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El día que callaron los Clásicos Populares

Su madre le cuidó mientras vivió, y le enseñó cuanto pudo a valerse por sí sólo. No mover las piernas no es lo peor que le puede pasar a un hombre- le consolaba- Puedes estudiar, leer, escuchar música y enriquecer tu imaginación. Y le regaló un magnífico equipo de música.

   Desde que vieron juntos por la tele no una, sino muchísimas veces, la película La ventana indiscreta, Samuel pasaba muchas horas espiando las de casa de enfrente. Pero corrieron dos años y en las habitaciones que cubría su mirada no  sucedió asesinato alguno sobre el cual investigar ni se asomó ninguna chica que se `pareciera, ni de lejos, a Grace Kelly. Qué pena. Su madre murió poco después. Y a Samuel tan sólo le quedó la ayuda de una asistenta que venía tres horas por las mañanas. Sin embargo su fe no decayó: a excepción de los asuntos del corazón, que exigen mucho salir, ya era capaz de despacharlo casi todo.

 Durante un mes las ventanas de la casa de enfrente permanecieron cerradas. Un día apareció un camión de mudanzas y allí se instaló una residencia de estudiantes de postgrado. Cuando Samuel se cansaba de hacer sus ejercicios y de leer, miraba a las chicas que estudiaban. A veces  le levantaban la vista. Algunas, incluso, sonreían. Samuel era alto y bien parecido, y mediaba la treintena. Recordaba que su madre veía en él más encanto que en el propio James Stewart. Se lo decía cuando le preparaba tarta de zanahoria y nuez con nata, su postre favorito. Y a él no le hacía mella su invalidez. Quería comunicarse con las chicas de la residencia, hablar con ellas. Demasiados metros: aunque la calle era tranquila y silenciosa, no llegaban las palabras.

 Un día que escuchaba la radio el dial se detuvo en el 96´ 5 FM. Sonaba, muy coqueta ella, La danza de las horas. En la residencia de enfrente, estudiaba con la ventana abierta  una chica de ojos rasgados y pómulos marcados, como de princesa rusa. Samuel subió el volumen, y la chica se quedó escuchando y cerró el libro que estaba abierto sobre la mesa. Lejos de enfadarse, sonrió, se levantó de la silla y ensayó unos pasos de ballet al ritmo que marcaba Ponchielli. Samuel la seguía con la mirada, de ventana en ventana.

  Desde entonces, semana tras semana, Samuel sintonizaba Clásicos Populares. Un tipo muy simpático llamado Fernando Argenta introducía temas musicales de compositores famosos que él no había escuchado hasta entonces, pero que producían efectos maravillosos. Unos eran una explosión de ritmo y colorido. Otros, puro lirismo. La tarde que sonó el allegretto de la 7ª Sinfonía de Beethoven la posgraduada de la tercera ventana de la residencia se le quedó mirando y se puso a llorar. Otro día cantó Alfredo Kraus  Vasconavarro soy, del valle roncalés…y al escuchar el zorzico una navarrica que preparaba oposiciones le dijo por señas que quería conocerle. Bajó de la residencia, cruzó la calle con un paquete de chistorras y a la hora de la cena se las tomaron entre vinos y risas. La música es un río que nunca sabemos dónde desemboca.

 Samuel hizo suya toda la que sonaba en aquel programa. De la misma manera que el cartero de Pablo Neruda le robaba poemas al poeta chileno para ofrecérselos a su amada como propios -la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita, argumentaba impecable- él  afanaba los mejores temas de los clásicos para comunicarse, animar la calle, vacilar con las vecinas de enfrente, declararlas su amor y, al cabo, sentir que, aún sin piernas, era capaz de volar y hacer volar en alas de la música. Seducida por una coral de Cantata nº 147 de Juan Sebastián Bach  que se apoderó de otra tarde , la estudiante, ya talludita, que trabajaba su tesis doctoral  sobre el protagonismo de la luna en el drama amoroso del siglo XVIII no pudo resistir más, arrancó una sábana de su cama, rotuló en ella un QUIERO HABLAR DE MÚSICA CONTIGO y la desplegó bajo su ventana. Samuel se quedó estupefacto, sin saber ni qué cara poner, durante varios minutos. No sabía si ella estaba interesada en el viejo organista de Leipzig o en él, y, en este caso, temía que ella no hubiera advertido su minusvalía.  Pero ella interpretó que el que calla otorga, y sin pensárselo dos veces apagó su ordenador y se presentó en el piso de Samuel con una falda y una blusa camisera a juego que, casualmente, llevaba sin abrochar los tres primeros botones. Tres horas después de haberse acabado la emisión de  Clásicos Populares, y según versión de Petra, que era la más cotilla de la residencia, se les veía besarse entre las lamas de la persiana.

 A todo esto, la calle, conquistada por la música, se había transformado. El portero del edificio paredaño con la casa de Samuel fue el primero en arrimar su receptor de radio a la ventana para amplificar el sonido de Clásicos Populares. Poco a poco lo hicieron muchos vecinos más. Una mujer de esas que soportan una mala salud de hierro durante lustros y que se muere todas las semanas, esperaba que Fernando Argenta le programara el Lux Aeterna dona eis  del Réquiem de Mozart para despedirse de este valle de lágrimas con la seguridad de haberse ganado la gloria. Entretanto, los jazmines y plumbagos, las vincas, las buganvilias y las damas de noche trepaban por los muros de las casas como si los clásicos fueran su mejor fertilizante, y los árboles respondían al milagro de la música  desarrollando sus copas hasta convertir aquel rincón de la ciudad en un remanso de frescura y de aromas embriagadores.

 Pero todo cambió cuando Fernando Argenta  anunció que Clásicos Populares  dejaría de emitirse. Razones empresariales, ya se sabe. Con él entraban en el ERE Beethoven, Bach, Brahms, Mozart, Haydn, Haendel, Vivaldi, Berlioz, Albéniz, Falla, Verdi, Wagner y hasta los Niños Cantores de Viena. Sabios gestores habían dado la razón al príncipe Salina de El gatopardo. Sí, el que sugería que hay que cambiarlo todo para que nada cambie. Al menos para que no cambie la necedad humana.

 El caso es que la voz de Clásicos Populares enmudeció. Y entonces Samuel, sin esperar siquiera a ver qué nuevas estudiantes habían llegado a la residencia de enfrente, cerró su ventaba, corrió los visillos y las cortinas y llamó al Servicio de Asistencia Domiciliaria para Minusválidos solicitando que se hicieran cargo de él.

Freud también cura a los gordos

Ha encontrado el Duende un pretexto para no caer hoy en varios lugares comunes. A saber, la victoria de España ante Rusia en el campeonato de Europa de fútbol, la desdichada huelga del transporte por carretera, los hallazgos lingüísticos de la ministra Bibiana Aído, el ilusionismo semántico de Pepín Blanco y José Antonio Alonso (por cierto, ¿no se han dado cuenta ustedes de que no hay crisis?) y la bronca de Zapatero al BCE por la irresponsabilidad de no ponerle bridas al euribor. Tiembla, Trichet… No más de quinientos o seiscientos editoriales/ artículos de fondo/ columnas/ comentarios en televisión o en tertulias  radiofónicas se van a dedicar en un par de días a estos asuntos. Aparte de poca originalidad, qué  osadía hubiera demostrado el Duende si los tratara con su ligereza habitual.

