismo bien entendido, y que hasta suele coincidir con una sensación de fatiga. La fatiga de vivir.

    La muerte alivia algunos notables inconvenientes. Y te libra de esos garbanzos en los zapatos que nos calzamos diariamente. Dejas de dormir poco para entrar en el sueño eterno, no hay que madrugar más, ganas la soñada exención de impuestos, no hay reuniones de la comunidad de vecinos en el más allá, no hay que leer el periódico ni castigarse soportando la gilipollez humana, no hay comisiones bancarias que medien en el tránsito, se deja de sufrir la ansiedad de la cultura o la necia dictadura de la moda, no hay que luchar más contra los abrefáciles que te amargan la vida. Tampoco se padecerá por la suerte del desempleo: estos parados no necesitan nada más que ser recordados. Y aunque no lo sean, tampoco se van a dar cuenta de ello.

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    No le importa tanto a este bloguero la muerte como las condiciones en que ésta se presente. La muerte digna no depende sólo de la ausencia de dolor, sino del momento y de las circunstancias. Hace años el Duende leyó en los periódicos una noticia casi surrealista que le dejó aterrado. Contaba una sección de sucesos que un campesino había muerto aplastado por una roca en el muy poco honorable trance de copular…¡con una gallina! Qué Némesis tan brutal, qué ridículo tan espantoso. Recientemente todos hemos contemplado, perplejos cual nuestro amigo Homper, cómo el pueblo norcoreano lloraba de forma histriónica la muerte de su líder Kim Jong-il. Al mundo occidental le resulta inexplicable semejante teatralización de la histeria colectiva por la desaparición de un dictador, pero los abducidos norcoreanitos quizás no lloraban por eso, sino porque, según se comentó en Herrera en la onda, la muerte le sobrevino al sátrapa mientras defecaba.

    -¡Qué desprestigio! –se debía de lamentar su pueblo plañidero- ¡Pensar que nuestro líder ha muerto dando de cuerpo!…

    Muerte, por favor: se más discreta cuando vengas a por el duende que suscribe.

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    La señora Olegaria era una mujer abnegada y trabajadora, y había dedicado sus últimos diez años a cuidar de su marido, un impedido que le anticipó a su amantísima esposa al menos cuatro años de purgatorio. Su marido había sido un borracho y un putero, pero eso no era eximente para el cariño de Olegaria, que era una buena cristiana. Se murió el marido, y Olegaria quedó viuda al borde de la indigencia. Días después de haber enterrado a su marido, su cruz y su llanto, murió en la calle de un ataque al corazón. Su cadáver fue levantado a las puertas del Monte de Piedad, y en el bolso de Olegaria se encontró una bolsita de papel que contenía dos alianzas matrimoniales y una dentadura postiza con tres piezas de oro. Tampoco fue la muerte digna que Olegaria se merecía.

    La gallina violada, la muerte en el retrete y el triste bolso de Olegaria. Todo se le mezclaba en la cabeza al Duende cuando hacía algo aparentemente tan fácil como instalar unas protecciones de plástico en las esquinas de su plaza de garaje para proteger a su coche de roces y abolladuras de chapa. Qué ingenuidad la suya.

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    Doña María hablaba de las múltiples pequeñas cosas de espaldas al pueblo que le complican tontamente la vida al ciudadano. Y, puesto en faena, el Duende advirtió que las protecciones de plástico que la afamada firma Leroy Merlín le había vendido para proteger el cutis de su coche en el garaje pertenecían a ese género de ingenios imperfectos que no se explica cómo se venden. Para empezar –cosa tan obvia que se no se tomó la molestia de comprobar, craso error- uno esperaba que las protecciones formaran un ángulo recto, y se acoplaran a las esquinas como el dedal al dedo. Pero no: formaban un ángulo agudo, no se sabe en qué esquinas pensarían sus fabricantes. Durante la primera media hora de su ejercicio dominical, el Duende trató de abrir, primero manualmente, y luego a pisotones, el ángulo de las protecciones. Desgraciadamente, el grosor de las mismas las hacía demasiado rígidas.

    El segundo inconveniente es que las protecciones venían sin adherencia. Y a falta de recomendaciones, uno pensó que un pegamento de contacto contundente las adheriría sin mayores problemas, incluso aunque las bandas de plástico no pegaran con la pared en toda su superficie. Compró un pegamento infalible que le recomendó un ferretero, recorrió con un reguero de pasta blanca los bordes de la protección y procuró encajarlo en su lugar. Al poco, el Duende comprobó que el pegamento de contacto necesitaba presión para hacer efecto, así que durante bastantes minutos presionó con manos, rodillas y pies esperando el éxito. Cuando ya empezaba a aburrirse de su vida, y a convencerse de que no merece la pena dedicar más tiempo a estas majaderías, dio por cumplido el trabajo y se dio la vuelta para subir a casa. Pero antes de llegar a la puerta del ascensor le sorprendió un ruido. Volvió la mirada y la protección de plástico estaba en el suelo.

