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Otra teoría de la felicidad

Cerca del castillo de Monfragüe se puede elaborar otra teoría más acerca de la felicidad...1
He aquí otra manera de ver a la especie humana. Aquella que traza una divisoria entre los hombres que rematan y los que no rematan, los que hacen los deberes y los que los dejan a medias, los que buscan la perfección o al menos la excelencia y los que se conforman con un aprobado, un pasar, un vivir desflecado y según y como, vaya, vale, sigamos adelante y no me toque usted las narices con escrúpulos ni tiquismiquis propios de perfeccionistas. A vivir, que son dos días.

El amigo Rafael estaba claramente en la primera categoría. Era un modelo en casi todos los ratios que las suegras de antaño puntuaban para conseguir el yerno soñado. Seriedad, buea cabeza, voluntad, espíritu de superación, elegancia y exquisitos modales, buena presencia. Y un pedigree de familia acomodada, buena plancha y mejor colonia. Alguien le llamó la atención un día a este bloguero sobre lo reveladoras que eran las porterías de las casas de Madrid. No hacía falta que hablaran las porteras o los porteros, gremio que siempre ha tenido la fama de cotilla impenitente. Hablaba por ellos la atmósfera que se respiraba apenas se entraba en el portal.

-Portal que huele garbanzo o a coliflor, malo. Portal que huele a lejía, regular. Portal que huele a maderas, a cera o a Netol, buenísimo.

Luego aclaraba que esa observación maliciosa no iba en absoluto contra el espíritu evangélico del amor a los pobres.

-Cristo dijo que los amáramos -precisó- y eso está bien. Pero eso no obliga en absoluto a ser feliz aspirando el olor a berza cocida.
El portal de la casa de Rafael seguro que estaba libre de esos pecados urbanos. El resto de los componentes de su personalidad no se sabe si vienen de los genes paternos o los maternos. La cosa es que dio en un tipo autoexigente y riguroso, poco dispuesto a conformarse con medianías. Pensaría que uno no tiene más que una vida para mostrarse. Fue un claro aspirante al homo perfectus.

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Ya cuando le conoció este duende había sin embargo en su biografía un dato chocante. Entonces la sociedad se había sofisticado, y ya no sólo queríamos ser felices, sino también guapos. A las mujeres de entonces les trastornaban los hombres altos y delgados, Gary Cooper y Gregory Peck a la cabeza. Rafael también era de raza fina, hombre deportista y sin apunte de tripilla, pero sin embargo era conocido como Gordo. Todo el mundo le llamaba Gordo.

Sorprendentemente, él, tan celoso de su imagen y de su autoestima, no esquivaba el apodo. Se diría incluso que lo defendía con un cierto orgullo, quizás consciente de que era el depósito de ternura y nostalgia del único momento de su vida en que fue rollizo y mofletudo, como un anuncio de Pelargón. Luego, viendo Ciudadano Kane, uno lo entendió mejor. Aquel magnate de la película muere con una palabra clave en sus labios que nos lleva a conocer el sentido de su existencia. La palabra es Rosebud, un enigma que vuelve locos a los investigadores hasta que descubren que tal era el nombre grabado en la madera del primer trineo que tuvo en su infancia el que llegaría a ser el hombre más poderoso de los Estados Unidos. Este, recreado en la película por Orson Welles, quiere recuperar al morir la única idea de felicidad pura de su vida, cuando lo tenía todo por delante, y todo aún por conquistar. Quizás quiso Rafael incorporar este sueño a su identidad, y llamarse Gordo para siempre aunque jamás un gramo de más afeara su percha. Gordo fue su Rosebud, y con ese trineo se deslizó por la vida en un slalom que seguramente facilitaría su búsqueda de la perfección.

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Gordo hizo una carrera brillante, y además tuvo la suerte de encontrar a una mujer como Luli,nacida Lucila, que con su encanto, su simpatía y su generosidad le dio aún más exuberancia a su vida. Además en uno de sus múltiples saltos adelante fue en Bruselas Director General Política de la Competencia, tal vez la nomenclatura que mejor le explica. De la competencia, o sea, del arte de competir. Pero también de todo lo otro que sugiere la polisemia de esta palabra: madurez, preparación, saber distinguir churras de merinas, priorizar objetivos, programar esfuerzos, saber vivir. Saber sobrevivir. Y, sobre todo, maña para superar obstáculos y proyectar al exterior una imagen de felicidad que, en los tiempos que corren, se recibe como un ungüento balsámico. Un triunfador prototipo puede llegar a molestar por su arrogancia. Un hombre contento, no. Un hombre contento estimula y reconforta el ánimo. Bienaventurados los Gordos que no cejan en su particular camino a la felicidad.

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Imagina uno que el aspirante a ser el homo perfectus es como un Karpov que sabe jugar simultáneamente varias partidas de ajedrez al mismo tiempo. En un tablero, su intimidad, el amor, la familia, los hijos, los nietos. En otro, su carrera profesional. En otro su papel en la sociedad que le ha tocado vivir. En otro, su dimensión humanista. En otro, el instinto de supervivencia, el saber ganarse la vida. En otro, su relación con los demás: amigos, compañeros, vecinos, colaboradores. En otro, piensa uno, su tira y afloja con Dios, o con cualquiera de esos sucedáneos que los hombres le hemos ido buscando a la idea de la divinidad…

Este hombre se asomó a todos los tableros, juega partidas en todos ellos y en todos, como poco, da jaque mate al desánimo. Como no debe de saber lo que significa perder, supo salir airoso de todas las lizas sin despeinarse ni perder la compostura. Si ha sufrido alguna derrota la ha sabido tan disimular tan bien que no ha dejado ni una sola cicatriz en su piel de hombre sonriente. Qué suerte la suya. O qué temple para saber lidiar con ella.

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Todas estas apreciaciones, a las que podría ponerse el correctivo de la amistad, le convencen a uno, aunque no le arrebaten. Lo que le llama la atención, y le gusta, y casi le enternece, es comprobar que a un hombre afortunado, como a él, lo que le hace vibrar e ilusionarse ahora es su circunstancia. Ya saben: la circunstancia de Ortega (no Ortega Cano, sino el otro, el de la calle, antes Lista). Podríamos precisar más: su circunstancia extremeña, pues fue en un lugar de Extremadura donde esta se le ha revelado. O su transformación eventual en hombre de campo, pues en él se refugia cada vez que tiene tiempo libre. O su circunstancia familiar, más esperanzadora que nunca ante una ristra de nietos a los que él enseña pacientemente a montar a caballo por los caminos mientras les va impartiendo lecciones elementales de naturaleza.

-¿Ves ese pájaro de colores tan bonito?…Es un abejaruco, que se llama así porque se come las abejas. ¿Y esa planta con la flor morada?…Se llama cantueso..,

Como un monitor celoso. Como un guardián que cuida al detalle su pequeño paraíso.

Uno ojo en el caballo, otro ojo en el pequeño jinete o la pequeña amazona. Y controlando al tiempo que el pequeño perro teckle de la casa no se escape y se meta entre las patas del caballo. Seguramente el amigo Gordo ha vivido pasos más importantes en su carrera. Pero ahora, en la tierra que él y Luli eligieron, y en la casa que construyeron, está viviendo los momentos más emocionantes.

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Uno fue invitado a su feudo y tuvo la suerte de verlo con sus propios ojos. Por si acaso, tomó apuntes para su propio futuro.

El tiempo corre, y los años del poder y del éxito –que fueron también los de la mayor responsabilidad- van quedando atrás. Entre las rosas del jardín y el encinar de la dehesa, rodeados por las crestas de la sierra de Las Corchuelas y bajo el techo mágico que ofrecen las noches estrelladas del parque de Monfragüe , Gordo y Lucila transitan ahora por un terreno más plácido y amable, jalonado de voces infantiles o presencias amigas. Tal vez sin darse cuenta, el hombre inquieto que buscaba la excelencia se acerca cada vez más a otro modelo de vida, próximo al beatus ille del clásico. Como decía el Quijote, mejor es el camino que la posada. No hay como no parar y seguir buscando en los valores y placeres más elementales de la vida para creer que la felicidad, que nunca acaba de llegar del todo, te está esperando sólo un poco más adelante. A la revuelta de esa curva, o más allá de ese cerro de encinas cuajadas en flor de primavera.

De boda en un pueblecito de los Cotswolds

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-Eso es como el que tiene un tío en Alcalá-escuchaba decir a sus mayores cuando hablaban de una quimera lejana.

Estaba también lo de hacerse castillos en el aire, que quedaba como más fino, más literario. Pero lo del tío en Alcalá resultaba más ingenuo, más castizo. Nunca le dijeron en cambio la segunda parte del aforismo: el que tiene un tío en Alcalá, ni tiene tío ni tiene ná. Cuando imagina uno que cuajó el dicho, Alcalá (se supone que de Henares) quedaba muy lejos de la Villa y Corte. Así las cosas, la frase se preñaba de razón..

-¿De qué sirve un tío que vive tan lejos que no te puede llevar al cine, al teatro o al fútbol alguna vez? –se preguntaba el aprendiz de duende- ¿Para qué quiere uno un tío que no le monta en moto, ni le sube al tiovivo, ni le invita a a merendar tortitas con nata al menos una vez en su vida?

Para ná. Un tío así no sirve de ná.

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Ahora, cosas de la edad y la globalización, el Duende ya no tiene tíos ni el Alcalá ni en ningún sitio, sino sobrinos lejanos. No por sangre, sino por distancia. Sobrinos que viven en Berlín, en Hannover, en Londres, en Edimburgo, en Niza, en Los Ángeles, en Shangái. También en Logroño, en Barcelona o en Oviedo.

 De la familia de su querida esposa, que es la quinta de siete hermanos y de la suya –él ocupa el mismo lugar en una lista de seis- se puede esperar cualquier cosa. A muchos de estos sobrinos a veces los ves  de bebés, cuando parecen una alubia con patucos de punto blanco, y no vuelves a saber de ellos hasta que te llega su invitación de boda. Naturalmente, tampoco se casan en Alcalá de Henares, sino en un pueblecito de otro perfil, y ligeramente más alejado. Por ejemplo, Oaksey, en el condado de Wiltshire, Reino Unido. Al borde de un parque natural inundado de pequeños lagos, bosques, deliciosos cottages sin enanitos de piedra artificial en sus jardines y amarillos campos de colza en flor. A este edén los ingleses llaman the Cotswolds.  El amor, como decía la canción de La perrita pekinesa, nada sabe ni de razas ni colores. Ni tampoco de dónde acabará uno poniéndose el chaqué o el vestido blanco para decir el sí quiero. Los novios eligieron este recóndito rincón, gracias a lo cual el Duende pudo perderse varias veces por sus encantadoras carreteras tan estrechas como mal señalizadas, desesperarse bucando en el mapa sus destinos y comprobar, una vez más, que nuca sabrá entenderse en la lengua de Shakespeare.

-Perdone-acabó por explicar en su precario inglés a los que abordaba para preguntarles dónde quedaba Oaksey – No  soy bri-tá-ni-co, y a-de-más es-toy al-go sor-do. Há-ble-me des-pa-cio y muy  cla-ra-men-te, please.

El please le quedaba maravillosamente. Como el inglés para sordos: el único que es capaz de entender en las conversaciones.