 El pretexto para la fuga se lo ha dado doña María. Hoy comentaba en la radio la absurdidez (sic) del cuadro contemporáneo que ha alcanzado más alto precio en una subasta. No era un paisaje amable, ni una composición abstracta de originales efectos cromáticos, ni un hombre extraño de Bacon, que por lo menos resulta intrigante. Ha sido una silueta de lo más vulgar: una  señora aún más gruesa que ella, completamente desnuda, reposando en el diván. La gorda fue pintada por Lucien Freud, y fue rematada en Christies por el magnate ruso Abramovich a cambio de treinta y tres millones y medio de dólares.  A este paso don Sigmundo será más reconocido como padre del pintor que como padre del psicoanálisis. Mientras que su hijo habrá conseguido que el psicoanalista pase a ser, sobre todo, el padre del pintor.

 Lo mismo que las gordas de Botero, ya te digo…-pesaba doña María en voz alta- Toda la vida sacrificándonos pa no engordar y haciendo toda clase de sacrificios y luego te enteras que lo que más desean los millonarios es una como nosotras. Si lo llego a saber a tiempo, hace dietas su tía, ¿no te fastidia?…

 Qué contradicción, admirar tanto a tipazos juncales como el de Carla Bruni y colgarse en el salón un océano carnal como la modelo de don Lucien. Sin embargo, esta curiosa paradoja que, grosso modo, plantea doña María puede ser una buena terapia contra el complejo de gordo o gorda.. Los psicoanalistas y psiquiatras ya no tendrán que recurrir al odio al padre, al  complejo de Edipo o a la represión de la líbido para justificar tanto desarreglo del alma como genéricamente se ampara bajo el concepto freudiano. Sabemos que los desmadres curvilíneos del cuerpo deprimen bastante, y sobre todo a las damas. Hasta ahora, claro, porque a partir de este momento bastará que recordemos lo que se cotizan sus kilos cuando son retratados por un artista para que recupere su buen tono vital.

 Sursum corda, gordos y gordas de todo el mundo.  Freud ha muerto: ¡viva Freud!.

Noche de impudor

(Foto de pablodf)

Oviedo es una ciudad con mucho encanto y trasfondo literario, pero allí pasó el Duende una de las tardes más amargas de su vida. Una amiga de la infancia  que se había erigido en alma mater del Rastrillo local le lió para que colaborase en la justa causa de recaudar fondos para los niños sin hogar. Había que reproducir frente al público las mismas travesuras que entonces sólo ensayaba ante el micrófono. O sea, hacer el bufón  para entretener al personal y poderle endosar más fácilmente unas camisetas o una papeleta para la rifa de un viaje a Disneylandia a precio de cojón de mico.

  Nunca le ha gustado al Duende el vis a vis con el público, pero aquella jornada fue especialmente negra. Casi peor que otra en la que, por exigencia de la editorial de Las poblemáticas de doña María, tuvo que meterse en una de esas casetas de la Feria del Libro y sufrir tres horas de sauna mientras la gente pasaba de largo mirándole como si fuera un mono enjaulado. Tampoco en el Rastrillo de Oviedo sabían demasiado de aquel presunto famoso que, sin duda con buena intención, les habían prometido. No era tan famoso.

 Cristina, que así se llamaba la amiga, incurría en un error muy frecuente en los seguidores  del  Duende, que es confundir la familiaridad de una voz radiofónica con la popularidad prácticamente masiva que  da la televisión. La radio puede ser más intimista, y sus voces incluso más amigas que las que hablan desde aquélla. Pero vivimos en una civilización de imágenes, y la radio no la ve nadie. Un mes de tupé y matraca de Chikilicuatre en la pequeña pantalla  suman cien veces más fervor popular que veinte años de duendadas, por muy divertidas que le parezcan a sus incondicionales.

 Ese miedo al ridículo - qué  penoso le resultaba al Duende  tener que legitimarse como miembro de esa especie que llaman los famosos- asoma en cierta manera cuando uno de sus posts  rebasa su papel de Peepeng Tom  y, en lugar de mirar hacia fuera, mira hacia su interior. Esta noche debería haber reparado en esa Lady Godiva que es la luna, tan seductora siempre. Y tan socorrida, por cierto: cuando no te quede  ni una miasma de lírica, juega con la luna rielando en cualquier charco y parecerás  poeta.

 Pero no estaba la noche para delirios. Un dolor muy profundo que aflige a uno de sus mejores amigos le obliga a mirarse dentro y a contener el llanto. Aunque el Duende aborrece el impudor de airear sentimientos propios, hoy tiene que superar el miedo al ridículo y contar, lisa y llanamente, que no está para  bromas. Ni lo estará  hasta que su amigo Félix, siempre tan entrañable, tan gracioso y tan bien educado, se recupere  y pida perdón a la luna por no haberle contado aún el último de sus incomparables chistes.

 

 

Nuevos milagros por san Isidro

(Foto de iesluisvelez)

Por san Isidro, a doña María le gustaba asomarse a ver los labrantíos que aún se divisaban desde el bloque Los Arándanos. A estas fechas, la siembra de primavera en estos pagos verdea de algo más que dos cuartas, y con el vuelo de los tordos, las cogujadas y las abubillas,  hacen una bonita postal que le evocaba al campo de su pueblo. Jura doña María que, recién instalados en el bloque, aún había algún labriego que faenaba en su tierra con una yunta de mulas, cosa difícil de creer si hablamos de los primeros años setenta, que fue cuando pararon por allí. Pero sí nos creeremos sus buenas intenciones.  Abría la ventana, se acodaba en ella, ensanchaba los pulmones, respiraba un aire de poniente que soplaba puro y creía ver entre las nubes mofletudas y azulencas que riegan la primavera madrileña al ángel que venía a echarle una mano a San Isidro.

Parece el inicio de una película de Jean Perre Jeunet (Amelie). Pero era la película que se hacía la pobre María, tan llena de ilusión como de sentido común, dos valores que se neutralizan. En realidad, la buena mujer soñaba que si hay justicia en el cielo, el ángel currante no vendría ahora a ayudar a los pocos isidros que quedan en esta contornada, sino a las numerosas gladiadoras del hogar como ella que llevan generaciones y generaciones trabajando como esclavas sin sueldo, seguridad social ni merced alguna de las que hasta las elecciones prodigó Zapatero.

