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Emociones, gripes y pálpitos

A veces, emociones y pálpitos se encadenan entre la realidad y el sueño sin solución de continuidad

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Se acostó Homper aquella noche bajo el poderoso influjo del piano de Bach. Uno hará recuento al final de sus días de los momentos emocionales más singulares de su existencia. Y entre los de Homper, el hombre eternamente perplejo, siempre quedará ese ratito en que un joven chino llamado Lang Lang salió al escenario del Auditorio de Madrid se sentó ante un Steinway y desgranó las notas de la Partita nº 1 del genio de Eisenach.

-Bach es la Summa Teológica de la música- escuchó  en una ocasión.

A tal señor, tal honor. Lang Lang es otro prodigio de la música. Tocó en el concierto inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín y le escucharon miles de millones de personas. Gracias su proyección mundial ha conseguido que cuarenta y cinco millones de niños chinos se pongan a estudiar piano y solfeo. Buen negocio para Yamaha y para Steinway. Después de escuchar a Bach interpretado por Lang Lang  el alma  del pobre Homper estaba tan sanamente exhausta y limpia como si saliera de la sauna. Aunque las almas jamás vayan a ninguna sauna.

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Los pretextos para la emoción salen cada mañana a pasear y van encontrando a quien les haga caso para germinar espontáneamente. Hay explosiones emocionales previsibles, como las que surgen en los cumpleaños, las bodas, los funerales, las despedidas y los homenajes. Un paisaje, una obra de arte o una música maravillosa también provocan emociones digamos razonables.  Pero de cuando en cuando saltan chispazos  inesperados de sucesos insignificantes. Hace muchos años Homper se encontró a un viejecito recién llegado del pueblo vendiendo ramilletes de manzanilla serrana delante del edificio del Banco de España. A su alrededor pasaba mucho ejecutivo con cartera, ciudadanos apresurados que sin duda tenían gestiones que hacer, guiris que se fotografiaban sobre el fondo de la Cibeles y andadores coronarios. Nadie le hacía caso. El viejo abría sus ojos azules y voceaba tenuemente en medio del fragor del tráfico.

-¡Manzanilla de la sierra a cinco duros el ramillete!

Qué monumento vivo a la ingenuidad humana. Homper se acercó a él, le  pagó las 25 pesetas y se alejó rumbo a Recoletos con su compra. Cualquiera que se le hubiera cruzado y le hubiera visto con un ramillete de manzanilla mientras, disimuladamente, se secaba unas lágrimas, hubiera pensado: qué gilipollez. Los pensamientos son libres. Pero mucho más las emociones, que a menudo barajan motivos caprichosos e irrelevantes para dar señales de vida.

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Por la noche, el sueño de la emoción de Bach se desordenó y degeneró en pesadilla. Tenía fiebre. La mejor ilustración de un sueño en estado febril es el Jardín de las Delicias del Bosco superpuesto sobre un cuadro de Dalí de esos que mezclan relojes derretidos, caracolas y pedazos de carne sanguinolenta en un horizonte infinito. Su música –porque también los sueños tienen sonido- lejos del Bach mágico es el dodecafonismo torturador.

Aunque lo de ponerse malo también tiene su puntito.  A sus años, Homper redescubrió que, si bien no hay nada peor que encontrarse mal, tampoco lo hay mejor que saber que tienes a mano una cama mullida y caliente para hundirte en ella y dormir la modorra después de una buena ingesta de antipiréticos.

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En las primeras caricias de la almohada, el subconsciente el Homper rebobinó al modo de Proust los duermevelas enfermizos de su infancia.  Recordaba las gripes, o  las anginas, o las escarlatinas, o aquellas tripoteras que eructaban con sabor a huevo duro y si no te vaciaban por la retambufa.

Pero recordaba también que se libraba del cole. Y que le trasladaban a dormir a la alcoba de sus padres. Y que pasaba los largos días leyendo cuentos de la Condesa de Segur o novelas de Salgari , y que por la tarde le ponían la radio para escuchar a Matilde, Perico y Periquín o a Pañolín Rompenubes. Anhelaba el momento de recuperar el apetito, porque entonces tenía derecho a  arroz blanco y a jamón de York, que era lujo total, y al delicioso yogur en tarrito de cristal con tapa de papel de estraza ceñido por una goma. Era tan mágico que entonces se despachaba en farmacias. Como mágica era  esa atmósfera inquietante y tenebrosa, pero también dulce acogedora que sellaba cada noche el dorso de la mano materna posándose sobre su frente.

-Buenas noches- decía su madre mientras le palpaba la última fiebre, le daba un beso en la mejilla y apagaba la luz.

Qué curioso. Homper asegura que ese pálpito misterioso y sobrecogedor latía también en la partita de Bach que Lang Lang tocó aquellla tarde.

La pesadilla de los contragoyas

¿Qué hizo el de Fuendetodos pra merecer ésto?...1

Ya le chocó bastante a Homper el nombre de los premios que venían a ser una especie de contragoyas. Un académico travieso había decidido sustituir al pintor de Fuentedotodos, que al fin y al cabo no había inventado el cine, por otra palabra malsonante con la que rima tan ilustre  apellido. La palabra es del género femenino, pero designa algo muy masculino. O sea, que cumplía con el lenguaje políticamente correcto que mandan los cánones modernos, para satisfacción de la clase política, tan pendiente siempre de la cultura.

-¡Y qué potente resulta el trofeo!-comentó la Academia del Cine cuando le presentaron aquella cosa en forma de menhir modelada en bronce.

Los presentadores de la gala eran Groucho Marx, que había resucitado para la ocasión, y Santiago Segura. Para que nadie se llamara a engaño, este aparecía directamente convertido en el célebre y nunca bien ponderado inspector Torrente, con su camisa mal abrochada enseñando su tripilla blanquecina, su chaqueta nevada de caspa por las hombreras y su cabeza grasienta correctamente peinada. A lo largo de la gala, él mismo aplicaba su fijador salivar escupiendo sobre las palmas de sus manos de cuando en cuando y esparciendo tan eficaz brillantina sobre las crenchas de su cabello. Como contrapunto femenino estaba La Maña, vestida con un modelo de un tal Delfín, que explicaba  así su audaz propuesta.

-La palabra cine viene del griego clásico, y como Creta queda más o menos por ahí pues me he inspirado en las macizas que aparecen en los mosaicos de Knosos, que son como muy modernas. O sea, que el escote de La maña va exactamente por debajo de las tetas, fashion total, y así pasamos  de la horterada esa de enseñar sólo el canalillo. Ni Marilyn se hubiera atrevido a tanto, chatitos.

