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El cuento de Rubalcaba y el colador chino

Fui el primer escritor que identificó a Rubalcaba con un colador chino, pero la cultura oficial no supo apreciar mi imaginación...

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Debo decir que soy un aprendiz de escritor. Me apunté a una escuela de Escritura  Creativa, donde una profesora muy atractiva y un argentino calvo me contaron más o menos que escribir puede ser sólo cuestión de estilo, pero que para ser escritor hace falta haber viajado, haber leído muchísimo, conocer algo de algún tema interesante  y, como poco, tener mucha imaginación. Lo primero y lo segundo quedaban fuera de mi alcance,  de lo tercero  sólo se que no se casi nada. Y  no me puedo imaginar cómo se gana la imaginación. Al nacer me encontré con lo puesto, y no se si he sido capaz de desarrollarla. Sólo se que se me ocurren algunas cosas que los demás consideran extravagantes.

Por ejemplo, veo una cara y enseguida  la interpreto de una manera original. Muchas de las caras me llevan a objetos. Algunas otras, a especies animales y, más aún,  a otras ideas inverosímiles.  He visto caras de  de ardilla, de picaporte, de nenúfar, de cumulonimbus  y de signo de interrogación. Otras caras me sugieren procesos químicos o incluso sucesos históricos. La dueña de una papelería de mi barrio tenía cara de electrólisis, y el sastre que  hizo mis primeros pantalones a medida llevaba en su rostro el Compromiso de Caspe. Se que es difícil que en un rostro se pueda ver el Compromiso de Caspe, pero eso es porque no nos lo proponemos. Si a alguien  te dice que hay que ponerle una cara humana a ese  hito histórico, encontrarás a algún Compromiso de Caspe andante en el mismo tramo de la calle  donde vives.

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Lamentablemente, este es tiempo de decepciones. Pensaba que ahora que  con la crisis se recorta todo se iba a primar al menos la imaginación. Eso pensaba  cuando mi escuela de Escritura Creativa  convocó entre sus alumnos un certamen de cuentos imaginativos. Lo de imaginativo ya se que es una redundancia, pero la secretaria de la escuela no lo tuvo en cuenta, y lo incluyó en las bases del concurso. El cuento ha de ser imaginativo.

No pareció muy serio, pero lo di por bueno porque quería ganar el premio como fuera.

Inicialmente se me ocurrió una historia de trasfondo político. La historia era la de un tirano sudamericano que después de haber abusado de todas sus secretarias y de haber violado a varias campesinas previamente aleccionadas por un corrupto funcionario del Catastro, empieza a notar que le gusta uno de los centinelas del cuerpo de guardia del palacio presidencial. Entonces el tirano se da cuenta de que no es que haya salido del armario, sino que desde niño llevaba encapsulado en su cuerpo un organismo de mujer.  Se va a Nueva York  para que le hagan una operación de cambio de sexo, y una vez convertido en señora presidenta se casa con el centinela.

Pero ¡ay!, la feminidad suaviza sus formas y cambia sus sentimientos. En el filo del  bisturí del cirujano debía de haber una semilla de ternura que fructificó dentro de ella. Así que se convierte en una mujer sensible, delicada y volcada en los demás, por lo cual pierde categoría como tirano/a. ¿Dónde voy ahora siendo una tirana de buen corazón? –se pregunta desolado/a ante el espejo al ver que ha perdido su identidad.  Consciente de que su personalidad se ha desleído y de que ya no es nadie, se tira a su amado centinela por última vez, lo estrangula en el momento del orgasmo y continuación se mete en la bañera llena de agua caliente y se abre las venas con el canto de un CD de Armando Manzanero. La tirana descafeinada muere desangrada mientras escucha Esta tarde vi llover.

Lamentablemente, aunque se me ocurrió, no llegué a escribir el cuento. Lo que propició la siguiente decepción.

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En cuento que presenté al concurso, el protagonista es un asesor de imagen de Rubalcaba. Se podría decir que, como yo, es un hombre de ideas desconcertantes. Pero,  a diferencia de mí, él es osado y persuasivo, capaz de venderle hielo a un esquimal. Un día mientras compra unas pilas en un bazar  ve en la sección de menaje del hogar un colador chino y siente que su mente se ilumina. De repente ha descubierto que Rubalcaba tiene cara de colador chino. Hasta el momento le veía un cierto aire de Fu-Manchú de película de serie B, pero ahora comprende que en realidad es un colador chino humanizado.

-Eso será el mensaje que debe transmitir en la campaña. Y así es como debe presentarse en el debate, porque los coladores chinos hacen maravillas.

El asesor convence al jefe de campaña de Rubalcaba para que el candidato corrija los ya conocidos movimientos de sus manos de la siguiente forma: en una de ellas mantendrá el colador chino por el mango, mientras con la otra hará la mímica de coger los problemas que tiene España, meterlos en el colador y depurarlos en éste manejando el émbolo de madera con el que los machaca hasta reducirlos a algo suave y ligero que la crisis sí puede digerir. Rubalcaba es un experto ilusionista, y con su colador chino los males de la patria pasarán fácilmente.

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En el cuento le compraron la idea, y Rubalcaba no sólo ganaba el debate con Rajoy, sino también las elecciones generales. Rajoy, por cierto sólo tenía cara de puño de paraguas antiguo, a la que era difícil sacarle partido. Es comprensible que pierda: sólo llueve de de vez en cuando, y además los puños de paraguas de ahora ya no dicen nada.

Pero el jurado del Premio del Cuento Imaginativo no le prestó la menor atención a mi cuento. Uno de sus miembros me comentó off the record  que era una soplapollez, y que lo del realismo mágico o el surrealismo hiperbólico estaba pasado de moda. El premio se lo acabaron dando a un cuento titulado El transexual de las flechas. Era una historia calcada de la que yo deseché, con la única diferencia de que el protagonista, en lugar de tirano sudamericano, era una falangista de los que tiñeron de sangre nuestra agitada memoria histórica.

-Eso ahora vende mucho más, muchacho.

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Qué  nueva decepción. Tanto fomento de la escritura creativa para acabar en esto.

Y qué falta de perspicacia la mía. Ahora sólo soy un aprendiz de escritor, y la cosa puede pasar. Pero cuando sea un escritor de verdad no volveré a obcecarme con metáforas como la del colador chino, que sólo los tipos raros como yo apreciamos. Únicamente escribiré más  historias truculentas del franquismo, que es el venero más seguro de la literatura actual y, además,  lo que se premia.

Es una pena claudicar así a la moda. Porque si, valga la redundancia,  llego a colar lo del colador chino de Rubalcaba,  quizás los expertos en comunicación se habrían dado cuenta de que hay formas de animar esa cosa tan aburrida y previsible que son los debates electorales.

Cantando bajo la lluvia de otoño

El bloguero fue tan feliz cantando bajo la lluvia como Gene Kelly, Debie Reynolds o Donald O´Connor...

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-Nos gusta el otoño porque es nuestra estación –se dice el bloguero.

Le recuerda a uno que estamos en el otoño de la vida. Y se felicita porque al fin haya llegado la húmeda estación, como si no fuera lógico que ya casi vencido octubre tengamos que abrir los paraguas. Creíamos que España estaba condenada a un verano eterno, pero al fin el anticiclón se largó y permitió que se presentara el primer temporal. Setenta y siete litros por metro cuadrado en una noche. La garganta de Santa María era el domingo un ridículo hilito de agua que avergonzaba a Candeleda, posiblemente uno de los pueblos que peor administra el llanto de las nubes. Ayer lunes en cambio era una torrentera furiosa. Daba gloria verla. Como fue delicioso dormir arrebujado entre las sábanas mientras tamborileaba la lluvia en el tejado su deliciosa canción de cuna. Otro regalo del cielo.

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-Las nueces saben a otoño –decía la madre del bloguero.

El Duendecillo entonces creía que el otoño era cosa de viejos, sin darse cuenta de que a él también le gustaba el olor a tierra mojada, y el rebrotar del pasto, y la aparición milagrosa de ese enorme champiñón blanco que nace como por ensalmo, y el descubrir entre las hojas amarillas el fruto del nogal o del castaño. En realidad no fue nunca joven, pues hasta cuando idealizaba el amor se imaginaba paseando con su princesa de turno por un nebuloso paisaje de Turner, y no bailando con ella Un rayo de sol, oh, oh oh, que era lo propio de los jóvenes. Pasó de niño directamente a viejo. Y, como su madre, amó siempre la lluvia, las hojas secas con las que ella componía collages, el sabor de la nuez y el indescriptible aroma que le dejaban en el hueco de la mano las castañas asadas.

-Gracias, Señor, por haber inventado el otoño –rezaba sin pensarlo mientras pisaba los primeros charcos después del verano.

No era muy de niños pensar así, pero ya les digo que era un viejo prematuro.

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-Los abuelos sólo servimos para que se nos recuerde-advierte Homper- Así que aprovecha el otoño, que es nuestra estación, para que tus nietas tengan algo por lo que recordarte.

El Duende recordaba a su abuelo encendiendo la pipa con la prosopopeya de un general inglés retirado que hubiera ganado mil batallas, aunque su abuelo Pablo ni fue militar ni rompió nunca un plato. Se hundía en su sillón junto al brasero y leía novelas policíacas envueltas en humo de tabaco. El abuelo Pablo presumía de que, cuando era joven, cortó una flor de un balazo de pistola para ofrecérsela a una dama, lo cual no encajaba nada con su pacifismo, pero hablaba de su romanticismo. El abuelo Pablo era hombre de pocas palabras. Aparte de repetir a menudo que el cisne cuando muere canta, el Duende sólo recuerda lo que le dijo un día que le llevó al cine Principe Alfonso y vieron juntos El niño y el unicornio. En la película trabajaba Diana Dors, que era una rubia platino curvilínea de espectacular y opulenta pechera, y también salía un  chaval y un chivo con un solo cuerno. El abuelo Pablo podía haber comentado algo de la película, que era una comedia, o de la rubia, pero sólo dijo lo justo.

