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Casi todo es tan “deja vu” como los Goya

Si te gusta el cine, seguro que a la misma hora que se entregan los Goya hay alguna cadena que emita una película...

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Sostiene Homper que una de las ventajas de los años es que te permite desmarcarte de lo políticamente correcto sin que la conciencia te torture demasiado.

-Por ejemplo-sostiene mientras se fuma un puro de chocolate- Puedes confesar que la moda te importa un bledo. Que te aburren hasta la saciedad las pasarelas, las

  • Cibeles  o la Fashion Weeks
  • , que ya no se cómo se llaman. Que el noventa por ciento los suplementos dominicales de los periódicos pueden tirarse directamente al cubo de la basura, sección feria de vanidades. Que lo que vale la pena de ARCO cabría en el hall del Prado, sin tener que andar kilómetros y kilómetros para ver boutades de colores y composiciones de aire frito. Y que lo peor del cine no fue el landismo ni las películas de Juan de Orduña, o de Sylvester Stallone, quién las pillara. Sino ese estomagante espectáculo de sonrisas, lágrimas, lentejuelas, gilipolleces y descarado autobombo en que se han convertido las galas cinematográficas.

    Y en su  anatema no hace distingos.

    -Me aburren tanto le ceremonia de los Oscar y Billy Cristal como la de los Goya con el gracioso de turno que imponen las televisiones para vender mejor.

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    Al Hombre Perplejo le dejó muy sorprendido que una mujer de pueblo como Doña María supiera poner al cine en su sitio.

    -¿Sabe usted que cuando Rhett Butler besa a Escarlata en Lo que el viento se llevó al Clark Gable le olía el aliento?

    -No me diga.

    -Pues sí. Se conoce que tenía  una muela mu picada, pero como la Vivien Leigh era mu buena artista  lo disimuló mu requetebién. El cine es mentirijillas. Y eso es lo que me gusta a mí del cine, que pa verdades y dolores ya tenemos la vida misma.

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    Según Homper el argumento de Doña María está lleno de razón: cuando destripas el cine, este pierda su encanto. Los que ella llama artistas, según el lenguaje de su época (ahora son actores o actrices) son muy interesantes cuando no son ellos, sino su personaje. Luego los conoces en un bar o en la cena en casa de un amigo y resulta que están obsesionados porque les han puesto una multa de circulación. Y hasta se atreven a hablarte de su colesterol, como si en lugar de ser inmortales fueran del comercio.

    -Un desastre, doña María, usted da en el clavo. Del artista, lo único que hay que conocer es su arte.

    -¡Ya ve usted!…Cuando una piensa que a George Clooney también `puede que le abandone el desodorante!…

    Esa es la  realidad aplastante. Como otra que aún lo es más, y que comparten Homper y la doña con todos los que ya tienen unos años. Pones la tele, se abre el telediario y ya sólo por la cara del presentador puedes ir recitando la noticia. Vas a una junta de accionistas y presientes las palabras del Botín de turno. Entrevistan a un ministro y te imaginas ce por be lo que va a decir de la crisis. ¿Quién no es capaz de adivinar el discurso del rey? No digamos nada de los niños de San Ildefonso, de la homilía del cura, de la proclama del sindicalista, del elogio al amigo o al pariente que ahora se ha incrustado en las bodas y funerales, de la rueda de prensa del entrenador de fútbol, como si cualquier partido fuera un consejo de ministros. Todo parece ya visto y oído, qué aburrimiento, la noche lela que nos espera: doy las gracias a mi madre, pero este Goya no es mío, sino del equipo, porque detrás de una película hay un puñado de trabajadores (aquí añadirán trabajadoras) que…

     Dejá vu, repiensa Homper. Pero como ya estoy en el desguace,  me importa un comino lo que digan los demás. Así que cogeré el mando de la tele y en lugar de inyectarme empalaguina en vena, buscaré una cadena que ponga una película.

    -En el peor de los casos- concluye- sólo será eso: una película.

     

        

    La carta final

    ¿Por qué es tan difícil seguir escribiendo cartas?...

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    Querida Elvira

    Espero que al recibo de la presente estés bien. Por aquí todo como de costumbre, a Dios gracias. Estoy a la espera del tac ese que me mandó el médico, que está empeñado en que me lo haga, a pesar de que nunca he fumado. Y luego dirán que la sanidad es cara, como decía Joaquín Sorolla en su famoso cuadro de los pescadores.

    Otra novedad es que reapareció el ratoncito aquel que acudió a comerse las migajas del roscón el último día que tomamos el te juntos. No se qué hacer para atraparlo. Quiero ponerle una trampa, pero me da pena. Siempre me acuerdo de Tom y Jerry. A veces me gustaría tener un alma tan fría como la de un ministro del interior, pero no lo consigo. Supongo que si Sanidad se entera de que convivo con un ratón me mandaría una brigada raticida, desinfectarían la casa, la precintarían y me recolocarían en una pensión de la calle del Pez, que es la típica operación humanitaria de los ayuntamientos. Qué obsesión por la salud pública. ¿Cómo les explico yo que cuando tú te vas sólo el ratón me hace compañía?

    Aprovecho esta carta para decirte que estabas muy guapa la última tarde. Tan elegante como siempre. No se en cuántas cartas más podré piropearte, porque verás, se me habían acabado los sellos, he ido a mi estanco habitual y me han dicho que no les quedaban. ¿Que no les quedan?…¿Te imaginas a una farmacia que agota las tiritas? Raro, ¿no?. No me importó, ya sabes, el médico me dice que debo andar rodos los días al menos tres cuartos de hora. Busqué otro estanco, y me dijo, pásmate, que ya no venden sellos. Ni certificados de penales, ni esos impresos, timbres y esas cosas, que antes suministraban al personal. Se los ha quitado el estado, y claro, los estanqueros están que trinan. ¿Y cómo se compran sellos ahora, le pregunté? Pues en una estafeta de Correos, dijo. Dijo eso, la palabra estafeta, que ya no la dice nadie. Se ha quedado antiguo, como yo, que aún escribo cartas. Como las cartas, que ahora sólo llegan de los bancos, de las compañías de teléfono o de las eléctricas. Si es que a esos impresos horribles se les puede llamar cartas.

    Ya sabes el afecto que te tengo, Elvira. Pero esta última carta es, entre otras cosas, para anunciarte que gracias a las medidas tan prácticas que imponen ahora, ya no voy a poder escribirte con la misma frecuencia. Además, con esta obsesión que tenemos por la seguridad es probable que los carteros, al ver una carta manuscrita, como a mí me gustaba hacerlo, crean que, lagarto lagarto, ahí hay un objeto postal no identificado, y lo manden a los Tedax. Y quizás no te llegue nunca. Ya sabes, el progreso.

    Tendé que escribirte un SMS o un e-mail, como me recomiendan mis nietos. Perdona la grosería que voy a decir, impropia de un hombre de mi educación y de mi edad. Pero aunque tú seas una mujer maravillosa yo no podré decírtelo más por carta porque el progreso, que es tan útil, a veces se porta como un gilipollas. Y lo de retirar los sellos de los estancos es otra prueba más de ello.

    En fin, no te entretengo más, pues supongo que tienes muchas ocupaciones. Deseándote que el año que acaba de empezar te conserve la salud y te traiga muchas buenas noticias para ti y los tuyos, queda de tí devoto y besa tu mano tu viejo amigo.

    Homper

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    La carta final es una excelente película filmada en 1987 por un director poco conocido, David Hugh Jones. Está basada en la pequeña novela de Helen Hanff titulada 84 Charing Road Cross, que cuenta la entrañable historia de una relación algo más que amistosa forjada a lo largo de tres décadas por la correspondencia entre una americana y un adusto librero inglés. Ann Bancroft y Anthony Hopkins representan admirablemente sus papeles. Pero cuenta Homper que lo que en verdad le emocionó de esta historia es, valga la polisemia, el papel de la carta, el protagonismo de la literatura epistolar, el valor del mensaje escrito a otra persona. Ese depósito de confidencias y sentimientos que se abre con un rasgahojas con la misma emoción que la envoltura del mejor regalo.

    Mejor dicho, que se abría.

    Tempus fugit –piensa Homper- Y a veces, de la que huye, subraya con un toque humor amargo, tempus jodet.

    Líbrame Señor de una muerte grotesca

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    Una de las ventajas de ir cumpliendo años es que vas asumiendo con naturalidad que esto se acaba. No es pesimismo, sino un realismo bien entendido, y que hasta suele coincidir con una sensación de fatiga. La fatiga de vivir.

