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Sueños de un editor frustrado

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

La cosa es que la prima, que había sido siempre una mujer tímida y calladita, toda una vida dedicada a trabajar por los demás, con el mal dormir que dan los años se levantaba por la noche y se ponía a escribir. Nada pretencioso: reflexiones, pequeños poemas, pinceladas sueltas de su imaginación, cuentos mínimos y aleluyas piadosas al estilo de Las florecillas de San Francisco. Porque la prima, ya les digo, que de joven pintaba como para ennoviarse con ella, a fuerza de discreta plegó su alma sobre sí misma, se hizo asistente social y casi dio en la santidad.

El Duende, veinte años más joven, convivió con ella en la finca familiar que comprara el bisabuelo. Y comoquiera que aún siendo el más pequeño de su generación, era el único que escribía por afición,  fue el depositario de los escritos de la prima.

-A ver que te parecen –le dijo al entregárselos reflejando en su gesto la  esperanza en ser autora.

Los escritos de la prima eran justamente lo esperable de una prima de aquel tiempo. Respiraban ilusión y destilaban –oh sorpresa-el espíritu sensible de una mujer, que, contra todo lo que parecía, también se había enamorado alguna vez. El Duende convenció al resto de sus primos y a sus numerosos sobrinos de que aquellas páginas merecían un libro que, sin duda, a ella le encantaría recibir como regalo inesperado.

-Es muy fácil-se aventuró-Ahora en Internet hay webs como www.bubok.com que te permiten hacer tú mismo ediciones digitales cortitas y por cuatro perras.

Nunca lo dijera. Qué maldición, el hágaselo usted mismo, como el IKEA de las editoriales. Con María, que era la sobrina favorita, el Duende trabajó en la selección y corrección de los textos. E incluso escribió un prólogo en el que, cómo no, aparecía Audrey Hepburn y algunas otras de sus obsesiones recurrentes. Esta es la prueba:

Cuando yo era un niño, mi prima era una moza menuda, pero con una sonrisa coqueta y un par de esos encantos femeninos que a ningún chaval le pasan inadvertidos. Nunca entendí que Gregory Peck, por ejemplo, no apareciera un día por El Rincón a llevársela de paseo en la Vespa de Vacaciones en Roma. Sin embargo ella era demasiado tímida para estas aventuras. Y además, seguramente hubiera sido incapaz de quitarle el novio a Audrey Hepburn. Gracias a estas páginas que siguen uno sabe que, además de ser una magnífica persona, Mary pastoreaba las mismas ilusiones que cualquier jovencita de su tiempo. Entre que a Gregory seguramente se le averió la Vespa, y que ella pronto desvió su mirada hacia las necesidades de los demás, nos hemos perdido el gran sueño de la prima Mary.

Una tarde, María y el Duende se embarcaron en esa tarea tan fácil que es la autoedición en Internet. Ja. Claves, contraseñas, correo de vuelta, menúes que dicen que se abren y no se abren, pestañas abstrusas, infinitos campos por rellenar, lenguaje de  informáticos, mensajes ininteligibles para neuronas cerebrales talluditas, como ya son las suyas. Desesperación.  Fueron varias horas de este cálido verano para acabar rendidos como patatas al vapor. Y, constantemente, volver a releer el texto que se quiso, y no se pudo, subir a aquella web para que fuera convertido en libro.

Naturalmente, no se consiguió. El único logro del Duende fue advertir que, para el mucho cariño que tenía a la prima Mary, quizás el prólogo se había quedado cortito en el elogio. Así, pensó que además de a Gregory Peck en su Vespa, debía de haber incluído en la lista de pretendientes a Gary Cooper en su caballo de sheriff, a Charlton Heston en su cuadriga de Ben-Hur, a Steve Mac Queen en su moto de La gran evasión y a Robert Redford en su avioneta de Memorias de Africa.

Puede que aún lo haga. Sobre todo si algún alma alma caritativa o alguna mano joven despabilada se ofrece para ayudarle en esta tarea tan fácil que, según dicen, es la autoedición en Internet.

“Guarriteros” y otros enemigos públicos

¿Se atreverá alguien a decir que la mayoría de las pintadas y "grafittis" son una simple agresión a la estética urbana?...

¿Se atreverá alguien a decir que la mayoría de las pintadas y "grafittis" son una simple agresión a la estética urbana?...

No era ni Palladio ni Norman Foster. Pero era un arquitecto que había tratado de construir edificios dignos y respetuosos con la estética urbana y con el medio ambiente.

También se consideraba  un hombre comprometido con su tiempo: la Nueva Frontera de Kennedy,  Mayo del 68, Woodstock, la Perestroika, el Compromiso de Kyoto, el nuevo orden mundial…Incluso el cambio climático y el de modelo económico: todo lo había tratado de entender y de asimilar. Y lo había acatado solidariamente, porque el artista que latía dentro de él no podía obligar a todos a comulgar con sus ideas.

Y sin embargo, aquel día, cuando vio pintarrajeados los muros de su decoroso bloque de viviendas sociales que tanto habían mejorado el barrio, se indignó.

-Otro atropello más en nombre de la libertad-masculló.

Luego se encerró en su estudio y en su diario personal, escribió:Thomas de Quincey dejó una obra que muchos recordamos, sobre todo, por la contundencia gamberra de su título. Se trata del artículo Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Pues bien, hoy este humilde arquitecto y urbanista, arrimando el ascua a su cabreadísima sardina, se permitiría parafrasearle y corregirle para escribir Del asesinato del “guarritero” considerado como una de las bellas artes.

Distingo al grafittero del “guarritero”. El primero es el que, sin respetar el derecho a decidir la propia estética -que debía estar entre los llamados derechos humanos- pinta en los muros ajenos algo que al menos puede ser bonito (aunque a mí casi nunca me lo parezca). El “guarritero” no sólo no respeta ese derecho, sino que guarrea los edificios con manchas, trazos, chafarrinones y signos que afean las calles y nos cuestan una pasta a todos los ciudadanos.

Y, como Homper –el Hombre Perplejo-, apuntalaba su perplejidad con otras reflexiones relacionadas con el asunto.

1ª ¿Por qué el ciudadano medio se pone hecho un basilisco cuando un transeúnte le le araña la carrocería de su coche con la varilla de un paraguas y calla resignadamente ante las agresiones de los “guarriteros”? ¿Es más importante tu automóvil que la casa donde vives?

2!ª ¿Se permitiría que unos “guarriteros” pintasen con un spray el traje de nuestras vicepresidentas, tan monas y aseadas como visten,  al salir del Consejo de Ministros?

3ª Además de retirarle a Franco las medallas, los títulos y las distinciones honoríficas de cualquier ciudad, villa, villorrio o aldea de España, y de otras medidas que reafirmen el espíritu democrático municipal…¿nos atreveremos alguna vez a reprochar el abuso de los “guarriteros”.

