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Contra el desasosiego

Imagen prestada del blog www.laetus.over-blog.es

Empieza uno a obsesionarse con lo primero que ven sus ojos al despertar. Ese plafón, esa lámpara, ese artesonado en escayola, esa mancha grisácea de polvo donde no llega todos los días el trapo o el plumero. Recorre con la mirada el entorno inmediato e insinúa una mueca de hartazgo: el picaporte de la puerta, el aparato de radio, el grabado de la paloma de Picasso, la foto de los niños, el tirador del cajón de la mesilla de noche, las lamas de la persiana. Todo igual, en su sitio. Llega a pensar incluso que Serrat sólo era un cínico: Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así… El hombre es un animal de costumbres, alimentadas por la esperanza de que en la rutina encontremos un día, inopinadamente, sorpresas y respuestas. No siempre llegan

-¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Para qué sirve lo que hago? ¿Tienen sentido mis días? –se pregunta.

Un día uno decide poner cara de piedra pómez a todo. Cara de piedra pómez a lo que te cuentan por la radio, a lo que ves por la tele, al espejo mientras te afeitas o te maquillas, a la tele,  a los periódicos, al  gobierno de la nación, a lo que llaman la inteligentsia, a los chamanes del espíritu, a Juan Luis Cebrián y a Pedrojota Ramírez, a Jorge Javier Vázquez y hasta ese vecino tan simpático que a veces te baja la basura a cambio de pedirte, si no lo utilizas, el cupón del periódico para abaratar la batería de cocina que ofrecen a tan buen precio. Puede ser más dramático aún. Quizás uno llegue a enterarse  de que, al borde del pasotismo más dramáticamente existencialista , alguien ha visto la foto de Cristiano Ronaldo en slip y de Penélope Cruz con esa lencería portentosa que luce en Nine y no ha hecho más que encogerse de hombros y mesarse los cabellos.

Y posiblemente llegue a odiar esa finitud garbancera que apresa su imaginación y sus ideales. Quiere decir adiós a su albornoz, a sus zapatillas, a la taza donde toma el  primer café, al grifo de la ducha, al felpudo de IKEA, a las escaleras que le bajan del portal hasta la calle. Quiere  echarse a volar y escaparse antes de que nos arrase la tormenta perfecta que tanto nos anuncian.

Poco a poco: qui va piano va lontano. Antes de la catarsis, antes de aventar las brasas del escepticismo y de inmolarse en la parrilla del desasosiego, uno mira los comentarios,  abre el correo y recibe noticias de dos de los hijos pródigos. Un tal Wallace vuelve a tocar con resignación las cuerdas de su violín.  Mientras que  Lola anuncia que en su jardín, al otro lado de los Pirineos, el mirlo empieza a construir su nido. Las cosas cambian.

Y uno le celebra a su medida. El mismo café de antes, tan cotidiano y tan aburrido, le parece al Duende apasionante después de mojar en él una de las  perrunillas de Santo Tomé del Puerto que le regaló su amigo Manu Chalbaud. Debe de ser que todos, en algún momento,  necesitamos de alguien  para saber que no estamos solos.

Buscando nuestro violín de Ingres

El admirable Manuel Alcorlo nunca quiso ser menos que Ingres...

El pintor Ingreshay que pronunciarlo en castellano, pues si no los españoles no lo identificaríamos- hacía unos cuadros preciosos, y además tocaba el violín.

Conocerán el mito, esa referencia obligada para recordar que  un especialista en algo puede cultivar muy bien otra afición. Este es también el caso de Manuel Alcorlo, un  fantático pintor que además, por su estatura, su barba y su cojera, parece una réplica de Toulouse Lautrec. Manuel Alcorlo es un genio modesto, un Bosco travieso de nuestro tiempo que se resiste a abandonar  la estética personal del artista finisecular (aún parece raro aplicar este adjetivo a otro siglo que no sea el XIX). O sea, aquel  que recalaba en París, pasaba hambre, conocía a los grandes del Impresionismo y acababa alimentándose de gloria. Alcorlo tiene su estudio en una  buhardilla  de la calle Hortaleza desde donde  se veía el techo del Madrid tradicional,  una marejadilla de tejas con gatos y retorcidas chimeneas de hierro oxidado rematadas con una especie de capirucho o pequeño sombrero chino. Quizás no fuera el más bello panorama, pero sí es una estampa muy literaria. El Madrid de Carrere, de Ramón Gómez de la Serna, de Gutiérrez Solana o de Eduardo de Vicente se respiraba a través de un enorme ventanal que el Duende no sabe si vio en sueños o acompañando a su padre un día en que éste visitó al pintor. Alcorlo pintaba o dibujaba fábulas, academicismos o retratos a plumilla  tipo Durero, según le daba. Todo lo hacía entre bien y maravillosamente. Seguramente lo sigue haciendo. Y además, cuando se aburría, agarraba su violín y  se regalaba a sí mismo una partita de Juan Sebastián Bach. Para qué más gusto.

Una cosa es el marketing y otra la excelencia. Alcorlo estará siempre más cerca de la segunda. Aunque era citado alguna vez en aquel spleen de Madrid de Francisco Umbral nunca ha sido un fenómeno como el de Barceló o un record de subastas de setenta y cuatro millones de dólares como el caminante hipertiróidico de Giacometti. Pobre Giacometti, por cierto, de qué le habrá servido tanta especulación con esa valuta sofisticada en que se ha convertido su arte. De qué le habrá servido.

Es más satisfactorio ser algo más que lo que a uno le ha tocado ser. El hombre multidisciplinar, como se diría en  esos masters de sabiduría práctica que se imparten ahora. ¿No se ha planteado el lector qué daría de sí en otra opción de vida, otra profesión, otro oficio u otra artesanía? El Duende es más feliz desde que quiere imitar en alguna medida a Dios. No por ser tan bueno ni tan poderoso, sino por querer estar en todas partes y hacer  muchas, muchas cosas. Esta semana, sin ir más lejos ha hecho las primeras albóndigas de su vida. Cuando las probó, elevó sus ojos al cielo: gracias, Señor, por permitirme dejar de hacer chorradas y cocinar  estas albóndigas que, a pesar de la trabajera que me han dado, están de cine.