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    Todo tiene su explicación –se dijo el Duende. El pegamento era demasiado denso, y la sección de salida del tubo no lo bastante ancha para que sirviera la cantidad suficiente. Subió a casa, cogió una sierra, bajó, seccionó el canutillo de aplicación por su base, apretó el tubo como si fuera un asesino de pegamentos, y como pudo embadurnó las paredes interiores de la puñetera protección de plástico para encajarla nuevamente y durante casi media hora presionarla para que se adosara definitivamente a la pared.

    Entretanto sudaba, se irritaba y notaba que la la ira se iba apoderando de él. Empezó a acordarse de los padres y de las madres de Leroy y de Merlin, y también de las de los fabricantes de defensas, de las de los dependientes que no le advirtieron de que el plástico era rígido, y que de ángulo recto, nada. También invocó a la madre del que inventó ese pegamento de mierda, a la del ferretero que se lo colocó malamente y hasta a la del constructor del garaje, que no se sabe por qué con lo que cobró por venderlo no tomó la precaución de revestir las esquinas con blindaje de goma. Cuando parecía que la protección de plástico, al fin, quedaba fija, ésta empezó a alabearse por la mitad de su altura, y su base y su cabecera iniciaron un lento alejamiento de la pared, mostrando que aquellos hilillos de pasta blanca no servían para nada.

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    Entonces, la emprendió a patadas y a puñetazos contra la esquina. No se sabe si como postrer intento para pegar la protección y conseguir su objetivo de proteger el cutis de su coche o cabreado por aquella nueva demostración de que todo conspiraba contra él de espaldas al pueblo. Estaba indignado, enloquecido, poseso de una ira universal contra todo por haberle puesto en esa ridícula situación que le robó media mañana de un soleado domingo de enero. Por un momento pensó que en casos así a algunos les sobreviene un infarto de miocardio, y tienen que cerrar su biografía con una nota tan absurda como “murió tratando de poner, inútilmente, unas defensas en las esquinas de su garaje”. Luego se vio en la misma lista que el presunto follador de gallinas aplastado en el intento, o el dictador cagón, o la desdichada señora Olegaria.

    Y se consoló pensando que, por el momento, se había librado de una muerte grotesca como la que, lamentablemente, podría sorprenderle en tantas situaciones peculiares que uno vive cada día.

    Un fin de año distinto

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    Parece ser que sonaron las doce campanadas que, como cualquier otra noche, da el reloj de la Puerta del Sol. Y Homper se quedó estupefacto con el espectáculo que siguió. No vio a José Mota, ni a Anne Igartiburu, personajes ambos a los que admira por distintos motivos. Sino a Katherine Hepburn, Cary Grant, James Stewart y a George Cukor, brillantes todos ellos en Historias de Filadelfia (1940).

    Peligroso que una comedia con setenta y un años a sus espaldas le tentara al Hombre Perplejo más que la recepción del futuro que nos queda más a mano, que es este temido 2012. Pero es explicable: por una parte el nuevo año asoma la oreja con más miserias, recortes y subidas de impuestos. Consolémonos con el buen humor, la gracia y la finura que rebosa esta película. Por otra, acababa de leer un artículo de Javier Marías que él titula como Superculpables, donde critica al que él llama intelectual cronológico, es decir, al que, “con sentido acrítico abraza siempre lo último, boquiabierto y babeante, al que aplaude invariablemente lo que hay y se lleva, tan sólo porque es nuevo y existe”. A juicio de Marías tan estúpido es considerar que cualquiera tiempo pasado fue mejor como esperar que lo vaya a ser el futuro sólo porque es nuevo. El futuro, añade Homper de su cosecha, sólo es, con seguridad, inevitable.

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    Así que Homper se ahorró las uvas. Hace ya años que dejó de tomarlas, y no ha notado que la vida le haya tratado peor por ello.

    Es más: aunque, como se ha advertido ya en este blog, el Hombre Perplejo guarda afinidades con el pavo, le parecía estúpido engullir doce uvas como las engulliría este, que no pasa por ser precisamente uno de los animales más lúcidos. Item más: él las tomaría incluso con gusto si las uvas del tiempo fueran las moscatel, que son deliciosas, pero no las uvas tontas e insípidas que nos colocan en estas fechas los mismos productores que en el año 1909 tuvieron la feliz idea de inventar y difundir este ritual. Ya les vale con lo que han conseguido. En plena era del descreimiento y del relativismo y confiando todavía en que doce uvas nos cambien la suerte. Casi más fiable Doña Manolita.