Cerró su cuaderno, lo guardó en el cajón de su mesa de trabajo y salió a la calle. Su bloque de viviendas había quedado convertido en un horror. Sin embargo, lo que él sentía es la calle le  miraba como si fuera el enemigo del pueblo. Al fin y al cabo, era uno de esos canallas de la construcción…

Mi Bahamontes de cabecera

Medio siglo ya de aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes

Medio siglo ya de aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes

Los más viejos lectores de MARCA recordarán Marcelino pan y vino, primero cuento y luego película. Era un niño imaginado por José María Sánchez Silva que aparece abandonado a la puerta de un convento, se cría al amor de los frailes y, que,  además de fantasías en su cabeza, guarda en una cajita  sus tesoros particulares: el tres de copas de la baraja, unos botones metálicos de uniforme militar, un cepo para pájaros y una pata de gallina. Qué ternura, lo que podía ilusionar a un galopín de entonces.

Muchos años después, Amelie, la exitosa heroína de la película de Jean Pierre Jeunet, descubre bajo una losa de su cuarto de baño una cajita de hojalata. La caja contiene otros tesoros  guardados cuarenta años atrás. Entre ellos, un ciclista de plástico… ¡exactamente igual al que veneraba yo cuando Bahamontes ganó  el primer tour de Francia para España! Qué recuerdos.

Mi ciclista tenía su historia. En la década de los cincuenta sólo se podía seguir el ciclismo por el MARCA, la radio y el NO-DO. Para jugar a ciclistas, se juntaban las puntas de los dedos de las manos, se plantaban éstas sobre el terreno del patio del colegio y se trazaba una carretera en la tierra. En ella, percutiendo el dedo índice sobre las chapas bautizadas con nombres de ciclistas, se simulaba, golpe a golpe, la etapa del día. Para hacer más vistosa la carrera, compramos unos ciclistas de plástico que acompañaban el viaje de las chapas. Y así reproducíamos en miniatura la famosa “serpiente multicolor”. Ni el Scalextric, ni las  videoconsolas, ni  el IPOD  de moda habrán podido resultar tan apasionantes como nos parecía a nosotros aquel juego de niños.

En 1959 el abajo firmante pasaba el tórrido verano arrullado por las chicharras de los pinares de Arenas de San Pedro. Para bañarnos en el Charco Verde, había que subir por una carretera estrecha y tortuosa. Aquel mes de julio se barruntaba que Bahamontes, el Aguila de Toledo, ya varias veces Rey de la Montaña en el Tour, podía subir al podium del Parque de los Príncipes luciendo el anhelado maillot amarillo. Qué emoción. Nosotros seguíamos jugando a las chapas y sudando la gota gorda a lomos de una bicicleta Orbea. Pero algo sublimaba nuestro esfuerzo. En realidad, aunque íbamos a bañarnos, creíamos coronar, con Federico, el Puy de Dôme o el Galibier. Resoplábamos como cerdos conducidos a la matanza, y llegábamos al río Pelayo exhaustos. Era el precio de querer ser copartícipes de la hazaña.

Supimos que ésta se había consumado porque un domingo, al regreso, paramos en  el pueblo y los padres, que nos esperaban allí y que normalmente sólo invitaban a un vaso de gaseosa y patatas fritas, aquel día se estiraron y nos pagaron una Coca-Cola y unas gambas al ajillo. O sea, el despiporren. Lógico: un tipo enteco y renegrido que se había forjado en carreteras como las nuestras era el primer español en ganar el mítico Tour de Francia. Ese mismo día cogí mi Bahamontes de plástico que tantas metas había había cruzado de mi mano, y utilizando un pincelito de esmalte de uñas le pinté el maillot amarillo con el que ya pasaba a la historia. Puede parecer ridículo, pero durante años figuró en mi mesilla de noche junto a la Virgen de Fátima fosforescente que velaba mi inocente sueño. Dios, su madre y “el Aguila de Toledo”, todos me parecían la misma inmortalidad.

Se lo diré el martes, cuando acuda al merecido homenaje que le va tributar MARCA por el medio siglo de su proeza. Al igual que el niño de Amelie, perdí con los años a mi ciclista de juguete, mi Bahamontes de cabecera. Pero como compensación habré podido saludar al hombre que hace medio siglo se convirtió en el primer mito de nuestro ciclismo.

De David Niven y el bobo de Coria

Se le queda a uno cara de tonto al enterarse de que este hombre, que aparentaba tanta felicidad, fue un desgraciado...

Se le queda a uno cara de tonto al enterarse de que este hombre, que aparentaba tanta felicidad, fue un desgraciado...

Hacía tiempo que no estaba la tía Clota tan alicaída. Por una parte, como estadounidense, se lamentaba de la quiebra de General Motors, el derrumbe más pavoroso para el tío Sam después del de las Torres Gemelas. Por otra, como española, lloraba la eliminación de Nadal de Roland Garros. El fenómeno de Manacor ha venido siendo como un ungüento emocional para ella en los últimos años. Era el héroe del que presumía ante sus amigas, el hijo que no pudo tener, el joven galán con el que le habría gustado cenar una noche en la terraza del Hotel Danielli de Venecia.

-¿Sabes una picardía, Homper?-le decía a su sobrino- Edwina dice que, antes de jubilarse,  siempre bromeó con sus compañeras sobre quién era el camionero de su vida.  Sostenía que toda mujer ha soñado alguna vez un tórrido romance con un camionero fuerte y guapo,  aunque sea ordinariote. Eso que ahora llaman un cachas. Bueno, pues ahora, en nuestros paseos hablamos de nuestro Lolito ideal, ese romance desigual en edad que una tendría si la vida fuera tan fantasiosa como las películas. Edwina dice que el suyo es Brad Pitt, Thelma ha elegido a ese australiano tan guapo, Hugh Jackman creo que se llama. Pero mi Lolito ideal es Rafa Nadal.

A Homper  le  sorprendían ya pocas cosas de su tía, pero aún así no pudo evitar una mueca de estupefacción.

-Hijo, te has quedado con la cara del bobo de Coriale advirtió la anciana- Es un decir, una fantasía. Pero tampoco me fío ya de ella. He leído una biografía de David Niven, que era la viva imagen de la felicidad cuando yo era jovencita, y me he dado cuenta de que en realidad ni siquiera ese sueño fue nunca lo que creíamos que era..

David Niven parecía guapo, rico, distinguido y siempre bien humorado. Pero según cuenta su amigo Michael Munn en La otra cara del globo su vida fue una desgracia. Alcohólico y erotómano desaforado, arrastró toda su vida el trauma de haber sido violado en el colegio por sus propios compañeros. Luego no le faltaría de nada,  primera esposa muerta en trágicas circunstancias, segunda esposa alcohólica, suicida frustrado…Todo lo contrario de lo que aparentó siempre su impecable sonrisa y su elegante porte de auténtico gentleman.