-No creas, los unicornios no existen.

A pesar de sus pocas palabras llega el otoño, que también es algo abuelo, y el Duende lo recuerda.

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Cuando se presentó el primer chaparrón del otoño el Duende paseaba por el monte con su hija Isabel y sus nietas mayores. La nieta Marina está en la edad de preguntarlo todo, y su abuelo en la de responder. Junto al camino había un roble despellejado y a su lado un ramo de flores y los restos de un parabrisas roto, y el Duende cometió la imprudencia de decir que aquello recordaba un accidente. ¿Y quién coducía? Un joven. ¿Y qué le pasó? Hubo que mentir y decirle que sólo sufrió heridas. ¿Y por qué? Porque iba demasiado deprisa. ¿Y por qué? Porque seguramente había bebido alcohol. ¿Y eso es malo? Si. ¿Y por qué?….¿Y por qué si sabía que era malo bebió?…

Aquel chaparrón fue una bendición. Hubo que suspender el interrogatorio y refugiarse bajo el tejadillo de una majada.

-Quedaos aquí mientras yo voy corriendo a por el coche-dijo la madre de las niñas.

Y allí se quedó el abuelo con las niñas, rodeados de ovejas mientras veían llover y él pensaba cómo entretener la espera.

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Fue una suerte que las niñas estuvieran preparando ya el Auto de Navidad, y que quisieran ensayar ante su abuelo el villancico que en él les toca cantar. Y fue más suerte todavía que, como ocurre a menudo, se supieran más la música que la letra, y que mientras en una estrofa decían Soy una pobre gitana / que vengo de Egipto aquí / Y al niño Jesús le traigo / Un gallo quiquiriquí  en la siguiente cantaban  Yo soy un pobre pasiego / que viene de Egipto aquí / y al niño Jesús le traigo / una cesta de castañas.

Y fue un alivio. Pues comoquiera que,  en su papel de abuelo, el Duende pensara lo absurdo de un pasiego en Egipto, y lo raro de que se fuera hasta allí para llevar castañas al Mesías, planteó a las niñas la necesidad de revisar la letra. Y así, mientras llovía y llovía y la madre no venía, pasaron los minutos ensayando nuevas rimas que pudieran ser más verosímiles. Y como las niñas estaban dispuestas a demostrar a su abuelo que iban a ser las estrellas del auto, repitieron la cantinela una y otra vez hasta que por fin, después de numerosos intentos, se llegó a la conclusión de que el pasiego no venía de Egipto, sino de la montaña, lo cual era mucho más lógico y, sobre todo, pegaba con las castañas.

Y así pasó más de media hora, hasta que la madre regresó con el coche. Y gracias a eso las nietas guardarán la estampa de un abuelo que un día les puso a ensayar villancicos mientras llovía y las ovejas les miraban pasmadas. Porque los abuelos pueden no legar relojes, cuadros, libros, fincas u otras riquezas, pero tienen la obligación de  dejar recuerdos, y ojalá sea este  uno tan grato como el que uno tiene del mejor musical de todos los tiempos, Cantando bajo la lluvia.

La baba nacional

Se puede mirar con respeto. Pero también con estupor, con ternura, con guasa, con piedad. Y, no se ofenda nadie, con rubor...

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Homper vuelve a quedarse perplejo. Super, super, super, superperplejo, como diría una niña pija. Hace ya tiempo que no hablaba de la tía Clota, la tía andaluza que fue profesora de español en Estados Unidos, casó con un granjero americano de Vermont, enviudó de él y se quedó a vivir para siempre en Nueva Inglaterra. Era la única tía que le quedaba, y hablaba con ella una vez a la semana utilizando el Skype. Pero anteanoche ella se despidió de él.

-Puede que sea para siempre, sobrino- le dijo mientras se tomaba una infusión en un mug decorada con la cara de Leonardo di Caprio- Ya me ha dicho el cirujano que este corazón tiene muy difícil arreglo. Fíjate qué pena si me muero en la mesa de operaciones sin haber visto nada de la boda.

-¿De qué boda, tía?

-De cuál va a ser…De la boda de la Duquesa. La gran fiesta de la baba nacional, ¿no?

No parece que le apenase mucho. La anciana está ya muy debilitada, y hecha a la idea de que su suerte final está al caer.

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Se quedó perplejo, como no podía ser de otra forma. La gran fiesta de la baba nacional…Qué manera de expresarse. Pero pronto comprendió que su tía conservaba su lucidez,  y que desde sus años y desde la distancia no tenía por qué andarse con rodeos.

-Se casa por tercera la Duquesa de Alba, 85 años –rumió Homper en sus pensamientos-  Está en su derecho de hacer lo que le venga en gana, el amor tiene razones que la razón desconoce (Pascal) y el amor no tiene edad, que lo cantaban en la zarzuela Don Manolito. Todo muy comprensible. Incluso plausible.

Y ella, la Duquesa, es una mujer liberada que a pesar de sus años aún cree creer en el amor. Y es simpática. Y generosa, según cuentan las personas han sido beneficiarias de su caridad y que hoy le felicitaban por la radio. Y divertida. Y pintoresca. Y es verdad que empieza a acusar su edad en algunos detalles poco amables para su imagen. Pero Homper está seguro de que lo de la fiesta de la baba nacional no lo decía la tía Clota porque a Cayetana se le pueda caer la baba, cosa que nos podrá pasar a cualquier a su edad. Sino por todas las demás babas que supuran de su boda.

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La mala baba (portada deINTERVIU, mensajes de Twitter poco piadosos con la noble enamorada). La baba de los aduladores profesionales. El baboseo asqueroso de los que se chotean de ella y luego la jalean como heroína del pueblo para vender sus revistas, sus programas de radio y televisión y los libros que se escriben a cuenta del personaje. Y la baba, la simple baba del tonto de baba que somos todos.

-¿Por qué voy a decir que el pueblo siempre es sensible e inteligente, si no soy político?-se dice el Hombre Perplejo.

Últimos detalles del esperpento. Los balcones con vistas al Palacio de Dueñas se llegan a pagar a 8.000 €. Y la eterna chiquilla que cree ser la novia se marca una rumba tambaleante ante la iglesia que  si, por una parte es ternura,  por otra parte resulta patética. Dos flashes iluminan el confuso pensamiento de Homper: el recuerdo de la cara de El bobo de Coria que pintó Velázquez. Y a continuación, la cínica razón con la que el fénix de los ingenios Lope de Vega justificaba su producción de comedias alimenticias en serie: El vulgo es necio y, pues lo paga, justo es hablarle en necio para darle gusto.

 -Tiene razón la tía Clota- concluye Homper- Todos necios, todos formamos parte del tinglado de la nueva farsa. Hasta yo, por entrar al juego y creer que mi punto de vista sobre la boda de la Duquesa puede ser de interés. Qué disparate.

Y al día siguiente de la boda, aún es noticia preferente la gran fiesta de la baba nacional.

El Duende de verano (8) Una boda en Escocia

Hasta esta iglesia de Pertshire se llegó el bloguero por asistir a la boda de una sobrina muy querida

1. Los hijo de la globalización

Manda uno a sus hijos a estudiar en el extranjero y sigue pretendiendo que se casen con gente de su barrio. No cae en que los ligues de esta generación ya no se llaman Piluca o Josete, como antaño, sino Wolfgang o Silvie, o Lang, o Christopher, o Yannis, o  Kathe, o Solomon, o Brigitte, o Johannes. Son los posibles novios o novias de la globalización, y así pasa lo que pasa. La nieta mayor de este bloguero, es un ejemplo, tiene un apellido griego, un padrino escocés y una madrina alemana. Su padrino es el profesor MacCrorie, con el que anduvo por las Tierras Altas sin entender muy claramente lo que decía en su cerrado inglés scotch.

-¿Sabes que está Sabina en Saint Adrews?-le dijo apenas se encontraron en el aeropuerto de Edimburgo. Saint Andrews es la ciudad en cuya universidad  imparte sus enseñanzas el profesor Mac Crorie, famosa también por ser la cuna del golf.

-Buen músico –le respondió el Duende un tanto sorprendido porque el profesor siguiera a nuestro cantautor y su presencia allí le llamara la atención

- ¿Pero conoces sus canciones?

Daba igual la pregunta.  Rod MacCrorie tampoco le entendía nada, aunque , como él, trataba de disimular lo que a menudo era un diálogo de besugos. Su respuesta siempre era un ¡oh! de sorpresa y una sonrisa. -No tenía ni idea de que Sabina jugara al golf –aclaró entonces el Duende- Es más, en España nadie se lo imaginaría. Como va de ácrata, jamás se podría esperar que viniera a un sitio tan especial como Saint Andrews a practicar el deporte favorito de Esperanza Aguirre, que seguramente será una de sus bestias negras. Rod volvió a sonreir. -¡Oh!, ¿yes?… Ha venido con su novio – farfulló en su peculiar inglés de Glasgow. ¿Con su novio?…El Duende no le daba crédito. Ahora resultaba que, además de ser adicto al golf  Sabina tenía no novia, como siempre se le ha de presumir, sino novio. Eso sí que era el notición del verano: Joaquín Sabina se  había llegado hasta el norte de Escocia  para salir del armario. Y le habían dado las dos, y las tres, y las cuatro y las cinco y las seis, y desnudos al amanecer les sorprendió la luna a él y a un jayán con aspecto de cabo gastador, que era su amor hasta entonces inconfeso. Claro, no podía fugarse con él a Valderrama  o a Pedreña porque ahí le cazaría un paparazzi y echaría por tierra su leyenda canalla de golfo, libertino y mujeriego. Tenía que escapar a Saint Andrews, donde el profesor MacCrorie, acostumbrado a otras referencias como Elton John,  consideraba de lo más normal que una estrella de la música “pop” jugase al golf con su pareja del mismo sexo. Qué poca vergüenza.

