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Una primera comunión original

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La primera comunión de Igor David se puede decir que marcó un hito memorable. Igor David era hijo de Lolinchi y de Silverio, un artesano de forja y chapista imaginativo y rompedor. Lo mismo fabricaba farolillos, alcuzas, lecheras, embudos, candiles y aceiteras que reproducciones de la armadura de Carlos V. Su última aportación a la forja decorativa, que había causado furor entre los guiris que hormigueaban por Toledo los fines de semana era un Cid Campeador a lomos de su Babieca blandiendo no ya la Tizona reglamentaria,  sino la espada que Obi Uan Kenobi puso de moda en La guerra de las galaxias. O sea, una de estas fusiones entre tradición y modernidad que conmueven al mundo.

-He hecho una obra de arte que es la hostia –presumía en el bar vecino de su taller – La he llamado El Cid de las galaxias, y es mitad escultura, mitad lámpara futurista. ¡No veais qué puntazo!…

El Cid galáctico se vendía como churros.

Eso sucedió en los gloriosos tiempos de vacas gordas. Aquellos en los que, como dijo el entonces ministro Solchaga, era fácil hacerse rico en España. Así que Silverio prosperó y se convirtió en millonario de la noche a la mañana.

-Lo que es tener oficio y  pesqui-presumió ante sus distinguidos invitados la noche que inauguró su fabuloso chalet con jardín de fuentes versallescas-He dado un pelotazo de la hostia.

Estaba tan ocupado en su éxito, que el pobre Silverio no tenía tiempo para buscar adjetivos.

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Pese a que la hostia no se le caía de la boca, Silverio no puso especial interés en la educación religiosa de sus hijos. Pero, como es natural en cualquier padre que pretenda lo mejor para los suyos, no quiso privarle a su primogénito de la gran fiesta en que por aquellos años se habían convertido ya las primeras comuniones. Los tiempos del traje de marinerito o de novia para las niñas, la medalla de oro como regalo, y el desayuno familiar de chocolate con churros para los invitados como toda celebración habían quedado muy atrás. Ahora los caprichos se habían multiplicado en todos los capítulos de gastos. Afortunadamente Silverio y Lolinchi se los podían permitir, y, desde luego, estaban dispuestos a montar por su hijo una fiesta muy especial de la que los invitados se acordarían durante décadas.

-Va a ser una primera comunión de la hostia- proclamó Silverio sin saber que, por una vez, hablaba con propiedad.

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En el colegio no aceptaron sus novedosas ideas sobre el extraño vestido de la criatura, porque decían que rompía la uniformidad y no podían admitirse diferencias entre los comulgantes.  Así que Lolinchi decidió celebrar la primera comunión en la parroquia de la urba a cuyo mantenimiento ella, muy piadosa, contribuía con jugosas dádivas. Y todo resultó original y espectacular. Mientras los invitados esperaban a la puerta de la iglesia la llegada del niño, como se espera la llegada de la novia en las bodas, un grupo de raperos escenificaba una versión pop de La primera comunión de  Juanito Valderrama, que unía a su entrañable sentido religioso una coreografía inspirada en Michael Jackson. Cuando el arreglo abordaba el final de la pieza con esos emocionantes versos de Para un padre y una madre/ no hay alegría mayor / que ver hacer a su hijo/ la primera comunión se detuvo ante la iglesia el fabuloso Mercedes de Silverio, se abrieron las puertas del coche y de él descendieron los padres, elegantemente vestidos, y algo del tamaño de un niño envuelto de arriba abajo en una capa forrada de raso carmesí de la que sólo sobresalía  lo que parecía la cabeza de un robot futurista. Ya en el suelo, y cuando, con torpe andar de autómata. aquello enfilaba la puerta de la iglesia, Silverio tiró de la capa  con el ceremonial propio de un presentador de circo y descubrió el traje de primera comunión de Igor David.

-¡Hostia! –dijo un chaval de entre los invitados- ¡Si va vestido de RoboCop!

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Lo que más les costó a Silverio y Lolinchi de esta primera comunión no fue el banquete, pese a que incluía mariscos de Galicia, jamón de Jabugo y caviar de beluga para los adultos y un sinfín de puestos de pizzas, hamburguesas de Mac Donalds y de chuches diversas para la chiquillería. Tampoco la legión de camareros vestidos de tortugas Ninja para la ocasión. Ni los payasos que amenizaron la sobremesa. Ni la orquesta Ni el alquiler de dos autocares para desplazar a los invitados. Ni las cien pulseritas del Parque de Atracciones para que se celebrar el fin de fiesta en los cacharritos. Lo que más les costó fue convencer al cura que inicialmente no se mostró muy partidario de aquel atuendo metálico para el sacramento de la comunión.

-¡Pero es tanta la ilusión de nuestro Igor David!- explicó Lolinchi para convencerle-¡Es que, aparte de Jesús, claro, porque el niño es muy piadoso,  su héroe es RoboCop!- ¡Y es tanto el amor y el trabajo que ha puesto Silverio en llevar a la realidad ese sueño tan bonito!…

-Bueno, lo entiendo –farfulló el sacerdote- Pero entiendan ustedes también que la Iglesia….En fin,  vestirse así, de justiciero de ciencia ficción, para recibir la sagrada forma…¿Creen que es posible una primera comunión así?…

-Oiga, padre –le interrumpió Silverio sacándose la chequera del bolsillo interior de su chaqueta- Que yo, cristiano, como el que más…Pero además soy chapista de nuevas tecnologías, artista y, sobre todo,  profesional. Y le garantizo que cuando  usted se acerque a Igor David con el copón, el casco se abre automáticamente y usted no tiene más que depositar la sagrada forma en la boquita abierta del niño, que ya lo tenemos ensayado y va quedar niquelao.

Silverio le alargó al párroco un cheque. Entonces el bueno del cura comprendió que lo importante de los sacramentos no es tanto la forma como el espíritu de los mismos, y admitió que gracias RoboCop quizás los pobres de su parroquia iban a comer caliente el próximo mes.

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Igor David tomó su primera comunión en 1989. De entonces acá se dio la paradójica circunstancia de que, mientras en España decrecía el número de practicantes católicos, aumentaban  prodigiosamente los gastos de celebración de las primeras comuniones. En el año 2011, y antes de que la crisis nos dejara en cueros, el gasto medio por familia en estas celebraciones dicen que alcanzó los 2.500 €. Entretanto, el imperio que había creado Silverio a partir de su oficio y su imaginación se había ido al garete. Lolinchi murió prematuramente, al pobre Silverio le acabaron matando la pena y las hipotecas y cuando Igor David  empezó a organizar la primera comunión de su hija Shakira Sofía comprendió que él también estaba arruinado.

-¡Qué putada! –suspiró desesperado la noche en que conoció el mísero estado de las cuentas de la empresa que forjó su padre y que él había heredado.

Miró el retrato de su pequeña Shakira Sofía, que le contemplaba desde su escritorio, se acordó de los fastos de su propia primera comunión y sintió que las lágrimas anegaban sus ojos.

-Pensar  que aquello fue la hostia- clamó entre sollozos mientras se mesaba los cabellos y levantaba su mirada- ¿Y qué le voy a prometer yo a mi niña para celebrar la suya?…

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De repente atronaron los cielos, y por la ventana penetró un haz de luz que inundó el despacho.

-Pues eso –reverberó una voz profunda y solemne que parecía provenir de los espacios infinitos- Prométele justamente la hostia, que es lo importante. Luego lo celebráis con un desayuno de chocolate con churros, y tan ricamente…

Igor David, atónito, no acababa de entender de dónde venía ese mensaje. Pero de repente se sintió libre de penas y de culpa, y poseído por una infinita paz. Y respiró profundamente como si se hubiera quitado un gran peso de encima.

 

 

 

 

 

 

Siempre nos quedará Beethoven

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Eran sólo las 9´30 de la mañana cuando sonó el teléfono. Por el auricular se escuchaba la inconfundible voz amiga de Bibí Herrero.

-¿Qué te debo? –preguntó el Duende.

-No –respondió ella conteniendo la risa- Sólo te llamo por si esta tarde no tienes plan y querías ir a  un concierto con un argentino.

Apenas unos minutos antes el Duende había escuchado por la radio que la presidenta Kirchner había decidido expropiar a REPSOL el cincuenta y uno por ciento de sus acciones. Bibi también es argentina, psicoanalista, para más señas,  y está casada con un compatriota que no es precisamente el mejor amigo de la veleidosa mandataria peronista. Él es el profesor Carlos Rodríguez Brown, que a veces españoliza su segundo apellido y lo escribe Braun.

El profesor es un conspicuo y exigente liberal, famoso por sus azotes doctrinales a las políticas económicas de la izquierda y por sus vaciles radiofónicos con Carlos Herrera.  Estos, aparte del consabido saludo –¿Cómo estás, Herrera, a pesar del gobierno?- incluyen adivinanzas económicas, adivinanzas musicales, canciones a dos voces manifiestamente mejorables y todo un ritual que los oyentes de Herrera en la onda esperan como esperaba la infancia de hace treinta años el ¿Cómo están ustedes? de los payasos de la Tele. Somos como niños, y la economía pura y dura es un bodrio. Por la tarde, en La brújula de Carlos Alsina, el profesor Rodríguez Brown también recita  a veces a Rubén Darío.

Los datos adicionales es que el programa de Juventudes Musicales incluía dos conciertos de piano –uno de ellos el del Emperador- y dos oberturas de Beethoven. El solista era nada menos que Lang  Lang “el artista más de moda en el planeta de la música clásica”, según rezaba el programa de mano. Un virtuoso, un genio del teclado. El Duende no se lo dijo a Bibí, pero hubiera asistido entusiasmado a ese concierto con un argentino, con un turco o con la momia de la hija del doctor Velasco en la butaca de al lado. No están las cosas como para desperdiciar invitaciones así.