    La muerte alivia algunos notables inconvenientes. Y te libra de esos garbanzos en los zapatos que nos calzamos diariamente. Dejas de dormir poco para entrar en el sueño eterno, no hay que madrugar más, ganas la soñada exención de impuestos, no hay reuniones de la comunidad de vecinos en el más allá, no hay que leer el periódico ni castigarse soportando la gilipollez humana, no hay comisiones bancarias que medien en el tránsito, se deja de sufrir la ansiedad de la cultura o la necia dictadura de la moda, no hay que luchar más contra los abrefáciles que te amargan la vida. Tampoco se padecerá por la suerte del desempleo: estos parados no necesitan nada más que ser recordados. Y aunque no lo sean, tampoco se van a dar cuenta de ello.

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    No le importa tanto a este bloguero la muerte como las condiciones en que ésta se presente. La muerte digna no depende sólo de la ausencia de dolor, sino del momento y de las circunstancias. Hace años el Duende leyó en los periódicos una noticia casi surrealista que le dejó aterrado. Contaba una sección de sucesos que un campesino había muerto aplastado por una roca en el muy poco honorable trance de copular…¡con una gallina! Qué Némesis tan brutal, qué ridículo tan espantoso. Recientemente todos hemos contemplado, perplejos cual nuestro amigo Homper, cómo el pueblo norcoreano lloraba de forma histriónica la muerte de su líder Kim Jong-il. Al mundo occidental le resulta inexplicable semejante teatralización de la histeria colectiva por la desaparición de un dictador, pero los abducidos norcoreanitos quizás no lloraban por eso, sino porque, según se comentó en Herrera en la onda, la muerte le sobrevino al sátrapa mientras defecaba.

    -¡Qué desprestigio! –se debía de lamentar su pueblo plañidero- ¡Pensar que nuestro líder ha muerto dando de cuerpo!…

    Muerte, por favor: se más discreta cuando vengas a por el duende que suscribe.

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    La señora Olegaria era una mujer abnegada y trabajadora, y había dedicado sus últimos diez años a cuidar de su marido, un impedido que le anticipó a su amantísima esposa al menos cuatro años de purgatorio. Su marido había sido un borracho y un putero, pero eso no era eximente para el cariño de Olegaria, que era una buena cristiana. Se murió el marido, y Olegaria quedó viuda al borde de la indigencia. Días después de haber enterrado a su marido, su cruz y su llanto, murió en la calle de un ataque al corazón. Su cadáver fue levantado a las puertas del Monte de Piedad, y en el bolso de Olegaria se encontró una bolsita de papel que contenía dos alianzas matrimoniales y una dentadura postiza con tres piezas de oro. Tampoco fue la muerte digna que Olegaria se merecía.

    La gallina violada, la muerte en el retrete y el triste bolso de Olegaria. Todo se le mezclaba en la cabeza al Duende cuando hacía algo aparentemente tan fácil como instalar unas protecciones de plástico en las esquinas de su plaza de garaje para proteger a su coche de roces y abolladuras de chapa. Qué ingenuidad la suya.

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    Doña María hablaba de las múltiples pequeñas cosas de espaldas al pueblo que le complican tontamente la vida al ciudadano. Y, puesto en faena, el Duende advirtió que las protecciones de plástico que la afamada firma Leroy Merlín le había vendido para proteger el cutis de su coche en el garaje pertenecían a ese género de ingenios imperfectos que no se explica cómo se venden. Para empezar –cosa tan obvia que se no se tomó la molestia de comprobar, craso error- uno esperaba que las protecciones formaran un ángulo recto, y se acoplaran a las esquinas como el dedal al dedo. Pero no: formaban un ángulo agudo, no se sabe en qué esquinas pensarían sus fabricantes. Durante la primera media hora de su ejercicio dominical, el Duende trató de abrir, primero manualmente, y luego a pisotones, el ángulo de las protecciones. Desgraciadamente, el grosor de las mismas las hacía demasiado rígidas.

    El segundo inconveniente es que las protecciones venían sin adherencia. Y a falta de recomendaciones, uno pensó que un pegamento de contacto contundente las adheriría sin mayores problemas, incluso aunque las bandas de plástico no pegaran con la pared en toda su superficie. Compró un pegamento infalible que le recomendó un ferretero, recorrió con un reguero de pasta blanca los bordes de la protección y procuró encajarlo en su lugar. Al poco, el Duende comprobó que el pegamento de contacto necesitaba presión para hacer efecto, así que durante bastantes minutos presionó con manos, rodillas y pies esperando el éxito. Cuando ya empezaba a aburrirse de su vida, y a convencerse de que no merece la pena dedicar más tiempo a estas majaderías, dio por cumplido el trabajo y se dio la vuelta para subir a casa. Pero antes de llegar a la puerta del ascensor le sorprendió un ruido. Volvió la mirada y la protección de plástico estaba en el suelo.

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    Todo tiene su explicación –se dijo el Duende. El pegamento era demasiado denso, y la sección de salida del tubo no lo bastante ancha para que sirviera la cantidad suficiente. Subió a casa, cogió una sierra, bajó, seccionó el canutillo de aplicación por su base, apretó el tubo como si fuera un asesino de pegamentos, y como pudo embadurnó las paredes interiores de la puñetera protección de plástico para encajarla nuevamente y durante casi media hora presionarla para que se adosara definitivamente a la pared.

    Entretanto sudaba, se irritaba y notaba que la la ira se iba apoderando de él. Empezó a acordarse de los padres y de las madres de Leroy y de Merlin, y también de las de los fabricantes de defensas, de las de los dependientes que no le advirtieron de que el plástico era rígido, y que de ángulo recto, nada. También invocó a la madre del que inventó ese pegamento de mierda, a la del ferretero que se lo colocó malamente y hasta a la del constructor del garaje, que no se sabe por qué con lo que cobró por venderlo no tomó la precaución de revestir las esquinas con blindaje de goma. Cuando parecía que la protección de plástico, al fin, quedaba fija, ésta empezó a alabearse por la mitad de su altura, y su base y su cabecera iniciaron un lento alejamiento de la pared, mostrando que aquellos hilillos de pasta blanca no servían para nada.

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    Entonces, la emprendió a patadas y a puñetazos contra la esquina. No se sabe si como postrer intento para pegar la protección y conseguir su objetivo de proteger el cutis de su coche o cabreado por aquella nueva demostración de que todo conspiraba contra él de espaldas al pueblo. Estaba indignado, enloquecido, poseso de una ira universal contra todo por haberle puesto en esa ridícula situación que le robó media mañana de un soleado domingo de enero. Por un momento pensó que en casos así a algunos les sobreviene un infarto de miocardio, y tienen que cerrar su biografía con una nota tan absurda como “murió tratando de poner, inútilmente, unas defensas en las esquinas de su garaje”. Luego se vio en la misma lista que el presunto follador de gallinas aplastado en el intento, o el dictador cagón, o la desdichada señora Olegaria.

    Y se consoló pensando que, por el momento, se había librado de una muerte grotesca como la que, lamentablemente, podría sorprenderle en tantas situaciones peculiares que uno vive cada día.

    Un fin de año distinto

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    Parece ser que sonaron las doce campanadas que, como cualquier otra noche, da el reloj de la Puerta del Sol. Y Homper se quedó estupefacto con el espectáculo que siguió. No vio a José Mota, ni a Anne Igartiburu, personajes ambos a los que admira por distintos motivos. Sino a Katherine Hepburn, Cary Grant, James Stewart y a George Cukor, brillantes todos ellos en Historias de Filadelfia (1940).

    Peligroso que una comedia con setenta y un años a sus espaldas le tentara al Hombre Perplejo más que la recepción del futuro que nos queda más a mano, que es este temido 2012. Pero es explicable: por una parte el nuevo año asoma la oreja con más miserias, recortes y subidas de impuestos. Consolémonos con el buen humor, la gracia y la finura que rebosa esta película. Por otra, acababa de leer un artículo de Javier Marías que él titula como Superculpables, donde critica al que él llama intelectual cronológico, es decir, al que, “con sentido acrítico abraza siempre lo último, boquiabierto y babeante, al que aplaude invariablemente lo que hay y se lleva, tan sólo porque es nuevo y existe”. A juicio de Marías tan estúpido es considerar que cualquiera tiempo pasado fue mejor como esperar que lo vaya a ser el futuro sólo porque es nuevo. El futuro, añade Homper de su cosecha, sólo es, con seguridad, inevitable.

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    Así que Homper se ahorró las uvas. Hace ya años que dejó de tomarlas, y no ha notado que la vida le haya tratado peor por ello.

