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El hombre perdido que se encontró en África

Aún con un calor tan intenso como el que estamos padeciendo Africa debe de ser un espacio ideal para perderse y, con suerte, encontrarse...

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Recuerda el Duende que su amigo Santiago Ximénez, ingeniero aeronáutico nacido en Cádiz, explicaba la sutileza de lo andaluces para modular los rigores del verano. Según subía el mercurio se hablaba del calor, los calores, la caló y, ya al límite de lo soportable,  las calores. Así como quien no quiere la cosa se ha pintado el cielo de panza de burro con esa calima típica los vientos africanos, y hemos pasado de la primavera a las calores sin transiciones intermedias. Jesús qué angustia, y sólo acaba de empezar el estío. Hay días en que a uno le gustaría le despertarse sueco del todo.

Bastaría ese argumento para explicar el letargo de este  blog.

-Me perdonen ustedes- dice el bloguero-Es que con las calores estoy aplatanado.

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Aplatanado le dejan a este menda las calores. Pero no sería del todo sincero si cargara a este sartenazo la explicación de su abulia. Ocurre que, además estaba el bloguero de boda en Ibiza. Y cuando regresó, como en la canción picarona, tuvo que ir del caño (más bien del baño en las deliciosas aguas isleñas) al coro. Los designios del Señor son inescrutables. Ni el propio bloguero se imaginaba que algún día cantaría el quinto movimiento de la 9ª Sinfonía de Beethoven en el corazón de la propia Alemania. Sucederá el próximo domingo en el castillo de Wartburg, donde con sus antiguos compañeros del Coro de Los Jerónimos reforzará a la Orquesta y el Coro de la Landeskapelle de Einsenach que dirige un joven maestro español, Carlos Domínguez-Nieto. Como comprenderá el lector, un concierto así debía ensayarse a fondo.

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Las bodas de los hijos de los amigos se miran con un cariño especial. Reeditan la vida feliz del tiempo en que se anudó la amistad con sus padres. Ellas, tan monas, vuelven a gustarnos como quizás nos encandilaron sus madres. Las hijas de aquellas a las que amé tanto –se quejaba nostálgico el padre de este bloguero- me besan hoy como quien besa a un santo. ¿De qué otra forma nos iban a besar, con estas canas?… Ellos, como nuestros propios hijos, encarnan la esperanza de triunfo o de gloria que quizás uno aparcó en un simple sueño.

El motivo de esta boda en Ibiza era  Santi Martínez-Lage, un joven abogado del estado de sonrisa cinematográfica que pese a sus pocos años puede darnos a todos una lección de tenacidad. Fue suspendido por dos veces en el último ejercicio de la oposición ante de  coronarla con éxito a la tercera intentona. Y eso, pese a que podía haberse ganado la vida sin esa severa pena de reclusión entre libros que le imponía su reto personal. En todo ese tiempo, donde seguro que sufrió lo suyo, Santi jamás perdió la sonrisa que es su imagen de marca. Viéndole salir de la iglesia del bracete de María, una guapa cordobesa que conoció en su primer destino profesional, o moviéndose entre los invitados que le acompañaron con el mar de Ibiza al fondo, se diría que estaba predestinado a la felicidad de ese día de luz y fiesta.

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Otros hijos de otros amigos tardan más en encontrar su destino. En la misma boda el bloguero se encontró con Javier y Marta, padres de cuatro hijos varones a los que el Duende conoció con el Dodotis o como simple proyecto. Javier y Marta fueron siempre buenos estudiantes y ciudadanos responsables, pero su alevín  Diego, como tantos de su generación, perdió la brújula y llegó a la encrucijada de la juventud tan despistado y desmotivado que acabó distrayéndose en algunos paraísos artificiales.

Todo parecía desalentador y desesperante. Pero hasta los chicos que acarician el éxito en la vida sienten a veces la necesidad de darle la vuelta a todo y redimirse en un viaje de esos que ahora llaman “iniciáticos”. Hacia rutas salvajes (2007) es una excelente película de Sean Penn que cuenta esa búsqueda hacia el ideal lejano y, a menudo, difuso. Quizás inspirado en una aventura como esa, Diego tomó una decisión que puede resultar determinante para su futuro. Sin títulos ni estudios por rematar, sin oficio ni beneficio y, lo que es peor, sin esperanza ni ideas demasiado claras, un día  cogió una mochila, una pequeña tienda de campaña y una bicicleta y desembarcó en Ceuta para encontrarse a sí mismo en tierras de Africa. Sólo se comunicaba con su familia a través de un móvil con el que podía recibir llamadas, pero no hacerlas. El protagonista de la película de Penn –que, por cierto, tenía su referente real- desapareció en el viaje por la América profunda. Diego, afortunadamente, llegó hasta Gambia, y ha vuelto para contarlo.

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En su ignorancia enciclopédica, este duende asocia el binomio Africa-viajero solitario a las distancias infinitas, la incertidumbre, la precariedad, el sufrimiento, el peligro, los rigores climáticos y el miedo de lo que espera más allá del horizonte. Existe la Africa hermosa y aventurera de películas clásicas como Mogambo, Las nieves del Kilimanjaro, Las minas del Rey Salomón o Memorias de África y el continente sobrecogedor, tan extremadamente bello como cruel, que han descrito  magistralmente en sus libros Kapuszinsky y Javier Martínez Reverte. Si el viajero imaginario que es este duende tiene algo –quizá lo único-que agradecer al calor africano es que está convencido de que cualquier esfuerzo sometido a sus temperaturas infernales se convierte en pura mística. Lo siente él mismo cuando, como simple jardinero, poda rosas a 37º en Candeleda, que no es precisamente Africa, y no obstante los goterones de sudor nublan sus ojos.

-Señor, Señor…¿Qué hemos hecho para merecer esto?

¿Qué no sentiría el capitán Richard Burton cuando se adentró Nilo arriba para despejar definitivamente el misterio de sus fuentes? ¿Qué no padecerían Livingston, Stanley y otros expedicionarios de leyenda? ¿Cómo es posible que Diego haya culminado su aventura y regrese tan fresco?

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Diego Alvarez Cortés tiene mucho que contar. Las píldoras que ha dejado caer en su muro de Facebook son sólo anticipos esperanzadores. Lo más sorprendente es que vuelve como si los desgarros del pasado hubieran cicatrizado milagrosamente. Sólo habla de la hospitalidad y la amabilidad de los pueblos que le han acogido. De la maravilla de los paisajes visitados. Y hasta de un tierno romance con una princesita africana que le daba de comer en sus propias manos. No se esforzó en preparar tres oposiciones, como el magnífico Santi cuya boda acabamos de celebrar. Pero puede que haya logrado el más difícil todavía. Se ha perdido durante ocho meses por los  caminos de Africa y ha tenido la suerte de encontrar en sí mismo a un hombre nuevo.

Cómo mola Querétaro

Con motivo del Día del Español el Instituto Cervantes invita a encontrar la palabra más bonita de nuestro idioma. Y a propuesta del actor Gael García Bernal, es elegida Querétaro. Pues vale.

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A veces es verdad que los árboles no dejan ver el bosque. Desde la distancia transoceánica que marca su casita en Nueva Inglaterra la tía Clota, que cada vez espacia más sus conexiones con Homper, ve cosas en las que aquí apenas reparamos. No vamos a aburrir con los múltiples motivos de estupefacción que nos depara la actualidad. Ayer la anciana se ceñía simplemente a una muy menor que estos días recuerdan los medios

-¿Así que Querétaro es la palabra más bonita de nuestro idioma según el Instituto Cervantes?

Homper no supo qué decirle.

A Homper la noticia también le pareció una ocurrencia, una genialidad de un mago de las redes sociales para promocionar a una ciudad que en principio, no figura en el diccionario, sino en las enciclopedias. Aunque los topónimos también son palabras, el hablador tiende a pensar que en una encuesta así iba a salir cualquier otra más hermosa y biensonante que el esdrújulo nombre de una ciudad mejicana.

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Comentaba  Homper las razones de tan extraña elección y se las explicaba a su tía.

-Sobre todo, el creciente poder de Internet, que va a acabar siendo el parlamento inmediato del pueblo. Ya ves tía, las redes sociales lo mismo te organizan un 15 M que acabará otorgando los premios Nobel, ya verás. Y luego, la pusilanimidad del personal para atreverse a nadar contra corriente. Se empieza a difundir una consigna y cuando quieres decir tu opinión te recuerdas aquello de que tanta gente pensando lo mismo no puede equivocarse…

-Ya –cortó la anciana- En m tiempo decíamos: ¿dónde va Vicente? Donde va la gente.

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La gente confunde en esta cuestión fondo y forma. Sorprende que en el primer botepronto de una entrevista rápida  para la tele dos personas con tan buena cabeza como Mario Vargas Llosa y Vicente del Bosque dijeran obviedades como libertad y fútbol. Algo que sin duda significa mucho en su escala de valores, pero que, por obvio,  no es de esperar en mentes tan privilegiadas. El escritor sobre todo debería apreciar que la belleza de una palabra no tiene por qué estar unida a su significado.

-Coño-pensó Homper-no es una palabra especialmente bonita. Pero clítoris, que le queda tan cerca, a mí si me lo parece. Como pan, como delirio, como donaire, como añoranza, como berbiquí, como alfeñique.

A Homper le gustan sobre todo las palabras juguetonas.

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En Querétaro fue fusilado uno de los emperadores más breves de la historia, Maximiliano de Méjico, que pocos sabrán qué pintaba allí. Incluso él, cordero pascual de intereses supranacionales. Leyó Homper su triste historia en la novela Noticias del Imperio, del escritor  Fernando del Paso, y reconoce que quizás ese drama pesa en su estupor por el momentáneo esplendor de esta palabra. Como pesa el considerar que en esa ciudad Butragueño metió cuatro goles con la Selección Nacional de Fútbol, en uno de los mejores partidos de la larga etapa en la que España nunca ganaba casi nada. Naturalmente, en los considerandos del fallo, se decía que Querétaro significaba “la isla de las salamandras azules”. Aunque en purépecha parece significar sólo “juego de pelota”. Al final querían darle la razón a Del Bosque, aunque para vestir el muñeco aireasen lo de las salamandras azules, como si los hispanoparlantes fuéramos ante todo poetas y naturalistas, y tuviéramos especial predilección por esta clase de reptiles y `por el color azul.

