Archivos para la Categoría 'Memorias personales'

El cuadro torcido (cuento moral y psicológico)

Juan de ArellanoLos designios del Señor son inescrutables. La vida amorosa de Ignocio Cabrestal se había truncado varias veces por las causas más diversas, pero nunca por algo tan trivial como lo que sucedió cuando se enamoró de Eugenia, la rica heredera de los Marqueses de la Garza de la Aceña. Su relación había avanzado tanto y tan intensamente, que la enamorada había sugerido a sus padres la conveniencia de invitarle a comer algún día para que le conocieran mejor.

-La gente bien no comemos-le advirtió la marquesa-Almorzamos.

-Bueno, pues le invitamos a almorzar –dijo la joven- Pero, a ser posible, que papá no se vaya a dormir en cuanto sirvan el café.

-La gente bien no dormimos-le corrigió nuevamente la señora marquesa- Descansamos.

Eugenia aceptó que descansando, el señor marqués no quedaría tan mal como echándose la siesta. Y estaba tan ilusionada de que las únicas pegas de mamá fueran de carácter terminológico, y que no se refirieran a la fortuna de su pretendiente, que no puso una sola condición más.

Hay que advertir que Ignocio era un hombre especial. Algo mayor para andar flirteando con mujercitas, su personalidad se definía con una sola palabra: rigor. Tan consecuente era con ese principio, que había cambiado su nombre de Ignacio por el de Ignocio. Así no ocultaría a nadie su única sabiduría, que era, como la Sócrates, saber sólo que nada sabía. Era Ignocio porque se consideraba fundamentalmente ignorante. Aunque, a cambio, tuviera nítidamente claro que las cortinas de baño deben ir siempre por dentro del borde de la bañera, que los calcetines de lana escocesa sin desengrasar no son para el verano cordobés,  y que hay que desconfiar del amigo que te apuñala por la espalda.

-Ignocio es maravilloso –le decía Eugenia a su madre la marquesa- Le amo, sobre todo, porque es el único hombre que reconoce su ignorancia. Y aún así, es de una lucidez maravillosa.

Otra de las obsesiones de Ignocio era la geometría perfecta. Había abandonado sus estudios de arquitectura  al comprobar que hasta en las mejores construcciones de hoy es difícil encontrar paredes y escuadras canónicas, como si los niveles, las plomadas y los rayos laser no sirvieran para nada. Y ese exceso de rigor le iba a jugar otra mala pasada.

Porque el día del esperado almuerzo  en casa de los marqueses , le sentaron a la derecha de la marquesa, pero -¡ay dolor!- frente a la pared donde colgaba un magnífico florero de Arellano levemente torcido. Lo había estado observando mientras despachaba el consomé de entrada y a lo largo de las excelentes alcachofas rellenas de foie de del primer plato. Pero no lo pudo resistir más, y  a mitad de la lubina en papillote carraspeó, pidió perdón, se levantó de su silla, rodeó la mesa y se dirigió al cuadro objeto de su atención. Ante el pasmo de los comensales, incluída Eugenia, extrajo del bolsillo de su chaqueta un pequeño nivel, lo posó sobre el borde superior del marco y movió levemente el cuadro hasta que la burbuja de aire quedó perfectamente acotada entre las dos rayitas verticales.

-¿Ven?-dijo orgulloso-Ahora está como debe estar.

El cuadro de Arellano lució desde entonces en la horizontalidad perfecta. Pero paradójicamente aquel rigor geométrico torció el noviazgo. Al marqués de la Garza de la Aceña le pareció intolerable que alguien le viniera a decir cómo tenía que colgar sus cuadros. La marquesa añadió que además Ignocio había sorbido levemente en una de las cucharadas del consomé –aún admitiendo que estaba demasiado caliente, eso sí. Y finalmente Eugenia cedió a sus presiones y encontró a otro novio menos riguroso, pero forrado de dinero y dispuesto a invitarle a pasar una noche de amor en lo más lujoso de Marina D´Or, que era su sueño inconfesable.

-Sabía que quizás aquel pronto les iba a descolocar-le contaba a su amigo Homper mientras, sin alterar su flema, encendía un puro en la tertulia del Ateneo- Pero no hubiera podido ser feliz con alguien que se resigna a ver los cuadros torcidos.

Y esta vez Homper, que por algo permanecía soltero, no se quedó estupefacto.

Sueños de un editor frustrado

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

La cosa es que la prima, que había sido siempre una mujer tímida y calladita, toda una vida dedicada a trabajar por los demás, con el mal dormir que dan los años se levantaba por la noche y se ponía a escribir. Nada pretencioso: reflexiones, pequeños poemas, pinceladas sueltas de su imaginación, cuentos mínimos y aleluyas piadosas al estilo de Las florecillas de San Francisco. Porque la prima, ya les digo, que de joven pintaba como para ennoviarse con ella, a fuerza de discreta plegó su alma sobre sí misma, se hizo asistente social y casi dio en la santidad.

El Duende, veinte años más joven, convivió con ella en la finca familiar que comprara el bisabuelo. Y comoquiera que aún siendo el más pequeño de su generación, era el único que escribía por afición,  fue el depositario de los escritos de la prima.

-A ver que te parecen –le dijo al entregárselos reflejando en su gesto la  esperanza en ser autora.

Los escritos de la prima eran justamente lo esperable de una prima de aquel tiempo. Respiraban ilusión y destilaban –oh sorpresa-el espíritu sensible de una mujer, que, contra todo lo que parecía, también se había enamorado alguna vez. El Duende convenció al resto de sus primos y a sus numerosos sobrinos de que aquellas páginas merecían un libro que, sin duda, a ella le encantaría recibir como regalo inesperado.

-Es muy fácil-se aventuró-Ahora en Internet hay webs como www.bubok.com que te permiten hacer tú mismo ediciones digitales cortitas y por cuatro perras.