¿Por qué no imitar a Ingres o a Manuel Alcorlo? Con el violín o con la cuchara, juguemos a ser un poco dioses de lo que no somos. Mientras daba forma a las albóndigas se preguntaba el Duende cómo se las apañaría el Creador para hacer el sistema solar con sus planetas tan redonditos, con lo difícil que es, a pesar de su blandura,  calibrar y esferificar la carne picada. Difícil es la respuesta, pero tampoco hay que acomplejarse. Los espíritus inquietos  que quieren imitarle sospechan que Él juega con ventaja.

La caprichosa estructura del placer

¿Imaginan que este personaje de Friedrich, además de admirar este paisaje, hubiera estado haciendo uno de esos pises que tanto placer dan al cuerpo?...

Sueltas un pececillo de colores en el blog, se abre el debate, aparece el elenco de comentaristas habituales, lanzas la caña y sacas una merluza maravillosa. De la anécdota a la categoría en un pispás. Todo depende de la parroquia.

Al Duende a veces le acompleja el calado de las reflexiones que precipitan sus comentaristas. Quisiera ser filósofo de profundidad, y formular de vez en cuando una reflexión de peso para estar a su altura. Pero está la mañana resplandeciente, y aunque las noticias siguen siendo pesimistas, se le va a la cabeza a pájaros (ya verán por qué). Sólo, y por refutar levemente a uno de nuestros más conspicuos agitadores – con nombre de escritor de novelas de misterio-, diría algo que pretende explicar la debacle del estado de bienestar que se anticipa. Allá va: en este mundo donde la economía de lo superfluo se ha convertido en esencial, todos debemos engañar un poco a todos para sobrevivir. A ver cómo atan esa mosca por el rabo.

Ayer el Duende se entretenía estudiando la estructura del placer. De momento, ha llegado a la conclusión de que hay placeres simples y placeres compuestos. Pero nunca ha tenido claro si un torrezno recién frito o una de las Variaciones Goldberg de J.S. Bach –placeres simples- son menos gratificantes para los sentidos que una ensaladilla rusa o la muerte de Tristán, modelos de creación donde varios elementos se coordinan para obtener resultados asombrosos. A veces el placer sublime es una yuxtaposición de circunstancias que concurren en un instante mágico. Naderías bonitas, y muy oportunas, que si se atrapan al vuelo dan otra idea de lo que es calidad de vida.

Verán. Pasó el Duende el fin de semana en Asturias con sus amigos Félix y Begoña, en las verdes laderas de San Martín de Luiña En uno de los pocos ratitos que dejó de llover escapó corriendo a la playa de San Pedro de la Ribera. Había marejadilla. Cuando las olas rompen con violencia, la mar parece más sincera, el olor del yodo y de las algas se hace más penetrante y la marina se le antoja a uno más limpia. La barra iba del azul plomizo del agua aborregada  al violeta algodonoso de un cielo de temporal. Por el horizonte parecía que iba a asomar la proa del buque fantasma. El Duende recorrió la playa por el suelo de arena endurecida que le alisaba la marea baja, y se llegó hasta la desembocadura del río Esqueiro, en el extremo opuesto al camino de llegada. Allí se plantó frente a aquel cuadro digno del mejor Caspar Friedrich y se puso a escuchar la incomparable música de la mar agitada.

No fue bastante. Embelesado estaba cuando escuchó a sus espaldas otra musiquilla singular. Volvió la cabeza y se llevó la alegría de comprobar que venía de una bandada de jilgueros que picoteaban y revoloteaban por la orilla del río. Cuánto tiempo hacía que no los veía ni escuchaba su canto, les creía huídos del desarrollo, pero allí estaban, frente al mar, dando su pintoresca fe de vida.

Y aún hubo más. Un vaso de agua al despertar, un café, un zumo, otro café. A veces el Duende se echa a la naturaleza y se olvida de que los riñones siguen trabajando. Pero qué diablos, quién iba a haber por ahí espiando, con ese día, qué otro loco iba a estar enhebrar la marina bravía,  el buque fantasma, las atmósferas mágicas de Friedrich, y los huidizos jilgueros. Estaba solo, era completamente libre, y sólo sentía, por añadidura, unos deseos irreprimibles de hacer un inocente, pero largo, larguísimo  placentero pis inexplicablemente contenido hasta ese momento tan especial.

Y, totalmente desinhibido, descubrió  otro componente eventual de  la singular estructura del placer compuesto.

Un regalo que no necesita el odioso paquete

Aunque parezca bien empaquetado, el regalo es un momento musical. Escúchenlo: es un regalo de Reyes.

El se creía Duende, y, como tal,  inmune a las miserias de la condición humana. Algo perfecto, quizás lo más deseable en la noche de Reyes.

Pensaba que el tiempo no le corría, que poseía el don de la ubicuidad, que llevaría la agenda perfecta, y que en ella funcionaban, impecables, el amorómetro, el afectómetro y el regalómetro. Primero medía el orden del cariño que pedía imperiosamente regalo. Y luego, con el regalómetro no sólo diagnosticaba el más apropiado a cada uno de sus elegidos, sino que repasaba sus ventajas: a saber, es bello, es intenso, lo puede decir todo, o al menos insinúa esa intención, exhala un cierto perfume trascendente, no ocupa espacio en casa y además no necesita paquete.

El dichoso paquete. Recordaba el Duende que en su tiempo, o al menos en su casa, el paquete era el ceremonial. Su padre, con disciplina prusiana, era el gran maestro de ceremonias. Los niños en fila delante de las puertas cerradas del salón, de menor a mayor. Él era el segundo de una fila de seis. Abría él primero las puertas, asomaba la cabeza al interior de la cámara del tesoro por cuya chimenea se suponía que habían entrado los Reyes Magos para depositar sus regalos, volvía a mirar a la fila de chiquillos expectantes,

-No se, no se- musitaba afectando desengaño- No se si han traído lo que pedíais…

Y finalmente encendía la luz, descorría las cortinas y allí,  abría paso a los niños y,  entre globos y caramelos, éstos encontraban los sueños al natural y sin envoltura.

Pero hace tiempo que vivimos la edad del oro del paquete. Lo puso de moda la estética de otras navidades que ya son las nuestras: paquetes con lazos y adornos brillantes al pie del abeto.  El paquete es la cobertura de la ilusión, y la ilusión, dicen, lo es todo en el regalo. Mientras se abre el paquete pervive el sueño, y se retrasa la decepción. Crees que te ofrecen la vida eterna, la panacea universal, el bálsamo de Fierabrás o la purga de Benito, aunque al final  en el paquete sólo venga un artículo de El Corte Inglés.