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El profesor Rodríguez Brown debe de ser el mejor economista del mundo. Al menos con su tiempo. Este no sólo le da para leerlo todo sobre su materia y enseñarlo en su cátedra de la Universidad Autónoma de Madrid, sino para pasar diariamente varias horas en Onda Cero, asistir a tertulias televisivas, a numerosos actos culturales y sociales y cultivar una lista de amistades entre las que cabe hasta este bloguero jubilado, que escribe algo pero ya no pinta nada. El y su encantadora esposa son además cinéfilos y melómanos, al punto de que tienen una perrita a la que llaman Brunilda, como si en lugar de una teckle fuera una valkiria de Wagner.  También tienen hijos con nombres de evangelistas, Lucas y Juan. Y nietos. No hay argentino que pueda abandonar su acento, pero los Rodríguez Brown, que hablan como argentinos, han puesto un océano de por medio para poder juzgar al gobierno de la señora Kirchner con cierta perspectiva. Al igual que el cura vasco de aquel chiste que se posicionaba frente al pecado claramente, el profesor tampoco es partidario de su presidenta.

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La música clásica sigue atrayendo a las clases ilustradas. Pero cuando sus ejecutantes son auténticas estrellas, mucho más. Los aficionados entonces  van a escuchar, a ver a los que van y a dejarse ver. Hoy hay tanta oferta musical en Madrid que en muchos conciertos no es infrecuente ver claros en las butacas del Auditorio Nacional. Pero cuando dirigen Mutti, Dudamel o Metha o actúan divos de la categoría de Lang Lang, Cecilia Bartoldy o Ann Sophie Mutter no cabe un alfiler. Anteayer ir con el profesor era como ir con una de esas estrellas. Muchos abonados le miraban con curiosidad morbosa, pues su cara es conocida por aparecer en algunas tertulias de televisión, y los amigos le saludaban con retintín, como si su sangre argentina le hiciera corresponsable del saqueo a REPSOL. El Duende tuvo que justificar su presencia en la localidad que normalmente ocupa Bibi.

-Es que vengo de escolta –decía.

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Pero vaya de lo que vaya, el Duende agradece mucho cualquier invitación a un concierto. Uno ve a unos músicos que hilvanan con precisión sonidos mágicos, y escucha maravillado lo que compusieron hace siglos los elegidos de los dioses. Pero entre tanto…¿qué visualiza nuestro cerebro? Del concierto del Emperador de Beethoven que interpretó Lang Lang veía surgir el bloguero el recuerdo del primer tocadiscos que entró en casa de sus padres, al que se le recibió con la misma devoción con la que un día apareció el ESPASA. O sea, como un gran acontecimiento. Uno de los primeros vinilos que giró en su plato fue precisamente el Concierto del Emperador. El Duende soñaba entonces con ser Toscanini, y, a falta de batuta, dirigía a su orquesta imaginaria con un macarrón robado de la despensa. Cuando Lang Lang atacó con indescriptible delicadeza el segundo tiempo del concierto, el Duende evocó la primera vez que en el Teatro Real escuchó al gran Vladimir Ashkenazy interpetando esa misma pieza con la ONE, que entonces se hospedaba en lo que hoy es el templo de la ópera nacional. Ese adagio profundo es de lo más lírico e intenso del genio de Bonn, y se debe recomendar a cualquier alma sensible que crea en el poder balsámico de la música. El Duende recordaba que en aquella ocasión cada pulso del ejecutante era el metrónomo de las dudas provocadas por la muchachita de la butaca de al lado, a la que había invitado porque es probable que le hiciera tilín.

-¿Le acaricio la mano o no? –se preguntaba mientras iban cayendo, como copos de nieve, las prodigiosas notas beethovenianas..

El piano de Beethoven como panacea. Ahora sonaba otra vez gracias a  Lang Lang el mismo día en el que el país, consternado, vivía otro día de miserias y disgustos por un quítame allá una compañía petrolífera. Qué inmensa suerte, poder refugiarse en la música. A la pareja de Casablanca les aliviaba pensar que siempre les quedaría París. Al bloguero, abrumado por tanto desbarajuste, le consuela que siempre le queden Beethoven, Lang Lang…y amigos como los Rodríguez Brown que le inviten a escucharlos. Por muchos años.

 

  

 

Yo soy dos tontos

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Yo era madrileño, y lo que he visto me ha hecho doblemente madrileño –piensa Homper mientras se afeita ante el espejo-Nacido en Madrid y hecho mayorcito en la comunidad autónoma de Madrid.

No sabía muy bien para qué había que ser de la autonomía de Madrid. A los de Madrid casi nos daba igual ser de Madrid que de Albacete. Aparte de los castizos de salón, pocos alardean de la condición de nacidos en el foro. Las más de las veces se nace en Madrid  porque hay que nacer en algún sitio, y aquí dejan nacer a cualquiera. Luego se vive, se pasea en primavera o en otoño por el Retiro o por los jardines de Aranjuez y hasta se le coge gusto a la ciudad y a la provincia.

Pero vino la fiebre autonomista, aquello de culo veo, culo quiero, y mariquita el último y hale, a inventarse una comunidad autónoma, una nueva bandera roja con estrellitas blancas, un himno que no conoce nadie y a sacar pecho. Además del Madrid de Carlos III, de Mesonero Romanos, de Chueca, de Arniches y de Gómez de la Serna, ahora teníamos el membrete de madrileños autonómicos. Jó qué gustirrinín, ¿no?

Aunque luego hablé con amigos que además de murcianos eran murcianos, otros que además de asturianos pasaban a ser ciudadanos del principado de Asturias, canarios duplicados por su autonomía y logroñeses que se sentían a gusto como tales, aunque ahora fueran riojanos, y me dijeron que no era para tanto.

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Ya se sospechaba que un gobierno central más diecisiete gobiernos autonómicos más diputaciones y ayuntamientos eran mucho mantel para tan poca merienda. No era cosa de hacer arqueología con el espíritu de Isabel y Fernando, ni nostalgia imperial del haz y las flechas, pero algunos se preguntaban si por aquello de las economías de escala no hubiera resultado más práctico seguir administrando los servicios esenciales de la comunidad nacional desde el estado central.

Ahora viene Esperanza Aguirre y reconoce una verdad palmaria: el estado de las autonomías se inventó para reconducir a los nacionalismos históricos e intentar mantener a Cataluña, País Vasco y Galicia en buena armonía dentro del estado español. No ha servido para eso. Item más: alguien decidió que café para todos y ahora, además de cornudos,  los gobiernos autonómicos nos han dejado arruinados.

-Se veía de venir- dice Homper emulando al pueblo soberano- Como lo de una Unión Europea alegre y confiada, que derrama el cuerno de la abundancia sobre los pigs y no marcó desde el principio las normas de control sobre la economía de sus  miembros. Como el despelote de la banca, como la dictadura de los mercados…¿Pero no están para esas cosas los que dicen saber? ¿No se preparan para eso los  políticos? ¿O es que no se leen los papeles antes de ser elegidos por los que no sabemos de esas cosas?

Y recapitula el Hombre Perplejo: yo era español y ahora soy europeo, español, madrileño, doblemente madrileño y engañado.  O, como escribió Alberti en uno de sus poemas gamberros, Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos.

 

Naderías sorprendentes (2)

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Uno, afortunadamente, pasea para llenar el dietario de su vida y se va encontrado estas naderías. O más. A veces uno sale de casa con sesenta y seis años y en el camino, aparte de personajes y paisajes, da con el tiempo que corre del revés. Esta semana, y gracias a esta experiencia, Homper se topó con su niñez, con el tiempo aquel en el que los marinos eran héroes impolutos y bien planchados hasta que un cañonazo les arrancaba la pierna y les salpicaba de sangre el uniforme o el palo de mesana roto les aplastaba la sesera y acababan en el fondo del mar. Homper a veces ve la vida como si toda ella fuera cine. Y  en el acto de marras, en la presentación del libro Marejadilla, comprobó que  la épica del cine de piratas, de barcos y de aventura de la mar aparecía ahí, como telón de fondo, en aquel salón de actos del Cuartel General de la Armada, un espléndido edificio del centro de Madrid en el que poco se repara, junto a aquellos profesionales de  la marina a los que uno tenía que convencer con sus naderías.

El hombre cumplió como pudo. Los marinos de guerra suelen ser gente seria, pero tienen su corazoncito, y a veces incluso demuestran sentido del humor.

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Luego llegó la hora de las almendritas con cava, o del cava con almendritas, de los saludos y las conversaciones con gente a la que no veía desde hacía mucho tiempo, quizás desde nunca, y poco después la hora de abrirse. Por cierto, abrirse, vocablo marinero: zarpa la flota del puerto y según van ganando la mar los barcos se abren buscando su rumbo. Y entonces, cuando se abría, ya en la calle, le llegó lo más sorprendente, lo que certificaba que aquella tarde el tiempo corría hacia atrás. De repente se escucharon los acordes de una banda de música,  se abrieron las puertas laterales del Cuartel general de la Armada y por ella salió desfilando una compañía de honores que formó ante la bandera que ondea a la entrada principal, en la calle Montalbán, frente por frente al edificio de Palacios que hoy ocupa el Ayuntamiento. Los soldaditos y soldaditas formaron muy serios, y a los acordes del himno nacional, y ante la mirada atónita de paseantes y turistas que ya no recordaban estas ceremonias, arriaron la bandera. A continuación la desengancharon del mástil, un infante y una infanta de marina la doblaron y la recibieron en sus  brazos con mucho mimo.

Y la banda remató el homenaje a los caídos de la Armada española con una emocionante y hermosa marcha fúnebre que el público escuchó en respetuoso silencio, quizás preguntándose, como Homper, si lo que veían y escuchaban se estaba produciendo en este país tan iconoclasta y tan escéptico como es España con sus símbolos y sus glorias o en una país europeo de solera democrática que sabe que con las cosas de comer no se juega.

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La cosa es que aquella estampa le sorprendió a Homper, le dejó tan estupefacto como muchas otras de las cosas sigue descubriendo, tal que si aún se estuviera debutando en el tobogán de la vida.

Ya lo decía antes, salió Homper de casa con sesenta y seis años y de repente se encontró con su infancia, cuando todo eran naderías, pero las naderías eran las referencias importantes que le guiaban. Ahora , en estos momentos en que el mundo es mutación, en el que todo se revisa y no acaba de estar seguro  uno ni de que el sol saldrá por el este y la estrella polar seguirá marcando el norte, el inseguro Homper se sintió inesperadamente reconfortado viendo aquel cuadro. Una banda militar, el himno nacional, una bandera arriada, unos soldados serios y bien uniformados y un público respetuoso que contemplaba el singular espectáculo en un elegante rincón urbano del centro de Madrid. Se puede pensar que es otra nadería, y que esos numeritos no arreglan ni uno solo de los numerosos entuertos que nos afectan, pero a Homper, como poco, le pellizcó el alma, y la cosa le pareció bonita.