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    En el último paseo del año 2011 por un Madrid semidesierto y con la mayoría de las tiendas cerradas Homper compró juguetes, un roscón en Carrefour – la de Reyes en cambio si es tradición de su gusto- y dos libros para regalo. Los libros eran Los enamoramientos, del propio y celeberado Javier Marías, y Lo que me queda por vivir, de Elvira Lindo, una escritora que le cae extraordinariamente bien. La primera ha sido especialmente una novela muy jaleada por la crítica, pero cuando Homper pensó por qué había comprado precisamente estos dos libros y no otros dentro del variadísimo repertorio de novedades editoriales que invaden las librerías, tuvo que admitir que había algo de determinismo en sus títulos. Se venderá e interesará mucho más Inside Job, claro, pero Homper también es de los superculpables que miran con recelo el obligado progresismo oficial. A veces cae en la debilidad de creer que vale más la literatura.

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    Qué contradicción, dudar del poder mágico de las uvas de la suerte y caer en el embrujo de los títulos de los libros aún sin haberlos leído. Interesarse por los enamoramientos cuando uno especula ya con lo que le queda por vivir. ¿Curiosidad o morbo?

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    El último encuentro del año lo mantuvo Homper con su sobrina Margarita, que había ido a la Casa del Libro en busca de un modelo de agenda Moleskine del que lamentablemente no quedaban existencias. Margarita era hace nada una niña adorable de espléndidos ojos azules y de arrebatadora sonrisa. Una de esas niñas que queda inmortalizada en una caja de galletas para convencer al personal de que quien las come tiene asegurada la felicidad. Ahora Margarita es una mujer hecha y derecha, y su hija Paula, no menos encantadora, ya va a guateques. Tempus fugit. Homper advirtió entonces que se había pasado casi una vida y no había regalado casi nada a Margarita, a pesar de que los humanos queremos a los tíos muchas veces por los regalos que nos han ido haciendo de niños.

    -Déjame que te regale un libro –le dijo- Que no se si con lo que me queda por vivir vas a encontrar otra ocasión mejor para aprovechar a tu tío.

    No hubo manera, ella es tan considerada que se negaba a aceptar un regalo Entonces Homper cayó en la cuenta de que llevaba en sus manos un roscón de Reyes de tamaño mediano que claramente le quedaba grande. Sobre el roscón de Reyes, como sobre los turrones, hay en Madrid mucho mito. Parece que sólo son buenos los de dos o tres obradores y reposterías tradicionales. Pero Homper se tiene por experto en la cata de roscones, y da fe de que en Carrefour le dieron a probar uno que no era nada malo, sino todo lo contrario, y por eso lo compró.

    -Pues te quedas con este roscón –le dijo poniéndoselo en las manos a su querida sobrina Margarita.

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    Así que Margarita, Javier Marías, Elvira Lindo, Katherine Hepbun, Cary Grant, James Stewart , George Cukor y el roscón de Carrefour fueron las últimas cuentas que Homper engastó en el collar del año que se iba. Los fines de año sirven, sobre todo, para eso: `para fijar en la memoria personas y situaciones que ilustran lo imprevisible de la vida de forma tan aleatoria como una combinación de la Primitiva.

    Como imprevisible fue también lo que Homper vio, más perplejo que nunca, desde su palomar cuando en su reloj sin campanadas pasaban ya de las doce. Pues sobre la línea del cielo de la capital empezaron a dibujarse desde todos los barrios multitud de castillos de fuegos artificiales, cohetes aislados, tracas, petardos y otros efectos pirotécnicos que se mantuvieron por más de una hora. Como si la pólvora fuera gratis, y viviéramos en el reino de Jauja, y tuviéramos por seguro que 2012 iba a vaciar sobre nuestras cabezas el cuerno de la abundancia. Ni crisis, ni recortes, ni paro, ni puentes hundidos, ni subidas de impuestos, ni estrecheces, ni pesimismo. Madrid sonaba como supone Homper que debió de sonar cuando las tropas de Franco la asediaban en 1936. No recordaba haber escuchado nunca tantas explosiones. Esta vez, al parecer, eran de júbilo.

    Él también gozó del suyo. Lo sentía bajo el edredón, mientras empezaba a ser ganado por el sueño para despertar esta mañana y comprobar que, después de tanta fanfarria, la vida no ha cambiado demasiado. Feliz Año 2012 tenga el lector , si es capaz de atar esa mosca por el rabo.