Pero qué coñazo es hacer paquetes. Y qué difícil cortar el papel de regalo a la medida del objeto que hay que velar. Los papeles no dan de sí o doblan mal. El celo se te queda pegado donde no debe. El floripondio se desprende. Y al final, el paquete queda tan chapucero que en lugar de valorar al regalo, lo devalúa al primer golpe de vista. Qué desesperación.

En esa estaba el Duende, cuando ya avanzada la noche, le sorprendieron Melchor Gaspar y Baltasar.

-¿Y tú qué haces despierto a a estas horas? –le preguntaron.

-Paquetes, señores….Tengo tantos a quienes regalar, y tan poco de regalo, que sólo puedo ofrecer buenas intenciones en forma de paquete. Pero hacer un paquete es la cosa más odiosa que conozco…

Dijo Melchor que él le pasaba lo mismo. Discutió con Gaspar y Baltasar si era tan difícil o más que tratar de quitar la camisa de fuerza a las barras de turrón de Gijona, otra prueba inicua que se nos pide a los humanos en Navidad. Pero al final, se apiadaron del Duende en su zozobra y así, como por arte de bilirlibirloque, se sacaron de la manga un regalo sustitutorio que  nunca necesitará paquete.

-Regala un momento musical-le recomendaron los Reyes.

Y el Duende ha elegido uno maravilloso que él ofrece como regalo de Reyes a todos sus amigos del blog. Es una de sus perlas musicales favoritas. No es del compositor más famoso, ni es una pieza pegadiza. Se trata de una de las Variaciones Enigma de Edgard Elgar, la titulada Nimrod. Escúchenla con atención: su delicadeza no le resta intensidad, sino todo lo contrario.

Y, sobe todo, entiéndanlo: ¡no necesita paquete!

Viaje a la felicidad sin salir de casa

Navegando en Internet, el Duende pasó tres horas inolvidables...

Dios escucha a los entusiastas, debe de decir algún salmo de esos que los cristianos nunca nos sabemos del todo y que los judío dicen de carrerilla. Pongamos que es una cita de Luisaías 5: 14, profeta quizás poco conocido, pero muy prolífico. El caso es que venía el Duende del post anterior cuando otro amigo ingeniero, José Manuel Martínez del Valle, también melómano y cantante en la ducha y en diversas corales, voz grave de esas que pastoreaba la cuerda de los bajos en Los Jerónimos y ahora pica más alto, le pone un correo electrónico con un enlace.

-Si quieres seguir el Mesías que cantamos esta tarde en el Auditorio, pínchalo.

Nunca ha seguido el Duende una retransmisión por Internet. Él no es ni la mitad de ducho que Homper y la tía Clota, que utilizan programas raros para mantener largas conversaciones con el Atlántico de por medio Él sólo navega por esta galaxia tecnológica para curiosear y para implementar este blog.

(Sua culpa, sí. Sabe que es horroroso lo de implementar, a saber, poner en ejecución. Aborrece este verbo, colado quizás por la gatera de los americanismos o de ese agravio al idioma perpetrado por los manuales de instrucciones. Pedro Chicharro, un amigo del cole del Duende que no se atreve a tirarle de las orejas en el blog, y le corrige la sintaxis o la ortografía en su correo particular, le llamará la atención. ¿Implementar?…A lo mejor no lo reconce la RAE, pero sí viene al menos recogido en Diccionario del Español Actual de Seco, Andrés y Ramos).

Pero a lo que iba. Que sólo utilizaba Internet para lo más elemental cuando esta tarde, en plan  audaz hizo caso al consejo del amigo, cogió su partitura de El Mesías, pinchó el enlace, se puso unos auriculares  y disfrutó este monumento musical como nunca antes, ni en directo, lo había hecho. Era lo que llaman un Mesías participativo patrocinado por La Caixa, en el que una legión de cantantes aficionados se suma a una orquesta y un coro de magníficos profesionales. Impecable transmisión, asombroso sonido para salir de un simple ordenador. Plano a plano, siguiendo a los solistas. Pentagrama a pentagrama, cantando todos los números (ventajas de vivir solo). Ha sido contralto, soprano, tenor, bajo y coro. También manejó la batuta (dirigía sin ella el elegante Harry Christophers) Y, por primera vez, ha dicho en inglés antiguo todos los textos de los profetas y los evangelistas como si fuera un  luterano. Y los ha entendido, conste.

Qué apasionante. Le dan ganas de localizar todas las grandes obras corales, oratorios, zarzuelas y operetas se transmitan por Internet, comprar su partitura correspondiente y cantarlas para uno mismo sin que la celosa SGAE le cobre por ello. Lo que decíamos, la suerte de poder asomarte a lo que antes eran los territorios prohibidos de la cultura –por no saber ni leer música, por no saber de nada- y sentirte protagonista de ello. Esto es divertirse aprendiendo.

Qué descubrimiento, está el Duende como loco. Sólo le queda que Internet bucee en el túnel del tiempo y le permita asistir a ese día en el que Velázquez estaba sin inspiración y entraron en su estudio unas meninas del Rey corriendo detrás de un perro…

El Ponton de la Oliva y otras maneras de ser feliz

Una vista del paseo, captada por el ingeniero feliz...

No le gusta al Duende su mirada pesimista de la vida. Le aburre, le desespera, le cabrea comparecer ante los demás con la careta del lamento o de la nostalgia. A vivir, que son dos días. Y más ahora, que va a ser Navidad, y que seguramente saldrá la Vicepresidenta Fernández de la Vega, tan salerosa ella, a felicitarnos las fiestas. Qué subidón.

Por eso de vez en cuando rebobina, lo piensa con detenimiento y se siente en el deber de refutar a Jorge Manrique recordando por qué cualquiera tiempo pasado no sólo no fue mejor, sino que fue notablemente peor.

Argumento nº 376. Si se ve con perspectiva, una de las grandes ventajas del presente es que te permite ser al mismo tiempo lo que eres y algo de lo que te hubiera  gustado ser. Eso no pasaba en la España donde apareció el Duende, tan previsible como el destino que nos habían reservado. Aquella aburrida burguesía en la que se crió, lo más exótico y pintoresco que hacía era  coleccionar sellos,  apostar en las carreras del hipódromo y, si era muy aventurera, subir a esquiar a La Bola del Mundo los domingos. Ahora ya apenas hay burguesía, y aunque los privilegiados de verdad siguen siendo los mismos, todo el mundo puede glasear su cruda realidad con almíbar de algún sueño y hacer su camino más feliz.