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A Isabel Spearman la conoció este bloguero en la canastilla, y luego le vio pasar de bebé a niña y de niña a mujer en Candeleda, a donde venía los veranos con su madre y sus hermanos para secarse, cargar baterías y disfrutar con el gazpacho, el jamón, los huevos fritos –con puntilla, y no a la inglesa- y las patatas fritas en aceite de oliva. En  Escocia, donde vivía,  Isabel parecía fundida a la grupa de un caballo, que montaba como una precoz amazona. Pero cuando llegaba a la España donde se crió su madre, hacía lo que ésta, que es lo mismo que tanto le gusta a los británicos y a los lagartos: tenderse al sol, cerrar los ojos y dejar pasar las horas. Luego la chica creció, se hizo muy guapa, muy lista y francamente exitosa. Ahora la criatura es la asistente personal de Mrs. Cameron, la mujer del primer ministro inglés. La chica  sabe lo que se hace, y además tiene un gusto personal exquisito.

-Para la entrega de premios en el orfanato que tenemos hoy -le dice- se ponga usted blusa camisera de Liberty, chaqueta de Carolina Herrera, falda tableada a juego y zapato oscuro. Y sólo besos y carantoñas a los tres premiados, que luego ha de inaugurar un hospital para ardillas en Richmond, y si se enrolla no le va a dar tiempo.

Rebosaba este orden y buen gusto en todo lo que caracteriza a una boda campestre en Inglaterra. Cielo plomizo y amenazante que, afortunadamente, no rompió en llanto, iglesia antigua, de piedra y verdín, rodeada de uno de esos cementerios donde dan ganas de ponerse a descansar eternamente ya mismo, vicario ceremonioso, adornos florales de estudiada sobriedad, señoras guapas, tules y sedas, pamelas, chaqués grises y negros, lluvia tan sólo de de pétalos de rosas sobre los recién casados (¡Qué inmenso error!: mientras escribe estas líneas el bloguero escucha de nuestro pontifex maximus en materia de modales y costumbres de gente bien, el inefable Josemi Rodríguez Sieiro, que eso es intolerable. Menos mal que los Spearman no escuchan Herrera en la onda).

A la salida, un cochecito de caballos tirado por un aguerrido pony que transportó a los novios  a una carpa en medio de un prado bellísimo. Una orquesta de jazz. Un servicio de té espléndido, que se podía tomar mientras se contemplaba el paisaje de los Cotswolds a través de las faldas transparentes de la inmensa carpa: aquello le daba al cuadro la pátina onírica de una pintura de David Hockney. Todo tan bonito. Se sospecha que la  abuela española de Isabel, que se llamaba Catalina, a la que tanto le gustaban esas cosas, sacó un periscopio invertido desde el más allá para espiarlo todo.

-¡Qué pena habérmelo perdido! –dicen que se escuchó bajo la espesa bóveda de nubes azulencas- Pero, pese a todo…`qué contenta estoy!

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Salvo el sector de infalibles de la rama española de esta familia, todos los demás asistentes a la boda eran británicos o de la órbita de la Commonwealth. Salvo a los propios Spearman, el Duende no conocía  a nadie. Mientras el vicario sermoneaba , se dedicó a espiar a las señoras y jovencitas guapas, y en ese menester dio con una cara no femenina que le sonaba de algo. Era el propio David Cameron, primer ministro del gobierno de Su Graciosa Majestad. No sólo se sentaba, como cualquier otro invitado, en las últimas filas. Sino que además tenía a su a cargo a un par de críos pequeños que, como todos los niños, se aburren mucho en las iglesias.

Ni dentro ni fuera de la iglesia se veían maderos o escoltas, al menos indisimulados. Tampoco coches de respeto o de policía por los alrededores. Los habría, seguro, pero sin hacer ostentación. Eso llamó la atención  a los españoles, tan acostumbrados al boato del poder. Seguramente la democracia también es considerar que a un presidente hay que guardarle respeto, pero sin que pase de ser en una boda un invitado más. Bienaventurados los poderosos que saben ser discretos.

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Después de haber visto Ivanhoe, Robín de los bosques y Las cuatro plumas aquel duende casi impúber empezó creer que los ingleses eran clase especial preferente. Luego conoció mejor su historia, y su literatura, y su país, y por unos años creyó que el Reino Unido era su segunda patria, que le gustaba casi más que la primera precisamente porque ésta siempre se tomó poco en serio todo aquello que cualquier británico, sea de donde sea, respeta: Dios, patria, bandera, reina, himno, historia, honor, tradición, formas y maneras, autoestima. Y a él, tan inseguro, le gustaba tener referencias claras. Su imaginario de ídolos iba de Cromwell a Monty Python, pasando por Dickens, R.L.Stevenson, Chesterton, Emily Bronte, Bertrand Russell,  Agatha Christie, Chaplin, Woodehouse, Peter Sellers, Los Beatles y Bobby Charlton. Ah, claro, y Guillermo Brown, que era de mentirijillas, como el Quijote, pero menos chiflado y mucho más divertido.

Luego la vida templó su anglofilia. Cuando contrastó la apabullante puesta en escena del gran Imperio Británico con su implacable flema, fría y cruel hasta donde haga falta (Churchill es el mejor ejemplo) comprendió que gran parte de sus valores son la simple parafernalia del poder. Y que en el fondo su pueblo es, más que romántico y épico como luce, simplemente pragmático. En este viajecillo a los Cotswolds al Duende le impresionaron pequeños detalles, como ver que en los deliciosos footpath que siguen el curso de un joven Támesis recién nacido, y alrededor de los lagos, había numerosos carteles indicando que había que llevar a los perros con correa, y bastantes contenedores para depositar en ellos sus caninas caquitas. Es todo un Parque Nacional de muchísimas hectáreas, y uno diría que en plena naturaleza, pero lo cuidan como El Retiro. Al igual que custodian la memoria de sus héroes: en cualquier pueblecillo, un solemne memorial en recuerdo de los muertos en las dos guerras mundiales. En cualquier iglesia, o cementerio, en cualquier lugar, una placa, una lápida o un busto en honor de Jonathan Hopkins, Comandandante del Regimiento de Coraceros de Chippenham, caído en Jartún, o de John Sondeston, Lugarteniente de Infantería del IV Cuerpo del Ejército muerto en la Batalla del Somme. Luego, en el Reino Unido, como en todas partes, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Pero sin  descuidar las formas.

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¿Hay algo que aprender de estos  peculiares seres rubitos –ahora ya menos- que durante siglos mangonearon a gusto en el planeta y que difícilmete perderán su flema?. La formalidad, la pompa y la circunstancia no son, ni mucho menos, la osamenta de esa convención que pueden ser sus costumbres y sus creencias. Pero cuando aquéllas se diluyen, la conciencia colectiva también se desfleca, pierde su identidad y puede acabar desapareciendo. El último himno que, de los novios al primer ministro, cantaron todos los asistentes a la boda de la sobrina Isabel trenzaba religión y patria con una letra del poeta William Blake que, después de preguntarse si el Cordero Divino pastó en los verdes pastos de Inglaterra –cosa verdaderamente improbable- o si Jerusalén fue construído entre las oscuras y satánicas fábricas británicas –seguro que no- acababa con esta pintoresca afirmación: no cesará mi lucha mental / ni dormirá la espada en mi mano/ hasta que hayamos construído Jerusalén/ en la placentera y verde tierra inglesa. Eso sí que es voluntarismo, y no lo de Zapatero. Qué diferencia con los españoles, que jamás cantamos en las iglesias, y sólo nos juntamos para corear la dichosa Macarena o, como mucho, Asturias patria querida.

No es fácil lo de construir Jerusalén en Gran Bretaña, seguramente no se lo creen. Pero los ingleses lo cantan como si lo creyeran. Y, con todos los achaques que sufre el mundo, les sigue yendo bien. Como les irá a Isabel y a Mark, recién casados en un pueblecito de Wiltshire de cuyo nombre y de cuyo paisaje este duende curioso siempre querrá acordarse.

Despertar bajo la lluvia

Desde hace tiempo, este bloguero cree que no hay cuadro más hermoso que ver llover...

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¿Cuántos ruidos caben en una vivienda dormida? ¿Qué puede romper el silencio nocturno de un pequeño piso apartado de las grandes vías urbanas, si no habita en él un gato, ni un loro, ni un ratón que forma parte ya de la familia? Pero qué familia, si uno vive solo.

La madera tarda en morir, le dijeron cuando empezó a escuchar sus quejidos en la casa del campo, que tiene el aire de una casa rural, pero sin turistas. De repente algo cruje en esa casa lejana. Y el dormido abre un ojo, y por un momento se siente en una película de  miedo. Ya está, el asesino, que viene a por mí. Pero no, es el alma de la casa, ratones, carcomas, pájaros que anidan bajo las tejas, inclusos salamanquesas, tan delicadas, el viento que de vez en cuando despierta y da señales de vida. Y la madera, que creemos que es materia inerte, pero que o está viva o alberga vida. Vigas de castaño, entarimado, carpintería de pino que envejece precipitadamente para parecerse a la humilde casa de cabreros en la que se instaló, escalera de las que acusan hasta el paso ligero de las niñas madrugadoras.

-Buenos días, abuelo –le despierta a veces al Duende una voz delicada y susurrante que  ni siquiera espera al clarear del día. Entre seis niñas siempre hay una madrugadora que que necesita conversación.

Pero qué niñas, si en este palomar urbano uno vive solo. Y qué ratones, o pajaritos, o salamanquesas, o carcomas, si en este pisito alto apenas hay carpintería natural, y la poca que hay está blindada de barnices plásticos poco agradables de roer. Y qué madera se va a atrever a crujir en estas condiciones.

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O sea, que el ruido era un ladrón, que venía a por el televisor o a por la cubertería de IKEA, pues no cree el Duende que le interese la Enciclopedia Británica, que pesa tanto en el saco y ya no interesa a casi nadie. O si no es el ladrón, será el sádico ese que de vez en cuando necesita asesinar y salir en la prensa. Porque el ruido no está claro, pero ruido es, y esta vivienda es tan poca cosa que no puede permitirse el lujo de fantasmas que cierran las puertas y marcan pasos misteriosos. Ah, claro, seguro que es el sueño, que no tiene por qué tener lógica. Una noche uno sueña que la vecina es Romy Schneider, cuando es evidente que no puede ser, porque Romy Schneider, aunque fuera maravillosa, murió hace muchos años, y porque la vecina, además, es de Cantimpalos, y de darse un aire con alguna actriz conocida sería más bien otra Gracita Morales, que en paz descanse también. Los sueños mienten, pero es que además el Duende está seguro de haber despertado, y sin embargo algo araña su silencio habitual.

Se pellizca, no lo cree, ¿será posible?…Lo acaba de reconocer, es la lluvia, que tamborilea sobre la carcasa del aparato de aire acondicionado. Epur piove…, que diría Galileo, más maravillado aún de que a  esta España condenadamente seca, que, como es lógico, también gira con el resto del planeta, no se le haya olvidado el sonido del llover.

