Archivos para la Categoría 'Música'

Días de zarzuela y rosas

(Foto de La Sombra del Viento)

España ya no es lo que era. Compra el Duende en un pequeño colmado barrial donde aún es posible llevarse el pan, un brick de leche, y un par de berenjenas sin tirar de chequera -no se sabe cuánto durará este chollo, al paso que vamos- y se encuentra a Daniel  vestido  de camisa blanca, chalequillo, parpusa y pañuelo al cuello. Daniel es el dueño de la tienda, y la parpusa es la gorra de los chulos madrileños. Se supone que en cualquier otra comunidad autónoma  la incluirían entre los llamados hechos diferenciales, pero tampoco es tan diferente. Y además en Madrid lo diferencial es que estas cosas nos tienen sin cuidado: no se conoce a más de diez madrileños que sepan explicar por qué nuestra bandera es roja con estrellas blancas ni, mucho menos, cantar una sola palabra de nuestro himno. Y tan frescos.

 Daniel está hoy contento, porque canta en una función benéfica y va a poder demostrar su arte. Es que en realidad yo soy barítono -puntualiza- Pero la vida no me ha dejado ser artista, ya ve usted…Y mientras le despacha al Duende, se estira con aquella famosa romanza del maestro Serrano:

                                                 Junto al Puente de la Peña,

                                                  la otra tarde la encontré…

                                                  Y su guante, chiquitito,

                                                  me cayó a los pies

 En éstas entra en el colmado el señor Celedonio, que se jubiló de sargento de la Policía Municipal hace años. Celedonio es viudo y vive solo, pero tiene nietas a las que lleva a ver los desfiles de la escuadra de coraceros del cuerpo, tan vistosa, con los guardias a caballo luciendo sus cascos de plumero y sus lanzas. También pasea por la Casa de Campo y busca setas, cardillos y hasta espárragos silvestres. Celedonio es adusto en sus modales, y habla como si fuera un telegrama. Llega a la tienda con tres churros enhebrados en un junco,  al estilo antiguo. Así aparece todos los días.  Pero, hoy, sorprendentemente,  en la mano lleva también un diminuto ramo de flores anudado por un lazo. Por un momento, el colmado respira la fragancia de las flores. Celedonio advierte en un pispás que Daniel viste de artista, y lo considera. Pero eso no altera su flema de policía jubileta, por lo que  hace su pedido con  su habitual laconismo castrense. Buenos días, Plácido Domingo.  Tres pimientos, paquete arroz, pan y MARCA. ¿Se debe?… El tendero barítono le vacila con fina ironía. ¿Y las flores, también son de la Casa de Campo?…Celedonio baja los ojos y farfulla entre dientes. No. Son rosas de pitiminí, una joya de la botánica…

 Celedonio se despide, se  da la vuelta y se va. Daniel le mira, sonríe al Duende y, haciendo un gesto hacia el viejo policía, dice un vamos que vamos. Hasta que otra parroquiana apunta un nuevo dato. Son de la mercera, te  lo digo yo…Se les ha visto paseando juntos, le lleva los churros todas las mañanas, y siempre ha presumido en el barrio de un  rosal mu especial que crece en su patio.

 España ya no es lo que era. Un comerciante de ultramarinos que canta romanzas y un viejo policía desarmado por un ramillete de rosas de pitiminí. Si don Pelayo levantara la cabeza…

 

 

Por qué el Duende no es Irving Berlin

Se puede descargar el álbum, pinchando en este enlace:

http://drop.io/zapatito

Sugiere el duende del Duende que éste de a conocer a los seguidores del blog su faceta de letrista. Inquietudes humanísticas, por cierto, más que respetables. Sus méritos como autor o coautor de lyrics -¡que bien suena así!- van, en efecto, más allá del villancico de las muñecas de Famosa. Aunque sólo por eso, sin exagerar, merecería un Grammy de platino. Escribió muchas letras para chinchines publicitarios -jingles decíamos, que quedaba más fino-, algunas para campañas políticas, y como dos o tres long play de canciones comerciales que fueron un completo fracaso.

La mayor parte de esas letras, por cierto, lo merecieron. Pero no fue así en el caso del disco que quiso lanzar al mercado a Zapatito. Creo que el Duende no lo vio hasta que lo saldaban en Galerías Preciados a cincuenta pesetas. Para entonces ya estaba tan deprimido que ni siquiera lo compró, de manera que no conserva ni un solo ejemplar de su mejor disco.

Lo de la música y la letra es lo más irrelevante del caso. Más interesante es a historia humana que había tras este disco. Zapatito era un personaje que se inventó Alvaro Nieto, un músico que después de haber hecho música pop en conjuntos como Los pasos o La pequeña compañía (aquélla que cantaba coros de zarzuela arreglados en modelno) derivó hacia la música publicitaria, consiguiendo muchos éxitos. Pero su ambición iba más lejos. Quería hacer música para niños, para lo cual se metamorfoseó en una especie de payaso con grandes zapatos y se inventó la leyenda de que bebía mucha leche (buscaba el patrocinio de Pascual, seguro). Gracias al valor nutritivo tan valioso de la leche, adquiría poderes sobrenaturales que le permitían cantar como distintos animales. El Duende no veía clara la relación causa efecto, pero era un mandado. Le pidieron que escribiera letras de canciones sobre animales dirigidas a un público infantil y cumplió. Y así es como nació Mis amigotes los animalotes.

Las canciones quedaron tan resultonas que una editorial pagó por anticipado medio millón de la época al músico y otro tanto al letrista -estamos hablando de la década de los ochenta- por el cincuenta por ciento de sus derechos de autor. O quizás por algo más. Porque la realidad es que Alvaro contaba con la promesa de que TVE iba a ser su trampolín. Lo de siempre, un buen amigo, un alto cargo muy interesado en el proyecto…

En ese momento cambió el Director General de RTVE. Destituyeron al amigo de Alvaro. Y Zapatito, que ya tenía el disfraz y el maquillaje preparados para tomar el relevo a Gaby, Fofó y Miliki se quedó en una simple ilustración para un disco sin sentido.

Alvaro Nieto se quitó la espina después haciendo la música de todos los retablos navideños que ponía en escena Cortylandia. Pero el Duende no alcanzó la misma gloria. Así que si alguno de los lectores aún tiene hijos pequeños y no sabe cómo animar su fiesta de cumpleaños, que se lo haga saber a Juan para que suba al blog alguna de las canciones que restauren a su padre la dignidad de autor.

Entretanto, el menda, muerto de sueño, se va a componer a sí mismo una nana para soñar lo que hubiera sido su vida si en lugar de escribir para Zapatito lo hubiera hecho para Papito.

La música gozosa de Nigel Kennedy

¿Música, ruido, empatía? No se sabe muy bien qué busca el público que va a un concierto. De entrada hay que recordar que esta palabra registra dos acepciones musicales. En la que se refiere a función, nunca, hasta hace unos treinta años, se aplicó a otro tipo de música que no fuera la clásica. Uno recuerda singularmente el primer cartel que rompió la tradición, porque le llamó mucho la atención. Anunciaba Concierto de rock y amor, y lo ilustraba una fotografía de Miguel Ríos llevando a un bebé a cuestas. Desde esta propuesta ligeramente pretenciosa a esta parte, aquí hasta el que hace sonar la carraca dice que hace conciertos. No desesperen, algún día lo verán, como si fuera una diva exclusiva de Emi o de Hispavox: Esmeralda Clamores en concierto.