-¿Te das cuenta, sobrino?-suspiraba la tía Clota-No vale la pena enterarse de nada a fondo, porque luego rascas en lo que ha sido tu ilusión y descubres trampas y oscuridades.

Y cerró con una sentencia enigmática que a Homper le dio qué pensar.

-¿Será por eso por lo que vuestro presidente Zapatero sonríe tanto y es tan feliz? ¿Será que no le gusta leerse los papeles?…

Homper volvió a poner cara del bobo de Coria. E incluso llegó a pensar si sería más útil quedarse con ella para siempre.

“The reader” y el encanto del tranvía

Kate Winslet en otro tranvía llamado deseo...

Kate Winslet en otro tranvía llamado deseo...

Las películas con tranvía siempre tienen una aureola de fascinación. Quizás porque el viaje en tranvía es una buena metáfora de la vida misma. No es demasiado largo, te lleva por varios barrios, y en él coincides con personas que suben, se sientan, ponen cara de criaturas del destino, las miras, novelas con ellas y, cuando llegan a su parada, acaban desapareciendo de tu biografía. Umbral decía esto mismo de las historias de Baroja, donde hay a menudo muchos personajes  que entran y salen sin dejar una huella demasiado profunda. Pero en realidad la literatura, el cine, el arte y todo aquello que mueve la imaginación está lleno de tranvías que uno toma cuando se lo pide el cuerpo.

-Yo hubo una época que tomaba el 61 y el 14-confiesa el Duende- Pero ahora el que más me gusta es que se llama deseo…

Escuchó campanas y no sabe dónde, pues entonces Un tranvía llamado deseo, era una película 4 R, o sea, gravemente peligrosa. Mayormente para las mujeres, que no podían resistirse al hechizo de  Marlon Brando en camiseta. Puro pecado.  Al Duende entonces le iban más las del Oeste, y no tomaba más tranvía que el 14, que subía por el Paseo de la Castellana, en el que aún se enganchaban los golfillos al estribo para no pagar .  Lo primero que hacía tras comprar el billete era fijarse en las viajeras, y las clasificaba  automáticamente en alguna de estas categorías. 1. Las que eran tan guapas que podían ser artistas de cine. 2. Las que, bien miradas, tenían un pasar. 3. Las que podrían ser primas o compañeras suyas, o sea, chicas en las que predominaba la virtud, pero quizás en otras circunstancias, quizás, no se… 4. Las que probablemente eran funcionarias del Catastro , como sugería su cara de cabreo. 5. Las que eran tan feas que, si no se bajaban en la próxima parada, era él quien debía hacerlo.

Para ser justo hay que decir que si el trayecto era largo y se acababan las chicas también fabulaba sobre los viajeros. Este es ujier en los Nuevos Ministerios. Ese tiene cara de madridista y de llamarse Venancio. Ese lleva peluquín y es coronel jubilado. El de la cartera  es viajante de comercio. Y el del colmillo de oro es policía secreto. Todos los viajes entonces, por insignificantes que fueran, estaban vigilados por un policía secreto que inspiraba mucho respeto.

Recuerda el Duende tranvías en la Viena de El tercer hombre, otra espléndida película de tintes sombríos, y, sobre todo,  en Han robado un tranvía, una tragicomedia neorrealista que protagonizó Aldo Fabrizzi, un buenísimo actor. Encarnaba a un tranviario que no se resigna a la jubilación, y que se venga de su compañía robando un tranvía y paseándolo vacío por las calles de Roma. Era una película que ahora diríamos naîf. Al Duende se le grabó en la memoria hasta su banda musical, que aún silba inconscientemente cuando por algún horizonte urbano  ve circular un tranvía.

Con todo, confiesa el Duende que la película con tranvía más hermosa que ha visto es El lector, de Stephen Daldry. No debe de ser casualidad que por esa historia, una bellísima y tremenda historia de amor -amor en estado puro y, en igual medida, amor a la literatura-circule un tranvía que, sin pretenderlo, tiene un papel fundamental. El Duende también leía pequeños libros de la colección Crisol en sus trayectos tranviarios. Nada que ver con este The reader, que en uno de ellos encuentra el amor. Película altamente recomendable. Véanla y díganle al Duende si mereció la pena haber sido lector de este post, un aviso, al cabo, de que la ternura y la emoción a menudo van en tranvía.

La novela que no pudo escribir Corín Tellado (2)

...Y siguió viendo a Esmeralda en las olas de aquel mar embravecido...

...Y siguió viendo a Esmeralda en las olas de aquel mar embravecido...

(VIENE DEL POST ANTERIOR)

Aquella mañana el corazón le dio un vuelco. Se había llegado hasta el cabo un flamante Mercedes, del que se apearon cuatro niños y dos personajes que él identificó como sus antiguos compañeros de facultad.  Mientras los niños jugaban con la videoconsola del automóvil de lujo, Rodrigo y Esmeralda se asomaron a la barandilla del mirador para ver la rompiente enfurecida. Aún mirándoles discretamente camuflado, nuestro héroe leyó en sus labios una conversación no por breve menos reveladora.

-¡Qué bonito y eterno es el mar!, ¿verdad?-dijo Esmeralda.

-Para bonitas y eternas, las vajillas de Porsesa, cariño-replicó él-¿Te has fijado que los bucles del Cupido que adorna el modelo Amorosa que usamos cuando hay invitados siguen luciendo el oro del primer día?…

A nuestro héroe se la cayó el alma a los pies. Vio el gesto de educada resignación de la bella Esmeralda y se maldijo así mismo por no haberle declarado su amor en el mismo momento en que encontró el mejillón en el fondo de su taza de café con leche.

En sus contados viajes a la ciudad, se documentó sobre la vida de su antiguo amor. Mientras Pedro seguía haciendo cábalas sobre el arte de la seducción, siguió sus pasos, buscando en ellos consuelo y algo de pasión atenuada. Averiguó dónde vivía Esmeralda con su marido, dónde estaba el despacho de éste, a qué colegio iban sus hijos, en qué villa veraneaban. Un día, en la sección de sociedad del periódico local que le llegaba al faro dos días después, leyó que el notario Rodrigo Miramolín de Oñoro, presidente y principal accionista de PORSESA había fallecido de un infarto de miocardio. Se le disparó el corazón: era el momento de dar curso tardío a su amor por Esmeralda.