Nunca lo dijera. Qué maldición, el hágaselo usted mismo, como el IKEA de las editoriales. Con María, que era la sobrina favorita, el Duende trabajó en la selección y corrección de los textos. E incluso escribió un prólogo en el que, cómo no, aparecía Audrey Hepburn y algunas otras de sus obsesiones recurrentes. Esta es la prueba:

Cuando yo era un niño, mi prima era una moza menuda, pero con una sonrisa coqueta y un par de esos encantos femeninos que a ningún chaval le pasan inadvertidos. Nunca entendí que Gregory Peck, por ejemplo, no apareciera un día por El Rincón a llevársela de paseo en la Vespa de Vacaciones en Roma. Sin embargo ella era demasiado tímida para estas aventuras. Y además, seguramente hubiera sido incapaz de quitarle el novio a Audrey Hepburn. Gracias a estas páginas que siguen uno sabe que, además de ser una magnífica persona, Mary pastoreaba las mismas ilusiones que cualquier jovencita de su tiempo. Entre que a Gregory seguramente se le averió la Vespa, y que ella pronto desvió su mirada hacia las necesidades de los demás, nos hemos perdido el gran sueño de la prima Mary.

Una tarde, María y el Duende se embarcaron en esa tarea tan fácil que es la autoedición en Internet. Ja. Claves, contraseñas, correo de vuelta, menúes que dicen que se abren y no se abren, pestañas abstrusas, infinitos campos por rellenar, lenguaje de  informáticos, mensajes ininteligibles para neuronas cerebrales talluditas, como ya son las suyas. Desesperación.  Fueron varias horas de este cálido verano para acabar rendidos como patatas al vapor. Y, constantemente, volver a releer el texto que se quiso, y no se pudo, subir a aquella web para que fuera convertido en libro.

Naturalmente, no se consiguió. El único logro del Duende fue advertir que, para el mucho cariño que tenía a la prima Mary, quizás el prólogo se había quedado cortito en el elogio. Así, pensó que además de a Gregory Peck en su Vespa, debía de haber incluído en la lista de pretendientes a Gary Cooper en su caballo de sheriff, a Charlton Heston en su cuadriga de Ben-Hur, a Steve Mac Queen en su moto de La gran evasión y a Robert Redford en su avioneta de Memorias de Africa.

Puede que aún lo haga. Sobre todo si algún alma alma caritativa o alguna mano joven despabilada se ofrece para ayudarle en esta tarea tan fácil que, según dicen, es la autoedición en Internet.

¿Quién será esa que me saluda en la playa?

Nada tan obsesionante cómo tratar de averiguar quién es ese o esa que nos saluda en la playa y que seguramente conocemos de alguna otra parte...

Nada tan obsesionante cómo tratar de averiguar quién es ese o esa que nos saluda en la playa y que seguramente conocemos de alguna otra parte...

Quería aprovechar sus vacaciones de verano para pensar. Sólo para pensar y darle vueltas al sentido de su vida.

Nunca lo confesaría. Diría lo que la mayoría de los mortales: que su deseo era descansar, estar con la familia, leer mucho y pasear. Pero en realidad mentía. Sólo quería reflexionar: ¿tiene sentido lo que hago? ¿Afronto cada día como debía hacerlo? ¿Me porto bien con la humanidad? ¿Debo cambiar? Mientras no resolvía estas cuestiones fundamentales, caminaba kilómetros y kilómetros.

Como la playa era larga y milagrosamente aún virgen de hormigón y de bañistas con transistor o juego de palas, de vez en cuando se detenía y hablaba en alto. Tomaba una caracola en sus manos, la miraba fijamente y, como si fuera la calavera del bufón Yorick, ensayaba las pautas básicas de su tragedia personal.

-Ser…o no ser –declamaba creyéndose Lawrence Olivier-¿Reconciliarme con mi condición de criatura del Corte Inglés o, por el contrario, desmenuzar mi alma en el rallador de zanahorias hasta encontrar la razón de mi existencia?

En esas estaba cuando se cruzó por la orilla de la playa con alguien que le saludaba. Era una mujer de mediana edad, hermosa melena al viento y esbelta silueta que le sonreía como si le conociera mucho. Él respondió tímidamente, y cuando le sobrepasó, la siguió con la mirada esperando dar con su nombre. Pero ella caminaba decididamente, seguramente para endurecer sus bonitos muslos, y ya casi se confundía con el rizo blanco de las olas al romper. Se fundió en la lejanía.

-¿Quién es? –le preguntaba al mar desesperado-¿Por qué me saluda?…¿De qué me resulta familiar ese rostro?

Y aunque de verdad se había propuesto reflexionar sobre la razón de su vida, se pasó el resto de sus vacaciones lucubrando sobre la identidad de aquella sirena que le saludaba todos los días en su paseo al amor de la brisa marina. Qué dilema, qué arcano, qué tortura. Eso sí que era la angustia misma. No sospechaba siquiera que todos somos otros fuera de nuestro entorno habitual. Y que aquella mujer encantadora era la misma que, con una bata blanca y un instrumental de última generación, se había citado con él una vez al mes durante un año para, a cambio de unos cuantos miles de euros, habilitarle una sonrisa de galán.

La misma sonrisa que ahora, al ponerse el personal  playero y confundirse con esa subespecie sin identidad que es el bañista, ya no sabía a quién dedicaba.

Los huevos rellenos y otros motivos de alegría

Aunque es la nmadre de los maravillosos huevos rellenos, hay que reconocer que  se parece al Franco de los años 40...

Aunque es la nmadre de los maravillosos huevos rellenos, hay que reconocer que se parece al Franco de los años 40...

Punto uno: hay momentos del sueño que oscilan entre la realidad y lo puramente onírico. Punto dos: uno cree que sueña más por la noche, pero el subconsciente sigue trabajando a la hora de la siesta. Punto tres: cada día tiene sus dolores, pero también sus alegrías. Punto cuatro: quién sabe cómo y con qué criterios se mezclan en el alma, y cuál acaba siendo su expresión. ¿Un ceño fruncido y un resoplido desesperanzado o, por el contrario, una sonrisa?