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El encantador ruidito de la lluvia, qué delicia. El reloj marca las seis y media, no son horas de levantarse. El bloguero trata de conciliar el sueño. Pero empieza a imaginar el indescriptible olor de la tierra mojada, y el pasto que empieza a verdear, y  los árboles que ya encuentran motivos para que estallen las yemas de sus hojas, y la bendición que esto supone para los cereales, y para las vacas, y para las ovejas, y para las pobres cabras que aún resisten en las laderas de Gredos y para el caballito que ve desde su ventana  en el campo, y que ya debe de tener el morro en carne viva de tanto besar el suelo buscando algún tallito fresco que llevarse a la boca. El bloguero está despierto, pero se atreve a soñar que quizás incluso habrá nevado en las cumbres, y volverán a correr los arroyos, y puede que hasta se animen los ríos.

Y salta de la cama.

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No eran horas de levantarse, pero cómo se va a perder uno el espectáculo. Es tan emocionante como el amanecer del día de Reyes. De modo que uno se sienta ante la ventana, con el ordenador de por medio, y contempla el desperezar del 21 de marzo, la fachada occidental de la capital sacudiéndose la noche para emerger de entre la niebla de la lluvia menuda. Va descubriendo poco a poco el Palacio Real, la catedral de la Almudena, San Francisco el Grande, el rascacielos de Telefónica, el Círculo de Bellas Artes más lejos, el Pirulí, una silueta apenas perceptible en el gris panza de burro que uniforma el horizonte. Todo ello envuelto en el elegante velo de la lluvia.

Es fácil la comparación, imagínense esos paisajes húmedos y nebulosos, entre dos luces, de Turner, de Monet, de Utrillo. Uno ve este amanecer, imagina, lo valora todo y lo escribe como lo imagina. Y no es fanfarronada, pero puede asegurar que si alguno de estos cuadros tan valiosos colgara hoy de las paredes de su  vivienda, seguiría mirando embobado la lluvia que cae sobre Madrid.

-Lluvia, cuánto te quiero -le dice – Espera que me ponga un impermeable, que salgo a darte un beso.

Fatigado por el “dolce far niente”…

Qué difícil, y qué fatigoso, es no hacer nada...

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No sabe el Duende cuánto tiempo hace que pasa un día sin salir de casa. No ha sido por motivos de salud, ni por inclemencias del tiempo –qué más quisiéramos- ni por la obligación de ordenar papeles, o preparar la declaración de la renta, o montar un mueble de IKEA, o de cocinar un bacalao al pil-pil. Era pereza, fatiga. O tal vez sentirse a gusto en su palomar. Según transcurría la jornada se iba adueñando de su alma calvinista una preocupación.

-¿No será que estoy sucumbiendo a la tentación de dolce far niente?

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Y a continuación repasó su comportamiento, por si respondía al canon de lo que entiende por no hacer nada. Había hecho su cama. Había ordenado su cocina. Había hecho unas tostadas y un café, había leído el periódico en su teléfono móvil, cosa bastante incómoda por cierto. Se había puesto el chándal para salir a correr. Se lo quitó después, porque no le apetecía, estaba como cansado, y por primera vez en su vida consideraba que el cuerpo merecía un respeto. Se duchó, se afeitó.

Había buscado libros, que luego había cambiado de sitio, había mirado muchas veces por la ventana, observando: 1. Varias bandadas de cacatúas verdes volando. 2. Un gato trepando por el tronco de un pino. 3. Al menos dos autobuses urbanos semivacíos. Qué gracioso: todos los personajes igual que los de su autobús de hojalata marca RICO, juguete de los años cuarenta del pasado siglo, silueteados sobre el vacío. 4. La ciudad latiendo bajo el sol implacable que nos permite hablar de “buen tiempo, tiempo primaveral”. Cuánto le irrita al Duende que al tiempo africano le llamen buen tiempo, cuando el buen tiempo en esta época  sería fresco y algo de las lluvias que no han querido ni hisoparnos en invierno. 5. El parque sediento, implorando compasión.

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También ha pensado. Por cierto, ¿pensar es hacer algo? Pensaba que uno va haciendo su vida como quien  compone un puzzle. En un puzzle hay algunas piezas clave, de cuya correcta colocación depende en buena parte el éxito del cuadro final. Hoy el Duende pensaba que tocaba poner una pieza tonta, poco esclarecedora, un pedazo de cielo, un retazo de mar, unas hierbas. Nada que le condicione o le cambie el puzzle de la existencia.

Ha escuchado la radio, ha mandado varios correos electrónicos, ha puesto unos garbanzos a remojo, ha quitado una mancha, ha introducido un CD en su aparato de música, ha repasado los coros del Mesías que cantará en diez días, ha tomado un te, ha buscado, sin éxito, a un calcetín desaparecido, ha completado un soneto que había empezado el día anterior en el autobús, un soneto dedicado a una dama que cumple años inconfesables y que sigue pareciendo una chica ye-yé, las cosas.  Ha visto dos partidos de fútbol, el Athletic-Manchester United y el Besiktas-Atlético de Madrid. Si uno mira en los rojiblancos bilbainos sólo un club de fútbol, qué admirable, qué categoría, qué ejemplo de equipo el suyo. Qué partidazos  los que nos regala últimamente, y que hazaña la de eliminar a los líderes de la Premier League El maestro Ansón dice, seguramente con retranca, que él es del Athletic de Bilbao porque es el único club de nuestra liga que juega siempre con once españoles. Españoles y vascos, españoles o vascos, qué mérito el de ese conjunto de bilbainos, guipuzcoanos, alaveses, navarros y riojanos –cada vez se amplían más las fronteras futbolísticas del País Vasco- en una liga donde hasta el club más modesto es una multinacional. Ya podían aprender los que sólo hacen plantillas a golpe de talonario.

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Según los códigos morales del Duende, el fútbol no puede ni debe ser excluyente de otras actividades. Así que mientras lo miraba,  hojeaba, de paso, la prensa digital. Qué contradicción, hojear sin pasar una hoja. Luego cenó. Y en todo ese tiempo se obsesionaba recordando aquel ojo vigilante de Dios insertado en un triángulo que aparecía en el catecismo, al tiempo que tarareaba por lo bajini una canción que sonaba cuando era niño por aquellos receptores de radio antediluvianos.

Mira, niño, que la Virgen lo ve todo…

Espera el Duende que Dios y la Virgen se hayan dado cuenta de que aunque   casi todos, unos por falta de trabajo y otros por sobra de años, estemos inactivos, es imposible no hacer nada.   Acabó el Duende tan cansado de ese menester, que a las once y media de la noche se le caían los párpados, y sentía que la cama le llamaba para recogerse en ella y ponerse a no hacer nada de verdad

 

 

Gracias, luna

Es fantástico pensar que hay una luna panacea para cada uno de los que la miran embelesados...

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Hacía fresco, no exactamente frío. Y la luna iba a despuntar por el pequeño  monte que guardaba la casa por levante. Antes de iluminar del todo el amplio valle, la sierra que quedaba a espaldas de la casa y todos los escondrijos de la noche, debía desenmarañar una masa de rocas y robles, pues se trataba de un monte tupido y caprichoso, el monte donde si la muchacha fuera sólo una niña tendría su cabaña, su osito durmiendo el invierno en el tronco vacío del árbol más viejo, un sapo hibernando, tan bueno y simpático que luego despertaba y se convertía en príncipe, su bruja. Sus sueños.

Veinte minutos antes de asomar, la luna ya había fumigado el cielo con esos polvitos mágicos que usa Hollywood para pintar las noches de las películas de Tim Burton: un sutil velo de plata traslúcida, una  niebla delicada de misterio, una pátina  de poesía cósmica que anunciaba su definitiva salida.

-Yo no me muevo de aquí hasta que asome del todo –dijo la muchacha mientras se echaba encima su plumas- A ver si la luna lo cura todo.

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La muchacha estaba en esa edad curiosa en la que se pregunta casi todo, y vivía en una familia  que facilitaba los porqués.

-¿Por qué todo el mundo habla de eso que llaman crisis? ¿Por qué papá está tan angustiado y  se enfada con todos? ¿Por qué llora mamá cuando viene de la compra? ¿Por qué el tío Blas dice que está en el paro? ¿Por qué a la tía Petra le ha salido un cáncer? ¿Por qué internaron al primo Roberto en una clínica, si se ponía él solo las inyecciones? ¿Por qué dice la abuela que Dios le está fallando?…

Se arrebujaba en el calor mullido de su plumas mientras se lo preguntaba, cara a cara, a la luna, que ya lucía completa sobre el cielo estrellado. Primero había lanzado las preguntas más sombrías. Pero luego su corazón le planteó sus legítimas  demandas.

-¿Y por qué Jaime, que es el chico que me gusta, no me escribe, o por lo menos no me llama, y me invita a merendar tortitas con nata? ¿Por qué no puedo ser feliz, como en los cuentos?

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La muchacha había escuchado por la radio que la luna llena sería el broche del Día de la Mujer. Cuando su padre llegó a casa por la noche estaba descompuesto. Dijo que habían despedido a cuatro de su departamento, y que el próximo podría ser él. También protestó por la cena: qué miseria de cena. Y se lo decía a su madre como si su madre, que debería celebrar el dichoso Día de la Mujer con una sonrisa, fuera culpable de todo: de los despidos de la empresa, del recorte del sueldo de su padre, de los precios de la cesta de la compra, del cáncer de la tía Petra, del paro del tío Blas, de las sospechosas inyecciones del primo Roberto y hasta de la chochera de la pobre abuela, que estaba destrozando con su silla de ruedas todas las esquinas de la casa.

Fue entonces cuando su madre se encaró con su padre y le dijo.

-Lo siento, Pedro. Pero yo no puedo ser la panacea de todos los males.

La muchacha tuvo que esperar a que su madre sofocara el llanto para hacerle una última pregunta.

-Mamá, ¿qué es una panacea?

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Su madre se calmó, se secó las lágrimas, sacó el diccionario de la estantería del salón y se lo dejó abierto a la muchacha en la página donde venía panacea. Medicamento al que se atribuye eficacia para curar diversas enfermedades / Remedio o solución general para cualquier mal.

Y ahora, viendo la luna en su esplendor, lo entendía todo. La luna era solución mágica que todos estaban esperando. Por eso tenía forma de pastilla, y por eso era tan bonita y no había nadie que no la mirase con fascinación, porque hacía olvidar los males, iluminaba todos los sueños que quedaban por cumplir y alimentaba todas las esperanzas.

Y lo que más le gustaba a la muchacha era que este medicamento se suministraba sin recortes para nadie. Porque había más de siete mil millones de personas sobre la tierra. Pero,  a pesar de todos los infortunios, también había una luna panacea, una pastilla milagrosa para cada una de ellas.

 Así que, como además arreciaba el relente, la muchacha se despidió.

 -Gracias, luna- dijo lanzándole un beso.

 Y se fue a la cama a soñar feliz.    

 

La honradez de la mirada

Tímida y asustadiza, la flor del almendro no podía imaginarse que, si no llueve pronto, la primavera también entrará en crisis...