Y así de  confundido estaba el Duende cuando un rayo de lucidez iluminó su mente. Y recordó entonces que estamos en un mundo globalizado. Y que que además de un apellido griego y un padrino escocés, su nieta Marina tiene una madrina alemana, casualmente llamada Sabine, que en boca del profesor MacCrorie tanto podía ser la guapa moza tedesca de la que su hija se hizo amiga cuando ambas coincidieron en la London School of Economics, donde también estudió su actual marido, como nuestro egregio cantautor de cuya virilidad resulta casi ofensivo dudar.

Jesús, qué alivio. No es que esté uno contra la internacionalización de la familia ni mucho menos contra los mestizajes. Es que nos educaron así de paletos y pequeñoburgueses. Y por tradición conservadora, piensa uno que lo suyo es que sus hijos se acaben emparejando o nombrando padrinos y madrinas entre gente cercana. Y si no, entre  los Martínez o los Echeveste, que eran de su barrio, de su colegio o feligreses de su misma parroquia. Más vale mal conocido que bueno por conocer. ¿O no?

2. Lo que duran las bodas de ahora

Las primeras bodas a las que asistió el Duende, entre la ceremonia y la fiesta,  duraban tres o cuatro horas.  Ahora pone uno el contador cuando empieza a acicalarse en casa y lo detiene cuando se quita el traje para meterse en la cama y no han pasado menos de diez. Desplazamiento al lugar del casorio, ceremonia, traslado al lugar de celebración, primeras copas, aperitivo. Generalmente larguísimo.

Aquí el Duende ya daría por terminada la boda, al fin y al cabo no se casaban los hijos del jede del estado, ni de una familia real, ni tan siquiera los archiduques de Pomerania, y tampoco hay que epatar a nadie. Pero no, ahora la categoría de las bodas parece medirse en horas, y para qué aliviar cuando podemos alargar la cosa para que la gente se de cuenta de que aquí no se escatima nada. Así que después de dos horas de pie, sentamos a los invitados, y les ofrecemos una cena, no menos de dos horas. Y luego discursos, muchos discursos. En las bodas de antes hablaba mayormente  San Pablo a través de su famosa Epístola a los Corintios. Y, como mucho, el cura. Ahora hablan los corintios, el cura, el concejal por lo civil, el padre, el padrino, los amigos de ella, los amigos del novio, las amigas de la novia , los del equipo rugby de él, y unos Pitufos vestidos de principitos y princesitas que son los sobrinos de ella. Afortunadamente no en todas las bodas aparece la Tuna para darle más realce a la celebración.

Y Homper, el Hombre Perplejo,  ha enunciado así esta otra paradoja de nuestro tiempo: cuanto más  se alargan las bodas, porque mucha gente vive de ellas, más se abrevian los matrimonios, porque los cónyuges aguantan mucho menos. A ver quién ata esa mosca por el rabo.

3. La boda de Natalie y Johannes

Cuando la boda a la que uno tiene que asistir es en Escocia, es verdad que al invitado le toma mucho más tiempo que las ocho o diez horas de una boda convencional. Pero no hay mal que por bien no venga. Para un señor de edad, como empieza a ser el bloguero, una boda normal puede ser magnus cognazus. Pero una boda en Escocia es la oportunidad ideal para montarse este agradable viaje sobre el que ha girado su verano. El día de la boda de Natalie, inglesa hija de madre española, con Johannes, novio alemán, fue además un día limpio, fresco y, sobre todo, soleado, primer detalle de lujo en esas húmedas latitudes. La iglesia, el monasterio de St Mary´s de Kinnoull era un monumento. Los novios llegaron en carruaje. La novia, y buena parte de las invitadas, estaban muy guapas. Había varios invitados escoceses luciendo su kilt. Y casi todos los invitados ingleses vestían chaqué, como es costumbre allí. A partir de Cuatro bodas y un funeral todos sabemos, además, que lo verdaderamente chic es conciliar la severidad de este atuendo, siempre negro en España y gris en el Reino Unido, con una corbata o un chaleco de colores chillones. Había cuatro pequeñas maiden bride (¿se dice así?) que llevaban la cola a la novia. Suele ser muy cursi, pero en este caso no se puede criticar, porque tres de ellas eran nietas del bloguero.

En la iglesia al Duende no le sorprendió que aparecieran sobre los bancos de los invitados los textos de las lecturas y las letras de los himnos y salmos que incluía la ceremonia. Le sorprendió que todos, británicos y alemanes, los cantaban vehementemente, sin esa vergüenza con que los españoles, aún los más creyentes, arrastran la voz con la boca chica en las celebraciones religiosas. Luego hubo cocktail en la casa de la novia. Sobre el césped había una carpa, bajo la que un grupo de jazz tocaba  jazz y música de Cole Porter. Los niños y las maien bride correteaban por la hierba, daban volteretas y jugaban al croket mientras los invitados departían entre sí en inglés, en alemán o en español. Mucha gasa en los sombreros y los tocados de las señoras y las chicas jóvenes, algunas de ellas francamente atractivas y sabiamente escotadas. Antes de la cena, en otra carpa, pasaron unas bandejas de jamón ibérico y de Rioja Contino.

Al Duende le sentaron luego entre una dama británica y otra alemana. Ambas le sacaban una cuarta de estatura, pero sentados los tres se notaba menos. Consiguió conversar con ellas a ratos en francés a ratos en inglés, y de vez en cuando hasta se tiraba el pegote de chapurrear palabros en alemán. La  dama alemana también canta en un coro, y eso une mucho. A los postres, discursos, muchos discursos: en alemán y en inglés. Primer baile de los esposos sin guardar el protocolo del vals ni nada que pueda recordar la ineptitud de los jóvenes de ahora para el baile agarrado. Tres o cuatro piezas nostálgicas para complacer a los más añejos y luego, como en todos las bodas, atronadores decibelios discotequeros , marcha y barra libre hasta el alba.

El exceso se ha universalizado, aunque el Duende, que ya se lo conoce, se retirase en cuanto el personal empezó a desmelenarse. Lo que se apuntaba antes, que no hay mal que por bien no venga. Bodas así pueden parecer largas, fatigosas y hasta un poco caras. Pero si tienes en cuenta que te sirven para viajar, hacer turismo y aprender idiomas, hay que reconocer que la de Natalie y Johannes fue una suerte. Pues que vivan los novios, ea.

Un paisaje, una boda y un calcetín

Atravesé aquellas tierras intentando camuflar un espantoso tomate en el calcetín... (extracto del "Diario del duende viajero")

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Cada cual ve en el paisaje lo que quiere ver o imaginar, pero hay un inmenso pedazo de nuestro país que cada vez que lo atraviesa este duende le sugiere poesía caballeresca o guerra canalla. Son tierras yermas, cerros y llanuras calcáreas tristes y apenas moteadas por arbustos y, de cuando en cuando, por algún pino valiente que tanto desafía el fuego del verano como el rigor del frío invierno. Este tipo de terreno se ve en media España. En Aragón, en todo el Levante,  en Murcia, en Almería, en buena parte de Castilla La Mancha, y al suroeste de la comunidad de Madrid, por ejemplo. Ahí son felices los cardos y, si quedan, los lagartos. Suerte para ellos, porque la verdad es que para el viajero estos pagos resultan inhóspitos.

Sin embargo, cada paisaje tiene su lírica y, si no, su épica. Cuando uno se adentra en ellos y deja atrás toda clase de edificios, fábricas, polígonos industriales obras públicas y toda otra huella del desarrollo, se imagina que por el horizonte, tras una loma,  va a aparecer el Cid con sus mesnadas. El ciego sol, la sed y la fatiga/ por la terrible estepa castellana/ al destierro, con doce de los suyos! Polvo, sudor y hierro,  el Cid cabalga, que escribía  el otro Machado.

-Esos eran hombres –que decía don Celestino, el profesor de literatura- Si piensan que hace calor en Madrid, imagínense lo que sudaría el Cid bajo su armadura atravesando la estepa castellana a 35º.

Cuánto sehabrá sudado en España para hacer historia.

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La otra estampa no es de cabalgadas heroicas, sino de simple guerra canalla. Y viene simbolizada por la fotografía del miliciano abatido que inmortalizó Robert Capa en la Guerra Civil. Le suena a uno que fue captada en un cerro de Albacete, aunque ahora, como la otra célebre fotografía del beso en las calles de París que tomó Doisneau, dicen que fue un montaje preparado. El caso es que tanto la de Capa como la mayoría de las instantáneas y reportajes filmado de nuestra guerra, tienen como escenario tierras pobres y baldías. Quizás para subrayar con la desnudez de su decorado el dramatismo y lo miserable de aquella contienda.

