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El valle de Arán y la claridad del instante

El primo Juan Manuel, que en paz descanse, se había construido una casa entre los pinares de Arenas de san Pedro, frente al macizo de Gredos que corona el pico de la Mira. Allí, el arquitecto José Luis Fernández del Amo, que ya había creado un estilo propio en los muchos pueblos diseñados para el Instituto Nacional de Colonización  -un organismo cuyo solo nombre provocaría ahora un infarto en Moncloa- levantó un edificio que ofrecía, sobre todo, vistas. No es el pino resinero el árbol favorito del Duende, pero hay que reconocer que en multitud,  a lo lejos, y cubriendo de verde la inmensa mole rocosa  que en su día pintara Goya, componía una  hermosa  postal. Los desmadres urbanísticos  aún no habían destrozado el pueblo, y  además el primo se debía a sus raíces, que arraigaban en la zona. Quizás por eso, y por su muy británico sentido de la ironía, de vez en cuando miraba el horizonte desde su jardín y proclamaba feliz: Yo he viajado por casi todo el mundo, y os aseguro que no he visto muchos sitios más bonitos que Arenas de san Pedro.

 Recuerda el Duende con cierta ternura esta osadía, tan disculpable como todo exceso que nace del cariño. También nuestros hijos nos suelen parecer los más guapos. Lo recuerda porque atendiendo a la invitación de su buen amigo Santiago lió el petate el jueves y se vino a hilvanar senderos por el Valle de Arán. Escribe estas líneas, de mañana,  ante la balconada de una típica casa aranesa. Es de piedra y madera,  cubierta por un tejado de pizarra levemente curvado hacia fuera para escupir la nieve. Frente a la casa de Garós, en el fondo de la zona más oriental del valle, un monte tupido de árboles va graduando la intensidad de los verdes de abajo arriba. A medida que asciende la empinada ladera, los abedules, las hayas, los fresnos y los nogales van cediendo al tono más oscuro de las coníferas.  Silencio. Sólo rasgado por el viento meciendo las copas de los árboles y por el trinar de los pájaros.

 Al encanto germinal de estas primeras horas de la mañana se suman los recuerdos de las rutas  de ayer y anteayer. Ascenso por la cuenca del Aiguamog  hasta el circo de Colombers  y amable paseata desde el Plan de Beret hasta el pueblo abandonado de Montgarry. Según los conocedores del lugar, ha tenido el Duende la inmensa suerte de dar con el momento más glorioso de la primavera del valle. Es el primer golpe de calor después de dos meses de nieve y lluvias. Los cursos de agua fluyen desbordantes por el deshielo precipitado. A menos de un kilómetro de su nacimiento, en el Llobató, el Garona, que luego nos pone los cuernos con Francia, baja poderoso y barroco. La naturaleza está como para inspirar a Dios si le falla la memoria y quiere probar con otro paraíso. El verdor exultante  hace miles de guiños en forma de flores silvestres: botones azules, árnicas amarillas, campanillas moradas, torviscos purpurados, violetas, lirios, ranúnculos blancos…No es cultura del Duende, sino de Asunción Sobredo, la mujer de Santiago, que es bióloga y de botánica sabe la tira. En estas, cruza el sendero un rebeco y se pierde en la espesura dando saltos. Uno quiere vivir, sobre todo, para ver cosas así. Más horizontes que los que le hacían suspirar al primo Juan Manuel.

 Qué lástima de tan poco tiempo para tan hermoso valle. Por consejo del amigo Santiago, que es refinado y culto, se ha dejado guiar el Duende por la exquisita prosa del Viaje al Pirineo de Lérida de Camilo José Cela. Qué lectura tan deleitosa, caramba. Pero al poco de iniciar este post, le ha sorprendido una estrofa  de un libro abierto sobre la misma mesa del despacho donde escribe. Es de Versos i proses de la Vall D´Arán, de Pere Benavent, publicado en Barcelona en1958. Dice así:

                                               Oh prats florits!, magnífica ventura

                                              d´aquesta tofa de vellut fragant

                                              polícrom esplendor, nuesa pura,

                                             perqué l´ocell del viure no es detura

                                             en el clar branquilló d´aquest instant?

 Le falta al Duende entender palabras como tofa y branquilló, pero cree interpretar lo fundamental, y está de acuerdo. Al pasear por sitios así, y en momentos como éste, uno se pregunta por qué el ruiseñor de la vida no se detiene en la claridad de un instante tan gozoso como el que acaba de vivir.         

Salsa de tomate y Cyrano de Bergerac

Fue una anécdota, pero invitaba a la meditación. Comía un amigo de Juan en la casa del Duende y le sirvieron algo tan sencillo como unos espaguettis. Le acercaron el queso rallado y la salsa, los roció con ella abudantemente, los envolvió con ambos ingredientes y al poco se relamía con visible satisfacción. Exquisito -subrayó antes de preguntar- ¿De qué es esta salsa? Le sorprendió mucho saber que era tan sólo una vulgar salsa de tomate casera. Hecha, eso sí, con aceite de oliva y abundante cebolla para dulcificarla. Sorprendentemente, en esta sociedad del bienestar en la que casi todo el mundo tiene acceso a casi todo, el muchacho no conocía más salsas de tomate que las envasadas por las firmas comerciales.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a tomar salsa de tomate de la buena..

Por otra parte, se entera hoy el Duende de que Cyrano de Bergerac, un escritor contemporáneo de Moliére más conocido por la vida que le dieron Edmond Rostand, José Ferrer y Gerard Depardieu que por sus obras, escribía cartas de amor por encargo. Hacía felices así a las enamoradas cuyos enamorados, aún manejando el florete, eran torpes con la pluma. Las cartas las acaba de traducir y publicar David Felipe Arranz, aventurando que, de haber vivido en nuestra época Cyrano, serían SMS de amor. Las grandes compañías telefónicas ganarían más, y a lo mejor incluso se crearían nuevos puestos de trabajo, que es algo muy importante en estos tiempos. Pero, con todos los respetos, no es lo mismo.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cartas de amor. El Duende, por cierto, se emplearía de negro como Cyrano, porque las cartas de amor se le daban bastante bien.

Nunca sabe uno cómo se teje la urdimbre de la felicidad, ni si la sensibilidad humana se forja con pequeños detalles como éstos. Pero la verdad es que estas naderías colaboran lo suyo. Lo ha comprobado el Duende tras visitar a su amigo Félix, ya convaleciente en casa. A él no le han faltado jamás ni la salsa de tomate casera ni otras delicias de la buena cocina andaluza en la que se crió. Ahora además ha leído en este blog los muchos mensajes a él dirigidos, y éstos van obrando en su ánimo parecido efecto balsámico que el logrado por las cartas de Cyrano.