    Un crepúsculo divino

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    Escucha Homper en una tertulia radiofónica una frase que le da qué pensar. La dice Joaquín Leguina, y no es mala pulla contra los que por huir de las creencias tradicionales acaban comulgando con ruedas de molino.

    -Dejamos de creer en Dios y acabamos creyendo en cualquier cosa.

    La frase se puede entender de mil maneras. Pero el Hombre Perplejo, poco instruído, la refiere a las dudas propias de su edad y de su condición. El Dios que le contaron se fue diluyendo en él por hacer caso a la razón. Pero emprendió el camino de la razón y, o ésta no era demasiado clara, o él era medio tonto, y no daba para seguir progresando por esa vía. Se pone en almoneda al Dios creador del cielo y de la tierra y unos sabios que dicen entender mucho de astronomía, de física cuántica y de otras materias abstrusas nos lo cambian por el Big-Bang. Ahora lo último es el bosón de Higgs, la llamada partícula de Dios . No está, pero se la espera en ese túnel de 28 kilómetros socavado en la frontera entre Francia y Suiza para que colisionen entre sí los hadrones. Con lo bien que quedaba Dios apareciéndosele a Moisés/Charlton Heston en el monte Sinaí y ahora encarnándose en partícula por un túnel donde otros hadrones viajan a toda leche y se estrellan entre sí como conductores de autopista borrachos. A partir de el momento en que aparezca el famoso bosón –vaya nombre- será como el Gran Houdini, pero en plan cósmico.

    -Qué empanada, Señor, qué empanada-suspira Homper- Con lo señorial que quedabas tú con largas barbas en las viñetas de la Historia Sagrada…Tampoco lo entendíamos mucho, pero más creíble que lo de la partícula sí que resultabas.

    Ahora a Dios ni siquiera se le pone imagen. ¿Quién es capaz de pintarle barbas a una partícula?

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    Imagina Homper que, si es verdad el Creador es omnisciente, debería saber cómo tenemos que entenderle. Y se queda estupefacto –perplejo, como indica su nombre- de que por no complicarse la vida él le haga responsable únicamente de todo lo que le parece bueno, y nunca de los males, horrores e injusticias que se ven por el mundo. A Dios,como al Rey, conviene no comprometerle mucho.

    -Además –aclara- Dios tiene muy buen gusto. Lo se porque cuando veo algo bello y me emociono siento como que vuelo. Y dado que los hombres no tenemos alas debe de ser uno de sus milagros.

    Homper se las apaña para encontrar al Sumo Hacedor en muchas cosas sin importancia o en pequeños instantes mágicos. Hay un pedazo de Dios en una tortilla de patata, otro en una ventana mudéjar, otro en Audrey Hepburn recién duchada cantando Moon river, otro pedazo en un polvorón, otro en una rosa, otro en un silencio, otro en el aroma del espliego, otro en el roce del pie con la sábana recién mudada, otro en la novela que nunca escribirá, otro en el momento de domirse, otro en un gin-tonic después de haber hecho deporte una tarde de verano, otro en el beso de un nieto a su abuelo,otro en un bolero bailado bien apretado a una mujer en la verbena de pueblo de una noche de verano, otro en el recuerdo infantil de la leche condensada deslizándose por el gaznate, muchos en la música de Bach, y más aún, desparramados por ahí, en multitud de paisajes. En mares, montañas, desiertos. En las cataratas del Iguazú. O en esa bravía playa del Cantábrico por donde pasea una fascinante dama con dos perritos. Esas vivencias hacen de su alma una guitarra, y en ella una mano maestra dibuja misteriosos arpegios que le reconcilian on la idea del mago supremo.

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    El último destello de presunta divinidad fue esta semana, en el inicio del invierno, cuando las noches son puñados de diamantes desparramados sobre terciopelo oscuro y los días amanecen glaseados de blanca escarcha. Al atardecer, se veía por el suroeste un cielo nítidamente azul condecorado por el cuerno de la luna creciente y, por debajo, de él una banda de luz crepuscular de color rosado, casi púrpura.

    -Mañana hará mucho frío –le decían cuando era niño y el cielo pintaba así.

    Confiesa Homper que ahora le daba igual el frío. En ese momento de soledad gozosa, alguien le decía por teléfono que donde estaba, a muchos kilómetros de distancia, veía un cuadro igual y, sin buscarlo, también sentía un momento especial. Ambos convergían sus miradas en ese punto del gigantesco espacio al que los científicos aún no son capaces de encontrar límite. Y Homper no quiso ponerse trascendente o cursilón, y menos aún buscarle cinco pies al gato, pero no se imaginaba que el bosón de Higgs, con todo lo que se espera de él, fuera capaz de inventar un sencillo momento tan delicioso y emocionante como éste.