Era el paisaje monótono y desasosegante, pero esta vez tampoco le importó tanto al Duende. Pues aunque él viaja con los ojos bien abiertos, y siempre le saca partido a todo lo que ve por la ventanilla, esta vez estaba ocupado en otros menesteres. Iba a una boda en el pueblo conquense de Barajas de Melo, la boda del hijo de unos amigos muy queridos. Y se había vestido con la etiqueta que requería la ocasión cuando, al subir al autobús que habían dispuesto los novios desde Madrid para que los invitados no se ocupen ni del alcohol  ni del volante –qué sabia medida- observó que por encima del borde posterior de su zapato del pie de derecho asomaba  un  roto de su elegante calcetín largo color azul marino. No un clarito, como apunta cuando los talones empiezan a desgastarse, sino un impresentable tomate del tamaño de un euro.

En el mundo habían ocurrido sucesos terribles aquel 23 de julio. Y en la fiesta se comentaría, sobe toda otra cosa, el original traje de novia que diseñó Nacho Aguayo, hermano del contrayente. Pero el alma de este bloguero es tan neurótica y caprichosa que durante el viaje hasta el lugar de celebración estaba convencido de que sólo habría ojos para denunciar el imperdonable fallo de aquel invitado de pelo blanco que bajo la pernera de su traje azul marino ocultaba un oprobioso tomate en el calcetín.

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Así que no pudo entretenerse en aquel paisaje manchego tan desasistido de gracias de la naturaleza. Ni recrear la épica de las batallas de nuestra historia. Ni pudo preparar las palabras que en clave sentimental y satírica –a saber lo que queda de aquél duende de la radio- que debía pronunciar a los postres del banquete, para felicitar a los contrayentes. Pues se pasó todo el viaje ensayando cómo camuflar el entuerto, o sea, descalzándose, replegando la zona del tomate por debajo del talón, poniéndose el zapato de nuevo, y estirando el pie varias veces para comprobar que ni aún en el peor de los casos, y aunque el calcetín luciera a media asta, se notaría  el desaguisado y quedaría por los suelos su prestigio.

No fue así. El calcetín se disimuló, y el paisaje, a llegar al lugar de la celebración,  había mudado como por ensalmo. Pues de repente la Mancha triste y blanquecina dio con un cerro mágico donde brota un manantial que alimenta al río Riansares. Y en ese cerro, en medio de un parque poblado de árboles, fuentes, terrazas, paseos umbríos, estanques, y canales que vierten en un lago inesperado se casaron Carlos Aguayo Martín y Beatriz Valdecantos Montes. Fue en una capilla diminuta, todo muy romántico, muy original y divertido, y Juan, el hijo del bloguero, tocó con su saxo soprano dos piezas de Haendel, y este transformista cumplió en su discurso, quizás mejor que si lo hubiera preparado, y hubo fiesta y baile hasta que apuntaron las claras del día. Pero eso ya no lo vio este duende, que volvió a cruzar los yermos paisajes de Castilla la Mancha para dormir en Madrid no sin antes arrojar a la basura el calcetín indigno que estuvo a punto de amargarle el día.

Cerca de la inmortalidad

Hasta este lugar se acercó su coro para cantar la 9ª de Beethoven. Y no era el Castillo de Wartburg tantomcomo el cielo, pero la verdad es que el hombe se sintió cerca de la inmortalidad...

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Dreams sometimes come trooth, dijo José Luis Garci con su refinado inglés de la calle de Narváez cuando le entregaron el Oscar. A veces es cierto. Ni de coña podía imaginar este duende que iba a cantar la 9ª Sinfonía de Beethoven con una orquesta sinfónica alemana y precisamente en Einsenach, la cuna de Bach. Estas experiencias tienen su visión optimista: cualquier hombre sin educación musical puede, a base de estudio, ser parte de una obra de arte tan sublime como esta joya de la música. Pero también su contrapartida realista, como corresponde a un escéptico de solera: si eso lo consigo yo, que no soy precisamente Caruso, es que la cosa no tiene tanto mérito.

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Mérito fue el de Carlos Domínguez-Nieto, director musical de la Landeskapelle de Eisenach, capaz de incrustar al Coro de San Jerónimo el Real en su formación sin que el alemán que pronunciamos lo españoles cantase fuera de lo que mandaba la partitura. El idioma alemán es para los españoles un borbotón continuo de consonantes y estornudos guturales o palatales, según le peta a la lengua de Goethe. Pasarlo por las cuerdas vocales de un conjunto aficionado sin que el mensaje de la Oda a la Alegría desmerezca tiene sus bemoles. Y nunca mejor dicho.

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No merece menos elogios Conchita Nieto, mater amantísima del director, y soprano ella misma en Los Jerónimos. Suya fue la idea de convencer a su hijo para que organizara el concierto, y suyo el enorme de esfuerzo de estimular a sus compañeros de formación para llegar al nivel requerido.  Imagínense interpretar esta pieza esencial en la historia de la música en el marco de un monumento único y, como se dice ahora, emblemático. En el Castillo de Wartburg, erguido en una montaña cubierta de bosques de cuento,  tradujo Martín Lutero al alemán el Nuevo Testamento. Para compensar este agravio a los partidarios de la Contrarreforma, entre sus muros habitó también Santa Isabel de Hungría, santa piadosísima. La base del castillo es románica, pero el remate del complejo actual proviene del siglo XIX, con evidentes homenajes pastiche a la estética medieval que late en los dramas líricos de Wagner. Tal parece que Tanhäuser se hubiera hospedado en alguna de sus estancias, y el turistas tiene impresión de que en cualquiera de ellas puede encontrarse con Isolda depilando sus lindas piernas mientras Tristán afila su espada o prepara su sublime declaración de amor.

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En un larguísimo Festsaal auf der Wartburg de recargada decoración, con un imponente artesonado de madera en el techo por el que asomaban cabezas de dragones y de rapaces poco amistosos, mucho fresco de colores, pan de oro, escudos medievales, frases en latín escritas en letra gótica, metopas, banderas y otros elementos representativos, este menda y sus  compañeros siguieron las vehementes instrucciones de Carlos Domínguez-Nieto y cantaron una muy digna 9ª de Behetoven que fue celebrada por el público como si todos  los ejecutantes fuéramos profesionales consagrados. Este joven dirigent es un excelente comunicador, y una batuta expresiva que controla orquesta y coro utilizando para ello todos los músculos de su cuerpo. No sólo dirige con las manos y los brazos, sino que comunica sus órdenes hasta con las cejas. De Toscanini a Von Karajan, casi todos los divos de la batuta han tenido fama de déspotas, soberbios e intratables. Carlos Domínguez-Nieto, por el contrario, es un tipo sencillo, accesible, simpático y encantador. Parafraseando otra vez a Garci, sometimes genious are nice. Ojalá pronto podamos escucharle al frente de una orquesta española.

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La ilusión de vivir se alimenta de pequeños sueños que a veces se cumplen. A este bloguero, que tanto le ha fascinado escuchar, reelaborar los sonidos y las voces y cantarlas por esa boquita, se le escapó en la infancia la oportunidad de una buena educación musical. A él también le hubiera gustado ser un Carlos Domínguez Nieto, o un profesor como su hermana Regina, que igualmente toca la viola una orquesta alemana. Cantar en un coro es suplir en buena parte esa carencia musical que siempre llevó dentro, y que hasta que se sacudió su timidez no ha conseguido llenar. Al regreso de Eisenach, tantos días sin comparecer en su blog, le quedan muchas cosas por contar de la poderosa Alemania. Pero hoy se limitará a recordar a su tío abuelo Joaquim Pena,  ilustre musicólogo y miembro de una familia catalana, wagneriana hasta las cachas,  que era asidua a Bayreuth. Contaba la abuela Mercedes, su hermana, que cuando, a finales del siglo XIX  asistió por primera vez al famoso Festival dedicado a su ídolo y escuchó en la meca del wagnerianismo la Tetralogía, exclamó.

-¡Ja em puc   morir!

Uno se conforma con haber cantado la 9ª  Sinfonía de Beethoven en la patria del genio y en la cuna de ese otro dios que es Bach. Tampoco es cosa  por ello de despabilar a la parca para que se precipite en llevarle.  Pero conste que, cuando llegue,  dará con un simple aficionado a la música que, gracias a experiencias como esta,  se siente casi inmortal.

Un eclipse muy especial

La luna tenía otro punto de vista del eclipse...

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Qué son trescientos mil kilómetros para la desesperante infinitud de las distancias siderales. Nada, cuatro pasos, lo que ella necesitaba a veces para dar con sus gafas olvidadas en cualquier rincón del espacio. No necesitó ponérselas. Tenía curiosidad por ver aquella noche tan especial, así que se acodó en su balcón y miró hacia abajo. Distinguió  aquel planeta azul del que tanto le había hablado el Jefe desde que tenía conciencia de ser.

-No me salió tan bien como pensaba –le dijo el Boss cuando se lo nostró- Pero fue siempre mi debilidad, ya sabes.

Afinó la vista y puso su atención en aquella delicada menudencia esférica llamada Tierra

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Pudo haberse detenido en otros detalles pintorescos que, poniendo atención, se distinguía perfectamente: la Muralla China, la cordillera del Himalaya, las cataratas Victoria, las Torres Petronas. Y, cosa curiosa, el primer posado en biquini de una entusiasta a la que llamabanAna García Obregón. Pero por esos caprichos del azar se entretuvo contemplando a un tipo que le devolvía la mirada dibujando en su rostro el retrato exacto de la perplejidad. También estaba acodado en su balcón, oteando su horizonte y elevando la mirada hacia ella.

-Llámeme Homper, hermosa.

Ya su cabello blanco lo avisaba, pero que la trataran de usted y que le llamaran algo tan pasado de moda como hermosa lo confirmaba.

-¿Eres de ese mundo?-le preguntó.

-No lo tengo nada claro-fue su respuesta.