Y entonces recordó que Corín Tellado, que vivía  no lejos de su faro,  había escrito nada menos que cuatro mil novelas románticas, todas ellas de gran  éxito. Pensó que a lo mejor, si le ofrecía el tema para la cuatro mil una, ella a cambio le aconsejaba qué paso seguir para poder sellar su historia de amor con Esmeralda, ya no le importaba nada la cursilada del nombre. Le escribió una carta contándoselo todo. Estaba dispuesto, incluso, a omitir la anécdota del mejillón en el café con leche, por no faltar a su perfumado estilo. Corría el mes de abril de 2009.  Corin Tellado nunca llegó a leer la carta. Cuando la repartió el carter,  la novelista romántica más leída acababa de morir.

A partir de entonces, Pedro se encerró en su faro y pasó el resto de su vida amando a Esmeralda en las olas del mar. De vez en cuando le torturaban los versos que García Lorca dedicó a Ignacio Sánchez Mejía. Descansa, Ignacio, también se muere el mar. Pero Federico no era más que un poeta, y decía muchas tonterías. No como Corín Tellado, que sabía que el mar permanecerá mientras haya vida, y que hubiera escrito del farero Pedro y de la bella Esmeralda una historia sencillamente inmortal.

La novela que no pudo escribir Corín Tellado (1)

¡Cuatro mil novelas románticas y sin escribir esta historia!...

¡Cuatro mil novelas románticas y sin escribir esta historia!...

Fue verla sentada a su lado en el aula el primer año de facultad y enamorarse perdidamente de ella. A  Pedro le hubiera gustado que se llamara Juana o Teresa, pero se llamaba Esmeralda. Tuvo que vencer una cierta resistencia: era un nombre de heroína de Corín Tellado, y después de haber leído La peste, El guardián entre el centeno y alguna de las novelas inteligibles de William Faulkner él no podía caer la vulgaridad tener una novia con ese nombre. Sin embargo el atractivo de Esmeralda era sencillamente invencible. Sus ojos eran dos ventanas de mar o de clorofila pura, según las horas. Verdeazules, fragantes, llenos de poesía, se decía.

Lo comprobó un día que desayunaron juntos en el ruidoso bar con vistas al jardín trasero, donde crecían cipreses malayos, arizónicas y enormes macizos de rododendros que a veces protegían besos furtivos. Ella pidió un café con leche y un croissant, él otro café con leche y un bocadillo de mejillones, 4′ 50 pesetas. Ella desmenuzaba con cierta malicia la historia de amor que acababa de reventarse. Había estado enamorada de Jacobo, un joven médico de prometedor futuro. Pasaba a recogerla los sábados por la tarde en su moto Montesa y se iban a pasear por los bosques de la Granja. Un día les paró la Guardia Civil, por una comprobación rutinaria. Al mostrar su carnet de conducir, salió volando de la cartera de Jacobo una pequeña fotografía en la que aparecía él con una mujer y un niño entre ambos. Esmeralda no se anduvo con rodeos. Ante la mirada estupefacta de la pareja de guardias, le cruzó la cara.

-Falsario, felón-le espetó mientras le propinaba un sonoro bofetón.

En ese momento, nuestro héroe, impresionado por el relato de Esmeralda, bebió un sorbo de su taza. No se daba cuenta  de que uno de los mejillones de su bocadillo había escapado del pan para chapuzarse en el contenido de la misma. Le pareció el café con leche de su vida. Y, a pesar de llamarse Esmeralda, y de usar palabras tan demodés como falsario y felón, le habría pedido relaciones formales de no ser porque en ese momento apareció Rodrigo Miramolín de Oñoro y le interrumpió el rapto amoroso.

-Toma, gracias por dejármelos-le dijo el pelmazo a Esmeralda al devolverle unos apuntes ciclostilados.

Desgraciadamente, treinta años después Rodrigo Miramolín de Oñoro era un flamante notario y el heredero del floreciente imperio de PORSESA (Porcelanas de Sajonia y de Esmeralda S.A.), propietaria de la patente que permitía decorar las vajillas más suntuosas con una pintura de oro absolutamente inatacable por los detergentes y lavaplatos más  agresivos. El y su esposa, la bella Esmeralda, vivían una vida próspera y cómoda, aunque no del todo apasionada. Pedro entretanto acabó la carrera, fue torero sin éxito, vivió en La India tres años purificando sus inquietudes espirituales y tocando el sitar como Ravi Shankar, fue corredor de seguros y finalmente opositó al Cuerpo de Señales Marítimas para ser farero y pasar el resto de su vida en solitario viendo en el oleaje del mar tan sólo los ojos de aquella Esmeralda que le arrebataron en su primera juventud.

(CONTINUARÁ…)

Los amigos de Henry Miller y los míos

Henry Miller ligó mucho más, pero no tendría mejores amigos que los que tiene uno...

Henry Miller ligó mucho más, pero no tendría mejores amigos que los que tiene uno...

Hace años, después de haber descubierto la literatura más desinhibida de Henry Miller este Duende vio en una librería  un volumen del mismo autor que llevaba por título algo tan inocuo como Mis amigos. Lo compró y lo leyó con la misma fruición con la que su cándida mirada había perdido antes, gracias a aquel sátiro de la escritura,  su virginidad lectora. Por cierto, mucho menos enojoso este trámite que el de la pérdida de la otra.

Todos tendemos a generalizar a partir de una muestra. Quien haya leído los famosos Trópicos de Miller, sus Sexus y Plexus creerá que en su musa no todo el monte es orégano, sino el monte de Venus. Pero además de las escabrosas novelas que le dieron tanta fama, Miller dejó al menos dos obras que no tienen nada de turbulentas. Uno es un delicioso libro de viajes que se titula El coloso de Marusi. El otro es el que mencionaba al principio, una mirada aliñada de ternura, ironía  y contenida mala leche sobre sus amigos, espejo de esos americanos mitad cow boys mitad Tom Sawyer -la gorra, el café largo en el snack de carretera, el baseball, la mecedora en el porche de la casa de madera, la barbacoa, la pesca de la trucha, el pavo del Día de Acción de Gracias- con los que uno se ha familiarizado a través del cine y la literatura costumbrista.

Desde entonces siempre quiso el Duende escribir otro libro sobre sus amigos. Uno de los problemas por los que no lo hizo ya es la  elasticidad del vocablo amigo/amiga y amistad. En un país donde cualquiera te para por la calle para decirte amigo, ¿me das un cigarro?, y un menda al que sólo conociste en un viaje a Costa Rica te llama dos meses después para pedirte un favor claramente abusivo con el consabido ¿somos amigos, no?, no es fácil la diagnosis certera del amigo. Digamos que hay amigos de la infancia, del colegio, de la universidad,  de toda la vida, del trabajo, de la familia,  del alma, del blog. Amigos por afinidades electivas  -golf, caza, pesca, viajes, fútbol, teatro, cine,  toros, cofradías, aficiones, el veraneo. Amigos ocasionales. Y, muy importante, amigos de nosesabeporqué.