(Por cierto, para los coleccionistas de naderías: el arriado de bandera con banda y honores se celebra los últimos martes de cada mes a la hora del crepúsculo ante la puerta principal del Cuartel General de la Armada, calle Montalbán, 2).

Inés de la Fressange, mon amour

Ella nos tranquiliza confesando que hasta las musas de la gente guapa puede combrar sus bragas en H&M...

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El Duende no puede ocultar que esde hace ya varios años guarda una cierta prevención contra los suplementos dominicales de los periódicos. Siempre le ha parecido que los editores juegan con ellos a engañar al lector. Le quieren convencer de que es ideal de la muerte, y de que lo estúpido es no entrar en Pijolandia cuando, como demuestran sus expertos en  moda, viajes, gastronomía, vinos, chateaux-relais, balnearios, sexo, gente guapa y otros elementos fundamentales de la buena vida, todo está en sus páginas. Espléndidamente expuesto, con bellas fotografías y unas no menos bellas modelos (y modelas) que quitan el sentido. La vida es hermosa, sobre todo si puedes pagar la que te ofrecen los elegidos de la fortuna que marcan paquete, digo tendencias.

Por cierto, vintage, chill out y outlet que no falten en ese equipaje de lo que ya es cultura imprescindible. Como diría Millán, el más simpático de Martes y 13, ¿me comprenden la gilipollez?

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El periódico EL PAÍS brilló desde sus inicios en esta nueva faceta del periodismo de información. Inenarrables eran  las páginas de su colorín dominical en las que aparecían, todavía en pesetas, los precios de las última novedades que podían encontrar los exquisitos en el mercado. Coctelera de titanio diseñada por Mariscal, 25.000 pesetas. Rizapestañas de oro de 20 Kilates  reproducción del que llevaba Greta Garbo en su neceser, 65.000 pesetas. Estilográfica Montblanch de colmillo de morsa, conmemorativa de la firma del final de la Guerra de Secesión, 200.000 pesetas. Copas para helado en cristal de Murano soplado sobre el molde de los pechos de Anita Ekberg, 24.000 pesetas.  Detector de uvas en platino iridiado, para saber qué vino bebes sin leer la etiqueta de la botella, muy práctico: 28.000 pesetas. Funda de corbatas  en madera de olivo de Sicilia, 18.000 pesetas. Pastillero para Viagras de carey con la firma de Nacho Vidal,  20.000 pesetas. Pero cómo es posible que pudiéramos vivir sin estos artículos de primera necesidad.

Menos mal que siempre hay elites de privilegiados que nos enseñan el camino. A dónde íbamos a llegar, siendo tan paletos, sin todas esas luminarias que van despojándonos del pelo de la dehesa y puliendo nuestro modales. Moda, viajes, gastronomía, joyas, bañeras con grifería de oro por las que, además del agua, chorrea la voz de Pavarotti  cantando Rigoletto y vajillas de porcelana `pintadas por Barceló, no aptas para el lavaplatos. Su precio, más o menos, el de un coche familiar. No se sabe si la cultura y el ocio se sofistican  o si es que, simplemente, la humanidad se agilipolla del todo.

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Junto a esa galería de excentricidades para snobs enriquecidos han dejado escritos sus artículos algunas de las mejores firmas del periodismo y de la literatura actuales. Cercas, Javier Marías, Muñoz Molina, Millás, Maruja Torres, el magnífico Enrique Vilá-Matas Son tan buenos que desafían el riesgo de ser asimilables a esa pseudocultureta de valores convenidos por sanedrines invisibles. Hay un sabio llamado Harold Bloom  que nos dice lo que debemos leer, un americano llamado Parker que pontifica sobre lo que hay que beber y un rosario de artistas, gastrónomos, modistas, estilistas, arquitectos, decoradores, enólogos, dietólogos, virtuosos del pan, filósofos, gurúes y profesores de felicidad, como el incomparable Eduard Punset, dispuestos a admitir que hay otras vidas, pero peores que las suyas. O sea, cómo llegar al nirvana por un camino pavimentado de placeres superfluos, de placebos engañosos o, simplemente de milongas que quedan guay.

Se diría que el Duende no cree en ese nirvana, y hasta la mira con desdén. Se diría también que, aún así, le encantaría escribir tan bien como algunos de los articulistas que completan el escaparate dominical. Es verdad. Todo es cochina envidia. No tanto por no ser ni tan rico ni tan pijo. Sino, sobre todo, por no ser  tan listo como los reyes de la pomada.

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Por eso no deja de ser un consuelo que la que fue una de las musas de ese mundo tan lejano para el pueblo llano, pasados sus años de gloria, se caiga del pedestal de Chanel  y de Karl Lagerfeld y haga  unas declaraciones el EL PAÍS SEMANAL que podría suscribir cualquier mujer normalita.

-No se trata de decir que con diamantes las mujeres estarán estupendas –afirma Inés de la Fressange, la primera “modelo global”- sino de que comprendan que con vaqueros del supermercado se está muy bien. Las que miden 1,80 y pesan 55 kilos no me necesitan. Pienso en las mujeres profundas y frívolas a la vez, no importa el país o la clase social. No todas somos  Simone de Beauvoir  o Brigitte Bardot. Vamos, que no pasa nada si nos compramos bragas en H&M.
Qué alivio para este Duende, saber que a pesar de todo no queda tan distante de la beautiful people. Y qué confianza le da que sus calzoncillos sean de la misma marca que las bragas de La Fressange. Cómo, a su pesar, se va refinando uno, y sin darse cuenta.

Cuando Haendel da que pensar

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Al día siguiente de haber cantado con sus compañeros de coro del CEU y con la orquesta Quórum el Mesías de Haendel el bloguero se despertó como un niño. Un niño en la escuela.  Lo malo es que la profesora le había puesto una tarea bien difícil.

-Cuéntame lo que sentías ayer cuando cantabas

Casi hubiera preferido algo más sencillo, la fórmula de la circunferencia, la lista de los reyes godos, el nombre de los asesinos de Viriato, pastor lusitano, lo que dijo Julio César cuando cruzó el Rubicón, el principio de Arquímedes. Pero la música es algo indefinible, y qué iba a decirle uno a la profesora, cómo podría  expresarle lo que se siente/ piensa/ sueña/desea/ disfruta cuando es capaz de infiltrarse en una de las obras más conocidas y grandes, en todos los sentidos, de la historia de la música. Stefan ZweigMomentos estelares de la humanidad- escribió un imaginario proceso de creación de este famoso oratorio. Dice que don Jorge Federico compuso el Mesías  en sólo tres semanas. El bloguero no daba crédito a semejante record.

-Tres años al menos necesitaría yo para responderle todo lo que me sugiere escucharlo, señorita –le diría a su profesora- Y tres años más para referirle lo que siente uno cantándolo.

-Bueno, tampoco necesito tanto…Cuéntame algo, sin entrar en detalles.

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De todas las facetas de la creación humana, la música es probablemente la más ágil, la nás versátil y la que más rápidamente encadena atmósferas distintas y muy variadas entre sí sin dar ni exigir explicaciones. La música vuela  como esos trapecistas que pasan de un trapecio a otro haciendo volatines, triples saltos mortales, equilibrios inverosímiles y salto angélicos.  La música de ese Mesías del 25 de marzo en Madrid nacía en el suelo del templo donde cantaba el coro y tocaban los profesores y subía hasta la misma bóveda del cielo. Escapaba de las líneas del pentagrama y se reflejaba en las caras del público asistente, aunque la atención del bloguero oscilase entre la obsesión por ser fiel a la batuta de José María Alvarezy el deseo de entregarse a los pálpitos de su corazón. O sea, ilusión, poesía, emoción, intuición de lo trascendente. Qué disparate, qué desbarre. Cursilerías  del alma, cuando ésta  se suelta la melena y olvida el pudor.

Y la imagen que le ponía a eso era un inmenso arco del que colgaban todos sus recuerdos y sentimientos. Por ejemplo Paloma, la chica de los ojos absolutos que a uno le sorbían el seso cuando tenía diecisiete años. Tal vez dieciocho. Sus ojos  y la luna llena de un viernes santo coincidieron con él en un pueblo de la sierra de Madrid donde también había ido a parar el chisgarabís del Duende. El que muchos años más tarde habría de cantar a Haendel no era capaz entonces de imaginar que su vida pudiera tener sentido lejos de aquellos satélites maravillosos: los ojos de Paloma y la luna de todos.

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Ahora, casi  medio siglo después, y cuando la vida, evidentemente, tiene otro sentido, Paloma reaparecía en la tercera o cuarta fila de bancos de aquella iglesia. Paloma se casó con un italiano llamado Cesare, se fue a vivir a la isla de Elba, que seguramente es más bella que el pueblo donde el bloguero y ella se conocieron, tuvo un hijo y superó un cáncer de mama. Se podía decir que era una vida lejana. Y si embargo se sentaba a unos metros, un poco más allá de los violonchelos, allí, con su hermana Silvia, las dos tan guapas y, creía el cantor, transidas de la emoción.

Debía de ser otro milagro de ese monumento musical que es El Mesías. Milagro al que, modestamente él también contribuía prestando su voz.

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Hay que apreciar la música, como cualquier arte, y olvidarse de los músicos y de los artistas. El Duende hacía las veces de artista, puesto que cantaba una gran composición. Pero mientras la música se elevaba al cielo él, aparte de flipar arañando lo sublime, cotilleaba, sudaba, se daba masajes en la espalda entre número y número y suspiraba por una silla donde sentarse. Qué detalles tan asquerosamente humanos Tres horas cantando de pie sin moverse del sitio y debiendo guardar la compostura fatigan mucho. Y todos tenemos debilidades.

