Archivos para la Categoría 'Memorias de la radio'

Un nuevo amigo del colegio

Uno nunca acaba de saber cuántos amigos hizo en el colegio...

Uno nunca acaba de saber cuántos amigos hizo en el colegio...

Motivo de estupefacción tres mil tropecientos sesenta y dos, que diría Homper. (La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, cantaba Pedro Navaja). Sábado tarde. Hora en la que la breve siesta de sofá se empieza a desflecar. Suena el teléfono y Homper recibe una llamada a la que atiende medio aturdido. No es una voz inmediatamente reconocible. Consciente de ello, el que llama se identifica.

-¿No me reconoces?-dice  la voz desconocida- Soy Rodri.

Repasa mentalmente los rodris de su vida. Olivella, Rodri, Gracia, defensa central del Barcelona de los años sesenta. No puede ser, sólo le conocía de los cromos. Rodri. Melo, Ovejero, Calleja…Portero del Atlético de Madrid más o menos de la misma época. Tampoco puede ser, entonces el Duende ni siquiera escribía en MARCA. Jose Manuel Rodríguez, Rodri, antiguo compañero de RNE, el que acompañaba a Fernando Argenta al inicio de Clásicos Populares. Raro, raro, nunca pasamos del colegueo laboral. Poco probable.

-¿No te acuerdas?…-acude al quite la voz aún sin cara- Nos vimos por última vez en la boda del hijo de tu primo José…

El Duende se cae del guindo: es Rodri, el del cole. La memoria es escueta cuando archiva. Más bien menudo, de piel y ojos claros, pero inconfundible por su espesa cabellera rizada y por ser figura del equipo de jockey sobre patines. No era de su misma clase, sólo de su promoción. Y en cuarenta y cinco años no se habían visto más que en dos ocasiones. La primera  le salvó de un apuro ofreciendo su coche para transportar al Duende a una cita importante, a la que no hubiera llegado de otra forma. Al Duende le sorprendió tanta amabilidad, pero Rodri le explicó que había intimado con él escuchando la radio. La segunda vez fue en la citada boda.

-Te dije entonces que me encantaría invitarte a mi casa de Sanjenjo este verano –recordó Rodri- Y te llamo para que hagas un hueco en la primera semana de agosto…

Sorpresas te da la vida, que cantaba Pedro Navaja. En la misma semana primero llamó Pedro Chicharro, que sí era de su clase, y con el que jugaba a las chapas y al fútbol. Era para invitarle a los toros  y a cenar con su mujer Etel en una terraza madrileña, donde repasaron divertidos los hilvanes de tan antigua amistad. Y luego, además, llamó el amigo agazapado durante tantos años. Enésimo motivo de estupefacción de los que definen a Homper, acrónimo del Hombre Perplejo: nunca sabes dónde tienes un afecto pendiente, ni cómo ni cuándo te va a aparecer. De la conversación en aquel último encuentro, que no era sino el segundo o el tercero en casi medio siglo, el Duende dedujo que Rodri era un hombre de principios, un tipo feliz y encantado de la vida.

-Yo todos los días doy gracias a Dios por casi todo –le dijo al Duende al despedirse mientras un operario de la limpieza retiraba el cubo de la basura del portal de su casa- Por el trabajo, por la familia, por las estrellas…¡Y hasta por este buen hombre que nos limpia la calle!

Y Rodri se echó a reír mientras abrazaba a su compañero de colegio.

El Duende, más escéptico –y aún más en tiempos de crisis- da gracias, sobre todo, por seguir haciendo amigos imprevistos a estas alturas de la película.

El día que Florentino Pérez se presentó al Duende

Creen el Duende que no le gustó que le confundieran con un Fernández...

Creen el Duende que no le gustó que le confundieran con un Fernández...

Se iba de viaje hacia el puente de San Isidro. Y pensaba pasar de largo por el blog nuestro de cada día, o de cada dos días, máximo de cada tres. Al fin y al cabo, no es culé, por lo que no tiene razón para levitar en éxtasis. Ni tampoco del Athletic,  con lo que, aún condoliéndose por su dolor, tampoco puede escudarse en el luto para hacer el vago. Además, caramba, el propio José Blanco, antes Pepiño, que es ministro de la cartera de más curro, anuncia que vuelve a su blog. Eso sí, no subirá un post diario, sólo uno a la semana.

O sea, que el Duende pensaba pasar de blog. Se asomaba a las noticias y entre la Copa del Rey, los silbidos al himno nacional, la metedura de pata de TVE y la presentación de la candidatura de Florentino Pérez a la presidencia del Real Madrid pensaba que no quedaría interés público para ganarse un solo lector.

Pensaba no escribir de nada. ¿Cómo podría atrapar la atención un día cómo hoy.

Y el Duende recordó a su abuela, que estaba empeñada en que, de mayor, estudiara para diplomático. Esa carrera de tanto lustre y prestigio de la que forma parte, sin ir más lejos, el Marqués de Betanzos. Se acordaba de su abuela, y de las virtudes del diplomático, porque una vez, hace años, al Duende le fichó el Círculo de Empresarios para entretener la fiesta de despedida del que fuera su presidente, Carlos Espinosa de los Monteros.

El Duende hizo de las suyas. Y los empresarios pata negra estuvieron simpáticos y se rieron con sus ocurrencias. Y al término del numerito, se le acercó uno con aspecto de funcionario corriente y moliente, de estatura regular y gafas y le felicitó por su actuación.

-Enhorabuena- le dijo tendiéndole la mano-¿Sabes quién soy?

Y el Duende, que por entonces colaboraba en El Informal de Javier Capitán, le respondió vehemente.

-Sí, hombre, claro, cómo no…¡Florentino Fernández!

Era Florentino, pero Pérez. El mismo que hoy –honor y gloria para todo el mundo mundial- ha descendido del cielo al Hotel Ritz para ser exaltado a la presidencia del Real Madrid y redimir a esta gloriosa institución de sus miserias. Vamos, que por la fanfarria que le acompaña, uno diría que viene también a resolver la crisis, a acabar con la gripe porcina y a salvarnos el alma.