 Ya conocen la leyenda: encargado el patrón de Madrid de labrar  las tierras de don Iván de Vargas, recibió la visita de un  ángel agricultor que se hizo cargo de los trabajos mientras el santo, se supone, sesteaba a la sombra de una encina. El sueño de san Isidro es, en rigor, el sueño de cualquier trabajador. Puesto que el campo se abandona a ojos vista, cada vez hay menos agricultores y el campesino es especie en extinción, bueno será que los ángeles de ahora cumplan su benéfica función echando una mano  a María y sus colegas.

 Claro que, como María sólo es creyente correlativamente, y es más bien escéptica ante milagro tan gordo, tiene pensado formular esta oración sustitutoria. San Isidro, bonito, si no mandas a un ángel que me resuelva toda la faena casera, haz que mis rodillas doblen al contrario,  como las de las cigüeñas. A  ver si al menos así llegan mis manos a remeter como Dios manda las sábanas del otro lado de la cama, que siempre me quedan fatal.

 Sabia conformidad con su condición, eso de pedirle un milagro menor. Pues por mucho que se haya transformado España, siempre habrá pastores y señores, añade la doña. Y cualquier manita de Dios o de san Isidro en favor de los más humildes, será bien recibido por esta su segura servidora y gladiadora del hogar. Amén.    

Sin Calvo-Sotelo, menos Duende

Todos los que han seguido al Duende desde su paso por la SER saben los motivos por los que le debía estar tan agradecido a Leopoldo Calvo-Sotelo (así, con guión, que no se sabe por qué se tiende a suprimir ahora en los apellidos compuestos). El caso es que aquel presidente de gobierno que después de la labia de Felipe González y el gracejo malvado de Alfonso Guerra, tan fácilmente imitables, aparecía como la dignidad marmórea inasequible a la caricatura, propició algunos de los chispazos más hilarantes de la larga colaboración entre Javier Capitán y el Duende. Primero haciendo un dúo de expresidentes con Adolfo Suárez, luego con un pintoresco representante que promocionaba al aparentemente severo Calvo-Sotelo como humorista. Qué buenos ratos pasamos con el Poldo Mix.

Está muy feo echarle de menos sólo por la punta que le sacamos en la radio. Sin embargo lo bueno de la caricatura es que te obliga a fijarte en el personaje y garrarte a sus flecos amables. Dejando a un lado sus rasgos más fácilmente parodiables, uno estudia su biografía y los breves contactos que tuvo con él no puede evitar el respeto y hasta el afecto. El Duende le escribió dos o tres ocasiones. Siempre respondía con un tarjetón escrito a mano, y con detalles que individualizaban el mensaje. Es decir, que se tomaba la molestia de recordar a quién se estaba dirigiendo para no hablar con simple cortesía formularia.

En una de mis misivas le pedía disculpas por un exceso que no se si fue de los imitadores o de Julio César Iglesias, tan amigo de poner en riesgo el temple de su entrevistado con una humorada no siempre oportuna. Acababa de salir Leopoldo bis en una de las viñetas matinales que hacíamos hace unos años. Y a continuación había preparada una entrevista con Calvo-Sotelo, el de verdad. Evidentemente, éste había escuchado la parodia y, ni corto ni perezoso, Julio, para abrir boca, le preguntó qué le parecía. Como toda caricatura -contestó el ex presidente con su sorna habitual- evidentemente exageradaPero si tiene usted tan buena imitación, no se para qué quiere el original. No fue nuestro mejor día en la radio. Pese a la buena educación y a la tolerancia para la ironía de don Leopoldo, el hielo se cortaba. Julio, como su tocayo Aparicio, tuvo que hacer faena de aliño.

Pero el almario del Duende es a veces muy escrupuloso. Y, no pudiendo acallar su mala conciencia le escribió disculpándose por el rato incómodo que le habían hecho pasar. Utilizó para ello una frase un poco afectada, algo así como me encocora que a usted le pueda haber sentado mal la imitación. A lo que él contestó: me encocora que te encocore, y que no encocore a quien debería encocorar.

Hoy el Duende siente muy suyas las famosas palabras de John Donne: nadie es una isla, lo que le pasa a otro también te afecta a ti, la muerte de todo hombre te disminuye. Don Leopoldo, tan maltratado en su día por la suerte política y por un pueblo que no repara en los matices, se va quizás sin el afecto que España le debía. Y se lleva una de las cuerdas del violín que más le gustaba tocar a uno. Lo que decía el poeta, que al final las campanas acaban doblando por todos, y que al mosaico de las ilusiones radiofónicas del Duende se le van cayendo teselas irreemplazables.

Nuestra adorable Jocelyn

Entre los recientes comentaristas del blog ha descubierto el Duende a Joce. Joce  es el apócope de Jocelyn, la íntima amiga de doña María, cuya novelesca historia es todo un ejemplo de superación. Los curiosos podrán conocer sus peripecias -no siempre ejemplares- en el capítulo 8 de Las poblemáticas de doña María, pero quizás aún haya quien la recuerde de sus intervenciones en Hoy por hoy. Jocelyn entraba de cuando en cuando por teléfono,  y era el pasmo de Iñaki Gabilondo. ¿Quién es? -le preguntaba al Duende- ¿De dónde has sacado a esta chica tan graciosa?. Por cierto, viéndole ahora como severo observador de la realidad en la 4, nadie diría que este hombre  se reía a mandíbula batiente escuchando a las dos vecindonas de Los Arándanos. Qué pena que Aznar le cambiara el metabolismo.

 Jocelyn era un ejemplo puro de radio  natural, tan fresca y espontánea como la persona que le daba vida. No se trataba de una actriz ni de una periodista, sino de una pipiola recién graduada en Ciencias de la Información  que buscaba trabajo como creativa en la agencia del Duende, donde pronto se integró y se entendió  las mil maravillas con todos. El guión era tan  sencillo como llegar a la oficina a las nueve, echar un vistazo a los periódicos, y decirle a Joce: doña María cuenta contigo para hablar de la poblemática  de las carreras de las medias. No hacía falta más, porque a la chica le sobraba desparpajo. El Duende se subía a la Vespa y diez minutos después estaba en la SER tan pancho. Ya le sacarían las castañas del fuego María y la simpar Jocelyn

 La verdadera identidad de las voces de la radio es siempre un reto para el oyente. Nadie escuchando a aquella criatura tan simpática y divertida podría imaginar el drama que había vivido de niña. Inés -que así se llamaba en realidad- era la hija del comandante Jesús Velasco, asesinado por ETA en 1980. También lo es de Ana Vidal-Abarca, una auténtica heroína civil que, al menos para el Duende, está en el apartado de mujeres admirables sólo un poco por detrás de Santa Teresa, Agustina de Aragón o Manuela Malasaña. Y aún no sabe uno si es peor haber luchado contra el miedo y la insensibilidad que provocaba el terrorismo entonces que contra el gabacho invasor. Porque en 1808 se levantó el pueblo en armas, pero cuando esos canallas que algunos llaman gudaris mataron al padre de Inés, había que contemporizar. Han tenido que pasar veintiocho años para que un tribunal prohíba que un parque infantil lleve el nombre del asesino. Hay que ser  santo para resistir con dignidad tanto dolor e incomprensión.