La ministra de Cultura, a la sazón Chus Lampeave, representaba un contrapunto clásico y muy serio, pues vestía un modelo de Francis Montesinos que reproducía exactamente el atuendo que llevaba Isabel la Católica en el conocido cuadro de La toma de Granada pintado por Pradilla. La simpática Chus, con su corona y su larga capa, apareció en escena  a lomos de un brioso corcel , y estaba realmente mayestática posando de tal guisa para la foto final.

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-Estas son las películas y los profesionales premiados-dijo el fantasma de Groucho- Pero si no les gustan, tengo otras…

Y el público enfervorizado se echó a reír y prorrumpió en aplausos.

-¿Es usted un cineasta libre e independiente?-le preguntó a otro de los premiados-¿Está dispuesto a renunciar a las subvenciones del Ministerio de Cultura, de la televisión autonómica correspondiente, y del FAPI, Fondo de Ayuda para Productores Incompetentes?…¡Conteste antes a la segunda pregunta que a la primera!

El premiado puso una cara extraña, `pero el público celebró la ocurrencia con nuevas risotadas.

Cuando la mejor actriz recibió su premio,  Groucho sacudió la ceniza de su veguero, echó un vistazo a aquella grosera verticalidad de forma sospechosa y volvió a parafrasearse.

-¡Qué barbaridad, señora!…Yo en su lugar no lo cogería…

El puro de Groucho era, más que una provocación, un crimen de lesa salud pública. Pero los guionistas de la gala, que eran Boadella y Fernando Arrabal lo resolvieron brillantemente dando entrada a Silvio Berlusconi que apareció a paso ligero encabezando un pelotón de bersaglieri compuesto por sus mamachichos favoritas. Éstas le arrebataban el habano a Groucho y se lo llevaban a la trena mientras il Cavalliere, genio y figura hasta la sepultura, se quedaba galanteando a la Maña y a Chus Lampreave para darle más categoría al evento.

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Pero el momentazo de la gala fue cuando Torrente dijo por primera vez el nombre del nuevo premio para las estrellas del séptimo arte.

-Señoras y señores…¡Comienza la entrega de las Pollas del cine español!

Y tampoco quedaron nada mal las dedicatorias, que dejaban atrás el estilo melifluo y untuoso para iniciar un nuevo tipo de lenguaje más acorde con los nuevos tiempos.

-Dedico esta Polla al capullo de mi padre –dijo el premiado como mejor guionista- que quería que yo fuera guardia civil. Y a la guarra de  mi vecina, que mientras que yo escribía el guión se paseaba en pelotas por la terraza para distraerme, la muy puta…

Se estiraba Torrente con finas metáforas sobre el felpudo de la vecina cuando Homper se despertó sobresaltado. Todo había sido un sueño.

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Quizás un mal sueño, pensó.

Aunque luego recordaba las múltiples ceremonias de este tipo que había presenciado a lo largo de su vida. Entregas de premios, mitines políticos, inauguraciones, convenciones de empresa, programas de televisión donde se tiene que adular a los premiados, a los colegas, a los equipos,  al público que se lo merece todo. La feria de las vanidades, el borreguismo de lo bonito, el vacuo lenguaje del halago y del eufemismo, la cursilería, el autobombo. La falla que quemamos en nuestro propio honor.

-Otro pan y circo que  pone espejos deformantes al alma humana para redimirla de sus miserias-concluyó

Lo comentó luego con la tía Clota, a la que ya no le divierten ni la fiesta de los Oscars, que son más o menos igual de repetitivas y empalagosas que nuestros Goyas. No se atrevió a contarle el sueño de las Pollas del Cine, porque le pareció demasiado fuerte para una anciana. Pero estaba seguro de que entendería su afán feístaiconoclasta y destroyer por el hartazgo de purpurina, de fuegos de artificio, de espuma y de glamour.

-No lo soporto más, tía-suspiró Homper- Soy demasiado viejo como para que me  sigan  contando la vida y el cine como si fueran una estúpida tarta de nata con guindas.

Como si fuera una falla.

Las Cajas y las grietas

Si la madre de Homper viviera, se escandalizaría al ver que ni las Cajas de Ahorro son ya lo que eran...

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Homper leía el periódico cuando se quedó perplejo.  Hizo un alto en la lectura  y suspiró.

-A dónde habría ido a parar su fe –pensó acordándose de su difunta y querida madre- ¡Si hasta las cajas de ahorros se tambalean!…

Y recordaba el empeño de mamá  en que cortejara a Pilarín.  Pilarín era mofletuda y caderona, y tenía una nariz acyranada. Hasta que se la operó, y le quedó desternillada y fina como el pico de la aleta de un tiburón. No era pues la más atractiva de la promoción, pero le hicieron madrina del paso del Ecuador, y la rondaron, y le cantaron aquello de asómate, asómate al balcón, carita de azucena. Homper no recordaba exactamente qué carita tenían las azucenas, pero esperaba que en el campo, y mecidas por la brisa, lucieran algo más graciosas que Pilarín.

Pilarín era buena, y en la cuesta de enero invitaba a los amigos aun guateque  sólo para liquidar el resto de los cestones que habían recibido en su casa por Navidad. Pilarín, naturalmente, no era el amor de su vida. Pero era hija del presidente de la Caja de Ahorros de la provincia.

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La sede de la Caja de Ahorros se erigía en uno de esas plazas de la ciudad que ahora se dicen “emblemáticas”. A Homper le sorprendía que ahora se adjetive tanto con esa esdrújula de nuevo cuño. Pero le pasmaba aún más el estilo del edificio, que José Ramón (lector de este blog) y otros arquitectos versados podrían catalogar dentro del racionalismo opulento, la oficialidad funcional o, como diría el ínclito  Jesús Gil y Gil, la fealdad ostentórea. A primera vista  parecía una horterada monumental chapada en mármol rosa, pero el arquitecto que lo firmó ganó un accésit en el concurso del Proyecto para el rediseño de las Cabinas de Baño de la Playa de Santa Lucía de Camagüey, en la isla de Cuba, y además era ahijado de un consejero de la Comunidad Autónoma correspondiente.

-Es que la cajaahorreidad es una manera de entender la vida –decía su amigo Gustavo, que era muy filosófico él-  un pensamiento social. Y, por suerte o por desgracia,  una estética.

Eso, una estética. Se veía en sus edificios, en sus diseños corporativos, en sus logotipos,  en sus calendarios, en sus libros de cheques, en el papel y el sobre de sus cartas. Se adivinaba en ese toque especial que daban a sus obras los artistas que exponían en sus salas. Hasta en el estilo de esos bancos, esos columpios y ese mobiliario urbano que, siempre atentas a sus fines sociales,  habían plantado en tantas ciudades y pueblos de España.