Ayer el Duende tenía motivos para la alegría. Lola advierte que el blog ha cumplido dos años. Si, sumados uno a uno los tropecientos posts colgados en la red éstos ofrecieran coherencia entre sí e irresistible interés para lectores de todas las edades, podríamos estar a novela y media de un fenómeno como el Millenium de Stieg Larsson. Hay  otros mundos, pero no están en éste, que no tiene nada que ver con ningún éxito literario. No por ello deja de ser una alegría.

Otra más. Alfonsina estaba contenta. El Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo le había acabado dando la razón a su padre. Su padre fue en vida magistrado del Tribunal Supremo. Y a ella quizá no le importe, sino todo lo contrario, que el Duende airee los motivos de su satisfacción, expresados en un correo que decía:

Para hacer un poco de memoria, los dos magistrados a los que tocó sucesivamente llamar a declarar a la mesa nacional de Herri Batasuna,  pidieron baja por depresión. Sabían que los batasunos no se presentarían y lo que venía después…

Padre aceptó, y fué cada día al supremo con dos muletas, una sonda y una bolsa. Aguantó amenazas de ETA, aparecer en todas las listas de las detenciones, y no pudo volver a salir sin escolta a la calle. Y aguantó también críticas de los ignorantes que desconocen en qué consiste un Estado de Derecho.

Firmaba, con razón, como una hija orgullosa.

O sea, tenía el Duende, como reconoce, motivos para sonreir. Y sin embargo, en la siesta, se le presentó una gallina. O al menos eso creía él. Nunca  ha tenido cariño especial por las gallinas. No por putas, como dice la metáfora popular para mal comparar. Sólo por bobas y poco simpáticas. Reconoce que le encanta el pollo al curry, a la cerveza, al ajillo y en casi todas sus variedades gastronómicas. Y considera que los huevos rellenos son en verano un plato insuperable. Sin embargo la gallina que le miraba desde los pies de la cama era especial: en realidad no se sabía si era una gallina o Franco en los años cuarenta. Franco, pancita de dictador blandengue, tenía  entonces silueta de gallina. Y con su nariz arqueada, como el pico del ave, y aquel gorrillo cuartelero que lucía en los sellos de su primera época –talmente una crestita ladeada- era exactamente eso: una gallina que quería amargarle la siesta.

-Dices maravillas de mis huevos-le reprochaba-y no protestas porque Gallardón me ha desposeído de todos mis honores madrileños…

Qué horror. Crisis económica,  Kaká y el Madrid como mantra y placebo, el termómetro a 35º, el desánimo inevitable y, como colofón, un Franco gallináceo y que se cebaba con el pobre Duende.

Se levantó sudoroso y obsesionado. Sólo le apetecía invitar a cenar huevos rellenos a Lola, a Alfonsina y a todos los amigos –y mayormente a las amigas- que se asoman por aquí.

“Guarriteros” y otros enemigos públicos

¿Se atreverá alguien a decir que la mayoría de las pintadas y "grafittis" son una simple agresión a la estética urbana?...

¿Se atreverá alguien a decir que la mayoría de las pintadas y "grafittis" son una simple agresión a la estética urbana?...

No era ni Palladio ni Norman Foster. Pero era un arquitecto que había tratado de construir edificios dignos y respetuosos con la estética urbana y con el medio ambiente.

También se consideraba  un hombre comprometido con su tiempo: la Nueva Frontera de Kennedy,  Mayo del 68, Woodstock, la Perestroika, el Compromiso de Kyoto, el nuevo orden mundial…Incluso el cambio climático y el de modelo económico: todo lo había tratado de entender y de asimilar. Y lo había acatado solidariamente, porque el artista que latía dentro de él no podía obligar a todos a comulgar con sus ideas.

Y sin embargo, aquel día, cuando vio pintarrajeados los muros de su decoroso bloque de viviendas sociales que tanto habían mejorado el barrio, se indignó.

-Otro atropello más en nombre de la libertad-masculló.

Luego se encerró en su estudio y en su diario personal, escribió:Thomas de Quincey dejó una obra que muchos recordamos, sobre todo, por la contundencia gamberra de su título. Se trata del artículo Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Pues bien, hoy este humilde arquitecto y urbanista, arrimando el ascua a su cabreadísima sardina, se permitiría parafrasearle y corregirle para escribir Del asesinato del “guarritero” considerado como una de las bellas artes.

Distingo al grafittero del “guarritero”. El primero es el que, sin respetar el derecho a decidir la propia estética -que debía estar entre los llamados derechos humanos- pinta en los muros ajenos algo que al menos puede ser bonito (aunque a mí casi nunca me lo parezca). El “guarritero” no sólo no respeta ese derecho, sino que guarrea los edificios con manchas, trazos, chafarrinones y signos que afean las calles y nos cuestan una pasta a todos los ciudadanos.

Y, como Homper –el Hombre Perplejo-, apuntalaba su perplejidad con otras reflexiones relacionadas con el asunto.

1ª ¿Por qué el ciudadano medio se pone hecho un basilisco cuando un transeúnte le le araña la carrocería de su coche con la varilla de un paraguas y calla resignadamente ante las agresiones de los “guarriteros”? ¿Es más importante tu automóvil que la casa donde vives?

2!ª ¿Se permitiría que unos “guarriteros” pintasen con un spray el traje de nuestras vicepresidentas, tan monas y aseadas como visten,  al salir del Consejo de Ministros?

3ª Además de retirarle a Franco las medallas, los títulos y las distinciones honoríficas de cualquier ciudad, villa, villorrio o aldea de España, y de otras medidas que reafirmen el espíritu democrático municipal…¿nos atreveremos alguna vez a reprochar el abuso de los “guarriteros”.

Cerró su cuaderno, lo guardó en el cajón de su mesa de trabajo y salió a la calle. Su bloque de viviendas había quedado convertido en un horror. Sin embargo, lo que él sentía es la calle le  miraba como si fuera el enemigo del pueblo. Al fin y al cabo, era uno de esos canallas de la construcción…

El Rey ha muerto: viva Yo

Sentir la muerte de los ídolos, "ma non troppo"...

Sentir la muerte de los ídolos, "ma non troppo"...

-Es terrible, y debe de ser la coraza de la edad-le confiesa la tía Clota al siempre estupefacto Homper-Pero no he conseguido derramar una sola lágrima por Michael Jackson.