    Es más: aunque, como se ha advertido ya en este blog, el Hombre Perplejo guarda afinidades con el pavo, le parecía estúpido engullir doce uvas como las engulliría este, que no pasa por ser precisamente uno de los animales más lúcidos. Item más: él las tomaría incluso con gusto si las uvas del tiempo fueran las moscatel, que son deliciosas, pero no las uvas tontas e insípidas que nos colocan en estas fechas los mismos productores que en el año 1909 tuvieron la feliz idea de inventar y difundir este ritual. Ya les vale con lo que han conseguido. En plena era del descreimiento y del relativismo y confiando todavía en que doce uvas nos cambien la suerte. Casi más fiable Doña Manolita.

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    En el último paseo del año 2011 por un Madrid semidesierto y con la mayoría de las tiendas cerradas Homper compró juguetes, un roscón en Carrefour – la de Reyes en cambio si es tradición de su gusto- y dos libros para regalo. Los libros eran Los enamoramientos, del propio y celeberado Javier Marías, y Lo que me queda por vivir, de Elvira Lindo, una escritora que le cae extraordinariamente bien. La primera ha sido especialmente una novela muy jaleada por la crítica, pero cuando Homper pensó por qué había comprado precisamente estos dos libros y no otros dentro del variadísimo repertorio de novedades editoriales que invaden las librerías, tuvo que admitir que había algo de determinismo en sus títulos. Se venderá e interesará mucho más Inside Job, claro, pero Homper también es de los superculpables que miran con recelo el obligado progresismo oficial. A veces cae en la debilidad de creer que vale más la literatura.

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    Qué contradicción, dudar del poder mágico de las uvas de la suerte y caer en el embrujo de los títulos de los libros aún sin haberlos leído. Interesarse por los enamoramientos cuando uno especula ya con lo que le queda por vivir. ¿Curiosidad o morbo?

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    El último encuentro del año lo mantuvo Homper con su sobrina Margarita, que había ido a la Casa del Libro en busca de un modelo de agenda Moleskine del que lamentablemente no quedaban existencias. Margarita era hace nada una niña adorable de espléndidos ojos azules y de arrebatadora sonrisa. Una de esas niñas que queda inmortalizada en una caja de galletas para convencer al personal de que quien las come tiene asegurada la felicidad. Ahora Margarita es una mujer hecha y derecha, y su hija Paula, no menos encantadora, ya va a guateques. Tempus fugit. Homper advirtió entonces que se había pasado casi una vida y no había regalado casi nada a Margarita, a pesar de que los humanos queremos a los tíos muchas veces por los regalos que nos han ido haciendo de niños.

    -Déjame que te regale un libro –le dijo- Que no se si con lo que me queda por vivir vas a encontrar otra ocasión mejor para aprovechar a tu tío.

    No hubo manera, ella es tan considerada que se negaba a aceptar un regalo Entonces Homper cayó en la cuenta de que llevaba en sus manos un roscón de Reyes de tamaño mediano que claramente le quedaba grande. Sobre el roscón de Reyes, como sobre los turrones, hay en Madrid mucho mito. Parece que sólo son buenos los de dos o tres obradores y reposterías tradicionales. Pero Homper se tiene por experto en la cata de roscones, y da fe de que en Carrefour le dieron a probar uno que no era nada malo, sino todo lo contrario, y por eso lo compró.

    -Pues te quedas con este roscón –le dijo poniéndoselo en las manos a su querida sobrina Margarita.

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    Así que Margarita, Javier Marías, Elvira Lindo, Katherine Hepbun, Cary Grant, James Stewart , George Cukor y el roscón de Carrefour fueron las últimas cuentas que Homper engastó en el collar del año que se iba. Los fines de año sirven, sobre todo, para eso: `para fijar en la memoria personas y situaciones que ilustran lo imprevisible de la vida de forma tan aleatoria como una combinación de la Primitiva.

    Como imprevisible fue también lo que Homper vio, más perplejo que nunca, desde su palomar cuando en su reloj sin campanadas pasaban ya de las doce. Pues sobre la línea del cielo de la capital empezaron a dibujarse desde todos los barrios multitud de castillos de fuegos artificiales, cohetes aislados, tracas, petardos y otros efectos pirotécnicos que se mantuvieron por más de una hora. Como si la pólvora fuera gratis, y viviéramos en el reino de Jauja, y tuviéramos por seguro que 2012 iba a vaciar sobre nuestras cabezas el cuerno de la abundancia. Ni crisis, ni recortes, ni paro, ni puentes hundidos, ni subidas de impuestos, ni estrecheces, ni pesimismo. Madrid sonaba como supone Homper que debió de sonar cuando las tropas de Franco la asediaban en 1936. No recordaba haber escuchado nunca tantas explosiones. Esta vez, al parecer, eran de júbilo.

    Él también gozó del suyo. Lo sentía bajo el edredón, mientras empezaba a ser ganado por el sueño para despertar esta mañana y comprobar que, después de tanta fanfarria, la vida no ha cambiado demasiado. Feliz Año 2012 tenga el lector , si es capaz de atar esa mosca por el rabo.

    Un crepúsculo divino

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    Escucha Homper en una tertulia radiofónica una frase que le da qué pensar. La dice Joaquín Leguina, y no es mala pulla contra los que por huir de las creencias tradicionales acaban comulgando con ruedas de molino.

    -Dejamos de creer en Dios y acabamos creyendo en cualquier cosa.

    La frase se puede entender de mil maneras. Pero el Hombre Perplejo, poco instruído, la refiere a las dudas propias de su edad y de su condición. El Dios que le contaron se fue diluyendo en él por hacer caso a la razón. Pero emprendió el camino de la razón y, o ésta no era demasiado clara, o él era medio tonto, y no daba para seguir progresando por esa vía. Se pone en almoneda al Dios creador del cielo y de la tierra y unos sabios que dicen entender mucho de astronomía, de física cuántica y de otras materias abstrusas nos lo cambian por el Big-Bang. Ahora lo último es el bosón de Higgs, la llamada partícula de Dios . No está, pero se la espera en ese túnel de 28 kilómetros socavado en la frontera entre Francia y Suiza para que colisionen entre sí los hadrones. Con lo bien que quedaba Dios apareciéndosele a Moisés/Charlton Heston en el monte Sinaí y ahora encarnándose en partícula por un túnel donde otros hadrones viajan a toda leche y se estrellan entre sí como conductores de autopista borrachos. A partir de el momento en que aparezca el famoso bosón –vaya nombre- será como el Gran Houdini, pero en plan cósmico.

    -Qué empanada, Señor, qué empanada-suspira Homper- Con lo señorial que quedabas tú con largas barbas en las viñetas de la Historia Sagrada…Tampoco lo entendíamos mucho, pero más creíble que lo de la partícula sí que resultabas.

    Ahora a Dios ni siquiera se le pone imagen. ¿Quién es capaz de pintarle barbas a una partícula?

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    Imagina Homper que, si es verdad el Creador es omnisciente, debería saber cómo tenemos que entenderle. Y se queda estupefacto –perplejo, como indica su nombre- de que por no complicarse la vida él le haga responsable únicamente de todo lo que le parece bueno, y nunca de los males, horrores e injusticias que se ven por el mundo. A Dios,como al Rey, conviene no comprometerle mucho.

    -Además –aclara- Dios tiene muy buen gusto. Lo se porque cuando veo algo bello y me emociono siento como que vuelo. Y dado que los hombres no tenemos alas debe de ser uno de sus milagros.

    Homper se las apaña para encontrar al Sumo Hacedor en muchas cosas sin importancia o en pequeños instantes mágicos. Hay un pedazo de Dios en una tortilla de patata, otro en una ventana mudéjar, otro en Audrey Hepburn recién duchada cantando Moon river, otro pedazo en un polvorón, otro en una rosa, otro en un silencio, otro en el aroma del espliego, otro en el roce del pie con la sábana recién mudada, otro en la novela que nunca escribirá, otro en el momento de domirse, otro en un gin-tonic después de haber hecho deporte una tarde de verano, otro en el beso de un nieto a su abuelo,otro en un bolero bailado bien apretado a una mujer en la verbena de pueblo de una noche de verano, otro en el recuerdo infantil de la leche condensada deslizándose por el gaznate, muchos en la música de Bach, y más aún, desparramados por ahí, en multitud de paisajes. En mares, montañas, desiertos. En las cataratas del Iguazú. O en esa bravía playa del Cantábrico por donde pasea una fascinante dama con dos perritos. Esas vivencias hacen de su alma una guitarra, y en ella una mano maestra dibuja misteriosos arpegios que le reconcilian on la idea del mago supremo.