-Se ve que había que echarle cuento, tía.

-Quizás-admitió la anciana- O cara de algún despabilado para promocionar el lugar…¿Por qué sí Querétaro y no Alba de Tormes, con lo bonito que es ese nombre?…

Lo dicho, el poder del sexto poder, que es Internet. La moda. El irresistible mimetismo de lo  políticamente adecuado. Las ganas de epatar al burgués. Cómo mola todo.

Sin pepinos en los sueños de Henry Miller

A Kira Wolf no sabía qué le dolía más, si la suerte del pepino español o la suya propia...

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La historia de Kira Wolf  no es una historia corriente. En realidad Kira Wolf se llamaba Josefina Pérez, pero Didier le cambió el nombre. Es lo que tiene una noche de verano regada con mojitos en una discoteca de Lloret de Mar.

-Tu vida tiene que cambiar, amor mío. Y con ese nombre ni iremos a ninguna parte.

Didier era un cachas, y Josefina era una ingenua desesperada. Había estudiado derecho y filología inglesa. Tenía el título de traductora de inglés. Luego se doctoró con una tesis sobre la soledad en la literatura norteamericana en el período de entreguerras. Había trabajado durante dos años como documentalista en la Sociedad Geográfica. Y, gracias a su bello palmito y a su simpatía personal, dos años más como azafata de una compañía de cruceros También escribía cuentos. Les llamaba cuentos desaliñados, y no decían casi nada a nadie: sólo le hacían creer que no era del todo inútil.

Porque ya frisaba la cuarentena y, como es fácil suponer, estaba en paro desde hacía casi dos años.

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El amor obnubila. El amor en una noche de verano en la playa de Lloret, más. El amor en la playa con sobredosis de mojitos, más aún. Didier era guapo y seductor. Se decía empresario, cineasta, relaciones públicas de éxito y, sobe todo, emprendedor, hombre de ideas rompedoras.

Josefina  cayó en sus brazos como un peluche sin razón de ser. Él primero la sedujo, y luego la condujo por esos vericuetos en que la creación artística consiste, básicamente, en la transgresión.

-Porque tu talento está aquí, ma cherie- le explicaba Didier apuntando al cerebro- Pero también aquí.

Y entonces repasaba con sus manos las curvas prominentes del cuerpo de Josefina. Así es como nació el espectáculo que iba a marcar la vida de Josefina.

-¿No te gusta tanto la literatura norteamericana del siglo pasado?…¿No escribiste sobre eso una tesis doctoral?…Pues ya está, aquí tienes tu oportunidad: tú serás la protagonista del fabuloso…..¡tatachán!…Henry Miller´s Dream Show

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Josefina Pérez ya no era Josefina Pérez, sino Kira Wolf, artista del porno. El espectáculo Didier hacía el papel de Henry Miller. Kira escenificaba los turbulentos sueños eróticos que luego el escritor volcaba en sus trópicos, Sexus, Plexus y otros éxitos editoriales.

Kira tuvo que vencer todos los prejuicios imaginables para consagrarse como artista de su difícil especialidad. Pero su encanto, la calidad de la música y de la iluminación, y la excelente ubicación del club donde actuaban, al pie de la autovía que unía España con Alemania, convirtieron el espectáculo en un gran éxito y en un alivio para exportadores, transportistas y otros adalides de la agricultura nacional. Gracias a Kira los camioneros unían ocio y negocio, y lo pasaban estupendamente.

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Pero, naturalmente, la crisis del pepino también hizo mella en los sueños de Henry Miller.

-Kira, cari-dijo Didier poniendo sobre la mesa los periódicos con los alarmantes titulares del día- Una buena artista del porno no puede ofender la sensibilidad de sus clientes. ¡Dos millones de euros diarios de pérdidas en sector del pepino!

Kira se echó las manos a la cabeza. Tantos años de sacrificio para tener que renunciar ahora a su número más audaz.

-No te preocupes, ma cherie- la consoló Didier- Renovarse o morir. ¡La imaginación al poder! Sencillamente, cambiaremos el número que tanto excitaba al respetable.

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Didier salía ahora travestido de dómina sadomasoquista. Ahora Henry Miller se llamaba Angela, llevaba una peluca rubia, chapurreaba alemán y fustigaba con un látigo de cuero a Kira, que se arrodillaba ante ella sumisa y llorosa, pidiendo perdón.

-¡Gurke forgotten!-gritaba la dómina como una poseída del diablo mientras arrojaba lejos el pepino con el que Kira ejecutaba su más difícil todavía y le entregaba en su lugar una llamativa salchicha de Baviera.

El público estalló en un clamor. Pero Kira era incapaz de dar el paso siguiente. Seguía ahí, hincada de rodillas, llorando.

-Venga, coño –le dijo disimuladamente Didier mientras le atizaba un discreto rodillazo en la cara-Tu público te lo pide.

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Kira no reaccionaba. Seguía ahí, abrazada a las rodillas de su dominadora, soportando sus latigazos mientras lloraba.

-¿A qué esperas, artista?-le gritó desaforado- El bratwusrt…¡Ya!

El estúpido  de Didier no reparó en que Kira lloraba de verdad. Algunos pudieron imaginar que el espectáculo había cambiado de tono, y que de lo sicalíptico había pasado a la denuncia. Quizás llorara Kira por la ingratitud de la Merkel, por la ruina del sector pepinero español, y por la impotencia de su gobierno para defender a sus agricultores.

No, qué caramba. Podía llorar por eso, pero, salchicha sobre pepino,  lloraba ahora  por la ironía de esos títulos  y diplomas  enmarcados que adornaban las paredes de su camerino y de los que se acordaba en tan ignominioso trance. Eran también otro llanto desesperado. Insólito memento de una mujer que se llamaba Josefina, que tiempo atrás había soñado una suerte diferente, antes de  resignarse a representar los sueños de Henry Miller como una vulgar estrella del porno.

Doblando las campanas

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Ang Lee titulaba una de sus últimas películas  de esta forma sorprendente: Deseo, peligro. Esta eran las tensiones que latían en la tremenda historia que contaba su filme. Woody Allen continuó con Vicky Cristina Barcelona la moda de bautizar las películas como si fueran telegramas. Bastan tres palabras como tres flashes para resumir el contenido de una hora y media de cine. Mejor eso que la chorrada de titular en inglés. Así que se lo compramos, giramos el kaleidoscopio por el que miramos habitualmente el deporte y los cristalitos de colores componen espontáneamente estas cuatro palabras: Canaletas Cibeles Pedreña Lorca. Sobran hasta las comas.

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Mientras el Barcelona celebraba su Liga y el Madrid su Copa la ciudad de Lorca lloraba porque su tierra se había estremecido y además de derribar edificios había hecho sangre entre los suyos. Lorca, cuyo equipo de fútbol apenas asoma en este periódico, robaba de esta manera el primer plano de la actualidad. Guardiola y Rosell tuvieron el buen gusto de ponerle sordina entonces al clamor del Barça Un respeto, que ha habido víctimas bien cerca, y en esto también debemos mostrar nuestra sensibilidad, sugerían. Aday Santana, jugador del equipo murciano, que tantos avatares deportivos ha sufrido la última década, lo ratificaba en MARCA: “nunca te imaginas que esto puede ocurrirte nunca”. Nunca te lo imaginas.

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El deporte es un mantra social, una especie de realidad virtual en la que sólo cabe el éxito, el triunfo, la evasión, la gloria. Es la terapia del pueblo llano. Para miserias, bastantes con las que tiene en casa, en el trabajo o, aun peor, en la cola del paro. Cuando en esta constelación de esperanzas que rodean a nuestros ídolos o a nuestros equipos favoritos aparecen las sombras de la tragedia y la muerte, estas duelen y hacen llorar más que si asoman en otros ámbitos de la vida. Se creía que Seve tenía que ser inmortal como los dioses del Olimpo. A los que le veíamos hace unos meses en el Foro Marca –que, desde entonces, se ennoblece con su apellido- se nos hace difícil creer que aquel genio que con tanto entusiasmo promovía su fundación y prometía volver a jugar los cuatro  hoyos de Saint Andrews haya muerto. Quizás no sea así. Seguramente sólo está en comisión de servicios en la eternidad porque al jefe se le ha antojado jugar al golf como Dios. Y, naturalmente, le necesita de maestro.

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Aún así, deporte español, además de vibrar en Canaletas y Cibeles, tenía que estar en Pedreña enterrando las cenizas del admirado Ballesteros. Pero a última hora, y después de conocer las aterradoras noticias, también en Lorca, donde el terremoto segó nueve vidas y arruinó mucho más que lo que se ventila en un campo de golf o en cualquier final de temporada de fútbol. Era cuestión de solidaridad o de simple delicadeza. Probablemente el equipo de Aday Santana ni sepa qué le espera la próxima jornada. Poco importan estas cosas cuando se siente tan de cerca la tragedia.

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Apenas hacía dos días que el belga Weylandt se estrelló contra una pared y pasó a ser el cuarto ciclista muerto en accidente en la historia del Giro de Italia. Otro aviso más de que el deporte, como la vida misma y como la película de Ang Lee, es deseo, y a veces también peligro. El caballero medieval de El séptimo sello practicaba un deporte tan poco arriesgado como el ajedrez, pero al otro lado del tablero jugaba la muerte. Esa partida la jugamos todos, deportistas o no. Así que celebremos lo que haya que celebrar, pero con respeto y sensibilidad por los que nos han dejado justo cuando algunos cantan victoria. Las campanas que hoy doblan por Seve, por Weylandt o por las víctimas de Lorca, como decía el poeta John Donne, doblan por ellos, pero también por todos nosotros.

Almas sin traductor

Hay momentos en que casi todas las almas necesitan traductor...