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Le dijo el hombre que ahora su único menester era preguntar. Y que aprovechaba las noches de luna para preguntarla con más descaro una ristra de cuestiones que, para bien o para mal, nunca entendíó. Por qué el amor, por qué el dolor, por qué la guerra, por qué la enfermedad,  por qué la intolerancia, por qué la ciencia, por qué las mareas, por qué la sensación de ser más insignificante que un ácaro. Por qué los políticos, por qué la estulticia humana,  por qué el arte, por qué la belleza , por qué el genio creador, por qué el milagro de la música, por qué esa mano femenina que apretaba la suya cuando se embelesaba escuchándola .

-La música –le precisó- Es la escalera más segura que conozco para escapar, subir y desaparecer cuando me deprimo.

Por qué la democracia interesada, por qué la sobrevaloración del yo frente al nosotros, por qué el egoísmo, por qué la violencia y el terrorismo, por qué el hechizo del nacionalismo, por qué la desesperación. Por qué la soledad, por qué el frío, por qué el fuego, por qué la maravilla del agua, por qué los áboles, por qué los pájaros. Por qué las catástrofes naturales, las sequías, las inundaciones, las radiaciones nucleares. Por qué la delicia de unas porras recién salidas de la sartén. Por qué la sensación de desastre que nos arruina, por qué las subprime,  por qué la dictadura de la economía, por qué Grecia, por qué la prima de riesgo. Por qué.

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Le dijo que miraba hacia fuera en femenino, lo cual al menos le daba un ápice de modernidad.

-Pienso constantemente en el futuro que les espera a seis mujeres pequeñitas, que son mis nietas- le siguió contando-¿Seremos capaces de dejarles un mudo mejor?

Ella no sabía qué decirle.

-Además –continuó- Yo diviso desde mi balcón la fachada occidental de una gran ciudad, que es Madrid. Pero no veo Madrid, veo ahí a la humanidad. Y me pregunto qué será de esos millones de almas que abarca mi mirada, y de todas las almas que tú estarás viendo desde allá arriba. Y me digo que  cómo es posible que vivan todas ellas atascadas en la preocupación y el desánimo por esta especie de conspiración contra la felicidad que trata de aplastar a este planeta.

De repente Homper se dio cuenta de que había perdido su referencia celeste. La buscó con la mirada y no estaba. Sólo veía un cielo oscuro. Sintió una cierta angustia, ya ni siquiera recordaba por qué se había lanzado a contemplar la noche. ¿Qué tenía esa noche de junio de especial?… Hasta que poco a poco, primero un asta de toro, luego una raja de melón y finalmente un as de oros, ella volvió a asomar brillando en lo alto con todo su esplendor.

-Fu, qué mal rato-suspiró Homper- Me había olvidado de que esta noche estaba usted de eclipse.

La luna se echó a reir.

-¿De eclipse yo?…¿No será más bien que sois vosotros los que estáis  eclipsados?

Voces para la Paz

Reconoce este bloguero que nunca había sentido tanta alegría cantando como la que sintió ayer sumándose a Voces para la Paz

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Admite este trasunto de duende, chamarilero de sentimientos y recuerdos, que vive momentos de provocadora  satisfacción. Lo nota cuando da con algún amigo o conocido y tiene que responder a la pregunta de ritual.

-¿Y cómo te va?

Se decía en estos casos.

-Qué quieres que te diga….¿Bien, o te lo cuento?

Y no lo dice, porque piensa que sería afectación o mentira. Y además porque, mirando alrededor, cree que es de mal gusto exagerar las sombras que pueden oscurecer nuestro horizonte. Las ve, claro, como cualquier ciudadano. Pero no puede negar que algunas luces acaban barriéndolas, y que hay muchos compañeros de viaje que no gozan de la misma suerte.

-Si comparo –suele contestar- reconozco que  me va maravillosamente.

Y es que el patio da mucha pena, a qué negarlo. Aunque al bloguero la diferencia no se la da el éxito profesional, que ya no va con él, o el dinero, que tanto nos duele y que nunca le supuso mucho. Tampoco es la causa única el amor o el afecto de los amigos, que nunca le han faltado, o la salud, que afortunadamente también le responde. No es eso, no. Lo que le hace más feliz es que es libre para cantar.

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Siempre cantaba  en la ducha, en los guateques. Y villancicos  la noche de Navidad.  Pero por estos caprichos de la vida esta semana él y una legión de entusiastas que comparten su trabajo y su familia con la vida coral han cantado tres tardes en el Auditorio Nacional. Dos de ellas grandes corales de ópera con la Orquesta y Coro Nacional  dirigida por Josep Pons. Verdi, Bizet, Beethoven, Mozart…

-No me lo creo, no me lo creo-se decía mientras se pellizcaba ente pieza y pieza.

Y ayer domingo con los músicos que una vez al año dejan de tocar o de cantar en sus respectivas formaciones profesionales para entregarse con pasión al fabuloso concierto solidario de Voces para la Paz. Para recaudar fondos que permitan el suministro de agua a ocho aldeas de Níger, avisaba el programa. Y era música de cine, desde el mambo que compuso Leonard Bernstein para West Side Story, al Wagner de Apocalipsis Now o a la inenarrable Copla de las divisas  de Ochaita, Valerio y Solano que hizo aún más graciosa a Bienvenido, Mr. Marshall o al preciosísimo Dry your tears, Afrika de John Williams para la película Amistad. Qué río de sentimientos, emociones y recuerdos le corre a uno por dentro cuando a la la gran música se le añade la magia del cine.

Y qué gozada entrar en ese festival de regalo para los sentidos, de invitado, para reforzar con sus compañeros de coro a estos admirables músicos profesionales que capitanea Juan Carlos Arnanz, un genio de la comunicación, por cierto. Lo nuestro fue sólo cantar con ellos la Oda a la alegría  de la    Sinfonía de Beethoven, que sonó en La naranja mecánica y que seguirá sonando cada vez que la humanidad necesite redimirse de sus miserias. Era evidente que estábamos alegres. Alegres por lo que transmitían los músicos solidarios, por cantar con ellos y por creer que, al menos por una vez, nuestra voz servía para algo útil.

Además, a la salida, el cantor feliz se encontró con Carlos Barja y su encantadora esposa. Carlos era asiduo comentarista de este blog con el seudónimo de Wallace, y supongo que podrá certificar que conciertos como éste de verdad merecen la pena. Algo habrán aportado los muchos que, como él, abarrotaban el Auditorio. Para las aldeas sin agua de Níger y para este simple cantor de ducha, que cuando muera, y recordando tardes así, podrá sonreir diciendo: ¡que me quiten lo cantado!.

Un gran día de cerezas

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Llevaba tantos días, tantos años intentando arreglar el mundo sin éxito que aquel día, al despertar, decidió dedicar sus primeros pensamientos a naderías.

-No hay que esperar que este día vaya a ser lo que cantaba Serrat- se dijo- En realidad, llevo casi veinticuatro mil días vividos y nunca se me ha aparecido un hada para hacerme el lazo de los cordones de los zapatos. Que eso sí que sería una gran cosa.

Atarse los cordones de los zapatos era para el pensador casi tan odioso como desvirgar el rollo de papel higiénico por el lugar justo para que no se deshaga en capas de celulosa.

No le dio más vueltas al asunto. Amanecía en el campo. Así que apenas se arregló abrió las puertas y se dirigió a los cerezos.

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Veintitrés mil y pico días atrás, los cerezos y las cerezas casi siempre eran de otros. Es verdad que  entonces la emoción de robar fruta le añadía más emoción a cualquier paseo por el campo. Pero hasta eso le impedía la buena educación.

-Niño, eso no hace, eso no se dice, eso no se toca.

Así que esa mañana no se anduvo con remilgos. Había caído un chaparrón nocturno, y el día despertaba envuelto en frescor. El esplendor de la primavera estaba a punto de entrar en decadencia. Y en esa atmósfera deliciosa, dio un paseo matinal entre los cerezos  mientras tomaba de su propia mano diversas especies de su fruto favorito.  Las cerezas  pasaban directamente de la rama a su boca.

-Gracias, Señor -musitó como oración- por este refinamiento de tu divina obra.

Fue un placer indescriptible que consideraba necesario transmitir a toda la humanidad. Nadie le decía que tuviera cuidado, que le sentaría mal, que se iba a indigestar. Se hartó de disfrutar comiendo cerezas. Incluso imaginó que, por entre los cerezos, aparecía Kelly le Brock, aquella maravillosa Mujer de Rojo,  y se llamaba a la parte. Lo cual era lógico, pues hay frutas que podrían identificarse con algún tipo de mujer, y mujeres que son la alegoría de un fruto. Y estaba claro que Kelly fue en aquella película la encarnación de la cereza.

Total, que aunque el hombre no esperaba nada, a lo tonto a lo tonto las cerezas hicieron de aquel lunes un gran día para él.

Georgi Dann ataca de nuevo

Si el Corte Inglés es el espejo del sueño de los españoles, esta vez nos ha fallado...

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Hacía tiempo que Homper no hablaba con la tía Clota. Dice que está muy mayor, y que últimamente está entregada a un gurú indio que alivia su vejez con  meditaciones tántricas e ingestas de té verde. Por eso le extrañó su llamada desde su lejana casita en Nueva Inglaterra.

-Abre el ordenador y pon en marcha el Skype ese, que tenemos que hablar de España-le dijo en un tono airado.