Ha bajado del cielo, sí. Y sospecha el Duende que desde él,  por un agujerito entre nubes miraba su abuela. Lo sabe porque, entre el Hala Madrid que entonaba en las alturas un coro de ángeles blancos, se escuchaba su voz  trémula haciéndose una pregunta.

- ¿Estás segura, Mercedes, de que lo de tu nieto era la diplomacia?…

París, París…¿Demasiado bonita para ser buen cine?

paris_parisCuando el ínclito Carlos Herrera pastoreaba al Duende en la radio, a las diez de la mañana abría los micrófonos a los oyentes para que debatieran sobre un  tema de actualidad. Si el asunto era un reflejo cotidiano de la vida de los españoles, Capitán y el ciudadano García lo definían así.

-Hoy toca un cómo semos.

Había algún tema divino, pero casi todos eran asquerosamente humanos: la incuria ciudadana, sus guisos favoritos, las relaciones con la suegra, errores médicos, el maestro que le dejó huella, cómo conoció a su pareja, dónde le dejó tirado el coche, qué se lee en el retrete, gorrones conocidos, cómo alivia usted sus meteorismos…Al Herrera nada humano le es ajeno, y si es somático y con adorno de regüeldos o ventosidades, mejor que mejor. Es el más brillante ante el micrófono, pero también el más guarro. De cuando en cuando –pocas veces, todo hay que decirlo- escapaba de su sentina  guasona y planteaba asuntos más trascendentes. Sin embargo, nunca debatió ningún cómosemos como el que sugiere una película aún en cartel. Es una película francesa, se llama París, París y,  como no pinta intelectualmente correcta –desgraciadamente para ella, resulta agradable de ver-  seguramente pasará sin pena ni gloria.

El cómosemos derivado se podría presentar así: ¿por qué el artista y el creador contemporáneo se obsesiona por  lo sórdido,  lo triste, y lo desagradable de la vida? ¿Por qué ese regodeo en las pestilentes sombras de nuestra sociedad? ¿Por qué hay que  afligir sistemáticamente al ciudadano conel flagelo de sus miserias? ¿Por qué ese menosprecio de lo bonito, de lo amable, de lo que deja buen sabor de boca?

Con un lúcido ejemplo, se lo recordaba  la tía Clota a su siempre perplejo sobrino Homper.

-No podría colgar uno de esos cuadros del famoso Bacon en el saloncito de casa. Se parecen a lo que veía en un monitor el día espantoso en el que me hicieron una rectoscopia.

Y Homper se quedó con la meditación: Francis Bacon encierra en sus cuadros  el doloroso misterio de ese aire que te inyectan por donde te dije cuando te miran la fontanería rectal. Es la fascinación morbosa de lo desagradable.

Todo lo contrario de lo que ofrece la última película del mismo equipo que triunfó con Los chicos del coro. París, París tiene algo de evocación, es un fresco costumbrista del París de los años treinta, mezcla géneros como la comedia, el melodrama, el musical y hasta el thriller político. Pero para los críticos del vinagre cultural tiene dos imperdonables defectos: es entretenidísima y, sobre todo, bonita como un sueño. Como aconsejaría la tía Clota, no la vean si sólo quieren pasar otro mal rato con el dichoso cine de autor.

Amas de casa diplomadas

Doña María seguirá currando lo mismo. Pero ahora con la satisfacción de ser Diplomada...

Doña María seguirá currando lo mismo. Pero ahora con la satisfacción de ser Diplomada...

Para Doña María, un político competente era como un buen vendedor de medias de cristal.

De cristal, que es como se decía cuando ella era una muchachita y las medias transparentes eran aún artículo de lujo. En realidad eran de fibra artificial, que entonces aún se decía nylon. Pero mostraban el blanco de la pantorrilla, y con aquella denominación sugerían más fascinación, más glamour. Si la Cenicienta bailaba en palacio con zapatos de cristal, Doña María aspiraba a ser la princesa del Bloque los Arándanos engalanando sus piernas con medias de cristal. Como las de Marlene  Dietrich, que lucía tan buena figura. Nadie le parecía más seductor  que el dependiente de la mercería donde compraba la marquesa para la que ella trabajó cuando dejó el pueblo y se plantó en Madrid. Aquel hombre que, por cierto, se parecía a Sarkozy, abría la caja plana de cartón, levantaba el papel seda que las cubría y tomaba en sus manos aquellas calzas delicadas y brillantes, como un cendal de oro, para mostrárselas a la clienta.

-Se las pone usted, señora, -decía el dependiente – y queda como una artista de cine.

Doña María mantiene que SuárezFelipe, Sarkozy y Zapatero nacieron vendedores de ilusiones, o sea, de  medias de cristal. Y que Aznar en cambio tenía maneras de vendedor de gruesas medias de lana o, peor aún, de zuecos. Es la diferencia entre la labia con glasé y el estilo de lija del nueve  del profesor de Georgetown. Así y todo, aún le quedaba algo al soñador imbatible que es ZP para demostrar el talante que dice llevar dentro. Le faltaba mirar por el ama de casa y mimarla como se merece.

-O sea, que nos reconozca y nos de la importancia que tenemos -reivindicaba ella- O sea, sueldo, seguridad social y categoría.¡Ah!, y un bonomedia por tres pares de medias de cristal al año para que la imagen del ama de casa no salga perjudicada con tantas carreras como se nos hacen.

Sueldo, seguro, reconocimiento, carreras. Qué líos nos hacemos cuando el estado del bienestar no se atreve a decir no a casi nadie. Menos mal que la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega -una mujer tenía que ser- ha venido a poner los puntos sobre las íes prometiendo que las amas de casa podrán diplomarse y, en su caso, trabajar como expertas en dependencia. Según sus palabras, será otra manera de crear puestos de trabajo.

Y doña María está encantada: ya no será gladiadora del hogar, sino titulada. Y con uno de esos diplomas con tinta de oro, letra de pendolista- y quién sabe si hasta la firma de la ministra correspondiente- para enmarcarlo y colgarlo en el comedor.

-¿Y mi sueldo?…¿Y mi seguridas social? -pregunta nuestra entrañable Ingeniera Técnica del Hogar, como seguramente será a partir de ahora.

Los optimistas pronostican machadianamente que se hará camino al andar. Entretanto la vice tranquiliza al colectivo de doñasmarías recordando que tienen su puesto de trabajo asegurado. El actual, claro. Lo que, tal y como están las cosas, no deja de ser otra buena noticia.