Todos los seres humanos deberían tener derecho a recibir cariño. En salsa, en prosa, en verso, con una palabra, un abrazo, una sonrisa o quizás tan sólo una mirada.

Verde que te quiero. Verde

(Foto de Tomás Jorquera)

Verde que te quiero, verde/ Verde viento. Verdes ramas/ El viento sobre la mar/ y el caballo en la montaña…Qué sencilla, qué bonita y musical le parecía al Duende la lírica de Federico García Lorca cuando tímidamente se asomó a ella en su adolescencia. Dormían estos y otros muchos versos en un tomo encuadernado en tela verde de sus obras completas, recopiladas por Guillermo de Torre y publicada por la Editorial Losada en Buenos Aires. Siguen respirando sueños ahora en un anaquel de la casa del Duende. Verde, que te quiero verde…

 Años antes de esta edición fechada en 1944, Luis Figuerola-Ferretti Pena, poeta en sus ratos libres, se había presentado en la casa donde vivía el poeta en la calle de Alcalá, casi esquina a Goya. Justo en su plantaba baja, no podía ser de otra forma, hay ahora una tienda de La casa del libro. Llevaba el joven poeta  en sus manos un ejemplar del Romancero Gitano, que el genio granadino le dedicó e ilustró con uno de sus característicos dibujos algo ingenuos. Madrid era así de pequeño y confiado: tú escribías algo, ibas por el Café Gijón o el Ateneo, y podías conectar con  figuras como la de Federico, que además, dicen, era lo que se dice una persona simpática, ocurrente y encantadora. Desgraciadamente, aquel libro ungido por su talento siguió la suerte de tantos otros objetos curiosos que se distraen en préstamos o mudanzas, y el padre del Duende se pasó el resto de su vida lamentando su pérdida. Sólo se quedó con el aroma de sus versos.

 Los recuerda hoy el Duende porque  casi vencida la mitad de mayo, se asoma al pequeño parque que se extiende a los pies de su palomar y el pasto aún está verde. Otros años, por san Isidro, ya amarillean las espigas en los herbazales, pero rompió a llover cuando más falta hacía y gracias a eso se prolonga la primavera. No lo entiendo -se decía recitando los versos de Lorca-  dice que el viento, que no tiene color, está verde y no menciona la hierba, que es lo que realmente verdea. La lógica infantil, segura de que el ratón Pérez levantaba la almohada para dejar un billete de una peseta e incapaz de  ver el viento verde.

 Viento verde, campo verde. En un mes cambió la cara adusta y reseca del campo. En ese tiempo, las reservas de agua de Madrid han subido quince puntos. El látigo implacable del verano, que nunca falla, espera su turno. Pero entretanto, el verde de los versos de Federico  se adueña de este sábado, 24 de mayo.

 Por cierto, no es sólo el gozo del paisaje lo que anima el corazón del Duende. El verde es  el color de la esperanza,  y ésta pinta hoy en el horizonte  aún más vistosa que las amapolas.

¿Cómo se controla el estornudo?

Lo tontamente que se le llenan a uno los días cuando se carece de organización. Pedir hora para un médico, para la cadena de análisis y pruebas que ordena el galeno, recoger las llaves que dejó perdidas, pagar el Impuesto de Circulación, llamar por teléfono para preguntar si olvidó allí los guantes de la moto que le condujo a recoger las llaves perdidas, retirar en la estafeta un certificado…Cuántas horas perdidas en ese eufemismo que encubre el hacer gestiones.

Un lector bien conocido de este blog, que firma como Wallace, asegura que pasa varias horas de la semana en una oficina de Correos sita en el Intercambiador de Transportes de la Avenida de América de Madrid. El problema es que su horario de visita coincide con el cambio de turno, en el que se produce un vacío de funcionarios perfectamente respetados por los dirigentes de este servicio público y, por supuesto, por los sindicatos correspondientes. Salta a la memoria el viejo chiste, tan políticamente incorrecto como injusto para el funcionario probo, pero no para los miles de escaqueitors que se registran en cualquier empresa pública o privada. ¿Puedo ver a don Simón? Lo siento, no está. ¿Es que no trabajan por la tarde? No señora, cuando no trabajamos es por la mañana. Por la tarde es que no viene nadie…Se echa de menos el protocolo del llorado don Leopoldo. Se acaba el chiste, ja, ja ja. La gracia estriba…

No es la gracia lo que hay que explicar aquí, sino el absentismo del Duende. Y la causa de los post que aún nos debe estriba en que, en sus circunstancias, cualquier recado se convierte en un tortuoso galimatías. Va uno a poner una carta y ya no sabe la dirección de nadie. Quiere comprar un botón de una chaqueta y resulta que sólo lo venden en la calle de Pontejos. Busca un cartucho de tinta para su impresora y hay que encargarlo, porque la papelería es modesta, y no lo tiene en stock. Y la pasta de dientes, que de repente se da cuenta de que se ha terminado. Queda pendiente, para cuando se pueda, animar el blog. Por la noche, antes de dormirse, se imagina en el techo los postit de todos los insignificantes asuntos que le llevarán varias horas del día siguiente. Y el Duende acaba durmiéndose para huir. Afortunadamente, no recuerda haber tomado un número de espera o haber hecho cola en un sueño nunca.

A esta inquietud se añade una última cuestión que le preocupa. Desea saber si hay método para controlar el estornudo y hacerlo con los ojos abiertos. Estornudar produce un cierto placer, pero puede convertirse en un riesgo. El Duende ha estornudado últimamente varias veces yendo en moto, y, en el momento supremo del atchís no puede evitar el cerrar los ojos. Qué mal rato: siempre piensa que en ese instante de ceguera se puede interponer un perro o, peor aún, un niño, y causar un desastre. Hace unos días, hojeando libros en una librería, cayó en sus manos una Enciclopedia de la Ignorancia, de Kathrin Passig, un divertido compendio de artículo de divulgación científica donde se explica por qué bostezamos o por qué el ratón duerme mucho más que el elefante. Lamentablemente, no dice nada sobre cómo ponerle estribos al estornudo, porque aunque la curiosidad del hombre es infinita, el número de dudas curiosas es ilimitado.

Total, unos por otros y el blog sin barrer. ¿Vale este plumerazo para un quitapolvos con buenas intenciones?