En cualquiera de estos epígrafes cabe una categoría de amistad que el Duende aprecia sobremanera, que es la del amigo al que jamás hay que darle explicaciones. Puedes no verle en meses, incluso en años. Puedes haber olvidado un pésame, un regalo, una felicitación, o una visita hospitalaria que sin duda merecía. Pero cuando te lo encuentras te abraza, te sonríe, comparte contigo los recuerdos que hilvanaron la amistad y se despide sin reproches por tus ausencias, sin pedirte nada y sin haberte dado la paliza.

A este grupo pertenecen mis amigos de hoy. Félix Bragado es el gracejo andaluz que mejor cuenta los chistes. Luis Felipe Castresana, jurista eminente, el discurso de la vehemencia crítica. Carlos Romero, más conocido como Oblato, que fue internacional de rugby -el más elegante, sin duda, siempre en su moto BMW con techo y luciendo un sombrero de Panamá- aporta su socarronería y su bonhomie. Luis Jiménez Guitard, su caudal de humanidad, que es grande y rebosante de coña marinera. Hay también el consabido Bradomín (le llamaré sólo Antoñito, para no ser indiscreto) que nos entretiene mucho contando cómo se puede seguir seduciendo a los sesenta y tres años. Ji, ji, menos lobos Caperucita. Un brillante empresario y expolítico llamado Eduardo dice lo que no podía decir en la poltrona, y entretiene mucho. También viene uno de los hombres más felices, que más calla, más ríe y mejor vive,  Juan Labaig. Y aparece de vez en cuando Santiago Pelayo, el más misterioso. Siendo el único soltero del grupo, y además funcionario, todos comprendemos que está demasiado ocupado…

Todos estamos convocados hoy a compartir un cocido. Lo cual, la verdad, le hace bastante feliz al Duende. Con tal motivo, siendo así que por ahora no ha cumplido como Henry Miller, y aunque el tema no sea de  interés general, sí quería dedicar a sus amigos una entrada en este blog.  Pues  vale, ¿no?

Usted es un chozno, con perdón

Siempre es un gusto descubrir esas palabras poco usadas que nos ofrece el Diccionario

Siempre es un gusto descubrir esas palabras poco usadas que nos ofrece el Diccionario

Entre todas las máximas filosóficas, ninguna hizo presa en el Duende como la que humildemente nos enseñó Sócrates: solo se que nada se. Qué angustia sentir las limitaciones de nuestro conocimiento.

-El sinvivir de la cultura -que decía nuestra amiga doña María-, que nunca sabes dónde empieza y dónde acaba. Te crees mu versá porque sabes que Quevedo, además de plaza, era un escritor importante y te se olvida que Francis Rivera y los huevos de Lucio, con perdón, también son cultura.

Doña María, que es de una sinceridad explosiva, confunde en este caso churras con merinas, pero pone sin quererlo el acento en la confusión de la cultura. Los que, como el Duende, quieren ser rigurosos con los valores del espíritu, sufren mucho. Sienten que hoy día atrapar el saber y jerarquizar sus componentes es tan imposible como vaciar la bañera con un cesto. El mismo informativo que dedica tres minutos a convencernos de la importancia científica de Darwin, puede conceder cinco a la noticia de que la oreja de Van Gogh no se la automutiló éste, como nos enseñaron, sino fue arrancada en una pelea con Cezanne. Poca cosa al lado de lo que se llevaron Paco Camino, José Tomás y el mencionado Rivera. Los dos primeros se han sentido ofendidos de que les metan a los tres en el mismo saco artístico, y han devuelto su Medalla de Oro de las Bellas Artes, graciosamente concedida por un gobierno más bien antitaurino.

-Se conoce que les ha molestao-advierte la perspicaz María-Y es que la sonrisa de Fran y lo que oculta su taleguilla puen ser dos joyas, y lucen mucho en el HOLA, pero no son lo mismo.

Como la elasticidad del saber es infinita y a uno le desasosiega ese concepto, busca paz y saber en los diccionarios, que al menos tienen la virtud de acotar lo que es de ley conocer. El Duende tiene un amigo que cuando no tiene mejor lectura para el cuarto de baño se lleva el diccionario y se entretiene buscando esas palabras que duermen un plácido desuso. Y cada vez que descubre una se siente feliz. Una nueva palabra que amplía tu vocabulario es como un suave laxante para el habla. El otro día, a lo tonto a lo tonto, descubrió que él era un chozno. Nunca había escuchado o leído esa palabra. ¿Cómo era posible haber vivido tanto tiempo sin saber lo que significa?

Bueno, pues si lee esto, sepa que usted también lo es: chozno o chozna. Y no se ofenda sin haber desentrañado antes el misterio de lo que quiere decir. Puede que tenga la suerte de conocerlo ya por ser un buen hablador. Pero si no, se lo desvelará, gratis, ese tesoro de la lengua que es el Diccionario de la RAE.

La adorable Társila do Amaral

Salga de casa y pásmese descubriendo a una artista que irradia optimismo

Salga de casa y pásmese descubriendo a una artista que irradia optimismo

¿Hay escapatoria? ¿Dónde se puede  ver otro panorama menos sombrío? ¿Queda margen para la sonrisa? ¿Hay resquicio para el optimismo? ¿Hacia dónde dirigir la curiosidad para no deprimirse?

Se encontró el Duende con Homper, que iba camino del Ateneo.

-La mayoría no sale de casa por no gastar-se quejó éste- Pero es que además empiezan a morir hasta los tertulianos que no se morían nunca.

Dice Homper que la norma de cortesía es acudir a la tertulia ya llorados. Pero que ahora hay tan escasa concurrencia y tal desánimo que la precaución no sirve de nada. Sólo se juntan él y Vidal, y el diálogo aburre a las cabras, porque Vidal es filatélico, y no hace más que llorar por lo que se ha devaluado su colección.

-No se a dónde vamos a llegar, Homper-se lamentaba-Ya hasta Zapatero admite que lo peor está por llegar.

Siguió Homper su camino buscando alivio por las calles de Madrid. Algo había leído en los periódicos de una exposición novedosa. Sorprendentemente, siempre quedan recovecos de eso que dicen cultura donde nunca hemos puesto la atención. No está en el recetario oficial de lo que hay que ver, lo que hay que leer, lo que hay que escuchar. Para ser sincero, el Duende reconoce  que ni siquiera había escuchado jamás su nombre.

-Se llama Társila do Amaral-le contaría luego al deprimido Homper-Ni idea  de quién era. Pero vete a ver su exposición, porque de verdad que te cambiará el ánimo.

Ni  los más culturetas habían hablado jamás de esta pintora brasileña que explotó en el París y en la Rusia de entreguerras. Rebozada de cubismo, fauvismo, surrealismo y expresionismo -recuerda mucho al Joan Miró de la primera hora, pero con un sesgo folklórico de gran originalidad- es el mensaje más luminoso y optimista que uno ha encontrado en una sala de arte en mucho tiempo.