El rostro del mendigo del Metro

Quizás hubiera sido más caritativo mirarle al rostro que darle una moneda...

Quizás hubiera sido más caritativo mirarle al rostro que darle una moneda...

Se lo había a escuchado Homper a aquella mujer que hablaba en la radio de las pequeñas poblemáticas cotidianas. Esto está hecho de espaldas al pueblo, decía doña María. Se acordó de ella en el metro cuando se le acercó un mendigo pidiendo, intentó extraer alguna moneda de ese pequeño bolsillo del pantalón que los sastres llamaban cerillero y comprobó que algún genio de la confección había decidido rediseñarlo para hacerlo más estrecho y más incómodo. O sea, más modelno.

-Coño-se dijo irritado ante aquella mirada espantosa-¡Otra cosa más de espaldas al pueblo!

El pordiosero era un quemado que extendía para pedir un par de muñones. Apenas le quedaban manos. Su mirada causaba espanto, porque era la de un rostro deformado por el fuego. El desdichado debía de haber ardido como las criaturas de Los crímenes del museo de cera, una de aquellas joyas del cine de terror que protagonizaba el gran Vincent Price y que tanto impresionó a  un Homper imberbe cuando la vio.

-Y sin poder sacar una moneda de este puñetero bolsillo…- refunfuñó entre dientes mientras buscaba afanosamente en el cerillero.

La situación era tan embarazosa para Homper como desalentadora para el mendigo. El bolsillo era a tal punto estrecho, que sólo permitía que cupieran en él los dedos índice y anular de la mano derecha. Se llegaba a tocar las monedas, pero era imposible atraparlas. Ante la mirada estupefacta del mendigo, Homper dobló la pierna derecha y la subió para presionar con la parte superior del muslo la columnita de monedas. Así ésta podría ascender levemente y sus dos dedos, a modo de pinzas, conseguirían coger un euro para salir del paso.

Homper lo intentó denodadamente una y otra vez. Ante el asombro de los viajeros que le rodeaban, se contorsionó como si  una pulga  bailase el rock en su ingle. Pero su gimnasia caritativa fue un fracaso: no recuperaría las monedas hasta que no se quitara los pantalones y los sacudiera boca abajo. El mendigo se percató de ello y siguió su camino. Homper pintó un gesto de contrariedad, recompuso su dignidad estatuaria -la  que lucen casi todos los viajeros en metro- y continuó su viaje como si allí no hubiera pasado nada.

Cuando sin darse cuenta se metió las manos en los bolsillos del abrigo, sus dedos detectaron inopinadamente una moneda escondida en el fondillo. Era el euro que había necesitado para no defraudar al mendigo. Entretanto, el pobre monstruo, quizás decepcionado por la escasa recaudación en el vagón,  volvía a pasar ante él pidiendo limosna. Homper no tuvo que repetir esta vez el penoso número contorsionista para darle una moneda. Pero lo hizo avergonzado, depositándola en los muñones y sin atreverse a mirar aquel horrible rostro deformado por las llamas.

-Gracias-se escuchó con dificultad de los labios del mendigo.

A Homper le quedó un amargo resquemor. Aunque tarde, se había dado cuenta de que lo que verdaderamente hubiera agradecido aquel desdichado no era una moneda, sino que alguien le mirase a la cara.

Reyes magos, pero no ilógicos

¿Cómo se conciben unos Reyes Magos sin camellos?

¿Cómo se conciben unos Reyes Magos sin camellos?

-¿Qué han hecho los años con mi cabeza?-me preguntaba Homper desesperado-Yo, que gané en tiempos mi oposición de secretario de ayuntamiento. Yo, un hombre tan ordenado que sabía donde guardaba hasta las ballenas del cuello de mis camisas. Yo, que metía el recordatorio de la primera comunión de mi prima Adela en un tomo de los Episodios Nacionales y registraba en la memoria si era en la batalla de los Arapiles o en Napoleón en Chamartín. Yo, que me acordaba de la fecha de la Conspiración de la Pólvora y de la batalla de las Navas de Tolosa y recitaba de corrido las alineaciones del Oviedo y el Las Palmas en la temporada de 1961…

Adivinaba el Duende que el lamento obedecía a una nueva fechoría de las neuronas cerebrales. La última perplejidad de Homper, nada halagüeña, por cierto, fe provocada por su buen sentido ciudadano. Quiso deshacerse de una de esas antenas cornadas que se ponían antaño a los viejos televisores, otro trasto más que rondaba por casa, y se dirigió paseando al Punto Limpio más cercano. Al salir de casa llovía mansamente, por lo que llevó el paraguas. A mitad de camino, dejó de llover. Estos enclaves que ha instalado el Ayuntamiento de Madrid serán muy limpios, pero están lejos. Homper no obstante se llegó hasta él y cumplió su objetivo. Mejor dicho, creyó cumplirlo. Se dio cuenta de que no lo hizo del todo bien cuando volvió a chispear. Entonces advirtió perplejo que, mientras en sus manos aún llevaba la antena, había abandonado el paraguas en el punto limpio.

-Despistes tontos -le dije para consolarle- Pequeñas averías de la edad. A todos nos pasa…Según los neurólogos, nada importante…

-No, si a mí no me importaba perder el paraguas -replicó- Pero es que estoy perdiendo el sentido de la lógica…¡Yo, que era puro cartesianismo!…

Había algo en su tono que presagiaba un dolor mayor. Y cuando esperaba que de un momento a otro me contara un drama provocado por sus ausencias mentales, me relató, cómo no, otro cuento de Reyes que empezaba como La divina comedia.