Cree el Duende haber leído alguna vez de un músico eminente que despreciaba el rock., reduciéndolo a un repertorio de ruidos de mal gusto. Muy audaz debe de ser, pues de lo que no hay duda es de que este tipo de música ya tiene una larga historia, y arrastra multitudes. Ante fenómenos así, los que ya tenemos una cierta edad debemos ser prudentes. Cuando uno observa que la tarde de un sábado El Corte Inglés está a tope de gente y lo que más aborrece precisamente es pasar la tarde allí, lo correcto es pensar que el rarito es él, y no los demás. Y cuando abre el frigorífico, sale de los yogures el Chikilicuatre cantando y más que un premio lo considera una pesadilla, lo cabal es autoconvencerse de que ya habita en la marginalidad total.

El Duende hubiera agradecido que la música pop se pudiera escuchar a la cuarta parte de volumen que uno soporta en auditorios, discotecas o salas de concierto. Pero no, desgraciadamente el exceso de decibelios parece que es tan importante para ella como el contrapunto para Bach. Muy frecuentemente nos paramos en un disco y a nuestro alrededor varios coches atruenan con bakalao, música techno o no se sabe qué clase de tortura para los tímpanos. Luego se habla del alcohol o la droga, pero ¿hay quien haya calculado el efecto destructor de los decibelios en el cerebro de los jóvenes?

Cuando el Duende se lamentaba del divorcio entre la música pop con la clásica, ha tenido la suerte de descubrir a un genio llamado Nigel Kennedy, que hace una semana tocaba en el Auditorio de Madrid con la Orquesta de Cámara de España el Concierto nº 4 para violín y orquesta de Mozart y el único que para este instrumento escribió Beethoven. Kennedy sale a escena vestido de rockero, peinado de punki y con una gestualidad más propia de hincha del Aston Vila –equipo del que es forofo-que de un virtuoso del violín. El hombre se mueve sin cesar, ensaya torpes pasos de baile, saluda al público enfervorizado, lanza besos, baja al patio de butacas y vacila con el público. Y, entre medias, aprovechando las cadencias –espacios que los compositores clásicos dejaban para la improvisación y el lucimiento del solista- reinterpreta a Mozart en clave de jazz o al genio de Böhn como si fuera Elton John. Kennedy fue alumno predilecto de Yehudi Menuhin, a quien el Duende alcanzó a escuchar en directo interpretando el de Beethoven. Pero, aupado en su virtuosismo, se toma la música de los clásicos con tan entusiasmo y desenfado que magnetiza incluso al público tan estirado que llena los conciertos de los abonos caros.

No se cuándo volverá por aquí, pero si pueden, no se pierdan a Nigel Kennedy. Es para cerrar los ojos y volar o para abrirlos y divertirse. Es música de siempre interpretada por un genio de nuestro tiempo. Música y empatía que invita, nada más y nada menos, a sentirse feliz malgré tout..

Cantando a Brahms en el metro

Hace años la 2 de TVE emitió un apasionante documental sobre los grandes directores de orquesta del siglo XX. De todas las secuencias y entrevistas con nombres que ya suenan legendarios, como Arturo Toscanini, Stokowsky, Furtwangler o Karajan, había una imagen que al Duende se le quedó grabada de forma muy especial. Era la de Richard Strauss dirigiendo con particular cachaza una de sus composiciones. Tan  despreocupado parecía que, sin dejar de mover la batuta, se sacaba del bolsillo del chaleco el reloj y miraba la hora. Bendita seguridad.

 De ésta anécdota se acordaba el Duende este fin de semana en su doble cita con la música de Brahms, cuyo Requiem Aleman no es, desde luego, el chiki-chiki de ese nuevo genio que vamos a mandar a Eurovisión. Casi todos los múltiples empeños que uno va abordando a lo largo de su vida adolecen de falta rigor, como si la levedad de un duende fuera incompatible con tomarse nada demasiado en serio. ¿Cuántas veces no habrá escuchado  uno el aforismo si una cosa merece la pena hacerse, merece la pena hacerse bien? Esta bobada solemne es una de las premisas esenciales del profesional, un héroe social de nuestro tiempo cuya exigencia de perfección le deja al Duende, sin embargo, en un perpetuo estado de desasosiego existencial. Él nunca llega a hacer nada del todo bien: ni siquiera lo que es puro amateurismo.

 Verán. Resulta que el Duende debutaba en su nuevo coro, y debía observar los cuidados de la voz y las normas de etiqueta y protocolo propias de un concierto. Mas tan poseído estaba por aprenderse la partitura, que olvidó, por ejemplo, los gemelos  de su camisa blanca, por otra parte impecable. Y también, cosa ya más habitual, el teléfono móvil. Esto puede aparecer muy oportuno en un concierto, pues así no corres el riesgo de no apagarlo y de que una llamada inoportuna provoque un infarto al director. Pero ocurre que se había quedado a las cuatro -el concierto era a las siete- para calentar voces, hacer un ensayo completo y tener luego tres cuartos de hora de descanso, en el que el Duende debía llamar a unos amigos para decirles dónde les había dejado las entradas. El Duende lo meditó seriamente. Pensó si sería capaz de mostrar el temple de Ricardo Strauss y de debutar en su coro sabiendo que no llevaba gemelos en la camisa ni iba a cumplir con sus amigos. No confiaba en él. Así que se subió a la Vespa, cruzó medio Madrid, volvió a casa, recogió los olvidos y cumplió con las normas sociales. Cuando musitó su primera frase -un pianísimo que dice bienaventurados los que padecen-  la camisa con gemelos casi no le llegaba al cuerpo, pero, eso sí, estaba convencido de haber hecho las cosas bien. Tarde, pero bien.

 Lo de hoy fue otra cosa. El concierto era a las doce, y la concentración, a las once menos cuarto. Por la mañana es esencial calentar voces -había advertido severamente el director- gritar todo lo que podamos…. No podía sospechar el Duende que la Maratón de Madrid le iba a impedir llegar a tiempo al ensayo. Incluso en Vespa. Claro, que no hay mal que por bien no venga: los pasajeros del metro miraban muy sorprendidos a un señor con el pelo blanco  vestido  de oscuro, con corbata y gemelos, cantando una partitura donde ponía Eine Deutsches Réquiem. Había que calentar como fuera. Al personal quizás le hubiera gustado más un mariachi o uno de esos Bob Dylan suburbanos que hacen bolos por los vagones. Pero al menos el chifleta tuvo la delicadeza de no pasarles la gorra.

 

El ocaso de Charlton Heston

Charloton Heston

Teresita era una prima del Duende bastante más que adorable. En la pandilla había varios que habían llegado a esta misma conclusión. Su risa blanca y compacta como la del cuarzo, y el puntito de gracia en el habla que aún le quedaba de su Jerez natal alegraban lo mejor del verano. El resto lo ponían la fiebre de la primera juventud, el Dúo Dinámico, Adamo, Pat Boone y Ricky Nelson sonando en el pikú, algo de sangría, un cuerno de la luna arrastrando el telón de la noche y la emoción sin igual del estar de vacaciones y de que, agotados los vinilos, aún quedaba el canto de los grillos y de los alacranes cebolleros. Si Teresa rondaba cerca, no había mayor felicidad que tumbarse en el pasto seco -en los veraneos de la España interior de entonces apenas había césped- y esperar a las estrellas fugaces para desear aún más cercanía. Las debilidades humanas. Una pena que aquella criatura llena de encantos tuviera un defecto: estar enamorada de Charlton Heston.