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Cuando uno se siente romo de ingenio y no tiene nada importante que decir, abre el cajón de las frases célebres que han ido pespunteando miles de columnas o artículos y juega con ellas. Si uno quiere abundar ante lo confuso de la postración nacional puede tirar de Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible (atribuída al torero El Guerra).  Qué país, Miquelarena (Pedro Mourlane).  Joder, qué tropa (Romanones, a propósito de los académicos que, habiéndole prometido su voto para la RAE, le dejaron con al trasero al aire). No es esto, no es esto (Unamuno, ante los excesos a los que se entregó la República en manos del Frente Popular). El nacionalismo se cura viajando (Baroja). O a los consabidos avisos en verso de Antonio Machado: Españolito que vienes/ al mundo, te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón.

Si pica más alto y quiere elevar la categoría de sus dudas, hay otro repertorio: Sólo se que nada se (Sócrates, al que este bloguero complementa diciendo Lo único que tengo claro es que no tengo nada claro). Pienso, luego existo (Descartes). El corazón tiene razones que la razón desconoce (Pascal). Yo soy yo y mi circunstancia (Ortega). Y otras más que no por venir de gente presuntamente divertida dejan de serde lo más serio que jamás se ha dicho: Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro (Groucho Marx) o Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa (Woody Allen).

No dejan de ser sólo frases.

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El dibujo es la honradez de la pintura. Un no es tan erudito como para presumir de haber hallado esta frase leyendo a Eugenio D´Ors. Leía a Umbral y en uno de sus numerosos libros entreverados de memorias o ensayos éste  citaba al que fue llamado Xenius, hoy perfectamente olvidado. Sin embargo, caramba, qué frase tan sutil, tan expresiva. Mire usted, soy lo que soy, no pierda el tiempo en interpretarme -parece decir el dibujo en la desnudez de su trazo-yo  no pretendo engañar al que me mira con artificio alguno.

Le vino a la mente esta frase al bloguero porque se escapó de la ciudad y se vino al campo. Donde uno cree que está más cerca de lo que en realidad es la vida, y a donde cree que hay asomarse de vez en cuando para poner en su sitio a ese entramado de cemento, de pompas y vanidades, de ambiciones y frustraciones que habitan en la ciudad. Y así, en plan filósofo tipo Xenius, le dio por parafrasear.

-El campo es la honradez de la mirada.

Explicaciones: se contempla y, para empezar, distingues el cielo de la tierra, las caras de las distintas estaciones, la llanura de la montaña, el bosque del prado, el regadío del secano, el mar dorado de los trigales de la mar  salada y azul, toujour recommencé, que cantaba Valery (no se asusten, Le cimetier marin es el único poema suyo que recuerda el Duende, y se lo aprendió en sexto de bachillerato). Distingues las aves que vuelan del ganado que motea el paisaje. Y si te miras hacia dentro diferencias también en el alma las churras de las merinas. Qué buenos son los horizontes abiertos para meditar sobre qué eres, a quién de verdad quieres, qué es lo bello y lo feo, cómo la hermosura se pasea a nuestro lado y tantas veces pasa inadvertida, cuáles son los problemas reales de la vida, qué pintamos aquí, qué pensará Dios en este momento,  cuántas cosas superfluas sobrevaloramos, cómo nos olvidamos de otros detalles realmente importantes. Qué  relativo es todo. Y cuánto misterio. Y todo  se intuye  en el campo, donde el alma  toma distancias, suelta amarras y entre la quietud y el silencio derrama la honradez de su mirada.

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La honradez obligaba hoy a al campo a ser solidario con el estado de postración nacional. Se lo contó un pajarito a este duende.

-Han brotado las flores del almendo y se se han asustado..¿Pero qué país es este?, dijeron.

Y así están los emisarios de la primavera. Así pintan las flores del almendro y los botones amarillos de la mimosa, tímidos y asustadizos. Natural. Tanta crisis, tanta miseria, tanto abatimiento se respira en el ambiente, que hasta la naturaleza se ha contagiado y nos ha traído el invierno más extremo y seco que se recuerda en medio siglo. Otros años por estas fechas al menos al menos el pasto permanecía húmedo, y algo de verde alfombraba el suelo. Ahora lo que no está helado está frito por la sequía.

-Me llegaron a decir las flores –continuó el pajarito- que si lo llegan a saber, no nacen.

Lo cual que al Duende se le ocurrió que a lo mejor habría que decorar el escenario, y, para alegrar el ambiente, traerse esas Meninas corpóreas diseñadas por Manolo Valdés que se ven en algunas tiendas muy finas de decoración. Qué majas esas meninas, tan atentas y delicadas en su actitud, como cuidando con atención al personaje que tenían al lado en el cuadro y que ahora les falta. Habría que traerlas e instalarlas junto al almendro acojonado.

-No se asuste, por favor –le dirían – aguante usted con sus flores. Vamos a hacer todo lo posible por traer una primavera algo más decente que la que impone la crisis.

El campo, eternamente sacrificado, la honradez de su mirada. Menos mal que al final siempre acaba lloviendo.

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Cantando bajo la lluvia de otoño

El bloguero fue tan feliz cantando bajo la lluvia como Gene Kelly, Debie Reynolds o Donald O´Connor...

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-Nos gusta el otoño porque es nuestra estación –se dice el bloguero.

Le recuerda a uno que estamos en el otoño de la vida. Y se felicita porque al fin haya llegado la húmeda estación, como si no fuera lógico que ya casi vencido octubre tengamos que abrir los paraguas. Creíamos que España estaba condenada a un verano eterno, pero al fin el anticiclón se largó y permitió que se presentara el primer temporal. Setenta y siete litros por metro cuadrado en una noche. La garganta de Santa María era el domingo un ridículo hilito de agua que avergonzaba a Candeleda, posiblemente uno de los pueblos que peor administra el llanto de las nubes. Ayer lunes en cambio era una torrentera furiosa. Daba gloria verla. Como fue delicioso dormir arrebujado entre las sábanas mientras tamborileaba la lluvia en el tejado su deliciosa canción de cuna. Otro regalo del cielo.

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-Las nueces saben a otoño –decía la madre del bloguero.

El Duendecillo entonces creía que el otoño era cosa de viejos, sin darse cuenta de que a él también le gustaba el olor a tierra mojada, y el rebrotar del pasto, y la aparición milagrosa de ese enorme champiñón blanco que nace como por ensalmo, y el descubrir entre las hojas amarillas el fruto del nogal o del castaño. En realidad no fue nunca joven, pues hasta cuando idealizaba el amor se imaginaba paseando con su princesa de turno por un nebuloso paisaje de Turner, y no bailando con ella Un rayo de sol, oh, oh oh, que era lo propio de los jóvenes. Pasó de niño directamente a viejo. Y, como su madre, amó siempre la lluvia, las hojas secas con las que ella componía collages, el sabor de la nuez y el indescriptible aroma que le dejaban en el hueco de la mano las castañas asadas.

-Gracias, Señor, por haber inventado el otoño –rezaba sin pensarlo mientras pisaba los primeros charcos después del verano.

No era muy de niños pensar así, pero ya les digo que era un viejo prematuro.

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-Los abuelos sólo servimos para que se nos recuerde-advierte Homper- Así que aprovecha el otoño, que es nuestra estación, para que tus nietas tengan algo por lo que recordarte.

El Duende recordaba a su abuelo encendiendo la pipa con la prosopopeya de un general inglés retirado que hubiera ganado mil batallas, aunque su abuelo Pablo ni fue militar ni rompió nunca un plato. Se hundía en su sillón junto al brasero y leía novelas policíacas envueltas en humo de tabaco. El abuelo Pablo presumía de que, cuando era joven, cortó una flor de un balazo de pistola para ofrecérsela a una dama, lo cual no encajaba nada con su pacifismo, pero hablaba de su romanticismo. El abuelo Pablo era hombre de pocas palabras. Aparte de repetir a menudo que el cisne cuando muere canta, el Duende sólo recuerda lo que le dijo un día que le llevó al cine Principe Alfonso y vieron juntos El niño y el unicornio. En la película trabajaba Diana Dors, que era una rubia platino curvilínea de espectacular y opulenta pechera, y también salía un  chaval y un chivo con un solo cuerno. El abuelo Pablo podía haber comentado algo de la película, que era una comedia, o de la rubia, pero sólo dijo lo justo.

-No creas, los unicornios no existen.

A pesar de sus pocas palabras llega el otoño, que también es algo abuelo, y el Duende lo recuerda.

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Cuando se presentó el primer chaparrón del otoño el Duende paseaba por el monte con su hija Isabel y sus nietas mayores. La nieta Marina está en la edad de preguntarlo todo, y su abuelo en la de responder. Junto al camino había un roble despellejado y a su lado un ramo de flores y los restos de un parabrisas roto, y el Duende cometió la imprudencia de decir que aquello recordaba un accidente. ¿Y quién coducía? Un joven. ¿Y qué le pasó? Hubo que mentir y decirle que sólo sufrió heridas. ¿Y por qué? Porque iba demasiado deprisa. ¿Y por qué? Porque seguramente había bebido alcohol. ¿Y eso es malo? Si. ¿Y por qué?….¿Y por qué si sabía que era malo bebió?…

Aquel chaparrón fue una bendición. Hubo que suspender el interrogatorio y refugiarse bajo el tejadillo de una majada.

-Quedaos aquí mientras yo voy corriendo a por el coche-dijo la madre de las niñas.

Y allí se quedó el abuelo con las niñas, rodeados de ovejas mientras veían llover y él pensaba cómo entretener la espera.

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Fue una suerte que las niñas estuvieran preparando ya el Auto de Navidad, y que quisieran ensayar ante su abuelo el villancico que en él les toca cantar. Y fue más suerte todavía que, como ocurre a menudo, se supieran más la música que la letra, y que mientras en una estrofa decían Soy una pobre gitana / que vengo de Egipto aquí / Y al niño Jesús le traigo / Un gallo quiquiriquí  en la siguiente cantaban  Yo soy un pobre pasiego / que viene de Egipto aquí / y al niño Jesús le traigo / una cesta de castañas.

Y fue un alivio. Pues comoquiera que,  en su papel de abuelo, el Duende pensara lo absurdo de un pasiego en Egipto, y lo raro de que se fuera hasta allí para llevar castañas al Mesías, planteó a las niñas la necesidad de revisar la letra. Y así, mientras llovía y llovía y la madre no venía, pasaron los minutos ensayando nuevas rimas que pudieran ser más verosímiles. Y como las niñas estaban dispuestas a demostrar a su abuelo que iban a ser las estrellas del auto, repitieron la cantinela una y otra vez hasta que por fin, después de numerosos intentos, se llegó a la conclusión de que el pasiego no venía de Egipto, sino de la montaña, lo cual era mucho más lógico y, sobre todo, pegaba con las castañas.

Y así pasó más de media hora, hasta que la madre regresó con el coche. Y gracias a eso las nietas guardarán la estampa de un abuelo que un día les puso a ensayar villancicos mientras llovía y las ovejas les miraban pasmadas. Porque los abuelos pueden no legar relojes, cuadros, libros, fincas u otras riquezas, pero tienen la obligación de  dejar recuerdos, y ojalá sea este  uno tan grato como el que uno tiene del mejor musical de todos los tiempos, Cantando bajo la lluvia.

La suerte del murgaño y la esperanza

Homper no pudo salvar la vida al murgaño, pero no pierde otras esperanzas...