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Ayer por la tarde el  bloguero bajó de su entorno serrano a darse un paseo por la dehesa que florece junto al Tiétar. Acababa de caer el enésimo chaparrón, por fin el azul del cielo le ganaba la partida a los densos nubarrones, y el sol quería anticipar tímidamente que hoy es domingo de Resurrección. Con las encinas pujando poderosas entre el pasto verde, las jaras en flor, los tomillos, la retama y el lentiscar eclosionan estos días en  una sinfonía de aromas difíciles de explicar. El suyo es un masaje de salud y fragancia que tonifica el espíritu y ventila hasta lo más profundo del sentimiento. Un soplo de felicidad delicada, un momento que el observador querría atrapar en su cazamariposas sensorial para estudiarlo detenidamente, diseccionarlo y así podérselo contar a sus amigos y compartir el regalo que constantemente nos ofrece la naturaleza.

Pero se encuentra incapaz de expresarlo adecuadamente.

-Necesitaría un buen traductor – piensa.

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Escuchar y verlo todo en su estado original, directamente,  o buscar un experto intermediario que lo entiende mejor para que te lo interprete, ese es el dilema.

El bloguero recuerda que estos días ha leído en varios periódicos diversas necrológicas sobre un tipo de profesional al que raramente se le presta gran atención, que es el traductor. En Garrucha, Almería, donde residía, ha muerto Miguel Martínez Lage, Premio Nacional de Traducción y, a decir de los muchos, un minucioso orfebre de las palabras que otros como Faulkner, Beckett, Evelyn Waugh, el doctor Samuel Johnson  o el biógrafo de éste, Samuel Boswell, dejaron escritas también para los que no conocemos a la perfección su idioma. Miguel, al parecer se ponía en la piel del autor, de lo que este quiso decir en su época y con las palabras que entonces se usaban. Luego adoptaba una segunda piel, que era la del lector, y trasladando los datos anteriores a su psicología, su lenguaje y su tiempo, que es el nuestro. Digamos que fundía el oro del talento original y lo troquelaba en el molde que el buscador de tesoros literarios necesita para apreciarlo con todo su valor y su brillo.

Todos los críticos dicen que la obra de Miguel no sólo no desmerecía la de sus traducidos, sino que  probablemente la mejoraba.

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Habrá algún traduttore, traditore, cierto. Pero cuando son tan numerosos los matices y los arabescos del lenguaje que se pierden si no se conoce este a la perfección, uno agradece infinito la labor de una figura como la de Miguel.

-Siempre me dará más de lo que encontrarían yo en un libro no escrito en mi idioma-admite el Duende.

Aplica la teoría no sólo a los libros, sino también al cine. Su amiga Rosi desde que vio La mujer del teniente francés y escuchó la voz de Jeremy Irons mantiene que todas las películas deben verse en su idioma original. Seguramente le ganó el espíritu romántico de aquella película, sus playas bravías, sus cielos tormentosos. Quizás –no lo recuerda- aquel fuera un filme en el que hablaran más las imágenes que los personajes. En muchos otros en los que el conocimiento del idioma es fundamental y los personajes hablan como metralletas –Woody Allen  es un buen ejemplo- ni su precario conocimiento del inglés ni la ayuda de los subtítulos le dan lo que un buen doblaje le aporta. No es intelectualmente  correcto confesarlo, aunque así lo sienta.

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Miguel Martínez Lage era, además de un espléndido traductor, sobrino de un buen amigo e hijo del neurólogo José Manuel Martínez Lage. Que el amigo se asome de vez en cuando por este blog –usando siempre seudónimos- no tiene tanto de particular, pues para eso, entre otras cosas, están los amigos. Más le sorprendió al Duende ver que hace algún tiempo, y con ocasión de un post dedicado a Antonio Mercero y a su película ¿Y tú quién eres?, en la que los protagonistas padecen el mal de Alzheimer, le enviara el galeno un comentario propio de quien es un gran especialista en la materia. El bloguero, simplemente, no podía imaginar que una eminencia con tanto trabajo tuviera un minuto para él.

Quisiera trasladarle el sentimiento de dolor que le ha producido la muerte de su hijo. El bloguero,  que sólo conocía  a Miguel por sus libros, sí dispone en cambio de todos los minutos  para glosar su muerte y tratar de consolar a sus padres, a su esposa, a sus hijos y a su tío Santiago. Lo que le ocurre es lo mismo que insinuaba al principio de este post. Hay veces que ante el fenómeno de la muerte los sentimientos nos desbordan, se precipitan en tropel y uno es incapaz de decantarlos ordenadamente y expresarlos como se merecen. Cree saber vagamente qué hay que decir, pero ignora las palabras adecuadas para hacerlo. Será que muchas almas  necesitamos en algún momento un traductor como Miguel.

La engañosa primavera

No te dejes engañar si te despierta el canto del ruiseñor...

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Hacía tiempo que Homper no se impresionaba por naderías así, pero hoy le ha despertado un ruiseñor, y eso no es cosa de todos los días. El canto del ruiseñor, como el de las esquilas del ganado saliendo al campo al amanecer, son variantes de su particular magdalena de Proust. Sensaciones que vivió en el campo de niño, vuelven ahora en forma de recuerdos. Y los recuerdos se convierten en un soplo que aviva su curiosidad y su interés por la vida natural que nos rodea. Se dice que no es posible que pueda caer en el tópico, jura y perjura que nunca jamás hubiera incurrido en semejante cursilada, pero no tiene más remedio que  reconocerlo: ha vuelto la primavera.

Y lo peor es que, una vez más le ha sorprendido. Nunca se acaba de convencer de que, cuando caduque su esplendor, más dura será la caída. La primavera es bellísima, peo cuánto engaña la muy traidora.

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Nada es igual que hace tan sólo un mes, cuando por sus pagos habituales la naturaleza se mostraba escuálida y triste. Mira por la ventana y, como en los teatrillos de juguete donde hacía sus funciones sobre la mesa del comedor, los verdes se han ido superponiendo en distintos planos. Son  forillos de clorofila pura. El paisaje se abullona, y gana en profundidad y misterio. En esta fronda puede aparecer una princesa que perdió ayer su diadema mientras paseaba recogiendo flores. El árbol que en invierno era simplemente un adusto mojón es ahora un templo de ramaje que quizás se llene de gnomos. A la vuelta de ese recodo del camino quién sabe si asomará Bambi. Cuando uno mira al manzano florecido, piensa que Garcilaso de la Vega está ahí, componiendo una égloga. Le dan ganas de pedirle un favor.

-Dedícale unos versos de mi parte a esa mujer a la que quiero decirle tanto, y tan sentido, que no se cómo decírselo.

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También se imagina a un hombre ceñudo y con la cabellera revuelta paseando por entre los helechos mientras marca con sus manos un compás de tres por cuatro.

-Don Luis-le dice- se  usted siente conmigo a desayunar unas tostaditas  de aceite mientras vemos el campo, que está tan bonito.

Pero la invitación es inútil, ni vuelve la cabeza. No oye prácticamente nada, está sordo. Es Beethoven, y sabe que su destino hoy es componer su  Sinfonía Pastoral.

Se aleja, se pierde en la floresta, se desvanece. Otro trazo más de lo efímero y engañoso de la primavera.

Homper la recibe con esperanza.La desazón general le tiene el alma  trillada, y el hombre confiesa que necesitaba esponjarse de oxígeno, aire libre,  y fantasía. Aunque es consciente de que esta estación es de poco  fiar. Lamentablemente, enseguida llegará el terrible  verano de la España interior, que a golpe de calores y de fríos implacables fabricó tantos místicos y guerreros. Carpe diem, Homper. Pronto,  a la primavera se le pasará su poder de seducción, y todo verdor perecerá.

¿El fin justifica los medios?…

No hay política posible sin un Maquiavelo dentro

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Sigue trabajando Homper en su doctorado. Sospecha que lo conseguirá. Va elaborando su tesis día a día, y eso le hará Doctor en Estupefacción. Curioso título, que no existe, pero que siente como suyo. Ni un día sin su afán, que en este caso es detectar, estudiar y acumular motivos para seguir sorprendiéndose. Conste que no le disgusta el estado de perplejidad permanente: según los filósofos, mientras hay capacidad de asombro, hay hombre.

Repasa los afanes de este día, echa el retel a voleo y se queda con tres. Pudieran ser otros muchos, pero le da por subrayar estos: un chico llamado Justin Bieber que ha revolucionado a las jovencitas de este país, capaces de pernoctar en el Palacio de los Deportes de Madrid para conseguir una entrada que les permita escucharle cantar en directo. Quizás, incluso atrapar en el aire un pelo de su tupé. Qué despiste el de Homper. Vivía sin saber quién era este muchachito, record de comentarios en Twitter.

Perplejidades añadidas: ¿ha sustituido Twitter a Facebook? ¿Ha decidido el planeta abandonar su eje y girar en torno a las redes sociales?

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El segundo pellizco en su curiosidad viene en la letra pequeña del papel couché. La Duquesa de Alba está indignada con la miniserie que Tele5 nos ofrece sobre su vida. Dice de ella que es mentirosa, que no le consultaron sobre el guión, y que maltrata al amor de su vida, que fue Jesús Aguirre.

-Vaya por Dios-suspira Homper- Esto sí que es grave. Y no lo de Fukushima.

Otra pregunta que se hace Homper. Siendo la imagen de la duquesa Cayetana  y del difunto duque tan fácil de remedar…¿por qué se ha recurrido a Adriana Ozores y a Carlos Hipólito ? Estas miniseries no buscan las honduras de películas como El discurso del Rey, donde la semajanza del actor con el personaje que recrea puede ser irrelevante. Si presentan a los duques de ficción en el auténtico Palacio de Liria, ¿por qué no cuidan más  su parecido con los modelos originales?

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Es tan antiguo Homper que al reparar en la tercera causa de perplejidad suelta un palabro obsoleto y ridículo. Algo así como córcholis, cáspita, atiza. O ¡concho!, como exclamaba su padre cuando no se atrevía a soltar un socorrido ¡coño!