-Buen antídoto contra la depre-le insistió a Homper-De verdad que esta vez justificarás  tu nombre de Hombre Perplejo. Es de una belleza esdrújula.

Társila es una especie de Tamara de Lempika barnizada de ternura naïf. Sus cuadros junto con los de algunos contemporáneos y clásico brasileños, se exhiben en la sede de la Fundación March. El espectador se quedará pasmado al saber es su primera exposición en España.

Adorable Társila. Esta vez hay que agradecer que Woody Allen no haya acabado de una vez por todas con la cultura

Un paseo por el duermevela

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Aquella imagen del duermevela era tan inquietante como "El grito" de Edvard Munch...

-Lo que más me fascina de Marcel Proust-dijo Homper- es la descripción  de ese territorio ambiguo del duemevela en el inicio de En busca del tiempo perdido.

A veces Homper soñaba que, yendo al colegio, veía caminar de frente a la misma mujer. Era una mujer joven, pobremente vestida, con la cabellera en melena desgreñada y cierto aire doliente en su rostro. En el momento de cruzarse, y reproduciendo exactamente un famoso cuadro de Dalí, en el pecho de esa mujer se abría una ventana. Por ella, a través del tejido de los músculos, asomaba un bebé y, al fondo,  podía verse una línea de fuga que se fundía con la barra del horizonte.

Como la herida de la ventana dejaba rastros de sangre en la acera, el pobre Homper, asustado, volvía la cabeza para interesarse por ella y ofrecerle su ayuda. Pero aquella dramática imagen de la madre había desaparecido. Homper se despertaba angustiado.

Aquel sueño se repitió varias veces. No tenía el pobre Homper ni noción de que había muchos libros que trataban sobre la interpretación de los sueños. Eso a él le traía al fresco. Lo que de verdad le inquietaba es que nunca sabía si lo había soñado mucho tiempo atrás o la noche anterior.

Un día se lo apuntó en la agenda: no lo he soñado ni anoche ni anteanoche, es un sueño lejano. Y al día siguiente, yendo al colegio, se volvió a encontrar de frente a la misma mujer y el mismo rostro doliente, caminando de frente con un niño en edad escolar cogido de la mano. Esta vez no quiso volver la cabeza. No estaba dispuesto a disipar la nebulosa de no saber bien si aquello era un sueño o un efecto  de la imaginación.

-No se lo puedo contar a nadie-se quejaba a Rafita, su amigo del alma.

-¿Ni a tu madre?-preguntó Rafita.

-Ni a mi madre. Un día le dije que había visto a las ánimas del purgatorio por la calle y no se lo creyó.

-¿Cómo son? ¿Y dónde las viste?

-Son como gatos negros, y viven agazapadas en los bajos de los taxis de Madrid. Se esconden en las tripas del coche, entre las transmisiones y todo eso. Y hasta que no cumplan su condena no saldrán de ahí.

Rafita se pasó la tarde agachándose ante todos los taxis que encontró por la calle, pero no encontró rastro alguno de las ánimas del purgatorio. Homper derivó en el hombre perplejo que todos nuestros lectores ya conocen. Rafita se convirtió en una eminencia de la psiquiatría.

El amor a la luz de una bombilla halógena

Y si no te puedo cambiar la bombilla halógena, Polita mia, siempre nos quedará la luna...

Y si no te puedo cambiar la bombilla halógena, Polita mía, siempre nos quedará la luna...

Sus tarjetas de visita decían simplemente: Alejo Faber, Escritor Romántico. Sólo había maquillado levemente su verdadero apellido porque Fabra le emparentaba con Fabra y Coats, hilaturas. Y, peor aún, con un presidente de diputación, lo cual  sonaba aún menos lírico. Alejo Faber había sido un hombre serio y se había ganado la vida con cierta comodidad. Pero llegado a una edad,  sólo disfrutaba enamorando por escrito. Lo de menos era la recompensa al final de la conquista. Lo de más era el placer de convertir a la mujer que le miraba con cara inocente en una heroína romántica.

-Tú te crees una simple funcionaria nivel 20-le dijo a Polita, adscrita al Servicio Nacional del Trigo en el Ministerio de Agricultura- Pero Ingres hubiera hecho con tu cara su retrato más poderoso.Y, de haberte conocido,  Beethoven hubiera cambiado su Para Elisa por Para Polita.

Alejo intentó convencerla para que cambiara su nombre por el de Alba, Lía, Silvia o Virginia, que le inspiraban mucho más. Pero ella argumentó que llevaba cincuenta y dos años llamándose Polita sin que los hombres se hubieran arrugado por tal circunstancia.

-Tuve muchos que me cortejaban-le confesó una tarde tomando una horchata en la terraza del Café Gijón- La mala suerte es que el que verdaderamente me gustó,  un oficial de la marina, fue un amor a distancia. Y se estropeó definitivamente porque en el último viaje salió del armario y se enamoró de un maquinista del barco…

-Dentro de un par de horas-replicó Alejo al despedirse-mi inspiración te enseñará que el destino te había reservado para mí. Abre tu correo en dos horas y yo te haré olvidar ese desengaño. Te  convenceré de que Ana Karenina, Margarita Gautier y Madame Bovary a tu lado son unas zafias sin clase…¡Viva el romanticismo!

No había caído Alejo en que al pequeño plafón que iluminaba su mesa de trabajo se le había fundido la bombilla. Ni que era tan complicado cambiarla. Lo que en la maravillosa bombilla de Edison parecía tan sencillo como enroscar, era ahora enhebrar en los invisibles agujeros del casquillo dos delicadas clavijas de alambre, que, al no atinar a la primera, se doblaban y hacían imposible el machihembrado que traería la luz y, con ella, la inspiración.

Alejo lo intentó una y otra vez. A riesgo tortícolis en grado tres  o de caerse desde lo alto de la escalera, logró pegar su cuello al techo para intentar ver por el rabillo del ojo y encajar así la dichosa bombilla. No tuvo éxito. Para más complicación -las cosas modernas- no podía cogerla directamente con los dedos, porque le habían advertido que se estropeaba. Y así estuvo, tanteando a ciegas y corrigiendo continuamente con unos pequeños alicates los alambres que se deformaban a cada intento, hasta que en una de estas la fortuna quiso que al fin las clavijas encajaran en su sitio.

Cuando bajó de la escalera, Alejo estaba jadeando y al borde del ataque de nervios. Se tomó un ansiolítico, se sentó en el sillón, se secó con un pañuelo el sudor que le coría por el rostro y se abanicó con el periódico. De repente se acordó de su reto, y miró el reloj. Sólo le quedaban cinco minutos para cumplir su promesa. Se precipitó al ordenador.