(Foto de Legdog)

Dos hamburguesas para William Lynd

Era el Duende tan ingenuo que creía que toda América es orégano. O, más bien, que esos Estados Unidos que inconscientemente identificamos como la América por antonomasia, eran los que se imaginó a partir de tres visiones maravillosas de su primera juventud.

 La primera se la ofreció una novela de un escritor hoy casi olvidado, llamado William Saroyan. Nunca sabe uno si el encanto de una obra literaria está más en el talento del autor o en talante y el momento de quien lo lee. A los diecisiete años el Duende era hijo espiritual de Peter Pan y de Alicia en el país de las maravillas, o sea, que estaba dispuesto a idealizarlo todo. De modo que sorbió las páginas entrañables de La comedia humana -el mismo título que el novelón de Balzac para un relato mucho más ligero- y creyó ingenuamente que si la felicidad tenía patria, estaba situada en el país de Homero Macaulay, su protagonista.

 Esta América de bombonería -presagio de  Forest Gump- conectaba directamente con las películas de Frank Capra, que empezaba a conquistar los corazones ilusos de la generación duendera  proyectando su célebre ¡Qué bello es vivir! por la tele todas las navidades. El Duende la ha visto tantas veces que incluso está investigando por qué Búfalo no puede dormir (un guiño a los lectores cinéfilos).

 La tercera versión risueña del gran país americano -parece uno José María Carrascal- es la que nos dejó Norman Rockwell, un fantástico ilustrador del Saturday Evening Post que con su estética luminosa y ternurista ha ejercido una influencia decisiva en la dirección de arte, la publicidad, el cine y la fotografía de nuestro tiempo. Quizás muchos no conocieran su nombre, pero sin duda reconocerán sus obras. Tienen el marchamo de esos genios costumbristas que, por haberse forjado como artesanos, tardan en ser considerados artistas. Rockwell sufrió por ello, pero las últimas cotizaciones de sus obras, astronómicas, le han vengado con largueza.

 Tras la admiración de Europa por el papel de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y el Plan Marshall subsiguiente, y cuando ya nos había deslumbrado el american way of life, se oscureció la estrella del imperio americano. Qué les va a contar el Duende que ustedes no sepan. Hace uno una ensalada ideológica con recortes de Hiroshima, Vietnam, My Lai, Guantánamo, Irak, Afganistán, Bush, Schwarzenegger y el integrismo de la América profunda, lo baña con salsa Ketchup y como que se le revuelve el estómago.

 Igual que ante una noticia de esta semana, apenas reseñable entre el cúmulo de desgracias que nos afligen. Parecía apetitosa: una bandeja con un plato que contiene dos hamburguesas, pimiento y cebolla fritos, dos patatas asadas con crema y un gran batido de fresa. Podía ser la comida de Homero Macauley, o un primer plano de Capra, o una ilustración de Rockwell. Pero si uno abre el zoom  se entera de que esa ha sido la última cena de William Lynd. Rechazadas todas las apelaciones, y después de la moratoria de más de siete meses en la aplicación de la pena de muerte,  este americano fue ejecutado anteayer en Georgia por haber matado a su novia hace veinte años. El sueño americano desvirtuado: aunque el cocinero de la penitenciaría se esmeró, la salsa de las hamburguesas sabía a amargo sarcasmo.

La sobrina del poeta Muñoz Rojas

Empezaba a declinar la tarde esplendorosa del domingo 4 de mayo cuando se recibió una llamada en teléfono del Duende, que apuraba el puente en el sitio de Pedrojuan. La voz amiga era la de Soledad, una dama malagueña de porte distinguido y ojos claros cuyo rostro parece un retrato de Manet o, como mínimo, de Rosales o Ramón Casas. Soledad es profesora de inglés, esposa, madre, abuela y conquistadora de espacios de felicidad. Pertenece a una familia malagueña de abolengo, y se crió en un precioso cortijo de la vega de Antequera rodeada de olivares, piedras antiguas, fuentes, y plantas aromáticas. Más que un monumento nacional, aquello es un monumento sensorial. Si naces ahí y no te desbordan los sentidos, es que te parieron equino, que de eso, y de la más pura sangre española, también abunda por esos pagos. Ahora se propone crear otro pequeño paraíso propio a la falda de Gredos, donde el monte se empieza a juntar con la dehesa del valle del Tiétar

Soledad dice que no tiene dinero, como todos, pero por suerte ha ido disfrutando de todo lo que no hay dinero para pagar. Por tener, ni le ha faltado un poeta de cámara, y no precisamente un mindundi, pues es sobrina predilecta del gran José Antonio Muñoz Rojas, auténtica gloria de viva de nuestra poesía y otra más de las debilidades del que suscribe. Muy exquisita la dama amiga, dice que ya no abundan hombres que digan versos. José Antonio se los dice hasta en inglés, pues tradujo los de otros poetas mientras escribía los suyos propios. Por algunos de ellos, recopilados en su delicioso poemario Objetos perdidos, ganó el Premio Nacional de Poesía. El tío José Antonio pasa con largueza de los noventa años, pero su vida no corre peligro. Si es verdad que los viejos rockeros nunca mueren, con lo que gritan, ya me dirán por qué van a morir los viejos poetas como él, con lo sutil y delicado que es su canto. Se abre su libro de Sonetos a Rosa por cualquier página y se escucha como un ruiseñor enamorado inasequible al crepúsculo del tiempo. Hay que engancharse a la poesía para sobrevolar nuestras miserias.

Soledad se presentó en el feudo del Duende y familia cansada de patear su nuevo paraíso y de marcar con estacas lo que será su próximo coto de felicidad. El Duende le ofreció un te con perrunillas, un bocata de chorizo, un refresco. Los recursos habituales. Pero ella lo rechazó todo, y sólo se alimentó del olor de los jazmines, de la vista dorada por el atardecer, del agua de la fuente y de una hora de conversación sin hablar de política ni de la crisis de las hipotecas subprime.