Pues eso: córcholis, cáspita, atiza, concho y coño. Es más: recoño. Todo se merece lo que ha escuchado esta mañana en la radio. Y es que el magistrado De Prada, en un voto particular contra un auto de la Audiencia Nacional a la que pertenece, manifiesta que el chivatazo del Faisán que, más o menos, vino a decir a los terroristas toma el dinero y corre, es plenamente justificable en un proceso de paz.

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¿El fin justifica los medios?…Se acuerda Homper de su inolvidable amigo Félix Bragado, con el que se pasó media vida haciendo comedia. Paseaban juntos y aunque eran ellos, no eran ellos: les gustaba hablar  como si fueran otros en otro mundo. Una de sus recreaciones favoritas era la de tertulianos de casino ilustrados y nostálgicos. Ponían voz cascada y aguardentosa, como la de Don Hilarión, Mr. Scrooge y otros chinches célebres de otros siglos. Y cuando abordaban cuestiones espinosas de este orden citaban el verso de un poeta tan demodé como sus caricaturas. Joaquín Bartrina, en un poema llamado Fabulita adoctrinaba así un mozalbete inquisitivo:

Si quieres ser feliz, como me dices/ no analices, muchacho, no analices

Homper y Félix se lo tomaban a risa, porque lo suyo no era el drama. Quizás no se daban cuenta de que todos tenemos que pasar de largo sobre muchas contradicciones e hipocresías para sobrevivir medianamente felices

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También ha paseado estos días nuestro Hombre Perplejo por el nuevo Madrid Río que se ha inventado Gallardón. Es un parque lineal de 120 hectáreas sembrado sobre los intestinos de la M-30 por los que diariamente circulan, dicen, cien mil coches. Los que antes sufrían el horror del tráfico, la contaminación, el ruido y la estética de la marginalidad ahora están encantados. Los críticos en cambio recuerdan el despelote del endeudamiento municipal.

-¿Cuánto nos cuesta la megalomanía de nuestro alcalde? –se preguntan.

Enigma sin respuesta, y que además resbala a la mayoría de los  que pasean por ahí como niños con zapatos nuevos. El que venga detrás que arree. Al barón de Haussmann, que convirtió París en el paradigma urbano de la belle epoque también le pidieron cuentas por su despilfarro monumental. Y no digamos lo que sufrieron los súbditos de Pedro el Grande para construir  la maravilla de San Petersburgo, levantado piedra a piedra sobre el río  Neva. Homper leyó la magnífica biografía que escribió Robert. K. Massie de este zar impetuoso. Le encantó, y se la recomienda vivamente a los amantes de la historia. Pero se quedó tan fascinado por la megalomanía de aquel gigantesco visionario, como horrorizado  por los sacrificios y el dolor que probablemente encierran cada uno de los  palacios, avenidas y monumentos de su ciudad lacustre.

Al final, la cuestión recurrente. ¿El fin justifica los medios? Si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacho, no analices…

Noticias del desasosiego de Gregorio Samsa

¿Cómo decirle al pobre Gregorio Samsa que no todo es desasosiego?...

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Praga 17.3.2011

Querido bloguero

A lo que veo, andas siempre balanceándote entre la realidad y la ficción, como un funámbulo por su cable. Por si te sirve como un nuevo motivo de reflexión, voy a contarte lo que me ha pasado hace bien poco.

Como recordarás, desde que Franz Kafka se ocupó de mí (véase La metamorfosis) yo me desperté una mañana convertido en cucaracha. No es lo que más  me podía gustar, pero es inútil protestarle al creador. Él hace lo que le viene en gana, y no te consulta para nada. Acabé aceptando mi condición y acostumbrándome a mi cambio de imagen. Llegué a convencerme de que hasta en las cucarachas hay clases. No es lo mismo lucir unos hélitros pulcros y planchados como si fueran el frac de David Niven que ser una criatura de cloaca, como a menudo se ve a mis congéneres.

Cuando ya estaba razonablemente contento con mi suerte, me desperté una mañana y me llevé la misma desagradable sorpresa que el día de mi primera metamorfosis. Me miré al espejo y vi que mi fisonomía había sufrido tres nuevas mutaciones. En primer lugar, mi cabeza era una la de un humanoide. No tenía antenas, pero iba peinada con una cresta de gallo como la que llevan ahora los modernos. Qué espanto. En segundo lugar, en vez de seis patas, las reglamentarias,  sólo tenía dos, pero éstas calzaban zapatos de rejilla, que siempre he odiado. Además, no me los podía quitar: eran parte de mi cuerpo. Finalmente, en cada uno de mis hélitros, de inmaculada negrura como te explicaba, había estampados  a modo de tatuaje en tinta blanca dos rostros. En una de mis alas se podía ver la cara de Enric Sopena. En la otra, la de Angela Merkel. Imagínate el cuadro.

¡Ay, Señor qué confusión! En fin, no te pido que hagas de señorita Francis y me des tu consejo para calmar mi zozobra. Pero… ¿entiendes algo? Si es así, escríbeme contándomelo  y te quedaré muy agradecido.

Un saludo afectuoso de tu amigo y lector

Gregorio Samsa

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Madrid 22.3.011

Querido Gregorio

Gracias por tu consideración, pero me temo que poco te puedo ayudar. Cuando amaneciste convertido en cucaracha la cosa parecía chocante, un suceso extraordinario. Pero hoy  casi nada sorprende. El mundo parece es una pella de plastilina, un kaleidoscopio que cambia el panorama a cada nuevo giro, una canica explosiva, un planeta descerebrado.

Fíjate. La guerra…¿Es buena o mala? Depende. Ahora hasta los pacifistas se hacen los suecos. Gadafi: hace tres años le dábamos la llave de oro de Madrid y ahora le mandamos F-18 por ser un malvado oficial. Japón: ha visto morir  a casi doce mil de los suyos arrasados por un terremoto y un tsunami y aquí nos asustamos por el impacto de la fuga nuclear de Fukushima. Las dudas derivadas: ¿es bueno o es malo el desarrollo? ¿Es el estado del bienestar una necesidad o un lujo inalcanzable? ¿Vale todo con el pretexto de la libertad? ¿Hay que arriesgarse con la energía nuclear, o rescatar el frío que pasé en mi infancia como algo sano y natural?

Y eso sin tener en cuenta que el clima también ha perdido el oremus.  Hay veranos que se incrustan en el invierno e inviernos que de repente se disfrazan de verano. Dicen que las aves y los insectos se vuelven locos, ya no saben ni cuando emigrar ni cuando aparearse o dedicarse a hacer miel. A los osos polares se les derrite su habitat por el cambio climático. A muchos observadores se nos derrite también el sentido común. En una tele  hay un hombre enloquecido que exporta entre sollozos las desgracias de su matrimonio. Es un famosillo que se llama Víctor Sandoval, y no clama contra su mujer, sino contra su marido. Las noticias dan cuenta de que otro bárbaro acaba de matar a su señora en un pueblo de Granada con un cuchillo y un martillo. Y van…ni te cuento.  Eso sí, hace dos días era el Día mundial de la Poesía, y hoy es el del agua, que es tan buena y tan poética.

No te puedo ayudar, Gregorio. La crisis va mucho más allá de la economía: todo es crisis.  Se  desvanecen mis referencias, y cuanto más observo y estudio, más dudo. Sólo la última luna llena me ha aportado algo de claridad. Decían los astrónomos que era la más hermosa que veríamos en muchos años, y salí a admirarla  por un Madrid dormido tras un glorioso domingo de primavera. Afortunadamente,  la noche era ideal para pasear, y el Parque del Oeste, el  Palacio de Oriente y hasta San Francisco el Grande parecían ajenos a este desasosiego general que padecemos.

-También la luna sigue ahí –pensé- Qué tranquilidad, ¿no?

Por lo demás, me solidarizo con tu malestar. El kiki no me va, nunca he podido soportar los zapatos de rejilla  y hay tatuajes matadores. Pero ya lo dijo el poeta: vivimos en la punta de una aguja. Quizás mañana tus cambios también encajen en esta normalidad tan absurda.

Un abrazo afectuoso de tu amigo y admirador

El ex Duende de la Radio.

Japón y la divina inconsciencia

¿Y qué cuento leeremos a los niños japoneses para que puedan dormir tranquilos?...

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Cuando no es Indonesia, es Haití. Se deja atrás aquel terremoto  y nos duele Libia, un poco porque Gadafi reacciona a sangre y fuego y otro poco –quizás más- porque nuestra energía en buena parte depende de él, y jamás pedimos carnet de democracia al que nos vende bienestar. Y para salir de esta Guatemala, Japón hace las veces de Guatepeor. Quedan luego las tachuelas  constantes, las que le meten a uno en el zapato las pequeñas miserias del día a día, las que ha de pisar, quiéralo o no, si quiere seguir su camino. Otra muerte cercana de alguien que era demasiado joven para morir, otro cáncer  en un amigo, otro sobrino en paro, otro dato macroeconómico que nos echa las manos a la cabeza, otra esperanza laboral rota, otro caído en la búsqueda de los paraísos artificiales. Otra catástrofe social. Y otro boquete –uno más-en la faltriquera doméstica.

Más pérdida de esperanza. Debe de ser el envés de la  globalización, el efecto colateral de vivir hiperinformados. Miras al horizonte y ves cómo las tijeras del destino van recortando tus sueños y tus expectativas. Antes, cuando el tsunami no entraba en tu salón-comedor y arramblaba con el plato de sopa, estabas mejor blindado. Lo recuerda mi amigo Homper con una anécdota que hoy suena a cruel hipocresía.

-Mamá nunca me dijo que dejase de tomar su taza de chocolate cuando bombardearon Hiroshima.

Había otros Apocalipsis, pero no tocaban  tanto a nuestras vidas.

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Sostiene este bloguero –pásmense- que en la cola del cine había gente que no quería ver la película de Torrente. El películón de Santiago Segura copaba cuatro o cinco salas, pero en los martes de cine para mayores, a 1 € la entrada, hay ancianos raritos a los que unos calzoncillos con palominos, por moderno que resulte el gag, no les parecen precisamente una muestra de talento en la comedia.