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Aquel día Homper  se sorprendió al comprobar que en la especie humana cabe de todo. Cuántas sensibilidades distintas, a veces diametralmente opuestas. La radio conraba que un par de niños habían desaparecido en un parque de Córdoba donde paseaban con su padre, separado de la madre de las criaturas. Raro, raro. La madre estaba desconsolada, rota. La policía había investigado ya la finca de los abuelos paternos, donde habían observado detenidamente los restos de una hoguera en la que aparecían huesos.

Sólo era la macabra insinuación de una hipótesis, pero Homper sintió que un escalofrío le sacudía el cuerpo. ¿Sería posible que el padre hubiera asesinado a sus hijos y hubiera quemado sus cuerpos para deshacerse de la prueba de su crimen?  A continuación el informativo hizo un alto para dar paso a unas cuñas publicitarias. Una de ellas anunciaba un programa de la propia cadena, Como el perro y el gato, que presenta Carlos Rodríguez.

-Estoy preocupado porque a mi gato le huele el aliento –decía uno de los oyentes que habían llamado al consultorio del programa- ¿Tiene remedio?

A Homper le alivió que la halitosis gatuna tenga remedio. Los niños de Córdoba siguen sin aparecer, pero si un amante de los animales quiere dar un beso a tornillo a un minino puede encontrar una boca tan fragante como se supone que debe de ser la de  Scarlet Johansson. Algunas almas sensibles sí tienen la suerte de encontrar solución para sus problemas.

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Aquél día de sol veraniego Homper estaba en la Galicia profunda, en un precioso pazo del valle de Lemos, acompañando a un amigo que pasa momentos difíciles. Una casa solariega con varios siglos de piedra y pizarra a cuestas, verdes prados regados por el río Mao y un monte de frondosos carballos y arces en la orilla opuesta enmarcaban una vista ideal para el descanso y la meditación.

Los males que afligen al amigo no son ni mucho menos los del drama de los niños desparecidos. Tampoco los del amante preocupado por el aliento de los gatos. Homper tiene poco de psicólogo, y  tampoco mucho de director espiritual. Sólo es algo experto en auxilios mínimos: una conversación  con buenas intenciones, quizás un chiste, un par de huevos fritos con chorizo, la recomendación de un libro, de una música, de un paseo. Pero el amigo padece de un defecto muy extendido, y del que casi nadie está libre, y es creer que el mundo gravita únicamente alrededor de nuestro ego herido.

-Le voy a ser sincera –le confesaba a Homper el otro día su vecina- La deuda soberana, la quiebra de Grecia,  la crisis del euro y eso será muy grave. Pero a  mí lo que de verdad me arruina la vida es la ciática.

Todos vivimos obsesionados con nuestras ciáticas del alma. Ya sean graves, menos graves o, como en caso del dueño del gato, irrelevantes.

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Los niños de Córdoba seguían sin aparecer, la crisis económica no cedía, la depresión del amigo tardaba en asimilar la terapia que proponía, sin demasiada convicción, Homper. Quedaba la esperanza de que la vecina hubiera mejorado de su ciática, y que el gato maloliente hubiera convertido su halitosis en suspiros de fresa como los de la princea de Rubén Darío, que estaba triste, pero olía divinamente.

-Si no puedes arreglar los grandes males del mundo –recordó Homper que le dijo una vez el padre Ramiro- ayuda a solucionar ese pequeño problema que tienes a mano.

Después de haber corrido por el lecho seco del embalse de Vilasouto, por los bosques de Novelin, Rendar y Eirexalba y de haber saludado a par de corzos con los que se cruzó en el camino de aquel insólito día de otoño estival, el problema más inmediato se presentó en el fondo de la bañera. Ahí, mientras se duchaba después de la carrera, Homper descubrió un punto del tamaño de una lenteja que se desplazaba lentamente, como tratando de esquivar los chorros de agua que proyectaba la alcachofa de la ducha. Homper no se ducha con gafas, pero a pesar de ello estaba convencido de que se trataba de un murgaño. Por tal nombre se conoce a cualquiera de las seis mil quinientas especies de opilones, insectos, también llamados pataslargas, que se distinguen del resto de los arácnidos por la ausencia de estrechamiento entre el prosoma y el epistosoma y por la exagerada longitud de sus cuatro pares de extremidades.

-Hay que reconocer que el bicho es feo –pensó Homper en plan buenista- Y no se qué beneficios puede aportar a la humanidad. Pero…¿no tiene también su derecho a la vida? ¿Quién es uno para condenarle a muerte, si el animalito  no ha hecho nada malo?

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Estaba convencido de que iba a hacer un bien: evitar la muerte a un insecto inocente. Eso tal vez podría ser presagio de que los niños de Córdoba aparecerían, de que el amigo maltrecho remontaría y de que la ciática de la vecina y el aliento del gato dejarían de ser problemas. Sobre todo: estaba encantado  consigo mismo por haber procedido con ética. Ética raquítica, si se quiere, pero ética al fin y al cabo.

Así que salió de la ducha se secó y rescató delicadamente con el índice y el pulgar de su mano derecha el cuerpo mojado del opilón para dirigirse  a su habitación y depositar en el balcón al pequeño náufrago, que ya libre y en suelo seco despabiló pronto.

Lástima que los destinos del Señor sean ciertamente inescrutables.  E imprevisibles. En ese momento apareció una lagartija, vio al murgaño inocente y sin dudarlo un momento se lo tragó de un bocado. Tanta ética y tanto cuido para este final cruel como la vida misma.

Así que Homper va insistir con el amigo desanimado, que es alifafe que le queda más cerca. La esperanza no se pierde.  A ver si  puede darse el gusto de ayudar con buenos resultados.

Tristeza, balcón y gato

No le busquemos demasiados pies al gato...

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Mientras Obama se mosqueaba con la vieja Europa y la regañaba por no saber cómo combatir la crisis, algunos se entretenían analizando una foto de la ministra Carmen Chacón con la piernas cruzadas.

Presuntamente cruzadas, debe añadir este bloguero. Según algunos observadores maliciosos,EL PAÍS había trucado la foto, jugando con las piernas de la ministra para que parecieran otra cosa que lo que en realidad son. No se sabe si para favorecer su imagen o para fastidiarla y agradar a Pérez Rubalcaba, que le disputó la candidatura del PSOE y ahora es el favorito del periódico.

El Duende, alertado por un confidencial que denunciaba que ahí había busilis,  pasó un buen rato ante  la foto. Se acordaba de una extraña corbata de seda estampada que durante años se exhibió en el escaparate de una tienda de la calle Alcalá, junto al Teatro AlcázarEn el estampado de la corbata, bastante fea por cierto, se veía a una dama mirándose ante un espejo. Y a su lado, un letrero: “No es lo que parece”. El Duende se la quedaba mirando un rato y de repente, por no se sabe qué macabro efecto óptico, la dama ante el espejo se transformaba en una calavera. El Duende en este caso vio las piernas de la ministra algo forzadas por el deseo, tan femenino, de lucir lo mejor posible. Pero no advirtió nada raro en la foto.

Pensó que a veces nos empeñamos en buscar cinco pies al gato a casi todo.

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El día de un hombre jubilado se llena con experiencias variadas. Por ejemplo, con paseos, gestiones en la calle, conversaciones llamadas telefónicas, apretar los tornillos a la butaquita giratoria de IKEA en la que se sienta para escribir, pequeñas compras para la supervivencia, recuerdos que van y vienen y observaciones varias. También con noticias que a veces son buenas y, más frecuentemente, malas. Aparte de la bronca de Obama y de las piernas de la ministra Chacón, el día de ayer le sorprendió al Duende con una noticia tremenda. Unos amigos que habían sufrido la muerte de una nieta hace tan sólo cuatro cuatro meses, perdían en accidente de coche a otro nieto que estaba estrenando la juventud.

-Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa- dijo Woody Allen, probablemente en una ocasión como esta.

Dolor, indignación, confusión, tristeza. Vana curiosidad: ¿quién le explica a uno todos los trágicos porqués que nos va planteando la vida?

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Para momentos así, el Duende tiene un remedio impagable. Es sólo un balcón. Mejor dicho, algo más: es un horizonte panorámico, un paisaje que tiene historia y que probablemente alienta muchas pequeñas historias de los que ahí viven. Oxígeno para el alma aturdida. El horizonte abarca desde  los edificios históricos del viejo Madrid hasta su pequeño palomar, con el Manzanares de por medio, mucho arbolado y un pinar  que se extiende a sus pies.

-¿Y por qué pasan estas cosas?-suspira asomándose al balcón.

Se acodaba ayer en su barandilla y miraba el panorama mientras por dentro seguía hurgando en sus porqués. Creyó que las lágrimas le iban a nublar la vista, pero pudo distinguir entre los pinos a un gato negro  que retozaba con un papel que volaba al soplo del viento. Cuando el minino se cansó, se tumbó a dormitar entre la pinaza y la hierba seca. Cuánta paz ajena a cualquier dolor respiraba el momento. Entonces el Duende se acordó de Morito, el gato negro que ya vivía en la casa de sus padres cuando él nació. Morito ronroneaba junto al fogón de leña, y luego se estiraba y afilaba sus garras en las patas de la mesa de la cocina. Era muy manso, muy bueno, y se dejaba acariciar con el mismo mimo con el que ahora repasa uno sus recuerdos de la infancia.

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Caía la tarde. El gato negro del parque  seguía sesteando en la última mancha de sol mientras cruzaba volando una de esas bandadas de cacatúas verdes que ya se han hecho madrileñas. Y de repente la mirada hacía de ungüento: la vista le consolaba, el gato le distraía, la memoria le sonreía. Y aunque la trágica noticia le pesaba en el alma, sentía un cierto alivio. Quizás haya que aceptar con naturalidad que la carne de la vida se meche de amargura. Y respetando el sufrimiento ajeno, puede que  no haya más remedio que contemplarlo como la foto de la Chacón, sin sacar cinco `pies al gato del destino que nos entretiene.

(*) Hay quien busca “tres pies al gato”. Incluso parece que el propio Quijoteutiliza esta expresión. Pero huroneando en internet constatamos queSebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana mantiene que llo correcto y lógico  es hablar de cinco. Y lo legitima en verso: El normal, cuatro presenta/ Tres, si le falta una sola/ Y cinco si, quien la cuenta,/ toma por pata la cola

Descubriendo bufones

El Duende confiesa que ni sabía de estos bufones ni suponía que se pudieran llamar así...

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Don Hilarión cantaba que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. No avisaba en cambio de las inquietudes que esto provoca en el alma humana. Estaba ayer la comunidad científica  revolucionada `por el último experimento del CERN cuando el incauto Duende que suscribe se empeñó en entenderlo y en leer lo que los periódicos divulgaban al respecto. Peor para él: más madera, que es la guerra. Cuanto más quiere saber, menos comprende.

-Es muy sencillo- le explicó su amigo Homper, ojiplático de tanto pasmo como nos traen los tiempos modernos- Los fotones  de la luz y los neutrinos, que no se muy bien lo que son, pero que también deben de viajar muy rápidamente, se han echado una carrera de 730 kilómetros por un tunelillo bajo tierra que va desde Ginebra a Gran Sasso, en el este de Italia. Y resulta que los neutrinos han llegado sesenta nanosegundos antes. O sea, la repanocha.