Por eso reparó también en el templo, la iglesia del Espíritu Santo de Madrid, Serrano 125. Sölo doscientas ochenta personas caben en sus bancos, y sólo esas y unas cuantas más, en unas pocas sillas supletorias, pudieron escuchar el concierto. Las demás fueron cortésmente rechazadas. El pasillo central y los laterales estaban prácticamente vacíos. Qué pena. Hace un año, en un concierto similar que el Duende cantó en San Francisco el Grande, donde se ofrecía el Requiem de Mozart,  la gente abarrotó la basílica, y los que no pudieron obtener sitio sentados en los bancos se sentaron en el suelo, subieron al púlpito o se encamaron a la balaustrada que separa el altar. Todo el mundo quedó encantado Pero los curas del Opus Dei administran la Iglesia del Espíritu Santo con una cautela digna de mejor causa.

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La enésima mirada del Duende cantor no iba destinada ni a la partitura, ni a la batuta del director ni a ninguna de las damas interesantes que se incrustaban entre el público, sino a la estatua imponente de Monseñor Escrivá de Balaguer, justo a la izquierda de la entrada de la iglesia, y frente por frente del coro. El fundador del Opus, claro, no movió un músculo mientras duró la interpretación del Mesías.

 El Duende se sintió vigilado por don Josemaría, y aprovechó la ocasión para decirle que, ya que es santo, podría haber convencido a sus curitas de que su iglesia debe mantener abiertas sus puertas siempre, y más cuando lo que reza es la música de Haendel.

 También pensó que ya ha pasado el tiempo de la estatuaria santoral, al menos para los contemporáneos. Los santos de Berrruguete o de Gregorio Fernández quedaban divinos. pero cuando te has hartado de ver al modelo original en tantas fotos, reportajes y telediarios, la imagen del prócer de la Iglesia recién canonizado, por muy fiel y venerada que sea, siempre acaba pareciendo un ninot indultat.

 

 

 

Fatigado por el “dolce far niente”…

Qué difícil, y qué fatigoso, es no hacer nada...

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No sabe el Duende cuánto tiempo hace que pasa un día sin salir de casa. No ha sido por motivos de salud, ni por inclemencias del tiempo –qué más quisiéramos- ni por la obligación de ordenar papeles, o preparar la declaración de la renta, o montar un mueble de IKEA, o de cocinar un bacalao al pil-pil. Era pereza, fatiga. O tal vez sentirse a gusto en su palomar. Según transcurría la jornada se iba adueñando de su alma calvinista una preocupación.

-¿No será que estoy sucumbiendo a la tentación de dolce far niente?

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Y a continuación repasó su comportamiento, por si respondía al canon de lo que entiende por no hacer nada. Había hecho su cama. Había ordenado su cocina. Había hecho unas tostadas y un café, había leído el periódico en su teléfono móvil, cosa bastante incómoda por cierto. Se había puesto el chándal para salir a correr. Se lo quitó después, porque no le apetecía, estaba como cansado, y por primera vez en su vida consideraba que el cuerpo merecía un respeto. Se duchó, se afeitó.

Había buscado libros, que luego había cambiado de sitio, había mirado muchas veces por la ventana, observando: 1. Varias bandadas de cacatúas verdes volando. 2. Un gato trepando por el tronco de un pino. 3. Al menos dos autobuses urbanos semivacíos. Qué gracioso: todos los personajes igual que los de su autobús de hojalata marca RICO, juguete de los años cuarenta del pasado siglo, silueteados sobre el vacío. 4. La ciudad latiendo bajo el sol implacable que nos permite hablar de “buen tiempo, tiempo primaveral”. Cuánto le irrita al Duende que al tiempo africano le llamen buen tiempo, cuando el buen tiempo en esta época  sería fresco y algo de las lluvias que no han querido ni hisoparnos en invierno. 5. El parque sediento, implorando compasión.

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También ha pensado. Por cierto, ¿pensar es hacer algo? Pensaba que uno va haciendo su vida como quien  compone un puzzle. En un puzzle hay algunas piezas clave, de cuya correcta colocación depende en buena parte el éxito del cuadro final. Hoy el Duende pensaba que tocaba poner una pieza tonta, poco esclarecedora, un pedazo de cielo, un retazo de mar, unas hierbas. Nada que le condicione o le cambie el puzzle de la existencia.

Ha escuchado la radio, ha mandado varios correos electrónicos, ha puesto unos garbanzos a remojo, ha quitado una mancha, ha introducido un CD en su aparato de música, ha repasado los coros del Mesías que cantará en diez días, ha tomado un te, ha buscado, sin éxito, a un calcetín desaparecido, ha completado un soneto que había empezado el día anterior en el autobús, un soneto dedicado a una dama que cumple años inconfesables y que sigue pareciendo una chica ye-yé, las cosas.  Ha visto dos partidos de fútbol, el Athletic-Manchester United y el Besiktas-Atlético de Madrid. Si uno mira en los rojiblancos bilbainos sólo un club de fútbol, qué admirable, qué categoría, qué ejemplo de equipo el suyo. Qué partidazos  los que nos regala últimamente, y que hazaña la de eliminar a los líderes de la Premier League El maestro Ansón dice, seguramente con retranca, que él es del Athletic de Bilbao porque es el único club de nuestra liga que juega siempre con once españoles. Españoles y vascos, españoles o vascos, qué mérito el de ese conjunto de bilbainos, guipuzcoanos, alaveses, navarros y riojanos –cada vez se amplían más las fronteras futbolísticas del País Vasco- en una liga donde hasta el club más modesto es una multinacional. Ya podían aprender los que sólo hacen plantillas a golpe de talonario.

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Según los códigos morales del Duende, el fútbol no puede ni debe ser excluyente de otras actividades. Así que mientras lo miraba,  hojeaba, de paso, la prensa digital. Qué contradicción, hojear sin pasar una hoja. Luego cenó. Y en todo ese tiempo se obsesionaba recordando aquel ojo vigilante de Dios insertado en un triángulo que aparecía en el catecismo, al tiempo que tarareaba por lo bajini una canción que sonaba cuando era niño por aquellos receptores de radio antediluvianos.

Mira, niño, que la Virgen lo ve todo…

Espera el Duende que Dios y la Virgen se hayan dado cuenta de que aunque   casi todos, unos por falta de trabajo y otros por sobra de años, estemos inactivos, es imposible no hacer nada.   Acabó el Duende tan cansado de ese menester, que a las once y media de la noche se le caían los párpados, y sentía que la cama le llamaba para recogerse en ella y ponerse a no hacer nada de verdad

 

 

El cuento de Rubalcaba y el colador chino

Fui el primer escritor que identificó a Rubalcaba con un colador chino, pero la cultura oficial no supo apreciar mi imaginación...

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Debo decir que soy un aprendiz de escritor. Me apunté a una escuela de Escritura  Creativa, donde una profesora muy atractiva y un argentino calvo me contaron más o menos que escribir puede ser sólo cuestión de estilo, pero que para ser escritor hace falta haber viajado, haber leído muchísimo, conocer algo de algún tema interesante  y, como poco, tener mucha imaginación. Lo primero y lo segundo quedaban fuera de mi alcance,  de lo tercero  sólo se que no se casi nada. Y  no me puedo imaginar cómo se gana la imaginación. Al nacer me encontré con lo puesto, y no se si he sido capaz de desarrollarla. Sólo se que se me ocurren algunas cosas que los demás consideran extravagantes.

Por ejemplo, veo una cara y enseguida  la interpreto de una manera original. Muchas de las caras me llevan a objetos. Algunas otras, a especies animales y, más aún,  a otras ideas inverosímiles.  He visto caras de  de ardilla, de picaporte, de nenúfar, de cumulonimbus  y de signo de interrogación. Otras caras me sugieren procesos químicos o incluso sucesos históricos. La dueña de una papelería de mi barrio tenía cara de electrólisis, y el sastre que  hizo mis primeros pantalones a medida llevaba en su rostro el Compromiso de Caspe. Se que es difícil que en un rostro se pueda ver el Compromiso de Caspe, pero eso es porque no nos lo proponemos. Si a alguien  te dice que hay que ponerle una cara humana a ese  hito histórico, encontrarás a algún Compromiso de Caspe andante en el mismo tramo de la calle  donde vives.

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Lamentablemente, este es tiempo de decepciones. Pensaba que ahora que  con la crisis se recorta todo se iba a primar al menos la imaginación. Eso pensaba  cuando mi escuela de Escritura Creativa  convocó entre sus alumnos un certamen de cuentos imaginativos. Lo de imaginativo ya se que es una redundancia, pero la secretaria de la escuela no lo tuvo en cuenta, y lo incluyó en las bases del concurso. El cuento ha de ser imaginativo.

No pareció muy serio, pero lo di por bueno porque quería ganar el premio como fuera.

Inicialmente se me ocurrió una historia de trasfondo político. La historia era la de un tirano sudamericano que después de haber abusado de todas sus secretarias y de haber violado a varias campesinas previamente aleccionadas por un corrupto funcionario del Catastro, empieza a notar que le gusta uno de los centinelas del cuerpo de guardia del palacio presidencial. Entonces el tirano se da cuenta de que no es que haya salido del armario, sino que desde niño llevaba encapsulado en su cuerpo un organismo de mujer.  Se va a Nueva York  para que le hagan una operación de cambio de sexo, y una vez convertido en señora presidenta se casa con el centinela.

Pero ¡ay!, la feminidad suaviza sus formas y cambia sus sentimientos. En el filo del  bisturí del cirujano debía de haber una semilla de ternura que fructificó dentro de ella. Así que se convierte en una mujer sensible, delicada y volcada en los demás, por lo cual pierde categoría como tirano/a. ¿Dónde voy ahora siendo una tirana de buen corazón? –se pregunta desolado/a ante el espejo al ver que ha perdido su identidad.  Consciente de que su personalidad se ha desleído y de que ya no es nadie, se tira a su amado centinela por última vez, lo estrangula en el momento del orgasmo y continuación se mete en la bañera llena de agua caliente y se abre las venas con el canto de un CD de Armando Manzanero. La tirana descafeinada muere desangrada mientras escucha Esta tarde vi llover.

Lamentablemente, aunque se me ocurrió, no llegué a escribir el cuento. Lo que propició la siguiente decepción.