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    El último destello de presunta divinidad fue esta semana, en el inicio del invierno, cuando las noches son puñados de diamantes desparramados sobre terciopelo oscuro y los días amanecen glaseados de blanca escarcha. Al atardecer, se veía por el suroeste un cielo nítidamente azul condecorado por el cuerno de la luna creciente y, por debajo, de él una banda de luz crepuscular de color rosado, casi púrpura.

    -Mañana hará mucho frío –le decían cuando era niño y el cielo pintaba así.

    Confiesa Homper que ahora le daba igual el frío. En ese momento de soledad gozosa, alguien le decía por teléfono que donde estaba, a muchos kilómetros de distancia, veía un cuadro igual y, sin buscarlo, también sentía un momento especial. Ambos convergían sus miradas en ese punto del gigantesco espacio al que los científicos aún no son capaces de encontrar límite. Y Homper no quiso ponerse trascendente o cursilón, y menos aún buscarle cinco pies al gato, pero no se imaginaba que el bosón de Higgs, con todo lo que se espera de él, fuera capaz de inventar un sencillo momento tan delicioso y emocionante como éste.

    - Si no es cosa de Dios –concluyó- hay por ahí un poeta genial que ha adoptado ese seudónimo.

    Nunca saldrá de dudas, pero al menos cree que pasa ratos maravillosos.

    Punset y el meñique dolorido

    Eduard Punset es un genio que tiene remedios para casi todo...

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    La puñalada trapera que cada día nos tiene reservada la existencia puede sobrevenir de la manera más tonta. Por ejemplo, esta mañana el incauto Homper no se acordó de que andaba descalzo por su habitación, y de que la pata de la cama estaba justo allí, velada por un edredón generoso que llegaba hasta el suelo. Hizo un movimiento inoportuno, metió el pie izquierdo por la zona prohibida y de repente el dedo meñique chocó violentamente contra ese obstáculo criminal y dolorosísimo que sustenta la paz de nuestro sueño.

    -La madre que la parió –clamó para sus adentros mientras veía las estrellas.

    Qué absurdo, invocar a la madre que parió a una pata de una cama desalmada. Pero en esos momentos de dolor intenso y súbito, sin saber qué harán los demás, Homper presume que la reacción natural del hombre es desahogarse con algún insulto, algún exabrupto, algún epíteto malsonante. Durante algún tiempo, en ocasiones como esas, Homper prefería una frase tan absurda como me cago en los cojones de Witiza, pero ahora es consciente de que ese desahogo puede no ser respetuoso, ojito con los radicales, que siempre hay un integrista de mal carácter dispuesto a amargarte la vida por una chorrada de este jaez. Así que cargó contra la pobre madre de la pobre pata de la pobre cama, qué culpa tendría ella de estar allí, y se sentó sobre el lecho para apretarse el meñique contusionado mientras trataba de imaginar qué remedio cerebral aplicaría el gran Eduard Punset en este trance.

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    Punset no dejó una profunda huella en el recuerdo de los españoles mientras fue ministro. Es cierto que le aureolaba una cierta fama de tipo original y genialoide, y que irradiaba simpatía, pero posiblemente esta no trascendió de la clase política o de los sectores empresariales entre los que se movía. Sin embargo supo alejarse del poder y reciclarse como divulgador científico. No sólo eso: gracias a su personalidad ha caído en gracia  hasta haberse convertido en un icono mediático. Suena un poco gilipollesca la expresión, pero es así.

    Homper confiesa que nunca sabe si lo que divulga tiene mucha base, pero está convencido de sin duda tiene mucho encanto, y de que la gente está deseosa de escuchar remedios casi esotéricos como los que él predica. Eduardo Punset, que ahora es Eduard, hace uso de su magnífica voz, de su expresión de niño maravillado , de su limpia sonrisa y de ese cráneo einsteniano que envuelve su indudable talento para vender felicidad a nuestro alcance con el mismo poder de seducción que si fuera un genio bueno de El señor de los anillos. No sabe Homper si ha sanado con  sus charlas y sus libros muchas almas malheridas o si es la  reencarnación de un placebo colectivo, pero algo tendrá su agua cuando tantos la bendicen y hasta Bimbo le convierte en estrella publicitaria para vender más pan de molde. Nunca nadie pudo imaginar que un ex ministro llegara a tanto. Homper recuerda que hace unos años le escuchó a Antonio Gala sorprenderse del enorme impacto popular y emocional que inopinadamente había conseguido con su literatura.

    -En muchos sitios donde voy a firmar mis libros –dijo el escritor- me quieren, me aclaman y me pasean como si fuera un santo.

    Afortunadamente, piensa nuestro Hombre Perplejo, no sólo de artistas de cine y de futbolistas se alimenta nuestro imaginario.

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    La esperanza es que ayer mismo, Homper había leído en un  colorín dominical el consultorio en el que Eduard Punset hace de Señorita Francis, pero más ilustrado, y responde a los seguidores que le cuentan su problema. ¿Qué hacer para superar el desamor? –le planteaba alguien. Y Punset responde: “según los neurocientíficos, volver a enamorarse”. O sea, algo tan viejo como aquello de que una mancha de mora con otra mancha se quita. Pero luego viene lo novedoso, el hallazgo de los sabios del alma y del cerebro. “Para volver a enamorarse, hay que desaprender”.

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    Desaprender es la clave. Se podría decir olvidar, que es más sencillo, pero psicólogos y publicitarios se han tomado la molestia de enrevesar lo evidente y ahora no olvidamos, sino que desaprendemos, que queda mucho más científico y mucho más fino.

    Y Homper se ha quedado perplejo de la eficacia de tal simpleza, pero la receta de Punset le ha despejado el horizonte. Ahora él sólo tiene que desaprender a moverse descalzo alrededor de las patas de la cama. Y, por qué no pedir más peras al olmo, solicitar a las terminales nerviosas del cerebro que, si no les sirve de molestia, le permitan también desdolerse de ese golpe que le ha machacado el meñique.

    La suerte del murgaño y la esperanza

    Homper no pudo salvar la vida al murgaño, pero no pierde otras esperanzas...

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    Aquel día Homper  se sorprendió al comprobar que en la especie humana cabe de todo. Cuántas sensibilidades distintas, a veces diametralmente opuestas. La radio conraba que un par de niños habían desaparecido en un parque de Córdoba donde paseaban con su padre, separado de la madre de las criaturas. Raro, raro. La madre estaba desconsolada, rota. La policía había investigado ya la finca de los abuelos paternos, donde habían observado detenidamente los restos de una hoguera en la que aparecían huesos.

    Sólo era la macabra insinuación de una hipótesis, pero Homper sintió que un escalofrío le sacudía el cuerpo. ¿Sería posible que el padre hubiera asesinado a sus hijos y hubiera quemado sus cuerpos para deshacerse de la prueba de su crimen?  A continuación el informativo hizo un alto para dar paso a unas cuñas publicitarias. Una de ellas anunciaba un programa de la propia cadena, Como el perro y el gato, que presenta Carlos Rodríguez.

    -Estoy preocupado porque a mi gato le huele el aliento –decía uno de los oyentes que habían llamado al consultorio del programa- ¿Tiene remedio?

    A Homper le alivió que la halitosis gatuna tenga remedio. Los niños de Córdoba siguen sin aparecer, pero si un amante de los animales quiere dar un beso a tornillo a un minino puede encontrar una boca tan fragante como se supone que debe de ser la de  Scarlet Johansson. Algunas almas sensibles sí tienen la suerte de encontrar solución para sus problemas.

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    Aquél día de sol veraniego Homper estaba en la Galicia profunda, en un precioso pazo del valle de Lemos, acompañando a un amigo que pasa momentos difíciles. Una casa solariega con varios siglos de piedra y pizarra a cuestas, verdes prados regados por el río Mao y un monte de frondosos carballos y arces en la orilla opuesta enmarcaban una vista ideal para el descanso y la meditación.

    Los males que afligen al amigo no son ni mucho menos los del drama de los niños desparecidos. Tampoco los del amante preocupado por el aliento de los gatos. Homper tiene poco de psicólogo, y  tampoco mucho de director espiritual. Sólo es algo experto en auxilios mínimos: una conversación  con buenas intenciones, quizás un chiste, un par de huevos fritos con chorizo, la recomendación de un libro, de una música, de un paseo. Pero el amigo padece de un defecto muy extendido, y del que casi nadie está libre, y es creer que el mundo gravita únicamente alrededor de nuestro ego herido.

    -Le voy a ser sincera –le confesaba a Homper el otro día su vecina- La deuda soberana, la quiebra de Grecia,  la crisis del euro y eso será muy grave. Pero a  mí lo que de verdad me arruina la vida es la ciática.