-Nel mezzo dil cammin di la nostra vita…-declamó solemne-…Yo tuve que abordar mis primeras navidades en solitario. Siempre ponía nacimiento, pero ahora apenas tenía sitio en casa. Compré el misterio, un pastor con tres ovejas y, para que ocuparan menos sitio, tres reyes magos de a pie, en actitud orante. Así le canté villancicos tres años. Pero al cuarto caí en que unos reyes magos sin camellos son como tres paisanos cualesquiera. Había montado el belén sobre un diminuto velador de cincuenta centímetros de diámetro. Era prácticamente una montaña de papel kraft embadurnada de engrudo sobre el que había sacudido musgo viejo, una Galilea perfecta. En el hueco de la base de la montaña, con una luz zenital, el pesebre. Y por delante de éste, apenas un palmo de terreno cubierto por la mejor arena del desierto, que es el pan rallado, con los magos de infantería y el pastor con su ganado. No puede ser, no puede ser, me decía. Por coherencia con la tradición, necesito unos reyes magos con camello…Pero ¿dónde los meto? Me lancé a la Plaza Mayor y encontré unos diminutos…Y pensé que, encima de la montaña, silueteados sobre una luz crepuscular que podía instalar tras ésta, quedarían sencillamente espléndidos. Y así fue: los compré, los clavé en su sitio y creí que ya había triunfado. Hasta que….

Se hizo un silencio plomizo que, después de unos titubeos, él mismo rompió.

-Hasta que caí en la cuenta de que no podían estar al mismo tiempo cabalgando por el horizonte y postrados a los pies del Niño. Es ilógico. Eran magos, pero seguro que no tanto.

-¿Y qué, y qué?-pregunté angustiado.

-Nada, he tenido que retirar los reyes de a pie hasta el seis de enero, que sustituirán a los nuevos…Y entretanto, a ver donde pongo a los cesantes y cómo relleno el claro que se me ha quedado ante el portal…Un sinvivir, ya te digo…¡Y que a un hombre tan racional como yo se le escapen estos detalles!

No era el único suceso del que podía tratar hoy el blog. Pero entiendo tan bien al pobre Homper…

Bragas, costuras y llagas

...Y no todos son tan lucidos como las  famosas chicas de Vargas

...Y no todos son tan lucidos como las famosas chicas de Vargas

Agenda diaria de Hombre Perplejo que se nos ha filtrado en este blog. Despertarse, desayunar, leer el periódico, trote cochinero por el parque para mantener la buena forma, gestiones bancarias -lo peor- cuatro llamadas, tres recados, ver una exposición, visitar a los nietos. Homper puede permitirse vivir en constante perplejidad porque quizás tiene más tiempo para observar. Digámoslo claramente, es un jubileta in péctore. Aún no es de los que cobra, sino de los que paga a la Seguridad Social. Pero empieza a ser rico en tiempo si no del todo libre, sí dúctil. Y, como tanto ciudadano ingenuo, aprovechó la fiesta de la Constitución para hacer cola y ver el Congreso de los Diputados por dentro.

Es fácil imaginarlo, con su cara de paleto entrañable deslumbrado por la parafernalia del poder. Cuando de verdad lo era de la radio, el Duende participó en varios de esos programas que las emisoras desplazan al escenario de la celebración. Y se fijaba mucho en los que, sin hacer puñetero caso a los que hablaban por el micrófono, saciaban su curiosidad.

Imaginaba a Homper entrando en el hemiciclo, siguiendo la fila de miles de ciudadanos, más bien talluditos, obsesos por tocar escaño y descubrir los disparos de Tejero en los artesonados del techo. Alababan el boato: los cortinajes, los dorados, los tapices, los cuadros, los retratos de los que han sido presidentes, el maderamen del mobiliario. El imponente empaquetado del poder, que al pueblo llano le gusta ver y tocar de cerca, para comprobar que se lo administran bien. Al fin y al cabo, esa es su casa.

Homper tomó nota de todo. Hasta de lo que, a su lado, comentaban unas vecindonas sobre la notoria ausencia de doce de los presidentes de las comunidades autónomas y de muchos jefes de los grupos parlamentarios en la celebración. Pasaron del trigésimo cumpleaños de la Constitución.

-Vamos que vamos-decía una más que airada- Qué feo para España y para el pueblo. Nosotros guardando cola bajo la lluvia y los que viven de ésto ni aparecen..

-Ya te digo-apostillaba la otra-¡A la que nunca usó bragas, las costuras le hacen llagas!

Sabiduría popular. La mayoría de los invitados ausentes son alguien gracias a lo que diseñamos todos en la Constitución. Muchos, sin ella, vivirían con el culo al aire. Pero ahora se han puesto tan estupendos que les molesta y se permiten el lujo de despreciarla. No les sobra sentido de la responsabilidad ni buena educación. Sólo sensibilidad en el mismísimo.

Croquetas frente a la crisis

El presidente Zapatero está reunido con sus dos vicepresidentes (vicepresidente y vicepresidenta). Y, como es lógico después del fiasco del plan Bush para salvar la economía, dan vueltas a cómo vadear la crisis. En esto tercian las croquetas de Puri, que el Tesoro Público ha sacado a colación en una campaña de publicidad y que tanto ha mosqueado a la ministra de Igualdad. Qué error, qué inmenso error: abundan en la imagen de la mujer que ella trata erradicar. ¿Una mujer que hace croquetas? ¿De qué estamos hablando? Puri se dedica a la física cuántica, a la investigación de células madre o, como poco, a hacer desmontes con la pala excavadora. El presidente da la razón a Bibiana Aído, pero, como gran prestidigitador dialéctico, da la vuelta a la croqueta y ve en ella una buena idea -¡al fin!-para aliviar la situación que nos aflige. Recordemos el valor de la croqueta -le dice a Solbes- Difundamos el mensaje de que la desaceleración -nunca crisis- es más llevadera si las familias (y los familios) aprovechan a fondo el hueso del jamón, el pescuezo del pollo y las raspas del pescado para dar más sabor a este espléndido plato de la cocina tradicional. Contra el muermo de los pusilánimes y el catastrofismo de los antipatriotas, croquetas, croquetas para el bienestar.

Esto es un delirio, o una parida de las que Javier Capitán y el Duende aún se guisan a diario. Pero tiene su sustancia. Mientras que Forest Gump decía que la vida es como una caja de bombones, el Duende piensa que cada día es como una croqueta. El rebozo pinta más o menos parecido, pero luego le metes el diente y la cremosidad y el sabor de la bechamel marcan las diferencias.