Seis minutos después una Polita ilusionada abría su correo electrónico. Lo que leyó del escritor romántico le dejó literalmente muda. Querida Polita -decía el correo-Si no asoman esta noche las estrellas, es porque tienen miedo de palidecer frente a tus ojos. Eres una criatura maravillosa, pero…¡y lo putas que son las bombillas halógenas!

Del cumpleaños de Mingote y otros milagros

Bendita esclavitud de la que esperamos disfrutar muchos años más...

Bendita esclavitud de la que esperamos disfrutar muchos años más...

La noticia del sábado es que Antonio Mingote cumplía noventa años. Antonio es un señor español de origen aragonés, pero nacido en Sitges, de los que de verdad saben de la vida. Bonancible, sereno, humilde, de una ironía tan fina como el filo de una navaja albaceteña que, sin embargo, no hiere, aún pasea por el Retiro . Cuando el Duende inició sus travesuras en Clarín Publicidad aquella empresa presumía de haberlo tenido en su plantilla (también trabajaron allí  Borau y Cruz Novillo: sin duda no era una agencia vulgar). Muchos años más tarde lo conoció personalmente, a él y a Isabel, su mujer, Isabel, una mujer guapísima y elegantísima que le da cuerda. Cuando veía esta Navidad el spot de un perfume de Loewe donde aparecen hombres movidos como los juguetes de hojalata antiguos, el Duende imaginaba a Isabelita dando vueltas todas las mañanas a la llave invisible que el buenazo de Antonio lleva a la espalda. Él es más tranquilo, y seguramente, se quedaría en casa más tiempo. Pero Isabelita es carpe diem con encanto, y no le deja renunciar a lo mucho que la vida le ha devuelto a Antonio. Él se deja llevar y sonríe con resignación.

El más original y discreto académico de la Lengua es un encanto de persona. Ha dibujado todo, ha escrito, ha pintado –el Duende descubrió asombrado en una sala de subastas un falso Van Gogh que llevaba la firma de un Antonio Mingote jovencísimo- y hasta en  la película La colmena, aquella obra maestra de Cela que Mario Camus plasmó tan dignamente en el cine, hacía de cliente de una casa de citas. Afortunadamente el guión no exigía el desnudo, lo cual a la tía Clota le tranquilizó.

-No sabes la angustia que sentí cuando pensaba que un hombre tan elegante como él iba a enseñar sus calzoncillos, como los actores de ahora-le contaba a Homper en su llamada de la semana-Pero sigue siendo el de siempre, me alegro…

La tía Clota dijo también que es una pena que desapareciera el perrito de Xaudaró, que también le hacía mucha gracia. Y las películas de Harold Lloyd y de Buster Keaton. No es que esté contra el humor actual, es que no lo entiende, y por eso sigue idolatrando a Antonio Mingote.

-Me encantaría que fuera muy feliz en su aniversario-dijo.

-Si, tía-respondió Homper sin demasiada convicción mientras recortaba del periódico un anuncio por palabras en el que ofertaban una vieja máquina de hacer cigarrillos.

-Te noto distraído-le reprochó la tía Clota-¿Es que para tí cumplir años no significa nada?…

-No mucho, tía. Lo veo como un trámite biológico. Uno va haciéndose mayor y acumula años, y ya está. No tiene más trascendencia. Es como cuando adviertes que te han crecido las uñas. Bueno, pues te las cortas y ya está. Hasta el próximo año.

-Qué poco romántico, sobrino-rezongó la tía-El último día de mi cumpleaños, soñé que, al despertar, estaba al pie de mi cama a un ángel guapísimo uniformado como un camarero del Ritz…Imagínate, por ejemplo, a Paul Newman. No le hacen falta ni alas.

-Si, tía.

-Empujando con una mano, el carrito del desayuno: su café, su zumo, sus panes especiales, sus mermeladas exquisitas…Un termo con chocolate y roscón, que fuera de temporada aún me sabe mejor.

-¿Todo eso?

-Y en la otra mano-seguía la tía Clota-una pequeña cesta redonda envuelta en papel transparente y rematada por un lazo precioso conteniendo cinco pares de medias, un perfumador y una caja de esas deliciosas Moscovitas que hacen en Oviedo, y que son mi debilidad…

-¿Estaba el ángel en su sano juicio?-preguntaba Homper mientras miraba de reojo las esquelas del día.

-Pues sí me lo pareció, sobrino-replicó la tía Clota mosqueada-Además, te diré que se arrodilló, y me pidió que le mostrara una pierna para probarme la talla de las medias…Me dijo que me quedaban estupendamente, que tenía unas piernas tan bellas como las de Cyd Charisse y que había venido a felicitarme para demostrarme que no hay que cerrar nunca las puertas a la sorpresa.

Homper estaba de morros y se empeñó en chafarla, pero ella dijo que seguía soñando, y aún no sabía cómo acabaría la historia. Y la cosa es que, pese a su escepticismo, el sueño de tía Clota prendió en él. Y el día de su cumpleaños también soñó lo mismo, salvo que el ángel que se le aparecía era un híbrido de Fraga y de Fernández de la Vega, y los calcetines de esos con elástico flojo que acaban engullidos por los zapatos. Y una vez más, Homper se quedó perplejo comprobando que, hasta en sueños, Dios premia a los buenos como Mingote y la tía Clota y castiga a los que, sorprendiéndose de casi todo, no creen que la vida aún puede darte sorpresas casi milagrosas…

El hombre que quería vestir como Sherlock Holmes

Si hace frio,  trajes de lana. Elemental, querido Watson...

Si hace frío, trajes de lana. Elemental, querido Watson...

Cuando colgó la placa en la puerta de su despacho era invierno. El más crudo e implacable de las últimas décadas. La placa  era más bien escueta. Decía simplemente Clod Monter, Investigador Privado. Había querido ser más explícito, pero antes de encargarla le mostró a su amigo Homper el boceto y éste, una vez más, se quedó perplejo.

-Hombre, Clodo-le razonó con amistosas buenas maneras-Que camufles tu nombre me parece bien, porque el tuyo propio no suena mucho a detective clásico. Pero que añadas Intuitivo, Competente, Diligente es un poco grosero. El movimiento se demuestra andando, y el  talento del investigador, investigando.