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En cuento que presenté al concurso, el protagonista es un asesor de imagen de Rubalcaba. Se podría decir que, como yo, es un hombre de ideas desconcertantes. Pero,  a diferencia de mí, él es osado y persuasivo, capaz de venderle hielo a un esquimal. Un día mientras compra unas pilas en un bazar  ve en la sección de menaje del hogar un colador chino y siente que su mente se ilumina. De repente ha descubierto que Rubalcaba tiene cara de colador chino. Hasta el momento le veía un cierto aire de Fu-Manchú de película de serie B, pero ahora comprende que en realidad es un colador chino humanizado.

-Eso será el mensaje que debe transmitir en la campaña. Y así es como debe presentarse en el debate, porque los coladores chinos hacen maravillas.

El asesor convence al jefe de campaña de Rubalcaba para que el candidato corrija los ya conocidos movimientos de sus manos de la siguiente forma: en una de ellas mantendrá el colador chino por el mango, mientras con la otra hará la mímica de coger los problemas que tiene España, meterlos en el colador y depurarlos en éste manejando el émbolo de madera con el que los machaca hasta reducirlos a algo suave y ligero que la crisis sí puede digerir. Rubalcaba es un experto ilusionista, y con su colador chino los males de la patria pasarán fácilmente.

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En el cuento le compraron la idea, y Rubalcaba no sólo ganaba el debate con Rajoy, sino también las elecciones generales. Rajoy, por cierto sólo tenía cara de puño de paraguas antiguo, a la que era difícil sacarle partido. Es comprensible que pierda: sólo llueve de de vez en cuando, y además los puños de paraguas de ahora ya no dicen nada.

Pero el jurado del Premio del Cuento Imaginativo no le prestó la menor atención a mi cuento. Uno de sus miembros me comentó off the record  que era una soplapollez, y que lo del realismo mágico o el surrealismo hiperbólico estaba pasado de moda. El premio se lo acabaron dando a un cuento titulado El transexual de las flechas. Era una historia calcada de la que yo deseché, con la única diferencia de que el protagonista, en lugar de tirano sudamericano, era una falangista de los que tiñeron de sangre nuestra agitada memoria histórica.

-Eso ahora vende mucho más, muchacho.

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Qué  nueva decepción. Tanto fomento de la escritura creativa para acabar en esto.

Y qué falta de perspicacia la mía. Ahora sólo soy un aprendiz de escritor, y la cosa puede pasar. Pero cuando sea un escritor de verdad no volveré a obcecarme con metáforas como la del colador chino, que sólo los tipos raros como yo apreciamos. Únicamente escribiré más  historias truculentas del franquismo, que es el venero más seguro de la literatura actual y, además,  lo que se premia.

Es una pena claudicar así a la moda. Porque si, valga la redundancia,  llego a colar lo del colador chino de Rubalcaba,  quizás los expertos en comunicación se habrían dado cuenta de que hay formas de animar esa cosa tan aburrida y previsible que son los debates electorales.

Cantando bajo la lluvia de otoño

El bloguero fue tan feliz cantando bajo la lluvia como Gene Kelly, Debie Reynolds o Donald O´Connor...

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-Nos gusta el otoño porque es nuestra estación –se dice el bloguero.

Le recuerda a uno que estamos en el otoño de la vida. Y se felicita porque al fin haya llegado la húmeda estación, como si no fuera lógico que ya casi vencido octubre tengamos que abrir los paraguas. Creíamos que España estaba condenada a un verano eterno, pero al fin el anticiclón se largó y permitió que se presentara el primer temporal. Setenta y siete litros por metro cuadrado en una noche. La garganta de Santa María era el domingo un ridículo hilito de agua que avergonzaba a Candeleda, posiblemente uno de los pueblos que peor administra el llanto de las nubes. Ayer lunes en cambio era una torrentera furiosa. Daba gloria verla. Como fue delicioso dormir arrebujado entre las sábanas mientras tamborileaba la lluvia en el tejado su deliciosa canción de cuna. Otro regalo del cielo.

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-Las nueces saben a otoño –decía la madre del bloguero.

El Duendecillo entonces creía que el otoño era cosa de viejos, sin darse cuenta de que a él también le gustaba el olor a tierra mojada, y el rebrotar del pasto, y la aparición milagrosa de ese enorme champiñón blanco que nace como por ensalmo, y el descubrir entre las hojas amarillas el fruto del nogal o del castaño. En realidad no fue nunca joven, pues hasta cuando idealizaba el amor se imaginaba paseando con su princesa de turno por un nebuloso paisaje de Turner, y no bailando con ella Un rayo de sol, oh, oh oh, que era lo propio de los jóvenes. Pasó de niño directamente a viejo. Y, como su madre, amó siempre la lluvia, las hojas secas con las que ella componía collages, el sabor de la nuez y el indescriptible aroma que le dejaban en el hueco de la mano las castañas asadas.

-Gracias, Señor, por haber inventado el otoño –rezaba sin pensarlo mientras pisaba los primeros charcos después del verano.

No era muy de niños pensar así, pero ya les digo que era un viejo prematuro.

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-Los abuelos sólo servimos para que se nos recuerde-advierte Homper- Así que aprovecha el otoño, que es nuestra estación, para que tus nietas tengan algo por lo que recordarte.

El Duende recordaba a su abuelo encendiendo la pipa con la prosopopeya de un general inglés retirado que hubiera ganado mil batallas, aunque su abuelo Pablo ni fue militar ni rompió nunca un plato. Se hundía en su sillón junto al brasero y leía novelas policíacas envueltas en humo de tabaco. El abuelo Pablo presumía de que, cuando era joven, cortó una flor de un balazo de pistola para ofrecérsela a una dama, lo cual no encajaba nada con su pacifismo, pero hablaba de su romanticismo. El abuelo Pablo era hombre de pocas palabras. Aparte de repetir a menudo que el cisne cuando muere canta, el Duende sólo recuerda lo que le dijo un día que le llevó al cine Principe Alfonso y vieron juntos El niño y el unicornio. En la película trabajaba Diana Dors, que era una rubia platino curvilínea de espectacular y opulenta pechera, y también salía un  chaval y un chivo con un solo cuerno. El abuelo Pablo podía haber comentado algo de la película, que era una comedia, o de la rubia, pero sólo dijo lo justo.

-No creas, los unicornios no existen.

A pesar de sus pocas palabras llega el otoño, que también es algo abuelo, y el Duende lo recuerda.

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Cuando se presentó el primer chaparrón del otoño el Duende paseaba por el monte con su hija Isabel y sus nietas mayores. La nieta Marina está en la edad de preguntarlo todo, y su abuelo en la de responder. Junto al camino había un roble despellejado y a su lado un ramo de flores y los restos de un parabrisas roto, y el Duende cometió la imprudencia de decir que aquello recordaba un accidente. ¿Y quién coducía? Un joven. ¿Y qué le pasó? Hubo que mentir y decirle que sólo sufrió heridas. ¿Y por qué? Porque iba demasiado deprisa. ¿Y por qué? Porque seguramente había bebido alcohol. ¿Y eso es malo? Si. ¿Y por qué?….¿Y por qué si sabía que era malo bebió?…

Aquel chaparrón fue una bendición. Hubo que suspender el interrogatorio y refugiarse bajo el tejadillo de una majada.

-Quedaos aquí mientras yo voy corriendo a por el coche-dijo la madre de las niñas.

Y allí se quedó el abuelo con las niñas, rodeados de ovejas mientras veían llover y él pensaba cómo entretener la espera.

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Fue una suerte que las niñas estuvieran preparando ya el Auto de Navidad, y que quisieran ensayar ante su abuelo el villancico que en él les toca cantar. Y fue más suerte todavía que, como ocurre a menudo, se supieran más la música que la letra, y que mientras en una estrofa decían Soy una pobre gitana / que vengo de Egipto aquí / Y al niño Jesús le traigo / Un gallo quiquiriquí  en la siguiente cantaban  Yo soy un pobre pasiego / que viene de Egipto aquí / y al niño Jesús le traigo / una cesta de castañas.

Y fue un alivio. Pues comoquiera que,  en su papel de abuelo, el Duende pensara lo absurdo de un pasiego en Egipto, y lo raro de que se fuera hasta allí para llevar castañas al Mesías, planteó a las niñas la necesidad de revisar la letra. Y así, mientras llovía y llovía y la madre no venía, pasaron los minutos ensayando nuevas rimas que pudieran ser más verosímiles. Y como las niñas estaban dispuestas a demostrar a su abuelo que iban a ser las estrellas del auto, repitieron la cantinela una y otra vez hasta que por fin, después de numerosos intentos, se llegó a la conclusión de que el pasiego no venía de Egipto, sino de la montaña, lo cual era mucho más lógico y, sobre todo, pegaba con las castañas.

Y así pasó más de media hora, hasta que la madre regresó con el coche. Y gracias a eso las nietas guardarán la estampa de un abuelo que un día les puso a ensayar villancicos mientras llovía y las ovejas les miraban pasmadas. Porque los abuelos pueden no legar relojes, cuadros, libros, fincas u otras riquezas, pero tienen la obligación de  dejar recuerdos, y ojalá sea este  uno tan grato como el que uno tiene del mejor musical de todos los tiempos, Cantando bajo la lluvia.

La baba nacional

Se puede mirar con respeto. Pero también con estupor, con ternura, con guasa, con piedad. Y, no se ofenda nadie, con rubor...

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Homper vuelve a quedarse perplejo. Super, super, super, superperplejo, como diría una niña pija. Hace ya tiempo que no hablaba de la tía Clota, la tía andaluza que fue profesora de español en Estados Unidos, casó con un granjero americano de Vermont, enviudó de él y se quedó a vivir para siempre en Nueva Inglaterra. Era la única tía que le quedaba, y hablaba con ella una vez a la semana utilizando el Skype. Pero anteanoche ella se despidió de él.

-Puede que sea para siempre, sobrino- le dijo mientras se tomaba una infusión en un mug decorada con la cara de Leonardo di Caprio- Ya me ha dicho el cirujano que este corazón tiene muy difícil arreglo. Fíjate qué pena si me muero en la mesa de operaciones sin haber visto nada de la boda.

-¿De qué boda, tía?

-De cuál va a ser…De la boda de la Duquesa. La gran fiesta de la baba nacional, ¿no?

No parece que le apenase mucho. La anciana está ya muy debilitada, y hecha a la idea de que su suerte final está al caer.