    Todos vivimos obsesionados con nuestras ciáticas del alma. Ya sean graves, menos graves o, como en caso del dueño del gato, irrelevantes.

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    Los niños de Córdoba seguían sin aparecer, la crisis económica no cedía, la depresión del amigo tardaba en asimilar la terapia que proponía, sin demasiada convicción, Homper. Quedaba la esperanza de que la vecina hubiera mejorado de su ciática, y que el gato maloliente hubiera convertido su halitosis en suspiros de fresa como los de la princea de Rubén Darío, que estaba triste, pero olía divinamente.

    -Si no puedes arreglar los grandes males del mundo –recordó Homper que le dijo una vez el padre Ramiro- ayuda a solucionar ese pequeño problema que tienes a mano.

    Después de haber corrido por el lecho seco del embalse de Vilasouto, por los bosques de Novelin, Rendar y Eirexalba y de haber saludado a par de corzos con los que se cruzó en el camino de aquel insólito día de otoño estival, el problema más inmediato se presentó en el fondo de la bañera. Ahí, mientras se duchaba después de la carrera, Homper descubrió un punto del tamaño de una lenteja que se desplazaba lentamente, como tratando de esquivar los chorros de agua que proyectaba la alcachofa de la ducha. Homper no se ducha con gafas, pero a pesar de ello estaba convencido de que se trataba de un murgaño. Por tal nombre se conoce a cualquiera de las seis mil quinientas especies de opilones, insectos, también llamados pataslargas, que se distinguen del resto de los arácnidos por la ausencia de estrechamiento entre el prosoma y el epistosoma y por la exagerada longitud de sus cuatro pares de extremidades.

    -Hay que reconocer que el bicho es feo –pensó Homper en plan buenista- Y no se qué beneficios puede aportar a la humanidad. Pero…¿no tiene también su derecho a la vida? ¿Quién es uno para condenarle a muerte, si el animalito  no ha hecho nada malo?

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    Estaba convencido de que iba a hacer un bien: evitar la muerte a un insecto inocente. Eso tal vez podría ser presagio de que los niños de Córdoba aparecerían, de que el amigo maltrecho remontaría y de que la ciática de la vecina y el aliento del gato dejarían de ser problemas. Sobre todo: estaba encantado  consigo mismo por haber procedido con ética. Ética raquítica, si se quiere, pero ética al fin y al cabo.

    Así que salió de la ducha se secó y rescató delicadamente con el índice y el pulgar de su mano derecha el cuerpo mojado del opilón para dirigirse  a su habitación y depositar en el balcón al pequeño náufrago, que ya libre y en suelo seco despabiló pronto.

    Lástima que los destinos del Señor sean ciertamente inescrutables.  E imprevisibles. En ese momento apareció una lagartija, vio al murgaño inocente y sin dudarlo un momento se lo tragó de un bocado. Tanta ética y tanto cuido para este final cruel como la vida misma.

    Así que Homper va insistir con el amigo desanimado, que es alifafe que le queda más cerca. La esperanza no se pierde.  A ver si  puede darse el gusto de ayudar con buenos resultados.

    La baba nacional

    Se puede mirar con respeto. Pero también con estupor, con ternura, con guasa, con piedad. Y, no se ofenda nadie, con rubor...

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    Homper vuelve a quedarse perplejo. Super, super, super, superperplejo, como diría una niña pija. Hace ya tiempo que no hablaba de la tía Clota, la tía andaluza que fue profesora de español en Estados Unidos, casó con un granjero americano de Vermont, enviudó de él y se quedó a vivir para siempre en Nueva Inglaterra. Era la única tía que le quedaba, y hablaba con ella una vez a la semana utilizando el Skype. Pero anteanoche ella se despidió de él.

    -Puede que sea para siempre, sobrino- le dijo mientras se tomaba una infusión en un mug decorada con la cara de Leonardo di Caprio- Ya me ha dicho el cirujano que este corazón tiene muy difícil arreglo. Fíjate qué pena si me muero en la mesa de operaciones sin haber visto nada de la boda.

    -¿De qué boda, tía?

    -De cuál va a ser…De la boda de la Duquesa. La gran fiesta de la baba nacional, ¿no?

    No parece que le apenase mucho. La anciana está ya muy debilitada, y hecha a la idea de que su suerte final está al caer.

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    Se quedó perplejo, como no podía ser de otra forma. La gran fiesta de la baba nacional…Qué manera de expresarse. Pero pronto comprendió que su tía conservaba su lucidez,  y que desde sus años y desde la distancia no tenía por qué andarse con rodeos.

    -Se casa por tercera la Duquesa de Alba, 85 años –rumió Homper en sus pensamientos-  Está en su derecho de hacer lo que le venga en gana, el amor tiene razones que la razón desconoce (Pascal) y el amor no tiene edad, que lo cantaban en la zarzuela Don Manolito. Todo muy comprensible. Incluso plausible.

    Y ella, la Duquesa, es una mujer liberada que a pesar de sus años aún cree creer en el amor. Y es simpática. Y generosa, según cuentan las personas han sido beneficiarias de su caridad y que hoy le felicitaban por la radio. Y divertida. Y pintoresca. Y es verdad que empieza a acusar su edad en algunos detalles poco amables para su imagen. Pero Homper está seguro de que lo de la fiesta de la baba nacional no lo decía la tía Clota porque a Cayetana se le pueda caer la baba, cosa que nos podrá pasar a cualquier a su edad. Sino por todas las demás babas que supuran de su boda.

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    La mala baba (portada deINTERVIU, mensajes de Twitter poco piadosos con la noble enamorada). La baba de los aduladores profesionales. El baboseo asqueroso de los que se chotean de ella y luego la jalean como heroína del pueblo para vender sus revistas, sus programas de radio y televisión y los libros que se escriben a cuenta del personaje. Y la baba, la simple baba del tonto de baba que somos todos.

    -¿Por qué voy a decir que el pueblo siempre es sensible e inteligente, si no soy político?-se dice el Hombre Perplejo.

    Últimos detalles del esperpento. Los balcones con vistas al Palacio de Dueñas se llegan a pagar a 8.000 €. Y la eterna chiquilla que cree ser la novia se marca una rumba tambaleante ante la iglesia que  si, por una parte es ternura,  por otra parte resulta patética. Dos flashes iluminan el confuso pensamiento de Homper: el recuerdo de la cara de El bobo de Coria que pintó Velázquez. Y a continuación, la cínica razón con la que el fénix de los ingenios Lope de Vega justificaba su producción de comedias alimenticias en serie: El vulgo es necio y, pues lo paga, justo es hablarle en necio para darle gusto.

     -Tiene razón la tía Clota- concluye Homper- Todos necios, todos formamos parte del tinglado de la nueva farsa. Hasta yo, por entrar al juego y creer que mi punto de vista sobre la boda de la Duquesa puede ser de interés. Qué disparate.

    Y al día siguiente de la boda, aún es noticia preferente la gran fiesta de la baba nacional.

    El Cuerpo de Inspectores de Nubes

    Lo malo es que los miembros de este Cuerpo de Inspectores de Nubes, como el ue pintó Magritte, también querrán cobrar...

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    En el descansillo, Homper se encontró con su joven vecino del sexto. El vecino estaba sudoroso y venía con cara de pocos amigos. Acababa de dejar en el garaje su bici con sillita supletoria para niños, y salía del ascensor con su hijita en brazos. La niña tenía sólo cuatro años, pero ya iba al colegio público. Iba, pero no se quedaba mucho tiempo. A la hora y media la directora del centro dijo que ya era bastante para ser el primer día, y la mandaron para casa.

    -Es por lo de la adaptación –le explicó el vecino medio bufando- Ya ve usted, ahora los niños no pueden caer en la escuela así, de sopetón, porque sufren. La cosa de la psicología y eso. ¡Tócate los cojones!

    El joven vecino no era partidario de las nuevas medidas docentes.

    -La he llevado a mi taller, para que así se fuera adaptando a un posible puesto de trabajo cuando sea mayor- rezongó mientras buscaba el llavín de su casa en el bolsillo- Pero ha empezado a jugar con las maquinitas y me ha armado la de Dios es Cristo. Así que la traigo a casa y que la aguante su abuela. Y nunca mejor dicho, porque la pobre suegra ya ha sido llamada de urgencia y me está esperando.