Curiosamente en croquetas los grades pontífices como Adriá, Arzac o Subijana tienen mucho menos cartel que la Puri del spot o nuestra madre, pues de la misma manera que todos los españoles creen jugar al mus mejor que nadie, las croquetas que hacían sus mamás son siempre las mejores del mundo. Sólo tenían un inconveniente, al menos en los tiempos de austeridad que marcaron aquellas infancias de posguerra: eran demasiado pocas. En las cenas de familias numerosas, raramente sobraban, con lo que eliminaban el placer de la tornacroqueta, esa croqueta trasnochada que, a mitad de la mañana siguiente y con un vaso de vino, hace un tentempié insuperable. La croqueta, como el frito de merluza, es de los pocos manjares que dejá vue, gusta tanto o más que la primera vez.

En su simpleza, la croqueta -o cocreta, o cocleta, que de todas formas se dice- nos acabará dando una lección de filosofía práctica. Y es que no hace falta gastar mucho para ser feliz en la mesa. Al menos los diez minutos que puede durar un plato de ese manjar del que, como santa Bárbara, sólo nos acordamos cuando truena la economía.

Una dama entre hoyancos

Poyales del Hoyo

Poyales del Hoyo

(Foto de Joyanco)

Soledad es una distinguida dama malagueña de ojos azules y porte de heroína de cuento de Chejov. Buscaba su refugio en el campo. Soledad se crió en la vega de Antequera, pero ha ido a dar por lo que al sur de Avila llaman las vegas del Hoyo. El Hoyo es la forma coloquial con la que los paisanos hablan de Poyales del Hoyo, un pueblín tranquilo y guapo aún no masacrado por los desmanes urbanísticos, que queda entre Arenas de San Pedro y Candeleda. Poyales se queja desde tiempo inmemorial de ser un pueblo sin término municipal. Toda la tierra que se extiende a sus haldas se reparte entre Arenas, cabeza de partido, y Candelada. A cambio, sale en algunos escritos de Pío Baroja, que en su novela La dama errante describe minuciosamente un viaje en caballerías por lo que hoy es el trazado de la comarcal Alcorcón-Plasencia. El impío don Pío, como le llamaban los observadores del antiguo Indice de los libros prohibidos, mencionaba las alcantarillas a cielo abierto de Poyales que, como en tantos pueblos con arroyos serranos, corrían por entonces sin el menor complejo contaminante. No se preguntaba en cambio el gentilicio de los lugareños. ¿Poyalenses? ¿Poyaleros? ¿Hoyeros?

-Hoyancos-aclara Soledad al Duende.

Velay, para esto sirve un blog. No te acostarás sin saber una cosa más, que decían las abuelas. Y hasta ayer no sabía el Duende que los nacidos en Poyales del Hoyo eran hoyancos. El patronímico debe pronunciarse con hache aspirada, como se habla en esta tierra, que modela una especie de extremeño-toledano peculiar. Algo así como un castellano levemente glaseado de sonidos lejanamente andaluces. Se escribirá hoyancos, pero se pronuncia joyancos. Lo cual al Duende le remite al pueblo de Julio César Iglesias, zamorano de Fermoselle, quien públicamente confesó en antena que a sus paisanos les llamaban foyacos o follacos, que malsuenan igual. Hay que ver lo que mandan determinados instintos, con lo fermoso que podría resultar el gentilicio de Julio.

Soledad es lectora de este blog, y en la conversación terminológica se le filtra la curiosidad por la aparición de Homper, del que sospecha que es un trasunto del Duende. Le cuenta éste que está entre el uno, su circunstancia y la teoría de las matriuskas literarias: el que escribe va sacando de sí criaturas que, por no dar pistas, alumbran otros hijos que, a su vez, prolongan la descendencia con la esperanza de camuflarse del todo. Homper es, sobre todo, el hombre perplejo. Y ya que va el día de gentilicios, su pregunta es cómo se llamarán los de Jódar, los de La Mamola, los de Guarromán, los de Cabezón de la Sal y los de una aldea asturiana por la que pasó este verano que se llama Las Puercas.

En todo caso el topónimo no condiciona el carácter. Nadie podría imaginar si no que el alma sensible del gran Federico García Lorca también bebió de un pueblo que se llamaba Asquerosa, donde su familia poseía tierras y él pasó muchas temporadas. Hoy Asquerosa se llama Villarrubia o Valderrubia, pero por los pueblos que han cambiado de nombre ya se preguntará otro día nuestro gestor de perplejidades. Y si es alrededor de un café con porras recién hechas, como en la mañana de ayer con Soledad, mejor. Lo recomienda el adagio latino: primum vivere, deinde filosofare.

Todos éramos logotipo

Nuevo logotipo de RTVE

Nuevo logotipo de RTVE

Ejércitos de Murphys rodean al Duende. En su noble afán de que no se note demasiado ni que es verano ni que estamos inmersos en la crisis, trata de animar el blog como buenamente puede. Pero un nuevo traidor camuflado en su ordenador se lo está poniendo difícil. Cuando y como le parece, le deja sin acceso unas veces a su servidor -WORDPRESS- y otras al propio Duende. Qué ironía del destino: puede leer todas las webs del mundo menos la suya.

Mañana trataremos de arreglarlo.

Entre tanto, pasmado le deja el autobombo del presidente de RTVE para justificar un cambio de diseño corporativo. Es más fresco, más imaginativo, el símbolo de una nueva etapa, mantiene Luis Fernández. Tuvo el Duende un jefe en su primera agencia de publicidad que mantenía un curiosa teoría al respecto. Decía que el anunciante era un náufrago que encontraba la razón de ser de su producto a partir de su campaña de publicidad. Exagerado, seguro. Pero algo de eso hay cuando a la mayor reducción del lenguaje publicitario, que es el logotipo, le sacan tanta punta. Quizás olvidan decir que todos éramos logotipo, puesto que todos, mejor o peor encarnábamos al ente público. Borrón y cuenta nueva.

Por cierto, el Duende pensaba que les dieron la boleta de RNE por no ser ni lo modelnos ni lo políticamente correctos que pedía la nueva etapa. Ya saben, le teoría general de la caspa nacional. Ahora sin embargo se entera de que en la nueva programación, para alegrarle el programa a Juan Ramón de Lucas, fichan a Florentino Fernández, excelente cómico más cerca de Martínez Soria y de Esteso que de Woody Allen o Roberto Benigni. Nuevos aires en la radio, ya les digo…

¿Quién jubila al jubilador de Fernando Argenta?