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Se quedó perplejo, como no podía ser de otra forma. La gran fiesta de la baba nacional…Qué manera de expresarse. Pero pronto comprendió que su tía conservaba su lucidez,  y que desde sus años y desde la distancia no tenía por qué andarse con rodeos.

-Se casa por tercera la Duquesa de Alba, 85 años –rumió Homper en sus pensamientos-  Está en su derecho de hacer lo que le venga en gana, el amor tiene razones que la razón desconoce (Pascal) y el amor no tiene edad, que lo cantaban en la zarzuela Don Manolito. Todo muy comprensible. Incluso plausible.

Y ella, la Duquesa, es una mujer liberada que a pesar de sus años aún cree creer en el amor. Y es simpática. Y generosa, según cuentan las personas han sido beneficiarias de su caridad y que hoy le felicitaban por la radio. Y divertida. Y pintoresca. Y es verdad que empieza a acusar su edad en algunos detalles poco amables para su imagen. Pero Homper está seguro de que lo de la fiesta de la baba nacional no lo decía la tía Clota porque a Cayetana se le pueda caer la baba, cosa que nos podrá pasar a cualquier a su edad. Sino por todas las demás babas que supuran de su boda.

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La mala baba (portada deINTERVIU, mensajes de Twitter poco piadosos con la noble enamorada). La baba de los aduladores profesionales. El baboseo asqueroso de los que se chotean de ella y luego la jalean como heroína del pueblo para vender sus revistas, sus programas de radio y televisión y los libros que se escriben a cuenta del personaje. Y la baba, la simple baba del tonto de baba que somos todos.

-¿Por qué voy a decir que el pueblo siempre es sensible e inteligente, si no soy político?-se dice el Hombre Perplejo.

Últimos detalles del esperpento. Los balcones con vistas al Palacio de Dueñas se llegan a pagar a 8.000 €. Y la eterna chiquilla que cree ser la novia se marca una rumba tambaleante ante la iglesia que  si, por una parte es ternura,  por otra parte resulta patética. Dos flashes iluminan el confuso pensamiento de Homper: el recuerdo de la cara de El bobo de Coria que pintó Velázquez. Y a continuación, la cínica razón con la que el fénix de los ingenios Lope de Vega justificaba su producción de comedias alimenticias en serie: El vulgo es necio y, pues lo paga, justo es hablarle en necio para darle gusto.

 -Tiene razón la tía Clota- concluye Homper- Todos necios, todos formamos parte del tinglado de la nueva farsa. Hasta yo, por entrar al juego y creer que mi punto de vista sobre la boda de la Duquesa puede ser de interés. Qué disparate.

Y al día siguiente de la boda, aún es noticia preferente la gran fiesta de la baba nacional.

El Duende de verano (8) Una boda en Escocia

Hasta esta iglesia de Pertshire se llegó el bloguero por asistir a la boda de una sobrina muy querida

1. Los hijo de la globalización

Manda uno a sus hijos a estudiar en el extranjero y sigue pretendiendo que se casen con gente de su barrio. No cae en que los ligues de esta generación ya no se llaman Piluca o Josete, como antaño, sino Wolfgang o Silvie, o Lang, o Christopher, o Yannis, o  Kathe, o Solomon, o Brigitte, o Johannes. Son los posibles novios o novias de la globalización, y así pasa lo que pasa. La nieta mayor de este bloguero, es un ejemplo, tiene un apellido griego, un padrino escocés y una madrina alemana. Su padrino es el profesor MacCrorie, con el que anduvo por las Tierras Altas sin entender muy claramente lo que decía en su cerrado inglés scotch.

-¿Sabes que está Sabina en Saint Adrews?-le dijo apenas se encontraron en el aeropuerto de Edimburgo. Saint Andrews es la ciudad en cuya universidad  imparte sus enseñanzas el profesor Mac Crorie, famosa también por ser la cuna del golf.

-Buen músico –le respondió el Duende un tanto sorprendido porque el profesor siguiera a nuestro cantautor y su presencia allí le llamara la atención

- ¿Pero conoces sus canciones?

Daba igual la pregunta.  Rod MacCrorie tampoco le entendía nada, aunque , como él, trataba de disimular lo que a menudo era un diálogo de besugos. Su respuesta siempre era un ¡oh! de sorpresa y una sonrisa. -No tenía ni idea de que Sabina jugara al golf –aclaró entonces el Duende- Es más, en España nadie se lo imaginaría. Como va de ácrata, jamás se podría esperar que viniera a un sitio tan especial como Saint Andrews a practicar el deporte favorito de Esperanza Aguirre, que seguramente será una de sus bestias negras. Rod volvió a sonreir. -¡Oh!, ¿yes?… Ha venido con su novio – farfulló en su peculiar inglés de Glasgow. ¿Con su novio?…El Duende no le daba crédito. Ahora resultaba que, además de ser adicto al golf  Sabina tenía no novia, como siempre se le ha de presumir, sino novio. Eso sí que era el notición del verano: Joaquín Sabina se  había llegado hasta el norte de Escocia  para salir del armario. Y le habían dado las dos, y las tres, y las cuatro y las cinco y las seis, y desnudos al amanecer les sorprendió la luna a él y a un jayán con aspecto de cabo gastador, que era su amor hasta entonces inconfeso. Claro, no podía fugarse con él a Valderrama  o a Pedreña porque ahí le cazaría un paparazzi y echaría por tierra su leyenda canalla de golfo, libertino y mujeriego. Tenía que escapar a Saint Andrews, donde el profesor MacCrorie, acostumbrado a otras referencias como Elton John,  consideraba de lo más normal que una estrella de la música “pop” jugase al golf con su pareja del mismo sexo. Qué poca vergüenza.

Y así de  confundido estaba el Duende cuando un rayo de lucidez iluminó su mente. Y recordó entonces que estamos en un mundo globalizado. Y que que además de un apellido griego y un padrino escocés, su nieta Marina tiene una madrina alemana, casualmente llamada Sabine, que en boca del profesor MacCrorie tanto podía ser la guapa moza tedesca de la que su hija se hizo amiga cuando ambas coincidieron en la London School of Economics, donde también estudió su actual marido, como nuestro egregio cantautor de cuya virilidad resulta casi ofensivo dudar.

Jesús, qué alivio. No es que esté uno contra la internacionalización de la familia ni mucho menos contra los mestizajes. Es que nos educaron así de paletos y pequeñoburgueses. Y por tradición conservadora, piensa uno que lo suyo es que sus hijos se acaben emparejando o nombrando padrinos y madrinas entre gente cercana. Y si no, entre  los Martínez o los Echeveste, que eran de su barrio, de su colegio o feligreses de su misma parroquia. Más vale mal conocido que bueno por conocer. ¿O no?

2. Lo que duran las bodas de ahora

Las primeras bodas a las que asistió el Duende, entre la ceremonia y la fiesta,  duraban tres o cuatro horas.  Ahora pone uno el contador cuando empieza a acicalarse en casa y lo detiene cuando se quita el traje para meterse en la cama y no han pasado menos de diez. Desplazamiento al lugar del casorio, ceremonia, traslado al lugar de celebración, primeras copas, aperitivo. Generalmente larguísimo.

Aquí el Duende ya daría por terminada la boda, al fin y al cabo no se casaban los hijos del jede del estado, ni de una familia real, ni tan siquiera los archiduques de Pomerania, y tampoco hay que epatar a nadie. Pero no, ahora la categoría de las bodas parece medirse en horas, y para qué aliviar cuando podemos alargar la cosa para que la gente se de cuenta de que aquí no se escatima nada. Así que después de dos horas de pie, sentamos a los invitados, y les ofrecemos una cena, no menos de dos horas. Y luego discursos, muchos discursos. En las bodas de antes hablaba mayormente  San Pablo a través de su famosa Epístola a los Corintios. Y, como mucho, el cura. Ahora hablan los corintios, el cura, el concejal por lo civil, el padre, el padrino, los amigos de ella, los amigos del novio, las amigas de la novia , los del equipo rugby de él, y unos Pitufos vestidos de principitos y princesitas que son los sobrinos de ella. Afortunadamente no en todas las bodas aparece la Tuna para darle más realce a la celebración.

Y Homper, el Hombre Perplejo,  ha enunciado así esta otra paradoja de nuestro tiempo: cuanto más  se alargan las bodas, porque mucha gente vive de ellas, más se abrevian los matrimonios, porque los cónyuges aguantan mucho menos. A ver quién ata esa mosca por el rabo.

3. La boda de Natalie y Johannes

Cuando la boda a la que uno tiene que asistir es en Escocia, es verdad que al invitado le toma mucho más tiempo que las ocho o diez horas de una boda convencional. Pero no hay mal que por bien no venga. Para un señor de edad, como empieza a ser el bloguero, una boda normal puede ser magnus cognazus. Pero una boda en Escocia es la oportunidad ideal para montarse este agradable viaje sobre el que ha girado su verano. El día de la boda de Natalie, inglesa hija de madre española, con Johannes, novio alemán, fue además un día limpio, fresco y, sobre todo, soleado, primer detalle de lujo en esas húmedas latitudes. La iglesia, el monasterio de St Mary´s de Kinnoull era un monumento. Los novios llegaron en carruaje. La novia, y buena parte de las invitadas, estaban muy guapas. Había varios invitados escoceses luciendo su kilt. Y casi todos los invitados ingleses vestían chaqué, como es costumbre allí. A partir de Cuatro bodas y un funeral todos sabemos, además, que lo verdaderamente chic es conciliar la severidad de este atuendo, siempre negro en España y gris en el Reino Unido, con una corbata o un chaleco de colores chillones. Había cuatro pequeñas maiden bride (¿se dice así?) que llevaban la cola a la novia. Suele ser muy cursi, pero en este caso no se puede criticar, porque tres de ellas eran nietas del bloguero.