 Fuera la mano de esa madre estupenda, o de ese Dios que dicen que tuerce los renglones para escribir recto, el caso es que Inés ha resultado ser una de las mujeres más alegres y felices que uno conoce. Aún en la agencia, ocultaba discretamente su llanto cada vez que la ETA reabría su herida infantil con un nuevo atentado. Pero su carácter -de casta le viene al galgo- podía con todo. Después de haberse casado con un tipo cabal y de haber criado tres recentales que parecen la defensa del Alavés, hoy es creativa free lance a tiempo parcial, y amiga generosa y entusiasta  mañana, tarde y noche. Su alegría y su contagioso deseo de disfrutar la vida son un bálsamo para los pusilánimes, y un fracaso para los terroristas que mataron a Chus Velasco.

 Muerte, ¿dónde está tu aguijón?…Infierno…¿dónde tu victoria?  Esta cita   de Corintios  se incluye en el Réquiem Alemán de Brahms  que el Duende canta este fin de semana. Y al ensayarlo con sus compañeros de coro, se acordaba de  la invencible sonrisa de Inés. Ese sol de  chiquilla que para doña María, más de Manolo Escobar que de  Brahms, siempre será la adorable Jocelyn.      

¿Por qué matamos lo cursi?

(Foto de Leopoldo 2006)

Apareció en el estudio Juan Adriaenssens con una bolsa cargada de regalos de Navidad, sacó un diminuto paquete y se lo entregó al Duende. Esto no es para ti -advirtió- sino para doña  María. Dentro había un diminuto reloj de mesilla de noche  incrustado en un  caballito balancín paticorto  hecho de acero, y con las crines, la cola, y los bastidores sobredorados. A doña María le emocionó, y el Duende lo mira todas las mañanas al despertar. En otro tiempo, lo hubiera adjetivado como una preciosidad, ahora quizás no llegue tanto, porque le daría vergüenza.

  Juan es un polemista vehemente, culto, refinado y borde o encantador, según le peta. Puede pasar del lirismo más delicado a la furia Zeus tonante en segundos. En sus gustos estéticos no es menos hiperbólico. Levita ante un Cristo de Berruguete a pesar de ser ateo convicto, y a continuación  eleva a la categoría de novena maravilla del mundo a La Cúpula, un centro comercial al norte de Madrid con columnas de lapislázuli y arabescoss que, según los que lo conocen, parece la orgía arquitectónica de un maharajá enloquecido. La apoteosis del kitsch. Pero para Juan hay tanta belleza en la austeridad del románico o en el minimalismo posmoderno como en el manierismo de lo que se conoce como lo cursi.

 Juan Adriaenssens regalaba a doña María, pero en realidad mataba dos pájaros de un tiro. Pues aunque el Duende ha depurado sus gustos, suele perderse a menudo en los bazares chinos y extasiarse  en su galería de lindezas inenarrables. Aquí, encerrada en una urna de cristal, una virgen iridiscente en una gruta de la que manan chorritos de agua que, traspasados por un haz de luz, componen una cortina celestial. Allá, lo que parece un canario disecado sobre un pedestal que, con sólo apretar un botón, cobra vida y embriaga con sus trinos. En el estante de al lado, una carroza de porcelana que en realidad es una sopera palaciega. Todo aviva el rescoldo de lo que, a primera vista, nos parecía bonito y de buen gusto. Luego vino la educación y nos lo borró del código de valores. Aunque hasta Jacinto Benavente escribió de lo cursi, esto quedó desde hace tiempo para horteras y gente inculta.

 Y en eso estábamos cuando despertó el Duende y vio a Dorothy Malone besándose a tornillo con Kirk Douglas en El último atardecer, un western maravilloso de los muchos que pasan en la sobremesa de Telemadrid.  Excelente programación para esas horas, lástima que le quieran robarle la siesta a uno. La Malone, con sus espléndidos  ajos azulísimos, era, con excepción de Kim Novak, quizás la más cursi de las rubias de la época dorada de Hollywood. Sólo verla se  adivinaba a su alrededor la fragancia empalagosa de un pachulí que embelesaba y hacía aún más irresistible su encanto ligeramente perverso. Siempre  estuvo impecable en sus papeles, especialmente en esta película y en Escrito sobre el viento, de Douglas Sirk, uno de esos melodramas que los cinéfilos consideran de culto.

 Aún frotándose los ojos, el Duende quedó estupefacto contemplando el beso de Dorothy Malone, odió a Kirk Douglas y se preguntó por qué la moda ha orillado tan estúpidamente el innato gusto por lo cursi que todos llevamos dentro. Con lo bonitas que son las cosas bonitas…

 

Zapatero, cheque-gafas rotas YA

Gafas de sol

(Foto de rammablog)

Asiento número 615 del Registro de Poblemáticas de Doña María.

  Le cuenta esta señora al Duende que el oculista le ha dicho que sus ojos son foto sensibles, y debe protegerlos de la luz solar. Doña María ha esperado a acumular unos ahorrillos y se ha comprado unas gafas mu suntuarias, modelo Martirio. Como padece vista no ya cansada, sino mayormente sausta, y algo de astigmatismo, necesitaba unas lentes  pogresivas, y la cosa le ha salido por un pico. Primera parte de la poblemática.

 Al entrar en la boca de metro, la secuencia de sus movimientos fue la siguiente. Con la mano izquierda, extrae del bolso el estuche de sus gafas de ver, de cristales pogresivos.  Mientras bajaba la escalera, y para liberar la mano derecha que sujetaba el bolso, desliza  las asas de éste por el antebrazo hasta que el bolso se detiene en la esquina interna del codo, como quien dice. Con la mano derecha, se quita las gafas de sol suntuarias tipo Martirio y se las lleva, con las patillas abiertas, hasta la boca. En la boca, sus labios atrapan una de las patillas, mientras la mano derecha abre la funda de las otras y extrae las otras gafas.

 A continuación, y para ponerse las de ver, retiraría las de sol de la boca para doblar las patillas y colocarlas en la misma funda que había quedado vacía. Después cogería el vagón de metro y  allí, mientras volvía a Los Arándanos, continuaría leyendo su apasionante novela Yasmina y el gran visir, de Noemí Kopfolyn. Amor, pasión, lujo y aventura a todo tren, aunque fuera subterráneo

 Pero en ese momento se encontró con Tomasita, la cuñada de Evelyn, su peluquera, que salía del metro con los resultados de las pruebas de PSA de Fermín, un legionario que combatió en la guerra de Argelia con el que se enrolló en un viaje a Canarias.

 -Pero  María- gritó Tomasita con una amplia sonrisa en los labios- ¿Sabes que lo de la próstata de Fermo es una falsa alarma?