Se bebía los vasos de agua de maniantal con la misma emoción que si fueran los versos de su tío. Como avisó Paul Éluard, sabe que hay otros mundos, pero están en éste. Eso sí, Soledad advirtió al Duende que, aunque lee todos los post de este blog y está muy de acuerdo con ellos, jamás hace comentarios. No tendrá valor…

Las cosas que hace nadie

Cualquiera que tenga familia lo sabe. Todo el mundo hace algo en la casa, pero a veces  un gran Houdini inconfeso que surge en cualquier grupo humano obra el milagro de las  cosas que no son hechas por nadie. Por ejemplo, en una casa de campo es esencial tener localizadas las linternas, por si hay un apagón. A un soi dissant  jefe de la familia le puede gustar además tener la suya propia, que es la mejor, a buen recaudo. Pero, ay, si una noche se va la luz y el iluso del jefe quiere echar mano de ella es muy normal no encontrarla en su sitio. Las linternas no vuelan, pero no se procupen: no ha sido nadie. A veces los cuerpos inertes se trasladan por impulso de  fuerzas extrañas que la ciencia no ha sido capaz de describir.

  Tampoco ha sido nadie el que apuró la última cerveza del frigorífico, ni  el que se llevó para siempre las pinzas de la batería porque el coche de su amigo le había dejado tirado, ni el que perdió el mando del garaje , ni el que consumió la botella de malta de veinte años hasta dejarla justo con un dedo de preciado líquido. Este último detalle es muy importante, porque mientras no está totalmente vacía la botella se puede considerar que uno no está moralmente obligado o a reponerla o, como mínimo, avisar de que hay que comprar otra botella del whisky de malta que le gusta a papá. Mejor así, en impersonal: hay que, no se que alguien sugiera que tienes que, lo cual es mucho más molesto.

 Nadie deja los CD y los DVD fuera de su funda. Nadie se llevó el segundo tomo de los Cuentos de Allan Poe. Nadie abandona colillas en el cenicero sin hacerse cargo de ellas. Nadie es tan desalmado como para no  cerrar los tubos de pasta de dientes, horrible felonía donde las haya. Aún así, siguen amaneciendo abiertos. Nadie se va a la cama sin molestarse en apagar las luces, y sin embargo alguien que se levanta temprano se las encuentra encendidas…¿Por qué ese Nadie no se responsabiliza de todo lo que apuntamos?

 Supongo que ayer era el día para recordar al alcalde de Móstoles, a Daoiz, Velarde y el Teniente Ruiz. Pero como a fuerza de efemérides tan gloriosas como abusadoras le acaban aburriendo a uno, hoy el Duende cree que cumple mejor servicio a la sociedad anunciando que a su simpático caballito de madera de color rojo, unos treinta centímetros de alzada, montado sobre una plataforma del mismo material y con unas ruedas parecidas al del caballo de Troya, fabricado artesanalmente en Polonia y comprado en la tienda de souvenirs de  Naciones Unidas en diciembre de 1974, le han cortado la cola. Era lo único de su cuerpo que probablemente había tomado prestado de un conejo, y, por tanto, fue tan fácil de afeitar como agarrarla y tirar de ella. Por la índole del atentado y por la altura del anaquel donde estaba el muy apreciado caballito, el Duende pensó que podía haber sido su nieta Marina la culpable. Pero cuando se lo preguntó sin rodeos, la niña se limitó a abrir los ojos mirando a otra parte mientras paseaba la lengua por sus pequeños labios. Algunos silencios son elocuentes. Le estaba diciendo, Duende, con lo mayor que eres…¿aún no sabes que esas cosas siempre  las hace nadie?  

La “poblemática” del señor barón

 

Hay aristócratas para todo. Cuando Berlanga presentó  en su Escopeta Nacional a aquel marqués de Leguineche que coleccionaba pelos de pubis femeninos, no inventaba nada. Muchos años después cayó en las manos del Duende  un libro presuntamente autobiográfico de un señor llamado Ricardo Soriano. Este caballero, marqués de Ivanrey, un aventurero inquieto, rico y vividor, fue al final de sus días uno de los descubridores e impulsores de Marbella. Y con la misma naturalidad con la que, a través de la pluma de la periodista Ana María Mata relata sus iniciativas turísticas y empresariales, no tiene el menor recato en confesar que él era el creador y propietario de esa pintoresca colección. No se deduce de sus palabras que le pareciera nada excepcional, sino tan normalita como la de un filatélico o un numismático. Hay aristócratas que , efectivamente, parecen de otra pasta que el resto de los mortales.

 No pertenece a esa clase el barón de Cap Llentrisca, amigo del Duende y comentarista eventual de este blog. Quizás `por no poder probar  el origen de su baronía, o por pertenecer a la nobleza del reino de Redonda, como ya apuntamos en su día, el caso es que, conservando algunos rasgos de la más rancia aristocracia europea, sintoniza con el pueblo en la apreciación de algunos problemas que podrían ser denunciados por doña María. Ha seguido las chácharas de esta buena mujer durante años, pues la escuchaba a través de la radio de su Jaguar mientras su mecánico -que no chófer ni conductor- llamado Vidal  le llevaba a su despacho cada mañana. Pues bien: según le confesó a este Duende, el barón estaba estupefacto de que la sagaz crítica  de las pequeñas miserias humanas no hubiera denunciado el problema que refirió a continuación.

 Ocurrió que aquella mañana Vidal libraba, por lo que el señor barón tuvo que ponerse al volante. A mitad de camino, aparcó el coche, sacó su teléfono móvil del bolsillo y marcó un número. Necesitaba hablar por teléfono con Mrs. Gladys Summerbee, subdirectora de la famosa joyería  Tiffany´s, de Nueva York y encargada de confirmarle que el collar de diamantes que pensaba regalar a la baronesa por su aniversario -no digamos cuántos años, no la jodamos- estaba listo y le sería enviado por mensajero a su despacho, previo burofax confirmando la transferencia de su importe.  También ocurrió que, a mitad de conversación, el aparato, un terminal extraplano de última generación, se le resbaló y fue a parar a ese espacio inalcanzable que media entre el asiento del conductor y la caja de cambios. Lo cual ocasionó, primero, que el señor barón se desollara la mano al desafiar la impenetrabilidad de los cuerpos sólidos intentando atrapar con la yema de sus dedos, empeño imposible. Segundo, que la llamada le costara casi tanto como el collar, pues él no podía colgar, y, por otra parte, no quería decirle a Mrs. Summerbee que colgara ella para no parecer un roña o un mal educado. Y tercero, que, de vuelta a casa y recuperado el ingenio con una de esas largas tijeras prensiles que se utilizan en la cocina, le entrara  un ataque de nervios pensando que una gilipollez como el pésimo diseño interior de su coche le hubiera hecho casi perder la mano y, desde luego, tantas horas de su valioso tiempo. ¡No sólo es de espaldas al pueblo -se lamentó airado- sino también de mí!