Clodoveo Montero era, en efecto, un detective competente, pero algo ingenuo y novelero. Para empezar, y a pesar del pogrom antitabaco, fumaba en pipa. Su primer éxito había sido el descubrimiento de que Nick Taylor -en realidad Nicolás Sastre- el marido de la rica propietaria de la Cerería de santa Natalia, hombre de preclaras virtudes cristianas que llevaba a sus hijitos al Circo Price y desfilaba en Semana Santa como nazareno, engañaba a su clienta con otra mujer. Lo averiguó después de una muy meticulosa investigación, pero no se lo había revelado aún a Melani Berg -en realidad Melania Colinas, que así se  llamaba realmente la cerera- porque Jacqueline, la otra, que en realidad era Santiaga en el registro civil, al contrario de lo que se ve en las películas de género, no era bella e irresistible, sino todo lo contrario. La Santiaga era más bien hombruna, alta, gorda, fanática de las carreras de galgos y coleccionista de rumbas de Peret, y además se desayunaba a media mañana tres porras y una copa de Anís Machaquito. Santiaga, o sea, Jacqueline conducía la furgoneta de su marido, proveedor de casquería fina de los mejores restaurantes de la ciudad. A mitad de reparto, y en enclaves estratégicamente elegidos por su discreción, los amantes se entregaban al frenesí amoroso rodeados de callos, mollejas, riñones y criadillas, eso sí, de la mejor calidad. Lo cual deprimía aún más al preclaro detective.

-Es tremendo-le confesaba a Homper mientras daba bocanadas a su pipa en torno a una taza de té-Cómo voy a destrozar un matrimonio y una investigación tan brillante con esa verdad tan antiestética.

Porque, al contrario de lo que ahora se estila, Clod creía que el hábito hace al monje, y llos clichés siguen funcionando en una sociedad tan superficial como la nuestra. Si eres argentino estás muy bien de psicólogo, si eres broker o financiero de postín ponte un abrigo de cuello de terciopelo, si eres sastre tu taller debe oler a jaboncillo, si eres creativo publicitario déjate melena y fuma hierbas, si eres decorador afemina tus modales, si eres notaria no vistas trajes de Agatha Ruiz de la Prada. Y así. Cloe creía que, aparte de  encontrar otra amante más lucida que Jacqueline, debía redondear el efecto de su pipa comprándose un traje grueso. En primer lugar porque era el invierno más helador de las últimas décadas. Y en segundo lugar porque tanto Sherlock Holmes como Maigret componían mejor el tipo vistiendo un traje de paño de cheviot o de  tweed.

-¿Me acompañas a comprarme un traje apropiado?-le dijo a su amigo Homper.

Homper le acompañó. Inútil intento, porque ni en Zara, ni en Mássimo Dutti, ni en Springfield ni en Milano, ni en Cortefiel ni en muchas tiendas más de moda masculina había trajes de este tipo. Homper se quedó perplejo de que la moda considere que todos los hombres pasan de su coche a su despacho sin pisar la calle, y decida que el caballero de hoy no tiene derecho a vestir de invierno.

-La simplificación-resopló Clod frunciendo los morros mientras atacaba la cubeta de su pipa con una nueva carga- La falta de matices, tan necesaria en la vida como en mi trabajo…El desprecio por la estética…Ahora nos quieren uniformar a todos como si fuéramos chicos de Zinzano o escoltas…¿Cómo voy a ser un buen investigador privado vistiendo un traje de entretiempo de poliamida y unos calcetines cortos que me dejan la pantorrilla al aire?

Salieron de la última tienda desencantados y, al doblar la primera esquina, Clod le cogió del brazo a Homper y le frenó en seco. Sigilosamente, se puso unas viejas gafas de lente redonda y montura de carey y señaló con un gesto la cristalera del Café Comercial, donde creía haber visto algo que daba un nuevo sesgo a  su investigación. Allí Nick tomaba café con una rubia escultural tipo Scarlet Johanson, que le miraba embobada mientras discretamente le manipulaba la bragueta bajo el velador.

-Fíjate qué pena- le dijo a Homper llevándose las manos a las solapas -Al fin puedo demostrar que la otra es una arpía de la mafia rusa… ¡Y voy a tener que contárselo a mi clienta con esta  mierda de traje!…

Vivir para ver. Homper pensó que, definitivamente, nunca dejaría de ser el hombre perplejo.

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Rosa Díez y el papel de fumar

Ella también piensa que alguien está usando mal el papel de fumar...

Ella también piensa que alguien está usando mal el papel de fumar...

Qué juego daba el papel de fumar. Llegaba el galán, generalmente con trinchera y sombrero, como Humphrey Bogart, abría su librillo de cartulina, sacaba la hoja, depositaba en ella una línea de picadura, la enrollaba, aplicaba saliva para sellarla y finalmente la atrapaba con los labios para encender el pitillo. Antes, levantaba la mirada y fruncía la ceja con gesto de suficiencia, quizás hasta de desprecio. Eso también formaba parte de la seducción.

Qué juego tan brillante: al maestro Miguel Delibes le sirvió para escribir La hoja roja, el papel que avisa de que vas llegando al final de la reserva. Y a las chirigotas gaditanas, para improvisar sus famosos pitos. Si no disponen de este instrumento, hagan lo que el Duende, que atrapaba un papel de fumar con un peine y soplaba a través de las púas de éste para hacerle vibrar y conseguir el mismo sonido, tan divertido. Cuánto le debemos al papel de fumar.

Tanto, que ha consagrado una frase coloquial de uso harto frecuente. Es ordinaria, pero muy expresiva: cogérsela con papel de fumar. Giro sexista donde los haya, pues alude a la palabra del género femenino (y hay muchísimas, tanto en el diccionario como en la jerga popular) que designa al miembro viril por excelencia. Cogérsela con papel de fumar es abordar un asunto con extrema delicadeza y exceso de escrúpulos. No es una definición rigurosa, porque la acabamos de improvisar. Pero va por ahí.

Zapatero y su fiel espadachín Fernández Bermejo se la cogen con papel de fumar cuando se sugiere ilegalizar globalmente a ANV. De su buenismo utópico han salido otras frases bonitas: hay que extirpar el cáncer del terrorismo sin afectar al corazón del pluralismo. Pudieron hacerlo antes de las últimas elecciones municipales, y consideraron que no había motivo suficiente. No se qué pensarían Justiniano, Papiniano, Raimundo de Peñafort y otros ilustres juristas al respecto. Pero al Tribunal Supremo y a la Unión Europea no les parece ese atajo que denuncia el ministro, sino un simple corolario de la ley que el gobierno procura evitar.

El ciudadano no entiende tanta delicadeza con los ediles desleales que cobran del contribuyente y colaboran con los que luego lo acosan, lo chantajean y lo matan. A contrario: cada día entiende mejor a esa brava Rosa Díez que se atreve a denunciar sin pelos en la lengua la idiotez interesada en la interpretación de la ley. El papel de fumar, para imitar a Humphrey Bogart, a las comparsas y chirigotas o para homenajear a Delibes. Incluso para liarse ese veneno autorizado llamado tabaco. Contra el terrorismo, si no les sirve de molestia a los puristas, el pueblo cree lo que Rosa Díez: menos escrúpulos, por favor.

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