En la iglesia al Duende no le sorprendió que aparecieran sobre los bancos de los invitados los textos de las lecturas y las letras de los himnos y salmos que incluía la ceremonia. Le sorprendió que todos, británicos y alemanes, los cantaban vehementemente, sin esa vergüenza con que los españoles, aún los más creyentes, arrastran la voz con la boca chica en las celebraciones religiosas. Luego hubo cocktail en la casa de la novia. Sobre el césped había una carpa, bajo la que un grupo de jazz tocaba  jazz y música de Cole Porter. Los niños y las maien bride correteaban por la hierba, daban volteretas y jugaban al croket mientras los invitados departían entre sí en inglés, en alemán o en español. Mucha gasa en los sombreros y los tocados de las señoras y las chicas jóvenes, algunas de ellas francamente atractivas y sabiamente escotadas. Antes de la cena, en otra carpa, pasaron unas bandejas de jamón ibérico y de Rioja Contino.

Al Duende le sentaron luego entre una dama británica y otra alemana. Ambas le sacaban una cuarta de estatura, pero sentados los tres se notaba menos. Consiguió conversar con ellas a ratos en francés a ratos en inglés, y de vez en cuando hasta se tiraba el pegote de chapurrear palabros en alemán. La  dama alemana también canta en un coro, y eso une mucho. A los postres, discursos, muchos discursos: en alemán y en inglés. Primer baile de los esposos sin guardar el protocolo del vals ni nada que pueda recordar la ineptitud de los jóvenes de ahora para el baile agarrado. Tres o cuatro piezas nostálgicas para complacer a los más añejos y luego, como en todos las bodas, atronadores decibelios discotequeros , marcha y barra libre hasta el alba.

El exceso se ha universalizado, aunque el Duende, que ya se lo conoce, se retirase en cuanto el personal empezó a desmelenarse. Lo que se apuntaba antes, que no hay mal que por bien no venga. Bodas así pueden parecer largas, fatigosas y hasta un poco caras. Pero si tienes en cuenta que te sirven para viajar, hacer turismo y aprender idiomas, hay que reconocer que la de Natalie y Johannes fue una suerte. Pues que vivan los novios, ea.

Un paisaje, una boda y un calcetín

Atravesé aquellas tierras intentando camuflar un espantoso tomate en el calcetín... (extracto del "Diario del duende viajero")

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Cada cual ve en el paisaje lo que quiere ver o imaginar, pero hay un inmenso pedazo de nuestro país que cada vez que lo atraviesa este duende le sugiere poesía caballeresca o guerra canalla. Son tierras yermas, cerros y llanuras calcáreas tristes y apenas moteadas por arbustos y, de cuando en cuando, por algún pino valiente que tanto desafía el fuego del verano como el rigor del frío invierno. Este tipo de terreno se ve en media España. En Aragón, en todo el Levante,  en Murcia, en Almería, en buena parte de Castilla La Mancha, y al suroeste de la comunidad de Madrid, por ejemplo. Ahí son felices los cardos y, si quedan, los lagartos. Suerte para ellos, porque la verdad es que para el viajero estos pagos resultan inhóspitos.

Sin embargo, cada paisaje tiene su lírica y, si no, su épica. Cuando uno se adentra en ellos y deja atrás toda clase de edificios, fábricas, polígonos industriales obras públicas y toda otra huella del desarrollo, se imagina que por el horizonte, tras una loma,  va a aparecer el Cid con sus mesnadas. El ciego sol, la sed y la fatiga/ por la terrible estepa castellana/ al destierro, con doce de los suyos! Polvo, sudor y hierro,  el Cid cabalga, que escribía  el otro Machado.

-Esos eran hombres –que decía don Celestino, el profesor de literatura- Si piensan que hace calor en Madrid, imagínense lo que sudaría el Cid bajo su armadura atravesando la estepa castellana a 35º.

Cuánto sehabrá sudado en España para hacer historia.

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La otra estampa no es de cabalgadas heroicas, sino de simple guerra canalla. Y viene simbolizada por la fotografía del miliciano abatido que inmortalizó Robert Capa en la Guerra Civil. Le suena a uno que fue captada en un cerro de Albacete, aunque ahora, como la otra célebre fotografía del beso en las calles de París que tomó Doisneau, dicen que fue un montaje preparado. El caso es que tanto la de Capa como la mayoría de las instantáneas y reportajes filmado de nuestra guerra, tienen como escenario tierras pobres y baldías. Quizás para subrayar con la desnudez de su decorado el dramatismo y lo miserable de aquella contienda.

Era el paisaje monótono y desasosegante, pero esta vez tampoco le importó tanto al Duende. Pues aunque él viaja con los ojos bien abiertos, y siempre le saca partido a todo lo que ve por la ventanilla, esta vez estaba ocupado en otros menesteres. Iba a una boda en el pueblo conquense de Barajas de Melo, la boda del hijo de unos amigos muy queridos. Y se había vestido con la etiqueta que requería la ocasión cuando, al subir al autobús que habían dispuesto los novios desde Madrid para que los invitados no se ocupen ni del alcohol  ni del volante –qué sabia medida- observó que por encima del borde posterior de su zapato del pie de derecho asomaba  un  roto de su elegante calcetín largo color azul marino. No un clarito, como apunta cuando los talones empiezan a desgastarse, sino un impresentable tomate del tamaño de un euro.

En el mundo habían ocurrido sucesos terribles aquel 23 de julio. Y en la fiesta se comentaría, sobe toda otra cosa, el original traje de novia que diseñó Nacho Aguayo, hermano del contrayente. Pero el alma de este bloguero es tan neurótica y caprichosa que durante el viaje hasta el lugar de celebración estaba convencido de que sólo habría ojos para denunciar el imperdonable fallo de aquel invitado de pelo blanco que bajo la pernera de su traje azul marino ocultaba un oprobioso tomate en el calcetín.

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Así que no pudo entretenerse en aquel paisaje manchego tan desasistido de gracias de la naturaleza. Ni recrear la épica de las batallas de nuestra historia. Ni pudo preparar las palabras que en clave sentimental y satírica –a saber lo que queda de aquél duende de la radio- que debía pronunciar a los postres del banquete, para felicitar a los contrayentes. Pues se pasó todo el viaje ensayando cómo camuflar el entuerto, o sea, descalzándose, replegando la zona del tomate por debajo del talón, poniéndose el zapato de nuevo, y estirando el pie varias veces para comprobar que ni aún en el peor de los casos, y aunque el calcetín luciera a media asta, se notaría  el desaguisado y quedaría por los suelos su prestigio.

No fue así. El calcetín se disimuló, y el paisaje, a llegar al lugar de la celebración,  había mudado como por ensalmo. Pues de repente la Mancha triste y blanquecina dio con un cerro mágico donde brota un manantial que alimenta al río Riansares. Y en ese cerro, en medio de un parque poblado de árboles, fuentes, terrazas, paseos umbríos, estanques, y canales que vierten en un lago inesperado se casaron Carlos Aguayo Martín y Beatriz Valdecantos Montes. Fue en una capilla diminuta, todo muy romántico, muy original y divertido, y Juan, el hijo del bloguero, tocó con su saxo soprano dos piezas de Haendel, y este transformista cumplió en su discurso, quizás mejor que si lo hubiera preparado, y hubo fiesta y baile hasta que apuntaron las claras del día. Pero eso ya no lo vio este duende, que volvió a cruzar los yermos paisajes de Castilla la Mancha para dormir en Madrid no sin antes arrojar a la basura el calcetín indigno que estuvo a punto de amargarle el día.

Cerca de la inmortalidad

Hasta este lugar se acercó su coro para cantar la 9ª de Beethoven. Y no era el Castillo de Wartburg tantomcomo el cielo, pero la verdad es que el hombe se sintió cerca de la inmortalidad...

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Dreams sometimes come trooth, dijo José Luis Garci con su refinado inglés de la calle de Narváez cuando le entregaron el Oscar. A veces es cierto. Ni de coña podía imaginar este duende que iba a cantar la 9ª Sinfonía de Beethoven con una orquesta sinfónica alemana y precisamente en Einsenach, la cuna de Bach. Estas experiencias tienen su visión optimista: cualquier hombre sin educación musical puede, a base de estudio, ser parte de una obra de arte tan sublime como esta joya de la música. Pero también su contrapartida realista, como corresponde a un escéptico de solera: si eso lo consigo yo, que no soy precisamente Caruso, es que la cosa no tiene tanto mérito.

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Mérito fue el de Carlos Domínguez-Nieto, director musical de la Landeskapelle de Eisenach, capaz de incrustar al Coro de San Jerónimo el Real en su formación sin que el alemán que pronunciamos lo españoles cantase fuera de lo que mandaba la partitura. El idioma alemán es para los españoles un borbotón continuo de consonantes y estornudos guturales o palatales, según le peta a la lengua de Goethe. Pasarlo por las cuerdas vocales de un conjunto aficionado sin que el mensaje de la Oda a la Alegría desmerezca tiene sus bemoles. Y nunca mejor dicho.

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No merece menos elogios Conchita Nieto, mater amantísima del director, y soprano ella misma en Los Jerónimos. Suya fue la idea de convencer a su hijo para que organizara el concierto, y suyo el enorme de esfuerzo de estimular a sus compañeros de formación para llegar al nivel requerido.  Imagínense interpretar esta pieza esencial en la historia de la música en el marco de un monumento único y, como se dice ahora, emblemático. En el Castillo de Wartburg, erguido en una montaña cubierta de bosques de cuento,  tradujo Martín Lutero al alemán el Nuevo Testamento. Para compensar este agravio a los partidarios de la Contrarreforma, entre sus muros habitó también Santa Isabel de Hungría, santa piadosísima. La base del castillo es románica, pero el remate del complejo actual proviene del siglo XIX, con evidentes homenajes pastiche a la estética medieval que late en los dramas líricos de Wagner. Tal parece que Tanhäuser se hubiera hospedado en alguna de sus estancias, y el turistas tiene impresión de que en cualquiera de ellas puede encontrarse con Isolda depilando sus lindas piernas mientras Tristán afila su espada o prepara su sublime declaración de amor.