Dice que Jerome, el hijo de su amiga Thelma, fanático irredento del ídolo caído, ha dejado la tienda de la gasolinera de Tinmouth y de momento ha huido a vivir a solas sus penas en una cabaña junto a un lago. No puede superar el impacto por la muerte del rey del pop.

-¿Sabes?…Yo, como soy más vieja, ni canto con una cerilla encendida, ni llantos histéricos ni nada. Lo primero que pensé  es qué pena de chico. Pero luego corregí: qué majadero. Y es que en la tele repasaron la historia de otros artistas que murieron prematuramente por sus excesos: Elvis, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison…Pero si son tan geniales…¿cómo no aprenden que con eso del alcohol, las drogas y los fármacos raritos no se juega?…

Se sorprende Homper de la rotundidad del juicio de su anciana tía.

-Oye, tía-le reprocha débilmente-Tú antes no eras así. Recuerdo que cuando murió Gary Cooper dijiste te encerraste en el cuarto de baño para llorar a gusto.

-Otros tiempos, hijo…-confiesa con cierto sentimiento de vergüenza-Desde que soy vieja de verdad  me resbala casi todo. Me he dado cuenta de que la muerte de los demás forma parte de mi vida.

Reflexiona Homper, que ya se asoma al pórtico de la ancianidad. Recuerda el día en que venía encantado de ver en la entonces joven Filmoteca Nacional Cantando bajo la lluvia, y al llegar a casa su hermana le dijo: han asesinado a Kennedy. Creyó que el  mundo se hundía bajo sus pies. Al día siguiente se personó en la embajada de Estados Unidos, y estampó su firma en el libro de pésames, con frase y todo. Estaba convencido de que la propia Jackie Kennedy repasaría las condolencias y recibiría la suya como ungüento mágico para su dolor. Ahora el hombre empezaba a reaccionar como su tía: nada de rasgarse las vestiduras, de paripés lacrimógenos, de numeritos y frases para que te seleccionen y salgas en la tele como ejemplo de sensibilidad.

-Mueren, ergo existo, ¿no, tía?.

La anciana suspiró largamente.

-Más bien instinto de conservación.

Y Homper se propuso empezar la semana sorteando el egoísmo que nos va inoculando la edad,  y pensando más en esos familiares y amigos que aún le alegran la vida.

Mi Bahamontes de cabecera

Medio siglo ya de aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes

Medio siglo ya de aquel Tour de Francia que ganó Bahamontes

Los más viejos lectores de MARCA recordarán Marcelino pan y vino, primero cuento y luego película. Era un niño imaginado por José María Sánchez Silva que aparece abandonado a la puerta de un convento, se cría al amor de los frailes y, que,  además de fantasías en su cabeza, guarda en una cajita  sus tesoros particulares: el tres de copas de la baraja, unos botones metálicos de uniforme militar, un cepo para pájaros y una pata de gallina. Qué ternura, lo que podía ilusionar a un galopín de entonces.

Muchos años después, Amelie, la exitosa heroína de la película de Jean Pierre Jeunet, descubre bajo una losa de su cuarto de baño una cajita de hojalata. La caja contiene otros tesoros  guardados cuarenta años atrás. Entre ellos, un ciclista de plástico… ¡exactamente igual al que veneraba yo cuando Bahamontes ganó  el primer tour de Francia para España! Qué recuerdos.

Mi ciclista tenía su historia. En la década de los cincuenta sólo se podía seguir el ciclismo por el MARCA, la radio y el NO-DO. Para jugar a ciclistas, se juntaban las puntas de los dedos de las manos, se plantaban éstas sobre el terreno del patio del colegio y se trazaba una carretera en la tierra. En ella, percutiendo el dedo índice sobre las chapas bautizadas con nombres de ciclistas, se simulaba, golpe a golpe, la etapa del día. Para hacer más vistosa la carrera, compramos unos ciclistas de plástico que acompañaban el viaje de las chapas. Y así reproducíamos en miniatura la famosa “serpiente multicolor”. Ni el Scalextric, ni las  videoconsolas, ni  el IPOD  de moda habrán podido resultar tan apasionantes como nos parecía a nosotros aquel juego de niños.

En 1959 el abajo firmante pasaba el tórrido verano arrullado por las chicharras de los pinares de Arenas de San Pedro. Para bañarnos en el Charco Verde, había que subir por una carretera estrecha y tortuosa. Aquel mes de julio se barruntaba que Bahamontes, el Aguila de Toledo, ya varias veces Rey de la Montaña en el Tour, podía subir al podium del Parque de los Príncipes luciendo el anhelado maillot amarillo. Qué emoción. Nosotros seguíamos jugando a las chapas y sudando la gota gorda a lomos de una bicicleta Orbea. Pero algo sublimaba nuestro esfuerzo. En realidad, aunque íbamos a bañarnos, creíamos coronar, con Federico, el Puy de Dôme o el Galibier. Resoplábamos como cerdos conducidos a la matanza, y llegábamos al río Pelayo exhaustos. Era el precio de querer ser copartícipes de la hazaña.

Supimos que ésta se había consumado porque un domingo, al regreso, paramos en  el pueblo y los padres, que nos esperaban allí y que normalmente sólo invitaban a un vaso de gaseosa y patatas fritas, aquel día se estiraron y nos pagaron una Coca-Cola y unas gambas al ajillo. O sea, el despiporren. Lógico: un tipo enteco y renegrido que se había forjado en carreteras como las nuestras era el primer español en ganar el mítico Tour de Francia. Ese mismo día cogí mi Bahamontes de plástico que tantas metas había había cruzado de mi mano, y utilizando un pincelito de esmalte de uñas le pinté el maillot amarillo con el que ya pasaba a la historia. Puede parecer ridículo, pero durante años figuró en mi mesilla de noche junto a la Virgen de Fátima fosforescente que velaba mi inocente sueño. Dios, su madre y “el Aguila de Toledo”, todos me parecían la misma inmortalidad.