Los años no fueron generosos con este galán desaparecido que arrasó en España. En la década de los sesenta. Charlton parecía hecho a placas, como el Guggenheim o como las esculturas de Amadeo Gabino, y fue magnífico mientras la edad respetó su cuerpo de atleta. En realidad no se sabía si era un hombre, el caballo de Troya en acero, o uno de esos monumentos al trabajo que entonces erigían los países del este. A las niñas les impresionaban sus ojos y su sonrisa limpísima, a los chicos nos acomplejaban sus pectorales, sus bíceps y su mandíbula, que en cualquier momento podría triturar incluso la Sierra de Guadarrama. Había otros galanes más elegantes, como Gary Cooper, Gregory Peck o incluso Paul Newman, que ya empezaba a provocar desmayos. Pero a diferencia de aquellos, que no rodaron en España, Charlton Heston había sido sorprendido paseando por los alrededores del Hotel Castellana Hilton de Madrid cuando vino hacer El Cid. O sea, que era carne mortal, lo cual excitaba más a las fans. Quizás por ello la prima Teresa lo proclamó patrimonio de la humanidad, aunque la humanidad fueran sólo las chiquillas que veraneaban en Arenas de san Pedro. Luego pasó lo que pasó: la misma noche que Charlton Heston acababa de morir, ardieron muchas hectáreas de pinar en la noble villa abulense. Una plaga tan bíblica como los grandes éxitos del ídolo definitivamente caído.

La última vez que lo vio el Duende en el cine fue en Bowling for Columbine, de Michael Moore, un muy premiado documental sobre la paranoia de las armas en Estados Unidos. Su secuencia más celebrada era una entrevista con el viejo héroe, convertido ahora en el estandarte de los que defienden el derecho a tener armas para la defensa personal. Al Duende la postura Heston le pareció tan disparatada como cruel el acoso de Michael Moore. El audaz director ya no se enfrentaba a un héroe enloquecido, sino a un anciano con claros síntomas de Alzheimer. Qué falta de respeto con Moisés, con Ben Hur, con el Cid y con la prima Teresa. El Duende le hubiera pedido disculpas.

Y, de paso, le hubiera preguntado si á él también se le rozaban los cuellos de las camisas con la misma facilidad que al menda. Que uno puede no ser ni la mitad de macho que lo era el difunto Charlton. Pero, aún sin  ese cogote  de coloso que envidiaba el pérfido Mesala  en su cuadriga tuneada para derrotar a Ben Hur, de verdad que no es normal la cantidad de camisas que desecha por culpa de unos cuellos que se deshilachan a las primeras de cambio. Un engaño, otra cosa más de espaldas alpueblo. Como el delirio armamentista que, a la vejez viruelas, emborronó la gloria del héroe de la prima Teresa.

Cosas que hacer en viernes santo

Semana Santa en MadridViernes Santo en Madrid 

(Foto de Zokete

Una planificación a contrapelo le ha permitido al Duende disfrutar del viernes santo en Madrid. Soledad, descanso, meditación, música. El ritual le obliga a buscar en su discoteca los tesoros del Viejo Peluca, como afectuosamente le llama nuestro imprescindible Fernando Argenta. No es nada original: de la misma forma que las orquestas programan  El Mesías handeliano por Navidad y La Pasión según San Mateo por cuaresma, él alimenta su rescoldito religioso siguiendo el mismo esquema. Hace un par de años, en una liquidación de  grabaciones de orquestas rusas o centroeuropeas que de cuando en cuando aparecen por ahí, el Duende completó sus pasiones bachianas con las de San Marcos, San Lucas y San Juan. Si John Coltrane y Pedro Iturralde no suministran suficiente dosis de divinidad -alguno de nuestros amigos comentaristas levitan escuchándolos- el Duede se permite recomendar especialmente la de San Lucas.

Los familiares y amigos del Duende respetan escrupulosamente la festividad del viernes santo. Telefónica, la amable señorita que vende tarjetas o planes de pensiones para el Banco de Sabadell y que, sin duda sin mala intención, acostumbra a llamar a la hora de la siesta, también. El móvil, cómplice del silencio que antaño nos imponían en este día, no dice ni pío. De modo que uno aprovecha para abordar esos asuntos pendientes que siempre quedan pendientes. Por ejemplo, romper papeles y ordenar libros. Y aquí  descubre uno puntos oscuros de su pasado, y retos difíciles de asumir para su siempre riguroso sentido de la responsabilidad.

Choix de nouvelles modernes  es un librillo alemán editado en 1898 por Velhagen & Klashing, y reproduce cuentos de autores franceses como Alfonso Daudet. ¿De dónde ha salido este libro? ¿Por qué para en esta modesta biblioteca, si no hay  antecedentes alemanes en la prosapia del Duende? Las Máquinas agrícolas, en dos volúmenes, es una guía de los adelantos tecnológicos que podían ayudar al agricultor…¡el 1899!. Los firma M. Ringelmann, director de la Estación de Ensayo de Máquinas Agrícolas de París. El Método Cortina para aprender inglés, con un prólogo de Emilio Castelar, es un precioso volumen encuadernado en tela y con estampaciones en oro que demuestra la obsesión de alguno de los ancestro del Duende por aprender la lengua de Shakespeare. Este es moderno: está editado en 1920. The arts of Japan, publicado en la preciosista colección Little Books on Art, otra perlita de 1906 que luce mucho en la librería por su coqueta presentación, obedece sin duda a las inquietudes artísticas de la madre del Duende, que pintaba, tejía alfombras y escribía poesía y cuentos surrealistas. Mal le deja sin embargo el ex libris estampado en el volumen, pues éste era el nº 1027 de la Biblioteca de Bellas Artes de Antonio Canovas y Vallejo. Si alguno de los herederos de este bibliófilo lo reclama, el Duende reparará encantado el desliz de su madre restituyéndolo a su legítimo propietario. Ella lo hizo, sin duda, por amor al arte. Más preocupante aún es una Breve historia del lanzamiento y el tiro editado por la fábrica de armamento Oerlikon Buehrle & Cía. Contiene una prolija explicación sobre materiales explosivos. Si no tenemos antecedentes militares en la familia…¿quién de los predecesores del Duende quiso emular a Mateo Morral?

Desgraciadamente, a los hijos de la galaxia Gutemberg nos enseñaron que cualquier libro es un objeto de valor. Y al Duende le falta precisamente eso, valor, para deshacerse de estos libros La pregunta es por qué si se establecen Puntos Limpios para recoger los aceites fritos, no se crean otros Puntos de Depuración Cultural donde uno pueda entregar estas extrañas herencias y librarse del peso de ser su  inútil custodio.