Ese es el caso de José Miguel García Ponte, un pedazo de ingeniero industrial de 1´90 de estatura que, ya en la edad madura, descubrió la música de Juan Sebastián Bach. Antes de ese feliz hallazgo, José Angel ya era pescador de paisajes, que capturaba compulsivamente con su cámara de fotos. Hace tiempo que descubrió que perderse por cualquiera de las infinitas patas de gallo de la piel de España es un placer  que, no por asequible, resulta menos gratificante. Ahora se ha decidido a recorrer también las trochas y vericuetos de la música clásica. El Duende le conoció en el concierto del pasado sábado de la Orquesta y Coro de la Capilla Real que, como todos los meses desde hace años, regala al pueblo de Madrid las Cantatas y Motetes de Bach en unas versiones de tanta calidad que podrían escucharse en Leipzig. Y gratis, por cierto,  como muchas de las mejores cosas de la vida. Al ingeniero humanista, el Viejo Peluca –asi le apodaba a Bach  Fernando Argenta- le sedujo tanto que repitió el domingo.

José Miguel levitó escuchando  a Bach. Acabado el concierto y una vez en tierra, le contó al Duende que a la mañana siguiente  iría de excursión al Pontón de la Oliva, uno de esos enclaves bucólicos protegidos de la voracidad del ladrillo que aún atesora la provincia de Madrid. Le invitó al Duende  y a otros melómanos a sumarse a la marcha. Y por allí, mientras caminaban a lo largo del curso del río Lozoya, se empaparon de naturaleza y disfrutaron caminando. Hasta tuvieron la suerte de ver corzos.

Qué maravilloso es asomarse, al menos, a  otras vidas como la de los músicos, los naturalistas o los exploradores. Fabiola, la mujer de Jose Miguel, también escribe cuentos por el placer de sentirse escritora, cosa muy explicable si se recuerda que tiene nombre de novela y de reina. Y habrá muchos más que son felices jugando a ser atra cosa que lo que son. Pese a lo que escribiera Jorge Manrique,  uno se queda parafraseando a Paul Éluard: hay otros mundos, pero están en lo que tú quieras imaginar que eres.

Dolce far niente

Más o menos en el mismo lugar donde Antonio Joli pintó Madrid, el Duende practicaba el "dolce far niente"...

No se lo explica el Duende. No sabe si lo suyo puede ser incluso un caso de irresponsabilidad social. Se siente como una especie de Simeón el Estilita, viendo pasar el  tiempo y la vida desde su palomar sin demasiados cargos de conciencia.

Sale por las mañanas a cumplir sus deberes, y tras comer y dormitar, quizás huyendo inconscientemente de las malas noticias que habitualmente sirven los telediarios, se pone a esperar la tarde. Otros tienen la suerte de ver el mar. El Duende sólo aquel viejo poblachón manchego lleno de subsecretarios, que decía Cela. Pero por su fachada occidental, que probablemente es la más bella. La acaba de ver, tal como era en el siglo XVIII, pintada por Antonio Joli, en un hermoso paisaje que presenta la exposición Los Borbones entre Nápoles y Madrid, en la Academia de Bellas Artes de san Fernando. Casi tres siglos después, el lienzo de Joli se ha transmutado en un cuadro de Antonio López García. Con encanto, a pesar de las servidumbres del desarrollo y la modernidad. Al menos el Palacio Real y el Campo del Moro, entonces sin ajardinar, permanecen.

Las tardes de otoño, tan breves y, por eso mismo, tan preciosas ennoblecen a la ciudad con su luz tornadiza. La estampa va cambiando: del oro, al oro viejo, que luego evoluciona a cobrizo. Aparece la señora vestida de malva. El sol se ha ido, y de repente, en un pispás, se ha hecho la noche temprana. No se lo explica el Duende, y cuando lo piensa, casi se siente apesadumbrado. Ha perdido el tiempo, con lo que le cuesta admitir ese lujo. No se lo explica, y le parece reprochable. Y delicioso.

No todo fue dolce far niente. Mientras se iba la tarde y llegaba el crepúsculo, se puso a montar el nacimiento. Un  pequeño nacimiento en un diminuto velador de apenas cincuenta centímetros de diámetro se llevó todo aquel tiempo sagrado. El Duende entretanto completaba el rito escuchando El Mesías, y lo cantaba por lo bajini. Cada cual  prepara la Navidad a su manera. La luz del portal de Belén también ilumina las tinieblas interiores.

Y así pasó una de las últimas tardes de este otoño. Con lo revuelto que está el mundo, y el Duende en ese éxtasis de pensar algo y no hacer nada. Aunque, por no caer en la debilidad de compararse con Simeón el Estilita,  se permitiera la licencia de merendar un te con polvorón. No sabe uno adónde vamos a llegar…

Soñando con la mano perdida de Paul Wittgenstein

Paul Wittgenstein

El asombroso caso de Paul Wittgenstein no sólo inspiró sueños, sino que escribió este cuento...

Al despertar, Homper vio  en el espejo otra vez su imagen un hombre estupefacto. Qué había hecho él para merecer eso. Por qué  acababa de soñar lo que soñó.

Uno de los ingredientes del sueño, sin duda, era lo que había leído y escuchado a lo largo del día, y muy especialmente La familia Wittgenstein, una interesante biografía firmada por Alexander Waughnieto del autor de Retorno a Brideshead. Este libro además de recrear la torturada vida de esta familia y de su hijo más preclaro, Ludwig, ofrece un magnífico fresco social de un fracaso humano, del hundimiento del Imperio Austro Húngaro y de los espantos de la Gran Guerra, en la que combatieron el filósofo y sus dos hermanos varones.

La anécdota a veces se apodera de la categoría. O un drama individual puede impactar más que el catálogo de horrores que describe el autor sobre la primera Guerra Mundial. El caso es que a Homper le impresionó, sobre todo, la suerte de Paul Wittgenstein, pianista prometedor que pierde el brazo derecho en combate y que, con un espíritu admirable, consigue superar este mazazo del destino. Llegará a adquirir tal virtuosismo con la mano izquierda que hasta Ravel compuso su famoso Concierto para la mano izquierda pensando en él.