Se lo diré el martes, cuando acuda al merecido homenaje que le va tributar MARCA por el medio siglo de su proeza. Al igual que el niño de Amelie, perdí con los años a mi ciclista de juguete, mi Bahamontes de cabecera. Pero como compensación habré podido saludar al hombre que hace medio siglo se convirtió en el primer mito de nuestro ciclismo.

Farrah Fawcet y Michael Jackson: “sic transit”…

Desde aquí, dice la tía Clota que se percibe menos lo efímero de la gloria terrenal...(foto de FREDERIC ALVAREZ)

Desde aquí, dice la tía Clota que se percibe menos lo efímero de la gloria terrenal...(foto de FREDERIC ALVAREZ)

Dice la tía Clota que Jerome, el hijo de Thelma, se ha negado a abrir la tienda de la gasolinera  de Tinmouth, Rutland County, Vermont (USA). Trabaja, o trabajaba ahí, No es otra consecuencia más de la virulenta crisis económica. Según interpreta Homper, el cartel que ha colgado en la puerta equivale a ese cerrado por defunción que antiguamente se colocaba en los pequeños comercios.

-Ha sido demasiado, sobrino-le aclaraba –En una misma semana mueren Farrah Fawcett y Michael Jackson. Y no sabes lo que eso puede significar para este pobre chico.

La tía Clota dice que Jerome no es precisamente un chico normal. Un chico, para la tía Clota, puede ser un hombre que no es de su edad. Y Jerome, que ya ha cumplido los cincuenta y pesa ciento veinte kilos, se ha distinguido siempre por esa vehemencia inocente que a veces distingue a los hijos del tío Sam. Quiso ser, sucesivamente, globetrotter, pastor evangelista, angel del infierno, pintor en Marruecos y novelista. La única novela que presentó a las editoriales se llamaba El guardián entre la cebada, que era exactamente igual que El guardián entre el centeno salvo el cambio de cereal, que a su juicio dotaba a su obra de una intención crítica muy digna de elogio. Los editores, tan cortos de miras, se la tiraron a la cabeza. En vista de lo cual Jerome se encerró en el garaje de la casa de sus padres y se pasó dos años tratando de inventar el sándwich del siglo, que era un sándwich de una pasta que fundía el sabor del hot dog con el de la Coca-Cola, y que debía ser servido envuelta en una servilleta con las barras y estrellas. Tampoco se encontró a sí mismo en este intento y abandonó sus experimentos. Luego se casó con una negra de Missouri, que le abandonó aduciendo que le engañaba: Jerome se iba a pescar y jamás traía ningún salmón. De nada sirvió que alegase en el tribunal que siempre iba a pescar fuera de temporada. La esposa de color de ébano le despidió de mala manera, porque estaba probado que le engañaba. De repente se vio solo, desesperado, y se hizo fetichista. Por las noches de verano, cuando ya había cerrado la tienda de la gasolinera, último puerto donde ancló su alma errática, miraba las estrellas y después de contar las cincuenta primeras, que reservaba para la bandera de su patria, sólo veía las caras de esas estrellas que redimen a los mortales de sus miserias.

-Pobrecillo-comentaba la tía Clota- Aún está en esa edad en la que crees que los ídolos populares te hacen mejor…Y claro, perder en una misma semana a una belleza como Farrah y a un artista como Michael Jackson…

A Homper le sorprendió la crudeza del análisis de la tía Clota. Recordó que a él también se le abrió el mundo bajo sus pies cuando murieron Pier Angeli y Audrey Hepburn.

-¿Sabes?-desvió la conversación-Me fui de viaje a ver unos amigos que viven en un pueblecito del sur de Francia …Me llamó la atención lo entrañable que era la plaza de su pueblo, y el interés con el que observaban a una pareja de mirlos que han anidado a sólo tres metros de su ventana…

-Eso es otra cosa –subrayó la tía Clota- Ver pasar la vida no es lo mismo que lamentar que sic transit gloria mundi.

Y se despidió porque, según dijo, el brownie que tenía en el horno se le estaba pasando.

Yo quiero un paisaje con burros

Cuánto más bonito es un paisaje con burros que sin ellos...Sueña a veces el Duende que es multimillonario. A lo bestia: estratosféricamente mega-rico, insultantemente poderoso. La sabiduría popular lo dice: pagando, san Pedro canta. Y ante tantas posibilidades de disfrutar de la vida como ofrece el club de los Bill Gates, Warren Buffet, y Amancio Ortega, se le plantea  al hombre el problema de jerarquizar los caprichos. Con lo poco acostumbrado que está al dinero.

Quién sabe por donde empezar. ¿Emprender una expedición a la Antártida con el mago Tamariz al cuidado de los perros y los trineos? ¿Contratar un crucero de lujo hasta el Perito Moreno exclusivamente para sus amigos inclyendo además a Cristine Scottt-Thomas y Naomi Watts? ¿Comprar un ático en Ile de Saint Louis y llenarlo de libros, instrumentos de astronomía antiguos y juguetes de hojalata comprados a los mejores coleccionistas? ¿Construir una sala de conciertos junto a su cuarto de baño y crear el Festival de Música para el WC ennobleciendo así eso tan poco honorable que es aliviarse? Qué placer, qué categoría: sentarse a despachar con el Sr. Roca mientras al lado la Filarmónica de Berlín interpreta la Obertura 1812 de Tchaikowsky o    La cabalgata de las valkirias de Wagner, músicas incidentales muy apropiadas para la ocasión. Ah, se le olvidaba, otro capricho aún más rebuscado y exquisito: remontar el curso del Nilo hasta sus fuentes tomando gin tonics  en unas andas con aire acondicionado que son llevadas por Cristiano Ronaldo y Kaká vestidos a la federica. Tampoco es que sean sueños tan extravagantes. Lo que ocurre es que a los ricos de siempre les falta imaginación, y siguen la misma receta de lujos y de placeres prohibitivos. Qué falta de personalidad.