Agobiado por tal responsabilidad, y a pesar de lo anunciado días atrás, se va de procesiones por la tarde luminosa y fría de Madrid. Ve la salida del Cristo de los Alabarderos, dignamente escoltado por la Guardia Real, se encuentra con el  Divino Cautivo, y se planta en la calle Toledo para ver pasar a María Santísima de los siete Dolores una dolorosa tan guapa y bien ataviada como las que causan pasmo en Sevilla. No desfila en olor de santidad, ni del sahumerio, sino de la fritanga de calamares de las tascas circundantes. Da igual, la corteja una banda primorosa, y la buena música lo refina todo. El Duende se calla lo de ¡guapa, guapa!, pero, en su escepticismo, admite el pellizquito de la semana santa.

Domingo de Ramos con Bach

Musica en Iglesia Bach

No colgó la palma del balcón, como se hacía antaño el domingo de Ramos. No estrenó nada, como mandaba la tradición entonces. Nada: ni tan siquiera un pañuelo, o unos calcetines, que era la forma de cumplir sin disparar el presupuesto familiar.

No hará esta semana santa las estaciones, que ni sabe si sobreviven en el ritual católico: se iba de iglesia en iglesia y en cada una de ellas se conmemoraba cada uno de los capítulos de la pasión y muerte de Cristo. Se les podía ver en casi todos los templos, plasmados en unos cuadritos de escayola policromada en relieve, como diseñados por el art director de Cecil B. de Mille. La flagelación, la corona de espinas, la primera caída, el paño de la VerónicaAlabámoste, Cristo, y te bendecimos -rezaba la primera parte de la jaculatoria inicial de cada estación. ¡Que por tu santa cruz redimiste al mundo!- se respondía a sí misma. Olía a incienso.

No escuchará más el raca-raca de las carracas, que, como no son de tecnología digital ni necesitan pilas, no deben de interesar ni a los chiquillos.

No hará por catar las torrijas, el potaje o el bacalao a las trancas -plato típico de Zamora, muy cuaresmal él. Mal que le pese al padre Bonete.

Y no asistirá a los oficios ni a las procesiones. Sin dejar por ello de sentir ni más ni menos que los que, aún llevando una vida poco ejemplar el resto del año, se abrirían las venas si no pudieran pasear su sentimiento bajo los capirotes o transportar el paso de su hermandad sobre sus doloridos hombros. Lo de nuestra semana santa -suelen decir para fortalecer tan vigorosa expresión religiosa- hay que entenderlo. Hay que entenderlo todo. La fe en el ser supremo, en las dolorosas, en los cristos. La fe en la nada. La fe de los melocotones en almíbar. Y la meditación del funámbulo que duda. Y hasta la de quien cree que todo es una lectura poética del hombre y su historia. Un glaseado de azúcar espiritual para no dejar al alma en mal lugar.

Al Duende le gustaría comprenderlo todo. Pero lo que mejor le cose la trascendencia a a los fondillos de su almario es la música de ese sumo pontífice que fue Juan Sebastián Bach. Ayer, y dentro del IV Ciclo de Música en las Iglesias que programa el Ayuntamiento de Madrid, escuchó en directo dos de sus cantatas en la iglesia de la Milagrosa. Los artífices fueron la Orquesta y Coro de la Capilla Real de Madrid y Oscar Gershensohn. Qué calidad de versión. Qué belleza tan sublime. En la cuerda de sopranos, cantaba una mujer rubia y espigada con cuello de garza que se llama Sonsoles Espinosa.

Una contradicción para su importante marido, tan firme en su no fe. Como comentaba a la salida uno del público, transfigurado, quien es capaz de hacer esta música, no necesita más Dios. Porque está en Él.

Demasiado viejo para ser amado

Spain Injection
(Foto de Torchondo)

En una canción nostálgica  de los años sesenta cantaba el Dúo Dinámico que murió muy joven para amar. Al nuevo himno nacional, si es que llega a nacer, le pasará lo contrario: nació muy viejo para ser amado. Al margen de las reticencias siempre interesadas de los partidos nacionalistas, la nueva letra es tan políticamente correcta como conceptualmente equivocada. Además de anacrónica, porque los himnos se heredan de otra época, y en estos tiempos de escepticismo, relativismo e individualismo tienen mal encaje.Suena antiguo, pero otros dicen cosas peores. La gloriosa Marsellesa es siempre emocionante, sobre todo cuando la coreaba Víctor Lazslow frente a las autoridades nazis que copaban el café Rick´s en Casablanca. Pero si se traduce la letra apela a las armas, y pide que la sangre impura empape los surcos de los campos. La que armarían los pacifistas y los apóstoles del talante si fuera así la aprobada ahora por la SGAE. El Asturias patria querida recuerda al asturiano de pro que tiene que subir al árbol y coger la flor, dársela a la su morena para que la ponga en el balcón. Es una manera de hacer patria que al resto de los españoles no se nos había ocurrido. Si no fuera porque lo aprobó todo un parlamento, uno diría que cualquier engendro de esos que se presenta en la Eurovisión tiene más sentido. El del colegio del Duende decía españoles, hidalgos, valientes, con la edad nos queremos mostrar. Lo cierto es que en sus aulas la mayoría no éramos hidalgos, sino plebeyos, y nos mostrábamos como éramos, con edad o con pantalones de pana. Ardor (guerrero) que brota de pechos que son tuyos, cantaba uno cuando era soldadito de infantería y en las misas solemnes debía sonar el himno del cuerpo. Uf, uf, uf, qué retórica rebuscada, qué exhibicionismo patriotero. Y no sigo, por no abrumar, no sea que el lector se me abra las venas con el bono-bus.

Así las cosas, la letra que ayer desvelaba el ABC no está tan mal.  Todos los himnos suelen decir muchas más bobadas que el elegido por el Comité Olímpico, pero el problema es que España no está para esas lindezas. Los sabios aún no se han puesto de acuerdo sobre su identidad, unos la ven compacta, otros desmadejada, unos la quieren simplemente, otros la detestan. Para algunos España es un afán, para otros, una mamandurria. Y con tantos debates filosóficos sobre lo que la mayoría creíamos resuelto desde hace siglos, la pobre España, con perdón por la rudeza de la expresión, no tiene el coño para ruidos.

Con todo, la polémica tiene un punto ingenuo. A estas alturas donde todo se desmenuza con colmillo retorcido, sorprende que alguien rompa una lanza por las formas, tan maltratadas por la costumbre y tan decisivas para modular la convivencia democrática. Casi todo lo que armoniza la vida de una comunidad está basado en el poder simbólico de las formas. Los padres de la patria no son los más listos de cada cole, pero les atribuimos la representación popular y debemos aceptar sus leyes. España no es el mejor de los mundos, pero es el que tengo más cerca, me soluciona muchos problemas, y por tanto y me debo a ella. Mi bandera no es la santa sábana, pero me identifica con muchos otros, y creo que me representa. Son las reglas de este juego. Mi himno no tiene remedio, pero hubiera hecho mejor su función con una letra que esta sociedad resabiada no va a aceptar aunque la firme Bob Dylan.

La solución sería que se aprobara esta o cualquier otra similar, se enseñara en las escuelas a las almas cándidas y calláramos los adultos hasta que toda una nueva generación la pudiera cantar sin complejos cuando juega la Selección Nacional o se iza la rojigualda. Porque, al cabo, toda canción es también un símbolo y hasta las de Dylan, Joan Báez, John Lennon o el mismo Serrat si se escuchan con detalle son tan voluntaristas, pretenciosas e idealistas como la que ahora ponemos a parir. Sin embargo está claro que cantar juntos refuerza la unidad. Y a uno, además le gusta cantar lo que sea. El nuevo himno llega demasiado tarde, pero qué lastima que no lo inventaran antes.