-¿Ves? –le decía su madre a Homper- El padre de Pilarín…¡Ese sí que es un hombe de categoría! ¡Y ayudando a todas las iniciativas!

Homper veía a la Caja de Ahorros por todas partes. Viviendas, polideportivos, centros culturales…Y patrocinando conciertos, exposiciones, pruebas deportivas, iniciativas sociales. Las cajas lo eran todo, aunque para él Pilarín,  pese al empeño de su madre, no significara casi nada.

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El padre de Pilarín se hacía el nudo de la corbata muy gordo, al estilo Wilson, y gustaba de llevar zapatos de rejilla. El padre de Pilarín lucía un fino bigote de capitán general de la época, y aunque sólo era profesor mercantil había escalado puestos porque tenía muy buena cabeza y un hondo sentido social del trabajo. Además era presidente de una hermandad de penitentes muy importante, y aunque tenía el feo vicio de tocarse sus partes vía bolsillo del pantalón –otra costumbre de los hombres de entonces- pasaba por ser todo un caballero cristiano,  generoso, atento, servicial y de sonrisa fácil.

-Pilarín –decía a su querida hija cuando ésta salía de casa- Que no te falta de nada…¿Le das un beso a papá?…

Papá ofrecía la mejilla, Pilarín se la besaba y el prócer le daba un billete de quinientas pesetas doblado que extraía entre los dedos índice y corazón del bolsillo de su chaleco.

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Un verano  Pilarín se fue a Inglaterra a aprender inglés. Cuando regresó, sus cabellos eran rubios y la topografía de su cuerpo se había redondeado sospechosamente.

-La cajaahorreidad ha mejorado algo su estética- sentenció Gustao.

Ni por esas consiguió Homper enamorarse de ella. Tampoco le hubiera ido mucho mejor, porque pasó por allí un joven registrador de la propiedad que acababa de ganar plaza y que apenas había tenido tiempo hasta entonces para salir con chicas. Pilarín le parecía maravillosa, y a Pilarín él otro tanto. De modo que se casaron, y fue una boda de mucho lustre. La Caja de Ahorros le regaló un juego de te completo de plata.

Pero pasaron los años. El presidente del bigotillo y el nudo Wilson y la madre de Homper ya habían muerto cuando a Pilarín se le cruzaron los cables y se enrolló con un fisioterapeuta más joven y con mejor planta  que el registrador. Dejó a éste, tuvo un hijo con el cachas y se hizo gestora cultural pensando que con su carrera y su pedigree lo tenía resuelto todo. Pero cuando, como asesora del Ayuntamiento, diseñó un Curso de Cuentacuentos y un Taller de Abrazoterapia y fue a la Caja de Ahorros a solicitar patrocinio para financiarlos, se encontró con una sorpresa desagradable.

-No me jodas, Pilarín–le dijo Gustavo, el teórico de la cajaahorreidad ahora al frente  del alicaído  Departamento de Esponsorización- Esto ya no es como en tiempos de tu padre .¿Aún no te has enterado que se ha acabado la fiesta?…

Se lo contó desolada a su antiguo amigo Homper. Y éste suspiró aliviado, pensando que su difunta madre se había evitado otra grave grieta en uno de los pilares fundamentales de su cristianísima fe.

Contra la recalcitrante estolidez de algunos poíticos

Pero qué borricos son algunos, caramba...

Sorpréndese Homper de la necedad recurrente del ser humano. Una vez más. Espeja ésta, cómo no, en un político, para abundar en esa creencia común –que sin embargo no comparte- de que no nos merecemos esta clase política. Homper está más bien convencido de que los políticos son así porque los votantes somos así,  y no cabe esperar otra cosa.

-¿De verdad lo dices? –se preguntaba estupefacta la tía Clota, que aunque aparezca poco por aquí sigue vivita y coleando.

-De verdad, tía. La matemática electoral, como el algodón del anuncio, no engaña.

Sostiene Homper que el fenómeno Obama, que ahora parece fogata de viruta, era el reflejo de una necesidad del pueblo norteamericano. Querían  oxigenarse e ilusionarse después de aquel fenómeno de torpeza que se llamó George Bush.

-Volverá el tío Sam donde solía –pronostica la anciana nacida en Granada y hoy ciudadana de los Estados Unidos.

-Como vuelve aquí el PP a meter la pata cuando lo tienen más fácil…Porque tú no sabrás quién es León de la Riva, pero….

Y le cuenta que este caballero, alcalde de Valladolid ha querido criticar a la nueva ministra Leire Pajín y en lugar de expresar sus dudas con corrección se ha pasado: de grosero y de machista.

-Y casi más de lo primero, tía, porque si te cuento lo que dijo…

Le ahorra a su anciana tía las bobadas de este munícipe deslenguado, pero no le oculta que a veces se imagina él mismo irrumpiendo como un Cicerón de nuestro tiempo en el foro de políticos pasmados -con Rajoy al frente de ellos- y repartiendo catilinarias en forma de consejos elementales que entendería hasta el que asó la manteca.

-Escucha, tía…Consejo 1.Piénsate lo que vas a decir antes de decirlo. Consejo 2.Considera que el lenguaje cuartelero y el humor chabacano son contraproducentes. Consejo 3. Ten en cuenta que aunque puedas tener razón en el fondo, puedes estropearlo toDo si, por querer ser gracioso, te pasas de listo…

-Resumiendo, sobrino-corta la tía Clota- Si quieres ser político, no seas gilipollas, ¿no?

Y Homper se queda perplejo al comprobar que, con la edad, su anciana tía ha perdido modosidad, pero no clarividencia.

Ver Madrid con otros ojos

Un poco más a la izquierda, se descubre la cúpula y la esbelta torre neomudéjar de la Iglesia de la Santa Cruz, una estampa en la que probablemente no muchos madrileños han reparado...

Darle una vuelta a lo que ves todos los días, o mirar de otra forma lo que se te pone ante los ojos. Según Homper – el Hombre Perplejo, el que aún es capaz de sorprenderse por cualquier cosa- esa es una buena receta para  no ser machacado por la rutina. Lo proponía a sus compañeros de tertulia  ateneísta, que contaban sus planes de verano. Aunque nunca está demasiado seguro de casi nada, esta vez se sentía en condiciones de dictar sentencia.

-Los que estamos de vuelta de todo despreciamos la visión del turista –dijo- Creemos que el buen viajero es el que vive los sitios que visita como un natural del lugar. Pero tan paleto es viajar coleccionando sólo postales como no descubrir los tesoros de tu ciudad sólo porque están en la agenda obligada de los viajes organizados.