Sin embargo el sueño de esta noche fue mucho más pobretón. El Duende sólo llegaba a millonario normalito que compra un buen cuadro en una sala de subastas. El problema de elección esta vez surgía en torno a dos lienzos. Uno de ellos era un óleo  de Camille Pissaro que representaba un paisaje con un camino blanquecino flanqueado por sendas hileras de chopos. El otro, un lienzo de las mismas medidas y parecida coloración de Darío de Regoyos,  ofrecía un panorama muy similar. Donde el francés ponía chopos, Regoyos habían pintado quizás robles y castaños. Había otra gran diferencia. Por el camino del pintor vasco iba un hombre llevando del ramal a un borriquillo. El Duende se quedaba con el segundo cuadro. No porque fuera mejor pintado, ni más asequible. Sino porque era un paisaje animado. Nunca entendería a los que, en la misma tesitura, eligen lo primero.

Es terrible cruzarse media España en un viaje y comprobar, por ejemplo que en el inmenso solar que media entre Madrid y el pueblo turolense de Alcañiz uno no ha visto ni un burro. El campo de hoy que no se ha vendido a los polígonos industriales es un puro desierto de vida animal. Tampoco vio el Duende ninguna otra caballería. Es más, ni siquiera una vaca, o una cabra, o una oveja. Eso sí, muchas alquerías ruinosas, majadas semiderruidas, casas que antaño fueron ocupadas por labriegos y que hoy sólo alojan fantasmas del pasado. En lo alto de un risco del Maestrazgo, en una carretera jalonada por preciosas iglesias mudéjares, sí alcanzó a distinguir a un buitre. ¿De qué se alimentará la criatura?

Otro más de los muchos problemas que asedian a los sabios arregladores del mundo. Además de cambiar el modelo económico, combatir el cambio climático y otros marrones, problema nº 325: cómo reanimar el campo en un país que, como España, tiene tanto y, sin embargo, se ha olvidado del mismo.

Espíritu de croqueta, alma de esponja

Así, pero sin colores otoñales, vieron la Abadía de san Martín del Canigó Lola, Fred y el Duende

Así, pero sin colores otoñales, vieron la Abadía de san Martín del Canigó Lola, Fred y el Duende

Anotador inseguro de lo que ve y lo que siente, el Duende cree que de vez en cuando viene bien acuñar una frase, o colgarse de algunos versos ya famosos. Los más socorridos son los del poeta Paul Éluard: hay otros mundos, pero están en éste. Interprétense como se quieran.

Mientras hacía camino, como un viajante de comercio jubilado y nostálgico, por algunas carreteras y desfiladeros gloriosamente perdidos en la geografía del Pirineo oriental, el Duende arrimaba el ascua a su sardina. Puede haber otros viajes, pero el gozo lo llevo dentro. Y descubrir que ese rincón, tal vez desconocido para la mayoría, me estaba esperando para sorprenderme con su belleza tan humilde y poco pretenciosa me llena de felicidad. Hay otros mundos más espectaculares. Pero también más concurridos, y por tanto menos interesantes. Las auténticas estrellas de lujo son las que  da el sosiego y el silencio.

Atravesar la Cerdaña, entrar en el Rousillon francés por una puerta estrecha y como olvidada del tiempo y de la grandeur, peinando carreteras descarnadas y atravesando pueblos grises, desportillados y con apariencia fantasmal, reptar por puertos que deslomarían al Bahamontes de hace medio siglo –en ese momento parece anclada esta región- meditar sobre el peso del tiempo y la levedad del ser en la Abadía de San Martín del Canigó. Y al final del camino, al pie de este monumental macizo, encontrar reposo en la casa de unos amigos que el Duende encontró en este blog. Las fotos se perdieron en los recovecos imposibles de su cámara digital, pero las impresiones permanecen.

Frases. Ya sean los mundos del poeta, o cualesquiera otros por los que aún pueda rodar, este Duende propone verlos con espíritu de croqueta y alma de esponja. Rebozarse en las tierras que pise. Que toda hermosura, por pequeña que sea, se le imprima, le esponje el alma y pueda contarla a su manera. Animando tal vez a algún curioso a comprobar  que el mejor viaje, a veinte kilómetros o en el cabo de Hornos, es preparar la mirada.

Suicidio aplazado

Felices cámaras aquellas en las que aparecía el pajarito y sonaba un "click"...

Felices cámaras aquellas en las que aparecía el pajarito y sonaba un "click"...

Por suicidio inmediato, vendo cámara digital SAMSUNG L73.  El Hombre Desesperado- había intentado una y otra vez entender las instrucciones de manejo de aquel ingenio que, a decir de su hijo, era lo más fácil de manejar del mundo. Imposible.

Para empezar, el manual de instrucciones  decía Leia com atençao este manual antes de usar a nova câmera. El Hombre Desesperado no creía en la unidad ibérica, que ahora ronda en el pensamiento de algunos politólogos ilustres. Por tanto le molestaba que una cámara japonesa se adelantara a los acontecimientos y eligiera el portugués como idioma oficial de sus explicaciones. A decir verdad, entendía casi todas las palabras. Pero le cabreaba que una cámara japonesa comprada en el Corte Inglés le hablara en portugués. Y además no entendía lo que querían decir. Era dramático: todo, desde la explicación de lo que era ese aparato a las instrucciones de uso, le parecía tan rematadamente mal expuesto y peor escrito que no entendía ningún manual.

Anotó en su Moleskine de puño y letra: no puedo seguir viviendo en un mundo para el que soy tan inútil. No aguanto ni un minuto más sentirme el más gilipollas del planeta. Quiero desaparecer, que es una de las pocas cosas para la que no necesito manual de instrucciones.

En la redacción de su improvisado testamento, una luz le iluminó. Pensó que a pesar de su baja autoestima, su muerte no debería ser en balde. Así que, dominando por un momento su obcecación, tomó la pluma y añadió: si a pesar del suicidio inmediato, Dios me indulta  y me concede la gracia de sentarme a su lado, le convenceré de que incluya en su lista de condenados sin remisión posible a todos los redactores de instrucciones de los aparatos modernos. A todos.

Se consoló pensando que al menos esos sutiles malvados arderían en las calderas de Pedro Botero con las almas de todos los villanos que en el mundo han sido, desde NerónGilles de Rais hasta el inventor de los muebles de metacrilato y el compositor de  Macarena. Y a continuación se dirigió al botiquín para coger la caja de barbitúricos.