    - Si no es cosa de Dios –concluyó- hay por ahí un poeta genial que ha adoptado ese seudónimo.

    Nunca saldrá de dudas, pero al menos cree que pasa ratos maravillosos.

    Punset y el meñique dolorido

    Eduard Punset es un genio que tiene remedios para casi todo...

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    La puñalada trapera que cada día nos tiene reservada la existencia puede sobrevenir de la manera más tonta. Por ejemplo, esta mañana el incauto Homper no se acordó de que andaba descalzo por su habitación, y de que la pata de la cama estaba justo allí, velada por un edredón generoso que llegaba hasta el suelo. Hizo un movimiento inoportuno, metió el pie izquierdo por la zona prohibida y de repente el dedo meñique chocó violentamente contra ese obstáculo criminal y dolorosísimo que sustenta la paz de nuestro sueño.

    -La madre que la parió –clamó para sus adentros mientras veía las estrellas.

    Qué absurdo, invocar a la madre que parió a una pata de una cama desalmada. Pero en esos momentos de dolor intenso y súbito, sin saber qué harán los demás, Homper presume que la reacción natural del hombre es desahogarse con algún insulto, algún exabrupto, algún epíteto malsonante. Durante algún tiempo, en ocasiones como esas, Homper prefería una frase tan absurda como me cago en los cojones de Witiza, pero ahora es consciente de que ese desahogo puede no ser respetuoso, ojito con los radicales, que siempre hay un integrista de mal carácter dispuesto a amargarte la vida por una chorrada de este jaez. Así que cargó contra la pobre madre de la pobre pata de la pobre cama, qué culpa tendría ella de estar allí, y se sentó sobre el lecho para apretarse el meñique contusionado mientras trataba de imaginar qué remedio cerebral aplicaría el gran Eduard Punset en este trance.

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    Punset no dejó una profunda huella en el recuerdo de los españoles mientras fue ministro. Es cierto que le aureolaba una cierta fama de tipo original y genialoide, y que irradiaba simpatía, pero posiblemente esta no trascendió de la clase política o de los sectores empresariales entre los que se movía. Sin embargo supo alejarse del poder y reciclarse como divulgador científico. No sólo eso: gracias a su personalidad ha caído en gracia  hasta haberse convertido en un icono mediático. Suena un poco gilipollesca la expresión, pero es así.

    Homper confiesa que nunca sabe si lo que divulga tiene mucha base, pero está convencido de sin duda tiene mucho encanto, y de que la gente está deseosa de escuchar remedios casi esotéricos como los que él predica. Eduardo Punset, que ahora es Eduard, hace uso de su magnífica voz, de su expresión de niño maravillado , de su limpia sonrisa y de ese cráneo einsteniano que envuelve su indudable talento para vender felicidad a nuestro alcance con el mismo poder de seducción que si fuera un genio bueno de El señor de los anillos. No sabe Homper si ha sanado con  sus charlas y sus libros muchas almas malheridas o si es la  reencarnación de un placebo colectivo, pero algo tendrá su agua cuando tantos la bendicen y hasta Bimbo le convierte en estrella publicitaria para vender más pan de molde. Nunca nadie pudo imaginar que un ex ministro llegara a tanto. Homper recuerda que hace unos años le escuchó a Antonio Gala sorprenderse del enorme impacto popular y emocional que inopinadamente había conseguido con su literatura.

    -En muchos sitios donde voy a firmar mis libros –dijo el escritor- me quieren, me aclaman y me pasean como si fuera un santo.

    Afortunadamente, piensa nuestro Hombre Perplejo, no sólo de artistas de cine y de futbolistas se alimenta nuestro imaginario.

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    La esperanza es que ayer mismo, Homper había leído en un  colorín dominical el consultorio en el que Eduard Punset hace de Señorita Francis, pero más ilustrado, y responde a los seguidores que le cuentan su problema. ¿Qué hacer para superar el desamor? –le planteaba alguien. Y Punset responde: “según los neurocientíficos, volver a enamorarse”. O sea, algo tan viejo como aquello de que una mancha de mora con otra mancha se quita. Pero luego viene lo novedoso, el hallazgo de los sabios del alma y del cerebro. “Para volver a enamorarse, hay que desaprender”.

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    Desaprender es la clave. Se podría decir olvidar, que es más sencillo, pero psicólogos y publicitarios se han tomado la molestia de enrevesar lo evidente y ahora no olvidamos, sino que desaprendemos, que queda mucho más científico y mucho más fino.