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En un larguísimo Festsaal auf der Wartburg de recargada decoración, con un imponente artesonado de madera en el techo por el que asomaban cabezas de dragones y de rapaces poco amistosos, mucho fresco de colores, pan de oro, escudos medievales, frases en latín escritas en letra gótica, metopas, banderas y otros elementos representativos, este menda y sus  compañeros siguieron las vehementes instrucciones de Carlos Domínguez-Nieto y cantaron una muy digna 9ª de Behetoven que fue celebrada por el público como si todos  los ejecutantes fuéramos profesionales consagrados. Este joven dirigent es un excelente comunicador, y una batuta expresiva que controla orquesta y coro utilizando para ello todos los músculos de su cuerpo. No sólo dirige con las manos y los brazos, sino que comunica sus órdenes hasta con las cejas. De Toscanini a Von Karajan, casi todos los divos de la batuta han tenido fama de déspotas, soberbios e intratables. Carlos Domínguez-Nieto, por el contrario, es un tipo sencillo, accesible, simpático y encantador. Parafraseando otra vez a Garci, sometimes genious are nice. Ojalá pronto podamos escucharle al frente de una orquesta española.

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La ilusión de vivir se alimenta de pequeños sueños que a veces se cumplen. A este bloguero, que tanto le ha fascinado escuchar, reelaborar los sonidos y las voces y cantarlas por esa boquita, se le escapó en la infancia la oportunidad de una buena educación musical. A él también le hubiera gustado ser un Carlos Domínguez Nieto, o un profesor como su hermana Regina, que igualmente toca la viola una orquesta alemana. Cantar en un coro es suplir en buena parte esa carencia musical que siempre llevó dentro, y que hasta que se sacudió su timidez no ha conseguido llenar. Al regreso de Eisenach, tantos días sin comparecer en su blog, le quedan muchas cosas por contar de la poderosa Alemania. Pero hoy se limitará a recordar a su tío abuelo Joaquim Pena,  ilustre musicólogo y miembro de una familia catalana, wagneriana hasta las cachas,  que era asidua a Bayreuth. Contaba la abuela Mercedes, su hermana, que cuando, a finales del siglo XIX  asistió por primera vez al famoso Festival dedicado a su ídolo y escuchó en la meca del wagnerianismo la Tetralogía, exclamó.

-¡Ja em puc   morir!

Uno se conforma con haber cantado la 9ª  Sinfonía de Beethoven en la patria del genio y en la cuna de ese otro dios que es Bach. Tampoco es cosa  por ello de despabilar a la parca para que se precipite en llevarle.  Pero conste que, cuando llegue,  dará con un simple aficionado a la música que, gracias a experiencias como esta,  se siente casi inmortal.

Un eclipse muy especial

La luna tenía otro punto de vista del eclipse...

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Qué son trescientos mil kilómetros para la desesperante infinitud de las distancias siderales. Nada, cuatro pasos, lo que ella necesitaba a veces para dar con sus gafas olvidadas en cualquier rincón del espacio. No necesitó ponérselas. Tenía curiosidad por ver aquella noche tan especial, así que se acodó en su balcón y miró hacia abajo. Distinguió  aquel planeta azul del que tanto le había hablado el Jefe desde que tenía conciencia de ser.

-No me salió tan bien como pensaba –le dijo el Boss cuando se lo nostró- Pero fue siempre mi debilidad, ya sabes.

Afinó la vista y puso su atención en aquella delicada menudencia esférica llamada Tierra

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Pudo haberse detenido en otros detalles pintorescos que, poniendo atención, se distinguía perfectamente: la Muralla China, la cordillera del Himalaya, las cataratas Victoria, las Torres Petronas. Y, cosa curiosa, el primer posado en biquini de una entusiasta a la que llamabanAna García Obregón. Pero por esos caprichos del azar se entretuvo contemplando a un tipo que le devolvía la mirada dibujando en su rostro el retrato exacto de la perplejidad. También estaba acodado en su balcón, oteando su horizonte y elevando la mirada hacia ella.

-Llámeme Homper, hermosa.

Ya su cabello blanco lo avisaba, pero que la trataran de usted y que le llamaran algo tan pasado de moda como hermosa lo confirmaba.

-¿Eres de ese mundo?-le preguntó.

-No lo tengo nada claro-fue su respuesta.

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Le dijo el hombre que ahora su único menester era preguntar. Y que aprovechaba las noches de luna para preguntarla con más descaro una ristra de cuestiones que, para bien o para mal, nunca entendíó. Por qué el amor, por qué el dolor, por qué la guerra, por qué la enfermedad,  por qué la intolerancia, por qué la ciencia, por qué las mareas, por qué la sensación de ser más insignificante que un ácaro. Por qué los políticos, por qué la estulticia humana,  por qué el arte, por qué la belleza , por qué el genio creador, por qué el milagro de la música, por qué esa mano femenina que apretaba la suya cuando se embelesaba escuchándola .

-La música –le precisó- Es la escalera más segura que conozco para escapar, subir y desaparecer cuando me deprimo.

Por qué la democracia interesada, por qué la sobrevaloración del yo frente al nosotros, por qué el egoísmo, por qué la violencia y el terrorismo, por qué el hechizo del nacionalismo, por qué la desesperación. Por qué la soledad, por qué el frío, por qué el fuego, por qué la maravilla del agua, por qué los áboles, por qué los pájaros. Por qué las catástrofes naturales, las sequías, las inundaciones, las radiaciones nucleares. Por qué la delicia de unas porras recién salidas de la sartén. Por qué la sensación de desastre que nos arruina, por qué las subprime,  por qué la dictadura de la economía, por qué Grecia, por qué la prima de riesgo. Por qué.

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Le dijo que miraba hacia fuera en femenino, lo cual al menos le daba un ápice de modernidad.

-Pienso constantemente en el futuro que les espera a seis mujeres pequeñitas, que son mis nietas- le siguió contando-¿Seremos capaces de dejarles un mudo mejor?

Ella no sabía qué decirle.

-Además –continuó- Yo diviso desde mi balcón la fachada occidental de una gran ciudad, que es Madrid. Pero no veo Madrid, veo ahí a la humanidad. Y me pregunto qué será de esos millones de almas que abarca mi mirada, y de todas las almas que tú estarás viendo desde allá arriba. Y me digo que  cómo es posible que vivan todas ellas atascadas en la preocupación y el desánimo por esta especie de conspiración contra la felicidad que trata de aplastar a este planeta.

De repente Homper se dio cuenta de que había perdido su referencia celeste. La buscó con la mirada y no estaba. Sólo veía un cielo oscuro. Sintió una cierta angustia, ya ni siquiera recordaba por qué se había lanzado a contemplar la noche. ¿Qué tenía esa noche de junio de especial?… Hasta que poco a poco, primero un asta de toro, luego una raja de melón y finalmente un as de oros, ella volvió a asomar brillando en lo alto con todo su esplendor.

-Fu, qué mal rato-suspiró Homper- Me había olvidado de que esta noche estaba usted de eclipse.

La luna se echó a reir.

-¿De eclipse yo?…¿No será más bien que sois vosotros los que estáis  eclipsados?

Voces para la Paz

Reconoce este bloguero que nunca había sentido tanta alegría cantando como la que sintió ayer sumándose a Voces para la Paz

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Admite este trasunto de duende, chamarilero de sentimientos y recuerdos, que vive momentos de provocadora  satisfacción. Lo nota cuando da con algún amigo o conocido y tiene que responder a la pregunta de ritual.

-¿Y cómo te va?

Se decía en estos casos.

-Qué quieres que te diga….¿Bien, o te lo cuento?

Y no lo dice, porque piensa que sería afectación o mentira. Y además porque, mirando alrededor, cree que es de mal gusto exagerar las sombras que pueden oscurecer nuestro horizonte. Las ve, claro, como cualquier ciudadano. Pero no puede negar que algunas luces acaban barriéndolas, y que hay muchos compañeros de viaje que no gozan de la misma suerte.

-Si comparo –suele contestar- reconozco que  me va maravillosamente.

Y es que el patio da mucha pena, a qué negarlo. Aunque al bloguero la diferencia no se la da el éxito profesional, que ya no va con él, o el dinero, que tanto nos duele y que nunca le supuso mucho. Tampoco es la causa única el amor o el afecto de los amigos, que nunca le han faltado, o la salud, que afortunadamente también le responde. No es eso, no. Lo que le hace más feliz es que es libre para cantar.

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Siempre cantaba  en la ducha, en los guateques. Y villancicos  la noche de Navidad.  Pero por estos caprichos de la vida esta semana él y una legión de entusiastas que comparten su trabajo y su familia con la vida coral han cantado tres tardes en el Auditorio Nacional. Dos de ellas grandes corales de ópera con la Orquesta y Coro Nacional  dirigida por Josep Pons. Verdi, Bizet, Beethoven, Mozart…

-No me lo creo, no me lo creo-se decía mientras se pellizcaba ente pieza y pieza.

Y ayer domingo con los músicos que una vez al año dejan de tocar o de cantar en sus respectivas formaciones profesionales para entregarse con pasión al fabuloso concierto solidario de Voces para la Paz. Para recaudar fondos que permitan el suministro de agua a ocho aldeas de Níger, avisaba el programa. Y era música de cine, desde el mambo que compuso Leonard Bernstein para West Side Story, al Wagner de Apocalipsis Now o a la inenarrable Copla de las divisas  de Ochaita, Valerio y Solano que hizo aún más graciosa a Bienvenido, Mr. Marshall o al preciosísimo Dry your tears, Afrika de John Williams para la película Amistad. Qué río de sentimientos, emociones y recuerdos le corre a uno por dentro cuando a la la gran música se le añade la magia del cine.

Y qué gozada entrar en ese festival de regalo para los sentidos, de invitado, para reforzar con sus compañeros de coro a estos admirables músicos profesionales que capitanea Juan Carlos Arnanz, un genio de la comunicación, por cierto. Lo nuestro fue sólo cantar con ellos la Oda a la alegría  de la    Sinfonía de Beethoven, que sonó en La naranja mecánica y que seguirá sonando cada vez que la humanidad necesite redimirse de sus miserias. Era evidente que estábamos alegres. Alegres por lo que transmitían los músicos solidarios, por cantar con ellos y por creer que, al menos por una vez, nuestra voz servía para algo útil.

Además, a la salida, el cantor feliz se encontró con Carlos Barja y su encantadora esposa. Carlos era asiduo comentarista de este blog con el seudónimo de Wallace, y supongo que podrá certificar que conciertos como éste de verdad merecen la pena. Algo habrán aportado los muchos que, como él, abarrotaban el Auditorio. Para las aldeas sin agua de Níger y para este simple cantor de ducha, que cuando muera, y recordando tardes así, podrá sonreir diciendo: ¡que me quiten lo cantado!.

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