
¿Cómo se conciben unos Reyes Magos sin camellos?
-¿Qué han hecho los años con mi cabeza?-me preguntaba Homper desesperado-Yo, que gané en tiempos mi oposición de secretario de ayuntamiento. Yo, un hombre tan ordenado que sabía donde guardaba hasta las ballenas del cuello de mis camisas. Yo, que metía el recordatorio de la primera comunión de mi prima Adela en un tomo de los Episodios Nacionales y registraba en la memoria si era en la batalla de los Arapiles o en Napoleón en Chamartín. Yo, que me acordaba de la fecha de la Conspiración de la Pólvora y de la batalla de las Navas de Tolosa y recitaba de corrido las alineaciones del Oviedo y el Las Palmas en la temporada de 1961…
Adivinaba el Duende que el lamento obedecía a una nueva fechoría de las neuronas cerebrales. La última perplejidad de Homper, nada halagüeña, por cierto, fe provocada por su buen sentido ciudadano. Quiso deshacerse de una de esas antenas cornadas que se ponían antaño a los viejos televisores, otro trasto más que rondaba por casa, y se dirigió paseando al Punto Limpio más cercano. Al salir de casa llovía mansamente, por lo que llevó el paraguas. A mitad de camino, dejó de llover. Estos enclaves que ha instalado el Ayuntamiento de Madrid serán muy limpios, pero están lejos. Homper no obstante se llegó hasta él y cumplió su objetivo. Mejor dicho, creyó cumplirlo. Se dio cuenta de que no lo hizo del todo bien cuando volvió a chispear. Entonces advirtió perplejo que, mientras en sus manos aún llevaba la antena, había abandonado el paraguas en el punto limpio.
-Despistes tontos -le dije para consolarle- Pequeñas averías de la edad. A todos nos pasa…Según los neurólogos, nada importante…
-No, si a mí no me importaba perder el paraguas -replicó- Pero es que estoy perdiendo el sentido de la lógica…¡Yo, que era puro cartesianismo!…
Había algo en su tono que presagiaba un dolor mayor. Y cuando esperaba que de un momento a otro me contara un drama provocado por sus ausencias mentales, me relató, cómo no, otro cuento de Reyes que empezaba como La divina comedia.
-Nel mezzo dil cammin di la nostra vita…-declamó solemne-…Yo tuve que abordar mis primeras navidades en solitario. Siempre ponía nacimiento, pero ahora apenas tenía sitio en casa. Compré el misterio, un pastor con tres ovejas y, para que ocuparan menos sitio, tres reyes magos de a pie, en actitud orante. Así le canté villancicos tres años. Pero al cuarto caí en que unos reyes magos sin camellos son como tres paisanos cualesquiera. Había montado el belén sobre un diminuto velador de cincuenta centímetros de diámetro. Era prácticamente una montaña de papel kraft embadurnada de engrudo sobre el que había sacudido musgo viejo, una Galilea perfecta. En el hueco de la base de la montaña, con una luz zenital, el pesebre. Y por delante de éste, apenas un palmo de terreno cubierto por la mejor arena del desierto, que es el pan rallado, con los magos de infantería y el pastor con su ganado. No puede ser, no puede ser, me decía. Por coherencia con la tradición, necesito unos reyes magos con camello…Pero ¿dónde los meto? Me lancé a la Plaza Mayor y encontré unos diminutos…Y pensé que, encima de la montaña, silueteados sobre una luz crepuscular que podía instalar tras ésta, quedarían sencillamente espléndidos. Y así fue: los compré, los clavé en su sitio y creí que ya había triunfado. Hasta que….
Se hizo un silencio plomizo que, después de unos titubeos, él mismo rompió.
-Hasta que caí en la cuenta de que no podían estar al mismo tiempo cabalgando por el horizonte y postrados a los pies del Niño. Es ilógico. Eran magos, pero seguro que no tanto.
-¿Y qué, y qué?-pregunté angustiado.
-Nada, he tenido que retirar los reyes de a pie hasta el seis de enero, que sustituirán a los nuevos…Y entretanto, a ver donde pongo a los cesantes y cómo relleno el claro que se me ha quedado ante el portal…Un sinvivir, ya te digo…¡Y que a un hombre tan racional como yo se le escapen estos detalles!
No era el único suceso del que podía tratar hoy el blog. Pero entiendo tan bien al pobre Homper…
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