Dijo unas palabras, no muchas, y dejó hablar a la música.

Entre la gente de la radio hay gente de discurso y gente de pinceladas sueltas. Academia versus lenguaje de la calle. Fernando Argenta estaba entre los segundos, y, salvando las distancias, el Duende estima que también lo estaba él. Pretéritos imperfectos. Ambos se desmadejaban a mitad de frase, metían la gamba, bromeaban, se reían, a veces provocaban al personal. Pero el repertorio que asomaba por la chistera al compás de su varita mágica -más propiamente batuta- de Argenta era de otro calado que el de mi alter ego. No es lo mismo el sonido de los políticos, o de Braulio, o del padre Bonete o de la misma doña María, que la voz de Bach, Beethoven y Brahms. En la nebulosa en la que uno vislumbra su fe, no puede imaginar el cielo sin la música. Si algún día asoma por ahí y luego resulta que Dios no tiene oído, el Duende pedirá billete para el infierno. Aunque le condenen a escuchar al Chikilicuatre y a los del Río por los siglos de los siglos.

Siguió el Duende la despedida de Clásicos Populares con silencio, emoción y empatía por los que no quisieron pronunciar la palabra adios. El sublime allegretto de la Séptima de Beethoven, el adagio de Samuel Barber, el Ave Verum de Mozart, el tercer tiempo de la Tercera Sinfonía de Brahms -hay un post del Duende dedicado a este tema- un aria de la Pasión según san Mateo, el dúo más famoso de La Verbena de la Paloma, el tercer tiempo de la Novena -reenganchado después de que se interrumpiera misteriosamente en el fraseo más lírico de este tema…Sonaron interrumpidamente hasta el final. Sobran adjetivos. Si no lo escucharon la tarde del adiós, háganlo cuando puedan y entenderán por qué los creadores de estas joyas musicales consiguieron ser primero clásicos y, gracias a Fernando, también populares.

Debe confesar el Duende -y apela a los seguidores de Argenta para calmar su curiosidad- que no identificó dos piezas de la ofrenda musical de despedida. Una, la primera aria de ópera que sonó en el programa. Dos, la que lo cerró: una composición contemporánea que combinaba una preciosa voz femenina con los coros de una misa en latín. Algo muy sentido debía de cantar la solista, que probablemente -pura intuición- lo hacía en hebreo.

Por lo demás, la hora se fue en suspiros y reflexiones. Una sobre la estolidez de quienes acuñan una asignatura que se llama Educación para la Ciudadanía y no hacen nada por salvar en la radio y en la televisión públicas algo tan formativo para la sensibilidad y el entendimiento como lo que hacía Argenta. Y por cuatro perras. La otra recordaba el viejo adagio de que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. No le pega a Fernando eso de gran hombre. Tiene muchos defectos. Sin ir más lejos, es del Madrid, lo que al Duende le rompe todos los esquemas. Sin embargo no hubiera llegado tan lejos nuestro amigo sin tener a su lado a una mujer como Toñi. Lo importante no es que ella sea también una gran amante de la música y la mejor crítica de los programas de su marido. Sino que está tan enamorada de éste que ve en él la chispa de Mozart, el romanticismo de Beethoven, la hondura de Bach y la sensibilidad de Carlos Kleiber multiplicados por cuatro. Y todo ello envasado en un body que convierte a George Clooney en un pitufo. Va a tener razón Pascal: el corazón tiene razones que la razón desconoce. Lo que no desconoce la razón es que la de Fernando Argenta es una jubilación que debería acabar jubilando al jubilador.

El día que callaron los Clásicos Populares

Su madre le cuidó mientras vivió, y le enseñó cuanto pudo a valerse por sí sólo. No mover las piernas no es lo peor que le puede pasar a un hombre- le consolaba- Puedes estudiar, leer, escuchar música y enriquecer tu imaginación. Y le regaló un magnífico equipo de música.

   Desde que vieron juntos por la tele no una, sino muchísimas veces, la película La ventana indiscreta, Samuel pasaba muchas horas espiando las de casa de enfrente. Pero corrieron dos años y en las habitaciones que cubría su mirada no  sucedió asesinato alguno sobre el cual investigar ni se asomó ninguna chica que se `pareciera, ni de lejos, a Grace Kelly. Qué pena. Su madre murió poco después. Y a Samuel tan sólo le quedó la ayuda de una asistenta que venía tres horas por las mañanas. Sin embargo su fe no decayó: a excepción de los asuntos del corazón, que exigen mucho salir, ya era capaz de despacharlo casi todo.

 Durante un mes las ventanas de la casa de enfrente permanecieron cerradas. Un día apareció un camión de mudanzas y allí se instaló una residencia de estudiantes de postgrado. Cuando Samuel se cansaba de hacer sus ejercicios y de leer, miraba a las chicas que estudiaban. A veces  le levantaban la vista. Algunas, incluso, sonreían. Samuel era alto y bien parecido, y mediaba la treintena. Recordaba que su madre veía en él más encanto que en el propio James Stewart. Se lo decía cuando le preparaba tarta de zanahoria y nuez con nata, su postre favorito. Y a él no le hacía mella su invalidez. Quería comunicarse con las chicas de la residencia, hablar con ellas. Demasiados metros: aunque la calle era tranquila y silenciosa, no llegaban las palabras.

 Un día que escuchaba la radio el dial se detuvo en el 96´ 5 FM. Sonaba, muy coqueta ella, La danza de las horas. En la residencia de enfrente, estudiaba con la ventana abierta  una chica de ojos rasgados y pómulos marcados, como de princesa rusa. Samuel subió el volumen, y la chica se quedó escuchando y cerró el libro que estaba abierto sobre la mesa. Lejos de enfadarse, sonrió, se levantó de la silla y ensayó unos pasos de ballet al ritmo que marcaba Ponchielli. Samuel la seguía con la mirada, de ventana en ventana.