Noventa y dos años la contemplan. Homper creía que había ingresado en una residencia, tal y como le anunció que pensaba hacer en una de sus últimas conversaciones. Pero la anciana tía exilada a última hora cambió de opinión. Había decidido contratar a una cuidadora negra a la que llamaba Mami, como la sirvienta de Escarlata O´Hara  en Lo que el viento se llevó, y morir en casa si le llegaba la hora.

Pero antes quería pasar su último verano en su patria natal.

2

La tía Clota era de nacionalidad estadounidense, pero nunca olvidó su pueblo, ni el solar donde vivió tantos años. Jamás había dejado de interesarse por lo que consideraba “ese adorable país de mis mayores que tanto se complica la vida”. Además, como tantas señoras mayores, estaba enamorada de Nadal.  Seguía enterándose de lo que pasaba en España escuchando la radio o leyendo algunos periódicos en Internet, porque la ancianidad no había podido con su modernidad.

¿Qué mosca le habrá picado?-pensó Homper.

Y como nunca le había decepcionado con sus comentarios, dedujo que esta semana había dos sucesos que sin duda requerían su comentario.

3

Se lo imaginaba. Punto uno: ¿por qué se ponen tan estupendos los españoles poniendo en tela de juicio si era procedente liquidar a Bin Laden? Punto dos: ¿por qué se dejan colar esa trampa de Bildu?

-Nunca dejaréis de complicaros la vida, sobrino-dijo la anciana- Aquí hasta los más progresistas de los norteamericanos pensamos que con las cosas de comer no se juega.

Pero era el verano, quizás su último verano, lo que le inquietaba. Y la verdad es que no estaba precisamente tranquila con lo que escuchaba. Porque desde hacía unos días, entre las noticias de España, escuchaba insistentemente una horrible canción que se llamaba  El veranito, y que cantaba  una voz que le resultaba familiar.

-¿Cómo se llama ese….?-preguntó a su sobrino- Parece que fue ayer: bailemos el bimbó, bimbó…

-Georgi Dann, tía.

-Pues tengo pesadillas, sobrino.

4

Dijo que soñaba que en todos los hoteles y las playas de España donde ella pensaba ir se le aparecía un hortera con camisa de flores  y unas cuantas gogó girls  que, con una coreografía siniestra,  coreaban Mami, qué será lo que tiene el negro, La barbacoa, El bimbó y la espantosa cancioncilla publicitaria El veranito, que quiere poner de moda Viajes el Corte Inglés. Veía que el que el chófer del autobús que le llevaba del aeropuerto al hotel era Georgi Dann, y que el que le extendía la hamaca era Georgi Dann, y que el camarero que le servía el desayuno era Georgi Dann, y que el guía del museo era Georgi Dann, y que el que le vendía el souvenir del toro de cerámica  tipo Gaudí  también era Georgi Dann. Y que, por extensión, el Rey, y Zapatero, y los ministros, y hasta el presidente del Tribunal Supremo, y el director de la RAE, y el presidente de la Conferencia Episcopal, todos eran un Georgi Dann onmnipresente e invasor que había lobotomizado a España.

Y , así las cosas, ahora quería  morir antes del veranito.

-¿Tanto progreso para esto, sobrino?-dejó en el aire con gesto crispado la anciana antes de cerrar la conexión.

Homper se quedó estupefacto, como correspondía al Hombre Perplejo por excelencia. Qué salidas, las de la tía Clota. Lo pensó mientras se rascaba la barbilla. Y al final tuvo que admitir que quizás tía Clota tenía mucha razón.

 

Georgi Dann ataca de nuevo

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Hacía tiempo que Homper no hablaba con la tía Clota. Dice que está muy mayor, y que últimamente está entregada a un gurú indio que alivia su vejez con  meditaciones tántricas e ingestas de té verde. Por eso le extrañó su llamada desde su lejana casita en Nueva Inglaterra.

-Abre el ordenador y pon en marcha el Skype ese, que tenemos que hablar de España-le dijo en un tono airado.

Noventa y dos años la contemplan. Homper creía que había ingresado en una residencia, tal y como le anunció que pensaba hacer en una de sus últimas conversaciones. Pero la anciana tía exilada a última hora cambió de opinión. Había decidido contratar a una cuidadora negra a la que llamaba Mami, como la sirvienta de Escarlata O´Hara  en Lo que el viento se llevó, y morir en casa si le llegaba la hora.

Pero antes quería pasar su último verano en su patria natal.

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La tía Clota era de nacionalidad estadounidense, pero nunca olvidó su pueblo, ni el solar donde vivió tantos años. Jamás había dejado de interesarse por lo que consideraba “ese adorable país de mis mayores que tanto se complica la vida”. Además, como tantas señoras mayores, estaba enamorada de Nadal.  Seguía enterándose de lo que pasaba en España escuchando la radio o leyendo algunos periódicos en Internet, porque la ancianidad no había podido con su modernidad.

¿Qué mosca le habrá picado?-pensó Homper.

Y como nunca le había decepcionado con sus comentarios, dedujo que esta semana había dos sucesos que sin duda requerían su comentario.

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Se lo imaginaba. Punto uno: ¿por qué se ponen tan estupendos los españoles poniendo en tela de juicio si era procedente liquidar a Bin Laden? Punto dos: ¿por qué se dejan colar esa trampa de Bildu?

-Nunca dejaréis de complicaros la vida, sobrino-dijo la anciana- Aquí hasta los más progresistas de los norteamericanos pensamos que con las cosas de comer no se juega.

Pero era el verano, quizás su último verano, lo que le inquietaba. Y la verdad es que no estaba precisamente tranquila con lo que escuchaba. Porque desde hacía unos días, entre las noticias de España, escuchaba insistentemente una horrible canción que se llamaba  El veranito, y que cantaba  una voz que le resultaba familiar.

-¿Cómo se llama ese….?-preguntó a su sobrino- Parece que fue ayer: bailemos el bimbó, bimbó…

-Georgi Dann, tía.

-Pues tengo pesadillas, sobrino.

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Dijo que soñaba que en todos los hoteles y las playas de España donde ella pensaba ir se le aparecía un hortera con camisa de flores  y unas cuantas gogó girls  que, con una coreografía siniestra,  coreaban Mami, qué será lo que tiene el negro, La barbacoa, El bimbó y la espantosa cancioncilla publicitaria El veranito, que quiere poner de moda Viajes el Corte Inglés. Veía que el que el chófer del autobús que le llevaba del aeropuerto al hotel era Georgi Dann, y que el que le extendía la hamaca era Georgi Dann, y que el camarero que le servía el desayuno era Georgi Dann, y que el guía del museo era Georgi Dann, y que el que le vendía el souvenir del toro de cerámica  tipo Gaudí  también era Georgi Dann. Y que, por extensión, el Rey, y Zapatero, y los ministros, y hasta el presidente del Tribunal Supremo, y el director de la RAE, y el presidente de la Conferencia Episcopal, todos eran un Georgi Dann onmnipresente e invasor que había lobotomizado a España.

Y se quiso morir antes del veranito.

-¿Tanto progreso para esto, sobrino?-dejó en el aire con gesto crispado la anciana antes de cerrar la conexión.

Homper se quedó estupefacto, como correspondía al Hombre Perplejo por excelencia. Qué salidas, las de la tía Clota. Lo pensó mientras se rascaba la barbilla. Y al final tuvo que admitir que quizás tía Clota tenía mucha razón.

 

Ecos de una Novena de Beethoven

Según algunos estudiosos del alma humana, resulta más fácil morirse si se ha cantado la Novena Sinfonía de Beethoven

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En algún momento, Homper  creyó que su alma estaba en una sauna, abría sus poros a toda clase de sensaciones profundas y así se limpiaba sus impurezas. Notó que esa sobredosis emocional le abrumaba, le atornillaba al poder mágico que tiene la música.

-Gracias, Dios, por haber dado tanto talento a quien supo aprovecharlo.

Instantes después, en el segundo movimiento, se sentía volar. De repente su conciencia era un canguro que, dando saltos atrás a ritmo de marcha, recorría las vivencias más placenteras de su vida. ¿Cómo un arte sin soporte visual puede sugerir tal variedad de imágenes?

Llegaba el tercer tiempo de la sinfonía, el más íntimo y lírico. Y cuando después de un lento desarrollo del primer tema las violas enunciaban el segundo, el hombre concluyó que ese fraseo genial de Beethoven, repetido luego por la madera en otra tonalidad,  resumía en apenas medio minuto el sentido de su vida: la pregunta constante, la ansiedad de la belleza y de la armonía,  el amor siempre latente que, como las nubes, viene, va, se concentra, se disipa, reaparece. Se hace invisible y al cabo de unos días vuelve a dibujarse en el cielo. Y la certeza de no saber ni cómo interpretarlo ni qué pinta él en medio de tanto misterio que rodea al ser humano y que lleva también dentro de sí.

-Demasiado para el body, querido Ludwig.

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Hasta que llegó el cuarto tiempo y Homper se puso de pie, porque era uno de los muchos voluntarios que tenía que cantar la celebérrima Oda a la alegría. Allí, parte del coro en el Auditorio Nacional, con una gran orquesta sinfónica y un director sensible y meticuloso llamado Janos Kovács que es titular de la Ópera de Budapest. Estaba obsesionado por no perder el compás, el resuello y una dicción en alemán medianamente decorosa. Pero aún así le quedó lucidez para agarrarse a las barbas del Creador y ver desde su ojo privilegiado lo pequeñito que con aquella música quedaba el mundo en la inmensidad del espacio. Tan azul, tan indefenso, tan contradictorio, tan injusto.

Y, sin embargo, precisamente en ese momento, y desde su insignificante punto de vista, tan grandioso, tan hermoso y tan capaz de seguir emitiendo destellos de inmensa felicidad.