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    Mientras el joven se despidió y se metió en su casa con la niña inadaptada llorando a rabiar, Homper recordó su primer día de clase, cuando le soltaron en un aula llena con cuarenta y cinco niños más y un profesor vestido de negro que vigilaba desde el estrado. El aula era una algarabía: gritos, risas, murmullos. El profesor miraba a sus pupilos con cara de jefe de estación, y esperaba tamborileando los dedos sobre la mese a que se completara su lista de alumnos. Cuando llegó el que faltaba, se levantó y, con gesto ceremonioso, se dirigió a la puerta de doble batiente, la cerró y ordenó silencio.

    -¡Aquí no habla más que el profesor!- dijo dando un puñetazo sobre el pupitre más cercano.

    En ese momento un niño llamado Otamendi  rompió a llorar estrepitosamente. Y al pequeño Homper se le encogió el corazón. Le separaban de su madre, le abandonaban en una cárcel con niños a los que no conocía de nada  y nadie se preocupaba de lo que sentía. Qué crueldad.

    Homper pensó por un momento que, en el imperio del buenismo, quizás le admitieran una querella retroactiva contra el Estado por mal trato psicológico en el colegio.

    -Intolerable lo que hicieron con nosotros-argumentaría- ¡Dejarnos en el colegio bruscamente y sin adaptación!…

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    O sea, que fue víctima de ese ominoso período histórico en el que primaba la insensibilidad y los niños no pintábamos nada. Ahora sí que somos guay, y estamos en todo. Ahora queremos preparar a nuestros niños como Dios manda, aunque sólo sea para que pasen de puntillas sobre la sórdida realidad y culminen el sueño de quien nos dirige.

    -El mejor destino –nos recuerda  Zapatero parafraseando, dicen, a Ramón- es el de supervisor de nubes acostado en una hamaca y mirando al cielo.

    Ya lo podía haber pensado antes, caramba…Poético sueño de quien hace sólo dos o tres años parecía comerse el mundo. Menos mal en ese noble cometido le seguimos casi todos. Cinco millones de parados, seis o siete de jubiletas y otros tantos niños que se preparan para un futuro tan incierto como el cielo que amanecerá mañana. Van a faltar hamacas para  el inmenso Cuerpo de Inspectores de Nubes que se está forjando, ya les digo.

    El Duende de verano (10) Huyendo del pesimismo

    Sal a caminar y busca cualquier pretexto para huir de la crisis...

    1.Se regalan motivos para la estupefacción

    Pendiente aún de volcar en el blog sus últimas impresiones del viaje por Escocia –hay que ver qué galbana trae el verano- se topa el  Duende al viejo amigo Homper en una de las múltiples rutas coronarias que han  nacido del nuevo Manzanares. Homper anda porque está jubilado y es algo hipocondríaco. Como de coronarias no tiene ningún problema, su nivel de colesterol es perfecto y los indicadores del PH tranquilizadores, se ha empeñado en obsesionarse con una venitas moradas que le afloran en la cara anterior del muslo derecho.

    -Carlomagno  también padecía de esto-aclara.

    Nadie sabía que Carlomagno sufriera de las varices, que suele ser cosa de señoras. Pero a Homper le gusta fundar sus obsesiones en argumentos. Reales o inventados, se sospecha.

    El Duende por su parte también anda bastante. Sus días de corredor de fondo van  convirtiéndose en largos paseos que le sirven para creerse que se mantiene en forma y, entretanto, observar. Hoy por ejemplo observa que, pese a su perplejidad permanente, Homper camina con la boca cerrada.

    -Es para que no me entren las moscas –explica el Hombre Perplejo- Porque iría con la boca tan abierta que seguro que alguna me comía.

    Y añade que ya no sabe qué le sorprende más, si la terrible prima de riesgo, la reforma de la Constitución, la indignación que produce el mismo consenso PP/PSOE por el que todo el mundo clamaba hasta ahora, la pelea por la tabarra de la lengua vehicular, los calambres en directo del pobre Nadal o la desfachatez de ese ojo público bastante más que indiscreto en que se ha convertido Internet. A este propósito,  Homper dice que no es normal que una dama que fue alcaldesa de una ciudad belga se ponga a fornicar con su amante en lo alto de una torre del Castillo de Olite. Pero aún considera más asombroso que hubiera alguien allí para grabarlo en su video y un baranda de un periódico digital dispuesto a ofrecer a los internautas los aspavientos de los amantes parapetados tras una almena.

    -Cómo no va quedarse estupefacto uno- precisa con un deje de amargura.

    No se queda en estas cuestiones. Para Homper, por ejemplo, también es motivo de sorpresa al estado de gracia permanente que han conseguido algunos, muy pocos, representantes de la vituperada clase política.

    -Por ejemplo,Durán i Lleida, que es el político con mejor imagen entre los españoles. Ahora acusa a Zapatero de irresponsable por querer contener el déficit con una reforma de la Constitución que a él y a su partido no les gusta. Y no se acuerda de que ellos mismos aplaudieron muchas de las medidas irresponsables del presidente que han sido parte del problema. ¿No es sorprendente?

    Queda la pregunta en el aire.

    2. La depre de la crisis

    Al Duende por su parte no le afectan tanto los motivos para el pasmo como el peso del pesimismo general que nos acecha. Feo vicio este de informarse: lees el periódico, escuchas la radio, ves la tele y casi te dan ganas de quedarte en el programa de Vázquez, Lozano, Esteban y Matamoros. Dichos así hasta podrían parecer los autores de un diccionario  etimológico. Pero, como decíaOrtega, no es esto, no es esto.

    -Estoy tan obseso yo con e la crisis –comenta el Duende- que esta noche soñé que Elena Salgado me consultaba sobre qué impuesto sería más efectivo. Si un impuesto sobre la felicidad, un impuesto extraordinario sobre las pipas de girasol o un impuesto sobre los pasos andados.

    -No des ideas –advierte Homper-Cada vez somos más los paseantes.

    Debe de ser por eso, porque pasamos y vemos pasar la vida. Afortunadamente vivimos unos días de verano particularmente amables en Madrid. Y hasta hoy, que empieza a a subir el termómetro, daba gusto pasear y pasar, que como decía Machado, es lo único verdaderamente nuestro. Qué quedará en la historia de este pedazo de crisis y cómo influirá en nuestras vidas, sigue siendo una incógnita.

    -No puedo más de tanta trascendencia, te dejo-le dice el Duende a Homper.

    -Pero ¿a ti no te afligen las dudas? –pregunta Homper desasosegado por la aparente insustancialidad de su amigo- Antes de irte, dímelo, por favor, que no quiero sentirme un ser extraño.

    -Cómo no me van a torturar- le calma el Duende- Con la que se nos viene encima a los abuelos esta primera quincena de septiembre…Esta tarde tengo que invitar a mis nietas al llevo dos días pensando si debo llevarlas a Los Pitufos o a Animals United. Me despido, que tengo que salir de dudas antes de que empiece la película.

    Pasear, soñar, dudar. Todo vale con tal de huir del pesimismo que nos invade.

    Homper no entiende nada de nada

    No cree que se deba hablar de "la nefasta manía de pensar", pero Homper piensa que deberíamos renunciar a pretender entenderlo todo...

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    Homo sapiens. Homo ignorans. ¿La curiosidad es la madre de la ciencia? ¿De verdad que la razón lo explica todo?…Medita estas cuestiones nuestro amigo Homper mientras afila la punta de su lápiz con un sacapuntas. Cuando termina la operación, acerca el ingenio a sus labios y lo besa.

    -No sabes lo que me gusta entenderte.

    Le llena de satisfacción que una concavidad acoja la punta del lápiz, y que una cuchilla de acero afilada  afeite la madera alrededor de la mina con sólo girar aquel. Qué bien inventado está esto, piensa. Y qué gratificante entender el funcionamiento del sacapuntas.

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    Porque en estos tiempos e exaltación desmesurada del hombre y de culto a la razón como clave de su superioridad, se pretende que la pobre especie humana lo entienda todo. Llevamos tres años de crisis, y aún a veces, cuando los especialistas recuerdan sus causas, Homper no sabe por  qué las trapacerías de cuatro granujas que hicieron quebrar a Lehman Brothers y de unos buitres que quisieron abusar de los que necesitaban casa en Estados Unidos explican el estado de postración del planeta.

    -Un día nos cuentan que la culpa es de la prima de riesgo. Otro, de Grecia. Otro, de Portugal o de Irlanda. Ahora de Italia. Dicen que Bélgica está a caer, y que luego iremos nosotros. Se caen las Cajas de Ahorros. Se descubre ahora que tenemos dieciocho administraciones especialistas en el despilfarro. Resulta que la responsabilidad es de los que nos acostumbramos al estado de bienestar. Y entretanto, con los mismos recursos naturales, la misma fuerza bruta y las mismas capacidades humanas, ni las mejores cabezas saben qué hay que hacer para producir más, crear empleo y devolver la confianza.