 María lanzó lo que pretendía ser ser un grito de  sorpresa y de alegría. Solo que no se había dado cuenta de que aún retenía entre sus labios la patilla de las nuevas gafas de sol. Motivo por  el cual el chillido fue, en efecto, de sorpresa, pero no exactamente de júbilo, puesto que, como consecuencia de su efusión de  solidaridad vecinal, las citadas gafas cayeron, se estrellaron contra el suelo y, por si fuera poco, fueron inmediatamente pisoteadas por uno de estos muchachotes-armario de 1´92 cm de altura con unos zapatones deportivos tamaño portaaviones,  pantalones cagaos, pendiente, peinado modelo el último mohicano, auriculares en la oreja y mochila. También llevaba, como casi toda la joven tribu urbana, una botella de agua mineral en las manos.

 Y las gafas de los sueños de doña María quedaron como las falsificaciones esas de Cartier que de vez  en cuando plancha una apisonadora. Y esta es la segunda parte de la  poblemática: sus gafas  rotas, o sea, su gozo en un pozo..

 Como a doña María siempre le gusta extraer moraleja de sus sucesos, hoy propone varias meditaciones y una sugerencia. Meditaciones: ¿por qué nos empeñamos en hacer el cambio de gafas en marcha en lugar de  perder medio minuto en detenernos? ¿Por qué  a las vecinas les gusta tanto airear sus males de salud y, en particular, los problemas de próstata de sus parejas? ¿Es educado saludarse a la salida del metro cuando a alguien se le ve con prisa? ¿Por qué la gente anda con una botella de agua mineral en la mano?

 La sugerencia. ¿Por qué la generosidad del gobierno ZP no ofrece un deseable Cheque-gafas de sol suntuarias  para aliviar así la coquetería de doña María, tan maltratada por la fortuna?

 

Las tiendas que el viento se llevó

Escaparate Madrid, calle Echegaray

(Foto de FCV)

Una de las debilidades del Duende en La verbena de la Moncloa era un pijo como ideal de la muerte que se sacó de la manga Javier Capitán. Se trataba de un yuppi insoportable, un multimillonario odioso, insultante y antisocial, pero que resultaba francamente hilarante. Como su imagen idealizada respondía al arquetipo más engominado y lustroso del PP, se lallamó Jorge Alberto (pronúnciese Jjjjalberto), y fue nombrado presidente del PEPIJO (Partido Popular de los Hijos o de los Pijos, según se quiera ver).

Su gran aportación al pensamiento moderno fue que lo de clase media no es sino un eufemismo con el que el gobierno consuela a los pobres, a los que camela con ayudas y exenciones para complicar la vida a los únicos que merecen vivir bien, que son los ricos de siempre. Según Jjjalberto, en las ciudades, en lugar del carril bus debería implantarse el carril Maseratti, la marca de su coche, puesto que una hora de su tiempo era mucho más valiosa que lo que puedan sumar los ocupantes de un autobús, pobres al fin y al cabo. Sólo esquiaba en Alpen, porque las colas de pobres en Baqueira o en Saint Moritz le provocaban vómitos de sangre. Eso sí, comprometido en la defensa de la naturaleza, fue el primero en denunciar los peligros de la socialización del marisco. Alucino en colores, tío -argumentaba en su lucha contra la extinción de los crustáceos-¿Cuándo se darán cuenta de que hay más pobres que nécoras?

El prenda de Jjjalberto, además de múltiples negocios y propiedades, yates, cuadras de caballos y escuderías, tenía una discoteca de moda que s llamaba Osea y tal, ¿no? El nombre parece una gilipollez, y efectivamente lo es. O no. Porque lo de los locales de negocio y sus denominaciones es otra de las muchas cosas que ha cambiado la modernidad.

El Duende recuerda las tiendas que jalonaban las calles por donde pasaba su infancia y cree que ahora muy pocas sobreviven. En el recorrido entre su casa y el colegio, El anón cubano -extraño nombre para una frutería-y un pequeño bazar de barrio que se conserva tal cual. En la calle de Serrano, por donde buscaba el parque del Retiro, sólo la floristería Castañer, la perfumería de Alvarez Gómez y Zorrilla. Las demás sucumbieron, primera señal de que el tiempo lo arrasa todo, pues a la vista de un niño una tienda es una referencia tan sólida como una catedral. Al Duende, que borraran una mercería o un salón de te le traía al fresco, porque eran establecimientos aburridísimos. Pero que desapareciera Avícola Baezuela, en cuyo escaparate siempre había cantidad de pollitos arracimados bajo una lámpara de calor, le causó gran dolor. Una pollada en la calle más pija de Madrid era mucho más entrañable que la tienda de Carolina Herrera. Vano lamento: las ciudades se despollizan, quiero decir, se deshumanizan.

Y cambia todo, y los negocios se renuevan y se solapan unos con otros. Pasaba el Duende con Marina por la calle Divino Pastor y se detuvo ante un curioso local comercial. En un enorme espacio se mezclaba mobiliario de diseño con esculturas pop, mientras un afiche en el escaparate anunciaba conciertos de música funky. Al fondo descubrió tres sillones blancos, unos espejos y algunos secadores propios de una peluquería. Levantó la cabeza por ver el rótulo del negocio y ahí pudo leer lo más sorprendente : se llama Por Dios, Juan. O sea, el viento de la modernidad soplando inapelable por los viejos comercios de la ciudad. Y uno con estos pelos…

Mon ami Scott de Martinville

 Aún recuerda el Duende la primera vez que supo de Edison. Quizás en el cole, tal vez en unos tebeos de la época que inoculaban saberes del Readers Digest en viñetas ilustradas. Los había catolicones que miraban a lo trascendente -Vidas ejemplares, fundamentalmente las de los santos- o las que se centraban en la ciencia y la cultura, que se titulaban Vidas ilustres. En una de ésta aparecía la figura de Thomas Alva Edison: lo recuerda con el pelo blanco, su corbata de la época, acodado en una mesa en la que destacaba el altavoz de su célebre fonógrafo. El otro altavoz célebre de las infancias de color sepia era el de La voz de su amo, pero ahí en lugar de un inventor señero aparecía un perrito sentado seducido por la música. El Duende aún conserva, como una preciada joya, una cajita de hojalata en la que se vendían las agujas que necesitaban los pikúes para reproducir las grabaciones.

Le contaron una vez al Duende que todas las ondas sonoras emitidas sobreviven en el espacio. Imagínense la ensaladilla rusa de sonidos, el caos, el desmadre de voces y ruidos en los oídos de la divina Providencia. Los discursos de Cicerón, de Diógenes, de Hitler, las explosiones de Guy Fawkes en el parlamento inglés y los reventones del Vesubio que sepultaron Pompeya, el estruendo gozoso de las cataratas Victoria sorprendiendo al capitán Richard Burton, la jura de santa Gadea, la primera sonatina improvisada al piano por el pequeño Amadeus,  Federico García Lorca  recitando alguno de sus Sonetos del amor oscuro, el La-la-la de Massiel, los clarines que anunciaron el último tercio del toro Islero que apuñaló a Manolete, los mamporros de Manolo el del bombo, el ¡se sienten, coño!, los meteorismos de Napoleón -y de las vacas, que por lo visto son peligrosamente pedorras- y hasta los delirios de La verbena de la Moncloa, todos juntos y revueltos violando de forma inmisericorde el silencio astral. Qué espanto, menos mal que tenemos una capacidad auditiva limitada. 