Esa música que enreda y hace flipar…

Menina escuchando música

(Foto de LuizNavarro)

Quisiera el Duende no admirar tanto la música de otro tiempo. Pero un día cayó fascinado por la hondura y la fragancia de la llamada clásica y apenas atendió a la que nacía y sonaba mientras él se destetaba y crecía. Algunos nombres, ciertos discos: los más tópicos y típicos. Más cantantes solitarios que bandas. Algunas canciones inolvidables sueltas.  Momentos mágicos, unidos a una cara de chica guapa, a un deseo, un momento o un lugar. Eran pop o moderna cuando aprendió a silbarlos. El Duende es de los que silba en el cuarto de baño, bajando a escalera y aún esperando el autobús. Fueron en su día éxitos rompedores, eso que llaman hits. Y ahora ya, sin darse uno cuenta, son también piezas casi clásicas. No guarda entre sus tesoros mucho más de todo lo que empezó a sonar después de 1950. Uno, Duende, es así de antiguo. Qué se le va a hacer. Y aprecia  la música pop. Lo justito.

Nada comparable a algunas piezas magistrales de música sinfónica que, sin ser las melodías más conocidas, ni estar entre los clásicos más populares de nuestro amigo Fernando Argenta son muestras ejemplares de esa misteriosa capacidad de atrapar, enredar y transportar al alma del que las escucha. Atmósferas sinuosas, ondas de sonido que surgen discretamente, fascinan, embriagan y de repente se apoderan del espíritu que a uno le quedaba dentro. Y hacen flipar.

Si de verdad aman la música clásica escuchen con atención, y a ser posible en la intimidad, estas `piezas. Por ejemplo, el Introito del Réquiem de Mozart. Les costará aprender el tema que va desarrollando la orquesta. Primero la cuerda, luego el viento. Poco a poco sube la tensión melódica, hasta que llega al climax e irrumpe el coro. No acaba de desentrañar uno qué magia desarrolló Amadeus para llegar hasta ahí, pero cuando estallan las voces humanas aquello  suena como algo  sobrecogedor, en el mejor sentido de la expresión.

Segundo ejemplo. Busquen en Tristán e Isolda el desarrollo orquestal que anuncia la muerte de Tristán. Los libretos de Wagner eran plomo fundido, pero el maestro escribió páginas instrumentales soberbias que siguen este mismo proceso: de menos a más, empiezan mordiendo en la vena más lírica en intimista de nuestra sensibilidad y conducen a una apoteosis orquestal gloriosa. De verdad, me toca ser Tristán y al escuchar aquéllo también me muero yo.

Tercer ejemplo. ¿Se acuerdan de aquél decadente profesor Von Aschembach que  se iba a morir a Venecia? ¿No retuvieron en su memoria el adagio de esa Quinta  Sinfonía de Mahler? Si pueden, hagan silencio a su alrededor escúchenlo con los ojos cerrados y caigan, pianísimo, en el hechizo de esas músicas raras y difíciles de tararear, que sin embargo acaban rindiéndole a uno.

Podría decir el Duende algo semejante del inenarrable tercer tiempo de la Novena Sinfonía de Beethoven. Dicen que en el Olimpo les dio tal subidón cuando lo escucharon por primera vez Zeus  se suministró las cafinitrinas por docenas. Ahí, después de una larga introducción, incrustado como un diamante de mil kilates, aparece uno de los temas musicales más sencillos y al mismo tiempo más sublimes que se han escrito nunca. Si el Duende volviera declarar su amor a alguna mujer, le haría escuchar esos treinta segundos para que su tocayo hablase por él. Sobran las palabras.

El último ejemplo lo descubrió el Duende escondido en la banda musical de la película Deseo peligro de Ang Lee. Se trata de Nimrod, la novena de las Variaciones Enigma de Edward Elgar, a quien sólo solemos recordar por su marcha Pompa y Circunstancia. Muy recomendable para quien admire la sutileza, la elegancia y el efecto emocional de estas músicas cultas que le dejan a uno el espíritu como recién salido de la sauna. Búsquenla, escúchenla repetidas veces. Sólo dura cuatro minutos. Pero si se sienten levitar, no se repriman.

Dicho lo cual, el Duende se despide recordando que también le gustan Jacques Brell, Krahe, Aute, Los Luthier, Juanito Valderrama, y, cómo no, esa joya que es Paquito el chocolatero. Hay tanto de bueno en la música que a veces hasta nos hace olvidar que es producto del hombre, ¿no creen?

Música para filosofar

 En cuarenta y ocho horas ya estará sonando el concierto más esperado del año. En el Musikverein de Viena su brillante y machista Filarmónica -sólo dos mujeres en una formación amplísima, y aún así hubo reparos para admitirlas- interpretará las consabidas polkas y valses de los múltiples Strauss y de los Offembach, Lehar, Suppé…Música perfumada como un bombón de licor.

 Al Duende le parece un concierto empalagoso y tontorrón, pero reconoce que es un prejuicio envidioso. A él, como a muchos, le hubiera encantado dirigir una gran orquesta sinfónica, y nunca pudo. Cuando Edward Heath, amante de la vela y de la música clásica,  era primer ministro, se dio el gustazo de tomar la batuta y ponerse un día al frente de la Sinfónica de Londres. El Duende, casi imberbe,  y sin la fama, la influencia y la batuta del premier inglés,  se tenía que conformar con robar un largo macarrón de la despensa de su casa y modular con él para sí mismo lo que ponía en el pikú. La obertura Egmont y la Quinta sinfonía  de Beethoven eran su programa favorito: se los sabía de memoria, y no fallaba en una sola entrada. Se sentía un excelente director de orquesta. Sin duda por ignorancia, ahora cree que sería capaz de dirigir ese famoso concierto que la Filarmónica de Viena toca como quien lava. 

Sin embargo sólo lo sigue si le sorprende tomando un café en un bar o en la casa de un amigo. No lo busca, porqie le parece sólo un sonido de referencia. A la Navidad la anuncian los Niños de san Ildefonso, con ese tradicional sonsonete de la Lotería de Navidad que el Duende odia desde niño (nunca le dejó un duro, y  además le impidió escuchar la radio normal ese día. Sólo hay una tradición radiofónica más estólida, que es la retransmisión de los encierros de los Sanfermines). Al  Año Nuevo lo saludan los compases majestuosos de la orquesta más cara del mundo. La legión de japoneses que llena buena parte de la sala es feliz: aplaude la consabida marcha Radezky como los niños de nuestra tele jaleaban a Gaby, Fofó y Miliki cuando cantaban Había una vez un circo. Los ilustres profesores, normalmente tiesos y engreídos, les siguen el juego: hacen dos o tres chorraditas, felicitan el año a coro, venden un montón de CD y se forran ante los ojos de medio mundo. Y el maestro que los dirige, nomalmente una estrella deslumbrante del star system sinfónico, se consagra como uno de los Midas de la música.