-A nosotras no nos va ese cine –le dijeron un par de doñamarías gorditas e ilustradas- ¿Sabe de alguna otra que sea bonita?

Les recomendó El discurso del Rey y Valor de ley, de los Coen. Pero, naturalmente, ya las habían visto.

-Es que nosotras los martes no fallamos…-decían sonrientes- Fíjese qué programa tenemos: por las mañanas, clase de pintura. Y por la tarde pilates y luego al cine.

Probablemente les faltaba para redondear tanta dicha la merienda de café con leche y curasán plancha.

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Uno no puede emocionarse viendo cómo estalla la flor de los almendros e ignorar la nube de dolor e incertidumbre que amenaza a buena parte del planeta. Uno pretende ser el moralista universal. Uno cree que tiene que emular a Dios, y sentirse corresponsable de todo lo que le pasa a la humanidad.

Pero la naturaleza humana es muy frívola, y se entretiene con cualquier cosa. Ayer mismo, mientras las guerras, la crisis económica, las catástrofes y la alarma nuclear noqueaban al mundo, este bloguero había encontrado en su camino así como flores de colores para disipar su angustia. Había recibido su primera clase de alemán con la ilusión de un imberbe. Había encontrado en Madrid un Hospital del  Juguete donde van a reponer la cola perdida a un caballito de carreras de su muy querida colección de antiguos juguetes de hojalata. Había sido invitado por sus hermanos a un excelente arroz negro. Había visto El esplendor del Románico en la sede de la Fundación MAPFRE y una película, regulín regulán, en buena compañía.

Y, entretanto, había comprado un libro de Cuentos para dormir, maravillosamente ilustrado, para su nieta Marina, que hoy cumple seis años y está empezando a leer. Los cuentos empiezan con unas rimas facilotas, y el primero,  que se lo leerá junto a la almohada declamando como un viejo actor, empieza así:

Esta es la historia de un gato/ que dormía en una caja de zapatos.

Parafraseando al poeta –a Paul Éluard, no al del gato- hay otros mundos, pero no están en este. Perdónanos, Señor, por ser tan inconscientes como para sonreír a pesar de todo.

Emociones, gripes y pálpitos

A veces, emociones y pálpitos se encadenan entre la realidad y el sueño sin solución de continuidad

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Se acostó Homper aquella noche bajo el poderoso influjo del piano de Bach. Uno hará recuento al final de sus días de los momentos emocionales más singulares de su existencia. Y entre los de Homper, el hombre eternamente perplejo, siempre quedará ese ratito en que un joven chino llamado Lang Lang salió al escenario del Auditorio de Madrid se sentó ante un Steinway y desgranó las notas de la Partita nº 1 del genio de Eisenach.

-Bach es la Summa Teológica de la música- escuchó  en una ocasión.

A tal señor, tal honor. Lang Lang es otro prodigio de la música. Tocó en el concierto inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín y le escucharon miles de millones de personas. Gracias su proyección mundial ha conseguido que cuarenta y cinco millones de niños chinos se pongan a estudiar piano y solfeo. Buen negocio para Yamaha y para Steinway. Después de escuchar a Bach interpretado por Lang Lang  el alma  del pobre Homper estaba tan sanamente exhausta y limpia como si saliera de la sauna. Aunque las almas jamás vayan a ninguna sauna.

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Los pretextos para la emoción salen cada mañana a pasear y van encontrando a quien les haga caso para germinar espontáneamente. Hay explosiones emocionales previsibles, como las que surgen en los cumpleaños, las bodas, los funerales, las despedidas y los homenajes. Un paisaje, una obra de arte o una música maravillosa también provocan emociones digamos razonables.  Pero de cuando en cuando saltan chispazos  inesperados de sucesos insignificantes. Hace muchos años Homper se encontró a un viejecito recién llegado del pueblo vendiendo ramilletes de manzanilla serrana delante del edificio del Banco de España. A su alrededor pasaba mucho ejecutivo con cartera, ciudadanos apresurados que sin duda tenían gestiones que hacer, guiris que se fotografiaban sobre el fondo de la Cibeles y andadores coronarios. Nadie le hacía caso. El viejo abría sus ojos azules y voceaba tenuemente en medio del fragor del tráfico.

-¡Manzanilla de la sierra a cinco duros el ramillete!

Qué monumento vivo a la ingenuidad humana. Homper se acercó a él, le  pagó las 25 pesetas y se alejó rumbo a Recoletos con su compra. Cualquiera que se le hubiera cruzado y le hubiera visto con un ramillete de manzanilla mientras, disimuladamente, se secaba unas lágrimas, hubiera pensado: qué gilipollez. Los pensamientos son libres. Pero mucho más las emociones, que a menudo barajan motivos caprichosos e irrelevantes para dar señales de vida.

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Por la noche, el sueño de la emoción de Bach se desordenó y degeneró en pesadilla. Tenía fiebre. La mejor ilustración de un sueño en estado febril es el Jardín de las Delicias del Bosco superpuesto sobre un cuadro de Dalí de esos que mezclan relojes derretidos, caracolas y pedazos de carne sanguinolenta en un horizonte infinito. Su música –porque también los sueños tienen sonido- lejos del Bach mágico es el dodecafonismo torturador.

Aunque lo de ponerse malo también tiene su puntito.  A sus años, Homper redescubrió que, si bien no hay nada peor que encontrarse mal, tampoco lo hay mejor que saber que tienes a mano una cama mullida y caliente para hundirte en ella y dormir la modorra después de una buena ingesta de antipiréticos.

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En las primeras caricias de la almohada, el subconsciente el Homper rebobinó al modo de Proust los duermevelas enfermizos de su infancia.  Recordaba las gripes, o  las anginas, o las escarlatinas, o aquellas tripoteras que eructaban con sabor a huevo duro y si no te vaciaban por la retambufa.

Pero recordaba también que se libraba del cole. Y que le trasladaban a dormir a la alcoba de sus padres. Y que pasaba los largos días leyendo cuentos de la Condesa de Segur o novelas de Salgari , y que por la tarde le ponían la radio para escuchar a Matilde, Perico y Periquín o a Pañolín Rompenubes. Anhelaba el momento de recuperar el apetito, porque entonces tenía derecho a  arroz blanco y a jamón de York, que era lujo total, y al delicioso yogur en tarrito de cristal con tapa de papel de estraza ceñido por una goma. Era tan mágico que entonces se despachaba en farmacias. Como mágica era  esa atmósfera inquietante y tenebrosa, pero también dulce acogedora que sellaba cada noche el dorso de la mano materna posándose sobre su frente.

-Buenas noches- decía su madre mientras le palpaba la última fiebre, le daba un beso en la mejilla y apagaba la luz.

Qué curioso. Homper asegura que ese pálpito misterioso y sobrecogedor latía también en la partita de Bach que Lang Lang tocó aquellla tarde.

Aguirre, el no tan magnífico, y la lectura rodante

Lo mejor de Jesús Aguirre probablemente sea lo que Manuel Vicent ha escrito sobre él. Un magnífico libro para la lectura rodante...

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El primer compañero de pupitre de este bloguero tenía un hermano que se llamaba Gonzalo. Y éste a su vez era muy amigo de un chico rubiasco y de ojos claros que se llamaba Enrique Ruano. Nunca llegó a tratarle el bloguero, pero coincidían en la casa de los amigos comunes, por los pasillos del cole, en el patio del recreo y haciendo cola ante la pipera  que vendía chuches a la entrada de aquel feo edificio neogótico de la calle Castelló donde domesticaban su infancia.

No volvió a saber de este muchacho hasta la década siguiente. Enrique Ruano, estudiante, como él, en la Facultad de Derecho de Madrid, había sido atrapado por la policía por supuestas actividades subversivas, cuando este eufemismo podía significar algo tan simple como reunirse y planear sueños contra la dictadura del general Franco. Le interrogaron, le amenazaron, le sacudieron de lo lindo. Parece que quiso escapar, y que recibió un tiro. No debió de ser suficiente, porque la causa de su muerte fue una caída desde un sexto piso. La versión oficial fue que se había suicidado.

Al día siguiente, junto al relato del suceso convenientemente maquillado, aparecía su foto en los periódicos. La misma mirada clara e infantil que el Duende recordaba del colegio. Se estremeció. Era una de las primeras tragedias públicas que le pasaban a alguien que conocía, aunque sólo fuera de vista. Y esas cosas en la edad de la inocencia (entonces se tardaba mucho más que ahora en perderla) dejan una profunda muesca en el alma.

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Un par de años después el Duende, que ponía en las clases de derecho el interés justito, descubrió un rostro femenino que llamó su atención. Era una chica de tez muy  blanca y grandes ojos azules y cabello de color castaño, con un tipo de belleza romántica algo triste, como de retrato ovalado firmado por Madrazo. Sólo había entonces en Madrid una facultad de Derecho, pero aún así la promoción juntaba a más de cuatrocientos estudiantes. No era fácil por tanto sentarse en el aula al lado de la alumna que uno escogía. Lo más que pudo aquel tímido duende fue enterarse de su nombre.

-Se llama Loli –le dijeron.

Luego supo también que Loli González Ruiz había sido la novia de Ruano, y pertenecía a uno de esos grupos activistas que agitaban la resistencia universitaria contra el franquismo. De ella arrancó la policía, con esa habilidad interrogatoria que pone los pelos de punta imaginar, el paradero del desdichado Enrique. Aquella compañera estaba marcada por la tragedia. Se casó después con Javier Sauquillo, uno de los abogados asesinados en la matanza de la calle Atocha que hizo trastabillar a los primeros pasos de nuestra vacilante democracia. Loli sobrevivió de milagro a aquella salvajada. La última vez que la  vio este bloguero tenía su cara destrozada por un balazo. Los asesinos no acabaron con su vida. Pero consiguieron desfigurar el romántico retrato de mujer joven  que uno guardaba en el museo de su memoria.