Las diabluras de la mano fantasma. Como todos los que han perdido un miembro, el pianista manco tiene que convivir por mucho tiempo con las sensaciones que le transmite la mano que ya no  tiene. Y así fue que, obsesionado por este martirio añadido  del pobre Paul, y quizás también por las noticias del día, fraguó la pesadilla del propio Homper. También él había soñado tiempo atrás en ser un gran pianista. En su pesadilla, no sólo lo era, sino que, como Paul Wittgenstein, pierde el brazo derecho  y sufre  los engaños de sus terminaciones nerviosas. Sus sensaciones táctiles son que la mano perdida sigue viva, y que además de tocar el piano como los ángeles, trinca dinero sucio como si fuera un político corrupto de los que persigue Garzón.

Naturalmente, el pobre Homper despertó a mitad de noche angustiado.

-No fastidies, Morfeo- se quejó ante el espejo del cuarto de baño como si su rostro descompuesto fuera el del dios de los sueños- ¿Por qué este dolor y el recochineo de la vergüenza?… ¡Arréglamelo, por favor!

Regresó a la cama, cerró los párpados. A su edad no es nada fácil reemprender el sueño interrumpido, pero lo consiguió. Y  la mano fantasma del pianista mutilado que creía ser le transmitió esta vez sensaciones distintas.

-Muchas gracias, amigo-le dijo al espejo antes de cumplir con el ritual mañanero de lavarse los dientes.

El Morfeo del espejo le sonrió. En la segunda parte del sueño, Homper no sólo había tocado  un milagroso arreglo para la mano izquierda de las Variaciones Goldberg. Sino que, entretanto,  el fantasma de la derecha recibía las caricias de aquel amor de juventud con el que hacía manitas en el cine,  y que nunca, nunca, podría olvidar.

Obama y Zp, échale guindas al pavo

Llegó un civil con bigotes.../ Entró en el Despechpo oval / ¡A la orden, mis presidentes.../pa lo que quieran mandar!...

Llegó un civil con bigotes.../ Entró en el Despacho Oval / ¡A la orden, mis presidentes.../pa lo que quieran mandar!...

Antes de ser un simple jubileta, Homper, cómo no, soñó lo suyo.

No sólo con varias amadas imposibles, sino algo tan comprensible en la edad de la inocencia como ser héroe, santo o artista universal. Algunas noches soñaba que se ennoviaba con Romy Scheider y se casaba con ella en el castillo ese de Francisco José que salía en las películas de Sissi. Otras, que curaba cuerpos y almas como Albert Schweitzer o el padre Damian de Molokai. En otros sueños más esforzados se adelantaba a Amundsen y era el primero en poner el pie en el Polo Sur. Luego vino la vida con el formón de los rebajes, y a la vista de que su carrera le cortaba alas se conformó con pequeños suspiros de la imaginación. Uno de los últimos es escribir una zarzuela moderna que parodie con guasa castiza la España actual.

-No quiero morirme con esa frustración, como Luis Aguilé –le comenta a su tía Clota..

-Pobre, no lo sabía…-se  lamenta la anciana sin levantar la vista del punto-¿Sabes que a mí me hacía gracia? Me daba la sensación de que hacía su propia caricatura…Pero si tú tienes ese mismo capricho, no te prives…Aprovecha la entrevista de Obama con ZP. Y haz el favor de incluír como número fuerte una actualización del Échale guindas al pavo de Morena Clara¡No me digas que no tiene gracia que el Presidente de los Estados Unidos nos pida la ayuda de la Guardia Civil para acabar con la guerra de Afganistán!…

Y ella misma se pone a cantar como Imperio Argentina. Entró un civil con bigotes/ Ojú, qué miedo, chavó…/ Se echó un fusil a la cara/ Y de esta manera habló/ Echalé guindas al pavo…

Y Homper se ríe sinceramente. La pobre Guardia Civil, ese tricornio acharolado que es como la silueta del toro de Osborne de la España más negra. El benemérito Instituto, repartido por toda España en unas casas-cuarteles donde tienen que pedir vez para ir al cuarto de baño, y se asan de calor o se arricen de frío. El cuerpo armado que fundó el Duque de Ahumada, teñido de oprobio por la muerte de García Lorca, espanto de gitanos y de progres como los que nos gobiernan, dril verde y sueldo escasito, a mandar, que tanto obedecía a Azaña como a Franco o a  Zapatero. Y ahora, velay las cosas, objeto  de la negociación entre los dos líderes planetarios que arreglan el mundo desde la Casa Blanca. Ironías del destino. La misma Guardia Civil  de los cuadros de Gutiérrez Solana o de los Esperpentos de Valle-Inclán, tan pueblerina y leyenda negra, salvándole los muebles al buenismo universal que interpretan los dos  grandes pacificadores.

-Tomo nota-dice Homper-Y gracias por la idea…Ya veo un coro de picoletos irrumpiendo en el Despacho Oval bailando como la Imperio y Miguel LigeroEchale guindas al pavo/ Echale guindas al pavo que yo le echaré a la pava…Echalé guindas al pavo…/Que nos mandan a la guerra/ Lo pide la Casa Blanca…

Y encima el mismo día que los de la Memoria Histórica pretenden cambiar el Todo por la Patria de los cuarteles por un Todo por la Democracia. Todo por la Patria, por la Democracia o, como ironizaba ayer Carlos Herrera, por la Paz tria. Pero, échale guindas al pavo: todo con el denostado, arcaico y luego dirán que casposo tricornio de la Guardia Civil.

Diaghilev minimizado/ Un cuento surrealista

diaghilev-and-the-ballets-russesPese a si inveterado optimismo, el Presidente hojeó la prensa esa mañana y torció la sonrisa. Salvo los suyos, nadie parecía entender su visión de España, su audaz estrategia para superar la crisis económica,  su forma de gobernar, el alcance de sus medidas y su noble deseo de reformar el mundo y encaminar a la humanidad hacia su modelo de perfección. Cuántas críticas desaprensivas. Qué pobreza en los análisis. Qué superficialidad en los editoriales y en las columnas de los periódicos. De repente, su mirada reparó en una noticia de la sección cultural: un siglo de la creación de los famosos ballets de Diaghilev. Se le iluminó la cara. Pidió por el interfono que le llamaran a la ministra de Cultura.

-Ministra –le preguntó-  He estado leyendo lo del aniversario de Diaghilev…¿Te has dado cuenta de que no hemos aportado nada al ballet? Esto no puede ser. Lo hemos reformado casi todo, así que prepárame un plan para reformar el ballet.