Todo eso, claro, era teoría. En realidad las vibraciones sonoras se escapaban hasta que en 1878 vino Edison con su cazamariposas mágico y pudo registrarlas para el futuro.  Claro, que unos llevan la fama y otros cardan la lana. En esta obsesiva sociedad del conocimiento todo se investiga, y, a ser posible, se revisa. Acabaremos enmendando la plana a todo lo que nos contaron como historia, porque siempre hay algún curioso que huronea y no para hasta que le da una vuelta a la verdad oficial. Qué sinvivir. Ahora la Lawrence Berkeley National Laboratory, de California, le ha quitado a Thomas Edison su más preciada medalla.  Ha descubierto que no fue él, sino un tal Eduard-León Scott de Martinville  que ya en 1860 logró grabar por primera vez un sonido. Lo escuchó el Duende el viernes por la tarde en la radio.  Scott de Martinville fue un personaje inquieto, tipógrafo, investigador, escritor y ensayista, y dio con un aparato que llamó fonoautógrafo capaz de registrar el que, al menos por el momento, es el primer sonido grabado de la historia. Entre una maraña de chisporroteos se adivina a una voz femenina que susurra la conocida canción Au clair de la luna, mon ami Pierrot.

 Qué sorpresón para los sabios. Qué ternura, que un testimonio así cante al claro de luna y a la amistad. Pero, al mismo tiempo, qué falta de seriedad. ¿Se imaginan que de un humanista, pensador y escritor con la densidad del Duende sólo quedara Las muñecas de Famosa/ se dirigen al portal…? Bueno, pues no se engañen: así será, y eso si hay mucha suerte. Lo dice doña María, todo es mu correlativo. Sobre todo la historia, que,  además de mudadiza y tramposa, tiene predilección por la frivolidad.

Gracias, Mariano

No habría mentira si no se partiese de la verdad, como no hay imitación si no existe un modelo original. Lo malo es que a los duendes de la radio se les va el personaje de referencia y ven que su caricatura se desvanece sin remedio. Tanto estudio de voz y de gestos, tanta composición del personaje para nada. Sic transit gloria imitatoris, que diría el padre Bonete en su latín macarrónico.

La nómina de caídos que lloró el que suscribe es larga. Algunos, como el impagable Agustín Rodríguez Sahagún, el papa Juan Pablo II o la pluma avinagrada de Francisco Umbral, nos dejaron para siempre. Si vemos a Charlot, o al Gordo y el Flaco, o a Buster Keaton en una de sus películas podemos seguir riéndonos de ellos y con ellos. Aunque estén muertos desde hace tiempo, a nadie le parecerá le parece una falta de respeto o de delicadeza. Pero si nos reímos de su imitación, todo el mundo entiende que estamos ofendiendo a la memoria del difunto. Así que hay papeles importantes que ya nunca cabrán en el repertorio de los duendes.

También hay muchos que no necesitan morirse para alejarse del mismo. El Duende disfrutaba haciendo de Alfonso Guerra, de Marcelino Oreja, de Leopoldo Calvo-Sotelo, de Manuel Fraga, de Santiago Carrillo, de Hernández Mancha, de Solana, de Rodríguez Ibarra, de Julio Anguita, de Luis Molowny, de Rexach, de Joan Gaspart, de Florentino Pérez. Algunos, como don Manuel, el inagotable Carrillo o Guerra aún nos sorprenden de cuando en cuando con alguna soflama o un chascarrillo malvado que les devuelve a la actualidad. Pero los más han ido pediendo protagonismo. A algunos, ni les buscan ya los periodistas. Su imagen se va desdibujando en la memoria colectiva a medida que enmudecen. Tanto hablas y tanto sales por la tele, tanto tienes.

Por eso el Duende tiene que estar agradecido a Mariano Rajoy, que pese al varapalo de no ganar por segunda vez ha anunciado que seguirá al frente de la oposición. Alberto Núñez Feijoo, que es de los que se perfilan en el horizonte como posibles delfines del PP, explicaba alguno de los porqués. Un líder -dijo- no se improvisa. Cierto: no es fácil dar con la impostura de su personaje si éste habla correctamente, si no tiene un deje regional, si no abusa de muletillas, si no dice burradas o si no habla, como el ya talludo líder del PP, con las eses deshilachadas. Si encima es de Castilla y León, modula las palabras tan pulcramente como Zapatero y resulta de todo un esaborío, el Duende se queda tan huérfano como el ventrílocuo que pierde sus muñecos.

Si todo va como es esperable y Mariano Rajoy cumple sus propósitos, el Duende podrá seguir tirando de uno que, por su fondo y sus formas, es de los más arovechables de la fauna política. Y así hasta dentro de cuatro años. Voila la madre del cordero: no es que le afecte el debate sobre el liderazgo que se abre en el PP. Ni que piense que este pontevedrés tan solvente es la mejor solución para arreglar España. Porca miseria, es que su marcha le destrozaba al Duende el elenco con el que tiene que seguir tirando hasta que le llegue la jubilación.

Así que gracias, Mariano. Y aguanta por lo menos dos años y medio.

Un consejo de Enrique Dans

Enrique DansSe presenta la nueva programación de Mobuzz TV. Mobuzz TV es una televisión en la red. Espera el Duende no meter la pata. No es que no domine las nuevas tecnologías, es que además no sabe usar su lenguaje con propiedad. ¿Sabe todo el mundo que la red por excelencia es internet? Dentro de la programación de esta nueva televisión, que hasta ahora difundía básicamente noticias tecnológicas e información en formatos de cinco minutos, se estrenaba hoy el No Ticiario, un informativo de aquella manera que presentan Javier Capitán y Miriam Reyes. En este informativo surrealista, que dura ocho minutos y subirá a la red a primera hora de la tarde de lunes a viernes, interviene uno que se parece al Duende.
A la fiesta de presentación acuden muchos compañeros de RNE. Al Duende le agradan muy especialmente las presencias de Mónica Saiz y Paloma Arranz, dos de las piezas clave de aquellos tiempos de buena radio que el público conoce poco. Mónica le cuenta que su hijo Sergio, apenas tres años, que asomaba todos los días en el interfaz de su ordenador su cara de peluche bonachón, ha sufrido una dolencia en las vértebras, y tiene que soportar un collarín. Está mejor, pero ella lo ha pasado mal, y cuando Mónica lo pasa mal toda aquélla peña que gravitaba en torno a Olga Viza no lo puede pasar bien. Mónica querida, que la dolencia pase pronto y Sergio vuelva a hacer las travesuras propias de su edad. Besos cariñosos de todos los duendes.