Y aquí la sorpresa del Duende. Siempre creyó que entre divos andaba el juego, y que tal privilegio sólo se otorga a un consagrado de fama mundial. Pero nunca te acostarás sin saber una cosa más: confiesa el Duende que no tenía ni idea de quién era George Prêtre, el director francés ya octogenario en quien ha recaído este año el honor hiperbólico de encandilar a medio mundo con la música vienesa. Woody Allen tituló un libro suyo Cómo acabar de una vez por todas con la cultura. Y el polvoriento sabio que fuera Marcelino Menéndez Pelayo decía que la mayor pena de tenerse que morir es que siempre le quedan a uno muchas cosas por leer. Tenían razón. Qué desasosiego no abarcar nunca el mínimo  para considerarse un hombre ilustrado. Qué sinvivir.

Tampoco conocía el Duende el original espectáculo Música y excusas que el tenor Enrique Viana  se monta con  su voz y su arte, un piano virtuoso que le acompaña y textos de propia Minerva. Es una mezcla de ingeniososos monólogos de vanguardia trufados por arias belcantistas que desarrolla en hora y media de desparpajo y refinamiento musical. Muy recomendable.  El Duende lo disfrutó ayer, y sólo pudo llenar una de las miles de lagunas culturales genera diariamente esta sociedad tan inquieta. Lo que yo te diga, Woody. El talento creador, que no para, y que siempre le pilla a uno medio dormido y con estos pelos.   

Más milagros, que es Navidad

 Observa con alivio y preocupación el Duende que el último post, subido el día de Navidad, ha cosechado veinticuatro comentarios. El alivio es que el propio diario EL PAÍS -como se sabe, perfecto hasta en su versión digital- confiesa que en estos días festivos su noticia más visitada sólo ha conseguido unas doce mil entradas, cuando normalmente pasa de las doscientas mil. Uno en proporción consigue una más alta tasa de fidelidad. La preocupación viene de que le ronda el fantasma de la molicie. De repente, por unos días, se podía pasar sin escribir. Divinamente.

 Más correcto sería decir que no le quedaba otro remedio: ha cocinado, ha servido mesas, ha hecho de taxista, ha corrido por el Retiro -desierto a las ocho y media de la mañana de Navidad- ha hecho las visitas propias de estas fechas, ha cumplido con la radio y con la Carcajoda, ha atendido sus llamadas, ha cantado villancicos con sus nietas. Y hasta ha ido al cine, para ver la última película de Ang Lee, que es Deseo, peligro. Se podría añadir y algo tostón, pero esto no estaba previsto por su director. La película, bella y provocadora, pero innecesariamente larga, encierra un mensaje de lo más políticamente incorrecto. La vecina de butaca, que debe de ser de armas tomar, lo definía sin perderse en matices: lo de siempre, las mujeres tontas y los hombres unos cabrones. Hay grados, caramba. Por perverso que pueda llegar a ser el Duende, nunca le llegaría a la suela de los zapatos al canalla del protagonista.

Regresa el Duende pasada la una de la madrugada y no puede irse a la cama sin dejar testimonio de dos singulares éxitos. Uno lo certifica su cuñado Mariano, hombre de temple serio y adusto, y  de tan pocas palabras que, según malas lenguas, cuando se casó utilizó el código Morse. Tal vez porque brindaron juntos por la Navidad, y con el tiempo ambos respiran más sensibleros, no sólo reconoció que leía los delirios del Duende. Sino que, de natural parco en elogios,  incluso dejó caer alguna alabanza. No estábamos hechos a resistir emociones de ese calibre.

Otra sorpresa se la ha dado Aurelio Baró, un vicesobrino vallisoletano al que no veía desde hace aproximadamente  treinta años. Le había recomendado el blog su hermana María, que es funcionaria de la Seguridad Social y está casada con un magistrado de  altas responsabilidades. Para que luego digan que el Duende es un cantamañanas.

Hablando de cantar…Pasmado nos dejó el Duende superando la prueba de ver por la tele a Raphael  cantando Llegó Navidad, un villancico multinacional aún más abyecto y con una letra todavía peor que el de Las muñecas de Famosa. El Duende admira la casta de Raphael, la frescura que aún conserva su voz,  la seguridad en sí mismo y el coraje con el que últimamente toreó su trasplante de riñón. Pero lo cortés no quita lo valiente. La supervivencia de este tipo de pasteles con gran orquesta y coro de duduás al fondo es, por repetido y empalagoso, el más asombroso, inexplicable e insuperable milagro de la Navidad.     

Un concierto de Navidad con mucho Angel

 Era bajito, vestía siempre traje oscuro con camisa de cuello de celuloide, corbata de lazo, y bombín, y se llamaba don Angel Martín Pompey. Gustaba de tocar sin dejar de fumar, siempre con el cigarrillo encendido entre los labios. Y como el humo cegaba sus ojos, leía sus partituras con éstos tan cerrados que casi parecía dormido. Entraba en la sala de canto, abría el piano, estiraba los dedos apoyándolos en los extremos del teclado y, sin más, tras una introducción del tema, decía ¡arriba todos! y nos arrancábamos como Dios nos daba a entender. Tengo un arbolito/ quén lo regará/ con agua de los cielos/ ¡cuándo lloverá….Se cantaban, o así, canciones populares regionales, coros de zarzuela o romancillos de los que grabó el propio Federico García Lorca. De los cuatro muleros/ de los cuatro muleros/ de los cuatro muleros, mamita mía/ que van al río, que van al río…Algunos los escucharía después dignamente interpretados nada menos que por Victoria de los Ángeles: Al paño fino en la tienda/ al paño fino en la tienda/ una mancha le cayó…Aunque lo que más alborozaba a aquella partida de pequeños analfabetos musicales eran sin duda los estribillos de enigmático significado: Una y una dos/ dos y una son tres/ dale a la palanca, mete la palanca, quita la palanca Andrés. O este otro: machácala chácala Pedro, machácala chácala Juan/ Qué palabritas vienen, qué palabritas van.

 Aquel personaje que sólo veíamos como un pianista de salón del Oeste  resultó ser un músico más que notable. Muchos años después recibió la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid, y el Duende se enteró entonces de que se había iniciado a la música de la mano de un hombre culto y refinado, autor de oratorios, zarzuelas, conciertos e incluso sinfonías al que no le dábamos la menor importancia. Tan poco se valoraba la música y la educación musical entonces. Un gran músico para apacentar un rato a un gallinero de mozalbetes que pasaron por un colegio prestigioso sin saber ni lo que era la clave de sol.

En la casa del Duende se escuchaba el Concierto de la Noche de RNE en un gran receptor Philips instalado junto a la camilla. Bajo las faldas de ésta calentaba un brasero, que entonces era un tesoro. Un día de prosperidad -no hubo muchos- el padre se presentó en casa con un pikú, y tres o cuatro discos negros. El Duende no sabía ni quién era Juan Sebastián Bach ni donde quedaba el Brandemburgo que bautizaba aquéllos conciertos del vinilo. Pero se los aprendió de memoria, y los silbaba por los pasillos. El Duende recuerda con emoción la primera vez que escuchó a la ONE en una matinée dominical del  Monumental Cinema de Madrid. Por fín veía en directo el nacimiento de esos sonidos que integran una orquesta. Por fin descubría las tripas de la música clásica. No había Auditorio Nacional, el Teatro Real, como los Nuevos Ministerios, era una de esas obras de reforma que al igual que la Sagrada Familia de Barcelona, uno cree que no acabará nunca. El Duende se resignó entonces. El privilegio de hacer música era una quimera.