O sea, que de vez en cuando está bien ser turista en tu propia ciudad. Lo descubrió el día en que tuvo que pasear por Madrid a  Nora, la peluquera de la tía Clota. La quiero como si fuera una hija, sobrino- le había advertido ésta– Así que tú, que tienes tiempo y eres  un encanto cuando quieres, serás su guía ideal. Hazme el favor…

Homper refunfuñó. Recordó luego que, siendo nacido y vecino de Madrid desde siempre, no había puesto los pies en el Palacio Real y en ese rincón entrañable que es el vecino Convento de la Encarnación hasta después de cumplir los cuarenta. De manera que en el corto espacio de una semana hizo de tripas corazón y se convirtió en el cicerone de Nora, una americana de Nueva Inglaterra pecosa y pelirroja, de piel blanquísima y elegantes andares, que reunía datos tan contradictorios como ser una enamorada de la literatura española del Siglo de Oro y coleccionar dedales decorados como souvenir de los lugares que visitaba. Se sorprendió de lo agradable que es observar las crestas  monumentales de los edificios del centro desde esos autobuses londinenses descubiertos que ahora hacen el sightseeng tour de la capital, aunque fuera sentado entre una madurita peluquera de Vermont –por cierto, no fea- y una legión de japoneses y japonesas que lo fotografiaban todo compulsivamente.

-Tuve que pasar por el Corte Inglésconfesó avergonzado a sus tertulianos ateneístas-, que es donde por fin encontramos un dedal de porcelana decorado con una diminuta Puerta de Alcalá. Pero no hay mal que por bien no venga. Subimos a la cafetería y desde la última planta de ese edificio de Callao, que domina el oeste y el norte de la capital, con todos los edificios y parques de su Cornisa Imperial, descubrí otro Madrid que nunca había sospechado. Y ya veis, estaba allí, esperándonos a los que no sabemos lo que tenemos…

Nora le demostró además que todas las ciudades guardan fotos singulares en las que nunca reparan los que allí viven. Una mañana, después de recorrer la Plaza de la Paja, la del Conde de Barajas y la Plaza Mayor, se sentaron en una pequeña terraza de la Plaza de Santa Cruz. Desde su silla metálica, Homper veía la silueta de Nora enmarcada por una de las torres de aguja del Palacio de  Santa Cruz y por la cúpula y la torre neomudéjar de la iglesia vecina que lleva el mismo nombre. Y de repente sintió que estaba en otra ciudad que nada tenía que ver con ese poblachón manchego lleno de subsecretarios, como despectivamente definió Cela a Madrid.  En esa ciudad donde llevaba viviendo toda su vida y que ahora empezaba a conocer gracias a la mirada cómplice de una peluquera norteamericana que, vaya por Dios, cada minuto se iba pareciendo más a una actriz del Hollywood de la época dorada, no lo tenía muy claro: quizás Mauereen O´Hara, quizás Eleanor Parker.

Nora tomó el avión de regreso el domingo 27 de junio de 2010. Por la noche, acodado en el balcón de su palomar, Homper veía la fachada occidental de Madrid a la luz de la luna cuando a las doce en punto, desde tres barrios distantes, fueron lanzados sendos castillos de fuegos artificiales. Casi simultáneamente, al cuadro de fondo se añadieron los rayos y relámpagos de una lejana tormenta de verano. Homper suspiró: le sobrecogía ver que el viejo, el feo y denostado Madrid, fuera capaz de esa estampa de tan  singular belleza. Aunque sospechaba que el recuerdo de la turista de Vermont que coleccionaba dedales y leía a Quevedo no era del todo ajeno al momento.

País de idiotas con amapolas al fondo

Su corazón le pedía hablar de las amapolas. Pero tuvo la debilidad de consultar con la tía Clota y acabó endureciendo el titular...

Dimitri Pisarev (1840-1868) era un apóstol del nihilismo, y detestaba el idealismo. Cómo no iba a denigrarlo, algo que no sólo no se puede probar, sino que confunde al pueblo, tan primario. Tan bobalicón. Aún así, no lo pudo evitar. Se dice que un día de primavera que paseaba por el campo dándole vueltas a su próximo panfleto, advirtió que entre las hierbas y en los sembrados florecían las amapolas. Y se quedó fascinado porque, en ese cuadro de verde moteado de puntos rojos, una bellísima muchacha rubia y de ojos azules, sentada al borde del camino, tocaba el acordeón mientras apuraba, entre melodía y melodía, una sopa de col.

Aquel día no pudo escribir ni una sola palabra. Su sentido de la ética pugnaba entre lo que le dictaba la razón y lo que le sugería el corazón.

Qué difícil es ser consecuente con uno mismo y jerarquizar los deberes que uno se impone. Tampoco el bloguero durmió bien esta noche, pues se  mezclaban en su cabeza impresiones y obsesiones muy diferentes, y no sabía al final a cuál de ellas debería obedecer. Por una parte, volviendo del campo, también se fijó en que ya asomaban muchas amapolas por encima del pasto. Semejante desliz de romanticismo se neutralizaba por la determinación de cocinar cuanto antes unas piezas de morcillo que acababa de comprar en la carnicería del pueblo. La acordeonista rubia de Pisarev era seguramente un estímulo mucho más sublime, pero uno es el que es, y no puede ordenar sus debilidades.

Finalmente, antes de apagar la luz y tratar de dormir escuchó por la radio que  mientras a los ciudadanos se les pide que hagan un nuevo ojete en su cinturón para apretárselo un poco más y a los ayuntamientos se les exige que no gasten ni en farolillos de papel para las fiestas,  el Senado de España se había gastado 6.500 € esa misma tarde para que un cordobés que es presidente de la Generalidad de Cataluña diga en catalán lo que podría decir perfectamente en el idioma que entendemos todos los demás sin necesidad de traductor.

Las dudas no le dejaron dormir. Y, lo que es peor, como a Pisarev, también le impedían escribir y titular su artículo. Llamó a su amigo Homper para pedir su opinión.

-¿Escribo de la efímera belleza de las amapolas? ¿De la acordeonista rusa? ¿Del arte de preparar el morcillo estofado? ¿De las paradojas de nuestra exquisita democracia, tan presta a los gastos inútiles cuando se trata de agradar a los nacionalismos?…¿O de mi propia duda a la hora de titular el post de hoy?

-¡Fu! –eclamó Homper, probablemente más perplejo que  nunca por la índole de la consulta- Esto es peliagudo…Déjame que hable con la tía Clota. Ya sabes, desde su casita de Vermont, y a su avanzada edad, ella ve las cosas de otra forma.