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De un tiempo a esta parte, el público ha descubierto que la literatura enriquece más si ha sido tejida sobre el cañamazo de la historia. De la historia lejana o de la más reciente. Todas esos lectores, fundamentalmente mujeres, que uno puede ver en el metro leyendo novelones históricos se quedan encantados sabiendo que, además de entretenerse leyendo los amores de la Princesa de Éboli o las granujadas de Godoy, o han ampliado sus conocimientos o han refrescado su cultureta. Este mismo año ha habido grandes éxitos editoriales –El tiempo entre costuras y Riña de gatos, sin ir más lejos- por los que uno transita cómodamente al reconocer en ellos algunos personajes, rincones y sucesos que habitan en su memoria cercana.

No es exactamente una novela, pues debería de encuadrarse más bien en el género biográfico. Pero de ese material que combina lo vero con lo ben trovatto está hecho también Aguirre, el magnífico, el último libro que ha escrito Manuel Vicent. Maravillosamente, por cierto. Lo de menos, a juicio de este lector, es que la figura central sea un personaje tan discutible como el último Duque de Alba. Lo verdaderamente meritorio es cómo el autor, de la mano de aquel cura reconvertido en noble merced al sublime braguetazo,  nos pasea por ese cuadro de luces y sombras, de miedos y esperanzas, de hazañas y de méritos y, por contra, de sinvergonzonería y de gilipollez  divinizada que ha sido la modernísima historia de España.

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El cura Aguirre, faro de los católicos progresistas del tardofranquismo  fue el director espiritual de Enrique Ruano. Tardofranquismo: extraño sustantivo inventado por los columnistas de la época para la dictadura decadente. Quizás el franquismo era tardío –más bien anacrónico, se diría- pero no por ello dejaba de ser tenaz en su tiranía. Allí un cura liberal, audaz y algo insolente  brillaba como una luminaria y ejercía de pulmón para muchas conciencias jóvenes atormentadas. Esa es la parte buena de Aguirre, el cura capaz de convertir una homilía en la Capilla de la Ciudad Universitaria de Madrid en un dardo directamente dirigido al Pardo. La menos buena la resumiría el cruel desparpajo del pueblo en tres palabras.

-Era un jeta, un trepa y un gilipollas.

Cuesta mucho creer que un fino intelectual forjado junto al padre Sopeña en la música de Mozart, en la teología de Ratzinger y en la Escuela de Frankfurt cayera en los brazos de Cayetana de Alba, por simpática, jaranera y puede que aún mollar que estuviera la duquesa entonces. Es difícil creer que no hubiera impostura en ese amor, con la cantidad de feligresas maduritas, pero discretas, que habría conocido en sus años de ejercicio sacerdotal. Como llamativo fue el esnobismo de quien quiso erigirse en el más ducal de los duques por disimular su origen. Lo más cruel del libro es lo que cuenta sobre el comportamiento del personaje con su madre y con los que pagaron su educación. Cría cuervos…

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Pero todo queda sublimado por la prosa precisa y hermosísima de Manuel Vicent, un biógrafo/cronista que escribe a punta de diamante. Usa su palabra como un implacable escalpelo capaz de diseccionar el personaje y el momento histórico, y sólo edulcora su mordaz ironía con un ritmo y un repertorio de metáforas que destilan fragancia e invitan a la sonrisa. E incluso a la carcajada. Qué país, Miquelarena, que dicen que dijo Pedro Mourlane. O ¡joder, qué tropa!, que adjudican al Conde de Romanones en un monumental cabreo por ser rechazado en la RAE.

Es el creciente encanto de la literatura sobre la historia cercana. Uno conoce el cuadro sobre el que se arma la trama. Uno le pone cara a los personajes, algunos de los cuales ha llegado a conocer personalmente. Uno se solidariza o discrepa con la tesis del autor, pero con la seguridad de saber de lo que piensa. Y acaba paseando por  la novela cómodo, confiado y feliz, como Pedro por su casa. Lo saben bien María Dueñas, Eduardo Mendoza o Manuel Vicent, tres de los últimos exponentes de este nuevo modo de novelar que ha convertido a los vagones de metro y a los autobuses en salas de lectura rodantes.

Otro cuento más de Navidad*

Hasta su Ministerio de Deportes se le había torcido últimamente. Menos mal que aún podría hacerse realidad otro cuento de Navidad...

Aquel hombre no creía demasiado en la Navidad. Había leído a Dickens, y sabía que a que al avaro Mr. Scrooge se le apareció el futuro que le esperaba si no cambiaba su  manera de ser y despertó del sueño siendo otro: un tipo encantador, sonriente, amable con los niños y, sobre todo, generoso. Como pedía la tradición de esa fiesta no laica que, a pesar de todo, se sigue llamando precisamente Navidad. Pero aquel hombre había sido más generoso que nadie. Es verdad que tiraba con pólvora del Rey, porque no gastaba de su bolsillo, sino del de todos. Pero también lo era que a base de repartir y repartir, y con la ayuda de los codiciosos especuladores, había dejado a su país más pobre, tembloroso y triste que lo que estaba el pobre tiny Tim en el famoso cuento del tal Charles Dickens.

Sin embargo, el hombre generoso que no creía demasiado en la Navidad tenía la suerte de ser, además, ministro del Deporte. Y, como tal, responsable  de todos los títulos, medallas, trofeos y galardones que su país había ganado durante su mandato. Un palmarés que causaba asombro. Nunca antes había pasado nada igual, al punto de que los éxitos deportivos, por aquello del “pan y toros”, le habían hecho olvidar al pueblo sus miserias, que desgraciadamente ya no eran pocas.

Mas…¡qué amarga ironía del destino!: hasta esa panacea parecía perder su poder balsámico. En el último año, y a pesar de los oros olímpicos, los tours de Francia, los masters y grandes slams, los ochomiles, los grandes campeonatos, premios y torneos y demás fabulosos triunfos conseguidos,  y aún contando con  que otro héroe llamado Andrés Iniesta había conquistado para su país lo que sin duda era la mayor gloria deportiva de todos los tiempos, la fortuna le había empezado a torpedear también su exitosa gestión como ministro. Intereses oscuros le habían arrebatado la organización de los Juegos Olímpicos. Intereses claros, pero nada románticos, le habían guindado los dos próximos Mundiales de Fútbol.

-A este paso-suspiró el ministro-,  y como los barandas de la FIFA sigan siendo tan peculiares, acabarán dándoselos a Islas Feröe antes que a España.

La cosa fue peor aún. Ya dice una de las leyes de Murphy que cualquier situación mala  es susceptible de empeorar. Cuando el deporte español se creía el rey del mambo, la mamá de Tarzán, el Señor de los Anillos, el cuerno de la abundancia y Alicia en el país de las maravillas, además de las pedorretas que arrojaron sobre nuestra dignidad, había estallado el fantasma de la droga para terminar de estropearlo todo.  Ahora su querido país, además de más tieso que una vela, empezaba a vivir bajo la sombra de la sospecha.

Pero para eso llega precisamente ese acontecimiento milagroso de la Navidad. En su sueño de esta noche, al ministro de deportes, como al señor Scrooge, se le aparecerá un futuro alentador que disipará cualquier temor y nos devolverá la alegría. No sólo es que las autoridades mundiales del deporte reconocerán  nuestros méritos. Ni que  Alberto Contador, Marta Domínguez y demás sospechosos resultarán libres de todo cargo. Ni que todos nuestros deportistas lo ganarán todo. Ni que el Barça seguirá batiendo records. Sino que además ningún equipo de fútbol bajará a segunda, todos los futbolistas cobrarán a tiempo, no habrá más calendarios de empelotados para llamar la atención sobre nada, los árbitros verán, los lesionados se curarán, los directivos inoportunos callarán, Ramos, Pepe y Reyes no harán más tonterías,  y -¡oh maravilla!- hasta Mourinho parecerá humilde y Guardiola la alegría de la huerta

Claro que esto no es más que otro cuento de Navidad. Que la tenga muy feliz el que lo lea.

(*) Publicado en MARCA el 24.12.010

Postales y joyas en el caos

Las atmósferas del pintor inglés Turner también aparecieron, de rebote, en este caótico viaje por el puente de de la Constitución...

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Cuando se inició el largo fin de semana del caos el bloguero estaba en el aeropuerto de Fuenterrabía. Al bloguero le gustan los aeropuertos así, que todavía parecen hechos a escala humana. Naturalmente, éste tiene los días contados.

La aproximación a este aeropuerto ofrece postales maravillosas, pues antes de aterrizar en él los aviones suelen sobrevolar Hendaya y la costa vasca para girar y embocar la pequeña bahía junto a la que se extienden las pistas. El aeropuerto es pequeñito, como de un aeroclub antiguo, y entrañable. Recuerda al de la película Casablanca. A menudo te recibe con lluvia, y como el avión te deja a pie de pista, sin finger ni demás parafernalia, piensas que por ahí van a emerger de la niebla Humphrey Bogart con su trinchera y su sombrero acompañado por el pícaro Claude Rains con su quepis de gendarme.

-Este puede ser el principio de una gran amistad –crees que vas a escuchar.

Pero a la hora de despegar no aparecieron los héroes de Casablanca. Y lo que se escuchó por megafonía sonaba completamente distinto.

-Cerrado el espacio aéreo español. Cancelados todos los vuelos…

Fue el principio de un gran cabreo. Aunque, como nunca hay mal que por bien no venga, también de nuevas experiencias alternativas.

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Como muchos españoles colgados por la huelga de controladores, el bloguero canceló el billete de avion  y reservó otro de autobús San Sebastián-Madrid que salía a las nueve de la mañana del sábado. Pernoctar donde no pensabas hacerlo sienta fatal a cualquier viajero, pero puede tener su encanto. Entre otros placeres de los madrugadores, te permite hacer ese paseo  que siempre dejas pendiente cuando te gusta una ciudad y apenas paras en ella.  El bloguero durmió poco, como siempre que tiene que salir de de viaje. Y después de desayunar muy temprano, anduvo hasta la estación de autobuses por esa elegantísima  Avenida de Francia que se extiende a lo largo del río Urumea. Un paseo delicioso que sin duda probablemente nunca habría hecho si todo hubiera ido según lo previsto.