 Doña María mantiene que el señor barón tiene toda la razón. Y además añade que los nuevos coches ofrecen cantidad de chorradas innecesarias sin haber resuelto cosas muy sencillas. Por ejemplo, distribuir por igual el calor y el frío entre asientos delanteros y traseros y conseguir que los que viajan atrás  no tengan que desgañitarse a voces para que les entiendan el piloto y el copiloto. ¿Un nuevo diseño acústico del techo? ¿Una instalación de micrófonos interiores?…Pues que se estrujan las meninges los del Salón del Automóvil, que aunque doña María ya no es lo que era el barón de Cap Llentrisca está dispuesto a tomarle el relevo.

 

 

El agua que nos duele

Grifo y agua

(Foto de Guadiramone)

Al Duende le colocaron en la Junta directiva de WWW/ADENA. El pretexto era que algo podría ayudar en la divulgación de esta ONG. Apenas le necesitaban, pues la defensa de la naturaleza es un asunto siempre bien acogido y fácil de difundir. Se convocaba una rueda de prensa y los periódicos hablaban de ella gratis. El Duende entonces se limitó prácticamente a escuchar lo que se debatía en las juntas. Tomaba nota y, de vez en cuando, hacía alguna sugerencia.

El presidente de esta ONG era Francisco Díaz Pineda, catedrático de Ecología. En la junta también estaba Borja Cardelús, compañero de colegio y de carrera del Duende, naturalista y productor de series televisivas como La España salvaje, y autor de más de una docena de libros sobre la materia. A menudo se hablaba del agua, pues acababa de lanzar el gobierno de Aznar el llamado Plan Hidrológico. Ninguno de los dos era partidario de los trasvases.

Con igual peso intelectual han hablado otras voces en sentido contrario. Argumentos archisabidos, a veces contrapuestos: solidaridad interterritorial, equilibrio regional, derecho igualitario al desarrollo, respeto por la ecología, uso adecuado de los recursos naturales, propiedad pública de los cursos de agua. A veces el simple criterio económico, pues según algunos expertos es menos desastroso trasvasar que desalar el agua de mar y transportarla después. O al contrario, claro..

Se trata de agua, pero el Duende confiesa que ya no la ve tan clara. Vaya marrón para este o cualquier gobierno que se atreva a ponerle el cascabel al gato. Al menos mientras el cambio climático no se arrepienta y envíe las lluvias necesarias a la España seca, que cada vez es más grande. Entre tanta polémica, interesada o mezquina, dos afirmaciones que, como poco, sorprenden al indocumentado. La primera, del presidente Zapatero: a Cataluña no le faltará agua, porque la recibirá en barco desde las plantas desaladoras de Almería. La derivada es preguntarse por qué no se hicieron desaladoras en Sitges, por ejemplo, que queda algo más cerca. La segunda, del presidente de la Junta de Aragón: el Ebro no se puede trasvasar porque lo impide el Estatuto. ¿Qué pasará entonces el día que otro estatuto desaforado declare que la atmósfera es de su comunidad autónoma? Hay otra afirmación llamativa, pero ésta entra más bien en el terreno del sarcasmo. Un capitoste del llamado gobierno tripartito de Cataluña reclama sin tapujos transvases desde el Segre porque Catalunya también es España. Se acuerdan de santa Bárbara cuando sólo atruena el eco lastimero de los pantanos vacíos.

A Unamuno le dolía España. A la España autonómica seca, y dividida por las cuencas, sólo le duele el agua que a unos les falta y que otros no quieren repartir. Si al menos se llegara a saber quién tiene razón… Casualmente el Duende ha visto estos días en uno de esos kioscos-bazar que venden periódicos y casi de todo, una oferta de películas que vienen al caso. Se trata de los DVD de La colina del agua y La venganza de Manon, dos excelentes filmes de Claude Berri, basados en sendas novelas de Marcel Pagnol que componen un apasionante drama rural interpretado por Yves Montand, Gerard Depardieu y Daniel Autheil. Aunque el auténtico protagonista de fondo sea otra disputa por el agua. Véanlas si pueden, disfruten y no comparen. Porque en España el auténtico drama no es la sequía, con la que siempre hay que contar. Sino la insolidaridad sobrevenida, la catetería de los nacionalismos, el cinismo de los que encubren intereses inconfesables y, por añadidura, la incompetencia de los que planifican el desarrollo sin mirar antes a las reservas.

Y a esperar que llueva.

Los eruditos “a la googleta”

Aristocratas

(Foto de MarySoliday)

Estaba el Duende de bolos en el llamado Pretexto Covarrubias -véase el post correspondiente- cuando, ante un auditorio tan letrado como el que encabezaban Mario Vargas Llosa y Humberto López Morales, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, formuló la teoría de que hoy cualquier internauta puede ser un erudito a la googleta.

A tenor de las risas de los presentes, se percató el orador de que el neologismo hacía fortuna. Se trataba, en efecto, de la nueva versión de lo que el poeta José Cadalso satirizó como eruditos a la violeta, frívolos latiniparlos que pasaban la espumadera por las ciencias, las artes y las letras y afectaban un saber y una cultura de los que sin duda carecían. Vamos, unos farfollas, para qué engañarse.

Pero una cosa es un erudito a la googleta, que es a lo que aspira el Duende, y otra cosa es ser un caradura. El Duende comprendió allí mismo que no se podía colgar medallas que no le corresponden, y nobleza obliga, citó al autor del hallazgo semántico: el muy ilustre barón de Cap Llentrisca, un prócer de origen gallego que además de bibliófilo es diplomático, jurisconsulto, polígrafo, polemista y ahora también poeta. También es cónsul honorario de una nación caribeña que por discreción oculto, aunque por ahí puede venir su título. Pues investigado que fue el Who is who de la nobleza española, no se encontró tal título, a lo que, tirando de Google en plan Hércules Poirot el Duende llegó a la conclusión que el otorgamiento podía provenir del rey de Redonda, dependencia de Barbuda y de Antigua que, por concesión de la reina Victoria, es una monarquía absoluta. Su testa coronada es hoy la del novelista español Javier Marías.

Todo esto parece una parida, puede que incluso una paja mental. Pero, entre bromas y veras, lo cuenta muy bien el propio Marías en su novela Negra espalda del tiempo. Ahora, las novelas de moda no son sólo creación pura: mezclan churras con merinas, o ficción e historia, y con teselas de una y otra componen un mosaico que a uno le dejan con esa duda borgiana de no saber si es que es tonto o el autor le está tomando el pelo. Es una buena novela, insisto, pero si no están por comprarla, buceen en en la Wilkipedia. Háganse también eruditos a la googleta.