Parece ser que habló con la tía Clota, y que ésta no dejó espacio para  la menor duda.

-Oye, que  no te andes con rodeos. Que pongas en el título País de idiotas y luego hables de lo que quieras.

¿Era la mujer del césar tan tonta y tan hortera?

Lo mal que está que dando la pobre mujer del césar por unos cuantos granujas...

A Homper la espontaneidad de su tía Clota le deja una vez más perplejo. Pero luego lo piensa y no sabe si por machista o justamente por todo lo contrario. Porque hablaban y hablaban de lo uno y de lo otro, de Gürtel y Garzón, de los jueces, de los procesos pendientes y de la empanada española que  se olfatea desde su tranquila casita de Vermont, cuando la buena mujer soltó una frase que da que pensar.

-A ver si va a resultar que la mujer del césar era tonta.

Silencio.

-Pues no le falta a Bibiana Aído más que escuchar esto-le sugiere Homper-Por favor, tía, modérate…

Y la tía se modera, pero lo explica. Y es que a la mujer del césar se le exigía no sólo que fuera honesta, sino que lo pareciera. Y no está probado y sentenciado que la mujer del césar, como los presuntos corruptillos que tanto nos avergüenzan, fuera deshonesta.

-Pero hijo- dice dejando de hacer punto, levantando la mirada y gesticulando enérgicamente- Si esperaba que con lo que gastó, y con el reguero de operaciones sospechosas, pagos en negro, lujos y marcas de postín que iba dejando, la gente no pensara lo contrario, es que definitivamente era tonta.

Homper le  seguía escuchando, sorprendido de tanta vehemencia.

-Y eso no es todo-  añade la tía- Además de no parecer honesta y de tonta, hortera…¡Pero hortera de verdad!…¿O es que sólo se puede parecer elegante y distinguida presumiendo de nueva rica?…

Hasta que cae en la cuenta de que su proclama parece antifeminista, y se está pasando seis pueblos. Y su sobrino Homper le recuerda que la mujer del césar era ante todo, mujer. Y que en el pestilente tomatón de la corrupción a la española los que deberían ser honestos, y parecerlo, y no ser tontos para dejar tantas evidencias y pasar por tan clamorosamente horteras son los propios césares o cesarillos a los que se les sube el cargo a la cabeza y acaban perdiendo el oremus.

Relativamente importantes

Y uno, hormiguita en la calle, acabadiendo, como mucho, relativamente importante...

Y uno, hormiguita en el asfalto, se da cuenta de que sólo es relativamente importante...

Se sorprende a menudo Homper de lo relativo y elástico que es en sí mismo el término relatividad. Relatividad –más bien relativismo zapateril- en política es la excusa perfecta para jugar con la ley y la costumbre según convenga, como si éstas fueran plastilina normativa. Algo con lo que, por su edad y por su formación, no está nada de acuerdo la tía Clota.

-Desengáñate, sobrino-le decía en una de sus conversaciones transatlánticas la  mujer nacida en Granada y hoy ciudadana estadounidense- Con las cosas de comer no se juega. Lo de quitar importancia a lo que nos enseñaron que era importante descoloca mucho a la gente…

No se ha asilvestrado tanto Homper. Su relativismo  le sirve para achicar, primero, los problemas y putaditas que plantea la vida. Y luego para ponerle bridas al ego. Uno tiene a considerarse el eje del mundo y a sobredimensionarse hasta que deja de verse en el espejo y amplía perspectivas.

-Pero qué poca cosa parecemos desde aquí…

Lo pensaba mientras desayunaba hoy en buena compañía desde un observatorio para él insólito, y que sin embargo debe de ser muy popular, la cafetería del Corte Inglés. Está en la planta 9 del edificio de Callao, y como la terraza que hay en lo alto del Círculo de Bellas Artes, nos enseña vistas muy enriquecedoras de Madrid. La primera es el peinado de la capital, adornado por estatuarias y arquitecturas fascinantes que, a ras de suelo, son difíciles de apreciar. La segunda es lo diminuto, lo casi insignificante que es uno desde la altura.

-No hay que relativizar lo importante, tía –precisa Homper- Pero te aseguro que a vista de pájaro, y confundidos entre el enjambre de la gran ciudad, no significamos casi nada.

E imagina un primer plano de su coronilla, ya ampliamente tonsurada por el tiempo. Y, a partir de ella, un zoom atrás que le muestra paseando por las calles de Madrid, como hace a menudo. Y un Madrid a vista de pájaro, con todos sus fénix, y sus guerreros romanos, y su cuadrigas, y sus ángeles, que coronan los edificios más notables de la capital. Y una España a vista de satélite. Y y una tierra a vista de la luna. Y un sistema solar  a vista de otra galaxia.  Y todas las galaxias a vista de…

Y a pesar de que, como le enseñaron en el cole, Homper sabe que “todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria”, comprime su gigantesco ego en una funda de lentillas y se convence de que, si hay algo relativo,  por insignificante, es lo que al cabo representa uno mismo en la inmensidad del cosmos.

“Invictus”, pero flojitus

En esta película que ahora los cineastas llaman "biopic", Clint Eastwood parece por primera vez un cineasta blandito...

No le gusta a Homper ir al cine solo, pero pasó por delante de una sala de esas de palomitas y Coca-Cola en hora tonta y se tropezó con Invictus. Sospechando que pronto sería esta película parte del equipaje intelectual de cualquier tertulia o sobremesa medianamente ilustrada, y dándose la circunstancia de que el calcetín de su pie derecho era sistemáticamente engullido por el zapato y le estaba amargando el paso, pagó su entrada y entró  a sentarse en la pequeña fábrica de sueños.

Qué aburrida estaba la pobre taquillera.

Seis personas, seis. Afortunadamente ni siquiera las suficientes como para que la sala oliera a cotufas. En la misma semana, Homper revisó por la tele El intercambio para ver tres días después la última, y bien promocionada película, de ese mineral cinematográfico pulido en diamante llamado Clint Eastwood, uno de los ancianos portentosos que todos querríamos ser. Es difícil que ninguna cinta  suya sea mala. Invictus, que será mucho más jaleada que aquella, por ejemplo, resulta a su juicio bastante decepcionante. Pero  habla de Mandela y el fin del Apartheid, incluye dos buenas interpretaciones de Morgan Freeman y  Matt Damon y está trufada de frases y pensamientos tan nobles como forzados en un guión de dos horas. Del gran Clint se podía esperar una hermosura con alguna astilla  que le pinchara a uno en el fondo del alma, pero aquí todo es suave, amable y perfumado. No hay violencia alguna, y apenas tensión.