Las ansias de reforma del presidente y su ministra se plasmaron en varios proyectos sucesivos. En aras de la igualdad, se promovió como modelo de ballet ideal aquel en el que las bailarines y bailarinas fueran gordos como botijos. Todos los españoles merecen las mismas oportunidades, y no había razón para que michelines, celulitis y demás indiscreciones adiposas cerraran el camino a nuestros artistas del baile clásico. Se cambiaron los nombres de algunos de los pasos tradicionales: bibianesque, amontillé, plus que burlesque, zapatieré. En El lago de los cisnes Gisela no sería Gisela, sino María Teresa, aunque su cara se pareciera más a un polluelo de buitre que a un elegante cisne. Y se cambiaría la tradicional reverence –de un decadente que te cagas- por un gesto de coleguis más acorde con la modernidad imperante. Algo así  como la palmadita de los del basket entre la prima donna y el galán subrayada por un guiño de complicidad entre ambos.

-No es suficiente –sentenció el gran reformador.

Nuevos proyectos, nuevos rechazos. No es suficiente, no es suficiente, insistía el Presidente. Un día, en el café matinal con su querida vicepresidenta, el Presidente aún fue más explícito.

-¿Sabes una cosa?-le confesó- Esta noche soñaba que yo era Diaghilev. Y la verdad, me sentía muy a gusto…Sólo un poquito ridículo, con esas mallas tan ajustadas y ese paquetillo…¿Es necesario que el papel masculino luzca justamente así?…

Sus sueños eran sus deseos. Y sus deseos eran órdenes que sabrían interpretar adecuadamente las ministras de su máxima confianza. Se habló  con la sastra del Ballet Nacional y se le transmitieron las inquietudes del Presidente. Y el ensayo del proyecto definitivamente elegido fue espectacular: en el porté que marcaba la apoteosis del ballet, eran las ministras en tutú y con plumas de cisne las que, impulsando  al Presidente en un en plié conjunto, lo elevaban a las alturas desde donde irradiaba rayos de esperanza a un mundo redimido gracias a la Alianza de Civilizaciones.

-Me gusta –se decía el gran reformador al contemplar el asombro de las que le aplaudían entusiasmadas. ¡Me gusta!…

Quizás no se había mirado antes al espejo. Pues le interpretaron mal, y, sin tener en cuenta su natural modestia y discreción,  habían encargado a la sastra una malla con coquilla especial que, más que para un nuevo Diaghilev, parecía hecha para cubrir los atributos del caballo de Espartero.

El Rey ha muerto: viva Yo

Sentir la muerte de los ídolos, "ma non troppo"...

Sentir la muerte de los ídolos, "ma non troppo"...

-Es terrible, y debe de ser la coraza de la edad-le confiesa la tía Clota al siempre estupefacto Homper-Pero no he conseguido derramar una sola lágrima por Michael Jackson.

Dice que Jerome, el hijo de su amiga Thelma, fanático irredento del ídolo caído, ha dejado la tienda de la gasolinera de Tinmouth y de momento ha huido a vivir a solas sus penas en una cabaña junto a un lago. No puede superar el impacto por la muerte del rey del pop.

-¿Sabes?…Yo, como soy más vieja, ni canto con una cerilla encendida, ni llantos histéricos ni nada. Lo primero que pensé  es qué pena de chico. Pero luego corregí: qué majadero. Y es que en la tele repasaron la historia de otros artistas que murieron prematuramente por sus excesos: Elvis, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison…Pero si son tan geniales…¿cómo no aprenden que con eso del alcohol, las drogas y los fármacos raritos no se juega?…

Se sorprende Homper de la rotundidad del juicio de su anciana tía.

-Oye, tía-le reprocha débilmente-Tú antes no eras así. Recuerdo que cuando murió Gary Cooper dijiste te encerraste en el cuarto de baño para llorar a gusto.

-Otros tiempos, hijo…-confiesa con cierto sentimiento de vergüenza-Desde que soy vieja de verdad  me resbala casi todo. Me he dado cuenta de que la muerte de los demás forma parte de mi vida.

Reflexiona Homper, que ya se asoma al pórtico de la ancianidad. Recuerda el día en que venía encantado de ver en la entonces joven Filmoteca Nacional Cantando bajo la lluvia, y al llegar a casa su hermana le dijo: han asesinado a Kennedy. Creyó que el  mundo se hundía bajo sus pies. Al día siguiente se personó en la embajada de Estados Unidos, y estampó su firma en el libro de pésames, con frase y todo. Estaba convencido de que la propia Jackie Kennedy repasaría las condolencias y recibiría la suya como ungüento mágico para su dolor. Ahora el hombre empezaba a reaccionar como su tía: nada de rasgarse las vestiduras, de paripés lacrimógenos, de numeritos y frases para que te seleccionen y salgas en la tele como ejemplo de sensibilidad.

-Mueren, ergo existo, ¿no, tía?.

La anciana suspiró largamente.

-Más bien instinto de conservación.

Y Homper se propuso empezar la semana sorteando el egoísmo que nos va inoculando la edad,  y pensando más en esos familiares y amigos que aún le alegran la vida.

Yo quiero un paisaje con burros

Cuánto más bonito es un paisaje con burros que sin ellos...Sueña a veces el Duende que es multimillonario. A lo bestia: estratosféricamente mega-rico, insultantemente poderoso. La sabiduría popular lo dice: pagando, san Pedro canta. Y ante tantas posibilidades de disfrutar de la vida como ofrece el club de los Bill Gates, Warren Buffet, y Amancio Ortega, se le plantea  al hombre el problema de jerarquizar los caprichos. Con lo poco acostumbrado que está al dinero.

Quién sabe por donde empezar. ¿Emprender una expedición a la Antártida con el mago Tamariz al cuidado de los perros y los trineos? ¿Contratar un crucero de lujo hasta el Perito Moreno exclusivamente para sus amigos inclyendo además a Cristine Scottt-Thomas y Naomi Watts? ¿Comprar un ático en Ile de Saint Louis y llenarlo de libros, instrumentos de astronomía antiguos y juguetes de hojalata comprados a los mejores coleccionistas? ¿Construir una sala de conciertos junto a su cuarto de baño y crear el Festival de Música para el WC ennobleciendo así eso tan poco honorable que es aliviarse? Qué placer, qué categoría: sentarse a despachar con el Sr. Roca mientras al lado la Filarmónica de Berlín interpreta la Obertura 1812 de Tchaikowsky o    La cabalgata de las valkirias de Wagner, músicas incidentales muy apropiadas para la ocasión. Ah, se le olvidaba, otro capricho aún más rebuscado y exquisito: remontar el curso del Nilo hasta sus fuentes tomando gin tonics  en unas andas con aire acondicionado que son llevadas por Cristiano Ronaldo y Kaká vestidos a la federica. Tampoco es que sean sueños tan extravagantes. Lo que ocurre es que a los ricos de siempre les falta imaginación, y siguen la misma receta de lujos y de placeres prohibitivos. Qué falta de personalidad.