Mientras el bloguero caminaba, amanecía sobre San Sebastián. Sorprendentemente, el sábado 4 de diciembre se presentó despejado y luminoso. Cualquier paisaje, urbano o rural, luce más después de ser lavado por la lluvia. Aquel amanecer sobe la bella Easoqué cursilada de expresión, por cierto. Pinchen el enlace y sabrán por qué a la capital guipuzcoana se le llama también así- le trajo al bloguero destellos de un libro que leyó hace tiempo. Lo recuerda con agrado, entre otras cosas, por las cosas que cuenta de San Sebastián. Se trata de La dulce España, una autobiografía sensible y amena de Jaime de Armiñán, que siendo niño pasó la guerra civil precisamente allí. El título del libro no deja de ser una ironía, pues no pasaba el país un momento justamente dulce.

Amargo era también  ese amanecer del 4 de diciembre de 2010 para España, ahora en estado de alarma. Por más que uno de sus viajeros se aliviara contemplando esa postal de amanecer  junto al Urumea que, inopinadamente, encontró en su camino gracias al desdichado azar.

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El bloguero tampoco había visto nunca los montes de Guipúzcoa cubiertos por la nieve, y contrastando nítidamente con el verdor del valle.

-Qué belleza- pensó.

No pudo poner cara de arrobamiento, porque eso no pega en los viajes colectivos, donde todo el mundo va tan serio, y dibujando más bien algún drama en su cara.

Sin embargo, la luz esplendorosa de aquella mañana otoñal daba al paisaje un relieve especial, y le remitía al viajero a uno de las pocas reglas de filosofía práctica que aprendió en los libros. Procede de Alain, un modesto pensador francés del pasado siglo que escribió Sobre la felicidad. No hablaba en su libro de un viaje en autobús, sino en tren, aunque la moraleja es aplicable a cualquier medio de transporte por el que hayas pagado un billete. Piensa que el paisaje maravilloso que quizás estás viendo por la ventanilla-viene a decir- no estaba incluído en el precio.

A menudo lo olvidamos. Como olvidamos también la cuota de felicidad marginal que puede aportar la puntilla de un huevo fresco bien frito.

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El autobús seguía viaje. Dejaba atrás el País Vasco y se adentraba en Castilla.

Castilla nevada. Ancha,  blanca, limpia y fría. Iglesias, monasterios, murallas, castillos. Se comprende que este solar adusto y riguroso en extremo diera pábulo a tantos guerreros místicos. El ciego sol, la sed y la fatiga/ por la terrible estepa castellana/ al destierro, con doce de los suyos/ polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga –recita para sus adentros el viajero. Siempre ha pensado que esas cabalgadas bajo la celada y la coraza candentes por el sol de agosto debían de ser la mayor prueba de sufrimiento para las bravas mesnadas del Campeador. Pero…¿y el frío?

El frío de la armadura en la Castilla helada. El frío que se adivina en el ya casi extinto pastor que aún apacienta a unas pocas ovejas valientes cubierto en su manteo. Qué merito, salir a buscarse la vida del ganado bajo la nieve.

Y qué grato poderlo ver calentito desde la butaca del autobús mientras este avanza al encuentro de otra postal.

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El puente del caos será también uno de los más borrascosos que se recuerdan. Por la noche, desde el ventanal de su palomar, el bloguero contempla  Madrid al anochecer bajo el temporal. El Palacio Real, la Almudena,  San Francisco el Grande y, más al fondo, los edificios de  Telefónica, el Palacio de la Prensa y Bellas Artes aparecen y desaparecen como pecios que flotan en el horizonte envueltos en la bruma. El espeso celaje rebota las luces de la gran ciudad, dotando a la escena de una iluminación espectral. De vez en cuando la niebla se rasga en cortinas colgantes. En otros momentos, los grandes iconos de la arquitectura madrileña se coronan de penachos evanescentes.

El observador recuerda las atmósferas mágicas que pintó Turner. O las distintas versiones lloronas de la catedral de Rouen que recreó Monet. Pero esta exhibición, estos momentos milagrosos que de vez en cuando  brinda el cielo, se pueden ver sin salir de casa. También gratis, por supuesto.

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Nunca sabemos cuál será la próxima sorpresa. Estaba el bloguero transido por los grandes panoramas de aquel viaje de emergencia cuando de repente se ve poniendo el nacimiento con sus nietas, y advierte que el drama se avecina.

-Abuelo –pregunta Marina muy preocupada- ¿Y cómo vamos a poner esta gallina?…

La gallina, figurita de barro fetén, de las clásicas murcianas de toda la vida, ha perdido la peana donde hundía sus patas de alambre y no se tiene de pie. La niña está desconsolada, porque un nacimiento sin gallina no es lo mismo. Pero al abuelo se le ocurre partir una sección de un corcho de botella, hacer en ella una incisión a punta de navaja, ponerla sobre la mesa y clavar  a la gallina para que luzca erguida su cresta en el belén.

Y la niña sonríe.

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Poco después escucha el discurso de Mario vargas Llosa en la Academia Sueca que difunden todas las cadenas de televisión. Y comprueba estupefacto que este gran hombre  no sólo no parece el divo atrabiliario e impertinente que tanto se estila, sino todo lo contrario.

-Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado-dice el Nobel.

Anota el  bloguero un pensamiento del escritor que guardará como oro en paño: al igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Y le impresiona que se le quiebre la voz al hablar de su mujer, la bella prima de “nariz respingada”, que le critica diciéndole lo que más complace escuchar al novelista: Mario, no sirves más que para escribir…

El bloguero flipa, porque no acaba de creerse que aún se emitan mensajes de este calado.  Además de todo eso, entre cultas veras y finas bromas,  el escritor peruano proclama públicamente su amor y agradecimiento a España. España, casualmente nuestro país y también el suyo, al que tanto maltratamos  con huelgas y políticas disparatadas y del que tanto denigramos los que en ella nacimos…

Qué pasado de moda, pero qué emocionante y qué impactante Mario. ¿Cómo no vamos a acabar mojando con él? Definitivamente, aún en el caos se acaban encontrando postales y joyas preciosas.

El hombre que dejaba escapar los aviones

Homper necesita aviones de papel para volar a su antojo...

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Cuando Homper vio La cantante calva de Ionesco, descubrió que el teatro del absurdo tiene muchos visos de realidad. Se acodó de la famosa sentencia de Oscar Wilde, tantas veces aplicada cuando el observador se queda pasmado admirando un instante glorioso del atardecer, una formación geológica caprichosa o un paisaje sobrecogedor: la naturaleza imita al arte.

-Está claro –se dijo- la naturaleza imita al arte y el absurdo se posesiona muchas veces de la realidad.

Lo pensó después de presenciar una de tantas secuencias estúpidas que suceden en la vida de cualquiera. A la sazón, en un marco tan poco sugerente como ese lugar de pasos perdidos en que se han convertido los agotadores aeropuertos modernos.

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El protagonista del suceso fue un viajante atormentado por algunas cuestiones básicas. ¿Cuántas horas de su vida habría pasado en ese penoso trance de esperar un avión? ¿Cuántos kilómetros acabaría peregrinando por los aeropuertos? ¿Cuánto dinero deberían de haberle reembolsado las compañías aéreas por sus impuntualidades horarias? ¿Cuánta adrenalina  había segregado por ellas? Acumulándolas todas…¿podría haber cumplido alguno de sus grandes sueños? ¿Estudiar música, por ejemplo? ¿Tocar el violín? ¿Aprender física cuántica? ¿Dominar los misterios del Sudoku? ¿Escribir una versión moderna de Á la recherche du temps perdu? ¿O montar pacientemente, pieza a pieza, esa maqueta del buque Juan Sebastián Elcano que dormía resignadamente en un anaquel de su habitación?

-Es la medida de eternidad más tonta que conozco-pensó mientras despachaba uno de esos carísimos sándwiches con sabor a química saludable que distingue a la gastronomía aeroportuaria-Los aeropuertos son el limbo de los viajeros del siglo XXI…

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El día que acuñó ese pensamiento su despiste habitual le dio otro disgusto suplementario. Por necesidades de trabajo, viajaba todos los miércoles al mismo destino en el avión de la dos de la tarde. No había adelantado su reloj el fin de semana del cambio horario de primavera, y el primer miércoles después de este, al solicitar su tarjeta de embarque, una amable señorita uniformada le dio amablemente la muy desagradable sorpresa.

-Señor, llega usted tarde. Su vuelo acaba de despegar…

Efectivamente, se le puso primero cara de limbo. Pero poco a poco la expresión de su rostro mutó a indignación consigo mismo. No era para menos. Imaginó que salía del aeropuerto cojeando y dejando tras de sí un reguero de sangre. Qué cabreo, santo Dios: no le maltrataba la aviación comercial lo suficientemente mal como para que encima él mismo tomase una pistola cargada y se disparase en el pie.

-A ver qué se le ocurre, doctora –dijo el hombrecillo cuando se tendió en el diván de la psicóloga- A ver cómo me convence usted de que no soy el viajante más desdichado y el más gilipollas del mundo.

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Además de los consejos de la psicóloga, él mismo se aplicó otras terapias de urgencia. Imanes en la puerta de la nevera sujetando recordatorios. Postit amarillos sobre su mesa de trabajo. Rotuladores luminiscentes para hacer más llamativos sus avisos. Chinchetas de colores pinchando notas urgentes en el panel de corcho del pasillo. Y un firme propósito de la enmienda: recuerda al levantarte las obligaciones del día y a qué hora debes cumplirlas. Recuerda que debes recordarlo. Recuerda que debes recordar que luego se te olvida recordar.

La escena del hombrecillo atormentado le hizo sonreir a Homper, pero confiaba en que la trama de aquella comedia profundizara en el absurdo hasta el delirio. No le defraudó. A la semana siguiente el viajante debía tomar un vuelo a las 11’ 30 de la mañana. Puso el despertador a las siete, pero el subconsciente vigilante le despertó a las 6´30. én el taxi tempranero. se acordó de su abuelo, que cuando viajaba en tren se presentaba en la estación dos horas antes de la hora de salida.