    Y Homper se ha quedado perplejo de la eficacia de tal simpleza, pero la receta de Punset le ha despejado el horizonte. Ahora él sólo tiene que desaprender a moverse descalzo alrededor de las patas de la cama. Y, por qué no pedir más peras al olmo, solicitar a las terminales nerviosas del cerebro que, si no les sirve de molestia, le permitan también desdolerse de ese golpe que le ha machacado el meñique.

    La suerte del murgaño y la esperanza

    Homper no pudo salvar la vida al murgaño, pero no pierde otras esperanzas...

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    Aquel día Homper  se sorprendió al comprobar que en la especie humana cabe de todo. Cuántas sensibilidades distintas, a veces diametralmente opuestas. La radio conraba que un par de niños habían desaparecido en un parque de Córdoba donde paseaban con su padre, separado de la madre de las criaturas. Raro, raro. La madre estaba desconsolada, rota. La policía había investigado ya la finca de los abuelos paternos, donde habían observado detenidamente los restos de una hoguera en la que aparecían huesos.

    Sólo era la macabra insinuación de una hipótesis, pero Homper sintió que un escalofrío le sacudía el cuerpo. ¿Sería posible que el padre hubiera asesinado a sus hijos y hubiera quemado sus cuerpos para deshacerse de la prueba de su crimen?  A continuación el informativo hizo un alto para dar paso a unas cuñas publicitarias. Una de ellas anunciaba un programa de la propia cadena, Como el perro y el gato, que presenta Carlos Rodríguez.

    -Estoy preocupado porque a mi gato le huele el aliento –decía uno de los oyentes que habían llamado al consultorio del programa- ¿Tiene remedio?

    A Homper le alivió que la halitosis gatuna tenga remedio. Los niños de Córdoba siguen sin aparecer, pero si un amante de los animales quiere dar un beso a tornillo a un minino puede encontrar una boca tan fragante como se supone que debe de ser la de  Scarlet Johansson. Algunas almas sensibles sí tienen la suerte de encontrar solución para sus problemas.

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    Aquél día de sol veraniego Homper estaba en la Galicia profunda, en un precioso pazo del valle de Lemos, acompañando a un amigo que pasa momentos difíciles. Una casa solariega con varios siglos de piedra y pizarra a cuestas, verdes prados regados por el río Mao y un monte de frondosos carballos y arces en la orilla opuesta enmarcaban una vista ideal para el descanso y la meditación.

    Los males que afligen al amigo no son ni mucho menos los del drama de los niños desparecidos. Tampoco los del amante preocupado por el aliento de los gatos. Homper tiene poco de psicólogo, y  tampoco mucho de director espiritual. Sólo es algo experto en auxilios mínimos: una conversación  con buenas intenciones, quizás un chiste, un par de huevos fritos con chorizo, la recomendación de un libro, de una música, de un paseo. Pero el amigo padece de un defecto muy extendido, y del que casi nadie está libre, y es creer que el mundo gravita únicamente alrededor de nuestro ego herido.

    -Le voy a ser sincera –le confesaba a Homper el otro día su vecina- La deuda soberana, la quiebra de Grecia,  la crisis del euro y eso será muy grave. Pero a  mí lo que de verdad me arruina la vida es la ciática.

    Todos vivimos obsesionados con nuestras ciáticas del alma. Ya sean graves, menos graves o, como en caso del dueño del gato, irrelevantes.

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    Los niños de Córdoba seguían sin aparecer, la crisis económica no cedía, la depresión del amigo tardaba en asimilar la terapia que proponía, sin demasiada convicción, Homper. Quedaba la esperanza de que la vecina hubiera mejorado de su ciática, y que el gato maloliente hubiera convertido su halitosis en suspiros de fresa como los de la princea de Rubén Darío, que estaba triste, pero olía divinamente.

    -Si no puedes arreglar los grandes males del mundo –recordó Homper que le dijo una vez el padre Ramiro- ayuda a solucionar ese pequeño problema que tienes a mano.

    Después de haber corrido por el lecho seco del embalse de Vilasouto, por los bosques de Novelin, Rendar y Eirexalba y de haber saludado a par de corzos con los que se cruzó en el camino de aquel insólito día de otoño estival, el problema más inmediato se presentó en el fondo de la bañera. Ahí, mientras se duchaba después de la carrera, Homper descubrió un punto del tamaño de una lenteja que se desplazaba lentamente, como tratando de esquivar los chorros de agua que proyectaba la alcachofa de la ducha. Homper no se ducha con gafas, pero a pesar de ello estaba convencido de que se trataba de un murgaño. Por tal nombre se conoce a cualquiera de las seis mil quinientas especies de opilones, insectos, también llamados pataslargas, que se distinguen del resto de los arácnidos por la ausencia de estrechamiento entre el prosoma y el epistosoma y por la exagerada longitud de sus cuatro pares de extremidades.