-¿Qué le ha parecido? –le preguntó la amable taquillera a la salida.

-Vaya-le respondió Homper con elocuente laconismo.

Comentó luego la película con la tía Clota, y esta fue mucho más expresiva. Dijo que ella había querido ser la Meriel Streep de Los puentes de Madison, una de sus películas favoritas. La mejor película de amor y desgarro de las últimas décadas. También adoraba al Clint de Million dollar baby y, sobre todo, de Gran Torino. Pero Invictus le había dejado fría, y no compartía el entusiasmo de la crítica por ella.

-Entiéndelo, tía-Mandela, Clint Eastwood, unir el deporte con la victoria de la democracia sobre el Apartheid…Es materia sensible.

-Tonterías, sobrino-le cortó la anciana- Es una demostración más de que más vale caer en gracia que ser gracioso. ¿No te parece que los diálogos podrían estar escritos por Leire Pajín?…

-¡Santo cielo!-dijo Homper llevándose las manos a la cabeza.

Se entiende su alarma. El Campeonato del Mundo de Fútbol de este año también se celebra en Sudáfrica. Pinchado el globito de Obama, la tentación Mandela puede ser la próxima  luz del taumaturgo de la Moncloa.

Los pequeños imponderables

¿A quién no le llueven los imponderables?...

Fue comparable, en su opinión, al día en que se despidió para siempre de Elvirita. Había quedado con su compañera de oposición para fugarse juntos a  pasar el fin de semana a Salamanca,  y dio la mala suerte de que cuando salía con su maleta  una avería y la ausencia de vecinos que oyeran sus gritos le dejaron encerrado siete horas en el ascensor. Se desataron sus nervios, se estropeó el fin de semana, se frustró la fuga, naufragó aquel idilio secreto. La cosa sucedió hace más de cuarenta años. Los imponderables de la vida misma.

-Fue una de las primeras veces que me quedé estupefacto comprobando hasta qué punto el destino depende de chorradas- confesó Homper- Pero lo de hoy…

Lo de hoy, según le contó al Duende mientras tomaban café, fue así. Se iba a cocinar unas ensalada de judías verdes templadas con gulas. Había preparado las judías en juliana con un cuchillo sueco de los que cortan con sólo su peso, y no había pasado nada. Pero, ay, hervidas las judías y puestas sobre una fuente, no le quedaba más que abrir una pequeña bandejita de gulas ya guisadas, calentarlas en su aceite en una sartén y volcarlas sobre el verde lecho. Nada más y nada menos. En una esquinita de la tapa de plástico termosellada, je, había una lengüeta con un ominoso letrerito: abrefácil.

-Abremierda- rezongó Homper mientras mostraba  indignado su mano izquierda vendada- Primero tiré de la lengüeta, como recomienda el envase. Imposible que aquello se abriera. Luego, desesperado, tuve que utilizar el cuchillo como la madre de Norman Bates…Y no asesiné a Janet Leigh en la ducha, pero me acabé cortando un tendón…Las judías con gulas se regaron con sangre, un bodegón de Pinazo vistoso, pero muy macabro. Y pasé dos horas en urgencias…

Homper  volvió a exhibir su mano vendada mientras su gesto afectaba frustración..

-Ya ves, amigo –suspiró- Aquella misma tarde había quedado a tomar café con Elvirita…No la había vuelto a ver, se que enviudó, que  es una abuelita  a punto de jubilarse y que conserva un cierto encanto otoñal. Lo tenía todo planeado: al cabo de un ratito, después de lamentar que el ascensor me gastara aquella mala pasada, iba a coger sus manos entre las mías… En mi época lo llamábamos hacer manitas. Pero…¿se puede hacer manitas con las manos vendadas?…

El Duende lo entendió. Comprendió que la vida está llena de  pequeños imponderables. La tarde anterior había reunido a sus hermanos para visitar la tumba de sus padres y merendar después un chocolate con roscón. No lo hacen nunca, pero se le ocurrió que aquel era el domingo apropiado. Del palomar del Duende a la Sacramental de san Isidro sólo hay un agradable paseo por el parque que les separa. No tendría la pasión del reencuentro con Elvirita, pero aquel grupo caminando con un ramo de siemprevivas sería una de esas  curiosas secuencias de Woody Allen donde se habla mucho y, entre bromas y veras, tanto se toca la muerte como las rebajas o el abrefácil de los envases modernos.

-Tampoco salió el plan –se lamentó el Duende- Antes de que llegaran se me ocurrió llamar al cementerio,  y me dijeron que desde hace un mes los camposantos en Madrid se cierran a las  tres. El caso es que merendamos tan ricamente, hablamos de lo divino y lo humano…Pero me dejaron las  acusadoras siemprevivas en casa con el encargo de que las llevara yo y que excusara su ausencia, porque ellos viven lejos y no tienen tiempo para volver al cementerio. Ya ves el plan, amigo Homper…

El Duende pagó los cafés, se levantó y sacó de debajo del velador una bolsa de El Corte Inglés por la que asomaba el ramo de siemprevivas.

-Siemprevivas, siempremuertas. –masculló- No las puedo soportar ni un minuto más en casa…¿Me acompañas? Es un agradable paseo…

Y por el parque de San Isidro, en aquel soleado y frío lunes de enero, fueron vistos dos señores de abrigo y sombrero caminando hacia el cementerio. Uno iba con una mano vendada, y el otro con un ramo de siemprevivas. Aunque, como el resto de los mortales, sólo llevaban sus particulares imponderables.

Gila en el FBI

A veces, este mundo tan serio parece el mundo según Gila...

-¿Es el  jefe?…

-…

-Vale…Soy Miguelín, el de los retratos-robot…Que como me habían encargado el del Bin Laden ese, pues es para decirles que ya lo tengo…

- ….

-Me ha quedao muy majo, sí. ¡Tó profesional!…

-…..

-¿Qué cómo lo he hecho?…Mu sencillo, primero me dije;: este es morenito y con barba…Para dar con el modelo, iba a tirar de mi primo Bonifacio, que es representante de una fábrica de alabastros, y ha ido mucho por Oriente Medio con el muestrario…Ya sabes, los jeques, que son muy buenos clientes.

-….

-¡Claro!…Y como además está delgado, y le han salido canas,  me dije: este me va a quedar clavadito…Pero resultó que tenía que ir al urólogo, porque está de la próstata, y no pudo venir.