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Dos días, después, cuando aún no se habían apagado los ecos de esta Novena Sinfonía de Beethoven, la humanidad celebraba alborozada la desaparición de Bin Laden, y buena parte de España, también el frenazo inicial que el Tribunal Supremo ha puesto a las aspiraciones electorales de los amigos de ETA.

Sin embargo,  sigue la trifulca en todos los niveles.

Unos empiezan a decir que el difunto líder de Al Qaeda también hubiera merecido un juicio justo. Otros, que hay que pasar la bayeta definitivamente por los crímenes etarras para que el independentismo deje de ser el coñazo nacional. Homper, como es natural, sigue confuso y perplejo ante estos espinosos asuntos. Pero, aún a riesgo de parecer egoísta e irresponsable, confiesa que después de haber vivido la gran música dentro de ella,  le parecen temas menores. Chocante hablar de Beethoven para acabar en Julio Iglesias, pero, evidentemente, la vida sigue igual.

Meditando un lunes santo

Todo son preguntas. Y algunas veces, reacciones inesperadas...

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Despierta Homper el lunes santo ante un bosque de pinos, encina y castaños que vierten hacia el valle, y un horizonte de montañas limpias que se alzan al otro lado del río que discurre por su lecho. Homper tiene un amigo que de vez en cuando se retira a este lugar, donde construyó una gran casa de campo. El amigo es un hombre pausado. De vez en cuando le invita a acompañarle y a no hacer otra cosa que lo propio de un monasterio para ejercicios espirituales laicos. Aquí se juntan los dos en plan Sócrates y Platón o como Tip y Coll, según se lo pide el cuerpo y el tenor más o menos caprichoso de las horas. Conversan mucho, repasan recuerdos de la lejana amistad que nació en la universidad, leen y pasean. Más él que el amigo, poco partidario de castigar al cuerpo con ejercicios exagerados.

El amigo no es madrugador, y Homper se sorprende del lujo que son unos maitines en solitario para escribir una sencilla meditación.

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Él no se tiene por un gran filósofo. Sólo sabe sorprenderse por casi todo, especialmente por lo menos denso y significativo. Le complacen las oportunidades que ofrecen las pequeñeces de la vida. misma. Piensa, porque tampoco la mollera le sirve para cosas más útiles, pero no muy profundamente. Quisiera arreglar entuertos y reformar el mundo. Quisiera hacer cosas más útiles para los demás. Pero su pensamiento más sublime se le derrite como un helado de vainilla, y se va en un pispás sin haber germinado en nada. Luego va al blog y levanta acta de su curiosidad fugaz.

-Queridos lectores incautos-escribe-Hoy voy ahorrarle tiempo y esfuerzo intelectual a la humanidad. Porque tampoco tengo nada importante que deciros.

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Antes de sentarse a escribir, escuchó por  la radio que ocho de cada diez españoles no se moverán de casa para disfrutar de las vacaciones de Semana Santa. La crisis.  Entre ésta y los días feriados, la actualidad se destensa, y, como en Navidad,  cunde la sensación de que hay que serenarse, aparcar las preocupaciones y ventilar el espíritu. Si no se le quiere buscar sentido a la pasión de Cristo, que es la que nos ha dado el asueto, se puede reposar y vaguear en el dolce far niente. A veces, oh sorpresa, en estos estados ya casi milagrosos uno acaba descubriendo recónditos rincones del alma. E incluso encontrándose a sí mismo.

En el monasterio laico del amigo hay  muchos libros, y el lujo un de un soberbio equipo musical que se extiende discretamente en altavoces camuflados por las distintas estancias. Hoy nos trae untema de Henry Purcell que toca a la flauta Alvaro Marías. Sobre este mismo tema Benjamín Britten compuso en el pasado siglo unas variaciones y fuga que tituló como Guía de Orquesta para Jóvenes,  una composición admirable que ilustra los sonidos de los distintos instrumentos integrados en una orquesta sinfónica. Muy recomendable para curiosos de la magia de la música, como era el propio Homper en su primera juventud.

-Gracias, música-reza calladamente en sus maitines-Por venir a aliviarnos a incluso en tiempos de zozobra.

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Lamentablemente un blog acaba degenerando en un diario. Sostiene Homper que las personas de vida gris deberían de guardar recato ante la tentación de escribir sobre sí mismos.

-Eso es para tipos como Hemingway o la Mata Hari, que sí tenían algo interesante que contar.

Pero si la carne es débil, cómo no lo va a ser el ego. Admitida esta premisa, se pone en la piel de los pocos demás que haya por ahí y piensa que quien peine su blog estos días no querrá disquisiciones hegelianas, sino impresiones ligeras. Aunque sean sinceras. Por ejemplo, el periódico cuenta que uno de los etarras excarcelados apodado Gatza es recibido en su pueblo como un héroe. Lo muestra en el balcón de su casa alzando los brazos jubiloso, en ademán de victoria. Qué estimulante: le acompañan los papás, la esposa y la hijita, orgullosos de la criatura. Para ellos el chico es tan meritorio como  Alexander Fleming o Teresa de Calcuta, aunque haya matado o colaborado con los matarifes de personas que, como él, tenían padres, esposas e hijos.

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Quiere parecer conciliador, demócrata y flemático, pero la noticia le revuelve las tripas. El próximo jueves será el día del amor fraterno, y la grandeza del cristiano es poner la otra mejilla, perdonar y olvidar. Pero hoy, incluso en este idílico ambiente, tan propicio a la meditación trascendente, no puede reprimir Homper un odio razonable hacia estos troitiños y compañía que, cumplida su condena, siguen apuñalando la memoria de los muertos que nos dejaron.

Por explicarse lo inexplicable, invoca las palabras de Cristo en la cruz.

-Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen.

Y añade a continuación.

-Y a mí también, por derramar tanta bilis en un lunes santo tan plácido como este.  

Ateos, creyentes e insignificantes

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Después de pensárselo mucho, los ateos se dieron cuenta de que difícilmente podían hacer profesión de fe, pues carecían de ella. Sentían en cambio la necesidad imperiosa de hacer procesión de no fe, que suena parecido, pero no es lo mismo.

-Salgamos en procesión –dijo el baranda- Como los cofrades, las hermandades y esa gente tan rara que manifiestan así sus creencias. Proclamemos el orgullo de ser ateos.

Podían haber elegido cualquiera día del año. Pero escogieron el día de jueves santo, cuando por la ciudad desfilaban los pasos procesionales de la Semana Santa.

-Todo por la sagrada libertad de expresión –apostillaron en su comunicación a la autoridad competente- Pedimos permiso para echarnos a la calle y manifestar nuestro ateísmo, que ya está harto de ser tan discretito.

2

A veces la  autoridad competente tiene que hacer filigranas para respetar el estado de derecho sin  molestar a unos cuantos. Esos cuantos, que son numerosos en Madrid, se llaman católicos. A esos pueden sumarse otros más, que no son especialmente creyentes, pero a los que les desagrada la falta de respeto a cualquier sentimiento religioso. El ateísmo no ha hecho culto jamás de sus héroes, ni de sus mártires, ni de sus verdades reveladas. El ateísmo no tiene cruz. Podrían manifestarse: como los ingenieros de minas, o como los amigos de la capa, o los partidarios de la homeopatía, o los enemigos de la caza de la foca. Pero si quieren hacerlo  el día de jueves santo, y por las mismas calles donde tradicionalmente desfilan los pasos de la Pasión, no parece que sea sólo por una necesidad de conciencia.

-Hombre –se lamentaba una amiga monjita de las que pasa su vida atendiendo a los sintecho- En un día tan especial para la comunidad católica…Podían tener más sensibilidad, ¿no?

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Una de las enseñanzas que más sorprendió a Homper cuando estudiaba su carrera fue la teoría del abuso del derecho, según la cual éste se desnaturaliza cuando se ejerce no para bien de su titular, sino especialmente en perjuicio de otros. Según esta teoría, la acción abusadora puede ser legal, pero es injusta si va contra el espíritu de la propia ley. Allá la autoridad competente para interpretar ésta en sus términos justos.

-A ver quién es capaz de ponerle ese cascabel al gato, con lo crecido que está este.

Puede ser un trago para Gallardón, y para la delegada de Gobierno, que tratan de evitara  toda costa un choque de trenes entre ateos arrogantes y católicos ofendidos. Pero piensa Homper que alguien tiene que recordar de vez en cuando que el andamiaje esencial del estado de derecho es el sentido común y la sensibiliad social. Algo que en ocasiones  se echa en falta.

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Hay otra cuestión que le inquieta a Homper en este asunto.

-¿Por qué diablo ahora todo el mundo quiere ser protagonista?- se pregunta estupefacto..

Piensa que lo que antes era civilización y buenas costumbres se ha descosido irremediablemente. Piensa que la sociedad se ha vulgarizado Piensa que la política se ha degradadado, que la cultura se ha prostituido, y que ya no hay una moral colectiva, sino siete mil y pico de millones de morales subjetivas a las que, por convención internacional, el mundo ha decidido respetar. Y está convencido de que la exaltación del individuo y de los llamados derechos humanos ha generado en aquél una desmesurada autoestima.

5

-Por cierto, Homper, hablando de autoestima –le recuerda su amigo Ricardo interrumpiendo sus meditaciones- Mañana tenemos la manifestación de la L.I.

También se queda sorprendido al enterarse, porque no contaba con ello. La L.I. es la Liga de los Hombres y Mujeres Insignificantes. Su fundador es Ricardo, un hombre tímido de 1, 60 de estatura que durante cuarenta años tomó café en la misma cafetería sólo por ver a una camarera de la que, al cabo de este tiempo, terminó enamorándose. Nunca le dijo nada, pero un día, ya madurito ambos, se toparon en traje de baño paseando por la playa de Laredo.