    -Hay que reconocer que el bicho es feo –pensó Homper en plan buenista- Y no se qué beneficios puede aportar a la humanidad. Pero…¿no tiene también su derecho a la vida? ¿Quién es uno para condenarle a muerte, si el animalito  no ha hecho nada malo?

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    Estaba convencido de que iba a hacer un bien: evitar la muerte a un insecto inocente. Eso tal vez podría ser presagio de que los niños de Córdoba aparecerían, de que el amigo maltrecho remontaría y de que la ciática de la vecina y el aliento del gato dejarían de ser problemas. Sobre todo: estaba encantado  consigo mismo por haber procedido con ética. Ética raquítica, si se quiere, pero ética al fin y al cabo.

    Así que salió de la ducha se secó y rescató delicadamente con el índice y el pulgar de su mano derecha el cuerpo mojado del opilón para dirigirse  a su habitación y depositar en el balcón al pequeño náufrago, que ya libre y en suelo seco despabiló pronto.

    Lástima que los destinos del Señor sean ciertamente inescrutables.  E imprevisibles. En ese momento apareció una lagartija, vio al murgaño inocente y sin dudarlo un momento se lo tragó de un bocado. Tanta ética y tanto cuido para este final cruel como la vida misma.

    Así que Homper va insistir con el amigo desanimado, que es alifafe que le queda más cerca. La esperanza no se pierde.  A ver si  puede darse el gusto de ayudar con buenos resultados.

    La baba nacional

    Se puede mirar con respeto. Pero también con estupor, con ternura, con guasa, con piedad. Y, no se ofenda nadie, con rubor...

    1

    Homper vuelve a quedarse perplejo. Super, super, super, superperplejo, como diría una niña pija. Hace ya tiempo que no hablaba de la tía Clota, la tía andaluza que fue profesora de español en Estados Unidos, casó con un granjero americano de Vermont, enviudó de él y se quedó a vivir para siempre en Nueva Inglaterra. Era la única tía que le quedaba, y hablaba con ella una vez a la semana utilizando el Skype. Pero anteanoche ella se despidió de él.

    -Puede que sea para siempre, sobrino- le dijo mientras se tomaba una infusión en un mug decorada con la cara de Leonardo di Caprio- Ya me ha dicho el cirujano que este corazón tiene muy difícil arreglo. Fíjate qué pena si me muero en la mesa de operaciones sin haber visto nada de la boda.

    -¿De qué boda, tía?

    -De cuál va a ser…De la boda de la Duquesa. La gran fiesta de la baba nacional, ¿no?

    No parece que le apenase mucho. La anciana está ya muy debilitada, y hecha a la idea de que su suerte final está al caer.

    2

    Se quedó perplejo, como no podía ser de otra forma. La gran fiesta de la baba nacional…Qué manera de expresarse. Pero pronto comprendió que su tía conservaba su lucidez,  y que desde sus años y desde la distancia no tenía por qué andarse con rodeos.

    -Se casa por tercera la Duquesa de Alba, 85 años –rumió Homper en sus pensamientos-  Está en su derecho de hacer lo que le venga en gana, el amor tiene razones que la razón desconoce (Pascal) y el amor no tiene edad, que lo cantaban en la zarzuela Don Manolito. Todo muy comprensible. Incluso plausible.

    Y ella, la Duquesa, es una mujer liberada que a pesar de sus años aún cree creer en el amor. Y es simpática. Y generosa, según cuentan las personas han sido beneficiarias de su caridad y que hoy le felicitaban por la radio. Y divertida. Y pintoresca. Y es verdad que empieza a acusar su edad en algunos detalles poco amables para su imagen. Pero Homper está seguro de que lo de la fiesta de la baba nacional no lo decía la tía Clota porque a Cayetana se le pueda caer la baba, cosa que nos podrá pasar a cualquier a su edad. Sino por todas las demás babas que supuran de su boda.

    3

    La mala baba (portada deINTERVIU, mensajes de Twitter poco piadosos con la noble enamorada). La baba de los aduladores profesionales. El baboseo asqueroso de los que se chotean de ella y luego la jalean como heroína del pueblo para vender sus revistas, sus programas de radio y televisión y los libros que se escriben a cuenta del personaje. Y la baba, la simple baba del tonto de baba que somos todos.

    -¿Por qué voy a decir que el pueblo siempre es sensible e inteligente, si no soy político?-se dice el Hombre Perplejo.