La repanocha. Qué encanto tiene recuperar vocablos de tebeos antiguos.

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Repitiendo lo que dicen los sabios, asegura Homper que con este experimento la Teoría de la Relatividad de Einstein queda en entredicho. Lo cual que, sin entender tampoco por qué carajo de relación de causa a efecto, significa que los viajes por el túnel del tiempo van a ser posibles. Así que, ni cortos ni perezosos, entraron en sus agendas marcha atrás y entrambos se pusieron a arreglar sus vidas y quién sabe si las del mundo.

-Enero de 2008- Voy a invitar a aquella estanquera que me gustaba tanto y a la que no me atrevía a llamar para decirle que si se toma un gin-tonic conmigo.

-Yo pienso más en el bienestar colectivo –le amonesta Homper- Contrataré a una panda de matones para que les rompa las piernas a los jefazos esos de Lehman Brothers . Así no podrán ir a la oficina  y seguir haciendo hipotecas subprime.

-Marzo de 2004. Me voy a quedar en casa con una ampolla de Urbason para  que no me triture el cólico nefrítico aquel que me sorprendió en Las Hurdes.

-Yo sigo pensando en los demás- le  vuelve a corregir Homper- Yo loq ue haré será presentarme ante ZP disfrazado de Azaña, que supongo que sabrá quién era, para aconsejarle que, antes de prometer como presidente de gobierno, se lea los papeles  fundamentales y repase las cuatro reglas.

Metidos en juerga, el Duende quiso regresar al año 1974 para que Schwarzembeck, futbolista del Bayern Munich, no metiera el gol de última hora que le arrebató al Atlético de Madrid la Copa de Europa que prácticamente tenía ya en sus manos. Y más aún, inmtentó colarse en el verano de 1963 y en la habitación de Marylin para convencerla de que, por lo que más quisiera, dejara de tomar pastillas y no se suicidase.

Pero no consiguieron nada. Porque aunque las ciencias adelanten, no avanzan tanto como para que tipos del corte de Homper o del propio Duende las entiendan y sepan valerse de ellas. Así que unos nanosegundos después de estos castillos en el aire, el bloguero ya estaba en otros descubrimientos.

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Por ejemplo, el de los bufones de la costa oriental de Asturias. El Diccionario del Español Actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos dice que bufón es persona cuya intención o propósito es exclusivamente hacer reir. El propio Duende sabía que durante muchos años él mismo ha sido un bufón. Pero nada dice el tal diccionario del fenómeno vio con sus propios ojos en Vidiago, cerca de Llanes, donde el mar embravecido se comprime por unas chimeneas abiertas en la roca  caliza de los acantilados y bufa como la boca de un dragón proyectando al exterior columnas de agua pulverizada. Probablemente deberían de llamarles bufidos, pero los les dicen bufones.

-¿Y cómo no me habían hablado antes de esta maravilla? –se preguntaba el viajero como un Homper cualquiera.

Admite el Duende que puede ser la suya una sensibilidad muy infantil. Comprende que, aunque el fenómeno natural es sorprendente, sobre todo si está enrabietada la mar, resulta aún más vistoso por la espectacularidad de esta costa, con acantilados feroces desgajados a veces en diminutos islotes y perforados por grutas en las que  el agua hace toda clase de  diabluras. Es consciente de que el paisaje que se contempla mirando tierra adentro también influye: la Sierra de Cuera, entre los Picos de Europa y el Cantábrico, bosques de castaños y robles, prados felizmente llenos de vacas, caballos medio asturcones y algún corzo y nobles casonas de piedra que aún mantienen su dignidad frente al inicuo mal gusto del desarrollismo inmobiliario.

Ah, y uno de los campos de golf, el de Llanes por los que merece la pena aficionarse a este deporte que tanto le desesperó al bloguero (al punto de que lo aborreció apenas mandó al lago sus diez primeras bolas. ¿Por qué aprender a mis años algo que evidentemente se me niega?-se dijo).

Recapitulando: no era sólo la impresión de los monstruos marinos que por esas mágicas chimeneas desahogan su mal humor. Era el encanto del lugar.

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Otros datos para la agenda de inolvidables que uno guarda en su memoria. En Buelles, el pote y los tortos de  La Sauceda, el restaurante de un poeta llamado  Ramón Alzola que todos los años organiza un concurso de sonetos. En Llanes, los llamados Cubos de la Memoria de Ibarroladiscutibles- su señorial casino (pocas tertulias ya en el crepúsculo de la última tarde de verano), el espléndido Paseo de San Pedro, un tapiz de hierba al borde mismo del mar, y la senda costera que lo continúa. También la cocina de La Galería, donde una artista de la cuchara llamada Marisol se quedó estupefacta descubriendo la cara de aquella Doña María que conocía de la radio. En Buelna la caprichosa playa de Cobijero, donde bufa el mar de lo lindo En el umbrío y precioso Valle de Ardisana, aquella aldea con olmo en mitad de una diminuta plaza rodeada de hórreos centenarios. Qué lástima que el bloguero no recuerde su nombre. Y en Andrín, un pequeño pueblo en el que han conseguido controlar la horterada inmobiliaria, casas muy guapinas, una playa  tamaño joyero que parece un decorado de bonita que es y los restos del lienzo de una muralla junto a los que se levantaEl Norte, un conjunto de tres casas convertidas en deliciosos apartamentos. Queda por citar a sus dueños, Manolo y Bea, amigos emprendedores que hace más de veinte años decidieron cambiar el foro y la publicidad por la costa asturiana y el oficio de hosteleros refinados que les distingue. No han descuidado un detalle, pero se esmeran sobre todo en el buen gusto y en la cordialidad inteligente. A ella sin embargo  le chirría que le digan que sus apartamentos resultan muy coquetos.

-Pero qué caramba –pensaba el Duende/Doña María- Es que lo son.

Total, que estrellado ante imposibilidad de saber para qué nos sirve el último  expèrimento del CERN, este ha sido el último descubrimiento del bloguero curioso. No pierda el el lector  un solo nanosegundo y, en lugar de esperar a viajar por el túnel del tiempo vayan a esta singular costa de inolvidables bufones. Por cierto que, haciendo honor a su nombre, sus bufidos también parecen reirse de todos los que  han visitado los rincones más exóticos del mundo sin haberse acercado a verles. Ya ven, a cuatro horas de Madrid y el Duende  sin conocerlos hasta la fecha. Pero qué paletos somos a veces con nuestros propios tesoros.

El Duende de verano (7) Este sí es país para árboles

Podría recordarse a Dunkeld por su catedral, pero cualquiera que pasee por el bosque que la rodea se quedará sin duda con el recuerdo de sus árboles gigantescos...

1.Los árboles monumentales

El Duende siempre estuvo muy contento de su tío Augusto. Sólo coincidieron en este mundo cinco meses, por lo que apenas tuvieron tiempo para conversar, pero heredó de él algo de extravagancia y parte de su espíritu curioso y juguetón. También  un legado de libros que le entretenían cuando guardaba largos días de anginas en la cama. Cosas de aquel tiempo sin televisión.

El tío Augusto Gil Lletget se dedicaba a algo tan singular en su tiempo como la ornitología, y mantuvo durante toda su vida la inquietud del intelectual. En su biblioteca, además de los libros propios de un zoólogo, había muchos ejemplares antiguos del National Geographic Magazine, que este bloguero devoraba sin entender ni una palabra de inglés. Correspondían a revistas de los años veinte y treinta, impresas  con una extraordinaria calidad en blanco y negro y en un papel couché  con el tacto del estuco.

-Toma, niño-le decían cuando se los llevaban a la cama donde apacentaba a la fiebre- Mira los santos.

Entonces, ver las imágenes de los libros era mirar los santos. Como si no se pudiera imaginar que hubiera oro tipo de ilustraciones.

De aquellos maravillosos NGM  el Duende admiraba hasta los anuncios, generalmente de lujosos automóviles Cadillac descapotables  o Ford con ahítepudras en los que viajaban parejas vestidas como Ronald Colman y Greta Garbo. Todo lo que ofrecían aquellas publicaciones parecía lujo, exotismo y aventura. Y en una de ellas vio el sobrino del ornitólogo una foto que se le quedó grabada para siempre. Correspondía a una gigantesca sequoia de uno de los grandes parques norteamericanos (¿Yosemite? ¿Yellowstone?) a través de cuyo tronco se había horadado un túnel por el que pasaba un automóvil de la época.

Al Duende ya le parecían grandes los árboles del Retiro, así que aquella visión le dejó con los ojos como platos. Y desde entonces se emociona cuando ve árboles monumentales en lo que podrían anidar todos los pájaros que estudió su tío Augusto. Definitivamente, hay por el mundo árboles que parecen universos. Su espeso ramaje invita ser ardilla para ver desde lo más alto las puestas de sol y dialogar de cerca con las primeras estrellas. Y muchos de estos árboles crecen en la contornada de un delicioso pueblecito de Pertshire llamado Dunkeld.

2. El paisaje que eligen los cuentos y las películas

El camino que hizo el viajero desde Killin a Dunkeld permanecerá como uno de los recorridos más bellos y agradables que recuerda. Fue una plácida inmersión en esa naturaleza verde, frondosa y tranquila que los paisajistas escoceses del siglo XIX reflejaban tan precisamente en sus cuadros. La preciosa carretera bordea lagos y atraviesa puentes sobre ríos que el español mesetario no puede menos que  envidiar sanamente. Prados con vacas y caballos pastando plácidamente, ovejas de esas que parecen llevar leotardos negros. Algún corzo. Bosques espesos. Árboles aislados abriendo sus ramas como ángeles protectores de las laderas de hierba.  Y las casas esas siempre tan clásicas y acopladas al paisaje que las niñas llaman casitas. De nuevo el misterio: ¿dónde ponen y cómo camuflan los escoceses los talleres, las fábricas y esos horribles almacenes agrícolas o industriales que uno encuentra a la entrada de cualquier pueblo español que se precie? En esos lugares de Escocia el paisaje es postal, cuento o película. Aún se adivina por ahí el espíritu de una heroína de Jane Austen paseando en coche de caballos.

3. El duque que también amaba a los árboles

Tal `parece también el diminuto pueblo deDunkeld,  feudo que fue de los duques  de Atholl, unos nobles que a tenor de su legado arquitectónico y ambiental  de verdad que imprimieron carácter.

Dunkeld es un coqueto caserío trazado en el siglo XVIII junto al espléndido río Tay. Alberga además una catedral que hunde sus raíces en la edad media, unos bonitos parques, una fuente muy historiada y repleta de símbolos masónicos que regaló el duque de turno en el siglo XIX para llevar agua potable al pueblo, tres o cuatro hoteles –uno de ellos, el Hilton, en un emplazamiento de ensueño- y un asombroso bosque con hayas, sequoias, pinsapos, abetos, robles y fresnos como para albergar a todas las leyendas misteriosas que a uno le han contado a lo largo de su vida.