    Homper volvió a besar el lápiz y el sacapuntas.

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    Pero pretenden que sigamos creyéndonos homo sapiens. En su noble afán de divulgación,ONDA CERO incluye a veces en su programación píldoras científicas, y ese día Homper se sorprende escuchando la enésima explicación del Acelerador de Partículas. Parece ser la madre del cordero de la física cuántica, un invento que, si funciona, resolverá todos los problemas de energía que arrastramos, y además recreará las mismas condiciones físicas en las que surgió el Big Ban. O sea, que puede reproducir el fenómeno de la creación del mundo, como si ya no tuviéramos  bastantes problemas en este. Y consiste en un túnel circular de 29 kilómetros por el que lanzan partículas para que choquen entre sí. Las partículas dan 11.000 vueltas al túnel por segundo, y se supone que deben chocar entre sí con alguna que venga en dirección contraria. Si chocan, se descomponen en otras micropartículas.

    -Y parece que, si eso ocurre, se organiza la de Dios -piensa Homper- Y nunca mejor dicho.

    ¿Y cómo lanzan las partículas? ¿Con catapulta? ¿Con compresores de aire? ¿Con pistolitas de agua? ¿Y por donde se abre el túnel circular para que metan las partículas que han de chocar entre sí? ¿Y qué haremos con ese otro mundo que puede recrear el nuevo Big Ban? ¿Esperaremos a que vengan otra vez  cuatro canallas a hundirlo sin que volvamos a entender nada de nada?…

    Homper contempla   con cariño  su lápiz y su sacapuntas, tan sencillos y eficaces ellos, tan fáciles de explicar y entender. Y pone bálsamo a su ignorante perplejidad mirando a la luna llena. Tampoco sabe muy bien cómo se mantiene ahí, pero luce bonita, y además le invita a soñar.

    Cómo mola Querétaro

    Con motivo del Día del Español el Instituto Cervantes invita a encontrar la palabra más bonita de nuestro idioma. Y a propuesta del actor Gael García Bernal, es elegida Querétaro. Pues vale.

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    A veces es verdad que los árboles no dejan ver el bosque. Desde la distancia transoceánica que marca su casita en Nueva Inglaterra la tía Clota, que cada vez espacia más sus conexiones con Homper, ve cosas en las que aquí apenas reparamos. No vamos a aburrir con los múltiples motivos de estupefacción que nos depara la actualidad. Ayer la anciana se ceñía simplemente a una muy menor que estos días recuerdan los medios

    -¿Así que Querétaro es la palabra más bonita de nuestro idioma según el Instituto Cervantes?

    Homper no supo qué decirle.

    A Homper la noticia también le pareció una ocurrencia, una genialidad de un mago de las redes sociales para promocionar a una ciudad que en principio, no figura en el diccionario, sino en las enciclopedias. Aunque los topónimos también son palabras, el hablador tiende a pensar que en una encuesta así iba a salir cualquier otra más hermosa y biensonante que el esdrújulo nombre de una ciudad mejicana.

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    Comentaba  Homper las razones de tan extraña elección y se las explicaba a su tía.

    -Sobre todo, el creciente poder de Internet, que va a acabar siendo el parlamento inmediato del pueblo. Ya ves tía, las redes sociales lo mismo te organizan un 15 M que acabará otorgando los premios Nobel, ya verás. Y luego, la pusilanimidad del personal para atreverse a nadar contra corriente. Se empieza a difundir una consigna y cuando quieres decir tu opinión te recuerdas aquello de que tanta gente pensando lo mismo no puede equivocarse…

    -Ya –cortó la anciana- En m tiempo decíamos: ¿dónde va Vicente? Donde va la gente.

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    La gente confunde en esta cuestión fondo y forma. Sorprende que en el primer botepronto de una entrevista rápida  para la tele dos personas con tan buena cabeza como Mario Vargas Llosa y Vicente del Bosque dijeran obviedades como libertad y fútbol. Algo que sin duda significa mucho en su escala de valores, pero que, por obvio,  no es de esperar en mentes tan privilegiadas. El escritor sobre todo debería apreciar que la belleza de una palabra no tiene por qué estar unida a su significado.

    -Coño-pensó Homper-no es una palabra especialmente bonita. Pero clítoris, que le queda tan cerca, a mí si me lo parece. Como pan, como delirio, como donaire, como añoranza, como berbiquí, como alfeñique.

    A Homper le gustan sobre todo las palabras juguetonas.

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    En Querétaro fue fusilado uno de los emperadores más breves de la historia, Maximiliano de Méjico, que pocos sabrán qué pintaba allí. Incluso él, cordero pascual de intereses supranacionales. Leyó Homper su triste historia en la novela Noticias del Imperio, del escritor  Fernando del Paso, y reconoce que quizás ese drama pesa en su estupor por el momentáneo esplendor de esta palabra. Como pesa el considerar que en esa ciudad Butragueño metió cuatro goles con la Selección Nacional de Fútbol, en uno de los mejores partidos de la larga etapa en la que España nunca ganaba casi nada. Naturalmente, en los considerandos del fallo, se decía que Querétaro significaba “la isla de las salamandras azules”. Aunque en purépecha parece significar sólo “juego de pelota”. Al final querían darle la razón a Del Bosque, aunque para vestir el muñeco aireasen lo de las salamandras azules, como si los hispanoparlantes fuéramos ante todo poetas y naturalistas, y tuviéramos especial predilección por esta clase de reptiles y `por el color azul.

    -Se ve que había que echarle cuento, tía.

    -Quizás-admitió la anciana- O cara de algún despabilado para promocionar el lugar…¿Por qué sí Querétaro y no Alba de Tormes, con lo bonito que es ese nombre?…

    Lo dicho, el poder del sexto poder, que es Internet. La moda. El irresistible mimetismo de lo  políticamente adecuado. Las ganas de epatar al burgués. Cómo mola todo.

    ¿Qué tiene el blog de un político que no tenga éste?

    Uno de los defectos de este bloguero es que no sabe cómo agradecer las imágenes prestadas. Aprovecha la ocasión para hacerlo ahora con el autor de este dibujo, cuyo nombe ignora

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    Siempre hay un descubrimiento que te puede alegrar la vida, anotó Homper en su diario: “hoy he comprado ensaladilla rusa congelada. Días antes, ni sabía que el progreso nos había dado estas facilidades”.

    Porque hay cosas a las que uno no acaba de darle la importancia que tienen. Un día hizo un cálculo curioso: ¿qué le había hecho sentirse más feliz, una buena ración de ensaladilla rusa o la contemplación de un cuadro de Tapies? Después de pensarlo bastante escribió: una ración de ensaladilla rusa.  Sabía que una ración de ensaladilla rusa jamás se subastaría en Sotheby´s, y que en cambio una obra de Tapies sí. Pero de no ser por esa razón tan materialista, no la cambiaría nunca ni por uno, ni por dos ni por tres cuadros de Tapies.

    -Soy un hombre definitivamente vulgar-concluyó- Y, por favor, que no se me olvide poner unas tiras de pimiento morrón sobre la mayonesa.

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    Siempre hay un comentario que puede servirle a alguien. A alguien que acostumbre a ir al cine, por ejemplo. A Homper le sorprendió no encontrar en la cartelera ninguna película que le apeteciera demasiado. Le sorprendió que, cuando cayó en uno donde ponían Agua para elefantes  sólo hubiera cinco personas en la sala.

    -Y ninguna ha comprado palomitas-pensó- ¿De qué viven los cines?

    La película, bonita, pero sin chicha –y casi sin limoná- es la historia de un triángulo de circo entre un empresario canalla, su mujer, que es una ecuyére muy coqueta, y un veterinario que es muy guapo y que hace rentable el circo con una elefanta habilidosa a la que domestica y mima. El empresario in escrúpulos, deseoso de  hacer caja cuanto antes, tiene muy poca paciencia con la elefanta, y a menudo la castiga como un sádico. Cuando se entera de que su santa, que es la que monta a la elefanta, se enreda con el guaperas, la emprende a golpes contra ambos delante del mismísimo paquidermo. Pero a estas alturas, Homper ya sabía cómo se iba a resolver la dramática historia.

    Recuerden que los elefantes tienen buena memoria.

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    Siempre hay una nadería que  no se sabe ni por qué hay que consignarla en ningún post. Por ejemplo, la luna está en creciente. Y después de las lluvias de primavera, da gusto verla faroleando entre los árboles mientras el aroma del azahar embriaga la noche.