No pudo ingerirlos. Una semana antes su lupa se había hecho pedazos al estrellarse contra el suelo de la cocina. Y su vista, ya fatigada quizás por  haber visto tantas muestras de la estolidez humana, no alcanzaba a leer las diminutas letras del prospecto. Editores de prospectos de fármacos  en letra microscópica, anotó en su testamento como adenda: otros que deben ser arrojados al fuego eterno.

Así que, incapaz de saber cuántos barbitúricos necesitaba para despedirse de la vida sin excesos, reprimió la ira de haber perdido las fotos de su último viaje –un desastre más en su vida- y decidió aplazar el suicidio para mejor  ocasión.

Con un pie en el estribo

Road Movie

Habrá que dar explicaciones.

Por una parte, el ordenador empieza a hacer sus extravagancias. Ahora, cada vez que el Duende lo enciende, le sale uno de esos avisos inquietantes que lanza no el Gran Hermano, sino el Hermano Cabrito en que se ha convertido la informática. Después de haber trabajado con  el aparato sin cables durante el fin de semana, el primer mensaje, sobre fondo oscuro y con esa tipografía de vieja máquina de escribir con que suele avisarte de las meteduras de pata, dice que por culpa de la batería –no se sabe qué tendrá que ver el culo con las témporas- debe apretarse la tecla a  F1 para empezar a operar. Lagarto, lagarto. Además se ha desformateado –perdón por el palabro- el correo. Y también le han salido nuevas ventanas, trámites, trampas, putaditas para entrar en nternet. Todas estas irregularidades le asustan al Duende. Le parece la nueva versión de ese terror psicológico del que tiran ahora las películas de miedo como El sexto sentido.

De otra parte, finist est Carcajada. O, como poco, cerrada hasta septiembre. Váyase a saber si es la crisis, el tedio o la necesidad de refrescarse. Ya no hay que grabar todas las mañanas. Ya no es indispensable estar en casa.

Finalmente el Duende se escapa. Del calor, de Madrid, de todo lo demás. Y emprende viaje al feudo de los que aquí llamaban  la reina del bosque, que también conocidos como Lola y Fred. Lo primero suena a película de Walt Disney , lo segundo a película de Fellini. Aunque al final vaya a ser una road movie, una de esas historias donde el protagonista es precisamente el viaje.

El Duende mete en la mochila el ordenador. Y procurará no ausentarse demasiado: el silencio es la agonía. Pero el viajero propone y Dios dispone. Intentará seguir escribiendo. Así y todo, y por pura deformación de  lo que casi fue una profesión, escucha la radio mientras escribe este post. Caso Gürtel, Ahmadineyad, otro zulo de ETA, nuevas boqueadas de la crisis, Villa se aleja del Madrid…Qué aburrimiento.

Y el níspero de ayer ya no tenía más jugo. Hay que ver nuevos horizontes.

No va a haber Cristiano que lo aguante

Inconcebible. Mientras este superhombre cambiaba el sentido del mundo, una niña inocente jugaba con una mosca.

Inconcebible. Mientras este superhombre cambiaba el sentido del mundo, una niña inocente jugaba con una mosca.

Era asombroso. La niña tomaba su merienda sentada en una trona blanca. Sus manitas se posaban en el tablero que la protegía contra las caídas. Mientras ella iba engullendo su potito de mandarina, pera y plátano, una mosca se aprovechaba de una gota caída de la cuchara que probablemente le parecía ambrosía. La niña estaba apasionada, merendando y jugando a atrapar aquella cosa pequeñita y voladora que una y otra vez se escurría de sus dedos. Hace falta ser bebé para disfrutar de esos momentos incomparables.

Fuera caía un sol de justicia. Se escuchaba un coro de chicharras que cantaba algo así como Freuden, schonner Göterfunken tochter aus Elysium. O sea, el himno a la alegría, pero cambiando la música de Beethoven por la de los tímbalos, y el Elíseo por el verano, que es lo que verdaderamente les enloquece a estos estridentes hemípteros. Qué energía.

La luz de la tarde era plana e implacable. Aunque el Duende pensaba pasear por los montes de Valdemaqueda con su hijo y con su nieta Camila en una mochila, el subidón del termómetro aconsejó prudencia, y lo dejaron para mejor ocasión.  La emoción  de la jornada se quedó pues en ver cómo una mosca se las apaña para burlar los dulces sopapos de una manita angelical y cómo una niñita descubre las insospechadas posibilidades de entretenimiento que ofrece un insecto. Pregunta filosófica al canto: ¿pensaba en eso el Creador cuando dijo hágase la mosca?

Con todo, lo más asombroso es que eso sucedía mientras se extendía por todo el orbe la buena nueva: el Real Madrid había fichado a Cristiano Ronaldo. Ni crisis, ni  paro, ni Gürtel, ni gripe, ni Bolonia, ni parada nuclear, ni nada de nada. A ver si nos vamos enterando de lo que es importante. Y nosotros papando moscas.

Hablando de Cristiano. ¿Habrá, de verdad, cristiano que aguante tanto papanatismo por eso que llaman liderazgo, imagen de marca, marketing viral  y éxito? El Gran Hermano de Orwell acabará siendo un gran memo, les digo.

Ser amada en tiempos revueltos

_SARA_CasanovasAnota el Duende: una de las chicas de Amar en tiempos revueltos ha sido atacada por uno de sus admiradores que se sentía humillado por su silencio.

Amor insensato. Amor frustrado que se traduce en agresividad irracional. Antes se usaba el vitriolo y se desfiguraba la cara del amado o la amada. O yo o nadie, se convencía el criminal. Ahora la humanidad se suele andar con menos sofisticaciones. Los llamados violentos de género tiran de pistola o de cuchillo jamonero y arreglan sus problemas a lo Quentin Tarantino: la letra de tu desamor, si es con sangre se entiende mejor. El agresor de Sara Casanovas, que así se llama la actriz, era original, y quería asaetearla con una ballesta. Nunca te acostarás sin saber de un chiflado más.