Claro es que un paraíso así no se improvisa: un cartel primorosamente enmarcado en madera del bosque advierte al turista de que en el siglo XVIII el duque de Atholl del momento sembró en la comarca nada menos que diez  millones de larches, que es como inglés se llama a los alerces. Tres siglos después muchos sobreviven como cíclopes del bosque, frente a los que el observador se convierte en poco menos que un liliputiense. Bajo uno de ellos tocaba Niel Gow, el mejo violinista escocés de la época. Una senda botánica cuidadosamente marcada así lo recuerda: Paseo del Violinista, dice el cartel. No es lo más impresionante que se puede ver por el mundo, pero, definitivamente, qué placer tan especial siente el duende viajero cuando transita por  estos insignificantes recovecos de la historia.

El Duende de verano (6) La larga pausa

En esta larga pausa de verano entre post y post, el Duende vio entre otras cosas un martín pescador en el Manzanares...

1. Excusas

Le gratifica sobremanera a este duende saber que al menos una persona llamada Acacia lee sus contados posts de verano. Qué encanto. Últimamente incluso introduce algún comentario. El duende viajero se pone en su pellejo y la valora doblemente. Por buena amiga y por su coraje. Piensa que, en su lugar, lo último que a él se le ocurriría un día de este aplastante verano que nos aflige sería buscar consuelo en el blog de un ciudadano que ni es VIP, ni es sabio, ni es  ni es figura política, ni es futbolista, ni tampoco atro del cine, ni es un gran escritor, ni periodista de opinión reconocida, ni hace más viajes o emprende más aventuras que las esperables en un pequeñoburgués.

A falta de más noticia que  la visita del Papa, la ruina de la economía y la descomposición del orden mundial, que ya no se sabe si es nuevo, viejo o simplemente desorden, los periódicos y revistas rebobinan y regalan relatos de ilustres que se las tienen que arreglar para llenar el vacío estival. Resucitan a Borges y Bolaño, exprimen a Vargas Llosa, a Javier Marías y a Maruja Torres y aprovechan recetas y postales de estrellas o estrellitas: Ana Obregón, Belén Esteban, Bertín Osborne,  Rosa Benito. (A fuer de sincero, confiesa que esta última no sabe exactamente quién es: sólo le consta que es rubia y que sale por la tele, ergo presume que al menos será famosa). Frente a plumas de esta categoría, qué les iba a contar un simple observador de naderías.

Así y todo, otros veranos pasaba el cepillo de carpintero sobre la actualidad y sacaba  virutas de la nada. Ya no. Algo le dice que está pasando el momento de los blogs (ahora, todo pasa a toda leche). Él será de los últimos que se recicle en los formatos esos de Twiter o Facebook, pero no ha tenido más remedio que dosificarase. Por cierto, que la culpa de eso no siempre ha sido de este bloguero. Él metió el ordenador en la mochila sin acordarse de que aún hay muchos lugares sin cobertura de wi-fi, y muchos hoteles sin siquiera una mesita en la habitación sobre la que ponerse a escribir. Pensaba en los demás, haciendo surf, navegando, haciendo castillos de arena en la playa , jugando al golf o viajando por Finlandia (qué suerte, ahí estarán fresquitos). También descubría, oh, sorpresa, que a su edad el lujo de no hacer nada ni siquiera le produce remordimientos de conciencia. Y así ha pasado lo que ha pasado.

2. Puntos por tratar

Pero hay materia, ya lo cree este chamarilero de la observación. No ha tomado notas por escrito de lo que ha visto y ha pensado, pero así a vuelapluma, más tarde o más temprano, algo dirá de lo que ha sido este verano de la vida en general y de su peripecia particular. Como por ejemplo:

-De la visita del Papa. Ya anticipa el bloguero que a la luz de su conciencia cristiana y de su fe católica  -con visibles grietas, eso sí- lo menos que le inspira este fenómeno es estupor. Doscientos confesionarios montados en el Paseo de Coches del Retiro…¿Asesoraban Buñuel y Fellini desde el más allá a los organizadores del JMJ?

-Del sálvese el que pueda. Mientras el bloguero vagaba por ahí oxigenándose, la economía se hacía el hara-kiri, y los informativos nos avisaban de que el sunami económico arrasaba la enésima esperanza de recuperación. No somos nadie, y si lo somos podemos dejar de serlo en cualquier momento.

-De una villa llamada Obanos. Se ha movido bastante este duende. Y después de haberlo hecho por Escocia, paseó luego por Navarra y hasta por el sur de Francia. Uno de esos días paró en Obanos, en la tierra de Estella, y se acordó de Angelus Pompaelonensis, maestro de profesión, fino humanista, antiguo seguidor de este blog y vecino de esta  villa. Le hubiera  gustado encontrárselo por las calles de su pueblo, y hablar con él, pero no tenía su número de teléfono. El Duende a veces se arrepiente de ser un improvisador. ¿Angelus, estabas ahí?…

-Del martín pescador que sorprendió en el Manzanares. No es lo más importante, pero sí una de las experiencias más emocionantes del verano, y en una pausa madrileña entre un viaje y otro. Fue en el Manzanares que queda después de pasar por Madrid, entre la capital y Rivas Vaciamadrid. No se lo creerán, pero este bloguero les jura que vio multitud de anátidas nadando por sus aguas. Y, más aún, que un martín pescador, con su inconfundible plumaje turquesa y su largo pico, sobrevoló fugazmente por entre los fresnos y chopos que arbolan sus riberas. El martín pescador, un pájaro señorito que dicen que siempre exige aguas limpias…Cosas veredes, Sancho.  Ahora va a resultar que el Manzanares es un río de verdad, como  cree Gallardón.

El Duende de verano (5) Lugares para aburrirse felizmente

Hay que buscar el encanto de lo británico en esos pequeños pueblos donde no caben multitudes...

1.En busca del encanto de lo británico

Mientras el Duende rumiaba las notas de su pequeño viaje por Escocia para volcarlas en el blog, en las principales ciudades de la vieja Inglaterra se registraban las más graves revueltas populares de este siglo. A causa de la crisis y de los recortes sociales del primer ministro Cameron, indignados, marginales o delincuentes, a saber, habían puesto a Londres y a Scotland Yard patas arriba. Where have the british flema go?, que cantaría Joan Báez . Nadie lo sabe. Ya nada ni nadie es lo que era.

Con tal motivo, en Herrera en la onda  los tertulianos y oyentes contaban sus recuerdos y vivencias de la que antaño fue llamada la capital del mundo y hoy es un hervidero. Y había coincidencia general en que, por su tamaño desmesurado, por los atascos de tráfico, por el exceso de turismo, por sus altísimos precios y por la aparente fagocitación de su población autóctona a cargo de los que antaño fueron colonizados y, ahora más aún, por estos desagradables sucesos,  buena parte del encanto de Londres se ha diluído. Londres es un mundo, pero aunque algunos de sus bobbis aún son pelirrojos,   ya no parece una ciudad británica. Hace falta alejarse de su centro para sentirse en algo parecido a  lo que la literatura, el cine y hasta los comics de la primera mitad del siglo pasado nos mostraban que era la capital del Reino Unido.

Puedes consolarte mirando el Big Ben, la imponente cúpula de la Catedral de San pablo,  o la estatua de Nelson de Trafalgar Square. Pero a poco que bajes la vista  te sentirás un corpúsculo más de esa sopa global en la que se mezclan ciudadanos de todas las razas que, no se sabe por qué, hicieron de Londres su destino preferido e invaden sus calles. Londres ahora resulta excesiva, fatigosa y abrumadora. Las últimas veces que este bloguero, que en otra época se declaraba anglófilo y reconocido admirador de Londres, estuvo allí, ya no quería ser una hormiguita consumidora más. Rescató su espíritu andarín y se refugió en esos espacios, parques o calles menos conocidos que aún quedan a salvo de la marabunta universal. La Courtauld Gallery, por ejemplo, el Sir John Soane´s Museum, o, desplazándote hacia el norte, el espléndido Hampsted Heath. Y, cómo no, alguna recoleta tienda de antiques especializada en juguetes antiguos o un discreto salón de te donde aún se puede escuchar a un par de viejecitas con sombrero hablando de sus gatos o ver a un caballero con aspecto de escribiente de Dickens leyendo la crónica de un apasionante partido de cricket. Si el cogollito de Londres, con todos sus gloriosos museos y parques, va a acabar siendo como nuestra calle Fuencarral, pero con más hijos la Torre de Babel de todos los colores posibles, a este viajero de papel le va a dejar de interesar.  Y se marchará, como ha hecho este verano, a buscar el tradicional encanto de lo británico a otra parte.

2.Un tranquilo pueblo escocés donde pasar la corta noche

Las tardes de verano en Escocia parece que no van a acabar nunca, pero eso no evita que a las 9 p.m no haya manera de cenar otra cosa que no sea una pinta de cerveza. Mala cosa que los británicos no necesiten empaparla. Más de una noche le sorprendió al duende  sin más alimento sólido que las galletitas que le dejaban en la habitación del hotel junto a la kettle del te.

Tampoco es bueno vagar sin reserva de habitación y esperar que en cualquier momento puedas dar con un pueblo encantador donde, a buen seguro, te recibirán con una sonrisa aunque sean las diez de la noche (que no es noche). Uno tiende a fiarse demasiado de las películas, y aspira a que aquella fina comedia de Stanley Donen, Audrey Hepburn y Albert Finney llamada Dos en la carretera se repita fácilmente. Pero  a estas alturas del viaje el profesor Mc Crorie había vuelto a sus aulas, y los viajeros ya no eran dos, sino uno. El coche tampoco era un Morgan, como el de la película, sino un Vauxhall Corsa. Y  el objetivo, lástima,  no era conquistar a la Audrey, que no existía, sino  caer en un sitio que en algo se asemejara a la imagen amable, cuidada y acogedora que tenemos como estereotipo de los pueblos británicos.

Hay que decir que en estos casos al bloguero nunca le asiste la suerte, y que, al menos en España, la improvisación suele acabar situándolo en un horrible hostal de camioneros con un puticlub paredaño de esos que inundan de luces de neón la noche. Por una vez sin embargo tuvo suerte.

3. Cosas de otro tiempo que los británicos saben conservar

Después de muchas millas embelesado en un jugoso paisaje de bosques, prados y lagos, aunque preso de la ansiedad por no saber qué sería de su suerte en esa noche sin reserva, vio a su izquierda unas preciosas cataratas, más bien rápidos muy accidentados, que precipitaban un furioso caudal de agua hacia el lochTay. Se anunciaban como The falls of Dochart, río que desemboca en el lago unos centeneras de metros más adelante. Tras una curva a la izquierda, y después de salvar aquella maravilla líquida por un largo puente de piedra, el viajero entró en Killin, un pueblecito británico refugio de pescadores y senderistas digno de la mejor postal. Ahí sí se debía de vivir todavía como los personajes del modelo tradicional que el viajero tenía la cabeza. Aún lucía el sol, pero ya no se veía a nadie en sus calles, de una arquitectura popular milagrosamente anclada en el tiempo, como si el pueblo no necesitase almacenes ni edificios industriales para su supervivencia. Ahí, junto a un remanso del lago, y rodeado de una espesa arboleda,  se alza un hotel decimonónico de tejado de pizarra y gruesos muros de piedra. Su interior, fácilmente imaginable, se adornaba con profusión de fotografías de la difunta Reina Madre saludando al personal del hotel, en el que fue ilustre huésped en el ya lejano año de 1953. La madre de la reina Isabel II ya tenía entonces más aspecto de cocinera que de personaje de la realeza. Quizás por eso, por haber permanecido en Londres con su marido el rey tartamudo bajo las bombas de Hitler y por su humanísima afición al Beefeater fue tan querida de su pueblo.