-……

-Sí…Y entonces tiré de archivo y me encontré a Llamazares…Mucho no se parece, pero como luego, cuando se deja fotografiar el de verdad, lleva  puesta la toalla esa en la cabeza y las gafas de sol, se dan un aire…Le pones ante una cámara con una metralleta y amenazando que va arrasar el Capitolio o la Casa Blanca, y te lo crees…¡Acojona!…

-….

-¿Enfadarse?…No creo…¡Si luego sólo van a matar al de verdad!…

-….

-Claro…Además, como siempre va de antiamericano…

-…..

-Pues nada, para servirles. ¡Todo profesional!…Y si hay que ponerle cara al Ahmadineyad, que está muy pesado con las bombas atómicas, me lo digan…¡Tengo un churrero en el barrio que es su doble!…

-…..

-Bueno, Amadineyad es más bajito, y es verdad que el churrero juega de pívot al baloncesto…Pero como la foto-robot se hace sentado, no se nota…

-…..

-La factura…¿puede ser sin IVA, ¿eh?…Por ayudar al ministro Corbacho, ya sabe, que luego hay que encontrar subterráneaos para justificar el porcentaje que ha dicho y no los encuentras…

-…

-¡Lo que yo le diga!…Este es un país muy poco serio, oiga…

Dice Homper que, cuando se supo la chapuza del retrato-robot de Bin Laden/Llamazares, se quedó, una vez más, estupefacto.

-La vida suele superar a la ficción -le comentó a su anciana tía, nacida en un pueblo de Granada y hoy ciudadana de los Estados Unidos.

Y tanto él como la tía Clota pensaron que Gila había resucitado para colaborar con el FBI.

A Federico le sobra la Memoria Histórica

Aunque Federico escribiera que "también se muere el mar", él, con Memoria Histórica o sin ella, sigue vivo...

Motivo de perplejidad nº 1.875 secundum Homper. La tierra, por lo visto, sólo es del viento, como se dice últimamente. Pero ¡oh paradoja!,  la esencia de Federico García Lorca está por decreto, necesariamente reside, es consustancial a lo que puedan quedar de unos huesos enterrados no se sabe dónde durante setenta y tres años.

Tampoco se sabe por qué la Memoria Histórica, que se supone que es cosa del espíritu, necesita relicarios de la osamenta de uno de los poetas más conocidos, leídos citados y recitados nunca. Si la tierra sólo es del viento, Lorca es del viento, del sol,  del mar, de la montaña, de las espigas, de los nardos, de la fragua, de la luna, de los gitanos, del cante jondo, de Nueva York, de la calle Elvira, de la Huerta de San Vicente, de la Residencia de Estudiantes y de millones de almas que celebran diariamente en todo el mundo la enjundia de sus sueños y la belleza de su palabra. Ya quisieran todos los asesinados vilmente gozar del recuerdo, el respeto y la admiración del poeta granadino.

Y Homper, instintivamente, recita el Soneto de la dulce queja de Federico que lleva dentro. No le importaba que perteneciera a los Sonetos del amor oscuro. El, solterón impenitente, se lo recitaba a Gloria, un amor que tuvo en uno de los pueblos donde sirvió como secretario de ayuntamiento. También tenía que ser el suyo un amor oscuro, de otro tipo de oscuridad. Ella, manda castañas, estaba casada con el comandante del puesto de la Guardia Civil. Todo muy lorquiano. Aún se le humedecen la mirada cuando lo declama:

Tengo miedo a perder la maravilla

de tus ojos de estatua, y el acento

que de noche me pone en la mejilla

la solitaria rosa de tu aliento


Tengo pena de ser, en esta orilla,

tronco sin ramas. Y lo que más siento

es no  tener la flor, pulpa o arcilla

para el gusano de mi sufrimiento


Si tú eres el tesoro oculto mío,

si eres mi cruz y mi dolor mojado,

si soy el perro de tu señorío


no me dejes perder lo que he ganado,

y decora las aguas de  tu río

con hojas de mi Otoño enajenado

Troncos sin ramas, como dice el soneto que Homper se sabe de memoria, podríamos serlo todos. Pero con huesos o sin huesos sacramentados por el ADN y el forense, la savia de Federico retoña diariamente nuevas hojas en cualquier espíritu sensible. Lo ha dicho un sobrino suyo: lo que hay que hacer es leerle y no olvidar lo que pasó. No hacen falta sus huesos para saber que lo mataron unos generales asesinos.

Por eso Homper no tiene miedo a perder la maravilla del legado de Lorca. Ni el recuerdo de los amores que vivió a la luz de su prosa y de su verso.

Una broma de Berlanga

Aunque no lo escuche, le diremos lo que pensamos de él antes de que sea demasiado tarde...

-Que no se me muera nadie sin haberle dicho lo que le tenía que decir-dice la anciana tía Clota a su sobrino Homper.

Estupefacción, una vez más. ¿Por qué se desayunaba hoy con una reflexión así?

La tía Clota se lamenta de que una vez, cuando aún vivía en España, se cruzó con José Luis López Vázquez por la calle. Acababa de verle en aquellas comedias que hacía con Alberto Closas y Analía Gadé. Pensó pararle, decirle qué simpático es usted y darle un beso. No se atrevió…Y ahora piensa: qué tontería, nos hubiera hecho ilusión a los dos…

-¿Por qué hay que ser pudorosos con los sentimientos?-pregunta la anciana.

-¿Por qué?-repite Homper. Y se contesta calladamente, para sí mismo. Porque equivocadamente, uno cree que la gente es tanto más fuerte cuanto más embrida el corazón.

Extracto de la conversación entre estos dos habituales del Duende un 19 de noviembre, víspera del trigésimo cuarto aniversario de la muerte de Franco. Ya es casual que coincida con una anécdota de otro grande del cine del que hace tiempo no se tiene noticia. Justo hace unos minutos el Duende ha recibido un enlace de You Tube con grabaciones de varios Francos de coña, más o menos logrados. En la última bufonada aparece su propia voz en una recreación de Franco haciendo de Pepe Isbert.

-Expañolz todos…-dice el prenda con aquel ceceo suyo tan característico-Como caudillo vueztro que zoy, oz debo una explicación…Y eza explicación oz la voy a dar como caudillo vueztro que zoy…

Es la misma bobada de la película. Aquella frase circular repetida una y otra vez por el alcalde de Bienvenido míster Marshall. Hace unos años, cuando se celebraba el medio siglo de su rodaje, el travieso Luis García Berlanga quiso añadir dos guindas más a la tarta: el sueño erótico de la maestra (suprimido por la censura en su estreno) y esta broma chaplinesca con el pequeño dictador.

-Luis –le dijo al Duende- Me han dicho que tú haces muy bien la voz del Caudillo.

-Sólo la voz, maestro.