El barón, que en notoriedad y prestigio supera incluso a su cuantiosa hacienda, distingue desde hace tiempo al Duende con una sincera y afectuosa amistad. Tan es así que, saltándose los usos y costumbres de la aristocracia rancia que pasa sus horas en la Diputación de la Grandeza de España, cortando cupones en la Bolsa, administrando sus latifundios o criticando al gobierno en las tertulias del Nuevo Club o de la Gran Peña -también chismorrean de las curvas de la del guardarropa, no crean- entra a menudo en este blog, y formula sus comentarios con el pseudónimo Bête en sauce. Si el lector tiene conocimientos de francés y lee estas tres palabras -literalmente bestia en salsa- de corrido, podrá tener una pista de la noble villa donde el barón tuvo su cuna. Él no lo dirá nunca, pero así reivindica el marquesado de esta plaza coruñesa al que por contribución a la sociedad cree tener derecho.

Pues ánimo, señor barón. Y si no encuentra monarca que le de el marquesado, apuramos el Google y que nos busque otro rey que se avenga a razones. Que para algo vamos siendo ya eruditos a la googleta.

Un café cargado de remordimientos

 No se lo creerán, pero cuando el Duende era un chaval pensaba que su padre era un hombre rico. Es verdad que no tenía coche, porque eso era cosa de millonarios, ni televisor, porque aún estaba por inventar, ni siquiera pikú. Le bastaba con lucir un reloj Omega, una pluma estilográfica Parker y un mechero Ronson, que entonces marcaban un cierto nivel.

 Las referencias de lo que podía ser entonces un tesoro infantil eran bien modestas. En Marcelino pan y vino, aquel bonito cuento de José María Sánchez Silva que luego llevó al cine Ladislao Vajda, el niño abandonado en el convento y criado por los frailes guarda como preciadas joyas una botonadura de militar y unos naipes. Algo parecido a lo que muchos años después encuentra Amelie bajo una baldosa de su casa. Ahí descubre, escondidos en una caja de hojalata, un cochecito, un ciclista de plástico y otros restos de la arqueología sentimental de un niño. Amelie se empeña en averiguar qué fue de ese niño, y hace bien, porque a los zagales de antaño nos sobraba ilusión tanto como nos faltaba información. O teníamos aquélla precisamente porque no sabíamos de la misa la media.

Ahora la información acabará matándonos. Hoy, en el día mundial del Agua, el Duende se ha desayunado con el café más amargo de su vida. Ha leído que John Anthony Allan, un científico británico, ha elaborado la llamada teoría del agua virtual, en razón de la cual determina la cantidad de líquido inodoro, incoloro e insípido que un alimento necesita  para llegar al plato del consumidor. Según este señor, para producir medio kilo de queso se necesitan 2.500 litros de agua, el litro de leche se bebe  otros tres mil del líquido elemento y el kilo de carne de vaca unos 10.000. Menos mal que la taza de café sólo requiere 140 litros de agua.

O sea, que más que seres humanos, somos esponjas insaciables que, directa o indirectamente, absorbemos más agua de la que, con cambio climático o sin él, nos podrá suministrar el planeta. Qué cargo de conciencia. Qué sinvivir, tomar conciencia y comportarse como un consumidor responsable.

Por ahorrar algo, podemos tomar café soluble. Pero…¿no se gastará aún más agua liofilizándolo? O si no, evitar la infusión y mordisquear el fruto en el  mismo cafetal, aunque sepa más amargo. O mejor aún: inventar también  el Día del Consumidor sin Escrúpulos. Y permitir así que, al menos en esa jornada, el personal pueda tomarse un café a gusto sin sentirse ese vampiro insolidario que nos retrata la obsesiva, y a veces terrorífica, sociedad de la información.

Cosas que hacer en viernes santo

Semana Santa en MadridViernes Santo en Madrid 

(Foto de Zokete

Una planificación a contrapelo le ha permitido al Duende disfrutar del viernes santo en Madrid. Soledad, descanso, meditación, música. El ritual le obliga a buscar en su discoteca los tesoros del Viejo Peluca, como afectuosamente le llama nuestro imprescindible Fernando Argenta. No es nada original: de la misma forma que las orquestas programan  El Mesías handeliano por Navidad y La Pasión según San Mateo por cuaresma, él alimenta su rescoldito religioso siguiendo el mismo esquema. Hace un par de años, en una liquidación de  grabaciones de orquestas rusas o centroeuropeas que de cuando en cuando aparecen por ahí, el Duende completó sus pasiones bachianas con las de San Marcos, San Lucas y San Juan. Si John Coltrane y Pedro Iturralde no suministran suficiente dosis de divinidad -alguno de nuestros amigos comentaristas levitan escuchándolos- el Duede se permite recomendar especialmente la de San Lucas.

Los familiares y amigos del Duende respetan escrupulosamente la festividad del viernes santo. Telefónica, la amable señorita que vende tarjetas o planes de pensiones para el Banco de Sabadell y que, sin duda sin mala intención, acostumbra a llamar a la hora de la siesta, también. El móvil, cómplice del silencio que antaño nos imponían en este día, no dice ni pío. De modo que uno aprovecha para abordar esos asuntos pendientes que siempre quedan pendientes. Por ejemplo, romper papeles y ordenar libros. Y aquí  descubre uno puntos oscuros de su pasado, y retos difíciles de asumir para su siempre riguroso sentido de la responsabilidad.

Choix de nouvelles modernes  es un librillo alemán editado en 1898 por Velhagen & Klashing, y reproduce cuentos de autores franceses como Alfonso Daudet. ¿De dónde ha salido este libro? ¿Por qué para en esta modesta biblioteca, si no hay  antecedentes alemanes en la prosapia del Duende? Las Máquinas agrícolas, en dos volúmenes, es una guía de los adelantos tecnológicos que podían ayudar al agricultor…¡el 1899!. Los firma M. Ringelmann, director de la Estación de Ensayo de Máquinas Agrícolas de París. El Método Cortina para aprender inglés, con un prólogo de Emilio Castelar, es un precioso volumen encuadernado en tela y con estampaciones en oro que demuestra la obsesión de alguno de los ancestro del Duende por aprender la lengua de Shakespeare. Este es moderno: está editado en 1920. The arts of Japan, publicado en la preciosista colección Little Books on Art, otra perlita de 1906 que luce mucho en la librería por su coqueta presentación, obedece sin duda a las inquietudes artísticas de la madre del Duende, que pintaba, tejía alfombras y escribía poesía y cuentos surrealistas. Mal le deja sin embargo el ex libris estampado en el volumen, pues éste era el nº 1027 de la Biblioteca de Bellas Artes de Antonio Canovas y Vallejo. Si alguno de los herederos de este bibliófilo lo reclama, el Duende reparará encantado el desliz de su madre restituyéndolo a su legítimo propietario. Ella lo hizo, sin duda, por amor al arte. Más preocupante aún es una Breve historia del lanzamiento y el tiro editado por la fábrica de armamento Oerlikon Buehrle & Cía. Contiene una prolija explicación sobre materiales explosivos. Si no tenemos antecedentes militares en la familia…¿quién de los predecesores del Duende quiso emular a Mateo Morral?