La uniformidad del personal del Hotel Killin ha cambiado desde entonces. Ya ningún camarero lleva frac. Pero las cortinas, alfombras y edredones y la decoración en general tienen todo el aspecto de ser los mismos de aquella época. Al Duende le dio igual. Incluso lo agradeció: en la cabecera de las camas, por ejemplo no había esas odiosas lámparas de moderno diseño que sólo arrojan luz a la pared, y que no iluminan el libro que tratas de leer. (Cuánto decorador actual debía de ir a la cárcel por ello, caramba). Tuvo la suerte de sentarse en el bar del hotel justo cinco minutos antes de que cerraran la cocina. Los sillones y las sillas, naturalmente, estaban tapizados de tartan. Pidió una cerveza y una hamburguesa de venison (venado) que, sorprendentemente, le pareció un manjar exquisito. No sabe si fue el hambre o el deseo de haber acertado con su elección.

Y a continuación, después de un paseo solitario entre dos luces por aquel pueblo encantador donde las ancianitas con gatos y los coroneles retirados ya dormían, se metió en la cama y él también durmió como un príncipe. Definitivamente, estaba satisfecho de haber dado con un lugar como el que buscaba. Killin  resultó ser, efectivamente, ese pueblo tranquilo, de paisaje bellísimo y edificios de carácter, sin tiendas de moda, establecimientos de comida rápida  ni discotecas, donde cualquier ser educado en el amor a lo británico aún podrá aburrirse  felizmente hasta el final de sus días.

Homper no entiende nada de nada

No cree que se deba hablar de "la nefasta manía de pensar", pero Homper piensa que deberíamos renunciar a pretender entenderlo todo...

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Homo sapiens. Homo ignorans. ¿La curiosidad es la madre de la ciencia? ¿De verdad que la razón lo explica todo?…Medita estas cuestiones nuestro amigo Homper mientras afila la punta de su lápiz con un sacapuntas. Cuando termina la operación, acerca el ingenio a sus labios y lo besa.

-No sabes lo que me gusta entenderte.

Le llena de satisfacción que una concavidad acoja la punta del lápiz, y que una cuchilla de acero afilada  afeite la madera alrededor de la mina con sólo girar aquel. Qué bien inventado está esto, piensa. Y qué gratificante entender el funcionamiento del sacapuntas.

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Porque en estos tiempos e exaltación desmesurada del hombre y de culto a la razón como clave de su superioridad, se pretende que la pobre especie humana lo entienda todo. Llevamos tres años de crisis, y aún a veces, cuando los especialistas recuerdan sus causas, Homper no sabe por  qué las trapacerías de cuatro granujas que hicieron quebrar a Lehman Brothers y de unos buitres que quisieron abusar de los que necesitaban casa en Estados Unidos explican el estado de postración del planeta.

-Un día nos cuentan que la culpa es de la prima de riesgo. Otro, de Grecia. Otro, de Portugal o de Irlanda. Ahora de Italia. Dicen que Bélgica está a caer, y que luego iremos nosotros. Se caen las Cajas de Ahorros. Se descubre ahora que tenemos dieciocho administraciones especialistas en el despilfarro. Resulta que la responsabilidad es de los que nos acostumbramos al estado de bienestar. Y entretanto, con los mismos recursos naturales, la misma fuerza bruta y las mismas capacidades humanas, ni las mejores cabezas saben qué hay que hacer para producir más, crear empleo y devolver la confianza.

Homper volvió a besar el lápiz y el sacapuntas.

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Pero pretenden que sigamos creyéndonos homo sapiens. En su noble afán de divulgación,ONDA CERO incluye a veces en su programación píldoras científicas, y ese día Homper se sorprende escuchando la enésima explicación del Acelerador de Partículas. Parece ser la madre del cordero de la física cuántica, un invento que, si funciona, resolverá todos los problemas de energía que arrastramos, y además recreará las mismas condiciones físicas en las que surgió el Big Ban. O sea, que puede reproducir el fenómeno de la creación del mundo, como si ya no tuviéramos  bastantes problemas en este. Y consiste en un túnel circular de 29 kilómetros por el que lanzan partículas para que choquen entre sí. Las partículas dan 11.000 vueltas al túnel por segundo, y se supone que deben chocar entre sí con alguna que venga en dirección contraria. Si chocan, se descomponen en otras micropartículas.

-Y parece que, si eso ocurre, se organiza la de Dios -piensa Homper- Y nunca mejor dicho.

¿Y cómo lanzan las partículas? ¿Con catapulta? ¿Con compresores de aire? ¿Con pistolitas de agua? ¿Y por donde se abre el túnel circular para que metan las partículas que han de chocar entre sí? ¿Y qué haremos con ese otro mundo que puede recrear el nuevo Big Ban? ¿Esperaremos a que vengan otra vez  cuatro canallas a hundirlo sin que volvamos a entender nada de nada?…

Homper contempla   con cariño  su lápiz y su sacapuntas, tan sencillos y eficaces ellos, tan fáciles de explicar y entender. Y pone bálsamo a su ignorante perplejidad mirando a la luna llena. Tampoco sabe muy bien cómo se mantiene ahí, pero luce bonita, y además le invita a soñar.

Mi “momento de marqués”

Definitivamente, hay pocos placeres comparables a un gin-tonic al final de una jornada de verano...

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El alma humana es un mosaico de enseñanzas y observaciones. Maestros, padres, abuelos y amigos  le van diseñando a uno el carácter, aunque a veces hasta un barman, un pastor o un limpiabotas con los que se cambian tres palabras le colocan a uno una tesela inolvidable. A principio de los años sesenta aparecía por la casa de este bloguero todos los domingos un estudiante de Cádiz que quería ser ingeniero aeronáutico y había dejado su patria chica para estudiar en Madrid. Santiago Ximénez, alias Chumby, era hijo de un gran amigo de la familia, vivía de pensión y acudía puntualmente al arroz de Catalina, una de esas expertas cocineras en optimizar el sofrito y cuatro raspas de jamón o de pollo para sacar adelante una paella sabrosa que tenía mucho cartel. Para un chico de provincias estudiar en Madrid ya era un lujo, así que a Chumby no le sobraba un duro para alegrías. Lo cual no le impedía cumplir su papel de invitado correctamente vestido con un traje marrón y corbata.

-Sólo tengo dos trajes: este y otro-confesó una vez con su gracejo andaluz- Y este es el otro.

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Uno de esos lugares comunes que se atribuye a los ingleses dice que un  hombre elegante jamás debe llevar un traje marrón. Chumby era la excepción, porque estaba sobrado de elegancia natural. Era un experto, por ejemplo, en el sutil manejo de los cubiertos, de tal manera que con sólo un par de viajes de sus manos de ilusionista era capaz de llevar a su plato la misma cantidad de arroz que los demás no juntábamos ni repitiendo dos veces. Luego, sin escatimar su siempre ingeniosa conversación, conseguía despachar esa montaña de paella  en bocados tan discretos como los de los actores, que tardan quince minutos en dar cuenta de una pechuguita de nada. El resto de la semana Chumby llenaba la andorga en los comedores universitarios, a cinco pelas el menú, o con olla casera donde las judías o lentejas navegaban por aguas no demasiado densas.

-Pero una vez al mes-admitía- me doy el día del marqués. Y ese día me trato como un señor: voy a un restaurante, me como un primer plato y un buen bistec de segundo y, después del postre y del café me bebo lentamente un copazo de coñac y disfruto de la vida.

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Confiesa este bloguero que no sabe vivir bien. En cierta manera, es un auténtico experto en desperdiciar lo que habitualmente se considera la buena vida. No entiende demasiado de restaurantes, ni de vinos, ni de resorts, ni de spas, ni de relojes de lujo, ni de coches de alta gama. Aprecia, cómo no, lo bueno y lo exquisito, pero para saciar su hambre no desperdiciaría un plato de macarrones con tomate si cincuenta metros más allá le esperase una de esas espumas milagrosas de Ferrán Adriá.  En ese sentido es austero, casi monástico. Aquello de la identificación entre placer y pecado se le debió de grabar muy profundamente en las cuadernas de su alma.

-Padre, me he deleitado comiendo un bocadillo de calamares fritos-podría haber confesado, creyendo que esos excesos eran pecados de lesa austeridad.

La vida te acaba picardeando. A estas alturas de la película hasta el más virtuoso sabe complacer a sus debilidades humanas. Ha tardado en asimilarlo, pero a veces este bloguero también se siente como el marqués al que emulaba su viejo amigo Chumby.

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Aunque uno conoce marqueses que viven bastante regular, vale el tropo para simbolizar con ironía las contadas concesiones que uno hace a la buena vida. Quizás estas para no dan para llenan el día, pero sí al menos consagran su particular momento del marqués. Lo ha acabado descubriendo en las calurosas tardes de verano, cuando deja las faenas en el campo y el jardín y se sienta a ver el crepúsculo mientras apura ese asombroso preparado del buen gusto vulgarmente conocido como gin tonic. Unas gotas de Beefeater ad libitum, algo de zumo de limón, hielo en abundancia, agua tónica en la proporción que aconsejan el paladar y la sed y, detalles esenciales, un frote de la piel del cítrico sobre el borde del vaso y unas hojas de menta o hierbabuena navegando a su manera entre los elementos. Este bloguero sostiene que es mejor aún si el limón está verde, aunque otros añadirán sus observaciones propias. Hay gustos para todos.

En ese momento del marqués, cuando el aire fresco de se lanza en tobogán desde las crestas de Gredos hacia el valle, uno saborea su gin tonic mientras mira el crpúsculo  cavilando sobre el ser y el no ser, la vida y la muerte, el presente y el futuro, el secreto de la felicidad. Tanto aparece un amor del pasado como la risa juguetona de una niña que aún corretea por ahí. Casualmente sangre de la propia sangre: cómo se pasa la vida, tan callando.

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Callando aparecen también algunas amenazas que enturbian esa paz. Por ejemplo, el aviso de una enfermedad, otra más, que aqueja a parientes, amigos o conocidos. De pronto, al reclamo del tintineo de los hielos del gintonic le viene el recuerdo de Gonzalo, un abogado inteligente y aguerrido al que casi todo en la vida le ha salido magníficamente. Por cierto, también es marqués de verdad, aunque sólo se lo toma en serio al exigir refinamiento cuando se prepara el gin tonic.

-¿Valdrá un brindis por su salud como si fuera una plegaria?- pregunta uno inocentemente a la puesta del sol.

Si el hombre se forma de maîtres á penser y de maître á vivre,  Gonzalo es un excelente maestro de vida para apreciar y saborear ese momento grato del gin tonic que tan de tarde en tarde se concede el bloguero. No será sin duda su única lección. Le espera una dura batalla contra la enfermedad, pero se apellida de Armas, y algunos le añaden Tomar porque el chico tiene carácter y es de los que se crece con el castigo. La suerte que hay que desearle pues es sólo que mantenga el tipo. Y podrá gozar muchísimas tardes más del maravilloso momento del marqués que ahora empezamos a disfrutar los que no sabíamos vivir.

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