Sin embargo el sueño de esta noche fue mucho más pobretón. El Duende sólo llegaba a millonario normalito que compra un buen cuadro en una sala de subastas. El problema de elección esta vez surgía en torno a dos lienzos. Uno de ellos era un óleo  de Camille Pissaro que representaba un paisaje con un camino blanquecino flanqueado por sendas hileras de chopos. El otro, un lienzo de las mismas medidas y parecida coloración de Darío de Regoyos,  ofrecía un panorama muy similar. Donde el francés ponía chopos, Regoyos habían pintado quizás robles y castaños. Había otra gran diferencia. Por el camino del pintor vasco iba un hombre llevando del ramal a un borriquillo. El Duende se quedaba con el segundo cuadro. No porque fuera mejor pintado, ni más asequible. Sino porque era un paisaje animado. Nunca entendería a los que, en la misma tesitura, eligen lo primero.

Es terrible cruzarse media España en un viaje y comprobar, por ejemplo que en el inmenso solar que media entre Madrid y el pueblo turolense de Alcañiz uno no ha visto ni un burro. El campo de hoy que no se ha vendido a los polígonos industriales es un puro desierto de vida animal. Tampoco vio el Duende ninguna otra caballería. Es más, ni siquiera una vaca, o una cabra, o una oveja. Eso sí, muchas alquerías ruinosas, majadas semiderruidas, casas que antaño fueron ocupadas por labriegos y que hoy sólo alojan fantasmas del pasado. En lo alto de un risco del Maestrazgo, en una carretera jalonada por preciosas iglesias mudéjares, sí alcanzó a distinguir a un buitre. ¿De qué se alimentará la criatura?

Otro más de los muchos problemas que asedian a los sabios arregladores del mundo. Además de cambiar el modelo económico, combatir el cambio climático y otros marrones, problema nº 325: cómo reanimar el campo en un país que, como España, tiene tanto y, sin embargo, se ha olvidado del mismo.

Música y fuegos artificiales en El Retiro

¿Será que la felicidad es una música nocturna con fuegos artificiales?...

¿Será que la felicidad es una música nocturna con fuegos artificiales?...

Causa de perplejidad nº 21.867 en la biografía de Homper: su corazón se pone a galope cuando escucha una banda de música. Tal que si fuera un niño

En realidad Homper hubiera querido serlo todo en la banda. Director, trompeta, trompa, fagot, trombón, tuba, tambor, bombo, platillos, celesta…Qué deliciosa manera de prolongar la infancia liberando ritmo y adrenalina con otros colegas. Y además de todos los instrumentos, hubiera querido ser todos los protagonistas: los maestros Penella, Alonso, Lleó. Y Chapí , y Chueca, y Barbieri, y Sorozábal Y hasta Paquito el Chocolatero y El gato montés. A Homper le gusta tanto la música  que incluso puede tolerar a Georgi Dann sin pedir su ingreso en un psiquiátrico. Y con la música de banda, siempre asociada a un templete en un parque, y sin el obligado silencio de los auditorios sinfónicos, es hasta relativamente feliz. Causa de felicidad (relativa) nº  1687 exactamente.

La Banda Sinfónica Municipal de Madrid incorpora además una sección de cuerda de lujo. Homper no sabe si es por ello sinfónica, puesto que la palabra banda es, para el Diccionario del Español Actual, acepción tercera, un conjunto de músicos que tocan instrumentos de viento y de percusión. Y salvo en aquella desternillante secuencia de Toma el dinero y corre en la que Woody Allen desfila por las calles con una banda en la que tiene la desgracia de tocar el violonchelo, no está acostumbrado a ver cuerda en las bandas. El caso es que la de Madrid, aunque se queja de poca atención por parte de la administración –quizás es too vulgar para un alcalde tan exquisito como Gallardón- puede darse el lujazo de abordar un repertorio cuasi sinfónico.

El pasado martes por la noche, en un concierto extraordinario con el que celebraba su primer siglo de vida, se plantó en el Retiro y tocó la Suite Iberia de Albéniz. Pero estaba al lado del estanque, y qué cosa más natural que interpretar luego la Música Acuática de Haendel. Y ya que cerraba el concierto con las Música para unos reales Fuegos Artificiales, qué bonito que, desde el lado opuesto del estanque quemaran un castillo pirotécnico  perfectamente sincronizado con la duración y las percusiones de esta singular música incidental, joya del barroco donde las haya. Ooooooooh.

El estanque del Retiro no es el Támesis, y la estatua ecuestre de  Alfonso XII no es lo mismo que el rey Jorge I, para el que Haendel compuso esta música mil veces escuchada. Pero Homper evocaba las fiestas de San Isidro del Madrid cutre de posguerra, donde ni se sabía lo que era la cultura popular, y además se asomaba la  media luna, a la que contemplaba tumbado en la hierba, como si en lugar del Retiro aquello fuera un Woodstock para carrozas. Y ,entre los tutti de la banda y los estampidos de aquellos preciosos fuegos de mentirijillas aún se filtraban los murmullos de parejas jovencitas que retozaban por ahí.

- Ohhh-se estiraba Homper abandonándose al placer de   noche tan singular.

Daba la casualidad, además, de que ese día no había escuchado Homper ninguna de las memeces o de las cursiladas que han dicho los políticos en campaña. Llegó a reconocer incluso que éstos, cuando programan fiestas populares así, hasta pueden acertar. Y se quedó, por tanto, también perplejo de constatar que aquel rato de música de banda, tan leve, tan refrescante y tan luminoso, había sido una infusión de felicidad.

Manifiesto por unos calcetines sostenibles

Exijamos unos calcetines que no se caigan y con refuerzos po encima del borde del zapato...¡Calcetines sostenibles YA!

Exijamos unos calcetines que no se caigan y con refuerzos po encima del borde del zapato...¡Calcetines sostenibles YA!