Desgraciadamente, a los hijos de la galaxia Gutemberg nos enseñaron que cualquier libro es un objeto de valor. Y al Duende le falta precisamente eso, valor, para deshacerse de estos libros La pregunta es por qué si se establecen Puntos Limpios para recoger los aceites fritos, no se crean otros Puntos de Depuración Cultural donde uno pueda entregar estas extrañas herencias y librarse del peso de ser su  inútil custodio.

Agobiado por tal responsabilidad, y a pesar de lo anunciado días atrás, se va de procesiones por la tarde luminosa y fría de Madrid. Ve la salida del Cristo de los Alabarderos, dignamente escoltado por la Guardia Real, se encuentra con el  Divino Cautivo, y se planta en la calle Toledo para ver pasar a María Santísima de los siete Dolores una dolorosa tan guapa y bien ataviada como las que causan pasmo en Sevilla. No desfila en olor de santidad, ni del sahumerio, sino de la fritanga de calamares de las tascas circundantes. Da igual, la corteja una banda primorosa, y la buena música lo refina todo. El Duende se calla lo de ¡guapa, guapa!, pero, en su escepticismo, admite el pellizquito de la semana santa.

Cómo ser feliz a pesar del gobierno

Buscando la Felicidad

(Buscando la Felicidad, Foto de Davichi)

Aquella tarde radiaban desde el Congreso de los Diputados el asalto del teniente coronel Tejero. Entretanto, tirados en el suelo, dos hombretones extraían de una enorme caja de madera llena de virutas de madera pequeños objetos envueltos en papel. Los cogían con mucha delicadeza, les quitaban su envoltura, los admiraban, los ponían en el suelo y jugaban con ellos. Habían escuchado los tiros, el abajo todo el mundo, el se sienten, coño, y la advertencia del guardia civil con bigotes de que se esperaba a una autoridad, militar, por supuesto. En realidad se sobresaltaron. El corazón les dio un vuelco. Mala suerte que la intentona golpista hubiera coincidido con el día que tanto esperaban. Lo primero es siempre lo primero: el regreso de los espadones y el fantasma de la vuelta a la caverna no les iba a impedir disfrutar la gran ilusión. Los dos niños grandes eran el Duende y su amigo Lorenzo, y lo que contenía aquella caja era el lote de juguetes de hojalata antiguos que habían comprado a un coleccionista y que debían repartirse aquella fausta/nefasta tarde del 23 de febrero.

El Duende recordaba haber escuchado estupefacto de su madre que, en plena guerra, salían a la calle y hasta iban al cine. Los cines en Madrid fueron incautados, y programaban sólo películas de propaganda o El acorazado Potemkin. Pero iban al cine, y se supone que no para ser adoctrinados, sino porque les divertía. Muchos años después también escuchó a Chumy Chumez evocar su infancia en la guerra, donde disfrutaba paseando con sus amigos entre vehículos destrozados, ruinas y embudos provocados por las bombas. La última que se ha atrevido a aislar la felicidad interior del mundo que nos rodea es la editora Esther Tusquets, autora de un libro que lleva por título Habíamos ganado la guerra. Mujer de izquierdas, confiesa sin ningún pudor que, gracias a que su familia era de derechas y gozaba de una holgada posición económica, ella, como Chumy, también fue feliz en la guerra.

Son anécdotas quizás demasiado frívolas. Pero ahora que acaban de celebrarse las esperadas elecciones generales, cuando unos eufóricos cantan victoria mientras que los otros se rasgan las vestiduras por la derrota, el Duende hace balance en sus memoria personal y declara que es incapaz de saber si le fue mejor con UCD, con el PSOE de Felipe González, con el PP de Aznar o bajo la égida de Zapatero. En alguna fase pagaría más impuestos, en otra haría más colas en el ambulatorio, en otras se mosquearía por la subida de la gasolina, en otras le afligiría la salud… Pero cree que la auténtica felicidad, que es estar más o menos contento con uno mismo, no depende del resultado de las urnas.

La política resuelve muchos problemas, especialmente para los que menos tienen. Pero uno de los signos de madurez es convencerse de que no lo arregla todo. Dede luego, no lo más importante. Búsquense ilusiones que no dependan del BOE. Y si alguna vez recibe la noticia de que no han ganado los suyos con la misma naturalidad con la que se entera que al fin se desmorona el anticiclón de las Azores, es que se va acercando a esa quimera llamada felicidad.

Amigos de la infancia

Las minas del rey salomonOtro asesinato de ETA. Andemos. Ni una palabra más para recordar lo de siempre. Le duele a uno tanto como el que más, pero no quiere aburrir más que nadie machacando con lo obvio. El Duende ha repasado el inventario de posts desde que se abrió el blog y ha encontrado uno, breve, pero contundente, titulado La raya del tigre. Donde dijo digo, sigue diciendo digo. Quizás en voz un poco más alta.

Hablamos, otra vez, de andar. El Duende terminó de leer ayer La conquista del Polo Norte, de Fergus Fleming. Ya saben, el Duende es caminante y explorador por mapas y libros, y éste es uno instructivo, entretenido y apasionante. Cuenta la epopeya de los que intentaron poner pie en lo que aún no se sabe si es ficción geográfica. Su loco empeño nos dejó, sobre todo, una asombrosa lección de la capacidad de sufrimiento y superación del ser humano. El Duende siempre aprende algo nuevo de estos libros. Normalmente los exploradores llegaban a la latitud hasta donde el hielo atrapaba su barco, y desde allí continuaban su ruta al norte en trineos, esquiando o a pie. Pero antes, se iban haciendo avanzadillas que enterraban en la nieve y el hielo los depósitos de alimentos que asegurarían el regreso de los que no murieran en el intento.