    -No es nada relevante- admite el Hombre Perplejo. Pero estamos en campaña, y hay muchos políticos blogueros. ¿Es que acaso cuentan ellos algo más interesante que lo que cuento yo?

    Siempre hay un motivo para escribir cualquier observación. También para que los políticos, en su propaganda o en sus blogs, omitan obviedades pueriles, promesas fatuas y bravatas irresponsables.  Y quizás muchos más para no escribir de nada. Pero en ese caso Homper moriría irremediablemente.

    Y aún tiene esperanzas de hacerlo después de haber dicho algo digno de ser recordado.

    Georgi Dann ataca de nuevo

    Si el Corte Inglés es el espejo del sueño de los españoles, esta vez nos ha fallado...

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    Hacía tiempo que Homper no hablaba con la tía Clota. Dice que está muy mayor, y que últimamente está entregada a un gurú indio que alivia su vejez con  meditaciones tántricas e ingestas de té verde. Por eso le extrañó su llamada desde su lejana casita en Nueva Inglaterra.

    -Abre el ordenador y pon en marcha el Skype ese, que tenemos que hablar de España-le dijo en un tono airado.

    Noventa y dos años la contemplan. Homper creía que había ingresado en una residencia, tal y como le anunció que pensaba hacer en una de sus últimas conversaciones. Pero la anciana tía exilada a última hora cambió de opinión. Había decidido contratar a una cuidadora negra a la que llamaba Mami, como la sirvienta de Escarlata O´Hara  en Lo que el viento se llevó, y morir en casa si le llegaba la hora.

    Pero antes quería pasar su último verano en su patria natal.

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    La tía Clota era de nacionalidad estadounidense, pero nunca olvidó su pueblo, ni el solar donde vivió tantos años. Jamás había dejado de interesarse por lo que consideraba “ese adorable país de mis mayores que tanto se complica la vida”. Además, como tantas señoras mayores, estaba enamorada de Nadal.  Seguía enterándose de lo que pasaba en España escuchando la radio o leyendo algunos periódicos en Internet, porque la ancianidad no había podido con su modernidad.

    ¿Qué mosca le habrá picado?-pensó Homper.

    Y como nunca le había decepcionado con sus comentarios, dedujo que esta semana había dos sucesos que sin duda requerían su comentario.

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    Se lo imaginaba. Punto uno: ¿por qué se ponen tan estupendos los españoles poniendo en tela de juicio si era procedente liquidar a Bin Laden? Punto dos: ¿por qué se dejan colar esa trampa de Bildu?

    -Nunca dejaréis de complicaros la vida, sobrino-dijo la anciana- Aquí hasta los más progresistas de los norteamericanos pensamos que con las cosas de comer no se juega.

    Pero era el verano, quizás su último verano, lo que le inquietaba. Y la verdad es que no estaba precisamente tranquila con lo que escuchaba. Porque desde hacía unos días, entre las noticias de España, escuchaba insistentemente una horrible canción que se llamaba  El veranito, y que cantaba  una voz que le resultaba familiar.

    -¿Cómo se llama ese….?-preguntó a su sobrino- Parece que fue ayer: bailemos el bimbó, bimbó…

    -Georgi Dann, tía.

    -Pues tengo pesadillas, sobrino.

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    Dijo que soñaba que en todos los hoteles y las playas de España donde ella pensaba ir se le aparecía un hortera con camisa de flores  y unas cuantas gogó girls  que, con una coreografía siniestra,  coreaban Mami, qué será lo que tiene el negro, La barbacoa, El bimbó y la espantosa cancioncilla publicitaria El veranito, que quiere poner de moda Viajes el Corte Inglés. Veía que el que el chófer del autobús que le llevaba del aeropuerto al hotel era Georgi Dann, y que el que le extendía la hamaca era Georgi Dann, y que el camarero que le servía el desayuno era Georgi Dann, y que el guía del museo era Georgi Dann, y que el que le vendía el souvenir del toro de cerámica  tipo Gaudí  también era Georgi Dann. Y que, por extensión, el Rey, y Zapatero, y los ministros, y hasta el presidente del Tribunal Supremo, y el director de la RAE, y el presidente de la Conferencia Episcopal, todos eran un Georgi Dann onmnipresente e invasor que había lobotomizado a España.

    Y , así las cosas, ahora quería  morir antes del veranito.

    -¿Tanto progreso para esto, sobrino?-dejó en el aire con gesto crispado la anciana antes de cerrar la conexión.

    Homper se quedó estupefacto, como correspondía al Hombre Perplejo por excelencia. Qué salidas, las de la tía Clota. Lo pensó mientras se rascaba la barbilla. Y al final tuvo que admitir que quizás tía Clota tenía mucha razón.

     

    Georgi Dann ataca de nuevo

    1

    Hacía tiempo que Homper no hablaba con la tía Clota. Dice que está muy mayor, y que últimamente está entregada a un gurú indio que alivia su vejez con  meditaciones tántricas e ingestas de té verde. Por eso le extrañó su llamada desde su lejana casita en Nueva Inglaterra.

    -Abre el ordenador y pon en marcha el Skype ese, que tenemos que hablar de España-le dijo en un tono airado.

    Noventa y dos años la contemplan. Homper creía que había ingresado en una residencia, tal y como le anunció que pensaba hacer en una de sus últimas conversaciones. Pero la anciana tía exilada a última hora cambió de opinión. Había decidido contratar a una cuidadora negra a la que llamaba Mami, como la sirvienta de Escarlata O´Hara  en Lo que el viento se llevó, y morir en casa si le llegaba la hora.

    Pero antes quería pasar su último verano en su patria natal.

    2

    La tía Clota era de nacionalidad estadounidense, pero nunca olvidó su pueblo, ni el solar donde vivió tantos años. Jamás había dejado de interesarse por lo que consideraba “ese adorable país de mis mayores que tanto se complica la vida”. Además, como tantas señoras mayores, estaba enamorada de Nadal.  Seguía enterándose de lo que pasaba en España escuchando la radio o leyendo algunos periódicos en Internet, porque la ancianidad no había podido con su modernidad.

    ¿Qué mosca le habrá picado?-pensó Homper.

    Y como nunca le había decepcionado con sus comentarios, dedujo que esta semana había dos sucesos que sin duda requerían su comentario.

    3

    Se lo imaginaba. Punto uno: ¿por qué se ponen tan estupendos los españoles poniendo en tela de juicio si era procedente liquidar a Bin Laden? Punto dos: ¿por qué se dejan colar esa trampa de Bildu?

    -Nunca dejaréis de complicaros la vida, sobrino-dijo la anciana- Aquí hasta los más progresistas de los norteamericanos pensamos que con las cosas de comer no se juega.

    Pero era el verano, quizás su último verano, lo que le inquietaba. Y la verdad es que no estaba precisamente tranquila con lo que escuchaba. Porque desde hacía unos días, entre las noticias de España, escuchaba insistentemente una horrible canción que se llamaba  El veranito, y que cantaba  una voz que le resultaba familiar.

    -¿Cómo se llama ese….?-preguntó a su sobrino- Parece que fue ayer: bailemos el bimbó, bimbó…

    -Georgi Dann, tía.

    -Pues tengo pesadillas, sobrino.

    4

    Dijo que soñaba que en todos los hoteles y las playas de España donde ella pensaba ir se le aparecía un hortera con camisa de flores  y unas cuantas gogó girls  que, con una coreografía siniestra,  coreaban Mami, qué será lo que tiene el negro, La barbacoa, El bimbó y la espantosa cancioncilla publicitaria El veranito, que quiere poner de moda Viajes el Corte Inglés. Veía que el que el chófer del autobús que le llevaba del aeropuerto al hotel era Georgi Dann, y que el que le extendía la hamaca era Georgi Dann, y que el camarero que le servía el desayuno era Georgi Dann, y que el guía del museo era Georgi Dann, y que el que le vendía el souvenir del toro de cerámica  tipo Gaudí  también era Georgi Dann. Y que, por extensión, el Rey, y Zapatero, y los ministros, y hasta el presidente del Tribunal Supremo, y el director de la RAE, y el presidente de la Conferencia Episcopal, todos eran un Georgi Dann onmnipresente e invasor que había lobotomizado a España.

    Y se quiso morir antes del veranito.

    -¿Tanto progreso para esto, sobrino?-dejó en el aire con gesto crispado la anciana antes de cerrar la conexión.

    Homper se quedó estupefacto, como correspondía al Hombre Perplejo por excelencia. Qué salidas, las de la tía Clota. Lo pensó mientras se rascaba la barbilla. Y al final tuvo que admitir que quizás tía Clota tenía mucha razón.

     

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