-Elemental, muchacho –le decía- Es indispensable presenciar la formación del convoy.

“La formación del convoy”, se repetía el viajante sonriendo. Qué antiguo el abuelo, pero qué sabio. Aquella mañana trataría de seguir escrupulosamente sus pasos. Antes se proveyó de ayudas para apacentar la espera: su libro, su MP3 para escuchar la radio y su música favorita, el periódico del día y un pequeño block de notas por si en el entretanto debía  apuntar algo nuevo.

Llegó al aeropuerto una hora y tres cuartos antes del embarque. Era lógico: aquella mañana se había puesto pantalones con tirantes. Los tirantes tenían seis presillas metálicas, y para pasar el control policial debería abrir las presillas y luego cerrarlas al fin de no presentarse en el avión con los pantalones caídos. Elemental, como decía el abuelo. El control, la caminata hasta la puerta K 93, y, en la pequeña pantalla de Salidas, la sorpresa que ya no es, desdichadamente, ninguna sorpresa para los viajeros habituales de avión: delayed. Nueva hora de salida: 12, 05.

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El hombrecillo  desahogó su frustración con las dos encantadoras empleadas uniformadas que debían chequear las tarjetas de embarque.

-Buenos días –les dijo educadamente mientras con el gesto señalaba a la pantalla- ¿Qué nos cuenta hoy la compañía para justificar el retraso?…¿Falta de visibilidad? ¿Control logístico? ¿Causas técnicas?…¿Migrañas de los controladores?…

-No señor –respondió la que parecía más veterana- Es que no ha llegado aún el avión que debe cubrir ese vuelo.

-¿Tardará mucho en hacerlo?…

-No le puedo decir…Tiene que llegar de Gerona, pero no sabemos si ha despegado.

-¿Cree que con los Episodios nacionales de Galdós tendré bastante para la espera?

-¿Cómo dice?-preguntó la empleada, inmune a cualquier tipo de ironía.

-Quiero decir que si la espera va para rato.

-¡Oh si!-contestó luciendo la más amable de sus sonrisas- Siéntese ahí y lea lo que quiera, le va a dar tiempo…

El pobre viajante  refunfuñó visiblemente enfadado. Después advirtió que su cólera no sólo era inútil sino, que caía sobre dos trabajadoras que no tenían la culpa de nada, y les pidió disculpas por ello.

-Lo siento –les dijo- Se que ustedes son el pararrayos de la furia de los viajeros…Pero es que estoy hasta la coronilla de la falta de respeto de la aviación comercial y de su compañía  por mí y por todos los que tenemos que viajar.

A continuación se quitó su chaquetón color mostaza de Dijon, se puso los auriculares de su  MP3 en los oídos y se sentó en la segunda fila de asientos que daban la cara al puesto de embarque. No quería perder de vista ni la pantalla ni a las empleadas uniformadas, de modo que tuvo buen cuidado de sentarse en un lugar bien visible para ellas. Después abrió su periódico y conecto su MP3 para intentar evadirse.

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Parece ser que se evadió demasiado. Mientras en su MP3 sonaba su música favorita, dio buena cuenta del periódico del día y de medio capítulo de su libro. La música era arrebatadora, y el libro que se traía entre manos era sencillamente apasionante. Tanto, que el hombrecillo furibundo no advirtió que el avión procedente de Gerona había aterrizado, y después de ser debidamente limpiado y repostado, había despegado nuevamente rumbo a San Sebastián.

Eso es lo que le dijeron las amables empleadas uniformadas cuando, cansado de no saber nada de su destino, se levantó a preguntar por el vuelo retrasado.

-Oh, señor…Salió hace veinte minutos…

Se quedó helado.

Parece ser que el avión partió medio vacío. El hombrecillo asegura que entre página y página  levantó la vista y no vio ninguna cola ante la puerta de embarque. También asegura que no escuchó ningún aviso, cosa normal si se tiene en cuenta que ahora se ahorran en los aeropuertos las llamadas por megafonía, y  que, aunque estas se hubieran producido, él, raptado por su música favorita, no la hubiera oído.

-Perdón –dijo el viajante a las señoritas uniformadas- ¿No se acuerdan de que yo les pregunté hace una hora si había  mucho retraso?…

-Sí, claro…Usted, el del chaquetón mostaza….Claro que m acuerdo…Se sentó ahí a leer mientras llegaba el avión…

-¿Y no se les ocurrió levantar la mirada cuado vieron que ésta iba a despegar de nuevo y faltaba un pasajero?…Estaba en esa silla….

-¡Imposible! –se excusaron sin perder la sonrisa- ¡Si tuviéramos que acordarnos de todos los que se nos vienen a quejar!…

No se quedó precisamente contento con la respuesta de las amables empleadas. Pero si en esos momentos hubiera tenido la pistola a mano, no les habría disparado a ellas, ni tan siquiera a su propio pie. Sino directamente a la sien de su maldita cabeza, porque ahora ni siquiera podía alegar el despiste horario. Simplemente, había dejado escapar el avión delante de sus narices por leer y escuchar música en lugar de estar pendiente del avión. O porque la lectura y la música le seducían más que viajar apretado como una gallina ponedora cuando a los amos de los cielos le sale de las narices.

Volvió a casa después de haber perdido una deliciosa mañana en el aeropuerto.

7

Como cine verité, real tal que  la vida misma, o como teatro del absurdo, la cosa tenía su gracia. La naturaleza imita al arte, y la vida misma acaba reproduciendo a veces lo que los maestros del disparate convierten en comedia.  Cuando Homper vio esta escena, desde el distanciamiento del espectador no pudo menos que reírse  a mandíbula batiente. Je, qué paradoja, el hombre con prisas que quiere viajar en avión para llegar pronto y, desalentado por la impuntualidad,  se desentiende de él, lo pierde inconscientemente y luego se tira de los pelos al ver que ha echado por tierra una cita importante.

¿Importante?

-Qué capullo-pensó-Eso le podía haber pasado a un personaje de Jacques Tati. Pero…¿cómo es posible que le pueda suceder alguien con la cabeza en su sitio?

Y dibujó una sonrisa que no se desvaneció hasta que, al llegar a casa y abrir el armario del hall,  advirtió que lo que colgaba en la percha era un chaquetón de color mostaza, como el del  viajante frustrado del aeropuerto. Entonces Homper, haciendo honor a su nombre, se quedó más perplejo que  nunca. Porque, qué contrariedad, comprendió que el gran majadero, el viajero estúpido que dejaba escapar los aviones no había sido otro que él mismo.

El sueño del celta y el sueño del prejubileta

Amigo Mario. Bienvenido al sueño del prejubileta esperanzado...

1

Algunas veces hasta este duende, tan poco propicio al optimismo, respira. Despierta, hace un balance de los componentes de la felicidad y sonríe.

-Definitivamente, esto no está tan mal-se dice mientras desayuna un café con tostada de mantequilla y mermelada de naranja.

Mira los activos con los que, por ejemplo, no cuentan ni Emilio Botín ni las Koplowitz. El lujo de una salud razonable. El lujo del tiempo. El lujo de la agenda en blanco. El lujo de la soledad. El lujo de una ventana con vistas a la cornisa imperial de la villa. El lujo de la luz otoñal. El placer de Madrid en otoño. Sin pensar en el IBI, ni en la tasas de basuras, ni en los baches, ni en las miserias de la deuda municipal, ni el el fragor del tráfico, ni en la incuria ciudadana. Hay muchas sombras en el mundo, pero uno puede envolverse en su pompa de jabón, echarla a volar y olvidarse de que acechan ahí, a la vuelta de la esquina. Hay otros mundos, pero al contrario de lo que insinuaba el poeta, no están en este.

Acabará estallando, como cualquier pompa de jabón, pero mientras dure…

2

Pasos de prejubileta animoso le llevan a cruzar el Manzanares, subir por el Parque de Atenas y la Cuesta de la Vega y entrar en el Palacio Real, donde se exhibe la exposición Pintura de los Reinos: una visión, a través de la pintura,  de las relaciones de Europa con los virreinatos americanos de los siglos XVI y XVII. Ahora las exposiciones temáticas no se limitan a mostrar obras de arte. Ahora buscan un hilván  en los cuadros, esculturas o grabados expuestos y al tiempo que entretienen el ojo te refrescan la historia.

-Qué suerte, los escolares de ahora-piensa mientras sigue el itinerario de la exposición por las lujosas estancias palaciegas- A mí nunca me sacaron de las aulas para aprender nada. Ahora los niños van a los museos, a las exposiciones, a los parques, y aprenden.

¿Aprenden?…El debate de la escuela puede desviarse hacia la crisis de autoridad de los maestros, la inhibición de la educación familiar o la discutible preparación de los docentes. Pero no culparán del fracaso a la falta de oportunidades para que los niños de ahora vean lo que nosotros a nosotros nunca nos enseñaban.

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A esta manera de divulgar cree el bloguero que le llaman transversalidad. No es mala cosa, deleitarse y aprender al mismo tiempo. El otro gran venero de la cultura, que es el libro y la literatura creativa están cada día más preñadas de historia. Hoy gran parte de las novelas o pertenecen claramente al género histórico, o enmarcan la ficción en lugares y acontecimientos que sucedieron realmente.

-La inspiración verosímil debe de vender mejor-piensa.

Al pasar por una librería mira el duende con cierta avidez malsana las dos últimas novedades apetitosas que lucen en los escaparates. Una es El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa. Otra, Riña de gatos, del siempre admirable, inteligente y divertido Eduardo Mendoza, uno de los pocos premios Planeta que piensa comprar. Por las críticas que ha leído de ellas, ambas novelas se entreveran de historia. Ambas seguro que ilustran a la par que entretienen.

O sea, la transversalidad bien entendida y mejor presentada. Otro lujo más para leer en el tranquilo y silencioso otoño del prejubileta esperanzado.

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