    Últimos detalles del esperpento. Los balcones con vistas al Palacio de Dueñas se llegan a pagar a 8.000 €. Y la eterna chiquilla que cree ser la novia se marca una rumba tambaleante ante la iglesia que  si, por una parte es ternura,  por otra parte resulta patética. Dos flashes iluminan el confuso pensamiento de Homper: el recuerdo de la cara de El bobo de Coria que pintó Velázquez. Y a continuación, la cínica razón con la que el fénix de los ingenios Lope de Vega justificaba su producción de comedias alimenticias en serie: El vulgo es necio y, pues lo paga, justo es hablarle en necio para darle gusto.

     -Tiene razón la tía Clota- concluye Homper- Todos necios, todos formamos parte del tinglado de la nueva farsa. Hasta yo, por entrar al juego y creer que mi punto de vista sobre la boda de la Duquesa puede ser de interés. Qué disparate.

    Y al día siguiente de la boda, aún es noticia preferente la gran fiesta de la baba nacional.

    El Cuerpo de Inspectores de Nubes

    Lo malo es que los miembros de este Cuerpo de Inspectores de Nubes, como el ue pintó Magritte, también querrán cobrar...

    1

    En el descansillo, Homper se encontró con su joven vecino del sexto. El vecino estaba sudoroso y venía con cara de pocos amigos. Acababa de dejar en el garaje su bici con sillita supletoria para niños, y salía del ascensor con su hijita en brazos. La niña tenía sólo cuatro años, pero ya iba al colegio público. Iba, pero no se quedaba mucho tiempo. A la hora y media la directora del centro dijo que ya era bastante para ser el primer día, y la mandaron para casa.

    -Es por lo de la adaptación –le explicó el vecino medio bufando- Ya ve usted, ahora los niños no pueden caer en la escuela así, de sopetón, porque sufren. La cosa de la psicología y eso. ¡Tócate los cojones!

    El joven vecino no era partidario de las nuevas medidas docentes.

    -La he llevado a mi taller, para que así se fuera adaptando a un posible puesto de trabajo cuando sea mayor- rezongó mientras buscaba el llavín de su casa en el bolsillo- Pero ha empezado a jugar con las maquinitas y me ha armado la de Dios es Cristo. Así que la traigo a casa y que la aguante su abuela. Y nunca mejor dicho, porque la pobre suegra ya ha sido llamada de urgencia y me está esperando.

    2

    Mientras el joven se despidió y se metió en su casa con la niña inadaptada llorando a rabiar, Homper recordó su primer día de clase, cuando le soltaron en un aula llena con cuarenta y cinco niños más y un profesor vestido de negro que vigilaba desde el estrado. El aula era una algarabía: gritos, risas, murmullos. El profesor miraba a sus pupilos con cara de jefe de estación, y esperaba tamborileando los dedos sobre la mese a que se completara su lista de alumnos. Cuando llegó el que faltaba, se levantó y, con gesto ceremonioso, se dirigió a la puerta de doble batiente, la cerró y ordenó silencio.

    -¡Aquí no habla más que el profesor!- dijo dando un puñetazo sobre el pupitre más cercano.

    En ese momento un niño llamado Otamendi  rompió a llorar estrepitosamente. Y al pequeño Homper se le encogió el corazón. Le separaban de su madre, le abandonaban en una cárcel con niños a los que no conocía de nada  y nadie se preocupaba de lo que sentía. Qué crueldad.

    Homper pensó por un momento que, en el imperio del buenismo, quizás le admitieran una querella retroactiva contra el Estado por mal trato psicológico en el colegio.

    -Intolerable lo que hicieron con nosotros-argumentaría- ¡Dejarnos en el colegio bruscamente y sin adaptación!…

    3

    O sea, que fue víctima de ese ominoso período histórico en el que primaba la insensibilidad y los niños no pintábamos nada. Ahora sí que somos guay, y estamos en todo. Ahora queremos preparar a nuestros niños como Dios manda, aunque sólo sea para que pasen de puntillas sobre la sórdida realidad y culminen el sueño de quien nos dirige.

    -El mejor destino –nos recuerda  Zapatero parafraseando, dicen, a Ramón- es el de supervisor de nubes acostado en una hamaca y mirando al cielo.

    Ya lo podía haber pensado antes, caramba…Poético sueño de quien hace sólo dos o tres años parecía comerse el mundo. Menos mal en ese noble cometido le seguimos casi todos. Cinco millones de parados, seis o siete de jubiletas y otros tantos niños que se preparan para un futuro tan incierto como el cielo que amanecerá mañana. Van a faltar hamacas para  el inmenso Cuerpo de Inspectores de Nubes que se está forjando, ya les digo.

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