Y se consoló como tantos de su generación. Pandilla veraniega, noche de luna, a ver si  hacemos manitas con Pepita, amigo despabilado que acompañaba a la guitarra, rancheras, Duo Dinámico, los  Brother Four, Paul Anka,  Charles Aznavour, María Dolores Pradera y los Gemelos, Boby Darin, Ricky Nelson, Gloria Lasso, Adamo…Y el inevitable Clavelitos que nos marcó a todos.

Espinita clavada hasta que alguien le dijo que, si es difícil dominar un instrumento, no es imposible sacar partido a la voz si la juntas con otras. La mayoría de ellas tampoco sabe lo que es una negra, una corchea o una semifusa. Pero con buen oído y memoria musical, buena mano directora,  ensayo y mucha ilusión se consiguen resultados que sorprenden a quien nunca supo música. Mañana, a las ocho y media de la tarde en la Iglesia de Los Jerónimos, es el concierto del año para el Duende y sus compañeros  de coro. Junto con una orquesta de jóvenes profesores cantan fragmentos del Oratorio de Navidad de Bach y del Mesías de Haendel, y luego un repertorio de villancicos españoles que, maravillosamente orquestados, suenan a música celestial. No es el sonido del Orfeón Donostiarra, ni el  del coro de Saint Martín on the Fields. Pero para un modesto aficionado, sentirse en él es tocar el cielo. Donde, por cierto, al igual que Clarence-el angelito de segunda clase de Qué bello es vivir, otro Angel- Martín Pompey, se asoma al balcón por ver si estos frutos tardíos de su enseñanza le ganan las alas y sube en el escalafón.    

Gran literatura en letra diminuta

Es peligroso asomarse al exterior, se leía antes  en los vagones del tren. El Duende se asomaba cuanto podía cuando era niño y veía el paisaje. Era emocionante ver a lo lejos una vaca pastando, y seguirla con la mirada hasta que se quedaba Foto de Dan Coulteratrás. Nosotros viajábamos hacia la ilusión de un destino tal vez desconocido, pero la vaca seguía su vida sin ningún trauma aparente por no conocer jamás París, o tan siquiera Soria. Tampoco sentía la necesidad de asomarse a ningún exterior, que siempre entraña riesgos. No hay más que haber visto películas policíacas o de espionaje para saber los  que pueden entrar o salir por la ventanilla de un tren. Por eso ahora ya no se abren, e incluso las del AVE falsean la luz exterior con cristales levemente oscurecidos.

Pero la obsesión de seguridad, física y jurídica, hace proliferar las advertencias en las instalaciones de servicios o en el envase de cualquier producto que llegue al público. No enchufe un aparato eléctrico con las manos mojadas. No observe el eclipse de sol sin unas lentes ahumadas de protección. No utilice el cuchillo jamonero para afilar lápices. No vuelva a congelar la merluza después de haberla descongelado. Y así sucesivamente.  El primero, y más elemental consejo de seguridad está estampado en la bolsa de plástico que hoy lo envuelve casi todo: ojo con ella, viene a decir. Algunos niños se han ahogado jugando con ellas en la cabeza. Y aún recuerdo a un político inglés que en el transcurso de una de esas orgías con las que de vez en cuando nos sorprenden los honorables de doble vida halló la muerte por asfixia del mismo modo. Algún efecto estimulante, desconocido para los incultos sexuales, parece que tenía el numerito Lamentablemente el finado ya no nos lo podrá contar.

Hay avisos necesarios y otros convenientes. En los estuches de juguetes señalan la edad para la que son adecuados éstos. Bien. En las fundas de camisas, pijamas, jerseys, vienen las tallas. Muy bien. Aunque sería de agradecer que pongan además las equivalencias entre los los antiguos y los nuevos tallajes.  Lo malo es  que estas advertencias, incluso la de las bolsas de plástico, figuran en un cuerpo de letra tan menudo que no es fácil leerlas cuando la vista ya se ha cansado. Y somos millones de consumidores  los que padecemos presbicia. Presbicia, palabra curiosa. Podría significar algo así como sevicia propia del presbítero, por ejemplo, pero es el nombre científico de la vista cansada, porque el idioma español es así de rico y caprichoso.

Hablando de caprichos. Doña María recuerda  menudo cómo este problema se agrava en la bañera o en la ducha, donde gracias a los muchos con los que mimamos nuestra higiene a veces no sabemos lo que nos echamos por encima. Podríamos leer el rótulo del envase, pero no nos duchamos con gafas, y las letras de aquél son demasiado pequeñas. NECESITAMOS LETRAS GRANDES, DIABLOS. Este fin de semana en el campo, rodeado por la niebla, el Duende quiso hincarle el diente a La Regenta, una asignatura pendiente desde su primera juventud ávida de letras. Sacó del estante una cuidada edición en dos tomos de la joya de Leopoldo Alas, se sentó en el sofá junto a la chimenea, abrió sus páginas. ¡Ay cordera!, que diría Clarín. ¡Ay dolor!, que añadiría cualquier présbita. Estaba compuesto en letra del cuerpo 6, calcula el Duende. Hasta ese tamaño de letra puede reducirse la gran literatura. Pues avísenlo en portada, coño, como los estuches de juguetes. Tengan el valor de decir: edición no recomendada para lectores con vista cansada. Para que los pobres adultos, una vez más, sepamos a qué atenernos.

Un slogan original

Le hacen una entrevista al Duende para uno de esos reportajes nostálgicos que rememoran la España de estos últimos treinta años. Ya se sabe, la publicidad de la época, y en ese capítulo, cómo no, las infatigables muñecas de FAMOSA que se dirigen al portal/ para hacer llegar al niño/ su cariño y su amistad. Fue el Duende, confesémoslo paladinamente, quien perpetró ese crimen de lesa sintaxis. Si Lázaro Carreter hubiera tenido los dardos a mano, nos habríamos enterado. Pero da igual, peor fue el Naranjito, y la Ruperta, y el premio de la Eurovisión que ganó Salomé, y el tupé de Manolo Escobar, y todos somos teselas del mismo mosaico de recuerdos. Grandeza y miseria del Duende, que no sabe ya si encargar la leyenda de lo único que recordarán de él cuando se haya largado con las bromas otra parte. HIC JACET AUTOR VILLANCICAE FAMOSAE MUÑECARUM. En latín, aunque sea macarrónico, queda mucho más noble (por cierto, Ángelus Pompaelonensis, puedes corregirlo).