-Hola, ¿no me reconoce?-le preguntó él dispuesto a declarar a continuación su amor.

-Pues no la verdad- dijo ella mientras huía de una olita que quería romper contra sus tobillos blancos.

A partir de entonces Ricardo comprendió que era un hombre tan insignificante que se siente un fenómeno extraordinario,  y está orgulloso de proclamar su insignificancia.

6

También pertenece a la Liga Pavesa. En realidad se llama Juana, y es una poetisa que escribe una poesía tan ligera, fugaz e insignificante como su pseudónimo. Otro insignificante es Natalio, un arquitecto que sólo hace catedrales al estilo Norman Foster, pero con palillos. A la L.I. también pertenece Jerónimo, el autor del  libro Nada sobe blanco. El día de su presentación –ni un libro sin su presentación- no había nadie para escucharle, pero a él le dio igual. Era un libro en blanco, pese a lo cual le dedicó dos horas de soliloquio. Lo cual, por otra parte, le hizo dudar de su insignificancia intelectual.

-¿A ver si va a resultar que tengo algo que decir?-se preguntó preocupado.

Le consoló Begoña, una pintora minimalista que sólo hace arte con granos de alpiste, alas de mosca, resguardos del tinte y esmalte de uñas incoloro.

-No creas- le razonó-  Hay muchos  que están en los museos a  los que han consagrado como artistas y son tan insignificantes como nosotros.

Otro insignificante notorio, el científico Bártulo Dueñas, dice haber inventado una goma de borrar que recicla sus propias virutas.  El último que ha ingresado en la la Liga de los Insignificantes es un descendiente de Joseph Pujol, aquel marsellés cuya vida contó Cela en su libro El pedómano. Joseph era un virtuoso del esfínter anal y de las ventosidades, armas con las que tanto interpretaba La Marsellesa como apagaba una vela a cinco metros de la retambufa. Así se ganó la vida. Pero su descendiente, llamado Bernard, es tan insignificante que no sólo ventosea poco, sino que además sus pedos llevan aroma de azahar.

-No somos nadie-proclamó sollozando cuando solicitó su ingreso en la Liga de los Insignificantes- ¿A dónde va ir un pedómano con fragancia?…

A donde quiera. Pero tampoco pasa nada si se queda en casa, porque se puede mantener la autoestima sin  vocearla por las calles ni provocar al personal.

-

Vuelva a amar a 110 kilómetros/hora

Una limitación de velocidad puede ser una magnífica oportunidad1

Guapo, rico y distinguido, Polín (nacido Policarpo) no concebía otra cosa que vivir a toda velocidad. Así que una vez cumplidos los años reglamentarios para sacarse el carnet de conducir, apuró al máximo el par motor de todos y cada uno de los coches que papá ponía a  su disposición y lo pasó pipa.

-¿Te vienes a merendar al Escorial?-le decía a Pilu (nacida Pilar, de ahí Piluca y de ahí Pilu) a la salida de la Facultad.

Y Pilu no sabía decir que no. Polín erea alto, de cabello castaño y de ojos verdes. Se daba un aire con James Dean y lucía gafas Ray Ban. Además, en los guateques sacaba la guitarra y cantaba cosas de los Brother Four, de Gilbert Becaud y de Domenico Modugno. Pilu no sabía resistirse.

Aunque una vez en el coche, Polín pisaba a fondo el acelerador, cambiaba de velocidad diez veces por minuto aproximadamente, ponía la vista en la carretera y no decía palabra hasta que llegaba al Escorial, a La Granja o incluso, a un asador de Tordesillas donde hacían un cordero estupendo y siempre le recibían como tanto le gustaba.

-Don Polín, qué alegría volver a verle. ¿Su mesa de siempre?

2

Por las manos de Polín pasó un 600 preparado que era de lo más. Y luego un Renault Daphine Gordini al que pronto llamaron el coche de las viudas, por lo potente que era su motor y lo juguetona que era su estabilidad. Y luego un Mini Cooper, y un SEAT 124, que a mediados de los sesenta arrasó entre los chicos bien con posibles. Hasta que, visto que Polín cumplía como retoño de oro, había acabado su carrera, obtenido un master en Inglaterra y se `perfilaba como digno sucesor de Papá en la poltrona presidencial de La Espléndida, Compañía de Seguros,  éste le regaló el descapotable que marcaba el top del pijerío: un Morgan de color verde inglés.

-Eso sí, hijo-precisó don Policarpo padre por justificar el detallito-Que la velocidad no te haga perder los papeles. No olvides que eres un hombre responsable.

A partir de entonces a Pilu, le sucedió Bego. Y a Bego le sucedió Eva. Y a Eva, Bea. Y a Bea, Greta, y a Greta, Ivette, que era francesa. Y a Ivette, Yolanda, y a Yolanda Chipi, y a Chipi, Nora, que era una modelo norteamericana. Y a Nora, Belinda, colombiana y heredera de un imperio cafetero. Y a Belinda, Beluca, que era de muy buena familia de Santander. Toda prestaron su palmito para componer una postal cinematográfico donde lo más romántico era el momento en el que Polín paraba su Morgan, se bajaba, recibía a su chica con un beso y le abría la portezuela quitándose su gorra de tweed irlandés.

-Señora-decía con una sonrisa de galán ofreciéndole  el asiento tapizado en cuero- Póngase cómoda.

Era todo lo que decía. Una vez al volante, Polín recordaba que la velocidad es una expresión de poderío social. No van despacio más que los viajantes de comercio y los taxistas –decía su amigo y compañero de cacerías Josito. Algunas de sus acompañantes, que habían visto la película de Stanley Donen Dos en la carretera, esperaban aventuras fascinantes y divertidas como las de Albert Finney y Audrey Hepburn. Pero para Polín la única emoción de la vida era huir en coche hacia no se sabe dónde para no hacer nada. Pero, eso sí, con una mujer guapa a su lado y a toda velocidad.

3

Polín creía que había sido feliz hasta que a los cincuenta años, después de miles de kilómetros tumbando la aguja, dos matrimonios fracasados y de que La Espléndida hubiera sido comprada por una multinacional norteamericana, cambió de opinión.

-Te sigo viendo estupendo –le dijo entre risas Veronique,  uno de sus antiguos ligues que reencontró en un cocktail- ¿Te acuerdas de cuando fuimos a Ávila?.

-¡Ah sí!-sonrió forzadamente-Gracias a ti que te pusiste pesadísima y me hiciste mirar a los lados me di cuenta de que hay unas muralla bastante antiguas, ¿no?

En la misma fiesta Polín se pasó de copas y se sinceró con ella.

-Creía que molaba eso de ir deprisa, como Pancho López. Creía que era guapo, rico, distinguido y feliz. Pero ya ves,´no acerté en el amor. Y además murió papá, vendimos La espléndida y los americanos me han puesto de patitas en la calle. Creía que era feliz, pero en realidad soy un gilipollas.

Afortunadamente aquella noche volvió a casa en taxi.

4

Harto de la velocidad y del cambio de marchas, y de aburrirse no teniendo poltrona presidencial, sino sólo millones, aparcó para siempre sus deportivos y se compró un coche con cambio automático. Poco a poco, y a medida que conducía cada vez más despacio, observó que le dejaban de llover las multas. Y que se fijaba en el paisaje. Es más: hasta hablaba en los viajes.

-¿Verdad que este puente podría ser un escenario de Dos en la carretera?-le comentó a Veronique- Va la pareja, saca la cesta de picnic y se tumban junto al río a merendar mientras ven pasar al agua bajo el puente…

Ella se echó a reír.

-C´est pas la même chose que autrefois!- pensó.

No le contó que durante años, al acabar su clase de restauración, y después de quitarse barnices y pinturas de las manos, salía a fumarse un cigarrillo al balcón y al escuchar a lo lejos el rugido del motor del Morgan agitaba los brazos para llamar su atención. Aunque el taller estaba en un primero, y ella era una chica más que atractiva, y chillaba a todo pulmón Polín, Polín (en realidad sonaba Polén, Polén) el piloto de la gorra de tweed jamás levantó la mirada de la carretera.

5

El día en el que el gobierno de la nación, en su loable afán de ahorrar energía y, de paso, seguir protegiendo nuestra seguridad, rebajó el límite de velocidad máxima en las carreteras a 110 kilómetros por hora, Polín tuvo que hacer el paripé ante sus amigos del club de golf.

-Otra cabronada más-dijo solemnemente mientras pateaba la primera bola-No se a dónde vamos a llegar.

Pero en el fondo, estaba encantado. Ahora emprendía una nueva vida mucho más sosegada. Y empezaba a apreciar todo lo que la urgencia, la velocidad y el afán de emulación le habían negado hasta ahora.

-¿Vamos a Cuenca?- le propuso a Veronique una mañana dulce y soleada del mes de marzo.

A ciento diez por hora, y con el cambio automático, Polín creyó que era el momento de extender el brazo a su derecha. Quería saber si a la reaparecida Veronique le gustaba el paisaje que veían, o hablar del amor y de otras cosas, mientras hacían manitas como los novios antiguos.

Así lo hizo, y la cosa funcionó, puesto que ahora Polén y Veronique se consideran bastante felices.

Y lo seguirán siendo hasta que el gobierno considere que, aparte de un residuo de ñoñería romántica impropia de un estado progresista, lo de hacer manitas con el coche en marcha, incluso a menos de 110 km/h,  atenta gravemente contra la seguridad vial.

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