Grabaron un discurso surrealista. Cómo disfrutaba  el ya viejo y señorial Berlanga con la broma que, por cierto, nunca hasta hoy llegó a ver el Duende. Al gran cineasta, a pesar de su retranca gamberra el más fino y elegante que uno ha conocido en este gremio, lo vio una vez más, en una larga entrevista que le hizo Olga Viza. Ya dejaba las frases inacabadas.

-Ésta es la peor censura que he sufrido nunca- dijo sin perder la sonrisa.

No ha aparecido ni en las exequias de López Vázquez porque debe de estar muy mal. Y no le conocía mucho el Duende, apenas tres encuentros en su vida. Pero, al igual que tía Clota, no quiere dejar para cuando sea inútil su tributo de admiración por él. Amigo Luis, gracias por tus películas, gracias por tu humor, gracias por hacer de la vida un astracán. Gracias por convertir a este tu tocayo en efímera estrella de You Tube.

El hombre de plastilina

El_monstruo_Gehena_en_plastilina

Al mirarse al espejo, Homper notó que tanto relativismo moral le estaba cambiando la fisonomía...

Se afeitaba Homper y veía en el espejo su cara de bobo más estupefacta que nunca. Estaba escuchando las noticias de la radio. Y se acordó de una de las frases más geniales de su admirado pensador Groucho Marx. Estos son mis principios –dijo éste- Claro que, si no le gusta, tengo otros. A eso ahora le llaman relativismo, o sensibilidad social

El siniestro secuestro del Alakrana. Se ha gangrenado entre el gobierno y la judicatura y ahora no hay genio de la política capaz de resolverlo. La vida de los secuestrados frente la firmeza del estado derecho. A ver quien ata esa mosca por el rabo.

No se intervino por la fuerza porque aunque al gobierno le amparase el derecho internacional se lo hubieran impedido sus escrúpulos: el diálogo balsámico, panacea universal de todos los males, el buenismo naif, el pacifismo a ultranza, la Alianza de Civilizaciones. In dubio, semper pro criminale. Y si  éste chantajea, ni un cachetito de niño malo: un poco más de déficit y que siga resplandeciendo la aureola del Obama descafeinado de Occidente. Este es mi estado de derecho- parece querer decirnos ahora. Pero si molesta a alguien, ya lo modificaré, siempre que no se comente demasiado.

-Es el estado de derecho de plastilina- le comentó a Homper un viejo compañero de la Facultad de Derecho mientras tomaban un café- Cuando la violencia es legítima, no la utilizo, porque no queda bien. Cuando la fiscalía me conviene, le pongo cachonda para que actúe. Pero si me mete en un lío, ya buscaré la manera de de burlar su celo. Al fin y al cabo, también nos enseñaron  que la política es el arte de lo posible. Menos mal que al personal el imperio de la ley le importa un comino. Mientras funcione el estado de bienestar, Belén Esteban y Jorge Javier Vázquez nos canten las uvas y haya fútbol gratis por la tele, adelante con los faroles.

Escucha Homper a la familia de los secuestrados mientras se da el alter shave. Y, como a cada quisque, se le desgarra el alma. También se le rompe pensando que poco a poco, a base de rebajar las aristas de las leyes,  nos van cambiando la arquitectura del alma. Hoy se mira ante el espejo como un ciudadano de nuestro tiempo y, sin llegarse a ver tan feo como el retrato de Dorian Gray, se siente extraño. Sin darse cuenta, se ha convertido también él en un hombre de plastilina.

Soñando con la mano perdida de Paul Wittgenstein

Paul Wittgenstein

El asombroso caso de Paul Wittgenstein no sólo inspiró sueños, sino que escribió este cuento...

Al despertar, Homper vio  en el espejo otra vez su imagen un hombre estupefacto. Qué había hecho él para merecer eso. Por qué  acababa de soñar lo que soñó.

Uno de los ingredientes del sueño, sin duda, era lo que había leído y escuchado a lo largo del día, y muy especialmente La familia Wittgenstein, una interesante biografía firmada por Alexander Waughnieto del autor de Retorno a Brideshead. Este libro además de recrear la torturada vida de esta familia y de su hijo más preclaro, Ludwig, ofrece un magnífico fresco social de un fracaso humano, del hundimiento del Imperio Austro Húngaro y de los espantos de la Gran Guerra, en la que combatieron el filósofo y sus dos hermanos varones.

La anécdota a veces se apodera de la categoría. O un drama individual puede impactar más que el catálogo de horrores que describe el autor sobre la primera Guerra Mundial. El caso es que a Homper le impresionó, sobre todo, la suerte de Paul Wittgenstein, pianista prometedor que pierde el brazo derecho en combate y que, con un espíritu admirable, consigue superar este mazazo del destino. Llegará a adquirir tal virtuosismo con la mano izquierda que hasta Ravel compuso su famoso Concierto para la mano izquierda pensando en él.

Las diabluras de la mano fantasma. Como todos los que han perdido un miembro, el pianista manco tiene que convivir por mucho tiempo con las sensaciones que le transmite la mano que ya no  tiene. Y así fue que, obsesionado por este martirio añadido  del pobre Paul, y quizás también por las noticias del día, fraguó la pesadilla del propio Homper. También él había soñado tiempo atrás en ser un gran pianista. En su pesadilla, no sólo lo era, sino que, como Paul Wittgenstein, pierde el brazo derecho  y sufre  los engaños de sus terminaciones nerviosas. Sus sensaciones táctiles son que la mano perdida sigue viva, y que además de tocar el piano como los ángeles, trinca dinero sucio como si fuera un político corrupto de los que persigue Garzón.

Naturalmente, el pobre Homper despertó a mitad de noche angustiado.

-No fastidies, Morfeo- se quejó ante el espejo del cuarto de baño como si su rostro descompuesto fuera el del dios de los sueños- ¿Por qué este dolor y el recochineo de la vergüenza?… ¡Arréglamelo, por favor!

Regresó a la cama, cerró los párpados. A su edad no es nada fácil reemprender el sueño interrumpido, pero lo consiguió. Y  la mano fantasma del pianista mutilado que creía ser le transmitió esta vez sensaciones distintas.

-Muchas gracias, amigo-le dijo al espejo antes de cumplir con el ritual mañanero de lavarse los dientes.

El Morfeo del espejo le sonrió. En la segunda parte del sueño, Homper no sólo había tocado  un milagroso arreglo para la mano izquierda de las Variaciones Goldberg. Sino que, entretanto,  el fantasma de la derecha recibía las caricias de aquel amor de juventud con el que hacía manitas en el cine,  y que nunca, nunca, podría olvidar.

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