  Desde entonces, semana tras semana, Samuel sintonizaba Clásicos Populares. Un tipo muy simpático llamado Fernando Argenta introducía temas musicales de compositores famosos que él no había escuchado hasta entonces, pero que producían efectos maravillosos. Unos eran una explosión de ritmo y colorido. Otros, puro lirismo. La tarde que sonó el allegretto de la 7ª Sinfonía de Beethoven la posgraduada de la tercera ventana de la residencia se le quedó mirando y se puso a llorar. Otro día cantó Alfredo Kraus  Vasconavarro soy, del valle roncalés…y al escuchar el zorzico una navarrica que preparaba oposiciones le dijo por señas que quería conocerle. Bajó de la residencia, cruzó la calle con un paquete de chistorras y a la hora de la cena se las tomaron entre vinos y risas. La música es un río que nunca sabemos dónde desemboca.

 Samuel hizo suya toda la que sonaba en aquel programa. De la misma manera que el cartero de Pablo Neruda le robaba poemas al poeta chileno para ofrecérselos a su amada como propios -la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita, argumentaba impecable- él  afanaba los mejores temas de los clásicos para comunicarse, animar la calle, vacilar con las vecinas de enfrente, declararlas su amor y, al cabo, sentir que, aún sin piernas, era capaz de volar y hacer volar en alas de la música. Seducida por una coral de Cantata nº 147 de Juan Sebastián Bach  que se apoderó de otra tarde , la estudiante, ya talludita, que trabajaba su tesis doctoral  sobre el protagonismo de la luna en el drama amoroso del siglo XVIII no pudo resistir más, arrancó una sábana de su cama, rotuló en ella un QUIERO HABLAR DE MÚSICA CONTIGO y la desplegó bajo su ventana. Samuel se quedó estupefacto, sin saber ni qué cara poner, durante varios minutos. No sabía si ella estaba interesada en el viejo organista de Leipzig o en él, y, en este caso, temía que ella no hubiera advertido su minusvalía.  Pero ella interpretó que el que calla otorga, y sin pensárselo dos veces apagó su ordenador y se presentó en el piso de Samuel con una falda y una blusa camisera a juego que, casualmente, llevaba sin abrochar los tres primeros botones. Tres horas después de haberse acabado la emisión de  Clásicos Populares, y según versión de Petra, que era la más cotilla de la residencia, se les veía besarse entre las lamas de la persiana.

 A todo esto, la calle, conquistada por la música, se había transformado. El portero del edificio paredaño con la casa de Samuel fue el primero en arrimar su receptor de radio a la ventana para amplificar el sonido de Clásicos Populares. Poco a poco lo hicieron muchos vecinos más. Una mujer de esas que soportan una mala salud de hierro durante lustros y que se muere todas las semanas, esperaba que Fernando Argenta le programara el Lux Aeterna dona eis  del Réquiem de Mozart para despedirse de este valle de lágrimas con la seguridad de haberse ganado la gloria. Entretanto, los jazmines y plumbagos, las vincas, las buganvilias y las damas de noche trepaban por los muros de las casas como si los clásicos fueran su mejor fertilizante, y los árboles respondían al milagro de la música  desarrollando sus copas hasta convertir aquel rincón de la ciudad en un remanso de frescura y de aromas embriagadores.

 Pero todo cambió cuando Fernando Argenta  anunció que Clásicos Populares  dejaría de emitirse. Razones empresariales, ya se sabe. Con él entraban en el ERE Beethoven, Bach, Brahms, Mozart, Haydn, Haendel, Vivaldi, Berlioz, Albéniz, Falla, Verdi, Wagner y hasta los Niños Cantores de Viena. Sabios gestores habían dado la razón al príncipe Salina de El gatopardo. Sí, el que sugería que hay que cambiarlo todo para que nada cambie. Al menos para que no cambie la necedad humana.

 El caso es que la voz de Clásicos Populares enmudeció. Y entonces Samuel, sin esperar siquiera a ver qué nuevas estudiantes habían llegado a la residencia de enfrente, cerró su ventaba, corrió los visillos y las cortinas y llamó al Servicio de Asistencia Domiciliaria para Minusválidos solicitando que se hicieran cargo de él.

Freud también cura a los gordos

Ha encontrado el Duende un pretexto para no caer hoy en varios lugares comunes. A saber, la victoria de España ante Rusia en el campeonato de Europa de fútbol, la desdichada huelga del transporte por carretera, los hallazgos lingüísticos de la ministra Bibiana Aído, el ilusionismo semántico de Pepín Blanco y José Antonio Alonso (por cierto, ¿no se han dado cuenta ustedes de que no hay crisis?) y la bronca de Zapatero al BCE por la irresponsabilidad de no ponerle bridas al euribor. Tiembla, Trichet… No más de quinientos o seiscientos editoriales/ artículos de fondo/ columnas/ comentarios en televisión o en tertulias  radiofónicas se van a dedicar en un par de días a estos asuntos. Aparte de poca originalidad, qué  osadía hubiera demostrado el Duende si los tratara con su ligereza habitual.

 El pretexto para la fuga se lo ha dado doña María. Hoy comentaba en la radio la absurdidez (sic) del cuadro contemporáneo que ha alcanzado más alto precio en una subasta. No era un paisaje amable, ni una composición abstracta de originales efectos cromáticos, ni un hombre extraño de Bacon, que por lo menos resulta intrigante. Ha sido una silueta de lo más vulgar: una  señora aún más gruesa que ella, completamente desnuda, reposando en el diván. La gorda fue pintada por Lucien Freud, y fue rematada en Christies por el magnate ruso Abramovich a cambio de treinta y tres millones y medio de dólares.  A este paso don Sigmundo será más reconocido como padre del pintor que como padre del psicoanálisis. Mientras que su hijo habrá conseguido que el psicoanalista pase a ser, sobre todo, el padre del pintor.

 Lo mismo que las gordas de Botero, ya te digo…-pesaba doña María en voz alta- Toda la vida sacrificándonos pa no engordar y haciendo toda clase de sacrificios y luego te enteras que lo que más desean los millonarios es una como nosotras. Si lo llego a saber a tiempo, hace dietas su tía, ¿no te fastidia?…

 Qué contradicción, admirar tanto a tipazos juncales como el de Carla Bruni y colgarse en el salón un océano carnal como la modelo de don Lucien. Sin embargo, esta curiosa paradoja que, grosso modo, plantea doña María puede ser una buena terapia contra el complejo de gordo o gorda.. Los psicoanalistas y psiquiatras ya no tendrán que recurrir al odio al padre, al  complejo de Edipo o a la represión de la líbido para justificar tanto desarreglo del alma como genéricamente se ampara bajo el concepto freudiano. Sabemos que los desmadres curvilíneos del cuerpo deprimen bastante, y sobre todo a las damas. Hasta ahora, claro, porque a partir de este momento bastará que recordemos lo que se cotizan sus kilos cuando son retratados por un artista para que recupere su buen tono vital.