El Duende besa a Mónica y a Paloma todo lo apasionadamente que permiten las circunstancias, pero agradece emocionado la presencia de José María de Juana, a quien no veía desde hace tiempo. José María de Juana se jubiló hace ya más de un año, y está feliz. Bajo su barba casi blanca sigue luciendo unos juveniles coloretes más propios de defensa del Alavés que de un hombre de su edad. Esto es lo que el Duende aprecia hoy muy especialmente: su edad. Por primera vez desde que frecuenta este entorno de alta tecnología, hay alguien que le supera en años. Qué inyección de moral, Josemari. Internet, ay, es rabiosamente joven, y no eres nadie en internet si además de joven no manejas las sofisticadas herramientas virtuales que exige este invento. El Duende ya domina el sacapuntas, el exprimidor y el cortaúñas con soltura. Cualquier año de éstos comprende el E-Mule instalado en su ordenata y se baja Arianne, una de las pocas películas de Audrey Hepburn que nunca vio y que persigue desde su estreno.

En el cocktail también está presente Enrique Dans, autor de uno de los blogs más visitados en la red. Enrique, que es biólogo, se sumergió en este mundo virtual y cayó atrapado en sus encantos. Ahora enseña sus secretos en el Instituto de Empresa de Madrid. Con su labor de difusión, en la red y en las aulas, acumula cada día más y más lectores para su blog. Maestro -le pregunta el Duende- ¿Qué he de hacer para seguir tu ejemplo?. Y el maestro le contesta que no hay recetas apriorísticas. Y que escriba de lo que quiera. Algo muy tuyo, insiste.Mobuzz.tv

A la salida, con un viento del norte que acuchilla la cara, el Duende regresa dando un largo paseo al lugar donde había dejado su Vespa. Delicioso andar nocturno por el Madrid de los Austrias, siguiendo el trazado de lo que en el foro llaman la Cornisa Imperial. Para saber cuánta distancia cubre a pie, el Duende se acerca a los planos de las paradas de los autobuses y busca una medida. Pero desgraciadamente no la encuentra. Los planos de metro y de autobús, reflejan el trazado de las líneas de transporte sobre las calles, pero no hay escala de referencia para que transeúnte sepa lo que anda. O sea, que como diría doña María, también los planos se hacen de espaldas al pueblo.

Una observación muy propia del Duende, como sugería el maestro Enrique Dans. Aunque con la que cae a cuatro día de las elecciones, no sea de las que vayan a precipitar un aluvión de visitas.

¿Por qué me olvida Radio la Colifata?

Radio la Colifata 

Una de las asiduas de este blog que no puede permitirse el lujo de ser antisistema y que conoce al dedillo el oscuro pasado colaboracionista del Duende ha soltado la liebre. Habla de una tal Sra. Rushmore, y de una pintoresca emisora de radio argentina llamada Radio la Colifata. En principio, todas las señoras le interesan al Duende, y también lo que afecta a cualquier radio. Como decía el corrido mejicano, arrieros somos, y en el camino andamos. Ángela, que es como se llama la comentarista,  sugiere que ponga atención en ambos. Y avanza los oportunos enlaces de internet para que se entere el Duende de qué estamos hablando. 

No es sin embargo la Sra. Rushmore la que más puede estimular a éste. Bajo este nombre de personaje de Ágata Christie opera una agencia de publicidad conocida por sus atrevidas y originales campañas. Algunas de ellas, muy premiadas, para el Atlético de Madrid. Esto en principio debería de despertar todas las simpatías del Duende, pero olvidado su pasado publicitario, preferiría que su equipo hiciera peores campañas y mejor fútbol. Y que le perdonen el Kun Agüero y Diego Forlán, dos futbolistas que son lo mejor que ha pasado por el Manzanares desde los tiempos de Gárate. Por si el Atleti, a pesar de sus joyitas,  resulta tan sospechoso en su calidad de cliente como lo es en su eterna aspiración de equipo importante, la señora se ha buscado alternativas más fiables. Y una de ellas ha sido  enganchar la cuenta de una bebida de Coca-Cola que ahora se asoma a TV anunciando Radio la Colifata.

Colifato en lunfardo es loco, y Radio la Colifata  quiere decir sencillamente Radio la Loca. Aunque hace unos años nos tragamos lo de Cacao Maravillao, y todo quedó en un artificio para demostrar que la ansiedad del consumidor de televisión puede crear un producto que no existe, Radio la Colifata sí existe. Y es el invento de  Alfredo Olivera, un psiquiatra del Hospital Neuropsiquiátrico de Buenos Aires, para rehabilitar a sus pacientes. El spot  de Aquarius que cuenta la historia de este galeno y de su singular emisora donde colifatos y colifatas son los locutores, es una propuesta  generosa. No dedica una sola palabra a vender su producto, sino un mensaje muy en la línea del, digamos, positivismo crítico en boga. Las burbujas de los productos de Coca-Cola ya no ofrecen ñoñería de la América rica y bobalicona, sino simpatía, ternura y naturalidad. Lo dicen los protagonistas del spot: los colifatos queremos que todo sean felices, el mundo está loco. Aunque, por si acaso, el último chiflado, más sensato, encierra los pájaros en la jaula y puntualiza: No…¡El ser humano es extraordinario!

Pide mi muy querida  Ángela que, como creata que trabajó para Coca-Cola y como Duende de la Radio se moje el susodicho y ponga nota al spot. Y el susodicho refunfuña y tiene que expresar su indignación porque ni Marcos de Quinto, presidente de Coca-Cola, ni Miguel García Vizcaíno, fundador de la agencia, con quien además comparte devoción colchonera, hayan contado con él. Podrán excusar que no está del todo colifato. Pero el Duende entonces utilizará al revés el mismo argumento que empleó Víctor Mature en el Hotel Ritz cuando le negaban la admisión porque  aquel establecimiento tan distinguido no aceptaba actores. Puedo aportarles -dijo el fornido galán- cientos de críticas que me han negado siempre esa condición, así que dénme habitación y déjense de tonterías.

 Lo mismo el Duende. Veinte años escuchando de sus compañeros de la radio que estaba loco y ahora nace Radio la Colifata y va a resultar que no le fichan por cuerdo. Vamos que vamos.

Un caldo siempre cae bien

Caldo rico

(Foto de VJ_pdx)

No llegará la sangre al río. Pelillos a la mar, se encontraron el nuncio del Vaticano y el presidente ZP en un acto público y éste se quejó de los obispos. Con talante, pero se quejó. Monseñor Monteiro, muy diplomático, le recordó al presidente Zapatero que tenían pendiente un caldito. ¿Será en Moncloa o en la nunciatura? Da igual, con un caldito se puede arreglar casi todo.

Si le nombran asesor al efecto a nuestro querido padre Bonete dirá que, como poco, el caldito ha de tomarse con con jerez, y mejor con yema de huevo. Eso sí, como el nuncio es sobrio y austero, pero de fino paladar, mejor si se enriquece el caldo con unas fruslerías más. Acaso unos taquitos de jabugo, por qué no unos huevos duros troceados, quizás unas finas hebras de pechuga de faisán, tal vez unos corruscos de pan frito. Poca cosa, unas naderías, pero que sin duda harán más sabroso el caldo y facilitarán el diálogo.