La cosa es que entre col y col cuelan una pregunta comprometida. ¿Y qué slogans le han impresionado a usted? Y el Duende contesta que lo malo de ser publicitario es que distingues entre la verdad y el slogan, que sólo es eso, un broche que se puso de moda cuando la publicidad o la propaganda eran más ingenuas. Ahora crea sensaciones, o sea, no dice nada, pero lo dice muy bonito. Tan bonito, que si coges el mismo spot y le cambias la marca final te sirve para un operador de telefonía, para una marca de coches, para una de relojes, para un cosmético, para una consejería de servicios sociales de la comunidad autónoma correspondiente, para un canal de televisión o para un centro comercial. Si está la Preysler y vemos bombones dorados en pirámide sabemos que es Ferrero Rocher. Si saliera un toro con un par, sabríamos que era Osborne, que ahora iría directamente al matadero. Si viéramos un perro escuchando una vieja gramola sería La Voz de su Amo, cuyas cajitas de agujas para el pikú, son, por cierto, piezas de colección. Pero estos tres ejemplos son historia. Ahora la publicidad mola más si no se entiende y no se identifica, porque los creatas guay no se conforman con ser publicitarios, y aspiran a ser directamente genios. Eso es lo malo, que todos acaban imitándose, y se alejan de un consumidor que retiene sólo lo justito. O sea, las curvas de la botella de Coca-Cola, el logotipo del triángulo verde de El Corte Inglés, el calvo de la Lotería -cómo no, prejubilado- el abrazo del turrón que vuelve a casa por Navidad y, por qué no decirlo, las muy cristianas muñecas del villancico. Ay, que se le saltan las lágrimas al Duende pensando que ni Frank Capra lo hacía tan bonito.

Pero ¿qué slogan le hace cambiar a uno? Cuando no hay que decir casi nada, se abona uno al El valor de las ideas del Banco Santander. Puede parecer el clásico slogan de recurso, el que se pone cuando no hay nada que decir. Pero en este caso será escrupulosamente certero si confirma que este banco tiene al menos dos ideas de gran valor. La primera, forrarse todos los años. Y la segunda, duplicar el forre del año anterior. Más aún le irrita al Duende el predicado de un miniqueso de bola que se anuncia antes de los partidos fútbol televisados como El queso oficial del Real Madrid. ¿Cómo es la oficialidad de un queso? ¿No lo podemos tomar los del Atleti? ¿De verdad que esa chorrada vende algo?

En medio de la vaguedad de la mayoría de los slogans -casi todos valen para casi todo- y de la endeblez de otros muchos, le produce cierta ternura al Duende el sencillo mensaje escuchado en una persistente campaña radiofónica de una fábrica de alfombras que, con una marca tan poco sofisticada como Los Fernández, se atreve a decir de ellos: ¡Son muy amables! Pues bravo por los Fernández. Porque en un país donde la amabilidad es virtud en declive -raro es que todavía no la consideren casposa- y donde a veces pides un pincho de tortilla y el camarero te mira como si le hubieras faltado a su madre, recordar que quien quiere vender algo debe, ante todo, sonreir es no sólo inteligente. Sino, sorpréndase, también original. Y ahora mando al Duende a por una alfombra para que todos los días se ponga a mis pies y me ceda el paso.

Yo también amo a Laura

Paseábamos por el Retiro con mi abuelo y nos encontrábamos con unos viejos amigos y sus hijas, o tal vez sus nietas. Para el abuelo eran chiquillas. Para el Duende, que sólo se fijaba en si tenían o no tetas, eran mujeres o niñas. Mi abuelo se quitaba el sombrero y saludaba, y luego dejaba que le besaran las chiquillas. El abuelo era hombre de pocas palabras, pero de frases con regusto de aforismo. Decía como un actor dramático Mondariz será Mondáriz cuando nariz sea náriz, o aquello otro de quien nísperos come, espárragos chupa, bebe cerveza y besa a una vieja…ni come, ni chupa, ni bebe ni besa. No eran pensamientos como los de Newton o Descartes, pero los declamaba con tal empaque que uno no sabía si escuchaba al jubilado que entretenía sus últimos días leyendo novelas de Ágata Christie o a uno de los siete sabios de Grecia. De vez en cuando, más enigmático, dejaba caer sin venir a cuento un mensaje de tono crepuscular: ¡viejo muere el cisne!…Pero para lo casos como el que citaba al principio, la rúbrica era indefectiblemente la misma. Suspiraba y, como un Tenorio venido a menos proclamaba resignado: las hijas de aquéllas a las que amé tanto…me besan hoy como quien besa a un santo.

Jaime y Laura

La decía el abuelo, la hizo suya el padre del Duende y aún la recita por lo bajini el Duende cuando vive experiencias como la del pasado fin de semana. Pues se casaba en San Sebastián Jaime, hijo de su mejor amigo y de una de las mujeres más buenas y encantadoras que uno ha conocido, puerto de amparo ambos para cualquiera que necesite calafatear las cuadernas del alma malherida. Los cojoamigos, que diría un neologista desparpajado. A Jaime le conoció el Duende cuando era diminuto, moreno, simpático y nervioso como un grano de torrefacto. Y como le vio crecer veraneando juntos, se hizo amigo de sus hijos, y de los hijos y de las hijas de otros amigos que coincidíamos en las Luiñas en tiempos felices, cuando éramos jóvenes, rompía aguas la democracia, llevábamos el pelo algo más largo, cantábamos a Jarcha y a Cecilia y aún no nos atormentaba el cambio climático. Aunque Jaime es hoy abogado distinguido en bufete cuyo sólo nombre impone, convocó para el evento no sólo a sus familiares y amigos de ahora, como es natural. Sino a los cromos de su infancia, donde estaban los chavalitos y chavalitas de entonces y sus padres correspondientes, entre los que el Duende ya hacía travesuras. Cuánto jayán, cuánto perfume de mujer. Y todos cariñosísimos, saludaban al encanecido Duende que aún recordaban de la playa, las espichas y las romerías. Uno no es piedra: a ellos los abrazaba, a ellas las besaba. Citando, para sus adentros lo que escuchó de su abuelo: las hijas de aquéllas a las que amé tanto…

Al Duende no le importa nada ser uno de esos santos. Uno de los privilegios de la edad es ver crecer a los tuyos. A tus hijos, a tus nietos. Y a los que, por afinidad, acabas queriendo como si fueran de tu familia. Confiesa el Duende que ver pasar la vida dándose continuidad a sí misma en una carrera de relevos entre varias generaciones es de lo que más gozo le produce a esas alturas de la película. Si el acontecimiento es en San Sebastián, y te da oportunidad de correr desde el Peine del Viento hasta el final de Zurriola, pasando por La Concha, el puerto y el Paseo Nuevo, y luego te cita en la bella iglesia de Santa María, Iglesia de Santa Mará en San Sebastián y en el coro canta el Orfeón Donostiarra, y la novia parece una reina, y el novio es feliz, y las niñitas de entonces lucen como Scarlett Johanson, y mis amigas están entre Julia Roberts y Lauren Bacall, y cenamos como es de ley en el País Vasco, y hay risas, y recuerdos, y hasta alguna lagrimita, ya no podrá olvidar la boda del hijo de su mejor amigo.

Nunca en los últimos treinta años había visto esta ciudad más serena y relajada. El domingo, cuando por sus calles se corría la Maratón de Donosti, la generación de Jaime aún poteaba por las calles del Barrio Viejo, y el Duende coincidió con ellos. Mientras apuraban en la calle los últimos pinchos y chacolíes, su nieta Marina dormía plácidamente en su cochecito a las puertas de la taberna. Feliz metáfora final.

A propósito: la novia nació allí, y se llama Laura. Se que Jaime es algo celoso. Pero aún así, por lo guapa que es, por lo que disfruté y porque también me besó como quien besa a un santo…¿puedo proclamar que yo también amo a Laura?

Entradas siguientes »


Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Podcast:

Escucha La Carcajoda, con Capitán

TV en internet:

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Blog Stats

  • 227,351 hits