 Sursum corda, gordos y gordas de todo el mundo.  Freud ha muerto: ¡viva Freud!.

Noche de impudor

(Foto de pablodf)

Oviedo es una ciudad con mucho encanto y trasfondo literario, pero allí pasó el Duende una de las tardes más amargas de su vida. Una amiga de la infancia  que se había erigido en alma mater del Rastrillo local le lió para que colaborase en la justa causa de recaudar fondos para los niños sin hogar. Había que reproducir frente al público las mismas travesuras que entonces sólo ensayaba ante el micrófono. O sea, hacer el bufón  para entretener al personal y poderle endosar más fácilmente unas camisetas o una papeleta para la rifa de un viaje a Disneylandia a precio de cojón de mico.

  Nunca le ha gustado al Duende el vis a vis con el público, pero aquella jornada fue especialmente negra. Casi peor que otra en la que, por exigencia de la editorial de Las poblemáticas de doña María, tuvo que meterse en una de esas casetas de la Feria del Libro y sufrir tres horas de sauna mientras la gente pasaba de largo mirándole como si fuera un mono enjaulado. Tampoco en el Rastrillo de Oviedo sabían demasiado de aquel presunto famoso que, sin duda con buena intención, les habían prometido. No era tan famoso.

 Cristina, que así se llamaba la amiga, incurría en un error muy frecuente en los seguidores  del  Duende, que es confundir la familiaridad de una voz radiofónica con la popularidad prácticamente masiva que  da la televisión. La radio puede ser más intimista, y sus voces incluso más amigas que las que hablan desde aquélla. Pero vivimos en una civilización de imágenes, y la radio no la ve nadie. Un mes de tupé y matraca de Chikilicuatre en la pequeña pantalla  suman cien veces más fervor popular que veinte años de duendadas, por muy divertidas que le parezcan a sus incondicionales.

 Ese miedo al ridículo – qué  penoso le resultaba al Duende  tener que legitimarse como miembro de esa especie que llaman los famosos- asoma en cierta manera cuando uno de sus posts  rebasa su papel de Peepeng Tom  y, en lugar de mirar hacia fuera, mira hacia su interior. Esta noche debería haber reparado en esa Lady Godiva que es la luna, tan seductora siempre. Y tan socorrida, por cierto: cuando no te quede  ni una miasma de lírica, juega con la luna rielando en cualquier charco y parecerás  poeta.

 Pero no estaba la noche para delirios. Un dolor muy profundo que aflige a uno de sus mejores amigos le obliga a mirarse dentro y a contener el llanto. Aunque el Duende aborrece el impudor de airear sentimientos propios, hoy tiene que superar el miedo al ridículo y contar, lisa y llanamente, que no está para  bromas. Ni lo estará  hasta que su amigo Félix, siempre tan entrañable, tan gracioso y tan bien educado, se recupere  y pida perdón a la luna por no haberle contado aún el último de sus incomparables chistes.

 

 

Nuevos milagros por san Isidro

(Foto de iesluisvelez)

Por san Isidro, a doña María le gustaba asomarse a ver los labrantíos que aún se divisaban desde el bloque Los Arándanos. A estas fechas, la siembra de primavera en estos pagos verdea de algo más que dos cuartas, y con el vuelo de los tordos, las cogujadas y las abubillas,  hacen una bonita postal que le evocaba al campo de su pueblo. Jura doña María que, recién instalados en el bloque, aún había algún labriego que faenaba en su tierra con una yunta de mulas, cosa difícil de creer si hablamos de los primeros años setenta, que fue cuando pararon por allí. Pero sí nos creeremos sus buenas intenciones.  Abría la ventana, se acodaba en ella, ensanchaba los pulmones, respiraba un aire de poniente que soplaba puro y creía ver entre las nubes mofletudas y azulencas que riegan la primavera madrileña al ángel que venía a echarle una mano a San Isidro.

Parece el inicio de una película de Jean Perre Jeunet (Amelie). Pero era la película que se hacía la pobre María, tan llena de ilusión como de sentido común, dos valores que se neutralizan. En realidad, la buena mujer soñaba que si hay justicia en el cielo, el ángel currante no vendría ahora a ayudar a los pocos isidros que quedan en esta contornada, sino a las numerosas gladiadoras del hogar como ella que llevan generaciones y generaciones trabajando como esclavas sin sueldo, seguridad social ni merced alguna de las que hasta las elecciones prodigó Zapatero.

 Ya conocen la leyenda: encargado el patrón de Madrid de labrar  las tierras de don Iván de Vargas, recibió la visita de un  ángel agricultor que se hizo cargo de los trabajos mientras el santo, se supone, sesteaba a la sombra de una encina. El sueño de san Isidro es, en rigor, el sueño de cualquier trabajador. Puesto que el campo se abandona a ojos vista, cada vez hay menos agricultores y el campesino es especie en extinción, bueno será que los ángeles de ahora cumplan su benéfica función echando una mano  a María y sus colegas.

 Claro que, como María sólo es creyente correlativamente, y es más bien escéptica ante milagro tan gordo, tiene pensado formular esta oración sustitutoria. San Isidro, bonito, si no mandas a un ángel que me resuelva toda la faena casera, haz que mis rodillas doblen al contrario,  como las de las cigüeñas. A  ver si al menos así llegan mis manos a remeter como Dios manda las sábanas del otro lado de la cama, que siempre me quedan fatal.

 Sabia conformidad con su condición, eso de pedirle un milagro menor. Pues por mucho que se haya transformado España, siempre habrá pastores y señores, añade la doña. Y cualquier manita de Dios o de san Isidro en favor de los más humildes, será bien recibido por esta su segura servidora y gladiadora del hogar. Amén.    

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