En Madrid, a veintinueve de mayo de 2009, comparecen el Duende y su Circunstancia .Ambos declaran estar en la plenitud de su facultades mentales, y se reconocen recíprocamente incapacidad general para casi todo. No obstante  lo cual, y por aquello de parecer más o menos apegados a la condición humana, EXPONEN

  1. Que están encantados con los primeros brotes verdes de la economía, y ojalá que no sea una figura retórica más del gobierno. Por cierto, a tenor de las fotos de EL PAÍS, lo que parece haber rebrotado de verdad es la juventud en el cutis de la vicepresidenta correspondiente.
  2. Que aunque no piensan consultar a la familia si se van a retocar las tetas, creen que el Ministerio de Igualdad está lleno de buenas intenciones. Si no, no tendría a la ministra que tiene.
  3. Que  entre las bombas atómicas de Corea del Sur y las centrales nucleares que el gobierno ignora,  pero a las que compra la luz que producen en Francia, prefieren las segundas.
  4. Que aplauden con las orejas las buenas noticias  laborales de Alfonsina, cuyas piernas, a diferencia de lo que cantaba Luis Aguilé de las de Carolina -¡Qué lindas piernas/ que tiene Carolina!/ No son cortas, no son largas/ no son gruesas no son finas- son largas y finas, pero estupendas. Además, expresan su confianza en que esto signifique un impulso para todos los que, como ella, necesitan trabajar.
  5. Que no saben si están más contentos por la triple corona del Barça o por la asunción de Florentino Pérez a la presidencia del Madrid. Vamos, es que viven sin vivir en ellos.

Por todo lo cual, ACUERDAN

  1. Escribir  y subir este post, a pesar de que durante dos días seguidos han sufrido el espantoso trauma de descubrir a mitad de la jornada sendos tomates en sus calcetines,  y precisamente a la altura del talón, donde  eran más fáciles de ver y, por ende, más susceptible de perjudicar a su imagen.
  2. Manifestar que, a pesar de la comprensible depresión derivada de tan infaustos hechos, y una vez superada la misma,  es su deseo renovar la cadencia habitual de los posts de este blog comentando noticias tan estupendas como las de la parte expositiva.
  3. Apelar al insaciable espíritu reformista de este gobierno para que, una vez arreglado el paro, la crisis económica, el sector del automóvil,  la vivienda, la educación, la justicia, los estatutos de autonomía, la memoria histórica, la regulación de Internet, la Alianza de Civilizaciones, el cambio de modelo económico, Europa, el aborto, las tetas y el agujero de ozono, prohíba la fabricación calcetines  cuyos refuerzos en el talón siempre quedan por debajo del borde del zapato y, por ende, facilitan agujeros casi más oprobiosos que los anteriormente citados.

POR COHERENCIA CON LAS REFORMAS SOCIALES  DE ESTE GOBIERNO: OPONGÁMONOS A LOS CALCETINES DE ESPALDAS AL PUEBLO. MANIFIÉSTATE  COLGANDO TUS CALCETINES CON TOMATES EN LA VENTANA O ENVIÁNDOLOS AL PALACIO DE LA MONCLOA. CONTRATO SOCIAL POR UNOS CALCETINES SOSTENIBLES ¡YA!

Ser más breve para evitar no ser nada

El Duende tendría que hacerle caso y ser más breve...

El Duende tendría que hacerle caso y ser más breve...

Quizás olvida el Duende lo que aprendió de Gracián en el bachillerato. La Historia de la Literatura de Díaz-Plaja, contaría sin duda mucho más, pero la frase que se le atribuía a don Baltasar era tan fácil de entender y recordar que fue lo único que se le grabó, junto a esta misma estampa de clérigo con bonete. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Así despachaban al conceptismo.

Y quizás se niega a aceptar que el lenguaje de Internet debe ser, sobe todo, conceptismo.

¿Tiene tiempo el lector para recrearse en la forma? ¿Prende la literatura en el lector cuando le llega en este soporte? ¿Se asoma éste a la red para informarse o para pasarlo bien? ¿No será que la clave del éxito de una web y, desde luego, de un blog, es la brevedad? El caso es que tras el sarpullido de la novedad que aportó este invento, los cuadernos de bitácora personales se van apagando.

Ayer se enteraba el Duende de que Maria Amelia Sánchez, la bloguera gallega que consiguió atraer lector por millares contando Mi vida a los 95 años, cerraba su blog definitivamente. Como avisaban antiguamente los letreros del comercio, por defunción. Tuvo éxito por lo insólito: una anciana que se atrevió a manejar una herramienta de comunicación que es, sobre todo, joven. Seguro que su blog le habrá ayudado a morir feliz. Más triste se presenta el cierre del blog de Eduardo Madinaveitia, otro fenómeno de la red que abandona su página, dicen, por las presiones de un grupo de comunicación. El Duende no cree eso. Al aludido grupo, que es PRISA, le sacuden a diario voces y plumas más conocidas y de más largo alcance. Un blog sólo hace cosquillas. ¿O no?

Verán, ha llegado el calor y al Duende le sorprendió con la cama aún vestida de edredón. No ha dormido bien. Inopinadamente, y como consecuencia de una conversación reciente en la que se abordaba el tema de los hombres que cuidan su aspecto personal, soñó que era pianista de hotel, y que aspiraba a ser contratado en el Hotel Carlton de Cannes. El director le hacía una prueba en un piano que estaba en la terraza, al aire libre. Y mientras iba tocando ese continuo de melodías románticas como La vie en rose o Les feuilles mortes que tanto le entusiasman, sentía que el calor y los nervios perlaban su frente con gruesas gotas de sudor. Y que el tinte ala de cuervo con el que disimulaba la nieve de su cabellera se diluía en espesos churretes como los del profesor Von Aschenbach de Muerte en Venecia. Qué vergüenza. Qué humillación. Qué mal rato.

Y qué fiasco. Porque el puesto se lo daban a otro candidato más joven y metrosexual que iba de musculitos de gimnasio depilado, se daba cremas y, para quitarse el cuidado, llevaba el cráneo afeitado como una reluciente bola de billar. Para ser justo, es cierto que también fue más breve, como debía ser este blog. Y en un pispás supo pasar de un nocturno de Chopin a Macarena.

El Duende quiso suicidarse en el mar al modo de Alfonsina Storni, y se ató al cuello el pesadísimo pie de una sombrilla. Pero la playa de la Croisette es mansita y tiene muy poco fondo, y sólo consiguió que las  pequeñas olas terminaran de disolver el negro de su cabellera, como un calamar que suelta su tinta para ocultar su edad.

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