¿Es de género esa violencia? ¿Y qué pasa cuando atacante y atacado pertenecen al mismo género? ¿Por qué se ha abandonado lo de crimen pasional? ¿No es más exacto?

La cosa es que Sara Casanovas  se había hecho famosa en esa aclamada serie que ofrece TVE1 en la sobremesa y que se llama Amar en tiempos revueltos, un Sautier Casaseca menos meloso, más costumbrista y con guiños políticos adecuados al momento. El Duende la ve a medio párpado si no ha empezado la película del Oeste de Telemadrid. Esta película es de lo mejor de la tele, pero a veces se retrasa demasiado a efectos de siesta, y otras veces son los combativos sindicatos los que se la cargan. Como si Telemadrid fuera la única causa que merece movilizaciones.

A la serie de Sara le han caído muchos premios, pese a sus defectos en la ambientación y en el estilismo. El Duende advierte, cuando menos,  de que en la España de la posguerra no se desayunaba zumo de naranja ni en las casas burguesas, critica que los bancos del Retiro que han salido en varios de sus capítulos no corresponden a esos años,  y subraya que las blusas, las cortinas y las colchas cantan demasiado a fibras artificiales. Pero no nos vayamos por las ramas. Por debajo del suceso, había un amor frustrado como el que tantas veces surge en el espectador por su actriz favorita.

Y recuerda que él también le escribió a Audrey Hepburn después de ver Vacaciones en Roma. No se atrevió a pedirle que se casara con él, porque les separaban demasiados años. Pero sí que acusara recibo y que le enviara una foto dedicada. Había sabido que en una ocasión Charlot recibió una carta que, en lugar de señas, llevaba dibujado un bombín, un bigotón, un paraguas y unos zapatos abotinados combados por el uso. Ni corto ni perezoso,  el Duende recortó del anuncio de la película la Vespa en la que viajaban Audrey y Gregory Peck, la pegó en el sobre, y escribió a mano: Audrey Hepburn, Hollywood, ESTADOS UNIDOS, la franqueó y la puso en el buzón. Una de tres: o su inglés no fue lo suficientemente expresivo, o el cartero era tonto o la amada no era tan dulce y comprensiva como pintaba su rostro.

Y es  que cómo son las actrices. Qué difícil  para ellas ser amadas en tiempos revueltos,  sobre todo si el amante es un ballestero loco. Pero qué fáciles es mantener la ilusión de  su enamorado cuando éste, lejos de matar, está dispuesto a morir por su amor.

NOTA DE LA REDACCIÓN. Pese a que pueda parecerlo, el inspirador de la última frase de este post no es Zapatero.

Un nuevo amigo del colegio

Uno nunca acaba de saber cuántos amigos hizo en el colegio...

Uno nunca acaba de saber cuántos amigos hizo en el colegio...

Motivo de estupefacción tres mil tropecientos sesenta y dos, que diría Homper. (La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, cantaba Pedro Navaja). Sábado tarde. Hora en la que la breve siesta de sofá se empieza a desflecar. Suena el teléfono y Homper recibe una llamada a la que atiende medio aturdido. No es una voz inmediatamente reconocible. Consciente de ello, el que llama se identifica.

-¿No me reconoces?-dice  la voz desconocida- Soy Rodri.

Repasa mentalmente los rodris de su vida. Olivella, Rodri, Gracia, defensa central del Barcelona de los años sesenta. No puede ser, sólo le conocía de los cromos. Rodri. Melo, Ovejero, Calleja…Portero del Atlético de Madrid más o menos de la misma época. Tampoco puede ser, entonces el Duende ni siquiera escribía en MARCA. Jose Manuel Rodríguez, Rodri, antiguo compañero de RNE, el que acompañaba a Fernando Argenta al inicio de Clásicos Populares. Raro, raro, nunca pasamos del colegueo laboral. Poco probable.

-¿No te acuerdas?…-acude al quite la voz aún sin cara- Nos vimos por última vez en la boda del hijo de tu primo José…

El Duende se cae del guindo: es Rodri, el del cole. La memoria es escueta cuando archiva. Más bien menudo, de piel y ojos claros, pero inconfundible por su espesa cabellera rizada y por ser figura del equipo de jockey sobre patines. No era de su misma clase, sólo de su promoción. Y en cuarenta y cinco años no se habían visto más que en dos ocasiones. La primera  le salvó de un apuro ofreciendo su coche para transportar al Duende a una cita importante, a la que no hubiera llegado de otra forma. Al Duende le sorprendió tanta amabilidad, pero Rodri le explicó que había intimado con él escuchando la radio. La segunda vez fue en la citada boda.

-Te dije entonces que me encantaría invitarte a mi casa de Sanjenjo este verano –recordó Rodri- Y te llamo para que hagas un hueco en la primera semana de agosto…

Sorpresas te da la vida, que cantaba Pedro Navaja. En la misma semana primero llamó Pedro Chicharro, que sí era de su clase, y con el que jugaba a las chapas y al fútbol. Era para invitarle a los toros  y a cenar con su mujer Etel en una terraza madrileña, donde repasaron divertidos los hilvanes de tan antigua amistad. Y luego, además, llamó el amigo agazapado durante tantos años. Enésimo motivo de estupefacción de los que definen a Homper, acrónimo del Hombre Perplejo: nunca sabes dónde tienes un afecto pendiente, ni cómo ni cuándo te va a aparecer. De la conversación en aquel último encuentro, que no era sino el segundo o el tercero en casi medio siglo, el Duende dedujo que Rodri era un hombre de principios, un tipo feliz y encantado de la vida.

-Yo todos los días doy gracias a Dios por casi todo –le dijo al Duende al despedirse mientras un operario de la limpieza retiraba el cubo de la basura del portal de su casa- Por el trabajo, por la familia, por las estrellas…¡Y hasta por este buen hombre que nos limpia la calle!

Y Rodri se echó a reír mientras abrazaba a su compañero de colegio.

El Duende, más escéptico –y aún más en tiempos de crisis- da gracias, sobre todo, por seguir haciendo amigos imprevistos a estas alturas de la película.

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