Recordaba estas hazañas el Duende caminando el pasado domingo por la Carretera de la República, a los pies de Siete Picos, ruta maravillosa que, para su vergüenza, y estando tan cerca de Cercedilla, no conocía. Le acompañaba un amigo de la infancia. El Duende conserva varios de este tipo de amigos. Uno de ellos es Juanito Labaig y Menéndez-Pidal, un compañero de colegio por delante de cuya casa pasaba todas las mañanas para ir a clase. Juan vivía con familia, dos tías solteronas y un piano vertical. En esa casa colgaban jamones en la despensa, y Juanito tenía además un futbolín con el que hacían campeonatos, y un juego de figuras de safari que se llamaba Africa Salvaje, donde los hombres y las mujeres vestían como en Mogambo y en Las minas del rey Salomón. Era uno de los juguetes estrellas del momento. La exploradora, que era de goma, era bastante mona, con sus tetitas y todo. Como en el safari había muchos negros, y en las película de ambiente africano los malos eran casi siempre ellos, jugaban a atarla a un poste y la clavaban alfileres en sus partes más delicadas, ejem, ejem. Qué exquisitos malvados tan pícaros eran los niños de entonces. A última hora, aparecía el bueno y la salvaba.

Un día se dieron cuenta de que ya no eran tan niños y cambiaron El Duende no le vio jamás tocar el piano vertical de aquella casa, ni siquiera estudiar música. Pero sin embargo Juan desarrolló un extraordinario sentido musical que le permitía improvisar con la guitarra cualquier canción y, de paso, ligar mucho. Juan era parco en palabras, pero largo en repertorio de guitarreos y quizás en otras facetas en el ars amandi de Ovidio . Además tenía buena planta y un padre espléndido que ponía a su disposición un Opel Kapitan o o un Renault Gordini cuando el resto de la pandilla sólo disponía del bonobús de la época. Al salir de casa, aparecía su padre, sacaba del bolsillo unos billetes grapados y le largaba uno de quinientas pesetas. Toma, Juanín -le decía- Para que meriendes en Viena Capellanes. Los demás amigos mirábamos su suerte con los ojos como platos. En la guantera del coche, aparte de una de las primeras Ray Ban, llevaba siempre una tableta de chocolate con almendra. Los demás éramos habladores, bailones, simpáticos y más bien voluntariosos. Él apenas hacía por las chicas, pero ellas, inocentes, se enamoraban de él. Cuestión de autosugestión -señalaba Félix, otro tesoro de la infancia. A más auto, más sugestión…

Juan es uno de esos amigos a los que uno sólo ve de tarde en tarde. Él vive en Cercedilla, el Duende en la capital. Se llaman lo justo. De vez en cuando, atizan con la badila el brasero de los recuerdos y disfrutan. Y, sobre todo: cuando se ven, jamás se piden explicaciones por los silencios y las distancias que impone la vida. Les une hoy lo mismo que entonces. Caminan juntos, sin más, y tan amigos.

Y el Duende se acordó de aquellos depósitos de alimentos que enterraban en el hielo los exploradores polares. Y llegó a la conclusión de que, sin esa reserva de afectos que conserva de cuando inició su camino, no podría seguir andando tan fresco.

Foto de  Figuritas del Ayer

Días tontos en Los Arándanos

Agatha Christie

Confiesa el Duende que de todas sus lecturas ningunas le atraparon como las novelas de Ágatha Christie. Era entonces un adolescente, y empezaba a descubrir los encantos de la literatura. Algunos de esos best sellers -aún no se había extendido ese término- como Diez negritos o Tres ratones ciegos los sorbió de un tirón antes de cerrar los ojos al alba Aquellas novelas siempre bien urdidas fueron, junto a las aventuras de Guillermo Brown de Richmal Crompton -pseudónimo bajo el que se ocultaba otra mujer- su primer peldaño en las letras después de desasnarse con los tebeos. En algún tiempo se hizo publicidad de éstos diciendo justamente eso: donde hay un tebeo luego habrá un libro. O no es verdad, o es que desde hace varias generaciones tampoco se leen tebeos. Quizás debiera reformarse el slogan: donde hay una videoconsola luego habrá un internauta. Y, con suerte, un blogger algo más despabilado que el que suscribe.

Uno de los detalles que más facilitaba el disfrutar de aquellas novelas es que Ágata Christie presentaba a todos sus personajes antes de iniciar la novela. En un listado por orden alfabético, resumía en tres pinceladas su perfil. Abergold, John: cuarto conde de Macfriars. Casado con Pryscilla de Wild, vive en su castillo de Devonshire dedicado a la cría de caballos pura sangre. Anyone Dupré: ama de llaves del juez Malone, que entró al servicio de éste por una recomendación del general Troellope. Ashley, Brigitte: amante de Sullivan, el administrador del mayor Brady. Y así. Estas guías deberían de ser obligatorias en toda novela con más de cuatro o cinco personajes. Facilitan el control de la situación narrada al lector de frágil memoria que, conociendo mejor el who is who, así puede concentrarse en componer el tipo de los personajes. El Duende no podía avanzar en la novela sin antes ponerle cara a cada personaje. Y el catálogo de éstos le servía de guía perfectamente. Lástima que el ejemplo de Ágatha no cundiese. Como muchos otros inventos útiles, cayó en desuso y hoy casi ningún novelista se molesta en avanzar el elenco de actores de su relato. Dar facilidades al personal debe de ser síntoma de poca fe en el talento propio.

Al Duende le gustaría tener un fichero así de todos los que comentan habitualmente este blog. Le cuesta mucho elaborar un perfil de cada quisque. Agradeció mucho las sucintas biografías que le mandaron, pero se le enredan los datos, pone a José Ramón en Galicia, y a Zoupon en Mallorca, y a Lola en la sierra de Guara. A Ángelus donde Wallace, y a Gervasio le hace arquitecto…o así. Exagera, claro. Con Bob no le pasa eso, porque es inconfundible. Pero no responde más ceñido a los comentarios de los demás porque cree que, con los muchos que ya ha recibido, un Maigret no muy avezado ya hubiera elaborado una ficha exacta de cada personaje. Lo que no es el caso.

Así que disculpen que no responda a las muchas cuestiones que se le plantean. Entre otras, una actualización del diario de esa gladiadora de hogar que es doña María, la dama del bloque Los Arándanos.. Se la demandan bastantes lectores. Pero ella, como el Duende, también es algo ciclotímica. Y hay días como hoy que, a falta de guías, nomenclator o vademécum como los que se trabajaba Ágata Christie, no sabe por donde se anda.

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