Eso sí, como el presidente es de León y hay que dar al césar lo que es del césar, qué tal si se acompaña el caldito con una fuente de cecina debidamente rociada de aceite de oliva. ¿Y si añadimos unas rodajitas de chorizo del Bierzo? -puede que sugiera monseñor. Hombre, presidente, pues ya, metidos en juerga, permítame que ya que don Manuel Monteiro es portugués se ofrezca en su honor algo típico de su país. Poca cosa, un platito ligero, a tono con la sobriedad eclesiástica. Por ejemplo un bacalao dourado, que pueda servir de pórtico, es una idea, a un foie de pato con puré de manzana, como queriendo decir a su eminencia reverendísima que nadie en el gobierno quiere sacarle los hígados a la Iglesia, antes al contrario.

Y a la vista de que con estas pequeñas delicatessen debidamente regadas con los vinos procedentes se va a cocinar un arreglo, pues nada mejor que añadir a este ligero tentempié un botillo, un cocido maragato, un buey estofado, empanadas de anguila del Arlanzón y, eso sí, como monseñor es goloso como un niño y el presidente pura dulzura, un repertorio de gourmandissses todo santidad: un San Marcos, puede que unos deliciosos tocinos de cielo, piononos de Granada, el Saint Honoré, sin duda una tarta de Santiago, unos suspiros de monja y, como concesión al leonesismo y el laicismo de Zapatero, unos nicanores de Boñar y cómo no, unos siempre deliciosos mantecados de Astorga.

La presunta glotonería de lo que doña María llama el cuerpo de servicio de la Iglesia es un socorrido tópico en el que abundaron desde Galdós a Berlanga. El Duende guarda memoria de un chocolate en onzas que merendaba de niño junto a un trozo de pan. No era Elgorriaga, ni Valor, que eran las marcas de la época, sino Los Canónigos. Supongo que era algo más barato. En la envuelta, se veía a unos orondos frailes despachando un cuenco de aquel chocolate que, si bien no era de los que parecían hechos con arena -así sonaba triturar aquellas tabletas de cacao con azúcar sin refinar- tampoco era una delicia como los de ahora. Pero, junto al chocolate, nada tan clerical como el caldo. Archifamosa es la anécdota de aquella cena en una casa de prosapia en la que el obispo era el invitado de honor. Como quiera que, por su natural modestia cristiana, el dignatario se sirviera el consomé sin apenas hundir el cucharón en la sopera, la doncella, apercibida de ello y deseosa de dejar bien a sus señores, le advirtió diligente: ajonde, ajonde, su divina majestad, que en el culo está lo bueno.

Bueno sería que el presidente y el nuncio ajondaran en este otro caldo de la concordia. Y que en su culo, con perdón, encontraran un puntito de sosiego que deje a cada cual en paz con su dios.

Prats & Prats

Matias Prats padre e hijo

Erase una vez un Duende de siete añitos que las noches de invierno buscaba el calor en la chimenea de la casa de Jacinto. Jacinto guardaba la finca de la abuela del Duende, que fue señora de buen pasar, pero que pasó del todo antes de que naciera el Duende. Murió en 1943, y su nieto sólo la conoció en una foto enmarcada en terciopelo que descansaba encima del piano.  Su finca era preciosa. Sólo tenía la pega de pertenecer a muchos herederos sin el buen pasar de la Yaya. Eran otros tiempos. Un año se pifiaba la montanera. Al siguiente, el algodón. Después el tabaco. Luego las vacas. A continuación los melones, y las fresas. Entre medias, las sequías, varios ingenieros agrónomos en la familia, inversiones en maquinaria, los créditos de la caja de ahorros correspondiente y la muerte lenta de la explotación tradicional. Alguien dijo que si no se acababa con la finca se acabaría con la familia. Se vendió la finca y la familia, acostumbrada a encontrarse allí, se disolvió. Lo que más les unía era aquel campo de encinas tomillos y un buen regadío orillando el río Tiétar, con el pico Almanzor vigilando al fondo. El Duende entendió entonces el significado de los versos de Machado: todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar.

Pasaba el Duende, como decía, muchas horas en la casa de Jacinto. Y sentado en el escaño junto al hogar, imitaba las retransmisiones de Matías Prats, que para Jacinto era como la voz de Jehová sonando en un viejo receptor protegido por cortinillas. Se lo celebraban tanto como ahora el Candil festeja a la Clamores. Matías Prats era amigo y compañero del padre del Duende. Llamaba a casa a la hora de la siesta preguntando por él y le decían que había salido. Matías Prats Cañete -el hombre que un día, retransmitiendo una corrida, al ver que el toro había saltado al callejón dijo que había salido fuera de banda- no se inmutaba. Está bien -ironizaba- Cuando se despierte le dicen que me llame. Matías Prats, aparte de su excelente escuela, le transmitió a su hijo homónimo el sentido del humor.

Matías Prats Luque que era hasta hace unos años hijo de una leyenda, ha pasado a ser leyenda él mismo. Rara cosa en esto de la comunicación, donde resistir más de un año roza la epopeya y el éxito aburre hasta a quien se forra con ello. Matías Prats es periodista, como su padre, y posee una voz magnífica, como su padre. Pero además ha cumplido siete mil informativos en la tele. No provoca los mismos desmayos que. Clooney o Javier Bardem, pero tampoco conoce el Duende a nadie que le denueste, lo que en este país apasionado donde las flores se cruzan con las dagas voladoras es casi milagroso. Siempre bien vestido, correcto, pulcro y contenido en sus expresiones, controla perfectamente desde la emoción al sentido del humor, que administra con mesura para proteger su credibilidad. La gente, que a veces simplifica, suele creer que lo serio necesita ser pelín aburrido. Fuera del plató, Matías no lo es en absoluto. El Duende ha compartido con él bolos y puede dar fe de que podría ser un excelente actor de comedia. Probablemente en su fondo de armario guarda un batín tan elegante como el Cary Grant o David Niven.

El Duende querría imitarle ahora, como hacía antaño con su padre. Quisiera hablar como él, sin alharacas ni artificios, sin impostaciones ni sobreactuaciones. Y ser familiar para todos. Hace años, una señora se prendó de Matías de tal forma que, sin conocerle más que del televisor, le nombró su heredero universal. El Duende no aspira a tanto, y se conformaría con el legado de un pollino, una cuba de vino, un sillón de barbería, un futbolín donde gane el Atleti o un balcón en el Albaicín.

 Y si no le dejan nada, que le quieran casi tanto como queremos a Matías. Enhorabuena, amigo. ¿Sabes lo último? San Pedro está invirtiendo la leyenda. Y dice que la fama de aquél cordobés socarrón de gafas negras y fino bigote no le viene de radiar el gol de Zarra, sino de ser el padre de Matías Prats Luque.  

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